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El Malinche.

Malinalli fue la traductora de Cortés. Ella le fue regalada al conquistador, junto con otras diecinueve esclavas, por
un Señor del Mayapan, cuando en 1519, se rindieron a él y aceptaron ser vasallos del Rey de España. Malinalli al
ser esclava en un Señorío Maya aprendió el idioma del Mayapan, el maya. Viajó, junto con las otras esclavas en
la expedición de Cortés por el Golfo de México. La expedición llego a las playas de Chalchiuecan el Viernes
Santo de 1519, en aquel año 22 de abril. En tierra continental fundaron la Villa Rica de la Vera Cruz, ahora
Veracruz. Allí Malinalli, junto con sus compañeras esclavas, fue bautizada como Marina.

La tierra que pisaron los conquistadores era Totonaca, gobernada por el llamado Cacique Gordo de Cempoala,
primera ciudad de Mesoamérica que conocieron los españoles. Hasta allí, el emperador mexica Moctezuma
envío embajadores a conocer a los recién llegados de oriente en unas casas flotantes a través del mar. Malinalli
sabía náhuatl, el idioma de los mexicas, de lo que se dio cuenta Cortés y auxiliado por Jerónimo de Aguilar, quién
fue rescatado del Mayapan donde sobrevivió de una expedición anterior y fue esclavo de los mayas, se
estableció la comunicación. Cortés hablaba en español a Jerónimo de Aguilar, éste en maya a Malinalli – Marina
y ella en náhuatl a los embajadores de Moctezuma.

Así Malinalli se convirtió en la traductora de Cortés. Ella después de bautizada, por decisión de Cortés estuvo al
servicio de Alonso Hernández Portocarrero. Aprendió español. Era la que hablaba en los diálogos de Cortés con
los nativos del continente. Era La Lengua. De Cempoala, que estaba sometida y rendía tributos a los mexicas,
partieron los conquistadores hacia el interior del continente. Llegaron a Tlaxcala, vencieron a los tlaxcaltecas,
apoyados por los de Cempoala que ya eran sus aliados, y los convencieron de unirse a ellos para ir a
Tenochtitlán, la gran capital del Imperio Mexica.

En Cholula fue la primera matanza de mexicas. Encerrados en sus templos fueron sacrificados por los españoles,
apoyados por los tlaxcaltecas, sus acérrimos enemigos y los cempoaltecas, quiénes vieron en los españoles
unos aliados para liberarse del dominio mexica. El viaje y la matanza fueron vivídas por Malinalli. Ella llegó como
esclava a las tierras del Mayapan llevada por un comerciante de esclavos que la compró en el mercado de
Tlatelolco, en tierras de Tenochtitlán. Fue vendida, de niña como esclava a los comerciantes de esclavos de
Tlatelolco por su propia madre, dice la autora. Otros autores dicen que por su padre. Quién haya sido, era su
propia familia quien la entregó para ser esclava. Por ser de origen mexica había aprendido el náhuatl.

Después de la matanza de Cholula, Cortés a la cabeza de un ejército de unos cientos de españoles y miles de
cempoaltecas y tlaxcaltecas se dirigió a Tenochtitlán. A su llegada fue recibido por el emperador Moctezuma.
Malinalli fue testigo del encuentro, ella escuchó lo que dijo Moctezuma, entregando su gran imperio, al ambicioso
conquistador Cortés. Dijo a Moctezuma la respuesta de Cortés. Ella era la lengua. Malinalli, al igual que los
demás nobles que acompañaron a Moctezuma, supo lo que decía el emperador de los mexicas y lo tradujo para
que lo entendieran Cortés y los demás españoles. Supo la respuesta de éste y la dijo a Moctezuma. Este pasaje
de la historia de la conquista de México, es de la mayor trascendencia. Malinalli, una mujer, en el centro de lo que
se dijo, de la historia del encuentro de dos mundos, de dos culturas, que fueron la base, el cimiento, de la cultura
e historia del México actual.

Presenció Malinalli la estancia de Cortés y los españoles en Tenochtitlán. Era La Lengua. Los diálogos con
Moctezuma. Vio materializada la ambición de los españoles al saquear y destruir los tesoros de los mexicas para
separar el oro. Vio la prisión a que fue sometido Moctezuma. Regresó con Cortés a la costa, a Cempoala, a
enfrentar a Pánfilo de Narváez, quién venía, enviado por el Gobernador de Cuba, Diego Velásquez, para apresar
a Cortés. Vio cómo Cortés derrotó a De Narváez y cómo se adhirieron a él los españoles que venían a
perseguirlos, convencidos por la ambición del oro. Regresaron a Tenochtitlán, donde los españoles que se
quedaron habían hecho una matanza de nobles mexicas. Malinalli salió con Cortés y los otros españoles, junto
con sus aliados, de Tenochtitlán, arrojados y derrotados por los mexicas, quiénes ante la pasividad de su
monarca hicieron frente a los invasores. Vio llorar a Cortés esa Noche Triste, lo vio derrotado.

Vio a Cortés preparase en Tlaxcala para una nueva incursión en Tenochtitlán. Vio la caída del mayor imperio que
existió en estas tierras. Vio la destrucción de Tenochtitlán. Fue mujer de Cortés y tuvo un hijo de él: Martín,
acompaño a Cortés en su fallida expedición a Las Hibueras (ahora Honduras). En el trayecto Cortés decidió
casarla con su fiel soldado Juan Jaramillo. Regresaron a Veracruz y de allí al Valle de México. Vivió con
Jaramillo, tuvo una hija con él: María. Con él, con su hijo Martín y su hija María vivió en Coyoacán. Murió allí.
El Emperador.
Napoleón Bonaparte sabía de lo que hablaba cuando afirmó que «las batallas contra las mujeres son las únicas
que se ganan huyendo». El amor apareció a su puerta pero no de la manera tan exitosa que tuvo en los campos
de batalla cuando Europa se rindió a sus pies. En 1795, Josefina de Beauharnais, la mujer de sus ojos, apareció
en su vida cuando apenas era un soldado que se abría camino en el ejército francés.
Ella había salido de prisión tras cumplir una condena por, presuntamente, haber luchado contra la Revolución
Francesa. Sin dinero y un estado de ánimo decadente, se dedicó a buscar un hombre que le pudiera asegurar un
futuro y una estabilidad económica, así que fue el pequeño soldado quien se presentó como el mejor candidato
debido a su prometedora carrera y múltiples contactos con hombres importantes.

La historiadora, periodista, escritora y autora de Napoleón y Josefina, Cartas en el amor y en la guerra, Ángeles
Caso, asegura que antes de fijarse en Josefina, Napoleón estaba enamorado de la española Teresa Cabarrús,
pero que Josefina, experta en las artes amatorias y con una larga lista de amantes tras ella, hizo todo para que el
soldado se fijara en ella y abandonara a Cabarrús. Napoleón y Josefina se casaron en una ceremonia a la que
acudieron grandes personajes de la política y milicia francesa. Al poco tiempo, Bonaparte fue enviado a cumplir
una misión a Italia, lo que le obligó a separarse de su amada. Es en este momento cuando comienza un intenso
intercambio de apasionantes cartas que han pasado a la historia y que han sido objeto de estudio de parte de
especialistas en la vida del general.

El intercambio de correspondencia durante el tiempo que duró su matrimonio (1796 a 1809) fue bastante desigual.
Bonaparte escribió la sorprendente cantidad de 265 cartas, todas en el mismo tono meloso y romántico del ejemplo
anterior, mientras que su amada le correspondió con únicamente… cinco (aunque otras fuentes ponen cinco más).
La razón de tan raquítica correspondencia de ella es fácil de adivinar: jamás estuvo enamorada de Napoleón y en
cambio sí lo estaba de otros hombres, como el teniente de húsares Hippolyte Charles, quien contaba nueve años
menos que ella. A la vez que la puerta de su alcoba se abría para recibir a numerosos amantes, Josefina se
dedicaba a despilfarrar la fortuna que su marido comenzaba a ganar con sus misiones.

En medio de las luchas que Napoleón sostenía en diferentes puntos de Europa, estas cartas viajaban hasta Francia
con toda la ilusión del enamorado que desconoce la conspiración de desinterés que se urde tras sus espaldas.
Aunque algo sentía el “Pequeño Corso” que le hacía sospechar de la vida descarriada que su esposa llevaba en
París. Una carta fechada el 13 de noviembre de 1796 desde Milán lo constata: «Ya no te amo; al contrario, te
detesto. Eres una ruin, una torpe, una ruda. No me escribes […], no amas a tu marido. ¿Qué hace usted todo el
día señorita? ¿Qué negocio tan importante quita a usted el tiempo para escribir a su bien amante? ¿Qué afecto
ahoga y hace poner en el olvido el amor, el tierno y constante amor que le tiene usted prometido? ¿Quién puede
ser ese prodigioso y nuevo amante que absorbe todos sus instantes? […]»

Conforme más tiempo pasaban separados (Napoleón fue enviado Egipto a una larga misión), su amada más se
desentendía de él y no sólo aumentaba su lista de amantes sino sus negocios sucios con gente del ejército, quien
fue la primera en advertirle al general sobre las relaciones extramaritales de Josefina. En este momento, el amor
de Napoleón se transformó en frialdad e indiferencia hacia ella debido a la decepción experimentada. Entonces él
también comenzó a tener amantes. Josefina vio en peligro su condición de emperatriz, ya que el odio que su
esposo comenzó a profesarle en cartas se combinaba con la ausencia de hijos. Su estrategia cambió: ahora era
abnegada y sumisa, aunque el general no mordió el anzuelo.

A modo de desquite, Josefina comenzó a esparcir en las cortes los rumores de que el Emperador era un inepto en
la cama y que no lograba otorgarle placeres sexuales. Esto evidentemente se contraponía al hecho de que
Napoleón comenzó a tener hijos con sus varias amantes. Es más que probable que Josefina afirmara estos detalles
por coraje y ante el peligro de ver su matrimonio amenazado, con lo cual todos sus privilegios se verían dañados.
Esta historia de “amor” culminó la noche del 14 de diciembre de 1809. Napoleón recordaría este fracaso de la
siguiente manera: «Quise de verdad a Josefina –le dice el viejo león a Les Cases–, aunque no la estimaba. Era
demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho; era una verdadera mujer; tenía el culo más bonito
del mundo, con sus tres islotes de La Martinica». La cita se saca del ya mencionado libro Napoleón y Josefina,
Cartas en el amor y en la guerra.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-vida-de-ruben-dario--0/html/ff17bf78-82b1-11df-acc7-
002185ce6064_2.html