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Comentario Sobre Proverbios 30.

Obteniendo el
Conocimiento de Dios y Permaneciendo en Éste.
Por Julio César Clavijo Sierra
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“Palabras de Agur, hijo de Jaqué; la profecía que dijo el varón a Itiel, a Itiel y a Ucal” (Proverbios 30:1)

Proverbios capítulo 30, puede dividirse en tres secciones que son: (1) La forma de obtener el conocimiento
acerca de Dios, (2) El deseo de permanecer en el conocimiento de Dios, y (3) Consejos para permanecer
en el conocimiento de Dios (o lo que compete a la vida cristiana).

I. La Forma de Obtener el Conocimiento Acerca de Dios

“Palabras de Agur, hijo de Jaqué; la profecía que dijo el varón a Itiel, a Itiel y a Ucal” (Versículo 1).

Las palabras escritas son una profecía, por lo cual tienen aspectos de interés inmediato para sus
destinatarios, como también futuros.

Las palabras son de Agur (hijo de Jaqué), quien dijo la profecía inicialmente a Itiel y a Ucal. La doble
mención del nombre de Itiel, hace ver que Itiel tiene más importancia que Ucal, probablemente porque Itiel
fue más receptivo a las palabras de esta profecía, o porque tenía mayor jerarquía que Ucal.

Una traducción alternativa del versículo 1, se da al penetrar en los significados de Itiel y Ucal, donde Itiel
se traduce por "Cansado estoy, oh Dios" y Ucal por "agotado", tal como se encuentra por ejemplo en la
Nueva Versión Internacional (NVI), en la Biblia Textual (BTX), y en la Nueva Traducción Viviente (NTV).
Bajo esa posible traducción, Agur no estaría dirigiendo su discurso primariamente a dos hombres, sino que
estaría expresando un estado de ánimo decaído.

“Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, Ni tengo entendimiento de hombre. Yo ni aprendí sabiduría,
Ni conozco la ciencia del Santo” (versículos 2 y 3).

Aquí, Agur demuestra su incompetencia humana para entender las cosas de Dios, y nos da a entender
que el hombre sin Dios no puede comprender las cosas de Dios. El hombre sin Dios, tiene el entendimiento
como el de una bestia en lo que respecta al conocimiento divino.

“¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en
un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si
sabes?” (Versículo 4).

Agur explica que para conocer las cosas de Dios, sería necesario subir al cielo y descender. De esa manera
podríamos entender al Dios inmenso, que puede disponer del viento así como un hombre dispone de lo
que puede encerrar en su puño; o de toda el agua de la tierra así como un hombre puede disponer del
agua que está encerrada en un pañuelo. Este Dios afirmó la tierra para que exista y tenga toda su dinámica
actual.

También sostiene que un aspecto fundamental para conocer a Dios, es conocer su nombre. Por eso los
que conocen el nombre de Dios, también son llamados el pueblo de su nombre (2 Crónicas 7:14, Hechos
15:14, Apocalipsis 22:4).

Además, esta porción trae una profecía mesiánica, cuando se refiere al nombre del Hijo de Dios. El Hijo
fue el que reveló el nombre del Padre en toda su plenitud, porque el Hijo llevó el nombre del Padre y lo dio
a conocer a todos los hijos de Dios (Juan 5:43, 17:26, Hebreos 1:4). Por lo tanto, el Hijo de Dios es el único
que nos ha podido revelar las cosas de Dios, porque nadie conoce al Padre sino el Hijo, y ninguno podrá
conocer al Padre si el Hijo no se lo quiere revelar (Mateo 11:27, Lucas 10:22). Aún más, el Hijo se aplicó
a sí mismo las palabras que Agur consideró necesarias para alcanzar el conocimiento de Dios, cuando
dijo: “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió
al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:12-13). Así que
tenemos la certeza de que el Hijo sí sabe quién es el Padre y conoce las cosas del Padre, por lo cual
estamos seguros en su testimonio. Por eso “el que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de
Dios no tiene la vida” (1. Juan 5:12). De igual manera, “Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al
Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre” (1 Juan 2:23). El Padre y el Hijo son uno y el mismo
(Juan 10:30), porque el Hijo es la manifestación del Padre en la carne (Isaías 9:6, Juan 14:9, 1. Timoteo
3:16). Por eso cuando creemos en el Hijo en realidad creemos en el Padre (Juan 12:44), cuando recibimos
al Hijo en realidad recibimos al Padre (Juan 13:20), cuando aborrecemos al Hijo en realidad aborrecemos
al Padre (Juan 15:23), y cuando veamos al Hijo en realidad veremos al Padre (Juan 12:45, 14:49, 1.
Timoteo 6:14-16). Si permanecemos en la Palabra de Dios, entonces permaneceremos en el Hijo y en el
Padre (1. Juan 2:24).

“Es apenas natural que el Antiguo Testamento hable acerca del Hijo de Dios, porque el Antiguo Testamento
nos anuncia que Dios se iba a manifestar como un Hijo, como un hombre, para rescatar a la humanidad.
Así como Adán fue hijo de Dios (Lucas 3:38), el Mesías en su condición de humano santo, vendría a ser
un verdadero Hijo de Dios (Lucas 1:35). El Hijo de Dios o el postrer Adán (1. Corintios 15:45), vino para
quitarnos la naturaleza corruptible que heredamos del primer Adán y que nos impide alcanzar la salvación,
pues “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción (1.
Corintios 15:50). Cuando la Biblia se refiere a Jesús como el Hijo de Dios, se está refiriendo a la humanidad
de Jesús que nació de mujer y no a una “segunda persona” inventada por la “teología” trinitaria, que según
esa enseñanza, habitaba desde la eternidad al lado de Dios como Dios” [1]

Al entender que el único Dios fue manifestado en carne, entendemos entonces “el misterio de Dios el
Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”
(Colosenses 2:2-3).

“Toda palabra de Dios es limpia; Él es escudo a los que en Él esperan. No añadas a sus palabras, para
que no te reprenda, y seas hallado mentiroso” (Versículos 5 y 6).

Para conocer las cosas de Dios, es necesario confiar en la Santa Escritura como nuestra lámpara y luz
(Salmo 119:105). La Palabra de Dios es nuestra protección cuando confiamos en ella. Debido a que la
Palabra de Dios es limpia, no debemos contaminarnos con ideas contrarias a ella.
“Para un cristiano verdadero la única autoridad doctrinal que debemos tener es la Biblia, así que
añadiduras no valen. La palabra del Señor es clara, y afirma qué le pasará a cualquiera que añadiere o
quitare al mensaje de la Palabra de Dios. La Biblia dice: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de
la profecía de este libro: si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están
escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte
del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.” (Apocalipsis 22:18-
19)… El que añade a las palabras de Dios para con eso pretender enseñar doctrinas ajenas a las Sagradas
Escrituras no está esperando sino la reprensión del Señor. La falta que acarrea el añadir a la Escritura
para enseñar doctrinas ajenas a ella, es un pecado muy grande. Es un pecado que conduce a que el ser
humano pueda perder el privilegio de estar un día con el Señor. Y no es pecador solamente el que añadió
una herejía a la Escritura, sino el que sabiendo que es herejía la repite y la enseña a los demás… Ellos
mismos son ciegos que guían a otros ciegos, y si un ciego guía a otro ciego ambos caerán en el mismo
hoyo (Mateo 15:14)” [2]

II. El Deseo de Permanecer en el Conocimiento de Dios

“Dos cosas te he demandado; no me las niegues antes que muera: Vanidad y palabra mentirosa aparta
de mí; No me des pobreza ni riquezas; Mantenme del pan necesario; No sea que me sacie, y te niegue, y
diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios” (Versículos 7, 8 y
9).

Para un hombre que tiene el conocimiento de Dios, lo principal debe ser permanecer en ese conocimiento
y comunión con Dios. Por eso Agur le implora a Dios que lo aparte de las cosas que puedan destruir su
relación con el Altísimo.

Lo primero que Agur le pide a Dios, es que lo aleje de las cosas vanas de esta vida. El hombre se esfuerza
continuamente por obtener las cosas terrenales, sin darse cuenta que estas son efímeras, pero el
conocimiento de Dios permanecerá para siempre. Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras
no pasarán” (Mateo 24:35, Marcos 13:31, Lucas 21:33). Asimismo, después de que Salomón reflexionó en
el libro de Eclesiastés acerca de la vanidad de la vida, concluyó diciendo: “El fin de todo el discurso oído
es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13).

Lo segundo por lo que clama, es para que Dios lo guarde de caer en la mentira. Esto está en consonancia
con lo dicho en el versículo 6, y expresa el deseo de Agur de permanecer en la Palabra de Verdad, sin
añadir a las Palabras de Dios, a fin de que no ser reprendido y hallado mentiroso.

Lo tercero por lo que clama es por una vida de moderación, donde pueda obtener lo necesario para vivir
dignamente, sin necesidad de desbordarse en lujos o naufragar en la miseria. Esto, porque él ha visto que
muchos que cuentan con riquezas materiales, confían tanto en aquellas que ya no confían ni en Dios.
Jesucristo dijo: “Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!”
(Marcos 10:24). De otro lado, ha visto también el otro extremo, donde personas que se encuentran en
escasez han llegado a blasfemar contra Dios y se han visto tentadas a robar. No nos debemos alabar en
lo que tenemos materialmente hablando, sino en el conocimiento de Dios, como lo dijo el profeta Jeremías:
“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se
alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que
yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”
(Jeremías 9:23-24).

III. Consejos Para Permanecer en el Conocimiento de Dios

“No acuses al siervo ante su señor, no sea que te maldiga, y lleves el castigo. Hay generación que maldice
a su padre y a su madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado
de su inmundicia. Hay generación cuyos ojos son altivos y cuyos párpados están levantados en alto. Hay
generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra, y a
los menesterosos de entre los hombres. (Versículos 9, 10, 11, 12, 13 y 14).
Seguidamente, Agur nos presenta algunas actitudes que debemos tener en cuenta para no salirnos de los
caminos de Dios.

La primera actitud consiste en no aprovecharse de alguna posición ventajosa para abusar de los siervos,
de los pobres de la tierra y de los menesterosos entre los hombres. Por el contexto, se observa que el
llamado de Agur es a que no acusemos falsamente a un siervo delante de su señor, que por estar
subordinado ante su jefe, podría encontrarse en la situación desventajosa de que no le creerían por más
que desmintiera la acusación. El criado podría maldecirnos y no seríamos inocentes de ese pecado. Se
nos invita a observar que hay personas que actúan como fieras salvajes destrozando a los pobres y a los
menesterosos de la tierra, pero el mandato de Dios es que no se oprima al jornalero, sino que se le pague
su salario a tiempo justo (Deuteronomio 24:14-15) y que no se endurezca nuestro corazón contra el pobre
y menesteroso (Deuteronomio 15:7). Todo el que oprime al pobre insulta a Dios nuestro hacedor, pero el
que tiene misericordia del pobre honra a Dios (Proverbios 14:31). A Jehová presta el que da al pobre
(Proverbios 19:17) y si aquel que ha hecho misericordia tiene que pasar por días malos, será librado por
Dios (Salmo 41:1).

La segunda actitud consiste en obedecer el mandamiento de honrar a nuestro padre y a nuestra madre.
Aun cuando veamos a personas que maldicen a sus padres, nosotros tenemos el siguiente mandamiento:
“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que
es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Efesios
6:1-3).

La tercera actitud consiste en reconocer las faltas que cometamos delante de Dios, para que corrijamos
nuestro andar, procedamos al arrepentimiento y hagamos frutos dignos de ese arrepentimiento (Mateo
3:8, Lucas 3:8, Romanos 2:4). Esto, aun a pesar de que veamos a personas que estando contaminadas
por la inmundicia del pecado, tienen tan cauterizadas sus conciencias que no tienen sensibilidad ante la
Palabra de Dios y se sienten limpios en su propia opinión aun a pesar de que están perdidos en delitos y
en pecados (Efesios 2:1). “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”
(Proverbios 14:12, 16:25).

La cuarta actitud consiste en aborrecer la presunción, la petulancia y la ostentación, aún a pesar de que
veamos a personas que tienen ojos altivos. Antes bien, el cristiano se debe caracterizar por la humildad
(Mateo 5:5, Efesios 4:2-3, Tito 3:2), la modestia (1. Timoteo 2:9), la moderación (1. Corintios 9:25) y la
sencillez (Hechos 2:46, 2 Corintios 1:12).

“La sanguijuela tiene dos hijas que dicen: ¡Dame! ¡Dame! Tres cosas hay que nunca se sacian; Aun la
cuarta nunca dice: ¡Basta! El Seol, la matriz estéril, La tierra que no se sacia de aguas, y el fuego que
jamás dice: ¡Basta!” (Versículos 15 y 16).

La quinta actitud consiste en inclinar nuestro corazón a los testimonios de Dios y no a la avaricia (Salmo
119:36), pues como dijo el Señor Jesús, “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre
no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15) y el apóstol Pablo escribió: “Pero
fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos”
(Efesios 5:3). Agur compara la insaciable sed de sangre de la sanguijuela, con el proceder de aquellos que
andan en pos de la avaricia y nunca se sacian con nada. Las dos hijas de la sanguijuela, son una referencia
a sus “dos bocas, en realidad—una boca a cada extremo de su cuerpo. Cada boca es una ventosa
poderosa que se adjunta a su presa. Los peces y los reptiles son su presa habitual, pero los humanos
pueden serlo también” [3].

Agur presenta ejemplos de cosas que nunca están satisfechas, como el seol que no se cansa de recibir a
los muertos, la matriz estéril que por más que recibe la semilla masculina nunca satisface el deseo de
procrear, la tierra que incluso llega a sobresaturarse absorbiendo agua, y el fuego que consume todo
material combustible que tenga a su alcance. En sentido contrario a estos ejemplos, la Palabra de Dios
nos enseña: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo: No
te desampararé, ni te dejaré (Hebreos 13:5).
El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, Los cuervos de la cañada lo
saquen, y lo devoren los hijos del águila (Versículo 17).

Aquí, Agur vuelve a referirse a la segunda actitud que hemos mencionado previamente, y es que todo
hombre y mujer de Dios, debe honrar a su padre y a su madre. Así como vendrá bendición para los que
obedezcan dicho mandamiento, también vendrá maldición para el que lo desobedezca.

“Tres cosas me son ocultas; aun tampoco sé la cuarta: El rastro del águila en el aire; El rastro de la culebra
sobre la peña; El rastro de la nave en medio del mar; y el rastro del hombre en la doncella. (Versículos 18
y 19).

La sexta actitud consiste en reconocer con humildad que el conocimiento humano es limitado, ya que hay
caminos que son misteriosos para nosotros y no podemos seguirles el rastro, porque no dejan evidencias
visibles completas de su accionar. Por esa razón no podemos seguir con exactitud el rastro del águila en
el aire, el de la culebra sobre una peña y el de un barco en medio del mar. La expresión “el rastro de un
hombre en la doncella”, podría entenderse en el sentido de que la procreación es un verdadero misterio, y
que para que esta ocurra, se requiere que una mujer tenga intimidad con un hombre.

“Dado que Dios es un Ser infinito, ningún intelecto creado, por dotado que esté, puede alcanzar sus
profundidades. La Biblia misma afirma la inhabilidad del ser humano para comprender totalmente a Dios.
Es cierto que nosotros no podemos entender todo lo que compete o pertenece a Dios, porque hay cosas
que el Padre puso en su sola potestad (Hechos 1:7) y sólo Él las sabe y las entiende. Sin embargo, Dios
dejó al hombre su Santa Palabra, por medio de la cual podemos conocer lo que Él ha querido revelarnos
[para nuestra salvación]. Así, hay cosas que Dios no nos ha revelado y por lo tanto pertenecen solo a Él,
pero las cosas reveladas son para nosotros (Deuteronomio 32:32). Ahora conocemos en parte y en parte
profetizamos (1. Corintios 13:9)” [4]

“El proceder de la mujer adúltera es así: Come, y limpia su boca Y dice: No he hecho maldad” (Versículo
20)

Aquí, Agur se vuelve a referir a la tercera actitud mencionada anteriormente, y es que el creyente debe
saber que su limpieza espiritual depende de obedecer a los mandamientos de Dios y de venir delante de
Él con un corazón arrepentido. La gente que no tiene a Dios, intenta justificarse en su propia opinión, a
pesar de que siguen contaminados con la inmundicia del pecado, que solo puede ser quitada por obedecer
el evangelio. Se presenta el ejemplo de una mujer adúltera que “justifica” su infidelidad conyugal diciendo
que no ha hecho maldad, a fin de perseverar en su pecado y de no venir ante Dios con un corazón
arrepentido.

“Por tres cosas se alborota la tierra, y la cuarta ella no puede sufrir: Por el siervo cuando reina; Por el necio
cuando se sacia de pan; Por la mujer odiada cuando se casa; y por la sierva cuando hereda a su señora”
(Versículos 21, 22 y 23).

La séptima actitud consiste en prepararnos para asumir grandes retos, conservando siempre la humildad,
entendiendo que somos nada sin Dios y que siempre debemos depender de su ayuda. El apóstol Pedro
escribió: “…Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa
mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo” (1. Pedro 5:5-6). Todos aquellos que viniendo
desde abajo han llegado a alcanzar altos puestos, deben estar muy atentos en contra de la altivez y del
orgullo.

Hay muchas almas indolentes y resentidas, que alcanzando bienes y riquezas se afianzan más en su
necedad y son llevados a la desgracia. Muchos despilfarran rápidamente lo que han obtenido, otros se
deleitan en humillar a los demás y otros reniegan de Dios. Por eso debemos capacitarnos, ser pacientes
y esperar en Dios para obtener sus bendiciones a su debido momento y recibirlas siempre con un corazón
agradecido. “No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros
mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2. Corintios 3:5).
“Cuatro cosas son de las más pequeñas de la tierra, y las mismas son más sabias que los sabios: Las
hormigas, pueblo no fuerte, y en el verano preparan su comida; los conejos, pueblo nada esforzado, y
ponen su casa en la piedra; Las langostas, que no tienen rey, y salen todas por cuadrillas; La araña que
atrapas con la mano, y está en palacios de rey” (Versículos 24, 25, 26, 27 y 28).

La octava actitud consiste en buscar la sabiduría en las cosas hechas por Dios, “porque las cosas
invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo,
siendo entendidas por medio de las cosas hechas…” (Romanos 1:20).

Desde lo más grande hasta lo más pequeño, hay mucha sabiduría en la creación. Así que Agur nos dice
que hay cuatro cosas que son de las más pequeñas de la tierra y aún así estas son más sabias que los
sabios, ya que nunca se apartan de las destrezas que Dios les ha dado.

La hormiga nos habla de la provisión para afrontar con confianza los tiempos difíciles, pero esta provisión
requiere de organización, rectitud, laboriosidad y diligencia. En el mismo sentido, Proverbios 6:6-11 dice:
“Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador,
ni señor, prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento. Perezoso,
¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? Un poco de sueño, un poco de
dormitar, y cruzar por un poco las manos para reposo; así vendrá tu necesidad como caminante, y tu
pobreza como hombre armado”. En el sentido espiritual, el creyente debe trabajar abnegadamente por su
vida espiritual para que no le vaya a faltar el Espíritu santo y pueda estar preparado para su encuentro con
el Señor Jesús (Ver Mateo 25:1-13). “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu,
sirviendo al Señor” (Romanos 12:11).

El conejo (aunque algunas versiones se refieren al tejón o al damán) nos habla de que nuestra vida debe
tener cimientos firmes. El conejo no tiene mucha fuerza, pero algunas clases de conejos poseen una gran
habilidad para construir sus nidos en las hendiduras de las rocas. El hombre sabio es aquel que afirma su
vida sobre la Roca espiritual que es Cristo (1. Corintios 10:4). El Señor Jesús dijo: “Cualquiera, pues, que
me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.
Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque
estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a
un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron
vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:24-27).

La langosta nos habla de la solidaridad y del trabajo en equipo; de asociarnos con individuos que hagan
que nuestro esfuerzo sea multiplicado, en lugar de arruinar lo que deseamos lograr. Las langostas no
tienen un mando fijo, pero el orden en su actuar las hace moverse en cuadrillas como un ejército, logrando
devorar en poco tiempo la verde naturaleza. La Biblia nos enseña que las compañías y las personas con
las que nos asociamos son bien determinantes para nuestra vida. Proverbios 22:24-25 dice: “No te
entremetas con el iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos, no sea que aprendas sus maneras,
y tomes lazo para tu alma” (Proverbios 22:24-25). El apóstol Pablo también escribió: “No erréis; las malas
conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1. Corintios 15:33). También dijo: “No os unáis en
yugo desigual con los incrédulos” (2. Corintios 6:14).

La araña (aunque algunas versiones se refieren a la lagartija), aun a pesar de su insignificancia, no teme
habitar en la magnificencia de un palacio. Esto nos enseña a nosotros a anhelar las moradas que el Gran
Rey se fue a preparar para nosotros (Juan 14:2-3). Los hombres sabios y de fe, no se conforman con esta
morada terrestre sino que anhelan una mejor, la patria celestial, La Nueva Jerusalén, “por lo cual Dios no
se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” (Hebreos 11:16). En la
Nueva Jerusalén habrá un solo trono para un solo Rey, el cual tendrá un solo nombre. Cuando los
vencedores vean al Cordero, en realidad estarán viendo a Dios, porque el Cordero es Dios manifestado
en carne. De igual manera cuando mencionen el nombre del Cordero estarán mencionando el nombre de
Dios. “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán,
y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de
luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos”
(Apocalipsis 22:3-5).

“Tres cosas hay de hermoso andar, y la cuarta pasea muy bien: El león, fuerte entre todos los animales,
que no vuelve atrás por nada; El ceñido de lomos; asimismo el macho cabrío; y el rey, a quien nadie resiste”
(Versículos 29, 30 y 31).

La novena actitud, habla de que nuestro andar debe ser hermoso delante de Dios. Como dice la Escritura:
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo,
porque los días son malos” (Efesios 5:15-16).

De la forma de andar del león, aprendemos a no retroceder sino a avanzar confiados ante las dificultades.
Pues “nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación
del alma” (Hebreos 10:39). Este ejemplo es parecido al del caminar del rey cuando está confiado (algunas
versiones hablan del rey al estar con su ejército).

Del ceñido de lomos, el cual es el gallo, aprendemos que nuestro caminar debe ser digno. El apóstol Pablo
escribió: “os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Efesios 4:1) y
“Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo...” (Filipenses 1:27).

El macho cabrío mira con desconfianza a todo el que se acerca al rebaño, por lo tanto de él aprendemos
a velar por todo lo que tenemos a cargo, especialmente de nuestra salvación. “Por tanto, amados míos,
como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi
ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12).

“Si neciamente has procurado enaltecerte, o si has pensado hacer mal, pon el dedo sobre tu boca.
Ciertamente el que bate la leche sacará mantequilla, y el que recio se suena las narices sacará sangre; y
el que provoca la ira causará contienda” (Versículos 31 y 32).

La décima actitud, habla de ejercitar la templanza (el dominio propio). La templanza “abarca el dominio
propio y la moderación. Cualquier placer puede llegar a ser dañino si es llevado a un exceso, y cualquier
cosa buena puede ser arruinada si se lleva a un extremo. En 1. Corintios 9:24-27, Pablo ilustra el concepto
de la templanza por medio del ejemplo de un corredor en una carrera. Para poder ganar su carrera, un
corredor debe ser “templado en todas las cosas”. Debe tener disciplina y dominio propio. Debe tener un
programa de entrenamiento bien equilibrado y debe ser moderado en sus actividades. Asimismo, Pablo
practicaba la disciplina y el control. Él dijo que sabía lo que era su meta y que él mantenía su cuerpo en
servidumbre. La templanza es un atributo que debemos exhibir en todo momento”. [5]

En caso de que pensemos hacer mal, entonces debemos inmediatamente poner freno a ese mal
pensamiento y no darle rienda suelta. La expresión “pon el dedo sobre tu boca” indica que debemos
detenernos antes de cometer cualquier mala acción, ejercitando el dominio propio. Hay cosas que ocurren
de manera inevitable; por ejemplo, si se bate la leche se obtendrá mantequilla, y si alguien se suena fuerte
hará sangrar su nariz. De la misma manera, si uno se deja dominar por la ira terminará peleando, y si uno
se deja dominar por las bajas pasiones terminará pecando.

Notas

[1] Julio César Clavijo Sierra. Un dios Falso Llamado Trinidad, pág. 398
http://www.pentecostalesdelnombre.com/dios_trino.pdf
[2] Ídem, pág. 275-276
[3] Shirleyann Costigan. Con sed de sangre. National Geographic Explorer. Octubre Pathfinder 2008.
http://magma.nationalgeographic.com/ngexplorer/0810/ax/pa_spanish.pdf
[4] Julio César Clavijo Sierra. Un dios Falso Llamado Trinidad, pág. 251
http://www.pentecostalesdelnombre.com/dios_trino.pdf
[5] David K. Bernard. En Busca de la Santidad, pág. 38
http://www.pentecostalesdelnombre.com/santidad.pdf