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N.º 1

La prehistoria y la
Edad del Hielo

Eduardo Martínez Rancaño


Sagunto, 24 de diciembre de 1982

Editada por:
Edita

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AULA 7 está abierta a todo tipo de colaboraciones. Los artículos publicados expresan
exclusivamente las opiniones de sus autores.
Índice

1. Introducción............................................................................................................................. 5
2. Breve resumen de los datos usualmente divulgados en cuanto
a la prehistoria......................................................................................................................... 5
3. Hacia una interpretación cristiana de los restos paleolíticos.................................................. 6
4. ¿Es el paleolítico la degeneración de alguna cultura más avanzada conocida
arqueológicamente en la actualidad?.................................................................................... 10
5. ¿Es el paleolítico antediluviano?............................................................................................. 11
6. El testimonio de la profecía..................................................................................................... 14
7. La cultura antediluviana.......................................................................................................... 15
8. Consideraciones finales.......................................................................................................... 19
9. Bibliografía.............................................................................................................................. 21

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Introducción

Los adventistas del séptimo día han tratado siempre con rigor intelectual el contro-
vertido tema del relato bíblico de la creación, y no podía ser menos que AEGUAE
hiciera su aportación. No en vano la primera convención de AEGUAE, allá por el año
1974 tuvo como motivo de encuentro el tema de la creación y la teoría de la evolu-
ción.
Pero la tarea de AEGUAE no se detuvo ahí. El primer acto en que los adventistas,
como tales, nos dimos a conocer en una universidad de más acá de los Pirineos, la
Universidad de Barcelona, allá por el año 1977, llevaba por título: «Creació, qui hi
creu». La creación como seña de identidad de los universitarios adventistas.
La tarea continúa y en la década de los 80 un nutrido grupo de profesores del
Colegio Adventista de Sagunt, entre ellos: A. Cremades, E. Cremades, J. Duch, R.
Esperante, J. A. Martín, R. Ouro y J. M. Tellería; con el patrocinio de AEGUAE reco-
rrieron la piel de toro, presentando seminarios sobre creacionismo, allá donde eran
requeridos.
Sin duda otros muchos esfuerzos han sido llevados a cabo en esta misma direc-
ción. Y el presente escrito de Eduardo M. Rancaño, estudioso de la historia antigua,
es una muestra de los mismos. A pesar de que hace ya trece años que se publicó,
continúa siendo un testimonio del interés que entre nuestros universitarios siempre ha
suscitado la polémica evolución-creación y que ello ha estimulado el pensamiento y
su plasmación en publicaciones como la presente.
En la confianza de continuar con publicaciones de la misma índole y que ésta sirva
de estímulo para la reflexión y la «creación» de ideas sobre el creacionismo lo deja-
mos en tus manos.

Los editores

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1. Introducción

El descubrimiento de las cuevas de Altamira y de muchos otros lugares similares supuso pa-
ra la humanidad un cambio en muchos aspectos. Unos pocos saludaron este y parecidos des-
cubrimientos como el nacimiento de una nueva era en el conocimiento de la historia humana.
Muchos otros, en cambio, sugirieron con desdén que las pinturas de Altamira eran falsifica-
ciones de mal gusto hechas con fines turísticos. Con los descubrimientos posteriores, pictó-
ricos o no, realizados en el campo de la prehistoria, la teoría de que las pinturas de Altamira
sean fraudes ha quedado totalmente rechazada. Sin embargo, no son pocos los enigmas an-
te los que nos encontraremos si aceptamos la interpretación que tradicionalmente se les da a
manifestaciones culturales como ésta del “hombre primitivo”. Es claro que los sabios evolu-
cionistas no topan en este terreno con ninguna dificultad por haber sido ellos mismos quienes
han ideado la interpretación vigente. Pero cuando el cristianismo se enfrenta con estos ha-
llazgos de la prehistoria, ¿qué postura adoptará ante ellos? Aunque rechace las interpreta-
ciones puramente evolucionistas del campo de la biología, ¿en qué momento de la historia bí-
blica colocará aquella época ignota en que los hombres europeos y de otros lugares del mundo
habitaban las cuevas de la tierra, ignoraban la agricultura, vivían de la caza y tenían un as-
pecto brutal? ¿Tendrá que rechazar el testimonio bíblico en cuanto a los pasos generales por
los que ha pasado la cultura humana? O, aunque conserve el concepto de que el hombre no
ha progresado de la barbarie a la cultura, ¿tendrá que rechazar la cronología del texto ma-
sorético1 con el fin de encontrar lugar para intercalar los 600.000 años de barbarie presunta-
mente representados por el Paleolítico y tendrá que dar explicaciones confusas acerca de
la prehistoria y encogerse de hombros?
Hoy en día que tantas cosas son impugnadas, quizás algunos podrían pensar que el ca-
mino más sencillo para salvar nuestra posición sería continuar afirmando que los restos pre-
históricos son falsos y que han sido fabricados por los prehistoriadores, antropólogos y ar-
queólogos para obtener fama y dinero. De hecho, ha habido hermanos en la fe que se han
atrevido a afirmar tales extremos. Estas personas estaban lamentablemente mal informa-
das. Los restos líticos prehistóricos se cuentan por miles; y tal cantidad de utensilios no pue-
de ser fabricada de la nada en el tiempo que dura una excavación, además del hecho de
que tales utensilios presentan muestras de desgaste propio de su uso. Es claro que tales res-
tos fueron hechos por el hombre hace mucho tiempo. El problema es saber cuándo y para
qué.
En este artículo trataremos de dar un nuevo enfoque a esta cuestión. Analizaremos el
contenido de los conocimientos que hasta ahora tenemos en cuanto a la prehistoria y el tes-
timonio de los escritos inspirados y trataremos finalmente de dar una hipótesis en cuanto a
la forma de interpretar en armonía con nuestras creencias los restos hallados en el seno de
la tierra.

2. Breve resumen de los datos usualmente divulgados en cuanto a la prehistoria

El avance de los descubrimientos permitió a los estudiosos dividir la así llamada prehistoria
(parte de la existencia humana sólo conocida por restos arqueológicos por no existir en su
transcurso la escritura) en Edad de Piedra y en Edad de los Metales. Durante esta última se
habría producido el tránsito a la historia propiamente dicha con la invención de la escritura.
A su vez, la Edad de Piedra se habría dividido en Paleolítico, Mesolítico y Neolítico. El Neolítico
es la primera etapa por la que pasaron todos los moradores del Próximo Oriente inmediata-
mente después de los períodos dinástico y predinástico, tan cercanos a la época de los pa-
triarcas. El Mesolítico, etapa discutida por algunos, sería la época inmediatamente anterior,
caracterizada por una disminución notable respecto al Paleolítico que lo precedió en cuanto
al tamaño de los instrumentos de piedra realizados por el hombre y por un cambio tipológico

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en los mismos. Climáticamente, habría supuesto una enorme mejora respecto al Paleolítico.
Éste último será la etapa que consideraremos en especial dentro de la prehistoria, por ser
en ella donde encontraremos las mayores dificultades de interpretación dentro de nuestras
creencias. Esta etapa está subdividida a su vez en Paleolítico Inferior, que habría comenza-
do hace unos 600.000 años, Paleolítico Medio y Paleolítico Superior.
Los restos paleolíticos suelen encontrarse en tres tipos de sitios. O bien al aire libre, muy
enterrados o poco; o bien en cuevas y abrigos rocosos; o bien en las terrazas fluviales, de las
que hablaremos más adelante.
La división de cada una de las etapas del Paleolítico que acabamos de enumerar es aún
más compleja, y hemos intentado resumirla en el esquema que aparece a continuación de
la bibliografía. Más adelante volveremos a este asunto de la periodización dentro del Paleolítico.
Baste decir ahora que cada una de estas divisiones responde a unas transformaciones exis-
tentes en el tipo y talla de las piedras o restos líticos hallados en las distintas capas de un
yacimiento.
Los yacimientos del Paleolítico Inferior suelen encontrarse al aire libre, aunque cada vez
aparecen en mayor cantidad restos en cuevas. Los restos líticos de estas culturas suelen
ser de un tamaño considerable, y bastante toscos. Abundan sobre todo las bifaces o hachas
de mano, raspadores y otros utensilios de piedra. Es muy evidente en todo el Paleolítico la
tendencia humana hacia la caza. Los restos líticos mencionados, así como los restos de las
actividades cinegéticas del hombre del Paleolítico Inferior aparecen ligados indirectamente a
ciertos tipos concretos de hombres fósiles, al así llamado Homo erectus, con poca capacidad
craneana, frente muy huidiza y fuerte toro superciliar. Aparentemente, practicaban la antro-
pofagia.
En el Paleolítico Medio aparecen más restos en cuevas y abrigos rocosos. Aquí comienzan
a coexistir las culturas de bifaces junto con las llamadas de lascas, con las que se confec-
cionaban objetos más «avanzados» y de mayor elegancia. También se aprecia un cambio
en la técnica de la talla. Los restos humanos asociados con estos restos líticos son los del así
llamado Hombre de Neanderthal, al que tantas veces se ha representado con aspecto brutal
o simiesco; afortunadamente ya se reconoce que tales representaciones eran infundadas, as-
pecto del que hablaremos más adelante. Estos restos humanos están siempre enterrados or-
denadamente, por lo que los evolucionistas hacen una gran concesión a la verdad al decir que
el hombre ya tenía un cierto sentimiento religioso. Son también los restos de hogares en que,
al parecer, preparaban algunos de sus alimentos.
El Paleolítico Superior se caracteriza por el uso de hojas de piedra a partir de las que se
confeccionaban cuchillos, raspadores, puntas de flecha, etc. También aparecen objetos he-
chos con hueso y asta de reno. A esta etapa corresponden algunas esculturas de bulto re-
dondo, como las llamadas Venus, bajorrelieves en las paredes de algunas cuevas y las ma-
ravillosas pinturas murales que se pueden contemplar en muchas otras. Ha de decirse que no
debieran confundirse estas pinturas murales del Paleolítico Superior con las que se dan en el
Levante español, que son, según los mejores especialistas, mesolíticas, o, caso de no acep-
tarse tal período, neolíticas. Los restos humanos asociados con las estratigrafías del Paleolítico
Superior son los del llamado Homo sapiens, es decir, del mismo tipo que el hombre moderno,
con tres variantes, la más famosa de las cuales es el llamado Hombre de Cromagnon, de
noble estatura y capacidad craneana superior a la del europeo medio de hoy.
Un aspecto que debe ser mencionado es que a lo largo de todo el Paleolítico se supone que
la tierra pasó por cuatro glaciaciones espantosas que fueron precisamente las que habrían
obligado al hombre a vivir en cuevas y competir por la existencia con los animales salvajes.
Y, finalmente, un detalle más: los restos que se encuentran en las terrazas de los ríos pueden
presentar una particularidad bastante curiosa. En una misma zona pueden aparecer restos
paleolíticos a distintas alturas topográficas sobre el lecho del río en las distintas terrazas que
existen en la actualidad, pero lo que ocurre por lo general es que si un lugar de ocupación del
Paleolítico Medio está en una terraza determinada, la terraza inferior, si contiene algún res-

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to, contendrá, muy probablemente, no un Paleolítico Inferior, como ocurre en las cuevas, sino
un Paleolítico Superior. Y la terraza de más arriba, si la hubiese y contuviese restos líticos,
muy probablemente contendría restos del Paleolítico Inferior. La explicación que dan los
evolucionistas de este hecho curioso es, en principio, bastante convincente. Si se admite el
hecho de las glaciaciones podría aceptarse que bien ellas mismas excavaron las terrazas, o
bien que los ríos fueron disminuyendo su caudal conforme el clima se iba haciendo más be-
nigno, por lo que, con el paso del tiempo, las poblaciones que habitaban a la orilla de los rí-
os irían descendiendo en nivel a la par que las aguas del río, y dejando en las terrazas de és-
te un testimonio de su estancia y de su progreso cultural a lo largo de los siglos.

3. Hacia una interpretación cristiana de los restos paleolíticos

Existe a nuestra disposición gran cantidad de descripciones en cuanto a los restos humanos o
presuntamente humanos mencionados en el apartado anterior. Muchas de estas descripciones,
realizadas por sabios evolucionistas, son altamente significativas por reconocer que muchos de
los presuntos «antepasados» del hombre no son tales. Así, por ejemplo, hoy hay mucha gente
que admite que el famoso Australopithecus, o el Homo habilis, o incluso el llamado Homo
erectus son, probablemente, monos extinguidos, o, como mucho, ejemplares imbéciles separa-
dos de una raza primitiva que, presumiblemente, era bastante similar a la nuestra. No dedica-
remos espacio en el presente estudio a documentar estos extremos, suficientemente tratados
en obras de fácil acceso, sean denominacionales o no.2
Sin embargo, creemos de interés detenernos a considerar varios aspectos relacionados con-
cretamente con el «hombre de las cavernas», es decir, con los restos humanos del Paleolítico
Medio y Superior, que no son muy conocidos y sí de gran relevancia, en los que seguiremos
de momento los conceptos tradicionalmente aceptados sobre la prehistoria en general.

Las diferencias existentes entre el hombre fósil y el actual se han exagerado

Al describir los fósiles del tipo Pithecanthropus y Sinanthropus de China y Java y de diver-
sos Neanderthales, se suelen extraer conclusiones de alcance a partir de las diferencias
que tienen con nosotros. Según las descripciones de libros de texto previos, estos fósiles
del viejo mundo fueron únicos en diversos aspectos. Se supone que los fósiles están carac-
terizados por calaveras de espesor excepcionalmente grande, dientes inusitadamente gran-
des, sínfisis mandibular masiva, y un modelo de tamaño y erupción dental que no se dan en
el hombre actual. Tales caracterizaciones aumentaron entre los estudiantes la aceptación de
la noción de que un «abismo taxonómico» separa los fósiles clásicos del viejo mundo del hom-
bre contemporáneo [...].
De hecho, muchos de los fósiles seleccionados para ser descritos tenían realmente calave-
ras de espesor grande, si nos hemos de fiar de las medidas publicadas. Pero no eran tan úni-
cos en dicho espesor como teníamos creído. Y no es necesario rastrear museos en búsque-
da de extremos craneales aislados sólo para demostrar este importante aspecto, ni es necesario
tampoco centrarnos en los indios de las costas de Florida o California que tienen una gruesa
bóveda craneana. Una serie contemporánea de norteamericanos vivos entra perfectamente
bien dentro de los límites fósiles de espesor craneal. Con las debidas precauciones de excluir
casos posibles de la enfermedad de Paget, es totalmente posible mostrar que los norteameri-
canos contemporáneos y los fósiles paleoantrópicos no forman distribuciones aparte: los hom-
bres y las mujeres vivos se encuentran imbricados con los fósiles.
Se ha dicho que muchos fósiles tenían dientes enormes, y sin duda los megadontos de Asia
y África los tenían tan grandes como apropiadamente sugiere su nombre. Pero del
Pithecanthropus en adelante, la naturaleza excepcional del tamaño de los dientes fósiles es-
tá abierta a debate.

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Con quizás una excepción clásica, el Pithecanthropus,4 los tamaños de los dientes fósiles y mo-
dernos coinciden bastante bien. Los Neanderthales, descritos de diversas maneras, encajan con
toda comodidad dentro de los límites contemporáneos, y esta observación es notablemente vá-
lida en lo que respecta a los dientes hallados en el estrato K-inferior de Choukoutien. [...] Está cla-
ro que la distribución de tamaños dentales en americanos blancos contemporáneos abarca los lí-
mites fósiles hasta el punto de que, al igual que con el grosor craneal, no hay la menor sugerencia
de un auténtico abismo taxonómico.
También ha sido corriente por varios años la noción de que el hombre fósil y el moderno
se diferenciaban por el orden de la erupción dental. [...] En realidad, y como hemos mostra-
do, el orden fósil es el orden normal de la erupción alveolar de los niños modernos.
[...] Según los libros de texto, se dice que los fósiles paleoantrópicos tienen sínfisis mandi-
bulares masivas y altas como sería propio de formas de dentición supuestamente masiva. No
obstante, en comparación con una serie bastante pequeña de americanos contemporáneos
adultos (258 en total), parecería que nosotros tenemos igual derecho a arrogarnos los extre-
mos de tamaño y masividad sinfítica. Salvo uno o dos, todos los especímenes fósiles encajan
dentro de la distribución contemporánea de dos variables de ambos sexos. Todos los demás
homínidos, erectus o sapiens (tomados de la lista de Weidenreich), cuadran bien con la dis-
tribución blanca americana contemporánea. [...] Una vez más, parecería que los fósiles no son
cualitativamente diferentes de nosotros.
[...] Parecería apropiado observar que los esqueletos faciales de los fósiles y del hombre
moderno no son en forma alguna tan diferentes entre sí.3

Los así llamados hombres primitivos eran ciento por ciento humanos

Hace tiempo que casi todo el mundo sabe que el hombre de Cromagnon es uno de los re-
presentantes más soberbios de nuestra raza que se pueda escoger, pero lo que suele igno-
rarse es que otros tipos de hombres fósiles no son anteriores a la humanidad por él repre-
sentada:
El interés del descubrimiento de Fontechevade es que [...] ésta es la primera vez que el hom-
bre, ciertamente no Neanderthal, aunque anterior a los neanderthales, se ha hallado en Europa.
[...] Durante el último período interglaciar y con anterioridad a él, existían en Europa y pro-
bablemente en otras partes, hombres con rasgos craneales menos “primitivos” que los del pe-
ríodo cultural más avanzado que hubo a continuación, el hombre de Neanderthal de la Era
Musteriense.4
No se ha descubierto aún ningún tipo de fósil cuyos rasgos característicos no puedan ras-
trearse con facilidad remontándonos hacia atrás en el tiempo hasta el hombre moderno.5
E igualmente reveladora es la siguiente afirmación de un evolucionista de gran renombre:
«La capacidad craneana de la raza de Neanderthal del Homo sapiens era, por término medio,
igual o aún mayor que la del hombre moderno. No obstante, la capacidad craneana y el ta-
maño del cerebro no son criterios ni de "inteligencia" ni de capacidades intelectuales de tipo
alguno. Los pintores de las cuevas de Altamira y Lascaux pueden no haber tenido menos ta-
lento que Picasso».6
Como se ve por la cita anterior, las conclusiones que se sacan repetidas veces sobre la in-
teligencia presuntamente en desarrollo de ciertos restos de poca capacidad craneal, aunque
a veces la misma es difícil de precisar, pueden ser engañosas, y la comparación que suele
hacerse entre aquellos presuntos antepasados nuestros y pueblos primitivos contemporáne-
os es, como mínimo, desafortunada. En efecto, tal como dice Custance: «Cuando se nos ase-
gura que el hombre paleolítico hizo y usó el mismo tipo de armas, se vistió con el mismo tipo
de materias primas en un ambiente que debe de haber sido en ocasiones muy similar, y que
cazó los mismos tipos de animales para su subsistencia, es difícil creer que fuera menos in-
teligente. Las criaturas desmañadas y semibrutas que adornan (?) las páginas de los libros
para consumo popular que tratan acerca de nuestros ancestros más primitivos, podrían muy

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bien levantarse indignadas contra nosotros por lo seriamente que hemos desfigurado su ca-
pacidad intelectual.
»Cuando descubrimos que todos esos pueblos primitivos de tiempos recientes o modernos
a los que se ha tomado como representantes del hombre en las primeras etapas de su evo-
lución son personas que, cuando se las conoce mejor, demuestran ser inteligentes, musica-
les, creativas dentro de los límites de su ambiente, pacíficas, amantes de sus hijos, y con un
sentido altamente desarrollado de la moralidad y de la responsabilidad social dentro de su pro-
pio grupo, se hace evidente que o bien su elección social dentro de su propio grupo como mo-
delos del hombre primitivo es enteramente errónea, o bien que el hombre primitivo tenía to-
das las capacidades de las que pueda presumir el hombre moderno».7

Las diferencias óseas existentes entre los restos fósiles y el hombre moderno pueden
explicarse por procesos naturales que nada tienen que ver con la evolución ni, nece-
sariamente, con una degeneración genética.

No obstante lo dicho anteriormente, ha de reconocerse que ciertos fósiles muestran ciertas


diferencias anatómicas no muy serias respecto al hombre actual. Son perfectamente conoci-
das por los paleontólogos y los etnólogos ciertas causas enteramente naturales que pueden
explicar muchas de estas diferencias, consistentes en ciertas deformaciones óseas.
Un primer tipo de deformación, cuya validez no tiene por qué ser universal ni de gran im-
portancia, es aquélla que se suele denominar deformación posmortem, es decir, las defor-
maciones sufridas por un esqueleto o partes de él después de su enterramiento y debidas “a
presiones del suelo, al clima y a otras causas puramente físicas”.8 Una segunda causa de de-
formación, cuya importancia se probablemente mayor que la anterior, es la “intencional”, la
provocada por la sociedad sobre sus miembros vivos por algún criterio religioso o puramen-
te estético. Son bien conocidas algunas costumbres de ciertos pueblos que a lo largo de la
historia han provocado deformidades en personas jóvenes principalmente. Pensemos en los
mayas, que estimaban que ser bizco constituía una virtud admirable e intentaban lograr tal
don para sus hijos poniéndoles una bolita entre los dos ojos para que fueran torciéndolos pro-
gresivamente. Es también famosa la costumbre existente en algunas partes de Asia de atro-
fiar los pies de las jovencitas haciéndoles calzar zapatos de madera que les impedirán un cre-
cimiento normal, y no es menos extraña la costumbre de algunas tribus africanas de forzar un
crecimiento de la cabeza anormalmente cilíndrico y abultado hacia atrás mediante fuertes pre-
siones.9 Arthur Custance llega a mencionar una tercera causa que me limito a citar, y que
sería, simplemente, que ciertos fósiles pueden mostrar deformaciones resultantes de la “avan-
zada edad” que tendrían en el momento de su muerte.10
Existe, no obstante, una causa muchas veces ignorada, pero cuya validez es, sin duda, uni-
versal. Se trata de “la dieta”. Dada la importancia vital de esta causa, resulta oportuno sus-
tanciarla con algunas citas de autoridades en la materia: «La evidencia de los restos huma-
nos prehistóricos no justifica por sí misma la inferencia de que tengamos un antepasado común
con los monos. Basamos esta conclusión en el hecho [...] de que prácticamente todos los cam-
bios en la estructura del hombre rastreables mediante los restos prehistóricos son el resulta-
do de cambios en la alimentación y en los hábitos.
»Los cambios más notables se encuentran en la calavera.
[...] » El cambio es más marcado en la región en que ejercen su función los músculos de
la masticación.»11
Hablando de la presión ejercida por esos músculos sobre los huesos de la cabeza, Arthur
Custance comenta: «la tendencia normal es que la estructura ósea del rostro y del cráneo
se brutalice siempre que estas presiones sean el resultado de condiciones de vida primitivas.
Comer alimentos crudos o parcialmente cocidos tiene el efecto, especialmente en la infancia,
de fortalecer el mecanismo de la quijada y provocar que su estructura sea más masiva, y que
la musculatura así potenciada deforme la calavera en ciertas formas inconfundibles. El efec-

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to principal es deprimir la frente, haciendo más prominentes los arcos superciliares, y que pro-
tubere el arco cigomático, lo cual acentúa los pómulos. Arrancar carne del hueso en ausencia
de cuchillos puede también acentuar estas modificaciones de la estructura normal de la qui-
jada. Sentarse en cuclillas en ausencia de sillas puede tener una tendencia a arquear la es-
palda y a que la cabeza vaya adelante con respecto a los hombros, de modo que los múscu-
los que mantienen erguida la cabeza no sólo aumentan en masa, sino que producen también
un crecimiento correspondiente del hueso en que tiene lugar el anclaje a lo largo del toro oc-
cipital. Estos efectos pueden ser particularmente pronunciados cuando la dieta carece de sus-
tancias endurecedoras de los huesos».12
«Como se ha reconocido a lo largo de muchos años, y J. T. Robinson ha puesto de ma-
nifiesto muy recientemente, los hábitos de vida, el clima y la dieta pueden influir tremen-
damente en los rasgos anatómicos fósiles que puedan de hecho constituir una única es-
pecie, algunas autoridades las ponen en dos géneros diferentes. [...] ¿Cómo pueden tomarse
en serio árboles filogenéticos en los que las líneas de conexión se tracen puramente so-
bre la base de la semejanza o la desemejanza en el aspecto cuando esas semejanzas o
desemejanzas pudieran no ser nada más que la evidencia de una diferencia en la dieta?
Tales factores culturales o ambientales pueden no sólo hacer que dos miembros de una úni-
ca especie diverjan lo suficiente como para que se los ponga en dos géneros diferentes, si-
no que dos géneros diferentes puedan, por la misma razón “converger” hasta que tengan
el aspecto de pertenecer a la misma especie. Hay ejemplos extraordinarios de convergen-
cia.»13
«(...) Esto es evolución tipológica, pero la evolución es resultado más bien que causa.»14
«Se deduce que un retorno a las condiciones dietéticas y de vida que caracterizaron al hom-
bre prehistórico sería seguido por un retorno a su tipo físico. Y, no obstante, si se produjera
esta transición hacia un tipo más simiesco, no podríamos decir que nos estábamos aproxi-
mando a un ancestro común. La semejanza no se debería a la transmisión de cualidades de
un ancestro común de un pasado remoto [...] Parece claro que la mera semejanza no consti-
tuye un argumento de descendencia filogenética.»15

La presunta gradación estratigráfica de restos humanos cada vez más semejantes al


hombre moderno no es real

Aunque puede no resultar cómodo sustentarlo, existen abundantes evidencias de que la


presunta gradación ascendente de los restos humanos fósiles es enteramente artificial. Y lo
es hasta un extremo que nada tiene que ver con el hallazgo ya mencionado de Fontechevade.
No sólo se ha atribuido gran antigüedad a restos simiescos cuya estratigrafía no está sufi-
cientemente aclarada simplemente para convertirlos de inmediato en presuntos ancestros
nuestros, sino que restos perfectamente humanos, de estructura “moderna”, y enterrados a
profundidad considerable, lo que presumiblemente indica gran antigüedad, han sido vez tras
vez descartados como ejemplos del hombre primitivo por no encajar en la filosofía evolucio-
nista. De hecho, cuando estos hallazgos enteramente humanos eran especialmente moles-
tos, simplemente, “desaparecían”:
[...] El distinguido antropólogo Broom reconoce con franqueza que los restos de tipo sapiens
de épocas primitivas han mostrado una extraña tendencia a desaparecer. Él cita descubri-
mientos hechos en Ipswich en 1885 y en Abbeville en 1863 como ejemplos especiales, y ofre-
ce la siguiente explicación: «Durante la última mitad del siglo XIX cada calavera humana pri-
mitiva que se hallaba, si no tenía aspecto simiesco, era desacreditada, no importaba cuán
buenas parecieran ser su credenciales».16
Y hoy en día sigue utilizándose la misma política, como indica Weidenreich: «Al determi-
nar el carácter de una forma fósil dada y su lugar concreto en la línea de la evolución huma-
na, sólo debieran tomarse en cuenta como base de decisión sus rasgos morfológicos: ni la lo-

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calización del lugar en que se recuperó, ni la naturaleza geológica del estrato en que se en-
terró son importantes».17
Con tales procedimientos no es de extrañar que los evolucionistas crean haber demostra-
do la ascendencia simiesca del hombre. Las conclusiones son malas, pero es que las premi-
sas y la metodología son peores. Con esto en mente podremos entender la sátira que un cre-
acionista hace de las conclusiones y los métodos evolucionistas: «Cuanto más nos adentramos
en las tinieblas de lo prehistórico más clara se hace nuestra visión. Aquí las cosas que no po-
drían inferirse en modo alguno si los datos fueran hombres contemporáneos pueden inferirse
con confianza gracias a esta iluminación acumulada por el crepúsculo de épocas remotas».18

4. ¿Es el Paleolítico la degeneración de alguna cultura más avanzada conocida ar-


queológicamente en la actualidad?

Ocasionalmente se oye una interpretación de los restos paleolíticos en el sentido de que re-
presentan una degeneración cultural o racial en ciertas áreas limítrofes en el mundo antiguo
que serían presuntamente contemporáneas de alguna gran cultura asiática, quizás de la épo-
ca de los patriarcas o quizás posterior. Aunque esta explicación puede presentar algunos
aspectos atractivos a primera vista, hemos de tener en cuenta una serie de factores que la ha-
cen totalmente inviable:
1º Resulta problemático para un creacionista suponer que una tribu procedente de una al-
ta cultura puede degenerarse de tal modo en su cultura y su utillaje que llegue a la situación
que los prehistoriadores atribuyen al Paleolítico, y que no puede compararse con justicia
con las culturas primitivas actuales. No existe, además, la menor evidencia arqueológica de
que el Paleolítico haya podido derivar del Neolítico por degeneración ni, mucho menos, de
la Edad del Bronce.
2º La distribución de los restos paleolíticos por todo el mundo, sobre todo en Europa, es
tal, y tan homogénea, que dicho fenómeno implica una uniformidad cultural continental, o, al
menos, plurinacional virtualmente imposible de explicar por convergencia. Existen pueblos
primitivos en la actualidad, y parece que llegaron a ese estado por aislamiento de centros
culturales importantes; pero, pese a las similitudes existentes entre los pueblos primitivos de
la actualidad motivadas por las carencias comunes, existen muchos rasgos culturales que
los separan y diferencian, cosa que, en general, no ocurre con las culturas paleolíticas eu-
ropeas. Se hace embarazosamente difícil para un creacionista creer en la existencia de to-
do un continente de cavernícolas, pues no hay motivo ninguno para que un ser noble e in-
teligente como el hombre degenere y se brutalice en el seno de poblaciones medianas y
grandes. Esta consideración es muy importante y debiera indicarnos que hay algún con-
cepto radicalmente erróneo en la interpretación usual dada a los restos paleolíticos, inter-
pretación compartida extrañamente por evolucionistas y creacionistas y con poca seriedad
por parte de éstos.
3º Históricamente resulta absurda la posibilidad de todo un continente con una cultura “pa-
leolítica” contemporáneo de una elevada cultura que pudiese haber en Asia. Lo normal se-
ría que hubiese relaciones comerciales, sino militares o de otra índole, entre ambos conti-
nentes que forzosamente se verían reflejadas en testimonios arqueológicos. Incluso los
pueblos más primitivos de la actualidad, aunque estén aislados, realizan en mayor o menor
grado ciertos intercambios comerciales con otros pueblos, ya directamente, ya mediante in-
termediarios. Esos intercambios, que pueden consistir desde una punta de flecha hecha de
metal hasta un aparato de radio japonés, serían claramente detectables arqueológicamen-
te, y no se ve nada parecido en los restos paleolíticos, lo cual debiera indicarnos que fue otro
el caso.
4º Los hombres del Paleolítico dejaron en sus pinturas rupestres y en los huesos de ani-
males encontrados con los suyos un reflejo de su mundo. Podemos conocer algo de la fau-

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na con que convivieron, y ello nos permite constatar que es una época muy diferente de aque-
lla otra reflejada por las pinturas mesolíticas (o bien neolíticas) levantinas. Se trata de otra fau-
na, otro clima, otros conceptos religiosos quizás, otra época...
5º Una última consideración, importante sin duda para el creyente en la Biblia, tiene que ver
con los datos y el concepto de historia que perfila el Antiguo Testamento. Como hemos men-
cionado en un trabajo anterior, nuestro mundo tiene una historia corta, y, si admitimos los
datos numéricos del texto masorético hebreo, desde el Diluvio hasta la actualidad han trans-
currido menos de 4.500 años. Meter en ese lapso toda la historia conocida es una tarea difí-
cil, aunque no imposible, que requiere una revisión concienzuda de toda la historia del mun-
do antiguo, concretamente de Egipto, Anatolia y primeras épocas de Mesopotamia y Grecia,
con un acercamiento a nuestra época del Neolítico, etapa que puede hacer corresponder sin
grandes dificultades con el período que media entre el Diluvio y la dispersión desde Babel.
Pero situar el Paleolítico entre el Diluvio y el Neolítico resulta inviable cronológicamente, y, da-
da la brevedad del lapso implicado, arqueológicamente imposible. En ningún lugar del mun-
do existen estratos paleolíticos inmediatamente debajo de las ciudades neolíticas, y si de tal
cosa llegase a encontrarse algún caso, tal caso debería calificarse de excepcional.
Con tales consideraciones a la vista, no vemos más que una posibilidad: el Paleolítico es
anterior al Neolítico tal como lo acabamos de datar y definir, y, por tanto, antediluviano.

5. ¿Es el Paleolítico antediluviano?

Nos hacemos cargo de la sorpresa o el estupor que la afirmación anterior haya podido cau-
sar en el lector. Y aunque creemos que es la conclusión lógica de una serie de consideracio-
nes cuya validez nos parece difícil rebatir, somos conscientes de una serie de objeciones que
pueden presentarse en su contra y que vamos a considerar a continuación:
1ª La Biblia parece indicar, y el Espíritu de Profecía lo afirma categóricamente, que el
mundo antediluviano tuvo una cultura elevada, con maravillosas obras del ingenio hu-
mano y una enorme sabiduría, así como importantes obras de arte. Sin embargo, los res-
tos paleolíticos no parecen revelar esto en absoluto, sino todo lo contrario.
2ª La inspiración señala que antes del Diluvio los hombres eran de elevada estatura, mu-
cho más poderosos que los actuales habitantes del mundo. Sin embargo, los restos pa-
leolíticos no parecen mostrar esto, pues, salvo algunos ejemplares, los esqueletos
que aparecen no son sustancialmente mejores que los del hombre actual. Además, aun-
que ello sea, según se ha visto, de poca trascendencia, han aparecido cráneos inferio-
res al del europeo medio actual. Aunque el tamaño del cráneo no guarda necesaria-
mente proporción directa con la inteligencia, no es de esperar, ciertamente, que los
primeros hombres, los primeros descendientes de Adán, tuviesen una capacidad cra-
neana sensiblemente menor que la nuestra.
3ª El hombre paleolítico cazó mamuts y algunos otros animales que se encuentran conge-
lados en Siberia y en Alaska en grandes cantidades en lo que se juzga por geólogos
adventistas como accidentes postdiluvianos. Por ello parecería razonable asumir que los
cazadores en estos animales fueron postdiluvianos.
4ª Los arqueólogos y los geólogos han descubierto restos glaciares asociados con el hom-
bre paleolítico. Como antes del Diluvio no pudo haber glaciaciones, tales restos tienen
que ser todos postdiluvianos.
5ª Los restos paleolíticos se encuentran preponderantemente, tal como vimos, en cuevas.
Pero si esas cuevas se encuentran en terrenos de una estratigrafía definida por medio
de los fósiles que contienen, entonces, de acuerdo con la interpretación que tradicional-
mente damos los creacionistas a la geología histórica, las cuevas mismas son posterio-
res al Diluvio. Y puesto que los restos hallados en las cuevas fueron puestos en su inte-
rior no al azar, sino con orden, dichos restos tuvieron que ser así ordenados, manejados,

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y, verosímilmente, fabricados por personas que vivieron en la época de las cuevas. Pero
si las cuevas fueron postdiluvianas, ¿cómo podrían ser los restos líticos antediluvia-
nos?
Creemos haber reflejado en su justo término las objeciones que racionalmente pueden
ponerse a la afirmación que hacíamos al final del apartado anterior. Responder a todas ellas
nos ocupará cierto tiempo y el orden en que intentaremos refutarlas no va a aquél en que
se enumeraron, que era creciente en dificultad, sino que intentaremos seguir otro orden
lógico.
Según la opinión del pionero de los geólogos adventistas, George McCready Price, la teo-
ría glaciar había cobrado gran popularidad entre los geólogos evolucionistas de sus días de-
bido a una necesidad inconsciente de buscar una especie de “amortiguador” que hiciese
menos rudo el choque de constatar las diferencias que hay entre el mundo actual y el reve-
lado por los estratos geológicos19 y que la teoría uniformista, que negaba la posibilidad del
Diluvio, no podía explicar. Por eso el invento de la teoría glaciar constituyó la solución mági-
ca para que el uniformista pudiera explicar sin demasiado rubor el paso de los tiempos geo-
lógicos a la actualidad. No obstante algunos geólogos no creacionistas se dieron cuenta
bien pronto de las debilidades inherentes de la hipótesis glaciar, entre los cuales destacó sir
Henry H. Howorth, autor de The glacial nightmare and the Flood (La pesadilla glaciar y el
Diluvio) y de otros libros en que expresaba su más firme rechazo de la posibilidad de la exis-
tencia de una Edad del Hielo tras analizar los fenómenos atribuidos a presuntas capas de hie-
lo que habrían cubierto la práctica totalidad de Europa y Norteamérica. Tal teoría era una ex-
trapolación deducida de los efectos que a modesta escala producen los glaciares que existen
en algunas montañas a elevadas alturas.
En la misma línea se coloca Price, quien presenta las siguientes objeciones contra la exis-
tencia de una Edad del Hielo:
1. La imposibilidad de que las masas de hielo sean suficientemente espesas como para cu-
brir los lugares elevados en que se encuentran las marcas glaciares. Estas marcas se ha-
llan en las cimas mismas de las más altas montañas de Nueva Inglaterra y Nueva York.
En las Montañas Verdes se encuentran a una altura de 1.340 metros; y en las Montañas
Blancas a 1.680 metros. Pero los físicos declaran que el hielo no puede apilarse más
de 490 metros sin que las capas inferiores comiencen a fundirse por la presión de la ma-
sa que hay encima. El mayor espesor de hielo conocido hoy en la tierra, que se en-
cuentra en la región antártica, no es mayor que este máximo; y, según las leyes de la fí-
sica, el hielo nunca podría superar en espesor esta cantidad.
2. El mismo principio aparece en otra forma cuando intentamos imaginar cómo pudo es-
parcirse el hielo partiendo de dos o tres centros por la mayor parte de Norteamérica; por-
que para hacer que el hielo se moviese tan sólo una fracción de las distancias que esta
teoría requiere, tendría que ejercerse detrás de la masa tal cantidad de presión (presu-
miblemente por gravedad) que excedería sobradamente la cantidad representada por una
columna vertical de 490 metros. [...]
3. Las así llamadas áreas glaciadas están distribuidas en forma peculiar. Alaska no está
afectada; Siberia tampoco, ni gran parte de Rusia. Existen también áreas en que no hay
terrenos de acarreo dentro de los límites de los supuestos glaciares, estando una de las
mejor conocidas en Wisconsin.
4. Las muchas evidencias de condiciones semitropicales a lo largo de muchas de estas
regiones, tal como aparecen representadas por las plantas y animales fósiles que se
encuentran en estos depósitos a los que se tilda de “glaciares”.
5. Los fósiles marinos frecuentemente encontrados interestratificados con las capas “gla-
ciares”.
Que los glaciares son agentes erosivos y de transporte muy eficaces a pequeña escala no
puede dudarse. Que puedan escarbar sus canales, transportar bloques de roca inmensos a
lo largo de kilómetros, y apilar una masa heterogénea de escombros en sus tramos finales,

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son todas cuestiones de observación. Pero que en un remoto pasado inmensas capas de hie-
lo cubrieron la mayor parte de la zona noreste de Norteamérica y la noroeste de Europa, es
pura especulación.20
Y, desde luego, nada tiene que ver tampoco con la Edad de Hielo el movimiento de la ban-
quisa ártica. Acerca de ella «las más recientes observaciones científicas han puesto de ma-
nifiesto que, en contra de lo que podría pensarse, [...] no es un casquete rígido. Por el con-
trario, sufre una continua circulación de la masa de hielos»,21 por lo que difícilmente puede
usarse como argumento a favor de una edad glacial en épocas históricas por mucho que ha-
ya abarcado a Islandia y a parte del Mar de Noruega en el siglo XVII. Los hielos que flotan
sobre el mar no pueden compararse con las supuestas capas de hielo que presuntamente es-
culpieron paisajes enteros en tierra firme.
Sir Henry H. Howorth afirmaba que las diversas capas glaciares constituían «distintas fases
de un único movimiento que representa un período de no larga duración; y las diferencias en
las capas parecen marcar, no la operación de fuerzas distintas y ampliamente separadas, si-
no la maniobra múltiple del agua que simultáneamente puede depositar y deposita capas de
guijarros en lugar, bancos de arena en otro, y barro en un tercero, según la fuerza y el ca-
rácter de sus corrientes.»22 Este texto responde contundentemente a la cuarta objeción que
hacíamos más arriba.
En cuanto a la tercera, la afirmación de que los mamuts sean seres que hayan vivido des-
pués del Diluvio no puede demostrarse con ningún hecho concreto, aparte de que su exis-
tencia postdiluviana no prejuzgaría su existencia antediluviana. El gran número en que estos
animales han aparecido en Siberia parece sugerir lo contrario a lo que la objeción pretende,
ya que «es dudoso que los climas siberianos postdiluvianos pudiesen haber mantenido en nin-
gún momento hordas tan vastas de animales».23 Morris y Whitcomb indican que es perfec-
tamente compatible con los hechos el que los mamuts y otros animales perecieran durante el
Diluvio y que «por supuesto, no tuvieran que flotar durante meses en el Océano Ártico, sino
que fueron enterrados con rapidez en los estratos depositados por las aguas del diluvio. Las
aguas atrapadas en estos sedimentos, separadas de las aguas cálidas del océano abierto, se
congelaron con rapidez, formando permafrost»,24 aunque la velocidad en que fueron ente-
rrados y congelados no fue tan rápida como para impedir que comenzaran a corromperse.
En cuanto a la quinta, esta objeción debe toda su plausibilidad a la suposición de que las
cuevas paleolíticas sean estructuras postdiluvianas. Hay muchas clases de cuevas en el mun-
do, y quizás podría resultar una temeridad innecesaria afirmar que todas ellas sean antedilu-
vianas. En cuanto se refiere a este estudio, sería suficiente con que lo fueran solamente aque-
llas que contienen restos paleolíticos. Contra esta posibilidad solamente pueden invocarse
dos argumentos: 1) si las cuevas están situadas en medio de una serie estratigráfica geoló-
gicamente bien definida es claro que la cueva misma se formó en terrenos alterados por el
Diluvio con posterioridad al mismo; 2) si en las paredes de la cueva se llegara a encontrar
fósiles o microfósiles, quizás de una estratigrafía concreta, ello probaría una vez más que es-
tá formada por materiales arrastrados por el Diluvio.
Ambos argumentos están relacionados. El primero no es lógico que lo aduzca un creacio-
nista, pues la afirmación de que no pueda haber entre dos estratos fosilíferos uno primigenio
que represente materiales originales antediluvianos es una hipótesis uniformista no compro-
bada. Refiriéndose precisamente a los materiales originales calcáreos, base de tantas cue-
vas, Price señala que es posible que se produzcan serios errores partiendo de la suposición
de que todas las calizas, o todas las capas carboníferas (como el grafito) se han formado
por medios orgánicos. Desde luego, esto no es imperativo; porque muchos de tales materia-
les pueden haber sido originales o primitivos. La geología inductiva no es una cosmogonía;
y ninguna ciencia natural legítima se comprometerá a decir cómo comenzaron a existir los ma-
teriales originales del mundo.
Pero la posibilidad de que muchas de las calizas no fosilíferas puedan haber sido origina-
les, o primitivas, se ignora continuamente en las discusiones geológicas. Como las naciones

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codiciosas, hambrientas de tierra, que se han repartido parcelas de las porciones no ocupa-
das de África y Asia, incluyendo cada una en su “esfera de influencia” todo el territorio des-
ocupado adyacente a sus posesiones reales, los geólogos llevan mucho tiempo acostum-
brados a incluir en sus grupos formativos todas las rocas que haya a la vista que no son de
una naturaleza fosilífera diferenciada clara y positivamente. Así ocurre que grandes áreas y
grandes espesores de rocas que no contienen ningún fósil han sido metidos por la fuerza en
las filas del Silúrico, del Carbonífero o del Cretácico, según corresponda simplemente porque
ninguna otra formación los ha incluido aún en su esfera de influencia, y porque la otra hipó-
tesis popular sobre la condición originalmente ígnea del globo impide la idea de que puedan
quedar fuera de las filas geológicas rocas estratificadas.25
Esta importantísima declaración del primer geólogo adventista muestra claramente la debili-
dad de la quinta objeción que antes se presentaba. El autor ha tenido la oportunidad de visitar
varias cuevas paleolíticas, algunas de las cuales contenían pinturas rupestres. Se puede pre-
guntar cuál es la estratigrafía en que está situada la cueva, y normalmente se obtendrá una res-
puesta afirmativa en el sentido de que es carbonífera o triásica, o cualquier otra cosa. Es difícil
precisar porcentajes sin un estudio exhaustivo, pero sin duda debe de ser altísimo el de la ca-
rencia de fósiles en la capa geológica en que está formada la cueva, si es que hay alguno. En
cualquier caso, tampoco la presencia de ciertos fósiles en las paredes de una cueva sería una
evidencia incontrovertible del origen postdiluviano de la misma, ya que los geólogos creacio-
nistas suelen admitir que también se pudieron formar fósiles antes del Diluvio.26
Que no es en absoluto imposible que muchas cuevas presumiblemente lechos de ríos sub-
terráneos en otros tiempos hayan sobrevivido al Diluvio se deja ver claramente por Génesis
2:10-14, en donde, lisa y llanamente, Moisés indica que, al menos, dos ríos antediluvianos
el Tigris y el Éufrates existían aún en sus días y en la actualidad en un curso que no de-
bía de ser muy diferente del que habían tenido en los días de Adán. Si algunos ríos sobre-
vivieron al Diluvio, ¿por qué no también las cuevas «prehistóricas»? Existen abundantes evi-
dencias de que las cuevas paleolíticas han sufrido violentos ataques de las aguas, que dañaron
seriamente su entrada primitiva.27 ¿Cómo explicar este fenómeno, aparentemente general,
mejor que con el concepto del Diluvio universal, una vez mostrada la falacia de la hipótesis
glaciar? Además, se han descubierto en diversos lugares del mundo, como las islas Palaos,
o en el gran agujero azul del Arrecife del Faro (Belice), o en las Bahamas, cuevas submari-
nas con estalactitas y estalagmitas. Puesto que tales formaciones sólo pueden haberse cre-
ado al aire libre, ¿cómo explicar su actual ubicación topográfica, a una profundidad a veces
imposible de explicar por la presunta fundición de los glaciares continentales? ¿Cuándo
hemos de datar su hundimiento en el mar sino en el año que duró el Diluvio? En el agujero
azul del Arrecife del Faro hay estalactitas de crecimiento vertical y otras inclinadas 15º res-
pecto a esa vertical. ¿No es esto una evidencia de que estas últimas estalactitas represen-
tan las más antiguas de la cueva, las formadas antes de que un brusco movimiento de la cor-
teza terrestre durante la primera fase del Diluvio trastornara la estructura de esta cueva
inclinando su base primigenia 15º e iniciara la formación de las estalactitas que hoy están en
posición vertical que hubieron de formarse muy poco antes del hundimiento de la cueva en
las aguas del Diluvio?

6. El testimonio de la profecía

Las dos objeciones que quedan por responder tienen que ver directamente con los escritos
de Elena G. de White. Por ello, antes de responderlas, vamos a transcribir dos declaracio-
nes suyas que muestran contundentemente que el aserto que venimos considerando, a sa-
ber, que los restos paleolíticos son antediluvianos es correcto:
«Se encuentran huesos de hombres y animales en la tierra, en las montañas y los valles, lo
cual muestra que una vez vivieron sobre la tierra hombres y bestias mucho mayores. Se me

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mostró que antes del diluvio existieron animales muy grandes y poderosos que no existen aho-
ra. A veces se encuentran instrumentos bélicos y también madera petrificada.»28
«Los geólogos alegan que en la misma Tierra se encuentra la evidencia de que ésta es mu-
cho más vieja de lo que enseña el relato mosaico. Han descubierto huesos de seres huma-
nos y de animales, así como también instrumentos bélicos, árboles petrificados, etc., mucho
mayores que los que existen hoy día, o que hayan existido durante miles de años, y de esto
infieren que la tierra estaba poblada mucho tiempo antes de la semana de la creación de la
cual nos habla la Escritura, y por una raza de seres de tamaño muy superior al de cualquier
hombre de la actualidad. Semejante razonamiento ha llevado a muchos que aseveran creer
en la Sagrada Escritura a aceptar la idea de que los días de la creación fueron períodos lar-
gos e indefinidos.
»Pero sin la historia bíblica, la geología no puede probar nada. Los que razonan con tanta
seguridad acerca de sus descubrimientos, no tienen una noción adecuada del tamaño de
los hombres, los animales y los árboles antediluvianos, ni de los grandes cambios que ocu-
rrieron en aquel entonces. Los vestigios que se encuentran en la tierra dan evidencia de
condiciones que en muchos respectos eran muy diferentes de las actuales; pero el tiempo en
que estas condiciones imperaron sólo puede saberse mediante la Sagrada Escritura. En la
historia del diluvio, la inspiración divina ha explicado lo que la geología sola jamás podría des-
entrañar. En los días de Noé, hombres, animales y árboles de un tamaño muchas veces ma-
yor que el de los que existen actualmente, fueron sepultados y de esa manera preservados
para probar a las generaciones subsiguientes que los antediluvianos perecieron por un dilu-
vio. Dios quiso que el descubrimiento de estas cosas estableciese la fe de los hombres en la
historia sagrada; pero éstos, con su vano raciocinio, caen en el mismo error en que cayeron
los antediluvianos: al usar mal las cosas que Dios les dio para su beneficio, las tornan en mal-
dición.»29
Este par de textos afirma varias cosas que son de interés para el estudio que estamos ha-
ciendo:
1ª Los fósiles de animales y árboles, que solían ser de mayor tamaño que los actuales, son
evidencias del Diluvio.
2ª «El tiempo en que estas condiciones imperaron [...] puede saberse mediante la Sagrada
Escritura», y «el relato mosaico» «enseña» que «la Tierra» tiene una antigüedad definida,
todo lo cual implica que Génesis 5 y 11 son guías cronológicas seguras, pues de no serlo no
podrían datarse ni aproximadamente los tiempos del Diluvio ni tampoco, por supuesto, la
antigüedad del planeta.
3ª Los hombres de ciencia habían encontrado ya antes de 1864, fecha de publicación del
tercer volumen de Spiritual gifts, evidencias de hombres antediluvianos y de objetos por
ellos fabricados, instrumentos bélicos concretamente. De estos restos humanos encontrados
habían sacado varias conclusiones, entre las cuales se encontraba la suposición de que la
Tierra había sido habitada por una raza de gigantes hacía muchos miles de años.
4ª Los hombres antediluvianos eran de una gran estatura.
Podrá parecer extraño que hayamos hecho una distinción entre la tercera y la cuarta con-
clusión, pero precisamente aquí está la clave que ha de servir para responder a la segunda
objeción enunciada en el apartado anterior.
Hasta 1864 solamente se habían realizado diez hallazgos de hombres paleolíticos en todo
el mundo que hayan llegado a nuestros días, además de otros que han “desaparecido” (véa-
se supra, cita 16). Tres de ellos eran de la raza de Neanderthal (en 1830 en Lieja, Bélgica; en
1848 en Gibraltar; y en 1856 en la localidad de Neanderthal, Alemania); los otros siete fue-
ron catalogados como Homo sapiens sapiens (en 1797 en Mendips, Gran Bretaña; en 1823
en Swansea, también en Gran Bretaña; en 1830 en Lieja, Bélgica; en 1840, nuevamente en
Mendips; en 1846 en Natchez, U.S.A.; en 1863-65 en Bruniequel, Francia; y en 1864 en La
Madeleine, Francia).30 Las conclusiones a las que llegaron los arqueólogos fueron diversas,
pero hubo un punto en el que por lo general, concordaron: el que hubiera habido «una raza

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de gigantes en épocas remotas no tenía nada de mito».31 Esta es una confirmación eviden-
te de las palabras de Elena White antes citadas, pero sigue existiendo la cuestión de cómo
identificar a ese hombre de Cromagnon, que tenía una estatura media de 190 centímetros,
con los «gigantes», con los hombres antediluvianos que eran “mucho mayores” que nosotros.
Aunque ello no suponga una explicación global, puede resultar interesante recordar que el
texto de Génesis 6:4 no parece implicar que todos los antediluvianos fueran gigantes. Al igual
que no todos fueron «varones de renombre», probablemente habría algunos que no tuvieron
aquellas enormes tallas. Esto es algo afirmado claramente por el Espíritu de Profecía:
«Set era de más noble estatura que Caín o Abel, y se parecía a Adán más que los otros
hijos de éste. Los descendientes de Set se habían separado de los malvados descendientes
de Caín. Estimaban el conocimiento de la voluntad de Dios, mientras que la impía raza de
Caín no tenía respeto de Dios ni de sus sagrados mandamientos. [...]
»Aquellos que honraban y temían ofender a Dios, al principio no sintieron la maldición si-
no ligeramente; mientras que aquellos que se apartaron de Dios y pisotearon su autoridad,
sintieron los efectos de la maldición más intensamente, especialmente en la estatura y en la
nobleza de forma.»32
Sin duda alguna, la alimentación fundamentalmente carnívora de los cainitas debió de des-
empeñar un papel importante en su decadencia física.33 Sin embargo, la decadencia física de
los cainitas por sí sola no puede explicar el que los restos paleolíticos sean de una estatura
tan baja comparativamente. En la época del Diluvio hubieron de perecer, como mínimo, va-
rios miles de seres humanos de muy grandes proporciones, que constituían la mayor parte de
la población de su mundo. Probablemente no todos ellos se habrán preservado hasta nues-
tros días, pero, si hemos de confiar en el Espíritu de Profecía, algunos ya se habrían encon-
trado en sus días. ¿Hay evidencias de que hayan existido hombres de gran altura? La res-
puesta es afirmativa, pero presenta una cierta ambigüedad: no se conocen en estratigrafías
paleolíticas.
Existen tres tipos de restos probablemente humanos de enormes proporciones que pare-
cen de bastante antigüedad: 1) las enormes huellas de pisadas humanas en estratos geoló-
gicos carboníferos y cretácicos;34 2) ciertos dientes fósiles posiblemente humanos, aunque
existen dudas, de estratigrafía insuficientemente demostrada, pero de aparente gran anti-
güedad, encontrados en Java, China e India, y que han dado origen a hablar de ciertos
Gigantropithecus y Meganthropus, hombres de 250 a 350 centímetros de altura;35 esqueletos
de enormes proporciones, pero de datación imposible de determinar por no estar asociados
con ningún resto cultural, que se han encontrado ocasionalmente y que suelen interpretarse
como individuos aquejados de acromegalia. Algunos ejemplos clásicos se han descubierto en
Gran Bretaña, como en Logie Pert, Forfashire, en Escocia, o en la cueva Mentone.
Es enteramente natural, entonces, el que no haya evidencias de contemporaneidad entre
los restos paleolíticos y los vestigios arqueológicos de gigantes. Al aparecer estos restos sin
asociación cultural alguna y al ser, en todos los aspectos salvo el tamaño, como los del hom-
bre moderno, no es pensable que los antropólogos, sobre todo si son evolucionistas, les
atribuyan gran antigüedad, tal como mostrábamos anteriormente.

7. La cultura antediluviana

Pero entonces, ¿por qué los restos humanos del Paleolítico no son de esa enorme altura y
por qué están en cuevas? ¿Fueron enterrados allí por el Diluvio? La respuesta a estas pre-
guntas será también la contestación a la única objeción que resta por refutar, y la explica-
ción final del enigmático asunto que estamos considerando.
Antes de abordar directamente estas preguntas, no obstante, consideraremos un importante
aspecto de orden teórico. Los diversos estratos paleolíticos reciben por lo general la deno-
minación de la localidad, casi siempre francesa, en que se descubrieron y estudiaron por

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vez primera instrumentos líticos del tipo en cuestión. Se supone que dos estratos distantes en
mucho o en poco que contengan el mismo tipo de instrumentos de piedra y con la misma
forma de talla son contemporáneos. Sin duda, lo menos que cabe decir es que tal suposi-
ción es un poco gratuita. En ningún lugar del mundo aparece una estratigrafía “completa” des-
de el Abbevillense hasta el Magdaleniense. Tal escala se ha hecho en museos únicamente.
Lo único que nos encontramos al excavar es diversos yacimientos muchos de los cuales tie-
nen un único estrato y con los que, por tanto no es posible establecer ninguna relación de ti-
po cronológico. Existen, sin embargo, yacimientos en los que sí existe estratigrafía con dos,
tres o más capas culturalmente bien diferenciadas. A partir de estos yacimientos que tienen
muestras estratificadas de varias “culturas” se han ido atribuyendo posiciones cronológicas
relativas a todos los demás hallazgos, y, como en ningún lugar existe la serie “completa”, és-
ta ha tenido que ser montada a base de “parches”. Naturalmente, se ha montado dicha escala
en la mayor parte de los casos de modo que cuadre bien con la idea preconcebida de un “pro-
greso” de lo simple a lo complejo. Si en algún yacimiento se invierte en algún lugar la estrati-
grafía se recurre a un sistema totalmente artificioso para evitar reconocer la anomalía se in-
venta un nuevo nombre para el subestrato en cuestión y se explica que la regresión se debió
o al clima o a una epidemia . Y al contrario, si en un estrato “primitivo” aparecen instrumen-
tos de “culturas” avanzadas en ningún modo se admitirá que dichos objetos son de la “cultu-
ra avanzada”, sino que rápidamente se “descubrirá” alguna diferencia “básica” y se disipa-
rán las dudas de los inquisidores diciendo que tales objetos avanzados fueron realizados
por algún artista genial que se adelantó en siglos a su época y que representan tan sólo una
facies local de existencia fugaz.
Sin embargo, en honor a la verdad, hemos de decir que la correlación estratigráfica del
Paleolítico está bastante bien hecha y puede admitirse como válida en general, siempre que
no lleguemos al extremo de admitir la necesidad de la contemporaneidad de yacimientos si-
milares que se encuentren muy separados y del orden histórico inamovible a nivel universal
de facies culturales locales que en otro lugar pudieran seguir un orden diferente.
La cuestión importante es ahora: ¿Pueden los restos paleolíticos tener alguna relación con
la elevada cultura antediluviana? Veámoslo. Sabido es que el hombre antediluviano conocía el
hierro y otros metales (Gén. 4:22). Sin embargo, debemos reconocer que incluso en tiempos
históricos el hierro ha llegado a ser un metal semiprecioso, de valor comparable al del oro;
tan escaso y difícil de obtener era. Imaginémonos, pues, la sociedad antediluviana que co-
mienza a expandirse, que empieza poco a poco a fabricar algunos utensilios imprescindibles
para su comodidad: vasijas para el grano, hoces para la siega, arados quizás, hachas para cor-
tar árboles con que hacer casas, instrumentos para el trabajo de algunos minerales duros
que pudieran ser usados como materiales de construcción o para el modelado escultórico, re-
cipientes para la mezcla de tintes naturales, cuchillos o tijeras para esquilar las ovejas, algunas
industrias textiles, ciertos utensilios para comer, hornos para fundir algunos objetos o para co-
cer vasijas, armas de caza y utensilios bélicos. ¿Nos puede mostrar algo de esto el inventario
de los objetos de una cueva paleolítica? Sólo en una ínfima parte. ¿Y por qué? simplemente,
porque las cuevas y otros lugares en que se encuentran restos paleolíticos no constituyen un
muestreo normal de una civilización prediluviana, sino tan sólo un muestreo selectivo. Mientras
que un estrato de una ciudad de la Edad del Bronce o del Hierro nos muestra restos típicos
de esa ciudad en el momento de una catástrofe súbita que “fosilizó” el nivel de vida de la épo-
ca, los restos que hay en los estratos paleolíticos no representan el verdadero nivel de vida
de sus autores, sino tan sólo una parte de él: se trata de yacimientos funcionales; no son mues-
treos con representatividad histórica, y a la vista de lo que venimos diciendo, no puede pre-
tenderse con seriedad que sean reflejo del hábitat de sus autores: no puede probarse que las
cuevas paleolíticas hayan sido vivienda del hombre simplemente porque haya en ellas evi-
dencias de la actividad humana dejadas allí, evidentemente, por el hombre.
Pero, se preguntará, ¿para qué dejaban entonces los antediluvianos aquellos montones de
piedras en las cuevas y en otros lugares? ¿Por qué en las cuevas o en las terrazas fluviales

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concretamente? ¿Por qué sólo instrumentos toscos y no de hierro? ¿Fueron los restos hu-
manos encontrados con los utensilios paleolíticos enterramientos intencionales? ¿Que tenía
de significativo la estatura de dichos restos? ¿Tiene algún significado la aparente universali-
dad de esta costumbre?
Probablemente podremos llegar a alguna conclusión concreta realizando ciertas conside-
raciones acerca de nuestros conocimientos del mundo antediluviano. Tras el asesinato de
Abel, la raza de Caín vivió separada del resto de la humanidad (Gén. 4: 12, 14, 16, 17) por al-
gún tiempo. En su retiro desarrolló una cultura netamente materialista de indudable prospe-
ridad económica en donde la ganadería, la metalurgia e incluso las artes musicales (Gén. 4:
20-22) tenían lugares preponderantes. Aparentemente, con el paso del tiempo la población
cainita creció más allá de lo que permitía su primitivo reducto geográfico, por lo que invadió
las tierras ocupadas por los descendientes de Set y quizás más allá aún. A pesar de su de-
gradación moral, todo parecía sonreirles: tenían prósperas ciudades y negocios. Aparentemente,
sus industrias eran florecientes. Mientras que por un tiempo los descendientes de Set per-
manecieron separados, pronto relativamente cedieron a los atractivos del próspero nivel de
vida de los cainitas y a los de la indumentaria, o falta de ella, de sus mujeres, razón por la que
las jóvenes «hijas de los hombres» parecieron más apetecibles a «los hijos de Dios» que las
piadosas mujeres de su propia raza (Gén. 6: 4), y solamente una mínima parte de éstos se
mantuvo fiel.
De la unión de ambas estirpes surgió una poderosa raza mixta de «varones de renom-
bre», presumiblemente los dirigentes de una nueva sociedad con nuevas metas, con el pro-
pósito obstinado de desobedecer el plan descentralizador de Dios de crear una sociedad
humana esparcida por todo el mundo y no controlada por ningún poder opresor (Gén. 1:28;
4:12). En efecto, una de las características sociológicas de los cainitas, en la que les ha se-
guido después casi toda la humanidad, es la fundación de ciudades (Gén. 4:17), centro neu-
rálgico de todos los estados, que, como la historia tristemente ha enseñado, suelen ser ins-
trumentos de poder para beneficio de pocos y explotación de muchos. Este centralismo estatal,
probablemente estructurado a nivel mundial, podría muy bien ser la explicación de la comu-
nidad de costumbres en el Paleolítico, reflejo de una aceptación por todo el mundo de un or-
den sacral inamovible. Aquella sociedad convirtió la impiedad y el ateísmo en las más altas
virtudes ciudadanas y cada cual procuraba superar a las demás en estos aspectos y en sus
actos de violencia.
«La gente usaba el oro, la plata, las piedras preciosas y la madera escogida, para edificar
casas para sí, y cada cual se esforzaba en superar al otro. Embellecían y adornaban sus ca-
sas y tierras con las obras más ingeniosas, y provocaban a Dios por sus perversas accio-
nes. Formaban imágenes para adorarlas, y enseñaban a sus hijos a considerar estas obras
de arte, hechas con sus propias manos, como dioses, y adorarlas. No escogieron pensar en
Dios, el Creador de los cielos y la tierra, y no le tributaron agradecimiento a Aquel que les
había proporcionado todas las cosas que poseían. Incluso negaban la existencia del Dios del
cielo, y se glorificaban en las obras de sus propias manos y las adoraban. Se corrompieron
a sí mismos con las cosas que Dios había puesto sobre la tierra para el beneficio del hombre.
Se prepararon hermosos paseos cubiertos con árboles frutales de todas clases. Bajo estos
árboles majestuosos y hermosos, con sus ramas bien extendidas, que eran verdes desde el
comienzo hasta el final del año, pusieron sus ídolos de culto. Bosques enteros, por el abrigo
de sus ramas, fueron dedicados a sus dioses idolátricos, y embellecidos para que la gente
acudiese a su culto idólatra. [...]
»En vez de hacer justicia a sus prójimos, ejecutaban sus propios deseos ilegítimos. Tenían
una pluralidad de esposas, lo cual era contrario al sabio plan de Dios. [...] Cuanto más multi-
plicaban los hombres las esposas para sí, más malvados e infelices se hacían. Si uno elegía
tomar las mujeres, el ganado, o cualquier cosa que perteneciera a su prójimo, no considera-
ba la justicia o el derecho, sino que si podía prevalecer sobre su prójimo por la razón de la
fuerza, o matándole, así lo hacía, y se regocijaba en sus actos de violencia. Disfrutaban des-

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truyendo las vidas de los animales. Los usaban como alimento, y esto aumentaba su feroci-
dad y violencia, y hacía que considerasen la sangre de los seres humanos con asombrosa in-
diferencia.»36
«En los días de Noé, la abrumadora mayoría se oponía a la verdad y estaba prendada de
una trama de falsedades. La tierra estaba llena de violencia. Guerra, crimen, asesinato esta-
ban a la orden del día.»37
«La impiedad de los hombres fue manifiesta y osada, la justicia fue pisoteada en el polvo,
y las lamentaciones de los oprimidos ascendieron hasta el cielo.»38
Cuando llegó el momento del Diluvio, «los altares donde habían ofrecido sacrificios huma-
nos fueron destruídos, y los adoradores temblaron ante el poder del Dios viviente, y com-
prendieron que había sido su corrupción e idolatría lo que había provocado su destrucción».39
Tenemos en la declaración anterior muy probablemente la clave para explicar qué son los
restos paleolíticos: son los restos de cadáveres de los individuos, sin duda alguna inmadu-
ros al no haber alcanzado en el momento de su muerte la edad comparativamente avanza-
da en que se lograba la plenitud de estatura (antes del Diluvio apenas hubo muertes por en-
fermedad en la juventud) 40 que fueron sacrificados antes del Diluvio. En épocas históricas se
han practicado sacrificios humanos de individuos adultos entre diversos pueblos, hasta en-
tre los romanos, pero la forma predilecta de los pueblos orientales parecía ser la muerte de
los niños y jóvenes, muchas veces del propio hijo del oferente; otras de enemigos capturados
en batallas y expediciones de pillaje. Especialmente curiosa es la salvaje costumbre de los
espartiatas de “eliminar” periódicamente a algunos miembros de la población sometida, cu-
yos miembros eran denominados hilotas.
Y si los restos humanos paleolíticos son realmente evidencias de sacrificios humanos rea-
lizados con una uniformidad notable en todo el mundo antiguo, entonces todos los yacimien-
tos paleolíticos podrían representar, con toda probabilidad, una costumbre sociológica ex-
tendida a nivel mundial relacionada de algún modo con dichos sacrificios, o, en general, con
la religión idólatra de los antediluvianos.
Estas consideraciones y otras ya expuestas anteriormente, de cuyo carácter parcialmente
hipotético somos plenamente conscientes, nos llevan irremisiblemente hacia una conclu-
sión: el hombre antediluviano formó deliberadamente enterramientos estratificados en ciertos
lugares especiales que había en su mundo. No pueden interpretarse razonablemente de
otra manera las capas estratificadas que se dan en las cuevas, pues en ningún modo puede
el mero paso del tiempo ser responsable de enterramientos reiterados en un mismo lugar, co-
mo ocurre en muchas cuevas, de objetos dejados accidental o intencionalmente en el mismo.
Para explicar los espesores considerables de las capas en que aparecen las sucesivas es-
tratigrafías paleolíticas por el mero paso del tiempo se requerirían decenas o centenares de
miles de años, lapsos de los que sólo disponen los evolucionistas uniformistas, pero no nos-
otros.
A modo de ensayo y bajo esta perspectiva, no parecería descabellado intentar concretar
más las consideraciones anteriores diciendo que los restos pétreos del Paleolítico pueden re-
presentar enterramientos rituales de los instrumentos bélicos o de caza de ciertas poblacio-
nes o ciertos sectores de la población más o menos marginados, o, según la expresión de
Elena White antes citada, «oprimidos», que lo eran, presumiblemente, por los «varones de re-
nombre» y la sociedad por ellos creada.
Es claro entonces por qué no aparecen en las cuevas objetos de hierro u otros que reve-
len una cultura superior: aparte de que los objetos de hierro se habrían oxidado con la hu-
medad y el paso del tiempo hasta el punto de quedar irreconocibles, así como otros objetos
perecederos, no sería propio de aquellos hombres que enterraran sus mejores objetos y ni si-
quiera objetos representativos de su cultura con los sacrificios humanos ofrecidos a sus dio-
ses. Ofrendaban aquello que les sobraba, aquellos instrumentos que tenían en superabun-
dancia, la cual los hacía, en sí mismos, baratos, o simplemente, aquellos objetos apropiados
para una tradición ritual determinada. Si hubiésemos de juzgar el Egipto faraónico por el ins-

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trumental utilizado para el proceso de la momificación de los difuntos, probablemente llega-
ríamos a la conclusión de que vivieron en lo que la gente llama la “Edad de Piedra”, ya que
los útiles usados para realizar los cortes en el cuerpo del difunto para extraerle las vísceras
fueron siempre, como demandaba la tradición, de sílex, a pesar de que tanto el difunto como
los sacerdotes conocían perfectamente el bronce y otros metales.
Evidentemente, los estratos paleolíticos responderán a un progreso en la confección de ins-
trumentos de piedra, pero no tan acusado como en un principio podría parecer por la com-
paración entre un Abbevillense y un Magdaleniense, por ejemplo. En efecto, si los restos en-
terrados en cuevas u otros lugares representan ofrendas votivas de objetos sin valor por su
superabundancia, o bien “peligrosos” en manos de una capa “oprimida” de aquella socie-
dad, entonces podría haber objetos perfectamente tallados o de muy distinta naturaleza que
podríamos llamar musterienses, auriñacienses, de la Edad del Bronce o cualquier otra cosa,
que fuesen contemporáneos de restos muy “primitivos”. Es decir, a la hora de realizar aque-
llas presuntas ofrendas, los antediluvianos enterrarían solamente los objetos que no les fue-
ran útiles, que en un principio serían tan sólo los más elementales y toscos. Con el aumento
de la población y el progreso en el nivel de vida de todos los sectores de la sociedad, empe-
zarían a abundar objetos de talla más sutil y costo más elevado, con lo que aquellos oferen-
tes podrían permitirse el lujo de ofrendar tan “ricos” dones. Naturalmente, no se puede ne-
gar una cierta evolución cultural en los diecisiete siglos que duró el mundo antediluviano, pero
en ningún caso se puede admitir que las primeras sociedades antediluvianas fueran incapa-
ces de realizar en el comienzo mismo obras del estilo de un Magdaleniense avanzado o al-
go muy superior.
O, por decirlo de otra manera, cabe la comparación de los estratos arqueológicos del
Paleolítico con los geológicos. Así como en éstos, según la explicación creacionista más con-
vincente, lo que determinó el más rápido enterramiento de los seres vivos antediluvianos fue
la situación topográfica de su nicho ecológico, es decir, su zonación ecológica, en aquéllos
lo que determinó su mayor o menor retraso en el enterramiento provocado por el hombre fue,
exclusivamente, su funcionalidad y su coste de producción.
Estamos ahora en condiciones de dar una explicación en cuanto al fenómeno ya mencio-
nado de la inversión estratigráfica que se da en algunas terrazas fluviales. Ya hemos visto que
los geólogos uniformistas atribuyen las terrazas fluviales directa o indirectamente a la acción
de los glaciares durante su Edad del Hielo. Desgraciadamente para la teoría glaciar, existen
terrazas fluviales en territorios meridionales que nadie cree que hayan sido afectados jamás
por glaciación alguna,41 lo cual constituye una evidencia concluyente de que las terrazas flu-
viales, como tantas otras cosas, son vestigios de la erosión hidráulica de antaño. Ya hemos
visto que, al menos, dos ríos antediluvianos sobrevivieron al Diluvio. Sin duda alguna, no
debieron ser los únicos. Según fueron ascendiendo los continentes tras el Diluvio, el paisaje
fue volviendo poco a poco a una cierta normalidad relativa. Las antiguas fuentes fluviales que
lograron sobrevivir volvieron a entrar en acción y las aguas de sus ríos fueron abriendo nue-
vos cauces que en muchos tramos coincidirían con los antiguos. Desde el Diluvio nuestro pla-
neta ha debido de experimentar muchos otros cambios menores, entre los cuales puede con-
tarse la desaparición de los ríos Gihón y Pisón, que, aparentemente, aún existían en la época
de Moisés (Gén. 2: 11-13). Parte de estos cambios menores posteriores podría explicarse por
una adecuación progresiva de las condiciones climáticas a la situación actual, además de por
varios períodos de actividad tectónica y orogénica. Particularmente incidente en la cuestión
que estamos considerando tuvo que ser la progresiva elevación de los continentes. En efec-
to, tal elevación habría traído como consecuencia inmediata para todos los ríos no interiores
del continente un rejuvenecimiento de su cauce, con una aceleración acusadísima de su po-
der erosivo cada vez que el continente sufriera un nuevo empuje hacia arriba. Ese poder ero-
sivo, junto con una posible disminución del caudal de los ríos, sería el responsable de que el
cauce del río se fuera hundiendo cada vez más en los estratos producidos por el Diluvio a ba-
se de los materiales hallados río arriba en época antediluviana.

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Por supuesto, la deposición de tales materiales habría sido, en líneas generales, precisa-
mente la inversa a la normal en que se había encontrado en el mundo antediluviano. Y cada
vez que las aguas del Diluvio consiguiesen arrasar un yacimiento “paleolítico”, de arriba aba-
jo, los restos líticos serían arrastrados por las corrientes de agua y finalmente depositados pre-
cisamente en un mismo corte vertical del terreno en las terrazas fluviales. El concepto de las
glaciaciones no permite explicar debidamente este hecho, a no ser que se recurra a la hipóte-
sis improbable de que cada una fuera de menor intensidad que la anterior, y aun así no cuadra
con el hecho de la existencia de terrazas fluviales en territorios muy meridionales.

8. Consideraciones finales

Las páginas anteriores muestran un intento eslabonado de explicar conforme a un punto de


vista cristiano los restos paleolíticos. Aunque en toda reconstrucción de lo que no se ha visto
hace falta una cierta dosis de imaginación, hemos procurado relegar ésta a un mínimo indis-
pensable. No podemos pretender que las precisiones hechas en las últimas páginas sean la
explicación completa y final de la razón de ser los restos paleolíticos. El autor espera y desea
que estudios posteriores más concretos puedan descubrir nuevos detalles de alcance que per-
feccionen el esquema arriba presentado. Pero una cosa es cierta: los descubrimientos que se
hagan en el futuro no podrán seguir interpretándose únicamente según el modelo uniformis-
ta. Hemos presentado una hipótesis de trabajo que no se opone a ningún hecho científico co-
nocido, que no es ni mucho menos seria ni erudita que la “oficial” y que tiene la enorme ven-
taja de explicar ciertas anomalías que la interpretación tradicional de los hechos prehistóricos
no puede aclarar, y de ser, además, acorde con la inspiración.
Parafraseando las palabras de Elena White, nos gustaría acabar diciendo que “no obstan-
te la iniquidad del mundo antediluviano, esa época la del Paleolítico no fue, como a menu-
do se ha supuesto, una era de ignorancia y barbarie”. “Los antediluvianos”, es decir, los hom-
bres de la mal llamada Edad de Piedra, de esa parte de la existencia humana de lo que no
nos ha llegado documento escrito alguno, «no tenían libros ni anales escritos; pero con su
gran vigor mental y físico disponían de una memoria poderosa, que les permitía comprender
y retener lo que se les comunicaba, para transmitirlo después con toda precisión a sus des-
cendientes».42 Un día las aguas del Diluvio entraron en las casas y arrastraron a aquel pue-
blo «hacia los templos que habían erigido para su culto idólatra. Pero los templos fueron ba-
rridos. Se rompió la corteza de la tierra y el agua que había estado escondida en sus entrañas
se desbordó».43 De aquellos templos no nos han quedado muestras, pero sí de lo que sin
duda eran sus anexos las cuevas “paleolíticas” como testimonio incontrovertible de que «el
mundo de entonces pereció anegado en agua»; pero «la tierra, que proviene del agua y por
el agua subsiste» y «los cielos ... que existen ahora, están reservados por la palabra de Dios»,
«guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos».
(2 Ped. 3:5-7).

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Notas Bibliográficas

1. Véase, en cuanto a la cuestión de las diferencias de datos numéricos nuestra publicación anterior,
¿Cuánto ha durado la historia? y el Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 1, pp. 189, 190.
2. Véase, por ejemplo, Id., pp. 63-68; Flori, Jean y Rasolofomasoandro, Henri, ¿Evolución o creación?
y otras obras que son citadas en la bibliografía de ésta.
3. Garn, Stanley, M., «Culture and the direction of human evolution», en Human evolution (ref. 1), pp.
102, 103, 105, 107.
4. Vallois, Henri, citado en: Stewart, T. D., «The problem of the earliest claimed representatives of Homo
sapiens», en The origin and evolution of man, 15 (1950): 101.
5. Weidenreich, Franz, Apes, giants and man, Chicago University Press, 1948, p. 2.
6. Dobzhansky, Theodosius, «Changing man», Science, 155 (1967): 410, 411.
7. Custance, Arthur C., Génesis and Early Man - The Doorway Papers, vol. 2, Zondervan Corporation,
Grand Rapids, Michigan, 1975, p. 162.
8. Id., p. 21. Véase también Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, tomo 17, artículo
«Deformación», p. 1317. Espasa-Calpe, Madrid.
9. Véase Id., mismo artículo, pp. 1317-1318. Pueden observarse también las ilustraciones de la p. 1319.
10. Custance, Op. cit., p. 183.
11. Wallis, Wilson D., «The structure of prehistoric man», en The making of man, Modern Library, Nueva
York, 1931, pp. 69 ss.
12. Custance, op. cit., p. 183.
13. Id., pp. 17,18.
14. Wallis, loc. cit.
15. Id., pp. 72, 73.
16. Koppers, Wilhelm, Primitive man an his world picture, Sheed and Ward, Londres, p. 238.
17. Weidenreich, Franz, «The skull of sinanthropus pekinensis: A comparative study on a primitive ho-
minid skull», Paleontologica Sinica, N. S. D., 127 (1943): 1, Nº 10.
18. Wallis, citado por Custance, op. cit., p. 245.
19. Price, George MacCready, The new geology, Pacific Press Publishing Association, Mountain View,
California, 1923, p. 571.
20. Id., pp. 162-164.
21. Rodríguez de la Fuente, Félix, Enciclopedia Salvat de la fauna, Barcelona, 1970, vol. 6, p. 148.
22. Howorth, Henry H., The glacial nightmare and the flood, pp. 843-844.
23. Whitcomb, John C., Jr. y Morris, Henry M., The Genesis Flood, Filadelfia, 1964, p. 290.
24. Ibid.
25. Price, op. cit., p. 202.
26. Véase, por ejemplo, Coffin, Harold G., Creation - Accident or Design, Review and Herald Publishing
Association, Whasington, D. C., 1969, pp. 109-111.
27. Véase, por ejemplo, Berenguer, Magín, «La Cueva de "Tito Bustillo"», Tesoros de Asturias, Gijón,
1972, p. 99.
28. White, Helen G., Spiritual gifts, vol. 3, p. 92.
29. White, Elena G., Patriarcas y profetas, pp. 103, 104.
30. Véase Oakley, Kenneth P., Cronología del hombre fósil, Barcelona, 1968, pp. 244-281.
31. Véase Price, Op. cit., p. 702.
32. White, Helen G., Spiritual Gifts, vol. 3, p. 60.
33. Véase White, Elena G., Patriarcas y profetas, p. 80.
34. Véase Coffin, op. cit, p. 218; von Königswald, G. H. R., Meeting prehistoric man, The Scientific Book
Club, Londres, 1956, p. 113.
35. Véase The american peoples encyclopaedia, 1960, vol. 9, col. 9557; Weidenreich, op. cit.
36. White, Helen G., Spiritual gifts, vol. 3, pp. 63, 64.
37. Comentario de White, Elena G., en: Comentario bíblico adventista del séptimo día, vol. 1, p. 1104.
38. White, Elena G., Patriarcas y profetas, p. 80. El énfasis no está en el original.
39. Id., p. 87.
40. Véase, por ejemplo, White, Elena G., Consejos sobre el régimen alimenticio, pp. 139, 140.
41. Véase Price, Op. cit., p. 573.
42. Véase White, Elena G., Patriarcas y profetas, pp. 69, 70.
43. White, Helen G., Signs of the Times del 4 de abril de 1901 (vol. 27, nº 15, p. 4), p. 174 del cuarto
tomo de la compilación de esta publicación recientemente hecha.

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