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Historia dedicada a...

Los fans de League of Legends. Y si no lo juegas, muy bien por tí. La historia sólo está
basada un 10% en ese juego. ¿?

Vigésima tercera primavera desde que los colonos Vastayanos Lohtlan pisaron suelo
Joniano...
Las retorcidas ramas de los árboles cubiertas de florecillas multicolor se mecían entre sí
gracias al apacible viento que hacía en el onceavo mes al cuarto día en una cálida tarde. En
el pequeño pueblo que se ubicaba en el corazón de la foresta, toda la gente compartía, los
niños jugaban a las escondidillas riendo entre sí, también a perseguirse y a jugar a los
mosqueteros con ramitas secas que los árboles habían mudado desde el crudo invierno. El
más viejo de los Vastayanos Lohtlan "Shikav" el fundador y el jefe de todos ellos contaba
historias también a las nuevas generaciones mientras que los jóvenes bailaban, cantaban o
se aventuraban en los alrededores del bosque para obtener las mejores vistas del terreno y
de la naturaleza que les protegía y los abrazaba.
En cada primavera, los festivales eran pan de cada día y el anfitrión de cada una de éstas
era escogido por su atractivo, su capacidad de divertir, su gracia y por sobre todo el encanto
que podría llegar a transmitir al público. En ese entonces, en la vieja tarima del primer
espectáculo de la cosecha, un muchacho Vastayano era la mayor atracción del público,— la
especie con plumas—, para otros viajeros y especies mágicas era simplemente la más
atrayente de todas. El nombre del joven combinaba con carnavales, fiestas y mucha música,
pues "Rakan" era llamado. —Pero no, no es el campeón con quién has jugado, sino su
antepasado. —
—¡Vengan todos a disfrutar de este espectáculo!— La animada voz del joven era oída en
compañía de la música y las ovaciones que recibía al enseñar sus plumas rojas tan brillantes
como los mismos rayos de sol que las reflejaban al bailar de forma divertida. Las partículas
de magia se sentían como el aire en aquel lugar en conjunto a las risas que daban vida a la
entretenida escena.
Todo en ese lugar reinaba como de costumbre, entre festivales, el mismo Rakan era
escogido y nombrado como anfitrión de los eventos locales como en otras zonas de Jonia.
Pero en todo el Archipiélago de Jonia la humanidad no era bienvenida, pues en las leyendas
los describían como monstruos destructores y sin corazón, unos demonios andantes que
sólo traían dolor, miedo y destrucción a la vida silvestre, por lo tanto, eran odiados en todas
las zonas en donde se podrían encontrar seres mágicos morando. Si un sólo humano osaba
a atravesar el mar y adentrarse en estas tierras siendo descubierto, era apresado,
encarcelado, torturado y muerto para que una vez quemado, sus cenizas fueran utilizadas
por los brujos para trabajar en sus maldiciones y pociones que se vendían en el mercado
negro. Habían distintos tipos de castigos que se realizaban rara vez en público, ya que
tampoco los Vastaya tenían registros de humanos capturados en su linaje, sólo un par que
tuvo esa terrible suerte al ser sorprendidos queriendo apoderarse de un niño para arrancarle
las plumas y ser vendido luego como esclavo en el país de los hombres. Los seres mágicos
no perdonaban a ninguno ni menos si se atrevían a dañar a las nuevas generaciones.
Cuando ocurrió aquello, los jóvenes adultos eran sólo unos bebés babeantes y torpes que se
escondían bajo la falda de sus madres.
Después de esta pequeña introducción, nos enfocaremos en el protagonista de este capítulo.
Rakan sabía muy bien las reglas al revés y al derecho, porque desde muy pequeño su
madre le inculcó todas la sabiduría de la aldea. Él era obediente y muy amable, asímismo
divertido y enérgico, por ello no decía que no cuando le necesitaban en algún lugar para
animar los carnavales. Un día, tomó su espejo, una colación de fruta silvestre, una
cantimplora de hojas curtidas y todo ello lo envolvió en un género tejido. Debía ir a una
pequeña aldea en Runaterra a atender otro trabajo más de los tantos que se le encargaban
cada mes, pero él no parecía disgustado por eso.
— Pues bien ¡Runarreta me espera! no, era Rutarre... Runaterra. . .¡Sí! Runaterra. — Se
decía así mismo mientras sus galantes pasos iban abriéndose camino por las venas de aquel
bosque, debía llegar al camino principal que conectaba todos los pueblos y los letreros
avisaban las direcciones de las provincias vecinas. Rakan se volteó a mirar aquel letrero,
junto al de la entrada de su amada aldea natal "Lohtlan" junto al cartel de las 5 reglas más
importantes.
—"El contacto con humanos está prohibido" Bah, he oído mejores cosas, aunque tengo
curiosidad en conocer a uno de esos demonios y hacerlo bailar conmigo.— Con su sonrisa
tan sólo continuó su camino. Mientras caminaba en dirección a Runaterra, sus vivos ojos
turquesa reflejaban cada ápice del paisaje que se abría paso frente a él, sus patas apenas y
tocaban el pasto tierno del sendero junto a las florecillas que crecían en las orillas.
No había ninguna preocupación en su mente más que llegar al destino que quedaba a varios
kilómetros de donde recién comenzaba su viaje, pero por suerte, el viento estaba calmado,
hacía un buen sol y los pajarillos cantaban por doquier acompañando el paso del joven
gallardo. Tomaría unos tres días en llegar, pero el vastayano ya estaba acostumbrado a esas
experiencias.
— Creo que a mitad del camino tomaré un descanso en la aldea de Tasherlot, no está
demasiado lejos, supongo.— Se intentaba convencer así mismo pero al final encogió sus
hombros.