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CON SABOR A FIERRO

No es que no hubieran tenido anuncios. Hubo muchos. Bajaban por el río enorme, hinchados,
malflotando entre dos aguas. No es que pudiera vérselos por sí mismos. Entre el agua lodienta eran casi
invisibles. Pero si pasaban cercanos a la orilla los anunciaba su pestilencia, que iba precediéndolos, y que
se quedaba como una mala retaguardia. Pareciera que el olor tuviera manos y que se aferrara de los
arbustos, porque cuando el viento los sacudía esos restos podridos olían en otra vez.

Si navegaban su muerte por la mitad del río, el mal olor se ahogaba antes de llegar a las orillas, tan
lejanas: ningún olor era tanto como para ir tan lejos. Tampoco es que se los viera, a esos: se veía al
gallinazo que iba sobre ellos, y que arrancaba trozos. Uno solo. El cuerpo de entre dos aguas no
soportaba otro peso.

En una vez pudieron observar algo que los hizo reír grotescamente, avergonzados; uno de los hinchados
iba con su gallinazo a bordo, cercano a la orilla. Engullía yendo hondo, el pico filiento perforando. Y de
pronto hubo un silbido de gases opresos que se escapan, y el cuerpo se hundió. El avechucho no tuvo
impulsos para elevarse y después de algunos aletazos sin resultado cayó al agua. Lo vieron un rato,
luchando. Lo último en desaparecer fue el pico, tijereteando como queriendo asirse del aire.

—Va a ir hasta lejos, entre dos aguas, ese negro. Sabrá Dios hasta dónde—dijo él—. Pero el muerto va a
quedarse aquí, para siempre.

—Me dio lástima de él—dijo ella—. Queriendo agarrar el aire, que es tan delgado. Tal vez el otro vuelva
a hincharse, y se vaya.

—Si produce más gases se escaparán por donde los que silbaron. Abajo el barro es pegajoso y amarra. El
barro abraza con cien brazos. Un día será barro todo él. Recémosle, mija.

Le rezaron. Y después cayeron los apremios de ella, avalanchados:

—Vámosnos, Bernardo. Es mejor tener hambre, o estar arrimados. Deje ese orgullo suyo, tan
empecinado. Ese orgullo, más grande que usted.

—Esos muertos vienen desde lejos. Tal vez desde Neiva. Demoran quince días en hincharse así, y flotar.
Y flotan por otros quince o veinte, si no los desinfla algo. Los que pasan por acá tienen ya más de un mes
de muertos. Van despacio, olvidados de afanes.

En una noche, desde las once, los inundó la pestilencia: era pegajosa, y —extrañamente— un poco
dulcete. Se metía por las narices y se atornillaba arriba. Ella trajo una botella de alcohol y se untaba en el
labio superior, y le untaba a él. Por ratitos se sentía el alcohol y no a la pestilencia. Pero el alcohol
acababa yéndose y la pestilencia se quedaba.

—Siquiera duermen los chicos—comentó ella.

—Debe haberse enredado en alguna raíz, por la orilla.

Y como lo atosigaba el olor se calzó las botas anticulebra y tomó la linterna y estuvo una hora,
buscándolo. No logró verlo. En ninguna parte olía peor que en las otras, y el agua barrosa se tragaba el
trocito de luz de la linterna.
Apenas en la mañana lo vio. Había ido orillando, queriendo salirse, los pies abiertos hacia adelante,
patas-de-tijera. Los metió en la cadena que amarraba la canoa y recostó la cabeza a la orilla, entrando
por el camino de las mediasaguas. Había encontrado un puerto y se demoraba.

(La cabeza hinchada, las órbitas sin ojos por el diente de los peces o los picos de las aves negras, llenas
de agua lodosa, y era como si tuviera unos ojos líquidos que amarillenteaban. Raspada la piel y
faltando, los labios túmidos dejando ver los dientes, los cabellos como una medusa alrededor).

No quiso salir ni cuando le quitaron de entre las piernas la cadena de apoyo. En el puertecito dio dos o
tres lentos giros de baila, y volvió a recostar la cabezota en la orilla. Hubo que echarlo, palanqueando. Y
se fue a desganas, orillando, despacieando en giros.

Historia conocida para los dos: lo mismo contaban a lo largo del río. En cada embarcadero alguno de los
de entre dos aguas buscaba salida. Con las palancas volvían a corrientarlo porque era casi imposible
sacarlo. Las partes largas se desprendían con facilidad, cuando se tiraba: los muertos pesaban bastante,
y eran blandos y resbalosos.

—Atrista negarles la tierra —dijo ella.

—Sí, atrista. Pero cuando salen traen líos. Una tumba es siempre visible, si se sabe verla. Después
pueden joder a uno. ¿Quién prueba que los sacó del río? Dicen que uno los mató.

Él sabía que no debería estar allí. Que peligraba. Pero el dueño de la tierra y de los ganados había sido
diabólico. Había estipulado:

—Por cada mes que esté en la finca puede quedarse con un atado: el que escoja. Nada más le pone su
marca a la vaca y al ternero. Eso, fuera de su sueldo. Lo ponemos por escrito. Lo registra en la notaría.

Era fantástico. Ya tenía más de veinticuatro animales. En cada mes escogía una vaca con ternero grande,
ya preñada otra vez. Y el dueño sabía que los alambrados seguían encerrando a sus cuatrocientos y
tantos animales. Que había quién los curara. Quién les diera sal. Todos seguirían siendo suyos mientras
Bernardo estuviera, complicado con pertenencias propias, cómplice de riquezas.

Quince días después de que no dejaron subir al que se había aferrado de la cadena, oyeron, alta la
noche oscura, las explosiones. La voz de la dinamita anda bastante. El trueno de las granadas de mano,
también. Se despertaron súbitos, iguales, y desanudaron el nudo de los cuerpos en el cual se habían
dormido, entrepiernados, amorosos.

Ella se levantó. Prendió la lámpara de petróleo y empezó a arreglar las cosas. Dijo, categórica:

—Nos iremos, en cuando amanezca. Las vacas que tiene marcadas no son suyas: no puede sacarlas. Son
de los potreros, o de quien quiera pelarlas y comerlas. Yo a usted lo quiero vivo por años y años, así sea
pobre como siempre ha sido.

No pudo convencerla. No lo quiso demasiado, la verdad, a ese convencimiento, porque había


encontrado ya dos cartas. Una, en la puerta del potrero principal, decía nada más:

—Váyase.
La otra, después de un mes, en el mismo sitio, más larga:

—Váyase, mientras lo dejemos ir.

Con las primeras cenizas claras de la amanecida estaba poniéndole a la canoa el fuera de borda. Dios
sabía lo que le costaba dejar las vacas. Era como quedarse, pastando con ellas, Bernardo-repartido,
idoquedado. Otro año de eso y la vida le iba a cambiar.

En Puerto Berrío no había nada qué hacer. Había más lustrabotas que zapatos, y todos tenían hambre.
Más bulteadores que bultos para desembarcar o embarcar. Más meseros de cantinas que clientes.

Se fueron para Medellín, a arrimarse con los chicos. Allá menos que se conseguía un peso: todos los
desplazados del departamento estaban allí. Compró aguacates para vender por las calles y los perdió
porque a la gente no le alcanzaba para comer aguacate. Compró yucas, y las perdió porque no sabía
comprar. Fue a mil fábricas. Habló con veinte políticos. Se ofreció en todos los bares, en todas las
cantinas, en todos los hoteles. Llegaba a la casa de la suegra el último, y salía el primero porque le daba
pena de que le vieran la cara de sostenido él y sostenida la familia.

A los dos meses de ese viacrucis el patrón se dio mañas de hacerse el encontradizo, y le habló, lengua
convencedora, lengua pinta-pajaritos de oro.

—Las cosas se calmaron en esa vega. ¿No oyó a Mariano por la radio? Él lo dijo: si el presidente lo dijo,
tiene que ser cierto. Anduvo la tropa. Mataron a muchos. Limpiaron. Está calmado. Si se va, márquese el
atado de estos dos meses. Si se va, aquí tiene esos dos meses de sueldo. Siempre le ayudan.

Consultó con la mujer, y ella dijo:

—Vámosnos, pues. Acá usted vive como humillado. Vive triste. Acá no vive usted, sino que está.

En Berrío se informó: los hinchados seguían bajando. Venían de lejos. Pero si es que tiraban a algunos
cercanos, no se verían. Eso lo sabía sin necesidad de preguntarlo. Pero no oyó decir de eso, nada, de
muertos cercanos. La gente ahora se iba quedando cortica de palabras.

Así es que remontó en otra vez el río, él y ella y los chicos hartos de la ciudad. Él sentía que él y el río
eran una misma cosa. La mano en la palanca del timón sentía subiendo desde las aguas ese
conocimiento; él era el río, era todo ese paisaje interminable, era las ceibas centenarias y enormes, era
el aire oliendo a pasto y a amarillo. Desembarcar a la hacienda, cuando llegó, le fue como desembarcar
en sí mismo.

—¿Vino a quedarse? No me gusta nada.

Bernardo no contestó de inmediato. Se pensó los porqués no le gustaba, y los halló: este, cuando la
pesca escaseaba, pelaba alguna novilla. De otras fincas, lejos. Quién sabe si peló de las propias, mientras
que él no estaba. Preguntó, áspero:

—¿Y por qué?

El otro señaló con la mano, hacia arriba como señalando el propio nacimiento del río:
—Todo eso está desocupado—explicó.

Bernardo sintió frías las tripas, como si tuvieran quince días de muertas. Eso sí que era inquietante,
caray. Dijo:

—¿Por qué no lo había dicho?

—Porque no me lo preguntó. Como están las cosas ahora, ni aun preguntándole uno responde.

Bernardo miró hacia él, y hacia la casita que se veía, allá en el recodo:

—¿Y usted? Usted está.

—Sí… Yo estoy. Pero yo soy un don nadie. Yo no cuido fincas, ni ganados de nadie. A los que cuidan es a
quienes no quiere la gente del monte. A todos los echaron.

Preguntó por Fabricio:

—Se fue. Hace más de un mes.

—¿Y Horacio?

—También.

—¿Y Jacinto?

—Ese se metió hondo, por las estribaciones, a buscar dos reses que tenía perdidas. Y no ha vuelto. Hace
como quince días.

—¿No lo buscaron?

—¿Quién? ¿Quién va a buscarlo? El que se meta, de pronto encuentra otras cosas. Las que él encontró.

—¿A usted no le dicen nada las gentes del monte?

—Nada. Pasan por aquí, callados. Y siguen.

Y añadió:

—Los que quieren que me vaya son los del ejército. Vinieron a decirnos que desocupáramos. Que no nos
quieren acá. Que somos informantes.

Bernardo quiso que fuera seguro. Lo acosó:

—No vaya a darme informes equivocados, porque mañana he de asegurarme. No iría a gustarme pero ni
cinco que me sintiera engañado.

—No lo engaño. Esto se volvió un problema. La gente del monte pasa. No me miran. No me dicen nada.
Saben bien sabido que lo mío es esa cuadrita de tierra. Que no cuido nada de nadie. Y por eso no les
importo.
Sacó, arrugado, un atado de cigarrillos y una caja de fósforos. Los tenía envueltos en una hoja de bijao
para que el sudor no los humedeciera, y fumaron. La tarde era calurosa muy mucho, y, como siempre
que iban a tener luna llena, las nubes que daban hacia el poniente enrojecían como su las estuvieran
degollando.

El vaquero siguió:

—Pero la tropa me jode. Ahora dormimos bien adentro, en un ranchito de vara en tierra. Allá tenemos
las hamacas y los mosquiteros. Allá cocinamos. Junto al fogón hay siempre una olla con agua, para
apagarlo cuando sentimos las chalupas, esas que llaman picudas, en las cuales andan. El río da esa
vuelta tan grande, y sabemos que vienen desde abajo media hora antes de que pasen. Y esperamos a
que vuelvan a bajar: a veces no demoran. Suben hasta donde se les acaba el tanque: entonces ponen el
de repuesto. Pero en otras veces se quedan.

Continuó, repitiendo:

—Bajó un teniente un día. Nos dijo que nos fuéramos. Que contábamos de ellos a las gentes del monte.
Como si ellas no oyeran. Y a la semana siguiente, cuando pasaron, cada chalupa disparó las
ametralladoras, esas cuatro grandes, sobre el rancho. Pero no estábamos.

—¿Hicieron algún daño?

—Qué va. Polvo es lo que tuvieron las tarimas. Y huevos. Todo es varillas. Y ahora, cada que pasan, algún
soldado dispara con el fusil: ta-ta-ta. De a poquitos van a tumbar el rancho.

Tiró la colilla al agua, y continuó:

—¿Se acuerda del viejito ese que vivía solo en la otra vuelta? A ese también le advirtió el teniente que
se fuera. Tampoco tenía para dónde irse. Y, como era algo sordo, en una mañana en que estaba
pescando no oyó a las picudas esas hasta que estaban encimita. Esos malditos motores que tienen
hacen poca bulla. Si no se oye bien es como si no pasaran. Se abrió a correr por el mangón, caballo del
miedo y orinándose: lo supimos cuando lo recogimos, al rato. Pero le dispararon desde las dos chalupas
con esas ametralladoras que están juntas y disparan iguales. Las balas fueron abriendo trocha por el
mangón, y lo alcanzaron. Las balas andan más que el miedo. Lo volvieron picadillo. Las dos trochas se
juntaban en él, y después se apartaban. Quedó partido, como en la mitad de una equis grande de patas
largas.

Dijo más, por entre la boca seca y amargada:

—Ni así me he ido. ¿Para dónde voy a irme yo, con los míos? Todo lo que tengo es esa cuadrita de tierra.
Y una atarraya. Y unos anzuelos. Y no sé sino pescar. Bernardo comentó:

—Yo no le he hecho nada a la gente del monte.

—Tampoco yo, a la tropa. Pero si no lo echan a uno los unos, lo echan los otros. A veces bajan de noche
las chalupas, sin prender motores. Dicen que tienen unas cosas para ver de noche. Será cierto, porque
barren. Lo que se mueva por las orillas se jode si bajan las picudas. El río es de ellos.

—¿Cuándo pasaron los de a pie?


Se veían las dudas del otro para responder. Lo dijo sin ganas:

—No me gusta hablar de eso, por la Virgen. Pasaron antier, e iban hacia arriba. Pueden estar lejos, o acá
cerca. El que hubieran pasado hacia arriba no significa nada. A veces los ve pasar uno en dos o en tres
veces en la misma dirección, y se pregunta dónde y cuándo se devolvieron. Esta tierra se volvió invivible,
caray. Y con lo buena que es. La tierra es de los de a pie.

A Bernardo lo llamaron a comer. Le agradeció al otro como se agradecía por allí:

—Gracias. Ordeñe las vacas que necesite ordeñar. Y haga queso, y gástelo. Y no pesque de noche.

Entre la tarde que se acababa y la noche que subía volaban las garzas sobre tapices rojos. Habían
acostado a los chicos y se sentaron en la barranca, los pies apuntando hacia el agua cercanísima que
lamía la tierra. Sus lengüetadas recias se oían.

Hacía días que no estaban solos, que estaban reprimidos, y en la primera oscuridad de antes de la luna
el la acosaba, desnudándole los pechos hermosos. Ella encontró una risa con brasas, y levantándose
súbita echó a correr mangón adentro. Él la siguió, hasta alcanzarla. Jadeando la peló como a un plátano
pálido, y luego la tiró al sueño sobre las desordenadas ropas de ambos, y la tuvo. Primero de afanes
hartos, y con despaciosas gulas después: más de dos veces. Ella tenía en la garganta cosas embrolladas,
de entre grito y risa y llanto. Como él era más pequeño, en los ratos de ternura ella le decía Chirringo.
Así lo llamó:

—Estaba ganoso, Chirringo.

Desnuda como el río, él todavía trepado sintiéndole y sintiéndose los latidos que los unían. Extendida
debajo del cielo seco y hondo con estrellas como hormigas rubias.

Acabado el deliquio sintió algunas yerbas chuzándola. Él jadeaba todavía. La última vez le había sido
ardua. Ella le revolcó el pelo y le susurró como dándole confites:

—Cómo quiero a este Chirringo culicagado.

Vio que un meteoro grande rayaba el cielo de lado a lado con tiza azul y que desflecaba en un chispero
inmenso, como si hubiera chocado con algo. Era hermoso. Quiso decir algo así como lo que vio,
lindísimo, pero acabó callándolo. No sabría decirlo.

Lo sacudió de sí explicando:

—Los chicos. Despierta alguno, y se asusta.

Él se dejó resbalar de ella, partiéndose, y se tendió a su lado. Encendió un cigarrillo que fumó avorazado,
y le confió:

—Lo primero que haré mañana será ir río arriba: me dijeron que todo está solo. Si es cierto, nos
volvemos. No desempaque todavía.

—Vaya a caballo. No le alcanza la gasolina.


—No. Ha estado pasando esa gente. De pronto los topa uno. Usaré el motor solo de subida. Si la primera
hacienda está sola, me vuelvo. Que me traiga el río. Y de aquí para abajo, lo mismo: que nos lleve, si
gasté mucha. Con que haya para atracar en Berrío. La verdad es que no me gusta nada de cómo está
esto.

Se pusieron apenas la ropa de adentro sobre los cuerpos sudados. Y se fueron, cogidos de la mano,
amarrándose los dedos. Qué vaina que eso se dañara: allá solamente cada uno necesitaba del otro.

Le pareció que no había dormido cuando lo despertó la voz. Preguntó:

—¿Quién?

La voz dijo desde afuera:

—En la ventana de sus hijos hay uno con una granada destrabada. No tiene sino que abrir la mano, y
apartarse. Si le dispara, siempre cae la granada y estalla. No querrá que les pase nada a los hijos,
¿verdad? Páseme la escopeta que tiene. Con mañas. La culata de para acá.

No tuvo que mover mucho la cabeza para ver en la ventana llena de luna a la mano entrando. Y afuera a
los muchísimos, espaciados. Lo pensó un momento y respondió:

—Un momento, que me visto.

Ella se vestía también, acostada, contorsionando para no alzarse y que la vieran contra la pared. La
noche estaba reteclara, caray.

Él salió, la escopeta colgada de la mano, por el caño. Se la quitaron. Y el capitoste que era la voz, le dijo:

—Le teníamos dicho que se fuera.

—Me había ido. Y me iba mañana, del todo.

—Un cabeciduro, usted. No me gustan. A nadie le gustan.

Le estaban amarrando las manos a la espalda, y lo sacaban a la llanada, cercano al río. Allá le amarraron
también los pies. El mandamás se acercó para decirle, frío como la luna y distante:

—Se va a ir. Y del todo.

Hizo una seña y el verdugo se acercó con la rula. Le probaba el filo con las estrías de la piel de los dedos.
A la luz de esa lunaza se veía bien afilada. Bernardo buscó la transacción:

—No me mate, hombre. Déjeme ir. ¿Qué se gana con eso?

—Se gana. Desobedientes como usted sirven de ejemplo.

Lo otro que vio fue el suelo, oscurote, cara a él.

Sentía cercana, y oliendo a verde, una boñiga fresca. Cercano, debajo de algún arbusto, cantaba un
grillo. Parecía mentiroso ese canto sostenido. La cuerda de las manos lo tallaba. La de los pies no la
sentía, porque de apretada lo había entumecido. No veía al de la rula, ahora.
Crecía que era una pantomima para asustarlo, pero sólo hasta que oyó el capitoste áspero y regañoso:

—Le dije desde la otra vez que así no. Que les pusiera debajo del cuello un apoyo. Un pedazo de guadua.
Un tronco. Algo redondo. Tampoco es para hacerlos sufrir, carambas. Por esa falta de apoyo es que
tiene que dar tantos golpes. No me gusta.

La voz se pudo más dura. De jefazo. Sin réplica:

—Hágame caso, o lo disciplino.

Bernardo pensó, sintiendo los pasos que se iban: “Por Dios, que es cierto. No es para asustarme. Y
cuando ese vuelva, traerá también rabias. Mejor, Señor. Acógeme”.

Pero hasta ahí le alcanzó la sangre fría.

Creyó que podría rezar, y lo intentó, pero había caído en un remolino inconocido: el cerebro no salía de
las primeras palabras. Por buscar las que olvidó volvía a empezar, y es así como remoliniaba, sólo
diciendo y nada más: “Padre Nuestro que estás en los cielos”. En “cielos” se atoraba, y volvía.

Sintió los pasos que volvían, y el arrastre de algo, como el siseo de una culebra por la hierba seca, pero
enorme. Y cuando le alzaron del pelo la cabeza y sintió el tarugo en la garganta contra el cual se
asfixiaba, doliendo tanto, sintió que se orinaba entendiendo al sordo de la vuelta. Los ojos seguían
dando al suelo y viendo lo oscuro, pero los cerró un poco antes del golpe. Después fue un lucerío
tremendo, bailando adentro de los ojos, y ningún dolor, y una nunca antes sentida sensación de
alejamiento de su cuerpo. Todavía alcanzó a oír:

—¿Vio lo que le decía? Con uno tuvo.

No lo creía, pensando por otros segundos. Se dijo a sí mismo: “Qué horror de cabeza cortada”. Y
después sintió que se iba-iba.

Hasta que se fue, desaguado.

Ella, en el corredor de la casa, cuidada muy de cerca por un diablo de carabina que se le acercaba
mucho, ella le sentía en la nuca el aliento ardiendo y en las nalgas lo que él le raspaba en ellas, lo vio
todo: cuando le amarraron a la espalda las manos, cuando le ataron los pies, todo. Quiso ir hacia él, pero
la detuvieron los ojos con los cuales él le decía algo. Que se entrara. Quizá que no lo viera en la mala, él
que era todo orgullos. O que se verían en el cielo.

Había sido una mirada, así de abajo hacia arriba, pero ya él iba descendiendo porque el verdugo lo
sostenía del cuello de la camisa y pisándole con la ancha bota los pies atados, empujaba hacia adelante.
Así lo tendió.

Cuando el machete subía, cerró los ojos, y oyó el golpetazo recio y sordo, igual al que se oye cuando con
una sábana grande y mojada se golpea en el estregadero. Sin querer volvió a abrirlos, y no entendió: la
cabeza estaba separada del cuerpo, a más de un palmo del tronco, y sobre la coronilla: hacia el cielo
hondo y lleno de luna el muñón. Inmóvil, como un pedrusco. Pero el cuerpo tenía sacudones rítmicos
que iban desde el cuello trunco hasta los talones: unos pocos, que pararon pronto.
Desenvainó un grito, largo como una soga larga, y lo tiró hasta el llano. Metió la cabeza entre las manos,
lágrimas tantas corriéndole. Sintió que la llevaban entre dos a su alcoba, y que la desnudaban. Lo sentía,
como sintiendo algo que no era con ella. Se dio cuenta exacta porque le alzaban el pie para quitarle el
calzón de encaje.

Fue como despertar de un infierno, en otro. Parado el lloro.

Vio en su garganta el cuchillo, y vio que la tenían en su cama ancha, y vio que los ojos del bruto que
tenía el cuchillo decían que se lo clavarían si no, y vio al dueño de los ojos que trepaba, lo sintió, el
cuchillo en la mano y la punta en su cuello, y otro abajo que se le hundió en tres o cuatro veces, ganoso
y hondo. Después le sintió la descarga, caliente como de arena en toda la mitad de su sexo humillado.

El hombre se bajó, ojos ya no tan duros, y le entregó al otro el cuchillo. Se ponía los pantalones mientras
que trepaba el segundo. Y fue lo mismo. Lo mismo. Lo mismo.

Conservaron la camisa puesta, y las medias. Todos. Algunos hasta el sombrero. O eso creyó, por
siempre. Entraban con las botazas en la mano, desabrochando el pantalón, y ponían en alguna parte el
cigarrillo que fumaban. Después olía a quemado. Para montarla sólo usaron el cuchillo los dos o tres
primeros. Porque después no se resistió: ¿ya para qué?

Se estaba inmóvil, dejándolos que hicieran, cerrados los ojos: pesos barbudos, que subían, la
acuchillaban con sus cuchillos duros, dejaban escapar adentro sus humores acumulados, y se iban. Pero
no podía cerrar las narices, y los olía: sudores de muchos días, rancios. Apilados: sobre el de antier el de
ayer. En capas. Espesos. Peores los de las bocas, que le caían con los jadeos.

Olor a dientes malos, que no usaban cepillos, ni cremas, un poco cadáver cada boca.

Después le olió a carne frita recién, y a chicharrón de ahora, y así supo que le habían matado también al
cerdo y que lo comían. Tanto que costó subirlo a la chalupa, amarrado, pasajero también a la muerte.

Y entonces se puso a desear que se acabaran, que ya no más. Creyó que ya habían pasado cincuenta.
Imaginó que ya no faltarían más que dos o tres, y por eso empezó a contarlos. Para acabar ligero con ese
tres.

(Faltaban más de los que creyó, porque llegó a numerar diez y siete. ¿Cuántos fueron, entonces, por
Dios?)

Después estuvo sola. Como flotando. Sin lágrimas. Sin entendimientos. Un frío enorme abajo en el sexo
donde cupieron tantos.

Todo ese semen, acaso una libra, se secaba, costroso, y enfriaba. El largo vello púbico se endurecía. Las
caras de los muslos llenas como de un engrudo seco, que cuando ella se movió sonó al romperse como
un papel tostado.

Le dolía la cintura.

Buscó la pantaloneta y el brasier, y no estaban. Los buscó bien: no es que estuvieran enredados, sino
que se los habían llevado. ¿Para qué? Pensó en ponerse la bata, sola sobre el cuerpo, ¿qué más daba
ahora?, pero creyó que eso pudiera desatar otra ronda. Le dio un frío lleno de miedos y de temblores y
se buscó otro juego en la maleta. En esas estaba cuando entró, con las botas en la mano, uno de ellos.
¿Un retardado? ¿Uno que iba a repetir, garoso? Desenvainó en otra vez el grito, ahora airado, y se lo
estrelló:

—Váyase, hijoputa. Vááááááyase.

Se fue, prisiento, y dolido, y reprochosos los ojos.

Salió al patio, como si hubieran pasado veinte años y ya estuviera vieja. Los hombres, sentados,
fumaban. Otros comían. Partido en dos, Bernardo seguía estando. Fue, en un tambaleo, y en otro, y en
otro más. Alzó esa cabeza. Le vio los ojos turbios, algo en ellos apagado. Nunca creyó que una cabeza
pesara tanto. Se sentó en el tronco de la decapitación y besó los labios: le supieron a hierro. Entonces
acunó sobre la cabeza los brazos, y la meció.

Hubo una orden. Vinieron y se la quitaron. Vio que caminaron hacia el río y oyó el plaf de la caída. ¿En
dónde estaban sus lágrimas, que no las encontraba? Otro arrastró el cuerpo, tirando de los pies. Uno
más fue a ayudarlo. Esta vez el salpicón fue más ruidoso. ¿En dónde se le perdieron las lágrimas?
Pensaba: “Va a quedarse ahí, para siempre. No va a flotar. El barro es pegajoso, y amarra. También él,
un día, será barro. Lo dijo él mismo, hace unos días. ¿O unos siglos? No sabía que estaba diciéndolo de sí
mismo. O tal vez lo sabía: se sabe sin saber que se sabe”.

Esas lágrimas que no vienen…

Se fue a la barranca y se sentó, los pies colgando sobre el agua, como en blanco la mente, queriendo
pensarlo sumergido y partido. Pero no podía. Con la luz de la luna la corriente brillaba a trozos. A veces
parecía caer un grano de luz, entero, y se iba en la corriente.

En los meses de después no pudo entenderse a sí misma: fue a ver a los chicos que seguían durmiendo,
¡siquiera!, y entonces se buscó la escoba y se puso a barrer. Apartaba a los hombres de donde
estuvieran. Dejó todo limpio. Después pasó la trapeadora, húmeda.

De a pocos el cielo fue yéndose de lo lechoso de la luna a lo rojizo del sol, y los hombres recogían sus
cosas en silencio, y se iban.

Una larga hilera desordenada. Parecían, en la penumbra, una sucesión de estacones que caminaran
hacia la pequeñez. Decrecían, graduales. Pulgarcitos se los tragaba el monte.

De pronto no hubo ninguno.

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