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LA IGLESIA CATÓLICA EN NAYARIT

LA IGLESIA CATÓLICA EN NAYARIT

Manuel Olimón Nolasco


Roberto Sandoval Castañeda
Gobernador Constitucional del Estado de Nayarit
Presidente de la Comisión Estatal Organizadora para la Conmemoración del Centenario de Nayarit
como Estado Libre y Soberano (1917-2017)

María Cristina García Cepeda


Secretaria de Cultura

José Inés Enríquez Ledesma


Director del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit
Coordinador General y Secretario Técnico de la Comisión Estatal Organizadora

Primera Edición: Mayo 2017


D.R. © 2017, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit
Av. I. Allende 42 Oriente, Col. Centro, C.P. 63000, Tepic, Nayarit, México.

Coordinadora de la Subcomisión Editorial de la Enciclopedia Centenario de Nayarit:


Lourdes Consuelo Pacheco Ladrón de Guevara
Título de la Colección: Enciclopedia Centenario de Nayarit
Título de la obra: La Iglesia Católica en Nayarit
Autor: Manuel Olimón Nolasco
Tomo: 66 de 100
Corrección: Claudia Karina Gómez Cancino
Diseño y Composición: Sthephany M. Ramírez Nava
Cuidado de Edición: Vianey C. Casillas Vázquez
Coordinador de la Edición: Luis Carlos Peregrina Gutiérrez
Producción Editorial: Visual Arte

ISBN de la Colección: En trámite


ISBN de la obra: En trámite

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni
su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por
escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Presentación

C omo parte de las actividades conmemorativas por el Centenario de Nayarit, el


Gobierno del Estado de Nayarit a través del Consejo Estatal para la Cultura y las
Artes, convocó a la sociedad nayarita a participar en la integración de una Enciclo-
pedia Temática, como una forma de contribuir al enriquecimiento del patrimonio
de nuestra Entidad y documentar los acontecimientos de los primeros cien años de
Nayarit como Estado Libre y Soberano.
Los frutos del arte y la cultura germinan en esta tierra ardiente que ha sido cuna
de grandes artistas y personajes ilustres, pero que también es casa de cinco pueblos,
que hoy por hoy nos enorgullecen y ennoblecen como herederos del gran Nayar, de
este Hijo de Dios que está en cielo y en el sol.
Ahora tienes en tus manos el fruto de un arduo trabajo y a la vez satisfactorio.
Incluye aportaciones de la ciudadanía y de artistas, creadores, gestores y promotores
culturales, sumando su talento y su experiencia a este magno proyecto. Felicidades
a todos los integrantes de esta enciclopedia temática. Con emoción desbordada, la
compartimos.

José Inés Enríquez Ledesma


Director General del Consejo Estatal
para la Cultura y las Artes de Nayarit
Presentación

L a Enciclopedia Centenario de Nayarit es una aspiración largamente anhelada y


un espacio para conjuntar diversas aportaciones sobre los acontecimientos de
los cien años de Nayarit como Entidad Federativa (1917-2017), por lo que se propo-
ne constituir un acervo sobre la entidad.
El pasado influye en el presente, ya sea como testimonios especializados o como
apropiaciones a partir de la memoria colectiva. Por ello, las obras que integran la
presente Enciclopedia recuperan trabajos específicos individuales y de colectivida-
des. Son particularmente importantes las contribuciones desde los municipios, los
pueblos originarios, el personal del mundo académico, periodistas, historiadores,
expertos: hombres y mujeres que desde diversos lugares participan en la documen-
tación del Nayarit que habitamos.
Así como vivimos en múltiples presentes también el pasado es múltiple, de
ahí que la presente obra es una mirada a algunos de los pasados transcurridos en
Nayarit a partir de microhistorias de comunidades, movimientos sociales, ensayos,
monografías, trabajos especializados sobre el territorio y la naturaleza, análisis de
sectores económicos, acontecimientos políticos, historias de instituciones, docu-
mentación de la vida cotidiana, personajes destacados en el arte, la gastronomía, el
deporte, los oficios; aportaciones culturales, testimonios de vida y otros.
Con la presentación de la Enciclopedia Centenario de Nayarit queremos contri-
buir a la formación de una consciencia histórica, de una memoria colectiva sobre lo
que somos en aras de lo que queremos ser a partir de una polifonía de voces.
Gracias a quienes participan en esta propuesta, a la Universidad Autónoma de
Nayarit y al Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit.

Subcomisión Editorial de la Enciclopedia Centenario de Nayarit

Lourdes C. Pacheco Ladrón de Guevara


Coordinadora

Integrantes
Clara Orizaga Rodríguez, Socorro Varela Hernández,
Pedro Luna Jiménez, Rodolfo Alonso Dagnino Mondragón,
Raúl Andrés Méndez Lugo y Luis Fernando Jiménez Zurita
Índice

11 INTRODUCCIÓN

15 LA CONQUISTA

17 INICIOS DE LA IGLESIA CATÓLICA

23 LA IGLESIA CATÓLICA EN LA INDEPENDENCIA

27 LA IGLESIA CATÓLICA
EN UN MÉXICO INDEPENDIENTE

29 EL LIBERALISMO

31 TEPIC, SEDE DE UNA DIÓCESIS

33 EL EPISCOPADO DE MONSEÑOR DÍAZ


Y MACEDO

35 LA IGLESIA CATÓLICA 1906 - 1925

39 LA LEY CALLES

41 LA IGLESIA CATÓLICA 1936 - 1970

45 LA IGLESIA CATÓLICA DE 1970


A LA ACTUALIDAD

49 ANEXO FOTOGRÁFICO
La iglesia católica en nayarit

INTRODUCCIÓN

U na manera fácil pero errónea e infiel al método de búsqueda histórica para


trazar el paso del tiempo sobre la comunidad católica en el espacio delimi-
tado a partir de 1867 dentro de la denominación política de “Distrito militar de
Tepic”, entre 1884 y 1917 “Territorio federal de Tepic” y desde el 5 de febrero de
1917 “Estado de Nayarit” es derivar hechos, personajes, resultados exitosos y fra-
casos, de situaciones que pueden calificarse de “nacionales” e incluso “mundiales”.
No obstante, a pesar de que el mismo adjetivo “católico” que significa “universal”
apunta a una dimensión amplia, mundial, que además apunta también a un centro,
Roma, y que las vicisitudes, cambios y permanencias de la política hispánica y más
tarde de la búsqueda de la configuración de una nación, la mexicana y su paso por
tantos avances y retrocesos de muchas maneras influyeron en la configuración de
un estilo religioso y de cristianismo con rasgos comunes, las condiciones culturales
de los pueblos originarios, sus modos de concebir el cosmos, la naturaleza y la vida
humana e incluso las circunstancias orográficas, hidrográficas y de clima y ambien-
te, incorporan singularidades y matices que no pueden ser ignorados por quien se
acerca a la historia. Por consiguiente, historiar la trayectoria de la Iglesia católica en
Nayarit supone tener en cuenta tanto lo global y dominante o incluso hegemónico y
lo cercano y singular, la “microhistoria”.
La mirada de alguien que desde la ventanilla de un avión pasa sobre el territorio
nayarita recibe con claridad la existencia de tres regiones geográficas diferenciadas:
la costa (o más bien las costas), un altiplano entrecortado con valles bien delimita-
dos y la sierra, majestuosa pero de algún modo amable. Si el vuelo se ha originado,
por ejemplo, en Guadalajara, y al salir del territorio nayarita continúa hacia Sinaloa,
se percibe sin dificultad la característica de ser “tierra de paso”, de ser una especie
de frontera flexible en el Occidente entre el Centro del país y el Noroeste. Desde
tiempos remotos esta condición de tierra de paso está en la memoria humana y
sigue presente en la actualidad pues, ¿de dónde y hacia dónde se trazó la vía férrea?,
¿a dónde conducen las carreteras? Por algo, relatos que aluden a situaciones quizá

11
míticas pues difícilmente pueden calificarse como históricas, refieren el comienzo o
quizá una etapa de la peregrinación del pueblo azteca y a base de semejanzas entre
los objetos de barro de Nayarit, los de Colima e incluso figuras del pasado remoto
de Ecuador en América del Sur, han hecho decir a algunos que se hicieron en el
pasado ancestral viajes marítimos de intercambio.
En el espacio físico de Nayarit son notorios los vestigios de fuerte actividad
telúrica en eras pretéritas que ponen ante los ojos un paisaje rugoso y un sistema la-
custre en línea (Santa María del Oro, San Pedro, Tepetiltic) que conduce a reconocer
los efectos de esa actividad que persistió aunque con menor intensidad hasta bien
entrado el siglo XIX y todavía tiene un signo no extinguido: el Ceboruco y la huella
de un cráter que ya no humea en lo alto del Sangangüey. Es notoria igualmente la
abundancia de agua tanto en áreas del Norte--laguna de Mexcaltitán, ríos de Aca-
poneta y de San Pedro--como sobre todo en el cauce caudaloso del río Grande o de
Santiago que ha cavado enormes gargantas y ha modificado el horizonte geológico
de esta tierra.
La modernidad--sigo con la visión aérea--ha lastimado el paisaje natural: las
presas para producción de energía eléctrica han dejado su huella no sólo a la vis-
ta sino en una mutación ecológica que pide un acucioso estudio científico ajeno a
líneas políticas y a inmediatismos. La expansión urbana de poblaciones que por
siglos tuvieron poca o mediana densidad: Tepic, Santiago Ixcuintla, Acaponeta,
Tecuala, Compostela, Ixtlán del Río, Ahuacatlán y la planeación urbana práctica-
mente ausente; la aparición en las últimas décadas de conglomerados urbanos antes
inexistentes o apenas visibles (por ejemplo, Las Varas, Zacualpan, San José del Valle,
Bucerías, Villa Hidalgo (que por algo se llamó “El Nuevo”) así como poblados que
son centros de áreas ejidales y muchos más), contrastan con el estancamiento o
mínimo crecimiento de Jala, Jomulco, San José de Mojarras, Santa María del Oro y
otros puntos, signo del descuido de la vocación agrícola de tantos nayaritas. Al ob-
servador aéreo no le pasa por alto el número elevado de hectáreas ocupadas a partir
de hace pocos años por invernaderos y maquilas agrícolas que manifiestan no sólo
lo que se ha llamado “nueva agricultura” sino también una “nueva cultura laboral”
difícilmente positiva.
Es cierto, “[...] la tierra influye en el hombre, por más que el hombre sea un ser
reactivo, capaz de adaptarse a su nicho, pro capaz también de transformar su nicho...
La naturaleza reta, el hombre contesta al desafío. El paisaje no determina el destino
histórico. La geografía no determina la historia: la incita, la estimula”1.
Esa mirada desde el aire quiere introducirnos a la realidad humana y de su paso
sobre el tiempo, pues la geografía física conduce a la geografía humana y ésta a la

1
Jean Meyer, Breve historia de Nayarit, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica, México 1997, p. 11

12
La iglesia católica en nayarit

historia y a sus huellas en la vida social, económica, cultural y, desde luego, religiosa,
en entrelazado no siempre armónico.
Los tres espacios geográficos diferenciados de Nayarit--costas, altiplano, sie-
rra--expresan, casi de modo natural, que los asentamientos humanos fueron tam-
bién diferenciados en cuanto al poblamiento tanto en tiempo como en densidad así
como en la fisonomía que dio forma con lentitud a los rasgos culturales. Por consi-
guiente, la costa se pobló con grupos humanos con ciertas características nómadas
dependientes de la recolección y la pesca; el altiplano facilitó, con sus posibilidades
agrícolas, asentamientos más estables con rasgos culturales de mayor complejidad;
los habitantes de la sierra, bastante dispersos, manifestaron caracteres más indó-
mitos, casi como en mimetismo de las condiciones del suelo y de la aspereza del
ambiente exterior.
El contacto entre las poblaciones autóctonas de Nayarit y quienes habían atra-
vesado el Atlántico y conquistado ya la capital de los aztecas en agosto de 1521, se
dio en 1524, de acuerdo a las instrucciones que Hernán Cortés dio a su pariente,
Francisco Cortés de San Buenaventura, quien se encontraba en la villa de Colima.
En ellas se lee lo que sin duda era más un ideal que una realidad: “La principal causa
porque se permite que los naturales de estas partes nos sirvan, es porque con nuestra
conversión sean traídos al conocimiento de nuestra santa fe católica y apartarlos de
las idolatrías y supersticiones que tienen...que de aquí en adelante no tengan ídolos
ni hagan cosa alguna de aquellas que solían hacer para el culto y veneración de ellos,
en especial, que no maten gentes como lo solían hacer, so pena de muerte...”2.

2
Documento en el Archivo General de Indias. Cito la referencia a: Pérez Verdía, Historia particular del estado de
Jalisco, en: Everardo Peña Navarro, Estudio histórico del estado de Nayarit, I: De la conquista a la independencia, Tepic
(2a. ed.) 1967, p. 25. (He modernizado la ortografía).

13
La iglesia católica en nayarit

LA CONQUISTA

L a expedición de Cortés de San Buenaventura encontró poca resistencia de parte de


los naturales y pudo reconocer prácticamente todo el territorio de los cacicazgos
de Ahuacatlán, Xalisco, Sentispac y Acaponeta, destacando el carácter bastante pací-
fico de la conquista. Según narraron los cronistas franciscanos, la cacica viuda de Xa-
lisco “[...] mostró gran pesadumbre por la partida [de Cortés] y suplicó que se le dejara
algún sacerdote para que la instruyera en la religión cristiana, habiéndose quedado un
indio llamado Juan Francisco, de los que había educado en México fray Pedro de Gan-
te”3. De hecho, pues, el primer programa de doctrina cristiana con cierta formalidad,
fue llevado a cabo por indígenas instruidos por fray Pedro de Gante que fueron “sem-
brados” en distintas poblaciones del altiplano y de la costa. Siendo el náhuatl la lengua
común, no tuvo esa primera evangelización dificultades especiales. De esa forma, las
raíces de la implantación de la Iglesia católica en esta región están en el anuncio hecho
por laicos indígenas preparados por franciscanos de la primera generación.
Muy diferente de la expedición primera fue la incursión “a sangre y fuego” de
Nuño de Guzmán, de triste memoria. En 1529 y 1530 realizó la conquista del terri-
torio actualmente nayarita. A pesar de que hubo resistencia e incluso batallas muy
reñidas, los ataques resquebrajaron el sistema de autoridad prehispánico y muchos
aspectos de sus costumbres y estilo de vida. Ambición, crueldad, despojo, miedo e
incertidumbre fueron las huellas dejadas por este conquistador, “[...] cuadros verda-
deramente horribles, que aun leyéndolos conturban el alma”4. Sus acciones causaron
preocupación en los mismos españoles y las noticias llegaron al rey y recibieron
castigo5. Con el oficio de capellanes de la hueste la acompañaban dos sacerdotes se-
culares: Bartolomé de Estrada y Alonso Gutiérrez y al margen de la expedición dos
frailes franciscanos, Juan de Padilla y Juan Badillo.

3
Datos del P. Antonio Tello OFM, Crónica miscelánea de la Santa Provincia de Xalisco y Matías Miguel de la Mota
Padilla, Historia de la conquista del reino de la Nueva Galicia. Peña Navarro, p. 37.
4
Peña Navarro, p. 96.
5
Fausto Marín Tamayo, Nuño de Guzmán, Siglo XXI, México 1992.

15
El contacto, pues, con el Evangelio en esta región geográfica tuvo color fran-
ciscano, “[...] siendo los primeros en los trabajos apostólicos fray Juan de Padilla y
fray Andrés de Córdoba, quienes...consideraron, con razón, que eran necesarios sus
servicios en las tierras conquistadas tanto para la conservación de la paz como para
borrar con su conducta bondadosa, la impresión causada por las feroces tropas de
Nuño de Guzmán”6. El servicio de los miembros de la orden religiosa de Francisco
de Asís permaneció como la columna vertebral de la Iglesia católica entre los na-
yaritas principalmente indígenas hasta bien entrado el siglo XVIII. Su método de
evangelización fue el que tenían probado como efectivo en todos los lugares donde
se asentaron: fundación de conventos para la vida común de los frailes, salidas pe-
riódicas programadas a las poblaciones, formación de catequistas, de fiscales para
el cuidado del buen orden y de mayordomos para la organización de las festivida-
des. De ese modo quedaba asegurada diariamente la doctrina y la praxis cristiana.
La actividad franciscana, además, contribuyó a que las poblaciones tuvieran mayor
estabilidad en cuanto a sus habitantes y la ocupación de éstos y el uso del náhuatl
como “lingua franca” favoreció la comunicación.

6
Peña Navarro, p. 111.

16
La iglesia católica en nayarit

INICIOS DE LA IGLESIA CATÓLICA

E l primer convento franciscano de la región fue el de Xalisco y sus primeros ha-


bitantes fray Bernardo del Olmo, sacerdote, y fray Francisco de Pastrana, lego.
El segundo fue el de Ahuacatlán, abierto en 1550 por fray Francisco Lorenzo, quien
había atendido lo que actualmente es el sur de Nayarit desde Etzatlán, lugar en el
que también había sido fundador. En 1569 se fundó el de Sentispac, con jurisdicción
sobre el norte, encabezado por fray Alonso de Badajoz y en 1580 el de Acaponeta,
desde donde se intentaron, casi siempre infructuosamente, contactos con los in-
dígenas serranos. En 1582 abrió sus puertas el convento de Jala. La vida en estos
conventos no fue sencilla, pues no faltaron los momentos amenazantes, sobre todo a
causa de que todavía había núcleos rebeldes entre los indígenas. De cualquier modo,
la labor franciscana fue encomiable y en algunos casos también en cuanto a mejoras
materiales en los sitios de su presencia. Así, por ejemplo, se habló de fray Andrés
de Medina quien en 1602 en Xalisco “[...] se ocupó en hacer tres sementeras para
socorrer a aquella gente y con su solicitud y trabajo tuvieron mucha ayuda. Después
estuvo en Xala, donde trabajó mucho sacando el agua por las arcaduces y cañerías,
haciendo una pila en mitad de la plaza, que fue obra de harta importancia para
el pueblo”7. Fray Antonio López fundó en 1603 un nuevo convento en (Santiago)
Ixcuintla y en 1610, quien fue cronista de la provincia seráfica, fray Antonio Tello,
el de Amatlán de Jora, sitio de minas fronterizo a los indios indómitos. Fue, sin
embargo, fray Margil de Jesús, misionero con fama de ímpetu apostólico superior al
común, miembro de la comunidad de Guadalupe en Zacatecas el que logró, si bien
de forma efímera, penetrar en la sierra del Nayar, cuya conquista se tardó todavía
muchos años. En 1715, “[...] vencido y desmoralizado tuvo que volverse...[en su
informe] expresó que la influencia de los indios apóstatas y aun de los cristianos
circunvecinos, hacía que los nayaritas se sostuvieran en su actitud y que veía la nece-

7
Datos sobre las fundaciones: Peña Navarro, pp. 209-230. La cita, del P. Tello. Peña Navarro comenta en nota, p. 230:
“Todavía hasta hace pocos años, parte de esta cañería estaba en servicio”.

17
sidad de que aparte de los misioneros, se enviara una verdadera expedición militar
para poder reducir a los serranos”8.
La reducción de los serranos, no obstante, pudo lograrse hasta cierto punto con
la labor de la Compañía de Jesús quienes establecieron entre 1724 y 1767 (fecha esta
última de su expulsión) ocho puestos de misión: “[...] Consiguieron poco a poco, sin
violencia, que los indios residieran; establecieron cajas de comunidad, desarrollaron
la agricultura y la ganadería para mejorar la subsistencia de las familias y aumentar
los bienes de la comunidad; convencieron a los serranos de que admitieran sin re-
pugnancia la vecindad en cada pueblo de un escaso número de españoles o mestizos
aplicados al trabajo y que servía de modelo para el cultivo y la cría de plantas y ani-
males mal conocidos hasta la fecha por los nayaritas” 9.
A pesar de que los franciscanos asumieron las misiones de la sierra después de
la partida de los jesuitas, el cuidado pastoral y las circunstancias pacíficas en las que
se habían desarrollado las relaciones entre indígenas y misioneros, jamás volvieron
a tener la calidad que tuvieron antes. Sean una muestra estas líneas del teniente co-
ronel Félix Calleja en el informe posterior a su exploración del terreno: “[...] En el
carácter dócil y sumiso de los indios nayaritas, en su aversión al robo, en sus princi-
pios de religión y en lo bien ordenado de algunos pueblos, se percibe que las manos
que hicieron las primeras impresiones y les dirigieron algún tiempo, tenían más tino
y pulso que las de los que las han sucedido”10.
Si bien pertenece a la historia de mayor amplitud y no únicamente a la relativa
a la orden franciscana, en 1744 se fundó, en una loma aledaña al pueblo de Tepic, el
convento de la Santa Cruz “de zacate”. En sí mismo el convento fue útil sobre todo
para el hospedaje de los frailes que, después de la expulsión de los jesuitas de los
dominios del rey de España se embarcaban en San Blas para las Californias. Ese
sitio, sin embargo, tenía importancia previa y posterior sobre todo por la persisten-
cia de los efectos devocionales de un relato que decía que en los primeros años de
la evangelización se formó milagrosamente una cruz de césped. Reviste alto interés
el género literario con el que los cronistas del siglo XVIII dejaron constancia de ese
relato, en el que se mezclaron datos históricos con algo que estuvo en boga entre los
predicadores de la época: si los apóstoles habían sido enviados a predicar “a todo el
mundo”, ¿acaso no habían estado también en América? La narración más conocida

8
Peña Navarro, 247s. José Ortega SJ, Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús. (ed. original: Barcelona 1754).
José Antonio Bugarín, Visita a las misiones del Nayarit, (ed. Jean Meyer), CEMCA/INI, México 1993. Ernest J. Burrus
SJ/Félix Zubillaga SJ, El Noroeste de México. Documentos sobre las misiones jesuíticas, 1600-1769, UNAM-Instituto de
Investigaciones Históricas, México 1986. En mi página electrónica (www.olimon.org) se encuentra un texto con el título
Franciscanos en lo que hoy es Nayarit, que aporta más datos.
9
Jean Meyer, Breve historia de Nayarit, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica, México 1997, pp. 70a.
10
Citado por el virrey Conde de Revillagigedo, Informe sobre las misiones-1793--ed. José Bravo Ugarte, Jus, México
1966, p.110. En mi página electrónica (www.olimon.org) puede encontrarse: Apostólicos afanes, a propósito de las mi-
siones en Nayarit.

18
La iglesia católica en nayarit

es la del jesuita Francisco de Florencia en su texto sobre los “Célebres santuarios de


la Nueva Galicia”. El padre Tello escribió: “[...] Una legua de este pueblo de Xalisco,
y un cuarto de legua del pueblo de Tepic, hay una cruz milagrosa por la que Dios ha
hecho muchos milagros...”11 e hizo la narración del hallazgo. De la Mota Padilla fue
más adelante al exponer en 1742 la teoría de que en la región la evangelización pri-
mera la había hecho san Matías, el apóstol que tomó el lugar de Judas Iscariote y que
en el sitio de la cruz se encontraron vestigios de esa presencia. Además, llevado so-
bre la espalda de los siglos y de las latitudes indicó: “[...] Algunos han discurrido ser
esta santa cruz sombra de la en que Cristo nuestro Redentor murió; otros quieren
que en el tiempo que estuvo la santa cruz oculta en la tierra hasta que Santa Elena la
descubrió, renaciese en la parte opuesta de la tierra, considerando antípodas los dos
sitios de Jerusalén y Tepic...”12.
A pesar de que la trasmisión de los valores cristianos y su incidencia social es-
tuvo durante mucho tiempo a cargo de los franciscanos, la Iglesia católica para tener
en forma cabal su estructura, requiere del establecimiento de Iglesias particulares
(diócesis), integradas en torno a un obispo y con un grupo de sacerdotes conocidos
antes del siglo XX como “seculares”, es decir no obligados a la disciplina de las órde-
nes religiosas y en la actualidad, “diocesanos”.
Poco tiempo después de integrado el territorio mexicano a la Corona española,
se fundó la diócesis y posteriormente arquidiócesis de México-Tenochtitlan, cuyo
primer titular fue fray Juan de Zumárraga. La inmensidad del territorio pidió que
pronto se erigieran otras y para sede de una de ellas se pensó en la ciudad de Com-
postela (Santiago de Galicia de Compostela), fundada extraoficialmente en Tepic en
1531 o 1532 y oficialmente en el sitio que hoy ocupa en 1535. Compostela recibió
un número importante de colonos, llegados sobre todo de Asturias y Galicia quienes
trabajaron “[...] en labrar casas, hacer huertas y heredades y plantar muchos naran-
jos, manzanas, limones y semillas de nuestra España: criaban vacas, yeguas, potros
y ganados mayores y menores...”13.
Es posible que don Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, al darse
cuenta de la inmensidad del territorio que se agregaba a su diócesis con la conquis-
ta que había llegado ya al norte de Sinaloa, hubiese iniciado los trámites para una
nueva jurisdicción eclesiástica en Nueva Galicia. De hecho, el papa Paulo III erigió
la sede compostelana el 31 de julio de 1544 y el primer prelado elegido para ocu-
parla fue fray Antonio de Ciudad Rodrigo quien no aceptó; el segundo, don Juan de
Barrios, murió antes de recibir la ordenación episcopal por lo que el primer obispo

11
Corpus histórico de la Santa Cruz de Zacate de Tepic, Tepic 2016, p. 17.
12
Id., p. 44.
13
Tello, Crónica miscelánea. Fausto Marín, p. 187.

19
efectivo fue don Pedro Gómez de Maraver, andaluz nativo de Granada. La opinión
que sobre él se formaron los cronistas no es muy favorable y se basó en un escrito
suyo de 1550 en el que no manifestó contento por la situación que encontró en la
costa y las tierras sinaloenses y nayaritas y ponderó la situación de Guadalajara,
“[...] en la parte más útil, fructuosa y de más sanidad y bondad de todo el reino”14.
Gómez de Maraver, pues, “[...] aparece como poco amigo de su grey y algo remiso en
el ejercicio de su ministerio”15. El obispo vivió en Xalisco y murió antes de poderse
trasladar a Guadalajara. No obstante, la sede episcopal se trasladó a Guadalajara y su
primer prelado fue fray Pedro de Ayala. El traslado oficial documentado se realizó
hasta 1561 por medio de una cédula real.
De esa manera, a pesar de que los franciscanos continuaron presentes en la
región y sólo hacia el final del siglo XVIII se realizó la transformación de las “doc-
trinas” en parroquias entregadas al clero secular, se abolió el oficio de “protector de
los indios” dado a los religiosos y se reforzó la castellanización de la sociedad, los
sacerdotes seculares propietarios de beneficios no escasearon a lo largo de la época
virreinal. No obstante, dado que la casi totalidad de los cronistas pertenecieron a
órdenes religiosas, todavía el material de archivo espera a su cronista o historiador
para ser sintetizado y puesto al alcance del lector.
Un caso que puede documentarse y que puede ser modelo de otros es el de don
Bernardo de Balbuena, hijo de uno de los fundadores de Compostela que se con-
virtió en próspero agricultor y que, después de haberse formado entre los alumnos
de las primeras generaciones de la Real y Pontificia Universidad de México, recibió
como beneficio para su sostenimiento económico con decencia, el curato de San
Pedro Lagunillas: “[...] Buen sacerdote, dice misa, administra los sacramentos, y
sin descuidar a sus parroquianos, escribe cuando puede”16. Fue destacado escritor y
poeta--han trascendido los siglos su “Grandeza Mexicana” y “El Bernardo o la Vic-
toria de Roncesvalles” de 1602 y 1604-- y buscó hacer carrera eclesiástica logrando
la abadía de Jamaica y posteriormente el obispado de Puerto Rico, donde falleció
en 1627. Vale la pena reproducir aquí las observaciones que dejó en “El Bernardo”
sobre la región occidental de México (Sinaloa, Nayarit, Jalisco), -bien conocida por
él-, escritas a la luz del Ceboruco en erupción:

“Los riscos de Chiametla y de Copala,


y de su rica playa las salinas
la áspera Guaynamota, que la iguala

14
Datos de: Mariano Cuevas SJ, Historia de la Iglesia en México. Peña Navarro, p. 198.
15
Pérez Verdía. Peña Navarro, ib. Salvador Gutiérrez Contreras, Breve historia del obispado de Compostela, Com-
postela 1950.
16
J. Meyer, Breve historia, p. 66.

20
La iglesia católica en nayarit

en fieras gentes y en preciosas minas;


los altos montes de Xalisco y Xala17,
llenos de miel sabrosa, y de salinas;
los jardines del valle de Banderas,
y reventando el mar por sus riberas.
El gran volcán de Xala, monstruo horrible
del mundo, y sus asombros el más vivo,
que ahora con su roja luz visible
de clara antorcha sirve a lo que escribo”18.

Para el conocimiento de la práctica religiosa católica en lo que actualmente es


Nayarit como parte de la extensa diócesis de Guadalajara, existe material abundante
en el archivo de la arquidiócesis tapatía, en muy buena parte inexplorado. De espe-
cial interés son las visitas pastorales realizadas por los obispos en cumplimiento de
las prescripciones del Concilio Universal de Trento (1545-1563), de las cuales existen
pormenorizados textos que dan idea de la situación de las personas, tanto clérigos
como laicos, cercanos o lejanos a las funciones de la Iglesia, de las organizaciones
caritativas (hospitales, cofradías con sus respectivos bienes inmuebles, muebles y se-
movientes (ganado) y el beneficio que se obtenía), de la recepción de los sacramentos,
principalmente el bautismo, la confirmación, la confesión y comunión anuales y los
matrimonios, así como los elementos materiales para el culto: estado de los templos,
inventario de los ornamentos, de las imágenes, de los instrumentos musicales, dando
razón tanto de los avances como de las dificultades y retrocesos. No pocas veces tenía
el visitador que mediar en pleitos de diversa índole: herencias, cuestiones de jurisdic-
ción o de límites y ayudar a decidir en cuanto a algunas obras, por ejemplo de irriga-
ción o de caminos, sobre todo cuando había que utilizar caudales pertenecientes a las
cofradías para realizarlas. Los obispos al final de la visita a cada una de las parroquias o
“doctrinas” solían dar algunas disposiciones que debían cumplirse y se encomendaba
a los párrocos y en no pocas ocasiones a los alcaldes, el seguimiento de lo prescrito.
Una visita sobre la que he escrito un texto es la realizada por el obispo de Gua-
dalajara don Juan de Santiago de León Garavito en 1678 a lo que en la actualidad es
la parte occidental del estado de Jalisco y el sur de Nayarit: Por los caminos de Nueva
Galicia. Texto y contexto de una visita pastoral en 167819.
Es conveniente destacar que a lo largo de los años del virreinato, la Nueva Es-
paña y dentro de ella la Nueva Galicia, desarrollaron cultos marianos peculiares que

17
El Sangangüey y el Ceboruco.
18
Cita en: Meyer, pp. 66s.
19
Libro anual de la Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica 2011-2012, pp. 239-316.Una versión abreviada con
el mismo título puede encontrarse en mi página electrónica www.olimon.org.

21
atravesaron el tiempo y fueron fuente de devoción creciente a partir de narraciones
de curaciones milagrosas, muchas de ellas testimoniadas por medio de peregrina-
ciones individuales, familiares y colectivas y exvotos pictóricos. El jesuita Francisco
de Florencia por medio de su Zodíaco mariano dejó impreso un mapa de las vastas
tierras novohispanas con sus marcas marianas y en sus Dos célebres santuarios de la
Nueva Galicia habló de la génesis y el avance de la densidad religiosa de Zapopan y
San Juan de los Lagos. Aunque no quedó en las líneas escritas por Florencia, la de-
voción a Nuestra Señora del Rosario de Talpa, adherida a la narración de portentos
y a una imagen peculiar, tuvo también un amplio desarrollo que se sitúa histórica-
mente antes de los años del México independiente. El culto guadalupano, iniciado
en el siglo XVI, durante el siglo XVIII amplió su espacio de irradiación sobre todo al
unirse al avance de un nacionalismo en embrión que situó el portento de quien “no
había hecho algo igual con ninguna nación” como base para considerar a México
una nación privilegiada por la visita mariana.

22
La iglesia católica en nayarit

LA IGLESIA CATÓLICA
EN LA INDEPENDENCIA

L a acumulación de agravios en los novohispanos debida sobre todo al estilo de gobier-


no autoritario del régimen borbónico, entre los cuales, desde luego, hay que contar
la expulsión de los jesuitas, la secularización de las doctrinas y los préstamos forzosos a
las cajas comunitarias, contribuyó a que se creara un clima favorable a la emancipación
de la Nueva España de la península. A pesar de que fueron varios los planes que propo-
nían una autonomía relativa o mayor pero sin rompimiento o una transición pacífica, de
hecho y aunque las primeras proclamas no lo decían con claridad, a partir de 1810 tuvo
lugar, con etapas diferenciadas, un sangriento movimiento en busca de la independen-
cia, con las características de crueldad y sufrimiento propias de una guerra civil.
Entre los primeros promotores del levantamiento se encontraron varios sa-
cerdotes seculares y aunque los más conocidos son Miguel Hidalgo, José María
Morelos y Mariano Matamoros, las diócesis de Michoacán y de Guadalajara apor-
taron también algunos. Para el área geográfica que nos ocupa, el líder fue el padre
José María Mercado, párroco de Ahualulco. quien recibió órdenes de Hidalgo de
marchar hacia Tepic y San Blas, puerto este último en el que se habían acogido las
autoridades, el obispo y un buen número de vecinos de la capital de la intendencia.
El 20 de noviembre de 1810, Mercado acampó en la loma de la Cruz y dirigió el día
23 una proclama al párroco de Tepic, don Benito Antonio Vélez solicitándole que
respondiera “[...] si debo entrar en paz o en guerra”. Ante el silencio de Vélez entró
a Tepic sin disparar un tiro y se dirigió a San Blas donde también pudo entrar sin
problemas. A pesar de ello, no pudo sostener mucho tiempo la victoria, pues un
grupo armado encabezado por el párroco de San Blas, Nicolás Santos Verdín logró
posesionarse de nuevo de la plaza en enero de 1811. El padre Mercado murió en
esa acción20.

20
Peña Navarro, pp. 291-307.

23
En febrero de 1811 San Blas y Tepic regresaron al dominio español y a modo
de galardón a los tepicenses por su fidelidad al rey se le otorgó al pueblo el título de
“noble y leal ciudad” el 4 de febrero de 1812.
El actual territorio nayarita no fue escenario de incidentes importantes durante
el largo período de la guerra de independencia. El puerto de San Blas, a partir de
1813, a causa de las dificultades para que la nao de la China llegara a Acapulco, se
abrió al comercio internacional con el Pacífico insular el cual, sin embargo, no pudo
prolongarse, a causa de la consumación de la independencia mexicana en 182121.
En febrero del último año citado se redactó el “Plan de Iguala” en cuyo núcleo se
sostenían las “tres garantías” para el futuro político y social: la unión entre españoles
y americanos, la independencia y la religión católica y, a modo de permanencia de
algún vínculo, se ofrecía la corona de México a Fernando VII o a algún príncipe de
su casa. Por todo el país se fue jurando el plan. El 13 de junio fue la jura en Guadala-
jara y el 22 de ese mes en Tepic. El acta correspondiente dice: “[...] Congregados en
estas casas consistoriales los Señores de que se compone este Ilustre Ayuntamiento,
el Sr. Cura Párroco Dr. don José María Vázquez Borrego con su clero secular, el R. P.
Guardián del convento de la Santa Cruz, fray Rafael Andrade con sus religiosos...y
lo vecinos principales de esta ciudad...”22 “Sermón patriótico” en la parroquia con
Te Deum, desfile y fiesta popular rubricaron el acontecimiento que, en la medida
de las posibilidades de cada localidad, fue realizado también en Ixtlán, Ahuacatlán,
Compostela, Santa María del Oro, San Pedro Lagunillas, Jalisco, Santiago Ixcuintla
y Acaponeta. En San Blas hubo cierta resistencia de la marinería española pero el 25
de julio capitularon23.
Mucho se ha escrito y ponderado la heroicidad del elevado número de clérigos
y religiosos que participaron directamente en la prolongada guerra de independen-
cia y no faltan todavía quienes sostienen sin matices la división entre el “alto” y el
“bajo” clero clasificando al primero como favorecedor de la continuación del domi-
nio español y al segundo como partidario de la independencia. La realidad es mu-
cho más compleja y muy poco se ha reflexionado acerca del desprestigio que recibió
el gremio clerical a causa de su partidismo político y sobre todo de su participación
en hechos de sangre.
Concretamente, aun antes de la independencia, la crítica al estado religioso a
causa sobre todo de la nueva conciencia sobre el valor del trabajo y de la ocupa-
ción en mejoramientos materiales fue algo que se difundió no solamente en países

21
Sobre San Blas: Enrique Cárdenas de la Peña, San Blas de Nayarit, 2 volúmenes, Secretaría de Marina, México
1968.
22
Cita en: Peña Navarro, p. 335.
23
Id., p. 336. Enrique S. de Aguinaga Cortés, Tepic al rescate de su identidad. Cinco siglos de historia, Círculo rojo,
¿Madrid? 2015, pp. 118-126. Un ejemplar del “Sermón patriótico” mencionado, impreso en Guadalajara, se encuentra
en el archivo del Centro de Estudios de Historia de México CARSO de la Ciudad de México.

24
La iglesia católica en nayarit

protestantes sino también en ambientes católicos. La agilidad con que se publica-


ban libros de cierta ligereza pero cargados de tintas críticas por algunos autores
conocidos como “publicistas” producían efectos reflexivos en ambientes cada vez
más alfabetizados. Podemos señalar como líderes a los abates Grégoire y Domini-
que de Pradt, cuyas obras, ligeras y punzantes se traducían con rapidez al español
y llegaban a públicos interesados sobre todo a través de la librería parisina de Rosa
(posteriormente de Rosa y Bouret y más tarde de Charles Bouret y al final de la viu-
da de Charles Bouret). En México uno de los más representativos en esta línea fue
Joaquín Fernández de Lizardi, “El periquillo sarniento”.

25
La iglesia católica en nayarit

LA IGLESIA CATÓLICA
EN UN MÉXICO INDEPENDIENTE

L os titubeos de los regímenes constitucionales recién estrenados en materia de


libertad de prensa favorecieron esa difusión aunque no hay que calificar estas
realidades como una especie de conspiración, pues desde antes de la revolución
francesa y sobre todo durante la época napoleónica, los Papas Pío VII y Gregorio
XVI pretendieron una reforma eclesiástica que había de empezar por las órdenes
religiosas. Una de las tareas urgentes del episcopado mexicano, restaurado en 1831,
era precisamente realizar una reforma en las instituciones eclesiásticas. Las circuns-
tancias de inestabilidad política y económica de la nueva nación y la configuración
de espacios de opinión pública contradictorios, impidieron esa tarea que debió ha-
ber sido impostergable. Las dificultades prácticas para el reclutamiento de candida-
tos al sacerdocio , el práctico abandono de la catequesis, el cierre de la mayoría de
los seminarios diocesanos y la baja calidad de los estudios contribuyeron también a
crear una situación que no auguraba un porvenir halagüeño.
Lo anterior tuvo también repercusiones en la diócesis de Guadalajara y en el
área nayarita. A un observador superficial podía parecerle que todo era normal,
que no pasaba nada, pero en realidad había una crisis seria en cuanto a la identi-
dad y la misión de la Iglesia, crisis que afectaba la vida cotidiana de la comunidad
católica. También, las ideas liberales que se consolidaban en cuanto al proyecto de
nación proponían la igualdad jurídica de todos los habitantes del país bajo el título
de ciudadanía, mediante el cumplimiento de ciertos requisitos (ser varón, mayor de
edad y propietario) lo que, por una parte convocaba a borrar las diferencias entre
las “repúblicas” de indígenas y de españoles o incluso de “americanos” y dificultaba
el futuro de los fueros militar y eclesiástico. El régimen de propiedad de la tierra
dejaría de ser comunitario y se transformaría en privado, por lo que el estilo que
las comunidades indígenas y las religiosas habían mantenido, se encontraba ame-
nazado de extinción. Estas situaciones, que pueden observarse y de hecho se han

27
observado como disputas teóricas, en realidad afectaron el paso de los días de todos
los habitantes del país y presagiaron largos períodos de inestabilidad. La aplicación
del liberalismo económico favoreció el comercio pero a la vez el aumento del con-
trabando; la desamortización de las tierras comunales favorecieron a nuevos terra-
tenientes que acapararon en poco tiempo grandes extensiones y al mismo tiempo
ayudaron a la transformación de los indígenas y campesinos en jornaleros y peones;
la agroindustria principalmente en cuanto a la explotación de la caña de azúcar y
más tarde la industria textil incentivada por la abundancia de agua cambiaron tam-
bién la situación de los habitantes del territorio.
Las nuevas condiciones y la conciencia de que no todo era favorable ni podía
juzgarse como mejoramiento en el nivel de vida, ayudaron a que se gestara un mo-
vimiento rebelde cuya cabeza visible y organizativa fue Manuel Lozada, personaje
que, a pesar de que ha podido ser conocido mejor a base de estudios recientes, sigue
siendo controvertido. Algunas acciones suyas--como una matanza memorable en
San Pedro Lagunillas y la continua amenaza que representó para los habitantes de
Tepic--le dieron el calificativo de bandido, bandolero, gavillero o algún otro, pero
la reflexión acerca de su postura en defensa de las comunidades indígenas y su ré-
gimen de usos y costumbres, lo colocan en un área interpretativa diferente: “[...]
Lozada peleó tercamente la posesión de la tierra y la defensa de la sociedad pueble-
rina concebida como una gran familia o como sociedad de ‘pueblos unidos’, trató de
unificar cada pueblo y de establecer la concordia entre los pueblos para unificar la
región alrededor de la ciudad de Tepic”24.
El lozadismo y sus efectos, indudablemente ayudaron a que en 1867 se erigiera
en lo que había sido el séptimo cantón de Jalisco, el distrito militar de Tepic, con la
clara intención de lograr una pacificación que implantara el régimen liberal y, por
consiguiente, en orientación diferente a lo que Lozada y quienes lo apoyaban había
intentado. Es conveniente recordar, por otra parte, que Miguel Miramón como pre-
sidente en 1859 reconoció la separación de Tepic y que en la ordenación geográfica
del país realizada por Maximiliano en 1865, uno de los cincuenta departamentos de
la división política se llamó Nayarit y “[...] fue cuando se utilizó por primera vez ese
nombre”25.

24
J. Meyer, Breve historia, p. 112.
25
Id., p. 114.

28
La iglesia católica en nayarit

EL LIBERALISMO

A l tocar la realidad religiosa no podemos aislarla de un análisis de conjunto so-


bre la sociedad, sus comportamientos, permanencias y cambios, pues la per-
tenencia a la Iglesia católica, a causa de su condición comunitaria, no es compatible
con una interpretación individualista. Entre la vida religiosa, la cultura y la vida en
sociedad existe una interacción definida y reconocible. Por consiguiente, a partir de
1867, fecha en que puede fijarse la consolidación del sistema liberal en México, aun-
que su implantación local haya tardado más, la Iglesia católica, al dejar de tener en
su estructura orgánica elementos referentes a la configuración del funcionamiento
de la sociedad, sufrió una transformación, al comienzo insensible, que privilegió
aspectos devocionales, de revisión de métodos catequéticos y de mejoramiento en la
calidad de la formación de los sacerdotes y participación en instituciones de caridad
distintas ya a las cofradías antiguas para el cuidado de los pobres y los enfermos.
El liberalismo fue un complejo y multifacético movimiento mundial que afec-
tó fuertemente el estilo de vida católico. Primeramente, en el largo pontificado del
Papa Pío IX (1846-1878) fue combatido con dureza por medio de distintos docu-
mentos doctrinales pero más tarde, en los años del Papa León XIII (1878-1903), se
trató si no de condescender, sí de aceptar el nuevo ambiente vital y dedicar fuerzas al
mejoramiento de la calidad de la vida cristiana. Uno de los modos de realizarlo fue
la erección de nuevas diócesis, jurisdicciones eclesiásticas más manejables en cuanto
a la comunicación dentro de sus espacios territoriales a cuyo frente se encontrarían
obispos más fieles a la corriente ultramontana, es decir, de apego al primado papal y
con menos tendencia a aceptar intervenciones de los gobiernos en el régimen inte-
rior de las comunidades católicas. No puede excluirse tampoco que a nivel universal
la pérdida del poder temporal del Papa en un territorio dentro de la península italia-
na y el empobrecimiento de las corporaciones eclesiásticas en los países de tradición
católica hicieron que la liberación de pesados vínculos, la sensibilidad aumentada a
las necesidades de los pueblos, otorgaron un mirada más limpia hacia la atención
pastoral.

29
Por lo que corresponde a Tepic, es evidente que las circunstancias históricas
locales bastante singulares respecto a las de otros sitios y la tendencia general que se
marcaba desde Roma, favoreció que Tepic fuera elegida como sede para una dióce-
sis nueva separándola de la jurisdicción de Guadalajara, que había sido elevada a la
categoría de arquidiócesis en 1863. En una visita pastoral realizada por el arzobispo
Pedro Loza y Pardavé a Tepic en 1888 le plantearon el interés de que la ciudad fuera
sede episcopal. El prelado no vio con malos ojos el proyecto, lo vinculó a que se
terminaran las torres que se agregarían al templo parroquial y sin duda que envió
información a la Santa Sede.

30
La iglesia católica en nayarit

TEPIC,
SEDE DE UNA DIÓCESIS

E l 23 de junio de 1891, el Papa León XIII emitió la bula “Illud in primis” por
medio de la cual elevó a la categoría de arquidiócesis a Antequera (Oaxaca)
y, disgregando sus territorios de las sedes anteriores, erigió las nuevas diócesis de
Chihuahua, Saltillo, Cuernavaca, Tehuantepec y Tepic. La razón principal para la
erección la señaló el propio pontífice: “[...] Para que el pueblo mexicano que nos
es carísimo tenga más fácil comunicación con sus propios pastores y para que por
éstos, que es lo que más deseamos de lo íntimo de nuestro corazón, sea conducido
por los caminos de la justicia a la celestial patria...Vigilantes y solícitos pastores de-
ben presidir las iglesias y conducir el rebaño a los pastos saludables...El auge de la
religión católica siempre creciente, por beneficio de Dios, en la región mexicana,
exige que Nos con toda diligencia encaminemos hacia ella el cuidado de nuestro
cargo pastoral y atendamos del modo más saludable al bien y utilidad espiritual de
las almas de aquellos fieles de Cristo por medio de nuevas sedes episcopales y por
una organización de la jerarquía eclesiástica más acomodada a aquella región”26.
La redacción misma del documento da a conocer la importancia de que haya
al frente de cada nueva jurisdicción un obispo, pues, aunque es necesario delimitar
un territorio, éste ha de tener características específicas en cuanto a la comunidad
humana, que le den un lugar singular al diferenciarla de otras. La diócesis de Tepic
quedó limitada en lo geográfico dentro del que ya era territorio federal de Tepic
al que se agregó el quinto distrito o cantón del estado de Jalisco, cuya capital era
Mascota.
Sin embargo, pasaron casi dos años para que llegara a tomar posesión de su
sede el primer prelado de Tepic. Se trató de don Ignacio Díaz y Macedo, sacerdote de

26
El texto correspondiente a la diócesis de Tepic: Peña Navarro, pp. 453 y 455. (Tomado de: Julio Pérez González,
Ensayo estadístico y geográfico del territorio de Tepic, Imprenta de Retes, Tepic 1894, p. 17). Un seguimiento somero de
la trayectoria histórica de la diócesis tepicense y de sus obispos la escribí en: 125 años de la diócesis de Tepic. Caminos,
huellas, signos, Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, X/8 (agosto de 2016), pp. 19-37. (Puede también
consultarse en mi página electrónica).

31
Guadalajara con fama de vida intachable y buen predicador. En el verano de 1893,
después de haber recibido la ordenación episcopal en Guadalajara, se dirigió a la
nueva sede episcopal por una ruta bastante accidentada, teniendo en cuenta sobre
todo la temporada de fuertes lluvias. En las últimas jornadas de su camino pernoctó
en las casas de algunas haciendas, siendo las últimas las de San Leonel y San Caye-
tano. Antes de entrar a la ciudad de Tepic, según narraciones orales, pidió que lo
llevaran al sitio donde había sido fusilado Manuel Lozada en el Cerro de los Metates
y ahí se detuvo algunos minutos en oración. Este hecho, de indudable contenido
simbólico, me parece que fue señal inequívoca de que los vínculos con Guadalajara
quedaban en el pasado y que en adelante habría que forjar un estilo propio tanto en
la vida civil como en la religiosa.
Algo fundamental para la consolidación de una diócesis es el Seminario para la
formación de futuros sacerdotes. El documento fundacional de la de Tepic convoca-
ba al obispo a fundarlo, “[...] puesto que en gran manera interesa que se preparen...
probos y doctos presbíteros que, como olivos fructíferos en los campos de Cristo
Nuestro Señor, han de consagrarse tanto a los oficios divinos y eclesiásticos como a
procurar la edificación y eterna salud de las almas”27. Hay que decir que el de Tepic
no tardó en abrir sus puertas, gracias al tino de haber nombrado primer rector al
sacerdote José María Salazar, miembro de una familia prominente de mineros y
hacendados, en una de cuyas casas en la ciudad ahora episcopal se instaló la insti-
tución. De hecho por mucho tiempo (hasta 1914) fue el único plantel de estudios
superiores en el territorio y la oferta educativa no se restringió a los candidatos al sa-
cerdocio, sino que ayudó a formar a muchos jóvenes que optaron por otros caminos.

27
Peña Navarro, p. 457.

32
La iglesia católica en nayarit

EL EPISCOPADO
DE MONSEÑOR DÍAZ Y MACEDO

E l episcopado de monseñor Díaz y Macedo puede resumirse en pocas líneas: lo-


gró sentar bases sólidas para una Iglesia al mismo tiempo local y abierta a la
universalidad; contribuyó a la elevación del nivel cultural con la seriedad de los
estudios del seminario; ayudó a reconstruir las necesarias actividades de caridad
que se habían lastimado a causa de la desaparición de las cofradías y sus servicios:
ayudó a que se extendieran las Conferencias de San Vicente de Paúl y solicitó y
obtuvo la fundación de la primera casa religiosa femenina, las Hermanas Josefinas
fundadas por el padre Vilaseca que atendieron por muchos años el Hospital de San
Vicente, conocido popularmente como “el hospitalito”. Mantuvo buenas relaciones
con el gobierno civil y militar y gozó del aprecio de los jefes políticos del territorio,
general Leopoldo Romano y general Mariano Ruiz quienes solían ser invitados a
los exámenes públicos que se tenían en el seminario al final de los cursos anuales.
Murió en Acaponeta en 1905 durante una visita pastoral y su cuerpo fue enterrado
en el cementerio local donde aún permanece.
Es importante referir que el primer obispo de Tepic participó en el Concilio
Plenario de América Latina de 1899, acontecimiento fundamental para la línea
pastoral que siguió la Iglesia católica en las circunstancias peculiares del conti-
nente: la precariedad de la vida económica de la mayoría de los miembros de los
pueblos, la distancia creciente entre las clases sociales; los efectos del liberalismo,
de la educación laicista, la masonería, las ideologías y otros temas de importancia.
El Concilio fue, por una parte, resultado de la fraternidad latinoamericana que
había surgido sobre todo a partir de la apertura del Colegio Pío Latinoamericano
en Roma en 1859 y por otra, antecedente para el ejercicio de colegialidad episco-
pal que condujo a las Conferencias Generales de Río de Janeiro (1954), Medellín
(1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007). Durante va-
rias décadas--hasta la celebración del Concilio Vaticano II--era obligatorio que en

33
cada oficina parroquial hubiese un ejemplar de los decretos del Concilio Plenario
a fin de normar la solución de los casos difíciles. El nombre de monseñor Díaz
quedó impreso en una placa conmemorativa que se encuentra en el Colegio Pío
Latino y el recuerdo de la experiencia romana y del afecto que encontró en León
XIII quedó plasmado en una carta pastoral que dirigió a los fieles tepicenses a su
regreso.

34
La iglesia católica en nayarit

LA IGLESIA CATÓLICA
1906 - 1925

L os años de don Ignacio Díaz transcurrieron en la “paz porfiriana” que, aunque


mantuvo vigente las leyes de reforma y de repente sobre todo algún funcionario
local decidía aplicarlas con cierto rigor, en general sostuvo un sistema de relaciones
personales con los obispos y una tolerancia más o menos amplia conocida como
“política de conciliación” que permitió cierto crecimiento de las instituciones ecle-
siales y normalidad en la vida religiosa.
En diciembre de 1906 arribó a su sede el segundo obispo de Tepic, don Andrés
Segura y Domínguez. Procedía de León, Guanajuato. Miembro del presbiterio de
esa diócesis y distinguido profesor y rector de su Seminario, tenía fama bien ad-
quirida de persona intelectualmente capaz y hábil para el diálogo. Con él llegó su
abundante biblioteca (de alrededor de 3,000 volúmenes) que entregó casi comple-
ta para servicio del Seminario Diocesano. De igual modo consiguió con distintos
bienhechores que le dotara a esa institución de un laboratorio de física y química
y un observatorio astronómico, mejorando desde luego la calidad educativa del
plantel.
El episcopado de monseñor Segura puede dividirse en dos etapas: la primera,
desde su llegada hasta mediados de 1914 en que, a pesar del inicio de la revolución
maderista en noviembre de 1910, los cambios en el área correspondiente a la dióce-
sis fueron poco notorios: el general Ruiz entregó pacíficamente la jefatura política y
militar al representante revolucionario Espinosa Bávara. En esa primera etapa conti-
nuó la organización diocesana y fue posible construir o renovar templos en diversos
sitios de la diócesis, destacando la iglesia parroquial de Jala, empeño personal del
padre José María Salazar y de su familia, que fue consagrada con las solemnidades
propias del Ritual Romano en diciembre de 1911. Después de esa celebración el
obispo se dirigió a realizar una larga visita a la parte correspondiente al quinto dis-
trito del estado de Jalisco.

35
En 1910 pudo cumplirse un anhelo de monseñor Segura que respondía ade-
más a las necesidades que en la costa nayarita y en la sierra se palpaban mayores
y urgentes: el trámite favorable para que en Tepic los Misioneros del Inmaculado
Corazón de María, fundados en España por el padre Antonio María Claret, quien
fue arzobispo de Santiago de Cuba, abrieran una casa que, además de tener un punto
de base en el templo del Sagrado Corazón que se estaba construyendo fuera pun-
to de irradiación para misiones populares que estos sacerdotes habrían de ofrecer
precisamente en lugares costeños y de ser posible entre los indígenas serranos que
se encontraban casi abandonados en atención pastoral. Con un importante legado
de don Domingo Aguirre, hacendado y dueño del ingenio azucarero de Puga fue
posible la construcción de la iglesia y de un edificio anexo que estaría destinado a
ser Escuela de Artes y Oficios para los indígenas coras.
No obstante, los buenos deseos e incluso el comienzo con buenos augurios de la
acción de los Misioneros, fueron abruptamente obstaculizados con la irrupción en
junio de 1914 en la ciudad de Tepic de tropas del ejército constitucionalista coman-
dado por Álvaro Obregón y Rafael Buelna. Al llegar éstas, exigieron un préstamo
forzoso a la población, imposible de conseguir y bajo el cargo de “actividades anti-
rrevolucionarias” acusaron al obispo, al padre Vilalta, superior de la casa claretiana
y a algunos otros miembros del clero y los condujeron a la cárcel. Las “actividades”
fueron noticias y comentarios aparecidos en un periódico del “Círculo de obreros
católicos” titulado “El Obrero de Tepic” que se consideraron ofensivos a la revolu-
ción y favorables a Victoriano Huerta y su gobierno. A algunos sacerdotes los ame-
nazaron con enviarlos en el ferrocarril hacia la frontera de Nogales, amenaza que
no se cumplió. Aunque la estancia en la cárcel no se prolongó y el apoyo de muchas
familias de Tepic, entre las que destacó la familia Castilla fue notable, la humillación
a la que fue sometido don Andrés--se dice que se le obligó a barrer las calles como
a los reos de baja estimación--dañó su salud física y psicológica de modo definitivo.
Igualmente, el despojo de la casa donde se encontraba el Seminario Diocesano, la
ruina de sus laboratorios y la dispersión de la valiosa biblioteca lastimaron la vida
católica de modo definido. El distanciamiento entre Obregón y Buelna, pues éste
se pasó al bando villista y fue representante de Villa en la Convención de Aguasca-
lientes de 1915 y el matrimonio del último con la hija de una prominente familia
facilitaron la excarcelación del prelado. Un relato oral que se escuchó en Tepic poco
después fue que en la batalla de Celaya, el cañonazo preciso que separó el brazo del
cuerpo de Obregón fue castigo divino pues en el dedo anular de esa mano llevaba el
anillo que le había quitado al obispo de Tepic.
Cansado y deprimido, pero cumplidor de sus deberes pastorales, don An-
drés continuó en medio de cierta calma exterior realizando su labor. Organizó en
1918 una visita pastoral y el 13 de agosto de ese año lo encontró la muerte en la

36
La iglesia católica en nayarit

población de Chapalilla, al sur del que ya, a partir de febrero de 1917 era estado
de Nayarit.
Durante más de un año la Iglesia diocesana de Tepic estuvo vacante. Hacia el
final de 1919 se anunció su tercer obispo: don Manuel Azpeitia y Palomar, miembro
de distinguidas familias tapatías, abogado, polemista, de carácter controvertido y
fama desigual entre sus colegas. Desde el momento que llegó a Tepic, aprovechando
las circunstancias favorables, decidió reestructurar las situaciones maltrechas que
encontró, entre las que no fue la menor la indisciplina del clero. Buscó la manera
de reiniciar las clases en el Seminario y tratar de formar de mejor manera a los
seminaristas. Por esas fechas, algunos fueron a España para continuar sus estudios
dadas las difíciles condiciones de México y la generosidad del episcopado español.
En 1922 emitió un documento muy importante en el que reflejó su modelo de reno-
vación eclesiástica y pudo realizar en 1925 una amplia y detallada visita pastoral a
la sierra del Nayar, deseado desde los tiempos del primer obispo pero factible hasta
esta ocasión28.

28
Puede leerse mi ensayo: Un obispo reflexiona sobre la Iglesia en México en 1922. En torno a la tercera carta pastoral
de monseñor Manuel Azpeitia y Palomar, en: Juan Carlos Casas García (comp.) Iglesia y los centenarios de la independen-
cia y la revolución, CEM/IMDOSOC, México 2012, pp. 282-304. (Puede también consultarse en mi página electrónica).

37
La iglesia católica en nayarit

LA LEY CALLES

L os vientos cambiaron de dirección y la atmósfera se enrareció cuando en enero


de 1926 se emitió la “Ley Calles”, reglamentaria al artículo 130 constitucional
que fue considerada imposible de aceptar por el episcopado. A modo de protesta
pacífica se intentó un “boicot”, la recolección de firmas para solicitar al Congre-
so la abolición de la ley y los obispos personalmente dialogaron con el presidente
Calles. Esos medios resultaron inútiles y el 31 de julio se declaró la suspensión de
cultos en los templos católicos. A ello respondió el gobierno declarando ilícito y
perseguible como delito el culto en casas particulares o de modo privado y, a pesar
de los intentos de solución pacífica y “tolerante”, la situación condujo a un levanta-
miento popular que, a pesar de que el gobierno creyó que tendría poca duración y
una extensión geográfica muy limitada, no fue así. Concretamente, en el territorio
correspondiente a la diócesis de Tepic fue importante el levantamiento cristero y sus
huellas quedaron impresas no sólo en el sur de Nayarit sino también en la sierra, en
los alrededores de Tepic y en las colindancias serranas de la costa Norte.
La etapa callista del gobierno revolucionario llevó adelante una auténtica per-
secución religiosa cuya finalidad política fue, sin duda, instaurar un régimen tota-
litario al estilo de los que en el siglo XX se instauraron con diferencias pero en el
fondo con un mismo sistema y que fueron identificados por el Papa Pío XI como el
eje Moscú-Madrid-México. Este tiempo, por otra parte, mostró la maduración de la
comunidad católica que pudo producir auténticos mártires a los que, desde luego,
no hay que calificarlos como cristeros, como se repite irreflexivamente, pues no pue-
de darse el nombre de mártir a alguien que haya tomado las armas. En la diócesis de
Tepic pueden encontrarse testimonios de entrega y convicción, de un modo especial
entre mujeres que sostuvieron la causa aun a riesgo de su vida y siguieron sostenien-
do la catequesis y en algunos casos la práctica de los sacramentos celebrados por
sacerdotes que vivían en la clandestinidad.
Por otra parte, este fue un tiempo de cambios importantes a nivel social, con
la aplicación lenta pero ininterrumpida de las nuevas leyes agrarias que repartían la

39
tierra de las haciendas. No obstante, la resultante tuvo en cuenta la organización y el
aspecto político, pero no la reorganización de unidades de producción que habían
resultado eficientes ni tampoco el estudio sobre la permanencia o el cambio en el tipo
de cultivos agrícolas ni el aumento de la producción o la distribución a nivel nacional
e internacional que le había dado a Nayarit, desde el siglo XIX un papel peculiar de
“granero” de México. Las armas que se les dieron a los “agraristas” contribuyeron a que
el reparto agrario fuera un hecho consumado pero los conflictos que se tuvieron con
los pequeños propietarios y con los comuneros abrieron heridas en las comunidades
que no han sanado completamente sobre todo en el Sur del estado. El reparto, por
otra parte, favoreció el que se fundaran nuevos núcleos de población sobre todo en el
amplio ámbito del enorme municipio de Compostela y en la costa Norte del estado.
Todo lo anterior, al repercutir en el ámbito cultural y social, repercutió en la
situación religiosa y en el estilo tradicional de vivir el catolicismo, pues el desarraigo
de las costumbres que se tenían en los lugares de origen ayudaron a un cambio de
estilo que fue caldo de cultivo para la pluralización de denominaciones religiosas
que de hecho sólo se notó abiertamente a partir de la década de 1950.
Monseñor Azpeitia estuvo desterrado, junto con varios sacerdotes de Tepic en
Los Ángeles, California. Desde ahí manifestó su posición contraria a que se entabla-
ran acuerdos para terminar con el conflicto religioso. En público, pero sobre todo
en privado, dio a conocer su postura. Su correspondencia con monseñor Leopoldo
Ruiz y Flores, arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico es muy clara en el sen-
tido de no transigir, lo mismo que la sostenida con su sobrino, Miguel Palomar y
Vizcarra, miembro distinguido de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad
Religiosa, en una de cuyas cartas, por ejemplo escribió a propósito de lo acordado
entre los obispos Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz y Flores con el presidente provisio-
nal Emilio Portes Gil: “Los ‘arreglos’ si es que arreglos pueden llamarse. Pues don
Leopoldo y don Pascual creen que Morrow [embajador de Estados Unidos] y Calles
son tan ‘buenos’ como ellos...” No obstante, en 1929 regresó a Tepic y se disciplinó
en cuanto a lo acordado para reanudar los cultos. En el territorio correspondiente
a Nayarit, sin embargo, la libertad de la Iglesia no se logró de inmediato ni como
era de desearse, pues la legislatura local sostuvo una restricción sobre el número de
sacerdotes que podían ejercer como “encargados de templos” que en 1934 tuvo que
suspender de nuevo el culto dentro del estado.
Los escritos de don Manuel, largos, documentados y que aportan mucho tanto
en lo doctrinal como en lo práctico, merecen estudiarse con detenimiento, pues su
reciedumbre jurídica le da un lugar especial para el conocimiento menos inadecua-
do del pasado de la Iglesia en la jurisdicción que le tocó presidir e incluso en nuestro
país y en el mundo en esa época. Cansado y desanimado de tanta lucha, falleció en
Guadalajara en 1935.

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La iglesia católica en nayarit

LA IGLESIA CATÓLICA
1936 - 1970

E l siguiente período de la Iglesia católica en Nayarit tiene un número elevado de


años si lo medimos desde el episcopado de don Anastasio Hurtado y Robles,
quien a la muerte de monseñor Azpeitia asumió interinamente el gobierno de la
diócesis, que fue elegido para ocupar la sede como obispo en 1936 y permaneció en
ella hasta 1970 en que presentó su renuncia.
En 1936 la paz religiosa en Nayarit distaba de ser un hecho. El obispo no fue
bien recibido por algunas personas, concretamente los grupos masónicos que te-
nían fuerza tanto en Tepic como en Santiago Ixcuintla, Acaponeta, Ixtlán del Río y
otras poblaciones. Durante su viaje de Guadalajara a Tepic después de su ordena-
ción episcopal fue bajado del tren cerca de Compostela, hecho del que se quejó a las
autoridades civiles y en Tepic algunos de los antes mencionados manifestaron su
disgusto en la casa donde se alojó vociferando en sus cercanías.
La situación que tuvo que afrontar el prelado, aunque era suficientemente
conocida para él, no dejaba de ser difícil de afrontar. Las leyes restrictivas del
ejercicio del ministerio sacerdotal no sólo tenían lugares sin atención sino que su
observancia dejaba a buen número de sacerdotes viviendo sin ejercer su oficio.
Poco a poco estas dificultades se fueron superando pero más a base de actitudes
tolerantes de parte de las autoridades locales o de audacia de los ministros que
de cambio en la legislación. El Seminario Diocesano sólo pudo reabrirse en 1941
como seminario menor. Sin embargo, en septiembre de 1937 se inauguró en terri-
torio de Estados Unidos (Montezuma, Nuevo México) y con el apoyo económico
y moral del episcopado y de los católicos estadounidenses, el Seminario Nacio-
nal Mexicano (conocido como “de Montezuma” o “Montezuma Seminary”) que,
atendido por un importante número de jesuitas, encargados tanto de los aspectos
disciplinares como espirituales y académicos, salvó el futuro del sacerdocio en
México. Allá se dirigieron algunos seminaristas tepicenses y el plantel tuvo la mi-

41
sión de ser el seminario mayor para la mayoría de los candidatos al sacerdocio de
la diócesis hasta su cierre en 1972.
Por otra parte, en Nayarit, al modo como se venía gestando desde los últimos
años del régimen del presidente Lázaro Cárdenas y sobre todo durante la presiden-
cia del general Manuel Ávila Camacho y la de Miguel Alemán, las tensiones entre
el gobierno estatal y el clero católico disminuyeron notablemente. Ya el general Ju-
ventino Espinosa había mostrado menos exigencias y con mayor razón Candelario
Miramontes, pero quien descongeló las relaciones fue el gobernador Gilberto Flores
Muñoz (de 1945 a 1951). Fue posible en esta época restaurar la educación católica
aunque de modo precario y las parroquias volvieron a tener vitalidad sobre todo con
las actividades de los fieles laicos insertados en la Acción Católica, especialmente las
mujeres adultas organizadas en la Unión Femenina Católica Mexicana (UFCM). La
catequesis de niños, la instrucción de adultos, los apoyos para el sostenimiento del
Seminario y distintas obras asistenciales, algunas de ellas sostenidas por religiosas,
como el Hogar del Buen Pastor, mostraron la preocupación por situaciones sociales
difíciles.
La etapa de la posguerra (después de 1946), conocida como la del desarrollo
estabilizador, fue para México de transformación definitiva: de ser un país mayori-
tariamente rural pasó a tener cada vez más población asentada en núcleos urbanos,
de tener niveles de pobreza sin llegar a ser excesivos y diferencias sociales no exce-
sivamente grandes, pasó a la aparición de “cinturones de miseria” que se ampliaban
cada vez más y a diferencias sociales acentuadas.
Esas situaciones, a las que hay que agregar la transformación de los movimien-
tos religiosos evangélicos que aumentaron su agresividad proselitista y el derrame
de misioneros protestantes sobre América Latina a causa de su expulsión de China,
propiciaron un panorama religioso inédito que, desde luego, afectó al estilo tradi-
cional de la religiosidad católica mexicana. En poco tiempo pudo notarse el avance
de la pluralización religiosa, destacando los movimientos protestantes “de cuarta ge-
neración” (es decir, no de la reforma del siglo XVI ni del estilo metodista ni siquiera
bautista) sino de tipo pentecostal, conocidos popularmente como “aleluyas” y una
organización para cristiana peculiar, nacida en México, sincrética, autoritaria y liga-
da a los organismos del PRI, sobre todo la CNC y la CNOP para la regularización de
tierras ejidales y voto corporativo: la “Luz del Mundo”.
Para la diócesis de Tepic no fueron estas situaciones fácilmente asumidas ni
comprendidas. No se realizó ningún estudio sobre el fenómeno y “la vida siguió
igual” no sólo en ese aspecto sino en la continuidad en lo que se había hecho por
mucho tiempo “y había salido bien”.
Por ello, no únicamente los cambios sociales, económicos y culturales y el au-
toritarismo gubernamental pasaron desapercibidos, sino los nuevos aires que en la

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La iglesia católica en nayarit

Iglesia católica se respiraban y que llamaban a una nueva mirada al mundo real y
a una revisión autocrítica de instituciones, modelos y estilos de vida. En Nayarit,
como en el resto de México hubo una preocupación creciente por el comunismo y
por la posibilidad de que el ateísmo que se asentaba institucionalmente en el Este
Europeo se exportara a América haciendo de la Iglesia una “Iglesia del silencio”. La
preocupación aumentó cuando poco después de consumarse, en 1959, la revolución
cubana, su líder, Fidel Castro se declaró comunista. Se instauró entonces una gran
campaña anticomunista que, con el lema “Cristianismo sí, comunismo no”, tuvo
enorme extensión. Los organismos de la Acción Católica y la revista católica “Señal”
encabezaron esta campaña que, por ejemplo, colocó en el cerro de la Cruz en las
cercanías de Tepic de un lado una cruz junto a la que se escribió la palabra “Sí” y la
hoz y el martillo entrelazados y a su lado la palabra “No”29.
Mientras eso sucedía, a instancias del delegado apostólico en México, mon-
señor Luigi Raimondi, el obispo de Tepic recibió, en agosto de 1958 a un obispo
auxiliar en la persona de don Manuel Piña Torres, sacerdote de particular dinamis-
mo que era entonces párroco de la ciudad de Tepic. Según se narra, don Anastasio
no estuvo personalmente de acuerdo en tener a su lado a un auxiliar, pero tal vez
precisamente el dinamismo demostrado por don Manuel logró convencerlo de la
bondad de la ayuda.
A nivel mundial se gestaba un acontecimiento eclesial singular que fue anun-
ciado, convocado y presidido en su primera sesión por el Papa Juan XXIII: el Conci-
lio Ecuménico Vaticano II, ocasión privilegiada para reunir al episcopado mundial
para estudiar las situaciones cambiantes del mundo y la respuesta renovada que la
Iglesia debía presentar. La diócesis de Tepic estuvo representada por su obispo auxi-
liar, quien asistió a sus cuatro sesiones (1962-1965) y al regreso de cada una de ellas
presentaba públicamente, desde el púlpito de la catedral lo realizado con particular
elocuencia y sin duda de modo personal se lo comunicaba a monseñor Hurtado. La
reunión romana fue indudablemente un parteaguas en la historia de la Iglesia cató-
lica y un reto de enorme envergadura y, por consiguiente, dificultad.
Lo planteado en el Concilio resultaba difícil de aplicarse en Tepic a causa de la
edad y enfermedades del obispo. Concretamente, hacía falta asumir los retos que
planteaban las situaciones sociales cambiantes y emprender por ello mismo, cam-
bios dinámicos en cuanto a la organización de la Iglesia, su contacto con la realidad,
el modo de atender pastoralmente a sus miembros y dialogar con quienes se encon-
traban alejados. Consciente de ello, en 1970 presentó su dimisión.

29
Escribí acerca de este tema un artículo: México y su Iglesia en 1962: entre la revolución cubana y el Concilio, Efe-
mérides Mexicana (Universidad Pontificia de México) 30/90 (enero-abril 2012), 335-379. (La versión completa se puede
consultar en mi página electrónica).

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La iglesia católica en nayarit

LA IGLESIA CATÓLICA
DE 1970 A LA ACTUALIDAD

E n mayo de 1970 se anunció la elección del quinto obispo para Tepic. Se


trataba de alguien cuya personalidad y trayectoria era muy diferente a la de
los anteriores: don Adolfo Suárez Rivera, sacerdote originario de la diócesis de
San Cristóbal de Las Casas, formado en los seminarios de Jalapa y Montezuma,
alumno en Roma del Colegio Pío Latinoamericano y Licenciado en teología
por la Universidad Gregoriana. Tal vez lo más significativo, sin embargo, era su
participación en un equipo sacerdotal de ayuda a las diócesis más necesitadas
(Unión de Mutua Ayuda Episcopal (UMAE)) que trató de llevar adelante la
renovación propuesta por el Concilio sobre todo en la manera de enfocar las
problemáticas socioculturales e integrar dentro de ellas las tareas de la Iglesia.
A partir de su llegada a Tepic se notó su huella como “hombre del Concilio” y
la orientación a los miembros de la diócesis hacia la renovación. Puede decirse
que las líneas centrales sobre las que se trazaron las tareas eclesiales fueron: co-
nocimiento de la realidad utilizando elementos de las ciencias sociales; “pasto-
ral de conjunto”, es decir, no esfuerzos aislados aunque fueran agobiantes; reco-
nocimiento de las prioridades y jerarquización del trabajo según ellas; atención
a las diferencias desde el punto de vista sociológico y cultural de las distintas
zonas del territorio diocesano (de este modo se detectó la conveniencia de di-
vidir la diócesis en cinco “zonas pastorales”: Centro (alrededor de la ciudad de
Tepic), sur de Nayarit, Costa Alegre, Costa de Oro y la parte correspondiente
a la diócesis del estado de Jalisco, antiguo quinto cantón) y el establecimiento
de equipos sacerdotales para asumir las necesidades conocidas y plantear las
posibilidades de acción.
Monseñor Suárez permaneció en Tepic hasta principios de 1980. Fue obis-
po de Tlalnepantla y a partir de enero de 1984, arzobispo de Monterrey. En
1994 fue nombrado cardenal. Realizó importantes trabajos a favor del episco-

45
pado mexicano y latinoamericano y fue protagonista singular en el difícil y pro-
longado diálogo para la normalización de las realidades religiosas en el régimen
jurídico mexicano30.
Las líneas planteadas por don Adolfo Suárez, reforzadas en una reunión
fundamental tenida en septiembre de 1973 (“Jornada de Revisión y Planeación
Pastoral”) han sido indudablemente las que han marcado las tareas de la Iglesia
en Nayarit. De 1980 a 2008 fue obispo residencial monseñor Alfonso Humberto
Robles Cota, originario de Los Mochis. Al llegar a la edad límite (75 años) pre-
sentó su renuncia y por poco tiempo (de marzo de 2008 a noviembre de 2011)
estuvo al frente de la Iglesia local don Ricardo Watty Urquidi, perteneciente
a la congregación religiosa fundada en México de los Misioneros del Espíritu
Santo, con experiencia previa como obispo auxiliar de la Ciudad de México y
primer obispo de Nuevo Laredo. Falleció cuando apenas empezaba a notarse
su orientación hacia una pastoral planificada. A partir de 2012 el obispo de
Tepic es don Luis Artemio Flores Calzada, originario de Texcoco quien antes
de llegar a Nayarit fue el primer prelado de Chalco, en el estado de México, una
de las circunscripciones eclesiástica fundadas en los aledaños de la enorme y
desbordada capital del país.
La Iglesia católica en Nayarit presenta, pues, una trayectoria histórica larga,
compleja y contrastante. Sus aspectos exteriores, institucionales, han seguido
los cambios que el espacio público y los ambientes históricos han presentado,
algunas veces siguiéndolos y otras oponiéndose críticamente en nombre de una
doctrina o convicción más o menos sólida. Es una comunidad plural en bús-
queda con vínculos más de conciencia que de coacción (no existe ningún ele-
mento coactivo para la pertenencia a esa comunidad sino la tradición familiar
o el convencimiento personal).
En los años más recientes sus miembros en Nayarit enfrentan los retos
de todos los habitantes del estado y del país: la pobreza en aumento, los nive-
les educativos con menor solidez, la inseguridad, las huellas de las divisiones
ideológicas, la pluralización de opiniones y modelos vitales, cierto retroceso en
cuanto a supersticiones y creencias y otros más. Ha de reconocer también, por
otra parte, las prioridades que, con adaptaciones locales, ha propuesto el papa
Francisco: ser una Iglesia “en salida”, es decir, que busca estar en los márgenes
de la realidad humana, que se acerca a los alejados, con preferencia a los más
pobres, que refuerza los valores de la familia y privilegia la formación de la con-
ciencia y el discernimiento de las situaciones difíciles o conflictivas orientán-
30
Sobre él escribí una amplia obra biográfica: Servidor fiel. El cardenal Adolfo Suárez Rivera. 1927-2008, Arzobispa-
do de Monterrey/Miguel Ángel Porrúa, México 2013. (Agotada la primera edición, en 2017 aparecerá la segunda, bajo
el signo de la Editorial San Pablo de la Ciudad de México).

46
La iglesia católica en nayarit

dose a la reconciliación, cuya condición “religiosa”, de vida interior, no exenta a


sus comunidades del compromiso con las realidades temporales. Quizá el reto
mayor, aunque invisible para el observador externo e incluso para muchos de
los participantes en el proyecto sea seguir siendo una religión de “rostros” y de
encuentros personales en un ambiente donde priva la realidad virtual, hacer
frente a base de reflexión, crecimiento interior y procesos pacientes, a una cul-
tura donde domina lo instantáneo, lo efímero, lo provisional.

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La iglesia católica en nayarit

ANEXO FOTOGRÁFICO

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Foto 1. Catedral de Tepic y plaza principal 1920.

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La iglesia católica en nayarit

Foto 2. Torre de la Catedral de Tepic. 1920.

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Foto 3. Visita pastoral de monseñor Azpeitia a la sierra del Nayar en 1925.

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La iglesia católica en nayarit

Foto 4. Visita pastoral de monseñor Azpeitia a la sierra del Nayar en 1925.

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Foto 5. Visita pastoral de monseñor Azpeitia a la sierra del Nayar en 1925.

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La iglesia católica en nayarit

Foto 6. Visita pastoral de monseñor Azpeitia a la sierra del Nayar en 1925.

55
Foto 7. Regreso del destierro de monseñor Azpeitia y algunos sacerdotes,
quienes habían permanecido en Los Ángeles, California y en Nevada.

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TOMO 66 DE 100
La Iglesia Católica en Nayarit
se terminó de editar en las oficinas de Visual Arte,
ubicadas en la ciudad de Tepic, Nayarit. Se utilizó la fuente tipográfica Minion Pro
y el diseño editorial estuvo a cargo de Sthephany M. Ramírez Nava.
Mayo de 2017.

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