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“La sopa de Blancanieves”

Maite Segura Corretgé


Profesora de Filosofía del IES ZIZUR BHI de Zizur (Navarra)

Blancanieves estaba ya un poco harta de tanto cuidar a los enanitos, aburrida de


cocinar cada día para ellos, limpiar todos los rincones de la cabaña, remendarles la ropa,
hacer la colada y tener que planchar enormes montañas de pequeñas prendas que,
multiplicadas por siete, se volvían interminables.

-La mina ensucia mucho- le decían- … y tú lo dejas todo tan blanco… como tu
propio nombre…- destacaban engolando la voz. -Además… zurces tan bien…- le
adulaban. -Y no digamos nada de lo bien que guisas…- añadían, a la vez que se
relamían de gusto, anticipándose a la sabrosa sopa de la cena.

Había empezado a cansarse de tanta rutina diaria y de tan duro y extenuante


trabajo, pero sobre todo, lo que más la agotaba era pensar en su propia existencia, tan
anodina, tan limitada, sin apenas horizontes ni perspectivas de futuro, circunscrita al
pequeño territorio de la cabaña que a estas alturas de su historia conocía demasiado bien
en todos sus rincones, de tanto pasarles el plumero y la fregona. No, no es que ella fuera
una desagradecida, ni mucho menos, era totalmente consciente de que aquellos siete
pequeñajos le habían salvado la vida acogiéndola y escondiéndola en su casa y, por ello
mismo, debía corresponderles. Además estaba convencida de que, a su manera, todos
ellos la querían, reconocían su labor y sus halagos eran sinceros. También ella sentía un
especial cariño fraternal por sus diminutos benefactores, pero, a la vez, conocía por
experiencia propia que algunos abrazos, aunque sean bienintencionados llegan a oprimir
demasiado y ni dejan respirar ni permiten crecer. Esta sensación de ahogo afectivo ya la
había sentido con anterioridad al poco de enviudar su querido padre y ahora, de nuevo,
se le volvía a presentar con renovada fuerza. Ella, cada día que pasaba, le daba vueltas y
más vueltas al asunto y sentía inmensas ganas de huir de la monotonía de la cabaña y
emprender un nuevo rumbo, lejos del bosque. Era demasiado joven para renunciar a su
propia vida, una vida apenas vivida. Tenía demasiados proyectos por hacer, muchos
planes que realizar y numerosos sueños que cumplir. Uno de los más acuciantes era
acudir a la escuela y, de forma urgente, aprender a leer y a escribir porque, aunque
cueste creerlo y en ninguna de las versiones tradicionales de este cuento se mencione,

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Blancanieves, aunque princesa por cuna y linaje, era, como la inmensa mayoría de las
niñas de su época, totalmente analfabeta.

Su madre, muerta prematuramente siendo ella muy pequeña, había sido muy
avanzada para su tiempo, como prácticamente lo son todas las madres del mundo, y
había decidido matricularla por su cuenta en la Escuela Pública Comarcal del Reino
para que recibiera una sólida formación sin distingos de clases sociales. Pero su padre,
que estaba chapado a la antigua y no acababa de ver esa importancia que su bien amada
primera esposa otorgaba a la educación en las niñas (¡total para casarse después!),
sumido además en una profunda depresión post viudedad sin diagnosticar, mantuvo a su
hija a su lado, cuidándola y sobreprotegiéndola pensando (como muchos buenos pero
equivocados padres solían hacer) en que ella, pasado el tiempo, le cuidara a él , puesto
que estaba convencido de que eso era lo que todas las buenas hijas de todos los tiempos,
sean o no princesas, hacen, han hecho y deberán seguir haciendo, generación tras
generación.

Respecto a todo lo acontecido en palacio a partir de la envidia que el despertar


de la belleza de Blancanieves suscitaba en la nueva reina y que fue absolutamente
determinante de su fatal destino y abandono en el bosque, como ya lo conocemos no
precisa que volvamos a contarlo, por lo que retomaremos la historia en donde la
habíamos dejado para conocer aquello que hasta ahora nadie había narrado.

Habían transcurrido varias semanas, tal vez unos cuantos meses o incluso puede
que algún que otro año desde que la recogieran moribunda y exhausta. Sin relojes ni
calendarios era difícil saberlo con exactitud. Durante largas jornadas la habían cuidado
y mimado con esmero hasta que pudo recuperar la tersura nívea de su piel y el color
sonrosado de sus hermosas mejillas. El tiempo, en la cabaña del bosque, transcurría
plácido sin sobresaltos ni preocupaciones, pero sin futuro.

Día tras día, a la vez que realizaba cuidadosamente las diferentes faenas
domésticas asignadas, se preguntaba qué iba a ser de su vida. ¡Cuánto echaba de menos
las dulces y sabias palabras de su madre!:

-¡Que no te cuenten cuentos: la educación de las niñas y de las mujeres no es


ningún cuento! ¡No hay que sentarse pasivamente a esperar a ningún príncipe, por muy
azul que sea!

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Blancanieves musitaba suspirando:

-¡Si supiera leer y escribir… descifraría esas palabras que sólo son garabatos sin
sentido para mí… …comprendería lo que pone en los papeles que el viento arrastra…
vería en ellos algo más que complicados jeroglíficos de extrañas figuras… …podría
interpretar mapas, saber dónde me encuentro en este enmarañado bosque y lograría salir
de este frondoso laberinto. Pero consciente de su realidad y de que no estaba en
situación de acudir a la escuela como hubiese deseado, ideó una estrategia de
aprendizaje que, poquito a poco, sorbito a sorbito, daría sus buenos resultados.

La cabaña de los enanitos era, como es lógico suponer, de reducidas


dimensiones. Estaba funcionalmente organizada para la vida austera y sencilla de sus
moradores, por lo que sólo disponía de lo estrictamente necesario para lo más básico:
comer, asearse y descansar. Su decoración minimalista carecía de objetos superfluos y
extravagancias de ningún tipo. No había cuadros, ni adornos, solamente un par de
baldas adornaban la pared. Una contenía los cacharros y utensilios de cocina y la otra, a
modo de reducida biblioteca, amontonaba unos cuantos manuales de instrucciones sobre
herramientas de la mina con sugerentes títulos: “Cómo usar el pico y la pala con
eficacia”, “Técnicas elementales del manejo de la carretilla”, “La importancia del
casco” y algún otro título similar. Cada noche, después de cenar, Blancanieves,
manifestando un súbito interés por la minería, pedía a sus anfitriones que le leyeran
despacito, alguno de esos manuales y escribieran las palabras correspondientes para que
ella las identificara y las pudiera reproducir, a lo que los enanitos respondían de muy
buen agrado, haciéndose los interesantes y entendidos en la materia:

- “la pe con la a hace pa, la ele con la a hace la y las dos juntas hacen pa - la” -
“la ce con la a… ca, la erre con la e… re (pero, ojito, en medio de palabra se escribe dos
veces, le decían), la te con la i… ti, la ele doble con la a… lla y si juntamos todas las
sílabas… ca – rre – ti - lla”.

Muy pronto aprendió a descifrar todo el vocabulario minero y como se le


quedaba muy corto y escaso para reflejar la inmensa realidad restante, aprovechando sus
dotes de buena cocinera y el insaciable apetito que los enanitos presentaban a la hora de
la cena después de una larga jornada de trabajo, noche tras noche, cena tras cena les
preparaba una sabrosa y suculenta sopa de letras, a la que pronto bautizaron como sopa
ilustrada. El caldo era lo de menos, unas veces de verduras, otras de hierbas aromáticas,
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o con un poco de carne para dar más sabor. Lo realmente importante era la pasta que
contenía, convertida en el ingrediente principal de la sopa: ni fideos finos, ni fideos
gruesos, ni con forma de estrellas ni pelotitas, letras, letras y más letras, siempre letras.
De esta manera, a modo de juego, consumían cuencos repletos de vocales y consonantes
y, mientras sorbían, formaban en la superficie del plato primero palabras sencillas, luego
algunas frases breves y más tarde largas oraciones con sus correspondientes
subordinadas y todo. Así, párrafo tras párrafo, cazo tras cazo, mientras el caldo iba
desapareciendo de los cuencos y platos, éstos se transformaban en verdaderos cuadernos
de apetitosas grafías comestibles de pasta para sopa.

Una noche sí y otra también, entre sopa y lectura, cucharada y digestión,


Blancanieves comprendió que ya había adquirido la suficiente competencia lingüística y
comprensión lectora que necesitaba para aventurarse a vivir su propia vida de la manera
soñada. Ahora se sentía segura de sí misma y de la decisión que iba a tomar. Por eso,
aquella última noche, preparó la cena con mayor esmero que nunca, repasó bien el brillo
de los cubiertos, extendió el mantel recién planchado y dobló con mimo cada una de las
siete servilletas. Por último, sirvió delicadamente y sin derramar ni una sola gota, la
humeante y exquisita sopa ilustrada que tanto había alimentado su estómago y su
espíritu, dejando los siete cuencos tan repletos que estaban a punto de desbordarse.

Las siete raciones servidas le sirvieron para escribir su despedida: ¡Gracias por
todo! ¡Volveré a visitaros cuando complete mi educación! ¡Un abrazo, o mejor que uno,
siete! ¡Y qué aproveche la sopa! Blancanieves.

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