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LA VERDADERA Y FANTASMAGÓRICA HISTORIA DE LA BESTIA DE LA TORRE BOLEHAM

POR AMANDA JEFFREY

Nubes tormentosas surgieron de las Montañas Argentas, prometiendo un espectáculo


pirotécnico, pero sin llevarlo a cabo.

Desde la torre, la multitud que avanzaba se asemejaba a los juguetes desiguales de un niño;
lanzas del tamaño de un palillo y antorchas diminutas. La figura que encabezaba el grupo era
alta, con un toque de cabello gris y una espada atada a una túnica casera.

Veigar observó cómo el grupo comenzó a violentar las puertas exteriores, indignados por sus
prácticas malvadas, exigiendo justicia por los terribles actos que él había cometido. ¡Al fin!
Veigar se apresuró a bajar las escaleras que conducían a la puerta interior.

Resonó un enorme crujido en cuanto las puertas cedieron, y los aldeanos se precipitaron
dentro del patio. La líder empuñó su espada y avanzó, abriéndose camino entre las
extremidades desgarbadas, aguardando a que el resto del grupo se pusiera de pie y tomara las
lanzas por el extremo correcto.

Echando un vistazo a través de un hueco en la puerta, Veigar se rio anticipadamente.

La mujer levantó la mirada.

Él se cubrió la boca con su guantelete, pero el juego había terminado. Los aldeanos se
tropezaban entre sí para refugiarse detrás de las faldas de su líder. Era perfecto. Él retrocedió
y, apenas pudiendo mantener estable su báculo por las carcajadas, abrió la puerta de un golpe
con una esfera explosiva de energía púrpura.

Se dirigió hacia la parte superior de los escalones de piedra conforme el polvo se asentaba.
Veigar sabía que ostentaba una pose imponente: su sombrero apenas libraba el gigantesco
marco de la puerta, sus botas de hierro lanzaban chispas y truenos a cada paso gigantesco, y
su guantelete era lo suficientemente grande para aplastar a cualquier insensato que osara
desafiarlo.

Por desgracia, los aldeanos agazapados no habían levantado la mirada, y mantener una pose
intimidante por tanto tiempo comenzaba a parecerle forzado. Dejó escapar la respiración que
estaba conteniendo y se desanimó un poco.

''¡El villano!'', terminó por gritar la líder, blandiendo su espada en esa dirección.

En la sombra debajo de su sombrero, Veigar sonrió. Adoptó la pose más intimidante que pudo
mientras los aldeanos lo contemplaban.

Después, los gritos y lamentos se desataron. Maravillosamente, alguien en la parte de atrás


incluso se desmayó.

Él reunió su magia siniestra, formando una nube negra y provocando que chispas de color
violeta saltaran de las puntas de lanza y de las hebillas de cinturones. La líder se tambaleó
hacia atrás cuando una serpentina tajeada de la medianoche más profunda rodeó a los
aldeanos y explotó hacia arriba en una jaula de hechicería entrampada.

''¡Silencio!'', les ordenó Veigar.


Se deleitó con cada paso que dio mientras bajaba las escaleras hacia la multitud atrapada.
Alrededor de ellos, muros que zumbaban con luz violeta se extendían entre pilares con forma
de garra, creando un círculo sobrenatural. Se detuvo a tan solo una espada de distancia de la
líder, observando a sus prisioneros a través de su barrera arcana.

''¡Puedo ver el miedo en sus corazones!'', comenzó con un resoplido despectivo sin gracia.
''¿Se atreven a marchar hasta aquí para desafiar mi temido mandato? ¿A mí, Veigar, que he
esclavizado a la magia del universo bajo mi voluntad? Veigar, Gran Maestro del Mal, quien ha
derrotado a innumerables enemigos arcanos en la búsqueda de un mayor...''

''¡Tú maldijiste mis campos con gorgojos ratas durante dos estaciones!'', se quejó un granjero
de aspecto particularmente simplón, con el rostro rojo de ira.

Veigar parpadeó, intentando procesar la interrupción. ''¿Te maldije con qué...?''

''¡E hiciste que Dolly cojeara una semana antes de la cosecha!'', clamó un labrador furioso,
apuntando con su dedo al Gran Maestro del Mal, que se encontraba cada vez más confundido.

Con esto, todos los aldeanos irrumpieron para que sus quejas fueran escuchadas. Veigar
apenas podía captar fragmentos de las acusaciones más escandalosas, las cuales en su mayoría
tenían que ver con leche agria y remolachas de menor tamaño al usual. Mientras se alejaba
encogido por la embestida verbal, la barrera púrpura destelló y colapsó, pero los aldeanos ni
siquiera se percataron de ello. Se acercaron más, gritando en su cara.

Él sintió la barandilla de piedra de las escaleras en su espalda. Estaba rodeado.

Intentó débilmente responder, pero su voz perdía profundidad con cada palabra que decía.
''Pero yo... yo soy...'', los aldeanos se acercaron aún más, mirándolo de igual a igual en vez de
levantar la mirada.

De pronto, una voz dominante de alguien mayor se alzó sobre el alboroto. ''Retrocedan.
Todos.''

''Pero Margaux...'', alguien comenzó, pero su objeción fue interrumpida por la mirada seca de
su líder. La multitud se retiró y Veigar se quedó a solas con ella. En ese momento, ella parecía
tener el doble de su estatura e irradiaba seguridad.

Él la odiaba.

''Muy bien, villano'', escupió ella. ''Ya escuchaste nuestras acusaciones. ¿Te declaras
inocente?''

Veigar sintió como si lo hubieran abofeteado. Sacó el pecho, sintiéndose treinta centímetros
más alto. ''¿Inocente? ¡¿Inocente?!'' Se dio la vuelta y trepó las escaleras, ganando altura sobre
la multitud. ''Tienes la audacia de traer a mi puerta tus supersticiosas quejas y después me
insultas preguntándome si niego haberlas hecho?!''

Levantó la mirada sobre su hombro hacia ellos.

''¡Claro que sí! ¡Niego haberlo hecho! Pero no te atrevas a suponer que me considero inocente.
Me acusas de hacer el mal... ¡Y yo soy malvado! Desde que despojé al enclenque propietario
de esta torre arcana, ¡he quemado sus campos! ¡He aterrorizado a sus señores de la guerra,
mis victorias fueron tan contundentes que juraron jamás regresar!'' Subió los dos últimos
escalones de una gran zancada. ''Y comencé mi campaña de terror contra los hechiceros
villanos vecinos! ¡Pues ninguno de ellos obstruirá mi camino al poder mágico supremo! ''

En ese instante, el cielo crujió, y rayos mágicos salieron disparados de las nubes, explotando
alrededor del patio. Veigar inclinó su cabeza hacia atrás y se rio, deleitándose en la absoluta
gloria de su propia maldad. ¡Estos insignificantes mortales suplicarían por su perdón al
enfrentarse a su terrible magnificencia!

Cuando se detuvo para recuperar su aliento, los aldeanos se habían congregado y lanzaban
miradas de evaluación en su dirección. Una de ellos levantó la cabeza. ''¿Derrotaste a Vixis la
Cruel? ¿La señora de la guerra?''

''¡Por supuesto que sí! No me mostró el respeto debido y yo...''

Sus palabras se desvanecieron en medio de los susurros del grupo. Veigar se inclinó incómodo,
esforzándose por escuchar lo que decían. Uno a uno, los aldeanos asintieron entre sí y
dirigieron su mirada hacia él.

Lo encontraron admirando con calma el brillo de su guantelete lustrado.

La líder, Margaux, se condujo al pie de los escalones, haciendo una incómoda ligera reverencia
y se dirigió a él. ''Oh, grandioso y poderoso... eh... ¿hechicero...?''

''¡Mago!'', la corrigió Veigar.

''Poderoso mago. Nosotros, los residentes de la aldea con la que apenas-vale-la-pena-


molestarse de Boleham...''

''¡Esa es nuestra aldea!'', interrumpió alguien servicialmente.

Margaux suspiró. ''Sí, nuestra aldea. Bueno, verá, recuperamos la cordura y rogamos
humildemente al poderoso mago, Ve-Gano...''

''¡Es Vei-gar! ¡Veigar!''

''¡Lo siento! ¡Veigar! Rogamos humildemente que nos perdone y solo... eh, ya sabe... siga
haciendo lo que hacía''.

Veigar entrecerró los ojos. ''¿A qué te refieres?''

''Bueno, ya sabe. Nosotros solo iremos a casa, y usted seguirá haciendo... lo del... reino de
terror. Vive y deja aterrorizar, ese es mi lema''.

Este tenía que ser una especie de truco. Aun así, ella continuó.

''Por supuesto, nosotros demostraremos el respeto... usted sabe, adecuado. Maldeciremos su


nombre en su ausencia. Difundiremos las historias de su infame destrucción. Frenk dice que su
primo en Glorft escuchó el rumor de un hechicero malvado, por si estuviera interesado en, ya
sabe...''

''¡Destruirlo! ¡Y apoderarme de sus encantamientos aterradores!'' Veigar apretó la mano


donde portaba su guantelete, imaginando el dulce triunfo de acabar con un colega arcano en
un enfrentamiento de magos.

Margaux lo observaba con cautela. Veigar se percató de que lo miraba con esperanza.
Finalmente, tras una larga pausa, hizo un ademán con su báculo en actitud de desprecio.

''¡Tontos! ¡¿Pensaron que podrían engañarme a mí, Veigar, Maestro del Mal?! ¡Tal vez
pensaron que les concedería la misericordia de una muerte rápida y sin dolor! ¡Pues lamento
informarles que sus vidas simplemente no valen mi tiempo!''

Se rio, soltó una gran carcajada que coincidiera con su estatura renovada.

''¡Fuera de mi vista, aldeanos insignificantes! Regresen a Boleham, ¡y recen por que nunca los
vuelva a considerar dignos de mi atención!''

Los aldeanos hicieron algunas reverencias poco entusiastas antes de regresar por el arco
dañado. Margaux se arriesgó a guiñarle el ojo rápidamente y se dio la vuelta para marcharse.

''¡Espera!'', vociferó Veigar. La mano de la líder se colocó sobre el pomo de su espada.

Con la mayor indiferencia que pudo demostrar, Veigar bajó los escalones una vez más.

''¿Cuándo crees que pueda hablar con el primo de Frenk sobre ese otro hechicero?''