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Intropucci6n LA LECCION DE LA MASCARA EI ojo del artista, como ha dicho Thomas Mann’, tiene una forma mitica de ver la vida; por tanto, al reino mitolégico —el mundo de los dioses y los demonios, el carnaval de sus méscaras y el curioso juego del «como si» en el que el fes- tival de los mitos vivos anula todas las leyes del tiempo, per- mitiendo a los muertos volver a la vida y el «érase una vez» se convierte en el presente actual— debemos aproximarnos y mirarlo por primera vez con los ojos de un artista. En el mun- do primitivo, donde hay que buscar Ia mayor parte de las claves de la mitologia, los dioses y los demonios no se conci- ben a la manera de realidades inflexibles, inalterables y posi- tivas. Un dios puede estar simultdneamente en dos o més lugares, como una melodia o como la forma de una méscara tradicional. Y dondequiera que se presenta, el impacto de su presencia es el mismo, no queda reducido por su multiplica- cién. Ademés, en un festival primitivo la mascara es reveren- ciada y experimentada como una auténtica aparicién del ser mitico que representa, aunque todo el mundo sabe que un hombre hizo la mascara y que un hombre Ia lleva sobre si. Y el que la lleva es identificado con el dios mientras dura el ritual, del cual la mascara es una parte. El no representa sim. plemente al dios, él es dios. El hecho literal de que la apari- cién esté formada por: A) una mascara, B) su referencia a un ser mitico y C) un hombre, se desplaza de la mente y la ' Mann, «Freud and the Future». 42 / Mitologia primitiva representacién se acepta para que funcione sin cambios en los sentimientos tanto del espectador como de] actor. En otras palabras, ha habido un cambio de punto de vista desde la Idgica de Ja esfera secular normal, donde las cosas se entienden como diferentes las unas de las otras a una esfera teatral o de juego, donde se aceptan por lo que se experimenta que son y la ldgica es la de «hacer creer», «como si». Seguro que todos conocemos la convencién; es un dispo- sitivo primario, espontaneo, de la infancia, un dispositivo mé- gico por medio del cual el mundo se puede transformar de trivial en mdgico en un santiamén. Y su inevitabilidad en la infancia es una de esas caracteristicas universales del hombre que nos redine en una familia, por tanto, es un dato primario de la ciencia del mito, que hace referencia precisamente al fenémeno de la creencia autoimpuesta. «Un profesor», escribid Leo Frobenius en un célebre texto sobre el poder del mundo demoniaco de la infancia, «esté escribiendo en su despacho y su hijita de cuatro afios corre por la habitacién. No tiene nada que hacer y le est4 moles- tando. Entonces él le da tres cerillas usadas diciendo: ;Toma, juega! y, sentdndose en la alfombra, ella empieza a jugar con las cerillas. Hansel, Gretel y la bruja. Pasa un tiempo consi- derable durante el cual el profesor se concentra en su trabajo, pero, de pronto, la nifia grita aterrorizada. El padre salta: Qué es esto? gQué ha pasado? La nifia corre hacia é] mos- trando todas las sefiales de un gran espanto, jpap4, pap, llé- vate a la bruja, no puedo tocarla mds!». Una crupcién de emocién, observa Frobenius, es caracteristica del cambio esponténeo de una idea desde el nivel’ de los sentimientos (Gemiit) al de la conciencia sensual (sinnliches Bewusstsein). Ademés, la aparicién de tal erupcién significa obviamente que un proceso espi ritual determinado ha Llegado a su fin, La cerilla no es una bruja, ni fue una bruja para la nifia al principio del juego, por tanto, el pro- ceso reside en que Ia cerilla se ha convertido en una bruja a nivel de los sentimientos, y la conclusién del proceso coincide con la transfe- rencia de esta idea al plano de Ja conciencia. La observacién del pro- ceso elude el examen del pensamiento consciente, porque éste se hace consciente s6lo después 0 en cl momento de la conclusién. No obstante, en tanto que Ia idea es, ésta tiene que haberse originado. El proceso es creador en el més alto sentido de la palabra; pucs, como hemos visto, La leccién de la méscara / 43 para una nifia pequefia una cerilla puede convertirse en una bruja. Re sumiendo pues, Ia fase de la conversién tiene lugar a nivel de los sen- timientos, mientras que la del ser lo es « nivel consciente?* Este vivido y convincente ejemplo de la nifia atacada por una bruja mientras est4 jugando puede utilizarse para repre- sentar un intenso grado de Ja experiencia mitolégica demonia- ca. De cualquier modo, la actitud de la mente representada por el propio juego, antes de que ocurriese el ataque, pertenece también a la esfera de nuestro tema. Pues como ha sefialado J. Huizinga en su brillante estudio sobre el elemento lidico en la cultura, al principio el punto central es lo divertido del juego, no el arrobo del ataque. «En todas las frenéticas imagi- naciones de la mitologia estd jugando un espiritu divertido», esctibe, «entre los limites de la broma y lo serio» *, «Que yo sepa, etndlogos y antropélogos coinciden en la opinién de que la actitud mental con que se celebran las grandes fiestas reli- giosas de los salvajes no es una de ilusién completa, hay una conciencia sobreentendida de que las cosas no son reales» *. Y cita entre otros a R. R. Marett, quien en el capftulo sobre «Ingenuidad Primitiva» en su libro The Threshold of Religion desarrolla la idea de que un determinado elemento de «hacer creer» opera en todas las religiones primitivas. «El salvaje», escribe Marett, «es un buen actor que puede estar totalmente embargado por su papel, como un nifio al jugar; y, también como un nifio, es un buen espectador que puede asustarse mortalmente por los rugidos de algo que él sabe perfectamente bien que no es un leén real», «Considerando todo el conjunto de Ja Iamada cultura primitiva como una esfera de juego», sugiere Huizinga como conclusién, «preparamos el camino para un entendimiento de sus peculiaridades més directo y més general que el que per- 2 Leo Frobenius, Paideuma, Umrisse einer Kultur— und Seelenlebre, 3 Aufl. (Frankfurt, 1928), pp. 143-45. 3 J. Huizinga, Horo Ludens (Londres: Routledge y Kegan Paul, 1949), 'p. 5, Edicién castellana: Alianza Editorial, Madrid, 1987. 4 Ibid, p. 22. 3 Ibid., p. 23. * Este texto y todos los que aparecen citados en esta obra han sido taducidos por Isabel Cardona para esta edicién. (N. de los E.) 44 / Mitologia primitive mitiria cualquier andlisis meticuloso psicoldgico 0 socioldgi- co» *, Y estoy de acuerdo de todo corazén con este juicio, aftadiendo unicamente que deberiamos extender la considera- cién a todo el campo de nuestro tema presente. En la misa catélica, por ejemplo, cuando el sacerdote ci- tando las palabras de Cristo en la Ultima Cena pronuncia la f6rmula de la consagracién con gran solemnidad, primero sobre la oblea de la hostia (Hoc est enim Corpus meum: éste es Mi Cuerpo), y luego sobre el cdliz del vino (Hic est enim Calix Sanguinis mei, novi et aeterni Testamenti: Mysterium fidei: qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem pecca- torum: Este es el Céliz de Mi Sangre, del nuevo y eterno testamento, misterio de fe, que serd derramada por vosotros y por muchos para remisién de los pecados), se ha de suponer que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, que cada particular de la hostia y cada gota de vino es de hecho el Salvador viviente del mundo. Es decir, el sacra- mento no se concibe como una referencia, un simple signo o sfmbolo para provocar en nosotros una serie de pensamientos, sino que es Dios mismo, el Creador, Juez y Salvador del Uni- verso, venido aqui para actuar sobre nosotros directamente, para liberar nuestras almas (creadas a su imagen) de los efec- tos de la caida de Adan y Eva en el jardin del Paraiso (que debemos suponer existié como un hecho geogréfico). Asimismo, en India se cree que como respuesta a las férmulas de consagracién los dioses descenderdn graciosamen- te para infundir su sustancia divina en las imagenes del tem- plo, que entonces son Ilamadas sus tronos o asientos (pitha). También es posible, y en algunas sectas hindvies incluso espe- rado, que el individuo mismo se convierta en un asiento de la deidad. En el Gandharva Tantra esta escrito, por ejemplo: «Nadie que no sea él mismo divino puede adorar debidamente a una divinidad»; y de nuevo, «Habiéndose transformado en la divinidad, uno deberia ofrecerle sacrificio» ’. Més atin, incluso es posible para un actor realmente dotado descubrir que todo, absolutamente todo, se ha convertido en © Ibid., p. 25. 7 Heinrich Zimmer, Philosophies of India, ed. Joseph Campbell (Nueva York: Pantheon Books, The Bolingen Series XXVI, 1951) La leccién de la mascara / 45 el cuerpo de un dios, o que revela la omnipresencia de Dios como sustrato de todo ser. Por ejemplo, hay un pasaje entre las conversaciones del maestro espiritual bengali del siglo x1x Ramakrishna, en el que describe esta experiencia: «Un dia», se dice que contd, «se me revelé repentinamente que todo es Puro Espiritu. Los utiles religiosos, el altar, el marco de la puerta, todo Puro Espiritu. Hombres, animales y los demas seres vivientes, todo Puro Espiritu. Entonces, como un loco, empecé a esparcir flores en todas direcciones, todo lo que veia lo adoraba» *. Creer, o al menos un juego de creer, es el primer paso hacia un trance divino semejante. Las crénicas de los santos abundan en relatos de sus largas pruebas de préctica dificultosa, que precedian a sus momentos de éxtasis; y también tenemos los més espontdéneos juegos y ejercicios religiosos de la gente (los aficionados) para ilustrarnos sobre el principio formulado, El espfritu festivo, la fiesta, el dia sagrado del ceremonial reli- gioso, requiere que la actitud normal hacia las preocupaciones del mundo se abandone momentdneamente en favor de una particular disposicién de engalanarse. El mundo estd lleno de banderas. O en los santuarios religiosos permanentes —los templos y catedrales donde una atmésfera de santidad flota permanentemente en el aire— no se puede permitir que la légica del hecho frio y simple se interfiera y deshaga el hechizo. Los gentiles, «los aguafiestas», los positivistas que no pueden © no quieren jugar, deben ser mantenidos aparte. De aqui las figuras guardianas que estén a ambos lados de las entradas a los lugares sagrados: leones, toros o terribles guerreros con espadas desenvainadas. Estén alli para impedir la entrada a los «aguafiestas», a los defensores de la légica aristotélica, para quienes A nunca puede ser B; para los que el actor nunca ha de abandonarse a su papel, para quienes la mascara, la imagen, la hostia consagrada, el Arbol o el animal no pueden conver- tirse en Dios, sino sdlo aludirlo. Tales graves pensadores han de quedarse fuera, pues lo que se intenta al entrar en un san- tuario o al participar en un festival es ser alcanzado por el ® Swami Nikhilananda, The Gospel of Sri Ramakrishna (Nueva York Ramakrishna-Vivekananda Center, 1942), p. 396. { t 46 / Mitologfa primitive estado conocido en India como «la otra mente» (en sénscrito anya-manas: mente ausente, posesi6n por un espiritu), donde uno est4 més alla de si mismo, embelesado, apartado de la propia Idgica de autoposesién y dominado por la fuerza de una Iégica de indiferenciacién, donde A es B y C también es B. «Un dia», dijo Ramakrishna, «mientras adoraba a Shiva, iba a ofrecer una hoja del Sefior sobre la cabeza de la imagen cuando se me revelé que este mismo universo es Shiva, Otro dia, habfa estado cogiendo flores cuando se me revelé que cada planta era un ramillete que adornaba la forma universal de Dios; aquello fue el fin de mis recogidas de flores. Veo al hombre exactamente de la misma manera. Cuando miro a un hombre, veo que es el mismo Dios que anda sobre la tierra, que va de aqui para alld, como una almohada flotando sobre las olas» *. Seguin este punto de vista el universo es el asiento (pitha) de una divinidad de cuya visién nos excluye nuestro habitual estado de conciencia. Pero en la representacién del juego de los dioses damos un paso hacia esa realidad, que en tltimo caso es nuestra propia realidad. De aqui el éxtasis, los senti- mientos de deleite y el sentido de renovacién, armonia y re- creacién. En el caso de un santo, el juego lleva al éxtasis, como en el caso de Ja pequefia a la cual la cerilla se le aparecia como una bruja. El contacto con el sentido del mundo puede en- tonces desaparecer al permanecer la mente detenida en ese otro estado. Para ellos es imposible volver a este otro juego, el juego de la vida en el mundo. Estén posefdos de Dios; esto es todo lo que saben sobre Ia tierra y todo lo que necesitan saber. Y pueden incluso impregnat a sociedades enteras, de manera que éstas, inspiradas por sus éxtasis, pueden igualmen- te perder el contacto con el mundo y rechazarlo como ilusorio © como el mal. La vida secular puede ser entendida entonces como cafda, una caida de la Gracia, siendo la Gracia el éxtasis de la fiesta de Dios. Pero hay otra actitud mds comprensiva que ha concedido belleza y amor a los dos mundos, a saber: la del /7/@, el juego, como ha sido denominada en Oriente. El mundo no esté con- 9 Ibid. La leccién de la méscara / 47 denado ni rechazado como caida sino penetrado voluntaria- mente como un juego o una danza donde el espiritu juega. Ramakrishna cerré los ojos: «¢Es sdlo esto?», dijo. «gSdlo existe Dios cuando los ojos estén cerrados y desaparece cuando estén abiertos?» Abrié los ojos. «El Juego pertenece a Aquel a quien pertenece la Eternidad y la Eternidad a Aquel a quien pertenece el Juego... algunas personas suben los sie- te pisos de un edificio y no pueden bajar, otros los suben y luego, cuando lo desean, visitan los pisos inferiores» ®. Asi pues, la tinica pregunta pertinente es: ¢Cudnto se puede subir o bajar por la escalera sin perder el sentido del juego? E] profesor Huizinga, en su obra antes mencionada, se- fiala que en japonés el verbo asobu que se refiere al juego en general —recreo, relajamiento, diversién, viaje, excursion, dis- traccién, jugueteo, abandono, estar desocupado— también sig- nifica estudiar en una universidad o con un profesor, asimis- mo, entablar una lucha simulada y, por ultimo, participar en las muy estrictas formalidades de la ceremonia del té. Y con- tinta: La seriedad extraordinaria y la profunda solemnidad del ideal de vida japonés esté enmascarada por la elegante ficcién de que todo no es més que un juego. Como la chevalerie de la Edad Media cristiana el bushido japonés fue tomando forma casi exclusivamente en la esfera del juego y fue representado en formas de juego. El lenguaje atin con- serva esta convencién en el asobase-kotoba (literalmente, lenguaje de juego) o habla educade, la forma de hablar utilizada en la conversacién con personas de rango superior. La convencién es que las clases supe- riores meramente estén reptesentando todo lo que hacen. La forma cor- tés para «ti Iegas a Tokio» es, literalmente, «haces como que llegas a Tokio» y para che sabido que tu padre ha muerto», «he sabido que tu padre ha hecho como que muere». En otras palabras, a la persona que se reverencia se Ia imagina como viviendo en una esfera elevada donde lo que impulsa a Ia sccién es sdlo el agrado o la condescen- dencia !!, Desde este punto de vista supremamente aristocrdtico, cualquier estado de trance, ya sea por la vida o por los dioses, representa una caida o descenso del miveau espiritual, una vul- 10 Ibid., pp. 778-79. 4 Huizinga, op. cit., pp. 3435. 48 / Mitologia primitiva garizaci6n del juego. Nobleza de espiritu es gracia o habilidad para jugar, tanto en el cielo como en la tierra. Y supongo que esto, este noblesse oblige, que ha sido siempre la cuali- dad de la aristocracia, fue precisamente la virtud (dpeth) de los poetas, artistas y filésofos griegos, para quienes los dioses eran verdad como la poesia es verdad. Podemos suponer tam- bién que éste era el primitivo (y caracteristico) punto de vista mitolégico, como opuesto al mds tedioso del positivismo; que posteriormente es representado, por una parte, por experien- cias religiosas de un tipo literal, donde el impacto de un de- monio surgiendo al plano de la conciencia desde su lugar de origen en el nivel de los sentimientos se acepta como objetiva- mente real, y por otra, por la ciencia y la economia politica, para las que sdlo los hechos comprobables son objetivamente reales. Porque si es verdad, como ha dicho el filésofo griego Antistenes (nacido alr. 444 a.C.) que «Dios no se parece a nada, por tanto nadie puede comprenderlo por medio de una ima- gen» ” 0, como leemos en el Upanishad hindd, En verdad, es otro que lo conocido y, ademés, por encima de lo desconocido entonces hay que reconocer, como un principio basico de nues- tra historia natural de los dioses y los héroes, que cuando un mito se ha tomado literalmente, su sentido se ha pervertido; pero también, reciprocamente, que cuando se ha desdeiiado como un mero engaiio de sacerdotes o como sefial de inteli- gencia inferior, la verdad ha salido por la otra puerta.