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VAGABUNDOS

Álvaro Valiente Martín

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© 2010 Bubok Publishing S.L. 1ª edición ISBN: DL: Impreso en España / Printed in Spain Impreso por Bubok

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Este libro se lo dedico a Javier Barros, a Ángel González García y, sobre todo, a Emilio Escartín Nuñez, de quien aprendí tanto y con quien fui tan injusto.

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I. Gneis. “...And, with dark carbonation I found My Thirteen years of carrion...” Death in June.

Listo. Se ha largado. Se ha llevado toda la ropa, mi colección de monedas de principios del XX, un par de ensaladeras de Murano que me regaló mi tía, dos LP’s de Coltrane, su maquillaje y aquella lencería suya que le robé cuando empezamos a salir juntos, y que yo había escondido en la caja de libros que me regaló mi abuelo cuando tenía 13 años; ah, y, aunque sea un detalle insignificante, también tomó como suyos aquellos 150 euros que tenía en mi mesilla para dárselos a Platón, mi buen Platón también profesor de Hª del Arte, escéptico, apocado, superado por las circunstancias,…de capa caída, como yo. Por cierto, ¿también se habrá llevado consigo a Platón? Bueno, eso es intrascendente; lo realmente importante es que al final cumplió su amenaza.

Hace un par de meses, llegué a casa después de una conferencia en Siena sobre Giotto y la nula influencia de éste en el arte contemporáneo; ella me esperaba en la sala de estar con un rostro entre Stalin (dándolo todo mientras planeaba enlatar a las finas hierbas a millones de disidentes en sus macroinstalaciones de ocio variado en Siberia), y J.E.Hoover (fox terrier, FBI, y de ese revivalismo de todo lo que tuviera que ver con angora, ligueros, medias de redecilla y ¡pelucas para todos!). Apenas darle un beso, sentí, por alguna extraña razón que una cuchilla iba a sesgar mi

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cuello, o alguna viga caería, como por obra de magia, sobre mi cabeza.

- Estoy harta de ti, Luca. No te enfades, pero somos totalmente incompatibles. No tienes los pies en la tierra; estás siempre con Platón hablando de esas cosazas; buscas siempre la soledad para tus libros, para tus historietas del arte y esas chorradas. Ya no estoy a gusto contigo porque te has vuelto aburrido, frío, muy poco comunicativo. Además, desde hace 4 meses estoy saliendo con otra persona.

- ¿Qué? ¡No me lo puedo creer! - Es normal, necesitaba a alguien a quien contar, abrazar, besar, entender… - ¿Historietas del Arte? Bueno, si piensas que Matisse o Mondrian son historietas del arte, pintorcillos del tres al cuarto, allá tú, pero no lo digas muy alto cuando estés en la calle. - ¿Lo ves? Te digo que estoy con otra persona y te preocupa lo que piense de tus escritos tontos. - ¿Tontos? Oye, esto sí que duele, Gneis. Creo que te estás pasando. Mira: no sé a qué se dedica ese tipo, pero supongo que con el tiempo también te cansarás de su profesión. - Es poeta, admira a Wittgenstein, Camus y Sartre… - ¡Dios mío!¡Admira a Sartre!Desde luego, tienes un gusto en decadencia; perdona que te lo diga, pero es necesario, lo siento como una urgencia interior: pasar de un tipo que admira a Cioran a otro que coquetea con Sartre no sólo es un paso atrás sino un salto de trampolín a una piscina llena de basura. - No le conoces y ya le envidias.

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- Cierto, no le conozco; si le conociera, al menos hubiera intentado intercambiarte por algo de valor, no sé, un bulldog inglés, una cassette de Black Sabbath o, incluso, me conformaría con… - ¡Basta! ¡No te soporto! Soy una mujer en la flor de la vida y no tengo ni debo perder el tiempo con un estúpido y gris profesor de Arte. - …”Historia del arte”, si no te importa. Y, por cierto, ya que no me has dejado terminaré la frase anterior:…con… ¿un paquete de Davidoff? - Eres lo peor que me ha ocurrido en mi vida. - Lo sé; –y bajando la mirada al suelo- pero no olvides que el que queda como un perro y muerto de asco soy yo.

Ella se fue esa tarde, dando un portazo, a los brazos de aquel embadurnador de Sartre y mierda, seguramente a contarle, relatarle las desventuras, penurias y tragedias de su vida en compañía de semejante animal –que soy yo- con el que compartió su vida hasta entonces.

No quiero dejarme llevar por el rollo sentimental. Es sabido en círculos muy amplios y heterogéneos –y en baja forma- que no soy muy dado a los aspavientos, a las escenas en terrazas, en bares, en supermercados de aforo completo. En esta vida pasé de largo; me dormí y el tren me llevó a mil kilómetros de donde tenía previsto apearme; yo siempre he pasado de todo, porque entendí que mezclarme, implicarme, era contaminar, era como escupir proyectiles, MG-42, a diestro y siniestro; desde hace largos años tomé la senda de un nihilismo escéptico, de un “no creer en hacer” , de un sinsabor de lo presente y un cigarrillo para afrontar lo que se avecina. Se fue Gneis, ¿qué queréis que os diga?¿que la echaré de menos?¿que me sentiré muy solo, muy apagado, muy como aquel J.L. David en Luxemburgo? Pues sí; ¿pensáis que ha desaparecido mi

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tristeza, mi soledad por reconocerlo? No. Por eso soy nihilista: da lo mismo todo, y lo único que es alcanzable es totalmente superficial, porque lo trascendente, no lo de dentro, la materia, no la forma, es inalcanzable, es la fotografía de un pollo asado en el bolsillo de un mendigo.

Estaba en la calle, se comentaba que prima di tutto ella tomaría ese tren y dejaría atrás la basura de los días antiguos, pasados por agua, anclados, tal vez, en el lánguido cauce del Arno a su paso por Lungarno Vespucci. No pude contenerme y fui a corroborarlo a ese minúsculo capilar urbano, Via dell’ Arte della Lanna 1, non só non só, quizá para saberme nuevamente solo y metido de lleno en esas maldiciones pequeñas de la comida a solas en la mensa de estudiantes, las noches de pureza digital y Coltrane, los cigarrillos de nuevo en la habitación, etcétera, quizá a refugiarme en ese gótico barracón para apestados, Orsanmichele, Via dell’Arte della Lana 1, quizá para convencerme de que los naipes con ella nunca resultaron, sobre todo cuando estaba frente a mi mirándome como la Dietrich fatal.

Me dediqué a pensar en lo súbito de los cambios, Acknowledgement , Coltrane profundo que hablaba de ese gusano peludo que va mutando y se convierte en una polilla zigénida, (dadá algo sabe, dadá se escapa siempre con las soluciones y los secretos a algún lugar de la necesidad de volver a ser niño, trozo de carne entre peluches, arena de playa en un cubo y castillos Luis II); polilla zigénida ascendente, polilla zigénida que aún no domina mucho esto de volar, esto de pelearse con las nubes, esto que me has dejado, casi como un brazo entumecido por sacos y sacos de distancia y Botticelli Cabreado. Allí uno siempre piensa; es la fortuna de Orsanmichele, el pensar llevándose las manos a la cabeza como el viejecito E. M., mariscal del escepticismo, agua marina en los ojos, etcétera.

Y la gente aquí y allá, caminando con sus demonios disimulados, con sus indecencias secretísimas, esas que cantan las náyades del Arno por las noches, donde aún pasa lánguido, flotando el cadáver de

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Francesco dei Pazzi, rodeado por los tomates y naranjas que el populacho enfervorecido le lanzó como rosas del holocausto y sacrificio en honor al mílite Giuliano, hermanísimo Medici. Dicen las malas lenguas que Gneis se fue; por una vez he caído en la tentación de creerlas, de tenerlas cerca cerca como consejeras fatales de la desilusión de ser hombre y no polvo. Quisiera morir aquí y ahora, fulminado por uno de esos rayos de sol que bañan profunda y extensamente el Arno como si fuera una lengua de fuego en medio de dos Firenze, de dos paraísos de piedra y tiempo.

Luca estuvo pensando un buen rato en Orsanmichele, y cayó en la cuenta de que aún seguía el vecchio Montella recogiendo botellas de cerveza y vino vacías, metiendo la punta de los dedos en las boquillas abocinadas de cristal, marrones, verdes, incoloras, y tarareando aquella marcha de los antiguos, da quando Musso ebbe in mente la follia delle camicie nere etc, con su pinta de Savonarola muerto de risa y glup, borracho y sbornioso, de Savonarola pillo que se escapa de la hoguera para atravesar los siglos en bicicleta, con un pañuelo atado en la cabeza, de la garganta al cráneo, así de siglo XV y renacimiento. La máquina en espiral, ese volver una y otra vez al gabinete del viejecito Caligari, tenía ahora mucha más fuerza, quizá mezzo sentido, un poco como esos tornados pequeños, de barrio, que comenzaban en una trattoria, continuaban cerca del bulevar de la infancia y de los partidos del calcio terribile, y terminaban en el cielo, un poco paloma, un poco octavilla volante, un poco ese deseo de evaporación que se apoderaba de los papeles en combustión,... y de los hombres.

Aquella tarde tenía tanto de pérdida, de toccata e fuga, de esplendor apagado, que los músculos se le agarrotaban, los huesos no querían otra posición que no fuera la sedente, y el extraño estómago necesitaba tabaco y tabaco para deshacer ese nudo enorme que le había quedado como un lastre. Esto no era como aquella vez que se enfrentó de niño a la desilusión, cuando su padre, Gino, le llevó a la Accademia y le dijo entusiasmado “¡Este es el Davide!”, y un pensamiento brutal de Luca niño respondió “¡Sólo esto! Pensaba que sería más grande, como la cúpula de Santa Maria”; o aquella ocasión en que conoció a aquel escritor padovano del que oficiosamente se

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olvidó, por ser pretencioso, vanidoso y ufano, y los cigarrillos le supieron a mierda, y el café a mierda líquida, y no le quedó otra que salir corriendo y estamparse contra el frío asfalto de Padova, buscando aire, sol y brisa- encontrando sólo vendaval y lluvia, como inevitablemente en Padova-; más bien, iba camino de convertirse en algo parecido a un hombre sentado en su sofá sobre una playa desierta, leyendo un diario deportivo, segundos antes de un tsunami. Ya había pasado el tsunami, y el golpe no le había matado, las funciones vitales estaban intactas, pero el periódico y el cigarrillo se habían esfumado: la vida era sensiblemente peor que antes.

Las hojas secas se concentraban y se arremolinaban en torno al viejo Montella que continuaba su labor paciente sin inmutarse ante la ráfaga de aire cálido que se había presentado sin ser invitada, por sorpresa. Una jovencita tuvo que hacer ademán de evitar que su falda se alzase, mientras un surtido grupo de florentinos castigadores estaban deseando que el dios eolo diera el golpe final para contemplar lo delicioso de unas formas femeninas generosas. Finalmente la sangre no llegó al río, el mies de la falda no llegó al sostén y los pollos engominados se quedaron a dos velas. Todo continuó en orden, en cierto orden.

Gneis ya estaría en alguna estación del norte, fugada, exiliada hacia otro amor, hacia otros parajes, más verdes, más húmedos, otras melancolías, no estas teñidas de marrón claro, ocres, rojos anaranjados de una Firenze madre de todos, de un sol muerto de risa por las fachadas de San Marco, Santa Croce o el mismo Orsanmichele. Se había perdido en sólo unas horas el amor de una vida, y no era cuestión de ponerse a hacer cálculos, o llorar a gritos, o buscar “la profundidad del corazón”, siempre tan absurda, tan lerda, tan pajolera, que daba grima, como esa gente que llamaba a programas de radio buscando su media naranja y demás derivados del opio… Luca sentía más que tristeza, un ardor, una fuerza irrefrenable de subir al Campanille de Ghiotto y gritar “¿Dónde estás amor?¿En qué lugar?¿Qué estación?”. Pero eso sería traicionarse, entregarse a la mísera sensiblería y ponerse a la altura de una viuda sentimental. ¿Y qué pensaría la gente, sobre todo el viejo Savonarola, el único que no

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se largaba dejando tirado al personal? Montella seguía ahí, a lo suyo, recogiendo botellas vacías, y mientras hubiera por las calles, no emigraría; al menos, era éste el consuelo, toparse con Montella, sentir el timbre de su bicicleta –la bicicleta que le ayudó a escapar de la hoguera siglo XV- y charlar de calcio storico, de sbanderatori, de los barrios, de la parte güelfa, de los nuevos gobiernos incomprensibles, de la antigua política del régimen fascista,… de las palomas en Santa Croce y de sus años tristes tristes como anticuario: el anticuario Montella, que tenía de todo, y no vendía nada, por amor y cariño que tomaba a sus enseres; al final le brotaba una lágrima recordando cómo su mujer le dejó por un tabernero de Arezzo y con un seco “Arrivederci” se marchaba como una centella “ring-rineante” entre el bullicio y las burlas de los muchachos florentinos que le tenían por loco.

¿En qué momento de la desesperación todo empezó a quebrarse, a romperse por la parte más robusta, más sólida? Es decir, Montella hincándose de rodillas y silbando aquellas canciones de Abisinia, recogiendo botellas vacías, las mujeres florentinas morenísimas, como si la belleza de los mármoles se hubiera tostado al delicioso sol toscano, y las bestias americanas comiendo tranci de pizza por las calles, buscando, localizando los espacios de los muchachos latinos… Y Luca perdiendo el tiempo, pensando en cómo la ceniza se convertía en humo y subía y subía y subía… Pero él estaba lejos, muy lejos de todo eso. A un par de metros del vecchio Montella, sí, pero a miles de kilómetros por encima de la atmósfera...

La mirada fija fija fija en la casa siglo XII o XIII, Dante y punto, y Luca dejaba ya de lejos todo ese caótico y ruidoso flujo torrencial de los visitantes USA, de los outsiders USA, de los extraterrestres USA, que venían a comer pizza, a agarrar buenas sbornias que les hicieran estallar el pequeño cerebro, y a vivir por un día la frecuencia cardiaca de ser florentino adoptado, caminar florentino, piropear, jugar, besar, amar y fornicar florentino. Savonarola sbornioso le miraba titubeante, como perdiendo el equilibrio y los clavos de los pies, y los tornillos de la cabeza, y..., pero Luca pensaba en aquello del gran Giorgi –sí, sí: Bassani – que estallaba en los oídos de aquel profesor de filosofía,

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“...vecchia talpa accademica, fraterna talpa...”, y que le exhortaba a pensar en esa”...minima frangia di semivita...” que aún les quedaba.

- Oiga ,...¡eh, amigo!... ¿No tendrá por casualidad una cerilla?... “Carmen”, de Bizzet,... partiamo da “juando” il toro arriva alla piazza,...allora... “juanto” pesa “juesto” animale? duecento libre?... - No, no... vecchio, cinquecento kili. –contestó Luca, saliendo de su pequeño sueño. - Ma... “jé” mangia “juesto” animale?! é “jarnivoro”?! – insistía Savonarola. - No, “veccio”, unicamente l’ erba... –respondía Luca adoptando la palabra véneta, escogida y seleccionada en ese extraño dialecto “bárbaro”, véneto. - ¡Erba!¡Erba!Non ci posso “jredere”... - Provaci. El rumor de la calle comercial era ahora mucho más nítido, mucho más claro, y los ojos se le perdían en el subir del humo del cigarrillo al cielo... Luca recordaba, recopilaba aquellas horas que pasó junto a ella y, curiosamente, también aquellas antes de conocerla. Como aquella ocasión cuando aún era estudiante en la universidad florentina…

El viejo Maurizio, sale de la cafetería de la facultad; años antiguos, horas antiguas, y se dirige hacia el aula donde va a impartir la asignatura de “Ismos y movimientos artísticos del XX”... La duda, la duda planea por el aula y ese tupé blanco blanco del vecchio Maurizio parece un ser más libre que cualquiera de nosotros... Hoy toca dadá; siempre toca dadá;...¡cuándo no toca dadá!, pero es que,¿ acaso existe algo que no se asemeje un poco a dadá, sea dadá en algún punto, respire dadá en algún momento? El dottor Maurizio Gondi, con esos pantalones de pana verde obscura, con su americana amplia de lana negra, él, tan bajito, tan poca cosa, tan tupé cano y barba blanca

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blanca, comienza a hablar de Carl Einstein y su asombro a la hora de hablar del Expresionismo. Pero cambia de hombre y se centra en Jünger.

- El expresionismo se autoliquida en la primera gran guerra, porque es, precisamente, uno de los instigadores de la misma guerra. Como bien dirá Ernst Jünger, “Tempestades de acero”, la Gran Guerra del catorce fue una “guerra de gárgolas”... ¡Claro! ¿¡Qué otra guerra podría preconizar e impulsar un movimiento que se auto – define como “un grito en la niebla”...

Los caminantes miraban a Luca y pensaban que era un desesperado o un suicida; exactamente lo que era. Gneis se había esfumado en el aire, ya no volvería jamás; se había cansado de una Firenze aburrida, ocre como el otoño y mustia; tampoco ayudaban para nada las páginas de aquellos amarillentos libros de Historia y Geografía que estaban abiertos por doquier en el apartamento, aquellas guerras mundiales que ya no eran, que ya nadie recordaba, como si el polvo o el viento no tuviera ni idea de su paradero; tampoco aquellos escritos de Von Humboldt, geógrafo, que ya no parecían saber ni contener nada acerca de cartografía, sólo dibujitos y líneas tiradas bajo las que se disponían todo tipo de conjeturas siglo XIX. Y es que, verdaderamente, aquel día las cosas dejaron de ser, de tener sus dimensiones, de caer rodando rodando por el tiempo y las lluvias; nunca existió el nazismo, nunca la bomba de hidrógeno, nunca el viejecito Cioran,... nunca aquellas clases de Maurizio Gondi... Sólo un pequeño hilo de vida, de cronologías, de analogías, de cosmologías, y esas conjeturas... que parecía haber nacido en Gneis, con Gneis, en el mar y con amapolas... Aquí era donde Luca estaba más flojo, en esto de la historia, en la constante cíclica de las centurias; nunca tuvo muy claro dónde quedaba su casa entre tantos años, décadas, lustros; todo debía de estar muy apelmazado y tener un aspecto muy uniforme porque aún dudaba si su pisito, Vittorio Alfieri nº9, estaba entre los ejércitos de Gengis Kan y los cañones de Bonaparte, o tal vez, con un pañuelo atado desde el mentón a la coronilla, junto a la ciudad renacentista siglo XV del malatto Savonarola. Y es que nunca entendió demasiado ese constante tic tac que agitaba a tanta gente, ese

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exasperante “a las cinco menos cuarto frente al Gelso”; por eso, estas circunstancias las solucionaba con un “ya nos veremos”, mucho más señorial, más indeterminado, más abstracto y lord cadáver en Missolonghi, más indómito. La relatividad de las cosas, de los asuntos y trasuntos, de las problemáticas y disyuntivas, siempre estuvo a la orden del día. También la relatividad del tiempo. ¿A qué velocidad viaja el tiempo?¿ tiene bombín? ¿ juega a las cartas? Ah! Sí, sí; algo oí de aquella necedad de piel en Montecatini , con esa ralea de gente alrededor, eructando y profiriendo gritos y letanías en la noche, echándose encima de aquellas damiselas españolas, uh uhh uhhh, y luego al cuello del bajito español, del mísero torero que tiraba la chaqueta al suelo, etc. El tiempo había puesto aquella finísima película de polvo en la mente de Luca, a manera de tapete, repleta de esas partículas, esos recuerdos...

- Kandinsky hablaba de una necesidad interior, über das geistige, de una necesidad imperativa de expresión; una necesidad provocada por el espíritu; el pintor expresionista sería, entonces, un pintor “de esencias” más que “de apariencias”. Esto me ha llevado a elucubrar, a reflexionar acerca del Expresionismo; yo les reitero mi necedad al respecto: nunca supe nada del Expresionismo porque es, como decía Franz Marc en su libro de aforismos, “un grito en la niebla”: es decir, los pintores expresionistas no nos dan demasiadas pistas, no desean demasiado nuestra compañía, prefieren lo recóndito, el bosque, el cabaret, la feria, la noche: lo nocturno... Estoy pensando últimamente –y todos esperan con ansia la conclusión genial del genio Gondi – que, tal vez, aquellos bohemios pintores de Dresde, que reclamaban y proferían gritos a favor de una guerra que acabara con el mundo que conocían, y diese paso a uno nuevo donde existiese un gobierno autónomo del arte, de los artistas, del culto al yo y a la voluntad, fueron los mismos que, años más tarde, cogieron pistolas y fusiles, se uniformaron y formaron parte de aquella expresionista experiencia que fue el nazismo: que, tal vez, aquella terrible destrucción, que profetizó Kubin, de la ciudad “Perla”, en su obra “La otra parte”, fue la visión segunda de la destrucción de la Dresde que albergó a los jóvenes expresionistas: que, tal vez, aquellas interjecciones de “ geist und macht”, que en Prusia estaban en boga en época de Carl Einstein, tuvieron su temible confirmación en la

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discursiva hitleriana; y que, finalmente, tal vez, aquel culto violento a la voluntad, a los gritos en la niebla, a los gritos en la noche, acabaron siendo los gritos victimarios de La Noche de los Cuchillos Largos y La Noche de los Cristales Rotos... Y es que, créanme, la confirmación de los vínculos entre el Expresionismo y el horror nazi viene dada por dos circunstancias no conjeturables: la adhesión al N.S.D.A.P de la mayoría de los pintores expresionistas; y la exposición de “Arte Degenerado”, en que los cuadros de Kandinsky estaban girados, obedeciendo a esa fuerza centrífuga de sus lienzos, a esos mecanismos giratorios que siempre aparecen por algún lado en las obras expresionistas, lo que me lleva a pensar que los nazis fueron los únicos que entendieron esto del Expresionismo... ¿Y quién podría entender el Expresionismo sino los propios expresionistas, sino los nazis, los mayores expresionistas? Los sillares de piedra siglo XII, pensaban con él, recordando esa deshilachada secuencia, a manera de quipu inca, en la que se entremezclaban personajes y años, pero siempre en ese mismo lugar...

Peor que las lluvias eran los besos, peor que los besos era el tiempo, peor que el tiempo era esa incompresible sucesión de catástrofes, de pequeñas liturgias fallidas que se desparramaban por aquí, por allá... Luca seguía estando junto a Gneis, mirándola mientras dormía, mientras sus pulmoncitos rítmicamente se hinchaban y vaciaban; Luca seguía mintiéndose, oyéndose a sí mismo hablar con los mismos fantasmas que un día fueron algo más que puro éter: con su nonno, con el vecchio Gondi, con el Daniel de Montecatini, con Platón en la Facultad, cuando estudiaban juntos, con aquella Judith impasible y sin misericordia del italiano mísero y vulgar,... con su Gneis amada, con la Gneis Dietrich –femme fatale - , con la Gneis soñadora escribiendo poemas a Gessner y a F.Camon, con Gneis dada, porque todo seguía naciendo de dadá para acabar muriendo y resucitando en dada, y Gneis no era una excepción, menos aún cuando le perdía el vicio de ocultarse en Ognissanti, o jugar con las palomas en Piazzale Michelangelo, o esperar a Lucca sentada a los pies de aquella verja de hierro forjado que estaba enfrente de su casa, Vittorio Alfieri 9. Algo tenían que ver aquellas formalidades fiorentinas –el café oloroso al atardecer, los báquicos susurros del Arno, ese ir y venir de almas en la

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facultad al mismo ritmo y tiempo que en el Borgo Pinti – en el prolongado monólogo de los fantasmas; Luca lo sabía, como también sabía que lo había estado fomentando desde hacía y largos años: siempre puso mucho cuidado y esmero en el regusto por el café vicino a Via dei Neri, con el sol muerto de risa atardeciendo, muerto de risa por las fachadas fiorentinas, muerto de risa en anaranjada y esponjosa felicidad, y con todas esas hordas de yankees insaciables que llegaban dando tumbos para intentar ser latinos durante, al menos, una semana –sin conseguirlo- , al menos mientras el escenario acompañase; siempre se mostró muy picajoso con ese, a veces violento, prescindir del paseo por las márgenes del Arno –desde el Palazzo Favard hasta la Piazza D´Azeglio, ya en pleno corazón fiorentino, con todo ese revuelo de piedras, almohadillados y fantasmas que colgaban del alumbrado como telarañas -, muy reticente a la hora de desdeñar esa caminata linda, tranquila, cadenciosa, siguiendo esa lengua de agua que, aún después de muchas centurias, seguía separando Firenze, Fiorenza, y que enamoraba a Luca con todas esas arrugas y vejeces en forma de sillares, estandartes purpúreos y secretos que el viento escondía cerca del Cimitero degli Inglesi, en la Piazza Donatello; siempre prefirió escuchar y ver las apresuradas carreras de los alumnos por los pasillos de la facultad que asistir a esos conciertazos a los que acudía Gneis, engañada, porque no tenía ni idea de música clásica, porque a ella todo aquel campo semántico, el de las sonatas, las arias, los allegros, etc, le sonaban a algo frío, ingrávido, carente de toda asiduidad e intangible,... a esos conciertazos de orquestillas empeñadas en asesinar 200 años después al Genialoide Wolfgang A. o al Tormentoso Ludwig Van.

Empezaba a anochecer y Luca sentía la necesidad de regresar al hogar, de retomar las lecturas atrasadas, de preparar las clases del día siguiente, de volver, otra vez, al eclecticismo de su casa –un batiburrillo de antigüedades sin sentido y libros sin valor alguno del siglo XIX- y a la deriva. Se levantó, miró una vez más las hornacinas que durante toda la tarde habían quedado a sus espaldas y salió del callejón de Orsanmichele, en dirección al Duomo, por Calzaiuoli, en vez de atravesar la Piazza della Signoria para perderse por dei Neri y luego dei Benci y llegar al oxígeno de Santa Croce, desde donde, el trayecto hasta Vittorio Alfieri era mucho más corto. Prefería pasear,

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fumar, fumar y pasear. Se detuvo en Via Cavour para contemplar el Medici Ricardi, para contemplarse a si mismo años antes, con ella, cuando aún se podían contar las cosas como en un papel, y los turistas anglosajones no intentaban ser italianos sin serlo; Gneis estaba preciosa, era una verdadera joya de porcelana, aguamarinas y caoba, con esa voz tan ardiente, tan cálida, de radiación, abrasadoramente maternal, como siempre fue ella... Dadá estaba cerca,¿cuándo no lo estuvo?, dadá estaba y no estaba, se escondía y volvía a restallar cuando no se lo esperaban; Luca, denodadamente, tiñó sus ojos con la dulce caricia del recuerdo: Gneis “la bella”, todavía gritaban los pequeños Martinelli, primos de ella, en aquel intento de boda del tío Carmine, en Marghera, en una tarde de Mayo imborrable, divertida, apocalíptica, en la que la novia terminó llorando, y casi pidiendo perdón por el fracaso de la ceremonia; se casaron, sí, ¡pero de qué forma!¡pero en qué circunstancias!; los Martinelli, enanos de edad enana, además de ir de aquí para acá, corriendo, mostrando sus gorduras míticas al público asistente, sus mofletes, sus codos y rodillas rollizas, no paraban de gritar que querían la camiseta de Maradona, del Napoli, of course, perdón, scusatemi, del Napul’é maradoniano, de niños rollizos, como würstels embutidos en camisetas celestes; ¡qué boda la de aquel día!... Luca no pudo reprimir una leve sonrisa recordándolo.

Lo de Gneis le había llegado al corazón, le había tatuado una sombra insoportable de desilusión, hastío, desencanto, desamparo. A ciertas edades, las mujeres no eran ya una necesidad o una urgencia; a ciertas edades no importaban los senos, las caderas, el trasero o el cabello; importaba la presencia femenina, un imponente poste fijo al suelo, clavado a este mísero planeta donde poder abrazarse y percibir cierto orden, una especie de concierto, y calor, todo ese calor que en el mundo de fuera faltaba, calor femenino, deliciosamente emanado para miserables desamparados, como un manto protector. No importaba ya, como cuando Luca era un adolescente, el tener una novia, es decir, esa urgencia absurda de sexo y fiesta; con Gneis se fue la compañera, la confidente, y, por qué no decirlo, la heroína, el ser al que admiró Luca hasta convertirlo en gurú.

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Via Cavour iluminada, cielo añil, medio adormilado, del otoño florentino, con el Ricardi somnoliento mirando pasar a borrachos de conversación histórica, turistas de sandalias y mochilas de acampada, toscanos repeinados, vestidos con trajes de sobrios tonos marrones en busca de sus citas, en terrazas apartadas del bullicio, donde muchachas morenas, con ojos verdes y voces lánguidas pero ardientes esperarían ciegamente a sus galanes. A Luca el Ricardi siempre le miró mal; nunca fueron el uno del gusto del otro y las furtivas miradas por el rabillo del ojo estuvieron a la orden del día; no era enemistad, sino simple incompresión, un no querer mirarse cara a cara y decirse sin medias tintas las verdades que venían al paladar. Pero aquella tarde, el Ricardi miró con pena en sus carnes de almohadillado, al Catilina solitario y pintado del siglo XIX, al historiador pensativo que caminaba con paso torpe hacia Alfani.

Aunque le gustaban los callejones y las angostas calles florentinas, Luca siempre que podía evitaba transitar la Via del Castellaccio, que salía desde la misma raíz de la Via dei Servi. Era como un pequeño paréntesis que prefería borrar, eliminar de Firenze. Por eso, y aunque diera un gran rodeo por Cavour para ir a morir a la Piazza della Santissima Annunziata, se decantaba por enfrentarse cara a cara con los Medici y los Ricardi y ver allá al fondo la Piazza di San Marco. No obstante, en mitad de aquel atardecer florentino, mientras caminaba pensativo, recordando tonterías y nonadas de antaño, se detuvo en seco, reflexionó un segundo y decidió volver sobre sus pasos, hacia el Duomo y “reconquistar” Via dei Servi, precisamente por ser “dei Servi”, para liberarse, liberar a la misma calle y, de paso, a todos aquellos “siervos” que quedaron sepultados en la placa conmemorativa que daba nombre a aquel estrecho viccolo.

Le seguían de cerca todas aquellas imágenes acumuladas con el cansancio y los años en su mente, y debía ya tomar la Via del Castellaccio, via odiada, calle temida como si fuera morada del diablo.

Sin embargo, y a pesar de un triunfalismo por la inminente heroicidad de aquel atardecer, no hubo dado más de dos pasos, cuando sintió un

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olor familiar, de tabaco negro, antiguo. Venía el olor de una alcantarilla apenas dejada a la izquierda, como el cadáver de un enemigo vencido. Continuó caminando y ese olor se dejaba sentir con mayor intensidad. De pronto, como si tuviera la imperiosa necesidad de apagarlo, de ahogar ese aroma del pasado, giró y volvió la mirada a su espalda. Gondi, apoyado en el robusto muro del edificio junto al cual corría la acera, estaba allí, quitándose el polvo, mesándose de nuevo los cabellos, subiéndose acompasadamente el pantalón con un gracioso toquecito, rascándose la barba, y limpiando sus entrañables gafas con la tela polvorienta de su camisa.

- ¡Gondi!... - Buonasera, Luca - respondió como si tal cosa-. Hace un poco de fresco esta noche. - Gondi…tú,…tú estabas…muerto… yo te ví…El doctor… la tierra sobre el ataúd,… - Ya, ya. Bueno, deja de lado las historias y los protocolos. Tengo unos pocos minutos; en cuanto me fume el pitillo me vuelvo para “abajo” corriendo. He dejado a los muchachos en plena partida de bridge y no me fío ni un pelo. En la última mano me han desplumado y creo que hacen trampas. Y el peor de todos ellos es Kahnweiler; cierto que Chardin es un poco truhán pero no llega ni a la mitad de ladrón que otros; Malevich es un cachondo, pero siempre tiene que guiñar un ojo; y luego la Stäel, de la que uno nunca se puede fiar porque como está enamorada del Lord cojo le ayuda en las trampas y argucias… Además, está chiflada. Otro cantar es la Blavatsky, que allí abajo tiene enchufe,…¡y del bueno! - ¿Muchachos? ¿Kanhweiler, Chardin, Malevich…y la Stäel? ¿Pero es que hay más gente ahí “abajo”?... ¿Dejan jugar a las cartas? - Luca, a veces pareces un poco lelo. ¡Claro que hay más gente ahí “abajo”!...Es la consecuencia directa de 3 millones de años de humanidad. Cierto que los nazis, emperadores romanos y españoles e inquisidores –precisamente por haber contribuído a tal hacinamiento-

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están en celdas donde escarabajos gigantes les obligan a comer sus heces… Pero aún así, sin contarles, o descontándoles… somos bastantes en esos humeantes antros subterráneos. Pero a lo que voy, Luca; he venido a decirte algo, un buen soplo, o sea, un consejo desde el más allá donde se juega al bridge y se bebe a expuertas… - No entiendo nada. - No tienes porqué entender nada. Escucha lo que te voy a decir: Daniel no es trigo limpio; lo del club ha cabreado y mucho a bastante gente con la que juego a menudo; uno puede robar en un museo, llevarse un Van Poelenbourgh, como hizo el loco de Bardelli; el arte normalmente, al no ser más que vanidad pura y dura, carece de cualquier energía, o fuerza espiritual -¡ni siquiera Friedrich!-; sin embargo, la lápida que robásteis en San Miniato o la Cruz de los Ahorcados, de Cuenca, eran otras cosas, cargadas y hasta los topes de energía, y de la buena, o sea, alta tensión; por eso, Luca, y díselo a Platón, haced propósito de enmienda. Esos objetos tienen un fundamento, una razón y una misión. Bueno, se acabó el pitillo. Me tengo que largar. - ¿Así? ¿Sin más? – dijo suplicando Luca con el rostro de un cordero en mitad de la noche. - Sí, Luca. Por cierto, me gustó mucho el entierro. Fue bastante íntimo; claro que, por otra parte, es lo que uno puede esperar cuando su mujer es la mujer de todos y tiene compromisos más importantes que acudir al miserable sepelio de su marido. Mejor que fuera así; todo quedó entre las personas justas: el cura, un enterrador, Platón y tú. - Gracias; de haber sabido que estabas viéndonos…hubiera preparado otro funeral mejor… - ¡No digas chorradas! ¡Pero si incluso un cura ofició el entierro!… - ¡El cura! Pero si tú eras agnóstico… Creí que… - Pues claro, pero también un poco dadá, y esa presencia de la Madre Iglesia fue el toque cómico de la ceremonia; algo para recordar. Bueno, me tengo que ir. Luca, stammi bene e tien dur’!; ¡ah! Ya lo

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olvidaba: deja de pensar en ella; ya te dije que los artistazos se crían y se juntan solitos, una pintora de olores y un poeta que se atreve a finiquitar lo único que nos queda… la belleza, la música,... el sol de las tardes junto al Arno en las montañas… pero no es así; esta vez no les ha criado ni juntado. Es lo que debes saber por el momento; ella piensa en ti mucho más a menudo de lo que crees. Te estará esperando en un futuro bajo el cielo intenso del triste Véneto, pero tú no irás, porque “tu fuerza es la fuerza de diez”.

El timbre de una bicicleta, una bicicleta particular, conocidísima desde hacía tiempo, años, rompió aquel extraño encuentro. Luca giró buscándola y al volver la vista pudo ver a Gondi, el maestro dadá, subido en el transportín de la bicicleta Savonarola siglo XX, del viejecito Montella; los dos se estamparían en algún rincón de la ciudad, descenderían por alguna alcantarilla, o se dejarían caer por algún que otro puente al Arno para perderse donde las algas y las grutas del Hades se mezclan.

“Mi fuerza es la fuerza de diez”, dijo Marlowe –pensó Luca ya en casa, sentado en su sillón favorito-, la fuerza de diez… Que Gneis piensa en mi…¡Y lo dice un tío que ya no tiene que cambiarse de ropa interior, uno que ve a Caronte como quien ve a Gianni Rivera o a Michel Platini! Sólo puede haber ido a un sitio…

Luca, como un resorte, se levantó, descolgó el teléfono y marcó un número con prefijo véneto.

- ¿Lucia?, ¡soy Luca! - ¡Oh, Luca, hijo!¡Cuánto tiempo! - Verás, llamo porque… - Lo sé, Luca, no tienes que decírmelo. Ella llegó la noche pasada. Está durmiendo.

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- Créeme si te digo que estoy desconcertado, abrumado. No he sido un buen “partner”, he estado ocupado, y la he desatendido, y cuando… - Tranquilo –dijo Lucia, madre de Gneis-, ella te quiere y te ama como a nadie. Dále tiempo, dános tiempo, Luca. - Está bien, Lucía; siempre fuiste como una madre para mi y sentí tu brazo protector no sólo con Gneis sino también conmigo. - Gracias, hijo. - Díle, si puedes, que la quiero y que esperaré lo que haga falta y cambiaré en mi vida las cosas que tenga que cambiar para poder dedicarle todo mi tiempo. ¿Se lo dirás? - Sí, Luca. - Gracias, Lucía. Mésale los cabellos y acaricia sus mejillas como hacía yo. - Lo haré. Adiós, Luca. - Adiós, Lucía. Un beso para ti y un abrazo para Martino.

Y a mil kilómetros de distancia, sin sollozos, sin gimoteos, una lágrima unió a Lucía y a Luca.

Al colgar el teléfono, Luca permaneció de pie, junto al aparato, mirando la lámina de Clausen Dahl que tenía en el salón, donde aparecían unas jovencitas campesinas alpinas, sobre la ladera verde, plena de follaje y alfalfa, sonrientes, en un primer plano, dejando atrás un valle bañado en un rojo intenso de atardecer. Fue entonces cuando empezó a vislumbrar una sombra negra en todo aquello.

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II. Gondi y las estrellas. “I want to sleep in the night in his eyes in the rain in Berlin” “Awake at the wall”. Christian Death. - Y así la carne se convertirá en polvo y volverá al polvo. De la tierra nació y a la tierra vuelve hoy, con la certeza de la resurrección que nos dio Jesucristo, Nuestro Señor. Dios Padre, Señor del cielo y de la tierra, que el alma de nuestro hermano Maurizio Gondi descanse en paz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.

Gondi quedó en su caja de madera a un metro y medio bajo tierra. No era como aquellas cajas que le gustaban a él; de esas que compraba en San Petersburgo, o en München, o en Praha, o en Gÿors. Esta era definitiva, y en ella un día entrarían gusanos y demás sabandijas para la ruina del cuerpo que una vez fue alguien, con un nombre y gafas de carey. No era la mejor manera de pasar la eternidad pero era eso o el fuego. Gondi nunca quiso ni oír hablar de incineración; pensar en que su tupé se consumiría entre llamas como si fuera rastrojo le estremecía. Era como violar un precepto básico del hombre moderno: no prescindir nunca de corbata ni quemarse con el cigarrillo el tupé en alguna pose complicada.

Se fue a otra galaxia desde aquella habitación blanquísima del hospital de Campo Marte, con sus ojillos de ratoncillo académico ya como el vidrio pétreo, y con la niebla del érebo profundo. Su mujer, en Cortina D’Ampezzo, junto a aquel vividor de 22 añitos, practicando el viejo unodós unodós. La máquina incomprensible que velaba a su lado de repente emitió el sonido de la muerte, el contínuo, nítido y estridente pitido inmaterial, y la vida dejó de existir, o comenzó, pero de otra

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manera, en forma de larvas de gusanos depredadores, carroñeros que reducirían al pobre Gondi, al genio a una simple anécdota, a un hueso descarnado, cubierto por una piel que, poco a poco, se iría quedando por el camino; un pitido definitivo que significaba que la vida se había fugado al espacio, a esquivar cachivaches espaciales y cosas de ese estilo…

Fue entonces cuando aquella habitación quedó en silencio, bañada por el la luz blanca de la fría mañana, un homenaje más a aquel genio, pequeño, poca cosa, bagatela de carne y gafas de pasta negra. La eternidad, una eternidad llena de posibilidades se abría ante Gondi que, sin duda, trastearía un poco con todo y todos los que encontrara en su camino del “más acá”. Ya no habría límites para él, ni siquiera aquellas acotaciones estéticas del pobre Modigliani le harían ceder ni un solo paso en su afán de conquista de los espacios siderales, de las esquinas negras, negrísimas del espacio oscuro.

Luca y Platón, sus dos discípulos y amigos, le prepararon el sepelio lo mejor que pudieron. Lució un sol espléndido aquel día; ni rastro de lluvias. El cementerio, a pesar de ser católico, le hubiera gustado al maestro: sobre una ligera colina, de cara al Fiesole, con una hermosa ladera roja al atardecer, con vistas a una Firenze siempre en decadencia de forma endémica, extasiante, preciosa.

- Luca, ¿te das cuenta? –dijo Platón gravemente. - ¿De qué? - Abandonamos al viejo Gondi en este lugar. Abandonamos su cuerpo en esta ladera sin que nos importe lo que le acontecerá en los próximos días, semanas, meses dentro de esa caja. - Siempre fue así, ¿no?-dijo secamente Luca, mirando al suelo mientras caminaba.

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- No debería nunca haber sido así, Luca. Es monstruoso dejar de esta forma a alguien que fue un genio, a alguien que nos dio tanto. - Platón, regresemos a casa. Tomaremos una taza de té.

Ambos se encaminaron desde Oltrarno hacia el Puente de la Santa Trinidad en silencio; no había nada de qué hablar, tampoco tenían mucho que decir; habían perdido esta partida, y Gondi ya estaba en órbita, junto a la perra Laika y algún que otro residuo espacial de época cosmonauta. Jamás sintieron tanto pesar al atravesar aquel Arno silencioso que sabía todo de todos. Luca se paró a mitad del puente y se apoyó en la piedra fría mirando el verdor del agua.

- No enterraremos nunca más a nadie. No nos enterremos nunca, ¿de acuerdo, Platón? - Tengo un nudo en el estómago, Luca. Volvería al cementerio y… - Yo también, pero no podemos. Eso sería un sacrilegio incluso para mí –Luca volvió su mirada al río-. Mira el Arno. ¿Ves esa calma? Siempre podrás verla, no se va nunca, es como Platini, siempre estará ahí en video, en formato digital… con su melancolía de trequartista; cuando murió mi padre vine aquí y vi que el Arno continuaba igual, como siempre: silencioso, apagado, vetusto, sabelotodo, insoportablemente mordaz, como una madama en un burdel. - Luca, ¿por qué vivimos? La otra noche me desperté y pensé que nunca moriríamos, que siempre tendríamos esta mierda de existencia, aunque fuera un asco; tardé un minuto en racionalizar todo aquel caos de ideas, y volver a entender que un día estaríamos allí abajo con Gondi, pero allá arriba, ¿entiendes? - Sí. –Luca sacó un cigarrillo. Se mesó el pelo y dio una calada profunda- En algunas ocasiones, yo quisiera lanzarme de cabeza al Arno, y dejar de existir, porque esta vida no es la que nos habían prometido, o la que nos habían contado. ¿Recuerdas aquel libro de

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lengua que teníamos en 4º año de escuela primaria? Tendríamos aproximadamente 9 años… - Lo recuerdo. - Tenía una serie de historias que le pasaban siempre a un chico llamado Nicola con ilustraciones a color. - Me gustaba aquel libro… - Pues yo creo que la primera vez que tomé consciencia de la muerte fue una tarde, después de la lección de gimnasia, con el sweeter sudado, y el pelo húmedo; teníamos clase de lengua; la profesora Bordone nos dijo que teníamos que leer una de esas historias y después hacer un resumen. - No me acuerdo exactamente, Luca. - Era una historia totalmente trivial: el niño estaba jugando en el parque con sus amigos y su tía fue a llamarle porque había llegado la hora de la cena y ya era demasiado tarde. Me fijé en el dibujo y la mente voló; voló tanto que en ella sólo tenía dos palabras: tarde y muerte. Fue entonces cuando comprendí que la felicidad que experimenté una hora antes jugando al fútbol en la clase de gimnasia tenía fecha de caducidad; fue como saber que la beffana eran los padres pero por mi propia cuenta, pero por mi mismo, sin ayuda de los otros niños. Me quedé helado. - Tengo ese libro en casa, Luca. - Entonces, Platón, ese libro tiene que formar parte de los tesoros del club. - El club está muerto, Luca, ¿cuándo te vas a dar cuenta de ello? - Cuando dejéis de pensar en él. - ¡Yo ya no pienso en él! ¡Y tampoco Daniel! Hemos pasado página, Luca. ¿Por qué no eres capaz de ello tú también? Estás totalmente

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obsesionado. –Platón miró al suelo, se ajustó las gafas, y volvió su rostro al Arno, como callándose palabras para no herirle-. - Mira, lo único que puedo decir es que fui felíz mientras estábamos todos juntos, tramando, organizándonos, planeando, proyectando. ¿Y si la vida no es más que eso: proyectar, proyectar, proyectar? ¿Es mejor hincar la nariz en el suelo y caminar cabizbajo, ir a la facultad a domesticar a esas fieras, o comulgar con los derroteros socioeconómicos que nos intentan inculcar, o trabajar 9 horas al día en un fast food, en una oficina o reparando lavadoras? - Luca, sólo te digo que lo que hacíamos no estaba bien; tuvimos suerte de cometer esas tropelías con cosas de nulo valor y que la policía ni se percatase. - No estoy de acuerdo; esas cosas claro que tienen su valor, o mejor, tienen algo más importante que no sabría describirte. Son como el obelisco de la Piazza di San Pietro del Vaticano; o sea, son símbolos de poder. - Entonces, ¿por qué no robar arte? - Porque el arte es superficial, el arte es dermis, es una mancha en la piel, es un hematoma o una espinilla, pero siempre superficial; siempre nos burlamos de Bardelli por su superficialidad y, sin embargo, somos superficiales también nosotros por cuestionar la naturaleza psicosomática de ciertos objetos, quizá, sí, más feos o menos elaborados que “el arte”, pero con una contundencia espiritual abrumadora…

Una barca cruzó con lánguida y hermosa parsimonia bajo el puente. Las arboledas se agitaron al fondo, más allá de Oltrarno, y entonces Luca pasó su brazo por encima del cuello a Platón y le sonrió como pidiéndole disculpas y reanudaron su marcha.

El tercer año de carrera fue un pequeño golpe de relax para Luca y Platón. Tenían una ristra de profesores realmente malos,

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incompetentes, acabados, preocupados por burocracias, acrobacias, acacias, etcétera. Entre todos ellos había un topo académico, un tupé y una barba blanca que hablaba del arte que importaba realmente, de aquellos detalles importantes; un tipo que no practicaba la historiografía forense del arte.

Se deslizaba su sombra humeante por los pasillos de la facultad dejando rosas mustias de tabaco negro en cada esquina. Entonaba los cantos nihilistas del dadá en cada clase, profanaba las herrumbrosas ideas de los viejos maestros cada día, y abofeteaba con su transgresora discursiva la conformista siesta en que reposaban aquella amalgama de carne y hueso, aquella masa de ignorancia que conformaban sus alumnos.

Hugo Ball, Marcel Duchamp, pintores cuyos nombres comenzaban por “Pica”… Como decía Bassani, “irremediabilidad del yo”, todo fue todo. Le consideraban un excéntrico, un extravagante, un residuo de la universidad; un tupé blanco con gafas y ojillos inquietos que, polvoriento, se salía de la norma, de lo céntrico, de lo habitual, pero que, en cualquier caso, estaba allí, localizado y arrinconado, como un virus menor. Su voz, rota por el tabaco negro, nunca escalaría tanto como para ser oída allá arriba, en lo alto de la montaña de poder. Y sus alumnos, acostumbrados a profesores aburridos y grises, que daban eso –que aún uno no sabe muy bien qué es, pero que suena a experimento diabólico- que llaman por ahí “apuntes”, que estructuraban y clasificaban, con más ahínco que el cuervajo de Kant, los períodos, las épocas, los estilos, las piedras y las pinturas, los sillares y las bóvedas, y que disparaban diapositivas con el proyector como si fueran ss con una MP40, eran incapaces de seguirle a él, a sus clases-conferencias, a su mayeútica circular, su oratoria clásica, mítica, profética. Gondi tal vez pareciera que se iba por las ramas, pero si uno prestaba atención de cabo a rabo, llegaba a quedarse pasmado por la lógica aplastante de sus ideas; y el alumnado le veía como un profesor muy poco interesado en los exámenes y pruebas y sí bastante más preocupado de asegurarse un cenicero, tabaco y una botella de agua para pasar las clases divagando. Era un profesor, según se había corrido la voz por toda la facultad, que convenía elegir

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de cara a una fácil evaluación o consecución de un aprobado. Muy pocos iban a sus lecciones con ánimo de escuchar y poder llegar a conclusiones sobre el arte contemporáneo; la mayoría, incluso, de los que se matriculaban en sus clases eran alumnos interesados por las cuatro piedras dejadas de la mano de dios en algún poblacho del norte de Italia del período Longobardo, o por ese terror de pinturas románicas que podrían dormir hasta a un tipo con 2 kilos de cocaína en el cuerpo.

- El viejo Mondrian, como podrán intuir, era un tipo particular. Su desmenuzada visión del arte, o mejor, su pintura del ‘cuadro infinito’ le hizo ser un pequeño esclavo del oportunismo.

Bostezos, cuadernos que se cerraban, la niña pedo que escribía “I love you” sobre un corazón y un cantante depilado, operado, gilipollas.

- Decían que si la abstracción Mondrian por aquí, que si el clasicismo Mondrian por allá. Tonterías, estupideces de gente que, apenas ver un lienzo de arte contemporáneo, tiene un resorte interior que les dice “tenéis que divagar, tenéis que hablar sobre la infinitud del universo…” –decía Gondi poniendo voz de fantasma- .¿Qué es eso?¿Hasta dónde hemos llegado? No se fomenta la cultura sino las bondades de ser o aparentar ser culto, de ser carroña de tópicos. Mondrian no era ni una llamita azul diminuta en ningún universo, ni significaba esto o aquello enormísimo; Mondrian era un viejo travieso que pintó un cuadro infinito tomado de las paredes de aquella habitación. ¿Verdad que Firenze no es “un universo marrón marrón con una lengua de agua verde atravesándola que simboliza la desesperación de la belleza” o alguna idea similar, estúpida, de turno, que inventaría algún payaso cultísimo con voluntad de ser raro, distinto, diferente, sin serlo? Firenze sigue siendo Firenze, aún después de despertar por las mañanas, y pensar que fue un sueño. Pues eso pasa con Mondrian; Mondrian fue lo que Mondrian quiso decirnos que fue, no lo que los críticos de arte, o los snobs pesados e ignorantes de museos nos digan que fue. Hay un hilo, una secuencia, o mejor, dos secuencias en la Historia del Arte desde la Edad Moderna hasta

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nuestros días; encontraréis matices, desviaciones, meandros, atajos, corredores, pasadizos, veredas, pero a grandes rasgos y desde el espacio sólo se pueden ver dos escuelas o, como dije anteriormente, secuencias en el mundo de la pintura: la escuela de la línea y la escuela del color. Otra cosa es que uno considere esto fundamental a la hora de ver el arte y/o posicionarse, inmiscuirse, sentirse parte de, o militante de; pero son las dos escuelas que decidieron un poco, a pesar de que el profesor Carlo Gelso diga lo contrario e intente contaminar el reducido espacio libre de drogas que aún se conserva inmaculado en vuestro diminuto cerebro.

Un segundo bostezo, respondió un cuaderno cerrándose de golpe, y por allí, al fondo se podía oír rítmica y nítida la argumentación del que se tumbó directamente sobre la mesa para dormir.

- Yo prefiero no inmiscuirme demasiado. Yo soy de los que se levanta de la cama, coge las babuchas con la mano y camina de puntillas por el pasillo hasta la cocina, para que el monstruo sadomasoquista que duerme cada noche conmigo no se despierte; o sea, yo soy de los que prefiere no hacer ruido, no militar, no posicionarse, porque, ¿de qué serviría? Si tuviera que tomar parte en esa estúpida polémica de la forma, de la materia, forma y línea, etcétera, diría que el arte no es un problema, que la forma o la materia no son un problema.

Un brazo se erigió, de repente, osado, por encima de todo el aula, desafiante, derrochando optimismo, prepotencia, y malintencionado. Gondi oteó y fijó su mirada en el rostro de la mano, estudiando a su enemigo inminente.

- ¿Sí? –invitó Gondi al joven. - Yo sí que veo una problemática en el arte. O, al menos, sí que considero el arte como un problema y lo afronto como tal. –declaró Luca, como si tal cosa.

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- Yo ni siquiera lo afronto. Pero, dígame, ¿qué problema/s le da el arte? ¿qué tiene el arte que le quite el sueño? –respondió con mordacidad Gondi. - Es superficial, es un grano, es una espinilla en la historia de la humanidad, es perversión, es desviación, es arrogancia, es, si queremos, los 7 pecados capitales, también podría decirse que es satánico, tremendamente satánico, o, cuando menos, prometeico… - Bueno, creo que tenemos en el aula a un sacerdote. ¿Y eso le quita el sueño? ¿Bonnard le quita el sueño porque le parece satánico? - No, lo que me quita el sueño es el examen que nos hará Ud. porque a mi, personalmente, un aprobado no me vale, aunque se empeñe en “pan-calificar”, o sea, aprobado general sin posibilidad de calificación superior.

Esta respuesta, además de sorprender a Gondi, le produjo un pequeño resquicio de satisfacción. Al menos ese seis coma seis por ciento representado por ese dedo en alto de entre toda aquella caterva de estudiantes estaba interesado en la lección.

Al terminar las clases, Luca siempre iba a buscar a Platón para ir a comer juntos a la Polse, una cafetería abierta por unos inmigrantes friulanos que hablaban en aquel ininteligible dialecto que sólo ellos conocían.

- Platón, ¡estoy aquí! –exclamó Luca en mitad de un tumulto de estudiantes que iban y venían, desde una pared frente al aula donde aquél había tenido clase de etnoarqueología. Platón, como de costumbre, salió con la cabeza agachada, mirando el suelo, concentrado, recordando momentos o datos de la clase anterior.

Finalmente, Platón alzó la mirada, buscó entre la gente y pudo ver la muñeca y el reverso de la mano peludo de Luca agitándose en el aire y

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su rostro entre un hombro, el tirabuzón de la jai que corría extresadísima hacia su siguiente clase.

- ¿Vamos a La Polse? –inquirió Platón. - ¿Por qué no? Hoy, según he visto esta mañana, dan un aperitivo si se toma un spritz antes de las 14:30. ¿Qué me dices? - Que estos friulanos están locos.

Salieron de la facultad, y se encaminaron hacia Borgo degli Albizi, donde estaba aquel reducto del Friuli lunar. El sol comenzaba a dejarse sentir con más fuerza por lo que, continuamente, se escoraban a uno u otro lado de las callejuelas buscando la sombra fresca y reconfortante.

- ¿Qué tal la clase? –preguntó Platón?- Ese tío, Gondi, ¿está tan loco como dicen? - ¿Quién dice que está loco? - La gente. - La gente es estúpida. –respondió seca y malhumoradamente Luca. - Parece que le has tomado cariño.-Sugirió divertido Platón, esbozando una amplia sonrisa. - Es un hombre que habla de cosas interesantes. - ¿Por ejemplo? - No sé,… de cosas. - Pero, ¿qué tipo de cosas?

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- Cosas, Platón, simplemente. No habla de gilipolleces, no se limita a pasar diapositivas como el resto, no se toma esto como si se tratara de encontrar al “delincuente” que esculpió el Davide, o al “chorizo” que tuvo la “insana” idea de pintar ‘La coronación de Napoleón’. - Vamos, que congeniáis bastante. - ¡No!, pero si ni siquiera hablamos fuera de las clases. Eso sí, creo que el hombre, aunque siempre estamos discutiendo sobre algunas ideas… - …Cosas…-corrigió Platón con sorna. - …ve que soy el único que le presta atención, que no se duerme, que no le juzga como un bicho raro, o que no le cojo del brazo como esa asquerosa sanguijuela de Rekha, que como su padre fue un pintor pseudo beat amigo de Gondi, piensa que a base de cafés con él podrá obtener el 30 e lode, vamos una puta del expediente académico. - De esa fauna están saturadas las aulas, Luca. - Podrías venir un día. Al tipo le gusta lo japonés, y lo defiende como punto de partida del arte contemporáneo; incluso del buen gusto. - Bueno, tal vez pase por allí algún día.

Seis meses después, Platón ya estaba matriculado en asignaturas de Gondi; le bastó una clase al viejo para deslumbrar al ratoncito de biblioteca ukiyo-e y estampa salvaje. “Siglo XIX inglés”, “Primeras Vanguardias” o “Estética del arte de la Edad Contemporánea” fueron algunas de las asignaturas en las que Platón disfrutó como un niño junto a Gondi.

Al terminar la carrera, Luca marchó a España, donde comenzó un estúpido master de tasación de obras de arte mientras estaba matriculado simultáneamente de doctorado en el departamento de arte moderno de la facultad de Historia del arte de Firenze. Platón, por su

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parte, se fugó a Japón a realizar allí un complejo doctorado de Ukiyoe y su vertiente oscurantista. Durante 3 años los dos amigos apenas se vieron.

Esa fue la versión oficial, o sea, la versión que caminaba erguida, de boca en boca, desde San Miniato al Monte hasta Piazzale Donatello. La verdad fue bien distinta.

Cuatro meses antes de finalizar la carrera, Orazio Loredan, compañero de clase de Platón y Luca, pintor imitador de aquella pesadilla de prerrafaelitas, les propuso crear una hermandad, o una chorrada gobernada por él, gestionada por él, supervisada y censurada por él; vamos, quería hacer una argamasa cogiendo de aquí y de allí elementos sin ton ni son por y para él y llamarla “El círculo de Medea”; Luca directamente declinó la oferta y no perdió tiempo a la hora de soltar su opinión mordaz sobre el asunto. Platón intentó escuchar a aquel tipo forzosamente raro, y mantuvo amistad con él hasta, incluso, varios años después cuando la hostilidad entre ambos casi llegó al plano físico.

Un mes antes de marcharse a España, Luca quiso reunir a Platón, a Dell’Orto –el número uno de la promoción y “secretario personal” de Luca- y a Bardelli, profesor de Literatura inglesa comparada con el que mantenía una buena relación. Todo ocurrió en el más estricto secreto en la vecina ciudad de Arezzo. Allí, en una tasca vacía, donde parecía que nadie quería entrar a tomarse un vino, los cuatro tomaron asiento. La decoración era lo más parecido a estar en mitad de un bosque; ciervos, cinghiali malhumorados, un lobo disecado sobre una estantería de madera envejecida, plantas por todas partes, insectos por todas partes,…una selva.

- Bueno, Luca, ya está bien de tanto secretismo. ¿Qué coño hacemos en Arezzo? No me gusta Arezzo. Lo sabes. Odio Arezzo, me produce escalofríos esta ciudad.

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- Platón, te produce escalofríos una ciudad que simplemente tuvo un par de episodios negros en su historia y, por el contrario, te encanta Firenze, que no levantó cabeza desde que colgaron al Pazzi desde la Signoria. Boh!En fin, quería volver a veros antes de irme a España y perderos de vista definitivamente. - ¡A mi Firenze no me gusta, coño!- exclamó Platón. - Ssssshhhhhh -interrumpió Luca-. ¿Pero estás loco o qué? ¿Quieres que nos descubran? - Bueno, dejaos de tonterías.¿Para eso nos has hecho venir hasta aquí? –preguntó sin acritud Bardelli, que ya empezaba a enloquecer al ver a la camarera y su trasero, y no en este orden. - Sí. Nadie de Firenze debe saber nunca lo que aquí os diré. Si alguien se va de la lengua y cuenta lo que se hablara en esta taberna lo pagará. ¿Entendido?

Platón, como solía en este tipo de ocasiones, o mejor, como acostumbraba a reaccionar cada vez que Luca decía alguna de esas cosas gigantísimas, arqueó las cejas, abrió los ojos como si fueran mapamundis detrás de unas gafas, y entreabrió un poco la boca inconscientemente. Bardelli, dejó el trasero de la camarera por un momento y entendió que algo serio se aproximaba, y por primera vez, algo serio que no tendría nada que ver con Marlowe o Alexander Pope. Dell’Orto, como era usual en él, permaneció como una estatua de bronce: hablaba poco y casi siempre lo hacía por escrito y para obtener máximas calificaciones.

- Hace un tiempo, cierto individuo de la facultad nos propuso a Platón y a mí la constitución de una absurda y totalmente evitable sociedad secreta… - …Hermandad –corrigió Platón. - …o, como bien dice Platón, “hermandad”. El objeto de aquella era tan estúpido como genial si se pensaba con detenimiento. Era estúpido

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el objetivo fijado conscientemente o sea, loar y cantar mediante la ejecución de cuadros, escritos, ensayos, poemas, la grandeza del arte anterior a Rafael. O sea, muy visto. Era genial el objetivo inconsciente, del que ni siquiera el tipejo que pensó en la fundación del grupo tenía ni idea: la destrucción del arte, la construcción de objetos telúricos, la colección de objetos y símbolos de poder. - No te sigo –habló por primera vez Dell’Orto. - Está claro, Dell’Orto: ¿qué podrían crear tres alumnos de Historia del Arte en baja forma, que no tienen ni idea de creación artística?¿Qué tipo de cuadros podrían pintar tres tipos que ni siquiera saben dibujarse frente a un espejo? Os lo diré: una mierda. Y esa gran mierda serviría para embadurnar, por ejemplo, el Tondo Doni, o sea, un sacrilegio contra el arte, un coqueteo con la destrucción del arte. - Bueno, ¿y qué? –espetó Platón, un tanto cariacontecido- Si fuera por eso… Tapies es una cagada en sí mismo, o el anticristo del arte. - Caballeros, si en el plazo de un par de minutos no cambian su léxico y comienzan a hablar en cristiano, un servidor se levantará y se buscará una forma de llegar a Firenze y poder cenar en “I Piombi” intervino el viejo profesor de Literatura inglesa, con el tono de un vetusto lord inglés. - Bardelli, estoy hablando de la obtención, sustracción, robo, adquisición, con nocturnidad y alevosía de objetos de valor real, objetos de fuerza ilimitada, incomprensible para el hombre. - ¿Por ejemplo?-preguntó Platón. - La lápida de la tumba de Donadel Vignano, la mejor tumba conservada de un apestado de la epidemia de 1348 que asoló Firenze. - ¿¿¿¡¡¡Y para qué cojones quieres la tumba de un apestado!!!??? – exclamó Dell’Orto, casi saltando de la silla; su familia ultracatólica le había inculcado unos valores tan tradicionales que todo lo que sonara a sacrilegio o a puta significaba inmediatamente una colérica reacción.

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- ¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?!- le reprendió duramente Platón.Si nos oyen nos descubrirán.

En ese momento, Luca esbozó una media sonrisa; bien, Platón ya estaba listo, en el bote, dentro del bolsillo, ya empezaba a hablar en primera persona del plural, ya defendía el secreto de la causa frente a injerencias; ahora tocaba convencer a Dell’Orto y a Bardelli. - Bueno, tranquilos; haya paz. Lo importante es que os he reunido para cotejar las posibilidades, saber distintas opiniones y evaluar la posibilidad de conseguir alguna de esas joyas. - ¿Qué tiene esa lápida, Luca?- inquirió Bardelli, para quien el culo de la camarera era ya como un mapa de la región de Abisinia 1942, o sea, intrascendente. - Es una lápida con una fecha, con un principio y un fin, con un final terrible, obviamente. - ¿Y nada más? –preguntó decepcionado el doctor en Literatura inglesa. - Nada más. - Pues, lamento decirlo, y, no me entiendas mal, pero tal sacrilegio para nada, me parece una total estupidez. - No lo has entendido, Bardelli. Te pondré un ejemplo. La gente suele hablar del grial, y cuando lo hace piensa en una copa de oro o de plata o de madera de la que bebió Cristo; bueno, y si os dijera que desde la Antigüedad hay dos griales: uno el “artístico” o sea la idealizada imagen del grial como receptáculo de la sangre de Cristo y otro, muy distinto, cargado de energía, de fuerza, de poder, de flujos invisibles, un grial que buscó Otto Rahn durante la segunda guerra mundial. El primero, artístico, ideal, etcétera, no es más que una forma dermatológica del segundo, o sea, una idealización del verdadero grial que seguramente será una piedra, o un meteorito pequeño o algo así; un poco como la figura literaria del rey Arturo y la figura histórica.

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Aquí buscamos, señores, lo verdadero, lo espiritual, lo auténtico, no la imagen de la imagen de la imagen. ¿Lo entiendes ahora, Bardelli? Bardelli asintió- Además, no sólo pienso en esa lápida; hay otros objetos. - ¿Cuáles? –preguntó Platón, que desde hacía un rato no quitaba la mirada del rostro de Luca-. - Un golem que está enterrado en el cementerio judío de Szeged, Hungría; una cruz de ahorcados en cierta ciudad española; y un lienzo donde aparece la Muerte. - ¿¡¡Un golem!!?-exclamó Platón-. Prefiero, Luca, y no te lo tomes a mal, pintar aunque sea una cagarruta en el Tondo Doni. ¿Cómo vamos a exhumar un Golem? Es imposible. - No lo es. - ¡Maldita sea! –exclamó finalmente Bardelli- ¡Dejad que el muchacho se explique!, porque, si no he entendido mal, todo consistiría en obtener objetos que, y no te ofendas, Luca, no le importan un pimiento a nadie, absolutamente un pimiento. - Quizá por ello, precisamente, deberíamos aprovechar ese vacío de interés tanto por la gente, como por la gente de uniforme, y demás gente con carnets y edificios donde a gente como yo le es prácticamente imposible acceder, para substraerlos y hacer una bonita colección… ¿Qué me dices, Platón? - Bueno, no sé por qué, pero hay un nubarrón que se aproxima. - ¡Bhoo! Tú siempre tan optimista… ¿Dell’Orto? - No. Yo tengo que dedicarme al negocio familiar. - ¿Al negocio familiar? Entonces,¿para qué estudiaste Historia del Arte sacando una media de 30 e lode? –preguntó impaciente Platón a quien aquella reunión clandestina le ponía de los nervios por momentos-.

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- Bueno; con 17 años yo ya sabía que me dedicaría de todas formas al negocio familiar; de tal manera, ¿de qué me hubiera servido estudiar arquitectura, jurisprudencia, filosofía?He estudiado lo que me siempre me gustó y ahora me tocará dedicarme al interesantísimo mundillo de la producción de aceite de oliva. - Bueno, pero ni una sola palabra, ¿entendido? –dijo Luca mirándole fijamente a los ojos-. Si dices algo te dejo el pene sin sus dos razones de peso.

Dell’Orto asintió con el rostro del niño que promete a su madre no volver a meter los dedos en el enchufe.

- ¿Bardelli? - Estoy mayor. Sería un lastre. No estoy en forma para esas cosas. Pero escucharé de buen grado todas vuestras batallitas. ¿Qué os parece? - Es razonable –respondió Platón, anticipándose a Luca.

Así concluyó aquel simposio de aburridos, de gente peligrosa con ocio por delante.

Cada uno se fue a su casa una vez llegados a la Estación de Santa Maria Novella.

Platón llegó a su hogar con un rostro de preocupación; como tantas otras veces, Luca le había vendido la moto; fue mientras caminaba de regreso a su apartamento de Via del Proconsolo cuando cayó en la cuenta. Esto va a ser un polvorín; ¿dónde acumularemos toda esa metralla?¿por qué quitar una lápida, o sesgar una cruz, o coger el brazo de un santo o el dedo de un mártir?¿de dónde sacará estas ideas Luca? ¿será francmasón?

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Bardelli, por el contrario, al llegar a su casa, se quitó sus zapatos, se enfundó sus babuchas, se puso su batín de color azul oscuro, fue hacia el salón; se acercó a un cajón, y extrajo de él una serie de planos, dos de ellos pertenecientes a un mismo edificio, y otro correspondiente a un callejero ampliado de la ciudad. Cogió un vaso vacío y una botella de whisky; se sirvió hasta la mitad del vaso y bebió contemplando satisfecho aquella documentación.

Dell’Orto, esa noche tuvo mala suerte. Un par de ladrones le asaltaron en Via Cavour y le golpearon en la nuca; quedó inconsciente y perdió parte de la memoria desde aquel día por lo que jamás recordó aquella reunión. Es más, cuando años más tarde Platón volvió a hablarle sobre aquella reunión, Dell’Orto respondió que había estado toda la tarde recogiendo habas en el huerto de su tío Beppe.

Por tanto, los dados estaban echados. Ahora Platón y Luca se habían convertido en bárbaros del meollo metartístico, corsarios del período espacial que se dedicaban a la chatarra, a las sobras con musgo; la vida siempre tuvo gente así; siempre hubo herreros y chatarreros, ladrones de guante blanco y ladrones de “cosas” sin sentido. En cualquier caso, hacía falta un plan logístico, pero Luca le comentó a Platón en el tren que ya hablarían cuando se volvieran a ver, una vez llegado el período navideño y, por tanto, de obligado retorno al hogar familiar, en Firenze.

No obstante, Platón insistió mucho en la necesidad de alguien que conociera el mejunje, las fórmulas, las pautas técnicas acerca de extracción de piedras, utilización de material específico, etcétera; Luca, en cambio, pensaba que era necesaria una persona que trabajara en los media, para poder adelantarse a posibles y desastrosas noticias sobre sus escarceos nocturnos por cementerios, iglesias, y via crucis.

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Ambos amigos se citaron en la loggia de la fachada principal del Ospedale degli Innocenti, el 25 de diciembre a las 12:30 de ese mismo año, o sea, seis meses después.

Luca pasó los dos días siguientes comprando ropa, y demás objetos que, tal vez necesitaría en su estancia en España. También volvió a recorrer las esquinas y rincones de aquella que era su Firenze, su madre de piedra tura y una lengua antigua de agua.

Al tercer día, justo una semana antes de partir, decidió salir de casa de sus padres, que estaba en la Via dei Serragli, Oltrarno profundo, y caminar un rato, hasta San Miniato. Salió hacia Via di San Agostino, luego Mazetta y finalmente a aquel pulmón de la Piazza del Pitti; desde allí era simple; era tomar aquella arteria repleta de vida, Via Guicciardini hacia el Arno, pero antes de toparse con ese anciano de barbas mojadas tomaría, siempre atravesando la Piazza di Santa María Sopra l’Arno, la Via dei Bardi, subiendo por esa carretera por donde pasaban los coches de turistas romanos y napoletanos pitando y burlándose de los florentinos mustios, nostálgicos que necesitaban de ciertas peregrinaciones periódicas a San Miniato para sobrevivir a cada año. Después de 20 minutos de ascensión, Luca pudo divisar la silueta de la fachada románica, polícroma, no ese románico severo, aburrido del resto de Europa, sino este más festivo, con sus cinco arquillos ciegos sobre columnas adosadas de fuste fino entre las que la decoración de casetones a base de planchas polícromas de mármol parecía preconizar aquella de Santa Maria Novella; sobre este silencioso cuerpo inferior, y una transición arquitrabada se disponía el remate en frontón griego truncado por un cuerpo central resaltado y también coronado, esta vez sí, por el mítico frontón visible desde cualquier punto de Firenze.

Luca se sentó en la escalinata y contempló aquel atardecer sobre Firenze como un milagro de tonos rojos, rosas, de su amadísimo anaranjado “güelfo”, y esas palabras encendidas que tiritaban sobre la panza del Arno. Al mirar hacia la derecha, sentado como él, encontró, sorprendentemente, a un Gondi con sombrero de ala ancha de rejilla

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blanco y gafas de sol graduadas que miraba absorto el atardecer furioso sobre los tejados flo rentinos. - ¡Gondi! ¿Qué haces aquí? - ¡Hombre! ¡Pero si es mi querido Ambrosi! No te había visto. - Entiendo, es un atardecer esplendoroso. Es normal que estuvieras atónito. - ¿Qué tal te va todo? ¿Ya has hecho las maletas? - Aún estoy ultimando algunos detalles. Es importante no dejar nada al azar. - Bueno, quizá sea al contrario, Luca. Quizá un viaje a otro país consista, precisamente, en dejarlo todo al azar, a la mano caprichosa del destino. ¿Qué opinas? - Sí, es posible. Tal vez tengas razón, Maurizio. Sin embargo, uno tiene automatizadas ciertas rutinas, manías que no son otra cosa que reminiscencias que los padres nos dejan como cáscaras de pipas o algo por el estilo que hay que ir quitando una a una; toda la vida lo mismo: pónte derecho, no toques la pared con la mano que luego se pone negra, no te hurgues la nariz, no bebas sin comer antes… - Ja, ja, ja. Nunca lo había visto desde ese punto de vista. Aún así, si sigues esas pistas, esas indicaciones, no te irá del todo mal en este lugar tan inhóspito que es la vida. - Desde luego; estoy completamente de acuerdo, pero son automatismos que uno interioriza y que, más allá de hacerle más fácil la vida a uno, en realidad, complican y convierten la existencia en un auténtico mecanismo que no funciona si salta éste o aquel resorte. - Bueno, no desesperes. Aunque yo, si estuviera en tu lugar, estaría mucho más nervioso por dos cosas. Una, obviamente, por dejar Firenze.

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- ¿Por qué? -preguntó Luca, aun sabiendo que verdaderamente echaría bastante de menos la ciudad como a una madre-. En España se vive como aquí -dijo para autoafirmarse o engañarse un poco. - ¿Tú crees? En Madrid encontrarás cemento, edificios altos, asfalto, bastante tráfico y españoles no tan simpáticos como los pintan. Además, el sol aparece por capricho, no por ley como lo venden en agencias de viajes o en propagandas peliculeras. Los españoles tienen un carácter difícil, Luca; no son un pueblo de tradición aventurera como los distintos que se esparcen por Italia, ni con el buen humor que por aquí nos gastamos. Es más, quizá tienen un carácter parecido a los milaneses; son bromistas pero que no bromeen con ellos; son simpáticos pero siempre y cuando les rindas pleitesía y les hagas la pelota; son intransigentes y tienen catalogada a media Europa: los alemanes cuadriculados -quizá porque tienen un tesón que ellos no poseen-, los franceses chauvinistas -porque tuvieron a un tal Napoleón que, para bien o para mal, cambió la historia de Europa, mientras que ellos tenían a un tal Godoy que era un pringado y un chorizo-, los ingleses estirados insoportables -porque respetan un protocolo que ellos no tienen-, y los italianos que hablan con el acento ridículo que ellos se imaginan -quizá porque les quitamos a sus mujeres, quizá porque nuestro sentido del humor es más espontáneo, quizá porque desde pequeños nuestros padres nos dan cancha y podemos disfrutar de lo más importante de la infancia, la espontaneidad, mientras ellos con su catolicismo sentimental los torturan, convirtiendo a sus hijos en “mayores” o ancianos pequeños, aburridos, tácitos, tristes-; defienden las cuatro piedras siglo XVIII de mierda que tienen en esa ciudad en términos de “quien no ha visto el Madrid de los Austrias no ha visto nada en este mundo”, y les importa una mierda que delante de ellos esté un florentino que vive en la ciudad que patentó una enfermedad provocada por la belleza, o un veneciano, habitante de la particularidad; afirman ser el centro del mundo, y que como en España no se vive en ningún sitio, empezando a defender tal aseveración por la siempre fácilmente desmontable argumentación de la comida, cuando aquí en Italia tenemos lo mismo, incluso desde siglos antes, sin tanta grasa e, incluso, más variedad en verduras y carnes, y terminando por el axioma del bienestar general -sin embargo, sería mejor no coger en esos momentos relaciones de delincuencia, comparativas de incrementos de pobreza y riqueza, y un largo etcétera

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que desmontaría todo el cotarro-. Yo no digo que Italia sea el centro del mundo, o se viva mejor que en Alemania o Inglaterra o España; simplemente digo que hoy, en el mundo globalizado, también se ha globalizado la comida y uno puede prepararse una cotoletta alla milanese hasta en Alaska; y precisamente porque los países en términos de bienestar están en una tendencia de aproximación, prefiero vivir en Firenze que te aporta cosas imposibles de encontrar en Madrid o París o Londres como el recogimiento, la adecuación arquitectónica al hombre, la belleza extrema, la particularidad de cada día, de cada atardecer. O sea, Madrid, o te acaba gustando mucho a base de peloteo al personal, o en pocos meses estarás deseando salir corriendo de aquella cárcel de asfalto y cemento y olor a fritanga.

Luca observó a Gondi con los ojos como dos huevos cocidos.

- Son,…distintos, ¿no? - Sí. Les gusta llamarse latinos, pero es otra latinidad, no es mala, simplemente otra, diversa, distinta, quizá un poco destructiva. - ¿Y cuál es el otro asunto del que debo preocuparme?

Gondi se levantó de su escalón y se aproximó a Luca. Se sentó al lado de éste. Miró el horizonte flamante, delicioso, anaranjado, rojo rojo, con ese sol cayéndose poco a poco. - ¿Qué os traéis entre manos Platón y tú?

Luca encendió un Davidoff, suizo humeante, auxiliar en este tipo de situaciones. Hincó los ojos en el suelo de granito gris de la escalinata. Menos mal que había comprado zapatos nuevos; aquellos que llevaba no estaban mal, pero ya comenzaban a disgustarle un poco.

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- Maurizio, Platón y yo estamos muy ocupados preparando nuestros respectivos viajes como para tramar nada. No nos traemos nada entre manos. - No soy estúpido. Luca, no soy supersticioso. Sin embargo, ¿recuerdas aquella clase del romanticismo y siglo XIX? ¿recuerdas que os conté que una vez me encontré en Venezia a Byron beodo y burlón? - No la recuerdo exactamente, pero sin duda se trataba de… - ¿De qué? - De una imagen, de una metáfora. - No. Leí en un libro de Maurois, que él vivió en el Ca Mocenigo. Pues bien, en una visita a Venezia de unos 4 días para una serie de conferencias en la fundación Peggy Guggenheim, después de ir acotando los lugares, y dejar por un mapa de la ciudad puntos repartidos de obligada peregrinación, me dirigí allí, a aquel palacio, a aquel lugar. Fue a eso de las 23 horas, había cenado con mi buen amigo Aldo Manin, de Portogruaro, profesor de arte del XVIII, en un restaurante cercano al campo di Santo Stefano. Tenía intención de regresar a la casa que me había dejado el rector de la universidad -que tenía un lío con mi mujer y que, curiosamente, esa semana no tenía que “regir” la universidad veneciana…¿dónde estaría ese pájaro?- que estaba en la Calle del Pistor, frente a la Estación de Santa Lucia, al otro lado del Ponte degli Scalzi -y mientras, Gondi hizo el típico gesto que simboliza un “atravesar el puente”, un “al otro lado”-; el caso es que tenía que coger el vaporetto en el Campo di San Samuele, cerca del Ca Mocenigo. Era de noche; por la mañana, y sin que nadie me viera, a la puerta del Ca Mocenigo, que estaba tapiada por una valla de madera por trabajos de restauración, escribí en esa valla: “Mi Lord, exijo una satisfacción; os estaré esperando en San Samuele al filo de la medianoche. M.G., el vengador de la Fornarina”. Pues bien, allí estaba yo, en San Samuele, esperando el vaporetto, fumando, uno, dos, tres, cuatro, cinco pitillos; llegué al campo a las 23:10 aproximadamente y ya eran las 23:40 y allí no pasaba ni vaporetto ni nada de nada. Ya había olvidado la broma, el mensaje en la valla, el

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mensaje en la botella. Diez minutos más tarde, cuando me iba a encender mi sexto cigarrillo, oí un chasquido detrás de mi; giré y allí estaba la delgada figura de un tipo sbornioso, a medio caer, con una camisa amplia de seda bourdeux, con brocados, con unos pantalones siglo XIX, y botas de tope vuelto blanco…

El sol daba un tono rojizo al tupé blanco de Gondi y sus lentes parecían incendiarse.

- ¿Era…Era él? -dijo Luca boquiabierto. - Tenía un rostro que, a pesar de la embriaguez, era claro, nítido, fuerte, de una potencia y un sentimiento fuera de toda duda; de mejillas redondeadas, labios bien definidos y ojos claros; su naríz era puntiaguda y, precisamente, en este extremo era respingona; su pelo era ondulado y de color azabache; llamaban la atención sus orejas ligeramente puntiagudas. Era un poco más alto que tú, no demasiado. Entonces, zigzagueando se acercó a mi y dijo con acento anglosajón: “¿Eres tú quien quiere a La Fornarina?”. “Sí”, respondí. “Pues quédatela. Es toda tuya. ¡Hasta debería pagarte o invitarte a una jarra de vino!¿Quieres?”. “Mi Lord, no es necesario, pero, si insiste, me gustaría caminar hasta mi casa y gozar de su compañía en el paseo”. Y me acompañó por media ciudad, me habló de Hobbhouse, y yo le pregunté por ese episodio oscuro con Thomas Moore… Luego resultó ser un estudiante inglés de Nottingham que se había escapado de una fiesta de disfraces. ¿Qué te parece? - ¡Caramba! Siempre tiene que haber un pero. La vida nunca es plena. - ¡Noo!, ¡no es un pero! Lo que quiero decir con esta historia no es otra cosa que tengas cuidado con los lugares, con las cosas; todas responden a mecanismos; un poco como los Golem hebreos a los que, para darles la vida hay que escribir en el reverso de su mano la palabra “VIDA” y para matarlos hay que borrar una letra de esa palabra y dar lugar a la palabra “MUERTE”. Existe un complejo sistema de hilos que se pueden manipular, involuntariamente, y luego es difícil saber cuál de ellos sirve para finiquitar esa extraña maquinaria infernal;

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extraña maquinaria que, por otra parte, hace que un Lord Cojo en Missolonghi, se convierta en mito, y que, casi doscientos años después de su muerte, aparezca un chaval de Nottingham exactamente igual que aquel, con sus mismos rizos, ojos, boca, en el mismo lugar donde residió aquel, disfrazado de aquél, y hablando de la amante de aquel como quien pregunta el precio de las manzanas de fuji o las peras de conferencia. ¿Entendido?

Luca estaba boquiabierto. ¿Cómo Gondi había podido saber lo del Club? El tipo había estado en Brescia de conferencias, no sabía nada de nada de la reunión de Arezzo, y ahora saltaba con el rollo de las energías, los mecanismos invisibles y aquello de lo que él mismo había hablado a Platón para convencerle de la necesidad de crear el club.

- No te preocupes, Maurizio. - El problema no es que me preocupe o no; el problema es que existen dos defectos en el hombre que normalmente le llevan a la perdición: uno es la curiosidad, otro el aburrimiento.

Años después, la suerte ya estaba echada. Todo sucedió como planearon Luca y Platón, como había previsto Gondi, como pudo observar Bardelli, como había sufrido Gneis, como supo de terceras personas aquel poetastro de Urbino, cabrón, ¡Knep! ¡Knep!, como Dell’Orto nunca pudo recordar, o como Montella “mishugena” supo siempre. Se acumularon objetos, se almacenaron en un local cercano a Santa Croce que la familia de Platón tenía, y allí muchas veces se tomaban decisiones. Era como un garaje vacío; tenía las paredes alicatadas de azulejos antiguos blancos; junto a la pared de la izquierda había una mesa sobria, cutre, con tres sillas de madera de olmo por los extremos que quedaban libres; sobre esa mesa, en la pared, un calendario de 1954, pasadísimo. El local estaba siempre cerrado con una puerta de cristal con plástico blanco opaco que no dejara ver nada del interior, y unas lunas que cerraron dos escaparates,

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en su día, a ambos flancos de la puerta; todo cerrado exteriormente por un cierre metálico de persiana que a Luca le encantaba ver caer.

En el Hospital de Campo Marte la luz de la tarde florentina, aquel sol muerto de risa penetraba como una violación de la gravedad, de soluciones de morfina, de paliativos terminales, últimas limosnas para quienes iban directos, primero lentamente, lanzadísimos al final, hacia el centro del remolino, hacia el desagüe monumental o Gran Desagüe, como se llegó a conocer en círculos académicos, monofisistas y sentimentales.

El viejo Gondi había entrado como un saco de patatas en un restaurante, en camilla, dando tumbos gracias a cierto celador cabreado, jodido por su salario, por su horario, por todo cuanto terminara en “ario”; le instalaron en la habitación 248 junto a otro paciente llamado Alberto De Michelis, cuya pasión, además de pellizcar el trasero a la enfermera de turno, era tocar las narices a quienquiera que estuviera a su alrededor.

Neblina. Una ciudad sobre una roca. Una noche sobre una roca. Desde el corazón de la ciudadela parte una callejuela serpenteante, medieval, macabra, Brueghel y su triunfo de la Muerte, zoom disparado hacia ese esqueleto descarnado que sale del ataúd para devorar a aquella masa de carnes veloces, que corren despavoridas como si pudieran escapar. Una ciudad sobre una roca, la noche sobre una roca; una calle desde la ciudadela hasta el río, un río oculto por las ramas y copas de álamos traidores, caducos. Hay que bajar caminando, hay que alejarse del zoco y enfrentarse a ese foso, a esas bestias ocultas, a esos fantasmas y a esas brujas. No hay nadie, y en el suelo el empedrado compone un nombre, un nombre conocido, un topónimo: Cuenca.

Descenderé, hay que descender. Es necesario. Soy un águila que ha volado desde un Arno aburrido psicopompo hasta este lugar

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inhóspito; tengo que conquistar ese fondo terrible. Calle abajo. Alumbrado siglo XIX, farolas de forja, o imitación, sobre muros de mampostería siglo XIV, y zarzas en el extremo de la calle que da al vacío, al barranco, a ese riachuelo negro, mortal, mentiroso, que sabe algo que nosotros no, y no lo quiere decir. Un kilómetro cuesta abajo y un claro, una plaza ante el río. Y en mitad de la plaza un cortile formado por fuertes olmos, dieciséis, formando un octógono, ocho ocho ocho, y en medio una cruz, una cruz de hierro, de Santiago y hierro, de ahorcados…

Luca despertó entre un sudor espeso, y decidió salir disparado de esa cama, lugar de pesadillas, a la ducha. ¿Qué le depararía el día?

Estaba siendo un Martes nefasto. En la facultad los moscones se amontonaban a las puertas de los despachos. Platón estaba en mitad de una acalorada discusión con un alumno que defendía una idea que había expuesto en su examen, al hilo de una diapositiva de Hiroshige, sobre un directísimo origen chino del Ukiyo-e. Esto, a Platón, le sentó como un tiro, como un brutal golpe en la nuca, y respondió con toda la artillería a su alcance, a grito pelado, pero artillería al fin y al cabo.

Luca, mientras, tenía que soportar la visita infumable de una alumna pelota que quería comenzar un doctorado sobre Franz Marc; como viera que la pesada comenzó a loarle, a dorarle la píldora, decidió escupirle a la cara su recurrido:

- No lo tome a mal, Señorita, pero hay tres autores de los que prefiero no hacerme cargo a la hora de dirigir un doctorado: el cansino Boilly, el infumable Marc, y el chorizo Tápies.

La muchacha empalideció y, desde aquel día, sin remedio ni solución de rectificación, dejó el peloteo y la escalada libre a otros.

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Finalmente, Platón, al despedir al disidente de lo japonés, a aquel traidor de la chinería y de lo recargado, del pan de oro sobre columnas rojas, tomó con su mano derecha el teléfono, descolgó y llamó a Luca por la línea interna.

- ¿Luca? - Dime, Platón. - ¿Cómo sabes que soy yo? - Son pocos años los que hemos pasado juntos y haces bien en dudar… -respondió Luca, malhumorado y con desgana. - Oye, si estás en ese plan, cuelgo. - Perdona,…-se hizo un pequeño silencio y Luca encendió un alemán nº 5-; tienes razón, Platón; no tienes culpa ninguna. Estoy teniendo una giornata di merda… - Yo también. Oye, ¿vamos a dar una vueltecilla? - Está bien.

Ambos salieron de la facultad en dirección a la Piazza di Santa Croce, donde les esperaba un local repleto de objetos inservibles. A su paso por Via Giuseppe Verdi, a la altura de la Via Ghibellina, tuvieron que parar en seco para no ser atropellados por la comitiva de una boda judía que caminaban por la calle haciendo sonar violines, tamboriles y clarinetes, a ritmo de klezmer; un niño con sus tirabuzones y su kippah se acercó a Platón, le miró de abajo arriba y le propinó una patada en la espinilla. Sblam!

- ¡Maldito niño!- exclamó con toda su fuerza-. ¿Quién de vosotros es su padre?

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- Yo. -y de entre la multitud apareció un hombre llamado Slomo, carnicero, de dimensiones ciclópeas, y se colocó justo delante de Platón.

Cuando llegaron al local que la familia de Platón tenía a la altura de la Via Burella, Luca seguía apurando un Davidoff -otro, no el primero, claro-, y Platón se tapaba un ojo con una mano mientras buscaba en su bolsillo con la otra las llaves del cierre. Entre ambos lograron levantar aquella persiana de metal duro y estridente, aquellos labios metálicos que ocultaban una boca llena de cosazas inservibles, de mierda variada y diversa, cercenada, recolectada de los lugares más insólitos de Europa, de tonterías acumuladas como si fuera un rastrillo en Bagdad.

Al entrar allí, Luca, como siempre, esbozó una sonrisa. Platón miró a su compañero esperando ese resplandor en el rostro, ese golpe de risa al ver la “gran metralla”, como genialmente la llamó Bardelli en alguna ocasión. - No entiendo por qué sonríes, Luca; de verdad que no lo entiendo. - Tu problema, Platón, es que tanto Ukiyo-e, tanta estampa japonesa, tanto zazen y ver las cosas de rodillas te están dejando, además de un cerebro seco, un mal humor de cojones. - ¿Pero qué humor quieres que tenga? -le espetó bruscamente a Luca. Éste sonrió. Se apoyó en un mostrador que había a la derecha, adosado a la pared, y tiró al suelo aquella colilla alemana.

- Bueno, tranquilo; simplemente te digo que, si no eres positivo por naturaleza, al menos, parécelo. ¿No? - ¡Eso lo dice Mister Nihil! - Bhoo, ¡qué mal perder dialéctico que te gastas! Eres un caso…

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- ¿Un caso? Me acaba de pegar un puñetazo un hebreo de dos metros y su hijo me ha marcado la espinilla, ¿debo encima estar contento?… - Pareces más judío que ellos. En fin; ¿a qué hora te dijo Chiara que vendría? - No vendrá. - ¿Y Daniel? - Yo no con ese tipejo no me trato. - Ese tipejo es parte integrante de esta empresa, ¿lo recuerdas? -dijo Luca, volviendo de nuevo a la seriedad de la que había salido triunfante desde aquel incidente con el niño del kippah- No quiero oírte criticar a Daniel. Tiene defectos; pero mírame, ¿acaso tengo yo derecho a echar en cara los defectos a alguien? - Luca, a ti te soporto porque te conozco desde que éramos niños y, en un cómputo muy muy muy global, estoy seguro que tu comportamiento conmigo ha sido en un 60% bueno; Daniel, en cambio, es un tío infumable. No le soporto; es un periodista de mierda que no sabe hacer la o con un canuto y cada vez que habla pontifica; no deja de dar consejos, con la rabia que me da la gente así. - Platón, en la vida tiene que haber gente así; no es malo que alguien dé consejos en una existencia donde, precisamente, lo que faltan, son instrucciones para saber qué hacer en cada ocasión. ¿No crees? Otra cuestión es pensar en la posibilidad de cambiar las personas que dan consejos -que normalmente son lelas y no saben nada de nada- por gente que sí tenga un poco de idea -que normalmente es gente que permanece en silencio por propia voluntad-. Además, tienes que ser indulgente: en las facultades de periodismo enseñan a aparentar saber de algo: hoy te toca un reportaje sobre la clonación y mañana tienes que cubrir la exposición de Giorgione de la fundación Guggenheim, y en ambos lugares tienes que aparentar saber más que el mayor de los especialistas de la galaxia sobre la materia.

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- Sí, tienes razón; sin embargo, Daniel, es un mal bicho. Es un tipejo insoportable y no quiero hablar más de él. - Tendrás que llevarte bien con él a la fuerza.

Fue entonces el rostro terrible, la cara recia del gestor, del cerebro del hampa, fue entonces el nubarrón descargando con fuerza, o el frío Mitch a su paso por el apéndice, por el pene colgante de los USA. Platón entendió que Luca tenía cosas en la cabeza, y que en ese momento, o mejor dicho, en ese preciso momento, lo que menos necesitaba era un problema, un roce, un “Luca, no soporto a Fulano, me cae mal Mengano”; la policía en España ya tenía preparado el fusil de precisión apuntando a la salida de la madriguera, y sólo era cuestión de tiempo, el salir y recibir un proyectil violento entre ceja y ceja. Lo de Cuenca fue un fiasco, una mierda; se obtuvo el trofeo, pero sucio, con barro, con sangre, con un tío portugués tirado junto a aquel paraíso de ahorcados, y con ese alcohólico gritando por las calles que había visto “algo”, que había sido testigo de “algo”. Una jodienda.

- Platón, ahora tenemos que hilar muy fino. Esto no es entrar al Pitti y coger el Van Poelenbourgh de Bardelli. Tú viste lo mismo que yo en Cuenca y en San Miniato. Tuvimos suerte allá arriba -dijo señalando aproximadamente y dentro de aquel local de paredes grises, sin decorar, la ubicación de San Miniato al Monte-, pero lo de Cuenca fue una mierda impresionante; todo nos salió mal. Y, Ares,…¡pobrecillo!, allí le dejamos tirado, abandonado a la policía, a los forenses.

La figura de Luca se tornó sombría, macabra, rodeada de todos esos enseres que miraban de reojo, que contenían energías siniestras, diabólicas, encendidas. Platón asintió con la cabeza levemente y clavó su mirada al suelo. Luca, por su parte, se autocensuró y pensó de si mismo lo peor, el asco, la repulsión…

Mientras, en la 248 de aquel hotel de paredes blancas para enfermos, para desahuciados, Gondi empezaba a echar humo, y pieza a pieza,

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tornillo a tornillo, se iba descomponiendo, se podía preveer el terrible estallido.

Luca se dispuso a finiquitar aquella absurda discusión. Platón dijo lo de siempre, deshacerse de aquella amalgama de objetos extraños.

- Escucha, Luca; esto está yendo demasiado lejos. Y encima quieres ir a aquella ciudad donde vive Satanás vestido de campesino. ¿¿¡¡Es que quieres que la palmemos todos!!?? - Platón, deja de decir tonterías. Ares murió porque fue imprudente; porque pensó que era un dios o ¡yo qué sé! Sin embargo, esa cruz nos espera, Platón, nos está llamando. Iremos, la cortaremos durante la noche, la cargaremos en el coche y ¡listo!, de vuelta a casa, cada uno a la suya. - Sólo digo, Luca, que todo esto me da mala espina. Nada más.

Luca miró a Platón durante un par de segundos, sin decir nada, encendió un alemán y salió del local en dirección a su casa, Vittorio Alfieri 9, donde una mezzosoprano de pacotilla ensayaba y ensayaba hasta que las hojas de los árboles se caían y luego volvían a salir, y el niño de los Farsini empezaba a dar problemas con sus bajísimas calificaciones, o la Signora Loredana, que vivía en el cuarto piso, había intentado suicidarse una semana antes, una vez más.

Luca salió de aquel almacén de sinsentidos, de objetos absurdamente cargados hasta los topes de electrones, neutrones, o esas cosazas que sólo la cuántica entiende a niveles subatómicos, imposibles de discernir con un Davidoff humeante en la mano. De muy mal humor echó un vistazo rápido a la fachada de Santa Croce, y se encaminó hacia Via Giuseppe Verdi, que se adhería a la Via dei Benci justo en el extremo oeste de la plaza. Atravesó con muy malas pulgas y, sin enterarse de aquel Fiat verde botella que le pitó, la Via Ghibellina donde aún, de vez en cuando, se dejaba caer el divino Michelangelo;

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dobló como una exhalación por Via del Oriuolo hacia la izquierda, y súbito a la derecha por el Borgo Pinti, el siempre temido Borgo Pinti, lugar de desapariciones, de cigarrillos que caen de manos sorprendidas, lugar desde el que ciertos entes inexplicables -excepto a niveles subatómicos- se lanzaban a la conquista de Firenze, quinientos o seiscientos años después, ¡cosas de la vida!. Una bicicleta, un ring ring familiar que casi le embistió a la altura de la Via de’Pilastri; Luca alzó la vista, y por allá, hacia Via degli Alfani, se perdía la silueta de un Savonarola sbornioso, pedal a pedal, año tras año, botella a botella, ganando el pulso al Medici nefasto que le relegó al ostracismo; ¡Maldito Montella!¡Qué susto me ha dado! Siempre que le veo sucede algo,… y casi siempre nada bueno. Allá aparecía la Via della Colonna que salía como un proyectil de fachadas grises, de tres, cuatro y hasta cinco pisos, desde la Santissima Anunziata, divino ágora florentina. Eran metros, segundos, unos peldaños, porque ya estaba en Vittorio Alfieri; de repente, al cerrar el portón del edificio y toparse con el silencio de mármol, eco y diafanidad de la escalera oscura, Luca se apoyó sobre su buzón, bajó la cabeza para luego alzarla mirando al techo, atravesando el techo, abrir un agujero con los ojos y primer piso con los Renai discutiendo, segunda planta con la viuda Agostina, tercer piso en alquiler -vacío pero lleno, sin personas pero con personalidades, sin un Fulano de Tal, pero con niveles subatómicos que gritaban Stendhal o Simonetta Vespucci y otros nombres que conformaban una suculenta lista de invitados a aquel simposio de fantasmas-, cuarto piso propiedad de Monica Cipressi, mezzosoprano, incomprendida, solterona, llorona, triste, muy triste. Bajó la cabeza y volvió a alzarla atravesando el edificio entero, y ya estaba en el cielo, pensando en Gneis, en aquella mierda de artistazo al que le gustaría desintegrar con 12 horas ininterrumpidas de napalm sobre su cabeza, en Ares que decidió fugarse al Hades sin comprar billete, subiéndose al tren en marcha, en Ares y aquel rostro desencajado y aquellas manos en brutal tensión que cayeron como un muñeco de trapo, en Platón que se quedó lelo durante una semana después de aquello. Platón y Daniel; Platón el sabio, Daniel el sabelotodo; Platón, la aurora y el ocaso; Daniel, la mañana de polución y lluvia, la noche de fin de año, de capodanno maldito; Platón, la apuesta segura; Daniel, el sueño de una victoria épica que jamás tendría lugar. Platón tenía razón, Platón tenía razón y aquel tipejo tenía que desaparecer del club.

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Luca subió lentamente las escaleras, sin ganas. Discutir con Platón era lo último que quería; Platón tenía la manía de tener razón y Luca, en cambio, el hábito de perderla. Se acercó al teléfono para llamarle, pedirle disculpas, un café en Via del Proconsolo, etcétera. Sin embargo, el contestador tenía un mensaje. ¿Quién sería? Él ya no tenía mensajes, sólo cartas del banco, cartas del rector aparcacoches, terrorista anti siglo XV e invitaciones de asociaciones para conferencias y patochadas del estilo. Un mensaje, un mensaje y ese típico “01” en rojo sobre el display del contestador tan inquietante. Pulsó el botón 9 para escuchar el mensaje.

- ¿Sr. Ambrosi? Me llamo Guglielmo Barbano, soy el médico que está tratando a Maurizio Gondi. Él mismo me ha pedido que le llamara. No le voy a mentir; está muy mal. Está fatal. Le queda un día o dos de vida. Tres sería un milagro. Está, como bien sabe, en la 248 del Hospital del Campo Marte. Si necesita saber algo mi teléfono es el…

Gondi frente a la eternidad, Gondi lanzado a las estrellas, como si fuera un hombre bala. Una enfermera entra en la habitación 248 y abre la ventana de guillotina; acerca la cama de Gondi hacia el vano colocando los pies de la misma junto al álfeizar. Aparece un celador con una bata de lunares rojos y grita “¡Preparados!¡Listos!...¡Ya!” y tira de una palanca que nadie antes había visto detrás de la cama y Gondi sale disparado por la ventana, hacia el cielo, hacia el cielo florentino y sobre San Miniato ardiendo en un atardecer de naranjas esparcidas por Firenze.

Gondi se larga. Esta noche Gondi no será más que un recuerdo, una imagen, un cromo amarillento, un cromo dadá y amarillento, como la portada de ese diario que, cuando era niño, recorté y que hablaba de esto y aquello que hoy no tiene sentido alguno. Gondi está a punto de caramelo, el asado en el horno, la muerte cocinera, la muerte nos cocina; ¡qué putada quedarme, quedarnos sin Maurizio!

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Luca salió corriendo de casa, acordándose antes de coger la gabardina beis. Tomó un taxi y, tras una carrera de 35 euros llegó al hospital del Campo Marte. Dejó al taxista dos billetes de veinte sin esperar el cambio. Corrió velozmente hasta el mostrador de información del vestíbulo del Hospital.

- Por favor, señorita, ¿la habitación 248? Vengo a ver a Gondi Maurizio. - Siga por el pasillo de su izquierda y suba a la segunda planta. Allí tome el de la derecha y ya estará en el corredor del 225 al 250.

Tuvo suerte y aquella empleada le dio las señas precisas para encontrar la habitación. Pasillo de la izquierda; ascensor, bajando; ascensor, subiendo; pasillo de la derecha; corredor de la muerte, ala de paliativos; 225, 230, 240, 245, 46, 47,…248. Luca asomó tímidamente la cabeza para ver el entorno donde moría un genio, para no enfrentarse fría, seca y abiertamente con aquel último lugar de la tierra para Gondi; con la de sitios que conoció Maurizio y tener que morir en la fría habitación de un hospital era injusto, era como una cuenta pendiente cobrada con muy mala uva.

La habitación era cuadrada y, métricamente hablando, era amplia, es decir, unos cinco metros de largo por tres y medio de ancho. Sin embargo, daba la sensación de un ataúd de cubicaje desmesurado; sus paredes eran blancas, aburridamente blancas, y sólo el sol de la tarde temprana daba alegría a aquellas paredes. La habitación estaba precedida por un pequeño pasillo de algo más de un metro debido a la pared del baño de la estancia; cuando Luca lo atravesó y miró a su derecha, no pudo evitar estremecerse. Allí estaba el pobre Gondi, semi muerto, harto de morfina, hasta el tupé de esa droga sedativa, matadora; dormía y cabalgaba a lomos de un dragón muy verde, seguramente sobre paisajes a base de brochazos Derain, o Matisse, o junto al Blaue Reuter de su querido Kandinski. Gondi estaba con “los

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de allí” y, aunque aún se podía ver cómo su pecho se hinchaba y deshinchaba rítmicamente, estaba dormido, con un ojo y la boca entreabierta, con su baba y todo.

Esto era definitivo. Un frío cerrojazo.

- Los expertos, esa tal Emily Fortberry, por ejemplo, defienden el fauvismo como un movimiento postimpresionista más, una continuidad de Gauguin, por ejemplo. Sin embargo, según mi opinión, el fauvismo tuvo mucho de finiquito, como si fuera un “echar el cierre” al impresionismo y todo lo sucedáneo; uno se deja caer por alguna sala de fauvistas, de fauves, de “fieras”, y es como si pudiera, incluso, oír ese graznido metálico, ese “echar el cierre” al impresionismo.

Gondi lo dijo en aquella clase. “Echar el cierre”, “graznido metálico”; pues bien, ahora estaba sucediendo, ahora se estaba echando el cierre, y no en el Salón de Otoño de 1904, sino ahí mismo, en esa escuálida habitación de hospital.

Luca acercó una silla y se sentó junto a la cama. Se quedó frito, tieso, durmiendo como una piedra o una rama seca. Echar el cierre, una caída metálica, una caída, un metal. Echar el cierre, finiquitar el impresionismo, finiquitar algo, ¿por qué no finiquitar el club?¿por qué no finiquitar la amistad de Daniel, esa amistad interesada, falsa, superficial, anecdótica, foruncular, totalmente prescindible?

El vecchio Gondi, como siempre, fumaba negro, como cuando todo era sólo una fantasmagoría de estrellas y uno podía asomarse a la ventana y oír a los muchachos fiorentinos cortejar a las dulces y acaobadas toscanas, y ver en el cielo el astro Chardin, o aquel otro de David, o esa estrella fugaz que fue Mondrian, dejando una estela de composiciones geométricas, colmo de clasicismos... o un scherzo a manera de cuadrado negro sobre un fondo blanco blanco, ocaso de los

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ídolos, de los iconos, de las ventanas a la marea y al más allá, que en el fondo estaba más acá, casi vomitando y estertorando sobre su nariz de viejo zorro mientras la venus de Urbino coqueteaba con el San Sebastián asaeteado de Piombo, con los fighettini que la hacían estremecerse de gozo y sombra, dejando de lado a su cantor, a su eterno admirador y enemigo –porque la vida siempre fue así, quien amaba odiaba, y quien perdía sus occhiali por ver en el fondo se moría de impaciencia por cerrar los ojos o sacárselos a golpe de escepticismo –el viejo Rozz que la cantaba, que la odiaba desde sus poemas y la cortejaba junto al micrófono mientras su voz salía partida, como la gaviota que escapa de una jaula o de una marea negra... El vecchio Gondi con sus geniales tics: del pelo cano de su venerable testa entre sus manos, el toque sutil a la nariz, al levantamiento acompasado del pantalón pasando por el inevitable rascado de barba... Y de ahí a las ideas, a las campanas de ver a Romeo perdido en el laberinto de Guillermo Tell, mientras éste último pensaba en aquel mítico arquero que fue Minotauro que supo salvar a Julietta de una muerte segura al apuntar bien con su arco –aquel que Tetis, madre de Mazeppa encomendó realizar al bueno de Gerión, que era el encargado de todo pero al que todo se le iba de las manos, como aquel mítico rebaño que, antes de todas las batallas Mazeppa cuidó y protegió de las garras de Aquiles, que llegó a realizar uno de sus doce trabajos, como aquel buen caballero cosaco que murió atado a su caballo devorado por los lobos fieros de la estepa eslava que se llamó Heracles– ... Y de ahí los ojos giradísimos, y de ahí a Vía del Proconsolo a visitar los viejos fantasmas de aquella esposa suya que cada tarde le abandonaba para llamar a la puerta del señor Franco E. y charlar un poco debajo de las sábanas, sin malicia ninguna sobre literatura, música y arte; Gondi dadá lo entendería, Gondi irónico lo aceptaría con ironía... es lo que suele pasar, no? es lo que suele suceder con los irónicos, de los que no habla ni la Biblia, ni el Corán... ni Bodhisathwa, ni Krishna, ni Dios... es lo que sucede con los que eligen desde pequeños la empantanada región de la sorna, de la burla, del doble sentido, de los cuadros de Fragonard y Boilly, de los collages dadá, de los ready mades de Duchamp... por eso siempre Luca se preguntó ¿dónde Marcel, dónde Rozz, dónde Gondi?... Imposible responder... Desgraciadamente las mujeres de aquella Firenze loca preferían las apariencias, las camisas, los pantalones, los gemelos,... y pasaban como un fórmula uno a todos los irónicos,

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hermanos desprotegidos, sin hacerles demasiado caso... y Gondi no lo entendió, ni lo aceptó, sus años le costaron comerse la ironía a golpe de artículo, a golpe de visitar a Del Sarto taumaturgo, a golpe de sacarse el corazón con la mano derecha y hacer un bello ready made poniéndole encima un código de barras y un cigarrillo en el ventrículo superior derecho... Ella era una maldita que sólo quería un buen pene, ready made, que sólo deseaba conocer el arte desde el neófito, no desde el genio, no desde ese saber que Malevich es Malevich pero sólo a veces y cuando el cuadrado negro comienza a agrietarse y a dejar ver lo que hay debajo...

He estado escuchando una y otra vez las cabronadas que esa mujer hacía al genio, al estudioso, al escritor, y no dejo de pensar “pero hacia qué extraño fin conducirán todas esas memeces, todas esas tonterías de los de allí, dañando –quizá sin quererlo –, a los poseedores de una sensibilidad tan especial?”... Todo había sido una traición más al viejo sabio, al Tiresias que quedaría como un hipopótamo hastiado de conocimiento, medio muerto, seco, frito, sin aliento sobre el adoquinado y bajo el cielo... Aquella perversa mujer había buscado un músculo pendular, una máquina de placer, un juego con el que llenar las tardes de invierno en que escuchaba las proféticas palabras de aquel hombrecillo que decíase su marido; había estado, como una loba en celo, buscando en las lluvias de Marzo, bajo los paseos crepusculares por Lungarno Torrigiani, justo antes de llegar al Ponte alle Grazie, por las alamedas de los octubres sonrojados, cubiertos de esas hojas caducas que tan bien sentaban al viejo Lord Malo en sus paseos decimonónicos previos a las fiebres griegas... había estado buscando, digo, encelada, la fusta, el sexo caliente, la lengua joven, el brazo gimnasta... y demás objetos varios del inventario de las mujeres enceladas que dejan a un marido genio– sabio en casa para poder redescubrir los extraños caminos que un día, como Alicia en aquel País de las Maravillas, recorrieron con la sensación de estar soñando...

Al final la palmó, vaticinando el movimiento Schlieffen, pero dadá, es decir, “que alguno de los flancos, si les da la gana y tienen tiempo, que fume y se mantenga firme”. La mujer estaba aquella mañana de

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sol radiante en Piazzale Donatello con un jovencito en un yate en aguas de la Spezia, bronceándose, jugando, top-lessando un poco, dando cremita a espaldas musculosas, generosas, y pagando a golpe de tarjeta Gondi, los que según ella iban a ser unos días aburridos junto a sus hermanas en Génova.

Gondi quedará rendido, mirando hacia el techo, viendo más allá del cuadrado negro, como si mantuviera ya aquella ansiada conversación con Malevitch y estuviera diciendo: “Ahora, ahora, ¡¡¡ya lo veo!!!, hay eternidad, ¡qué cabroncete que eras Kassimir, cómo nos engañaste a todos!”. Sería como un muñeco de trapo, pero con cierto aire de travieso dadá inconfundible, una media sonrisa, unos ojos pequeños, antes vivaces y que, ahora, serían de mármol poco duradero, pero irremediablemente dadá, que siempre fue su constante, su forma, su lugar, su espacio, su necesaria vacuna contra la peste que le rodeaba. Siempre pensé en él como si fuera un padre, más que como un mentor estrictamente académico. Era un diablo de tupé blanco blanco blanco, de barba eterna, y parecía que nunca moriría, que eso no iba con él, que pasaría siempre de cerca pero sin rozar; sin embargo, ahora su tupé ya no se movería, tampoco su cana barba tendría manos que la mesaran… Gondi de cabeza al ataúd y lanzadísimo a la eternidad, a algo así como espacios o galaxias de chatarra dadá donde buscar, donde meter la tijera, donde decirle a Schwitters “Eh, córtate un poco, hombre, que Merzbild era un buen psiquiatra!”, donde reciclar y reciclar el arte; o galaxias más de aquellos verdes Matisse para relajarse, para entrar y salir, para dejarse caer en un sofá, descansar, y asomar desde lejos la cabeza en los colores planos, o jugar al rol del “Doctor Cuadro”, coger un estetoscopio y auscultar los lienzos, mirar atentamente las enfermades de las telas, y concluir con sabia grandilocuencia “Si es rojo, malo… es fauvismo”.

Su color de piel tomaría un carácter bíblico y sus ojos se quedarían como los del Davide, mudos, quietos, ya sin cinética, ya perdidos en aquel infinito cortado violentamente por las paredes de aquella habitación cochambrosa. “¡Cosas de la vida!”, debería pensar, ¿no?, “así es como muere un genio. Y mientras un tío con esteroides hasta

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en la nuca, pero con la sesera hueca,…tirándose a la mujer de este ángel bebedor de whisky, fumador de Davidoff”.

Un pequeño tordo negro se posó sobre el alféizar de la ventana como un espectador en un cine, observando todo lo que ocurría en el interior de la habitación. Luca, ya había comenzado a roncar un poco.

Una ciudad sobre una roca. Álamos en el fondo del precipicio, junto a un río que se esconde, que quiere estar al margen de todo. El viento sobre esa ciudadela, la luna sobre las rocas, las rocas sobre el vacío.

Una calle desde la ciudadela hasta una cruz junto al río. Una figura encaramada sobre ella forcejea, se retuerce, un rayo, un relámpago y…y la figura,… y la figura… ¡Un momento!¿De dónde viene esa voz? Viene desde fuera; es como si el río o todo lo que hay aquí se pudiera rasgar como una sábana y escondiera otra escena, otra cosa.

- ¿Lu…Luca?...Luca, has venido.

Abrió lentamente los ojos, y vio a Gondi mirándole y hablando con dificultad.

- Luca… - Tranquilo, Maurizio. ¿Dónde está Loredana?

Al ver que ladeó la cabeza hacia el lado contrario, como si no quisiera verle, Luca insistió en la pregunta. - ¿Dónde está Loredana, Maurizio?...La llamaré.

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- Déjala,…Luca; estará –cada vez con mayor dificultad- en la cama… con aquel… gig…gig…gigoló véneto… -y en ese momento, sus ojos perdieron la vida, se quedaron como canicas, como si fueran de cristal o porcelana.

Y Gondi, el hombre bala, salió despedido desde aquella habitación al espacio, a otras galaxias, convertido o reducido a valores subatómicos, aunque allí donde tenía previsto ir no hubiera física cuántica o señores con gafas intelectualoides y batas blancas con pinta de ciéntificos de la Anherbe alemana. Gondi disparado hacia las estrellas, en órbita brutal junto a Laika y esa escombrera espacial que giraba y giraba alrededor de la Tierra.

Luca se quedó pasmado, mirando aquel rostro, y esos ojos convertidos en canicas, en piedras de mármol, ya sin vida, secos, fritos.

Al momento, un doctor anónimo con un nombre ilegible colgado del bolsillo de la bata confirmó la muerte. El mejor historiador del arte florentino del siglo, la palmaba y se largaba sin dejar ni rastro. O tal vez sí.

Luca, antes de abandonar la habitación, de abandonar el cadáver de Gondi a su suerte de maquillajes y pompas fúnebres, se acercó, tomó su mano y la estrechó con fuerza, cerrando los ojos. La depositó cuidadosamente sobre la cama, de nuevo, y salió, no sin antes volver su mirada y ver cómo el celador tapaba el cuerpo con una sábana verde azulada.

- ¿Platón? Soy Luca. Oye no tengo mucho tiempo pero… - Ya te he dicho que a Daniel no le trago. ¿Cómo te lo tengo que decir? - Platón: Gondi ha muerto. Estoy en el Hospital de Campo Marte.

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III. Bardelli y los faunos. A veces lo fingía, y otras, como si tuviera reparo de decir mentiras piadosas, Luca se mostraba frenéticamente cruel. Como en aquella ocasión en que tuvo aquelarre de historiadores del arte, simposium sobre pintura y follia; nunca supo nada de modales, protocolos y en aquella reunión de polvorientos intelectualoides siguió su norma, olvidándose de cualquier resquicio de moderación en su ironía.

- Tenemos varios problemas que afrontar en el futuro. Mi recomendación es no afrontarlos: verlos crecer y pasar de ser simples quistes a excelentes cánceres que poco a poco acaben con todo esto. El primero de ellos somos los historiadores; el segundo, algunos historiadores; el tercero, las telarañas de nuestras teorías; el cuarto, el tesón con el que ratas de bibliotecas, snobs y demás fauna del planeta pseudo cultural intentan beatificar, santificar, deificar el arte, cuando el arte no es más que la huella, el resto de hez de esta existencia

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totalmente absurda –por cierto, ¿alguien puede decirme qué hacemos aquí?-; y quinto y último problema, el empeño de “algunos historiadores” en considerar el arte como una “problemática”. Lo incongruente es plantear siquiera esto último. El arte nunca ha sido, ni será un problema. No se puede considerar en ese sentido jamás, excepto en el caso de desear que nos quedemos sin empleo; algo, por otra parte, que, sinceramente, me dejaría un regusto de satisfacción enorme.

La sala se tornó en un auténtico motín, como aquella escena caótica de Ben Hur en la que Heston consigue escapar de la galera. Clamor, gritos profanados en 40 lenguas, y manos levantadas, algún que otro aplauso, muchas risas, y un gordo que estaba muy preocupado de sus 3 bolsas de cacahuetes. Entonces, un erudito francés se alzó en la tercera fila de aquel aula magna y gritó algo como “¡Eso es un despropósito, señor!”, pero Luca continuó su exposición, transformando la problemática del arte en la problemática de ser historiador y no un burro, un caracol o una puta.

En aquel congreso, se ganó la enemistad de muchos, por no decir de la inmensa mayoría, pero también la simpatía de otros, aunque menos obviamente. A su lado quedaba Platón, amigo de la infancia que se subió también al autobús del arte aunque se bajó en la parada de la estampa japonesa y llegó a ser catedrático especialista en Ukiyo-e.

- Luca, te has tirado a la piscina y no había agua. - Platón, si sólo hubiera planteado mi adhesión a las ideas de esos vejestorios, ¿de qué hubieran servido los cafés y todas esas aburridas tardes con Bardelli? Piénsalo bien, Platón: ellos plantean tu amado Ukiyo-e en términos de “problema”, “conflicto” difícil de resolver, de un constante “Fulano tiene razón en su libro ‘Bla Bla’, pero Mengano en ‘Bla Bla’, publicado en tal año, es un farsante que está influido por su raigambre monofisista”. ¿Soy yo o has sido tan poco original como para utilizar la metáfora de la piscina sin agua?

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- ¿Por qué te asusta tanto que los demás puedan opinar, subscribir, solaparse?… - …Quizá a los demás les asusta que alguien no se adhiera, o subscriba sus estúpidas opiniones, ¿no crees? Ellos construyen su mundo en axiomas que consideran sólidos; en realidad, ¿qué puede ser sólido en un lugar tan inhóspito y detestable como esta existencia? - Todos tenemos necesidad de cierta seguridad, ¿no te parece? Tú mismo te agarras a tu mordaz opinión del resto que parece que todo lo que queda fuera es un anatema. Has invertido los… - …He invertido “la”, femenino singular, situación porque necesitamos cada x tiempo, como ansiaban los wilden alemanes, darle la vuelta a las cosas y agitar un poco todo para que un pequeño bigbang, esos viejos lo llamarían “milagro”, pueda originar cierto orden que dé sentido a lo poco que tenemos… - Yo creo que la solución pasa, no por un micro bigbang sino por una calma verdadera donde poder organizar un poco las ideas y resituarnos, resituarse. - Eso lo dices, Platón, porque si pudieras irías vestido de ronin y beberías sake sentado y medio dormido en una taberna de mala muerte. - Pues mira, no me disgustaría… - Lo sé, la metáfora la he utilizado para comprar tu aprobación: no seas bobo. - Ergo necesitas mi adhesión. - Son muchos y yo estoy solo. Es normal que intente recavar apoyos. Bueno, en realidad… - En realidad te gusta el rol de china en el zapato; lo necesario para que no haya seguridad ni equilibrio.

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- ¿Cuándo dejarás esas chorradas del zen?¿Has follado últimamente? - El zen es lo único que me permite soportarte. - Me encantaría que, de vez en cuando, dejaras todo eso y te exasperaras un poquito. ¿Era rubia? - ¿Exasperarme?¿De qué serviría? - ¿La conozco? - ¿Qué? ¡No!... - Eso es un sí. La conozco. Siento gran curiosidad. Si te exasperaras ganarías mucho. Pierdes con el zen y esas chorradas del medievo japonés. ¿Por qué la gente se siente atraída por lo oriental a pesar de que sea antiguo o medieval y pasa en colores de lo paleocristiano, lo bizantino, etcétera? ¿Por qué un “sí” progre al Baghavad Ghita y un “no” a San Agustín o Santo Tomás? - Eran filosofías erráticas. - Santo Tomás es una mierda; sin embargo, si lo vistes de Dalai Lama, le llamas Ichigawa y en vez de “Las Vías” su obra se titulara “Métodos de respiración y contención de los mocos en invierno”, la gente comienza a alucinar, a hacerse vegetariana y a darte la vara con discursos infumables. Todo apunta a una problemática de envoltorio, no de pastel. Ergo esos tipejos de trajes apolillados y pantalones pesqueros que “historiografían” son el problema: ellos fabrican los envoltorios y esos libros en los que “Fulano es una mierda por haber tenido la mala suerte de nacer en Italia siglo XII, y Mengano es un fenómeno por ser tan afortunado de nacer en el Japón feudal”, que ellos mismos escriben con aires de “este libro será como la biblia de tal o cual disciplina”, no son más que ponzoña y la verdadera problemática a erradicar, eliminar, barrer, limpiar. - ¿De quién sospechas?

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- Ellos son una gran hez del arte. La historiografía del arte es, cuando menos, un cáncer bíblico. ¡Viva Santo Tomás, joder!...Sospecho de todas; pero si tuviera que apostar las 3000 liras que llevo ahora mismo en el bolsillo, lo haría por Chiara, tu discípula e inminente doctora. - ¡Chiara! - Acerté. Tu zen no funciona. Deberías leer algo sobre conceptos de calma y relajación que se desarrollan en Kendo y esgrima japonesa; o, simplemente, piensa en una bañera llena de hielo: enfríate, domina tu espíritu y oblígale a no exclamar; nunca exclames: eso suele significar que alguien está turbado. - Boh, siempre tienes que llevar razón. Bardelli. “Aquellos cafés con Bardelli”. Es cierto que era un muermo. Incluso podría decirse que era muy cargante, un auténtico pesado, un sabelotodo ignorante que había obtenido su cátedra gracias a algún santo que le debía una. Sabía muy poco de su propia especialidad. Sus ideas sobre literatura se reducían a dos o tres autores de los que había memorizado algún que otro fragmento para impresionar en un primer encuentro (y desilusionar con la repetición en meetings sucedáneos); sus opiniones sobre arte eran siempre estereotipos: Mantegna, Botticelli, Michelangelo, Tiziano, Vermeer; su discurso era totalmente vanal, superficial y “ahorrable”, y tenía el defecto de querer llevar siempre razón, a pesar de no saber de nada y opinar sobre todo. Creía que su cátedra de Literatura Inglesa del siglo XVI le daba derecho a opinar hasta de aeronaútica, y eso enfadaba bastante a Luca, no tanto a Platón. Sin embargo, era interesante hablar con él en sus “momentos de locura” que eran algo así como las “Hours of Iddleness” del Lord cojo mezcladas con algo de salvajismo dadá.

Bardelli soñaba con ninfas y faunos, con paisajes holandeses, o, para ser más exactos, paisajes pintados por holandeses barrocos y supersticiosos –y demasiado ociosos ya que, en vez de dedicarse al deporte de masas de la época, la caza de brujas, preferían el pincelazo, y se veía a sí mismo bailando con ellos al son de las siringas alrededor de majestuosos robles, en suaves colinas arboladas con el sol que pintó en su día De Lorain, aquellas puestas de sol siglo XVIII.

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Durante semanas había ido continuamente al Palazzo Pitti; allí iba directo a ver el “Paisaje con faunos” de Van Poelenbourgh en la Sala delle Colonne.

Después de una serie de visitas al Pitti, tuvo lugar en la universidad una comida que, anualmente, y por una estúpida tradición –como suelen ser las tradiciones universitarias- congregaba a una serie de colegas catedráticos –no todos, por fortuna- con más o menos problemas de orden psico sexual, disfrazados de sonrisas y excusas tópicas del género “¡ah, eso no! Es la comida anual y no me la pierdo”, cuando en realidad se acudía a ella porque no se tenía nada mejor que hacer después de un divorcio, un mal polvo, una bronca del decano o, incluso, una solicitud de traslado a Bologna rechazada.

En plena discusión sobre la necesidad de ampliar o no los horizontes del hombre y lanzarse a la conquista del planeta gigante, previo lanzamiento de un par de perros, Laiko I y Laika II, y ver hasta qué punto su vida valía algo más de 2 dólares que apostó por ellos uno de los controladores de la NASA, Bardelli se alzó y proclamó su intención de robar el “Paisaje con Faunos” que descansaba, inapropiadamente, según él, en el Palazzo Pitti. Todos los allí presentes se llevaron las manos a la cabeza, excepto Luca, que interpretó aquella declaración de intenciones como un gesto heroico.

- Voy a aprovechar la ocasión de ver reunidos a tantos amigos y colegas de trabajo para transmitiros una nueva realmente importante…-la solemnidad en Bardelli podía ser tan formidable como grande era su ignorancia y gigante la superficialidad de sus opiniones. - ¿Vas a casarte? Hehehe…-preguntó entre risas la profesora Grimaldi, especialista en técnicas artísticas, grabado, estampación y sexo oral. - ¿Año sabático? –sugirió Platón.

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- ¿Conferencia de…? –se atrevió a inquirir Mirko Andrelli, profesor de Historia Contemporánea, misógino, artistazo renegado y gilipollas. - Voy a substraer un cuadro –aclaró definitivamente.

Todos se miraron primero y después a Bardelli con rostros de interrogación. Luca le observaba, sin embargo, sin sorpresa y divertido, con una media sonrisa de gamberro incorregible dibujada en el rostro.

- ¡”Paisaje con faunos”! Van Poelenbourgh, Sala delle Colonne, Palazzo Pitti. - Alto, alto, Bardelli. ¿Lo dices en serio? - Pues, hombre, Andrelli, desde que era niño me enseñaron a no ser conocido por las bromas. - Estás loco, Aldo. Irás a la cárcel.- Advirtió inteligentemente y preocupada Grimaldi. - Aldo, no puedes… - Claro que puede -. Afirmó una voz que sonó como una bala, un “bang” seco pero profundo como una decapitación. Era Luca. - ¿Qué? Luca, eres un irresponsable. Tú encima dále la razón. De verdad, ¿cuándo crecerás?- interrumpió Andrelli. - Puede y debe hacerlo. - ¡Lo haré, lo haré!- repitió Bardelli enloquecido. Luca miró fijamente a Bardelli. - Lo haremos.

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Y, sin dejar de mirarle… - ¿Verdad, Platón?

Platón abrió sus ojos como platos y todo azorado no supo qué decir en un medio minuto eterno. Sin embargo, no pudo rechazar la ancestral llamada de su amigo de infancia que llegaba en forma de un Luca enigmático y confiado, defensor del crimen organizado, de la apología de la locura y de la reestructuración del Pitti –previa sustracción, claro-.

- Sí, Luca. Todos los allí presentes, miraron alternamente a Bardelli, a Luca y a Platón. Fue entonces cuando Savoldelli, catedrático de Paleografia y Epigrafía, en su particular guerra contra Luca, abrió la boca en un nuevo episodio bélico entre los dos.

- Eres un estúpido, Ambrosi. O sea, para que nos enteremos los aquí presentes: un profesor viejo, cojo y chiflado, un catedrático gordo como un buda que no sería capaz de dar dos pasos sin sudar o utilizar un inhalador, y un nihilista fumador fracasado van a robar en el Pitti de noche, descolgarse desde un punto indeterminado de la azotea, para entrar de forma y por una ventana indeterminadas, y se deslizarán, contorsionándose para evitar los láseres del sistema de seguridad, robar el cuadro y vuelta atrás, y de salto en salto escapar por los tejados de la ciudad… - … ¿Por los tejados de Firenze? ¡Hum! Tentador, pero…no. Lamento que la meningitis que dejó seca la única parte útil de tu cerebro –el hipotálamo- te aleje tanto de la lógica y te haga vivir en un mundo de Oz, goles de Maradona y sexo onanista (esto último lo he deducido por un par de manchas que hoy luces con tanto salero a la altura de tu bragueta) Los detalles del golpe…el día después, por favor, si no os incomoda, claro. Y ahora, señores, -inclinándose hacia Bardelli,

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primero, y hacia Platón después- tenemos que planear un hurto; y de los buenos.

Los tres salieron de la facultad y caminaron en dirección a Santa Croce en busca de una cafetería donde poder plantear las puntualidades del asunto. Llegaron a “La Polse”, una cafetería de corte rústico, country profundo, abierta desde hacía más de 20 años por una familia de udineses. En ella todo era confusión, vocerío, gritos, el clink clink de las copas y tazas y platos, el humo de cigarrillos incandescentes y reconfortantes; dicha confusión aumentaba cuando aquella caterva friulana se peleaba en público y vociferaba con su acento único en su jerga ininteligible, mitad véneto mitad esloveno. A Luca le gustaba aquel lugar porque los viernes, de seis a seis y diez de la tarde a todo el que hubiera pedido un café en ese intervalo de tiempo se le recompensaba con una bruschetta. ¡Cuántos y cuántos exámenes habría corregido en aquel rincón de Firenze!¡Cuántas manchas de tomate habrían caido sobre exámenes y trabajos impolutos de alumnos en baja forma!

Platón siempre estuvo cerca, incluso ahora que el viejo Bardelli, el enloquecido profesor de Literatura Inglesa del siglo XVI, quería llevarse un cuadro del Pitti y desaparecer como el Ferrari que sólo deja el humo de sus ruedas.

- Aún no puedo creer lo que os he oído decir en la universidad a Bardelli y a ti… Debo de estar un poco mareado; necesito un té. - Necesitas un poco de sexo, drogarte y guardar tus kimonos un rato.Le dijo fría y secamente Luca. - ¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de secundar al chiflado de Bardelli? Acabarás como él: chiflado y en la cárcel. - Baja la voz, o te oirá desde la toilette.

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Platón bajó un poco la voz y continuó… - No sé por qué te lo digo; es más, sé que no me harás ni caso y que seguramente me ganaré una burla tuya. Sin embargo, te diré que presiento malos días para nosotros. - Define “malo”. ¿Acaso ahora son “buenos”? - No estamos en la cárcel y tenemos un buen trabajo. - Ya vivimos como en una cárcel. De tal manera, ¿por qué no compartir una buena y verdadera celda durante una temporadita, tu y yo, mano a mano, desafiando a todos esos desvirgadores de anos que residen allí dentro a base de zen, hermeneútica y una barra de hierro? - ¡No!¡No permitiré que jodas mi vida, cabrón!

La violenta racción de Platón sorprendió a Luca que bajó el tono de su voz y dulcemente le dijo:

- Pla, no tienes por qué preocuparte. Siempre que estabas asustado cuando éramos niños reaccionabas así. No dejaré que te ocurra nada. Si me metieran en la cárcel lo lógico sería conservar fuera al mejor amigo que he tenido. No quiero tu desgracia, Platón. - No quise hablarte así. Pero tienes que entender que, a veces, me sacas de mis casillas, no sé ni cómo reaccionar y, encima, me sueles meter en los líos arrastrándome contigo, como si una cadena uniera nuestros tobillos: caes tú y caigo yo. Lo sabes, ¿verdad? - Sí, lo sé. Pero esto, sin exagerar, quizá sea lo único que tengo, lo único que es mío. Sin ello, sin esta flema mía, no sería más que una americana polvorienta, un nudo de corbata demasiado fino o demasiado grueso, o un simple cuello abierto, además de un desgraciado infelíz. Por lo que puedo decir que ahora, de momento, soy un desgraciado, sí, pero felíz. Como, bebo, respiro, fumo, no me drogo –y aunque lo hiciera eso no cambiaría nada- y tengo un

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excelente amigo que cada día se parece más a uno de esos ronin del mundo flotante de la escuela Shindo Munen. - Gracias por lo de la Shindo Munen. Tal vez tengas razón y que el único patrimonio real, nuestro, intransferible pero a la vez hereditario, sea nuestra conducta, nuestro carácter, no nuestros bienes materiales. –Se hizo un gran silencio entre los dos: Luca miraba su cigarrillo y cómo el fuego convertía poco a poco el tabaco en ceniza, y Platón volvió su sguardo a la taza de té verde- Por cierto, ¿sabías que los espadachines de la Shindo Munen eran especialistas en…? - ¡Oh, cállate, por favor!¿Quieres que te diga que eres un garbanzo con cara de culo y más pesado que “La Coronación de Napoleón”?

Bardelli abrió la puerta del baño y salió con su bastón por delante, cojeando y con cara concentrada, como si estuviera realizando un ejercicio de autocontención. Llegó a la mesa donde Platón y Luca discutían acaloradamente y, apenas sentado, golpeó con fuerza la mesa para exclamar:

- ¡Ya lo tengo! Se hará de la forma más sencilla. Todo será más o menos así, corregidme si pensáis alternativas mejores: entramos en el Pitti; os quedáis merodeando en torno a la Sala Iove, así yo podría ir a la Sala delle Colonne y trincar el Poelenbourg, salir pitando… - Sí, pero, Bardelli, mientras tomas el Poelenbourgh, ¿nosotros qué haremos? –preguntó Platón inocentemente. - ¿Vosotros? Pues coged el primer cuadro que tengáis a mano y salid pitando también, coño, por los Boboli, hacia Sta. Maria del Carmine,… ¡qué sé yo!; lo importante es que el “Van Po” venga conmigo debajo del brazo, ¡y no hay más que hablar! - ¿Que saldrás corriendo? Bardelli, pero si llevas un bastón y casi no puedes dar dos pasos sin sentir asma. Si no fumaras tanto…

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- Podríais echar una carrera. Sería divertido. Apuesto por Bardelli; creo que el asma te atacaría a ti primero, Platón. - No bromees, Luca. Estoy diciendo, simplemente, que le cogerían antes que… - …¿Qué a un mentiroso? Lo dudo. Pero mírate, Platón: eres gordo, y sudas solamente al corregir los exámenes de esas amebas que tienes por alumnos; así que, ¿por qué no dejas de lado tu vertiente moralista y te entregas a un optimismo hiperbólico? - Eres un caso. Yo intento disuadirle y tú intentas azuzarnos. No te entiendo. - Intento decir que confío en sus posibilidades; puede hacerlo. Y también confío en tus posibilidades, que son pocas, seamos sinceros, pero que lucen con más refulgor que el astro rey. Me declaro optimista. - Hoy por la mañana eras un Cioran caído que deambulaba fumando y cabizbajo por las calles pensando en cierta persona que se largó un buen día de marzo en un tren. - ¡Uy! Eso ha sido un golpe bajo, ¿no? Bien hecho; te ha dolido mi apuesta personal por Bardelli y has reaccionado como un cabroncete: yo hubiera hecho lo mismo; no te sientas mal por ello. - Lo que quiero decir es que Bardelli está ido; y necesitaríamos un milagro para siquiera tocar un cuadro del Pitti sin que se nos echaran encima los vigilantes de sala. - Esa es tu opinión. La mía es que sería un milagro que nos cogieran. Bardelli, está decidido: lo haremos a plena luz del día y, según nos ha descrito punto por punto.

Bardelli, como objeto de adulación, sonrió ampliamente y dio un par de palmaditas a cada uno de sus dos ex discípulos.

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Dos días después, a Bardelli se le saltaban todas las tuercas de la cabeza, echaba el guante al “Van Po” y salía corriendo, a la velocidad que un marco considerable del siglo XVII y su cojera le permitían; Platón echó a correr por los Boboli, y en mitad de la huida un pájaro gigante bajó, defecó en su cabeza de sabio oriental y prendió con sus garras el cuadrito –que a la sazón era una pequeña tabla de François Clouet, siglo diecinueve profundísimo, “Retrato de Enrique II de Francia”, y substraído delicadamente de la Sala de la Ilíada- y se esfumó ante el desgarrado grito de Platón, que era igualito a la escultura de Sileno de los mismos Boboli, con barba y todo… Luca, se echó al monte también, y corrió por aquí, por allá, y un guardia de seguridad gordo, sudoroso y jadeante, en muy baja forma, le gritaba “¡Eh, alto!, ¡espere, descansemos un poco, que estoy muerto!”; pero ¡zas! una viejecita adorable, incapaz de matar un mosquito sin permiso, se atravesó en el camino de Luca, le quitó el cuadro, le dio un buen bofetón y le llevó el lienzo al guardia; Luca siguió corriendo. ¿Y Bardelli? Para aquel entonces, ya había tapado el lienzo con un trapito y lo había dejado en la tienda de un amigo suyo carnicero; salió de la tienda como si tal cosa –había logrado escapar de los gorilas que le perseguían-, y recuperó la trayectoria normal y corriente hacia su casa, en Via Monteverdi, fumándose un buen cigarrillo.

Más tarde, cuando Platón finalmente logró regresar a su casa, cuando su pinta se parecía más a la de un partisano que a la de un catedrático de arte contemporáneo, Bardelli le llamó por teléfono.

- ¡Hola, Platón!, ¿qué tal?...Oye, ven a mi casa que tengo algo excepcional… - Bardelli,… - ¿Sí? - Véte a la mierda: prefiero pagar 8 euros y ver esa mierda de pintura en el Pitti. Postdata: no tienes ni puñetera idea de pintura: si, al menos,

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hubieras cogido algún Botticelli… Y ahora me voy a echar a dormir durante, por lo menos, 4 días. Adiós.

Platón había pasado la mitad de esa tarde corriendo por los Boboli y los montes y la otra mitad en la comisaría, aclarando lo oscuro del caso: es decir, ¿cómo pudo entrar aquel pájaro en el museo, coger el cuadro y salir por puertas o ventanas sin que le vieran los guardias? ; también su implicación y su grado de complicación con el ave para proceder a la sustracción de la tabla de Clouet.

Pero Luca, interiormente, siempre recordaría aquel episodio con una sonrisa Schwitters estampada en el rostro, como si viera todo aquello en un lienzo o en una pantalla de cine. Recordaba los pelos al viento de Bardelli, negros como si fueran de pizarra, sin tenerlos demasiado largos, pero lo suficiente como para convertirse en cresta llegada la ocasión; también recordó el rostro desfigurado de Platón cuando saltó la alarma del museo y exclamó en voz alta “¡El viejo lo ha hecho! Luca…y ahora, ¿qué?” y al ver a aquellos guardias corriendo escaleras arriba hacia la Sala delle Colonne, se puso a temblar como si fuera gelatina y cogió el primer cuadro que tenía a mano y echó a correr como enloquecido, como absorvido por una fuerza alienígena… O él mismo, corriendo, saltando arbustos, hasta casi llegar a Impruneta… “Dio Caro!, ¡quien nos viera de aquella guisa todavía hoy se está partiendo de risa!

(En un hospital de salud mental de las afueras, cerca de Pistoia, un ex guardia de seguridad del Pitti ríe, ríe, ríe,…)

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IV. El club - Bueno,... em...¿ qué fue lo último?

Todos callaban. Nadie en el aula decía nada. Fuera, en el jardín de la facultad, una muchacha morena, de cabellos largos, hermosísima, jugaba con unos amigos a eso que juegan las chicas cuando son morenas, de largos cabellos y hermosísimas, y están de novillos en el jardín de la facultad con otros muchachos... Luca la miraba; ya la había visto antes por los pasillos de la facultad... Era Ariadna; y faltaba la pantera para poder re- elaborar la escultura de Dannecker – “Ariadna a lomos de la pantera”-, en carne y hueso, más efímera, pero también más hermosa que aquel mármol frío y nórdico; Gneis estaba lejos, lejos del Borgo Pinti y del Mercado de San Lorenzo; pero,¿ y la pantera?, ¿y esa Ariadna tendida en bacanal sobre el sabio y vetusto césped del campus?; Gneis, Gneis,¿ qué diría si me viera así, mirando por la ventana a una muchacha que no conozco y con esas ganas locas por conocerla aún sabiendo que ella se ha ido?; la pantera,... Dannecker travieso, no Duchamp, no esas travesuras... Gneis, Gneis, Gneis siempre, Gneis dadá, a todas horas, porque a todas horas toca dadá... - ¡Ah, ya!Lo último… fue dadá,¿ verdad? ¿Fue dadá y aquella efusiva necesidad que os comenté de humillaros con mi próximo examen o simplemente demasiado ron anoche?

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La clase asintió.

- ¿Asentís? Esto es realmente inquietante: ¿habéis estudiado durante ¾ de vuestra vida para asentir a una disyuntiva, para contestar sí a una pregunta que no tiene sí o no? ¡Y luego se quejan de la precariedad del profesorado! Hijos míos, sois un atajo de mutantes, y lamento decirlo pero hay poco que hacer por vosotros. Bueno, hasta ahí la parte buena de la clase. Creo recordar que os hablé de Hugo Ball. Bien; si no lo hice os hablaré de todas maneras como si ya lo hubiera hecho así que –y señalando a un muchacho delgaducho con pecas y de pelo castaño, con camisa de cuadros sobre fondo blanco- no me toques las pelotas, Zenon, y menos con ese acento “venexian” tuyo: me recuerdas a un gondoliere o a un camarero del Quadri; tus preguntas suelen ser del tipo “se escribe con ‘b’ o con ‘v’ “, de tal manera, permíteme dar una clase sin moscardones ortográficos de turno. Hoy os acercaré un poco a la figura de Tristan Tzara. Mejor dicho intentaré traducir para vosotros toda esa serie de ideas que, siguiendo el enunciado genial del viejecito Cioran, inmejorable para la ocasión, podríamos calificar como “pensamientos estrangulados”, y que constituyen un confuso, delirante y ulceroso testimonio desde el comienzo de su publicación, en 1.916, con el título de “La primera aventura celeste del Señor Antipirina”, también llamado “Primer manifiesto dadá”, sobre ese tremendo elefante desinflado que es Dadá. A esta primera publicación, surgida en medio del fuego Aliado y de la Entente, en Suiza, Zurich, entre callejuelas angostas y partidas de ajedrez con el calvo Lenin, sucederán siete más, de las que os iré hablando... Luca encendió un cigarrillo, se acercó un poco más al micrófono y continuó la clase. Era una mañana agria y triste; Firenze estaba envuelta en un extraño papel de nubes plomizas y grisáceas; no era un buen momento para hablar de Ball y los suyos, del Voltaire y sus sesiones nocturnas en aquella bacanal de gorros de papel y hombres haciendo de androides; no era un buen momento para hablar de nada referente al arte, sólo de Gneis y su huida, sólo de esa incoherencia de ser un pato bobo en Firenze, de jugar demasiado entre alambres de espino y hoces tremebundas con el sexo caliente, de ser un cartón en un charco; pero el sueldo era el mariscal en una mísera existencia

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como la que tienen los hombres de este tiempo, y la universidad debía de existir también en los días funestos y grises como este, a pesar de las tormentas, de las nubes negras y las bolsas de papel girando en torbellinos cerca de San Lorenzo. Al acabar la clase, una alumna se le acercó para preguntarle por la relación entre dadá y expresionismo. Luca solucionó rápidamente el asunto con un seco y contundente “eche un vistazo a fotografías de la exposición “Arte Degenerado”, realizada por los nazis. Se sorprenderá al ver en la pared reproducida una obra de Kandinsky sobre la cual permanecen colgados collages dadá y obras expresionistas…giradas”. Y se marchó Luca a su despacho; otro día hubiese, incluso, invitado a esa muchacha a un café para charlar; pero era el día malo, el que siempre se intenta evitar hasta que llega y todo queda encharcado y cenagoso, como después de una tremenda inundación, y sólo se tiene ganas de huir, quizá detrás de alguna montaña, entre algún recóndito meandro de un río y plantar hortalizas en paz. Pero en la Universidad florentina no hay evasión o escape de días como aquél…

Las escaleras que conducían a la planta tercera, donde estaba su departamento, antes alegres por los maravillosos ventanales que se abrían en cada entrepiso, hoy tenían un carácter más Morneau, más funesto de lo habitual; pero había de llegar al despacho y allí quedar con los demonios y extrañas palabras, con las fieras, no ya fauvistas, de la mente.

Al llegar al pasillo que daba acceso a su despacho, salió a su paso la secre, Maria Grazia, con su pinta insoportable de racimo de uvas neo – intelectualoide, su pelo cortado en la escuela de Lesbos, aunque en el fondo hubiese estado de rodillas en los despachos de golosos y tiburones de la universidad, que no eran pocos... - Señor Ambrosi, ha venido un hombre preguntando por usted. Dejó su teléfono y su dirección. - ¿Y no te dijo su nombre?

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- Creo que dijo llamarse Daniele, aunque era español, por lo que el nombre debe ser... - ...Daniel –interrumpió impaciente Luca, como si tuviera prisa por saber el apellido. - Sí, eso es: Daniel. Y su apellido me parece que era “Olmeto”. - No, Olmedo, querida, Ol –me –do. Bueno, gracias por hacerme la vida un poco más agradable –concluyó Luca con ironía, porque no tragaba a Grazia; aún así, ella sonrió, como si lo que el doctor Ambrosi dijera fuese en serio. Esta mujer es tonta, imbécil, encima de ir por ahí con sus aires de rabino Dottor Viterbo, “yo lo sé todo, yo soy la única, la incomparable, la inimitable, etcétera”, piensa que hace un bien social, que es un bien nacional, europeo, transatlántico, internacional, universal... Por eso, cuando prosiguió hasta su despacho, y una vez entrado en él, se cercioró de cerrar con llave la puerta del mismo, a cal y canto, para que no se le ocurriera ni por un momento entrar... Tomó el número de teléfono que le había dado Grazia, y llamó a Daniel.

Estaba impaciente: volver a oír la voz de un viejo amigo le insuflaría energía; además le movía una cierta curiosidad acerca del qué de todos esos años sin verle, un querer saber las aguas intermedias, las lluvias y cristales, esos duendes y litúrgicos escollos que a uno le ponen las cosas patas arriba cada día.

Daniel fue uno de las primeros españoles que conoció; luego llegaron las conferencias y las estancias complutenses, madritenses y toledanas, y ese maremagno de nuevas caras que a uno le asaltan cuando se está da un paese straniero. Él era uno de aquellos estudiantes europeos que visitaban Italia en temporada baja para no sufrir los indecentes precios del alojamiento estival; fue un primero de Marzo, de noche, de hacía ya unos cuantos años...; Montecatini; Daniel iba con un grupo de amigos a tomar unas copas, cuando, de repente, un par de chicas españolas que, casualmente, también estaban

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alojadas en la ciudad termal, solicitaron su auxilio debido a que una banda de borrachos transalpinos querían algo más que hablar con ellas. Luca estaba sentado en una terraza cercana, charlando con Antonio, un amigo de la infancia; unas voces llamaron fuertemente la atención de éstos: eran aquellas muchachas, Daniel y sus amigos, y una treintena de salidos nativos de Montecatini; se acercaron a todo aquel tumulto y vieron una escena, a falta de dramatismo y urgencia de lágrimas, más bien cómica: encrespados italianos de cuellos alzados y patillas veloces, navajas, navajas, un españolito de medio metro en medio del tornado encarándose con un larguirucho y orejudo teenager que tan sólo decía “ ah, ah”, nenas histéricas que clamaban por una esclava de plata perdida, Daniel con otro barriobajero de la localidad, navajas, navajas, uh uhh uhhh, Antonio buscando la esclava, el borracho mirando atento con ojos de pez globo, Luca dialogando con unos y con otros, “ah, ah”, y el íbero de medio metro “¿a que eso no me lo dices en el Valle del Kas?”, la esclava no aparece, “ ¡Dios mío!, si la esclava no aparece, mi novio me deja!”, navajas, navajas, Daniel parecía cada vez más convencido de que no tenía sentido aquel revuelo, el borracho se caía, estaba cayéndose, se cayó, Luca “ tranquilos, tranquilos; a ver, ¿qué ha pasado?”, “ah, ah”, “ ¡que no me toques! ¡macarra!”... La esclava no apareció. Pero Antonio encontró una buena excusa para poder dialogar con unas cuantas muchachitas españolas. Los macarras se fueron. Allí quedaron las nenas y Daniel y cuatro amigos suyos; ¿el españolito?; por ahí, saltando, de jardín en jardín, sorteando perros y faros de automóviles sospechosos, evitando en las sombras termales, quizá, un linchamiento. Daniel se desesperó un instante; “¡pero dónde se ha ido ese cabrón!, ¡y con todos esos sabuesos persiguiéndole!”. En fin, la España de siempre, la de las viejas persecuciones a los maquis, la de la caza del rojo, la de echarse al monte y correr para luego no volver a aparecer nunca y los las lenguas vecinales contando leyendas gigantísimas de lobos, licántropos y otras amanitas, pero lejos, pero exportada, más internacional, más europea y aperturista: el maqui existía y el papel de los falangistas quedaba deliciosamente representado por aquella turba de mulos de Montecatini –quizá algo menos macarras que los de Falange, pero también un poco más espabilados que aquéllos-. Mas, como Luca advirtiera la preocupación de aquél por su amigo, se ofreció a ayudar a buscarle y llevarle sano y salvo al hotel, lejos de aquellos jabalíes salidos.

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-¿Cómo te llamas? - Daniel. ¿Y tú? - Luca. Bueno, a ver qué te parece esto: aquí Antonio y yo os ayudaremos a encontrar a vuestro amigo.

Daniel meditó su contestación: por un lado, era sospechoso que un par de italianos se ofrecieran a ayudar a unos españoles para evitar a otros italianos; no obstante, en caso de volver a avistar a aquella panda de salvajes, éstos dos intercederían por ellos o, en el peor de los casos, al menos traducirían algo.

- Va bene.- contestó Daniel.

¡Qué original!¡Qué poco tópico!Sapientia Populi tu segundo nombre es Daniel , pensó Luca con ironía sobre la respuesta de su amigo. Desde hacía años, con el paso del tiempo y a base de una amistad sobre puntas de alfiler, se daría cuenta de que el empleo de tópicos típicos sería un rasgo característico de Daniel, como su nariz o la claridad de sus ojos.

Y así salieron en busca del sujeto hispano, del lobo ibérico que huía de aquella enfervorecida batida de primates. Recorrieron un par de manzanas, sin comérselas, sin hablar, en silencio. Pronto oyeron gritos y voces...Eran el canis lupus iberiae y un charlatán llamado Manu que se lo había llevado para evitar todos los jaleos posibles. Daniel agradeció la ayuda prestada a Luca y a su primo Antonio, y les dio su dirección exhortándoles a que, si en un futuro visitaren España, no dejasen de pasar por su casa .

Los años habían pasado. Luca hizo cientos de visitas a Daniel mientras realizaba un master de tasación de obras de arte en la capital

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española, ya que el español vivía en Madrid, cerca de Mariano de Cavia, en la calle de Cavanilles. Los años habían pasado y Daniel seguía apreciándole. Eso estaba bien; no era algo que solucionara el problema de la evaporación, del huir sin huellas ni vestigios de la ciudad toscana, del irse a las nubes por el camino más corto, por Via de´ Bardi hacia Piazzale Michelangelo y San Miniato: tampoco venía a suplir ausencias del lecho y las noches de cálida melaza hirviendo, del sexo caliente y urgente y naciente: pero era bueno, pero era Daniel que llamaba por lo de siempre, seguro, por ese frío invierno del destierro en los frentes de guerra, etcétera. Porque Daniel, como el viento y los pájaros, era corresponsal de guerra, y viajaba y caminaba la vieja senda del cruzado, del aeda que cantaba las batallas; hacía un mes que no tenía noticias de él, y lo último fue aquel conflicto extraño en Madagascar, con carnicerías y filtros rojos cubriendo los objetivos de las cámaras; seguían aún en guerra, seguirían muriendo niños, y madres, y padres, y no quedarían ni siquiera estratos de la Edad del Bronce, pero Daniel debía regresar.¿Por qué? Luca no lo sabía. Tenía curiosidad por saberlo. Como también tuvo curiosidad por saber qué sucedió con el vecchio Gondi, dopo la delusione, come tutti che ci si aspettavano la fortuna de ser cajones oblongos, juegos de mantas, amasijos de hierro en un cementerio de automóviles; curiosidad por saber qué sucedió con Gondi después de aquella despedida, de aquella última clase de doctorado, lejos ya de la facultad, en una birreria, frente a frente, Tiresias revelándolo todo ante el Laertiada Odiseo, transmitiendo las últimas frases y oraciones al asombrado Luca, figlio del greco, en torrente o bruma, Picasso y Kahnweiler, Mondrian y su grafitti contínuo, la ciénaga del vecchio Mourneau y su monstruo por las calles de Brehme; y luego, la distancia, el sopor de la ausencia del sabio del Hades, ese monstruo que, como con lo de Gneis dio en llamar “Soledad”. Tuvieron que pasar 5 años hasta volver a saber del viejo; y con Daniel, igualmente.

Daniel había regresado por los arrabales, por los balcones desconchados de las ciudades, dejadísimos, como aquellos juegos dadá -¿qué (que) no era dadá? –a los que era sometido el viejecito Lenin en Zurich; por los arrabales que Luca prefería llamar “años” y que pronto quedarían disueltos o evaporados por el cargado ambiente

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de algún céntrico café, a mitad de camino entre el uno y el otro, entre el corresponsal y el historiador del arte.

Luca esperaba con ansiedad que los frecuentes y rítmicos tonos del teléfono diesen paso a la voz cálida, que en aquella taberna madrileña le confesó las ganas locas que tenía de salir al mundo y verlo todo, aquella que, como la canción, le dijera, con la golosa rota, “ pondré casa en un país/ lejano para olvidar” , y todas esas cosas que, como en un cajón desastre iban quedando en la mollera nuclear, atómica, a punto de estallar, del malinconico proffesore- dottor Ambrosi... - ¿Sí? - ¿Daniel?, sono io: Luca. - ¡Eh, Cabroncete!, ¿cómo andas? - Bien, ¿y tú? - Bien, sin florituras... - ¡Ah! ¡Claro!... - Esta mañana he ido a verte a la facultad, pero me dijeron que estabas dando clase, por lo que me he ido a tomar un buen expresso al centro... - Ya, ya... ¿Cuánto tiempo necesitaré para que dejes de llamar a nuestro caffè liscio, “expresso”, que es una terminología totalmente americana? …Bueno, ¿te apetece quedar esta noche? - ¿Y Gneis? - ¿No te lo ha dicho Ares? - No; cuenta...

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Unas horas después, en una cafetería pequeña, minúscula, cerca de Via Bufalini, estaban sentados ambos, frente a frente, escudriñándose mutuamente, tras una larga ausencia de dos años.

- Bueno, Daniel, ¿cómo va el negocio de la sangre?¿Tienes ya mayordomo como prometiste al club hace 2 años? - Luca, a veces eres insoportable, ¿lo sabías? - Tengo una vaga noción de ello. ¿Sigues con aquella mujer que presentaba sucesos en la caja tonta? - No. Como sucedió con Gneis y tú, ella no tenía demasiado apego por mi. Además, si te soy sincero, yo tampoco se lo tenía a ella: estoy fuera de casa meses y meses; me mandan a Beirut o a Islamabad y quiere venir conmigo… Me dicen que me van a dar un aumento y ella me salta con que le ha llegado la hora de dejar de trabajar y vivir juntos con mi sueldo. ¿Te das cuenta? - Me parece justo. Yo también intentaría vivir de tu sueldo; ¿eso me convierte en indeseable, en non grato? Tienes que tener en cuenta, que, siendo generosos, tu estipendio es, sin lugar a dudas, tu mayor virtud. O sea, que no intentes demonizar a la pobre chica. - Tú fuiste un lastre para Gneis. Y aún así, cuentas vuestra historia sin pestañear, como si fuera pim-pam-pum. - ¡Uy! Poco a poco comienzas a perder tu distinción dialéctica. Hace tiempo no hubieras apostado por el ataque personal. Ahora, en cambio, te has vuelto vulnerable. O sea, tu personalidad se debilita. En fin, dejémonos de menudencias y hablemos de lo que nos ocupa. - He venido para volver a reunir al club. Tenemos que regresar, volver a estar juntos. - En su día no celebré con un baño de champagne francés la defunción del mismo pero sí que sentí que estábamos agotados. ¿Por qué debería ahora aprobar su resurgimiento?

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- Ares me llamó por teléfono desde Lisboa. Le están sucediendo cosas, desde lo de San Miniato. - Bueno; a mí también. Entiendo su preocupación; es más, la comparto; como nihilista, creo que es duro e inquietante que sucedan cosas, que la vida no consista en estar sentados frente a la ventana de nuestro salón esperando una explosión nuclear. Sin embargo, me parece totalmente absurdo querer revivir ese experimento sólo porque sucedan cosas. - Me refería a la lápida, joder. Luca, a veces te comportas como un gusano. - Quería simplemente oír de nuevo, aunque fuera levísima, una maldita alusión a aquello –dijo Luca con una media sonrisa triunfante. - Supongo que sigues siendo un escéptico y buscando una explicación totalmente natural a lo que sucedió, ¿no? - No. Desde hace dos años, dos meses y una semana, o sea, desde el mismísimo día después de aquello, desde el maldito minuto siguiente, dejé de buscar, de intentar explicar, o de bucear en busca de pistas o lógicas de lo inmaterial o como lo quieras llamar. Me la trae floja, sinceramente. - Y Platón, ¿qué dice al respecto? Seguro que él piensa distinto. Tiene que pensar distinto, él siempre tuvo una inteligencia que tú no tuviste. - Muy cierto; además, debería añadir, que tú tienes también una inteligencia que jamás tuve: la de quien desayuna con frugalidad y alevosía LSD. - ¿Está aquí? - ¿Quién: Platón, el dragón verde, o el cartón de LSD que te da la vida por las mañanas? - Platón.

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- ¡Sí! Está dando clase, si no me equivoco, y aburridísima, por cierto, sobre Feng Sui o la organización interna de las casas de la ruta de Tokaido. - ¿Podríamos hablar con él? - Bueno; si te hace tanta ilusión verme hablar e interactuar con él,…perfecto.

Allí estaban los años, junto a todo ese tremendo aparato de radio, junto a esa media sonrisa de hiena, junto al orgasmo precipitado, al “romeo y julieta” mal apagado, o a la cadena del w.c. rota, cada vez más numerosos. Luca quería parar su avance en seco, pero era un ejército muy numeroso, un ascensor que subía, el borracho Montella, Savonarola absurdo, estúpido, que aún decía que sí, que sí, que aquello de la religión era cosa de “depuración + electricidad”... Cada año había sido lo mismo: una larga serie de tardes en Orsanmichele, el correr huyendo de las lluvias por el enlastrado enormísimo de la Signoria, las mañanas despertando junto a Gneis, adorándola un poco más, como ella siempre reclamó para si...

Y ahora, ¡qué lanzado sería todo! Daniel había llegado a Firenze para encontrarle a Luca los demonios de siempre, las dudas de siempre, las fragancias de tabaco negro y gomina, de after –shave y ordenadores, esas de profesor lánguido y perdido en el meollo histórico, en la extraordinaria prisión del arte, ese laberinto al que hizo, muchos años atrás, alusión el vecchio Gondi. Daniel había perforado las bíblicas páginas para llevarse al profesor, al historiador del arte, al futuro catedrático, al fiorentino malinconico directamente al foso de los leones...

Dos días después Luca estaba sentado en el sillón de su estudio pensando en la conversación con Daniel.¡¿Qué le habrá sucedido a Ares?!Él no es precisamente de los que se quejan. Pero, ¿a qué se referiría Daniel con eso de “sucesos”?¿qué son “sucesos”?Eso es tan

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relativo tan general,que casi es como decir “cosas”. ¡Sucesos! Sólo es necesario abrir un periódico para darse cuenta de que cada día suceden mil cosas, a cada cual más rara.

-¡Bueno, está bien!¡Lo haré!¡Lo haré! –exclamó Luca.

Luca había meditado bien todo; pero no podía evitar el escalofrío, la gota de sudor en la espalda. Sabía que todavía tenía oportunidades de alcanzar eso que él llamó, en aquella clase triste de Noviembre, mientras la lluvia limpiaba insistentemente las aceras y las calles, “íntima experiencia de creación”, y que debía de quedar en algún punto entre la imposibilidad mortal de ser genial, de aplastar las mesas y los refugios con obras maestras, y el océano de la expectación, del ser siempre ojos y no manos, y no mente; la diferencia entre el artista y el espectador era tan sencilla como la que existía entre ser y querer ser, hacer el amor o presenciar el coito, vivir en Firenze o ver Firenze en un par de días... Por eso Luca siempre quiso dejar esa pasividad, esa desazón que le provocaba la docencia...Enseño algo en lo que no creo...¿¡”Historia del Arte”!? No, no, no. Lo que se debiera impartir sería Filosofía del Arte, el por qué de un arte egipcio, de un ánfora de Dypilon, de un arte de la Contrarreforma, o de un “Juramento de los Horacios”. Sería la mejor manera posible de hacer del estudio del arte una disciplina formidable. Más aún, debería impartirse el arte... así, pero en acústica, pero sin multiplicar ni dividir, sin pesos ni medidas, y que la gente se hiciera ideas gigantísimas del grupo del Laocoonte, sin pesos ni medidas, sin que un tipo larguirucho les hubiese dicho antes que medía x centímetros o pesaba x kilogramos... puro arte entregado, sin que una chiflada, excéntrica y emocionalmente perturbada profesora de Manierismo cogiera al Davide de Michelangelo, lo tumbara en una mesa gigante de operaciones y comenzara a practicarle la autopsia post-artem: “el dedo gordo del pie derecho tiene una medida de”. Es necesario volver a “ponerse el mono” y reunir de nuevo a los muchachos. Renacer del Club. Eso podría ser peligroso, ¿no? También cruzar la calle, comer en la facultad, dar de comer a las palomas en la Piazza del Duomo, o subir al Campanile. Luca, tienes dejar de lado un poco todo eso de la Historiografía del Arte que te está dejando seco el cerebro.

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El club quedó configurado después de Arezzo. Otra cosa fueron las incorporaciones, los aditivos, Daniel y Ares, y otra cosa también muy distinta, la genial adhesión de Chiara -florentina, uno setenta, morena, ojos marrones y voz maternalmente cálida, discípula de Platón, tesis doctoral sobre el arte nepalí, etcétera-.

Siendo sinceros deberíamos considerar la fundación del club como un gran gran fiasco. Nadie, en aquella reunión de Arezzo salió demasiado convencido. Platón enseguida cayó en la trampa de Luca; sin embargo, la Via Panzani, ya en Firenze, le aclaró cuatro cosas -¡la Panzani siempre tenía que decir algo!- y cuando llegó a su casa entendió cómo había caído en la red de Luca, ¡Maldita sea!¡Me ha vuelto a engañar! Bardelli, como quedó en un distinguido y pedante segundo plano, un muy señorial No participaré pero escucharé con gusto vuestras batallitas tampoco regresó a su hogar demasiado intranquilo; por su mente pasaban otros planes, otras tretas, un palazzo Pitti tonto, estúpido, con guardias de seguridad estúpidos que no se preocuparían demasiado por un estúpido cuadro de un tal y estúpido pintor flamenco de segunda, Van Poelenbourgh, ¡Es tan estúpido el plan que sería un estúpido si no resultase! Dell’Orto en cambio, tenía en mente la producción de aceite de oliva, gestión logística primero, gestión de ventas, después, y finalmente, cuando papá Dell’Orto pasara a fertilizar la tierra, gestión total.

Daniel apareció en una noche tonta en Montecatini. Unos españoles haciendo el ganso; unos italianos haciendo el ridículo por otro lado, una venus camionera en el medio; Daniel estaba por allí, apaciguando ánimos, hablando español con acento italiano -típico en él, típico de personas que son pedantes, o que quieren aparentar que saben, o que hacen uso de esa bondad de aparentar ser cultos sin serlo-, como si fuera portavoz pacifista de aquella caterva de íberos. La horda de Montecatini, como no podía ser de otra manera, empezó a calentarse; y Luca que estaba tomando un amaro en una terraza cercana, se aproximó y ayudó a aquel Viriato de cartón. Años después, en España, se enteró de la existencia de aquel club y, amenazó a Luca con escribir

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un artículo y entregárselo al jefe de redacción del diario de tirada nacional para el que estaba realizando prácticas remuneradas. A Luca no le quedó más remedio que aceptarlo, aceptarlo y hacer que Platón aceptara.

Entonces llegó lo de Ares. Hubo un error de previsión, un momento de impasse. Ares se quedó frito, derrumbado, como un trapo de carne junto a aquella cruz en Cuenca. Fue después de la muerte de Bardelli, el cuarto golpe. Ellos ya habían limpiado la lápida del apestado, habían cargado por media Europa con los huesos de un tío que, según la tradición, había sido un golem, y habían intentado, sin éxito llevarse un santo de Orsanmichele -un zapatero comerciante de la Via dei Calzaiuoli vio cómo 4 individuos vestidos de negro estaban encaramados en una de las hornacinas del edificio; tuvieron suerte porque no pudo identificar a ninguno de ellos por estar sensiblemente alejado-. Allí dejaron al portugués especialista y meticuloso.

El Club dejó de ser lo que era y se convirtió en un simple almacén de cosas raras, de piedras y losas epigrafiadas y con un guardián que acabaría viviendo en Japón, disparadísimo. Con el fiasco de Ares el Club también se vio reducido a cenizas, o escombro, o polvo.

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V. Un café en Firenze. El café era un elemento que se prestaba bastante a ser consumido en compañía; siempre que Luca acudía a alguna cafetería al atardecer prefería hacerlo bien con Gneis bien con Platón, su gran camarada estudiantil y también profesor en Firenze. Y el sol, mientras, caía y caía, sumergido entre colinas, como si fuese una enorme galleta de fuego a punto de ser mojada en el café de Prato o Montecatini., sumergido entre torres almenadas. Generalmente Platón tomaba una

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copa de limoncello y contaba maravillas, cuando ya entraba en el estado glup –glup, del Gita, de Arjuna y sus disquisiciones morales que tenían la fácil salida de la acción, aunque lo omnipresente con Platón era ese seguirle el rastro al zen, al tao, y a todas las grandes tiritonas de Oriente; profesor, profesor de arte indio, Platón se disgustaba mucho con ese mirar a hurtadillas del arte occidental hacia Oriente, hacia todas esas terminaciones nerviosas y muy puntuales del Levante, hacia todo ese arjé/ areté repleto de especias y mágica insipidez. En ese punto, cuando Platón declaraba a los japoneses guardianes del buen gusto, por ese amor a lo insípido – que les hacía apreciar en mayor medida los sabores, los olores, etc -, era cuando Luca le contestaba que gracias a ese mirar de reojo a la insipidez japonesa el arte contemporáneo nació, antitéticamente, entre una explosión de los sentidos.

-Luca, sólo te digo que debes bajarte del burro, de vez en cuando.

Pero Platón seguía en sus trece y todo lo demás le sonaba a broma o a un extraño mejunje nacido de ese “ignorar oriente” del arte occidental a través de los siglos. Pero Platón seguía en sus trece hasta que le entraba la melancolía y pensaba en su Fumiko y en su Nagoya, la ciudad en la que residió cinco años y medio, y todo era un constante trasiego de vocablos y rótulos eléctricos, de neón, de halógenos fieros y suicidas, de epílogos zen que apagaban las ya mojadas pilas de occidente. Platón ponía cara de ”quando ero stato a ”, ese temible soñar con las colonias del otro después de un siglo. Nagoya durante dos años, Nagoya y esa pasta con pequeñas tazas repletas de especias, tofu extrañamente aliñado, Nagoya siempre; eso fue lo que le quedó a Platón, como a otros les queda una fuente en alguna plaza de Turín o Via dell’ Arte della Lanna 1, o llorar tendidos en el suelo sobre la zozobra de haber sido heridos, hojas marchitas o lienzos en blanco corridos.

También Luca frecuentaba el café con el vecchio Gondi, escuchándole, en compañía de otros alumnos, en aquellos días de estudiante fiero, insano, desnutrido, con lagunas historiográficas aquí

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y allá. Apreciaba sus peculiares interpretaciones de la Historia del Arte, o mejor, de la intrahistoria del Arte, aquella que no se ve, pero que palpitaba; no obstante, sobremanera, valoraba todas las ideas que el maestro había estado acumulando durante años de páginas y viajes, hoy en Terni y mañana en Ferrara, acerca de la vida, ideas lanzadísimas, de manera wagneriana, ideas que acababan configurando una personalidad y una forma de vivir, así como una hermosa manera de ver el mundo y corresponderle, y devolver a las pequeñas cosas pequeñas reflexiones, pequeñas conjeturas, pequeños tragos de limoncello frío, pequeñas caladas de tabaco y humo negro. Gondi en un principio se mostraba un poco reticente a la hora de tomar café con los alumnos nuevos; pero tiempo al tiempo y el sabio Gondi, barba y tupé blancos, acabaría aproximándose a los muchachos hasta forjar una enriquecedora amistad. El viejo tomaba siempre un café y luego instaba a los alumnos más allegados –irremediablemente, Platón y Luca, y alguna que otra vez, Del Orto –a ir a su casa para acabar la tarde con una buena copa de oùzo griego –al que Gondi atribuía propiedades socráticas, la tenue sonrisa mayeútica, la tibia luz de la tribu dialéctica-...

Pero Luca se sentía más a gusto tomando el buen café fiorentino con Gneis, con ese juego interminable dada, con ese fútil intervalo de frases, palabras tomadas de algún diario, sonidos de algún vinilo del Divino Rozz, antes de aquel jugar con el cuello, un alambre de espino y una silla, antes de aquel dejar de existir tan violento en una buhardilla parisina. Se sentía más a gusto cuando el café se prolongaba y se enfriaba debido a la conversación y a las miradas, debido a los giros y a las risas, a los Horacios apagados y a la Gioconda medio inerte... todo ese flirtear con todo, todo ese jugar con todo, eso que es eso y que a veces se llama amor.

Gneis le contaba a Luca cómo le había ido el día, cómo en el estudio apenas podía pintar en comparación de cómo pintaba cuando vivía en esa campiña verde verde del nord, en el pueblo de sus padres, vicino a Venezia, Pordenone, donde tenía nociones de espacialidad y diafanidad que el estudio apenas le proporcionaba. Esto, lejos de provocar una discusión, agradaba a Luca, porque íntimamente sabía

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que ella jamás se separaría de ese estudio en Via Lambertesca, que en las mañanas de sol parecía de oro por los destellos del astro sobre el parqué, sobre la cabeza mezzo vencida de Gneis, con el cabello largo y acaobado, los labios implorantes, la sana costumbre de verla dormir y respirar.

Cuando aquella tarde de julio ella le confesó su deseo de abandonarlo todo y llorar entre las paredes por ese ansiado estado de ingravidez, de ausencia, Luca se echó a reír; era gracioso, era como coger la Tierra con una mano y pincharla con un alfiler y verla deshinchada, como una de esas pelotas de playa, y verla llorando magma y azufre, así, sin capas ni estratos, silbante como las lanzas en Cadesh. Gneis tan sólo quería regresar al pasado adolescente, casi pueril, casi sin aire y ahogada, pero para disfrutar, aunque sólo fuera un segundo, de nuevo, de ese kind and sweet lifestyle de su amadísimo Véneto. Luca era fiorentino; todas las formas de libertad le sonaban a algo cercano a la tumba de Carducci en Santa Croce inundada, a un inapreciable sabor insípido del sushi, a un vestigio del pasado veloz y futurista de Venezia, la Reina del Mar. Por eso Luca se había enganchado, agarrado, aferrado al tren de Daniel, de Ares y de Platón, cuyo único destino era esclarecer los caminos ocultos, las travesías desconcertantes los tranvías surgidos de algún agujero del tiempo mientras alguien fumaba mate a los pies de la Bombonera, y secar al sol algunas expresiones de la vida diaria, del querer gritar algo con forma de paloma o río, y que tan sólo se quedaba en “esto y aquello”, “aquí o más allá”; para poder mirar fijamente un día a los ojos a Gneis y decirle No te irás de mi lado porque necesito que me hables de espacio, luz, color; conozco el mundo, y solamente tú sabes hablar de ello. ¡Qué chorradas, Luca!¡Eso es sentimentalismo barato! Alguien tomaba un ligero té cercano.

Ella se dirigía a las estrellas y a la luna, sentada en el asiento delantero, junto al conductor de aquel extraño auto al que Luca no estaba invitado; ella ascendía por aquellas autopistas de caracol y nebulosas fiándose de un poeta que deseaba llevarla como si se tratara la machinina de una enredadera por los cielos y los soles que desde

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Firenze se contemplaban mal y sin prestar demasiada atención, no como en su Urbino natal que era patria de soñadores y hermosas leyendas.

Ese tipo la está engatusando. Es como la carcoma para la madera o el muérdago para los pinos. Y lo peor es que es una espina que, cada vez, va incomodando más y más. Sé, intuyo que desde hace un tiempo ella se ve a escondidas con él. Un día volvía de la facultad y les encontré paseando; ella se agarraba a su brazo y reía y reía; ¿cuánto tiempo hacía que no reía conmigo? ¿Meses?¿Años? En fin, poco a poco, se está alejando de mi, y eso me incomoda, me estresa, hace que la camisa no me llegue al cuerpo. Dios mío, ¿Qué puedo hacer?

Luca permanecía en el suelo, abandonado en tierra firme, clavado con su Matisse en verde, con su Géricault montado a caballo y con toda esa suerte de hermosas casualidades que un día le confundieron para llevarla a su regazo, recostarse sobre su pecho de historiador del arte, muy muy lejos del poeta, del grandioso y apoteósico poeta de Urbino, con su pelo largo, castaño, con sus severos pero siempre hermosos ojos verdes, en los que se podían adivinar las hermosas praderas de su Sacile, de su Veneto. Nada parecía tener ya aquel triste profesor de arte, cada día más solitario, cada día menos sensible y preocupado por las cosas de ella, cada día más fiorentino y ocre. Estaba claro desde un principio que ella seguiría su camino y él el suyo; que lo que pensaba Luca era una cosa y la realidad era otra; que aquel estudio en Via Lambertesca se convertiría en un espacio inhabitado en poco tiempo.

Luca no lo sabía, no quería saberlo, se tapaba los ojos, los oídos; pero, de una forma inexplicable, lo intuía. Por eso aquellas largas, interminables tardes en Gianpaolo Orsini, cerca de Coluccio Salutati, cerca de Lungarno Serristori, cerca del Arno y del cielo sobre Piazzale Michelangelo, donde un David copiado en bronce admiraba, con ojos soñadores aquello que un día fue un sueño, y que ahora era más o menos un sueño, pero siempre cerca del Arno y del cielo. Luca sabía que sus pocas palabras eran contraproducentes, que debía contraatacar rápido, que debía parar los pies a aquel poeta –seguramente malo,

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seguramente ni siquiera poeta- ;pero había llegado Daniel, y el bueno de Platón quería la inmediatez de algo verdaderamente grande. El viejo Bonnard hubiera sabido qué hacer: él supo qué hacer con su mujer verde dándose continuos baños de sales, él supo que había que pintarla y esperar su pronta muerte para contratar a una modelo profesional, una gitana; también supo qué hacer el bueno de Montella cuando vio desde la hoguera el siglo XX a lo lejos: directamente saltó de aquel patíbulo de la Signoria y cogió una bici que bajó del cielo para pasar por encima de las cabezas de Carlos V, de Luis XIV, de Robespierre y Napoleón y también de Bismarck –no lo olvidemos- y de golpe y porrazo en el XX, junto a aquellas agitadas calles fiorentinas de principios de siglo. Sí: ellos supieron qué hacer. Pero él era incapaz de quitar de en medio a un simple poeta.

-Gneis,... te gusta estar a mi lado?

Y Gneis le miraba con cara de interrogación, con la cara del que no entiende por qué su perro ladra, o su gato maúlla. En realidad, ella le miraba con cara de hastío porque esas preguntas que eran huellas de inseguridad, de relaciones que no van bien, o que están al borde de la extinción, sólo le mostraban un Luca celoso, inestable, y seguramente, a punto de explotar. Después continuaba cenando en silencio. Luca la observaba amargamente, porque intuía que aquel callar las entrañas era un signo inequívoco de que una astilla existía entre ellos dos. - Gneis, ¿te gustaría ir el domingo al Fiesole?

- Si te hace ilusión a ti, vamos. Pero no lo hagas por mi porque ya sabes que es un pueblito que no me gusta nada. Lo veo triste. Pero a ti siempre te gustaron esas cosas; parece que todo lo que huele a rovina te gusta, te apacienta; eres un flâneur de ruinas no de ciudades.

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- Claro! Un poco de tranquilidad está bien, ¿no? Y qué me dices de ti, ¿dónde te gustaría pasar el domingo? Anda, no te enfades conmigo…

Y ella le miraba como si estuviese enloqueciendo. Porque, según Luca, comparado a aquellos viajes por la luna y las estrellas que le proporcionaba el poetastro, ¿qué eran aquellas tardes perdidas en los cafés o aquellas charlas aburridas sobre pintura cuando a ella le gustaba pintar, no hacer crítica de arte? A él le gustaba todo aquel sopor del expresionismo y a ella la diversión de dadá; él decía Caravaggio, ella, Rubens; él, Chardin, ella Fragonard o Boilly; ¡¡¡qué aburrimiento de discusiones!!! ¿En qué estará pensando Luca? Está de un rarito últimamente… pensaba Gneis, y, sin quererlo, suspiraba.

- Parece que no te gusta ya discutir conmigo. - No, Luca. Me aburre soberanamente. Siempre lo mismo, y de lo mismo, de ti y tus ideas enormísimas del arte. Nunca te paras a pensar en mi o lo que yo opino de las cosas. - Creo que me juzgas con demasiada severidad. ¿Por qué estás tan tensa? - ¿Lo ves? Discrepar de tus opiniones significa o estar enfermo, o tenso, o cualquier otra justificación al uso que se te ocurra, porque para ti, lo normal es que la gente te dé la razón siempre. Te voy conociendo y me pareces horrible, nefasto, ridículo.

Luca miró al suelo enlosado de aquella pequeña piazzetta; su mirada nublada, síntoma de decepción, y su gesto de contracción, dieron paso de nuevo a aquel rostro de diablo pillo que instó a Bardelli al hurto en el Pitti, o que tantas veces jugaba con Platón. Gneis se mostró asombrada e, interiormente, pensó que estaba volviéndose loco o algo así.

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- Gneis –dijo Luca, con voz suave, como le gustaba hablarle a ella por las mañanas al despertar-, tienes razón. Los pintores sois seres extraordinarios porque, a la par de ser sintéticos, sois también analíticos y, sin duda alguna, sois capaces de averiguar y sintetizar la naturaleza de las personas en pocas palabras, es por ello que debemos esperar mucho de la pintura. Creo que tienes un talento extraordinario; y también soy de la opinión que has llevado este “secuestro” florentino con una dignidad propia de una emperatriz bizantina. Entiendo dos cosas: la primera, que soy un estorbo y un obstáculo, o un quiste, como prefieras llamarme, incluso un montón de mierda; la segunda, que tu poetastro de Urbino, podrá llevarte de vuelta a tu Véneto natal, donde podrás corretear entre montañas, o ir los domingos a esos pueblecitos con canales que tanto te gustaban. Nada más.

Ella quedó impresionada porque ignoraba que Luca supiera nada del poetastro. Quizá estaba equivocado Luca, no es algo para contar ahora. Sin embargo, si que es reseñable que ella quedara en silencio observándole, mientras él, con su abrigo de color marrón obscuro, su pañuelo rojo con minúsculas flores de lis de color azafrán anudado al cuello, estaba absorto viendo cómo se divertían unos chiquillos jugando al fútbol.

¿Dónde habían quedado aquellas conversaciones sobre el viejecito Cioran, sobre la necesidad de una ventana para ladrones indecisos en el Pitti, o, tal vez, con la silueta anochecida de la torre del Palazzo Davanzati, aquellas palabras de “sai che ti sento veramente amico,lo sai che io di veri amici ne ho pochi?e ne sono felice di averne trovato uno come te?”, cercanas a Venus, a Marte, a esas atmósferas que siempre son más hermosas cuando se recuerdan, cuando los líos se han deshecho y todo lo aclara el recuerdo? ¿Dónde se metían aquellos gestos, aquellos primeros roces, aquellas primeras manos sobre manos que querían decir lo que nunca se debía decir pero que, alla fine, se dice, se siente, y se culmina con el beso con la caricia por los delicados senos o con la mano tiritando sobre la nítida ondulación de una cadera?

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Los cafés en Firenze tenían siempre la dimensión de una epifanía, de una revelación que le dejaba como nuevo. Gneis y su poeta escucharían algo de Offenbach mientras el grupo daba el puñetazo final, o, al menos, el último; Luca le había hablado de vez en cuando a ella de cómo, por qué y para qué se debían de dar esos golpes al destino –y al pasado, siempre de espaldas -, pero nunca le dijo el dónde, ni tampoco el qué. Quizá por eso Gneis se sentía un poco aparte, un poco al margen y buscaba a Offenbach en los versos de algún poetastro malo de Urbino, o disfrutaba matando al niño Wolfgang en un club de snobs y buscadores de tesoros jazzies. Pero no sabía que Luca lo hacía porque ese alejamiento era un destierro voluntario, era un león que se alejaba de la manada donde ya había un macho dominante, o el lobo que, cantor y mísero en las labores de caza, se escapaba entre la espesura del bosque para buscar los claros donde dar al mundo su golpe de voz profunda, gutural, amatoria, quizá el mejor de los poemas, “existo”. Y un poco las cosas habían sido siempre así; al menos en occidente, donde un Gauguin se iba en barcos de óleo a latitudes cercanas a Tahití, en busca de flores, de praderas púrpuras y montañas de color rojo y respuestas a su “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?”... eso que era un cuadro pero que realmente parecía un sermón, un letal discurso político de ocho horas, u ocho años!

El golpe final perfecto tendría que ser Orsanmichele. El golpe debiera ser un santo, uno de los que quedaban. Eso a Gneis le importaba un pimiento, como progresivamente le importaba un pimiento lo que hiciera Luca… Así eran los trámites necesarios del alejamiento. Además, ¿qué significaban los santos? ¿Qué era Orsanmichele más que una dialéctica de volúmenes donde poder conquistar poco a poco los juegos y la infancia? Pero estaba todo así, liado, confuso, externamente decaído como los autos y las verdades, y Gneis en alguna pradera y el poeta con ella, y la poesía en Urbino, y la pintura, siempre, sobre algún prado extenso del Friuli –siempre Debord, siempre Guy travieso susurrando las partidas de dados con el desatino, con el desencuentro, siempre Charles Blanc en aquel amor por las

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casitas blancas a tan sólo medio metro del cielo, o a medio metro de la tierra, o sobre las cabezas o bajo los pies, pero siempre en fondos verdes verdes friulanos -. Todo así; y Luca caidísimo siempre en Orsanmichele, recordando aquellas promesas de bonheur, de ser flâneur salvaje, medio wild, en alguna latitud septentrional donde la lluvia cayera siempre como un manto de nostalgia sobre el adoquinado taciturno y pensativo.

El cielo sobre Via dell’Arte della Lanna 1, sobre los pensamientos más generosos –hoy en Terni, mañana en Ferrara –y siempre aquella sensación de igualdad, de similitud, de dulce alegría, de promesas Matisse o Redon, o el jugar a la correspondencia con Kahnweiler –sin respuesta, claro; tampoco remitente -, y siempre aquel extraño y fiero sentimiento de que el sol en Firenze era el mismo que en Pordenone, lo stesso dovunque, y que todo caía como una manzana madura o no tan madura, pero siempre precipitada, pero siempre con aquel arte decadente que consistía en tomar los trenes para dejar atrás los viejos y mal asimilados recuerdos, los polvorientos ojos del amante indeseado ya, las calles donde todo se vivió al menos una vez, si no dos, o tres, donde cada tarde se podía llorar y sonreír, y jugar a lo espontáneo, al abrir una puerta sin permiso para ver quien vivía allá dentro, o el tocarle el culo a un carabinieri descuidado, o hacer un poco de burla al amante indeseado que ya quedaba atrás con sus ojos polvorientos. Arte decadente que consistía también en ser extravagante y sentirse protegido en las arterias y capilares del siglo XIII de aquella Firenze mágica pero ya aburrida –con sus trucos monótonos de conejo y chistera, de pañuelos de colores que salen de poco a poco de una manga, etcétera-, alcancía de extravagancias, de serpientes paradisiacas, y buenas, y quizá medio hermosas, casi siempre incomprendidas; Gneis, enorme dragón de sabiduría y revestido de una piel impenetrable, de sangre fría, de colores y matices generosos, tonos azules, púrpuras, de sabiduría despistada pero siempre en torrente, quizá como una buena mano de póker –aunque no interese-, como jugar en la sombra, o ver pasar el tibio sol entre los palacios del siglo XIII; Luca, una marsopa expresionista que, de vez en cuando, saltaba fuera de las olas y del agua para dejar constancia de su todavía existencia, se había quedado atrás con Mourneau, con el

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doctor Caligari, con el Ángel Azul y aquellas canciones rotas de Edith Piaf.

¿Y Gneis?... Con ese poeta malo que la llevaba a conciertos – asesinatos del Divino Wolfgang A- ; habrían buscado a Alicia mientras la vecchia talpa se ocultaba por aquí o por allá? Dónde habían quedado los sustos, las alucinaciones que llevaban a campos verdes con los dos amantes furtivos regodeándose en la hierba siempre fresca véneta?

- Son celos, Platón, o, en caso de no serlo, veo ovnis donde no los hay, sin mirar al cielo. Por qué el arte no nos introduce en estas sendas, por qué el viejo David no nos dijo nada del peligro que corremos si intentamos una aleación entre una pintora friulana, salvaje, y libre, de ojos azulísimos y un poeta malo, de Urbino, con ideas gigantísimas sobre Santa Croce, sobre el callejón de Altafronte?

-Bah, tranquilo, Luca... ésos dos no durarán mucho; que se ha ido con él?bho, verás que pronto regresa de rodillas suplicándote... (o al menos eso siempre es lo que nos dicen que sucederá)... El jacobino estaba demasiado girado pensando en aquellas salidas de tono de los saint culottes y de Napoleón como para pensar en cosas tan necias... - Necias? Venga, hombre...cómo puedes llamar ‘cosas necias’ a algo como esto, a algo tan tremendo como es el ver marchar la llama, la energía que te hacía acudir al trabajo todos los días, porque sabías que, al regreso, siempre estaría ella ahí, detrás del caballete, pintando los labios, los besos de las mañanas, la soledad, la melancolía de su estudio en Via Lambertesca,... - Lo ves, Luca? Tú mismo has contestado a tu pregunta dolorosa, cancerígena. Ella se ha ido porque estaba triste, vivía triste, y no soportaba la soledad en ese estudio, como tú no soportas la soledad de las clases en la facultad, la tristeza de los retornos al atardecer; los dos queríais cambiar de aires, de métodos, de escenarios, quizá, y, por lo

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que veo, nunca lo habéis hablado: de haberlo hecho...seguramente ahora estaríais juntos, en Porcia, en Palermo, en Itaca, yo qué sé! Pero juntos.

Y eso lo sabía bien Platón. Él había dejado a su Fumiko en Nagoya, con los neones y las delgadas paredes de la tecnología punta, porque cuando emigró allí él pensaba que el Lejano Oriente le depararía aquel aire de sabiduría templaria, de jardines umbrosos, de casitas de papel... Luego llegó, como el misil que impacta, la desilusión, la decadencia, la extrema sofisticación, eso que se oponía completamente al mundo oriental aprendido en los manuales de historia y de historia del arte, donde todos son episodios de la vida del Bodhisatwa o de Khrisna, o de Arjuna el Guerrero,... incluso esa magnífica estampa mental que todos nos construímos un día en nuestra mente –sin permiso de obras- sobre el gran Genghis Khan.

En fin, que Platón, como siempre, había mostrado el camino del entendimiento, la luz del razonamiento, del jugar con las callejuelas de la sabiduría. Pero ahí radicaba la diferencia entre Platón y Luca: el primero era mayeútico, dialéctico, y Luca era más Cioran al borde de la silla sujeto por una soga asida al cuello...

También estuvo cuando se presentó el club de la etnoarquelogía en aquella clandestina reunión en Cividale del Friuli. Se comprometió primero, como supervisor de adquisiciones y luego como supervisor de las tareas de substracción y adquisición. No quiso comprometerse para el puesto de portador de material de sustracción, pero rápidamente esa vacante fue ocupada por Ares, sin pestañear, con un “si, quiero” muy escueto, indeterminado, insensible. Y sin mentar en ningún momento ni el sionismo ni el ukiyo –e. - Está bien, Platón. Ella se ha ido porque estaba triste. Pero es que estará mejor en aquellos páramos del Véneto? Allí las personas se mueren de tedio, oh!, y encima tener que soportar haberla visto partir con aquel tipejo, ese poeta malo, rancio, a la altura de los peores poemas de D’Annunzio, con la salvedad de no ser D’Annunzio, coño.

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- Cálmate. Además, tú has nacido para estar sólo que te lo digo yo.

Más o menos todo quedaba en tablas, según Platón, porque se sostenían los días con alfileres, o algo así, o algo como alfileres en las grietas de una pared; mientras, en algún horizonte atómico, nuclear, de tonos rojos, azules, verdes, de aquellos amadísimos purpúreos, quedaban los familiares, los amigos, las estancias en ciudades cerradas, los perros, los gatos, jerseys raídos,… los entes de toda una vida que ya dejaron de respirar, de pertenecer a nuestro aire, a nuestro mundo y se los llevó el destino a sus desvanes nublados.

En unas tablas más bien caóticas donde uno movía cuando se levantaba el otro para ir al baño todas piezas que podía, y cambiaba la situación a placer y a favor. Luca se había ido al excusado y Gneis había tomado un alfil comido anteriormente, con cabeza de Leopardi – pero malo- y labia viperina, contaminante, fétida, para plantar cara al muro de peones, única defensa de un rey con las horas contadas.

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V. UN SECRETO.

Había pasado el tiempo. Luca tenía una mente en paz, en concordia; había tragado todo y lo había exteriorizado mediante canas y un rostro sesgado por mil arrugas distintas, nuevas, hijas, cada una, de un paseo distinto, de unos pensamientos distintos, de unos acontecimientos distintos. Luca había obtenido el ansiado premio de la pax uomini. ¿Qué quedaba? Vivir y pasear; ¿qué quedaba? Firenze. Firenze siempre, por la mañana, exultante, insultante, brutalmente asesina; al atardecer, extasiante, con el mismo sol moribundo sobre pietra tura, descojonándose por las fachadas, riendo a carcajadas, muriéndose de risa cada día, dejando una estela tiritante en el Arno sibilino,

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silencioso, y una ladera ardiente sobre la tierra donde descansaba la carne de Gondi.

Era un día cualquiera de diciembre. Tocaba hablar del siglo XIX. Los alumnos lo pedían a gritos, por lo visto, y todo el mundo, en tropel, se había matriculado de Pintura del Romanticismo en Francia, Inglaterra y Alemania. Luca estaba bastante sorprendido. Pero tenía que romper el hielo, volver a convertirse en ventríloco de sí mismo y hablar de lo que tocaba hablar cada año exactamente en la misma fecha, o sea, soltar el rollo.

- Es difícil hablar del siglo XIX. Es un siglo heterogéneo, tanto desde el punto de vista de los acontecimientos históricos, como de la producción artística. La misma historiografía del arte, extrañamente, no ha sabido efectuar un análisis forense correcto del siglo XIX; el caso es que esos señores que ustedes tienen en mente cuando piensan en historiadores del arte y simposios enormísimos donde se habla con solemnidad y alevosía no saben cuándo exactamente comienza y finaliza el romanticismo en Europa. Es normal, porque sus propias reglas de datación son totalmente lelas, tontas, imbéciles, sobornables. Yo, que estoy en contra de ese placer sádico de la datación, observo con gran satisfacción cómo unos y otros se pelean desde las páginas de sus libros, -pausa, bebió un poco de agua- perdón, “librazos” porque piensan que pasaran a la eternidad como genios, sin serlo y encima, escribiendo mal. Es lo mejor, se lo recomiendo, no tomar parte, como dijo G…, bueno, un amigo mío. Siglo XVIII, ¿os suena? Es esa centuria que, en la historiografía del arte prácticamente pasa desapercibida y que siempre levanta los brazos a los historiadores gritando “¡Eh! ¡Estoy aquí!”; pues más o menos, 20 años arriba, veinte abajo, no se lo aprendan de memoria, por favor, es cuando empieza a germinar la semilla del romanticismo, sin tener, claro código de barras ni la palabra “romanticismo” tatuada. Es en el siglo XVIII cuando comenzamos a auscultar en el corazón de una Europa prerrevolucionaria un pequeño toc-toc toc-toc que suena a romanticismo. No obstante, no os voy a aburrir con la semántica. Para hablar del romanticismo es necesario hablar de fantasmas, porque el siglo del romanticismo, que no necesariamente comienza en 1800,

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como ya os he dicho antes, es un siglo de fantasmas, de fantasmas y trapos…

Al echar un vistazo al final del aula, Luca pudo vislumbrar una figura solitaria que le miraba con tantísima atención que parecía eclipsar la presencia del resto de alumnos. Era la figura de una mujer mayor, sonriente, cándida, celestial, ardorosamente maternal y que, por un momento, hizo que mereciera la pena todo en esa vida, las clases, los cafés en La Polse, las travesías estrechas de Oltrarno, los juegos dadá cercanos a Santa Croce, el arte mismo. Luca intentó forzar un poco la vista mientras seguía con su clase, para poder ver mejor a aquella mujer. Finalmente entendió de quién se trataba, era Lucia, la madre de Gneis; no pudo reprimir su sorpresa y dejó de hablar durante cinco segundos. Los alumnos miraron todos hacia el final del aula.

-…ehrr, y de trapos porque hay pintores como Ingres, como Winterhalter que se dedican a pintar telas, a recrearse extrañamente en los terciopelos, en las sedas, en esos rasos que nunca parecen apagarse. Ingres tendrá obsesión por alfombras, tapetes, cortinas, doseles; y Winterhalter será el deslumbrante tornasolado del vestido de seda de una princesita austriaca en una mañana alpina, campestre.

La clase terminó. El tumulto de alumnos comenzó a salir en tropel de la clase. Algunos comentaban las palabras de Luca; otros, simplemente, echaban pestes de él. Luca esperó a que saliera Lucia, pero no estaba. Se había ido.

En fin, iré a corregir los exámenes de 2º D. Llevan dos días dándome el latazo los estudiantes para que saque cuanto antes las calificaciones.

Subió lentamente las escaleras, como con pesadez y abulia. Llegó a la planta 3ª, donde estaba su departamento. En el corredor le asaltó Maria Grazia, la secretaria con 3 carpetas llenas de folios, documentos, cosazas que ni siquiera le importaban realmente.

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- Señor Ambrosi, aquí tiene los trabajos del grupo D de cuarto año; las cartas de Padova, Catanzaro y Bergamo para ponencias en Julio y Agosto que debe revisar y confirmar o no su asistencia; y, por último, el borrador de tesis de la señorita Da Zecca. - Gracias, señorita Paschi. Tómese el día libre. - No puedo, señor Ambrosi; soy funcionaria. - ¡Oh, perdón!Tiene razón. Se lo decía con toda la buena intención del mundo; tiene pinta de estar cansada. - Gracias de todos modos, señor Ambrosi.

Luca entró en su despacho, cabizbajo, con aire de cansancio. Dejó caer su cartera de piel al suelo; se aproximó a la ventana y, con las manos en los bolsillos permaneció de pie, mirando a través de ella cómo transcurría el mediodía florentino. Un conserje corría hacia un coche en el patio interior de la facultad, al que daba la ventana del despacho de Luca; parecía temer por algo; al abrirse la puerta del coche hacia el que corría, Luca entendió por qué. Se trataba del rector de la universidad; ese capullo había aparcado con tal virulencia que embistió con su cochazo el canalón que tenía justo delante en el parking de empleados y que, hasta ese momento, había permanecido tranquilo, bajando con sosiego a lo largo de la pared del palacio. Unas cuantas voces, algunas blasfemias, un conserje cabizbajo asumiendo culpas por algo que era claramente culpa de la estupidez, gilipollez, o, llamémoslo por su nombre, retraso mental de aquel señor que, a cierta edad, y por ser hijo de, o sobrino de, se había topado con un puesto de responsabilidad. Hay quien en su vida se topa con desgracias, con un oso en mitad de un bosque, o en la primera vez que se baña en el mar un gran blanco le deja sin piernas o, directamente, seco. Esta gente no; esta gente siempre se topó con matrículas de honor, con cuberterías de plata, y mayordomos enanos adoradores de satán. ¡Qué se le iba a hacer!

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Decidió sentarse, dominar esa mesa repleta de documentos, de exámenes, de trabajos, de cartas, de aquel “esto y aquello” burocrático.

- Vamos a ver, -dijo en voz alta, tomando un examen entre sus manos y echando un vistazo al nombre del alumno-… Lorenzo Vignola; a ver qué tal te has portado…

Comenzó a corregir exámenes. Uno detrás de otro. Sblam-sblamsblam. En una hora y media había corregido 30. Decidió tomar el resto y llevárselos a casa, terminar el trabajo en casa, prolongar el trabajo en el sagrado recinto del hogar. Puro sacrilegio.

Salió de la facultad, y como aún eran las cinco de la tarde decidió ir a pasear un poco, visitar, como de costumbre, Orsanmichele, lugar de culto. Enfiló rápidamente Via del Castellaccio; allí se topó con Montella, Savonarola escapadísimo del siglo XV; venía de frente hacia Luca y, en el último momento tocó el freno lo suficiente para no estamparse contra él; Montella entonces miró a los ojos a Luca.

- Aquí en Firenze estamos lejos del cielo; pero en el Véneto pueden tocarlo. –dijo aquel Savonarola ciclista y glup.

Hizo sonar su timbre, ring ring, y se fue hacia el centro del laberinto. Luca quedó sobrecogido, sin saber por qué, por la providencialidad de Montella, siempre presente, como un santo o un fantasma endémico de estas calles y plazas. Luca prosiguió hacia Via dei Servi, y desde allí hasta el Duomo y su plaza ensombrecida. Via del Calzaiuoli presentaba un aspecto tranquilísimo; pocos turistas, pocos gritos de adolescentes americanos, poco hacinamiento,…un buen día para pasear, un mal día para comerciantes.

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Llegó a Orsanmichele, dobló a la derecha, por la paralela a Via de Lamberti, y luego a la izquierda, Arte della Lanna 1, pulmón del mundo, elíseo de Luca, lugar donde se podía pensar, reflexionar, recordar a solas... No, a solas no. Allí estaba aquella figura, aquel cándido rostro. Lucia, con rostro de pilla, miró a los ojos a Luca y le sonrió ampliamente, y sus mejillas sonrojadas denotaron una satisfacción por el reencuentro. Ella estaba apoyada en la barandilla de Orsanmichele, esperándole.

- Sigues siendo muy previsible, Luca –dijo con su voz cálida, véneta, con ese acento que le encantaba a Luca y con ese mismo aire de pilluela que tenía Gneis. Luca respondió con una media sonrisa. - ¿Qué te trae por aquí, Lucía?, ¿por qué te fuiste de mi clase? Te estuve esperando al final y no aparecías por ningún sitio. - Hace tiempo que me fui de tus clases, Luca -dijo, y se mesó los cabellos, sin apartar su vista de él, como compadeciendo su estupidez. - No te entiendo. - Luca, estoy muerta. Sucedió una semana después de nuestra última conversación telefónica, ¿la recuerdas? - ¡Dios mío, Lucia! Eso quiere decir que… - Lo sé, no hace falta que lo digas. Y Gneis también. Ella te dejó, sin decirte nada para venir a despedirse, a pedir perdón, a hacerme sentirme bien antes de dejar este mundo. - ¿Por qué no me lo dijo? Yo mismo hubiera ido con ella; siempre te portaste muy bien conmigo, Lucia. ¿Por qué no me lo dijo? - Discutísteis. Y fuiste egoísta. Y ella fue orgullosa; te odió durante…¿cuánto crees tú? –y esbozó una sonrisa maternal, adorable, cómo sólo se podría sonreír en Orsanmichele. - No lo sé.

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- Ni un día. Al llegar a Sacile se echó a llorar. Anda, sé bueno, escríbela una carta y, sin decir nada, preséntate allí. Ella te fue fiel y no hizo nada de todo lo que pensaste. - ¡¿Y aquel poetrastro?!. Un día llegué a casa después de una estúpida conferencia y ella me dijo que llevaba 4 meses con otro hombre. - ¿Otro hombre?¿Flavio? ¡Pero si es un homosexual declarado y adorable!Te dijo eso para que reaccionaras, para que la prestaras cierta atención. Luca, siempre fuiste muy descuidado, muy inconstante.

Luca sintió cómo una llama le dejaba tieso por dentro, le convertía en ceniza asquerosa, y le quemaba el rostro hasta dejárselo rojo rojo rojo. En silencio, una lágrima escapó de su ojo izquierdo, y se tiró por el tobogán de la mejilla; su mano derecha, que colgaba como un estúpido adorno, se cerró fuertemente entonces, y la rabia ahogó el aire de la palma violentamente. Lucia se acercó e intentó, sin éxito, secarle con su mano blanquísima esa lágrima que era la del final de años de tortura, de un Plaszdow personal e intransferible de cámaras de gas diarias que ni Orsanmichele, ni las visitas a la Signoria, o a Lungarno Vespucci lograron paliar.

Así, Gneis se perdió un día frío de Marzo sólo por la estupidez, por la ceguera brutal, jacobina, de Luca, que parecía sólo escuchar al Arno maldito, a las piedras y sillares imbéciles. Aunque se refugió en el Véneto cercano, Luca sintió que había perdido años sin ella, que el sol se moría de risa a lo largo y ancho de Firenze por su culpa, porque era un hombre totalmente absurdo, ridículo, prescindible. La vida era eso: una caricia y un puñetazo en el mismo sitio a intervalos periódicos de tiempo. Se largó por la ancha y larguísima avenida de las idas, sin solución de retorno, sin un atisbo de regreso, ni siquiera con prismáticos. Boyd dijo un día algo como

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I though I found a paradise But, paradise came and wept Like the wind through the Winter’s woods It cowed and took a breath

Y se quedó a gusto, pero a Luca le quedaba sólo una oportunidad, una bala en la recámara para dar en el blanco. Tenía que, sin haberlo hecho nunca, echarse la flema y su languidez a la espalda y ser decidido por primera vez, actuar deprisa, pensar más rápido aún; pensar “Gneis se fue por mi culpa” y estar ya llegando a Mestre en tren, bajarse, buscar como un loco por las calles, por los campos, por los canales y edificios, como un lobo hambriento, y encontrarla y decirle que esto sin ella era un fiasco, un timo, una gran bola de mierda, medieval, Firenze al tramonto, sí, y todo eso, pero una gran bola de mierda, sin ella.

Entonces bajó la mirada; losas de granito frío en aquel callejón de muerte, de apestados, donde, en algún punto de la historia, la mierda de caballo seguramente se acumulaba hasta llegar a los tobillos, donde alguien, desde el portón en escalera de frente a Orsanmichele, barría paja húmeda, con olor a orín, apestada, con esos graciosillos microorganismos saltarines que mataron a millones en el bajo, bajísimo medievo. Levantó súbitamente el rostro, miró hacia el callejón. Ni un alma, porque mi fuerza es la fuerza de diez; Gondi palmado; Platón en aquel destierro de Kyoto, amándose frenéticamente a ritmo de zen y sala de videojuegos, de edificios inteligentes, junto a Chiara, intercambio de fluidos; “tutto fu tutto”, Bassani; ¿y Bardelli?¿dónde se habrá quedado?glup glup glup Baile de sátiros en el Pitti y un Montella perplejo, un Savonarola que lo ve y sabe todo, un profeta marginal, deshecho, pero con nuevas responsabilidades, psicopompo, etcétera, ¡qué palabro!¡qué palabro! Me voy a Venezia, tengo que abrazarla. No soporto más este sopor asqueroso. Entonces, echó a andar, fue directo a una agencia de viajes que él conocía, cerca de Via dei Neri; allí reservó un hotel en Venezia. Después fue a Santa Maria Novella a pie y compró un billete de tren a Venezia Santa Lucia en el Eurostar para dos semanas después.

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Pasaron las semanas y Luca se plantó en Venezia, la Venezia serena de los sueños malvas de Luca. En ella algo parecido a aquel sol muriendo de risa por las riberas del Arno tenía lugar; era esa nostalgia de Gneis, ese fuego de ausencia, ese amargo sabor de la derrota -¡una más!-, esa frustración de no poseer nada, ni siquiera los siglos de los palacios y de las plazas que le entraban al pasear por Firenze. En Venezia, alguna vez, años atrás, sin demasiada presunción, Luca pensó para sí mismo en aquella casa destartalada yo sería felíz; junto a Santa Maria dei Frari, junto a los canales minúsculos y al cielo, entre esta o aquella bottega donde aún era posible toparse con Casanova, invitarlo a la grappa de Cividale, fluido delicioso, sangre de friulanos y vénetos, y contarle las pequeñas visicitudes del ratón académico en Firenze. Aún, sin pestañear demasiado, sería plausible encontrar pequeñas soluciones para las grandes cosas, ir solucionándolas a golpe de grappa y risotada con el Chevalier Seingalt, como si primero fuera beber, luego conocer en la ebriedad los problemas y en la resaca emitir un diagnóstico brutal, caótico…divertido.

Venezia era una promesa de bonheur para Luca, un escape hacia delante de su tedio, de su soledad paquinodérmica, de su frustrada mentalidad talasócrata, de su melancolía fiorentina, y su nostalgia por no haber nacido en la tierra de los “napolitanos del norte”, de aquellos “venexians” vivaces, solares, llenos de vida, de estampados a rayas por doquier, de aquel fantástico bienestar espiritual del que gozaban los serenísimos…

Al llegar a su hotel, en Canareggio, no pudo reprimir su instinto de escribir a Platón:

Venezia 22 Febrero.

Platón, ¿dónde hemos ido a desembocar? ¿Qué nos ha pasado por

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encima? ¿En qué viccolo se quedaron aquellos cantos de juventud? Queríamos emular al lord cojo y a Hobbhouse, y nos quedamos en una versión mala de un par de divorciados que van los domingos a protestar frente al Comune por los derechos de custodia de sus vástagos. Pero nosotros, ¿qué derechos tenemos a estas alturas para reclamar y reconquistar nuestra minima frangia di semivita como dijo el topo Bassani? ¡Qué lejos quedan ya aquellas excursiones a Cortina D’Ampezzo, aquellas tardes de sol moribundo y sbornioso sobre el triste fiume que lame Firenze con el descaro de la mujer infiel, aquel elixir de juventud que eran las estaciones y los trenes, en cuyas tripas viajábamos y fumábamos escondiéndonos en los baños mínimos de los vagones!

Nos hemos dejado contagiar por esta marea de la inactividad, de la neoparálisis como pose estética; tú en tu palazzino siglo XV decorado como la casa austera de un ronin; yo en mi reclusión casi permanente desde que se evaporó mi Gneis, mi piel, mi sangre, mis pulmones, mis ojos, en ese estudio en el que llorar es un delito y se tiene que hacer hacia dentro hacia ese estúpido y absurdo “adentro” que yo mismo ridiculizo cada vez que hablo de las pretensiones expresionistas, cada vez que reduzco al absurdo con mi fácil bisturí de historiador aquellas búsquedas entre la niebla del espíritu; imposible llorar en Vittorio Alfieri 9, a dos metros del cielo, a medio de las hojas secas y del sol muerto de risa; imposible llorar por miedo a parecer demasiado ridículo, o demasiado absurdo, o demasiado expresionista. Siempre la maldita estética.

Debo, Platón, deshacerme de todos esos conceptos que nos han cubierto de mierda, que nos han hecho valorar más y mejor un lienzo o una tabla de un tarado que la lluvia sobre el adoquinado, que la soberbia estampa de una Firenze piadosa y cruel, entristecida y alegre, como una madre para con sus hijos, con nuestras tristezas y alegrías –éstas últimas, las menos-; debemos quitarnos ese impermeable repleto de palabros, de conceptos, de ideogramas, de iconos, de artillería pesada sonante a lenguas lunares, marcianas, interplanetarias, y volver a la lengua de la tierra, volver a nuestro

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fiorentino amado, con nuestra “h” aspiradísima, y llamar “hasa” a la “casa”, “hortile” al “cortile”, dejar de disimular lo que la tierra nos ha dado, esos deliciosos desperfectos que aquellos sborniosos académicos tachan de “dialectismos”; también ellos algún día tendrán que dejar de lado esas costras de palabras y menudencias semióticas para poder decirle al pobretón que tengan cerca que les asista, que les pida un taxi, que les llame a un cura, que necesitan confesión, o una cucharada de azúcar. Necesidad: la necesidad no es artificial; nace de la entraña más honda y nos despoja de miedos, de reparos,…de palabros y conceptos. Necesitamos lo original, despojarnos de todos esos artificios, de esas tretas del pensamiento, de lo artificial que hay en nuestros hábitos, conductas, palabras. Esas mierdas que nos han metido hasta las entrañas y por las que encima pagamos en su día, arruinándonos y dejando a veces a deber alquileres para poder seguir matriculados en aquellas fábricas de mutantes, deben desaparecer de nuestras vidas, haciéndonos, o tal vez, como diría Gondi, rehaciéndonos más dignos del aire que respiramos.

Debo recuperar lo perdido, el aliento, esa escama que se desprendió de mi aquella tarde de amaro en Sacile, en aquella terraza, cuando me presentaron a aquella extraordinariamente espontánea “ragassa” del Veneto, que me miraba, me preguntaba las cosas como flechas – “¿de dónde eres? ¿tienes novia? ¿estás casado? ¿tus padres son también florentinos?”- para luego dejar de mirarme un rato y hacerme morir de ansiedad por una sola mirada suya. Supongo que ella siempre fue así y que era precisamente eso lo que más me gustaba de ella; tiraba de mi como si tuviera una correa atada al cuello y cuando me tenía cerca, me dejaba ir, me dejaba solo, abandonado a mis fantasmas, a mis propios pensamientos – ¡ah, hubiera estado mejor en un patio lleno de leones que abandonado a la deriva de mis pensamientos!-, a esas ansias de tenerla cerca, de poder solamente descansar mi vista en ella. Había días enteros que los pasábamos juntos, amándonos en la cama, despertándonos entre ósculos y abrazos, cocinando, riendo en el salón, paseando al azar que ella solía escoger con plena “saggiezza”; después llegaban las horas del abandono, en que salía a pasear

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dejándome anclado en casa, o en alguna plaza; me acostumbré y tomé afición por el paseo diario por Lungarno Vespucci y el Borgo Pinti, con la Patética de Beethoven en mi cabeza y el dandy cojo en Missolonghi; ni una palabra en días, un silencio sepulcral, y ella, mientras, pintaba y pintaba, paseaba en soledad, arrimándose a las piedras de los edificios cercanos a la Annunziata, al Barghello; yo naufragaba, en cambio, Platón, contigo y con el girado de Bardelli, que tramaba y urdía el robo imposible, que finalmente fue posible, contigo y con el bueno de Gondi, que también nos dejó secos cuando se marchó a jugar a las cartas al otro barrio con Kahnweiler y compañía, aunque esto último pertenezca a otros días y otros cajones de mi memoria. ¡Ella era tan libre, Platón, que no acertaría a imaginar otra criatura de la creación con tal disposición a conquistar su propio espacio, su propio albedrío! Nosotros, en cambio, haciendo acopio de reflexión, intentando esclarecer cómo timar a Dios y a nosotros mismos para poder disfrutar de un mínimo segundo a solas con nuestra íntima libertad; mientras ella tomaba por el cuello a la serpiente y tiraba la manzana tan lejos como podía, sus alas le llevaban aquí y allá, a decir sí o no mirando a los ojos, a decir “me pareces un imbécil” o “me gustas tanto que mirándote ya he tenido 3 orgasmos”…pura espontaneidad; nosotros como robots bobos de la era atómica,…pura chatarra de juventud la nuestra, ¡qué desperdicio!

Platón, debemos despojarnos de todo ese artificio para poder estar acompañados, como cuando éramos niños y no nos mataba el tedio ni la vergüenza a la hora de hablarnos los unos a los otros. De lo contrario, mi querido Platón, la vida que tendremos es la que hay ahora, es la que nos obligan a vivir, es la que nos ponen delante de nuestras narices como aquellos platos de pescado asqueroso que nos hacían comer en el colegio, infumables, es la que tenemos que dejar que nos pase por encima, que nos hastíe y nos mate de asco y soledad, porque moriremos sólos, Platón, a este paso.

Tu mustio Luca.

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A pesar de que las lluvias se llevaron mucho de entre los muebles, los armarios y los recuerdos made in Japan, a Platón nunca el tiempo le apartó de la carta de su amigo Luca, al que con tanto cariño y afecto recordaba frecuentemente. Y un día no muy lejano volvería a Firenze junto a Chiara a buscar y reencontrarse con Luca.

Luca decidió escribir también a Gneis. A su casa de Sacile, sobre aquella alfombra verde verde, cerca de aquel río Noncello donde los árboles lloraban desconsoladamente.

Venexia 22 de Febrero.

Sé que tendría que haber venido inmediatamente. Buscarte por cada rincón de este Véneto estremecedor, maldito, que fue donde nos conocimos, por otra parte.

Te necesito, Gneis. Necesito verte, oírte, darte mi mano –sólo por eso sería capaz de dejarme matar-; lo sé, suena sentimental, poco creíble viniendo de mi, que los hombres no cambiamos y todo eso. ¡Qué me vas a contar! No he cambiado, sigo siendo el mismo, pero en soledad, luego he tenido que echarme el orgullo a la espalda, y mi egoísmo tirarlo por el retrete.

Platón encontró a una mujer que le quería –y le quiere-, y se fugó a Japón. Gondi murió, y le enterramos en el Fiesole donde cada tarde puede, si quiere, tomar el sol a gusto. Bardelli está en un psiquiátrico criando palomas o algún ave parecida. Daniel y Ares se quedaron por el camino. Puedes deducir que estoy solo, que paso horas, días a veces, sin intercambiar palabra alguna.

¿Por qué me he decidido a venir? Algún día hubiera venido y también te hubieras preguntado lo mismo, o sea que será mejor que

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entendamos los dos que lo que sucedió hoy es lo que tenía que suceder, ni más ni menos, tarde o temprano.

Te envío una carta y no te llamo por teléfono porque no quiero comprometerte. El miércoles, a las 17 estaré en aquella terraza que hay al lado de Santa Maria dei Frari y quisiera reencontrarte; si no quieres venir, no tendrás que sentirte culpable u obligada. Haz lo que quieras, Gneis. Yo te amo, y hagas lo que hagas, lo único que tengo en esta vida es ese amor, deseo, dependencia de ti, lo único.

Hasta el miércoles si decides venir, Hasta siempre si prefieres no volver a verme. Siempre tuyo. Tu Luca. Luca recordó los primeros días con Gneis, al mirar a través de la ventana de su habitación y ver el trasiego de aquel minúsculo viccolo. También se recordó a sí mismo al poco de aquel tren disparadísimo con destino al Véneto que Gneis tomó en arrebato. Días después de la fuga, de ese salir apresurada, dejando su silueta caminante en las lunas de los escaparates que había desde su casa hasta Santa Maria Novella, Luca permaneció inmóvil una tarde entera junto a la fachada sur del Duomo. Hasta que las campanas del Campanile no rompieron la quietud de los balcones y ventanas circundantes, Luca no tomó conciencia de cuánto tiempo había pasado. Horas, horas, horas. Ni siquiera había comido el sandwich que tenía en su maletín y que había dejado para después de las clases. Se levantó pesadamente, miró a su alrededor, saludó por última vez ese día al Cupolone, y partió hacia Via Cavour rodeando la cabecera de la catedral, pasando de cerca por el Museo dell’Opera del Duomo, sintiéndose extremadamente hastiado de la vida, de las horas, minutos, segundos de su “franja” de semivida, y repasando una y otra vez, mientras el sol caía muerto de risa por las cristaleras y ventanales de una Firenze espléndida, decadente, ocre y rosa, dejando paso poco a poco al buio, esos lugares,

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esos momentos de felicidad y más al fondo aquellos otros más tristes, o más irresolutos por la memoria y la mente. Recordaba esa noche disparatada en Cividale del Friuli cuando, cerca del Templo Longobardo, unos carabinieri le preguntaron amablemente si era él un tal Codarin, un escritor famoso friulano, y casi le escoltaron hasta Udine, en su retorno a la casa alquilada que tenían esos días Gneis y él; ¡cómo reía ella!, y ¡qué pazguatos ellos!, pero innegablemente cómicos con ese acento que podría asemejarse al rum rum de un motorino. Estuvieron riendo toda la noche de aquellos agentes; incluso no pudieron dormir hasta bien entrada la madrugada porque en la oscuridad se reían, carcajeaban, lloraban al pensar en ello.

También recordaba la tirita que encontraron en un plato de alubias de un malo, malísimo restaurante de Perugia; una tirita usada, claro; a Gneis casi le dio un síncope, un vahído; pero luego, por la noche, en su hotelito, lo recordaban muertos de risa, y un poco sborniosos, ¿por qué no decirlo?

- ¡Vaya cara que has puesto! - ¿Yo? Tenías que haber visto la tuya…-le recordaba Gneis- Bueno, como la del camarero creo que ninguna: se parecía a la cabeza de jabalí que tenían colgada de la pared…Hahaha - Más bien a la tirita…Hahaha. Y entonces vino el pinchacito de Cupido, e hicieron el amor, llameantes, llenos de furia por conquistarse el uno al otro, buscándose en cada esquina, como los muchachos de los bajos fondos con navajas brillantes; se atacaban mordiéndose los lóbulos de las orejas, y luego los labios, sin dejar de lado los incisivos besos en el cuello, en la nuca desnuda, en los pechos desatados, regalándose mordiscos que contenían la rabia de los años, los meses y días sin esa bandada de estorninos en el estómago y ozono en el corazón, clavándose con la mirada puñales, infectadas jeringuillas de calor, de juego ardiente, de amor; un beso con lengua profunda, pasada y repasada, extrañada en boca ajena, buscando su semejante o cruzarse con ella; dos mordiscos

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mirando de cerca el hombro, y una lengua húmeda y calmante en el mismo lugar para calmar ese tibio, pero dulce, dolor; un temblor de piernas, de manos y brazos y el escalofrío que llegaba como un bólido, precedido de una sensación de vértigo, de descarada y colérica agitación, glóbulos rojos en tensión… Gneis se estremecía a cada beso, Luca decidía cerrar los ojos para imaginarse así para siempre. Él, voraz cazador de espacios y lugares, de volúmenes trémulos; ella, insaciablemente excitada, dejándose sus fuerzas a cada respiración, perdiendo la sensación de gravedad y sintiéndose cada vez más ligera, a miles de metros de la tierra, como si besar fuera despegar, y entonces sintió la mano de Luca tocando las puertas de su sagrado recinto… y los fluidos se intercambiaron. Allí, sin vacilación, llegó el sexo hirviendo, viciado por ese ir y venir de lenguas y salivas y semen y el cielo, un poquito más cerca, y Firenze un poquito más lejos, allá abajo, bajo los pies, a miles de kilómetros… y entonces ya estaban en ámbitos siderales, donde el amor se hacía en un zen desproporcionadamente calmo, saturado de humo de cigarrillos y con sabor a almendras. Y el olor a lavanda y lluvia prevalecía. Gneis y Luca.

Quedaba un día solamente para el encuentro. Luca estaba nervioso. Como una solterona, salió a la calle, se echó a la calle buscando tiendas, boutiques; aquí se probó un traje, allí una corbata, más allá compró una crema para la cara, en esa fondamenta encontró un negocio de complementos de ropa donde compró unos gemelos interesantes, junto a aquella tienda de antigüedades… Todo para aquella cita.

Al llegar al hotel, después de aquella dura jornada de compras, distribuyó todo el material adquirido sobre la cama y la escrivanía. Se probó el conjunto entero.

Vaya, ¡le gustará! Eso seguro.

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Finalmente, llegó el día del reencuentro. Tardó en vestirse, en arreglarse completamente. Sin embargo, al final, después de todo aquello…

- Es inútil. Es mejor que vaya como siempre. Esa ropa es totalmente impropia de mi. ¿Qué quiero aparentar? A la mierda. Iré como siempre.

Salió del hotel y afrontó Rio Terra San Leonardo hasta el Campiello dell’Anconeta; allí tomó la Calle dell’Anconeta, Rio Terra Della Magdalena , Vittorio Emanuele, la Strada nova hasta el Campo dei Santi Apostoli. Después de un par de recodos enfiló la Calle Larga Gallina, para ver la imponente fachada al fondo de la iglesia de los Santos Giovanni e Paolo, pero sólo ver, y sólo al fondo, porque antes, tomaría la Calle della Testa a su derecha, bajando en dirección al satánico Rialto, donde sólo quedaría atravesarlo y seguir recto por el Sotoportego di Rialto, y llegar hasta la Rughetta del Ravano y tomarla hacia la izquierda, en dirección a San Polo, hacia aquellas facultades donde los alumnos flotan dentro de las aulas. Después, con paciencia y esperando en cualquier esquina una fata saliendo de algún ventanal, o alguna vieja vestida de negro con dientes afilados, tomó Salizada di San Polo, cruzando el Rio di San Polo, hasta la Calle dei Saoneri, a la derecha, y luego, a 40 metros aproximadamente, a izquierda buscando Rio Terà, de donde nace la Fondamenta dei Frari. Luca tomó entonces dirección hacia aquel retiro espiritual, retiro de turistas, retiro de una mundanidad totalmente corrupta, viciada, un retiro de esa necesidad de excentricidades, de acciones gigantísimas, directas contra lo que uno más amaba.

Nunca antes Santa Maria dei Frari fue como aquel día; jamás tan lánguida, jamás su cuerpo de ladrillo tuvo tanta esbeltez y sobriedad. Silenciosa, como siempre. El lugar de Gneis no fue el rincón de Orsanmichele, sino este callejón junto al muro norte de la Gloriosa dei Frari, este delicado viccolo donde también el tiempo se paraba y parecía que traía de aquí para allá a un Cocteau, a un Hemingway hasta los huevos de todo, a un Cioran alicaído o a un Géricault

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gigantísimo, o el viento seducía a base de silbidos del Lord Cojo que vivía al otro lado del Gran Canal, entre las paredes del Ca Mocenigo. Gneis, como de costumbre, estaría ya rondando los alrededores, oteando, vigilando, espiando la llegada de Luca; seguramente, como acostumbró tantos y tantos días, rondaba como la loba en busca de su cachorro, y vio cómo un Luca con nuevas canas, con un rostro marcado por una nostalgia profunda, mucho más triste que nunca antes, se sentó en la terraza y pidió un café liscio con un té frío; también percibiría aquel cigarrillo que encendió y, tal vez, sintió de nuevo el olor del Davidoff profundo, de aquel tabaco alemán que siempre odió, pero que ahora, irremediablemente, sentía con afecto y cariño. Luca lo sabía, y permanecía como uno de esas góndolas de murano, para mesas de centro, esperando que aquel acercamiento se produjera inminentemente.

Finalmente, desde la terraza, Luca, localizó a Gneis; estaba en la acera frente a la iglesia, al otro lado del minúsculo canal, de espaldas, disimulando, haciendo que miraba un escaparate y utilizando la luna del mismo como espejo para observarle. Él abiertamente alzó la mirada, y clavó sus ojos en aquel escaparate, y ella, al verse descubierta, se dio la vuelta, sonrió ampliamente, y se aproximó lentamente, con sus ojos claros, y el rostro limpio de dudas, de preocupaciones. Cuando llegó, Luca se levantó de la silla metálica; permanecieron de pie un segundo, mirándose a los ojos.

Ha cambiado mucho, pensó Gneis, parece que lo ha pasado mal. Bajó el rostro como una reacción de arrepentimiento. Luca rompió el hielo y se acercó y la besó con cariño y calor en la mejilla. Y la invitó a sentarse.

- Luca, debes saber… - Lo sé. No tienes que decirme nada. No te reprocho nada. Jamás supe lo vacío de mi vida hasta que te he vuelto a ver.

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Ella, sobre la mesa, extendió su brazo, ofreció su mano a Luca y ambos se tocaron, se dieron amor mutuamente, como la corriente alterna.

- Ya me había olvidado de lo hermosa que está Venezia en invierno.

Sonrió Gneis.

- He estado en Sacile. He ido a ver a Lucia. Y le he puesto un ramo de azucenas. ¿Eran sus favoritas, no? - Muchas veces quise llamarte. Pero pensé que no querrías volverme a ver.

Luca miró a Gneis a los ojos. Ella sintió que en la mano de Luca que tenía entre las suyas, había temblor, un ligero espasmo.

- Mi egoísmo me dejó solo. Lo merecí, quiero decir, lo merezco. - No, ya no. No nos abandonemos nunca más. ¿Qué te parece?

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Epílogo.

1. Requiescat in pace. Te esfumas. Dejas solamente el humo del cigarrillo, la nube de nicotina, la pose romántica, mítica, florentina.

Ha sido como jugar entre la maleza; apareces y te esfumas, con ese aire de felino inapelable, presencia con cuentagotas o regalada con espuma de cerveza.

Tu siglo veinte fauve, ya ves, no te ha salvado; tampoco ese rastro de Cocteau o duelos entre Braque y Pica; desde luego no los escarceos entre la pintura sillón de Matisse y las estrellas. Todo fue inútil o, en

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el mejor de los casos, papel mojado, o escarcha sobre la bicicleta de Montella.

Tuviste razón con lo del club. Fue un fiasco antológico; y lo de Bardelli como en tantas ocasiones, una temeridad. El Véneto, como supongo que te dirás a ti mismo en esa fiera necesidad de autoconvencimiento, no tiene Bardellis, ni clubes de gente ociosa, aburrida, y llena de prejuicios, costras intelectuales. Allí sólo hay praderas gigantes y lenguas de agua, y una nube eterna, pero que parece menos porque uno se fija más en el verde que, a fin de cuentas, está a medio palmo del cielo; Sacile, a 20 metros sobre el nivel del mar y a medio metro del cielo.

Menos mal que Platón se largó con Chiara y, por un pelo, pudo enderezar el rumbo, su vida.

Ya no es necesario volver a aquellas noches por Europa, saltándonos los sacrilegios menores, y centrándonos en el núcleo duro de nuestra extraña colección, de la creme de nuestro museo.

Te escuché, te alabé, te admiré mojando suelos con mi baba absurda. Pero sabes de mi naturaleza terca, tonta, como una barandilla sobre un árbol o una rueda bajo un vaso. ¿Qué quieres que te diga, Gondi? Tú ganaste; merecidamente; te llevaste a toda pastilla el trofeo, la copa llena de champagne a esas galerías subterráneas donde ahora te juegas cigarrillos de ectoplasma al bridge travieso.

Cambiaste mi vida, Maurizio. Cuando te fuiste desde aquel miserable hospital, no fuiste tú, sino yo el que quedó con la baba colgando y con toda esa presión sobre mi cabeza, todas esas toneladas de ideas haciendo de peso formidable sobre mi sesera a punto de derretirse. Me dejaste un legado funesto, increíblemente pesado pero al que, sin reconocerlo en todo este tiempo, debo estar hoy aquí, depositando

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esta absurda carta a una lápida; se la daría al viejo Montella, pero, ¿quién sabe dónde acabaría?...

FIN

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