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CUIDAR A LOS QUE CUIDAN: “Realización laboral y burnout”

“Los derechos del enfermo están fuera de duda. De los derechos de


quien lo cuida nadie habla. Nos enfermamos con la enfermedad del
otro” (Neuman, 2012 a)

“ … el dolor es la única fuerza que se crea de la nada, sin gasto


y sin trabajo. Es suficiente no mirar, no escuchar, no hacer nada.”
Primo Levi (2000 a)

“Una sola estrella, aún la más pequeña, convierte una noche cerrada en
un cielo” Francisco Maglio (2011 a)

RESÚMEN

Se consignan las características del cuadro de agotamiento físico y emocional que puede
sobrevenir en aquellos que ejercen profesiones asistenciales de ayuda, distinguiéndolo de
aquellos síntomas que pueden llegar a presentarse en quienes forman parte de una
organización institucional patológica. Se hace referencia a los Espacios de Respaldo Asistencial
como instancias adecuadas a prevenir o a revertir los síntomas dependientes de un “burnout”

Palabras Clave

Bunout, Patología Institucional, Espacios de Respaldo Asistencial

1
a) BURN OUT

El psiquiatra estadounidense H. Freudenberger, basándose en el personaje de una novela


de Graham Greene - “A Burnt-Out Case” –, hizo observaciones referidas a los estados físicos y
psicológicos que tanto él como sus colegas sufrían al trabajar durante un período considerable – de
1 a 3 años - asistiendo a un alto número de pacientes en una clínica para toxicómanos de Nueva
York (1974 a). Ante un tipo de tarea que se caracterizaba por una carga horaria excesiva, salarios
bajos y una demanda exigente, la mayoría de los asistentes sufría una pérdida progresiva de energía
vinculado a un estado de agotamiento emocional, un estado de extrañamiento respecto de sí
mismos, pérdida de “sentido” de un trabajo al que se habían consagrado por vocación ,una marcada
indiferencia hacia los asistidos y la íntima convicción de incompetencia. Con el tiempo se asistía a la
aparición de síntomas psicológicos severos - prevalentemente incluidos en el espectro de los
trastornos ansiosos y depresivos– , procesos somáticos de distinta gravedad, crisis familiares,
consumo de sustancias psicoactivas, todo lo cual coincidía con ostensibles cambios de conducta en
el ámbito laboral, habiendo llegado a reconocer casos en las que los mismos terapeutas terminaban
agrediendo a las personas asistidas.

Ante la falta de bases biológicas específicas y de criterios unánimes por los cuales podrían
ser diagnosticados y tratados, el consenso académico aún hoy se muestra renuente a otorgar un
lugar específico a esta entidad como diagnóstico.

La referencia a esta forma de agotamiento profesional se incluye, por el momento, dentro


de los trastornos adaptativos del DSM V - (2013 a) -, referidos al desarrollo de síntomas
emocionales y físicos a partir de una situación de stress psicosocial, o se lo considera como la
secuela de un conflicto laboral e incluirlo en el Eje I de la CIE-10 - Clasificación Europea
Internacional de Enfermedades (2014 a) - por cuanto esta es la calificación que se usa cuando el
objeto de atención clínica se relaciona con un conflicto laboral que no se debe a un trastorno
mental o, si se vincula a un trastorno mental previo, este conflicto laboral es lo bastante grave
como para merecer una consideración independiente.

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Desde su descripción inicial hasta hoy han ido reclamando carta de ciudadanía dentro del
“burnout” manifestaciones tan diversas como:

• Extenuación

• Incapacidad de experimentar placer (anhedonia)

• Escepticismo respecto al sentido de lo que se ofrece

• Desconfianza hacia los compañeros de trabajo

• Sensación de ineficacia

• Déficit atencional

• Déficit de concentración

• Ausentismo

• Aislamiento

• Depresión crónica

• Crisis existencial

• Variaciones en el peso

• Insomnio

• Mareos

• Cefaleas

• Dolores musculares (Fibromialgias)

• Infecciones

• Afecciones en la piel

• Trastornos respiratorios

• Trastornos digestivos

• Trastornos cardiovasculares

• Abuso de alcohol

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• Abuso de psicofármacos.

• Riesgo de suicidio

Poco después de que Freudenberger hiciera sus primeras publicaciones, la psicóloga Christina
Maslach también se hubo de ocupar de considerar el burnout, desarrollando una encuesta
ampliamente utilizada por quienes se interesan en detectar y medir la intensidad de este fenómeno.
El “Maslach Burnout Inventory” -MBI- (Maslach y Jackson, 1981), es un instrumento que se ha ido
reelaborando teórica y operacionalmente en distintas ediciones (Maslach, Jackson y Leiter,
1996).Las 22 preguntas clásicas de esta encuesta auto aplicada se dividen en tres sub-escalas: Las
mismas miden: a)“El grado de agotamiento emocional”; b) “El sentimiento de realización que los
encuestados encuentran en su desenvolvimiento laboral”; c) “El nivel de despersonalización
promovido por el agotamiento, sub-escala, esta última, que algunas versiones prefieren definir
como el “grado de cinismo” que presentan los encuestados (Shirom,2009 a). El “cinismo”
representa al tipo de lazo interpersonal que suelen desarrollar los aquejados por este cuadro, en
alusión al trato desaprensivo, insensible y excesivamente apático que suelen deparar los
trabajadores quemados hacia las personas que atienden.

La identificación con la angustia del enfermo y la de sus familiares, la reactivación de


conflictos no resueltos o la frustración de las expectativas terapéuticas frente a los cursos evolutivos
desfavorables, son algunos de los factores que se invocan con mayor frecuencia a la hora de explicar
los motivos por los cuales los profesionales de la salud serían especialmente vulnerables para el
desarrollo de este cuadro. Quien llegó a ser laureado internacionalmente por haber consagrado su
vida profesional a investigar el burnout1, afirmaba que su aparición guardaba estrecha relación con
el clima laboral, observando un: «deterioro y cansancio excesivo y progresivo unido a una reducción
drástica de energía... acompañado a menudo de una pérdida de motivación...que a lo largo del
tiempo afecta las actitudes, modales y el comportamiento general». H. Freudenberger (1998 b).

1
En 1999 la Asociación Estadounidense de Psicología le entregó a Freudenberger la Medalla de Oro por la calidad
de estas contribuciones.

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De acuerdo a lo considerado en el capítulo VII podemos añadir que, cuando se trata de
enfermos con rasgos alexitímicos, el lazo interpersonal que suelen establecer con los profesionales
de salud que los asisten se caracteriza por un “apego desconectado”2. Este estilo relacional,
característico de los pacientes psicosomáticos, también se presenta en los toxicómanos, lo que nos
lleva a recordar el grupo original sobre el que se hicieron las primeras apreciaciones relativas a este
cuadro.

Es cierto que no todos los pacientes orgánicos tienen rasgos de alexitimia en su estructura de
personalidad habitual. No obstante, el médico tiende a incurrir en actitudes de omnipotencia que
precipitan su desgaste, donde sus pacientes de todo tipo lo suelen inducir a desenvolverse de
acuerdo a esta modalidad. Psicosomáticos o no, aún en aquellos que no son proclives al apego
desconectado, de acuerdo con la regresión a etapas de dependencia e indefensión que suele
imponer una patología orgánica, con frecuencia son los enfermos de todo tipo los que proyectan
sobre el médico la figura del héroe mítico que departe con los dioses y que en consonancia con ellos
puede devolverles la salud.

Sabemos que la eventual recuperación de la salud no es algo que el médico “hace”. Una
asistencia médica solvente contribuye sin lugar a dudas a esa recuperación, pero si esta se alcanza
es por un amplio espectro de factores concurrentes que ayudan a que muchos pacientes se
recuperen. Entendiendo a la salud en términos integrales, sabemos que la despersonalización
médico asistencial cuenta con la capacidad de provocar aquello mismo que la medicina se propone
tratar. En términos del filósofo Hans Gadamer: “Por un lado, está el diagnóstico, que requiere hoy
de una técnica tan especializada que – por lo general - al médico no le queda otra salida que exponer

2
En las personas alexitímicas se asiste al contraste entre una notable capacidad de apego e intrusión en la vida de los
demás y la incapacidad de registro de los sentimientos propios y ajenos. Por esta vía se llega a la abolición de la
vitalidad anímica – propia y ajena - en una modalidad en la que no faltan las explosiones y las descargas violentas de
tensiones no cualificadas. En orden a esta modalidad de apego desconectado, la percepción de estos
enfermos:“opera a la manera de una ventosa o una sanguijuela que permite la adhesividad, carente de conciencia,
salvo respecto de los estados orgánicos del cuerpo al cual el yo se adosa” (Maldavsky, 1994 a). Así por ejemplo, en el
curso de un análisis familiar, los estallidos irascibles de una niña de 8 años demostraron depender de la estimulación
intrusiva de una abuela adhesiva que operaba para ella como una fuente pulsional y no como receptora empática. (
Cfr. Maldavsky, D. 1994 b : Caso Genoveva).

5
al paciente al anonimato de la tecnología clínica”……“Todo esto, es decir, lo que antes convertía al
médico de la casa en amigo de la familia, señala elementos de la efectividad médica que hoy han
dejado un vacío doloroso”(1996 a).

El anonimato tecnológico no siempre se cualifica como el vacío doloroso que describe


Gadamer. Cuando a este anonimato se añade la escasez de tiempo impuesta por el tercero pagador,
aunada a la distancia afectiva que imponen los profesionales quemados, no faltan los indicadores
que nos permiten inferir que ese vacío doloroso puede transmudarse en estados de furia,
determinando el incremento alarmante de las agresiones físicas que las familias de los pacientes
perpetran actualmente sobre los profesionales de la salud. (Travetto, et. al. 2015 a).

En síntesis, atentos al impacto desfavorable que producen los profesionales quemados sobre
terceros, y en atención a que las secuelas de burnout pueden ser graves para quienes lo padecen
(Hernádez y Cols. 2005 a): “Se recomienda que la vigilancia de la salud del personal sanitario debe
incluir necesariamente la búsqueda del Síndrome de Burnout, debido a las consecuencias
incapacitantes que están descritos en la literatura” (Gomero R. et al. 2005 a)3

b) ESPACIOS DE RESPALDO ASISTENCIAL (ERA) PARA LA PREVENCIÓN Y REVERSIÓN DEL


BURNOUT

Desde el psicoanálisis, los procesos que preceden a la aparición de un burnout se pueden


asimilar a los que precipitan la aparición de un “trauma”. Laplanche & Pontalis, en su célebre
“Diccionario de Psicoanálisis”, con relación a la noción de “trauma” precisan que el mismo se
produce cuando: “El aflujo de excitaciones es excesivo en relación a la tolerancia del aparato
psíquico, tanto si se trata de un único acontecimiento muy violento (emoción intensa) como de una

3
Schernhammer( 2005 a) publicó una revisión relacionada con el problema del suicidio médico, donde veinticinco estudios
distintos mostraron un incremento del suicidio en médicos en un 40%, y de 130% en médicas con respecto a los
profesionales de la misma edad y sexo de la población general.

6
acumulación de excitaciones, cada una de las cuales, tomada aisladamente, sería tolerable; falla
ante todo el principio de constancia, al ser incapaz el aparato de descargar la excitación).” (2004 a).

El principio de constancia, mencionado en la noción anterior, alude a un fundamento regulador


de acuerdo con el cual el aparato psíquico tendería a mantener la cantidad de energía mínima y
necesaria para sostener la ligazón con las ideas, los recuerdos y los afectos propios y significativos.
Esta tendencia a la constancia energética es la que permite experimentar la propia vitalidad, a partir
del ligamen que cada quien logra establecer con sus anhelos e ideales. Frente a excitaciones
excesivas, se asiste a la amenaza del arrasamiento de la ligadura que cada persona mantiene con
aquello que la anima, poniéndose en marcha la evitación cuando esas tensiones excesivas proceden
del exterior, o bien procurando la descarga cuando esos aumentos excesivos de tensión proceden
de fuentes internas al organismo.

En orden a nuestro tema también interesa recordar que, para Freud, el punto de partida del
desarrollo de la subjetividad reside en la conciencia, a partir de la integración de dos grupos de
contenidos diferentes: uno de ellos está compuesto por las percepciones, a partir de las cuales se
habrán de desarrollar luego las “huellas mnémicas”, y el otro está constituido por los “afectos”. De
ambos, el de los afectos es el que ha de aparecer en primer término, porque recién cuando el afecto
se liga a las percepciones estas pueden cualificarse como “huellas mnémicas” sensorialmente
significativas; esto es: cuando el afecto se enlaza con el mundo de las percepciones indiferenciadas,
recién entonces estas adquieren cualidad sensorial y una organización que resulta en la constitución
de todo aquello que resulta significativo para cada quien. Sentir, tener el espacio y el entorno
empático que favorezca la posibilidad de registrar y experimentar los propios afectos, es un
requisito esencial para que el mundo perceptual se torne significativo en las etapas tempranas del
desarrollo, o para que luego recupere esa significatividad, en el caso en que esta haya sido arrasada
y desligada por tensiones excesivas que pueden presentarse en el curso de la vida adulta.

Al respecto es preciso tener en cuenta que la constitución de la subjetividad no es algo


terminado, cuya constitución se establece de una vez y para siempre en el curso de la primera

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infancia, por cuanto se trata de un proceso en desarrollo permanente, donde el trabajo de ligazón
entre afectos y percepciones puede verse interferido por demandas excesivas que ocurran durante
alguna etapa, desencadenado estados de embotamiento que conllevan la pérdida, por lo menos
transitoria, de las tonalidades y los matices que distinguen al mundo significativo de cada quien,
mundo en el que cada persona encuentra la fuente de su propia tensión vital.

El burnout resulta justamente del encuentro entre un monto excesivo de demandas intensas
y apremiantes procedentes del entorno, donde la falta de tiempo de recogimiento y la ausencia de
un entorno empático obturan el proceso de ligadura, haciendo que la subjetividad de muchos
agentes asistenciales quede desbordada por un monto de percepciones que no llegan a ligarse
afectivamente, apareciendo la abulia y la confusión respecto de sí, como el resultado de no haber
podido sentir, durante demasiado tiempo y en demasiadas ocasiones, los propios sentimientos a
los que esas percepciones del entorno podrían haber hecho lugar. De haberse operado ese proceso
de ligadura entre el dolor de los demás y el impacto de este sufrimiento sobre sí, se hubiesen podido
recuperar las propias energías, vinculadas a esas experiencias, como resultado de haber tramitado
exitosamente esas operaciones de asimilación.

La complejidad y el número de los factores actuales que interfieren con el desarrollo de una
asistencia médica adecuada, determinan que el curso clínico del burnout y sus consecuencias se
reconozcan hoy en términos crecientes en los profesionales de la salud, sin conciencia social
suficiente respecto a las secuelas que sobrevienen a esta forma de agotamiento profesional, sobre
todo por los ideales que esta forma de agotamiento traiciona.

Un trabajo psicoanalítico de Leonardo Wender referido a la “vocación” (1965 a) es por su


calidad y riqueza una referencia obligada para quienes se interesan por considerar los móviles
inconscientes de la vocación médica, señalando el número de aquellos que se inclinan por esta
profesión cuando ellos mismos, o las personas más significativas de su entorno (familiares de primer
orden), en el curso de desarrollo temprano, han padecido enfermedades angustiantes que han

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requerido asistencia. Wender relaciona a la vocación médica con los conceptos de reparación,
sublimación, identificación y creatividad.

“La vocación, psicoanalíticamente hablando, puede entenderse como el impulso a la


expresión coherente y adecuada de los requerimientos reparatorios, surgidos como
respuesta a la percepción inconsciente de un objeto interno dañado. Di- cho proceso, se
inicia tempranamente y tiene su raíz de origen en la elaboración de las ansiedades
correspondientes a la posición depresiva” […] Volviendo al concepto psicoanalítico de
vocación, como una respuesta a los requerimientos reparatorios internos, diré que para
entender el sentido de este “llamado” hay que considerar en la vocación el vínculo entre
un sujeto o “vocado” y su objeto interno o “vocante”. En este sentido, podemos redefinir
vocación, diciendo que es la percepción del llamado o reclamo del objeto internalizado
que puede pedir, exigir, reclamar, suplicar, etc.; atención, cuidado, reconstrucción,
reparación…por los daños, descuidos o manejos de los que ha sido objeto” (Pag.70)

Si consideramos que la vocación por asistir a personas en estado de desvalimiento físico suele
ser la respuesta a ese llamado inconsciente por confortar a esos otros, acaso lejanos, pero que nos
han constituido por habernos amado, a quienes a su vez hemos amado y hemos visto sufrir,
descubrir nuestro trato displicente y constatar que estamos desarrollando nuestra tarea asistencial
en términos deficitarios, puede hacer lugar a desenlaces de consecuencias imprevisibles por efecto
de la culpa y de las autoagresiones descomplejizantes que dependen de esa defraudación.

Quien se haya desenvuelto como residente de cualquier especialidad médica conoce en


carne propia lo que significa desplazarse de madrugada, después de jornadas de trabajo
interminables, por decenas de camas ocupadas por personas desvalidas que solicitan asistencia con
mayor o menor urgencia, a quienes una palabra amable les resuelve muchos de sus malestares.
¿Durante cuánto tiempo se puede mantener ese trato amable imprescindible, sin contar con los
espacios que les permitan a estos profesionales volver sobre sí? Escuchar no es indagar, escuchar
es ante todo una actitud, una destreza, que se expresa en gestos que le hacen saber a alguien que
estamos disponibles para él. No resulta sensato exigir a un profesional de la salud que sea capaz de

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sostener con sus asistidos una actitud de escucha atenta y considerada, cuando este no es nunca
escuchado a su vez. Cuando el impacto personal que produce la tarea asistencial no encuentra
espacios de desahogo, este impacto reiterado se convierte en un exceso tensional crónico que llega
a un vaciamento energético, cuya expresión clínica puede recibir el nombre de burnout, trastorno
por estrés post traumático o neurosis traumática. Al margen de las diferentes formas en las que se
haya etiquetado a esta demolición de los recursos energeticos, lo que confirma la existencia real y
la especificidad de estos cuadros son los rasgos comunes en los que estos diferentes
etiquetamientos coinciden.

Respecto al “cinismo”, al que ya se ha hecho mención en las consideraciones de Maslach,


vale destacar que autores de distintas procedencias teóricas coinciden en señalar la presencia de
este mismo rasgo aunado a la falta de energía vital. Maldavsky, desde el psicoanálisis, describe al
“cinismo” como uno de los discursos catárticos característicos de las neurosis tóxicas o traumáticas,
en las que destaca la presencia de un núcleo abúlico al que interpreta como un “dolor sin sujeto
que lo sienta” a falta de un entorno empático que le permitiría a ese sujeto – en nuestro caso un
agente de salud – ligar sus registros perceptuales con su afectividad. Desde otras latitudes teóricas
– distintas a las de Maslach y Maldavsky - cuando el DSM- V establece los criterios desde los cuales
se puede tipificar un “Trastorno de estrés postraumático” [309.81] (F43.10) ( trastorno que como
ya dijimos se propone englobar al burnout ) el manual de la Asociación Psiquiátrica Americana
consigna los siguientes rasgos para precisar la existencia de este trastorno:

• Creencias o expectativas negativas persistentes y exageradas sobre uno mismo, los demás o
el mundo (por ejemplo, «Estoy mal», «No puedo confiar en nadie», «El mundo es muy
peligroso», «Tengo los nervios destrozados»).
• Percepción distorsionada persistente de la causa o las consecuencias de los sucesos
traumáticos que hace que el individuo se acuse a sí mismo o a los demás.
• Estado emocional negativo persistente (por ejemplo, miedo, terror, enfado, culpa o
vergüenza).
• Disminución importante del interés o la participación en actividades significativas.
• Sentimiento de desapego o extrañamiento de los demás.

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• Incapacidad persistente de experimentar emociones positivas (por ejemplo, felicidad,
satisfacción o sentimientos amorosos).

Hacia el final del inventario de criterios que tipifican a este cuadro, el DSM-V propone registrar
la presencia o ausencia de síntomas disociativos del “Trastorno de estrés postraumático”,
describiendo a los mismos en los siguientes términos:

“Los síntomas cumplen los criterios para el trastorno de estrés postraumático y, además, en
respuesta al factor de estrés, el individuo experimenta síntomas persistentes o recurrentes de una
de las características siguientes:

• Despersonalización: Experiencia persistente o recurrente de un sentimiento de desapego y


como si uno mismo fuera un observador externo del propio proceso mental o corporal (por
ejemplo, como si se soñara; sentido de irrealidad de uno mismo o del propio cuerpo, o de que
el tiempo pasa despacio).

• Desrealización: Experiencia persistente o recurrente de irrealidad del entorno (por ejemplo,


el mundo alrededor del individuo se experimenta como irreal, como en un sueño, distante o
distorsionado).”

Al margen de que sean distintas las nomenclaturas que se eligen para hacer referencia a un
mismo cuadro, lo que resulta apremiante es reconocer la existencia y la frecuencia del burnout,
sopesando la extensión y las consecuencias que dependen de su presentación creciente en los
profesionales de la salud.

Estas páginas han sido desarrolladas en apoyo a los espacios de respaldo asistencial que
quien suscribe ha tenido la oportunidad de coordinar en tres ocasiones principales para prevenir y

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revertir este cuadro. En dos de esas tres ocasiones la experiencia se extendió por espacio de tres
años y, en el tercer caso, la experiencia culminó en 8 meses. El primero de esos espacios estuvo
dedicado a un grupo de residentes de un servicio de Medicina Familiar, el segundo se desarrolló en
una Unidad de Cuidados Paliativos en su etapa inaugural y, el tercero – el de duración más breve -
estuvo compuesto por un grupo de enfermeras universitarias. Nos reuníamos semanalmente por
espacio de 1 y ½ a 2 horas, en un horario reservado específicamente a ese fin, de modo tal que no
éramos interrumpidos por demandas asistenciales.

Los rasgos comunes a estas tres experiencias fueron: 1) en ningún caso quien oficiaba de
coordinador era miembro del mismo servicio al que pertenecían los integrantes del grupo. Se suele
decir que debe haber una distancia necesaria para promover ciertos cambios dentro de una
institución, pero esta toma de distancia difiere de una extranjería respecto de las situaciones cuya
repercusión se promueve expresar. Si se quiere operar trasformaciones no alcanza con proveerse
de distancia; sobre todo si esa distancia es la expresión de un pensamiento que se forjó en
realidades muy distantes de aquellas sobre las cuales se pretende operar. Mi condición de
psiquiatra que ejerció la medicina interna y completó alguna vez una residencia en clínica médica,
presumo que me ofreció la posibilidad de ocupar una posición equidistante que resultaba apropiada
para acompañar a esos grupos – compuestos mayoritariamente por médicos generales - a registrar
la dimensión afectiva de su labor. 2) los integrantes de aquellos tres grupos planteaban los
problemas que se les presentaban con pacientes internados – o con las familias de estos- por cuanto
se trataba de profesionales que se dedicaban a tareas de asistencia intrahospitalaria en forma
exclusiva. En el caso de los residentes del Servicio de Medicina Familiar y en el de las enfermeras
universitarias yo pertenecía al mismo hospital – aunque a otro servicio- , y en el caso de la Unidad
de Cuidados Paliativos yo no pertenecía ni a ese servicio ni a ese Hospital.

Otro dato a tener en cuenta es que el grupo de enfermeras era homogéneo; esto es: al margen
de que ellas tenían distinto rango, todas se habían diplomado profesionalmente en el mismo
hospital en el que establecíamos esos encuentros. En el caso de los residentes del servicio de
medicina familiar y en la unidad de cuidados paliativos la situación era otra, porque en el mismo

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espacio estuvieron invitadas a participar psicólogas y trabajadoras sociales que colaboraban con
esos servicios, de modo tal que en estas dos experiencias el grupo no era homogéneo por lo menos
desde el marco conceptual de referencia en el que cada uno de sus miembros había sido formado
en el pregrado. Los Espacios de Respaldo Asistencial (ERA) estuvieron orientados a compartir:

a) “cometido”: Encontrar un espacio de desahogo, orientado a la comunicación del


impacto personal que las experiencias asistenciales despiertan en los profesionales de la
salud, lograr revertir así las devastaciones anímicas, evitando que ese desgaste haga lugar
a ejercicios asistenciales deficitarios. El impacto emocional que despiertan las distintas
facetas de la asistencia ante todo debe sentirse y registrarse para llegar a desahogarse y
eventualmente compartirse en un espacio de expresión común, marcado por la
horizontalidad y signado por un acuerdo de férrea confidencialidad, donde todo lo que
se vuelca en esos espacios debe quedar allí.
Los espacios de respaldo asistencial son instancias de psicoprofiláxis orientadas al
cuidado de los que cuidan, donde la prioridad es crear el clima que permita la expresión
afectiva de quienes están llamados a tener una actitud empática y receptiva con terceros,
sin contar con un entorno empático y receptivo para ellos mismos.

De acuerdo con la función primordial de estos espacios, quienes resultan ser


claves para su funcionamiento son los mismos compañeros, por ser quienes se ven
obligados a arrostrar situaciones semejantes cotidianamente y cuentan, por ello, con esa
forma particular del “saber” que sólo se adquiere “en situación”. La prioridad es propiciar
el desahogo y la comunicación de los sentimientos y las necesidades experimentadas en
el trato que se entabla con las personas somáticamente enfermas y sus familiares. Más
allá de lo planteado, en orden a la prioridad de compartir experiencias y comunicar
aspectos de naturaleza afectiva, también es favorable al quehacer de estos espacios el
desarrollo concomitante de una serie de contenidos teóricos, algunos de los cuales están
orientados a considerar los propios esquemas de asimilación, y otros a profundizar el
sentido de las experiencias específicamente humanas que cada uno de los integrantes a

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veces experimenta y eventualmente decide compartir. Al comenzar cada encuentro – lo
ideal son grupos de 13 a 17 personas - cada uno de los integrantes va comunicando, en
pocas palabras, las experiencias más gratas o acaso las más incómodas que reconoce
haber experimentado en los últimos días en relación a su quehacer, quedando a cargo
del coordinador demorar la actividad del día priorizando la consideración de lo vertido
ese mismo día, o proseguir con la serie de seminarios integrados al temario de contenidos
comunes que se consignan en el punto que sigue.

b) “contenidos”: Incluidos en un temario compuesto por una serie de nociones teóricas, que
comienzan por las que se relacionan con la revisión del contexto histórico y cultural del
que surgieron los conceptos de la medicina contemporánea. Dar a conocer de dónde
proceden sus propios instrumentos operativos, no sirve a los fines de ponerlos en duda.
La mayoría de los conceptos científico-naturales que se integran al paradigma médico
vigente no son cuestionables en sí mismos. Si son apartados de la experiencia asistencial
concreta se puede corroborar la veracidad de la mayoría de estos conceptos. Ahora bien,
tal como lo afirma C.F. von Weiszaeker, V. ( 1956 a) “La insuficiencia de las ciencias
naturales no estriba en lo que afirman sino en lo que silencian”, y entre estos aspectos
silenciados se incluyen todas las evidencias que marcan la necesidad de establecer sin
demora una articulación cooperativa entre las ciencias de la naturaleza y las humanas,
toda vez que nos referimos a un quehacer cuyo desenvolvimiento específico consiste en
asistir a seres que sufren y lo hacen junto a los suyos. De allí que la puesta en común de
estos contenidos, ligados a la epistemología, la historia, la sociología del conocimiento,
permite considerar los intereses ajenos a la salud que bregaron, en su momento, por
organizarse como paradigma cuya pretensión fue prescindir de consideraciones
específicamente humanas a la hora de abordar algo tan consustancialmente humano
como son los problemas médicos. La experiencia de haber considerado los contenidos
de esta índole en los ERA ha sido favorable. Creo poder afirmar que las aristas más agudas
del paradigma médico se moldearon a partir de estas consideraciones, haciéndose el

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modelo paradigmático a la vez más permeable a las aportaciones procedentes de otras
ciencias de la subjetividad.

Hay componente inercial, cuya fuerza procede de la medicina institucional, que


arrastra a sus miembros, más tarde o más temprano, a desenvolverse de acuerdo con los
modos de las mayorías. Algunos pagan el alto precio de la soledad que conlleva el
autoexilio hacia el campo de las medicinas “alternativas”, para salvar los rasgos de la
propia humanidad que se resisten a entregar a esas fuerzas institucionales que
sensatamente se reconocen superiores a las propias. Al margen del respeto al valor de
algunos de quienes se inclinan por estas opciones solitarias para no ceder al influjo del
consenso, los ERA aspiran a propiciar un cambio orientado a todo el conjunto para evitar
estos exilios.

En el grupo de quienes se dedicaban al ejercicio de los cuidados paliativos fui


convocado después de varios años para volver a coordinar otro ciclo de encuentros de
respaldo asistencial, donde muchos de sus integrantes eran los mismos del grupo original
y lamentablemente no pude dar cuenta de esa solicitud en esa segunda instancia. Con
los grupos de respaldo asistencial seguramente ocurre algo similar a lo que nos sucede a
muchos psicoanalistas, cuando nos sentimos llamados a retomar cada tanto nuestro
propio análisis para poder seguir escuchando a quienes asistimos. No sería un gran
obstáculo reconocer que ya no sólo los psicoanalistas, sino todos los trabajadores de la
salud podríamos llegar a necesitar la reanudación de ciclos periódicos de respaldo
asistencial. Para las mayorías no constituye una noticia justamente novedosa si alguien
afirma que los seres humanos necesitan descansar y alimentarse todos los días. Pero esa
afirmación que para la mayoría de los legos constituiría una obviedad, no resulta ser sin
embargo algo tan obvio para los mismos médicos. Si no fuera así, a los encargados de
organizar los servicios de salud no se les ocurriría imponer de 2 a 3 guardias de 24 hs
seguidas por semana a quienes cursan su primer año de residencia, sin que estos puedan
interrumpir las tareas asistenciales que tienen previstas para la jornada que sucede a la
noche en la que no pudieron descansar. Situaciones como la anterior invitan a pensar en

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la pertinencia de la humorada tantas veces repetida, en la que alguien pregunta cuál es
la diferencia entre Dios y un médico, y frente a la falta de respuesta de los interrogados
quien planteó la pregunta inicial contesta que Dios no cree que es médico. Quienes
ejercemos profesiones de ayuda somos, en el mejor de los casos, sanadores heridos que
habríamos descubierto el tesoro vocacional contenido en nuestras propias heridas,
mientras estas no se encuentren contaminadas ni nos impongan un decaimiento actual
que resulte ser demasiado intenso.

En síntesis, en orden a las nociones de corte epistemológico que se desarrollaron


en los espacios de respaldo asistencial, nadie fue invitado a denostar su propio marco de
pertenencia disciplinar en orden a esos contenidos. El Paradigma Infeccioso siguió siendo
el esquema de referencia que permitía dirimir las deliberaciones materiales y biológicas
de la actividad médica (condiciones de asepsia, policultivos, reproducción experimental,
identificación de los agentes ajenos y exteriores a la persona que pueden haber afectado
la salud), pero la revisión del modelo permitió reconsiderar la necesidad de reinsertar al
sujeto en la asistencia, empezando por las consideraciones debidas a la subjetividad de
los propios agentes de salud.

Al avanzar en nuestros encuentros regulares, desde la coordinación se presentaron los


rasgos de las principales estructuras psicopatológicas, con miras a que sus integrantes
pudieran reconocerlas en sus enfermos somáticos y eventualmente desenvolverse mejor en
el vínculo que establecen con ellos, procurando destacar el estilo vincular complementario
que resulta más adecuado para cada una de esas organizaciones de la subjetividad. Tal el caso
de los procesos psicóticos en los que prevalecen los rasgos paranoides, donde el trato
empático, o excesivamente afable, produce en estos pacientes estados de desconfianza que
pueden llegar a desestabilizar a estos enfermos. En línea se incluye la consideración de los
rasgos distintivos de las organizaciones subjetivas perverso-psicopáticas, a fin de que los
profesionales estén menos propensos a caer en sus manejos, señalándose también lo que
suelen augurar las idealizaciones que reciben los asistentes por parte de los pacientes con
marcados rasgos narcisistas, donde el odio está siempre al acecho y el pasaje brusco hacia
una idealización negativa suele resultar inexplicable. En algunos casos, esta esfera de

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discernimientos permitía demostrar la conveniencia de extender el pedido de una
interconsulta médico psicológica, orientada a colaborar con la asistencia. Aunque constituyan
una minoría, existen entonces los asistidos en quienes las actitudes más firmes y el trato
interpersonal más distante son las actitudes asistenciales más atinadas para desenvolverse
con ellos. Presumir que el estereotipo asistencial afable y cordial es la modalidad a seguir en
todos los casos constituye, por lo menos, una actitud simplista. Si se aspira a reinsertar al
sujeto en la asistencia, se impone el establecimiento de consideraciones singulares, más
refinadas y complejas, porque las relaciones entre el simplismo y la realidad son siempre
inapacibles, y las mociones de corte simplista pueden hacer lugar actitudes asistenciales
marcadas por la impericia, la imprudencia e incluso la negligencia .

Otro de los contenidos considerados en estos espacios fueron los cuadros confusionales
agudos -“delirium”( : Ey H. 1978 a) caracterizado por la eclosión súbita de un cuadro profuso
en contenidos delirantes y alucinaciones que pueden ir acompañado, incluso, por estados
de marcada excitación psicomotriz, en ausencia de antecedentes de enfermedades
psiquiátricas previas. En cuadros como estos se impone descartar las causas tóxicas,
infecciosas, daños cerebrales (de origen vascular, traumático o tumoral) siendo los procesos
emocionales los desencadenantes que se reconocen con frecuencia en estos cuadros
confusionales, tal como sucede, por ejemplo, en los postoperatorios complejos, sobre todo
en los que se ven obligados a afrontar aquellos pacientes que no contaron previamente con
una preparación e información suficiente respecto a las molestias que habrían de presentar
en el post-operatorio inmediato (sed, drenajes, unidad en la que se habrían de encontrar al
salir de la anestesia, etc.). Se puede pensar que estos últimos puntos – referidos a estructuras
psicopatológicas, las personalidades narcisistas o a los cuadros confusionales agudos -
contradicen el objetivo central de estos espacios, centrados en priorizar la consideración de
la subjetividad de los agentes de salud. Sin embargo, al avanzar en el proceso de recuperación
de las propias energías, nada resulta tan estimulante como reconocer que se cuenta con
mejores recursos para afrontar situaciones asistenciales frecuentes que no reciben la debida
consideración curricular.

17
b)“contextos”: Cuando se establece una revisión de los orígenes, las limitaciones y los
alcances del propio marco de pertenencia disciplinar, se está considerando el contexto
de descubrimiento y de significación de los propios instrumentos lógicos. También se
integran a esta línea la consideración del contexto que rodea al enfermo durante su
asistencia, lo que permite reconocer a los destinatarios más aptos del entorno para
recibir las informaciones o deliberaciones que estos se encargarán de trasmitir al resto
del grupo familiar, permitiendo cumplir mucho más eficazmente con la “responsabilidad”
que tan acertadamente subraya la corriente bioética personalista que tiene su referente
principal en la obra de Elio Sgreccia (2014 a) Lo consignado en último término se plantea
como un término de consideración indispensable, sobre todo cuando se asiste a cierto
tipo de situaciones frecuentes, tal como sucede en los casos en los que los asistidos son
niños o cuando se trata de pacientes que se encuentran en estado de coma.
La referencia al hecho de compartir “contextos” también alude a la consideración
de las situaciones que dependen del mismo entorno institucional en el que los enfermos
vienen siendo asistidos, el que coincide, para el caso, con la misma institución hospitalaria
en el que los profesionales vienen desarrollando su labor. Estos aspectos, relativos a la
consideración de las imposiciones impuestas por la institución en que se ejerce la labor
debe ser objeto de atención y de registro en los ERA, siempre que no tratase de aspectos
ligados a una severa patología institucional.

Así, las consideraciones debidas a quienes habían tenido un trabajo nocturno y


tenían que continuar su jornada sin haber descansado era uno de los temas de
consideración habitual. En otros casos, los encuentros permitieron concertar algunos
acuerdos de respaldo recíproco que alcanzaban a tener un valor ritual. El evento más
frecuente en relación a este punto dependía de los paros cardíacos que ocurrían en las
salas generales y no respondían a las maniobras de reanimación, situación que solía hacer
lugar a la necesidad de un período de recogimiento, de por lo menos media hora, después
de haber afrontado no sólo la reanimación infructuosa sino la inmediata comunicación a

18
los familiares de la persona que acababa de fallecer. En atención a que las guardias se
establecen de a dos residentes, cuando uno de ambos se había visto obligado a arrostrar
una de estas emergencias, el otro cubría el conjunto de las tareas de su compañero de
durante ese breve período de tiempo. Para quien había estado a cargo de asistir la
reanimación infructuosa del paro cardíaco, durante esa media hora desaparecían las
presiones de los jefes y los plazos a cumplir, y en ese breve lapso “ritual” algunos
reconocían que el ritmo de la propia respiración recuperaba su frecuencia y algunas de
las tensiones musculares cesaban. Los ritos consiguen cerrar una puerta y abrir otra. Se
había estado en presencia del más hondo de todos los misterios y, más allá de la adhesión
o de la ausencia de algún credo en particular, lo sagrado se sustrae al tiempo y a nuestras
disertaciones habituales invitándonos a hacer un alto en nuestro quehacer, aunque sólo
sea para hacer un respetuoso minuto de silencio interior.
En orden a lo que se ha venido considerando es necesario advertir que, cuando el
malestar de los profesionales de salud depende de un cuadro organizacional patológico,
signado por graves fracturas y la presencia de enquistamientos en la institución, en tales
casos la situación excede las posibilidades de los ERA y se impone otro tipo de
intervención.

d)“consideraciones relativas a la subjetividad”: Con estos mismos términos se alude a dos


aspectos diferentes pero sin embargo afines: 1) En un primer sentido estos términos
hacen referencia a la consideración “del sujeto” de la ciencia, entendiendo por tal a lo
que se ha consignado parcialmente en los dos puntos anteriores, en orden a ese marco
paradigmático que, si se lo considera como sujeto, se trata de un tipo de sujeto que sólo
se ocupa de reconocer hechos materiales, desestimando la consideración de cualquier
tipo de fenómeno de naturaleza afectiva). En efecto, cuando la ciencia piensa, en esa
actividad racional envuelve todas las cuestiones que considera de su incumbencia. El
sujeto de la ciencia entiende, así, que los fenómenos relativos a la subjetividad humana
no son temas que le conciernen. El sujeto de la ciencia no conoce otra actividad que vaya

19
más allá de la recopilación de datos que le permitan explicar la naturaleza de fenómenos
materiales. El sujeto de la ciencia, por lo tanto, sólo sabe pensar; el sujeto de la ciencia
no se inmiscuye en problemas que se relacionen con la capacidad de sentir. 2) La alusión
a la consideración de la subjetividad también hace referencia al impacto subjetivo
ineludible que comporta la asistencia de personas somáticamente enfermas, cuya
consideración en extenso es necesariamente de carácter trasndisciplinario, por cuanto
requiere la articulación de aportes que proceden de ciencias de distinto sesgo
epistemológico. Las ciencias de la naturaleza tienen que encontrar el modo de
relacionarse con las ciencias de la subjetividad para poder afrontar los fenómenos
inherentes a esta encrucijada de saberes, donde el cumplimiento de ciertos imperativos
biológicos, tendientes a conservar la vida corporal, es llevado a cabo por personas reales
que no pueden disociar su propia subjetividad cuando desempeñan las competencias
técnicas y objetivas para las cuales han sido entrenadas. El prefijo “trans”: lo que
atraviesa, no se refiere sólo a las disciplinas epistemológicamente diferentes desde el
punto de vista académico, por cuanto también alude a un hecho más llano, referido a
todos aquellos factores que atraviesan los guardapolvos de los agentes de salud
afectándolos subjetivamente. En este punto siempre ha sido necesario reflexionar sobre
las fronteras de la ayuda médico asistencial, subrayando nuestro propósito de desarrollar
la escucha en tanto a actitud empezando por la que intentábamos establecer con
nosotros y entre nosotros. Lo esperable era generar un círculo virtuoso en el que al ser
escuchados por otros cada cual pudiera profundizar la escucha de sí. El recogimiento y la
escucha de sí procuran establecer la ligazón entre los propios afectos y el conjunto de
registros cotidianos impuestos por el trabajo directo con personas en estado de
desvalimiento. Cuando las demandas del entorno sobrepasan las capacidades
emocionales de quienes los asisten, el reencuentro de estos últimos con su propia
afectividad inaugura la progresiva recuperación de esa forma particular de energía que
se consume en la labor asistencial. Así, algunos de quienes asistieron a estos espacios de
respaldo asistencial después de algún tiempo reconocieron haber podido volver a
trasuntar los gestos receptivos con sus pacientes, que habían abandonado desde hacía

20
tiempo. En ningún caso se instó a verbalizar los frutos de esa escucha – ahora más
entrenada - sobre las personas a las que asistían, en atención a la capacidad de las
interpretaciones simbólicas de malograr el equilibrio precario en el que se encuentran
los pacientes somáticos en general. Alexitímicos o no, en todos los casos se trataba de
enfermos que generalmente se encontraban atravesando una etapa delicada por el
hecho de encontrarse internados.

Considerar apreciaciones que proceden de marcos epistemológicos diferentes


que coinciden en el cometido de procurar una mejora asistencial, constituye una
experiencia transdisciplinaria de carácter complejo que parece contradecir la prioridad
de estos espacios orientados a la recuperación de energías. Sin embargo, el entusiasmo
del grupo se hizo sentir ostensiblemente cada vez que sus miembros lograron alguna
intervención asistencial más refinada y compleja como resultado de una elaboración
creativa. Las potencias reparadoras que se desatan cuando se alcanzan grupalmente este
tipo de logros devuelven el sentido y la energía con la que se afronta el trabajo en
términos exponenciales. Esto no significa descuidar el cumplimiento de los cánones de
excelencia que se exige a quienes integran estos espacios desde su respectivo campo de
pertenencia mono disciplinar.

Lejos de los ateneos clínicos o las juntas médicas orientadas a verter opiniones ante casos
complejos, el objeto principal de estos espacios es recuperar las propias energías a partir de
comunicar el impacto personal de las experiencias asistenciales, las que podían coincidir o no con
los contenidos que se van exponiendo en el transcurso de nuestros encuentros. Hay una distancia
insalvable entre los sentimientos que experimentados en términos actuales y lo que puede decirse
de ellos a través de un seminario teórico. Para quien está viviendo un proceso de duelo, de nada
le sirve a esa hora la consideración de los contenidos, sin duda valiosos, que se consignan en un
texto como “Duelo y Melancolía” (Freud, 1988 a). Lo mismo cuando se establecen consideraciones
teóricas relativas al enojo, la angustia o al miedo por el que podamos estar atravesados en
términos presentes. Cuando algún miembro habilita al grupo algo de aquello que está atravesando

21
afectivamente, el objeto del grupo no es nunca interpretar, ni opinar, ni mucho menos juzgar lo
que ese compañero expresa en la ocasión; la escucha atenta y receptiva se expresa las más de las
veces sin palabras. Lo dicho no obsta a que alguna vez resulte oportuna una pregunta breve,
orientada a que aquel que se está expresando se sienta afirmado y contribuya con su desahogo.

La premisa es registrar y eventualmente comunicar lo registrado procurando alcanzar, en


tales casos, expresiones genuinas en las que la subjetividad de los integrantes apareciera
representada en su propio decir. Esa era la vía que auguraba la recuperación de la tensión vital
que podía haberse agotado en el trabajo asistencial. Sentir los propios sentimientos, y el sentirse
sentido por alguien más, es el camino a través del cual cada persona puede reencontrar la fuente
de su propia tensión vital.

Los espacios orientados a compartir y a expresar la angustia o la cólera que generan los
pacientes manipuladores o las familias “difíciles”, no convierte tampoco a estos espacios en
psicoterapias de grupo, por lo menos en términos convencionales, porque al margen de la
saludable ligadura entre afectos y percepciones que estos espacios promueven, la convocatoria
es compartir aquello que se haya desatado a partir de la actividad profesional. En una ocasión,
uno de los participantes tuvo el coraje de habilitar grupalmente los sentimientos encontrados que
reconocía después de asistir a un paciente que había intentado suicidarse, haciéndonos saber que
su abuela pocos años antes se había quitado la vida. Aquella comunicación no hizo lugar a
consuelos ni a la expresión de opiniones por parte del grupo que se limitó a escucharlo
receptivamente.

Los objetivos que se procuran alcanzar en estos espacios se pueden distinguir en: “el
incremento del registro de los propios sentimientos”, “el acceso a ciertos contenidos teóricos” y “el
entrenamiento de las actitudes relacionadas con la escucha atenta del Otro”: los contenidos son los
ítems abstractos consignados en el temario al que ya nos hemos referido; pero el incremento del
registro (la escucha de sí) o el entrenamiento de la escucha del Otro son operaciones concretas
que sólo pueden desarrollarse en situación; de modo que si se trata de la destreza de “escuchar”

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nadie aprende a escuchar sino siendo escuchado, al igual que nadie aprende a jugar al tenis leyendo
el reglamento del juego.

Nos hemos referido a la “falta de palabras” ligada a la pérdida de complejidad que sobreviene
a la desaparición de un idioma en el marco de una cultura, y así también a la proclividad para la
contracción de enfermedades orgánicas cuando faltan palabras para registrar y expresar los propios
afectos, no encontrando motivo lógico alguno que haga presumir que los agentes de salud estarían
exentos de padecer lo mismo cuando no encuentran los espacios adecuados para expresar y
compartir los afectos intensos que registran a diario en orden a su labor.

Los límites de la ayuda asistencial imponen reconocer que la enfermedad y el dolor crean
abismos entre quienes las padecen y quiénes no. Con frecuencia existen intentos desesperados por
saldar esas distancias, tanto por parte de familiares como de algunos agentes de salud que se
identifican masivamente con algunos de sus pacientes entablando un tipo de vínculo desfavorable
para ambos. La escucha, en tanto “actitud” es la que puede llegar a acortar distancias en forma
transitoria en términos pendulares, a efecto de lograr momentos de implicación intersubjetiva, pero
sin llegar ni a la sobre subjetivación desestructurante (como resultado de la identificación masiva
con el paciente), ni a la fría actitud de mero gerenciador de técnicas que desarrolla su actividad en
términos estrictamente objetivantes.

Juan Pablo Berra ha desarrollado un libro cuyos contenidos se pueden extrapolar con
nuestros propósitos, donde plantea que: “la plenitud de la vida humana requiere alcanzar el mayor
nivel de comunicación profunda con uno mismo y con los demás” (2016 a). La obra describe distintos
niveles de comunicación, en orden al grado de tensión vital creciente que estos distintos niveles
generan de acuerdo con su profundidad (nivel 1: información / nivel 2: opiniones / nivel 3:
experiencias de vida / nivel 4: sentimientos / nivel 5: deseos y necesidades, señalando el valor de
estas fuerzas para propiciar el encuentro con lo propio y significativo, eludiendo el riesgo de vivir
en función de los anhelos y expectativas de los demás. En nuestra actividad, la totalidad los
elementos que compartimos habitualmente no van más allá de los dos primeros niveles de

23
comunicación. Estos son:

- 1.Nivel informativo: Este es el nivel de los datos que recabamos en nuestros interrogatorios, el
de los datos semiológicos que registramos a través del examen físico, aunado a los resultados de
laboratorio y al de los análisis complementarios que se le efectuaron durante el día a un paciente,
comunicados durante los pases de guardia a quienes nos relevan; también es el nivel de los datos
que volcamos en la evolución diaria de nuestras Historias Clínicas, o el de los elementos que
volcamos en las Epicrísis que otorgamos a aquellos pacientes que llegan a ser externados.

- 2.Nivel de opiniones: Mil datos por si mismos no crean una opinión. En el nivel de las opiniones
el profesional de mayor jerarquía expresa su parecer respecto al cuadro clínico que determinado
paciente presenta de acuerdo con los datos recibidos a través del primer nivel, y aquí terminan las
comunicaciones previstas dentro de las instituciones en las que los profesionales de la salud
desarrollamos nuestra actividad. No hace falta aclarar que rechazar las informaciones u opiniones
en nuestra ámbito – y en cualquier otro - constituiría una propuesta absurda, pero no contar con
un espacio para compartir el impacto de las situaciones específicamente humanas a las que
nuestro quehacer nos expone constituye, por lo menos, una actitud desaprensiva por parte de
quienes se ocupan de organizar los sistemas de salud, porque el exceso de tensiones que no son
compartidas ni comunicadas terminan por calcinar los recursos emocionales de cualquier agente
asistencial a corto o mediano plazo.

Berra ahonda en otros niveles de comunicación y propone la práctica cotidiana de alguna técnica
de meditación reconociéndola como una valiosa herramienta que permite optimizar nuestra
capacidad de registro. En orden a los embotamientos subjetivos crónicos e invalidantes que se
tipifican como burnout, coincidimos con la conveniencia de recurrir a alguna técnica de meditación,
constatando que si en los espacios de respaldo asistencial logramos relacionarnos desde el 3 ero, el

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4 to y el 5 to nivel, recuperamos por esa vía las energías que pueden haberse consumido en el
desarrollo de nuestro quehacer asistencial.

Antes de terminar con esta parte de estas líneas vale consignar que estos espacios
complementarios a la actividad profesional no deben tener carácter obligatorio y que a partir de
dar a conocer los modos de desenvolvimiento, conviene que el grupo se muestre dispuesto a hacer
lugar a que algunos profesionales puedan acercarse aunque sólo sea por dos o tres encuentros a
compartir sus dificultades. La experiencia de estas participaciones transitorias no ha sido la más
frecuente, pero cuando estas “pasantías” ocurrieron las mismas enriquecieron el trabajo común.

c) APRECIACIONES INCORRECTAS RESPECTO AL BURNOUT, Y SITUACIONES QUE


EXCEDEN A LOS ESPACIOS DE RESPALDO ASISTENCIAL

Conviene no pensar en el “burnout” como una condición ineludible que se presenta


inexorablemente en quienes trabajan con personas en estado de desvalimiento, porque cuando se
naturaliza una situación no se la cuestiona ni se la problematiza suficientemente. Así por ejemplo,
cuando algunas publicaciones sostienen que los profesionales más proclives al burnout son
personas “muy sensibles”, “de altos ideales”, “marcada vocación” y “muy comprometidas con su
trabajo”, se corre el riesgo, a través de esta línea de elogios, de incurrir en una inversión de la carga
de la prueba, porque quienes caen en ese estado serían los responsables de aquello que los aqueja
por ser “demasiado” idealistas, en cuyo caso la salida del problema corre por cuenta exclusiva del
individuo que padece este estado por ser el responsable último de aquello que lo aqueja a raíz de
sus excesos. Otro de los riesgos es encubrir una situación de acoso laboral etiquetándola como
burnout, en cuyo casos se medicaliza una situación que es susceptible de un reproche judicial.
Tipificar a estas situaciones de acoso como cuadros de burnout sólo sirve a los fines de un
encubrimiento, que permite que el acoso prosiga.

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Cuando el decaimiento de algunos miembros de una organización laboral es la respuesta a
situación de "mobbing” (Checa Domínguez, 2015 a), la acción es ejercida a partir de una marcada
asimetría de poder y procede de un grupo que descarga sus ataques sobre un compañero de trabajo
o sobre un grupo de menor rango, reflejando inconscientemente el tipo de “supuesto básico “4 que
asumen los agresores, como modo deficitario de cohesionarse entre sí. Asi Pej : un grupo de
residentes de primer año de cirugía que hubo de renunciar en bloque, después de que un tercero
planteara una denuncia formal por la crueldad de las “bromas” que venían soportando esos jóvenes
durante meses por parte de los residentes mayores. En otros casos – que pueden coexistir con
situaciones de mobbing - las tensiones de los agentes de salud no dependen del desarrollo de la
tarea asistencial en sí, sino de ciertas “fracturas” o “puntos enquistados” que se presentan en la
institución en la que los profesionales desarrollan su tarea.

El psicoanalista Fernando Ulloa (1969 a) ha propuesto un esquema teórico general para el


análisis de las instituciones, sosteniendo que toda institución tiene una historia y se organiza a partir
de tres distribuciones fundamentales: de geografía, de tiempo y de responsabilidades. Los
elementos relacionados con estas distribuciones necesitan comunicarse entre sí, de acuerdo con la
dinámica y las funciones que cada organización institucional despliega en orden a los fines que
procura. La comunicación referida a la utilización del espacio, del tiempo y de los roles, supone la
existencia de ciertos puntos de contacto articular, cuyo funcionamiento y modalidad que debe estar
regulada por normas explícitas y racionales que cada institución se compromete a cumplir. Una
articulación perturbada constituye una “fractura” sobre la cual se crean las tensiones inherentes a
la patología de la institución, al tiempo que las articulaciones no fracturadas son las que favorecen

4Wilfred Bion, médico y psicoanalista inglés que llegó a participar en las dos guerras mundiales del siglo XX.
Al tratar de prestar servicios a varios pacientes a la vez – muchos de los cuales eran exsoldados afectados
por “neurosis traumáticas”- observó que espíritu del trabajo grupal podía flexionarse hacia tres tipos de
supuestos básicos inconscientes que interferían con su desenvolvimiento. Uno de estos modos inconscientes
fue denominado por este autor como el supuesto básico de “ataque y fuga”, donde se reconocía como
apropiada la existencia de un liderazgo que movilizara al grupo para atacar a alguien o bien para conducirlo
a la fuga (1974 a).

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las "delegaciones" necesarias para el desenvolvimiento logrado de una organización institucional.
El monto de articulaciones normales o fracturadas de cada institución, incidirá́ en las posibilidades
de elaborar o de reactivar los conflictos no tramitados de sus integrantes, originando a su vez un
inter juego de dos tendencias contrapuestas: integración y dispersión (organización-
desorganización) que gravitarán sobre la vida institucional.

Cuando los pactos y los secretos abundan5 el clima laboral se enrarece. Se incrementan, a
partir de allí, las fábulas y las murmuraciones que avanzan hacia un terrorismo de sospechas
recíprocas, donde todos los encuentros grupales son presumidos como cónclaves conspirativos que
multiplican el número de las arbitrariedades que recaen sobre un número creciente de chivos
expiatorios configurándose, a esa hora, un estado avanzado de descomposición institucional.

La primacía de una tendencia a la desintegración institucional también puede guardar relación


con el grado de no explicitación de las diferencias que presentaban los núcleos pre-institucionales
en su etapa fundacional, pasando estos desacuerdos a constituirse con el tiempo en puntos
enquistados de una institución marcada por la reincidencia histórica de ciertos tropiezos.

En síntesis, tal como ocurre con un paciente neurótico, de cuya historia el psicoanálisis puede
extraer el sentido de sus síntomas, en una institución el método psicoanalítico se puede aplicar al
desentrañamiento de sus tendencias des organizativas. De acuerdo con las propuestas de Fernando
Ulloa, las instituciones de especial interés para la salud mental son aquellas con las que los
individuos entran en contacto con ellas más precozmente (tal el caso de las familias o el de los
colegios), así como las que reciben a quienes se encuentran en una situación regresiva por estar
disminuidos somáticamente (instituciones de salud).

Así, ante la propuesta de coordinar un espacio de respaldo asistencial (ERA), lo indicado es


hacer un relevamiento previo, a través de una serie de encuentros, orientados a reconocer la

5Más allá de las situaciones en las que puede llegar a ser incluso obligatorio (Vg.: Secreto Profesional) la
diferencia entre “lo secreto” y “lo privado” estriba en que en el primer caso el Otro (la institución en este caso)
ha quedado excluida y el pacto de silencio, en estos casos, hace referencia a algo que no puede llegar a
conocerse, por cuanto comporta una operación transgresiva o ilícita que se pergeña en perjuicio de terceros.

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afinidad con la propuesta que presentan los eventuales asistentes a estos espacios, descartando
que el malestar de los profesionales no dependa de una patología institucional grave (contexto de
aplicación de la actividad asistencial) por cuanto tal situación excede las posibilidades de los
espacios de respaldo asistencial. La reversión de una patología institucional es posible, pero
depende de la solicitud y el compromiso que las autoridades asuman con quienes vayan a llevar a
cabo el análisis institucional.

Por último, también cabe añadir que, si bien el registro de los malestares que se comparten
en estos espacios puede guardar relación con las remuneraciones bajas o con la necesidad de contar
una menor carga horaria, los ERA para la prevención y reversión del burnout no suplen funciones
sindicales, existiendo ámbitos específicos vinculados a estos fines.

En síntesis, la posibilidad de mejorar la asistencia no siempre depende de abultar los


programas de instrucción teórica, sino de propiciar espacios para la expresión de los aspectos
específicamente humanos que se relacionan con nuestra actividad. En atención a que un mejor
registro afectivo relanza potencias creativas que permiten revertir el burnout, se considera que la
pérdida del sentido y de la energía en el trabajo depende de la falta de espacios concretos
orientados a registrar y expresar el impacto personal que muchas de las situaciones asistenciales
comportan. Sin lugar a duda, la desmoralización y la extenuación laboral existen y su reversión
puede demandar tiempos variables, pero la aparición del burnout y el grado en que se presenta
este cuadro alcanza una intensidad mucho menor, cuando se trabaja entre quienes encuentran
un ámbito de expresión común y en esto reside el valor de estos espacios orientados respaldar la
asistencia procurando el cuidado de los que cuidan.

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