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BARROTES DE SEDA

Aquellas semanas en el océano habían hecho que Markus se sintiera débil y mareado, por lo
que se alegró mucho de volver a pisar tierra firme. El camino a la orilla de basalto era muy
resbaladizo, lo que lo hacía traicionero. Los árboles torcidos y encorvados en todas direcciones
parecían cáscaras ennegrecidas y miserables. Lloraban una savia amarillenta por donde
aparentemente algún animal asustado había clavado sus garras. Entre los árboles se
vislumbraba una tenue luz, que danzaba como las velas de los cadáveres cuyo brillo atraía a las
almas incautas del pantano y las condenaba para siempre. En las ramas había algo parecido a
hojas delgadas y mortecinas, y Markus tardó un momento en darse cuenta de que se trataba
de telarañas.

El helecho obstruía la maleza en ambos lados del camino y en ocasiones se podía ver
fugazmente la sombra de alguna criatura que se dirigía al bosque. Tal vez las ratas que habían
infestado el barco los habían seguido incluso ahí. Markus no las había visto, como mucho
intuido una veloz silueta de algo negro y peludo por un instante, u oído el sonido tan
característico de unas garras al correr sobre madera. Siempre había pensado que, por el
sonido, parecía que se tratara de criaturas con muchas más patas de las que se suponía que
tenían.

El aire de aquella isla era inmensamente húmedo, y tanto su elegante túnica confeccionada a
medida como sus botas estaban empapadas. La bola aromática que se llevó a la nariz no
bastaba para camuflar el hedor de la isla, y le recordó al vertedero de cadáveres que había al
otro lado de los muros de Noxus cuando el viento soplaba desde el océano. Al recordar su
hogar, se sintió incómodo por un momento. Las aventuras de las catacumbas situadas bajo la
ciudad le habían producido una placentera sensación de emoción ilícita, una recompensa por
haber seguido el símbolo secreto de la flor de pétalos negros. En la oscuridad de los sepulcros,
él y sus compañeros se reunieron, devotos.

Donde ella los aguardaba.

Alzó la vista, esperando ver a la seductora mujer cuyas palabras habían traído a tantos
hombres a aquel lugar. Vio un destello de seda carmesí y el bamboleo de unas caderas antes
de que la figura se adentrara en la espesa niebla. Los sermones sobre un dios ancestral lo
llenaron de emoción, y cuando él y treinta hombres fueron elegidos para el peregrinaje, estaba
extasiado de felicidad. Cuando embarcaron a medianoche y el timonero silencioso y
encapuchado los miró, se sintió como en una épica aventura. Sin embargo, estar tan lejos de
Noxus comenzaba a nublar su entusiasmo.

Markus se detuvo para mirar el camino por el que había venido. Sus compañeros peregrinos
siguieron avanzando, empujando como ganado. ¿Qué les pasaba? Detrás de ellos iba el
timonero, que se deslizaba por el camino casi como si sus pies apenas rozaran el suelo. Su
ropaje ondulaba al son de su movimiento, y el miedo anidó en el corazón de Markus al estar
cerca de él.

Cuando se giró, se encontró cara a cara con ella.

“Elise…”, dijo prácticamente sin aliento. Su instinto lo apremiaba a apartarla y salir corriendo
de aquel horrible lugar, pero la intoxicación de su oscura belleza superaba el rechazo. Aquel
sentimiento de repugnancia se desvaneció con tal rapidez que dudó de si la había sentido.
“Markus”, le contestó, y el sonido de su nombre en los labios de ella fue divino. Una oleada de
placer le recorrió la columna. Su belleza lo atravesó, y saboreó cada detalle de su forma
perfecta. Sus rasgos eran angulares y muy definidos, a lo que se sumaba un lustroso cabello
escarlata como el de una chica de alta cuna que había conocido en el pasado. Sus labios
carnosos y el brillo oscuro de sus ojos lo atrajeron más aún a su red con la promesa de un
éxtasis inminente. Una capa negra y escarlata ceñida con un broche de ocho puntas cubría sus
hombros, y ondeaba a pesar de que no había viento.

“¿Hay algún problema, Markus?”, preguntó. Su voz lo calmó como un bálsamo. “Necesito que
estés en paz. ¿Lo estás, verdad, Markus?”

“Sí, Elise”, dijo. “Estoy en paz.”

“Bien. Me disgustaría saber que no estás en paz ahora que estamos tan cerca”.

La mera idea de no complacerla hizo que el pánico recorriera a Markus de arriba abajo, y que
el joven cayera al suelo. Envolvió las piernas con sus brazos que, igual que el alabastro, eran
pálidos, fríos y delicados.

“Lo que sea por mi señora”, dijo.

Ella bajó la vista para observarlo y sonrió. Por un instante a Markus le pareció ver algo largo,
fino y brillante bajo la capa. El movimiento era antinatural y nauseabundo, pero le daba igual.
Elise le puso una de sus afiladas uñas negras bajo la barbilla e hizo que se alzara de nuevo. Un
riachuelo de sangre se abrió camino por su cuello, pero él lo ignoró y siguió a Elise, que había
dado la vuelta y lo guiaba hacia delante.

Él la siguió, y en su mente no había más pensamiento que el de complacerla. Los árboles eran
cada vez más delgados, y el camino terminaba en un acantilado. Al ver los símbolos
escarbados, Markus sintió una punzada. Al pie del precipicio había una cueva que se
asemejaba a unas fauces abiertas, y la determinación de Markus se desvaneció dejando paso
al miedo.

Elise le indicó que entrara, y él no tuvo fuerzas para resistirse.

El interior de la cueva era extremadamente oscuro y hacía un calor sofocante. Aquella oleada
de calor apestaba de un modo parecido al de un matadero. En su interior, una voz le gritaba
que corriera, que se alejara tanto como pudiera de aquel lugar terrible, pero sus pies
traicioneros lo llevaron aún más adentro. De repente sintió cómo caía una gota del techo y
aterrizaba en su mejilla, y Markus se encogió de dolor, pues escocía. Miró hacia arriba y vio
formas pálidas como larvas, colgadas y agitándose. En la superficie traslúcida de una telaraña
recién tejida había una cara humana, y las redes acallaban sus gritos.

“¿Qué es este lugar?”, preguntó a la vez que se liberaba del velo del engaño.

“Este es mi templo, Markus”, dijo Elise, y se soltó el broche de ocho puntas para sacarse la
capa. “Este es el cubil del dios de las arañas”.

Sus hombros se retorcieron, y dos extremidades se abrieron paso por su carne y le salieron por
la espalda; eran largas, oscuras y cortantes. Elise se fundió con la oscuridad convertida en una
grotesca masa abotargada. Sus piernas colosales inclinaron el cuerpo hacia delante, y la débil
luz de la entrada de la cueva reflejó una miríada de facetas en sus ojos.
La araña formaba un bulto enorme, peludo y recubierto de tumores mutantes y viscosos. El
terror de su aspecto de pesadilla rompió finalmente el hechizo de Markus, y este corrió hacia
la entrada de la cueva con la risa de Elise retumbándole en los oídos. Cuanto más avanzaba,
más hilos se le iban pegando y ralentizaban su avance. Cuando oyó el sonido de las garras en
movimiento se supo perseguido, y sollozó al pensar en ella tocándolo. Tropezó con más hilos
de sus redes, y sintió que algo lo agarraba por el hombro. Markus cayó de rodillas y el veneno
paralizante comenzó a surtir efecto. Estaba encerrado en la cárcel de su propio cuerpo.

Una sombra se cernió sobre él; era el timonero, que alargaba los brazos. Markus gritó cuando
su túnica cayó al suelo y reveló que en realidad no era un hombre, sino un sinfín de arañas
agrupadas en forma de hombre. Miles de arañas cayeron sobre él, y sus gritos se fueron
ahogando a medida que se introducían en su boca, sus oídos y sus ojos.

Elise se inclinó para observarlo desde el aire gracias a sus extremidades traseras. Ya no era
hermosa, y menos aún humana. Sus rasgos reflejaban un hambre feroz que nunca sería
saciado. La amenazadora forma de su monstruoso dios araña alzó a Markus del suelo con unas
mandíbulas como cuchillas.

“Ahora tienes que morir, Markus”, dijo Elise.

“¿Por qué...?”, balbuceó con su último aliento.

Elise sonrió, con la boca repleta de colmillos como agujas.

“Para que yo pueda vivir.”

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