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Luis Alonso Schökel

ESPERANZA
M ed ita cio n es b íb licas
para laT ercera Edad
Colección «EL POZO DE SIQUEM

45
Luis Alonso Schókel

ESPERANZA
M editaciones bíblicas
para la Tercera Edad
(2.a edición
corregida y aumentada)

Editorial SAL TERRAE


Santander
Las citas bíblicas que aparecen
en este libro están tomadas de la
Nueva Biblia Española, Madrid 1975.

©1991 by Luis Alonso Schókel, S.J.


©1991 by Editorial Sal Terrae
Guevara, 20
39001 Santander

Con las debidas licencias


Impreso en España. Printed in Spain
ISBN: 84-293-0890-3
Dep. Legal: BI-1525-92

Fotocomposición: Didot, S.A.


Bilbao
Impresión y encuademación:
Grafo, S.A.
Bilbao
INDICE

Prólogo................................................................................. 9
Llamados a vivir-morir-Vivir .............................................. 11

PRIMERA PARTE
MEDITACIONES DE SALMOS

Advertencia preliminar ........................................................ 21


Salmo 1: Un camino y un destino ...................................... 23
Salmo 4: Horizonte dilatado ................................................ 25
Salmo 5: Me quedo aguardando ......................................... 27
Salmo 6: Pon a salvo mi vida ............................................. 28
Salmo 8: Admirados ante el hom bre................................... 29
Salmo 12: Palabras auténticas ............................................. 31
Salmo 13: ¿Qué impaciencia? ............................................. 34
Salmo 16: Intimidad; ........................................................... 36
Salmo 17: Me saciaré de tu semblante................................ 39
Salmo 19: ¿Culpable? ¿Inocente? ........................................ 41
Salmo 23: Mi pastor y anfitrión eres Tú ............................. 43
Salmo 25: Recordar y sentirse perdonado ......................... 46

— 5 —
Salmo 27: Contra el miedo, la esperanza .......................... 49
Salmo 30: Sacaré más gusto a la vida ............................... 53
Salmo 31: En tus manos están mis azares .......................... 56
Salmo 32: La dicha de estar perdonados............................. 59
Salmo 33: Un cántico nuevo, sin hastío ............................. 61
Salmo 34: Hay sentidos que no se embotan ..................... 65
Salmo 36: ¡Qué inapreciable es tu lealtad! ....................... 67
Salmo 37: Venga tu reinado de justicia ............................. 69
Salmo 38: Estoy agotado, Señor.......................................... 72
Salmo 41: Red de solidaridad ............................................. 75
Salmo 42-43: Mal de ausencias........................................... 78
Salmo 44: Con la Iglesia perseguida................................... 82
Salmo 45: De boda ............................................................ 86
Salmo 47: Bajar para subir ................................................. 90
Salmo 49: Rescatados ......................................................... 93
Salmo 55: Suavemente en paz ............................................. 98
Salmo 57: ¡Inaugura el día sin ocaso! ........................ . — 101
Salmo 62: El peso real de mi v id a ...................................... 104
Salmo 63: Mi garganta tiene sed de Ti .............................. 108
Salmo 65: Mi Padre sigue trabajando.................................. 112
Salmo 67: Invocamos tu bendición ..................................... 116
Salmo 71: Mirandoatrás y adelante ....................................... 117

SEGUNDA PARTE
VIÑETAS BIBLICAS DE ANCIANOS

Entrada .................................................................................... 125


1. Simeón........................................................................... 127
2. Abrahán.......................................................................... 135
3. Isaac .............................................................................. 139
4. Jacob.............................................................................. 143
5. Moisés ........................................................................... 149
6. Barzilay .......................................................................... 154
7. Eclesiastés ..................................................................... 156
8. Ezequías ........................... 162
9. Grupos de ancianos ...................................................... 169
10. Pablo.............................................................................. 180
11. Nicodemo ...................................................................... 184

— 6 —
TERCERA PARTE
PAGINAS DE EJERCICIOS

1. Principio y Fundamento ................................................ 191


2. Pecado y perdón ........................................................... 207
3. Infierno y Purgatorio ..................................................... 214
4. Llamada ........................................................................ 222
5. Petición .......................................................................... 225
6. Encamación ................................................................... 233
7. En el templo .................................................................. 239
8. Vida oculta ................................................................... 242
9. Bautismo ........................................................................ 248
10. Desierto .......................................................................... 252
11. Vocación apostólica ...................................................... 260
12. Bienaventuranzas .......................................................... 266
13. Autoridad ....................................................................... 280
14. Curaciones ..................................................................... 284
15. Pasión y violencia ........................................................ 291
16. Contemplación para alcanzar a m o r............................... 316

— 7 —
PROLOGO
Al profeta Jeremías le dice Dios en una ocasión: Que
ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos. Y, algo
más adelante, añade: Si apartas la escoria del metal pre­
cioso, estarás a mi servicio y serás mi boca.
No teniendo yo vocación profètica, he meditado esas
palabras. En cuanto a lo primero, me atrevo a adaptar el
texto pensando en mis coetáneos, peregrinos que han reco­
rrido gran parte del camino de la vida. Me dirigiré a ellos,
para que ellos se dirijan a la palabra de Dios en la Biblia.
Pero, si la Biblia es el metal precioso, temo no vayan a ser
mis palabras la escoria; en tal caso habría que retirarlas
para dejar escueto el texto bíblico. Ahora bien, la tradición
de la Iglesia me enseña que es legítimo y conveniente explicar
el texto bíblico de tal modo que el cristiano pueda entrar en
contacto personal con él. Sabiendo que, si doy nada más
referencias numéricas, el lector no va a consultarlas en su
Biblia, he preferido citar los textos pertinentes o resumir su
contexto.
Aunque el libro puede ser leído, está pensado y escrito
para la meditación y contemplación. Prefiero sugerir a de­
sarrollar; no temo repetir si el texto bíblico repite; busco un
estilo de frase breve, aunque a veces resulte sacudido; dejo
caer aforismos para ser subrayados y asimilados sin prisa.
El que medita podrá repasar el libro o algunas meditaciones

9 —
que encuente más apropiadas o gustosas. Pero lo más im­
portante es que pueda volver directamente a los textos bí­
blicos.
La preferencia por el Antiguo Testamento me viene de
mi dedicación especial; pero procuro siempre que desem­
boque en el Nuevo Testamento. Si algún tema domina estas
páginas, es la Esperanza, una de las virtudes teologales. Y
si debo escoger una frase como lema, la tomo de la liturgia:
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección:
¡ven, Señor Jesús!
San Francisco, California
fiesta de S. Ignacio 1990

— 10
Llamados a vivir-morir-Vivir
Meditación programática

O puntos para varias meditaciones. Vamos a convenir


en que, matemáticamente, la tercera edad comienza a los 66
años y ocho meses (ó 2/3 de 100). Aunque las matemáticas
no vayan de acuerdo con la fisiología, han logrado invadir
la sociología de la ocupación. A esa edad muchas personas
están jubiladas. Esa edad la alcanzan hoy muchas personas
en nuestros países. Por eso se han legislado privilegios para
ellos, se inventan universidades o cursos para la tercera edad,
se les busca alguna ocupación útil.

Pues bien, yo que me encuentro yaen esa franja marginal


(¿marginada?) quiero dedicar un rato a mis compañeros, para
que se ocupen en un ejercicio del espíritu. Como correr por
la mañana con traje especial (sucedáneo quizá de la gimnasia
sueca), para mantenerse en forma. ¿En qué forma? Como la
tercera edad se tensa provisionalmente en algún ejercicio
corporal, como ocupa la mente estudiando o leyendo, es justo
que también el espíritu haga un poco de ejercicio. Y no
abundan los que brindan instrucciones para tan sanos ejer­
cicios.

Ahí van estas páginas: para creyentes, puntos de me­


ditación; para no creyentes, testimonio de una convicción.

San Ignacio, comienza sus «ejercicios espirituales» con


un Principio y fundamento. Vamos a transformarlos en un
Final y coronamiento.

El hombre es creado para vivir. Y para morir. Y para


vivir. Tal es el ritmo cristiano de la existencia: vivir-morir-

— 11 —
VIVIR. Quitad la tercera pieza, y la vida es una atroz de­
cadencia (Aleixandre decía que la vida es la juventud y una
larga decadencia). San Pablo nos dice que el hombre querría
saltarse la segunda etapa; cosa imposible. Adelantar la tercera
etapa en la conciencia, con convicción, es base de la espe­
ranza. Nos acercamos o se nos acerca el punto de intersección
en que una vida, salvación en proceso, va a desembocar en
otra vida, salvación definitiva. Hay que salvar la vida y salvar
la muerte, para ponerse finalmente, definitivamente, a salvo.
Las cosas creadas cada vez nos sirven de menos. Una
especie de indiferencia psicológica nos va invadiendo. Quizá
sea desinterés, más que indiferencia. Una indiferencia como
libertad y superioridad puede dar paso a una indiferencia
como apatía. Apatía (=apatheia) es falta de pasiones, em­
botamiento de emociones.
Ejercicios espirituales para ordenar la vida o para re­
formarla periódicamente. Ejercicios espirituales para ordenar
o reformar la muerte. ¿Se puede reformar, ordenar la muerte?
Se puede ordenar por anticipado. Para realizarla más que
padecerla. Es verdad que prepararse «para bien morir» puede
tener una versión piadosa, noblemente devota; no es menos
cierto que ordenar la muerte puede dar contenido y sentido
a los últimos años.
Recuerdo a Saúl (1 Sm 28) a quien acaban de anunciar
su muerte, en el campo de batalla, el día siguiente. Se in­
corpora de su posición yacente, ensayo final del morir, y
come para recobrar las fuerzas. Para representar heroica­
mente el último acto de su existencia.
Y no olvidemos el aviso de San Juan de la Cruz: «por
la tarde os examinarán en el amor».
Se muere de golpe o se muere por etapas, y estamos en
la recta final. La muerte ¿se padece como violencia extrínseca
o es el último acto vital que da la última definición a la
existencia? Yo he visto un anciano desahuciado que parecía
que no lograba morir, como si no tuviera fuerzas para dar el
último salto, como si ni siquiera pudiera dejarse caer. Se diría

— 12 —
que la vida concentra sus últimas fuerzas para pronunciar:
«está consumado». Esa línea que ha ido trazando nuestro
perfil, definiéndonos, manifestándonos, busca su conclusión
en la muerte. Como en los dibujos infantiles que siguen la
línea de puntos, al morir se juntan los dos cabos y el perfil
queda completo: tales fuimos, tales somos. Dice Jesús ben
Sira, el Eclesiástico (11,28): «Antes de que muera, no de­
clares dichoso a nadie: en el desenlace se conoce al hombre».
El refrán castellano reza: «Antes que acabes, no te alabes».
La última etapa puede ser lenta o vertiginosa, puede
discurrir vacía o podemos llenarla. Podemos dejamos resbalar
hacia atrás, contemplando el paisaje que se nos escapa y se
aleja por delante. Como cuando viajamos de espaldas al mo­
vimiento, en el descansillo del último vagón, en la popa del
barco. Las líneas paralelas de los raíles corren a juntarse en
la lejanía, la estela que trazamos va sorbiendo nuestra exis­
tencia.
«Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo
no me tomo la pena de vivir» dijo un día Manuel Machado.
No sea así. Hay que ordenar la muerte; no basta deslizarse
por la pendiente, suave o escarpada, de la tercera edad.
Al contrario, hay que emprender una marcha ascenden­
te, como la de Jesús según Lucas 9,51: «Cuando iba llegando
el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, se encaró decidido,
camino de Jerusalén». Ir a Jerusalén es subir; desde donde
seguirá subiendo, ascendiendo. Para ello hace Jesús un gesto,
adopta un ademán enérgico, «endurece el rostro». Nada de
dejarse resbalar. Es verdad que Jesús no alcanza la tercera
edad, porque quiere morir joven. Pero en la anticipación
consciente de la muerte, en la decisión de ascender, es tam­
bién nuestro modelo.
¿Hacia dónde ascendemos? Abro la ventana, y entra con
el aire el paisaje; abro la puerta de casa y salgo al corral;
abro el portal del corral y salgo al descampado. Abro la puerta
del planeta y salgo al espacio (que es como un descampado
de nuestra poblada tierra). Abro la última puerta del espacio
y salgo a... Morir es como un viaje ultraplanetario, dejando

— 13 —
atrás este espacio y este tiempo. Hay que hacer preparativos
para el viaje: ejercicios para ordenar la muerte.
San Ignacio nos ofrece otra meditación fundamental,
que titula del Llamamiento: «el que quiera vivir conmigo».
Podemos sustituir «llamamiento» por llamada o vocación (de
vocare). Como hay una llamada para vivir, hay una llamada
para morir. También morir puede ser una vocación.
En el vacío del no ser, en el cóncavo caos del no existir,
donde no éramos ni existíamos, resonó una voz que nos
llamaba a vivir, y respondimos existiendo. «El Dios que da
vida a los muertos, y llama a la existencia a lo que no existe».
(Romanos 4,17). Vivir es una vocación. Lo de Jeremías vale
analógicamente para todos: «Antes de formarte en el vientre,
te escogí» (Jr 1,5).
Si el puro vivir es una vocación, dentro de nuestra vida
surgen otras vocaciones: ingeniero o fontanero, inventor o
mecánico. Vocación es ser cristiano y también «vivir con
El». Pues no menos vocación es morir. ¿No es el morir
cristiano escuchar una llamada? «Venid, benditos de mi Pa­
dre» (Mateo 25,34). Es el mismo verbo de la vocación de
los apóstoles: «venid a ver». Sí, morir para venir, cerrar los
ojos para ver. «Al despertar me saciaré de tu figura» (Salmo
17,15).
«El que quiera morir conmigo...» Toda muerte es vio­
lenta, es la gran y última violencia contra la vida. Aunque
morir fuera un acto vital, sería violento, uno de los más
violentos. La vejez —o tercera edad— anticipa astutamente
esa violencia. Violencia física de enfermedades y el declinar
las fuerzas. Violencia social del retiro forzado, pasar a se­
gundo plano, quedarse con papeles secundarios, convertirse
en comparsa. Violencia espiritual de perder la memoria y el
interés. Sentirse inútil, más aún, una carga. Esta violencia
puede resultar más sutil y penetrante que una persecución
desatada o una furia martirial. No permite la satisfacción de
sentirse héroes; no provoca la reacción airosa y esforzada del
inocente calumniado y condenado. De alguna manera, el

14 —
anciano es culpable: culpable de su enfermedad, porque gastó
la salud; culpable de la debilidad, porque apuró las fuerzas;
culpable del desvío ajeno, porque se ha vuelto irritable; cul­
pable del olvido, porque no es necesario. Si vivir es un
derecho, haber vivido dos edades parece un delito. Si «el
delito mayor del hombre es haber nacido», parece que «el
delito mayor del viejo es haber vivido». El que entra en la
tercera edad sufrirá la pena merecida.
He ahí algunas violencias a las que se ve expuesto,
sometido, el anciano. Pido prestada la voz de un poeta del
siglo XVII: «Vivo muriendo en brazos de la vida... vida
prestada que en morir se emplea» (Antonio Enríquez Gómez).
Pues bien, la violencia que Jesús sufrió anticipada y concen­
trada en unas cuantas horas, el anciano la ha de vivir y tolerar
espaciada y casi rutinariamente. ¿Podrá convertir la rutina en
fortaleza?, ¿podrá llegar al heroísmo sostenido? «El que quie­
ra vivir conmigo, el que quiera morir conmigo...»
Por si fuera poco sufrir tales violencias, el hombre de
la tercera edad tiene que enfrentarse con sus demonios in­
teriores. En el desierto de los años canos, le sale al paso un
Satán, también viejo y tentador, solapado o descarado. Le
susurra el deseo, la pretensión de que su aridez pétrea sea
tenida por jugosa y nutritiva: «Que los otros te escuchen y
celebren tus salidas, que admiren tu saber acumulado». Ya
que no se encuentra en forma para saltar deportivamente del
pináculo del templo, su Satán a la medida le sugiere que
cuente sus increíbles acciones del pasado: «Cuando yo era
joven... recuerdo que una vez...» O le induce a adquirir y
conservar posesiones, aun sin usarlas, imaginando que suplirá
con poseer lo que le falta de ser.
Otro día el Satán de tumo le enseña a denigrar los tiem­
pos presentes. El renombrado Eclesiastés, un maestro que en
la tercera edad conservó la sensatez en medio del desencanto,
aconseja a un joven: «Acuérdate de tu Hacedor durante tu
juventud, antes de que lleguen los días aciagos y alcances
los años en que dirás: No les saco gusto» (Ecl 12,1). No dice

— 15 —
que los tiempos son malos, sino que no les saca gusto. Lo
que está malo es su paladar. Algo parecido le responde Bar-
zilay a David cuando éste le invita, en pago de sus servicios,
a pasar la vejez en la corte:
«Pero ¿cuántos años tengo para subir con el rey a Je-
rusalén? ¡Cumplo hoy ochenta años! Cuando tu servidor
come o bebe, ya no distingue lo bueno de lo malo, ni tampoco
si oye a los cantores o cantoras. ¿Para qué voy a ser una
carga más de su majestad? Pasaré un poco más allá, acom­
pañando al rey, no hace falta que el rey me lo pague. Déjame
volver a mi pueblo, y que al morir me entierren en la sepultura
de mis padres. Aquí está mi hijo Quimeán: que vaya él, y
lo tratas como te parezca bien» (2 Samuel 19,35-38).
Contra los demonios interiores tiene el anciano ángeles
a su servicio. ¿Por qué a los ángeles los representan siempre
jóvenes y al diablo viejo? Suena a discriminación. Tendrá
que haber ángeles especiales para la tercera edad. Los que
aconsejan: contra el afán de poseer, desprendimiento, anti­
cipando el desprendimiento final; contra vano honor, silencio
o discreción, aliento y apoyo a los jóvenes; contra irritación,
comprensión y tolerancia.
A propósito: el gran aliado de la Muerte es el diablo,
mientras que los ángeles son aliados de la vida. «Por envidia
del diablo entró la muerte en el mundo» (Sabiduría 2,24);
«el diablo fue asesino desde el principio» (Juan 8,44). Dicen
que hay también un ángel de la muerte: es el que nos conduce
a realizar nuestra muerte, más que a padecerla o dejarla venir.
Muerte como llamada, vocación personal.
Hace más de setenta años escribió Rilke una página que
vale la pena copiar aquí:
«Este selecto hotel es muy antiguo: ya en tiempos de
Clodoveo se moría aquí en varias camas. Ahora se muere
en quinientas cincuenta y nueve camas. Naturalmente, en
serie. Con tan enorme producción, cada muerte aislada no
queda tan bien elaborada, pero no se trata de eso. Lo que
importa es el número. ¿Quién da hoy algo por una muerte
bien elaborada? Nadie. Incluso los ricos, que, sin embargo,

16 —
se podrían permitir morir con todo detalle, empiezan a ha­
cerse descuidados e indiferentes: el deseo de tener una muerte
propia se hace cada vez más raro. Un poco más, y se hará
tan raro como la vida propia. Dios, todo está ahí. Se llega,
se encuentra una vida hecha, no hay más que ponérsela. Uno
quiere marcharse o está obligado a ello, entonces ningún
trabajo: Voilà votre mort, Monsieur. Se muere a medida que
se llega; se muere la muerte que corresponde a la enfermedad
que se tiene (porque, desde que se conocen todas las enfer­
medades, se sabe también que los diversos desenlaces letales
corresponden a las enfermedades y no a las personas; y el
enfermo, por decirlo así, no tiene nada que hacer).
En los sanatorios, donde se muere con tanto gusto y
con tanto agradecimiento hacia médicos y enfermeras, se
muere una de las muertes preparadas por el establecimien­
to...» (Los apuntes de Malte Laurid Brigge. Traducción de
J. M. Valverde).
El cristiano ha de cultivar una relación personal con
Jesucristo. Los ejercicios de San Ignacio son en gran parte
el cultivo concentrado de esa relación. La relación se esta­
blece y mantiene con el Señor resucitado y glorificado, pre­
sente en la Iglesia y en nuestra vida; pero se articula pro­
yectándose a la vida terrena de Cristo, a los «misterios de la
vida de Cristo». Pues bien, la relación entre dos personas se
define también por la edad de ambos: de niño a niño, de
joven a adulto, de anciano a niño, etc. La relación con Jesús
entra necesariamente en ese dinamismo. Un niño siente a
Jesús infantilmente; un joven, juvenilmente; un adulto, ma­
duramente. ¿Un anciano? No quiero pronunciar la palabra
«senilmente».
El poeta argentino Luis Bemáldez repite en un villancico
este estribillo: «Dios mío, Dios mío, hoy eres hijo mío». Es
decir, hijo de la Humanidad. El poeta en ese momento se
siente hombre y padre como tantos otros; siente que su pa­
ternidad es participación en la gran fecundidad humana, don
de la infinita fecundidad divina, «de quien procede toda pa­
ternidad» (Efesios 3,15). En la multitudinaria paternidad y
maternidad humanas se inserta el «hijo de la humanidad», y
en cierto modo el poeta es su padre: «Hoy eres hijo mío».

— 17
Han pasado los años, me encuentro en edad y afectividad
de abuelo. El abuelo siente reflorecer su carne en el nieto,
se siente padre vicariamente. Afectivamente, a veces es más
padre el abuelo. También ser abuelo es una forma de pater­
nidad. ¿Me atrevo a decirlo? «Dios mío, hoy eres nieto mío»;
y dejo fluir dulce y melancólicamente los afectos propios de
la edad.
El abuelo se está retirando: o es inútil o estorba. Pero
llega el nieto, y el abuelo comienza de nuevo a ser útil en
algunos servicios sencillos: cuidar, asistir. Y, sobre todo,
envolviendo en un afecto que el niño siente y aprecia y asi­
mila. «Dios mío, hoy eres nieto mío». Cuando al abuelo le
toque marcharse, quedará Jesucristo: hijo y nieto de todas
las generaciones de las que se hace contemporáneo.
Un día Moisés tiene que despedirse de la tierra y de la
vida. De la tierra prometida, adonde no podrá entrar; de la
vida, que parece truncada. Sube a la montaña a contemplar
desde lejos, desde arriba, la tierra prometida. También desde
la altura de sus años de anciano. Antes de morir se le llenan
los ojos de aire marino, de luz gloriosa, de paisaje rendido:
«duermen cumbres y valles su costumbre». Y además se llena
de futuro. Sobre la cumbre de la montaña, soberbio pedestal
para su figura gigantesca, contempla Moisés el comienzo de
una nueva era. Y acepta la muerte.
Siglos más tarde, un anciano se acerca a la muerte. Antes
sube al monte del templo «más alto que todas las montañas»
(Isaías 2,2). Allí se encuentra con una madre y un niño. Lo
toma en sus brazos y siente un peso infinito y dulcísimo:
todo el futuro está en sus brazos. E invoca sereno la muerte.
El Mesías tiene que crecer, Simeón, el Antiguo (viejo) Tes­
tamento, se retira para dar paso al Nuevo.
Cuando yo me retire definitivamente, seguirá naciendo
y creciendo Jesucristo, niño con los niños, joven con los
jóvenes y con los adultos y con los ancianos. «Dios mío,
Dios mío, hoy eres nieto mío».

— 18 —
PRIMERA PARTE

MEDITACIONES
DE
SALMOS
ADVERTENCIA PRELIMINAR

Cuando nos disponemos a recitar o meditar los salmos,


es bueno tener presentes dos cosas que técnicamente llama­
mos «prosopología» y «apropiación». Dicho sin terminología
técnica: quién pronuncia el salmo y cómo lo pronuncio yo.
Prosopon es una palabra griega que significa «persona».
Un salmo lo pronuncian una o varias personas, que de or­
dinario no son el autor. Hay que distinguir entre el yo del
autor y el yo del poema. Aunque a veces coinciden, p.e. en
las confesiones líricas, muchas veces el poeta pone sus pa­
labras en boca de N. Es bien probable que el autor del salmo
88 gozara de buena salud, pero las palabras del salmo las
pronuncia un moribundo. Los salmos están puestos en boca
de David, de un rey, de un enfermo, de un maestro, de un
inocente injustamente perseguido. Definir las personas o per­
sonajes que hablan en un salmo es objeto de la prosopología.
Prosopon es un término tomado del teatro: en el salmo habla
uno, se dirige a otro, habla de un tercero, se apunta un
diálogo...
Llega un momento en que el salmo lo voy a pronunciar
yo, para lo cual tengo que apropiarme sus sentimientos y sus
palabras. Si soy cristiano, mi acto de apropiación pasa por
el que hizo Jesús cuando rezaba los salmos. Una nueva per­
sona, Jesús, se los apropió del modo conveniente, y así que-

— 21
daron los salmos definitivamente marcados. Rezando los sal­
mos, Jesús abre un nuevo capítulo de prosopología y apro­
piación. Los comentaristas antiguos apuran las distinciones
preguntando: ¿En nombre de quién habla? —En nombre pro­
pio, de la Iglesia, de los que sufren, de los que piden perdón.
Al apropiarme yo el salmo, entro en el juego de la
prosopología, de algún modo me vuelvo personaje, aunque
no ficticio, y aporto mi personalidad. Ni quiero ni puedo
prescindir de ella. Puedo rezar en nombre propio, de la Igle­
sia, en nombre del hermano perseguido o afligido. Siempre
hago mío el salmo y necesariamente le imprimo el tono de
mi voz, el aliento de mi emoción. Supongamos que ahora
me toca rezarlo como anciano en el seno de la Iglesia. Pues
bien, unos cuantos salmos están explícita o implícitamente
pronunciados por ancianos. Otros cobran una modalidad se­
mejante al pronunciarlos nosotros. No estamos continua­
mente pensando en la edad; la vivimos tranquilamente sin
necesidad de restregarla en la conciencia. Un buen comen­
tario a los salmos servirá a cualquiera que lo estudie y maneje.
Lo que pasa es que en estas páginas intento ofrecer algo
específico para la tercera edad, y por eso tengo que ponerme
un poco pesado. (Hago constar que, mientras redacto estas
páginas, se está imprimiendo un comentario mío, amplio, a
los salmos 1-72). Podemos decir sencillamente: aquí estoy
ante Dios; no hace falta aclarar cada vez: aquí está este an­
ciano ante Dios.

— 22 —

*
Salmo 1: Un camino y un destino

El salmo primero es el pórtico de entrada al salterio.


Tiene un carácter reflexivo o meditativo (algunos dicen sa­
piencial). Se formula como bienaventuranza: «Dichoso el
que...» Trata del camino de la vida y de su destino final, en
forma de enunciados generales. Contrapone dos caminos y
dos destinos, de buenos y malos sin intermedios, y emplea
dos sencillas imágenes vegetales. Sin dificultad se puede
apropiar este salmo un anciano, que lleva recorrido un largo
camino y siente que se acerca al destino final.
Vamos a fijamos brevemente en los tres elementos.
El camino. Es tradicional y convencional en nuestra
cultura considerar la vida y la conducta como un camino:
recto o tortuoso, llano o abrupto, subiendo o bajando. Co­
nocemos desde jóvenes la dirección general, pero no podemos
prever el itinerario entero. Quizá nos haya costado trabajo
dejamos guiar por Dios. Con todo, al cabo de tantas jomadas,
podemos definir el sentido del camino por el término adonde
hemos llegado: hasta aquí nos ha traído Dios. Enderezando
lo torcido, allanando lo escarpado (Is 40). Aunque a trechos
estuvimos desorientados o atascados, en conjunto la dirección
ha sido progresiva y ascendente. Y todavía nos queda un
repecho.
El camino lleva a un destino, que será compartido con
otros muchos. Porque «el Señor cuida del camino de los
justos» para conducirlos hasta el término, que es El. En
cambio, «el camino de los malvados acaba mal». El libro
de los Proverbios desarrolla el téma enlazando camino con
luz:

4,18 La senda de los honrados brilla como la aurora,


se va esclareciendo hasta que es día.
19 El camino de los malvados es tenebroso,
no saben dónde tropezarán.
(véase Prov 4,10-27).

— 23 —
Aunque el destino está cerca, nos queda un tramo. Por
tanto, según los Proverbios,
4,25 Que tus ojos miren de frente
y tu mirada se dirija hacia adelante.

El tercer tema es la imagen del árbol significando la


vitalidad vegetal del justo, nutrida por la corriente de la Ley.
Ahora bien, la lozanía del árbol cuadra mejor con la lozanía
de la juventud. Pero el salmo 92 conoce una lozanía que
desmiente la edad:
13 El honrado florecerá como palmera,
14 como cedro del Líbano
plantado en la casa del Señor,
florecerá en los atrios,de nuestro Dios.
15 En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso.

Palmera y cedro son dos árboles tan bellos como di­


versos: la palmera, esbeltez de surtidor que se abre en círculo
verde; el cedro, opulencia de millones de agujas repartidas
irregularmente hasta crear una armonía majestuosa; palmera
y cedro, llanura y montaña. Lo importante es que esos árboles
estén plantados en el recinto del templo y estén regados por
su fuente sagrada.
El cristiano que medita este salmo tiene presente que
Jesús es el camino y la vida. Camina tendido entre su primera
y su última venida, para que la recorramos paso a paso. Vida
que comunica por la meditación y la práctica de su ley, que
es la ley del amor o su Espíritu. El amor cristiano es fuente
de vitalidad. Hemos conocido personas dedicadas al ejercicio
de la caridad que renovaban sus fuerzas a pesar de los años.
Para hacer bien al prójimo no se sentían viejas. Cristo, que
es nuestro camino, es también nuestro destino. Tenemos que
ser trasplantados a la casa del Señor.

— 24 —
Salmo 4: Horizonte dilatado

Este salmo se suele rezar en la oración de Completas


(desprendida de vísperas) como oración antes de acostarse.
Nos interesan de momento los dos símbolos de espacio y
sueño. El sueño se presenta en el salmo en sentido propio,
pero abierto a una sugerencia simbólica, que preferimos aquí.
Los versos aislados son:
2 Tú que en el aprieto me diste holgura...
9 En paz me acuesto y enseguida me duermo,
porque sólo tú, Señor, me haces vivir tranquilo.

El primer símbolo se refiere globalmente a todas las


estrecheces, aprietos, angosturas, angustias que nos han es­
trujado o nos han hecho encogemos en la vida (el repertorio
metafórico español del espacio es abundante). El Señor nos
ha dado holgura, anchura, espacio; especialmente en el orden
espiritual. Quizá el Señor nos haya concedido, con los años,
libertad de espíritu para exponemos al soplo ancho del Es­
píritu, para movemos sin trabas. Porque las prohibiciones
restringen, las leyes constringen (del latín stringere), hay
superiores estrictos. El hombre necesita espacio para desen­
volverse, debe cultivar la anchura de miras, debe abrirse a
un horizonte mental dilatado. En la tercera edad estamos
amenazados y solicitados. Hay ancianos que se van enco­
giendo como pasas; otros parecen moverse finalmente en un
espacio de cuatro dimensiones. El gusano, que se mueve en
las dos dimensiones de lo ancho y lo largo, habita un universo
aplanado. El ave se mueve en tres dimensiones. El espíritu
busca la cuarta dimensión. Pero ¿no somos nosotros los que
estrechamos y restringimos al Espíritu? Seamos elásticos
como un globo: dejemos que el Espíritu nos penetre y desde
dentro dilate nuestra capacidad.

— 25 —
Tú que en el aprieto me diste holgura, no permitas que
ahora me someta de nuevo a la estrechez. Dame tu holgura,
que se vaya dilatando sin término. Sean mis dimensiones «la
anchura y largura, altura y profundidad» de Jesucristo (Ef
3,18). Largura que nunca acabaremos de recorrer, anchura
que nunca abarcamos, profundidad del misterio, altura del
destino. Sé tú mi espacio, en el cual «yo viva y me mueva y
exista» (Pablo en el Areópago, Hechos 7,27).
El segundo símbolo es el sueño. El sueño es, curiosa­
mente, ambivalente. Es descanso, pero nos deja inactivos;
nos cierra los ojos y nos abre la fantasía; es alivio presente,
pero imagen y premonición de la muerte; es liviano y puede
convertirse en pesadilla. Tú, Señor, me haces vivir tranquilo;
me infundes una paz que me hace dormir enseguida, sin
preocupaciones, libras mi sueño de pesadillas. ¿Y dónde dejo
la imagen de la muerte? Jeremías amenaza en 51,57: «dor­
mirán un sueño eterno sin pesadillas». Yo confío que no será
así. Cuando me llegue el último sueño, tú vendrás a velarme
hasta que despierte a la mañana sin término, a la realidad
que superará todos mis sueños.

— 26 —
Salmo 5: Me quedo aguardando

Voy a empalmar un verso de este salmo con la medi­


tación precedente:
4 A ti te suplico, Señor,
por la mañana me escucharás:
por la mañana te expongo mi causa
y me quedo aguardando.

Cada mañana que me despierto recibo un don de luz y


vida. El sol ha salido puntual «de su alcoba», dispuesto a
«recorrer su camino» (Sal 19), la tierra ha girado con pre­
cisión, la aurora ha devuelto formas y colores al mundo (Job
38,14). Y aquí estoy yo, Señor. Lo primero que hago esta
mañana es exponerte mis asuntos personales y los de otros
que hago míos. Y me quedo aguardando... a que tú actúes.
Cada vez es menos lo que puedo llevar a cabo, pero no es
poco seguir aguardando. Si no esperara que vas a intervenir,
porque ahora te toca a Ti, no aguardaría. ¿No es mi vida
ahora un exponer, proponer y quedarme aguardando? Aguar­
do tu intervención en mis asuntos, pero, sobre todo, te aguar­
do a Ti: ¿cuándo piensas venir? (Sal 101)
8 Yo por tu gran bondad entraré en tu casa

Estoy aguardando en el recinto cercado, en el zaguán,


a la puerta ¿Cuándo me abrirás? No por mis méritos, Señor,
sino por tu gran bondad. Eres el amo y tienes la llave; «el
malvado no es tu huésped», pero tu bondad me hará bueno
y me hará entrar. Entretanto, yo me quedo aguardando. Como
las muchachas que tomaron sus candiles y salieron a recibir
al novio; aunque el novio tarde, yo estaré en vela (Mt 25,
1-13).

— 27 —
Salmo 6: Pon a salvo mi vida

Sólo un apunte para este salmo:


8 Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.

¿Habéis conocido personas que en una noche encane­


cieron, que en unos días envejecieron años? La pena hace
envejecer en alma y cuerpo, y los ojos dan testimonio de
ello, porque a ellos les toca llorar. Sea propia o ajena la
culpa, el efecto es el mismo. Puede ser más amarga la pena
cuando uno se siente culpable, sin el consuelo de sentirse
víctima inocente. Pues, si soy culpable,
2 Señor, no me reprendas con ira,
no me corrijas con cólera.

A un niño se le reprende con dulzura y comprensión,


para que reciba la corrección sin apocarse. Pues yo, Señor,
vuelvo a ser como un niño. No pido que no me reprendas o
corrijas; sólo te pido que lo hagas con piedad, sin ira. Si soy
tan pequeño, no merezco la cólera de Dios; si soy débil, no
puedo soportarla:
Am 7,2 Yo dije: Señor, perdona:
¿cómo podrá resistir Jacob si es tan pequeño?
3 Con esto se compadeció el Señor y dijo:
No sucederá.

Que Dios se convierta a la piedad: «Vuélvete, Señor,


pon a salvo mi vida».

— 28 —
Salmo 8: Admirados ante el hombre

Dice el verso 2 en una traducción probable (el texto


hebreo es dudoso y discutido):

Ensalzaré tu majestad por encima del cielo


con la boca de un niño de pecho.

Entonces, ¿tengo que saltarme este salmo tan bello?


Aunque me falten algunos dientes (quizá artificialmente
reemplazados), mi boca no es balbuciente como la de un niño
de dos o tres años. ¿Tengo que pensar que Jesús no recitaba
este salmo? Al contrario, nadie lo recitó mejor que él. Lo
más fácil de reproducir es el balbuceo, porque hablando de
Dios el hombre sólo consigue balbucear. Moisés protesta:
«soy torpe de boca y lengua» (Ex 4,10). Jeremías alega: «Ay,
Señor mío, mira que no sé hablar, que soy un muchacho»
(Jr 17). Si Jesús habló de tú a tú con su Padre, no será con
lengua puramente humana.
Vamos a fijamos en otro aspecto del niño más impor­
tante: la capacidad de asombrarse, de maravillarse. El que
pronuncia este salmo ha contemplado el prodigio del cielo
estrellado, obra de los dedos de Dios. Con los niños com­
parten el estupor muchos adultos sin formación especial. A
poco que sepan y a poco que reflexionen, encontrarán ad­
mirable, inexplicable, el mundo estelar. Si son creyentes,
alabarán a Dios por ello. Pero nosotros somos adultos; hemos
estudiado astronomía básica y después hemos leído libros o
artículos sobre descufirimientos y teorías astrofísicas: estrellas
enanas, dobles, rojas, novas y supernovas, galaxias, pul­
sars... ¿Podemos admiramos como niños? Proporcionalmen­
te, tenemos mucho más que admirar. Que la supernova que
ahora se presenta en una zona celeste conocida y descrita

— 29 —
haya explotado hace setenta mil años, ¿no produce el vértigo
de la distancia? El universo estelar que nosotros conocemos
es mucho más maravilloso que el que observa el niño ig­
norante o el antiguo autor del salmo 8. Si puedo contemplar
extasiado, anodadado, puedo alabar a Dios con boca de niño.
Y puedo preguntar con más lucidez y gratitud:
5 ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para que te ocupes de él?

¿Me he preguntado en serio qué es el hombre? He es­


tudiado antropología; quizá la haya repartido en anatomía,
fisiología y psicología; quizá haya añadido historia y socio­
logía. Pero ¿he preguntado de verdad qué es el hombre? El
hombre es el ser que pregunta y el objeto de la pregunta.
Quien no pregunta no es hombre verdadero. Entonces el niño,
el gran preguntón, ¿es hombre verdadero? Digamos que va
camino de serlo si aprende a preguntarse, o sea, a volverse
sobre sí para preguntar qué es. Y el anciano creo que tiene
pendientes muchas preguntas, porque algunas supuestas cer­
tezas se le han tambaleado y han dejado el puesto a preguntas
que brotan o rebrotan. Entre todas las preguntas, ésta puede
ser la principal: ¿Qué es el hombre? Especialmente porque
en la pregunta entra Dios «para que te acuerdes de él, para
que te ocupes de él. ¿Quién se ha ocupado de mí en cada
latido —millones y millones— de mi corazón? —Dios. ¿Por
qué? ¿Qué es el hombre para que te ocupes de él?
Si no encuentro respuesta a mi pregunta, me vuelvo a
una imagen del niño Jesús en brazos de María. Quizá él me
explique qué es el hombre: descubriendo, como en nuevo
Génesis, que el mundo está bien hecho, estrenando en su
boca palabras humanas. Preguntar por el hombre para conocer
a Jesús; preguntar por Jesús para conocer al hombre. De tal
modo que cada respuesta desate una nueva pregunta. «No se
sacian los ojos de ver ni los oídos de oir», dice el Eclesiástés.
¿Se cansará la mente de preguntar qué es el hombre?

— 30 —
Salmo 12: Palabras auténticas

¿Que estamos cansados de palabras, hartos de ellas? No


es extraño. De las valiosas, porque ya hemos asimilado mu­
chas, y por la atención que requieren las nuevas. De las malas
o inútiles, porque nos envuelven e inundan y ensordecen.
Aunque la imagen ha aumentado su presencia e influjo, por
la televisión y las revistas y libros ilustrados, todavía la pa­
labra nos acorrala. El político cuida su imagen; sólo que esa
imagen está hecha en gran parte de palabras. Si la publicidad
sigue mintiendo, al menos por exageración, es porque la gente
la cree. Si los políticos siguen mintiendo en sus promesas,
es porque la gente quiere esperar. A nuestra edad, muchos
están vacunados o se han vuelto escépticos: no es irrazonable
desconfiar de tantas palabras.
El salmo 12 menciona algunos tipos: la mentira con
doblez de corazón, que es mentira a sabiendas, utilizando el
engaño como instrumento ofensivo. La lisonja o adulación
para sacar provecho, para perjudicar halagando. La procla­
mación vanidosa o soberbia de méritos propios, la fanfarro­
nada. Y, sobre todo, la lengua como supremo instrumento
de poder. La serie suena así en el texto del salmo:

3 no hacen más que mentirse unos a otros,


hablan con labios lisonjeros y doblez de corazón.
4 Corte el Señor los labios lisonjeros,
la lengua fanfarrona de los que dicen:
«La lengua es nuestro poder,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?»

No es difícil encontrar versiones modernas del repertorio


citado. El político promete lo que no puede ni piensa cumplir.

— 31 —
La publicidad halaga a todos los sentidos juntos, elevados a
potencia por la imaginación, para persuadir a comprar el
producto; a veces utiliza el halago subliminar, del que es
difícil defenderse. Artistas y deportistas se glorían de ser los
mejores, alegando méritos reales o ficticios. Y por encima
de todo, los medios de comunicación como instrumento de
poder. Quien controla los medios de comunicación, controla
el mercado y la opinión pública: la lengua es nuestro poder.
Es dificilísimo defenderse del asedio. Somos ciudadanos ase­
diados en sociedades que se dicen libres. Y es tan difícil
defenderse del poder externo, porque somos cómplices del
enemigo. Los asediantes cuentan con una quinta columna,
los defensores de la no resistencia. ¿Por qué se recurre con
tanta desfachatez al engaño? Porque el hombre quiere ser
engañado: homo decipi vult. ¿Por qué resulta tan eficaz la
mentira disimulada y medida? Porque la gente la cree. ¿Por
qué, engañados una y otra vez, no acaban de aprender? Por­
que quieren, necesitan creerlo. No todo es así, desde luego:
hay informadores honestos y críticos. Su ayuda es preciosa
para quien quiere recibirla. Pero sucede que no es fácil re­
conocerlos.
En el Antiguo Testamento, al socaire del profeta autén­
tico surge el falso profeta, pesadilla de profetas como Mi-
queas, Jeremías o Ezequiel. Jeremías los denuncia en su
invectiva del cap. 23:
14 adúlteros y embusteros que apoyan a los malvados
para que nadie se convierta de la maldad.
21 Yo no envié a los profetas, y ellos corrían;
no les hablé, y ellos profetizaban;
22 si hubieran asistido a mi consejo,
anunciarían mis palabras a mi pueblo
para que se convirtiese del mal camino.
16 No hagáis caso a vuestros profetas, que os embaucan:
cuentan visiones de su fantasía,
no de la boca del Señor.
Ezequiel analiza el fenómeno y descubre casos en que
el falso profeta llega a creerse el producto de su fantasía y
espera que se cumpla:

— 32 —
13.6 Visionarios falsos, adivinos de embustes,
que decían «oráculo del Señor»
cuando el Señor no los enviaba,
esperando que cumpliera su palabra.
Volvamos al salmo 12, que con sus enunciados gené­
ricos y simplificados es plenamente actual. ¿Qué nos ofrece,
en cambio? Algo simple y categórico:
7 Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga, refinada siete veces.
La palabra de Dios que se nos ofrece en los libros sa­
grados, Antiguo y Nuevo Testamento, y la palabra del Es­
píritu que nos habla por dentro.
Entonces, ¿por qué multiplico yo mis palabras en vez
de dejar hablar directamente a la Biblia? No sería mejor
callarse y entregar el libro de los salmos para el rezo y la
meditación? Quizá sirvan nuestras palabras para conducir de
la mano al lector hasta el santuario de la Palabra. Si es así,
nuestras palabras cumplirán su destino cuando cesen, cuando
llegue el momento de la verdad, es decir, cuando el lector o
meditador se quede solo y en silencio con la palabra de Dios.
Que no ceje hasta experimentar él mismo que «las palabras
del Señor son palabras auténticas». En una ocasión dramática
confiesa Jeremías:
15.6 Cuando recibía tus palabras, las devoraba;
tu palabra era mi gozo y alegría.
A Ezequiel le manda Dios en una visión comer el rollo
con el mensaje escrito que debe proclamar: 3,3 «Lo comí y
me supo en la boca dulce como la miel». Que el lector no
escuche más lo que yo digo, que coma y saboree la palabra
de Dios. Sin olvidar el final enérgico de este salmo 12:
8 Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente,
9 de esos malvados que merodean
como sabandijas en tomo a los hombres.

— 33 —
Salmo 13: ¿Qué impaciencia?

De este salmo hay que hablar poco y aprisa, porque es


la oración de la impaciencia. El niño y el anciano son im­
pacientes, cada uno a su modo. El niño quiere apresurar el
ritmo de su vida: todo y ahora mismo. Al anciano le molesta
cualquier infracción de su rutina, porque tiene menos capa­
cidad de reacción y adaptación. ¿Cuál es la impaciencia del
que pronuncia este salmo? Leamos:

2 ¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?


¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro?
3 ¿Hasta cuándo he de estar cavilando
con el corazón apenado todo el día?
¿Hasta cuándo va a triunfar el enemigo?

¿Cuáles son nuestras impaciencias al apropiamos este


salmo? Pablo decía: «Quiero morir y estar con Cristo», pero
añadía: «quedarme en este mundo es más necesario para
vosotros» (Flp 1,23).
Dicen que los que han pasado por la experiencia de la
muerte aparente y han vivido esos minutos —o años com­
primidos— , no querían volver, deseaban impedir la reani­
mación, y vuelven con una nostalgia serena de aquello. Otra
versión nos dan los santos: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta
vida espero que muero porque no muero».
Todavía nos queda un verso importante del salmo:

4 Atiende y respóndeme, Señor Dios mío,


sigue dando luz a mis ojos,
líbrame del sueño de la muerte.

— 34 —
No me libres, Señor del sueño, no me libres de la muerte.
Líbrame de un sueño mortal, de una muerte que me desva­
nezca como un sueño. No me libres de soñar contigo ni de
una muerte maciza, túnel o puente hacia tu reino. Líbrame,
con tu sueño, de mis ensoñaciones, líbrame con la muerte
de mi mortalidad,
6 pues yo confío en tu lealtad,
mi corazón se alegra con tu salvación,
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.

— 35 —
Salmo 16: Intimidad

Si el salmo 13 es la oración de la impaciencia, el salmo


16 es la oración de la intimidad con Dios. El comienzo del
texto es muy difícil. Podemos imaginarlo como una profesión
de lealtad de un levita el día de su dedicación, o de un
sacerdote el día de su consagración. Profesa lealtad al Señor
su Dios, excluidos otros dioses, y al gremio al que se in­
corpora oficialmente. Sacerdotes y levitas no poseen un te­
rreno familiar de qué vivir. Es como si fueran huéspedes o
inquilinos del templo, donde el Señor les provee de aloja­
miento y alimento. Tales bienes cotidianos son símbolo y
prenda del bien superior, que es el trato con Dios. Job re­
cordaba con nostalgia «aquellos días de mi otoño, cuando
Dios era un íntimo en mi tienda» (Job 29,4). El sacerdote
es un íntimo en la tienda de Dios. ¿Dónde nos colocamos
nosotros? Porque para un cristiano la intimidad con Dios no
es asunto de espacio y de tiempo. Seamos o no sacerdotes,
vivamos un otoño o un invierno de la vida, podemos aspirar
a la intimidad con Dios. Si es difícil describir lo que eso
significa, el orante se atreve a sugerir algunos aspectos:
7 Bendeciré al Señor que me aconseja,
aun de noche me instruye internamente.
Pongo siempre delante al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Aprendan otros de libros o maestros, que yo tengo al


Señor como maestro y consejero personal. En el silencio
nocturno o por las avenidas del sueño, el Señor me instruye.
Cuando mi subconsciente abre las ventanas cerradas en la
vigilia, puede acoger las insinuaciones del Señor. Cuando de
día vigila la conciencia, pongo delante al Señor. Esa es mi
sabiduría y estabilidad.

— 36 —
Y del futuro ¿qué será? El orante da un salto prodigioso,
que parece trasladarlo al contexto del Nuevo Testamento, o
pronuncia palabras que dicen más de cuanto él piensa o ba­
rrunta. Palabras que nosotros vamos a pronunciar con pleno
derecho y sentido. Pues el que ha vivido en intimidad con
Dios no podrá ser ciudadano perpetuo del reino de la muerte:

9 Por eso se me alegra el corazón


y gozan mis entrañas
y mi carne descansa serena:
10 porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu leal conocer la fosa.
11 Me enseñarás el sendero de la vida,
me colmarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Estas palabras tienen un alcance nuevo pronunciadas


primero por Cristo y después por el cristiano en unión con
él. Cristo pasó por la muerte, pero no cayó bajo su dominio.
Entró en la sepultura como huésped de paso, por dos noches,
«como caminante que se desvía para pernoctar», diría Je­
remías (14,8). Por el túnel de la muerte transita el sendero
de la vida. Ahora está Jesucristo sentado a la diestra del Padre,
gozando de su dicha perpetua. Este hecho ha cambiado el
sentido de la vida: ya no es sentido descendente, sino ascen­
dente. Ahora bien, Jesucristo quiere compartir con nosotros
su vida y su alegría. Leemos en Jn 16:

20 Vosotros estaréis tristes,


pero vuestra pena acabará en alegría...
22 Por eso ahora también vosotros estáis tristes,
pero cuando volváis a verme os alegraréis,
y esa alegría vuestra no os la quitará nadie.

Un proverbio hebreo, 14,13, dice: «También entre risas


llora el corazón, y la alegría termina en aflicción». Las
palabras de Cristo, Sabiduría de Dios, invierten el sentido
del proverbio, de modo que prodría sonar así: «También entre
llantos ríe el corazón, y acaba en alegría la aflicción». El

— 37 —
gozo perpetuo en tu presencia, Señor, es todavía futuro para
mí. Pero la esperanza anticipa una menuda participación, que
se infunde por dentro y colma el corazón, se desborda y se
derrama en la carne. Porque me colmarás, Señor, y yo lo
sé, ya me estás colmando. El gozo futuro y próximo es
incomparable, pero mi capacidad actual es limitada y necesita
menos para colmarse. Cuando recorra hasta el fin el sendero
de la vida, tendrás que ensanchar mucho mi capacidad para
que me quepa tanto gozo a tu derecha.

— 38 —
Salmo 17: Me saciaré de tu semblante

El verso final de este salmo hace resonar el final del


precedente. Lo reza un inocente injustamente acusado que
apela al tribunal de Dios afirmando su inocencia. Así se
explica la referencia final, «por mi rectitud», que no se ha
de entender como alegación de méritos, sino como declara­
ción de una conciencia limpia en el caso presente. Como si
dijera: «De lo que me acusan soy inocente». Si fuera culpable,
no podría presentarse ante Dios, pues «el impío no comparece
ante él» (Job 13,16). Más aún: si fuera culpable, su decla­
ración de inocencia agravaría el delito. No es así, y Dios lo
conoce a fondo:

3 Aunque sondees mi corazón,


inspeccionándolo de noche,
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí.

En estas condiciones puede el orante pronunciar el úl­


timo verso del salmo, para que nosotros nos lo apropiemos:

15 pero yo, por mi rectitud, veré tu rostro,


al despertar me saciaré de tu semblante.

¿Qué es lo que se atreve a decir? Cuando Moisés le


pidió: «Enséñame tu gloria», Dios le contestó: «mi rostro no
lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida»
(Ex 33,20). Es verdad: en esta vida no podríamos con tanto;
hay que morir y pasar al otro lado para saciarnos de su
semblante. Decía el Eclesiastés que no se hartan los ojos de
ver (1,8); y es que pensaba en las cosas de este mundo. Allá
nos saciaremos de ver sin hartura, siempre con nuevo apetito:

— 39 —
«El que me come tendrá más hambre; el que me bebe tendrá
más sed» (Eclo 24,21).
Al despertar, dice el salmo. Pablo nos amonesta:
Rom 13,11 Ya es hora de despertar del sueño,
porque ahora tenemos la salvación más
cerca que cuando empezamos a creer.
12 La noche está avanzada, el día se echa encima;
dejemos las actividades
propias de las tinieblas
y pertrechémonos para actuar en la luz.

La carta a los Efesios lo dice así:


5,14 Despierta, tú que duermes,
levántate de la muerte
y te iluminará Cristo.

Podemos recordar también el magnífico diálogo del Se­


ñor con Jerusalén en ís 51-52:
Ella: ¡Despierta, despierta, revístete de fuerza,
brazo del Señor,
despierta como antaño, en las antiguas edades!
(51,9).
El: ¡Espabílate, Espabílate, ponte en pie, Jerusalén!
(51,17)
¡Despierta, despierta, vístete de tu fuerza, Sión,
vístete el traje de gala, Jerusalén, santa ciudad!

Finalmente, hablando del semblante, parece obligado


recordar a San Juan de la Cruz:
¡Oh cristalina fuente!
Si en ese tu semblante plateado
formases de repente
el rostro deseado
que llevo en las entrañas dibujado...

— 40
Salmo 19: ¿Culpable? ¿Inocente?

La parte final de este salmo prueba que no alegamos


ante Dios inocencia total, sino que nos referíamos a una
acusación particular. En el salmo 19 el orante canta el valor
de la ley y los mandamientos del Señor, más preciosos que
el oro... más dulces que la miel. Después, mirando hacia
dentro, comprende que su conducta no corresponde al en­
tusiasmo expresado. Examinando su conducta a la luz de esos
preceptos, descubre en sí tres capítulos de pecado: dos pre­
sentes, uno posible y amenazante. No se distinguen por es­
pecie u objeto, sino por la actitud y la participación de la
conciencia:
12 Pero, aunque iluminan a tu siervo
y traen una gran recompensa,
13 ¿quién conoce sus inadvertencias?
Absuélveme de lo que se me oculta.
14 Preserva a tu siervo de la arrogancia
para que no me domine:
así quedaré libre e inocente
de pecado grave.

Primero son las inadvertencias, o actos de los que no


somos plenamente conscientes ni responsables. Con todo,
aceptamos la responsabilidad limitada, para educar nuestra
advertencia. No licenciamos a la vigilancia como si hubiera
pasado todo el peligro; no cultivamos la distracción perma­
nente alegando cansancio. Reconozcamos ese margen sucio
de nuestra conciencia, ese desagüe maloliente de nuestra con­
dición pecadora.
Segundo, los pecados ocultos, se entiende para mí, pues
a Dios nada se le oculta. Ocultos no siempre por debilidad,
sino porque nos conviene. Lo malo es que ese sótano lóbrego,

— 41 —
al que no queremos bajar ni asomamos, no lo dejamos ilu­
minar. Nuestra conciencia vigila las puertas para que no sal­
gan y suban a visitamos nuestros fantasmas. Tenemos miedo
a ver y confesar lo que hay debajo de nuestra conciencia. Y
si algo asoma, conocemos el mecanismo para neutralizarlo:
racionalizándolo, es decir, buscando razones para justificarlo
o disculparlo; sublimando, es decir, disfrazándolo de nobleza
y altruismo. Un proverbio dice: «La conciencia humana es
lámpara del Señor que sondea lo íntimo de las entrañas»
(Prov 20,27). Reconozcamos al menos globalmente lo que
se nos oculta, lo que a Dios no se oculta, y pidamos: «Ab­
suélveme de lo que se me oculta».
Tercero, es el pecado a sabiendas, arrogándose el de­
recho a decidir contra la autoridad de Dios. Arrogarse es
atribuirse una autoridad que no le compete a uno: en este
caso, una autoridad contra la de Dios. Con lo cual nos de­
claramos señores y nos hacemos esclavos. Porque el pecado
es una potencia que quiere dominamos (Gn 4,7). Y Juan dice
que «quien comete pecado es esclavo del pecado» (Jn 8,17).
Al final de la primera carta de Juan leemos:
5,16 Si uno se da cuenta de que su hermano peca en algo
que no acarrea la muerte, pida por él, y Dios le dará vida.
Digo los que cometen pecados que no acarrean la muerte.
Hay un pecado que acarrea la muerte; no me refiero a ése
cuando digo que rece. 17Toda injusticia es pecado, pero hay
pecados que no acarrean la muerte.

Señor, ni soy ni puedo ser inocente. Absuélveme tú de


lo que se me oculta y presérvame de la arrogancia, y entonces
quedaré libre e inocente.

— 42 —
Salmo 23: Mi pastor y anfitrión eres tú

Este salmo es uno de los favoritos de todas las edades


y culturas. Lo hemos rezado innumerables veces, durante
muchos años, y podemos seguir rezándolo sin pensar en la
edad. Repasemos algunos datos conocidos: el poema está
montado sobre dos imágenes complementarias. En la primera
parte Dios es el pastor, en la segunda es el anfitrión. La
primera imagen genera un racimo de símbolos: descanso so­
bre el verdor, agua que repara las fuerzas, guía en el camino.
La segunda parece proponer símbolos complementarios: hos­
pedaje seguro, comida y bebida, perfume de unción, escolta
para el camino.
Vamos a fijamos en los dos momentos del camino. Ver­
so 4: Se echa la noche encima y el camino discurre por una
cañada. Aunque faltas de orientación, las ovejas no se es­
pantan ni se pierden, porque escuchan el golpe rítmico del
cayado sobre las piedras, sienten quizá el toque de la vara
que las encamina. En ese momento de oscuridad, el orante,
que hasta ahora había hablado de Dios en tercera persona,
se dirige a él en segunda persona:

4 aunque camine por cañadas oscuras,


nada temo, porque tú vas conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Verso 6: al final del salmo, después de haber gozado


del hospedaje provisorio, se pone en camino, escoltado por
dos servidores del Señor, Bondad y Lealtad personificadas;
«Tu bondad y tu Lealtad me escoltan toda la vida». Así llega
la conclusión, cuando, después del camino, encuentra su
morada perpetua: «y habitaré en la casa del Señor por años
sin término».

— 43 —
Camino-hospedaje-nuevo camino-morada: es fácil pro­
nunciar estos versos en cualquier coyuntura de la vida, porque
estamos siempre en camino. Breves paradas para comer y
beber, como Elias, para reposar y fortalecemos con una un­
ción. No podemos tiramos rendidos en el camino; no po­
demos en estos parajes hacer definitivo nuestro hospedaje.
Aunque el Señor sea nuestro anfitrión, que nos agasaja con
su mesa y su copa, aunque nos ofrezca su protección frente
a los enemigos, todavía no estamos definitivamente en la
casa del Señor.
Queda camino por recorrer. Puede ser que quede toda
una etapa nueva, y eso puede depender de nosotros. Supon­
gamos que ha cambiado nuestra situación en el trabajo, en
la familia; que disponemos de más tiempo, que tenemos me­
nos responsabilidades. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo y
cualidades?, ¿con los conocimientos acumulados y las ha­
bilidades adquiridas, con la experiencia? Sería el momento
de sentarse a planear para el futuro. Quizá no haga falta una
nueva educación ni un reciclaje. Vamos a planear lo que
podemos hacer para nosotros y para otros. Para nosotros,
tantas cosas que no pudimos hacer por falta de tiempo. Tam­
bién para otros. En nuestra cultura actual, especialmente en
la vida urbana, uno de los bienes más preciosos, por escasos,
es el tiempo: cuántas cosas nos negamos a nosotros y a los
demás por falta de tiempo. Gran parte de ese tiempo precioso
se nos va en traslados y esperas; y en el poco tiempo libre
de que disponemos sólo tenemos ganas de relajamos y dis­
traemos. Pues bien, empieza una etapa en que vamos a ser
ricos de tiempo, más ricos que los demás. Nos queda más
de medio mundo por descubrir y conquistar. Vamos a mirar
a Elias. Perseguido a muerte por la consorte real, Jezabel,
huye hacia el sur, alcanza la frontera de la vida urbana y el
desierto, deja a su criado, se adentra en la soledad, sigue
adelante y pide a Dios morir: está cansado, hastiado de vivir:

1 Re 19,4 Basta, Señor, quítame la vida,


que yo no valgo más que mis padres.

— 44 —
Dios le envía un ángel que le lleva pan y agua; el profeta
come y se duerme. Pero el ángel lo despierta y le manda
seguir, porque le queda un largo y arduo camino. Le falta lo
mejor y más difícil: la subida a la montaña para encontrarse
con Dios. Como en el salmo 23, la parada ha sido tan sólo
un alto en el camino para cobrar fuerzas y emprender la
nueva, la gran etapa.
Voy a emprender una nueva etapa, Señor. Que sienta
tu presencia y el toque de tu vara si el camino es oscuro.
Que tu Bondad y Lealtad me escolten todos los días de mi
vida. Aunque me falten muchas cosas, nada me falta, porque
tú vas conmigo. Aunque mi cabeza esté cana y mi vida sea
gris, tú me recuestas en verdes praderas. Aunque el senti­
miento y la ilusión aridezcan, tú me llevas a fuentes tran­
quilas. Si tengo hambre, me sientas a tu mesa; si tengo sed,
me alargas tu copa. Después de visitarte puedo comenzar una
nueva etapa: la penúltima. Porque la última será habitar en
tu casa por años sin término. (Véase también el Salmo 84).

— 45 —
Salmo 25: Recordar y sentirse perdonado

«No te acuerdes de los pecados y delitos de mi juven­


tud». Dicen que el anciano vive de recuerdos. Como si re­
cordando pudiera vivir por segunda vez lo que ya no puede
estrenar. En el recuerdo los hechos pasados se transfiguran
o se desfiguran. La imaginación reproduce y proyecta unos
cuantos rasgos significativos de la antigua situación; la emo­
ción sube como por un pozo y humedece el espíritu. Es el
sentimiento antiguo o un equivalente, al que se superponen
ternura y nostalgia. Pueden formar una mezcla sabrosa, li­
geramente embriagante. Cuando dos antiguos compañeros de
colegio o de universidad se encuentran al cabo de los años,
se complacen en rememorar tiempos pasados. Es curioso
cómo el viejo siente ternura por el nieto o por los niños:
parece sentir mentalmente ternura por el niño que él fue.
Aquel niño algo triste, desvalido, que se sentía dolorosamente
incomprendido, a muchos años de distancia encuentra final­
mente uno que comprenda y se compadezca: el anciano que
será él, que ya es. Misterioso encuentro del hombre consigo
mismo. No menos comprensión y compasión necesita quizá
la juventud. El reencuentro con la propia juventud es pro­
bablemente menos tierno, más severo. ¿Será que el anciano
reprocha a su juventud lo que le disgusta de otros jóvenes
que conoce ahora? Aunque también la juventud recordada
puede despertar nostalgias. Un poco menos la madurez.
En este ejercicio de la memoria, que intenta ocupar
peligrosamente nuestro tiempo, ¿dedicamos un espacio a
nuestros pecados? Machado decía: «Juventud nunca vivida,

— 46 —
¿quién te pudiera soñar?» Digamos nosotros: «Juventud de­
sorientada, ¿quién te pudiera enmendar?» De vez en cuando,
el recuerdo global de nuestros pecados, el recuerdo individual
de algunos, puede ser ejercicio de humildad y agradecimien­
to. Porque no se trata tanto de sentirse pecador cuanto de
sentirse perdonado. También este sentimiento mezcla dolor
con consuelo.
El orante del salmo 25 proyecta en Dios su experiencia
humana del recuerdo y le pide que no se acuerde de los
pecados de la juventud (como si Dios fuera coextensivo con
el tiempo del hombre). Si Dios va a practicar el ejercicio de
su memoria, que su objeto no sean los delitos del hombre,
sino las exigencias de su Bondad:

6 Recuerda, Señor, que tu ternura


y tu lealtad son eternas^
7 No te acuerdes de los pecados
y delitos de mi juventud,
acuérdate de mí con tu lealtad,
por tu bondad, Señor.

Al mencionar pecados y delitos, los recuerda y reconoce


globlamente; al suplicar a Dios que no se acuerde, vuelve a
pedir perdón. «No-recuerdo» se dice en griego «a-mnistía».
Y si el recuerdo de algún pecado me persigue y atormenta,
el perdón y olvido de Dios me confortará:

16 Vuélvete a mí y ten piedad,


que estoy solo y afligido;
17 ensancha mi corazón encogido
y sácame de mi congoja.
18 Mira mis trabajos y mis penas
y perdona todos mis pecados.

Si nos sabemos y sentimos perdonados, no hemos de


insistir mucho en el recuerdo de los pecados. Más importante
es seguir adelante por el buen camino, por el camino concreto
que me toca recorrer:

— 47
4 Indícame tus caminos, Señor,
enséñame tus sendas;
encamíname fielmente, enséñame.
8 El Señor es bueno y recto
y enseña el camino a los pecadores,
9 encamina a los humildes por la rectitud,
enseña a los humildes sus caminos.

(Véase también, en la tercera parte, la meditación «Pe­


cado y perdón»).

— 48 —
Salmo 27: Contra el miedo, la esperanza

A veces el hombre hace alarde de una valentía intrépida,


no tanto enunciando lo que es, cuanto estimulándose a lo que
quiere ser. Como si, a fuerza de afirmar su valor, consiguiera
conjurar sus temores. Entre tanto, los miedos siguen aga­
zapados, dispuestos al próximo desquite. El miedo sigue ahí,
queremos sobreponemos a él, y lo negamos para que deje de
existir. Pero nuestras palabras no aniquilan su existencia. No
somos creadores al revés: «que no exista el miedo, y el miedo
dejó de existir». Eso parece sucederle al orante del salmo 27:
1 .. .¿a quién temeré?.. .¿quién me hará temblar?
3 Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Confieso que el cuadro esbozado no está completo, por­


que he mencionado dos factores y he dejado el tercero ausente
en unos puntos suspensivos. El tercer factor que permite de
hecho sobreponerse al miedo es el Señor presente y auxilia­
dor:
1 El Señor es mi luz y mi salvación:
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Así comienza el salmo. A lo largo del Antiguo Testa­


mento, cuando Dios se presenta al hombre, uno de sus saludos
frecuentes es «No temas». No me temas a mí, que soy Dios,
ni al hombre, que es carne, es hierba:
Is 51,12 ¿Quién eres tú para temer a un mortal,
a un hombre que será como hierba?

— 49 —
El miedo es componente del ser humano, porque está
vinculado al instinto de conservación. Sobreponerse al miedo
es también componente humano, vinculado a la razón. En el
libro de la Sabiduría, en el episodio de las tinieblas, el autor
intenta describir y analizar el miedo: el miedo de los cul­
pables:

3 Creían pasar inadvertidos,


con sus pecados encubiertos
bajo el tupido velo del olvido,
pero estaban desperdigados en el colmo del aturdimiento,
sobresaltados por alucinaciones.
4 Pues ni el rincón que los retenía
los salvaguardaba del miedo;
retumbaban a su alrededor ruidos aterradores
y se les aparecían tétricos fantasmas de lúgubres rostros.
5 No había fuego bastante para iluminarlos,
ni las lumbreras fulgurantes de los astros
lograban iluminar aquella noche siniestra.
6 Para ellos lucía solamente una fogata espeluznante,
que ardía por sí sola,
y despavoridos por aquella aparición que no veían,
les parecía más macabra la visión.
7 Los trucos de la magia habían fracasado
y su alarde de prudencia
sufría un descalabro vergonzoso,
8 pues los que se comprometían
a expulsar del alma enferma terrores y sobresaltos
padecían ellos mismos un pánico grotesco.
9 Aunque nada inquietante les metiera miedo,
amedrentados por el paso de alimañas
y el silbido de reptiles,
10 sucumbían temblando,
negándose a mirar el aire inevitable.
11 Pues la maldad de por sí es cobarde
y se condena a sí misma;
apurada por la conciencia, se imagina siempre lo peor.
12 Porque el miedo no es otra cosa
que el desamparo de los auxilios de la reflexión;
cuanto menos esperanza tiene uno
más grave se le hace la causa de la tortura.

— 50 —
En la misma vena, con el mismo estilo alejandrino,
continúa el capítulo.
Cada edad tiene sus miedos, porque el temor es com­
pañero de toda nuestra vida. Con indulgencia nos reímos
ahora de aquellos miedos infantiles: el largo pasillo oscuro,
el dormitorio solitario, lo desconocido. El adolescente y el
joven tienen empeño en no sentir miedo o no mostrarlo: «Es
que tienes miedo. —¿Miedo yo? Ahora verás». Quizá el
hombre maduro logre un cierto equilibrio de señorío sobre
sus miedos, o al menos de digna convivencia con ellos. Tam­
bién la vejez se topa con sus miedos. Como si lo hubieran
esperado en ese recodo tardío de la vida: «Por fin llegaste,
te esperábamos. Aquí nos tienes para acompañarte, no nos
puedes alejar» ¿Cómo vive el anciano sus miedos?
En nuestros exámenes de conciencia no solemos revisar
nuestros miedos. ¿Por qué? Examinamos y confesamos nues­
tros deseos malvados: codicia, ambición, lujuria. Los deseos
son de cosas que nos parecen buenas, los miedos de cosas
que consideramos malas. Los estoicos trazaban un cuadri­
látero de las pasiones: deseo de un bien que no poseemos,
miedo del mal que amenaza, gozo del bien poseído, pena del
mal padecido. En nuestra vida espiritual atendemos bastante
a los deseos: «he tenido malos deseos»; también observamos
cómo soportamos los males: «he sido impaciente»; a veces
nos queda un resquicio de atención para los gozos: «me he
alegrado del mal ajeno». ¿Para los miedos qué queda? A
Jeremías le ordena Dios: «No les tengas miedo, que, si no,
yo te meteré miedo de ellos» (Jr 1,17). En el evangelio es­
cuchamos:
Mt 10,28: Tampoco tengáis miedo a los que matan el
cuerpo pero no pueden matar la vida. Una vez conocidos y
confesados, viene el esfuerzo por sobreponerse a los miedos
fundados y expulsar los infundados. Conocí a una persona
que tenía miedo de sucesos posibles; yo le argüía que hay
que temer sólo lo probable, lo bastante probable. Para so­
breponemos, tenemos, sobre todo, el recurso de la oración;
y aquí entra el salmo 27: Si todavía vivían sus padres, el

— 51 —
orante sería joven o adulto; pero la referencia puede ser simple
encarecimiento:
10 Aunque mi padre y mi madre me abandonen,
el Señor me recogerá.

Hemos oído hablar al salmista: «Yo busco tu rostro,


Señor, no me escondas tu rostro». Escuchemos lo que le
responde el Señor:
14 Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Así es: contra miedo, esperanza; ¿y qué mayor esperanza


que la del verso 47?:
Una cosa pido al Señor y es lo que busco:
habitar en la casa del Señor toda mi vida.

— 52 —
Salmo 30: Sacaré más gusto a la vida

La vida humana, abarcada desde la altura de los años,


se nos muestra como un movimiento pendular. El Eclesiastés
lo dice en una serie de catorce movimientos o tiempos:

3,2 Tiempo de nacer, tiempo de morir,


tiempo de arrancar, tiempo de plantar,
4 tiempo de llorar, tiempo de reir,
tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar,
6 tiempo de buscar, tiempo de perder,
tiempo de guardar, tiempo de desechar,
7 tiempo de rasgar, tiempo de coser,
tiempo de callar, tiempo de hablar,
8 tiempo de amar, tiempo de odiar,
tiempo de guerra, tiempo de paz.

El salmo 30 lo desgrana así: cólera y favor, tarde y


mañana, llanto y júbilo, luto y danza, sayal y fiesta. De todas
las oposiciones, la radical es vida y muerte en el salmo, nacer
y morir en el Eclesiastés: nacer para vivir, vivir para morir.
No cabe duda sobre la dirección del movimiento en el Ecle­
siastés. En el salmo, ¿podemos dudar?
El orante le ha visto la cara a la muerte: estaba con un
pie en la fosa, cuando de un tirón lo sacaron a seguir viviendo.
Fue como volver a nacer. Desahuciado y restablecido, ahora
le sacará más gusto a la vida, porque la puede contrastar.
Júbilo, danzas, fiesta dominan ahora, porque el simple vivir
es una fiesta. Ya lo sabía; pero se asomó a la muerte y sintió
el silencio de los que no alaban ni dan gracias a Dios. También
él enmudecía, pero ha recobrado la palabra. ¡Qué maravilla
poder hablar para dar gracias a Dios, para proclamar su leal­
tad, para cantar con toda el alma, para siempre!

— 53 —
¿Realmente? ¿Qué significa para siempre? Para el orante
del AT significa de por vida. ¿Y cuánto durará aún su vida?
Después del llanto viene el júbilo, tras la tarde y la noche
amanece; pero una noche se cerrará para él y no amanecerá:
«Yo pensaba muy tranquilo: No vacilaré jamás» Pensamiento
vano: para siempre significa «mientras viva», y vivir es ca­
minar hacia la muerte. Esa es la dirección del movimiento
en el salmo, tal como lo rezaba el orante del AT.
Pero cuando el cristiano lo pronuncia, ha sucedido una
inversión trascendental de sentido. Cuando Cristo muere y
resucita, se consuma la gran revolución. Tras la tarde de la
muerte amanece la mañana de la resurrección, del día sin
ocaso:

Is 60,19 Ya no será el sol tu luz en el día,


ni te alumbrará la claridad de la luna;
será el Señor tu luz perpetua
y tu Dios será tu esplendor.
20 Tu sol ya no se pondrá, ni menguará tu luna,
porque el Señor será tu luz perpetua.

Un eco de ese anuncio resuena en el Apocalipsis 21,23:


La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre,
la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.

¿Cómo recita Jesús el verso 10?

¿Qué ganas con mi muerte, con que baje a la fosa?


¿Te va a dar gracias el polvo o a proclamar tu fidelidad?

Es verdad que el polvo no da gracias a Dios; pero es


que Jesús no se convertirá en polvo. Su muerte y su bajada
provisoria a la fosa sí son ganancia para Dios, en cuanto son
ganancia para nosotros. ¿Qué ganas con mi muerte? —Ganas
un pueblo para ti, ganamos nosotros ser librados de la co­
rrupción; y, aunque volvamos al polvo, volveremos a dar
gracias para siempre. Extraña ganancia, que nos hace festejar
y celebrar una muerte.

— 54 —
La medicina, la higiene, la cirugía modernas hacen que
sin milagros se cumpla el designio que enuncia el salmo:
«Señor Dios mío, te pedí auxilio y tú me sanaste». El péndulo
de la vida, que estaba para detenerse y dejar de pulsar, recobra
su movimiento, lento, creciente, amplio. Y vuelve a oscilar
del llanto al júbilo, del luto a la danza, quizá con otro ritmo.
Otra vez puedo alabar a Dios y tengo un nuevo motivo para
darle gracias. Señor, me queda mucho más que agradecerte,
necesito mucho tiempo para darte gracias, necesito todo el
tiempo o una duración sin término, porque cada canción mía
en tu honor es una nueva gracia tuya. Señor, no me dejes en
el polvo, que necesito darte gracias por siempre.

— 55 —
Salmo 31: En tus manos están mis azares

Ahora no se trata de males próximos que nos infunden


miedo, ni de males superados que nos infunden gozo, sino
de males presentes que se acumulan y nos acompañan fiel­
mente. El salmo lo describe así:

10 Piedad, Señor, que estoy en peligro:


se consumen de pena mis ojos,
mi garganta y mi vientre;
11 mi vida se gasta en la congoja,
mis años en los gemidos;
mi vigor decae con la aflicción,
mis huesos se consumen.
12 Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
13 Me han olvidado como a un muerto,
soy un cacharro inútil.

A los sufrimientos físicos se suman los sociales: olvido


y hostilidad. ¿Cuál duele más? La hostilidad es un modo de
fijarse, de tener en cuenta al prójimo: «si me tienen por rival,
es que todavía cuento». El olvido es doloroso, pero puede
conducir a un refugio interior habitado con serenidad. Pero
¿no exagera el anciano cuando en tomo suyo sólo ve olvido
o enemistad? Quizá sean imaginaciones nacidas de sus do­
lencias; quizá las provoque él con su malhumor. También
puede ser que viejas rivalidades encuentren ahora una ocasión
o busquen un desquite. Queda otro sufrimiento grave: Soy
un cacharro inútil. Sobre todo para el que ha sido trabajador,
creativo, persona importante en una empresa o institución.
Si todavía vale, porque no lo reconocen los que desean ocupar

-5 6 —
su puesto vacante; si ya no vale, porque los otros tienen razón.
Y sin ello, porque uno se compara con lo que fue y le duele
ser ahora inútil, una carga. ¿Queda algo más? ¿Cómo me
trata Dios en esta coyuntura?
23 Yo decía en mi ansiedad:
Me has echado de tu presencia.

Si sufro de esta manera, es que Dios ya no se ocupa de


mí; quizá me castiga, o me reprocha mi pereza en la oración.
Pero, si no es pereza, es cansancio, debilidad. ¿También para
dirigirme a Dios me estoy volviendo un cacharro inútil"!
Sin embargo, el orante pronuncia un salmo de los largos,
enumerando, reiterando, insistiendo. No da señales de can­
sancio. En la situación física y social que ha descrito, su
manera de orar suena más auténtica, más vigorosa. Empe­
cemos por un gran contraste: el anciano se consume, se gasta,
decae; pues bien, tú, Dios,
3 sé mi roca de refugio, alcázar que me salve...
4 porque tú eres mi peña y mi alcázar...

El contraste no deprime, antes conforta, como indican


los posesivos mi peña, mi alcázar. De donde brota el aban­
dono confiado, expresado en un verso admirable:
16 En tu mano están mis azares.

Decimos en español que «estamos en las manos de


Dios», en fórmula global. Encuentro más expresiva la ex­
presión del salmo «mis azares» (en hebreo ‘ittotay = mis
horas, mis momentos). Vimos que el Eclesiastés enunciaba
catorce parejas opuestas de esas horas o azares. Pues bien,
todos mis azares están en tus manos. Por eso
15 yo confío en ti, Señor, tú eres mi Dios.

Para mi debilidad tú eres mi roca; para mis persecucio­


nes tú eres mi asilo:

— 57 —
21 en tu asilo personal los escondes
de las conjuras humanas,
los ocultas en tu tienda
frente a las lenguas pendencieras.

Nos queda todavía un verso, que hace pareja con el 16


y que reviste importancia especial, porque lo cita Lucas como
última palabra de Jesús: A tus manos encomiendo mi espíritu.
Encomiendo o dejo como depósito, te encargo de; en tus
manos, en tu poder, a tu disposición; mi espíritu o aliento o
vida. Al entregar Jesús su vida, la deja en depósito en manos
del Padre... y la pierde, puesto que muere. Aquí está la
paradoja: que el Padre devuelve el depósito en forma de nueva
vida. En boca de Jesús, la frase del salmista cambia de sen­
tido, ya que el salmista solicitaba y esperaba no perder la
vida: «Tú, el Dios leal, me librarás... velas por mi vida en
peligro... sálvame por tu lealtad» (vv.6.8.17). Esas frases
suenan de otra manera en boca de Jesús. Ahora bien, cuando
el cristiano reza este salmo, lo hace en la estela de Cristo.
Señor, mientras yo viva, en tus manos están mis azares
y tú me librarás de males y peligros definitivos; y me das
espacio para moverme. Cuando me llegue la hora final, Se­
ñor, yo dejo mi vida como un depósito en tus manos: tu
lealtad será mi gozo y mi alegría, porque yo confío en ti,
Señor. Del poder último de la muerte sálvame por tu lealtad
y muestra a tu siervo tu rostro radiante.

— 58
Salmo 32: La dicha de estar perdonados

Hay una dicha o bienaventuranza en no pecar y otra en


estar perdonado. No pienso en el fariseo que se proclama
inocente y ejemplar mientras el recaudador o publicano se
declara pecador. Pienso en la bienaventuranza del salmo 1,
que consiste en evitar el mal camino y las malas compañías.
Leamos juntas las dos bienaventuranzas:

1,1 Dichoso el hombre


que no se aconseja con los malvados;
32,1 Dichoso el hombre que está absuelto de su culpa.

Aunque no haya seguido habitualmente el camino de los


malvados, es posible que haya recorrido algunos tramos, que
se haya deslizado más de una vez. ¿Es una fatalidad o una
desgracia? Una desgracia, pero no irremediable, porque que­
da en pie otra bienaventuranza, tan necesaria en la práctica
como la primera:

1 Dichoso el que está absuelto de la culpa,


a quien le han enterrado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y cuya conciencia no queda turbia.

Podemos recordar un rato nuestra vida manchada de


pecados o fijamos en algunos puntos más oscuros de nuestra
vida. A la tristeza de haberlos cometido y no poder anularlos
se sobrepone la dicha de estar perdonados. El perdón no es
mérito de nuestra confesión humilde, sino don de Dios (per­
donar viene de donar). Nuestra confesión humilde es sólo
condición para el perdón:

— 59 —
5 Te manifesté mi pecado, no te encubrí mi delito.
Propuse: confesaré al Señor mi culpa;
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Pero ¿hace falta manifestar a Dios lo que él conoce de


sobra, con más penetración y exactitud que nosotros? —Hace
falta la confesión del hombre para que su conciencia no quede
turbia. No seamos agujeros negros, que no dejan salir nada.
Lo que Dios ve, traigámoslo a la conciencia; y lo que no
logramos ver expongámoslo a la mirada de Dios:
Sal 90,8 Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada.

Sentirse perdonados es reconocer que necesitamos el


perdón y, por lo tanto, que somos pecadores. El cristiano ha
de cargar cada día con su cruz y ha de tener presente la cruz.
Desde esa cruz que preside nuestra vida, Jesucristo repite
diariamente: ¡Perdónalos! Con esa palabra nos hace partícipes
de una bienaventuranza.

— 60 —
Salmo 33: Un cántico nuevo, sin hastío

Este salmo nos invita a cantar un canto nuevo, como si


los anteriores estuvieran gastados o completos. ¿Es posible
a estas alturas un canto nuevo? A estas alturas del salterio
(han pasado 32 salmos de 150) y a estas alturas de la vida.
Hay personas que prefieren la novedad, otras que pre­
fieren la rutina o la costumbre. Jesús hablaba de unos que
preferían el vino viejo, es decir, el acostumbrado, el de siem­
pre. A veces me pregunto por qué en la comida al mediodía
buscamos la variedad, mientras que nuestro desayuno es el
mismo todos los días. Por la mañana rutinarios, al mediodía
novedosos. La novedad nos incita, la costumbre nos tran­
quiliza. ¿Es cuestión de edad o de temperamento? Probable­
mente de los dos factores, y quizá la educación sea un tercer
factor, si bien tropezamos con la paradoja de que sea cos­
tumbre de algunos buscar la novedad. Es posible que la vejez
incline más a la rutina; pero, pensando en el temperamento,
decía Picasso que el que es joven lo es toda la vida. Yo
sugeriría a los de mi edad, la tercera, que en las cosas or­
dinarias y secundarias nos recostemos en la rutina, para li­
berar las fuerzas y concentrar la atención en lo nuevo de cada
día.
En el orden de la alabanza, a jóvenes y viejos nos invitan
a entonar un canto nuevo. Hacerlo con un verso de un salmo
parece una contradicción o, al menos, una falacia. En efecto,
si llevo años recitando este salmo, para mí no es nuevo. Si
lo vuelvo a recitar, contradigo la invitación; si acepto la
invitación, tengo que buscar o inventar otro. Que cambien
la letra o que cambien la música. Eso es: cambiemos la
emoción, nuestra penetración del texto, la expansión y al­
cance de los símbolos; y con la misma letra, la música del
canto puede ser nueva,

— 61 —
1 Aclamad, los honrados, al Señor,
que la alabanza es cosa de hombres buenos.
2 Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.
3 Cantadle un cántico nuevo
acompañando los vítores con bordones.

Sigamos adelante: ¿cuál es el tema o motivo de la ala­


banza? —Uno que responde muy bien a la novedad del canto:
la creación. Ninguna novedad más completa que la creación:
es el comienzo absoluto, el paso del no ser al ser:

6 La palabra del Señor hizo el cielo;


el aliento de su boca, sus ejércitos.
9 El lo dijo, y existió;
él lo mandó, y surgió.

Pero si la creación es la novedad absoluta, una vez


realizada deja de serlo. Los israelitas contemplaban las mon­
tañas como lo primordial perdurable. La existencia ya no es
nueva, sino que continúa, el canto que le dedique, la segunda
vez dejará de ser nuevo.
No es así para los hebreos, al menos, para algunos de
ellos. Si el primer capítulo del Génesis deja la impresión de
que el sábado la tarea creadora ha terminado y empieza el
descanso, otros textos hablan de creación cuando surge una
novedad histórica, algo que aún no existía. Una acción pro­
digiosa puede llamarse creación: que se abra la tierra (Nm
16,30); la liberación definitiva de Israel (Ex 34,10); también
una generación nueva (Sal 102,19); la vida renovada sobre
la tierra (Sal 104,30). Isaías Segundo, el profeta del destierro,
es especialista en el tema, porque considera la próxima re­
patriación y restauración de los judíos como una nueva crea­
ción. El Señor creó al pueblo. Y afirma polémicamente la
nueva creación:

48,7 Ahora son creados, y no antes,


ni de antemano lo oíste,
para que no digas: «Ya lo sabía».

— 62
Al final del libro de Isaías, Dios anuncia una nueva
creación total:
65,17 Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva.

Aunque hayamos cumplido muchos años, no tenemos


derecho a cultivar el gesto de hastío: «todo está visto, nada
es nuevo...» Nos lo prohíbe Isaías. Los que hemos vivido el
concilio Vaticano II y durante la segunda mitad de 1989 en
Europa, no podemos decir que nada nuevo sucede. Y si
reconocemos en los sucesos la mano de Dios, como maravilla
o nueva creación, tenemos materia y motivo para un cántico
nuevo. Aun sin recurrir a acontecimientos portentosos, po­
demos contemplar con ojos cansados la novedad no espec­
tacular de muchos sucesos. Un niño que nace «nieto, reso­
brino, hijo de un amigo...— es una maravillosa novedad.
Hace cuarenta años, un profesor de ciencias me hablaba de
«novas» y «supernovas» como si fueran nuevos actos crea­
dores de Dios. No creo que tal sea la explicación correcta
hoy (ni entonces). Pero sí es cierto que no es necesario con­
cebir la acción creadora como un momento único, como la
gran explosión inicial de todo (el «big bang», que hoy vuelve
a ser objeto de discusión). Si Dios está fuera del tiempo, su
acción creadora puede ser contemporánea de cualquier mo­
mento, y nosotros podemos entonarle un cántico nuevo. No
menos en la historia humana, cuando los proyectos humanos
fracasan y se cumple el proyecto de Dios:
10 El Señor anula los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
11 pero el plan del Señor se cumple siempre,
sus proyectos de edad en edad.

¿Ha dejado el Nuevo Testamento de ser nuevo para


nosotros? ¿Tendremos que cambiarle el adjetivo? Quien lo
medita seriamente lo encuentra siempre nuevo. También él
se merece un cántico nuevo. Tengamos ojos atentos para ver
la novedad, y buen oído para cantar al Señor un cántico
nuevo.

— 63
El vidente del Apocalipsis, al contemplar la gloria de­
finitiva, anuncia y entona un canto:
21,1 Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, por­
que el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido,
y el mar ya no existía.2Y vi bajar del cielo, de junto a Dios,
a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una
novia que se adoma para su esposo. 3Y oí una voz potente
que decía desde el trono:
Esta es la morada de Dios con los hombres:
él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo.
Dios en persona estará con ellos y será su Dios.
4 Él enjugará las lágrimas de sus ojos,
y ya no habrá muerte ni luto ni llanto ni dolor,
pues lo de antes ha pasado.
5 Y el que estaba sentado en el trono dijo:
«Todo lo hago nuevo».

Por el pasado de la creación y la historia, por el presente


que vivimos, por el futuro que esperamos, cantemos al Señor
un cántico nuevo.

— 64
Salmo 34: Hay sentidos que no se embotan

¿Es verdad que con los años se cierran o se embotan


los sentidos? La experiencia dice que sí, pero solemos apli­
carlo sólo a la vista y al oído. Hablando de Moisés, el Deu-
teronomio (34,7) dice que a su muerte, cumplidos 120 años,
«no había perdido vista». El dato es legendario, pero revela
una mentalidad compartida por autor y oyentes; además, se
trata de Moisés, hombre excepcional. Hablando del anciano
normal, el Eclesiastés comenta: «Las que miran por las ven­
tanas se ofuscarán... el ruido del molino se apagará»: sen­
saciones de vista y oído. Ahora bien, también se amortiguan
y aun embotan otros sentidos (como nos dice Barzilay): el
gusto, el olfato, el tacto...
Pero hay sentidos interiores, de la fantasía y del espíritu,
que no se embotan con los años. Beethoven escuchaba in­
ternamente sus sinfonías, que su oído se negaba a oir. Los
maestros espirituales apelan a los sentidos internos en lo que
ellos llaman «aplicación de sentidos»; de ello, en sentido
simbólico, habla el salmo 34:
6 Contempladlo y quedaréis radiantes.
9 Gustad y ved qué bueno es el Señor.
El primero se refiere a la vista y alude a la experiencia
de Moisés, que, cuando dialogaba con el Señor cara a cara,
como un hombre con su amigo, volvía de la visita con el
rostro radiante. Había absorbido la luz o gloria del Señor y
la reflejaba en su rostro (Ex 33). El salmo extiende el pri­
vilegio de Moisés a todos los que acuden al templo y desean
repetir la experiencia.
El segundo verso citado se refiere al sentido del gusto,
con el cual paladeamos un manjar haciendo que dure en la
boca. No nos invita a saborear el banquete cúltico—carne
asada de víctimas sacrificadas— , sino al Señor mismo. Como
si lo hiciéramos penetrar lentamente en nosotros, saboreando
su gusto exquisito. Eva comió del fruto prohibido, juzgando
que era apetitoso. El libro de la Sabiduría recoge la leyenda
sobre el maná:
16,20 Lo alimentaste con manjar de ángeles,
proporcionándole gratuitamente desde el cielo
pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos.

Ezequiel encontraba dulce la palabra de Dios (Ez 3,3),


y el salmo 19 dice de ella que es más dulce que la miel. El
salmo 34 ofrece mucho más: Dios mismo como manjar es­
piritual sabroso. Para gustarlo, los sentidos espirituales no
se embotan en la vejez. La Primera Carta de Pedro (2,3) cita
este verso del salmo; y la Carta a los Hebreos recoge la
imagen:
6,4 Los que fueron iluminados una vez han saboreado el
don celeste y participado del Espíritu Santo; han sa­
boreado la palabra favorable de Dios...

Con semejante ejercicio, nuestro mundo sensorial pe­


netra en la esfera del Espíritu. Estando a punto de morir, y
escuchando tocar una vihuela, Juan de la Cruz dijo: «Una
música mejor tiraba de los sentidos»; y en su Cántico Espi­
ritual habla de la «interior bodega». Le dedicábamos al Señor
un cántico nuevo; ¿no será él quien nos haga escuchar una
música nueva?

— 66 —
Salmo 36: ¡Qué inapreciable es tu lealtad!

Antes de llegarse a la zarza donde ardía la llama divina,


Moisés tuvo que descalzarse. Ningún objeto fabricado por el
hombre debía profanar el recinto. La piel desnuda de Moisés
palpó la rugosidad elástica, la humedad nutricia de la tierra
madre. Así nosotros hemos de despojamos de conceptos y
sentencias para adentramos en el mundo de los símbolos que
el salmo 36 nos depara.
7 Tú, Señor, socorres a hombres y animales.
8 ¡Qué inapreciable es tu lealtad, oh Dios!

Hace millones de años que aparecieron en la tierra los


primeros animales —tú, Señor, los socorrías—; crecieron y
se transformaron, enormes saurios recorrieron los continentes
—tú, Señor, cuidabas de ellos—; desaparecieron unas es­
pecies y aparecieron otras, a los saurios sucedieron los ma­
míferos—tú, Señor, cuidabas de ellos— . Animales acuáticos
subieron a tierra, les brotaron patas, les brotaron alas, echaron
a volar; las ballenas, que vivían en tierra firme, se echaron
al mar —tú, Señor, cuidabas de cada especie— . Al cabo de
millones de años apareció el hombre, y tú, Señor, cuidaste
de él sin descuidar los animales. También el hombre se trans­
formó y se diversificó y se dispersó por la tierra—y tú, Señor
cuidabas de hombres y animales; ¡qué inapreciable es tu
lealtad, oh Dios! Lealtad a cuanto habías creado, pero sobre
todo al hombre, tu interlocutor, tu favorito, el único que supo
decirte «Tú». Para el hombre reservabas bienes especiales.

Job 38,41 ¿Quién provee al cuervo de sustento


cuando chillan sus pollitos
alocados por el hambre?
39,1 ¿Sabes tú cuándo paren las gamuzas
o has asistido al parto de las ciervas?

— 67 —
5 ¿Quién da al asno salvaje su libertad
y suelta las ataduras al onagro?
6 Yo le he dado por casa el desierto
y por morada la llanura salada.

Así discurre Dios con Job acerca de los animales.


Para los animales «haces brotar hierba... les echas co­
mida a su tiempo» (Sal 104,14); al hombre lo nutre de la
enjundia de su casa, como comensal de honor. «Sacas ríos
para que beban los animales agrestes» (Sal 104,10-11); al
hombre les das a beber del torrente de tus delicias, un torrente
paradisíaco encauzado por Dios. Hombres y animales ven la
luz del sol; sólo el hombre es iluminado por una luz interior:
«tu luz nos hace ver la luz». Salir a la luz es nacer, ver la
luz es vivir, pero una luz divina ilumina nuestra existencia
humana. Ser hombre es abrirse y estar a plena luz. Como el
hombre está rodeado de aire y absorbe aire en sus pulmones,
así está envuelto y bañado en luz divina, y la hace penetrar
en la médula de su ser. Como, al nadar en el océano, el agua
nos soporta y nos empapa y nos entra por los poros, así esa
luz inmortal. Realmente, Señor, tu lealtad llega al cielo, tu
fidelidad hasta las nubes. Nos hacen falta dimensiones cós­
micas para ponderar la grandeza de Dios: tu lealtad hasta las
lejanas galaxias, tu fidelidad hasta las remotas estrellas. Re­
leamos ahora una parte del salmo:
6 Señor, tu lealtad llega al cielo
tu fidelidad hasta las nubes,
7 tu justicia es como las altas cordilleras,
tus juicios son un océano inmenso.
Tú socorres a hombres y animales.
8 ¡Qué inapreciable es tu lealtad, oh Dios!
Los humanos se acogen a la sombra de tus alas,
9 se nutren de la enjundia de tu casa.
Les das a beber del torrente de tus delicias.
10 Porque en ti está la fuente viva
y tu luz nos hace ver la luz.

— 68 —
Salmo 37: Venga tu reinado de justicia

Superada la mitad del salmo, el orante declara su edad:


fu i joven, ya soy viejo. Apoyado en años y experiencia, quiere
adoctrinamos: Nunca he visto un justo abandonado. Nos
resistimos a creerle: ¿Qué experiencia y credibilidad tiene un
anciano que afirma tales cosas? El resto del salmo desmiente
en buena parte la afirmación del verso 25. A no ser que
entendamos de otro modo el participio «abandonados». De
otra manera piensan el autor de Job y el Eclesiastés, que han
visto con frecuencia el triunfo de la injusticia, el sufrimiento
y abandono del inocente. ¿Se pueden reconciliar posiciones
tan opuestas? El anciano que habla en este salmo tiene un
profundo, un entrañable sentido de la justicia, a la vez que
desconfía de la violencia de oprimido y opresor. Porque ama
la justicia y cree en ella, espera su victoria final. Este anciano
está decididamente de parte de marginados y oprimidos. Co­
noce una visión ideal, según la cual Josué, por encargo de
Dios y a suerte, hizo un reparto equitativo de la tierra, para
que cada familia tuviera de qué vivir. Cree que un dinamismo
interno empuja hacia la conquista o reconquista de ese ideal,
un dinamismo en el que Dios actúa. No predica la resigna­
ción, sino la esperanza; frente a la violencia, enseña la so­
lidaridad y generosidad.
Si todavía nos cuesta entrar en la espiritualidad optimista
del salmo, recordemos que uno de sus versos es recogido en
la tercera bienaventuranza de Mateo: «Los sufridos poseerán
una tierra» (En la vieja traducción: Los mansos poseerán la
tierra). Y ese verso se repite con variaciones cinco veces en
el salmo:

9 Los que esperan en el Señor poseerán una tierra,


11 los sufridos poseerán una tierra

— 69 —
22 los que el Señor bendice poseerán una tierra,
29 los honrados poseerán una tierra,
34 él te levantará a poseer una tierra.

Otras bienaventuranzas tienen en este salmo algún an­


tecedente verbal o temático.
La primera es Bienaventurados los pobres. El salmo
conoce la opresión de los pobres y también su dicha:
14 Los malvados desenvainan la espada, asestan el arco
para abatir a pobres y humildes...
16 Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia.

La cuarta es para los que tienen hambre y sed de justicia .


Es el sentimiento que anima todo el salmo y que brota de la
fe en la justicia divina:
5 ... El Señor actuará:
sacará adelante tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
28 El Señor ama lo que es justo
y no abandona a sus adictos.

La quinta bienaventuranza es para los que prestan ayuda


(los misericordiosos). El salmo dice:
21 el honrado se compadece y perdona.
26 A diario se compadece y da prestado.

La séptima bienaventuranza es para los que trabajan por


la paz, virtud que predica el salmo contra la tentación de
violencia:

7 No te exasperes por el que triunfa empleando la intriga;


8 cohíbe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes y no obres mal.

Lo cual entraña, lógicamente, sufrir persecución por ser


inocente y por la justicia de otros inocentes.

— 70 —
Señor, que con los años no me acostumbre ni me resigne
a la injusticia, que no la acepte como fatalidad irremediable,
pero que no me exaspere por los malvados ni envidie a los
inicuos. Que, si no puedo trabajar directamente por la justicia,
al menos rece por ella diciendo: Venga tu reinado de justicia.

Comunícame tu amor a la justicia. Fui joven, ya soy


viejo, no me abandones. Yo sé que el Señor vela por los
días de los justos, y su herencia durará siempre.

— 71 —
Salmo 38: Estoy agotado, Señor

No me atrevo a comentar este salmo, pues, por una


parte, no me encuentro en la situación del orante; y, por otra,
debo respetar el dolor ajeno. Cuando los amigos de Job fueron
a visitarlo y

«lo vieron a distancia, no lo reconocían y rompieron a


llorar; se rasgaron el manto, echaron polvo sobre la cabeza
y hacia el cielo y se quedaron con él, sentados en el suelo,
siete días con sus noches, sin decirle una palabra, viendo lo
atroz de su sufrimiento» (Job 2).

Principalmente con el silencio expresan su amistad, su


respeto y compasión. Dejarle que hable y se desahogue, es­
cuchar sus quejas justificadas, hacerle compañía. Es verdad
que hay ancianos que disfrutan quejándose, que parecen alar­
dear de sus dolencias, ya que no pueden alardear de otra
cosa. Llevan lista de sus achaques como de las pastillas que
periódicamente ingieren. Otros que fueron valientes, debi­
litadas ahora las fuerzas, se rinden al sufrimiento. Elifaz,
amigo de Job, le reprocha amistosamente:

4,3 Tú, que a tantos instruías


y fortalecías los brazos inertes,
4 que con tus palabras levantabas al que tropezaba
y sostenías las rodillas que se doblaban,
5 hoy que te toca a ti, ¿no aguantas?
¿Te turbas hoy que todo te cae encima?

Y Job replica:

6,14 Para el enfermo es la lealtad de los amigos


aunque olvide el temor del Todopoderoso.

— 72 —
Más adelante suplica:

19,21 Piedad, piedad de mí, amigos míos,


que me ha herido la mano de Dios.

Pues bien, ¿quién más amigo que Dios, aunque parezca


que nos ha herido y que se ensaña con nosotros? Aunque no
intervenga físicamente, Jesucristo puede escuchar con com­
pasión:

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de


nuestras debilidades, sino uno probado en todo igual que
nosotros, excluido el pecado (Hb 4,15).

El orante de este salmo, como otros muchos, pone sus


dolencias en relación con sus pecados. Aunque no aceptemos
una correspondencia mecánica, sí es lícito reconocer una
relación global. En todo caso, podemos aceptar nuestros su­
frimientos como penitencia y expiación por nuestros pecados.
Dicho esto a manera de introducción más que de comentario,
bueno será rezar el salmo sin interferencias:

2 Señor, no me reprendas con ira,


no me corrijas con cólera.
3 Tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí.
4 No hay parte ilesa en mi carne,
a causa de tu furor;
no me queda un hueso sano,
a causa de mis pecados.
5 Mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas,
6 mis llagas están podridas y supuran,
debido a mi insensatez.
7 Voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
8 Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne.
9 Estoy agotado y deshecho,
me ruge y me brama el corazón.

— 73 —
10 Señor mío, mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos.
11 Siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas
y me falta hasta la luz de los ojos.
12 Mis amigos, mis compañeros, mis parientes
por mi dolencia se mantienen a distancia.
13 Me tienden lazos los que atenían contra mí,
los que me quieren mal anuncian desgracias
y todo el día propalan calumnias.
14 Pero yo me hago el sordo y no oigo,
me hago el mudo, no abro la boca;
15 soy como uno que no oye
y no puede replicar.
16 En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor Dios mío.
17 Esto pido, que no se alegren por mi causa,
que cuando resbale mi pie, no canten triunfo.
18 Porque yo estoy a punto de caer
y mi pena no se aparta de mí;
19 Yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
20 Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
21 los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.
22 No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos.
23 Ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

— 74 —
Salmo 41: Red de solidaridad

Podemos leer este salmo como continuación y comple­


mento del 38. El orante del salmo 41 se fija especialmente
en el desvío y hostilidad de que es objeto; motivo literario
que ya hemos encontrado y que aquí recurre con rasgos des­
criptivos felices:

6 Mis enemigos me maldicen:


¿Cuándo morirá y se acabará su apellido?
7 El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención
y cuando sale afuera, la dice.
8 Mis adversarios se reúnen
a murmurar de mí;
9 hacen cálculos siniestros:
padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.
10 Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba
y que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Son significativos los cálculos, económicos o laborales,


de los rivales o posibles sucesores. Muchas veces los co­
mentarios de amigos y conocidos, «padece un mal sin re­
medio», no son malintencionados, pueden hacerse en tono
de compasión o resignación. Los rivales sí son malintencio­
nados, o así se lo imagina el paciente. Su petición inmediata
es la salud, y en ella se mezcla un comprensible deseo de
venganza: ¿Me dan por muerto y desahuciado? Pues ya verán
cuando me levante. De su afán de desquite intenta hacer
colaborador (o cómplice) a Dios:

11 Haz que pueda levantarme


para darles su merecido.

— 75 —
Pienso que un cristiano enmendará la petición o cam­
biará el contenido de su proyecto, pues lo que merecen los
rivales es, más que nada, compasión, comprensión. Será el
mejor reproche para que aprendan la lección y no vuelvan a
hacer cálculos siniestros.
Ahora volvemos al principio del salmo: ¿qué alegamos
para obtener la salud?, ¿casi para merecerla? El salmo co­
mienza con una bienaventuranza (es la tercera que encontra­
mos y comentamos; las precedentes, en Sal 1 y 32):

2 Dichoso el que cuida del desvalido:


el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.
3 El Señor lo guardará y lo conservará en vida
para que sea dichoso en la tierra
y no lo entregará a la saña de sus enemigos.
4 El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor
y calmará los dolores de su enfermedad.

Cuidar del desvalido, que no puede valerse, es acumular


méritos para cuando le toque a uno. Sería una bienaventu­
ranza para médicos y enfermeras; pero no sólo, porque des­
validos los hay en muchos campos. Podemos ascender di­
rectamente a Dios, que premia las buenas acciones, o po­
demos mirar al proceso humano, por el cual discretamente
obra Dios. Las personas que cuidan del desvalido siembran
agradecimiento en los que recibieron sus cuidados, y el agra­
decimiento un día se traducirá en obras. Además difunden
en tomo un espíritu de solidaridad, que dará sus frutos de
forma quizá inesperada. Los que cuidan del desvalido están
creando o ensanchando una esfera de solidaridad humana en
la cual penetran ellos: hoy como donadores, mañana como
receptores. Así es el camino de Dios, y los milagros quedan
para ocasiones extraordinarias.
Ahora saltamos al final del salmo, que es un acto de
confianza:

13 A mí, en cambio, me conservas la salud,


me mantienes siempre en tu presencia.

76 —
Para el orante del Antiguo Testamento las dos cosas son
equivalentes. Sin salud no estará en presencia de Dios, por­
que, vivo, no puede acudir al templo; muerto, no pertenece
a Dios. Para un cristiano las dos cosas no coinciden nece­
sariamente, sino que permiten algunas variaciones. Consér­
vame la salud hasta el día en que tenga que trasladarme a tu
presencia: equivale a pedir una muerte rápida, sin larga en­
fermedad ni decrepitud. Consérvame la salud mental para
que pueda conocer que estoy en presencia de Dios, y la salud
física para que pueda presentarme ante Dios en actos de culto.
Consérvame la salud ahora y asegúrame que más allá estaré
en tu presencia. Para el cristiano lo más importante es la
segunda parte de la petición, pues sólo en la casa de Dios
podremos decir con plena verdad: Me mantienes siempre en
tu presencia.

— 77 —
Salmo 42-43: Mal de ausencias

Este salmo, poema unitario con estribillo, es la gran


oración de la ausencia de Dios sentida. Distinguimos dos
modos de ausencia. La primera es la ausencia de innume­
rables seres que están ausentes de nuestro entorno y de nuestra
mente, de modo que podamos ocupamos de unas cuantas
presencias importantes para nosotros. Es ausencia negativa:
no echamos de menos a esos seres. La segunda es ausencia
sentida, de algo o alguien que nos falta. Podemos llamar
nostalgia a ese sentimiento. La ausencia es un signo menos
respecto a una totalidad: 18 puede ser una totalidad y puede
ser 20 menos 2. Por eso, cuando nos falta algo con que
contábamos, «lo echamos de menos», sentimos su ausencia.
¿Contamos con Dios? ¿Lo echamos de menos? Este salmo
canta la ausencia de Dios, la nostalgia de Dios.
La paradoja es que, en el orden mental, al sentir la
ausencia de alguien, lo hacemos espiritualmente presente: la
ausencia sentida es un modo de presencia. La nostalgia llega
a ser una compañía. Esto es más cierto referido a Dios. El
orante está lejos de la patria, del templo, quizá desterrado,
y siente la ausencia de Dios como sed vital:

2 Como busca la cierva corrientes de agua,


así mi alma te busca a ti, Dios mío.
3 Tiene sed de Dios, del Dios vivo.

Los extranjeros, que adoran a otros dioses presentes en


sus lugares de culto, en imagen, con su pregunta burlona le
restriegan la herida de ausencia:

4 Las lágrimas son mi pan noche y día,


mientras todo el día me repiten:

— 78 —
¿Dónde está tu Dios?
11 Mis adversarios se burlan del quebranto de mis huesos,
todo el día me preguntan: ¿Dónde está tu Dios?

La nostalgia puede ser del pasado o del futuro. En este salmo


el orante anhela un futuro que sea vuelta al pasado o conti­
nuación de un ritmo interrumpido:

5 Recordando otros tiempos


desahogo mi alma:
cómo entraba en el recinto
y me postraba hacia el santuario,
entre cantos de júbilo y acción de gracias,
en el bullicio de la fiesta.

El futuro será la presencia de Dios: ¿Cuándo entraré a ver


el rostro de Dios?, y se consumará en un movimiento de
vuelta y acceso:

43,3 Envía tu luz y tu verdad:


que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada,
4 y me acercaré al altar de Dios,
el Dios de mi gozo y alegría.
Te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío.

La renovación del pasado y el culto en el templo pondrán fin


al mal de ausencia.
El salmo será en nuestros labios símbolo, con cambio
de dirección. Nuestra nostalgia no se vuelve sin más al pa­
sado, aunque pueda incorporar elementos del pasado: tiempos
o momentos en que sentimos a Dios muy cerca, presente, y
que despiertan y avivan el nuevo deseo. Pero nuestra cita
actual con Dios no está en el pasado, en una infancia inocente
o una juventud fervorosa. Nuestra cita con Dios está en el
futuro definitivo. El templo es símbolo de la morada; el culto,
imagen del gozo activo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de

79 —
Dios? o, lo que es lo mismo, a ver a Dios cara a cara. Mientras
sigo ausente y en camino, que Dios me envíe su escolta, que
su luz y su verdad me conduzcan hasta su morada.
Nuestra relación profunda con Dios ha de consistir en
una tensión. Si deseamos a Dios, es que ya está presente
suscitando el anhelo; si anhelamos a Dios, es que todavía
está ausente y lo echamos de menos. Ausente y presente: la
ausencia sentida es un modo de presencia. No puede ser de
otro modo. No pensemos que podemos contar con Dios y
encontrarlo cuando nosotros decidamos; como si pudiéramos
disponer de él a nuestro gusto. Un Dios así, disponible, no
sería Dios, mi Dios. Si creo poseerlo al decir «mío», deja
de ser Dios, porque lo imagino manipulable. No pensemos
que con abrir la Biblia lo vamos a tener automáticamente
presente, o con hacer una visita al templo o con recibir la
comunión. Si pensamos de ese modo, mejor será que Dios
se sustraiga, y en esos actos nos haga sentir dolorosamente
su ausencia.
Elias tenía familiaridad con Dios, vivía en su presencia.
Un día, huyendo de Jezabel, emprendió una peregrinación
al monte Horeb, al comienzo de la alianza, la mediación de
Moisés. Dios le invita a ponerse a la entrada de una cueva,
porque el Señor va a pasar. Elias sabía las reglas de la
aparición divina, conocía los elementos clásicos de la teofanía
o manifestación de Dios. Cuando sintió un viento tempes­
tuoso, lo dio por descontado: ahí viene el Señor. Pero no
estaba el Señor en el viento. Vino después un terremoto, ese
estremecimiento de la tierra cuando siente la cercanía de su
Señor; y Elias lo dio por descontado: ahí viene el Señor. Pero
no estaba el Señor en el terremoto. Entonces vino un fuego,
el elemento por excelencia de la divinidad. —Ahora sí que
se presenta el Señor—. Pero no estaba el Señor en el fuego.
Vino entonces una brisa suave, y Elias se cubrió el rostro
ante el Señor. Elias tiene que sentir primero la ausencia de
Dios allí donde solía y esperaba encontrarlo, para poder re­
cibir la nueva revelación en una tenue brisa. Por su parte,
Moisés, en la cumbre de su familiaridad con Dios, sólo pudo

— 80 —
ver, desde la hendidura de la roca, el alejarse de Dios, su
espalda.
En esta vida Dios nos comunica su presencia siempre
mezclada de ausencia. Gradúa la proporción para calmamos
unas veces y excitamos otras. Nos envía como escolta de
viaje su luz y su verdad. Si se aleja, buscamos sus corrientes
de agua para saciar la sed; si se acerca, nos sentimos arro­
llados por sus torrentes y su oleaje. En esta alternancia de
afectos repetimos el estribillo del salmo:
6 ¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a darle gracias:
«Salvador de mi rostro, Dios mío».

Ningún poeta ha logrado expresar en sus versos el mal de


ausencia, la nostalgia de Dios, como San Juan de la Cruz en
sus Canciones entre el alma y el Esposo. Parece como si la
luz y la verdad del Señor hubieran inspirado estos versos y
se hubieran quedado dentro para conducir al lector hacia tu
morada. Creo que después del salmo, y para terminar, po­
demos leer un par de estrofas (o todo el poema, si el lector
lo tiene a mano):
¿Adonde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido.
Salí tras ti clamando, y eras ido.
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero.
No quieras enviarme
de hoy ya más mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
Descubre tu presencia
y máteme tu vista y hermosura.
Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

— 81 —
Salmo 44: Con la Iglesia perseguida

Hoy no vamos a quejamos de nuestras dolencias, sino


a llorar por la Iglesia. Nuestra Iglesia, en unos tiempos y
lugares triunfante, en otros tiempos y lugares perseguida. La
Iglesia, en conjunto fiel a su Señor, por el que padece per­
secución. La Iglesia, no como una entidad más entre las
sociedades civiles, sino como esposa de Jesucristo y porta­
dora de sus valores. En ese sentido es posible que algunos
miembros de la Iglesia, bautizados, se vuelvan contra ella o
contra sus valores y se asocien de hecho a sus enemigos.
Podemos cantar nuestro dolor compartido con las palabras
del salmo, a condición de leerlo en clave y de traducir co­
rrectamente sus imágenes.
Aplicando la clave, los versos 2-9 pueden representar
el comienzo, afirmación y difusión de la Iglesia, en los pri­
meros siglos por el Mediterráneo, y más tarde en la expansión
misionera por varios países. Las imágenes militares repre­
sentarán la victoria sobre resistencias y agresiones. Victoria
convenciendo; derramamiento de sangre propia, no enemiga.
Espada, la palabra de Dios. Enemigo, el poder rival y opuesto
al evangelio que adopta máscaras diversas: política, econó­
mica, militar, social, sexual, doctrinal... Victorias de las que
la Iglesia no se gloría, porque no son suyas, sino de su Señor:
porque Dios ha sido siempre nuestro orgullo. Victorias son
la conversión de Pablo y la de Roma, la constancia de los
mártires y la enseñanza de los Santos Padres, las obras de
caridad y el esfuerzo por la paz. Nada de ello justifica el
triunfalismo, pues todo se atribuye al Señor. Hagamos la
prueba de leer en esa clave unos versos de la primera parte.
Si lo conseguimos, seguiremos adelante (si no lo consegui­
mos, difícilmente podremos apropiamos el salmo, y quedará

— 82 —
anclado e inmóvil en el pasado, como simple recuerdo his­
tórico):
4 Porque no fue su espada la que ocupó la tierra
ni su brazo el que les dio la victoria,
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
5 Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob.
6 Con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor;
7 pues yo no confío en mi arco
ni mi espada me da la victoria.
8 Tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
9 Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre te daremos gracias.

Volvamos ahora la mirada a épocas pretéritas de per­


secución, abierta o solapada. La hemos conocido en diversos
países. Actualmente, todavía hay países donde la Iglesia es
perseguida. Pues hemos de recordar que la Iglesia consta de
sus fieles, y lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos
a mí me lo hicisteis: el negar ayuda y también el torturar y
matar. Recordemos, además, lo dicho sobre los valores cris­
tianos de que es portadora la Iglesia, pues también en esa
zona se puede concentrar la persecución. En alguno o varios
frentes, retirada, saqueo, matanza; en varios terrenos, burla
y deshonra. A veces el escarnio duele más que un golpe y
la burla destruye más que la espada. Podemos ensayar una
mirada de conjunto o fijamos en alguna época o lugar que
conocemos mejor y que nos proporciona un fondo real. En­
sayemos de nuevo la clave en algunos versos de la segunda
parte:

11 Nos haces retroceder ante el enemigo


y nuestro adversario nos saquea;
12 nos entregas como ovejas de matanza
y nos has dispersado por las naciones.
13 Vendes a tu pueblo por nada,

— 83
no lo tasas muy alto.
14 Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean...

Es grave que el causante de todo sea Dios mismo, a


quien la Iglesia profesa fidelidad. Ella se lo reprocha a él con
quejas empapadas en fe. Ella sabe y confiesa que su Señor
controla todos los acontecimientos y señala los tiempos. No
es triunfo del poder enemigo:

Dt 32,27 .. .temo la jactancia del enemigo


y la mala interpretación del adversario,
que dirían: Nuestra mano ha vencido,
no es el Señor quien lo ha hecho.
28 Porque son una nación que ha perdido el juicio
y carece de inteligencia.

(Versos del llamado cántico de Moisés). La Iglesia se queja,


además, porque no ha merecido tan mal trato. Es una queja
razonada y confiada, porque el Señor no es despótico ni
arbitrario. ¿Cómo se explica su cambio de actitud y conducta?
Sigamos leyendo en clave, pensando que, aunque dentro de
la Iglesia haya infidelidades, el conjunto del pueblo cristiano
sigue fiel a su Señor:

18 Todo esto nos sucede sin haberte olvidado,


sin haber violado tu alianza,
19 sin que nos volviéramos atrás
ni se desviaran de tu senda nuestros pasos...
21 Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extranjero,
22 ¿no lo habría averiguado Dios,
él que penetra los secretos del corazón?

La consecuencia es que cuanto sufre la Iglesia no es por su


culpa, sino por la causa de su Señor:

23 Por tu causa continuamente sufrimos degüellos,


nos tratan como a ovejas de matanza.

84 —
Por eso está implicado su honor, y Dios no puede desenten­
derse. Así, con el brío de esa convicción, terminamos gri­
tando:
24 Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
27 Levántate a socorremos,
redímenos por tu lealtad.

Nota. Esta manera de rezar en clave es tradicional y legítima


y está incorporada a la liturgia. Si nos resulta difícil o extraña,
es que necesitamos entrenamiento.

— 85 —
Salmo 45: De boda

Hoy estamos invitados a una boda. Tenemos que po­


nemos la corbata, vestir el mejor traje y asistir tiesos a la
ceremonia. Si nos quedamos en el Antiguo Testamento, se
trata de la boda de un rey judío con una princesa real ex­
tranjera. Si trasladamos el salmo al contexto del Nuevo Tes­
tamento, se trata de la boda de la Iglesia con el Mesías; en
el lenguaje del Apocalipsis, la boda del Cordero con la nueva
Jerusalén. La lectura cristiana de este salmo es tan tradicional
y común que lo difícil es trasladarse al reino de Judá antes
del destierro. Los reyes podían tener varias mujeres y con­
cubinas, lo cual facilitaba las relaciones internacionales. In­
cluso en régimen de monogamia, los matrimonios reales han
desempeñado un importante papel político (aunque no siem­
pre hayan favorecido la fidelidad conyugal). Viene a cuento
el famoso hexámetro de los Habsburgo: Bella gerant alii, tu
felix Austria nube. Atención, que en la boda real del salmo
manda el amor: Prendado está el rey de tu belleza. El cham­
belán es despachado a la ceremonia de invitar a la novia (que
ya ha aceptado antes de cumplir el rito):
11 Escucha, mira, hija, presta oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
12 prendado está el rey de tu belleza:
ríndele homenaje, que él es tu señor.

En el Génesis se dice que el hombre abandonará padre y


madre para unirse a su mujer; en el salmo es la novia la que
ha de abandonar la casa paterna para casarse con el rey. Las
bodas de reyes o príncipes herederos todavía conservan un
halo de cuento de hadas que atrae al pueblo. Si el que medita
el salmo ha estado casado, que se traslade al día feliz de la
boda, para leer este salmo en ambiente: podrá apropiárselo

— 86 —
más fácilmente. Si no ha estado casado, que se asome a bodas
de familiares o amigos.
¿Quién es el novio del salmo? Un joven apuesto, el más
bello de los hombres, que cautiva con su modo de hablar:
de tus labios fluye la gracia. El Cantar de los Cantares lo
dice con términos más efusivos:
1,3 Tu fama es un perfume que se esparce
y enamora a doncellas.
4 Queremos festejarte, agasajarte,
ensalzando tu amor, mejor que el vino:
con razón se enamoran las doncellas.

A esas cualidades naturales añade las propias de un monarca:


valiente en la guerra, justo en la paz. Espada, cetro y trono
son sus emblemas. La espada, emblema bélico por la verdad
y la justicia; el cetro, emblema de gobierno: cetro de rectitud
es tu cetro real; el trono, emblema de la dinastía davídica:
tu trono, como el de Dios, permanece para siempre. Espada
para defender derechos, cetro para administrar justicia, trono
para perpetuar la dinastía. No es difícil aplicar esos datos a
Jesucristo. Bello entre los hombres, maravilloso al hablar
(nadie ha hablado como él»: Jn 7,16), que lucha por los
derechos de los oprimidos y establece un reino de justicia y
se sienta en un trono perpetuo, a la diestra de Dios.
De pie junto al rey, hay otro personaje: la reina madre
(según las costumbres de la realeza en Judá). La madre del
rey o del príncipe heredero puede llevar el título de reina.
En el Cantar de los Cantares se lee:
3,11 Muchachas de Jerusalén, salid a la calle,
muchachas de Sión, gozad de la vista
del rey Salomón,
que luce la corona de la boda.
Lo coronó su madre para la fiesta
de su corazón.

En el Apocalipsis, cap. 12, la madre es probablemente la


Sinagoga o comunidad judía, de la que nace el Mesías; tam­

87 —
bién es la Iglesia, que da a luz a los miembros del cuerpo
de Cristo; y, según una tradición persistente, es María, la
madre del novio, del Mesías.
¿Quién es la novia? Una princesa extranjera, preferida
y escogida, entre otras pretendientes, por su belleza. El mayor
argumento para que acepte es la autoridad y el amor del joven
rey: prendado está el rey de tu belleza. A lo cual se añaden
ventajas insignes:

13 la ciudad de Tiro viene con regalos,


los magnates buscan tu favor.

Tiro era entonces la gran metrópoli comercial. En el contexto


del Nuevo Testamento, la princesa es la Iglesia de los pa­
ganos, a quienes ama el Hijo de Dios, con quienes celebra
una boda de amor. Lo más importante que podemos decir de
la Iglesia es que es la esposa del Mesías, unida por amor y
fecunda. Ese podría ser el primer capítulo de una eclesiología
bíblica. Las últimas palabras del Bautista en el evangelio de
Juan lo dicen así:

3,29 El que se lleva a la novia es el novio;


el amigo que está allí a su disposición
se alegra mucho de oir su voz.
30 Por eso mi alegría, que es ésa,
ha llegado a su colmo.
A él le toca crecer, a mí disminuir.

Crecer se refiere a la fecundidad, «creced y multiplicaos».


Es el último tema del salmo 45:

17 A cambio de tus padres tendrás hijos,


que nombrarás príncipes por toda la tierra.

Las bodas del Mesías con la Iglesia serán fecundas: en nuevos


hijos, que serán hijos de Dios, en empresas y en obras. La
Iglesia podrá ser eficaz por la organización, pero es fecunda
sólo por el amor y la unión con el Mesías.

— 88 —
Invitados por el salmo a las bodas del Mesías con la
Iglesia, celebrémoslas con júbilo, como nos dice el Apoca­
lipsis:
19,6 Ha empezado a reinar el Señor,
nuestro Dios, soberano de todo.
7 Hagamos fiesta, saltemos de gozo, démosle gloria,
porque han llegado las bodas del Cordero.
8 La esposa se ha preparado, le han regalado
un vestido de lino, puro, esplendente.
9 Dichosos los invitados al banquete
de las bodas del Cordero.

— 89 —
Salmo 47: Bajar para subir

Un verso de este salmo nos suministra el tema de la


presente meditación:
6 Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor al son de trompetas.

Es el tema de la ascensión. Algunos autores imaginan que


se celebraba una procesión portando el arca, signo de la
presencia del Señor, subiendo a la colina del templo, hasta
depositarla en el camarín del santuario (sancta sanctorum).
Sería una manera de representar en un drama sacro la toma
de posesión por Yahvé del dominio universal.
La tradición cristiana unánime ha aplicado este salmo a
la ascensión de Jesucristo al cielo, para sentarse en el trono
del dominio universal. El salmo se convierte así en versión
lírica de la proyección dramática de Lucas al comienzo de
los Hechos de los Apóstoles. Varias expresiones del salmo
encajan perfectamente en esta lectura, y lo haré comprender
aplicando a Cristo el título tradicional de Señor:
6 El Señor asciende entre aclamaciones,
el Señor al son de trompetas.
8 El Señor es rey del mundo,
9 el Señor reina sobre las naciones,
el Señor se sienta en su trono sagrado.
10 Los príncipes paganos se juntan
con el pueblo del Dios de Abrahán,
porque del Señor son los escudos de la tierra,
y él es excelso.

(Nota. Los escudos pueden ser signo de poder y riqueza,


1 Re 10,17, y por ello botín precioso, 1 Re 14,26).

— 90 —
El triunfo de nuestro Señor puede ser un punto de nuestra
meditación gozosa y gloriosa. Es el triunfo de un miembro
de la familia humana, de nuestro hermano mayor. Por él y
en él una parte de la creación asciende glorificada. En ese
punto parecen culminar las montañas, los astros, las galaxias.
En ese momento parece culminar un proceso de millones de
años cósmicos. Como si dijéramos: desde la explosición ini­
cial hasta la ascensión de Cristo. Al ascender Jesucristo, se
crean un cielo nuevo y una tierra nueva: cielo, por el nuevo
huésped y Señor humano que lo habita; tierra, porque se ha
llenado de su gloria. Gritos de júbilo, aclamaciones, batir
de palmas, tañer de instrumentos sean el acompañamiento
de esta ascensión.
Ahora, en silencio, pasemos al segundo punto de nuestra
meditación, la aplicación a nosotros. Hay que tomar el hecho
desde más atrás:

Por eso dice la Escritura: Subió a lo alto llevando cau­


tivos, dio dones a los hombres. Ese «subió» ¿no implica que
había bajado antes a lo profundo de la tierra? Fue el mismo
que bajó quien subió por encima de los cielos para llenar el
universo (Ef 4,8-10).

Como si necesitara tomar carrera, bajar a gran velocidad para


dar el gran salto. Así un coche se entrega a una bajada para
subir mejor un repecho. La ascensión de Cristo es la otra
parte de la parábola: baja del cielo, baja a la pasión y a la
muerte para ascender desde allí, y así define el movimiento
parabólico de toda ascensión cristiana.
De algún modo la prefiguró Elias. Un día, el gran profeta
ascendió al monte Horeb a encontrarse con Dios (1 Re 19);
de allí hubo de bajar para continuar su tarea y asegurar la
sucesión. Pero cuando llegó el momento maduro, invirtió la
dirección. Acompañado de Elíseo, fue bajando a Jericó, al
Jordán, lo cruzó y, estando al otro lado, lo arrebataron a lo
alto en una carroza de fuego (2 Re 2). Bajar para subir.
También Moisés bajó a los llanos de Moab antes de subir al

— 91
Fasga, desde donde contempló en visión la tierra prometida
y a él negada, donde minió.
La vejez ¿es descenso o ascenso? A veces a los ancianos
les hacen un homenaje, reconocimiento, in extremis, de sus
méritos. En la jubilación se le ofrece al colega un banquete
de honor y melancolía. (Hay quien recibe sólo un homenaje
pòstumo). Es verdad: en conjunto, la vejez es una lenta o
rápida decadencia, un resbalar sin lugar donde agarrarse. Pero
es bajar para subir, porque nos acercamos al gran salto. Sien­
do lo último y decisivo la ascensión, podemos anticipar el
movimiento ascensional y transformar nuestra inevitable de­
cadencia en ascensión. En la composición del evangelio de
Lucas, la ascensión comienza cuando Jesús se encara con el
futuro y comienza a subir hacia Jerusalén (Le 9), hacia la
cruz, hacia el cielo. En un cosmos circular o esférico y en
movimiento, ¿qué es bajada y qué es subida? Lo que parece
bajada puede ser en realidad parte de un movimiento ascen­
dente. ¿Caemos en la sima o nos arrastra la tromba a la cima?
Mucho depende de la posición que tomemos. Incluso en
nuestro modesto mundo planetario y solar, lo que nosotros
consideramos dirección ascendente, los antípodas lo definen
descendente. Algo así en el mundo del espíritu. Ensayemos
a cambiar de posición o de punto de vista. El torbellino
succionó a Elias hacia lo alto, la fuerza de tracción superaba
a la fuerza de gravedad. Los espíritus están sometidos a una
fuerza de gravedad hacia arriba, hacia Dios (¿o está Dios en
el abismo?). A medida que un cuerpo libre de trabas es atraído
por la fuerza de gravedad, su velocidad se acelera. A medida
que nuestro espíritu se acerca a Dios, su velocidad se acelera.
Estáis en vísperas de vuestra ascensión; ya ha comenzado:
batid palmas, aclamad con gritos de júbilo, prorrumpid en
aclamaciones, tañed los instrumentos con maestría: el Señor
reina, y vosotros con él.

— 92 —
Salmo 49: Rescatados

Hoy el maestro se pone serio, casi adusto. No va a dirigir


una oración, sino a pronunciar una plática. A nosotros tocará
meditarla por nuestra cuenta. Dice que tocará la cítara, pero
sólo para acompañar la cantinela; creo que será una melodía
melancólica, en tono menor. El maestro es bastante preten­
cioso, pues pide que lo escuchen todas las naciones, los
habitantes del orbe, plebeyos y nobles, ricos y pobres. No
es pretencioso, sino que está convencido del valor universal
de su enseñanza. Hoy no habla de la historia de un pueblo,
aunque sea el elegido, sino de la condición humana. Lo que
dice de cada ser humano, que lo escuche todo hombre:

2 Oíd eso, todas las naciones,


escuchadlo, habitantes del orbe,
3 plebeyos y nobles, ricos y pobres.
4 Mi boca hablará sabiamente
y serán sensatas mis reflexiones.
5 Prestaré oído a la parábola
y expondré mi enigma al son de la cítara.

Va a exponer un proverbio o parábola o comparación y un


enigma o adivinanza. La comparación (el verbo S Im , de la
misma raíz que el sustantivo) se formula dos veces con ligera
y significativa variante:

13 El hombre no perdura en la opulencia


sino que perece como los animales.
21 El hombre opulento e inconsciente
es como animal que perece.

Biológicamente, el hombre es como el animal: mortal.


Hay insectos que viven unas horas, tortugas que viven más

— 93 —
de 150 años, el gato hasta veinte, el perro hasta 35. ¿El
hombre? Según el salmo 90, la media son setenta, y si uno
es robusto, hasta ochenta. Al maestro del salmo 49 no le
interesan los números, sino el hecho. Si la vida termina, no
cuenta mucho la diferencia de edad. Ni cuentan otras dife­
rencias. El maestro se va a fijar en las riquezas y la sabiduría.
Pero ¿es necesario un sermón para que nos convenzamos de
ello? Al menos conviene recordarlo. Lo que más censura el
maestro es el sentido de satisfacción que pueden provocar
las riquezas acumuladas, como si ellas fueran el sentido y la
seguridad de la vida:

7 confían en la opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas.

Es doctrina frecuente que no hay que confiar en las riquezas,


sino en Dios:

Sal 52,9 Mirad al valiente que no puso en Dios su apoyo,


confió en sus muchas riquezas.
Jr 9,22 Que no se gloríe el rico en sus riquezas.
Prov 11,28 El que confía en sus riquezas se marchita.

Las riquezas no son un seguro de vida. El maestro afirma


que con todas las riquezas

8 nadie puede salvarse


ni dar a Dios un rescate.
9 Es tan caro el rescate de la vida,
que nunca les bastará
10 para vivir perpetuamente
sin bajar a la fosa.

Uno puede pagar un rescate para recobrar un bien (p.e. la


libertad), para conmutar una pena, incluso algunas penas de
muerte. Pero el rescate para conseguir la inmortalidad no
tiene precio. Las riquezas pueden alejar inconvenientes, me­
jorar y alargar un poco la vida; no pueden comprar la in­
mortalidad. Cuando Prov 13,8 dice que «El rico paga rescate

— 94 —
por su vida», piensa en unos cuantos años más de vida. Por
eso el maestro añade esta visión macabra de un pueblo que
había sido comparado a un rebaño guiado y apacentado por
un Jefe, incluso por Dios:

14 Este es el destino de los confiados,


el destino de los hombres satisfechos:
15 son un rebaño para el Abismo,
la Muerte es su pastor,
y bajan derechos a la tumba.
Se desvanece su figura,
y el Abismo es su casa.

Los muertos, inmenso rebaño humano sin diferencias; muerte


personificada, su pastor. ¿Con qué los apacienta? ¿Adonde
los conduce?
Si los ricos son el modelo preferido del maestro, otro
tanto dice, aunque brevemente, de los sabios o maestros: que
es su propia profesión y categoría, y por lo tanto se predica
también a sí. No lo pueden tachar de parcialidad:

11 Los maestros mueren lo mismo


que perecen ignorantes y necios.

Hay maestros ricos en conocimientos, opulentos de saber:


también ellos sufren la tentación de sentirse confiados y sa­
tisfechos de su saber adquirido y acumulado. También de
ellos podría decir el autor: Cuando mueran, no se llevarán
nada. Sólo quedará lo que hayan dado, lo que hayan co­
municado a otros.
Hasta aquí la comparación o parábola. ¿Nos ha enseñado
algo nuevo? Quizá su novedad sea el tono y el modo de
enseñarla. Ahora ¿dónde está el enigma? —Surge por el
contraste con la visión precedente. La ley universal, ¿admite
alguna excepción? El maestro responde:

16 Pero a mí Dios me saca


de las garras del Abismo y me arrebata.

— 95 —
El Abismo es lo mismo que la Muerte. Sus manos cercan al
hombre cuando nace y lo agarran cuando muere. ¿Hay alguien
más fuerte que se los haga soltar?
Is 49,24 ¿Se le puede quitar la presa a un soldado,
se le escapa el prisionero al vencedor?

Dios es más fuerte que el abismo: libra y toma y arrebata.


Semejante explicación ¿es explicar un enigma o plantearlo?
El autor usa el verbo hebreo pth, que significa abrir, resolver.
Pero en el contexto del AT la afirmación del verso 16 es el
gran enigma, y la solución hay que buscarla en el NT:
Nadie puede dar a Dios un rescate por su vida; pero
alguien dio su vida en rescate por todos (Mt 20,28). No
confiamos en riquezas amontonadas ni en conocimientos acu­
mulados; confiamos en que, por Jesucristo y con él, Dios
nos tomará y llevará consigo. Vamos a leer a trozos una
página de Pablo, con breves comentarios intercalados para
facilitar la meditación.
Rom 8,19 De hecho, la humanidad otea impaciente aguar­
dando a que se revele lo que es ser hijos de Dios.

«Humanidad» como traducción probable de ktisis (que co­


rresponde al arameo beri’a), y contrapuesta a «nosotros», los
«cristianos» del v. 23. Lo que es o significa ser hijos de Dios
es recibir la inmortalidad, ya que un hijo de Dios no puede
acabar en esclavo de la Muerte. Eso se revela del modo
siguiente:
20 Porque, aun sometida al fracaso (no por su gusto, sino
por aquel que la sometió), esta misma humanidad abriga una
esperanza: 21 que se verá liberada de la esclavitud a la de­
cadencia, para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de
Dios.

«Fracaso» o vanidad, mataiotes del Eclesiastés; «vanidad de


vanidades y todo vanidad» cuanto acaba en la muerte. O la
del salmo 39, «todo hombre es un soplo»; según el sonido
— 96 —
hebreo, «todo Adán es Abel». Ser mortal es fracaso de un
ser que tiene conciencia, que desea y no puede por sí librarse
de esa maldición abrumadora.
22 Sabemos bien que hasta el presente la humanidad en­
tera sigue lanzando un gemido universal con los dolores de
su parto.

La humanidad entera, como mujer en trance, ansia parir una


humanidad nueva (cfr. Ap 12), digna de un destino más alto.
A la humanidad entera se contraponen los cristianos, ya li­
berados en parte y no del todo; los cuales, por la experiencia
de la parte, ansian con más conciencia lo que falta:
23 Más aún: incluso nosotros, que poseemos el Espíritu
como primicia, gemimos en lo íntimo a la espera de la plena
condición de hijos, del rescate de nuestro cuerpo,24pues con
esta esperanza nos salvaron.

Ese Espíritu es el que resucitó a Jesús de la muerte (8,11).


Es una primicia que recibimos como hijos mayores (cristia­
nos) o como anticipo de lo que resta. Falta todavía el rescate
de nuestro cuerpo, que ya se entregó en la muerte de Jesu­
cristo y que tiene que hacerse efectivo.
24 Ahora bien, esperanza de lo que se ve ya no es es­
peranza; ¿quién espera lo que ve?25En cambio, si esperamos
algo que no vemos, necesitamos constancia para aguardar.

Lo que aguardamos con constancia lo ha dicho el verso 11:


Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en
vosotros, el mismo que resucitó al Mesías dará vida también
a vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu suyo
que habita en vosotros.

— 97 —
Salmo 55: Suavemente en paz

De este salmo dramático me voy a fijar en un verso:

18 Por la tarde, por la mañana, a mediodía,


me quejo gimiendo.
El Señor me escucha y me redime;
mi alma está en paz.

Se puede ensayar otra traducción, tomando «paz» como ad­


verbio: redime mi vida con paz, o sea, sin violencia, sua­
vemente. El resultado global no cambia demasiado: hay una
súplica insistente y un desenlace de paz y serenidad, por la
acción de Dios. Casi todos deseamos la paz, pero en la tercera
edad se intensifica el deseo. A una señora anciana que había
pasado la última guerra y había perdido en ella al marido, la
oí decir que, si estallaba una nueva guerra, se suicidaba.
Quizá no lo haría; pero la frase muestra que, sin paz, no
quería, no podía vivir. Ancianos que se glorían de sus hazañas
militares cuando jóvenes, creo que no querrían repetirlas aho­
ra. Dejando el contexto bélico en sentido propio, ¿quién no
ha tenido que luchar en la vida? Los estudios, el empleo,
oposiciones, concursos, sacar adelante la familia, política,
negocios... Pasada la hora de luchar, la paz es ahora más
sabrosa.
Pues bien, el salmo exalta el tema, porque habla de una
paz en medio de luchas y anarquía. Como de una fuerza de
ocupación, la ciudad está habitada y recorrida por personajes
siniestros: Crímenes, Injusticias, Calamidades, Crueldad,
Engaño. La policía que patrulla la ciudad se llama Violencia
y Discordia. En medio de semejante situación, el orante en­
cuentra paz:
— 98 —
10 Veo en la ciudad Violencias y Discordias,
11 día y noche hacen la ronda de sus murallas.
En su recinto hay Crímenes e Injusticias,
12 en su interior Calamidades.
No se apartan de sus calles
Crueldad y Engaño.

Por si fuera poco, estos tiempos de anarquía y desorden


favorecen la traición de los amigos, aun de los íntimos:

13 Si mi enemigo me injuriara,
lo aguantaría;
si me adversario se alzara contra mí,
me escondería de él.
14 Pero eres tú, mi camarada,
mi amigo y confidente,
15 a quien me unía una dulce intimidad.
Entre el bullicio paseábamos
en el templo de Dios.

Era una amistad envuelta en sentido religioso que ahora se


ha vuelto traición. Duele en el alma; pero el orante se dirige
a Dios y encuentra la paz.
Cercado en la ciudad por fuerzas hostiles, angustiado
internamente, intenta una huida: en semejantes circunstancias
el desierto inhóspito le resultará hospitalario. Pero la fuga es
puramente mental:

7 Pienso: ¿Quién me diera alas de paloma


para volar y posarme?
8 Emigraría lejos,
me hospedaría en el desierto,
9 me pondría en seguida a salvo de la tormenta.

La fuga mental no remedia nada, porque la voz del enemigo


y los gritos del malvado atraviesan el muro tenue del refugio
e invaden su interioridad:

4 Me turba la voz del enemigo,


los gritos del malvado...

— 99 —
5 Se me retuercen dentro las entrañas,
me sobrecoge un pavor mortal.

A pesar de todo, alcanza la paz. La única salida es dirigirse


a Dios, en ritmo sostenido, sin darse, sin darle descanso.
Hasta que libre mi alma suavemente, tranquilamente; hasta
que la instale en la serenidad. Lo que no le da Jemsalén, la
«ciudad de paz», se lo da Dios: la paz. Para terminar, es­
cuchemos una recomendación y pronunciemos nuestra res­
puesta:
23 Encomienda a Dios tus afanes...
24 —Yo confío en ti.

— 100 —
Salmo 57: ¡Inaugura el día sin ocaso!

Hay ancianos que se despiertan temprano y se adelantan


a la aurora; los hay que están a gusto en la cama y prolon­
garían el sueño y pedirían al sol que retrasara su puntualidad.
El orante de este salmo está impaciente por que amanezca.
Primero se despabila él, después despierta a su instrumento
musical, y con su música intenta despertar y apresurar a la
aurora, que parece retrasarse (como cuando hacemos música
para despertar ruidosa o suavemente a una persona). Una vez
que ha llegado la aurora, invoca al sol para que asome y
derrame su luz por toda la tierra. ¿Es un rito destinado al
sol? El orante, como nuevo Josué, da órdenes contrarias.
Josué mandaba al sol que no se ocultara; el orante manda
que aparezca. ¿O es más bien un rito para estimularse él? La
música de la guitarra no alterará el ritmo de la música de las
esferas, la música celeste.
Al menos no es un rito cotidiano, sino que el orante se
encuentra en una situación peligrosa y espera que el remedio
le llegue con la luz del sol. Como un enfermo grave que
espera la llegada del medicamento esencial con el primer
correo matutino. En lenguaje imaginativo, quizá hiperbólico,
nos dice:
5 Estoy acostado entre leones que devoran hombres:
sus dientes son lanzas y flechas,
su lengua es puñal afilado.

Supongo que no nos encontramos en situación tan crítica;


con todo, ya hemos aprendido a rezar y meditar en clave.
Lo primero que haremos será referir el texto a Cristo:
lectura cristológica, o «alegoría» en el sentido técnico de la
exégesis patrística y medieval. Cristo está escondido en el

— 101 —
sepulcro, y es de noche en el mundo. La humanidad se acuesta
entre fieras de odio y egoísmo, entre lenguas afiladas de
engaño y falsedad. Suplica impaciente la salida del libertador,
la resurrección de Cristo. Impaciente se levanta y se incita,
toca y canta sus mejores canciones, apresura el alba, grita al
Señor:

8 Me siento animoso, Dios mío,


me siento animoso.
9 Voy a cantar y tañer:
despierta, gloria mía;
despertad, cítara y arpa;
despertaré a la aurora...
12 ¡Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Resucita, Señor, a nueva vida, inaugura el día sin ocaso, y


que la luz de tu gloria se dilate a iluminar todos los pueblos.
Sea la luz que ilumina a todo hombre. El amor a Cristo se
traduce en impaciencia misionera.
Oración para una madrugada de Pascua, en una mon­
taña, haciendo música para saludar la aparición regia del sol.
Ahora vamos a trasladamos al final de los tiempos, a
la segunda aparición de Cristo o parusía. Esta clave de lectura
la llamaron los antiguos anagogia o ascensión, porque men­
talmente, en la contemplación, asciende el hombre al en­
cuentro del Señor. La parusía puede concebirse al final de
los tiempos, para la historia de la humanidad, y puede re­
ferirse al cristiano individual, para quien se acaba el tiempo
y amanece la eternidad. En esa clave, el salmo toma un
sentido nuevo, homogéneo con el anterior. Hay ancianos que
desearían seguir durmiendo, aunque sea tumbados entre leo­
nes. A pesar de los achaques, le han tomado gusto a la vida
y no quieren desprenderse de ella. Que se retrase el sol. Está
muy bien sentir impaciencia por la resurrección de Cristo y
la difusión de su gloria; pero nada de impaciencia por su
nueva aparición, que me arrancará de mi puesto en la vida.
Por el contrario, hemos conocido ancianos cansados de vivir

— 102 —
esperando; otros serenos al sentirse maduros para la cosecha;
y también otros ansiosos por encontrar al fin al Señor. San
Juan de la Cruz canta su impaciencia de tal modo que la
convención del género no mitigue la sinceridad del afecto.
Citaré sólo la copla y dos estrofas, dejando al lector que lea
entero el poema y lo medite por su cuenta:
Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
En mí yo no vivo ya
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará
pues mi misma vida espero
muriendo porque no muero.
Estando absente de ti,
¿qué vida puedo tener
sino muerte padecer,
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí
pues de suerte persevero,
que muero porque no muero.

Siguiendo el rastro de nuestro poeta, quizá un día nos atre­


vamos a despertar a la aurora y digamos cantando:
¡Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene mi alma tu gloria!

— 103 —
Salmo 62: El peso real de mi vida

¿Cuál es la consistencia del hombre? En el cuerpo, un


sistema de fuerzas de cohesión, un juego equilibrado de fun­
ciones. Nos mantenemos sobre la tierra por la fuerza de la
gravedad y porque la tierra resiste. En el mar nos hundimos
y buscamos contrarrestarlo con movimientos o posturas. En
el aire caemos, y nos apoyamos en el portamento. Cons­
truimos muros, edificios, rascacielos, utilizando materiales
de cohesión y apoyándolos por la fuerza de la gravedad. En
el espíritu, ¿cuál es la cohesión del hombre? ¿Lo que es o
lo que posee? El hombre es un poder ser que llega a ser, un
ser que puede no ser. La muerte, siempre contigua aunque
diferida, la decadencia de la vejez, enfermedades y mutila­
ciones, son manifestaciones de la contingencia, del ser que
no posee en sí su consistencia. Las experiencias buenas y
felices, en el momento en que pasan, dejan de ser, y a veces
de ser recordadas. He ahí la radical inconsistencia del hom­
bre. El salmo, con otro punto de vista, viene a decir algo
parecido:

10 Los hombres no son más que un soplo,


los nobles son apariencia:
todos juntos en la balanza subirían
más leves que un soplo.

Un soplo, cuya consistencia es un movimiento leve del aire


tenue, pesa más que todos los hombres juntos. El salmo 39
decía que cada hombre es un soplo; éste dice que todos juntos
son menos que un soplo, por su levedad y brevedad. ¿Dónde
queda su gravedad?
Entonces el hombre busca un muro donde apoyarse, un
lastre con que afianzarse. Pero, por el miedo a perder su

— 104 —
puesto o para afianzarlo y ensancharlo, los hombres se de­
dican a derribar al vecino. Derruir es la gran hazaña del
egoísmo:

4 ¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre


todos juntos para derribarlo,
como a una pared que cede
o a una tapia ruinosa?

La verdad se apoya en lo que es, tiene la consistencia de la


realidad, trasladada a la mente. La verdad es una fuerza de
gravedad hacia el ser; la mentira y la falsedad no tienen apoyo
en la realidad. Pero son instrumento de destrucción al su­
plantar lo que es con lo que no es, al corroer la confianza y
cohesión entre los hombres:

5 Sólo piensan en derribarme de mi altura


y se complacen en la mentira;
con la boca bendicen,
con el corazón maldicen.

El lastre del hombre, para no precipitarse hacia arriba,


son las riquezas. Piensa compensar con poseer lo que le falta
de ser. Más que un sustantivo, el hombre es un posesivo: la
falta de sustancia se compensa con la posesión; pero el afán
de poseer provoca injusticias: o porque los bienes no bastan
o porque los que se poseen no satisfacen. Entonces se recurre
a la opresión, a la explotación, al robo:

11 No confiéis en la opresión,
no pongáis ilusiones en el robo.

¿Y si las riquezas crecen no por ser robadas, sino por ser


producidas y distribuidas? —Serían legítimas, incluso be­
néficas: ¿podría el hombre apoyarse y afianzarse en ellas? El
salmo continúa:

11 Aunque crezcan vuestras riquezas,


no les deis el corazón.

— 105 —
Quizá los años nos hayan abierto los ojos para apreciar el
valor y peso real de los bienes y de la vida. Al sentimos más
pesados, apreciamos la levedad de la existencia. Vemos que
las riquezas son entretenimiento, distracción, más que lastre
- ponderoso.
Pues con el orante busquemos nuestro punto de apoyo
en Dios. El único punto de apoyo de la contingencia es el
puro ser infinito. El salmista no lo dice en estos términos;
prefiere un lenguaje más físico que metafísico:

3 Sólo él es mi roca y mi salvación,


mi alcázar: no vacilaré.
8 De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme, Dios es mi refugio.

Es de notar que en hebreo «mi gloria» es kebodi, que eti­


mológicamente significa «mi peso, mi gravedad». Eso que
nos dicen la especulación filosófica y la imagen del salmo
tiene que entrar en nuestra conciencia y modelar nuestro
corazón:

2 Sólo en Dios descansa mi alma


porque de él viene mi salvación.
9 Pueblo suyo, confiad siempre en él,
desahogad ante él el corazón,
que Dios es nuestro refugio.

Dos actos correlativos son deshogarse ante Dios y descansar


en él. «Desahogarse» es en hebreo «derramar el corazón».
Toda la pena y pesadumbre, que llena y abruma y ahoga, el
corazón, volcándose, la derrama ante Dios; ya ligero y li­
berado, descansa en Dios. Porque no busca como lastre el
peso de la pena, sino que busca un apoyo suave, y lo en­
cuentra en Dios.
¿Un punto de apoyo pasado o presente? Volvamos a la
reflexión metafísica: los escolásticos nos enseñaron certera­
mente que el ser contingente tiene su apoyo inicial en la
creación, su apoyo presente en la conservación, el apoyo de

— 106 —
su acción en el concurso. Es decir, que todo punto y momento
de ser y de obrar se apoya inmediatamente en el ser infinito.
¿Y qué decir del futuro? Aquí viene la paradoja:
6 Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza.

Nos apoyamos en el pasado, en bienes adquiridos o en méritos


reconocidos; nos apoyamos en el presente, en la fuerza vital
que continúa. ¿También en el futuro? Nos apoyamos en Dios,
que nos hizo y nos mantiene; ¿también en el Dios de nuestro
futuro? Eso es la esperanza: un gancho arrojado que se agarra,
antes de que alcancemos el puerto; la escalera colgante por
donde subimos a la altura. No que Dios tenga futuro, siendo
puro presente, sino que nuestro futuro está en Dios, y a él
nos agarramos para subsistir, en él nos apoyamos para des­
cansar:
6 Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza.

— 107 —
Salmo 63: Mi garganta tiene sed de Ti

Una música mejor tiraba de los sentidos, decía Juan de


la Cruz. Y en este salmo otra vez —como en el salmo 34—
los sentidos van a sentir y expresar el tirón de la música
divina; de esa música más atrayente que el canto de las si­
renas. Ya el comienzo del salmo nos pone en vilo:

2 Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo;


mi garganta tiene sed de ti,
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agotada, sin agua.

Madrugo impaciente, porque durmiendo estoy alejado de ti


sin sentirlo. Porque dentro de mi sueño tú te deslizas para
inquietarme y despertarme con la fuerza del deseo. Madrugo
compitiendo con la aurora, que enjuga la oscuridad del ho­
rizonte para que asome el sol; y tú me iluminas por dentro,
con suavidad de aurora, con plenitud solar. Madrugo, no
porque me acucie el trabajo, o porque deba emprender un
viaje temprano, o por disfrutar la limpia frescura de una tierra
que se despierta. No; madrugo por Ti, que eres mi tarea y
el éxito de ella, mi viaje y su término feliz. ¡Qué dicha, al
madrugar, tener para Dios el primer pensamiento y deseo,
descubrir que me estaba esperando!:

Prov 8,17 Yo amo a los que me aman,


y los que madrugan por mí me encuentran

dice, invitando, la Sabiduría.


Nada más despertar, siento sed. El clima es seco, quizá
he sudado. La garganta reseca ocupa la conciencia y me
recuerda que, en cierto sentido, el agua es mi elemento dentro

108 —
de mí. La «garganta» (nepesh) es también el alma. La sed
física es nada comparada con la sed de Dios. Tú sí que eres
mi elemento, por dentro y por fuera, Dios mío. Mi garganta
tiene sed de agua, mi alma tiene sed de Dios. Como la cierva
que busca corrientes de agua, «como tierra reseca, agostada,
sin agua». El agua es la vida, la fertilidad de la tierra: Señor,
¿qué cosecha puedo yo dar si no me riegas y empapas? Con
mis brotes agostados y mi follaje fláccido, reclamo tu riego,
Agua mía. No me basta soñar:

Is 29,8 Como sueña el sediento que bebe


y se despierta con la garganta reseca,

mi carne tiene ansia, desfallece por ti. Porque la carne es


como hierba (Is 40,6); la carne es débil sin tu aliento. Por
ti madrugo, mi garganta tiene sed de ti, mi carne desfallece
por ti.
Al otro extremo de la mañana está la noche: tiempo de
dormir, tiempo de soñar. —Todavía no, Señor, sino tiempo
de pensar en ti:

7 Si en el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
es que fuiste mi auxilio.

Durante el día, Señor, me han ocupado mis tareas, recla­


mando toda mi atención. Durante el día se han ido acumu­
lando experiencias, sin tiempo para elaborarlas. La noche es
tiempo de traer a la memoria para rumiar y asimilar. Pero
yo tengo un tema de recuerdo y meditación: tú, Dios mío.
Porque a lo largo de este día y de otros muchos antes, tú
eres mi auxilio. Durante quince horas, casi sin que me diera
cuenta, me has mantenido y has colaborado conmigo, has
sido mi auxilio. Deja, Señor, que un rato repase de modo
concentrado tu presencia. Tu recuerdo me serena, tu medi­
tación me descansa. Si algo me desvela, no son las preo­
cupaciones, sino Tú. Mi carne desfallece y se tiende en el
lecho a descansar: ya no me distrae. Mi conciencia repleta
— 109 —
y abstraída retira sus asuntos para centrarse en Ti. Con tantas
cosas, estaba medio vacía, sólo contigo se siente llena. Dulce
lecho, despertador de tu recuerdo, albergue de mi meditación.
Antes de que se me cierren los ojos y los sentidos, voy a
recordar también lo que sintieron durante el día. Los ojos:
3 Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria.

En el templo observo la belleza de la arquitectura, el espacio


modelado, las columnas esbeltas en fila, la armonía instan­
tánea y permanente. En ello y más allá de ello, te contemplo
a Ti. Las fuerzas que sustentan y contrarrestan me enseñan
tu fuerza. La luminosidad del granito, el esplendor del atrio
realzado por la sombra bien repartida me descubren tu gloria.
Yo conozco otro templo tuyo, Señor: el cielo límpido y terso
o escenario de un ballet de nubes, la tierra con sus montañas
y bosques y mares. Ellos me muestran tu fuerza y tu gloria,
porque llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Mis ojos
ven y mi espíritu contempla. Toda la creación es traslúcida,
y lo que trasluce eres tú: Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria.
El gusto. En el templo disfruto con otros del banquete
sacrificial. Satisfaciendo el apetito soy comensal tuyo. Tú
repartes la carne de las víctimas, y yo
6 me sacio como de enjundia y de manteca.

Tú eres mi alimento cotidiano, y yo me sacio y no me sacio,


porque el que come tendrá más hambre (Eclo 24,21). Yo te
saboreo a gusto, porque me han dicho: Gustad y ved qué
bueno es el Señor (Sal 34,9). Afíname, Señor, el gusto, para
que descubra en ti mil sabores y nunca me canse de ti:
6 Me saciaré como de enjundia y de manteca
y mis labios te alabarán jubilosos.

El tacto. Recuerdo cuando era niño y daba la mano a


mi padre y caminábamos a pasos desiguales. Yo sentía el

— 110
contacto de su mano, caliente y firme, y en su mano se me
comunicaba mi padre. O bien, cansado de caminar, lograba
que mi madre me tomara en brazos, y yo respiraba junto a
su pecho. Así y mucho más,
9 mi aliento está pegado a ti
y tu diestra me sostiene.

¡Oh, sentir el contacto de Dios por dentro y por fuera...! Su


firmeza y ternura, su calor temperado, su elasticidad para
que yo me pliegue. Estar pegado a él, sentir su fuerza ad­
hesiva sin que nadie ni nada me despegue. Entrar en contacto
con él, estar en contacto con él, esperando el abrazo defi­
nitivo, paternal y maternal, de Dios:
8 A la sombra de tus alas canto con júbilo,
mi aliento está pegado a ti
y tu diestra me sostiene.

Cuando llegue ese momento supremo, ¿será la noche serena


del descanso, cuando el recuerdo se convierta en presencia?
¿Será un amanecer sin sed ni desfallecimiento? Entretanto,
Señor, despierta mis sentidos y elévalos hacia Ti, que
4 Tu lealtad vale más que la vida,
te alabarán mis labios
y toda mi vida te bendeciré.

— 111 —
Salmo 65: Mi Padre sigue trabajando

En una ocasión en que reprochaban a Cristo que trabajase


en sábado, respondió polémicamente: Mi Padre sigue tra­
bajando y yo trabajo. Así corrige, si no el enunciado de Gn
1, sí una interpretación demasiado literal. En lenguaje filo­
sófico, diríamos nosotros que Dios está por encima de la
distinción trabajo-reposo, que trasciende esas categorías hu­
manas. En otra ocasión, y en lenguaje imaginativo, afirma
Jesús: Mi Padre es el labrador, concretando el trabajo según
la cultura dominante de la época y adaptada a los oyentes.
En nuestra cultura, ¿podríamos decir que el Padre es el obre­
ro, el ingeniero? Muchas imágenes se pueden usar correc­
tamente para expresar algún aspecto inefable de Dios... Hoy
nos vamos a atener a la imagen agrícola que nos ofrece el
salmo 65.
Dios es el labrador, el Padre de familia que tiene que
lograr sustento para sus hijos. Con cariño para los suyos, con
respeto por la tierra y sus ritmos, va ejecutando cuidadosa­
mente las diversas operaciones del agricultor: trazar los sur­
cos, regarlos, rastrillar, atender al crecimiento. Después el
labrador atiende a otras plantas, viñedos y frutales, que ha
dispuesto en laderas de colinas, y hierba de pasto para el
ganado. Al leer el texto, debemos fijamos en el cuidado de
los detalles:

10 Tú cuidas de la tierra, la riegas


y la enriqueces sin medida.
La acequia de Dios va llena de agua.
preparas sus trigales.
11 Así la preparas: riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja esponjosos;

— - 112 —
bendices sus brotes.
13 Coronas el año con tus bienes:
tus carriles rezuman abundancia.
13 Rezuman los pastos del páramo
y las colinas se orlan de alegría.
14 Las praderas se visten de rebaños
y los valles se visten de mieses
que aclaman y cantan.

Al final, un ancho paisaje verde de hierba, blanco de lana,


amarillo de mieses. Y presente, aunque escondido, Dios, el
Padre.
Estamos acostumbrados a pensar en Dios como creador,
que da comienzo a la existencia de los seres; tenemos menos
costumbre de percibir a Dios perpetuamente activo en su
creación. Como si el séptimo día diera por terminadaas sus
faenas y se entregara al reposo perpetuo. Esa imagen es la
que quiere corregir Jesús: Mi Padre sigue trabajando. Los
filósofos proponen la enseñanza del concurso divino. San
Ignacio, en su contemplación para alcanzar amor, propone
un punto particular sobre la actividad permanente de Dios.
Tenemos que ejercitar con frecuencia ese tipo de contempla­
ción. No sólo la hermosura armoniosa de ese abeto, la fronda
de esa haya, sino también la fuerza de succión de sus raíces,
la fuerza ascendente de la savia para llegar a cada hoja y
brote y flor y fruto. La fuerza que transforma los jugos de
la tierra en formas precisas de flores, en aromas, en gustos
no catalogados. En el planear del cóndor, en el surcar de la
ballena, en el saltar de la gacela está activo Dios: ¿no lo
notáis? Coronas el año con tus bienes. No sólo comienza,
sino que corona, porque acompaña todo el ciclo. Reprime el
estruendo del mar. Pero también en el palpitar de las mareas,
en el jadear del oleaje, en las corrientes marinas apenas vi­
sibles, está activo Dios. Y en el mundo estelar y en el mundo
de las partículas subatómicas. ¿Quién podrá cansarse de con­
templar? Jubilados forzosos por la sociedad o por nuestro
organismo, podemos dedicarnos a contemplar esa maravillosa
y múltiple y discretísima actividad de Dios, el cual también

— 113 —
colabora en nuestra actividad. Hacia fuera y hacia dentro
podemos enfocar la observación. Como el peso no es inercia,
sino fuerza de atracción siempre activa, como la luz al parecer
inmóvil es energía velocísima, así la gloria de Dios es activa:
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria en acción.
También en la historia está activo el Señor, de manera
patente o discreta:

6 Con portentos de justicia nos respondes,


Dios, salvador nuestro.

Es verdad que muchas veces lo que vemos es injusticia, y


nos parece como si Dios se desentendiera o diera largas.
Observemos la fuerza del sentido de justicia entre los hom­
bres: trabajo por el bien común, diálogo, comprensión, co­
laboración, previsión, acuerdos. Puede llegar un momento
en que se precipite un proceso de victoria de la justicia, a
escala regional o mundial, como en los años 1989-90. Son
portentos de justicia en los que actúa Dios.
El texto del salmo introduce como protagonista a Dios;
el evangelio de Juan lo llama mi Padre. Es un detalle que
debe enriquecer nuestra meditación. En el salmo, Dios se
muestra labrador diligente. Según San Juan, toda la actividad
de Dios es paterna, amorosa. Al contemplarla, la prodigiosa
actividad de Dios nos sobrecoge de estupor, su afecto per­
sonal nos llena de gozo:

9 Los habitantes del extremo del orbe


se sobrecogen ante tus signos,
y a las puertas de la aurora y del ocaso
las llenas de júbilo.

«Puertas de la aurora» y «el ocaso» son dos puntos extremos


que señalan dos momentos del ciclo solar cotidiano. Ahora
vamos a tomarlos como símbolos:
Si identificamos la aurora con el nacimiento, falta el
gozo consciente, queda acumulado para cuando tomemos

— 114 —
conciencia y empecemos a celebrar nuestro cumpleaños, que
es aniversario del nacimiento. Correlativamente, el ocaso
significará la muerte: ¿puede llenarse de júbilo? Al menos
con la esperanza cierta:
6 Tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto.

Estamos a las puertas del ocaso o acercándonos a ellas, para


acudir a una cita ineludible: A ti acude todo mortal («ad te
omnis caro veniet», dice la Vulgata y cita la liturgia de di­
funtos). Pidamos al Padre que dirija su actividad a llenamos
de gozo, y digamos:
5 Dichoso el que tú eliges y acercas
para que viva en tus atrios.
Que nos saciemos de los bienes de tu casa,
de los dones sagrados de tu templo.

— 115 —
Salmo 67: Invocamos tu bendición

¿A quién toca bendecir? —A Dios. ¿Quién pronuncia


la bendición invocando al Señor para que bendiga? Según
Nm 6,23, los sacerdotes descendientes de Aarón: Di a Aarón
y a sus hijos: Así bendeciréis a los israelitas». Según Gn 27,
toca al anciano padre antes de morir, para establecer al he­
redero legítimo. Según Gn 14, toca al sacerdote extranjero
Melquisedec. Según Nm 23-24, al hechicero y adivino Balaán
controlado por el Señor. En el salmo 67, si habla un presi­
dente de la liturgia, lo hace en nombre de toda la comunidad,
como muestra el plural:
2 Dios tenga piedad y nos bendiga,
muéstrenos su rostro radiante.

El contenido de la bendición del salmo es doble. Para la


tierra, la fertilidad: La tierra ha dado su cosecha. Para las
naciones, el gobierno justo: Riges el mundo con justicia, riges
los pueblos con rectitud.
Veremos en Gn 47,7.10 cómo el anciano Jacob bendice
al poderoso Faraón. Quizá le toque a cualquier anciano, en
virtud de sus años, invocar la bendición de Dios por la pros­
peridad de la tierra y la justicia de los gobiernos.

— 116 —
Salmo 71: Mirando atrás y adelante

Este salmo es explícitamente la oración de un anciano:


«ahora, en la vejez y las canas». El orante se siente ame­
nazado, combatido, en grave peligro; la experiencia le enseña
a confiar en el Señor: Mi peña y mi alcázar eres tú. Desde
la altura de la vejez repasa su vida en visión de conjunto,
indiferenciada, y en algunos momentos salientes.
Se remonta al nacimiento, según costumbre hebrea, su­
poniendo que el nacimiento define la dirección de la vida:

6 En el vientre materno ya me apoyaba en ti,


en las entrañas tú me sostenías.

Dios controla la vida entera, incluso esa etapa sorprendente


y misteriosa que discurre en el vientre materno. Cuando la
criatura no se conoce, y Dios la conoce enteramente; cuando
la madre sólo sabe de una presencia, y Dios dirige todo el
proceso; cuando los demás sólo ven un bulto, y Dios lo está
modelando. El salmo 139 explica algo más:

13 Me has tejido en el seno materno.


15 Cuando en lo oculto me iba formando
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
16 tus ojos veían mi embrión.

La madre de los Macabeos da testimonio de su ignorancia,


2 Mac 7:

22 Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os di


el aliento ni la vida ni ordené los elementos de vuestro or­
ganismo. 23 Fue el creador del universo, el que modela la
raza humana y determina el origen de todo.

— 117 —
En tiempos bíblicos, gestación y nacimiento eran procesos
mucho más peligrosos que en nuestros días. La madre y el
hijo estaban amenazados por fuerzas que desconocían. Cuan­
do la criatura se lograba, sentían los padres más próximo el
auxilio divino: Tú me sostenías. También el salmo 22 expresa
esa convicción:
10 Fuiste tú quien me sacó del vientre,
me tenías confiado en los pechos de mi madre;
11 desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.

Más arriba se remonta Jeremías, escogido para su misión


antes de nacer y ser concebido (Jr 1).
Una segunda etapa decisiva en la vida es la adolescencia
y juventud, años de aprendizaje. Ha concluido gran parte del
desarrollo físico, mientras va cobrando volumen el desarrollo
intelectual y espiritual. Tiempo en el que son importantes
(pueden ser decisivos) los buenos maestros. Mirando hacia
atrás, el orante comprueba que ha tenido un maestro único:
17 Dios mío, me instruiste desde mi juventud.

Y no ha sido una simple instrucción teórica, sino que ha


empleado también las experiencias de la vida, su palabra
escrita y hablada, sus llamadas interiores, las enseñanzas de
los que transmitían su mensaje. El salmo 16,7 confesaba:
Aun de noche me instruye internamente. Más de diez veces
pide el orante del salmo 119 a Dios que lo instruya; en el
Sal 94,10, Dios lleva el título de Instructor.
Gracias, Señor, porque desde la juventud me has puesto
en contacto con buenos y grandes maestros: con las obras de
San Agustín y Santo Tomás, con La Fuente y La Palma, con
tantos escritos de nuestra tradición cristiana. Más gracias
porque me has instruido por medio de la oración y la con­
templación, en ejercicios espirituales. Gracias porque te has
hecho accesible para un trato personal, en el cual he aprendido
las cosas más importantes del modo más eficaz. Gracias tam­

— 118 —
bién porque, además de instruirme, me has corregido y no
me has consentido. Lo dicen los Proverbios:

22,15 La necedad se pega al corazón del muchacho:


la vara de la corrección se la apartará.
22,6 Acostumbra al muchacho al buen camino:
cuando envejezca, no se apartará de él.

Han pasado muchos años, ¿qué diré de ellos? El orante


se refiere a ellos en conjunto; el que se apropia el salmo
puede detenerse para recordar otros momentos más impor­
tantes de su vida. Hagamos la prueba:

20 Me hiciste pasar por peligros, muchos y graves

Peligros físicos: enfermedades, accidentes, operaciones; pe­


ligros espirituales: compañías peligrosas, tentaciones, engaño
y desorientación... Pero fuiste mi esperanza y mi confianza.
Por todo ello,

8 Llena estaba mi boca de tu alabanza


y de tu gloria todo el día.

Así he llegado a la vejez; y haber llegado a ella es otro


don de Dios, una prolongada victoria de la vida. Cada año
de nuestra vida es un don de Dios; pero, pasados los setenta,
cada año es una propina. Nos agrada seguir viviendo, nos
enfada la fatalidad de dar en la vejez. No seamos caprichosos:
también la vejez es don si Dios nos acompaña:

9 No me rechaces ahora en la vejez;


cuando me faltan las fuerzas, no me abandones.
18 Ahora, en la vejez y las canas,
no me abandones, Dios mío.

A muchos ancianos los abandona o retira la familia, porque


dicen no tener espacio. A otros los abandonan los colegas,
porque dicen no tener tiempo. Muchas veces nos abandonan
las fuerzas, nos abandonan los sentidos y nos falta la co­

— 119 —
municación. Nos cansamos de leer, no seguimos una con­
versación. Nos abandona el interés por participar. Tú al me­
nos, Dios mío, no me abandones. Mi vejez te recuerda toda
la actividad que has invertido en mí; al cumplir años, te
recuerdo mi nacimiento. Después de setenta años cuidando
de mí, ¿me vas a abandonar?

Sal 138,8 Señor, tu lealtad es eterna,


no abandones la obra de tus manos.

¿Te cansas de mí? Yo no me canso de Ti. Señor, en la vejez


y las canas no me abandones.
No me abandones, porque me queda algo por hacer,
quizá mucho:

18 No me abandones, Dios mío,


hasta que describa tu brazo
a la nueva generación.

Durante años he recogido una tradición centenaria y he acu­


mulado experiencia acerca de Dios. Me toca pasársela a otros,
como antorcha en el relevo. Si hasta hoy he relatado tus
maravillas, tengo que seguir, porque no he terminado; mi
boca hablará de tu justicia. Tu brazo no tiene límites de
poder y es inagotable su destreza:

18 hasta que describa tu brazo a la nueva generación,


19 tu fortaleza, tu victoria excelsa,
las hazañas que realizaste
oh Dios, ¿quién como tú?

«No me abandones» significa también que no me abandone


la esperanza, con la cual miro al futuro próximo y último; la
confianza, con la cual descanso en Dios. Como el Adviento,
al preparamos a conmemorar la primera venida del Señor,
nos inculca la esperanza, así el mismo Adviento, trayendo a
la mente la segunda venida del Señor, nos confirma en la
esperanza:

— 120 —
5 Fuiste mi esperanza y mi confianza,
Señor, desde mi juventud.
13 Yo seguiré esperando, redoblaré tus alabanzas.

Sé que no me has abandonado hasta ahora ni me abandonarás


en la vejez. El que yo pueda meditar los cantos que Tú
inspiraste prueba que no me abandonas. Al final, Tú me
acogerás. Porque, si yo espero en Ti, Tú me estás esperando:
20 Me harás revivir alzándome
de las simas de la tierra.
21 Acrecerás mi dignidad,
de nuevo me consolarás,
22 y yo te daré gracias con el arpa,
Dios mío, por tu lealtad.

**

(Quedan muchos salmos por meditar. Espero que los esco­


gidos sirvan de ejemplo y de aprendizaje).

— 121 —
SEGUNDA PARTE

VIÑETAS BIBLICAS
DE
ANCIANOS
ENTRADA

Al morir un personaje ilustre, su ciudad le erige un


monumento, un escritor le dedica una biografía. La estatua
fija un momento de su vida, un gesto frecuente, una actitud
que exprese o simbolice su aportación trascendente. Si a la
estatua le toca erguirse en medio de una plaza o avenida, se
alegrará de ser de bronce o piedra y no tener que aspirar los
gases del tráfico: volvería a morirse. Si le ha tocado alzarse
o descansar en un parque, mirará desde arriba juegos infan­
tiles, niños que, sin saberlo, se familiarizan con la grandeza.
(Estoy pensando en la estatua de Colón en plena Castellana,
en las de Schubert y Mozart en el Parque Municipal de
Viena). Pues bien, aunque la biografía no se exhiba en pú­
blico, sino que se recate en estantes de bibliotecas, pienso
que es mejor recuerdo y presencia del personaje.
Esto parece no venir a cuento, porque a nosotros no nos
van a erigir estatuas ni van a escribir nuestra biografía. No
somos tan importantes. (Quizá no para los hombres, sí para
Dios). Cada hombre es importante para Dios, cada uno está
llamado a ser su interlocutor, su hijo, su heredero. Sólo que
Dios procede de otra manera. El segundo capítulo del Génesis
lo presenta como alfarero o escultor, y no pocos textos del
Antiguo Testamento lo llaman el Modelador (raíz hebrea ysr).
Adán queda terminado de una pieza y en una sesión. Cuando
lo tiene acabado, Dios le infunde aliento de vida, y la estatua
empieza a vivir. ¿Cuándo nos modeló Dios a nosotros: en el
seno materno? Pero no salimos terminados ni en tamaño ni

125 —
en desarrollo. Dios nos sigue modelando a lo largo de la vida,
también durante la vejez. Especialmente si tenemos en cuenta
que la Biblia emplea la misma raíz ysr para designar el tem­
peramento y la mentalidad. El modelado no está concluido,
hay que darle la última mano. Job se quejaba a Dios desde
su terrible enfermedad:
10,8 Tus manos me formaron, ellas modelaron
todo mi cuerpo ¿y ahora me aniquilas?

Como si Dios fuera un escultor caprichoso que, hastiado de


su obra, decide no terminarla. No es así: aunque padezcamos
enfermedades como Job, aun por medio de ellas, Dios nos
sigue modelando hasta dar la última mano.
Con todo, prefiero la imagen de la biografía. ¿La es­
cribimos nosotros o la escribe Dios? El buen novelista coloca
a sus personajes en situaciones críticas o de prueba, observa
cómo reaccionan y lleva así adelante su novela. Así Dios nos
va colocando en situaciones de decidir, para ponerte a prueba
y conocer tus intenciones (Dt 8,2). Pequeñas o grandes de­
cisiones en las que nos vamos haciendo y, a la vez, mani­
festando; pues lo que aún no se ha hecho no se manifiesta.
Nuestra biografía está por completar, y quién sabe si el último
capítulo será el más importante... «Biografía incompleta» se
llama un libro de poemas de Gerardo Diego: buen título para
nosotros. Si a nosotros nos toca escribirlo, dejemos que Dios
nos guíe la mano. Un día, Dios sabe cuál, se escribirá la
palabra fin, que significa: aquí empieza la segunda parte, la
mejor.
Ahora vamos a fijamos en algunas figuras de ancianos
en la Biblia, para meditar esos capítulos últimos que Dios ha
modelado y el autor inspirado ha fijado en un texto. De cada
uno podremos aprender algo, porque su misión fue varia.
Son personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, que
presentaré en un friso estilizado, como una galería de pre­
sidentes en el atrio de una universidad, como una serie de
santos alineados en las paredes de una basílica.

— 126 —
1. Simeón

Concedo el primer puesto a Simeón, declarándolo nues­


tro patrono especial. ¿Es Simeón del Antiguo o del Nuevo
Testamento? De ambos, pues en él se juntan los dos como
en un vértice. El «anciano Simeón»: así ha pasado a la historia
y al lenguaje, con el título prominente de anciano; y, como
tal, es buen modelo evangélico para nosotros. Con el artículo
determinado se sustantiva el adjetivo; como si dijéramos: el
anciano cuyo nombre es Simeón.
Simeón alargó sus días por las ganas que tenía de vivir,
por la necesidad que tenía de vivir. Vivir para ver. Esas ganas
se las alimentaba por dentro la voz secreta del Espíritu Santo,
que era su consejero particular. El anciano Simeón, no cabe
duda, había recitado muchas veces el salmo 16 y repetía con
fruición aquel verso;
7 Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.

Sobre un punto particular Simeón podía asegurar: Soy más


docto que todos mis maestros (Sal 119,99). Sabía que durante
su vida llegaría el Mesías esperado. Lo que Simeón tenía que
ver con sus ojos era lo más importante de la historia de Israel:
«Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo
que veis vosotros y no lo vieron (Mt 13,17). La fecha exacta
estaba fijada por Dios, pero el Espíritu no le había revelado
a Simeón ese particular, para que viviera de esperanza día a
día: si esta noche me acuesto sin haberlo visto, me queda
otro día de vida. Esperar era su pan de cada día, su maná
por el camino.
Los mejores de Israel habían aprendido a volver el rostro
hacia el futuro, sin olvidar el pasado. Fue una profunda con­
— 127 —
versión mental y espiritual que cambió el sentido de su vida.
En la lengua hebrea el futuro está detrás, a la espalda, porque
no lo conocemos; el pasado está delante. Al dar media vuelta
mental, los mejores de Israel se pusieron de cara al futuro.
Simeón era uno de esos escogidos; sólo que lo vivió con tal
intensidad que los encama a todos. Simeón es como el viejo
régimen, la historia de Israel, alargándose para empalmar con
la llegada del Mesías. A Simeón podemos citarle un verso
de Habacuc:

2,3 La visión tiene un plazo, jadea hacia la meta


no fallará; aunque tarde, espérala,
que ha de llegar sin retraso.

La esperanza se vuelve expectación y amenaza conta­


giarse de impaciencia:

Sal 130,5 Aguardo al Señor, lo estoy aguardando,


esperando su palabra.
6 Aguardo al Señor
más que el centinela a la aurora.
7 Espere Israel al Señor,
como el centinela a la aurora.

¿Sentía impaciencia Simeón? Podemos imaginarlo dividido,


tenso entre dos sentimientos: cuanto más tarde en llegar el
Mesías, más vivirá él. El amor a la vida invita a desear que
tarde. El deseo de verlo incita a desear que se acorte el plazo,
aunque eso signifique vivir menos. Impaciencia por el acon­
tecimiento o disfrute de un largo crepúsculo: ¿quién puede
más? Pero Simeón ya no vive para disfrutar de la vida y
apurar su residuo; la vida ya le ha dado lo que le tenía que
dar. Si continúa viviendo, es para no faltar a la cita.
Simeón vive con la serenidad madura de los años y el
gozo que le infunde su confidente, el Espíritu Santo. Las
Escrituras hablan en general de la venida del Mesías; el Es­
píritu le ha leído los textos clásicos enfocándolos a una apli­
cación personal. En la intimidad con el Espíritu, Simeón

— 128 —
representa también lo mejor de Israel. Para él vale lo de Amós
3,7: «No hará cosa el Señor sin revelar su plan a sus siervos
los profetas».
También nosotros seguimos viviendo, hemos superado
los 66 años. Quizá porque nos ha tocado vivir en una época
que ha alargado considerablemente la vida media (en nuestros
países). Quizá porque una operación oportuna alejó o removió
el peligro de muerte. Quizá por herencia o constitución ro­
busta: Los años del hombre son setenta y, si es robusto, hasta
ochenta (Sal 90). Son razones poco significativas. ¿No tiene
otro contenido esta etapa de nuestra vida? ¿Nada más vivir
porque sí, para seguir viviendo? Simeón nos enseña a llenar
de sentido la ancianidad de cara al futuro. Objetamos: El
Mesías ya vino hace siglos, no nos toca esperarlo. A la
esperanza ha sucedido la memoria, lo cual es también signo
de nuestra ancianidad. Por otra parte, si nos referimos al
segundo adviento o parusía, el encuentro nos llegará a su
hora: no tenemos que apresurarlo ni esperarlo con impacien­
cia. Sencillamente, basta aguardarlo.
La objeción o disculpa no vale, y lo vamos a comprobar
los dos advientos. Jesús nació hace siglos; sin embargo, el
misterio de su nacimiento se repite calladamente en la his­
toria. Hemos conocido ancianos que prolongaban su vida para
ver al nieto esperado, al primogénito de la hija más pequeña,
a la primera nieta después de varios nietos. Es que el naci­
miento del nieto repite por semejanza el nacimiento del hijo.
En nuestra vida espiritual, quizá Cristo no ha acabado de
nacer del todo, o tiene que nacer otra vez. O bien el Mesías,
que ha nacido para nosotros, no ha nacido todavía para per­
sonas de la familia, de la sociedad, y a nosotros nos toca ser
mediadores de ese nacimiento. Como si la anciana fuera
comadrona espiritual de otro nacimiento cristiano. Sócrates
pretendía hacer de comadrona intelectual alumbrando cono­
cimientos en sus discípulos. El anciano que posee la fe en
Jesucristo puede todavía difundirla y comunicarla, multipli­
cando así el nacimiento de Cristo; como hacía la profetisa
Ana.

— 129 —
Mirando ál otro extremo, esperamos nuestra parusía per­
sonal, el encuentro definitivo con Jesucristo glorificado. Po­
demos imaginar que él viene, o que nosotros vamos, o que
los dos salimos al encuentro. Para ello hay que prepararse.
Podemos llenar con los preparativos el tiempo que resta: hay
que comprar aceite para los candiles, hay que rematar el
negocio de los talentos. Para ello ¿no se nos ofrece como
consejero y confidente el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo?
Muchos textos de la Biblia nos los tiene que explicar con
alcance personal. Tiene que cultivar en nosotros la sensatez:

Sal 90,12 Enséñanos a llevar


buena cuenta de nuestros años
para que adquiramos un corazón sensato.

Tiene que encender y avivar en nosotros el amor que nos


haga exclamar: ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22).
. Cuando, por fin, el Mesías entró en el templo, Simeón
lo tomó en brazos y bendijo al Señor. El Antiguo Testamento
sustentando al Nuevo: ocaso y aurora. Simeón arrugado y
pesado; el niño fresco y ligero. ¿Quién sustenta a quién? Ese
niño que llena los brazos del anciano llena de sentido su vida
entera y su vejez. La vida entera de Simeón está justificada
por ese momento: es el único que ha recogido la Biblia. Tan
llena de sentido está en ese momento la vida de Simeón, que
esa página del evangelio vale por toda una biografía. Del
mismo modo que ese magnífico segundo templo ostentará
como máximo privilegio el acoger a ese niño:

Ag 2,7 Llenaré este templo de gloria.. .9La gloria de este


segundo empleo será mayor que la del primero.
Mal 3,1 De pronto entrará en el santuario el Señor que
buscáis; el mensajero de la alianza, que deseáis, miradlo
entrar.

Si el que medita es un sacerdote, piense en el pan y el vino


consagrados que levanta ante la comunidad. Sus brazos can­
sados sustentando al Mesías entre los suyos, y con ese gesto

— 130 —
llenando de sentido sus últimos años. Un día, pronto, se
cambiarán los papeles: seremos gloriosamente niños, hijos;
y él, robusto, nos llevará en brazos o de la mano hasta el
Padre suyo y nuestro.
Simeón pronuncia una bendición: «Ahora, Señor, según
tu promesa, despides a tu siervo en paz». Despedir al siervo
es, en el lenguaje legal del AT, manumitir, conceder la li­
bertad. Así, en los relatos del Exodo y en la legislación del
Deuteronomio:

Ex 5,1 Deja salir a mi pueblo...7-26Deja marchar a mi


pueblo.
Dt 15,12 Si se te vende tu hermano, hebreo o hebrea, te
servirá seis años, y al séptimo lo dejarás ir en libertad...
18No te parezca muy duro dejarlo ir en libertad.

Véase también el episodio contado en Ir 34.

Simeón ha estado al servicio del Señor desde joven (¿en


el templo?), ha sido un siervo fiel. Ahora le llega la hora de
la libertad: no emancipado del Señor, sí libre de otros ser­
vicios. Ve llegar la muerte como liberación o emancipación.
Leemos en el libro de Job:
7,2 Como el esclavo suspira por la sombra,
como el jornalero aguarda el salario.

Es la sombra del atardecer, la paga del día. Simeón tiene la


paga en los brazos: ¡Qué paga!, al final de la jomada de su
vida. La sombra que lo cubrirá y acogerá mansamente es la
sombra final. ¿Esperaba Simeón en lo que llamamos «des­
canso eterno»? En el texto no está explícito, si bien entonces
ya eran muchos los judíos que esperaban en la otra vida.
Nosotros, al apropiamos las palabras de Simeón, miramos a
la muerte como liberación de la esclavitud de la corrupción:
Rom 8,20 la humanidad abriga una esperanza; que se verá
liberada de la esclavitud a la corrupción, para alcanzar la
libertad y la gloria de los hijos de Dios.

— 131 —
«Según tu promesa»: por más que nos entristezca la condición
de tener que morir, nos consuela la promesa de la futura
inmortalidad. Ahora, Señor, según tu promesa, despides a
tu siervo en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador. Jesús dijo:
Dichosos los ojos que ven lo que vosotro veis; también dijo:
Dichosos los que sin ver creyeron. No hemos visto física­
mente al Salvador; la fe infundida por el Espíritu nos lo ha
manifestado, la contemplación lo ha desplegado ante noso­
tros. Nuestra mirada contemplativa ha asistido a los misterios
de la vida de Cristo, nos los ha hecho presentes y activos,
nos ha metido dentro de ellos y nos ha hecho participar de
Su sustancia. Como un esclavito indigno nos hemos asomado
a la cueva de Belén; como si presentes nos halláramos, hemos
asistido a la muerte en cruz. Antes de la visión definitiva, al
otro margen, nos quedan misterios por contemplar. Nadie
puede ver a Dios y quedar con vida, decía el AT; a Dios
nadie lo ha visto, dice Juan. Con toda verdad sucederá sólo
más allá de la muerte, en la otra vida; en sentido analógico,
nuestros ojos han visto y siguen viendo a tu Salvador.
Lo has colocado ante todos los pueblos. Desde un rincón
del mundo y encerrado en un templo, Simeón tiende una
mirada universal, que supera muchas estrecheces del AT y
prolonga sus aperturas:

Is 40,5 Se revelará la gloria del Señor


y la verán todos los hombres juntos.
49,6 Es poco que seas mi siervo
y restablezcas las tribus de Jacob
y conviertas a los supervivientes de Israel;
te hago luz de las naciones
para que mi salvación alcance
hasta el confín de la tierra.

Ese niño chiquito es un faro gigantesco que alcanza todos


los horizontes, luz para alumbrar a las naciones. Podemos
aplicarle el verso del Eclesiástico:

— 132 —
24,32 Haré brillar mi enseñanza como la aurora
para que ilumine las distancias.

Es un satélite que irradia a todos los puntos del orbe, es la


luz del mundo.
Es también gloria de tu pueblo Israel. La gloria de Israel
era el Señor. Cuando el delito del Sinaí, el pueblo cambió
su Gloria por la imagen de un animal herbívoro (Sal 106);
en tiempos de Ezequiel, la Gloria se alejó del templo donde
residía; al final del libro retoma. Simeón ve esa Gloria o
presencia de Dios en ese niño. ¿Lo aceptará el pueblo de
Israel? ¿Aceptarán su luz las naciones?
Simeón añade una reflexión dramática sobre la libertad
del hombre, que puede aceptar o rechazar la luz. Ese niño
será una bandera, pero discutida; levantará a muchos, pero
muchos tropezarán en él; y María será arrollada en la con­
tienda. ¿De qué parte hemos estado nosotros? En conjunto
hemos aceptado la luz del Mesías; pero muchas facetas de
su brillo las hemos aceptado o amortiguado.
María no será ajena al destino de su hijo. Si leemos la
frase de Lucas como semitismo (es razonable hacerlo), la
frase de Simeón significa «una espada al cuello» o «el cu­
chillo a la garganta» (véase Is 53,12 en la versión literal del
hebreo: «desnudó el cuello»). Es predicción de un martirio
físico o espiritual. La espiritualidad mariana no ha tolerado
que se regatee a María el título de mártir, por su participación
intensísima en la cruz dé su Hijo. Según la lectura semítica
del texto, Lucas sería el precursor de la idea, por boca de
Simeón. Queda algo más: imaginemos al anciano mirando a
esa joven madre ilusionada con su hijo. Le ha profetizado la
gloria del hijo, avivando su amor y cariño; ahora le profetiza
lucha y martirio, ¿no es cruel Simeón? El anciano es el último
profeta del AT y tiene que decir lo que el Espíritu le inspira.
Todavía le queda a Lucas un rinconcito para la anciana
hija de Fanuel, Ana, de una de las tribus menos renombradas
en la Biblia. Digamos una palabra de esa tribu, ya que Lucas

— 133 —
se toma el cuidado de mencionarla. Aser significa Feliz,
porque cuando nació el antepasado, su madre exclamó: «¡Qué
felicidad! Las mujeres me felicitarán (Gen 30). ¿Tendrá algo
que ver con la escena narrada por Lucas? Ana no es una vieja
locuaz y chismosa, porque las muchas palabras las gasta en
oraciones. Lo que pasa es que la noticia no le cabe en el
cuerpo, y hablaba del niño a todos los que esperaban la
liberación de Jerusalén. Ese niño es el Mesías, ¡nada menos!
¡Qué manera tan grata de pasar de la oración al apostolado,
de comunicarse comunicando la gran noticia! Y más que
apostolado, pues Ana es una «evangelista», o sea, portadora
de buenas noticias. A las ancianas les queda todavía algo por
hacer o por decir.

— 134
2. Abrahán

Abrahán es el gran patriarca: no sólo anciano, sino pa­


triarca. No es lo mismo ser anciano y ser patriarca. Ser
anciano es cuestión de años; ser patriarca es cuestión de
descendencia. En lenguaje popular todavía lo confundimos,
y llamamos patriarca a un anciano venerable, especialmente
si luce una hermosa barba blanca. Abrahán es el primer pa­
triarca, porque, según la promesa de Dios, de él descienden
pueblos numerosos. El patriarca es el antecesor común de
una multitud; Abrahán lo es de varias multitudes. Aunque el
texto del Génesis le asigne sólo dos hijos, Ismael e Isaac,
pueblos nacerán de él.
¿Existen en nuestras sociedades modernas los patriarcas?
Puede ser que algunas familias conserven vivo el recuerdo
de un antecesor común, tronco del que han brotado varias
ramas. Semejante caso es más bien excepción, por lo cual
vamos a volver al tema de la edad, que es el tema que nos
interesa aquí. Eso sí, en nuestras sociedades modernas los
ancianos son cada vez más numerosos. Lo que la Biblia
considera longevidad se ha vuelto hecho común. Si el salmo
90 dice que los años del hombre son setenta, y los del más
robusto hasta ochenta, hemos de confesar que nuestra raza
se ha vuelto robusta. Como ejemplo o como tema de medi­
tación, vamos a sorprender al anciano Abrahán en un mo­
mento significativo, que leemos en el capítulo 21 del Génesis.
Abrahán había tenido ya un hijo de la concubina Hagar,
a quien llamó Ismael. Legalmente pudo haber sido reconocido
como heredero; pero el Señor le había explicado a Abrahán
que el heredero sería un hijo habido de la esposa, Sara.
Finalmente nació el hijo prometido por Dios, esperado por
Abrahán y Sara, y lo llamaron Isaac, que suena a Jocundo

— 135 —
o Gaudioso o Festivo. Sara bailaba de contento y Abrahán
sentía el gozo de una virilidad renovada. No nos asombremos
si la Biblia dice que el patriarca tenía cien años cuando nació
Isaac, que en cuestión de números el narrador bíblico sabe
ser generoso. Con ese número tan redondo, tan rotundo,
quiere exaltar la bendición divina de la fecundidad humana.
Resulta así una figura sugestiva: por la biología, padre; por
la edad, abuelo. Si un extranjero llegase y felicitase al an­
ciano: «felicidades, abuelo», éste corregiría con una punta
de orgullo: «¿Qué abuelo?, ¡padre!». Y tomaría en brazos a
la criatura para sentir en sus mejillas la carne tersa y caliente,
carne suya.
Como era costumbre en aquella cultura, Sara cría al niño
dos o tres años: hasta que le salen dientecillos y puede herir
a su madre. Ha superado las enfermedades y peligros de la
infancia, el niño es destetado, y el acontecimiento se celebra
con una gran fiesta que ofrece el patriarca. Mientras los
invitados participan en el banquete, el pequeño Isaac se pone
a jugar con su hermano mayor Ismael. Es el momento que
escoge el narrador bíblico: dos hermanos jugando, Abrahán
contempla, Sara observa. ¿Qué siente Abrahán? ¿Qué siente
un anciano cuando contempla jugar a los niños?, ¿qué siente
si son sus nietos? Es muy diverso contemplar el juego es­
pontáneo de los niños o el deporte reglamentado de profe­
sionales. El anciano observa la fantasía infantil que se des­
pliega sin inhibiciones, aprecia la gracia de los movimientos,
la agilidad de los cambios, y sonríe. Al cabo de cierto tiempo,
la contemplación se convierte en participación. Mentalmente,
el anciano retoma a su infancia, saborea un gusto agridulce:
nostalgia de un pasado remoto, gozo de la vida suya que
continúa. ¿Y si no son hijos o nietos suyos? —Siempre hay
un parentesco humano entre un anciano y un niño.
La reacción de Sara es diversa: Isaac es hijo suyo, Ismael
de la concubina. Si los niños empiezan jugando juntos, la
hermandad se irá afianzando, y un día el hijo de la sierva
reclamará una parte de la herencia igual que la del hermano;
quién sabe si alegará como derecho el haber nacido antes y

— 136 —
haber sido reconocido legalmente... Sara siente celos de Is­
mael, no es capaz de contemplar arrobada. El interés estran­
gula el gozo, el cálculo embota la fantasía, y la madre de
Isaac exige al marido que expulse a la concubina con su hijo.
«Como, al fin y al cabo, era hijo suyo, Abrahán se llevó un
disgusto». Si Isaac continuaba el tronco paterno, Ismael era
una gran rama del árbol patriarcal.
Llega el momento de meditar para ancianos y ancianas,
pues no es cuestión de sexo, sino de edad y actitud. ¿Nos
molestan los juegos infantiles? Son ruidosos, no respetan al
«abuelito», le turban la siesta, se ponen pesados. Creo que
los juegos infantiles son una prueba polivalente para el an­
ciano. Quizá no pueda o no le apetezca practicar juegos
físicos. Puede practicar juegos tranquilos y, sobre todo, puede
entregarse al juego de la fantasía, que es raíz del juego y se
despliega en él. ¿Por qué contrastamos la fantasía, que puede
ser signo de vitalidad espiritual, prenda de niñez recobrada?
¡Con qué seriedad y confianza pide el niño al anciano que
juegue con él, es decir, que entre en su mundo mágico! El
anciano acompañará la fantasía con la conciencia lúcida, ob­
servando lo que hace. Cuando era niño, se entregaba total­
mente y no tenía conciencia de su creatividad. Toca al anciano
realizar este último descubrimiento: algo de su vida remota,
no elaborado aún por la conciencia refleja, se proyecta en el
niño para su contemplación.
Si lo dicho no basta, demos otro paso audaz, aleccio­
nados por otro texto bíblico. El libro de los Proverbios pre­
senta a lá Sensatez (sophia en griego, hokma en hebreo)
personificada en la figura de una niña que asiste como apren­
diz al trabajo de su padre Dios y, después de deleitarlo con
sus juegos, propone bajar al orbe de la tierra a jugar con los
hombres:
8,30 Yo estaba junto a él como aprendiz,
yo era su encanto cotidiano,
todo el tiempo jugaba en su presencia.
Jugaba en el orbe de la tierra,
disfrutaba con los hombres.

— 137 —
La tradición cristiana ha identificado esa personificación poé­
tica con la persona de Jesucristo, que colabora con el Padre
en la creación, y un día baja al reino de los hombres a jugar
con ellos: el Hijo natural con los hijos adoptivos. Aunque
los evangelios no lo mencionen, es legítimo y puede ser
fructuoso imaginarse al niño Jesús jugando en su casa o con
los compañeros. Pablo insiste en que, excepto en el pecado,
se hizo del todo como nosotros. Pues bien, una cualidad del
hombre es su capacidad de jugar: se ha llamado al hombre
homo ludens. Pudo haber influido la experiencia infantil de
Jesús en el uso de aquella comparación citada por Lucas:
7,32 Se parecen a unos niños en la plaza que se gritan
unos a otros: Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos la­
mentaciones y no lloráis.

Reprocha la actitud de no entrar en el juego: ¿había oído


decir a algún compañero: «pues no juego»? Nos recomienda
hacemos como niños. Pues ¿qué mejor modo para aniñarse
cristianamente que jugando?
¿Y qué pasará si un día los hijos adoptivos quieren
también heredar? —Muy bien, no hay Sara que se oponga:
serán herederos de Dios, coherederos de Cristo.

— 138 —
3. Isaac

Según la construcción bíblica, Isaac es el segundo de


los patriarcas en el tronco central. Su hermano Ismael es,
según una tradición, el antecesor de los árabes. Isaac tiene
una sola esposa (de ahí que sea preferido como tipo de Cristo).
Por muchos años su mujer no le da hijos, amenazando la
promesa de sucesión; por lo cual, cumplidos los cuarenta
años, reza por su mujer y obtiene para ella el don de la
fecundidad. No un hijo, sino gemelos. El narrador registra
burlonamente lo monstruoso de Esaú al nacer, porque lo
considera antecesor de los idumeos o edomitas; mientras que
a Jacob lo describe al nacer echando una zancadilla a su
hermano. Son detalles que anticipan narrativamente el ca­
rácter y destino de las criaturas. Crecen los chicos y, al llegar
la edad, escogen oficio: Esaú será cazador, Jacob pastor.
Echado por delante este resumen, vamos a fijamos en la
figura paterna.
En el cuadrilátero familiar (se diría una familia moderna
con sólo dos hijos) se establece un sistema de fuerzas definido
por las preferencias. El padre prefiere al mayor (mayor en
minutos o en horas), la madre al menor. No es extraño que
la madre prefiera al menor, al más «casero». Tampoco es
extraño que el padre prefiera al primogénito, aunque lo sea
por un margen mínimo. Lo extraño es la razón que aduce el
narrador: Isaac prefería a Esaú porque le gustaba comer la
caza (25,28). Preferencia gastronómica no muy sensata. Pre­
ferir un guiso de caza a un plato de cordero es razonable;
preferir por ello a un hijo parece excesivo. El hecho se volverá
contra Isaac cuando sea anciano. Es el momento en que
vamos a sorprenderlo, leyendo un relato extraordinario que
no voy a comentar aquí por extenso (lo he comentado en un

— 139 —
capítulo de mi libro «¿Dónde está tu hermano? Textos de
fraternidad en el Génesis»),
Se trata de la bendición testamentaria, que establece al
heredero legítimo en la línea principal. Con la complicidad
de la madre, el hijo menor burla al padre anciano y le saca
la bendición que correspondía al mayor. Y la madre se vale
de otra complicidad: la debilidad del marido por los guisos
de caza, la preferencia casi infantil. Seducido por el guiso
fraudulento, engañado por el. tacto, transportado por los aro­
mas agrestes, el anciano ciego otorga su bendición a Jacob,
confundiéndolo con Esaú. ¿Por qué no hizo caso al oído, ya
que le faltaba la vista? ¿Por qué el timbre de la voz no vale
más que un tacto torpe y aproximativo? El anciano está con­
dicionado por su conducta precedente y no se sobrepone en
este momento trascendental. Es senil, es infantil.
Así reparte dos herencias: al menor, la legítima descen­
dencia, la fertilidad de los campos (aunque era pastor), el
dominio político sobre el hermano; al mayor, el campo abier­
to, la espada y la lucha por la independencia, que un día
conquistará. La espada no es arma de caza, sino de guerra,
de violencia. ¿La justifica la lucha por la independencia? No
sé si Isaac hace un guiño irónico, con sabor de venganza,
cuando anuncia a Esaú que un día sacudirá el yugo (me fijo
por ahora en el tejido narrativo, prescindiendo de las segundas
intenciones del autor, importantes en otro contexto).
Tal es la herencia que deja Isaac: la sanción del engaño
como hecho consumado, dos hermanos divididos por el odio
y el deseo de venganza, un futuro político de sujeción y
violencia. En contraste, su presencia en la vida detiene y
difiere la tragedia; y cuando, al cabo de bastantes años, mue­
ra, los hermanos, reconciliados, le harán honras fúnebres.
En nuestros días el problema de la sucesión y la herencia
no suele revestir carácter trascendental, como en las leyendas
del Génesis. Los asuntos se resuelven por cauces legales
bastante convencionales; es decir, los asuntos financieros,
que no son los únicos ni los más importantes. No faltan hoy

140 —
herencias dramáticas, en casos de grandes fortunas, pero son
casos excepcionales, materia de crónicas periodísticas. Lo
ordinario no es eso. Entonces, ¿la viñeta de Isaac no nos dice
nada? La herencia incluye otros aspectos, no económicos,
no menos importantes. ¿Qué herencia espiritual vamos a de­
jar? ¿Una familia unida o dividida? Nuestras preferencias
seniles y caprichosas ¿no pasan como herencia a los suce­
sores? Aunque estemos retirados del servicio activo, nuestra
presencia física y espiritual puede pesar en la familia y en
un círculo más amplio. Pensemos en lo que dejamos en nues­
tra retirada definitiva e irreversible. No vale aquello de «des­
pués de mí, el diluvio». Ni el comentario egoísta del rey
Ezequías cuando le anuncian el futuro saqueo de Jerusalén.
Se encoge de hombros comentando: Mientras yo viva, habrá
paz y seguridad (Is 39,8).
El hombre bíblico, condicionado en parte por su igno­
rancia de otra vida, dejaba otra herencia preciosa: su buen
nombre, su fama póstuma:

Eclo 37,26 El que es sabio para su pueblo hereda gloria


y su fama vive para siempre
Eclo 39,11 Mientras viva, tendrá renombre entre mil,
que le bastará cuando muera.
41,12 Respeta tu nombre, porque él te acompañará
más que mil tesoros preciosos.
13 Los bienes de la vida duran pocos años;
la buena fama, años sin cuento.

Aunque nosotros esperamos otra vida, ¿no nos gustaría dejar


buen recuerdo de nosotros? Los Proverbios lo dicen así: Sen-
dito el recuerdo del honrado; en castellano existe la expresión
«de feliz memoria».
Podemos pensar que, si Isaac era anciano, Rebeca lo
sería un poco menos. Por lo que colegimos del relato bíblico,
todavía atendía a los menesteres domésticos y ocupaba un
puesto rector en la familia. ¿Para qué lo emplea? Para
intrigar, para llevar adelante sus preferencias contra la cos­
tumbre establecida. No repara en engañar al marido, incluso

— 141 —
asume cínicamente la responsabilidad. La consecuencia de
su acción es que, para no perder en un día a los dos hijos,
tiene que renunciar a la presencia del favorito, sin saber
cuándo lo volverá a ver. Con todo, Rebeca es una matriarca
en Israel, y su matriarcado se extiende a otro pueblo vecino
y rival.
Saltando generaciones y edades, un día vemos frente a
frente a Jesús, el judío, y a Herodes, el idumeo: otra vez
Jacob y Esaú. Se han cambiado los papeles, y un idumeo
reina sobre los judíos. Un Herodes intenta eliminar al rey
esperado y rival. Otro Herodes se sienta a juzgar, se burla y
desprecia a ese hombre con tan poco aspecto de rey. Pero el
nuevo Jacob no hace trampa, no usurpa reinos, no roba he­
rencias ni bendiciones. Levantamos los ojos lo más alto po­
sible: Jesús, el nueyo Jacob es el hijo predilecto del Padre,
el heredero legítimo. Viene a repartir su herencia prodigiosa
con sus nuevos hermanos. Haciéndonos hermanos suyos,
convierte a su Padre en el máximo patriarca, del que toman
nombre todas las paternidades en la tierra.

— 142 —
4. Jacob

Según la construcción bíblica, Jacob es el tercer miem­


bro en el gran tronco patriarcal. A partir de él, el tronco se
ramifica en doce ramas o hermanos o tribus. Saltamos su
historia de juventud y madurez, porque queremos contem­
plarlo en la vejez (que para los israelitas empezaba mucho
antes). Suponiendo el texto conocido y accesible, procederé
en parte por alusiones y resúmenes.
O Jacob no aprendió o ha olvidado la experiencia fa­
miliar, y así reincide en las fatales preferencias. Entre los
doce hermanos prefiere a José, poque le había nacido cuando
ya era entrado en años. Jacob había tenido doce hijos de las
dos esposas y las dos concubinas; José era el primero de la
esposa preferida, Raquel, y Benjamín era el segundo. El
cariño paterno maduro crece como marea lenta y se derrama
con profusión sobre José, y la preferencia se manifiesta os­
tentosamente. José viste un traje mejor que el de los demás
y pasa temporadas en casa como recadero; pero la preferencia
paterna y sus famosos sueños provocan la envidia, el rencor,
el odio. ¿No se da cuenta Jacob de la situación explosiva?
Cuando escucha a José contar sus sueños de grandeza, lo
reprende paternalmente y se queda ponderando el sentido de
aquellos sueños: ¿serán oráculos del futuro?, ¿son simples
proyecciones del deseo?

Eclo 34,1 La esperanza del necio es vana y engañosa,


los sueños dan alas a los insensatos.
2 Caza sombras o persigue vientos
el que se fía de sueños.
3 Las visiones del sueño son a la realidad
lo que un rostro en el espejo es al verdadero.
4 ¿Qué podrá limpiar la suciedad?,
¿qué podrá comprobar la mentira?

— 143 —
5 Magia, adivinación y sueños con falsedad:
el corazón fantasea como parturienta.
6 Si no vienen como visita del Altísimo,
no les entregues el corazón.
7 ¡Cuántos se extraviaron con sueños
y, fiándose de ellos, fracasaron!
Jacob quiere comprender ese mundo arcano al que se asoma
su hijo, pero no parece que intente comprender el mundo
familiar y cotidiano.
La tensión crece hasta provocar una descarga violenta;
pero en última instancia se conjura la tragedia del fratricidio.
Vendido José como esclavo, se acabaron sus sueños, ¿o em­
piezan a cumplirse? Volvamos a Jacob, anciano según los
cánones bíblicos. El pobre ha quedado atrapado en una red
de ignorancias y falsas suposiciones. Para él, su predilecto
ha muerto, despedazado a dentelladas por una fiera; lo com­
prueba el traje especial y distintivo, empapado en sangre.
Falso y verdadero, porque la fiera del odio se ha cebado en
el muchacho indefenso, si bien la víctima había provocádo
la violencia de los hermanos. Aunque da por cierta la muerte
del hijo, aunque antes reflexionaba sobre sus sueños, ahora
Jacob no se detiene a estudiar las causas, porque no sabe lo
que pasa realmente en la familia. Suponiendo y aceptando
el hecho como irreparable, Jacob no se enfrenta con el futuro,
sino que se entrega morbosamente a la pena, como atizándola
para que le dé muerte. La segunda ignorancia familiar afecta
a los otros hijos, exceptuando quizás a Benjamín. Estos acu­
den a consolarlo en una ceremonia de luto macabro, y Jacob
no es capaz de descubrir la farsa, con lo cual se ahorra un
nuevo dolor. Pero en realidad la familia está rota, el árbol o
el ramaje patriarcal sacudido por la tormenta. Jacob vive en
una orilla de ignorancias y falsas suposiciones al otro lado
de la realidad. Se dedica a lamerse casi gustosamente las
heridas.
Con todo, su presencia paternal sigue proyectando una
sombra benéfica o comunicando una savia activa, que con­
duce a los hijos hacia la reconciliación. A lo largo de la

— 144 —
cadena de encuentros en Egipto, el padre está mentalmente
presente y actuando. Todavía se resiste a soltar a Benjamín,
por temor a perderlo; al final cede a las razones de los hijos,
que se están convirtiendo. Él también se va convirtiendo a
la razón, ya que no puede salir de sus ignorancias. Como
padre, Jacob es catalizador de la transformación de sus hijos;
pero, por su ceguera, no puede asistir conscientemente al
proceso.
En otro lugar he comentado el relato en clave de fra­
ternidad; aquí me toca enfocar al anciano. En la lejanía, José
crece y asciende, se casa, tiene hijos, llega a visir de Egipto,
salva a la nación y alimenta a otros pueblos, José está maduro
y su padre es anciano. Nos invitan a asistir al encuentro.
Precede la noticia:

Gn 45,26 —José está vivo y es gobernador de Egipto.


27El se quedó frío, sin poder creerlo. Le contaron todo lo
que les había dicho José, y cuando vio los carros que José
había enviado para transportarlo, recobró el aliento Jacob,
su padre. 8 Y dijo: — ¡Basta! Está vivo mi hijo José; iré a
verlo antes de morir.

En la mente lleva, como un cuadro colgado en la pared, una


imagen de José: un adolescente lúcido y algo desvalido. A
esa imagen se sobrepone otra de la fantasía, que lo ve des­
cuartizado por una fiera. Es posible, quizá hasta fácil, borrar
las manchas de sangre superpuestas y recobrar la pintura
original. ¿Responderá a él el José actual? El José actual es
un hombre que da nietos a Jacob, y es un político poderoso
que le da su protección. Dispone de carrozas, siervos, puede
dar órdenes. Pero, por encima o debajo de todo, es su José,
de carne y hueso para el abrazo entrañable:

Gn 46,28 Cuando estaban llegando a Gosén, José mandó


preparar la carroza y se dirigió a Gosén a recibir a su padre.
Al verlo se le echó al cuello y lloró abrazado a él. Israel dijo
a José: —Ahora puedo morir, después de haberte visto en
persona, vivo.

— 145 —
En un momento semejante se recobran o se revelan los valores
básicos: ni el poder ni el triunfo, solamente el hijo vivo. Las
lágrimas parecen disolver las penas de muchos años, el abrazo
parece compensar en un minuto años de separación. Lo daba
por muerto; es como si hubiera resucitado.
Mientras se abrazan, hagamos una parada de reflexión
contemplativa. Después de años de ausencia en esta vida
mortal, ¿qué será abrazar a Cristo nuestro hermano, hijo de
nuestra Humanidad, vivo, resucitado, glorioso? Es verdad
que hay una diferencia: nosotros no lo dábamos por muerto,
creemos en su resurrección y esperamos participar de ella.
Pero hay otra diferencia que contrarresta la anterior y la
desborda, y es el valor incomparable de ese hijo mayor de
nuestra Humanidad y su gloria indescriptible. Vamos a su
encuentro y él nos sale al encuentro. El tiempo pasa, la
distancia se acorta. Hasta quedar fundidos en un abrazo de­
finitivo.
Nos queda otro encuentro del anciano: su visita personal
al faraón. Es el monarca de extenso poder, heredero de una
casi milenaria tradición, mientras que Jacob es un beduino
extranjero, un emigrante. José, el visir, hace la presentación:
47,7 José hizo venir a su padre Jacob y se lo presentó al
Faraón, y Jacob bendijo al Faraón. 8El Faraón, le preguntó:
—¿Cuántos años tienes? 9Respondió: —Ciento treinta han
sido los años de mis andanzas; los años de mi vida han sido
pocos y malos y no llegan a los que vivieron mis padres en
sus andanzas. 1DBendijo al Faraón y salió de su presencia.

Lo que más interesa es la bendición del anciano patriarca.


Su longevidad (no nos asustemos de los números) es efecto
y signo de bendición divina. Su edad avanzada le confiere
una dignidad casi sacerdotal, como mediador de bendiciones
divinas. El Faraón, superior en rango y poder, reconoce la
superioridad de los años y acepta la bendición del extranjero.
A la bendición de los años se añade la particular bendición
patriarcal, de la que Jacob es heredero y portador: Todas las
naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu

— 146 —
descendencia (Gn 28,14). A la cual se añade la bendición
que Jacob arrancó, peleando, al personaje divino (Gn 32).
Dichoso el anciano que a lo largo de su vida, o en
momentos de lucha con su Dios, ha ido acumulando bendi­
ciones que ahora puede repartir. Un anciano así es canal de
bendiciones en una familia o en una comunidad. Hay hijos
que no lo comprenden, pretextando quizá motivos econó­
micos o sociológicos; con lo cual se privan de bendiciones
en su vida familiar y en el trabajo. Es verdad que el anciano
no debe gloriarse de sus años, aunque los confiese con mo­
destia: han sido pocos y malos. A fin de cuentas, ¿qué son
ochenta o noventa años? Pocos y malos: el citado salmo 90
dice: Su afán es fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan.
A pesar de todo, Jacob era depositario de bendiciones divinas,
y cualquier anciano puede serlo si sabe recibir y administrar.
Nos queda el último acto, que en el texto bíblico no se
cuenta cuándo sucede, sino que se cita retrospectivamente.
Leemos el texto en Gn 50,15-17:
Al ver los hermanos que había muerto su padre, se dijeron:
—A ver si José nos guarda rencor y quiere pagamos el mal
que le hicimos. Y mandaron a decirle: —Antes de morir, tu
padre nos encargó: Esto diréis a José: Perdona a tus hermanos
su crimen y su pecado y el mal que te hicieron. Por tanto,
perdona el crimen de los siervos del Dios de tu padre.

De ahí deducimos que Jacob se había enterado de todo lo


sucedido. Lo hecho no puede deshacerse; pero, antes de mo­
rir, Jacob quiere asegurar el legado de una familia de her­
manos unidos. También él, un tiempo, estuvo violentamente
separado de su hermano gemelo, en buena parte por su culpa.
Pero supo reconciliarse con Esaú, y cuando murió Isaac, el
padre, los dos hermanos estuvieron unidos en el entierro.
Quizá actúe el recuerdo, quizá esté asimilada la experiencia
como parte de su ser presente. Eran dos gemelos y fue difícil
la concordia; ahora son doce, de cuatro madres. Todos juntos
tienen que llevar adelante la historia de una familia que un
día será un pueblo. La unidad es esencial. Por eso el último

— 147 —
mensaje de Jacob es de perdón y reconciliación. José acogió
y ejecutó la última voluntad de su padre, y de ese modo lo
que se tramó como mal se ha convertido en bien, la vida de
un pueblo numeroso (50,20). Y vio Dios que volvía a ser
bueno y lo llamó hermandad.
En el lecho de muerte, el padre pide a su hijo que perdone
a sus hermanos culpables. En el lecho de muerte de la cruz,
el Hijo pide al Padre que perdone, «porque no saben lo que
hacen». Y la muerte violenta del hermano se convierte en
fuente de vida para un pueblo numeroso.
Ahora el que viva porque ha sido perdonado, sea joven
o anciano, debe saber perdonar: sólo así morirá en paz. Per­
dona nuestas ofensas como nosotros perdonamos a los que
nos ofenden.

— 148 —
5. Moisés

A la misión de Moisés, incluidos su retiro y muerte, le


he dedicado un tomito. No quisiera repetir aquí muchas cosas.
Con todo, pienso que algo se puede repetir someramente y
algo queda por decir de su ancianidad. Ante todo, no nos
compliquemos la comprensión con los números bíblicos. Dt
34,7 dice que Moisés murió a los ciento veinte años, al
terminar las andanzas por el desierto, las cuales duraron cua­
renta años. Así bajamos a ochenta al comenzar su acción.
¿Quiere decir que era un anciano cuando salió de Horeb para
presentarse al Faraón? Cuando abandonó la corte del Faraón,
nos imaginamos que era joven, robusto y casadero; echémosle
poco más de veinte años. ¿Hay que pensar que vivió en
Madián sesenta años? Del todo inverosímil. Mejor es dejar
al narrador con sus números y observar al personaje en su
ancianidad.
Moisés es el hombre de una empresa, de una misión, y
por ella o para ella es confidente de Dios. Su misión es sacar
al pueblo de la esclavitud de Egipto, unirlo en alianza con
el Señor y conducirlo y asentarlo en la tierra prometida. La
misión va tropezando con innumerables obstáculos, que Moi­
sés supera con vigor y tenacidad y con la ayuda celeste.
Inesperadamente, la etapa intermedia del desierto, que pudo
llevar algunos meses, se prolonga hasta cuarenta años, du­
rante los cuales nos imaginamos que el hombre maduro va
envejeciendo; aunque Dt 34,7 pondere que no había perdido
vista ni había decaído su vigor.
Dificultades para conducir a un pueblo física y espiri­
tualmente, había que contar con ellas. Aunque Moisés se
siente a veces desalentado, el Señor lo conforta con su asis­
tencia. Lo terrible, lo inesperado, es lo que ocurre con el

— 149
remate de su misión. Sabemos que ésta concluirá cuando el
pueblo esté asentado en el territorio de Canaán. Moisés ha
conducido al pueblo hasta las puertas, al otro lado del Jordán.
Está fuerte y vigoroso, sin ninguna enfermedad, tiene intactos
y acrecidos prestigio y ascendencia. Sólo falta llamar a la puerta
y entrar. Pero la muerte se adelanta a Moisés, y él, como
confidente del Señor, recibe el aviso de prepararse a morir.
En Moisés anciano y moribundo aprendemos que una
empresa, una misión, puede ser más larga que la vida de un
hombre longevo. Que no basta poner en marcha y guiar la
empresa, sino que hace falta poner en marcha sucesores que
la continúen y rematen. ¿Puede el anciano decir: He cumplido
mi misión? ¿O debe más bien decir: he cumplido el tramo
asignado de una misión más grande que yo? Eso lo sabe hacer
Moisés cumpliendo instrucciones del Señor. En una ocasión,
Nm 11, Dios toma parte de su espíritu o carisma y lo reparte
entre setenta colaboradores para un gobierno colegial. En
otra ocasión, cuando Dios le anuncia que va a morir, Moisés
se preocupa por la continuidad. Hay que leer despacio el
texto para apreciar la grandeza del anciano Moisés.

Nm 27,12 El Señor dijo a Moisés: —Sube al monte Abarín


y mira la tierra que voy a dar a los israelitas. Después de verla
te reunirás también tú con los tuyos como ya Aarón, tu her­
mano, se ha reunido con ellos... 5Moisés dijo al Señor: Que
el Señor, Dios de los espíritus de todos los vivientes, nombre
un jefe para la comunidad, 17uno que salga y entre al frente
de ellos, que los lleve en sus entradas y salidas. Que no quede
lácomunidad del Señor como rebaño sin pastor.
18El Señor dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun, hombre
de grandes cualidades, impon la mano sobre él, presentá-
selo a Eleazar, el sacerdote, y a toda la comunidad, dale
instrucciones en su presencia y delégale parte de tu autoridad,
para que la comunidad de Israel le obedezca.21Se presentará
a Eleazar, el sacerdote, que consultará por él al Señor por
medio de las suertes, y conforme al oráculo, saldrán y en­
trarán él y los israelitas, toda la comunidad.
22 Moisés hizo cuanto el Señor le había mandado: tomó a
Josué, lo colocó delante del sacerdote Eleazar y de toda la

— 150 —
asamblea, le impuso las manos y le dio las instrucciones
recibidas del Señor.
Moisés le delega parte de su autoridad, lo asocia a la tarea;
no lo pone en conserva con sólo derecho de sucesión. No
está celoso de Josué ni de su propia autoridad. Un día no
muy remoto, el Señor dirá a Josué: Hoy empezaré a engran­
decerte ante todo Israel, para que vean que estoy contigo
como estuve con Moisés.
Hay ancianos que no saben asociar a un sucesor en su
empresa o misión. Son celosos de su autoridad, mantienen
el monopolio de las decisiones. Empezaron identificándose
con una tarea; acaban identificando la tarea consigo. Como
aquellos monarcas exóticos y arcaicos que sepultaban consigo
a mujeres y siervos. Sansón murió matando a sus enemigos;
éstos mueren matando a todo competidor o continuador. Y
no comprenden que en el tablado del mundo les han enco­
mendado un papel, y la función continúa.
A veces imaginamos la historia como pura sucesión de
generaciones. La expresión bíblica «de generación en ge­
neración» o «generación tras generación» parece invitamos
a ello. En rigor, no se da la sucesión en todo el frente, porque
las generaciones se sobreponen en un diseño particular. No
ha terminado una, está nada más madurando, cuando co­
mienza la siguiente y las dos conviven, comparten un mismo
tramo de tiempo. Y mientras ellas se van alargando, surge
otra que empalma con ellas a distancia y convive con las
procedentes y las siguientes. Reina una contemporaneidad en
la sucesión. De ahí el principio de asociar en la empresa al
sucesor, sintiéndolo, haciéndolo contemporáneo. En cambio,
al que nos sucederá cuando estemos bien muertos podemos
legarle otras cosas: escritos, obras, recuerdos; no podremos
asociarlo a nuestros quehaceres. En otros términos, el anciano
no posee el monopolio de una etapa de unos años, sino qué
los comparte con otros que viven rezagados y que lo des­
bordan.
Moisés no se jubila, sino que lo retirará de golpe la
muerte. Hemos conocido personas a quienes la jubilación

— 151 —
trajo o aceleró la muerte: no sabían, no querían vivir sin una
tarea que despachar. Moisés es al contrario: la muerte es su
jubilación. El narrador bíblico quiere dar grandeza dramática
a esta muerte. Dudo que haya alguna semejante en todo el
Antiguo Testamento. Se lee al final de Deuteronomio, o sea,
del último libro del Pentateuco (para los judíos, la Tora):
Dt 34,1 Moisés subió de la estepa de Moab al monte
Nebo, a la cima del Fasga que mira a Jericó, y el Señor le
mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, 2 el territorio de
Neftalí, Efraín y Manasés, el de Judá hasta el mar occidental.
3El Negueb y la comarca del valle de Jericó (ciudad de las
palmeras) hasta Soar, 4 y le dijo:
—Esta es la tierra que prometí a Abrahán, a Isaac y a Jacob,
diciéndoles: Se la daré a tu descendencia. Te la he hecho
ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.
5 Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en Moab, como
había dicho el Señor.

A Moisés le ha llegado su hora, que es, en términos


hebreos, «reunirse con los suyos», es decir, bajar a la tumba
o morada de los muertos. Antes de esa bajada definitiva,
Moisés es invitado a subir a la montaña más alta de las
cercanías, el monte Nebo. Es su segunda montaña, pues la
primera fue el Sinaí, donde se encontró por primera vez con
el Señor y se volvió a encontrar para recibir el protocolo de
la alianza. La subida de ahora es de otro signo: subir para
contemplar. Desde la cumbre, de cara a Occidente, Moisés
se asoma al futuro: no al suyo, sino al de su pueblo. La tierra
prometida es el futuro próximo y remoto de Israel. Moisés
cierra los ojos llenos de futuro, de esperanza. Como si al
«reunirse con los suyos», sus antepasados, fuera a contarles
lo que ha visto (si bien ésa no es la manera de pensar de los
hebreos; es refléxión nuestra). La nostalgia final de Moisés
no es de un pasado irrecuperable, sino de un futuro esperan­
zado.
Para nosotros la situación es diversa. Para nosotros,
«reunimos con los nuestros» es subir a la casa del Padre,
más alta que todas las montañas, abierta a panoramas sin

— 152
límite. Es nuestro último encuentro: no bajar, sino subir. Con
todo, tendemos una última o penúltima mirada a los nuestros
que quedan: que sea una mirada de esperanza. Quedan par­
celas o tramos de historia que a nosotros no nos tocará vivir
en este mundo. Que tengan algo de tierra prometida para los
que dejamos a la puerta de nuevos espacios. Si nuestra vejez
es ascensión espiritual, a despecho de la decadencia física,
podremos ver o vislumbrar un futuro que, sin ser nuestro por
posesión, lo es porque ayudamos a prepararlo, porque con­
dujimos a otros hasta la frontera de acceso.
Desde la cumbre de la cruz, antes de morir, ¿qué pa­
norama contempla Jesús? ¿Cómo se le ensancha cuando as­
ciende al cielo?
Jn 17,11 Ya no estaré más en el mundo; mientras ellos
se quedan en el mundo; yo voy a reunirme contigo. Padre
Santo, protege tú mismo a los que me has confiado, para
que sean uno como lo somos nosotros... 13 Ahora me voy
contigo, y hablo así mientras estoy en el mundo para que
los inunde mi alegría... 20No te pido sólo por éstos; te pido
gor los que han de creer en mí mediante su mensaje...
2 Padre, tú me los confiaste. Quiero que donde yo estoy
estén ellos también conmigo y contemplen esa gloria mía
que tú me has dado, porque me amabas ya antes de que
existiera el mundo.

153 —
6. Barzilay

El anciano Barzilay actúa dos veces cuando la rebelión


de Absalón. La primera vez, cuando David venía huyendo,
dejando la iniciativa al hijo rebelde. En ese momento Bar­
zilay, con otros notables, muestra su lealtad al rey arriesgando
su futuro. Leemos en 2 Sm 17,27:

Trajeron colchonetas, jarras y botijos; trigo, cebada, harina


y grano tostado; alubias, lentejas, miel, requesón de ovejas
y quesos de vaca. Se lo ofrecieron a David y a la gente que
lo acompañaba para que comieran, diciendo: —La gente
estará cansada, hambrienta y sedienta de caminar por el pá­
ramo.

La segunda vez es después de la derrota de Absalón. David


se dispone a cruzar el Jordán para volver a Jerusalén: Siento
que hoy vuelvo a ser rey de Israel. Entre otros personajes
(los sacerdotes Sadoc y Abiatar, el general Amasá, Semeí y
Meribaal), se encuentra el anciano Barzilay:

2 Sm 19,32 Por su parte, Barzilay el galadita bajó desde


Roguelín y siguió hasta el Jordán para escoltar al rey en el
río. 33Barzilay era muy viejo, tenía ochenta años; había sido
proveedor real mientras David residía en Los Castros, porque
Barzilay era de muy buena posición.
34 El rey le dijo: —Tú j^asa conmigo, que jo voy a ser tu
proveedor en Jerusalén. Barzilay repuso:3 Pero ¿cuántos
años tengo para subir con el rey hasta Jerusalén! ¡Cumplo
hoy ochenta años!36Cuando tu servidor come o bebe, ya no
distingue lo bueno de lo malo, ni tampoco si oye a los can­
tores o cantoras. ¿Para qué voy a ser una carga más de su
majestad? 37 Pasaré un poco más allá acompañando al rey;
no hace falta que el rey me lo pague. Déjame volverme a
mi pueblo, y que al morir me entierren en la sepultura de

— 154 —
mis padres. Aquí está mi hijo Quineán: que vaya ¿1 y lo
tratas como te parezca bien. Y todo lo que quieras enco­
mendarme, yo lo haré.

Barzilay prefiere la calma de su pueblo al bullicio de la corte.


Es de buena posición y no necesita una pensión real. En
cuanto a las delicias de la corte, buena mesa y buena música,
ya no sabe apreciarlas ni gustarlas. Barzilay juzga con lucidez
y sensatez. Los ancianos padecen la tentación de denigrar las
cosas que ya no saborean: «en mi tiempo eran mejores, no
saben como antes, qué aburrido...» Barzilay no pronuncia
juicios culinarios o artísticos, la falta la encuentra en sí.
Acepta la situación con serenidad y se contenta con un poco
de paz antes de morir.
Barzilay se ha asomado un par de veces a la historia
sagrada para damos, sin pretenderlo, una lección de sensatez.
Sus palabras nos llevan de la mano a otro ilustre anciano que
merece capítulo aparte: Qohélet o el Eclesiastés.

— 155 —
7 . Eclesiastés

Solemos llamarlo con artículo, porque la palabra hebrea


suena como término de oficio: El Predicador o el Presidente
de la asamblea. Eclesiastés es palabra griega que intenta
traducir etimológicamente el término hebreo Qohélet. Des­
conocemos su verdadero nombre y su edad. Presentarse como
rey e hijo de David —léase Salomón— es ficción palmaria.
Que sea un anciano, lo deducimos con bastante probabilidad
de sus páginas.

Su proyecto es nada menos que hacer balance de la vida


humana: su sentido y su valor. Para no hablar de oídas, hace
pruebas sistemáticas —finge hacerlas, atribuyéndoselas al
ficticio Salomón— . Lo que le falta de experiencia personal
lo suple con mucha observación y muchísima reflexión. No­
sotros decimos a veces: «no hay que darle vueltas»; el lema
del Eclesiastés parece ser: «hay que darle vueltas». Su verbo
favorito parece ser ra’iti, que significa «he visto», «he ob­
servado», alguna vez «he experimentado»; también usa sabti,
que significa «he vuelto», «he repetido»; alguna vez, sabboti,
que significa «he girado», «he dado vueltas» (al asunto).
Todo un balance de la vida humana lo destila en 18 páginas
de la Biblia hebrea. ¿No es pretensión desmesurada? Pues
todavía puede seguir destilando hasta la quintaesencia de una
frase que repite como un lema: «vanidad de vanidades y todo
vanidad». Desarrollando un poco la frase y condensando la
totalidad, propongo una evaluación intermedia: la vida es un
girar perpetuo y monótono, la vida es un péndulo que oscila
entre opuestos. El hombre inventa el olvido para tomar por
nuevo lo ya vivido o sabido. En cuanto al péndulo, se co­
lumpia en él, relativizando los opuestos.

156 —
Vamos a comenzar leyendo dos unidades de sentido,
casi poemas en prosa, características del estilo del autor (del
segundo he citado varios versos al comentar el salmo 30):
1,4 Una generación se va,
otra generación viene,
mientras la tierra siempre está quieta.
5 Sale el sol, se pone el sol,
jadea por llegar a su puesto,
y de allí vuelve a salir.
6 Camina al sur, gira al norte,
gira y gira y camina el viento.
7 Todos los ríos caminan al mar,
y el mar no se llena.
Llegados al sitio adonde caminan,
desde allí vuelven a caminar.
8 Todas las cosas cansan
y nadie es capaz de explicarlas.
9 No se sacian los ojos de ver
ni se hartan los oídos de oir.
Lo que pasó, eso pasará;
lo que sucedió, eso sucederá:
nada hay nuevo bajo el sol.

El otro pasaje es el comienzo del capítulo tercero:


1 Todo tiene su tiempo y sazón
todas las tareas bajo el sol:
2 tiempo de nacer, tiempo de morir,
tiempo de plantar, tiempo de arrancar,
3 tiempo de matar, tiempo de sanar,
tiempo de derruir, tiempo de construir,
4 tiempo de llorar, tiempo de reir,
tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar,
5 tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras,
tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse,
6 tiempo de buscar, tiempo de perder,
tiempo de guardar, tiempo de desechar,
7 tiempo de rasgar, tiempo de coser,
tiempo de callar, tiempo de hablar,
8 tiempo de amar, tiempo de odiar,
tiempo de guerra, tiempo de paz.

— 157 —
Ahora, antes de adentramos libro adelante, dos reco­
mendaciones. La primera es que este libro no es para jóvenes;
pongamos un límite mínimo de cuarenta años. Aunque lo
hayamos leído y aun estudiado antes, hagamos la prueba de
leerlo pausadamente desde el otero de nuestro edad. Lo se­
gundo es más importante, porque trata de la clave de lectura.
El horizonte espiritual del autor y el nuestro son sustancial­
mente diversos. Como no intentamos abdicar de nuestro ho­
rizonte, la lectura será dialéctica, crítica. Así podremos llegar
a cierto acuerdo... por razones muy diversas.
Piensa el autor: la muerte lo iguala todo, nada que acabe
vale gran cosa, la muerte es el final, y nada hay después de
ella. Por tanto, la vida es vanidad de vanidades. Decimos
nosotros: la vida es limitada; termina en la muerte esta vida,
detrás viene otra incomparablemente mejor. Por lo tanto, la
vida presente es vanidad: en tiempo, un soplo; en peso, una
liviandad. En su novela de título programático, «La inso­
portable levedad del ser», Milán Kundera comienza con un
breve ensayo: La vida es continua novedad de sucesos im­
previsibles que, al no repetirse, no cobran consistencia. Por
esa falta de consistencia, por esa levedad, resulta la existencia
tan pesada de sobrellevar. Uno no puede establecerse y afin­
carse en ella («levedad» podría ser otra traducción del hebreo
hebel). La evaluación del autor bíblico es diversa, opuesta:
la levedad de la existencia humana proviene de su repetición
monótona y de su desenlace en la muerte. En nuestra óptica
cristiana la le vedad= vanidad de la vida humana es compa­
rativa, poniendo como término de comparación la otra vida
que esperamos. Ni Qohélet ni Kundera esperan algo más allá
de la muerte.
En la carta a los Romanos 8,18, Pablo sostiene que los
sufrimientos de la vida presente son cosa de nada compa­
rados con la gloria que va a revelarse en nosotros. En 2 Co
4,17, dice que nuestras penalidades momentáneas y ligeras
nos producen un peso eterno de gloria que las sobrepasa.
Pablo opone en la balanza penalidades presentes a gloria
futura: unas son efímeras y leves, la otra es un peso insu­

— 158 —
perable. Hagamos otra prueba complementaria: pongamos en
el platillo de acá todos los goces y dichas de esta vida: también
resultarán livianos para contrarrestar el peso de la dicha fu­
tura. Tal es nuestro horizonte para una lectura crítica y sa­
brosa del Eclesiástés.
Nada hay nuevo bajo el sol: 3,9. —Es verdad; com­
parado con la novedad de Cristo, todo es viejo o repetido.
Y cuando renueve cielo y tierra, la novedad abarcará al sol
y no estará bajo su imperio.
Y a fuerza de trabajo comprendí que la sabiduría y el
saber son locura y necedad: 1,17. —Es verdad: comparados
con la sabiduría de Dios revelada en Cristo, comparados con
el futuro conocimiento de Dios sin enigma, cara a cara.
Después examiné todas las obras de mis manos y la
fatiga que me costó realizarlas, y todo resultó vanidad y caza
de viento... 18 Y aborrecí lo que hice con tanta fatiga bajo
el sol, pues se lo tengo que dejar a un sucesor: 2,11.18.
—Es verdad; pero hay obras que acompañan al que muere
fiel al Señor (Ap 14,13); hay obras que llamamos «merito­
rias» por la virtud del Espíritu.
El autor llora también por las injusticias que otros pa­
decen: En la sede del derecho, el delito; en el tribunal de la
justicia, la iniquidad: 3,16; Vi llorar a los oprimidos sin que
nadie los consolase: 4,1. Lo cual resta mucho valor a la vida
en este mundo. Pero ¿basta con lamentarlo?, ¿no se puede
hacer algo por remediarlo? A nuestra edad, quizá sólo po­
damos hacer conscientes a otros, jóvenes y activos, de la
situación y del desafío que lanza.
Si suprimimos el horizonte de otra vida, tiene razón el
Eclesiástés en su balance desolado:

9,23 Una misma suerte toca a todos: al inocente y al


culpable, al puro y al impuro, al que ofrece sacrificios y al
que no los ofrece, al justo y al pecador, al que jura y al que
tiene reparo en jurar. Esto es lo malo de todo lo que sucede
bajo el sol: que una misma suerte toca a todos.

— 159 —
Así podríamos seguir recorriendo renglones y pasando pá­
ginas de este librito mientras hacemos balance de nuestra
vida. ¿Qué sabor nos deja en la boca, qué peso en las manos,
qué melodía en el recuerdo? En nuestra vida, ¿ha habido
proporción entre gozos y penas, logros y fatigas, sueños y
realidades? Si no miramos hacia delante y hacia arriba, quizá
acabemos en el desencanto, la desilusión: vanidad de vani­
dades, liviandad de liviandades. Llegados a ese punto del
balance, demos un salto. Precisamente el desencanto y la
insatisfacción nos fuerzan a mirar más alto. Entonces el Ecle-
siastés, con toda su ceniza emocional, nos espoleará en la
búsqueda y persecución de un sentido trascendente de esta
vida bajo el sol.
Antes de despedimos de este pensador inquietante, va­
mos a leer en dos tiempos la última página de su libro. Primera
parte, consejos a los jóvenes: ya que la juventud es efímera,
no despreciarla, sino gozarla, con responsabilidad frente a
Dios:

11,7 Dulce es la luz, y los ojos


disfrutan viendo el sol.
8 Por muchos años que viva el hombre,
que los disfrute todos, recordando
que los años oscuros serán muchos
y que todo lo que viene es vanidad.
9 Disfruta mientras eres muchacho
y pásalo bien en la juventud;
déjate llevar del corazón
y de lo que atrae a los ojos.
Y sabe que Dios te llevará a juicio
para dar cuenta de todo.
10 Rechaza las penas del corazón
y rehuye los dolores del cuerpo:
niñez y juventud son efímeras.

El primer verso extiende a toda la vida lo que después con­


centra en la juventud. Porque hay una proporción: lo que la
juventud es al resto de la vida, eso y mucho menos es toda
la vida respecto a los «años oscuros». De donde el consejo

— 160 —
de disfrutar, que en el contexto del libro significa un disfrute
moderado, sin excesos.
El segundo texto es la famosa descripción alegórica de
la vejez, vista como una finca y una casa que se desmorona.
A continuación del texto daré la explicación probable de las
imágenes: el lector puede consultarla o prescindir de ella o
adelantar su interpretación.

12,1 Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud,


antes de que lleguen los días aciagos y alcances
los años en que dirás: No les saco gusto.
2 Antes de que se oscurezca la luz del sol,
la luna y las estrellas,
y a la lluvia siga el nublado.
3 Ese día temblarán los guardianes de casa
(¿brazos?)
y los robustos se encorvarán (¿piernas?)
Las que muelen serán pocas y se pararán
(muelas, dientes)
las que miran por las ventanas se ofuscarán
(ojos)
4 las puertas de la calle se cerrarán (oídos)
y el ruido del molino se apagará,
se debilitará el canto de los pájaros,
las canciones se irán callando;
5 darán miedo las alturas y rondarán los terrores.
Cuando florezca el almendro (¿canas?)
y se arrastre la langosta (¿sexo?)
y no dé gusto la alcaparra.
Porque el hombre marcha a la morada eterna
y el cortejo fúnebre recorre las calles.
6 Antes de que se rompa el hilo de plata
y se destroce la copa de oro
y se quiebre el cántaro en la fuente
y se raje la polea del pozo
y el polvo vuelva a la tierra que fue
7 y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.
8 Vanidad de vanidades —dice el Predicador—
todo es vanidad.

— 161 —
8. Ezequías

Hoy vamos a introducir la historia de un joven de apenas


veinte años. ¿No está desplazado en una galería de ancianos?
Cuando Ezequías enfermó de gravedad, era joven; cuando
murió tenía 35 años. ¿Por qué le hacemos sitio en estas
páginas? Porque su enfermedad puede resultamos ejemplar.
El narrador de 2 Re 20 y de Is 38 nos dice que cayó
enfermo de muerte. Esto lo sabe el narrador, pero el joven
rey probablemente no lo sabe. Alguien tiene que explicarle
claramente la situación, porque un rey tiene obligaciones de
estado. Toca al profeta Isaías informar al rey de parte de
Dios:

Is 38,1 Así dice el Señor: Haz testamento, porque morirás


sin remedio.

No se trata de un simple diagnóstico médico; no es simple­


mente que un hombre de prestigio tenga que dar la noticia
al rey. Isaías engloba todo el proceso en el designio de Dios.
Sus palabras no son diagnóstico, sino oráculo. El lector,
desde el primer verso, abarca el proceso en el horizonte
religioso. Isaías no denuncia pecados al rey, no le anuncia
la muerte como castigo, sino como un desenclace natural,
aunque previsto por Dios.
El joven rey reacciona en el mismo contexto. Hay salmos
de enfermos en los que el orante acepta la enfermedad como
castigo de algún pecado, y pide a Dios perdón y curación.
Ezequías no tiene pecados de qué acusarse como causantes
de la enfermedd. No toma la enfermedad como castigo, sino
como fatalidad; pero sabe que alguien controla esa fatalidad
física. Y así:

162 —
2 Entonces Ezequías volvió la cara a la pared y oró al
Señor: —Señor, ten presente que he procedido de acuerdo
contigo, con corazón sincero e íntegro, y que he hecho lo
que te agrada. Y lloró con largo llanto.
El Señor le escucha y le envía la respuesta por medio
del profeta, manteniendo así todo el proceso en sus manos.
El narrador nos lo hace sentir en cada etapa, de modo que
no nos salgamos de la esfera religiosa:
4 El Señor dirigió la palabra a Isaías: Ve y dile a Ezequías:
Así dice el Señor, Dios de tu padre David: He escuchado tu
oración y he visto tus lágrimas. Mira, añado a tus días otros
quince años.
Simplemente lo anuncia, añadiré, manteniendo el control,
pero sin recurrir a un milagro. No será como Naamán ba­
ñándose siete veces en el Jordán para curarse de la enfer­
medad de la piel. Isaías no recibe de Dios instrucciones sobre
el tratamiento de la enfermedad; al menos no lo dice el na­
rrador. Al parecer, Isaías propone un remedio empírico, de
curandero de entonces:
21 Isaías ordenó: Que traigan un emplasto de higos y lo
apliquen a la herida para que se cure.
Y el narrador da por supuesto que se curó. ¿Tenía aquel
emplasto penicilina? ¿Poseerán los higos así tratados alguna
virtud natural que todavía no hemos estudiado? Isaías procede
con naturalidad y expedición, no da pases espectaculares ni
celebra una liturgia de curación. Si, por una parte, el narrador
clausura el marco religioso, por otra parte no habla de mi­
lagros. Esto es lo que nos interesa hoy.
Vamos a comparar la escena precedente con la de otro
rey, también enfermo de gravedad: Ocozías, rey de Israel,
es decir, del reino septentrional. No es un caso de enfer­
medad, sino de heridas producidas en un accidente:
2 Re 1,1 Ocozías se cayó por el mirador, desde el piso
de arriba, y quedó malherido.

— 163 —
Tendido en el lecho, sufriendo los dolores quizá de fracturas
y hematomas, angustiado por el futuro de su reinado: así lo
hemos de imaginar. El rey desea conocer por manifestación
sobrehumana el desenlace de su situación. Pero, en vez de
acudir al Señor Dios de Israel, recurre a adivinos de un dios
extranjero:
7 Despachó unos mensajeros con este encargo: Id a con­
sultar a Belcebú, dios de Ecrón, a ver si me curo de estas
heridas.

Nota: Belcebú es la derivación fonética española de una de­


formación maliciosa hebrea de un título de divinidad cananea:
el título honorífico original es Baal Zebul=Señor Príncipe;
la deformación hebrea es Baal Zebub = Señor de las Moscas
(como si dijera Don Moscoso). Es una de tantas presencias
o veneraciones locales de un dios cananeo, controlador de
meteoros, mediatamente de la vida y la muerte, y de otros
manesteres según los lugares. La consulta versa explícita­
mente sobre el desenlace; quizás apunte también a una posible
curación. El rey reconoce así los poderes y la competencia
de un dios extranjero, contra el primer mandamiento del
decálogo. Se somete a la autoridad de un oráculo, del que
se burla Habacuc: «Es una imagen, un maestro de mentiras»:
Hab 2,18.
Por encargo de Dios, el profeta Elias intercepta a los
mensajeros y les da otro mensaje no solicitado:
6 —¿No hay un Dios en Israel, para que vayas a consultar
a Belcebú, dios de Ecrón? 4Por eso, así dice el Señor: No
te levantarás de la cama donde te has acostado. Morirás sin
remedio.

La muerte, resultado natural de la grave caída, tomará el


sentido de castigo. El Señor mantiene y demuestra un control
de la vida que el rey quería asignar al dios extranjero.
Al aplicamos los dos relatos complementarios, dejando
a un lado la cuestión de la edad, vamos a fijamos en el marco

— 164 —
religioso que interpreta los sucesos narrados. En nuestro siglo
la medicina ha progresado notablemente: combinando higie­
ne, dieta, medios de diagnosticar, farmacopea y cirugía, la
vida media se ha alargado más de diez años (a Ezequías le
dan quince años más); la mortalidad infantil se ha reducido
enormemente. Enfermedades hace poco fatales, tienen hoy
un remedio casi convencional. Muchos de los que hoy han
cumplido setenta años no los habrían alcanzado el siglo pa­
sado. ¡Cuántos pueden mirar atrás a un diagnóstico tempes­
tivo, un tratamiento eficaz o una operación quirúrgica logra­
da! Todo ello nos acostumbra a mirar los procesos como
naturales, a sustraerlos del marco religioso. La acción de
Dios se confina a los milagros.
Es ésa una manera rastrera de considerar los hechos.
Dios no está menos activo en la ciencia de los profesores,
en el trabajo tenaz de los laboratorios, en la habilidad de los
cirujanos, que cuando realiza un milagro. La diferencia es
que en el segundo caso descubre las cartas. Lo que llamamos
«natural» es mucho más frecuente que el milagro; y, si sa­
bemos contemplar, no menos admirable. En vez de derrochar
milagros, Dios dota a las plantas de virtudes y al hombre de
inteligencia y curiosidad. Nuestro instinto de conservación,
que a veces nos extravía, es de ordinario un dinamismo in­
fundido por Dios que nos espolea. El texto bíblico nos enseña
a levantar la mirada, a inscribir de nuevo salud y enfermedad
en su contexto religioso. El Eclesiástico (hacia el 180 antes
de Cristo), con su sensatez de vía media, nos lo recomienda
en estos términos:
38,1 Respeta al médico, que lo necesitas:
también a él lo ha creado Dios.
2 El médico recibe su ciencia de Dios,
y del rey su sustento.
3 La ciencia del médico le hace llevar alta la cabeza
y presentarse ante los nobles.
4 Dios hace que la tierra produzca remedios:
el hombre prudente no los desdeñará.
5 ¿No endulzó el agua una rama,
mostrando así a todos su poder?

— 165 —
7 Con ellos el médico alivia el dolor
y el boticario prepara sus ungüentos.
Dios concedió al hombre inteligencia
para que se gloríe con la eficacia divina;
8 así no cesa su actividad
ni la destreza de los hijos de Adán.
9 Hijo mío, cuando caigas enfermo, no te descuides;
reza a Dios, y él te hará curar.
10 Huye del delito, lava tus manos
y limpia tu corazón de todo pecado.
11 Ofrece, sí, en obsequio grasa que aplaca,
según tus posibilidades;
12 pero da lugar al médico, y no te falte,
pues también lo necesitas a él.
13 Hay momentos en que de él depende el éxito,
14 y también él reza a Dios,
para que le dé acierto al diagnosticar
y al aplicar la medicina saludable.
15 Peca contra su Hacedor
el que se hace fuerte frente al médico.

En el AT Dios puede llevar el título de Médico; Ex


15,26 Yo soy el Señor, tu Médico: Sal 147,3 Médico de los
quebrantos del corazón («Cardiólogo» daría un tono dema­
siado clínico; pero puede ser que a algún lector de la profesión
le agrade dar ese título a Dios); Sal 103,3 Médico de todas
tus enfermedades. Casi todos los textos del AT que usan el
verbo rp’ (=curar, sanar, tratar) tienen por sujeto a Dios, y
cuando no, es para negar su acción. En un texto tardío y
polémico se dice del rey Asá:

2 Cr 16,1 Enfermó de podagra. Y aunque la enfermedad


se fue agravando, no acudió al Señor, sino a los médicos.

Nota: Quizá el verbo usado, drsh, incluya aquí una carga


religiosa; o tal vez no se refiera a médicos, sino a curanderos
que emplean artes prohibidas; el texto no lo aclara. Es fre­
cuente afirmar que Dios controla en ambas direcciones el
proceso de salud y enfermedad;

— 166 —
Dt 32,39 Yo doy la muerte y la vida,
yo desgarro y yo curo
Is 19,22 Los herirá y los curará.
Is 30,26 Cuando el Señor vende la fractura a su pueblo
y le cure la herida que le causó...
Os 6,1 Nos hirió y nos vendará la herida.
En el NT, una de las actividades de Jesús es curar en­
fermos, provocando con la fe procesos naturales o dispen­
sando milagros. Las curaciones pueden ser prueba de su mi­
sión, como lo cuenta Lucas:
7,18 Los discípulos de Juan le contaron todo aquello.
Entonces él, llamando a dos de ellos, los envió al Señor a
preguntarle: —¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos
a otro?
20 Los hombres se presentaron a Jesús y le dijeron: —Juan
Bautista nos ha mandado a preguntarte: ¿Eres tú el que tenía
que venir o esperamos a otro?
21 Entonces mismo Jesús curó a muchos de enfermeda­
des, ataques y malos espíritus, y a muchos ciegos les devolvió
la vista. 22Después contestó a los enviados: —Id a contarle
a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los
muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena no­
ticia. ..
Jesús comunica a sus discípulos el poder de curar, y en los
Hechos de los Apóstoles se describen algunos milagros de
este tipo. Más tarde, las curaciones milagrosas se hacen raras,
y la acción de Cristo glorificado puede discurrir por cauces
normales. Con todo, siempre estará presente el poder de
Cristo curando de modo extraordinario enfermedades físicas
y, con más frecuencia, enfermedades psíquicas y espirituales.
Él debe ser el marco de toda reflexión nuestra sobre salud y
enfermedad.
Dice Pablo en una frase lapidaria:
Si vivimos, vivimos para el Señor;
si morimos, morimos para el Señor:
en la vida y en la muerte somos del Señor.

167 —
Ensayemos una adaptación reductiva: Si estamos sanos, nues­
tra salud es para el Señor; si estamos enfermos, nuestra salud
es para el Señor; en salud y enfermedad somos del Señor.
Jesús muere malherido, agotando su última sangre; la resu­
rrección cura todas sus heridas, dejando huellas para el re­
cuerdo. Resucitar es la curación definitiva.

— 168 —
9. Grupos de ancianos

Antes de morir, Josué reúne al pueblo para predicarle


su testamento espiritual: Que recuerden el pasado, o sea, los
beneficios de Dios; que se mantengan fieles al Señor y a la
alianza; que no se contaminen con la idolatría y las perver­
siones de otros pueblos. Obviamente, por boca de Josué mo­
ribundo, el autor (Deuteronomista) pronuncia uno de sus dis­
cursos de exhortación. El que el discurso sea convencional
y consabido no significa que no sea verdadero y válido. Con
esto pasamos a una noticia breve que se lee al final de libro
de Josué:
24,31 Israel sirvió al Señor mientras vivió Josué y los
ancianos que lo sobrevivieron y que habían visto las hazañas
del Señor en favor de Israel.
La misma noticia se repite en Jue 2,7. La noticia subraya la
importancia de la memoria y de su testimonio. Los ancianos
colegialmente son como un cuerpo oficial de testigos: dan
testimonio de lo que han visto y oído. Las hazañas de Dios
a favor de su pueblo tienen que convertirse en fuerza actual
por la convicción y el testimonio público. En el cuerpo de
ancianos el pasado sigue vivo com dinamismo espiritual.
Nada tiene que ver esto con el afán senil de ponderar méritos
y hazañas personales: «cuando yo era joven, en mis tiem­
pos...» Los ancianos de la Biblia no son testigos de su gran­
deza pasada, de tiempos mejores, sino de las hazañas de
Dios. Haber visto, haber asistido a las grandes intervenciones
de Dios en la historia no es simple privilegio; ser testigos es
responsabilidad. Si un cristiano ha vivido su vida cristiana
con conciencia lúcida, participando en el progreso de la Igle­
sia, tendrá algo, mucho que contar. No puede guardárselo.
Me da la impresión de que con frecuencia vivimos un cris-

— 169 —
tianismo cotidiano de poco aliento y poca lucidez. Aunque
encontramos a Dios en lo cotidiano personal, nos falta ho­
rizonte histórico, sin fronteras. Ser testigos en este sentido
no es huir hacia el pasado, sino conducir poderosamente el
pasado hasta la coyuntura presente. En esta perspectiva los
ancianos no son invitados al silencio.
Veamos otro caso, siglos más tarde, en que los ancianos
como grupo son llamados a dar su opinión y su consejo. Lo
leemos en el primer libro de los Reyes, en el episodio dra­
mático del cisma. Según el informe bíblico, Salomón había
promovido el desarrollo económico y cultural en su nación.
En tres etapas, Saúl-David-Salomón, Israel había pasado de
ser un pueblo asediado e impotente a ser un reino próspero
y estimado dentro y fuera. Muchos se sentían orgullosos de
su nación y de su rey, y el texto bíblico es testigo de ese
entusiasmo poco crítico. Porque lo cierto es que Salomón
había fomentado el desarrollo al precio de impuestos gra­
vosos, de prestaciones forzadas, de lujo y esplendor corte­
sano. Al entusiasmo de algunos se oponía el descontento de
no pocos. En tal situación acaece la sucesión de Salomón.
El heredero designado es Roboán. Un primer dato signifi­
cativo es que Roboán tiene que trasladarse, para ser procla­
mado rey, a Siquén, antiguo y clásico dentro de las tribus
situado en el centro o norte, y no a Jerusalén, la todavía
reciente capital davídica. Así pues, Roboán es proclamado
rey en Siquén (1 Re 12). Inmediatamente los representantes
del pueblo acuden al joven rey con una petición urgente y
perentoria:
4 Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera tú ahora
la dura servidumbre a que nos sujetó tu padre y el pesado
yugo que nos echó encima y te serviremos.

Servir equivale a ser súbditos leales.


Antes de responder, Roboán pide tiempo para consultar
y hace dos rondas de consultas: primero a los ancianos, des­
pués a los jóvenes. Atención: no se trata de oponer jóvenes
a viejos en cuanto tales, como si los viejos fueran los buenos

170 —
y los jóvenes los malos, como distinguiendo por la edad entre
sensatos y necios. De lo que se trata es de una experiencia
histórica puesta al servicio de la política. En efecto, los an­
cianos, algunos de ellos, han conocido los tiempos de sen­
cillez y relativa austeridad de David al comienzo de Salomón,
y pueden comparar aquel bienestar simple con el esplendor
opresivo actual. Los jóvenes con quienes Roboán se aconseja
son un grupo particular: los jóvenes que se habían educado
con él, es decir, en los privilegios de la vida cortesana,
montada sobre la explotación del pueblo. Significativo que
el próximo cabecilla de la rebelión hubiera sido capataz de
las brigadas de trabajadores, sometidos a prestaciones que
hoy llamaríamos trabajos forzados. Los ancianos conocen
dos épocas y aprecian los aspectos opuestos de la situación
presente; los jóvenes consultados no conocen ni la situación
anterior ni la situación real de los proletarios. Los ancianos
aconsejan al rey que ceda:
7 Si condesciendes hoy con este pueblo, poniéndote a su
servicio, y le respondes con palabras amables, serán siervos
tuyos de por vida.

Los jóvenes aconsejan una vuelta de tuerca, la represión como


contramedida de las peticiones del pueblo. El texto de la
respuesta es, en lenguaje imaginativo, un programa de go­
bierno despótico:
10 —Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de
mi padre. Si mi padre os impuso un yugo pesado, yo os
aumentaré la carga; que mi padre os castigó con azotes, pues
yo os castigaré a latigazos.

No se puede citar este texto como ejemplo de lucha de ge­


neraciones, porque los grupos están precisamente calificados
y no representan la norma general. Los ancianos de esta
página bíblica no luchan por una vuelta nostálgica a otros
tiempos. Quieren frenar un proceso peligroso e injusto, es­
cuchan la voz del pueblo y la encauzan hacia el rey. Po­
niéndose de parte de los humildes, son más progresistas que

— 171 —
un grupo de jóvenes mimados, ansiosos de conservar privi­
legios. La edad no es criterio que decida automáticamente.
Roboán concede a los ancianos un voto consultivo que des­
pués desdeña; ellos han descargado su responsabilidad. A
todos los juzgó la historia y la palabra de Dios por el profeta,
12,24: Esto ha sucedido por voluntad mía.
La relación entre ancianos y jóvenes puede hacerse ge­
neracional cuando nos acercamos o nos referimos al futuro
definitivo, escatológico. Quiero decir que entonces surge una
tensión entre grupos definidos simplemente por la edad, en
virtud de la coyuntura histórica nueva y radical. Malaquías,
el personaje protagonista de dicho libro, es considerado el
último de los profetas. Siguiendo una vieja tradición, muchas
biblias colocan el breve libro de Malaquías —tres capítulos—
en el bloque de los Profetas Menores, detrás de Daniel. En
la historia del pensamiento hebreo, Malaquías es el último
profeta, y Daniel representa algo nuevo, la apocalipsis.
Pues bien, Malaquías, el último, vuelve la mirada hacia
atrás, hacia el primer profeta, Elias: arrebatado al cielo y
conservado allí esperando una nueva misión más importante
que la primera. Las últimas palabras del libro suenan así:
3,23 Yo os enviaré al profeta Elias antes de que llegue el
día del Señor, grande y terrible. 24Él reconciliará a padres
con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar
la tierra.
Frente a la coyuntura decisiva, se supone que las generaciones
se dividen y se oponen, parecen quebrar la unidad nacional.
Los padres pertenecen al régimen antiguo, son depositarios
y guardianes de tradiciones sagradas. Los hijos se disponen
a dar el salto, a cruzar el río para entrar en la nueva etapa
histórica. Oponen a la tenacidad paterna la impaciencia ju­
venil; a la solidez del pasado, la fluidez del presente. La
tensión se ha de resolver no por fractura, sino por reconci­
liación; ministro de ella será Elias, el viejo y el nuevo. Ya
en su época, Elias fue viejo y nuevo, un Moisés redivivo que
se encontraba con Dios en el monte Horeb. En siglos de

— 172 —
espera inactiva se diría que ha acumulado experiencia. Ahora
lo envían para una nueva misión: salvar el pasado sin cerrar
el acceso al futuro inminente; abrir las puertas al futuro sin
cerrarlas al pasado; reconciliar a padres con hijos, a hijos
con padres. Hace falta una instancia superior y una mirada
que abarque horizontes; sobre todo, hace falta traer una mi­
sión: Yo os enviaré.
Pasa quizá un par de siglos hasta que, hacia el 180 antes
de Cristo, un doctor llamado Jesús Ben Sira recoge el tema
en los siguientes términos:
Eclo 48,10 Está escrito que te reservan para el momento
de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres
con hijos, para restablecer las tribus de Israel.

En el texto que nosotros poseemos, Ben Sira ha eliminado


una cláusula y menciona sólo el reconciliar a padres con hijos.
Como si fueran los padres quienes se resisten injusta y pe­
ligrosamente a la novedad; como si pretendieran ellos frenar
un futuro glorioso. Quizá los padres hayan fallado, y sean
los hijos los llamados a restablecer las tribus de Israel.
Cuando, por fin llega, el momento anunciado y esperado
y Juan, hijo de Zacarías, va a ser el Elias redivivo, su anciano
padre recibe un mensaje angélico:
Le 1,17 Él irá por delante del Señor, con el espíritu y el
poder de Elias, para reconciliar a los padres con los hijos y
enseñar a los rebeldes la sensatez de los justos, preparándole
al Señor un pueblo bien dispuesto.

Lucas recoge la versión restringida del Eclesiástico.


Zacarías inclinado sobre su hijo Juan, el futuro Bautista,
es otro de nuestros ancianos de galería. Pero ahora me estoy
ocupando más bien de grupos de ancianos, como clase o
como generación. Pues bien, muchos ancianos se resisten a
la novedad juvenil de Jesús de Nazaret.
Si sabemos superar el realismo numérico para leer en
clave simbólica, podemos proyectar una imagen instructiva.

— 173 —
Jesús es joven; jóvenes son sus amigos y compañeros íntimos;
joven era el Bautista. Frente a y contra Jesús aparece con
frecuencia un grupo llamado «los ancianos». Es verdad que
en la Biblia es más nombre de oficio que de edad; pero, de
hecho, con frecuencia se juntan ambas cosas. Además es
interesante que el oficio lleve nombre de edad. Finalmente,
estamos trazando una imagen o esquema. La confrontación
entre Jesús y los «ancianos» tiene muchas veces tonos po­
lémicos. Entre una multitud, escojo unos cuantos textos en
que actúan esos ancianos (presbyteroi):

Mt 15,2 ...le preguntaron: ¿Se puede saber por qué se


saltan tus discípulos la tradición de nuestros mayores (an­
cianos) y no se lavan las manos antes de comer? 3El les
replicó: —¿Y se puede saber por qué os saltáis vosotros el
mandamiento de Dios en nombre de vuestra tradición?
Mt 16,21 Desde entonces empezó Jesús a manifestar a
sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho
a manos de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados...
Mt 21,13 Llegó al templo y, mientras enseñaba, los sumos
sacerdotes y los senadores (ancianos) del templo se le acer­
caron preguntándole: —¿Con qué autoridad actúas así?,
¿quién te ha dado esa autoridad?

En los relatos de la pasión son personajes obligados los an­


cianos. Cuando no se trata de personas, sino de cosas, va­
lores, instituciones, los adjetivos suelen ser «viejo o nuevo».
Vamos a leer el texto clásico en la versión de Lucas:

Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para echársela


a un manto viejo, porque el nuevo se queda roto y al viejo
la pieza del nuevo no le pega. 7Nadie echa tampoco vino
nuevo en odres viejos, porque, si no, el vino nuevo revienta
los odres, el vino se derrama y los odres se echan a perder.
38No, el vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos. 39Pero
nadie acostumbrado al de siempre (al viejo) quiere uno nue­
vo, pues dice: Bueno está el de siempre (el viejo).

Frente a la novedad y juventud de Cristo la conversión y


reconciliación tienen (Erección única: padres a hijos, ancianos

— 174 —
a jóvenes, lo viejo a lo nuevo. Pero es que Jesucristo ya vino,
y nosotros queremos ser fieles a su pasado. Jesucristo mucre
joven y resucita joven y permanece joven por los siglos de
los siglos. Los ancianos siempre tienen que reconciliarse con
su inagotable juventud y novedad. La Iglesia es el cuerpo de
Cristo, que sigue creciendo a lo largo de la historia; y hay
ancianos que quieren confinar el crecimiento de Cristo a una
etapa pretérita de la historia de la Iglesia y, en nombre de
sus rutinas, cierran la puerta a toda novedad. Hacen buena
compañía a los «ancianos» de los evangelios.
Otro uso correlativo del adjetivo «viejo» se lee con valor
metafórico en dos cartas del cuerpo paulino:

Ef 4,22 ...a despojaros, respecto a la vida anterior, del hom­


bre viejo, que se iba desintegrando seducido por sus deseos,
a cambiar vuestra actitud mental y a revestimos de ese hom­
bre nuevo creado a imagen de Dios, con la rectitud y santidad
propia de la verdad.
Col 3,9 ...ya que os despojasteis del hombre viejo y de
su manera de obrar y os revestísteis de ese hombre nuevo
que por el conocimiento se va renovando a imagen de su
Creador.

En ambos textos se lee una referencia al hombre creado a


imagen de Dios. Imaginamos a Adán recién creado: joven,
reluciente, sin defecto —como el Amado del Cantar de los
Cantares— ; como moneda o medalla recién acuñada, lleva
impresa la imagen de Dios. Con el tiempo y los pecados, la
imagen se desgasta, se deforma, se borra. Hace falta fundirla
y acuñarla de nuevo, tomando como modelo un ejemplar
perfecto. Se funde en el crisol de la penitencia; el ejemplar
perfecto es Jesucristo; lo acuña el Espíritu Santo. También
un día nosotros nacimos nuevecitos y nos desarrollamos hasta
una juventud radiante. Ahora los años nos han ido desgas­
tando: ¡Quién pudiera recobrar la juventud!
Consideremos el orden espiritual: bautismo, inocencia
infantil perdida y recobrada, un modelado incansable a lo
largo de los años, porque la imagen de Dios en nosotros no

— 175 —
está terminada. Cuando al final del camino nos encontremos
a Jesús, nuestro hermano, el ejemplar perfecto, ¿nos pare­
ceremos a él? Si nos toma de la mano y pregunta: ¿De quién
es esta imagen?, ¿qué responderemos? Esperamos que nues­
tra vejez se transformará un día en novedad, imagen renovada
y exaltada de una creación original.
Y Dios ¿es viejo o nuevo, anciano o joven? El vidente
Daniel lo imagina así:
7,9 Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un
anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su ca­
bellera como lana limpísima.

En otra ocasión se le llama «el anciano de días». Por ser


anterior a las edades, nos lo imaginamos viejo; pero, si los
años no pasan por él, deberíamos imaginarlo joven. Ni lo
uno ni lo otro, puesto que está por encima de tales distin­
ciones. Con todo, puestos a imaginar, propongo que lo ima­
ginemos siempre nuevo, porque siempre es plenitud inago­
table. Ensayemos a meditar la novedad perpetua de Dios, a
ver si nos contagiamos a despecho de nuestros años.
Veréis: Dios es nuevo; y para revelamos ese aspecto,
se presenta en lo más nuevo de la humanidad, que es el niño.
Aunque haya varios hijos en la familia, cada niño que nace
es nuevo. Nada más nuevo que un niño: él solo inaugura una
era, es un condensado de posibilidades; si algo repite, es de
modo nuevo. Pues bien, en la novedad prodigiosa de un Niño,
Dios nos hace vislumbrar su perpetua novedad.
También nosotros tenemos que volvemos niños para
entrar en el reino de los cielos. No aniñados por lamentable
infantilismo —vejez, segunda niñez—, sino recobrando o
cultivando la capacidad de descubrimiento y de asombro. No
es verdad que ya lo hemos visto todo, que nada nuevo sucede
en nuestra vida. ¡Queda tanto por descubrir...! Si no nos
sentimos protagonistas, seamos espectadores y participantes.
La curiosidad es señal de juventud espiritual: la senilidad
pierde el interés por todo. Curiosidad es el deseo de conocer

— 176 —
lo que no sabemos. Como el mundo de nuestra ignorancia
es tan inmenso, tenemos que restringir la curiosidad a unos
cuantos campos. La definición de esos campos es importante,
porque no todos merecen por igual nuestra atención, o porque
unos responden mejor que otros a nuestro temperamento y
formación. Aun definido el ámbito razonable de nuestra cu­
riosidad, dejemos puertas abiertas para escapadas festivas.
La curiosidad aguza la atención. La ciencia moderna sigue
extendiendo de tal modo los conocimientos que cada vez nos
quedan más cosas por concer. Dichoso el anciano que con­
serva viva la curiosidad científica, artística, histórica, por las
personas; y por las obras maravillosas de Dios. Un día cada
vez más próximo, se saciará de su Presencia.
Nos queda otro grupo de ancianos en el último libro de
la Biblia, el Apocalipsis. A pesar de las dificultades que
originan el género y el estilo de este libro, algo podemos
sacar en limpio de él. Ante todo, que los ancianos están
presentes y activos en la Biblia, desde el Génesis hasta el
Apocalipsis. No hay discriminación ni confinamiento.
El visionario del libro describe una corte celeste, y en
ella una especie de Senado. Sabemos que «senado» (senatus)
viene de senex (=anciano); es decir, en su origen señala una
edad, y más tarde designa un oficio importante. El senado
celeste consta de 24 ancianos, el número sumado de las doce
tribus y los doce apóstoles, como una representación del
Antiguo y el Nuevo Testamento; pero, en cuanto senadores,
representan a los demás. Si en el cielo hay alguna preferencia,
el autor (como corresponde a su cultura) se la concede a estos
ancianos. Un senado tiene en la tierra, de ordinario, función
rectora: delibera y decide. Veamos la actividad de este senado
celeste, especialmente en los capítulos 4 y 5. En la visión
aparece Dios como rey majestuoso sentado en su trono ra­
diante:

4,4 En círculo, alrededor del trono, había otros veinti­


cuatro tronos, y sentados en ellos veinticuatro ancianos con
capas blancas y coronas de oro en la cabeza...

— 177
r
10 Los veinticuatro ancianos se postran ante el que está
sentado en el trono, para rendir homenaje al que vive por
los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas ante el trono
diciendo:
11 Tú mereces, Señor y Dios nuestro, recibir la gloria,
el honor y la fuerza, por haber creado el universo; por de­
signio tuyo todo fue creado y existe.

Estos senadores celestes no tienen por función deliberar o


aconsejar, sino «alabar y hacer reverencia». Arrojando las
coronas expresan su profundo respeto de criaturas ante el
Creador, y con las palabras formulan la alabanza. Lo alaban
por la creación, de la cual los ancianos son parte y se hacen
representantes: «por su voz las demás criaturas». La materia
de la creación es tan abundante que pueden alabar por los
siglos sin repetirse, cantando siempre un cántico nuevo. Y
es tan admirable la creación que sólo en el cielo la pueden
alabar dignamente. La alabanza comenzada en la tierra se
sublima en la liturgia del cielo.
En el capítulo 5 del Apocalipsis aparece otro personaje:
el Cordero. Nombre emblemático del que era manso y fue
sacrificado. Los ancianos han de alabarlo y ofrecer en copas
de oro las oraciones de los consagrados:

5,8 Los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cor­


dero: tenía cada uno una cítara y copas de oro, que son las
oraciones de los consagrados, llenas de aroma.
9 Cantaban un cántico nuevo: Tú mereces recibir el rollo
y soltar los sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre
adquiriste para Dios hombres de toda raza y lengua, pueblo
y nación; hiciste de ellos linaje real y sacerdotes para nuestro
Dios, y serán reyes en la tierra.

La súplica es compañera de la alabanza, es petición de pro­


tección o de favores. Los celestes no tienen necesidad de
suplicar, les basta alabar. Pero, por la experiencia precedente
y por el puesto que ocupan, los senadores trasmiten al Cor­
dero las súplicas de sus compañeros de consagración. En­
tonan además un cántico nuevo por la redención. Con su

— 178 —
sacrificio, el Cordero ha reunido un nuevo pueblo de Dios,
innumerable, universal. Sólo en el cielo se alcanza a com­
prender la riqueza de la redención, y será gozo consumado
entenderla y alabarla.
A la liturgia celeste responde una liturgia cósmica. Con
lo cual, los ancianos desempeñan otra función, que es presidir
e iniciar el canto universal de alabanza a Dios: «el hombre
es creado para alabar a Dios»:
5,13 Oí entonces que todas las criaturas del cielo, de la
tierra, de bajo la tierra y el mar, todo lo que hay en ellos,
respondían: —Al que está sentado en el trono y al Cordero,
la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de
los siglos.

Alabar a Dios, presentarle las súplicas, dirigir la alabanza


cósmica: no es pequeña la función de los ancianos en el cielo.

— 179 —
10. Pablo

Cuando Pablo escribió la segunda carta a la comunidad


de Corinto (prescindiendo ahora del problema de las dos
cartas), probablemente había cumplido ya sesenta años; una
edad que antiguamente lo colocaba en la categoría de los
presbiteroi (y que se acerca a nuestra frontera de jubilación).
Pablo no se jubila voluntariamente; lo jubilará, en parte, la
cárcel y, del todo, la muerte. A sus años, Pablo estaba en
plena actividad apostólica, pero la mente se le podía escapar
hacia el futuro personal. Tribulaciones y contrariedades no
desprestigian, pues son parte del apostolado; además pueden
ayudar a remontarse en esperanza. Pablo comienza una ex­
posición con una serie de oposiones:

2 Cor 4,16 No nos acobardamos; porque, aunque nuestro


exterior va decayendo, lo interior se renueva de día en día.
17 Porque nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos
producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa
sin medida. Y nosotros no ponemos la mira en lo que se
ve, sino en lo que no se ve; porque lo que se ve es transitorio,
y lo que no se ve es eterno.

La serie es nutrida: externo-interno; decadencia-renovación;


momentáneo-eterno; ligero-copioso; transitorio-eterno; lo
que se ve-lo que no se ve. Lo que se ve es aquí esa vertiente
del hombre expuesta a la erosión y decadencia, manifiesta
principalmente en el cuerpo, pero presente también en fun­
ciones y actividades que llamamos espirituales, como capa­
cidad de atención, agilidad mental, recuerdo de datos re­
cientes, resistencia, creatividad... La decadencia brota de la
condición natural del hombre, a la que se añade, en el caso
de Pablo, el esfuerzo y las penalidades del apostolado. Lo
interior es la persona del cristiano consagrado a Dios, cons-

— 180 —
cíente y responsable. La decadencia física y mental es patente
a su edad y está agravada por el esfuerzo continuo. Pablo
está inmerso en este mundo visible que lo rodea y en el que
actúa. Lo ve y lo toca y se comunica con él; pero su atención
se enfoca y concentra en un mundo trascendente que se ma­
nifiesta a la mirada interior de la fe y la esperanza. Así se
conjugan dos movimientos: uno descendente sin remedio;
otro ascendente, día a día, peldaño a peldaño. Vencerá el
movimiento ascendente. No importan las penalidades si van
a producir un peso de gloria que desnivele la balanza. Si es
valioso lo que se ve, lo es más, sin comparación, lo que
ahora no se ve. A lo transitorio sucederá lo perdurable.
No es difícil aplicarse la enseñanza de Pablo.
En los párrafos que siguen de la carta, entrelaza Pablo
otra serie de oposiciones que pertenecen a tres campos ima­
ginativos. Del vestido: desnudo-vestido-revestido; de la vi­
vienda: tienda-edificio-morada; de la residencia: casa-destie­
rro. Las dos primeras imágenes se mezclan y nos confunden
en el párrafo próximo. La sustancia es: Suspiramos por la
vida feliz y definitiva, pero sin que muera la que tenemos.
Querríamos que lo venidero fuera continuación suave, algo
que se añade o se pone encima, sin quitar ni destruir lo
precedente.

5,1 Es que sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta


tienda de campaña, se derrumba, tenemos un edificio que
viene de Dios, un albergue eterno en el cielo no construido
por hombres. Y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo
de vestimos encima la morada que viene del cielo, 3supo­
niendo que, al quitarnos ésta, no quedemos desnudos del
todo. Sí, los que vivimos en tiendas suspiramos abrumados,
porque no querríamos quitamos lo que tenemos puesto, sino
vestimos encima, de modo que lo mortal quedase absorbido
por la vida. 5Quien nos preparó concretamente para eso fue
Dios, y como garantía nos dio el Espíritu.

Es como si el cuerpo fuera una tienda de campaña provisoria


donde se hospeda el hombre hasta que llegue el momento de

— 181 —
trasladarse al edificio o morada definitiva. Como los que
viven en barracas o «roulottes» después de una catástrofe. O
como si fuera un vestido que cubre al hombre. Para trasla­
darse a la morada permanente hay que abandonar la tienda;
para vestirse el traje de gloria hay que desnudarse del traje
que se gasta y consume. Si suspiramos por ello, es que lo
consideramos real, porque alguien despierta nuestra concien­
cia. No es casa que los hombres construyen ni vestido que
los hombres tejen. Estamos destinados a recibir la inmorta­
lidad como don de Dios por la acción del Espíritu. Dejemos
al Espíritu que sople en nuestra conciencia, que encienda
nuestros suspiros, que nos vaya desnudando y disponiendo.
El tercer párrafo nos resultará más fácil. El hombre
domiciliado en el cuerpo vive desterrado de la patria; tiene
que desprenderse del cuerpo para estar con el Señor. Quien
dice «cuerpo» entiende todo lo corpóreo, incluida la mente,
condicionada por la corporeidad. Nuestra fantasía se alimenta
por los sentidos corporales; nuestras ideas y concepciones se
apoyan en las sensaciones para dar el salto, y muchas veces
tienen por objeto realidades corpóreas. Nuestros deseos se
dirigen a lo corpóreo o lo atraviesan para seguir más allá. Al
despojamos de todo eso, ¿quedaremos desnudos y en puro
espíritu? ¿Quedaremos en una intemperie de espíritus im­
pasibles? Más bien nos vestirán de otra corporeidad y vivi­
remos en la patria con el Señor. Mientras vivimos en este
cuerpo, tenemos una tarea trascendental, que prolonga sus
consecuencias hasta el momento decisivo y el futuro defi­
nitivo.
5,6 En consecuencia, siempre estamos animosos, aunque
sepamos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, es­
tamos desterrados del Señor, 7porque nos guía la fe, no la
vista. 8 A pesar de todo, estamos animosos, aunque prefe­
riríamos el destierro lejos del cuerpo y vivir con el Señor.
En todo caso, sea en este domicilio o en el destierro, nuestro
mayor empeño es agradarle, 10porque todos tenemos que
aparecer ante el tribunal del Mesías, y cada uno recibirá lo
suyo, bueno o malo, según se haya portado mientras tenía
este cuerpo.

— 182 —
Una frase de este tercer párrafo nos guía hacia otro pasa je
famoso de Pablo que hemos meditado en la primera parle y
que se lee en la carta a la comunidad de Filipos. En pleno
apostolado, Pablo se siente en tensión entre dos fuerzas
opuestas: tira de él hacia arriba el Señor, como fuerza de
gravedad alojada en el deseo. Tira de él la tarea apostólica
y el bien de sus encomendados. ¿Quién puede más? Flp 1,21.
No importa mucho la edad exacta de Pablo. Su enseñanza y
ejemplo valen plenamente para los ancianos.

— 183 —
11. Nicodemo

De Nicodemo nadie nos dice que fuera anciano. Pero,


como él hace una referencia a la vejez, vamos a hacerle sitio
en nuestra meditación. Es un fariseo conocedor de la ley,
maestro en Israel; ejercía algún cargo, era honesto y abierto;
sabe reconocer el valor de ese nuevo maestro itinerante a
quien llaman Jesús de Nazaret. Le pide una cita de noche.
¿Por qué de noche? Al no explicarlo, Juan deja un espacio
vacío y nos permite rellenarlo con nuestras motivaciones
plausibles.
Por ejemplo, una visita clandestina para no ser sorpren­
dido por otros fariseos. O bien, porque Jesús está muy ocu­
pado de día y ha de recurrir a la noche para orar y para
entrevistas personales. O bien por alguna reminiscencia del
AT referida a la instrucción nocturna:

Sal 16,7 Aun de noche me instruye internamente.

La visión o sueño nocturno de Jacob en Gn 28 y 31,24.


Salomón en 1 Re 3,5; Job 4,13.

O bien por el contexto próximo, pues la perícopa termina


con el tema de la luz: La luz vino al mundo, y los hombres
prefirieron las tinieblas a la luz.
Jesús entra enseguida en materia y aborda su propuesta
radical: hay que nacer de nuevo para ver el reinado de Dios.
Nacer no es enmendarse, sino comenzar una nueva existen­
cia. Sabemos lo que significa para los hebreos «desde el
vientre materno»: el nacimiento define naturaleza y destino.
Para ser ciudadanos del nuevo reino hay que nacer en él,
pues sólo el nacimiento da derecho de ciudadanía.

— 184 —
El narrador hace aquí que Nicodemo no entienda, paru
que nosotros entendamos mejor:
Jn 3,4 ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Podrá
entrar otra vez en el vientre de su madre y volver a nacer?

Lo mismo valdría para un adolescente o un niño: tampoco


ellos pueden entrar de nuevo en el vientre materno. La res­
puesta de Nicodemo extrema el caso: el viejo ya ha recorrido
su trayectoria vital, ya ha definido su destino; a él le toca
«reunirse con los suyos» (según el eufemismo de los hebreos).
Quizá cometa Nicodemo otro error: «entrar otra vez en el
vientre de su madre»: si es «de su madre», el nuevo naci­
miento repetirá y no cambiará. En el AT no encontramos un
antecedente ni remoto de un milagro semejante: nacer otra
vez. Algunos niños retornan a la vida (leyendas de Elias y
Elíseo). Un cantar de gesta, en un momento de exaltación,
dice que Josué mandó detenerse al sol (Jos 10), frenando el
tiempo, pero no volviendo atrás. En el reloj de Ezequías la
sombra vuelve atrás (Is 38).
Jesús corrige a Nicodemo y continúa. Yo hablo de un
verdadero nacimiento, del cual el natural es imagen apropia­
da. No de su madre natural, sino de otra madre cuyo vientre
es el agua, fecundada por el Espíritu. La fuente bautismal es
el seno materno de la Iglesia, que el Espíritu de Cristo fe­
cunda. Lo que de él nace recibe esa nueva naturaleza; De la
carne nace carne, del espíritu nace espíritu. ¿Y no es ese
nacimiento más maravilloso que el de la objeción de Nico­
demo? —Desde luego, pues en él se empeña el poder creador
de Dios. El Espíritu se cernía sobre las aguas, transformando
caos en cosmos. El Espíritu penetra en el agua, haciéndola
fecunda y provocando un nuevo nacimiento, una nueva crea-
tura.
Ahora bien, al aplicarse el caso de Nicodemo, los an­
cianos trasladan la objeción. Ya nacimos de nuevo en el
bautismo; ¿hay que renacer? —No somos anabaptistas. ¿Qué
podrá hacer un viejo? Vamos a buscar dos salidas: renovarse
y resucitar. Las dos emplean el morfema re— .

— 185
Primera. Volvamos espiritualmente a las aguas bautis­
males, como a manantial de vida, para recobrar fuerzas y
vitalidad: Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis
fuerzas: Sal 23,3. Acudir al costado de Cristo, del que brota
agua vivificante. Nacer es abrirse a innumerables posibili­
dades: un niño puede aprender cualquier lengua en cuyo es­
pacio crezca; es decir, todas son posibles para él, aunque no
sumadas. Posibilidades de las que realizará algunas y anulará
muchas. La lengua no es más que un ejemplo. Puede aprender
una segunda y una tercera, etc., a lo largo de la vida. Cada
etapa de la vida presenta un abanico de posibilidades. Tam­
bién la vejez. A los setenta y más años muchas cosas están
todavía por hacer: conocimientos, acciones, experiencias. Si
nacer es comienzo, novedad, cada nuevo comienzo tiene algo
de nacimiento.
Gregorio de Nisa, en su obra Vida de Moisés, dice que
todo lo que está sujeto a cambio, en cierto sentido continua­
mente nace. Y añade que, en cierto modo, nosotros somos
nuestros propios padres que nos engendramos al elegir libre­
mente. Eso es más cierto en el reino del Espíritu: si el anciano
no puede volver a entrar en el seno materno, el Espíritu puede
entrar en el anciano.
Segunda. Es legítimo y bíblico concebir la resurrección
en el símbolo del nacimiento. La palabra griega prototokos
significa en español primogénito, primer nacido (tiktein=dar
a luz). Pues bien, Jesuscristo, que es el primogénito de la
creación, el primogénito de la humanidad, es también el
primogénito de los muertos por la resurrección. Leamos se­
guidos estos textos:

Col 1,15 Es imagen de Dios invisible, primogénito de


toda la creación.
Rom 8,29 Dios los eligió primero, destinándolos desde
entonces a que reprodujeran los rasgos de su Hijo, de modo
que éste fuera el primogénito de una multitud de hermanos.
Col 1,1-18 Él es el principio, el primogénito de los muer­
tos (el primero en nacer de la muerte).

— 186 —
Ap 1,5 Jesucristo, el testigo fidedigno, el primogénito de
los muertos.

En las dos últimas citas, el griego usa la partícula ek, que


indica el «lugar de donde», sugiriendo que el resucitado nace
el primero del lugar de la muerte. El mismo término proto-
tokos se lee en Lucas 7,6: María dio a luz a su hijo primo­
génito. Y ya tenemos la ecuación simbólica, que explotaron
los Padres de la Iglesia: como Jesús nace el primero de María,
nace el primero del seno de la muerte. Sale del vientre intacto
de María y sale del sepulcro nuevo excavado en la roca. El
sepulcro es como el seno de la tierra madre. Nace para vivir
y morir; resucita, renace para vivir por siempre.
Ahora bien, Jesucristo es el primogénito entre muchos,
porque comunica la fuerza de su resurrección (Flp 3,10) a
los que creen en él, a sus hermanos. Con la fuerza del Espíritu
los hace renacer para la vida perdurable. Así lo leemos en el
libro de Isaías, en la gran Escatología. Primero anuncia que
El Señor aniquilará la muerte para siempre (25,8). Más
adelante lo explica usando y transformando un símbolo tra­
dicional en varias culturas:
26,19 Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán,
despertarán jubilosos los que duermen en el polvo.
Porque tu rocío es rocío de luz,
y la tierra de las sombras parirá.

La tierra madre, que esconde celosamente los cadáveres de


los muertos, preñada por el rocío luminoso del cielo, entrará
en trance y dará a luz a los muertos, vivos. Resucitar es nacer
de nuevo para una vida nueva y definitiva.
Y ahora, ¿repetiremos la objeción de Nicodemo? Un
viejo no puede nacer de nuevo, no puede entrar en el seno
de su madre para volver a salir. — ¡Alto! un viejo entrará por
la muerte en el vientre de su madre común, la tierra, para
nacer por la virtud del Espíritu.
Rom 8,11 Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la
muerte habita en vosotros, el mismo que resucitó al Mesías

— 187 —
dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de ese Es­
píritu que habita en vosotros.

El viejo puede, va a nacer de nuevo. Es el misterio de su


esperanza, que muchos no comprenden porque no comparten
su fe. Es que
Jn 3,8 El viento sopla donde quiere: oyes el ruido, pero
no sabes de dónde viene ni adonde va. Eso pasa con todo el
que ha nacido del Espíritu.

El que cree y espera sí sabe de dónde viene y adonde va. En


cambio,
Sab 3,2 La gente insensata pensaba que morían, consi­
deraba su tránsito como una desgracia,3y su partida de entre
nosotros como una destrucción. Pero ellos están en paz.

Era de noche cuando Nicodemo fue a conversar con Jesús.


Se va haciendo de noche en nuestra vida, y acudimos a
conversar con Jesús, porque él ha bajado del cielo para en­
señamos la doctrina del nuevo nacimiento, que es una doc­
trina celeste:
Jn 3,11 Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Pues
sí, te aseguro que hablamos de lo que sabemos, damos tes­
timonio de lo que hemos visto...
13 Nadie ha estado arriba en el cielo, excepto el que bajó
del cielo.
16 Porque así amó Dios al mundo, dando a su Hijo único,
para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que
creen en él.

— 188 —
TERCERA PARTE

PAGINAS
DE
EJERCICIOS
1. Principio y Fundamento

Alabar: El anciano está completando su existencia, dan­


do los últimos toques a la vida. De sus innumerables posi­
bilidades iniciales ha realizado unas cuantas, selectivamente.
De sus ilusiones ha visto cumplidas unas cuantas; otras han
terminado en desilusiones, ojalá serenas y sin amargura. Ya
no le quedan muchas posibilidades ni se hace muchas ilusio­
nes. Pero quizá ha adquirido un corazón sensato (Sal 90) y
ha comprendido que necesitaba el horizonte de mil posibi­
lidades para que se realizasen diez, que en el campo ancho
de muchas ilusiones granarían unas cuantas. Acepta esa ley
de la vida, y no se entrega a envidiar a los maduros que
hicieron más que él ni a los jóvenes que viven todavía de
ilusiones. Sin envidia ni amargura, es más capaz de alabar
lo bueno de otros; sin pueril vanidad, es capaz de reconocer
lo bueno suyo. Ha aprendido a alabar con más profundidad
y sinceridad.
De donde un modo más denso de alabar a Dios. Su
vocación humana (el hombre es creado) de alabar a Dios se
va a cumplir con sosiego y alegría. Mientras va bajando la
cuesta de la vida, deja a sus espaldas una ardua y grandiosa
montaña. A la sombra de recuerdos gozosos y al socaire de
tempestades, puede hacer recuento y alabar a Dios. Aunque
física y aun mentalmente vaya bajando la cuesta, espiritual­
mente puede subir a la cumbre para explayar la mirada. Ahora
contempla un horizonte vasto, ahora comprende el sentido
de muchos caminos tortuosos.
Yo te alabo, Señor, por la familia que me diste, por el
amor que unió a mis padres y me dio la vida. Te alabo por
la niñez inconsciente, por la lengua que aprendí para entrar
en la sociedad de mi pueblo, ordenar mi mundo y aprender

— 191 —
a pensar. Te alabo por la iluminación de mi conciencia de
hombre. Te alabo por las alegrías intensas o mansas y por
los dolores que, sin saberlo yo ni comprenderlo, me iban
templando. Te alabo por mi descubrimiento paulatino del
mundo, por las clases y los juegos, los compañeros y maes­
tros, por lo viajes y excursiones, por los miedos precursores
y las ansias indefinidas. Me haría falta al menos un año entero
de vejez para alabarte punto por punto de mi niñez. Y así
por la adolescencia y por la edad madura.
Te alabo, Señor, porque por el bautismo me tomaste
como hijo tuyo, me diste tu Espíritu Santo y me hiciste
hermano de Jesucristo y miembro de su Iglesia. Por la edu­
cación cristiana, el catecismo y la historia sagrada; por las
misas un tanto aburridas y por las confesiones acerbas de
vergüenza infantil. Por la primera comunión apenas com­
prendida, entrevista. Te alabo por la fe indistinta, por las
semillas de esperanza, por la difícil y gozosa caridad.
Al desgranar en tu presencia ese rosario de alabanzas,
sube la marea de la nostalgia y amenaza anegarme; mientras,
Tú me mantienes a flote con la seguridad de que, si la nos­
talgia transfigura todo el pasado, más lo transfigura tu bondad
paternal, manantial de ese mar de mi vida. No es sólo mi
nostalgia senil, sino tu Espíritu quien acarrea a mi memoria
los recuerdos para que se conviertan en pura alabanza. No
son rosas marchitas de rosario que giran por última vez; el
recuerdo vuelve a florecer en la alabanza tuya. El hombre es
creado, el anciano vive todavía para alabar a Dios nuestro
Señor. Yo te alabo porque me concedes el gozo último de la
alabanza.
El curso de mi vida quedó en cierto modo definido al
concluir la adolescencia y primera juventud: matrimonio o
sacerdocio o vida religiosa, una carrera o un oficio. A partir
de entonces, una larga etapa dominada por el ritmo cotidiano,
animado en momentos de intensa exaltación.
Yo, casado o casada (quizá viudo o viuda), te alabo
porque el amor conyugal marcó el ritmo de mi vida que fue

192 —
madurando. Porque nos hiciste dos en uno, cada vez más
unidos, a pesar de fricciones e incomprensiones. Y te alabo
por el gozo desbordante, por el misterio casi insoportable de
la maternidad o paternidad. Amando a mi esposo o esposa,
comprendí algo del amor de Cristo a su Iglesia. Amando
irremediablemente a mis hijos, llegué a vislumbrar tu amor
de Padre. Por ello y por ellos te alabo, mi Señor. También
porque, desempeñando un oficio, no sólo gané el sustento
de mi familia, sino que contribuí al bienestar de la sociedad
que tú quieres. La familia ha crecido y se ha dispersado,
algunos faltan; el oficio se ha terminado con la jubilación.
Ahora todo se congrega en mi memoria para subir en forma
de alabanza a ti.
Yo, sacerdote, religioso o religiosa, te alabo porque me
consagraste y me acercaste a ti: Dichoso el que eliges y
acercas para que viva en tus atrios (Sal 65,5). Vale más un
día en tus atrios que mil en mi casa (Sal 84,11). Porque me
llamaste a una oración más íntima y a administrar tus sacra­
mentos y a predicar tu palabra: Cuando recibía tus palabras,
las devoraba; tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima (Jr
15,16). Te alabo por los carismas particulares de mi profe­
sión, y con ellos te alabo por el don del Espíritu: La mani­
festación particular del Espíritu se le da a cada uno para el
bien común... Todo eso lo activa el mismo y único Espíritu,
que lo reparte dando a cada individuo en particular lo que
a él le parece (1 Co 12,7.11).
Para este canto mío de alabanza quiero congregar a todas
tus criaturas, que he ido encontrando o conociendo en mi
vida:

Sal 148,1 ¡Aleluya! Alabad al Señor desde el cielo,


alabad al Señor en lo alto;
2 alabadlo todos sus ángeles,
alabadlo todos sus ejércitos.
3 Alabadlo, sol y luna,
alabadlo, estrellas lucientes,
4 alabadlo espacios celestes
y aguas que cuelgan en el cielo.

— 193 —
5 Alabad el nombre del Señor,
porque él lo mandó, y quedaron creados;
6 les dio consistencia perpetua
y una ley que no pasará.
7 Alabad al Señor desde la tierra,
cetáceos y todos los océanos;
8 rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes
9 montes y todos los collados,
árboles frutales y cedros;
10 fieras y animales domésticos,
reptiles y pájaros que vuelan;
11 reyes y pueblos del orbe,
príncipes y jefes del mundo;
12 jóvenes y también doncellas,
los viejos junto con los niños.
13 Alabad el nombre del Señor,
el único nombre sublime.

Hacer reverencia es respetar profundamente, con un


leve componente de temor.
En las culturas antiguas se respetaba o reverenciaba el
anciano: por sus años, por una salud que había superado
enfermedades y accidentes, por el cúmulo de conocimientos
y experiencia que había acumulado, por su acierto en dic­
taminar y su prudencia en aconsejar. Él atesoraba la tradición
oral de los antiguos y la transmitía a los sucesores. Era centro
social de convergencia y difusión. A él acudían reverentes
los demás, pues tenía algo de sacerdote, de juez o árbitro,
de pacificador. Al crecer la longevidad media y al multipli­
carse los ancianos, nuestra cultura ha perdido el respeto y
reverencia debidos a los ancianos. Pero no se ha perdido del
todo, por lo que podemos apelar a una experiencia real,
aunque privilegiada.
Aislemos ese sentimiento y actitud, multipliquemos
cuanto podamos su profundidad e intensidad, y compren­
deremos algo de lo que significa hacer reverencia la creatura
al Creador. El anciano pide ser respetado: cuánto más deberá
él respetar a su Dios. Por otra parte, el anciano siente en su

— 194 —
debilidad su condición de criatura y puede dirigirse con hu­
milde reverencia a su Creador.
Si bien Dios no está confinado a tiempo ni espacio, el
AT puede representar a Dios como el anciano de días, alu­
diendo simbólicamente a su vida sin principio, anterior a
todo.
Mal 1,6 Honre el hijo a su padre, el esclavo a su amo.
Pues si yo soy Padre, ¿dónde queda mi honor?
Si yo soy dueño, ¿dónde queda mi respeto?

Por la experiencia de una larga vida aprende el anciano


a respetar y hacer reverencia a Dios, y eso es actitud más
que acto. Si alabar se articula en la serie de grandezas y
beneficios, respetar se hace en silencio inmóvil. Quieto y sin
prisas, sosegadas las pasiones, el anciano se coloca en pre­
sencia de Dios con todo respeto y reverencia. En esa actitud
simple, silenciosa, no fatigosa, está cumpliendo su destino
de hombre: el hombre es creado para hacer reverencia a
Dios. Está ocupando su puesto de criatura, quizá con más
conciencia que nunca. Y si está cumpliendo mejor su destino,
sus años no son decadencia, sino plenitud.
Quizá él o ella haya sido padre o madre y ha recibido
el respeto de sus hijos; quizá haya sido sacerdote y ha recibido
el respeto de sus encomendados; o ha sido religiosa, enfer­
mera, maestra, y ha sabido hacerse respetar por aquellos a
quienes atendió. Es hora de que, con el respeto correspon­
diente y multiplicado, se vuelva a Dios.
Señor, no me duele, no me cuesta ponerme en tu pre­
sencia con respeto reverente. Sin esfuerzo ni fatiga míos,
siento madurar mi vida al sol de tu grandeza. Sin más que
estar, sin más que dejarme, tú me vas madurando hasta que
caiga maduro en tus manos: A tus manos encomiendo mi
vida.
Servir: Dice San Ignacio que el hombre es creado para
servir a Dios. ¿Qué significa esa sentencia? ¿Puede una cria­
tura servir de algo a Dios?

— 195 —
En algunas religiones antiguas se decía que la divinidad
creó al hombre como criado suyo, para poder holgar. Los
hombres trabajarían para que los dioses gozaran y descan­
saran. Los sacrificios servían para alimentar, las libaciones
para calmar la sed, el culto para asegurar el ocio divino. Los
hombres eran así útiles, servían a los dioses.
Una concepción tan rastrera de la divinidad no se sos­
tiene a la larga en Israel, aunque no se borren del todo sus
huellas. Si en textos cúlticos se habla de aroma que aplaca
(el aroma de la carne asada de los sacrificios), el salmo 50
corrige polémicamente toda interpretación material:

12 Si tuviera hambre, no te lo diría,


pues el orbe y lo que encierra es mío.
13 ¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?

Ese mismo salmo introduce como alternativa válida la buena


conducta, el cumplimiento de los mandamientos; con lo cual
el problema no queda resuelto. Con mi buena conducta ¿pres­
to yo un servicio real a Dios?
Job 22,2 ¿Puede un hombre ser útil a Dios?
¿puede un sabio serle útil?
3 ¿Qué saca el Todopoderoso de que tú seas justo
o qué gana si tu conducta es honrada?

En un texto polémico, Is 43,23, dice el Señor: Yo no te


avasallé exigiéndote ofrenda ni te cansé pidiéndote incienso.
«Avasallar» es someter a servicio o a esclavitud.
Mientras el Hijo de Dios vivió entre nosotros, su madre,
Marta y María y otras mujeres pudieron prestarle servicios
útiles. La suegra de Pedro, curada, se levantó y se puso a
servirle: Mt 8,15; Marta servía: Jn 12,2; cuando él estaba
en Galilea, lo seguían y lo atendían: Me 15,41; muchas
mujeres le ayudaban con sus bienes: Le 8,3. Pero a Cristo
glorificado, a Dios, ¿en qué podemos serles útiles?, ¿para
qué nos necesita?

— 196 —
Quizá servir a Dios consista en colaborar en su proyecto
y en servir a otros hombres. Puesto que Dios ha creado, la
creación tiene que retomar de algún modo al Creador. El
hombre es el último y superior anillo, que por el reconoci­
miento y la alabanza reconduce las creaturas al Creador. La
alabanza es, por tanto, servicio.
Además, dentro de la creación Dios tiene un proyecto
para los hombres: Quiere que todos los hombres se salven y
lleguen a conocer la verdad: 1 Tim 2,4. En la realización
concreta, histórica y metahistórica de ese proyecto, el hombre
puede prestar sus servicios a Dios. O, dicho de otro modo,
Dios toma como hechos a él tales servicios.
Cuando éramos jóvenes, ¡con qué ansia esperamos, con
qué ilusión recibimos el primer empleo!: una persona o en­
tidad nos tomaba a su servicio y nos pagaba nuestros servi­
cios. Servíamos de algo y nos lo reconocían. Pues bien, por
el hecho de ser hombres, Dios nos toma a su servicio: El
hombre es creado para servir a Dios. Puede haber grados
en este servicio, por cercanía o extensión. En otros tiempos
se decía que los mozos iban «a servir al rey», con lo cual se
significaba el servicio militar; los ingleses hablan de un ser­
vicio civil, civil servant, a la comunidad ciudadana; también
llaman Service al culto. Los apóstoles se dedicaban casi ex­
clusivamente a predicar el evangelio. Pablo reservaba algo
de tiempo al trabajo artesano para ganarse el sustento; aun
aquello era servicio al evangelio, al no ser gravoso a los
fieles; les servía sin servirse de ellos.
Hoy sacerdotes y religiosos se dedican primariamente
al servicio de Dios, lo cual no excluye el servicio activo a
los demás. Porque al evangelio de Dios se le sirve de muchas
maneras, en muchos puestos y actividades:
1 Co 12,17: Si todo el cuerpo fuera ojos, ¿cómo podría oir?;
si todo el cuerpo fuera oídos, ¿cómo podría oler? 18Pero de
hecho Dios estableció en el cuerpo cada uno de los órganos
como él quiso. 19Si todos ellos fueran el mismo órgano, ¿qué
cuerpo sería ése? 20Pero no, de hecho hay muchos órganos
y un solo cuerpo.

— 197 —
¿También los ancianos deben, pueden servir a Dios? Él
los ha tomado a su servicio y no los licencia ni los jubila.
Quizá la jubilación civil les deje más tiempo para servir a
Dios, con lo cual compensan la falta de energías. ¿Y cuándo
el anciano ya no sirve? Me han olvidado como a un muerto,
soy un cacharro inútil: Sal 31,13. Muchos hijos procuran
hoy relegar a los padres ancianos a un pisito, a un asilo o
residencia de tercera edad. Si no sirven a los hijos, a la
sociedad, ¿podrán servir a Dios? Por otra parte, muchos pa­
dres y suegros, abuelos y abuelas, ven reconocidos sus ser­
vicios en las familias: se ocupan de los nietos, congregan a
los hermanos, suavizan tensiones, resuelven problemas per­
sonales... Cuántos servicios podrían prestar a la Iglesia mu­
chos jubilados, sirviendo así a Dios... Al no ser aceptados
por la pequeña familia, sirviendo a la gran familia de Cristo,
podrían sentirse útiles unos años más:

Mt 12,48 ¿Quién es mi madre y quiénes son mis her­


manos? 49 Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo:
Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple
la voluntad de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y
hermana mía y madre.

El anciano, por ser hombre, sigue viviendo para servir a


Dios.
Lo peor no es que ya no sirvan; es que muchas veces
son una carga, sirven de estorbo. ¿También serán estorbo
para Dios? Pongamos el caso de enfermedad, invalidez, su­
frimiento: ¿A quién alquila uno su dolor? No hay empresa
humana que pague un sueldo y primas por el puro hecho de
sufrir sin producir. No es así Dios. San Pablo decía

Col 1,24 Ahora me alegro de sufrir por vosotros, pues


voy completando en mi carne mortal lo que falta a las pe­
nalidades del Mesías por su cuerpo, que es la Iglesia.

El dicho se puede adaptar y ampliar. Dios puede servirse de


nuestras dolencias y dolores, no menos que de nuestro trabajo

— 198 —
y sudores, para realizar sus proyectos. También el enfermo,
por ser hombre, sufre para servir a Dios.
El niño necesita el servicio de los mayores y no se siente
humillado por ello. El anciano, especialmente si fue traba­
jador y servicial, se siente humillado cuando tiene que pedir
la limosna de servicios ajenos. Verse reducido ante los demás
a la impotencia, saberse desvalido y confesarse necesitado,
es un dolor que devora calladamente:
Job 4,3 Tú que a tantos instruías
y fortalecías los brazos inertes,
4 que con tus palabras levantabas al que tropezaba
y sostenías las rodillas que se doblaban,
5 hoy que te toca a ti ¿no aguantas?,
¿te turbas hoy, que todo te cae encima?

Pues también con esa humillación ha de servir a Dios: de­


jándose servir humildemente, servirá a Dios. ¡Si el mismo
Señor se ha puesto a nuestro servicio! Mozos y robustos eran
los apóstoles, y, sin embargo, Jesús se arrodilló a lavarlos
los pies, y estaba entre ellos como quien sirve. También Pedro
tiene que dejarse lavar los pies, prestando con su docilidad
un servicio a quien le sirve.
¡Si hasta aceptar la muerte y recibirla puede ser acto de
servicio! Lo entendemos fácilmente en términos de patrio­
tismo o en el terreno cívico: morir por la patria en la batalla,
morir por salvar a otros en una calamidad pública. ¿Qué
mayor acto de servicio amoroso que morir mártir por Cristo?
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos:
Jn 15,13. Pues hay una versión paralela, en tono menor, que
es aceptar con plena conciencia la muerte cercana, próxima,
como último acto de servicio a Dios:
Rom 14,8 Si vivimos, vivimos para el Señor.
Si morimos, morimos para el Señor,
en la vida y en la muerte somos del Señor.

Y mediante esto salvar su alma. La frase de Ignacio se


presta a diversas lecturas. La primera, que puede sonar como

— 199
más tradicional, distingue alma y cuerpo, según la dicotomía
griega, y se fija en la salvación escatológica, la que viene
después de la muerte. Esta lectura se puede parafrasear así:
Sirviendo a Dios en esta vida corporal, el hombre asegura la
supervivencia del alma en el cielo. Aunque el cuerpo se
pierda, se salva el alma; aunque la vida terrestre termine,
comienza una vida celeste perdurable.
La segunda lectura traduce salvar su alma por salvar la
vida. En efecto, el animal da pleno sentido a su vida sim­
plemente viviéndola. Se funde con su mundo, se ajusta a su
medida temporal, desempeña sus funciones hasta el acto final
de morir y desaparecer. El hombre, en cambio, tiene que
llenar de sentido su vida, como se llena un frasco de licor
precioso o de perfume exquisito. El hombre llena de sentido
su vida desde arriba, o sea, desde la conciencia y libertad.
Dando sentido a su vida, la salva, no pierde el tiempo que
le han asignado ni deja vacía su capacidad. ¿Cuál es la medida
de capacidad del hombre? Quizá tenga cuatro dimensiones:
es física, es mental, es ética, es espiritual. Por las tres pri­
meras se salva esta vida limitada; por la cuarta se asegura el
salto final hacia la plenitud de una vida con Dios. Sirviendo
a Dios enteramente, el hombre está llenando la capacidad de
sentido de esta vida presente y está ensanchando la capacidad
de plenitud futura y perdurable. Salvar el alma, salvar la
vida, tiene sentido más rico y complejo en esta segunda
lectura.
¿Qué dice a esto el anciano? En una primera lectura: ya
que no puedo salvar este cuerpo, que se me desmorona entre
las manos, salve yo el alma inmortal. Ya que he perdido
tanto tiempo en la vida, salve yo la eternidad. Me quedan
unos años para asegurarla. Procuraré ser dócil al arrepenti­
miento, sujetaré mis pasiones ya debilitadas. Ha sonado el
grito de ¡sálvese el que pueda! Tal es la respuesta en el
contexto de la primera lectura.
La segunda lectura se vuelve más exigente. Si hasta aquí
he dejado mi vida vacía de sentido auténtico, ahora tengo
que empeñarme en compensar el tiempo perdido para llenar

— 200 —
el triste vacío. Si hasta aquí, con altibajos y mezquindades,
he llenado sólo a medias mi vida de sentido, en adelante
tengo que completar lo que ha quedado medio lleno o medio
vacío. Si hasta aquí, en cuanto cabe, he llenado de sentido
cristiano mi vida, en adelante apuraré el servicio para llenar
la capacidad de mi existencia.
En estos años de la tercera edad no ha de reinar el miedo
a perder lo ganado, a quedarse con el vaso vacío. Debe
dominar el deseo de llenarlo hasta los bordes. También estos
años que me quedan de vida tienen que llenarse de sentido.
Son un tramo de vida, el último, que tengo que salvar. Re­
cordemos lo que dice San Juan de la Cruz: Por la tarde os
examinarán en el amor. No son las puras prestaciones hu­
manas las que salvan la vida, sino el servir a Dios nuestro
Señor.
Jesús probablemente vivió poco más de treinta años. Su
corta vida está tan llena de sentido que de su plenitud se
llenan todos los demás (Jn 1). María pasó probablemente de
los sesenta —según una tradición— y tuvo una vida colmada.
No salvó el alma aparte, sino también el cuerpo por la Asun­
ción. De Juan Evangelista se dice que murió anciano: su vida
estuvo llena de evangelio, y con su evangelio cuántas vidas
ha salvado. Pablo emplea una imagen deportiva:

2 Tm 4,6 Por lo que a mí toca, estoy para derramar mi


sangre y no me falta mucho para soltar las amarras. 7He
competido en noble lucha, he corrido hasta la meta, me he
mantenido fiel. Ahora ya me aguarda la merecida corona
con la que el Señor, juez justo, me premiará el último día;
y no sólo a mí, sino a todos los que anhelan su venida.

Los años del anciano pueden ser humanamente improducti­


vos; cristianamente, no han de ser pérdida de tiempo ni de
eternidad.
Y todas las otras cosas son creadas para el hombre,
para que le sirvan en la consecución del fin para el que fue
creado.

— 201 —
El hombre vive y se realiza en este mundo en relación
con los seres de la creación. Es su destino. Si él ha de servir
a Dios, lo demás le servirá a él para, sirviendo a Dios, salvar
su alma. Su relación con los seres del mundo es múltiple:
unos los consume, otros los utiliza, otros los contempla...
Ha de dominar la tierra sometiéndose a sus leyes. Explota
los recursos de materia y energía, humaniza animales do­
mesticándolos; humaniza cuanto observa transformándolo en
lenguaje. No sólo recibe las cosas creadas, sino que crea o
elabora otros muchos productos humanos: labrando campos,
fabricando instrumentos, creando obras de arte. Todo le ha
de servir, y lo que parece más inútil o gratuito, como el arte,
puede dar más sentido a su existencia. Se relaciona con otros
hombres, pero no debe servirse de ellos como medios o ins­
trumentos. Se relaciona con Dios como su principio y fin.
En todo el uso y la contemplación de lo creado por Dios o
producido por el hombre, ha de instaurar el sentido ético y
religioso, para que las criaturas le sirvan en su servicio a
Dios. Dentro de este panorama, ¿dónde se sitúa el anciano?
Contemplando. Desde que empezó a descubrir el mundo
con ojos infantiles, apenas estrenados, ha viajado y ha visto:
inmediatamente, como espectador; mediatamente, por los
medios de comunicación. La televisión ha ensanchado su
campo de contemplación. Ha oído rumores y cantos de la
naturaleza y ha escuchado música; quizá sepa de memoria
muchas piezas musicales. Puede sentirse cansado: lo ha visto
todo, quedan pocas novedades. Pero, si ha desarrollado su
capacidad de observar y contemplar, podrá descubrir todavía
muchas criaturas dignas de ser contempladas. Podrá repasar
con sosiego y gozo lo ya visto. Volverá a visitar parajes y
ciudades, museos y conciertos. Quizá ahora le queda más
tiempo, aunque no tenga tantas energías. Alabando a Dios
por lo que contempla, el anciano se sirve rectamente de la
creación.
Usando. Materias de la tierra convertidas en vivienda,
calles y carreteras, banco de paseo o parque. Energía del
cosmos que le da luz y hace funcionar sus aparatos domésticos

— 202 —
o ciudadanos. Quizá esa energía compense el declinar de su
energía corporal. Quizá materias vegetales o químicas se
transformen en medicinas con que paliar sus achaques.
Abstenerse. La ética y la dietética le imponen todavía
renuncias poco gratas. Algunas criaturas vedadas a él pueden
estar a su servicio indirecto, en cuanto sirven a las personas
que lo rodean y ayudan y alivian.
Lo que él ha creado o producido: los alumnos que ha
formado, los libros que ha escrito, las obras de arte que ha
ejecutado, objetos de albañilería, de ingeniería, autos, sillas,
calzados, sombreros, lentes, documentos jurídicos... Han
servido a otros, ¿le sirven también a él? Recuerdo placentero,
satisfacción por lo bien hecho, efectos beneficiosos que ahora
revierten en él.
Rodeado de tantas cosas creadas, el anciano se encuentra
en una encrucijada vital: afán de acumular o desprendimiento
progresivo. Hay'ancianos que lo guardan todo, que se aferran
a sus posesiones, como si fueran tentáculos para aferrarse a
la vida. O nadan en el recuento y contento de las obras
realizadas durante la vida. El poseer es-un acto de dominio,
el recordar es operación vital. Pero el afán posesivo es pe­
ligroso: multiplica objetos que se poseen sin ser usados, de
modo que las posesiones anegan al poseedor. ¿Es eso servirse
de las criaturas para servir al Creador?
En sentido contrario actúa el desprendimiento. Ir rega­
lando o cediendo lo que en breve hemos de abandonar de­
finitiva y totalmente. Contentarse con pocas cosas. Sea nues­
tro disfrute ver cómo otros disfrutan del objeto de nuestra
renuncia; ver cómo otros saborean el bocado que nosotros
hemos respetado. Nada nos hemos de llevar, sólo queda lo
que damos.
Ecl 5,9 El codicioso no se harta de dinero, el avaro no lo
aprovecha: también eso es vanidad.
12 Hay un mal morboso que he observado bajo el sol:
riquezas guardadas que perjudican al dueño.
14 Como salió del vientre de su madre, así volverá: des­
nudo; y nada se llevará del trabajo de sus manos.

— 203 —
En cuanto a las obras que hemos hecho, nuestra mayor sa­
tisfacción no es haberlas hecho nosotros, sino saber que apro­
vecharán a otros. Para volar muy alto hay que reducir el
equipaje. Para el último vuelo, sublime, vayamos arrojando
lastre.

Le 12,16 Las tierras de un hombre rico dieron una gran


cosecha. Él estuvo echando cálculos: ¿qué hago? No tengo
donde almacenarla. 18 Y entonces se dijo: Voy a hacer lo
siguiente: derribaré mis graneros, construiré otros más gran­
des y almacenaré allí el grano y las demás provisiones.
19 Luego podré decirme: Amigo, tienes muchos bienes al­
macenados para muchos años: túmbate, come, bebe y date
la buena vida.
20Pero Dios le dijo: —Insensato, esta noche te van a reclamar
la vida. Lo que has preparado ¿para quién será?
21Eso le pasa al que amontona riquezas para sí y no es rico
para Dios.

Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las


cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de
nuestro albedrío y no le está prohibido. Solamente deseando
y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos
criados.
Desde la altura y distancia de nuestra edad miramos
hacia atrás y hacia abajo, y descubrimos un camino tortuoso,
hecho de innumerables encrucijadas. Toda la vida hemos
estado tirando a la derecha o a la izquierda, retrocediendo a
veces, avanzando lentamente. ¿Cuál ha sido el criterio de
nuestras innumerables elecciones? Con demasiada frecuencia
hemos atendido a un objetivo próximo: más ganancia, más
bienestar, más prestigio, más poder, más placer... Apartá­
bamos así la mirada del objetivo último del viaje. Nuestras
elecciones estaban prejuzgadas por nuestras inclinaciones.
Ante la reiterada bifurcación de dos caminos, no estudiába­
mos el mapa para orientamos. Internamente habíamos de­
cidido ya tirar por el más cómodo, aunque nos desviase o
nos retrasase.

— 204 —
Para escoger el camino acertado, hay que ser libres, es
decir, no esclavos de nuestras preferencias. Ser libres es ser
indiferentes al dominio creciente de las inclinaciones natu­
rales. Por eso dice Ignacio que hay que hacerse indiferentes,
lo cual es una llamada a la difícil libertad. Hasta cierto punto
tenía razón Lutero cuando hablaba de «albedrío esclavo»,
haciéndose eco de Romanos 7. Si radicalmente somos libres,
nos hicimos esclavos. Tenemos que conquistar la libertad
haciéndonos indiferentes.
¿Y en la tercera edad? Quizá nos cueste menos hacernos
indiferentes en muchas cosas, en virtud de la edad. Con los
años pierden sensibilidad nuestros sentidos: no sólo vista y
oído, sino también gusto y olfato. No sé si disminuye también
el sentido físico del dolor. También pierden intensidad nues­
tras emociones: una mala noticia nos impresiona menos,
nuestro gozo es temperado. Y así, por la pérdida de sensi­
bilidad, nos cuesta menos hacemos indiferentes. Pero no lo
somos, tenemos que seguir haciéndonos. A nuestras pasiones
y ambiciones ha sucedido la satisfacción de unas, el desen­
canto de otras. En ese nuevo clima espiritual es más fácil
hacerse indiferentes. Con tal de querer...
¿Es que con los años nos volvemos estoicos?; ¿o será
que los estoicos miraban a la vida con ojos de anciano?
Ignacio pone cuatro casos de indiferencia bastante signifi­
cativos:
.. .en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud
que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor,
vida larga que corta.

En su tiempo, una vida de 65 años (nuestra jubilación) era


larga; hoy nos parece larga si llega a ochenta. Pero, si re­
pasamos despacio los años que hemos vivido, como hicimos
en la meditación de la alabanza, veremos que nuestra vida
ha sido larga, llena de acontecimientos pequeños o grandes:
en la familia, la sociedad, el mundo... Un botón de muestra:
las cosas que se han inventado durante los años de nuestra
existencia. Vimos nacer las radios de galena, y hoy nos parece

— 205 —
normal la televisión en color de alcance planetario. Vimos
los giros adolescentes del automóvil, y hoy el hombre ha
pisado la luna y enviado sondas a planetas. Medida en acon­
tecimientos, nuestra vida ha sido larga. Nos la ha concedido
Dios, no la elegimos nosotros. ¿Habría sido mejor una vida
corta? ¿Será mejor que se prolongue? En vez de aferramos
a una vida que cada vez nos ofrece menos, debemos hacemos
indiferentes.
A la cuaterna de Ignacio podemos añadirle otro caso:
soledad o compañía. El que fue famoso se siente dolorosa­
mente olvidado; el que era rico no disfruta de lo que posee;
el que tuvo salud sufre achaques... Una de las penas más
agudas y envolventes de la vejez puede ser la soledad. ¿Y si
por la soledad humana nos quiere atraer Dios a su cercana
compañía? ¡Por fin solos!, decían los novios terminado el
banquete, al emprender el viaje. ¿Será posible a nuestros
años fijar los ojos en Dios y decir: «por fin solos»?
En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

Pero indiferencia no es fin en sí, sino libertad conquis­


tada para elegir como es debido. En la vejez nuestras elec­
ciones tienen que ser más lúcidas y responsables. A medida
que se acerca el término del viaje, la ruta tiene que estar
trazada con más rigor, no nos podemos permitir desvíos ni
retrasos. Solamente deseando y eligiendo lo que más nos
conduce para el fin que somos criados. Ahí se le escapa a
Ignacio su querido adverbio «más»; o acaso lo escribe cal­
culosamente. El camino más recto, el más corto. Ya no basta
que conduzca de algún modo.
Is 30,21 Si desviáis a la derecha o a la izquierda,
tus oídos oirán una palabra a la espalda;
Ese es el camino, caminad por él.

— 206 —
2 . Pecado y perdón

Un marido puede sentirse en paz con su mujer o porque


le ha sido enteramente fiel o porque ella le ha perdonado su
infidelidad. En el segundo caso, el amor del marido se tiñe
de vergüenza por su conducta pasada, de agradecimiento por
el perdón recibido. Es posible que, a través del doloroso
proceso, su amor se haya consolidado y ahondado. En ade­
lante será siempre el marido perdonado y amante.
La comparación, con cambio de sexos, está tomada de
la literatura profètica: En Oseas, Isaías, Jeremías, Ezequiel,
el Señor es el marido fiel; Jerusalén, representante de la
comunidad, es la esposa infiel y perdonada. ¿Se aplica la
imagen a la Iglesia del NT, «sin mancha ni arruga»? La Iglesia
está en paz con Cristo no por inocente, sino por perdonada.
No hay un puesto donde la Iglesia pueda sustraerse a la cruz,
y la cruz es pecado nuestro y perdón divino.
En una querella de Dios con su pueblo, en imagen ma­
trimonial, el Señor comienza así:
Jr 2,2 Recuerdo tu cariño de joven,
tu amor de novia,
cuando me seguías por el desierto,
por tierra yerma.

¿Hasta qué momento de nuestra vida tenemos que remon­


tamos para rememorar un amor fiel y fervoroso a Dios? Un
fiel cristiano, a la primera comunión, a unos ejercicios, al
comienzo de un apostolado particular... Un sacerdote, a su
ordenación y primeros años de ministerio. Un religioso, a la
llamada acogida, al noviciado, a la profesión... El texto ci-

— 207 —
tado de Jeremías nos enseña que, desde el principio, todo
está planteado en términos de relaciones amorosas. Aunque
otros textos explotan más bien la relación simbólica de vasallo
a soberano, la visión profètica del amor es más profunda y
empalma mejor con NT. Oseas y Jeremías utilizan también
la relación simbólica de hijo a padre, también en términos
de amor. Imagen que culmina en la parábola del hijo pródigo.
Pecador perdonado. ¡Qué bien lo sabemos al llegar a la
tercera edad! Hora es de meditarlo sin prisas. Nuestra ver­
güenza de ancianos no es la vergüenza infantil, tan penosa
y difícil de superar. Nos cuesta menos confesar culpas, quizá
porque la vida nos ha enseñado a calibrar la mezquindad
humana. Mezquindad es palabra de doble filo. Lo mezquino
es despreciable, no es grande. Hemos oído o leído de alguien
que era o se confesaba «un gran pecador». Si el hombre es
tan pequeño y mezquino, ¿será grande solamente y preci­
samente en el pecado? Descartemos a los grandes y siniestros
criminales de la historia y nos quedaremos con una mayoría
de pecadores mezquinos. Hasta pecando somos vulgares y
pequeños.
Pero la mezquindad no debe conducimos a minimizar
la importancia del pecado. La grandeza o gravedad del pecado
la debemos medir confrontándolo con la cruz de Cristo. ¡Te­
rrible la culpa que crucificó a tal bienhechor! ¡Dichosa la
culpa que mereció tal redentor! En esta perspectiva, el pe­
cado, aunque mezquino, es cosa muy seria; su mezquindad
puede ser agravante, ya que sucede en el reino del amor. En
el reino de nuestra relación personal con Dios Padre y con
Jesucristo han sucedido, hemos cometido pecados. Para siem­
pre seremos los perdonados, porque imborrablemente fuimos
pecadores.
Con la pausa y la distancia, podemos hacer un repaso
de nuestra vida de pecadores perdonados. Sin bajar a detalles,
podemos observar zonas, etapas, algún punto particular. A
lo largo de tantos años de nuestra vida, ¡cuánta paciencia ha
tenido Dios con nosotros! Reiteradamente ha pedido Cristo
a su Padre: Perdónalos, porque no saben lo que hacen. Ex­

— 208 —
cusando, comprendiendo, intercediendo eficazmente. Uno
que ha sido padre, quizá también abuelo, sabe la pacienciu
cariñosa con que aguantó a su hijo. Pues esa paciencia en­
trañable es simple participación y reflejo de la de Dios, como
reza el salmo 103:
10 No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas...
13 Como un padre siente cariño por sus hijos,
siente el Señor cariño por sus fieles;
14 porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.
Oseas hace hablar a Dios como un padre que se querella con
su hijo Israel o Efraín:
11,1 Cuando Israel era niño, lo amé;
llamé a mi hijo cuando estaba en Egipto...
3 Yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en brazos,
y ellos sin darse cuenta de que yo los cuidaba...
4 Con correas de amor los atraía,
con cuerdas de cariño...
8 ¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte, Israel?...
Me da un vuelco el corazón,
se me conmueven las entrañas...
Jeremías presenta a Efraín contrito y avergonzado, y a Dios
que reacciona paternalmente:
31,18 Estoy escuchando lamentarse a Efraín:
Me has corregido y he escarmentado,
como novillo indómito.
Vuélveme y me volveré,
que tú eres el Señor mi Dios.
19 Si me alejé, después me arrepentí,
y al comprenderlo, me di golpes de pecho.
Me sentía corrido y avergonzado
de soportar el oprobio de mi juventud.
20 ¡Si es mi hijo querido, Efraín,
mi niño, mi encanto!
Cada vez que lo reprendo, me acuerdo de ello,
se me conmueven las entrañas
y cedo a la compasión.

— 209 —
Tengamos la valentía de confesamos como fuimos, de vemos
como somos: pecadores perdonados.
Con lo cual no pensemos que el asunto del pecado queda
atrás. Como si los años nos hubieran quitado también las
fuerzas para pecar. Sólo con la muerte moriremos al pecado
(parafraseando a Pablo: Rom 7). Lo que sucede es que los
pecados de los ancianos pueden ser diversos en sustancia o
en aspecto.
La vanidad puede acentuarse o perder sus inhibiciones.
Socialmente está mal alabarse, es feo y contraproducente
mostrar vanidad. El anciano puede verse libre de ese freno
social: a él le está permitido gloriarse en público, contar sus
hazañas o aventuras, como encajándose una aureola envidia­
ble frente a los demás. Astutamente deriva la propia alabanza
hacia el grupo o generación a que pertenece; englobado en
ellos, se envanece con disimulo. Puede ser que la astucia no
le valga, y que los demás sonrían ante su pueril vanidad.
El anciano puede volverse irritable. Al faltarle la elas­
ticidad para reaccionar positivamente a estímulos o contra­
tiempos, reacciona con la irritación. Y la irritación se vuelve
a veces contra él mismo. Ya no es él: no le responden las
fuerzas ni la memoria ni la atención, y se irrita. Con fre­
cuencia es la irritabilidad lo que más molesta del anciano;
por ella quieren a veces relegarlo a un asilo, apartado de la
familia.
Con todo lo que ha visto y vivido, el anciano debería
ser comprensivo, tolerante. ¿Lo consigue?, ¿lo intenta? Al
faltarle flexibilidad mental, porque no la practicó o porque
se le ha entumecido, no sabe comprender y aceptar formas
nuevas de vida. No se le pide que permita todo, que apruebe
todo; sí se desea que aprecie la ambivalencia de la vida
humana, su mezcla inevitable de bien y mal.
El egoísmo ingénito del hombre tomará en el anciano
formas especiales. Por ejemplo, exigiendo excesivas aten­
ciones. Ya que no es protagonista actuando, intenta serlo

— 210 —
padeciendo. Cuenta y recuenta sus penalidades, inflige una
letanía de quejas, si no injustificadas, al menos indiscretas.
No se trata de hacer aquí examen detallado de concien
cia. Aunque podría ser útil compilar una descripción de ten­
taciones propias de la vejez, para que los ancianos las me­
ditaran pidiendo: no nos dejes caer en la tentación. Unas
tentaciones ya pasaron, otras nos esperan. Conocerlas ayu­
dará a evitarlas o superarlas.
Y no perdamos de vista la cruz. Es un joven el que,
clavado, padece la tortura del odio. Entre sus enemigos hay
letrados y fariseos... y también «ancianos». Por todos su­
plica, a todos perdona.
A los pecados explícitos añadamos la maraña sumergida
de nuestras motivaciones, el tenebroso desorden de unos só­
tanos bajo un piso razonablemente aseado. Incluso lo bueno
o lo malo que hacemos está contaminado de cálculos, se­
gundas intenciones, reservas arteras. Hagamos de vez en
cuando la prueba preguntando: ¿por qué, para qué lo hago?
Freud nos ha enseñado a contar con el autoengaño, la repre­
sión, la sublimación. Antes de él, maestros espirituales ha­
bían entrenado a sus dirigidos en el análisis y penetración de
sí mismos. No hablamos de doble vida como acciones ex­
ternas en dos zonas separadas, sino de doble vida en dos
planos superpuestos, de acciones y motivaciones. El hombre
es el animal que quiere engañarse y nunca se cura del todo.
Nuestros pecados están perdonados. Una metáfora dice
«borrados», «cancelados»: como se borra algo escrito, una
deuda registrada, un delito en una ficha:
Is 43,25 Yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes
y no me acordaba de tus pecados.

El salmo 51, Miserere, dice: borra mi culpa. Una imagen


parecida, con el mismo verbo hebreo, es enjugar, disipar:
Is 44,22 He disipado como niebla tus rebeliones,
como nube tus pecados.

— 211 —
Como un viento que empuja y barre las nubes hasta dejar un
firmamento límpido y luminoso. Miqueas, habla de «pisar»
o «sojuzgar», y añade una gran comparación:
7,19 Sojuzgará nuestras culpas,
arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados.

Como escoria radioactiva arrojada al fondo del océano para


neutralizar su radiación mortífera. Otros textos hablan de
«tapar» o «cubrir», como quien «echa tierra» sobre un asunto,
como quien cubre con tierra la sangre para que no grite:
Sal 85,3 Has sepultado todos sus pecados.
32,1 Dichoso a quien le han sepultado el pecado.

Otros autores hablan de «lavar»: el corazón, Jr 4,14; los


pecados, Sal 51,4.9. Es frecuente la expresión «no recordar»,
«olvidar», por parte del ofendido o del juez, como el citado
Is 43,25 y estos otros:
Is 64,8 No recuerdes siempre nuestras culpas.
Sal 79,8 No recuerdes contra nosotros
las culpas de nuestros padres.
Ez 18,22 Sus culpas no se recordarán.

Doy por supuestos los múltiples casos en que se usan verbos


que significan simplemente perdonar.
Nos han indultado: ya no somos delincuentes; nos han
perdonado: ya no somos enemigos. Pero ¿qué sucede con las
consecuencias? En proporción diversa, nuestros pecados han
perjudicado a otros, pueden haber desatado un proceso que
continúa. Anulada la causa, no siempre cesa el efecto o las
consecuencias. El mal consejo, el mal ejemplo, la irritación
provocada, el rencor atizado, la discordia fomentada. La his­
toria no anula la libertad, pero la encauza, y nosotros hemos
sido parte de la historia. Si pudiéramos desenredar los hilos
de situaciones actuales lamentables, ¿no nos encontraríamos
en algún punto como protagonistas o cómplices del mal? No
se trata de especular inútilmente ni de angustiarse. Estamos

— 212 —
perdonados. Pero, globalmente, reconozcamos también las
consecuencias de nuestros pecados. —¿Que no las preveía­
mos? —Pues ha llegado la hora de mirar hacia atrás para ver
y reconocer lo no previsto.
Junto a los pecados de acción, recordemos los de omi­
sión, probablemente más abundantes. A Ezequiel lo hace
Dios responsable si omite avisar a sus paisanos:
33,7 A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la
Casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca,
les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado:
¡Malvado, eres reo de muerte!, y tú no hablas poniendo en
guardia al malvado para que cambie de conducta, el mavado
morirá por su culpa, pero a ti te pedirá cuenta de su sangre.

Encerrando mucho en una frase, dice Prov 3,27


No niegues un favor a quien lo necesita,
si está en tu mano hacérselo.

No vale alegar que no somos guardianes del hermano. Pues,


aunque estén perdonados y borrados y sepultados nuestros
pecados, ¡cuántos agujeros y vacíos hemos dejado en nuestra
existencia! ¿Será posible todavía rellenarlos? Al menos ¿po­
demos compensar de alguna manera? Sentirse perdonado pue­
de ser una incitación no sólo a la enmienda, sino a reparar
lo hecho y lo no hecho. El sentimos perdonados puede ser
peldaño para ascender en nuestra vida espiritual. Sentirse
perdonado puede ser un sentimiento agridulce, puede envol­
vemos en una sabrosa melancolía. Un maestro como Ignacio
nos invita a seguir preguntándonos: ¿Qué puedo hacer por
Cristo?

— 213 —
3. Infierno y Purgatorio

Invitado por San Ignacio, voy a detemerme brevemente


en estas meditaciones. No para desarrollarlas en su integri­
dad, sino seleccionando un punto concreto y ofreciendo al­
gunas reflexiones críticas.
Sorprende al exegeta el modo de citar sin crítica textos
del Antiguo y del Nuevo Testamento para probar o ilustrar
modos particulares de proponer estas meditaciones. Me voy
a fijar aquí en el fuego y la duración.
En el AT, el fuego es el instrumento de un castigo final,
definitivo, que acaba con el culpable, sea ciudad o individuo.
La destmcción de Sodoma se vuelve ejemplar y proverbial.
Si se dice que el fuego no se apaga, quiere decir que no se
apaga hasta consumir el combustible, que no se apaga a mitad
del proceso de combustión, que no se puede rescatar nada
de él. La cuarta fiera de Daniel (cap. 7) es descuartizada y
arrojada al fuego: es un imperio que deja de existir, en opo­
sición a otros que pierden el poder sin perder la existencia.
Cuando se quiere aplicar un castigo medido, se usa la vara,
que permite contar golpes y se puede romper una vez ter­
minado el castigo. En cambio, el fuego es el instrumento del
castigo escatológico. Al final del libro de Isaías se lee:
66,24 Al salir verán los cadáveres
de los que se rebelaron contra mí:
su gusano no muere, su fuego no se apaga,
y serán el horror de todos los vivientes.

Se trata de cadáveres, no de seres vivos torturados; la com­


binación de gusanos y fuego relativiza el valor realista de las
imágenes. La frase dice que la sentencia ha sido ejecutada y
que es definitiva. Cuando en Is 34 se describe el castigo

— 214 —
escatològico de Edom, el profeta presenta un país humeante,
desolado, despoblado:

34,9 Sus torrentes se transforman en pez


y el polvo en azufre,
su país se vuelve pez ardiente
10 que no se apaga de día ni de noche,
y su humo sube perpetuamente.
De edad en edad quedará desolada,
por siglos de siglos nadie transitará.

El fuego en el AT puede tener además un carácter psi­


cológico. La cólera ofrece, entre otros síntomas, un calor
que se siente en la nariz. Los hebreos ponen en la nariz (o
las narices) la sede de la cólera. Tanto que 'ap significa
«nariz» y «cólera», y se forma un sintagma harón ’ap que a
la letra significa «incendio de ira». Además, el término he­
breo ’ap-ira puede designar, por metonimia, la sentencia de
condena que pronuncia el juez. Lo objetivo que vemos no­
sotros como una sentencia, lo ve el hebreo como subjetivo,
como reacción del juez frente al delito. No que el juez se
deje llevar de la pasión en su oficio, sino que participa emo­
cionalmente en el proceso. Siente indignación ante la injus­
ticia; su sentencia será imparcial, pero no neutral.
Si del juez pasamos a una parte ofendida, en relaciones
forenses o jurídicas o normales, el rechazo y aversión del
ofendido también se pueden designar como ira. Si el hijo, la
esposa, encuentran al padre, al marido «encendido en cóle­
ra», significa que las relaciones amistosas están rotas. El
dolor del culpable por la cólera de la parte inocente será
proporcional a su estima y deseo de relaciones amistosas.
Ahora bien, siendo ese fuego del AT signo o símbolo
de castigo escatològico, definitivo, no es extraño que teólogos
cristianos lo hayan incorporado a sus especulaciones sobre
el castigo último, el infierno. Pero la interpretación realista,
literalista de los símbolos no se justifica; hay que hacer una
crítica del lenguaje.

— 215 —
Los dos aspectos descritos pueden servimos para una
reflexión imaginativa, es decir, en imágenes, sobre el mis­
terio del castigo final (también Ignacio trabaja con imágenes
en esta meditación), a) El aspecto objetivo del fuego que
consume nos ayudará a subrayar el aspecto definitivo del
castigo. Ya no habrá indulto ni suspensión ni interrupción
del castigo. El instrumento cumplirá su tarea hasta el final,
b) El aspecto personal nos puede ayudar a meditar sobre la
llamada pena de daño. El hombre, despierto finalmente a la
necesidad de unirse con Dios para vivir por siempre, lo en­
cuentra airado, indignado, y siente con plena conciencia el
terrible desvío de Dios: su ira encendida. Ninguna relación
puede apoderarse del hombre como la relación amistosa con
Dios: muchos santos han dado testimonio en vida de esa
fuerza. El encuentro, más allá de la muerte, desnudará el
afán, dejará en carne viva el ansia, y el deseo quedará frus­
trado. Será un momento de una densidad atroz, indescriptible.
La imagen del rostro airado, de la mirada indignada, nos
ayudará en nuestra meditación.
Pasemos al segundo punto, la duración. En las traduc­
ciones latina y vernáculas del Antiguo Testamento recurre
con frecuencia el adjetivo «eterno», el adverbio «eternamen­
te» y sus equivalentes. En hebreo, la palabra más frecuente
es colam, f Qolam, solas o en composición. El término tiene
una amplia gama de significados: puede significar «durade­
ro», «vitalicio», «perpetuo», y también «definitivo». La dis­
tinción se aprecia mejor en construcciones negativas: no per­
petuamente = provisoriamente, temporalmente; perpetua­
mente no= nunca jamás. El significado concreto depende del
sujeto, del contexto «Te alabaré por siempre» significa
«mientras viva». Pero no hay simetría en los opuestos: una
vida definitiva tiene que ser perpetua; una muerte definitiva
no será duradera. La distinción conceptual entre indefinido
y definitivo nos permitirá manejar y leer correctamente mu­
chos pasajes del Antiguo Testamento.
El capítulo 20 del Apocalipsis se cierra con este párrafo:

— 216 —
14 A la Muerte y al Abismo los echaron al lago de fuego.
El lago de fuego es la segunda muerte. 15Y a todo el que no
estaba escrito en el registro de los vivos lo arrojaron al lago
de fuego.

Al margen de la reflexión bíblica, podemos pensar el


infierno o la perdición final como la contingencia de la sal­
vación. La existencia humana es contingente toda ella, cual­
quier punto suyo es colindante del no ser; y, a medida que
pasa, deja de ser. La muerte es evidencia y consumación del
existir contingente. De modo análogo, la salvación del hom­
bre es contingente: está toda ella rodeada de perdición. El
hombre no puede forzar ni asegurar por su cuenta la salvación;
sólo Dios puede contrarrestar la perdición para mantener y
consumar la salvación. La salvación última, definitiva, ya
no será contingente, gracias a la acción de Dios perpetua­
mente salvador. Mientras yo viva, debo sentir mi salvación
amenazada de perdición, para temer por mí y confiar en Dios.
Mirando a mi pasado, puedo descubrir momentos o etapas
en que la perdición definitiva se hizo próxima, amenazadora.
Su contingencia se me revela ahora en la memoria sobre­
cogida. En aquel momento o etapa Dios sostuvo mi salvación
contingente. Mirando a mi pasado, me veo repetidas veces
salvado por Dios de perecer; por la mediación de Cristo.
Impresionado por lo que pudo ser, me vuelvo a mirar y hablar
con Cristo en la cruz. (Aquí entra el coloquio de Ignacio).
Terminados estos apuntes parciales, pasemos a un tema
emparentado, que trataré también según un aspecto parti­
cular.

El Purgatorio de la vejez

Purgatorio es, según la etimología, el lugar o estado en


que se purga el hombre. «Purgar» es abreviación fonética de
«purificar», o hacer puro algo manchado, contaminado. En
el AT, la purificación aparece en la esfera del culto y se
extiende a la esfera ética en la predicación de los profetas.

— 217 —
Como no trato ahora de exponer una doctrina orgánica sobre
el purgatorio, sino de meditar bíblicamente, voy a emprender
el camino de los textos. Comienzo con un texto cúltico de
Nm 31,23:

Todo lo que resiste al fuego lo purificaréis y lo lavaréis con


agua lustral, y lo que no resiste al fuego lo lavaréis con agua.

Es decir: hay objetos metálicos que se han de liberar de


herrumbe y adherencias que empañan; otros objetos, de paño
o cerámica o madera, se deben lavar y fregar. En este texto,
probablemente tardío, encontramos las dos metáforas básicas
para conducir nuestra meditación.
La idea directriz es que la vejez puede ser tiempo de
purificación espiritual, un purgatorio anticipado y saludable.
¿De qué metal estamos hechos? Quién sabe si de oro precioso,
o de bronce resistente, o de hierro templado; acaso éramos
ligeros como aluminio, pesados como plomo, útiles como
estaño... A lo largo de la vida, ¡cuántas escorias y herrumbres
se nos han ido agregando! Sobre todo si no hemos hecho
purificaciones periódicas. Si nos comparamos a un paño,
encontramos que la vida ha acumulado manchas, especial­
mente si no lo hemos lavado periódicamente.
Ezequiel, dirigiéndose en nombre de Dios a Jerusalén,
desarrolla la imagen de la purificación por el fuego, sin re­
sultado:

24,6 ¡Ay, ciudad sanguinaria,


olla herrumbrosa que no se desherrumbra!
9 Yo mismo agrando la pira,
10 arrimo más leña, enciendo la hoguera.
11 La coloco vacía sobre las brasas
para que el cobre se recaliente,
se ponga al rojo y se le derrita la roña,
se le consuma la herrumbre.
12 Por más que uno se canse,
ni al fuego se le desprende su mucha herrumbre.

— 218 —
La vejez puede ser razón oportuna para purificarse. La
tradición bíblica nos dice reiteradamente que la enfermedad,
la tribulación, la desgracia, bien llevadas, pueden purificar
al hombre. La enfermedad hace reflexionar al hombre sobre
sus pecados y lo conduce al arrepentimiento y a la enmienda,
con lo cual se vuelve saludable. Paradoja de una enfermedad
que genera salud. Dice el proverbio:

20,30 Heridas y llagas purgan del mal;


golpes, lo hondo del vientre.

Norma terapéutica trasladada al terreno ético. Porque en lo


hondo, en las cavidades del vientre, acumula el hombre su
intimidad potencial. Podemos recordar al respecto que los
bataneros golpeaban con mazas los paños para lavarlos.
En la estela de una larga tradición, dice Cicerón: Se-
nectus ipsa aegritudo= la vejez es en sí una enfermedad. La
tradición cristiana puede cambiar el predicado: es en sí una
purificación. La podemos reducir a dos capítulos: nos permite
expiar con mérito, nos obliga a desprendemos.
a) Es doctrina tradicional de nuestros maestros espiri­
tuales: después de la muerte se purga y expía sin mérito; antes
de la muerte se puede expiar con mérito. O sea que, en
presencia de un achaque, dolor o penalidad, podemos mirar
hacia atrás y hacia delante. Hacia atrás: Vaya este sufrimiento
por lo que hice sufrir a otros, por lo que gocé indebidamente,
pecando. Hacia delante: Con mi paciencia estoy mereciendo.
Pues los sufrimientos del tiempo presente no son nada, com­
parados con la gloria que va a revelarse reflejada en no­
sotros: Romanos 8,18.
b) Desprendemos de escorias. De posesiones acumu­
ladas, de afectos arraigados, de rencores soterrados, de va­
nidades insustanciales, de ilusiones ingenuas, de proyectos
ambiciosos...
c) También nos pueden enseñar las penas de la vejez
el arte de la comprensión y la compasión. El Hijo de Dios

— 219
se hizo hombre para aprender en su carne a compadecerse
de sus hermanos. Si nosotros no lo hemos aprendido antes,
quizá hayamos llegado a la vejez para aprenderlo. Compren­
der y compadecerse es noble humanismo. Si se puede traducir
en actos, tanto mejor; si ya no podemos, demos una parcela
de nuestra vida emotiva participando en las penas de otros.
Eso es compadecerse.
Es verdad que podemos resistimos a la obra purificadora
de la edad. Como dice Ezequiel en el capítulo antes citado:

24,13 Porque intenté limpiarte


y no quedaste limpia de inmundicia,
no volverás a ser limpiada
hasta que desfogue en ti mi cólera.

Y Jeremías clama: ¡Ay de ti, Jerusalén, que no te purificas!


(13,27). Si nuestras penas las descargamos en otros, si nuestra
irritación irrita a otros, si no queremos comprender el valor
saludable de nuestras dolencias, añadimos escoria a la ganga,
mugre a las manchas. Repasemos otros textos proféticos:

Is 1,25 Volveré mi mano contra ti


para limpiarte de escoria en el crisol
y apartarte la ganga.
48,1 Mira, yo te he refinado como plata,
te he probado en el crisol de la desgracia.
Jr 9,6 Yo mismo los fundiré y refinaré.
Zac 13,9 Ese tercio lo pasaré a fuego,
lo acrisolaré como al oro,
lo acendraré como la plata.

Malaquías es el último de los profetas. En su último capítulo


mira fijamente al futuro definitivo, hacia el mensajero de la
alianza, y comenta:

3,2 ¿Quién resistirá cuando él llegue?,


¿quién quedará en pie cuando aparezca?
3 Será fuego de fundidor, lejía de lavandera:
se sentará como fundidor a refinar la plata,

— 220 —
refinará y purificará como plata y oro a los levitus,
y ellos ofrecerán al Señor ofrendas legítimas.

Las imágenes cúlticas se superponen a la visión del futuro.


A nosotros toca descubrir la dimensión escatológica de ese
texto en nuestra vida. Porque el Señor, que llegó hace siglos,
está para llegar al término de nuestra carrera. Pero antes tiene
que sentarse a acendramos y purificamos para que nos pre­
sentemos dignamente ante él.

Sab 3,4 La gente pensaba que cumplían una pena,


pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad.
5 Sufrieron pequeños castigos,
recibirán grandes favores,
porque Dios los puso a prueba
y los halló dignos de sí;
6 los probó como oro en el crisol,
los recibió como sacrificio de holocausto.
7 A la hora de la cuenta resplandecerán
como chispas que prenden en un cañaveral.

— 221 —
4. Llamada

«Vocación» es otro modo de decir «llamada». Hemos


sido llamados y probablemente hemos respondido a la lla­
mada. Cuando hablamos de vocación, fácilmente perdemos
el sentido etimológico y la concebimos como inclinación y
aptitud natural para una tarea. «Tiene vocación de músico»
no significa, sin más, que alguien desde fuera lo haya lla­
mado.
Usamos una metáfora para decir que Dios nos llamó a
la existencia. Cuando todavía no existía la persona a quien
llamar ni había nadie que respondiese, la llamada de Dios
quiere decir que a Él debemos la existencia. ¿Por qué en tal
lugar y en tal momento?, ¿por qué de estos padres? Algo
semejante diremos del bautismo recibido a los pocos días de
nacer. Si Dios llamó, respondieron nuestros padres o padri­
nos. Cuando Pablo habla de nuestra «vocación», parece estar
pensando en convertidos adultos que responden a la llamada
del evangelio.
Dentro de la vida cristiana suceden otras llamadas par­
ticulares, especialmente una que decide del curso de la vida.
Sobre ella queremos meditar hoy. Como ciudadanos de la
tercera edad, ¿cómo nos enfrentamos con una llamada o vo­
cación particular? Ante todo en términos de memoria, acaso
de nostalgia. La vocación que decidió de nuestra vida, am­
pliamente transcurrida, sucedió probablemente en la adoles­
cencia o juventud. Para muchos, llamada a un vida familiar
y a una profesión civil; dentro de ella, quizá a una vida de
familia ejemplar y a alguna actividad apostólica o caritativa.
Para unos cuantos, llamada al sacerdocio o a la vida religiosa.
En el primer caso la llamada se realizó probablemente por
una convergencia de circunstancias que prepararon la deci­
sión: un estudio o formación específica, un enamoramiento
decisivo... Nuestra vocación se sitúa en el pasado remoto,

— 222 —
aunque se nos antoje demasiado próximo. Otros, en cambio,
habrán sentido una llamada interior, habrán vivido una re­
lación especial y consciente con Dios; y han respondido. Por
nuestra vocación nos toca ahora dar gracias a Dios.
Pero el capítulo no se cierra con un recuerdo agradecido.
Una vocación específica encarrila y define toda una vida hasta
el presente, de modo que la vocación no es sólo un hecho
pasado y puntual, sino que dura hasta hoy y se ha actualizado
en una serie de llamadas menores a lo largo de la ruta. Si
respondimos en la encrucijada decisiva de nuestra vida,
¿cómo tenemos que responder hoy a lo que sigue resonando?
Muchos años de seguir la llamada han ido creando hábitos.
Los hábitos los poseemos (habeo) y nos poseen. En ese sen­
tido, la vejez es continuación de lo precedente, no siempre
mejorado.
Además de esa llamada inicial y global, quizá hayamos
escuchado a lo largo de los años otras llamadas particulares:
para tareas nuevas, para una mejora importante en nuestra
vida cristiana... También esas llamadas particulares, que so­
lemos llamar «inspiraciones» o «mociones», han ido defi­
niendo nuestra existencia y han dejado huella de hábitos per­
manentes.
Esto supuesto, ¿cómo debemos responder ahora a la
vocación global que perdura? ¿Hay una llamada especial para
este último tramo de nuestra vida? Es posible que las cir­
cunstancias externas hayan impuesto un cambio: matrimonio
y alejamiento de los hijos, viudez, jubilación... Maduros de
experiencia, probablemente no esperamos una nueva llamada
espectacular a un cambio fundamental o llamativo de vida.
Hemos aprendido que la llamada inicial y decisiva puso en
marcha un proceso que discurre con relativa espontaneidad
dentro de un cauce. Hemos aprendido que la llamada pro­
funda y misteriosa de Dios se hace simple y cotidiana, y hace
falta mucho entrenamiento y atención para descubrir en ac­
ción la fuerza motriz de esa llamada. Por eso no esperamos
nada espectacular: la tercera edad no rompe con la segunda.
Si radical fue el paso de la primera a la segunda, silenciosa

— 223
y amortiguada es la entrada en la tercera. ¿Por qué habría de
presentarse el Señor para lanzamos su palabra imperiosa?
Con todo, no seamos sordos a su llamamiento (Sal 84).
Quizá nos llame a compensar por lo que no hicimos, a en­
mendar finalmente vicios inveterados, a mejorar la calidad
de nuestras relaciones con Dios y con el prójimo. Hemos
conocido ancianos que dieron un cambio: se hicieron com­
prensivos y tolerantes, se volvieron pacientes, maduraron en
sensatez y serenidad. En parte puede ser cuestión de edad,
si bien no todos los viejos dan ese cambio. Las podemos
considerar llamadas genéricas, típicas de la edad y no indi­
viduales. Lo cual no excluye la posibilidad de otras llamadas
específicas, más urgentes, más exigentes. No midamos los
proyectos de Dios con nuestra mezquindad acreditada. Aun­
que declinen las fuerzas corporales, pueden tensarse las fuer­
zas del espíritu asistidas por la gracia (2 Co 4). No basta
dejarse llevar, dejarse resbalar lenta o precipitadamente. Lo
importante es la disponibilidad y generosidad de nuestra par­
te, que a Dios le quedan llamadas todavía. Si escucháis hoy
su voz, no endurezcáis el corazón (Sal 95).
Un día habrá que componer un tratado de vocaciones
para la tercera edad. Aquí nos interesan en relación con el
evangelio y nuestra vida cristiana. Se daría una especie de
elección de estado y de oficio o profesión al jubilarse. No
sabemos lo que durará la nueva etapa. Sí sabemos que está
pendiente la última llamada, aquella que sonará así: Venid,
benditos de mi Padre, a poseer el reino. A esa llamada
responderemos con gozosa prontitud.

— 224
5. Petición

San Ignacio nos invita a pedir «conocimiento interno de


Cristo, para que más le ame y le siga».
Al cabo de 65 años, ¿es Jesús todavía un desconocido
para nosotros? Si lo conocemos, ¿podemos progresar en ese
conocimiento? No se trata de un conocimiento objetivo, como
conocemos los objetos domésticos, las calles que frecuen­
tamos, sino de un conocimiento personal, que se desarrolla
en el trato. Pues bien: Jesús nos ha acompañado desde el
bautismo, nos conoce; ¿lo conocemos nosotros?
Una esposa ha vivido con el marido cincuenta años: lo
conoce perfectamente, lo sabe todo de él. ¿Es así? No es
raro, después de la intimidad prolongada, que el cónyuge
descubra en el otro aspectos, valores que todavía no se habían
manifestado, porque son propios de la edad avanzada. Sucede
que un marido anciano y desvalido descubre en la compañera
de su vida una especie de ternura maternal hacia él; se siente
un poco hijo pequeño de la que ha amado con pasión. Si
entre ambos se amortiguan las relaciones sensuales, pueden
ahondarse las relaciones afectivas, lo cual conduce a cono­
cimientos nuevos. Ciertamente, los años no impiden progre­
sar en el conocimiento personal.
Jesús no ha sido anciano. Ha tenido que desplegar su
revelación personal en un tiempo limitado, hasta el momento
en que la juventud da paso a la madurez. Pero Jesucristo es
inagotable, porque encierra tesoros de sabiduría y ciencia,
porque concentra la plenitud de amor y lealtad. Nunca aca­
baremos de conocer a Jesucristo. Lo que cuentan los evan­
gelios es una fracción selecta de cuanto hizo y dijo. Lo que
hizo y dijo es una fracción de lo que sintió y amó:

— 225 —
Jn 20,30 Jesús realizó en presencia de sus discípulos otras
muchas señales que no están en este libro. 31Hemos escrito
éstas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios,
y con esta fe tengáis vida gracias a él.

Jn 21,15 Otras muchas cosas hizo Jesús. Si se escribieran


una por una, me parece que los libros no cabrían en el mundo.

Por eso San Ignacio nos manda pedir conocimiento interno.


Juan escuchó y vio y palpó, y supo penetrar en la interioridad
de la Palabra de vida (1 Jn 1).
Aquí puede entrar lo que llamamos «teología del Co­
razón de Jesús». En el AT, el corazón es la sede de la vida
interior consciente y libre. Sede de pensamientos, afectos,
proyectos, deseos. Un metro cuadrado de superficie marina
puede tener debajo diez mil metros verticales de agua. ¿Cuán­
ta profundidad esconden e insinúan las acciones de Jesús? A
la superficie nos asomamos; ¿podemos bucear en profundi­
dad? Bajando a mil metros, descubrimos que quedan otros
nueve mil. Jesucristo es inagotable; siempre nos quedará algo
por conocer de él.
Puede ser que en los años de la jubilación nos quede
más tiempo y sosiego para semejante ejercicio: contemplar
y pedir. Que, a medida que conozcamos más, más deseos
tengamos de conocer. Sin fractura, la petición desemboca en
contemplación.
Conocer para amar. El anciano tiene una vivencia nueva
del amor. Un niño se alegra intensamente del regalo que le
llega en Navidades. El afecto paterno se esconde cómoda­
mente en unos fantásticos Reyes Magos. En el cumpleaños
del niño, el regalo va envuelto en el afecto paterno y materno:
el niño lo recibe y posee con ilusión. También el adulto se
alegra al recibir, especialmente cosas útiles o valiosas: ¡Qué
ilusión! Un automóvil nuevo, un collar de perlas... Al anciano
ya no le hacen tanta ilusión los regalos: no los necesita, los
va a disfrutar poco. Pero busca ansiosamente el afecto: darlo
y recibirlo. Busca alguien en quien derramar un torrente de

226 —
ternura que mana en su interior. Busca alguien que le res­
ponda, no con regalos, sino con afecto. Es frecuente que
entre abuelos y nietos se establezca esa corriente alterna de
cariño. ¡Qué bien se entiende la primera niñez con la segunda!
Pues recordemos a San Juan de la Cruz: Por la tarde os
examinarán en el amor. Ningún ser humano se merece nuestro
amor como Jesucristo. Quien no lo ama más que a padres y
hermanos no es digno de él. No dice Juan que nos exami­
nemos, sino que nos examinarán. En efecto, Jesucristo, que
nos conoce y nos ama, nos examina en el amor: ¿Me amas
más que a ésos? La vejez no agota la capacidad de amar, le
confiere tonalidades nuevas.
Cuando yo pido amar más a Jesucristo, no pido un mo­
vimiento espontáneo, sino provocado. Si, por una parte, nos
parece sentir en nuestro interior un manantial de afecto que
busca salida y comunicación, por otra parte sabemos que algo
o alguien desde fuera provoca y solicita nuestro afecto. Lo
que pedimos es que él nos atraiga y nos arrastre: Atraeré a
todos hacia mí (Jn 12,32). Pido que ponga en mí su Espíritu,
que es amor. Cuando pedimos amar más a Jesucristo, pe­
dimos un don, un favor; un don que puede llenar de sentido
lo que nos queda de vida.
Amar para seguir más de cerca. De un muro ruinoso
hay que mantenerse a distancia. También de algunas personas
hay que mantenerse a distancia; con otras hay que guardar
las distancias. Seguir a Jesucristo, sí, pero a cierta distancia:
tal ha sido nuestra conducta. Porque, si nos acercamos mu­
cho, nos va a llevar por caminos arduos, ¿quién sabe?; incluso
nos va a hacer subir un calvario. Seguirlo es imitarlo. Lo
siguieron de cerca, cada uno a su modo, Francisco de Asís
y Francisco Javier. ¿Cuál es la distancia prudencial que yo
he interpuesto en mi seguimiento de Cristo?
Pero, si Jesucristo no fue anciano, ¿cómo imitarlo o
seguirlo en la tercera edad? Si Jesús concentra en pocos años
la experiencia humana entera y sustancial, a mí me tocará
desdoblarla y extenderla en muchas circunstancias. Lo que

— 227 —
él condensa, yo lo debo desarrollar. Por ejemplo: se me pide
paciencia conmigo y con los demás; ¿y no me dio Jesús
ejemplo de paciencia? Acaso a mi edad pueda seguirlo más
de cerca. Me piden ser razonable y sensato: ¿no es Jesús la
Sensatez paradójica de Dios? Tengo que ser comprensivo y
tolerante, no me debo encerrar en un egoísmo senil y mez­
quino, debo aceptar humilde y resignadamente mis limita­
ciones y la ayuda de otros, tengo que hacer esfuerzos para
no molestar más de lo imprescindible, me toca ceder en tantas
cosas...
Pero, en vez de enumerar circunstancias concretas de
mi edad, será mejor desplegar ante mí la vida de Cristo y
contemplarla con nueva perspectiva, desde la atalaya de la
vejez. Seguro que de ese modo el evangelio manará de nuevo,
revelándome nuevas riquezas. Y contemplando así el evan­
gelio de Jesucristo, aprenderé a conocerlo internamente para
más amarlo y seguirlo más de cerca.
Repetición. «Repetición» es uno de los modos de oración
que recomienda Ignacio. Vamos a practicarlo aplicándolo a
la petición clásica de la segunda semana. La dividimos en
tres puntos: conocer, amar, seguir.
Conocer, En la última cena (Jn 14,9), Jesús replica a
un apóstol: Tanto tiempo como llevo con vosotros ¿y todavía
no me conoces, Felipe? Tanto tiempo de vida cristiana, acaso
de vida consagrada, ¿y ha estado realmente Jesús con no­
sotros? Y si él nunca nos ha abandonado, ¿hemos estado
nosotros con él? Según el cálculo tradicional, Felipe llevaba
con Jesús unos tres años (no sabemos cuántos): ¿cuántos
llevamos nosotros? Para conocer de verdad a Jesús, hay que
conocerlo como Hijo de Dios Padre: Quien me ve a mí ve al
Padre. En su primera carta dice Juan:
2,23 Todo el que niega al Hijo se queda también sin el
Padre; quien reconoce al Hijo tiene también al Padre.
Y es que se ha hecho tan uno de nosotros, tan hijo de Adán,
que es difícil reconocerlo. El Bautista lo vio mezclado con
los pecadores que venían a bautizarse, y confesó:

— 228
Jn 1,13 Tampoco yo lo conocía. Fue el que me envió a
bautizar con agua el que me dijo: Aquel sobre quien veas
que el Espíritu baja y se posa, ése es el que va a bautizar
con Espíritu Santo. Pues yo ya lo he visto y doy testimonio
de que éste es el Hijo de Dios.

Para conocer a Jesús hace falta la guía y el testimonio del


Espíritu, y también del Padre:

Mt 11,27 Al Hijo lo conoce sólo el Padre, y al Padre lo


conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar.

Cuando pedimos conocimiento interno de Jesucristo, nos di­


rigimos al Padre y al Espíritu. Y como su misterio es ina­
gotable y siempre queda por conocer, nunca dejaremos de
repetir esta petición: conocimiento interno de Cristo. Y pe­
dimos con la esperanza de llegar a conocerlo un día:

Jn 3,2 Sabemos que cuando Jesús se manifieste y lo vea­


mos como es, seremos como él.

Amar. El conocimiento desemboca en el amor. La tra­


dición de espiritualidad cristiana ha hablado de este amor en
términos genéricos o lo ha articulado en varias realizaciones:
amor de amistad, fraternal, conyugal...
a) Amor de amistad. De Moisés dice el Éxodo que El
Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hom­
bre con un amigo (Ex 33,11). Como Jesús reprochaba a
Felipe su falta de conocimiento, así pone a prueba el amor
de Pedro: Jn 21,17:

Simón ¿me amas? —Señor, tú sabes que te amo.

Jesús toma la iniciativa, llamando a sus discípulos «amigos»:

Jn 15,15 Ya no os llamo servidores, porque el servidor


no está al corriente de lo que hace su patrón; os llamo amigos,
porque os he comunicado todo lo que le he oído a mi Padre.

— 229 —
b) Amor fraternal. Está fundado en la iniciativa del
Padre, que lo hizo hermano nuestro:

Rom 8,29 Dios os eligió primero, destinándoos a repro­


ducir los rasgos de su Hijo, de modo que éste fuera el mayor
de una multitud de hermanos.

Es nuestro hermano mayor, y no se avergüenza de llamarnos


hermanos (Hb 2,11). Su mensaje de pascua comienza así: Id
a decir a mis hermanos... (Mt 28,10).
c) Amor conyugal. Esta expresión del amor arranca del
AT, se desarrolla en el NT y ha estado presente en la tradición
espiritual cristiana. ¿Por qué hoy muchos la evitan y otros
la desconocen? María ungiendo a Jesús en Betania representa
el papel de la esposa del Cantar de los Cantares. ¿Pensamos
que respecto a Jesús sólo las mujeres son capaces de esta
modalidad de amor? Es verdad que el símbolo conyugal suele
atribuir al ser humano la figura femenina, y en la tradición
han ocupado ese puesto de modo privilegiado las vírgenes
consagradas al Esposo Jesucristo. Pero un privilegio no ex­
cluye la participación más amplia. El valor del símbolo, sin
discriminación de sexos, queda demostrado por el testimonio
de muchos maestros.
Seguir. La expresión «seguir a Dios» es bíblica. En el
AT, «ir detrás de» o «seguir» equivale a fidelidad al Dios
de la Alianza, con todas sus consecuencias. Automáticamente
se excluye el «seguir a dioses extraños». En el NT, cuando
Jesús invita a los apóstoles y discípulos a seguirlo, usa el
verbo griego akoloutheo, que equivale a compartir la vida
con él. Es, por lo tanto, un verbo ligado a la llamada. Se­
lecciono un par de citas:

Mt 9,9 Salió Jesús de allí, vio a un hombre llamado Ma­


teo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sí­
gueme. Se levantó y lo siguió.
Mt 19,27 Intervino entonces Pedro: —Pues mira, nosotros
lo hemos dejado todo y te hemos seguido...28Jesús les dijo:
—Vosotros, los que me habéis seguido...

— 230
En la fórmula de Ignacio, la petición dice: ...y más le siga.
Hay muchos modos de seguimiento, porque el misterio de
Jesucristo es inagotable. Algunos lo han seguido hasta el
martirio, otros en el apostolado; unos enseñando, otros cu­
rando; unos en la oración, otros en la denuncia o la promesa.
Como son diversos los miembros del cuerpo de Cristo, así
son diversos los seguimientos. Una cosa los .unifica: se trata
de seguir a una persona. Se equivocan los que dicen que el
Cristianismo es religión de nn libro; es religión de una per­
sona.
Según la enseñanza de Jesús, un componente esencial
del seguimiento se formula así:
Me 8,34 El que quiera venirse conmigo, que reniegue de
sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga.
Le 9,23 ...que cargue cada día con su cruz y me siga.

Hay cruces patentes y cruces escondidas, cruces terminales


y cruces cotidianas. Lucas ha añadido esta última precisión.
Hay en el hombre una fuerza innata que le impulsa a
conservar la vida, desarrollarla, mejorarla, gozarla. Sin ese
dinamismo estaríamos perdidos. Pero hay también en él un
destino superior, que podemos condensar en la fuerza del
amor al prójimo y a Dios. Si fallara una de las fuerzas, se
acabaría la tensión y, con ella, el dinamismo de la vida.
Ahora bien, para ir cumpliendo su destino global y superior,
el hombre tiene que controlar, reprimir, sacrificar, mortificar;
tiene que esforzarse y templarse. Lo dicho se multiplica al
entar el individuo en el sistema de fuerzas de la sociedad: no
hay convivencia pacífica, duradera y fructuosa sin sacrificio
mutuo. Todo ello se polariza e intensifica cuando en nuestro
sistema de fuerzas ya tenso entra la persona de Jesús. Él da
nuevo sentido, nueva dirección y nueva intensidad al sacri­
ficio cotidiano, o la cruz que nos impone el ser hombres.
Cuanto más cercano el seguimiento, más pesada la cruz,
aunque aligerada por la fuerza del amor que él nos comunica.
Podríamos retocar la formulación: «cargue con su cruz por
amor a mí».

— 231 —
Cuando Jesús ya ha emprendido su viaje decisivo hacia
Jerusalén, Lucas introduce un par de anécdotas brevísimas
de seguimiento:
9,57 Por el camino le dijo uno: —Te seguiré adondequiera
que vayas. 58Jesús le respondió: —Los zorros tienen cuevas
y los pájaros nidos, pero este Hombre no tiene dónde reclinar
la cabeza.
61 Otro le dijo —Te seguiré, Señor; pero déjame primero
despedirme de mi familia. Jesús le contestó: —El que echa
mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino
de Dios.

En vez de una promesa tan atrevida o tan condicionada,


vamos a repetir la petición de Ignacio: conocimiento interno
de Jesucristo para que más le ame y le siga.

— 232 —
6. Encarnación

La encamación es para nosotros el misterio de los mis­


terios. Se constituye en centro que atrae a los demás misterios
y los ordena en un sistema solar. Con su luz caliente y pa­
radójica ilumina los demás misterios, dándoles luz más que
figura. Estamos acostumbrados a que los objetos tengan fi­
gura: árbol, río, montaña... Con su figura y perfil extemo
recogen y delimitan la luz; a veces la dejan pasar íntegra o
difusa, a veces la refractan con irisaciones. Si la figura de­
limita la luz, ésta revela la figura. ¿Qué pasaría si fueran
pura luz sin figura?
Hay una época en nuestra vida en que intentamos perfilar
los misterios, darles una figura conceptual precisa o simbólica
abierta. Nos esforzamos por comprenderlos, leemos escritos
dedicados a dilucidarlos. A lo largo de los años se nos di-
fuminan los perfiles. No porque comprendamos menos, sino
al revés, porque comprendemos más. Indagando con la in­
teligencia definíamos (fides quaerens intellectum), contem­
plando con la fe penetrábamos. Y así fuimos vislumbrando
que la cara oculta del misterio, la hondura abismal bajo su
superficie, era mucho mayor que su manifestación. Com­
prendimos lo poco que comprendemos. Y no con sentido de
frustración, sino con el gozo de sabernos a la orilla de un
mar inmenso y palpitante que apenas nos susurraba la voz
de sus olas marginales:

Eclo 46,32 Quedan cosas más grandes escondidas,


sólo un poco hemos visto de sus obras,
Job 26,14 Y esto no es más que la orla de sus obras,
hemos oído apenas un murmullo de él;
¿quién percibirá su trueno poderoso?

— 233 —
Así sucede con nuestro primer misterio, la encamación.
También a él le aplicamos la frase paradójica: cuanto más
nos acercamos, menos sabemos de Dios. ¿No sería mejor
callar y adorar en silencio? Los maestros espirituales de nues­
tra tradición han preferido decir algo, más indicando un ca­
mino que mostrando una meta. San Ignacio se remonta au­
dazmente. Intenta damos una panorámica del mundo desde
la altura privilegiada de la divinidad. Como en el salmo 14:

2 El Señor observa desde el cielo


a los hijos de Adán
para ver si hay uno sensato
que busque a Dios.
Se corrompen cometiendo execraciones,
no hay quien obre bien.
3 Todos se extravían, igualmente obstinados,
no hay uno solo que obre bien, ni uno solo.

La presentación imaginativa de Ignacio adopta obligadamente


una perspectiva temporal. Como si el año tantos de la fun­
dación de Roma Dios examinase el estado de la humanidad
de entonces. El recurso del autor es sólo un peldaño para una
visión trascendente. Abarcando unitariamente todos los tiem­
pos y presente a cada uno, Dios observa a la humanidad...
y la encuentra perdida. No nos trasladamos mentalmente al
año 5 antes de nuestra era, no nos arincamos en el año de
gracia de 1990, sino que desde ellos, localizados en nuestra
imaginación, nos remontamos a la altura simultánea de Dios.
Y así formamos parte del cuadro que Dios contempla. Tam­
bién nosotros somos parte de esa humanidad que se pierde,
si Dios no interviene para salvarla.
Nosotros, que a lo largo de nuestra vida hemos viajado
y visto y leído, que recibimos noticias diarias de tantas partes
del mundo, encontraremos más fácil esa mirada ancha. No
temamos, en este punto, fijamos en las tinieblas: injusticias,
crueldades, egoísmo, codicia y ambición, lujuria y violen­
cia... No será el placer senil de encontrarlo todo malo «en
estos tiempos», sino que servirá de fondo a nuestra medita­

— 234 —
ción. En la visión de la depravación y perdición de la hu­
manidad, la mirada de Dios nos supera. Entonces Dios decide
la redención de la humanidad.
He hablado hasta ahora de Dios, cuando Ignacio habla
de la Trinidad. Recordemos siempre el adagio de Quevedo,
tomado de los Santos Padres, de que Dios es único, pero no
está solo. La mirada de la Trinidad sobre los hombres es
unitaria y concorde; la decisión es, ¿cómo la llamaré?, co­
legial. Las tres personas se aman (porque Dios es amor), y
quieren derramar su amor sobre una criatura capaz de res­
ponder al mismo. El Padre se deja llevar de la misericordia,
el Hijo acepta la misión, el Espíritu realizará la empresa. La
Trinidad decide salvar a la humanidad perdida, entrando ava­
salladoramente en la creación y la historia. ¿Por qué? Sólo
el amor lo explica: Tanto amó Dios al mundo que le envió
Dios a su único Hijo. ¿Y por qué ama Dios al hombre? Porque
las tres personas se aman, porque Dios es amor. La encar­
nación es el acto supremo del amor de Dios a los hombres
y la máxima revelación de ese amor.
Ahora nos fijaremos en el Hijo, encargado de cumplir
la misión. Nunca entenderemos el significado, el alcance de
que Dios se haga hombre. Mirando desde abajo, desde una
humanidd individual, ¿hasta qué punto puede Dios apode­
rarse de ella y arrebatarla a su esfera divina? Mirando desde
arriba, ¿hasta qué punto puede Dios salir de sí para meterse
en su creación? Con categorías metafísicas, distinguimos en­
tre hypostasis, o persona, y physis, o naturaleza. La distinción
es correcta y está garantizada: ¿Cuánto comprendemos de
dicha fórmula?
La carta a los Filipenses lo dice a su manera, quizá más
inteligible para nosotros, o más meditable:

2,6 El, a pesar de su condición divina,


no se aferró a su categoría de Dios;
7 al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo
haciéndose uno de tantos.

235 —
Así, presentándose como simple hombre,
8 se abajó obedeciendo hasta la muerte
y muerte de cruz.
El Hijo de Dios entra así en la historia de la humanidad:
Acampó entre nosotros (Jn 1). Más que establecerse en un
espacio fijo y limitado, planta su tienda en las arenas mo­
vedizas de la historia humana. Es parte de la historia. Éste
es un hecho tan enorme, tan denso, que desequilibra toda
proporción. Nos inclinamos a considerar la historia humana
en términos temporales, como una entidad de la que forma
parte limitada la encamación. Pero, si colocáramos los dos
datos en los platillos de una balanza, el peso se inclinaría del
lado de la encamación. Al bajar profundamente el Hijo de
Dios, sube maravillosamente el brazo de la historia humana.
O bien: la encamación no es una pieza integrante más de la
historia humana, sino el centro de atracción y organización
del movimiento. Pues si toda la historia de la humanidad pesa
menos que el Hijo de Dios hecho hombre, ¿qué decir de cada
uno de nosotros? La encamación me empequeñece a la vez
que me sublima. Todos los acontecimientos de la historia,
de mi vida hasta ahora, pierden consistencia e importancia
frente al acontecimiento de la encamación; o la ganan al
relacionarse con ella. El resto que me queda de vida, ¿es un
apéndice irrelevante de mi existencia o es un acercamiento
acelerado al centro que es la encamación? Para la historia,
yo he pasado o estoy pasando; para la encamación, en la
historia estoy centrándome.
El Hijo de Dios se hace hombre, baja a lo profundo. La
carta citada lo presenta como uno de tantos. De los muchos
aspectos de su humanidad que se pueden meditar, vamos a
fijamos en dos: la ambigüedad de lo humano y la corporeidad.
Desde nuestro observatorio de la tercera edad, como en
meditaciones precedentes, miramos en tomo nuestro y al
pasado. Algunos ancianos ven el pasado luminoso, compa­
rado con un presente desastrado. Otros lo ven todo negro: el
pasado, lo mismo que el presente, es la historia de la indig­
nidad humana. En el juicio pesan experiencias fisiológicas y

— 236 —
psicológicas del anciano. Ensayemos nosotros el juicio de Iti
sensatez, y apreciaremos que todo es bivalente. La historia
humana es progreso y regreso: progresa en la técnica y la
vuelve contra el hombre; en el arte avanza y retrocede; lo
mismo en lo ético. Si en nuestra vida hemos experimentado
ascenso y descenso como etapas sucesivas de la existencia,
en la historia humana lo dos movimientos se superponen,
creando diseños complejos. Incluso lo más grande, el amor,
resulta ambiguo. El mérito nos envanece, la eficacia nos hace
despiadados, la ternura nos ablanda. Si algo conocemos por
experiencia de la vida humana, es su ambigüedad; si nos
distanciamos para evaluarla, sentenciamos su bivalencia.
Pues bien, Dios se ha hecho hombre, asumiendo, salvo
en lo ético, la radical ambigüedad de la existencia humana.
Lo que no ha realizado en sí, el pecado, lo ha conocido de
cerca en otros. Ha conocido amor y odio, placer y gozo,
gloria y humillación, afecto y desvío, valor y cobardía. Ahora
El conoce la masa de que estamos hechos (Sal 10), porque
se ha hecho de la misma masa. Pero no ha conocido el declinar
inexorable de la vejez. En otros lo ha conocido; en sí lo ha
concentrado todo en las horas de la pasión. Con la encar­
nación del Hijo de Dios, la vida humana no ha dejado de ser
ambigua; pero contiene un factor de norma y claridad que
permite discernir y valorar lo positivo y, una vez conocido,
actuarlo.
Corporeidad. Por medio del cuerpo nos hemos relacio­
nado con otros y con el cosmos. Se ha relacionado nuestro
espíritu, que tiene un modo corpóreo de existencia. El hombre
conoce y domina el cosmos por medio de la corporeidad.
Con los sentidos corporales lo aprehende, después lo concibe
y lo transforma en lenguaje y en ciencia. Con la acción
corporal, valiéndose de instrumentos, lo transforma y somete
a su servicio; los instrumentos son como prolongación del
cuerpo humano. Esta corporeidad noble y efímera la ha asu­
mido al encamarse el Hijo de Dios. Así se ha relacionado
corpóreamente con el universo. Ha visto, ha concebido, ha
nombrado; ha trabajado la materia con las manos y con ins-

237 —
trunientos. También en este orden la creación desequilibra
la proporción del sistema. El Hijo de Dios hecho hombre
corporal no es una partícula más en un universo incalculable.
Es el centro que da cohesión y sentido a todo.
Ahora que nuestro cuerpo se vuelve pesado, desobedece
a nuestros impulsos, nos paga con achaques, no maldigamos
de él. El hermano cuerpo es hermano del que se hizo carne
para estar con nosotros:
Col 1,15 Él es imagen de Dios invisible,
nacido antes que toda criatura,
16 pues por su medio se creó
el universo celeste y terrestre,
lo visible y lo invisible,
ya sean majestades, señoríos,
soberanías o autoridades.
Él es modelo y fin del universo creado.
17 Él es antes que todo,
y el universo tiene en él su consistencia.

— 238 —
7 . En el templo

El nombre que solemos dar al relato de Lucas 2,41-50


dice muy poco: El niño perdido y hallado en el templo. Es
título de anécdota, cuando se trata de un momento trascen­
dental: como un acto de emancipación, como la revelación
de la verdadera personalidad.
En novelas románticas y en cuentos populares llega a
veces un capítulo en que se descubre que el protagonista
pobre es hijo de un duque, la humilde protagonista es una
heredera riquísima. En episodios que hoy se nos antojan
triviales, se expresa un profundo deseo humano de enaltecer
a sus favoritos: los lectores encuentran en el personaje un
desquite vicario. En el relato de Lucas, el adolescente Jesús
va a declarar de modo espectacular y patético su personalidad
y misión. En un acto soberano define su relación con la ley,
el templo, su madre, su padre.
A los doce años el adolescente judío alcanza la mayoría
de edad legal. La marca inicial de la circuncisión desemboca
en la entrega a la ley. El muchacho es desde entonces un bar
miswa, un «hijo del mandamiento» (en versión literal), un
sometido a la ley entera. Esa ley lo somete ahora con más
autoridad que la patria potestad. Jesús acepta la costumbre,
ejecuta el rito, pero somete la ley entera a una más alta patria
potestad. El principio está escuetamente expresado en el re­
lato, y sus consecuencias se irán desplegando en el evangelio.
Nacido de mujer, sometido a la ley, dice Pablo (Gal 4).
Jesús emprende con sus padres una peregrinación tra­
dicional, festiva: ¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a
la casa del Señor! (Sal 122). El templo de Jerusalén es centro
de convergencia de todos los judíos. Para Jesús lo importante
no son los ritos, la costumbre de Israel, sino que el templo

— 239 —
representa ahora la casa de su Padre, es decir, el hogar pa­
terno. Aunque vuelva a Nazaret, allí no está su casa verda­
dera. También el alcance de esta relación se irá desplegando
más tarde.
Jesús vive espiritualmente en el mundo de las Escrituras.
En el templo encuentra letrados expertos en interpretar esas
Escrituras, interviene en la discusión, y todos lo que lo oían
quedaban desconcertados de su talento y de las respuestas
que daba. El poseía una clave nueva de interpretación, la
clave auténtica. Desde este punto del evangelio es posible
trazar un arco hasta el camino de Emaús.
Jesús es hijo camal de María, nacido de mujer. Por ella
está ligado físicamente a la humanidad. A María está ligado
con afecto filial, como cualquier hijo y más que cualquiera.
También tiene que respetarla como madre: lo manda el de­
cálogo, lo inculcan los Proverbios:

Eclo 3,2 Dios hace al padre más respetable que a los hijos
y afirma la autoridad de la madre
sobre su prole.

Pero esa relación queda relativizada y sometida a otra su­


perior.
Jesús es hijo legal de José, y por él queda públicamente
registrado como descendiente de David. Podemos imaginar
a José representando a la cepa o tocón de Jesé, del que brota
el retoño anunciado (Is 11). Jesús es un heredero potencial
de David, es el heredero del fundador de la dinastía, tiene
sangre regia en sus venas —José es el notario— . Pero también
su relación con José queda relativizada y sometida a una
relación superior de Jesús con el Padre.
Muchos vínculos está cortando el adolescente en un solo
gesto. Por eso lo hace tan espectacular y dramático. No pide
permiso para una infracción de usos y derechos familiares:
él recibe órdenes directamente del Padre. Hace a sus padres
víctimas inocentes de un drama trascendente: María y José

— 240 —
quedan implicados, tienen que aportar su dolor y angustia a
la trama. Un dolor sin atenuantes, como infligido sin expli­
caciones. Suavizar el drama sería quitarle fuerza significa­
tiva. Al final esos actores principales no han acabado de
comprender el alcance de lo sucedido. Lo entenderán más
tarde. El drama se representa todo para nosotros. Al mani­
festar Jesús su relación íntima con el Padre, no nos hace
partícipes inmediatos de ella, sino que se presenta como me­
diador único e indispensable. Jesús, mediador nuestro hacia
el Padre, es cimiento y corona de nuestra vida cristiana. Que
el relato de Lucas nos ayude a profundizar en ello.
En nuestra vida nos vamos emancipando a medida que
crecemos. De los brazos matemos, de la mano paterna, de
los maestros de la escuela, de la patria potestad. Se puede
imaginar la jubilación como última emancipación: ¿para caer
en manos de médicos y enfermeras? De nuestra relación con
el Padre, por mediación de Jesucristo, nunca nos emanci­
pamos; antes bien, crecemos y nos robustecemos en ella. El
Padre quiere ejercer sobre nosotros cada vez más su amorosa
patria potestad. Y nosotros podemos sentimos de nuevo ni­
ños, niños adultos, niños cargados de experiencia, niños sen­
satos. Muchos recuerdos gratos de la niñez y la adolescencia
se agolpan en nuestra mente, transfigurados a la luz de la
paternidad de Dios.

— 241 —
8. Vida oculta

Leemos en Is 45,15:

En verdad, tú eres un Dios escondido,


el Dios de Israel, el Salvador.

¿Qué mejor texto para compendiar los años de Jesús en Na-


zaret? A un Dios escondido corresponde un evangelista ca­
llado. Lucas resume varios lustros del salvador del mundo
en unas pocas líneas:

2,51 Jesús bajó con ellos a Nazaret


y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba en su interior
el recuerdo de todo aquello.
52 Jesús iba creciendo en saber, en estatura
y en el favor de Dios y de los hombres.

El hecho es un desafío a nuestra lógica y proyectos


humanos. Aceptándolo como misterio queremos entender
algo de su sentido. Y apelamos a la voluntad de Dios: Es el
proyecto del Padre para su Hijo. El cumplir durante años la
voluntad de Dios, decimos, es sentido suficiente. Sin em­
bargo, no queremos quedamos en una especie de positivismo
ético o jurídico. Tenemos que dar otro paso, y del aspecto
formal, «está mandado», pasamos al contenido, «¿por qué
está mandado?». Busquemos algunas razones de congruencia
en el contexto del pensamiento bíblico.
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo se
aprecia un curioso interés por la profesión de muchos per­
sonajes; como si la profesión fuera parte de su ser. Adán fue
labrador, le sucedió en el oficio su hijo mayor, Caín, mientras

— 242 —
que Abel era pastor. De dos gemelos, Esaú era cazador y
Jacob pastor. Nemrod era un intrépido cazador, Abrahán y
los hijos de Jacob atendían a los rebaños, los hermanos de
José se presentan al Faraón como pastores. Elíseo araba el
campo, Amos explotaba una finca, David era pastor. Los
apóstoles eran pescadores, Mateo era alcabalero, Pablo curtía
pieles. Unas veces Dios los deja en su oficio para cumplir
su destino, otras veces los arranca de él para una nueva
misión.
Jesús define buena parte de su vida con un oficio: era
artesano. Ni labrador ni pastor; no se dedica al culto como
Samuel o los sacerdotes de su tiempo, no es un intelectual
como los letrados que estudian la ley. Artesano. Sus manos
han entrado en contacto con la madera y la piedra, dos nobles
criaturas de esta tierra nuestra. Sus manos han manejado
instrumentos de metal, inventados y forjados por el homo
faber, por lo cual es heredero de Tubalcaín. Con el contacto
físico, con moderación y respeto, Jesús está cumpliendo el
mandato genesíaco de someter la tierra. Frente a intelectua-
lismos y esplritualismos unilaterales, Jesús reconoce la no­
bleza de la materia creada por su Padre. «Artesano» es oficio
material, aunque no materialista. La piedra y el leño, depra­
vados muchas veces para fabricar ídolos (Dt 28,36; 29,16;
Is 37,19 etc.), son redimidos por la actividad del artesano.
Si la piedra y el leño tuvieran conciencia, se sentirían agra­
decidos al tacto de Jesús.
El Eclesiástico (siglo II a.C) dedica varios párrafos a
los artesanos de su época: labrador, tejedor, grabador de
sellos, herrero, alfarero, y concluye con este balance:
38,31 Todos estos se fían de su destreza
y son expertos en su oficio.
32 Sin su trabajo, la ciudad no tiene caséis
ni habitantes ni transeúntes.
33 Con todo, no los eligen senadores
ni descuellan en la asamblea,
no toman asiento en el tribunal
ni discuten la justa sentencia,

243 —
34 no exponen su doctrina o su decisión
ni entienden de proverbios.
Aunque mantienen la vieja creación
ocupados en su trabajo artesano.

Si bien los versos finales son dudosos, podemos aceptar esa


interpretación probable para aplicárselos a Jesús: el Hijo de
Dios está manteniendo la vieja creación desde dentro, for­
mando parte de ella. Nos reconcilia con la creación material:
no pide perdón a la madera cortada del árbol, a la piedra
extraída de la cantera; tampoco abusa de ellas para el lujo y
la ostentación. Artesano de aldea, atiende a necesidades sim­
ples de una sociedad sin pretensiones.
Ahora queremos aplicárnoslo. Nos sentimos pesados
como la piedra, sin lozanía, como la madera cortada y aún
olorosa. Achaques y limitaciones nos despiertan la conciencia
de que pertenecemos a la vieja creación. ¿No podrá andar
en medio de ella el joven artesano de Nazaret? Aunque ¿para
qué servimos ya? Valemos menos que un instrumento, que
una hermosa piedra de cantería, que una tabla de nogal.
¿Valemos menos? El joven artesano de Nazaret no piensa
así. Por otra parte, y mirando hacia atrás, ¿cuál ha sido
nuestra relación con la creación material? Quizá hayamos
contribuido, directa o indirectamente, a la deforestación (fo­
resta, bosque), a la dilapidación (lapis—piedra). Nos quedan
unos años para volver a amar a los árboles, a las rocas, a
bosques y canchales... Podemos amar sin apetencia cruel de
explotación. Mantengamos contemplativamente la vieja
creación.
Jesús está, además, consagrando algo que llamaré la
cotidianeidad. Se contrapone a lo excepcional, a lo heroico
espectacular, a lo que se solía considerar histórico. Hoy día
los historiadores no se conforman con hechos «históricos»,
sino que curiosean la vida cotidiana de tal o cual época. Es
un descubrimiento sensacional, porque la mayoría de los
hombres devanan su vida en un giro de días iguales y sin

— 244
historia. Y muchos hombres ilustres dejan fluir buena parte
de su existencia en un cauce regular y cotidiano. A lo largo,
y también a lo ancho, la vida cotidiana de la mayoría de fine
la historia de un período, aunque los protagonistas quieran
ocupar ellos solos el escenario. Dejemos representar su drama
(o su farsa) a los grandes protagonistas, y miremos entre
bastidores la tramoya normal de la vida. Allí se encuentra
Jesús de Nazaret, protagonista oculto y desconocido, en el
ritmo cotidiano que está consagrando.
En realidad, lo cotidiano está tejido de múltiples inci­
dencias, de muchos detalles significativos. Si nos acercamos
lo justo, apreciamos una superficie rugosa, un relieve narra­
tivo. Y cuando topamos con la regularidad, sepamos que
también ella es significativa, porque delata constancia, per­
severancia, puntualidad; que también son valores de la vida
humana y que sólo se realizan con tiempo abundante. Jesús
quiso consagrar desde dentro toda esa cotidianeidad: los múl­
tiples detalles significativos, que el evangelista no registró;
la continuidad de muchos años tan llenos de sentido como
vacíos de relato; el trato cotidiano con el Padre. Tenía que
vivir la vida cotidiana de sus hermanos a la larga; saboreando
sus fatigas y satisfacciones, sus penas y consuelos:
Ecl 8,7 Come tu pan con alegría y bebe contento tu vino,
porque Dios ya ha aceptado tus obras... 0 todo lo que está
a tu alcance hazlo con empeño.
Era la voluntad del Padre que Jesús consagrase la co­
tidianeidad. Quizá ahora comprendamos algo de su misterio.
Nuestra vida pasada puede haber sido de protagonistas,
al menos en algunos momentos; en gran parte habrá sido
ordinaria. Al jubilamos nos dicen que lo que hemos hecho
valía la pena. El retiro y los años nos encierran en una nueva
vida oculta, los días se vuelven más iguales, lo cotidiano se
impone. Quizá nos aburra, nos canse, nos desanime. También
nuestra cotidianeidad de ancianos ha sido consagrada por el
joven artesano de Nazaret.
Lucas añade que Jesús seguía bajo la autoridad paterna.
¿Hasta los treinta años o llegó un momento en que dirigió el

— 245 —
taller familiar? Eso sucede después del episodio del templo,
cuando Jesús afirmó los derechos sobre él del Padre celeste.
Lo cual significa que la dirección concreta del Padre pasa
ahora a través de las disposiciones de José y María; los cuales,
por su parte, también se someten a la voluntad de Dios. Jesús
renuncia establemente a la iniciativa, salvo particulares su­
gerencias en el trabajo sometidas a la aprobación de José, y
salvo sugerencias domésticas sometidas a María. También
está sometido a las costumbres sociales, a las ordenaciones
políticas, a las leyes religiosas. Por ese entramado le llega
la voluntad específica del Padre. El aceptarlo en conjunto y
en detalle es su iniciativa, el cumplirlo sencillamente, es el
ejercicio de su libertad. Porque la mayoría de sus hermanos
viven sometidos a un sistema de exigencias sociales que de­
ben contribuir al bien personal y de la comunidad.
Nuestra iniciativa y espontaneidad suceden y se desa­
rrollan dentro de un marco que nos condiciona y nos permite
el desarrollo personal. Lucas recoge otro dato que juzga muy
importante: Jesús iba creciendo. También esto es sentido de
la vida cotidiana: crecer en estatura como una planta, crecer
en saber como ser racional:

Sal 144,12 Sean nuestros hijos un plantío


crecidos desde la adolescencia.

El concepto semítico de «saber» incluye tanto los conoci­


mientos intelectuales como la destreza y habilidad en los
oficios y el tino en la vida. Jesús se somete al aprendizaje
como ley de la vida. El que ha recibido la sangre humana
de María, recibe la lengua humana de sus paisanos, recibe
múltiples conocimientos de otros hombres. Aprender es in­
sertarse en una tradición plural.
¡Qué gozo el de María y José, asistir a ese crecimiento!
Por los ojos de aquellos dos privilegiados se asoma toda la
humanidad para ver crecer y aprender al mejor de sus hijos.
De los hombres recibe el que a los hombres dará. Como del
Padre recibe órdenes por mediación de autoridades humanas,

— 246 —
así recibe del Padre saber por mediación de la competencia
humana.
Ahora bien, esa figura de aprendiz ¿puede interesar a
los ancianos? Hace mucho que terminó para ellos el tiempo
de aprender; ahora les toca desaprender: olvidar conocimien­
tos y entumecer habilidades. Pero pueden mirar en tomo.
Como observan complacidos el crecimiento de nietos o pa­
rientes pequeños, pueden contemplar espiritualmente el cre­
cimiento del adolescente de Nazaret. Contemplándolo, lo
sentirán más próximo, más enraizado en la tierra nutricia y
en la historia anónima de los hombres. En vez de ceder a
una envidia que brota de la impotencia, el anciano puede
complacerse y disfrutar del progreso humano de los que no
considera extraños. Y nadie menos extraño en nuestra vida
que Jesús de Nazaret. Quizá el anciano pueda contemplar
con más desinterés, reviviendo en otros lo que para él es
pasado.
No sólo eso, sino que el anciano sigue siendo capaz de
otros crecimientos. Jesús iba creciendo en el favor de Dios
y de los hombres. Para imitarlo en ello no hay límites de
edad. Hemos conocido, por la historia y la experiencia, mu­
chos ancianos que se ganaron o aseguraron o incrementaron
el favor o estima de los hombres. En cuanto al favor de Dios,
¿quién hurgará en el secreto del hombre? ¿Quién pondrá
límites al amor del Padre celeste?

— 247 —
9. Bautismo

El bautismo de Juan era un rito penitencial. Juan de­


nunciaba los pecados, como hacían los profetas:
Le 3,7 ¡Camada de víboras! ¿Quién os ha enseñado a
vosotros a escapar del castigo inminente? Pues, entonces,
dad el fruto que corresponde al arrepentimiento...
El pueblo confiesa sus pecados, y Dios los perdona. Como
signo de la conversión interna, los penitentes se sumergían
en el río Jordán y emergían de él.
En este rito confiesan dos hechos correlativos: que en
las relaciones con Dios ellos son culpables y Dios inocente,
que ellos no tienen razón y Dios la tiene, que a ellos compete
la injusticia y a Dios la justicia. Y porque Dios es la parte
inocente, porque tiene razón en su conducta, puede con todo
derecho ejercitar la justicia, bien condenando al culpable,
bien exigiéndole una compensación, bien perdonándolo del
todo. Sólo la parte inocente puede en justicia perdonar al
culpable (no el juez); la parte culpable cumple con la justicia
reconociendo su culpa, y también pidiendo y aceptando un
perdón gratuito.
Así cumplían con la justicia los penitentes del Jordán,
y Juan como mediador del rito. Así actuaba Samuel (1 Sm
12), así se lee en las grandes liturgias penitenciales de después
del destierro: Esd 9, Neh 9-10, Dn 9, Bar 1-2. Y Jesús,
¿cómo cumplirá con la justicia en este asunto? Pensaríamos
que sustituyendo a Juan, actuando como profeta de denuncia
y mediador del perdón. Un día será así; al principio de su
ministerio ocupa el puesto de los pecadores. Y para que la
paradoja no se desvirtúe, afirma a Juan que así tiene que
cumplir con la justicia.

— 248 —
No puede Jesús confesar pecados propios; pero puede,
solidarizarse con sus hermanos pecadores con más fuerza que
Nehemías o Daniel, porque su inocencia es total, y así resulta
pura la solidaridad. Mezclándose con la carne pecadora, va
a dar un testimonio tácito: que confesar humildemente el
pecado es ir entrando en el recinto de la justicia, no la propia,
sino la de Dios, que se comunicará en forma de perdón. Su
presencia todavía anónima convalida el rito y dice que la
humildad es una forma de justicia.
Juan se resiste: no es justo que el Mesías reciba de sus
manos el bautismo. Y Jesús afirma categóricamente: ellos
tienen que cumplir con la justicia de ese modo, mostrando
que la humildad es una forma de justicia. Primero la humildad
en relación con Dios, consecuentemente la humildad en re­
lación con los hombres. Juan no puede considerar un honor
bautizar al Mesías; es un acto que lo avergüenza, lo confunde.
No lo realiza vanidosamente, se somete al deseo de Jesús
humildemente. Para los dos, en este momento, es el modo
de cumplir con la justicia.
Así pues, Jesús entra en la corriente milenaria del río.
Como los israelitas antaño, atraviesa su Mar Rojo, su Jordán.
Se expone a las aguas cósmicas que han bajado del Líbano
y del cielo. Corriente de vida que puede volverse mortal.
Frontera posible de pueblos y culturas. Inmerso e inmerso.
Como antaño el arca, plantado en medio del cauce, dete­
niendo imperiosamente un caudal amenazador, separando
creativamente aguas de tierra firme. Como en otros tiempos
Elias y Elíseo, atravesando señorialmcnte la corriente. Nuevo
Jonás no devorado ni por la corriente ni por el monstruo
marino, antes devuelto a la tierra para predicar el reinado de
Dios. ¡Cuántas aguas se han agolpado y apresurado para
alcanzar a tocar su cuerpo!; ¡cuántos manantiales han sus­
pirado por enviarle su homenaje fluvial! Todos los ríos del
planeta querrían ser hoy Jordán para rozar su carne. Y el
humilde Jordán no sabe que hoy los representa a todos.
Un día se invertirán las funciones: él será el manantial
del cual brotarán raudales de agua viva y vivificante. De su

— 249 —
vientre brotará el agua con el Espíritu, de su costado abierto.
Y el baustismo que él ofrezca será no sólo de purificación,
sino de regeneración. Nuevo Jordán de aguas o entrañas ma­
ternas, fecundadas por el Espíritu.
Al salir Jesús del agua, se ve y se escucha el testimonio
conjunto del Padre y del Espíritu. El Padre declara: Este es
mi Hijo preferido, mi predilecto. El Espíritu, en figura de
paloma, baja y se posa sobre él. La revelación es doble y
correlativa: al presentarlo como Hijo, se manifiesta como
Padre. El Hijo provoca la revelación de Dios Padre; Dios se
complace en ese hombre, que es Hijo suyo. Desde ahora la
humanidad tiene algo valioso que presentar a Dios, algo que
vale la pena. Hasta ahora, todo cuanto los hombres presen­
taban a Dios, lo simple y notablemente humano, era defi­
ciente, manchado o mutilado. Ahora la humanidad presenta
a Dios este hijo suyo, que emerge de la corriente de las
generaciones, y Dios lo encuentra perfecto, acabado. En ade­
lante, con él y por él, la humanidad podrá ofrecer a Dios
otras cosas valiosas. En tomo al hijo predilecto habrá muchos
hijos dilectos.
El testimonio del Espíritu es visual y tiene algo de acer­
tijo. El Espíritu es viento que se agita y mueve: sólo mo­
viéndose, el aire es viento. Pasa y no sabes de dónde viene
y adónde va, aunque le señales una dirección geográfica;
pero, a veces, como que el viento se repliega y condensa
para posarse. Así los cuatro vientos de Is 11, que se cruzan
y se posan sobre el retoño de Jesé. Pues bien, el retoño de
la dinastía davídica está ahí, confundido con los pecadores.
El testimonio humano es que se trata de un pecador de tantos;
el testimonio divino invierte el veredicto: es el único ple­
namente inocente. El Espíritu= viento quiere posarse en él,
porque en el mundo es su centro.
Se posa como un ave. ¿Por qué en figura de paloma?
Insertando el texto en un contexto amplio, de Antiguo y
Nuevo Testamento, resulta un sentido nupcial probable. «Pa­
loma» es el título de la novia, la amada, la esposa, en el
Cantar de los Cantares. El evangelio de Juan desarrolla su­

— 250 —
tilmente el tema nupcial, en el ciclo del Bautista, hasta la
declaración explícita: el que se lleva a la esposa es el esposo
(Jn 3), o sea, el Mesías, Jesús. Recordamos una parábola
evangélica que comienza: Un rey celebraba las bodas de su
hijo... Al final del Apocalipsis, en el gran diálogo nupcial
de amor, la esposa habla al unísono con el Espíritu (Ap 22).
La figura de paloma sugiere para Jesús el título mesiánico
de esposo.
Testimonio conjunto del Padre y el Espíritu acerca del
Hijo. ¿Dónde suena hoy ese testimonio? Pablo dice que Dios
ha dejado un testimonio. ¿Acudimos al evangelio, donde ha
quedado consignado? Sí, pero no basta sin más. Cada cris­
tiano tiene que escuchar en su interior el testimonio del Padre
y del Espíritu acerca de Jesucristo. El testimonio es feha­
ciente, exige respuesta de fe; es convincente, exige indubi­
table adhesión. En nuestra vida cristiana hemos oído muchas
veces hablar de, disertar de... Es hora de escuchar en silencio
el testimonio inmediato, dirigido personalmente a nosotros.
Nada puede suplir a ese testimonio. El testimonio que daban
los mártires con su paciencia y su sangre era resonancia de
ese testimonio interior.
Lejos queda nuestro bautismo, comienzo de nuestra vida
cristiana. Es sacramento de filiación: del seno materno de la
Iglesia, fecundado por el Espíritu de Jesucristo, fuimos re­
generados para Dios, que nos adoptó como hijos y hermanos
de Jesucristo. En los antiguos textos litúrgicos, el bautismo
es también nupcial; porque, empezando a ser miembro de la
Iglesia, esposa del Mesías, el cristiano es parte de ese cuerpo
nupcial. El bautismo queda lejos: ¿olvidado?, ¿puro docu­
mento, «partido bautismal» en un archivo parroquial? El di­
namismo de la filiación, el amor nupcial, deben seguir vivos
y crecientes. El testimonio del Padre y del Espíritu sobre
Jesucristo, al dirigirse a nosotros, testimonia también nuestra
situación cristiana. Para eso nunca es tarde. Más aún, como
los años nos hacen volver a los recuerdos infantiles, gozo y
añoranza, así pueden transportamos al recuerdo de nuestro
bautismo, gozo y esperanza.

— 251 —
10. Desierto

Como el viento empuja a la nave de vela mar adentro,


así el Espíritu= viento empuja a Jesús al desierto para so­
meterlo a la prueba.
Ir al desierto es alejarse de la cultura agraria y urbana:
en el desierto no se construyen ciudades ni se plantan huertos.
Granos de arena como gotas de agua, suave oleaje de dunas
móviles, calor diurno y frío nocturno, inmensidad y soledad.
El desierto es además, para Jesús, alejarse del presente en
un viaje al pasado; o un revivir el pasado en el presente: las
andanzas de los israelitas, cruzado el Mar Rojo, durante cua­
renta años. Su ayuno es como el de Moisés en la montaña,
su viaje se parece al de Elias (1 Re 19).
El desierto es indefinido y simple. Desierto puede ser
lejanía del tráfico y el tráfago, abandonar múltiples ocupa­
ciones y suprimir preocupaciones. Uno puede así concen­
trarse en una cosa. Podemos imaginar la jubilación como una
especie de desierto: ¿para quedar desocupados? He ahí el
miedo que muchos sienten ante la jubilación forzosa: quedar
desocupados y sin empleo en la vida, después de haber de­
sempeñado tareas importantes.
Pero Jesucristo en el desierto no está desocupado, porque
el Espíritu le ha asignado una tarea importantísima: orar al
Padre. La diferencia es que el desierto de Jesús es inicial y
programático, el nuestro es final y de balance. Hacer balance
desapasionado de una vida, ¿no es ocupación? Algunos an­
cianos se dedican a escribir sus memorias, si son escritores;
a recitarlas oralmente (hasta hacerse pesados con la reitera­
ción). Mantener vivo el pasado en el recuerdo, ¿no es ocu­
pación? Escuchar al Padre y responderle, ¿no es ocupación?
Los abuelos anónimos son anillos insustituibles en la cadena

- 252 —
de la tradición humana. Dicen que en la Rusia comunista,
estando los padres alejados en su respectivo trabajo, tocaba
a los abuelos transmitir a los nietos el mensaje cristiano. La
tradición se soldaba de abuelos a nietos. Rememorar el pa­
sado, ya sin traumas, puede ser gran tarea. El anciano tiene
la capacidad de calmar el oleaje: aplica una mano al pecho
serenando la pasión. En su recuerdo, el pasado se filtra y se
decanta. No sé cuándo se crearán archivos en los que ancianos
anónimos puedan registrar para la posteridad sus recuerdos
cotidianos o excepcionales (tendría que ser de modo selec­
tivo). De ese modo el desierto se puebla de imágenes y
sonidos. Pero, sobre todo, se puebla de la presencia de Dios.
¿Y no sería tarea valiosa recitar el pasado teniendo presente
a Dios? ¿No ganaría en anchura y profundidad?
A lo largo de su vida, es posible que el anciano haya
hecho ejercicios espirituales más de una vez. Eran etapas
breves, intensas, de desierto. ¿Cómo deben ser los ejercicios
espirituales del anciano?
En el desierto Jesús oraba. ¿Podemos barruntar algo de
la oración de Jesús, de su alabanza y súplica, de su unión
con el Padre? El evangelio dice que Jesús oraba, y en algunas
ocasiones recoge frases brevísimas de su oración. Por nuestra
parte, ¿podemos pensar que la oración de nuestros grandes
místicos fue superior a la de Jesús? A sabiendas de que nos
quedamos muy lejos, en el margen del desierto, procuremos
pensar y sentir en silencio que Jesús está en oración. Nadie,
de toda la humanidad, ha orado como el Hijo predilecto. Nos
basta sentirlo; si pudiéramos articularlo, lo dejaríamos em­
pequeñecido.
Un día Jesús nos enseñó su oración, que llamamos Padre
nuestro, oración dominical. Pues ensayemos a contemplar
por analogías cómo pronunciaría él las peticiones, cambiando
algunas.
¿Cómo decía Jesús ¡Padre!? Convoquemos recuerdos de
nuestra infancia: cuando alzábamos los ojos y las manos a
nuestro padre y nuestra madre —porque Dios es tan madre

— 253 —
como padre, está por encima de la distinción englobando
todos los aspectos— ; cuando, doloridos de una caída, acu­
díamos a enseñar la herida; cuando, golpeados por un com­
pañero, nos refugiábamos en los brazos paternos; cuando,
reprendidos por la maestra, buscábamos alivio y comprensión
en los padres. Recordemos también los momentos en que
hemos pedido consejo competente y desinteresado, momen­
tos de despedida y reencuentro. Miremos en torno a otros
hijos en relación con sus padres, hagamos de todos esos
recuerdos un ramo apretado y volvamos a preguntar: ¿cómo
decía Jesús ¡Padre!? El ha inaugurado válidamente la invo­
cación y la ha llenado de sentido.
Jesús pide que los hombres reconozcan y respeten la
santidad de Dios, de su nombre y fama. Él, que posee la
plenitud del Espíritu Santo, sabe lo que es la santidad de
Dios. Pide que ese nombre no sea profanado, que su fama
no sea desprestigiada. Jesús pide que venga el reinado del
Padre. A ello va a dedicar su predicación: a anunciar y realizar
la llegada de ese reinado. Pide que se acabe el reinado del
egoísmo, del pecado y de la muerte. Pide que los hombres
se sientan felices de tener a Dios por rey. Pide que en la
tierra se cumpla la voluntad celeste, pues él ha venido a
cumplir la voluntad de su Padre. También pide para sí y para
nosotros el pan del sustento cotidiano y el pan escatológico
del banquete celeste. Siente el hambre de los hambrientos y
pide que nosotros la sintamos. Conoce otro pan más necesario
al hombre y está dispuesto a entregarse como pan. No pide
perdón de sus culpas, sino perdón para los culpables; y pide
que los hombres aprendan de él a perdonar. Pide fuerzas para
la prueba que se avecina. Pide que no triunfe el Maligno, a
quien ve avanzar con un proyecto opuesto al de Dios.
Es una oración programática, antes de comenzar su mi­
nisterio. El cual se cerrará un día con la invocación al Padre,
la aceptación de su voluntad en Getsemaní, la sed, en vez
de hambre, en la cruz, el perdón de los enemigos (¡Padre,
perdónalos!), la expulsión del Maligno, la victoria del reinado
del amor. (Queden en el fondo estas sugerencias mientras

— 254 —
nos concentramos en silencio contemplando la oración de
Jesús en el desierto).
Ahora suceden las llamadas tentaciones o pruebas, que
se escenifican como confrontación dramática con el demonio.
Situación dramática, con protagonista y antagonista ocupando
toda la escena. La oración no va a ser siempre alabanza
admirada, súplica intensa, unión gozosa y sosegada con Dios.
La oración puede llevarnos a situaciones dramáticas de lucha
interna, de ser agitados por diversos espíritus, como diría
San Ignacio.
En la contemplación de la vida y doctrina de Cristo se­
nos gritan exigencias que provocan nuestra repugnancia y
resistencia humana. Grandes decisiones suelen ser fruto de
grandes batallas espirituales. Incluso podemos sospechar de
una vida de oración que discurra en perfecta tranquilidad.
Pablo ha dado voz, en el capítulo 7 de la carta a los Romanos,
al drama interior de querer y no querer, querer y no poder:

Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy camal, vendido


como esclavo al pecado. Lo que realizo no lo entiendo,
pues to que quiero no lo ejecuto, lo que detesto lo hago.
76
Ahora , si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de
acuerdo con la ley en que es excelente, 17pero entonces no
soy yo el que realiza eso, sino el pecado que habita en mí.
18 Sé que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne;
jorque el querer lo bueno lo tengo a mano, el realizarlo no;
pues no hago el bien que quiero, sino que realizo el mal
que no quiero. 20 Ahora bien, si hago lo que no quiero, no
lo realizo yo, sino el pecado que habita en mí.
21 Así descubro en mí esta disposición: que cuando quiero
hacer el bien, se me pone al alcance el mal. En lo íntimo,
cierto, me agrada la ley de Dios, pero en mis miembros
descubro otra ley que guerrea contra la ley de la razón y me
hace prisionero de la ley del pecado que habita en mis miem­
bros.

Si estuviéaramos totalmente entregados a la voluntad de Dios,


no sentiríamos la lucha interna, aunque estaríamos todavía

— 255 —
expuestos a ataques desde fuera. En nuestra situación, el
ataque exterior cuenta con una quinta columna interior.
Jesús está totalmente movido por el Espíritu, entregado
a la voluntad del Padre. Sin embargo, los evangelistas quieren
escenificar el drama patético de su misión. Las figuras de la
escenificación son dos personajes que dialogan. El asunto
podemos definirlo como el proyecto de Dios y el antiproyecto
de Satán. «Satán» es en hebreo el rival, el fiscal, el anta­
gonista. Los evangelistas le prestan voz y concentran los tres
actos del drama en tres ofertas y tres réplicas. Un drama en
tres actos con cambio de escenario; tres actos condensados
en escuetos intercambios verbales. La enorme concentración
exige de nosotros una atención sin prisas. Exige, además,
que entremos en el drama como actores implicados y que no
nos quedemos fuera como espectadores neutrales. El espec­
táculo que vamos a contemplar es el drama de nuestra exis­
tencia cristiana y humana. Nos va mucho en él, nos va todo.
La condensación, por otra parte, permite y provoca lecturas
diversas, según los interesados.
Primer acto.
Mt 4,3 El tentador se le acercó y le dijo: —Si eres Hijo
de Dios, di que esas piedras se conviertan en pan. 4Le con­
testó: —Está escrito: no de solo pan vive el hombre, sino de
toda palabra que pronuncia la boca de Dios.
A Jesús lo ha conducido el Espíritu a una situación de hambre;
a Jesús le ha concedido el Padre el poder de hacer milagros.
Pues que ensamble las dos piezas y, con un simple milagro,
satisfaga el hambre. ¿No se pueden desgranar espigas en
sábado para saciar el hambre? ¿No hará Jesús un milagro
para dar pan y pescado a una multitud? Pues que empiece
por sí mismo. Pero poder no justifica sin más el ejercicio,
porque el uso del poder está enmarcado en el proyecto con­
creto de Dios. Si el alimento es necesario para la vida, más
necesario es recibir y cumplir la palabra de Dios.
Que la física o la química o la ingeniería puedan hoy
hacer milagros —en expresión popular hiperbólica— no sig­

— 256 —
nifica que estén exentas de una instancia ética y religiosa.
Aunque a primera vista parezca que su acción se ordena a
satisfacer alguna necesidad urgente, tiene que insertarse en
un contexto que la engloble y la regule. Pues ¿qué decir
cuando esos poderes se ejercen para satisfacer caprichos inú­
tiles, respondiendo a codicias y ambiciones? ¿Puede el hom­
bre explotar sin más las piedras, la tierra, so pretexto de
convertirlas en pan?
Hemos recibido de Dios dones, cualidades, poderes,
capacidad de realizar cosas; quizá dones espirituales para el
ministerio apostólico. El poder recibido no justifica cualquier
ejercicio, sino que ha de quedar sometido y enmarcado en
la voluntad concreta de Dios. También se condena la men­
talidad que los italianos llaman «miracolismo»: pensar que
las situaciones y problemas se resuelven con milagros y no
poniendo los medios humanos. Podemos darle otra versión:
el hombre prescinde de la voluntad de Dios, provoca des­
gracias y aun desastres, y luego invoca a Dios para que los
remedie. Como el niño que, por desobedecer, estropea el
juguete y acude a su padre para que se lo arregle.
Segundo acto:

5 Entonces se lo llevó el diablo a la ciudad santa, lo colocó


en el alero del templo 5 y le dijo: —Si eres Hijo de Dios,
tírate abajo; porque está escrito: A sus ángeles ha dado ór­
denes para que cuiden de ti y te lleven en volandas, de modo
que tu pie no tropiece en la piedra.
7 Jesús repuso: —También está escrito: no tentarás al
Señor tu Dios.

Esta vez Satán corrobora su propuesta con un argumento de


Escritura. Será un milagro espectacular, convincente, con el
cual Jesús se llevará de calle a todo el mundo. Pero eso es
tentar a Dios, es decir, una especie de chantaje. Yo me tiro;
y tú, o me salvas, o pasas por embustero, que prometes y
no cumples. Eso es querer servirse de Dios como instrumento
de planes personales. Así no se santifica el nombre de Dios,
no se acredita su fama. Y si alguien invoca fines nobles («lo

— 257 -
hago para que se manifieste la gloria de Dios»), tanto peor.
¡Abusar de Dios para glorificar a Dios!
Jesús hará muchos milagros cuando el Padre quiera:
¿convencerá con ellos a todo el mundo? Convencer es con­
seguir la respuesta de la fe. Cuando el Padre quiera, Jesús
provocará una situación extrema: no acudirá a la enfermedad
de Lázaro, esperará a que muera, para que se manifieste la
gloria de Dios. Cuando Jesús esté, no en la torre del templo,
sino en el madero de la cruz, alguien le exigirá el milagro
de bajarse: ¿era gloria de Dios que bajara de la cruz?
Podemos observar otro detalle: cómo Satán tuerce el
sentido de la Escritura con su burdo literalismo y su aplicación
abusiva. Eso es volver contra Dios la palabra de Dios. Jesús
responde con otra cita de la Escritura correctamente aplicada.
Tercer acto:
8 Después se lo llevó el diablo a una montaña altísima
y le mostró todos los reinos del mundo con su esplendor,
diciéndole: —Te daré todo eso si te postras y me rindes
homenaje.
10 Entonces le replicó Jesús: Vete, Satán, porque está
escrito: Al Señor tu Dios rendirás homenaje y a él solo ser­
virás.

La escena finge una montaña altísima, ideal, desde la cual


se alcanza a ver todo el disco de la tierra habitada. Todo el
mundo de la economía, la política, la sociedad. Ese mundo
se rige por un sistema de valores que no es el de Dios, y
funciona con unos métodos que no son los de Dios. Pues
bien —presupone Satán—, hay que seguir las reglas del juego
para conseguir algo o todo en ese mundo. Satán afirma con­
trolar principios y métodos: quien acepte su imperio triunfará
en el mundo. Es así que Jesús necesita triunfar en el mundo
para implantar en el mundo el reinado de Dios, luego debe
someterse a Satán para realizar el proyecto.
Hacerse con el poder para implantar desde arriba el
reinado de Dios. Montar un imperio económico para financiar

— 258 —
con éxito empresas apostólicas. Buscar prestigio y fama para
hacer convincente el mensaje evangélico. La escena de Mateo
desenmascara tales pretensiones. Abrazar los métodos del
rival de Dios no difunde ni consolida el reinado de Dios. En
el drama del evangelio, Satán descubre las cartas, para que
comprendamos nosotros el juego. En la vida de la Iglesia y
la nuestra personal, Satán esconde las cartas y repite con
reiterado éxito su trampa. ¡Con qué facilidad caemos en la
trampa! ¡Cómo resuena a lo largo de la historia la risa burlona
de Satán, el rival de Dios! Dostoyevsky lo ha plasmado en
su relato del Gran Inquisidor. El juego daría para innume­
rables relatos. ¡Cuántos disfraces puede vestir Satán, cuántas
variaciones puede adoptar el tema fundamental!
El proyecto del Padre para su Hijo no es el milagro fácil,
el éxito espectacular, el dominio arrollador. El Padre propone
un proyecto de humildad, paciencia, comprensión, atracción
suave, sacrificio generoso, desprendimiento... Lo que va en
contra es antiproyecto, o proyecto del rival de Dios. El drama
del evangelio tiene para Jesús valor programático. En la ter­
cera edad puede servir de criterio para el balance de una vida:
cuántas veces, hasta qué punto hemos seguido el plan de
Dios; cuántas veces hemos caído en la trampa del rival. Pero
la escena conserva todavía en la tercera edad un valor pro­
gramático y aleccionador. Porque a Satán le quedan disfraces
no gastados en nosotros, porque Dios tiene su proyecto para
la última etapa de nuestra vida.

— 259 —
11. Vocación apostólica

Después del bautismo, Jesús comienza a reunir a un


grupo de futuros colaboradores llamándolos personalmente.
Se puede considerar esta meditación como «repetición» de
la meditación fundamental de la segunda semana, en la or­
denación de los Ejercicios de Ignacio. Selecciono tres lla­
madas: Pedro, Leví=Mateo, Natanael.
Comenzamos por la llamada de Pedro en la versión de
Lucas. Simón trabaja con un grupo de gente joven y robusta,
en sociedad o compañía, dedicada a la pesca en el lago. Ni
ricos ni pobres, más ignorantes que cultos, probablemente
creyentes y practicantes. Lo importante es que Jesús irrumpe
en medio de sus faenas. No se ha dirigido al desierto de Judá,
a la comunidad casi monástica que vive a orillas del Mar
Muerto; tampoco se ha dirigido a la capital, Jerusalén, donde
se concentra la gente culta e influyente. Se aleja hasta Galilea
y selecciona a unos jóvenes que probablemente no militan
en ningún partido político o religioso; no están definidos. El
paso de Jesús va a provocar una tormenta pacífica junto al
lago y va a cambiar el curso de varias vidas.
Jesús sube primero a la barca de Simón y le pide un
pequeño favor, que le halaga porque le hace medio prota­
gonista. Su barca será el púlpito improvisado y oscilante
desde donde Jesús adoctrinará a los que se reúnan a la orilla.
Después viene la pesca milagrosa. El salmo 8 dice de solos
los peces que trazan sendas por el mar; ¿no la trazan las
aves por el aire y los cuadrúpedos por tierra? Las sendas de
los peces forman un tejido irrecuperable y escondido: ¿quién
puede fijar sus múltiples trayectorias? ¿Quién atraviesa con
la mirada estratos de agua hasta descubrir el rumbo exacto
y la velocidad de un banco de peces? Sin embargo, desde el

— 260 —
primer capítulo del Génesis, el hombre es señor de aves,
cuadrúpedos y peces. Ese pleno dominio ideal lo realiza ahora
Jesús: Echad las redes para pescar. Hacía falta el fracaso
precedente, de toda la noche, para establecer el contraste: lo
que no han sabido o podido pescadores avezados, lo hace
con toda naturalidad Jesús. Tal pericia demostrada servirá
para el asalto trascendental.
Simón se asusta al reconocer que Jesús es un «hombre
de Dios». Los ojos perspicaces que sorprenden el movimiento
escondido en el seno de las aguas, podrán ver también los
movimientos ocultos, quizá turbios, del corazón de Simón.
¿Qué imágenes y fantasías y deseos trazan sendas por esa
intimidad? Dios sondea corazón y riñones (Jr 11,20; 12,3;
Sal 17,3; 26,2; Prov 17,3). Y si lo sorprende, podrá atraer
el castigo del cielo; como Elias, a quien dice protestando
aquella mujer fenicia:
1 Re 17,18 ¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido
a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?

Aunque contento por la abundante pesca, Simón tiembla


ante la presencia del hombre de Dios y pide a Jesús: Apártate
de mí, Señor, que soy un pecador. Confesión humilde y
temerosa. Jesús lo tranquiliza con la fórmula clásica: «No
temas». Pedro no confiesa un pecado particular, sino que
descubre su condición pecadora. La presencia y acción de
Jesús ha sido como luz que alumbra lo oculto, lo disimulado,
lo olvidado.
Sal 90,8 Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada.

Esta conciencia de la propia condición pecadora es presu­


puesto necesario para recibir la nueva vocación. Como si,
para cambiar de dirección en la vida, fuera necesario re­
montarse al manantial, para limpiarlo a fondo.
La nueva vocación se formula con elegancia: En ade­
lante seréis pescadores de hombres. La frase puede arrastrar

— 261 —
resonancias ingratas, especialmente por el uso que hizo Ha-
bacuc de la imagen:

1,14 Tú hiciste a los hombres como peces del mar...


15 y él los saca a todos con el anzuelo,
los apresa en la red, los reúne en el copo;
luego ríe satisfecho y ofrece
sacrificios al copo, incienso a la red.

Por su parte, el Eclesiastés pone dos comparaciones:

9,12 El hombre no adivina su momento:


como peces cogidos en la red,
como pájaros atrapados en la trampa,
se enredan los hombres cuando un mal momento
los sorpende de repente.

La imagen cambia de signo en boca de Jesús: toda la actividad


precedente de los pescadores, toda la maestría en el oficio,
será metáfora de la nueva actividad. Pescar hombres no será
prepotencia ni explotación, sino salvación.
Una vocación juvenil que define un nuevo curso de la
existencia, ¿nos puede valer de ejemplo a nuestra edad? Re­
flexionemos: la jubilación, ¿no podría encauzar conocimien­
tos y destrezas adquiridas hacia una actividad claramente
apostólica?
La segunda llamada es la de Leví=Mateo, tal como la
cuenta Lucas 5,27-32. También Leví se encuentra dedicado
a su oficio, que no goza de buena reputación. El recaudador
o alcabalero ejercía el cargo en nombre de Roma, potencia
de ocupación, y debía entregar la cantidad estipulada como
fuera. Si el alcabalero cobraba de más y se quedaba con el
resto, tanto más segura resultaba para Roma su colaboración.
Los del oficio se hacían ricos a costa de la gente pobre y en
connivencia con los señores extranjeros. A Mateo, por tanto,
lo sorprende Jesús en medio de su tarea cotidiana, sólo que
es una tarea sucia, que ni como metáfora del nuevo oficio
se puede rescatar.

— 262 —
No es en el vacío, sino en la abundancia de maldad,
donde resuena una llamada soberana: ¡Sígueme! Sólo Jesús
puede pronunciar una palabra de semejante eficacia. Casi
como la palabra creadora que sonaba en el caos, que ahora
suena en plena actividad pecadora. Sígueme. El, dejándolo
todo, se levantó y lo siguió. «Todo» es: el banco de los
impuestos, los montones de dinero estrujados a la gente, el
oficio productivo, el prestigio de clase. Lucas no entra en la
mente de Leví. Se diría que quiere concentrar la atención del
lector en el poder de la llamada: «Sígueme... y lo siguió».
«Que exista la luz, y la luz existió».
Repasemos de nuevo aquella llamada que, en la encru­
cijada de la juventud, encauzó nuestra actividad. Y las otras
llamadas, suaves o imperiosas, que han ido sonando a lo
largo del camino. ¿Nos hemos encerrado y tapado los oídos
para no escucharlas? Ahora que nuestra vida declina, ¿podrá
sonar una nueva llamada? Simón está bregando en el mar,
Leví está sentado manejando dinero; Jesús los arranca de la
ocupación cotidiana para conducirlos al apostolado. Podemos
sentir y vivir la jubilación como un ser arrancados de la
actividad acostumbrada para comenzar una tarea más clara­
mente apostólica. Si éramos pescadores, emprendamos un
nuevo tipo de pesca; si manejábamos dineros ajenos, admi­
nistremos dineros de la Iglesia, de los pobres. En vez de
sentirnos inútiles, frustrados en una capacidad acumulada y
una energía todavía viva, escuchemos la voz amiga y po­
derosa que nos invita a ser gloriosamente útiles.
Como despedida del cargo, en esa jubilación forzosa y
anticipada, Leví ofrece un banquete a sus colegas poco ho­
norables y a Jesús. Éste acepta, y los fariseos se escandalizan:
¡con alcabaleros y descreídos, ni rozarse! El escándalo de
ios fariseos le sirve a Jesús para pronunciar una sentencia
programática: No necesitan médico los sanos, sino los en­
fermos. No he venido a llamar a la conversión a los justos,
sino a los pecadores. Pecadores de condición lo somos todos;
de acto, en diverso grado. El que se considera justo, reniega
de su condición y se incapacita para reformarse. Simón era

— 263 —
un honrado pescador que descubrió su condición pecadora.
Leví era un deshonesto alcabalero, que no necesitaba de­
mostraciones. A ellos y a otros como ellos viene Jesús a
salvarlos, ante todo del pecado que los esclaviza. Y la sal­
vación puede ser tan arrolladora que convierta al pecador en
apóstol de por vida. El paso de Jesús por nuestra vida no
está confinado a una época o edad.
Hay más, si nos fijamos en la llamada a Leví a seguir
a Jesús. Durante toda la vida queda pendiente el último tramo
del seguimiento: Adonde yo voy tú no puedes seguirme ahora;
me seguirás más tarde. El último viaje de Jesús es: Me voy
al Padre, su ascensión celeste. Un día pasará al margen de
nuestra vida y nos arrancará soberanamente de nuestras tareas
o fatigas o dolores, diciéndonos: ¡Sígueme! Dejaremos todo
lo que en esta vida nos entretiene y lo seguiremos hasta la
casa del Padre.
A Natanael no lo llama Jesús directamente, sino que se
vale de Felipe. Este desea comunicar a su amigo el descu­
brimiento: nada menos que el anunciado y esperado en la
Ley y los Profetas (dos cuerpos del AT). Cuando su amigo
le identifica la persona del Mesías, es decir, Jesús de Nazaret,
Natanael se muestra escéptico: ¿De Nazaret puede salir algo
bueno? Felipe le contestó: Ven y verás. Así empieza el juego
del ver y ser visto.
Natanael necesita ver para vencer su incredulidad, su
escepticismo, sus prejuicios. Pero, antes de ver, va a ser
visto: Jesús vio venir a Natanael y comentó... Jesús ve venir
al curioso escéptico de este momento y con su mirada se
remonta al pasado y penetra en lo íntimo. ¿Qué ve en el
pasado de Natanael? Algún secreto personal del joven lo­
calizado en un lugar para él significativo; o bien su vida
cotidiana y tranquila bajo la parra y la higuera. No sabemos
de qué se trata; sabemos que Jesús ve el pasado y se lo trae
a la memoria a Natanael. ¿Qué ve en lo íntimo? Un israelita
sin falsedad, es decir, un Israel que ya no es Jacob. En la
etimología popular, Jacob suena a «falso, tramposo». Jacob
era falso de nacimiento: estafó a su hermano con un guiso

264 —
de lentejas, le robó la bendición testamentaria engañando
burdamente al padre anciano y ciego. Pero un día vio una
escala o rampa misteriosa, y otro día luchó con un desco­
nocido que era Dios. Se reconcilió con su hermano y fundó
la familia de las doce tribus. Ahí está Natanael, que representa
no al Jacob falso, sino al Israel Luchador con Dios. Todo
eso ha visto Jesús en una mirada. Natanael, al verse descu­
bierto por Jesús, ve también y confiesa: Tú eres el Hijo de
Dios, el rey de Israel. El israelita auténtico reconoce al rey
de Israel. Ha visto, pero le queda por ver. En el lugar de la
escala o rampa apoyada en tierra y alcanzando el cielo, se
coloca Jesús, mediador de las relaciones de los hombres con
Dios, descendentes y ascendentes: Veréis el cielo abierto y
a los ángeles de Dios subir y bajar por este hijo de Adán.
Se diría, la de Natanael, una vocación contemplativa: ser
visto y ver. La tradición ha identificado a ese Natanael con
el apóstol Bartolomé, implicando que su vocación contem­
plativa se ordenaba al apostolado y culminaría en el martirio.
Ahora le toca a Natanael repetir: Ven y verás, síntesis
admirable de apostolado. No es: «déjame que te cuente y te
explique todo; sabrás que,..»; sino «ven y verás». Yo sólo
te invito, te acompaño, te pongo en contacto, te presento. El
resto es cosa tuya; «ven y verás». Siempre nos queda por
ver, hasta que llegue el momento que anuncia otro apóstol,
Pablo:
1 Cor 13,12 Porque ahora vemos confusamente en un
espejo, mientras entonces veremos cara a cara; ahora conozco
limitadamente, entonces comprenderé como soy compren­
dido.

— 265 —
12. Bienaventuranzas

Las bienaventuranzas son el manifiesto del Mesías, del


Salvador del mundo. Como son paradójicas y exigentes, nos
resistimos a creerlas y acogerlas con todas sus consecuencias,
por lo que hace falta volver a ellas periódicamente. Son en
el NT la contrapartida del decálogo del Sinaí: monte frente
a monte, Mesías frente a Moisés, sistema de valores frente
a catálogo de preceptos.
La palabra castellana «bienaventuranza» traduce el ad­
jetivo griego makarios (=feliz, dichoso), y responde a la
fórmula hebrea de felicitación ’asré. ¡Felicidades a ...,
para...! O sea que, mientras Moisés empleaba fórmulas con
valor imperativo o vetativo, Jesús empieza felicitando. No
por el cumpleaños o el onomástico, no por un éxito en la
vida; no a personas individuales, sino a tipos, a personas que
encaman un repertorio de valores. Dichoso el hombre que
no sigue... sino que medita..., comienza el primer salmo, y
con él todo el salterio (nuestro manual de oración); dichoso
el que está absuelto, dichoso el que se ocupa del pobre, dicen
otros salmos.
Cuando seguimos leyendo o escuchando, suena la pa­
radoja: Felices los pobres, los afligidos, los marginados, los
perseguidos... Con alguna salvedad, no son estridentes los
otros cuatro: los que desean la justicia, trabajan por la paz,
prestan ayuda, son limpios por dentro. Aun así, el octavario
de felicidades del Mesías provoca sorpresa, desconcierto,
acaso rechazo. Y es justo que, cada vez que suenan, salte el
fogonazo de la paradoja y no se embote su capacidad pro­
vocativa. Los aprendimos quizá en el catecismo y quedan en
la conciencia como rosario que gira mecánicamente; o como
pieza cultural junto a la lista de los reyes godos. No puede

— 266
ser. Nuestro Mesías y Salvador nos sale al paso enai bulando
su estandarte desafiante, ante el cual se dividen los bandos
y se manifiestan las actitudes fundamentales del hombre
(Le 2,35).
Ahora bien, las bienaventuranzas no terminan en el puro
enunciado, sino que añaden una cláusula que las justifica:
porque ellos.. ¿Justificación o explicación? Cada situación o
actitud arrastra una consecuencia, de algún modo por inter­
vención divina. Entonces, el valor, ¿reside en la actitud o en
sus consecuencias? Vayamos por partes.
Primero, situación o actitud. En una situación se en­
cuentra uno queriendo o sin querer; la actitud la adopta li­
bremente. Uno puede ser desgraciado por algo que le sobre­
viene; uno se aflige porque adopta una actitud compasiva.
En varias bienaventuranzas está presente el carácter de ac­
titud: espíritu en la primera, corazón en la sexta; como me­
táfora en la cuarta, hambre y sed; está implícito por el con­
texto histórico en la tercera, desheredados o no violentos
(‘anawim), y en la octava, perseguidos; la actitud pasa a la
acción en la quinta, misericordiosos, que prestan ayuda, y
en la séptima, trabajan por la paz. En conclusión, se trata
de actitudes que gobiernan la conducta en forma de acción
o de reacción.
Segundo, ¿son valiosas por sí o por sus consecuencias?
Sigo preguntando, no para conducir una indagación técnica,
sino para encauzar la meditación. Pienso que el manifiesto
del Mesías es uno de esos textos que cada vez pueden des­
prender nuevo o más sentido, y que un modo de sacar o
sonsacarle el sentido es haciendo preguntas. Con lo cual
confieso que son posibles otras muchas preguntas y respues­
tas, además de las pocas que enuncio aquí. Vuelvo a la
pregunta: ¿es valiosa la actitud o su consecuencia?
Ser pobre, estar afligido, ser perseguido, no parecen
bienes en sí, pero pueden traer consecuencias útiles. Como
los dolores de una operación quirúrgica que salva la vida o
restaura la salud. ¿Es así simplemente? Distingamos entre

— 267 —
valor y felicidad para repartirlos: el valor está en la actitud,
la felicidad en la consecuencia. Participar en el reino de Dios,
ser consolado por Dios, es una dicha; la aflicción, en cuanto
camino, es un valor. Pero una ecuación tan simple no satis­
face. Porque entonces trabajar por la paz no valdría en sí,
sino por el título que nos darán de hijos de Dios. Porque
entonces la pobreza valdría como camino, y queda abolida
al llegar la felicidad que trae la riqueza. El ejemplo de la
riqueza contiene una trampa, porque el evangelio habla de
bienes superiores, celestes.
Volvamos sobre el texto girando en tomo. Jesús no dice
que serán felices los afligidos cuando sean consolados, sino
que lo son porque van a ser consolados. Ya las actitudes
tienen su valor y se cargan de felicidad. Trabajar por la paz
es un valor y una dicha; lo mismo el ansia de justicia. ¿Tam­
bién ser perseguidos por esa justicia es valor y felicidad, aun
prescindiendo de la recompensa anunciada? Pero estamos
dividiendo y separando cuando deberíamos unir y ver la re­
lación mutua. Distinguimos valor y felicidad, actitud y con­
secuencia; decimos: «aunque prescindamos de la recompen­
sa». Pues bien, no prescindamos de nada, porque operamos
en el campo de la conciencia, y el manifiesto no habla de
placer, sino de felicidad.
Ya en las tribulaciones por la predicación del evangelio
se sentía Pablo inundado de dicha. Luchar por que triunfe la
justicia, comprometerse en favor de la paz, son ya una sa­
tisfacción que llena de sentido la vida. He hablado de con­
ciencia, y ahora tengo que hablar de esperanza. La esperanza
transforma, transfigura la conciencia. Si la situación es la
misma, la experiencia humana concreta, con o sin esperanza,
no es la misma. ¿En qué se fundan mi juicio de valor y mi
esperanza transformadora? En el anuncio, en la promulgación
de Jesucristo. Él trae una buena noticia: un sistema de valores,
un repertorio de felicidades.
Si esto es así, lo que define el talante y la vida cristiana
no es tanto el decálogo del Sinaí (algunas de sus cláusulas
están abolidas o cambiadas) cuanto las ocho bienaventuran­

— 268 —
zas. Y éstas se erigen en forma de vida para dirigir presente
y futuro, para evaluar el pasado. ¿Ha sido así en nuestra
vida? Quizá nos hayamos contentado con examinar nuestra
conciencia siguiendo el decálogo, añadiendo acaso los man­
damientos de la Iglesia. Probablemente no nos hemos en­
frentado bastante con el manifiesto de nuestro Mesías y Sal­
vador. En la coyuntura de nuestra edad instalemos una pausa
para mirar atrás y adelante, a la luz de las bienaventuranzas.
Mirando hacia atrás, hacemos examen y balance: si las
hemos tomado como nuestro sistema de valores, frente a otros
sistemas demasiado humanos; si hemos procurado asimilarlas
con la práctica. También, si hemos experimentado a veces
la dicha de vivirlas; en otras palabras, si nos han revelado
su valor auténtico. Recordemos esos momentos de nuestra
vida para detenemos en ellos, porque han sido momentos de
revelación personal.
Mirando adelante, nos fijaremos primero en el aspecto
de valor. Puede ser que con los años hayan perdido fasci­
nación y atractivo muchos valores que antes abrazábamos,
porque hemos descubierto su falsedad o su limitación. Si no
estamos desengañados o desilusionados, al menos estaremos
desencantados. Es la reflexión del Eclesiastés, que los anti­
guos, con más acierto psicológico que histórico, atribuían a
la vejez de Salomón. Al perder fuerza otros valores, podemos
abrimos finalmente a los valores programáticos de las bie­
naventuranzas.
Después nos fijamos en el aspecto de la felicidad anun­
ciada: van a ser consolados, van a ver a Dios, serán llamados
hijos de Dios... En parte lo hemos sentido y lo sentimos con
más fuerza; sentirlo plenamente se acerca día a día: Ahora
está más cerca nuestra salvación que cuando llegamos a la
fe. Con la cercanía se refuerza nuestra esperanza; con la
inminencia, la esperanza se vuelve expectación. En ellas está
actuando la palabra o promesa de Jesucristo; con ellas se va
transformando nuestra experiencia humana. Nos llaman hijos
de Dios; pronto vamos a ver a Dios.

— 269 —
Y ahora nos toca recorrer las ocho, según el esquema
propuesto o dejándonos llevar del Espíritu que habla en ellas.
La primera bienaventuranza se refiere a las posesiones.
¿Consiste la felicidad en poseer y acumular? El Génesis exalta
la figura de Abrahán diciendo que era muy rico en ganado,
plata y oro (13,2), producto de su estancia en Egipto. Muchos
siglos más tarde, Job se despide del lector aureolado con la
bendición de Dios: Sus posesiones fueron catorce mil ovejas,
seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas. (La
ficción presenta a Job como un viejo patriarca). Esos textos
y otros semejantes, que no escasean, vendrían muy bien para
justificar una cultura que exalta y fomenta el poseer junto
con el gastar: tener pronto mucho dinero para adquirir muchas
cosas y gastarlas pronto para adquirir otras, acumulando unas
y sustituyendo otras. Espero que nuestros años nos den la
serenidad suficiente para no confundir prosperidad con feli­
cidad.
Por el contrario, la primera bienaventuranza inculca el
desprendimiento como valor y dicha: van a ser miembros o
ciudadanos del reino en que reina Dios. El capítulo 6 del
evangelio de Mateo es como un comentario libre a esta bie­
naventuranza:
19 Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la
polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones
abren boquetes y roban. 20En cambio, amontonaos riquezas
en el cielo, donde ni polilla ni carcoma las echan a perder,
donde los ladrones no abren boquetes ni roban. 21 Porque
donde tengas tus riquezas tendrás tu corazón.
24 Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque
aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno
y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.
El Dios del AT es un Dios celoso, que no admite rivales: no
puede un israelita adorar a Yahvé y tener una serie de tem­
pletes o nichos para otras divinidades (como hizo Salomón).
Yahvé exige un amor total y exclusivo: es celoso. Hay un
dios del dinero que se llama en lengua semítica Mammón:
quien le dé culto, no puede tener por Dios al Padre de Jesús.

270 —
En los versos siguientes, 25-34, exhorta Jesús a no andar
agobiados por las necesidades materiales, es decir, a cultivar
la libertad y la confianza en Dios:
Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo
eso. Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os
dará por añadidura.

Palabras dignas de una meditación entera.


Más difícil de entender es la recomendación de 22-23,
porque está montada sobre una bivalencia de significado que
sólo funciona en hebreo o en un semitismo. Intentaré expli­
carlo. El ojo es órgano de la vista que reparte la luz a todo
el cuerpo; todo el cuerpo tiene luz gracias al órgano del ojo.
El ojo es, además, sede de la estimativa, y entra en la esfera
ética. Así se forman en hebreo los modismos «ojo bue­
no = generoso» y «ojo malo = tacaño; envidioso» (tacaño
del bien propio, envidioso del ajeno). El semitismo pasa al
texto griego: poneros es un adjetivo ético que nunca significa
«enfermo»; haplous no significa «sano», sino «sencillo» o
«generoso», como en Santiago 1,6. Así resulta el juego sig­
nificativo: como el ojo es mediador de luz para todo el cuerpo,
así la generosidad (ojo simple) hará luminosa (espléndida)
toda tu persona; pero, si eres tacaño (ojo malo), serás un ser
tenebroso. La generosidad del hombre irradia, alumbra, como
dice Is 58,10 e insinúa Sal 112,4. Notemos el parentesco
bíblico entre tacañería y envidia. Por oposición, reconocemos
una generosidad que consiste en no envidiar, o sea, en ale­
grarse de méritos ajenos, en gozar de que otros disfruten.
Tal generosidad la puede practicar abundantemente el ancia­
no. Pero ¡qué mezquino, qué tenebroso el anciano que resta
méritos a los demás, que todo lo achica y no deja disfrutar!
Para terminar este apartado, recordemos el alcance inmenso
de «luz» y «tinieblas» en la simbología de la Biblia.
La segunda bienaventuranza dice: Dichosos los que su­
fren, porque van a ser consolados. La pasiva «ser consolados»
parece ser teológica, o sea, «consolados por Dios». Lucas
dice «los que lloran». Podemos seguirle a él o variar la versión

— 271 —
de Mateo en «los que se apenan, los que se entristecen».
¿Cómo y por qué? Hemos quedado en que se trata de actitud
responsable y no sólo de situación objetiva. Sentir pena por
nuestros pecados es arrepentimiento; sentir pena por el su­
frimiento del prójimo es compasión; sentir pena porque Dios
es ofendido es celo; sentir pena por nuestras desgracias es
todavía ambiguo. El arrepentimiento conduce a la alegría,
como dice el salmo 51:
Anúnciame el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Devuélveme la alegría de tu salvación.

La compasión por el prójimo puede aliviar y consolar a


ambos.
Al llegar al sufrimiento personal, hay que preguntar de
nuevo: ¿cómo? Se puede sufrir con espíritu rebelde, con estilo
quejumbroso, protestando contra Dios y afligiendo al próji­
mo, con irritación o malhumor. O bien con paciencia y se­
renidad, aceptando y disimulando, aprendiendo en el sufri­
miento propio a comprender y compadecer el ajeno. Bien
puede el anciano asimilarse el talante de la segunda biena­
venturanza: soportando con paciencia sus penas, compade­
ciendo las ajenas. A veces el que sufre busca, ante todo, a
alguien con quien desahogarse. ¿Es una madre quien medita
estas páginas?: recuerde aquellos momentos en que la hija
venía a desahogarse en su regazo. ¿Es un matrimonio?: re­
cuerden aquel día en que murió el hijo pequeño, adolescente,
joven prometedor; cómo se abrazaron y lloraron juntos. Ex­
traño, cómo el llanto compartido puede aliviar y consolar.
¿Y no sabrá consolar Dios Padre, como lo promete Jesús en
la bienaventuranza? Pues también al anciano le queda algo
que dar, que no es puramente humano, sino brotado del
evangelio.
La tercera bienaventuranza está tomada del Sal 37,11
(véase el comentario en la primera parte). En su contexto
original habla de israelitas a quienes han despojado injusta­
mente de su propiedad familiar, que es su medio de subsis­

— 272 —
tencia. El salmista los invita a confiar en Dios y les promete
que «poseerán una tierra», o sea, un terreno en el territorio
patrio, según el plan trazado en el libro de Josué. Los po­
demos llamar desheredados, porque les han robado la heren­
cia; marginados, porque los relegan al margen de la vida
social y económica; desvalidos, porque no pueden hacer valer
sus derechos. Más tarde el concepto se desliza y gana ex­
tensión: políticamente puede ser el Israel que ha perdido su
soberanía, pero sigue fiel a Dios; espiritualmente puede de­
signar a un grupo de israelitas que en su desvalimiento buscan
a Dios como valedor. Con este sentido ensanchado empalma
la cita del evangelio, proponiéndonos un tipo, un modelo,
un talante.
¡Cuántas veces, con cuánta crueldad margina la sociedad
moderna a los ancianos! No pocas veces, enviar al suegro a
un asilo (llamémosle «residencia», si queremos), es un acto
de marginación. Por el contrario, no faltan iniciativas pri­
vadas y públicas a favor de la tercera edad; de orden material
o cultural o espiritual (este libro intenta ser una modesta
contribución). Pues no olvidemos que se nos adelanta el evan­
gelio con su tercera bienaventuranza: el anciano marginado
«va a heredar». Aunque parezca que van a heredar los hijos,
es él quien va a heredar, y pronto. El texto lo llama tierra,
porque cita el salmo 37; lo podemos llamar cielo, porque es
el lugar donde ejerce plenamente su reinado Dios.
Hemos leído la palabra griega praeis remontándonos al
probable inspirador hebreo ‘anawim. Si tomamos el griego
en sí, podemos obtener el significado de mansedumbre, no
violencia, actitud que también inculca el citado salmo. Es
lectura legítima del texto de Mateo, que nos abre otro hori­
zonte de conducta. Lo apunto nada más para pasar a la si­
guiente.
La cuarta bienaventuranza es: Dichosos los que tienen
hambre y sed de justicia, porque van a ser saciados. El tér­
mino «justicia», especialmente en el contexto bíblico, abarca
tantas cosas que permite a la meditación explayarse en mu­
chas direcciones. Justicia puede significar derecho, deber

— 273 —
cumplido, mérito adquirido; también honradez, inocencia
(incluso limosna, en textos tardíos). Tratándose de relación,
puede referirse a Dios y al prójimo, en ambas direcciones.
Que triunfe la justicia de Dios, que yo cumpla mis deberes
con Dios, que mis relaciones humanas y las de otros sean
justas; que impere la justicia en la economía, en la política,
en la ecología... Cada clase y grupo social, cada edad y
condición ha de practicar su justicia peculiar. La justicia es
una dimensión trascendente. Tener hambre y sed de ella es
creer que existe, que es posible. El evangelio nos dice que
vale la pena hambrearla y ser perseguidos por ella.
Siendo tan ancho el tema, me da miedo adentrarme en
él. En vez de ello, citaré algunos aforismos de un libro tardío
que un judío escribió en griego, acerca de la justicia de los
que gobiernan y de la sensatez que la hace posible y real. Es
el libro de la Sabiduría (primera mitad del primer siglo de
nuestra era):

6,1 ¡Escuchad, reyes, y entended,


aprendedlo, gobernantes del orbe hasta sus confines!,
2 prestad atención lo que domináis a los pueblos
y alardeáis de multitud de súbditos:
3 el poder os viene del Señor; el mando, del Altísimo;
él indagará vuestras obras
y explorará vuestras intenciones.
4 Siendo ministros de su reino,
no gobernasteis rectamente
ni guardasteis la ley
ni procedisteis según la voluntad de Dios.
5 Repentino y estremecedor vendrá contra vosotros,
porque a los encumbrados
se los juzga implacablemente.
6 A los más humildes se los compadece y perdona,
pero los fuertes sufrirán una fuerte pena.
7 El Dueño de todos no se arredra,
no le impone la grandeza:
él creó al pobre y al rico
y se preocupa por igual de todos,
8 pero a los poderosos los aguarda un control riguroso.

— 274 —
La quinta bienaventuranza se suele traducir por «misericor­
dioso», en cuanto que atiende a la actitud interna; si nos
fijamos en su exigencia de acción, podemos traducir: «los
que prestan ayuda». Lo importante es que no se reduzca a
puro sentimiento. Para prestar ayuda al necesitado, unas ve­
ces hacen falta medios materiales, otras veces fuerzas, mu­
chas veces imaginación, siempre un corazón misericordioso.
Es el título que lleva Dios en el AT. El salmo 136 repite
como estribillo: porque es eterna su misericordia. Nuestro
viejo catecismo distinguía siete obras de misericordia cor­
porales y siete espirituales. En la sociedad moderna se podría
alargar o variar la serie; para la tercera edad habría que com­
pilar una nueva: Dichosos los que aconsejan sin ser cargantes;
dichosos los que escuchan con paciencia, los que alientan
sin envidia; dichosos los que reparten buen humor y no es­
catiman la risa aprobatoria; dichosos los que, en vez de mal­
decir estos tiempos, procuran mejorarlos; dichosos los que
reconocen lo bueno de lo nuevo; dichosos los que sacan de
su memoria cosas útiles para compartirlas; dichosos los que
se presentan con modestia y se retiran con discreción. Di­
chosos los que prestan ayuda, porque recibirán ayuda.
La sexta bienaventuranza nos lleva hacia dentro, al mis­
terio de la pesona. Los hebreos llamaban «corazón» (leb) a
la interioridad, o ponían en el corazón la sede de la vida
interior consciente, recuerdos, pensamientos, decisiones. Los
hebreos habían montado un complicado sistema de pureza
ritual, amurallado de tabúes. Jesús desmonta el andamiaje y
traslada el asunto a lo interior: Dichosos los limpios de co­
razón. En la denuncia de Mt 23 se leen estas duras frases:

25 ¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que


limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras dentro rebosan
de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa
por dentro, que así quedará limpia también por fuera.

Y en otra ocasión, discutiendo polémicamente sobre prácticas


legales:

— 275 —
Mt 15,11 Escuchad y entended: No mancha al hombre lo
que entra por la boca; lo que sale de la boca es lo que mancha
al hombre...
18 Lo que sale de la boca viene del corazón, y eso sí
mancha al hombre.
19 Porque del corazón salen las malas ideas: homicidios,
adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calum­
nias. Eso es lo que mancha al hombre; comer sin lavarse las
manos, no.

¡Qué bien, que el hombre pueda custodiar su intimidad


sin que otros se asomen a ella! Si a él mismo le da miedo
asomarse... Por eso inventa la represión y la sublimación y
procura racionalizar su conducta para justificarla a sus ojos,
y así se vuelve maestro del propio engaño. Ningún animal
se engaña a sí mismo, como hace el hombre. Y es que le da
miedo o vergüenza o asco verse como es por dentro. Los
fariseos y letrados del texto citado, más que como grupo
social definido, debemos tomarlos como tipo humano en el
que también nosotros incurrimos. ¡Oh, si el hombre pudiera
iluminar su interior con conciencia voltaica! ¡Cuánto egoís­
mo, mezquindad, envidia, rencor, cobardía, rebeldía, codicia
anidan en su corazón! Como si en el subterráneo de su apa­
riencia circulase la maraña de una cloaca. ¡Ay si siguiéramos
el hilo escondido de nuestros verdaderos motivos! Incluso
buenas conductas revelarían algunas raíces podridas. Que nos
ayude a mirar con valentía Dios mismo:

Sal 90,8 Pusiste nuestras culpas ante ti,


nuestros secretos ante la luz de tu mirada.

¡Quién fuera limpio de corazón! Recitemos la petición del


Sal 51,12:

¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro!

Porque eso lleva aparejado el ver a Dios. Es curioso que


para ver a Dios no se nos exijan ojos puros, sino corazón
limpio. Será que Dios está en nuestro interior y allí quiere

— 276
revelarse; y si está fuera, el corazón limpio hace transparente
el mundo. Dios quiere ser el íntimo de nuestra intimidad. En
tal caso, ¡qué poco vemos a Dios, qué poco vemos de Dios!
Nos hace falta un «purgatorio» para purificar el corazón.
Cuando mencionamos el corazón inmaculado de María, a
esto nos referimos; porque ella sí que tuvo perfectamente
limpio el corazón y pudo ver a Dios. Que ella sea nuestra
patrona en esta bienaventuranza.
La séptima bienaventuranza suena: Dichosos los que
trabajan por la paz, porque los llamarán hijos de Dios. La
palabra griega eirenopoioi no signfica inercia, sino actividad.
No es solamente evitar tensiones y rupturas, sino tomar la
paz como tarea. Porque la paz no nace ni se manifiesta sola,
es fruto de esfuerzos conjugados. El saludo hebreo es «paz
contigo», que expresa deseo y es oferta; negar el saludo a
uno significa no estar en paz con él. Los peregrinos saludan
a Jerusalén con deseos de paz, aludiendo a su nombre (Sal
122). El sal 85,11 imagina a dos damas que se encuentran
y saludan: Justicia y Paz se besan. Paz no besaría a Injusticia.
Lo odioso del beso de Judas es la falsedad del saludo «Paz
contigo».
Es curioso que el acaudalado fabricante de pólvora (No­
bel) instituyera un premio para los artífices de la paz; y la
historia de la concesión del premio nos pasea por ámbitos
muy diversos de la vida humana. Sin embargo, la paz co­
mienza en uno, se realiza en la familia, se extiende a la
sociedad. Dada la amplitud de sus dominios, no le faltarán
al anciano ocasiones para trabajar por la paz. Si no se pre­
sentan solas, que salga a buscarlas.
El título «hijos de Dios» (bené ’elohim) se atribuye en
el AT a dinividades, seres celestes, sobrehumanos. En el NT
es el título de los que han sido adoptados por el Padre de
Jesucristo. Quien trabaja por la paz es como un ser divino,
pertenece a una esfera superior y procede de ella. El Padre
ha enviado a su Hijo para hacer las paces con la humanidad,
para que reine la paz entre los hombres:

277 —
Ef 2,14 El es nuestra paz; él, que de los dos pueblos hizo
uno y derribó la barrera divisoria, la hostilidad.
ICo 14,33 Dios no quiere desorden, sino paz.
Rom 5,1 Estamos en paz con Dios por obra de nuestro
Señor Jesucristo.
La paz es muchas veces perdón, reconciliación. La paz hace
de los hombres una gran familia de hijos de Dios.
La octava bienaventuranza ha quedado englobada en la
cuarta. Nos dice que sufrir por una gran causa vale la pena,
que la justicia es una gran causa. Lucha hasta la muerte por
la justicia, y el Señor peleará a tu favor (Eclo 4,28).
Y con esto hemos terminado de arañar la superficie del
manifiesto de nuestro Mesías y Salvador. Pero es difícil des­
prenderse de un texto tan rico e importante, especialmente
cuando se medita. Vamos a añadir otra reflexión de conjunto.
San Ignacio nos enseña a pedir conocimiento interno de
Cristo. Pues bien, una manera de progresar en ese conoci­
miento interno es contemplar cómo realiza perfectamente en
su persona las bienaventuranzas. Hemos visto que la interio­
ridad está explícita en unas, implícita en otras. El que medita
puede tomarlas una por una para contemplar a Cristo pobre,
paciente, no violento, sediento de justicia, misericordioso,
limpio, artífice de la paz, perseguido por la justicia. Yo voy
a seguir otro camino o atajo, para no alargarme.
Dividamos las bienaventuranzas en dos grupos de cua­
tro: uno representa el aspecto más pasivo e interior; otro, el
aspecto más activo y exterior. Los dos se complementan, en
mutua interacción. En Jesús no son norma externa, orienta­
ción ideal, sino que son fuente del dinamismo de su misión.
Por un lado, observamos su pobreza como desprendi­
miento de todas las posesiones y entrega confiada al Padre;
el celo por el Padre junto a la compasión por el hombre
pecador y desgraciado; su mansedumbre y comprensión.
Adentrándonos más, vislumbramos la total pureza de su co­
razón, como luz esplendorosa que no deslumbra, como la
cara interna de la transfiguración.

278 —
Por otro lado, lo vemos entusiasta, ansioso de justicia,
indignado e inconciliable con la injusticia, desafiante, com­
prometido hasta el martirio. Lo veremos siempre dispuesto
a acoger, a ayudar; lleno de una misericordia dinámica que
se traduce en acción. En su programa de acción está inscrita
la paz en todas sus manifestaciones. Los hombres quieren,
razonablamente, mantener la paz interna con leyes y vigi­
lancia, la paz externa con tratados. A veces, algunos caen
en la cuenta de que no bastan leyes y tratados si falta la base
de la justicia; y entonces promueven campañas «a la paz por
la justicia». Jesús va al fondo: a vencer el egoísmo con el
amor, hasta las últimas consecuencias. El amor produce jus­
ticia y engendra paz.
Mirando a Jesús comprobamos que su manifiesto es un
dinamismo introducido en la historia, porque penetra en los
actores y responsables de la historia. Es además una fuerza
de atracción hacia el programa y hacia la persona que lo
promulga y vive. Nos impulsa a amar más a Jesús: para que
más le ame. ¿También a seguirle? Al menos a unos deseos
que él, enviando su Espíritu, se encargará de convertir en
realidad.

— 279 —
13. Autoridad

Al terminar Jesús el sermón del monte, dice Mateo:

7,29 La gente estaba asombrada de su enseñaza, porque


les enseñaba con autoridad, no como los letrados.

¿De qué autoridad se trata? Un juez tiene autoridad ju­


rídica para sentenciar una causa; un gobernante tiene auto­
ridad legal para dictar una ley o decreto; un hombre íntegro
tiene autoridad moral para juzgar un hecho; un profesor tiene
autoridad o es una autoridad en su materia. Podemos distin­
guir una línea más bien jurídica y otra más bien de compe­
tencia. ¿Dónde colocamos la de Jesús?
Autoridad jurídica vinculante. En el sermón del monte,
una serie de preceptos se construyen según el esquema: «os
han enseñado... pues yo os digo...» En ellos, Jesús sustituye
la ley antigua por un precepto nuevo. Pero no todo el sermón
del monte tiene tono preceptivo: las bienaventuranzas son
felicitaciones, enuncian un sistema de valores. Jesús habla
con competencia y autoridad, como alguien que conoce bien
el asunto y puede dar órdenes.
En nuestra experiencia se pueden separar competencia
y autoridad. Una persona inepta puede ocupar un cargo con
autoridad vinculante; en virtud del poder recibido, puede
imponer su voluntad (con bastante humor analiza el hecho
el «principio de Peter»). La gente reconocerá su autoridad
legal o temerá sus consecuencias, pero no le reconoce com­
petencia. Por el contrario, puede haber una persona com­
petente y capaz y sensata que no posea autoridad ni poder
para resolver un asunto. Absalón se sentía capacitado e im­
potente:

— 280 —
2 Sm 15,4 ¡Ah, si yo fuera juez en el país ! Podrían acudir
a mí los que tuvieran pleitos o asuntos, y yo les haría justicia.

El Eclesiastés nos ofrece otro apunte:

13 Otra cosa he visto bajo el sol, y fue para mí una gran


lección: había una ciudad pequeña de pocos habitantes;
u vino un rey poderoso que la cercó, montó contra ella fuertes
piezas de asedio. 15 Había en la ciudad un hombre pobre,
pero hábil, capaz de salvar la ciudad con su destreza, pero
nadie se acordó de aquel pobre hombre. 16 Y me dije: Sí,
más vale maña que fuerza; sólo que la maña del pobre se
desprecia, y nadie hace caso de sus consejos. 17Y eso que
se escuchan mejor las palabras tranquilas de un hombre sen­
sato que los gritos de un capitán de necios.

De las dos, competencia y autoridad, la primera probable­


mente es más radical, aunque la segunda decide en la vida
pública. El ideal es que se junten en la misma persona.
En Jesuscristo se juntan, por la presencia, por la plenitud
en él del Espíritu. La unción del Espíritu lo capacita plena­
mente para su misión y, al mismo tiempo, lo inviste de
autoridad para enseñar y mandar. Sus palabras salen llenas
de Espíritu, y por ello suenan con armónicos de autoridad.
Cuando él toma la palabra, el lenguaje humano vibra y suena
con calidad nueva. La gente reconoce algo especial en el
sonido, aunque no sepa identificar la causa. Pero, si lo re­
conoce, ya ha sido tocada del Espíritu; pues hace falta el
toque, la sintonía del Espíritu, para reconocer esa autoridad
única de Jesús, diversa y superior a toda la tradición prece­
dente.
¿Sentimos también nosotros esa autoridad de Jesús? Si
no la sentimos, es que el Espíritu no actúa en nosotros, que
no lo dejamos actuar. ¿La hemos sentido en nuestra vida
precedente? Si escuchando el evangelio sentíamos una suave
convicción interior, es que la autoridad de Jesús se nos im­
ponía sin violencia. Es verdad que la autoridad no violenta
de Jesús tiene que competir con muchas falsas autoridades.

— 281
Es decir, con personas o valores o sistemas a los que reco­
nocemos autoridad legal o jurídica o de costumbres, aunque
en realidad les falte la competencia. No siempre las tiranías
se imponen desde fuera por la fuerza; muchas veces es el uso
social el que crea y refrenda tiranías. En tales casos se disocia
la autoridad de la competencia; y, sin embargo, nos arrastra
con más fuerza que la autoridad de Jesús, toda embebida de
Espíritu.
Pues bien, la autoridad de Jesús tiene que ir más allá
de nuestra convicción inicial; es decir, tiene que convertir la
convicción en acción, en conducta. Y aquí encajan las frases
del sermón de la montaña. El hombre es como arquitecto o
albañil que, obra a obra, acción a acción, va construyendo
el edificio de su vida. ¿Sobre qué cimientos? La obra que yo
hago por puro egoísmo, por codicia o ambición, por vanidad
o cobardía, se funda en lo movedizo; la que hago según la
voluntad o designio de Dios, se funda en lo sólido: arena o
roca. De ahí se siguen las consecuencias, que no están enun­
ciadas como castigo, sino como resultado inmanente de una
acción. Cuando venga la tormenta o la riada, el edificio mal
cimentado se derrumbará, y el edificio bien cimentado re­
sistirá. En el salmo 1, la voluntad de Dios es como río que
riega y vitaliza el árbol plantado junto a la corriente; en el
sermón del monte, la voluntad de Dios es roca que da firmeza
a lo que cada hombre o cada sociedad construye.
Mt 7,24 En resumen: Todo el que escucha estas palabras
y las pone en práctica se parece a un hombre sensato que
edificó su casa sobre roca.
25 Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos y
arremetieron contra la casa, y no se hundió, porque estaba
cimentada en la roca.
26 Y todo el que escucha estas palabras y no las pone en
práctica se parece a un necio que edificó su casa sobre arena.
Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos, embistie­
ron contra la casa, y se hundió. ¡Y qué ruina tan tremenda!

En el sermón del monte sintetiza Mateo la enseñanza de Jesús


sobre la voluntad del Padre: es lo que da consistencia a nuestra

— 282 —
vida, si lo ponemos en práctica. Con esta perspectiva po­
demos mirar hacia atrás. ¡Cuántas cosas a lo largo de la vida
las hemos construido sobre arena, y han fracasado con el
desarrollo de los acontecimientos!; al fracasar ellas, hemos
fracasado un poco nosotros. Decimos «construir castillos en
el aire»; otro tanto es construir sobre arena. Tormentas y
riadas no faltan en la vida; no son castigo, pero sí sancionan
al que no ha sabido construir.
A nuestra edad, ¿nos queda algo por construir? ¿Po­
demos reconstruir lo derrumbado? Hay casas que se dejan
reconstruir, hay conductas que se dejan enmendar. Si no
podemos construir un palacio, podemos contentarnos con una
casita modesta. Lo importante es el cimiento, consolidado
por la autoridad de Jesús.

283 —
14. Curaciones

Varaos a meditar un par de milagros o curaciones, a


modo de ejemplo. Selecciono el leproso y el paralítico de
Lucas 5. Ya hace tiempo que los milagros de Jesús no están
confinados en el capítulo de la apologética, como prueba de
algo externo a ellos. Hoy nos interesa más el contenido del
milagro y su virtud reveladora; sin desdeñar el valor añadido
de prueba (como veremos en el segundo caso).
El leproso:

Le 5,12 Una vez, estando Jesús en un pueblo, se le pre­


sentó un enfermo lleno de lepra (gravemente enfermo de la
piel); al ver a Jesús se echó rostro en tierra y le rogó: —Señor,
si quieres, puedes limpiarme.
13 Jesús extendió la mano y le tocó diciendo: —Quiero,
queda limpio. Y en seguida se le quitó la lepra. 14Jesús le
mandó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: —Ve a
presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que
prescribió Moisés, para que les conste.

Ante todo tenemos que corregir el título. No parece que se


trate de la enfermedad que hoy llamamos lepra, y que no es
seguro que existiese en Palestina en la antigüedad. La palabra
hebrea sa'arat significa, genéricamente, diversas enferme­
dades de la piel, desde leves y pasajeras inflamaciones hasta
afecciones incurables. Si las primeras imponían un confi­
namiento para evitar contagios (diríamos nosotros), las úl­
timas imponían el recurso trágico de la exclusión de la vida
social.

Lv 13,45 El que ha sido declarado enfermo de tal afección


cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada
y gritando: ¡Impuro, impuro!

— 284 —
46 Mientras le dure la afección, seguirá impuro. Vivirá
apartado y tendrá su morada fuera del campamento.

Pensemos en algunas reacciones sociales en nuestros días


frente al contagio potencial de Sida.
El enfermo del relato evangélico es un excomulgado
(inocente) de la comunidad sacra, un marginado legalmente
por la sociedad civil. Era portador inculpable e inerme de
contagio, y la sociedad, dado el estado de la medicina, tenía
que defenderse violentamente de él. La sanción era trágica,
más que injusta. Pero el enfermo del evangelio quebranta la
ley del apartamiento y se acerca a Jesús, seguro de que el
Maestro no lo rechazará. Es el primer paso, síntesis de au­
dacia y confianza. Sabe que a Jesús le interesa más la salud
de un enfermo que el cumplimiento de una ley razonable o
explicable. Ahora vamos a examinar el proceso de dentro
afuera.
a) El proceso brota de la intimidad del hombre. La pre­
sencia y fama de Jesús es como la vara mágica de Moisés,
que ha tocado una roca y ha hecho brotar de ella el manantial
de la fe. Toda la existencia se ha transformado por el ímpetu
de la fe, aunque todavía sea una fe limitada al Cristo de los
milagros: Si quieres, puedes limpiarme. El enfermo apela a
la voluntad salvadora de Jesús, pues el poder lo da por des­
contado: si quieres, puedes.
b) Jesús responde al desafío confiado: Quiero, queda
limpio. Su palabra es eficaz: crea salud donde había enfer­
medad incurable. Para Jesús no existe el término «incurable».
No lo hace como alarde de poder: para que veáis que puedo...;
no tiene que probar nada. Lo hace como acto simple de
voluntad: quiero. Es decir, quiere la salud, el bien de un
enfermo que acude con fe. Su palabra revela, eso sí, la be­
nevolencia o buena voluntad. Instaurada la fe, salvar es ahora
devolver la salud, pues también el cuerpo ha de participar de
la salvación. A Jesús no le basta con «salvar el alma» de
aquel hombre.

— 285 —
c) De donde se deriva la reinserción social, que ha de
respetar los cauces públicos establecidos. Toca al personal
del templo dictaminar sobre la curación del que estaba en­
fermo; y con ese dictamen, podrá incorporarse plenamente a
la vida cúltica y social. Si la enfermedad del cuerpo impedía
las relaciones sociales y mutilaba así la función humana, la
salud recobrada incluye también la salud social.
Ahora miro yo a muchos ancianos de nuestras sociedades
industriales y adelantadas. Los veo marginados en residencias
o asilos. ¿Por qué? Enhorabuena, si en la clínica van a estar
mejor atendidos mientras dura la enfermedad. En otros casos,
¿son marginados porque se han hecho insoportables? En tal
caso serían víctimas culpables de su carácter, su irritación,
intemperancia, intolerancia. Pero ese anciano ¿es realmente
insoportable o simplemente molesto? En tal caso, es en buena
parte víctima inocente de la edad y los achaques. O la razón
es que no hay sitio ni tiempo en casa, nadie se puede ocupar
de los ancianos; más sencillo es marginarlos apelando a ne­
cesidades o carencias sociales. De nuevo tenemos a víctimas
inocentes de una ordenación social. Pues bien, una ordena­
ción económica y social que sistemáticamente margina a los
ancianos y los excluye del ámbito familiar no es justa, es
estructuralmente injusta. Sobre todo en los casos numerosos
en que el anciano no trae contagio alguno, antes bien, con­
tribuye favorablemente a la vida familiar. En semejante si­
tuación Jesús tendrá que curar no a los ancianos marginados,
sino a jóvenes y adultos marginadores. Si bien es posible
que, en épocas precedentes, los ancianos hayan contribuido
a esa injusta ordenación económica y social, ahora son víc­
timas de su pasado.
El paralítico. El paralítico es un muerto en vida, la
muerte ya se ha apoderado de varios miembros y funciones.
Para la medicina de entonces la enfermedad era incurable.
El paralítico al menos no es un marginado, sino que reclama
la presencia y ayuda cotidiana de otros:
Le 5,17 Un día estaba enseñando, y estaban allí sentados
unos fariseos, y letrados, venidos de las aldeas de Galilea,

— 286 —
de Judea y de Jerusalén. El curaba con el poder del Señor.
18Se presentaron unos hombres con un paralítico en un catre
y trataban de introducirlo para colocarlo delante. 19No en­
contrando por dónde meterlo, a causa del gentío, subieron a
la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con el catre
hasta el centro, delante de Jesús. El, viendo la fe que tenían,
dijo: —Hombre, tus pecados están perdonados.
1Los letrados y los fariseos se pusieron a pensar: —¿Quién
es éste que dice tales blasfemias? ¿Quién puede perdonar
pecados, fuera de Dios?
22 Pero Jesús, adivinando sus razonamientos, les contes­
tó: —¿Qué andáis discurriendo por dentro? 23 ¿Qué es más
fácil: decir «tus pecados están pedonados» o decir «levántate
y echa a andar»? 24 Pues para que sepáis que este Hombre
está autorizado para perdonar pecados en la tierra... le dijo
al paralítico: —A ti te hablo, ponte en pie, carga con el catre
y márchate a casa.
25 En el acto se levantó delante de todos, tomó el catre
donde estaba tendido y se marchó a casa alabando a Dios.
26 Y todos quedaron atónitos y alababan a Dios, diciendo
sobrecogidos: —Hoy hemos visto cosas increíbles.

Los auxiliares encargados del enfermo van decididos a todo:


llegarán hasta Jesús como sea. Entrarán como ladrones,
abriendo un boquete en la azotea. Ahí tenemos a una curiosa
banda de ladrones que se cuelan, o cuelan a un tercero, para
robarle a Jesús un poco de su poder sobrehumano: curaba
con el poder del Señor. Cuidado con los ladrones:

Ex 22,1 Si un ladrón es sorprendido abriendo un boquete


en un muro y lo hieren de muerte, no hay homicidio;2pero,
si es a la luz del día, es un caso de homicidio. El ladrón
restituirá y, si no tiene con qué pagar, será vendido por el
valor de lo robado.

Jesús recibe tranquilamente esa visita vertical. Descubre fe


incipiente en el grupo y pone en marcha un proceso en tres
actos.
El primer acto es desconcertante por partida doble: el
paralítico buscaba la salud más que el perdón de sus pecados;

— 287 —
los fariseos se escandalizan de que Jesús se arrogue el poder
de perdonar pecados. O sea, que Jesús abre un doble frente:
a) Al paralítico lo conduce mentalmente a la fuente de
donde brota todo, porque el proceso de transformación ha de
comenzar en la médula de la existencia: Hombre, tus pecados
están perdonados. ¿Tienen que ver parálisis y pecado? No
están en relación mecánica: a pecado grave, parálisis incu­
rable. Con todo, existe un parentesco y un entretejido ge­
nérico de enfermedad y pecado. Con razón negamos la re­
lación mecánica; sin razón nos resistimos a reconocer siste­
mas de correlaciones, escondidas a primera vista, que sólo
la reflexión puede descubrir. La palabra de Jesús desvía la
atención para encauzarla hacia lo interior, donde se juega lo
último y lo primero: tus pecados están perdonados. El dolor
y la pena que se apoderan de nosotros reclaman toda nuestra
atención, incluso involuntaria. La palabra desconcertante de
Jesús gradúa el orden y la intensidad de nuestra atención:
obsesionado por tu enfermedad, no olvides tu pecado.
b) Frente a los fariseos, Jesús reafirma su poder y exhibe
la curación como prueba. En rigor, ¿es más fácil perdonar a
un pecador que curar a un paralítico? Hacer de pecador justo
es como un acto creativo: Crea en mí un corazón puro, pide
el orante en Sal 51,12. En el orden de la manifestación ins­
titucionalizada, curar a un paralítico resulta excepcional: no
encaja en la institución. En parte, tienen razón los fariseos:
un pecado contra Dios sólo puede perdonarlo Dios; o quien
recibe de Dios semejante poder, arguye implícitamente Jesús.
El lo tiene, lo demuestra y lo ejerce.
El segundo acto del proceso es la curación del enfermo.
Si la parálisis es muerte en vida, la curación tiene algo de
resurrección, sólo que no es definitiva ni transfigura; es par­
cial y provisoria. No deja de ser curiosa la inversión de las
funciones: hasta ahora el catre lo ha soportado y ha cargado
con él; en adelante, él carga con el catre. Si la enfermedad
ha sido paulatina, la curación es instantánea, porque Jesús
se interpone con su fuerza a un proceso natural de decadencia.

— 288
El tercer acto es la repercusión social. El paralítico cu­
rado comienza una especie de liturgia de alabanza a Dios, y
la multitud corea la alabanza: es el ritmo clásico de los salmos:

32,11 Alegraos, los honrados, festejad al Señor,


aclamadlo, los hombres sinceros.
35,27 Que canten y se alegren
los que desean mi victoria;
los que desean la paz a tu siervo
repitan siempre: ¡Grande es el Señor!

Como un estribillo cantable suena la frase final: Hoy hemos


visto cosas increíbles. Hemos sido testigos presenciales y
damos testimonio de ello. Son cosas que exceden la opinión
común, paradoxa («doxa» es lo que se piensa o se cree). ¿A
qué cosas se refieren? ¿A la curación, al perdón, a la derrota
de los fariseos? Quizá al tejido hábil de los diversos ele­
mentos. Una salvación que ha comenzado por dentro curando
del pecado y se ha extendido hacia fuera curando un cuerpo
prematuramente muerto; la revelación de Jesucristo acom­
pañada del silencio forzado de los rivales y del coro laudatorio
de la gente:

Sal 64,10 Todo el mundo se atemoriza,


proclama la intervención de Dios
y medita su obra.
11 El honrado se alegra con el Señor,
se refugia en él,
y se felicitan los hombres sinceros.

Es un sistema nuevo, tan increíble como real: hoy lo hemos


visto.
Llegados a la vejez, ¿nos queda algo por ver? ¿Nos
parece impensable o increíble? No nos engañemos: Jesús
puede revelarse de modo nuevo. Aunque la cosa no sea nue­
va, nosotros somos capaces de ver con ojos nuevos. Todavía
podemos estrenar ojos para ver y oídos para oir, aunque
parecían muertos por la costumbre o la desilusión.

— 289
Y queda lo más increíble, que vamos a sacar del texto
evangélico leído en clave simbólica. Lucas ha empleado los
verbos «estar acostado, levantarse», términos que en otros
contextos representan simbólicamente la muerte y la resu­
rrección. Nos vamos acercando a la fecha prevista por Dios.
El momento de acostarse para no levantarse es la víspera
de acostarse para levantarse finalmente. Porque la muerte del
cristiano es resurrección por el mandato poderoso de Cristo:
A ti te lo digo: Levántate y marcha a la casa del Padre!
¡Paradójico, increíble! Hoy lo hemos visto y alabamos a Dios.

— 290 —
15. Pasión y violencia

1. Violencia cósmica

Vamos a contemplar la pasión de Jesús colocánddola en


el contexto de la violencia. La palabra «violencia» procede
del latín vis, que significa «fuerza». La violencia es bási­
camente una vis que, respecto a su modo normal de actuar
o respecto a otros, se desmanda: la simple fuerza se convierte
en violencia. El aire se mueve con suavidad de brisa, «céfiro
blando», como respiración tranquila de la atmósfera. De re­
pente se desmanda y se vuelve violento: ventarrón, ventolera,
huracán. El mar palpita acompasado con fuerza gigantesca,
en mareas periódicas, en olas mansas que festonean la playa.
De repente se desmanda y se agita en oleaje violento. ¿Es
violento en sí o respecto a un observador, un navegante?
En nuestro universo, muchas veces la violencia surge
del contraste de fuerzas opuestas: cohesión de la tierra frente
a tensión de placas que provocan un terremoto. Calor y frío
en capas diversas provocando un tifón. El universo en que
vivimos ¿es armonioso o violento? Contemplamos extasiados
un cielo estrellado en el trópico: como una lluvia luminosa
desciende a nosotros una paz infinita; millares de seres lejanos
se asoman para saludamos amistosamente con su luz. Pero
detrás de esa calma, ¡cuántos procesos violentos están su­
cediendo!: fusión nuclear que es manantial de energía, co­
losales tempestades en la superficie solar, monstruosos agu­
jeros negros de materia concentrada, explosión de superno­
vas. La energía busca acción, tiende a la violencia. Su calma
final es el apagarse en la entropía.
Contemplamos, es verdad, y sentimos la armonía del
universo. Quizá consista la armonía en la tensión y resolución

— 291 —
de fuerzas, en una discordia reconciliada, en una violencia
reabsorbida. Como una disonancia o apoyatura musical que
busca su resolución en el acorde perfecto de tónica.

2. Encarnación y violencia

Y Dios ¿es armonía o tensión?, ¿es calma o energía?


Dios está más allá, por encima de nuestras distinciones. Res­
pecto a nosotros, ¿Dios es pacífico o violento?
Saliendo de ese más allá, bajando de ese por-encima.
Dios entra en este universo creado donde se debaten energía
y calma, violencia y paz. Al encamarse, el Logos entra y se
hace parte de este mundo, en el que actúa y puede dominar
y reinar la violencia: ¿la ejercerá él con otros?, ¿la sufrirá él
de otros? De momento, digamos que se expone a ella. Cuando
le dan un cuerpo, lo exponen al juego de fuerzas y a la
amenaza de la violencia del mundo corpóreo. En la traducción
griega del Sal 40,6 se dice: «No querías sacrificios ni ofren­
das, sino que me has formado un cuerpo».
La vida humana es energía que se consume y se expone
a otras energías o fuerzas posiblemente adversas. Minúsculas
bacterias y virus nos amenazan por dentro, no menos que
catástrofes y desgracias por fuera. Vivir es exponerse o estar
expuesto. Cuando el Hijo de Dios se hace hombre, se expone:
en el nacimiento comienza su pasión. ¿Nos cuesta imaginar
que Jesús de niño haya sufrido resfriados o disentería, dolores
de muelas o caídas al jugar, o golpes al trabajar? Hay una
pasión cotidiana y escondida de Jesús en la que se hace
hermano nuestro, antes de llegar a la pasión concentrada y
extrema.
Si los sufrimientos de nuestra infancia fueron como los
de Jesús, porque él quiso tomarlos en sí, es posible que en
la vejez volvamos a coincidir por analogía con esa etapa
primera del Salvador. La vejez puede llegar a ser sufrimiento
intenso, concentrado; también puede desarrollarse en una se-

— 292 —
ríe de penalidades cotidianas, que llamamos achaques y que
tienden a crecer hasta acabar con nosotros. En la batalla de
la vida con las fuerzas violentas y adversas llevamos las de
perder.

3. Violencia humana

De todas las violencias, la más terribe es la que el hom­


bre ejerce: violencia voluntaria, calculada, instantánea o sis­
temática. Al despliegue de una fuerza desmandada y des­
tructiva añade el hombre su conciencia libre, para aplicarla
contra otros hombres y también contra animales y contra la
naturaleza. Llaman algunos «violencia» a la que se aplica
contra la voluntad del que la padece: violento, en ese sentido,
es lo no voluntario; uno actúa «a la fuerza». Aquí me fijaré
más bien en la voluntad libre del que la aplica... Eso es lo
más terrible del hombre: su capacidad de hacer daño al pró­
jimo a conciencia. Llamamos «feroces» a algunos animales
que descuartizan y devoran a otros: el tigre a la gacela, la
boa al cordero (en semejante catálogo, ¿no serían feroces el
gato que mata y come ratones, la golondrina que traga in­
sectos volando?) Al presenciar tales actos de ferocidad, el
poeta bíblico describe la violencia de unos hombres con ca­
racteres de ferocidad animal:
Sal 17,11 Me siguen, ya me rodean,
clavan en mí los ojos para derribarme,
12 como leones ávidos de presa,
como cachorros agazapados en su escondrijo.
Sal 57,5 Estoy echado entre leones que devoran hombres,
sus dientes son lanzas y flechas,
su lengua un puñal afilado.
Sal 58,5 Llevan veneno como las serpientes.

Son textos que se refieren a individuos. El autor del libro de


Daniel, siguiendo el precedente establecido por Ezequiel,
contempla los imperios agresores en figura de bestias feroces
y ávidas:

— 293 —
Dn 7,3 Cuatro fieras gigantescas salían del mar... “La pri­
mera era como un león con alas de águila... 5La segunda era
como un oso medio erguido, con tres costillas en la boca,
entre los dientes... 6La tercera como un leopardo, con cuatro
alas de ave en el lomo y cuatro cabezas... 7Una cuarta fiera
era terrible, espantosa, fortísima: tenía grandes dientes de
hierro con los que comía y descuartizaba, y las sobras las
pateaba con las pezuñas.

La ferocidad humana, en esos textos, tiene figura de fiera:


¿no es hacer injusticia a los animales? No hay animal com­
parable al hombre en crueldad y ferocidad. Sólo el hombre,
entre los animales del universo, inventa torturas y se com­
place en aplicarlas. Esta es la violencia de los hombres que
crea víctimas inocentes e incontables.
Ése es el mundo en el que entra Jesús cuando accede a
su ministerio. Hubo un anticipo, cuando Heredes hizo matar
a los niños para acabar con el presunto sucesor al trono. De
las redes de sus esbirros se escapó el Mesías infante: pero la
pasión de los Inocentes es de alguna manera la pasión de
Cristo. Razón tiene Raquel en llorar, «porque ya no viven».
El Mesías sigue viviendo y creciendo, se diría que en un
ambiente armonioso y tranquilo. Hasta que, impelido por el
Espíritu, sale a su misión y su pasión.
El ministerio de Jesús mezcla gloria con pasión: entu­
siasmo y concurrencia del pueblo y oposición creciente de
grupos influyentes. Sus milagros provocan estupor y desen­
canto, fervor y envidia: «Con el poder de Belcebú, príncipe
de los demonios, arroja demonios» (Mt 12,24). Sus rivales
se escandalizan porque asiste a un banquete «con recauda­
dores y pecadores» (Me 2,17), o porque sus discípulos acallan
el hambre arrancando espigas en sábado (Me 2,24). Incluso
algunos parientes se oponen a él: «Al oírlo, sus parientes
salieron a sujetarlo, pues decían que había perdido el juicio»
(Me 3,21). Sin llegar todavía a la violencia física, impera la
hostilidad, que es una forma de violencia moral: «No guar­
darás odio a tu hermano... No serás vengativo ni guardarás
rencor a tus paisanos» (Lv 19,17.18).

— 294 —
Cuando Caín está incubando el rencor y el odio a su
hermano, Dios lo amonesta: «el pecado está agazapado a la
puerta». Todo el ministerio de Jesús se desarrolla en un clima
de hostilidad, que un día estallará como violencia física. Es
su pasión coextensiva de su misión. Marcos ha proyectado
al comienzo el arranque de la violencia: 3,6 «Nada más salir,
los fariseos se pusieron a planear contra él con los herodianos,
para acabar con él». Y hemos visto que Mateo coloca el
arranque de la violencia ya en la infancia, en la matanza de
los Inocentes.
Al contemplar la pasión de Jesús, no olvidemos su pre­
sencia en el ministerio paciente y apasionado del Mesías. A
lo largo de nuestra vida, también nuestra pasión ha estado
entretejida en el tapiz de nuestra misión, en un ritmo casi
cotidiano: «la malicia de cada día». ¿O ha sido tan tibio
nuestro empeño por el evangelio que no hemos provocado
oposición ni hemos sufrido por él? «Todos los que quieran
vivir religiosamente como cristianos sufrirán persecución»
(2 Tim 3,12). «Hijo mío, cuando te acerques a servir al Señor,
prepárate para la prueba» (Eclo 2,1).

4. Causas de la violencia

La pasión de Jesús durante su ministerio y al final de él


fue causada principalmente por la violencia de sus enemigos.
¿Provocó Jesús dicha violencia tomando la iniciativa? ¿Cayó
su misión de paz y liberación en un clima ya existente de
violencia? Teniendo en cuenta que la pasión de Jesús es
también la de los suyos de antes y después, conviene con­
templar con alguna amplitud ese mundo de violencia que lo
recibe para rechazarlo.
La raíz de casi todas las violencias humanas es el egoís­
mo insatisfecho. Santiago lo explica en estos términos:

4,1 ¿De dónde nacen vuestras peleas y contiendas, sino de


vuestro afán de placeres que batalla en vuestros miembros?

— 295 —
2Codiciáis y no obtenéis; asesináis. Envidiáis y no conseguís;
peleáis y lucháis y no alcanzáis, porque no pedís. 30 , si
pedís, no lo obtenéis, porque pedís mal, para gastar en vues­
tros placeres. ¡Adúlteros! ¿No sabéis que ser amigos del
mundo es ser enemigos de Dios?

Codicia, envidia, afán de placeres son formas de egoísmo


que pueden llevar hasta el asesinato.
Otras veces son los intereses denunciados, los manejos
desenmascarados. Si los ayes de Mt 23 son en buena parte
elaboración de las comunidades primitivas, las parábolas es­
tán más cercanas a la predicación de Jesús. Al terminar de
exponer la de los viñaddores, añade Mateo (21,45-46): «Al
oir sus parábolas, los sumos sacerdotes y fariseos se dieron
cuenta de que iban por ellos. Y aunque intentaban apoderarse
de él, temían a la gente, que lo tenía por profeta». Lucas,
por su parte, presenta una reacción abierta, no solapada.
Parece distinguir entre fariseos en general y juristas o espe­
cialistas de la ley. Jesús denuncia a los fariseos, y los juristas
se sienten aludidos:

11,43 ¡Ay de vosotros, fariseos, que queréis los asientos


de honor en las sinagogas y los saludos en la calle! ¡Ay de
vosotros, que sois como sepulcros sin señal, que la gente
pisa sin darse cuenta! Un jurista intervino: —Maestro, di­
ciendo eso nos ofendes también a nosotros. ^Jesús replicó:
¡Ay de vosotros también, juristas, que abrumáis a la gente
con cargas insoportables mientras vosotros ni las rozáis con
el dedo!

Habría que repasar el capítulo 23 de Mateo, si no como


documento estrictamente histórico, al menos como descrip­
ción de tipos humanos en los que anida el egoísmo; el cual,
al ser denunciado, puede estallar con violencia.
El temor a perder privilegios adquiridos es otra fuente
poderosa de violencia. Juan lo insinúa, como consecuencia
de la resurrección de Lázaro:

— 296 —
Jn 11,45 Muchos de los judíos que habían ido a casa de
María y habían presenciado lo que había hecho creyeron en
él. 46Pero algunos fueron a ver a los fariseos y les contaron
lo que había hecho Jesús. 47Entonces los sumos sacerdotes
y fariseos convocaron el Consejo y decían: —¿Qué hacemos?
Ese hombre realiza muchas señales. 48Si dejamos que siga,
todos van a creer en él, y vendrán los romanos y nos des­
truirán el lugar santo y la nación.

El estilo de vida, con las exhortaciones consecuentes, puede


provocar la violencia de los que viven según otros criterios.
Lo ha descrito el autor del libro de la Sabiduría (escrito en
griego, probablemente ya en vida de Jesús) en una página
magistral. Habría que leerla entera, aplicándola a Cristo y a
los cristianos, como nos enseña la tradición. Citaré algunos
versos más significativos»

2,12 Acechemos al justo, que nos resulta incómodo:


se opone a nuestras acciones,
nos echa en cara las faltas contra la ley,
nos reprende las faltas contra la educación
que nos dieron.
13 Declara que conoce a Dios
y dice que es hijo del Señor.
14 Se ha vuelto acusador de nuestras convicciones;
sólo verlo da grima.
15 Lleva una vida distinta de los demás
y va por un camino aparte.
16 Nos considera de mala ley
y se aparta de nuestras sendas
como si contaminaran;
proclama dichosa la suerte final de los justos.
17 Vamos a ver si es verdad lo que dice,
comprobando cómo es su muerte.
18 Si el justo ese es hijo de Dios, él lo auxiliará
y lo arrancará de las manos de sus enemigos.
19 Lo someteremos a tormentos despiadados
para apreciar su paciencia y comprobar su temple.
20 Lo condenaremos a muerte ignominiosa,
pues dice que hay quien mire por él.

— 297 —
Toda la página se podría incorporar en una contemplación
ancha de la pasión de Cristo. Pero habría que añadir una
corrección o precisión: Jesús no echa en cara simplemente
faltas contra la ley, sino el abuso de ella. El convertirla en
código rígido y esclerotizado; el recubrirla e invalidarla con
prescripciones añadidas; el hacer de la ley un absoluto al que
se sacrificaba la persona humana:

Mt 15,1 Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y


letrados de Jerusalén y le dijeron: 2—¿Por qué quebrantan
tus discípulos las tradiciones de nuestros mayores? Les con­
testó: —¿Por qué quebrantáis vosotros el precepto de Dios
en nombre de vuestra tradición?... 6Así, en nombre de vuestra
tradición, invalidáis el precepto de Dios.

Una de las cosas de Jesús que más irritan a sus adversarios


es que cure en sábado, quebrantando el mandamiento de Dios
para hacer bien a un hombre. Los evangelios aducen varios
casos de choque a propósito del sábado:

Me 3,1 Entró de nuevo en la sinagoga, y había allí un


hombre con una mano paralizada. 2Estaban al acecho para
ver si lo curaba en sábado y tener de qué acusarlo. Jesús
dijo al hombre de la mano paralizada: —Ponte en medio. 4Y
a ellos les preguntó: —¿Qué está permitido en sábado: hacer
el bien o hacer el mal, salvar una vida o dar muerte?

En el evangelio de Juan podemos subrayar dos episodios


significativos. El primero es la curación en sábado del pa­
ralítico tumbado en los soportales de la piscina. Cito algunos
versos del episodio (Jn 5,1-18):

9Era sábado aquel día; 910*así que los judíos dijeron al que se
había curado: Es sábado, no te está permitido cargar con la
camilla. "Contestó: El que me curó me dijo que cargara con
la camilla y echara a andar. 12*Le preguntaron: ¿Quién te dijo
que cargaras con ella y echaras a andar? nEl que se había
curado no lo sabía... 15E1 hombre fue a informar a los judíos
que era Jesús quien lo había curado. 16Por eso perseguían
los judíos a Jesús, por hacer tales cosas en sábado. 17Pero

298 —
Jesús les replicó: —Mi Padre sigue trabajando, y yo también
trabajo. Por eso procuraban con más ganas darle muerte,
porque no sólo abolía el sábado, sino que además decía que
Dios era su Padre, haciéndose semejante a Dios.

El otro episodio es la curación del ciego de nacimiento, rea­


lizada en sábado, que provoca una división de opiniones:

Jn 9,16 Algunos fariseos comentaban: —Ese hombre no


viene de parte de Dios, pues no guarda el sábado. 17Otros
decían: —¿Cómo puede un pecador realizar tales señales? Y
estaban divididos.

En la cuestión del sábado convergen y se exaltan muchas


oposiciones a Jesús, muchas emociones violentas de sus ad­
versarios. No estará de más recordar que la observancia del
sábado provocó una matanza y un cambio de política en la
lucha de los Macabeos (1 Mac 2,31-41): el episodio señala,
en el plano de los principios, el paso de la no violencia a la
defensa armada, que luego se transforma en ataque armado
y degenerará en violencia establecida...
La tensión en tomo al sábado nos lleva a considerar otra
fuente de violencia, una de las más terribles: el fanatismo
religioso. Aunque, oficial y públicamente, fanáticos o fun-
damentalistas eran sólo los adherentes al movimiento zelota
(que más tarde cuajó en un partido), los fariseos, que no
propugnan la lucha armada contra Roma, profesan otro tipo
de fanatismo: el de su ley y sus tradiciones, aunque en di­
versos grados (los evangelios se fijan en el grado extremo).
El fanatismo religioso profesa la violencia en nombre de Dios:
es decir, la carga con un voltaje superior de tensión y eficacia.
Juan lo formula así: «Os expulsarán de las sinagogas. Va a
llegar un día en que el que os mate piense que ofrece culto
a Dios» (Jn 16,2). Aquí tenemos otra versión, perversa, de
los sacrificios humanos. La causa ya no es el interés personal,
sino el honor de Dios.
En este contexto se desarrolla la pasión de Cristo hasta
su culminación: «Qué falta nos hacen testigos? Habéis oído

— 299
la blasfemia». Se rasgan las vestiduras y rasgan el tejido de
una vida humana, inocente. Con esto pasamos a la pasión en
sentido estricto.

5. Relatos de la pasión

Si todo el ministerio de Jesús está amasado con sufri­


miento, al final la mezcla se separa y se concentra la pura
pasión: «Esta es vuestra hora, el dominio de las tinieblas».
Tinieblas que se dilatan para apagar la luz, odio que estran­
gula el amor, muerte que intenta apagar la vida:
Am 1,11 Porque persiguió con la espada a su hermano
ahogando la compasión, siempre se ensañaba su ira, conservó
siempre la cólera.

Las primitivas comunidades y los evangelistas supieron com­


poner un relato bastante coherente y estable de la pasión del
Señor. Los relatos de los sinópticos discurren en este capítulo
bastante paralelos, mucho más que en el resto del evangelio.
Incluso Juan se atiene más al esquema del desarrollo. El
prólogo es la entrada triunfal en Jerusalén; el comienzo es la
última cena o Getsemaní; la conclusión es la muerte y se­
pultura. Podemos hablar de una concentración, ya que tam­
bién las negaciones de Pedro son pasión del Señor.
Con todo, nosotros, al contemplar esa pasión queremos
ensanchar el horizonte de modo que abarque también la pa­
sión de los hombres. Por eso nos fijaremos en modos o tipos
de violencia o de sufrimiento infligido al inocente. En los
relatos de la pasión podemos contemplar tipos diversos de
violencia: de testigos falsos, de verdugos concienzudos, de
una turba exaltada, de una soldadesca burlona y cruel, de
abandono cobarde, de autoridades constituidas... Y la vio­
lencia última, de la muerte contra la vida. Por su parte, el
Antiguo Testamento nos ofrece para la contemplación los
textos clásicos: Is 53, Sal 22, pasión de Jeremías, tercera
Lamentación; además, otra serie de textos que se pueden

— 300
espigar en el Salterio. Habría que escuchar los textos relatados
o cantados a varias voces, como hacen la liturgia o los grandes
oratorios. No importa que algunos datos o detalles del Anti­
guo Testamento no se apliquen a la letra a la pasión de Jesús;
se aplican a la pasión de sus siervos. Citemos, pues, con
generosidad.
Comienzo por un texto que acumula datos ofreciendo
un repertorio diferenciado: Sal 35:

11 se presentaban testigos violentos,


me interrogaban de cosas que ni sabía,
12 me pagaban mal por bien
dejándome desamparado.
15 Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron, se juntaron contra mí;
me golpeaban por sorpresa,
me desgarraban sin parar,
16 cruelmente se burlaban de mí
rechinando los dientes de odio.
17 Señor, ¿cuándo vas a fijarte?
Defiende mi vida de su furia,
mi único bien, de los leones.
19 Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.
20 Traman engaños, no viven en paz
ni con la gente pacífica.
21 Se ríen de mí a carcajadas diciendo:
¡Ja ja, con nuestros ojos lo hemos visto!
24 Júzgame tú según tu justicia;
Señor Dios mío, que no triunfen de mí;
25 que no piensen: ¡Qué bien, lo que queríamos!;
que no digan: Nos lo hemos tragado.

Persecución. Es un tema muy frecuente en el salterio, hasta


parecer casi convencional. Pero no lo es para el perseguido.
Y la contemplación se esfuerza por participar:

Sal 17, 9 Guárdame de los malvados que me asaltan


del enemigo mortal que me cerca.

— - 301
10 Han cerrado sus entrañas
y hablan con boca arrogante.
31,14 Se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida...
19 Profieren insolencias contra el justo
con soberbia y desprecio.
38.13 Me tienden lazos que atenían contra mí,
los que me quieren mal anuncian desgracias
y todo el día propalan calumnias...
20 Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
21 los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.
41,11 Mis adversarios se burlan
del quebranto de mis huesos,
todo el día me preguntan:
¿dónde está tu Dios?
54, 4 Porque unos extranjeros se alzan contra mí,
y hombre violentos me persiguen a muerte
sin contar con Dios.
59, 4 Mira, hombres crueles me acechan emboscados,
sin que yo haya pecado ni faltado, Señor;
5 sin culpa mía, avanzan para acometerme.
64, 2 Protege mi vida del terrible enemigo,
3 escóndeme de la conjura de los perversos
y del motín de los malhechores.
4 Afilan sus lenguas como puñales
y disparan con flechas palabras venenosas
5 para acribillar a escondidas al inocente,
para herirlo por sorpresa y sin riesgo.
6 Se animan al delito,
calculan cómo esconder trampas y dicen:
¿quién lo descubrirá?
7 Inventan maldades y ocultan sus invenciones,
porque su mente y su corazón no tienen fondo.
86.14 Unos soberbios se levantan contra mí,
una banda de insolentes atenta contra mi vida
sin contar contigo.

— 302
140, 2 Guárdame del malvado y del violento,
3 que planean maldades en su corazón
y todo el día provocan contiendas;
4 afilan sus lenguas como serpientes,
con veneno de víboras en los labios.
5 Defiéndeme, Señor, de la mano perversa,
guárdame de los hombres violentos
que preparan zancadillas a mis pasos;
6 Los soberbios me esconden trampas,
los perversos me tienden una red
y por el camino me colocan lazos.

143, 3 El enemigo me persigue a muerte,


me machaca vivo contra el suelo,
me confina a las tinieblas
como a los muertos de antaño.

Tribunales. La persecución adopta formas legales, entabla


un proceso criminal, se viste o disfraza de ejercicio de la
justicia, como en el caso de Jezabel y Nabot (1 Re 22), o
como indica un verso (algo dudoso) del Sal 94,20: «¿Podrá
aliarse contigo un tribunal inicuo que dicta injusticias en
nombre de la ley? 21Aunque atenten contra la vida del justo
y condenen a muerte al inocente, 22el Señor será mi alcá­
zar...». Recordemos Jn 19,7: «nosotros tenemos una ley, y
según esa ley debe morir».

Desprecios y burlas. Jesús es una persona pública: su pres­


tigio y crédito son necesarios para cumplir su misión. Si se
desprestigia, si se desacredita, nadie le creerá. Por eso pro­
curan socavar el crédito de ese «pretendido Mesías»: «en
nombre de Belcebú expulsa demonios», «a nosotros nos cons­
ta que ese hombre es pecador». El desprecio y la injuria
públicos persiguen ese efecto; buscan desquitarse del pres­
tigio precedente, envidiado y temido. Sal 44,16: «Tengo
siempre delante mi deshonra y la vergüenza me cubre la cara
17al oir insultos e injurias, al ver a mi rival y a mi enemigo».
69,20: «Estás viendo mi afrenta, mi vergüenza y mi deshonra,

— 303 —
a tu vista están los que me acosan; 21la afrenta me destroza
el corazón y desfallezco».
Burlas. Gran privilegio del hombre es la risa: catarsis de
penas y tragedias, acto por el cual se relativizan pretendidos
absolutos o se reconoce lo relativo de valores aceptados,
comunicación social por solidaridad en la misma broma,
acompañamiento de festejos y celebraciones, instrumento so­
cial en la sátira, forma noble de arte en la comedia y el
humorismo. Pero es terrible la risa cuando toma por objeto
al hombre débil y caído y se ensaña con él. Nuestra palabra
«sarcasmo» viene del griego sarx, que significa «carne»,
porque es un en-cami-zarse riendo; también viene de «carne»
la palabra es-cam-io.
De Jesús se burla la soldadesca jugando con el presunto
rey. Se burlan los que lo ven finalmente crucificado y de­
rrotado. Otros textos bíblicos registran el tema. Job en su
desgracia comenta: 30,1 «Ahora, en cambio, se burlan de mí
muchachos más jóvenes que yo... 9Ahora, en cambio, se
sacan coplas, soy el tema de sus burlas»; el «ahora» contrasta
con el prestigio precedente (cap. 29). Los salmos dan testi­
monio de esta refinada violencia que dispara la risa contra
el corazón humillado:

31,12 Soy la burla de todos mis enemigos,


la irrisión de mis vecinos»
35,21 Se ríen de mí a carcajadas diciendo:
Ja, ja, con nuestros ojos lo hemos visto.
44,15 Nos has hecho el refrán de los paganos,
nos hacen muecas las naciones
79, 4 Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.
109,25 Ellos hacen burla de mí,
al verme menean la cabeza.
123 Piedad, que estamos saciados de desprecios,
estamos saciados del sarcasmo de los satisfe-
del desprecio de los orgullosos. [chos,

— 304 —
Tormentos. Los evangelistas son muy sobrios, diría lacóni­
cos, al referir los tormentos: «lo mandó azotar, lo coronaron
con espinos, lo crucificaron». Dejan al lector imaginar. No
es gusto de la literatura bíblica el describir minuciosamente
torturas. Algo explícito es el segundo libro de los Macabeos,
contando el martirio de los siete hermanos y la madre. No
se pueden comparar con martirologios antiguos y modernos.
De los sufrimientos corporales habla el salmo clásico de
la pasión:

22,15 Estoy como agua derramada,


tengo los huesos descoyuntados,
mi corazón como cera se derrite en mis entrañas;
16 mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar.
69, 7 persiguen al que tú has herido,
cuentan las llagas del que tú has lacerado.
143, 4 Mi aliento desfallece,
mi corazón dentro de mí está yerto.

Abandono y traición. Éste es un sufrimiento moral que se


añade a los físicos. Parece como si, al vemos, compadecidos,
nos quitaran parte de nuestro sufrimiento; como si la com­
pasión efectuara un reparto. La solidaridad humana en el
dolor es un alivio espiritual. Correlativamente, la falta de
solidaridad es una forma de crueldad y violencia. Por eso los
evangelistas mencionan el abandono y la traición; y también
los salmos antes de ellos: Abandono:

38,12 Mis amigos, mis compañeros, mis parientes,


por mi dolencia se mantienen a distancia.
88,9 Has alejado de mí a mis conocidos,
me has hecho repugnante para ellos...
19 Alejaste de mí amigos y compañeros;
mi compañía son las tinieblas.
142,5 Mira a la derecha, fíjate: nadie me hace caso,
nadie mira por mi vida.

— 305 —
Con amplitud, según su estilo, desarrolla el tema el libro de
Job en el capítulo 19:

13 Mis hermanos se alejan de mí,


mis parientes me tratan como a un extraño,
14 me abandonan vecinos y conocidos
y me olvidan los huéspedes de mi casa...
18 aun los niños me desprecian
y me insultan si intento levantarme;
19 mis íntimos me aborrecen,
los más amigos se vuelven contra mí.

De la traición hablan algunos salmos, citados de ordinario:

41,10 Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba


y compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.
55,13 Si mi enemigo me injuriara, lo aguantaría;
si mi adversario se alzara contra mí,
me escondería de él;
14 pero eres tú, mi camarada,
mi amigo y confidente;
15 a quien me unía una dulce intimidad;
entre el bullicio paseábamos en la casa de Dios.

El templo del cuerpo. Hay unos cuantos salmos que lloran


la ruina y destrucción de la ciudad santa del templo, lo mismo
que algunas Lamentaciones. ¿Podemos tomarlos también en
nuestra contemplación de la pasión? La clave está en aquella
declaración del evangelista (Jn 2,21): «pero el templo del
que él hablaba era su cuerpo». Un par de frases de Job apuntan
el uso metafórico (16,14): «me abrió la carne brecha a brecha
y me asaltó como un guerrero»; y (19,10): «ha demolido mis
muros y tengo que marcharme». De la mano de unos cuantos
salmos, contemplemos ese cuerpo bendito, hijo de María,
templo de Dios, desmantelado a latigazos, abierto en brechas
por los clavos y la lanza, con espinas por almenas, arruinado
y arrasado.

— 306 —
62,4 ¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre
todos juntos para derribarlo,
como a una pared que cede
o a una tapia ruinosa?
74,3 Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio:
el enemigo ha arrasado del todo el santuario...
7 prendieron fuego a tu santuario,
derribaron y profanaron tu morada.
89,41 Has abierto brecha en sus murallas
y derrocado sus fortalezas.

Violencia en la ciudad. «¿Eres tú el único peregrino de Je-


rusalén que no se ha enterado de lo sucedido estos días en
la ciudad?» (Le 24,18). Lo que ha sucedido en la ciudad ha
sido el imperio de la injusticia y la violencia. La ciudad que
lleva nombre de paz (Sal 122; Hb 7,2). La ciudad a la que
Jesús, peregrino de Pascua, ha saludado en vano con la paz:
«Si comprendieras hoy lo que conduce a la paz... Pero está
oculto a tus ojos» (Le 19,42). Esa ciudad parece haber sido
conquistada por el general Violencia, que ha despachado y
repartido como esbirros suyos las violencias personificadas:

Sal 55,10 Veo en la ciudad Violencia y Discordia


11 día y noche hacen la ronda de las murallas
en su recinto están Crimen e Injusticia,
12 en su interior Calamidad;
no se apartan de sus calles Crueldad y Engaño.

Las fuerzas opuestas, de la justicia y el derecho, no han


prevalecido, si es que algo han intentado:

Is 59,14 Derecho retrocede y Justicia se queda lejos,


en la calle tropieza Lealtad,
y Sinceridad no encuentra acceso.

El mismo capítulo de Isaías describe la trágica situación:

59,7 Sus pies corren para el mal,


tienen prisa por derramar sangre inocente;

— 307 —
sus planes son planes criminales,
destrozos y ruinas jalonan sus calzadas.
8 No conocen el camino de la paz,
no existe el derecho en sus rodadas;
se abren sendas tortuosas:
quien las sigue no conoce la paz.

Ezequiel 22 se había adelantado a describir la violencia rei­


nante en Jerusalén, a la que llama Ciudad Sanguinaria.
Así llegamos a la última violencia, la muerte. La que
inauguró Caín y culmina en la muerte de Jesucristo.
Toda muerte es una violencia hecha a la vida: por eso
nos puede doler la muerte de un animal o de un árbol. Pero
la muerte de una vida consciente es violencia multiplicada.
Es condición natural de la vida corporal la decadencia y la
muerte: «El Señor formó al hombre de tierra y lo hizo volver
a ella, le concedió un plazo de días contados» (Eclo 17,
1-2). «Tú reduces al hombre a polvo diciendo: Retomad,
hijos de Adán» (Sal 90,3). Pero es que el hombre tiene ansia
consciente de vivir y anticipa en la conciencia la muerte.
Llamamos «muerte natural» al desgaste definitivo de órga­
nos, al trabajo victorioso de bacterias y virus en el organismo.
Es una violencia callada y paulatina. Llamamos «muerte vio­
lenta» a la causada por un accidente de la naturaleza, del
deporte o del trabajo.La llamamos «violenta» por ser repen­
tina, no preparada. De modo especial consideramos violenta
la muerte infligida por un hombre a otro. La primera muerte
de un hombre en la Biblia alcanza el grado supremo de la
violencia, y por eso es Caín prototipo de homicidas y fratri­
cidas. La muerte de Cristo y de los suyos empalma direc­
tamente con la de Abel:
Mt 23,34 Mirad, os voy a enviar profetas, doctores y letra­
dos; a unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis
en las sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad.35Así
recaerá sobre vosotros toda la sangre inocente derramada
sobre la tierra: desde la sangre de Abel el inocente hasta la
sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre
el santuario y el altar.

— 308 —
Pero, si Jesús murió de muerte violenta, como víctima ino­
cente, es porque primero el Hijo de Dios entró en un universo
en el que la muerte tenía poder. Por eso su pasión y muerte
comienzan radicalmente en la encarnación y se intensifican
cuando toma conciencia de su misión y su desenlace. Antes
de morir de hecho, aceptó la condición mortal: «me has
formado un cuerpo» (Sal 40,7, versión griega). Por eso po­
demos poner en boca de Jesús el salmo 88, como los evan­
gelistas pusieron el 22:

4 Porque mi ánimo está colmado de desdichas


y mi vida está al borde del abismo...
5 Ya me cuentan con los que bajan a la fosa,
soy como un inválido,
6 tengo mi cama entre los muertos,
como las víctimas que yacen en el sepulcro,
de los cuales ya no guardas memoria,
porque fueron arrancados de tu mano.
7 Me has colocado en lo hondo de la fosa,
en las tinieblas del fondo.
8 Tu cólera pesa sobre mí,
me echas encima todas tus olas.
19 Alejaste de mí amigos y compañeros:
mi compañía son las tinieblas.

Conclusión. En resumen, si tomamos en cuenta todos los


aspectos descritos, daremos un sentido amplio al anuncio
profètico. Muchas veces lo hemos leído en el evangelio de
Lucas, 24,25: «Qué torpes y lentos sois para creer lo que
anunciaron los profetas. ¿No tenía que sufrir todo eso el
Mesías para entrar en su gloria? 27Y comenzando por Moisés
y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a
él en todas las Escrituras». Los comentaristas suelen citar
aquí Is 53 y el salmo 22; pero ésas son sólo dos cumbres
señeras de una anchísima cordillera. El mismo Lucas, en los
Hechos de los Apóstoles 2,24, pone en boca de Pedro: «De
hecho, todos los profetas, desde Samuel en adelante, pro­
fetizaron estos días». Los profetas, incluidos los salmos, nos

309 —
hacen entender que el Mesías entraría en ese mundo de la
historia de los hombres, donde la violencia es huésped ha­
bitual, y que por su misión apuraría las consecuencias.

6. ¿Violencia del Padre?

Nos acercamos a lo más hondo del misterio: hagámoslo


con gran reverencia. Si el Hijo de Dios vino al mundo y se
hizo hombre, es porque el Padre lo envió. El Evangelio de
Juan no se cansa de repetirlo. No sólo eso, sino que lo envía
con un programa preciso, que incluye todas las pasiones
mencionadas. Al enviar a su Hijo a semejante expedición,
¿no es violento el Padre, primer responsable de la violencia
que sufre por obediencia su Hijo? «Hecho obediente hasta la
muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). Muchos de los
textos arriba citados o aludidos enuncian este misterio: eres
tú, mi Dios, la causa de mis sufrimientos. El texto del salmo
88, oración en trance de muerte, lo dice bien claro: «me has
colocado... tu cólera pesa sobre mí... has alejado... me has
hecho... ¿por qué me rechazas?... me abruma tu terror... tus
espantos me han consumido». Casi acusación, queja apasio­
nada, apelación extraña a Dios.
El que pronuncia el salmo 22 (texto hebreo), viéndose
cercado de animales feroces, amenazado de muerte sin re­
medio, se vuelve hacia Dios: «me aplastas contra el polvo
de la muerte». En un salmo de luto nacional, 44,23, dicen:
«Por tu causa sufrimos continuos degüellos, nos tratan como
a ovejas de matanza. ¿Por qué nos escondes tu rostro?» Otro
salmo nacional, 74,19: «no entregues a los buitres la vida de
tu tórtola ni olvides sin remedio la vida de tus pobres». Un
salmo real, dinástico, lo desarrolla con rasgos pertinentes:

89,39 lo has rechazado y desechado;


40 has roto la alianza con tu siervo
y has profanado por los suelos su corona;
41 has abierto brecha en sus murallas
y derrocado sus fortalezas;

— 310 —
43 has alzado la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios.
45 Has dejado que se contamine su cetro glorioso
y has derribado su trono;
46 has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

En una tonalidad semejante se desenvuelve gran parte de la


Lamentación tercera. Para prolongar la contemplación de este
misterio, el abandono del Padre, podríamos incorporar aquí
el libro de Job leído y corregido en clave cristológica. Ha­
gamos la prueba con algunos versos, arriesgando el sacarlos
de su contexto para trasladarlos a nuestra contemplación:

9,22 Pero es lo mismo, os lo aseguro,


Dios acaba con inocentes y culpables.
10,3 ¿Te parece bien oprimirme y desdeñar
la obra de tus manos?
10.8 Tus manos me formaron, ellas modelaron
todo mi contomo, ¿y ahora me aniquilas?
9 Recuerda que me hiciste de barro,
¿y me vas a devolver al polvo?
12.10 En tu mano está el respiro de los vivientes
y el aliento del hombre de carne.
13,24 ¿Por qué te tapas la cara
y me tratas como a tu enemigo?
16.11 Dios me entrega a los malvados,
me arroja en manos criminales.
19.9 Me ha despojado de mi honor
y me ha quitado la corona de la cabeza.

Desde el libro de Job saltaremos al huerto de los Olivos,


palenque donde la humanidad de Cristo pelea denodadamente
con la voluntad del Padre. Y, haciéndose violencia, impone
en su carne el designio del Padre; «si es posible... pero hágase
tu voluntad». La pelea de Getsemaní se resuelve en el triunfo
pleno de la voluntad del Padre y en la entrega filial de Jesús:
«a tus manos encomiendo mi vida» (Le 23,46; cita de Sal
31,6).
— 311 —
7. ¿Violencia de Jesús?

Hasta aquí hemos contemplado la pasión de Jesús como


violencia que hubo de sufrir. Ahora bien, ¿no fue él violento?
Con su conducta y enseñanza ¿no provocó la irritación, la
indignación, finalmente el odio de sus adversarios? Se suelen
citar el gesto de expulsar del templo a los vendedores y los
ayes contra fariseos y letrados como ejemplo de violencia
verbal. El primero es, ante todo, un gesto llamativo, espec­
tacular, una especie de parábola en acción. Lo segundo parece
en gran parte elaboración de la comunidad siguiendo pautas
convencionales de la polémica de entonces.
El mensaje de Jesús es de paz y libertad. Lo que sucede
es que predicar paz puede irritar a los violentos: «Cuando yo
digo paz, ellos dicen guerra» (Sal 120,7). Y predicar la li­
bertad puede alarmar a logreros y explotadores, como bien
lo experimentaron Moisés y los hebreos en Egipto. Jesús negó
su adhesión al movimiento de los zelotas, mandó a Pedro
envainar la espada y, en su pasión, exaltó la no violencia
hasta morir: «cuando lo insultaban, no devolvía el insulto;
mientras padecía, no profería amenazas; al contrario, se ponía
en manos del que juzga rectamente» (1 Pe 2,22ss).
Con todo, Jesús deja a sus discípulos, y en especial a
sus apóstoles, un legado de pasión y sufrimiento por su causa.
En ese sentido diríamos que firma un testamento violento.
En su testamento, David da instrucciones a Salomón para
que se vengue de los culpables (1 Re 2). En el suyo, Jesús
exhorta a padecer sin vengarse.
En su manifiesto se dice: «Dichosos los que padecen
por la justicia»; y se comenta: «Dichosos vosotros cuando os
insulten, os persigan y os calumnien de cualquier manera por
causa mía. Estad alegres y contentos, que Dios os dará una
gran recompensa; porque lo mismo persiguieron a los profetas
que os han precedido» (Mt 5,10-12). En las instrucciones a
los Doce, Mateo incluye un capítulo sobre persecuciones (Mt
10,16-33); y añade una vigorosa invitación a confiar en Dios.

— 312 —
Al rico le pide que venda sus bienes y dé el dinero a los
pobres (Mt 19,21). A los hijos de Zebedeo, que buscan dig­
nidades, les pregunta: «¿Sois capaces de beber la copa
que yo he de beber?»; y añade: «mi copa la beberéis» (Mt 20,
22s). Las condiciones para el seguimiento no son fáciles: Mt
10,37-39.
Jesús inaugura solemnemente el viaje a Jerusalén, ca­
mino de la pasión, Le 9,51: «Cuando iba llegando el tiempo
de que se lo llevaran, Jesús afrontó decidido la subida a
Jerusalén». En seguida se presentan tres pretendientes a com­
pañeros y se entabla el siguiente escueto diálogo:

57Por el camino le dijo uno: —Te seguiré adonde vayas.


58Jesús le respondió: —Los zorros tienen guaridas, y los
pájaros nidos, pero este Hombre no tiene donde reclinar la
cabeza. 59A otro le dijo: —Sígueme. Él respondió: —Per­
míteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Jesús le
replicó: —Deja que los muertos enhetren a sus muertos; tú
vete a anunciar el remado de Dios. 6'Otro le dijo: —Te
seguiré^ Señor; pero déjame primero despedirme de mi fa­
milia. jesús le contestó: —El que echa mano al arado y
sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

Más categórico e impresionante es el anuncio de Mt 24,9:


«Os entregarán al suplicio y os matarán; por mi causa os
odiarán todos». Jesús sella su enseñanza con su ejemplo,
como nos dice Pedro, 1 Pe 2,2: «Cristo sufrió por vosotros
dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.. .4,1: como
Cristo padeció corporalmente, armaos vosotros de la misma
actitud».
¿Dónde y cómo nos tocará seguir ese ejemplo a nuestra
edad? En la versión de Lucas 9,23, el discípulo ha de cargar
con «la cruz de cada día». Lo cual nos enseña que la cruz
del hombre y del cristiano puede tomar muchas formas. Do­
lores físicos de enfermedad y de accidentes, fatiga creciente
del trabajo, achaques de la edad, incomprensión y hostilidad
social, ansiedad y angustia interior: «preocupaciones, temor

— 313 —
de corazón y la espera angustiosa del día de la muerte...
¡cuánto afán y ansiedad y temor, pavor mortal, pasión y
riñas!» (Eclo 40,2.5). Lo importante, lo decisivo, es que todo
se padezca «por su causa». Incluso en las situaciones y es­
tados más atractivos y favorables está presente la cruz: «Tam­
bién entre risas llora el corazón, y la alegría termina en
aflicción» (Prov 14,13). El mensaje de Cristo nos hace com­
prender con luz nueva que sin capacidad y ejercicio del sa­
crificio no se conserva en armonía un matrimonio, no pros­
pera una vida de familia, no cumple sus deberes el ciudadano,
no logra el hombre aceptarse a sí mismo. El mensaje y el
ejemplo de la pasión de Cristo son una llamada constante a
la necesidad del sacrificio. En ocasiones puede llamar a sa­
crificios heroicos: de renuncias, peligros, incluso tormentos
y muerte:

2 Co 11,25 Tres veces me han apaleado, una vez me han


apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un
día en el agua. “ ¡Cuántos viajes a pie con peligros de ríos,
peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre
paganos, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, pe­
ligros en el mar, peligros con los falsos hermanos...!
Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con ham­
bre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa. Y
aparte de eso exterior, la carga de cada día, la preocupación
por todas las comunidades. 29¿Quién enferma sin que yo
enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre?

¿No es un legado violento el de Jesucristo? Parece que sí,


humanamente hablando. Pero es también una promesa de
fecundidad, si se sufre «por su causa y por el evangelio»:

2 Co 4,8 Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan;


estamos apurados, pero no desesperados; ’acosados, pero no
abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; "paseamos
continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para
que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuer­
po; nes decir, que a nosotros, que estamos vivos, nos en­
tregan a la muerte por causa de Jesús, para que también la
vida de Jesús se transparente en nuestra carne mortal.

— 314 —
La contemplación de la pasión de Cristo, en cualquier forma
que se haga, ha de desembocar en la imitación. No basta
contemplar y compadecer, hay que compartir.:
1 Pe 4,13 Alegraos de compartir los sufrimientos de Cristo,
y así, cuando se manifieste su gloria, vuestro gozo estará
colmado.

— 315 —
16. Contemplación para alcanzar amor

Recordamos de nuevo la frase de Juan de la Cruz: «Por


la tarde os examinarán en el amor». ¿Quiere decir que la
tarde de la vida ya no es tiempo de amar, sino de hacer
balance? De ninguna manera; antes de que se ponga el sol,
hay que dedicarse a amar a Dios. Juan de la Cruz, el poeta,
decía también: «ni tengo ya otro oficio, que ya sólo en amar
es mi ejercicio». Ejercicio, dice Juan; ejercicios espirituales,
dice Ignacio; y este final es una contemplación.
El título dice «contemplación para alcanzar amor»: a
la letra significa que no es ejercicio de amor, sino ejercicio
para alcanzarlo, como si el amor fuera el resultado que se
encuentra al término de la contemplación. Tales distinciones
valen quizá para otros temas, para el estudio de un problema
cuyo resultado llega al final; pero no valen en el tema pre­
sente. Sólo movidos de amor podemos emprender este ejer­
cicio; y practicado, crece. Se diría que Ignacio se olvidó esta
vez de su querido adverbio y que debemos nosotros suplirlo:
para alcanzar más amor. A esta llama de amor viva nunca
se le acaba el pábilo; echando combustible, crece el fuego
manso.
El amor se debe poner más en las obras que en las
palabras. El refrán castellano lo dice en estos términos: Obras
son amores, que no buenas razones. Razonar con la boca o
con la mente, todavía no es amar. Entonces, ¿no hay que
gastar palabras para decir el amor? El amor sentido quiere
expresarse también en palabras, no se puede contener en
silencio. Es como la palabra de Dios de que habla Jeremías
20,9:
La sentía dentro como fuego ardiente,
encerrado en los huesos:
hacía esfuerzos por contenerla
y no podía.

— 316 —
El que ama quiere escuchar del amado su confesión de amor;
y Jesús pregunta a Pedro: ¿me amas? No tendríamos poesía
amorosa, empezando por el Cantar de los Cantares, si el
amor no se expresase en palabras. Pero Ignacio habla com­
parativamente: más en las obras que en las palabras.

Pero ¿bastan las obras? Se diría que Pablo es de otro


parecer, pues en su canto el amor se atreve a decir:

1 Co 13,3 Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo,


ya puedo dejarme quemar vivo, que, si no tengo amor, de
nada me sirve.

Creo que Pablo está extremando la hipótesis para dar más


énfasis a su enseñanza. Pues su Maestro había dicho que no
hay mayor amor que dar la vida por el amigo.

Obras, palabras, ¿dónde queda el afecto? Por una parte,


debemos decir que el amor no es cuestión de afectos y sen­
timientos; por otra parte, Ignacio repite en sus Ejercicios la
recomendación de «afectarse», y en esta contemplación in­
siste: «affectándose mucho».

Hay un sentimiento o un sentimentalismo que se ali­


menta de sí, se vuelve sobre sí, otorga el disfrute de su
presencia. Esa persona que, al dar limosna o prestar ayuda,
lo que más aprecia es el calorcillo de sentirse buena y ge­
nerosa. Amor como sentimiento placentero no es lo que Ig­
nacio llama «afecto». Los maestros espirituales previenen
contra la búsqueda afanosa y el disfrute complacido en las
consolaciones: no hay que servir a Dios por las consolaciones
que nos da. Con todo, la vida espiritual es, en gran parte,
vida afectiva, y se han escrito libros cuyo título reza
«Afectos...» Un par de oposiciones aclararán la idea. El amor
no es ejercicio intelectual: ni se consigue ni se practica dis­
curriendo o razonando. El amor no es activismo, urgencia
de estar siempre en movimiento. Frente a razonamiento, con­
templación; frente a activismo, quietud:

— 317 —
Quedéme y olvidéme.
el rostro recliné sobre el Amado.
Cesó todo y dejóme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Quizá para San Ignacio el amor sea un afecto, el supremo


afecto. Pablo, en su descripción del amor, propone o supone
afectos:

1 Co 13,4 El amor es paciente, es afable; el amor no tiene


envidia, no se jacta ni se engríe., no se exaspera ni lleva
cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, simpatiza
con la verdad... Se fía siempre, espera siempre.

Es verdad que Pablo habla allí del amor al prójimo; pero en


ello muestra la condición afectiva del amor.
El amor consiste en comunicación de las dos partes, es
a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene
o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado
al amante.
Amor como comunicación, como don mutuo. En el Can­
tar de los Cantares se dice brevemente: Mi amado es mío y
yo soy suya. El amor es interpersonal, es recíproco. Tras­
ladado el principio al reino del amor de Dios, la consecuencia
es impresionante. Porque el primer don que Dios nos hace
es la capacidad de recibir, de entrar en comunicación. Esto,
tan simple, desborda nuestra comprensión. Contemplemos...
Yo puedo amar un árbol: un abeto armonioso, un haya
copuda, un álamo de hojas que vibran... Puedo cuidar de él,
dolerme de que se seque, lo talen, lo hiera un rayo o lo
descuaje un temporal... Puedo contemplar y gozarme con su
hermosura. ¿Se puede llamar eso «amor»? En cualquier caso,
sería un amor de dirección única: el árbol puede recibir mis
cuidados, no mi afecto, porque es incapaz de comunicación.
Su respuesta positiva a mis cuidados es vital, no afectiva ni,
mucho menos, consciente.

— 318 —
Quizá sea diverso el caso del animal: un perro parece
reaccionar con algo que llamamos «afecto». En su mirada
nos parece descubrir el dolor de no saber hablar; siente celos
si el amo atiende más al hijo o a otro perro advenedizo.
Responde con una fidelidad ejemplar, se alegra cuando vuel­
ve el amo... Se da un grado de comunicación que todavía
no podemos llamar «amor consciente». Distinguimos la leal­
tad sacrificada del perro y el egoísmo del gato. Pero su lealtad
no es todavía amor, porque no es capaz de recibir ni devolver
nuestro amor.
Respecto a Dios, ¿somos como el perro respecto al hom­
bre? (Recuérdese el poema de Unamuno «A mi perro»). Por
una parte, la distancia es mucho mayor, incobrable; por otra,
Dios nos ha hecho de una naturaleza capaz de recibir y res­
ponder conscientemente a su amor. El que seamos capaces
de comunicamos con Dios de ese modo es el primer, incon­
cebible y fabuloso don, que debe llenamos de estupor y
gratitud. Una realidad que llamo «conciencia», por la cual
estoy presente a mí y en la cual tengo presente a Dios. El
hombre es creado con la capacidad de relacionarse con Dios
en el orden del amor. Si Dios es amor, el hombre es imagen
y semejanza de Dios en el orden del amor. De la capacidad
brota la exigencia. Ahí está lo más grande y lo más alto de
la naturaleza humana: en esa apertura trascendental a Dios.
El salmista pregunta admirado: ¿Qué es el hombre para que
te ocupes de él? Lo has hecho señor de la creación... Nosotros
le hacemos eco: ¿Qué es el hombre para que te comuniques
por amor con él?
¿Cómo pasa esa capacidad a la acción? En nuestro con­
texto cristiano, afirmamos que «por obra del Espíritu». Aun­
que atribuimos a la Trinidad la frase «Dios es amor», co­
municación y don mutuo total de las personas, lo atribuimos
de una manera particular al Espíritu Santo. Guillermo de S.
Thierry dijo que el Espíritu Santo es el beso del Padre y el
Hijo. Con el Espíritu recibimos el amor de Dios; él nos mueve
a amar a Dios. Hablando del conocimiento, Pablo expone
una elevada y profunda doctrina:

— 319 —
1 Co 2,10 Porque el Espíritu lo sondea todo, incluso lo
profundo de Dios. 1A ver, ¿quién conoce a fondo la manera
de ser del hombre, si no es el espíritu del hombre que está
dentro de él? Pues lo mismo, la manera de ser de Dios nadie
la conoce, si no es el Espíritu de Dios. 12 Y nosotros no
hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que
viene de Dios; así conocemos a fondo los dones que Dios
nos ha hecho.

Podemos trasladar esas palabras, del orden del conoci­


miento, al orden del amor. Lo que, en el nivel biológico,
llamamos «instinto de conservación», en el nivel de la con­
ciencia es el necesario y fundamental amor de sí: la conciencia
lo actúa y lo manifiesta. De modo semejante, por analogía,
decimos que el Espíritu realiza y hace presente el amor de
un Dios que es amor. Solamente ese Espíritu puede damos
acceso a ese mundo de amor sublime. Cuando pido poder
amar, me lo sugiere el Espíritu, y lo que pido es que el
Espíritu siga actuando en mí.
Que pueda en todo amar y servir a su divina Majestad.
El servir son las obras. De esta manera se entrelazan el
comienzo y el final de los Ejercicios: el hombre es creado
para servir; el hombre es creado para amar. El amor va a
consistir, sobre todo, en el servicio. En la tradición del amor
cortesano, que Ignacio conoció y soñó en practicar, servir
equivale a amar, servir a una dama es amarla, es realizar
empresas difíciles en su honor. El adverbio «más», que echá­
bamos de menos en el título, es compensado con este adverbio
«en todo». Correlativamente, si servir es amar, amar es servir:
si mi destino es amar a Dios, amándolo le estoy sirviendo.
Al juntar amar y servir, no yuxtapone, sino que integra, de
modo que el amor pasa a la acción y el servicio es afectuoso.
En su famosa canción de amor en imagen de viña y viñador,
Isaías repite siete veces (número de totalidad) el verbo hacer,
a los que se añaden cinco verbos de acción. Para el cantor
del poema, amar es hacer por las dos partes. En 1,21-26
Isaías define a la ciudad adúltera por lo que deja de hacer.
A la esposa infiel y recobrada, el marido le da como dote de

— 320 —
la nueva unión «derecho y justicia» para actuar, «ternura y
cariño» para efectuarse, «fidelidad» para mantenerse (Os
2,21s). Es de notr que el amor de Dios toma forma conyugal
en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.
Vamos a tomar juntos los puntos segundo y tercero de
Ignacio, apoyados en la repetición del «dando ser, vegetando,
sensando» y en la equivalencia de «animando» y «vegetan­
do». En cambio, notaremos la distinción entre «habitar» y
«trabajar».
Mirar cómo Dios habita en las criaturas. La mirada es
primero cósmica, universal, después se recoge a la persona
que contempla. Lo que siente de Dios es como una presencia
envolvente, penetrante. Como el aire que me rodea en torno
y me entra en los pulmones y envía oxígeno a la última célula,
así Dios está presente, habita en el universo. «Habitar» puede
ser poco o engañoso: no es un inquilino que viene a habitar
la casa que se ha construido, ni siquiera como un propietario
que se pasea por su finca. Su presencia en la casa es más
sustancial, sin ser inmanente. Al construir un gran templo,
el peso de la piedra o la fuerza de gravedad es un factor
decisivo en los cálculos y en la ejecución; terminado el tem­
plo, la fuerza de gravedad sigue presente, sustentando las
partes en el todo. El barroco puede dar la ilusión de ingravidez
aplicando la gravedad a formas de signo opuesto. Pues Dios
está en el fondo, en el cimiento del ser total y de cada forma
de ser: de un modo da y mantiene el ser de la planta, del
animal, del hombre, de la materia inerte. Cada forma de
contingencia es colindante con su presencia infinita. Así están
llenos cielo y tierra de su gloria. Pero en mí, su presencia
toma forma extraordinaria, porque habita en mi conciencia.
Como la luz de una estrella lejana, que se derrama por el
espacio cósmico y entra por un telescopio para ser observada
por unos ojos. Mi conciencia, como espejo íntimo, se apoya
en su gravedad y se alimenta de su luz. Mi libertad es un
dinamismo más prodigioso que la savia de una sequoya, que
la explosión de una supemova, que la penetración de un

— 321 —
neutrino. Es Dios quien la mantiene sin entropía. El salmo
139 canta esa presencia en categorías de saber:
5 Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
6 Tanto saber me sobrepasa,
es sublime y no lo abarco.
7 ¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adonde escaparé de tu mirada?
8 Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;
9 si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
10 allí me alcanzará tu derecha,
me agarrará tu izquierda.
A veces pensamos en la presencia de Dios como un
ejercicio que nosotros practicamos: me pongo en presencia
de Dios, es decir, lo traigo a la memoria, al pensamiento,
me ocupo de él. Es lo contrario: abrirme, dejarme, para que
su presencia me invada, se me manifieste, casi me deslumbre.
Es abrirse a lo más grande del mundo estelar, a lo más
pequeño de las partículas subatómicas, a lo más íntimo de
la conciencia, a lo más hondo del ser.
Considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas
cosas criadas. (Algo hemos dicho comentando el salmo 65).
¿Hay algún ser en el universo que no sea activo? Los
escolásticos decían, con gran acierto, que todo ser es uno,
verdadero y bueno (omne ens est unum, verum et bonum).
Quizá haya que añadir: y activo. Y a Dios ¿vamos a ima­
ginarlo inerte, fuera de esa actividad? El Dios que habita en
el universo y en mí es activo, alimenta toda la actividad.
Solemos explicar que algunas culturas antiguas divini­
zaban las fuerzas de la naturaleza. La fuerza que empuja la
savia en la palmera datilera era una fuerza divina, que los
mitos describían como una persona. En otros términos, la
fuerza y actividad era divinizada y personificada: fuera la
fuerza cósmica o vegetal o animal, en la lluvia o el grano o
la oveja. Desdeñamos esa visión como primitiva o pagana,

— 322 —
y no percibimos lo que tiene de válido la intuición, a pesar
de sus límites de expresión. Nosotros, secularizando empírica
o científicamente esas fuerzas, nos embotamos para no des­
cubrir que cada fuerza contingente está movida por una ac­
tividad infinita. Aunque la actividad infinita no es inmanente,
no es parte de la creación, la sustenta y mantiene activa.
Los millones de millones de astros que se mueven (¿en
contracción o expansión?), en un sistema complejísimo, ¿qué
fuerza los mueve y coordina? Decir «inercia» es ambiguo,
porque «inercia» significa no-acción, y la inacción no puede
ser causa de la acción. Pues en los campos gravitacional y
electromagnético y de energía débil y fuerte, está activo Dios.
El orante del salmo 8 ve unas cuantas estrellas, unos cuantos
millares en la noche tropical, y los admira como «obra de
los dedos de Dios», joyas de un orfebre. El creyente del siglo
veinte ve con sus instrumentos y sabe por sus deducciones
de billones de astros, y en ellos descubre la acción presente
de Dios.
No acabaríamos si quisiéramos recorrer, no digo todos
los seres del universo, sino todas las categorías. Por eso
vamos a detenemos en lo que nos parece más inerte fuera,
o en lo que no percibimos dentro. Asignamos un sistema
rocoso al cámbrico, al plioceno; lo imaginamos desde en­
tonces inmóvil, inmutable. ¿Es así? No, sino que nuestro
ritmo de percepción no coincide con el ritmo milenario de
la roca, y nuestra mirada no penetra en el mundo atómico y
subatómico de la roca, en perpetua acción. En todo ello está
activo Dios. Observo la casi parábola de un sinclinal y anti­
clinal y sé que hace millones de años, en el mapa incandes­
cente, una fiierza empujó lateralmente y hacia arriba el es­
trato. Ahí quedó, testimonio inmóvil de la agitación plane­
taria. ¿Inmóvil? La fuerza unitaria de la gravedad,
descompuesta en varias trayectorias, sostiene activamente el
diseño orogràfico. En esa fuerza actúa Dios.
Miro un paisaje nevado. Toda la noche ha caído la nieve,
y ahora reposa en un blanquísimo letargo. El Eclesiástico la
ha visto así:
— 323 —
43,18 Sacude la nieve como bandada de pájaros,
y al bajar se posa como langosta;
su belleza blanca deslumbra los ojos
y, cuando cae, se extasía el corazón.

Nos parece inmóvil, invitando al silencio. Pero, si la miramos


con un microscopio, la vemos como una exhibición de cris­
tales, en los que diversos sistemas de fuerzas juegan sus
ejercicios geométricos. Y en esa acción está Dios actuando.
Ahora nos replegamos sobre nosotros. Gran parte de
nuestra actividad biológica se sustrae a nuestra percepción
consciente: si tuviéramos que atender a todo, no quedaría
atención disponible para menesteres más altos. Pues, sin que
yo lo sienta, Dios está activo en todo el sistema complejo de
mi vida física. Me doy un golpe o me hago una herida: en
una fracción de segundo me llega un aviso de dolor. Desde
la pierna hasta el cerebro, una cadena de neuronas se han
ido pasando el mensaje en una reacción química. En todas
y cada una actuaba Dios. (No recibir el aviso sería peligroso).
Y en la actividad de mi conciencia, que abarca lo cercano y
lo remoto, pasado y presente y futuro, está Dios actuando.
En esta meditación que hago para descubrir la acción de Dios,
está Dios actuando.
Y todo lo hace por mí, dice Ignacio, con amor paternal
y maternal; y a la vez me hace capaz de percibirlo y de
devolver el amor. Y no se cansa de su trabajo ni de mí. Se
cansa un padre de trabajar, pero no de su hijo; se cansan los
hombres más robustos: Dios no se cansa:

Is 40,28 El Señor es un Dios eterno


y creó los confínes del orbe.
No se cansa, no se fatiga,
es insondable su inteligencia.
29 El da fuerzas al cansado,
acrecienta el vigor del inválido.
30 Aun los muchachos se cansan y fatigan,
los jóvenes tropiezan y vacilan,

— 324
31 pero los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas:
echan alas como las águilas,
corren sin cansarse,
marchan sin fatigarse.

Que no me canse, Señor, de contemplar tu acción amorosa


y de amarte por ella y con ella. Que no me canse de alabarte
y darte gracias y servirte:

Eclo 43,30 Los que ensalzáis al Señor, levantad la voz,


esforzaos cuanto podáis, que aún queda
más.
Los que alabáis al Señor, redoblad las fuerzas,
y no os canséis, porque no acabaréis.
31 ¿Quién lo ha visto que pueda describirlo?,
¿quién lo alabará como él es?
32 Quedan cosas más grandes escondidas,
sólo un poco hemos visto de sus obras.
33 Todo lo ha hecho el Señor,
y a sus fieles les da sabiduría.

Imaginamos y contemplamos a Dios como la última e


inmediata fuente de energía, al Espíritu Santo como energía.
Comenzando por nosotros, nuestro cuerpo no es sola materia,
sino materia y energía. Una energía le mantiene la cohesión.
La vida es energía y consumo de energía. Vitalmente de­
pendemos de fuentes de energía, a las cuales diría que es­
tamos enchufados. Y para no alejamos mucho, busquemos
en el sol nuestra fuente cercana de energía. Pero el sol no es
fuente última, sino que está en conexión energética con el
universo. Pues Dios está dando y activando toda la energía.
Concebimos la materia como algo dado, la energía como
acción y creación. Pues bien, Dios no da a las criaturas las
cosas ya hechas, sino también, y sobre todo, la capacidad de
hacer cosas nuevas, de crear; y sigue presente activando la
creatividad de sus creaturas, especialmente del hombre. Crea­
tividad del homo faber en la técnica, del homo ludens en el
juego y el arte, del hombre racional en el pensamiento; crea­

— 325 —
tividad en la vida social y política; y el dar ser a la radical
e irreductible novedad de un nuevo ser humano. Y la energía
del Espíritu lo está activando todo. El «espíritu de Dios»,
como «viento impetuoso», se cernía sobre las aguas abismales
dando forma al caos (primer capítulo del AT); «El Espíritu
del Señor llena la tierra y da consistencia al universo (último
libro del AT: Sab 1,7). Podemos añadir que llena el universo
y le da actividad.
El mismo Señor desea dárseme en quanto puede, según
su ordenación divina. Volvamos al primer punto de Ignacio.
Los dones son expresión de amor, pero el don del amor es
la persona: «Mi amado es mío y yo soy de mi amado». Es
comunicación, es unión. El abrazo lo expresa físicamente.
Con menos de eso la capacidad del hombre nunca estará
colmada, satisfecha. La contemplación para alcanzar amor
siempre queda abierta, porque siempre tiene el capítulo final
pendiente. La última página de la Biblia es un diálogo de
amor ansioso y esperanzado:
Ap 22.17 Dicen el Espíritu y la esposa: ¡Ven!
Diga el que escucha: ¡Ven!
20 El que se hace testigo dice:
Sí, voy a llegar en seguida.
Amén. Ven, Señor Jesús.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad. ¿Por qué me has


dado, Señor, la libertad? Esa capacidad de disponer de mí y
de mis actos, ¿no veías tú que es un riesgo enorme, que podía
yo abusar de ella? Si has aceptado un riesgo tan enorme, por
alguna razón más grande sería: házmela comprender.
En el libro de Job, Satán hace una apuesta a Dios: que
Job, acuciado por el sufrimiento, maldecirá de Dios; es decir,
que renegará de su amor; porque, en el fondo, Job no amaba
a Dios, sino su interés; amaba los bienes recibidos, no al
dador de ellos. Satán piensa que el hombre, aun el más bueno,
es irremediablemente egoísta. Ésa es la apuesta del Satán, y
Dios la acepta. Y la gana: Job ama a Dios más que los bienes
recibidos de Dios. Pero Job tenía que ser libre para practicar

— 326 —
y demostrar su amor. No existe un amor forzado, impuesto,
porque el amor es el movimiento más espontáneo y total del
ser humano.
Por eso, Señor, aceptaste el riesgo de darme la libertad,
para que pudiera amarte. Sólo así puedo ser imagen tuya y
ser tu interlocutor creado. El amor es la razón de la libertad
y justifica su riesgo.
Entonces, Señor, ¿por qué me has colocado entre tantas
creaturas amables que solicitan mi amor en rivalidad con el
tuyo? Tú mandas a Israel: «Amarás al Señor con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», a la vez
que rodeas a Israel de tantos seres que piden al menos alguna
parte del corazón y del alma. Ellos se contentan con un poco,
y Tú exiges todo: ¿por qué, Señor, no te avienes a un com­
promiso? El corazón del hombre es ancho y puede ensan­
charse: caben en él muchos seres. Una madre tiene seis hijos,
y cuando nace el séptimo ensancha el corazón para acogerlo
con tanto amor como a los otros. ¿No podría yo dedicarte el
centro y dejar una periferia para otros seres?
Tú mismo me mandas amar al prójimo, me imprimes
dentro esa necesidad fatal de amar y ser amado, esa insatis­
facción de un egoísmo complacido. Yo me abro, me pongo
al alcance, y mira cómo acuden otros seres a apoderarse de
mi amor y sujetar mi libertad. No quisiera, Señor, oponerme
a Ti, alejarme de Ti; pero es que la fuerza de atracción de
otro amor más cercano me arranca del sistema central de tu
amor. Casi iba a decir, Señor, que Tú tienes la culpa, porque
has colocado a la distancia exacta un ser intensamente amable
y una necesidad de amar intensamente. Señor, ¿por qué lo
has hecho así? ¿Por qué no desatas tu fuerza de atracción,
que contrarreste y supere todas las otras fuerzas juntas? Sin
quitarme la libertad, sin menoscabarla, Tú puedes apoderarte
suavemente o violentamente de mi amor. ¿Por qué no lo
haces? Mira que ya no me opongo, que te digo: tomad y
recibid toda mi libertad.
Tú hiciste a tu Hijo, el hombre Jesús de Nazaret, libre,
capaz de amar, destinado al amor. Ningún hombre más libre

— 327 —
que él. El te entregó toda su libertad y su amor para ser en
la tierra tu interlocutor y cumplir enteramente tu designio:
«Yo he cumplido los mandamientos del Padre y me mantengo
en su amor» (Jn 15,10). Porque te amaba, «su comida era
cumplir tu designio» (Jn 4,34). Pues, Señor, hazme semejante
a tu Hijo, de modo que mi entera libertad se emplee en amarte,
de modo que mi amor a Ti sea la consumación de mi libertad.
Yo espero que un día entraré en tu casa para siempre.
Allí, en tu compañía mi libertad no tendrá trabas y te amaré
«con todas las fuerzas»; más aún, me darás más fuerzas para
que te ame más. Pues lo que espero, lo que anticipo en la
oración, ¿por qué no me lo vas dando ya? Mira que el tiempo
pasa y el fin se acerca, y no te he amado bastante; mira que,
cuando me salgas al encuentro, quiero abrazarte con un amor
muy grande, y el que ahora tengo no me basta: Tomad mi
libertad y dadme vuestro amor.
Tomad, Señor, y recibid mi memoria. Tú me has dado,
Señor, esa extraña y maravillosa capacidad de vencer al tiem­
po sin salirme de él. Por túneles subterráneos de mi con­
ciencia retoman a mí sucesos pasados, y yo viajo hasta ellos.
Unas veces son ellos los que se escapan de su coyuntura
temporal y vienen a visitarme, a asomarse a un presente que
para ellos fue futuro; otras veces yo me desprendo de mi
vivir presente, para revivir emocionalmente el pasado. Unas
veces, Señor, me lleno de vergüenza, otras veces de añoran­
za. Y más que poseer memoria, me parece estar poseído por
ella. Pues bien, Señor, ¿me acuerdo también de ti? Pero, si
te tengo presente, porque tu presencia me envuelve, ¿para
qué necesito acordarme de ti? Si te espero como mi destino
futuro, ¿por qué he de buscarte en mi pasado? Es que quiero
que Tú llenes mi pasado y mi presente y mi futuro, porque
Tú «eras y eres y serás» (Ap 4,8), y «Jesucristo es el mismo
hoy que ayer, y será el mismo siempre» (Hb 13,8).
Yo te doy mi memoria. Cuando ella me traslada a mi
pasado, quiero encontrarte como huésped y acompañante y
guía de mi existencia. Si me acuerdo de mi niñez, quiero
encontrarte en mi primer despertar religioso, en las palabras

328 —
de mis padres y las primeras oraciones crepusculares de la
infancia; quiero encontrarte en mi colegio, en mi ayudar a
misa, en tus primeras sugerencias y tu imperiosa llamada;
también te encuentro en mis arrepentimientos y tu reiterado
perdón; y en mi trabajo apostólico. Tú, Señor, no estás au­
sente de mi pasado, y con mi memoria te encuentro allí.
Tomad mi memoria. No quiero gastarla en recuerdos inútiles,
en nostalgias paralizantes. No quiero refugiarme en los re­
cuerdos para eludir mis compromisos actuales. Pero quiero
emplearla en recordar «tus proezas» (Sal 77,12s), para que
ese recuerdo me haga desearte más:

Sal 143,5 Recuerdo los tiempos antiguos,


medito todas tus acciones,
considero la obra de tus manos,
y extiendo mis brazos hacia ti;
tengo sed de ti como tierra reseca.

Quiero «acordarme siempre de Jesucristo, resucitado de la


muerte, nacido del linaje de David» (2 Tim 2,8). Quiero
celebrar la eucaristía «en memoria de él». Yo te doy mi
memoria; y como no conozco ni controlo todos sus meca­
nismos, te pido que, en las diversas situaciones de mi vida,
Tú traigas a mi memoria alguna de tus palabras oportunas.
Yo te doy mi memoria; tú, Jesús, acuérdate de mí ahora que
estás en tu reino.
Tomad, Señor, y recibid mi entendimiento. Tú me lo diste
para que conozca lqs seres y a Ti. Porque en eso «consiste
la vida eterna: en conocerte a Ti, único Dios verdadero, y a
tu enviado Jesucristo» (Jn 17,3).
¿Cuántos seres llega a conocer una persona de mi edad?
A veces me viene un movimiento de vanidad por el número
de «mis conocimientos». Entonces pienso en los innumera­
bles seres que no conozco por falta de tiempo o de acceso o
de capacidad. Quisiera conocer más y más, y no puedo. Pero,
Señor, consérvame la curiosidad, no me dejes contento y
resignado con lo que he logrado acumular en mi vida. Que

— 329 —
mi afán de conocer sea insaciable y que mi curiosidad sea
signo de juventud espiritual. «No se sacian los ojos de ver
ni ser hartan los oídos de oir», me dice el Eclesiastés; y yo
añado: ni la mente de conocer. Así ha de ser mi entendimiento
y así es como te lo doy. Porque, si lo sacio con unos cuantos
seres creados, temo que no tenga ansia de conocerte a Ti. O
quizá suceda lo contrario: que, conociendo el «límite de todo
lo perfecto» (Sal 119,96), desee conocer tu perfección sin
límites.
Te confieso, Señor, que muchas veces no me deleita
tanto conocer ya mil cosas cuanto aprender una nueva; sobre
todo si la descubro yo. Como si, al descubrirla, fuera recreada
en mi entendimiento y relumbrase con su novedad. Me gustan
los enigmas y acertijos: ¿eres Tú mi gran enigma? Haz que
yo adivine cada día, porque Tú me lo revelas, algo nuevo
de Ti. Dalila se quejaba a Sansón porque no le revelaba su
secreto: «ya no me quieres». Señor, tú me sigues queriendo,
escucha mis preguntas y revélame cada vez algún nuevo
secreto tuyo. «Ahora vemos por enigmas» (1 Co 13,12), y
yo juego a adivinarlos; acepta mi juego y entra en él. De
niño jugaba al escondite, a descubrir y ser descubierto; Tú,
Señor, toda mi vida jugando al escondite conmigo. Y cuando
«vea yo cara a cara», ¿no quedará nada por descubrir?
También me gusta conocer en profundidad, entreviendo
o atravesando. Conozco la nieve blanca, penetro en sus ejer­
cicios geométricos microscópicos. Conozco la luz doméstica
de mi lámpara y la atravieso hasta las turbinas, de las turbinas
al salto de agua, del pantano a las nubes que sueltan el agua,
de las nubes al sol que levantó a pulso el agua y ahora se
mete pequeñito en mi lámpara por el escondrijo de un enchufe
y un cable. Es como si, leyendo un bajo cifrado, escuchase
mentalmente una coral; como si, oyendo una melodía, en­
treoyese en contrapunto otras voces. Tú eres mi contrapunto
y mi coral. Todos los seres que conozco me incitan y ayudan
a conocerte, como si fueran soporte de una melodía infinita.
Melodía no, armonía y contrapunto y orquestación de «una
música mejor» (San Juan de la Cruz). ¿Qué conozco cuando

— 330
escucho una música que me satisface y me transporta? No
una relación matemática de vibraciones ni un placer mera­
mente sensorial —como de una fruta sabrosa—. El sistema
sonoro que existe en proceso, que cada vez se hace y existe
de nuevo, mi espíritu lo trasciende y se abre a un conoci­
miento superior, que tiene algo de misterio. Pues en el de­
senvolverse de la creación y de mi vida, mi conocimiento
pasa más allá, te alcanza. Lo he llamado creación y creatura,
porque todo me remite a Ti, Creador. Gracias porque me
dejas conocerte, recibe, oh Señor, mi entendimiento.
También me gusta comunicar lo que conozco, y más
aún si yo lo he descubierto. Te pido que no sea vanidad lo
que me mueva, sino el afán de darte a conocer. Pero ¿qué
puedo hacer yo? Hablar de Ti, para que otros te conozcan
de oídas, de poco sirve. Hablar de Ti dando testimonio, para
que otros busquen conocerte personalmente, eso sí sería em­
plear bien mi entendimiento. Pues yo te lo doy para servirte
con él, para que te sirvas de él. Decía Job al final de su
camino: «Te conocía sólo de oídas; ahora te han visto mis
ojos» (Job 42); y se refería a los ojos del espíritu. Creo,
Señor, conocerte un poco: que por mi medio otros logren un
día decir otro tanto. Porque Tú eres tan grande, que puedes
mostrarte a cada uno de forma diversa, según su capacidad
y temperamento. Por eso conocerte es asunto personal.
Cuantas más cosas sé de tu mundo creado, más campos,
océanos de ignorancia descubro; tanto que mi conocer es, en
gran parte, saber que desconozco. Cada nuevo conocimiento
de Ti que me concedes, me hace vislumbrar más de lo que
desconozco y quisiera conocer. Tomad mi entendimiento para
ensancharlo, para que me quepa más de Ti. Me alegro de
saber que no sé, porque así confieso tu misterio; pero quiero
saber siempre más de Ti. Así es como quiero que tomes mi
entendimiento.

Entróme donde no supe


y quedéme no sabiendo,
toda sciencia trascendiendo.

— 331 —
Cuanto más alto se sube,
tanto menos entendía
qué es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía;
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo
toda sciencia trascendiendo.

Tomad, Señor y recibid también mi imaginación (aunque


Ignacio no la mencione). Porque en ella reconozco como una
participación o presencia del Espíritu Santo en mi Espíritu.
No es «la loca de la casa», aunque a veces se desmande. Ella
reproduce imágenes ausentes; ella traslada seres a nuevos
parajes; ella combina, creando, formas nuevas. Qué mágicos
casamientos preside, qué trasmutaciones agencia. Ella toma
masas informes de ruidos, los decanta y organiza y transforma
en música. Ella toma manchas de colores y las transforma
en pintura. Ella hace del lenguaje poesía, del movimiento
danza. Ella es la chispa por la que empiezan los inventos.
Por ella proyectan los científicos sus hipótesis y sus modelos.
¡Qué admirable es la humana fantasía! Señor, tomad la mía.
Preguntando por Ti para mejor conocerte, me hablan de
tu infinito poder y saber; y nada me dicen de tu fantasía.
Pero, cuando contemplo tu creación o me la hacen ver las
revistas, el cine, la televisión, me quedo embelesado ante el
despliegue de tu fantasía. Reconozco la acción libre y mul­
tiforme del Espíritu:

Sab 7,22 En efecto, es un Espíritu inteligente,


único y múltiple,
sutil, móvil, penetrante,
incoercible y benéfico.

Señor, no dejas de sorprenderme con tu fantasía. Yo no puedo


sorprenderte con la mía; pero te la doy para que la tomes y
recibas.
Pero no me la quites, que la necesito para conocerte y
hablar de Ti. Es verdad que con la imaginación algunos

— 332
hombres han fabricado imágenes que te desfiguraban, hasta
las han colocado en tu puesto (aunque pienso que muchas
veces buscaban a tientas alguna presencia tuya). Otros hom­
bres, con su fantasía, compusieron relatos y poemas indignos
de Ti (engañados quizá por una penumbra tuya). Con todo,
sin el auxilio de la imaginación, ¿cómo hablarían de Ti los
profetas o los salmos? Los autores inspirados te consagraron
su fantasía, el Espíritu escogió soplar en ella para avivarla.
Ahora, Señor, yo puedo imaginarte como Roca, como Fuen­
te, como Luz, como Sol... Yo también quiero consagrarte
mi fantasía. Que no se emplee en imágenes perversas de
venganza o de lujuria, que no teja telarañas de falsas ilusio­
nes, que no me traiga pesadillas, que no se complazca en
juegos estériles. Que me sirva para imaginarte, porque así te
iré conociendo, y que me sirva para comunicar a otros en
figuras tu misterio más allá de toda figura. Tomad, Señor, y
recibid mi imaginación.
Tomad, Señor, y recibid mi voluntad... disponed a toda
vuestra voluntad.
Ya te la he dado con la libertad, pero repito el don.
Quiero que mi voluntad coincida con la tuya. En Jesús de
Nazaret la voluntad humana, siendo diversa, coincidió to­
talmente con la voluntad de su Padre, y así, por una vez, se
cumplió en la tierra tu voluntad como en el cielo. Si yo
pudiera imitar a tu Hijo, al menos acercarme a él... Hacer
enteramente mía tu voluntad sería darte toda mi voluntad:
tómala, Señor.
Veo en mi voluntad la raíz del deseo y la sede de la
decisión. El deseo es energía del espíritu: en el deseo se tensa
la voluntad como un arco; en la decisión se dispara. Lo que
el hambre al estómago, la sed a la garganta, es el deseo al
espíritu. Es verdad que hay deseos estériles, como dice Prov
21,25:

Los deseos dan muerte al holgazán,


porque sus manos se niegan a trabajar.

— 333
También hay deseos que Ignacio denuncia, porque no son
«quiero», sino «querría»; también denuncia esos deseos que
pasan a la decisión y después procuran ajustar la voluntad de
Dios a la propia (primero y segundo binarios); también conoce
unos «deseos de deseos», primer impulso de un dinamismo.
Yo te doy mi voluntad: líbrala de malos deseos. Del
deseo de poseer o codicia, del deseo de poder o ambición,
del deseo de aparecer o vanidad, del deseo de ser superior o
soberbia, del deseo de placer o voluptuosidad. Y de otros
muchos que no tengo catalogados. Inspírame, en cambio, los
deseos que Tú quieres; y, sobre todo, sé Tú el objeto de mi
deseo.

Sal 42,2 Mi alma te busca a ti, Dios mío;


3 tiene sed de Dios, del Dios vivo.
Sal 62,2 Sólo en Dios descansa mi alma.
63,2 Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi garganta tiene sed de ti,
mi carne tiene ansia de ti.
Is 26,9 Mi alma te ansia de noche,
mi espíritu en mi interior madruga por ti.

Has querido que mi voluntad se enfrente con múltiples


decisiones, pequeñas y grandes, cotidianas y trascendentes.
Esa es mi libertad. Decidiendo, mi voluntad se constituye en
fuerza histórica de variable alcance. Decimos «fuerza de vo­
luntad», y podríamos decir «voluntad como energía». Pues
yo te la doy: tómala y engránala en tu designio histórico, de
modo que, a través de mi voluntad, se vaya haciendo la tuya.
No hablo ya de elegir entre el bien y el mal, sino de escoger
el bien mayor; y, sobre todo, de discernir en cada ocasión
cuál es tu voluntad concreta. Tengo tu ley para trazarme
límites, tengo tu evangelio para orientarme y encaminarme;
pero me falta todavía bajar hasta la última concreción. Eze-
quiel me muestra al rey de Babilonia indeciso en una encru­
cijada: ¿qué camino tomar? «Consulta el vaticinio, baraja las
flechas, pregunta a los ídolos, inspecciona el hígado» (Ez
21,26). En las encrucijadas de mi vida, envíame, Señor, tu

334 —
Espíritu para que me enseñe cuál es tu voluntad. Sea tu
voluntad la norma de la mía; sea tu voluntad la fuerza de la
mía.
Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta. ¿Es verdad
que me basta? Tu amor ya me lo has dado y demostrado
abundantemente: ¿por qué no me ha bastado?
Is 5,4 ¿Qué más cabía hacer por mi viña que no lo haya
hecho?
¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones?

Yo hago eco al reproche de tu pregunga: ¿por qué no ha


bastado tu amor?, ¿por qué no ha bastado tu gracia? Otros
seres me han mostrado mucho menos amor, y ha bastado
para que los amara. Tú me has enviado el viento impetuoso
de tu Espíritu; pero airecicos leves han henchido mis velas
y me han desviado. ¿Cuándo vencerán tu amor y tu gracia?
No puedo pedirte que me ames más, si me has dado como
prenda a tu Hijo; pero puedo pedirte que me cambies el
corazón de piedra por uno de carne (Ez 36,26), que me des
«un corazón nuevo y un espíritu generoso» (Sal 51,12.14).
El favor o «gracia de Dios acompañaba» a Jesús (Le
2,40) y le bastaba para seguir creciendo y preparándose para
su misión; ¿por qué a mí no me basta? Si por mi culpa ha
faltado tu gracia, haz que «donde abundó el pecado sobrea­
bunde la gracia» (Rom 5,20). También a Pablo le bastó tu
gracia: «por favor de Dios soy lo que soy, y ese favor suyo
no ha sido en balde» (1 Co 15,10); ¿por qué no me basta a
mí? Que no «reciba yo en vano tu gracia» (2 Co 6,1).
Yo espero que un día me bastarán realmente tu amor y
tu gracia: «al despertar me saciaré de tu presencia» (Sal
17,15). Entonces no me bastará toda la eternidad para darte
gracias.
Que él, por su infinita bondad, nos quiera dar su gracia
cumplida, para que su santísima voluntad sintamos y aquélla
enteramente cumplamos.

335 —
Colección
El Pozo de Siquem

El hombre es creado para vivir. Y para morir. Y para vivir. Tal es


el ritmo cristiano de la existencia: vivir-morir-VIVIR. Suprímase el
tercer elemento, y la vida es una atroz decadencia (Aleixandre decía
que la vida es la juventud y una larga decadencia). San Pablo nos dice
que el hombre querría saltarse la segunda etapa; cosa imposible.
Pero adelantar la tercera etapa en la conciencia, con convicción, es
base de la esperanza. El anciano, el que se encuentra en lo que ha
dado en llamarse «Tercera Edad», se acerca al punto de intersección
en que una vida, salvación en proceso, va a desembocar en otra vida,
salvación definitiva. La última etapa puede ser lenta o vertiginosa,
puede discurrir vacía o podemos llenarla. En todo caso, hay que
salvar la vida y salvar la muerte, para ponerse finalmente, definitiva­
mente, a salvo.

A eso van dirigidas estas páginas (para creyentes, puntos de


meditación; para no creyentes, testimonio de una convicción),
dominadas por el tema de la Esperanza, una de las virtudes
teologales. Y, si hay que escoger una frase como lema, tomémosla
de la liturgia: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección:
¡ven, Señor Jesús!

Ilustración de cubierta:
Am brogio Lorenzetti (1280-1348),
Presentación en el templo
(G alleria degli Uffizi, Florencia)