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cientes. Ello parece ser una condición natural que atañe a la ciencia.

Efectivamente, a lo largo de la historia hemos trabado contacto con


varias posturas axiológicas en el ámbito de la ciencia que, por regla gene-
ral, han sido clasificadas de dos formas distintas.
Bajo un primer punto de vista, hay que tener en cuenta la posición a la
que se le llama monista –aquella que defiende que la ciencia busca la
realización de un único fin u objetivo epistémico. Sobre esta posición
confluyen posturas que tuvieron y en algún modo todavía tienen reso-
nancia los siguientes objetivos epistémicos: a) El aumento del grado de
contrastación empírica de las teorías para Carnap ([1928]).; b) La pre-
dicción de las teorías científicas para Reichenbach (1938); c) La búsque-
da de la verdad (verosimilitud) para Popper (1967); d) El progreso, en
tanto descubrimiento de nuevos hechos científicos, para Lakatos
(1982); e) Las verdades relevantes de Kitcher (1992); f) La semejanza
para Giere (1988); g) La adecuación empírica para van Fraassen (1980);
y h) La verdad para Bunge.
Por otra parte, hay que tener en cuenta también las posturas a las que se
les han aplicado la denominación de pluralistas –aquellas que abogan
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por la multiplicidad de fines u objetivos que persigue la ciencia. Quizá,


lo más expresivo a tener en cuenta aquí sea: a) La posición kuhniana
que aboga por la existencia de una pluralidad de valores epistémicos que
a lo largo de la historia de la ciencia se van “realizando” de forma alter-
nativa, pero para la cual éstos no cambian; b) La realización de los múl-
tiples valores epistémicos posibles de la ciencia para Laudan; y c) La
consecución de los varios fines de la ciencia mediante la consideración
del universo plural de los valores, epistémicos y no-epistémicos, que
intervienen en la actividad científica como defiende Echeverría (cf.
2002), por ejemplo.
Al margen de estas breves consideraciones acerca de las posturas mo-
nistas y pluralistas en el ámbito de la filosofía de la ciencia, y teniendo
por propósito mayor establecer un punto de aclaración e incluso de
confrontación teórica sobre la problemática de la presencia o no de
valores en la ciencia, quizá sea oportuno tener en cuenta dos de las po-

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siciones filosóficas más emblemáticas sobre el tema, a saber: Wittgens-
tein y Max Weber.

Wittgenstein: la distinción entre Hecho y Valor


En el curso de la historia de la filosofía la discusión acerca de los valo-
res siempre estuvo relacionada a la filosofía moral. Muchos han sido los
pensadores que han tomado los valores como objeto de sus reflexiones.
Uno en especial merece mención por tratarse del filósofo que ha dedi-
cado grandes esfuerzos por establecer una línea divisoria clara entre
filosofía y ciencia y, por consiguiente, entre hecho y valor. Se trata de L.
Wittgenstein.
La distinción que a lo largo del Tractatus Wittgenstein establece entre
hecho y valor (o, si se quiere, entre proposiciones que son significativas
y pseudos-proposiciones que son carentes de significado) es, según pa-
labras de Rodríguez Alcázar, una distinción tajante. Así se pronuncia él
sobre dicha distinción (1997:53).
“En el Tractatus se distingue tajantemente entre las proposiciones y
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el resto de las expresiones. Las primeras se caracterizan por des-


cribir estados de cosas (esto es, atribuyen una cierta propiedad a
un objeto o afirman la existencia de una cierta relación entre dos
o más objetos). Sólo de las proposiciones cabe decir que tiene algún
valor de verdad, que son verdaderas o falsas. Algunas, en efecto,
describen estados de cosas posibles que no se dan, sin embargo,
en la realidad, lo que las convierte en falsas. En cambio, aquellas
otras proposiciones que describen estados de cosas reales, o he-
chos del mundo, son verdaderas, y la totalidad de las proposicio-
nes verdaderas constituye la ciencia natural. Por otro lado, aquellas
expresiones que no describen estados de cosas ni tienen valor de
verdad no poseen significado alguno; tampoco merecen la de-
nominación de “proposición” y no pertenecen, en sentido es-
tricto, al lenguaje”. –Y, añade– “A este grupo pertenecen, además
de las expresiones metafísicas, los juicios de valor, entre los que
el propio Wittgenstein destaca los de la ética”.
Según el tratamiento que él da, la filosofía constituye una actividad que
además de muy específica –puesto que tiene por tarea la disolución de
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los pseudo-problemas– es completamente distinta de la ciencia (1961:§
4.111 y § 4.112). La filosofía debe ser ejercida como un análisis riguroso
del lenguaje. Eso es lo que se desprende del estudio del Tractatus y tam-
bién de las Investigaciones Filosóficas4.
En cambio, la ciencia, según se percibe de la lectura del Tractatus, con-
siste en un conocimiento empírico. En cierto sentido la concepción de
ciencia que defendemos aquí, conforme se verá a lo largo de este tra-
bajo, coincide con la propuesta wittgensteiniana puesto que la ciencia se
presenta, en Wittgenstein, como una actividad experiencial. No obs-
tante, en nuestro caso se trata de una actividad que lleva en cuenta toda
la aportación que los científicos puedan asumir como relevante (incluso
valores no-epistémicos). En este sentido, pues, la ciencia está sometida
a todos los avatares y dificultades que se imponen a las comunidades
científicas y a la intersubjetividad como aquí las analizaremos.
A raíz de esto, y en consonancia con las tesis que Wittgenstein defiende
en su primera obra, resulta que filosofía y ciencia constituyen dos di-
mensiones distintas: una es actividad de esclarecimiento de los signifi-
cados de las proposiciones científicas; la otra es, por excelencia, cono-
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cimiento de la realidad. La primera está asociada a lo “valioso”, la di-


mensión de la vida propiamente dicha (1961: § 6.52, § 6.521, y § 6.522),
mientras que la segunda está asociada al mundo de la experiencia, el
mundo que se expresa por medio de las proposiciones verdaderas con
sentido (1961: § 4.11 y § 4.113). Sin embargo, cabe señalar que pese a
todos los esfuerzos hechos por Wittgenstein en distinguir los dos cam-
pos en su obra, eso no hace de él un seguidor del Círculo de Viena ni
del positivismo.
En este contexto, cabe subrayar una interesante observación que Rodrí-
guez Alcázar (2000:33):

4 Celma y Vidarte, op. cit., pp. 18-27. En este trabajo se halla una aclaración del
tema según la cual estos autores hacen notar que, precisamente ello, constituye
una de las grandes controversias en torno al pensamiento de Wittgenstein.

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“Que Wittgenstein y los positivistas lógicos encontraran en el
criterio de significado la clave para diferenciar la ciencia no quie-
re decir que su posición coincidiera completamente. Por un lado,
la teoría figurativa del significado de Wittgenstein no se puede
identificar sin más con la teoría verificacionista del significado,
aunque algunos filósofos del Círculo de Viena lo hicieran ini-
cialmente. Por otra parte, el criterio de demarcación wittgenstei-
niano es aún más restrictivo que el positivista: la ciencia natural
no se identifica para el filósofo austriaco con el conjunto de pro-
posiciones significativas, sino con un subconjunto de éstas, el de
las proposiciones verdaderas”.
En otras palabras, Wittgenstein nunca negó la filosofía. Por el contrario,
toda su obra, y más específicamente el Tractatus, representan, además de
un gran esfuerzo de fundamentación de la filosofía (en tanto que activi-
dad humana indispensable al conocimiento de la realidad humana), una
valorización de ésta. Tal valorización se da en un sentido muy preciso:
la filosofía debe mostrar (la filosofía no dice, sino que “muestra”; sólo
la ciencia “dice”, en la terminología de Wittgenstein) y no querer decir
lo que no puede ser dicho. En parte, dicha valorización es consecuencia
de sus observaciones acerca del carácter tautológico de los enunciados
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de la lógica, carácter que según Wittgenstein hace que estos enunciados


puedan ser tomados como verdaderos en función de su propio signifi-
cado, aun cuando sepamos que no informen nada sobre el mundo em-
pírico como tal.
De hecho, aquí se pone de manifiesto uno de los puntos centrales de la
posición de Wittgenstein (cf. 1988:150ss), donde profundiza esa discu-
sión.: el conocimiento del mundo sólo es posible mediante proposicio-
nes cuyo valor de verdad depende de cómo sea el mundo, lo que no
ocurre con las tautologías (pues una tautología es incondicionalmente
verdadera (§ 4.461)). En otras palabras, el conocimiento del mundo
requiere representación, lo que solamente la proposición puede asegu-
rar.
En definitiva, cabe considerar que en el pensamiento de Wittgenstein,
sobre todo en el Tractatus, se pone de manifiesto una clara distinción
entre filosofía y ciencia. Las proposiciones de la ciencia natural son las

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únicas proposiciones en sentido estricto, las únicas expresiones que
pueden describir el mundo. La filosofía, por su parte, constituye una
actividad por medio de la cual es posible la aprehensión de la estructura
del lenguaje y del mundo mediante el análisis lógico.
Dicho de otro modo, Wittgenstein establece una línea de demarcación
muy clara entre la ciencia y lo que no es ciencia. Se trata de una línea de
demarcación entre el lenguaje fáctico (el lenguaje de la ciencia que está
libre de valores) y el lenguaje no fáctico (el lenguaje de la filosofía). El
primer describe a partir de los hechos el mundo; el segundo trata de
mostrar mediante los recursos del lenguaje como es posible un análisis e
interpretación del mundo.

Weber y la Neutralidad Científica


Con respecto a la actitud weberiana frente a la ciencia cabe señalar ini-
cialmente que se trata de una posición que aboga por la neutralidad de
la ciencia respecto a los valores y que se enmarca dentro del marco de la
sociología de la ciencia. De acuerdo con Proctor, “Weber fue quien
popularizó la noción de que la ciencia es y debe ser libre de valores”
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(1991:134). Esto tiene como implicación fundamental la afirmación de


la tesis según la cual los juicios de valor deben excluirse de la práctica
científica (cf. 1991:135). La tesis de la neutralidad axiológica de la cien-
cia en Weber, en efecto, se expresa en términos de decisión sobre valo-
res prácticos. Aunque Weber admita la presencia de valores epistémicos
en la ciencia, niega tajantemente que ésta pueda decidir ningún debate
sobre valores prácticos.
De hecho, todo el pensamiento weberiano está marcado, por un lado,
por una fuerte tendencia a la afirmación de los “hechos” (o, a los juicios
de hechos) y, por otro, por un intento de eliminar todos los factores
externos (más precisamente, los juicios de valor y los valores económi-
cos, políticos o religiosos) que se presentan estrechamente vinculados a
las ciencias sociales5. Dichos factores que en la teoría weberiana, en

5 Por una parte, en su obra más famosa La ética protestante y el espíritu del capitalismo

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última instancia constituyen valores, son operacionalizados desde una
dinámica “instrumental” según la cual hay valores que funcionan como
medios y otros como fines.
Efectivamente, su teoría presenta como telón de fondo dos momentos
muy distintos. Por un lado, un dualismo metodológico que encuentra su
base en la distinción primaria entre dos campos de estudios “científi-
cos” que, en los anales de la historia de la filosofía (o del conocimiento),
en unos momentos fueron considerados muy próximos y en otros muy
alejados: las ciencias naturales y las ciencias humanas o sociales. Cabe
señalar que el dualismo metodológico y la consecuente distinción que
ha instaurado entre ciencias naturales y ciencias sociales fueron, en
cierta medida, resultado de un largo proceso histórico. En palabras de
Sáez Rueda:
“A finales del siglo XIX y comienzos del XX se produce una
reacción generalizada ante las tesis positivistas. En este movi-
miento se encuentran eminentes filósofos, historiadores y cientí-
ficos sociales alemanes como Droysen, Dilthey, Simmel y Max
Weber. (…) Fue Droysen el primero en introducir, frente al po-
sitivismo, la dicotomía metodológica que ha permanecido como
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determinante en la polémica [de los dos campos de estudios


científicos: el natural y el social]. Acuñó los términos de explica-
ción y de comprensión –Erklären y Verstehen. El objetivo de las cien-
cias naturales consiste, según él, en explicar de acuerdo con el
método analítico-causal. El propósito de la historia es más bien
comprender los fenómenos que ocurren en su ámbito”
(2002:139n).
En definitiva, en lo que concierne al dualismo metodológico que de-
fiende, Weber basa su análisis en la formulación que fuera presentada
por Dilthey de “ciencias del espíritu” (aquellas que indagan sobre el

pone de manifiesto la influencia de los factores económicos en la formación de


determinadas sociedades como fue el caso de la americana. Pero, por otra, desa-
rrolla varias tesis para mostrar la distinción entre ciencias naturales y ciencias so-
ciales y, a partir de ello, intentar demostrar que la neutralidad axiológica también
es posible en las ciencias sociales. Cf. sobre la segunda temática, Weber (1971).

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“particular” de una acción), más elaborada según Sáez Rueda y en la
distinción existente entre “ciencias naturales” (experimentales) y “cien-
cias culturales”.
Incluso, cabe señalar, Weber profundiza ese dualismo haciendo notar –
según palabras de Raymond Aron en la introducción de El político y el
científico– la existencia de dos comunidades distintas en el terreno de la
ciencia: la comunidad de las ciencias naturales y la comunidad de las ciencias so-
ciales (Aron, in Weber 1975:27-8).
En palabras de Weber: “Creemos, efectivamente, que una ciencia expe-
rimental nunca podrá tener por tarea el establecimiento de normas e
ideales, con el fin de derivar de ellos unas recetas para la praxis” (Ibid.:9).
A la ciencia experimental (ciencia natural y social) pertenece el mundo
de los hechos. Con ello lo que pretende Weber es que las ciencias so-
ciales estén tan libres de valores como las naturales. A ello Proctor se
refiere con las siguientes palabras: “En estos términos podemos enten-
der uno de los elementos centrales de la concepción weberiana de la
ciencia social. La ciencia puede proporcionar solamente hechos; los
valores son un tema de creencia (religión) personal. La ciencia, si quiere
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ser objetiva, debe ser neutra en valores” (1991:136).


Aquí, cabe notar, el problema weberiano es más bien cómo han de
comportarse los científicos en su labor. Y ahí entran en juego todas las
implicaciones valorativas, o mejor dicho, todas las consecuencias que
advienen de la defensa de la neutralidad científica: en la ciencia es veda-
da la intrusión de valores a ella externos, como los juicios y valores po-
líticos, religiosos y económicos. A ese respecto señala Méndez que
“Weber tendía al positivismo científico. Creyó posible combinar esta
tendencia al empirismo con la metodología de Dilthey y Rickert. Más
aún, cuanto más lejos pusiera el investigador sus propias ideas sobre lo
que es valioso o anti-valioso, tanto más imparcial y seria resultaría la
interpretación de las acciones humanas” (1978:270). Sin embargo, cabe
subrayar, tal resquicio queda casi anulado en vista del esfuerzo weberia-
no por dotar el conocimiento –sobre todo social– de una objetividad
plausible.

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Indudablemente ello da cuenta de la principal preocupación de Weber y
de su insistente lucha por fundamentar una ciencia social libre de valo-
raciones a ella perjudiciales –la wert-frei. En El político y el científico Weber
desarrolla una rigurosa reflexión acerca de lo que debe ser la acción
neutral del científico en su labor diaria, ya sea en tanto que investigador
y como hombre de acción propiamente hablando. ¿Qué quiere decirnos
Weber con esto? Que las opiniones que uno tenga en virtud de su
“compromiso” con la sociedad –sus causas y sus intereses– no deben
ejercer influjo alguno en sus labores científicas. De acuerdo con el pro-
pio Weber (1975:212-3):
“¿Cuál es la razón de que no debamos hacer esto? De antemano
he de decir que algunos muy estimados colegas míos entienden
que es imposible poner en práctica esta autolimitación y que
aunque no lo fuera no se trataría sino de un puro capricho.
Ciertamente no cabe demostrarle a nadie científicamente de an-
temano cuál es su deber como profesor. Lo único que se le pue-
de exigir es que tenga la probidad intelectual necesaria para com-
prender que existen dos tipos de problemas perfectamente hete-
rogéneos: de una parte la constatación de los hechos, la determi-
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nación de contenidos lógicos o matemáticos o de la estructura


interna de fenómenos culturales; de la otra, la respuesta a la pre-
gunta por el valor de la cultura y de sus contenidos concretos y,
dentro de ella, de cuál debe ser el comportamiento del hombre en la
comunidad cultural y en las asociaciones políticas”.
Para Weber, éstos constituyen comportamientos completamente dis-
tintos y, por ende, aboga por posturas diferentes a ser asumidas por el
científico en situaciones radicalmente distintas. Según Weber: “Las to-
mas de posición política y el análisis científico de los fenómenos y de
los partidos políticos son dos cosas bien distintas” (1975:212). Lo que
Weber pone de relieve con esas palabras es su proyecto básico: en las
ciencias sociales se puede incluso referir a valores (el estudio de la con-
ducta humana requiere la referencia a valores), pero no incluir juicios de
valor. Según palabras de Rodríguez Alcázar (1997:56):
“Weber reconoce la pertinencia para la ciencia de lo que más
abajo denominaré “valores epistémicos” [valores medios], la

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ciencia debe permanecer completamente libre de la interferencia
de consideraciones “prácticas” (éticas, políticas o ideológicas).
Dicho de otro modo: corresponde al discurso práctico y no a la
ciencia debatir acerca de fines últimos. La ciencia, por su parte,
sólo puede realizar con respecto a esos fines últimos tareas pu-
ramente instrumentales”.
Así pues, de acuerdo con dicho proyecto, la investigación de los hechos
empíricos en las ciencias sociales debe ser, por principio, distinta de las
valoraciones que se pueda realizar sobre dichos hechos. Es decir, los
hechos empíricos sociales sólo tienen valor en sí mismos cuando consi-
derados desde la perspectiva de la singularidad y de su particularidad.
Esto quiere decir que dichos hechos pueden consistir una base sólida
para el establecimiento de conexiones causales entre fenómenos socia-
les, pero no para basar juicios de valor.
De ahí procede el método propio de Weber: la construcción conceptual
de los “tipos ideales” en tanto que formaciones teóricas del pensa-
miento (1971:55-91). Éstos, y solamente éstos, permiten al científico
asumir posiciones sobre cualquier fenómeno sin en ello introducir sus
juicios de valor. Además, los “tipos ideales” (concepto-límite) posibili-
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tan al investigador garantizar, por decirlo así, la objetividad de la ciencia


y el rigor de sus análisis, en la medida en que un tipo ideal tiene por
finalidad –expresar racionalmente una acción social– a partir de sus
rasgos abstractos generales.
Para Weber, la ciencia debe ser desarrollada como actividad exenta de
cualesquiera valoraciones personales e incluso religiosas. “La ciencia ‘sin
supuestos previos’, en el sentido de que rechaza toda vinculación reli-
giosa, no reconoce en cuanto a ella ni el ‘milagro’ ni la ‘revelación’”
(1975:214). Este precepto, según el autor, además de plausible debe ser
buscado con el afán de dar sentido a la ciencia. En este sentido añade
Weber:
“En principio al menos, esto está dentro del alcance de la ciencia
y esto es lo que tratan de esclarecer las disciplinas filosóficas [in-
troductorias] y los temas iniciales, esencialmente filosóficos, de
las demás disciplinas concretas. Si conocemos nuestra materia

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(…) podemos obligar al individuo a que, por sí mismo, se dé cuenta
del sentido último de sus propias acciones. O si no obligarlo, al menos
podemos ayudarlo a esa toma de conciencia” (1975:223).
Sin embargo, Weber reconoce que todo ello no constituye una tarea
fácil. En este contexto, Proctor añade que: “En la práctica, argumenta
Weber, la ciencia pura es un objetivo inalcanzable. Los valores morales
o políticos constituyen una especie de contaminación inevitable en la
ciencia, una contaminación que siempre se ofrece en la historia como
una de las ‘más peligrosas confusiones de nuestro tiempo’” (1991:136).
Por ello, y teniendo por objetivo fundar la posibilidad de “objetividad
de la ciencia”, Weber desarrollará en Sobre la teoría de las ciencias sociales un
amplio estudio en el que propondrá algunas metas (epistémicas) a la
ciencia con el propósito de hacerla una actividad racional. Como primer
punto cabe señalar que, según el autor: “La ausencia de ideología y la
‘objetividad’ científica no tienen ningún parentesco interno” (1971:19-
20).
Esto explica en buena medida el reconocimiento por parte de Weber de
que existen otros factores (v. g., mentales) que ejercen presión sobre las
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ciencias en general y en particular sobre las ciencias sociales. Por ello,


no obstante pueda parecer contradictorio pensar –cómo es posible pen-
sar que el hombre libre (por supuesto que Weber pensaba que el hom-
bre es libre) no pueda decir libremente lo que piensa–, la contradicción
desaparece cuando reconocemos como cierto que, para Weber, lo que
cuenta es la objetividad de los tipos ideales: un tipo ideal corresponde a
una instancia de interpretación evaluadora que trasciende los valores
individuales y no reivindica validez empírica (1971:70-2).
Ello atañe a los valores y constituye, además, una dificultad metodoló-
gica que Weber intentó superar argumentando que su teoría de los tipos
ideales posee un alto valor heurístico para la investigación y un enorme
valor sistemático para la representación cuando la utilizamos como me-
dio conceptual no para medir la realidad, sino para compararla.
En resumen, para Weber la objetividad del conocimiento producido
por las ciencias sociales queda patente por el análisis objetivo de los he-
chos. ¿Qué quiere decir con esto? Fundamentalmente dos cosas:
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1. “En modo alguno, que en el campo de las ciencias de la cultu-
ra el conocimiento de lo general, la formación de conceptos ge-
néricos abstractos [ahí se inserta su teoría de los “tipos ideales”],
el conocimiento de regularidades y el intento de formulación de
conexiones “regulares” no poseen una justificación científica.
Más bien al contrario: si el conocimiento causal del historiador es
la atribución de éxitos concretos a causas concretas, entonces es
totalmente imposible una atribución válida de algún éxito indivi-
dual [con ello Weber afirma de la necesidad de consensos inter-
subjetivos] sin la utilización de un conocimiento “nomológico” –
conocimiento de las regularidades de las conexiones causales”
(1971:46).
Y, añadiendo,
2. “Ocurre que el establecimiento de tales regularidades no es la meta, sino
el medio del conocimiento (subrayado nuestro). Y el saber si tiene
sentido formular como “ley” una regularidad de conexión causal
deducida de la experiencia cotidiana, no pasa de ser una cuestión
de conveniencia en cada caso concreto. Para las ciencias exactas
de la naturaleza, las “leyes” son tanto más importantes y valiosas
cuanto más general es su validez. Para el conocimiento de los fe-
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nómenos históricos a través de sus premisas concretas, las leyes


generales son regularmente las más faltas de valor, por ser las
más vacías de contenido” Ibid.:47”.
En definitiva, los dos grandes retos de Weber, con vista a la racionaliza-
ción de la ciencia en tanto que búsqueda de objetividad para las ciencias
sociales, se expresan en su cometido de mostrar que: (1) la objetividad
científica depende de la alineación entre lo empíricamente dado y los
valores (ideas), en la que las ideas de valor constituyen la base sobre la
que lo empíricamente dado se funda; y (2) tales ideas de valor, que pro-
vienen de la realidad irracional de la vida, cambian continuamente según
cambien los acontecimientos en el curso de la historia (Ibid.:89-90).

Consideraciones Finales
Con base en una breve aproximación ontológica sobre los valores se
puede decir que, de una forma u otra, nosotros siempre valoramos las

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cosas, la realidad, el conocimiento, etc. En este sentido, la acción de
uno al valorar las distintas cosas (los objetos y bienes de la realidad) no
se agota en sí misma, puesto que de forma inequívoca ello implicaría
asumir de un subjetivismo ampliamente cuestionable.
A raíz de ello, se puede afirmar que el acto por el que uno valora las
cosas se extiende e involucra a otros sujetos que igualmente valoran las
distintas realidades (sus objetos e incluso relaciones) y que la propia
acción de valorar que se desdobla sobre dichas realidades emprende una
“concretitud” epistemológica a sus resultados que es compartida por los
distintos sujetos6. Esto es así porque el acto de valorar solamente gana
sentido y expresividad en presencia, por un lado, de los diferentes ob-
jetos que componen la realidad (los individuos, los bienes, el conoci-
miento, etc.) y, por otro, de las múltiples relaciones que puedan los su-
jetos establecer entre sí mismos y con la realidad resultante de sus ac-
ciones con respecto a esos objetos y a otros tantos posibles.
En pocas palabras, la hipótesis de la objetividad de los valores (o el obje-
tivismo de la acción de valorar) es directamente dependiente de la estre-
cha relación que pueda establecerse entre el acto mismo de valorar y las
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tres dimensiones fundamentales por las que una totalidad gana sentido
y significado y, a la vez, es responsable de fundar determinados juicios
sobre el conocimiento de la realidad, a saber: (a) Uno mismo (un sujeto 1
cualquiera), que aquí podemos ejemplificar por un científico/a; (b) Los
otros (sujetos 2, 3, n), que a título de ejemplo podrían ser un filósofo/a,
un sociólogo/a, o aún un “hombre de la calle” y tantos cuantos estén
involucrados en el proceso de valoración de las distintas cosas “objeti-
vas”, ya sean observables o no; y, (c) Los diferentes objetos y bienes que pue-
dan ser valorados (la vida humana, la ciencia y la verdad de sus teorías,
etc.).

6 Por ello es posible asegurar de que varios sujetos son capaces de ponerse de
acuerdo, por ejemplo, acerca de la belleza de una obra de arte, de una persona, o
de la igualdad y de la libertad como condiciones indispensables a la existencia
humana en sociedad, o aún más de la verdad que provenga de un conocimiento
(teoría científica) en la medida en que lo acepten como el mejor y más apropiado
a la sociedad.

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Ahora bien, analicemos algunas de las implicaciones que conlleva la
relación valores-ciencia en el conjunto de las acciones humanas y en el
ámbito de la discusión acerca de los valores epistémicos y no-
epistémicos.
No cabe duda de que cuando hablamos, específicamente, de valores
epistémicos y no-epistémicos estamos estableciendo una conexión con
un dominio de la ciencia al cual denominamos epistemología. En este
sentido, por tanto, toda discusión posible sobre dichos valores en la
ciencia se enmarca en el ámbito de la epistemología y tiene por objeto
llevar a cabo un análisis que intenta poner a descubierto la importancia,
el alcance y el papel que cada uno de esos valores –epistémicos y no
epistémicos–, a su manera, juega en la empresa científica a la hora de
evaluar sus teorías.
Ante este escenario de discusión acerca de los valores pertinentes o no
a los procesos de evaluación de teorías, cabría primeramente preguntar-
se ¿cuáles o qué son los valores epistémicos y no epistémicos? O, en
otras palabras ¿constituyen estas dos clases valores radicalmente dis-
tintos?
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Entre las muchas respuestas plausibles he elegido para los propósitos de


este trabajo tres que, a mi juicio, traducen con mayor rigor y sistemati-
zación una actitud conceptual más clara. Se tratan de las propuestas
teóricas que han ofrecido Popper, Kuhn y Laudan, sobre las cuales
destacamos a continuación algunos breves apuntes generales.
A lo sumo, la discusión acerca de los valores epistémicos y no-
epistémicos en la ciencia parece estar marcada inexorablemente por dos
puntos de inflexión que, a nuestro juicio, han venido constituyéndose
en verdaderas radicalizaciones teóricas del proceso de pensamiento en
torno a la cuestión, a saber: (a) el debate entre internalistas y externalis-
tas; y, (b) el hecho de que la preocupación con la discusión de los valo-
res no epistémicos haya sido una tarea que han tomado para sí los his-
toriadores y sociólogos del conocimiento científico (cf. Rodríguez Alcá-
zar 2000:185-6).

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Con respecto al primero, cabe recordar, como indicamos en nuestra
‘Introducción’, que en él muchos han sido los objetivos epistémicos que
se han propuesto para la ciencia: la verdad (verosimilitud) para Popper;
la realización de los valores epistémicos y la objetividad para Kuhn; la
efectividad y progresividad de los valores epistémicos para Laudan; el
alcance o demostración de la semejanza de los modelos teóricos repre-
sentacionales respecto a la realidad para Giere; o aún, la adecuación
empírica para van Fraassen.
A su vez, en lo que respecta al segundo, su discusión hoy día efectiva-
mente parece haber trascendido “los límites” de la sociología del cono-
cimiento científico. En efecto, hoy día es un hecho obvio que muchos
filósofos de la ciencia han adoptado como objeto de su reflexión el
estudio de los valores en sentido amplio, es decir, tomando en conside-
ración tanto los valores epistémicos como los no-epistémicos7, ya sea
de forma directa o indirecta.
En definitiva, vista esa caracterización general de los valores epistémi-
cos y no-epistémicos habremos de considerar determinadas singularida-
des que se ponen de manifiesto respecto a dados valores. Dichas pecu-
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liaridades nos hacen suponer que a algunos de esos valores pueden


asignarse las dos “especificidades” (definiciones), es decir, que pueden
ser asumidos a la vez como epistémicos y no-epistémicos. A juicio
nuestro, este es el caso de muchos de los valores que son asumidos
como exclusivamente epistémicos y sobre los cuales cabría diferenciar
algunos matizaciones. Como nuestro propósito en este trabajo se cen-
tró en la discusión de la presencia de los valores en la ciencia, la cues-
tión queda postergada.

Bibliografía
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CARNAP, Rudolp, [1928], La construcción lógica del mundo, UNAM, México,
1988.

7 Laudan, Giere, van Fraassen, Echeverría, Kristin Shrader-Frechette y Rodríguez


Alcázar, para citar algunos, constituyen ejemplos expresivos.

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LA METODOLOGÍA DEL EMPIRISMO LÓGICO
Y EL PROBLEMA DEL DESCUBRIMIENTO1

Sergio H. Menna

El problema del descubrimiento es complejo.


Entra en escena cuando tenemos un grupo de
datos empíricos y buscamos descubrir la ley o teo-
ría que los haga comprensibles, o explicar el des-
cubrimiento histórico de esa ley o teoría, si es que
existe.
Henry Kyburg (1968:5)

RESUMEN. El objetivo central del presente trabajo es el de clari-


ficar las principales tesis metodológicas del empirismo lógico, te-
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niendo como marco de análisis historiográfico el programa in-


ductivista, programa en el cual el empirismo lógico estaba inser-
to. Se espera que esta clarificación permita abordar de un modo
más constructivo uno de los principales problemas que la filoso-
fía de la ciencia actual ha ‘heredado’ del programa inductivista.
Específicamente, el ‘problema del descubrimiento’.
La estrategia básica del trabajo será la de analizar la genealogía de
los principales principios metodológicos del empirismo lógico,
explicitar la raíz doctrinal de cada uno de ellos, y mostrar que la
a-histórica superposición empirista de los mismos obscurece im-
portantes debates metodológicos actuales en torno a la posibili-

1 Este trabajo es parte de las actividades de investigación desarrolladas en el mar-


co del Proyecto de investigación ‘Os valores na pesquisa científica: conseqüên-
cias para a inovação e o ensino’, con Auxilio financiero de Fapitec/SE –Fun-
dação de Amparo à Pesquisa do Estado de Sergipe.

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dad de existencia de método y racionalidad en los procesos de
descubrimiento.

Introducción
El objetivo central de este trabajo es el de clarificar las principales tesis
metodológicas del empirismo lógico, teniendo como marco de análisis
historiográfico el programa inductivista, programa en el cual el empi-
rismo lógico estaba inserto. Se espera que esta clarificación permita
abordar de un modo más constructivo uno de los principales problemas
que la filosofía de la ciencia actual ha ‘heredado’ del programa inducti-
vista. Específicamente, el ‘problema del descubrimiento’.
El problema del descubrimiento ha sido planteado de diferentes modos:
¿existe un método de descubrimiento científico?, ¿existe racionalidad en
los procedimientos de creación de hipótesis teóricas?, ¿es posible dar
reglas para la generación de explicaciones? ¿Hay heurísticas para la
construcción de teorías? ¿La invención científica debe ser consignada al
campo del misterio? Estas preguntas, como se observará, no son equi-
valentes. Sin embargo, han sido formuladas como tales por los princi-
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pales empiristas de principios del siglo XX.


La estrategia básica de este trabajo será la de analizar la genealogía de
los cuatro principales principios metodológicos del empirismo lógico –
normativismo, logicismo, mecanicismo y justificacionismo–, explicitar
la raíz doctrinal de cada uno de ellos, y mostrar que la a-histórica super-
posición empirista de los mismos obscurece importantes debates meto-
dológicos actuales en torno a la posibilidad de existencia de método y
racionalidad en los procesos de descubrimiento.

Los Principios Metodológicos del Empirismo Lógico


Tal como varios de sus integrantes han subrayado, el movimiento filo-
sófico conocido con el nombre de ‘empirismo lógico’ tiene una fuerte

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conexión y continuidad con el logicismo y el empirismo clásico2. Se
trata, como se ha señalado, de un empirismo “madurado y refinado por
el espíritu de la lógica moderna” (Waismann, citado en Schlick 1979:xv).
Pero la herencia del empirismo lógico (en adelante, E.L.) no se restringe
a aspectos estrictamente epistemológicos sino también a aspectos me-
todológicos: la lógica inductiva, la naturaleza de las reglas de inducción,
la capacidad reconstructiva de la metodología científica, la fundamenta-
ción logicista de las reglas de inferencia, el interés en la justificación de
las hipótesis, etc. Es por esta razón que prefiero analizar los principios
método-epistemológicos de este movimiento desde el marco de una
categoría histórica más amplia que las mencionadas; específicamente, la
‘tradición inductivista’.

2 Cf., por ejemplo, Hahn et al. [1929]. En ocasiones, se distingue entre ‘positivis-
mo lógico’ (incluyendo dentro de este movimiento a miembros del Círculo de
Viena como Carnap, Feigl, Hempel, Hahn, Gödel, Kraft, Neurath, Schilck o
Waismann) y ‘empirismo lógico’ (incluyendo dentro de éste a miembros del
Grupo de Berlín como Reichenbach o Zilsel). La distinción, o la identificación,
entre estos movimientos filosóficos es compleja. En primer lugar, porque hubo
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un fuerte contacto entre ambos grupos; p.ej., Carnap y Reichenbach, principales


representantes de cada uno de ellos, fueron, en 1930, co-editores de la revista
Erkenntnis. En segundo lugar porque la dinámica de revisión de ideas fue intensa
en ambos grupos. En tercer lugar porque, para evitar asociaciones con el ‘positi-
vismo’ de Comte, y debido a la ‘descaracterización’ conceptual de las primeras
tesis del positivismo lógico –resultado de mencionada dinámica de auto-crítica–,
varios de los ‘positivistas lógicos’ iniciales adoptaron para su movimiento el
nombre de ‘empirismo lógico’. Por último porque, como resultado de la influen-
cia de las ideas de estos movimientos filosóficos en Universidades de Estados
Unidos, cerca de 1950 encontramos nuevos nombres de autores –como Nagel,
Morris y Frank– que se denominan a sí mismos ‘empiristas lógicos’. Salmon, ob-
servando que ambos movimientos son, a menudo, «erróneamente identificados»
uno con otro, observa que, por razones conceptuales y de precisión histórica, es
importante reconocer las «diferencias fundamentales» existentes entre ellos
(2000:241). A pesar de concordar con Salmon, en la medida en que desde el punto
de vista metodológico de este trabajo no es relevante establecer una distinción preci-
sa entre empirismo y positivismo lógico, consideraré a todos los autores ante-
riormente mencionados dentro de la categoría ‘empirismo lógico’, incluyendo
también en ella, por las mismas razones, a empiristas ‘no-continentales’ como
Ayer.

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Un enfoque historiográfico de la relación entre el E.L. y la tradición
inductivista es complejo y, por su propia naturaleza, difícil de plantear:
en él se intercepta la múltiple dimensión conceptual del E.L. y la dilata-
da dimensión histórica de la tradición inductivista. A fin de lograr una
exposición lo más simple posible, introduciré en secuencia a cada prin-
cipio empirista acompañándolo con unas breves especificaciones histó-
ricas.
El principal objetivo metodológico del E.L. fue el de demarcar un con-
texto normativo de objetividad logicistamente fundado; en síntesis, un
contexto en el que se imponen las ‘quid juris’ kantianas3. En él, no se
investiga de qué modo los científicos descubren y aceptan de hecho a sus
hipótesis, sino de qué modo estas hipótesis –resultados finales de proce-
sos de investigación– deben ser justificadas. Es a este contexto que el
E.L., siguiendo a Reichenbach, denomina ‘contexto de justificación’ y con-
vierte en área de análisis de su ‘filosofía’ o ‘lógica’ de la ciencia, su ‘lógi-
ca de la justificación’.
En el contexto de justificación se entrelazan los principales principios
metodológicos empiristas –normativismo, logicismo, mecanicismo y justificacio-
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nismo– y se refleja un particular modo de concebir la razón científica y


humana. Más aún, él se constituye en el último estadio de desarrollo de un
particular modo de concebir al método y –por extensión– a la racionali-
dad: como un método mecánico y como una racionalidad algorítmica.
Los cuatro principios que confluyen en la conformación del contexto
de justificación empirista tienen una larga historia. Los de ‘normativi-
dad’ y ‘logicidad’ son, sin duda, los de carácter más epistémico. El prin-
cipio de ‘normatividad’ es el que caracteriza a la actividad filosófica. Con-

3 O, en términos de los propios E.L. y de empiristas críticos que comparten sus


lineamientos metodológicos, un contexto de «objetividad científica», de «revi-
sión crítica» y «normas objetivas», de «análisis lógico», de «reconstrucción racio-
nal», de «‘teorías de la racionalidad científica’, ‘criterios de demarcación’ o ‘defi-
niciones de ciencia’», de «cuestiones de justificación, verdad o validez». Cf., res-
pectivamente, Reichenbach ([1938]:7); Hempel ([1966]:34); Feigl (1964:472);
Carnap ([1930-1]:139), Lakatos ([1971]:12-3) y Popper ([1934]:30-31).

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formando el par descriptivo/ normativo, suele ser presentado por el
E.L. en oposición al principio de descriptividad, principio que caracteri-
za a las actividades empíricas. Pero el par descriptivo/ normativo reco-
noce un origen de amigable convivencia a comienzos del siglo XVII, en
los inicios del programa inductivista4. Para los metodólogos inductivis-
tas de la modernidad, la metodología de la ciencia tenía componentes
normativos y descriptivos. Explicaba y guiaba las acciones y decisiones
científicas; era tanto una filosofía como un arte de la ciencia. Cuando
Bacon, por ejemplo, caracterizaba reglas inductivas adecuadas para la
práctica científica, pensaba en una adecuada explicitación de las reglas que
podían ser utilizadas en la investigación, no en problemas relacionados
con la capacidad explicativa de estas reglas ni –mucho menos– en pro-
blemas relacionados con la fundamentación de las mismas (no hubo,
para la metodología del siglo XVII, ‘problema de Hume’ –o, para no
incurrir en anacronismos, ‘problema de Sexto Empírico’)5. Más tarde,
inductivistas del siglo XIX como Whewell dieron un rasgo más norma-
tivo a la metodología al intentar fundamentar la filosofía de la ciencia (la
metodología normativa) sobre la historia de la ciencia. Pero la base em-
pírica, naturalista, de esta fundamentación, se centraba en generalizar
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patrones inferenciales para explicar el cambio científico más que en re-


solver el problema humeano de la legitimidad de las reglas de inferencia
(problema al que sí se enfrentarían los E.L.). De hecho, hasta principios

4 Por supuesto, existían inductivistas y empiristas antes del comienzo de las cien-
cias modernas. De hecho Bacon, uno de los ‘fundadores’ oficiales del programa
inductivista, en su Novum Organum ([1620]) contrapone sistemáticamente a su
«legítima y verdadera inducción» con la inducción de «los antiguos» (cf., p.ej.,
I:105). De cualquier modo, el inicio ‘maduro’ del programa inductivista se da en
la modernidad. Como indica Daston, «existen muchos cuartos en la mansión del
empirismo, pero la experiencia de Aristóteles y los hechos del siglo XVII no
eran la misma cosa, ni cumplían la misma función» (1994:41).
5 Considerando que utilizaré el término ‘justificación’ para referirme al contexto y
a las reglas metodológicas de evaluación consecuencialista, concebiré como
‘problema de la justificación’ al problema lógico o metodológico de justificar las hipóte-
sis. Paralelamente, denominaré ‘problema de la fundamentación’ al ‘problema hu-
meano de la inducción’, es decir, al problema filosófico o metafísico de ’justificar’ las
reglas de inferencia con las cuales se justifican las hipótesis.

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del siglo XX no hubo ‘problema de Hume’ en la metodología científi-
ca6. Después de todo, podríamos agregar, el problema de la fundamen-
tación de las reglas de la metodología no es el problema de la metodolo-
gía. ‘El escándalo de la filosofía’ y ‘el éxito de la ciencia’ son, sí, contra-
caras de la misma moneda epistemológica, pero –aunque no son opues-
tas como puede sugerir la conocida síntesis de la inducción formulada
por Broad– son caras diferentes. Si queremos dar un paso post-
positivista, podemos decir quineanamente que explicar el éxito de la
ciencia es lo más cerca que podemos estar de dar una fundamentación
de las reglas que posibilitan ese éxito.
Los empiristas lógicos, como señalé, sí trataron de resolver el problema
de Hume, y para esto trazaron una oposición radical entre aspectos des-
criptivos y normativos. Haciendo uso de los avances de la lógica mate-
mática, adoptaron un principio que podríamos denominar de ‘logicidad’ o
de ‘analiticidad’, principio que exige que las reglas de una teoría de la
ciencia –las reglas “lógicas”– sean analíticas, es decir, válidas en función
de su estructura formal7. Así, admitiendo sólo reglas de deducción y,
“por analogía con las reglas de deducción” (Hempel [1966]:36), reglas
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de inducción consecuencialista, los empiristas lógicos creyeron alcanzar


una sólida fundamentación –logicista, a priori– para su ‘filosofía’ o ‘me-
todología normativa’.

6 Como sostiene Laudan, «uno de los más grandes errores de nuestro siglo fue
haber permitido el mito de que los filósofos de la ciencia del siglo XIX estuvie-
ron preocupados con [el problema de] Hume» (1981:240; cf., también, Milton
1987). El problema de Hume recién fue tomado en serio por Frege, y entró a la
metodología contemporánea con los E.L. De este modo, ellos instalaron el pro-
blema de la fundamentación junto con la respuesta estándar: la fundamentación debe
ser a priori, la filosofía logicista es la Filosofía Primera. En síntesis: la gran ventaja
de este movimiento fue la de haber creado la ilusión de que el peso de la prueba
no estaba de su lado.
7 «La lógica –señalaba Kraft ([1953]:32-3)– no presenta ninguna dificultad por su
validez a priori. Tal validez puede aceptarse sin más porque no se refiere en mo-
do alguno a la experiencia, sino a la representación simbólica. ...Su validez a prio-
ri se explica por su carácter analítico».

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La adopción del principio de logicidad por parte del E.L. implicó, por
un lado, el virtual abandono de los proyectos normativos naturalistas
del siglo XIX y, por el otro, la conclusión de un proceso de gradual
apropiación del término ‘metodología’, el cual a comienzos del siglo XX
dejó de designar una disciplina descriptiva para pasar a designar una
disciplina estrictamente normativa. Incluso, los E.L. dieron un paso
más: redujeron la metodología de la ciencia a una ‘lógica de la ciencia’,
una lógica formal que sólo posibilita “reconstrucciones lógico-método-
filosóficas” (Feigl 1970:4). Su objetivo era retratar el “edificio formal”
de la ciencia, el “esqueleto lógico” de los enunciados científicos (cf.,
p.ej., Carnap [1928]:&2). Es por este motivo que en la lista de discipli-
nas empíricas que los empiristas excluyen del contexto de justificación –
psicología, sociología e historia–, Carnap también agrega la “metodología
de la ciencia” al estilo de Bacon (cf. [1938]:42; el subrayado es mío).
Con esta estrategia, la “filosofía para terminar con todas las filosofías”
(Feigl 1980:38) pretendió descalificar por definición a todas sus filoso-
fías rivales8.
El cuadro empirista comienza a completarse y a complejizarse con la
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incorporación del principio de ‘mecanicidad’. Éste se basa en el presu-


puesto de que la “lógica de la ciencia” debe consistir de un conjunto
finito y detallado de reglas algorítmicas de aplicación mecánica. Para el
E.L., como se observará, los principios de ‘logicidad’ y de ‘mecanicidad’
son contracaras de una misma doctrina epistemológica (para el E.L. la
teoría de la ciencia determina el método de la ciencia –cf. Hooker

8 La fundamentación logicista ha sido sometida a muy fuertes críticas por parte de


filósofos post-positivistas. Podemos hacer referencia a críticas empíricas como
las de Kuhn y Putnam, las cuales, apoyadas en evidencia dada por la historia de
la ciencia, mostraron que los científicos no actúan ni deciden sólo en base a reglas
logicistas. También, podemos mencionar críticas conceptuales como las de Qui-
ne al concepto de ‘analiticidad’. En lo que al tema que nos ocupa respecta, éstas
implican que principios como el de ‘logicidad’ pueden ser revisados a la luz de la
experiencia. De este modo, podemos decir que el post-positivismo ha vuelto a
desdibujar la frontera entre los ámbitos descriptivo y normativo, retrotrayéndo-
nos al período pre-empirista lógico de empiristas e inductivistas modernos y de-
cimonónicos.

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1977). Las reglas logicistas, dada su claridad y distinción, pueden ser
mecánicamente aplicables, es decir, pueden ser implementadas sin necesi-
dad de creatividad o deliberación por parte de quien las aplique –esto
es, como si fuese una máquina. Con la adopción de este principio, los
E.L. retoman un ideal que estaba en la raíz del programa inductivista:
alcanzar un procedimiento inductivo mecánico. Iniciando este ideal, los
inductivistas de la modernidad, buscando un método que fuera seguro,
como el análisis de los griegos, y productivo, como las ars inveniendi medie-
vales, persiguieron una ‘lógica del descubrimiento’, un conjunto de reglas
mecánicas para la invención o generación de hipótesis. Bacon, por
ejemplo, en su Novum Organum compara a su método prometido con
una regla o un compás cuya aplicación “deja poco lugar a la agudeza de
la inteligencia” (I:61), y afirma que éste funcionará “como una máquina,
guiando la mente paso a paso [al descubrimiento]” (Prefacio:40; el sub-
rayado me pertenece). Los E.L. contemporáneos, sin embargo, aban-
donando la búsqueda de procedimientos mecánicos de descubrimiento,
convirtieron a la lógica inductiva en un procedimiento mecánico de
justificación. Carnap, por ejemplo, quien negaba que sea “posible cons-
truir una máquina inductiva... que alimentada con reportes observacio-
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nales [e] produzca una hipótesis [H]” (cf. [1950]:192-3), sostendrá que sí
puede existir “una máquina inductiva con un propósito mucho más
modesto”: el de “determinar, por procedimientos mecánicos, la probabilidad
lógica o el grado de confirmación de [una hipótesis] H sobre la base de
[reportes observacionales] e” (1966:34; el subrayado es mío). En otras
palabras, para el E.L. puede existir una lógica inductiva de la justifica-
ción con reglas mecánicas.
Llegamos, así, al principio de ‘justificación’. El E.L., como vimos, super-
pone la distinción ‘descriptivo/ normativo’ con la distinción ‘empírico/
lógico’ y, consecuentemente, con la distinción ‘descubrimiento/ justifi-
cación’: se describe la génesis; se reglamenta lógicamente la justifica-
ción. El principio de justificación, el principio empirista que reclama
que toda hipótesis debe estar validada por la experiencia, también tiene
una larga y cambiante historia en la tradición inductivista. En la moder-
nidad, los inductivistas buscaron reglas que justificaran generando, es decir,
que legitimaran a las hipótesis siguiendo “una escalera ascendente de pasos

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progresivos, elevándose de los hechos a los axiomas menos elevados,
después a los axiomas medios, elevándose más y más hasta alcanzar por
fin los axiomas más generales de todos” (Bacon [1620], I:104). Las re-
glas inductivas de la modernidad eran reglas mecánicas ascendentes,
válidas, como insistía Bacon, para “el descubrimiento y la demostra-
ción” (I:105). Pero los E.L. revisan las reglas del inductivismo clásico.
Para ellos, debido a que las hipótesis de la ‘alta ciencia’ contienen tér-
minos teóricos, una reconstrucción logicista de un proceso de descu-
brimiento –si existiera algo así– incluiría necesariamente reglas ampliati-
vas, pero –si las hubiera– estas reglas no serían analíticas, por lo tanto,
no serían ‘lógicas’. El argumento anti-descubrimiento ‘mecánico’ se
sigue automáticamente: no puede haber reglas mecánicas de descubri-
miento porque no puede haber reglas analíticas que reconstruyan ese
proceso (porque –para esta doctrina epistemológica– no puede haber
fundamentación para estas reglas). De este modo, el E.L. propone una
inversión de sentido para las reglas inductivas: éstas ya no serán reglas de
ascenso de la experiencia a nuevas hipótesis, sino reglas de descenso –
‘de reducción’– de hipótesis ya descubiertas a experiencia conocida.
Carnap sintetiza claramente este proceso de inversión metodológica. En
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su ([1950]:141), aludiendo a inductivistas generativistas como Bacon, co-


menta: “algunos autores han llegado al extremo de definir la inducción
como una clase de inferencia no deductiva que conduce a leyes”. Y agre-
ga: nosotros concebimos la lógica inductiva en “un sentido mucho más
amplio”, como un conjunto de reglas para juzgar teorías ya dadas sobre
la base de la evidencia disponible (ibid.).
La interacción de los principios fundacionalistas presentados culmina
en la distinción ‘contexto de descubrimiento/ contexto de justificación’.
Esta distinción logicista refleja una doble división analítica del proceso de
investigación científica. Por un lado, (α) indica una distinción procedi-
mental (y quizá temporal) de la actividad científica entre procesos de
descubrimiento y procesos de justificación; por el otro, (ß) establece una
distinción disciplinar entre un estudio empírico y un estudio filosófico de
esta actividad; es decir, entre un nivel de análisis descriptivo y un nivel
de análisis normativo. En el contexto de justificación, entonces, se ana-
lizan normativamente las credenciales epistémicas de los resultados de
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los procedimientos de justificación. En otras palabras, el E.L. reduce el
amplio conjunto de reglas metodológicas posibles a un restringido con-
junto de reglas analíticas aplicables de modo mecánico en la validación
de las inferencias de justificación. Y, debido a que define a la racionali-
dad en función de esas reglas (una “reconstrucción lógica” es, para el
E.L., una “reconstrucción racional”), produce un concepto de racionali-
dad limitado a procedimientos mecánicos y algorítmicos. De este modo,
paralelamente a la “expropiación del término ‘metodología’ para el
método de justificación” que denunciaba Lakatos ([1968]:183), se da
también la apropiación del término ‘racionalidad’ para la filosofía de la
justificación9.
Existen, por supuesto, otros principios E.L. –o corolarios de estos
principios– además de los mencionados; por ejemplo, los de ‘objetivi-
dad’, ‘cientificismo’, ‘monismo metodológico’, etc. Considerando que
no son esenciales para nuestra argumentación, por brevedad no nos
ocuparemos de ellos aquí.

El Empirismo Lógico y el problema del Descubrimiento


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El resultado de la interacción y superposición de los principios empi-


ristas (lógicos) resulta en un complejo legado para los filósofos de la
ciencia posteriores. Éstos, generalmente, rechazan a las tesis del E.L. en
conjunto. Un claro ejemplo es el de Hacking (1983: Introducción),

9 Esta reducción del dominio de la metodología (y, consecuentemente, del domi-


nio de la racionalidad), opera a otros niveles. A nivel empírico, la ‘inferencia’
(psicológica), considerada por los metodólogos modernos como el proceso
mental que lleva hacia una hipótesis y consecuentemente a la creencia en esa hi-
pótesis, para los metodólogos E.L. pasa a ser entendida, únicamente, como el pro-
ceso de asentir o creer una hipótesis ya alcanzada. Una reducción similar ocurre a
nivel instrumental con la concepción de ‘experimento’. Éste, para metodólogos
modernos como Bacon, era una parte esencial del ars inveniendi, ya que podía
«hacer hablar a la naturaleza» para que ésta nos diga cosas nuevas; y, dado que el
testimonio que extraía de la naturaleza era fidedigno, era también parte esencial
del ars demostrandi. Para la reduccionista metodología del E.L., nuevamente, su
función se reduce a la de ser parte del ars demostrandi contemporáneo, esto es, de
la lógica de la justificación.

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quien considera que las tesis del post-positivismo pueden ser caracteri-
zadas haciendo una lista de las tesis de Carnap (y de Popper) y negándolas
a todas. Sin embargo, aunque las tesis del E.L. han sido abandonadas, los
planteos, argumentos y taxonomías de este movimiento –en síntesis, la
imagen empirista de la ciencia en general– perviven inevitablemente en la
filosofía de la ciencia contemporánea. Después de todo, hoy conside-
ramos a esa imagen un ‘esquema recibido’ (cf. Putnam [1974]) o una
‘concepción heredada’ (cf. Suppe [1974]:I).
Un ejemplo paradigmático de la indeleble presencia de la imagen empi-
rista heredada puede encontrarse en el debate que enfrenta al numeroso
grupo de ‘enemigos del descubrimiento’ con el creciente grupo de ‘ami-
gos del descubrimiento’ en torno a la existencia de una “lógica” o una
“metodología” del descubrimiento, esto es, de procedimientos heurísti-
cos para generar, construir, o inventar hipótesis10. Los argumentos de
ambos grupos, invariablemente, se remiten a argumentos y definiciones
del E.L. sobre el tema, motivo por el cual, generalmente, se encuentran
sesgados por las restringidas categorías ‘recibidas’ o ‘heredadas’ de los
fundadores de este movimiento.
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Son muy conocidos los términos en los que empiristas lógicos (y otros
empiristas que comparten sus principios metodológicos) rechazan la
posibilidad de existencia de método y de racionalidad en el contexto de
descubrimiento, por lo cual presentaré sus argumentos de modo conci-
so. Popper, por ejemplo, afirma:
“No existe un método lógico de tener nuevas ideas, ni una reconstruc-
ción lógica de este proceso... todo descubrimiento contiene ‘un
elemento irracional’ o ‘una intuición creadora’” ([1934]:31, el
subrayado es mío; cf., también, Braithwaite 1953:11-37).
Reichenbach, a su vez, expresa esta idea de una manera muy similar:
“El acto de descubrimiento escapa al análisis lógico; no existen re-
glas lógicas con las que se pueda construir una ‘máquina de descu-

10 Ejemplos de este debate pueden encontrarse en Nickles (ed.) 1980 y en Nickles


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brimiento’ que se haga cargo de la función creativa del genio”
(1951:231, el subrayado es mío; cf., también, Feigl 1964:472).
‘Método’ para tener ideas, ‘reglas’ de construcción o ‘máquina’ para
descubrir; ‘análisis lógico’ o ‘reconstrucción lógica’ de esos procesos.
En estas formulaciones críticas, están prácticamente explícitos los dos
principios anteriormente mencionados: el de mecanicidad, por el cual se
niega que existan reglas de aplicación mecánica para la generación de
hipótesis, y el de logicidad, por el cual se niega que existan reglas lógicas
para el análisis o la reconstrucción de los eventuales procedimientos mecá-
nicos de generación de hipótesis. Los argumentos son correctos. Sin
embargo, no debemos olvidar que los principios de ‘mecanicidad’ y de
‘logicidad’ –que en el esquema del E.L. constituyen las caras constructi-
va y reconstructiva de una única y misma raíz epistemológica– tienen un
diferente origen histórico. El ideal de desarrollar un conjunto de reglas
mecánicamente aplicables en la práctica científica pertenece a la Revo-
lución Científica de principios del siglo XVII; el de juzgar la ciencia
utilizando sólo reglas validadas o fundamentadas a priori, a la ‘Revolu-
ción Logicista’ de fines del siglo XIX.
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Es en esta clase de situaciones donde la tarea de clarificación exhibe su


importancia. Específicamente, el problema de la “lógica” o del “arte
lógico” del descubrimiento fue introducido por los metodólogos induc-
tivistas de la Revolución Científica. De hecho, es en ellos en quienes los
E.L. piensan al responder al problema. Sin embargo, a mediados del
siglo XIX la tradición inductivista introdujo otro sentido de la expresión
“lógica del descubrimiento”. En obras de autores como Whewell y
Herschel, por ejemplo, el término ‘lógica’ recupera su connotación eti-
mológica de logos, inteligibilidad. Para ellos, la “lógica” o “filosofía” del
descubrimiento, fiel al dictum hegeliano, sólo puede llegar post facto, es
decir, sólo puede explicar después que todo haya sucedido. Se trata de
dos sentidos totalmente diferentes. Bacon quería dar reglas mecánicas
de construcción de hipótesis, no una teoría de la racionalidad o un mo-
delo explicativo de la conducta científica. Whewell quería explicar los
procedimientos de construcción, reconstruirlos, exhibir la racionalidad
de los mismos, no dar reglas (mecánicas o no) para esta construcción.

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Claramente, la superposición a-histórica por parte del E.L. de principios
ligados con la metodología aplicada o constructiva –la búsqueda de
reglas– con la metodología normativa o reconstructiva –la búsqueda de
racionalidad–, ha obscurecido los debates posteriores sobre los proble-
mas de la metodología de la ciencia en general y del descubrimiento
científico en particular.
El argumento ‘mecanicista’ del E.L. es correcto: no existe –no podría
existir– un método mecánico del descubrimiento. Pero el hecho de que el
‘argumento mecanicista’ se siga del ‘argumento logicista’ no implica que
no haya racionalidad o que no haya una explicación posible de los pro-
cesos de descubrimiento (o, incluso, que no haya un método no-
mecánico del descubrimiento). Solamente implica que la lógica norma-
tiva del E.L. no puede explicar estos procesos, y que su consecuente
concepción algorítmica de racionalidad no puede retratar las acciones
racionales de los científicos que descubren.

Consideraciones Finales
La solución de cualquier problema depende del modo en que se lo
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plantea. Buscar reglas para descubrir no es lo mismo que buscar la ex-


plicación de cómo se ha descubierto. La clarificación conceptual reali-
zada aquí permite diferenciar ambas tareas, y plantear diferentes estrate-
gias para intentar su solución.
El ‘¿qué es una lógica del descubrimiento?’, es, inicialmente, un pro-
blema de definición. Quienes prefieran designar con la expresión ‘lógica
del descubrimiento’ a un conjunto de reglas para descubrimientos futu-
ros podrán recurrir a argumentos históricos; decir, por ejemplo, que
ésta expresión fue introducida en el siglo XVII por quienes buscaban
una “metodología” o “arte” para construir o hacer hipótesis. Quienes
con la expresión ‘lógica del descubrimiento’ prefieran designar a un
esquema explicativo de descubrimientos pasados, podrán recurrir a
argumentos etimológicos y de simetría; decir que la no (tan) cuestionada
‘lógica de la justificación’ busca el logos, la explicación, la racionalidad de
los procesos de aceptación o elección de hipótesis y que, paralelamente,
la ‘lógica del descubrimiento’ debe buscar el logos, la explicación, la ra-
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cionalidad de los procesos de construcción o invención de hipótesis.
Adoptar la primera de las alternativas, y buscar un arte de esa clase re-
sultaría, por su evidente utilidad, la opción más atractiva. Pero, lamen-
tablemente, ni los metodólogos de la modernidad, ni los metodólogos
decimonónicos, ni los metodólogos contemporáneos que persiguen ese
objetivo trabajando en Inteligencia Artificial, a pesar de su optimismo,
encontraron ese “arte”, ni parece posible prescribir reglas cuya aplica-
ción permita generar o inventar hipótesis teóricas profundas. Adoptar la
segunda alternativa, y buscar una metodología reconstructiva resulta la
opción más conservadora, pero al mismo tiempo más realista y filosófi-
camente más interesante. La función de la metodología normativa, co-
mo han establecido los inductivistas del siglo XIX, es la de dar una ex-
plicación organizada de los procesos de pensamiento científico, de mostrar
la racionalidad de la empresa científica, de exhibir la inteligibilidad de las
acciones y decisiones de los científicos, de hacerlas comprensibles. ¿Por
qué estas acciones y decisiones no podrían ser también las relacionadas
con los procesos de descubrimiento? En otras palabras, ¿por qué la
metodología normativa no podría incorporar principios de racionalidad
amplios? Otra pregunta estrechamente vinculada a la anterior: ¿por qué
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los principios que rigen la tarea de reconstrucción racional, tarea que


define a la actividad filosófica de modo esencial, no podrían ser funda-
mentados a posteriori, es decir, a partir del conocimiento acumulado a lo
largo de siglos de exitosa práctica científica? En la ciencia hay reglas
permanentes, pero también hay reglas que surgen cuando la educación y
la experiencia acumulada abren nuevas líneas de investigación. El prin-
cipal desafío de cualquier metodología normativa es el de articular prin-
cipios adecuados que no excluyan a estas reglas en ninguno de los dife-
rentes contextos científicos, es decir, su finalidad es la de conformar
una filosofía, ciencia o lógica para todas las dimensiones de la ciencia.

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NOTA SOBRE LOS AUTORES

ALBERTO CUPANI. Doctor en Filosofía, UNC (Universidad Nacional de


Córdoba, Argentina). Dirección electrónica: cupani@cfh.ufsc.br.

ALEXANDRE MEYER LUZ. Doctor en Filosofía, PUC/RS (Pontifícia


Universidade Católica do Rio Grande do Sul, Brasil). Dirección elec-
trónica: meyerluz@terra.com.br.

ALFREDO MARCOS. Doctor en Filosofía, UB (Universidad de Barcelo-


na, España). Dirección electrónica: amarcos@fyl.uva.es.

EDUARDO GOMES DE SIQUIERA. Doctor en Filosofía del Lenguaje,


Unicamp (Universidade Estadual de Campinas, Brasil). Dirección
electrónica: edgomesiq@yahoo.com.br.
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ELYANA BARBOSA. Doctora en Filosofía, USP (Universidade de São


Paulo, Brasil). Dirección electrónica: elyb@uol.com.br.

GUSTAVO CAPONI. Doctor en Lógica y Filosofía de la Ciencia, Uni-


camp (Universidade Estadual de Campinas, Brasil). Dirección elec-
trónica: caponi@cfh.ufsc.br.

JOSÉ CARLOS PINTO DE OLIVEIRA. Doctor en Filosofía, USP (Univer-


sidade de São Paulo, Brasil). Dirección electrónica:
jcpinto@unicamp.br.

JOSÉ L. FALGUERA. Doctor en Filosofía, USC (Universidad de Santiago


de Compostela, España). Dirección electrónica: lflgfalg@usc.es.

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MARCOS ANTONIO DA SILVA. Doctor en Filosofía, UGR (Universidad
de Granada, España). Dirección electrónica: marcosil-
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MARY SOL DE MORA CHARLES. Doctora en Filosofía, UCM (Universi-


dad Complutense de Madrid, España). Dirección electrónica: ma-
rias.demora@ehu.es.

SERGIO HUGO MENNA. Doctor en Filosofía, UNC (Universidad Na-


cional de Córdoba, Argentina). Dirección electrónica:
sermenn@hotmail.com.
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