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20/10/2019 El mensaje, el significado y la multitud

El mensaje, el signi cado y la multitud


Por el élder Je rey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Por encima del bullicio y estruendo incesantes de nuestros días, ruego que nos
esforcemos por ver a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro
servicio.

Hermanos y hermanas, él es Sammy Ho Ching, un bebé de siete meses, mientras


veía la conferencia general en su casa el pasado mes de abril.

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Cuando llegó el momento de sostener al presidente Russell M. Nelson y a las


demás Autoridades Generales, Sammy tenía los brazos ocupados sujetando el
biberón, por lo que hizo lo mejor que pudo.

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Sammy le da un nuevo signi cado al concepto de votar con los pies.

Bienvenidos a esta conferencia semestral de La Iglesia de Jesucristo de los Santos


de los Últimos Días. A manera de introducción para el análisis del signi cado de
estas reuniones que se hacen dos veces al año, recordaremos una escena que relata
Lucas en el Nuevo Testamento 1:

“Y aconteció que, acercándose [ Jesús] a Jericó, un ciego estaba sentado junto al


camino, mendigando;

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“… cuando oyó a [una multitud] que pasaba, preguntó qué [signi caba] aquello.

“Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno.

“Entonces dio voces, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”.

Sorprendidos por su osadía, leemos que la multitud intentó hacerlo callar, “pero él
clamaba mucho más”. Como resultado de su insistencia, lo llevaron ante Jesús,
quien escuchó su súplica llena de fe pidiendo la restauración de la vista y Él lo
sanó 2.

Este relato breve y vívido me conmueve cada vez que lo leo. Se puede sentir la
angustia de ese hombre. Casi lo podemos oír gritando para llamar la atención del
Salvador. Sonreímos ante su negativa a callarse, de hecho, ante su determinación a
subir el volumen de su voz cuando todos los demás le pedían que la bajara. Esto es,
de por sí, un tierno relato de una persona de gran fe y determinación; pero como
sucede con todas las Escrituras, mientras más las leemos, más encontramos en ella.

Algo que hasta hace poco no había notado, es ver el buen juicio de este hombre de
rodearse de personas sensibles a lo espiritual. Toda la importancia de este relato
radica en un puñado de mujeres y hombres anónimos que, cuando su compañero
les preguntó: “¿Qué signi ca toda esta conmoción?”, tuvieron la visión, por así
decirlo, para reconocer a Cristo como la causa del clamor; Él era el “Signi cado
Personi cado”. Hay una lección que todos podemos aprender de esta breve
interacción. En temas de fe y convicción, resulta útil dirigir sus dudas hacia quienes
realmente tienen fe y convicción. “¿Puede un ciego guiar a otro ciego?”, preguntó
Jesús en una ocasión. “[De ser así,] ¿[n]o caerán ambos en el hoyo?” 3.

Nuestro propósito en estas conferencias es la búsqueda de esa fe y convicción, y al


unirse ustedes hoy a nosotros se darán cuenta de que esta búsqueda es un esfuerzo
que comparten muchas personas. Miren a su alrededor. Por estos jardines ven a
familias de todos los tamaños que vienen de todas las direcciones; viejos amigos se
abrazan gozosos, un coro maravilloso está calentando las voces y unos
manifestantes gritan su consigna favorita. Misioneros que sirvieron hace años
tratan de encontrar a sus antiguos compañeros, mientras que los misioneros que
acaban de regresar buscan compañeros totalmente nuevos (¡ya saben a qué me
re ero!). ¿Y fotos? ¡Que los cielos nos amparen! Con teléfonos celulares en cada
mano, hemos pasado de ser “cada miembro un misionero” a “cada miembro un
fotógrafo”. En medio de toda esta espléndida conmoción, uno podría preguntarse,
y con razón, “¿qué signi cado tiene todo esto?”.

Al igual que en nuestro relato del Nuevo Testamento, los que son bendecidos con
visión podrán reconocer que a pesar de todo lo demás que esta tradición de
conferencia puede ofrecernos, representará poco o nada a menos que encontremos
a Jesús en el centro de todo. Para captar la visión que estamos buscando, la
sanación que Él promete, el signi cado que de alguna manera sabemos que está
aquí, tenemos que poder ver a través de la conmoción —por más jubilosa que esta
sea— y centrar nuestra atención en Él. La oración de cada discursante, la esperanza
de todos los que cantan, la reverencia de cada invitado, están todas centradas en
invitar al Espíritu de Aquel, cuya Iglesia esta es: el Cristo Viviente, el Cordero de
Dios, el Príncipe de Paz.

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Sin embargo, no necesitamos estar en un centro de conferencias para encontrarlo.


Cuando un niño lee el Libro de Mormón por primera vez y lo cautiva la valentía de
Abinadí o la marcha de los dos mil jóvenes guerreros, podemos añadir
cuidadosamente que Jesús es la gura central omnipresente en esa maravillosa
crónica, que se yergue como un coloso desde virtualmente cada página y establece
el vínculo con los demás personajes del libro que fomentan la fe.

De igual modo, cuando un amigo está aprendiendo acerca de nuestra religión,


puede que se sienta algo abrumado por algunos elementos particulares y por
palabras poco comunes en nuestra práctica religiosa, las restricciones alimentarias,
los suministros de autosu ciencia, la ruta de los pioneros, los árboles familiares
digitalizados y los muchos centros de estaca [que en inglés suena como si se
estuvieran re riendo a una especie de restaurante de carne a la brasa]. Así, cuando
nuestros amigos comiencen a ver una multitud de cosas y experimentar sonidos
nuevos, debemos señalarles para que vean por encima del bullicio y ajetreo y se
centren en el signi cado de todo ello, en el corazón palpitante del Evangelio
eterno: el amor de los Padres Celestiales, el don expiatorio de un Hijo Divino, la
guía y el consuelo del Espíritu Santo, la restauración en los últimos días de todas
estas verdades y mucho más.

Cuando uno va por primera vez al templo, puede sentirse algo sorprendido y
confuso con la experiencia. Nuestra labor consiste en asegurarnos de que los
símbolos sagrados y los rituales revelados, la ropa ceremonial y las presentaciones
visuales nunca distraigan, sino antes bien señalen hacia el Salvador, a quien hemos
ido a adorar allí. El templo es Su casa y Él debe ocupar el centro supremo de
nuestros pensamientos y corazón —la doctrina majestuosa de Cristo impregnando
todo nuestro ser tal y como lo hace con las ordenanzas del templo— desde el
instante en que leemos la inscripción en la puerta de entrada hasta el último
momento que estemos en el edi cio. En medio de todas las maravillas que
encontremos, debemos ver, por encima de todo lo demás, el signi cado de Jesús en
el templo.

Consideren la gran cantidad de iniciativas relevantes y anuncios nuevos que se han


hecho en la Iglesia en los últimos meses. Al ministrarnos unos a otros, o mejorar
nuestra experiencia del día de reposo, o aceptar un nuevo programa para niños y
jóvenes, nos estaremos perdiendo la verdadera razón de todos estos ajustes
revelados, si los consideramos como elementos separados e inconexos, en lugar de
verlos como un esfuerzo interrelacionado para ayudarnos a edi car más
rmemente sobre la Roca de nuestra salvación 4. Seguramente, sin duda, esto es lo
que el presidente Russell M. Nelson se propone al pedirnos que usemos el nombre
revelado de la Iglesia 5. Si Jesús —Su nombre, Su doctrina, Su ejemplo, Su
divinidad— se halla en el centro de nuestra adoración, estaremos reforzando la
gran verdad que enseñó Alma una vez: “… muchas cosas han de venir; [pero] he
aquí, hay una que es más importante que todas las otras […] el Redentor [que]
viv[e] y v[iene] entre su pueblo” 6.

Un comentario para nalizar: el ambiente en las regiones fronterizas del siglo XIX,
en los tiempos de José Smith, ardía con multitudes de testigos cristianos 7. Mas el
tumulto que causaron esos entusiastas predicadores, irónicamente, opacaron y
oscurecieron al Salvador, a quien el joven José buscaba con tanto empeño.
Luchando con lo que él llamó “tinieblas y confusión” 8, se retiró a solas a una

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arboleda donde él vio y escuchó un testimonio más glorioso del lugar central que
ocupa el Salvador en el Evangelio que cualquiera que hemos mencionado aquí esta
mañana. Mediante el don de una visión que no había imaginado ni anticipado, José
vio a su Padre Celestial, el gran Dios del universo, y a Jesucristo, Su Hijo Unigénito
perfecto. Entonces, el Padre dio el ejemplo que hemos estado alabando esta
mañana. Él señaló a Jesús y dijo: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” 9. No hay
mayor declaración de la identidad divina de Jesús, de Su primacía en el Plan de
Salvación y de Su posición a la vista de Dios que podría superar esta breve
declaración de seis palabras.

¿Conmoción y confusión? ¿Multitudes y contención? De todo ello hay bastante en


el mundo. De hecho, los escépticos y los eles aún contienden sobre esta visión y,
prácticamente, sobre todo lo que he hablado hoy. En caso de que ustedes se estén
esforzándose por ver más claramente y por hallar signi cado en medio de una
multitud de opiniones, les señalo y re ero hacia Jesús mismo, y les doy testimonio
apostólico de la experiencia de José Smith, que sucedió unos 1800 años después de
que nuestro amigo ciego recibiera la vista en el antiguo camino a Jericó. Yo testi co
junto a ellos dos y junto a muchos otros a través del tiempo, que con toda
seguridad, la visión y el sonido más emocionantes de la vida son los de Jesús, no
solo yendo de paso 10 sino viniendo hasta nosotros, deteniéndose a nuestro lado y
haciendo Su morada con nosotros 11.

Hermanas y hermanos, por encima del bullicio y estruendo incesantes de nuestros


días, ruego que nos esforcemos por ver a Cristo en el centro de nuestra vida, de
nuestra fe y de nuestro servicio. Es ahí donde radica el verdadero signi cado; y si
algunos días nuestra visión se limita, nuestra con anza aquea o somos probados y
re nados en nuestras creencias —como sucederá seguramente— que podamos
entonces exclamar aún más alto: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” 12.
Prometo con fervor apostólico y convicción profética que Él les escuchará y dirá,
tarde o temprano: “Recibe la vista, tu fe te ha sanado” 13. Bienvenidos a la
conferencia general. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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