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El papel de la Iglesia

Católica en el mundo
Estas son algunas de las obras que realiza la Iglesia en el mundo, ahora, antes
de insultar a la Iglesia pregúntate: ¿qué haces tú por el resto?

La Iglesia Católica en África


14.711 institutos infantiles que dan educación a 1.444.069 niños.

36.613 institutos de primaria que dan educación a 16.472.059 de niños.

12.060 institutos de secundaria que dan educación a 5.241.057 de jóvenes.

Además, 83.298 personas estudian gracias a la Iglesias grados superiores y


177.395 acuden a la universidad.

1.298 hospitales.

5.256 dispensarios.

229 leproserías.

632 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos.

1.398 orfanatos.

2.099 jardines de infancia.

1.728 consultorios matrimoniales.

223 centros de educación o reeducación.

2.556 otras instituciones.

La Iglesia Católica en América


17.052 institutos infantiles que dan educación a 1.382.068 niños.
23.195 institutos de primaria que dan educación a 6.521.866 de niños.

10.965 institutos de secundaria que dan educación a 3.738.541 de jóvenes.

Además, 740.940 personas estudian gracias a la Iglesias grados superiores y


2.210.730 acuden a la universidad.

1.493 hospitales.

5.137 dispensarios.

72 leproserías.

3.815 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos.

2.418 orfanatos.

3.661 jardines de infancia.

5.636 consultorios matrimoniales.

1.551 centros de educación o reeducación.

15.111 otras instituciones.

La Iglesia Católica en Europa


23.959 institutos infantiles que dan educación a 1.954.799 niños.

15.884 institutos de primaria que dan educación a 2.939.700 de niños.

9.633 institutos de secundaria que dan educación a 3.660.559 de jóvenes.

Además, 273.428 personas estudian gracias a la Iglesias grados superiores y


277.691 acuden a la universidad.

1.039 hospitales.

2.637 dispensarios.

21 leproserías.

8.200 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos.

2.194 orfanatos.
2.285 jardines de infancia.

6.173 consultorios matrimoniales.

1.141 centros de educación o reeducación.

13.752 otras instituciones.

La Iglesia Católica en Asia


14.064 institutos infantiles que dan educación a 1.875.272 niños.

16.097 institutos de primaria que dan educación a 5.675.312 de niños.

10.450 institutos de secundaria que dan educación a 5.801.336 de jóvenes.

Además, 1.275.864 personas estudian gracias a la Iglesias grados superiores y


416.918 acuden a la universidad.

1.137 hospitales.

3.760 dispensarios.

322 leproserías.

2.520 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos.

3.980 orfanatos.

3.441 jardines de infancia.

933 consultorios matrimoniales.

581 centros de educación o reeducación.

4.751 otras instituciones.

Estas son algunas de las obras que realiza la Iglesia en el mundo, ahora, antes de
insultar a la Iglesia pregúntate: ¿qué haces tú por el resto?

*Datos Agenzia Fides (Órgano de Información de las Obras Misionales


Pontificias desde 1927).

https://es.blastingnews.com/sociedad/2017/03/el-papel-de-la-iglesia-catolica-en-el-mundo-
001584325.html
El papel de la Iglesia
católica
El papel de la iglesia católica en américa latina

La elección del papa Francisco, primer pontífice latinoamericano, ha generado


una verdadera revolución en la Iglesia católica. El 13 de marzo del 2015, el
santo padre completó apenas su segundo año al frente de la cátedra de Pedro y
ya se podría “tapizar” la plaza de San Pedro con los libros, artículos y
comentarios que pensadores de todo el mundo (católicos y no católicos) han
dedicado a su apostolado. Sencillez, valentía, cercanía, amor al prójimo y
cambios de fondo y forma marcados, ante todo, con su propio testimonio han
sido el sello de su lozano pontificado.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, decía Ortega y Gasset. Por ello no es posible
entender el estilo del papa Francisco sin referirlo a su origen latinoamericano.
Su elección, justo en el momento en que la Iglesia necesitaba “un papa pastor”
después del “gran pensador”, no ha hecho más que ratificar lo que en el
Vaticano era un secreto a voces: América Latina es fundamental para la Iglesia
católica. Esto no solo por lo que la región significa para la Iglesia, sino también
por lo que esta representa para Latinoamérica.

Por un lado, América Latina es muy relevante para el catolicismo. Según datos
del Vaticano y del Pew Research Center, de los aproximadamente 1.200
millones de bautizados del mundo casi 600 son del continente americano; de
estos, 480 millones (el 40%) son latinoamericanos. Además, esta región alberga
a los dos países con mayor cantidad de católicos del mundo: Brasil, con 134
millones, y México, con 96 millones. Claramente, la mayoría de los católicos
del globo son de América Latina.

Ventajas. Aunado a la prominencia de los números, trabajar en América Latina


presenta al menos otras tres grandes ventajas para la Iglesia. Primero, es una
región relativamente joven, especialmente si se le compara con Europa. De
acuerdo al GloboMeter, la tasa de natalidad en América Latina es, en promedio,
poco menos de 20 niños al año por cada 1.000 habitantes, mientras que en
Europa es prácticamente la mitad. De ahí que prestar atención puntual a los
ciudadanos de nuestra región es sembrar para recoger tanto en el presente como
en el futuro.

Segundo, existe unidad idiomática. El español es la primera o segunda lengua


en casi todos los países de América Latina. Por ello, el mensaje de la Iglesia
podría y debería de ser fácilmente divulgado en forma masiva en todo el
continente mediante un uso inteligente de distintos medios de comunicación.

Tercero, la familia es una institución central en la región. Cuando la Iglesia les


habla a los latinoamericanos le habla, sobre todo, a la familia. Esto tiene
implicaciones importantes no solo para el alcance del mensaje, sino también
para el efecto. Por ejemplo, posiciones en torno a la vida y la familia
generalmente encuentran “tierra fértil” en los ciudadanos de la región.

Valga decir que son temas que ocupan también a otras denominaciones
cristianas no católicas, por lo que crean espacios óptimos para la colaboración
ecuménica (según Latinobarómetro 2013, en promedio, el 67% de los latinos se
dicen católicos y el 18%, evangélicos).

Papel en la democracia. Por otro lado, la Iglesia católica es también muy


importante para América Latina en varios aspectos, pero entre ellos, su papel
en el fortalecimiento de la democracia es fundamental. Con pocas excepciones,
la mayoría de los países de la región son democracias jóvenes, con instituciones
aún débiles y poca confianza entre la población. Según datos del
Latinobarómetro 2013, en promedio, en el periodo 1996-2013, bajos niveles de
confianza sobresalen hacia los partidos políticos (22%), los Congresos (29%),
los poderes judiciales (31%) y hacia la administración pública (30%) en
general. Es interesante y una enorme responsabilidad para la Iglesia católica
que, con sus aciertos y errores, esta aparezca consistentemente como la
institución que genera más confianza entre los latinoamericanos (72%), seguida
por los medios de comunicación (radio 53%, TV 50% y diarios 46%).
Ser una de las instituciones más antiguas, más estables y mejor organizadas de
la región, así como el fuerte papel social que desempeña la Iglesia en uno de los
continentes más desiguales del mundo, puede ser la causa de este fenómeno.

En todo caso, es precisamente por su historia, organización, responsabilidad


social y, especialmente, por la confianza que le profesa la ciudadanía, que el
papel de la Iglesia es fundamental en un continente donde la democracia y sus
valores están aún “bajo observación”.

Institución confiable. Según el mismo estudio, el 56% de los latinoamericanos


piensan que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”;
sin embargo, un 16% opina que “en algunas circunstancias un gobierno
autoritario puede ser preferible a uno democrático” y a un sorprendente 20% le
da lo mismo. Más aún, un 57% dice estar insatisfecho con el funcionamiento de
la democracia; un 46%, que en su país la democracia tiene “grandes
problemas”; y un 9%, que esta no existe del todo.

Una injusta distribución de la riqueza (señalada por casi tres cuartas partes de
la población) y serios problemas de inseguridad y desempleo (mencionados
como los principales problemas de la región, un 24% y un 16%
respectivamente), son, aparentemente, causas del descontento popular.

Claramente, la institución que genera más confianza en la región debe


desempeñar un papel importante en el fortalecimiento de la democracia y sus
valores en América Latina. Colaborar con los gobiernos de turno y sus
programas sociales (Cáritas, pastorales sociales, etc.), y ayudar a fortalecer
valores básicos de la vida en sociedad mediante sus varias iniciativas pastorales
(familia, juventud, mesas de diálogo, mediación en conflictos, entre otras) o
simplemente predicando estos valores a los millones de católicos que asisten a
misa diariamente, es de enorme ayuda para lograr este objetivo.

La cultura política democrática toma tiempo para desarrollarse en la gente, pero


para mejorar el funcionamiento de una democracia es esencial que los
ciudadanos asuman sus obligaciones y aprendan a defender sus derechos y a
demandar a sus gobiernos nuevas y mejores oportunidades que mejoren su
calidad de vida, tanto en aspectos específicos (educación, salud, vivienda, etc.),
como en temas generales (paz, cuidado del medioambiente, respeto al Estado
de derecho e igualdad ante la ley, etc.).

La democracia depende de la participación y de la paciencia de la gente (pues


toma tiempo para funcionar); y los ciudadanos deben recibir este mensaje, así
como una guía en el proceso democrático, por parte de alguien en quien confíen.
Esto es crucial para evitar o revertir la tentación autoritaria y el populismo en
América Latina.

Así pues, está claro que desde un punto de vista pastoral, América Latina es
fundamental para la Iglesia católica. Igualmente, la Iglesia puede desempeñar
un papel muy importante en el proceso de transición, institucionalización y
consolidación de la democracia en la región.

Esta simbiosis, donde debe prevalecer el respeto mutuo y la clara división de


los ámbitos de acción entre las jerarquías eclesiásticas y los poderes civiles,
difícilmente puede ser negada por ninguna de las partes.

Sin preconcepciones ni antagonismos, una sana relación entre la Iglesia y los


Estados en América Latina nos deparará una ciudadanía espiritualmente más
robusta y políticamente más democrática, algo que, sin duda, llenaría de orgullo
al primer papa latinoamericano de la historia.

https://www.nacion.com/opinion/foros/el-papel-de-la-iglesia-catolica-en-america-
latina/NOQ3B6A7PJA2LOQDPLH5KU7YMU/story/
¿Cuál ha sido el papel de la
Iglesia en la construcción de
nación?
Son recurrentes los eslóganes que invitan a que la visita del papa Francisco a Colombia
sea motivo de reflexión para el país. Su presencia en nuestra tierra debería ser también
momento de reflexión para la Iglesia misma sobre su complejo papel en el asunto que
ha sido medular en nuestro ámbito político y en nuestra psiquis colectiva desde hace
más de un siglo: la reconciliación y la convivencia de los colombianos.
Tema
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¿Cuál ha sido el papel integral de la Iglesia en la construcción de nación, de tejido social


y en la reconciliación de los colombianos a través de toda la historia, y no solo en las
últimas décadas?

¿Por qué la memoria de Colombia está marcada por la realidad intergeneracional de la


violencia más que en otros países del hemisferio, sabiendo que a la vez es el país de
Latinoamérica donde la Iglesia ha tenido la mayor influencia histórica y cultural?

¿Es esto simple coincidencia? Para decirlo más escuetamente: ¿Por qué un país ‘tan
católico’ ha sido un país ‘tan violento’? ¿Cuál es el trauma histórico que se esconde
detrás de esta paradoja? ¿Cómo puede la Iglesia ayudar para deshacer este nudo que ata
a Colombia aún a su pasado?

La respuesta a estas preguntas no es simple, pero debe estar hoy liberada de cargas
ideológicas o pasionales a favor o en contra de la Iglesia, para darle una mirada más
objetiva, y ojalá compasiva.
Memoria e identidad
La Iglesia hace parte de nuestra contradictoria memoria e identidad como sociedad. En
este sentido, Gonzalo Sánchez, director del Centro Nacional de Memoria Histórica, ha
afirmado en repetidas ocasiones que ante la presencia histórica continua de la Iglesia
en numerosos ámbitos nacionales, hablar de la Iglesia es hablar de nosotros
mismos.

Se trata de descifrar y elaborar el pasado como camino para que por la “purificación de
la memoria”, se llegue al bien tan esquivo hoy que es la convivencia pacífica de sus
ciudadanos.

Muchos miembros de la Iglesia han realizado esfuerzos por contribuir en los


procesos de dejación de armas; apoyar a los desplazados; mediar en la liberación y
acompañamiento de secuestrados; en fin, ofrecer ayuda ante los dramas de la guerra y
de la pobreza en los barrios y territorios apartados del país donde muchas veces el
Estado, las organizaciones sociales o los pregoneros de la paz ni siquiera se asoman.

Toda investigación seria reconoce también el aporte histórico de la Iglesia en áreas


como la educación, la cultura, la salud, la vivienda, los sindicatos, las asociaciones
y el apoyo a la población más vulnerable a través de numerosas obras y
servicios. Son hechos incontestables de la contribución de la Iglesia al nation building
en Colombia, más allá de si simpatizamos o no con esta institución.

No obstante este rol político y social tan visible, la historia de la Iglesia en Colombia ha
tenido un doble filo. Baste recordar que su presencia fue en el pasado motivo de larga y
cruenta división que ha afectado a la Nación y a la Iglesia misma. Fue un trauma
histórico aún no verbalizado por un relato sanador de las razones del largo lastre de
violencia que nos ha agobiado.

Colombia fue excepcionalmente desde mediados del siglo XIX laboratorio en suelo
americano de heredados debates europeos sobre la separación de la Iglesia y el Estado.
Las corrientes de liberalización de la política y las costumbres hicieron presencia en
Colombia para dar nacimiento al Partido Liberal y en respuesta a ese desafío en contra
de su omnipresente rol, la Iglesia impulsó el Partido Conservador, adalid por excelencia
de la ‘conservación’ del ‘orden cristiano’ y de la no separación de la Iglesia y el Estado.

Las tendencias anticlericales más radicales del hemisferio se materializaron con la


Constitución de 1863 y el régimen de los ‘liberales radicales’.
De igual modo, este fue el único país de América Latina donde una contrarrevolución
católica tuvo éxito, que se materializó en la Regeneración, un régimen político híbrido
entre catolicismo y democracia, con la Constitución de 1886. Ese conflicto político
tuvo expresiones guerreras y violencias excepcionales con respecto a naciones
hermanas. Violencias azuzadas no solo por la Iglesia, directa o indirectamente a través
del Partido Conservador, sino también por las élites ideológicas, menos visibles, pero no
menos actuantes, que inspiraban el Partido Liberal.
La guerra justa
El tabú del homicidio fue roto por la justificación de la “legítima defensa” de la fe y de
la “guerra justa”, factores que convirtieron el asesinato y la violencia en “actos reflejos”
para la solución de los diferendos. La violencia circuló como atavismo
intergeneracional de tatarabuelos a bisabuelos y de estos a abuelos y padres, sobre
todo en el mundo rural, en el que los partidos eran encarnación de ‘odios
heredados’.
Ese persistente enfrentamiento de la sociedad retardó la construcción del Estado
colombiano, dejándolo como un ‘padre ausente’, e hizo de la Iglesia una ‘madre
omnipresente’ en defensa de su rol. Esto provocó a su vez una esquizofrenia entre
pertenencia partisana y pertenencia religiosa, sobre todo de los liberales y sus
descendientes, hijos-rechazados, enemigos de su ‘madre’ Iglesia.

Por eso fueron llamadas guerras fratricidas, ya que esos partidarios-combatientes


opuestos eran al mismo tiempo ‘hermanos’, católicos fieles, ‘hijos’ todos de esa ‘madre’
que los unía y a su vez era el motivo de su división. Ya lo decía Aureliano Buendía: “La
única diferencia… entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de
cinco y los conservadores van a misa de ocho”.

Valga recordar que en la reunión del papa Francisco con Santos y Uribe en el
Vaticano hubo un hecho no tan anecdótico: Uribe le mostró al Papa, que trataba
de mediar por la reconciliación de Colombia, un rosario que perteneció a su abuelo
quien vivió la violencia de los años 50, en la que la Iglesia, hoy actor de paz, era
actor y motivo central de la confrontación que venía de un siglo atrás.

Uribe expresó al Papa que su abuelo se alejó de la Iglesia por haber alimentado esa
violencia de partidos, y que por ello no volvió a misa, pero que rezó con ese rosario
todos los días hasta su muerte. Esa ‘reliquia’ en el bolsillo de Uribe, así como los
enconados recuerdos de juventud de ‘Tirofijo’ sobre las violencias padecidas por su
familia en el Tolima, son ejemplos de la memoria rota de miles de familias colombianas
que por generaciones nunca pudieron ser incluidos en la gran ‘colcha de retazos’ que
elaborara un relato nacional de esos dramas, de sus millones de muertos y desaparecidos
de ambos bandos en ese siglo.

Muchos de esos fallecidos nunca tuvieron el ceremonial de duelo por parte de la


Iglesia, pues ella era al mismo tiempo actor y la razón de morir o de
matar. Sorprende la ausencia en Colombia de un gran monumento y un ritual nacional
oficial en memoria de esos muertos de todo un siglo, y conmueve constatar que en el
relato de muchos ciudadanos de hoy, nuestros antepasados entre 1850 y 1960 “se
mataban por un simple trapo rojo o azul”.

Esta ausencia de verbalización y simbolización de nuestra ‘tragedia nacional’, hizo que


los colombianos, portadores inconscientes de una inmensa culpa, terminaran por
autoestigmatizarse diciendo: “los colombianos somos genéticamente violentos”,
“llevamos la violencia en la sangre”, “este país no ha conocido un solo día de paz en su
historia”.

Afirmaciones recurrentes que dan cuenta de un trauma que aún no se logra descifrar. Ha
corrido mucha tinta y demasiada sangre, y reinan sin embargo aún los lugares comunes
sobre el tema. La violencia real o simbolizada terminó convirtiéndose paradójicamente
en el perverso relato fundacional que más convoca a los colombianos.
Resiliencia y construcción
La religión católica gravita a la vez como factor de cohesión de la Nación y como
motivo de su división. Esa reelaboración de las memorias no se encaró con el pacto
de fin de hostilidades de los dos partidos llamado Frente Nacional de 1958. Y al no
haberse hecho, a partir de los años 60 las nuevas violencias terminaron por enraizar casi
mitológicamente su razón de ser en aquella otra violencia intergeneracional no resuelta
en la memoria.

La violencia de ayer y de hoy se instauró en la memoria nacional como un todo


ininterrumpido fundante, como trama ‘necesaria’ e interminable de la historia
colombiana. El rosario del abuelo de Uribe ante el papa Francisco podría ser el
guiño inconsciente de la Nación a la Iglesia que le señala el horizonte hacia donde
ella podría dar ese “primer paso”: la sanación de nuestro pasado con una
purificación de la memoria.

Para el papa Francisco y para la Iglesia es ciertamente más fácil hablar de la paz y de las
víctimas de hoy que asumir este “proceso de paz” con el pasado. Por eso es “justo y
necesario” invitar a la Iglesia, protagonista de esa historia, a dar el paso de reelaborar su
propio relato con franqueza y tranquilidad.

Un relato que ayude a Colombia a elaborar el por qué del drama de aquellos ‘cien años
de soledad’. El gran “primer paso” en este sentido ya lo dio Juan Pablo II, cuando
en histórico gesto en el año 2000 pidió perdón por “las culpas de los hijos de la
Iglesia a través de la historia”, gesto unilateral, que no esperó que los herederos de
los violentos totalitarismos e ideologías del siglo XX, o los países que fueron
imperios coloniales, hicieran lo propio.

La Iglesia en Colombia puede dar este “primer paso” unilateral, que seguramente le
otorgará autoridad moral y motivaría a otras instancias sociales a hacerlo, para que así
se libere esa gran culpa en nuestra memoria que empaña la imagen de la ‘otra historia’
colombiana, la de los logros, la resiliencia y construcción de Nación, en los que la
Iglesia también ha tenido su rol, y cuyos momentos igualmente deberán ser relatados.

Ese sería el primer paso que proponemos dar como Nación luego del regreso de
Francisco a Roma, darlo con la Iglesia. Si habla la Iglesia, habla Colombia.

https://www.eltiempo.com/vida/religion/papel-de-la-iglesia-catolica-en-colombia-en-la-
construccion-de-nacion-131270