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Capítulo 2

EL CARIBE: LAS SOCIEDADES


ORIGINARIAS

2.1. LA REGIÓN DEL CARIBE: CONDICIONES GEOGRÁFICAS Y CLIMÁTICAS

La región americana conocida genéricamente como área del Caribe comprende un


conjunto de territorios insulares y continentales que posee características bien defi-
nidas. A pesar de situarse entre las dos grandes masas continentales del norte y el sur
de América, ha constituido y constituye un espacio histórico y cultural independiente
y singular. 4
Unidad y diversidad se encuentran en la región Caribe con rasgos muy señalados.
Su marco general de referencia, por ejemplo, es distinto al de otras áreas america-
nas: no se articula en torno a una gran cordillera, como la región andina; tampoco se
extiende sobre la cuenca de largos y caudalosos ríos, como la amazonia o el Plata; ni
se engarza a través de valles, montañas y mesetas de altura, como Mesoame’rica. Aquí
la referencia, lo que a la vez une y separa, es el mar: un mar interior al que los espa-
ñoles denominaron mar de los Caribes asigna’ndole el nombre de uno de los grupos
étnicos que lo habitaban. Habitar un mar puede ser un contrasentido, pero en este caso
no es asi. Por ese mar navegaron, migraron, intercambiaron productos y se relaciona-
ron pacifica o violentamente pueblos vigorosos que elaboraron complejas formas de
articulación politica, social y económica, alcanzando diversos grados de desarrollo
cultural. Aunque sus realizaciones materiales se muestren menos impresionantes que
las logradas por las civilizaciones mesoamericanas o andinas, no por ello, desde lue-
go, dejan de tener importancia y relevancia en la historia americana.
Todas estas tierras continentales e insulares giran alrededor del mar: desde la penín-
sula de Yucatán descendemos hacia el sur por las costas centroamericanas, girando
hacia el este en Panama; por el golfo de Urabá subimos luego las costas de la actual
Colombia y seguimos de nuevo hacia el este por Venezuela hasta la isla grande de Tri-
nidad. desde donde brincamos sobre el mar hacia el norte a través de un rosario de islas,
las Antillas Menores, pequeños promontorios que nos permiten alcanzar las Antillas
Mayores. Puerto Rico, y luego hacia el oeste, la isla de La Española y Cuba, cerca de
las costas yucatecas. Hemos completado los trescientos sesenta grados y el mar C ari-
be ha qmedado adentro. Y no es tan pequeño: el Caribe se extiende 2.500 kilómetros
de este a oeste. desde el cabo de la Vela en Nicaragua hasta la Martinica; y 1.100 kiló-
metros de norte a sur, desde Santiago de Cuba hasta Cartagenacde, Indias.
30 AMERICA LA’l lNA

Es un mar flanqueado por islas muy grandes, como Cuba, de más de 1.000 kiló-
metros de longitud, pero en el que también podemos encontrar otras mucho más
pequeñas que apenas sobresalen del agua y sus nombres sirven de aviso a navegantes:
Diosteguarde, Miraporvos, Quitasueño... Otras se nombran en términos de leyenda:
La Deseada, La Misteriosa, Caja de Muerto, Barbuda, Cayo del Ron, Jardines de la
Reina, Providencia... El Caribe se halla fianqueado también por las costas continen-
tales, en las que hay zonas donde se vierten en cascada las selvas tropicales, como en
Centroamérica o en el Darién; o mueren tórridamente los desiertos, como en la Gua-
jira; zonas donde las llanuras tropicales llegan mansamente al mar, como en el Oriente
venezolano; o se yerguen abruptas las cordilleras más elevadas por encima de los
5.500 metros, como en la Sierra Nevada de Santa Marta, con nieves eternas muy cer-
ca de donde rompen las olas.
Las islas se ubican en tres grandes áreas: las Antillas Mayores (Cuba, La Españo-
la, Jamaica y Puerto Rico); las Antillas Menores (en el arco que va desde Puerto Rico
hasta las costas venezolanas), que a su vez se subdividen en dos grupos, las islas de
Sotavento (las situadas más al norte) y las de Barlovento (más al sur), llamadas así en
función de su ubicación con respecto a los vientos alisios; y las islas próximas al con-
tinente. como Trinidad y Tobago. Además, hay que sumar otra serie de islas junto a la
costa venezolana, más al oeste de las anteriores: Margarita, Curacao, Aruba o Bo-
naire; y las que se sitúan entre Cuba y Centroamérica como las Caimán, el Cisne,
Providencia... y una miríada de islas mucho más pequeñas y dispersas por toda la
región; y los arrecifes de coral, extendidos por toda la zona, formados en el remoto
pleistoceno y de una extraordinaria riqueza biológica.
Entre todas ellas existen notables diferencias geológicas. Las Antillas Mayores
están conectadas tectónicamente con Centroamérica, con las sierras de Guatemala y
del sur de México. Por eso se alternan escarpadas montañas isleñas, que a veces caen
abruptamente sobre la costa, con profundas simas marinas (alguna de ellas sobrepasa
los 7.000 metros de profundidad, a muy escasa distancia de Cuba). La mayor parte de
las Antillas Menores, en cambio, están constituidas por volcanes que pueden elevarse
por encima de los 1.500 metros, estando toda la zona sujeta a una gran actividad sís-
mica. Otras son arrecifes coralinos, sobre las que los vientos han depositado tierra
continental desarrollando un tupido manto vegetal.
Las cestas continentales muestran también una gran diversidad: en algunas zonas
centroamericanas no existe transición entre el bosque húmedo de montaña y el mar;
en otras se extiende una pequeña llanura de matorral; en el golfo de Uraba' y la actual
costa colombiana se mezclan la selva húmeda con cie’nagas y esteros; las escarpadas
estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta llegan hasta la costa. pero generan
hacia el este una región dese’rtica en tomo a la península de la Guajira; las costas ve-
nezolanas son también muy diversas: desde las lacustres de Maracaibo, o la estrecha
franja de litoral comprimida entre la cordillera costera que se extiende hacia el oeste
por centenares de kilómetros, hasta la zona árida del oriente y el lujurioso delta del
Orinoco. De nuevo todos los paisajes, todos los ecosmemas.
Por eso son tan peculiares e} paisaje Y El medio natural en cada una de las subáreas
en que se divide la región. La variedad de accidentes geográficos y de climas y la
queza de ¡a Vida vegetal generan una gran diversidad ecológica. No sólo se distinguen
las islas de las costas continentales; las diferencias entre las islas, por su tamaño,
formación y ubicación, son muy señaladas. Pero la mayor parte de estas tierras i,
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MAPA 2.]. El. (‘ARIBIa FÍSICO


32 AMÉRICA LATINA

des y fértiles, Los primeros marineros europeos que las avistaron quedaron deslum-
brados por su belleza y hoy, a pesar de la feroz depredación medioambiental a que han
sido sometidas desde 1492, continúan ofreciendo a los viajeros una imagen idilica y
paradisíaca. Su clima templado y suave, al estar incluidas entre los trópicos, concede a
toda la zona condiciones muy favorables para la vida en todas sus manifestaciones.
La región es, en general, marcadamente cálida y el grado de humedad muy elc-
vado debido a los vientos alisios del noreste. Procedentes del Atlántico, los alisios
fluyen de forma permanente sobre la zona aportando gran cantidad de agua a una
atmósfera que puede cambiar con rapidez, provocando continuas y abundantes preci-
pitaciones. Las corrientes marinas siguen, normalmente, a estos vientos, en un re-
corrido que desde el Atlántico penetra en el Caribe por las Antillas Menores y se dirige
hacia el golfo Uraba'. remontando luego hacia el norte, siguiendo las costas de Cen-
troamérica," desde alli vientos y corrientes se adentran en el golfo de México, gene-
“una?

rando posterionnente la gran Corriente del Golfo (Gulf Stream) que, por el norte de
la isla de Cuba, volverá al Atlántico. Los vientos alisios empujan estacionalmente (en
el segundo semestre del año) a las bajas presiones procedentes de la costa africana
que, transformándose en tormentas tropicales, cruzan el Atlántico carga'ndose de agua
y adquiriendo una fuerza formidable hasta impactar contra las islas y contra el conti-
nente: son los huracanes (una palabra, como muchas otras, de origen arahuaco), que
generan importantes perturbaciones en los vientos y corrientes en toda la región.
Alto grado de humedad y temperaturas estables entre los 20 y los 30 grados han
permitido el gran desarrollo que el bosque tropical húmedo, uno de los principales
ecosistemas del Caribe ha alcanzado en el interior de las islas y en algunas zonas de
las costas continentales. El otro gran ecosistema de la región está constituido por el
entorno del manglar, en las zonas bajas e inundables de la desembocadura de los ríos
y en las cíe’nagas, esteros y albuferas. Dos ecosistemas muy complejos que permitie-
ron alos pueblos del Caribe alcanzar un notable desarrollo, porque, siendo ambos di-
versos y complementarios, se hallan tan próximos entre sí que pueden ser manejados
simultáneamente por un mismo grupo humano sin necesidad de grandes esfuerzos ni
de complejas organizaciones.
En fin, a pesar de que normalmente en las compartimentaciones temporales y geo-
gráficas realizadas con la historia americana, llevadas a cabo con mayor o menor
acierto, al Caribe se le reparte entre otras varias macrorregiones, quedando reducido
a su porción insular, aqui será tratado como una región que abarca muchos más terri-
torios porque todos se integraron en torno a un mismo mar que les dio vida y sentido.
y en el que, como se ha dicho, se. mezclaron desde miles de años atrás, unidad y diver-
sidad. Al fin y al cabo, y siguiendo a Eric Van Young, las regiones son como el amor:
dificiles de definir, pero fáciles de reconocer cuando nos sumergimos en ellas.

2.2. PUEBLOS EN. MIGRACIÓN

En general podemos afirmar que el Caribe fue región de grandes y continuas


migraciones de pueblos procedentes de dos focos dist‘intos: uno. del litoral centro—
americano desde Nicaragua. Costa Rica y Panama,’ mk la costa norte colombiana y
el noroeste de Venezuela; y otro, del noreste de Venl'w la, el norte del río Orinoco
y la cuer-¡tu ¿una/«Emma
EL CARIBE: LAS SOCIEDADES ORIGINARIAS 33

Los arqueólogos vienen a estimar que entre el 10000 y el 8000 a.n.e. ciertos gru-
pos adaptados a las zonas costeñas centroamericanas habían avanzado por el litoral
hacia el sur, hasta alcanzar el istmo de Panamá, dirigiéndose luego hacia el este bor-
deando la costa del Caribe de las actuales Colombia y Venezuela, mientras otros gru-
pos siguieron descendiendo hacia e] sur a lo largo de la costa del Pacífico. Los que se
asentaron en las costas continentales del norte, o se adentraron en el curso bajo de los
ríos que vierten al Caribe (como el Atrato —-Uraba'—— o el Magdalena), 0 por las ori-
[las del lago Maracaibo, eran cazadores y recolectores con experiencia en la cacería
de la megafauna, poseedores de instrumentos liticos poderosos como las puntas de
proyectil gruesas en forma de hoja de sauce, que son las que aparecen en el sitio
arqueológico de El lobo (Venezuela). Al retirarse o ser exterminada la megafauna de
la región. estos grupos se vieron obligados a evolucionar hacia la recolección de raí-
ces, tubérculos y frutos silvestres, y, aproxima'ndose cada vez más a la costa, basar
buena parte de su subsistencia en la recolección de productos marinos. Probablemente
este proceso debio haber comenzado hacia el 5000 a.n.e. porque de esta fecha datan los
depósitos arqueológicos más antiguos de la zona costera, concheros (grandes acumu-
laciones de conchas marinas producto del consumo intensivo y colectivo) en los man-
glares y en la desembocadura de los ríos. Estos grupos comenzaron entonces una len-
ta evolución de la que nos ocuparemos posteriormente.
Pero hacia el 4000 o 3000 a.n.e. otros grupos de cazadores y recolectores de ali-
mentos vegetales y animales, extendidos a lo largo del litoral centroamericano, al ver-
se imposibilitados de seguir descendiendo hacia el sur debido a la sedentarización de
los grupos anteriores que bloquearon la zona del Istmo, parece que saltaron hacia las
islas desde las costas de Nicaragua, llegando hasta Jamaica y de allí a La Española, e
incluso hasta Cuba. Denominados «paleoindios» por algunos especialistas, poseían
una base tecnológica que respondía a su experiencia anterior, es decir, mezcla de reco-
lección y caza de megafauna, que obviamente no hallaron en las islas, por lo que evo-
lucionaron hacia la pesca marítima.
Pero las migraciones continuaron. Después del 1000 a.n.e., otros grupos cultural
y técnicamente más avanzados, conocidos como «mesoindios» y mal llamados por
otros autores «siboncyes», organizados en tomo a sociedades tribales y procedentes
de las costas venezolanas, comenzaron a desplazarse hacia las Antillas Menores, desde
Trinidad saltando de isla en isla, o cruzando directamente el mar, hasta llegar a Puer-
to Rico, La Española y el oriente de Cuba. Desconocían la agricultura y se sustenta-
ban de peces, crustáceos, moluscos, tortugas, iguanas, manaties... Igualmente eran
recolectores de productos vegetales en los bosques y, al parecer, rio conocían la ce-
rámica. En las islas desplazaron a los paleoindios hacia zonas más abruptas o los
absorbieron.
La siguiente migración sobre las islas vino a producirse en los primeros siglos de
nuestra era. Fueron los llamados «neoindios» por algunos especialistas, «ostionoides»
por otros, o «tainos» por algunos más. Esta última acepción resulta anticuada porque,
como luego veremos. los tainos eran una clase social y política entre los arahuacos.
Pero desde antiguo la literatura arqueológica del Caribe diferenció a los grupos pre-
agn’colas como «siboneyes» y a los grupos agrícolas más tardíos como «taínos», y así
aparecen todavia en algunas publicaciones.
Los neoindios u ostionoides desplazaron a los mesoindios por su superior tecno-
¡Ogiïi además, por su numero. que era bastante elevado. Conocían la agricultura y la

tu br:
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cerámica y eran extraordinarios marinos. Estaban compuestos por dos grupos étnicos
diferentes que llegaron también en dos oleadas distintas: primero los pueblos cono-
cidos genéricamente como arahuacos (arawacos), que avanzaron y ocuparon las Anti-
llas Mayores; y luego los caribes, que llegaron posteriormente y se instalaron en las
costas del este venezolano y en las Antillas Menores.
Los dos grupos proceden de las regiones del norte y noreste de Sudamerica. Los
arahuacos eran bien peregrinos y los de mayor impacto como difusores de la cultura
más compleja de la región. Procedentes del Amazonas medio e inferior, habian llega-
do hasta el Orinoco y de allí subieron hasta la costa este de Venezuela. Debian sus
continuas migraciones. aparte del empuje que sufrían por parte de otros pueblos des-
de el sur selva’tico continental, al tipo de cultivo que realizaban, el de roza o tala y que-
ma del bosque, y a la intensa recolección que efectuaban estos grupos tan grandes.
Ello les obligaba al traslado permanente: por una parte, por la esterilización de los
suelos que provocaba el cultivo intensivo que ejercían sobre la zona quemada del bos-
que y que les imponía mudarse a otra área de la selva para rozarla y comenzar de
nuevo; por otra. por la intensa recolección que realizaban esquilmando rápidamente
la zona que les obligaba a desplazarse cada vez más lejos en busca de frutos. Eran gru-
pos familiares extensos que se organizaban en aldeas, con predominio de la identidad
tribal, En su peregrinar hacia el norte alcanzaron la actual costa este venezolana y de
alli saltaron a la isla de Trinidad, donde se instalaron. Desde Trinidad, por Granada,
Martinica, Guadalupe y las Islas Vírgenes. llegaron a Puerto Rico. No se quedaron en
las Antillas Menores porque el reducido tamaño de su espacio agrícola les impedía el
cultivo intensivo de tala y quema que hasta entonces realizaban.
En las Antillas Mayores, en cambio, encontraron un espacio magnifico donde de-
sarrollarse expulsando hacia otras zonas a los indígenas preagrícolas que hallaron. Es
posible que otros grupos arahuacos llegasen también a las islas grandes cruzando el
mar. desde la península de Paria, y aún otros «ostionoides» desde la actual costa
colombiana. Para entonces parecía extendido por todo el Caribe el sistema de cultivo
en montículos (apilar la selva talada y el humus en determinados lugares, mezcla’n-
dolo todo con tierra, y sembrar sobre estos montones, quedando así la zona abonada).
Su aplicación en las Antillas les sedentarizó.
De Puerto Rico pasaron a La Española. donde se establecieron los grupos más
numerosos y evolucionados, aunque otros se expandieron también por Cuba y Ja-
maica creando un gran espacio cultural arahuaco que sería el que encontrarian los
europeos en 1492. Sus primeros asentamientos estuvieron cerca del mar, pero luego
se adentraron en las islas buscando los valles y las sabanas para establecer sus culti-
vos, y su organización evolucionó hacia formas más complejas abandonando las jefa-
turas tribales y adquiriendo rasgos caciquiles. Su lengua común fue un factor de uni-
formidad.
La otra migración, posterior a esta, fue la de los caribes. Procedían de la región de
las Guayanas. y ocuparon la costa este venezolana y las Antillas Menores. Se trató
¡de una verdadera invasión, porque estos grupos de emigrantes eran mucho mas agre-
su'os que los anteriores Las avanzadillas caribes llegaron incluso a los poblados
arahuacos de Puerto Rico y La Española. Fueron
enemigos encamizados: unos por-
que asolaban las tierras agricolas arahuacas; y otros
porque se defendían de las con-
deanmlüas les saqu’eaban los almacenes y les robaban, sobre todo. a sus
una mente cazadores, los caribes manejaban
una rudimentana agri-
u a»,
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cultura para la que utilizaban, precisamente, a las cautivas arahuacas porque conocían
las técnicas del conuco. También poseían una lengua propia, aunque usaban muchos
vocablos arahuacos. En Trinidad y Tobago parece que llegó a producirse una cierta
coexistencia entre ambos grupos.
Similares procesos migratorios sucedieron en el continente. Diversos pueblos des-
cendieron de norte a sur por las costas centroamericanas hasta llegar al istmo de Pana-
ma’, donde se instalaron numerosos e importantes grupos de agricultores (combinan-
do roza y recolección, caza y pesca) que alcanzaron un alto grado de desarrollo en la
región del Darién. Igual sucedió en la costa de la actual Colombia, donde encontra-
mos asentamientos humanos altamente complejos, que darían lugar a la cultura Zenú,
de influencia caribe. o a la Tairona, contactada con los grupos chibchas del interior.
En Venezuela, las sociedades tribales evolucionaron hacia formas caciquiles, de ma-
nera que, cuando se produjo la invasión europea, toda la región vivía un momento de
gran ebullición y de consolidación de las sociedades agrarias, algunas de las cuales ya
habían adquirido formas de señorío étnico y teocra’tico.

2.3. LAS CULTURAS INSULARES. ARAHUACOS Y CARIBES

Los arahuacos ocupaban en las Antillas Mayores una zona del bosque tropical
montañoso, las selvas bajas lluviosas y los matorrales del sur de La Española (en su
lengua. Haiti o Quisquella), la isla de Puerto Rico (Borique'n) y amplias zonas de
Cuba (que conservó su nombre nativo a pesar de que Colón la llamara Juana). Mos-
traban una uniformidad de lengua y de organización social. Habían igualmente logra-
do un gran perfeccionamiento de las prácticas agrícolas, la cerámica, el trabajo del
oro y la construcción de embarcaciones.
Su vida se desarrollaba en torno a poblados, algunos de ellos muy grandes, donde
el cacicazgo y la jefatura étnica y religiosa habían creado estratificaciones sociales
bien complejas.
Estos grupos arahuacos habían abandonado las rozas poco después de haber lle-
gado a las islas y se aplicaban al uso especializado de espacios productivos que esta-
ban divididos en tres zonas diferentes: el conuco, los huertos, y los territorios de pes-
ca, caza y recolección.
El conuco o los conucos eran espacios específicos destinados al cultivo intensivo.
Situados cerca de los pueblos. en ellos se producían los alimentos básicos de la comu-
nidad, fundamentalmente los tubérculos. Para instalar un conuco se elegía una zona
arbolada a la que se prendía fiiego para que las cenizas sirvieran de abono. Luego se
formaban monticulos de tierra y restos vegetales para mejorar su drenaje, y sobre
éstos se sembraban las plantas, como la mandioca (yuca), el camote o la batata. Cuan-
do la capacidad de producción del conuco disminuía, los tubérculos eran sustituidos
por otros productos. y finalmente se dejaba en barbecho por un tiempo. Además de
yucas y baratas. en los bordes del conuco se sembraban también maíz y, asociado a e'l,
los frijoles, cacahuetes (mani). calabazas (auyamas) o guisantes. La recolección de los
tubérculos era intermitente, cuando se necesitaban, y su producción continua, pero
para los otros productos sí existían cosechas‘convencionales.
La mandioca o yuca era sin duda el producto mas importante. y su rendimiento en
esta zona superior al maíz. De ella se obtenía una especie de pan, que constituía la
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base de la dieta, llamado cassava o cazabe. Primero se rayaba la mandioca en un ras-


pador construido con madera y lajas encajadas, y la pasta resultante se embutía en un
cilindro de palma llamado «sebucán» para extraerle el jugo, que es altamente vene-
noso. Una vez seca, la masa se aplanaba y cocía sobre el «buren» o «budare». un pla-
to de cerámica ancho que se ponía al fuego hasta obtener una tortilla delgada llama-
da cassava. Con parte del maíz se producía chicha. El cultivo en montículos y conucos
trajo como consecuencia una mayor productividad y un crecimiento demográfico que
se notó especialmente en las Antillas Mayores, donde en algunas zonas la densidad de
población llegó a ser bastante elevada.
Otro espacio especializado de producción eran los huertos. Situados alrededor de
las viviendas y dentro de los poblados, en ellos se cultivaban árboles frutales, chiri-
moyos. papayas. ajies o piñas. También producían tabaco, que se consumía en las fies-
tas, y algodón, que usaban para los tejidos.
Además quedaba la caza y la pesca: eran diestros pescadores e inventaron nuevos
artefactos. como redes y nasas; también usaban el «barbasco», un estupefaciente para
peces que echaban al agua en los ríos, esteros y lagunas. Especialmente consumían la
tortuga verde (hicotea o morrocoy) y gran variedad de crustáceos (langostas, cangre-
jos o jaibas). El manati y otros grandes mamíferos acuáticos y una gran variedad de
grandes peces eran cazados con arpones desde las embarcaciones, arrinconándolos
entre los arrecifes y la costa. La caza constituía otra actividad importante para la
obtención de proteínas: aunque no usaban el arco y la flecha. eran expertos con los
dardos y las lanzas. y hábiles constructores de trampas para aves: palomas, papaga-
yos. to'rtolas. .. El puerco de monte (ba'quira) constituía una de las piezas más cotiza-
das. así como agutíes (cobayas), hutias e iguanas. Igualmente completaban la dieta la
recolección de moluscos como caracolas y ostras. de las que se formaron gigantescos
concheros. También realizaban recolección de plantas silvestres, normalmente con fi-
nes medicinales. o para teñir los tejidos de algodón: la hija (rojo), el mamón (negro)
o el índigo (azul). Los corazones de palma constituían también parte de su dieta, y las
uveras (uvas de mar), así como los cocos. aunque estos árboles de origen continental
no estaban todavia tan completamente extendidos por todas las Antillas como lo estu-
vieron después.
Otra actividad era la producción artesanal: la cerámica llegó a ser uno de sus sig-
nos de identidad en diversos colores y con representaciones incisas o pintadas. Po-
seian un amplio menaje doméstico, con cuencos de barro cocido. gu"iros (calabazas).
bateas de madera de jagüey g'agüelles) para recoger agua, «hayas» (cestas hechas de
hojas de palma), «macanas» (a manera de porras o machetes de madera) y hamacas
y redes de heneque’n, cabuya, maguey o pita. Las planchas para el cazabe (budares)
constituyeron quizás el elemento mas característico. Poseían además diverso mobilia-
rio doméstico realizado en madera negra brillante («duhos»), y unas plataformas de
madera y cuero para donnir o descansar llamadas «barbacoas». Los tejidos eran de al-
godón. estirando la fibra sobre las piernas de las tejedoras hasta obtener un hilo del-
gado, con el que realizaban prendas tinas y delicadas (las «naguas» o faldas de las mu-
jeres casadas). Las canoas constituían otra de sus habilidades: construidas con ceibas
o cedros ahuecados. primero con lajas y luego quemando su interior, eran formidables
embarcaciones para la navegación por el (.‘aribe y con las que recorrian largas distan-
cias. .Xr‘gurms de ellas podian ser dc gran tamaño. teniendo capnetdad' para transpor-
tar mas de cillk‘UCnld‘ personas. A gh” -
EL CARIBE: LAS SOClEDADES ORlGlNARlAS 37


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MAPA 2.2. DISTRIBUCIÓN DE LOS GRUPOS ÉTNICOS EN EL CARIBE lNSULAR HACIA 1492.
CAClCAZGOS ARAHUACOS

Lo que más llamó la atención a los primeros europeos de los arahuacos fueron sus
piezas de oro: eran hábiles orfebres, aunque no existen sólidas evidencias de que co-
nocieran la fundición u otras técnicas más complejas de metalurgia; obtenían el oro en
los rios y machacaban las pepitas con cantos rodados hasta obtener finas láminas, que
a veces servían para realizar pectorales, brazaletes, narigueras, orejeras, o cascos con
los que cubrían su cabeza. En ocasiones realizaban finos collares con piedras de colo-
res hermosos. que señalaban el estatus que poseían. Además. objetos de oro y piedras,
y otras manufacturas, como los tejidos, sirvieron para un extenso intercambio de pro-
ductos especializados, no sólo entre los diversos grupos territoriales. sino entre las
islas e incluso con el continente.
En cuanto a su organización politica y social, a partir del año 1000 d.n.e comen-
zaron a aparecer aldeas más grandes tanto en La Española como en Cuba y Puerto
Rico. Eso demuestra que el modelo tribal de jefaturas variables en relación con las
habilidades y capacidad fisica de liderazgo del caudillo cambió a las jefaturas étnicas
o cacicazgos, con poderes sobre grupos extensos, ámbitos territoriales precisamente
marcados y claros síntomas de teocracia, generando una cada vez ma's compleja je-
rarquización social de dirigentes, sacerdotes. guerreros. trabajadores y siervos. Cada
pueblo tenía su propio cacique. En La Española existían unos treinta a la llegada de
los españoles, de los cuales cinco eran los‘principales: C aizcimu (incluía a Macorix,
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Higu"ey, Yaguatas y Haitises) al sureste de la isla; Huhabo (incluía a los Ciguayos), al


noreste; Cayabo, en la zona centrooriental, con el Cibao; Bainoa, el centrooccidental,
el mayor de todos (incluyendo las área de Xaragua’, Yaguana, Guahaba, Haitiei, Gua-
nabo, Yaquimo); y Guacayarima, al suroeste de la isla, comprendiendo también al-
gunos indígenas tribales preagrícolas.
En Cuba, los cacicazgos se encontraban igualmente consolidados: de este a oeste,
Maya, Baracoa, Macaca, C uciba. Bayamas, Maniabón, Camagüey, Savaneque (por la
zona del actual Morón), Xagua y Habana. En el oeste cubano, hacia Pinar del Río,
existían grupos preagrícolas conocidos como «siboneyes». En Jamaica también exis-
tían estos cacicazgos, e incluso en el archipiélago de las Lucayas (Bahamas), al norte
de Cuba, eran numerosos los grupos arahuacos asentados.
En todos ellos. la estructura social estaba fuertemente estratificada. La preSIdian
caciques hereditarios. transmitidos normalmente por línea materna, de aquí el papel
protagonista que tuvieron las mujeres de la e’lite. Muchos de estos jefes fueron caci-
cas, algunas de ellas viudas del difunto jerarca. El cacique estaba apoyado por un am-
plio grupo de descendientes, y a través de la poligamia se relacionaba ampliamente
con otras familias de la élite: era el jefe religioso y también un líder guerrero. Muchas
de las actividades de caza y pesca las dirigían personalmente, así como las campañas
contra los caribes invasores. Bajo su autoridad figuraba un grupo de nobles llamados
«taínos», una especie de aristocracia guerrera. Y, finalmente, los sacerdotes, que re-
cibían diversos nombres (mojan, mohanes). Aparte de las familias productoras, que
constituían la mayor parte de la población, existían también unos siervos llamados
«naborias» que realizaban trabajos para los caciques.
La tierra era entendida y trabajada como un recurso comunal, con una clara divi-
sión del trabajo: en los conucos los hombres rozaban y fabricaban los montones, caza-
ban. pescaban y defendían el territorio; las mujeres deshierbaban el conuco (una tarea
continua). recolectaban y cuidaban los huertos, y normalmente se encargaban de las
manufacturas textiles. Todas estas tareas eran organizadas y definidas por las élites y
enmarcadas en rituales calendáricos dirigidos por los sacerdotes.
Los núcleos de población eran numerosos y dispersos. Algunos alcanzaron cifras
superiores a las 2.000 personas, y la densidad demográfica en torno a las zonas agrí-
colas fue muy alta. Cálculos aproximados sobre la población de La Española para
1492 la sitúan en tomo al millón de habitantes, un poco menos para Cuba y menos
aún para Puerto Rico (en función del tamaño de esta última, y porque las incursiones
de los caribes la hacian menos estable).
Las viviendas se construían alrededor de una plaza, en el claro del bosque y nun-
ca cerca de las costas. Sus paredes eran de madera, caña y barro («bahareque») y los
techos se fabricaban con hojas de palma entrelazadas y atadas con «bejucos» (raíces),
con una chimenea o «coronilla» para la salida de humos. Eran circulares («bohíos»), a
veces constituyendo la pared y el techo la misma pieza en forma de campana, excepto
las de los caciques, que podían ser rectangulares, con techo a dos aguas. y se decora-
b'an profusamente. Los bohíos de la élite se situaban alrededor de esta vivienda prin-
Clpa'l._ Algunos bohíos podrian ser muy grandes, llamados «caneyes», para grupos
familiares extensos. sin paredes. con
pilares de madera y techo de palma.
E nl la plaza cntral
e a . ' llba - - . . .
se relizaban las funcrones plicas. religiosas. rituales y festi-
vas. Ex's ’
itia a - S . . _
un ceremonia, una epeme
de «juego de pelota». de alguna manera víncu-
lado con lo. meamencanos,
g SO -
llamado «batey». de quedó el nombre adscrito a
EL CARIBE: LAS SOCIEDADES ORlGlNARlAS 39

toda la plaza y, posteriormente, al conjunto de viviendas en los ingenios azucareros


antillanos. Otra ceremonia eran los «areitos», cantes y bailes colectivos relaciona-
dos con las cosechas y los ritos de la fertilidad, donde se rememoraban las tradicio-
nes del grupo. Los entierros de los caciques constituían también grandes solemnidades,
acompañando al cuerpo en sus tumbas muchos accesorios domésticos y rituales.
La vida religiosa era compleja y estaba dirigida por los sacerdotes, a medio camino
entre el curanderismo, la adivinación y la hechicería. Sus dioses, llamados «Cemís»,
eran seres sobrenaturales situados en otra esfera, con los cuales el cacique y los sacer-
dotes se comunicaban mediante la ingesta de alucinógenos. En el trance viajaban hasta
la tierra de los dioses, en una migración mágica pero que tiene que ver con la tradición
de estos pueblos que tanto erraron durante siglos, y allí trataban con los Cemís los asun-
tos o problemas de la comunidad. Regresaban con consejos o instrucciones que eran
seguidos por todos como tales mandatos divinos, por lo que se pensaba que las decisio-
nes delos caciques procedían de estos poderes sobrenaturales siendo expresiones de las
fuerzas sagradas. La «cohoba» era un poderoso narcótico que los sacerdotes quemaban
e inhalaban. y cuyo humo tenía poderes curativos. Cada Cemí poseía su propia perso-
nalidad y contaba con una tradición individualizada. Se representaban con símbolos
zoomorfos o antropomorfos, considerados sagrados. Así, figuraban a veces pintados en
los cuerpos de los guerreros, o grabados sobre las piezas de oro, o tallados en las ca-
noas y en otros muchos objetos considerados rituales. No poseían grandes templos,
sino adoratoríos insertos en el poblado donde se depositaban estas figuras de Cemís.
Como ya hemos indicado, una de las características comunes de los arahuacos era
su lengua. La mayor parte de los vocablos en las Antillas Mayores eran arahuacas, una
especie de lengua general, y muchos de ellos pasaron al castellano: aparte de los to-
pónimos, quedan muchos. Sirvan como ejemplo bejuco, cayo, canoa, cacique, caoba,
ceiba, cocuyo (lucie'rnaga), comeje’n (termita), huracán, mangle, naguas, sabana.“
La de los caribes fue la última gran migración procedente de las costas orientales
y centrales de Venezuela que llegó a las Antillas. Hasta allí habían ido desplazando a
las poblaciones arahuacas y en 1492 estaban asaltando y asolando con intensidad las
costas de Puerto Rico e incluso las de La Española.
Su hábitat lo constituían las Antillas Menores, grandes áreas de la costa oriental
de Venezuela y la isla de Trinidad. Eran más propensos a la guerra que los arahuacos, y
aunque existían muchas semejanzas con ellos en lo referente a su cultura material, su
belicosídad y agresividad los transformó en los terribles vecinos de la región. Lle-
garon en grandes razias a las islas y se fueron asentando en ellas con gran velocidad.
A diferencia de los arahuacos, usaban el arco y las flechas, muchas de ellas con aplica-
ción de venenos, lo que los hizo muy superiores en el combate, especialmente, frente
a los «siboneyes». a quienes barrieron completamente de las islas más pequeñas don-
de aún permanecían algunos grupos.
Sus píraguas eran también más grandes, lo cual les permitía llegar más lejos y más
rápidamente; por eso. tanto en el mar como en la tierra. resultaban imbatibles para los
arahuacos. que sólo podían defenderse oponiendo una gran masa de combatientes.
Podían acabar expulsando a los invasores, pero a costa de muchas pérdidas en muer-
tos y cautivos.
Los caribes no se estructuraron en torno a cacicazgos hereditarios sino que mantu-
vieron una organización social y política de caracter más tribal, porque sus grupos no
eran tan numerosos. La jefatura del caudillo 'se basaba en el valor demostrado durante
40 AMÉRICA LATINA

el combate: los triunfos bélicos daban prestigio y, mediante el reparto del botín ob.
tenido (alimentos y cautivos), conseguían controlar o adscríbir un mayor número de
guerreros a su grupo, con lo que las empresas a emprender podían ser más ambiciosas
Sus asentamientos eran pequeños y comprendían menos de cien personas; una
aldea solía componerse por la familia extensa de un guerrero de importancia que resi.
día con varias esposas. porque los jete‘s practicaban la poligamia y recibían a las muje.
res capturadas en la guerra. Practicaban la agricultura en conucos, pero en sus conti-
nuas expediciones tendían más a la caza, la pesca y la recolección. Eran las mujeres
las que se dedicaban a los cultivos y, dada la escasa experiencia de los caribes en esta
materia, usaban para este cometido a las mujeres arahuacas cautivas; por eso rara vez
las mataban en sus incursiones. Además, dado el escaso tamaño de sus grupos origi-
narios, era un modo de evitar la endogamia. Los jóvenes guerreros se las quedaban o
las entregaban a sus padres y abuelos para que les sirvieran. Los hijos de estas muje-
res se convertían en miembros legítimos de la comunidad, que se ampliaba más rápi-
damente que por evolución natural del grupo primigenio. Este crecimiento, sobre todo
el del número de varones, ayudaba a un jefe de aldea a ampliar su prestigio y su base
política en la relación con otros grupos caribes.
Sus viviendas estaban conformadas por una gran casa comunitaria colocada en el
centro de un claro despejado junto a los ríos. En ella, el jefe, sus hijos políticos y sus
hijos varones, pasaban el tiempo entre los períodos de caza, pesca o entre las incur-
siones que realizaban estacionalmente; alli eran atendidos por sus esposas e hijas, que
vivían en un conjunto de pequeñas viviendas y cocinas construidas alrededor del gran
caney central: una para cada esposa y para las cautivas. Así, los europeos escribieron
luego sobre la existencia de «casas de varones» y casas o «islas de mujeres» entre los
caribes. Como la mayor parte de las mujeres eran arahuacas cautivas o descendientes
de ellas, los europeos comentaron también que los caribes tenían una lengua propia de
los hombres y otra de las mujeres.
Del mismo modo, un asunto al que los europeos no dejaron de referirse fue el de
sus rituales en torno a la antropofagia. A medio camino entre la realidad y la leyenda,
algunos autores anotan que se trató de un rasgo propio de sus necesidades alimenti-
cias derivadas de la necesidad de proteina animal que, en las Antillas Menores, dado
el tamaño de las islas y antes de la llegada del ganado europeo, era imposible o muy
dificil de conseguir. ( )Iros apuntan a una rítualidad guerrera mediante la cual se con-
seguía la apropiación de las virtudes del enemigo. Sea como sea, lo cierto es que su
supuesto canibalismo fue completamente sacado de contexto por los españoles, quie-
nes se apoyaron en e'l para amplificar el concepto de «salvaje» aplicado a la belicosi-
dad propia de los caribes y conseguir así la legalización de su esclavitud cuando no su
completa destrucción.

2.4. LAS CULTURAS CONTINENTALES

Como ya hemos comentado. grupos adaptados a las regiones costeras centroame-


n'canas habian descendido hacia el sur hasta alcanzar la zona del istmo de Panamá
alrededOr del lOOOO a.n.e. En las costas de Nicaragua y Honduras algunas sociedades
preagríeolas seguían existiendo con un bajo nivel de desmllo cultural de tipo tribal.
pero otras habían llegado a saltar a las Antillas. Las que “¡n‘n‘anecieron
en el conti-
EL CARIBE: LAS SOClEDADES ORIGINARIAS 41

nente evolucionaron lentamente hacia formas más complejas, y era posible, en los
primeros siglos de nuestra era, hallar conucos establecidos en estas costas de Centroa-
mérica, muy semejantes a los plantados por los arahuacos insulares; lo que demues-
tra la existencia de algún tipo de contactos entre ellos.
Más al sur, los primeros pobladores estables en el Istmo y en la actual costa cari-
be colombiana fueron grupos de cazadores y recolectores que se asentaron entre las
montañas y la costa o se adentraron por los ríos de la zona (el Atrato y el Magdalena).
Así, son numerosos los yacimientos encontrados en las desembocaduras de estos ríos,
en Puerto Hormiga y en Canapote y Crespo (Cartagena de lndias) en forma de gran-
des concheros, fechados hacia el 2000 a.n.e.
Obviamente, estos grupos evolucionaron en la medida en que pudieron relacio-
narse mejor con el medio y, sobre todo, alcanzar el manejo de ciertos cultivos. La
organización de la producción estaba dirigida al abastecimiento estable de alimentos,
aunque las técnicas agrícolas empleadas indican todavía un bajo nivel tecnológico.
Mario Sanoja señala que, en el caso de la yuca, debió de producirse una larga transi-
ción entre la recolección de la silvestre y la aparición de sus primeros cultivos. Igual
sucedió con el maíz, que logró un gran desarrollo. Del mismo modo aparece la cerá-
mica, como la de Mulamba, una de las más antiguas del continente, que demuestra el
carácter estable de algunos de estos asentamientos.
Los especialistas no parecen ponerse de acuerdo sobre el carácter de las primeras
sociedades agrarias en estas zonas continentales. Hay quien opina que fueron socie-
dades basadas en el parentesco y en la identidad étnica, con propiedad comunal sobre
los medios de producción. Otros piensan que fueron sociedades desiguales agrupadas
en federaciones de aldeas. Pero lo que parece claro es que algunas de ellas evolucio-
naron hacia formas de cacicazgo. que manejaron simultáneamente los ecosistemas de
la montaña tropical y de la costa, que establecieron relaciones más o menos violentas
de dominación sobre otros grupos cercanos y subordinados situados en un estadío
inferior de evolución, y que estuvieron permanentemente en guerra con otros caci-
cazgos similares pero con los que, al mismo tiempo, mantuvieron fluidas relaciones
de intercambio.
El cacique acaparaba el mayor número de materiales para cambiar con otros gru-
pos, lo que le concedía una clara posición de supremacía, poseía grandes privilegios
en esclavos y mujeres, y la desigual distribución de excedentes que realizaba en el
seno de su grupo producía una marcada diferenciación social, como se demuestra en
los enterramientos de estas culturas, normalmente en urnas funerarias.
Por tanto. toda la zona continental costera, desde Nicaragua hasta el este de Vene-
zuela, fue una compleja franja de interacción material, aunque, por supuesto. no de
una manera homogénea. En las costas nicaragüenses, por ejemplo, la agricultura en
conucos fue bastante exitosa. En Costa Rica. los señores llamados güetar, controlaron
buena parte de la montaña y de la costa. En Panamá, C omagre. Veragua y Darién fue-
ron áreas de importante desarrollo. Zenu's y taironas, en la actual costa colombiana,
alcanzaron al parecer mayor entidad cultural y productividad agrícola (con una por-
tentosa red dc canales y camellones de cultivo) que otros grupos centroamericanos
instalados en zonas de menor potencial ecológico y donde buena parte de la produc-
cio’n agraria se obtenía con bastones para cavar.
En las costas venezolanas existió también una gran diversidad en los desarrollos
alcanzados por estas sociedades, desde la cuenca del Lago de Maracaibo, las costas del
42 AMÉRICA LATINA

noreste, los valles de Aragua y de los Caracas, hasta las costas del noroeste, donde los
caribes se acabaron imponiendo.
Después de los cazadores-recolectores de El Jobo, hacia el 5000 a.n.e. aparecie-
ron grandes concheros en los manglares y en la desembocadura de los ríos. Poco a
poco tu‘eron surgiendo modos de vida ma’s jerarquizados, como se demuestra con la
existencia de cementerios o pequeñas necrópolis. Para el año 1000 d.n.e. hay ya
comunidades caciquiles y una más compleja división social del trabajo: aparecieron
metates (piedras anchas para moler el maíz a mano), asentamientos sobre montículos
artificiales y manufacturas de telas de algodón
En el entorno del lago Maracaibo, las actividades agrícolas en las llanuras lacus-
tres comenzaron a complementar la subsistencia que antes sólo podia obtenerse de la
pesca. El este del lago. y a lo largo de la costa, incluso se construyeron terrazas de cul-
tivo en las montañas que caen sobre el mar, algo parecido a lo que también existía en
Panamá; y se hallan indicios de que algunas aldeas se fortificaron para defenderse de
las depredaciones de otros pueblos costeros más belicosos, como los caribes.
De esta manera, tanto en Centroamérica, el Istmo, en las costas colombianas o ve-
nezolanas. el modelo que se fue imponiendo fue el de los cacicazgos, es decir, pode-
rosos señores étnicos rodeados y apoyados por un grupo de élite y por otras comuni-
dades subordinadas. reforzados todos estos nexos por políticas matrimoniales basadas
normalmente en la poligamia.
Conocidas sus características generales, pasemos ahora a estudiar con cierto dete-
nimiento algunas de estas sociedades: las del Darién y el Atrato, las asentadas en el
rio Sínu’, y la Tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Algunos de estos señoríos estuvieron situados entre las serranías del Darién, el
golfo de Uraba' y el rio Atrato, y su cronología comienza en los primeros siglos d.n.e.,
alcanzando un gran desarrollo a partir del [000 d.n.e. Fueron importantes porque
funcionaron como intercambiadores de perlas y oro en bruto de las costas del Pacífi-
co por esclavos. tejidos y manufacturas de metal de la zona del Atlántico. De sur a
norte fiuyeron también muchos productos: maíz, algodón, mantas, hamacas, sal pes-
cado salado. oro y esclavos. Un gran circuito que iba desde Costa Rica hasta el río
Atrato y que au'n ascendía hacia la zona de los andes colombianos, la región Muisca.
a través del nudo de los señorios establecidos de la sierra de Dabeiba.
Aunque la agricultura constituía la base del desarrollo de estas sociedades, com-
plementarias con la pesca y la recolección. este tráfico de productos les permitió ace-
lerar su desarrollo aceptando influencias de diversas regiones. El área del Istmo fue
un importante punto de contacto entre la región andina y las culturas del Caribe. En
Uraba', por ejemplo, se intercambiaron muchas tradiciones metalúrgicas andinas
con áreas orfebres de Panamá y Costa Rica, sobre todo las aleaciones de tumbaga
(oro y cobre). La lengua más común fue la chibcha, originaria del centro de la actual
Colombia.
Los grandes caciques (_«queví» o «quibian») eran la máxima autoridad. con un
número importante de «naborias» a su servrc'io. aparte de los esclavos. Se distinguian
por el vestido y en los adornos de hombres y mujeres. El cacicazgo se transmitía al
primogénito. y en las ceremonias de toma de posesión de un nuevo cacique se recita-
ba la genealogía de su familia que se remontah a la epoca de las migraciones. Los
enterramientos eran muy solemnes, con mujeretï esclavos a quienes se sacrificaba
para que lo acompanaran al mas’ allá.
EL CARIBE: LAS SOCIEDADES ORIGINARIAS 43

En San Pedro de Urabá han aparecido vestigios muy importantes en mitad de la


selva. En Panamá, los españoles llamaron «La Cueva» a parte de esta provincia, chib-
chahablantes y antecedentes de los kunas actuales, donde existieron varios cacicatos
muy bien diferenciados. También hubo grandes caciques en Comagre y Nata' (esta
última en el Pacífico). Los poblados más grandes eran de unos 50 bohíos, y podían
albergar más de 1.500 personas. Veragua fue otro centro activo de intercambio
Dabeiba fue un a’rea muy importante como productora de orfebrería. Conectaba a
los muiscas serranos con la costa, recibiendo productos suntuarios de ambas zonas.
Tierra de grandes caciques, a la llegada de los españoles se la consideró como una de
las posibles sedes de El Dorado.
Más hacia el este, entre las sabanas colombianas y la costa, en torno a los ríos Sinú
y San Jorge, se extendió otra cultura importante: la cultura Zenu’. Atravesó dos fases:
una inicial, desde el siglo 1 al año 1000 d.n.e., y otra clásica, desde esas fechas a la
conquista española. La cultura Zenu’ ocupó las llanuras tropicales del Caribe, al oeste
de la actual Cartagena de Indias, combinando cie’nagas, estuarios y sabanas. El terri-
torio estaba dividido en tres provincias: Finzenú, Panzenu' y Zenufana, con funciones
económicas complementarias: tubérculos y maíz, manufacturas, oro nativo, caza, pes-
ca y recolección. Sus jefes respectivos, siempre de un mismo linaje, controlaban la
distribución.
En las zonas inundadas del bajo San Jorge manejaron el riego mediante un siste-
ma que alternaba canales artificiales inundables y camellones (lomadas de tierra entre
los canales donde se sembraba) que ocupó 500.000 hectáreas, y que au’n en nuestros
días es visible en imágenes vía satélite. Ello permitió el desarrollo de una numerosa
población a lo largo de los ríos o en los bordes de las cie’nagas, en viviendas o aldeas
construidas sobre plataformas artificiales. Hacia el año 1000, la población disminuyó
notablemente, debido a la presión de otros señoríos. Cuando se produjo la invasión
europea, el auge que había tenido el gran Zenu’ era un mito que permanecía en el
recuerdo colectivo de toda la región. Las tumbas de sus grandes caciques, luego
saqueadas por los primeros conquistadores, aportaron señales más que evidentes de la
riqueza que tuvo la zona. Narigueras, pectorales, remates de bastones, orejeras, deli-
cadas piezas de oro y tumbaga con aves, caimanes o representaciones del dios Jaguar
(relacionado con el sol) de las miles que confeccionaron los zenu’s, han sobrevivido
milagrosamente a siglos de saqueo, y algunas de ellas pueden ser contempladas en el
Museo del Oro de Bogotá. Expertos artesanos fabricaban también célebres tejidos en
algodón y palma. Este trabajo artesanal se entendía como una actividad semisagrada
y se exigía una preparación ritual para su desempeño.
Aparte de los lugares de habitación, que para una población tan numerosa se ha-
llaban dispersos junto a los centros de producción agrícola, las áreas residenciales
destinadas a los jefes y sacerdotes y donde además se elaboraban las artesanías, cons-
tituían santuarios o centros ceremoniales que se usaban como aglutinantes de la co-
munidad y hasta ellos peregrinaban estacionalmente. Con las personas se movían tam-
bién los productos, que interactuaban sobre una zona bien extensa. Se sumaba así una
agricultura de subsistencia sumamente productiva en los camellones, que incluía tala
y quema en los bosques marginales de las sabanas, con una agricultura y pesca exten-
siva, y con la caza como importante actividad suplementaria. El excedente, usado
como tributo al cacique. se almacenaba en cuevas subterráneas construidas en los
recm'tos residenciales de los señores. Servia para mantener a la casta sacerdotal y a
44 AMÉRICA LATINA

los guerreros, para las ceremonias y las fiestas donde el cacique manifestaba la reci-
procidad con sus tributarios.
Alrededor de estos grandes señoríos existían otros pequeños dominios subordina-
dos, también en forma de cacicatos fronterizos. que contribuían a “tender la red de
intercambios.
El último complejo cultural que vamos a estudiar es el Tairona. Situado en la cos-
ta caribe colombiana, en las alturas de la Sierra Nevada de Santa Marta (que alcanza
cotas superiores a los 5.800 m), produjo un importante desarrollo urbano único en
toda la región. Dada la diversidad en alturas, la ZOna presenta una gran variedad eco-
lógica. desde los arenales y los salitrales de la costa hasta las nieves de altura, La re-
gión estuvo muy densamente poblada. Aún en nuestros días, sus descendientes, los indí-
genas kogí, aruacos o arsarios. conservan buena parte de sus rasgos culturales.
Histórica y arqueológicamente. la región atravesó dos fases antes de 1492: la
Pretairona, en las zonas bajas y a partir del 600 d.n.e.; y la fase Tairona, en las zonas
altas, desde esa fecha hasta la conquista, alcanzando su esplendor después del 1000 d.n.e.
Esta segunda fase es la de mayores estu‘erzos constructivos, con muchas infraestruc-
turas realizadas en piedra, entre las que destaca Buritaca o Ciudad Perdida.
La cultura Tairona se origina en una confederación de aldeas sometidas a la
autoridad de varios jeie's de un mismo linaje. Eran varios cacicazgos independien-
tes. pero unidos por una historia común; una saga que se remontaba a la noche de
los tiempos.
El urbanismo refleja las jerarquías existentes en el seno de la sociedad tairona,
donde la élite estaba to‘rmada por los caciques y una poderosa casta sacerdotal. Aún
pueden contemplarse en nuestros dias viviendas suntuosas de piedra, recintos cere-
moniales y espacios públicos (plazas) que se articulan con talleres artesanales, depó-
sitos, viviendas unifamiliares y terrazas de cultivo en una laberintica disposición, que-
dando todos los elementos enlazados a través de tortuosos y empinados caminos de
lajas y piedras que aseguran la circulación interna en las alturas.
Realizando un excelente manejo de los distintos nichos ecológicos de la verticali-
dad, estos laboriosos pueblos pudieron intercambiar sal, pescados, moluscos, yuca
(mandioca), auyamas (especie de calabaza), frijoles y frutas de las zonas bajas, con
maiz de las zonas regables intermedias (donde practicaron la agricultura intensiva) o
con coca procedente de las tierras más altas y tr‘ias. El calendario agrícola y ceremo-
nial, bien complejo por lo que significaba utilizar tal diversidad de microambientes
productivos, fue acertadamente manejado por los sacerdotes, que tuvieron una gran
influencia sobre la sociedad.
La orfebrería alcanzó un nota-ble desarrollo. Piezas de oro (relacionado con el sol
y la fertilidad), piedras preciosas y cerámica muestran hombres y animales tanto en
actitudes sagradas como profanas. Eran expertos en manufacturas de cuentas de collar
que intercambiaron con otros pueblos situados en remotas regiones. Collares. pesca-
do. sal de la costa y conchas marinas eran trocados por oro y esmeraldas de las zonas
chibcha y muisca. Así es normal que en los objetos taironas aparezca el oro del inte-
rior trabajado por los orfebres locales junto con esmeraldas procedentes de la actual
Antioquxa; y que cacrques muiscas y chibchas se adornaran con conchas nacaradas
procedentes de las costas de Santa Marta.
Sus mitos lu'nd a‘dodres dan idea de lo complejo
de su cosm_l,risio'n: en el principio
de los tiempos, el í nun o tue eeao
r d,
por una
. . . . Y .. ‘
divmidad reptilmgros llleS tueron fun-

» (fill.
EL CARIBE: LAS SOCHÉDADL‘S ORIGINARIAS 45

dadores de los distintos linajes taironas. Luego el sol (el jaguar) y el murciélago (el
sol subterráneo. la noche) se dividieron cl tiempo. que es representado por una ser-
piente de dos cabezas. Entonces. las aves negras volaron ubicando a cada clan en su
territorio. Las demás aves aportaron lo necesario: el colibrí trajo la coca, el águila la
yuca, el garrapatero los árboles y las flores. el guacamayo el maíz. .. El sapo es el sim-
bolo femenino: es el centro, el cuerpo. la fertilidad de la tierra; y el cosmos está
orientado según la salida y la puesta del sol. cuyos solsticios y equinoccios, medidos
por el alineamiento de determinadas piedras sagradas, marcan las épocas de siembra
y cosecha. El caracol muestra en sus espirales el tránsito de la vida. Los taironas fue-
ron seguramente el pueblo más evolucionado en este sentido de todo el Caribe.

2.5. LA VISIÓN DEL PARAÍSO

¿Qué impacto tuvo todo este universo anteriormente descrito sobre los conquista-
dores europeos que. buscando otro mundo, encontraron éste? ¿Cuál fue su percep-
ción? ¿Cómo encajaron todos estos detalles tan laboriosamente trabados a lo largo del
tiempo en la idea preconcebida de los primeros españoles que cruzaron el Atlántico,
portadores de una cultura medieval llena de prejuicios ——positivos o negativos-
sobre lo extraño y lo maravilloso?
Cn‘sto’bal Colón escribió frases como «nunca tan hermosa cosa Vido», «que pare-
ce que el hombre nunca se querría partir de aquí»; un lugar en el que el canto del rui-
señor se oía por doquier y «las manadas de papagayos oscurecen el sol», donde los
más ricos productos se hallaban al alcance de la mano, «y todos huelen que es mara-
villa». En el primer viaje, Alonso Pinzón obtuvo más de 900 pesos de oro al parecer
con mucha facilidad. trocándolos por baratijas. Colón por su parte escribia a los reyes
de Castilla y Aragón que «yo les daré oro cuanto hubieran menester especiería y
algodón cuanto Sus Altezas mandaran cargar y ligna'loe (aloe) y esclavos. Y creo
haber hallado ruibarbo (se usaba como purgante) y canela...». Pinzón dijo haber ha-
llado guindillas, perlas, piñas y tabaco. y el almirante llevó a la reina Isabel hutías de
pelaje suave, ajíes, maiz, monos, papagayos, batatas y yucas. En el segundo viaje,
sobre todo lo anterior añadió el Palo de Brasil, un denominador común para todas las
plantas de tinte.
Pero más allá de la extrañeza, los españoles, en general, no encontraron utilidad a
la mayor parte de los productos de la región del Caribe; al menos durante los años ini-
ciales. Los primeros colonos y conquistadores ni siquiera fueron capaces de alimen-
tarse de ellos, y muchos hablaban «del hambre» que pasaban, tanto que decían morir
de desnutn'ción. Productos tan basicos y luego tan extendidos como la yuca (y el casa-
beli el maíz. la barata. los frijoles, la calabaza, el maní; o frutas como la papaya, la
chin’moya, las piñas; o pescados en tan infinita variedad (meros, jureles, pargos,
sa'balos. palometas, bocachicos), crustáceos como langostas, centollas o cangrejos,
quelónidos como las tortugas verdes. moluscos como las ostras o las caracolas, o ma-
míferos como el cerdo de monte, los venados... no los aceptaron en su dieta. Ellos
suspiraban por el pan de tngo, el aceite de oliva y el vino de uva. Y ninguno de esos
productos pudo arraigar en las islas por más que lo intentaron. Decían que les faltaba
también la carne de cerdo y la chacina. Y lo que resulta más curioso: echaban de
menos las hierbas y las especias europeas sin las cuales todo les parecia insipido.
46 AMÉRICA LATINA

Habían ido a buscar las islas de las especias y extrañaban las de su tierra. Por eso
decían llevar tan mala vida en aquel paraíso.
Veinte, treinta o más años después de 1492 era ya posible encontrar productos fru-
ticolas europeos cultivados en las Antillas: por fin tenian ajos, cebollas, repollos, coli-
flores, nabos, ra'banos, perejil o cilantro, orégano, hierbabuena, y frutales ortodoxos
para ellos, como naranjas, limones o toronjas. Y tuvieron cerdos (puercos, que es el
nombre castellano que ha quedado en el Caribe): tantos y tan asilvestrados que se
tuvieron que dictar disposiciones para acabar con la plaga de cerdos montaraces que
inundaba los campos. El paraíso comenzaba a ser alterado.
Si extraña les pareció la comida, los nativos aún más: al principio les llenaban de
curiosidad. Decían de los indios arahuacos, de los cuales Colón embarcó varios para
España al regreso de su primer viaje, que eran «del color del membrillo» o «de color
oliva», pacíficos y sin disposición a luchar. No eran monstruos, como las leyendas
pronosticaban, sino personas bien formadas que hablaban todos la misma lengua y
creían en un dios bueno que moraba en el cielo, afirmaba el almirante. Sus príncipes
o caciques, llamados al parecer Behechio o Caonabo, de la zona de Maguana, los
mandaban con prudencia y eficacia y, según apuntaba, e’l mismo había estado en una
«gran ciudad» donde conoció a su «rey», un notable señor investido de toda la auto-
ridad, y donde además existía (lo que parece que más le interesó) un enorme «alma-
cén» de algodón. Se mostraba impresionado por el buen nivel de organización de la
comunidad, sus técnicas agricolas y artesanales, la construcción de sus viviendas y
la disposición de sus poblados, las múltiples facetas de la vida cotidiana arahuaca, la
facilidad de las transacciones con los caciques, así como su gran hospitalidad y do-
cil idad.
Bien diferente fue la visión que aportó de los indios caribes: en la peninsula de
Samana’ (en La Española) se encontró al parecer con un grupo de ellos que realizaban
una incursión por la zona, y el choque fue violento; nada que ver con los pacíficos ara-
huacos. Según cuenta Colón, les atacaron unos indios adornados con todo tipo de pin-
turas corporales, largos arcos de junco y flechas con punta de madera o de afiladas
espinas y dientes de pez, algunas de ellas envenenadas. Comenta el almirante que de-
bieron de ser los «caribes antropo'fagos», los que según sus amigos arahuacos asalta-
ban continuamente sus costas con gran ferocidad, capturando nativos para esclavizar-
los y literalmente come'rselos. Que si eran niños los capaban para engordarlos, «como
nosotros a los pollos o cerdillos que queremos criar más gordos y tiernos para co-
merlos». Y a los mayores los mataban y troceaban «y los guardan para otro tiempo,
salados como nosotros los pemiles de cerdo». En cambio, continuaba escribiendo
Colón, no comen a las mujeres, sino «las cuidan y conservan para la procreación... y
a las viejas las tienen por esclavas para que les sirvan». En su famoso diario escribió
el l6 de enero de 1493 que estos caribes recorrían las costas de las islas en grandes
canoas, haciendo razias violentas, capturando esclavas y matando a la gente para
comerla, y que luego los «hombres de la dicha isla de C arib, que dicen que estaba a
diez o doce leguas» marchaban a la isla de Matinino (¿luego Martinica?) a complacer
a las mujeres que alli vivían solas: «Y si parian niño envia'banlo a la isla de los hom-
bres, y si niña, dejábanla consigo». Era su particular visión de lo que antes comenta-
mos. Su contemporáneo y competidor, Américo Vespucio, no fue menos contundente
en los detalles: escribia en 1503 que estuvo en una ciudad donde vio en las casa‘s la
came humana salada y colgada de las vigas, y que los caribes se maravillaban de que
EL CARIBE: LAS SOCIEDADES ORlGlNARlAS 47

«nosotros... no usamos su carne (de nuestros enemigos) en las comidas, la cual dicen
ser sabrosísima».
eXtmñar’ pues’ que en la Primera l.Conografia, América apareciera como
No es de
un nuevo mundo lleno de lestrigones (antropófagos mediterráneos, según las leyendas
de la antigüedad y del medievo) devorando cruelmente a sus víctimas. El mito de los
Caribes estaba servido y sería utilizado contra todos los indígenas que no se sometie-
ran al poder de los colonizadores. Conforme la resistencia de los indigenas aumentó
ante los abusos e iniquidades de los españoles, el mar de los Caribes adquirió su nom-
bre con toda propiedad. Todos eran ahora caribes.
Por el contrario, los caciques arahuacos habían demostrado hasta entonces una
docilidad y una inocencia sin límites, las que les llevaron a la muerte: al volver a La
Española en su segundo viaje, Colón atacó en 1494 a los cacicazgos del centro de
la isla buscando esclavos; pocos años después, en 1503, estos mismos caciques toda-
vía confiaban en los representantes del rey, Ovando y Velázquez. A su pedido, orga-
nizaron para ellos una gran reunión de caciques en Xaragua’. El cacique Behechio
habia muerto, y su hermana Anacaona, viuda de otro cacique, Canoabo, le había suce-
dido. Acudieron también, convocados por Anacaona, muchos caciques secundarios de
la gran región de Bainoa y de Higu"ey; es decir, allí se concentraron los jefes étnicos
de una punta a la otra de La Española. A una señal de Ovando, Velázquez cargó con-
tra los reunidos y mató a casi todos, capturando a la cacica que luego fue cruelmente
asesinada. Velázquez también mató poco después al señor étnico de Guacayarima. Se
trataba de descabezar los cacicazgos arahuacos de la isla para repartir a todos los in-
dios entre los colonizadores; y desde luego lo consiguieron. A partir de entonces los
indios serían, para la mayor parte de los europeos, de dos clases:
«Los indios de razón», tan do’ciles que al no ofrecer resistencia podían ser es-
clavizados 0 repartidos, y que entre tal régimen de explotación y las enfermedades
europeas se exterminaron enseguida. Y «los caribes o indios de guerra», «salvajes
irreductibles» y «antropófagos», dirigidos por el diablo y sus hechiceros idólatras,
que por su ferocidad debían ser exterminados en guerra a sangre y fuego.
La clasificación, a fin de cuentas, sólo distinguía el modo en que habrían de morir;
que fue exactamente lo que vino a suceder con todos. Porque, cada vez más, entre
l508 y 1519 en las Antillas Menores, de 1510 a 1535 en el Darién y Panamá; de 1503
a 1540 en la actual costa caribe colombiana; y de 1510 a 1550 en la costa venezola-
na... caribes y no caribes, es decir, todos los indígenas, comenzaron a resistirse a la
penetración de los nuevos invasores. El precio fue su extinción.
En pocos años más (ní siquiera pasaron cincuenta), prácticamente la totalidad de
todos estos pueblos vigorosos que hemos estudiado estaban muertos y habian desa-
parecido. Sus orgullosos caciques asesinados; sus conucos primero explotados por los
últimos indios hasta su exterminio final y luego abandonados; las fértiles montañas
sólo parecian servir para extraer maderas talando sus frondosos bosques; sus campos
se habían convertido en un enorme cementerio donde habían sido enterrados más de
dos millones de cadáveres. Pero, en un trajín de embarcaciones, el Nuevo Mundo y
con e'l el paraíso. había sido incorporado a la modernidad.