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Poéticas de la narración

Nicolás Rodríguez Sanabria

Receta para una composición

La primera impresión que queda después de leer Filosofía de la composición de Edgar Allan
Poe es que el texto hubiera podido haberse titulado Receta para una composición sin
problema alguno. Lo de Poe no son consejos, opiniones o reglas sobre el arte de escribir, es
más bien una secuencia de pasos para obtener un resultado premeditado. No hay lugar para
musas ni arrebatos de inspiración, la composición está más cerca de la fría lógica de un
problema matemático que del calor pasional del éxtasis.
Lo primero es la intención: la receta dependerá de qué plato se quiera preparar, en este
caso, el desenlace. Lógica, causalidad, incidencias y tono dependen de a dónde se apunte.
Tal como cocinaríamos un postre, si quisiéramos deleitar, y una entrada, si la intención
fuera abrir el apetito, lo primero será escoger el efecto deseado. Una vez elegidos el efecto
y el desenlace podemos empezar, teniendo en cuenta todas las posibilidades y
combinaciones que están a nuestra disposición para lograr el cometido: hay mil formas de
preparar un flan, y querremos siempre intentar el más llamativo, el más original.
Poe acompaña este primer paso con la intención de satisfacer el gusto crítico al mismo
tiempo que el popular, cosa que se olvida a menudo hoy en día donde tantos crean para
audiencias reducidas olvidando que la literatura es también comunicación. Daniel
Barenboim, el famoso director de orquesta, afirma admirar la quinta sinfonía porque “si
uno encuentra la manera de decir algo importante de manera accesible, la fuerza del
mensaje es ilimitada”. Así, es necesario encontrar un punto medio entre los dos gustos.
El autor encuentra este punto medio en la dimensión de su obra con 100 versos, ni mucho
para el popular ni poco para el crítico; lo suficiente para causar un efecto pero limitada a la
brevedad requerida para una excitación intensa (Aristóteles y Homero estarían de acuerdo).
Luego, con el propósito de elevar la impresión a causar, Poe habla de la belleza, no como
cualidad, sino como impresión que eleva el alma (que evoca la catarsis aristotélica). Escoge
entonces el terreno más adecuado para este fin: la poesía, muy diferente a la prosa que
alcanza más fácilmente la mente y el corazón que el alma. También elige como tono a la
melancolía, que va siempre de la mano con la belleza (así como la tragedia para los griegos).
El siguiente paso en la receta es encontrar el eje, la base, de la composición. Poe, guiado
por el carácter universal que acredita su valor, escoge el estribillo, pero, teniendo siempre
en mente la originalidad necesaria, lo modifica según el fin que busca. Por lógica, el sonido
del estribillo debía tener fuerza, fuerza que, para el autor, embebe el vigor de la ‘r’ y la
sonoridad de la ‘o’; nace entonces nevermore. De nuevo, por lógica, es casi una obviedad la
exigencia de un pretexto para emplear el leit motiv elegido. Evitando que fuera un ser
humano quien la recitara, busca un animal con el don del habla y, de nuevo, como por arte
de magia, que en realidad es lógica, nace la idea de usar al cuervo (mucho más afín con el
efecto deseado que un loro).
El último ingrediente es el tema. Pero ya todo está preparado para dar respuesta a esta
cuestión, porque si se mezcla la melancolía con una cucharada de universalidad y una pizca
de poesía, obtenemos una masa densa y oscura: la muerte. Una vez escogidos los
ingredientes siguiendo correctamente las instrucciones, Poe resalta la facilidad con que el
proceso de creación continúa, como si lo único que hubiera hecho fuera encontrar las piezas
correctas y la máquina empezara a correr por sí sola. Surge con naturaleza en su
composición la forma de usar el nevermore (de nuevo