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DIOS EXISTE.

REFLEXION SOBRE SUS PRUEBAS

Sergio Zañartu, s.j.

1) LA EXPERIENCIA DE DIOS
La existencia de Dios nos parece obvia a los creyentes. Pero los no creyentes,
aunque tengan buena voluntad, no la ven. Y a nosotros mismos no nos resulta fácil el
probarla. ¿Cómo es obvia y difícil de probar a la vez? Es obvia como fundamento de todo, y
difícil de probar, porque se trata de fundamentar el mismo fundamento. Por eso que,
lógicamente, más hay que mostrarlo (alumbrarlo) que probarlo. Porque a Dios lo
barruntamos en el fondo de nuestra experiencia, en todo acto humano de conocimiento y
libertad. Pero no como objeto, lo que sería relativamente claro, sino como el fundamento que
sostiene nuestra experiencia y la hace posible, como el horizonte en que ésta se mueve,
como el 'hacia donde' de nuestro dinamismo en el autotrascenderse del hombre.1 Se trata
de un conocimiento atemático.
Permítaseme una burda comparación. Para poder conducir un auto necesito
estar muy atento mirando al frente, pero tener un arco de visión suficiente para poder percibir
que algo me está sobrepasando por el lado. Sin embargo, no adivino ni el color ni el modelo
del vehículo que comienza a sobrepasarme, porque éste no está en el foco de mi atención.
Así hay aspectos en el conocimiento humano que siempre están y que, salvo el acto de
reflexión en cuanto éste sea posible, no están al frente ni al lado, sino justamente detrás, en el
polo del sujeto cognoscente, por ejemplo mi 'yo' humano y libre. Así, si me dan un empujón
ofensivo en el metro, salto apasionado: ¿cómo me pueden atropellar a mí, persona humana,
etc.? Todo esto ya estaba implícito en mi acto de conocer cuando distraídamente miraba los
afiches de propaganda. Porque siempre me es evidente que mi 'yo' es un sujeto humano,
espiritual y libre, aunque esto no lo esté enfocando directamente. Y si trato de enfocar mi
libertad o espiritualidad, no lograré definirla positivamente. El sujeto nunca podrá convertirse
en un simple objeto en la autoconciencia, porque dejaría de ser el sujeto que me está
conociendo.
Lo anterior nos puede servir para tratar de comprender el oscuro y atemático (no
como objeto) conocimiento de Dios en todas nuestras experiencias. Está en todos nuestros
actos conscientes, pero no lo podemos enfocar como objeto. No sólo porque está en la
subjetividad nuestra como condición de posibilidad de nuestros actos sino sobre todo
porque es el totalmente Otro, trascendente (que está más allá) de nuestro mundo y de
nosotros mismos. Si lo reducimos a objeto aprisionándolo en nuestro entendimiento, deja de
ser Dios para convertirse en una creación nuestra. "Si lo comprendes, no es Dios", dice San
Agustín.2 De ahí la teología negativa respecto a Dios. Dios es el inefable (el totalmente
Otro) y así nos es más fácil decir lo que no es que lo que es. Todo concepto que apliquemos
a Dios tiene a la vez que ser negado en su forma de realización creatural, trascendido hacia
un más allá incognoscible. Dios es el Misterio salvador (desde donde todo viene y hacia
donde todo va), trascendente; y mientras más penetramos en El, más trascendente lo
percibimos. Y así lo desea existencialmente nuestra alma en sus ansias de infinito. Pero

1 Siguiendo a J. Maréchal y a muchos teólogos actuales, como K. Rahner, con el recurso a la experiencia de la
autotrascendencia humana, rompemos el círculo kantiano de encierro inmanente dentro de la razón teórica.
2 Sermo, 117, 3, 5, PL 38, 663.
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esto no quita su peculiar evidencia: "He aquí cómo ya puedes tener a Dios por más conocido
que al hermano, ciertamente más conocido porque más presente, más conocido porque más
interior, más conocido porque más cierto".3
Puede haber momentos especiales en que Dios se nos manifiesta. Así, por
ejemplo, ante una desgracia, en una contemplación de la naturaleza, en la vivencia profunda
de una amistad, en la experiencia mística. Esos momentos sirven para aclarar nuestra
experiencia ordinaria, a la que nos referimos en este artículo. Como es experiencia
ordinaria, que no nos golpea con su novedad, sino que se encuentra en toda otra
experiencia, podemos no advertirla o mal interpretarla. Es lo que les pasa a los no creyentes.
Profundicemos un poco más en esa experiencia ordinaria. Nosotros nos autopercibimos
como limitados dentro de un mundo de cosas finitas, pero ¿cómo podemos percibir lo finito
sino desde una percepción atemática de lo infinito? Cuando nos jugamos a fondo en nuestra
libertad, lo hacemos absolutamente en el sentido de dejar atrás para siempre la otra
posibilidad que ya no podremos recuperar.4 ¿Tiene esto sentido si no nos movemos en un
horizonte de valores absolutos? La conciencia ética nos impone en determinadas ocasiones
deberes con absolutez, que a la vez nos limitan y realizan; de no cumplirlos, cargaríamos con
una culpa verdadera. ¿De dónde procede esa absolutez? Igualmente, en nuestra búsqueda
de verdad y en el amor, aspiramos a lo absoluto y eterno y somos hasta capaces de dar la
vida por eso. ¿Es eso una simple ilusión o hay un absoluto que nos fundamenta: Dios?
Aspiramos a la felicidad total y ésta sólo nos puede venir de la unión con el Bien absoluto.
Concluiríamos que o el hombre es contradictorio o Dios existe. Sentirnos fundados es
sentirnos creaturas. Aceptar esto, aceptar el misterioso sentido de nuestra vida que nos
viene dado desde el fundamento indisponible, es aceptar implícitamente a Dios, con la ayuda
de su gracia.

2) OTROS ARGUMENTOS
Por todo lo anterior, la palabra 'Dios' o equivalentes, que recibimos en el lenguaje
para designar ese fundamento de nuestra experiencia, es una palabra porfiada que no podrá
ser borrada del lenguaje, mientras el hombre conserve la conciencia de sí mismo y se
exprese verbalmente. El ateo, al negar a Dios, no sólo lo afirma implícitamente en la
absolutez de ese juicio negativo, sino que también contribuye a destacar el vocablo. Creo
que el argumento de Anselmo, llamado ontológico y largamente discutido por los grandes
filósofos, se reduce a esta misma experiencia, partiendo esta vez del concepto de Dios que
encontramos en nuestra conciencia creyente. En él Dios nos revela su presencia. Porque no
es el concepto de un objeto contingente que puede ser o no ser, sino del absoluto que no
puede no existir, porque nada mayor puede ser pensado y El es mayor que todo lo pensable.
Dicho de otra forma, el absoluto, que encontramos en nuestra conciencia, al no depender de
ninguna condición para existir, evidentemente tiene que existir: esto es lo que Anselmo nos
muestra.
Desde la antigüedad, además de estas pruebas de conciencia, de tipo más bien
agustiniano, se ha partido desde el mundo para mostrar la existencia de Dios. Santo Tomás
lo sistematizó en sus cinco vías.5 Para el hombre antiguo y medieval, más volcado hacia
afuera, hacia lo objetivo, parecían pruebas contundentes. Pero no tanto para el hombre

3 Agustín, Sobre la Trinidad, VIII, 8, 12.


4 Quemamos las naves como Hernán Cortés.
5 Ellas parten del movimiento, de la causa eficiente, de la noción de contingencia, de los diferentes grados de perfección,
y de la finalidad.

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moderno que se centra en lo subjetivo y para quien la naturaleza no es tanto el santuario


donde se encuentra con Dios, sino más bien el mundo en que él proyecta su propio poder
manipulador mediante las ciencias y la técnica. Pienso que si Dios es reducido a ser el
primero de una cadena causal, típicamente intramundana, lo que ha sido llamado la onto-
teología, puede ser declarado no necesario, en cuanto que no es el Dios verdadero (el
totalmente Otro), sino una caricatura, una invención explicativa humana. Pero si se escarba a
fondo y se va más allá del orden creado, en la pregunta por el milagro de que algo exista en
vez de ser nada, nos encontraremos con el Dios trascendente, que es entonces más que
necesario. Esto es barruntar el fundamento, la condición de posibilidad de los seres del
mundo comprendidos en su insuficiencia radical. Es lo mismo que hacíamos en nuestra
experiencia consciente, interior, pero ahora aplicado al mundo. Y el que podamos captarlo
esta vez en relación al mundo, se apoya justamente en nuestra experiencia interna. En
resumen, la experiencia de Dios descrita al comienzo de esta reflexión parece ser la prueba
fundamental de la existencia de Dios, y lo demás serían como concreciones, variaciones,
formas de decir lo mismo.

3) LA RACIONALIDAD DE LAS PRUEBAS


¿Pero en qué sentido son pruebas? La palabra 'prueba' es usada con diverso
rigor lógico en las diferentes ciencias y circunstancias. Una es la prueba en ciencias
exactas, otras en ciencias humanas, en historia, arqueología. Las sentencias condenatorias
del poder judicial se basan sólo en certezas morales, según las pruebas allegadas. También
se habla de dar una prueba de cariño. Pasando a la fe en Dios, ciertamente no se trata de
demostraciones estrictas, como en matemáticas. Si la razón se viera obligada a aceptar la
conclusión, creer en Dios dejaría de ser un acto libre, bajo la gracia de Dios, como lo enseña
la Iglesia. La fe en Dios, cuando es plenificada por el verdadero amor, es un acto de
confianza, de entrega real a Dios. Y las relaciones y actos de confianza, sobre una base
razonable que puede ser mayor o menor, siempre incluyen un elemento aleatorio, un salto en
el vacío, por el que se pasa a confiar, a creer en el otro. Y hay personas que, más allá de los
fundamentos que existan, confían con más facilidad que otras que son desconfiadas. Las
pruebas, entonces, son como motivos para confiar. Y esa entrega a Dios tiene
consecuencias fundamentales para la vida del creyente, consecuencias que no tienen otros
actos de nuestra libertad. Nosotros diríamos que se piensa dos veces antes de
comprometerse. En resumen, las pruebas más que demostraciones, consisten en mostrar al
Dios existente, en invitar razonablemente, en presentar indicios ciertos. Una vez realizado el
salto en el vacío, resplandece la evidencia del Dios existente, corroborado ahora, para el
creyente, por las múltiples señales de su existencia que se nos dan en la revelación, en la
Iglesia y en la vida cristiana. Es como en la búsqueda de sentido: éste pasa a ser evidente
sólo cuando uno lo acepta y se compromete con él.
La Iglesia confía en la razón y que ésta, con su luz natural, puede llegar a conocer
a Dios. Así declaró en el Concilio Vaticano I (año 1870), evitando conscientemente la
palabra 'demostrar': "La misma santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y
fin de todas, las cosas puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana,
partiendo de las cosas creadas".6 Pero Dios quiso revelarse y, de hecho, nosotros
necesitamos moralmente la revelación para el correcto conocimiento de Dios. Así añade
prudentemente el Concilio: "A esta divina revelación hay ciertamente que atribuir que aquello
que en las cosas divinas no es de suyo inaccesible a la razón humana, pueda ser conocido

6 Dz 1785.

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por todos, aun en la condición presente del género humano, de modo fácil, con firme certeza
y sin mezcla de error alguno".7 La reciente encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón) destaca el
papel de la razón, porque la fe y la teología necesitan de la razón. En esa confianza en la
razón, he reflexionado sobre las pruebas de la existencia de Dios. Pero si la razón, en su
teología negativa, nos esboza, por así decirlo, un barrunto de Dios, en la revelación Dios
mismo nos comunica gratuitamente su interior, su libre amor salvador por el hombre. Y esto,
aunque recibido en la fe, en espejo como dice S. Pablo 8, nos colma. Porque hemos visto la
gloria de Dios.

7 Dz 1786.
8 1Co 13, 12.