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sf5IMf*i
1>L
DE

MONTE-CRISTO.
TOMO 111.
DE

mvela original
DEL

CELEBRE ALEJANDRO OLMAS.


TRADUCCIÓN DE

TOMO III.

S-
. bambota:
Librería de la Sra. Viuda é Hijos de Mayol . calle de Femando Vil, nám. 29

1846,
B.H41SI1

Esta traduccion es propiedad


de los editores.

IMPRENTA HISPANA,

Á CARGO DE LA Sra. VlEDA É BIJOS DE MAYOl.


MI* con®E
DE

MONTE-CRISTO.
»»KljgjCH: c < «--

PARTE TERCERA,
. ni»

15.
EL ALZA Y LA BAJA.

Ülberto de Morcef con objeto de renovar al con


de Monte-Cristo las gracias de la señora Danglárs ,
y algunos dias despues de este encuentro; fué á ha
cerle una visita á la casa que tenia en los campos
Eliseos , cuya opulencia y fastuosidad , que gracias
á su fortuna de rey tenia por costumbre el Conde
"hasta poner en las habitaciones que él no hubiera
de ocupar personalmente; le daban un aspecto de
palacio con todo su deslumbradora riqueza.
Acompañábale Luciano Debray, el cual unió á las
palabras de su amigo algunas frases politicas, que
no le eran habituales y cuyo fin no pudo penetrar
el conde.
Porecióle que Luciano venia á verle movido por
un sentimiento de curiosidad y que la mitad de este
sentimiento emanaba de la Chaussée d' Antin. En
efecto podia suponer , sin temor de engañarse,
que la señora Danglárs , no pudiendo conocer por
sus propios ojos el interior de un hombre que rega
laba caballos de treinta mil francos , y que iba á la
ópera con una esclava griega que llevaba un mi
llon en diamantes, habia suplicado ála persona mas
intima , que la diese algunos informes acerca de este
interior.
Pero el conde no pareció sospechar que pudiera
haber la menor relacion entre la visita de Luciano
y la curiosidad de la baronesa.
— Seguis en relaciones intimas con el baron
Danglárs? preguntó á Alberto de Morcerf.
— Oh ! si, señor conde, bien sabeis lo que os
he dicho.
— Sigue eso todavia ?
— Con mas empeño.que nunca, dijo Luciano, es
negocio concluido.
Y juzgando sin duda Luciano que esta palabra
mezclada en la conversacion le daba derecho á per
manecer estraño á ella , colocó el lente en su ojo ,
y mordiendo el puño de oro de su cañita, comenzó
á pasearse lentamente al rededor de la sala exami
nando las armas y los cuadros.
— Ah ! dijo Monte-Cristo. Al oiros hablar de eso
no creia en verdad que se hubiese tomado ya una
resolucion.
— Qué quereis! El curso de los sucesos es tan os
curo que nadie sospecha su direccion, y cuando os
habeis olvidado de ellos, ellos piensan en vos, y
cuando os volveis os quedais asombrado al medir
con la vista el camino que han andado. Mi padre y
el señor Danglárs han servido juntos en Kspaña;
mi padre en el ejército , y el señor Danglárs en una
casa de comercio. Entoncés fué cuando mi padre ,
arruinado por la revolucion , y el señor Danglárs
que no tenia patrimonio, empezaron á hacerse ricos;
mi padre con su fortuna politica y militar, que es
hermosa , el señor Danglárs con su fortuna politica
y financiera , que es admirable.
— Si, en efecto , dijo Monte-Cristo , creo que du
rante la visita que le he hecho, el señor Danglárs me
ha hablado de eso ; y continuó arrojando una mirada
á Luciano que hojeaba un album; la señorita Euge
nia es una jóven bellisima ; no es su nombre Eujenia?
— Bellisima , respondió Alberto , pero de una be
lleza que yo no aprecio : conozco que soy indigno de
ella.
— Hablais de vuestra novia como si ya fueseis su
marido !
— 8 —
— Oh ! esclamó Alberto , mirando á su alrededor
para ver á su vez lo que hacia Luciano.
— Sabeis, dijo Monte-Cristo bajando la voz, que
no me pareceis muy entusiasmado con ese casa
miento?
— La señorita Danglárs es demasiado rica para
mi , dijo Morcerf; eso me espanta.
— Bah ! dijo Monte-Cristo, razon de mas; no sois
vos tambien rico?
— Mi padre tiene algo como unas cincuenta
mil libras de renta , y me dará diez ó doce mil
cuando me case.
— Fortuna algo modesta es esa para vivir en Pa
ris ; pero el tener un nombre de elevada alcurnia y
ocupar una bella posicion social, es tan envidiable, á
mi ver , como una buena fortuna que no lo es todo
en el mundo si se disfruta sin aquellas circunstan
cias. Un nombre célebre , una posicion brillante ,
son dos riquezas en la sociedad , y siendo el conde
de Morcerf un soldado le será muy satisfactorio unir
la integridad de un Bayardo á la pobreza de un Du-
guesclin, porque el desinterés es el rayo de sol mas
hermoso al cual puede relucir una noble espada.
Yo al contrario , encuentro esa union muy conve
niente : la señorita Danglárs os enriquecerá y vos la
ennoblecereis!
Alberto movió la cabeza y permaneció pensativo.
— Aun hay mas , dijo.
— Confieso , repuso Monte-Cristo , que me cuesta
trabajo el comprender esa repugnancia hácia una
jóven hermosa y rica.
— 9 —
— Oh ! Dios mio ! dijo Morcerf , esa repugnancia
no es tan solo de mi parte.
— De quién mas ? porqué vos mismo me habeis
dicho que vuestro padre deseaba ese casamiento.
— De parte de mi madre ; y la sentencia de mi
madre es prudente y segura. Pues bien ! no se son
rie al hablarla yo de esa union , y tiene yo no sé
que prevencion contra los Danglárs.
— Oh ! dijo el conde aparentando un tono indife
rente, eso se concibe facilmente. La condesa de
Morcerf, que es la distincion , la aristocracia y la
delicadeza personificadas, vacila en tocar una mano
ordinaria, grosera y brutal y esto ya veis que
es muy natural.
— Ignoro, dijo Alberto, si es esa la verdadera
causa de su repugnancia ; pero puedo aseguraros
que hallará su desgracia en este casamiento. Debian
haberse reunido para hablar del negocio hace seis
semanas ; pero me atacaron tales dolores de cabe
za
— Verdaderos....? dijo el conde sonriendo.
— Oh ! si , sin duda el miedo en fin , dilata
ron la cita hasta pasados dos meses. No corria prisa
como comprendereis ; yo no tengo todavia mas que
veinte y un años, y Eugenia diez y siete ; pero los
dos meses espiran en la semana que viene. Se con
sumará el sacrificio; no podeis comprender , conde,
cuan embarazado me encuentro Ah ! qué feliz
sois en ser libre !
— Pues bien ! sed libre tambien; quién os lo im
pide , decid ?
— 10 —
— Oh ! seria una decepcion muy grande para mi
padre si no me casára con la señorita Danglárs.
— Pues entonces, casaos , dijo el conde encoj ¡én
dose de hombros.
— Si , dijo Morcerf ; mas para mi madre esto- no
seria decepcion , seria un acervo pesar.
— Pues no os caseis , esclarrió el conde.
— Yo veré , reflexionaré , vos me dareis conse
jos , no es verdad? y si es posible , me sacareis del
compromiso. Oh ! por no causar una penaá mi po
bre madre , seria yo capaz de quedar reñido hasta
con el conde mi padre.
Monte-Cristo se volvió: parecia sumamente con
movido.
— Ola ! dijo á Debray , que sentado en un sillon ,
en un estremo del salon tenia un lápiz en la mano
derecha, y en la izquierda una cartera: haceis al
gun croquis de uno de esos cuadros?
— Yo ? dijo tranquilamente. Oh ! si , un croquis;
amo demasiado la pintura para profanarla. No ; es
toy haciendo números.
— Numeros?
— Estoy calculando; esto os concierne indirec
tamente , vizconde ; cálculo lo que la casa Danglárs
ha debido ganar en la última alza de Haiti : de 266
subieron los fondos en tres dias á 409, y el pruden
te banquero habia comprado mucho á 206. Lo me
nos ha debido ganar 300,000 libras.
— No es ese su mejor golpe , dijo Morcerf : no ha
ganado este año un millon con los bonos españo
les....?
— 11 —
— Escuchad , querido , dijo Luciano , escuchad á
Monte-Cristo, que os dirá como los italianos :

Denaro é santitá ,
Meta della meta (1).

Y aun creo que es demasiado. Asi , pues, cuan


do me hablan de eso me encojo de hombros.
— Pero no hablabais de Haiti ? dijo Monte-Cristo.
— Oh ! Haiti : eso es otra cosa ; es el ecarte del
ajiotaje francés.JJno puede aficionarse al whist , al
boston ; y sin embargo cansarse de todo esto. El
señor Danglárs vendió ayer á 406 y se embolsó
300,000 francos : si hubiese esperado á hoy , los
fondos bajaban á 205, y en lugar de ganar tres
cientos mil francos, perdia veinte ó veinte y cin
co mil. ,
— Y porqué han bajado los fondos de 409 á 205 ?
preguntó Monte-Cristo. Perdonad mi ignorancia en
todas esas intrigas de bolsa.
— Porqué, respondió Alberto, las noticias se si
guen unas á otras , y no se asemejan.
— Ah ! diablo ! dijo el conde : el señor Danglárs
juega á ganar ó perder tres cientos mil francos en
un dia? Será entonces enormemente rico?
— No es él quien juega ! exclamó vivamente Lu
ciano , es la señora Danglárs, que á decir verdades
una mujer verdaderamente intrépida.

(t) De dinero y santidad,


La mitad de la mitad.
— 12 —
— Haceis muy mal , dijo Morcerf sonriendo» en no
interceder para no permitir tan peligroso arrojo ,
ya que estais tan enterado de la poca seguridad de las
noticias. Luciano sois muy poco razonable.
— Cómo he de poder hacerlo, si su marido no ha
podido lograrlo? respondió Luciano: vos conoceis el
carácter de la baronesa, y sabeis muy bien que nadie
tiene influencia sobre ella, y que no hace absoluta
mente sino lo que su inflexible voluntad le dicta.
— Oh! si yo estuviera en vuestro lugar!... dijo
Alberto.
— Y bien?
— Yo la curaria; un favor le hariais á su futuro
yerno.
— Pero como?
— Nada mas facil. La daria una leccion.
— Una leccion !
— Si; vuestra posicion de secretario del ministro
hace que dé mucha fé á vuestras noticias , de tal mo
do que apenas abris la boca, recoje cuidadosamente
vuestras palabras como pudiera hacerlo el mejor ta
quigrafo. Hacedle perder unos cuantos miles de fran
cos, y esto la volverá mas prudente.
— No comprendo, murmuró Luciano.
—Pues bien claro me esplico, respondió el jóven
con una sencillez que nada tenia de afectado; anun
ciadle el mejor dia una noticia telegráfica que solo
voz hayais podido saber; por ejemplo, que á Enri
que IV le vieron ayer en casa de Gabriela. Esta es
tupenda nueva hará subir los fondos , ella al momen
to obrará segun la noticia que la hayais dado, y de
— 13 —
fijo perderá asi que Beauchamp escriba al dia siguien
te en su periódico ;
«Personas mal informadas han dicho que el rey
Enrrique IV fué visto antes de ayer en casa de Ga
briela; esta noticia es completamente falsa; el rey
Enrique IV no ha salido de Puente Nuevo. »
Luciano se sonrió de un modo casi i n perceptible.
Aunque indiferente en la apariencia, no habia
Monte-Cristo perdido una sola palabra de esta con
versacion , y su penetrante mirada creyó leer un se
creto en la turbacion del secretario del ministro.
De esta turbacion de Luciano, que no fué notada
por Alberto, resultó que Debray abreviase su visi
ta, sintiéndose evidentemente disgustado. El conde al
acompañarle hácia la puerta le dijo algunas palabras
en voz baja, á las cuales contestó:
— Con mucho gusto, señor conde; acepto.
El conde se volvió hácia Morcerf.
— No pensais, le dijo, que habeis hecho mal en
hablar de vuestra suegra delante de Debray en el
sentido que lo habeis hecho?
— Escuchad, conde, dijo Morcerf, os suplico
que no digais en adelante una palabra acerca de
esto.
— Decid la verdad ; la condesa se opone en este
punto al matrimonio?
— La baronesa viene rara vez á casa , y mi madre
creo que no ha estado dos veces en su vida en casa de
la señora Danglárs.
— En este caso, dijo el conde, eso me alienta á
hablaros con franqueza: el señor Danglárs es mi
— 14 _
banquero; el señor de Villefort me ha colmado de
atenciones en agradecimiento al servicio que una
dichosa casualidad me proporcionó hacerle. No qui
siera engañarme, pero presajio que el fruto de estos
sucesos, será una infinidad de alegres comidas y di
versiones, y partiendo de esa presuncion he queri
do alcanzar el mérito de anticiparme, proyectando,
si no os parece mal, reunir amigablemente en mi
casade campo de Auteuil, á los señores Danglárs y
Villefort con sus esposas. Si yo os convido á esta co
mida, asi como al señor conde y á la señora conde
sa de Morcerf, esto tendrá visos de una entrevista
matrimonial ; á lo menos la señora condesa de Mor
cerf considerará la cosa asi, sobre todo, si el señor
baron Danglárs me hace el honor de traer á su hija.
En este caso vuestra madre me cobraria antipatia:
de ningun modo quiero que suceda esto , y haré
todo lo posible porque no me cobre aborrecimiento y
antes muy al contrario, deseo que se lo hagais asi
presente siempre que tengais ocasion para ello.
— A fé mia , conde , dijo Morcerf, os doy mil gra
cias por esta franqueza que usais conmigo y acepto
la proposicion que me haceis. Os advierto sin em
bargo que en cuanto á lo que decia de que no que
reis que mi madre os cobre antipatia, puedo afir
maros que sucede todo lo contrario.
— Lo creeis asi? esclamó Monte-Cristo con in-
t erés.
— Oh ! estoy seguro. Cuando os separasteis el otro
diade nosotros, lo que menos hablamos una hora de
vos ; pero v uelvo á lo que deciamos antes. Pues bien !
— 15 —
si mi madre pudiese saber esa atencion de vuestra
parte, estoy seguro que os q uedaria su mamente reco
nocida: aunque por otra parte mi padre se pondria
furioso.
El conde soltó una carcajada. ,
— Estais prevenido ya, dijo á Morcerf. Pero el
señor Danglárs y su esposa formarán una opinion po
co favorable de mi finura, porque estoy creyendo
que no será solo á vuestro padre á quien daremos que
rabiar. Saben que nos tratamos con cierta intimidad,
que sois mi amigo parisiense mas antiguo, y si no
os ven en mi casa, me preguntarán porque noos he
convidado. A lo menos buscad un compromiso ante
rior que tenga apariencia de probabilidad , y del
cual me dareis parte por medio de cuatro letras. Ya
sabeis que con los banqueros, solo los escritos son
válidos.
— Haré algo mejor que eso, señor conde, dijo
Alberto; mi madre quiere ir á respirar el aire
del mar. Para qué dia está fijada vuestra comida?
— Para el sábado.
— Hoy es martes no es asi ? Pues bien , mañana
por la tarde partimos y pasado mañana por la ma
ñana estaremos en Tréport. Sabeis, señor conde, que
sois un hombre muy complaciente haciendo á todos
participes de vuestra comodidad y recreo?
— Yo ! en verdad que me teneis en mas de lo que
valgo, deseo seros útil y nada mas.
— Que dia empezareis á invitar para vuestro con
vite?
— Hoy mismo.
— 16 —
— Pues bien ! corro á casa del señor Danglárs y
le anuncio que dejamos á Paris mañana, mi madre
y yo. Haré como que no os he visto, y por consi
guiente daré á entender que no sé nada de vuestra
comida. .
— Qué loco soisl y el señor Debray que acaba de
veros en mi casa !
— Ah! es cierto.
— Al contrario , os he visto , os he convidado aqui
sin ceremonia, y me habeis respondido ingenua
mente que no podais admitir porque partiais para
Tréport.
— Pues bien; ya está todo arreglado; pero vos
vendreis á ver á mi madre de hoy á mañana.
— De hoy á mañana, es dificil ; porque estareis
ocupados en vuestros preparativos de viaje.
— Pues bien , haced otra cosa mejor ; y si antes no
erais mas que un hombre encantador; sereis un
hombre digno de adoracion.
— Que es menester que haga para llegar á con
quistar tan sublime concepto ?
— Qué es menester que hagais?
— Si , os lo pregunto.
— No sois libre como el aire ! Venid á comer con
migo : seremos pocos ; vos , mi madre y yo solamente.
Casi no habeis conocido á mi madre ; pero la vereis
de cerca. Es una mujer muy notable; no siento
mas que una cosa, y es no encontrar una mujer se
mejante con veinte años menos; porque pronto ha
bria, os lo j uro, una condesa y vizcondesa de Morcerf.
Mi padre come en casa de un amigo suyo porque
— 17 —
está ocupado en sus negocios, y no le hallaremos en
ella. Hacedme este favor. Vereis como hablaremos
de viajes y vos que habeis visto un mundo entero,
nos contareis vuestras aventuras ; nos direis la histo
ria de aquella bella griega que estaba la otra no
che con vos en I a ópera, que llamais vuestra esclava,
y á quien tratais como una princesa. Hablaremos
italiano y español: es cierto que aceptais? mi madre
os dará las gracias.
— Tambien yo os las doy , dijo el conde porque el
convite es de los mas graciosos, y, siento vivamente
no poder aceptarlo. Yo no soy libre como pensais,
y tengo por el contrario una cita de las mas im
portantes.
— Ah! acordaos, conde, qne me acabais de en
señar como se dan disculpas de una cosa desagra
dable. Necesito una prueba y aunque felizmente no
soy banquero como el señor Danglárs, os prevengo
sin embargo que soy tan crédulo como él
— Por lo mismo, voy á dárosla, dijo el conde.
Y llamó.
— Hum I dijo Morcerf, esta es la segunda vez que
me habeis reusado venir á comer con mi madre.
Estais decidido á no aceptarlo nunca, conde?
Monte-Cristo se estremeció.
— Oh ! no lo creais, dijo; por otra parte pronto os
dare una prueba.
Bautista entró y se quedó á la puerta en pié y es
perando.
— Yo no estaba prevenido de vuestra visita,
verdad?
tomo lil; 2
— 18 —
— Sois un hombre tan estraordinario,que no os
puedo responder á eso.
Y tampoco podia adivinar que me convidariais
á comer?
— Oh! en cuanto áeso, es probable.
— Escuchad. Bautista, que es lo que os he dicho
esta mañana, cuando os llaméá mi gabinete?
— Que cerrase la puerta del señor conde en cuan
to hubiesen dado las cinco, respondió el criado.
— Y que mas?
— Oh! señor conde... dijo Alberto.
— No, no; quiero absolutamente desatenderme
deesa misteriosa reputacion que me atribuis, mi
querido vizconde: es muy dificil representar eterna
mente el Manfredo. Que mas ?... continuad, Bau
tista.
— En seguida no recibir mas que al señor mayor
Bartolomeo Cavalcanti y á su hijo.
— Lo ois? al señor mayor Bartolomeo Cavalcanti;
un hombre de la mas antigua nobleza de Italia , y á
su hijo, un guapo y elegante jóven de vuestra edad ,
ó poco mas, vizconde; que lleva el mismo titulo que
vos, y que hace su entrada en el mundo con los mi
llones de su padre. El mayor me trae esta tarde á su
hijo Andrea, me le confia , y yo le protejeré si tiene
algun mérito. Me ayudaréis, no es asi?
— Sinduda! Es algun antigo amigo vuestro, ese
mayor Cavalcanti? preguntó Alberto.
— Es tan solo un caballero lleno de modestia y
discrecion como muchos que habreis conocido en Ha
lia, y descendiente de una de las mas antiguas fami
— K) —
lias: un caballero que me ha visto bastantes veces en
Florencia, en Bolonia, en Luca, y que me anuncia
su llegada: conocido de viaje, cuya exijenciaos será
bien sabida, reclamando de vos en todas partes la
amistad que se les ha manifestado una vez por ca
sualidad. Este buen mayor Cavalcanti va á volverá
Paris, que no ha visto mas que de paso en tiempo
del imperio, marchando en seguida a helarse á Mos
cou. Yo le daré una buena comida, me dejará su
hijo, le prometeré vijilarle, le dejaré hacer todas las
locuras que quiera... y estamosen paz.
— Bravo ! dijo Alberto, veo que sois un escelente
mentor. Adios pues ; estaremos de Vuelta el domingo.
A propósito, he recibido noticias deFranz.
— Ah! De veras! dijo Monte-Cristo ; .Tanto le
gusta aun la Italia?
— Creo que si; sin embargo os echa mucho de
menos. Dice que sois el sol de Roma, y que sin vos
está nublado. Yo no sé pero creo que hasta llega á
decir que llueve.
— Con que ya no merezco para él la misma repu
tacion ecsajerada?
— Al contrario, aun persiste en creeros el ente
mas fantástico que imajinarse pueda; y hé aqui por
que os echa menos.
— Es un jóven apreciable dijo Monte-Cristo , y por
el cual senti una viva simpatia la primera tarde que
le vi buscando una cena cualquiera, y que tuvo á
bien aceptar la mia. Creo que es hijo del general
d'Epinay.
— Es cierto. . -
— 20 —
— El mismo que fué miserablemente asesinado
en 1845?
— Por los bonapartistas.
— Eso es! Y ahora que me acuerdo... No tiene
tambien proyectos de matrimonio?
— Si , debe casarse con la señorita de Villefort.
— De veras?
— Tan cierto como que yo debo casarme con la se
ñorita Danglárs , respondió Alberto, riendo.
— Os reis?
— Si.
— Y por qué?
— Porque me causa risa al pensar que tantos de
seos tiene Franz de hacer ese casamiento, como ten
go yo de efectuarlo con la señorita Danglárs. Pero
en verdad, conde, que hablamos de las mujeres como
las mujeres hablan de los hombres; esto es imperdo
nable !
Alberto se levantó.
— Os vais yá?
— Estraño la pregunta, señor conde 1 No cono
ceis que hace dos horas que os estoy incomodan
do y aun teneis la bondad de preguntarme si me voy?
Sois, conde, sin duda alguna, el hombre mas poli
tico de la tierra. Y vuestros criados que bien edu
cados están! Especialmente Bautista! jamás he po
dido tener uno como ese. Los mios parece que toman
el ejemplo de los del teatro francés, que, justamente
porque no tienen que decir mas que una palabra,
siempre la dicen mal. Con que si despedis alguna vez
á Bautista, os lo pido para mi antes que para nadie.
— 21 —
— Convenido , respondió Monte-Cristo.
—No es esto todo; dareis mil recuerdos de mi
parte á vuestro discreto mayor, el señor Cavalcanti;
y si por casualidad desea casar á su hijo , buscádle
una mujer muy rica, noble, baronesa, lomenos que
por mi parte os prestaré todo mi influjo para alcan
zarlo.
— Ola ! tambien vos teneis interés?...
— Si, si.
—No lo creyera á fé mia.
— Ah! conde, esclamó Morcerf, que servicio me
hariais y como os apreciaria cien veces mas aun , si
gracias á vos, permaneciese soltero, siquiera por
diez años !
— Todo es posible , respondió gravemente Monte-
Cristo; y despidiéndose de Alberto, entró en su habi
tacion y llamó tres veces sobre el timbre.
Bertuccio se presentó.
— Señor Bertuccio , dijo , ya sabreis que el sába
do recibo en mi casa de Auteuil?
Bertuccio se estremeció lijeramente.
— Está bien , señor , dijo.
— Os necesito, continuó el conde, para que todo
se prepare como sabeis. Aquella casa es muy hermo
sa, ó á lo menos puede ser muy hermosa.
— Ya sabeis que las paredes se han deteriodado,
y seria necesario cambiarlo todo, señor conde.
— Cambiadlo todo; escepto una sola habitacion ,
la de la alcoba de damasco encarnado, que dejareis
lo mismo que está actualmente,
Bertuccio se inclinó.
— 22 —
—Tampoco tocareis el jardin; pero del patio ha
reis lo que mejor os parezca , aunque seria de mi
gusto que hicieseis de modo que nadie pudiese reco
nocerlo.
— Haré todo lo que pueda, para que el señor con
de quede satisfecho ; pero desearia, para quedar mas
tranquilo , que vuestra escelencia tuviera la bon
dad de darme instrucciones para la comida segun
sus deseos.
—En verdad, mi querido Bertuccio, dijo el conde,
que desde que estais en Paris os encuentro descono
cido : no os acordais ya de mis gustos , de mis ideas?
— Pero en fin; podria decirme vuestra escelencia
quién asistirá ?
— Aun no lo sé , y tampoco vos teneis necesidad
de saberlo.
Bertuccio se inclinó y salió.
— 23 —

16.

EL MAYOR CAVALCAirn.

E l pretesto que sirvió al conde de Monte-Cristo


para negarse á aceptar la comida que le ofrecia Mor-
cerf , era bien cierto, pues se esperaba, como dijo la
visita del mayor Cavalcanti, que tuvo que asegu
rar Bautista.
Las siete acababan de dar , y hacia ya dos horas
que el señor Bertuccio , segun fa órden que habia
recibido, habia partido para Auteuil ; cuando un
!iacre se detuvo á la puerta del palacio , y pareció
huir avergonzado, apenas hubo dejado junto á la
— 24 —
reja á un hombre como de cincuenta y dos años,
vestido con una de esas largas levitas verdes cuyo
color es indefinible , un ancho pantalon de paño
azul, unas botas bastante limpias aunque con un
barniz que tiempo hacia no se habia renovado, guan
tes de ante, un sombrero que tenia la forma del de
gendarme, y una corbata negra; tal era el pinto
resco traje bajo el cual se presentó el personaje que
llamó á la reja , preguntando si era alli donde vivia
el conde de Monte-Cristo , y que, apenas oida la res
puesta afirmativa del portero, se dirigió hácia la es
calera.
Bautista , ya enterado de las señas del personaje
que estaba esperando en la antesala, lo reconoció
despues de haber examinado su angulosa y pequeña
cabeza , sus canos cabellos y su agrisado y espeso
vigote ; de modo que apenas pronunció su nombre,
que oyó el inteligente servidor , el conde de Monte
Cristo tuvo noticia de su llegada.
Introdujéronle en uno de los salones mas senci
llos. El conde le esperaba alli y salió á su encuentro
con aire risueño.
— Oh caballero, bien venido seais. Os esperaba.
— De veras ! dijo el mayor Cavalcanti , me es
peraba vuestra escelencia?
—Si , fui avisado de vuestra visita para hoy á las
siete.
—De mi visita? Ah ! estabais pues avisado?
— Si por cierto.
— Ah ! tanto mejor , porque lo confieso , recela
ba que hubieran olvidado esta precaucion.
— 25 —
— Cuál?
— La de avisaros.
— Oh! no!
— Y estais seguro deque no os engañais ?
— Pues no he de estarlo !
— Era á mi á quien esperaba vuestra escelencia
hoy á las siete ?
— Á vos, sin duda alguna. Por otra parte, pronto
nos podemos cerciorar.
— Oh ! si me esperabais , dijo el mayor , no me
rece la pena !
— Si tal! si tal! dijo Monte-Cristo.
El mayor pareció ligeramente inquieto.
— Veamos, dijo Monte-Cristo, no sois el marqués
Bartolomeo Cavalcanti ?
— Bartolomeo Cavalcanti , repitió el mayor con
regocijo ; eso es.
— Ex-mayor al servicio del Austria ?
— Ah! era de mayor mi graduacion? preguntó
timidamente el antiguo propietario.
— Si , dijo Monte-Cristo , mayor. Este nombre se
dá al menos en Francia al grado de que disfrutabais
en Italia.
— Bueno, dijo el mayor, no pregunto mas, su
pongo que estareis enterado de
— Por otra parte no venis aqui por vuestro propio
interés ? repuso Monte-Cristo.
— Oh ! si por cierto.
— Venis dirigido á mi por alguna persona?
—Si.
— Por el escelente abate Busoni ?
TOMO III. 3
— 26 —
— Si si; por el abate Busoui! esclamó el ma
yor con alegria.
— Y traeis una carta?
— Aqui está.
— Pues bien ! dádmela.
Y Monte-Cristo tomó la carta , que abrió y leyó.
El mayor miraba al conde con ojos en que se pin
taba el mas grande asombro, y aunque de vez en
cuando los dirijia á alguno de los objetos que ser
vian de adorno al saton , sin embargo era por corti
simos instantes , pues que inmediatamente los vol
via hácia el conde que iba leyendo entre dientes.
— Esto es Oh 1 querido abate !.... « el mayor
Cavalcanti ; un digno patricio de Luca , descendien
te de los Cavalcanti de Florencia, que goza de una
fortuna de medio millon de renta »
Monte-Cristo levantó los ojos por encima del pa
pel, y saludó.
—De medio millon , dijo : diantre ! querido se
ñor Cavalcanti !
— Dice medio millon ! preguntó el mayor.
— Con todas sus letras ; y asi debe ser , porque
el abate Busoni es el hombre que conoce mejor que
nadie todas las fortunas colosales de Europa.
— Convengo en que sea medio millon ! dijo el ma
yor ; pero os doy mi palabra de honor que no sabia
que ascendiese á tanto.
— Porque tendréis un mayordomo que os robará;
qué quereis, señor Cavalcanti ,- es preciso pasar por
todo!
*- Acabais de iluminarme, dijo gravemente el
— 27 —
mayor ; en efecto , esto debe ser , y os aseguro que
plantaré al muy picaro de patitas en la calle.
Monte-Cristo continuó.
« Y al cual no falta mas que una cosa para ser
feliz. »
— Oh! Dios mio, si ! una sola! dijo el mayor
suspirando.
« Encontrar á un hijo adorado. »
— Un hijo adorado ?
« Que le robaron siendo niño , no se sabe si por
un enemigo de su noble familia, ó bien por gitanas. »
— A la edad de cinco años , caballero ! repuso el
mayor con un suspiro y levantando los ojos al cielo.
— Pobre padre ! dijo Monte-Cristo.
El conde continuó :
«Le devuelvo la esperanza, la vida, señor conde,
anunciándole que este hijo , á quien busca en vano
hace quince años, vos se lo podeis hacer encon
trar. »
El mayor miró á Monte-Cristo con una espresion
indefinible de inquietud.
— Y puedo en efecto hacerlo asi , respondió Mon
te-Cristo.
Asombrado el mayor se irguió cuan alto era.
— Calle! dijo. La carta era entonces cierta en to
das sus partes ?
— Y qué ! acaso lo dudabais?
—Dudarlo! oh! no, no, Dios me libre! un hom
bre grave , un hombre revestido de un carácter re-
lijioso como el abate Busoni, no hubiera podido men
tir ; pero vos no lo habeis leido todo , escelencia !
— 28 —
— Ah ! es verdad, dijo Monte-Cristo, hay una pos
data...
— Si , replicó el mayor... si... hay... una... pos
data...
«Remito una letra de dos mil francos que debe
servir para sus gastos de viaje, y el crédito sobre vos
de la suma de cuarenta y ocho mil francos para ahor
rar al mayor Cavalcanti el trabajo de sacar fondos
de la caja de su banquero. »
Parecia que el mayor anhelaba adivinar con mi
radas que rebosaban de inquieta ansiedad, el efecto
producido por esta posdata.
— Está bien ! dijo Monte-Cristo.
— Ha dicho está bien , murmuró el mayor; con
qué repuso el mismo.
— Con qué? preguntó Monte-Cristo.
— Conque, la posdata
— Y bien ! la posdata..,..
— Es acojida por vos tan favorablemente como el
resto de la carta?
— Seguramente. Ya nos entenderemos el abate
Busoni y yo. Vos , segun veo, dabais mucha impor
tancia á esa posdata , señor Cavalcanti ?
— Os confesaré , en efecto , respondió el mayor,
que confiado en la carta del abate Busoni , no ha
bia proveido de otros fondos ; de suerte que si me
hubiese faltado este recurso, me habria encontrado
apuradisimo en Paris.
— Acaso un hombre como vos , se puede encon
trar apurado en parte alguna? dijo Monte-Cristo.
— Par diez ! no conociendo á nadie....
— 29 —
— Oh! pero á vos os conocen
— Si , me conocen , pero no obstante , quiere de
cir....
— Quiere decir... qué? querido señor Cavalcanti !
— Que me entregareis estos cuarenta y oclw mil
francos ?
— Ahora mismo si gustais.
El mayor no podia dominar su asombro.
— Pero sentaos , dijo Monte-Cristo , porque á fé
mia, que no sabia en que estaba pensando hace
un cuarto de hora que os tengo ahí de pié
— No le hace, señor conde
El mayor tomó un sillon y se sentó.
— Ahora , dijo el conde , gustais tómar algo? un
vaso de Jerez , de Oporto , de Alicante
— De Alicante, puesto que os empeñais; es mi
vino predilecto.
— Oh ! y yo que le tengo exelente. Con un vizco-
chito , no es verdad ?
— Con un vizcocho pues no puedo negarme á tan
tas instancias.
Monte-Cristo llamó; presentóse Bautista y el conde
se le acercó.
— Y bien?.... preguntó en voz baja
— El jóven esta ahí respondió el criado en el mis
mo tono.
— Bueno ! donde le habeis hecho entrar?
— En el salón azul, como tenia mandado su esce-
lencia.
— Perfectamente. Traed vino de Alicante y viz-
cochos.
TOMO III. 4
— 30 —
Bautista salió.
— Conozco , dijo el mayor , que solo os sirvo de
incomodidad y
— Como ! no creais tal cosa! dijoMonte-Cristo.
Bautista entró con los vasos , el vino y los vizco-
chos.
El conde llenó un vaso, mientras que en el otro tan
solo vertió unas pocas gotas del rubi liquido que
contenia la botella cubierta de telarañas , y de to
das las señales que indican la vejez y antigüedad del
vino.
El mayor tomó el vaso lleno y un vizcocho.
E! condemandó áBautistaque colocase la botella
junto á su huesped , que comenzó por gustar el Ali
cante con el borde de sus labios, y haciendo un ges
to de aprobacion, introdujo delicadaménte el vizco
cho en el vaso.
— Con qué , caballero , dijo Monte-Cristo , vos, á
lo que sé, viviais en Luca , érais rico , noble , go
zabais de la consideracion general y tenias todo cuan
to puede hacer feliz á un hombre?
—Todo , escelencia , dijo el mayor comiéndose el
vizcocho, absolutamente todo.
— Solo una cosa faltaba á vuestra felicidad , no
es eso ?
— Ay ! una sola , dijo el mayor.
— Encontrará vuestro hijo?
— Ah ! esclamó el mayor tomando un segundo
vizcocho; si, en efecto... eso únicamente me faltaba.
El digno mayor levantó los ojos al cielo é hizo
un esfuerzo para suspirar.
— 31 —
— Desearia saber, señor Cavalcanti , dijo Monte-
Cristo , como tuvisteis ese hijo cuya desaparicion
os ha costado tantas lágrimas y que amabais con tan
to delirio. Habeis sido casado ? Me habian asegura
do que habeis sido siempre celibato.
— Yo os diré esa era la opinion mas comun,
caballero, repuso el mayor , y yo mismo
— Si , repuso Monte-Cristo , y vos mismo habiais
acreditado este rumor. Ya ! ya comprendo ! Un
pecado de juventud que queriais ocultar á los ojos
de todosl
El mayor tomó el aire mas tranquilo y mas digno
que pudo , mientras bajaba modestamente los ojos,
ya sea para asegurar su posesion , ya para ayudar
á su imajinacion , mirando de reojo al conde cuya
sonrisa anunciaba siempre la misma benévola cu
riosidad.
— Si , señor , dijo ; falta que queria ocultar á los
ojos de todos.
— No seria por vos, dijo Monte-Cristo, porque á
un hombre le inquietan poco ó casi nada esas cosas.
— Oh! no por mi, ciertamente, dijo el mayor
con maliciosa sonrisa.
— Sino por su madre , dijo el conde.
— Por su madre lo habeis adivinado ! esclamó
el mayor tomando un tercer vizcocho , por su pobre
madre !
— Bebed, querido señor Calvacanti, dijo Monte-
Cristo llenando al mayor un segundo vaso de Ali
cante ; la emocion o? ahoga.
— Por su pobre madre! murmuró el mayor ha
— 32 —
ciendo los mayores esfuerzos por humedecer sus pár
pados con una falsa lágrima.
— Qué pertenecia á una de las primeras familias
de Italia , segun creo ?
— Natural de Fiesole , señor conde, natural de
Fiesole !
— Y se llamaba?
— Deseais saber su nombre ?
— Oh! Dios mio! dijo Monte-Cristo, es inútil
que me lo digais , porque ya lo sé.
— El señor conde lo sabe todo , dijo el mayor
inclinándose.
— Olivia Corsinari , no es verdad?
— Olivia Corsinari !
— Marquesa?
-=- Marquesa !
— Y al fin os casásteis con ella despreciando opo
siciones de familia.
— Despreciando todos los obstáculos ! señor con
de , al fin y al cabo me casé.
— Y , repuso Monte-Cristo , traeis en regla vues
tros papeles ?
— Qué papeles? preguntó el mayor.
— Vuestra acta de casamiento con Olivia Corsina
ri y el acta de nacimiento del niño ?
— Qué acta de nacimiento?
La partida de bautismo de Andrea Cavalcanti ,
vuestro hijo : no se llama Andrea ?
— Creo que si , dijo el mayor.
— Cómo ! vos que sois su padre no lo sabeis con
seguridad ?
— 33 —
— Pardiez ! su nombre... su nombre adorado se
me va borrando de la memoria... como hace tanto
tiempo que le he perdido....
— Ya me hago cargo , dijo Monte-Cristo. En fin,
traeis todos esos papeles ?
— Señor conde, con gran sentimiento de parte
mia os anuncio que no sabiendo lo útiles que eran
esos papeles , se me olvidó traerlos.
— Diablo ! esclamó Monte-Cristo.
— Tan necesarios eran ?
— Indispensables.
El mayor comenzó á rascarse la frente.
— Per Bacco! esclamó, con qué son indispen-
bles?
— Es forzoso, pues podrian suscitarse algunas du
das , si se examinase á fondo la veracidad de vues
tro cosamiento y por consecuencia la lejitimidad de
vuestro hijo.
— Ya lo veo, dijo el mayor; podrian muy bien
nacer algunas dudas.
— Que no serian muy favorables á esa jóven.
— Seria una desgracia
— Y seria quizá la causa de que perdiese un bri
llante casamiento.
— Oh peccato !. . .
— En Francia, hay por lo tocante á este punto
mucha severidad; no basta como en Italia ir á bus
car un sacerdote y decirle : Nos amamos , echadnos
la bendicion. En Francia hay casamiento civil, y pa
ra casarse civilmente, se necesitan papeles que ha
gan constar la identidad.
— 34 —
— Pues ahi está la desgracia; yo no tengo esos
papeles.
— Felizmente los tengo yo , dijo Monte-Cristo.
— Vos?
— Si.
— Vos los teneis?
— Los tengo.
— Ah ! dijo el mayor , esa es una felicidad que yo
no esperaba.
— Por vida mia ! no lo dudo porque al hombre
mas prevenido siempre se le olvida alguna precau
cion ; pero para vuestra dicha ha quitado el abate
Busoni este inconveniente acordándose de todo.
— Oh ! amabilisimo abate !
— Es un hombre precavido !
— Un hombre admirable, dijo el mayor; y os los
ha enviado ?
— Aqui están.
El mayor cruzó las manos en señal de admiracion.
— Os habeis casado con OliviaCorsinari en la igle
sia de San Pablo de Monte Cattini y aqui teneis el
certificado del sacerdote.
— Si lo estoy viendo , y por mi vida que es
el mismo , dijo el mayor mirándole con asombro.
— Y esta es la partida de bautismo de Andrea
Cavalcanti , librada por el cura de Saravezza.
— La misma! veo que todo está en regla, dijo
el mayor.
— Entonces tomad estos papeles , que á mi no me
hacen falta y entregadlos á vuestro hijo , para que
los guarde cuidadosamente.
— 35 —
— Yo lo creo! si los perdiese I
—Y bien ! si los perdiese ? preguntó Monte-
Cristo.
— No conoceis sepuso el mayor, que seria muy
difiicil procurarse otros?
— Yo lo creo , muy difícil , dijo Monte-Cristo.
~-Casi imposible, respondió el mayor.
— Veo con satisfaccion que vais comprediendo el
valor de esos papeles.
— Los miro como un tesoro que no hay cantidad
suficiente para pagar.
— Ahora , dijo Monte-Cristo , en cuanto á la ma
dre del jóven
— En cuanto á la madre del jóven repitió el
mayor con inquietud
— En cuanto á la marquesa Corsinari
— Cielosl dijo el mayor, que á cada palabra se
enredaba en una nueva dificultad ; tendrían acaso
necesidad de ella?
— No señor, repuso Monte-Cristo, por otra parte
no ha
— Si tal, si tal, dijo el mayor, ha
— Pagado su tributo á la naturaleza...
— Oh ! si , si , dijo vivamente el mayor.
— Ya lo sé , repuso Monte-Cristo , murió hace
diez años.
— Y aun lloro su desgraciada muerte, señor , di
jo el mayor, sacando de su bolsillo un pañuelo de
cuadros , y enjugándose alternativamente primero
el ojo izquierdo , despues el derecho.
— No podeis remediar nada con vuestras lágri-
— 36 —
mas , dijo Monte-Cristo , todos hemos de morir. Su
pongo tambien que estareis bien penetrado de la inu
tilidad que hay en Francia, señor Cavalcanti, de
publicar que no habeis visto á vuestro hijo tras una
separacion de quince años, porque todas estas histo
rias de gitanas que roban los niños no están en voga
entre nosotros. Vos le habeis enviado á instruirse en
un colejio de provincia, y quereis que acabe su edu
cacion en el mundo parisiense. Hé aqui porque ha
beis salido de Via Reggio , donde viviais desde la
muerte de vuestra mujer. Esto bastará,
—i Lo creeis asi ? *
— Debe hacerse asi.
— Pues entonces , muy bien.
— Si supiesen algo de esa separacion
— Teneis razon... qué se diria ?
— Que un preceptor infiel , vendido á los enemi
gos de vuestra familia
— A los Corsinari?
— Pues !.... habia robado á ese jóven para que
se estinguiese vuestro nombre.
— Viendo que era hijo único
— Pues bien ! ahora que todo lo sabeis ; sin du
da habeis adivinado que os preparaba una sorpresa?
— Agradable? preguntó el mayor.
— Ah ! dijo Monte-Cristo , bien veo que nada se
escapa á los ojos ni al corazon de un padre.
— Hum ! esclamó el mayor.
— Os han hecho alguna revelacion indiscreta , ó
habeis adivinado que estaba aqui?
• —Quién?
— 37 —
— Vuestro hijo, vuestro Andrea!
— Lo he adivinado , respondió el mayor con la
mayor flema del mundo, es decir que está aqui?
— Aqui mismo , dijo Monte-Cristo ; al entrar ha
ce poco, el criado me anunció su llegada.
— Oh ! muy bien ! muy bien ! dijo el mayor cru
zando las manos y arrimándoselas al pecho á cada
esclamacion.
— Conozco cuan dulce es vuestra emocion , señor
Gavalcanti, dijo Monte-Cristo , y antes que esteis
dispuesto y con el corazon mas tranquilo , desearia
tambien preparar al jóven para esta entrevista tan
deseada , porque presumo que no estará menos im
paciente que vos.
— Yo lo creo , dijo Cavalcanti.
— Pues bien ! dentro de un cuarto de hora soy
con vos.
— Me le vais á mostrar? llevais vuestra amabi
lidad hasta el estremo de presentármele ?
— No, no; mi presencia no entibiará la efusión
del cariño del padre y del hijo ; podreis abrazarle á
solas, señor mayor. Si acaso el instinto paternal ó
la voz de la sangre no os lo dan ya á conocer, os voy
ádar algunas señas : entrará por esa puerta , es un
jóven rubio , demasiado rubio, y de modales desen
vueltos.
— Á propósito, dijo el mayor, sabeis que no tra
je conmigo mas que los dos mil francos que tuvo la
bondad de darme el bueno del abate Busoni. Con es
ta pequeña suma he hecho el viaje , y...
— Y necesitais dinero...? habeis dicho muy bien
TOMO III. 3
— 38 —
querido señor Cavalcanti , tomad, aqui teneis ocho
billetes de mil francos para empezar.
Los ojos del mayor brillaron de codicia.
— Os quedo á deber cuarenta mil francos, dijo
Monte-Cristo.
-— Quiére vuestra escelencia un recibo ? dijo e!
mayor guardando los billetes en uno de los bolsillos
de su chaleco de una hechura antiquisima.
— Para qué ?
— Para arreglar vuestras cuentas con el abate
Busoni.
— Ya me dareis un recibo general cuando tengais
en vuestro poder los cuarenta mit francos que aun
no os he dado. Entre hombres honrados son inútiles
semejantes precauciones.
— Oh ! si teneis razon , dijo el mayor entre
hombres honrados....!
— Todavia una palabra , marqués !
— Decid.
— No os enojareis si os hago una lijera obser
vacion ?
— Cómo ! señor conde ? os la pido.
— Hariais bien en quitaros ese chaleco que mas
bien parece una chupa.
— De veras? dijo el mayor sonriéndose.
— Si , y aunque ya sé que eso todavia se usa
en Via-Reggio , sin embargo en Paris hace mucho
tiempo que ha pasado esa moda por elegante que
sea.
— Qué diantre ! lo haré asi , dijo el mayor.
— Si quereis , ahora os podeis mudar.
— 39 —
— Pero que quereis que me ponga ?
— Lo que encontreis en vuestras maletas.
— Cómo, en mis maletas? si no he traido nin
guna.
— Con vos, no lo dudo. Os hubieran servido de
mucha incomodidad, y además que un antiguo sol
dado gusta siempre de llevar poco equipaje.
— Esa es la razon porqué
— Pero como sois un hombre de tanta precaucion,
habeis tenido cuidado de enviar antes vuestras ma
letas, que se recibieron ayer en la fonda de los Prin
cipes calle de Richelieu No es alli donde habeis
fijado vuestra morada ?
— Luego entonces en esas maletas
— Presumo que habreis tenido la precaucion de
hacer encerraren ellas por vuestro mayordomo to
do lo que necesiteis : trajes de paseo , uniformes. En
ciertas circunstancias solemnes os vestireis de uni
forme porque es una costumbre aqui. No olvideis
vuestras cruces. De esto se burlan bastante en Fran
cia , pero todos los que las tienen , las llevan.
— Muy bien ! muy bien ! bravisimo ! esclamó el
mayor cada vez mas sorprendido.
— Y ahora, dijo Monte-Cristo, ahora que vues
tra alma está pronta á recibir una inesperada y vi
va emocion , señor Cavalcanti , preparaos para vol
ver á abrazar á vuestro querido hijo Andrea.
Dijo Monte-Cristo : hizo un saludo muy gracioso
al mayor y desapareció por una puertecita oculta
hasta entonces por un tapiz.
41 —

17.

ANDREA CAVALCANTI.

I h jóven de modales desenvueltos, elegantemente


vestido y que un coche de alquiler habia traído has
ta la puerta del palacio , hacia media hora que es
taba en el salon azul donde le habia introducido
Bautista , cuando entró el conde de Monte-Cristo.
Es preciso antes advertir que Bautista reconoció
muy fácilmente al que esperaba , á aquel jóven de
elevada estatura, de cabellos cortos y rubios, de
— 42 —
barba casi roja , ojos negros y una tez sumameute
blanca , que su amo le habia descrito.
Cuando el conde entró en el salon , el jóven es
taba muellemente reclinado sobre un sofá , dando
golpecitos por distraccion sobre su bota con un jun-
quito de puño de oro.
Al ver á Monte-Cristo , se levantó con viveza.
— Sois el conde de Monte-Cristo ? dijo.
— Si señor , respondió este , y yo tengo el honor
de hablar , segun creo , al señor conde Andrea Ca-
valcanti ?
— El conde Andrea Cavalcanti , repitió el jóven
acompañando estas palabras de un saludo lleno de
desenvoltura.
— Creo que traeis para mi una carta de recomen
dacion ? dijo Monte-Cristo.
— No os he hablado ya de ella á causa de la fir
ma , que me ha parecido bastante estraña.
— Simbad el marino , no es verdad ?
— Ese mismo ; pero como nunca he tenido noti
cia de otro Simbad et marino que el de las Mit y
una noches
— No puede ser uno de sus descendientes? Es uno
de mis mas ricos amigos , original como inglés , lo
co como el que mas , y cuyo nombre verdadero es
lord Wilmore
— Ah ! eso ya va aclarando mis dudas , dijo An
drea. Es decir que es el mismo inglés que yo he
conocido en Ya veis , señor conde , que soy
vuestro servidor
— Si es cierto lo que estais diciendo , repuso son
— 43 —
riendo el conde , espero que tengais la bondad de
darme algunos detalles acerca de vuestra familia...
y de vos !
— Con mucho guste, señor conde, repuso el jó
ven con una volubilidad que probaba la solidéz de su
memoria. Como vos habeis dicho, soy el conde An
drea Cavalcanti , hijo del mayor Bartolomeo Caval-
canti , descendiente de los Cavalcanti inscritos en el
libro de oro de Florencia : como vos sabeis tan bien
ó mejor que yo, nuestra familia. aunque muy ri
ca, puesto que mi padre posee medio millon de ren
ta , ha sufrido bastantes desgracias , y yo mismo ,
caballero fui robado á la edad de cinco á seis años
por un ayo infiel , de suerte que hace quince que no
he visto al autor de mis dias. Desde que entré en la
edad de la razon, desde que soy libre y dueño de
mi voluntad , le busco, pero inutilmente. En fin...
esta carta de vuestro amigo Simbad el marino me
anuncia que está en Paris , y me autoriza á dirigir
me á vos para recibir noticias suyas.
— Estoy pensando, caballero, que todo lo que me
contais es muy interesante, dijo el conde, que mi
raba con sombria satisfaccion aquel rostro atrevi
do y belto, pero con una belleza semejante á la del
ángel malo; y habeis hecho muy bien en conforma
ros en todo con la invitacion de mi amigo Simbad ,
porque vuestro padre está aqui en efecto y os busca.
No se cansaba el conde de observar desde que
entró en el salon la seguridad del jóven que miraba
con firmeza y hablaba con voz segura ; pero advir
tió que al oir estas palabras tan naturales : Vuestro
—u—
padre está aquí en efecto y os busca , el jóven An
drea se estremeció y esclamó :
— Mi padre ! mi padre aqui !
— Sin duda, respondió Monte-Cristo , vuestro
padre el mayor Bartolomeo Cavalcanti.
La impresion de terror que se habia retratado en
las facciones del jóven se borró casi en un momento.
— Ah ! si , es verdad , dijo ; el mayor Bartolomeo
Cavalcanti. Y decis , señor conde , que está aqui mi
querido padre?
— Si señor , vuestro padre , y aun podria añadir
que acabo de separarme de él ; que la historia que
me ha contado de su hijo perdido me ha conmovido
mucho á la verdad ; y que sus dolores , sus temo
res, sus esperanzas respecto á este punto proporcio
narian argumento para un poema sumamente tier
no. En fin, un dia recibió ciertas noticias que le
anunciaban que los raptores de su hijo ofrecian de
volvérsele mediante una suma bastante crecida y
entonces nada detuvo á este buen padre , la suma
fué enviada á la frontera del Piamonte , con un pa
saporte para Italia. Vos estabais en el mediodia de
la Francia , no es asi ?
— Si señor , respondió Andrea con aire confuso ;
si , yo estaba en el mediodia de la Francia.
— Un carruaje os esperaba en Niza?
— Eso es , caballero ; me condujo de Nizaá Gé
nova de Génova á Turin , de Turin á Chambery , de
Chambery á Pont de Beauvoisin,ydePontde Beau-
voisin á Paris.
— Asi mismo sucedió ; el pobre padre lleno de afan
— 45 —
esperaba poder abrazaros en el camino porque esta
era la dirección que seguia , y esta fué tambien la
razon porque se os trazó ese itinerario.
— Dudo mucho , dijo Andrea , que hubiera sido
reconocido por mi querido padre si la casualidad
nos hubiera hecho tropezar en el camino ; porque
creo que estará muy trocada mi fisonomia des
pues de los quince años que estoy ausente de su
lado.
— Oh ! la voz de la sangre ! dijo Monte-Cristo.
— Ah ! si, es cierto, repuso el jóven, no me acor
daba de la voz de la sangre !
— Ahora, dijo Monte-Cristo , una sola cosa in
quieta al marqués de Cavalcanti y es lo que os ha
pasado desde que os habeis alejado de él , como ha
beis sido tratado por vuestros perseguidores , si os
han guardado por vuestra cuna todos los mira
mientos debidos, en fin , si no seguis esperimentan-
do á causa de tantos pesares ese sufrimiento moral ,
cien veces peor que el sufrimiento fisico , y si al
guna debilidad en las facultades de que os ha do
tado la naturaleza , os impide poder sostener en el
mundo el rango que os pertenece.
— Caballero, balbuceó e! jóven con turbacion,
espero que ninguna calumnia
— El generoso Wilmore , mi amigo intimo, ha
sido el primero que me ha hablado de vos ; por él
he sabido la situacion precaria y apurada en que
os habia hallado inspirándole un vivo y filantrópi
co interés vuestra desventura ; pero como soy poco
curioso, no quise saber, ni pregunté jamás de qué
— 46 —
clase era vuestro apuro. Me dijo que tenia deseos
de devolveros en el mundo la posicion que habiais
perdido , que buscaria á vuestro padre , que le ha
llaria ; le ha buscado , le ha encontrado en efecto ,
segun parece , puesto que está aqui ; en fin , ayer
me previno vuestra llegada dándome nuevas ins
trucciones relativas á vuestra fortuna. Yo sé que es
una persona original mi amigo Wilmore ; pero tam
bien sé que es un hombre rico como una mina de
oro, y qué , por consiguiente , pueden disimularse
le sus originalidades que no dejan sin embargo de
arruinarle. Ahora bien , como me hallo con el de
recho de haceros algunas preguntas , sentiria que
os enojaseis por mi importuna curiosidad , pero es
forzoso hacerlo: las desgracias que os han perse
guido á pesar de vuestros naturales deseos de evi
tarlas, y que no disminuyen en ningún modo la
consideracion que os guardo ; os han vuelto estraño
á este mundo en el que vuestra fortuna y vuestro
nombre tanto debian figurar?
— Podeis estar tranquilo , caballero , respondió
el jóven recobrando su aplomo á medida que el
conde hablaba , podeis estar tranquilo , caballero ;
los raptores que me alejaron de mi padre , y que
sin duda se proponian el objeto de venderme mas
tarde, como lo han hecho, calcularon que para
sacar mejor partido de mi , era necesario dejarme
todo mi valor personal , y aumentarlo aun si era
posible. Bajo esas miras mezquinas, aunque favo
rables para mi , he recibido pues una buena edu
cacion , y he sido tratado por los ladrones de niños
— 47 —
como lo eran en Asia los esclavos , á los cuales sus
amos les hacian seguir la carrera de médicos, lilo-
sófos , etc. para venderlos despues á un precio exor
bitante.
Monte-Cristo se sonrió con satisfaccion ; pues cier
tamente que no habia concebido tan buenas esperan
zas del injenio del señor Andrea Cavalcanti.
— Por otra parte, repuso el jóven , si hallasen en
mi algun defecto de educacion ó de poca costumbre
de mundo, espero que serán induljentes conmigo
aunque no sea mas que por respeto á las desgra
cias que no han abandonado nunca á mi nacimien
to y á mi juventud.
— Y bien ! dijo Monte-Cristo con sencillez; vos
hareis lo que mas os agrade , conde , porque sois
muy dueño de hacerlo asi ; pero os aseguro que yo
por mi parte no diria una palabra de todas esas
aventuras ; vuestra historia es una novela , y el
mundo que se entusiasma con las novelas por escri
to , no las admite representadas por un ser vivien
te. Es un obstáculo en que tal vez vuestra discrecion
no habrá reparado , y que me adelanto á deciros
para que sepais , señor conde , que despues de ha
ber salido esa historia de vuestra boca , la tomarán
á su cuenta los curiosos para esparcirla y publicar
la por el mundo muy desfigurada; os vereis obliga
do á imitar á Antony , pasareis á los ojos de todos
por un espósito y os confieso francamente , amigo
mio , que la época de los Antony y de los espósitos
ha pasado ya. Tal vez entonces os convertireis en
objeto de curiosidad , pero no todos gustan ser el
— 48 —
blanco de las habladurias y de los comentarios.... y
quizá sois vos de este número.
— Creo que teneis razon , señor conde , dijo el
jóven , palideciendo á su pesar bajo las inflexibles
miradas de Monte-Cristo ; ese es un grave inconve
niente.
— Es inconveniente, si, pero no debe exajerar-
se, dijo Monte-Cristo , porque para evitar una falta
puede que rayárais en locura. No , es un simple
plan de conducta que se debe determinar ; y para
un hombre inteligente como vos este plan es tanto
mas fácil de adoptar , cuanto que está conforme á
vuestros intereses : será preciso combatir por medio
de honrosas amistades , todo lo oscuro que haya po
dido haber en vuestro pasado.
En este momento si que Andrea perdió visible
mente su sangre fria.
— Yo puedo ofrecerme á responder de vos , di
jo Monte-Cristo , aunque estoy obligado á haceros
la advertencia de que tengo la debilidad de oir con
desconfianza las palabras de mis amigos , y creo
muy bien que representaria un papel que no es de
mi cuerda , como dicen los trágicos , y me espondria
á ser silvado , lo cual conocereis facilmente que no
me halagaria mucho.
— Sin embargo, señor conde, dijo Andrea con
audacia, en consideracion á lord Wilmore que me
ha recomendado á vos
— Si , seguramente , repuso Monte-Cristo ; pero
lord Wilmore no me ha ocultado, señor Andrea,
que habiais tenido una juventud algun tanto bor
— 49 —
rascosa. No querais sinceraros , por que no os exi
jo una confesion ; para que no tengais necesidad de
nada han hecho venir de Luca al señor marqués de
Cavalcanti , vuestro padre. Vais á verle es un poco
sério, algo mas que serio, brusco; pero en cuanto
se sepa que desde la edad de diez y ocho años está
al servicio del Austria todo se le escusará. Nosotros
en general , no somos exijentes para con los austria
cos. En fin , os afirmo que es un buen padre.
— Vuestras palabras me tranquilizan , pues os
aseguro , caballero , que todos mis recuerdos acerca
de él los ha borrado tan larga ausencia.
— Y sobre todo , demasiado sabeis que una bue
na fortuna lo cubre todo.
— Mi padre es realmente rico, caballero?
— Millonario quinientas mil libras de renta.
— Entonces , preguntó el jóven con ansiedad ,
voy á hallarme en una posicion decente?
— Yo lo creo ! y de las mas decentes , caballero ;
os pasa cincuenta mil libras de renta al añodurante
todo el tiempo que permanezcais en Paris.
— En ese caso , me quedaré siempre.
— Chist....! quien puede responder de las cir
cunstancias , caballero ? ya sabeis aquello de que
el hombre propone y Dios dispone.
Andrea lanzó un suspiro.
— Pero en fin , dijo , todo el tiempo que perma
nezca en Paris tendré ese dinero sin falta....?
— En cuanto á eso no tengais el menor recelo...
— Y será mi padre quien me los facilite ? pre
guntó Andrea con inquietud.
— 50 —
— Si , pero protegido por lord Wilmore , que os
ha abierto un crédito de cinco mil francos al mes
en casa el señor Danglárs, uno de los banqueros
mas fuertes de Paris.
— Cuanto tiempo tiene intencion de permanecer
mi padre en Paris? preguntó Andrea con inquietud.
— Pocos dias seguramente, respondió Monte-Cris
to , porque los asuntos de su servicio solo le permi
ten dos ó tres semanas de ausencia , y sabreis tan
bien como yo el rigor de la disciplina militar.
— Mi padre es... todo un padre , quiero decir un
padre muy bueno, dijo Andrea visiblemente encan
tado de esta pronta partida.
— Con qué , dijo Monte-Cristo , aparentando en
gañarse acerca de! sentido de estas palabras ; con
qué , no quiero retardar el momento de vuestra reu
nion. Estais preparado á abrazar á ese digno señor
Cavalcanti ?
— Conceptuo que no tendreis la menor duda.
— Pues bien ! entrad en ese salon , mi querido ami
go; en él encontrareis á vuestro padre impaciente
de veros.
Andrea hizo un profundo saludo y entró en el
salon.
El conde siguió sus pasos con sus miradas, y po
co rato despues, asi que le vió desaparecer, empujó
un resorte que habia detrás de un cuadro, el cual
separándose , descubria un agujero perfectamente
preparado en la pared , por el [cual se veia cuanto
pudiese pasar en el salon.
Andrea cerró la puerta y se adelantó hácia el ma
— 51 —
yor , que se levantó apenas oyó el ruido de los pa
sos del jóven conde.
—Querido padre ! dijo Andrea con voz bastante
alta para que lo pudiese oir el conde al través de la
puerta cerrada , sois vos ?
— Buenos dias , mi querido hijo, dijo gravemen
te el mayor.
— Despees de tantos años de separacion dijo An-
dra mirando hácia la puerta, cuanta dicha noespe-
rimento al volveros á ver !
— En efecto , la separacion ha sido larga.
— No nos abrazamos , señor? repuso Andrea.
— Como querais , hijo mio , dijo el mayor.
Y se dieron los dos un abrazo como acostumbran
á darse en los teatros, es decir, reposando la cabeza
sobre el hombro y enlazando los brazos.
— Al fin nos vemos reunidos ! dijo Andrea.
— Ya estamos reunidos , dijo el mayor.
— Para no separarnos jamás ?
— Eso si , porque no dudo , mi querido hijo , que
vos mirais ahora la Francia como una segunda patria.
— Gran sentimiento seria el mio el dia que me
fuese forzoso dejar á Paris.
— Pero incomparable tal vez al que tendria yo si
hubiera de vivir lejos de Luca mi querida patria.
Pienso volver á Italia luego que mis negocios me lo
permitan.
— Supongo que antes de vuestra partida, queri
do padre, me dareis los papeles, con la ayuda de
los cuales pueda yo facilmente hacer constar mi na
cimiento.
— 52 —
— Sin duda alguna ; porque vengo cspresamente
para eso , y me ha costado demasiado trabajo el en
contraros , á fin de entregároslos para emplear mas
tiempo en volver á buscaros; esto bastaria paraapre-
surar el fin de mi existencia.
— Yesos papeles?
— Aqui están.
Andrea se apoderó rápidamente del acta de casa
miento de su padre y de su partida de bautismo, que
despues de haber desdoblado con una avidez muy
natural en un buen hijo , recorrió con tan ansiosas
miradas que revelaban el vivo interés que le inspi
raba.
Una espresion de alegria traidora brilló en su
frente luego que concluyó su lectura , y lanzando
una maligna mirada al mayor, le dijo, acompañan
do sus palabras de una sonrisa estraña :
— Ola !... dijo en escelente toscano , se conoce
que no hay presidios en Italia?...
El mayor le miró á su vez con asombro.
— Y porqué ? dijo.
— Por qué permiten que se fabriquen semejantes
piezas. Yo os juro , padre querido, que por solo la
mitad de lo que habeis hecho, han enviado á mas de
cuatro á tomar los aires de Tolon por cinco años.
— Qué quieres decir? dijo el mayor procurando
tomar un aire magestuoso.
— Querido señor Cavalcanti , dijo Andrea agar
rando un brazo al mayor, cuánto os dan porque seais
mi padre?
El mayor quiso hablar.
— 53 —
— Silencio ! dijo Andrea bajando la voz , voy á
daros un ejemplo de confianza , á mi me dan cin
cuenta mil francos al año por ser vuestro hijo, y ya
conoceréis que son muy sólidas estas razones para
que haga la locura de negar que sois mi padre.
El mayor miró con inquietud á su alrededor.
— No tengais miedo , porque estamos aqui solos,
dijo Andrea , y no entenderán , si hay indiscretos
oidos , el italiano en que hablamos.
— Pues bien ! á mi me dan cincuenta mil francos
perfectamente pagados.
— Señor Cavalcanti , dijo Andrea , creeis vos en
los cuentos de brujas?
— Antes no creia, pero ahora es preciso que crea
en ellas.
— Habeis tenido pruebas ?
El mayor sacó de su bolsillo un puñado de mo
nedas.
— Palpables como veis.
— Y creeis vos que yo pueda contar con las pro
mesas que me han hecho ?
— Lo creo.
— Y qué las cumplirá ese buen conde?
— Estoy persuadido que si , pero tambien com
prenderéis que para conseguir ese objeto será nece
sario seguir representándo nuestro actual papel.
— Cómo !...
— Yo de tierno padre...
— Y yo del mas respetuoso hijo. Y ya que ellos
tienen deseos de que seais mi descendiente...
— Ellos !... Y quién son ellos?
TOMO III. r-
— Por mi vida , que tan á oscuras estoy en este
asunto como vos. Sin duda serán ios que os han es
crito ; no habeis recibido una carta?
— Si.
— De quién ?
— De un tal abate Busoni.
— A quién no conoceis?
— No le he visto en mi vida.
— Qué os decia en esa carta ?
— Me venderéis ?
— Me guardaré muy bien de hacerlo; vuestro?
intereses son los mios.
— Entonces, leed.
Y el mayor entregó una carta al jóven.
Andrea leyó en voz baja.

« Sois padre , y la vejez cargada de desventuras es


vuestro porvenir. Deseáis tener riquezas , y con ettas
una posicion independiente ? Poneos, pues, at instan
te en caminopara París, donde pediréis at señor con
de de Monte*Cristo que vive en tos Campos Etiseos ,
número 30 , et hijo que habéis tenido de ta marquesa
Corsinari , y que os fué robado á ta edad de cinco
años.
« Este hijo se llama Andrea Cavatcanti.
« Para que no dudéis de ta intencion que tiene et
abajotfrmado de seros útit , acompañan á esta carta :
1.° «Un bittete de 2,400 tibras toscanas , paga
deras en casa de Gozzi , en Ftorencia.
2." « Una carta de recomendacion para et señor
Í>D
conde de Monte- Cristo , en ta cuat te pido para vos
ta cantidad de 48,000 francos.
«c Os esperan sin fatta en casa det conde et 26 de
mayo á tas siete de ta noche en punto »
ABATE BUSOM.

— Eso es.
— Cómo eso es? qué quereis decir ? preguntó el
mayor.
— Digo que yo he recibido una carta casi igual.
— Vos!
— Yo.
— Del abate Busoni !
—No.
— Pues de quién ?
— De un inglés; de un tal lord Wilmore, que ha
tomado el nombre de Simbad et marino.
—Y á quien tampoco conoceis?
— En este punto estoy mas adelantado que vos.
— Entonces le habreis visto?
— Si, una vez.
— Dónde?
— Dispensadme que no os conteste á mas pregun-
as porque entonces sabríais tanto como yo, y porque
pra nada os importa el saberlo.
— Que os decia en esa carta ?
— Leedla.

( Un porvenir muy triste os espera porque soispobre;


pen quereis tener un nombre de nobte atcurnia , tiber
táis riqueza ? Tomad ta sida de posta que encontra
— 56 —
reis preparada satiendo de Niza por ta puerta de Ge
nova; pasad por Turin, Chambery, y Pont de Beau-
voisin ; presentaos en casa det señor conde de Monte-
Cristo , Campos Etíseos , núm. 30 , et 25 de mayo,
á tas siete en punto de ta noche , y preguntadte por
vuestro padre.
« Sois hijo det marqués Bartotomeo Cavatcanti y
de ta marquesa Otivia Corsinari , como to dectara
rán tos papetes que os serán entregados por et marqués,
y que os permitirán presentaros bajo este nombre en
et mundo parisiense.
«50,000 francos de renta anuates sostendrán como
es debido et rango á que vais á etevaros.
« Adjunto vá un bittete de 5,000 tibras , pagaderas
en casa det señor Ferret , banquero de Niza , y una
carta de recomendacion para et señor conde de Mon
te-Cristo , encargado por mi de proveer á vuestras ne
cesidades. »
SIHBAD EL MARINO.

— Ya lo veis esclamó el mayor ; no puede estar


mejor arreglado el asunto.
— Si,eh?
— Habeis visto al conde ?
— Acabo de separarme de él.
— Y lo ha aprobado?....
— Todo.
— Que sacais en limpio vos de todo esto?
— Os juro por mi honor que no lo entiendo.
— Si será una burla?
— 57 —
— Si asi fuera, por vida mia que yo no soy el chas
queado , y vos creo que tampoco ?
— Seguramente.
— Y bien ! entonces?
— Poco nos importa lo demás
—Justamente , eso mismo iba á decir ; dejemos
rodar la rueda de la fortuna.
— Hallaréis en mi un hijo digno de su padre.
— Y en mi un padre digno de tal hijo.
— Muy honrado quedaré por cierto.
Este era el momento mas oportuno que creyó el
conde para presentarse en el salon.
Padre é hijo se arrojaron mutuamente en sus bra
zos cuando oyeron el rumor de sus pisadas , y el
conde presenció de este modo la tierna escena del
paternal reconocimiento.
— Muy bien ! señor marqués, dijo Monte-Cristo,
parece que habéis encontrado un hijo segun vues
tros deseos.
— Ah ! señor conde ! la alegria me sofoca.
— Y vos, jóven?
— Ah ! señor conde , es demasiada felicidad !
— Feliz padre ! feliz hijo ! dijo el conde.
— Una sola cosa me entristece , dijo el mayor;
y es la necesidad de tener que dejar tan pronto á
Paris.
— Oh ! querido señor Gavalcanti , dijo Monte-
Cristo ; no partireis sin que os haya presentado an
tes á algunos amigos.
— Estoy á las órdenes del señor conde, dijo el
mayor.
— 58 —
— Ahora espero que el buen hijo hable coti fran
queza
— Á quién?
— Á vuestro padre. Pintadle con veracidad el
triste estado de vuestro bolsillo.
— Vive el cielo , que tocais la cuerda mas sen
sible.
— Ois , mayor ? dijo Monte-Cristo.
— Sin duda que le oigo.
— Si ; pero ya entenderéis el significado de sus
palabras
— A las mil maravillas.
— Vuestro querido hijo dice que necesita dinero.
— Y bién I qué le hemos de hacer ?
— Dárselo ; nada mas sencillo.
— Yo?
—Vos.
Monte-Cristo se colocó entre sus dos interlocu
tores.
— Tomad, dijo á Andrea deslizándole un paque
te de billetes de banco en la mano.
— Qué significa esto?
— Es la respuesta de vuestro padre.
— De mi padre?
— Si. No acabais de decir que necesitabais di
nero?
— Si. Y bien?
— Y bien ! me encarga que os entregue esto.
— Á cuenta de mi renta ?
— No; para vuestros gastos de instalacion.
— Oh ! el mejor de los padres !
— 59 —
— Dejaos de esclamaciones , dijo Monte-Cristo ,
porque está decidido á que se ignore que este regalo
viene de su mano.
— Aprecio infinitamente esa delicadeza , dijo An
drea, guardando sus billetes de banco en el bolsillo
de su pantalon.
— Está bien , dijo Monte-Cristo , ahora ya podeis
retiraros.
— Y cuando tendremos el honor de volver á ver
al señor conde? preguntó Cavalcanti.
— Ah ! si , preguntó Andrea , cuándo tendremos
ese honor ?
— Si quereis el sábado, si si he dicho
bien el sábado , doy una comida en mi casa de
Auteuil , calle de la Fuente , número 25 , á muchas
personas, y entre otras al señor Danglárs, vuestro
banquero , á quien tendré el honor de presentaros
porque si ha de entregaros dinero , es preciso que
antes tenga el gusto de conoceros.
— De gran etiqueta?... preguntóá media voz el
mayor.
— Pseh !... si. Uniforme , cruces, calzon corto.
— Y yo? preguntó Andrea.
— Vos os presentaréis vestido con mucha senci
llez ; será preciso que vistais de pantalon negro, bo
tas charoladas, chaleco blanco, frac negro ó azul,
corbata larga ; dirijios á Blin ó á Veronique para
vestiros. Si no sabeis las señas de su casa , Bautista
os las dará. Mientras menos pretensiones afecteis en
vuestro traje , siendo rico en efecto como lo sois ,
mejor efecto causará. Si comprais caballos lomad
— 60 —
los en casa de Deredeux ; si comprais tilburí id á
casa de Bautista.
— Áqué hora podremos presentarnos ? preguntó
el jóven.
— Venid á la seis y media.
— Enterados! dijo el mayor tomando su som
brero.
Los dos Cavalcanti saludaron al conde y salieron.
El conde se acercó á la ventana y los vió atrave
sar el patio amigablemente enlazados del brazo.
— Los dos Cavalcanti , son por vida mia los dos
mayores picaros que he conocido, dijo el conde. Es
lástima que no sean verdaderamente padre é hijo !
Y esclamó , despues de algunos instantes de som
bría meditacion :
— Vamos á casa de los Morrél. Oh ! el desprecio
me afeeta mas que el odio.
— 61 —

18.

AMOR.

R os trasladaremos á la huerta que está próxima á


la casa del señor Villefort, rodeada por la parte pos
terior por espesos castaños, — si no lo toma á mal el
lector , — para encontrar allí algunas personas que
ya conocemos.
En esta ocasion el primero que llegó al jardin fué
Maximiliano, que tambien acechó por entre las ren
dijas de las tablas, y vió á lo léjos al través de los
TOMO III. 7
— 62 —
árboles sombrios, una sombra cuyo traje de seda cru-
jia sobre la arena, y formaba con el roce de las ho
jas un confuso ruido.
Al fin el crujido tan deseado se oyó mas claro, y
en lugar de una sombra fueron dos las que se acerca
ron. La tardanza de Valentina habia sido ocasionada
por la señora Danglárs y Eugenia , visita que se ha
bia prolongado mas de la hora en que era esperada
Valentina. Entonces, para no faltará su cita, la jó
ven propuso á la señorita Danglárs un paseo por el
jardin, queriendo mostrar á Maximiliano que su tar
danza no habia sido por culpa suya.
El jóven lo comprendió todo al punto con esa rapi
dez de penetracion tan natural á los amantes, y su
corazon se alivió de un gran peso. Por otra parte, sin
acercarse mucho , Valentina dirijiósu paseo de mo
do que Maximiliano pudiese verla pasar y volver á
pasar, y cada vez que pasaba, una mirada inaperci
bida de su companera, lanzada á la reja y recojida
por el jóven , le decia :
— Tened un poco de paciencia, amigo, bien veis
que no es culpa mia.
Y Maximiliano esperaba con paciencia, admiran
do el contraste que habia entre las dos jóvenes, la una
rubia, de ojos lánguidos y de cuerpo flexible como
un hermoso sauce, la otra morena de mirada altane
ra y de cuerpo tan erguido como un álamo: tras cu
ya comparacion de naturalezas tan opuestas, toda la
ventaja, en el corazon del jóven al menos, estaba por
Valentina.
Ya hacia media hora que paseaban las dos jóvenes,
— 63 —
cuando Maximiliano que adivinó que iba por fin á
terminarse la visita de la señorita Danglárs, la vio
gustoso desaparecer.
Y por dicha suya apenas habian pasado breves ins
tantes vió que venia sola Valentina, en cuyo paso va
cilante, y en el cuidado que tenia de burlar al ojo
indiscreto que la espiase, andando con lentitud, se
veia claramente su temor; asi es que en vez de ir di
rectamente á la reja, sentóse sobre un banco, sin
dejar de lanzar una mirada indiferente á todas las ca
lles de árboles.
Tomada estas precauciones, corrió á la reja.
— Buenos dias, Valentina, dijo una voz.
— Buenos dias .Maximiliano: os he hecho espe
rar , pero ya habeis visto la causa.
— Si , he reconocido á la señora Danglárs , y no
sabia que fueseis amiga tan íntima de esa señorita.
— Quién os ha dicho que éramos tan amigas , Ma
ximiliano?
— Nadie ; pero me lo ha parecido así , por el modo
con que la dabais el brazo y con que la hablabais;
pareciais dos compañeras de colegio confesandose
mutuamente sus secretos.
— En efecto, nos confesabamos nuestros secretos,
dijo Valentina: ella me confesaba su repugnancia
por su casamiento con el señor de Morcerf, y yo te
confesaba que miraba como una desgracia el casar
me con el señor d'Epinay.
— Querida Valentina!
— Por esto, amigo mio, continuó la jóven, habeis
visto esa apariencia de abandono entre mí y Eugenia,
— 64 —
porque al hablarle del hombre que no puedo amar,
pensaba en el hombre que amo.
— Cuan buena sois en todo, Valentina, y poseeis
lo que la señorita Danglárs no tendrá nunca; ese en
canto infinito que es en la mujer lo que el perfume
en la flor, lo que el sabor en la fruta, porque no to
do en una flores es ser bonita, ni en una fruta ser
sabrosa.
— Vuestro amor os hace ver las cosas de ese modo,
Maximiliano !
— No, Valentina, os lo juro. Cuando hace un mo
mento os contemplaba á las dos juntas, dudaba co
mo puede inspirar amor á un hombre la hermosura
de la señorita Danglárs, á quien por otra parte no
puedo menos de hacer justicia.
— Maximiliano, el amor sofocaba en vuestro co
razon la imparcialidad, y sin mi presencia hubierais
juzgado de otro modo.
— No... no puede ser; pero respondedme á una
pregunta que emana de ciertas ideas que yo tenia
respeto á la señorita Danglárs.
— Oh I que serán injustas, y desde luego lo digo
sin saberlo, porque cuando nos juzgais á nosotras po
bres mujeres, no debemos esperar ninguna indul-
jencia.
— En cambio las mujeres son muy justas las unas
respecto álas otras?
— No, pero es porque casi siempre hay pasion en
nuestros juicios. Mas volvamos á vuestra pregunta.
— La señorita Danglárs ama á otro y por eso
teme tanto su casamiento con el señor de Morcerf?
— Ü5 —
— Maximiliano, os he dicho que yo no era amiga
de Eugenia.
— Oh! pero sin ser amigas las jóvenes se confian
sus secretos, y no me podeis negar que ya le habeis
hecho algunas preguntas acerca de esto. Ah ! os veo
sonreir.
— Si es asi, Maximiliano, no vale la pena tener
entre nosotros esta separacion de tablas.
— Veamos, que os ha dicho?
— Me ha dicho que no amaba á nadie , dijo Valen
tina, que tenia horror al casamiento; que su mayor
alegria hubiera sido llevar una vida libre é indepen
diente, y que casi deseaba que su padre perdiese su
fortuna para hacerse artista como su amiga la seño
rita Luisa de Armilli.
— Ah! sé muy bien porque lo dijo.
— De veras? qué entendisteis vos en esas palabras
preguntó Valentina.
— Nada, dijo Maximiliano sonriendo.
— Entonces , preguntó Valentina ; á que viene esa
sonrisa?
— Ah ! dijo Maximiliano, bien veo que vos tam
bien mirabais, Valentina.
— Quereis que me aleje?
— Ohl no, no, pero volvamos á vos.
— Ah! si, es verdad, porque apenas tenemos diez
minutos que pasarjuntos.
— Dios mio ! esclamó Maximiliano consternado.
— Demasiado cierto es eso, dijo con acento triste
Valentina; mi amistad, Maximiliano, os da bien
pobres consuelos. Mereceis mas felicidad n«e la que
— 66 —
alcanzais por mi, pobre Maximiliano, llevando esa
vida... Ah! creedme que me averguenzo de lo que
hacéis por mi.., por mi solo !
— Y bien qué os importa, Valentina, si esta es
para mi la mas suprema felicidad? Tras un eterno
esperar, no me veo suficientemente pagado con cinco
minutos de poder disfrutar de vuestra vista, con dos
palabras de vuestra boca, y con esa conviccion pro
funda, eterna, de que Dios jamás ha creado dos cora
zones tanen armonia como los nuestros, y sobre to
do que no los ha reunido milagrosamente, para sepa
rarlos?
— Bueno, gracias, esperad por los dos, Maximi
liano, siempre es una felicidad.
— Por qué me dejais hoy tan pronto , Valen
tina?
— No sé, la señora de Villefort me ha suplicado
que pase á su cuarto para hacerme una comunica
cion, de la cual depende una parte de mi fortuna.
Oh ! Dios mio ! que tomen mi fortuna, soy bastante
rica, y despues de haberla tomado que me dejen
tranquila y libre : vos me amareis tambien pobre , no
es cierto Morrél?
— Yo os amaré siempre, si: qué me importa la
riqueza ó la pobreza si mi Valentina no se ha de se
parar de mi lado? Pero no temeis, Valentina, que esa
comunicacion sea alguna noticia relativa á vuestro
casamiento?
— No lo creo.
— Escuchad , Valentina ; y no tengais temor, que
mientras ecsista, vos sola reinareis en mi corazon.
— 67 —
—Maximiliano, me decis acaso eso para tranqui
lizarme?
— Conozco que no es necesario que os lo repita;
pero yo anhelaba deciros que el otro dia encontré al
señor de Morcerf.
— Al señor de Morcerf?
— Ya sabeis que Franz es uno de sus mas intimos
amigos.
— Que quereis decir con eso?
— Quiero decir que ha recibido una carta de Franz
en que le anuncia su próxima vuelta.
Valentina palideció y tuvo que apoyarse en la
reja.
— Ah ! Dios mio ! dijo , si asi fuese ! pero no
porque entonces no seria la señera de Villefort la que
me habria avisado.
— Por qué?
— Porque no sé pero me parece que á la
señora de Villefort, sin oponerse á él abiertamente,
no le agrada tampoco este casamiento.
— Oh ! voy á adorar á la señora de Villefort de
aqui en adelante.
—Oh! tanto como esto no, Maximiliano ! dijo Va
lentina con triste sonrisa.
— En fin, si es antipática á ese casamiento, aun-
qne no fuera mas que por desbaratarlo , admitiria tal
vez alguna otra proposicion.
— No lo creais, Maximiliano; no son los maridos los
que rechaza laseñorade Villefort, es el casamiento.
— Como ! el casamiento ! si tanto detesta el casa
miento , por qué se ha casado ?
— 68 —
— Veo, Maximiliano que no entendeis el sentido de
mis palabras. Un año hará que habiendo manifesta
do deseos de ir á ocultarme en el silencioso retiro de
un claustro , á escepcion de mi abuelo que me de
tuvo , mi padre casi consintió en darme su aproba
cion y ella , olvidando sus antiguas observaciones ,
oyó mi determinacion con el mas vivo placer. Mi
pobre abuelo se negó obstinadamente , porque ese
anciano respetable , cuyas miradas tienen una es-
presion sublime y cuyo corazon no halla otro en el
mundo que le ame mas que el mio , y Dios perdone
lo que digo si no es verdad , ese anciano solo á mi
me ama en su abandono. Si supierais como me mi
ró cuando le dije mi resolucion ! cuántas que
jas habia en aquella mirada, y cuánta desespera
cion en aquellas lágrimas que rodaban por sus in
móviles mejillas ! Ah ! Maximiliano , entonces espe-
rimenté una especie de remordimiento , me arrojé
á sus piés gritándole: perdon , perdon , padre mio !
harán de mi lo que quieran , pero no me separaré
nunca de vos. Entonces levantó los ojos hácia el
cielo ! Maximiliano, mucho puedo sufrir, pero aque
lla mirada de mi buen abuelo me ha pagado sufi
cientemente todos mis sufrimientos.
— Sois un ángel, querida Valentina! y en ver
dad que no sé como he merecido la confianza que
me haceis. Pero en fin, Valentina, veámos cual es
el interés que [tiene la señora de Villefort en que
os caseis ?
— No habéis oido hace poco que os dije que yo era
rica, muyrica? Tengo por la dote de mi madre cerca
— 69 —
de 50,000 libras de renta ; mi abuelo y mi abuela,
el marqués y la marquesa de Saint Merán deben de
jarme otro tanto ; el señor Noirtier tiene á lo menos
intenciones visibles de hacerme su única heredera.
De esto resulta, que comparado conmigo , mi her
mano Eduardo, que no espera ninguna herencia de
parte de su madre, es pobre, muy pobre. Ahora
bien , es muy natural que la señora de Villefort vie
se segura mi fortuna, en caso de hacerme religiosa,
para su hijo á quien ama con delirio.
— Parece increible que bajo aquel rostro que re
bosa juventud y hermosura se oculte un ruin cora
zon lleno de mezquina codicia.
— El amor paternal trueca en virtud á mis ojos
esa codicia que veis como criminal , porque no para
ella, sino para el hijo que ciegamente adora, es pa
ra quien desea mi fortuna.
— Y no podriais , Valentina , dijo Morrél , pro
ponerla la mitad de vuestros bienes para su idolo?
— Seria prudente hacer semejante proposicion,
dijo Valentina , á una mujer que tiene sin cesar en
los lábios la palabra desinterés?
— Escuchad , Valentina, mi amor ha permaneci
do siempre sagrado, y como todo lo sagrado yo le he
cubierto con el velo de mi respeto , le he encerrado
en mi corazon ; nadie cri el mundo , ni aun mi her
mana le sospecha. Este amor que no he confiado á
nadie en el mundo , Valentina , me permitis que se
lo comunique á un amigo ?
Valentina se estremeció.
— Á un amigo? dijo. Oh Dios mio ! Maximiliano,
IOMO III. 8
— 70 —
me estremezco solo al oiros hablar asi. Aun amigo!
y quién es ese amigo?
— Escuchad , Valentina , habeis sentido alguna
vez por alguna persona una de esas simpatias irre
sistibles que hacen que aunque veais á esa persona
por primera vez , creais conocerla de mucho tiem
po , y os pregunteis a vos misma donde y cuando la
habeis visto, y que , no pudiendo acordaros del lu
gar ni del tiempo , llegueis á creer que es de un
mundo anterior al nuestro , y que esta simpatia no
es mas que nn recuerdo confuso que se empieza á
aclarar ?
— Si, oh ! si...
— Pues bien ! eso es lo que yo he esperimentado
la primera vez que he visto á ese hombre estraordi-
nario.
— Un hombre estraordinario ?
— Si.
— A quién conoceis hace ya mucho tiempo?
— Hará unos ocho dias apenas.
— Y honrais con el sagrado nombre de amigo á
un hombre que solo ocho dias os han dado á cono
cer ? Maximiliano ! jamás hubiera creido que prodi
garais de ese modo el bello nombre de amigo !
— Veo que decis verdad, Valentina; pero á pe
sar de vuestras reconvenciones me es imposible es
tar sordo á la voz del instinto. En todas las felicida
des de mi porvenir creo que veré el rostro de ese
hombre , del cual hasta creo que su misteriosa y
profunda mirada conoce, y que su poderosa mano di-
rije ese porvenir.
— 71 —
— Es un adivino? dijo sonriendo Valentina.
— Áfémia, dijo Maximiliano, que casi estoy ten
tado por creer que adivina... sobre todo el bien.
—Oh ! dijo Valentina sonriendo tristemente ; mos-
tradme á ese hombre, Maximiliano ; sepa yo de él
si seré suficientemente amada en cambio de todo
cuanto he sufrido.
— Pobre amigo! Pero ahora que recuerdo... vos
le conoceis.
— Yo?
— Si.
— Quiénes?
— El que salvó la vida á vuestra madrasta y á su
hijo.
— El conde de Monte-Cristo?
— El mismo.
— Oh I esclamó Valentina, jamás puede ser mi
amigo, porque lo es para eso demasiado de mi ma
drasta.
— Amigo de vuestra madrasta, Valentina, lo sa
beis bien ? su instinto no puede fallar hasta este pun
to y estoy seguro de que os engañais.
— Qué me engaño....! Oid, Maximiliano ; el amor
de madre ha caido vencido ante el prestijio de ese
conde , que hoy reina en casa : perdió Eduardo su
soberanía en el corazon de su madre ; y se ha en
tronizado en él ese hombre á quien la señora de
Villefort cree instruido en todos los conocimientos
humanos ; mi padre le admira , entendeis ? le ad
mira y confiesa que jamás ha oido conceptos tan
sublimes salidos de otros labios tan elocuentes :
— 72 —
Eduardo le idolatra , y apenas le ve entrar , corre
á echarse en sus brazos , sin tener miedo á sus gran
des ojos negros , y le abre la mano donde siempre
encuentra algun juguete admirable : en fin el con
de de Monte-Cristo no está aqui en casa de mi pa
dre; el conde de Monte-Cristo no está aqui en casa
de la señora de Villefort ; el conde de Monte-Cristo
está en su casa.
— Pues bien, querida Valentina; si las cosas son
como decis , ya debeis sentir ó sentireis pronto los
efectos de su presencia. Si encuentra á Alberto de
Morcerf en Italia, es para sacarle de las manos de
los bandidos ; vé á la señora Danglárs , y es para
hacerla un regalo real ; vuestra madrasta y vuestro
hermano pasan por delante de la puerta de su casa,
y es para que su Nubio les salve la vida. Este hom
bre ha recibido evidentemente el poder de influir
sobre los acontecimientos , sobre los hombres y so
bre las cosas y , os lo confieso , jamás he visto gus
tos mas sencillos unidos á una magnificencia tan so
berana. Su sonrisa es tan dulce cuando me la diri-
je , que olvido cuan amarga la encuentran otros.
Oh ! decidme , Valentina , os ha sonreido asi á vos?
Oh ! si lo ha hecho asi , será feliz !
— Si ni siquiera se digna mirarme ! A mas , Ma
ximiliano , dijo la jóven , si alguna vez pasa por
mi lado por casualidad , aparta de mi su vista. Ó no
es generoso, ó no posee esa mirada profunda que lee
en los corazones y que vos le suponeis, porque si
poseyese esta mirada habria visto que yo soy des
graciada. Si hubiera tenido su corazon tanta gene
— 73 —
rosidad, no hubiera influido para protejerme, al
verme en esta casa en medio del aislamiento y el
dolor ? Si fuera , segun vuestra espresion , el sol
que calienta y anima, no hubiera lanzado sobre mi
pobre y abatido corazon el fuego de uno de sus ra
yos? Decis que os ama, Maximiliano? Oh! no os
fieis en las apariencias ; no sabeis que los hombres
siempre ponen un rostro risueño á un oficial de cin
co pies y ocho pulgadas como vos , que tiene un
buen bigote y un gran sable, y creen poder infun
dir temor á una pobre jóven que no sabe mas que
llorar?
— Oh! Valentina, juraria que os engañais.
— Si yo me engañara , corno esplicariais estas
contradicciones, Maximiliano? Si me tratase diplo
máticamente , es decir como un hombre que de un
modo ó de otro quiere simpatizar con todos los de
la casa, me hubiera, aunque no fuese mas que una
vez , honrado con esa sonrisa , que tanto me ponde
rais ; pero no ; me ha visto desgraciada , comprende
que no puedo serle útil en nada , y por lo mismo no
fija la atencion en mi. Quién sabe si para hacer la
corteá mi padre, á la señora de Villefort ó á mi
hermano , me perseguirá siempre que pueda ha
cerlo? Reflexionad con franqueza, Maximiliano,
una cosa que muchas veces me han dicho vuestros
labios , que no merezco el desprecio y que no hay
razon para que inspire indiferencia. No os enojeis,
continuó la jóven al ver la impresion que causaban
en Maximiliano estas palabras , conozco que hago
mal muy mal en deciros acerca de ese hombre
TOMO III. 9
cosas que yo ni siquiera sentia ó sospechaba. Mirad,
no niego que exista esa influencia de que me ha
blais y que la ejerza sobre mi ; pero si la ejer
ce, es de un modo pernicioso y aniquilador como
veis.
— Está bien , Valentina , dijo Morrél lanzando un
suspiro, no hablemos mas de esto ; nada le diré.
— Conozco , amigo mio , dijo Valentina , que os
da mucha pena lo que os digo. Ah ! porque no me
es posible estrechar vuestra mano para pediros per-
don ! pero convencedme á lo menos , que sepa todo
lo que ha hecho por vos ese conde de Monte-Cristo.
— Me preguntais todo lo que el conde ha hecho
por mi ? Valentina, me habeis puesto en un apuro ;
debo confesar que ningun favor efectivo he recibido
de su mano , y os repito que el afecto que me ins
pira , sin fundarse en nada , es hijo solo del instinto.
Por lo demás , ha hecho acaso algo por mi el sol
que me alumbra? No; me calienta y á su luz os
veo. Ha hecho acaso por mi algo este ó el otro per
fume? No ; su olor recrea agradablemente uno de
mis sentidos ; no tengo otra cosa que decir cuando
me preguntan porque pondero este perfume, y tam
poco nada'mas puedo decir al hablar del conde : mi
amistad hácia él es estraña , como la suya hácia mi.
Una voz secreta me advierte que hay algo mas que
mera casualidad en esta amistad reciproca é impre
vista. Me parece encontrar alguna relacion en sus
menores acciones , en sus mas secretos pensamien
tos, con mis acciones y mis pensamientos. Os vais
á reir de mi , Valentina, pero desde que conozco a"
-r- 75 —
ese hombre , se me ha ocurrido la absurda idea de
que todo el bien que me suceda no puede emanar
de nadie sino de él. Sin embargo , he vivido treinta
años sin ese protector , no es verdad? no importa :
A propósito! voy á daros una prueba de lo que os
digo. He sido convidado á comer el sábado , y ha
llareis muy natural este convite si se considera el
estado en que se hallan los lazos de nuestra amistad ;
pero tambien vuestro padre está convidado á esta co
mida á la que irá tambien vuestra madrasta ; yo
me encontraré con ellos, y quién sabe lo que re
sultará de esta entrevista ! Estas son circunstancias
muy sencillas en la apariencia; sin embargo, yo
veo en esto una cosa que me asombra y tengo en ello
una confianza estrema. Quien sabe, reflexiono yo á
mis solas , si ese hombre para quien no hay secre
tos, si ese conde tan estraordinario que tiene en su
poder el libro de los destinos , ha buscado una oca
sion en que presentarme á los esposos Villefort? Oh !
Valentina, en mi ilusion creo leer en sus miradas
que ha quitado el velo que cubre nuestro amor.
— Amigo mio , dijo Valentina, os tomaria por
un visionario y temeria verdaderamente por vues
tro juicio , sino escuchase tan buenos razonamien
tos. Cómo ! vos creeis que no es casualidad ese en
cuentro? Reflexionadlo todo bien, por mi vida. Mi
padre que no sale nunca ha estado á punto de rehu
sar esa invitacion mas de diez veces , pero la señora
de Villefort que desea ardientemente ver en su casa
á ese hombre estraordinario , obtuvo con mucho
trabajo que la acompañase. Ah ! Maximiliano , no...
— 76 —
no creais en el apoyo de ese hombre. Si no es á
vos y á mi abuelo que es un cadáver , á quien pe
diré consuelo en este mundo para que me escu
che?
— Razon teneis , Valentina : es imposible resistir
á la fuerza de vuestros razonamientos , dijo Ma
ximiliano : aunque conozco que hoy no me conven
ce vuestra voz tan dulce siempre y tan poderosa
para mi.
— Ni la vuestra á mi tampoco , dijo Valentina,
y confieso que como no tengais mas ejemplos que
citarme
— Uno tengo, dijo Maximiliano dudoso ; pero en
verdad , me veo obligado á confesarlo , es mas ab
surdo que el primero.
— Tanto peor, dijo Valentina sonriéndose.
— Y sin embargo , continuó Morrél , para mi es
miiy concluyente , para mi que despues de diez
años que hace que sirvo, be debido la vidaá uno
de esos instintos que os dicen que hagais un movi
miento hácia atrás ó hácia adelante para que la bala
que debia mataros pase por vuestro lado.
— Querido Maximiliano, porque no dais impor
tancia á mis oraciones por vos durante ese peligro?
Las plegarias que suben al cielo desde mis labios ,
piden por un ser que no es mi madre á quien tanto
amaba , piden por un ser que no soy yo... Maximi
liano , piden por vos !
— Si, desde que os conozco, dijo Morrél sonriéndo,
pero y antes de que os conociese, Valentina?
— Vaya pues, ya que nada quereis deberme, in
grato, volvamos á ese ejemplo que vos mismo confe
sais que es absurdo.
— Que veis por las rendijas de las tablas? Reparais
en un arrogante caballo que nunca habriais visto ?
— Si... si, apuesto y bello es el caballo! esclamó
Valentina. Por qué no le habeis traido junto á la re
ja para contemplarle mejor?
— Ya veo, dijo Maximiliano, que conoceis su
mérito. Escuchadme pues. No se os esconde que no
debo dar muchas gracias al destino por mi escasa
fortuna, y que solo vivo en una mediania. Pues
bien ! yo habia visto en casa de un mercader de ca
ballos ese magnifico Medeah, porque este era su nom
bre. Habiendome dicho que su valor era de 4,500
francos, me abstuve de comprarle, como ya conoce
reis, me contenté con contemplarlo por algun tiempo
y me fui , lo confieso, bastante triste, porque el caba
llo me habia mirado con ternura, me habia acari
ciado con su cabeza y habia hecho mil corbetas,
cuando le probé, del modo mas agradable que
darse puede. Aquella misma tarde se reunieron en
mi casa algunos amigos, el señor de Chateau-Re-
naud el señor Debray , y otros cinco ó seis malas ca
bezas, que vos teneis la dicha de no conocer ni aun
de nombre. Propusieron que se jugase un poco, yo
no juego nunca, porque no soy rico para poder per
der, ni tan pobre que desee con ansia ganar; pero
como estaba en mi casa no tuve mas remedio que ce
der. Cuando ibamos á empezar, llegó el conde de
Monte-Cristo, tomó parte, se jugó y yo gané... ape
nas me atrevo áconfesarlo, Valentina... gané cinco
— 78 —
mil francos. Nos separamos á media noche. Mi impa
ciencia era suma, tomé un cabriolé é hice que me
condujeran á casa de mi tratante de caballos. Como
me palpitaba de gozo el corazon ! Llamé, me abrie
ron: apenas vi la puerta abierta, me lancé ála cuadra
miré al pesebre y considerad mi felicidad cuando vi
alli á mi deseado Medeah. Tomo una silla que hallo
ámano, se la pongo y le paso la brida, prestándose
á todo Medeah con la mejor voluntad del mundo. En
tregados despues los 4,500 francos al dueño del ca
ballo , salgo y paso la noche paseándome por los cam
pos Eliseos. He visto luz en una ventana de la casa
del conde y he creido ver su sombra detrás de las
cortinas... No seria una razon muy natural espli-
car todo esto, Valentina, de este modo? El Conde
adivinó el anhelo que tenia de poseer el caballo, y
para darme el placer de que fuera mio, ha perdido á
propósito su dinero.
— Querido Maximiliano, dijo Valentina, sois de
masiado fantástico.., Oh! no me amareis mucho
tiempo... Un hombre asi se fastidiaria al momento
de una pasion mónotona como la nuestra.., pero,
gran Dios! no ois que me llaman?
— Oh ! Valentina! dijo Maximiliano, por la ren-
dijadelas tablas... dadme un dedo vuestro siquiera
para que lo bese.
— Maximiliano, hemos dicho que seriamos el uno
para el otro dos vozes... dos sombras!
— Ah!... como gusteis, Valentina.
— Quedareis contento si hago lo que pedis!
— Oh! si! si!...
— 79 —
Valentina subió sobre un banco, y pasó por en
cima de las tablas, no un dedo , sino toda la mano.
— Maximiliano arrojó un grito de alegría, y lan
zándose á su vez sobre las tablas se apoderó de
aquella mano adorada y estampó en ella sus ardien
tes labios; pero al punto la delicada mano se deslizó
de entre las suyas, y el jóver. oyó correr á Valentina
á quien la dulce sensacion que acababa de esperi-
mentar sin duda habia llenado de susto su sensible
corazon .
81 —

19.

EL SEÑOR NOIRTIER DE VILLEFORT.

A heciso será que retrocedamos para dar el gustoso


placer al lector de enterarse de todo loque pasó en
casa del procurador del rey, despues de la partida de
la señora Danglárs y durante la conversacion que
acabamos de referir.
Bien sabemos donde se hallaba Valentina, y en
cuanto el señor de Villefort, seguido de su esposa, en
tró en la habitacion donde vivia su padre. Saludaron
— 82 —
los dos esposos al anciano, hicieron salir del cuarto
á Barrois antiguo criado que hacia mas de veinte
años que servia en la casa, y tomaron asiento á su
lado.
El señor Noirtier, sentado en su gran sillon con
ruedas donde le colocaban por la mañana y de donde
le sacaban por la noche , colocado delante de un es
pejo que reflejaba toda la habitacion y le permi
tia ver, sin hacer un movimiento imposible en él,
quien entraba en su cuarto y quien salia , el señor
Noirtier, inmóvil como un cadáver, miraba con
ojos intelijentes y vivos á sus hijos, cuya ceremo
niosa reverencia le anunciaba que iban á dar algun
paso oficial y desesperado.
Dos sentidos quedaban tan solo para animar como
dos llamas de vida á aquella masa humana que ya
reclamaba la tumba, la vista y el oido : uno de estos
dos sentidos podia darle esplicaciones de la vida inte
rior que animaba á la estátua, y la vista que de
nunciaba esta vida interior se asemejaba á una de
esas luces lejanas que durante la noche muestran al
viajero perdido en un desierto, que aun hay un ser
viviente que habita en aquel silencio y aquella os
curidad.
Toda su vida toda su fuerza, toda la intelijencia
repartida antes por todo su cuerpo, todo el poder de
su corazon , todos sus pasiones y sentimientos, como
en un foco de luz, se habian concentrado en aquellos
dos ojos negros del anciano Villefort, cuyas cejas ne
gras formaban un raro contraste con la blancura de
nieve de su larga cabellera. Sus brazos no tenian
— 83 —
movimiento, faltaba sonido á la voz, actitud al cuer
po, pero aquellos ojos suplian á todo: él mandaba
con los ojos, daba gracias con los ojos... era un ca
dáver con los ojos animados, y nada era mas espan
toso á veces que aquel rostro de mármol , cuyos ojos
espresaban unas veces la cólera y otras la alegria,
lenguaje paralitico que solo era dado comprender á
tres personas... Villefort, Valentina y el antiguo
criado deque hemos hablado. Pero como Villefort
no le veia sino muy rara vez, y por decirlo asi, cuan
do le veia, no procuraba complacerle comprendien
dole , toda la felicidad del anciano reposaba en su
nieta; y Valentina habia logrado á fuerza de cariño
y constancia, comprender por la mirada todos los
pensamientos del anciano: áeste lenguaje mudo é in
comprensible para todos, ella respondia con su voz,
con su fisonomia, con toda su alma; de suerte que
tenian lugar áveces diálogos animados entre aquella
jóven y aquel cadáver próximo á convertirse en pol
vo, y que era sin embargo un hombre de talento in
menso, de una penetracion inaudita, y de una vo
luntad tan poderosa como puede serlo el alma encer
rada en una materia por la cual ha perdido el poder
de hacerse obedecer.
Valentina habia resuelto este estraño problema de
comprender el pensamiento del anciano para comu
nicarle su propio pensamiento y gracias á este estu
dio, ni siquiera una palabra dejaban de comprender
tanto uno como otro.
Tras veinte y cinco años de servir al señor Noi-
tier , segun hemos dicho , el buen criado Barrois co
— 84 —
nocia tanto los gustos y costumbres de su amo , que
este muy pocas veces se veia en la precision de pe
dirle nada.
De consiguiente, Villefort no tenia necesidad de
los socorros ni de uno ni de otro para entablar con
su padre la estraña conversacion que venia á pro
vocar. Tambien él conocia el vocabulario del ancia
no, y si no se servia de él con mas frecuencia , era
por fastidio ó por indiferencia. Dejó , pues , bajar
al jardin á Valentina , alejó á Barrois, y despues de
haber tomado asiento á la derecha de su padre, mien
tras que la señora de Villefort se sentaba á la iz
quierda, esclamó:
— Señor, no os admireis de que Valentina no ha
ya subido con nosotros , y que yo haya mandado
alejar á Barrois , porque la conferencia que vamos
á tener juntos versa sobre asuntos de tanta impor
tancia, que seria poco prudente que los presenciasen
una jóven ó un criado ; la señora de Villefort y yo
tenemos que haceros una comunicacion.
Durante este preámbulo ninguna señal de impa
ciencia , de aprobacion ó disgusto se vió en el impa
sible rostro del señor de Noirtier , y en vano pro
curó Villefort penetrar en aquel momento los re
cónditos pensamientos del anciano.
— La señora de Villefort y yo, continuó el procu
rador del rey con el mismo acento glacial , creemos
que no os desagradará esta comunicacion , y esta
mos seguros de que no la desaprobareis.
El anciano seguia impasible aunque no perdia
una sola palabra.
— 85 —
— Caballero, repuso Villefort, casamos á Va
lentina.
Una figura de cera no permaneceria mas fria al
oir esta noticia que el rostro del anciano.
— El casamiento tendrá lugar dentro de tres me
ses , repuso Villefort.
Los ojos del anciano continuaron inanimados.
La señora de Villefort tomó á su vez la palabra y
se apresuró á añadir :
— Gomo sabemos que Valentina tiene en vuestro
corazon el lugar privilejiado que merece , hemos
pensado que esta determinacion debe de interesaros
mucho , y solo falta deciros el nombre del jóven que
se la ha destinado. Es uno de los mejores partidos
áque puede aspirar Valentina; una buena fortu
na, perfectas garantias de felicidad en la conducta y
los gustos del que le destinamos , y cuyo nombre
no debe seros desconocido. Se trata del señor Franz
de Quesnel , baron d'Epinay.
Villefort durante estas palabras de su mujer, fi
jaba sobre el anciano una mirada mas atenta que
nunca. Cuando la señora de Villefort pronunció el
nombre de Franz, los ojos de Noirtier, que tanto
conocia su hijo , se estremecieron , y los párpados
dilatándose, como hubieran podido hacerlo los lá
bios para dejar pasar una palabra , dejaron escapar
una chispa.
El procurador del rey , que conocia las anti
guas enemistades de politica que habían existido en
tre su padre y el de Franz , comprendió este fue
go y esta ajitacion ; pero sin embargo , la dejó pa
— 86 —
sar como inapercibida ; y volviendo á tomar la pa
labra donde la habia dejado su mujer dijo:
— Sabeis que Valentina, va á cumplir muy pron
to diez y nueve años , edad mas que suficiente para
que un padre piense en lo importante que es colo
carla en la posicion que merece. En todas nuestras
conversaciones hemos pensado en vos , porque que
remos antes de casarla , estar seguros de que el
marido de Valentina consienta en vivir , sino á
nuestro lado, pues tal vez incomodariamos á unos
esposos jóvenes, al menos con vosá quien tanto ca
riño profesa Valentina, cariño que pareceis devol
verla. Quiero daros á entender con eso, que hemos
determinado de que vos vivais á su lado , de suerte
que no perdereis ninguna de vuestras costumbres ,
con la diferencia de que tendreis para cuidaros das
hijos en vez de uno.
Los ojos de Noirtier parecieron inyectarse de san
gre.
Horrible tormenta debia rujir silenciosamente en
el fondo del alma del pobre anciano, si se consi
deraba que su rostro se enrojecia y se amorataban
sus labios; tal vez le ahogaba la cólera que su
bia á la garganta donde se encallaba el grito de su
dolor.
Villefort abrió tranquilamente una ventana , di
ciendo :
— Mucho calor hace aqui , y este calor puede ha
cer daño al señor Noirtier.
Despues se acercó, mas sin sentarse.
— Este casamiento, añadió la señora de Ville
— 87 —
lort, agrada al señor d'Epinay y á su familia que
para mayor ventaja se compone solamente de un tio
y de una tia. Su madre murió en el momento de
darle á luz , y su padre fué asesinado en 1815, es
decir , cuando el niño tenia dos años , y por lo mis
mo este casamiento depende de su voluntad.
— Asesinato misterioso , dijo Villefort, y cuyos
autores han permanecido desconocidos, aunque las
sospechas han parecido recaer sobre muchas per
sonas.
Noirtier hizo tal esfuerzo , que sus labios se con
trajeron como para sonreirse.
— Grande ventura seria por cierto el hallarse en
nuestra situacion , y oirse llamar padre del señor
Franz de Epinay despues de ofrecerle la mano de
una hija, viendo apagarse para siempre el remordi
miento y las mas remotas apariencias de sospecha ;
grande ventura , repito, seria esta para los verdade
ros culpables, los que saben que han cometido el
crimen , aquellos sobre los cuales puede recaer du.
rante su vida la justicia de los hombres y la justi
cia de Dios despues de su muerte.
Noirtier se habia calmado con una prontitud que
no se hubiera podido esperar de aquella organiza
cion tan fébril.
Sí, comprendo, respondió con la mirada á Vi
llefort, y aquella mirada espresaba el desdén mas
profundo y la cólera mas inteligente.
Villefort con frialdad respondió á esta mirada en
cogiéndose lijeramente de hombros.
Despues hizo señas á su esposa de que se levantase.
— 88 —
— Ahora , caballero , dijo la señora dé Villefort,
recibid todos mis respetos. Queréis que venga á pre
sentaros los suyos Eduardo ?
El lenguaje mudo del anciano se esplicaba, segun
se habia convenido , en que espresaria su aproba
cion contentándose con cerrar los ojos , su negativa
cerrándolos precipitadamente, y un deseo cualquiera
dirijiéndolos al cielo.
Si queria llamar á Valentina cerraba solamente
el ojo derecho.
Si queria llamar á Barrois , el ojo izquierdo.
A la proposicion de la señora Villefort , guiñó
los ojos reptidas veces; y sorprendida esta por una
negativa tan á las claras manifestada, se mordió los
labios con impaciencia.
— Quereis que os envie á Valentina? dijo.
— Si, esclamó el anciano cerrando los ojos viva
mente.
Fl señor y señora de Villefort saludaron y salie
ron dando en seguida la órden de que llamasen á
Valentina.
Pocos momentos despues , Valentina entró en la
habitacion del señor Noirtier sonrosada aun por la
emocion , no necesitando mas que una mirada para
comprender cuanto sufria su abuelo , cuantas eran
las cosas que tenia que decirla.
— Oh ! buen papá , esclamó qué te ha pasado ,
te han enojado....? no es verdad que estás enfa
dado?
— Si , dijo cerrando los ojos.
— Con quién ? con mi padre ?
— 89 —
— No.
— Con la señora de Villefort?
— No.
-— Conmigo?
El anciano hizo señas de que si.
— Conmigo? esclamó Valentina con asombro-
Hizo de nuevo el anciano la misma seña.
— En que he podido ofenderte querido y buen
papá? esclamó Valentina.
El anciano no dió ninguna respuesta, y la jóven
al ver su muda inmovilidad continuó :
— Esta es la primera vez que te veo hoy y
apuesto cualquier cosa á que te han hablado de mi.
— Si , dijo la mirada del anciano con viveza.
— Ah! decidmelo... Oh Dios! tal vez alguna ca
lumnia... buen papá... Ah !... el señor y señora de
Villefort acaban de salir , no es verdad ?
— Si.
— Y son ellos los que te han dicho esas cosas que
te han enojado?... Qué es?... Quieres que se lo vaya
á preguntar ?
— No , no , dijo la mirada.
— No? tu respuesta me llena de terror ; que le
habrán dicho, Dios santo para que me responda asi?
Y al decir esto comenzó á reflecxionar.
— Ah ! por fin lo he adivinado , dijo con voz baja
y aproximándose al oido del anciano. Dime , buen
papá, mi casamiento ha sido el objeto de su conver
sacion ?
— Si , replicó la mirada con enojo.
— Ya veo cual es la causa de tu enfado ; me echas
TOMO ni. lo
— 90 —
en cara mi silencio, Oh ! mira, es porque me habian
recomendado que no te dijese nada ; tampoco á mi
me habian hablado de ello ; y en cierto modo yo he
sorprendido este secreto por indiscrecion : hé aquí
porque he sido tan reservada para contigo. Perdó
name , buen papá Noirtier !
Sin embargo , la mirada pareció responder :
— No es tan solo tu casamiento lo que me aflige.
— Pues qué es ? preguntó la jóven : crees tal vez
que yo te abandonaría , buen papá , y que mi casa
miento me haria olvidadiza ?
— No , dijo el anciano.
— Te han dicho que el señor d'Epinay no tiene
inconveniente en que vivamos á tu lado?
— Si.
— Acaso eso te da enojos?
Brillaron los ojos del anciano entonces con una
espresion de ternura que revelaba todo el amor que
Valentina le inspiraba.
— Si... si; lo dices porque me amas, no es ver
dad? dijo esta.
El anciano hizo señas de que si.
— Y temes que sea desgraciada !
— Si.
— No es de tu gusto el señor Franz ?
Los ojos repitieron tres ó cuatro veces no ! no !
no I no !
— Entonces sufrirás mucho? buen papá.
— Si.
— Tú sufres ! Si supieras... Óyeme , dijo ella ar
rodillándose delante de Noirtier, y pasándole sus
— 91 —
brazos alrededor de su cuello, yo tambien sufro...
ah ! sufro mucho , porque tampoco amo al señor
Franz d'Epinay.
Una espresion de alegria se pintó en los ojos del
anciano.
— No olvidarás acaso que mostraste enfadarte
mucho cuando te manifesté que tenia deseos de bus
car la paz en el retiro de un convento?
Una lágrima humedeció el árido párpado del an
ciano.
— Pues bien ! continuó Valentina, solo era por
librarme de este casamiento que causa mi desespe
racion.
Noirtier estaba cada vez mas conmovido.
— Tambien á ti te disgusta este casamiento, buen
papá ? Oh ! Uios mio ! Si tú pudieses ayudarme ; si
los dos pudiésemos romper ese proyecto... pero no
puedes hacer nada contra ellos , tú que tienes un
espiritu tan vivo y una voluntad tan firme, porque
cuando se trata de luchar tú eres tan débil y aun
mas débil que yo. Ah ! tú hubieras sido para mi un
protector muy poderoso en los dias de tu fuerza y
de tu salud. Pero hoy, qué puedes hacer mas que
entender lo que te digo y partir con mi corazon las
penas y las alegrias ? Cuando el cielo me arrebató
todas mis dichas dejóse en olvido estaque recompen
sa su pérdida.
Hubo tal espresion de malicia y de profundidad
en los ojos de Noirtier al oir estas espresiones , que
la joven creyó leer en ellos estas palabras:
— Te engañas , aun puedo hacer mucho por li.
— 92 —
— Puedes hacer algo por mi , buen papá ? dijo
Valentina.
— Si.
Noirtier levantó los ojos al cielo. Esta era la señal
convenida entre él y Valentina cuando deseaba algo.
— Qué quieres , querido papá , veamos ?
Consultando Valentina las inspiraciones de su in
teligencia , buscó en ellas ideas que tuviesen rela
cion á las que el anciano encerraba como en una
tumba , y espresó luego en voz alta sus pensamien
tos á medida que se le iban presentando á la imagi
nacion , pero á todo respondia su abuelo , no !
— Conozco mi torpeza, y veo que será forzoso
echar mano del gran medio.
Entonces recitó una tras otra todas las letras del
alfabeto , desde la A hasta la N , mientras que sus
ojos interrogaban la espresion de los del paralitico;
al pronunciar la N , Noirtier hizo señas de que si.
— Ah! dijo Valentina, loque deseas empieza por
la letra N , bien. Veamos que letra ha de seguir á
ta N, na, ne, ni , no
— Si , si , si , espresó el anciano.
— Ah !.... con que es no ?
— Si.
Valentina fué á buscar un gran diccionario, que
colocó sobre un atril delante de Noirtier ; abriólo ,
y cuando hubo visto fijar en las hojas la mirada del
anciano , su dedo recorrió rápidamente las colum
nas de arriba á abajo.
En el espacio de seis años que hacia que Noirtier
yacia en tan triste estado de abyeccion é impoten
— 93 —
cia, se le babia hecho á favor del hábito, tan fácil
este trabajo , que adivinaba tan pronto el pensa
miento del anciano como si él mismo hubiese po
dido buscarlo en el dicciocario.
Á la palabra notario, Noirtier le hizo seña de que
se parase.
— Notario , dijo , quiéres un notario , buen
papá?
El anciano hizo señas de que en efecto era un no
tario lo que deseaba.
—Quiéres que se envie á buscar un notario? pre
guntó Valentina.
— Si , indicó el paralitico.
— Debe saberlo mi padre ?
—Si.
— Es preciso que al instante vayan á buscar al
notario ?
— Si.
— Pues entonces le enviaremos á llamar inmedia
tamente. Es eso todo lo que quieres?
— Si.
Valentina corrió á la campanilla y llamó á un
criado para decirle que fuese inmediatamente al se
ñor y señora de Villefort á suplicarles pasasen al
cuarto de su padre.
— Estás contento, dijo Valentina? si... lo creo
bien... no era muy fácil adivinar eso !
Y la jóven se sonrió mirando á su abuelo con una
alegriacasi infantil.
El señor de Villefort entró precedido de Barrois.
— Qué quereis, señor? preguntó al paralitico.
— 94 —
— Señor, mi abuelo desea que se mande llamar
á un notario.
A este deseo estraiio , y sobre todo inesperado , el
señor de Villefort cambió una mirada con el parali
tico.
— Si , dijo este último con una firmeza que indi
caba que con ayuda de Valentina y de su antiguo
servidor que sabia lo que deseaba, estaba pronto á
sostener la lucha.
— Pedis un notario? repitió Villefort. Para qué?
Noirtier no respondió.
— Y no puedo saber para qué objeto pedis el no
tario ? preguntó de nuevo Villefort.
— Persisto en mi voluntad, respondia mudamente
la mirada del paralitico que siguió con la misma in
movilidad.
— Tal vez será vuestro intento hacernos alguna
mala partida, dijo Villefort. Antes deberiais de
cirme
— Os advierto, señor Villefort, dijo Barrois,
pronto á insistir con la perseverancia propia de los
criados antiguos , que si el señor quiere un notario,
será porque tiene necesidad de él. Asi , pues , voy á
buscarle.
Barrois no reconocia otro amo mas que Noirtier,
y no permitia nunca que sus voluntades fuesen con
trariadas en nada.
— Si, quiero un notario, dijo el anciano cerran
do los ojos con una especie de desconfianza, y como
si hubiese dicho :
— Veamos si se me niega lo que pido !
— 95 —
— Ya que es tan grande vuestro empeño , señor,
os daré ese gusto trayéndoos un notario , aunque os
hago saber que yo me escusaré con él, y tambien os
escusaré á vos , porque la escena va á ser muy ridi
cula.
— No importa , dijo Barrois , voy en su busca. Y
el viejo criado salió con aire de triunfo.

-^^•^^
20.

EL TESTAMENTO.

h anciano lanzó á Valentina , luego que Barrois


salió del aposento , una de aquellas miradas rebo
sando malicioso interés y que anunciaba tantas co
sas. La jóven comprendió esta mirada y Villefort
tambien, porque su frente se oscureció, y sus cejas
se fruncieron.
Tomó una silla, se instaló en el cuarto del para
litico y esperó.
Noirtier le miraba con una indiferencia perfecta ;
TOMO III. lt
— 98 —
pero con una ojeada habia indicado á Valentina que
no se inquietase y que se quedára tambien.
Entró Barrois acompañado de un notario apenas
habian pasado tres cuartos de hora.
— Sois llamado , caballero , dijo Villefort pasa
dos los primeros cumplimientos y saludos, por el se
ñor Noirtier de Villefort á quien teneis presente ;
pero es forzoso antes que advirtais que una paralisis
completa le ha quitado el uso de todos los miembros
y de la voz , y nosotros solo con gran trabajo logra
mos comprender algo de sus ideas.
Noirtier dirigió una mirada á Valentina, mirada
tan grave é imperativa, que la jóven respondió al
momento :
— Tambien es forzoso deciros, caballero, que yo
entiendo por señas todo lo que dice mi abuelo.
— Es verdad, añadió Barrois, todo, absoluta
mente todo , como os decia cuando veniamos.
— Permitid, caballero, y vos tambien señorita,
dijo el notario dirijiéndose á Villefort y á Valentina
que os haga observar que este es uno de esos casos
en que el oficial público no puede proceder sin con
traer una peligrosa responsabilidad. La primera ne
cesidad del notario es el completo convencimiento
de que ha sido fiel intérprete de la voluntad del que
le dicta. Y como puede estar seguro de la aproba
cion ó desaprobacion de un cliente que no habla ?
Creeis que seria útil mi ministerio , creeis que lo
ejerceria legalmente , si no pudiese probarme con
claridad la intencion de sus deseos ó repugnancias ?
El notario dió un paso para retirarse , y una im
— 99 —
perceptible sonrisa de triunfo se dibujó en los labios
del procurador del rey.
Por su parte Noirtier miró á Valentina con una
espresion tan profunda de dolor, que la jóven de
tuvo al notario.
— Caballero , dijo, el idioma que yo bablo con
mi abuelo , es un idioma que se puede aprender fá
cilmente; y lo mismo que lo comprendo yo, puedo
enseñároslo en pocos minutos. Veamos , caballero,
qué necesitais para quedar perfectamente convenci
do de la voluntad de mi abuelo ?
— La verdad de la aprobacion del que nos dicta
sus pensamientos para que los justifiquemos, re
quisito indispensable para dar la competente vali
dez á nuestras actas. Hay personas cuya inteligen
cia está sana aunque esté enfermo su cuerpo.
— Esas señales, fieles intérpretes de sus ideas,
os probarán la certeza de que mi abuelo no ha go
zado nunca mejor que ahora de su completa inteli
gencia. El señor Noirtier , privado de voz , y mo
vimiento , cierra los ojos cuando quiere decir que
si , y los cierra muchas veces cuando quiere decir
que no. Sabeis lo principal para conversar con el se
ñor de Noirtier: probad por lo mismo hablar con él.
La mirada que lanzó el anciano á Valentina era
tan tierna y espresaba tal reconocimiento , que fué
comprendida aun hasta del notario.
— Habeis comprendido bien lo que acaba de de
cir vuestra nieta ? preguntó el notario.
Noirtier cerró dulcemente los ojos y los volvió á
abrir despues de un momento.
— 100 —
— Es verdad lo que acaba de decir? Es cierto que
con la ayuda de las señas que ella me esplica haceis
comprender vuestro pensamiento?
— Si , espresó de nuevo el anciano.
— Sois vos quien me ha mandado llamar ?
— Si.
— Para hacer vuestro testamento ?
— Si.
— Y no quereis que me retire sin haber hecho
este testamento ?
El paralitico cerró vivamente y repetidas veces
los ojos.
— Ya lo veis, caballero, qué duda os queda aho
ra? preguntó la jóven. No basta esto para que des
canse vuestra conciencia?
- Pero antes que el notario pudiese responder, Vi-
llefort le llamó aparte.
— Caballero, dijo, creeis que un hombre haya
sufrido impunemente un choque fisico tan terrible
como el que esperimentó el señor Noirtier de Ville-
fort , sin que la parte moral haya recibido tambien
un grave choque?
— Lo que causa mi principal inquietud no es eso
por cierto , caballero , respondió el notario ; pero
cómo conseguiremos adivinar los pensamientos, á
fin de provocar las respuestas ?
— Bien veis que es imposible, dijo Villefort.
Valentina y el anciano oian esta conversacion.
Noirtier fijó una mirada firme sobre Valentina, mi
rada que provocaba evidentemente una contesta
cion.
— 101 —
— Eso no debe inquietaros , caballero, dijo la
jóven , y estad seguro que por grande que os parez
ca la dificultad de adivinar los pensamientos de mi
abuelo , yo os los revelaré con tanta claridad que
no os quedará ninguna duda. Seis años hace que es
toy con el señor Noirtier , que diga pues si durante
ese tiempo ha quedado oculto y encerrado en su co
razon alguno de sus deseos por no poder hacérmelo
comprender.
— No , respondió la mirada.
— Ensayemos , dijo el notário ; aceptais á esta
señorita por intérprete ?
El paralitico respondió que si.
— Bien ! veamos, caballero , qué es lo que que
reis de mi ? qué clase de acta quereis hacer !
Valentina pronunció todas las letras del alfabeto
hasta la t.
En esta letra la detuvo la elocuente mirada de
Noirtier.
— La letra t es la que pide el señor , dijo el nota
rio, está claro
— Esperad, dijo Valentina, y dijo volviéndose ha
cia su abuelo: ta te
El anciano la detuvo en la segunda de estas sila
bas.
Entonces Valentina tomó el diccionario y hojeó las
pájinas á los ojos del notario atento al menor gesto.
Testamento , señaló su dedo , detenido por la ojea
da de Noitier.
— Ya lo veis? dijo á Villefort el notario, es mas
que cierto que quiere hacer testamento.
— dO'2 —
— Quereis testar? preguntó á Noirtier.
— Si , respondió el anciano.
— Esto es maravilloso, caballero, dijo el nota
rio á Villefort.
— En efecto , replicó , y mas maravilloso aun se
ria este testamento , porque yo no creo que los arti
culos se puedan arreglar sobre el papel palabra por
palabra á no ser por mi hija. Ahora pues , Valen
tina estará interesada en este testamento para ser un
intérprete de las oscuras voluntades del señor Noir-
tier de Villefort,
— No , no , nó ! dijo el señor Noirtier.
— Como ! repuso el señor de Villefort , Valentina
no está interesada en vuestro testamento?
— No.
— Caballero, dijo el notario; creia que era impo
sible hacer ese testamento, pero desde este momento
os aseguro que es muy facil : será un testamento mis
to tan solo, es decir previsto y autorizado por la ley
con tal que sea leido delante de siete testigos, apro
bado por el testador delante de ellos , y cerrado por
el notario , siempre delante de ellos. Apenas nece
sitarémos mas tiempo que el que se emplea en un
testamento ordinario ; vienen primero las fórmu
las que siempre son las mismas ; y en cuanto á los
pormenores la mayor parte serán adivinados por
el estado de los asuntos del testador y por vos , que
habiéndolos administrado , los conocereis. Mas por
otra parte , para que esta acta permanezca inataca
ble, vamos á hacerlo con la formalidad mas comple
ta ; uno de mis cofrades me ayudará , y contra toda
— 103 —
costumbre , asistirá al acto. Estais satisfecho , caba
llero? continuó el notario dirijiéndose al anciano.
— Si, respondió Noirtier , contento en apariencia
por haber sido comprendido.
— Cuales serán sus intenciones? se preguntaba á
si mismo Villefort que encastillandose en la reseva
que le prescribia su elevada posicion, le era impo
sible penetrar los secretos de su padre.
Ya Barrois habia salido á buscar al segundo no
tario que el primero habia ecsijido llamar, con la fi
delidad qne le caracterizaba , y despues de haberlo
oido todo con interés ; cuando se volvió para darle
la orden.
Entonces el procurador del rey envió á decir á su
mujer que subiese y al cabo de un cuarto de hora
todo el mundo estaba reunido en el cuarto del para
litico ; el segundo notario habia llegado.
Con pocas palabras los dos funcionarios públicos
estuvieron de acuerdo. Leyeron á Noirtier una fór
mula de testamento ; y para empezar , por decirlo
asi , la investigacion de su intelijencia , el primer
notario , volviendose hacia él , le dijo :
— Los testamentos se hacen en favor de una per
sona para que recaiga en perjuicio de otra.
— Si , respondió Noirtier.
— Recordais á que cantidad puede ascender lo que
forma vuestra fortuna ?
— Si.
— Voyá deciros algunas cantidades que irán su
biendo sucesivamente ; me detendreis cuando llegue
á la que creais que es la vuestra ?
— 104 —
—Si.
Solemne y sublime era por cierto este interroga
torio en el cual la inteligencia empeñaba una lucha
nunca vista con la materia , y este espectáculo raro
y curioso hacia palpitar con ansiedad todos los co
razones.
Formando todos un circulo en torno del anciano,
colocado el segundo notario junto á la mesa dispues
to á escribir , y permaneciendo en pié y á su lado
el primero , comenzó este el interrogatorio.
— Forman mas de trescientos mil francos vues
tra fortuna? preguntó.
Noirtier hizo señas afirmativas.
— Poseeis cuatrocientos mil francos? preguntó el
notario.
Noirtier permaneció inmóvil.
— Quinientos mil?
El anciano permaneció en la misma inmovili
dad.
— Seiscientos mil?..., setecientos mil?.... ocho
cientos mil?.... nuevecientos mil?....
Noirtier hizo señas de que si.
— Poseeis nuevecientos mil francos?....
— Si.
— En bienes inmuebles ?....
—No!....
— En inscripciones de rentas?
Noirtier hizo señas de que si.
— Y están en vuestro poder estas inscripcio
nes?
Dirijió Noirtier por respuesta una ojeada á su fiel
— 105 —
Barrois, y el antiguo criado volvió pasado un mo
mento trayendo una cajita.
— Permitis que se abra esta caja? preguntó el
notario.
Noirtier dijo que si.
Abrieron la caja y encontraron nuevecientos mil
francos en inscripciones sobre el gran libro.
El primer notario pasó una tras otra cada ins
cripcion á su colega que vió que la cuenta estaba
cabal como habia dicho Noirtier.
— Está exactamente esta cantidad, dijo; despues
de esto es imposible negar que la intelijenciadeestc
caballero sea la mas perfecta.
Volviéndose despues hácia el paralitico ,
— Conqué, ledijo, poseeis nuevecientos mil fran
cos de capital , que , del modo en que están colo
cados, deberán produciros cuarenta mil francos de
renta?
— Si.
— A quién deseais dejar esa fortuna?
— Es inútil esa pregunta, dijo la señora de Vi-
llefort con seguridad : el señor Noirtier ama única
mente á su hija, la señorita Valentina de Villefort,
cuyos asiduos cuidados no le han abandonado en
seis años, de modo que ha sabido cautivar el afecto
de su abuelo, y casi diré su reconocimiento ; es muy
justo , pues , que recoja el precio de su cariño.
Los ojos de Noirtier lanzaron miradas de enojo á
la señora de Villefort como si conociese su falsedad
al espresar las intenciones que le suponia.
— Dejais pues á la señorita Valentina de Ville-
.J'OMO III. 12
— 106 —
fort los nuevecientos mil francos ? preguntó el nota
rio pensando que ya no faltaba mas que el asenti
miento del paralitico para cerrar el acta.
Valentina derramaba amargas lágrimas retirada
en un rincon de la sala ; el anciano la miró un ins
tante con la espresion de la mayor ternura , y vol
viéndose en seguida hácia el notario, cerró los ojos
muchas veces de la manera mas significativa.
— No? dijo el notario; con qué no es á la seño
rita Valentina de Villefort á quien haceis vuestra
heredera universal ?
Noirtier hizo seña de que no.
— Os engañais? esclamó el notario asombrado.
Estáis seguro de lo que decis? decis que no?
— No, respendió Noitier, no
Valentina levantó la cabeza; estaba asombrada,
no por haber sido desheredada, sino por haber pro
vocado el sentimiento que dicta ordinariamente se
mejantes actos, pero Noitier la miró con una es
presion tal de ternura que la jóven esclamó :
— Querido padre, ah! estoy segura de que será
mio siempre vuestro corazon aunque me negueis
vuestra fortuna.
— Oh ! si, no podré quitarte el amor que me ins
piras, dijeron los ojos del paralitico cerrándose con
una espresion tal que no le era dado á Valentina
tñarse.
- Gracias, gracias, murmuró la jóven.
Nació en el insensato corazon de la señora de Vi
llefort, oida esta inesperada é inesplicable negativa,
vina fugaz esperanza y se acercó al anciano,
— 107 —
— Entonces será á vuestro nietecito Eduardo Vi-
llefort, á quien dejais vuestra fortuna , querido señor
Noirtier? preguntó la madre.
El movimiento negativo de los ojos fué acompa
ñado esta vez de una espresion tan tembleque casi
revelaba el odio.
— No, esclamó el notario; no es á vuestro hijo
que está presente ?
— No ! repuso el anciano.
Los dos notarios se miraron estupefactos; Villefort
y su mujer se sonrojaron , pero con diferentes senti
mientos, pues el uno estaba sumido en la vergüenza
mientras que á la otra la devoraba el despecho.
—Todos merecemos vuestro enojo! en que he
mos faltado, padre? dijo Valentina, no nos amais
ya?
La mirada del anciano pasó rapidamente sobre su
hijo y su nuera, y se fijó en Valentina con una espre
sion de profunda ternura.
— Pues bien! dijo esta, si me amas veamos, pa
dre mio, como procurarás unir este amor á lo que
haces en este momento. Tú me conoces, sabes que
nunca he pensado en tu fortuna, que no necesito por
que dicen que soy rica por parte de mi madre , de
masiado rica tal vez; esplicanos pues la causa...
Noirtier fijó su mirada ardiente sobre la mano de
Valentina.
— Mi mano? dijo ella.
— Si, dijo.
— Su mano? repitieron admirados los asisten
tes
— 108 —
— Ah! señores, bien veis que todo es inútil y que
mi pobre padre está loco, dijo Villefort.
— Oh! eslamó de repente Valentina, entiendo lo
que quiere decir. Es mi casamiento, no es verdad,
padre mio?
— Si , si , si , repitió tres veces el paralítico.
— No es de tu gusto mi casamiento, verdad?
— No.
— Ya veis que todo lo que dice es un absurdo ! dijo
Villefort.
— Perdonad, caballero, dijo el notario, pero es
muy natural todo lo que sucede y de fácil esplica-
cion, tanto que todos quedaremos perfectamente con
vencidos de la verdad.
* — No quieres que me case con el señor Franz
d'Epinay?
— No, no quiero, espresaron los ojos del anciano.
— Desheredais á vuestra nieta, esclamó el no
tario, porque hace un casamiento contra vuestro
gusto?
— Si, respondió Noirtier.
— De suerte, que á no ser por este casamiento se
ria vuestra heredera?
— Si.
Un profundo silencio siguió á esta respuesta del
anciano durante el cual los dos notarios se con
sultaban; Valentina, con las manos cruzadas mira
ba á su abuelo con una dulzura singular; Villefort
se mordia los labios , y la señora de Villefort no
podia reprimir un sentimiento de alegría que, á pe
sar suyo, se retrataba en su semblante.
— 109 —
— Pero, dijo al lin Villefort rompiendo el silencio,
me parece que yo solo soy dueño de la mano de mi
hija y si es mi voluntad que se case con el señor
Franz d'Epinay , se casará.
Valentina cayó llorando sobre un sillon.
— Caballero, dijo el notario dirijiéndose al ancia
no que pensais hacer de vuestra fortuna si \i seño
rita Valentina se casa con el señor d'Epinay ?
El anciano permaneció inmóvil.
— Sin embargo, tratais de disponer de ella?
— Si, respondió Noirtier.
— En favor de alguno de vuestra famila?
— No.
— En favor de los pobres?
— Si.
— Sabeis no obstante que la ley os prohibe que
despojeis á vuestros hijos en favor de los estraños?
dijo el notario.
— Si.
— No dispondreis pues mas que de la parte que os
autoriza la ley?
Noirtier permaneció inmóvil.
— Seguís siempre con las mismas intenciones de
querer disponer de todo?
— Si.
— Pero despues de vuestra muerte atacarán el
testamento.
— No.
— Mi padre me conoce, caballero, dijo el señor
de Villefort y demasiado sabe que su voluntad se
rá sagrada para mí ; por otra parte comprende
TOMO III. 13
— no —
que en mi posicion no puedo pleitear contre los po
bres.
Los ojos de Noirtier espresaron el triunfo.
— Qué decis, caballero? preguntó el notario á
Villefort.
— Nada, caballero, mi padre ha tomado esa re
solucion, y yo sé que mi padre no cambia nunca.
Me resignaré pues. Saldran de la familia quedebia
disfrutarlos, esos nuevecientos mil francos que irán
á parará los hospitales... nadame importa; pero
no se saciará su capricho de anciano, y haré en
lo demas lo que me dicte la voluntad.
Y Villefort se retiró con su mujer, dejando á su pa
dre libre de testar como quisiese.
Cerróse aquel mismo dia el testamento, despues
de haberse buscado los testigos, haberse aprobado
por el anciano , firmado en su presencia, y deposita
do en casa del señor Deschams , notario de la familia.
— 111 —

21.

EL TELÉGRAFO.

E l señor Conde de Monte-Cristo que hahia veni


do á hacerlos una visita, estaba esperando en el sa
lon cuando los dos esposos Villefort volvieron á su
cuarto, y despues de haberle anunciado, entróse en
su tocador la señora de Villefort, porque era gran
de su comocion para presentarse de pronto ; pero
el procurador del rey, mas seguro de su serenidad, se
dirijió precipitadamente á recibirle.
— 112 —
Por dueño que fuese de sus acciones , por bien que
supiese componer su rostro, el señor de Villefort
no pudo disipartan bien la nube que oscurecia su
frente, que el conde de Montc-Cristo no reparase
aquel aire sombrio y pensativo.
— Oh ! Dios mio! dijo Monte-Cristo despues de
los primeros saludos; que teneis, señor de Villefort?
he llegado tal vez en el momento en que estendiais
alguna acusacion capital?
Villefort trató de sonreirse.
— No, señor conde, dijo, aqui no hay mas victi
ma pue yo: esta vez he perdido la causa, y todo
por una casualidad, una locura, una mania.
— Qué quereis decir? preguntó Monte-Cristo con
un interés perfectamente tinjido. Os ha sucedido en
realidad alguna desgracia grave?
— Oh! señor conde, dijo Villefort con una tran
quilidad llena de amargura, esto no merece la pena
de quc.se hable de ello ! Creed que no ha sido mas
que una sencilla pérdida de dinero.
— En efecto, respondió Monte-Cristo, una per
dida de dinero es poca cosa para una fortuna como
la que poseeis, y para un talento lilósofo y elevado
como lo es el vuestro!
— Es que no es, respondió Villefort, no es la pér
dida de dinero lo que causa mi sentimiento, pues todo
se reduce á nuevecientos mil francos,- que aunque
merecen ser sentidos, ó á lo menos causar un poco de
despecho á la persona que los pierde, no son bastan
les para ocupar mi pensamiento de este modo. Lo que
— 113 —
mas me enoja, es la casualidad, la fatalidad... no sé
cómo llamar al poder que dirije el golpe que me hie
re y destruye mis esperanzas, de fortuna tal vez,
y el porvenir de mi hija por un capricho de ancia
no
— Nuevecientos mil francos ! esclamó el conde.
Qué decis? Sabeis que es una suma capaz de .cau
sar verdadera pena al filósofo mas desinteresado?
Y quién os causa ese pesar ?
— Mi padre , de quien ya os he hablado.
— El señor Noirtier ! Pero vos me habeis dicho ,
si mal no me acuerdo , que tanto él como todas sus
facultades están completamente paralizadas
— Si , sus facultades fisicas porque no puede mo
verse; no puede hablar, y sin embargo , piensa,
desea, y obra como veis. Hace cinco minutos que me
he separado de él , y en este momento está ocupa
do en dictar un testamento á dos notarios.
— Habrá hablado en ese caso?
— No, pero tiene en su mano un estraño len
guaje con él que se da á ententender.
—Cuál?
— El de su mirada. Sus ojos que viven todavia
y con cuya distinta espresion hace morir de deses
peracion.
— Amigo mio, dijo la señora de Villefort que
acababa de entrar , tal vez exajerais la situacion.
— Señora dijo el conde inclinándose.
Acompañó la señora de Villefort su saludo con una
sonrisa que rebosaba amabilidad.
— Pero que es lo que dice el señor de Villefort?
— 114 —
preguntó Monte-Cristo ; y qué desgracia incom
prensible....?
— Incomprensible. Esa es la palabra con qué
únicamente puede llamarse esa desgracia ! repuso
el procurador del rey encogiéndose de hombros ; un
capricho de anciano ?
— No hay medio de hacerle variar esa deci
sion ?
— Si tal , dijo la señora de Villefort ; y aun diré
que depende de mi marido el que ese testamento en
lugar de ser hecho en favor de los pobres , lo hu
biera sido en favor de Valentina !
Los dos esposos que hablaban en ininteligible len
guaje para el conde, siguieron su disputa, y to
mando este un aire de indiferente distraccion, mi
ró con la mas profunda atencion y con las mayores
señales de aprobacion á Eduardo, que derramaba
tinta en el bebedero de los pájaros.
— No he tenido jamás pretensiones de mandar
sin oir consejos de nadie , querida , dijo Villefort pa
ra contestar á su mujer , y no tengo tanto amor
propio que crea que de mi talento depende la muerte
del universo ; pero deseo tambien que mis determi
naciones sean respetadas en mi familia y que la lo
cura de un anciano y el capricho de una niña no
destruyan un proyecto fijo en mi imaginacion hace
muchos años. El baron d'Epinayera mi amigo, y
una alianza con su hijo seria muy conveniente.
— No sois de opinion, dijo la señora de Villefort ,
de que Valentina está de acuerdo con él....? Ya lo
veis siempre ha sido opuesta á ese casamiento ,
_ 115 —
y no me admirarla que todo lo que acabamos de pre
senciar fuese un plan concertado entre ellos.
— Señora, dijo Villefort; ereis acaso que ha
ya quien tenga el desprendimiento de renunciar á
una herencia de nuevecientos mil francos?
— Renunciaba al mundo, caballero , puesto que
hace un año queria entrar en un convento !
— No importa , repuso Villefort , repito que ese
casamiento se hará , señora.
— A pesar de la voluntad de vuestro padre ! di
jo la señora de Villefort tocando otra cuerda. Es
asunto de mucha gravedad !
Monte-Cristo hacia como que no escuchaba y sin
embargo no perdia una palabra de lo que hablaban.
— Señora , repuso Villefort. El respeto que debo
á mi padre nunca ha faltado en mi corazon , por
que al sentimiento natural de la descendencia iba
unido en mi el convencimiento de su superioridad
moral , porque al fin un padre es sagrado bajo dos
aspectos: es sagrado porque«nos dió el ser, y sa
grado por ser á quien debemos obedecer, mas hoy
me niego á reconocer verdadera inteligencia en su
cabeza de anciano , donde sordamente braman aun
las pasiones pasadas , el odio contra su padre y la
enemistad contra el hijo ; instinto conservado en su
corazón apagado cuyos caprichos no serán por cier
to la norma de mi conducta. Seguiré siempre res-
petando al señor Noirtier , sufriré sin quejarme el
castigo pecuniario que me impone, pero permane
ceré firme en mi voluntad y el mundo apreciará de
parte de quien estaba la razon. En fin , yo casaré á
— 116 —
mi hija con el baron Franz d'Epinay , porque este
casamiento es á mi parecer hijo de la cordura , y so
bre todo quiero casar á mi hija con quien mejor me
parece.
— Y qué, dijo el conde cuya aprobacion hahia
solicitado con una mirada el procurador del rey ;
qué ! el señor Noirtier deshereda acaso á la señori
ta Valentina porque se va á casar con el señor ba
ron Franz d'Epinay?
— Oh I sí , sí señor, esa es la razon que le mueve
á hacerlo ; dijo Villefort encogiéndose de hombros.
— La razon visible , á lo menos ; añadió la seño
ra de Villefort.
— La razon real , señora , creedme ; yo conozco á
mi padre.
— En que consiste eso? respondió la señora ; en
que puede desagradar el señor d'Epinay al señor de
Noirtier ?
— En efecto , dijo el conde , he conocido al señor
Franz d'Epinay , no*s el hijo del general Quesnel ,
que fué hecho baron d'Epinay por el rey Carlos X?
— El mismo ! repuso Vitlefort.
— Pues bien....! es un jóven eucantador á mi pa
recer !
— Oh ! estoy segura de que no es mas que un pre-
testo , dijo la señora de Villefort ; los ancianos son
muy tiranos en sus afecciones ; y el señor de Noir
tier no quiere que su nieta se case !
— Otra será la verdadera causa de su odio, dijo
Monte-Cristo : nunca la habeis adivinado?
— Oh ! quién puede saber....?
— 117 —
— Alguna antipatia politica ta t vez....?
— EJ padre de ese señor d'Epinay y el mio , vi
vieron en efecto en aquella época de turbulencias y
partidos de la que yo no he alcanzado mas que los
últimos dias , dijo Villefort.
— No era bonapartista vuestro padre? preguntó
Monte-Cristo. Creo acordarme de que vos me habeis
dicho una cosa por ese estilo.
— Mi padre fué primero jacobino, repuso Ville
fort, y la túnica de senador que echó sobre sus
hombros Napoleon, no hizo mas que disfrazar al an
tiguo hombte , aunque sin cambiarle. Cuando mi
padre conspiraba , no era por el emperador , era
contra los Borbones , porque lo mas terrible de mi
padre es que jamás trabajó en favor de utopias ir
realizables , sino solo por cosas posibles , aplicando
al mejor éxito de sus planes las horribles teorías de
la montaña que no cejan jamás.
—:Pues bien ! dijo Monte-Cristo; eso es; el se
ñor Noirtier y el señor d'Epinay se habrán encon
trado en ese palenque politico. El general d'Epinay ,
aunque sirvió á Napoleon , no conservó en el fon
do del corazon sentimientos realistas y no fué ase
sinado una noche al salir de un club de partidarios
de Napoleon , donde le habia atraido la esperanza
de encontrar en él un hermano?
Villefort miró al conde con una espresion deterr
ror.
— Me engaño tal vez dijo Monte-Cristo.
— Al contrario caballero, dijo la señora de Ville
fort, y el principal motivo que ha hecho nacer en
TOMO III. ií
— 118 —
ei corazon del señor Villefort el deseo de que se
amasen fué para unir dos hijos cuyos padres se odia
ban.
— Sublime idea....! dijo Monte-Cristo; idea llena
de caridad y que debia ser aplaudida por el mundo
entero. En efecto seria hermoso ver llamarse á la
señorita Noirtier de Villefort , señora d'Epinay.
La mirada que lanzó Villefort á Monte-Cristo,
con la que parecia querer penetrar en el fondo de
su corazon para leer el significado de las palabras
que acababan de salir de sus labios, fué seguida
de un estremecimiento que procuró ocultar.
El conde sin embargo conservó su bondadosa son
risa en los labios , y tambien esta vez , á pesar de
la profundidad de sus miradas , el procurador del
rey no pudo penetrar en el interior de aquel hom
bre.
— Así , pues , repuso Villefort , aunque sea una
gran desgracia para Valentina el perder la fortuna
de su abuelo , yo no creo por eso que se desbarate
el casamiento ; ni es fácil pensar en que quepa en
el carácter del señor d'Epinay ese cálculo vergon
zoso , porque al reflexionar que mi voluntad no ceja,
apesar de esa suma que sacrifico por cumplirle mi
palabra, podrá conocer que Valentina es rica por los
bienes de su madre administrados por el señor y se
ñora deSaint-Meran , sus abuelos maternos, que la
aman tiernamente, y á los cuales paga con igual
amon
— Bien merecen ser amados y atendidos con los
mismos cuidados que Valentina tiene por el abuelo
— 119 —
Noirtier , dijo la señora de Villefort; y como su ve
nida á Paris será dentro de un mes, todo lo mas, Va
lentina, despues de su llegada, no podrá refugiarse
como lo ha hecho hasta aqui al lado del señor Noir
tier.
El conde escuchaba complacido la contraria voz
de estos amores propios heridos , y de estos inte
reses destruidos.
— Pero yo creo , dijo Monte-Cristo despues de un
instante de silencio , y os pido perdon de antemano
por lo que voy á deciros , yo creo que si el señor
Noirtier deshereda á la señorita de Villefort , culpa
ble por querer casarse con un jóven cuyo padre ha
detestado , no tiene que echar en cara lo mismo al
pobre Eduardito.
— Eso decia yo tambien , y es muy justo , caba
llero, esclamó la señora de Villefort con una exal
tacion que el amor de madre mal dirijido puede so
lo esplicar ; y el privarle de ese derecho es una in
justicia , una odiosa injusticia. Tan nieto es mi po
bre Eduardo de ese señor Noirtier, como Valentina,
y sin embargo , si Valentina no se casase con el se
ñor d'Epinay , el señor Noirtier la dejaria toda su
fortuna; además, Eduardo lleva tambien el nombre
de familia, lo cual no impide que de todos modos
Valentina sea tres veces mas rica que él !
El conde seguia escuchando con atencion sin de
cir palabra.
— Perdonad, señor conde, dijo Villefort , si os
ruego que no hagais caso de esas ridiculeces de fa
milia , y solo os diré que es mucho dolor ver que
— 120 —
mis riquezas aumenten la renta de los pobres que
serán ahora los verdaderos ricos. Mi padre me arre-
hata una esperanza legitima , sin razon ; pero yo
habré obrado como un hombre de honor, y el señor
d'Epinay , á quien yo habia prometido esta suma,
la recibirá aunque para ello tuviera que imponer
me las mayores privaciones.
— Sin embaago , repuso la señora de Villefort,
volviendo á la única idea que rebullia incesante
mente en su corazon , tal vez seria mejor confiares-
te suceso al señor d'Epinay , y que nos dispensase
de nuestro compromiso.
—Oh! seria una gran desgracia! esclamó Villefort.
— Una gran desgracia! repitió Monte-Cristo.
— Sin duda , repuso Villefort; un casamiento des
baratado, y por razones pecuniarias, desfavorece
mucho á una jóven ; luego despues tal vez renace
rian antiguos rumores que yo queria apagar. Pero
como creer tal accion de la honradez del señor d'
Epinay ? Su compromiso se estrechará mas con es
te injusto desheramiento ; y obraria como un ruin
avaro? No no es posible.
— Soy del mismo parecer que el señor de Ville
fort , dijo Monte-Cristo fijando su mirada sobre la
señora de Villefort ; y si mi amistad tuviese la fuer
za suficiente para daros un consejo, ya que la vuel
ta del señor d'Epinay será tan pronta , os diria
que anudaseis ese asunto de modo que fuese impo
sible desatarlo ; le comprometeria de tal manera que
no tuviese mas remedio que acceder á los deseos
del señor de Villefort.
— 121 —
Este último se levantó transportado de una alegría
visible, mientras que su mujer pal idecia li Ierameute.
— Bien , dijo ; eso es todo loque yo pedia, y me
alegraría infinito de ser tan buen consejero como
vos, dijo presentando la mano á Monte-Cristo. Olví
dense todos de lo que ha pasado hoy y crean que ha
sido un sueño que ya ha desaparecido , porque el as
pecto de nuestros proyectos en nada ha cambiado
desde entonces.
— Caballero , dijo el conde , el mundo por injus
to que sea , sabrá apreciar como es debido vuestra
resolucion, os lo aseguro: vuestros amigos se llena
rán de orgullo , y el señor d'Epinay , aunque tuvie
se que tomar sin dote á la señorita de Villefort, ten
drá un gran placer en entrar en una familia que
sabe elevarse á la altura de tales sacrificios para
cumplir su palabra y su deber !
Y al pronunciar estas palabras , el conde se le
vantó disponiéndose á partir.
— Nos dejais ya, señor conde? preguntó lase-
ñora de Villefort.
— Es preciso, señora; venia solo á recordaros
vuestra promesa para el sábado.
— Temiaisquela hubiésemos olvidado?
— Sois demasiado bondadosa , señora ; pero el se
ñor de Villefort tiene á veces tan graves y tan ur
gentes ocupaciones
— Mi marido ha dado su palabra , caballero , dijo
la señora de Villefort ; bien veis que la cumple aun
cuando sea en perjuicio suyo ; cómo no la cumpli
rá cuando gana en ello?
— 122 —
— Y la reunion tendrá lugar en vuestra casa de
los Campos Eliseos? preguntó Villefort.
— No, dijo Monte-Cristo, es en el campo, y por
eso tendrá mas mérito vuestra asistencia.
— En el campo?
— Si.
— Y donde? no muy lejos de Paris, supongo?
— A media milla de la barrera , en Auteuil.
— En Autenill exclamó Villefort. Ah ! es ver
dad ! mi mujer me ha dicho que ibais á Auteuil al
gunas veces y que alli teniais una preciosa quinta.
Y en que sitio de Auteuil?
— En la calle de la Fuente.
— En la calle de la Fuente? repuso Villefort con
voz ahogada ; y en que número....?
— En el número- 28.
— Oh ! esclamó Villefort luego entonces á vos
es á quien han vendido la casa del señor de Saint-
Meran ?
— Del señor de Saint-Meran? preguntó Monte-
Cristo. Pertenecia tal vez esa casa al señor de Saint-
Meran ?
— Si , repuso la señora de Villefort ; y creeis una
cosa , señor conde ?
— Qué?
— Teneis vuestra casa en concepto de bonita , no
es verdad ?
— Es deliciosa.
— Pensais pues de bien diferente manera que mi
marido que casi tiene horror de habitarla.
— Oh ! repuso Monte-Cristo , en verdad , caballo-
— 123 —
ro , que es esa una prevencion cuya causa no puedo
adivinar.
— No me gusta vivir en Auteuil , caballero, res
pondió el procurador del rey haciendo un esfuerzo
sobre si mismo.
— De modo que esa antipatia que os inspira mi
casa , dijo algo inquieto Monte-Cristo , me privará
la dicha de que me honreis con vuestra presencia.
— Haré un esfuerzo, y á pesar de toda la aversion
que me inspira, señor conde iré espero que
podré ir , murmuró Villefort.
— Oh ! repuso Monte-Cristo, no admito escusa.
El sábado á las seis os espero , y si no vais , creeré,
qué sé yo !.... Que hay acerca de esa casa inhabita
da despues de veinte años alguna lúgubre tradi
cion , alguna sangrienta leyenda.
— Iré, señor conde, no haré falta, dijo vivamente
Villefort.
— Gracias, dijo Monte-Cristo. Y con vuestro per
miso tendré ahora el sentimiento de despedirme de
vos. i
— Podeis hacer lo que gusteis y el sentimiento es
nuestro , señor conde. Recuerdo que habeis dicho
que teniais precision de dejarnos , dijo la señora de
Villefort, y creo que ibais á decirnos la causa de
vuestra marcha repentina.
— En verdad, señora, dijo Monte-Cristo que no
se si me atreveré á deciros donde voy.
— Por qué? perded ese temor
— Pues voy á visitar una cosa que me ha hecho
meditar mucho.
— Í2Í —
— Y cuál es?
— Un telégrafo.
— Un telégrafo ! repitió la señora de Villefort.
— Si , un telégrafo. He visto varias veces en un
camino sobre un monton de tierra, levantarse esos
brazos negros semejantes á las patas de un inmenso
insecto, y os aseguro que nunca fué sin emocion,
porque pensaba que aquellas señales estrañas, hen
diendo el aire con tanta precision, y que llevaban
á trescientas leguas la voluntad desconocida de un
hombre sentado delante de una mesa , á otro hom
bre sentado al estremo de la linea delante de otra
mesa ; se dibujaban sobre el gris de las nubes ó el
azul del cielo , solo por la fuerza del capricho de
aquel gefe todo poderoso. Ecsaltada entonces mi
imaginacion, veia cruzar fantásticamente los genios
y las silfidesque creia existencias reales , y no du
daba de los poderes ocultos. Cierto presentimiento,
hijo de esas májicas creencias y no eesento de temor,
me apartaba de la vista de aquellos inmensos insec
tos de vientres blancos , y de patas negras y delga
das, porque temia encontrar debajo de sus alas de
piedra al pequeño genio humano pedantesco, ates
tado de ciencia y de májica. Pero una mañana supe
que el motor de cada telégrafo era un pobre diablo
de empleado con 1200 francos al año, ocupado todo
el dia en mirar , no at cielo , como un astrónomo ,
ni al agua, como un pescador , ni al paisaje como
un cérebro vacio, sino á un correspondiente insecto
blanco tambien de patas negras y delgadas, coloca
do á cuatro ó cinco leguas de distancia. Aguijome
— 125 —
entonces la curiosidad de ver de cerca á aquel insec
to y asistir á la maniobra de que se valia para co
municar las noticias al otro insecto.
— Y ahora vais allá?
— Si.
— Á qué telégrafo? Al del ministerio del interior
ó al del observatorio ?
— No lo creais. Alli personas llenas de amor pro
pio me esplicarian á mi pesar un misterio que á ellos
mismos no es posible penetrar, y me veria obligado
á oirsu esplicacion queme aclaria mi misterio, pero
que desvaneceria mis ilusiones. No no, quiero
abrigar por mastiempo esas fantásticas creenciasque
aun me inspiran esos insectos, porque bastante pe
sar he alcanzado perdiendo las que tenia sobre los
hombres. No iré , pues, ni al telégrafo del ministe
rio del interior ni al del observatorio. Lo que deseo
ver es el telégrafo del campo , para encontrar en él
al hombre honrado petrificado en su torre.
— Sois un singular gran señor, dijo Villefort.
— Qué linea me aconsejais que estudie?
— La de que mas se ocupan todos al presente.
— Decis muy bien. No es la linea de España?
— Esa misma. .
— Si teneis necesidad para que os espliquen su
mecanismo , de una carta del ministro
— Gracias. No la quiero, dijo Monte-Cristo, pues
no son mis deseos, como os he dicho ya otra vez, qui
tarme mis ilusiones. Huirá de mi fantasia la idea que
tengo del telégrafo luego que entienda un poco de
sus secretos , y ya para mi no habrá mas que una
— 126 —
señal del señor Duchatel ó del señor Montalivet tras
mitida al prefecto de Bayona en dos palabras grie-
gas-teté-graptein. El insecto de las patas negras y
esa palabra espantosa es lo que yo quiero conservar
en toda su pureza y en toda mi veneracion.
— Pues marchad, porque dentro de dos horas,
será de noche y no vereis nada.
— Qué decis? me asustais! cuál es el mas pró
ximo?
— El del camino de Bayona.
— Bien , sea por el del camino de Bayona.
— EldeChatillon.
— Y despues del de Chatillon?
— El de la torre de Montlhery , segun creo.
— Gracias ! hasta la vista , el sábado os contaré
mis impresiones.
Los notarios que se retiraban encantados de ha
ber estendido un acta de tal especie que no podia
menos de hacerles mucho honor, despues de haber
desheredado á Valentina, hallaron en la puerta al
conde que salia, y que pasó por su lado haciendo
un lijero satudo.

mi
22.

DONDE SE VERA EL MODO DE LIBRAR A UN JARDINERO


DE LOS LIRONES QCE SE COMEN SUS ALBARICOQUES.

FL lo visitó el telégrafo el conde de Monte-Cristo,


aquella tarde , como habia dicho á los esposos Vi-
llefort; pero la mañana siguiente salió por la bar
rera del Infierno , tomó el camino de Orleans , cruzó
el pueblo de Linas sin detenerse en el telégrafo, que,
por una feliz incidencia, en el momento en que el
conde pasaba á su lado , ponia en movimiento sus
— 128 —
prolongados y descarnados brazos, y llegó á la torre
de Montlhery , situada, como se sabe, sobre el pun
to mas elevado de la llanura de este nombre.
Empezó su ascension á la colina, despues de haber
echado pié á tierra en su falda, por un angosto sende
ro en espiral de diez y ocho pulgadas de ancho ; y un
vallado,—donde marchitas las blancas y sonrrosadas
flores habian dejado su imperio á los frutos verdes,
— se opuso á su marcha luego que llegó á la cima.
Monte-Cristo buscó la puerta del jardin , y no
tardó en hallarla. Consistia esta en una especie de
enrejado de madera , que giraba sobre goznes de
mimbre , y cerrada por medio de un clavo y de un
bramante bastante grueso. En un instante quedó el
conde enterado del mecanismo y la puerta se abrió.
Un pequeño jardin de veinte piés de largo y doce
de ancho, cuyos limites formaban por un lado la cer
ca en la cual estaba colocada la ingeniosa máquina
que hemos descrito bajo el nombre de puerta , y por
el otro la antigua torre cubierta de musgo, de hiedra
y de alelies silvestres, se ofreció á la vista del conde.
Nadie hubiera creido al verta tan florecida que
podria contar tantos dramas terribles , si uniese una
voz á los oidos amenazadores que un antiguo prover
bio atribuye á las paredes.
Recorriase este jardin siguiendo una calle de árbo
les cubierta de arena roja. Esta calle tenia la forma
de un 8 y daba vueltas enlazándose de modo que ha
cia en un jardin de veinte piés un paseo de sesenta.
Jamás un culto tan religioso y tan llenodeesacti-
tud tuvieran nunca los jardineros latinos para con
— 129 —
la Diosa Flora como el que rendia el que dirijia este
pequeño jardin á la risueña y fresca Diosa.
La fatalidad perseguia á los veinte rosales que
adornaban este jardin , pues no se habia libertado
ninguna de sus hojas del sello de la picadura de los
moscones , y la misma suerte tenian las demas plan
tas, las que todas estaban dañadas por los pulgones
óinsectosque asolan y roen las plantas que nacen
sobre un terreno húmedo. No puede pensarse que la
aridez y falta de humedad fuesen la causa de esta des
gracia ; porque el color negro como el lodo de la tier
ra, el espeso y opaco follage de sus árboles, des
mentian esa falta, y muy fácilmente la humedad
ficticia hubiera suplido pronto á la humedad natu
ral, gracias á una especie de pequeño estanque re
dondo, lleno de agua encenagada que habia en uno de
los ángulos del jardin , y en el cual permanecian con
tinuamente sobre una capa de verdin , una rana y
un sapo que, sin duda por la diversidad de carácter,
se volvian continuamente la espalda en los dos pun
tos opuestos del circulo del estanque.
Por otra parte, no se veia una yerba en la calle de
árboles, ni un mal retoño parásito, pues menos cui
dado y esmero emplea una hacendosa doncella en los
geranios, acacias y rosales de sus macetas de porce
lana, que el que parecia consagrar á la limpieza del
jardin su dueño hasta entonces invisible.
Monte-Cristo se paró despues de haber sujetado
la puerta con.su clavo y su cuerda, y con una mi
rada recorrió toda la propiedad.
— Segun parece , se dijo , el encargado del telé-
— 230 —
grato tendrá algun jornalero á proposito para este
jardin ó es que se dedica con pasion á la agricultura.
De repente echó de ver un bulto oculto detrás de
una especie de matorral; este bulto se levantó dejan
do escapar una esclamacion que denotaba su asom
bro, y Monte-Cristo se encontró en frente de un buen
hombre que representaba unos cincuenta años y
que cojia fresas que colocaba con cuidado sobre ho
jas de parra.
Doce eran las hojas de parra y el mismo número
era el de las fresas. •
El buen hombre , al levantarse , estuvo á pique
de dejar caer las fresas , las hojas y el plato que tas
con tenia.
— Ola ! Estais cojiendo fresas, eh? dijo Monte-
Cristo sonriendo.
— Perdonad , caballero , respondió el buen hom
bre quitándose su gorra , pues si no estaba ahora en
mi ocupacion , es porque hace un momento que aca
bo de bajar.
— No quiero turbar vuestra diversion , amigo mio,
dijo el conde , cojed vuestras fresas , si aun os que
da alguna por cojer.
— Aun quedan diez, dijo el hombre, porque aqui
hay once , y conté ayer veinte y una , cinco mas que
el año pasado. Abundante cosecha que no estraño,
porque como las fresas necesitan un buen sol que
caliente como ya sabreis, caballero, la primavera ha
sido muy calurosa este año y las ha hecho producir.
Asi es como esplico porque en vez de diez y seis que
coji el año pasado, tengo este año, mirad, once co
— 131 —
gidas; trece.... catorce.... quince.... diez y seis....
diez y siete... diez y ocho... Oh ! Dios mio ! me fal
tan tres. Tres ! ayer estaban pues , caballero , os
aseguro que estaban ayer Oh ! no me cabe du
da , las conté muy bien. Nadie sino el hijo de la lia
Simon puede habérmelas quitado ; esta mañana me
pareció haberle visto andar por aqui. Robaren un
jardin ! No sabe él á lo que esto puede conducirle !...
— En efecto, dijo Monte-Cristo, eso es muy gra
ve , pero vos tendreis en consideracion la juventud
del delincuente y su glotoneria.
— Seguramente, dijo el jardinero ; sin embargo
no es por eso menos desagradable Pero os pido
perdon de nuevo, caballero. Es tal vez algun gefe
á quien hago esperar?
Y su timida mirada no dejaba de interrogar al
conde y á su frac azul.
— Tranquilizaos, amigo mio, dijo el conde con
aquella sonrisa que tan llena de bondad ó de enojo
brillaba segun era su deseo , pero que en esta oca
sion no espresaba mas que la bondad; yo no soy un
gefe que vengo á inspeccionar vuestras acciones ,
sino un simple \iagero conducido por la curiosidad
y que empieza á echarse en cara su visita al ver que
os hace perder vuestro tiempo.
— Oh ! mi tiempo no importa , repuso el buen
hombre con una sonrisa melancólica. Conozco sin
embargo que esle tiempo se lo robo al gobierno, y
que falto á mi obligacion al desperdiciarlo en mis
placeres ; pero como habia recibido la señal que me
anunciaba que podia descansar una hora — y miró
— 132 —
hácia un reloj de sol, porque de todo habia en la tor
re de Montlhery — y como tenia diez minutos á mi
disposicion , pensé que estando mis fresas maduras,
el retardar su recoleccion un dia mas Por otra
parte , creeríais , caballero , que los lirones se me
las comen ?
— Calle !.... pues no lo hubiera creido, respon
dió gravemente Monte-Cristo, es una vecindad muy
mala la de los lirones , particularmente para noso
tros que no los comemos conservados en miel co
mo hacian los romanos.
— Ah ! los romanos los comian?.... esclamó el
jardinero , se comian los lirones?
— Yo lo he leido en Petronio , dijo el conde.
— De veras?.... Me parece que debe ser un plato
muy indijesto á pesar del axioma: gordo como un
üron. Y como se ha de estrañar que esten gordos los
picaros de los lirones sino hacen mas que domir todo
el santo dia , y no se dispiertan sino para roer y ha
cer daño durante la noche? Mirad ; yo tenia el año
pasado, cuatro alharicoqnes, y se me comieron uno.
Tenia tambien un abridor uno solo es ver
dad que esta es fruta rara ; pues bien , caballero , me
lo devoraron... es decir, devoraron la mitad... un
abridor soberbio y que estaba escelente. Jamás he
comido fruta mas sabrosa que la de aquel abridor!
— Pues cómo le comisteis?.. .. preguntó Monte-
Cristo.
— Quiero decir que me comí la mitad que me de
jaron esos infames por supuesto. Estaba esqui-
sito, caballero. Los picaros! son señores que no es-
— 133 —
cojen los peores bocados. Lo mismo que el hijo de
la tia Simon, que no ha elejido las peores fresas ! Pero
este año , continuó el jornalero , no sucederá eso ,
aunque tenga que pasar la noche de centinela cuan
do yo vea que están prontas á madurar.
Monte-Cristo había visto bastante ya para poder
juzgar. Cada hombre tiene su pasion , lo mismo que
cada fruta su gusano ; la del hombre del telégrafo,
era como se ha visto , una estremada aficion al cul
tivo de las flores y de las frutas
Con una solicitud digna del mejor jardinero, se
puso á arrancar algunas hojas de la parra que im
pedian diese el sol á los racimos, con lo que conquis
tó el corazon del jardinero.
— El señor habrá venido tal vez para ver el telé
grafo? le dijo éste.
— Si señor, si es que no está prohibido por los re
glamentos.
— Oh ! no señor, dijo el jardinero , porque con
sideran que no hay en verlo ningun peligro puesto
que nadie sabe ni puede saber lo que decimos.
— Es verdad loque me han asegurado acerca de
que repetís señales que vos mismo no compren
deis!
— No os han engañado, caballero, y me gusta
mas así dijo riendo el hombre del telégrafo.
— Y por qué os gusta mas así ?
— Porque de este modo no tengo responsabilidad.
Yo soy una máquina, y con tal que obre no pueden
ecsijirme otra cosa.
— Ola! dijo Monte-Cristo, habré dado porcasua-
TOHO III. 15
— 134 —
lidad con un hombre sin ambicion? seria jugar
con desgracia.
— Caballero dijo el jardinero echando una ojeada
hácia su reloj de sol , los diez minutos va n á espirar,
yo me vuelvo á mi puesto. Queréis subir conmigo?
— Ya os sigo.
La torre estaba dividido en tres pisos; pudo ver
Monte-Cristo al entrar en el mas bajo esparcidos al
gunos instrumentos de labranza y que formaban su
mueblaje y adorno, como azadones, espiochas, y re
gaderas apoyadas contra la pared.
El segundo piso que era la habitacion ordinaria ó
mas bien nocturna del empleado , contenia algunos
utensilios de poco valor, como una cama, una mesa,
dos sillas, una cántara de barro y algunas yerbas
secas colgadas del techo, y que el conde reconoció
por guisantes de olor y albaricoquesde España, cu
yas semillas conservaba el buen hombre dentro de
sus cápsulas naturales. Hubiera dado envidia al me
jor botánico del jardin de plantas el órden con que
tenia todos estos objetos.
— Se necesita mucho tiempo para aprender la te
legrafía, amigo?... preguntó Monte-Cristo.
— No se pasa tanto tiempo en el estudio como es
t perando de supernumerario.
— A cuanto assciende vuestro sueldo?
— A mil francos anuales, caballero.
— No es mucho.
— No ; pefo dan la habitacion como veis.
Monte-Cristo miró el aposento.
Pisaron despues al tercer piso ; esta era la pieza
— 135 —
destinada al telegrafo. Monte-Cristo miró sucesiva
mente los dos manubios de hierro, con cuya ayuda
el empleado hacia mover la máquina.
— Muy interesante encuentro vuestra ocupacion,
dijo, pero podria asegurar, sin temor de engañarme,
que os ha de parecer esta vida un poco insipida?
— Si, al principio duelen un poco los ojos á fuer
za de tanto mirar, pero uno ó dos años de ejercicios
nos hacen acostumbrar á todo , y no creais que siem
pre estemos pegados á la máquina sin tener tam
bien nuestras horas de recreo y nuestros dias de va
caciones.
— Conque tambien teneis vuestros dias de vaca
ciones?
— Si s^ñor.
— Cuáles?
— Los dias en que hay niebla.
— Ah les justo.
— Esos son mis dias de fiesta los dias en que bajo
aljardin, planto, cavo, siembro,., y en fin... se me
pasan las horas muertas...
— Cuanto tiempo hace que estais aqui?
— Hace ya diez años y cinco de supernumerario...
son quince...
— Vuestra edad será...
— Cincuentay cinco años...
L' — Cuanto tiempo de servicio necesitais para ob
•-• tener la pension?...
— Oh! la pension! Necesitaria veinte y cinco
años.
— Y de cuan to es esa pension ?.. . «'
— 136 —
— De cien escudos.
— Pobre humanidad I murmuró Monte-Cristo.
— Qué decís.... caballero ? preguntó el em
pleado.
— Digo que eso es muy interesante...
— El qué?...
— Todo loque me enseñais... Con que habeis di
cho que para vos son tambien inintelijibles vuestras
señales..?
— Completamente.
— No habeis procurado nunca llegar á cono
cerlas ?
— Jamás; y de qué me serviría?...
— Sin embargo, señales hay que se dirigen direc
tamente á vos.
— Sin duda.
— Y esas bien las comprendereis.
— Siempre son las mismas.
— Y dicen?...
— Nada de nuevo... teneis una hora... ó hasta
mañana...
— Eso es del todo inocente, dijo el conde ; pero no
veis como comienza á moverse el telégrafo opuesto?
— Ah! es verdad; gracias, caballero.
— Y qué os dice? Entendeis algo?
— Sí, me pregunta si estoy dispuesto.
— Y le respondeis?
— Por la misma señal, que indica á mi cóle
ga de la derecha que estoy pronto, mientras que
avisa al de la izquierda para que tambien se pre
pare.
— 137 —
— Eso es muy ingenioso! dijo el conde.
— Oh! vereis... vereis, como aun no habrán pa
sado cinco minutos cuando hable dijo orgullosamente
el pobre hombre.
— Cinco minutos aun? Tiempo mas que necesario
para mis deseos, dijo Monte-Cristo. Amigo mio, per
mitid que os haga una pregunta.
— Hablad.
— Sois muy apasionado á los jardines?
— En estremo.
— Y serias feliz, si en lugar de tener un jardini-
lio de veinte pies, tuviéseis una huerta y jardin de dos
fanegas de tierra?...
— Señor, hariade él un paraiso terrestre.
— Vivis mal con vuestros mil francos?
— Bastante mal: pero en fin vivo.
— Si , pero no teneis mas que un miserable jar-
din.
— Ah ! es verdad, el jardin no es grande.
— Y... ademas de ser pequeño, devorado por los
lirones.
— Oh ! es una maldita plaga.
— Y si ptír casualidad ó con intencion tuvieseis
la desgracia de volver la cabeza cuando vuestro có
lega hablaste?...
— No le veria. *

I — Entonces que sucederia?


— Que no podria repetir sus señales...
— Y despues?
— Y despues sucederia que no repitiéndolas por
descuido ó por loque fuese... me exijirian la multa.
— 138 —
— De cuanto es esa multa?...
— De cien francos.
— La décima parte de vuestro sueldo: pues seria
una diversion!
— Ah! esclamó el empleado.
— Os ha sucedido eso alguna vez? dijo Monte-
Cristo.
— Una vez , caballero, una vez que estaba regan
do un rosal...
— Bien. Y si cambiaseis alguna señal ó transmi
tieseis otra?
— Entonces ya es asunto mas serio, y perderia
mi pension despues de ser despedido.
— Trescientos francos?...
— Cien escudos, ya podeis figuraros que jamás
haré tal locura.
— Ni por quince años de vuestro sueldo? Veamos,
esto merece reflexionarse bien.
— Por quince mil francos?
— Si.
— Caballero, me espantais.
— Bah!
— Caballero, vos quereis tentarme?
— Eso mismo quiero. Por quince mil francos,
habeis oido? Quince mil francos, comprendeis?...
— Caballero, ved que me impedis mirar á mi
compañero de la derecha.
— Al contrario, no le mireis y mirad esto.
— Que es eso?
. — Como ! no conoceis estos papclitos?
— Billetes de bauco?
t
4
— 139 —
— Eso mismo: quince billetes de á mil francos.
— Y á quien pertenecen?
— A vos, si quereis.
— A mil esclamó el empleado sofocado.
— Qué hay en eso de estraño , á vos , si , á vos.
— Caballero, ya empieza á moverse mi cólega de
la derecha.
— Dejadle mover...
— Ah! caballero, me habeis distraido, y me van á
exijir la multa...
— Es una friolera ! Por cien francos despreciareis
mis quince billetes de banco?
— Caballero , mi compañero de la derecha se im
pacienta y redobla sus señales.
— Dejadle que haga lo que quiera , y tomad.
El conde puso el paquete en las manos del em
pleado.
— Pero no penseis que me contento con ese mez
quino regalo , pues con quince mil francos no sal
driais por cierto de penas.
— Conservaré mi destino.
— No ; le perderéis ! porque vais á hacer otra se
ñal diferente de la de vuestro cólega.
— Oh! caballero, qué es lo que me proponeis?
— Una niñada.
— Caballero, á menos de obligarme
— Pienso obligaros efectivamente
Y Monte-Cristo sacó de su bolsillo otro paquete.
—Ved aqui otros diez mil francos, que con los
quince que están en vuestro bolsillo , son veinte y
cinco mil. Con cinco mil francos comprareis una
— im —
bonita casa y dos fanegas de tierra, y con los vein
te mil podreis procuraros mil francos de renta.
— Un jardin de dos fanegas ?....
— Y mil francos de renta.
— Dios mio! Dios mio I....
— Ea ! tomad !
Y Monte-Cristo puso á la fuerza en la mano del
empleado el otro paquete de diez mil francos.
— Qué quereis que haga?
— No será por mi vida grande trabajo.
— Acabad pues
— Repetir las señales que os voy á dar.
Monte-Cristo sacó de su bolsillo un papel en el que
habia trazadas tres señales y otros tantos números
que indicaban el órden con que debian ejecutarse.
— Ya veis que no es operacion muy larga.
— Si , pero
— Animo ! que por tan poco trabajo tendreis al-
baricoques buenos.
Vertiendo abundante sudor , rojo el rostro como
la grana, y palpitante y ajitado el corazon, dió prin
cipio el empleado ásu maniobra, ejecutando con an
siedad una tras otra las tres señales que le dió el
conde , á pesar de las espantosas dislocaciones del
cólega de la derecha , que no comprendiendo nada
de este cambio , empezaba á creer que el hombre de
los abridores se habia vuelto loco.
En cuanto al cólega de la izquierda , repitió con
cienzudamente las mismas señales , que fueron re-
cojidas en el ministerio del interior.
— Ya sois rico , repuso Monte-Cristo.
— 141 —
— Si, respondió el empleado, pero á qué pre
cio?....
— Alejad de vuestro corazon todo remordimiento,
amigo mio , dijo Monte-Cristo , y os juro que podeis
creer lo que os digo. A nadie habeis causado per
juicio pues que habeis hecho al contrario una bue
na accion.
Devoraba el empleado con sus ojos los billetes de
banco y en su incredulidad los palpaba, los conta
ba ; ora estaba pálido como un cadáver , ora encar
nado y encendido. Su ansiedad le obligó á precipi
tarse hácia su cuarto para beber un vaso de agua;
pero no tuvo tiempo de llegar hasta la fuente, y se
desmayó en medio de sus albaricoques secos

Habrian pasado cinco minutos despues de haber


llegado al ministerio la noticia telegráfica, cuando
Debray hizo enganchar los caballos á su cupé , y
corrió á casa de Danglárs.
— Tiene vuestro marido vales de interés del em
préstito español ? dijo á la baronesa.
— Yo lo creo ! lo menos por seis millones.
— Que los venda á cualquier precio.
— Porqué?
— Porque don Carlos se ha escapado de Bourgcs
y ha entrado en España.
— Cómo lo sabeis?....
— Por donde sé yo todas las noticias ?
No se lo hizo la Baronesa repetir, porque corrió á
ver á su marido , el cual corrió tambien á casa de su
TOMO III. 16
— Í42 —
ajente de cambio y le mandó que lo vendiese todo á
cualquier precio.
Bajaron al punto los fondos españoles al ver que
Danglárs vendia , y perdió quinientos mil francos,
pero se desembarazó de todos sus vales de interés...
Aquella noche se leia en el Messager :

DESPACHO TELEGRÁFICO.

«El rey don Carlos se ha escapado de Bourges ,


y ha entrado en España por la frontera de Cataluña.
Barcelona se ha sublevado en favor suyo. »
Las conversaciones de toda aquella noche ver
saron sobre la prevision de Danglárs que habia ven
dido sus créditos , y de la felicidad que habia teni
do en no perder mas que quinientos mil francos en
semejante jugada.
Los que habian conservado sus vales ó los que
habian comprado los de Danglárs , se consideraron
arruinados y pasaron una mala noche.
Al dia siguiente se leia en el Moniteur : « Era
falsa la noticia que el Messager de anoche anun
ciaba sobre la precipitada fuga de don Carlos y la
sublevacion de Barcelona.
« El rey don Carlos no ha salido de Bourges , y la
peninsula goza de la mas perfecta tranquilidad.
«Una señal telegráfica, que ha sido mal interpre
tada á causa de la niebla, ha dado lugar á este er
ror » .
Los fondos subieron el doble de lo que habian ba
jado.
— 143 —
Esto causó á Oanglárs la pérdida de un millon.
— Todo va bien ! dijo Monte-Cristo á Morrél, que
estaba en su casa en el momento en que le anuncia
ban la estraña jugada de que había sido victima
Danglárs ; acabo de hacer por veinte y cinco mil
francos un descubrimiento por el que hubiera dado
cien mil.
— Cuál es ese descubrimiento tan precioso ? pre
guntó Maximiliano.
— El medio seguro de librar á un jardinero de los
lirones que se le comian sus albaricoques.

FIN DE LA TERCERA PARTE.


— 145

PARTE CUARTA.
-^^a-ajg^stt1'

1.
LOS FANTASMAS.

E l esterior de la casa de Auteuil era sencillo y


vulgar, quiza porque tal circunstancia habia entra
do en los secretos planes de su dueño ; en efecto, no
dejaba de causar admiracion la poca esplendidez y
lujo que se advertia á primera vista en una mansion
destinada para el conde de Monte-Cristo ; pero bien
pronto con agradable sorpresa se cambiaba de opi
nion al ver el aspecto interior de la casa.
— ÍA6 —
El señor Bertuccio se habia escedido á si mismo
en la eleccion y gusto de los muebles y adornos , y
en la rapidez de la ejecucion. En tiempos pasados
el duque de Autin habia hecho que cortasen en una
noche una calle de árboles que impedia á Luis XIV
la visita de una gran porcion de terreno : el señor
Bertuccio habia hecho plantar en tres dias en un pa
lio completamente abandonado, hermosos álamos y
sicomoros que daban sombra á la fachada principal
de la casa , delante de la cual , en lugar de un en
losado medio oculto entre la yerba , se estendia una
alfombra de musgo , que habia sido plantado aque
lla misma mañana y sobre el cual brillaban aun
como menudos diamantes las gotas de agua con que
fuera regado.
Al dar sus disposiciones el conde, entregó el mis
mo á Bertuccio un plano donde se indicaban el nú
mero y el lugar de los árboles que debian ser plan
tados, y hasta la forma y el espacio del musgo que
debia tapizar el enlosado.
De modo que despues de adornada y transformada
la casa , habia cambiado tanto de aspecto, que jura
ba Bertuccio causarle admiracion la diferencia que
habia en ella examinándola ahora, y recordando co
mo estaba antes.
Grandes deseos tenia el mayordomo de hacer las
mismas agradables transformaciones en el jardin ;
pero por única respnesta le dijo el conde que causa
ria su enojo el que tocase una sola rama. No privó
oste mandato á Bertuccio de desquitarse arrancan
do flores en abundancia con las que inundó Jas ante
— 147 —
salas, las escaleras y los antepechos de las chime
neas.
Todo anunciaba la servicial y estrcmada habili
dad del mayordomo , la profunda ciencia de su amo
para hacersese servir ; y era de admirar como esta
casa, desierta despues de veinte años, tan sombria
y tan triste aun dos dias antes, impregnada de ese
olor desagradable que no vacilarémos en llamar otor
de tiempo , habia tomado en un dia , con los aspec
tos de la vida, los perfumes que preferia su dueño;
al entrar el conde tenia á la mano sus libros y sus
armas; á su vista sus cuadros favoritos; en las an
tesalas los perros cuyas caricias le eran agradables,
los pájaros que le divertian con sus cantos ; y pare
cia que tras un largo y letárjico sueño , toda la casa
volvia á gozar de su antigua ecsistencia palpitante
y encantadora, como esas casas á las cuales quere
mos por haber vivido en ellas mucho tiempo y en
las que , si por desgracia abandonamos , dejamos
un pedazo de nuestro corazon.
La alegria brillaba en los rostros de los criados
que bulliciosos iban y venian por el patio, aquellos
encargados de las cocinas y caminando por escale
ras y corredores como si hiciese largo tiempo que
habitasen aquella casa; estos dirijiéndose á las caba
llerizas donde los caballos relinchaban respondien
do á los palafreneros que les hablaban con mucho
mas respecto del que tienen algunos criados para
con sus amos.
La biblioteca estaba dividida en dos cuerpos, en
los dos lados de la pared , y contenia dos mil volti
— 148 —
menes ; hallándose una mitad destinada á las nove
las modernas , y la que habia acabado de publicar
se el dia anterior , se veia ya en su estante encua
dernada en tafilete encarnado y oro.
Ostentando sus brillantes colores y embalsaman
do el aire con sus aromas y perfumes, dando placer
á un tiempo á la vista y al olfato , se abrian en
grandes macetas , colocadas en el invernadero que
se hallaba en la parte opuesta de la casa, las corólas
de flores estrañas , estendiendo sus ojas y plantas ra
ras y ecsóticas; en el centro de este sitio encantador,
se veia un billar que parecia haber sido abandonado
dos horas antes porlosjugadores.
Un solo aposento habia sido respetado por el sig-
nor Bertuccio, aposento, situado en el ángulo iz
quierdo del piso primero , al cual se podia subir
por la escalera principal y del que se podia salir
por una escalerilla falsa, aposento en fin delante del
que los criados pasaban con curiosidad y Bertuccio
con terror.
Las cinco serian cuando, seguido de Ali, llegó á la
casa de Auteuil el conde de Monte-Cristo ; Bertuccio
esperaba esta llegada con una impaciencia mezcla
da de inquietud. Aguardaba alguna alabanza y te-
mia un fruncimiento de cejas.
Monte-Cristo bajó al patio , recorrió toda la casa y
dió la vuelta al jardin , todo esto en silencio y sin
dar la menor señal de aprobacion ni de disgusto, pe
ro , al entrar en su alcoba situada en el lado opues
to á la pieza cerrada, estendió la mano hácia el ca
jon de una preciosa mesita de madera de doradillo:
— 149 —
— Esto no puede servir mas que para meter guan
tes, dijo.
— En afecto, escelencia, respondió Bertuccio ad
mirado : abridlo , y los hallareis.
En los otros muebles el conde encontró lo que de
seaba , frascos de todos tamaños y con toda clase de
agua de olor , cigarros , joyas
— Bien , bien !.... dijo.
Y el señor Bertuccio satisfecho de que el conde no
hubiera quedado descontento con el adorno de la
casa , se retiró lanzando una última mirada á todos
los muebles.
Á las seis en punto se oyeron las pisadas de un
caballo que se paró delante de la puerta principal.
Era nuestro capitan de Spahís que llegaba monta
do en su Medeah.
Monte-Cristo le esperaba en la escalera con la
sonrisa en los labios.
— No dudo que tendré el gusto de ser el prime
ro, dijo Morrél ; pero como ansiaba tener un mo
mento para hablaros sin testigos he adelantado la
hora de la cita. Recibid, señor conde, mil afectos
de Julia y Manuel. Ah ! sabeis que esto es magnífi
co? Decidme, me cuidarán bien el caballo vues
tros criados ?
— Podeis estar tranquilo ; mi querido Maximilia
no ; mis criados están acostumbrados á hacerlo.
— Necesita mucho cuidado. Si supieseis que paso
ha traido ! ni un huracan....!
— Por vida mia! lo creo muy bien; un caba
llo de cinco mil francos ! dijo Monte-Cristo con el
TOMO III. 17
— 150 —
mismo tono con que un padre podria hablar á su
hijo.
— Lo sentis ? dijo Morrél con su franca sonrisa.
— Dios me libre....! respondió el conde. No. Sen
tiria al contrario que el caballo no fuese bueno.
— Si es bueno decis? Sabed pues, mi querido
conde, que el señor de Chateau-Renaud , el hombre
mas conocedor de Francia , y el señor Debray , que
monta los mejores caballos, corren detrás de mi
en este momento , y sin embargo les he dejado como
veis rezagados , á pesar de que acompañan á la ba
ronesa cuyos caballos van á un trote, con el que
podrian andar seis leguas en una hora
— Entonces deben llegar pronto? preguntó Mon
te-Cristo.
— Mirad , ahi los teneis.
Aun no habian acabado de decir estas palabras
cuando llegó á la reja de la casa, que se abrió al
punto , un coche tirado por dos soberbios caballos
de montar ; y despues de describir un circulo, se de
tuvo delante de la escalera seguido de dos caba
lleros.
Debray , echando pie á tierra velozmente , cor
rió á colocarse junto al estribo del coche, y con
fina galanteria ofreció su mano á la baronesa, que le
hizo al bajar un gesto imperceptible para todos, es-
cepto para Monte-Cristo.
Pero como nada se escapaba á la vista perspicaz
del conde, al mismo tiempo que el gesto vió relu
cir un billetito blanco tan imperceptible como. el
gesto , y que se deslizó , con un disimulo que indi
— 151 —
caba la costumbre de esta maniobra, de las manos
de la señora Danglárs á las del secretario del mi
nistro.
Detrás de su mujer bajó el banquero , pálido co
mo si en lugar de salir de su carruaje , hubiese sa
lido del sepulcro.
La señora Danglárs arrojó á su alrededor una
mirada rápida é investigadora que solo Monte-Cristo
pudo comprender , y con la que abarcó el patio , el
peristilo , la fachada de la casa todo en fin : pero ,
conteniendo una ligera emocion, que se hubiese de
mostrado en su semblante si al través de su insen
sibilidad fuese capaz de palidecer, subió la escale
ra diciendo á Morrél :
— Caballero, si fueseis del número de mis ami
gos , os preguntaria si vendeis vuestro caballo.
Morrél se sonrió mirando á Monte-Cristo como su
plicándole que le sacase del apuro en que se hallaba.
El conde le comprendió.
— Ah ! señora , respondió, porqué no se dirije á
mi esa pregunta?
— Porque nadie puede desear una cosa , caballe
ro, cuyo afan no satisfagais al instante si se dirije
hácia vos ; con vos es fácil el alcanzarlo todo , pero
en eso me dirijia al señor Morrél
— Desgraciadamente , repuso el conde , yo soy
testigo de que el señor Morrél no puede ceder sü
caballo , pues está comprometido su honor en con
servarle.
— Cómo ?
— Ha apostado que domaria á Medeah en el es-
— 152 —
pacio de seis meses. Ya veis pues , baronesa , que
si se desprendiese de él antes del término fijado por
la apuesta , no solamente la perderia, sino que al
canzaria la vergonzosa nota de cobarde , que es la
infamia mayor que puede caer sobre un capitan de
Spahis, en la cual no incurriria ni por lo mas sa
grado que hay en la tierra , y menos por compla
cer los caprichos de una mujer hermosa , lo que no
es á la verdad tanto como el honor.
— Ya veis, señora dijo Morrél dirigiendo á
Monte-Cristo una sonrisa llena de agradecimiento.
— Me parece , señora , dijo Danglárs con un to
no de zumba nul disimulado por su grosera sonri
sa, que teneis bastantes caballos como ese.
No acostumbraba la señora Danglárs á dejar pa
sar semejantes ataques sin responder á ellos , pero
aquella vez sin embargo , con gran asombro de los
jóvenes, hizo como que no habia oido y no respondió.
Una sonrisa se le le escapó al conde de Monte-
Cristo al ver este silencio que denunciaba una hu
mildad no acostumbrada, y procuró en seguida va
riar la conversacion mostrando á la baronesa dos
inmensos jarrones de porcelana de China , sobre los
cuales serpenteaban vegetaciones marinas de un es
pesor y de un trabajo raro , riquezas que solo es
dado poseer á la naturaleza.
La baronesa las miraba con asombro.
— Oh ! que hermoso es eso , dijo ; y cómo se han
podido conseguir semejantes fenómenos?
— Ah señora ! dijo Monte-Cristo , no me pregun
teis lo que no puede saciar vuestra curiosidad , por
— 453 —
que ese trabajo de otros siglos , parece salido de las
manos májicas de algun genio de la tierra y de los
mares.
— Cómo ? no sabeis á que época pertenece ?
— No sé ; he oido decir solamente que un empe
rador de la China habia mandado construir espre-
samente un horno ; que en este horno habia hecho
cocer doce jarros semejantes á este , de los cuales
dos se rompieron , y los otros diez fueron bajados al
fondo del mar. El mar que sabia lo que querian de
él , arrojó sobre ellos sus plantas , hizo anidar en
ellos sus corales é incrustó sus conchas ; doscientos
años pasaron sobre el que yacia en el olvido ; el em
perador que los fabricó para hacer este ensayo ,
murió victima de una sangrienta revolucion , y se
hundiera con su cadáver el secreto , á no haber de
jado el proceso verbal en el que hacia constar la fa
bricacion de los jarrones y el descenso al fondo del
mar. Al cabo de doscientos años encontraron este
proceso verbal y pensaron en sacar del fondo del
mar los olvidados jarrones. Unos cuantos buzos , en
máquinas á propósito, fueron destinados á su des
cubrimiento habiéndoles antes indicado el sitio en
que se arrojaran, pero de diez que eran no se en
contraron mas que tres , pues los demas fueron dis
persados y destruidos por las olas. Figuraos pues
cuanto debo apreciar estos jarrones , en el fondo de
los cuales me figuro á veces que monstruos defor
mes, espantosos, misteriosos y semejantes á los que
ven los buzos , han fijado con asombro su mirada
apagada y fria , y en los que han dormido los pe-
TOMO III. 18
— 154 —
queños pescados que se refugiáran en ellos para huir
del furor de sus enemigos.
Durante este tiempo , Danglárs , poco amante de
curiosidades, arrancaba maquinalmente y una tras
otra, las flores de un magnífico naranjo, y siguiendo
en su distraccion destructora , luego que deshojó el
naranjo , escojió por víctima á un cactus que de un
carácter menos dócil que el naranjo le picó encar
nizadamente.
Entonces se estremeció y se frotó los ojos como si
saliese de un sueño.
— Caballero, le dijo Monte-Cristo sonriendo: inú
til seria suplicaros que vieseis mis cuadros teniendo
los vos de tanto mérito y siendo un conocedor de
tanto gusto. Sin embargo , aquí, teneis dos Hobbe-
ma , un Paul Potter , un Mieris , dos Gerardo Dow,
un Rafael , un Van Dyck, un Zurbaran y dos ó tres
Murillo dignos de seros presentados.
— Ola ! dijo Debray, aquí hay un Hobbema que
yo conozco.
— Vos le conoceis
— Me acuerdo de este cuadro porque se lo pro
pusieron al Museo.
— Tiene alguno de ese autor? preguntó Monte-
Cristo.
— No , y sin embargo no quiso comprar este.
— Porqué? preguntó Chateau-Renaud.
— Por qué habia de ser....? porque no alcanzan
las riquezas del gobierno para comprar un cuadro
de tanto valor
— Ah ! perdonad , dija Chateau-Renaud , siem
— 155 —
pre estoy oyendo decir eso y jamás he podido
acostumbrarme
— Ya os acostumbrareis , dijo Debray.
— No lo creo , respondió Ghateau-Renaud.
— El señor mayor Bartolomeo Cavalcanti el
señor conde Andrea Cavalcanti , anunció Bautista.
Presentóse Bartolomeo Calvalcanti á quien cono
cen nuestros lectores por el mas tierno de los pa
dres, vistiendo un traje de mayor que decoraban tres
placas y cinco cruces, gran corbata de raso negro
acabada de salir de manos del fabricante , unos bi
gotes canos, una mirada tranquila y el aire mar
cial de un soldado veterano.
A su lado vestido con un traje nuevo , se hallaba,
con la sonrisa en los labios, el conde Andrea Ca
valcanti , el respetuoso hijo conocido de nuestros lec
tores.
Los tres jóvenes hablaban juntos ; sus miradas se
dirijieron del padre al hijo , y se detuvieron natu
ralmente en este último, á quien examinaron con
detencion.
— Cavalcanti ! esclamó Debray.
— Un nombre bonito, dijo Morrél.
— Si , dijo Chateau-Renaud , es verdad , estos ita
lianos tienen unos nombres tan bellos como ridicu
los son sus vestidos.
— Oh! sois muy rigido, Chateau-Renaud, repu
so Debray ; esos trajes están hechos por uno de los
mejores sastres , y son nuevos.
— Pues ese lustre nuevo es por cierto lo que
me fastidia: cualquiera diria al verlos que es lapri
— 156 —
mera vez que llevan el traje de personas decentes.
— Quién son esos señores? preguntó Danglárs al
conde de Monte-Cristo.
— Ya lo habeis oido ; los Cavalcanti.
— Eso me revela su nombre y nada mas.
— En vuestra respuesta estoy conociendo vuestra
ignorancia acerca la nobleza de Italia, pues sa
briais que quien dice Cavalcanti , dice raza de prin
cipes.
— Tienen mucha riqueza? preguntó el banquero.
— Fabulosa.
— Qué hacen ?
— Procuran comerla sin poder acabar con ella.
Por otra parte, tienen créditos sobre vos, segun
me han dicho, cuando vinieron á verme antes de
ayer. Yo mismo les invité á que fueran á veros. Os
los presentaré.
— Me parece que hablan el francés con bastante
pureza , dijo Danglárs.
— El hijo ha sido educado en un colejio del me
diodia, en Marsella, ó en sus alrededores , segun
creo. Le encontrareis entusiasmado
— Por qué? preguntó la baronesa.
— Por las francesas, señora. Quiere absoluta
mente casarse con una parisense.
— Me gusta la idea ! dijo Danglárs encojiéndose
de hombros.
Lanzó la señora Danglárs á su marido una mi
rada que en otra ocasion hubiera sido presajio de
una tempestad ; pero por segunda vez guardó pru
dente silencio.
— 157 —
— El baron parece hoy de muy mal humor, dijo
Monte-Cristo á la señora Danglárs ; quieren hacer
le ministro tal vez?
— Al menos yo no lo sé : la causa de su enfado
la hallariais tal vez en la bolsa donde habrá juga
do con suerte adversa, y ahora no sabe con quien
desahogar su mal humor.
— El señor y señora de Ville!brt ; gritó Bautista.
Luego que anunciaron á los esposos Villefort en
traron , y á pesar del poder de dominarse que él
tenia, conociase su turbacion. Al tocar su mano,
Monte-Cristo sintió que temblaba.
— Mas hábiles son para el disimulo las muje
res , dijo para si Monte-Cristo mirando á la señora
Danglárs que dirijia una sonrisa al procurador del
rey.
Pasados los primeros saludos , el conde vió á
Bertuccio , ocupado en arreglar los muebles de un
saloncito contiguo á aquel en que se hallaban , y se
dirijió á él.
— Quereis algo , señor Bertuccio? le dijo.
— S. E. no me ha dicho el número de convi
dados.
— Ah ! teneis razon.
— Cuantos cubiertos?
— Contadlos vos mismo.
— Han venido todos, escelencia ?
— Si.
Bertuccio miró al través de la puerta entrea
bierta.
Monte-Cristo le observaba atentamente.
— 158 —
— Oh ! cielos ! que estoy viendo? esclanió.
— Qué? preguntó el conde.
— Esa mujer....! esa mujer....!
— Cuál?
— Laque lleva un vestido blanco y tantos dia
mantes....! la rubia....!
— La señora Danglárs.... ?
— Ignoro su nombre, señor ; pero esa mujer es
ella....! señor, es ella !
— Quien es ella ?....
— La mujer del jardin — ! la que estaba en cin
ta....! la que se paseaba esperando... esperando...
Bertuccio se quedó con la boca abierta, pálido
y con los cabellos erizados.
— Esperando , á quien ?
Bertuccio con mudo lenguaje llevó el dedo há
cia Villefort mostrándoselo con el mismo ademan
con que Macbeth mostró á Banco.
— Oh....! oh....! murmuró al fin, no veis? no le
veis?
— Pero que....? á quien....?
— A él....!
— A él....1, al señor procurador del rey, Ville
fort Sin duda alguna que le veo.
— Entonces no le maté , Dios mio l
— Pardiez, señor Bertuccio que estoy crpjendo
que se os debilita la cabeza , dijo el conde.
— Entonces no murió....!
— Si vive y lo teneis ante vuestros ojos, dijo el
conde, es claro que no murió, y que en vez de he
rirle entre la sexta y la séptima costilla izquierda ,
— 159 —
«orno acostumbran vuestros compatriotas , erras
teis el golpe y habreis herido un poco mas arriba ó
un poco mas abajo ; ó mas bien no será verdad na
da de lo que me habeis contado, tal vez seria un sue
ño de vuestra imaginacion , y quedandoos dormido
delirabais en aquel momento. Veamos, recobrad
vuestra calma y contad: el señor y señora de Vi-
llefort , dos ; los esposos Danglárs , cuatro ; el señor
de Chateau-Renaud , el señor Debray , el señor Mor
ral , siete ; el señor mayor Bartolomeo Gavalcanti,
ocho.
— Ocho ! repitió Bertucciocon voz apagada.
— Esperad....! esperad....! que prisa teneis de
marcharos....! que diablo....! olvidais á uno de mis
convidados. Mirad hácia la izquierda alli
el señor Andrea Cavalcanti , aquel jóven vestido de
negro que contempla la virgen deMurillo , el que
vuelve ahora la cabeza.
Mas esta vez , Bertuccio no pudo contenerse y
empezó á articular un grito que la mirada de Mon
te-Cristo apagó en sus lábios.
— Benedetto....! murmuró con voz sorda... que
fatalidad....!
— Las seis y media dan este en momento , señor
Bertuccio, dijo severamente el conde ; esta es la ho
ra en que os di la órden de sentarnos á la mesa, y
sabeis que no me gusta esperar.
Y Monte-Cristo entró en el salon donde le espera
ban sus convidados, mientras que Bertuccio lleno
de espanto, trémulo, se dirijia hácia el comedor bus
cando para sus miembros, que entorpocicra el asom
— ICO —
bro , un apoyo en las paredes. Abriéronse de par en
par las puertas pasados cinco minutos , y Bertuccio
se presentó en ella, haciendo como Vatel en Chanti-
Hy el último y heróico esfuerzo.
— El señor conde está servido, dijo.
Monte-Cristo ofreció el brazo á la señora de Ville-
fort.
— Señor de Villefort, dijo me atreveré á supli
caros que acompañeis al salon á la señora Danglárs.
Villefort obedeció, y todos pasaron al comedor.
— idi —

LA COMIDA.

T odos los convidados al impulso de un mismo sen


timiento al dirijirse al comedor, se preguntaban ási
mismos cual era la secreta influencia que les habia
llevado á aquella casa, y todos hubieran tenido pe
na de haber faltado á la invitacion, á pesar del
asombro que les inspiraba.
Y no obstante, relaciones de fecha reciente, la po
sicion escén trica y aislada, la fortuna desconocida y
casi fabulosa del conde, obligaban á los hombres á
— 162 —
ser circunspectos, é inspiraban recelo á las señoras,
entrando en una casa donde no habia mujeres para
recibirlas, y con todo hombres y mujeres habian ven
cido los unos la circunspeccion , las otras las leyes
dela etiqueta, y la curiosidad los impelía á todos há
cia un mismo punto.
Tambien Cavalcanti padreé hijo, estaban preocu
pados, el uno á pesar de su gravedad, y el otro á pe
sar de su desenvoltura, al verseen casa de un hom
bre cuyos planes no podian penetrar y con gentes que
vieran por !a primera vez.
La señora Danglárs habia hecho un movimiento
al ver acercarse á ella el señor de Villefort ofrecién
dola el brazo; y el procurador del rey sintió turba
se su mirada bajo sus anteojos montados en oro
al sentir apoyarse sobre el suyo el brazo de la baro
nesa.
La penetracion del conde advirtió estos acusadores
movimientos, y halló para su curiosidad y afan de
penetrar secretos, un interés palpitante, al colocarse
de observador en esta escena, en este sencillo con
tacto de individuos.
El señor de Villefort tenia á su derecha á la señora
Danglárs, y á Morrél ásu izquierda.
El conde estaba sentado entre la señora de Ville
fort y Danglárs.
Los otros espacios estaban ocupados por Debray
sentado entre Cavalcanti padre y Cavalcanti hijo, y
Cateau-Renaud, sentado entre la señora de Villefort
y Morrél.
Espléndida y magnilica fué la comida, en la que
—m—
desplegó Monte-Cristo su gusto caprichoso y fastuo
so, desterrando la simetria parisiense y satisfaciendo
la fantasia de sus convidados con la estrañeza y la
variedad... Un festin oriental; pero con el lujo fa
buloso de los festines que las hadas árabes servian en
la Mit y una noches..
Las cuatro partes del mundo pagaron el tributo
de sus frutas, traidas hasta la Europa intactas y sa
brosas desde remotos mares, y se veian alli amonto
nadas en piramides, en jarras de China y en copas
del Japon. Los pájaros raros con la parte mas brillan
te de su plumaje, los pescados monstruosos tendidos
sobre fuentes de piata, todos los vinos del Archipié
lago y del Asia Menor encerrados en botellas de for
mas caprichosas, y cuya vista parecia aumentar el
sabor delos vinos, desfilaron, como una de aque
llas revistas que Apicio pasaba con sus convidados,
por delante de aquellos parisienses que comprendian
muy bien que se pudiesen gastar mil luises en una
comida de diez personas, con la condicion de que,
comoCleópatra, se comerian perlas, ó que, como
Lorenzo de Médicis, se beberia oro derretido.
Monte-Cristo vió el asombro general , y empezó á
reir y á bromear en alta voz.
— Habeis creido , señores, dijo el conde, que la
superfluidad es lo último pue puede alcanzar el mor
tal que ha llegado á un grado elevado de fortuna,
del misino modo que creen estas señoras que no hay
un mas allá del idealismo, cuando el alma se halla en
la ecsaltacion, pero siguiendo este raciocinio, de
oidme: qué es la maravilla? loque no compren
— 464 —
demos. Qué es un bien verdaderamente desea
do?... el bien que no podemos tener. Ahora pues,
ver cosas que yo no puedo comprender, procu
rarme cosas imposibles, tal es el objeto de toda mi
vida, al que voy llegando lentamente por dos sen
das, el dinero y la voluntad. Yo insisto en mi capri
cho, por ejemplo, con la misma perseverancia que
vos poneis, señor Danglárs, en crear una linea de
camino de hierro; vos, señor de Villefort, en hacer
condenar á un hombre á muerte ; vos, señor Debray,
en apaciguar un reino ; vos, señor Chateau-Renaud,
en agradar á una mujer; y vos , Morré) , en domar
un caballo que nadie puede montar. No es un ca- ,
pricho pues cuyo logro és de algun mérito el traer
aqui estos dos pescados nacidos el uno á cincuenta
leguas de San Petersburgo, y el otro á cinco leguas
de Napoles? No es sumamente agradable el verlos
reunidos aqui?
— Qué clase de pescados son? preguntó Danglárs.
— Por dicha nuestra tenemos aqui á Chateau-Re
naud que ha vivido en Rusia, que os dirá el nombre
del uno, respondió Monte-Cristo, y el Mayor Caval-
canti, que es italiano, os dirá el nombre del otro.
— Este, dijo Chateau-Renaud, creo que es un
estertete.
— Perfectamente.
— No quisiera engañarme, dijoCavalcanti, pero
creo que este es una tamprea.
— Eso mismo. Ahora, señor Danglárs, pregun
tad á estos dos señores donde se pescan estos pes
cados.
— 165 —
— Oh I dijo Chateau-Renaud, los estertetes se pes
can solamente en el Volga.
— Oh! dijo Cavalcanti , solo en el lago Fusaro es
donde se pescan tampreas de esa dimension.
— Eso es justamente. Uno ha venido de Volga y
el otro del lago Fusaro.
— Imposible! esclamaron á un mismo tiempo to
dos los convidados.
— Heaqui señores lo que me divierte, y sacia un
capricho, dijo Monte-Cristo. Yo soy como Neron,
cúpitor imposibitium , y por eso mismo, esta carne
que tal vez no valgala mitad que la del salmon, os
parecerá ahora deliciosa, porque os parecia imposi
ble en vuestra imaginacion procurárosla, y sin em
bargo la teneis aquí.
— Pero como han podido transportarse esos dos
pescados á París?
— Nada mas sencillo; los han traido cada uno
en un gran tonel, tapizado su fondo el uno con juncos
y yerbas del rio, el otro con plantas de lago; se les
puso por tapadera una rejilla y han vivido asi , el es-
terlete doce dias y la lamprea ocho , y rebosaban por
cierto de vida cuando cayeron en las manos del co
cinero para, que víctimas del arte gastronómico,
sirvieran hoy para dispertar vuestro apetido. No lo
creeis, señor Danglárs?
— Mucho lo dudo al menos, respondió este son-
riéndose.
— Bautista, dijo Monte-Cristo, haced que trai
gan el otro esterlele y la otra lamprea, que vinieron
en otros toneles y que viven aun.
— 166 —
Danglárs se quedó admirado ; todos los demas
aplaudieron con frenesi.
Cuatro criados trajeron dos toneles llenos de plan-
tas marinas en cuyo fondo veian deslizarse dos pesca
dos semejantes á los que se habian servido en la mesa.
— Con que objeto habeis traido dos de cada espe
cie? preguntó Danglárs.
— Porque se fustrara mi deseo si siendo uno solo
llegaba á morirse, respondió Monte-Cristo.
— Sois un hombre prodijioso, dijo Danglárs. Bien
dicen los filosofos ; no hay nada como tener una bue
na fortuna.
— Una buena fortuna acompañada de buenas
ideas , dijo la señora Danglárs.
— Señora , no soy merecedor de tanta honra , y
quedo muy atrás de los antiguos romanos, que se
gun cuenta Plinio , traian de Ostia á Roma , por
medio de esclavos que los llevaban sobre sus cabe
zas, pescados de la especie que ellos llamaban mu-
tus, y que, segun la pintura que hacen de él, es pro
bablemente el dorado. Tambien era un lujo tenerlos
vivos , y un espectáculo muy divertido el verlos mo
rir , porque en la agonia cambiaban tres ó cuatro
veces de color, y como un arco iris que se evapora,
pasaba por todos los colores del prisma , despues de
lo cual los enviaban á las cocinas. Su agonia tenia
tambien su mérito y por esta razon , si no le veian
vivo , le despreciaban muerto.
— Si , dijo Debray ; pero advertid que la distan
cia que separa á Ostia de Roma no es mas que de
seis á siete leguas.
— dü7 —
— Ah! es verdad! dijoMonte-Cristo; pero en que
consistiria el mérito, si al cabo de 1800 años despues
de Lúculo no se hubiera adelantado nada?
Los dos Cavalcanti estaban estupefactos , pero no
pronunciaban una palabra.
— Todo eso que decis, es por cierto pasmoso, dijo
Chateau-Renaud ; pero admiro todavia mas la increi
ble prontitud con que sois servido. Es verdad , se
ñor conde, que esta casa la habeis comprado hace
tan solo cinco ó seis dias ?
— Seis , todo lo mas , respondió Monte-Cristo.
— Os lo pregunto, señor conde, porque estoy
viendo que seis dias han bastado para transformar
la enteramente, pues que sino recuerdo mal tenia
otra entrada , y el patio estaba empedrado y vacio,
al paso que hoy el patio es un magnifico jardin , con
árboles que parecen tener cien años lo menos.
— Que quereis? me gusta el follaje y la som
bra , dijo Monte-Cristo.
— Tambien yo lo he advertido , dijo la señora de
Villefort , me parece que antes se entraba por una
puerta que daba al camino , y por ella me hicisteis
entrar el diaque me librasteis tan milagrosamente.
— Si señora , dijo Monte-Cristo ; pero despues he
preferido una entrada que me permitiese ver el bos
que de Bolonia al través de mi reja.
— En cuatro dias , dijo Morrél es talmente un pro-
dijio.
— Es un prodijio sin duda, dijo Chateaud-Renaud,
y cosa que parece fabulosa convertir en tan pocos
dias en nueva, una casa vieja que tambien era som
— 168 —
bria y triste. Me acuerdo que mi madre me encar
gó que la viese cuando el señor de Saint-Meran la
puso en venta hará dos ó tres años.
— El señor de Saint-Meran ! dijo la señora de Vi-
llefort ; acaso pertenecia al señor de Saint-Meran
esta casa antes de haberla comprado vos?
— Creo que si , respondió Monte-Cristo.
— Eso dudais?.... no sabeis á quien habeis com
prado esta casa ?
— No, áfemia: mi mayordomo es quien se ocu
pa de todas estas minuciosidades.
— Desierta y olvidada ha estado por espacio de
diez años , dijo Chateau-Renaud , y era una lástima
verla con sus persianas cerradas , sus puertas tam
bien cerradas , y todo el patio lleno de yerba. Por
cierto que al ver su siniestro aspecto, si por un mo
mento se hubiera cualquiera olvidado de que habia
pertenecido al suegro del procurador del rey , la hu
biera podido tomar por una de esas casas en las que
tras un crimen espantoso , gravita sobre las viejas
techumbres una eterna maldicion.
Villefort que hasta entonces no habia tocado, ni
aun con el borde de sus lábios, los tres ó cuatro va
sos llenos de vinos esquisitos colocados delante de
él, tomó uno maquinalmente y lo bebió de un sorbo.
Monte-Cristo dejó pasar un instante de silencio
despues de las fatidicas palabras pronunciadas por
Chateau-Renaud.
— Á mi tambien señor baron , me estrañó su som
brio aspecto, dijo: y el mismo pensamiento me
asaltó en cuanto entré en esta casa silenciosa y lú
— 109 —
gubre, que jamás hubiera comprado si mi mayor
domo no lo hubiese hecho por mi. Probablemente el
picaro habria recibido algun regalillo
— Es probable, murmuró Villefort esforzándose
en ocultar su turbacion con una sonrisa, pero creed
que yo no pienso del mismo modo que vos. El señor
de Saint-Meran ha querido que se vendiese esta ca
sa , que formaba parte del dote de mi hija , porque
era segura su ruina si dos ó tres años mas hubiera
seguido deshabitada.
Esta vez fué Morrél quien palideció.
— Habia una alcoba sobre todo , una alcoba
muy sencilla en la apariencia , una alcoba como to
das las demás, forrada de damasco encarnado, pero
que me ha parecido , no sé por qué , dramática en
estremo.
— Porqué? preguntó Debray , por qué era dra
mática ?
— Es posible acaso esplicarse uno á si mismo sus
sentimientos instintivos? dijo Monte-Cristo ; no hay
sitios donde parece que se respira tristeza? Porqué?
no lo sé; por una cadena de recuerdos tal vez , por
un capricho del pensamiento que os conduce á otros
tiempos , á otros sitios que aquellos en que nos ha
llamos ; en fin esta alcoba me recuerda la alcobade
la marquesa de Ganges ó la de Desdemona. Y ya que
os he hecho mencion de ella, y ya que se ha termi
nado la comida, es preciso que os la enseñe á todos;
despues de comer no viene mal una escena de tea
tro. Saciada que sea nuestra curiosidad, bajarémos
al jardin á cuya sombra y verdor tomarémos el café.
TOMO III. l'.t
— no —
Monte-Cristo hizo una señal para interrogar á sus
convidados. La señora de Villefort se levantó; Mon
te-Cristo hizo otro tanto y todos imitaron su ejemplo.
Villefort y la señora Danglárs permanecieron un
instante como clavados en Su asiento ; y despues de
interrogarse con sus miradas, permanecieron inmó
viles, mudos y helados
— Habeis oido? dijo la señora Danglárs.
— Forzoso será acompañarles; no hallo escusa
razonable para evadirnos, respondió Villefort le
vantándose y ofreciéndola el brazo.
Todos salieron precipitadamente, porque calcula
ban que la visita no se limitaria á aquella alcoba, y
que al mismo tiempo recorrerian el resto de aquella
pobre casa , de la que Monte-Cristo habia hecho un
palacio. Cada cual se lanzó por diferentes habitacio
nes y Monte-Cristo esperó á los dos rezagados. Cuan
do todos hubieron salido, el conde cerró la marcha
con una sonrisa que, si hubiesen podido compren
derla , habria sin duda alguna espantado mas á los
convidados que la alcoba que iban á visitar.
Comenzaron á recorrer las habitaciones amuebla
das á la oriental, con divanes y almohadones por ca
mas , pipas y armas por muebles , y los salones al
fombrados con los cuadros mas hermosos de los an
tiguos pintores ; las piezas tapizadas de telas de la
China de caprichosos colores. Por fin llegaron á la
famosa alcoba.
Nada ofrecia que llamase la atencion , si se es-
ceptua la escasa y pálida luz que la alumbraba por
que el dia comenzaba á espirar en el crepúsculo,
— 171 —
y el que habia permanecido intacta cuando lodas
las demas habitaciones habian sido adornadas de
nuevo.
Eran estas dos circunstancias suficientes para dar
la el lúgubre y fatidico aspecto que Monte-Cristo les
indicara.
— Cielos! esclamó la señora de Villefort, teneis
razon... esta alcoba es espantosa !
La señora Danglárs procuró articular algunas pa
labras que nadie oyó porque se ahogaron en su gar
ganta á impulsos de su medrosa turbacion.
luciéronse muchas observaciones, cuyo resultado'
fué que en efecto la alcoba forrada de damasco en
carnado, tenia un aspecto siniestro.
— Oh! haceos cargo, señores, dijo Monte-Cristo,
y vereis la perfecta colocacion de esta cama que un
tinte sombrio circunda para aumentar el efecto; y
estos dos retratos al pastel, cuyos colores ha apagado
la humedad, no parecen decir con sus labios descolo
ridos: todo lo he visto?
Espantosa palidéz cubrió el rostro de Villefort, y
la señora Danglárs que estaba cerca de una chime
nea cayó desplomada y con terror sobre una silla.
— Y si esa silla donde teneis valor de sentaros,
dijo la señora de Villefort ha sostenido al criminal cu
yo terrible secreto esconde esta alcoba?
La señora Danglárs se levantó vivamente.
— Pues no es esto todo , dijo Monte-Cristo,
-— Hay mas aun? preguntó Debray á quien no se
habia escapado la emocion de la señora Danglárs.
— Ah! si, qué hay? preguntó Danglárs; porque
— 472 —
hasta ahora no veo nada de particular; y vos qué
pensais de esto , señor Cavalcanti?
— Oh! dijo este, nosotros tenemos en Pisa la torre
de Ugolino, en Ferrara la prision del Tasso, y en Ri-
mini la alcoba de Francesca y de Paolo.
— Pero, no teneis esta escalenta, dijo Monte-Cris
to abriendo una puerta perfectamente disimulada en
la pared: miradla y decidme que os parece.
— Siniestra es en verdad ! dijo Chateau-Renaud
riendo.
— No sé hasta ahora si inspira melancolia y terror
el vino de Chio , dijo Debray ; pero puedo asegurar
que mis ojos todo lo ven fúnebre y triste en esta estan
cia.
En cuanto á Morrél, desde que se habló del dote de
Valentina, se quedó taciturno, pensativo y no pro
nunció ni una palabra mas.
— No os figurais, dijo Monte-Cristo , á un Ótelo ó
á un abate de Ganges qualquiera , en una sombria
noche en que rebrama furiosa la tempestad, bajan
do con trémulos y lentos pasos por esta escalera con
alguna lúgubre carga que trata de sustraer á las mi
radas de los hombres, ya que no lo puede hacer á
las de Dios?
Entonces si que la señora Danglárs no pudo ya
mas y se desmayó casi en los brazos de Villefort,
que tambien se vió obligado á apoyarse en la pa
red.
— Ah! Dios mio! señora, esclamó Debray, que
teneis! cuán pálida estais!
— No esestraño, respondióla señora de Villefort,
— 173 —
porque el conde nos cuenta historias espantosas con
la única intencion de hacernos morir de miedo.
— Ai... si, dijo Villefort, ya lo veis, conde, espan
tais á estas señoras.
— Qué teneis? dijo en voz baja Debray á la señora
Danglárs.
— Nada.. . no tengo nada ! respondió esforzándose
á ocultar su espanto; pero me ahogo y quiero res
pirar el aire... aire y nada mas.
— Queréis bajar al jardin? le preguntó Debray
ofreciendola su brazo y adelantándose hácia la esca
lera falsa.
— Al jardin? No... no: dejadme. Mejor quiero es
tar aqui.
— Es verdad, señora, dijo Monte-Cristo, es for
mal ese terror?
— No señor, dijo la señora Danglárs; pero teneis
un modo de contar las cosas, que dá á la ilusion el
aspecto de la realidad.
— Oh! de veras? dijo Monte-Cristo, pues todo eso
depende de la imaginacion ; y si no , por qué no nos
habiamos de representar esta habitacion como la
alcoba de una honrada madre de familia? Figuraos
en vuestra aterrada fantasia , en ilusion mas tran
quila, esta cama con sus tintas de color de púrpura,
como una cama visitada por la diosa Lucina, y esta
escalera misteriosa , el camino por donde dulce
mente, y para no turbar el sueño reparador de la
parida, pasa el médico, ó la nodriza ó tal vez el
mismo padre , llevando en sus brazos al niño que
duerme...
— 171 —
Pero el efecto que esta tierna pintura hizo en el
corazon de la señora Danglárs , en vez de inspi
rar una dulce sensacion á su alma, la hizo desma
yar completamente despues de lanzar un grito de
terror.
— La señora Danglárs está indispuesta... murmu
ró Villefort; tal vez será preciso transportarla á su
carruaje.
— Oh ! Dios miol dijo Monte-Cristo, yyoque he
olvidado mi pomo!...
— Yo tengo aqui el mio, dijo la señora de Ville
fort.
Y dió á Monte-Cristo un pomo lleno de un licor
rojo semejante á aquel cuya bienhechora influencia
ejerció el conde sobre Eduardo.
— Ah! vos lo teneis? dijo Monte-Cristo, recibién
dole de las manos de la señora de Villefort.
. — Si, murmuró esta, lo he probado, siguiendo
vuestros informes.
— Y habeis obtenido?...
— Los resultados que deseaba.
Transportaron á la señora Danglárs á la alcoba
próxima , donde Monte-Cristo dejó caer sobee sus
labios una gota del licor rojo , que la hizo volver
en si.
— Oh ! dijo abriendo errantes y espantados sus
ojos; qué sueño tan horrible !
Villefort la apretó con fuerza el brazo, para hacer
la comprender que no habia soñado.
Buscaron al señor Danglárs, que haciendo poco
caso de las impresiones poéticas, habia bajado al
— 175 —
jardin, y hablaba con el señor Cavalcanti padre, so
bre un provecto de caminos de hierro de Liorna á
Florencia.
Monte-Cristo demostraba estar desesperado; dió
el brazo á la señora Danglárs y la condujo al jardin ,
donde encontraron al señor Danglárs, tomando calé
enlre los dos Cavalcanti.
— No hubiera creido, señora, que tuvierais una
imajinacion tan ecsaltada. Una tan fantástica sospe
cha os ha causado espanto realmente?
— No... no me habeis asustado, pero no ignorais
que las cosas nos hacen mas ó menos impresion se
gun la disposicion de ánimo en que nos hallamos.
Villefort hizo un esfuerzo para sonreirse.
— Y entonces ya comprendeis; dijo, basta una
suposicion, una quimera...
— Si, si, dijo Monte-Cristo, sois dueña de creer
me ó no, pero estoy convencido de que se ha come
tido un crimen en esta casa.
— Pensad en lo que decis, dijo la señora de Ville
fort,pues os está escuchando todo un procurador del
rey.
— Por esa razon hablo asi , dijo Monte-Cristo y
no dejaré escapar la ocasion de tenerle á mi lado pa
ra hacer mi declaracion.
— Vuestra declaracion? dijo Villcfort.
— Si, y delante de testigos.
— Todo eso es muy interesante, dijo Debray, y
si hay crimen, vamos á hacer admirablemente la
digestion.
— Hay crimen , di o Monte-Cristo. Venid por
— 170 —
aqui, señores, venid, señór de Villefort ; venid y os
haré la declaracion.
Monte-Cristo se cojió del brazo de Villefort, y al
mismo tiempo que estrechaba con el suyo el de la
señora Danglárs, condujo al procuradordel rey de
bajo del plátano, donde la sombra era mas espesa y
opaca.
Todos los demas convidados les siguieron.
— Mirad, dijo Monte-Cristo, aqui en este mismo
sitio, y golpeaba con el pié la tierra, aqui, para
rejuvenecer estos árboles muy viejos ya , mandé que
cavasen la tierra para que echasen estiércol y, me
horrorizó al pensarlo, qué creeis que hallaron mis
trabajadores en este sitio? Al tiempo de cavar desen
terraron un cofre, ó mas bien pedazos de un cofre
entre los que hallaron el esqueleto de un niño recien
naeido. Creeis aun que esto sea una ilusion?
Monte-Cristo sintió que se crispaba sobre el suyo
el brazo de la señora Danglárs, y que se estremecia
el de Villefort.
— Un niño recien nacido! repitió Debray , por vi
da mia ! eso es mas serio de lo que yo creia.
— Me engañaba acaso , señores , dijo Chateau-Re-
naud, cuando dije no ha mucho rato que tambien las
casas como los mortales encierran un corazon y un
alma, y tienen un rostro donde se retratan las pasio
nes con que han luchado? La casa estaba triste por
que tenia remordimientos, y la acosaban los remor
dimientos porque guardaba el secreto de un crimen.
— Oh ! quién puede afirmar que sea un crimen ?
repuso Villefort haciendo un último esfuerzo.
— 177 ~
— Cómo ! un niño enterrado vivo en un jardin no
es un crimen ? esclamó Monte-Cristo. Cono llamais
á esa accion, señor procurador del rey ?
— Pero que pruebas hay para asegurar que haya
sido enterado vivo?
— Para que lo habian de enterrar ahi si estaba
muerto? no creo que este jardin haya sido nunca
cementerio.
— Qué castigo tienen en este país los infanticidas?
preguntó sencillamente el mayor Cavalcanti.
— Oh ! se les corta la cobeza, respondió Danglárs.
— Ah ! se les corta la cabeza , repitió Cavalcanti-
— Yo lo creo... No es verdad , señor de Villefort?
dijo Monte-Cristo.
— Si , señor conde , respondió este con un acento
que nada tenia de humano.
Conoció entonces Monte-Cristo que habian apura
do bastante la copa de la amargura las dos perso
nas para quienes esta escena habia sido preparada,
y no siendo sus intenciones llevarla mas lejos :
— Señores, dijo, con nuestra alcoba misteriosa
hemos dejado el café en injusto olvido.
Y condujo á sus convidados á una mesa colocada
en el centro de un cenador.
— Conozco, señor conde , dijo la señora Danglárs,
que la confesion de mí insensata debilidad debería
avergonzarme, pero todas estas espantosas historias
que contais tan al vivo me han impresionado y con
movido ; os ruego que me dejeis sentar y descansar
un momento.
Y se hundió sobre un asiento.
TOMO III. 20
— 178 —
Monte-Cristo la saludó y se acercó á la señora de
Villefort.
— Creo que la señora Danglárs tiene necesidad
otra vez de vuestro pomo , la dijo
Pero antes de que la señora de Villefort se hubiese
acercado á su amiga , el procurador del rey dijo al
oido á la señora Danglárs.
— Tengo que hablaros.
—Cuándo?
— Mañana.
— En dónde ?
— En mi bufete en el estrado si quereis ; este
es el sitio mas seguro.
— No haré falta.
Cuando se acabaron estas palabras, se acercó la
señora de Villefort.
— Gracias, querida amiga, dijo la señora Dan
glárs procurando sonreirse, no es nada ya me
siento mucho mejor.
— 179 —

3.

EL MENDIGO.

E l dia espiraba en las rojas ráfagas del crepúscu


lo: manifestaba la señora de Villefort vivos deseos
de hallarse en Paris, y á pesar del horror que le
inspiraba aquella casa que guardaba tan negros re
cuerdos , no se atrevió á hacer lo mismo la señora
Danglárs.
Al oir el deseo de su mujer, el señor de Villefort
se apresuró á dar la órden de partida teniendo el
— 180 —
cuidado de ofrecer un asiento en su carretela á la
señora Danglárs, á fin de que pudiese recibir los cui
dados de su mujer.
Absorvido el señor Danglárs en tanto en una con
versacion industrial de las mas interesantes , con el
señor Cavalcanti, no prestaba ninguna atencion á lo
que pasaba.
No se escapó á la penetracion del conde que el se
ñor de Villefort se habia cautelosamente aproxima
do á la señora Danglárs cuando pidió el pomo á la
señora de Villefort ; y guiado por el conocimiento de
su situacion , adivinó lo que habían dicho , aunque
Villefort habló tan bajo que apenas la señora Dan
glárs pudo oirlo.
Dejó partir á Morrél , á Debray , y á Chateau-
Renaud á caballo , subir á las dos señoras en la car
retela de Villefort , y á Danglárs , que cada vez
mas encantado de Cavalcanti padre, le invitó á que
subiese con él á su cupé.
En cuanto á Andrea Cavalcanti se acercó á su til-
buri que le esperaba delante de la puerta , y cuyo
caballo sujetaba por el freno un groom levantado
sobre las puntas de sus piés y que afectaba las ma
neras inglesas. »
Poco habia hablado Andrea durante la comida,
porque la prudencia y la cautela le habian aconse
jado el silencio, por el natural temor de decir alguna
tonteria en medio de aquellos convidados ricos y po
derosos , entre los cuales sus ojos vivaces no veian
con gusto á un procurador del rey.
Habia simpatizado con Danglárs, que, después
— 181 —
de haber lanzado una mirada escudriñadora al pa
dre y al hijo, y uniendo á sus investigaciones la pro
teccion del conde de Monte-Cristo , creyó por una
razonable consecuencia que era el padre un pode
roso naba , cuyo viaje á París tenia por único obje
to el perfeccionar á su hijo en la vida social.
Habia contemplado con una complacencia indeci
ble el enorme diamante que brillaba en el dedo me
ñique del mayor, que guiado por su prudencia de
hombre esperi mentado, por el temor de que fraca
sasen los billetes de banco venidos á sus manos co
mo por milagro , los habia convertido al punto en
un objeto de valor.
Despues de la comida, bajo pretestode hablar de
industria y de viages, preguntó al padre y al hijo
acerca de su modo de vivir, y el padre y el hijo,
prevenidos de que era en casa de Danglárs dontk'
debia serles abierto , al uno su crédito de cuarenta
y ocho mil francos , al otro su crédito anual de cin
cuenta mil libras, estuvieron encantadores, amabi
lísimos con Danglárs.
Pero lo que llevó al estremo en la opinion de Dan
glárs la consideracion, ó mejor tal vez la veneracion
que Cavalcanti le inspiraba, fué el advertir en él,
como prueba incontestable de su ciencia, una mo
destia fiel al acsioma de Horacio, nihit admirari,
cuando se contentó con decir en que lago se pesca
ban las famosas lampreas. Habia comido ademas su
parte del pescado sin decir una sola palabra, y Dan
glárs dedujo de su silencio que esta especie de sun
tuosidades eran familiares al ilustre descendiente de
— 182 —
los Cavalcanti , el cual se alimentaria en Luca de
truchas que mandaria traer de Suiza y de langos
tas que le enviarian de Bretaña por medio de pro
cedimientos semejantes á aquellos de que se habia
servido el conde para hacer traer lampreas del lago
Fusaro , y esterletes del rio Volga.
De todas estas reflecsiones resultó la amabilidad
con que fueron oidas estas palabras de Cavalcanti.
— Mañana , caballero , tendré el honor de hace
ros una visita y hablarémos de negocios.
— Y yo , caballero , respondió Danglárs , tendré
sumo placer en recibir vuestra visita.
Despues de lo cual propuso á Cavalcanti que si su
determinacion no le privaba del placer de estar al
lado de su hijo , volveria á conducirle á la fonda de
los Principes.
Cavalcanti le respondió que gozaba plenamente
su hijo la libertad de la vida de soltero , que tenia
particularmente sus caballos y su carruaje, y que no
habiendo venido juntos, no veia ninguna dificultad
en que se marchasen separados.
El mayor subió, pues, al carruaje de Danglárs,
y el banquero se sentó á su lado , cada vez mas en
cantado de las ideas de órden y de economia de
aquel hombre , que tenia la liberalidad no obstante
de destinar para su hijo la considerable cantidad de
cincuenta mil francos anuales.
Queriendo Andrea delante de aquellos caballeros
darse importancia , tomó las maneras de la jente de
tono al llamar á su groom , ¡i quien riñó con aspc-
- reza porque en lugar de venir á buscarle al pié
— 183 —
de la escalera , le esperaba á la puerta de entrada ,
lo cual le habia causado la molestia de andar trein
ta pasos mas para buscar su tilburí.
El groom recibió el sermon con humildad, cogió,
para contener al fogoso caballo que pateaba de im
paciencia , el freno con la mano izquierda , entre
gó con la derecha las riendas á Andrea , que las to
mó yv apoyó lijeramente su bota charolada sobre el
estribo.
En este momento una mano se apoyó sobre su
hombro, y el jóven se volvió, creyendo queDan-
glárs ó Monte-Cristo se habian olvidado de decirle
alguna cosa y venían á indicárselo en el momento
de partir.
Pero con grande sorpresa, en vez de los risueños
rostros de alguno de los dos caballeros , vió un ros
tro cstraño , tostado por el sol , rodeado de una
barba espesa, de ojos brillantes, y una sonrisa bur
lona movia unos labios-gruesos que dejaban ver dos
filas de dientes blancos, unidos y salientes como los
de un lobo ó de un chacal.
Un pañuelo de cuadros encarnados cubría aque
lla cabeza de cabellos canos y crespos, un chaque
ton grasiento y desgarrado servia con sus harápos
de abrigo á aquel cuerpo delgado y huesoso; y por
último en fin , la mano que se apoyó sobre el hom
bro de Andrea, y que fué lo primero que vió el
jóven , le pareció de una dimension gigantesca.
Imposible será adivinar si á la escasa luz que
despedian los faroles del carruaje reconoció este ros
tro desagradable, ó si la espresion terrible de aquc
— 181 —
lia risa sarcástica le causó admiracion ; pero lo cier
to es que es estremeció y retrocedió vivamente.
— Qué me quereis? dijo.
— Perdonad , caballero, respondió el hombre lle
vando la mano á su pañuelo encarnado ; os inco
modo tal vez , pero tengo que hablaros.
— Es acaso de noche cuando se pide limosna? di
jo el groom haciendo un movimiento para desem
barazar á su amo de este importuno.
— Yo no pido limosna , señorito , dijo el hom
bre desconocido al lacayo fijándole una mirada tan
irónica y una sonrisa tan espantosa que le hizo se
parar ; mi objeto es tan solo decir dos palabras á
vuestro amo que me encargó de una comision hace
quince dias.
— Veamos , dijo Andrea á su vez elevando la voz
para que el lacayo no notase su turbacion ; que
quereis? decidlo pronto.
— Qué es lo que quiero? Quisiera dijo en voz
baja el hombre del pañuelo encarnado , que me
ahorraseis el trabajo de tener qne volver á pié á
Paris. Estoy muerto de cansancio, y como mi comi
da ha sido sin duda mas frugal que la tuya , estoy
tan débil que apenas puedo tenerme en pié.
— El jóven se estremeció al oir esta estraña fami
liaridad.
— Pero en fin , dijo , veamos , que me que
reis?
— No me esplico bien , ó no quereis entenderme?
Quiero que me dejes subir en tu hermoso carruaje y
que me conduzcas á Paris.
— 185 —
Andrea palideció, pero nada respondió.
— Loque oves. Oh ! si, eso quiero , dijo el hom
bre del pañuelo encarnado introduciendo sus ma
nos en los bolsillos y mirando al jóven con ojos pro
vocativos: me ha ocurrido esta idea, lo has oido,
querido Benedetto?
Alguna reflexion inspiraria al jóven este nombre,
porque al instante que lo oyó , se acercó á su groom
diciéndole :
— Cierto es que este hombre está encargado de
un negocio cuyo resultado me tiene que contar. Id
á pié hasta la barrera y tomad alli un cabriolé,
con eso no ireis á pié hasta casa.
El lacayo se alejó sorprendido.
— Dejadme á lo menos acercarme á la sombra ,
dijo Andrea.
— Oh ! Por eso no reñiremos , pues ya verás cuan
á propósito es el sitio á que voy á conducirte , dijo
el hombre del pañuelo encarnado.
Y cogió por el freno al caballo , conduciendo el
tilburi á un sitio donde en efecto nadie podia pre
senciar el honor que le hacia Andrea.
— Oh ! no vayas á creer que me obliga á esta ac
cion ei afán de ir en un carruaje tan elegante, no ;
lo hago solamente porque estoy agoviado de fatiga ,
y luego despues porque tengo que decirte dos pala
britas.
— Veamos , subid , dijo el jóven.
Es lástima que la luz de un claro sol de medio
dia no hubiese hecho público el curioso y chocan
te espectáculo que ofrecia el andrajoso mendigo
IOMO III. 21
— 186 —
sentado sobre los almohadones del tilburi junto al
jóven y elegante conductor del carruaje.
Andrea llevó su caballo al trote largo hasta la
última casa del pueblo sin decir una palabra á su
compañero, quien, en medio de su silencio, sonreia
tal vez de satisfaccion ó á impulsos del encanto que
le despertaba el pasearse en tan cómodo y elegante
carruaje.
Una mirada arrojó Andrea luego que salieron de
Auteuil á su alrededor, para asegurarse sin duda de
que no podian verles ni oirles , y entonces detenien
do á su caballo y cruzando los brazos delante del
hombre del pañuelo encarnado:
— Con qué , le dijo , porqué venis á turbarme en
mi tranquilidad ?
— Y tú , muchacho, porqué desconfias de mi ?
— Y porqué decis que yo desconfio de vos?
— Porqué? diablo....! Acaso es propio de un an
tiguo camarada que se separa como lo hicistes de
mi en el puente de Var, decirme que vas á viajar
por el Piamonte y por Toscana , y venirte á Paris
ocultándome tus planes?
— Y qué se os importa á vos de todo eso ?
— Qué me importa....? á mi? nada ;pero espero
que me servirá de mucho.
— Ah ! ah ! dijo Andrea , es decir que especu
lais ó pensáis especular conmigo ?
— Bueno ! asi me gusta, al grano, al grano....?
— Pues no lo creais, señor Cadcrousse , os habéis
equivocado !
— No seas tan vivo de genio, muchacho. Oh I
— 187 —
si , bien sabe? tú lo que es la desgracia ; y que la
desgracia hace á los hombres celosos. Yo te creia
recorriendo el Piamonte y la Toscana obligado á ser
vir de faccino ó de cicerone para ganar de comer ;
te compadezco en el fondo de mi corazon , es decir ,
te compadecia como lo hubiera hecho con mi hijo.
Bien sabes , Benedetto , que yo te he llamado siem
pre mi hijo y que te he tratado como tal.
— Adelante , adelante !
— Paciencia, amiguito, que nadie nos corre.
— Demasiada tengo pues os escucho: veamos...
acabad.
— Pues señor ! te veo , cuando menos lo pensaba,
atravesar la barrera de Bonshommescon un groom,
con un tilburi, con un traje soberbio Dime,
muchacho , has descubierto alguna mina ó com
prado una plaza de ajente de cambio?
— En fin , confesais que me teneis envidia
— Envidia! no por cierto : estoy muy contento...
muy alegre de ver que prosperas , y no he podido
menos de venir á darte mi enhorabuena , querido ,
pero como no estaba tan bien vestido como tú , to
mé mis medidas para no comprometerte.
— Me gustan las precauciones ! dijo Andrea , os
acercais á mi, delante de mi criado....!
—Y que habia de hacer hijo mio? la ocasion la
pintan oalva , y me presento á tu lado cuando la
ocasic ii me permite á buenas ó malas echarte la
man' ; y como tienes un caballo muy vivo, un lil
buri muy lijero y tujeres naturalmente tan resba
lad zo como una anguila, si te me hubieses escapado
— 188 —
esta noche, tal vez no te hubiera encontrado nunca.
— Bien veis que no trato de ocultarme
— Dichoso tú ! yo quisiera decir otro tanto; pero
mi suerte es ir de escondite en escondite temiendo
deque cuando te llegase á cojer no me reconocie
ses: aunque para mi dicha veo que no te olvidas de
tus amigos, añadió Caderousse con una sonrisa ma
ligna , eres un buen muchacho !
— Veamos, dijo Andrea, que es lo que necesi
tais?....
— No me tuteas ya ? me haces un agravio , Bene-
detto, y acuerdate de que soy un antiguo camarada !
ten cuidado , ó me harás exigente.
Esta amenaza apaciguó la cólera del joven , pues
veia bien cerca la tempestad : puso su caballo al
trote.
— Haces mal , Caderousse , dijo , en Iratar asi á
un antiguo camarada, como decias hace poco; tú
eres de Marsella, yo soy
— Sabes ya lo que eres?....
— No , pero he sido educado en Córcega , y sé
muy bien que si tú eres viejo y terco , yo soy jóven y
testarudo. Entre personas como nosotros, la amenaza
es por demas y no se debe abusar ; tengo yo culpa
si la fortuna que sigue siéndote adversa , me favo
rece á mi ahora ?
— Con qué te favorece la fortuna, eh? con qué
ese tilburi no es prestado , ni tus vestidos son tam
poco alquilados? Oh ! no sabes lo que me alegro de
verte tan feliz ! dijo Caderousse cuyos ojos brillaron
de codicia.
— 189 —
— Y acaso no lo ves y lo sabes cuando le decides
á recordarme nuestra amistad ? dijo Andrea animán
dose cada vez mas; y no creo que me hubieras reco
nocido en mi situacion , si me hubiera presentado
con un pañuelo comoel tuyo en mi cabeza, un cha
queton grasicnto sobre mis hombros y unos zapatos
rotos.
— Eso me da á entender que tu haces lo mismo
conmigo, y no piensas con prudencia; pero estoy
seguro qne he tenido la dicha de hallarte y tu no
me has despreciado ; siguiéndolos impulsos de tu
buen corazon , no dejarás que vaya mal vestido , y
partirás tus galas conmigo como hacia yo en tiem
pos lejanos cuando le daba mi racion de sopa y de
albaricoques cuando tenias mucha hambre.
— Es verdad , dijo Andrea.
—Qué apetito tenias! sigues tenienJo tan buen
apetito ?
— Si , siempre , dijo Andrea riendo.
— Qué bien habrás comido en casa de ese prin
cipe de donde sales!
— No es un principe, es solo conde.
— Un conde ! pero rico , eh ?
— Si , pero es un hombre muy raro.
— Yo no tengo nada que ver con tucohde, conti
go solamente es con quien tengo mis proyectos , y
despues te dejaré en paz. Pero , añadió Caderousse
con aquella sonrisa maligna que yahabia brillado
en sus lábios, pero es menester que me des algo
para eso , ya comprendes*.
— Veamos: cuánto necesitas?
TOMO III. 22
— 190 —
— Me parece que con cien francos al mes
— Y bien!
— Viviria
— Con cien francos?
— Pero mal , ya comprendes, pero con
— Con?
— Ciento cincuenta francos me consideraria el
hombre mas dichoso de la tierra.
— Aqui tienes doscientos, dijo Andrea.
Y puso en la mano de Caderousse diez luises de
oro.
— Bueno , dijo Caderousse.
— Preséntate en casa del conserje todos los dias
primeros del mes y te entregará la misma cantidad.
— Apruebo tu plan , pero haciéndolo asi me hu
millas ; eso es humillarme !
— Cómo?
— Me veo entonces precisado á mezclarme con
tus criados, y no me gusta la publicidad. Nada...
nada, yo no quiero tratar con nadie mas que contigo.
— Pues bien ! sea asi , pidemelo á mi , y todos
los dias primeros del mes, mientras tenga yo mi
renta, tú tendrás la tuya.
— Vamos, vamos! ahora conozco que mis espe
ranzas no eran vanas y que hacia bien en tenerte
por un buen muchacho : es una felicidad que la
fortuna se muestre propicia con personas que tienen
tan buen corazon. Y no podrás contarme como has
hecho tanta fortuna ?
— Para qué quieres saber eso? preguntó Caval-
canti.
— 191 -
— Lo conozco vuelves á descontiar !
— No , he encontrado á mi padre !....
— Un padre verdadero?
— Diantre ! mientras pague
— Tú le creerás y honrarás , es justo. Cómo lla
mas á tu padre ?
— El mayor Cavalcanti.
— Y está contento de ti ?
— Hasta ahora parece que si.
— Y quién te ha hecho encontrar á ese padre ?
— El conde de Monte-Cristo.
— Es el conde de cuya casa sales?
— Si.
— Dime , muchacho, procura colocarme en su
casa diciéndole que soy un pariente tuyo.
— Bien, le hablaré de ti; mientras tanto, qué
vas á hacer ?
— Yo!
— Si, tú.
— Llevarás al estremo de ocuparte de mi pobre
persona la bondad que hoy reconozco en ti?
— Me parece, que, puesto que tú te interesas por
mi , repuso Andrea , yo debo tambien tomar algu
nos informes.
— Nada mas justo y con ese objeto voy á al
quilar un cuarto en una casa honrada , vestirme un
traje decente, afeitarme todos los dias, y despues
iréá leerlos periódicos al café. Por la noche entraré
en algun teatro y pareceré un panadero retirado...
Mira á que poca cosa se reduce mi esperanza.
— No es malo tu proyecto , y si deseas ponerlo
— 192 —
en ejecucion y obrar con prudencia , todo te saldrá
bien.
— Hete ahi á Bossuel !.... Y tú que vas á ser?....
par de Francia?
— Eh ! eh ! dijo Andrea , quién sabe !
— El señor mayor Cavalcanti lo es tal vez
pero
— Déjate de politica, Caderousse Y ahora que
has alcanzado todo lo que me has pedido voy á pe
dirte yo á mi vez que me hagas el favor de bajarte
porque vamos á llegará la barrera.
— No, no , amigo !
— Cómo que no?
— No conoces, muchacho, que con un pañuelo
encarnado en la cabeza , casi sin zapatos , sin pa-'
saporte y con doscientos francos en el bolsillo , me
detendrian indudablemente en la barrera? Entonces
me veria obligado , para justificarme , á decir que
tú me habias dado estos diez napoleones de oro; de
aqui resultarian los informes, las pesquisas , y po
ca dificultad tendrian para averiguar que me bees-
capado de Tolon. Entonces tendrias el disgusto de
ver á tu amigo conducido de brigada en brigada á
las orillas del Mediterráneo. Volveria á ser el nú
mero 106, y adios mi esperanza de querer pasar
por un panadero retirado. No, hijo mio, prefiero
quedarme y vivir honradamente en la capital.
Andrea frunció las cejas y un pensamiento som
brio cruzó por su fiente : despues de una breve pau
sa se detuvo un instante, arrojó una mirada á su
alrededor , y cuando su mirada acababa de descri
— 1U3 —
bir el círculo investigador, su mano descendió ino-
centemente hácia su bolsillo , donde empezó á aca
riciar la culata de una pistola.
Pero mientras tanto Caderonsse que no perdia de
vista á su compañero , llevaba sus manos á su man
ga y sacaba con suavidad un cuchillo que llevaba
siempre consigo por lo que pudiera suceder.
Pero los dos amigos, eran iguales en precauciones
y se comprendieron como se ha visto, de modo que
la mano de Andrea salió inofensiva de su bolsillo y
se dirijió con disimulo á su bigote que acarició á su
vez por algun tiempo.
— Bueno, Caderousse! dijo; con qué vasá ser
feliz?
— Haré [todo lo posible, respondió el posadero
del puente de Gard, introduciendo el cuchilloensu
manga.
— Vamos, ya que me lo ecsijes no desairaré á un
amigo y entraremos juntos en Paris. Pero como vas
á coni ponerte para pasar la barrera sin despertar sos
pechas? yo creo que mas te espones yendo en carrua-
gequeápié.
— Espera, dijo Caderousse, y verás como burlo
tus justos temores.
Y tomando el capote que el groom habia deja
do en su asiento , lo echó sobre sus hombros y se
puso el sombrero de Cavalcanti que le quitó con de
sembarazo afectando despues la postura de un laca
yo cuyo amo va conduciendo el carruaje.
— Y yo, dijo Andrea, me voy á quedar con la
cabeza desnuda?
— 494 —
— Pseh? dijo Caderousse ; hace tanto aire, que
muy bien puede haber sucedido que el vienlo te ha
ya arrebatado d sombrero.
— Vamos, dijo Andrea, acabemos de una vez.
— Qué es lo que te detiene, no soy yo segun
creo?
— Silencio! dijo Cavalcanti.
Atravesaron la barrera sin ningun tropiezo y en
la primera calle de travesia , Andrea detuvo su caba
llo, y Caderousse se bajó del lilburi.
—Que haceis Caderousse ! dijo Andrea, y el capote
de mi lacayo? y mi sombrero?
— Ah! respondió Caderousse, tu buen corazon no
permitirá que un amigo se constipe.
— Pero y yo?
— Tú puedes pasarte sin él porque eres jóven, y
hazte cargo de que yo comienzo ya á ser viejo. Vaya
JBenedetto, adios, hasta la vista!
Ysediiijióá la callejuella por donde desapare
ció.
— Nunca se puede ser dichoso del todo en el mun
do !dijo Andrea arrojando un largo suspiro.
195 —

4.

ESCENA CONYUGAL.

Así que tos tres jóvenes llegaron á la plaza de


Luis XV, se separaron por diferentes direcciones:
Morrél tomó su camino por los Boulevars,Chateau-
Renaud por el puente de la Revolucion , y Debray
siguió por el muelle.
Morrél y Chateau-Renaud, segun toda probabili
dad, se dirijieron cada cual á su casa; pero Debray
no imitó su ejemplo, porque luego que llegó á la
— 196 —
plaza del Louvre, tomó por ía izquierda, atravesó
el Carrousenl al trole largo, se metió por la calle de
San Roque, desembocó en la de Michodiére, y llegó
á la puerta de la casa del señor Danglárs, casual
mente en el mismo instante en que la carretela del
señor de Villefort, despues de haberlos dejado á él y
á su esposa en el barrio de Saint-Honoré, se detenia
para dejar á la baronesa en su casa.
Debray, conocido ya en la casa, entró primero
en el patjg, entrególa brida á un criado, y volvió á
la portezuela para recibir a la señora Danglárs, á la
cual ofreció el brazo para volver á su habitation.
Luego que cerró la puerta, y se hallaron en el pa
tio á solas Debray y la baronesa.
— Que teneis, Herminia, dijo Debray , y por qué
os pusisteis tan mala al oir aquella historia ó mas
bien aquella fábula que contó el conde?
— Porque esta tarde estaba horriblemente indis
puesta, amigo mio, dijo la baronesa.
— No, no , Herminia dijo Debray, no me convence
esta respuesta , porque recuerdo que estabais muy
alegre antes de ir á casa del conde. Es cierto que el
señor Danglárs era el único que estaba un poco ca
bizbajo, pero yo sé el caso que vos haceis de su mal
humor; Que os ha sucecido? os han ultrajado? De
cidmelo: y os juro, señora, que hade arepentirse el
osado que haya sido causa de vuestro pesar.
— Os engañais, Luciano, os lo aseguro, repuso la
señora Danglárs, y no ha habido mas sentimiento
que el que os he dicho : estaba de mal humor, sin sa.
ber yo ni siquiera la causa.
— 197 —
Era evidente que la señora Danglárs se hallaba
bajo la influencia de una de esas irritaciones nervio
sas de las que apenas pueden darse cuenta á si mis
mas las mugeres, ó que, como habia adivinado De-
bray , habia esperimentado alguna conmocion oculta
que no queria confesar á nadie ; pero como sabia muy
bien como hombre de sociedad que los caprichos son
uno de los elementos de la vida femenina, desistió de
importunarla creyendo que en otra ocasion lo sabria,
ya sea por una interrogacion nueva, ó una confesion
propio motu.
La baronesa encontró en la puerta de su cuarto á
la señorita Cornelia.
La señorita Cornelia era la camarera de confianza
de la baronesa.
— Qué hace mi hija? preguntó la señora Dan
glárs.
— Ha estado leyendo toda la tarde, respondió la
señorita Cornelia, y despues se ha acostado.
— Me parece que oigo su piano.
— Es la señorita Luisa de Armilly que está tocan
do, mientras que la señorita está en la cama.
— Está bien, dijo la señora Danglárs : venid á des
nudarme.
Entraron en la alcoba. Debray se recostó sobre
un sofá, y la señora Danglárs pasó á su gabinete
de tocador con la señorita Ccrnelia.
— Querido Luciano, dijo la señora Danglárs al
través de la puerta del gabinete, todavia os quejais
de que Eugenia no os hace el honor de dirigiros la
palabra?
TOMO III. 23
— 498 —
— Señora, dijo Luciano jugando con el perrito
americano de la baronesa, el cual reconociéndole
por amigo de la casa, le hacia mil caricias, si yo
me quejo, no soy por cierto el único, por que la
misma fortuna le cabe á mi amigo Morcerf que si
mal no recuerdo os manifestaba con dolor algunos
dias hace que no podia arrancar una palabra siquie
ra á su futura esposa.
— Es verdad, dijo la señora Danglárs, pero yo
creo que una de estas mañanas cambiará todo eso y
vereis entraren vuestro gabinete á Eugenia.
— En mi gabinete ?
— Es decir, en el del ministro.
— Y para qué?
— Para pediros que la contrateis en la ópera; oh !
no podeis figuraros la pasion que tiene por la música;
es ridiculo eso en una persona de mundo !
Debray se sonrió.
— Pues bien! dijo, que vaya con el consentimiento
del baron y con el vuestro, y la contrataré, aunque
somos muy pobres para pagar un talento tan nota
ble como el suyo.
— Ya podeis retiraros, Cornelia, dijo la señora
Danglárs, no os necesito.
Salió Cornelia, y pasados algunos momentos apa
reció en la puerta de su gabinete en un negtigé se
ductor, la señora Danglárs que tomó asiento al lado
de Luciano.
Quedóse un momento pensativa , acariciando á su
perrito, y Luciano silencioso la contempló un mo
mento.
— 199 —
— Veamos, Herminia, dijo al cabo de algun tiem
po, responded francamente; teneis un pesar, eh?
— No, respondióla baronesa.
Pero en vano trataba de disimular porque bien
á las claras se veia su sofocacion ; y por fin , se le
vantó , hizo largas aspiraciones como buscando ai
re libre y fué á mirarse á un espejo.
— Estoy horrible esta noche, dijo.
Una sonrisa fué la única razon que dió Debray
para convencer de todo lo contrario á la baronesa ,
y ya se levantaba para desengañarla , cuando la
puerta que se abrió repentinamente dió á Dan-
glárs entrada en la habitacion ; Debray se volvió á
sentar.
Al ruido que causó la puerta al abrirse , se vol
vió la señora Danglárs , y miró á su marido con un
asombro que no trató de disimular.
— Buenas noches , señora , dijo el banquero ;
buenas noches , señor Debray.
La baronesa creyó sin duda que esta visita im
prevista significaba una especie de deseo de repa
rar las palabras amargas que se le escaparon al ba
ron durante aquella tarde. .
Tomó un aire de dignidad, y volviéndose hácia
Luciano sin responder á su marido :
— Leedme algo , señor Debray , le dijo :
Debray, á quien esta visita habia causado algu
na inquietud en un principio , recobró su calma al
ver la calma de la baronesa , y estendió la mano
hácia un libro abierto.
— Perdonad , le dijo el banquero , pero os vais á
— 200 —
fatigar , baronesa , velando hasta tan tarde porque
las once han dado ya, y no es prudente retener al
señor Debray tan tarde y mas viviendo distante de
aqui.
Debray se quedó estupefacto , no porque el tono
con que dijera estas palabras Danglárs dejase de
ser sumamente politico y tranquilo; sino porque al
través de esta politica y de esta tranquilidad, entre
veia un vivo deseo de parte del banquero de con
trariar aquella noche la voluntad de su mujer....!
La baronesa se quedó tan sorprendida , y mani
festó su asombro con una mirada tal , que sin duda
hubiera dado mucho que pensar á su marido si este
no hubiera tenido los ojos fijos en un periódico.
Pero por dicha ó desgracia esta terrible mirada
lanzó su tiro en vago no produciendo el efecto que
deseaba la baronesa.
— Señor Luciano, dijo la señora Danglárs, os
confieso que no tengo maldita la gana de dormir
esta noche y como he de deciros mil cosas, vais á pa
sar la noche escuchándome, aunque os violente,
mi poca prudencia á dormiros en pié.
— Estoy á vuestras órdenes , señora , respondió
Luciano con flema.
— Querido señor Debray, dijo el banquero á su
vez , no os incomodeis en escuchar las locuras de la
señora Danglárs , porque las podreis escuchar ma
ñana; pero esta noche la consagraré yo si no man
dais lo contrario, á hablar con mi esposa de asun
tos graves.
La indirecta habia sido tan brusca , y el golpe
— 201 —
que entonces dirijiacaia taná plomo, que dejó atur
didos á Debray y á la señora üanglárs , y á pesar
que ambos se interrogaron con los ojos como para
buscar un recurso contra aquella agresion , quedó
la victoria por el irresistible y ceñudo poder del
amo de casa ; el marido ganó la partida.
—Espero que no creereis que esto sea una despe
dida. No vayais á creer que os despido , querido
señor Debray , continuó Danglárs; no no; me
hariais un ultraje en pensarlo ; pero imperiosamen
te una circunstancia imprevista me obliga a desear
tener esta noche una conversacion con la baronesa;
y como esto me sucede muy rara vez ; no creo que
haya razon para que se me guarde rencor.
Debray balbuceó algunas palabras, saludó y salió.
— Es increible , dijo asi qne hubo cerrado tras si
la puerta , cuán facilmente estos maridos , á quie
nes tan ridiculos creemos , saben dominarnos....!
Asi que Luciano hubo partido , Danglárs se ins
taló en su sitio sobre el sofá, cerró el libro abier
to, y tomando una postura altamente aristocrática
á su modo de ver , siguió jugando con el perrito.
Pero como este no simpatizaba lo mismo con él que
con Debray , comenzó á gruñir y á amagarle para
morderle ; y en medio de su cólera to agarró Dan
glárs por el pescuezo y lo arrojó sobre un sillon al
otro lado del cuarto.
El animal arrojó un grito al atravesar el espacio,
pero olvidando sus maneras provocativas apenas
hubo llegado al termino de su camino aéreo, se aga
zapó detrás de un cojin , y estupefacto de aquel tra
— 202 —
to áque no estaba acostumbrado , se mantuvo si
lencioso é inmóvil.
— Sabeis , caballero , dijo la baronesa sin enojo,
que haceis progresos? ordinariamente , no sois mas
que grosero , pero esta noche estais brutal.
— Es porque esta noche estoy de peor humor que
otros dias , respondió Danglárs.
Herminia lanzó al banquero una mirada que res
piraba el mas frio desden , y aunque el orgullo que
encerraba exasperaba el orgullo mayor aun de Dan
glárs , pareció en esta ocasion que no lo habia aper
cibido.
— Y qué tengo yo que ver con vuestro mal hu
mor? respondió la baronesa irritada por la impa
sibilidad de su marido ; me importa algo ? buen
provecho os haga. Me parece que debiais haberlo
descargado en un rincon de vuestro bufete ó sobre
la cabeza de los muchos dependientes que tenéis á
vuestra disposicion.
— No , respondió Danglárs ; lo que es por ahora
valen poco vuestros consejos , señora ; asi pues , no
los seguiré. Mis escritorios son mi Pactolio , como
dice , segun creo , Demoustier , y yo no quiero
turbar el reposo y la tranquilidad de que gozan.
Mis dependientes son personas honradas , que la
bran mi fortuna , y á quienes pago menos de lo que
merecen y me guardo muy bien de encolerizarme
con ellos : con los que me encolerizaré es contra las
personas que se comen mi dinero , que rebientan
mis caballos, y que arruinan mi caja.
— Y quienes son las personas que arruinan vues
— 203 —
Ira caja? exijo que os espliqueis con mas claridad ,
caballero.
— Oh ! tranquilizaos ; si hablo por enigmas , no
tardareis en descifrarlos , repuso Danglárs. Las per
sonas que arruinan mi caja son las que sacan de
ella la suma de setecientos mil francos.
— Estais delirando y no sé lo que quereis decir,
caballero , dijo la baronesa procurando disimular
á la vez la emocion de su voz y el carmin que iba
cubriendo sus mejillas.
— Sabeis muy bien loque quiero decir, seño
ra; y si vuestro empeño en no confesármeto no
quiere cejar á mi voz que manda que me lo decla
reis , os diré que acabo de perder setecientos mil
francos en la deuda española.
— Ah ! ah ! dijo la baronesa , y qué culpa tengo
yo acaso en esa pérdida ?
— No la teneis ? Ah !
— Es decir que á mi me dais la culpa de que vos
hayáis perdido setecientos mil francos?
— De todos modos , estoy seguro de que yo no la
tengo.
— Sea esta la última vez, caballero, repuso agria
mente la baronesa ; os he dicho que nunca me ha
bleis de caja ; es un idioma que jamás oi hablar ni
en casa de mis padres, ni en casa de mi primer ma
rido.
— Yo lo creo , no hay duda , dijo Danglárs, por
que ni los unos ni el otro tenian un cuarto.
— Razon de mas para que yo no haj a aprendi
do esa jerigonza de la banca , que desde que vivo
— 204 —
con vos , me desgarra los oidos desde la mañana
hasta la noche; ese ruido de dinero que cuentan y
vuelven ácontar me es odioso, y el sonido de vues
tra voz me es aun mas desagradable.
— En verdad , dijo Danglárs , que es estraño ! y
yo que habia creido que os tomabais el mas vivo in
terés en mis operaciones !
— Yo ! y quien os ha podido asegurar una nece
dad como esa ?
— Vos misma !
— Yol
— Sin duda.
— Citadme un dia que os haya dicho tal cosa.
— Lo haré al momento. Os acordais , señora , que
en el mes de febrero último vos fuisteis la primera
que me hablasteis de los fondos de Haiti ? no fuisteis
vos misma la que tal vez soñó que un buque entra
ba en en el puerto del Havre , y que este buque traia
la noticia de que iba á verificarse un pago que se
creia remitido á las calendas griegas? En mi in-
becil credulidad conoci que no se engañaba vues
tro sueño é hize comprar inmediatamente todos los
vales que pude encontrar de la deuda de Haiti , y
gané cuatrocientos mil francos , de los cuales os fue
ron religiosamente entregados cien mil. Vos hicis
teis de ellos lo que os dió la gana , eso no me inte
resaba.
En el mes de marzo , no recordais aquella con
cesion de ferro-carriles en cuya cuestion tres socie
dades se presentaban ofreciendo iguales garantias?
No fuisteis vos la que me dijisteis que vuestro ins
— 205 —
tinto,—y aunque pretendeis ser enteramente estraña
á las especulaciones, yo creo al contrario vuestro ins
tinto muy desarollado en esa materia ; — no me ase
gurasteis que vuestro instinto os hacia creer que se
daria el privilegio á la sociedad llamada del Medio
dia ? Pues bien ; bajo vuestros consejos tomé las dos
terceras partes de las acciones de esta sociedad. En
efecto, se le concedió el privilegio como habiais pre
visto; las acciones triplicaron de valor y gané un mi
llon , del cual os fueron entregados doscientos cin
cuenta mil francos. En que habeis empleado esa su
ma? esto no es negocio mio.
— Pero donde quereis ir á parar? esclamó la
baronesa estremeciéndose de despecho y de impa
ciencia.
— Paciencia , señora , paciencia !
— Acabad de una vez.
— En abril fuisteis á comer á casa del ministro,
donde se habló de los asuntos de España, y oisteis
una conversacion secreta , en la que tratábase de la
espulsion de Don Carlos , y compré fondos españo
les. La espulsion tuvo lugar y gané seiscientos mil
francos el dia en que Carlos V pasó el Bidasoa. De
estos seiscientos mil francos os fueron entregados cin
cuenta mil escudos |de los que habeis dispuesto á
vuestro antojo y de lo que no os pido cuenta ; pero
no por eso es menos cierto que habeis recibido qui
nientas mil libras este año.
— Y qué?
— Y qué ! pues bien ! héte aqui que de pronto per-
deis vuestro tino y todo se lo lleva el demonio.
— 206 —
— En verdad teneis un modo deesplicaros...
Vuestra finura es escelen te.
— Espreso mi idea y es lo que basta. Despues, ha
rá unos tres dias , hablasteis de politica con el señor
Debray , y creisteis poder colegir de sus palabras que
don Carlos habia entrado en España ; Vendo enton
ces precipitadamente mi renta , se esparce la noticia,
hay sospechas, no vendo, doy , y al dia siguiente se
sabe que la noticia era falsa, falsedad que me cuesta
la friolera de setecientos mil francos.
— Y qué queréis decir con eso ?
— Que quiero decir? Rayo del cielo! Que vos en
tendeis perfectamente la especulacion y que yaque
yo os doy la cuarta parte cuando gano , vos sois la
que me teneis que dar la cuarta parte cuando pierdo.
Me parece que la cuarta parte de setecientos mil
francos son ciento setenta y cinco mil.
— Pero eso que me decis es una estravagancia,
y no sé á la verdad porque mezclais el nombre de
Debray en esta historia.
— Porque si por casualidad no teneis esos ciento
setenta y cinco mil francos que reclamo, los podeis
pedir prestados á vuestros amigos , y como el señor
Debray entra en este número
— Cómo ! esclamó ta baronesa.
— Oh ! nada de gestos , ni de gritos , ni de esce
nas dramáticas , señora , pues de lo contrario me
obligareis á deciros que el señor Debray se estará
mofando por haber recibido cerca de quinientas mil
libras este año, y dirá que ha encontrado al fin lo
que no han podido descubrir nunca los mas hábiles
— 207 —
jugadores, es decir, un modo de jugar en el que
no se espone ningun dinero, y en el que no se pier
de cuando hay pérdidas.
Al oir estas palabras apenas podia la baronesa
contener su rabia y su indignacion.
— Miserable ! dijo por fin estallando su cólera ;
osariais decir que no sabiais lo que os atreveis á
echarme hoy en cara?
— Yo no os digo lo que sabia, ni lo que no sa
bia, lo que si os digo es que echeis una mirada á
la ¡conducta que he observado durante los cuatro
años que hace que vos sois mi mujer y yo soy vues
tro marido , y veréis si ha sido consecuente consigo
misma. Algun tiempo despues de nuestro casa
miento deseasteis estudiar la música con ese famo
so baritono que debutó con tan feliz éxito en el tea-
tro italiano; pero yo quise aprender de baile con
aquella bailarina que habia adquirido tan buena
reputacion en Londres. Esto nos ha costado á los dos
lo mismo, cien mil francos. Callé entonces , porque
en los matrimonios debe reinar una tranquilidad
perfecta , y no es una gran cantidad la de cien mil
francos porque el hombre y la mujer conozcan bien
á fondo la música y el baile. Pero os cansó muy pron
to el canto y os dió la mania por dedicaros á la di
plomacia con un secretario del ministro ; os dejé
estudiar. Ya comprendereis lo que me importaba
mientras que vos pagaseis las lecciones de vuestro
bolsillo ! Pero hoy me he apercibido de que lo sacais
del mio , y que vuestro aprendizaje puede costarme
setecientos mil francos al mes. Alto ahi, señora;
— 208 —
esto no puede "seguir asi ; ó el diplomático dará sus
lecciones gratis , y entonces lo toleraré ; ó no volve
rá á poner los piés en mi casa. Me habeis entendido
bien , señora ?
— Oh ! eso es demasiado , caballero, esclamó Her
minia sofocada , y es un modo muy innoble de por
tarse con una señora !
— No obstante , dijo Danglárs , tengo aun la pla
centera satisfaccion de que no habeis seguido ade
lante , y que habeis obedecido aquel axioma del
código: «La mujer debe seguir al marido.»
— Tambien me injuriais!....
— Teneis razon : no pasemos mas allá , y racio
cinemos con moderacion. Yo nunca me mezclo en
vuestros asuntos sino por vuestro bien , y quiero
que hagais vos lo mismo. Decis que no os interesa
mi caja , no es asi ? Muy bien : operad con la vues
tra , pero por mil diablos que no es justo que lle
neis ni vacieis la mia. Por otra parte , quién sabe
si todo esto será algun ardid politico? si el minis
tro , furioso de verme en la oposicion y celoso de
las simpatias populares que produzco , no está de
acuerdo con el señor Debray para arruinarme?
— Ya!
— Sin duda ; quien ha visto nunca tal cosa... una
noticia telegráfica , es decir , una cosa imposible, ó
lo que es lo mismo , señales enteramente diferentes
dadas por los últimos telégrafos ! es decir , espresa-
mente en perjuicio mio.
— No ignorais , caballero , segun creo , dijo mas
humildemente la baronesa, que esc empleado ha
— 20U —
sido destituido de su destino , que se ha hablado de
formarle causa , que hasta se ha dado orden de pren
derle , y que esta órden hubiera sido ejecutada sino
se hubiera sustraido á las primeras pesquisas por
medio de una fuga que prueba su locura ó su cul
pabilidad... Es un error...
— Un error , que escita la risa de los necios , que
hace pasar una mala noche al ministro , que hace
emborronar unos cuantos pliegos de papel á los se
ñores secretarios de Estado ; pero es un error, se
ñora que á mi me cuesta setecientos mil francos.
— Veo muy puesto en razon todo cuanto me de
cis , caballero, dijo de repente Herminia, pero ya
que todo el mal proviene del señor Debray, por qué
en lugar de ir á dirijiros directamente á él , venis á
darme á mi las quejas? por qué acusais al hombre,
y reprendeis á la mujer?
— Soy yo acaso el amigo del señor Debray ? dijo
Danglárs ; es mi gusto tan poco el alcanzar su amis
tad? que me importa á mi si él dá ó deja de dar
consejos? acaso los observo ? y soy acaso yo el qué
juego? No, vos sois la que lo haceis todo. Yo no
me meto en nada.
— Me parece que puesto que os aprovechais
Danglárs se encogió de hombros.
— Criaturas locas en verdad, son las mujeres
que se creen génios , porque han sacado en bien
una ó dos intrigas ! Y aunque tuvierais el orgu
llo , de poder alabaros de que teneis habilidad ;
para ocultar vuestros desórdenes á vuestro mis-
rao marido , lo cual es el A , B , C , del arte , por
— 210 —
que la mayor párte del tiempo los maridos se des
deñan de hacer alto en nada, que lugar os pa
rece que debiais ocupar sino el de una servil imi
tadora de la mayor parte de vuestras amigas las
mujeres de mundo ? Pero no sucede lo mismo con
migo ; todo lo he visto : despues de diez y seis años
me habreis ocultado tal vez un pensamiento, pero
no un paso , una accion , ni una falta. En tanto que
vos , por vuestra parte , os enorgulleciais de vues
tro ingenioy habilidad, y creiais firmemente enga
ñarme, qué ha resultado? Que, gracias á mi pre
tendida ignorancia , desde el señor de Villefort has-
ta el señor Debray , no ha habido uno solo de vues
tros amigos que no haya temblado delante de mi ,
ni uno que no me haya tratado como amo de la ca
sa , mi único deseo respecto á vos ; no ha habido
uno que haya tenido la osadia de deciros de mi lo
que yo mismo os digo hoy ; señora , nada me impor
ta que me odieis á muerte , pero jamás consentiré
que me pongais en ridiculo , y sobre todo os pro
hibo que me arruineis.
Hasta el momento en que pronunció el nombre
de Villefort, la baronesa había manifestado algun
valor contra todas aquellas quejas ; pero al oireste
nombre palideció , y levantándose como movida por
un resorte , estendió los brazos cual si conjurára una
aparicion , y dió tres pasos hácia su marido como
para arrancarle el fin del secreto que no conocia.,
ó que tal vez por algun cálculo odioso , como lo eran
todos los de Danglárs , no queria dejar escapar del
todo.
— 211 —
— El señor de Villefort ! A que viene citar ahora
al señor de Villefort ? intentais presumir?....
— Os lo voy á esplicar en pocas pero bueMs pa
labras , señora ; quiero decir , que el señor áe Nar-
gonne, vuestro primer marido , como no era un fi
lósofo ni un banquero , ó tal vez porque siendo las
dos cosas vió que no podia sacar ningun partido del
procurador del rey , murió de pesar ó de cólera al
encontraros embarazada de seis meses despues de
una ausencia de nueve. Soy brutal , y no solamente
lo sé , sino que tengo una vanagloria en serlo ; por
que tengo esperimentado que es el medio que me
jor me ha probado en mis operaciones comerciales.
Porque en lugar de matar , se hizo matar él mis
mo? Porque no tenia caja que salvar ; pero yo
yo tengo que salvar mi caja ! el señor Debray , mi
asociado , me hace perder setecientos mil francos ;
que sufra su parte en la pérdida , y continuaremos
nuestros asuntos ; sino que me haga bancarrota de
esas ciento cincuenta mil libras , y que desaparez
ca cobardemente como hacen los que quiebran. Oh !
Dios me libre de negar que es un escelente mucha
cho , cuando dá con exactitud sus noticias ; pero
cuando no lo son , hay cincuenta en el mundo que
valen mas que él.
Aunque tan rudos ataques habian llenado de ter
ror á la señora Danglárs , hizo no obstante un es
fuerzo sobre si misma para rechazar tantas acusa
ciones. Cayó sobre un sillon, pensando en Villefort,
en la escena de la comida , en aquella estraña se
rie de desgracias que abrumaban una tras otra su
— 212 —
casa , y cambiaban en escandalosos debates la tran
quilidad de aquel matrimonio.
Daa^árs no la miró , aunque hizo todo lo posi
ble por desmayarse. Abrió de una patada la puerta
del cuarto , la volvió á cerrar sin añadir una sola
palabra , y entró en su gabinete.
Y tras la súbita desaparicion del banquero, cuan
do volvió en si la señora Danglárs, creyó que habia
sido presa de una pesadilla atroz.
213 —

5.

PROYECTOS DE CASAMIENTO.

&ERUN las doce y media del dia siguiente en que


tuvo lugar esta escena , cuando la señora Danglára
mandó que le preparasen su coche , viendo que era
la hora en que acostumbraba Debray antes de ir á
la oficina venir á visitarla, y como no se presentaba
su carruaje, sin esperar mucho salió de su casa.
Danglárs , ocultó tras una cortina , vió esta sali
da que esperaba y dió la órden de que le avisasen
rollo III. 24
— 214 —
en cuanto volviese la señora , pero á las dos aun no
habia vuelto.
A las dos salió tambien en su carruaje , y se di
rigió á la cámara donde pidió la palabra contra el
presupuesto.
Desde las doce hasta las dos Danglárs habia per
manecido en su gabinete, abriendo su corresponden
cia, trabajando en sus operaciones, y recibiendo
entre otras visitas la del mayor Cavalcanti ; quien
siempre tan risueño y tan exacto , se presentó á la
hora anunciada en la vispera para terminar su ne
gocio con el banquero.
Al salir de la cámara ; Danglárs , que dió visibles
muestras de agitacion durante la sesion , y que ha
bia hablado mas que ningun otro en contra del mi
nisterio , volvió á subir á su carruaje , y dió al co
chero la órden de conducirle á la calle de los Cam
pos Eliseos, número 30.
Se hallaba á la sazon encasa el conde de Monte-
Cristo ; pero tenia una visita y suplicó á Danglárs
que esperase un instante en el salon.
Mientras que el banquero esperaba, la puerta se
abrió , y vió entrar un hombre vestido de abate que,
en lugar de esperar como él , y mas familiar en la
casa , le saludó , entró en las habitaciones interio
res y desapareció.
Uu instante despues , la puerta por donde habia
entrado el abate se volvió á abrir y Monte-Cristo
entró en el salon.
— Os pido mil perdones por haberos hecho espe
rar , querido baron , dijo el conde , pero uno de mis
— 215 —
mejores amigos, el abate Bussoni, á quien habreis
visto pasar, acaba de llegar á Paris, y como hacia
mucho tiempo que estábamos separados, no he te
nido valor para dejarle tan pronto : Yo creo que
vuestra amabilidad me dispensará vuestra impa
ciencia en favor de la casualidad que la ha moti
vado.
— Cómo ! dijo Danglárs ; yo soy el indiscreto por
haber elegido un momento tan poco á propósito y
voy á retirarme.
— Nada de eso , todo lo contrario , tened la bon
dad de tomar un asiento. |Pero , cielos ! qué te-
neis? pareceis disgustado ; me asustais ; un capi
talista apesadumbrado es lo mismo que los come
tas , porque presajian siemprfr una desgracia en el
mundo.
— No parece sino que la rueda de la fortuna ha
cesado estos dias de caminar para mi, dijo Danglárs;
pues no recibo mas que noticias siniestras.
— Ah ! Dios mio ! dijo Monte-Cristo , habeis per
dido en la Bolsa ?
— No , ya me he recobrado ; solo se trata de una
bancarrota en Trieste.
— De veras? seria tal vez la victima JacoboMan-
fredi ?
. — El mismo ! Figuraos un hombre con quien gi
raba desde hace mucho tiempo , de unos ocho ú no
vecientos mil francos al año , con quien nunca su
fri el menor descuento , ni el mas minimo retardo
en los pagos; en fin un hombre que cumplia como
un principe que pagaba. Me aventuré á darle
— 216 —
un millon y héte aquí que al señor Manfredi se
le ocurre suspender sus pagos !
— Es cierto?
— Es una fatalitad. Giro contra él seis cientas
mil libras que no satisface; ademas soy portador de
cuatro cientos mil francos en letras de cambio fir
madas por él , y pagaderas al fin del corriente en
casa de su corresponsal de Paris. Estamos á 30, en
vio á cobrar , ya I ya ! e! corresponsal habia desa
parecido. Unido esto á mis negocios de España , he
hecho un bonito saldo este mes.
— Es decir que vuestro negocio de España tam
bien os ha salido mal ?
— Una pérdida considerable. Creí que lo sabiais.
La friolera de setecientos mil francos fuera de mi
caja, una chiripa!
— Y cómo diablos os habeis dejado engañar , vos
que sois ya perro viejo?
— Cál mi mujer tiene la culpa, soñó que Don
Cárlos habia entrado en España ; ella tiene mucha
crencia en los sueños, porque segun ella dice por
efectos del magnetismo no equivoca nada de lo que
sueña. Convencido yo tambien , la permito jugar :
ella tiene su bolsillo y su agente de cambio , juega
y pierde. Es verdad que no es mi dinero, sino el su
yo el que juega; sin embargo, no importa, ya com
prendereis que cuando salen del bolsillo dela mujer
setecientos mil francos , el marido se resiente un po
co de ello. Cómo ! no sabeis nada ? Pues no ha cau
sado poco ruido el tal negocio !....
— Me parece haber oido algo acerca de eso: pero
— 217 —
no sabia todos los pormenores porque tampoco me
hubieran interesado , pues mi ignorancia es muy
crasa en asuntos de la Bolsa.
— No jugais?
— Yol y como quereis que juegue, empleando
tanto tiempo y trabajo en el arreglo de mis rentas?
Me veria obligado á tomar un ajente y un cajero ade
mas de mi mayordomo. Nada... no pienso en eso.
Pero á propósito de España, me parece que la ba
ronesa no era la única que habia soñado en la en
trada de D. Carlos. Los periódicos han hablado de
ello tambien.
— Vos creeis en los periódicos?
— Yo , no señor ; pero me parece que el Messa-
ger merecia que se le esceptuase deesa creencia ge
neral , y que siempre han sido ciertas las noticias
telegráficas.
— Y bien! eso es lo mas inesplicable, repuso
Danglárs, pues que esa entrada de D. Carlos era en
efecto una noticia telegráfica.
— De todos modos resulta, dijo Monte-Cristo, que
en este mes habeis perdido cerca de un millon y se
tecientos mit francos.
— Cómo cerca ! esa es justamente mi pérdida.
— Diablo ! para una fortuna de tercer órden, dijo
Monte-Cristo con compasion, es un golpe bastante
rudo.
— De tercer órden ! dijo Danglárs algo amostaza
do, qué diablo entendeis por eso?
— Ya lo vereis , continuó Monte-Cristo , yo divi
do las fortunas en tres categorías ; fortuna de pri
— 218 —
mer órden, de segundo y de tercero. Llamo fortuna
de primer órden á las que se componen de tesoros
que se palpan con la mano, las tierras, las viñas,
las rentas sobre Estados como la Francia , el Aus
tria y la Inglaterra, con tal que estos tesoros, estas
minas y estas rentas formen un total de unos cien
millones; llamo fortunas de segundo órden al tráfico
en manufacturas , las empresas por asociacion , los
principados y condados que no pasan de un millon y
quince mil francos de renta, formando todo un ca
pital de cuarenta millones : y doy por fin el nombre
de fortuna de tercer órden a los capitales que dan
un producto por medio de operaciones mas ó menos
complicadas, espuestos á la casualidad, destruidos
por una noticia telegráfica; las bancas, las especu
laciones eventuales , las operaciones sometidas , en
fin á esa fatalidad que podria llamar fuerza menor,
comparándola con la fuerza mayor , que es la fuerza
natural ; formando todo reunido un capital ficticio
ó real de unos quince millones. Es acaso mayor que
esta última la fortuna que poseeis? Decidme , me he
engañado ?
— Teneis razon , respondió Danglárs.
— De aqui resulta, que con seis meses como este,
continuó Monte-Cristo con el mismo tono de sangre
fria , una fortuna de tercer órden se encontrará en su
bora postrera , es decir , agonizando.
— Oh ! en cuanto á eso , dijo Danglárs con son
risa forzada , es ecsajerado lo que decis : yo no lo
creo.
— Pues bien ! pongamos siete meses, repuso Mon
— 219 —
te-Cristo en el mismo tono. Decidme, habeis pensa
do alguna vez que siete veces un millon y setecien
tos mil francos componen cerca de doce millones?...
No?... Pues habeis hecho bien ! con semejantes re
flexiones nadie comprometeria sus capitales, que son
al comerciante lo que al hombre de alta categoria
sus insignias y trajes. Todo nuestro crédito se redu
ce á estos trajes que presentamos con mas ó menos
suntuosidad , y como al hombre cuando muere no
le queda mas que su pellejo; lo mismo que vos al
poner en claro vuestros negocios , no poseeis en rea
lidad sino cinco ó seis millones á lo mas, porque las
fortunas de tercer órden no representan mas que la
tercera ó cuarta parte de su total , asi como el loco
motor de un camino de hierro no es en medio del hu
mo que le envuelve , sino una máquina mas ó me
nos fuerte. Bajo este supuesto figuraos que de esos
cinco ó seis millones que forman vuestro capital
real , acabais de perder dos que disminuyen por
consiguiente vuestra fortuna ficticia ó vuestro cré
dito; es decir, mi querido Danglárs, que vuestra
piel acaba de ser abierta por una sangria , que rei
terada cuatro veces, os acarrearia la muerte. Va
mos, señor Danglárs, teneis necesidad de dinero?...
cuánto quereis que os preste?
— Conozco ahora que de todo entendeis menos de
cálculo, dijo Danglárs llamando en su ayuda á toda
la filosofia y todo el disimulo de la apariencia: pues
debeis saber que por diferentes especulaciones que
han tenido mejor suerte á estas horas ha ingresado
en mis arcas todo ese dinero perdido. La sangre que
— 220 —
salió por la sangria ha vuelto á entrar por medio de
la nutricion. He perdido una batalla en España , he
sido batido en Trieste , pero mi armada naval de la
India habrá conquistado algunos paises, y mis peo
nes de Méjico habrán descubierto alguna mina.
— Muy bien ! muy bien ! Pero queda la cicatriz,
y á la primera pérdida se volverá á abrir.
— No , porque camino sobre seguro ; prosiguió
Danglárs con el tono y los ademanes de un charlatan
que conociéndose vencido quiere probar lo contra
rio , y para que tanta desgracia suceda es preciso
que sucumban tres gobiernos.
— Por vida mia ! no penseis que es eso muy im
posible.
— Seria menester que la tierra no produjese.
— Acordaos de las siete vacas gordas y de las sie
te flacas.
— Ó que se retirasen las aguas del mar como en
tiempo de Faraon ; aun asi quedan muchos mares,
y mis buques tendrian por donde navegar.
— Tanto mejor, tanto mejor, señor Danglárs,
dijo Monte-Cristo , y conozco que me habia engaña
do , y que podeis entrar en las fortunas de segundo
órden.
— Creo poder aspirar á ese honor , dijo Danglárs
con una de aquellas sonrisas estereotipadas por de
cirlo asi , que le eran peculiares ; pero ya que nos
hemos engolfado en los negocios , añadió encantado
de haber hallado un motivo para variar de conversa
cion , decidme que es lo que puedo yo hacer por el
señor Cavalcanti ?
— 221 —
— Darle dinero , si tiene un crédito sobre vos y
si este crédito os parece bueno.
— Me parece que es muy bueno ! esta mañana se
presentó con un vale de cuarenta mil francos, paga
dero á la vista sobre vos, firmado por el abate Busso-
ni, y endosado á mi por vos , y ya podeis figuraros
que con tales recomendaciones tardaria bien poco á
entregarle sus cuarenta billetes.
Monte-Cristo hizo un movimiento de cabeza que
indicaba su aprobacion.
— Y no se ha contentado con eso, continuó Dan-
glárs; ha abierto á su hijo un crédito en mi casa.
— No se puede saber la cantidad que ha señalado
al jóven?
— Como cinco mil francos al mes.
— Sesenta mil al año. Es una miseria que me acre
dite la sospecha que tenia acerca esos Calvalcantis,
pues siempre crei que serian poco desprendidos. Qué
quereis que haga un jóven con 5000 francos al mes?
— Ya comprendereis que si el jóven necesita al
gunos miles de francos...
— No paseis cuidado por eso que buen cuidado
tendrá el padre de dejarlo por vuestra cuenta ; no
conoceis á todos los millonarios ultramontanos, son
avaros en medio de sus riquezas... Por quien le ha
sido abierto ese crédito?
— Oh! por la casa de Fenzi, una de las mejores
de Florencia.
— No quiero decir que perdereis; pero sin em
bargo no ejecuteis punto por punto mas que lo que
os diga la letra.
TOMO III. 25$
— 222 —
— Acaso desconfiais de ese Cavalcanti ?
— Por su firma sola le daria yo diez millones;
porque su fortuna es una de la que segun la clasi
ficacion que os hice no ha mucho rato, podria lla
marse de segundo órden , señor Danglárs.
— Y yo le hubiera tomado por un simple mayor.
— Y le hubierais hecho mucho honor , porque te-
neis razon y no satisface á primera vista su aspecto.
Cuando yo le vi por primera vez , me pareció algun
subteniente retirado envejecido en su empleo; pero
todos los italianos son asi por este estilo, parecen
viejos judios cuando no deslumbran como magos de
Oriente.
— Me gusta mas el jóven, dijo Danglárs.
-^Tambien á mi; pero su timidez le hace per
der se mérito, aunque á mi tampoco me disgusta.
Yo estaba inquieto. >
— Porqué ?
— Por la desagradable impresion que debió ha
ceros cuando porprimera vez le hallasteis en mi casa,
se puede decir acabado de entrar en el mundo , segun
me han dicho. Ha viajadocon un preceptor muy seve
ro, y no habia venido á Paris nunca.
— Es cierto que todos esos italianos acostumbran
á cásarse entre si? preguntó con indiferencia Dan
glárs, que gustan de reunir sus fortunas?
— Generalmente sucede asi, y no os han engaña
do, pero como Cavalcanti es tan original no quiere
imitar á los demas. Nadie me quitará de la cabeza
quehatraido á su hijo á Paris para buscarle una
mujer.
— 223 —
— Lo creeis asi?
— Estoy seguro. . . >
— Y habeis oido hablar de su fortuna?
— No se trata de otra cosa; pero unos pretenden
que tiene millones y otros que no tiene un cuarto. .
— Vamos á ver poco mas ó menos... cuanto cal
culais que...
— Oh! no os fundeis en lo que yo diga por
que...
— Pero en fin...
— Yo estoy en la persuasion de que todos esos
antiguos podestá, todos esos antiguos condottieri,
porque esos Cavalcan ti han mandado armadas y han
gobernado provincias; y no quisiera equivocarme,
que han enterrado los millones en esos rincones co
nocidos soló de sus antepasados y que van revelando
á sus hijos de generacion en generacion y la prueba
es que son amarillos y flacos como sus florines del
tiempo de la republica de los que conservan un reflejo
á fuerza de mirarlos. -
— Perfectamente, dijo Danglárs, y vuestras supo
siciones son mas ciertas si se reflecsiona que ninguno
posee ni siquiera un pedazo de tierra.
— Creereis que de estos sé con certeza de que na
da mas poseen que un palacio en Luca?
—Un palacio ! Ah ! es ya alguna cosa , dijo Dan
glárs riendo.
— Un palacio que le alquilan al ministro de ha
cienda, mientras él vive en unacasucha cualquie
ra. Oh ! ya os lo he dicho, le creo muy avaro.
— Vaya, vaya, no le lisonjeais.
— 224 —
— Le hago justicia y eso que apenas le conozco;
porque sino me engaño, no recuerdo haberle visto
masque tres veces en mi vida; y las noticias que ten.
go de él las he adqniriclo por el abate Bussoni y por
él mismo. Esta mañana me hablaba de sus proyectos
acerca de su hijo, y me demostraba que cansado de
ver dormir fondos considerables en Italia, que es un
pais muerto , quisiera encontrar un medio, ya sea en
Francia ó en Fnglaterra,de emplearlos: pero habeis
de notar que no salgo responsable de nada á pesar de
que tengo mucha confianza en el abate Bussoni.
— No importa, no importa; yo formo mi opinion
con todos esos informes; Decidme, sin que esta pre
gunta tenga ningun interés, cuando esas personas
casan á sus hijos acostumbran á darles dote?
— Pséh ! es segun. Yo he conocido á un principe
italiano, rico como una mina de oro, de los primeros
hombres de Toscana , que, cuando sus hijos se casa
ban á gusto suyo, les daba millones, y cuando lo
hacian á su pesar, se contentaba con darles, por
ejemplo, una renta de treinta escudos al mes. Su
pongamos pues que sea del gusto de su padre el ca
samiento de Andrea, entonces le dará tal vez uno,
dos ó tres millones ; si fuese ademas con la hija de un
banquero, por ejemplo, podrá interesar tal vez algo
de su capital con el suegro de su hijo; pero, figuraos
por el contrario que la boda le desagrada; acabáron
se los planes, el viejo Cavalcanti dá media vuelta ála
llave que cierra el arca de sus tesoros, y ya teneis al
señor Andrea que se vé obligado á vivir como el hijo
de un cualquiera, convirtiéndose en jugador ó estafa.
— 225 —
— Si, pero á ese jóven se le presentará alguna
princesa bávara ó del Perú, y tal vez aspira á una
corona, ó á ser el jefe de un pais como el Dorado ó «1
Potosi.
— No le creais, señor Danglárs, porque sé muy
bien que los mas de esos ultramontanos señorones
unen su nobleza con personas de clase inferior, y
como á Júpiter , les gusta cruzar las razas. Pero qué,
tratais tal vez de casar á Andrea, mi querido Dan
glárs, que asi os informais tan minuciosamente!
— A.fé mia, dijo Danglárs, no seria esa mala es
peculacion , y sabeis que soy un especulador.
— Supongo que no será con la señorita Danglárs?
porque no querreis que luego Alberto, en su deses
peracion, atraviese á Andrea de una estocada.
— Alberto! dijo Danglárs encojiéndose de hom
bros , ah ! si ; no le importará mucho.
— No está prometido á vuestra hija?
— Todo ese compromiso se reduce á dos ó tres ra
tos de conversacion con el señor de Morcerf, en los
que hablamos lijeramente de ese casamiento ; pero
la señora de Morcerf y Alberto...
— No vayais á decirme que no es buen parti
do
— Eh ! eh ! la señorita Danglárs creo que merece
al señor de Morcerf.
—El dote de la señorita Danglárs será muy bonito.
en efecto, y yo no lo dudo, sobre todo si el telégrafo
no vuelve á cometer mas locuras.
— Oh! no es solo el dote, porque al fin y al cabo..
Pero, decidme...
— 226 —
— Qué?
— Por qué no convidasteis á Morcerf y á su fami
lia á vuestra comida?
— No creais que fué un olvido; pero me quitó el
gusto de tenerle en mi casa, la precision que tuvo de
acompañará su señora en un viaje áDieppe que le
recomendaron los aires del mar.
— Si , si , dijo Danglárs riendo , deben serle sa
ludables.
— Por qué?
— Porque son los que han respirado en su ju
ventud.
Monte-Cristo dejó pasar el epigrama sin parecer
haber fijado la atencion en él.
.— Y no podeis menos de advertir que su bello
nombre vale alguna cosa , á pesar de no tener tan
tas riquezas como la señorita Danglárs.
— Me rio yo de su nombre, que es tan bueno co
mo el mio , dijo Danglárs.
— No lo niego : es un nombre muy popular, y el
pueblo ha adornado el titulo con que ban creido
adornaros, pero sois un hombre harto intelijente
para no haber comprendido que segun ciertas preo
cupaciones demasiado arraigadas para que se pue
dan estinguir, la nobleza de cinco siglos vale mas
que la nobleza de veinte años.
— Y en eso veo yo la razon , dijo Danglárs con
una sonrisa que procuraba hacer sardónica, queme
induce á dar la preferencia al señor Andrea Caval-
canti sobre Alberto de Morcerf.
— Pero sin embargo, dijo Monte-Cristo, yo su-
— 227 —
pongo que los Morcerf no les ceden en nada á los
Cavalcanti.
— Los Morcerf I.... mirad , querido conde , cree
reis lo que voy á deciros ?
— Seguramente.
— Vos sois conocedor en blasones ?
— Un poco.
— Pues bien ! vais á ver el color del mio muy pres
to, y conocereis que es mas sólido que el del baron
de Morcerf.
— Por qué ?
— Porque yo , si no soy baron de nacimiento ,
me llamo al menos Danglárs.
— Y qué mas?
— Cuando él ni aun se llama Morcerf.
— Cómo que no se llama Morcerf?
— No señor , no se llama asi !
— Parece increíble.
— Puedo llamarme baron y soy baron porque me
han dado el título ; pero el jamás ha sido conde por
que el suyo es usurpado.
— Imposible.
— Escuchad, mi querido conde , continuó Dan
glárs, el señor de Morcerf es mi amigo ó mas bien
mi conocido despues de treinta años ; y yo soy fran
co y no hago caso del que dirán , porque no he olvi
dado cual es mi primer origen.
— Haceis bien, y yo apruebo vuestra opinion,
dijo Monte-Cristo, pero me direis
— Pues bien ! cuando yo era escribiente de una
oficina, Morcerf era un simple pescador.
— 228 —
— Y entonces, cual era su nombre verdadero?
como se llamaba ?
— Fernando.
— Fernando á secas ?
— Fernando Mondego.
— Estais seguro?
— Diablo ! me ha vendido bastante pescado para
que no le conozca!
— Entonces, por qué le dais vuestra hija á su hijo?
— Porque los dos pobretones Fernando y Danglárs
han ido siguiendo la misma suerte y á un mismo
tiempo han alcanzado sus riquezas y sus títulos , de
modo que bien reflecsionado , tanto vale uno como
otro , escepto ciertas cosas que han dicho de él , y
no de mí.
— Qué han dicho ?
— Nada.
— Ah ! si , comprendo ; lo que me decís me hace
recordar el nombre de Fernando Mondego. Yo lo he
...ido pronunciar en Grecia, si mal no me acuerdo.
— Respecto á Alí-Pachá?
— Justamente.
— Ahí está el misterio, repuso Danglárs, y confie
so <|4ie hubiera dado cualquier cosa por descubrirlo.
— No era difícil , si hubierais tenido verdaderos
deseos de saberlo.
— Cómo ?
— Tendreis sin duda algun corresponsal en Gre
cia.
— Pues I
— Y en Janina ?
— 229 —
— En todas partes !
— Pues bien ! escribid á vuestro corresponsal de
Janina, y preguntadle el papel que ha hecho en la
catástrofe de Alí-Tebelin , un francés llamado Ftr
nando.
— Teneis razon ! esclamó Danglárs , levantándo
se vivamente, hoy mismo escribiré !
— Haced! o .
— En seguida.
— Y si recibise'n ello alguna noticia escandalosa.
— La sabréis al momento.
—Me dareis un gran placer.
Precipitadamente salió Danglárs del salon , y su
bió á su carruaje de un salto luego que llegó á la
puerta.

IOMO 111. 26
6.

EL GABINETE DEL PROCURADOR DEL REY.

P beciso será que sigamos los pasos de la senora


Danglárs en su temprana escursion , dejando al ban
quero que precipitadamente se vaya á casa. Es pre
ciso recordar, que serian las doce y media cuando
la señora Danglárs pidió sus caballos y salió en car
ruaje.
Dirijióse hácia el barrio de Saint-Germain , to
mó por la calle Mazarine é hizo parar junto al Puen-
le Nuevo.
— 232 —
Bajó y atravesó el puente. Iba vestida con suma
sencillez , como conviene á una mujer de gusto que
sale por la mañana , y al llegar á la calle de Guene-
gaud subió á un fiacre , diciendo al cochero que se
dirijiese á la calle de Harley.
Apenas estuvo dentro del fiacre, sacó de su bolsi
llo un velo negro muy espeso, que sujetó á su gorro
de paja; se lo puso despues y vió con placer, al mi
rarse en un espejillo de faltriquera , que no se dis
tinguian absolutamente sus facciones.
El fiacre entró en el patio de la audiencia por la
plaza Dauphine , y pagando, al abrir la portezuela,
la señora Danglárs , lanzándose hácia la escalera
que subió lijeramente , llegó sin tardanza á la sala
de los pasos perdidos.
No hicieron alto en aquella mujer los empleados
y porteros , porque es la hora en que hay mas ne
gocios y ocupaciones en el palacio , y aprovechán
dose de esta coincidencia , la señora Danglárs atra
vesó la sala de los Pasos perdidos sin ser notada mas
que de otras diez ó doce mujeres que esperaban á su
abogado.
Apenas llegó á la antesala del gabinete del señor
de Villefort , no tuvo necesidad la señora Danglárs
de pronunciar su nombre , porque al momento que
la vieron llegar, un ugier se levantó dirigiéndose á
ella, la preguntó si era la persona que esperaba el
señor procurador del rey , y vista su respuesta afir
mativa , la condujo por un corredor reservado al
gabinete del señor de Villefort.
El magistrado escribia sentado en su sillon, vuel
— 233 —
to de espaldas á la puerta, y aunque oyó muy bien
abrir la puerta, oyó tambien al ugier pronunciar
estas palabras: «entrad señora,» y oyó volverse á
cerrar la puerta, no hizo un solo movimiento; pe
ro apenas sintió perderse los pasos del ugier que se
alejaba, se volvió vivamente, corrió los cerrojos
y las cortinillas , y visitó cada rincon del gabinete.
Asi que se cercioró de que no podia ser visto ni
oido, .quedó al parecer tranquilo y dijo:
— Gracias, señora, gracias por vuestra exactitud.
Y la ofreció un sillon que la señora Danglárs acep
tó, porque se sentía tan turbada que temia caerse.
— Señora ; cuanto tiempo hace , dijo el procura
dor del rey sentándose tambien en un sillon , que
no alcanzo la dicha de hablaros á solas! Y hoy que
llego á alcanzarla solo será con el dolor devolver
nos á encontrar para tratar de un asunto muy pe
noso.
— Y á pesar de que esta conversacion dará sin
duda mas pena á mi corazon que al vuestro, estais
viendo caballero la puntualidad con que be acudi
do á vuestra cita.
Villeforl se sonrió amargamente.
— Es pues verdad , señora , dijo respondiendo
mas bien á su propio pensamiento que á las pala
bras de la señora Danglárs ; es pues verdad que to
das nuestras acciones dejan sus huellas , que mira
el alma cuando se vuelve á mirar hácialo pasado,
presentándose unas sombrias y tristes , otras bri
llantes y felices : y como reptil que deja un suico
al arrastrarse sobre la arena , los dejan tambien
TOMO III. 27
— 234 —
nuestros pasos en el sendero de la vida ! Ah ! para
cuantos este surco lleva un torrente de lágrimas !
— Caballero , dijo la señora Danglárs , vos com
prendeis mi emocion , no es verdad? Pues bien , os
suplico que abrevieis ; cuando contemplo este gabi
nete por donde han pasado tantos culpables temblo
rosos y avergonzados , este sillon donde yo me sien
to á mi vez temblorosa y turbada Oh ! necesito
de toda mi razon para no ver en mi una mujer muy
culpable y en vos un juez amenazador.
Villefort meneó la cabeza y lanzó un suspiro.
— Y yo, repuso , yo digo que mi asiento no es
el sillon del juez sino el banquillo del acusado.
— Vos? dijo la señora Danglárs asombrada.
-Si, yo!
— Me parece que vuestro puritanismo exajera
la situacion, caballero, dijo la señora Danglárs,
cuyos hermosos ojos se iluminaron con fugitivo res
plandor. Esos surcos que mentábais hace un instan
te han sido trazados por todas las juventudes ar
dientes , y si en el fondo de las pasiones , mas allá
del placer, hay siempre un poco de remordimien
to , por esto el evangelio , ese refugio eterno de los
desgraciados , nos ha dado por sosten , á nosotras
pobres mujeres, la admirable parábola de la jóven
pecadora y de la mujer adúltera. Cuando tiendo mis
espantados ojos á esos pasados delirios de mi ar
diente juventud , creo que si hay justicia en el cielo
Dios perdonára los devaneos que bastante ha es
piado mi corazon con negros pesares ; pero vos
vosotros los hombres qué teneis que temer en todo
— 235 —
esto"? qué teneis que temer , repito , puesto que la
sociedad os disculpa y el escandalo os ennobtece?
— Señora, repuso Villefort , vos me conoceis;
sabeis que no soy hipócrita , ó á lo menos que cuan
do lo soy no es sin razon. Si mi frente es severa, es
porque muchas desgracias la han obscurecido ; si
mi corazon se ha petrificado, es á fin de poder cu
brir los choques que ha recibido. No era yo asi en
mi juventud , no era yo asi aquella noche de lin
das en que todos estábamos sentados al rededor de
una mesa en la calle del Cours en Marsella Pe-
•o sabeis que todo ha cambiado en mi y á mi alre-
•wr ; mi vida se ha pasado en correr tras cosas
dificiles y en chocar con las dificultades de los que,
voluntaria ó involuntariamente , por su libre alve-
drio ó por la casualidad , se encontraban colocados
en medio de la senda que yo seguia pata colocar
esas mismas cosas ante mis ojos como un irresistible
iman. Es raro que lo que uno desea ardientemente
no sea defendido con teson por aquellos de quienes
se quiere obtener ó por aquellos á quienes se trata
de arrebatar! Asi pues , la mayor parte de las ma
las acciones de los hombres les salen al encuentro
disfrazadas bajo la forma que requiere el caso; una
vez cometida la mala accion en un momento de
exaltacion , de temor ó delirio , se conoce que se hu
biera podido pasar por su lado evitándola ; con que
sencillez y facilidad conoceis entonces que pudierais
haber obrado para alcanzar vuestro deseo ! inutil
descubrimiento! Os preguntais despues desespera
do: como no he hecho esto en lugar de hacer aque
— 236 —
lio? Vosotras, al contrario, rara vez os veis ator
mentadas por los remordimientos , porque rara vez
sois las que os decidis ; porque vuestras desgracias
son las mas de las veces falsamente imputadas , por
que en lin vuestras fallas son casi siempre el resul
tado del crimen de otrf¡s.
— Pero á lo menos caballero, convenid en que,
si yo he cometido una falta, y esta falta ha sido
personal , ayer recibi un severo castigo.
— Pobre mujer ! dijo Villefort estrechándola una
mano , demasiado severo para vuestras fuerzas , por
que dos veces estuvisteis á punto de sucumbir , y
sin embargo
— Qué?
— Debo deciros armaos de todo vuestro va
lor, señora, porque aun no lo sabeis todo !....
— Dios mio ! esclamó la señora Danglárs asusta
da , que mas hay ?
— Vos solo dirijis vuestras miradas al pasado que
es negro y triste ; pero cerrariais vuestros ojos con
terror si mirando al porvenir lo hallaseis como yo
mas negro y horrible aun espantoso san
griento quizá !
La baronesa que conocia la tranquilidad de Ville
fort se asombró tanto de su exaltacion , que abrió
la boca para gritar, pero el grito espiró en su gar
ganta.
— Y cómo ha resucitado ese pasado terrible?
— Cómo un fantasma ha salido, exclamó Ville
fort , del fondo de la tumba y del fondo de nues
tros corazones donde dormia , para llenar de ver
— 237 —
guenza nuestras mejillas, para hundir en el deshonor
nuestras frentes !
— Ah ! dijo Herminia , la casualidad sin duda !
— La casualidad! repuso Villefort, no, no se
ñora, no existe la casualidad !
— Acaso no ha conducido todo esto la mano fatal
de la casualidad? no ha sido una casualidad que
el conde de Monte-Cristo haya comprado aquella
casa ? no hizo cavar la tierra en aquel mismo sitio
por casualidad? no ha sido casualidad laminen que
aquel desgraciado niño fuese enterrado debajo de los
árboles ! Pobre víctima inocente en cuyos. labios
frios por la muerte no pude estampar un beso de
madre ! pobre criatura cuyo recuerdo tantas lágri
mas me ha costado ! Ah ! todo mi corazon palpitó
cuando oí hablar al conde de aquella infeliz criatu
ra cuyos despojos encontró debajo de las tlores.
— No, respondió Villefort con voz sorda, y este
este es el secreto terrible que tenia que deciros : Se
ñora no no se han encontrado tales despojos
debajo de las flores ; no ha habido Ial niño desen
terrado; no, no se le debe llorar ; no, no se debe
gemir , se debe temblar.
— Qué quereis decir?.... esclamó ta señora Dan-
glárs estremeciéndose .
— Oid, señora y temblad : el conde de Monte-
Cristo, al cavar al pié de aquellos árboles , no ha
podido encontrar ni esqueleto de niño , ni cofre
p ;rque debajo de aquellos árboles , señora de
bajo de aquellos árboles no habia una cosa ni otra !
— Qué no habia una cosa ni otra ! repitió la se
— 238 —
ñora Danglárs fijando en el procurador del rey sus
ojos , cuyas pupilas dilatándose espantosamente in
dicaban un sumo terror; no habia ni una cosa ni
otra! repitió con el desesperado acento de una per
sona que procura fijar con el sonido de sus pala
bras y de su voz sus ideas prontas á escapar de su
cabeza.
— Nada no habia nada ! dijo Villefort dejan
do caer su frente sobre sus manos; no, cien veces
no !.... No habia nada !
— Pero no fué allí donde depositasteis el pobre
niño , caballero? Por qué me habeis entonces enga
ñado? Con qué objeto decidmelo hablad !
— Allí fué, pero oidme, oidme, señora, y estoy
seguro que vais á compadecerme á compade
cerme , sí , porque por espacio de veinte años he
sostenido sobre mis hombros , sin haceros participe
de ella, la carga de horribles dolores en cuyo secre
to voy ahora á iniciaros.
— Dios iniol vuestras palabras me llenan de ter
ror; pero hablad hablad; os escucho con afan.
— Inútil es renovar vuestro dolor con el recuerdo
de aquella noche de llanto y amargura en que es
tabais en vuestra cama casi espirando , en aquel
cuarto forrado de damasco encarnado, mientras que
yo casi sufriendo tanto como vos esperaba vues
tra libertad. Recibí al niño en mis brazos sin mo
vimiento, sin respiracion , sin voz, y le creimos
muerto.
La señora Danglárs hizo un movimiento rápido
como si hubiese querido levantarse del sillon.
— 239 —
Villeforl sin embargo, la detuvo cruzando las ma
nos como para implorar su atencion.
— Le creimos muerto , repitió, le puse en un co
fre que debia reemplazar al ataud , bajé al jardin,
cavé una hoya y le enterré apresuradamente. La
tierra de la huesa habia caido ya sobre mi secreto,
cuando vi con espanto sobre mi frente el airado bra
zo del corso: á la rápida y deslumbradora luz de
un relámpago , se levantó ante mis ojos una som
bra. Un agudo dolor iba á arrancar un grito que
quedó apegado con mi garganta : un temblor de
hielo horripiló mi cuerpo cai moribundo y me
crei muerto. Nunca olvidaré el sublime valor que
desplegasteis cuando vuelto en mi me arrastré es
pirante hasta el pié de la escalera, donde espiran
te vos tambien me salisteis á recibir. Era preciso
guardar silencio acerca de la terrible catástrofe ;
vos tuvisteis valor para volver á vuestra casa, apo
yada en vuestra nodriza, y un duelo fué el pretesto
de mi herida. Contra lo que vos y yo esperábamos,
el secreto permaneció oculto, se me transportó á
Versalles, y durante tres meses luché con la muer
te; pero cuando ya parecia volver á la vida, me
ordenaron el sol y los aires del Mediodia. Cuatro
hombres me llevaron de Paris á Chalons, andando
seis leguas al dia. Mi esposa iba siguiendo la silla de
mano en su carruaje : en Chalons , navegamos por
el Saone , despues pasé al Ródano , y con la fuerza
de la corriente, llegamos hasta Arlés; en Arlés lomé
mi litera y continué mi camino hasta Marsella. Mi
convalescencia duró diez meses durante los cuales ja
— 240 —
más llegó á mis oidos vuestro nombre , que yo tube
cuidado de no pronunciar, no teniendo tampoco va
lor para preguntar lo que habia sido de vos. Cuan
do volvi á Paris , supe que , viuda del señor Nar-
gonne , os habiais casado con el señor Danglárs.
Cuál era mi pensamiento desde que recobré la ra
zon ? Ah ! con eterno tormento , vacia siempre ante
mis ojos aquel cadáver de niño , que rompiendo la
cárcel de su tumba , venia á perseguirme en mis
sueños con sus miradas amenazadoras miradas
que fijas en las sombras como sangrientas ráfagas
veia brillar en mis angustiosos insomnios! Luego
que estuve de vuelta en Paris me informé , la casa
no habia sido habitada desde que habiamos salido
de ella; pero aca baba de ser alquilada por nueve
años. Fui á ver el ¡nquilino, finji tener un gran
deseo de no ver pasar á manos estrañas aquella ca
sa que pertenecia al padre y á la madre de mi mu
jer; ofreci una indemnizacion para que se rescin
diese la escritura de arrendamiente : me pidieron
seis mil francos, yo hubiera dado diez, veinte mil.
Los llevaba encima , hice firmar acto continuo y
delante de mi la rescision , y apenas me la entre
garon , parti á galope con direccion á Auteuil. Na
die habia entrado en la casa desde que yo habia sa
lido de ella.
Eran las cinco de la tarde , subi á la alcoba de
damasco encarnado , y esperé á que llegase la no
che. En el misterioso silencio de sus sombras se re
novó en mi exaltada fantasia todo lo que me habia
pasado hacia un año , pero bajo un aspecto mas
— 241 —
amenazador, tanto, que á mi mismo me parecia
incomprensible.
Aquel corso que me habia declarado la vendetta,
que me habia seguido desde Nimes á Paris ; aquel
corso , que estaba oculto en el jardin , que me ha
bia herido , me habia visto cavar la huesa , me ha
bia visto enterrar al niño, podia conoceros , tal vez
os conocia.... No podia haceros pagar bien caro al
gun dia el secreto de aquella terrible escena? no
podia ser una venganza mas dulce para él , el ver
me sobrevivir al golpe de su agudo puñal para ator
mentarme con un secreto tan terrible? No era pues,
antes que todo, muy urgente el hacer desaparecer
las huellas de aquel pasado y destruir todo vestigio
material ? Ah ! demasiada realidad habia en mi
imaginacion y en mis recuerdos , y con ese afan
habia anulado la escritura del arrendamiento , por
eso habia ido al jardin , por eso tan solo esperaba
con impaciencia
Llegó la noche y esperé hasta que las sombras
cubriesen del todo el espacio. Esperaba en aquel
cuarto , cuyas vidriera? y ventanas se estremecian
con las bocanadas del viento : detrás de ellas creia
ver siempre emboscado algun espia; de cuando en
cuando, me estremecia; pareciame oir detrás de mi
vuestros lastimeros quejidos, y no me atrevia á
volver la cabeza
Mi corazon latia en silencio, y yo le sentia latir
tan violentamente, que temia se volviese á abrir mi
herida ; al fin oi apagarse, uno tras otro, todos esos
ruidos diversos del campo , y cuando conoci que no
TOMO III. 28
— 242 —
tenia nada que temer, que no podia ser visto ni oi
do, me decidi á bajar
Escuchad, Herminia, tan valiente me creo como
cualquier otro hombre, pero cuando saqué de mi
pecho aquella llavecita de la escalera, aquella llave
a la que tanto cariño profesábamos, y que vos qui
sisteis enlazar á una sortija de oro ; cuando abri la
puerta , cuando á traves de las ventanas , vi una
pálida luna que arrojaba, sobre las gradas en espi
ral , una prolongada cinta de luz blanca que se ase
mejaba á un espectro, entonces no pude mas, me
apoyé en la pared y estuve á punto de gritar
Crei volverme loco! Mas por fin, dominado mi es
panto, comencé á bajar la escalera, escalon por es
calon ; lo único que no pude contener , fué un estra-
ño temblor en las rodillas. Me agarré al pasamanos
que si hubiera soltado un instante me hubiera pre
cipitado
Llegué á la puerta que está al pié de la escalera y
hallé un azadon arrimado á la pared, que tomé con
mano temblorosa adelantándome hácia la calle de
árboles que está enfrente de la puerta : llevaba una
linterna sorda : en medio de la plazoleta me detuve
para encenderla y en seguida continué mi camino.
El mes de noviembre tocaba á su fin , todo el ver-
flor del jardin habia desaparecido : los árboles pa
recian esqueletos de largos y descarnados brazos, y
ias hojas muertas crujian sobre la arena á cada paso
que daba
Era tal el espanto que sobrecojia mi corazon, que
al acercarme al árbol, saqué una pistola y la amar
— 243 —
tillé. Siempre creia ver aparecer al través de las ra
mas la amenazadora figura del corso
Diriji la luz de mi linterna sorda al árbol y no vi
á nadie: despues examiné con una mirada al rede
dor mio ; estaba enteramente solo. Ningún ruido
turbaba el silencio de la noche , esceptuando que á
lo lejos el fatidico canto de la lechuza parecia evocar
los fantasmas de la noche con sus fúnebres quejidos.
Coloqué mi linterna en el suelo , en el mismo si-
tio donde la colocara un año antes para cavar la
huesa.
La yerba habia brotado mas espesa hácia aquel
punto, pues que cuando hubo llegado el otoño, na
die se habia cuidado de arrancarla. Sin embargo
habia un sitio en que no habia casi nada, y era pro
bable que alli fué donde le enterré. En aquel sitio
me puse con afan á trabajar.
Habia llegado en ñn aquella hora tan esperada
hacia un año !
Y trabajaba trabajaba con afán, pensando,
cuando para tomar aliento dejaba cansado caer el
azador, que encontraria resistencia... Pero esfuerzos
inútiles! y hacia unas escavaciones dos veces ma
yores que las primeras. Crei haberme engañado de
sitio; miré los árboles, procuré reconocer los por
menores que se habian quedado grabados en mi
imaginacion y á pesar que surcaban mi frente las go
tas de un abundante sudor, fria y penetrante la bri
sa silvaba al través de las ramas despojadas de sus
hojas. Me acordé de haber recibido la puñalada en
el momento de estarépisonando !a tierra para vol -
— 244 —
verá cubrir la huesa! al estar haciendo esta opera
cion, me apoyé contra un sauce; detrás de mi habia
una roca artificial destinada á servir de banco á los
paseantes, porque al dejar caer la mano senti el frio
de aquella piedra: ámi derecha estaba el sauce, de
trás de mi la roca; cai aniquilado sobre la piedra;
pero con nuevo aliento me volviá levantar, y me pu
se á ensanchar el agugero: Ah! no habia nada... na
da! alli no estaba el cofre.
— No estaba el cofre! murmuró la señora Dan-
glárs sofocada por el espanto.
— No creais que me limité á esta sola tentativa,
continuó Villefort; porque minuciosamente miré y
huroneé todo aquel lugar; y pensando por fin si el
asesino, habiendo desenterrado el cofre y creyendo
que era un tesoro , quiso apoderarse de él y se lo lle
vó; apercibiéndose despues de su error, haria un
agujero á su vez y lo depositaria en él , pero nada.
Despues me ocurrió la idea de que tal vez no habia
tomado tantas precauciones y lo habia arrojado en
algun rincon. Asi pues, para averiguarlo tenia que
esperar á que llegase el dia , volvi á la alcoba y es
peré.
— Oh! Dios mio!
— Luego que amanecieron los primeros albores de
la mañana volvi á bajar: esta vez mi visita fué hácia
el arbol, esperando encontrar en él algunas señales
que se me hubieran escapado durante la obscuridad
Yo mismo adverti con asombro que habia removido
la tierra en una superficie de mas de veinte pies cua
drados y sobre una profundidad de mas de dos pies:
— 245 —
trabajo que fué obrado una hora de anheloso deli
rio, y que hubiera costado un dia á un hombre
asalariado. Nada, no vi absolu tamente nada!
Entonces diriji mis investigaciones hácia donde
supuse que debieran haber ocultado el cofre, y
animado de una fugaz esperanza tomé el camino
que conducia á la puerta de salida; pero esta nueva
investigacion fué tan inútil como la primera , y me
volvi al árbol con el corazon oprimido....
• — Oh ! esclamó la señora Danglárs , habia para
volverse loco!...
— Asi lo esperé yo por un momento; pero no tu
ve esa dicha porque bien pronto recobrando mis aba
tidas fuerzas y recojiéndo mis ideas, me puse á re
flexionar profundamente. Para qué se habrá lle
vado aquel hombre el cadáver? me preguntaba á mi
mismo.
. — Vos lo habeis dicho ya, repuso la señora Dan
glárs , para tener una prueba.
— No señora, no podia ser asi , porque no se guar
da un cadáver un año, sino que se presenta á un
magistrado, y se le hace una declaracion, y nada
de esto habia sucedido,
— Luego entonces?... preguntó Herminia palpi
tante.
— Entonces hay una cosa mas terrible, mas fa
tal, mas espantosa para nosotros , que el niño esta
ba vivo tal vez y que el asesino lo ha salvado.
La señora Danglárs lánzó un grito terrible, y
agarrando las dos manas de Villefort:
— Mi hijo estaba viwl esclamó, habeis enterrado
— 246 —
á mi hijo vivo, caballero! No estabais seguro de que
mi hijo estaba muerto, y le habeis enterrado!
ah!...
Levantóse la señora Danglárs luego que oyó una
revelacion tan espantosa, y colocada ante el procu
rador del rey estrechaba con ademanes de terrible
amenaza sus manos que tenia entre las suyas.
— Yo no sé nada, señora: esta es una suposicion
mas ó menos acertada que os indico sin presentá
rosla como una realidad, respondió Villefort acom
pañando sus palabras de una mirada que revelaba
que ai|uel hombre de tanto imperio sobre si mismo
estaba próximo á tocar los límites de la desespera
cion y de la locura.
— Oh I hijo mio ! pobre hijo mio ! esclamó la baro
nesa, cayendo sobre su silla y sofocando sus sollo
zos con su pañuelo.
Villefortvolvióensí y creyó, que, manifestándola
el terror que le inspiraba este suceso inesperado,
podría amainar la tempestad maternal con que le
amenazaba la señora Danglárs.
— Escuchad , señora y temblad. Si es cierto lo que
acabo de revelaros, dijo levantándose y acercándose
á la señora Danglárs para hablarla en voz mas ba
ja, estamos perdidos; si ese niño vive, si hay quien
sabe que vive, si hay alguien que sepa nuestro se
creto, qué pensais, señora de vuestro porvenir? Y
no hemos de pensar que posee ya nuestro secreto
ese conde de Monte-Cristo que habla delante de no
sotros de un niñodesenterracLule donde este niño no
estaba?
— 247 —
— Dios! Dios justo! Dios vengador! murmuróla
baronesa.
Villefí rt no respondió sino con un rugido.
— Pero ese niño... ese niño, caballero? repuso la
baronesa con obstinacion.
— Oh ! cuanto le he buscado! prosiguió Villefort
torciendo los brazos; cuántas veces le he llamado en
mis largas noches de insomnio ! cuántas veces he de
seado una riqueza real para comprar un millon de
secretos á un millon de hombres, y para encontrar
mi secreto entre los suyos! Un dia... era la centé
sima vez que tomaba mi azadon, me pregunté por
la centésima vez que podia haber hecho el Corso del
niño? un niño embaraza mucho á un fugitivo, dije,
y tal vez al reparar que estaba vivo lo habrá arro
jado al rio!
— Oh !imposible! esclamó la señora Danglárs; se
asesina á un hombre por venganza, pero no es po
sible ahogar áun niño inocente á sangre fria !
— Tal vez, continuó Villefort, lo habia puesto en
el torno de la Inclusa!
— Oh! teneis razon... eso es; si, si! esclamó la
baronesa, mi hijo está allí, caballero !
— Impelido por esta idea corrí al hospicio, y su-
peque en la noche fatal del 20 de setiembre... aque
lla misma noche, habia sido depositado un niño en el
torno; que estaba envuelto en la mitad de una toa
lia de tela fina, cortada con intencion, y que esta
mitad de toalla llevaba la mitad de una corona de
baron y la letra H.
— Eso es! eso es! esclamó la señora Danglárs ,
— 248 —
toda mi ropa estaba marcada así; el señor de Nargon-
ne era baron y yo me llamo Herminia. Gracias, Dios
mio! entonces vivía... vivia aun mi hijo!
— Vuestro hijo vivia.
— Y con tanta sangre fría me decis eso? no sabeis
que me va á matar de alegría? caballero ! donde está,
donde está mi hijo?
Villefort se encojió de hombros.
— Lo sé yo acaso ! dijo ! y creeis que si lo supiera,
osharia sufrir todas estas pruebas? No! Ah!... de
masiado que no losé Me dijeron que una mujer
habia ido á reclamarlo baria seis meses con la otra
mitad de la servilleta, que esta muger habia presen
tado todas las garantías que exije la ley , y se le en
tregaron.
— Pero vos debiais haberos informado de aquella
mujer, debiais haberla descubierto donde tenia mi
hijo...
— Y cual fué mi afan desde entonces? en que otra
cosa me ocupé ya, señora? Finjí una instruccion
criminal y empleé todos los dependientes, me valí
de todos los medios de la policía para descubrirla.
Siguieron sus huellas hasta Chalons, donde por mi
desgracia las perdieron..
— Las perdieron ?
— Si, las perdieron para siempre.
La señora Danglárs habia escuchado esta relacion
ahogando sus gritos y jemidos prontos á saltar del
corazon: no habia derramado una lágrima de sus
ojos, pero cuando oyó esta última palabra, no pudo
contenerse y rompió en amargo llanto.
— 2-49 —
— Y no habeis hecho mas? dijo , os habeis limi
tado solo á eso?....
— Oh ! no , dijo Villefort , jamás he cesado de ave
riguar , de buscar , de informarme ; pero t;l tiempo
habia ido apagando este anhelo y hacia muchos años
ya que habian cesado mis pesquisas. Hoy señora,
vuelvo á seguir mi obra con nueva constancia , con
mayor tenacidad que nunca , y saldré bien , porque
no es solo la conciencia la que me remuerde y la
que me impele hoy... es ya el miedo !
— Pero , replicó la señora Danglárs , el conde de
Monte-Cristo no sabe nada pues de lo contrario ,
no obrada como lo hace, sino que haria su decla
racion.
— Oh ! la maldad de los hombres es muy inmen
sa! dijo Villefort , puesto que es mas inmensa que la
bondad de Dios. No habeis advertido el brillo estra-
ño de las miradas de aquel hombre mientras nos
hablaba?
— No.
— No le habeis examinado profundamente?
— Sin duda es original y misterioso , pero nada
mas ; y lo único que me ha admirado notablemente,
es que de toda aquella esquisita comida que nos
ha dado no ha tocado á nada , no ha probado ningun
plato.
— Si , si , dijo Villefort , tambien yo lo he nota
do. Si yo hubiese sabido lo que sé ahora, no hubiera
tocado manjar alguno ; hubiese creido que nos habia
querido envenenar.
— Y os hubierais engañado , como veis.
— 250 —
— Si, sin duda ; pero, creedme, señora, ese hom
bre tiene otras miras, y por esto he querido veros,
por esto he deseado preveniros contra todo el mun
do, pero contra él sobre todo. Decidme, continuó
Villefort, fijando mas profundamente sus ojos en la
baronesa , no habeis acaso comunicado á nadie el
secreto de nuestras relaciones ?
— Jamás, á nadie !
— Ya entendereis bien, replicó afectuosa men te
yillefort, lo que quiero decir con estas palabras, á
nadie no es verdad? á nadie en el mundo? á nadie?
Perdonad , señora mi pesadez.
—Oh ! si , si , entiendo muy bien , dijo la baro
nesa sonrrojandose ; os juro que nadie lo sabe.
— No acostumbrais á escribir por la noche lo que
haceis durante el dia? no haceis diario?
— No ! mi vida pasa arrastrada por la frivolidad,
y yo mismo la olvido.
— No soñais en voz alta , que vos sepais á lo me
nos?
— Tengo un sueño de niño no os acordais !
Sonrojóse la baronesa y el rostro de Villefort se
cubrió de una palidez.
— Es verdad , dijo en voz tan baja que apenas
se oyó.
— Y bien ! preguntó la baronesa.
— Y bien ! se muy bien lo que tengo que hacer,
respondió Villefort , y antes de ocho dias sabré quien
<>s el conde de Monte-Cristo, de donde viene , á don
de va , y porque habla delante de nosotros de niños
desenterrados en su jardin.
— 251 —
Villefort pronunció estas palabras con tan terri
ble acento que á haberlas oido el conde tal vez se
hubiera estremecido. Estrechando despues la mano
que la baronesa vacilaba en darle , la condujo res
petuosamente hasta la puerta.
La señora Danglárs tomó otro fiacre que la con
dujo al Puente Nuevo , cerca del cual encontró su
carruaje y su cochero, que la esperaba durmiendo
sobre el pescante con el sueño mas apacible.
7.

UN BAILE DE VERANO.

E h coche de viaje seguía á lo largo de la calle de


Helder, y se paró en el patio de la casa número 27
despues de haber cruzado la puerta sin detenerse ,
el mismo dia y á la misma hora que la señora Dan-
glárs , como han visto los lectores , acudía á la cita,
que hemos dicho en el gabinete del señor de Villefort.
Al cabo de un instante se abrió la portezuela del
coche , y la señora de Morcerf bajó apoyada en el
brazo de su hijo.
— 254 —
Apenas hubo Alberto conducido á su madre á su
habitacion , mandado que diesen un baño á sus ca
ballos , y despues de haberse mudado de traje , se
hizo conducir á los campos Eliseos , á casa del con
de de Monte-Cristo.
El conde le recibió con su sonrisa habitual de la
que no sabia adivinarse la espresion ; pues era para
todos causa de estrañeza el conocer que nunca se po
dia adelantar un paso en el corazon ó en el espiritu
de aquel hombre. Los que intentaban , por decirlo
asi , atravesar la barrera de su intimidad, encon
traban un muro.
Morcerf , que corria á su encuentro con los brazos
abiertos, los dejó caer al verle, á pesar de su sonrisa
amistosa , y á lo único que se atrevió al desahogarse
fué á darle la mano.
Monte-Cristo por su parte se la tocó como hacia
siempre , pero sin estrecharsela.
— Y bien ! aqui me teneis , querido conde , dijo.
— Seais muy bien venido.
— He llegado hará una hora.
— De Dieppe ?
— De Treport.
— Ah , es verdad !
— Y mi primera visita es para vos.
— Sois cortés en todo , dijo Monte-Cristo con in
diferencia.
— Y bien , veamos , que noticias hay ?
— Noticias ! vos me pedis noticias á mi , á mi que
soy un estranjero ?
— Yo me entiendo , porque si os pregunio si hay
— 255 —
noticias , lo digo en vez de preguntaros si habeis he
cho algo por mi ?
— Si he hecho algo por vos? No entiendo lo que
decis. Pues quel me habiais encargado alguna co
mision? dijo Monte-Cristo fingiendo inquietud.
— Vamos, vamos! dijo Alberto, no os hagais el
indiferente ! y si no mienten los que aseguran que
hay avisos simpáticos que atraviesan la distancia ,
yo en Treport he recibido un golpe eléctrico que me
anunciaba , que si no habiais trabajado , habiais
al menos pensado en mi.
— Es muy posible, dijo Monte-Cristo. Teneis ra
zon , porque he pensado en vos ; pero confieso inje-
nuamente que la corriente magnética de que yo era
conductor, obraba independiente de mi voluntad.
— De veras ! os suplico que me conteis eso.... dé
cidme....
— Os voy á dar gusto al instante. El señor Dan-
glárs ha comido en mi casa.
— Ya sabia eso puesto que mi madre y yo nos
fuimos para huir de su presencia !
— Pero hacomidoconel señor Andrea Cavalcanli.
— Vuestro principe italiano?
— No exageremos , pues el señor Andrea solo se
dá el titulo de conde.
— Decis que se lo dá ?
— Digo que se lo dá.
— Pues no lo es ?
— Eh ! yo que sé ! él se dá el titulo de conde ,
yo se lo doy , todos se lo dan... y no es esto la mis
mo que si lo tuviera?
— 256 —
. — Qué hombre tan estraño sois! y bien?
— Y bien !.... qué?....
— Ha comido pues aqui el señor Danglárs ?
—Si.
— Con vuestro conde Andrea Cavalcanti ?
— Con el conde Andrea, con el marqués su pa
dre, con el señor Danglárs, los esposos Villefort,
el señor Debray , Maximiliano Morrél, y luego
quién mas?.... esperad.... Ah! ya recuerdo.... con
el señor Chateau-Renaud.
— Hablaron de mi?
— Ni tan solo os hicieron el honor de nombraros.
— Tanto peor.
— Tanto peor decis ? porqué ? no era acaso se
gun confesion vuestra loque deseabais el que os hi
ciesen el fayor de olvidaros?
— Querido conde , si no hablaban de mi es por
que pensaban mucho , y por eso estoy desesperado.
— Qué os importa ? Podriais estar verdaderamen
te desesperado cuando la señorita Danglárs hubiera
sido del número de los que pensaban asi. Ah ! ver
dad es que podia pensar en su casa.
— Oh ! en cuanto á eso , no , estoy seguro ; ó si
pensaba seguramente era del mismo modo con que
pensaba , yo en ella.
— Oh! tierna simpatia!.... dijo el conde. Con
que tanto os detestais?
— Escuchad, dijo Morcerf, si la señorita Dan
glárs se apiadase del martirio que estoy bien lejos
de sufrir por ella, y me recompensase sin casarse
conmigo , irjámos perfectamente, ó para decirlo en
— 257 —
dos palabras; la senorita Danglárs como querida ,
seria hermosa y encantadora ; pero como mujer !...
que el diablo cargue con ella !
— Ola ! dijo Monte-Cristo. No haceis mucho honor
á vuestra futura con ese modo de pensar.
— Ya conozco que es un modo de pensar un po
quillo brutal , pero es exacto. Y pues no es posible
convertir este sueño en realidad , como para conse
guir cierto objeto es preciso que la señorita Dan
glárs sea mi mujer , es decir , que viva conmigo ,
que piense á mi lado , que cante á mi lado , que ha
ga versos y componga música tambien á mi lado,
y eso para toda mi vida oh ! el pensarlo solome
espanta. Una querida , conde , se la puede dejar
cuando uno quiere ; pero una mujer, demonio ! eso
esotra cosa: es preciso guardarla, y eternamente,
de cerca ó de lejos ; seria posible tener que guardar
á la señorita Danglárs siempre , aunque fuese de le
jos?
— Sois muy descontentadizo, vizconde.
— Y á pesar de eso continuamente estoy pensan
do que sigo un inposible.
— Un imposible ! cual es ?
— Hallar para mi una mujer como laque mi pa
dre ha encontrado para él.
Monte-Cristo se puso pálido , y miró á Alberto
mientras jugaba con unas magnificas pistolas con las
que se divertia en desmontar y montar con maqui
nal lijereza los gatillos.
— Con qué, vuestro padre ha sido muy feliz ? dijo.
— Ya en otra ocasion os he hablado de mi ma-
TOMO III. 2»
— 258 —
dre , señor conde es un angel del cielo ; con una
hermosura que los años no pueden marchitar , con
una imajinacion siempre nueva y sublime, rebosan
do bondad y ternura. Acabo de venir de Treport, y
asi como para otro hijo cualquiera, acompañarásu
madre hubiera sido un gusto ó una obligacion, para
mi ha sido una felicidad suprema; he pasado cua
tro dias en conversacion con ella, mas orgtriloso, mas
feliz , mas poético que si hubiese llevado conmigo á
.Treport la reina Mab ó Titania.
— Esa es una perfeccion y una cualidad bellisi
ma ! y convenceis á los que os escuchan á perma
necer en el celibato.
— Casualmente, dijo Morcerf, porque sé que
existe en el mundo una mujer completa , no tengo
ganas de casarme con la señorita Danglárs. No es
condicion de nuestro egoi-smo el adornar con colo
res brillantes todo lo que nos pertenece ? El diaman
te que poseian Marlé ó Fossin , es mucho mas her
moso desde que es nuestro ; pero si la evidencia os
enseña que hay uno de un brillo mas puro , y os
veis obligado á llevar eternamente el diamante in
ferior al otro, no comprendeis que es eso un tormento
eterno ?
— Mundano ! murmuró el conde.
— Por esto mismo me volveré loco de alegria el
dia en que la señorita Eugenia conozca que yo no
soy tan rico como ella , y vea claramente que ella
cuenta millones cuando yo solo cuento miles de
francos.
— Tenia un plan soberbio conbinado, contiuuó
— 259 —
Alberto. Habia pensado que Franz el entusiasta y
adorador de todo lo escéntrico , se enamoraria fa
cilmente de la señorita Danglárs ; con este objeto le
escribi cuatro cartas en estilo el mas entusiasta y
ponderativo ; pero todo en vano , porque Franz me
ha respondido con una frialdad constante:
«Es cierto que soy escéntrico; pero mi escentri-
cidad no se estiende hasta retirar una palabra em
peñada. »
— Era todo un sacrificio de amistad el endosar
á otro la mujer que uno no desea sino para que
rida.
Alberto se sonrió.
— Y ya que le nombramos, sabed que dentro de
pocos dias llega ese querido Franz ; pero á vos os
importa poco , no es de vuestra devocion !
— Yo! dijo Monte-Cristo, querido vizconde,
quien os ha contado que yo no ame á Franz? yo
amo á todo el mundo.
— Y á mi me comprendeis en todo el mundo
Gracias.
— Oh ! no nos confundamos , dijo Monte-Cristo ;
yo amo á todo el mundo , como Dios manda que
amemos al projimo, cristianamente; pero no abor
rezco mas que á ciertas personas. Volvamos a! señor
Franz d'Epinay. Decis que va á ser muy presto su
vuelta?
— Si, por mandato especial del señor de Villefort,
que está tan impaciente por casar á la señorita Va
lentina , como el señor Danglárs por casar á la se
ñorita Eugenia. Decididamente no parece sino que
— 260 —
es un oficio muy fatigoso el de padre de hijas ca
saderas : siempre en ansiosa inquietud y penando
hasta que las ven casadas , y latiendo su pulso no
venta veces por minuto hasta verse libres de tal
carga.
— Pero el señor Franz no se parece á vos ; pues
sufre su desgracia con una dosis mayor de pacien
cia.
— Y es mucho mejor, pues consulta la negra
honrilla , y su gravedad le arrastra á ponerse cor
bata blanca y á hablar ya de su familia. Ademas
tiene en muy buena opinion á todos los Villefort.
— Merecida , no es verdad ?
— No tengo razones para decir lo contrario , por
qué á pesar de que el señor de Villefort ha pasado
siempre por un hombre severo, se ha reconocido su
justicia.
— Enhorabuena, dijo Monte-Cristo, gracias á
Dios que encontré á uno que no tratais como á ese
pobre señor Danglárs.
— Eso consistirá tal vez en que no tengo que ca
sarme con su hija, respondió Alberto riendo.
— En verdad, querido, dijo Monte-Cristo, que
sois todo un fátuo !
— Yo!
— Sí, vos. Tomad un cigarro.
— Con mucho gusto. Pero porqué razon decís qué
soy fatuo ?
— Porqué no procurais mas que vuestra defensa
y evitar el casamiento con la señorita Danglárs.
Oh ! no os apureis tanto , dejad que corra la bola ,
— '261 —
y vereis como probablemente no sereis vos quien re
tire primero su palabra.
— De veras ? esclamó Alberto estremeciéndose de
gozo.
— Lo que estais oyendo , querido vizconde , no
os harán casar á la fuerza, por mi vida. Pero hable
mos con formalidad: teneis ganas de un rompi
miento?
— Daria cien mil francos por lograrlo.
— Pues bien ! podeis dar libre rienda á vuestra
alegría porque el señor Danglárs está pronto á dar el
doble por el mismo deseo.
— Seria cierto? dijo Alberto que no pudo sin em
bargo al decir esto impedir que nublase su frente
una nube sombría. Pero mi querido conde , tendrá
el señor Danglárs razones?....
— Ah! ya te encontré , naturaleza orgullosa y
egoista ! Es decir que llega á tanto estremo vues-
tro egoismo , que traspasais á fuerza de hachazos
al amor propio de otro hombre, en tanto que po
neis el grito en las nubes á la sola amenaza de pun
zaros el vuestro con una aguja ?
— No.... no es eso lo que siento, solo me parece,
que el señor Danglárs
— Debia estar encantado de vos, no es eso? Pues
tened el pesar de reconocer si es de mal gusto ese
señor Danglárs , que está mas encantado de otro.
— De quién pues?
— Nada debo deciros porque lo ignoro ; pero es
tudiad , mirad , coged al paso las alusiones , apro
vechaos de ellas.
— 2(i'2 —
— Entiendo lo que decis , y escuchad : mi ma
dre no, me engaño; mi padre ha tenido la idea
de dar un baile.
— Un baile en este tiempo !
— Los bailes en verano están muy en boga.
— No lo dudo , y aunque asi no fuera , basta que
la condesa quisiera , para que se pusiesen de moda.
— Agradezco la lisonja , pero esos son los bailes
puramente parisienses , porque los que se quedan en
Paris en el mes de julio son verdaderos parisienses.
Quereis encargaros de convidar á los señores Ca-
valcanti ?
— Cuando será el baile?
— El sábado.
— Tal vez se haya marchado entonces el señor
Cavalcanti , padre.
— Pero queda aqui su hijo. Quereis encargaros de
llevar al señor Andrea Cavalcanti?
— Preciso fuera , vizconde , para eso que yo le
conociera.
— No le conoceis ?
— No ; le he visto por primera vez hará tres ó
cuatro dias , y de nada respondo.
— Bien le recibis?
— Es muy diferente eso , porque lo debo á la re
comendacion de un buen abate que tambien se pue
de haber engañado. Convidarle directamente, pue
do hacerlo ; pero no me exijais que yo le presente ,
por que si la casualidad hiciese que se casase mas
larde con la señorita Danglárs, me acusariais de en -
íromctido, querriais romperos la cabeza conmigo;
— 203 —
y por otra parte , tampoco estoy seguro de que ad
mita yo mismo vuestro obsequio.
— De venir al baile ?
— Eso mismo.
— Por qué no?
— En primer lugar, porque aun no me habeis
convidado.
— Vengo exprofeso á convidaros en persona.
— Oh ! eso me halaga mucho ! y si estoy ocupado?
— Cuando os haya dicho una cosa , creo que se
reis tan amable que asistireis.
— Decidla.
— Mi madre os lo suplica.
— La señora condesa de Morcerf? repuso Monte-
Cristo estremeciéndose.
— Ah conde! dijo Alberto, os advierto que lase-
ñora deMorcerf tiene, mucha franqueza conmigo; y
si vos no habeis sentido latir en vuestro cuerpo las
fibras simpáticas de que os hablaba hace poco , es
porque sois desdeñosamente insensible pues ya de
bierais haber adivinado que nuestra conversación
solo de vos ha tratado en estos cuatro dias.
— De mí ! En verdad yo no merezco tanto ho
nor
— No hay réplica , lo mereceis porque ese es el
privilegio de vuestra situacion : como sois un pro
blema viviente!....
— Ah! tambien soy problema para vuestra ma
dre ? Oh ! Me merecia mejor concepto su talento y
no me figuraba diese crédito á tan necios desvarios.
— Sois un problema , mi querido conde , un pro
— 264 —
blema para todos , lo mismo para mi madre que
para los demás , un problema aceptado , aunque no
adivinado ; en fin podeis tranquilizaros porque se
guís siendo un enigma. Mi madre no hace mas que
preguntar como es que sois tan jóven , y yo os juro
que si la condesa G os mira como un lord Rut-
wen , mi madre os toma por Cagliostro ó el con
de de san German. Y no será una dificultad para
un hombre como vos que filosofais como el primero
y poseeis el talento del otro , hacer real esa opinion
de la señora de Morcerf en la primera visita que
os digneis hacerla.
— Os agradezco esa advertencia, dijo el conde
sonriendo, procuraré hacer lo posible para hacer
real , como decís , su opinion.
— De modo que iréis el sábado ?
— Y quien se niega á la súplicas de la señora de
Morcerf?....
— Sois muy amable !
— Y el señor Danglárs ?
— Oh I ya habrá recibido su esquela de convite,
de la que se ha encargado mi padre. Procuraremos
tambien hacer que vaya nuestro célebre Aguesseau,
el señor de Villefort aunque no podemos confiar.
— Dice el adajio que de nada se debe desesperar.
— Bailais , querido conde ?
— Yo?
— Sí , vos. Qué tendría de estraño?
— Áh ! en efecto como todavía no he llegado á
los cuarenta No, no bailo, pero me gusta ver
bailar. Y la señora de Morcerf baila?
— 265 —
— Nunca. Tanto mejor; hablareis, tiene tantos
deseos de habiar con vos !
— De veras ?
— Palabra de honor. Y os declaro que sois el pri
mer hombre por quien mi madre haya manifestado
curiosidad.
Alberto tomó su sombrero dejóla silla y el conde
le acompañó hasta la puerta.
— Una cosa me reprendo, dijo deteniéndole en
medio de la escalera.
— Cuál?
— He cometido tal vez una indiscrecion en ha
beros hablado del señor Danglárs.
— No lo creais: podeis hacerlo sin temor de dis
gustarme, aunque habiéndome de él con la mesu
ra que hoy lo habeis hecho.
— En ese caso quedo tranquilo. Y ahora que me
acuerdo, sabeis cuando llega el señor d'Epinay ?
— Dentro de cinco ó seis dias lo mas tarde.
— Y cuando es la boda ?
— Luego que lleguen el señor y señora de Saint-
Meran.
— Traédmele luego que esté en París , por que le
veré gustoso aunque pretendais que no simpatizo
con él.
— Serán cumplidos vuestros deseos.
— Hasta mas ver.
— Y si no os veo antes , hasta el sábado , no es
así?
— Oh ! por supuesto ! como que he dado mi pa
labra.
TOMO III. 30
— 266 —
El conde siguió con la vista á Alberto saludándole
con la mano. Apenas habia subido en su tilburí , se
volvió y vió tras de sí á Bertuccio.
— Qué hay? preguntó.
— Ha ido al palacio, respondió el mayordomo.
— Ha permanecido allí mucho tiempo ?
— Hora y media.
— Y ha vuelto á su casa ?
— Directamente.
— Ahora pues ha llegado el caso, mi querido Ber
tuccio , dijo el conde de seguir mi consejo , porque
yo seria de parecer que fuéseis hasta Normandid á
ver si encontrabais aquella tierrecita de que ya os
he hablado.
Bertuccio saludó , y como la órden que recibia
era la que colmaba sus deseos, no esperó que se la
repitieran y partió aquella misma noche.
'207

8.

LOS INFORMES.

F iel á su palabra de hacer todo lo posible para


averiguar los medios de que se habia valido el con
de Monte- Cristo para enterarse de la secreta histo
ria de la casa de Auteuil ; habia escrito el señor de
Villefort aquel mismo dia á un tal señor Boville,
inspector de cárceles muchos años antes, colocado
en la actualidad en uno de los puestos superióres de
la policía y seguridad pública ; con el objeto de ad
quirir los informes que deseaba , y este pidió dos
— 2G8 —
dias de término para saber de seguro los datos que
pudiera averiguar.
A la noche siguiente al dia en que espiraba el
término, recibió el señor de Villefort esta nota:
» La persona que lleva el nombre de conde de
Monte-Cristo esconocidamny particularmente delord
Wilmore, rico estranjero , que hace algunos viajes á
Paris en el cual habita actualmente, es conocida tam
bien del abate Bussoni , sacerdote siciliano de gran
reputacion en Oriente, reputacion adquirida por mu
chas obras caritativas»
Villefort dió orden para que se tomasen sobre esos
dos estranjeros los mas prontos y precisos informes;
al dia siguiente sus órdenes habian sido ejecutadas y
he ahi lo que se le contestó :
« El abate que no permanece en Paris mas que por
un mes, vive detrás de san Sulpicio, en una casita
compuesta de un solo piso encima de otro piso bajo; y
cuatro piezas, dos arriba y dos abajo, forman toda la
habitacion, de la que él es el único inquilino.
a Las dos piezas bajas se componen de un comedor
con mesas, sillas, un escritorio de nogal , y un salon
blanqueado, sin adornos, sin tapices y sin reloj, lo
cual demuestra que el abate no quiere tener mas que
los objetos puramente necesarios.
«No obstante esto , el abate habita con preferen
cia el salon del piso principal que está amueblado
con libros de teolojia y pergaminos, en medio de los
cuales se le ve enterrarse, segun espresion de su
criado, meses enteros, y puede mirarse mas como una
biblioteca que como un salon.
— 269 —
«Este criado mira á las personas que van á visitar
ásu señor, al través de una ventanilla enrejada, y
cuando su fisonomia le es desconocida ó no le agra
da, responde que el señor abate no está en París ,
respuesta con la que muchos quedan satisfechos,
pues saben que el abate viaja á menudo y duran lar
go tiempo sus viajes.
«A pesar de esta severa reclusion, ya viva en su ca
sa de Paris ya camine por el Cairo, da siempre limos
nas el abate; la ventanilla hace el uso del torno y
las reparte el criado en nombre de su amo.
«El otro cuarto, situado junto a la biblioteca,
es una alcoba cuyos únicos adornos y muebles se re
ducen á una cama sin cortinas, cuatro sillones y un
sofá de terciopelo de Utrech amarillo, con un recli
natorio.
«He aqui los informes de lord Wilmore. Vive en la
calle de Fontaine-Saint-Georges , y figura en el nú
mero de esos ingleses maniáticos que se comen toda
su fortuna en viajes.
« Tiene alquilada la casa que habita donde está
dos ó tres horas al dia, donde rara vez duerme, y
á pesar de escribir con perfeccion el idioma fran
cés, es una de sus manias no querer hablarlo abso
lutamente»
Hacia un dia solo que Villefort poseia los informes
que tan ardientemente deseaba, cuando un hombre
que bajaba de un fiacre en la esquina de la calle de
Fcrou, detrás de san Sulpicio, se dirijió hácia una
puerta pintada de verde, llamó y preguntó por el
abate Bussoni.
— 270 —
— No está en casa, respondió el criado.
— Sin embargo desearía verle, pues vengo en
nombre de un sujeto para el cual siempre se está vi
sible.
— Os he dicho ya una vez que no estaba en casa ,
repitió el criado.
— Tened pues la bondad de entregarle á su vuel
ta esta carta y este papel cerrado. Estará el señor
abate esta tarde á las ocho?
— Oh! sin falta, caballero, á no ser que el señor
abate esté trabajando pues entonces seria lo mismo
que si hubiese salido.
— Volveré esta noche á las ocho, dijo el descono
cido y se retiró.
No hizo falta á su promesa, pues á la hora in
dicada , el mismo hombre volvió en otro fiacre ,
que en lugar de pararse esta vez en la esquina de
la calle de Ferou , se detuvo delante de la puerta
verde.
Llamó, abrieron la puerta, entró y en las maneras
respetuosas con que trató entonces el criado al desco
nocido, bien pudo conocer éste que su carta habia
hecho el efecto deseado.
— Está en casa el señor abate? preguntó.
— Está en casa trabajando en su biblioteca; pero
os espera , respondió el criado.
El desconocido subió por una angosta escalera al
aposento del abate, que vió vestido de traje eclesiás
tico y cubierta su cabeza con las anchas alas de un
sombrero negro, delante de una mesa cuya superficie
estaba iluminada por la luz que despedia un gran
— 271 —
velon , mientras que el resto de la habitacion estaba
sumerjido en la sombra.
— Tengo el honor de hablar con el abate Bussoni?
preguntó el desconocido.
— Si señor, respondió el abate; y vos sois la per
sona que el señor de Boville ine envia de parte del
señor prefecto de policia?
— La misma, caballero.
— Uno de los agentes de seguridad pública de
Paris?
— Si señor , respondió el desconocido con cierta
indecision y sonrojándose.
El abate se puso sus anteojos de tan desmesurado
tafetan verde que no solo le ocultaban los ojos, sino
tambien las sienes, y volviéndose á sentar, hizo se
ña al agente de que lo verificase tambien.
— Podeis hablar, caballero, dijo el abate con un
acento italiano de los mas pronunciados.
— El asunto que me han encargado, señor abate,
se reduce á saber de parte del señor prefecto de po
licia, como magistrado, una cosa que interesa á la
seguridad pública, en nombre de la cual vengo á in
formarme. Creemos, que nada podrá impedirlo, se
ñor abate; que olvidareis por un momento lazos de
amistad y que antepondreis á las consideraciones hu
manas- la verdad que desea la justicia.
— Si eso que por mi deseais saber , no hace perjui
cio á los escrúpulos de la conciencia , lo diré; pero
advertid que soy sacerdote , y que los secretos de la
confesion deben permanecer callados, como facil
mente concebireis.
— 272 —
— Oh! tranquilizaos, señor abate, dijo el desco
nocido; porque buen cuidado tendremos de poner
yuestra conciencia á cubierto.
Luego que oyó estas palabras , el abate acercó ha
cia si la pantalla y levantándola del lado opuesto,
iluminó tan de lleno el rostro del desconocido, que el
suyo permaneció en las mas oscuras tinieblas.
— Perdonad, señor abate, dijo el enviado del pre
fecto; pero esta luz me incomoda horriblemente la
vista.
El abate bajó la pantalla verde.
— Ahora, caballero, podeis hablar porque estoy
dispuesto á escucharos.
— Conoceis al señor conde de Monte-Cristo ?
— Quereis hablar tal vez del señor de Zaccone?
— Zacconel... no se llama Monte-Cristo?
— Monte-Cristo es el nombre de una tierra, ó mas
bien el nombrede una roca , y no un nombre de fa
milia.
— Pues bien, no digo lo contrario: no discutamos
mas , puesto que el señor de Monte-Cristo y el se
ñor Zaccone son el mismo hombre...
— Absolutamente el mismo.
— Hablemos del señor de Zaccone.
— Bien.
— Os preguntaba si le conociais?
— Mucho.
— Qué es?
— Es hijo de un rico armador de Malta.
— Si, ya sé que eso se dice, pero ya conocereis que
la policia no puede contentarse con un se dktt
— 273 —
— Sin embargo, repuso el abate con una sonrisa
afable, cuando ese se rfice es la verdad, es preciso que
todo el mundo quede satisfecho y qne la policia ha
ga lo mismo que todo el mundo.
— Teneis seguridad de que es verdad lo que decis?
— Si es verdad lo que digo !
— No penseis, caballero , que desconfie de vues
tra buena fe. Os digo; estais seguro?
— Figuraos si lo estoy, que conoci al padre del se-
ñor^Zaccone
— Ah!ah!....
— Y de niños hemos jugado su hijo y yo muchas
veces.
— Pero sin embargo ese titulo de conde?...
— Ya sabeis que se compra
— En Italia?....
— Como en todas partes.
— Pero esas riquezas son inmensas , segun todo
el mundo asegura
— Inmensas, asi deben llamarse.
— Vos que tan su amigo sois , no sabeis á cuanto
asciende su fortuna?
— Yo creo que tendrá de ciento cincuenta á dos
cientas mil libras de renta.
— Solo? no es mucho , dijo el ajente ; pero decian
que de tres á cuatro millones !....
— Doscientas mil libras de renta, caballero, son
cuatro millones justos de capital.
— Es que decian- que de tresé cuatro millones de
renta.
— Eso es imposible.
TOMO III. 31
— 274 —
— Habeis estado en su isla de Monte-Cristo ?
— Yo lo creo: todo el que ha venido de Palermo,
de Nápoles, ó de Roma á Francia por mar, la cono
ce , puesto que tiene que pasar junto á ella y puede
verla al pasar.
— Es una morada encantadora, segun se asegura?
— Es una roca pelada.
— Y qué capricho le ha inducido á comprar una
roca?
— La necesidad de tener una posesion para ser
conde , porque en Italia para ser conde se necesita
un condado.
— Estareis enterado de todas las aventuras que
se cuentan del señor Zaccone?
— El padre?
— No, el hijo.
— Ah ! desde este momento comienzan las difi
cultades , porque desde aqui he perdido de vista á
mi amigo de infancia.
— Ha sido militar?
— Me parece que si.
— En qué cuerpo ha servido?
— En el de marina.
— Vos sin duda sereis su confesor?
— No señor: creo que es un luterano.
— Cómo un luterano?
— Cuando digo que lo creo es porque no puedo
afirmarlo ; pero eso importa poco, porque está es
tablecida en Francia la libertad de cultos.
— No hay duda , y no quiero ocuparme de sus
creencias , sino de sus acciones- En nombre del se
— 275 —
ñor prefecto de policia decidme todo lo que se
pais.
— Tiene fama de hombre muy caritativo, y nues
tro Santo Padre el Papa le ha nombrado caballero
del Cristo, favor que no concede mas que á los prin
cipes , por los servicios eminentes que ha hecho á
los cristianos de Oriente , y tiene cinco ó seis cor
dones que ha alcanzado con inmensos servicios he
chos á los principes ó á los estados.
— Y los lleva?
— No , aunque tiene un orgullo en poseerlos , y
asegura que tiene en mas honor las recompensas
concedidas á los bienhechores de la humanidad que
las que se conceden á los destructores de los hom
bres.
— Ese hombre es tal vez algun cuákero?
— Eso es una cosa por ese estilo.
— Sabeis si tiene algunos amigos?
— Todos los que conoce son amigos suyos.
— Y tiene muchos enemigos?
— Uno solo.
— Cómo se llama?
— Lord Wilmore.
— Dónde está?
— En la actualidad está en Paris.
— Tal vez él podrá darme informes?....
— Preciosos. Estaba en la India al mismo tiempo
que el señor Zaccone.
— Y sabéis donde vive ?
— En la Chaussée-d'Antin ; pero no sé la calle y
el número.
— 276 —
— Estais reñido con ese inglés?
— Aprecio al señor Zaccone y él le detesta, y por
eso nos tratamos con mucha frialdad.
— Creeis, señor abate, que esta es la primera vez
que ha estado en Francia el conde de Monte-Cristo?
— He aqui una pregunta á la que puedo respon
deros con seguridad. No ha estado nunca , y hace
seis meses que se dirijió a mi para adquirir por mi
condueto las noticias que deseaba. Pero como yo
ignoraba en qué época estaria en Paris á punto fijo,
le diriji al señor Cavalcanti.
— Andrea?
— No, Barlolomeo, el padre.
— Muy bien, señor abate. Solo deseo haceros una
pregunta que será la postrera, á la que os ruego que
me respondais al instante, pues asi lo ecsijen el ho
nor, la humanidad y la religion.
— Hablad, caballero.
— Sabeis con qué oljjeto ha comprado el señor de
Monte-Cristo una casa en Auteuil?
— Si señor , porque me lo ha manifestado.
— Con qué objeto?
— Con el de crear un hospital de locos semejan
te al que ha fundado el baron de Pisani en Palermo.
Teneis noticia de ese hospital ?
— He oido hablar de él , señor abate.
— Es una institucion magnifica !
Y al acabar estas palabras , el abate saludó al
desconocido manifestándole indirectamente que su
deseo era que lé dejase proseguir su trabajo inter
rumpido.
— 277 —
Se levantó entonces el agente, si no porque ya hu
biese dado fin á su interrogatorio, al menos porque
no dejó de adivinar los deseos del abate que se apre
suró á conducirlo hasta la puerta.
— Sé que haceis limosnas á menudo y limosnas
bastante crecidas, dijo el agente, y aunque seais
rico , me tomo la libertad de ofreceros alguna cosa
para vuestros pobres. Tendré el honor de que acep
teis mi oferta?
— Gracias , caballero ; porque deseo que todo el
bien que hago provenga de mí.
— Pero sin embargo
— Es inútil que me importuneis, pues no mudo
jamás de resolucion. Ademas, caballero, buscad
que hartos desgraciados encontrareis por el camino
que tengan necesidad de vuestro socorro !
El abate saludó por última vez abriendo la puer
ta; el desconocido salió respondiendo á su saludo.
El carruaje tomó la direccion de la casa del señor
de Villefort..
Una hora despues el carruaje salió de nuevo , y
se dirijió á la calle de Fontaine-Saint-Georges , ha
ciendo alto en el número 5 donde vivia lord Wil-
more.
El desconocido habia escrito á lord Wilmore pi
diéndole una cita que este fijó á las diez. Y como el
enviado del prefecto de policía llegase á las diez me
nos diez minutos , le respondieron que lord Wilmo
re , que era sumamente puntual , no habia vuelto
todavia, pero volvería á las diez en punto.
El desconocido esperó en el salon.
TOMO III. 32
— 278 —
Este salon nada tenia de particular y notable, y
era como todos los salones de lás fondas.
Una chimenea con dos jarrones de Sevres moder
nos , un reloj con un Amor estirando su arco, un
espejo roto en dos pedazos , dos grabados , repre
sentando el uno á Homero con su guia , y el otro
á Misario pidiendo limosna : á los lados de este es
pejo , paredes forradas de papel grasiento , silleria
de paño encarnado labrado de negro ; he aqui en
resumen á que se reducian los adornos del salon de
lord Wilmore.
Y si se añade á esto que dos globos de cristal des
lustrado , esparciendo un débil reflexo queseria del
gusto del comisionado por el prefecto de policia ,
que tan cansada tenia esta vista , alumbraban esca-
samenle ; se formará una idea verdadera de su sun
tuosidad.
— Despues de esperar diez minutos, el reloj dió
las diez , y á la quinta campanada se abrió la puer
ta , por donde salió lord Wilmore.
Figurese cualquiera un hombre mas bien alto que
bajo , con unas patillas pequeñas y rojas , la tez
blanca, y los cabellos tambien rojos, vestido con to
da la estravagancia inglesa, su frac azul con boto
nes de oro y su cuello sumamente alto , su chaleco
de casimir blanco y su pantalon de nankin cuatro
pulgadas mas corto de lo regular , pero al que unas
trabillas , imitando estribos y de la misma tela , no
permitian que llegasen á la rodilla, y se tendrá el
verdadero retrato de lord Wilmore.
Sus primeras palabras al entrar fueron cstas :
— 279 —
—Ya sabeis , caballero , que yo no hablo francés.
—Cuando menos sé que no es de vuestro gusto
nuestro idioma, respondió el enviado del prefecto
de policia.
— Pero vos podeis hablarle, repuso lord Wilmo-
re, porque aunque no lo hablo lo entiendo.
— Y yo, respondió el enviado del prefecto cam
biando de idioma , hablo el inglés con bastante faci
lidad para sostener la conversacion en esta lengua.
Por eso no reñiremos , caballero.
— Haol esclamó Wilmore con esa entonacion que
no pertenece mas que á los naturales de la Gran
Bretaña.
El desconocido presentó á lord Wilmore su carta
de introduccion que leyó con esa flema peculiar de
los hijos de Albion , y luego que acabó su lectura ,
— Comprendo, dijo en inglés , comprendo muy
bien.
Entonces empezaron las preguntas.
Estas con poca diferencia fueron las mismas que
habia dirigido al abate Bussoni con la escepcion de
que la enemistad que tenia al conde de Monte-
Cristo , borró todas las reservas , y respondió es-
tensamente á todo lo que se deseaba. Contó lo que
el conde hizo en su juventud ; que á la edad de
diez años habia entrado al servicio de uno de esos
pequeños soberanos de la India que hacen la guerra
á los ingleses; como se encontraron alli y combatie
ron uno contra otro, y como por fin en aquella guer
ra Zaccone fué hecho prisionero, enviado á Inglater
ra y hechado á presidio, de donde pudo huir á nado.
— 280 —
Entonces empezaron sus viajes , sus penas y pasio
nes; entonces aconteció la insureccion de Grecia,
donde defendió la independencia de los griegos.
Mientras estaba á su servicio , descubrió una mina
de plata en las montañas de Thesalia , descubrimien
to que tuvo buen cuidado de ocultar á todo el mun
do , pues luego que la accion de Navarino consoli
dó el gobierno griego , pidió al rey Oton un privi
legio paraesplotar aquella mina que le concedió al
momento. De aqui provenia aquella inmensa fortu
na , que segun lord Wilmore , podia ascender á uno
ó dos millones de renta, fortuna que podia acabar
se de repente , si la mina dejaba de producir.
— Entonces , preguntó el desconocido , para que
ha venido á Francia?
— Ha venido á especular en los caminos de hierro,
dijo lord Wilmore ; y despues, como es hábil qui
mico y fisico no menos distinguido, ha descubierto
un nuevo telégrafo cuya aplicacion prosigue.
— A cuanto ascienden sus gastos al año? pregun
tó el enviado.
— Oh ! es muy avaro , por eso calculo que gasta
rá unos quinientos ó seiscientos mil francos todo lo
mas , dijo lord Wilmore.
Bien á las claras se veia que el odio era el que mo
via sus labios y que no hallando el inglés nada que
echar en cara al conde , le acusaba de avaricia.
— Sabeis algo de su casa de Auteuil ?
— Si señor.
— Decidme pues lo que sepais.
— Querreis decir con que fin la ha comprado?
— 281 —
— Si.
— Pues bien ! el conde es un especulador que ca
mina á una ruina irreparrable con sus pruebas y
descubrimientos ; se le ha puesto en el majin que hay
en Auteuil , en los alrededores de la casa que acaba
de adquirir, una corriente de agua mineral que pue
de rivalizar con las aguas de Bagnéres , de Luchon
y deCauterets, y quiere trocar su posesion en un bad-
haus , como dicen los alemanes. Ya ha hecho remo
ver varias veces la tierra de su jardin para encon
trar la famosa corriente de agua ; y como no la ha
descubierto , no tardará en comprar las casas de los
alrededores. La única esperanza que alienta á mi co
razon que le detesta y odia á muerte , es que tarde
ó temprano llegará un dia en que he de burlarme
de él , y le observo para ver si se acaba de arruinar
un dia ú otro con ese descubrimiento y otras especu
laciones suyas que forzozamente han de perderle.
— Y por qué le detestais ? preguntó el descono
cido.
— Por que porque al pasar por Inglaterra ha
seducido á la mujer de uno de mis amigos.
— No teneis la venganza ?
— Ya me he batido tres veces con él , dijo el in
glés ; la primera vez á pistola, la segunda á espada
y la tercera á sable.
— Y el resultado de esos duelos ha sido
— Que en la primera vez me rompió un brazo,
en la segunda faltó poco para que me atravesase el
corazon , y en la tercera me ha hecho esta herida.
El inglés bajando el cuello de su camisa que por
— 282 —
su desmesurada altura ponia en tormento á sus ore
jas , descubrió una cicatriz cuyo color rojo demos
traba que era reciente.
— De suerte que le detesto hasta no poder mas,
repitió el inglés , y no he de parar hasta que muera
á mis manos.
—Pues si llevais el mismo caminoque hasta ahora,
dificil será que lo logreis dijo el enviado del prefecto.
— Hao ! dijo el inglés , todos los dias voy al tiro
y tres dias á la semana viene á mi casa el célebre
Grisier.
Viendo que todo lo que decia era lo único que se
gun su parecer podia saber lord Wilmore, se levantó
el agente y se retiró despues de haber saludado á lord
Wilmore que por su parte le respondió con la grave
dad y politica propias de los habitantes de su pais.
Lord Wilmore , despues de haber oido cerrar la
puerta de la calle , por la que acababa de salir el
agente , entró en su gabinete , donde en menos de
dos minutos, desaparecieron sus cabellos rubios,
sus patillas rojas, y su cicatriz, para mostrar de
bajo de ellos los caballos negros, la pálida y blanca
tez y los dientes de perla del conde de Monte-Cristo.
Aunque á decir verdad, tampoco fué el enviado
del prefecto de policia quien entró en casa de Ville-
fort, sino éste en persona.
El procurador del rey quedó un poco mas tran
quilo con esta doble visita que nada le habia reve
lado de seguro, pero que sin embargo le proporcinó
el sueño mas sosegado que tuvo desde la comida de
Auteuil.
283

í).

EL BAILE.

MJlegó por fin el sábado en que habia de tener lu


gar el baile del señor de Morcerf.
Eran las diez de la noche. Levantaban su orgu-
llosa cima los corpulentos árboles de la casa del con
de con espesas ramas que invadian el cielo , descu
briéndose al través de los últimos nubarrones de
una tempestad que rujiera amenazadora durante to
— 284 —
do el dia, el inmenso espacio azul que matizaban mi
llares de estrellas de oro.
Una estrepitosa y alegre música cuyos ecos salian
á bocanadas por las ventanas de los salones del p¡-
' so bajo , traia los variados sones de walses y galops,
mientras que numerosas y deslumbradoras ráfagas
., de luz penetraban en el jardin al través de las per
sianas.
Ocupaban el jardin á la sazon una docena de
criados , á quienes la dueña de la casa, tranquiliza
da por el tiempo que se serenaba cada vez mas ,
habia dado la órden de disponer la mesa para la cena.
Habian hasta entonces permanecido en la incerti-
dumbre de escojer para sitio de la cena el comedor
ó debajo de una espaciosa tienda de cuti que se ha
bia erijido en una verde alameda ; pero aquel so
segado y hermoso cielo sembrado de estrellas aca
baba de decidir la opinion en favor de la tienda y de
la alameda.
Millares de faroles á usanza de Italia iluminaban
con sus fantásticas luces de colores las calles ó pa
seos del jardin , y estaban cargando de bujias y de
flores la mesa, como se acostumbra en todos los
paises donde se sabe apreciar un poco este lujo de
mesa, el mas raro de todos los lujos cuando se quiere
presentarlo completo.
Luego que hubo dado la condesa de Morcerf sus
postreras órdenes y entró en los salones , empeza
ban estos á llenarse de convidados, atraidos mas por
la encantadora acojidade la condesa que por la po
sicion distinguida del conde ; porque todos estaban
— 285 —
seguros de antemano de que aquella fiesta , ofrece
ria algunos pormenores dignos de ser contados é
imitados.
No se decidia á cumplir el convite con que la habia
honrado la señora de Morcef, la baronesa Dan
glárs, á quien los acontecimientos de que hemos he
cho mencion habian inspirado profundas inquietu
des , cuando se encontró por la mañana su carruaje
con el de Villefort.
Se aproximaron ambos carruajes despues de una
seña que la hizo el señor de Villefort, y al través de
las portezuelas entablaron el siguiente diálogo:
— Creo que no dejareis de ir á casa de la señora
de Morcerf , no es asi ? preguntó el procurador del
rey.
—No , respondió la señora Danglárs, sufro de
masiado.
— Haceis mal , repuso Villefort con una mirada
significativa : seria de suma importancia que os de
jaseis ver alli.
— Es ese vuestro parecer? preguntó la baronesa.
—Si.
— Pues entonces no faltaré.
Concluidas estas palabras volvieron los dos car
ruajes á tomar su distinto camino interrumpido , y
la señora Danglárs fué al baile , no solamente ador
nada con su hermosura sino deslumbrante de lujo ;
entraba por una puerta cuando Mercedes se presen
tó en el salon por otra.
Alberto fué el encargado por la condesa para que
hiciese los honores del recibimiento á la señora Dan
— 286 —
glárs; Alberto se adelantó, saludó á la condesa,
la dijo algunas galanterias acerca de su tocado, y
la ofreció con amabilidad su brazo para conducirla
á donde mejor quisiese.
Alberto miró á su alrededor.
— Buscais á mi hija ? dijo la baronesa sonriendo.
— No puedo negarlo, dijo Alberto; habreis teni
do la crueldad de no traernosla?
— No tengais inquietud por eso pues como en
contrára á la señorita de Villefort se fueron del
brazo ; y sino , mirad , miradlas detrás de nosotros,
vestidas las dos de blanco, la una con un ramillete
de camelias, y la otra con un ramillete de jazmi
nes. Y vos no podriais decirme....?
— Lo que vos buscais no es eso? preguntó Alber
to sonriendo.
— Si ; no vendrá esta noche el conde de Monte-
Cristo?
— Diez y siete ! respondió Al berto.
— Diez y siete ! Y qué dais á entender con eso?
— Quiero dar á entender que todo va á las mil
maravillas, continuó con su misma risa el vizcon
de , y que ya me han preguntado diez y siete ve
ces por él. Miren el diablo del conde....! por cierto
que no me olvidaré de darle mi enhorabuena !
— Y haceis á todos la misma respuesta que ámi
me habeis hecho?
— Teneis razon , y todavia no he satisfecho vues
tra curiosidad. Si , si; tranquilizaos, señora, ten
dremos aqui esta noche al hombre de moda pues ,
somos de sus privilegiados.
— 287 —
— Estabais ayer en la ópera ?
— No.
— Pues él estaba.
— Si?... y el estravagante conde hizo alguna de
sus originalidades ?
— Acaso puede dejar de hacerlas? Esler baila
ba en el Diabto cojueto ; la princesa griega estaba
deslumbrante ; concluida la cachucha , ató una mag
nifica sortija á un ramillete y lo arrojó á la encan
tadora bailarina , que en el tercer acto se presentó
para darle las gracias con su sortija en un dedo.
Y á propósito , vendrá su princesa griega ?
— Me parece que no , porque la verdadera posi
cion que ocupa en casa del conde no se sabe aun á
punto fijo.
— No advertis nada? Dejadme y daos prisa á sa
ludar á la señora de Villefort, dijo la baronesa, que
creo tiene deseo de hablaros.
Después de saludar á la señora Danglárs, se dirijió
Alberto á la señora de Villefort, que fué abriendo la
boca á medida que se acercaba.
— Apostaria , dijo Alberto interrumpiéndola , á
qué sé lo que me vais á decir?
— Pues seria curioso ! dijo la señora de Villefort.
— Me lo confesareis si lo adivino?
— Si.
— Palabra de honor ?
— Palabra de honor.
— Vuestra primera pregunta la ibais á dedicar
al conde de Monte-Cristo con el deseo de saber si
habia venido ó debia de venir?
— 288 —
— No lo habeis acertado, pues no me ocupo de
él en este momento. Os iba á preguntar si habiais
recibido noticias del señor Franz ?
— Ayer mismo.
— Qué os decia ?
— Que salia para Paris al mismo tiempo que su
carta.
— Está bien , y ahora podeis decirme si el con
de?....
— El conde vendrá, tranquilizaos.
— Sabeis que no solo tiene el nombre de Monte-
Cristo , sino otro á mas?
— Tiene otro nombre ? no lo sabia.
— Monte-Cristo es un nombre de isla , y tiene un
nombre de familia.
— Estoy atrasado de noticias.
— Pues bien ! Yo estoy mas adelantado que vos
pues sé que su nombre es Zaccone.
— Zaccone!.... será posible?
— Es Maltés.
— No lo dudo tampoco.
— Hijo de un armador.
— Oh ! señora esas nuevas merecen ser contadas
en voz alta y ante un numeroso auditorio , porque
tendriais el éxito mas feliz.
— Ha sido militar en la India , espiota en Thesa-
lia una mina de plata , y viene á Paris para fun
dar en Auteuil un establecimiento de aguas mine
rales.
— Os envidio el que sepais tan buenas noticias,
dijo Morcerf ; me permitis que las repita por ahi ?
— 289 —
— Con la condicion de hacerlo poco á poco , una
á una , y sin decir que yo os las he contado.
— Porqué?
— Porque es un secreto que casi he sorprendido.
— A quién?
— A la policia.
— Es decir que esas noticias eran objeto de la con
versacion...
— Del prefecto de policia, ayer noche sin ir mas
lejos ; pues habiendo dado sospechas ese lujo sor
prendente que trae conmovido á todo Paris, se trató
de tomar informes...
—Bien ! solo les faltaba prender al conde
como un vagabundo, so protesto de que es demasia
do rico.
— A no haberle sido tan favorables los informes
que se dieron, por vida mia que no os digo que no
lo hubiesen hecho.
Pobre conde! y tal vez ni remotamente sospe
cha el peligro que ha corrido?
— Creo que no.
—Seria entonces una obra de caridad advertirse
lo, y yo mismo lo voy á hacer luego que le vea.
Un jóven robusto y elegante, de ojos negros y vivos
de cabellos negros, de negro y lustroso bigote, vino
entonces á saludar respetuosamente á la señora de
Villefort. Alberto le estrechó una mano.
— Señora, dijo Alberto, tengo el honor de presen
taros al señor Maximiliano Morrél , capitan de Spa-
his y uno de nuestros mejores y sobre todo de nues
tros mas bravos oficiales.
— 290 —
— Me parece que en otra ocasion... en Auteuil,
en casa del conde de Monte-Cristo he tenido ya el
gusto de conocer á este caballero, respondió la seño
ra de Villefort, volviéndose con una frialdad mar
cada.
Tal respuesta acompañada del desdeñoso y altivo
tono con que se pronunció , heló el corazon del po
bre Morrél, pero le estaba preparada una compensa
cion ; porque al volver la cabeza divisó en el dintel
de una puerta un hermoso y blanco rostro, cuyos
ojos azules dilatados y sin espresion aparente, se fi
jaban en él, mientras que aproximaba lentamente á
sus labios el ramillete de jazmines.
Esle misterioso saludo fué comprendido tan bien
que Morrél con la misma espresion de mirada acer
có á su vez su pañuelo á la boca, y las dos estátuas
vivas, cuyo corazon latiacon tanta violencia bajo el
mármol de su rostro, echaron en el olvido por unos
momentos todo cuanto les rodeaba, para estasiarse en
aquella muda pero deliciosa contemplacion.
Asi hubieran podido permanecer mucho tiempo,
enagenados el uno en el otro, sin que dejasen cono
cer su enbelesamiento á todo cuanto les rodeaba,
pero... el conde de Monte-Cristo acababa de entrar.
El conde llamaba la atencion jeneral en todas
partes donde se presentaba , por efecto tal vez de
aquel prestijio ficticio, segun hemos dicho, ó tal
vez prestijio natural, y no era su frac negro, de
un corte sin tacha , pero sencillo y sin condecora
ciones; no era su chaleco blanco sin ningun borda
do; no era su pantalon de cuyo bolin salia un pie de
— 291 —
la forma mas delicada, los que llamaban la aten
cion, sino su blanca tez, sus cabellos negros y riza
dos lijeramente, su rostro tranquilo y puro, sus ojos
impenetrables y melancólicos, su boca dibujada con
una delicadeza maravillosa, y que sabia tomar tan
facilmente la espresion del mayor desden atrayen
dose con encanto todas las miradas.
Habia hombres de mas hermosura y perfeccion ,
pero podemos asegurar que no se encontrarian quie
nes las tuviesen tan significativas — permitasenos esta
espresion ;— porque todo en el conde queria decir al
go y tenia su valor, y porque la costumbre del pen
samiento util habia dado á sus facciones, á la espre
sion de su rostro, yá sus gestos insignificantes, una
delicadeza y una firmeza incomparables.
Forzoso es no obstante decirlo, la rareza del mun
do parisiense hubiera negado toda importancia a es
te personaje, sino hubiese habido debajo de todo ello
una historia dorada por una inmensa fortuna.
En fin, el conde se adelantó bajo el peso de las
miradas y al través de los saludos , hasta la señora
de Morcerf, que en pié delante de una chimenea, ha
bia ya visto reflejarse su imagen en un espejo que
estaba enfrente de la puerta y que se preparó para
recibirle.
En el mismo instante que lasaludaba, inclinándo
se con respeto, se volvió hácia él brillando su rostro
con una sonrisa llena de encanto, y pensando ella
que el conde iba á hablar y creyendo á su vez el con
de que ella iba á dirijirle la palabra , los dos perma
necieron mudos, y despues de saludarse mutuamen
— 292 —
te, Monte-Cristo se dirijió á Alberto que corria há
cia él con la mano tendida.
— Habeis visto á mi madre? preguntó Alberto.
— Hace poco he tenido el honor de saludarla, di
jo el conde, pero no he visto á vuestro padre.
— No le veis alli hablando entre aquel grupo de
grandes notabilidades?
— Ah! dijo Monte-Cristo , con que aquellos seño
res que están alli son notabilidades? Ved ahi una
cosa que ignoraba. Y de qué género? Hay notabili
dades de toda especie, como sabreis.
— En primer lugar haceos cargo de aquel señor
alto y seco... oh! es todo un sabio! Sabed que ha
descubierto en la campiña de Roma una especie de la
garto que tiene una vértebra mas que los otros, y ha
venido á participar este descubrimiento al instituto.
Al principio hubo sus disputas, y la vértebra causó
tanta sensacion en el mundo sábio, que no siendo
ese señor alto y seco no mas que caballero de la le-
jion de honor, fué nombrado oficial.
— Que sea enhorabuena 1 dijo Monte-Cristo , ved
ahi una cruz perfectamente concedida; y supongo
que si encuentra una segunda vértebra le harán co
mendador?
— Es probable, dijo Morcerf.
— Y aquel otro que ha tenido la feliz ocurrencia
de ponerse un frac azul bordado de verde, quien po
drá ser?
— La república ha sido, y no él , la causa de
esa ocurrencia que decis, la república que echán
dolas muy poco de artista, y deseando dar un uni
— 293 —
forme á los académicos, suplicó á David que les di
bujase un traje.
— Ah! ya caigo, dijo Monte-Cristo, con que ese
caballero es un académico?
— No mas que ocho dias que forma parte de la
docta asamblea.
— Y en que consiste su mérito , ó por mejor decir
su especialidad?
— Su especialidad consiste en introducir alfileres
en la cabeza de los conejos, en hacer comer royaá
las gallinas, y en repeler por medio de las ballenas
la medula espinal de los perros.
— Ah! y es por eso de la academia de ciencias?
— No de la academia francesa.
— Pero qué tiene que ver con eso la academia
francesa ?
— Voy á deciros , que...
— Qué sus esperimentos han hecho avanzar tal vez
con pasos ajigantados á la ciencia?
— No, pero escribe en muy buen estilo...
— Ya entiendo dijo Monte-Cristo: Y qué satisfac
cion v orgullo añadirá al amor propio de los cone
jos en cuyas cabezas introducelos alfileres, de las
gallinas cuyos huesos tiñe de encarnado, y...
Alberto soltó una carcajada.
— Y aquel otro? preguntó.
— Aquel otro?
— El tercero.
— Ah... ya; el del frac azul?
— Si.
— Es un colega del conde, que ha hecho una en
lomo iii. 33
— 2'Ji —
carnizada oposicion á la idea de que la cámara de los
Pares tenga uniforme, y alcanzó un grande triunfo
en la tribuna respecto á este punto; estaba mal con
los periódicos liberales pero su oposicion acaba de
reconciliarle con ellos; se trata nada menos que de
nombrarle embajador.
— Y cuales son los méritos á que debe ese nombra
miento?
— Ha compuesto dos ó tres óperas cómicas, ha
tomado cuatro ó cinco acciones del Siecte y ha votado
cinco ó seis veces en pro del ministerio.
— Bravo ! vizconde, dijo Monte-Cristo no pudien-
do contener la risa , sois un Cicerone encantador,
de modo que completareis la obra de saciar ni cu
riosidad no es cierto ?
— Qué quereis saber mas?
— Que no me presenteis á esos señores, y que
me aviseis con tiempo si les ocurriera el capricho de
que me los presentarais.
En este momento el conde sintió qus le ponian
la mano sobre su brazo , se volvió y vió á Dan-
glárs.
— Ah ! sois vos , baron ! dijo.
— Estraño que me llameis baron , dijo Danglárs ;
cuando sabeis muy bien que no uso mi titulo. No
soy como vos , vizconde , que lo usais hasta que se
os gaste ; no es ese vuestro deseo ?
— Eso mismo anhelo , respondió Alberto , por
que dejando de ser vizconde no seria nada y vos
entre tanto , aunque sacrifiqueis vuestro titulo de
baron , siempre quedareis millonario.
— 295 —
:— Es el Utulo mas hermoso para los tiempos que
corremos no obstante , dijo Danglárs.
— Pero no es tan durable por desgracia, dijo Mon
te-Cristo , ese titulo , corno el de baron , el de Par
de Francia ó el de académico, testigos de mi opi
nion sino los millonarios Frank y Polmaund de
Francfort que acaban de quebrar.
— Cómo ? dijo Danglárs , poniéndose pálido.
— Esta tarde he recibido la noticia por un cor
reo especial y como yo tenia cerca de un millon en
su casa, y habia sido avisado á tiempo, exiji el
reembolso hará cosa de un mes.
— Ah! Dios mio ! dijo Danglárs, lo menos me ha
cen perder doscientos mil francos.
— Pero desde ahora estais avisado ; su firma va
le un 5 por 100.
— Demasiado tarde ha llegado para mi el avi
so , dijo Danglárs, porque he hecho honor á su
firma.
— Bueno ! dijo Monte-Cristo luego habeis perdi
do esos doscientos mil francos
— Chist ! silencio, dijo Danglárs , no hableis en
voz tan alta de cosas como esas , y acercándose á
Monte-Cristo sobre todo delante de Cavalcanti,
el hijo, añadió el banquero, que al pronunciar
estas palabras , se volvió sonriendo hácia el jóven.
Morcerf se separó del conde para ir á hablar á
su madre y le dejó tambien Danglárs para salu
dar á Cavalcanti, hijo; de modo que. Monte Cristo
se quedó solo un instante.
El calor era sofocante , y numerosos criados cir-

s
— 296 —
culaban por los salones con bandejas cargadas de
dulces , frutas y helados.
Bañaba el sudor el rostro de Monte-Cristo que sa
có su pañuelo para enjugárselo, pero se retiró cuan
do el criado le presentó una bandeja , y no tomó
nada para refrescarse.
La señora de Morcerf que no perdia de vista á
Monte -Cristo, advirtió con sorpresa que pasaba la
bandeja sin que tocase nada ; y no dejó escapar tam
poco el movimiento que hizo cuando el criado se la
presentó.
— Alberto , le dijo , no habeis reparado una
cosa ?
— Qué cosa, madre mia?
— Que el conde no ha aceptado jamás de comer
en casa de Morcerf.
— Pero en compensacion aceptó el almuerzo en
mi casa , puesto que por ese almuerzo hizo su en
trada en el mundo.
— Vuestra casa no es la del conde, murmuró Mer
cedes , y no le he perdido de vista desde que está
aquí.
— Y que quereis decir?
— Qué quiero decir? que no ha tomado nada.
— El conde es muy sobrio.
Mercedes se sonrió tristemente.
. — Acercaos á él , dijo, é importunadle hasta que
acepte á la bandeja primera que pase.
— Con que intencion quereis que haga eso? ma
dre mia?
— Hacedme ese favor , Alberto , dijo Mercedes.
— 297 —
Fué Alberto á donde estaba el conde de Monte-
Cristo despues de haber besado la mano de su ma
dre, y al tiempo que pasaba otra bandeja cargada
como las precedentes , Alberto tomó un helado , y
se lo presentó é insistió en hacérselo aceptar ; pero
con fria obstinacion insistió tambien el conde en
rehusarlo.
Alberto volvió al lado de su madre que estaba
pálida y triste.
— Ya veis bien claro ahora, le dijo , ya lo veis co
mo ha rehusado.
— Si , pero por qué os preocupa esto tanto ?
— Como sabeis muy bien , Alberto ; las mujeres
son muy singulares, y hubiera tenido un placer en
ver que tomaba el conde algo en mi casa , aunque
no fuese mas que un grano de granada. Quién sa
be si no está enterado delas costumbres francesas!
quizá tiene preferencia por alguna cosa.
— Oh ! no, no ; yo le he visto en Italia comer de
todo , y sin duda está indispuesto esta noche.
— Oh ! tal vez , dijo la condesa , como ha habi
tado siempre climas ardientes , es menos sensible
que otro cualquiera al calor.
— No lo pienso, porque se quejaba de que se
ahogaba de calor , y preguntaba que por qué, pues
to que ya han abierto las ventanas , no han abierto
tambien las celosias.
— Teneis razon, dijo Mercedes, será un medio de
asegurarme si esa abstinencia es una resolucion que
ha tomado.
Y salió del salon.
— 298 —
Abriéronse las persianas despues de un momen
to, y se estendieron las miradas de todos al través
de los jazmines y clemátidasque adornaban las ven-
tanas, contemplando todo el jardin iluminado con
linternas y lacena servida debajo de una tienda. . .
Un grito de gozo arrojaron á un tiempo los afi
cionados al baile de ambos secsos y los jugadores,
pues todos aquellos pulmones alterados aspiraban
con delicia el aire que entraba en abundancia.
Volvió al salón Mercedes un instante despues ,
mas pálida que habia salido, aunque con aquella
firmeza de rostro que era de notar en ella en cier
tas circunstancias, y dirijiéndose al grupo en cuyo
centro estaba su marido dijo :
— No encadeneis aqui á estos señores que prefe
rirán tal vez respirar el aire del jardin , á ahogarse
aqui.
— Ah! señora, dijo un viejo general muy ga
lante , que habia cantado : Partiendo á ta Siria ! en
1809 , no creo que vayamos solos al jardin.
— Me alegro mucho, dijo Mercedes , y yo voy á
daros el ejemplo.
Y volviéndose hácia Monte-Cristo,
— Señor conde , dijo , no me hareis el honor de
ofrecerme vuestro brazo ?
Estas palabras tan llenas de sencillez hicieron va
cilar á Monte-Cristo que miró á Mercedes un mo
mento; y á pesar de haber sido este momento tan
rápido como el relámpago, para la condesa sin
embargo fué un siglo. Ah ! cuantos pensamientos
encerraba aquella mirada !
— 299 —
Ofreció su brazo á la condesa ; en el que ella apo
yó lijeramente su pequeña mano, y los dos baja
ron por una de las escaleras adornada á un lado y
á otro por eliotropos y camelias.
Lanzáronse trás ellos al jardin por diferentes es
caleras , y arrojando estrepitosas esclamaciones de
alegria , unos veinte convidados.
— 301

12.

EL PAN Y LA SAL.

ü na bóveda sombría de espesas y verdes ramas ,


formaba la calle de tilos que conducia á un inver
nadero ; por ella se dirijió la señora de Morcerf
acompañada de Monte-Cristo.
— Hacia mucho calor en el salon , no es verdad
señor conde? dijo.
— Si, señora, y vuestra idea de abrir las puer
tas y las ventanas , ha sido escelente.
TOMO III. 34
— 302 —
No dejó de advertir el conde que un lijero tem
blor estremecia la mano de Mercedes luego quo ter
minaron estas palabras.
— A pesar de eso , dijo , debeis de tener frio , con
tan lijero vestido y sin otro preservativo al rededor
del cuello, mas que esa cinta de gasa.
— Sabeis á donde os conduzco? dijo la condesa
sin responder á la pregunta de Monte-Cristo.
— No puedo adivinarlo, señora, dijo el conde;
pero ya veis que no opongo ninguna resistencia.
— Al invernadero , que está al fin de la calle que
seguimos.
El conde miró á Mercedes como interrogándola ,
y pues que ella seguia su camino sin decir nada,
Monte-Cristo no quiso tampoco interrumpir su si
lencio.
El invernadero , á donde muy presto llegaron,
estaba lleno de flores y frutas magnificas que desde e¡
principio de julio habian ido madurando bajo aque
lla temperatura calculada siempre para reemplazar
el calor del sol , y deslizando la condesa su brazo
del de Monte-Cristo , fué á cojer de una parra un
racimo de uva moscatel.
— Tomad, señor conde , dijo con una triste son
risa , pefo tan Uena de tristeza que no pudo repri
mir se asomasen dos lágrimas á sus párpados ; to
mad , pues aunque nuestros racimos de Francia no
pueden compararse sin duda á los de Sicilia y Cy-
pre , espero que sereis indulgente con nuestro pobre
sol del Norte.
El conde se inclinó \ dió un paso airás.
— 303 —
— Acaso me lo despreciais? dijo Mercedes con
trémula voz.
— Señora, respondió Monte-Cristo , os suplico
que me disculpeis, porque no como nunca mos
catel.
Mercedes dejó caer el racimo acompañado de un
suspiro.
Entonces Mercedes se acercó á un magnifico al-
baricoque que pehdia de un árbol próximo , calen
tado , lo mismo que la parra , por aquel calor ar
tificial del invernadero , y lo cojió para ofrecérselo.
— Espero que será mas feliz este albaricoque,
dijo.
Pero el conde hizo el mismo ademan negativo.
— Oh ! tambien ! dijo con un acento tan doloro
so un acento que revelaba que dentro de su co
razon ahogaba un gemido ; conozco que soy muy
desgraciada.
Largos momentos de silencio siguieron á esta es
cena, y el albaricoque lo mismo que el racimo de
uvas rodó por la arena.
— Señor conde , repuso Mercedes mirando á Mon
te-Cristo con una mirada suplicante, no sabeis que
entrelos árabes existe una tierna y bella costumbre
que hace eternamente amigos á los que juntos han
comido el pan y la sal bajo el mismo techo !
— No ignoro que existe, señora, respondió el
conde ; pero estamos en Francia y no en Arabia, y
en Francia nada significaria el pan y la sal , cuando
por otra parte no reconozco tampoco la existencia
de esas amistades eternas.
— 304 —
— Á pesar de eso , dijo la condesa palpitante y
con los ojos fijos en el conde de Monte-Cristo, cuyo
brazo estrechó convulsivamente en sus manos, á pe
sar de eso , somos amigos? verdad?
Reconcentróse al oir estas palabras al corazon to
da la sangre del conde, que se quedó pálido como un
cadáver ; subiendo despues del corazon á la gar
ganta , invadió sus mejillas , y sus ojos vagaron por
el espacio durante algunos segundos come los de un
hombre deslumbrado.
— Preguntais si somos amigos , señora; quién lo
duda? y que motivo podria haber para que dejára
mos de serlo !
Este tono estaba tan lejos de ser el que deseaba la
señora de Morcerf , que se volvió para dejar escapar
un suspiro que mas bien parecia un gemido , y dijo:
— Gracias.
Y empezó á andar siguiendo con el mismo silen
cio hasta haber dado una vuelta completa al jardin;
pero despues de diez minutos de paseo tan mudo y
sombrio, esclamó de pronto la condesa :
— Ah ! es cierto, caballero, que tanto hayais
visto, que tanto hayais viajado, que tanto hayais
sufrido?
— Si señora , teneis razon ; he sufrido mucho ,
respondió Monte-Cristo.
— Y ahora sois dichoso ?
— Sin duda, respondió el conde, porque nadie
oye mis quejas.
— Y os dulcifica el alma vuestra felicidad pre
sente ?
— 305 —
— La felicidad de mi presente es igual á (a mise
ria de mi pasado , dijo el conde.
— No estais casado? preguntó la condesa.
— Yo, casado? respondió Monte-Cristo estreme
ciéndose , quién ha podido deciros tal cosa ?
— Nadie me lo ha dicho; pero muchas veces os
han visto en la ópera con una hermosisima joven.
— Es una esclava que he comprado en Constan-
tinopla , una hija de principes , de la que he hecho
mi hija , á quien amo ya que mi corazon no puede
hacerlo á otra cosa.
— Es decir que vivis solo?
— Solo.
— No teneis hermana padre hijo
— Estoy solo en el mundo.
— Como podeis vivir asi , sin nada que os haga
apreciar la vida ?
— No es culpa mia, señora. Oid: en Malta ama
ba á una jóven, iba á casarme cuando vino la guer
ra y me llevó lejos de ella como un torbellino : con
la crédula esperanza que me amaria bastante para
esperarme, para serme fiel aun despues de la muer
te, la dejé; insensato!.... y cuando volvi estaba
casada. Esta es la historia de todo hombre que ha
pasado por la edad de veinte años , del hombre que
tenia tal vez un corazon mas débil que muchos otros,
pero que al menos ha tenido valor para sobrellevar
penas que hubieran muerto á otros.
La condesa se detuvo un momento , como si hu
biese tenido necesidad de esta detencion para res
pirar.
— 306 —
— Y tal vez no habéis podido arrojar de vuestro
pecho ese amor porque no se ama de veras mas
que una vez habeis vuelto á ver á esa mujer?
— Jamás.
— Jamás !
— No he pisado mas el pais donde ella estaba.
—En Malta?
— Si , en Malta.
— Luego entonces ella está en Malta?
— Creo que si.
— Y le habeis perdonado los sufrimientos que os
haya causado ?
— A ella si.
— Solo á ella? acaso aborreceis siempre á los que
os han separado de ella?
— Yo , porqué los habia de aborrecer?
Se colocó en frente de Monte-Cristo la condesa
que aun tenia en la mano un resto del racimo de
uvas.
— Tomad, dijo.
— No como moscatel , señora , respondió Monte-
Cristo como si fuese la primera vez que la condesa
le hiciera aquella oferta.
La condesa dejó caer el racimo en la arena con
un ademan lleno de desesperacion.
— Inflexible ! murmuró.
Quedóse tan friamente impasibleel conde de Mon
te-Cristo como si no se le hubiese dirijido aquella
queja.
Alberto venia corriendo sudoroso hacia ellos en
este momento.
— 307 —
— Oh ! madre mia ! dijo, una gran desgracia !
— Qué ha sucedido? preguntó la condesa, cual
si viese la fria realidad despues de dispertar de un
sueño de ilusiones.
— Una desgracia habeis dicho ! Oh! por fuerza
deben de suceder muchas !
— El señor de Villefort estáaqui.
— Y bien ?
— Viene en busca de su mujer y de su hija.
— Y por qué ?
— Porque acaba de llegar á Paris la señora mar
quesa de Saint-Merán trayendo la fatal noticia de que
el señor de Saint-Merán ha muerto al salir de Marse
lla , en la primera parada. Incomprensible era para
la señora de Villefort en medio de la alegria tan hor
rible desgracia , que no queria ni podia creer; mas
la señorita Valentina luego lo adivinó todo á las pri
meras palabras y aunque su padre tomó algunas pre
cauciones , este golpe la aterró como si la hubiese
herida un rayo , y cayó desmayada.
—Y el señor de Saint-Merán, qué parentesco tenia
con la señorita de Villefort? preguntó el conde.
— Era su abuelo materno , y venia con el objeto
de apresurar el casamiento de Franz y de su nieta.
— Ah ! ya
— Y ved porque casualidad se retarda una boda.
Porque no hade ser el señor de Saint-Merán abuelo
de la señorita Danglárs?
— Alberto! Alberto! dijo la señora de Morcerf
con un tono de dulce reproche ; sabeis lo que estais
diciendo? Ah! vos señor conde, que tanto influjo
— 308 —
teneis sobre su corazon , hacedle ver que ha dicho
mal.
Y dió algunos pasos hácia adelante.
Monte-Cristo la miró de un modo tan estraño y con
una espresion tan pensativa y llena de una admira
cion tan afectuosa , que Mercedes se volvió.
Y mientras con una mano estrechaba la mano de
su hijo , tomó con la otra la de Monte-Cristo y dijo:
— Somos amigos no es verdad ?
— Oh ! amigo vuestro , señora ! Seria demasiado
placer para mi corazon ; pero no me atrevo á consi
derarme mas que por vuestro mas humilde servidor.
La condesa se separó de ellos con el corazon tan
lastimado y tan conmovido , que antes de haber an.
dado diez pasos el conde la vió acercarse su pañuelo
á los ojos.
— Que veo? acaso estais reñido con mi madre?
preguntó Alberto con asombro.
— Todo lo contrario , respondió el conde , pues
to que acaba de decirme ante vos que éramos amigos.
Y volvieron al salon , del cual acababan de salir
Valentina y el señor y señora de Villefort.
Es inutil advertir que tras ellos tambien salió
Morrél.
— 309 —

11.

LA SEÑORA DE SAINT-MERAN.

E n efecto ; la casa de Villefort acababa de presen"


ciar una de esas escenas lugubres y desagradables.
Ocultose en su gabinete, segun antigua costumbre
suya el procurador del rey, luego que las dos muje
res salieron para asistir al baile , al cual no pudo
alcanzar la señora de Villefort que la acompañase
su marido á pesar de sus repetidas instancias ; en
cerrose en su gabinete , pues , adornado de estantes
TOMO III. 35
— 310 —
todos llenos de libros , que hubieran espantado á
cualquiera otro , pero que en sus tiempos bastaban
apenas á satisfacer sus deseos de aprender y de tra
bajar.
En vano estaban entonces aquellos libros , pues
Villefort no se encerraba para trabajar , sino para
engolfarse en profundas meditaciones; y luego que
cerró la puerta , y dió la órden de que no le inco
modasen sino para asuntos de importancia, se sentó
en un sillon y empezó á repasar otra vez en su me
moria todo lo que , despues de siete á ocho dias , ha
cia desbordar la copa de sus sombríos pesares y de
sus amargos recuerdos.
Entonces, en lugar de echar mano de los libros
amontonados en derredor suyo, se dirijió á un cajon
de su bufete que abrió , y tocando un resorte secre
to, sacó una infinidad de cuadernos de sus notas per
sonales y manuscritos preciosos, entre los cuales ha
bia el asficado y anotado con signos desconocidos pa
ra todos yNjue él solo descifraba, los nombres de to
dos los que en su carrera política , en sus asuntos de
intereses , en sus acusaciones fiscales ó en sus miste
riosos amores , habian sido enemigos suyos por ul
trajes recibidos ó por envidias y rencores.
El número de aquellos nombres era espantoso , y
á pesar de esto , le habian arrancado alguna sonri
sa por poder ó furor que recomendasen , sonrisa muy
parecida á la que entreabre los labios del osado via
jero que desde la elevada cumbre de la montaña mi
ra á sus pies los picos águdos , los caminos imprac
ticables y los bordes de los precipicios, junto á los
— 311 —
cuales ha tenido que caminar largo tiempo para lle
gar á ella.
Cuando concluyó de repasar en su memoria todos
estos nombres cuando los leyó y volvió á leer , y asi
que los hubo estudiado y comentado , movió la cabe
za á un lado y á otro.
— No, murmuró, ninguno de estos enemigos hu
biera esperado con paciencia hasta este dia para ani
quilarme con su secreto. Algunas veces , como dice
Hamlet , los secretos qué mas profundos esconde en
sus entrañas !a tierra , como la luz del fósforo salen
á flotar por los aires , pero son las llamaradas que
iluminan un instante, nada mas. La historia habrá
sido contada por el corso á algun sacerdote , que la
habrá contado tambien : ha llegado despues á oidos
del señor conde de Monte-Cristo y para enterarse...
— Pero porque ha de querer enterarse? continuó
Villefort cuando hubo reflecsionado un momento pue
de algun interés obligar al señor de Monte-Cristo, al
señor Zaccone , hijo de un armador de Malta , explo
tador de una mina de plata en Thesalia , que viene
á Francia por primera vez , á saber un hecho som
brio , misterioso é inutil para él ? Y para descanso
de esta horrible inquietud que me devora yo veo con
la luz de la verdad al traves de esos informes inco
herentes que me han dado el abate Bussoni y lord
Wilmore, enemigo éste y amigo aquel ; yo veo , si...
una cosa que se presenta ante mis ojos cierta , pre
cisa , patente ; y es que en ningun tiempo , en nin
gun caso, en ninguna circunstancia , ha podido ha
ber el menor punto de contacto entre nosotros dos.
— 312 —
Ah ! no daba entero credito , empero , el señor de
Villefort á sus mismas palabras ; y no era para su
alma la revolucion lo que mas terror le inspiraba ,
porque podia negar ó responder , ni se 'inquietaba
de aquel Mane, Thecet, Pharés, que aparecia de
repente en letras de sangre en la pared : lo que lo
hundia en la desesperacion , era no poder conocer
el cuerpo á que pertenecia la mano que las habia
trazado.
Cuando la dulce calma comenzaba en fin á tran
quilizar su espiritu , cuando en vez de aquel her
moso y feliz porvenir politico que habia visto algu
nas veces en sus sueños de ambicion , se proponia ,
temeroso de dispertar al enemigo hasta entonces dor
mido , un porvenir limitado al hogar doméstico ;
el ruido de un coche resonó en el patio , despues
oyó en la escalera los pasos de una persona de edad,
y en seguida gemidos y ayes que tan bien saben fin
gir los criados cuando quieren aparentar que par
ticipan del dolor de sus amos.
Resonó con precipitacion el cerrojo de su gabi
nete , y á poco rato , sin anunciarse , entró en él
una señora anciana con su chai sobre el brazo y su
gorro en la mano. Sus encanecidos cabellos descu
brian una frente mate como el amarillento marfil ,
y sus ojos , cuyos ángulos la edad habia surcado
de arrugas , desaparecian casi bajo el abultamiento
de sus mejillas ocasionado por las lágrimas.
— Oh ! caballero, esclamó, oh ! caballero , qué
desgracia, yo tambien si tambien voy á morir
muerto él...., oh ! estoy segura que moriré !

k
— 313 —
Y hundiéndose en el sillon mas próximo ála puer
ta, comenzó á derramar nuevo y copioso llanto.
Puestos de pié en el dintel de la puerta , y no te
niendo valor para pasar mas adelante, miraban los
criados al del señor Noirtier, que, habiendo oido
algun ruido desde la habitacion de su señor, se man
tenia detrás de los demas.
Villefort se levantó, y corrió hácia su suegra que
era la misma que sollozaba.
— Pero; Dios mio qué teneis? señora, preguntó
qué ha pasado ? por qué estais tan desazonada? y por
qué no os acompaña el señor deSaint-Merán?
La vieja marquesa hundida en una especie de
estupor ó idiotismo, respondió sin espresion de do
lor y sin preambulos:
— El señor de Saint-Meran... ha muerto !
Villefort dió un paso atrás, y dándose una pat
mada.
— Muerto! murmuró... muerto... asi... repenti
namente.
— Hoy hace ocho dias, continuó la señora de
Sain-Merán que luego que concluimos de comer su
bimos juntos al carruaje : hacia ya mucho tiempo que
parecia sufrir mucho el señor de Sain-Merán á quien
daba animo y esfuerzo la dulce idea de ver á mi que
rida Valentina, y á pesar de sus dolores quiso par
tir, cuando á seis leguas de Marsella, se apoderó de
él , despues de haber comido sus pastillas habituales,
un sueño tan profundo que no me parecia natural ;
yo no obstante no queria dispertarle, cuando me pa
reció que su rostro se amorataba, que las arterias
TOMO III. 36
— 314 —
de sus sienes latian con mas violencia que de cos
tumbre. Era ya de noche , todos,los objetos se con
fundian en la oscuridad y le dejé que durmiera; mas
á poco tiempo arrojó un grito sordo y desgarrador
como el de un hombre que sufre en sueños, y dejó
caer bruscamente su cabeza hácia atrás. Llamé al
camarero, hice parar al postillon , llamé al señor de
Saint-iMerán , le hice respirar mi frasco de esencias,
pero todo habia acabado, todo! estába muerto, y al
lado de su cadáver llegué á Aix.
VHlefort quedó mudo y asombrado.
— Pero llamariais áun médico? dijo por fin.
— Inmediatamente; pero como os he dicho, era
demasiado tarde.
— No importa , porque al menos podia conocer de
que enfermedad habia muerto.
— Ya lo dijo, si señor: Ah! segun su opinion
habia muerto de una apoplegia fulminante.
— Y qué hicisteis entonces?
— El señor de Saint-Merán habia manifestado
siempre deseos de ser conducido su cuerpo al pan
teon de su familia si por desgracia moria léjos de
Paris. Le mandé pues colocar en un atahud de plo
mo, y le precedo solo algunos dias.
— Oh! Dios mio, pobre madre! dijo Villefort,
cuidados tan tristes y desgarradores despues de tal
golpe... y á vuestra edad!
— Dios me dió fuerzas hasta el fin porque me alen,
taba tambien la confianza de que él hubiera hecho
por mi lo que yo hago por él. Es verdad que desde
que le dejé, creo que estoy loca... las lágrimas no
— 315 —
acuden á mis ojos... Ah ! donde está Valentina, caba
llero? por ella es por quien veniamos. Quiero verla.
Villefort pensó que seria espantoso responder que
Valentina estaba en un baile, y se contentó con de
cir á la marquesa solamente que su nieta babia sa
lido con su madastra, y que la iban á avisar al mo
mento.
— Al instante, caballero, al instante los lo supli
co, dijo la marquesa.
Villefort tomó del brazo á la señora de Saint-Me-
rán y la condujo hasta su habitacion.
— Ahora dijo, descansad, madre mial
tísta dulce palabra hizo levantar la cabeza «i la
marquesa y al ver aquel hombre que le recordaba
aquella hija tan llorada que revivia para ella en Va
lentina, y al oir aquel nombre de madre, sintió com-
moverse y empezó á llorar de nuevo cayendo de ro-
dillasen un sillon, donde sepultó su venerable ca
beza.
Villefort la recomendó á los cuidados de las mu
jeres y en tanto, el viejo Barrois se dirijia lleno de
consternacion al cuarto de su amo; porque nada
infunde mas terror á los ancianos como la muerte,
que se separa un instante de su lado para herir á
otro anciano.
Villefort envió á buscar un coche de alquiler, y
fué él mismo á casa de la señora de Morcerf á recojer
á su mujer y á su hija para traerlas á casa: y en tan-
" to, arrodillada siempre la señora de Saint-Merán,
murmuraba sus plegarias en el fondo de su abatido
corazon.
— 316 —
Cuando el procurador del rey se presentó en el sa
lon estaba tan pálido, que Valentina corrió hacia él
esclamando :
— Oh ! padre mio, qué teneis ? ha sucecido algu
na desgracia?
— Vuestra abuela acaba de llegar, Valentina, di
jo el señor de Villefort.
— Y mi abuelo? preguntó la jóven temblando.
El señor de Villefort no respondió sino ofreciendo
el brazo á su hija.
Valentina sobrecojida de un vértigo estuvo á pun
to de caerse ; la señora de Villefort, se apresuró á sos
tenerla y ayudó ásu marido á conducirla á su car
ruaje, diciendo:
— Qué estraño es eso? quién lo hubiera sospecha
do? Oh ! si, si , es muy estraño.
Y toda esta familiadesolada desapareció asi, dejan
do por huellas una negra tristeza que arrojó como
un fúnebre velo sobre las frentes de los convidados.
Al pié de la escalera, Valentina encontró á Barrois
esperándola.
— El señor Noirtier desea veros esta noche, dijo
en voz baja.
— Decidle que iré luego que salga del cuarto de
mi buena abuela, dijo Valentina.
Con la delicadeza de su alma, la joven habia com
prendido que la señora de Saint-Merán , era enton
ces quien tenia mas necesidad de su presencia.
Valentina encontró á su abuela en la cama y,
quien podria contar aquella escena, en la que solo
seoian mudas y tiernas caricias, gemidos, suspiros
— 317 —
entrecortados, lágrimas ardientes, comprimidos so
llozos, y que presenciaba del brazo de su maridola
señora de Villefort, llena de respeto en la apariencia,
hácia la pobre viuda?
Al cabo de un instante se inclinó hácia su marido y
le dijo al oido.
— Con vuestro permiso, mas vale que yo me re
tire, porque mi presencia parece aflijir aun masá
vuestra suegra:
La señora de Saint-Merán la oyó.
— Si , si , dijo á Valentina tambien al oido, que se
vaya, pero quédate tú , oh ! tú no te vayas !
Salió la señora de Villefort quedando sola Valen
tino cerca dela cama de su abuela, porque el pro
curador del rey, consternado con aquella muerte im
prevista, se fué tambien silencioso tras su mujer.
Barrois habia subido la primera vez al cuarto de
Noirtier; pues como este habia oido todo el ruido que
habia en la casa envió á su criado á que se infor
mase.
A su vuelta aquellos ojos tan vivos y sobre todo
tan intelijentes parecian interrogar con ansiedad á su
fiel mensajero.
— Ay ! señor, dijo Barrois, acaba de suceder una
gran desgracia. La señora Saint-Merán ha llegado y
su marido ha muerto.
No eran muy estrechos los lazos de amistad que
unian al señor de Saint-Merán con el señor Noir-
lier; pero repetimos que es terrible el efecto que pro
duce siempre en un anciano el anuncio de la muerte
de otro.
— 318 —
Noirtier dejó caer la cabeza sobre el pecho como
un hombre abatido ó como un hombre que piensa,
y despues cerró un solo ojo.
— La señora Valentina? dijo Barrois.
Noirtier hizo una seña afirmativa.
— No os acordais que vino á despedirse de vos
con su magnifico traje antes de ir al baile ?
Noirtier cerró otra vez el ojo izquierdo.
— Si, quereis verla?
El aiiciano demostró que ese era su deseo.
— Pues bien ! iré á buscarla á casa del señor de
Morcerf donde estará sin duda, la esperaré hasta
que salga y la diré que deseais hablarla; no quereis
esto?
— Si , respondió el paralitico.
Barrois estubo esperando que Valentina volviera
del baile , y como ya sabemos , la manifestó lo que
su abuelo deseaba.
Para acceder á los deseos del señor Noirtier , su
bió Valentina á su cuarto luego que salió del de la
señora deSaint-Meran , que apesar de su agitacion ,
habia acabado por sucumbir á la fatiga, y dormir
con un sueño febril.
Se habia aproximado al alcance de su brazo una
mesita, sobre la que habia un gran jarro de naran
jada y un vaso.
Y al instante, repetimos , la jóven salió del cuar
to de la marquesa para subir al del anciano Noir
tier.
Valentina tendió al anciano sus brazos , y al es
trecharle en ellos la dirijió una mirada tan llena de
— 319 —
ternura , que no pudo reprimir la joven las abun
dantes lágrimas que anegaban sus ojos.
El anciano insistia con su mirada.
— Si, si dijo Valentina, tú quieres decir que
siempre tengo un buen abuelo, no es verdad?
El anciano respondió que esto era verdaderamen
te lo que queria decir.
— A y ! repuso Valentina, á no ser asi , qué se
ria de mi?
Ya era la una de la mañana , y Barrois que te
nia ganas de acostarse , hizo observar que despues
de una noche tan dolorosa , todo el mundo tenia ne
cesidad de reposo. El anciano no quiso decir que el
reposo suyo era ver á su nieta , y despidió á Valenti
na , á quien la fatiga y las penas habian impreso en
su rostro un sello de abatimiento y tristeza muy
notable.
Encontró en la cama á su abuela cuando al si
guiente dia de esta nueva fatal entró á verla , y
advirtió con inquietud que la calentura no se habia
calmado sino que por el contrario, un fuego som
brio brillaba en /los ojos de la vieja marquesa, y
parecia poseida de una violenta irritacion nerviosa.
— Oh ! Dios mio ! buena mamá , sufris mas ? es-
clamó Valentina penetrando al instante todos estos
sintomas de agitacion.
— No, hija mia, no, dijo la señora de Saint-
Merán ; pero ansiaba con afan que hubieses llegado
para mandar llamar átu padre.
— A mi padre ? preguntó Valentina con inquieta
curiosidad.
— 320 —
— Si , quiero hablarle.
Valentina no tuvo ánimo para negarse al deseo
de su abuela, cuya causa ignoraba, y un instante
despues entró Villefort.
— Caballero , dijo la señora de Saint-Meran , sin
preambulos y animada al parecer del temor de que
le hubiese de faltar tiempo , no me habeis dicho
que tratabais de casar á mi nieta?
— Si, señora, respondió Villefort : no es solo
un proyecto sino una cosa formal.
— Vuestro yerno se llama el señor Franz d'Epi-
nay ?
t- Si señora.
— Es el hijo de aquel general d'Epinay que era
de los nuestros, y que fué asesinado algunos dias
antes de que el usurpador volviese de la isla de
Elba?
— Ese mismo.
— Y no tiene repugnancia de hacer una alianza
con la nieta de un jacobino?
— Nuestras disensiones civiles se han apagado fe
lizmente, madre mia, dijo Villefort ; y como el se
ñor d'Epinay era casi un niño cuando murió su
padre , conoce muy poco a! señor Noirtier , y su vis-
ta le producirá sino placer, cuando menos indife
rencia.
— Es un partido bueno? .
— Bajo todos conceptos.
— Y ese joven?....
— Todo el mundo aprecia sus escelentes cuali
dades.
— 321 —
— Y nos conviene?....
Valentina guardaba silencio durante esta con
versacion.
— Pues si todo eso es cierto, caballero , dijo des
pues de algunos minutos de reflexion la señora de
Saint-Meran, os exijo que os deis mucha prisa por
que no sé que instinto me anuncia en secreto que
me quedan pocos momentos de vida.
— A vos ! señora ! á vos ! buena mamá ! escla
maron á un tiempo Villefort y Valentina.
— Sé muy bien lo que hablo, repuso la mar
quesa y nuevamente os pido que os deis prisa , á
fin de que no teniendo madre , tenga a! menos á su
abuela para bendecir su union. Yo soy la única que
le queda por parte de mi pobre Renée, á quien tan
pronto habeis olvidado , caballero.
— Ah ! señora , dijo Villefort , olvidais que era
preciso dar una madre á esta pobre niña que no la
tenia.
— Una madastra no es una madre, caballero-
Pero acaso hemos de entretenernos en hablar de este
asunto, cuando es Valentina quien hace mover nues
tros lábios? No turbemos la paz de los muertos.
Habia pronunciado todas estas palabras con tal
volubilidad y con un acento tal , que en toda esta
conversacion habia algo que se asemejaba á los sin
tomas de un delirio.
— Se cumplirá vuestro deseo, señora, dijo Vi
llefort , y tanto mas cuanto que el vuestro está de
acuerdo con el mio; y en el momento que llegue
el señor d'Epinay áParis
TOMO III. 37
— 322 —
— Buena mamá , dijo Valentina , las murmura
ciones, el luto reciente quereis en fin hacer un
casamiento bajo tan tristes auspicios?
— Hija mia , interrumpió vivamente la abuela;
inútiles son estas razones en estas circunstancias y
dejémoslas para los espiritus débiles que por esos
necios temores dejan escapar la felicidad de todo un
porvenir. Templo fué el lecho en que mi madre es
piraba donde se hizo mi casamiento , y no obstante
he sido siempre bien feliz.
— Siempre esa fatal idea de muerte ! señora re
plico Villefort.
— Si siempre. ...! os digo que voy á morir ,
lo ois? Pero antes de bajar á mi tumba dejadme
que vea una vez siquiera á mi yerno : dejadme que
le mande que haga feliz á mi nieta y que adivine
en sus ojos si piensa obedecerme ; quiero conocerle
en fin, si! continuó la abuela con unaespresion es
pantosa , para venirle á buscar si no hace lo que de
be , desde el fondo de mi tumba.
— Señora, dijo Villefort ; alejad de vuestra ima-
jinacion esas ideas exaltadas que casi rayan en lo
cura. Los muertos , una vez colocados en su tum
ba , duermen sin despertarse jamás.
— Oh ! si , si , buena mamá , cálmate ! dijo Va
lentina.
— Pues yo , caballero , os digo que no es como
vos creeis. Esta noche escuchad; un ensueño es
pantoso me ha perseguido , un sueño terrible, que
tiemblo al recordar : dormia como si mi alma hu
biese salido ya del cuerpo ; mis ojos que en vano
— 323 —
me esforzaba por abrir , se ocultaban á mi pesar
bajo mis párpados ; y sin embargo yo sé bien que
esto os parecerá imposible , á vos sobre todo , pero
con mis ojos cerrados, he visto en el mismo sitio
en que estais , y viniendo del ángulo donde hay
una puerta que comunica con el gabinete de toca
dor de la señora de Villefort, he visto entrar sin
ruido una figura blanca....
Valentina arrojó un grito.
— Era el delirio de la calentura, dijo Villefort.
— Dudad cuanto querais ; pero yo estoy segura de
lo que digo. Era una fantasma he visto una forma
blanca ; y como si Dios hubiese temido que no la
viese bien , he oido mover mi vaso.... Mirad...! ese
vaso... ese mismo vaso que está aqui, sobre la mesa.
— Oh ! buena mamá, era un sueño.
— No era un sueño, no , porque estendi la ma
no hácia la campanilla y al ver este movimiento ,
la sombra desapareció. Luego despues entró con una
luz la camarera.
— Y no visteis entonces á nadie?
— Las fantasmas se ocultan á los que no deben
verlas , y esta era el alma de mi marido. Refle
xionad pues si he tenido razon en lo que os he di
cho: si el alma de mi marido vuelve para llamar
me , porque no habia de venir mi alma para defen
der á mi nieta ?
— No digais eso, señora, dijo Villefort con terror,
no deis crédito á esas lúgubres ideas; vivireis con
nosotros, vivireis mucho tiempo feliz , amada, hon
rada , v os harémos olvidar
— 324 —
— Jamás , jamás, jamás! dijo la marquesa. Cuan
do vuelve el señor d'Epinay?
— Estamos esperándole de un momento á otro.
— Está bien, en el momento que llegue , avisad
me. Es preciso que nos demos prisa mucha pri
sa; y desearia tambien que viniese un notario para
asegurarme de que todos nuestros bienes irán á pa
rar á Valentina.
— Oh, madre mia! murmuró Valentina, apo
cando sus labios sobre la frente ardorosa de la
abuela ; quereis causar mi muerte? Dios mio ! la ca
lentura os hace delirar , y no es á un notario al que
se debe llamar , sino á un médico !
— Un médico! dijo la abuela encojiéndose de
hombros y para qué? no me siento mal , solo tengo
sed y nada mas.
— Que es lo que bebeis , abuelita?
— Como siempre , ya sabes , mi naranjada. Mi
vaso está ahi sobre la mesa , dámelo , Valen tima.
Valentina llenó con el agua naranjada que habia
en el jarro un vaso que tomó con cierto espanto, por
que era el mismo que habia tocado la sombra se
gun suponia la anciana en su delirio.
La marquesa se bebió de un sorbo todo el liqui
do que habia en el vaso.
En seguida se recostó sobre su almohada , escla
mando :
— Un notario! un notario!
El señor de Villefort salió, Valentina se sentó al
lado de la cama. Ella si que tenia entonces necesi
dad del médico que su padre habia aconsejado á su
— 325 —
abuela! La pobre jóven tenia sus mejillas abrasa
das como en una llama y cubiertas de un vivo car
min , su respiracion era corta y fatigosa , y el pulso
latia como si tuviese fiebre.
Cuanta era su desesperacion, cuando reflexionaba
el pesar horrible que daria á Maximiliano asi que
supiese que la señora de Saint-Meran , en lugar de
ser una aliada , obraba sin saberlo como la mayor
enemiga.
Mas de una vez Valentina habia pensado en ma
nifestárselo todo á su abuela , y no hubiera vacilado
un instante, si Morrél se hubiese llamado Alberto de
Morcerf, ó Raoul de Chateau-Renaud; pero Morrél
era de orijen plebeyo, y Valentina sabia cuan gran
de era el desprecio con que miraba la señora de
Saint-Meran á todos los que no pertenecian á la
nobleza. Y la seguridad que tenia de que seria inú
til relevar su secreto á su abuela , en el momento
en que iba á hacerlo, se lo repelia hasta lo mas
oculto de su corazon ; pues veia con horrible certe
za que todo estaba perdido en el momento en que
descubriesen su secreto su padre y su madrasta.
Dos horas se pasaron asi : la señora de Saint-Me
ran dormia con un sueño ardiente y ajitado.
En este momento anunciaron el notario.
Aunque este anuncio hubiese sido hecho en voz
muy baja, la señora de Saint-Meran se incorporó en
la cama.
— El notario ! dijo , que venga ! que venga !
El notario que esperaba en la puerta entró al mo
mento.
— 326 —
— Ya puedes irte, Valentina, dijola señora de
Sainl-Meran , déjame sola con el señor.
— Pero madre mia
— Anda, anda.
La jóven besó á su abuela en la frente y salió ta
pando sus ojos bañados en lágrimas con el pa
ñuelo.
Halló en la puerta al criado que la dijo que el
médico esperaba en el salon.
Bajó Valentina con precipitacion á ver al mé
dico que era un amigo de la familia , y al mismo
tiempo uno de los hombres mas hábiles de la épo
ca; y amaba mucho á Valentina á quien casi habia
visto nacer. Tambien tenia una hija de la misma
edad que la señorita de Viilefort , á cuya madre
aquejaba una afeccion de pecho y hacia concebir
temores continuamente por la vida de la hija.
— Oh ! dijo Valentina , querido señor de Avrig-
ny , os esperábamos con impaciencia. Pero antes de
todo como siguen Magdalena y Luisa ?
Magdalena era la hija del señor de Avrigny, y Lui
sa su sobrina.
El señor de Avrigny respondió con una melan
cólica sonrisa.
— Luisa muy bien, dijo, pero la pobre Magdale
na solo bastante bien. Pero me habeis mandado
llamar si no me engaño, y creo que no necesitarán
de mi ni vuestro padre, ni la señora de Villefort,
no es eso ? En cuanto á vos no podemos quitaros el
mal de nervios ; y presumo que no necesitais de mi
como no sea para recomendaros muy particularmen
— 327 —
le que no entregueis con demasia vuestra imajina-
don á los placeres del campo.
Valentina se puso como la grana. El señor de
Avrigny poseia la ciencia de adivinar casi hasta ha
cer milagros , porque era uno de esos médicos que"
curan el cuerpo por el alma.
— No, dijo, es para mi abuela. Sin duda sabreis
la desgracia que ha sucedido ?
— No sé nada, respondió el señor de Avrigny.
— Ay ! dijo Valentina conteniendo sus lágrimas.
Una gran desgracia ! mi abuelo ha muerto.
— El señor de Saint-Meran?
— Si.
— De repente ?
— De un ataque de apoplejia fulminante.
— De una apoplejia? repitió el médico.
— Si : y en tanto desconsuelo ha sumido un gol
pe tan fatal á mi pobre abuela, que su único pensa
miento se cifra solo en reunirse luego con él. Oh !
señor de Avrigny , os recomiendo á mi pobre abuela.
— Dónde está ?
— En su cuarto con el notario.
— Y el señor Noirtier como sigue?
— Lo mismo siempre, con una lucidez de espiri
tu perfecta pero la misma inmovilidad y el mismo
silencio.
— Y el mismo amor hácia vos , no es verdad , hi
ja mia?
— Si, dijo Valentina suspirando siempre: ohl
me ama mucho.
— Quién no os amaria?
— 328 —
Valentina se sonrió con dulce melancolia.
— Y que tiene vuestra abuela 2
— Una escitacion nerviosa tan singular y un sue
ño tan ajitado y estraño , que esta mañana decia
que durante su sueño habia visto entrar una fantas
ma en su cuarto , y haber oido el ruido que hizo la
misma fantasma al tocar su vaso.
— Es singular , dijo el doctor , yo no sabia que la
señora de Saint-Meran estuviese sujeta á esas alu
cinaciones.
— Esta es la primera vez que la he visto de esta
manera , dijo Valentina ; esta mañana me causó
un gran miedo porque la crei loca , y mi padre tam
bien parecia que estaba muy conmovido á pesar de
su ñrmeza de ánimo.
— Vamos á ver , dijo el señor de Avrigny , me
llena de admiracion todo lo que me estais diciendo.
Cuando el nótario bajaba, advirtieron á Valentina
que su abuela estaba sola.
— Subid, dijo al doctor.
— Y vos?
— Oh ! no tengo valor para ponerme en su presen
cia despues que espresamente me prohibió que os
mandase llamar, y por otra parte, creo que me con
vendria dar un paseo por el jardin pues como habeis
dicho , estoy ajitada, calenturienta y un poco indis
puesta.
El doctor estrechó afectuosamente la mano do Va
lentina , y mientras se dirijia al cuarto de su abuela
lajoveen bajó la escalera que conducia al jardin.
Ya sabemos cual era la parte del jardin que Va
— 329 —
lentinaescojici para paseo favorito, y como acostum
braba dar dos ó tres vueltas por el que rodeaba la
casa, despues de haber cojido una rosa para poner
la en su cintura ó en sus cabellos , y dirijirse á la
calle de árboles que formaba una bóveda sombria
en cuyo limite estaba el banco, del cual se encami
naba á la reja.
Valentina dió pues esta vez, segun su costumbre,
sus dos ó tres vueltas entre las flores, pero sin cojer
ninguna; porgue el luto de su corazon queaunno
babia tenido tiempo de desahogarse con nadie, repe
lia este sencillo adorno, y despues se encaminó há
cia la calle de árboles. A medida que se acercaba
le parecia oir una voz que pronunciaba su nombre
y se detuvo asombrada.
331 ...

12.

LA PROMESA.

K lo se habia engañado ; era la voz de Morrél que


desde el dia anterior estaba sumido en una negra
inquietud , y que habia adivinado por inspiraciones
de ese instinto particular á los amantes y á las ma
dres, queá consecuencia de la vuelta de la señora
de Saint-Merán y de la muerte del marqués , iba á
pasar algo en casa de Villefort que interesaría á su
amor.
— 332 —
Gomose verá despues, sus presentimientos se ha
bian realizado, y ya no era una simple inquietud
A que le conducia tan desanimado y tembloroso á la
reja.
Pero Valentina no estaba prevenida de la visita
de Morrél, y como no tenia por costumbre el ve
nir á aquella hora, dió gracias en lo interior de
su pecho á aquella casualidad , ó tal vez diriamos
mejor, á aquella feliz simpatia que le conducia al
jardin.
Luego que Valentina entró en él comenzó á llamar
la Morrél en voz baja y corrió ella hacia la reja.
— Como es que venis á esta hora? dijo.
— Vengo, pobre amiga, respondió Morrél, ven
go á buscar y á traer malas noticias.
— Esta es entonces la casa de la desgracia! dijo
Valentina; pero hablad presto, Maximiliano, por
que bien os puedo asegurar, que el número de do
lores es bastante crecido.
— Querida Valentina, dijo Morrél procurando
contener su emocion para poderse esplicar, os supli
co que me escucheis atentamente porque todo lo que
voy á deciros es solemne; cuando piensan casaros?
— Prestadme vos la misma atencion , dijo á su vez
Valentina, y vereis como nunca os oculto nada, Ma
ximiliano. Esta mañana se ha hablado de mi casa
miento, y mi abuela, con la cual yo habia contado
como un poderoso apoyo, no solamente se ha decla
rado en pró de este casamiento, sino que lo desea con
tanto afan que firmarán el contrato luego que lle
gue el señor de Epinay .
— 333 —
Un suspiro ahogado salió del pecho del jóven, y
miró con una espresion muy triste á Valentina.
— Ay ! dijo en voz baja que terrible es oir decir
tranquilamente á la mujer que se ama: « El momen
to de vuestro suplicio está ya fijado, y no tar
darán muchas horas antes que se cumpla » ! Pero no
importa ! no es preciso que asi suceda? y puedo por
mi parte oponer la menor resistencia? Oh! Valen-
tina, si segun decis, no se espera mas que al señor
de Epinay para firmar el contrato, si habeis de ser
su esposo desde el dia siguiente al de su llegada,
mañana perteneceis al señor d'Epinay, porque ha
llegado á Paris esta mañana.
Valentina lanzó un grito.
— Estaba yo en casa de Monte-Cristo hace una
hora, dijo Morrél: estábamos hablando, él del do
lor que acarreaba á vuestra casa esa desgracia , y yo
del dolor que robaria la calma de vuestro corazon,
cuando llegó á nuestros oidos de repente el ruido de
un carruaje que entraba en el patio. Hasta entonces
no habia creido en los presentimientos, Valentina:
pero si recuerdo el estremecimiento que me causó el
ruido del carruaje , y que cuando despues se oye
ron pasos en la escalera, conoci que los retumbantes
pasos de la estátua del comendador no asustaron tan
to á don Juan como aquellos me aterraron á mi. Al
fin la puerta se abrió, entró primero Alberto de Mor-
cerf, y ya iba yo á dudar de mi mismo, ya iba á con
vencerme de que me habia engañado, cuando entró
detrás de él un joven á quien el conde saludó, escla
mando :
— 334 —
— Ah ! señor baron Franz d'Epinay !
Reuni todas mis fuerzas y mi valor para contener
me: yo no sé si mi rostro se puso pálido ó encarnado ;
si temblé ó me quedé turbado , pero seguramente
permaneci con la sonrisa en los labios; y cinco minu
tos despues sali sin haber oido una palabra de lo que
se dijo durante estos cinco minutos: estaba anona
dado.
— Pobre Maximiliano! murmuró Valentina.
— Ya lo sabeis pues, y ahora, Valentina, me
respondereis como á un hombre á quien vais á de
cretar la sentencia de vida ó muerte: que pensais
hacer?
Valentina bajó la cabeza ; estaba abatida.
— Escuchad, dijo Morrél, no es la primera vez,
que pensais en la situacion á que hemos llegado: co
nozco que es grave, es urgente, es suprema, y no creo
que sea el momento de abandonarse á un dolor es
téril , no , dejese esto para los que quieren sufrir en
silencio y derramar lágrimas en abundancia. Hay
personas que no tratan de remediar el mal que han
recibido, \ Dios sin duda les recompensará en el cie
lo su resignacion en la tierra; pero cualquiera que
se siente con voluntad de luchar no pierde un tiem
po precioso, y devuelve inmediatamente á la fortu
na el golpe que ha recibido. Teneis intencion de tra-
var una reñida lucha contra fortuna tan adversa,
Valentina? Respondedmej, porque solo con ese obje
to he venido á preguntaros.
Estremecióse Valentina y miro á Morrél asombra
da de que trajese á su imajinacion la idea de resistir
— 335 —
ásu padre , á su abuela, á toda la familia, idea que
jamas le hábia ocurrido hasta entonces.
— Qué quereis decirme , Maximiliano, preguntó
Valentina, y á que llamais una lucha? Mirad que
esa idea es un sacrilejio. Cómo! habia de luchar yo
contra la órden de mi padre , contra los deseos de mi
abuela moribunda? Ah! no nunca, es impo
sible !
Morrél hizo un movimiento.
— Demasiada nobleza tiene vuestro corazon para
no comprenderme, y me comprendeis tan bien, mi
querido Maximiliano, que por eso os veo guardar
tanto silencio. Luchar yo! Dios no lo quiera! no;
porque guardo toda mi fuerza para luchar contra
mi misma y para beber mis lágrimas, como vos de
cis; pero aflijir á mi padre, llenar de amargura
los últimos momentos de mi abuela....? eso, oh!
jamás !
— Teneis razon , dijo Morrél flematicamente.
— Qué modo teneis de decirme eso, Dios mio! es
clamó Valentina picada.
— Esto os lo digo como un hombre que os admira,
señorita , repuso Maximiliano.
— Señorita ! oh! sois bien egoista! me vé desespe
rada y finje que no me comprende.
— Os engañais, y al contrario, os comprendo
perfectamente. Vedlo aqui todo : no quereis contra
riar al señor de Villefort, no quereis desobedecer á
la marquesa, y mañana firmareis el contrato que
debe enlazaros con el señor d'Epinay.
— Pero Dios mio! qué otra cosa puedo yo hacer?
— 336 —
— No me pregunteis, señora, porque encausa
como estadebo de ser un juez muy parcial, y segu
ramente pondria una venda en mis ojos el egoismo,
» respondió Morrél cuya voz sorda y puños apretados
anunciaban una exasperacion que iba en aumento.
— Y cual hubiera sido el plan que me hubierais
indicado, Morrél, si me hubiese hallado dispuesta á
seguir vuestra proposicion? Veamos, responded? No
es bastante decir : haceis mal, si no que tambien se
necesita que me deis un consejo.
— Decislo con formalidad Valentina , debo daros
ese consejo ?
— Muy formalmente, querido Maximiliano, por
que si es bueno lo seguiré sin vacilar.
— Valentina, dijo Morrél arrancando una tabla
desunida ya , dadme vuestra mano en prueba de que
me perdonais mi cólera. Oh ! no hagais caso hoy de
mi, tengo la cabeza trastornada, y hace una hora que
pasan por mi imajinacion las ideas mas insentatas.
Oh! en el caso en que rehuseis mi consejo
— Y bien ! ese consejo
— Escuchad, Valentina !
La jóven alzó la vista y arrojó un suspiro.
— Soy libre, repuso Maximiliano, soy bastante
rico para los dos, y os juro ante Dios que sereis mi
mujer antes de que mis lábios hayan tocado vuestra
frente.
— Me haceis temblar ! dijo la jóven.
— Venid conmigo, pues, continuó Morrél, os con
duciré á casa de mi hermana que es digna de ser
vuestra hermana ; nos embarcaremos para Argel ,
— 337 —
para Inglaterra ó para América, ó si os parece mejor
nos ocultaremos en algun sitio retirado de alguna
provida, ó esperaremos para volver á Paris, áque
nuestros amigos hayan vencido la resistencia de
vuestra familia.
Valentina movió melancólicamente la cabeza ma
nifestando su indecision.
— No me esperaba menos que eso , Maximiliano,
dijo ; esperaba un consejo que es bien insensato, y
.yo seria mas insensata que vos, sino os detuviese con
estas palabras: Morrél, lo que pensais es imposible...
imposible !
— Seguireis vuestro porvenir, tal como se pre
senta á vuestros ojos, sin hacer el mas debil esfuer
zo para torcerlo ? dijo Morrél amostazado.
— Si, aunque despues hubiese de morir,
— Bien ! Valentina, repuso Maximiliano. Qué os
he de decir? que teneis razon? que soy un insensato?
Ah ! soy bien loco , y vuestra cordura me prueba
que la pasion ciega las almas mas justas. Bien os
puedo dar las gracias pues vos obrais sin pasion.
Con qué estais ya decidida? y mañana sereis irrevo
cablemente esposa del señor Franz d'Epinay , no
por esa formalidad de teatros inventada para el
desenlace de las comedias , sino por vuestro consen
timiento?
— Por Dios! no me desespereis, Maximiliano, di
jo Valentina ; qué haríais , decid , si vuestra herma
na escuchase un consejo como el que me dais?
— Señorita , repuso Morrél sonriendo con amar
gura no me habeis dicho que yo soy un egoista? Pues
TOMO III. 38
— 338 —
bien ; siendo tan egoista , no pienso en lo que harian
otros en mi posicion , sino en lo que he de hacer yo.
No pienso en otra cosa sino en que ya hace un año
que os conozco , que desde que os conoci , todos mis
planes de felicidad se cifraron en vuestro amor, por
que un dia llegó en que me lo confesasteis , y desde
este dia no tenia otro afan que'el de poseeros, por
que el poseeros , era mi anhelo, mi vida. Ahora ya,
que puedo desear ? Nada : solo digo que la desgracia
me persigue , que habia creido ganar el cielo y que
lo he perdido. Eso está sucediendo todos los dias , y
hay jugador que pierde no tan solo lo que tiene,
sino lo que no tiene.
Morrél pronunció estas palabras con una tranqui
lidad perfecta , y Valentina le miró un instante con
sus ojos grandes y escudriñadores , procurando no
dejarle penetrar la turbacion que iba sintiendo en
el fondo de su pecho.
— Pero que hacéis? que vais á resolver? pre
guntó.
— Voy á tener el honor de despedirme de vos, se
ñorita , poniendo á Dios , que oye mis palabras , por
testigo de que os deseo una vida tan tranquila , tan
dichosa y tan llena de satisfacciones, que pueda bor
rar de vuestro corazon el mas pequeño rastro de mi
recuerdo.
— Oh! murmuró Valentina.
— Adios, Valentina, adios! dijo Morrél saludán
dola.
— Qué haceis? á donde vais? gritó la jóven sa-r
cando la mano por la rendija que quedaba entre la
— 339 —
tabia rota y agarrando el brazo de Morrél , pues
Valentina sospechaba que aquella calma de su aman
te no podia ser real : á donde vais , Maximiliano?
— Voy á pensar ahora como he de hacer para no
ser causa de una nueva turbacion en vuestra fami
lia, yádar un ejemplo que podrán seguir todos los
hombres quo tengan honradez y se encuentren en
mi posicion.
— Antes de separaros de mi , decidme lo que vais
á hacer , Maximiliano !
El jóven se sonrió tristemente.
— Oh! hablad, hablad! dijo Valentina, oslo su
plico!
— Cambiais de resolucion , Valentina?
— Eso nunca ! No puedo cambiar , desdichado !
bien lo sabeis ! esclamó la jóven.
— Entonces adios , Valentina !
Valentina golpeó la reja con una fuerza de que
nadie la hubiera creido capaz , y cuando Morrél se
alejaba , pasó sus dos manos al través de la reja, y
cruzándolas , esclamó :
— Qué vais á hacer? yo quiero saberlo, os lo
suplico , decidme á donde vais?
— Oh ! podeis estar tranquila, dijo Maximiliano
deteniéndose á tres pasos de la puerta : mi intencion
no es hacer á un hombre responsable de los rigores
que la suerte me destina. Otro cualquiera os ame
nazaria con ir á buscar al señor Franz , provocarle,
batirse con él , pero eso seria obrar como un insen
sato. Qué culpa tiene el señor Franz de todo lo que
me pasa? La primera vez que me ha visto ha sido
— 340 —
hoy , y ni siquiera sabia que yo existia cuando vues
tra familia y la suya decidieron que seriais la una
del otro. No tengo porque buscar al señor Franz , y
os juro que no le buscaré.
— Pero con quien desahogareis vuestra cólera?
conmigo , acaso?
— Con vos , Valentina ! Dios me libre ! Es un
sagrado la mujer, y es santa para el hombre la mu
jer á quien ama. *
— Entonces será con vos, Maximiliano, con vos!
— No soy yo el culpable, el solo culpable? de
cid , dijo Morrél.
— Maximiliano, dijo Valentina, Maximiliano,
venid aquí , yo lo exijo !
Maximiliano se acercó con su dulce sonrisa en los
labios, y nadie cualquiera hubiese podido dudar que
estaba en su estado natural, si no hubiera visto la pa
lidez de su rostro.
— Escuchadme, mi adorada Valentina , dijo con
su voz rebosando dulzura y gravedad ; las personas
que como nosotros nunca han tenido que echarse en
cara una mala accion ni un mal pensamiento; las
personas que como nosotros pueden leer uno en el
corazon de otro con la mayor claridad , deben usar
este lenguaje. Sabeis que nunca he hecho novelas,
ni soy un héroe melancólico , ni creo en Manfredo
ni en Antony ; pero sin palabras , sin protestas, sin
juramentos , he puesto en vos mi vida , y si vos me
faltais , obrareis con mucho razon, como os lo he di
cho y os lo repito ; pero en fin me faltais y mi vida
se pierde. Desde el momento en que os alejeis de mí,
— 341 —
Valentina , quedo solo en el mundo. Mi hermana es
feliz con su marido , su marido no es mas que mi
cuñado ; es decir , un hombre emparentado sola
mente conmigo por las leyes sociales, y nadie tiene
necesidad en la tierra de mi existencia. Me pregun
tais lo que voy á hacer? Estaré esperando hasta el
momento mismo en que pronuncieis los terribles vo
tos , porque no quiero perder la sombra de estas ca
sualidades imprevistas que pueden suceder, y quien
sabe si el señor Franz puede morir de aquí á enton
ces, ó si puede caer un rayo en el altar cuando va
yais á acerearos á él ! No sabeis que todo le parece
creible al condenado á muerte, y que para él los
milagros no son imposibles, si se trata de la salva
cion de su vida? Estaré esperando hasta el úliimo
momento , y cuando vea por mis ojos que mi des
gracia es cierta , sin remedio, sin esperanza, es
cribiré una carta confidencial á mi cuñado, otra
carta al prefecto de policía dándoles noticia de mi
designio , y oculto en la espesura de un bosque re
tirado , en algun olvidado foso ó á orillas de algun
rio , me haré saltar la tapa de los sesos. Tan cier
to es esto , como que soy hijo del hombre mas hon
rado que ha vivido en Francia.
Estremecióse convulsivamente Valentina , tem
blaron todos sus miembros al oir tan fria y espan
tosa relacion, y soltando la reja que tenia agarra
da con sus dos manos , sus brazos cayeron y dos
gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
El jóven permaneció delante de ella , con airo
sombrío pero con resolucion.
— 342 —
— Oh ! por piedad, por piedad ! dijo, vivireis, no
es verdad?
— No, os lo juro por mi honor, dijo Maximilia
no , pero qué os importa ! vos hareis vuestro deber
y no os quedará el mas débil remordimiento.
Valentina cayó de rodillas comprimiendo su co
razon , que parecia querer saltársele del pecho.
— Maximiliano, dijo, Maximiliano mi mejor
amigo , mi hermano sobre la tierra», mi verdadero
esposo en el cielo , ah ! yo te lo suplico , imitame ,
vive con el sufrimiento y tal vez llegue un dia en
que nos veamos reunidos. «^ »
— Adios, Valentina, repitió Morrél."
— Dios mio , dijo Valentina levantando sus dos
manos hacia el cielo con una espresion sublime :
Dios mio , ya estais viendo que he hecho todo loque
puede hacer una hija para no faltar á la sumision y
respeto que. debe á los que le dieron el ser , ya veis
que ha sido sordo á mis súplicas , y no le han movido
á compasion ni mis ruegos ni mis lágrimas; pues
bien ! estoy resuella ya ! continuó enjugándose las lá
grimas y recobrando su firmeza, estoy resuelta! No
quiero que me mate el remordimiento; antes quiero
morir de verguenza. Vivireis , Maximiliano , y no
seré de nadie sino de vos. A que hora? cuando? en
este momento? hablad, mandad... estoy pronta!
Pálido de gozo , palpitante el corazon de tanto
placer y no creyendo apenas lo que oia , Morrél que
ya otra vez habia dado de nuevo algunos pasos para
alejarse , volvió estendiendo al través de la reja sus
dos manos á Valentina.
— 343 —
— Valentina, dijo , querida amiga, no debieran
haber sido esas vuestras palabras y sino dejadme
que busque la muerte. Creeis que os querria poseer
por la violencia si vos me amaseis ? Me obligais á
vivir por compasion y nada mas ah ! para eso,
prefiero morir.
— En fin , murmuró Valentina, quien me ama
en el mundo ? él. Quien me ha dado un consuelo en
todas mis penas? Sobre quien reposa mi corazon?
sobre él , él y siempre él. Pues bien ! tienes ra
zon, Maximiliano, porque debo seguirte y abando
nar la casa paterna. Oh ! que ingrata soy , esclamó
Valentina sollozando, pues me olvidaba de mi abue
lo Noirtier.
— No, dijo Maximiliano, no le abandonarás:
creo que el señor Noiriier ha parecido esperimentar
alguna simpatia hacia mi, y antes de huir se lo dirás
todo ; te harás un escudo delante de Dios con su con
sentimiento; una vez casados, vendrá con nosotros;
y en vez de un hijo tendrá dos. Tú me has dicho
el modo con que os hablais ; bien , yo aprenderé
pronto el tierno lenguaje de signos si , Valenti
na. Oh! yo te juro que en lugar de la desesperacion
que nos espera verás la felicidad.
— Maximiliano! Maximiliano! qué poder es el
tuyo tan grande sobre mi corazon , que haces que
crea justo y razonable lo que me dices? Y no obs
tante lo que me dices es insensato , porque mi pa
dre me maldecirá y jamás me perdonará, porque yo
le conozco , tiene el corazon inflexible. Por esta ra
zon , pues , escuchadme , Maximiliano : si por arti
— 3M —
ficio, por súplicas, por un accidente, que sé yo !
si en fin, por cualquier medio puedo retardar el ca
samiento; esperareis tendreis valor para espe
rar , no es verdad ?
— Esperaré , y os lo juro, si me jurais vos que ese
espantoso casamiento no se llegará á efectuar y que
aunque os arrastrasen delante del majistrado , de
lante del sacerdote, direis que no.
— Te lo juro, Maximiliano , por lo mas sagrado
que hay para mi en la tierra por mi madre.
— Esperemos pues , dijo Morrél.
— Si, esperemos, añadió Valentina, que respi
raba al oir esta palabra : hay tantas cosas que pue
den salvar á unos desgraciados como nosotros !
Tengo tanta confianza en vos , Valentina, dijo
Morrél , que á vuestra voluntad dejo lo que debe
hacerse y creed que todo lo que hagais estará bien
hecho ; pero si desprecian vuestras súplicas , si vues
tro padre , si la señora de Saint-Meran exijen que
el señor d'Epinay sea llamado mañana para firmar
el contrato
— Os he dado mi palabra , Morrél.
— En lugar de firmar
— Vendré á buscaros y huiremos... á donde vos
querais ; pero tiempo tendremos entonces de deci
dirnos , y no tentemos á Dios , Morrél ; no nos vea
mos mas por ahora , ha sido un milagro que no nos
hayan sorprendido ó que alguno no nos haya ob
servado ; si ños sorprendiesen , si supiesen como nos
vemos, no tendriamos ningun recurso.
— Teneis razon , Valentina ; pero como sabré...
— 345 —
— Por el notario, el señor Deschamps.
— Le conozco.
— Y por mi misma. Buen cuidado tendré de es
cribiros. Ah ! Dios mio ! si supierais cuan odioso es
para mi tambien ese casamiento ! Creedme , Maxi
miliano.
— Oh! bien bien ! Gracias os doy, mi ado
rada Valentina, replicó Morrél. Entonces va esta
mos convenidos , no es asi? Y si llego á saber laho-
hora en que me esperais, rápido vengo aqui, subis
á la tapia en mis brazos , salíais conmigo porque no
os será muy dificil , un carruaje nos esperará á la
puerta de la huerta, subimos en él , os conduzco á
casa de mi hermana ; nos ocultamos alli ó no guar
damos el secreto si asi lo quereis, y entonces, ten
dremos valor, resistirémos , y no nos dejaremos de
gollar como el cordero que no se defiende sino con
sus balidos.
— Bien , dijo Valentina ; á mi vez os diré, Ma
ximiliano : todo lo que hagais está bien hecho.
— Oh!
— Vaya pues, estais contento de vuestra muger?
dijo tristemente la jóven.
— Mi adorada Valentina, no me decis nada mas
por despedida?
— Qué mas quereis?.
Se habia aproximado Valentina, ó por mejor
decir , habia acercado sus labios á la reja , y sus
palabras y su perfumado aliento llegaban hasta los
labios de Morrél , que iba acercando su boca á la
fria é inflexible reja.
TOMO III. 39
— 34G —
— Hasta la vista , dijo Valentina , hasta la vista.
— Me escribireis , no es verdad ?
— Si.
— Gracias, gracias, hasta la vista!
Oyóse el ruido de un beso inocente y perdido,
y Valentina desapareció bajo los tilos.
El crujir de su vestido y el susurro que sus piés
causaban al pisar suavemente la arena, llegaron por
un momento á los oidos de Morrél que elevó sus ojos
al cielo con una espresion indefinible de felicidad,
como para dar gracias al divino Criador, pues per
mitia que fuese tan amado de Valentina : despues
desapareció.
Retirose á su casa Morrél donde estuvo esperando
todo lo que restaba de la tarde, y todo el dia que si
guió al de esta conversacion , sia recibir ningun aviso
de Valentina. Ya habian pasado los dosdias, y lle
no de impaciencia se dirijia ya á casa del notario el
señor Deschamps, cuando recibió por la estafeta un
billete que sin duda era de Valentina , aunqne nun
ca habia visto su letra.
Estaba concebido en estos términos:

« Lágrimas, súplicas, ruegos... nada! Dos horas


estuve ayer en la iglesia de San Felipe-de Roule, y
durante esas dos horas permaneci orando con fervo
rosa afan. Tan insensible es Dios como los hombres
y el contrato se firma esta noche á las nueve.
«No tengo mas que una palabra, asi como tam
poco tengo mas que un corazon, Morrél ; esa palabra
— 347 —
os la he dado ya, y hace mucho tiempo que sois
dueño de mi corazon.
« Esta noche , á las nueve menos cuarto , en la
reja. »
«Vuestra esposa,
« VALENTINA DE V1LLEFORT. »

« P. D. Mi pobre abuela sigue cada vez peor y


si ayer tenia un fuerte delirio, hoy no ha sido deli
rio , ha sido ya una locura.
«Me amareis mucho, no es verdad, Morrél? Nece
sito que me ameis mucho... para hacerme olvidar
que la he abandonado en este estado.
« Creo que ocultan al abuelo Noirtier que el con
trato se firma esta noche á las nueve. »
No se contentó Morrél con lo que decia Valentina,
y dirijiéndose á casa del notario , vió igualmente
confirmada por él la noticia de que el contrato se
firmaba aquella noche á las nueve.
c.
Dealli fué á ver á Monte-Cristo, donde supo ade
mas que Franz habia ido á anunciarle aquella solem
nidad, que la señora de Villefort habia escrito al
conde para suplicarle que la disculpase sino le con
vidaba, pero que la muerte del señor de Saint-Me-
rán , y el estado en que se hallaba su viuda, esparcia
sobre aquella reunion un velo de tristeza con el que
no queria oscurecer la frente del conde, al cual de
seaba toda especie de felicidad.
El dia anterior presentaron á Franz á la señora
deSaint-Merán, que se habia levantado para es(a
presentacion, volviendo á acostarse en seguida.
— 348 —
Tan notable era la ajitacion que se Iraslucia en el
macilento rostro de Morrél , que en vano pudo ocul
társela á las miradas que tan llenas de penetracion
le dirijia el conde ; de modo que Monte-Cristo estu
vo con él mas afectuoso que nunca; tan afectuoso que
dos ó tres veces estuvo Maximiliano á punto de de
cirselo todo. Pero se acordó de la promesa formal
dadaá Valentina, y su secreto quedó fielmente se
pultado en el fondo de su corazon.
Mas de veinte veces leyó el jóven la carta de su ado
rada Valentina; era la primera vez que tenia la di
cha de recibir letra suya... pero, en qué ocasion!
Cada vez que leia la carta, Maximiliano juraba vein
te veces hacer feliz á Valentina. En efecto, qué au
toridad no tiene la jóven que toma una resolucion tan
peligrosa! de que cariño no es merecedora departe
de aquel á quien todo se lo ha sacrificado ! como de
be de ser para el corazon de su amante su primer y
mas digno objeto de culto ! No es mujer... es una so
berana , para quien un alma es muy poco si se ha
de darla gracias y adorarla.
Morrél pensaba con una agitacion inesplicable en
aquel momento en que Valentina llegára diciéndo :
— Aqui esMJy , Maximiliano, ayudadme á subir
la tapia.
Ya lo tenia todo preparado para la fuga; dos esca
las habian sido guardadas en la choza de la huerta, y
esperaba un cabriolé, que debia guiar Maximiliano.
No habia traido ni criado, ni luz; porque al volver
la primera calle, se encenderian las linternas pues
que podian muy bien caer en las manos de la policia.
- 349 -
De cuando en cuando se estremecia Morrél ; pen
saba en el momento en que , a! lado de aquella ta
pia , protegeria la bajada de Valentina , y sentiria,
temblorosa y abandonada en sus brazos, á aque
lla de quien aun no habia estrechado mas que una
mano.
En vano llegó la tarde , en vano conoció Morrél
que la hora decisiva se aproximaba y que tenia mu
cha necesidad de estar solo ; pues queriendo repri
mir su conmocion conocia que por el contrario la
sangre corria por sus venas como un rio de fuego ,
y le habia causado una irascible impaciencia hasta
las mas simples preguntas, la sola voz de un amigo.
Tomó un libro para distraerse, luego que se encerró
en su casa , pero su mirada se deslizaba sobre las
páginas sin comprender nada , y acabó por tirar el
libro contra el suelo , para dibujar por la segunda
vez su plano , sus escalas y su huerta.
Poco á poco se iba acercando la hora , y como es
muy sabido que jamás un hombre enamorado ha
dejado quieto el reloj ; Morrél manoseó el suyo has
ta tanto que no siendo aun las ocho marcaba las
ocho y media.
Pensó entonces Morrél que ya era tiempo de par
tir , pues eran las ocho y media , y aunque el con
trato se firmaba á las nueve , era probable que Va
lentina no esperaria; de consiguiente, Morrél , des
pues de haber salido á las ocho y media en su reloj
de la calle de Meslay , entraba en la huerta cuando
daban las ocho en San-Fclipe-de-Roule.
Escondió el caballo y el cabriolé detrás de una
— 350 —
cabana arruinada en la que Morrél acostumbraba á
ocultarse.
Hundiase en su crepúsculo el dia lentamente, y
los árboles fueron desapareciendo, convirtiéndose
en una tinta sombria y opaca.
Salió entonces Morrél de donde estaba oculto, y
con el corazon palpitante fué á mirar por la reja;
pero aun no habia nadie.
Oyóse en un reloj las ocho y media.
Morrél estubo esperando una media hora ; se pa
seaba de un lado á otro, y de cuando en cuando iba
á mirar por la rendija de las tablas.
El jardin se iba oscureciendo mas y mas , y en
vano buscaba en la oscuridad el vestido blanco , en
vano procuraba oir en medio del silencio el ruido
de los pasos.
Sombria y callada se veia á lo lejos la casa por
entre las ramas de los árboles, y no presentaba nin
guno de los aspectos de una casa que se abre para
un acontecimiento tan importante como el de firmar
un contrato de casamiento.
Sacó el reloj impaciente Morrél y vió que solo se
ñalaba los tres cuartos para las diez ; pero pronto
conoció su error , cuando el reloj de la iglesia dió
las nueve y media.
Media hora habia ya pasado mas del término fija
do; pues Valentina le habia dicho que á las nueve
menos cuarto.
Y qué terrible era ahora el tiempo con su paso
tardio y perezoso para el corazon del jóven , para
quien cada segundo era un siglo de tormento !
— 351 —
El fugaz murmullo de la hoja que caia , el suspi
ro del viento que sonaba al mecer sus cabellos
todo te hacia sudar y estremecerse, y cojiendo en
tonces con mano convulsiva la escala, para no per
der tiempo , ponia el pié en el primer escalon.
En medio de estas ansiedades , en medio de estas
crueles alternativas de temor y de esperanza... die
ron las diez en la iglesia de San Felipe-de-Roule.
— Oh ! murmuró Maximiliano con terror, es im
posible que dure tanto firmar el contrato , á menos
que haya habido algun aconte cimiento imprevisto ,
y calculando el tiempo que duran todas las formali
dades , es cosa segura de que algun suceso ha sobre
venido.
Y unas veces se paseaba con agitacion por delante
de la reja , otras iba á apoyar su frente ardorosa so
bre el helado hierro. Se habrá desmayado Valenti
na durante ó despues del contrato? ó habrá sido de
tenida en su fuga? Estas eran las dos hipótesis que
bullian sin cesar en la imajinacion del jóven.
Pero la idea en que se fijó fué que al realizar su
fuga habian faltado las fuerzas á Valentina, y que
habia raido desmayada en medio de alguna calle
de árboles.
— Oh ! si esto fuera verdad esclamó , y comen
zó á subir rápidamente por la escala, si la perdie
ra , seria solo por mi culpa !
Parecia que el espiritu malo le habia soplado al
oido tan diabólico pensamiento que no pudo arran
car de su frente y que siguió atormentándole con
esa perstinacia que hace que ciertas dudas , al ca^
— 352 —
bo de un instante y á fuerza de pensaren ellas, se
vuelvan certezas. Y en el estremo de su ilusion ,
ansiando penetrar las sombras de la noche que por
cada instante crecian , sus ojos creian distinguir al
través de los espesos árboles una forma humana.
Y aun tuvo osadia para llamar , é imaginóse oir
un quejido inarticulado.
La media para las once sonó en el reloj , y cre
yó que entonces ya no debia esperar por mas tiem
po ; las sienes de Maximiliano latian con violencia,
espesas nubes pasaban ante sus ojos; y haciendo un
esfuerzo subió la escala , montóse en la tapia , y de
un salto estuvo en el jardin.
Por fin estaba ya en casa de Villefort , pero su
entrada en ella habia sido por medio de un escala
miento , y pensó por un momento en las consecuen
cias que podria tener una accion semejante , pero no
era ya tiempo de retroceder.
Diez pasos le bastaron para internarse hasta una
calle de árboles , y rápidamente llegó al estremo de
la calle desde donde se. descubria la casa.
Entonces Morrél se aseguró de una cosa que ha
bia ya sospechado, de que en vez de las luces que
creia ver brillar en cada ventana, como es natural
enafos dias de ceremonia , no vió mas que la masa
grrs y velada aun por una gran cortina sombria
que proyectaba una nube inmensa que se habia in
terpuesto delante de la luna.
Una luz pasaba de cuando en cuando como per
dida, y pasaba por delante de tres ventanas del pi
— 353 —
so principal. Estas tres ventanas eran de las habi
taciones de la señora de Saint-Meran.
Otra luz permanecia inmóvil detrás de unas cor
tinas encarnadas. Estas cortinas encarnadas eran de
la alcoba de la señora de Villefort.
Morrél adivinó todo esto , porque para ir siguien
do en su imajinacion á Valentina cuando estuviese
lejos de su lado , mil veces le habia hecho repetir
una minuciosa descripcion de toda la casa , y esta
ba tan enterado sin haberla visto de todos sus sali
das, habitaciones y demas pormenores que casi se
podria asegurar que la conocia como su dueño.
Mas espanto inspiró al jóven aquella oscuridad y
silencio , que la ausencia de Valentina. .
Lleno de pavor, delirante de pena y con la osada
decision de arrostrarlo todo por volver á verá Va
lentina y asegurarse de la desgracia que presagiaba,
cualquiera que fuese, Morrél llegó á una plazuela
que terminaba en la calle de árboles , y se prepa
raba á atravesar con toda la rapidez posible el ter
raplen completamente descubierto, cuando un soni
do de voces bastante lejano aun, pero conducido por
el viento , llegó á sus oidos.
Retrocedió temeroso al oir esas voces; habia sa
lido fuera de las ramas y de los árboles ; pero vol
vióse á internar en ellas, permaneciendo ocult|en
la oscuridad , inmóvil y mudo.
Ya habia tomado la resolucion de que si era Va
lentina sola, la avisaria con una palabra; pero que
si Valentina venia acompañada tendria el placer de
verla al menos y se aseguraria de que no le habia
TOMO II!. 40
— 354 —
sucedido desgracia alguna, y si eran desconocidos,
escucharia algunas palabras de su conversacion ,
para llegar á comprender por ellas aquel misterio
incomprensible hasta en tonces.
Rasgóse la nube que ocultaba la luna, que apa
reció iluminando el jardin de una tinta sombria, y
Morrél vió aparecer en la puerta de la escalinata á
Villefort seguido de un hombre vestido de negro.
Bajaron los escalones y se adelantaron hácia la pla
zoleta y aun no habian andado cuatro pasos y ya
Morrél reconoció al doctor de Avrigny en el hom
bre vestido de negro.
Cuando vió que se dirijian hácia el sitio donde él
estaba el jóven retrocedió maquinalmente hasta que
encontró el tronca de un sicomoro, detrás del cual
se ocultó.
No tardó mucho rato en cesar de crujir la arena
bajo los pasos del procurador del rey y del doctor de
Avrigny.
— Ah ! querido doctor, dijo Villefort , parece que
se conjura el cielo contra nuestra casa. Qué muer
te tan horrible ! Esto ha sido un rayo. En vano se
rán vuestros consuelos , porque ay ! no se encuen
tran palabras de dolor bastantes para lamentarse
de tanta desgracia , y la llaga es demasiado profun
da muerta muerta f
Un sudor de muerte heló la frente del jóven cu
yos dientes chocaron violentamente unos contra
otros. Quién habia muerto en aquella casa que el
mismo Villefort maldecia ?
— Querido señor de Villefort , respondió el mé-
— 355 —
dico con un acento que aumentó el terror del jóven
con objeto bien diferente de darbs consuelo os he
conducido á este secreto retiro.
— Que quereis decir ? preguntó el procurador del
rey con asombro.
— Debo advertiros que tras la triste desgracia que
os acaba de suceder se oculta otra aun mas terrible
quizás.
— Oh , Dios mio ! murmuró Villefort cruzando las
manos ; que me vais á decir ?
— Estais seguro de que nadie nos puede oir , ami
go mio ?
— Oh ! si , nadie... Pero que significan todas esas
precauciones ?
— Significan que tengo que haceros una revela
cion terrible , dijo el doctor ; sentémonos.
Villefort se hundió sobre el banco , y el doctor
permaneció en pié en frente de él con una mano apo- -
yada sobre su hombro.
Helado el corazon de espanto, Morrél sostenia su
frente con una mano , y con la otra contenia su co
razon cuyos latidos temia que fuesen oidos.
— Muerta ! muerta ! se repetia en lo mas hondo
de su mente. ¿
Y parecia que él mismo perdia su existencia.
— Os escucho con calma, doctor; podreis ha
blar , dijo Villefort; herid , á todo estoy preparado.
—La señora de Saint-Meran aunque tenia una edad
bastante avanzada gozaba de una salud escelentc.
Morrél respiró con libertad al oir esto despues de
diez minutos de agonia.
— 356 —
— El pesar lahamatado, dijo Villefort; si, nada
mas que el pesar, doctor. Aquella costumbre que
lenia de vivir al lado del marqués hacia mas de
cuarenta años
— No, no es el pesar, mi querido Villefort, dijo
el doctor. Mata el pesar algunas veces aunque son
bien raras las organizaciones tan susceptibles ; pero
no mata en un dia, no mata en una hora, no mata
en diez minutos.
Guardaba silencio el señor de Villefort que rápi
damente levantó la cabeza que hasta entonces ha
bia tenido inclinada para lanzar al doctor una mira
da de asombro.
— Habeis estado á su lado durante su agonia?
preguntó el señor de Avrigny.
— Lo hice asi , respondió el procurador del rey ;
porque vos me dijisteis que no me alejase.
— Habeis notado los sintomas del mal áque ha
sucumbido la señora-de Saint-Meran ?
— Y los recuerdo todos : la señora de Saint Me-
ran ha tenido tres ataques consecutivos y cada vez
mas graves... A vuestra llegada 1a señora de Saint-
Waran hacia algunos minutos que apenas podia res
pirar; y tuvo una crisis que yo tomé por un simpte
ataque de nervios , pero no empecé á espantarme si
no cuando la vi incorporarse sobre su lecho, con los
miembros y el cuello crispados. Consulté con mis
ojos lo que pensabais y en vuestro rostro conoci que
'a cosa era de mas gravedad de lo que yo creia , y
cuando terminada la crisis busqué vuestros ojos , ya
no los encontré. Estabais tomándola el pulso, esta
— 357 —
bais contando sus latidos , la segunda crisis em
pezó, laque fué acompañada de sintomas mas terri
bles que la primera y que reprodujo con ecsacerva-
cionlos mismos movimientos nerviosos, y sus labios
se amorataron y contrajeron.
A la tercera espiró.
Desde que vi el fin de la primera reconoci que era
el tétano , y vos me confirmasteis en esta opinion.
— Eso os dije en un público, señor de Villefort
repuso el doctor ; pero ahora estamos solos.
— Que vaisá decir , Dios mio?
— Que son iguales... absolutamente los mismos,
los sintomas del tétano y del envenenamiento por me
dio de sustancias vejetales.
Levantose bruscamente el señor de Villefort... y
despues de un instante de inmovilidad y de silencio,
volvió á caer sobre el banco.
— Oh! Dios mio! señor doctor , dijo, pensais bien
en lo que me estais diciendo ?....
Morrél dudaba si era victima de una atroz pesadi
lla ó si estaba dispierto realmente.
—Escuchad, dijo el doctor , conozco la importan
cia de mi declaracion y el caracter del hombre á
quien se la hago.
— Habláis al amigo ó al magistrado? pregun
tó Villefort.
— En este momento al amigo, solo al amigo, res
pondió el doctor ; la relacion que existe entre los sin.
tomas del envenenamiento por las substancias veje
tales es tan parecida que si fuera preciso firmarla
vacilaria. De modo que os repite que no es al magis-
innri ni. íl
— 358 —
nudo ú quien me dirijo en este momento, sino af
amigo. Ahora pues , á vos como amigo os diré que
durante los tres cuartos de hora que ha durado la
agonia, la he estudiado al mismo tiempo que las con
vulsiones y la muerte de la señora de Saint-Merán ;
y no solamente me atrevo á decir que la señora de
Saint-Merán ha muerto envenenada, sino que ase
guraria que veneno la ha matado.
^ — Doctor ! doctor t
— Vos lo habeis visto, vos sabeis lo mismo que
yo que todo ha sido una série de soñolencias inter
rumpidas por crisis nerviosas , escitaciones cerebra
les La muerte de la señora de Saint-Merán ha si
do producida por una dósis violenta de brucino ó de
estricnina quela han administrado por casualidad ó
por error sin duda.
Villefort cojió la mano del doctor.
— Oh! callad, doctor! eso es imposible, dijo.
Es esto un sueño, Dios mio ?.... es un sueño? Que
cruel es oir decir semejantes cosas á un hombre co
mo vos ! Os suplico en nombre del cielo , querido
doctor, que me digais que podeis engañaros
— Sin duda pudiera ser asi pero
— Pero?....
— Yo no lo creo.
— Doctor , tened piedad de mi ! Oh ! sin duda voy
á volverme loco... hace algunos dias me están suce
diendo cosas tan inauditas
— Ha visto algun otro mas que nosotros á la se
ñora de Saint-Merán ?
— Nadie.
— 359 —
— Han ido á buscar á casa del boticario alguna
otra medicina que no fuése ordenada por mí ?
— Ninguna.
— Tenia enemigos la señora de Saint-Merán ?
— Al menos no losé.
— Tenia alguien interés en su muerte?
— No , Dios mio ! no ; mi hija es su única here
dera;.... Valentina.... Oh ! si pudiese ocurrirme tal
pensamiento, me daria de puñaladas para castigar
á mi corazon de haber podido abrigarlo.
— Oh ! esclamó á su vez el señor de A vrigny , que
rido amigo , no quiera Dios que yo pueda acusar á
nadie, porque no hablo mas que de un accidente,
quiero decir tal vez de un error ; pero accidente
ó error la necesidad de deciros en secreto mis pen
samientos era tan urjente, y me acosaba el remordi
miento de tal modo, que no pude guardar silencio.
Ahora os toca solo á vos el informaros.
— A quién ? como ? de qué ?
— Reflecsionemos. No seria muy posible que una
equivocacion inocente de Barroisel antiguo criado,
haya sido por un acaso tal vez la causa de haber da
do á la señora de Saint-Merán alguna pócima prepa
rada para su amo?
— Para mi padre?
— Si.
— Pero cómo podia envenenar á la señora de
Saint-Merán una pócima preparada para mi padre?
— Nada mas sencillo, señor de Villefort, pues no
ignorais que hay ciertas enfermedades como la pará
lisis por ejemplo , para las cuales se emplean como
— 3G0 —
remedies los venenos : dos ó tres meses hace , vien
do que despues de haber hecho todo cuanto podia pa
ra devolver el movimiento y la palabra al señor Noir-
tier, todo era inutil ; me decidi á tentar e! último
medio , y despues de estos tres meses pues , le trato
por medio del brucino, aumentando gradualmente la
dosis, de modo que en la última pócima que le man
dé entraban seis centigramos; seis centigrámos sin
accion sobre los órganos paralizados del señor Noir-
tier, y á los cuales se ha acostumbrado por medio
de dósis graduadas; pero seis centigramos que bas
tan para matar á cualquiera otro que no sea él.
— Pero no hay, mi querido doctor ninguna comu
nicacion entre la habitacion del señor Noirtier y de
la señora de Saint-Merán , y además Barrois nunca
entrabra en el cuarto de mi suegra. En fin , doctor,
os diré que aunque sé muy bien que sois el hombre
mas concienzudo , el mas hábil , aunque siempre
vuestras palabras son para mi una antorcha que me
guia por la oscuridad.... á pesar de todo eso, pues,
no puedo no quiero creeros y tengo necesidad
de apoyarme en este axioma , errare humanum est.
— Escuchad , Villefort , dijo el doctor , os mere
ce alguno de mis cofrades tanta confianza como yo?
— Porqué me decis eso? á donde vais á parar?
— Llamadle; le diré todo lo que he visto, lo que
he notado , y haremos la autopsia.
— Y estais seguro de hallar los vestijios del ve
neno ?
— Tanto como veneno, no, ni tampoco os he
asegurado eso, pero estudiaremos la exasperacion
— 3G1 —
del sistema, reconoceremos la asfixia patente, in
contestable , y os diremos : querido Villefort , si
ha sido descuido, vijilad á vuestros criados, y si ha
sido odio , vijilad á vuestros enemigos !
— Oh ! Dios mio! qué me proponeis señor de
Avrigny? respondió Villefort con abatimiento, no
sabeis que desde el instante en que otro que vos,
doctor , sea dueño de este secreto , será forzoso co
menzar un proceso , y que no es posible un proceso
en el que esté yo mismo interesado? Pero si lo de
seais, si absolutamente lo exijis , haré lo que me
decis. Conozco , que debia llevar adelante ese asun
to, pues mi carácter me lo ordena. Pero qué terror
no será el mio al ver introducir en mi casa tal es
cándalo despues de tantas penas! Oh! mi mu
jer y mi hija morirán ! y yo.... yo mismo, doctor,
bien lo sabeis, un hombre no llega á ser lo que yo
soy , un hombre no llega á ser procurador del rey
veinticinco años sin haber amontonado al rededor
un gran número de enemigos , y los mios son mu
chos y animados por mucho ódio Este aconteci
miento que les hará estremecer de alegria , á mi me
cubrirá de vergüenza, y.... ya veis, doctor, estas
son ideas mundanas ; pero perdonádmelas , porque
si fueseis sacerdote , no me atreveria á deciros esto.
Vos sois hombre, conoceis á los demas hombres....
Ah ! doctor , doctor , no me habeis dicho nada , es
verdad ?
— Querido señor de Villefort, respondió el doctor
conmovido ; mi primer deber es la humanidad, y
gusloso hubiera salvado á la señora de Saint-Merán
— 362 —
si la ciencia lo hubiese podido hacer , pero una vez
muerta me consagro á los vivos. Sepultemos en lo
mas profundo de nuestros corazones este terrible
secreto, y permitiré, si los ojos de algunos llegan
á sospechar , permitiré que su muerte se achaque
á mi ignorancia, pero sabré guardar con lealtad
este secreto. No obstante, investigad, buscad sin ce
sar y con cautela porque no es regular que este asun
to deba quedar así Y cuando hayais encontrado
al culpable, si le encontrais, yo seré el primero que
os diga : sois magistrado , obrad como mejor os pa
rezca.
— Oh! gracias... gracias, doctor! dijo Villefort
con una alegría indecible; veo que nunca nunca
he tenido mejor amigo que vos.
Despues impelido quizás por el cobarde temor de
que el señor de Avrigny se retractase de su deter
minacion, se levantó y condujo al doctor hácia su
casa.
Se fueron alejando poco á poco, y como si hubie
se tenido necesidad de respirar, Morrél sacó la cabe
za del enrramado, y la luna iluminó aquel rostro tan
pálido que mas bien parecia el de una fantasma.
— Dios me ampare! dijo. Pero Valentina ! Valen
tina ! pobre amiga; como ha de poder resistir á tan
tos dolores !
Al pronunciar estas palabras, miraba alternativa
mente la ventana de cortinas encarnadas y las tres
ventanas de cortinas blancas.
Habiase estinguido ya completamente la pálida luz
de la ventana de cortinas encarnadas y creyó que
— 363 —
sin duda alguna la señora do Villefort acababa de
apagar la lámpara, y solo la lámpara era la que es
parcia un reflejo moribundo y con oscilaciones casi
imperceptibles.
Vio tambien que en el estremo del edificio abrian
una de las ventanas de cortinas blancas; que la bu-
gia colocada sobre la chimenea, arrojaba fuera del
balcon algunos rayos de su pálida luz, y una som
bra se apoyaba en la balustrada.
Creyó que el viento le traia á sus oidos un triste
jemido, y se estremeció.
Quien no habia de pensar que aquella alma tan
intrépida y fuerte turbada ahora y exaltada por las
dos pasiones humanas mas fuertes, el amor y el mie-
ílo hubiera dejado debilitarse hasta el estiemo de
sufrir exaltaciones supersticiosas?
Creciendo su ilusion , y aunque su razon le ad
virtiese que no era posible , que oculto como es
taba, la mirada de Valentina le distinguiése, creyó
oirse llamar por la sombra de la ventana , su espi
ritu turbado se lo decia y su corazon ardiente se lo
repetia.
Este doble error era para él una certeza tan incon
testable, que movido por uno de esos incomprensibles
impulsosjuveniles salió de su escondite y en dos sal
tos , á riesgo de ser visto , de asustar á Valentina ; á
riesgo de poner en alarma á todos los de la casa con
algun grito ¡nvoluntarioque se le escapase á la jóven,
cruzó aquel cuadro que la luna iluminaba en aquel
instante de lleno, llegó velozmente á la calle de na
ranjos que se estendia delante de la casa, divisó la
— 364 —
escalinata que subió rápidamente, y empujó la puer
ta que se abrió sin resistencia.
No habia reparado en él Valentina que con los
ojos levantados hácia el cielo seguia una nube de
plata que se deslizaba sobre su fondo azúl, y cuya
caprichosa forma se asemejaba á la de una sombra
que sube al cielo: su imajinacion poética y exaltada
veia en aquella solitaria y transparente nube el al
ma de su abuela.
Morrél atravesó sin reflexion la antesala , llegó al
pié de la escalera y las alfombras estendidas sobre
los escalones apagaron el ruido de sus pasos; pero
nada hubiera bastado para detenerle, porque su ec-
saltacion habian llegado áun grado tal , que la pre
sencia deVillefort no le hubiese admirado. Si éste se
hubiese presentado á sus ojos, segun la resolucionque
habia tomado, se hubiera acercado á él, se lo hubiera
confesado todo, rogándole que le escuchase y apro
base aquel amor que le unia á su hija y su hija á
él... Morrél estaba loco.
Por dicha suya no vió á nadie.
Entonces fué cuando le sirvieron de mucho aque
llas descripciones que le habia hecho Valentina del
interior de la casa, y por ellas llegó sin accidente al
guno al final de la escalera: pero en el momento en
que iha buscando la habitacion, un gemido, cuya
espresion reconoció, le indicó el camino que debia
seguir; y al volverse, advirtió que una puerta en
treabierta dejaba salir el reflejo de una luz y el so
nido de la voz que antes habia exalado aquel ge
mido.
— 365 —
Abrió esta puerta y entró.
Envuelta en un blanco sudario que tapaba su ca
beza y al través del cual se dibujadan sus inanimadas
formas en el fondo de una sombria alcoba, yácia la
muerte, mas espantosa aun á los ojos de Morrél des
desde la revelacion de aquel secreto de que la casua
lidad lehabiahecbo poseedor.
Postrada de rodilllas, al borde del lecho de muer
te y con la cabeza sepultada entre unos almohadones,
Valentina , estremeciéndose á cada momento, á cada
gemido , apoyaba su abatida frente entre sus dos ma
nos cruzadas y crispadas ocultando su rostro.
Se habia separado del balcon que habia queda
do abierto, y rezaba en voz alta con un acento
que hubiera conmovido al corazon mas insensible.
Salian de sus trémulos lábios las palabras rápidas,
incoherentes, ininteligibles.
La pálida luz dela luna que penetraba en debiles
ráfagas al través del balcon , amortiguaba e! res
plandor de la bujia , y esparcia sus tintas cárdenas
y fúnebres por este cuadro desoladpr.
Morrél no pudo resistir á este espectáculo: y no
era en verdad de una piedad ejemplar ni suscepti
ble de conmoverse, pero el ver á Valentina sufrir,
llorar y torcerse los brazos á su vista, era mas de lo
que podia sufrir en silencio. Arrojó un suspiro,
murmuró un nombre, y la cabeza que anegada en
lágrimas desaparecia sumergida en los almohadones,
una cabeza de Magdalena de Corregio se levantó y
se quedó mirándole.
Valentina le vió y no manifestó el menor asombro
— 366 —
porque no hay emociones que pueda abrigar un co
razon mientras está lacerado por una desesperacion
suprema.
Morrél tendió la mano á su amiga. Valentina,
por toda escusa de no haber acudido á la cita, le
mostró el cadáver que yacia bajo el fúnebre sudario
y volvió á hundirse en sus sollozos.
Ni uno ni otro tenian valor de hablar en aquel
cuarto. Los dos vacilaban en romper aquel funeral
silencio que parecia ordenado por la muerte que se
hallaba en algun rincon, con el dedo indice en sus
labios.
A! fin Valentina se atrevió á romperlo.
— Amigo, dijo, cómo es que estais aqui? Ay! Con
placer os diria que seais bien venido, Maximiliano,
si olvidara que ha sido la muerte la que os ha abierto
la puerta de esta casa.
— Valentina, dijo Morrél con voz temblorosa y
con las manos cruzadas , os he estado esperando des
de las ocho y media, y como no os veia venir, me in
quieté, salté la tapia, penetré en el jardin, y unas
voces que hablaban entonces del fatal accidente...
— Qué voces? preguntó Valentina.
Un terrible estremecimiento ajitó sus miembros al
recordar toda aquella conversacion del doctor y del
señor de Villefort que tan fuertemente se gravó en
su imaginacion, y creiaver al travésdel paño mor
tuorio aquellos brazos crispados, aquel cuello esti
rado , aquellos labios cárdenos y azulados.
— Las voces de vuestros criados, dijo, me lo han
revelado todo.
— 3G7 —
— Pero no veiais que era perderos el venir has
ta aqui, amigo mio? dijo Valentina sin espanto ni
(ólera.
— Perdonadme, respondió Morrél con el mismo
tono, voy á retirarme. .
— No, dijo Valentina, os verian; ya es forzoso que
os quedeis.
— Pero si viniesen...
La jóven meneó la cabeza con melancolia.
— Nadie vendrá dijo: podeis estar tranquilo por
que esta es nuestra salvaguardia.
Y mostró el cadáver envuelto en el paño mor
tuorio.
— Pero qué ha sido del señor d'Epinay? Os lo
pido por favor decidmelo, repuso Morrél.
— El señor Franz vino para firmar el contrato
en el momento en que mi buena abuela exhalaba el
último suspiro.
— Ah ! dijo Morrél con un sentimiento de alegria
egoista, porque pensaba que aquella muerte retar
daria indudablemente el casamiento de Valentina.
— Mas lo que acrecentó despues mi pesar, conti
nuó la jóven, como para castigar al momento la po
ca nohleza del pensamiento de Morrél , lo que ha
ce brotar mis lágrimas , es que al espirar esa po
bre abuela , dejó dispuesto que terminasen el casa
miento lo mas pronto posible ; porque tambien ella,
Dios mio ! creyendo protejerme , obraba contra mi !
— No ois? dijo Morrél.
Los dos jóvenes guardaron silencio.
Se oyó el ruido de una puerta que abrian y los
— 368 —
pasos de una persona que desde el corredor se di-
rijia hácia la escalera.
— Es mi padre que sale de su gabinete , dijo Va
lentina.
— Y que acompaña al doctor , añadió Morrél.
— Como sabeis que es el doctor? preguntó Va
lentina con asombro.
— Porque me lo presumo , dijo Morrél.
Valentina lanzó una mirada al jóven.
Despues se oyó cerrar la puerta de la calle.
El señor de Villefort cerró con llave la del jar-
din , y en seguida volvió á subir la escalera.
Cuando llegó á la antesala , se detuvo un momen
to como si vacilase en entrar en el cuarto de lase-
ñera de Saint-Merán , y Morrél se escondió detrás
de una mampara. Valentina no hizo el menor mo
vimiento, y parecia que un dolor supremo la hacia
superior á los temores ordinarios.
El señor de Villefort no paró hasta llegar á su
habitacion.
— Y como harémos ahora? dijo Valentina, no
podeis salir por la puerta del jardin ni por la de
la calle.
Morrél miró á la jóven con asombro.
— Ahora , dijo esta, solo por la habitacion de mi
abuelo podemos hallar una salida permitida y se
gura.
Y se levantó.
— Venid , dijo.
— A donde? preguntó Maximiliano.
— A la habitacion de mi abuelo.
— 369 —
— Yo al cuarto del señor Noirtier !
— Si.
— Sabeis lo que estais diciendo, Valentina !
— Sé tan bien lo que estoy diciendo que hace
tiempo que lo tengo pensado. No tengo roas amigo
que este en el mundo , y los dos tenemos necesidad
de él. Seguidme.
— Tened cuidado , Valentina, dijo Morrél vaci
lando , tened cuidado porque ya la venda ha caido
de mis ojos. Al venir aqui , estaba delirante, y no sé
si vos teneis vuestra razón completa, querida amiga.
— Si dijo Valentina, y solo me queda el escru
pulo de dejar solos los restos de mi pobre abuela ,
que yo me encargué de guardar.
— Valentina, dijo Morrél , la muerte es sagrada
por si misma.
— Es sagrada , teneis razon , respondió la jóven,
y además muy pronto acabaremos.. Venid pues.
Despues de cruzar un corredor, Valentina bajó
una escalenta que conducia á la habitacion de Noir
tier , Morrél la seguia de puntillas y apenas habian
llegado á la meseta en que estaba la puerta, en
contraron al antiguo criado.
— Barrois, dijo Valentina, cerrad ia puerta y
no dejeis entrar á nadie.
Valentina fué la primera que entró.
Sentado aun en su sillon , atento al menor rui
do, instruido por su criado de todo lo que pasa
ba , Noirtier clavaba sus miradas afanosas en la
puerta del cuarto; y cuando vió á Valentina, sus
ojos brillaron de gozo.
— 370 —
Habia en el andar y en la actitud de la jóven
cierta gravedad solemne que admiró al anciano; el
hrillo de sus ojos tomó un aire interrogador.
— Querido papá , dijo con voz breve , escuchad
me bien : ya sabes que mi buena mamá Saint-Me-
rán ha muerto hace una hora , y que no me que
da nadie en el mundo que me ame si no eres lú.
Una espresion de infinita ternura brilló en los
ojos del anciano.
— No es cierto, pues que á ti tan solo á ti...
debo confiar mis pesares ó mis esperanzas?
El paralitico respondió que si.
Valentina fué á buscar á Maximiliano á quien to
mo de la mano.
— En este caso , dijo Valentina, mira á este ca
ballero.
El anciano clavó sus ojos escudriñadores y lije-
ramente asombrados en Morrél.
— Aqui tienes al señor Maximiliano Morrél, dijo
ella , hijo de ese honrado comerciante de Marsella
de quien no habrás dejado de oir hablar alguna
vez.
Si , repondió el anciano.
— Maximiliano quiere hacer ese nombre glorioso,
pues , y con su valor y honradez ha alcanzado ser
á los veinte y ocho años capitan despahis y oficial
de la Legion de Honor.
El anciano hizo señas de que se acordaba.
— Buen papá, dijo Valentina hincándose de ro
dillas delante del anciano y mostrándole á Maximi
liano con una mano, yo le amo y no seré de nadie
— 371 —
sino de él. Si me obligan á casarme con otro, me
moriré ó me mataré.
Los ojos del paralitico espresaban un mundo de
pensamientos tumultuosos.
— Tu no aborreces á Maximiliano Morrél no es
verdad, buen papa? preguntó la jóven.
No , respondió el anciano.
— Y quieres darnos tu proteccion, á nosotros que
tambien somos tus hijos , contra la voluntad de mi
padre ?
Noirtier lijó su inteligente mirada en Morrél dán
dole á entender :
Segun.
Maximiliano entendió el sentido de aquella mi
rada , y dijo :
— Señorita, vos que tenéis que cumplir con un
deber sagrado en el cuarto de vuestra abuela, me
permitireis que tenga el placer de hablar un ins
tante con el señor Noirtier ?
Si , si eso es , espresó el anciano.
Y despues miró á Valentina con inquietud.
— Quieres decir que como hará para entenderte,
buen papá?
Si.
— Oh ! en cuanto á eso puedes estar tranquilo ,
porque hemos hablado tan á menudo de ti , que sa
be como te hablo yo.
Y volviéndose á Maximiliano con una sonrisa en
cantadora, aunque velada por una tristeza profun
da , dijo :
— No le oculto nada v todo lo sabe.
— 372 —
Valentina se levantó, acercó una silla para Mor-
rél , encargó á Barrois que no dejase entrar á na
die, y despues de haber dado un tierno abrazo á
su abuelo , y despedidose con tristeza de Morrél ,
salió.
Para hacer ver á Noirtier entonces que poseia en
teramente la confianza de Valentina , y sabia todos
sus secretos. Morrél tomó el diccionario , la pluma
y el papel , y todo lo colocó sobre una mesa donde
habia una lámpara.
— Antes de todo, dijo Morrél , permitidme que
os cuente quien soy yo , como amo á Valentina
y cuales son mis designios respecto á este último
punto.
— Escucho, indicó Noirtier.
Era un espectáculo imponente el ver á este ancia
no , inútil en la apariencia, y que era el único pro
tector, el único apoyo, el único juez de los dos aman
tes jóvenes, hermosos, rebosando de fuerza y que
entonces comenzaban su existencia.
La nobleza y la autoridad que se retrataban en su
rostro eran tan notables, que imponian sobre ma
nera á Morrél , que empezó á contar su historia tem
blando.
Contó entonces como habia llegado á conocer y á
amará Valentina, y como Valentina aislada, triste
y desgraciada , habia admitido la oferta de su ca
riño. Dijole entonces cual era su nacimiento , le pin
tó su posicion y su fortuna; y mas de una vez, cuan
do interrogó la mirada del paralitico , esta mirada
le respondió :
— 373 —
Está bien; continuad.
— Ahora , dijo Morrél luego que dió término á la
primera parte de su historia , ahora que os he con
tado, caballero, mi amor y mis esperanzas , debo
contaros mis provectos?
— Si.
— Pues bien ! oid , pues lo que habiamos re
suelto.
Nada le ocultó entonces á Noirtier , le contó
que un cabriolé esperaba en la huerta , que pen
saba robar á Valentina , conducirla á casa de su
hermana , casarse , y esperar respetuosamente el
perdon del señor de Villefort.
No , dijo Noirtier.
— No ? repuso Morrél , no es asi tal vez como de
bemos obrar?
— No.
— De modo que no aprobais este proyecto que
creiamos como el mejor ?
— No.
— Pues bien ! queda otro meido , dijo Morrél. '
La mirada interrogadora del anciano preguntó:
cuál?
— Iré á encontrarme, continuó Maximiliano, iréá
encontrarme con él señor Franz d'Epinay, me ale
gro pues de poderos decir esto en ausencia de la se
ñorita de Villefort , y me conduciré de modo en este
asunto que hé de hacerle ver que es una accion sin
delicadeza no acceder á mis proposiciones.
La mirada de Noirtier siguió interrogándole.


— 374 —
— Acaso es vuestro deseo saber lo que voy á ha
cer?
— Si.
— Vedlo aqui. Iré á buscarle como os he dicho
antes, le haré ver los lazos que me unen á la seño
rita Valentina; si es un hombre delicado, proba
rá su delicadeza renunciando á la mano de su pro
metida , y desde entonces puede contar hasta la
muerte con mi amistad y cariño ; pero si rehusára,
ya impulsado por el interés ya persistiendo por te
mor de caer en el ridiculo su orgullo ; le haré ver
que es una infamia arrebatarme lo que me perte
nece , le haré ver claramente que solo á mi y á na
die mas que á mi puede amar Valentina , nos bati
remos, le daré cuantas ventajas puedan darse en
un desafio leal , y le mataré ó el me matara. Si
yo le mato, no se casará con Valentina ; y estoy
seguro de que si el me mata, Valentina no se casará
con él.
Noirtier contemplaba con un placer indecible
aquella noble y sincera fisonomia en la que estaban
retratados todos los sentimientos que espresaban sus
labios, añadiendo un nuevo colorido ásus deseos la
espresion de una belleza interesante.
Cuando Morrél acabó de hablar, Noirtier cerró los
ojos repetidas veces, con lo que ya sabemos que
queria decir que no.
— No? dijo Morrél. Con qué desaprobais este se
gundo proyecto lo mismo que el primero?
Si , lo desapruebo , indicó el anciano.
— Pero que hemos de hacer entonces, caballe-
— 375 —
ro ? preguntó Morrél. Las últimas palabras de la
señora de Saint-Merán han sido que el casamiento
de su sobrina no se entorpeciese un instante ; debo
dejar marchar las cosas?
Noirtier permaneció inmóvil.
— Si , comprendo , dijo Morrél , debo esperar.
— Si.
— Pero no conoceis que la menor dilacion nos lo
haria perder todo, caballero? repuso el jóven. Va
lentina está sola y sin fuerzas para resistirse , y ha
cen lo que quieren de ella como si fuera un niño.
Como por milagro he llegado hasta aqui para sa
ber lo que pasaba ; como por milagro tambien he
sido admitido en vuestra presencia y no es muy pro-
hable esperar que se renueven estas casualidades.
Creedme, no hay mas que uno de los dos partidos
que os he propuesto y perdonando esta vanidad á mi
juventud , decidme cual es el mejor de esos dos
partidos ; autorizais á la señorita Valentina á con
fiarse á mi honor ?
— No.
— Preferis que vaya á buscar al señor Franz
d'Epinay ?
— No.
— Pues entonces ; Dios mio ! de quien nos ven
drá el socorro que esperamos mas que del cielo?
El anciano se sonrió con los ojos, como acostum
braba hacerlo cuando le hablaban del cielo , por
que guardaban siempre un resto de ateismo las ideas
del antiguo jacobino.
— De la casualidad? repuso Morrél.
— 37ü —
— Na.
— De vos?
— Si.
— De vos ?
— Si , repitió el anciano.
— Ya entendeis bien mi pregunta, caballero?
Perdonad mi pertinacia , porque mi vida depende
de vuestra respuesta ; es cierto que nos vendrá de
vos nuestra salvacion ?
— Si.
— Estais seguro?
—Si.
— Respondeis de ello ?
— Si.
Tanta firmeza encerraba la mirada con que ha-
bia dado esta respuesta , que no dejaba medio algu
no de dudar de la voluntad , sino del poder.
— Oh ! gracias , caballero , mil veces gracias !
Pero como, si un milagro del Señor no os devuel
ve la palabra, la espresion y el movimiento, có
mo podreis vos, encadenado en ese sillon , mudo é
inmóvil , como podreis oponeros á ese casamiento?
Una sonrisa iluminó el rostro del anciano , son
risa estraña como puede ser la de los ojos de un
rostro inmóvil.
— Con que debo esperar? preguntó el jóven.
— Si.
— Y el contrato?
Brilló la misma sonrisa.
— Tal vez me quereis dar á entender que no lle
gará á ser firmado?
— 377 —
— Si, dijo Noirtier.
— Es decir que ese contrato no será firmado !
exclamó Morrél. Oh! perdonad, señor; pero la du
da es tan natural cuando se recibe la noticia de una
grande felicidad , que no os' debeis enojar si no lo
creo aun Ah! será posible? no llegará á fir
marse el contrato?
— No, dijo el paralitico.
A pesar de esta seguridad, Morrél vacilaba en
creerlo , porque era muy estraordinaria esta prome
sa de un anciano impotente que en lugar de prove
nir de una fuerza de voluntad , podia muy bien ser
producida por una debilidad de los órganos ; y ade
más hay cosa mas natural que el insensato que igno
ra su locura pretenda realizar cosas superiores á su
poder? El hombre débil habla de los grandes pesos
que levanta, el cobarde de los jigantes que ha ven
cido, el mendigo de los tesoros que maneja, y el mas
humilde labriego se cree en su orgullo un Júpiter.
Sea que Noirtier hubiese comprendido la indeci
sion del jóven , ó tal vez qué no diese fé á la doci
lidad que habia mostrado, le miró fijamente.
— Qué quereis, caballero? preguntó Morrél ; que
renueve mi promesa de no hacer nada?
La mirada de Noirtier permaneció fija y firme ,
como para decir que no le satisfacian las promesas,
y pasó su mirada desde el rostro á la mano.
— Queréis que lo jure, caballero? preguntó Ma
ximiliano.
— Si, dijo el paralitico con la misma solemnidad,
eso es lo que quiero.
— 378 —
Conoció entonces Morrél que daba una importan
cia muy grande el anciano á este juramento.
Alargóla mano.
— Os juro por mi honor, dijo, que esperaré á
obrar contra el señor d'Epinay hasta que hayais de
cidido lo que tengo que hacer.
— Bien, dijeron los ojos del anciano.
— Ahora, señor, preguntó Morrél, mandais que
me retire?
—Si.
— Sin volver á ver á Valentina?
— Si.
Morrél dióá entender que estaba dispuesto á obe
decerle.
— Ahora, continuó, no permitireis, señor, que
vuestro hijo os abrace como lo acaba de hacer hace
poco vuestra hija?
No dejaba ninguna duda la espresion de los ojos
de Noirtier.
El jóven aplicó sus lábios sobre la frente del an
ciano en el mismo sitio en que la jóven habia aplica
do los suyos, y salió saludando al señor Noirtier por
segunda vez.
En la pieza próxima encontró al antiguo criado
prevenido por Valentina, que estaba esperando á
Morrél, á quien guió por las revueltas de un corre
dor sombrio que conducia á una puerta que daba al
jardin.
Una vez Morrél en el jardin, con lijereza se diri
gió á la reja, subió en un instante al borde de la ta
pia valiéndose de las barras de hierro , por medio
— 379 —
de su escala bajó á la huerta, y se dirigió á la choza al
lado de la cual le esperaba su cabriolé.
Subió en él y combatido por tantas emociones,
pero con el corazon mas libre, entró á media noche
en la calle de Meslay se arrojó sobre una cama y go
zó de u n sueño tan profundo como si la embriaguez
hubiese abotorgado sus sentidos.
— 381 —

13.

EL PANTEÓN DE LA FAMILIA VILLEFORT.

s erian las diez de la mañana , dos dias despues de


estas escenas que dejamos escritas, cuando una con
siderable multitud se habia reunido en la puerta del
séñor de Villefort , y ya se habia visto pasar una
larga fila de carruajes de luto y carruajes particu
lares por todo el barrio de Saint-Honoré y la calle
de laPepiniére.
Uno de estructura rara y particular se distinguía
TOMO III. 43
— 382 —
entre todos los carruajes, pues parecia construido á
propósito para un viaje largo , porque era una espe
cie de carro pintado de negro, y habia acudido uno
de los primeros á la cita.
Entonces se informaron , y supieron que, poruna
coincidendia estraña, este carruaje encerraba el
cuerpo del marqués de Saint-Merán , y que los que
habian venido para un solo entierro acompañarian
dos cadáveres.
Era muy considerable el numero de carruajes,
pues el señor marqués de Saint-Merán , como habia
sido uno de los mas adictos y leales vasallos que ocu
paron grandes dignidades en los reinados de Luis
XVIII y de Cárlos X , habia conservado gran nú
mero de amigos que, unidos á las personas relacio-
nadascon el señor de Villefort, formaban un acom
pañamiento muy respetable.
Pasaron esquelas de convite á las autoridades, y
obtuvieron que los dos entierros se harian al mismo
tiempo. Un segundo carruaje adornado con la misma
pompa funeral , se detuvo delante de la puerta del
señor de Villefort, y el atahud fué tambien traslada
do del carro á la carroza fúnebre.
Debian depositarse los dos cuerpos en el cemente
rio del padre Lachaise, donde hacia tiempo que el
señor de Villefort habia hecho edificar el panteon
destinado para toda su familia, y en este panteon ha
bia sido enterrada la pobre Renée, con quien su pa
dre y su madre iban á reunirse despues de diez años
de separacion.
Novelero y curioso como siempre el pueblo de Pa-
— 383 —
ris, y como siempre conmovido por el espectáculo do
las pompas fúnebres, vió pasar con silencio relijioso
el espléndido cortejo que acompañaba á su última
mansion dos de los nombres de aquella antigua aris
tocracia, nombres que la tradicion habia rodeado de
una justa celebridad , adquirida noblemente en la
buena fé del comercio y en la obstinada constancia
desus principios.
En el mismo carruaje de luto, Beauchamp, De-
bray y Chateaud-Renaud hablaban de aquellas
muertes casi repentinas.
—Es raro lo que pasa; porque os puedo asegurar
que vi á la señora de Saint-Merán el año pasado en
Marsella, decia Chateau-Renaud, á mi vuelta de
Argel; y parecia una mujer destinada á vivir cien
años, graciasásu perfecta salud, á su frescura, á su
cabeza siempre tan sana y á su prodijiosa actividad.
Qué edad tenia?
— Setenta años, respondió Alberto, al menos esa
eslaedadqueme ha asegurado Franz que tenia; pero
todos son de parecer que no ha sido la vejez , la causa
de su muerte , sino el pesar de la muerte del mar
qués, porque se dice que despues de esta muerte,
que la habia trastornado completamente, no estaba
en su perfecta razon.
— Pero en fin , no se sabe de qué ha muerto? pre
guntó Debray.
— De una congestion del cérebro segun parece,
ó de una apoplegia fulminante. No viene á ser lo
mismo?
— Sil... poco masó menos...
— 384 —
-r-Es algo increible que haya sido de apoplegia,
dijo Beauchamp, porque la señora de Sain-Merán,
á quien he visto una vez ó dos en mi vida, era alta,
delgada yde una constitucion mas bien nerviosa que
sanguinea; y son muy raras las apoplegias produci
das por el pesar en un cuerpo de una constitucion
como el de la señora de Saint-Merán.
— De todos modos, dijo Alberto, sea cual fuere la
enfermedad que la ha matado, mirad como en un
momento el señor de Villefort ó mas bien , Valentina
con su futuro esposo nuestro amigo Franz, llegan á
ser dueños de una pingüe herencia con ochenta mil
libras de renta , segun creo.
— Herencia queserá casi duplicada cuando mue
ra ese viejo jacobino señor Noirtier.
— Vaya un abuelo tenaz, dijo Beauchamp, Tena-
cem propósiti virum. Tengo entendido que ha hecho
una apuesta con la muerte, á que enterraria á todos
sus herederos y por mi vida que al último se va á sa
lir con la suya , Lo mismo que aquel viejo soldado de
93quedeciaá Napoleon en 1814 :
« Decaeis porque vuestro imperio es lo mismo que
una espiga jóven fatigada de crecer tanto; poneos ba
jo la tutela de la república , volvamos armados de
una buena Constitucion á los campos de batalla, y
yo os prometo quinientos mil soldados, otro Meren
go y un segundo Austerlitz. Las ideas no mueren,
señor, caen adormecidas por algun tiempo , pero
despiertan de su sueño con nuevo vigor, con doble
fuerza. »
— Yo creo, dijo Alberto, que para él los hombres
— 385 —
son lo mismo que las ideas; mas por Dios que me
causa inquietud una cosa, señores; pues no se como
se arreglará Franzd'Epinay con un abuelo que no
puede pasar sin su nieta ; pero donde está Franz?
— En el primer carruaje con el señor de Villefort,
que le mira como uno de la familia.
Poco mas ó menos era la misma la conversacion
en todos los carruajes que seguian las carrozas fúne
bres : todos se admiraban de aquelllas dos muertes se
guidas la una á la otra con tsnta rapidéz , pero nadie-
sospechaba el terrible seccreto que la noche anterior
habia revelado el señor de Avrignj al señor de Vi
llefort en el jardin, en su nocturno paseo.
Al cabo de una hora de marcha, llegaron á la
puerta del cementerio: hacia un tiempo tranquilo;
pero el cielo cubierto de espesas nubes esparcia uu
tinte sombrio y muyen armonia por lo tanto con la
fúnebre ceremonia qne se iba á verificar. Cliateau-
Renaud reconoció entre los grupos que se dirijian al
panteon de la familia , á Morrél que habia ido solo
y en cabriolé dentro del cual iba también solo, muy
pálido y silencioso por la calle de cipreces.
— Vosaqui? dijo Chateau-Renaud pasando el su
yo por el brazo del jóven capitan, conoceis al señor
de Villefort? cómo es que nunca os he visto en su
casa?
— Conocia á la señora de Saint-Merán , respondió
Morrél aunque no tengo el honor de conocer al señor
de Villefort.
Cuando acababan de decir estas palabras Alberto
sciacercó á ellos con Franz.
— 386 —
— De muy mala eleccion para una presentación
es por vida mia este sitio, dijo Alberto, pero no im
porta, porque no somos supersticiosos. Permitid se
ñor Morrél, que tenga el placer de presentaros al
seror Franz d'Epinay escelente compañero de viaje
con quien he recorrido la Italia. Querido amigo Franz
el señor Maximiliano Morrél, es un escelente amigo
que he ad ]uirido en tu ausencia, y cuyo nombre
oirás en mis lábios, siempre que tenga que hablar
de un buen corazon, de talento y de amabilidad.
Una indecision inspirada por el secreto pensamien
to de que seria una hipocresia infame aquel saludo
casi amistoso dirijido al hombre que él detestaba in
teriormente, detuvo á Morrél unos instantes; pero al
recuerdo de su juramento y la gravedad de las cir
cunstancias; hizo un esfuerzo para que su rostro no
espresase ningun sentimiento de odio, y saludó á
Franz conteniéndose.
— La señorita de Villefort estará muy triste, no
es verdad, dijo Debray á Franz.
— Oh! caballero, respondió Franz , sumamente
triste , esta mañana estaba tan pálida y tan demuda
da que apenas la conoci.
Estas palabras tan sencillas en la apariencia des
garraron el corazon de Morrél , porque reftecsionaba
con celosa rabia : luego ha visto á Valentina , luego
la ha hablado?
Entonces fué cuando el jóven oficial necesitó de
toda su fuerza para resistir al violento deseo de que
brantar su juramento.
Tomó del brazo á Chatcau-Renaud arrastrándole
— 387 —
con velocidad consigo hácia el panteon delante del
cual los empleados de las pompas fúnebres acaba
ban de depositar los dos atahudes.
— He aqui una buena habitacion,esclamó Beau-
champdirijiendo una mirada al mausóleo, he aqui
un palacio de verano y de invierno, y algún dia os
tocará vuestro turno y le habitareis, mi querido
d'Epinay, porque pronto sereis de la familia. Prefie
ro yo, ya que me precio de filósofo, una casita de
campo, una huesa debajo de los espesos árboles y no
tantas piedras labradas sobre mi pobre cuerpo. Yo
diré al espirar á los que me rodeen lo que Vol taire
escribia á Piron: Eo ras , y nada mas Vamos
pardiez! Franz, valor! que vuestra muger hereda!
— En verdad, Beuchamp, dijo Franz, que hoy
estais intolerable, y veo claramente que los negocios
politicos os han acostumbrado á reiros de todo y á
no creer en nada; ^ero os debo advertir, Beauchamp,
que si algun dia teneis el honor de presentaros de
lante de hombrea ordinarios, y la felicidad de dejar
por un momento la politica, tengais buen cuidado de
no dejaros olvidado el corazon en la cámara de los
diputados ó en la cámara de los pares.
— Oh ! Dios mio ! dijo Beauchamp , que es la vida?
una detencion en la antesala de la muerte.
— Dejad á Beaucham en sus ideas, dijo Alberto ,
y se retiró cuatro pasos atras conF ranz, dejando á
Beauchamp qne continuase sus disertaciones filosófi
cas con Debray.
El panteon de familia de Villefort formaba un
cuadro de piedras blancas de una altura de cerca de
— 388 —
veinte pies: una separacion interior formaba dos
divisiones una que pertenecia á la familia deSaint-
Mcrán y la olra á la familiia Villefort, cada una de
las cuáles tenia su puerta.
No se veiacomo en las otras tumbas, esos vulga
res cajones sobrepuestos en los que una economica
distribucion encierra á los muertos con una inscrip
cion que parece una etiqueta, y lo único que se pe
dia ver por la puerta de bronce era una antesala
sombria y severa, separada por una pared de la ver
dadera tumba.
En medio de esta pared estaban las dos puertas de
que hablábamos hace poco, que comunicaban con
las sepulturas de Villefort y Saint-Merán.
Alli podian exalarse libremente los gemidos y los
ayes doloridos, sin que los transeuntes que conside
ran una visita al padre Lachaisse como una partida
de campo, ó una cita de amor, pudiesen turbar con
sus profanos cantares, con su griteria y sus corridas,
la muda contemplacion ó la plegaria bañada en lá
grimas del que visitabala tumba.
Los dos atahudes fueron colocados en el panteon
de la derecha, que era el que pertenecia á la fami
lia de Saint-Merán, sobre unos pequeños sepulcros,
sobre sustentáculos preparados de antemano para
recibir su depósito mortal. Villefort, Franz y algu
nos parientes cercanos, penetraron solamente en el
santuario.
Como se habian hecho á la puerta las ceremonias
relijiosas , y no habia que pronunciar ningun dis
curso, los convidados se separaron al punto; Cha
— 389 —
teau-Renaud , Alberto y Morrél se fueron por un la
do, y Debray y Beauchamp hicieron otro tanto.
Franz se quedó con el señor de Villefort á la puer
to del cementerio, donde Morrél se detuvo bajo un
pretesto cualquiera, desde alli vió salir á Franz y
al señor de Villefort en un carruaje de luto, y con
cibió un mal presagio de esta union. Volvió á Paris,
y aun que él fuese en el mismo carruaje que Cha-
teau-Renaud, y Alberto, no oyó una palabra de lo
que dijeron los dos jóvenes.
En efecto , en el momento en que Franz iia á dejar
al señor de Villefort:
— Señor baron , dijo éste; cuando tendré el gusto
de volveros á ver?
— Crando querais, caballero, respondió Franz.
— Que sea pues lo mas pronto posible.
— Estoy á vuestras ¡órdenes, caballero; será de
vuestro gusto que volvamos juntos?
— Si esto no os ha de causar ninguna incomo
didad...?
— Ninguna.
Este fué el motivo porque el futuro suegro y el
futuro yerno subieron al mismo carruaje, y Morrél
al verlos pasar , concibió con razon graves inquie
tudes.
Villéfort y Franz volvieron al bario deSaint-Ho-
noré.
El procurador del rey, sin entrar en el cuarto
de nadie, sin hablar á su mujer ni á su hija, hizo
pasar al jóven á su gabinete, y mostrándole una
silla:
TOMO III. i '•
— 390 —
— Señor d'Epinay, le dijo me parece que será
bueno recordaros, ya que no está mal elejido el mo
mento de hacerlo y porque la obediencia á las últi
mas palabras de un moribundo es !a primera ofren -
da que se debe depositar sobre su atahud, que ma
nifestó un vivo deseo antes de ayer la señora de
Saint-Merán en su lecho de agonia de que se verifi
case vuestro casamiento con Valentina sin tardanza.
Vos sabeis que los negocios de la difunta estaban muy
en regla, que su testamento asegura á Valentina to
da la fortuna de los Saint-Merán y el notario me en
señó ayer mismo lasadas que permiten que se fir
me definitivamente el contrato de casamiento. Podeis
ver al notario y de mi parte hacer que os comuni
que las actas. El notario es el señor Deschamps, que
vive en la plazade Beauveau , Barrio de Sain-Ho-
noré.
— Caballero, respondió Franz , no creia que fue
ra este el momento mas á propósito para que la se -
ñora Valentina, abismada como está en su dolor,
pudiera pénsaren su esposo; y temeria con razon...
— Valentina , interrumpió el señor de Villefort,
no tendrá mejor deseo que el dar un pronto y fiel
cumplimiento á la última voluntad de su abuela ;
y os puedo asegurar que no espero por ese lado los
obstáculos.
— Si es verdad lo que decis, caballero, dijo Franz,
como por mi parte tampoco pondré dificultades, po
deis obrar como y cuando mejor os parezca ,- está
comprometida mi palabra , y la cumpliré , no solo
con placer sino con felicidad.
— 391 —
— Pues bien , dijo Villefort , nada nos detiene y
como el contrato debia ser firmado dentro de tres
dias, todo lo encontraremos preparado pudiéndolo
firmar hoy mismo.
— Pero el luto? dijo Franz vacilando.
— Tranquilizaos, caballero , no es en mi donde
se repararán esas cosas. La señorita de Villefort po
drá retirarse durante los tres meses primeros á su
posesion de Saint-Merán ; digo su posesion , porque
desde hoy es suya esa propiedad y pasados ocho
dias , alli mismo , si os parece bien , sin ruido , sin
esplendor , sin lujo , se celebrará el casamiento ci
vil , porque debo añadir que tambien entraba en los
deseos de la señora de Saint-Merán en que su nieta
se casase en esa posesion. Concluido el casamiento,
caballero, podreis volver á Paris, mientras que
vuestra mujer pasará el tiempo del luto ccn su ma
drasta
— Como gusteis, caballero, dijo Franz.
— Entonces, repuso el señor de Villefort, to
maos el trabajo de esperar media hora, y Valenti
na bajará al salon.
— Mundaré á llamar al señor Deschamps, leere
mos alli y firmarémos el contrato acto continuo , y
desde esta noche mi esposa conducirá á Valentina
á su propiedad donde nos juntaremos con ella pa
sados los ocho dias.
— Caballero , dijo Franz , tengo que pediros un
favor.
— Cuál?
— Desearia que Alberto de Morcerf y Raoul de
— 392 —
Chateau-Renaud estu vieran presentes en el acto de
(¡rinar el contrato pues ya sabeis que son mis testigos.
— Media hora bastará para avisarles; quereis
irlos á buscar vos mismo ó preferis que se les man
de llamar ?
— Prefiero ir yo mismo, caballero.
— Os esperaré pues media hora , baron y den
tro de media hora Valentina estará dispuesta.
Franz salió despues de haber saludado al señor
de Ville!brt.
Luego que salió el jóven de la casa, y oyó Ville-
fort que se habia cerrado la puerta ; mandó que
avisasen á Valentina que bajase al salon pasada me
dia hora , porque se esperaba al notario y á los tes
tigos del señor d'Epinay.
Esta noticia inesperada produjo tan grande sen
sacion en la casa que la señora de Villefort no que
ria creerlo , y Valentina se quedó mas aterrada que
si la hubiese herido un rayo.
Lanzó al derredor una mirada como buscando á
quien podria pedir socorro.
Quiso subir á ver su abuelo , pero tropezó en la
escalera con el señor de Villefort que la cojió del
brazo y la condujo al salon.
En la antesala , Valentina encontró á Barrois , y
lanzó al antiguo criado una mirada desesperada.
Pasado un momento , entró la señora de Ville
fort en el salon con Eduardo , y era evidente que
la mujer habia tenido su parte en los pesares de fa
milia porque estaba pálida y parecia horriblemente
fatigada.
— 393 —
Sentóse , coloeó á Eduardo sobre sus rodillas á
quien de cuando en cuando estrechaba con movi
mientos casi convulsivos sobre su pecho y parecia
concentrarse toda su vida en aquel niño.
Bien pronto llegó á sus oidos el ruido de dos car
ruajes que entraban en el patio.
Uno era del notario , el otro de Franz y de sus
amigos.
Pasado un instante todos se reunieron en el salon.
Valentina estaba tan pálida, que se veian dibu
jarse las venas azules de sus sienes al rededor de
sus ojos y surcar por sus marchitas mejillas.
Franz no pudo menos de sentir tambien una emo
cion bastante viva.
Chateau-Renaud y Alberto se dirijieron una re
ciproca mirada de asombro : la ceremonia que se
habia concluido poco antes , menos triste les pare
cia que laque iba á empezar.
La señora de Villefort se habia colocado en la som
bra, detrás de una corlina de terciopelo, y como
tenia su cabeza inclinada siempre hácia su hijo con
dificultad podia leerse en su rostro lo que pasaba
en su corazon.
El señor de Villefort estaba como siempre impa
sible.
El notario , segun inveterada costumbre de las
gentes de justicia , despues de haber arreglado los
papeles sobre la mesa, despues de haber tomado
asiento en su sillon , y despues de haberse colocado
sus anteojos , se volvió hácia Franz :
— Vos sois el señor Franz de Qucsnel , baron
TOMO III. -W
— 394 —
d'Epinay ? preguntó aunque lo supiese perfecta
mente.
— Si señor, respondió Franz.
El notario se inclinó.
— Debo preveniros, caballero, dijo, de parte
del señor de Villefort , que vuestro casamiento pro
yectado con la señorita de Villefort ha cambiado las
disposiciones del señor Noirtier respecto á su nieta,
y que la despoja enteramente de los bienes que an
tes pensaba darla en herencia. Apresurémonos á
añadir , continuó el notario , que no teniendo el tes
tador derecho á separar mas que una parte de su
fortuna , y habiéndolo separado todo , el testamento
será por pocos esfuerzos que se hicieren declarado
nulo , y como si no hubiese sido hecho.
— Si , dijo Villefort, y solo tengo que manifes
tar de antemano al señor d'Epinay que durante mi
vida será respetado el testamento de mi padre , pues
mi posicion no me permite que se arme un escándalo.
— Caballero, dijo Franz, mucho me disgusta que
se haya promovido semejante cuestion delante de la
señorita Valentina , y sabeis muy bien que nunca he
hecho medio alguno para informarme del valor de
la fortuna que , por reducida que sea , será mas
considerable que la mia ; porqué es bien seguro que
lo que mi familia ha buscado en la alianza de la se
ñorita de Villefort conmigo , es la consideracion, y
lo que yo busco es la felicidad.
Valentina hizo un gesto imperceptible de agrade
cimiento en tanto que dos lágrimas silenciosas sur
caban sus pálidas mejillas.
— 395 —
— Por otra parte , caballero , dijo Villefort diri-
jiéndose á su futuro yerno , ademas de la pérdida
de una gran parte de vuestras esperanzas, este tes
tamento inesperado no tiene nada que deba heriros
personalmente ; porque esta determinacion es hija
de la debilidad de su cabeza que delira, si se consi
dera que no es la causa de su desagrado que la se
ñorita de Villefort se case ; y la misma impresion
le hubiera producido un enlace con otro cualquie
ra. La vejez es hermana del egoismo , caballero , y
teme que la señorita de Villefort que le sirve de
compañera fiel , no lo sea cuando se llame la ba
ronesa d'Epinay. El estado desgraciado en que se
encuentra mi padre, hace se le hable muy pocas
veces de asuntos graves que la debilidad de su ce
rebro no podria seguir , y estoy en la conviccion de
que en la actualidad , conservando el recuerdo de
que su nieta se casa, el señor Noirtier ha olvidado
hasta el nombre del que va á casarse con ella.
Apenas acababa Villefort de pronunciar estas pa
labras , á las que Franz respondia por medio de una
cortesia , la puerta del salon se abrió y Barrois en
tró en él.
— Señores, dijo con una firmeza de voz estraña
para un criado que quiere hablar ásus amos en una
circunstancia tan solemne; señores, ef señor de Noir-
tier de Villefort desea hablar al instante al señor
Franz de Quesnel , baron d'Epinay.
Y á imitacion del notario , tambien daba él todos
sus titulos al prometido para no dar lugar á error
de personas.
— 396 —
Villefort se estremeció , su esposa arrojó con ra
pidez á su hijo de su falda , y pálida y muda como
una estátua, levantóse tambien al punto Valentina.
Alberto y Chateau-Renaud se dirijieron una re
cíproca mirada mas llena de asombro que la pri
mera.
El notario miró á Villefort.
— Parece imposible , dijo el procurador del rey,
y á pesar de eso el señor de'Epínay debe quedarse
en el salon en este momento.
— Pues en este momento, replicó Barrois con la
misma firmeza , es justamente cuando el señor Noir-
tier, mi amo, desea hablar con el señor Franz d'Epi-
nay de asuntos de mucha importancia.
— Es decir que ahora habla ya papá Noirtier ? pre
guntó Eduardo con su impertinencia habitual.
Pero esta salida no hizo sonreir ni siquiera á la se
ñora de Villefort, pues estaban los ánimos muy preo
cupados y era so'emne la situacion.
— Decid al señor Noirtier, repuso Villefort, que
no se puede hacer lo que pide.
— Entonces el señor de Noirtier me encarga que
prevenga á estos señores que va á hacerse conducir
aquí.
El asombro llegó á su colmo.
Una especie de sonrisa se dibujó en el rostro de la
señora de Villefort, y alzó sus ojos Valentina al cielo
á su pesar , como para dar gracias á Dios.
— Valentina , dijo la señora de Villefort , os su
plico que vayais á saber á que viene ahora ese nue
vo capricho de vuestro abuelo.
— 397 —
Valentina dió algunos pasos para salir, pero el
señor de Villefort la detuvo,
— Yo os iré acompañando ; esperadme.
— Perdonad, caballero, dijo Franz á su vez; sien
do yo la persona á quien ha enviado á llamar el señor
Noirtier, ningun otro masque yo, si nomeengaño,
puede satisfacer ese deseo ; y al mismo tiempo ten
dré la dicha de ofrecerle mis respetos, ya que hasta
ahora no he tenido ocasion de solicitar este honor.
— Oh ! por Dios ! dijo Villefort con una inquietud
visible , no os tomeis esa incomodidad.
— Dispensadme , caballero , dijo Franz con el to
no de un hombre que ha tomado su resolucion : no
quiero desperdiciar esta ocasion de probar al señor
Noirtier que no ha tenido razon en concebir contra
mi repugnancias , que cualesquiera que sean, estoy
decidido á vencer con mi profundo cariño.
Y sin dejarse detener mas por Villefort , Franz
se levantó á su vez y siguió á Valentina que bajaba
ya la escalera con la alegria de un náufrago que to
ca con la mano una roca.
El señor de Villefort se fué detras de los dos.
Chatead-Renaud y Alberto de Morcerf cambiaron
una tercera mirada aun mas asombrada que las dos
primeras.
Villefort se acercó á Noirtier.
399 —

14.

EL PROCESO VERBAL.

S^ entado en un sillon y vestido de negro , estaba


Noirtier esperando, yluegoque las tres personas que
deseaba ver hubieron entrado , miró á ia puerta , que
al punto cerró su criado.
— Haced de modo , dijo Villefort en voz baja á Va
lentina que no podia ocultar su alegria , que si el
señor Noirtier quiere comunicaros alguna cosa que
impida vuestro casamiento , no podais entender lo
que quiere decir pues os dispenso que lo hagais.
— 400 —
Valentina se sonrojó , y no dijo una palabra.
— Habeis llamado al señor Franz d'Epinay , le di
jo; y le teneis aqui dispuesto á cumplir vuestros de
seos para saber porque le habeis mandado á lla
mar. No hay duda que deseábamos esta entrevista
hace mucho tiempo , y tendré una satisfaccion en que
os pruebe cuan poco fundada era vuestra oposicion
al casamiento de Valentina.
Noirtier no respondió sino por una mirada que he
ló la sangre en las venas de Viliefort. Y con sus ojos
hizo seña á Valentina de que se acercase.
Gracias á los medios de que acostumbraba á ser
virse en las conversaciones con su abuelo , encontró
en un instante la palabra ttave.
Entonces consultó la mirada del paralitico que se
fijó en el cajon de un pequeño armario colocado entre
las dos ventanas.
Abrió el cajon , y efectivamente encontró una
llave.
Cuando Valentina tuvo la llave y el anciano le
hizo seña de que era la que él pedia , los ojos del
paralitico se dirigieron hácia un viejo escritorio ol
vidado hacia muchos años , y que segun creian to
dos , no encerraba mas que papeles inútiles.
— Es necesario que abra el escritorio ? preguntó
Valentina.
Si , dijo el anciano.
— Tambien quereis que abra los cajones?
Si.
— Los de los lados ?
No.
— 401 —
— El de en medio?
Si. ,
Valentina lo abrió y sacó un lio de papeles.
— Es esto , buen papá , lo que deseais? dijo.
No- 1 u
Sacó sucesivamente todo* los demas papeles, has
ta que no quedó nada absolutamente en el cajon.
— Pero no veis que ya está vacio el cajon ? dijo
la jóven. .
Los ojos de Noirtier se fijaron entonces en el dic
cionario. . .
— Sí , buen papá , ya se lo que quereis decir ,
dijo la jóven.
Y repitió una tras otra todas las letras dei aita-
teto : cuando llegó á la S , Noirtier la detuvo.
Abrió el diccionario, y buscó hasta la palabra
ttgQfgtOm
— Ah ! con qué hay un secreto? dijo Valentina.
Si , dijo Noirtier.
— Y quién sabe ese secreto ? ,
Noirtier miró la puerta por donde habia salido
el criado.
— Barrois? dijo Valentina.
Si , respondió Noirtier.
— Queréis que le llame?
Si.
Valentina se dirigió á la puerta y llamo a Bar
rois.
Durante todo este tiempo, Villefort estaba impa
ciente y surcaba su frente un sudor copioso de an
gustia: Franz permanecia estupefacto y asombrado.
— 402 —
El antiguo criado entró.
— Barrois, dijo Valentina, mi abuelo me ba
mandado que tomase la llave que habia en este ar
mario , que abriese con ella este escritorio y luego
sacase este cajon , y como dice ahora que hay en
este cajon un secreto , que vos sabeis , abridlo.
Barrois miró al anciano.
Obedeced , dijeron los ojos intelijentes de Noir-
tier.
Barrois obedeció , y abriendo un segundo espacio
oculto, presentó un paquete de papeles atados con
una cinta negra.
— Es esto lo que deseais , señor? preguntó Bar
rois.
Si , respondió Noirtier.
— Á quién es menester que entregue estos pape
les? al señor Villefort?
No.
— Á la señorita Valentina?
No.
— Al señor Franz d'Epinay ?
Si.
Franz lleno de asombro dio involuntariamente un
paso hácia el anciano.
— Para mi son esos papeles caballero ? dijo.
Si.
Franz los recibió de manos de Barrois , y al lan
zar una curiosa mirada antes de abrirlos sobre la
cubierta , leyó lo siguiente :

« Para depositarse después de mi muerte en casa


— 403 —
de mi amigo et generat Durand, quien también at mo
rir tegará estos papetes ásu hijo, can espreso manda
to de que tos conserve porque encierran un papet de ta
mayor importancia. »

— Pero qué quereis ahora , dijo Franz , que haga


yo de este papel ?
— Qué le conserveis sin duda alguna cerrado co
mo está ! dijo el procurador del rey.
No, no , respondió vivamente Noirtier.
— Deseais acaso que el señor lo lea? preguntó
Valentina.
Si, respondió el anciano.
— Ya ois , señor baron , que mi padre os supli
ca que los leais, repuso Valentina.
— Entonces sentémonos, dijo Villefort con impa
ciencia, porque veo que tendrémos para rato.
Sentaos , indicó el ojo del anciano.
Villefort se sentó , pero Valentina permaneció en
pié al lado de su abuelo apoyada en su sillon , y
Franz en pié delante de él.
Tenia en la mano el misterioso papel.
Leed , dijeron los ojos del anciano.
Franz quitó la cinta y rompió la carpeta.
Un profundo silencio reinaba en la estancia.
En medio de este silencio leyó el señor d'Epi-
nay:

Estrado de tos procesos-verbates de una sesion det


ctub bonapartista de ta catte de Santigo , verificada
et 5 de febrero de 1815.
— 404 —
Franz se detuvo.
— El 5 de febrero de 1815 , dijo , fué el dia en
que asesinaron á mi padre !
Mudos se quedaron al oir esto Valentina y Ville-
fort , pero el ojo solo del anciano dijo bien clara
mente :
— Continuad.
— Al salir de este club, continuó Franz, fué ase
sinado mi padre !....
La mirada de Noirtier continuaba diciéndole :
— Leed.
Y continuó.

«Los abajo firmados Luis Santiago Beauregairt,


teniente coronel de artilleria , Estevan Duchampy,
general de brigada , y Claudio Lecharpal , director
de aguas y de bosques :
« Declaran que el 4 de febrero de 1815 llegó una
carta de la isla de Elba recomendando á la bondad
y á la confianza de los miembros del club bonapar-
tista , al general Flavio de Quesnel que despues de
haber servido al emperador desde 1804 hasta 1814,
debia ser adicto á la dinastia bonapartista , á pesar
del titulo de baron que Luis XVIII acababa de agre
gar á sus haciendas d'Epinay.
« En consecuencia de esta carta, se envió una es
quela al general de Quesnel , rogándole que asistie
se á la reunion del dia siguiente el 5.
«El billete no dccia la calle ni el número de la
casa donde se debia celebrar la reunion , ni estaba
firmado por nadie ; pero se advertia en él al gene
— 405 —
ral que si queria estar pronto , le irian á buscar á
las nueve de la noche.
« Las reuniones tenian lugar desde las nueve has
ta las doce de la noche.
« Serian las nueve , cuando el club se presentó en
casa del presidente general del que estaba ya dis
puesto; pero le advirtió el presidente que una de las
condiciones de su introduccian seria el ignorar para
siempre el lugar de la reunion, para cuyo objeto ha
bia de permitir que le vendasen los ojos y jurar no
hacer el menor esfuerzo para quitarse la venda.
« El general de Quesnel aceptó estas condiciones,
y prometió por su honor que no procuraria ver don
de le conducian.
« El general habia hecho preparar su carruaje ,
pero el presidente le dijo que era imposible servirse
de él , pues entonces poco importaba que vendasen
los ojos al amo, si el cochero habia de permanecer
con los ojos abiertos reconociendo las calles porque
iban á pasar.
— « Cómo haremos pues ? preguntó el general.
— « Yo tengo mi carruaje , respondió el presi
dente.
— «Tanta seguridad teneis en vuestro cochero
que asi le confiais un secreto que juzgais imprudente
decir al mio?
— «Nuestro cochero es un miembro del club,
dijo el presidente , y sabed que seremos conducidos
por un consejero de Estado.
— « Entonces, dijo el general riendo , corremos
otro peligro?
— 406 —
— «Cual , dijo el presidente.
— «El decaer.
« Hacemos mencion de esta broma para probar
que el general no fué obligado á asistir á la reu
nion , y que vino por su voluntad.
« Luego que hubieron subido al carruaje , el pre
sidente recordó al general la promesa que habia he
cho de dejarse vendar los ojos. El general no puso
ninguna resistencia , y un pañuelo negro y espeso,
preparado ya en el carruaje , sirvió para ello..
«Durante el camino, el presidente creyó notar
que el general procuraba mirar por debajo de su
venda y le recordó su juramento.
— «Ah ! es verdad , dijo el general.
« El carruaje se detuvo delante de la calle do
Santiago , el general bajó apoyándose en el brazo
del presidente , cuya dignidad ignoraba, y á quien
tomaba por un miembro del club, cruzaron la calle,
subieron un escalon , y entraron en la cámara de
las deliberaciones.
«La sesion habia comenzado, y los miembros del
club, prevenidos de antemano de la especie de pre
sentacion que debia tener lugar aquella noche , se
hallaban reunidos todos. Asi que llegó en medio de
la sala, dijeron al general que podia quitarse su
venda, y accediendo á esta invitacion y al lanzar
la primera mirada por el salon, pareció que estaba
muy asombrado de hallar un número tan crecido de
fisonomias conocidas en una sociedad cuya existen
cia ni habia él mismo sospechado hasta entonces.
«Le hicieron algunas preguntas acerca de sus sen
— 407 —
timientos , pero se contentó con responder que las
cartas de la isla de Elba debian haberles enterado...»
Franz se interrumpió.
— Mi padre era realista , dijo ; acaso tenian nece
sidad de preguntarle sobre sus sentimientos cuando
eran tan conocidos ?
— Y de esto, dijo Villefort, provenia mi estre
cha alianza con vuestro padre , mi querido señor
Franz ; fácilmente se forman íntimas amistades te
niendo las mismas opiniones.
Leed , continuó diciendo el ojo del anciano.
Franz continuó.
«El presidente tomó entonces la palabra para
comprometer al general á que se esplicase con mas
claridad ; pero el señor de Quesnel respondió que
ante todo quería saber que era lo que deseaban
de él.
« Entonces enteraron al general del contenido de
aquella misma carta de la isla de Elba que le reco
mendaba al club como un hombre con cuyos ausilios
se podia contar. Un párrafo entero esplicaba la vuelta
probable de la isla de Elba , y prometía una nueva
y mas circunstanciada carta á la llegada del Faraon,
buque perteneciente al armador Morrél , de Marse
lla , y cuyo capitan pertenecia en cuerpo y alma
al emperador.
« Durante todo el tiempo de esta lectura , el ge
neral, sin ningun disimulo, dio señales visibles de
disgusto y de repugnancia, desvaneciendo con esta
demostracion la idea que habian concebido de con
tarlo como un hermano.
— 408 —
« Terminada la lectura se quedó silencioso y frun
ció las cejas.
— «Veamos pues ahora, preguntó el presidente,
lo que decis de esta carta , señor general ?
— «Digo que hace muy poco tiempo que se ha
prestado un juramento al rey Luis XVIII que veo
muy cerca de ser violado en beneficio del ex-empe-
rador.
« Pocas dudas debian tener desde entonces de sus
sentimientos al escuchar sus palabras pronunciadas
con voz firme y clara.
— « General , dijo el presidente , para nosotros no
hay rey Luis ni ex-emperador. No hay mas que su
Majestad el emperador y el rey , alejado despues de
diez meses de la Francia , sus estados , por la vio
lencia y la traicion.
— « Perdonad , señores , dijo el general , que os
diga que si es muy cierto que no ecsista para voso
tros el rey Luis XVIII ; tambien es muy cierto , em
pero , que ecsiste para mi , atendido á que me ha
hecho baron y mariscal de campo , y que nunca olvi
daré que estos titulos los debo á su vuelta á Francia.
— « Caballero , dijo el presidente con tono grave
y levantándose, medid vuestras espresiones ; y bien
claro nos demuestran ellas queó se han engañadores-
pecto á vos en la isla de Elba , ó que nos han enga
ñado. La comunicacion que él os ha hecho recaer
sobre la confianza que se tenia en vos , y por consi
guiente sobre un sentimiento que os da honor; pero
ahora estoy viendo que nos habiamos engañado y que
un titulo y un grado os hacen que seais adido al nue
— 409 —
vo gobierno que todos nosotros queremos derribar.
No os obligaremos á que nos presteis vuestra ayuda,
porque no queremos obligará nadie contra su volun
tad, pero os obligaremos á obrar como un caballe
ro, aunque á ello no esteis dispuesto.
— «Y apellidais caballerosidad y nobleza el des
cubrir una conspiracion y no revelarla al gobier
no ! Yo llamaria á eso con mas propiedad , ser un
cómplice, y por consiguiente un traidor. Ya veis,
señores, que soy mucho mas franco que vosotros...»
— Ah , padre mió ! dijo Franz interrumpiéndose,
ahora comprendo porque te asesinaron !
Valentina no pudo menos de arrojar una mirada
á Franz que estaba verdaderamente hermoso en su
entusiasmo de amor filial.
Villefort se paseaba de un lado á otro detrás de él.
Noirtier seguia con los ojos la espresion de cada
cual , y conservaba su actitud digna y severa.
Franz volvió al manuscrito, y continuó:
— «Caballero, dijo el presidente, seos dijo que
vinierais al seno de la asamblea, no obligandoos por
medio de la fuerza , sino proponiendoos que os ven
darais tos ojos y aceptasteis ; y ahora conocereis que
al aceptar esta doble condicion , sabiais perfectamen
te que no nos ocupábamos de asegurar el trono de
Luis XVIII , pues á ser asi no hubiéramos tomado
tantas precauciones para ocultarnos á los ojos de la
policia. Entre tanto , creo que entendeis que si es
facil cubrirse de una máscara , con ayuda de la cual
se sorprenden los secretos de las personas, es mas fa
cil todavia el quitarse despues esta máscara para per
— 410 —
der á los que se han confiado á vos. No... no : vais
á contestar francamente si estais por el rey de casua
lidad que actualmente reina , ó por S. M. el empe
rador ?
— « Yo soy realista , respondió el general , he he
cho un juramento á Luis XIII, y lo cumpliré hasta
morir ?
« Siguió á estas palabras un murmullo general, y
era facil conocer en las miradas de la mayor parte
de los miembros del club , que todos tenian vivos
deseos de hacer arrepentirse de sus imprudentes pa
labras al señor d'Epinay.
«El presidente se levantó de nuevo é impuso si
lencio.
— «Caballero, le dijo , os conceptuo con la su
ficiente gravedad y prudencia para que no dejeis de
comprender las consecuencias de la situacion en que
nos hallamos los unos respecto á los otros , y vues
tra misma franqueza nos dicta las condiciones que
tenemos que hacer. Jurad ahora por vuestro honor
que no revelareis nada de lo que habeis oido.
«El general llevó la mano á su espada y es
clamó:
— « Si hablais de honor , empezad por no des
preciar sus leyes , no ultrajándolas con violencia.
— « Y á vos, caballero, continuó el presidente con
una calma tal vez mas terrible que la cólera del ge
neral os quiero dar un consejo dejad en paz
la guarnicion de vuestra espada.
«El general arrojó en derredor suyo miradas que
demostraban que empezaba á inquietarse.
— Alí —
«Sin embargo no se dió por rendido, y al contra
rio , reuniendo toda su fuerza :
— «No juraré , dijo.
— «Entonces, caballero , respondió con calma el
presidente , moriréis. .
« El rostro del señor d'Epinay se puso pálido ;
miró por segunda vez al rededor suyo ; la mayor
parte de los miembros cuchicheaban y buscaban ar
mas bajo sus capas.
— «General , dijo el presidente , tranquilizaos;
estais entre personas de honor que procurarán con
venceros por todos los medios posibles antes de re
currir al último estremo ; pero tambien vos habeis
dicho que estais entre conspiradores , sabeis nues
tro secreto , y es preciso devolvérnoslo.
« Un silencio significativo siguió á estas palabras,
y como el general no respondia :
— «Cerrad las puertas, dijo el presidente á los
porteros.
« El mismo silencio de muerte siguió á estas pa
labras :
« Entonces el general se adelantó, y haciendo un
violento esfuerzo sobre si mismo :
— «Tengo un hijo , dijo , y es muy justo que
piense en él al hallarme entre asesinos.
— «General , dijo con nobleza el gefe de la asam
blea, un solo hombre tiene siempre derecho á in
sultar á cincuenta, porque este es el privilegio de la
debilidad; pero ciertamente que haceis mal en usar
de ese derecho. Creedme , general , jurad y no nos
insulteis.
— 412 —
«El general por un momento, y otra vez dominado
por aquella superioridad del gefe de la asamblea,
vaciló ; pero al fin , adelantándose hácia la mesa
del presidente ;
— «Cuál es la fórmula? preguntó.
— « Esta es :
«Juro por mi honor no revelar nunca á nadie en
« el mundo lo que he visto y oido el 5 de febrero
« de 1815, entre 9 y 10 de la noche, y declaro me-
«recer la muerte si falto á mi juramento. »
« Un estremecimiento nervioso al parecer no dejó
fuerzas al general durante algunos segundos para
responder, y sufriendo una repugnancia manifies
ta, pronunció por fin ei juramento exijido : pero
con una voz tan baja que apenas se le oyó , de mo
do que muchos miembros exijieron que lo repitiese
en voz mas alta y mas ciara , lo cual fué hecho.
— «Ahora deseo retirarme, dijo el general, es
toy ya libre?
« El presidente se levantó y señaló tres miem
bros de la asamblea para que le acompañasen , y
subió al carruaje con el general , despues de haber
le vendado los ojos.
«Incluyóse en el número de los tres miembros en
cargados de acompañarle, el cochero que á la venida
los habia conducido al club.
«Los otros miembros se fueron separando en si
lencio.
— « Donde quereis ir? preguntó el presidente.
-— « A cualquiera parte en queme vea libre de
vosotros, respondió el señor d'Epinay.
— 413 —
— «Caballero, dijo entonces el presidente, id con
tiento; no estais aqui en la asamblea, sino delante de
hombres como vos; no les insulteis pues, sino que
reis que se os haga responsable del insulto.
« Pero en lugar de comprender tales palabras , el
señor d'Epinay contestó:
— «Veo que continuais siendo tan bravo y deci
dido en vuestro carruaje como en vuestro club,
pero no es estraño, caballero, pues que siempre
cuatro hombres son mas fuertes que uno solo.
« El presidente hizo detener el coche.
« Hailábanse entonces junto al muelle de los Ol
mos, en el sitio mismo en que se encuentra la escali
nata que conduce á la orilla.
— « Porqué haceis parar aquí? preguntó el señor
d'Epinay.
— « Porque habeis insultado á un hombre, caba
llero, dijo el presidente, y este hombre no quiere dar
un paso mas sin pediros lealmente una reparacion.
— «Todavia un nuevo modo de asesinar ! dijo el
jeneral encojiendose de espaldas.
— « Ahorrad palabras, caballero, replicó el pre
sidente, si no deseais que os mire á vos mismo como
uno de esos hombres de que hablabais hace un mo
mento, es decir como un cobarde que se acoje al
escudo de su debilidad. Sois solo, uno solo de noso
tros os contestará; teneis una espada a! lado, mi
baston encierra otra : no teneis testigo, uno de estos
caballeros nos hará el obsequio de serlo vuestro.
Ahora, si lo que acabo de deciros os conviene , podeis
quitaros la venda.
— 4U —
« El general arrancóse en el mismo instante el
pañuelo que cubria sus ojos.
— a Por fin , dijo, voy á ver cara á cara aquel con
quien tengo que batirme.
«Abrióse la portezuela del coche y los cuatro
hombres bajaron...»
Franz se interrumpió nuevamente para enjugar el
frio sudor que inundaba su frente: habia algo de
terrible en la lectura que el hijo, trémulo y pálido,
hacia de los, hasta entonces, ignorados detalles de
la muerte de su padre.
Valentina juntó las manos como si orase interior
mente : Noirtier mostraba una casi sublime espre-
sion de orgullo y de desprecio.
Franz continuó:
«Era, como ya hemos dicho, el 5 de Febrero.
Hacia ya tres dias que helaba á cinco ó á seis gra
dos; la escalera estaba resbaladiza por la nieve; el
jeneral era alto y grueso, y el presidente le cedió por
lo mismo el lado de la baranda para bajar.
« Los dos testigos les siguieron.
« La noche era triste y sombria, el descanso de la
escelera junto á la orilla estaba húmedo por la nieve
y la escarcha; se veia deslizarse el agua negra , pro
funda y arrastrándo algunos témpanos de hielo.
« Uno de los testigos fué en busca de una linterna
á uno de los barquichuelos destinados para trans
porte de carbon, y ála luz de esta linterna examiná
ronse las armas.
« La espada del presidente que era sencillamente,
y como habia dicho, un espadin, era cinco pul
— 415 —
gadas mas corta que la de su adversario y no tenia
puño.
« El jeneral d'Epinay propuso echar suertes so
bre las dos espadas, pero el presidente contestó que
él habia sido el provocador y que al provocar habia
pretendido que cada uno se sirviese de sus armas.
« En vano quisieron insistir los testigos, pues que
el presidente les impuso silencio con imperioso ade
man.
« Colocóse la linterna en el suelo ; pusiéronse
frente á frente los dos adversarios, y el combate
empezó.
« La luz hacia de las espadas dos rayos: en cuan
to á los hombres á duras penas se les distinguia, tan
profundas y espesas eran las tinieblas que les ro
deaban.
« El general tenia fama de ser uno de los mas cé
lebres espadachines del ejército , pero tan apurado se
vió desde las primeras estocadas que dió algunos pa
sos atrás , resbaló y cayó.
«Los testigos creyéronle herido, pero su adver
sario que sabia no haberle tocado, le ofreció la mano
para ayudarle á levantar. En lugar de calmarle, es
ta circunstanscia irritó al general que se arrojó á su
vez sobre su enemigo.
«Este no retrocedió ni una sola linea, recibióle
con su espada; tres veces el general retrocedió y vol
vió á atacar. A la tercera cayó.
«Creyóse por el pronto que como la primera ha
bia resbalado: pero viendo que no se levantaba,
acercáronse á él y trataron de ponerle en pié. El
— 416 —
primero que puso la mano sobre él sintió y tocó un
calor húmedo.
« Era sangre.
« El general que al caer se desmayara , recobró
sus sentidos.
— «Ah! dijo, se me ha enviado algun espada-
chin , algun maestro de esgrima!
«Por única contestacion, el presidente se aproxi
mó á aquel de los dos testigos que sostenia la lámpa
ra, y levantando su manga, mostró su brazo pasado
por dos heridas: separando en seguida su traje en
seño en su costado una tercera herida.
« Apesar de esto ni tan solo habia exhalado un
suspiro.
«Apoderóse la agonia del general d'Epinay y á
los cinco minutos espiró »
Leyó Franz con tan apagada voz estas últimas
palabras que apenas pudieron oirse , y detuvose lue
go que las hubo leido, pasando una mano por de
lante desus ojos como para quitarse una nube que
los ofuscase.
Pasado un momento de silencio prosiguió :
« Volvió á subir el presidente la escalera, metien
do antes su espada en el baston y despues de ha
ber dejado al marchar sobre la nieve una huella
sangrienta ; apenas habia llegado álo alto de la es
calera cuando oyó un sordo estruendo en el agua
producido por el cadáver del jeneral que acababan
de arrojar los testigos desde la orilla, despues de
estar bien seguros de su muerte.
« Un duelo ha sido la causa de la muerte del ge-
— 417 —
neral y no una sesinato traidor como podria muy
bien sospecharse.
« Y para que conste la verdad de los hechos, fir
mamos la presente certificacion , recelando que lle
gue una ocasion en que alguno de los actores de esta
terrible escena sea acusado de homicidio premedi
tado ó de atentado contra las leyes del honor.
« Firmados : »
« Beauregard , Duchampy y Lecharpat. »

Luego que Franz terminó una lectura tan terri


ble para un hijo , Valentina pálida de comocion en
jugó una lágrima que brotó de sus ojos, y Ville-
fort trémulo y acurrucado en uno de los ángulos de
la estancia , provó á hacer los esfuerzos posibles pa
ra conjurar la tempestad que amenazaba con las
suplicantes miradas que dirijia al inflexible an
ciano :
— Señor , dijo d'Epinay á Noirtier , ya que es-
tais tan enterado de todos los pormenores de esa ter
rible historia, yaque la habeis atestiguado con tan
respetables firmas , y ya por fin que pareceis tomar
por mi tan sincero interés , aunque solo me lo ha
beis hecho adivinar por el dolor , no me negueis
la última satisfaccion que voy á exijiros; pronun
ciad el nombre del presidente del club , dadme á co
nocer al hombre que mató á mi pobre padre !
Buscó como al descuido Villefortla manilla de la
puerta , y Valentina que habia entendido antes que
nadie la respuesta del anciano , dió un paso atrás
IOMO III. 47
— 418 —
por que muchas veces habia reparado las cicatrices
de dos cuchilladas en su antebrazo.
— En nombre del cielo, señorita ! dijo Franz , vol
viéndose á su futura esposa como pidiendo su in
tercesion , unid á las mias vuestras súplicas para
arrancarle el secreto de ese hombre que me dejó en
la horfandad á los dos años I
Valentina quedó inmóvil y silenciosa.
— Señor, deteneos, dijo Villefort; creedme, no
prolongueis tan terrible escena , porque sus nom
bres han sido seputtados al propósito en un secreto
que tal vez guardan otras personas , y estoy bien
seguro que hasta mi mismo padre desconocia ese
presidente , y á saber quien era , no podrá decir
lo , porque los nombres propios no se encuentran
en el diccionario.
— Qué desgracia ! esclamó Franz; la única
la única esperanza que me ha dado fuerzas para con
cluir esa fatal lectura , era el llegar á oir al menos
el nombre del que mató á mi padre! Señor se
ñor ! esclamó volviéndose hácia Noirtier , en nom
bre del cielo ! haced un esfuerzo un desespera
do esfuerzo os pido , hasta que consigais indicarme,
hacerme entender
— Sí , respondió Noirtier.
— Oh! señorita! señorita! esclamó Franz , me
parece que vuestro padre ha dado á entender que
podría indicarme ese hombre Ayudadme...
vos le entendeis ayudadme!
Noirtier miró el diccionario.
Lo tomó Franz con un estremecimiento nervioso,
— 419 —
y dijo succesivamente todas las letras del alfabeto
hasta la Y.
Cuando llegó á esta letra , el anciano hizo un sig
no afirmativo.
— Esta ? repitió Franz.
El dedo del jóven se fué deslizando sobre las pa
labras , pero á todas ellas daba el anciano por res
puesta un signo negativo.
Hundió Valentina su cabeza entre sus manos.
Llegó por fin Franz á la palabra YO.
— Si, dijo el anciano.
—r Vos ! esclamó Franz con los cabellos erizados ,
vos , señor Noirtier vos habeis muerto á mi pa
dre?
— Si , dijo el anciano clavando sobre el jóven
una majestuosa mirada.
Cayó entonces Franz desmayado en un sillon.
Villefort abrió la puerta y desapareció , porque le
ocurrió la idea de ahogar este resto de existencia
que habia quedado en el corazon del terrible an
ciano.
-421 —

15.

LOS ADELANTOS DE CAVALCANTI EL HIJO.

E Iabia marchado el señor Calvalcanti entre tan


to á seguir en su servicio ; pero no se imajine na
die que en el del ejército de S. M. el emperador de
Austria, sino en los juegos prohibidos de los baños
de Lucques, donde merecia la honorifica considera
cion de ser uno de los principales concurrentes.
No hay duda que habia llevado hasta el estre-
mo de la mas escrupulosa exactitud todo el dinero
— 422 —
que se le habia entregado para emprender su via
je , considerándolo como una recompensa de la ma
jestad y solemne y grave talante con que habia re
presentado su papel de padre.
Con esta partida habia quedado dueño el señor
Andrea de todos los documentos que autentizaban
que tenia la honrosa dicha de ser hijo del marqués
Bartolomeo y de la marquesa Leonora CorsinarL
Habiase este casi engolfado á la sazon en esa so
ciedad parisiense , en la que tan fácil entrada ha
llan los estranjeros , y donde reciben los obsequie-
sos honores , debidos no tanto á la clase á que per
tenecen , sino á la categoria á que quieran perte
necer.
Por otra parte qué es lo que se exije de un jó
ven en Paris ? hablar poco ó mucho el francés , ir
vestido con alguna elegancia , ser un jugador intré
pido y pagar en buenas monedas de oro.
Casi puede asegurarse que todo esto es mas fácil
para un estranjero que para un parisiense mismo.
lin poco mas de quince dias adquirió Andrea tan
brillante posicion , y ya se hacia llamar lisonjera
mente señor conde , decia que tenia una renta de
cincuenta mil libras, y se hacia lenguas al ponde
rar los inmensos tesoros de su señor padre emplea
dos segun él decia, en las canteras deSaravezza.
Hizo ver claramente un sabiondo, en cuya pre
sencia se relataba como un hecho esta última cir
cunstancia, que habia visto las canteras en cuestion,
y esta declaracion dió pie para que las aserciones
que hasta entonces habian permanecido en la poca
— 423 —
instabilidad de una incertidumbre, tomasen enton
ces la consistencia de la realidad.
En el circulo de esta sociedad parisiense, en don
de hemos introducido á nuestros lectores , se halla
ba entonces , cuando anunciaron una tarde al con
de de Monte-Cr¡s!.o en casa del señor Danglárs. Ha
bia salido este de casa ; pero rogaron al conde que
pasase á donde se hallaba la baronesa que estaba
visible y aceptó con amabilidad.
Desde la comida de Auteuil y los sucesos que si
guieron á ella , siempre que la señora de Danglárs
oia pronunciar el nombre de Monte-Cristo , sentia
un estremecimiento nervioso involuntario , y si la
presencia del conde no seguia despues de pronunciar
su nombre , crecia la sensacion que se convertia en
dolor ; pero si , por el contrario , se presentaba el
conde, su noble figura, sus hermosos y brillantes
ojos, su csquisita amabilidad y su galanteria , apa
gaban en el corazon de la señora Danglárs los últi
mos restos de temor ; pues creia la baronesa que
era imposible que un hombre tan encantador en lo
esterior , pudiera abrigar contra ella el menor de
signio enemigo, porque los corazones mas cor
rompidos no pueden creer que exista quien haga
daño sin que sea movido por algun interés, repug
nándoles un mal inútil como si fuera una anomalia.
Cuando Monte-Cristo fué introducido en el retrete
del cual hemos hecho ya ur.a descripcion á nuestros
lectores, y donde en la actualidad la baronesa re
corria con miradas inquietas los dibujos que habia
mirado su hija antes de haber hecho lo mismo con
_ 424 —
el señor Cavalcanti , hijo , su presencia produjo el
efecto acostumbrado , y la señora de Danglárs reci
bió al conde con la sonrisa en los labios, despues
de haberse recobrado del estremecimiento que le
habia causado el oir pronunciar su nombre.
De un solo golpe de vista abrazó el conde toda
esta escena.
Eugenia sentada cerca de la baronesa y Caval
canti en pió, vieron entrar á Monte-Cristo. Caval-
canti con un traje de noche á manera de uno de los
héroes de las novelas de Goethe, con zapatos charo-
rolados y medias de seda estrenadas aquel dia , des
lizaba una mano bastante blanca y fina entre la
blonda cabellera al travos de la que brillaba un dia
mante , que la vanidad del jóven colocó en el dedo
meñique , olvidando los consejos de Monte-Cristo.
Acompañó esta accion con matadoras miradas di-
rijidas á la señorita Danglárs y con suspiros exha
lados hacia la misma con igual destreza que las m¡-
, radas.
Pero era la misma la señorita Danglárs ; no ha
bia nunca dejado su frialdad y sus burlonas son
risas : no se habia escapado á su penetracion ningu
na de sus miradas, ninguno de sus suspiros, pero
podia decirse que se rechazaban en la coraza de Mi
nerva , aquella coraza con que muchos filósofos pre
tenden cubrir el pecho de Safo.
Eugenia hizo un frio saludo al conde, y se aprove
chó de la animacion con que ordinariamente empie
zan las conversaciones para retirarse á su cuarto de
estudio, de donde bien pronto dos voces ruidosas y
— Íá5 —
alegres , salieron mezcladas con los preludios de un
piano, que descubrieron á Monte-Cristo que aprecia
ba mucho mas la compañia de la señorita Luisa de
Armilly su profesora de canto, que la suya y la del
señor Cavalcanti.
Y entre tanto que hablaba familiarmente con la
señora Danglárs, manifestando estar muy absorvido
en el encanto de la conversacion , se hizo cargo el
conde de lo solicito que estaba el señor Andrea
Cavalcanti, marchando con ruido á escuchar la mú
sica desde la puerta que no se atrevía á abrir, y ma
nifestando una galante admiracion.
Bien pronto volvió á entrar el banquero, cuya
primera mirada á decir verdad fué para Monte-Cristo
pero la segunda para Andrea.
En cuanto á su esposa la saludó de la manera que
acostumbran saludar muchos maridos ásu mujer, y
de la rual es imposible formar una idea á los celiba
tos, hasta que se haya publicado un código bien en
tendido sobre los deberes conyugales.
— Cómo es que no os han invitado esas señoritas
á cantar con ellas? preguntó Danglárs á Andrea.
— Ay ! ya lo veis , señor , respondió Andrea con
un suspiro mas notable aun que los otros.
Danglárs se adelantó en seguida hácia la puerta
de comunicacion y la abrió.
Entonces se pudo ver á las dos jóvenes sentadas en
el mismo sillon delante del piano, cada una de las
cuales acompañaba con una mano, ejercicio al cual
se habian acostumbrado por capricho, y en el que
habian adquirido una facilidad admirable.
IOMO III. 18
— 426 —
La señorita de Armilly , que entonces se dejaba
ver, formando con Eugenia, gracias á la puerta que
servia de marco, un cuadro viviente de esos que con
tanta frecuencia se admiran en Alemania; era tam
bien de una belleza bastante notable, ó mas bien de
una dulzura y unas gracias delicadas.
Era delgada y rubia como una hada, con unos ri
zos largos que caian sobre su cuello un poco largo,
como esos que suele dar Perujino á sus virgines, y
unos ojos grandes, rasgados y velador por la fatiga,
üecian que tenia el pecho un poco débil, y que, co
mo Antonia del Vioton de Crémone, moriria un dia
cantando.
Monte-Cristo dirijió á aquel grupo una mirada rá
pida y curiosa porque era ¡a primera vez que veia á
la señora de Armilly, de quien habia oido hablar
tantas veces en la casa.
— Es decir, preguntó el banquero á su hija, que
nos habeis escluido á nosotros?
Entonces condujo al jóven alsaloncito, y sea ca
sualidad ó astucia , lo cierto es que detrás de Andrea
se entornó la puerta, de modo que desde el sitio en
que estaban, no lesera posible ver nada á Monte-
Cristo y la baronesa , pero como el banquero siguió
á Andrea, la señora Danglárs no pareció notar esta
circunstancia.
Bien pronto, apenas habian pasado algunos mo
mentos, el conde oyó la voz de Andrea unida á los
acordes del piano, acompañando una cancion corsa.
En tanto que con la sonrisa en los lábios escu
chaba el conde esta cancion que le hacia olvidar á
— 427 —-
Andrea para sustituirlo en la memoria con Bene-
detto, la señora Danglárs ponderaba á Monte-Cristo
la serenidad de su marido que habia perdido aque
lla misma mañana tres ó cuatro cientos mil francos
en una quiebra acaecida en Milan .
Merecia el banquero por cierto los elojios de su
mujer; porque á no haberlo sabido por la baronesa,
ó tal vez por uno de los medios secretos y misteriosos
que tenia de saberlo todo, la fisonomia del banque
ro no le habria hecho concebir la mas leve sospecha.
— Bueno! pensó Monte-Cristo, ya oculta lo que
pierde cuando hace un mes lo contaba envanecién
dose.
Despues continuando en voz alta;
— Oh ! señora , dijo el conde , el señor Danglárs
conoce tan bien la bolsa, que recobrará todos losdias
el doble de lo que ha perdido en otros.
— Veo que participais del error comun, dijo la
señora Danglárs.
— Y cual es ese error? dijo Monte-Cristo.
— Que el señor Danglárs juega, siendo asi que no
ha jugado nunca.
— Ah ! si , es verdad , señora , me acuerdo de q ue
el señor Debray me ha dicho... A propósito, que ha
sido del señor Debray? Ya hace tres ó cuatro dias
que no le veo.
— Ni yo tampoco , dijo la señora Danglárs con un
aplomo milagroso. Pero comenzasteis una frase que
no habéis acabado.
—Cuál?
— Et señor Debray os ha dicho, deciais...
— 428 —
— Ahl es cierto! El señor Debray me ha dicho
que erais vos la que os sacrificabais al demonio del
juego.
— No puedo negar que he tenido ese gusto duran
te algun tienmpo, dijo laseñora Danglárs, pero ya
no juego nunca.
— Y haceis mal , señora. Eh ! por mi vida, señora
que las casualidades de la fortuna, son precarias, y
os juro , que si yo fuese mujer, y la suerte me hicie
ra mujer de un banquero, por mucha confianza que
tuviese en la felicidad de mi marido; pues no me ne
gareis que en cosas deespeculacien, todo es dicha y
desgracia: os repito que por mucha confianza que
tuviese en la felicidad de mi marido, empezaría por
asegurarme una fortuna independiente, aun que tu
viese que adquirir esta foriuna poniendo mis intere
ses en manos que le fuesen desconocidas.
La señora Danglárs se sonrojó á su pesar.
— Mirad, dijo Monte-Cristo, como si nada hubie
se visto, ahora se habla mucho de una jugada muy
buena, hecha ayer sobre los bonos de Nápoles.
— Bien ! no me lo recordáis, pues nada se me dá,
dijo vivamente la baronesa; pero en verdad, que
ya hablamos demasiado de bolsa, señor Conde; cual
quiera que nos escuchara, nos tomaría por dos ajen-
tes de cambio. Hablemos un poco de esos pobres Vi-
llefort, tan perseguidos en este momento por la fa
talidad.
— Que les sucede? preguntó Monte-Cristo con la
mas perfecta sencillez.
— Pues debeis saberlo ; despues de haber perdido
— 429 —
al señor de Saint-Merán tres ó enatro dias despues
de su salida de Marsella, acaban de perder á ta mar
quesa tres ó cuatro dias despues de su llegada.
— Ah ! es verdad , dijo Monte-Cristo , ya lo sabia,
pero como dice Claudio en Hamlet , es una ley de la
naturaleza: sus padres habian muerto antes que ellos
y los habrán llorado; ellos morirán antes que sus hi
jos, y estos los llorarán.
— Pero aun no es esto todo.
— Todavia hay mas !
— Pues! vos sabiais que iban á casar á su hija...
— Con el señor Franz d'Epinay... se ha desecho
por desgracia ese casamiento?
— Segun parece ayer por la mañana, Franz les
ha devuelto su palabra.
— Ah , por cierto... y se saben las causas de ese
rompimiento?
— No.
— Que me estáis diciendo Dios mío! y el señor
de Villefort como sufre todas esas desgracias?
— Como siempre! como un filósofo.
En este momento entró el señor Danglárs solo.
— Y bien ! dijo la baronesa, dejais al señor Caval-
canticon vuestra hija?
— Y la señorita de Armilly , dijo el banquero; por
quien la tomais?
Despues, volviendose á Monte-Cristo:
— Jóven encantador! dijo el banquero; pero se
ñor conde, lo es mas , Cavalcanti que un príncipe..?
estais seguro de que tan solo es un príncipe?
— No salgo garante, dijo Monte-Cristo. Me han
TOMO III. *9
— 430 —
presentado á su padre como marqués y lio dudo que
sea conde; pero yo creo que él no hará mucho caso
de este titulo.
— Por qué? dijo el banquero. Si es principe , ha
ce mal en no vanagloriarse por ello. Cada cual que
se quede con su derecho. No me gusta que nadie re
niegue de su orijen.
— Oh! sois un demócrata puro, dijo Monte-Cristo
sonrriendo.
— Pero mirad á lo que os esponeis, dijo la baro
nesa, advertid que si ahora el señor de Morcerf vi
niese por casualidad se hallaria con que el señor Ca-
valcanti ha entrado en un cuarto, donde él, prome
tido de Eugenia, no ha podido nunca entrar.
— Haceis bien en decir por casualidad, repuso el
banquero, porque podria decirse que efectivamente
nos le traia la casualidad pues se le vé muy raras
veces.
— En fin , si viniese y encontrase á este jóven al
lado de vuestra hija , podria disgustarse.
— El ! oh ! Por Dios que estais bien engañada !
El señor Alberto no nos hace el honor de estar celo
so de su prometida porque no es tanto su amor que
le arrastre á ese estremo. Y ademas qué me importa
que esté ó no descontento !
— Sin embargo, en el estado á que hemos lle
gado
— Si, en el estado á que hemos llegado ! que
reis saber en que grado se halla este compromiso?
Que en el baile de su madre no ha bailado mas que
una vez con mi hija , que el señor Cavalcanti ha
— 431 —
bailado tres veces con ella sin haberlo notado si
quiera
— El señor vÍ7.conde Alberto de Morcerfl anunció
el lacayo.
La baronesa se levantó vivamente , y se dirijia
hácia el salon de estudio para prevenir á su hija,
cuando Danglárs la detuvo por el brazo.
— Dejadme, dijo el banquero.
Ella le miró con asombro.
Monte-Cristo fingió no haber visto este juego de
escena.
Alberto entró, hermoso como nunca y en estremo
alegre ; y despues de saludar á la baronesa con gra
cia, á Danglárs con familiaridad, y á Monte-Cristo
con afecto , volvióse hácia la baronesa :
— Señora, le dijo , me permitis que os pregunte
si está buena la señorita Danglárs ?
— Mucho, caballero, respondió vivamente el ban
quero ; en este momento está cantando en su salón
de estudio con el señor Cavalcanti.
Alberto conservó su aire tranquilo é indiferente y
tal vez sufria algun despecho interior; pero sintió
la mirada de Monte-Cristo fija sobre él.
— El señor Cavalcanti tiene una hermosa voz de
tenor, dijo, y la señorita Eugenia una magnifica de
soprano , sin contar con que toca el piano cual otro
Thalberg. Debe de ser un concierto encantador :
— El caso es, dijo Danglárs, que se avienen per
fectamente.
Alberto pareció no haber notado este equivoco tan
grosero , que sonrrojó á la señora Danglárs.
— 432 —
— Yo tainbien , continuó el jóven , tambien soy
un poco filarmónico al menos asi me lo hacen
creer mis maestros de música, y no obstante, qué
cosa mas rara! jamás he podido acordar mi voz con
ninguna otra y con las de soprano sobre todo mu
cho menos.
Danglárs hizo brotar de sus labios una tijera son
risa que daba á entender.
— Rabia pues! De modo, dijo entonces espe
rando sin duda tocar el punto que deseaba, que el
principe y mi hija fueron ayer objeto de la ad
miracion general. No estabais allí ayer, señor de
Morcerf?
— Qué príncipe? preguntó Alberto.
— El príncipe Cavalcanti, repuso Danglárs, que
siempre se obstinaba en dar este título al jóven.
— Ah! perdonad, dijo Alberto, yo ignoraba que
fuese príncipe. Ah ! con que el príncipe Cavalcanti
cantó ayer con la señorita Eugenia! Seria interesan
te, y siento vivamente no haberles oido. Pero no
pude asistir porque tenia que acompañar á la seño
ra de Morcerf á casa de la baronesa de Chateau-Re-
naud, donde cantaban los alemanes.
Despues de un momento de silencio y como si no
se hubiera tratado de nada:
— Me será permitido, repitió Morcerf, saludar
á la señorita Danglárs?
— Oh! esperad, esperad Ossuplico que os es
pereis, dijo el banquero deteniendo al jóven, no oís
esa deliciosa cavatina? ta, ta, ra, ra, ti, ta, ti ta...
eso es magnífico , ahora se va á concluir... un se
— 433 —
gundo solo Perfectamente ! Bravo! bravísimo!
bravo !
Y el banquero se puso á aplaudir con frenesí.
— Conozco efectivamente , dijo Alberto , que eso
es precioso y que es imposible comprender mejor la
música de su país de lo que hace Cav alean ti. Vos
habeis dicho que es príncipe , no es verdad. Bien
que por otra parte si no lo es aun , muy pronto le
harán , porque esto es muy fácil en Italia. Pero vol
viendo á nuestros adorables cantantes, deberiais ha
cernos un favor, señor Danglárs.
— Decidlo.
— Sin prevenirie de antemano de que hay un es-
traño, debiérais suplicar á la señorita Danglárs y
al señor Cavalcanti que cantasen otro trozo. Es muy
delicioso gozar de la música á cierta distancia , sin
ver á los músicos, á fin de que ellos puedan entregar
se á todo el instinto de su génio , á todo el entusias
mo de su corazon.
Esta vez Danglárs se desconcertó al ver la sangre
fria del jóven.
Llamó á Monte-Cristo aparte :
— Y bien I le dijo , qué opinion habeis formado
de nuestro amante?
— Par diez ! es bien notorio que me parece frio,
pero qué quereis ? estais comprometido !
— No hay duda que estoy comprometido, pero
á dar mi hija á un hombre que la ame , y no á un
hombre que no la ame. Ahí teneis áese amante, frio
como un mármol , orgulloso como su padre , que á
ser rico aun aun, y si poseyese la fortuna
— 434 —
de los Cavalcanti , se podría pasar por alto : mas
por vida mia que aun no he consultado á mi hija,
y si tu viese buen gusto
—Oh ! dijo Monte-Cristo , no sé si me cegará la
amistad que nos une, pero os aseguro , que el se
ñor de Morcerf es un jóven encantador , que hará
feliz á vuestra hija, y que tarde ó temprano llegará
á ser algo ; porque es preciso confesar que la posi
cion de su padre es escelente.
— Hum ! hum ! esclamó Danglárs.
— Por qué dudais ?
— Siempre queda el pasado ese pasado obs
curo.
— Y qué tiene que ver el pasado del padre para
el brillante porvenir del hijo?
—Si tal ! si tal !
— Reflecsionemos pero sin que os acaloreis; hace
un mes que encontrábais ese casamiento escelente
bajo todos conceptos Debeis conocer que ha de
ser mucha mi desesperacion , porque al fin ha sido
en mi casa donde habeis visto ese jóven Cavalcanti,
á quien os repito que no conozco.
— Pues yo le conozco , dijo Danglárs , y esto
basta.
— Vos le conoceis? habeis tomado informes? pre
guntó Monte-Cristo.
— Hay acaso necesidad de eso? os repito que no
se conoce á primera vista con quien se trata? En
primer lugar es rico.
— Yo no lo aseguro.
— Sin embargo , no respondeis de él ?
— 435 —
— De cincuenta mil libras , de una miseria.
— Tiene una educacion distinguida.
— Hum I esclatnó Monte-Cristo á su vez.
— Es músico.
— Todos los italianos son músicos.
— Vamos, conde, no sois justo con ese jóven.
— Pues bien ! si , lo confieso ; veo con disgusto
que, conociendo vuestros compromisos con los de
Morcerf, ese jóven venga á estorbar ese casamiento
y abusar de sus riquezas.
Danglárs comenzó á reirse.
— Oh ! sois todo un puritano ! dijo ; pero eso su
cede todos los dias en el mundo.
— Sin embargo no podeis romper así, querido
señor Danglárs , porque ya confian los Morcerf en
ese casamiento.
— Cuentan con él?
— Positivamente.
— Entonces que se espliquen ellos. No podríais
decir dos palabras al padre respecto á este asunto,
conde , vos que sois tan bien admitido en su casa?
— Yo ! y de donde diablo habeis sabido eso?
— Me parece que en ninguna parte mejor que en
su baile. Pensais que no lo vimos todo? Fué una
victoria: la condesa la altiva Mercedes, la des
deñosa catalana, que apenas se digna abrir la boca
para saludar á sus antiguos amigos , os cojió el bra
zo, salió con vos al jardin , se ocultó en una delas
calles de árboles , y no amaneció sino media hora
despues.
— Ah ! baron , baron , dijo Alberto , nos impe
— 436 —
dis que oigamos ; cosa que para un melomano cual
vos me atreveria á decir que es un sacrilejio.
— Está bien , está bien , señor burlon dijo Dan-
glárs.
Despues volvióse á Monte-Cristo :
— Os encargais de decir esto á su padre?
— De muy buena gana, si tanto lo deseais.
— Pero deseo que en esta ocasion se haga de una
manera terminante y clara, que me pida sobre todo
á mi hija , que fije una época , que declare sus con
diciones pecuniarias , á fin de que todos nos enten
damos mas y por último que no haya mas dilacio
nes.
— Pues bien ! se hará ese encargo.
— No os diré que le espero con placer pero en
fin le espero ; porque sabeis muy bien que un ban
quero debe ser esclavo de su palabra.
Y Danglárs arrojó uno de esos suspiros que arro
jaba Cavalcanti media hora antes.
— Bravo ! bravo ! bravisimo ! esclamó Morcerf ,
parodiando al banquero y aplaudiendo el final del
trozo.
Danglárs empezó á mirar á Alberto de reojo ,
cuando vinieron á decirle dos palabras al oido.
— Vuelvo al momento , dijo el banquero á Mon
te-Cristo, esperadme pues tal vez tenga algo que
deciros.
Y salió.
La baronesa aprovechándose de la ausencia de su
marido corrió á abrir la puerta del gabinete de
estudio de su hija , y Andrea se puso en pié viva
— 437 —
mente , pues estaba sentado delante del piano , al
lado de Eugenia.
Alberto saludó sonriendo á la señorita Danglárs
la que sin dar muestras de turbacion , le devolvió
el saludo con su frialdad acostumbrada.
Cavalcanti pareció evidentemente embarazado ; y
saludó á Morcerf , que le devolvió su saludo con el
tono mas fatuo é impertinente del mundo.
Entonces Alberto empezó á prodigar pomposos
elojios á la voz dela señorita Danglárs , y sobre el
sentimiento que esperimentaba por no haber asisti
do el dia anterior á la soirée , y no haber tenido el
gusto de oirles.
Cavalcanti , no llamando mucho la atencion , em
pezó á hablar aparte con Monte-Cristo.
— Vamos , dijo la señora Danglárs , menos mú
sica y menos cumplimientos como estos y venid á
tomar el té.
En el momento en que empezaban á dejar las
cucharillas en las tazas segun la costumbre ingle
sa ; la puerta se abrió y Danglárs se presentó con
una ajitacion que no podia ocultar.
Monte-Cristo notó al momento esta agitacion é
interrogó al banquero con una mirada.
— Pues bien ! dijo Danglárs , acabo de recibir mi
correo de Grecia.
— Ah ! ola ! esclamó el conde, para eso os lla
maron ?
— Si.
— Sigue sin novedad el rey Oton ? preguntó Al
berto con el tono mas jovial.
TOMO ni. ' ¡w
— 438 —
Danglárs le miró de reojo sin responderle , y Mon-
te-Cristo se volvió para ocultar la espresion de com
pasion que se mostró en su rostro y que se borró ca
si al momento.
— Nos iremos juntos , no es esto? dijo Alberto al
conde.
— Bien , si quereis , respondió este.
Alberto no podia comprender aquella mirada que
le habia dirijido el banquero, de modo que preci
pitadamente se volvió hácia Monte-Cristo que lo ha
bia comprendido perfectamente y dijo :
— Habeis visto cómo me ha mirado?
— Sí , respondió el conde , acaso encontrais algo
de particular en su mirada ?
— Sí, lo creo muy bien ; pero que quiere decir
con sus noticias de Grecia? .
— Cómo quereis que yo sepa eso ?
— Porque presumo que teneis relaciones en ese
país.
Monte-Cristo se sonrió con esa sonrisa que hace
adivinar fácilmente que se quiere evitar una res
puesta.
— Esperad , dijo Alberto , ahora se acerca á vos,
voy á saludar á la señorita Danglárs y á alabar su
camafeo , y entre tanto el padre tendrá tiempo de
hablaros.
— Si le quereis hacer ese obsequio , alabadla su
voz al menos, dijo Monte-Cristo.
— No , eso lo haria todo el mundo.
— Mi querido vizconde , dijo Monte-Cristo , sois
además de fatuo un impertinente.
— 439 —
Alberto se dirijió á Eugenia con la sonrisa en los
labios.
Durante este tiempo, Danglárs se inclinó aloido
del conde.
— Me habeis dado un escelente consejo dijo; y se
oculta toda una terrible historia en estas dos pala
bras: Fernando y Janina.
— Ah ! ah ! esclamó Monte-Cristo.
— Sí , tendré el gusto de contároslo todo ; pero
llevaos al jóven porque me veria muy embarazado
de estar mas tiempo en su presencia.
— Eso es lo que voy á hacer , me vá á acompa
ñar, pero antes decidme , persistís en que os envie
al padre?
— Mas que nunca.
— Bien.
El conde hizo una seña á Alberto.
Los dos saludaron á las señoras y salieron , Al
berto, recibiendo con indiferencia los desaires de la
señorita Danglárs; y Monte-Cristo, repitiendo ála
baronesa sus consejos sobre la prudencia que debe
tener la esposa de un banquero en asegurar su por
venir.
El señor Cavalcanti se quedó dueño del campo de
batalla.

w^3K^8ÍÍK-t
16.

HAYDEE.

II na estrepitosa y sonora carcajada demasiado


fuerte para conocerse haber sido forzada , soltó Al
berto volviéndose hácia el conde , apenas torcieron
los caballos la esquina del baluarte.
— Pues bien , le dijo, os haré la misma pregun
ta que el rey Cárlos IX hizo á Catalina de Médicis
despues de la noche de san Bartolomé: que tal he
representado mi pequeño papel?
— 442 —
— Sobre qué? preguntó Monte-Cristo.
— Sobre la instalacion de mi rival en casa del se
ñor Danglárs
— Qué rival?
— Pardiez ! qué rival ! vuestro protejido, el se
ñor Andrea Cavalcanti.
— Oh! dejémonos de bromas , vizconde; yo no
he protejido al señor Andrea , á lo menos para con
el señor Danglárs.
— Y de ello yo me quejaria si el jóven lo nece
sitase , pero por dicha mia, puede pasar sin vues
tra proteccion.
— Cómo ! creeis que hace la corte ?
— Os lo aseguro ; dirije sendas miradas acompa
ñadas de profundos suspiros y canta dulcemente
cantares de enamorado. Tenedlo por cosa cierta ,
aspira á la mano de la orgullosa Eugenia !
— Que importa eso!... si no piensan mas que en
vos?
— No digais eso , mi querido conde , no veis co
mo me rechazan?
— Como ! Quien ? *
— Sin duda, la señorita Eugenia apenas me ha
contestado , y la señoritade Armilly , su confidenta,
no me ha respondido absolutamente.
— Si, pero, el padre os adora, dijo Monte-Cristo.
— Quien... él! su padre! él por el contrario me ha
atravesado el corazon con mil puñales , puñales que
es verdad que solo se introducen en la ropa, como
puñales de trajedia; pero no era esta su intencion.
— Vamos; quien tiene celos bien ama.
— 443 —
— Si pero yo no estoy celoso. ,
— Pero lo está él.
— De quien ? de Debray ?
— No , de vos.
— De mí? apuesto cualquier cosa á que antes de
ochodias me da con la puerta en las narices.
— Os engañais , mi querido vizconde.
— Me dais una prueba ?
— La quereis ?
— Si.
— Estoy encargado de suplicar al señor conde
de Morcerf que dé un paso definitivo sobre el casa
miento.
— Quien os lo ha encargado?
— El mismo baron.
— Obi dijo Alberto con toda la necedad de que
era capaz , no hareis eso , es verdad , señor conde ?
— Os engañais, Alberto, porque lo haré; basta
que lo haya prometido.
— Vamos, dijo Alberto arrojando un suspiro,
que tambien teneis vos empeño en casarme.
— Quiero estar bien con todo el mundo; pero á
propósito de Debray, como es que no le veo en casa
de la baronesa?
— Está reñido.
— Con ella?
— No , con el baron.
— Ha llegado á sospechar algo?
— Vaya ! me gusta la salida !
— Creeis que sabia alguna cosa? dijo Monte-Cris-
10 con una sencillez encantadora.

^ .
_ AM —
— Ah , diantre ! de donde venís , mi querido con
de?
— Del Congo , si quereis.
_ Pues no está muy lejos que digamos.
— Tengo acaso motivos para conocer á vuestros
maridos parisienses ?
— Por qué? mi querido conde, los maridos son
iguales en todas partes , y desde el momento en que
estudiais al individuo en un pais cualquiera , cono
ceis la raza. .
— Pero entonces que causa ha podido enemistar a
Danglárs con Debray ? parecian tan amigos... aña
dió Monte-Cristo con mayor sencillez aun.
— Ah ! lo veis? penetramos ya en los misterios de
Isis , y yo no estoy iniciado. Se lo podeis preguntar
al señor Cavalcanti cuando se case.
El carruaje se detuvo.
— Ya hemos llegado , dijo Monte-Cristo y podeis
subir si gustais porque no son mas que las diez y me
dia.
— Con mucho gusto.
— Mi carruaje os llevará.
— No, gracias, mi cabriolé ha debido seguir
nos.
— En efecto vedlo allí , dijo Monte-Cristo bajando
de su carruaje.
Los dos entraron en la casa y luego en el salon,
que estaba iluminado.
— Decid que nos hagan té , Bautista , dijo Monte-
Cristo.
Bautista salió sin decir palabra , y apenas habían
— 445 —
pasado dos segundos volvió con una bandeja con el
servicio del té , que á semejanza de los desayunos de
las comedias de majia , parecia salir de debajo de
tierra.
. — En verdad , dijo Morcerf, que estoy admiran
do en vos, mi querido conde, no vuestra riqueza,
porque otros habrá mas ricos que vos ; no vuestro
talento , pues Beaumarchais no tendria mas aun
que casi os igualaria; lo que admiro es vuestro
modo de ser servido , sin que nadie os responda una
palabra , al minuto , al segundo, como si adivina
sen en la manera con que llamais lo que deseais,
y como si todo cuanto deseais estuviese siempre dis
puesto.
— Hay algo de verdad en lo que estais diciendo;
pero no tiene nada de estraño, porque saben mis
costumbres. Por ejemplo , ahora vetéis ; no deseais
hacer algo despues de beber el té ?
— Par diez ! deseo fumaF,
Monte-Cristo se acercó al timbre y dió un golpe.
Al cabo de un segundo, abrióse una puerta par
ticular, y Ali se presentó con dos pipas llenas de
escelente latakié.
— Eso es maravilloso, dijo Morcerf.
— Pues es muy sencillo todo eso, repuso Monte-
Cristo ; Ali sabe que cuando se toma café ó té , se
fuma generalmente : sabe que he pedido el té , sabe
que he entrado con vos , oye que te llamo , sospe
cha la causa , y como es de un pais donde se ejerce
la hospitalidad con la pipa sobre todo, en vez de
una , trae dos.
TOMO III. fio
— 446 —
— Ciertamente que vuestra esplicacion me satis
face como otra cualquiera ; pero no es menos cierto
que solo vos Ola ! qué es lo que oigo?
Y Morcerf se inclinó hácia la puerta por la que
efectivamente se ecsalaban sonidos semejantes á los
de una guitarra.
— Á fe mia , mi querido vizconde , que esta no
che os acompaña la música por do quier que va
yais, y que si escapais del piano de la señorita Dan
glárs , es para caer en la guzla de Haydeé.
— Haydée, oh ! qué nombre tan encantador ! Es
cierto que existan mujeres que se llamen Haydée,
ademas de las de los poemas de lord Byron ?
— Yo lo creo, y si Haydeé es un nombre muy
raro en Francia , es muy comun en Albano y en Epi-
ro ; es lo mismo que si dijeseis, castidad, pudor,
inocencia, una especie de nombre de pila como di
cen vuestros parisienses.
— Oh I eso es encantador ! dijo Alberto; como me
agradaría el que se llamasen nuestras francesas, se
ñorita Bondad , señorita Silencio , señorita Caridad
cristiana I Decidme; si la señorita Danglárs, en lu
gar de llamarse Clara, iMaría, Eugenia, se llamase
señorita Castidad, Pudor, Inocencia Danglárs, dia
blo ! qué efecto no haría tan hermoso en una publi
cacion de amonestaciones !
— Sois un loco! dijo el conde; no bromeeis en
voz tan alta , porque podría oiros Haydeé.
— Y se enojaría?
— No , dijo el conde con su ademan altanero.
— Es amable ? preguntó Alberto.
— 447 —
— No es amabilidad, es deber; porque una escla
va no se enfada nunca contra su amo.
— Vamos ! no os burleis. Acaso hay aun escla
vos?
— Sin duda, puesto que Haydeé lo es mia.
— En efecto , vos no haceis ni teneis nada seme
jante á los demas. Esclava del señor conde de Mon
te-Cristo! Sabeis que es una buena posicion en Fran
cia? Y si hemos de juzgar por el modo con que gas
tais vuestro dinero, es un destino que debe valer lo
menos cien mil escudos al año.
— Cien mil escudos! la pobre niña ha poseido
mucho mas, y ha venido al mundo recostada so
bre tesoros , al lado de los cuales son nada los de
tas mit y una noches.
— Es entonces verdaderamente una princesa?
— Vos lo habeis dicho , y una de las principales
de su país.
— Ya lo sospechaba. Pero cómo ha podido llegar
á ser esclava una gran princesa?
— Y cómo llegó á ser maestro de escuela Dionisio
el tirano? los azares de la guerra, mi querido viz
conde , el capricho de la fortuna.
— Y su nombre es un secreto ?
— Para todo el mundo , si : pero no para ves , mi
querido vizconde, que podeis contaros como uno
de mis amigos, y que guardareis silencio es
cierto que me prometeis callar?
— Os doy mi palabra de honor!
— Habeis oido hablar de la historia del pachá de
Janina?
— 448 —
— De Ali-Tebelin? yo lo creo , puesto que á su
servicio ha sido donde ha adquirido mi padre su for.
tuna.
— Es verdad , ya lo habia olvidado.
— Y que tiene que ver Ali-Tebelin con Haydeé.
— Es su hija nada menos.
— Cómo ! hija de Ali-pacha?
— Y de la hermosa Vasiliki.
— Y es vuestra esclava?
— Oh! por Dios que es mi esclava.
— Y como habeis hecho...
— Diantrel muy sencillamente. La vi un dia que
pasaba por el mercado de Constantinopla, y la com
pré!
— Eso es espléndido! con vos, señor conde, no se
vive, se sueña. Ahora escuchad, voy á pediros una
cosa, y seré tal vez indiscreto.
— Hablad... hablad.
— Pero ya que salis eon ella, ya que la llevais A
la opera...
— Y qué mas?
— Bien puedo arriesgarme á pediros este favor.
— Podeis arriesgaros á pedir lo que querais.
— Pues bien ! mi querido conde, presentadme á
vuestra princesa.
— Con mucho gusto, pero ^bajo dos condicio
nes.
— Las acepto desde luego.
— La primera que no confiareis á nadie esta pre
sentacion.
— Muy bien, (Morcerf estendió la mano) lo juro!
— Ud —
— La segunda, que tendreis mucho cuidado en
ocultarla que vuestro padre ha servido al suyo.
— Lo juro también.
— Bien, muy bien, vizconde, no os olvidareis de
estos dos juramentos , no es esto?
— Oh ! esclamó Morcerf.
— Muy bien. Sé que sois un hombre de honor.
El conde dió un nuevo golpe sobre el timbre.
Ali se presentó.
— Marcha al momento á prevenir á Haydeé, le
dijo, que voy á tomar café en su compañia, y haz de
modo que entienda que la pido permiso para pre
sentarla uno de mis amigos.
Alise inclinó y salió.
— De modo que estamos acordes y convenidos,
y... cuidado con las preguntas directas, querido
vizconde: si deseais saber algo, preguntádmeloá mi y
yo se lo preguntaré á ella.
— Estamos convenidos.
Ali volvió á presentarse por tercera vez, y man
tuvo levantado el tápiz, para indicar á su amo y á
Alberto que podian pasar.
— Entremos , dijo Monte-Cristo.
Pasó una mano por sus cabellos Alberto y se re
torció el bigote; el conde tomó su sombrero, se puso
sus guantes y precedió á Alberto á la habitacion que
guardaba Ali cual centinela avanzada y que defen
dian las tres camareras francesas á las órdenes de
Mytho.
La primera pieza que era el salon, era el punto
donde cstaba esperando Haydée con sus rasgados y
— 450 —
hermosos ojos dilatados por la sorpresa; porque era
la primera vez que otro, ademas de Monte-Cristo,
penetraba hasta donde ella estaba. Sobre su sofá y
en un ángulo, estaba sentada con las piernas cru
zadas á la oriental , y se habia hecho , por decirlo asi,
un nido en las ricas telas de seda rayadas y borda
das , de las mas hermosas de Oriente. Junto á ella
estaba el instrumento cuyos sonidos la habian des
cubierto. En aquella postura estaba encantadora.
Al verá Monte-Cristo, se levantó con esa doble
sonrisa de hija y de amante que no pertenecia mas
que á ella; Monte-Cristo se dirijió hacia ella y la
tendió su mano, sobre la cual , como siempre, apoyó
sus lábios.
Alberto se habia quedado cerca de la puerta , bajo
el imperio de aquella belleza estranjera que veia
por primera vez, y de la que nadie en Francia podia
formarse una idea. »
— A quien me presentas? preguntó en griego la
jóven á Monte-Cristo; á un hermano, á un amigo, á
un simple conocido , ó á un enemigo?
— Te presento á un amigo , dijo Monte-Cristo en la
misma lengua.
— Su nombre?
— El conde Alberto , y es aquel mismo , que te
conté haber libertado en Roma de las manos de los
bandidos.
— En que lengua quieres que le hable?
Monte-Cristo se volvió hácia Alberto.
— Sabeis el griego moderno? preguntó al joven.
— Ay! dijo Alberto, lo mismo sé el griego anti
— 451 —
guoqueel moderno, mi querido conde: y nunca
Homero ni Platon , han tenido un discipulo mas tor-
pe, y casi me atrevo á decir, mas descuidado.
— Siendo asi , dijo Haydée haciendo ver en la pre
gunta que hacia, que habia entendido la de Monte-
Cristo y la respuesta de Alberto; hablaré en fran
cés óen italiano, si mi señor permite todavia que
hable.
Monte-Cristo reflexionó un instante.
— Hablarás en italiano, dijo.
Despues volviéndose á Alberto , le dijo;
— Es lástima por cierto que no sepais hablar el
griego moderno ó el griego antiguo, que Haydée ha
bla admirablemente : y la pobre niña se verá obli
gada á hablaros en italiano, la cual puede ser que
os haga formar de ella una idea equivocada.
Hizo una seña á Haydée. ' . - •
— Bien venido seas, amigo, que vienes con mi
señor y dueño, dijo la jóven en escelente toscano, y
con ese dulce acento romano que hace la lengua de
Dante tan sonora como la de Homero; Ali ,café y
pipas.
Y Haydée indicó con la mano á Alberto que se
acercase, en tanto que Ali se retiraba para cumplir
las órdenes de su jóven señora.
Monte-Cristo mostró á Alberto dos almohadones
de los que tomaron cada cual uno y acercáronse á
un especie de velador cuyo centro formaba un mag
nifico jarron y en cuyo recinto sembrado de (lores
naturales, se veian dibujos, y albnms de música.
Ali fue el criado que entró, trayendo el café y las
— 452 —
pipas, porque hasta al mismo Bautista le estaba
prohibida la entrada en aquella parte de la casa.
Alberto rechazó la pipa que le presentaba el
nubio.
— Oh! tomad, tomad, dijo Monte-Cristo; Haydée
está casi tan civilizada como una parisiense, y si no
le gusta el habano porque le repugnan los malos olo
res, sabeis muy bien que el tabaco de Oriente es un
perfu me.
Alí salió.
Las tazas del café estaban preparadas de antema
no y solo añadieron un azucarero para Alberto. Mon-
tc-Cristo y Haydée tomaban el licor árábe á la ma
nera de los orientales, es decir, sin azúcar.
Haydée estcndió la mano y tomó, con el estremo
de sus afilados dedos de rosa, la taza de porcelana
del Japon , que llevó hasta sus lábios con el sencillo
placer de un niño que bebe ó come una cosa que
ama.
Al mismo tiempo entraron dos mujeres trayendo
dos bandejas mas, cargadas de helados y sorbetes que
colocaron sobre dos mesitas destinadas para este
uso.
— Mi querido huesped, y vos, signora, dijo Al
berto en italiano, escusad mi estupor. Estoy aturdido
y es cosa muy natural: creo que me hallo en Orien
te, en el verdadero Oriente, no tan desgraciada
mente como yo lo be visto, sino como lo he soñado,
en el seno de París. En mi deliciosa ilusion oia hace
un instante, ahora poco, oia, digo, rodar los ómnibus
y sonar las campanillas de los vendedores de limona
— 453 —
da. Oh ! señora, que no sepa yo hablar el griego ! en
tonces vuestra conversacion, unidad todo lo que
me rodea, que me recuerda un cuento de hadas, for
marían una velada deliciosa que dejaría en mi co
razon hondos recuerdos para siempre.
— Hablo bastante bien el italiano para seguir esa
conversacion , caballero, dijo tranquilamente Hay-
dée , y haré todo lo posible ya que con tanía pa
sion amais el Oriente , para que le encontreis aquí.
— De que la he de hablar? preguntó en voz baja
Alberto á Monte-Cristo.
— De lo que gusteis ; habladla de su país , de su
juventud , de sus recuerdos , y si os parece mejor,
de Roma, de Nápoles ó de Florencia.
—Oh ! dijo Alberto, no seria una lástima por
cierto hallandome delante de una griega, hablar
la de todo lo que se hablaría á una parisiense? De
jadme que la hable de Oriente.
— En efecto , mi querido Alberto, es la conver
sacion que mas la agrada.
Alberto se volvió hácia Haydée.
— A que edad, signora, abandonasteis la Grecia?
preguntó.
— A los cinco años , respondió Haydée.
— Y os acordais de vuestra patria? preguntó Al
berto.
— Cuando cierro los ojos se me representa todo
lo que he visto. Hay dos miradas ; la mirada del
cuerpo y la del alma. La mirada del cuerpo se ol
vida algunas veces; pero la del alma no se olvida
jamás.
— 454 —
— Y cual es la época mas remota de que os po
deis acordar?
— Apenas andaba; mi madre á quien llamaban
Vasiliki — Vasiliki quiere decir real , añadió la jó
ven levantando la cabeza , — mi madre me cojia
de la mano y cubiertas las dos con un velo , des
pues de haber metido en el bolsillo todo el oro que-
poseiamos , ibamos á pedir limosna para los prisio
neros diciendo :
« El que dá á los pobres, presta al Eterno (i). »
Despues, cuando estaba bien henchido el bolsillo,
volviamos al palacio, y ocultándoselo hasta á mi pa
dre , enviábamos todo el dinero que habiamos re-
cojido, finjiendonos mendigas, á los limosneros del
convento que lo repartian entre los presos.
— Y en aquel entonces que edad teniais?
— Tres años, dijo Haydée.
— De modo que tendreis muy presente todo lo
que os ha pasado despues de la edad de tres años ?
— Si; todo.
— Conde, dijo en voz baja Morcerf á Monte-
Cristo , debierais permitir á la señora que nos con
tase algo de su historia. Me habeis prohibido que la
hable de mi padre , pero tal vez ella me hablará de
él , y no podeis figuraros que dicha me ha de cau
sar el oir pronunciar mi nombre por una boca tan
linda.
Monte-Cristo se volvió hácia Haydeé, y con un

(1) Proverbio XIX.


— 455 —
imperceptible guiño de ojo que indicaba prestarla
mayor atencion á la recomendacion que iba á ha
cerle , le dijo en griego :
— Pairos men aten , mé dé onoma prodoton kai
prodosiam, eipe emin (1).
Haydeé arrojó un prolongado suspiro y una nu
be sombria pasó por su pura frente.
— Que le decis? preguntó en voz baja Morcerf.
— Le repito que sois mi amigo y que no tiene
por ijue ocultar nada delante de vos.
— Asi pues, dijo Alberto, esa piadosa escursion
en favor de los presos es vuestro primer recuerdo,
cual es el otro?
— El otro?.... Me veo bajo la sombra de tos sico
moros , cerca de un manso lago cuyas azules y tran
quilas ondas entreveo aun al traves de las espesas ra
mas : apoyado en el árbol mas viejo y copudo estaba
mi padre sentado sobre almohadones, y yo, dé
bil niña, mientras que mi madre se hallaba recos
tada á sus pies , jugaba con su barba blanca , que
le bajaba hasta el pecho , y con el alfanje pendiente
de su cintura que tenia el puño de diamantes: me
acuerdo despues que de cuando en cuando se le acer
caba un albanésque le decia algunas palabras en las
cuales yo no paraba la atencion , y él respondia con
el mismo tono de voz, unas veces: matadlc! otras:
perdonadle pues !

(1) Palabra por palabra : « De tu padre la suerte , mas


no el nombre del traidor ni la traicion , cuéntanos. »
— 456 —
— Qué estraño es , dijo Alberto, oir tales cosas
de boca de una jóven fuera del teatro , estando se
guro de decir : esto es la realidad , aqui no hay nin
guna ficcion ! Y decidme preguntó Alberto , como
hallais laFrancia despues de haber visto aquel Orien
te tan poético , aquellas lontananzas tan maravillo
sas?
— Creo muy bien que es un hermoso pais, dijo
Haydeé , pero yo veo á la Francia tal cual es, por
que la miro con ojosae mujer: mientras que, al con
trario, mi pais que solohe visto con mis ojos de niña,
está para mi siempre velado por una niebla lumi
nosa ó sombria, segun mis recuerdos hacen de ella
una hermosa patria ó un lugar de amargos sufri
mientos.
— Tan jóven , signora , dijo Alberto cediendo á
su pesar á un sentimiento de compasion ; como ha
beis podido sufrir ?
Haydée se volvió hácia Monte-Cristo que mur
muró haciéndola una seña imperceptible :
— Eipe! (i).
— Todo loque forma el fondo del alma se en
cierra en los primeros recuerdos , y escepto los dos
que acabo de citaros, todos los demas de mi juven
tud son tristes.
— Hablad , hablad , signora , dijo Alberto, sabed
que os escucho con un gozo inesplicable.
Havdée se sonrió tristemente.

(1) Cuenta.
— 457 —
— Quereis que pase á mis otros recuerdos? dijo
ella.
— Os lo suplico, dijo Alberto.
— Pues bien! Tendria cuatro años cuando undia
mi buena madre vino á dispertarme : estábamos en
el palacio de Janina , y al arrancarme de los al -
mohadones en que reposaba, me tomó en sus brazos,
abri mis soñolientos ojos y vi los suyos preñados de
gruesas lágrimas. .
Sin decirme una palabra, me llevó consigo vio-
! entamente. Al ver que lloraba, yo tambien iba á
llorar.
— Silencio, hija mia ! me dijo.
Entre tanto , á pesar de los consuelos ó de las
amenazas maternales, caprichosa como todos los ni
ños, seguia ltorando; pero esta vez habia en la voz
de mi pobre madre un acento tan notable de terror,
que inmediatamente me callé.
Me llevaba andando rápidamente.
Entonces vi que descendiamos por una larga es
calera ; delante de nosotros todas las esclavas de mi
madre, llevando cofres, cajas, objetos preciosos,
adornos, joyas, bolsas llenas de oro, bajaban la
misma escalera, ó mas bien se precipitaban por ella.
Detrás de las mujeres venia una guardia de vein
te hombres armados con largos fusiles y pistolas, y
vestidos con ese traje que conoceis en Francia des
de que la Grecia llegó á ser una nacion.
Ah ! podeis creer , que se ocultaba alguna cosa
terrible en este espectáculo, añadió Haydeé menean
do la cabeza y palideciendo á este solo recuer
— 458 —
do, en aquella larga fila de esclavos y de mujeres ,
adormecidas aun , ó al menos , yo me lo figuraba
asi , pues creia adormecidos á los demas porque yo
misma lo estaba.
En la escalera veia yo sombras jigantestas que á
la inquieta luz de las antorchas de abeto oscilaban
trémulas en las bóvedas.
— Daos prisa! no hay tiempo que perder ! dijo
una voz en el fondo de la galeria.
La terrible voz que pronunció estas palabras, hi
zo humillar á todos la cabeza, como el soplo dela
tempestad hace inclinar silvando en la llanura un
campo de amarillas espigas.
A mi tambien me estremeció.
Esta voz esta voz era la de mi padre.
Iba el último de todos , vestido con un espléndido
traje , llevando en la mano la carabina que le ha
bia regalado vuestro emperador: caminaba apoyado
sobre su favorito Selim , y por último colocose á la
cabeza de la fujitiva turba , lo mismo que un pas
tor que conduce su rebaño de ovejas descarriadas.
Mi padre, continuó Haydeé levantando con or
gullo su cabeza , era un hombre ilustre conocido en
toda Europa bajo el nombre de Ali-Tebelin pachá
de Janina , y ante quien ha temblado la Turquia. »
Alberto , sin saber por qué, se estremeció al oir
estas palabras pronunciadas con un acento indefini
ble de altivez y de dignidad ; y le pareció ver bri
llar una ráfaga sombria y espantosa en los ojos
de la jóven , cuando semejante á una pitonisa que
evoca un espectro, despertó el recuerdo de aquella
— 459 —
sangrienta figura, á quien su trágica muerte hizo
aparecer gigantesca á los ojos de la Europa con
temporánea.
— Pronto, continuó Haydeé, se detuvo la comi
tiva pues habiamos llegado al pié de la escalera y
á orillas de un lago. Mi madre me estrechaba con
tra su palpitante pecho , y á dos pasos de donde yo
estaba vi á mi padre que arrojaba miradas inquie
tas á todos lados.
Cuatro escalones de mármol habia delante de no
sotros, y junto al último escalon se mecia en las in
quietas ondas una barca.
Una masa negra se veia alzarse desde donde es
tábamos, en el centro del lago ; era el Kiosco al
que nos dirigiamos, edificio que me parecia muy
(listante debido tal vez á la obscuridad.
Todos entramos en la barca ; aun me acuerdo de
que los remos no hacian ningun ruido al tocar el
agua , que me incliné para contemplarlos y que es
taban envueltos con los ceñidores de nuestros Pali-
caros.
Mi padre , mi madre , Selim y yo , sin mas com
pañia que los barqueros y algunas mujeres , erámos
los únicos que ibamos en aquella barca.
En la orilla del lago se habian quedado los Pa-
licaros dispuestos á sostener la retirada , arrodilla
dos en el último escalon y dispuestos á hacer con
sus cuerpos un muro en el caso de que hubiésemos
sido perseguidos.
Deslizábase rápida como el 'viento nuestra barca
por entre la espuma de las aguas.
— 460 —
— Porqué vá tan de prisa la barca? pregunté á
mi madre.
— Calla! hija mialdijo, es porque vamos hu
yendo.
No entendia sus palabras. Tenia acaso necesidad
de huir mi padre que era tan poderoso , delante del
cual huian siempre los demas y que habia tomado
por divisa.

Me temen puesto que me odian !

En efecto no era un paseo era una fuga por


el lago. Despues me dijeron que la guarnicion del
castillo de Janina, fatigada de un largo servicio...»
Aqui Haydée fijó su mirada en Monte-Cristo, cu
yos ojos no se separaban de los suyos.
La jóven continuó pues, lentamente , como si su
primiera ó inventára alguna circunstancia.
— Deciais signora , repuso Alberto , que pres-
taba la mayor atencion á esta relacion, que la
guarnicion de Janina, fatigada de un largo ser
vicio
— Habia tratado de su rendicion en los parlamen
tos que tuvo con el seraskier Kourdhid, enviado por
el sultan para apoderarse de mi padre ; fué enton
ces cuando mi padre tomó la resolucion de retirar
se, despues de haber enviado al sultan un oficial
franco en el cual tenia mucha confianza y creia un
dechado de lealtad , al asilo que el mismo se habia
preparado hacia mucho tiempo , y que llama Ka-
taphygtion , que quiere decir su refugio.
— 4ül —
— Y no recordais tambien , signora , preguntó
Alberto el nombre de ese oficial ?
Monte-Cristo cambió con la jóven una mirada rá
pida como un relámpago , que pasó desapercibi
da de Morcerf.
— No, dijo ella , no me acuerdo ; pero puede ser
que me acuerde despues y entonces os lo diré.
Alberto, ibaá pronunciar el nombre de su padre,
cuando Monte-Cristo levantó dulcemente el dedo en
señal de silencio : se acordó entonces el jóven de su
juramento y se calló.
— A este Kiosko era á donde se dirijia con tanta
rapidez nuestra barca.
Un piso bajo adornado de arabescos y cuya azo
tea bañaban las ondas , y un piso principal cuyas
ventanas caian al lago , era todo lo que podia ver
se de este palacio donde buscabamos asilo.
Internándose por una oscura escalera del piso
bajo se entraba en un subterráneo que penetraba en
la isla , vasta caverna donde nos condujeron á mi
madre , á mi y á nuestras mujeres , y donde habian
depositado, formando un solo monton, sesenta mil
bolsas y dos cientos toneles. En las bolsas habia vein
ticinco millones en oro, en los barriles treinta mil
libras de pólvora.
Junto á estos barriles, estaba Selim, el favorito
de mi padre, del cual os he hablado ya, velando dia
y noche con una lanza en cuyo estremo ardia cons
tantemente una mecha: tenia órden de hacerlo vo
lar todo, Kiosco, guardias, pachá, mujeres y oro,
ala primera señal de mi padre.
TOMO III. SI
— 402 —
Me acuerdo de que nuestras esclavas , sabedoras
de los espantosos proyectiles que las rodeaban , pa
saban dia y noche orando , llorando y gimiendo.
En cuanto á mi , no podré jamas apartar de mi
memoria á aquel jóven soldado de pálida tez y bri
llantes ojos , y cuando el ángel de la muerte des
cienda hasta mi , estoy segura de reconocer en él á
Selim.
Imposible me seria decir á punto fijo el número
de dias que estuvimos asi , porque hasta ignoraba
lo que era el tiempo en aquella época, y solo algu
nas veces que mi padre nos mandaba llamar á mi
madre y á mi á la azotea del palacio , eran las ho
ras de recreo para mi que no veia nunca mas que
el subterráneo con sus sombras tristes y doloridas,
y la mecha encendida de Selim. Mi padre, sentado
delante de una grande abertura , lanzaba á veces
una mirada sombría sobre las profundidades del ho
rizonte ,~Miterrogando cada punto negro que apa
recia en el lago , en tanto que mi madre , medio re
costada á su lado , apoyaba la cabeza sobre su hom
bro: yo jugaba á sus piés, admirando con ese
asombro de la infancia que hace jigantescos los ob
jetos , las preladas rocas del Pindo que penetraban
en el espacio azulado , los castillos de Jan i na , que
salian blancos y angulosos del fondo de las verdo
sas aguas del lago , las inmensas masas de verdura
negruzcas y agarradas á las peñas de la montaña
como plantas parásitas que parecen de musgo des
de lejos , siendo no obstante al considerarlos de cer
ca, jigantescos abetos y sombrios mirtos.
— 463 —
Una mañana mi padre nos mandó llamar; le en
contramos bastante tranquilo, pero mas pálido que
de costumbre.
— Ten paciencia , Vasiliki , dijo , hoy se acaba
rá todo ; porque hoy por fin , llega el firman del
señor y mi suerte será decidida. Si es completa la
gracia volveremos triunfantes á Janina; si la nue
va es mala , huirémos esta noche.
— Pero y si no nos dejan huir ? dijo mi madre.
— Oh! tranquilizate, respondió Ali sonriendo;
Selim y sn mecha encendida me responden de ellos.
Quisieran verme muerto , mas no bajo la condicion
de morir conmigo.
Sollozos y suspiros de dolor era el lenguaje con
que respondia mi madre á estos consuelos que no sa
lian por cierto del corazon de mi padre.
Le preparó con hielo el agua que bebiaá impulsos
de una sed ardiente que le causaba la abrasadora ca
lentura que desde su retirada al Kiosko le devoraba,
le perfumó su barba blanca y le encendió su pipa ,
en laqueá veces durante horas enteras seguia dis
traido, con los ojos en el humo que en variadas ondas
se elevaba por el espacio.
De repente hizo un movimiento tan brusco, que yo
me sobrecoji de miedo. Despues sin separar la vista
del punto en que fijaba su atencion, pidió sn anteojo.
Mi madre se lo entregó, mas blanca que el estuco
donde se apoyaba.
Yo vi que temblaba la mano de mi padre.
— Una barca!... dos!... tres!... murmuró mi pa
dre, cuatro!.,.
— m\ —
— Y se levantó, cojió sus armas, y me acuerdo
muy bien que llenó de pólvora la cazoleta de sus
pistolas.
— Vasiliki, dijo á mi madre con un estremeci
miento que no podia ocultar, llegó el instante que vá
á decidir de nosotros, y pasada media hora sabre
mos la respuesta del sublime emperador. Márchate...
retirate al subterráneo con Haydée.
— No quiero separarme de vos, dijo Vasiliki ; si
moris, mi señor, quiero morir con vos.
— Idos al lado de Seliml gritó mi padre.
— Adios señor ! murmuró mi madre obediente y
llena de terror como si viese cercana la muerte.
— Acompañadá Vasiliki! gritó mi padre á sus
Palicaros.
Me habian sin duda olvidado á mi y corri hacia
él, estendi mis manos, val verme, inclinándose ha
cia mi, puso sus ardorosos lábios sobre mi frente.
Oh ! este beso fué el último y aun le siento so
bre mi frente !
Al bajar distinguiamos á través de los enrrejados
de la azotea, las barcas, que iban haciéndose mayores
sobre la superficie del lago y que semejantes al prin
cipio á puntos negros, parecian ahora pájaros de mar
deslizándose sobre las ondas espumosas.
Durante este tiempo , en el Kiosko veinte Palica
ros, sentados á los piés de mi padre y ocultos en los
pedestales, esperaban, con ojos sangiientos la lle
gada de los bateles y tenian preparados sus largos
fusiles incrustados de nacar y de plata; veianse car
tuchos en gran número esparcidos sobre el pavi
— 465 —
mento, y mi padre miraba su reloj y se paseaba con
angustia/
Esta fué la circunstancia en que paré mas la
atencion , despues del beso que imprimió en mi fren
te y de la que me acuerdo mas cuando pienso en mi
padre.
Mi madre y yo que atravesamos el subterráneo,
vimos luego al terrible Selim que estaba siempre en
su puesto , y que al vemos se sonrió tristemente.
Fuimos á buscar unos almohadones á la parte opues
ta de la caverna, y nos sentamos al lado de Selim ;
en los grandes peligros se buscan los corazones que
padecen, y á pesar de ser entonces muy niña, cono
cia como por instinto que una gran desgracia pesaba
sobre nuestras cabezas. »
Alberto habia oido contar muchas veces, no á su
padre que jamás hablaba de ello, sino á algunos
estranjeros, los últimos momentos del visir de Jani-
ni: habia leido varios párrafos que los periódicos de
dicaron á escribir su muerte; pero aquella historia
contada por la hija del pachá, con aquel tierno acen
to , y aquella viviente elejia, le infundian á la vez un
encanto y un horror inesplicables.
Haydée, entre tanto entregada á aquellos terribles
recuerdos, habia cesado de hablar por un momento;
su frente, como una flor que se inclina en un diade
tempestad, descansaba sobre su mano; y sus ojos,
perdidos, sin fijeza, parecian ver en el horizonte las
verduzcas rocas del Pindo y las aguas azúles del la
go de Janina, espejo mágico que reflejaba el sombrio
cuadro que describia.
Monle-Cristo la miraba con una espresion indefi
nible de interés y de piedad.
— Continúa, hija mia, la dijo en griego.
Y como si las palabras sonoras y tiernas que el
conde acababa de pronunciar la despertasen de un
profundo sueño, Haydée levantó su frente abatida ,
y continuó:
— Eran las cuatro de la tarde: el dia era puro, y
el sol brillaba mas ardiente en el espacio, pero es
tábamos sumidos nosotros en la sombra del subter
ráneo.
Un solo resplandor brillaba en la caverna, seme
jante á una estrella en el fondo de un cielo negro...
Era la mecha de Selim.
Mi madre era cristiana, y rezaba.
Selim repetia de cuando en cuando estas palabras
sagradas: . -
— Dios es grande !
Entre tanto mi madre tenia aun alguna confianza,
porque al bajar al subterráneo habia creido reconocer
a! franco que habia sido enviado áConstantinopla,
y en el que mi padre tenia toda su confianza, por
que sabia que los soldados del sultan francés son
por lo general nobles y generosos
Dió algunos pasos hacia la escalera y escuchó.
— Se acercan, dijo; con tal que traigan la paz y
la vida!
— Qué temes, Vasiliki? respondió Selim con voz
suave y feroz á la vez, si no nos traen la paz !es da
remos la muerte.
Y atizaba la llama de su mecha con un ademan
— 467 —
que le hacia asemejarse al Dionyso de la antigua
Creta.
Pero yo que eratan niña aun y tan sencilla, te
nia miedo de aquel valor que me parecia feroz é in
sensato, y me asustaba de aquella muerte espantosa
en el aire y en las llamas.
MI madre sufria las mismas impresiones, pues la
scntia estremecerse.
— Dios mio t Dios mio! mamá, esclamé, vamos-
acaso á morir?
Al escuchar mis palabras crecieron los sollozos y
plegarias de las esclavas.
— Hija mia! dijo Vasiliki, Dios no permita que
llegue un dia en que desees esta muerte que tanto te
mes hoyl
Y despues , añadió en voz baja :
— Selim , cual es la órden de tu señor?
— Si me envia su puñal, es que el sultan se
niega á perdonarle, y prendo fuego; pero si me en
via su anillo , es que el sultan le perdona y apago la
mecha.
— Amigo, dijo mi madre, cuando llegue la órden
de tu amo, si te envia el puñal , en lugar de matar
nos á las dos con esa muerte que nos espanta, te pre
sentaremos el cuello y nos matarás antes con ese pu
ñal que nos espera sin duda.
— Bien, Vasiliki, respondió con calma el fiero
Selim.
De repente oimos fuertes alaridos, y escuchando
con ansia entre el mudo silencio del subterráneo, co
nocimos que eran gritos de alegria: y el nombre del
— 388 —
franco que habia sido enviado á Constantinopla re
sonaba repetido per nuestros Palicaros. Estábamos
perdonados! Era cierto que traia la contestacion del
sublime emperador, y que esta era favorable.
— Y no os acordais de ese nombre? dijo Morcerf
dispuesto siempre á ayudar la memoria de la histo
riadora.
Monte-Cristo le hizo una seña.
— No me acuerdo; respondió Haydée.
El ruido se aumentaba, resonaron pasos mas cer
canos, y se oia como bajaban la escalera del sub
terráneo.
Selim preparó su lanza.
Pronto apareció una sombra en el crepúsculo azu
lado que formaban los rayos de luz al penetrar hasta
la entrada del subterráneo.
— Quien eres? gritó Selim. Quien quiera que
seas, detente... no des un paso mas !
— Gloria al sultan! dijo la sombra. Traemos el
perdon al visir Ali, y no solo le salva la vida sino
que le devuelve el honor, su fortuna y sus bienes.
Mi madre lanzó un grito de alegria , y me estre
chó contra su corazon.
— Detente ! le dijo Selim, al ver que se prepa
raba ya para salir y no daré crédito á tus palabras
hasta que me entregues el anillo que es la convenida
señal.
— Es muy justo , dijo mi madre , y cayó de ro
dillas, levantándome hácia el cielo, como si al mis
mo tiempo que rogaba á Dios por mi , quisiera le
vantarme hácia él.»
— 469 —
Por segunda vez tuvo que pararse Ilaydée , pues
una profunda conmocion se apoderó de su pecho,
bañó su frente pálida un sudor frio y copioso, y
su fatigada voz parecia no poder salir de su gar
ganta.
Monte-Cristo llenó un vaso de agua helada y se lo
presentó diciendo con una dulzura en que se traslu
cia una nube pasajera de imperiosidad.
— Valor , hija mia.
Haydeé enjugo sus lágrimas y el sudor de su fren
te, y continuó.
Durante este tiempo , nuestros ojos , acostumbra
dos á la oscuridad , habian reconocido al enviado
del pachá que era un amigo.
Selim le habia reconocido , pero el valeroso jóven
no sabia mas que una cosa : obedecer.
— En nombre de quien vienes? le dijo.
— Vengo en nombre de nuestro señor, Ali Te-
belin.
— Si vienes en nombre de Ali, sabes lo que debes
entregarme?
— Si, le dijo el mensagero, te traigo su anillo.
Alzó á la altura de su cabeza una de sus manos,
y no pudimos reconocer bien el objeto que mostra
ba, porque estábamos demasiado lejos y habia poca
luz en el subterráneo.
— No veo lo que me enseñas, dijo Selim.
— Acércate, dijo el mensagero, ó me acerca
ré yo.
— Ni uno ni otro , respondió el jóven soldado ;
deja en el sitio donde estás y bajo este rayo de luz
TOMO III. í>2
— 470 —
el objeto que me muestras , y retirate hasta que lo
haya visto.
— Bien , dijo el mensagero.
Y despues de haber puesto en el sitio que Selim
le indicaba la señal de reconocimiento , se retiró el
mensagero.
Latia con inquietud nuestro corazon ; porque en
efecto , el objeto parecia ser un anillo. Pero queda
ba una duda todavia era de veras aquel el de mi
padre ?
Selim siempre con su lanza en la mano y la me
cha encendida, se dirijió ála abertura, se inclinó
radiante por el rayo de luz que daba en su rostro
y recojió la señal.
— El anillo de Ali-Tebelin nuestro señor ! dijo be
sándolo , está bien.
Y bajando la mecha que tiró contra el suelo , la
apagó con el pié.
El mensagero arrojó un grito de alegria y dió tres
palmadas. Al oir esta señal , cuatro soldados del se-
raskier Kourchid aparecieron en la puerta, y Selim
cayó atravesado de cinco puñaladas. Cada uno le ha
bia dado la suya.
Y en la bárbara embriaguez de su codicia , esta
ban aun empero pálidos de miedo , y se precipita
ron en el subterráneo, examinando todos los rin
cones para ver si aun habia fuego y arrastrándose
por entre los sacos de oro.
Me tomó en sus brazos mi madre mientras esto
sucedia, y con toda la ajilidad de que era capaz, se
precipitó hácia unas sinuosidades, cuyas revueltas
— 471 —
solo nosotras conociamos, llegando á una escalerilla
falsa del Kiosko, donde reinaba un tumulto espan
toso.
Las salas bajas estaban pobladas enteramente por
los Tehodoars de Kourchid , es decir , por nuestros
enemigos.
En el momento en que mi madre iba á empujar
la puertecita, oimos resonar con eco terrible y ame
nazador la voz de mi padre.
Mi madre se arrimó á las hendiduras de las tablas
y miré yo tambien por una de las aberturas que te
nia delante de mis ojos.
—Qué es lo que buscais? qué quereis de mi? de
cía mi padre á unos hombres que tenian en la mano
un papel con caractéres de oro.
— Lo que queremos, respondió uno de ellos, es
comunicarte las órdenes de S. A. Ves esta firma?
— La veo , dijo mi padre.
— Pues bien ! lee : pide tu cabeza.
Mi padre arrojó una carcajada mas espantosa que
lo hubiese sido una amenaza, y aun no habia cesa
do , cuando disparó dos pistoletazos matando á dos
hombres.
Se levantaron entonces é hicieron fuego los Pali-
caros que estaban escondidos al rededor de mi pa
dre, la cara contra el suelo, y la estancia en un
momento se llenó de ruido , de llamas y de humo.
Al momento empezó el fuego en la parte opuesta
y las balas agujerearon los tabiques en rededor de
nosotros.
Oh ! cuan hermoso y grande estaba el Visir Ali
— 172 —
Tebelin, mi padre, en medio de las balas, blandien
do la cimitarra en sus manos, y el rostro ennegre
cido por la pólvora ! cómo huian sus enemigos !
— Selim , Selim ! gritaba, centinela del fuego ,
haz tu deber.
— Selim ha muerto! respondió una voz que pa
recia salir de las profundidades del Kiosko, y tú,
mi señor Ali , estás perdido.
Oyóse al mismo tiempo una profunda y sorda de
tonacion y un tabique voló en mil pedazos en torno
de mi padre.
Los Tehodoars disparaban á traves de las abertu
ras de los tabiques ; tres ó cuatro Palicaros cayeron
con cien heridas y despedazados.
Mi padre rujia como un leon, introdujo sus de
dos por los agujeros de las balas y arrancó una ta
bla entera , dejando un hueco bastante grande para
poder huir como pensaba.
Pero al mismo tiempo por esta abertura estalla
ron veinte tiros; y las llamas, que salian como del
crater de un volcan , llegaron hasta las tapicerias
que devoraban.
En medio de todo este espantoso tumulto , en me
dio de esta griteria atronadora y terrible , dos gritos
mas fuertes que los demas , dos gritos desgarradores
sobre todos los gritos , me helaron de terror.
Aquellas dos esplociones habian herido de muerte
á mi padre , y él fué quien lanzó los dos gritos.
Á pesar de sus sangrientas heridas, lleno de pol
vo, moribundo y pálido, permanecia en pié y agar
rado á una ventana : mi pobre madre sacudia la
— 473 —
puerta para ir á morir con él , pero felizmente es
taba cerrada por dentro.
Á su alrededor los Palicaros se torcian en las hor
ribles convulsiones de la agonia y dos ó tres que no
estaban heridos ó al menos lijeramente se lanzaron
por las ventanas
Al mismo tiempo cayó en escombros con sordo
estruendo toda una pared entera: cayó mi padre so
bre una de sus rodillas: al verle, veloces se dirigie
ron hácia él veinte brazos, armados de sables, pis
tolas y puñales, que hirieron á la vez á un solo hom
bre , y mi padre desapareció en un torbellino de
fuego, atizado por aquellos demonios que rujian co
mo si el infierno se hubiera abierto á sus piés.
Me parecia que rodaba el suelo en vertigo espan
toso : mi madre se habia desmayado.»
Haydeédejó caer sus brazos arrojando un Remido,
y mirando al conde como para preguntarle si estaba
satisfecho de su obediencia.
El conde se levantó, se le acercó, la cojió una
mano y la dijo en griego :
— Descansa querida hija , y recobra un poco de
valor pensando que hay un Dios que castiga á lo
traidores.
— Esa es una historia espantosa, conde , dijo Al
berto asustado de la palidéz de Haydeé, y ahora me
echo en cara el haber sido tan cruelmente indis
creto.
— No ha sido nada, respondió Monte-Cristo; y
poniendo su mano sobre la cabeza de la jóven conti
nuó:
— 474 —
— Haydée es una joven tan valiente como su pa
dre , y muchas veces ha encontrado alivio á sus ma
les hablando de sus dolores.
— Porque , señor , dijo vivamente la jóven , por
que mis dolores me traen á la memoria tus nobles
beneficios.
Alberto la miró con curiosidad porque aun no le
habia contado lo que deseaba saber , es decir , como
habia llegado á ser esclava del conde.
Haydeé vió á un mismo tiempo retratos de este
deseo en las miradas del conde y en las de Alberto.
Y continuó :
— Guando volvió mi pobre madre de su desmayo,
estabamos delante del seraskier.
— Matadme , dijo mi madre sollozando pero res-
petad el honor de la viuda de Ali.
— Es una suplica qne no debes dirijirme á mi,
contestó Kourchid.
— A quién pues?
— A tu nuevo amo.
— Quiénes?
— Mirale.
Y Kourchid nos mostró uno de los que habian con
tribuido mas á la muerte de mi padre ; continuó la
jóven reflejando su rostro una cólera sombria.
— Entónces , preguntó Alberto : fuisteis esclavas
de aquel hombre?
— No , respondió Haydeé porque no tuvo valor
para guardarnos á su lado, y muy pronto nos vendió
á unos mercaderes de esclavos que iban á Constan-
linopla. Atravesamos la Grecia y llegamos moribun
— -475 —
das á la puerta imperial inundada de curiosos que
se apartaban para dejarnos pasar , cuando de pron
to mi madre impelida por un misterioso afan siguió
con sus ojos la direccion de las miradas de la muche
dumbre, arrojó un grito y cayó, mostrandome una
cabeza que habia encima de la puerta.
Debajo de esta mutilada y espantosa cabeza se
veian escritas estas palabras.
« Esta es la cabeza de Ali-Tebelin , pachá de
-lanina. »
Hice esfuerzos para levantar á mi madre, llorando
amargamente... En vano: mi madre estaba muerta!
Fui conducida al bazar donde un rico armenio me
compró , me instruyó , luego me dió maestros , y
cuando cumpli trece años me vendió al sultan Mah-
moud.
— Á quien se la compré , dijo Monte-Cristo , como
os he dicho en otra ocasion Alberto , por aquella
esmeralda semejante á la en que guardo mis pastillas
de hatchis.
— Oh ! tú eres bueno ! tú eres grande ! señor ;
dijo Haydée besando la mano de Monte-Cristo , y me
creo bien feliz en pertenecerte.
Tan absorto estaba Albertoque casi no podia creer
lo que acaba deoir.
— Acabad vuestra taza de café, le dijo el conde,
pues la historia se ha concluido.
— 477 —

17.

NOS ESCRIBEN DE JANIÑA.

T an inmutado y lleno de terror habia salido Franz


d'Epinay del cuarto del anciano Noirtier que hasta
la misma Valentina no pudo reprimir su compasion.
Viliefort que solo habia articulado algunas pala
bras aisladas y sin conecsion y que habia ido á escon
derse en su gabinete , recibió dos horas despues la
siguiente carta :
« Despues de lo que me ha revelado esta mañana,
TOMO III. 83
— 478 —
el señor Noirtier me parece que el señor de Villefort
no podrá suponer que sea ya posible una alianza en
tre su familia y la de Franz de Epinay. Franz d'Epi-
nay tiene horror siquiera de abrigar por un mo
mento la idea de que el señor de Villefort, que pare
cia saber los acontecimientos referidos esta mañana,
no lo haya advertido antes. »
Cualquiera que hubiese visto en este momento al
magistrado agoviado por un golpe tal , nadie hu
biera freido que lo pudiera proveer; en efecto,
nunca se habia creido que su padre llevaría su fran
queza, ó mas bien su rudeza hasta el ruidoso estre
mo de contar semejante historia.
Y aunque es muy cierto que era asunto de mu
cha indiferencia para el señor Noirtier , que su hijo
formase la opinion que tuviera de sus acciones;
nunca se habia ocupado de aclarar este hecho á los
ojos de Villefort , quien estaba en la creencia equi
vocada y generalmente admitida de que el señor
Quesnel, ó el baron d'Epinay, habia muerto asesi
nado y no en un duelo leal como acababan de pro
bárselo.
Esta carIa tan dura de un joven tan respetuoso
hasta entonces, era mortal para el orgullo de un
hombre como Villefort.
Apenas acabára de entrar en su gabinete, se pre
sentó en él su mujer.
La salida de Franz, llamado por el señor de Noir
tier, habia asombrado de tal modo á todo el mundo,
que la posicion de la señora de Villefort, que se ha
bia quedado sola con el notario y los testigos , era
— -479 —
cada vez mas embarazosa. Entonces la señora de
Villefort tomó una determinacion y salió anuncian
do que iba á adquirir noticias.
El señor de Villefort se contentó con decirla que
á consecuencia(de una discusion entre él , el señor
de Noirtiery* el señor d'Epinay , se habia deshecho
del todo su casamiento con Valentina.
Dificil era esplicar esto á los que esperaban ; de
modo que la señora de Villefort , al entrar , se con
tentó con decir que el señor de Noirtier tuvo al prin
cipio de la conferencia un insulto de apoplegia, y que
por esta razon el contrato se dilataba naturalmente
para pasados algunos dias.
Esta noticia , á pesar de ser falsa , causó tal es
trañeza despues de las dos desgracias del mismo gé
nero, que los que la oyeron se miraron asombrados,
y se retiraron sin decir una palabra.
Durante este tiempo Valentina, feliz y espantada
á un mismo tiempo, despues de haber abrazado y
dado gracias al débil anciano que acababa de rom
per de un solo golpe una cadena que ella miraba
como indisoluble , pidió que la dejase retirar á su
cuarto , para ponerse sobre si , y Noirtier la conce
dió lo que pedia , con sus miradas.
Valentina siguió un camino bien diferente que el
que guiaba hasta su cuarto , pues saliendo al corre
dor lanzose al jardin con rapidéz por la puertecita.
En medio de todos los acontecimientos que acababan
de seguirse unos á otros , un terror sordo habia opri
mido constantemente su corazon , y esperaba de un
momento á otro ver aparecer á Morrél pálido y ame
— 480 —
nazador como el laird de Ravenswood en el contrato
de Lucia de Lammermoor.
Ya era en efecto entonces tiempo de que llegase
Maximiliano á la reja, y este que con razon sospe
chara lo que iba á pasar al ver á Franz salir del ce
menterio con el señor de Villefort , le habia seguido;
despues le habia visto salir y entrar de nuevo con
Alberto y Chateau Renaud. Para él ya no habia du
da alguna, y se dirigió hácia su huerta preparado á
cualquier acontecimiento , y seguro de que al primer
momento de libertad , Valentina correría á buscarle.
No se habia engañado Morrét ; sus ojos pegados
á las rendijas de las tablas vieron aparecer en efecto
ala joven , que sin tomar ninguna de las precaucio
nes de costumbre , corría hácia la reja.
Á la primera mirada que la dirijió , Maximiliano
se tranquilizó ; y á la primera palabra que pronun
ció, el jóven dió un salto de alegría.
— Salvados ! dijo Valentina.
— Salvados ! repitió Morrét no pudiendo creer en
semejante felicidad : por quien hemos sido salvados ?
— Por mi abuelo. Oh ! amadle mucho , Morrél !
Morrél juró amar al anciano con toda su alma, y
este juramento le hacia con tanto mas placer cuanto
que desde este momento no solo le amaba como á
un amigo , sino que le adoraba como á un Dios.
— Pero como ha sucecido? preguntó Morrél, de
que medios tan estraordinarios se ha valido para ven
cer su obstinacion?
Infiel á conservar el secreto horrible que encerra
ba aquella escena pasada en el cuarto de su abuelo,
— 481 —
iba ya á desplegar los lábios para contarselo todo;
pero se acordó de que en aquel misterioso acon
tecimiento no se interesaba tan solo el anciano Noir-
tier.
— Os lo contaré todo, dijo; pero mas tarde.
— Pero cuando?
— Cuando sea vuestra mujer.
Era esto colocar la conversacion en un terreno en
el que Morrél vencido por su gusto accedia á todo
cuanto le pedia Valentina: y reflexionó que bastante
era para un dia loque acababa de saber, pero no
consintió en retirarse sino despues de haber exijido
la promesa de que veria á Valentina el dia siguiente
por la noche.
Valentina prometió loque quiso Morrél.
Todo habia cambiado á sus ojos, y ya puede
pensarse que le era menos difícil confiar ahora en
que se casaría con Maximiliano, que creer antes de
que no se casariacon el señor Franz.
Durante este tiempo, la señora de Villefort subió
al cuarto del señor Noirtier.
Noirtierla miró con aquellos ojos sombríos y se
veros con que acostumbraba recibirla.
— Caballero, le dijo ella, no necesito deciros que
el casamiento de Valentina se ha deshecho, puesto
que aqui esdondeha tenido lugar ese acto.
Noirtier permaneci .ó impasible.
— Pero, continuó la señora de Villefort, lo que
vos no sabeis, caballero, es que yo he hecho siem
pre una inflecsible oposicion á ese casamiento que
hubiera llegado á efectuarse á mi pesar.
TOMO III. Oí
— 482 —
Noirtier miró á su nuera como pidiéndola una es-
plicacion.
— Ahora que se ha deshecho ese casamiento por
el cual yo sabia la repugnancia que teniais, voy á
dar un paso que no podrian dar el señor de Villefort
ni su hija.
Los ojos de Noirtier preguntaron qué paso era el
que queria dar.
— Vengo á haceros una súplica, caballero, con
tinuó la señora de Villefort, pues me reconozco co
mo la única que tengo derecho á hacérosla por la
razon de no sacar de su logro ninguna útilidad ni
obrará impulsos del interés; vengo puesá suplica
ros que devolvais á vuestra nieta Valentina no vues
tro cariño porque este nunca se lo habeis retirado,
sino vuestra fortuna de laque la habeis despojado con
crueldad.
Los ojos de Noirtier permanecieron un instante
indecisos pues era muy razonable el pensar que bus
caba los motivos de este paso y no podia hallarlos.
— Puedo esperar, caballero, dijo la señora de
Villefort, que vuestras intenciones estén en armonia
con la súplica que he venido á haceros?
Si, espresó Noirtier.
— En este caso , caballero, dijo la señora de Vi
llefort , me retiro feliz y al mismo tiempo reco
nocida.
Y despues de saludar al señor Noirtier, se re
tiró.
En efecto, al dia siguiente Noirtier, mandó lla
mar al notario: se anuló el primer testamento que
— 483 —
se hizo pedazos, y dictó otro en el que dejaba todas
sus riquezas á Valentina, bajo la espresa condicion
de no separarla de su lado.
Algunas personas calcularon entonces que la se
ñorita de Villefort, heredera del marqués y de la
marquesa de Saint-Merán y habiendo recobrado el
favor de su abuelo, llegaria á tener algun dia tres
cientas mil libras de renta.
Mientras que se rompia este casamiento en casa
de los Villefort, el señor conde de Morcerf recibió la
visita del conde de Monte-Cristo, y para mostrar sus
ganas de complacer áDanglárs, se vistió su gran
uniforme de teniente general donde habia hecho bor
dar muchas cruces y pidió sus mejores caballos.
Dispuesto asi , se dirigió á la calle de la bajada de
Antin y se hizo anunciar áDanglárs, que á la sazon
estaba ocupado seriamente en hacer su exámen de ca
ja de fin de mes.
Y por cierto que era un momento , especialmen
te desde algun tiempo hacia, el que peor podia esco-
jerse para encontrar á Danglársde buen humor.
De modo que cuando vió á su antiguo amigo , Dan-
glárs tomó su aire magestuoso y se arrellanó en su
sillon.
Morcerf, tan entonado por costumbre, habia
afectado al contrario un aire risueño y afable; y
guiado por la ciega seguridad que abrigaba de que
su primera frase produciria una buena acojida, no
se valió de rodeos diplomáticos, y llegó de golpeá su
objeto.
— Baron, dijo aqui me teneis. Ya hace mucho
— 484 —
tiempo que no hemos hablado de la palabra que nos
dimos...
Morcerf esperaba que se alegrase la fisonomia del
banquero al oir estas palabras, pero al contrario,
esta fisonomia casi se volvió mas impasible y fria
que antes.
Esta es la razon porque Morcerf se detuvo en me
dio de su discurso.
— Deque palabra hablais, señor conde? pregun
tó el banquero como si buscase en vano en su ima-
jinacion la esplicacion de lo que el general queria
decir.
— Oh! dijo el conde , llevais á punto de lanza las
formalidades, querido señor mio, y me recordais que
el ceremonial debe hacerse en toda regla. Perfecta
mente, por mi vidal Perdonadme, porque como no
tengo mas que un hijo, y es la primera vez que
pienso en casarle, estoy aun en el aprendizaje; vaya,
veamos ahora.
Y Morcerf, con una sonrisa forzada, se levantó,
hizo una profunda reverencia á Danglárs , y le dijo:
— Señor baron , tengo el honor de pediros la ma
no de la señorita Eugenia Danglárs, vuestra hija ,
para mi hijo, el vizconde Alberto de Morcerf.
Pero Danglárs , en vez de acojer estas palabras
eomo un favor que Morcerf podia esperar de él, frun
ció el entrecejo, y sin invitar al conde que estaba en
pié á que se volviese ásentar:
— Señor conde , dijo , no hay dia en que no tenga
mos ocasion de ver que hay cosas en que la reflexion
obliga á deshacer lo que se ha hecho.
— 485 —
— A qué viene eso? preguntó Morcerf cada vez
mas asombrado; no os entiendo, baron.
— Quiero decir , señor conde que hace quince dias
se han cruzado ciertas circunstancias...
— Permitidme , dijo Morcerf, acaso estamos re
presentando una comedia?
— Cómo una comedia?
— Si espliquémonos categoricamente.
— No os pido otra cosa.
— Habeis visto á Monte-Cristo?
— Lo veo muy á menudo, dijo Danglárs con pe
tulancia, porque es uno de mis amigos.
— Pues bien ! una de las últimas veces que le ha
beis visto le dijisteis que yo era un olvidadizo, y que
no acababa de tomar una resolucion respeto al casa
miento.
— Es verdad.
— Bueno pues! Vedmeaqui, y ved que no soy un
olvidadizo, ni me falta resolucion ; cosa que veis
bien clara puesto que vengo á recordaros vuestra
promesa.
Danglárs no respondió.
— Habeis cambiado en estos dias de parecer, aña
dió Morcerf, ó no habeis provocado esta demanda si
no para tener el placer de darme un sonrojo?
Danglárs comprendió que si continuaba la conver
sacion en el tono en que la habia emprendido, la co
sa podia cambiarse en su daño.
— Señor conde, dijo, teneis derecho á sorprende
ros de mi reserva, lo comprendo, creed no obstan
te que primero he tenido ese pesar que vos , y que si
— 486 —
no me es posible obrar de otra manera, es porque
circunstancias imperiosas me lo ecsijen sin poderlas
evitar.
— Esas palabras son disculpas mal forjadas, mi
querido amigo , dijo él conde, con las que se podria
contentar al primer recien venido; pero el conde de
Morcerfno es un recien venido; y cuando un hom
bre como él vá á encontrar á otro hombre para re
cordarle la palabra empeñada, y este hombre se
burla de sus promesas con tanta lijereza, tiene de
recho á exijir que le den otra razon de mas peso.
Danglárs era cobarde, pero no quería aparen
tarlo y demostró enojarse del tono que tomaba Mor-
cerf.
— No son razones de peso lasque me faltan, re
plicó.
— Qué quereis decirme?
— Que tengo una razon que os convencería, pe
ro que es difícil decirla.
— Sin embargo, conoceis muy bien dijo, Morcerf,
que yo no puedo quedar satisfecho de vuestras re
ticencias ; y lo único que veo mas claro en todo es
to, es que rechazais mi alianza.
— No señor, dijo Danglárs, suspendo mí reso
lucion ; á esto se reduce todo.
— Pero yo creo que no abrigareis la pretension de
suponer que me he de someter á vuestrosscapri-
chos, hasta el punto de esperar tranquila y humil
demente que llegue el dia en que vuelva á gozar
de vuestros favores.
— Entonces, señor conde, si no podeis esperar,
— 487 —
consideremos nuestros proyectos como si nada se hu
biese hablado.
El conde se mordió los labios hasta saltársele la
sangre , y sufria en no poder dar rienda suelta á
su furor; no obstante, comprendiendo que en ta
les circunstancias el ridiculo estaria de su parte , ya
habia empezado á acercarse á la puerta del salon ,
cuando reflexionando , volvió atrás.
Una nube acababa de pasar por su frente , dejan
do en vez del orgullo ofendido, las huellas de una
vaga inquietud.
— Veamos , dijo , mi querido Danglárs, no es tan
reciente la amistad que nos une, y hace ya muchos
años que nos conocemos bien reciprocamente para
que olvidemos que no debiamos faltar á las conside
raciones de los buenos amigos. Vos me debeis una
esplicacion , porque me parece muy puesto en razon
que yo sepa á que desgraciado accidente d¿be mi
hijo ia pérdida de los buenos deseos que abrigabais
en su favor.
— No es cosa que atañe personalmente al vizcon
de , es todo cuanto puedo deciros , caballero , res
pondió Danglárs que se volvia mas impertinente
cuanto mas se ablandaba Morcerf.
— Y á quien toca personalmente pues? preguntó
con voz alterada Morcerf, cuya frente se cubrió de
palidéz.
Danglárs que espiaba todos sus movimientos , no
dejó de notar estos sintomas y le fijó una mirada
mas tranquila y penetrante que las demás.
— Dadme gracias porque no me esplico mas , dijo.
— 488 —
Un temblor nervioso , que sin duda provenia de
una cólera contenida, ajitaba á Morcerf.
— Tengo derecho , respondió haciendo un esfuer
zo sobre si mismo ; tengo derecho á exijir que os es-
pliqueis; teneis algo contra la señora de Morcerf?
es acaso porque mi fortuna no es tan considera
ble corno la vuestra ? O acaso porque mis opiniones
son contrarias á las vuestras?....
— Nada de todo lo que decis, repuso Danglárs ;
en ese punto no se me podria perdonar porque me
comprometi sabiendo todo eso. No, no averigueis,
porque me avergüenzo yo mismo de obligaros á este
exámen de conciencia. Quedémonos como estába
mos: creedme : esto es los que debemos hacer. Na
die nos corre ! que demonio !..,. Mi hija tiene diez
y siete años, y vuestro hijo veinte y uno. Durante
la demora , el tiempo mismo os dirá las razones
porque obro asi y las cosas que en la vispera ve
mos tan oscuras como una noche de tormenta se
nos presentan al dia siguiente tan claras como el
agua; las mas veces por efecto de una palabra, por
esperar un solo dia , quedan borradas las mas gra
ves calumnias.
— Calumnias ! qué habeis dicho, caballero? es
clamó Morcerf poniéndose livido. Me han calumnia
do á mi ?
— Señor conde, lo que os digo es que lo mejor
s< ria no entrar en esplicaciones , os lo suplico.
— Con que es decir, caballero, que tengo que su
frir tranquilamente esa negativa.....
— Penosa para mi sobre todo , caballero. Os juro
que mas penosa que para vos , porque yo contaba
con el honor de vuestra alianza, y un casamiento
desbaratado causa siempre mas perjuicio á la mu
jer que al hombre.
— Está bien , caballero , no hablemos mas de
ello, dijo Morcerf.
Y estrujando sus guantes con rabia , salió de la
habitacion.
üanglárs observó que ni una vez siquiera se le
habia escapado á Morcerf la menor palabra en que
manifestase el deseo de saber si era por su causa que
aquel le retiraba su palabra.
Aquella noche tuvo una larga conferencia con
muchos amigos, y el señor Cavalcanti, que habia
estado constantemente en el salon de las señoras ,
salió el último de la casa del banquero.
AI despertarse al dia siguiente, Danglárs pidió
los periódicos que al punto le trajeron, y separó tres
ó cuatro para tomar el Imparciat.
Este era aquel de que Beauchamp era redactor
principal.
Rasgó rápidamente la cubierta, lo abrió con una
precipitacion nerviosa , pasó desdeñosamente la vis
ta por el artículo de fondo , y habiendo llegado á las
noticias varias, se detuvo con una sonrisa maligna
en un párrafo que comenzaba por estas palabras :
« Nos escriben de 3aniña »
— Bravo ! dijo despues de haberlo leido ; he aquí
un final de párrafo que habla del coronel Fernan
do y me ahorrará, segun toda probabilidad el tener
que dar espiraciones al señor conde de Morcerf.
— 490 —
Casi al mismo tiempo que pasaba esta escena ,
es decir á eso de las nueve de la mañana , Alberto
de Morcerf , vestido de negro , abotonado el frac con
método , el paso ajitado y escaso de cumplimientos ,
se presentaba en la casa de los campos Eliseos.
— Hace cerca de media hora que el señor conde
acaba de salir, dijo el portero.
— Le ha acompañado Bautista? preguntó Mor
cerf.
— No, señor vizconde.
— Llamad pues á Bautista, porque quiero decir-
ledos palabras.
El portero mismo se encargó de ir á buscar al
ayuda de cámara y aj instante volvió con él.
— Amigo mio , dijo Alberto , os pido perdon por
mi indiscrecion ; pero he querido preguntaros á vos
mismo si era cierto que vuestro amo habia salido.
— Si, señor , respondió Bautista.
— Tambien para mi ?
— Yo sé cuanto gusto tiene mi amo en recibiros
¿^ . señor, y me guardaria muy bien de confundiros en
una medida general.
— Tienes razon ; porque tengo que hablarle de
un asunto muy serio. Crees tú que tardará mucho
en volver?
— No , porque ha mandado que le tengan prepa
rado el almuerzo para las diez.
— Bien, voy á dar una vuelta por los campos
Eliseos , á las diez estaré aqui y si el señor conde
vuelve antes, dile que tenga la bondad de esperarme.
— Sereis servido, señor, y podeis estar seguro.
— 491 —
Alberto dejó á la puerta del conde su cabriolé de
alquiler que le habia conducido , y se fué á pasear
á pié.
Pasaba por delante de una calle de árboles del
paseo de las Viudas , cuando le pareció reconocer
los caballos del conde esperando á la puerta del ti
ro de Gosset ; acercóse y despues de haber visto que
eran efectivamente sus caballos , reconoció tambien
al cochero.
— Está en el tiro el señor conde? le preguntó
Morcerf.
— Si señor , contestó el cochero.
En efecto , ya habia oido Alberto muchos disparos
regulares despues que se hubo asurcado á aquel sitio.
Entró. En el jardin estaba el mozo.
— Perdonad, dijo , pero el señor vizconde tendrá
la bondad de esperar un instante.
— Porqué, Felipe? preguntó Alberto que á fuer
de parroquiano de aquel tiro se admiraba de un
obstáculo que no esperaba.
— Porque la persona que se ejercita en este mo
mento toma el tiro para él solo, y nunca tira de
lante de nadie.
— Ni aun delante de vos, Felipe?
— Bien lo veis , caballero puesto que estoy á la
puerta de mi habitacion.
— Y quién le carga las pistolas?
— Su criado.
— Un nubio?
— Un negro.
— Eso es.
— 492 —
— Conoceis pues á ese caballero?
— Le vengo á buscar , es amigo mio.
— Oh ! entonces ya es otra cosa y voy á entrar á
avisarle.
Y Felipe, llevado tambien de su curiosidad , en
tró en la barraca de tablas.
Un segundo después, se presentó Monte-Cristo so
lo en el dintel de la puerta por donde entró Felipe.
— Dispensad el que os haya perseguido hasta
aqui, mi querido conde, dijo Alberto ; pero empie
zo por deciros que nadie mas que yo tiene la cul
pa y que yo solo soy el indiscreto. He ido á vues
tra casa; y me dijeron que habiais salido para no
volver hasta las diez en cuya hora os esperan para
almorzar, y como para hacer tiempo, me vine á
pasear hasta aqui por casualidad , reconoci vuestros
caballos y vuestro carruaje.
— Lo que me estais diciendo me hace concebir la
esperanza de que almorzaremos juntos.
— No, gracias; ahora no se trata de almorzar,
tal vez almorzaremos mas tarde, pero en mala com
pañia, vive Dios!..
— Qué diablos me estaiscon tando?
— Querido , me bato holpf mismo.
— Vos ! y porqué ?
— Porqué me bato , pardiez !
— Si ya entiendo pero porqué motivo? Ya
sabeis que uno se bate por mil co^as.
— Por el honor.
— Ah ! eso es mas grave de lo que yo pensaba.
— Tan grave, que vengo á pediros un favor.
— 493 —
— Cuál ?
— Que seais mi testigo.
— Entonces, es todavia mas grave; no hablemos
nada aqui y volvamos á mi casa. Ali , dame agua.
El conde se arremangó las mangas de su camisa
y pasó al vestibulo , que precede al local de los ti
ros y donde los tiradores acostumbran á lavarse las
manos.
— Entrad, señor vizconde, dijo Felipe en voz
baja , vereis una cosa chocante.
Morcerf entró. En lugar de pequeñas manchas el
blanco estaba lleno de naipes.
De lejos , Morcerf creyó que era un juego comple
to porque habia desde el as hasta el diez.
— Ah! ah ! dijo Alberto , os ocupabais jugando á
los cientos?
— No dijo el conde, estaba acabando de hacer
una jugada. . .
— Cómo ?
— Lo que ois ; como veis no habia mas que ases
y doses, pero mis balas han hecho treses, cincos,
sietes , ochos , nueves , y dieces.
Alberto se acercó. '
Las balas en efecto habian reemplazado á los sig
nos que faltaban en lineas perfectamente trazadas
y á distancias exactamente iguales , y traspasado el
carton en el sitio en que debiera estar pintado.
Tambien al marchar hácia al blanco , Morcerf
recogió dos ó tres golondrinas que habian tenido la
imprudencia de pasar á tiro del la pistola de conde
quien las mató sin compasion.
— 494 —
— Diablo! esclamó Morcerf.
— Qué quereis? mi querido vizconde, dijo Mon
te-Cristo enjugándose las manos en una toalla que
le trajo Ali , en alguna cosa me habia de ocupar
precisamente durante mis ratos de ocio ; pero vá
monos porque os estoy esperando.
— Subieron los dos al carruaje de Monte-Cristo
que les trasladó al cabo de pocos instantes á la puerta
de la casa número 30.
Monte-Cristo condujo á Morcerf ásu gabinete , y
le mostró un sillon.
Los dos se sentaron.
— Ahora , hablemos tranquilamente , dijo el
conde.
— Bien veis que estoy perfectamente tranquilo.
— Con quién quereis batiros?
— Con Bcauchamp.
— No es uno de vuestros amigos?
— Con los amigos es con los que se bate uno siem
pre.
— Al menos dadme una razon.
— Una tengo.
— Qué os ha hecho ?
— En su periódico de ayer tarde hay Pero to
mad , leed.
Alberto presentó á Monte-Cristo un periódico en
que se leian estas palabras :
« Nos escriben de Janina : »
«Hemos llegado á descubrir un hecho importante
ignorado hasta ahora ó cuando menos sabido por
pocos. Los castillos que defendian dicha ciudad fue
— 495 —
ron entregados á los turcos por un oficial francés ,
en el que el visir Ali-Tebelin habia depositado to
da su confianza y cuyo nombre era Fernando. »
— Vamos á ver ! preguntó Monte-Cristo, qué es
lo que veis hasta ahora que os pueda causar desho
nor?
— Decis que es lo que veo ?
— Si. Qué os importa que los castillos de Janina
hayan sido entregados por un oficial llamado Fer
nando ?
— Me importa mucho porque mi padre, el con
de de Morcerf se llama Fernando.
— Y vuestro padre servia á Ali-Pachá?
— Es decir , combatia por la independencia de los
griegos : y en esto es donde encuentro la calumnia.
— Ah ah ! mi querido vizconde, hablemos razo
nablemente.
— Eso es lo que quiero.
— Decidme por vida mia ! quién diablos sabe en
Francia si el oficial Fernando es el mismo conde
de Morcerf y quién se ocupa á estas horas en Jani
na que fué tomada en 1822 ó en 1823 , segun creo?
— Ved pues donde está justamente la perfidia:
han dejado pasar tiempo, para venirnos hoy con su
cesos olvidados causando un escándalo que pudiera
empañar una elevada posicion. Ved aqui la traicion.
Pues bien ! yo, heredero del nombre de mi padre,
yo no quiero que sobre este nombre haya ni aun la
sombra de una duda. Voy á mandar á Beauchamp,
cuyo periódico ha publicado este párrafo, dos testi
gos , y lo retractará.
— 496 —
— Beauchamp no se retractará en nada.
— Entonces nos batiremos.
— No, no os batireis, porque os responderá que
tal vez habia en el ejército griego cincuenta oficia
les que se llamasen Fernando.
— Nos batiremos á pesar de esa contestacion. Oh !
quiero que esto desaparezca Mi padre, un sol
dado tan noble una carrera tan ilustre
— O bien pondrá : estamos seguros de que este
Fernando nada tiene que ver con el conde de Mor
cerf, cuyo nombre de pila es tambien Fernando.
— Necesito una retractacion completa y que no
deje duda alguna. Pensais que me contentaria con
eso solo ?
— Y vais á enviarle vuestros testigos ?
— Si. ' •
— Hareis mal.
— Ese era el favor que venia á pediros.
— Ah ! sabeis mi modo de pensar en asuntos de
desafios; no os acordais que os hice en Roma mi
profesion de fé ?
— Sin embargo esta mañana os he hallado con
mucho afan entretenido en una ocupacion que está
en poca armonia con esa teoria.
— Porque vos comprendereis amigo mio que no
siempre es uno dueño de ser diferente de los demás
hombres , y que cuando uno vive entre locos , es
preciso tambien aprender á ser insensato pues nadie
impide que de un momento á otro, algun cérebro aca
lorado, que tendrá tanto motivo para buscarme una
disputa como vos para buscársela á Beauchamp, pue
— 491 —
da venirme á incomodar por cualquiera necedad , y
meenvie sus testigos, ó me insuHe en público. No es
asi ? Pues , seria preciso aniquilar ese cerebro ar
diente.
— Conque conoceis que tambien vos os batiriais?
— Par diez !
— Pues bien ! entonces por qué no quereis que
yo me bata ?
— No digo que vos no debais batiros ; digo sola
mente que un duelo es una cosa muy grave , y en
lo que es preciso reflexionar.
— Y él ha reftexionado para insultar á mi pa
dre?
— Si no ha reflexionado, y os lo confiesa , no de
beis atentar contra él.
— Oh ! mi querido conde, sois muchas veces
demasiado indulgente !
— Y vos demasiado riguroso : supongamos por un
momento.... haceos cargo de lo que os digo, supon
gamonos pues por un momento.... No vayais á eno
jaros ahora por lo que voy á deciros !
— Escucho.
— Supongamos que el hecho sea cierto....
— Un hijo no debe nunca admitir semejantes su
posiciones sobre el honor de su padre.
— Oh ! Dios mio ! estamos por cierto en una
época en que se admiten tantas cosas !
— En eso encuentro justamente el vicio princi
pal de la época.
— Y quereis tener la pretension de reformarla?
— Si, por la parte que me toca.
TOMO m. 8í¡
— 498 —
— Oh! iDios mio! qué regorista sois, querido
amigo mio.
— No lo puedo remediar.
— Sois inaccesible á los consejos que os dan de
buena fé?
— No, cuando vienen de un amigo.
— Creereis que yo lo sea vuestro ?
— Sí.
— Pues bien! antes de enviar á Beauchamp
vuestros testigos , informaos.
— Con quién ?
— Oh !.... con Haydée por ejemplo.
— Mezclar en todo esto á una muger; ¿ y que pue
de hacer ?
— Declararos que vuestro padre no tiene nada que
ver con la derrota ó con la muerte del suyo por
ejemplo, ó declararos la verdad, si por casualidad
vuestro padre hubiese tenido la desgracia....
— Ya os he dicho, mi querido conde, que no po
dia admitir tales suposiciones.
— Reusais pues ese medio ?
— Lo rehuso.
— Absolutamente?
— Absolutamente.
— Entonces voy á daros el último consejo.
— Bien , pero que sea el último.
— No queréis oirlo?
— Al contrario, os lo pido.
— No envieis á Beauchamp vuestros testigos.
— Cómo !
— Id vos en persona á encontrarle.
— 499 —
— Eso es contra toda costumbre.
— Vuestro negocio es superior á los negocios or
dinarios.
— Y por qué debo ir yo mismo? porqué razon?
— Porque de este modo el asunto quedará secre
to entre Beauchamp y vos.
— Esplicaos.
— Vais á convenceros al momento : si Beauchamp
está dispuesto á retractarse , preciso es dejarle el
mérito de la buena voluntad sin que deje por eso
de hacer lo que mejor le parezca, y si por el con
trario, se obstina en rehusar, entonces será tiempo
de revelar el secreto á dos estraños.
— No serán dos estraños porque serán dos amigos.
— Los amigos de hoy , son los enemigos de ma
ñana.
— Oh ! cómo puede ser eso !
— Buen testigo es Beauchamp.
— Así pues
— Asi, pues, os recomiendo la prudencia.
— Y vos creeis que deba ir yo mismo á buscar á
Beauchamp?
— Si.
— Solo?
— Solo. Cuando se quiere obtener algo del amor
propio de un hombre, es preciso salvar al amor
propio de ese hombre , hasta la apariencia del su
frimiento.
— Creo que teneis razon.
— Gracias á Dios !
— Iré solo.
— 500 —
— Marchad ; pero me parece que mejor hariais
en ir desde luego.
— Es imposible.
— Haced lo que os digo ; os tendrá mas cuenta
que lo que queriais hacer.
— Pero, en este caso, veamos ; si á pesar de
todas mis precauciones y toda mi prudencia, llega
á verificarse el duelo, me servireis de testigo?
— Mi querido vizconde, dijo Monte-Cristo con
una gravedad suprema : ya sabeis que en todo y por
todo siempre estoy dispuesto á hacer lo que me ec-
sijais ; pero el servicio que me pedis sale ya fuera
del circulo de aquellos que puedo haceros.
— Por qué ?
— Puede ser que lo sepais algun dia.
— Pero miéntras tanto !
— Os pido que me disimuleis , porque es mi se
creto.
— Está bien. Elegiré á Franz y á Chateau-Re-
naud.
— Haréis muy bien: Franz y Chateau-Renaud
son muy á propósito para el caso.
— Pero en fin , si me bato , ¡ me dareis una lec-
cioncita de espada ó de pistola.
— No, tambien es imposible.
— ¡ Oh ! sois un hombre muy estraño. Es decir
que en nada quereis mezclaros.
— En nada absolutamente.
— Entonces no hablemos masdeello. Adios conde.
— Adios, vizconde.
Morcerf tomó su sombrero y salió.
— 501 —
A la puerta encontró su cabriolé , y conteniendo
lo mejor que pudo su cólera, se hizo conducir á casa
de Beauchamp , pero en la actualidad estaba en la
redaccion.
Entonces Alberto se hizo conducir á la redaccion.
Beauchamp estaba en un salon sombrio , y oscu
ro como son por lo regular casi todas las redaccio
nes de periódicos.
Anunciáronle á Alberto de Morcerf. Dos veces se
hizo repetir el anuncio y sin estar del todo conven
cido todavia , gritó :
— Entrad.
Alberto entró.
Beauchamp arrojó una esclamacion de sorpresa
al ver á su amigo atravesar sin cuidado por entre
legajos de papeles, y pisotear con la torpeza, hija de
la poca costumbre que tenia , los periódicos de to
dos tamaños que cubrian no el pavimento, sino el
suelo enladrillado del gabinete.
— Por aqui, por aqui, mi querido Alberto! dijo
presentando su mano al jóven ; para dirijirle en su
precipitada marcha, qué diablos os trae por acá? os
habeis perdido como el pequeño Poucet ó venis á
darme la sorpresa de almorzar conmigo? Esperad
que os voy á buscar una silla... pero, deteneos; alli
hay una junto á aquel geranio que es lo único que re
cuerda que haya otras hojas en el mundo que las de
papel.
— Beauchamp, dijo Alberto, vengo á hablaros de
vuestro periódico.
— Vos Morcerf ! qué deseais?
— 50'2 —
—■ beseo una rectificacion.
— Vos una rectificacion; Y sobre qué, amigo Al
berto! Pero sentaos !
—Gracias, respondió Alberto por segunda vez,
y con un lijero movimiento de cabeza.
— Esplieaos.
— Una rectificacion sobre un hecho que ataca at
honor á uno de los de mi familia.
— Veamos ! dijo Beauchamp sorprendido. Qué he
cho ? no se puede saber?
— Lo que os han escrito de Janina.
— De Janina?
— Si , de Janina. Cualquier diria al veros tan sor
prendido que ignorais el asunto que me traeaqui.
— Palabra de honor!... Bautista, un númeio de
ayer! grito Beauchamp.
— Es inútil, traigo el mio en el bolsillo.
Beauchamp leyó balbuceando.
« Nos escriben de Janina, etc.. etc.. »
— Ya comprendeis que el hecho es grave, dijo
Morcerf asi que Beauchamp hubo acabado de leer.
— Ese oficial es pues pariente vuestro? preguntó
el periodista.
— Si, dijo Alberto sonrojándose.
— Pues bien ! qué quereis que haga por serviros?
dijo Beauchamp con dulzura.
— Quisiera, mi querido Beauchamp, que retrac
taseis ese hecho.
Beauchamp miró á Alberto con una atencion que
anunciaba seguramente mucha benevolencia.
— Veamos, dijo, no es asunto tan leve que deba
— 503 —
pensarse poco; y una retractación es siempre un
asunto de gravedad. Sentaos: y leeré mas despacio
otra vez estas tres ó cuatro lineas.
Alberto se sentó y Beauchamp volvió á leer las
lineas que tanto acriminaba su amigo, con mas cui
dado que la primera vez.
—. Y bien ! ya lo veis dijo Alberto con una firmeza
que casi rayaba en sequedad, en vuestro periódico se
ha insultado á un individuo de mi familia, y exijo
una retractacion.
— Exjiis... una...
— Si, la exijo.
— Permitidme que os diga, mi querido vizconde,
que vuestro lenguaje no es parlamentario.
— Ni trato de que lo sea, replicó el jóven levan
tándose: quiero la retraccion de un hecho que habeis
anunciado ayer y la obtendré. Sois bastante amigo
mio, prosiguió Alberto apretandolos dientes, vien
do que Beauchamp empezaba á levantar la cabeza
con aire desdeñoso , sois muy mi amigo, y por lo
mismo supongo que me conoceis suficientemente pa
ra comprender mi tenacidad en semejantes circuns
tancias.
— Con palabras semejantes á las que acabais de
pronunciar, Morcerf, conseguireis hacerme olvidar
que soy amigo vuestro, como acabais de decir... Pe
ro veamos, no nos enfademos, ó dejémoslo para mas
adelante... Sepamos quien es ese pariente que se lla
ma Fernando?
— Es mi padre, como quien no dice nada, dijo Al
berto, el señor Fernando Mondego, conde de Mor
— 504 —
cerf , un valiente veterano que ha visto veinte cam
pos de batalla, y cuyas cicatrices se trata de cubrir
con fango impuro.
— Es vuestro padre! replicó Beauchamp, eso ya
muda de especie: y no me estraña ya vuestra indig
nacion , querido Alberto. Volvamos á leer...
Y leyó otra vez la nota deteniéndose cien veces en
cada palabra.
— Pero en donde veis, preguntó Beauchamp , que
el Fernando del periódico sea vuestro padre?
— Sé muy bien que en ninguna parte , pero lo ve
rán otros, y por eso quiero que el hecho salga des
mentido.
Al oir la palabra quiero, Beauchamp levantó la
vista para mirar á Morcerf; pero bajándola al ins
tante, se quedó un momento sumido en ondas reflec-
siones.
— Es verdad que tratareis de desmentir ese he
cho? repitió Morcerf con una cólera que iba en au
mento y que procuraba reprimir.
— Si, contestó Beauchamp.
— En hora buena! dijo Alberto.
— Pero despues que me haya cerciorado de que el
hecho es falso.
— Como!
— Si : la cosa merece la pena de que se aclare, y
yo le aclararé.
— Pero qué teneis que aclarar en todo esto, ca
ballero? dijo Alberto perdiendo toda su moderacion.
Si creeis que no es mi padre, decidlo sin rodeos, y
si por el contrario creeis que es de él de quien se
— 505 —
trata, esplicadme los motivos que teneis para pen
sar asi.
Beauchamp miró á Alberto con esa sonrisa que le
era peculiar y que sabia adaptarse á todas las pa
siones.
— Caballero, replicó; puesto que ya asi debemos
tratarnos, si habeis venido á exijirme una satisfac
cion, debiais haberlo dicho desde el principio, y no
haberme hablado de amistad y de otras cosas inúti
les como las que tengo la paciencia de oir hace me
dia hora, es por este terreno por el que debemos
marchar en lo succesivo, veamos?
— Si, caso de que no retracteis la infame ca
lumnia.
— Esperad un momento. Dejemos, si os place,
las amenazas á un lado , señor Alberto Mondego ,
vizconde de Morcerf , que no las acostumbro sufrir de
mis enemigos, y con mucho mas motivo de mis ami
gos. Es decir, que de todos modos os obstinais en
querer que desmienta el hecho acerca del general
Fernando, hecho en que, bajo mi palabra de honor,
aseguro no haber tenido parte, no es eso?
— Si, eso mismo es !o que quiero ! dijo Alberto ,
cuya cabeza empezaba á estraviarse.
— Sin lo cual, nos batiremos? continuó Beau
champ con la misma calma.
— Si, replicó Alberto levantando la voz.
— Sea pues asi! dijo Beauchamp, y he aqui mi
contestacion, caballero. Yo no he insertado ese he
cho ni le conozco, pero ya que con vuestro proceder
me habeis llamado la atencion acerca de él, subsis-
TOMO III. 56
— 506 —
tirá, basta que sea desmentido ó confirmado por
quien tenga derecho á hacerlo.
— Caballero! dijo Alberto levantándose, voy áte
ner pues el honor de enviaros mis padrinos ; y con
ellos discutireis sobre el sitio y las armas.
t— Está bien caballero.
— Y esta tarde si os parece, ó mañana lo mas
tarde nos volveremos á ver.
— No, no ! Estaré en el campo cuando deba estar,
y cuando yo quiera , -estoy en mi derecho , toda vez
que soy el provocado- ; repito , que cuando yo quie
ra diré cuando nos hemos de batir, porque todavia
no ha llegado la hora. Sé que manejais muy bien
la espada, yo la manejo medianamente; sé tambien
que de seis blancos soleis quitar tres, poco mas ó me
nos me sucede á mi; sé que un desafio entre noso
tros seria un desafio formal, porque vos sois valien
te, y yo... lo soy tambien. No quiero, pues, espo
nerme á mataros ó á que me mateis sin fundado mo
tivo. Ahora voy yo á preguntaros á vos y categori
camente.
« Os empeñais en conseguir esta retractacion has-
ta el estremo de matarme si no lo hago, apesar de
haberos dicho , apesar de repetiros y apesar de ase
guraros bajo palabra de honor que no conocia el he
cho y por último apesar de manifestaros que nadie,
á no ser un visionario como vos, puede reconocer
el señor conde de Morcerf bajo ese nombre de Fer
nando ?
— Asi mismo lo quiero.
— Pues si asi lo quereis , caballero , antes con-
- 507 —
siento en darme de estocadas con vos: Exijo no
obstante tres semanas , y dentro el término de ellas
me encontrareis para oir mi contestacion; si el he-
eho es falso, lo retractaré publicamente; pero si
por el contrario el hecho es cierto , desenvainaré la
espada , ó sacaré las pistolas de la caja pues dejaré
las armas á vuestra eleccion.
— Tres semanas ! esclamó Alberto , pero tres se
manas son tres siglos , durante los cuales estoy des
honrado.
— Si hubieseis seguido siendo mi amigo , os hu
biera dicho : paciencia , amigo mio ; pero os habeis
hecho mi enemigo y os digo : que me importa ca
ballero ?
— Está bien ! dentro de tres semanas! que sea asi
pues ! dijo Morcerf. Pero pensad que espirado ese
plazo, no habrá dilacion ni subterfujio que pueda
dispensaros
— Señor Alberto de Morcerf, dijo Beauchamp le
vantándose á su vez, no puedo arrojaros por la ven
tana hasta de aqui á tres semanas , es decir , hasta
dentro de veinte y cuatro dias , y hasta esta época
tampoco vos teneis derecho para insultarme. Esta
mos á 29 de agosto caballero, hasta que nos
veamos el 22 de setiembre ! Hasta entonces, creed
un consejo de caballero que voy á daros , hasta en
tonces escusemos los ladridos de dos perros encade
nados á larga distancia uno de otro.
Y Beauchamp , saludando con gravedad al jóven,
le volvió la espalda y se entró en la imprenta.
Alberto se vengó en un monton de periódicos que
— 508 —
dispersó á tatigazos , despues de lo cual se marchó,
no sin haberse encaminado antesdos ó tres veces há
cia la puerta de la imprenta.
Entre tanto que Alberto sacudia latigazos al ca
ballo de su cabriolé , despues de haber hecho lo mis
mo con los papeles amontonados que no tenian nin
guna culpa de su enfado , apercibió atravesando el
boulevar á Morrél que con la cabeza erguida y ai
re satisfecho , pasaba por delante de los baños chi
nescos , viniendo de la puerta de san Martin y en
caminándose hácia el lado de la Magdalena.
— Ah ! dijo suspirando , hé ahi un hombre bien
feliz !
Casualmente Alberto no se equivocaba.
509 —

18.

LA LIMONADA.

i orrél en efecto era bien dichoso.


Habia recibido un recado de parte del señor Noir-
tier que le mandaba á llamar , y tanto era el afan
que tenia de saber el objeto de su llamada , que des
preció un carruaje por confiar mas en sus dos pier
nas que en las cuatro patas de un caballo de alqui
ler, y partiendo lijero como el rayo, se dirijió por
la calle de Meslay al arrabal de Saint-Honoré.
— 510 -
Tan acelerado era su paso que el pobre anciano
apenas podia seguirle; y no tenia nada de estraño
porqué Morrél tenia treinta y un años, y Barrois se
senta ; el primero estaba ébrio de amor , y el segun
do sofocado por el gran calor , y estos dos hombres
de intereses y de edad tan diversos , semejaban á las
dos lineas que forman el triángulo, que separadas
en su basese reunen al fin.
El (in era el señor Noirtier, que envió á buscar
á Morrél , encargándole la prontitud , recomenda
cion que seguia al píe de la letra con gran deses
peracion de Barrois.
Al llegar, Morrél no estaba sofocado; porque el
amor dá alas , pero Barrois , que hacia mucho tiem
po que no amaba.... el pobre Barrois apenas podia
respirar.
El antiguo criado hizo entrar á Morrél por la
puerta secreta , cerró la del gabinete , y no tardó
mucho en oirse el ruido de un vestido que rozaba
por el suelo y anunciaba la visita de Valentina.
Valentina estaba encantadora con el traje de lu
to ; y el ensueño , pues tal le parecia á Morrél , se
hacia tan lisonjero que hubiera dispensado de bue
na gana la conversacion del señor Noirtier , pero se
oyó bien pronto el ruido del sillon en el pavimento,
y Morrél entró.
Noirtier acogió con una mirada de benevolencia
al jóven , y recibió con agrado las muestras de gra
titud que le daba, por la maravillosa intervencion
con que habia salvado á Valentina y á él de la de
sesperacion ; despues la mirada de Morrél se dirijió
— 511 —
á la jóven que sentada timidamente y álo lejos, es
peraba que se la obligase á hablar, y aquella mi
rada parecia preguntar que nueva gracia iba á con
cedérsele.
Noirtier la miró tambien á su vez.
— Es preciso que diga lo que me habeis encar
gado? preguntó ella.
Si , indicó Noirtier.
— Señor Morrél , dijo entonces Valentina al jó
ven que la devoraba con sus ojos absortos , mi buen
papá Noirtier tenia mil cosas que deciros que hace
ya tres dias me está comunicando , y os ha enviado
á buscar hoy para que yo os las repita; y lo haré
asi ya que me ha escojido por su intérprete, sin cam
biar una silaba ni separarme en lo mas minimo de
sus intenciones.
— Ah ! os escucho, os escucho con impaciencia;
hablad señorita, hablad.
Valentina bajó los ojos , y fué un presagio muy
dulce para Morrél. Es menester advertir que solo
era débil Valentina en los momentos en que era di
chosa.
— Mi abuelo quiere dejar esta casa , dijo ; Bar-
rois se ha encargado de buscar una que le convenga.
— Pero , señorita , dijo Morrél y vos á quien el
señor de Noirtier quiere y necesita tanto?
— Yo , replicó la jóven , no abandonaré jámás á
mi abuelo , estamos ya de acuerdo en esto ; mi ha
bitacion estará inmediata á la suya : ó el señor de
Villefort me dará su consentimiento para vivir jun
to á mi abuelo , ó me lo rehusará ; en el primer ca
— 512 —
so parto ahora mismo , en el segundo esperará á ser
mayor , lo que solo tardará diez meses , y entonces,
libre, independiente, con una buena fortuna y
— Y?.... pregunto Morrél.
— Y con la autorizacion de mi buen abuelo, os
cumpliré la promesa que os he hecho.
Valentina pronunció estas ultimas palabras con
una voz tan débil que Morrél no las hubiera com
prendido sin el grande interés con que su alma las
Labia devorado.
— He espresado bien vuestras intenciones, mi
querido abuelo ? añadió Valentina dirijiéndose al
señor Noirtier.
Si , contestó el anciano.
— Establecida ya en casa de mi abuelo, añadió
Valentina, el señor Morrél podrá venir á verme en
presencia de mi bueno y digno protector, y si el la
zo que nuestros corazones, ignorantes tal vez ó ca
prichosos , han empezado á formar , parece conve
niente y presenta garantias de una dicha futura,
— ay ! segun dicen los corazones inflamados por los
obstáculos, se enfrian fácilmente al cesar estos — en
tonces el señor Morrél me pedirá á mi misma, y
yo gustoso le esperaré.
— Oh ! esclamó Morrél queriendo arrodillarse an
te el anciano como ante un Dios, y ante Valenti
na como ante un ángel. Oh ! que he hecho yo en
mi vida para merecer tanta dicha !
— Hasta entonces , continuó la jóven con su voz
pura y severa, es necesario respetar las convenien
cias y la voluntad de nuestros padres; con tal que
— 513 —
esta no sea la de separarnos para siempre; en una
palabra , y la repito porque ella lo espresa todo
esperemos
-=- Y os juro que sabré cumplir los sacrificios que
esta palabra impone , añadió Morrél , no solo con
resignacion si no que en ello seré feliz.
— Asi, pues, continuó Valentina dirijiendo una
tan dulce y amorosa mirada qne penetró hasta el
corazon de Maximiliano; no mas inprudencias ami
go mio , y tened cuidado de no comprometer á la
mujer que desde hoy en adelante se mira como des
tinada á llevar con pureza y dignidad vuestro nom
bre.
Morrél la tomó una mano que puso sobre su co
razon.
Entre tanto Noirtier los contemplaba con la mayor
ternura, y el fiel anciano Barrois , que habia per
manecido en el fondo del gabinete , como persona
para la que nada hay oculto, sonreia enjugando las
gruesas gotas de sudor que se desprendian de su cal
va frente.
— Ohl Dios mio! que acalorado está este buen
Barrois , dijo Valentina.
— Ah! dijo Barrois, es que he corrido mucho,
señorita, pero debo hacer justicia al señor Morrél ,
porque corria mas que yo.
Noirtier indicó con la vista una mesita en la que
habia una botella de limonada y un vaso : la limo
nada que faltaba la había tomado hacia media hora
ya el señor Noirtier.
— Toma, buen Barrois, toma, dijo la jóven; por-
TONO III, 57
— 514 —
que veo que dirijes una mirada codiciosa á la li
monada.
— Es cierto , dijo Barrois , que me muero de sed
y que bebería de buena gana un vaso de limonada á
vuestra salud.
— Bebe , pues , le dijo Valentina , y vuelve al ins
tante.
Barrois se llevó la botella, y apenas habia llega
do al corredor, cuando por entre la puerta que de
jó medio abierta le vieron echar atrás la cabeza pa
ra apurar el vaso que habia llenado Valentina.
Despidiéronse Valentina y Morrél á presencia de
su abuelo , cuando se oyó sonar la campanilla de la
escalera que conducia á la habitacion del señor de
Villefort: era señal de que llegaba alguna visita, y
Valentina miró el reloj.
— Son las doce, dijo, hoy es sábado, querido
abuelo , es sin duda el médico.
Noirtier hizo una seña como asegurando lo que
decia ella.
— Va á venir aquí , es preciso que el señor Mor
rél se retire. No es verdad abuelo ?
Si , respondió el anciano.
— Barrois ! gritó Valentina, Barrois, venid aquí !
Oyóse la voz del criado que respondia.
— Ya voy ya voy, señorita.
— Barrois vá á acompañaros hasta la puerta, dijo
Valentina á Morrél y por último os recordaré con
afan , caballero oficial , que mi abuelo os encar
ga que no deis ningun paso capaz de comprometer
nuestra dicha.
— 515 —
— He prometido esperar, y esperaré, dijo Morrél.
En este momento entró Barrois.
— Quién ha llamado? preguntó Valentina.
— El doctor d' Avrigny , dijo Barrois bamboleán
dose.
— Qué teneis , Barrois? le preguntó Valentina.
El anciano no respondió , miraba á su amo con
ojos desencajados , en tanto que con las manos cris
padas buscaba un apoyo para poderse sostener en
pié.
— Pero vá á caer , gritó Morrél.
Con efecto , el temblor que se habia apoderado de
Barrois se aumentaba gradualmente, y sus facciones
desfiguradas por los movimientos convulsivos de los
músculos de la cara, anunciaban un ataque nervio
so de los mas intensos.
Las miradas de Noirtier, al ver así á Barrois , de
jaban conocer intelijibles y palpitantes todas las emo
ciones capaces de agitar el corazon del hombre.
Barrois dió algunos pasos para acercarse á su amo.
— Ah ! Dios mio ! Dios mio ! Señor ! dijo : Pero
qué tengo yo?.... padezco mucho no veo Mil
puntas aceradas me atraviesan el cráneo. Oh ! no me
toqueis , no me toqueis !
Tenia efectivamente sus ojos uraños y pareciendo
saltárseles de sus órbitas caida con obstinacion hácia
atrás la cabeza en tanto que su cuerpo frio se estira
ba como un cadáver.
Valentina asustada dió un grito y Morrél la tomó
en sus brazos como queriéndola defender de un pe
ligro desconocido.
— 516 —
*— Señord'Avrigny , señor d'Avrigny , gritó Va
lentina con una voz ahogada, venid! venid! so
corro !
Barroisdió una vuelta sobre sus talones, dió cua
tro ó cinco pasos hácia atrás, tropezó y vino á caer
á los piés del señor Noirtier , sobre cuya rodilla apo
yó una mano gritando :
— Amo mio, mi buen amo!
En aquel momento el señor Villefort atraido por
los gritos se presentó en la puerta del cuarto.
Dejó Morrél á Valentina que medio desmayada
sostenia en sus brazos , para ir con velocidad á es
conderse en uno de los ángulos del salon casi detrás
de una cortina.
Pálido, cual si una venenosa serpiente se hubiera
presentado á su vista , fijó una mirada de hielo so
bre el desgraciado que seajitabaen las últimas con
vulsiones de la agonia.
Noirtier estaba impaciente y aterrorizado ; su al
ma volaba al socorro del pobre anciano, mas amigo
que criado , en cuya frente se veia el terrible com
bate entre la vida y la muerte ; sus venas estaban
hinchadas y los músculos que conservaran aun al
guna vida junto á sus ojos , contraidos.
Barrois , con semblante agitado , los ojos sangui
nolentos y el cuello caido hácia atrás , yacia en tier
ra , golpeando en el suelo con las manos , mientras
que sus piernas, tiesas y contraidas, antes se hu
biesen roto que doblado; una ligera espuma salia de
sus labios y respiraba con dolor.
Villefort permaneció un instante espantado, fijos
— 517 —
los ojos en este cuadro , que desde que se presentó en
la cámara , fijó su atencion de modo que Morrél no
fué visto. Mas al cabo de un instante de muda con
templacion , en la que hubiera podido verse tornar
pálido su rostro y erizarse sus cabellos, esclamó di
rigiéndose á la puerta.
— Doctor! Doctor ! venidl venid pronto.
— Señora ! señora! gritaba Valentina llamando á
su madrasta y sosteniéndose en la pared de la escale
ra , venid , venid pronto y traed vuestro frasco de
sales.
— Qué hay? preguntó con su voz metálica y re
primida la señora de Villefort.
— Oh ! venid; venid!
— Pero dónde está el médico? gritaba Villefort,
dónde está ?
La señora de Villefort bajó lentamente, se oian
resonar sus pisadas ; en una mano traia un pañuelo
con el que enjugaba su frente, en la otra un frasco
de sales inglesas: su primera mirada al llegar á Ja
puerta se dirigió al señor Noirtier , cuyo rostro,
aparte de la emocion, consiguiente á tal suceso,
anunciaba una salud perfecta ; la segunda fué al
moribundo. Su rostro se puso pálido, y sus ojos se
apartaron del criado para fijarse en el amo.
— En nombre del cielo, señora, dónde está el
médico? Entró en vuestro cuarto. Esto no es mas
que una apoplegía fulminante , y con una sangría
se le salvará.
— Hace mucho que ha comido? preguntó la se-

TOMO III. 38
— 518 —
ñora de Villefort haciendo un esfuerzo para eludir
la cuestion.
— Señora, dijo Valentina, ni siquiera se ha de
sayunado ; pero esta mañana ha corrido mucho pa
ra evacuar ciertas diligencias de que le encargó mi
abuelo, y á su vuelta ha tomado solamente un va
so de limonada.
— Ah ! dijo la señora de Villefort , por qué no lo
tomó de vino? la limonada es muy mala.
— La limonada estaba ahi en la botella de mi
abuelo ; el pobre Barrois tenia sed y ha bebido lo
que encontró.
La señora de Villefort se estremeció : Noirtier le
dirigió una profunda mirada que la hizo temblar.
— Como tiene el cuello tan corto! dijo ella.
— Señora, dijo Villefort; os he preguntado donde
está el señor d'Avrigny; en nombre del cielo, res
ponded !
— Se ha quedado en el cuarto de Eduardo que se
halla algo indispuesto, contestó no pudiendo eludir
por mas tiempo su contestacion.
Lanzóse velozmente á la escalera Villefort para ir
¡í buscarle en persona.
— Tomad, dijo al verle marchar su esposa dando
su frasco á Valentina, van á sangrarlo sin duda; yo
me vuelvo á mi cuarto , porque no puedo ver sin des
mayarme arrojar una gota de sangre.
Salió detrás de su marido.
Morrél salió del ángulo sombrio en que se habia
ocultado y tanta era la confusion que reinaba, que
nadie habia reparado en él.
— 519 —
— Marchaos al instante , Maximiliano, le dijo Va
lentina, y esperad á que os llame antes de volver á
venir. Marchaos!
Morrél consultó con un gesto al señor Noirtier que
habia conservado su sangre fria y que le respondió
afirmativamente con otro gesto; apretó contra su co
razon la mano de Valentina, y salió por el corredor
escusado, al mismo tiempo que el señor Villefort y el
doctor entraban por la puerta del lado opuesto.
Barrois empezaba á volver en si, la crisis habia
pasado , hablaba entre gemidos y el infeliz queria
hincarse de rodillas; el señor d'Avrigny y Villefort
le condujeron á un sofá.
— Qué mandais, doctor? preguntó Villefort.
— Que me traigan agua y ethér. Tenéis en casa?
— Si.
— Que inmediatamente vayan á buscar aceite de
trementina y un emético. <
— Corred á buscar eso, dijo el señor de Villefort.
— Y ahora que todos se retiren.
— Yo tambien? preguntó timidamente Valen
tina.
— Si, señorita, dijo bruscamente el doctor; vos
antes que todos.
Valentina miró con asombro al señor de Avrigny ,
abrazó al señor Noirtier, le besó en la frente con ca
riño y salió. Luego que salió Valentina el doctor cer
ró la puerta con un aire sombrio.
— Esperad... esperad! doctor, vuelve en si , no
habrá sido mas que un ataque lijero,
El señor d'Avrigny sonrrió con aire sombrio.
— 520 —
— Cómo os sentis, Barrois preguntó al enfermo el
doctor.
— Algo mejor, señor.
—Podreis beber este vaso de agua con ether?
— Procuraré hacerlo, pero no me toqueis.
— Por qué?
— Porque me parece que si me tocais, aun cuan
do sea con la punta de un dedo, me volverá á dar el
accidente.
— Bebed... esforzaos!
Barrois tomó el vaso, lo llevó á sus lábios cár
denos y trémulos, y bebió casi la mitad.
— Qué os duele? le preguntó el médico.
— Todo el cuerpo, siento calambres espantosos.
— Teneis mareos?
— Si.
— Y zumbidos de oido?
— Horribles , señor.
— Cuando os ha atacado el mal?
— Hace un momento.
— Repentinamente?
— Como el rayo.
— No habeis sentido nada ayer ni antes de ayer?
— Nada.
— Ni sueño, ni pesadez ?
— No.
— Qué habeis comido hoy ?
— No he comido nada; solamente he bebido un
vaso de la limonada del amo: áesto se ieduce todo.
Y Barrois hizo un movimiento con la cabeza para
indicar al señor Noirtier, que inmóvil en su sillon
— 521 —
contemplaba esta terrible escena sin dejarse escapar
ni un solo movimiento, sin dejar de oir una sola
palabra.
— Donde está esta limonada? preguntó con afano
sa prontitud el doctor.
— Abajo en una botella.
— Pero donde abajo ?
— En la cocina.
— Quereis que la vaya á buscar al momento, doc
tor? preguntó el señor de Villefort.
— No, permaneced aqui, y procurad que el en
fermo beba lo restante de este vaso de agua.
— Pero esa limonada
— Voy yo mismo á buscarla.
El señor d'Avrigny de un salto se fué, abrió la
puerta del aposento, bajó precipitadamente la esca
lera interior, y por poco echa á rodar á la señora
de Villefort, que bajaba entonces tambien á la co
cina.
Ella dió un grito.
No hizo caso d'Avrigny que dominado fuerte
mente por una idea, saltó los cuatro últimos escalo
nes; entró precipitadamente en la cocina, y vió la
botella vacia al menos en tres cuartas partes de su
altura.
Se arrojó sobre ella como una aguila sobre su
presa.
Jadeando volvió á subir al entresuelo y miró en
el cuarto.
La señora de Villefort tomó lentamente el camino
de su habitacion.
— 522 —
— Es esta la botella que estaba aquí? preguntó
D'Avrigny.
— Si, señor doctor.
— Esta limonada es la que habeis bebido?
— Asi lo creo.
— Qué gusto le habeis encontrado?
— Un sabor amargo.
El doctor vertió unas cuantas gotas de la limonada
en la palma dela mano, las a-piró con los lábios, y
despues de enjuagarse con ellas la boca, como se ha
ce cuando se quiere tomar el gusto del vino , arrojó
el líquido en la chimenea.
— Es la misma , dijo. Y vos tambien habeis bebido
de ella, señor Noirtier?
Si, dijo el anciano.
— Y le habeis encontrado tambien el mismo sabor
amargo?
Si.
— Ah! señor doctor , gritó Barrois, que me
vuelve el accidente... Dios mío! señor! tened piedad
de mí I
El médico se acercó al enfermo.
— El emético, Villefort, ved si lo han traido.
Este salió precipitadamente gritando ,
— El emético, el emético ! aun no lo han traido?
Nadie respondia , el terror mas profundo reinaba
en la casa.
— Si hállase un medio para introducirle el aire
en los pulmones, dijo d'Avrigny mirando á todas
partes, quizá podría haber un medio para precaver
la asfixia. Pero no ! nada , nada !
— 523 —
— Ay, señor me dejareis morir sin socorrerme!
gritaba Barrois, Áh! me muero... Dios mio! yo me
muero!
— Unapluma, una pluma! gritaba el médico.
Vió una sobre la mesa.
Procuró entonces introducirla en la boca del en
fermo, que atacado de viotentas convulsiones, hacia
esfuerzos inútiles para vomitar; pero tenia de ta!
modo apretadas las mandibulas, que fué imposible
por mas esfuerzos que hizo el pasar la pluma.
Barrois se veia atacado de un insulto nervioso mu
cho mas fuerte que el primero; habia caido del sofá
al suelo, y se revolcaba entre convulsiones.
El médico le abandonó no pudiendo aliviarle, y
se dirijió al señor Noirtier.
— Cómo os sentis? le dijo precipitadamente y en
voz baja. Bien?
— Si.
— Con el estómago lijero ó pasado? Lijero?
— Si.
— Como cuando tomais la pildora que os doy todos
los domingos?
— Si.
— Os ha hecho Barrois hoy vuestra limonada?
— Si.
— Sois vos quien le ha obligado á que bebiese ?
— No.
— Ha sido el señor de Vil lefort ?
— No.
— Ha sido su señora ?
— Tampoco.
— 524 —
— Entonces habrá sido Valentina?
—Si.
Un suspiro de Barrois y una convulsion que hi
zo crujir todos sus huesos llamaron la atención
d'Avrigny , que dejó á Noirtier y se acercó al en
fermo.
— Barrois , le dijo el médico , podeis hablar ?
Barrois balbuceó algunas palabras ininteligibles.
— Haced un esfuerzo , amigo mio.
Barrois abrió los ojos inyectados de sangre.
— Quién hizo la limonada?
— Yo.
— La habeis traido en seguida á vuestro amo?
— IÍÍ».'
— Dónde la dejasteis ?
— En la reposteria, por que me llamaban.
— Quién la ha traido aqui?
— La señorita Valentina.
D'Avrigny se dió una palmada en la frente.
— Oh ! Dios mio ! Dios miol murmuró.
— Doctor, doctor, gritó Barrois que presentia el
tercer acceso.
— Pero no llega el emético? gritó el médico.
— Aqui está , dijo el señor de Villefort , entrando
con un vaso en la mano.
— Quién lo ha traido?
— El mancebo del boticario que ha venido con
migo.
—Bebed.
— Imposible, doctor, ya es tarde, la garganta se
me aprieta... yo... me ahogo. Oh ! mi corazon !...
— 525 —
mi cabeza!... qué infierno !... sufriré de este modo
aun mucho rato?
— No, no, amigo mio ; dijo el médico, bien pron
to dejareis de sufrir.
— Ah ! os comprendo, gritó el desgraciado ; Dios
mio ! tened piedad piedad de mí !
Y arrojando un grito agudo cayó de espaldas como
herido de un rayo.
Puso d'Avrigny una mano sobre el corazon , y
acercó un espejo a sus labios.
— Y bien? preguntó Villefort.
— Bajad á la cocina y decid que me traigan al
instante el jarabe de violetas.
Villefort marchó en seguida. S^
— No os asusteis, señor Noirtier, dijo d'Avrigny,
me llevo el enfermo á otro cuarto para sangrarle;
ciertamente estos ataques son unos espectáculos que
causan espanto. Y tomando á Barrois por los soba
cos , le llevó casi arrastrando á la habitacion próxi
ma, volviendo inmediatamente al cuarto de Noirtier
para tomar la botella de limonada.
Noirtier cerraba el ojo derecho.
— Quereis que venga Valentina , es verdad ? voy
á decírselo al momento.
Villefort subia , y d'Avrigny le encontró en el cor
redor.
— Y bien? le preguntó.
— Venid , respondió d'Avrigny.
Entonces le condujo al cuarto.
— No ha vuelto en sí? preguntó el procurador
del rey.
— 526 —
— Ha muerto.
Villefort dió tres pasos atrás , púsose las manos en
la cabeza , y esclamó con un acento de conmisera
cion inequivoco, mirando al cadáver. 4
— Muerto, y tan pronto?
— Oh ! si , muy pronto , no es eso ? dijo d' Avrig-
ny , pero eso no debe admiraros , el señor y señora
de Saint-Merán murieron tambien de repente. Ah !
la muerte ha puesto sus reales en vuestra casa, se
ñor de Villefort.
—Qué! gritó el majistrado con un acento de hor
ror y desesperacion , volveis á esa terrible idea?
— Siempre , caballero , siempre dijo d' Avrigny
con tono solemne, porque nunca la he abandonado,
y para que os convenzais de que esta vez no me en
gaño , escuchad señor de Villefort.
Villefort temblaba convulsivamente.
— Hay un veneno que mata sin dejar casi ras
tro ni señal alguna: le conozco y he [estudiado to
dos sus accidentes , todos los fenómenos que pro
duce. Este veneno , lo he reconocido al momento
en el pobre Barrois , como le reconoci en el señor
y señora de Saint-Merán. Es facil conocer su pre
sencia, este veneno devuelve su color azul al pa
pel tornasolado, despues de enrojecido por un áci
do, y tiñe de verde el jarabe de violetas. No tenemos
papel tornasolado ; pero esperad porque segura
mente me traen el jarabe de violetas que he pedido
hace un instante.
Efectivamente, se oian pasos en el corredor, el mé
dico entreabrió la puerta , tomó de manos de la cria
— 527 —
da un vaso en el que habia dos ó tres cucharadas de
jarabe y volvió á cerrar.
— Mirad , dijo a! procurador del rey , cuyo cora
zon latia con tanta violencia que casi no podia escu
charle ; ved aqui esta taza de jarabe, y en esa bo
tella el resto de la limonada que han bebido el señor
Noirtier y Barrois : si la limonada está pura é inca
paz de causar daño , el jarabe no cambiará su co
lor ; si por el contrario está envenenada , el jarabe
se pondrá verde. Mirad !
El doctor vertió lentamente algunas gotas de la
limonada en el vaso y al instante se formó en el fon
do una especie de nube que tomó al principio un co
lor azulado , despues el de záfiro opaco , y última
mente verde esmeralda : al llegar á este color se fijó,
por deci rio asi , en él , para no variar : el esperimen-
toera conclu vente , no dejaba duda alguna.
— El desgraciado Barrois ha sido envenenado con
la falsa angustura ó con la nuez de San Ignacio, di
jo d'Avrigny , y lo afirmaré asi delante de Dios y de
ios hombres.
Villefort no contestó, levantólos brazos al cielo,
abrió sus espantados ojos y como herido de un rayo,
se hundió mudo y terrible sobre un sillon.
— 529 —

fot

19.

LA ACUSACIÓN.

u lizo volver en si el señord'Avrigny al majistrado


que parecia un segundo cadáver en este fúnebre apo
sento.
— Ah ! la muerte se ha apoderado de mi casa !
esclamó el señor de Villefort.
Decid el crimen , respondió el doctor.
— Señor, d'Avrigny , gritó Villefort, no puedo
espresar lo que por mi pasa en este momento , no sé
si es miedo , dolor ó locura.
— 530 —
— Si , dijo d'Avrigny con una calma imponente,
eso creo yo tambien ; pero ya es tiempo de arrojar es
te vergonzoso letargo , ya es tiempo de obrar , es
tiempo de que opongamos un dique á ese torrente
de mortalidad : en cuanto á mi , me siento incapaz
de guardar mas tiempo semejante secreto , como no
sea con la esperanza de vengar muy pronto á la so
ciedad y á las victimas. '
Villefort arrojó al rededor una mirada sombría.
— En mi casa, murmuró, en mi casa !
— Vamos, majistrado, dijo d'Avrigny, sed hom
bre: intérprete de la ley , honraos á vos mismo por
medio de una inmolacion completa.
— Me haceis estremecer, doctor, una inmola
cion?
— Ya lo he dicho.
— Sospechais pues que alguno?....
— No sospecho de nadie : la muerte llama á vues
tra puerta y va, no ciega sino inteligente, de cuar
to en cuarto escojiendo sus victimas. Pues bien ! sigo
sus huellas , veo por donde ha pasado , adopto la
prudencia de los antiguos; busco por todas partes,
porque mi cariño para con vuestra familia y el res-
peto que siempre me habeis inspirado vos, es una
doble venda que cubre mis ojos Pues bien
— Oh ! hablad , hablad , doctor ! tendré valor.
— Pues bien, señor , teneis en el seno de vuestra
casa , quizá en el seno de vuestra familia , uno de
esos fenómenos espantosos que se ven una vez cada
siglo. Locusta y Agripnia, viviendo al mismo tiem
po , son una escepcion , que prueba el celeste eno
— 531 —
jo con que la Providencia quiso perder de una vez
al imperio romano, manchado con tantos crimenes.
Brumehault y Fredegonda son los resultados del
trabajo penoso de un civilizacion en su infancia, en
la que el hombre-aprende á dominar el espiritu por
medio del enviado delas tinieblas. Escuchad, pues,
señor Villefort.... y temblad !
Todas estas mugeres habian sido ó eran aun jóve
nes y hermosas : en su frente habia florecido ó fto
recia aun aquella inocencia que se encuentra tam
bien en la culpable que teneis en vuestra casa.
Villefort arrojó un agudo grito, juntó sus manos,
y miró al doctor con ademan suplicante. Este con
tinuó sin piedad :
— Busca á aquel á quien aprovecha el crimen ,
dice un axioma de jurisprudencia.
— Doctor ! desdichado doctor ! esclamó Villefort,
ah ! cuántas veces la justicia de los hombres se ha
engañado por esas funestas palabras! lo ignoro pe
ro me parece que este crimen....
— Ah ! con que al fin confesais que el crimen
ecsiste ?
— Si. Lo conozco, qué quereis? es preciso, pe
ro dejadme continuar. Me parece que este crimen
recae sobre mi solamente y no sobre las victimas.
Sospecho algun desastre para mi en medio de todas
estas muertes.
— Oh! hombre, murmuró d' Avrigny,el mas
egoista de todos los animales , la mas interesada de
todas las criaturas , que crees siempre que la tier
ra se mueve, que el sol brilla y que la muerte ases
— 532 —
ta sus tiros solamente para ti : hormiga maldicien
do áDios desde encima de una yerbecilla ! Y acaso
no perdieron nada los que han perdido la vida ? y
el señor de Saint Meran y su esposa, el señor Noir-
tier
— Cómo , el señor Noirtier ?....
— Si.... si ! Creeis por ventura que fué al des
graciado criado á quien quisieron envenenar ? No,
no ; como el Polonio de Shakespeare ha muerto
por otro. El señor Noirtier debia beber la limona
da, y la bebió segun el órden lógico de las cosas ; el
otro sola la tomó por casualidad , y aun que Bar-
rois haya muerto , era el señor Noirtier el que de
bia morir.
— Pero entonces como no ha sucumbido mi pa
dre?
— Acordaos de lo que os dije paseando una tarde
por el jardin , pocos momentos despues de la muer
te de la señora de Saint-Meran os dije que porque
estaba y.i su cuerpo acostumbrado á ese veneno;
porque la dósis , insignificante para él es mortal
para cualquiera otro ; porque en fin nadie sabe, ni
aun el asesino , que hace un año combato con el
brucino ó nuez de San Ignacio la parálisis del señor
Noirtier, miéntras que el asesino no ignora, sino
por el contrario , conoce por esperiencia que es un
veneno sumamente activo.
— Dios mio ! Dios mio ! esclamó Villefort , tor
ciendo los brazos.
— Seguid los pasos del criminal. Mata al señor
de Saint-Merán
— 533 —
— Oh doctor !
— Lo juraria ; lo que me han eontado de los sin
tomas está de acuerdo con lo que yo he visto con
mis propios ojos.
Villefort dejó de contradecir y lanzó un gemido
sordo.
— Mata al señor de Saint-Merán repitió el doc
tor y mata tambien á la señora de Saint-Merán ; el
fruto debe ser una herencia doble.
Villefort se enjugó el sudor que copiosamente se
desprendia de su frente.
— Escuchad con atencion.
— Desdichado de mi ! balbuceó Villefort; no pier
do una palabra... ni una sola.
— El señor Noirtier , siguió el señor d' Avrigny
con su desapiadado tono; el señor Noirtier, habia he
cho un testamento antes de ahora en que os perjudi
caba, tanto á vos como á vuestra familia al dejar
todos sus bienes á los pobres. Nada se espera de él,
y esto le salva : pero apenas un segundo testamento
cambia aquella disposicion, cuando temeroso de que
en un tercero la varie , se le hiere. Me parece que
su segundo testamento se hizo antes de ayer. Ya
veis como han procurado que no se perdiese la oca
sion y qué prisa se han dado.
— Oh ! piedad ! señor d' Avrigny.
— Nada de piedad , señor. El médico tiene una
mision sagrada sobre la tierra, y para llenarla de
bidamente es preciso se remonte hasta el principio
de la vida , y baje hasta las misteriosas tinieblas de
la muerte. Cuando se ha cometido un crimen, y Diog
TOMO III. 59
— 534 —
espantado sin duda aparta su vista del criminal, el
médico debe decir : Vedle ahi !
— Gracia para la hija ! murmuró el señor Ville-
fort.
— Ya veis que vos, su padre mismo, la nom
brais !
— Gracia para Valentina! Escuchad, esto es im
posible: no.... mejor quisiera acusarme á mi mis
mo ! Valentina, un corazon tan puro , una azuce
na en la inocencia....
— Nada de gracia , señor procurador del rey ; el
delito está patente , la misma señorita de Villefort
ha empaquetado las medicinas que se enviaron al
señor de Saint-Merán y el señor de Saint-Merán ha
muerto.
La señorita de Villefort preparó las tisanas que
se suministraron á la señora de Saint-Meran , y la
señora de Saint-Meran murió.
La señorita de Villefort ha tomado de las ma
nos de Barrois la botella de limonada que trajo de
afuera y que su abuelo toma todas las mañanas ,
y este anciano ha escapado milagrosamente. La se
ñorita Valentina es la culpable la envene
nadora ! Señor procurador del rey , cumplid con
vuestro. deber : yo os denuncio á la señorita de Vi
llefort. '
— Doctor, no os resisto mas, no me defiendo, os
creo ; pero por piedad compadecéos de mi vida , de
mi honor.
— Señor de Villefort , repuso el doctor con en
tusiasmo creciente , hay circunstancias en que yo
—- 535 —
traspaso los limites de la imbécil circunspeccion
humana. Si vuestra hija hubiese cometido el pri
mer crimen , y la viese meditando para cometer
el segundo , os diria : advertidla , castigadla , y
que pase el resto de sus dias en el silencio de un
claustro , entre la oracion y las lágrimas. Si fuera
su segundo crimen, os diria : señor de Villefort ,
hé aqui un veneno para el que no hay antidoto co
nocido , pronto como el pensamiento , rápido co
mo el relámpago , mortal como el rayo : dád
selo , encomendad su alma á Dios ; y salvad de es
te modo vuestro honor y vuestra vida porque se
atenta á ella. No la veis , padre ciego cual se
aprocsima la hija criminal á la cabecera de vues
tro lecho con su hipócrita sonrisa y sus falsas y
dulces palabras? Guardaos poneos en defen
sa, y desgraciado de vos si no heris el primero !
He aqui lo que os diria , si solamente hubiese ase
sinado dos personas ; pero ha visto tres agonias ,
ha contemplado tres moribundos , se ha arrodi
llado junto á tres cadáveres Al verdugo la
envenenadora , al verdugo ! Me hablais de vues
tro honor y yo os digo que la inmortalidad os es
pera.
Villefort cayó de rodillas.
— Escuchad , dijo , no tengo esa fuerza de áni
mo que manifestais y que quizá no tendriais si en
vez de mi hija Valentina se tratára de vuestra hija
Magdalena.
El doctor se puso pálido.
— Doctor, todo hombre nacido de la inugcr hrt
— 536 —
venido al mundo para sufrir y morir ; sufriré y es
peraré la muerte.
— Tened cuidado , dijo el señor d'Avrigny, será
muy lenta esa muerte la vereis acercarse paso
á paso , despues de haber herido á vuestro padre ,
á vuestra mujer y puede ser que tambien á vuestro
hijo.
Villefort casi sin conocimiento apretó el brazo
del doctor.
— Escuchadme, gritó con desesperacion, compa-
decedme, socorredme No; mi hija no esculpa-
ble... Presentaos ante un tribunal Yo dirésiem-
pre, no no... mi hija no es culpable , no hay crimen
en mi familia No quiero lo ois No quie
ro que haya un crimen en ella , porque el crimen ,
es como la muerte , jamás viene sola. Escuchad...
qué os importa que muera asesinado? Sois mi ami
go? Sois hombre? Teneis valor?.... No, vos sois
médico!.... Pues bien, os digo que no seré yo el
que entregue á mi hija en las manos del verdugo.
Ah ! ved una idea que me devora, que cual un in
sensato me impele á desgarrar con mis uñas mi pe
cho !.... Y si os engañaseis , doctor, y fuera el cri
minal otro y no mi hija!... Si un dia me presentase
pálido como un espectro á deciros... Asesino ! tú has
muerto á mi hija !.... Si esto sucediere , soy cristia
no , señor d'Avrigny , y sin embargo me mataria.
— Bien , dijo el doctor , despues de un momento
de silencio , esperaré.
Villefort le miró como si dudase aun de sus pala
bras.
— 537 —
— Solamente , continuó d' Avrigny , con \oz len
ta y solemne , si cualquiera de vuestra familia cae
malo , si os sentis vos mismo atacacado , no me lla
meis porque no vendré. He querido partir con vos
este secreto terrible , pero no quiero que la ver
güenza y el remordimiento me persigan hasta mi
casa creciendo y destrozando mi conciencia : porque
estoy seguro que el crimen y la desgracia acrece
rán , y fructificarán en vuestra casa.
— Es decir , que me abandonais , doctor?
— Si, os abandono, dijo con sombrio acento,
porque no puedo seguiros mas lejos y me detengo
al pie del cadalso. Llegará el instante en que algu
na otra revelacion terrible ponga fin á esta espan
tosa trajedia. Adios.
— Doctor , os ruego
— Los horrores que manchan vuestra casa la ha
cen odiosa y fatal. Adios , caballero.
— Una palabra, una sola palabra aun , doctor
Os vais, dejándome en una situacion horrorosa que
habeis aumentado con vuestras revelaciones. Mas
qué se dirá dela muerte instantánea, repentina de
este antiguo criado , qué se dirá?
— Es verdad, dijo el doctor, acompañadme.
Salió el primero y le siguió el señor de Ville-
fort, los demas criados impacientes estaban en los
corredores y escalera por donde debia pasar el mé
dico.
— Señor, dijo d' Avrigny á Villefort hablando en
voz alta , para que todos le oyesen , el pobre Bar-
rois tenia una vida demasiado sedentaria hacealgu
— 538 —
ños anos : estaba además acostumbrado á correr á
caballo ó en coche con su amo por las cuatro par
tes de Europa ; el servicio monótono , junto á un si
llon , ha concluido con su existencia. La sangre se
ha vuelto mas crasa, habia plétora, su cuello era
corto y como hinchado , le atacó una apoplegia ful
minante y me han avisado un poco tarde por des
gracia.
— Ah ! añadió en voz baja, tened cuidado de
echar al sumidero la vasija de las violetas.
Y el doctor sin dar la mano á Villefort, sin ha
blar mas , salió acompañado de las lágrimas y la
mentos de todas las personas de la casa.
En la misma noche todos los criados de Villeforl
se reunieron en la cocina y hablaron detenidamen
te ; resolvieron presentarse á la señora Villefort y
pedirla permiso para dejar su servicio; nada les de
tuvo , ni aumento de salario , ni gages, nada, na
da , á todo respondian :
— Queremos irnos porque la muerte está en esta
casa.
Y á pesar de las súplicas que les hicieron , todos
se marcharon no sin dar á conocer el sentimiento que
les causaba dejar á tan buenos amos , y sobre todo
á la señorita Valentina, tan buena, tan bienhecho
ra y tan dulce.
Villefort á estas palabras les clavó sus miradas
con constancia.
Valentina lloraba.
Cosa estraña ! al través de la emocion que le pro
dujeron estas lágrimas , al mirar á la señora de Vi
— 539 —
llefort, vió agitarse en sus labios una sonrisa friay
fatidica , que pasó por sus delgados labios , como
»ino de esos metéoros que se deslizan siniestros por
entre dos nubes en el fondo de un cielo tempes
tuoso.

FIN DE LA CUARTA PARTE.


r
— 541 —

PARTE QUINTA.

i.
EL CUARTO DE UN PANADERO RETIRADO.

E l signor Andrea Cavalcanti , con el cabello ri


zado y lustroso, los bigotes retorcidos y guan
tes blancos, á cuyo través se señalaban las uñas,
entró casi de pié en su cabriolé , en el zaguan
del banquero , bajada d'Antin , en aquella mis
iono ni. 60
— 542 —
ma tarde en que salia de casa de Danglárs el can
de Morcerf recordando la inesperada negativa con
rabiosa cólera y vergüenza.
Al cabo de los diez minutos de conversacion en
la sala, encontró el medio de retirarse con Danglárs
al hueco de una ventana, y alli despues de un preám
bulo sumamente diestro , le espuso los tormentos
que sufria desde el viaje que emprendiera su noble
padre. Deciale que desde aquel momento, habia
hallado en la familia del banquero , que le recibie
ra como á un hijo , toda la dicha que un hombre
debe buscar antes que la pasajera satisfaccion de un
capricho ; y en cuanto á la pasion, habia tenido la
felicidad de encontrarla en los ojos de la señorita
Danglárs á quien locamente amaba.
• Danglárs le escuchaba con la mayor atencion ;
hacia dos ó tres dias que esperaba esta declaracion,
y al oiría se dilataron sus órbitas , fruncidas y som
brias como cuando escuchó a Morcerf: sin embargo
no dejó de hacer algunas concienzudas observacio
nes al jóven antes de acoger su proposicion.
— Señor Andrea , le dijo ; no sois un poco jóven
para pensar en casaros ?
— Bah ! no señor , al menos á mi me parece que
no : en Italia los grandes señores se casan general
mente muy jóvenes ; es una costumbre lógica. La
ocasion la pintan calva y la vida es tan incierta ,
que la felicidad debe aprovecharse en el momento en
que se presenta.
— No obstante , caballero, replicó Danglárs, ad
mitiendo que vuestras proposiciones que me honran
— 543 —
ciertamente fueran del beneplácito tambien de mi
mujer y mi hija , con quién tratariamos la cuestion
de interés? Me parece que es una cuestion impor
tante , y que tan solo los padres saben tratarla de
un modo conveniente para la dicha de sus hijos.
— Señor, contestó, mi padrees un hombre de
talento , lleno de prudencia y moderacion ; y pre
viniendo tal vez el caso probable de que desease es
tablecerme en Francia ; me ha dejado al marchar ,
con los documentos que aseguran mi identidad , una
carta en la que me asegura , en el caso en que es
coja una mujer que sea tambien de su aprobacion,
ciento cincuenta mil libras de renta desde el dia mis
mo de mi matrimonio: Esta cantidad , por lo que
puedo juzgar , será poco mas ó menos la cuarta par
te de la que forman sus rentas.
— Yo, dijo Danglárs, he tenido siempre inten
cion de dar á mi hija quinientos mil francos de dote
dejando aparte el ser mi única heredera para des
pues de mis dias.
— Pues bien , dijo Andrea ; ya veis que el asun
to no puede ir mejor , si suponemos que mi peti
cion no será desechada por la señora baronesa de
Danglárs , ni por la señorita Eugenia , y henos pues
con ciento setenta y cinco mil libras de renta. Su
pongamos por ejemplo , que obtenga del marqués
que en lugar de pagarme la rentame dé el capital,
— esto creo no será fácil , pero puede suceden-
nos hareis producir estos dos ó tres millones que en
manos hábiles pueden dar el diez por ciento.
— Nunca tomo capitales mas que al cuatro , dijo
— bU —
el banquero , y algunas veces al tres y medio , pero
á mi yerno lo haré al cinco, y partiremos los bene
ficios.
— Convenidos ! suegro mio . dijo Cavalcanti , sin
poder ocultar las maneras algo vulgares que de vez
en cuando se manifestaban á pesar de sus esfuer
zos , y del barniz aristocrático con que procuraba
encubrirlas. Volviendo de pronto sobre sí añadió :
— Perdonad , caballero , dijo , veis que solamen
te la esperanza me vuelve loco Qué será la rea
lidad ?
— Pero , dijo Danglárs , que por su parte no se
percibió de que esta conversacion tan distinta en
su principio , habia tomado ya el jiro de un nego
cio de intereses : vuestro padre no puede rehusaros
una parte de vuestra fortuna.
— Cuál? preguntó el joven.
— La que procede de vuestra madre.
— Es verdad, la que procede de mi madre Leo
nora Corsinari.
— Y á cuanto podrá ascender esa parte ?
— Por vida mia , dijo Andrea , os aseguro que
nunca me he ocupado de averiguarlo, pero creo que
serán dos millones por lo menos.
Una especie de sofocacion de placer embargó por
unos momentos los sentidos de Danglárs al escuchar
estas palabras , sofocacion parecida á la que siente
el avaro, que encuentra un tesoro perdido, ó el
hombre que está para ahogarse y halla bajo sus pies
la tierra firme en lugar del abismo espantoso que
creia que se lo iba á tragar.
— 54o —
— Quiere decir, caballero dijo Andrea saludan
do afectuosamente al banquero, que piiedo espe
rar
— Señor Andrea, respondió Danglárs, esperad,
y creed que si no hay algun obstáculo por parte
vuestra que retarde la ejecucion , es ya negocio con
cluido.
— Ah ! rne colmais de alegria ! dijo Andrea.
— Pero , añadió reflexionando, es estraño que el
conde de Monte-Cristo, vuestro padrino en este mun
do parisiense , no haya venido con vos al dar este
paso.
Andrea se enrojó imperceptiblemente.
— Vengo de su casa , respondió ; es un hombre
encantador, pero de una originalidad inconcebible;
ha aprobado mi resolucion , me ha dicho que no du
daba un instante que mi padre me daria ei capital
en lugar de la renta: me ha prometido valerse de
su influjo para ayudarme á alcanzarlo pero me ha
declarado formalmente, que jamás habia dado ni
daria un paso en persona , que no echaria sobre si
la responsabilidad de hacer una peticion matrimo
nial. Pero debo hacerle justicia, pues no titubeó en
añadir que si alguna vez habia sentido tener esta
repugnancia, era ahora que se trataba de mi, y
cuando creia que esta union seria feliz y acertada.
Por lo demas no quiere hacer nada oficialmente y
se reserva contestaros cuando le veais.
— Ah ! muy bien !
— Ahora , dijo Andrea con aquella sonrisa encan
tadora , con que acostumbraba dar dulzura á sus
— 5iG — \
facciones; he concluido de hablar al suegro y medi-
rijo al banquero.
— Veamos lo que deseais ahora , dijo á su vez
riendo Danglárs.
— Pasado mañana debo cobrar unos cuatro mil
francos en vuestra caja , pero el conde ha conocido
que el mes que va á empezar me traerá quizá gas
tos para los que no es bastante mi mezquino presu
puesto de soltero , y os traigo este pagaré de veinte
mil francos que no diré que me haya dado , pero
si ofrecido con muchas instancias. Ya veis que está
!irmado por él quereis admitirlo?
— Traedme por valor de un millon como este,
y todos os los admitiré bien gustoso , dijo Dan
glárs metiendo el pagaré en su bolsillo , decidme
á que hora quereis que vaya mañana mi criado á
vuestra casa con el recibo delos veinte y cuatro mil
francos. ,»
— A las diez , si os parece bien , pero cuanto mas
temprano mejor porque pienso ir "al campo.
— Sea en buen hora, á las diez , fonda del Prin
cipe , no es asi ?
— Si.
Al dia siguiente á las diez los veinte y cuatro
mil francos estaban en poder del jóven con una
exactitud que hacia honor á la puntualidad del ban
quero ; Andrea salió en efecto en ^seguida , dejando
doscientos francos para entregar á Caderousse.
Esta salida de Andrea tenia por objeto el evitar
encontrarse con su peligroso amigo; asi es que por
Ja noche volvió muy tarde; pero no bien puso el
— 547 —
pié en la fonda, cuando se le presentó el portero
que le esperaba con la gorra en la mano.
— Señor, le dijo, aquel hombre ha venido.
— Qué hombre? preguntó neglijentemente An
drea , como si hubiese olvidado á aquel á quien te
nia demasiada presente.
— Aquel á quien V. E. dá esa pequeña pension.
— Ah ! si, el antiguo criado de mi padre. Y bien :
le habeis entregado los doscientos francos que dejé
para él ?
— Si , escelencia, en su propia mano.
Andrea se hacia dar ese tratamiento.
— Pero, continuó el portero, no ha querido re
cibirlos.
Pusóse pálido Andrea, pero gracias á la oscuri
dad de la noche nadie lo advirtió.
— Cómo ! no ha querido recibirlos ? dijo con voz
lijeramente conmovida.
— No; estaba empeñado en hablar con V. E. y
cuando le dije que habiais salido , insistió hasta que
finalmente pareció dejarse convencer y me entregó
esta carta , que traia preparada de antemano.
— Veamos, dijo Andrea, con indiferencia.
Se acercó á la luz de la linterna de su cabriolé y
leyó:
« Sabes donde vivo ; te espero mañana en mi casa
á las nueve. »
Andrea examinó con cuidado el sello por si ha
bía sido forcejeada, y algun indiscreto habia tras
lucido el contenido de la carta ; pero la habian cer
rado de tal modo, y con tales pliegues y dobleces,
— 548 —
íjue para leerla hubiera sido necesario romper el se
llo y este estaba perfectamente intacto.
— Muy bien, dijo; pobre hombre! Es una per
sona escelente.
Y dejó al portero edificado con estas palabras,
y sin saber á quien admirar mas , si al jóven amo
ó al antiguo criado.
— Desengancha cuanto antes y sube, dijo Andrea
á su jockey.
El jóven subió en dos saltos á su cuarto , quemó
la carta de Caderousse esparciendo por el aire las
cenizas.
Acababa de hacer esa operacion cuando entró el
criado.
— Tienes mi misma estatura no es verdad, Pedro?
— Tengo ese honor ; escelencia , respondió el
criado.
— Debes tener una librea nueva que te trajeron
ayer.
— Si señor.
— Tengo un negocio con una mozuela una
griseta, que no quiero conozca mi titulo ni mi
clase; tráeme tu librea y dame tus papeles, por si
es necesario dormir en alguna posada.
Pedro obedeció.
Pasaron cinco minutos lo mas hasta que Andrea
con un completo disfraz que le desfiguraba, salióse
de su casa sin que nadie le conociera y tomando un
coche de alquiler se dirigió á la posada del caballo
rojo,enPiepus. Con el mismo misterio que salió de
la posada del Principe el dia anterior y sin que nadie
— 549 —
le conociera salió al dia siguiente de esta posada y
bajando por el arrabal de San Antonio, tomó el ar
rabal hasta la calle de Menilmontant, deteniéndose
á la puerta de la tercera casa de la izquierda buscan
do á quien preguntar en ausencia del portero.
— A quien buscais, lindo jóven? le preguntó la
frutera de enfrente.
— Al señor Pailetin , buena madre, respondió
Andrea.
— Un panadero que se ha retirado? replicó la cu
riosa frutera.
— El mismo.
— Al fondo del patio, al tercer piso ála iz
quierda.
Andrea tomó efcamino que le indicaban, llegó al
tercer piso, y con una mezcla de impaciencia y mal
humor ajitó la campanilla. No tardó mucho rato en
aparecer la figura de Caderousse en la ventanilla de
la puerta.
— Ah ! veo que eres puntual, dijo, y descorrió el
cerrojo.
— Vive Diosl dijo Andrea al entrar.
Arrojó al suelo la gorra que rodó por todo el
cuarto.
— Vaya, vaya, dijo Caderousse, no te enfades
chico. Acaso causa tu enojo el qne me haya acorda
do de ti, preparado un buen desayuno, todo aquello
que mas te gusta?
Andrea percibió, en efecto, un dolor á cocina , cu
yos aromas groseros no dejaban de tener atractivo
para un estómago hambriento: componiase de una
TOMO III. 61
— 550 —
mezcla de manteca fresca y ajo, que indica los gui
sados favoritos del populacho provenzal, ademas sen
tiase el olor de pescado frito pero sobresalia entre to
dos aquellos tabernarios olores, el mas subido de la
nuez moscada y el clavo. Pudo ver tambien en el
cuarto inmediato preparada una mesa con dos cu
biertos, dos botellas de vino lacradas, una buena
cantidad de aguardiente en una garrafa, y una ma-
cedonia de frutas colocada con maestria en un plato
de china.
— Que te parece, chico? dijo Caderousse. ..que tal,
eh! No es verdad que huele á las mil maravillas?
Per Bacco! No era tan mal cocinero allá abajo, te
acuerdas? Se lamian los dedos tras mis guisotes: y
tú... tú que has sido el primero que ha saboreado mis
ricas salsas, no las despreciarás: y esto diciendo,
Caderousse se puso á mondar una cebolla.
— Bien , bien , decia Andrea con muy mal humor,
pardiez! si me has incomodado solamente para que
almuerce contigo, llévete mil veces el diablo.
— Pero, muchacho, dijo con gravedad Caderous
se, comiendo se habla, y ademas, ingrato, no te gus
ta pasar un rato con un antiguo amigo? Ah ! Yo llo
ro de alegria.
Caderousse lloraba en efecto, solo que hubiera si
so dificil averiguar si era de alegria ó porque el jugo
de la cebolla hacia operacion en la glándula lagrimal
del antiguo mesonero del puente de Gard.
— Calla, hipócrita ! le dijo Andrea. Tu me amas?
— Si te amo? lléveme el diablo, es una debilidad,
dijo Caderousse, losé, pero no puedo remediarlo.
— 551 —
— Pero ese cariño no te ha impedido el hacerme
venir aqui para alguna pillada.
— Vamos, vamos, dijo Caderousse, enjugando el
largo cuchillo de cocina en su delantal , si no te ama
se, tendria paciencia para soportarla existencia tan
miserable como me la haces pasar? Mira , tú traes
puesto el vestido de tu criado; cosa que yo no tengo
y me veo obligado á servirme á mi mismo: haces
ascos á mis guisados porque comes en la mesa redon
da de la fonda del Principe ó en el café de Paris. Mi
ra pues; no seria cosa tan rara el que llegase yo tam
bien á tenar un criado para comer donde se me anto
jase y no obstante me privo de todo. Y á que no adi
vinas por qué , mi querido Benedetto? Por no darte
un sentimiento, porque... ya se vé, es verdad que
podria hacerlo? Confiésalo injenuamente.
Y una significativa mirada de Caderousse terminó
el sentido da la frase.
— Vamos; quiero creer que mamas; pero si es asi,
por qué me obligasá venir á almorzar contigo?
— Para verte , chico.
— Para verme. Y qué necesidad tenias de ello?
No tenemos ya arregladas las condiciones de nues
tro trato?
— Eh ! querido amigo, dijo Caderousse, acaso hay
testamento sin codicilos? pero has venido para almor
zar, siéntate y empecemos por estas sardinas y la
manteca fresca. Ah! miras mi cuarto, mis cuatro si
llas de paja y mis grabados de á tres francos el cua
dro! Pardiez qué quieres? esta no es la fonda tlel
Principe.
- 552 -
— Vaya, ahora estás disgustado, ya no eres feliz,
cuando hace un momento te contentabas con parecer
un panadero que ha dejado el oficio.
Caderousse dio un suspiro.
— Vamos, que tienes que decir? has visto reali
zado tu sueño ?
— Tengo que decir que es un sueño; un panade
ro que deja el oficio, mi buen Benedetto, suele ser
rico y tener rentas.
— Rentas tienes tú, voto á tal.
— Yo?
— Si; no te traigo tus doscientos francos?
Caderousse seencojió de hombros.
— He reflexionado que me humilla demasiado,
dijo, el verme obligado á recibir un dinero que se dá
de mala gana, un dinero efimero que puede faltarme
de hoy á mañana , y conoces muy bien que tengo que
hacer economias para el caso en que tu prosperidad
viniese á menos. Ay, amigo mio ! la fortuna es in
constante como decia el capellan del... regimiento.
No ignoro que la tuya es inmensa, buena alhaja,
que estás nadando en la prosperidad y la ventura, y
que para completar la fiesta vas muy pronto á casar
te con la hija de üanglárs ?
— Que es eso de Danglárs ?
— Lo que oyes, de Danglárs I Me parece que no
es cosa de que yo diga del baron Danglárs: porque
seria lo mismo que si dijera del conde Benedetto.
Danglárs era un amigo, y si no tuviera tan mala me
moria, debiera convidarme á tu boda, porque asistió
á lamia... Si, si, si, á la mia! Caramba! Entonces
no era lan orgulloso; y era un insignilicante comisio
nado de la casadel señor Morrél. He comido muchos
dias con él y con el conde de Morcerf... Ya ves que
tengo buenas relaciones y que si quisiera cultivar
las, nos encontrariamos en los mismos salones.
— Vaya, vaya! los celos te hacen ver visiones,
Caderousse.
— Lo que tnquieras, Benedetto mio, pero yo
bien sé lo que me digo. Tal vez vendrá dia en que yo
me ponga tambien los trapitos de dias de fiesta y lla
mé á la puerta de alguna casa de amigo. Mientras
tanto siéntate, y comamos.
Caderousse dió el ejemplo poniéndose á devorar el
almuerzo, con tan escelente apetito como escojidas
eran las alabanzas que hacia de todos los platos que
servia á su huésped. Este se resignó al parecer: des
tapó con mucho desenfado las botellas , y dió un
avance á un guisado de pescado , y al bacalao sazona
do con ájiti ájiti.
— Compadre, dijo Caderousse, parece que te avie
nes con tu antiguo cocinero.
— Por vida mia que si; respondió Andrea, en
quien , como á jóven , y vigoroso el apetito desvane
cia por el momento las demas ideas.
— Y encuentras esto bueno , picaronzuelo!
— Tan bueno que no comprendo como un hom
bre que guisa y come tan bien puede fastidiarse de
la vida.
— Eso consiste, dijo Caderousse, en que una sola
idea amarga todos mis goces.
— Una ¡dea fija? y cuál c?, mi buen Caderousse?
TOMO III. 62
— 554 —
— La de que vivo á costa de un amigo , cuando
siempre me he ganado con tanta habilidad la vida
por mi mismo.
— Oh ! oh ! no es mas que eso ? Entónces tran
quilizate porque gracias á Dios , dijo Andrea , ten
go bastante para dos, y no debes apurarte.
— No ; puede que no me creas , pero al fin de
cada mes tengo remordimientos.
— Buen Caderousse !
— Y esto es tan cierto, como que ayer no quise to
mar los doscientos francos.
— Si, querias hablarme : pero seamos francos,
eran efectivamente los remordimientos ?
— Los remordimientos mas atroces, y despues se
rae habia ocurrido una idea.
Andrea se estremeció ; siempre le hacian estre
mecer las ideas de Caderousse.
— Mira , es tan mezquino , continuó , tener que
esperar siempre al fin del mes !
— Bah ! dijo filosóficamente Andrea , decidido á
ver venir á su compañero : no se pasa la vida es
perando? Yo, por ejemplo que hago mas que espe
rar? Tengo paciencia, y Cristo con todos.
— Tambien yo tendria paciencia si en vez de es
perar doscientos francos miserables , esperase cin
co ó seis mil , tal vez diez , y quien sabe si hasta
doce mil ; porque eres un avaro. No habrás olvida
do que cuando eramos camaradas allá , no te falta1
ba tu hucha que tratabas de ocultar al pobre amigo
Caderousse. Afortunadamente tenia, como sabes,
.buenas narices el amigo Caderousse.
— 555 —
— Ya vuelves á divagar, dijo Andrea ; siempre
estás hablando de lo pasado. A qué viene fso?
— Ah ! tú tienes veinte y un años, y puedes ol
vidar lo pasado ; yo cuento cincuenta, y tengo ne
cesidad de recordarlo. Pero no importa , volvamos
á los negocios .
— Volvamos.
— Queria decir que si yo me encontrase en tú
puesto....
— Qué harias ?
— Realizaria....
— Como! realizarias....
— Si , pediria un semestre adelantado con el pre-
lesto de tener un poco mas de libertad y anchura,
y comprar una hacienda, y despues con mi semes
tre tomaria las de Villadiego.
— Ola ! ola ! ola! dijo Andrea , tal vez no está
tan mal pensado !
— Querido amigo, dijo Caderousse , come de mi
cocina y sigue mis onsejos, y no te irá mal Tisica y
moralmente.
— Está bien ! pero dime , por qué no sigues tú
el consejo que me dás? por qué no realizas un se
mestre , ó aunque sea todo un año para retirarte á
Bruselas? En vez de parecer un panadero retirado,
parecerias un comerciante arruinado en el ejerci
cio de sus funciones ; y no es idea tampoco tan mal
pensada ; no es verdad ?
— Pero cómo demonios quieres que me retire con
mil doscientos francos?
— Ah ! dijo Andrea , como te vas volviendo ec-
— 550 —
sijente! Acuérdate que hace dos meses te moriasde
hambre.
— El comer y rascar hasta empezar , dijo Cade-
rousse enseñando las dientes como un mico que rie,
ó como un tigre que refunfuña. Y partiendo con
aquellos mismos dientes tan blancos y tan agudos, á
pesar de la edad , un enorme pedazo de pan , aña
dió: tengo un plan.
Los planes de Caderousse asustaban á Andrea
mucho mas todavia que sus ideas : las ideas no eran
mas que el gérmen, pero el plan era la realizacion.
— Veamos ese plan , dijo, debe ser bonito!
— Y por qué no ? El plan por medio del cual de
jamos el establecimiento del señor Chose, á quien
se debe , eh? me parece que á mi ! y no seria tan
malo , cuando nos encontramos en este sitio.
— No lo niego , contestó Andrea, algunas veces
aciertas ; pero en fin , veamos tu plan.
— Veamos mi plan, prosiguió Caderousse, pue
des tú, sin desembolsar un cuarto , hacerme posee
dor de quince mil francos?.... no , quince mil fran
cos es una miseria para hacer de un picaro enveje
cido en la truaneriaun hombre honrado, y serán ne
cesarios lo menos... una friolera mas.... treinta mil.
— No puedo, respondió secamente Andrea, no
puedo.
— No me has comprendido segun parece, respon
dió Caderousse con frialdad y con calma, porque eso
ha de ser sin que tu desembolses un cuarto.
— Quieres ahora que yo robe, para que nos per
damos y vuelvan á llevarnos allá abajo?...
— Oh ! á mi me importa poco , dijo Caderousse,
tengo una condicion sumamente original, jamás me
fastidian mis antiguos eamaradas; no soy como tú,
que no tienes corazon y no deseas volver á verlos.
Esta vez Andrea hizo mas que estremecerse, se
puso pálido.
— Vaya, Caderousse , no digas disparates.
— Qué! no, vive tranquilo, mi buen Benedetto;
pero indicame un medio para ganar esos treinta mil
francos , sin mezclarte tú en nada; dime solo como
he de obrar y nada mas.
— Pues bien, veré, buscaré, dijo Andrea.
— Pero entre tanto me subirás la renta á quinien
tos francos no es verdad, chico? Tengo una mania...
quisiera tomar una criada.
— Bien : tendrás quinientos francos ; pero la car
ga es mucha , mi pobre Caderousse , y tú abu
sas...
— Bah ! dijo este, puestoque los sacas de unos co
fres que no tienen fondo.
Se hubiera dicho que Andrea se vió asaltado de
las mismas ideas que su compañero , pues sus ojos
brillaron de pronto, pero vuelto á su calma'habi-
lual , dijo: *
— Si , es verdad , mi protector es escelente pa
ra mi.
— Querido protector ! dijo Caderousse ; ello es
que te dá todos los meses ?....
— Cinco mil francos, respondió Andrea.
— Tantos miles, como cientos me das tú, replicó
Caderousse; en verdad que no hay nadie tan dichoso
— 558 —
como un bastardo. Cinco mil francos todos los meses,
ven qué diablo puedes gastar tanto dinero?
— Oh Dios mio ! pronto se me van de mi bolsillo
y nunca tengo un cuarto. Por esta razon desearía
como tú tener un capital.
— Un capital... si... comprendo todo el mun
do querría de buena gana tener un capital.
— Pues yo tendré uno.
— Y quién te le dará , tu príncipe?
— Si, mi príncipe, pero por desgracia me es pre
ciso esperar.
— Esperar? qué? preguntó Caderousse.
— Su muerte.
— La muerte de tu príncipe?
— Si.
— Como es eso ?
— Porque me hace un legado en su testamento.
— De veras ?
— Palabra de honor.
— Y cuanto te deja?
— Quinientos mil francos.
— Nada mas que eso ? gracias por la friolera.
— tís como te digo.
— Vamos vamos eso es muy poco, y no lo
creo.
— Caderousse , eres mi amigo?
— Cómo si lo soy I hasta la muerte.
— Pues bien , voy á confiarte un secreto.
— Di.
— Pero escucha.
— Oh ! pardiez ! mudo como una carpa.
— 559 —
— Pues bien, creo.... y Andrea se detuvo echan
do una mirada al rededor.
— Crees?.... No tengas miedo : pardiez! estamos
solos.
— Creo que he hallado á mi padre.
— A tu verdadero padre?
— Si.
— No al padre Cavalcanti ?
— No, puesto que este se ha marchado.
— El verdadero como tu dices...
— Ese pad re verdadero es pues. . .
— Es , Caderousse, es... pero guarda el secreto.
— Lo guardaré. Acaba.
— Es el conde Monte-Cristo.
— Bah!
— Si: te loesplicaré y lo comprenderás: esto lo
esplicatodo: él no puede reconocerme publicamente
á lo que parece, pero hace que me reconozca el se
ñor Cavalcanti y le dá por esto cincuenta mil fran
cos.
— Cincuenta mil francos por confesar que era tu
padre? Yo lo hubiera hecho por la mitad del precio,
por veinte mil, por quince mil. Cómo no pensaste
en mi, ingrato?
— Y sabia yo nada de esto? todo se hizo mientras
estábamos allá abajo.
— Ah! ya lo veo. Dices que en su testamento...
— Me deja quinientos mil francos.
— Estás seguro?
— Me lo ha enseñado, pero aun hay mas.
— Apostaria cualquier cosa á que se oculta detrás
— 560 —
del dichoso testamento algun codicilo como decia yo
hace poco?
— Probablemente.
— Y en este codicilo..,
— Me reconoce..
— Ah ! qué buen padre ! qué honrado padre ! qué
honradisimo y nunca bien ponderado padre ! Es to
do un padre: dijo Caderousse haciendo el molinete
con el piato que tenia en la mano.
— Ya lo sabes todo, di aun que tengo secretos
para ti !
— No, y tu franqueza te honra á mis ojos; y el
principe tu padre es rico, riquisimo?
— Creo que él mismo no sabe lo que tiene.
— Es posible?
— Pardiez! yo lo creo, y tengo motivo paradlo ;
á todas horas entro en su casa, y he visto el otro dia
á un mozo del Banco que le traia cincuenta mil fran
cos en billetes, en una cartera que abultaba tanto co
mo lu servilleta, y ademas ayer su banquero le trajo
cien mil francos en oro.
Caderousse estabaabsorto; y en su ilusion de ava
ricia creia que las palabras del jóven tenian el sonido
del metal y que oia rodar los montones de luises.
— Y. tú vas á esa casa ? esclamó con sencillez.
—Cuando quiero.
Caderousse permaneció pensativo durante algun
tiempo, y cualquiera hubiera advertido que le ocu
paba algun pensamiento profundo.
— Desearia ver lodo eso; dijo, cuan hermoso de
be ser !
— 561 —
— Ciertamente, respondió Andrea, es magnifico.
— Y no vive á la entrada de los Campos Eliseos?
— Número 30.
— Ah ! dijo Caderousse , número 30"?
— Si , una hermosa casa aislada, con jardin á la
entrada : apuesto cualquier cosa á que ya sabes
cual es.
— No lo dudaria; pero poco me importa á mi lo
exterior. Qué hermosos muebles debe haber en ella!
Eh?
— Has visto las Tullerids alguna vez?
— No.
— Pues aun son mas bellos.
— Dime, Andrea, debe ser muy agradable bajar
se para recojer la bolsa de ese Monte-Cristo, cuando
la deja caer.
— Qué ! No es necesario esperar ese momento,
dijo Andrea, el dinero rueda en aquella casa como
las frutasen un jardin.
— Escucha : deberias llevarme un dia contigo.
— Es imposible! Y con qué pretesto?
— Tienes razon, pero has escitado mi curiosidad
yes absolutamente necesario que yo vea todo eso: yo
encontraré un medio y...
— Eso es imposible, Caderousse.
— Me presentaré como un criado para lustrar el
pavimiento de los cuartos.
— Todos están cubiertos de preciosas alfombras.
— Qué lástima! entonces me contentaré con ver
lo solo en mi imajinacion.
— Es lo mejor que puedes hacer, créeme.
— 562 —
— Procura al menos darme una idea de cómo está
aquello.
— Y cómo quieres que lo haga?
— Nada mas fácil. Es grande?
— Ni grande ni pequeño.
— Pero cómo está distribuido?
— Mucho me pides, y para darte gusto seria ne
cesario tintero y papel para trazar el plan.
— Aqui lo tienes, dijo Caderousse con precipita
cion.
Y fué á buscar en un viejo escritorio una oja de
papel blanco , tintero y pluma.
— Toma , hijo mio , esplicame todo eso en un
papel.
Andrea tomó la pluma con una imperceptible son
risa y empezó.
— La casa, como te he dicho, está situada entre
el patio y el jardin de esta manera.
— Paredes altas?
— No , ocho ó diez pies á lo mas.
— No es prudente, dijo Caderousse.
— A la entrada varios naranjos y flores.. .
— Y no hay trampas para los lobos?
— No.
— Las cuadras?
— A los dos lados de la verja que ves en este lado.
Y Andrea continuó dibujando su plano.
— Veamos el piso bajo , dijo Caderousse.
— Un comedor, dos salones, un billar, la escale
ra en el vestibulo y una escalera secreta.
— Y ventanas?
— 563 —
— Ventanas magnificas, y tan anchas que un
hombre como tú pasaria por un vidrio.
— Y para qué diablos sirven las escaleras con se
mejantes ventanas?
— Qué quieres? el lujo.
—Y estas ventanas tienen postigos?
— Si, tienen puertas, pero para nada sirven: el
conde de Monte-Cristo es un hombre orijinal que le
gusta ver el cielo de noche.
—Y donde duermen los criados?
— Tienen habitacion aparte : figúrate un hermoso
cobertizo, al entrar, destinado águardar los instru
mentos de los labores y otros objetos innecesarios, y
encima de este cobertizo, recien construidos una por
cion de cuartos para los criados con campanillas que
corresponden al cuarto principal.
— Diablo! conque hay tambien campanillas?
— Qué decias?
— Nada, digo que cuesta muy caro poner esas
campanillas , y quisiera que me dijeran esos señores
para que sirve un lujo tan tonto y tan inútil.
— Antes habia un perro que soltaban por la no
che, pero lo han llevado á la casa de Auteuil: no te
acuerdas? aquella donde viniste á encontrarme por
primera vez.
— Si?
— Es una imprudencia, le deciayoayer, señor
conde, porque cuando vais á Auteuil, y os llevais
todos vuestros criados , la casa queda casi abando
nada.
— «Y qué quereis decir con eso? me preguntó.»
— 504 —
— « Qué el mejor dia os robarán.»
— Y qué te respondió?
— Qué me respondió?
— Si.
— «Y qué me importa que me roben ? »
— Andre