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Historia territorial de Colombia

Evolución territorial de Colombia

Animación de los cambios de organización política, fronteras y división territorial de Colombia, desde 1810 hasta
2012 (por problemas de visualización, debe abrirse el archivo para ver la animación).

Evolución de las fronteras de Colombia desde la independencia hasta la actualidad.

A través de la historia, las fronteras y la organización territorial de Colombia han sufrido


diversas transformaciones, debido particularmente a criterios políticos, poblacionales y en
mucha menor medida culturales,[1] entre otros factores (tanto internos como externos al
país). Si bien los gobiernos de las diferentes épocas han tratado de organizar el territorio
nacional para una mejor administración, por lo general los límites artificiales impuestos
para las entidades subnacionales siguieron el perfil que se configuró en la conquista y
colonia española.
Es de notar que muchos de los cambios más profusos se realizaron a lo largo del siglo XIX,
época de la independencia de Colombia y también de las guerras civiles más sangrientas
que ha vivido el país.
Antecedentes
Véase también: Confederación muisca

La historia de la organización política y administrativa de Colombia no comienza, de modo


alguno, con la llegada de los españoles al continente americano. Antes de ocurrido este
suceso, existieron numerosos pueblos con sus propias estructuras culturales, que variaban
de uno a otro. Uno de los principales pueblos, y quizás el más desarrollado, que habitaron
el territorio colombiano fue el grupo aborigen de los Chibchas, que formaron en el interior
del país uno de las sociedades más organizadas del continente.[2]
En 1508 se dio inicio al señalamiento de las entidades político-administrativas coloniales
que sentarían las bases de la actual Colombia.
En ese mismo año se crea el Reino de Tierra Firme, primera entidad colonial española en la
América continental, que abarcaba los territorios costeros septentrionales de América del
Sur y meridionales de América Central, desde las actuales Guayanas hasta el Cabo Gracias
a Dios entre las actuales Honduras y Nicaragua. Habían pasado 16 años desde la llegada de
Cristóbal Colón a la isla de Guanahani y 9 años del momento en que Alonso de Ojeda tocó
el Cabo de la Vela en la península de la Guajira, la punta más septentrional de
Suramérica.[3]
Cambios en el sistema administrativo
Primeras divisiones territoriales
Véanse también: Fundación eclesiástica y Gobernación.

Las primeras entidades administrativas que se formaron de forma permanente fueron


las fundaciones (muy ligadas a las misiones católicas), que solo constaban de pequeños
poblados (en su mayoría fuertes militares costeros o cercanos a ella) y sus territorios
aledaños, los cuales servían de puestos de avanzada para la exploración, colonización y
conquista de las tierras del interior del continente. De estas las primeras fueron San
Sebastián de Urabá y Santa María la Antigua del Darién, ambas ubicadas en el Golfo de
Urabá.[4]
Sin embargo el proceso histórico por el cual se definen las divisiones político-
administrativas y su incidencia en la determinación de las fronteras del actual territorio
colombiano comienza en 1508, año en que la Junta de Burgos dispuso la creación de las
dos primeras gobernaciones del Reino de Tierra Firme, fijando como frontera el Río
Atrato: la Gobernación de Urabá, llamada también Nueva Andalucía (que luego se
fragmentaría en las de Santa Marta, Cartagena y Caracas) a cargo de Alonso de Ojeda,
y Castilla de Oro (ubicada mayormente en el istmo de Panamá) a cargo de Diego de
Nicuesa, ambas dependientes de la Real Audiencia de Santo Domingo.[3][5] Esta división no
duró mucho. En 1513 la corona española suprime la gobernación de Nueva Andalucía y
pone sus territorios bajo la administración de la gobernación de Castilla de Oro, y nombra
a Pedro Arias Dávila como gobernador.[4]
En 1525 se funda la gobernación de Santa Marta, ese mismo año el Rey resuelve a petición
de los vecinos de Santa María la Antigua del Darién, fijar nuevos límites entre Castilla de
Oro y la recién creada Gobernación de Santa Marta.[6]
Hacia 1542 el territorio colombiano estaría dividido en 3 gobernaciones que surgieron
paralelas a la fundación de las respectivas ciudades. Esas gobernaciones fueron, en orden
cronológico: Santa Marta (1525), Cartagena (1533), Popayán (1536).

Hacia 1550 se crearon en el interior las gobernaciones del Nuevo Reino de Granada y
Popayán, también subordinadas de la Real Audiencia de Santo Domingo y al Virreinato del
Perú. Muchos de estos gobiernos tenían por jurisdicción las mismas que tenían los
territorios indígenas que existían allí antes de la llegada de los conquistadores, como por
ejemplo la de Santa Marta, que agrupada diversas etnias caribes, y el Nuevo Reino de
Granada, que agrupaba el territorio de los Chibchas y Pijaos, o la de Popayán que incluía la
provincia de los Barbacoas.[7] En 1538, como avanzada hacia el sur en la conquista
del Imperio inca, Francisco Pizarro decidió unir las gobernaciones de Popayán y las de
Quito en una sola, con aprobación de Carlos V.[8]
Además estos gobiernos eran vitales para la corona española porque de ellos los
conquistadores se servían para la exploración y conquista de las tierras americanas del
interior. La jefatura de la gobernación estaba en manos de un gobernador cuya labor
consistía en administrar militar y jurídicamente el territorio a cargo. A medida que los
exploradores y posteriormente los conquistadores penetraban más en el territorio, se iban
ampliando o creando nuevas gobernaciones.
POLITICO
Estructuras históricas y sociales del orden político en el siglo
XIX
El siglo XIX en Colombia se encuentra mediado por las tensiones políticas y las guerras civiles,
dado que, los grupos dirigentes de la época se encargaban de avivar la confrontación armada. A
tal punto que un conflicto local se extendía rápidamente por una región, además de
la gestión de los comisionados oficiales que buscaban suspender la guerra a través de
la negociación o simplemente emboscar mediante negociaciones falsas a los presuntos
rebeldes, cuestión que aumentaba el odio entre las partes involucradas. Claro, algunas veces
las estrategias de parlamentar con los insurrectos arrojaban excelentes resultados, otras veces
aumentaba las confrontaciones.
Así lo explica Uribe (2003) las comisiones de paz se desplegaban en todos los momentos y
acontecimientos de los eventos armados. La suerte de los comisionados era muy aleatoria y no
estaba por fuera de las dinámicas bélicas, más bien se correspondía con ellas, lo que quiere
decir que a veces lograban su cometido, pero en otras ocasiones, estos acuerdos fueron
esgrimidos como nuevas razones para continuar e incrementar las acciones militares. p. 31.
Es decir, la cultura de la violencia en Colombia existe mucho antes de la creación de las
guerrillas y los grupos al margen de la ley que se hallan en oposición al gobierno nacional. Ya
que esta última se puede evidenciar de forma cruel y conductista en el siglo XIX, puesto que los
líderes del partido liberal y conservador impulsaban constantemente a la población civil al
confrontamiento físico y verbal cuando se trataba de velar por sus propios intereses.
Realidad expuesta por Sánchez y Días (2003) cuando afirman que la mayor confrontación del
siglo XIX ocurre al finalizar el siglo, durante la llamada Guerra de los Mil Días, que se inicia
1899 y termina en 1903. Esta guerra enfrentó a los liberales contra el gobierno conservador y
fue para la gran mayoría de los historiadores, la más desastrosa de las guerras civiles en
Colombia en términos de pérdida de vidas humanas y daños a la economía. Fue una guerra
masiva tanto por el número de hombres levantados (más de 26.000 soldados) como por el
amplio apoyo social brindado a los contendientes. p. 3.
Este tipo de acontecimientos históricos demuestran que no solamente la cultura de la violencia
es un imaginario colectivo que se gestó y se desarrolló con la lucha narcoterrorista que enfrento
el Estado colombiano en la década de los años 80 y 90, cuando los carteles de
la droga intentaban tomar el control de la sociedad. Pues la violencia anterior a la formación de
las guerrillas y el narcotráfico fue una violencia desatada por las clases políticas que usaban al
pueblo para defender sus ideologías bipartidistas.
Así lo confirma Melo (2013) al estudiar un texto de William Ospina: Ha sido tanta la
irresponsabilidad de la política colombiana que los partidos liberal y conservador alentaron el
enfrentamiento violento entre los ciudadanos del pueblo por defender una causa que no tenía
ninguna razón de cambio o transformación social. Siempre nos dijeron que la Violencia de los
años cincuenta fue una violencia entre liberales y conservadores. Eso no es cierto. Fue una
violencia entre liberales pobres y conservadores pobres". p. 6.
Este tipo de acontecimientos demuestran el devenir de la construcción política en el siglo XIX,
puesto que las ideologías de gobierno se fundamentaban en la guerra como una fuente
esperanzadora para imponer un orden social de corte autoritario. Ya que la política en algunos
aspectos se concebía como una herramienta armada que permitía destruir a los enemigos o
conseguir aliados para gobernar determinados territorios del país que se convertían en puntos
estratégicos para recibir insumos, armas, información etc.
Por ello para Gómez (2008) la historia nacional aparece como una historia de guerras y
batallas. Guerras y batallas de independencia, por supuesto, pero también, con posterioridad a
las luchas liberadoras, las guerras entre caudillos que se afirmaban a nombre del combate
contra la anarquía: la Guerra de los Supremos, en 1840; las guerras federales (1860, 1876-77);
la Guerra de los Mil Días, al quiebre del siglo; la Batalla de Garrapata (1877), la Batalla de la
Humareda (1885), las batallas de Palonegro y Peralonso (Guerra de los Mil Días), para dar sólo
algunos ejemplos de una larga lista. p. 15, 16.
Sin embargo, este tipo de acciones centradas en la confrontación armada fueron un detonante
negativo para la economía del país, puesto que la crisis a nivel de salud, educación, trabajo y
bienestar social, se convirtió en la pobreza y la miseria de los colombianos que pertenecían a las
clases bajas de la población.
Para Kalmanovitz (2007) la economía colombiana durante el siglo XIX tuvo
un comportamiento muy pobre, especialmente si se le compara con el notable crecimiento que
obtuvo durante la segunda mitad del siglo XVIII, donde la minería del oro actuó como
sector líder o con el crecimiento más alto que se obtuvo durante el siglo XX. Las luchas por la
independencia desarticularon el esclavismo y la minería se contrajo, dejando de impulsar la
economía. p. 3.
Otro de los fenómenos sociales que disminuyeron el crecimiento económico en el país y que
terminaron de agravar la situación que se había vuelto incontrolable, tiene relación directa con
la falta del comercio a nivel nacional e internacional, la lucha económica por mantener las
guerras de independencia y la inestabilidad política que intentaba administrar las finanzas sin
colocarle un alto a los enfrentamientos armados.
Una de las problemáticas más graves de aquel entonces según Kalmanovitz (2008) fue que la
mayor parte de la población disfrutaba de pocas libertades: los mestizos vivían en las haciendas
como dependientes y peones o en las fronteras del territorio como colonos, con escasos o
inciertos derechos de propiedad; los indígenas eran considerados menores de edad y los
esclavos se mantenían en un régimen de trabajo relativamente laxo, alejado
del mercado mundial. p. 209.
Como se puede evidenciar las posibilidades de libertad se habían reducido al máximo,
características bastante notables en las dictaduras, además de la forma en la cual el sistema de
producción se basaba en la servidumbre de los mestizos que se encontraban al azar de las leyes
o el antojo de sus gobernantes, y que decir de los indígenas y los esclavos que eran reducidos
a herramientas de producción sin vos, ni voto, a no ser que lo ganaran mediante la sublevación.
Es decir, este tipo de factores eran los que provocaban la inestabilidad política en el país y
alimentaban la cultura de la violencia a través de la venganza.

El orden político de Colombia en el siglo XX


El siglo XX en la historia nacional de Colombia inicia con la finalización de la Guerra civil de
los Mil Días, ya que para los historiadores dicha confrontación armada culmino en el año 1902.
Por ende, el país se detuvo por un momento para mirar la ruina que había provocado la
violencia, la destrucción del campo, la decadencia del sistema financiero, las deudas y otros
tantos aspectos que señalaban una realidad que se tenía que transformar de manera inmediata
para evitar el atraso socioeconómico frente al sistema mundial que se desarrollaba en Europa y
Estados Unidos.
Según Ramírez y Téllez (2006) después de la guerra, se llevó a cabo una política de
reconstrucción económica y se emitieron una serie de leyes con el objeto de regular y organizar
la administración pública en el país. Dentro de esas leyes se encuentra la número 39 de 1903,
reglamentada por el decreto 491 de 1904, referente la educación, la cual dividió
la enseñanza oficial en primaria, secundaria, industrial, profesional y artística. La Ley estipuló
que la educación pública en el país debía estar regida por los cánones de la religión católica y
que la educación primaria debería ser gratuita pero no obligatoria. p. 7.
Este tipo de reformas a nivel económico y social continuaron en manos del bipartidismo oficial,
el movimiento político liberal y conservador, puesto que después de la guerra los políticos
comprendieron que la nación necesitaba modernizar las políticas públicas, además de usar a
la iglesia para guiar al pueblo como un rebaño hacia el lugar que decidieran sus líderes. Por
ello, la educación católica funcionaba de manera estratégica como centros ideológicos de
adoctrinamiento político, sometimiento voluntario y resignado frente a las leyes del gobierno
nacional por injustas que estas fueran para con los pobres.
Sin embargo es importante aclarar que el siglo XX fue el fundamento de las revoluciones a
nivel de tecnológico, político, cultural, educativo, social etc. Por ende, en Colombia los
estudiantes universitarios comenzaron a exigir que se les ofreciera un sistema educativo que
correspondiera con las demandas sociales del mundo moderno para que se les quitara el yugo
de la religión conductista.
Patiño (2014) explica que la educación universitaria no fue ajena a los vientos de reforma que
soplaron en la Colombia de la década de los años veinte. La ley 57 de 1923 autorizó la
contratación de una misión alemana para que realizara un estudio del sistema educativo en al
país y formulara las correspondientes recomendaciones. Hartos de la
vieja estructura educativa, los estudiantes empezaron a pronunciarse en distintas tribunas. La
participación activa del estudiantado en los sucesos del 8 de junio de 1929, que dio al traste con
la corrupta administración de Bogotá. p. 20.
Este tipo de acciones sociales permitieron que el gobierno comprendiera que los ciudadanos se
hallaban en otra época, no en la era del oscurantismo, ya que las cartillas y los textos religiosos
que trataban de enseñar todas las materias se habían vuelto obsoletos y no ayudaban a
enfrentar los retos que imponía una sociedad mundial que cambiaba constantemente al ritmo
veloz de la producción económica y tecnológica.
Patiño (2014) escribe que la Universidad se abrió a nuevas corrientes del pensamiento y
la ciencia. Entre los años de 1948 y 1957, y coincidiendo con un grave período de violencia y
represión, la universidad pública fue intervenida por el gobierno nacional suspendido en la
práctica del estatuto de 1935. Ese momento se caracteriza por el avance y consolidación de las
universidades privadas. p. 21. Cuestión que permite analizar que la educación comenzó a tomar
un carácter privado de tipo monetario y capitalista.
Por otra parte, en el siglo XX el desarrollo político y democrático que intentaba ofrecer el
Estado colombiano a sus ciudadanos, aún era deficiente en muchos sentidos, ya que las
mujeres no eran sujetos de derecho porque hasta la década de los años cincuenta se les había
prohibido participar en las votaciones para los cargos de elección popular. Por estas razones,
Melo (2010) explica que en el siglo XX a nivel teórico se hacía creer que la mujer recibía los
beneficios de su naturaleza como madre, amiga y compañera. Elemento muy contrario a la
realidad social de la mujer en Colombia. Puesto que a nivel laboral fue explotada
indiscriminadamente, en las esferas académicas era menospreciada y enajenada de su
participación intelectual, al interior de la familia ocupaba la posición de sumisión y
resignación. Figuras de la realidad social que vivieron las mujeres antes de ser escuchadas e
incluidas en el pensamiento político y económico de la nación. p. 1
Este tipo de reivindicaciones sociales, económicas, políticas y culturales que lograron obtener
las mujeres en el siglo XX, partieron de ideas socialistas de tipo feminista que llegaron
a Latinoamérica en la década de los años treinta. Dado que el movimiento de liberación tenía
como finalidad la resistencia social que permitiera acabar con las estructurales patriarcales que
habían dominado la historia nacional de Colombia. Por ende, las acciones sindicales y las
protestas que se comenzaron a gestar y desarrollar en distintos lugares del país se fueron
ampliando con el pasar de los años hasta que en el año 1957 se les permitió a las mujeres
participar en las votaciones para los cargos de elección popular. Para
el Grupo de Memoria Histórica (2011) En los años 1960, con la aparición de la segunda ola
feminista mundial, el discurso contra la violencia volvió a cobrar fuerza. Esta segunda ola, en
contraste con la primera, enfocó su lucha contra los dispositivos culturales que hacían que
derechos conquistados en el campo jurídico no se tradujeran en un cambio de actitudes y
valoraciones hacia lo femenino, y en particular, hacia el cuerpo de las mujeres.
Por otra parte, aun cuando las luchas sociales tuvieron fuerte presencia en Colombia durante el
siglo XX, la nación fue capaz de mejorar sus procesos de producción a través de cambios
significativos en la industria, el comercio internacional, las políticas financieras, las relaciones
políticas etc. Por ende, Ortiz y Vivas (2009) señalan que en base al conocimiento del desarrollo
de la industria y la tecnología, a nivel nacional e internacional, Poveda señaló consistentemente
que Colombia debía mantenerse en la línea de la industrialización. Sus argumentos, que
rememoran los de Kaldor, Hirschman y Leontief, se basan en la estrecha vinculación de la
ciencia y la tecnología con el sector industrial manufacturero, y en el papel clave que la
industria tiene como motor decisivo del desarrollo de la economía. p. 12.
Sin embargo, el gobierno colombiano no logro corregir las fallas que se presentaron con la
propiedad de la tierra, ya que esta última se colocó en las manos de grandes monopolios
financieros que las hacían producir en beneficio del crecimiento económico de la nación sin
tener en cuenta la pobreza y la miseria de los campesinos que no consiguieron la protección de
las reformas agrarias.
Para Ortiz y Vivas (2009) en Colombia se llegó a un equilibrio político que se guía por la
siguiente convención: a cambio de respetar la gran propiedad de la tierra, impidiendo
el objetivo modernizante de la reforma agraria, el sector terrateniente, fuertemente
representado por el partido conservador, accedió a que la burguesía industrial-financiera, más
representada por el partido liberal, pusiera la política económica del Estado al servicio de los
sectores industriales establecidos. p. 26.
Como se puede evidenciar el siglo XIX y XX se caracterizan por la constante transformación
política, económica, social y cultural.

POLITICO
La demografía en el siglo XIX

ABRIL 23 DE 2009 - 05:00 A.M.

Durante el siglo XIX los censos de población son frecuentes, reflejando la historia electoral
del país, pero su calidad es deficiente. El cuadro 1 presenta los resultados en los que es
evidente que el censo de 1835 está inflado y posiblemente subvaluados los anteriores.

Si se acepta el punto de partida del censo de 1778 y el de 1912, la tasa de crecimiento de la


población entre las postrimerías de la colonia y el siglo XIX sería del 1.4% anual.
Posiblemente la población en el punto de partida es más alta, de tal modo que el
crecimiento sería algo menor. En las sociedades premodernas las tasas de natalidad son
altas pero también lo son las de mortalidad, con una tendencia a mantenerse constantes, que
en conjunto arrojan bajas tasas de crecimiento para la población.

Un estudio de Carmen Elisa Flórez (2007) que utilizó un modelo de población estable le
arroja un crecimiento de la población de 1.7% anual durante el siglo XIX, lo cual es
bastante alto para la época. La colonización de occidente explica buena parte del resultado
pero también debió influir la expansión ganadera que suministró buena proteína a una parte
de la población.

Entre fines del siglo XIX y principios del XX, la tasa aumenta a 1.8% anual. La expectativa
de vida al principio del siglo XIX era de sólo 26 años y a fines del siglo era 31 años, algo
que constituye un avance limitado, comparado con 50 años que alcanzaban los habitantes
de los países europeos avanzados al entrar el siglo XX.

Por contraste, la expectativa de vida al final del siglo XX en Colombia era de 70 años, un
progreso sustancial de 39 años. Hay que anotar que esos indicadores revelan que en el siglo
XIX la tasa de mortalidad infantil era altísima: buena parte de la población moría antes de
cumplir 5 años. Las condiciones de salubridad eran deficientes, buena parte de la población
estaba desnutrida y eran muy escasos los médicos educados científicamente. A principios
de siglo, en Bogotá había sólo 5 facultativos para una población de unas 20.000 personas y
se había introducido la vacuna contra la viruela de manera muy limitada. Las epidemias de
viruela, al igual que las del sarampión, tendían a ser mortales para aquella parte de la
población más vulnerable de jóvenes, viejos y mujeres. (Silva, 2007)

Es interesante hacer la comparación entre las tasas demográficas de los distintos estados
soberanos durante el siglo XIX, pues refleja las disparidades en el desarrollo económico
que afectan el bienestar y la reproducción de la población.

Es así como Antioquia, que está colonizando el occidente montañoso del país, y constituye
un sólido polo de desarrollo económico, goza de condiciones de nutrición, salubridad y
educación que dan lugar a mayores tasas de fecundidad y menores de mortalidad que en el
resto de los estados soberanos.

El Estado soberano del Cauca queda influido también por la colonización que llega hasta el
borde del valle del río Cauca pues incluye desde la población de Marmato y ello explica su
alta tasa demográfica. La tasa de expansión demográfica en Antioquia es casi el doble que
la de Santander, a pesar de que ambos cuentan con un acervo similar de población,
españoles pobres que los poblaron originalmente y que dieron lugar posteriormente a una
población mestiza. Ello refleja la carencia de zonas salubres de expansión para la población
santandereana, que al occidente tenía la inhóspita región del Magdalena medio y al
occidente tierras infértiles, mientras que la tenencia de la tierra comenzó a atomizarse por
un lado y a concentrarse por el otro lado. La decadencia de la artesanía que debió contagiar
a su agricultura dio lugar a un empobrecimiento de la región.

Los estados de la costa también muestran índices bajos de expansión demográfica, aunque
cuentan con condiciones naturales apropiadas, acceso a la pesca y a cultivos de pronto
rendimiento; los índices de Cundinamarca, y sobre todo de Boyacá, reflejan la pobreza de
sus agregados en las haciendas serviles que afecta la reproducción de sus poblaciones.
La urbanización es también muy limitada durante el siglo XIX.

Hemos escogido los censos de Bogotá que ofrecen mayor consistencia con los demás para
dibujar la gráfica que muestra crecimientos lentos y períodos largos de estancamiento de la
población de la capital que parece dispararse a partir de 1870. La población de Bogotá será
de alrededor del 2% la del país, aún a principios del siglo XX, cuando todavía no alcanza
los 100.000 habitantes, otro indicador de un lento crecimiento económico que no ha había
precipitado todavía roto la estructura agraria y provocado la migración tumultuosa del
campo a la ciudad. Compárese con la participación de la capital en la población del país
que al final del siglo XX es de 17%.

En conclusión, el crecimiento económico durante la segunda mitad del siglo XIX fue más
alto que el poco observado después de la Independencia que acusó una contracción
exportadora, al igual que la minería y cierto decaimiento urbano. Las políticas liberales de
apertura, simplificación tributaria, federalismo fiscal y fomento de la banca privada
tuvieron efectos positivos sobre el crecimiento que se reanudó a partir de 1850 y que se
extendió por 35 años.

Sin embargo, y como se verá, las políticas conservadoras y las intensas guerras civiles
cortaron el auge de 1885 en adelante, al tiempo que la turbulencia en los mercados globales
contribuyó al estancamiento de la economía colombiana durante la última década del siglo
XIX.
La Constitución De 1886 Y La Hegemonía Conservadora

POLITICA

El panorama nacional continuaba siendo tensionante, ya que Núñez vuelve a la presidencia apoyado por los liberales
independientes y por los conservadores, pero reinaba el recelo de los liberales radicales quienes no toleraban su alianza con los
conservadores a quienes les entregó las armas para que lo defendieran “ ahora era un presidente liberal atacado por liberales y
defendido por conservadores. Era el anverso del general Mosquera. Claro que Núñez nunca se declaró conservador”[1]
La entrega de armas a los conservadores le valió a Núñez que lo llamaran traidor, a pesar de todo fue un gran visionario de la
realidad nacional y junto con Miguel Antonio Caro fue el ideólogo de la constitución de 1886 en la que se desarrollo el centralismo
político y la descentralización administrativa, se fortaleció el ejecutivo y se cambio el nombre por el de República de Colombia, los
estados soberanos pasaron a ser departamentos, se devolvieron los fueros a la Iglesia Católica. Esta constitución trajo la paz y fue
la verdadera regeneración prepuesta por Núñez. Su error fue que no ejerció el poder directamente sino a través del vicepresidente y
no desde Bogotá sino desde Cartagena, lo que ayudó al ultra conservador Miguel Antonio Caro quien se quedó con la presidencia.
La aplicación que se le dio a la constitución de 1886 no fue justa ni imparcial. No hizo sino restringir libertades, acabar con los
estados soberanos y entrar en relaciones con la Iglesia; en lo político fue aprovechada para perseguir a los liberales, cuyo
instrumento fue la ley 61 de 1888 llamada la ley de los caballos. El sectarismo de Caro lo llevo a desterrar al jefe del liberalismo, que
en el congreso no tenía sino 2 representantes Rafael Uribe Uribe y Luis A. Robles.[2]
En tales condiciones no había más que la revolución para vivir o morir dignamente y ésta estallo el 22 de enero de 1895 al mando
del General Rafael Reyes, revolución que fue apaciguada con la batalla de enciso; dicha tregua fue efímera porque el clima
revolucionario persistía.
El 7 de agosto de 1898 se posesiona el vicepresidente Marroquín, debido a la enfermedad del presidente electo Manuel Antonio
Sanclemente. Su gobierno fue bien visto por el General Rafael Uribe Uribe; pero no por el Señor Caro quien obligó a Sanclemente a
posesionarse y quién por su enfermedad gobernó desde Anapoima. Los ministros se quedaron en Bogotá y otra vez nació el
sectarismo. En 1899 en el Socorro se dio el grito de revolución, y nuevamente liberales y Conservadores iniciaron su lucha que solo
termina en 1902, periodo en el que se desarrolló la guerra de los mil días.[3]
[1] COLOMBIA. Editorial Prolibros Ltda. Santa fe de Bogotá 1999
[2] COLOMBIA. Editorial Prolibros Ltda. Santa fe de Bogotá 1999
[3] COLOMBIA. Editorial Prolibros Ltda. Santa fe de Bogotá 1999

(Imagen de Rafael Nuñez. Sacada de La Bliblioteca Luís Ángel Arango


LA G HISTORIA
UERRA DE LOS MIL DIAS.

La Guerra De Los Mil Días

El desorden institucional, la quiebra de la Hacienda Pública, las


rivalidades entre caudillos, encontraron al fin un dique en la Constitución de l.886, con la que se canceló el federalismo
definitivamente y se fortaleció el poder central. Núñez fue su gestor, al encabezar el movimiento de la Regeneración. [1]
Las garantías democráticas quedaron suspendidas y la persecución contra los radicales llevó a una última contienda finisecular
denominada de Guerra de los Mil Días, en mitad de la cual se inicia el siglo XX. Con ésta, la peor de las guerras declaradas, se
consolida el bipartidismo liberal-conservador.[2]
Esta guerra estalla el diecisiete de octubre de 1899, debido a la oposición del Liberalismo al gobierno conservador de la
Regeneración y a la búsqueda de una reforma a la Constitución de 1886 considerada autoritaria, cuando los pacifistas del partido
liberal no pudieron contener la furia armada de las juventudes. Hasta el último momento, el Olimpo Radical procuró detener una
guerra para la cual el liberalismo no estaba preparado. Prueba de ello es el llamado 'telegrama mortal', que se distribuyó a última
hora a las regiones y en el cual la Dirección Liberal solicitaba a los caudillos locales no atender el llamado al conflicto.
Los jefes liberales fueron los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera; y los conservadores, los generales Próspero Pinzón,
Ramón González Valencia, Pedro Nel Ospina y otros, quienes defendieron el gobierno del Presidente Manuel Antonio San
Clemente y del vicepresidente José Manuel Marroquín. La guerra tuvo su principal escenario en Santander pero se extendió a todo
el país. Sus principales batallas fueron las de Peralonso y Palo Negro; esta última duró 15 días en un enfrentamiento entre las
fuerzas liberales con 8.000 soldados y el ejército conservador con 18.000 hombres. Esta batalla culminó con el triunfo de las fuerzas
del gobierno comandadas por el general Próspero Pinzón.[3]
Las mujeres se encargaron de llevar los mensajes, de curar a los heridos y estuvieron presentes en las filas liberales, cuya
conformación permitió la creación de columnas femeninas, mientras que en el estricto ejército conservador no hubo cabida para
ellas. Se hicieron célebres mujeres de todas las regiones del país que lucharon con tanto coraje y arrojo como cualquier hombre.
Los niños tampoco se encontraron a salvo de la guerra, los que residían en las ciudades cambiaron las rondas por las marchas y en
las aulas los rojos y los azules estaban aparte.
Los indígenas participaron en el conflicto por fidelidades de compadrazgo, por fines económicos y en últimas porque la guerra les
llegó a sus tierras. Actuaron, como la gran mayoría de la población, en labores de apoyo o en unidades combativas.
La Iglesia tomó partido y como retaliación al trato dado en la Constitución de 1863 durante el gobierno liberal de Tomás Cipriano de
Mosquera, en el cual se expropiaron sus bienes, actuó en la esfera de lo político ganando adeptos para el partido conservador en
nombre del cielo y del infierno. Así, el conflicto adquirió dimensiones de guerra santa y los liberales aparecieron como masones,
agnósticos y ateos que se debían exterminar para la gloria de Dios.
La Guerra de los Mil Días duró tres años, se desarrolló en toda la geografía colombiana, con excepción de las regiones selváticas y
Antioquia, donde la lucha no adquirió las proporciones de las demás regiones. Después de los tratados de Neerlandia y Wisconsin
en 1902 se alcanzó la paz para Colombia en los albores del siglo XX.[4]
Este fue el conflicto más largo, complejo y sangriento de toda la historia colombiana. Ningún colombiano estuvo a salvo y todos de
una manera u otra hicieron parte de la guerra.
El Doctor Ignacio Londoño Palacio, no estuvo ajeno al conflicto pues debido a su filiación liberal, las persecuciones iniciadas por los
conservadores a los liberales (en esa época conocidos como los radicales), lo afectaron teniendo que huir de Manizales hacia las
minas de Toldafría en el monte de Tesorito para asegurar su vida ya que para la época también había tenido que abandonar su
hacienda, por el peligro que representaba para su vida. Las persecuciones también menguaron su ganado, que para entonces
alcanzaba las setecientas cabezas, por la consigna que existía y que pregonaba "diez guerrilleros juntos pueden pelar una res”.
Después de la guerra de los mil días, cuando pudo regresar a su hacienda, solo encontró cien reses.
A pesar de las vicisitudes, Ignacio Londoño Palacio conservó espíritu emprendedor y su gran visión futurista. Mejoró su hacienda
con cultivos de maíz y pastos, construyó a pico y pala un acueducto “acequia” para traer agua a su hacienda desde Filandia,
labrando varios kilómetros de canales con túneles para atravesar montañas. Este cariño e interés por la tierra y sus mejoras (pastos,
aguas, ganado, cultivos, caminos, etc.) se ha mantenido en su descendencia que reconoce al carácter de pionero de su antepasado
y se esmera por mantener y optimizar la calidad de su herencia, por lo menos de la parte cuya propiedad conservan algunos
todavía.
[1] www. Geocities.com/raicespaisas/guerradelosmildias
[2] www. Geocities.com/raicespaisas/guerradelosmildias
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(Imagen sacada wikipedia)

LA PERDIDA DE PANAMA

La separación de Panamá de Colombia, fue un hecho que ocurrió el 3 de Noviembre de 1903, y se


declaró como un país independiente.
Separación:

José Domingo De Obaldía sería nombrado gobernador


del Istmo, pero él se sentía inclinado hacia la idea de la
separación. Una junta revolucionaria clandestina para
planificar una revolución destinada a consultar la
separación de Panamá de Colombia y así negociar
Consecuencias:
Antecedentes: solom los panameños con Estados Unidos la
construcción del canal.

El 13 de Noviembre Estados
Panamá se independizó de España en 1821 Unidos reconoce formalmente a la
y se unió a la Gran Colombia formada por El grupo separatista envío a Amador Guerrero, quien República de Panamá. Luego fue
Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. viajo a Estados Unidos para buscar apoyo, para el plan reconocida por 15 países de
de separarse de Colombia. Este grupo separatista tenía América, Europa y Asia.
también el apoyo de los jefes liberales y del comandante
militar Esteban Huertas.
En varias ocasiones Panamá había tratado
de separarse de Colombia. Entre 1840 y El 18 de Noviembre del mismo
1841 se estableció como estado año Estados Unidos y la
independiente y durante la Guerra de los Sin embargo los rumores llegaron al gobierno central de República de Panamá firman un
Mil Días (1899-1902). Colombia y se envió el Batallón Tiradores, al mando del tratado para la construcción del
general Juan B. Tovar y Ramón G. Amaya, llegaron a Canal de Panamá, fue aprobado
Panamá el 3 de Noviembre de 1903 para derrocar a José por ambas partes.
Domingo De Obaldia y al general Esteban Huertas,
quienes estaban a cargo del gobierno del Istmo.
Algunos sucesos provocaron la
desconfianza de los liberales Panameños
En Colombia la noticia de la
hacía el régimen conservador colombiano separación de Panamá llegó unos
y provocó que los liberales panameños se días tarde, pues el gobierno quiso
unieron a la causa separatista. Los norteamericanos J.R. Shaler superintendente evitar disturbios en Bogotá, y dio
norteamericano John Hubbard del buque “Nashville” la noticia hasta el 6 de
retrasaron e impidieron el transporte y cualquier Noviembre.
desembarco de los contingentes enviados por el
gobierno central de Colombia. Así impidieron que el
En Enero de 1903 elTratado Herrán-Hay gobierno central pudiera hacer algo para evitar la
Estados Unidos y Colombia para finalizar separación del Istmo de Panamá de Colombia. Esa
la construcción de canal, cuál no tuvo el misma tarde se declaró por medio de la junta Se hicieron varios intentos por
apoyo del senado colombiano por una revolucionaria la independencia del Istmo de Panamá. parte del gobierno Central de
votación mayoritaria en contra el 12 de Colombia para intentar recuperar
Agosto de 1903 esto dio un último ímpetu el Istmo de Panamá, lo primero
a los deseos de los separatistas panameños fue enviar delegaciones para echar
y dio a Estados Unidos un motivo para marcha atrás, encabezadas por el
apoyar la rebelión panameña. El consejo municipal se reunió, bajo la Presidencia general Rafael Reyes pero no se
logro nada.
deDemetrio H. Brid,autoridad máxima en el territorio
Panameño y proclamó un pueblo libre y estableció un
gobierno propio e independiente bajo el nombre de
“República de Panamá”. Demetrio H. Brid, fué el primer
presidente nombrado el 4 de Noviembre de
1903. Luego la Convención Nacional Constituyente en
Febrero de 1904, designó a Manuel Amador Guerrero
como primer Presidente Constitucional de la República.
Colombia: la segunda república (1819-1830)

Bolívar regresó triunfante a Angostura para anunciar al Congreso su éxito militar. Con la victoria
asegurada, el Congreso emitió la Ley Fundamental de la República de Colombia el 17 de diciembre
de 1819. El artículo primero de la ley establecía que “Las Repúblicas de Venezuela y la Nueva
Granada quedan desde este día reunidas en una sola bajo el título glorioso de República de
Colombia”. El artículo segundo determinaba que el territorio de la república “será el que
comprendían la antigua Capitanía General de Venezuela y el Virreinato del Nuevo Reino de
Granada”. El artículo quinto dividía el territorio en “tres grandes Departamentos: Venezuela, Quito
y Cundinamarca, que comprenderá las provincias de la Nueva Granada, cuyo nombre queda desde
hoy suprimido. Las capitales de estos Departamentos serán las ciudades de Caracas, Quito y
Bogotá, quitada la adición de Santafé”. El artículo octavo ordenaba que el Congreso de Colombia
debía reunirse nuevamente el primero de enero de 1821, en la ciudad de Villa de Rosario de
Cúcuta.

Esta cita tuvo lugar, solo hasta el 6 de mayo de 1821. El siguiente 30 de agosto los representantes
firmaron la Constitución de Colombia, conocida como la Constitución de Cúcuta o la Constitución
de 1821, debido al lugar y la fecha en que se firmó. De carácter centralista, en su Título Segundo,
Sección Segunda, determinó que el gobierno de Colombia será popular representativo, que el
pueblo no ejercerá por sí mismo otras atribuciones de la soberanía que las elecciones primarias, y
que el poder supremo estará dividido para su administración en legislativo, ejecutivo y judicial. El
Congreso determinó que el Presidente debía ser Simón Bolívar y, Vicepresidente, Francisco de
Paula Santander, y para capital del Estado se señaló por su posición central a la ciudad de Bogotá.
Santander, de hecho, gobernó pues Bolívar siguió al mando de los ejércitos libertadores, los que
estuvieron en campaña hasta 1826. Los años que transcurrieron entre 1821 y 1826 estuvieron
marcados por la continuación de la guerra y los esfuerzos por dar forma y estabilidad al Estado
recién creado. Mantener dichos ejércitos en campaña representó un esfuerzo enorme para la
población que luchaba por dar fundamento a un orden civil: proyectos para fundar universidades,
crear instituciones de gobierno y administración, establecer la navegación a vapor y los
ferrocarriles, construir escuelas y caminos, fomentar la industria, contratar sabios en el extranjero,
impulsar la imprenta, en fin, estas y otras actividades que resumen rápidamente las intensas
acciones emprendidas por el régimen de Santander durante estos primeros años, lo que siempre
se vio limitado por la necesidad de continuar la guerra contra los españoles.

Unidas, además de las que ya se habían sumado voluntariamente. Por último, el pacto afirmaba
que “Las Provincias Unidas de la Nueva Granada se reconocen mutuamente como iguales,
independientes y soberanas, garantizándose la integridad de sus territorios, su administración
interior y una forma de gobierno republicano”.7 Tal sistema de gobierno prometía igualdad para
todos de manera que entre las Provincias Unidas perduraran las relaciones pacíficas. Lo que
sucedió entre 1812 y 1815 fue consecuencia, por lo tanto, de los efectos generados por la decisión
que se tomó en cada provincia respecto del modo de organizarse en república y el modo en que
cada una debía relacionarse con las provincias vecinas. Los que decidieron seguir siendo leales a
España se acercaron a la sede del virreinato, ubicada en Panamá, y gozaron de un cierto nivel de
continuidad en sus gobiernos. El Estado de Cundinamarca defendió el centralismo como su forma
constitutiva de gobierno y formó un ejército que intentó someter por la fuerza a las provincias
aledañas, fueran realistas o federales. En abril de 1812, Cundinamarca reformó su constitución
aboliendo definitivamente todo poder monárquico en el Estado. En consecuencia, declaró su
independencia absoluta de España el 16 de julio de 1813. Cada una de las Provincias Unidas, por
su parte, desarrolló su propia constitución: Tunja en 1811; Antioquia, Cartagena, Mompox y Neiva
en 1812; Popayán en 1814; y Mariquita y Pamplona en 1815, todas ellas declararon su
independencia absoluta de España en esos años. Estas constituciones compartían características
básicas similares: división de poderes; un presidente a cargo del poder ejecutivo; reconocimiento
de los derechos de los ciudadanos; la adopción del catolicismo como la religión oficial del Estado; y
el establecimiento de un sistema electoral, un sistema fiscal, y una fuerza policial y militar para
asegurar el orden público. La guerra civil que se desató entre estos tres grupos políticos
principales –Cundinamarca, las Provincias Unidas y las provincias leales al rey– fue larga y
sangrienta. En lugar de encauzar su potencial humano y económico hacia el desarrollo de las
repúblicas emergentes, se encauzó hacia la guerra. Ni Cundinamarca ni las Provincias Unidas
fueron capaces de subyugar del todo a los realistas, aunque sus esfuerzos fueron constantes, y en
cambio, lucharon varias batallas importantes entre sí. En diciembre de 1814, las Provincias Unidas
vencieron al ejército de Cundinamarca gracias al liderazgo militar de Simón Bolívar. La victoria
marcó el fin de la República de Cundinamarca, pero no logró establecer un orden federal sólido,
justo cuando los ejércitos españoles de la reconquista partían de Cádiz hacia la Nueva Granada en
febrero de 1815.

COLOMBIA ACOMIENZOS DEL SIGLO XX

El comienzo del siglo XX colombiano fue recibido en plena guerra civil motivada por las
contradicciones e intereses ideológicos enfrentados entre liberales y conservadores.

Finales de siglo XIX


A finales del siglo XIX en Colombia había desconcierto y preocupación por la situación del país. Su
población era la más numerosa en América del sur pero en riqueza era la última, pese a la cantidad de
recursos naturales con los que la región contaba. Esta situación desmentía las esperanzas de prosperidad que
se habían formado a partir de las reformas hechas medio siglo antes, en la que los colombianos creían: la
integración del país al mercado mundial mediante la promoción de exportaciones de productos agrícolas y
mineros, llevarían al país la avance económico y a la riqueza.

Sin embargo el país habría sufrido un estancamiento debido a la decadencia de la manufactura de la región y
al hecho de que no se pudo resistir la competencia de las importaciones. Esta situación había llevado, hacia el
año 1876 a una crisis comercial.

Ahora bien, la culpa de este retraso económico del país y de la inestabilidad social era atribuida,
en gran parte, a las instituciones que se habían establecido a partir de la constitución de 1863. El
país estaba organizado sobre la base de un sistema de gobierno federal, en donde el poder político se dividía
entre una autoridad central y unidades estatales autónomas más pequeñas. Esto permitió la consolidación de
oligarquías que obstaculizaban todo tipo de orden social y dificultaban la consolidación de un sistema político
que integrara los diferentes sectores de la clase dirigente.

Fuero de eso, los liberales (quienes después de la guerra civil de 1861 lograron mantener control suficiente
sobre los conservadores y la Iglesia, aliada frecuente de estos) privaron a sus opositores del ejercicio de gran
parte de sus derechos y garantías constitucionales, mediante el fraude electoral y la violencia ejercida contra
ellos de forma más o menos legal. Estas situaciones llevaron a considerar a muchos de los dirigentes políticos
que lo que faltaba en Colombia era un gobierno que garantizara la seguridad y el orden, ya que en los años
anteriores a 1880 había existido una situación de orden social y política difícil y desestabilizadora, debido a los
pronunciamientos, golpes militares y la guerra civil constante.

Este contexto histórico ha llevado a pensar que el principal problema político al que se enfrentaban los grupos
dirigentes del país a finales del siglo XIX y comienzos del XX fue el de establecer un sistema político que
integrara a los partidos políticos, Liberal y Conservador, permitiendo resolver los conflictos sin recurrir a la
violencia y dejar libre al gobierno para que implementara medidas que llevaran al desarrollo económico del
país.
El siglo XX colombiano: Cien años de progreso
asombroso y de violencia sin fin

 Bogotá
© Derechos Reservados

Autor: Santos Molano, Enrique, 1942-

Por: ENRIQUE SANTOS MOLANO

Cien años de progreso asombroso y de violencia sin fin

Ningún siglo como el XX generó tantos cambios y vicisitudes en la vida


colombiana. Fue el siglo contradictorio de la paz y de la violencia. Se inició con las
promesas de bienaventuranza pactadas en 1902 a bordo del vapor Wisconsin, que
pusieron fin a la guerra de los Mil Días, y terminó con la oleada de violencia
generada por la caótica mezcla de subversión, paramilatarismo y narcotráfico.
Para la humanidad la perspectiva es igual. El Siglo XX nació bajo el signo de la
Belle Époque simbolizado en la aviación, el automóvil y el cine; pero esas
maravillas de la ciencia y del ingenio humano no impidieron que el lado oscuro de
la vida nos sumiera en las dos guerras más catastróficas de que se tenga idea en
la historia universal, desde la guerra de Troya: la Primera (1914-1918) y la
Segunda (1939-1945) Guerras Mundiales, cuya mortandad supera a la suma de
las producidas en todos los conflictos anteriores de la humanidad; pero en el Siglo
XX el hombre inició la conquista del espacio, llegó a la luna y revolucionó las
comunicaciones con la Internet. Al comenzar el siglo, a nadie se le hubiera
ocurrido soñar que un día podría estar de visita en los grandes museos del mudo
sin moverse de su casa.

El siglo XX Colombiano tuvo un desenvolvimiento parecido. Al comenzar la


centuria éramos un país de cinco millones de habitantes, tan atrasado como el que
más. Al concluir, Colombia pasa de los cuarenta millones de habitantes, y si, con
relación a las naciones desarrolladas, sigue en un puesto de retaguardia, con
relación a sí misma avanzó un quinientos por ciento en estos cien años que van
del 1. de enero de 1901 al 31 de diciembre de 2000. En otras palabras: en 1901
ocupábamos el puesto 100 entre las ciento veinte naciones que entonces existían;
en 2000 ocupamos el puesto 60 entre las ciento noventa y nueve que ahora
figuran en el mapamundi
Cómo transcurrió la vida colombiana en el siglo XX, cómo se transformó nuestra
sociedad, cómo evolucionó el mundo, es lo que se propone mostrar, entre otros
aspectos, la serie coleccionable de Credencial Historia que publicaremos en el
curso de los próximos tres años, con el siguiente contenido que reúne los
aspectos más diversos de nuestro discurrir cotidiano, sintetizados en los
momentos claves que marcaron las historia colombiana en el siglo XX

ECONOMIA
1. Las Geografías Económicas de Colombia:

impulsos iniciales A pesar de cierta ingenuidad casi que constitutiva que ronda el trabajo de
ciertos historiadores, hay que repetir que no hay ningún acontecimiento social, por pequeño que
sea, que tenga un origen único. En el caso de la idea de una geografía económica de Colombia, es
claro que sus orígenes inmediatos —sin hablar de los mediatos— han sido múltiples desde
principios del siglo XX, entre otras cosas, porque la perspectiva de análisis de la producción y la
riqueza es consustancial al saber geográfico en las sociedades en las que la riqueza ya constituye o
empieza a constituirse en un horizonte y en una aspiración colectiva y, por tanto, en un objeto de
reflexión intelectual metódica, como resulta ser el caso de la sociedad colombiana en el siglo XX,
N.O 33, MEDELLÍN, COLOMBIA, JULIO-DICIEMBRE DE 2017, PP. 201-243 ISSN Impreso: 0121-8417
ISSN electrónico: 2357-4720 Geografía, Estado y sociedad en Colombia, 1930-1960. El proyecto de
Geografías Económicas de Colombia de la Contraloría General de la República 204 cuando intenta
dejar de ser una sociedad puramente mercantil y comercial y orientarse por los caminos de una
sociedad industrial capitalista, desde el punto de vista de la producción de la riqueza, y dotarse de
un Estado moderno en el que el conocimiento técnico-científico representa no solo un ideal, sino
ante todo un valor económico e intelectual que se incorpora a su actividad cotidiana —sin que nos
interese por el momento hacer ninguna consideración acerca del resultado de esos esfuerzos.1 Lo
importante de resaltar aquí —y lo repetiremos varias veces en este texto— es que en el trabajo de
la CGR la idea de una geografía económica se localiza más allá del conocido discurso sobre los
“recursos naturales” en la perspectiva puramente lírica que fue corriente en los medios Ilustrados
durante la segunda mitad del siglo XVIII.2 No parece haber mayores dudas de que a pesar de que
la idea puede haber tenido varios focos de formación y de difusión, el empeño de investigar la
geografía económica del país a través de un esfuerzo organizado de monografías
departamentales, con fuerte apoyo estadístico, dirigidas a los especialistas y a la “opinión pública”,
y con fines explícitos de producir conocimientos prácticos para intervenir racionalmente en la
producción de riqueza, le corresponde por entero a la CGR, a principios de los años de 1930.

Como resulta fácil imaginar, la idea básica e incluso algunos avances en esa nueva dirección de
geografía económica se encontraban en el país a comienzos del siglo XX en varios lugares e
instituciones. Por ejemplo entre miembros de la Sociedad Geográfica de Colombia, fundada a
principios del siglo XX y que trató de reanimar sus incipientes trabajos en la década de 1930,
acogiéndose al abrigo del nuevo régimen liberal; o entre algunos de los encargados de la Oficina
de Longitudes del Ministerio de Relaciones Exteriores, quienes debían producir los mapas oficiales
del país y que habían dado ya algunos pasos en la descripción de aspectos económicos del
territorio, y habían desarrollado formas de trabajo de campo que suponían la descripción
cuidadosa del medio físico, el inventario de riquezas y el uso de instrumentos técnicos de
perspectiva científica y aplicación práctica. Hubo así mismo avances importantes en la enseñanza y
los trabajos de grado de la Escuela Nacional de Minas, tanto en el campo de la geología, como en
los de la estadística y de la naciente ciencia económica.4 Sin embargo, por razones históricas que
tienen que ver con la evolución administrativa del Estado en Colombia después de 1920, fue la
CGR la institución que asumió de manera práctica, visible y publicitada la elaboración de tales
geografías, entre otras cosas, porque era al parecer la institución de mayor envergadura y
proyección con que contaba en ese momento, el más o menos desorganizado Estado colombiano,
pues se trataba de una institución que desde su propia creación hacia 1923 venía dando muestras
de una organización moderna y en los primeros años de la década de 1930 había incorporado a un
personal de alta formación técnica que no era el habitual en otras de las instituciones estatales;
personal técnico —parte de los nuevos agentes estatales en el campo de la administración— que
fue una de las condiciones más importantes en la realización del proyecto de las Geografías
Económicas de Colombia. 5

Favorece a nuestras afirmaciones, el hecho de que la CGR no solo promovió de manera práctica la
realización de las GEOCOL, sino que habló y discutió sobre ellas, reconsideró el “proyecto” en
función de sus resultados y produjo textos programáticos acerca de sus orientaciones básicas. Al
respecto el texto de la CGR más antiguo que al respecto conocemos tiene como título “La
Geografía Económica de Colombia y la Estadística” y es el producto de una conferencia dictada en
1933 en la CGR por uno de sus más calificados técnicos, quien tuvo una participación destacada en
la elaboración de las GEOCOL.6 Hay que adelantar desde ahora dos hechos que el texto citado
pone de presente. De una parte la temprana organización de la CGR como un moderno centro de
estudios; y de otra la relación que el texto establece desde su título entre geografía y estadística,
lo que será una constante en el trabajo de investigación de esos años, lo mismo que un motivo de
aparente enojo de algunos de los que, desde dentro y fuera de la CGR, se oponían al uso
sistemático de la estadística, con la idea de que ese tratamiento “exagerado y unilateral” era una
especie de “desviación” respecto de las definiciones clásicas de la disciplina geográfica.7 El viraje
principal y la diferencia con respecto a la tradición anterior en el campo de los estudios
geográficos se encuentra en el arranque mismo de la conferencia de Julio Ricaurte Montoya,
cuando definía el objeto de la geografía económica, indicando que el punto básico es la
consideración del mundo como un “centro de producción”, señalando enseguida que esa
disciplina estudia “todas las manifestaciones de la vida de los Estados dentro del ámbito
económico”8 , lo que significa, en un solo movimiento, producir dos tipos de “rupturas”
significativas. La primera respecto del contenido habitual que definía a la geografía física —la
descripción de la corteza terrestre—; y la segunda respecto de las relaciones entre Estado y
sociedad —el Estado que interviene y que tiene una particular esfera de intervención en la
orientación de la economía—, lo que supuso que en una institución

Favorece a nuestras afirmaciones, el hecho de que la CGR no solo promovió de manera práctica la
realización de las GEOCOL, sino que habló y discutió sobre ellas, reconsideró el “proyecto” en
función de sus resultados y produjo textos programáticos acerca de sus orientaciones básicas. Al
respecto el texto de la CGR más antiguo que al respecto conocemos tiene como título “La
Geografía Económica de Colombia y la Estadística” y es el producto de una conferencia dictada en
1933 en la CGR por uno de sus más calificados técnicos, quien tuvo una participación destacada en
la elaboración de las GEOCOL.6 Hay que adelantar desde ahora dos hechos que el texto citado
pone de presente. De una parte la temprana organización de la CGR como un moderno centro de
estudios; y de otra la relación que el texto establece desde su título entre geografía y estadística,
lo que será una constante en el trabajo de investigación de esos años, lo mismo que un motivo de
aparente enojo de algunos de los que, desde dentro y fuera de la CGR, se oponían al uso
sistemático de la estadística, con la idea de que ese tratamiento “exagerado y unilateral” era una
especie de “desviación” respecto de las definiciones clásicas de la disciplina geográfica.7 El viraje
principal y la diferencia con respecto a la tradición anterior en el campo de los estudios
geográficos se encuentra en el arranque mismo de la conferencia de Julio Ricaurte Montoya,
cuando definía el objeto de la geografía económica, indicando que el punto básico es la
consideración del mundo como un “centro de producción”, señalando enseguida que esa
disciplina estudia “todas las manifestaciones de la vida de los Estados dentro del ámbito
económico”8 , lo que significa, en un solo movimiento, producir dos tipos de “rupturas”
significativas. La primera respecto del contenido habitual que definía a la geografía física —la
descripción de la corteza terrestre—; y la segunda respecto de las relaciones entre Estado y
sociedad —el Estado que interviene y que tiene una particular esfera de intervención en la
orientación de la economía—, lo que supuso que en una institución particular del Estado se
generaba una concepción de la vida social y se teorizaba sobre esa forma de acción, llevando a que
dicha institución se pusiera a tono con una de las mayores novedades de la actividad política de
comienzos del siglo XX —1930—, no solo en Colombia, sino en buena parte de las sociedades
capitalistas que buscaban enfrentar la crisis en curso a través de formas diferentes de lo que luego
se llamó keynesianismo.9 Ahora bien, de acuerdo con este autor lo que la geografía económica
revelaba era la existencia de una nueva ciencia, la “ciencia de los hechos económicos”10, y por
tanto la emergencia de una forma original de consideración del mundo social que se apartaba de
las interpretaciones líricas tradicionales sobre la riqueza —el viejo discurso sobre los recursos
naturales y la “prodigalidad divina”— y se concretaba en un mundo de realidades que el
romanticismo prevaleciente en el siglo XIX —por lo menos en Colombia—, aún consideraba como
“manifestaciones del espíritu”, para declarar enseguida que se trataba no solo de centrar la
mirada en la producción, sino “en el estudio de la distribución de los recursos naturales”11. El otro
elemento de definición básica que Ricaurte Montoya presentó a su público tuvo que ver con la
idea de potencialidad —una manera de introducir el concepto de futuro y más adelante el de
planeación—; una idea que fue uno de los grandes aportes de estas GEOCOL, ya que de esa
manera hizo eco de la idea económica de “reproducción ampliada”, ante lo cual este autor
agregaba que la riqueza, presente o potencial, no tenía otra forma de ser comprobada que a
través de la medida, de la cuantificación. Según Ricaurte Montoya, no hay cálculo (ya sea referido
al presente o al futuro) de la riqueza de una sociedad, si no se tiene el recurso de los “datos
numéricos” “o sea [el recurso] de las observaciones estadísticas”, única forma de calcular “la
potencialidad económica de un país o región”12. El mundo moderno, mundo por excelencia
complejo, no puede ser aprehendido más que a través del cálculo y la medida, es decir, indagando
“con precisión los actos del hombre” y registrando “el resultado aritmético de sus actividades
productoras”13 lo que supone al mismo tiempo dos movimientos de investigación y pensamiento:
de un lado el recurso a la estadística —como forma por excelencia de cuantificación—, y de otro el
recurso a la geografía, pues se trata de observar la forma como esas potenciales riquezas, que van
a ser medidas, se distribuyen sobre una superficie, lo que impone “el hondo conocimiento de la
economía del territorio respectivo”14. Recordemos que el autor del texto define a la geografía y a
la estadística como ciencias de observación.15 Según Ricaurte Montoya, para una sociedad como
la colombiana, estaban pendientes dos tareas complementarias: de una parte “la necesidad de
establecer una verdadera estadística”, que permitiera “algún día, conocer nuestra potencialidad
económica”; y de otro parte conocer “las leyes geográfico-económicas que imponen la
desigualdad en el reparto de la riqueza natural”. La estadística y la geografía económica, dos
dominios complementarios de amplia extensión, se organizaban en función del conocimiento de
un país —un tema que empezará a repetirse con nuevos énfasis— y eran la forma por excelencia
“de caracterización de la vida nacional”16. La conquista de un “conocimiento verdadero de la
sociedad” no será ya pues el producto de una función de la memoria —como diríamos hoy en
día— referida a sus formas de identidad o el reconocimiento de un destino previamente fijado,
sobre la base de un carácter, sino el resultado de un conocimiento positivo, esto es, el producto de
una indagación definida por el ejercicio de la observación y por la búsqueda de leyes —dos
palabras recurrentes en esta fase tardía pero la más importante en términos prácticos del
“positivismo nacional”—. Como lo señala el autor del texto que glosamos, la geografía económica
“por procedimientos puramente científicos” se encarga del estudio de su objeto: la repartición de
las riquezas presentes y potenciales que se encuentran en un territorio, lo que significa que la
estadística debe seguir en detalle sus observaciones, para saber “con certeza cuáles datos son
esenciales para sus deducciones científicas” en la búsqueda de dar expresiones numéricas a las
riquezas del territorio.17 Si bien la estadística aspira a identificar leyes generales sobre el
funcionamiento de los fenómenos que estudia, la aproximación que realiza de los hechos sociales
(en este caso económicos) no deja de ser una aproximación “microscópica”, pues se trata de
“indagar con precisión los actos del hombre y registrar el resultado aritmético de sus actividades
productivas”18, lo que supone un conocimiento de detalle, “el hondo conocimiento de la
economía del territorio respectivo”, es decir, el estudio de la geografía del país “bajo todos sus
ángulos”. La dirección de conocimiento positivo de una sociedad que sigue la geografía económica
es estrictamente la misma dirección seguida por el conocimiento estadístico, y la geografía que no
se contenta con un relato escrito en el habitual registro lírico debía estar en condiciones de asumir
y solicitar a la estadística un lenguaje nuevo: el de los gráficos y los cuadros —gráficos, diagramas
y cuadros sinópticos—.19 El resultado de la indagación geográfica encuentra en el lenguaje de la
estadística la forma por excelencia de su representación, la manera de hacerse visible como
resultado de ciencia, aunque aún no fueran señaladas las dificultades que para el público (el sujeto
lector que será continuamente invocado) pueda representar este lenguaje tan novedoso a
principios de siglo, y aunque se deje por ahora de lado un elemento distintivo del lenguaje
geográfico clásico: el mapa, de momento dejado al margen en función de instrumentos más
recientes para hacer visible el conocimiento positivo.20 Esta relación de lenguajes y esta
indicación acerca de cómo deben relacionarse de manera práctica dos disciplinas en curso de
afirmación, no se hacen sin dejar de mencionar el hecho de que los datos estadísticos, que ahora
entraban a formar parte central del conocimiento, no pueden ser producto de la improvisación.
Ricaurte Montoya afirmaba entonces —por lo demás en términos muy modernos— que “El
resultado estadístico no adviene a nosotros de manera gratuita, sino que tenemos que alcanzarlo
mediante onerosa labor científica”21, para referirse a continuación a un problema que podría ser
considerado como secundario en una época como la nuestra, pero que a comienzos del siglo XX
constituía una verdadera novedad: el problema de la presentación gráfica de los resultados
estadísticos, la forma misma de hacer visibles tales resultados, que en este caso tienen que ver
con la riqueza y sus posibilidades hacia el futuro.22 Según las afirmaciones de Ricaurte Montoya,
los cartogramas “que son mapas cuyas diferentes regiones naturales o círculos administrativos
llevan marcados la intensidad de un determinado hecho social” y para cuya elaboración “se
emplean matices, colores, rayados, punteados o signos convencionales”23 eran el nuevo lenguaje
que debía asumir la presentación pública de resultados del trabajo de la ciencia en estos campos,
no solo en virtud de la nueva objetividad que se quería conquistar —la “onerosa labor científica”—
, sino como una forma de hacer visible en su propia inmediatez las posibilidades de riqueza que
puede alcanzar una sociedad, convirtiendo al conocimiento (que ofrecen la geografía económica y
su aliado el conocimiento estadístico) en una forma de orientarse de manera práctica en el propio
terreno de las decisiones que una sociedad debe adoptar en el camino del progreso, una guía “que
nos sirva a todos los colombianos en nuestras actividades públicas y privadas”24, según concluía
en su texto Ricaurte Montoya.

El balance inicial que de este texto puede hacer un lector de hoy no deja de ser sorprendente. De
una parte aparece la definición de dos tipos de conocimiento considerados como ciencias de
observación —lo que, claro, nos resulta obvio hoy… pero no lo era a principios del siglo XX—; dos
formas de saber de sello muy moderno, definidas además por sus propios vínculos y por su misión
de brindar conocimiento de detalle sobre una sociedad —ante todo conocimientos relacionados
con su dimensión económica y ello con fines definidos como utilitarios—. De otra parte, y esto
resultaba esencial, la definición de la riqueza de una sociedad en términos de potencialidad, por
fuera del “proyectismo especulativo” de los neoborbones de la primera generación de
Independencia —tal como lo ha analizado Frank Safford—26, poniendo más bien de presente la
relación entre conocimiento y “explotación científica” de la naturaleza, a partir de un estudio
detallado de todos los “secretos que ella oculta”. La CGR debió trabajar durante los meses
siguientes, bajo el impulso de Ricaurte Montoya, en el proyecto de GEOCOL, con la idea no de
hacer libros —y menos libros de tanta extensión, como al final ocurrió— sino más bien artículos de
revista. Ello ocurrió al tiempo que la CGR continuaba organizándose a la manera de un centro de
pensamiento, cuyos miembros se agrupaban en equipos que atendían cada uno temas particulares
que cubrían un espectro muy grande investigaciones, con las que aspiraban a producir
conocimientos nuevos y útiles sobre el conjunto de la sociedad. En el caso particular de las
GEOCOL, el Boletín de la Contraloría indicaba —ya en 1935— que el Centro de Estudios y
Coordinación de la Contraloría avanzaba en esa dirección y que consideraba esa tarea como de
“enorme trascendencia”, por lo que incluiría en el próximo número de su publicación “el capítulo
correspondiente al Departamento de Antioquia”, agregando que la Sección de Estadística de la
institución se ocupaba activamente en ese momento “en el acopio de los datos necesarios para
hacer una obra digna de tenerse en cuenta por su seriedad y completísima información en todas
las ramas que la conforman”. Pocos meses después Ricaurte Montoya —que ocupaba ahora el
cargo de director del Anuario de Estadística General, la principal publicación de la CGR en ese
momento— volvió sobre el tema de las GEOCOL, a través de un corto artículo programático y
mucho más didáctico que el anterior, en el que buscaba no ya esclarecer el vínculo entre la
geografía y la estadística, sino definir las tareas básicas de la geografía económica en Colombia.
Ricaurte Montoya insistía en la importancia de ese tipo de saber y de su divulgación para la
sociedad y señaló los principales obstáculos que afectaban el avance del conocimiento en ese
campo, al tiempo que repetía su definición de la geografía económica, aunque sin avanzar ningún
elemento nuevo en este punto. Este autor defendía para su pequeño bosquejo el carácter de
consideraciones puramente iniciales sobre el tema.27 En el plano general de la formación cultural,
Ricaurte Montoya comenzó apuntando que el estudio de la geografía económica de un país
debería ser una enseñanza obligatoria desde la propia escuela primaria y continuada hasta la
educación superior y declaraba —lo que puede ser cierto o no, pero que era allí sobre todo un
artificio retórico— que el presidente Enrique Olaya Herrera “ponderaba públicamente en cierta
ocasión” su importancia, de la misma forma que “los más nobles pedagogos” colombianos
aconsejaban que se incluyera la geografía económica “en nuestros pénsumes superiores”,
recomendando en este último caso que, junto “con la economía política y demás ciencias
hermanas”, no deberían faltar “en ningún programa de formación universitaria” los conocimientos
de la geografía económica.28 A pesar de tales inconvenientes, pero precisamente en la vía de
solucionarlos, Ricaurte Montoya anunciaba a continuación que la CGR comenzaría desde un
próximo número de su Boletín “la publicación de unos apuntes a la geografía económica de
Colombia”, que bajo una forma sintética aparecerían como “estudios geoeconómicos de cada uno
de los departamentos, intendencias y comisarías de la República”29. Al respecto debemos tener
en cuenta que se trataba de un programa de investigación, de un esfuerzo de conocimiento que
Ricaurte Montoya planteaba como consustancial al trabajo de la CGR, creando una tradición que
en buena medida se mantuvo en las dos décadas siguientes y que se prolongó por un cierto
número de años en el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), cuando este
retomó, desde comienzos de los años 1950, algunas de las principales funciones que de una forma
a veces no legislada ni autorizada, la CGR había hechos suyas. Hay que observar así mismo que se
habla de “unos apuntes” —en otras partes y en otros textos se dirá “artículos”—, ya que por el
camino veremos crecer el proyecto y en parte tomar otros rumbos. Debemos recordar,
finalmente, que Ricaurte Montoya hablaba de geografías departamentales, pero mencionó
también a las intendencias y a las comisarías, las que a la postre, con la excepción de Chocó, por
razones que habría que precisar, terminaron por fuera del proyecto, aunque evitando el uso
reflejo, injustificado y muy poco documentado de las ideas habituales de “exclusión de la
“periferia” por el “centro” para explicar este punto, que no siempre tiene las razones que se
suponen. La expresión “Geografía económica de Colombia” y la idea de monografías por
departamentos, intendencias y comisarías deja en claro que el objeto no era la disciplina o el
campo de saber en general, sino que se trataba del estudio de “la desigual repartición geográfica
de la producción colombiana”, a cuyo “conocimiento total” debe conducir el proyecto que inicia la
CGR: “Una extensa obra de geografía económica colombiana”, en espera de la cual, por ahora,
debía iniciarse “el estudio de algunos importantes aspectos del problema contemplado”30. La CGR
parece haber sido enérgica y muy eficaz en esos años en lo que tuvo que ver con los trabajos que
emprendía, y ya a principios de 1937 informaba a los lectores acerca de sus más recientes
publicaciones, mencionando no solo la aparición —meses atrás— de las Geografías Económicas de
Antioquia y del Atlántico, sino el hecho de que ellas se encontraban agotadas en el mercado.
También se apuntó que estaban listas las Geografías Económicas de Boyacá y de Caldas, y en
preparación las de Bolívar, Cauca y Cundinamarca. 31 En el capítulo “El estudio de las economías
regionales” del importante libro La estadística nacional, Carlos Lleras Restrepo escribió en 1938
con alguna amplitud, sobre el proyecto de publicación de las GEOCOL, y aunque en general
aplaudió el trabajo realizado, dejó notar cierta insatisfacción con sus contenidos y orientaciones.
Lleras Restrepo comenzó señalando los cambios en el tamaño y la amplitud de la materia
considerada entre las dos primeras GEOCOL —Antioquia y Atlántico— y las dos siguientes —
Boyacá y Caldas—, lo que hizo que los trabajos se demoraran en su ejecución y publicación. No
obstante, este autor reconoció que de manera fortuita esta demora permitiría a las subsiguientes
GEOCOL el uso de los datos censales de 1938 y no los del cuestionado censo de 1928, al tiempo
que facilitaba utilizar los datos “que nos vienen ofreciendo las nuevas investigaciones estadísticas”
de la CGR, “con lo cual las geografías ganarán en exactitud y podrán ofrecer cifras más auténticas y
recientes”, reafirmando de esta forma la perspectiva cuantitativa de la geografía económica y los
avances que en ese campo se experimentaban en la CGR.32 En búsqueda de una mayor
homogeneidad entre los textos y por lo tanto con la idea de introducir un principio de
comparabilidad, la CGR intentó a través de su Centro de Estudios producir un programa general
para las investigaciones departamentales emprendidas; iniciativa que parece no haberse logrado
del todo, en gran medida, como dice Lleras Restrepo, porque con una definición tan amplia de
geografía económica era difícil que no ocurriera esa especie de crecimiento agigantado de los
textos y de los temas considerados en las GEOCOL aparecidas hasta ese momento; idea que
también le sirvió a Lleras Restrepo para explicar la diferencia entre la Geografía Económica de
Caldas y la Geografía Económica de Antioquia. Por su propia cuenta, Carlos Lleras Restrepo intentó
definir lo que estimaba debería ser el programa de base para la investigación del problema y para
la redacción de las GEOCOL, si bien estas siguieron en el terreno fijado por Ricaurte Montoya, con
toda su problemática amplitud. No obstante Lleras Restrepo introdujo al final de su reflexión
algunas consideraciones importantes sobre dos problemas que hasta ese momento parecían
indiscutibles o por lo menos permanecían indiscutidos: de una parte, el problema de las relaciones
entre “regiones naturales” y divisiones político administrativas (departamentos, intendencias y
comisarías); y de otra parte, el problema de las relaciones entre “regiones naturales” y regiones
económicas —o economías regionales, como decía Lleras Restrepo—; problemas de largo alcance
en la historia de la sociedad colombiana (temas, además, de extrema complejidad bajo su forma
teórica en la economía y en la geografía como disciplinas), y que no parecen haber alcanzado en
esos años el suficiente nivel de discusión —y menos de elaboración— en las GEO de la CGR.

RELIGION
. La reconfiguración del catolicismo y el fortalecimiento de la
intransigencia
La llegada de los liberales al poder en 1849 y su consolidación en él durante los
años 1860 marcaron el inicio de una serie de reformas tendientes a establecer un
modelo económico y político inspirado en el liberalismo, que permitiera una
inserción más efectiva en el mercado mundial y la sociedad internacional. Sus
principales abanderados salieron de una agrupación de jóvenes políticos, la mayor
parte de ellos nacidos en la década de 1820, quienes reclamaban la implantación
de transformaciones que rompieran de una vez por todas con el lastre de las
estructuras coloniales y encaminaran a la nueva república en la senda de la
civilización.
Este intento de ''desmonte del Estado colonial''6 implicaba una transformación
estructural de su organización que se reflejó en los cambios introducidos mediante
la federalización del Estado, la redistribución de competencias y la
descentralización de las rentas públicas en favor de las provincias y en desmedro
del poder del ejecutivo central; en la consolidación constitucional de las libertades
religiosa, de prensa y de enseñanza, entre otras; y en la separación entre Iglesia y
Estado.7 Esta última, consecuente con los esfuerzos de secularización del Estado y
con las fuertes críticas a la injerencia de la Iglesia en asuntos públicos, se
constituyó en uno de los pilares de los gobiernos liberales de este período y, en
consecuencia, en uno de los puntos centrales del debate político y religioso del
mismo. No se trataba ya simplemente de demarcar la órbita espiritual frente a la
temporal sino de un intento por debilitar la institución eclesiástica política, cultural
y materialmente, y de someterla al poder estatal.8
La implementación de las reformas anticlericales se llevó a cabo escalonada y
progresivamente, radicalizándose en la década de 1860, particularmente durante
la segunda presidencia de Tomás Cipriano de Mosquera. En menos de seis meses,
entre julio y noviembre de 1861, Mosquera decretó la tuición de cultos, expulsó
por tercera vez a los jesuitas (quienes habían regresado durante el gobierno de
Mariano Ospina Rodríguez en 1858), puso en marcha la desamortización y
expropiación de bienes eclesiásticos y ordenó la supresión de conventos y
comunidades religiosas, medidas ratificadas dos años más tarde en la Constitución
de Rionegro de 1863.9
La radicalidad de estos reajustes tuvo como respuesta múltiples reacciones. Dentro
del principal sector afectado, la Iglesia, estas fueron del apoyo a dichas medidas a
su total rechazo, pasando por una tolerancia pragmática, que así generó rupturas
internas en el poder eclesiástico. En su trabajo sobre las reformas liberales y el
catolicismo intransigente, William Plata identifica tres grupos. El primero,
constituido por clérigos alineados con el catolicismo intransigente inspirado por Pio
IX, y que estuvo apoyado por laicos influyentes como Mariano Ospina Rodríguez,
Rufino Cuervo, José Manuel Groot y, posteriormente, Miguel Antonio Caro, quienes
se oponían vehementemente a modificaciones y descartaban de plano cualquier
asomo de conciliación.
En el otro extremo se encontraban los católicos liberales que veían con agrado las
reformas, llegando incluso a oponerse a las jerarquías. Y, en un punto intermedio,
estaban aquellos que, como el arzobispo Vicente Arbeláez (1870), buscaron una
salida negociada que satisficiera tanto al gobierno como a la Iglesia.10 De estas tres
variantes, la intransigencia liderada por los sectores más reaccionarios del laicado
y del partido conservador se convirtió en la inclinación hegemónica. Esta línea
inspiró más tarde al modelo de la Regeneración, punto de llegada de una corriente
que absorbió las voces discordantes e implementó el modelo de catolicismo
intransigente que se construyó en el Vaticano desde mediados del siglo XIX como
respuesta a los fuertes cuestionamientos y desafíos que el liberalismo y la
modernidad planteaban al poder de la Iglesia católica, y a la crisis desatada por el
nacionalismo italiano que amenazaba su unidad.
Los ejes de la respuesta del catolicismo intransigente fueron la centralización del
poder eclesiástico en cabeza del papa y la condena radical de los errores del
liberalismo. Estos aspectos se formalizaron en la encíclica Quanta Cura y el
catálogo de ''errores de nuestro siglo'' reunidos en el Syllabus (1864). Con esto, se
dejaban sentados los parámetros de una posición que, desde la infalibilidad papal
instituida en el Concilio Vaticano celebrado en 1869, legitimó convenientemente la
inflexibilidad de los católicos tradicionalistas de la Nueva Granada. El
enfrentamiento frontal a las ideas liberales, la defensa de las prerrogativas de la
Iglesia y de la adhesión a la Santa Sede, así como el llamado a la unidad católica y
la condena de toda disidencia se convirtieron en los principales frentes de lucha de
la versión criolla del catolicismo intransigente.
Las reformas liberales de mitad del siglo XIX pusieron otra vez en evidencia las
tensiones en el interior de la catolicidad neogranadina. Esta ya había presentado
posiciones diferenciadas en respuesta, por ejemplo, a las reformas de Francisco de
Paula Santander, en especial a su plan de estudios y a la introducción de la obra
de Bentham como texto obligatorio en las cátedras de jurisprudencia.11 En la
década de 1830, las discusiones sobre patronato y diezmos habían polarizado las
posiciones dentro del catolicismo, confrontando la opinión conciliadora y moderada
del entonces arzobispo Manuel José Mosquera con las críticas del catolicismo
tradicionalista representado por un grupo de ultracristianos liderado por Ignacio
Morales y apoyados por el internuncio Cayetano Baluffi.12 Con la llegada de los
liberales al poder, el catolicismo sufrió un nuevo proceso de polarización en torno a
una nueva manifestación de un viejo problema: las reformas liberales, en general,
y las medidas anticlericales, en particular, dando así lugar a la aparición de
facciones enfrentadas y a la posterior imposición de un modelo hegemonizante
que, de la mano del Estado, logró consolidarse sobre los intentos de disidencia a
finales del siglo XIX.
El éxito de esta campaña dependió en gran medida del compromiso de los
sectores tradicionalistas del laicado; compromiso del cual José Manuel Groot ofrece
un claro ejemplo, a pesar de no haber tenido la oportunidad de presenciar el
triunfo definitivo de esa visión del catolicismo. El acercamiento de Groot a este
sector fue relativamente tardío dentro de su trayectoria religiosa e intelectual pero,
una vez adentro, su contribución a la configuración y consolidación del mismo fue
tan fundamental en sus inicios como la de Caro en el período regeneracionista.

CULTURA
Tras la revolución de Independencia y durante el siglo XIX, se presentó una evolución en
la mentalidad y las costumbres de la población y la sociedad colombiana, producto del paso
de la vida colonial a la modernización y el desarrollo.

Apertura de la sociedad republicana

La revolución de Independencia no alteró sustancialmente la estructura social conformada


durante la época colonial. Sin embargo, dio lugar a una apertura paulatina, desarrollada a lo
largo del siglo XIX y con mayor acento en el siglo XX. Una de las causas de esta apertura social
fue el traspaso del poder político entre los grupos dominantes de la sociedad. Los peninsulares
o “chapetones” en su mayor parte emigraron a la península u otras regiones de América. En
su remplazo los criollos, quienes ya desde el siglo XVII eran los dueños de las haciendas, la
riqueza y la cultura, ocuparon los cargos políticos.

Pero quizá el factor de cambio más significativo fue la cada vez mayor difusión de las ideas de
igualdad social, libertad y ascenso social en virtud del trabajo y la riqueza. Gracias a ellas, fueron
cayendo las barreras de una sociedad conformada principalmente por mestizos y negros
esclavos que luchaban por la abolición de la esclavitud. Y así, la sociedad estamental y
estratificada de la época colonial, con grandes discriminaciones raciales y sociales y sin ninguna
movilidad social, gradualmente fue dando paso a una sociedad de clases, en donde primaba la
riqueza sobre la nobleza.

¿Aristócratas o burgueses?

Notables de la capital de la provincia de Santander (El Socorro), acuarela de Carmelo Fernández. 1850. Comisión
Corografía, Biblioteca Nacional. Bogotá.

Los sectores superiores de la sociedad granadina eran aristócratas y burgueses.


Conservaban actitudes sociales propias de la aristocracia al tiempo que manejaban la economía
con la mentalidad de un burgués. No existía una clara distinción entre los grandes comerciantes
y los terratenientes descendientes de familias coloniales, como los Olayas, Lozanos, Caicedos
y Ricaurtes. El hacendado se hacía comerciante, y a su vez, el comerciante se convertía en
terrateniente.

En la mentalidad de estos hombres primaba lo financiero, comercial y terrateniente. Consi-


deraban que para el desarrollo era indispensable facilitar la apertura comercial, el
librecambismo y eliminar la estructura colonial del régimen fiscal y tributario. Ante el agotamiento
de las minas y la libertad de los esclavos, lucharon por el fortalecimiento de la agricultura del
tabaco, la quina y el café, y por intensificar el comercio externo e interno.

Paralelamente, conservaron una cultura e ideología que emulaba los modelos europeos,
principalmente ingleses y franceses. Viajaban a Europa y enviaban a sus hijos a estudiar a las
universidades de este continente. Además, importaban pianos, paños ingleses, telas, joyas,
libros y nuevas modas de Europa. Estas costumbres y mercancías se convirtieron así en
símbolo de su refinamiento.

Héroes y pensadores

Uniforme militar, modelo para formación, 1824. Archivo General de la Nación. Bogotá.

Durante el siglo XIX el poder político pasó a manos de una nueva generación de dirigentes. No
pertenecían a la aristocracia colonial ni tampoco eran terratenientes. Eran, en
cambio, ideólogos y militares que habían participado activamente en la revolución
emancipadora.

La "herocracia" o gobierno de los héroes de la patria tuvo su auge durante la guerra de


Independencia. El valor en la guerra ofreció el ascenso militar y la promoción social a algunos
militares, muchos de ellos pertenecientes a los sectores inferiores de la sociedad. Se
convirtieron en caudillos, terratenientes, comerciantes, y aquellos con grandes atributos,
ascendieron al poder político. Estos últimos tenían una convicción de su papel providencial en
el establecimiento del orden y la consolidación nacional. Entre los militares que adquirieron
poder político se cuentan Francisco de Paula Santander, Tomás Cipriano de
Mosquera y José María Obando. Estos dos últimos son quizá los que mejor ilustran este
fenómeno. Ambos generales participaron en las luchas civiles y fueron personajes decisivos en
la política granadina de mediados del siglo XIX.

Los civilistas, por su parte, eran en su mayor parte abogados, leguleyos, letrados, si bien algu-
nos también eran comerciantes y terratenientes. Muchos fueron catedráticos de las
universidades y lectores de las obras que influyeron en las grandes transformaciones sociales
y políticas, y se convirtieron en los pensadores de la consolidación nacional. Conformaron los
partidos y defendieron la creación de un Estado democrático y republicano. Participaron en los
congresos y convenciones, y algunos hasta llegaron a la Presidencia, como José Ignacio de
Márquez, Mariano Ospina Rodríguez y los presidentes del periodo radical. Otros fueron
ideólogos, como Vicente Azuero y José Eusebio Caro.

La mentalidad eclesiástica

Jesuitas

Durante todo el siglo XIX, las diferentes medidas gubernamentales en detrimento de la Iglesia
Católica enfriaron las relaciones político-religiosas. Este enfriamiento tuvo su antecedente en
la guerra de Independencia con la oposición del alto clero al movimiento emancipador y su de-
fensa del orden colonial. Después de la revolución, el Gobierno colombiano estableció el Pa-
tronato Republicano, mediante el cual asumió el derecho político sobre la organización ecle-
siástica en Colombia, considerándolo un derecho inalienable del Estado, y no una concesión de
la Santa Sede. Posteriormente, la supresión del fuero eclesiástico en 1850, la expulsión de
los jesuitas en 1851 y la separación entre la Iglesia y el Estado, consagrada en la Constitución
de 1853, contribuyeron a deteriorar aún más las relaciones.

El problema religioso se intensificó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando los radicales
determinaron la desamortización de bienes de manos muertas, la tuición de cultos, la
persecución de prelados y establecieron legislaciones especiales sobre el matrimonio civil en
varios estados soberanos. Como consecuencia de lo anterior, en la mentalidad del clero y los
laicos católicos se fue desarrollando la idea de una Iglesia perseguida. Los religiosos se valieron
de pastorales, hojas volantes, panfletos y otro tipo de medios para denunciar esta situación. Las
sociedades católicas, las cofradías religiosas, los padres de familia y los periódicos católicos y
tradicionales también elevaron sus protestas. El conflicto político-religioso repercutió incluso
en algunas guerras civiles, como la de 1876, en la que los conservadores lucharon contra el
anticlericalismo y las medidas de los radicales.

Comerciantes y artesanos

Artesanos del siglo XIX

A mediados del siglo XIX aparecieron otros grupos de presión, como los de
los comerciantes y artesanos. Los comerciantes defendieron el librecambismo y una reforma
tributaria que suprimiera los impuestos coloniales, considerados un obstáculo para el libre
desarrollo del comercio. Los artesanos lucharon por la protección de la industria nacional, y a
su alrededor se conformaron las sociedades democráticas, con sus ideas de progreso y el apoyo
de las comunidades locales. Estas sociedades estaban conformadas por obreros y jóvenes
románticos y radicales y se difundieron en varias ciudades. Nacieron como una reacción al anti-
nacionalismo surgido en la Constitución de 1847. Su influencia llegó a ser tan grande que
cumplieron un papel decisivo en la elección del presidente José Hilario López en 1849.

También surgieron las sociedades populares, organizadas por los jesuitas para la ayuda y
protección de los gremios de trabajadores. Además, se organizaron las escuelas republicanas
entre los grupos dirigentes, las cuales se destacaron por su anticolonialismo, antihispanismo y
anticlericalismo.

Los negros y la abolición de la esclavitud

“Recolección de caña de azúcar”, grabado publicado por W. Clark, 1823.

Los negros esclavos lucharon en el siglo XIX por alcanzar la definitiva abolición de la esclavi-
tud. Los antecedentes de esta lucha fueron las tensiones sociales de los cimarrones y pueblos
de palenques en la segunda mitad del siglo XVIII. Los esfuerzos de Simón Bolívar y de
ideólogos antiesclavistas como Juan del Corral y José Félix de Restrepo culminaron en las
leyes de libertad de partos y manumisión de los esclavos en el Congreso de Cúcuta en 1821.
Sin embargo, estas leyes tuvieron muchos enemigos, principalmente entre los amos de las
haciendas y algunos sectores políticos, por lo cual fracasaron. Los esfuerzos de los
abolicionistas sólo se verían recompensados a mediados del siglo. En 1851, el presidente José
Hilario López decretó oficialmente la libertad absoluta de los esclavos. Posteriormente, en la
Constitución política de 1853 se declaró oficialmente que en Colombia no habría esclavos.
Los indígenas

Indias salivas haciendo casabe. Acuarela de Manuel María Paz, 1856. Álbum de la Comisión Corografía. Biblioteca
Nacional de Colombia. Bogotá.

La ley del 2 de octubre de 1821 había establecido la igualdad del indígena colombiano, con
todos los derechos y deberes de los demás ciudadanos libres. Por esta ley, también se hizo la
repartición de tierras de los resguardos entre las familias indígenas. Pero a pesar de este reco-
nocimiento, el siglo XIX fue una época oscura para ellos. La lucha por sus territorios los condujo
a enfrentamientos permanentes con criollos y nuevos colonos.

La integridad de los resguardos y la defensa de su tierra fueron las banderas principales de


la lucha indígena. Dicha integridad fue reconocida oficialmente en las disposiciones de 1820,
1832 y 1890. A su vez, en los años 1821 y 1850 se permitió la propiedad privada dentro de los
resguardos. Los esfuerzos indígenas culminaron en la ley básica 89 de 1890, mediante la cual
se reguló la organización interna de los resguardos y se adoptó la conservación de sus formas
tradicionales: cabildos indígenas, elección de caciques-alcaldes y adjudicación de parcelas.

La colonización antioqueña

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, los antioqueños se desplazaron a las tierras baldías
del sur de Antioquia que habían sido dadas en concesiones a terratenientes por la Corona
española. Se inició así uno de los movimientos internos de población de mayor significación en
la historia de Colombia: la colonización antioqueña. Gracias a ella se pobló el sur de Antioquia,
Caldas, Risaralda, Quindío, norte del Tolima, norte del Valle del Cauca, Chocó y otras regiones.

La consigna de los primeros colonos era construir vías de comunicación que unieran
a Antioquia con el resto del país; abrir las tierras baldías e inhóspitas a la economía nacional y
apropiarse de ellas en calidad de cultivadores. Dichas consignas fueron el resultado de factores
socio-económicos que sirvieron como fuerzas iniciales de empuje. La decadencia de la minería
y la agricultura en Antioquia, el crecimiento demográfico de la población, el estado miserable de
grandes núcleos de población y la presión de los comerciantes antioqueños, colonizadores y
constructores de caminos, se cuentan entre las principales causas de la colonización.

Grabado de “Historia naturalis palmarum”, de Cari F. Ph. von Martins, Leipzig, 1850.

En una primera etapa, los colonos llegaron hasta las tierras de la Concesión Villegas, en las
cuales surgieron los primeros pueblos, años en que corría la guerra de Independencia. Una
segunda etapa se realizó en la primera mitad del siglo XIX, se colonizaron las tierras de
la Concesión Aranzazu, y se fundaron los pueblos de Salamina, Pacora, Aranzazu, Neira,
Manizales y Santa Rosa de Cabal. La tercera etapa abarcó la segunda mitad del siglo XIX,
cuando se colonizó el Quindío, y fue estimulada por la búsqueda de las guacas quimbayas, el
caucherismo, la cría de cerdos, las guerras civiles y el cultivo del café. Así surgieron las ciudades
de Pereira, Armenia, Calarcá, Circasia, Montenegro, Caicedonia y Sevilla. Una cuarta etapa, a
finales del siglo XIX, incluyó el norte del Tolima, Valle, Chocó y las áreas de los ríos Sinú y San
Jorge. El proceso de colonización continuó en el siglo XX hacia el golfo de Urabá y los llanos
orientales.

La colonización antioqueña dio lugar a una nueva mentalidad y a un grupo social emprende-
dor. Con el hacha, el machete y el trabajo este grupo desmontó selvas, fundó prósperas ciuda-
des en la cordillera andina, estimuló el desarrollo de las ya existentes y creó en el occidente del
país un nuevo eje agrícola e industrial.

costumbres del siglo xix / las constumbres y trdiciones en colombia durante la epoca
de la colonia y la independencia / costumbres en bogota en el siglo xix / bogota a
mediados del siglo xix costumbres / costumbres tipica de colombia en el
19 / costumbres en el siglo xix / regiones del sigolo 19 con sus
constumbres / costumbres del siglo 19. en. la. época. colonial /