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¿EL DESGOBIERNO DUQUE?

Por: Yeinsts Herley Rojas Caleño


Mag en educación y profesional en C. Sociales

¿Es en realidad Duque tan mal presidente o su gobierno es la expresión más


palpable y real de la crisis estructural del régimen presidencial colombiano ,y de la
tenaz negociación que desde hace décadas el Estado colombiano debe hacer con
los múltiples poderes privados, públicos e inclusive ilegales, para imponer su
voluntad ? Pregunta que surge ante las múltiples salidas en falso del presidente
colombiano y la gran cantidad de opiniones de expertos y comentaristas que ven en
el actual gobierno una administración débil, con una evidente falta de pericia en el
manejo y direccionamiento de la nave estatal, además de una total falta de horizonte
que supuestamente contrastaría con la coherencia del proyecto uribista de la
seguridad democrática, y del gobierno de la “paz, equidad, educación”.
Para abordar el anterior interrogante e hipótesis es necesario aclarar en primera
instancia que en nuestro análisis partimos de la concepción del autor Pedro
Medellín (2006), quien considera que desde hace décadas, y en especial desde la
promulgación de la constitución de 1991 que inauguró un régimen presidencialista
de mayorías, el poder presidencial afronta una gran erosión , ya que
constantemente se encuentra frente a problemas de legitimidad y de aprobación
popular que no logra resolver con las reformas que presenta al congreso y que en
muchas ocasiones terminan en inanes modificaciones que refuerzan el
desgobierno, fortalecen el poder clientelista del congreso y de la clase política
tradicional que tiene gran poder en las regiones. De igual forma es notable la
debilidad del presidente para frenar la corrupción y clientelismo en casi todas las
instituciones estatales, la imposición de los intereses de los grandes conglomerados
económicos por sobre el interés público, su impotencia frente a la violencia, el
crimen organizado, y la falta de control y de gestión en la totalidad del territorio
colombiano. La erosión del poder presidencial ha sido una característica de los
gobiernos de las últimas décadas, y la popularidad de alguno, como en el periodo
uribista, ha ocasionado como hecho paradójico que se haga aún más evidente esta
situación (Medellín, 2006, p. 190).
Esta verdad de a puño que marca el contexto político colombiano no debería
sorprender a nadie, ni debería llevarnos a identificar el Estado colombiano como
fallido, puesto que como plantea Joel S Migdal (2011) en la práctica todo Estado se
encuentra integrado en la sociedad, y sus normas, mandatos, siempre son
discutidos, generan conflicto frente a otros grupos de presión o instituciones. El
Estado no es omnipotente para hacerse obedecer aunque así lo demanden sus
leyes, y la teoría política argumente que sólo puede considerarse Estado la
organización jurídico política capaz de imponerse a toda la sociedad .El Leviatán
en realidad es una ficción, es a lo sumo un importante conjunto de instituciones
cohesionadas alrededor del poder político militar que debe negociar con los demás
grupos de presión para llegar a acuerdos que permitan aceptar sus mandatos.
Realidad que se hace más visible en nuestras sociedades periféricas o
fragmentadas que Para Migdal (2011, p.122) son escenario de acuerdos, más que
fuente de cambios sociales.
Desde el análisis del autor anteriormente aludido podemos decir que como el
Estado se compone de una imagen ( Construida por la teoría política que siempre
hace referencia a una organización capaz de imponer su voluntad y dominar un
territorio y la población que en él vive) y unas prácticas reales que se expresan en
el desempeño diario de instituciones y funcionarios estatales (Migdal,2011,p.34), y
como ambos elementos en algunas ocasiones pueden ser coordinados y en otras
no dado que muchos de los proyectos de Estado chocan con prácticas de las
instituciones o funcionarios estatales que obstaculizan su implementación
(Migdal,2011,p.40), lo que sucede en el gobierno Duque es que al descuidar la
imagen, ya que su proyecto de gobierno no tiene gran notoriedad y su estilo de
liderazgo se aprecia como confuso para la opinión pública, se hace visible una gran
falta de pericia que los analistas y comentaristas estiman como debilidad o falta de
contundencia en el manejo del Estado (interpretación que no es falsa pero debe
ser matizada para comprender cabalmente lo que sucede en el actual escenario de
ingobernabilidad), cuando en realidad y en la práctica el Estado colombiano sigue
funcionando igual o casi igual que bajo el mandato de los anteriores presidentes,
que fueron mejores comunicadores que el mandatario actual.
En realidad si se revisara uno a uno el desempeño de gobiernos anteriores
encontraríamos que aunque trataron de proyectar la imagen de un gobierno capaz
de manejar la nave estatal y de imponer un proyecto de sociedad, en la práctica
fallaron en la implementación de su propósito. Por ejemplo, el gobierno de Uribe
(uno de los de mayor popularidad pero que paradójicamente dejó evidenciar
también un fuerte componente de ingobernabilidad ) enarboló la bandera de la
seguridad democrática, que aunque asestó fuertes golpes a las FARC y recobró la
confianza inversionista (gracias a la seguridad pero también a la recuperación de
los precios internacionales de las materias primas y recursos minero energéticos),
no pudo acabar con esta guerrilla y al final de su segundo mandato su propuesta
de seguridad presentó rendimientos decrecientes, graves violaciones a los
derechos humanos (como los asesinatos a la población civil, mal llamados falsos
positivos) y el reagrupamiento de las FARC y otros grupos armados.
Mientras tanto el clientelismo se convirtió en un elemento para reafirmar la
“gobernabilidad” presidencial puesto que la lucha contra la corrupción, que fue una
de las banderas por las que Uribe fue elegido para su primer mandato, se quedó en
el discurso y en un fallido intento de reformar la clase política por medio de un
referendo plagado de artículos no coherentes con el sentido de la consulta (
popularmente conocidos como micos) que afortunadamente no aprobó la
ciudadanía ya que la propuesta terminaba reafirmando el poder de la clase política
tradicional sobre el Estado (Medellín, 2006, p. 226).
En suma el gobierno Uribe, que inicialmente se basó en tres ejes: seguridad
democrática, reforma política (lucha contra corrupción y politiquería) y reactivación
económica (2006, p.197), presentó unos resultados muy pobres, por ello en el
segundo mandato, se limitó a hablar de tres huevitos: Seguridad, confianza
inversionista y cohesión social. Ejes programáticos que también presentaron
resultados deficientes, siendo el de confianza inversionista y crecimiento económico
el único a destacar, aunque con algunas importantes objeciones.
La seguridad democrática, su política más aclamada, condujo a la inseguridad de
los ciudadanos y a un Estado autoritario con graves falencias en la defensa de
Derechos Humanos.
La lucha contra la corrupción se convirtió en complicidad con esta, pues los
superpoderes con que fue investido el presidente por la clase política estaban
hechos a la medida de los intereses clientelistas de sus partidarios (2006,
p.278).Configurándose de esta forma un régimen presidencialista que facilitaba el
saqueo y corrupción, y que protegió activamente a sus allegados envueltos en
graves casos como el de “Agro ingreso seguro”, parapolítica, falsas
desmovilizaciones de guerrilleros, compra de votos a congresistas para reelección,
entre otros delitos .
Por otra parte, la reactivación económica durante el mandato Uribe fue resultado
de la buena cotización internacional de las materias primas y productos minero
energéticos como el petróleo, más que de la buena gestión gubernamental, que al
respecto se restringió a dos acciones : proveer seguridad, y brindar múltiples
exenciones fiscales a los inversionistas. La reactivación llevó a que el sector minero
y otros como el de los bancos reportaran fuertes ganancias, pero la redistribución
de la riqueza fue escasa, de esta manera la cohesión social se limitó a la ampliación
en cobertura de servicios sociales y la entrega de subsidios focalizados con
programas como “Familias en acción”. Políticas gubernamentales que ayudaron a
afianzar la tendencia de reducción de pobreza monetaria que (según el Dane) viene
desde el año 2002 (Cabrera,2018,p.42 ),pero que no han contribuido a reducir la
desigualdad de ingresos y riqueza porque como era de esperarse el modelo
extractivista, intensivo en la utilización de capital y destructor del aparato productivo
nacional por la enfermedad holandesa que ocasiona su mala administración, tuvo
un desempeño muy bajo en la generación de empleos de calidad. Situación que
explica que a pesar de las contrarreformas laborales llevadas a cabo durante el
gobierno Uribe el desempleo no se redujo y la informalidad aumentó.
La prueba más fehaciente del desgobierno de Uribe, presidente más popular de
Colombia hasta la fecha, es que este, al ver la mar de problemas que no pudo
solucionar se dedicó a tres cosas: primero, administrar los escasos recursos del
Estado (microgerencia) en los consejos comunitarios, reemplazando en sus
funciones a los ministros y otros funcionarios. Segundo, perseguir la guerrilla de
las Farc y sus opositores políticos a quienes equiparó (asunto en que basó toda su
popularidad); y tercero, lidiar los múltiples escándalos de corrupción y violación de
derechos humanos que lo salpicaron. Mientras estaba ocupado en estas funciones
el país era carcomido por la corrupción, la pobreza y desigualdad.
Con respecto al gobierno Santos el proyecto para hacer la paz, que logró una
negociación con las FARC, se quedó corto en la implementación del acuerdo. La
imagen era la de un gobierno que realmente quería la paz pero en la práctica la
ejecución de acuerdos para hacerla tangible e irreversible avanzaba muy
lentamente debido al temor de enfrentar a una gran parte del establecimiento y de
la ciudadanía que estaban en contra.
En cuanto a educación (otra bandera santista) el discurso de “Colombia nación
más educada” también se quedó corto en su implementación y la búsqueda de
calidad en el sector de básica secundaria y media se limitó a esfuerzos de medición
de desempeños por medio del Icfes, la implementación de una desfinanciada
jornada única y el interesante pero frágil programa de capacitación docente e
intervención in situ de instituciones educativas, llamado “todos a aprender”. Por otro
lado la baja cobertura en educación superior y el nulo ingreso de estudiantes de las
clases sociales asalariadas a universidades de gran prestigio académico se intentó
superar con el establecimiento del programa “ser pilo paga”, que se orientaba a la
asignación de becas a los estudiantes de los sectores económicamente más
desfavorecidos que habían obtenido mejores resultados en las pruebas Saber Icfes.
Este programa fue duramente criticado porque entregaba cuantiosos recursos del
Estado a las universidades privadas y desfinanciaba la universidad pública, ya que
con los bajos presupuestos de estas últimas sus servicios no eran percibidos como
atractivos por los beneficiados con la beca que podían escoger la universidad de su
gusto y preferían las privadas, que aumentaron ostensiblemente el número de
estudiantes inscritos en sus programas y subieron el precio de sus matrículas
afectando también a las clases medias, obteniendo de esta forma importantes
ingresos a costa del erario público y el bolsillo de padres y estudiantes .
En el entreacto, y mientras Santos trataba de implementar sus planes de gobierno,
la corrupción hacía de las suyas con escándalos como el de ODEBRECHT, la “Ruta
del Sol” o Reficar, y la mermelada fue repartida para asegurar la “gobernabilidad”
del presidente.
Mención especial requiere el manejo económico del país durante los gobiernos
Uribe –Santos. Al respecto la hoja de ruta ya había sido trazada hace décadas por
los organismo financieros internacionales , pues el canon liberal o neoliberal de
manejo de la economía colombiana ( que privilegia la estabilidad macroeconómica
mediante medidas como contención del gasto público, bajos salarios, beneficios
tributarios a los grandes capitales nacionales e internacionales, acopio de reservas
financieras, pago oportuno de deuda externa ,privatizaciones, control de inflación y
establecimiento de un banco central autónomo ) es señalado por diversos analistas
como un “activo” con el que cuenta la nación para facilitar el crecimiento económico,
o una característica que resalta en medio de la agitada historia colombiana . Aspecto
que no inició con la oleada neoliberal de la década del noventa, y que ha sido
destacado desde hace varias décadas por los Historiadores. Por ejemplo uno de
ellos, Charles Bergquist, resaltaba hacia fines de la década del ochenta el
mantenimiento del manejo liberal de la economía en una época en la cual distintos
países latinoamericanos tenían severas dificultades para mantener el equilibrio
macroeconómico. Situación que desde su punto de vista fue posible gracias a
factores como el vertimiento de dineros ilícitos en la economía, las bonanzas
cafeteras o la minero energética (que se hizo más notable en los inicios del siglo
XXI), y por sobre todo la debilidad de movimientos sociales y de la izquierda que
no habían sido capaces de imponer un fuerte aumento del gasto social al Estado
(Bergquist, 1988, p .431).
Ahora bien, al respecto de este último factor (bajo gasto social del Estado) podemos
decir que sigue siendo parte fundamental de la política neoliberal de los últimos
gobiernos, a pesar de la ampliación impulsada por la constitución de 1991, que
según economistas como José Antonio Ocampo llevó a que se aumentara el gasto
del 7% del PIB en 1990 a un 17% en los primeros años del siglo XXI (Ocampo,
2018, p.23). Gasto que sigue siendo insuficiente ante las agobiantes necesidades
de la ciudadanía y al cual se le ha puesto un límite (llamado por Santos regla fiscal)
para garantizar la estabilidad exigida por las instituciones financieras
internacionales.
De esta forma podemos asegurar que la política gubernamental orientada a la
búsqueda de estabilidad macroeconómica ha sido un continuo (con algunos
baches como la crisis económica de 1999) que siguió inalterable durante los dos
últimos gobiernos (Caballero, 2019), y cuya estructura no será modificada por la
actual administración aunque afronte un escenario económico preocupante dado el
aumento desmesurado del déficit en balanza de pagos. Es de hecho la política de
Estado más coherente en nuestro país y explica en gran parte que Colombia sea
una de las naciones más desiguales del mundo, ya que lo más importante para la
clase dirigente es el crecimiento del PIB y garantizar las condiciones para el capital
internacional, sin importar si hay desarrollo social o sostenibilidad.
Ahora bien, después de analizar la continuidad del fenómeno de ingobernabilidad
en anteriores gobiernos podemos afirmar ( sin desconocer o justificar la falta de
pericia en la conducción política del vigente mandatario o la responsabilidad del
expresidente Uribe en el actual escenario de crispación y polarización ) que el
desgobierno reinante no es más que la expresión palpable y real de la crisis
estructural del régimen presidencial colombiano, y de la tenaz negociación que
desde hace décadas el gobierno colombiano debe hacer con los múltiples poderes
privados, públicos e inclusive ilegales, para imponer su voluntad. Ejemplo de esta
situación durante el actual mandato sería la relación casi extorsiva entre presidente
y poder legislativo, en la cual este último dilata y somete a desgaste propuestas del
ejecutivo como el llamado “Pacto por la legalidad. Alianza contra la corrupción”, que
no ha podido avanzar en el congreso, aunque hay que decir que el mismo gobierno
no ha puesto el acelerador a este proyecto de ley, seguramente pensando en no
contrariar a la clase política tradicional que tiene un gran poder en la regiones. El
mismo cabildeo y tire y afloje se ve reflejado en la aprobación del presupuesto
general y otras propuestas presidenciales. Esta relación no muy cercana entre
congreso y presidente hace pensar a muchos que por fin se está superando la
época de la mermelada, sin embargo contemplando de cerca la situación se observa
que la clase política tradicional del congreso juega a debilitar más al actual
gobernante para después cobrarle caro su apoyo.
La misma situación extorsiva y de corrupción y clientelismo se puede presentar con
la rama judicial, sobre todo ahora que la cabeza principal del uribismo será llamada
a indagatoria, sólo que en este momento podría ser el ejecutivo el que propiciaría
múltiples negociaciones y presiones para beneficiar sus allegados, ambiente que
puede ser aprovechado por los sectores más corruptos del poder judicial para
ampliar sus beneficios y poder clientelar.
En lo referente a la seguridad ciudadana, el gobierno Duque ha declarado la guerra
al crimen organizado y al narcotráfico mediante políticas como “el que la hace la
paga”, pero en las ciudades el microtráfico sigue haciendo de las suyas, al igual que
la delincuencia. En este mismo sentido los grupos armados ilegales continúan
imponiendo su voluntad en diversas regiones del país en las que se lucran del
narcotráfico o minería ilegal, y la presencia de la fuerza pública no es suficiente ni
garantiza las libertades y derechos de los ciudadanos en las zonas en las que hace
presencia. Un ejemplo palpable y macabro de lo anteriormente afirmado es el
asesinato de decenas de líderes sociales y de excombatientes de las FARC en lo
que va corrido del actual gobierno.
Para concluir , y tomando en cuenta las reflexiones anteriores, es válido decir que
el presidente, como diría Pedro Medellín, está sitiado y su poder se hace cada día
más precario, lo cual como vimos no es un hecho exclusivo del gobierno Duque
aunque esta situación se haya exacerbado más durante este mandato, hace parte
de un fenómeno de larga duración, y no puede ser solucionado mediante un lavado
de cara o una renovación de la imagen gubernamental (inclusive la simple llegada
a la presidencia de un gobernante alternativo la tendría muy difícil para implementar
reales cambios).Contexto que deja el campo despejado para que la gobernabilidad
sea asegurada mediante la corrupción y componendas, que se presentan como el
manejo normal de la política colombiana.
Este estado de cosas es una normalidad que es aprovechada por la clase
dirigente, por los grupos empresariales y hasta por los grupos criminales para
prosperar y obtener ganancias , mientras la ciudadanía se “indigna” en las redes
sociales pero no es capaz de movilizaciones reales que transformen el sistema
político y la sociedad en su conjunto.

Referencias
Bergquist Charles. (1988). Los trabajadores en la historia latinoamericana, ensayos
comparativos de Chile, Argentina, Venezuela y Colombia, Bogotá, Siglo XXI
editores .
Cabrera Galvis Mauricio. (2018). La Desigualdad en Colombia. En “la desigualdad
en Colombia “.Bogotá, Editorial Oveja negra.
Caballero Argáez Carlos. (28 de Septiembre 2019). Dieciséis años, dos presidentes,
El tiempo. Recuperado de https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/carlos-
caballero-argaez/dieciseis-anos-dos-presidentes-columna-de-carlos-caballero-
argaez-417296.
Medellín Torres Pedro. (2006). El presidente sitiado, Bogotá, Editorial Planeta SA.
Migdal Joel S. (2011). Estados Débiles, Estados fuertes, México, Fondo de cultura
económica.
Ocampo José Antonio. (2018). La desigualdad en Colombia: Una visión histórica y
comparativa. En “La desigualdad en Colombia”, Bogotá, Editorial Oveja Negra.