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La Batalla de Plassey

Batalla de Plassey. Fue un enfrentamiento de escasa envergadura que sin


embargo tuvo consecuencias insospechadas. Aconteció en una aldea de Bengala
Occidental conocida en aquel entonces como Plassey o Plasai (hoy Palashi), ubicada
entre Calcuta y Mushidabad, en una zona arbolada y cercada por la jungla. Esta
batalla fue protagonizada por Robert Clive.

Historia
Uno de esos dichos canónicos inatacables es que la batalla de Plassey de 1757 es el
momento clave que marca la conquista de la India por Inglaterra. Plassey fue
ciertamente importante, pero hay que verla en conjunción con otros dos hitos, que
señalan la caída del reino de Bengala en manos inglesas. Esos otros dos hitos son el
sitio de Arcot en 1751 y la batalla de Buxar de 1764.

A mediados del siglo XVIII la Compañía de las Indias francesa y la inglesa Compañía
de las Indias Orientales se disputaban por el control de la costa oriental de la India.
Aunque ahora se sabe que la posición francesa estaba condenada por la
superioridad naval inglesa, en 1750 las cosas no estaban tan claras. Los franceses
estaban dirigidos por el gobernador Dupleix, un hombre hábil que había conseguido
colocar a dos candidatos suyos en los importantes tronos de Deccan y Karnataka.
A mediados de 1751 los franceses asediaron Trichinopoly, donde se había refugiado
el candidato al trono que apoyaban los británicos. En cuanto cayese la ciudad,
Karnataka y toda la costa del Coromandel caerían bajo la influencia francesa. Un
joven oficial británico, Robert Clive, advirtiendo que era imposible romper el sitio de
Trichinopoly, tuvo una idea tan brillante como arriesgada: apoderarse por sorpresa
de Arcot, la capital de Karnataka. La sorpresa fue total: consiguió conquistar la
ciudad casi sin luchar al frente de 200 ingleses y 600 cipayos el 1 de
septiembre de 1751. Los franco-indios intentaron recuperar la ciudad y le pusieron
un sitio que duró 50 días. El fracaso del sitio afectó duramente la reputación de los
franceses entre los príncipes indios. La situación militar se empantanó y ambas
compañías intentaron involucrar cada vez más a sus gobiernos en el conflicto.
Los dos elementos claves en este conflicto eran los soldados europeos y los
sobornos. Una pequeña partida de soldados europeos, con su mayor disciplina y
armas de fuego más potentes, podía representar toda la diferencia entre la victoria
y la derrota. En las batallas los soldados indios estaban más que nada para hacer
bulto, pero era un bulto no desdeñable y ahí era donde entraban los sobornos.
Ingleses y franceses no escatimaron desembolsos ni promesas para atraerse a su
lado a los príncipes indios.
Recuperación de Calcuta
A mediados del siglo XVIII Bengala era el estado más poblado y rico de la India.
En 1717 la Compañía de las Indias Orientales había conseguido unos privilegios
comerciales muy generosos en el estado y les estaba sacando todo el partido
posible. En 1756 ascendió al trono Siraj-ud Daula, un joven de 21 años. A Siraj-ud
Daula le tocaban bastante las narices las rapacerías de los europeos y con el ardor y
la inexperiencia de un gobernante joven, se lanzó contra las posesiones de la
Compañía en Bengala y les arrebató Calcuta en junio de ese año. La alegría le duró
poco. Los ingleses recuperaron Calcuta a comienzos de enero de 1757 con una
rapidez que sorprendió a Siraj.

El 9 de febrero Siraj se avino a firmar la paz con los ingleses. Era una paz de
compromiso; cada uno de los signatarios estaba pensando en cómo aplastar al otro.
Una muestra de cómo eran estos pájaros: los ingleses convencieron a Siraj de que
no interfiriera cuando atacaran el fuerte francés de Chandernagore. Siraj no
interfirió e incluso felicitó a Clive por su éxito. Lástima que al mismo tiempo
estuviese enviando una carta al comandante francés de Bussy incitándole a atacar a
los ingleses.

Si Siraj tenía dobleces, los británicos no se quedaban a la zaga.


Entre abril y mayo se pusieron en contacto con un grupo que andaba conspirando
para derrocar a Siraj. Los conspiradores eran Mir Jafar, tío del nabab, aristócrata y
alto oficial, el comerciante Sij Omichand y los dueños de la banca Jagat Seth. El
botín se lo habían repartido de la siguiente manera: el trono para Mir Jafar, dinero
para los demás y unas jugosas compensaciones por los servicios prestados a los
oficiales de la Compañía. Como entre los ladrones no hay honor, Omichand de
pronto se plantó y dijo que o le aumentaban su parte o se chivaba de todo al nabab.

A Clive el ingenio le ocupaba la parte del cerebro que a otros les ocupan los
escrúpulos morales. Propuso a la Compañía que firmase con Mir Jafar dos acuerdos.
El falso, otorgándole a Omichand lo que pedía y que sería el que éste vería, y el
fetén, donde nada de lo dicho. Incluso para los estándares morales de la Compañía
aquello representaba un escándalo. Uno de los representantes de la Compañía, el
almirante Watson, no quiso participar en la felonía, pero Clive tenía solución para
todo: falsificó su firma.

Con los acuerdos firmados, el camino para la deposición del nabab estaba abierto. El
plan era que Clive marcharía con un ejército contra el nabab. Cuando británicos y
bengalíes chocasen, Mir Jafar se aseguraría de que sus hombres, que constituían el
núcleo del ejército no participasen en la batalla. El único quid del plan para Clive era
que se iba a enfrentar a fuerzas que le decuplicaban en número sobre la base de
una promesa de no intervención hecha por un pájaro de la calaña de Mir Jafar.
Encuentro de los ejércitos
Los dos ejércitos se encontraron el 23 de junio de 1757 en Plassey. Clive y sus cerca
de 3.000 soldados se habían atrincherado en un huerto de mangos. Frente a ellos,
toda la llanura era un hormiguero de tropas bengalíes. De derecha a izquierda las
tropas bengalíes estaban dispuestas de la siguiente manera: en el extremo derecho
una pequeña fuerza de artilleros franceses y los jinetes e infantes mandados por Mir
Madan, el general de mayor confianza de Siraj; luego venían sucesivamente las
fuerzas de Rai Durlabh, Yar Lutuf Jan y Mir Jafar. El ejército bengalí era muy
variopinto: la infantería era tan numerosa como indisciplinada y estaba armada casi
con lo primero que cada uno había encontrado, desde mosquetes de yesca hasta
arcos y flechas; la caballería en su mayor parte la componían jinetes pashtunes
armados con espadas y lanzas largas y era la parte más temible del ejército; tenía
cincuenta cañones, colocados sobre grandes plataformas empujadas por elefantes
(resulta humillante pensar que las nobles cabezas de los elefantes fueron utilizadas
para un menester tan servil); finalmente había un contingente de 50 artilleros
franceses que tenía cuatro cañones y muchas ganas de darles a los ingleses.

Viendo lo que se le venía encima y no sabiendo si Mir Jafar respetaría lo pactado,


Clive sopesó una alternativa: o resistir como se pudiera durante el día y retirarse a
Calcuta al amparo de la noche o llegar a un acuerdo con el nabab. Antes de que
pudiera decidirse, la batalla comenzó. Los franceses, que le tenían ganas, abrieron
fuego con sus cañones y les siguió la artillería del nabab. Aunque muchos de los
tiros eran demasiado elevados y el huerto protegía bien a los defensores, no dejaba
de ser preocupante sobre todo porque de vez en cuando algún tiro caía con mejor
puntería y se llevaba por delante a algún inglés. Así siguió el duelo artillero durante
varias horas, hasta que una tormenta lo interrumpió.

Cuando la lluvia amainó Mir Madan cargó con sus jinetes contra la posición inglesa
contando con que el agua impediría que los ingleses disparasen sus cañones. Para
cuando quiso darse cuenta de que la artillería inglesa respondía mejor a los efectos
de la lluvia que la bengalí, tenía un boquete en el pecho causado por la metralla.
Poco después Behadur Al-Jan, otro de los generales en los que Siraj confiaba, cayó
muerto. De pronto Siraj se encontró con que las tres cuartas partes de su ejército
estaban mandadas por generales de los que no se podía fiar y que no mostraban
ninguna inclinación a participar en la batalla. Intuyendo que los generales no le
apoyarían, Siraj ordenó a las tropas que volvieran a sus trincheras de partida. Los
únicos que se quedaron combatiendo fueron los 50 franceses, que no cejaban en
sus cañonazos. ¡Realmente sí que les tenían ganas a los ingleses!

Los momentos siguientes de la batalla consistieron en escaramuzas. Por un lado los


ingleses desalojaron a los franceses de su posición, pero los franceses pudieron
salvar los cañones y trasladarse a retaguadia para seguir disparando. Por otro, hubo
algunos esfuerzos por parte de las escasas fuerzas bengalíes que eran realmente
fieles a Siraj, por mantener la presión sobre los ingleses.
Al final de la batalla puede decirse que el ejército del nabab, sin dirección y sin
moral, se desmigajó y salió huyendo. A esto contribuyeron algunos accidentes con la
artillería. Parte de la munición saltó por los aires accidentalmente y los elefantes se
rebelaron.

Siraj-ud huyó a Murhisdabad, sabiendo que no podía fiarse de nadie. Allí trató de
comprar voluntades con oro, pero difícilmente iban a apoyar a un nabab derrotado
quienes no le habían apoyado en su momento de gloria. Acabó cayendo en manos
de Mir Jafar, quien ordenó su muerte. Se temía que si Siraj-ud caía en manos de
Clive, éste le respetaría la vida y no apetece reinar sabiendo que su predecesor, al
que se traiciona sigue vivo.

La batalla de Plassey supuso para Bengala el comienzo del fin de su independencia.


El fin de cualquier atisbo de independencia llegaría en 1764 en la batalla de Buxar,
cuando el último intento bengalí de expulsar a los británicos fue derrotado. A los
historiadores británicos les agrada mencionar cómo una victoria tan importante se
consiguió sin casi bajas. Clive estimó en una carta que dirigió a la Compañía el 26
de julio que de sus hombres habían sido heridos unos 50 y habían muerto 22, "en
su mayoría negros".