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Sindicalismo: su cuento es historia

La reestructuración del ISS y Ecopetrol y la liquidación de Telecom han


demostrado la irrelevancia de los sindicatos en Colombia. Sin embargo, si
asumiera su verdadera misión, el sindicalismo podría resucitar.

La historia del sindicalismo colombiano tuvo momentos de gloria, cuando


logró grandes conquistas como la seguridad social, la ley de tierras de
1936 y la racionalización de la jornada laboral. Ese, sin embargo, es el
pasado. Hoy, nuestro sindicalismo muestra abundantes señales de
decadencia. Tan solo el 5% de los trabajadores del sector formal de la
economía pertenece a algún grupo sindical. La participación de los más
jóvenes es prácticamente nula. Lo que queda del sindicalismo está
concentrado en el sector público, mientras que en el sector privado una
larga tendencia de marchitamiento se aceleró en los años recientes hasta
llevarlo al borde de la extinción. La actual reforma del Estado
seguramente llevará a un proceso similar de deterioro en los sindicatos
públicos.

Esta decadencia del sindicalismo no es un destino inevitable. En países


como Suecia, las organizaciones sindicales tienen gran vitalidad y son
actores de peso en las decisiones que afectan el bienestar de los
trabajadores. La diferencia es clara. Mientras que en Colombia el
sindicalismo ha cometido graves errores estratégicos y sigue aferrado a
una agenda del pasado, en Suecia ha logrado evolucionar y aportar una
respuesta a las exigencias que la economía moderna impone a la
sociedad.

Los errores

Al igual que en otras partes del mundo, el sindicalismo en Colombia


prosperó en los sectores manufacturero, minero, bancario y
transportador. Así, desde el comienzo, se ubicó en sectores que emplean
una porción minoritaria de la fuerza de trabajo.

Por otra parte, nunca se desarrollaron los sindicatos de industria, que son
característica común en los países donde esas organizaciones realmente
tienen fuerza. "En Colombia, el sindicalismo nació deformado, porque el
criterio fue siempre el del sindicato de base o empresa y no el del
sindicato de industria al estilo de Europa. En los 70 y 80, mientras que
Colombia tenía unos 5.000 sindicatos registrados, en los países
europeos había 15 o 18 agrupados por industria", afirma Mario de J.
Valderrama, ex presidente de la CGTD y actual asesor del presidente
Uribe en asuntos laborales. Este factor, además, está asociado con el
verdadero cáncer que ha llevado a estas organizaciones a la postración
en el país: la burocratización de sus dirigentes.

Los sindicatos de empresa o de base se difundieron en Colombia, en


buena medida, debido al reducido tamaño de las unidades de producción
y la poca educación de la clase obrera, que dificultan la posibilidad de
organizarse. Además, la estructura de los mercados hasta los años 90
estuvo determinada por las políticas proteccionistas y la escasez de
capital, lo que condujo a estructuras monopolísticas en varios sectores.
Esto permitía que los sindicatos fueran exitosos en el nivel de empresa y
que no fuera necesaria la agrupación por industria, que era característica
de los sectores en los que la competencia era grande. La ley también ha
favorecido siempre los sindicatos de base o empresa y en el Código
Sustantivo de Trabajo se da prelación a estos sindicatos.

Pero, adicionalmente, los sindicatos de empresa dan ventajas obvias a


los líderes sindicales. De acuerdo con Alvaro Delgado, investigador del
CINEP, "en los sindicatos de base se facilita la formación de los feudos,
los dirigentes sindicales se sienten importantes y surgen contubernios
entre los directivos de la empresa y los sindicalistas. Esto es malo porque
da lugar a demasiada familiaridad, el sindicato adquiere bienes, sede
propia, líneas telefónicas, centros de descanso y demás. En el sindicato
de industria esto no es posible, pero los sindicalistas no quieren perder
los privilegios ni tampoco el fuero sindical".

De otro lado, según Eduardo Quintero, abogado laboralista, los


sindicatos les fueron cediendo sus banderas a los empresarios. "Los
empresarios, que en una primera fase del sindicalismo temían a los
sindicatos por la forma tan brava de hacer las peticiones, aprendieron a
llegarle al empleado directamente. Políticamente, además, era mucho
mejor pues de esta manera quedaba claro que era la empresa la que
estaba otorgando las concesiones y no el sindicato".

Esto fue cierto no solo para los temas que tenían que ver directamente
con el trabajo, sino también en las actividades fuera de la empresa. Los
empresarios se acercaron a las familias, pues finalmente son las mujeres
las que interceden para que no haya paros, ya que estos van en contra
de los ingresos familiares. "La mujer es una tremenda pacificadora. La
empresa les quitó banderas a los sindicatos y estos no se han pellizcado.
Era precisamente ahí donde ellos tenían acceso", continúa Quintero.

El error final de los sindicatos fue la incapacidad para reaccionar ante el


avance de la tecnología y la globalización. La huelga, que es el arma
última de los sindicatos para sacar adelante sus reivindicaciones, ha
perdido impacto ante la capacidad que han adquirido las empresas para
reemplazar la producción local con la internacional o con la de otras
plantas más eficientes. Esto ocurrió no solo en Colombia, sino en el
mundo entero.

En busca de un nuevo papel

En el pasado, los sindicatos cumplieron cuatro funciones: seguridad y


asistencia para sus afiliados, protección a los trabajadores ante la
explotación de los empleadores, extracción de rentas de las firmas y del
Estado (la alta sindicalización en el sector público, por ejemplo, no surgió
por una explotación exagerada, sino porque había rentas para extraer) y,
por último, representación nacional de los intereses de los individuos, ya
sea de forma directa en consultas con los empresarios y el gobierno o
indirectamente por medio de los partidos políticos. La evolución de estos
factores no ha favorecido la suerte de los sindicatos.

En cuanto a la obtención de seguridad, entendida como el acceso de los


trabajadores a un subsidio de desempleo, en los países desarrollados el
Estado asumió la labor que en un primer momento desempeñaron los
sindicatos, en temas como la provisión del seguro de desempleo a los
trabajadores. En Colombia, donde no hemos llegado siquiera a ese
punto, es notorio que en la discusión sobre el seguro de desempleo (una
figura nueva de la ley laboral 789 de 2002, que aún no ha empezado a
operar) los sindicatos no han tenido una participación importante ni
tienen un papel contemplado en la ley en la aplicación de este
mecanismo.

En cuanto a la defensa frente a la explotación, este es otro papel que ha


sido asumido fundamentalmente por el Estado. En gran medida, las
exigencias de los sindicatos (tanto en Colombia como en otros países del
mundo) deben limitarse hoy a pedir que se cumpla lo que está escrito en
la ley. Es un cambio significativo frente al papel inicial que tuvieron los
sindicatos en el momento de su gestación, cuando luchaban por
derechos que nadie les reconocía.

Los sindicatos también han perdido importancia en un área fundamental:


la búsqueda de mayor participación en la extracción de las rentas. Con el
aumento de la competencia, interna y externa, ya no hay muchas rentas
para repartir. Los sindicatos que fueron fuertes por este motivo han
perdido gran influencia. Cuanto menores son las rentas de las firmas,
menores son también las que pueden ser apropiadas por los sindicatos, y
menor el interés de afiliarse a un sindicato.

La reducción de los márgenes ha llevado a los empresarios a desmontar


las concesiones hechas a los sindicatos en el pasado. Con el paso del
tiempo, la resistencia de los trabajadores se ha debilitado y los
empleados han logrado su meta con relativa facilidad. Los trabajadores
se han dado cuenta del cambio en las condiciones de las industrias y
cuando les han ofrecido planes de retiro voluntario han accedido en
forma masiva. Es el caso de Bavaria, donde como consecuencia de un
atractivo plan de retiro voluntario que se les ofreció a los trabajadores, el
sindicato se redujo de 3.600 trabajadores a 220. Algo similar ocurrió en
Telecom, donde 3.600 trabajadores se acogieron al plan de retiro
voluntario.

En Telecom se hizo claro para los trabajadores que el monopolio de la


empresa se había acabado. El comienzo del fin fue la victoria pírrica que
logró el sindicato de Telecom durante el gobierno Gaviria, cuando una
huelga promovida por él, logró paralizar las telecomunicaciones del país.
En esta oportunidad, el sindicato ganó; pero también perdió, pues el país
tomó conciencia de la necesidad de ampliar la prestación del servicio de
comunicaciones a más operadores.

En Bavaria, por su parte, la huelga de hace año y medio durante la cual


la empresa recurrió a las instalaciones de Leona para la producción la
cerveza, fue muy importante para la compañía, ya que los directivos se
dieron cuenta del gran potencial que tenían estas instalaciones. Esto
llevó posteriormente al cierre de siete plantas.

El potencial

Es en el último de sus posibles campos de acción, el de la


representación de los intereses de los afiliados en las grandes
transformaciones de la economía moderna, donde los sindicatos tienen el
mayor potencial de influencia en la actualidad; sin embargo, es allí donde
han perdido el mayor terreno.

Los sindicatos podrían tener una gran importancia en las reformas del
mercado laboral que están ocurriendo en el mundo. Para que una
economía pueda crecer a un ritmo estable, el crecimiento del salario real
debe ser consistente con el crecimiento de la productividad total de los
factores. Si esto no es así, y los salarios crecen más rápido que la
productividad, el resultado es (como ya quedó demostrado en Europa)
menor empleo, menor acumulación de capital y desempleo creciente.

En este punto es ilustrador el caso de Suecia, donde el sindicalismo


abarca al 85% de la población en edad de trabajar. En ese país, el
mercado laboral cumple un papel específico consistente en garantizar
que la economía crezca y no pierda competitividad internacional, puesto
que más del 70% de su economía depende del comercio exterior.

En este sentido, la razón de ser del mercado laboral es económica y no


social o política, y se constituye además en la variable de ajuste frente a
recesiones o bonanzas. Es flexible para poder adecuarse a las
necesidades de los empleadores, que son finalmente quienes producen
la riqueza del país, la cual posteriormente se reparte vía impuestos para
beneficio de todos.
Para garantizar que el mercado laboral verdaderamente opere de esta
manera, se llegó a un acuerdo tripartito entre los sindicatos, los
empleadores y los trabajadores. Como todas las partes están
comprometidas con la misma causa (el crecimiento de la economía
sueca), ninguna actúa en detrimento de este objetivo. En consecuencia,
los ajustes salariales se hacen teniendo en cuenta que estos no generen
inflación ni desestabilicen la economía, y que tampoco afecten la
competitividad del país.

Los sindicatos tienen un papel importante qué jugar, pero solo pueden
hacerlo si demuestran que representan a los trabajadores. Este asunto
de legitimidad es el mayor reto hacia adelante. Francia es un ejemplo en
este sentido. La afiliación individual a los sindicatos es baja, entre 5 y
10%, pero los sindicatos juegan un papel importante.

Contrario a lo que creen muchos empresarios, el sindicalismo tiene


grandes contribuciones positivas por realizar. Su contribución para
contener el autoritarismo de los empleadores es positiva. Sin embargo,
para ser efectivo, el sindicalismo debe tener una clara legitimidad y debe
ser incluyente. Su vocación tiene que ser nacional. No puede limitarse a
un grupo minoritario de la sociedad, que precisamente por tener acceso
al sector formal puede llenarse de privilegios. Una gran masa de
colombianos, entre los cuales se cuentan los desempleados, los
informales, los empleados temporales, las mujeres, los niños
trabajadores y otros más, están a la espera de alguien que los
represente.

El sindicalismo colombiano podría resucitar si asumiera estas banderas


con convicción, en lugar de defender los intereses de grupos cerrados de
trabajadores cuyos salarios están muy por encima de la media de la
población.