Está en la página 1de 7

CON EL INFIERNO FRENTE A ELLOS

POR JARED ROSEN

7 de junio de 1868

La caravana me trajo a Polvo.

Es un pueblo apático y apagado, propenso a ser devorado por el desierto tanto como
cualquier otra calle de doble sentido que esté tan al sur de la línea ferroviaria. Recuerdo que,
durante los días de la Gran Expansión, era un lugar verdaderamente espectacular, pero
ahora no queda nada, salvo una cantina mugrienta y un puñado de viviendas venidas a
menos. Los rostros de la gente cargan cierta pesadumbre: acuden a mí como en busca de la
salvación, pero yo no soy un ángel verdadero y no puedo responder a sus plegarias.

No tengo certezas de cuánto puede resistir este pueblo a la oscuridad de la frontera o si


seguirá aquí cuando regrese. Sin embargo, debo seguir adelante.

Mi propia meta es llegar al este, ensombrecido por arcos de arenisca y kilómetros de campo
abierto. Ningún hombre en su sano juicio se asentaría en estas tierras hostiles y peligrosas,
incluso para aquellos que están bien preparados. La cantera que busco está fuera del alcance
de bandidos comunes y pandillas de asaltantes. Por ese motivo, un asesino viaja conmigo. Le
pagué la mitad como anticipo, y el resto lo recibirá una vez que el trabajo esté hecho.

Es una criatura inmensa, lleno de esa oscuridad endémica de los suyos. Casi puedo sentir el
calor de su sangre ardiendo dentro de su corazón ennegrecido, pero es el tipo de hombre
que exige esta aventura. Sin dudar. Sin vacilar. Solo poder crudo e instinto. Fue por eso que
convoqué a Darius, el cazador de hombres, para acompañarme en esta empresa, en nuestro
viaje hacia los solitarios recovecos del Cañón Negro.

Es en las profundidades de aquel sombrío lugar que cazaremos al diablo, para después
matarlo.

9 de junio de 1868

Han pasado dos días desde que dejamos el pueblo de Polvo y Darius casi no ha pronunciado
palabra alguna. Su determinación es lúgubre y clara, alimentada por una rabia turbulenta
encastrada en lo profundo de su pecho. Me recuerda mucho a mis creadores del este, pero
más a sus antepasados. Hombres que, hace muchos años, atormentaron los jardines del
paraíso y aniquilaron todo lo que había allí adentro.

Esa es la gran ironía de este esfuerzo. Una máquina hecha a semejanza de los ángeles
perdidos y un asesino descendiente de asesinos, contratados para destruir el fruto del
pecado más grave de la propia humanidad. Puedo asegurar que mi compañero está
encantado.

Viajamos contra el viento, siguiendo el aroma de las cenizas de azufre, de las huellas de las
pezuñas ardientes y de los matorrales chamuscados por el fuego del infierno. Aquí, la tierra
sigue por mil leguas y otras mil más, un pastiche interminable y abierto de polvo, pasto y
lavanda silvestre que se encuentra con el cielo en el punto medio y se expande hasta la
eternidad. Es un país bendecido. He explorado gran parte de él a lo largo del tiempo desde
que nací, y continuaré haciéndolo durante las décadas y siglos venideros, mientras que este
caparazón que tengo por cuerpo aguante.

Por desgracia, los secretos de mi creación se perdieron hace mucho tiempo. De los ángeles
artificiales, soy la primera y la última, alimentada por la sangre misma de los viejos coros.
Sus susurros aún llegan hasta mis oídos, pero los dioses están muertos y sus sirvientes yacen
regados a lo largo de la frontera. Sus palabras fueron despojadas de todo poder o
consecuencia hasta que ellas, también, se desvanezcan por completo del mundo. Por eso es
que llevo un diario: para que quienes permanezcan una vez que lo antiguo se pierda no nos
olviden y que conozcan, por lo menos, nuestra historia.

Con el tiempo, mi propia forma terrenal se oxidará y el ser que alberga dentro regresará
adonde sea que deban ir las almas de los ángeles, tal vez a algún lugar muy lejano de aquí. A
veces me pregunto si, cuando mis días lleguen a su fin, volveré a ver esta tierra poseedora de
tal belleza moribunda.

11 de junio de 1868

Descubrimos el rancho por el olfato antes que por la vista. Una granja de dos pisos con un
establo, ambos reducidos a ruinas negras y cenicientas. Estos son los signos inconfundibles
del diablo que estamos cazando: caminos marcados con ardientes huellas de pezuñas y los
cuerpos incinerados de animales y personas regados por doquier, como si algún sádico
gigante los hubiera lanzado por los aires antes de terminar con ellos y dejarlos a merced del
olvido. El rostro de cada criatura quemada tiene una mueca torcida de horror y miedo,
resultado de mirar las llamas de algún infierno distante y voraz.

¡Malditos sean estos diablos! Horrores extranjeros en su totalidad que escaparon de su


prisión de humo y oscuridad. Algunos hicieron de este sitio su hogar, como el famoso
acosador con cráneo bovino del viejo mundo, quien merodea por estas tierras desde los
tiempos de las antiguas deidades progenitoras. Pero el resto deambuló durante eones en las
entrañas del inframundo, torturando a las almas de los condenados e infligiendo dolor a los
espíritus de humanos retorcidos y rotos. Después, el cielo se derrumbó durante esa primera
gran debacle continental y el paraíso se perdió para toda la humanidad hasta el fin de los
tiempos.

Maniatadas, las almas humanas no tenían adónde ir, salvo a las fauces sonrientes del foso.

Ni todo el infierno pudo sostener a las masas gimientes de la humanidad, por lo cual se abrió
en una furiosa emergencia de llamas y odio: los diablos finalmente se apresuraron para
unirse a sus primos, los denostados demonios. Aquellas criaturas bestiales que se hacían
pasar por vendedores de aceite de serpiente, pregoneros de carnaval y sepultureros
itinerantes mientras planeaban la perdición cruel e irónica de los desesperados, se aliaron
felizmente con la recién expandida amenaza del fuego infernal y la muerte.

Ahora, con el cielo vacío y el infierno desbordado, poco pueden hacer las pobres almas
mortales para salvarse de una condena que ellas mismas provocaron.

No obstante, Darius permanece indiferente ante la destrucción que marca nuestro camino.
Habla de su compromiso conmigo y del éxito de nuestra misión, al tiempo de preguntarse en
voz alta qué puede ganar un ángel mecánico de combatir en la batalla hace mucho tiempo
concluida entre el bien y el mal. No parece inquietarse por mi presencia, así como tampoco
espera que los milagros de los ángeles iluminen su oscuridad interna. Nada parece
importarle, salvo la pelea venidera y la recompensa por su victoria.

Confío en él, a pesar de mis reparos frente a la humanidad. Es un sentimiento engendrado


del pragmatismo y sospecho que él confía en mí del mismo modo.

A veces, lo observo durante las horas sombrías cuando acampamos al atardecer; sus ojos
siempre prendados por las brasas resplandecientes de la fogata. Buscando, tal vez, algo que
escapa a mis ojos.

14 de junio de 1868

Llegamos a la boca del Cañón Negro tras varios días de seguir las huellas negras de pezuñas
de los espantosos jinetes del diablo. El caballo de Darius se niega a avanzar, por lo cual
dejaré mi propia montura atrás, Virtud, y continuaremos a pie. Al final, esto podría sernos
favorable. Así, las bestias no se asustarán y no alertarán a nuestro objetivo.

El cazador de hombres lleva consigo una gran hacha cuyo mango exhibe incontables muescas
correspondientes a incontables recompensas cobradas. Un hombre falto de emoción es un
hombre incorruptible por el miedo o por la debilidad, contrario a los alguaciles y su agresión
inapropiada hacia todo aquello que sea menos que humano. Su mirada está consumida por
una intención violenta, siempre alerta ante el más mínimo sonido o movimiento, incluso
cuando no hay nada en el horizonte. Como todo asesino experimentado, está acostumbrado
a la imprevisibilidad de los agresores sobrenaturales.

El viento es suave y no se escucha ningún sonido, salvo el crujido de las piedras bajo
nuestros pies. Darius pregunta por qué un diablo construiría su casa aquí. Yo le respondo
que, para un diablo, el único lugar mejor solo podría ser el infierno.

Estamos de pie entre los huesos de un dios asesinado por los hombres hace no mucho
tiempo.

Fue tan solo hace cincuenta años que las deidades que no se retiraron hacia el lejano oeste
fueron cazadas sin piedad por el gobierno, acribilladas por los alguaciles federales y
destrozadas por desolladores, curtidores y carroñeros. Los colosales huesos del dios,
demasiado grandes para ser levantados por los hombres codiciosos, fueron dejados ahí. Las
rocas formaron rápidamente a su alrededor aquello que los cartógrafos consideran un
cañón, aunque no sea tal.

Darius se ríe y el sonido viaja más allá de los muros de piedra caliza hacia el vientre abierto
de la tierra. Contorsionándose y serpenteándose, circulando a través de grandes bloques de
roca mientras chocan entre sí, su voz se convierte en un murmullo hasta desaparecer. Ante
ello, el cazador de hombres sonríe.

¿Cuánto tiempo crees que les tomó a esos hombres asesinar a un dios?, me pregunta. Antes
de que pueda responderle, coloca su arma sobre su hombro, nuevas ansias se imprimen en
su rostro y comienza a descender por el sendero, con pasos más veloces que lo que había
demostrado anteriormente.

15 de junio de 1868

Darius me está preocupando.

Decidí contratar al cazador de hombres por su crueldad, pero hay algo en este sitio que
despierta a la serpiente enroscada en las profundidades de su corazón, y ahora le ha abierto
el paso a una intención aún más oscura. Camina con determinación, sujetando el mango de
su hacha con fuerza entre sus manos. Ahora, cuando me mira, ya no veo en él a un
compañero, sino a un contendiente, un hombre que partiría el mundo en dos si tan solo
pudiera reunir la fuerza suficiente. Lo que él ve en mí es un camino hacia ese poder, apenas
conteniéndose mientras cae la noche y el aire se torna tibio y quieto.

Murmura en la oscuridad sobre demonios y diablos, y lo que sus tratos pueden ofrecer.

Los demonios te dan lo que deseas, le gusta decir. Y el diablo te da lo que necesitas.

Junio de 1868

La verdadera naturaleza del Cañón Negro se revela mientras más nos adentramos en el viaje.
Los susurros provenientes de mi sangre son silenciados dentro de los grandes muros de
piedra; sus puntas afiladas desgarran el cielo que se desvanece rápidamente. El polvo y la
suciedad le han abierto el camino a una vegetación fantasmal: campos de extrañas flores
blancas contenidas dentro de valles que no deberían existir, rodeadas por montañas que
desafían el tiempo geológico. La noche y el día parecen intercambiarse con cada hora que
pasa, pero seguimos avanzando en las entrañas de la roca, cada vez más cerca de la guarida
del diablo.
De vez en cuando, Darius sonríe y hace preguntas acerca de dioses y monstruos, ángeles y
demonios. Sus preguntas están alimentadas por tics extraños: mira detrás de nosotros como
si alguien estuviera allí, agita sus manos cerca de sus orejas como si un insecto estuviera
zumbando cerca. Lo observo con cuidado cada noche que acampamos. Sus ojos salvajes
brillan al mirar las carbones ardientes, reflejando las brasas mientras estas danzan hacia el
aire, y me interroga acerca del dios que murió aquí y cómo fue asesinado.

En ocasiones, mientras duerme, avisto la silueta risueña de un forastero que nos observa
desde la distancia. A pesar de que aquellos apostadores forasteros nunca desafiarían la
paciencia de un ángel, sé por qué vinieron: perciben en este asesino un anhelo despiadado
por un trato inextricable.

Darius se está convirtiendo en una amenaza. Pero el diablo ya está tan cerca. Puedo
percibirlo, esta cosa que tenemos que asesinar... no hay ningún ser viviente que pueda
destruir a uno por su cuenta. Seguramente, una vez que el acto esté hecho, mi carga
recupere sus sentidos correspondientes, y tal vez la nube que asola este lugar se marche
para siempre.

Estoy preparada para el escenario en el que Darius me traicione. Nos necesitamos con vida
mutuamente hasta que ataquemos la guarida del monstruo, pero después...

Bueno, tal vez este hombre encontrará la muerte en el fondo del mundo.

O, si el destino lo exige, los tres moriremos.

¿¿¿???

Me pregunto si recordaré mi muerte.

En ocasiones, ese pensamiento me acecha. Recuerdo muy bien mi nacimiento: la sensación


de ser extraída de un lugar muy lejano de aquí y despertar rodeada de viejas máquinas
chirriantes y ruidosas. Me dijeron que fui un milagro. Construida a partir de unas
instrucciones arcaicas encontradas en una gran ciudad plateada e infundida con la esencia de
las cosas que habían vivido aquí, pero que ahora no lo hacían más. Sus susurros llegaron
hasta mis oídos y fue en ese momento que supe lo doloroso que era ser la primera y la
última de algo de lo que solo podía recordar la mitad.

Sin embargo, sé que cuando muera, recordaré al diablo Hecarim, su cráneo ardiendo en la
oscuridad sobrenatural del cañón.

Mi acompañante recobró su cordura cuando llegamos al fondo del precipicio, en donde el


aire estancado se convirtió en un suave viento y la profunda incomodidad que nos había
inquietado parecía haberse disipado finalmente. Estábamos frente a la boca de una gran
abertura en la roca. Su entrada era negro azabache y pequeñas brasas titilaban por el suelo.
Fue entonces que supimos que, por fin, nuestra presa estaba a nuestro alcance. Los
condenados jinetes, ese demoniaco grupo errante que parecía seguir a Hecarim a todas
partes, seguramente nos esperaban adentro. Con las armas listas, entramos a la cueva, solo
para encontrarnos con

nada.

Un túnel oscuro se desplegaba frente a nosotros, pero los jinetes no manifestaron su


presencia. ¿Cuánto tiempo estuvimos preparándonos? ¿Cuánto tiempo habíamos estado ahí
abajo? Era difícil saberlo. Seguimos el camino por un rato, hacia la penumbra, hacia el calor
de ese horno, alumbrados solo por el brillo de la ceniza chisporroteante que se alineaba en
los bordes del suelo de la cueva. Más adelante había una especie de espacio abierto, una
abertura en el otro lado del muro del cañón y, dentro de ella, llamas de fuego rojas y
amarillas que fungían como signos delatores del diablo esperando a su audiencia.

Mientras pensábamos que estábamos cazando al diablo, él era quien en realidad nos cazó a
nosotros. Esa fue y siempre había sido la naturaleza de las criaturas. Los diablos son los
grandes reyes del infierno y exigen una audiencia con la fastuosidad y la solemnidad de
cualquier otra estirpe noble en el mundo, o cualquier gobernador de los territorios del este.
Los demonios pueden mentir, seducir y engañar. Pueden otorgarles a los mortales aquello
que desean y luego cobrar su trabajo una vez que el terrible peso de sus regalos es
finalmente apreciado. Pero un diablo nunca es tomado por sorpresa: siempre está
preparado para darles a sus perseguidores justo aquello que necesitan.

Darius lanzó una mirada de desprecio. Sus ojos se iluminaron con el brillo de todos los
carbones ardientes y supe que él había encontrado lo que fuera que hubiera visto dentro del
corazón del fuego.

Emergimos a un estéril peñasco de piedra fundida y calor abrasador, rodeado por una torre
de llamas que parecía prolongarse hasta las mismas paredes del cañón. En el centro estaba
Hecarim. Su cuerpo era el de un gran semental negro con el monstruoso torso de un hombre.
Portaba en el rostro el cráneo ardiente de un caballo desollado. De este salía un solo cuerno
infame. Envuelto en una espesa capa de humo, habló con la voz de una montaña que se
rasga lentamente:

¿Por qué has venido aquí?

Mi acompañante se mantuvo en silencio. La pregunta estaba dirigida a mí y no a él, pues ya


había dado su respuesta, tal vez mientras dormía, en los descansos en sus sueños oscuros, o
la había susurrado en los ecos de las rocas y del polvo que crujían bajo nuestros pies durante
el largo descenso. Poder, había dicho él. Debo tener poder. Y giró como si fuera a responder
por mí, alzando su hacha sobre su cabeza. El arma brillaba con una ardiente llama al rojo
vivo, lista para arremeter contra mí.

Disparé dos flechas hacia su corazón. Ambas dieron en el blanco. Darius cayó al suelo antes
de que pudiera sellar su pacto: el poder para exterminar todo lo que estuviera frente a él, a
cualquier costo.

Sin pronunciar una sola palabra, el cazador de hombres había muerto... o eso pensé.

Mientras preparaba otra flecha para lanzársela al diablo, Darius se levantó nuevamente, su
rostro estaba desfigurado por una mueca iracunda, su hacha brillaba con los nuevos poderes
otorgados por el infierno. A través de las llamas detrás de él cabalgaba la hueste de los
jinetes demoniacos. Había caído en la trampa de Hecarim.
Huí a través del túnel, por los senderos sinuosos del Cañón Negro, hacia mi corcel y en
dirección a la pradera abierta. Me perseguían las legiones del infierno y el corazón
ennegrecido de aquel hombre perverso y brutal. Un poder como ese atrae a los monstruos,
los transforma, los convierte en una fuerza que, con el tiempo, incendiará el continente y lo
reducirá todo a polvo.

Cabalgo hacia el pueblo fronterizo Pedestal del Ángel. Ahí hay un hombre, un asesino de
diablos y un aliado de aquellos que llamaron ''hogar'' a la frontera alguna vez, quien puede
movilizar el alma salvaje de esa caótica multitud contra las amenazas que los acechan. Tal
vez no peleen por el destino de la humanidad, pues esta ya nos condenó a todos. Pero tal
vez aún peleen por ellos mismos.

Si encontraste este diario, te pido que te unas a nosotros. Nuestras fuerzas se concentran en
el borde del mundo. Queda muy poco tiempo.

El infierno se avecina. Debemos levantarnos como uno solo o perderemos el oeste para
siempre.