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Representantes de la lógica en la edad media

Guillermo de Ockham
Guillermo de Ockham, también Occam, Ockam, o varias otras grafías (en inglés: William
of Ockham) (c. 1280/1288-1349) fue un fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico
inglés, oriundo de Ockham, un pequeño pueblo de Surrey, cerca de East Horsley. Como
miembro de la Orden Franciscana dedicó la vida a la pobreza extrema. Murió a causa
de la peste negra. Se le conoce principalmente por la Navaja de Ockham, un principio
metodológico e innovador, y por sus obras significativas en lógica, medicina y teología.

Pensamiento
Filosofía
Ockham ha sido llamado «el mayor nominalista que jamás vivió» y tanto él como Duns
Scoto, su homólogo en el bando realista, han sido considerados por algunos como las
dos «mentes especulativas más grandes de la Edad Media» entre los pensadores
pertenecientes a la escuela franciscana. Por ello, se ha escrito que son «dos de los
metafísicos más profundos que jamás vivieron» (C. S. Peirce, 1869), honor que
comparten con otros autores medievales como Agustín de Hipona, Alberto Magno,
Tomás de Aquino, Buenaventura de Fidanza, Nicolás de Cusa o Giordano Bruno (cfr.
cualquiera de las ediciones de la conocida obra de Etienne Gilson, Historia de la filosofía
Medieval). En sus razonamientos hizo frecuente uso del «principio de economía»,
aunque no llegase a escribir la frase que se le atribuye: «entia non sunt multiplicanda
praeter necessitatem» (no hay que multiplicar los entes sin necesidad); por ello, aunque
dicho principio es muy anterior a él —ya lo utilizaban los antiguos griegos y aparece en
el Organon aristotélico—, fue bautizado como «navaja de Ockham», «con la que puso
las barbas de Platón a afeitar». La formulación de esta máxima, conocida en el ámbito
cultural anglosajón como principio de parsimonia, tal como la formuló Bertrand Russell
(1946, 462—463) en los Principia, establece que si un fenómeno puede explicarse sin
suponer entidad hipotética alguna, no hay motivo para suponerla. Es decir, siempre
debe optarse por una explicación en términos del menor número posible de causas,
factores o variables.

Pionero del nominalismo, algunos consideran a Ockham el padre de la moderna


epistemología y de la filosofía moderna en general, debido a su estricta argumentación
de que sólo los individuos existen, más que los universales, esencias o formas
supraindividuales, y que los universales son producto de la abstracción de individuos
por parte de la mente humana y no tienen existencia fuera de ella. Ockham es
considerado a veces un defensor del conceptualismo más que del nominalismo, ya que
mientras los nominalistas sostenían que los universales eran meros nombres, es decir,
palabras más que realidades existentes, los conceptualistas sostenían que eran
conceptos mentales, es decir, los nombres eran nombres de conceptos, que sí existen,
aunque sólo en la mente.

Su tesis sobre la diferencia entre “lo universal” y “lo particular” (lo universal, decía, sólo
existe en la mente humana) la aplicó a la religión, y por ello se le considera un precursor
de la separación entre razón y fe. Para conocer a Dios, según Ockham, sólo puede
servir la fe. Se alejaba así de Tomás de Aquino, partidario de conjugar filosofía y
teología.
En lógica, Ockham trabajó en dirección a lo que más tarde se llamaría Leyes de De
Morgan y lógica ternaria, es decir, un sistema lógico con tres valores de verdad,
concepto que sería retomado en la lógica matemática de los siglos XIX y XX.

Política
Ockham es también cada vez más reconocido como un importante contribuyente al
desarrollo de las ideas constitucionales occidentales, especialmente las de gobierno de
responsabilidad limitada. Los puntos de vista sobre la responsabilidad monárquica
expuestos en su Dialogus (escrito entre 1332 y 1347) tuvieron gran influencia en el
movimiento conciliar y ayudaron al surgimiento de ideologías democráticas liberales.

En Derecho se atribuye a Ockham, en el contexto de la querella de la pobreza del Papa


Juan XXII con los franciscanos, la introducción o invención del concepto de derecho
subjetivo, como un poder correspondiente a un individuo (Opus nonaginta dierum). Ello
sin perjuicio de que se discuta su previa aparición en Tomás de Aquino o en el Derecho
romano.

Seguidores de Ockham
Se considera que todo el desarrollo posterior, que alejó la teoría del derecho del derecho
natural se debe en gran parte a la teoría nominalista de Ockham. Dado que no se puede
establecer con certeza la esencia de un ser, igual que de un ser humano, es imposible
desprender derechos de ella. En esa corriente posterior cabe destacar a pensadores
como Thomas Hobbes y John Locke.

Alberto Magno

San Alberto Magno (Lauingen, Baviera, 1193/1206-Colonia, 15 de noviembre de 1280)


fue un sacerdote, obispo doctor de la Iglesia, destacado teólogo, geógrafo, filósofo y
figura representativa de la química y en general, un polímata de la ciencia medieval. Su
humildad y pobreza fueron notables.

Estudió en Padua, donde tomó el hábito de santo Domingo de Guzmán y profundizó en


el conocimiento de la filosofía aristotélica, y en París, doctorándose en 1245. Enseñó en
algunas de las pocas Universidades que existían en ese momento en Europa, también
desempeñó su trabajo en distintos conventos a lo largo de Alemania.

En la universidad de París tradujo, comentó y clasificó textos antiguos, especialmente


de Aristóteles. Añadió a estos sus propios comentarios y [experimento], aunque Magno
no veía los experimentos como lo verían luego los fundadores de la ciencia moderna y
en especial Galileo Galilei, sino que en su opinión la experimentación consistía en
observar, describir y clasificar. Este gran trabajo enciclopédico sentó las bases para el
trabajo de su discípulo santo Tomás de Aquino. También trabajó en botánica y en
alquimia, destacando por el descubrimiento del arsénico en 1250. En geografía y
astronomía explicó, con argumentos sólidos, que la tierra es esférica.

En 1259 o 1260, fue ordenado obispo de la sede de Ratisbona, cargo que dejaría poco
después habiendo remediado algunos de los problemas que tenía la diócesis. En 1263,
el papa Urbano IV aceptaría su renuncia, permitiéndole volver de nuevo a la vida de
comunidad en el convento de Wurzburgo y a enseñar en Colonia.

Murió a la edad de 87 (o 74) años, cuando se hallaba sentado conversando con sus
hermanos en Colonia. Antes había mandado construir su propia tumba, ante la que cada
día rezaba el oficio de difuntos. Está enterrado en la cripta de la Iglesia de San Andrés,
en Colonia.

Sus obras, recogidas en 21 volúmenes, fueron publicadas en Lyon en 1629.

Fue beatificado en 1622, pero la canonización se haría esperar todavía. En 1872 y en


1927, los obispos alemanes pidieron a la Santa Sede su canonización, pero sin éxito. El
16 de diciembre de 1931, Pío XI, proclamó a Alberto Magno doctor de la Iglesia, lo que
equivalía a la canonización. Su fiesta en la Iglesia católica se celebra el 15 de noviembre.
San Alberto es el patrono de los estudiantes de ciencias naturales, ciencias químicas y
de ciencias exactas.

¿Qué nos puede decir hoy?

San Alberto Magno es válido para todo tiempo y lugar. En él tenemos un modelo de
científico creyente: no concebía conflicto alguno entre ciencia y religión. En general,
todos los elementos de su vida nos muestran esta eterna novedad: aunaba en su
persona al teólogo y al místico (teoría y experiencia de Dios), al obispo y al fraile
(gobierno y vida comunitaria), al sabio y al santo (sabiduría y humildad). San Alberto,
sin ninguna duda, aparece ante nosotros como una figura verdaderamente universal.

Lógica medieval en Boecio

El final de la época romana se encontró envenenado en la molicie de la autocracia, y


nos deja convertido en un erial el campo filosófico. Y el de la lógica. En todos los años
que Roma tardó en caer, el campo de la filosofía, entendida como ciencia, apenas aporta
nada digno de mención o de ser recordado. Sólo estériles intentos de no perder lo ya
alcanzado y con mayor valor otorgado a una lamentablemente cada vez mayor
inoperancia militar y política, con predominio final de los más rastreros y más ineptos,
que a una vida dedicada a la árdua tarea del saber.

Sólo Boecio es capaz de iluminar el inicio de la Edad Media ocupándose de la silogística


directamente de aristóteles. Pocos había capaces de leer directamente de las fuentes
griegas.

Boecio opera con la siguiente clasificación de los predicados:


Quod de subiecto nequeat segregari, ut ab homine rationabilitas.
Quod a subiecto quidem recedere queat sed subiecti naturam non possit aequare, ut
homini gramaticus.
Quod numquam subiecto valeat convenire, ut lapis homini.
Quod conveniens a (subiecto) possit abscedere cum sit maius et universalius subiecto,
ut iustitia homini.
Quod et semper (subiecto) copuletur neque tamen subiectum possit excedere, ut risibile
homini.

La clasificación está inspirada por la reflexión acerca de la doctrina de los predicables


de Aristóteles. El tratado se ocupa principalmente de silogismos hipotéticos complejos
de formas tales como:

Si est A, est B Si est B, est C Ergo, si est A, est C


En vez de la letras, hay que entender que Boecio pretendía representar nombres
comunes, como lupus o agnus, y el est, que podría significar en su origen "es el caso
que", aquí hay que entender "es" o "hay".

Por ejemplo: "Si dies est, lucet; Atqui dies est; Lucet igitur".

Boecio es el agente transmisor de la cultura clásica a la Edad Media, y tiene un punto


en su tratamiento de los silogismos hipotéticos con cierta novedad, y que fue más
adelante una base para los adelantos de la lógica medieval. Se trata de un intento de
clasificación de los enunciados condicionales según el tipo de consequentia envuelto en
ellos. Consequentia es con el sentido de "algo que se sigue de". Para Boecio, la verdad
de un enunciado condicional pudiera no envolver una conexión necesaria sino sólo
secundum accidens. Ocurriría especialmente con los condicionales construidos por
medio de la conjunción cum en vez de si, como en : "Cum ignis calidum sit, coelum
rotundum est".

Y hay enunciados condicionales que envuelven una consequentia naturae. Boecio


recurre a la expresión positio terminorum para indicar la posición de los términos, o sea,
que el orden en que intervienen en un silogismo tiene su importancia. Una consequentia
naturae se halla establecida per terminorum positionem si, y sólo si, el antecedente
designa la causa o razón de ser de lo expresado por el consecuente.