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10. MENSAJE DEL APOCALIPSIS

Después de presentar los rasgos formales del Apocalipsis, es el momento de


adentrarse propiamente en el contenido del libro y su enseñanza. Ya ha sido dicho que,
a pesar de la percepción popular, no se trata de un escrito cuyo fin sea anunciar
catástrofes o vaticinar grandes calamidades para el final de los tiempos. Es un libro que
responde en sus aspectos formales a un género literario de la época, el apocalíptico, pero
que contiene una verdadera profecía cristiana sobre el sentido de la historia.
Ciertamente, para un lector moderno poco familiarizado con la época en la que se
escribió y con poca formación bíblica no resulta sencillo de entender. Hace falta tener
un conocimiento considerable del Antiguo Testamento, sobre todo de los profetas, y de
la literatura judía de los siglos III a.C. a I d.C., para captar muchas de sus afirmaciones y
de sus matices. Aún así, y admitiendo que la lectura del Apocalipsis no está exenta de
dificultades, se trata de un libro que tiene un mensaje suficientemente claro para ser
entendido por cualquier lector, una vez que se explican las imágenes y simbolismos, y
se clarifica el desarrollo de la trama. En cualquier caso, la enseñanza brilla por su
carácter consolador y es siempre de enorme actualidad, especialmente en los momentos
más críticos para la historia de la Iglesia y de la humanidad.

1. CONTENIDO
El Apocalipsis comienza con un prólogo (1,1-3) en el que se presenta el libro –es
una revelación de Jesucristo de carácter profético– y a su autor. A modo de
introducción, Juan saluda a las siete iglesias de Asia Menor (Éfeso, Esmirna, Pérgamo,
Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea), que simbolizan a la Iglesia en su totalidad (1,4-
8). Después, refiere que, mientras estaba en Patmos un día del Señor, tuvo una visión de
Jesucristo: Jesús se le aparece en forma gloriosa en medio de siete candelabros de oro
(las iglesias) y le ordena que escriba en un libro lo que ve y se lo envíe a las iglesias
(1,9-20). Seguidamente se recogen las cartas a estas comunidades (2,1-3,22). En ellas se
hace referencia a la situación específica de cada una, señalando sus cualidades –y
cuando es el caso deficiencias– y se promete una recompensa futura a los que venzan el
mal. Conforme a un esquema fijo, las cartas comienzan con la orden al ángel de la
iglesia para que escriba la carta y terminan con una advertencia de prestar oído a lo que
les dice el Espíritu. En medio, se les menciona el pasado y su contraste con el presente,
y se formulan unas amenazas y unas promesas que terminan con una exhortación a la
penitencia y a la conversión.
A continuación, se narra una visión de un tono diferente. Esta se desarrolla en el
cielo y sirve de pórtico para todas las que vienen después. En la visión, mediante
imágenes y símbolos tomados del Antiguo Testamento, Juan describe la majestad de
Dios y la alabanza que recibe en el cielo. Dios está sentado en el trono y a su alrededor
le adoran veinticuatro ancianos en sus tronos (la Iglesia celestial, que incluye al antiguo
y al nuevo Israel, las doce tribus y los doce apóstoles), siete lámparas de fuego (que
simbolizan a los siete espíritus de Dios) y cuatro seres vivos (serafines que alaban a
Dios) (4,1-11). Dios tiene en su mano un libro sellado (símbolo de sus misteriosos
designios salvíficos), que solo puede abrir (desvelar) el Cordero erguido y sacrificado
(Cristo muerto y resucitado) que está en el trono de Dios. El poder del Cordero está
representado en los siete cuernos y su conocimiento en los siete ojos, que se identifican
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con los siete espíritus que envía a la Iglesia. El Cordero recibe también la alabanza de
los ancianos, de los cuatro seres vivos, de los ángeles y de toda la creación (5,1-14).
A continuación, el Cordero comienza a abrir los siete sellos del libro. Se indica así
cuál es el sentido de la historia a la luz de Cristo. Con la apertura de los cuatro primeros
aparecen cuatro caballos con sus jinetes. El primer caballo es blanco y su jinete quizá es
Cristo victorioso que controla lo que sucede; el segundo es rojo y su jinete es la guerra;
el tercero es negro y su jinete es el hambre; el cuarto es de color macilento (la peste) y
va montado por la muerte. Mediante estas imágenes se personifican castigos divinos
anunciados en el Antiguo Testamento (6,1-8). Con la apertura del quinto sello se
desvela la gloria de los que sufren persecución (6,9-11). Con el sexto se anuncian un
terremoto y grandes catástrofes naturales. Son los acontecimientos previos al “día de la
ira” del Cordero, el gran juicio de Dios, del que absolutamente nadie podrá escapar
(6,12-17).
Antes de la apertura del séptimo sello, como una forma de crear suspense, Juan
describe una situación de calma creada por unos ángeles que impiden que soplen los
vientos dañinos (7,1). Incluye dos visiones. La primera muestra la protección divina
sobre los que habían sido sellados por Dios y, por tanto, le pertenecen. Son la gran
multitud de los salvados: ciento cuarenta y cuatro mil (doce por doce por mil), es decir,
un número que indica plenitud y que podría representar a cristianos provenientes del
judaísmo o al nuevo Israel (7,2-8). En la segunda visión aparece una muchedumbre
incontable de gente vestida con túnicas blancas, que representa la situación gloriosa de
los que han sido redimidos por Cristo tras la muerte y que recuerda una procesión
bautismal (7,9-17).
Después se abre el séptimo sello y se hace el silencio, evocando quizá así un
silencio litúrgico que prepara para lo que viene a continuación. Entonces se les entrega a
los ángeles siete trompetas (que van a representar la ejecución de los juicios de Dios
sobre el mundo) y se eleva la oración de los santos (8,1-6). El sonar de las trompetas
significa la voz de Dios anunciando y realizando el castigo por los pecados de la
humanidad. Con las cuatro primeras se provocan castigos que recuerdan las plagas de
Egipto y que afectan a “la tercera parte” de la tierra, del mar, de las aguas dulces y de
los astros (8,7-12). Tras una visión intermedia, en la que un águila pronuncia tres ayes
de horror y de compasión ante lo que viene a continuación (8,13), se produce el sonar de
la quinta trompeta, un castigo que ya no afecta a la naturaleza sino al hombre. La visión
incluye la caída de una estrella, el “ángel del abismo” (en hebreo Abaddón y en griego
Apolíon), que desata las fuerzas del mal, simbolizadas en una terrible plaga de langostas
que atormentan a la humanidad durante cinco meses (un tiempo limitado). Termina así
el primer “ay” (9,1-12). Con el sonar de la sexta trompeta, los ángeles de la muerte que
estaban junto al Éufrates (lugar de donde solían venir las invasiones que asolaban a
Israel) forman un enorme ejército a caballo que causan la muerte a un tercio de la
humanidad (9,13-19). A pesar del carácter medicinal de los castigos, que son una
llamada a la conversión, los que sobrevivieron a ellas no se arrepienten de sus pecados
(9,20-21).
Antes de que suene la séptima trompeta se abre otro paréntesis con el que continúa
creciendo la expectación. Juan se encuentra de nuevo en la tierra y un ángel le ofrece un
pequeño libro abierto para que lo coma. La visión es semejante a la descrita por
Ezequiel (Ez 2,9-3,2) y viene a mostrar la condición profética de Juan, cuyas profecías
afectan a toda la creación. Si Juan debe sellar –mantener en silencio– los designios
divinos manifestados en “siete truenos” (10,4) que él escucha, ha de proclamar
proféticamente el contenido del pequeño libro que se le da a comer (10,1-11). A
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continuación se le entrega una caña para medir el templo y el altar, indicando así la
protección divina sobre la Iglesia. Se señala también que la persecución de la Iglesia no
será definitiva, sino que ocurrirá durante un tiempo limitado (1260 días, que es igual a
tres años y medio, es decir, la mitad de siete). Con todo, a los dos testigos (los
cristianos), presentados con los rasgos de Moisés y Elías, no se les ahorra el sufrimiento
ni la muerte. Pero al final participarán de la resurrección de Cristo y sus enemigos
perecerán. Acaba así el segundo “ay” (11,1-14).
Con el toque de la séptima trompeta da comienzo al enfrentamiento final entre
Satanás y los poderes del mal contra Cristo y la Iglesia. Antes de narrar los combates, se
anticipa el final proclamando el triunfo definitivo del reinado de Cristo a modo de un
nuevo paréntesis consolador. Se ha consumado el plan de Dios sobre el mundo y por
tanto ese triunfo es ya una realidad presente. La aparición del arca, al estilo de la
teofanía del Sinaí, manifiesta el cumplimiento de los tiempos mesiánicos (11,15-19).
Después, aparecen dos signos. Representan a los que van a participar en los combates
finales. El primero es la mujer y su descendencia (Israel, la Iglesia, la Virgen María). El
segundo es el dragón rojo (el diablo) de siete cabezas y siete diademas (el poderío para
hacer la guerra) y diez cuernos (que representan a los reyes enemigos del pueblo de
Dios). El dragón acecha a la mujer, que da a luz a un Hijo con rasgos mesiánicos. El
Hijo es arrebatado al cielo y la mujer huye al desierto. Se entabla entonces un gran
combate en los cielos: Satanás contra el Mesías que nace de la mujer, y contra san
Miguel y sus ángeles. Pero Satanás es vencido, y arrojado a la tierra, donde, aunque
privado ya de su fuerza, seguirá luchando contra la mujer y el resto de sus hijos. Se
manifiesta así cómo el diablo está todavía en lucha contra los proyectos de Dios y los
suyos. Pero Dios protegerá siempre a la mujer. Esto llevará a que los ataques del diablo
sean cada vez más terribles (12,1-18). El diablo los ejecuta mediante dos bestias a las
que comunica su poder. La primera, que sale del mar, esta descrita con los rasgos con
que el profeta Daniel designa a los imperios que invadieron Israel (en el Apocalipsis la
bestia simboliza al Imperio romano y a todo poder político que quiere suplantar a Dios)
(13,1-10). La segunda bestia, que sube de la tierra y está al servicio de la primera, tiene
como armas la seducción mediante prodigios engañosos al estilo de los profetas
(simboliza probablemente al emperador romano divinizado y a todo el que se arrogue el
lugar de Dios) (13,11-18). Como contrapunto, aparece el Cordero y la preparación del
juicio de Dios como anticipación de su victoria. El Cordero viene con su séquito, que
son quienes participan de su salvación y cantan un cántico nuevo (14,1-5).
Seguidamente, tres solemnes intervenciones de ángeles anuncian que ha llegado la hora
del juicio final (14,6-13). Esta inminencia del juicio que va a realizar el Hijo del
Hombre se acrecienta con dos nuevas visiones: la de la siega y la de la vendimia (14,14-
20).
Aparece ahora una nueva señal, la de los siete ángeles que ejecutan siete plagas.
Antes de que lo hagan, los salvados cantan un cántico de victoria (15,1-4). Entonces los
siete ángeles que tienen las plagas salen de la tienda (la presencia de Dios) y reciben
siete copas de oro llenas de la ira de Dios (15,5-8). Cuando se vierten las copas se
ejecutan los castigos, interrumpidos por una breve exhortación a la vigilancia y a la
fidelidad. Las cuatro primeras copas se relacionan con elementos de la naturaleza. Son
una versión de las plagas de Egipto: úlceras en la tierra, el mar convertido en sangre, los
ríos convertidos en sangre, el sol abrasador. La quinta (tinieblas sobre el trono de la
bestia) y la sexta (sequía del Éufrates para dar paso a los pueblos terroríficos del
Oriente) se relacionan con fuerzas o poderes que actúan en la historia (16,1-12). Los
reyes de la tierra, dirigidos por el dragón, por la bestia del mar y por la bestia de la tierra
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(el falso profeta), se congregan en Harmagedón para la batalla final contra Dios (16,13-
16). Pero al vertirse la séptima copa serán derrotados todos ellos. La teofanía y el
terremoto que acompañan el castigo muestran la severidad de lo que les ocurrirá, pues la
sentencia sobre la gran Babilonia (Roma) ha sido ya decretada (16,17-21). En una nueva
visión se narra la caída de la ciudad. Se presenta a Roma como la gran ramera,
cabalgando sobre una bestia de siete cabezas y diez cuernos. Un ángel explica que la
ramera (Roma) se sostiene sobre siete colinas que a la vez son siete reyes (la
encarnación de los emperadores) junto con los reyes aliados de Roma, representados en
los diez cuernos de la bestia. Estos cederán su poder a un rey romano, identificado ahora
con la bestia, que se volverá contra Roma (la ramera), y perseguirán a la Iglesia sin
éxito, porque Cristo vencerá. La ramera será devorada por esos mismos reyes (17,1-18).
A continuación, en una nueva visión se contempla la caída y ruina de Babilonia
(Roma, personificando a los enemigos de Dios) como si ya hubiese ocurrido. Se exhorta
al pueblo de Dios a alejarse de ella y del mal que hace, y se describen los lamentos de
los que se enriquecían a costa de la ciudad y de sus malas acciones, para alegría de
todos los justos que han padecido en ella (18,1-24). Finalmente se ha hecho justicia.
Entonces, los justos entonan un canto de alabanza, porque ha sido derrotada la ramera y
porque es inminente la instauración definitiva del Reino de Dios, manifestada en el
banquete de bodas del Cordero y testimoniada ahora proféticamente por Juan (19,1-10).
A este cántico sigue una visión de Cristo glorioso y vencedor, montado sobre un
caballo blanco –el color de la victoria–, al frente de un ejército de jinetes vestidos de
blanco sobre caballos blancos (19,11-16). Después ve a un ángel que convoca a las aves
del cielo para que se dispongan a caer sobre los despojos de los enemigos de Cristo –
aquellos que siguieron a la bestia y al falso profeta– cuando sean derrotados, y ve al
ejército de Cristo que apresa a la bestia y al falso profeta y los arroja al infierno,
mientras que los reyes son muertos a espada (19,17-21). El dragón es apresado por un
ángel y encadenado en el abismo durante mil años (privado de su poder durante un
tiempo), que coincide con el reinado de los santos con Cristo. Después, antes de su final
definitivo, tendrá poder para atacar de manera especialmente intensa a los santos y a la
ciudad amada (la Iglesia), pero será por poco tiempo. Y ve también cómo Dios le
derrota y arroja al estanque de fuego y azufre por toda la eternidad (20,1-10). Como
culminación, llega el juicio universal (con la imagen del trono blanco y los libros que
son abiertos: unos para el juicio, otro para la vida) y la condenación de los impíos
(20,11-15).
Destruidos los enemigos de Dios, incluida la muerte, Juan tiene una visión de los
nuevos cielos y de la nueva tierra. Es la nueva creación que los profetas anunciaban con
la llegada del Mesías, en la que la humanidad renovada, la nueva Jerusalén, estará en
comunión con Dios para siempre. Lo garantiza la Palabra del Dios eterno y
todopoderoso. En la visión, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, es presentada como la
Esposa del Cordero y descrita como una ciudad maravillosa y perfecta (mediante la
aplicación del número doce a los elementos con que está construida y a sus medidas),
que se asienta sobre los doce apóstoles. La presencia de Dios y del Cordero la habita
permanentemente, por lo que no necesita templo. Está vivificada además por el río de la
vida (el Espíritu Santo) y los bienaventurados que habitan en ella verán a Dios porque
pertenecen al Señor (21,1-22,5).
Las visiones concluyen con un testimonio de Juan con el que confirma la veracidad
de su profecía. Lo ha escrito en nombre de Dios y debe ser dado a conocer a todos los
hombres. Una solemne admonición de amenaza y de bienaventuranza ante la certeza de
su cumplimiento lo ratifica (22,6-15).
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Al final se recogen unas palabras de Jesús que confirman solemnemente la


autenticidad del libro. Tras lo cual, la Iglesia en oración asiente manifestando las ansias
de que venga el Señor (22,16-17). Antes de la despedida, el autor advierte de la
inmutabilidad del contenido de su libro. Es revelación de Dios y, por eso, nadie puede
añadir o quitar nada (22,18-19). El libro termina con una oración esperanzada: “¡Ven,
Señor Jesús!” y la despedida final (22,20-21).

2. ESTRUCTURA
El resumen del contenido puede dar la impresión de que el Apocalipsis es una obra
más o menos estructurada, con un prólogo, una introducción, un desarrollo y una
conclusión. Ciertamente, estos elementos están presentes, pero, aun así, el desarrollo no
es fácil de estructurar con una cierta lógica y cualquier lector, a medida que vaya
leyendo el libro, encontrará difícil situarse en la secuencia de los acontecimientos
narrados. Por ejemplo, por señalar los aspectos más evidentes, las visiones que siguen a
las cartas no presentan un esquema fijo, y mientras hay temas que se repiten (los
castigos previos al fin, el triunfo de los elegidos, la caída de Babilonia, etc.) otros
parecen romper el hilo de lo que se va narrando, o dan la impresión de que serían más
adecuados para el final u otro momento del libro.
Ante esta falta de linealidad, se han propuesto diversas hipótesis. Algunos
intérpretes piensan que el Apocalipsis habría sido compuesto a partir de diversas
fuentes; otros, que habría sido escrito por varios autores, o que habría sido reeditado a
partir de dos Apocalipsis compuestos en fechas distintas, o que sería el producto de
varias redacciones, etc. Es posible que algo de esto se haya podido dar, pero es
innegable que el vocabulario y el estilo son claramente unitarios y la obra en su
conjunto se entiende como una unidad bien definida. En todo caso, para su mejor
comprensión, es útil tratar de establecer una estructura del texto tal como lo
conservamos, con independencia de su proceso de composición.
Hay que reconocer que las posibilidades de sistematizar el contenido del libro son
muchas y ninguna de ellas es totalmente convincente. Algunos intérpretes tratan de
estructurar la obra tomando el número siete como elemento clave (Loenertz, Lohmeyer,
Biguzzi). Este número aparece con frecuencia en relación a acciones que se repiten siete
veces –los llamados septenarios (las siete cartas, los siete sellos, las siete trompetas, las
siete copas)–, o para numerar realidades u objetos, a veces vinculados con las acciones o
elementos de los septenarios (siete iglesias, siete espíritus, siete estrellas, siete
candelabros, siete lámparas, siete cuernos, siete ojos, siete ángeles, siete truenos, siete
cabezas, siete diademas, siete plagas, siete colinas, siete reyes, etc.). Las propuestas que
parten de los septenarios, algunas de ellas dividiendo a su vez la obra en siete partes,
son numerosas.
Ciertamente, la importancia del siete es grande y cada uno de los septenarios forma
en sí mismo una unidad, pero, como suele suceder cuando se quiere que todo encaje
según un esquema fijo, las propuestas que hacen girar la estructura sobre el número
siete parecen forzar un poco las cosas. Por ejemplo, no es fácil detectar una unidad clara
después de la séptima trompeta (11,15). A partir de este momento, lo que dominan
sobre todo son los simbolismos. Además, con independencia de los cuatro septenarios
explícitos, no está claro que pueda hablarse de un septenario de visiones, o de voces del
cielo, o de algún otro tipo, como a veces se hace.
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Muchos coinciden en dividir la obra en dos grandes bloques: las cartas (1,9-3,22) y el
resto del escrito (4,1-22,5), pero no hay acuerdo en cómo estructurar esta segunda parte.
Una propuesta bastante difundida (Vanni) es la de dividirla en cinco secciones: una
introductoria con la visión del trono de Dios y del Cordero (4,1-5,14), seguida de una
sección de los sellos (6,1-7,17), otra de las trompetas (8,1-11,14), otra de los signos
(11,15-16,16) y una sección conclusiva (16,17-22,5). Otros autores, en cambio, creen
reconocer una estructura quiástica o concéntrica (Schüssler Fiorenza), haciendo gravitar
toda la obra en el centro de esta segunda parte (10,1-15,4), en donde estaría el clímax
del libro. De esta manera lo que se dice después de este núcleo central encontraría su
reflejo simétrico en lo dicho antes (A B C D C´ B´ A´). Otros, como por ejemplo
Feuillet, se inclinan por estructurar el libro siguiendo el desarrollo progresivo de la obra,
donde todo se encamina hacia la consumación final de la Iglesia.
Sin duda, todas las propuestas tienen un gran valor y ayudan a comprender mejor lo
que quiso decir el autor. Como se ha dicho, muchos coinciden en señalar que en el libro
hay dos grandes partes de extensión desigual. La primera (caps. 1-3) ambientada en la
tierra, la segunda (caps. 4-22) en el cielo. Pero para entender el libro conviene tener en
cuenta que, a pesar de ocuparse aparentemente de dos ámbitos diferentes, las dos partes
no están separadas entre sí. Lo que acontece en la tierra y que afecta a los cristianos que
vivían en el tiempo en que Juan escribe su libro tiene sentido a la luz de lo que “sucede”
en el cielo. El libro presenta un conflicto dramático entre Cristo y los poderes del mal.
Ese conflicto va progresivamente acentuándose hasta su desenlace final con la victoria
de Cristo. Pero ese proceso no se presenta de manera lineal. Cada visión contiene una
síntesis del conflicto con su desarrollo y su desenlace, que es asumida de algún modo en
la siguiente visión. La tensión crece así, y para ello el autor se sirve también de recursos
literarios que mantienen el suspense mediante la prolongación o retraso de lo que se ha
anunciado que va a suceder.
Así pues, teniendo esto en cuenta, y según el contenido expuesto más arriba, el libro
podría estructurarse de la siguiente manera.
Prólogo (1,1-3): se presenta el libro como revelación al autor de lo que va a suceder
en el futuro; esto lo conoce Dios Padre, pero también Jesucristo, que, como Hijo,
participa de ese conocimiento.
INTRODUCCIÓN (1,4-20): Juan describe cómo recibe la revelación y la orden de
comunicarla.
PRIMERA PARTE: CARTAS A LAS IGLESIAS (2,1-3,22): exhortación a permanecer firmes
en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, en las circunstancias históricas en las
que se encontraban los destinatarios del libro.
SEGUNDA PARTE: VISIONES ESCATOLÓGICAS (4,1-22,15): manifestación profética del
proyecto de Dios sobre la humanidad y sobre la Iglesia, tal como se le ha manifestado al
autor del libro en forma de visiones.
Visión introductoria (4,1-5,14): el autor es llevado al cielo y contempla a Dios en su
gloria, desde donde dirige los destinos del mundo y de la Iglesia. Estos constituyen un
misterio que únicamente el Cordero, Cristo resucitado, puede desvelar, pues es el único
capaz de abrir los siete sellos, es decir, el único que da sentido a la historia.
Sección primera (6,1-11,14): incluye las visiones hasta el sonar de la séptima
trompeta. Conforme se van abriendo los sellos se van revelando los acontecimientos
previos al desenlace final. La apertura de los seis primeros sellos anuncia la llegada del
día de la venida definitiva de Dios, que viene precedido de castigos divinos (6,1-17).
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Cuando se abre el séptimo suenan las trompetas que vuelven a anunciar esa venida y
manifiestan la ejecución de los juicios de Dios sobre el mundo (8,1-9,21). Se enseña así
que las desgracias que sobrevienen a la humanidad son una llamada a la conversión
antes de la segunda venida de Cristo. La exposición es como un ascenso en espiral, en
donde ideas ya dichas vuelven a subrayarse a medida que se avanza hacia el final.
Intercaladas en esa progresión hay interrupciones a modo de descanso (la visión de los
salvados y la de los dos testigos), que muestran la protección divina sobre los cristianos
y que sirven para consolar y asegurar la victoria a los que se mantienen fieles a Dios
(7,1-17, 10,1-11 y 11,1-14).
Sección segunda (11,15-22,15): Victoria de Cristo y glorificación de la Iglesia. La
última trompeta anuncia la llegada del Reino de Cristo, culminación de la historia
humana, que, a medida que se acerca, vendrá precedida por combates más intensos entre
el diablo y los hacedores del mal, por una parte, y la Iglesia y los cristianos, por otra. Es,
en definitiva, el combate entre Satanás y Cristo. Así como los destinatarios del
Apocalipsis se veían perseguidos por un Imperio romano que divinizaba al emperador,
así, a lo largo de la historia y hasta la segunda venida de Cristo, la Iglesia se verá
acechada y perseguida por estados e individuos que quieren situarse en lugar de Dios y
arrogarse su poder, y que se simbolizan en las bestias (11,15-13,18). Pero los cristianos
deben estar seguros de la victoria. Como en la sección anterior, el autor intercala
visiones anticipadas del final para consolar y reafirmar que el triunfo es de Cristo, que
juzgará a toda la humanidad (14,1-15,4).
Con el verterse de las siete copas con las siete plagas se anuncia la última posibilidad
de conversión, pues al final la victoria sobre los enemigos de la Iglesia, simbolizados en
la ramera y las bestias, es de Cristo. Cristo está por encima de todas esas fuerzas, y su
triunfo –que ya ha comenzado con su muerte y resurrección– culminará al final de los
tiempos. Los que son fieles a Dios participarán de esa victoria (15,5-19,21).
Al final, como incluyendo todo lo anteriormente dicho, se llega al punto álgido del
libro y se trasmite su mensaje definitivo. Es verdad que, después de la muerte y
resurrección de Jesús, las acechanzas del enemigo serán muy intensas, pero con la
segunda venida de Cristo al final de los tiempos desaparecerá definitivamente el diablo,
tendrá lugar el juicio final y se instaurará definitivamente el Reinado de Dios. Entonces
habrá una nueva creación, en la que la humanidad renovada formará parte de la Iglesia
celestial viviendo con Dios por toda la eternidad (20,1-22,15).
CONCLUSIÓN (22,16-21): en paralelo con la introducción, se confirma el carácter
profético del libro, que es ratificado por la oración de la Iglesia, por Juan y por Cristo.

3. DIOS PADRE, JESUCRISTO Y LA IGLESIA


Como se ha visto hasta ahora, el objetivo fundamental del Apocalipsis es desvelar el
sentido de la historia humana a la luz de la muerte y resurrección de Cristo. La llave
para esa interpretación es la visión del trono de Dios en su gloria y del Cordero que está
en medio del trono en que se sienta el mismo Dios.
3.1. Dios Padre
Queda claro que, como también ocurre en las obras apocalípticas de la época, el
punto de partida para comprender lo que sucede en la historia es la bondad y
omnipotencia de Dios. Dios es el Señor de la historia y no permitirá que el mal domine
sobre sus elegidos. Dios es “el Alfa y la Omega, el principio y el fin”, del que todo
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procede y hacia quien se dirige todo lo creado, “aquel que es, que era y que va a venir”,
el Dios del presente, del pasado y del futuro, el Pantocrátor, “el Todopoderoso”, que en
todo tiempo está actuando para salvar (1,8). Dios es, además, el Padre de Jesucristo (1,6)
y también lo será de aquellos que le sean fieles: “Yo seré para él Dios, y él será para mí
hijo” (21,7), pues es un Dios misericordioso que escucha el grito de los mártires (6,9-
11). Dios es también “el que está sentado sobre el trono” (4,2), el Señor de la historia.
Nada escapa a su providencia. Es Juez universal, a cuyo juicio se someterá todo (20,11-
15). Al final su poder creador y su amor infinito llevarán a Dios a restaurar todo y a
crear un mundo nuevo, en el que ya no habrá ni dolor ni lágrimas, porque todo lo viejo
habrá pasado (21,1-5). Lo ratifica personalmente, en el único momento en que Dios
habla en el Apocalipsis: “‘Mira, hago nuevas todas las cosas’. Y añadió: ‘Escribe: Estas
palabras son fidedignas y veraces’. También me dijo: ‘Ya está hecho. Yo soy el Alfa y
la Omega, el principio y el fin. Al sediento le daré de beber gratis de la fuente de agua
viva. El que venza heredará estas cosas, y yo seré para él Dios, y él será para mí hijo. En
cambio, los cobardes, incrédulos, abominables y homicidas, fornicarios, hechiceros,
idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y
azufre, que es la muerte segunda’” (21,5-8). Con estas palabras Dios ratifica su señorío
absoluto sobre la creación y sobre la historia del que ha hablado el libro. Y manifiesta
que, aun cuando el autor del libro y los lectores de él se encuentran todavía en un mundo
de dolor y sufrimiento, mientras, Él, Dios, está haciendo (en presente) un mundo nuevo.
Existe una relación misteriosa entre el sufrimiento humano actual y el mundo futuro que
está surgiendo por la misericordia de Dios.
3.2. El Cordero
Jesús es el Cordero “sacrificado” y “erguido” (5,6), es decir, Cristo muerto y
resucitado. Se ha discutido mucho el término griego arníon, que utiliza el Apocalipsis
para designar al Cordero, frente al amnós, que aparece en el cuarto evangelio. Al
margen de la problemática sobre un posible origen común de ambos escritos, el término
arníon posibilita representar no solo el carácter sacrificial del cordero inmolado, sino
también su poder, porque, como arníon significa también carnero, permite expresar
mejor el poder del Cordero simbolizado en sus “cuernos”. Y el hecho de que está
erguido, es decir, de que ha resucitado, habla de su exaltación. En el Apocalipsis, como
en el Evangelio de Juan, Cristo, en quien se cumplen las profecías de Isaías sobre el
Siervo del Señor, es el cordero pascual que derrama su sangre por la humanidad y que,
por ello, es exaltado a la diestra de Dios. Cristo es aquel “al que traspasaron” (1,7),
aquel que por su victoria en la cruz y su resurrección –es “el primogénito entre los
muertos” (1,5)– participa del poder salvífico de Dios. Es el Cordero, muerto, indefenso,
y sin embargo erguido, que tiene en sus manos la historia del mundo. Es el fundamento
de la esperanza de los que sufren. Aunque parece un Cordero débil es el vencedor.
A Jesús, que es “el Cristo” (1,1), le corresponde la gloria de Dios por su muerte y
resurrección. Está en medio de su trono y recibe junto a Dios el mismo culto de toda la
creación: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y
el poder por los siglos de los siglos” (5,13). Por eso se le califica con atributos que
expresan esta relación única con Dios. Es el “Hijo de Dios” (2,18), el “Amén” (3,14) y
está revestido de prerrogativas divinas: sus siete cuernos y siete ojos son signos de la
omnipotencia y omnisciencia que tiene Dios (5,6). El Cordero reina ya en este mundo,
pues es el dueño de la historia, el que puede abrir lo sellos y ejecutar los planes de Dios.
Y aunque no se le menciona directamente como el “Hijo del Hombre” aparece en la
visión inicial con los rasgos con el profeta Daniel describe a esta figura celestial (1,12-
20), que tiene el poder de juzgar a toda la humanidad (14,14).
9

Es, además, “el Verbo de Dios”, el “Fiel y Veraz”, el jinete con un manto teñido de
sangre, que cabalga sobre un caballo blanco, signo de la victoria, que como “Rey de
reyes y Señor de señores” vence con su Palabra a todos los enemigos (19,11-16). Y es
“Pastor” (7,17), que tiene la misión de conducir a la Iglesia a la unión final con Dios.
Por eso le corresponde también el título de “Esposo” (21,2).
Y Cristo muerto y exaltado habla a la Iglesia mediante su Espíritu. Ya desde el
comienzo se dice que Jesús tiene los “siete espíritus” (3,1), que son los mismos siete
espíritus que están delante del trono de Dios (1,4), y que es el Espíritu el que habla a
cada una de las siete iglesias (2,7.12.17 etc.). Se expresa así el poder de Dios, su
omnisciencia y su intervención sobre los acontecimientos de la historia. Dios actúa por
su Espíritu, que ha sido comunicado a Cristo, y que Cristo lo comunica a los hombres.
El Espíritu es “la fuente de agua viva” (21,6; cf. 22,17) que se da a la Iglesia. Por él, la
Iglesia tiene la vida divina y Juan, en su tarea de comunicar la revelación de Jesucristo,
participa de ese Espíritu, pues “el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía” (19,10).
3.3. La Iglesia
El mensaje de esperanza del Apocalipsis responde a una situación histórica en la que
la Iglesia en la tierra sufre las acechanzas del mundo y de los enemigos de Dios. Las
sietes iglesias del Asia Menor a quien escribe Juan de parte de Dios a finales del siglo I
de nuestra era atravesaban momentos dramáticos. Los cristianos se encontraban en la
tesitura de “adorar” al poder político divinizado o a Dios, con el consiguiente riesgo de
la marginación o incluso del martirio. Es lógico pensar que en estas circunstancias
surgiera el desconcierto y los cristianos se preguntasen por el sentido de aquel
sufrimiento. Por eso, ante la gravedad de la situación, Juan exhorta de parte de Dios a
los destinatarios de su escrito a mantenerse firmes en la fe y a no ceder a la fuerte
presión del mundo pagano.
El motivo para mantener la fidelidad está, entre otras razones, en que aquellos a
quienes Juan se dirige forman el pueblo de Dios, la Iglesia, comprada con la sangre del
Cordero. Así lo cantan los santos: “Eres digno de recibir el libro y de abrir sus sellos,
porque fuiste inmolado y con tu sangre compraste para Dios gente de toda tribu, lengua,
pueblo y nación” (5,9; 7,9). Gracias al sacrificio de Cristo, los cristianos han pasado a
formar parte de un pueblo sacerdotal (1,6; 5,10), pueblo elegido de Dios, que peregrina
en la tierra sin hacerse cómplice de los pecados del mundo pagano (18,4) y se esfuerza
por ser fiel al Cordero en medio de las persecuciones (2,2.19; 3,4).
Pero este pueblo no está solo ni existe solo en la tierra. Este pueblo existe también
triunfante en el cielo, en donde una multitud de “los que han lavado sus túnicas y las han
blanqueado con la sangre del Cordero” (7,14) están en alabanza a Dios delante de su
trono cantando un cántico nuevo (14,1-5). La Iglesia, por tanto, es la comunidad de los
elegidos considerada en su unión indisoluble, plena, con Cristo en la tierra y en el cielo.
En razón de esa unión es la Esposa amada de Dios, engalanada como una novia para las
bodas del Cordero. Y es también la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, la “Ciudad
amada” (20,9), que está junto a Dios y que se caracteriza por su perfección, tal como lo
ponen de manifiesto las medidas de su edificación y los espléndidos elementos con los
que ha sido construida. Es el Templo de Dios, construido sobre los vencedores (3,12) y
donde da culto a Dios la multitud incontable de los elegidos (7,1-17).
La Iglesia es también la “Mujer” del capítulo 12 que está a punto de dar a luz y tiene
frente a ella a la serpiente, Satanás, que quiere acabar con su descendencia. Esta Mujer
representa, en primer lugar, al pueblo de Israel, puesto que de él procede el Mesías. Pero
el hecho de que el Hijo que nace de ella sea arrebatado y elevado al trono de Dios, y de
10

que la Mujer sea perseguida por el dragón, indica que ese Hijo es Jesucristo y esa Mujer
es el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Ella es descrita con los rasgos que caracterizan su
glorificación final. Está “vestida de sol”, porque participa de la luz divina y está llena de
Dios; tiene “la luna a sus pies”, porque es señora del tiempo y de lo caduco (el
calendario de los judíos era lunar); y tiene “sobre su cabeza una corona de doce
estrellas”, las doce tribus de Israel, porque es el pueblo reconstituido con la venida del
Mesías sobre los doce apóstoles. Además, teniendo en cuenta que la lucha entre la Mujer
y la serpiente remite a la primera promesa de salvación tras la caída de los primeros
padres (Gn 3,14-15), es lógico que esa Mujer también represente a la Madre del Mesías,
María, que como Nueva Eva dio a luz al linaje que aplastó la cabeza de la serpiente
infernal. Así se ha entendido en la tradición de la Iglesia.

4. LOS ÚLTIMOS TIEMPOS Y LA LUCHA CONTRA EL MAL


La muerte y resurrección de Cristo ha dado comienzo a los últimos tiempos. Cristo ha
vencido a la muerte y ha logrado ya la victoria. Las iglesias a las que escribe Juan están
a la espera de la manifestación definitiva de Jesucristo, cuando venga como juez e
instaure su reinado sin fin. Los cristianos que se encuentran en una situación crítica
tienen ansias de que se obre la salvación ya. En esas circunstancias, la revelación que
Juan escribe de parte de Cristo versa sobre “lo que va a suceder pronto” (1,1), es decir,
el regreso glorioso de Jesús. Con ello no se quiere decir que lo que anuncia ocurrirá en
seguida ni pretende precisar una fecha inmediata. Se afirma sencillamente que ocurrirá,
e incluso que en cierto sentido está ya sucediendo. Por eso, ante estos anhelos de la
Iglesia, Cristo mismo responde: “Sí, voy enseguida”. Esta idea se repite siete veces a lo
largo del libro (cf. 2,16; 3,11; 16,15; 22,7.12.20), indicando así la firmeza y seguridad
de esa promesa. Mientras, los cristianos deben mantenerse fieles esperando esa venida
sin descuidarse, manifestando una actitud vigilante mediante la penitencia y la
conversión (2,1-3,22).
En todo caso, el autor advierte a los destinatarios de su escrito de que los enemigos
de la Iglesia seguirán activos hasta la segunda venida de Cristo. La serpiente infernal y
los instrumentos que ella emplea para hacer daño a los seguidores del Cordero no
descansan. Entre estos instrumentos enemigos de Dios y de la Iglesia destacan dos
bestias, unos seres simbólicos, que el “gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo
y Satanás” (12,9), lanza contra los cristianos. La bestia primera tiene siete cabezas y dos
cuernos, la segunda dos cuernos semejantes a los de un carnero (arníon, el mismo
término que el Cordero), pero habla como un dragón y tiene como misión que los
habitantes de la tierra adoren a la primera bestia. La descripción de estos seres está
inspirada en Daniel, en donde las bestias hacen referencia a las persecuciones padecidas
por los judíos en tiempos de Antíoco IV (siglo II a.C.). En el Apocalipsis se refieren a
las persecuciones que sufrían los cristianos por parte de las autoridades del Imperio
romano y de los no cristianos que mostraban hacia ellos una actitud hostil. Las bestias
no se refieren sólo a un determinado emperador, sino que representan los poderes
históricos en los que de una u otra forma se encarnan las fuerzas del mal. La primera
simboliza el poder político exacerbado hasta suplantar a Dios. La segunda representa las
fuerzas del mal que defienden, justifican y propagan esa deificación del poder,
presentándolo como bueno. Es el falso profeta, símbolo de la presión propagandística de
regímenes que rechazan a Dios y exaltan falsamente al hombre. Ese falso profeta y su
“interpretación” del poder se caracteriza por la mentira.
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De esta segunda bestia se dice que se puede conocer por un número: “El que tenga
inteligencia que calcule el número de la bestia, pues es número de un hombre. Su
número es 666” (13,18). Es decir, el 666 es el número que determina su identidad. El
autor parece estar utilizando el procedimiento llamado gematría, que consiste en
sustituir un nombre por el valor numérico de las letras que lo componen (hay que tener
en cuenta que, tanto en hebreo como en griego, se utilizan las letras del alfabeto con
valor numérico: A = 1, B = 2, G = 3, etc). Como consecuencia, tanto en la antigüedad
como en épocas más recientes se han propuesto nombres que, sumando el valor
numérico de sus letras, darían esa cifra (desde “Euanthas” o “Teitan”, como hizo san
Ireneo, a otros sin fundamento, como el Papa, Lutero, Napoleón, etc. en tiempos más
modernos). Hasta ahora ninguna de las identificaciones que se han sugerido resulta
convincente. Teniendo en cuenta que el 666 sería el nombre encriptado de un personaje
conocido por los destinatarios del libro, la mayoría de los autores se inclinan a
identificar ese número con un emperador. La identificación con “Nerón César” (escrito
con caracteres hebreos), en cuanto prototipo de los perseguidores de los cristianos, es
posible, aunque presenta dificultades. La lectura 616 que aparece en algunos
manuscritos antiguos podría apuntar hacia “dios César” o a “Gayo César” (Calígula),
emperador que persiguió a los judíos y que por tanto podría haberse convertido en un
símbolo del enemigo del pueblo de Dios. Algunos intérpretes piensan que el autor del
Apocalipsis se habría basado en esta cifra, “redondeándola” en el 666 1 . En todo caso,
ninguna de las propuestas puede tomarse como cierta.
Lo que es seguro es que Satanás será derrotado definitivamente. Pero antes de su
derrota, según las visiones de los combates finales, estará encerrado mil años. Luego se
mostrará muy activo durante “poco tiempo” (20,3), en oposición a los “mil años” del
reinado de los santos con Cristo (20,4-6). El texto dice así:
“Vi a un ángel que bajaba del cielo, con la llave del abismo y una gran cadena de la
mano. Apresó al dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó
durante mil años. Lo arrojó al abismo, lo cerró y puso un sello en él, para que no
seduzca más a las naciones hasta que pasen los mil años. Después debe ser soltado por
poco tiempo.
Vi también unos tronos; a los que se sentaron en ellos se les dio potestad de juzgar; y vi
a las almas de los degollados por dar testimonio de Jesús y de la palabra de Dios, y a los
que no adoraron a la bestia ni su imagen, ni recibieron la marca en su frente ni en su
mano. Revivieron y reinaron con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron
hasta que se cumplieron los mil años.
Ésta es la resurrección primera. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la
resurrección primera. Sobre éstos la muerte segunda no tiene poder, sino que serán
sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años. Cuando se hayan cumplido
los mil años, Satanás será soltado de su prisión” (20,1-7).
El sentido del pasaje es oscuro y no hay que entenderlo como la descripción de una
sucesión de eventos. Quizá la combinación de las cifras no sea más que una manera de
expresar simbólicamente que el poder de Cristo es muy superior al de Satanás –como

1
En este redondeo podría haber influido el deseo de marcar la oposición al nombre de Jesús, cuyas letras
suman 888. Según esto, tanto el 666 como el 888 estarían en relación con el 777, que vendría a indicar la
plenitud por excelencia. Así pues, el 666 sería el número imperfecto (tres veces 7-1), y el 888, el número
que está por encima de la plenitud (tres veces 7+1). Curiosamente, el número triangular de 8 (es decir, la
suma de 1 + 2 + 3… hasta 8) es 36, y el número triangular de 36 es 666. Evidentemente, todo esto es muy
especulativo.
12

“mil años” respecto a “poco tiempo”–, y que el poder del diablo terminará
irremisiblemente, aunque en algún momento su presencia sea muy intensa.
De todas maneras la referencia al milenio ha sido siempre un problema para los
intérpretes. Algunos lo han tomado al pie de la letra, como los antiguos “milenaristas” o
“quiliastas” (de khilioi, “mil” en griego). Para estos, después de la resurrección de los
muertos, Cristo reinaría en la tierra durante mil años. Grupos más recientes (algunos
protestantes, testigos de Jehová, mormones, etc.) la siguen propugnando con diversas
variantes. Sin embargo, como ocurre con la mayoría de los números del libro, “mil”
debe ser interpretado en sentido simbólico.
Con este número Juan podría estar refiriéndose al tiempo de la Iglesia, es decir, no a
un tiempo futuro, sino al que la Iglesia está viviendo ahora hasta la segunda venida de
Cristo. En este tiempo los fieles pueden gozar ya de la vida de Dios en Cristo (en el
sentido del cuarto evangelio) a la espera de la Parusía. Juan estaría así aunando dos
concepciones judías de la época: la que entendía el final de los tiempos como un reino
mesiánico aquí en la tierra, y la que consideraba ese final como algo que ocurriría en el
futuro, con la aparición de unos nuevos cielos y nueva tierra. Para Juan, con la
encarnación, Cristo habría inaugurado el Reino de Dios y habría manifestado su poder
contra el demonio. Con la segunda venida, su Reino se instauraría en plenitud y el
diablo sería vencido definitivamente.
En esta línea interpretó san Agustín este pasaje. Para el santo de Hipona, los “mil
años” irían desde la resurrección hasta la Parusía. En este tiempo la actividad del
demonio es limitada (“está encadenado”), pues Cristo ha empezado a reinar ya. Como
consecuencia, la “primera resurrección” (20,5) se entendería como la resurrección de la
muerte que se obra por el bautismo. El cristiano ha pasado de la muerte a la vida en
Cristo (cf. Jn 11,25-26). Sobre el bautizado no tiene poder “la muerte segunda” (20,6),
es decir, la condenación eterna. La segunda resurrección, que no se menciona en cuanto
tal en el Apocalipsis, es la que ocurrirá al final de los tiempos.
En cualquier caso, los cristianos que experimentaban y experimentan hoy la
presencia del mal en sus vidas pueden tener la seguridad de que, con Cristo, no hay nada
que temer. Los poderes del mal no son más fuertes que él. Por eso, el libro del
Apocalipsis es un gran libro de consolación y un canto de esperanza. Y así acaba, con
esperanza, con una oración que invoca la definitiva venida victoriosa del Señor: “¡Ven,
Señor Jesús!” (22,20). Mientras, el lector del Apocalipsis puede también decir con el
vidente de Patmos: “¡Ven, Señor Jesús!”, y puede exclamar con palabras de Benedicto
XVI: “¡Ya has venido, Señor! Estamos seguros de tu presencia entre nosotros. Para
nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ¡ven de manera definitiva! […] ¡Ven, Jesús!
¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y que la paz venza! Amén.” (Audiencia
general, 23 de agosto de 2006).

5. CARÁCTER JOÁNICO DEL LIBRO


Como se ha visto en el cap. 9 de este libro (§ 9), las diferencias formales entre el
cuarto evangelio y el Apocalipsis son notables, por lo que no parece que estos dos
escritos tengan un mismo autor material. Sin embargo, ambos libros presentan tales
semejanzas de fondo, que sugieren que el Apocalipsis nació en la misma comunidad en
la que se escribió el Evangelio de Juan y que, por tanto, también tuvo como autoridad
apostólica al discípulo amado. Así lo ha entendido la tradición de la Iglesia.
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De hecho, si a veces se ha comparado el cuarto evangelio con una sinfonía que se


abre con un preludio (el prólogo) y continúa concatenando armónicamente los distintos
movimientos, algo semejante se puede decir del Apocalipsis. Como afirma Louis
Bouyer en su libro La Biblia y el Evangelio, al que sigo básicamente en los párrafos que
vienen a continuación, el último libro de la Biblia es un poema sinfónico, compuesto
mediante el entrecruzamiento de algunos temas repetidos y el alternar de piezas corales
y orquestales. Además, ambos escritos comienzan de forma parecida: el cap. 1 del
cuarto evangelio muestra a Cristo desde que aparece en el mundo, como Palabra viva
dirigida a Israel, la Shekinah, presencia luminosa y vivificante de Dios; el cap. 1 del
Apocalipsis muestra a Cristo como Hijo del Hombre revelado en su resurrección, que se
revela al vidente-profeta. A continuación, los dos desarrollan un tema común: el
combate de los hijos de las tinieblas contra los hijos de la luz. El cuarto evangelio
muestra la oposición entre los que pertenecen al mundo de las tinieblas, por rechazar a
Jesús, y los hijos de la luz, aquellos que por aceptar a Cristo han recibido la filiación
divina y gozan ya en este mundo de la vida eterna; el Apocalipsis revela la oposición
entre el mundo de las tinieblas, el de la bestia (la tierra actual, el Imperio romano), y el
mundo de la Luz, el mundo futuro (el cielo, donde Dios es glorificado sin cesar por los
ángeles). El tema de fondo es el mismo. Las diferencias vienen dadas por las
circunstancias en que se encuentran los destinatarios. El evangelio es una catequesis
mistagógica a los cristianos que han recibido ya la nueva vida en Cristo. El Apocalipsis
es un mensaje consolador a cristianos atribulados por la persecución.
Ambos libros muestran las consecuencias de la encarnación, muerte, resurrección y
glorificación de Cristo. Así como en el cuarto evangelio la Palabra que, enviada por el
Padre, vivifica el mundo y retorna al lugar de donde procede, así en el Apocalipsis se
enseña el descenso del mundo celeste sobre la tierra y la ascensión de la humanidad
hacia la gloria. En ambos escritos el mundo celeste, “el mundo que viene”, ha empezado
a invadir ya el mundo terreno y a la inversa el mundo terreno ha empezado a tener
acceso al celeste; solo que el Apocalipsis explicita más en qué consiste este mundo
celeste. Es un mundo litúrgico: el mundo en que Dios, el que está en el trono, Aquel que
era, que es y “el que viene”, es reconocido y adorado como el único Santo por el
cosmos con todos sus elementos (los cuatro vivientes, los veinticuatro ancianos, las
miríadas de espíritus, etc.). Cristo, el Cordero inmolado y erguido, es decir, Cristo
crucificado y glorioso, hace que este mundo terreno entre en la gloria, ya que los que
están con él “siguen al Cordero dondequiera que vaya” (14,4; cf. cap. 7). Al final,
cuando retorne glorioso, la Jerusalén celestial descenderá sobre la tierra con el que está
sentado en el trono y con el Cordero (21,23).
Así pues, el Apocalipsis enseña que el mundo que viene ya está presente hoy en este
mundo, como el cuarto evangelio revela que por la unión con Cristo la vida futura está
presente en este mundo. Una consecuencia es que las potencias que rigen este mundo
que se oponen a su creador y se rebelan contra Él están en su mano. Como dijo Jesús a
Pilato: “No tendrías potestad alguna sobre mí, si no se te hubiera dado de lo alto” (Jn
19,11). Aquí no hay lugar para las luchas sin fin entre las tinieblas y la luz presentes en
otros sistemas religiosos. La victoria de la luz está asegurada.
Sin embargo, esta victoria no evita el sufrimiento. Anuncia el misterio de cómo la
Jerusalén celestial se construye aquí en la tierra a través de la aparente ruina del pueblo
de Dios y de sus testigos. Los dos olivos plantados ante el santuario deben ser dejados
por muertos antes de alzarse y de volver a florecer como el árbol de la vida plantado a la
orilla de las aguas (11,4-13 y 22,2). Lo que da fruto es la Palabra recibida y aceptada
con todas sus consecuencias. Los mártires dan testimonio de que para que el grano de
14

trigo dé fruto hace falta que muera (Jn 12,24). Tanto el cuarto evangelio como el
Apocalipsis revelan que siempre se llega a la gloria a través de la cruz. El fruto es un
fruto crucificado. El único camino de este mundo al otro es la cruz, de la que nadie
puede quedar dispensado. La muerte, a imitación de la de Cristo, por él y para él, es
vivificante. Hay que morir para vivir para Dios. La cruz es el instrumento de
glorificación. Hay que lavar las túnicas y blanquearlas en la sangre del Cordero.
Vistas así las cosas, el Apocalipsis no es un escrito trágico, a pesar del drama que se
describe. Trasmite serenidad y esperanza. El Cordero, y la Esposa del Cordero, han
vencido al mundo. Lo confirma la promesa que se repite siete veces en las cartas del
comienzo del libro: “Al vencedor le daré…” (2,11.17, etc.). Luz y vida, conceptos
claves del pensamiento joánico, recorren todo el Apocalipsis. La luz brilla en medio de
las tinieblas y la vida brota de la muerte. En el cuarto evangelio Cristo se revela como la
luz. En el Apocalipsis la luz se manifiesta en la blancura resplandeciente que tienen los
ángeles, que tiene la Esposa del Cordero, que tiene el río que recorre la ciudad santa,
que tiene Jesús mismo (“la estrella radiante de la mañana”, 22,16). Es la luz propia de
Dios que la comunica en Cristo a su Esposa, la Iglesia. De hecho la Ciudad no tiene otra
luz que el Cordero (21,23; cf. 22,5). Esta luz es la gloria divina, la de aquel que está
sentado en el trono. Los elegidos son herederos, coherederos del mismo Cristo, a través
de la Esposa del Cordero, la Iglesia, que participa de todos los privilegios del Esposo.
La Iglesia, pues, es la humanidad restaurada conforme al plan original de Dios sobre
la creación. Más aún: el cielo desciende sobre la tierra. La Shekinah nos es entregada
para siempre, sin que haya necesidad de un santuario: toda la ciudad se confunde con el
templo, porque el pueblo es uno con su Dios. Y así como el cuarto evangelio termina
con las apariciones del Resucitado a Pedro y los apóstoles, el Apocalipsis termina con la
aparición de la Iglesia, de la humanidad rescatada por la sangre y toda ella creada de
nuevo a su imagen.
Es aquí donde reaparece la vida, esa vida que trae Jesús y de la que habla
constantemente el cuarto evangelio. Se vuelve al comienzo, a orillas del río que brota
del trono para comer del fruto del árbol de la vida (22,1-2; cf. 2,7). La vida es tan
característica de Dios como la luz. Dios es el que vive por los siglos de los siglos. El
Hijo del Hombre es el Viviente (1,18; cf. 2,8). Los mártires “revivieron y reinaron con
Cristo” (20,4). La vida de la que habla Juan en su evangelio es la vida divina, es la vida
en plenitud, la que se comunica al hombre por la resurrección de entre los muertos.
Todo converge hacia la resurrección. Es como una segunda y última creación: “Mira,
hago nuevas todas las cosas” (21,5), para vivir en Él su vida para siempre.