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10.

Romanos: el evangelio de Pablo

Os saluda Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido como apóstol y destinado a proclamar el
evangelio que Dios había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas. Este
evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David y constituido
por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el Espíritu santificador.

Quiero dirigirme en este momento a vosotros, cristianos de Occidente, para presentaros


mi evangelio, el que anuncié hace veinte siglos a los Romanos. No voy a decir nada nuevo,
fuera de lo que digo en él. Mi evangelio, el que he recibido de Dios y anunciado a los paganos,
contiene un mensaje universal que he actualizado para los Romanos, mostrando que dicho
evangelio valía igualmente para judíos y paganos. Hoy deseo anunciároslo a vosotros. Como te
digo, no cambiará nada sustancial del anuncio que hice entonces, porque la salvación
manifestada en Jesús es definitiva y alcanza a todos los seres humanos. Si quiero explicártelo,
es porque -igual que al escribir a los Romanos me adapté a su mentalidad y a lo que conocía de
su situación-, hoy quiero adaptarme a la tuya: es tal mi deseo de que todos los hombres y
mujeres conozcan el evangelio, que mi vida ha estado orientada a anunciarlo en todas las
ocasiones y bajo todas las formas susceptibles de mostrar su poder de salvación.

A lo largo de mi experiencia como apóstol de Cristo Jesús, he ido perfeccionando mi


anuncio y desarrollando modos de comunicarlo que resultaban más acertados, más válidos. He
vivido asimismo conflictos graves que me han iluminado sobre las debilidades de mi modo de
anunciar y de las personas que escuchaban el evangelio. Me he convencido de la verdad que
tiene para la vida este anuncio de salvación, tanto para judíos como para paganos, y sobre el
modo de exponerlo y la fecundidad de la vida nueva que brota de la fe en Jesús, de la que he
extraído consecuencias implícitas en el evangelio. He comprobado en numerosas ocasiones la
necesidad del testimonio personal como instrumento de evangelización. Y me he preguntado
intensa e incesantemente sobre el destino de Israel. Ahora quiero escribiros a vosotros,
descendientes de aquella Hispania con la que soñaba, como entonces me dirigí a los Romanos,
para presentar mi evangelio y ofrecer a la gran Iglesia el don de revelación que he recibido, tan
desbordante en su riqueza y profundidad.

¿Por qué quiero hacerlo? Como entonces, el anhelo de evangelizar me llevaba. O, por
decir mejor, el Espíritu de Dios me conducía. Había, entonces como ahora, otros
evangelizadores y muy buenos. Pero me vi movido a anunciar con esta palabra de fuego que se
me había dado a mí 1, no porque las otras no fueran válidas para el mismo propósito, sino
porque semejante revelación tenía que ser anunciada a todas las gentes.

La humanidad que nace de Jesús y que ha recibido su Espíritu no se mueve según los
criterios humanos. Por esta razón, aunque tenía por principio no evangelizar donde otros
habían sembrado, me vi movido a ello por una fuerza que era mayor que yo. No entiendas por
esto que el celo o la necesidad de protagonismo me dominan. No hay nada de eso. Mi deseo
no nace de la carne, sino del Espíritu, que se manifiesta en las obras admirables que reconoces
en mí. Os escribo hoy con este mismo fuego: como fuente de la fe que habéis recibido y que
nos une, está esta Revelación inmensa que se me ha comunicado a mí y que trae a los
1
A nivel humano natural, esta experiencia de querer escribir un evangelio tiene que ver con la síntesis
de pensamiento que las personas hacemos a medida que vamos captando conscientemente la vida. A
nivel de teología paulina., manifiesta la síntesis que Pablo ha hecho a nivel humano natural y prolonga
dicha síntesis como revelación teologal.

1
corazones el vigor y el gozo de entregarse al evangelio. Quiero comunicártela hoy, como
entonces la transmití a los Romanos.

Igual te preguntas por qué escribí a los Romanos, a quienes no conocía y a los que no
había evangelizado. Como siempre ocurre en las decisiones humanas, hay multitud de motivos
que influyeron: había terminado mi evangelización en la cuenca oriental del Mediterráneo.
Ahora el fruto quedaba en manos del Señor, después de tantas batallas y dificultades por
anunciar el evangelio en las distintas comunidades, el nombre de Cristo entr los creyentes, que
ya había sido proclamado y acogido. Era por tanto un momento significativo, un momento de
cambio en el que, terminada mi misión en Oriente, me dirigía a Occidente, a España. Era un
buen momento para poner por escrito el evangelio anunciado: puedo gloriarme de la
revelación que he recibido del Señor, que no es para mí, sino que manifiesta su generosidad y a
la que he querido responder entregando, esta vez a los Romanos, lo que se me había revelado
en el encuentro, la oración y el anuncio, que he vivido fundamentado en Cristo Jesús.

Por esta razón, esta es la única carta en la que los motivos circunstanciales que me han
movido a escribir las otras no son tan relevantes. Anteriormente, la causa para escribir era algo
que ocurría en mis comunidades: bien que los había dejado a medio evangelizar como sucedió
con los Tesalonicenses, o que tenía que corregirlos como a los Corintios, enderezar
enérgicamente sus desviaciones como a los Gálatas o alentarlos en la fe común, como a los
Filipenses. Aquí, igual que mi evangelización había llegado a una meta, también la teología que
Dios me había revelado acerca de su Hijo había llegado a su cenit y era momento de
proclamarla de modo universal, para bien de toda la Iglesia: ¿qué mejor entonces que dirigirla
a los cristianos de Roma, con los que además quería encontrarme en mi paso hacia Hispania?
Los cristianos hemos de compartir la riqueza que hemos recibido de Dios como el bien que nos
es más fundamental y como el que se revela más fecundo. Esto tenía en mente al entregarles
mi evangelio. Dicho evangelio es, como sin duda reconocerás, la buena noticia de Jesucristo,
que, muerto y resucitado por nosotros, ofrece a todos los hombres y mujeres una posibilidad
histórica de salvación, sean judíos o paganos, blancos o negros, budistas o cristianos.

No sé si compartes este modo de mirar. En vuestra época predomina el “respeto” hacia


las distintas religiones como hacia los que no tienen fe alguna. Pero me suelo preguntar si con
ello no estáis justificando una cómoda indiferencia: cuando amas algo, cuando reconoces
apasionadamente que algo que tienes es valioso, ¿no estás deseando transmitirlo? ¿Es tu
actitud de moderado respeto, o de encendida súplica cuando el otro/a no te deja hablar, si no
se interesa por lo que le podría dar vida? El hecho de vivir en un mundo que no conoce a Dios
no nos puede llevar a los creyentes a admitir ese desconocimiento como un dato aceptado,
sino como una pasión por cada ser humano que refleja la pasión de Dios por nosotros.

Entenderás así que, más allá de las razones que te digo para escribirlos, estaba el
motivo que siempre me ha guiado desde mi conversión: la obediencia a Dios, a quien sirvo. Yo
era consciente de la revelación inmensa que el Señor me había manifestado, y que había de
transmitir a mi vez. Sin embargo, cuando comunicaba lo recibido –muchas veces en medio del
conflicto, otras veces como un “gota a gota”, la leche que podían asimilar, algunas con toda la
radicalidad que esta revelación supone-, los cristianos que me escuchaban se extasiaban
durante unos momentos por la grandeza de lo anunciado, pero no podían retener esta
impresión. Mi predicación, necesariamente fragmentada, no podía abrirles adecuadamente a
la grandeza de la revelación de Dios, a su plan de salvación para nosotros, a su amor revelado
en Jesucristo, en la creación, en toda la historia. Por más que hablara –recuerda el caso de
Eutico, que Lucas refiere en Hch 20, 9, ¡mira si les he hablado!-, no podía sino exhortarles a lo
concreto, abrirles el horizonte un poco más allá de lo inmediato, y transmitir, como pudiera,
que lo que tenía para comunicarles desbordaba todas las palabras y las exhortaciones. Esta

2
presentación ordenada permitiría a las comunidades desarrollar una fe bien formada,
acrisolarla en clave de relación con Dios, en frutos de fe y de vida. Quería que todos los
creyentes llegaran a adorar, como a mí me ha sido dado, al Dios de la misericordia, de las
promesas, de la salvación.

Se daba además la circunstancia de que en la comunidad romana había un buen grupo


de judeocristianos que podían comprender más hondamente las referencias a la historia de la
salvación y a la ley, que como verás, fundamento a menudo en el AT. Ellos podrían explicarlo a
los demás, para ayudarles a profundizar en las raíces judeocristianas comunes, y para que
Israel, aún cerrado al Señor, pudiera encontrar en esta carta argumentos y luz para creer.
No negaré mi deseo de comunicarles algún don espiritual que pudiera fortalecerlos,
como ahora me ocurre con vosotros. Como te decía, el haber terminado mi tarea en las
comunidades del Mediterráneo no era una “jubilación”, sino un punto de inflexión en mi
camino, que antes y después ha ardido con el fuego de la misión, que alienta el Espíritu en
nosotros para siempre.
Algún estudioso ha dicho que esta carta es mi testamento. Yo no lo hubiera dicho así. No
obstante, entiendo la afirmación: es mi evangelio, el que he anunciado a gentiles y judíos, el
que he querido legar al mundo entero. Un don de Dios que, a través de mi ministerio de
apóstol, ha sido entregado a todos.

La comunidad de Roma

Aunque apenas tenemos datos de esta comunidad, sí sabemos que era un grupo muy numeroso,
formado por unas cuarenta mil personas. Un grupo tan nutrido sin duda ha llamado la atención, y muy
especialmente cuando en el año 49 un decreto de expulsión de Claudio pone fin a la existencia legal de
los judíos. Suetonio se refiere, en relación con este hecho, a los problemas surgidos con un tal
“Chrestus”: es probable que se refiera al nombre de Cristo. Cuando a la muerte de Claudio en el año 54
los judíos expulsados vuelven a Roma2, los cambios vividos en la comunidad supondrán dificultades de
readaptación. No sabemos si fue así, ni cómo se desarrollaron en concreto los acontecimientos, pero sí
podemos imaginar que la comunidad hubo de sufrir cambios significativos al verse privada de sus
referentes judeocristianos. Seguramente, las doctrinas y las prácticas han podido evolucionar en
relación a su propia sensibilidad, lo que sin duda ha suscitado problemas entre ellos, a su vuelta. Por
otra parte, la Iglesia está creciendo, y lo hace lejos de los lugares que constituyen la cuna de la Iglesia: la
comunidad de Roma corre el riesgo de perder la conciencia de su unidad con los otros cristianos, y el
conocimiento de sus vínculos con la raíz de la que arranca.
¿Es posible que este hecho haya influido en la carta que Pablo les dirige? ¿O será más bien el
conflicto vivido entre los Gálatas3, y las situaciones de amenaza provocadas por los judaizantes en
general, así como su personal pertenencia al judaísmo las que le han movido a profundizar en la
situación de Israel? El hecho es que Pablo, por la experiencia vivida con los Gálatas, y sabiendo que se
dirige a una comunidad mixta, profundiza como nunca en la cuestión de Israel.

Si te parece, vamos a centrarnos ya en la carta. El esquema que sigo está muy bien
trabado, y te permitirá avanzar conmigo en la presentación y desarrollo del evangelio de Dios.
Dicho esquema se divide en cuatro grandes partes, que nos van a servir de marco general 4:

Introducción 1, 1-15
2
La carta que Pablo les dirige la fechamos en el invierno del año 57-58.
3
Muchas de las cosas que aparecían en la carta a los Gálatas, en un contexto polémico, aparecen
también aquí, en un tono expositivo y sereno.
4
Encontrarás un esquema más detallado es el de J. Fitzmyer en el Comentario Bíblico San Jerónimo,
Tomo IV, p. 107

3
Sección teórica 1, 16-11, 36
Parte exhortativa 12, 1-15, 13
Conclusión 15, 14-16, 27

A través de estos cuatro momentos, como te acabo de decir, he desarrollado mi


evangelio. Una grandiosa visión de conjunto que, hondamente teologal, sitúa el plan de
salvación de Dios y su plenitud en Cristo, así como la respuesta de los judíos, la justificación por
la fe y la ética cristiana. He querido con ello poner mi teología al servicio de todos aquellos
cristianos, cultos e incultos, piadosos o toscos, iniciados o neófitos, que me quisieran escuchar.

El tema de la carta a los Romanos es “la buena noticia, fuerza de Dios para salvar a todo
el que cree, primero al judío, pero también al griego, pues por su medio se está revelando la
justicia que Dios concede única y exclusivamente por la fe” (Rom 1, 16). Literalmente dice el
texto: “en ese evangelio se revela la justicia de Dios desde la fe hasta la fe”. En un contexto en
que no se habla directamente del crecimiento dinámico de la vida de fe en el individuo y en la
Iglesia (como ocurre en Col y Ef), sino del sistema salvífico de la ley o de la gracia, esta fórmula
desde… hasta… significa la plenitud, es decir, que la justificación pertenece en su conjunto al
ordenamiento de la fe. Es cierto que la frase “única y exclusivamente por la fe” tiene sabor
targúmico, pero refleja exactamente el alcance de la frase griega. En esta carta, Pablo quiere
desarrollar una teoría cristiana de la gracia. A continuación presentaré la estructura del
pensamiento de Pablo de acuerdo con el siguiente esquema:
1. Ni el paganismo ni el judaísmo procuran la salvación en el sentido de justicia de Dios (1, 18-
3, 20).
2. La revelación de la justicia de Dios (3, 21-32), ejemplificada a través de:
a) Una versión paulina de un midrás tradicional, procedente del primer judaísmo, sobre
Abrahán (4, 1-23);
b) Una versión paulina de otro midrás, también procedente del primer judaísmo, sobre
Adán (5, 12-21);
5, 1-11 es un texto de transición entre ambas partes y constituye un resumen de 3, 21-31.
3. La justicia de Dios, realizada en la conversión a la fe en Cristo: el bautismo cristiano (6, 1-11).
4. Parénesis cristiana: comportamiento cristiano como consecuencia de la justicia de Dios (6,
[1.]12-13); con una exposición sobre la ley de la carne y del espíritu (7, 1-25 y 8, 1-27), otra
sobre el combate cristiano (7 y 8, 1-27) y un cántico de alabanza a la gracia de Dios en Cristo.
5. Partiendo de la manifestación de la justicia de Dios en Cristo, Pablo se pregunta cómo ha que
considerar últimamente la elección divina de Israel (9, 1-11, 35). 5

Esta visión de conjunto os permite haceros cargo del esquema de la carta. Ahora voy a
reescribirla para vosotros siguiendo el mismo orden que entonces. Estoy seguro de que mi
envío os hará tanto bien como ha hecho a muchísimos creyentes a lo largo del tiempo.

Seguramente –si estabas atendiendo- te has sorprendido de que quiera escribir por igual
a “cultos e incultos, piadosos o toscos”, porque seguramente piensas con la lógica natural que
entiende que a los cultos hay que darles una cosa, y a los toscos otra… sin embargo, la lógica de
Dios, tal como se nos ha manifestado en Jesús, dice otra: que Dios prefiere lo que el mundo no
valora, y hace maravillas en todo el que cree, por más débil, inepto o falto de valor que pueda
parecer ante el mundo. De mis cartas se dice que son difíciles, y no niego que su profundidad
es mucha. Pero las entienden bien los sencillos, porque las comprenden según esa luz interior

5
SCHILLEBEECKX, Cristo y los cristianos. Gracia y liberación, 119. Propongo este esquema de la
carta, más detallado que el esquema anterior, porque propone una perspectiva sugerente y
vigorosa de la carta.

4
recibida del Espíritu que salta de gozo ante todo lo que es obra de Dios. Por ello te recomiendo
que leas mis cartas así, en escucha profunda desde la fe que has recibido.

Para mí, anunciar el evangelio es el modo de vivir. Igual que el Señor decía a los
discípulos en la última cena: He deseado ardientemente celebrar esta cena con vosotros, así yo
también he dicho a los Romanos: Continuamente pido a Dios que me conceda ir a visitaros.
Deseo ardientemente veros para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca. Es posible
que te extrañe este modo de sentir, este modo de desear, y más en relación a gentes que no
conozco. Sin embargo, éste ha sido mi anhelo desde que Dios reveló en mí a su Hijo y me hizo
su misionero entre los paganos: vivir amando e instruyendo a las personas con el amor que
recibía de Dios, para que supieran, también de este modo, qué salvación absoluta, definitiva,
les estaba anunciando. Mi evangelio es fuerza de Dios para todo el que cree, pues en él se
manifiesta la salvación definitiva que ha realizado en su Hijo, que se descubre tanto más
desbordante en función de la hondura que se nos va dando a comprender.

Si me detengo en estos aspectos antes de comenzar a manifestarte la misma revelación


que transmití a los Romanos, no es para que me admires a mí, sino para que, alabando la
acción de Dios en mí, desees para tu vida una vida semejante. En la lógica del mundo estamos
acostumbrados a adorar lo que consideramos superior, o a emularlo para poseerlo según
nuestras fuerzas, sintiéndonos después por encima de los que no han podido o querido
lograrlo. La lógica cristiana es opuesta a ésta: deseo que anheles la vida de Dios en mí, porque
en ella Dios se ha manifestado de un modo que refleja la potencia y la rotundidad de su acción
en nosotros, y te muestra lo que podría hacer en ti si desearas, si consintieras en su acción. He
sido muy voluntarista, muy empeñativo, pero como sabes, todo eso cayó como un castillo de
naipes. Mi fuerza, la verdadera fuerza, es mi debilidad –pues somos, no sólo débiles, sino
absolutamente impotentes para realizar lo que Dios ha deseado para nosotros-, pues en ella se
ha manifestado la poderosa fuerza de Dios.

Puede ser que esta clave de humanidad nueva te permita intuir por qué deseo y amo de
este modo. Porque a ti, a quien personalmente conozco tan poco como a los Romanos, te digo
lo mismo que a ellos: Continuamente pido a Dios que me conceda ir a visitaros, para
anunciaros este evangelio en el que se manifiesta la fuerza salvadora de Dios y os dará la vida.
Esta es mi súplica al releer la carta para todos vosotros.

La carta que he escrito a los Romanos arranca del inicio de la historia de la salvación 6. La
historia de la salvación se comprende en esta clave: es historia de relación entre el hombre y
Dios, una historia que transcurre en el mundo. Por ello, el mundo, el hombre y Dios van a ser
los protagonistas de nuestra historia.

Empiezo presentando a la humanidad como sujeto merecido de la ira de Dios: estábamos


llamados a conocer a Dios, a encontrarnos y vivir con él, y desde el principio, los humanos nos
hemos cerrado a buscar a Dios, a reconocerlo como tal. La creación, la obra visible de Dios que
estaba ante nuestros ojos, en vez de hacer de espejo de su majestad, ha sido objeto de
apropiación por nuestra parte, ignorando al Creador que descubríamos presente en ella. La
6
Puedes comparar Gn 3 con esta revelación que he recibido: ¿qué semejanzas y qué novedad
encuentras aquí respecto de aquella?

5
mirada humana se ha detenido en las cosas, en lo que no vale, despreciando al Dios creador de
todo. Incluso hemos llegado a adorar como dioses a aquellos que son, como nosotros,
criaturas. Estando hechos para la verdad, nos hemos dejado seducir por la mentira, y ésta se ha
hecho nuestro amo, manifestándose su desviación en todas nuestras acciones. Porque lo
mismo que hay que mirar más allá de la creación, para ver en ella a Dios, así también hay que
aprender a mirar, detrás de los hechos, a su significado: el pecado y el desvarío que
reconocemos en la humanidad nos descubre marcados por una desorientación radical, por una
incapacidad para vivir según la verdad y el bien, para escoger a Dios como Señor, puesto que lo
es. Esta desviación radical de no reconocerlo y estas acciones que reflejan nuestra maldad,
revelan que el pecado nos habita.
Este pecado afecta también a nuestro modo de conocer: nos quedamos en las acciones,
en las apariencias, en la superficie, en vez de profundizar en el sentido de las cosas y en los
acontecimientos buscando la verdad. Ha sido la revelación de Dios la que nos ha enseñado que
lo invisible de Dios es lo que determina el sentido de lo visible, y no al revés. Esto, que
podíamos conocer por la razón humana, de hecho ha requerido de la revelación de Dios para
que se nos manifieste puesto que, a causa de nuestro pecado, nos hemos hecho incapaces de
conocer la verdad.

Para concretar lo que estoy expresando, vamos a mirar a vuestro mundo. Habláis mucho
de neurosis, de depresiones, de sinsentido, etc. Todos los seres humanos venimos al mundo
con la posibilidad de desplegar una vida plena –al decir plena no estoy queriendo decir
desarrollando “todas” las capacidades como si no hubiera limitaciones, sino según una
plenitud determinada a partir de la misma realidad, que es siempre conflictiva y limitada-. Sin
embargo, con lo que nos encontramos es que, desde el comienzo de la vida, ésta puede
desviarse: por el mal amor o desamor de los padres, por la carencia de bienes básicos o por el
exceso de bienes, por el modo como nos afectan los otros o el mundo en que vivimos… y esto
de tal manera que desde el comienzo de la vida se da a menudo una desviación en el modo de
mirar la realidad que nos irá alejando progresivamente de ese ser hecho para la verdad y para
la vida que somos cada uno de nosotros. Así, las desviaciones que son “normales” en nuestro
mundo –esas aberraciones que salen cada día en los periódicos y las que cada descubre en su
entorno y en su corazón-, nos revelan que somos culpables por cuanto no hemos querido
seguir el camino de la verdad, a pesar de conocerlo, de tenerlo inscrito en nuestro interior. Y no
es sólo nuestro mundo, en cuanto realidad que no conoce a Dios: en nosotros mismos
reconocemos también aspectos enfermos, desnortados respecto de la verdad inscrita en
nosotros y en lo real.

No sé si cuando miras al mundo reconoces esto: sin duda tienes experiencia del mal, y
seguramente has tenido que elaborar una explicación que justifique esa experiencia. No sé si
culpas a Dios, o a la libertad humana, si justificas la desorientación humana en base a una
pobre imagen del ser humano, como un ser previamente fracasado, lastrado, o si piensas sin
más que las cosas están mal y que esto no tiene remedio… a nivel humano natural intentamos
explicarnos el sentido del mal que vemos, intentamos controlarlo, negarlo, afrontarlo, evitarlo,
limitarlo o asumirlo, y como quiera que lo hagamos, resultamos derrotados en la empresa.
Descubrimos cómo nuestra mirada no alcanza a la verdad de lo real, que se ve atraída por la
mentira, que confundimos a las criaturas con dioses, al mal con el bien. Y no podemos sino
padecerlo, no podemos evitar que sea así. Los mejores de nosotros llegan a reconocer esa
victoria del mal sobre nuestra vida.

Quisiera que cayeras en la cuenta de que este sinsentido y del desvarío en que se
encuentra la humanidad dejada a sí misma tiene su causa en que se ha desviado de Dios. En
primer lugar, para reconocer de qué modo radical es la vinculación con Dios nuestra fuente,
pero también, para contemplar a la humanidad sometida al poder del pecado, cada vez más

6
alejada de la verdad, de la vida, del bien. Quiero insistirte en esto porque después me voy a
detener en la realidad del pecado que nos tiene completamente sometidos, y quizá te parezcan
meramente palabras si primeramente no has reconocido con qué universalidad se cumple este
hecho en los seres humanos.

¿Qué quiero decir cuando digo que la humanidad se ha desviado de Dios? Estoy diciendo
que Dios es nuestro origen, nuestra fuente de ser, y cuando cortamos la relación con la Fuente,
perdemos las referencias, nos desorientamos. Esta afirmación es, sin duda, una afirmación
creyente, que no puede compartir el que no tiene fe. Por eso decía anteriormente, puesto que
ahora me refiero a la humanidad pagana –y se puede aplicar a todos los que en vuestra época
no tienen fe o viven como si no la tuvieran-, que el desvío respecto de la verdad presente en
nuestro interior, la ley que Dios ha puesto en cada uno de nosotros, es la que nos guía según la
verdad, si efectivamente la escuchamos. Precisamente porque la reconocemos en nuestro
interior es por lo que somos responsables al desoírla.

Igual te parece que esto que digo, lo digo porque la religión se siente encargada de
orientar al mundo en relación a Dios. Si argumentas así, manifiestas tu desvío en cuanto al
conocer. Es precisamente al revés: a la fe, que se organiza en religión, se le ha revelado que
Dios es la verdad última de lo real, de quien todos los seres proceden y a la que todos remiten.
A la luz de esta revelación, que puede alcanzarse en un cierto nivel por la luz de la razón natural
(por eso hablo de que incluso los paganos han conocido a Dios, que se manifiesta en sus obras
visibles, pero a quienes esa intuición de Dios en lo real no les ha llevado a Dios más allá de lo
inmanente), somos juzgados como pecadores, y así como la obra de la creación manifiesta a
Dios, nuestras obras de pecado manifiestan de qué fuente bebemos, de qué desviación brotan.
Incluso a este nivel, el pecado manifiesta que nos hemos alejado de Dios, que no le hemos
dado la gloria ni la gratitud que le debíamos. El pecado manifiesta nuestra ruptura en relación
a la verdad, porque nos vemos atraídos por la mentira; en relación a la vida, pues
establecemos relaciones que nos dividen y nos conducen a la muerte; en relación al bien,
porque no somos capaces de preferirlo al mal, que nos tiene esclavizados.

Esbozo de este modo un cuadro de la humanidad que se me ha dado por revelación:


¿qué quiero decir con esto? Que aunque todos podamos reconocer a Dios por sus obras, por la
creación que nos rodea, el pecado que nos somete desdibuja el encuentro con la verdad, nos
cierra sobre nosotros mismos y nos lleva a establecer relaciones perversas con Dios, con los
demás y con nosotros mismos (fíjate que éste es el orden que sigo en el c. 1, al contrario del
que solemos emplear). Y digo que es por revelación, porque yo mismo no podía comprender
nada de esto, hasta que he experimentado el poder de Dios en Jesucristo. Ha sido la revelación
de Jesucristo la que ha hecho posible para mí esta salvación que antes no podía reconocer.
Contempla cómo este cuadro de la humanidad que te presento está diseñado desde Dios,
desde lo que él nos ha revelado de sí mismo y de su plan de salvación, mientras que la mirada
humana natural tiende a mirar desde sí misma, se limita a la superficie y confunde la verdad y
la mentira. No comprende nada.

La humanidad que ha escuchado la revelación de Dios, por el contrario, debe vivir en


adelante desde dicha revelación, desde este cambio de mirada que fundamenta lo real en Dios.
¿Qué consecuencias tiene esto? En primer lugar, que en Cristo hemos sido rescatados, no sólo
de la sumisión a la ley que ahora pasamos a denunciar, sino que también hemos sido liberados
del deterioro de nuestra conciencia, porque en la salvación de Cristo la conciencia ha sido
liberada de su sumisión al pecado en hombres y mujeres que manifiestan la realidad de esta
salvación… antes, durante y después de Cristo, en quien todo ha sido rescatado.

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Sin duda, en vuestra época, ardiente defensora de la autonomía, podéis sospechar de
esta antropología que se fundamenta en Dios. Sin duda, si hace poco tiempo que te has
convertido o si necesitas aún fundamentar tu propia autonomía, no puedes vivir según estas
afirmaciones –aunque harás bien en mantenerlas como horizonte-. En cambio, si ya vas
desplegando tu autonomía y sobre todo si has visto que ésta toca techo, estás en condiciones
de comprender que estas afirmaciones no pretenden manipular o someter las conciencias,
sino, por el contrario, reconociendo la necesidad de dicho desarrollo de la persona y de la
humanidad en esta clave antropocéntrica, denunciar la hybris que pretende cerrar a la persona
en su propia autonomía, cuando Dios le ha ofrecido un sentido inaudito, inimaginable:
desplegarte, no según las medidas o proyectos humanos, que indudablemente son plenos, sino
según la medida de Dios, que nos ha llamado a reproducir la imagen de su Hijo, por el Espíritu.

Esto nos enseña otra cosa: a menudo, cuando intentamos explicarnos algo en relación al
pecado, nos quedamos en los intentos, llenos de buena intención, de quien quiere afrontar lo
que destruye la vida, lo que le supera. Otras veces, quizá reconocemos de entrada –o después
de haber fracasado en dichos intentos-, que el pecado es poderoso en nosotros. Quizá
seguimos combatiéndolo, o quizá nos resignamos a que la vida discurra bajo su luz sombría, de
la que no podemos, sino torpe e estérilmente, defendernos. Os muestro de este modo, a
paganos y a judíos, que el pecado no es una cuestión que podamos resolver solos, y que no
tiene que ver únicamente con nosotros, sino que nos confronta con los otros seres humanos y,
en último término, nos sitúa ante Dios. Es en esta verdadera hondura, en esta situación límite
que los humanos padecemos y que anuncio a la luz de la revelación de Dios, donde se ilumina
la realidad del pecado. Más allá, por tanto, de toda diferencia entre judíos y paganos. Más allá
de todo lo que llamamos privilegios –que los judíos vivís como plenitud del don de Dios, como
digo en 9, 4-, y más allá de los pecados concretos que desde aquí se comprenden como signo
de una muerte radical, que nos atraviesa de arriba abajo.

Según escribo, imagino que los judíos y los cristianos que me leen se sienten ajenos a
esto que digo de la “humanidad pecadora”. ¡Los judíos tienen la ley, el culto, las promesas, y los
cristianos tenemos a Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador! A ti, judío, o a ti, cristiano, que
según me escuchas asientes, y te colocas en el papel de juez respecto de esa humanidad
pecadora, te digo que tú también miras como ellos. La revelación de Dios que estoy
anunciando nos coloca ante el señorío de Dios como criaturas, como siervos del Dios vivo. Y tú,
cristiano o judío, que te sientes mejor que otros pecadores al juzgarlos, manifiestas de este
modo tu pecado, porque condenas a los que hacen lo que también haces tú. ¿Olvidas, ignoras
que todos los humanos, por igual, estamos sometidos al pecado? ¿No sabes que sólo Dios es
juez de todos? ¿Quién eres tú para erigirte en juez, en vez de moverte, pecador como eres, al
arrepentimiento? ¿Quién eres tú, judío o cristiano, para creerte libre de pecado, para ocupar,
indigno juez, el lugar que sólo corresponde a Dios? El juicio ante el mal o el bien que
realizamos corresponde a Dios. Él será quien dicte el castigo para los que obran el mal, quien
glorifique y honre a los que hacen el bien, sean ateos, agnósticos, judíos, creyentes de otros
credos o cristianos. Dios es Señor de todos, de los que lo conocen, de los que creen conocerlo y
de quienes no lo conocen. La historia, la realidad entera es lugar donde Él es Señor.

Como ves, en esta revelación que he recibido y que es el primer momento de mi


evangelio subyace una idea del ser humano distinta de la que manejamos habitualmente:

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distinta de la que maneja el pagano, queriendo construir su vida a imagen de sus apetitos o de
su soberbia (la hybris de la autonomía cerrada sobre sí misma), distinta también de la que
maneja el judío, que se apropia del don recibido de Dios al erigirse en juez ignorando su propio
pecado… y la diferencia de la que creéis entender vosotros, cristianos, cuando al leerme, creéis
saber de qué hablo y os consideráis, ideológicamente, libres de aquella esclavitud, poseedores
de esta revelación… ¡cuando vivís igualmente seducidos por los modos de mirar del mundo,
instalados en ellos sin verlo más que a medias! La idea de humanidad que anuncio dibuja con
trazos sombríos nuestra condición humana, sometida al pecado, lo que la hace incapaz de salir
por sí misma de su dominio. Implica, sin duda, la limitación y la condición de criatura que
reconocemos sin asumir, pero también mucho más: la precariedad radical por la cual nuestra
condición nos conduce, inexorablemente, a la muerte.

Los filósofos existencialistas y los pesimistas de vuestro tiempo están de acuerdo con
esta mirada, que os suele parecer en ellos excesivamente negativa y angustiada. Aunque a
veces sus tintes sombríos puedan ser demasiado sombríos, ni siquiera ellos alcanzan la
condición desesperada de la situación a la que nos vemos sometidos. A la vez, ¿qué pensar de
nuestra lectura “esperanzada” de lo real cuando ésta no tiene en consideración el sufrimiento
extremo de la casi totalidad de los seres humanos? Esto nos lleva a concluir que no son nuestro
pesimismo ni nuestra “esperanza” las que nos dan la medida de lo real. Es lo que está más allá
de lo nuestro, una revelación que viene de otra parte, lo que nos ilumina sobre la verdad.

La humanidad se encuentra bajo el poder del pecado: los paganos han pecado sin estar
bajo la ley, los judíos han pecado bajo la ley, los cristianos cuando se apropian de la redención
de Jesús. Unos han pecado porque se desvían de lo que la ley escrita en su conciencia y que se
manifiesta como inclinación natural, les indicaba como bueno; otros pecan porque, conociendo
la ley, creen saber lo que es bueno –y no sólo es que no lo hagan, sino que al no hacerlo
escandalizan a otros-, y los cristianos, porque no se entregan por la fe a la salvación definitiva
en Cristo –por lo que su pecado es mayor que ninguno-. Pero así como los paganos no se salvan
si no siguen lo que les dicta su conciencia, los judíos no se salvan por conocer la ley, sino por
cumplirla. Tú, judío, que presumes de la ley, deshonras a Dios al no cumplirla y haces que los
paganos no reconozcan al Dios que en la ley se te ha revelado, al no cumplir lo que ella te ha
enseñado. Precisamente por conocer la ley, tu falta es más grave: ¿cómo es que, siendo
consciente de que la Ley viene de Dios, te dicta lo que es bueno y te permite glorificarle, haces
lo contrario de lo que ella te dicta? Tu pecado es más grave que el de los paganos, primero,
porque reconociendo la ley como don de Dios, no le sirves cumpliéndola. Además, presumes
de la ley, y escandalizas así a los paganos, que ven cómo transgredes lo que reconoces como
absoluto, impidiéndoles de este modo buscar a Dios por este camino.

La ley aparece, a la luz de la revelación, como la denuncia del pecado. Ahora bien, el
pecado de los judíos manifiesta que la ley no puede contener el pecado. Así, los judíos, que
forman parte de esta humanidad amenazada por el pecado, podrían llegar al conocimiento de
su propia impotencia ante el pecado por medio de la ley. Ahora bien: su misma apropiación de
la ley revela su pecado.

Y tú, cristiano, que has recibido la plenitud de la revelación, Jesucristo, y sigues no


obstante viviendo a lo pagano apropiándote de la misericordia de Dios, o tú que te vuelves a la
ley, sin hacer de la fe en Jesús el fundamento de tu vida que te libera de toda esclavitud …
escandalizas a los paganos y a todos los creyentes que en verdad quieren vivir de Dios, que en
Jesús se nos ha manifestado como el modo definitivo del vivir humano. En esta revelación
definitiva nos centramos más adelante.

9
Como ya he dicho, el evangelio que he recibido lo proclamo en clave de revelación. Con
esta explicación acerca del pecado quiero revelaros su poder total sobre nosotros mismos, a la
que no podíamos tener acceso: os estoy mostrando que el pecado atraviesa todo lo nuestro
con una potencia tal que hace que incluso el bien que podemos realizar y de hecho realizamos
resulte radicalmente ambiguo: todo lo nuestro está atravesado por el pecado que nos
esclaviza, y por nosotros mismos somos incapaces no ya de vencerlo, sino de reconocerlo
incluso. Por eso, la revelación que abre mi anuncio del evangelio produce a menudo rechazo y
no reconocimiento. Entre los Romanos, dicho rechazo tenía unas causas, las mismas que a
veces creaban tensiones en una comunidad formada por paganos y judíos. Ahora, entre
vosotros, por otras: tenéis desconfianza contra todo lo que suene a juicio sobre la pura
espontaneidad de los sujetos, y dentro de mi presentación de la humanidad sometida al
pecado, todo, y sobre todo la denuncia del pecado como poder que somete al ser humano, os
suena como opuesto a esa pretendida “espontaneidad”, a la libertad paradisíaca siempre
anhelada. Este modo de mirar indica que no sabéis ver.

A esto me refiero cuando digo que es revelación: sólo puedes verlo si Dios te lo da. Y si él
te lo da, descubres según nueva hondura ese pecado que nos atraviesa, y la verdad de que Dios
es el único que puede rescatarnos de él. Sólo por revelación podemos ver en qué consiste
verdaderamente el pecado: los seres humanos intentando ser Dios, enfrentándose a él e
ignorando Su verdad, que es la Verdad. A esta luz se revelan impotentes tanto la conciencia
como la ley, y sólo la acción del Espíritu, la acción del mismo Dios habitándonos, se manifiesta
como nuestra esperanza. No estoy diciendo con esto que no haya en nuestro mundo
esperanzas de otro nivel, que puedan dar orientación y plenitud a la vida que vivimos. Pero
cuando descubres lo que la revelación de Dios ha tenido a bien manifestarnos, todas las demás
referencias de sentido quedan reorientadas a su luz.

A la vez esta revelación nos lleva a ver la realidad desde otra parte. Por ella descubres
que todos los seres humanos, cristianos, judíos y paganos estábamos sometidos al pecado. Ves
cómo la conciencia, hecha para mostrarnos la verdad, no puede evitar que pequemos, ni
siquiera puede mostrarnos sino limitada y defectuosamente lo que es verdad, lo que es justo
(no tenemos más que mirar a la estrecha perspectiva de cada uno de nosotros, de cada pueblo
respecto de los demás, de cada cultura respecto de las que le preceden o le siguen). Ves cómo
el papel de la ley ha sido sólo el de nombrar y reconocer el pecado, pero su función, aunque
útil, es de hecho insuficiente porque yo no puedo, por saber que he pecado, vencer el pecado
que se manifiesta en mí. Y el evangelio, que me revelaba en primer lugar mi pecado, me
muestra ahora algo mucho más esperanzador: la realidad no se mira desde mí, ni mucho
menos desde mi pecado, sino que la realidad se mira desde Dios. Cuando decíamos que la
conciencia de nuestro pecado es revelación, no decíamos en qué grado esta revelación es
salvadora. Ahora, cuando se nos dice cómo se ve la realidad desde Dios, todos podemos
comprender (vivirlo, sólo si se nos da), que si Dios ha creado la realidad y la conduce con amor,
la mirada verdadera sobre la realidad es la suya, y es privilegio inaudito que nos revele cómo
son las cosas desde su mirada, porque así se nos permite ver (y vivir) cómo son las cosas en
verdad.

¿Estoy diciendo con esto que no hay nadie que sea justo, ni entre los judíos ni entre los
paganos? No, no digo esto. En toda la tradición bíblica aparece la idea de resto, esos pocos que
el Señor se reserva para vivir como hombres y mujeres según la verdad, que glorifican a Dios y
viven según la justicia. No se afirma con ello que no tengan pecado. Pero a ese resto, el pecado
no le es obstáculo para glorificar a Dios y seguir sus mandatos, porque se arraigan en Dios y no
se dejan seducir por el pecado. Hombres y mujeres pertenecientes a este resto los
encontramos tanto entre los cristianos, como entre los judíos y entre los paganos, pues todos
hemos sido creados para glorificar a Dios. A la vez, no iguales todos ellos como resto: el que

10
Dios se reserve un grupo de hombres y mujeres fieles en cada credo no significa que entre sí
sean iguales pues cada cual refleja lo que Dios le ha dado. El resto se refiere a un grupo
excelente de hombres y mujeres que no se dejan llevar por los usos del tiempo sino que, por el
contrario, se consagran a Dios en él. La expresión hace referencia a los que han sido escogidos
por Dios, y que quizá en lo humano no tienen cualidades llamativas o especial fortaleza, pero
son sostenidos por Dios en su debilidad y manifiestan en su vida la fidelidad de Dios que nos
hace fieles7.
Ese resto son los hombres y mujeres que Dios se reserva en medio de nuestro mundo.
Los hombres y mujeres que son, en verdad, de Dios. Y ese resto arraigase en el corazón, y no en
las apariencias.

… aunque quizá seas de aquellos que siguen pensando que no es el corazón, sino la
carne, la que indica a quién perteneces. Puede que pienses, como los judíos, que la
circuncisión certifica que perteneces a la ley, que estás en regla, que eres de los buenos... Es
precisamente al revés, como voy diciendo desde el principio. No es la circuncisión la que te
justifica, sino que tú eres justificado por el modo en que la vives: si la circuncisión visible no se
traduce en un cumplimiento de corazón, da lo mismo estar circuncidado que no estarlo. Eso
nos lleva a que puede haber paganos que no estén circuncidados y estén cumpliendo la ley y
por tanto, dando gloria a Dios: ¡esos pueden juzgarte a ti, que como judío, dices poseer la ley y
te crees con derecho a juzgar a todos! Fíjate en el modo como la lógica teologal hace saltar en
pedazos nuestros modos humanos. Como he dicho antes en relación a los paganos, es lo
invisible lo que determina el sentido de lo visible. Es Dios quien conoce los corazones, y no
queda justificado quien esté marcado visiblemente, sino aquel a quien alaba Dios, aunque no
esté circuncidado.

Lo mismo te digo a ti, cristiano: si el bautismo visible no se traduce en un bautismo de


corazón, da lo mismo estar bautizado que no estarlo. No queda justificado el que “tiene” el
bautismo, sino aquel a quien alaba Dios, aunque no esté bautizado. Cuida, por tanto, tu
corazón, y no olvides la vigilancia.

Y esto nos aporta una nueva perspectiva a nivel antropológico: si es que el ser humano
se comprende, como se nos dice desde el Génesis, como imagen de Dios; si no tiene por tanto
derecho a juzgarse a sí mismo, porque es Dios el Señor y es él quien juzga, entonces todo lo
que vivimos como viniendo “de Dios”, y que son dones suyos en nuestro favor, no sólo no
puede vivirse como apropiación sino que, viviendo como criatura ante Dios, reconoces que es
en él en quien descansa la verdad sobre ti, y que ese vivir por la fe, te lleva a entregarte a Dios
a través de sus dones, intentando ser uno de aquellos a quienes Dios alaba. Es decir: nuestra
verdad descansa en Dios, y nuestro orgullo es ser reconocidos por él, no por los hombres. Cosa
que nosotros no podemos decir en absoluto, como no sea que quitando obstáculos a la vida de
Dios en nosotros. Y esta revelación es un modo concreto de reconocer su señorío.

En la línea de los profetas, sustituyo el significado carnal de la circuncisión como signo de


elección, por un significado espiritual, que manifiesta la justicia que sólo Dios conoce. ¿Cómo
te suena esto? Que las cosas que valen no son las que nosotros, desde nuestro modo de mirar,
hacemos o valoramos, sino las que Dios alaba… con lo que ello supone de dejar de mirar “a lo
humano” y abandonar, en cambio, el sentido y el valor de nuestras vidas en manos de Dios. Y
este “dejar en manos de Dios nuestras vidas” se entiende tan rotundamente que esa
circuncisión del corazón no podemos sino desearla. Quien la realiza, si es voluntad de Dios, es
el Espíritu. Fíjate que esto cuestiona el modo humano natural de vivir del pagano, pero
también del judío, o del cristiano. Fíjate en que la revelación del señorío de Dios en nuestra

7
Se dan distintos grados dentro de esta elección de orden teologal.

11
historia, la revelación de lo que el pecado dice de nosotros, la impotencia que nos revela en
cuanto al vivir, el fracaso radical de nuestro modo y la reorientación según la verdad que
supone reconocer el señorío de Dios, cambia completamente la orientación de nuestra vida.

¿Reconoces que lo que vamos viendo manifiesta a la humanidad entera sucumbiendo


bajo el poder del pecado?
Estamos en otro ámbito que no mira a lo humano (Jn 3, 5), sino que mira según Dios. La
hondura de esta realidad que aquí se nos está revelando desciende, por abajo, hasta la
profundidad de un pecado que nos posee y esclaviza, y por arriba, abriendo la posibilidad de
una vida según la acción y el amor del Espíritu. Ésta es la auténtica medida de lo humano,
cuando lo humano consiente en dejarse conducir por Dios. Aquí, lo humano se está revelando
con otra intensidad y otras dimensiones que las del “bien” o el “mal” que alcanzamos a realizar
o a desear los humanos, judíos, paganos o cristianos.

Imagino que a los que me estáis leyendo os surge una pregunta: ¿es en algo superior el
judío/cristiano? ¿Tiene alguna utilidad el ser circuncidado/bautizado? El que así pregunta
manifiesta que entiende “a lo humano”. Lo mismo que ocurre a los judíos cuando enarbolan la
circuncisión como garantía de salvación. En ambos casos, es a lo nuestro a lo que nos
aferramos: a lo que comprendemos, a lo que poseemos… y manifestamos no entender nada,
porque la mirada de Dios es otra.

Cuando digo estas cosas, los judíos se suelen rebelar. Creen que digo que no vale de nada
ser judío, que no tiene sentido estar circuncidado. ¡¿Cómo voy a decir algo así?! Dios les ha
confiado sus palabras, su ley, y esas palabras son verdaderas por mucho que haya seres
humanos, aunque sean muchos, que no las cumplan. La palabra de Dios se realiza fielmente en
la historia y la salva según sus propios designios, más poderosos que nuestro pecado. Dios ha
querido salvar la realidad con su Palabra, y esta Palabra se realiza y salva lo real a pesar de
nuestro pecado.

Detente un momento y reconoce cuán a menudo nos pasa esto: afirmamos una realidad,
la circuncisión por ejemplo, o el bautismo, y entendemos unívocamente lo que deducimos que
va con ello, tal como sólo se puede hacer de modo ideológico. Está claro que no digo tampoco,
por el contrario, que una persona pueda afirmar –de modo igualmente ideológico- estos
contenidos, asociándolos o disociándolos según su parecer. Por el contrario, ¡qué distintas son
las cosas cuando las afirmamos dinámicamente, sin poderlas atar a un único significado, sino
que dejamos que ellas mismas revelen su riqueza! Cuando nos movemos así, nos podemos
admirar de que Dios nos haya confiado sus palabras, de que nos haya entregado la ley, las
promesas, a los patriarcas… pero esta admiración nos saca de nosotros –alabanza- y nos
conduce según el Espíritu, en vez de cerrarnos en nosotros –apropiación-, aferrados a la
circuncisión, el bautismo u otras garantías.

Queda así claro qué es lo que afirmo: lo que afirmo, no lo afirmo en clave humana
natural, sino en clave de revelación, esto es, anunciando la revelación que Dios, a lo largo de
los siglos y definitivamente en su Hijo Jesucristo, ha hecho al mundo. Puede que te parezca
muy pretencioso que haga de profeta. No es la primera vez: en la carta a los Gálatas, tan

12
cercana a ésta, he descrito la llamada recibida de Dios en esta misma clave profética 8. El
profeta recibe la Palabra de Dios y la comunica al mundo. Si esto es así, yo soy profeta, más
aún, apóstol, enviado por el mismo Jesucristo a anunciar el evangelio a los paganos. El
contenido de mi evangelio es revelación del mismo Dios, como ya les decía allí.
En este punto de mi proclamación, estoy releyendo la elección hecha a Israel desde
antiguo en clave teologal. Pero en clave teologal no cabe –como he dicho- posesión, sino
admmiración: las palabras de Dios que se les han confiado no les llevarán, desde esta clave, a
afirmarse a sí mismos, sino a gloriarse en Dios, que así actúa. Ésta es la actitud a la que somos
conducidos si vivimos teologalmente.

Pero hay también personas que, cuando me refiero a esa mentira nuestra que nos lleva a
pecar, se vuelven contra Dios: si Dios sabe que somos pecadores –vienen a decir-, ¿no es
injusto al airarse contra nosotros? No se dan cuenta de que, al mirar así, están atreviéndose a
juzgar al mismo Dios, que actúa de otro modo que nosotros. Hay otros, más cínicos o más
ignorantes, que, creyendo seguirme llegan a decir que “si mi mentira sirve para resaltar y
glorificar la verdad de Dios, ¿por qué he de ser considerado como pecador?” ¡Necios! ¿Es que
mi pecado puede ser otra cosa que lo que es, aunque por contraste haga brillar la gloria de
Dios? ¿O es que están justificando su pecado como camino para que venga el bien, como
algunos calumniadores dicen que yo enseño? ¡Proclaman así, en su cinismo o en su mentira, la
condena que merecen!

Estas, y otras barbaridades son lo que interpretamos cuando intentamos entender “a lo


humano” la revelación de Dios. ¿Por qué lo hacemos así? Cuando uno escucha estas cosas y no
capta esa dimensión teologal, va a entender lo que digo a su modo: puede entonces que dude
de las palabras de Dios porque algunos no han creído, o que se cuestione si en verdad somos
tan pecadores como digo, o que Dios es injusto al descargar su ira sobre nosotros. Como me
importa mucho que la doctrina quede clara –no por mía, sino precisamente porque es el
evangelio de Dios-, voy a detenerme brevemente en esto.

En primer lugar, y de modo absoluto: si no es desde lo teologal, no podemos entender


nada de Dios. Asimismo, desde lo teologal empezamos a entender “algo” solamente… y lo
primero que entendemos es que Dios nos sobrepasa.
Así que cuando interpretamos desde nuestras claves –a lo humano natural- lo poco que
entendemos, si algo entendemos, del actuar de Dios, siempre “desbarramos”, porque desde lo
nuestro no se puede entender el sentido del actuar de Dios, que nos desborda. Esto evidencia
nuestra limitación, y más profundamente nuestro pecado, que no ve engaño en ese intento de
someter al Dios infinito a nuestros pequeños esquemas.
Revela también el modo como hemos de situarnos ante esas “explicaciones” nuestras
sobre Dios, tan confusas y descaminadas.
Y nos insta a guardar silencio sobre Dios hasta que Él nos revele su modo de mirar.
También a nivel humano podemos comprender esta actitud, sólo con pensar en la
desproporción y la diferencia entre Dios y nosotros. Suele ocurrir que, cuando hablamos “a lo
humano”, nos deslizamos imperceptiblemente hacia los modos menos valiosos de serlo.

Yo, Pablo, como heraldo del evangelio, proclamo el derecho que asiste a Dios al juzgar el
mundo que es suyo, y os exhorto a vivir como posesión suya que sois.

Si las cosas son así en esta lógica del evangelio, ¿hace falta estar convertido, hace falta
haber recibido esta mirada teologal para comprender lo que se afirma aquí?

8
Compara Gál 1, 15s con Jer 1, 5-10.

13
Sin duda alguna. Los lectores a los que me dirijo, vengan del judaísmo o del paganismo,
vengan de un cristianismo tradicional o gentes que lleven sólo unos pocos años de vuelta a la
fe, son gentes que tienen mirada teologal, que, al nivel en que se les haya concedido,
entienden las cosas de Dios al modo de Dios y no según la lógica humana. Si no, no se entiende
nada. La mirada humana natural se queda corta para alcanzar esta otra lógica que se recibe
como don y supone ruptura con los modos naturales de mirar.
Esta ruptura es condición y exigencia para abrirse a la vida nueva que es ruptura,
también, con los modos religiosos de mirar, como veremos más adelante.

Estábamos hablando de si tenemos o no ventaja los judíos… ya hemos demostrado que


todos, judíos como no judíos, estamos bajo el poder del pecado. Y lo que se nos ha
manifestado por revelación, viene también atestiguado por la Escritura: No hay ni siquiera un
justo, no hay un solo sensato, no hay quien busque a Dios… No hay ni uno que haga el bien. La
Escritura atestigua lo que hemos conocido en la revelación de Jesús, aunque sólo en él se nos
ha manifestado plenamente. Aprovecho para deciros que en toda la carta voy a recurrir en
muchas ocasiones a la Escritura, y con ello quiero transmitir, en primer lugar, que el recurso a la
Escritura es un modo de manifestar, a los judíos sobre todo, pero también a los que venís del
paganismo (pues ahora sois judeocristianos, según la tradición a la que os habéis unido en
alianza), cómo la palabra de Dios pronunciada en el AT encuentra su cumplimiento en Jesús; en
segundo lugar, se revela así cómo Cristo ilumina el AT 9, que se ha cumplido en él, y cómo la
revelación recibida nos permite comprenderlo todo: el mundo, en el que todos nos
encontrábamos bajo el poder del pecado, y también la palabra de Dios, dirigida a los judíos y
que sólo en Cristo se comprende plenamente; en tercer lugar, quiero subrayar también por
este medio la centralidad absoluta de Cristo, que lo trasciende todo, que lo habita todo y todo
lo transforma (cf. Ef 4, 6).

Así pues, decíamos, la ventaja del judaísmo, el haber recibido las palabras de Dios a
través de la ley, y sin embargo haber pecado al transgredirla, revela que el papel de la ley no
era el de salvarnos del pecado, sino el de hacernos conscientes de él. Ahora, en la plenitud del
tiempo que es Cristo, podemos descubrirlo así. Los paganos manifiestan por sus obras que no
han obedecido a Dios, a pesar de conocerlo. Los judíos manifiestan con sus acciones que la ley,
que les hace conscientes del pecado, no puede sin embargo liberarlos de él.

Pero ahora, en la plenitud de los tiempos, se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios,


que no tiene que ver con la ley sino con la fe en Jesucristo. Todo lo que he dicho anteriormente
tenía como objetivo esta buena noticia absoluta, que es la salvación de Dios para todos por
igual. Hemos visto que todos han pecado y todos están privados por igual de la gloria de Dios,
pero ahora, Dios nos salva a todos gratuitamente por su bondad, en virtud de la redención de
Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón. A
todos los que estábamos bajo el poder del pecado y merecíamos que la ira de Dios cayera
sobre la humanidad, se nos ofrece el perdón radical de Dios, a los judíos y también a los
paganos, por la fe en la redención de Cristo Jesús. Y de nuevo, más que nunca, porque Dios nos
lo ha dado todo en Jesús, el centro es Dios, el Hijo de Dios que realiza en su carne la
reconciliación. Es Dios, por tanto, aquel a quien adelante debemos mirar como autor de la
salvación, los cristianos, como los judíos y los paganos. Una salvación para los que no tenían
posibilidad de salvarse, sino que merecían una condena de muerte: una salvación que sólo
puedes acoger por la fe, te revela que estabas sometido a la muerte, una salvación que viene
por la fe en Cristo Jesús. La salvación de todos los hechos del mundo, de la creación como de la

9
Este modo de leer la Escritura es signo de la libertad que nos ha traído Cristo.

14
historia, la salvación para todo ser humano que viene a este mundo y para todas las
estructuras que los humanos creamos, se encuentra en Jesús.

Esta revelación de la salvación en Cristo Jesús cambia absolutamente el modo de mirar la


realidad: si reconoces esta salvación de Dios, en adelante, la vida no es ya esa dinámica de
“bien” y de “mal” en la que intentamos manejarnos -precariamente afortunados o víctimas,
limitadamente conscientes o absolutamente inconscientes de nuestra propia vida- sino que la
vida está atravesada de este Amor radical que nos sustenta y nos salva para siempre, en todo
momento. ¿Cabe un deslumbramiento mayor? ¿Cabe algo más radical que el amor absoluto de
Dios así manifestado en nuestras vidas? Desde esta clave, la base del vivir es la confianza en
Dios, que nos ha amado como se revela en Jesucristo, y no nuestro miedo a la muerte, o la
confianza en las propias capacidades o fuerzas, que se revela tan precaria a esta nueva luz. De
nuevo, tenemos así señalados el puente –nuestro anhelo absoluto de ser amados, siempre
buscado y nunca saciado-, y la ruptura que dará lugar a una nueva vida –este Amor Absoluto,
que nos colma plenamente, pasa por recibir, acoger y vivir creyendo el don de la muerte y la
resurrección de Jesús, que rompe nuestros modos de amar y nos transforma interiormente-.

Tenemos que hacernos cargo de nuestra situación de precariedad radical si queremos


comprender la centralidad de la salvación que estamos anunciando. Hablamos tantas veces de
salvación que hemos “gastado” la palabra, y ha dejado de significar para nosotros. Un ejemplo
sencillo os puede iluminar: no hablamos de salvación cuando uno está en la piscina nadando
normalmente y otro se lanza a por él; sí hablamos de salvación, en cambio, cuando uno está
ahogándose en el mar, en medio de una tormenta, y otro se lanza a socorrerlo. Nuestra
situación bajo el pecado manifiesta esta situación de limitación culpable; sin embargo, muchos
de nosotros sólo percibimos la realidad del pecado como una situación sin salida en ocasiones
puntuales, o quizá nunca… porque el vivir bajo el pecado lo vemos tan normal que sólo
podemos percibir su gravedad como revelación. Por eso os preguntáis tantas veces, “¿de qué
me salva Jesús?”. Estáis ahogándoos en medio del mar, en plena tormenta, y creéis estar en
una piscina donde no hay peligro… Ya hemos dicho al comienzo que, lejos de Dios, nuestro
conocimiento está desorientado, no ve…

Dios, por el contrario, lejos de destruir al pecador aunque sin duda lo merece,
permanece fiel a sí mismo, a su proyecto de salvar a la humanidad. Por eso decimos que él nos
salva: cuando éramos pecadores, tan hundidos en nuestra muerte que ni siquiera podíamos
reconocerla como tal, Dios viene en nuestra ayuda. Su justicia se revela radicalmente distinta
de la nuestra, y dice de Dios: su justicia manifiesta su soberanía, y su bondad se revela en su
voluntad de salvar al hombre al precio de la sangre de su Hijo. Dicha justicia no está sujeta a
nuestro pecado, como tampoco se da en respuesta a nuestras obras: la justicia de Dios actúa
gratuitamente, siempre y a favor de todos. No nos ha destruido aunque mereceríamos haber
sido destruidos, y ahí se manifiesta el modo de su justicia, que se revela como fuerza
misericordiosa: con independencia de la ley, se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios…
que, por medio de la fe en Jesucristo, alcanzará a todos los que crean. Y no hay distinción:
todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios; pero ahora Dios los salva
gratuitamente por su bondad en virtud de la redención de Cristo Jesús… para salvar a todo el
que cree en Cristo Jesús.

Para que lo que aquí estamos afirmando no sean sólo palabras, revive algo que en tu vida
hayas experimentado como una situación sin salida. Estamos afirmando que la muerte a la que
la realidad nos lleva está marcada, en último término, por el pecado. Ya hemos dicho también
que esto seguramente no lo percibes…
Revive, por tanto, alguna situación sin salida que has vivido: ¿cómo saliste de ella? No
fue por tus fuerzas –era para ti precisamente sin salida-, ni por tus recursos –hablamos de una

15
situación así cuando se han cerrado las salidas-. Quizá saliste gracias al auxilio de alguna
persona, o quizá sentiste la mano amorosa de Dios liberándote entonces de modo inexplicable.
En cualquier caso, experimentaste que era el mismo Dios quien te había rescatado. Por eso
estás leyendo esto: porque lo reconociste como tu Salvador.
No hablamos, ya lo ves, de una salvación abstracta, lunar, difusa, sino de una salvación
existencial, histórica y concreta.
Ojalá que esa experiencia de salvación te haya acercado a Dios y hayas ido percibiendo
paulatinamente otros niveles de salvación, no ya sólo aquella de la situación sin salida, sino
también de situaciones vitales que antes percibías como “normales” y ahora descubres como
tremendamente esclavizantes. Ojalá tu mirada, a medida que se ha ido abriendo a la lógica de
Dios, vaya conociendo de modo existencial que el pecado mata y que la vida de Dios es, en esta
existencia que se nos ha dado para manifestar al Hijo, Vida en plenitud.
¿Qué vas percibiendo en relación a esto? Lo que ahora digo del pecado y de la salvación
de modo teológico, lo diré en los cc. 7 y 8 en clave existencial. La densidad antropológica que
allí se expresa, viene apuntada ya desde aquí.

En consecuencia, la salvación que se nos anuncia por la fe en Jesús arranca del


reconocimiento del pecado como situación sin salida, abocada a la muerte, pues es en esta
situación extrema en la que nos moríamos donde hemos sido salvados. Este reconocimiento
revela que nuestra humanidad es impotente, incapaz de orientar la vida en la dirección a la que
queremos dirigirla. Y esto, tanto en relación a los paganos como en relación a los judíos, a los
cristianos, a todos los seres humanos. Por seguir con el ejemplo que he usado más arriba, los
judíos (y también los cristianos, si se someten a otra fidelidad que no sea la fe en Jesús) son
como el que se ahoga en medio del mar igual que el pagano… pero teniendo un flotador: el
flotador demuestra patentemente su fragilidad ante la inmensidad de la amenaza, hace ver de
modo palmario lo desvalidos que estamos. Se ve claramente lo inútil de aferrarse al flotador
como seguro cuando las olas te hacen saltar por los aires. Así pues, paganos como judíos,
hemos fracasado absolutamente en la tarea del vivir, y ha sido por la intervención salvadora de
Jesús, y no por la garantía de la ley –¡mucho menos por escuchar a nuestra conciencia, tan
deteriorada!- por quien nuestra vida ha podido empezar a llamarse vida. También los cristianos
habéis estar atentos a no aferraros a seguridades, a obras por las cuales justificaros ante Dios,
cuando se nos ha anunciado ya la buena noticia de la única salvación por la fe en Jesucristo.

Ahora bien, y siguiendo con el ejemplo: si alguno te salva de morir ahogado en el mar, tu
vida debería tener a esa persona, su entrega como referencia. Si además resulta que nosotros,
lejos de ser personas buenas, éramos pecadores que no merecen la misericordia de Dios… ¡¿no
será ya solo la gratitud, sino la entrega de la propia vida en alabanza, la única respuesta
posible?! Si el Hijo de Dios, Jesucristo no sólo se expone, sino que efectivamente muere para
que nosotros tengamos vida, y no una vida como la que teníamos, sino una vida mejor, ¿qué
habrá de ser en adelante nuestra vida? La salvación de Jesús no sólo nos ha traído la liberación
del pecado, sino una vida nueva no sometida a éste, que sólo podemos vivir con Jesús. Es decir,
nuestra actitud en adelante no es sólo de gratitud hacia el que nos ha salvado por lo que hizo
en su momento. Es de vinculación radical, porque su amor y su acción nos revelan que la vida
ha empezado para nosotros en él, y que este comienzo no es para vivir una vida como la que
teníamos, sino una vida nueva que comienza por la fe en él; se nos revela además que la vida
es como Jesús la realiza en nosotros, como vinculación a Dios y a los hombres por el Espíritu,
restaurando para nosotros esta vinculación. Porque una vez que se te manifiesta tu impotencia
y a la vez la salvación, puesto que su modo de vivir y de entregarse al Padre han resultado
salvadores, es cuando puedes reconocer que sólo su salvación es la salvación.

Pero entonces no hay nada de qué jactarse: todos estábamos bajo el poder del pecado, y
esta esclavitud nos sometía por igual a paganos y a judíos. No hay por qué jactarse de poseer la

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ley, pues la ley no ha conseguido salvar a ninguno. Lo único que salva es la fe en Jesucristo.
Pero ante la fe en Jesucristo todos somos iguales: los judíos, los paganos, los cristianos. A los
que nos igualaba el pecado, nos iguala ahora la fe. Lo que salva, y por tanto, lo determinante,
es el don recibido por la redención de Jesucristo, que alcanza por igual a todos, y en cuyo
nombre se salvan, por igual, judíos y paganos. Esto no invalida la ley; más bien, revela su
función, que era hacernos conscientes del pecado. Y en el centro, desde el que todo se
comprende en adelante y desde el que todo se juzga, está para siempre la redención realizada
en Cristo Jesús.
En Jesús se nos ha manifestado que la existencia humana se vive desde la verdad cuando
se arraiga en Dios, que es la Verdad. Y dicha existencia se vive liberada de los poderes y bienes
de este mundo cuando el ser humano vive desde la obediencia a Dios, a quien se confía
totalmente. El caso absoluto de esta confianza en Dios hasta el abandono es la vida entera de
Jesús, y muy especialmente su pasión y su muerte, en las cuales Jesús se ha entregado
absolutamente al Padre y ha recibido en respuesta la liberación de todas las cadenas que
someten a los humanos: incluso la liberación de la muerte, que revela nuestra sumisión radical
al pecado.

Por esta razón la vida humana, que no puede liberarse a sí misma, encuentra la
liberación en este hombre en el que se revela el modo humano pleno de vivir, que en adelante
queda redefinido: según Jesús. Jesús, el Cristo, es en adelante el estandarte de la salvación para
cristianos, judíos y paganos.

Esta salvación invalida toda apropiación, toda jactancia: ¿cómo vas a gloriarte de tus
obras, si las obras no te libraron del pecado? ¿Vas a gloriarte de tu conciencia, o de tu
conocimiento de la ley, que no te libró de la muerte, a gloriarte de lo que se te ha revelado en
Jesús, sino te entregas a creer en ello? La ley no ha sido capaz sino de indicarnos la presencia
del pecado, y ése ha sido su valor. Pero la salvación de Cristo, que nos salva a todos, no se
alcanza por la ley, sino por la fe. Por ello, en adelante, la fe es la referencia para vivir. Ahora
todos, paganos, judíos y cristianos, hemos sido llamados a vivir por la fe en Jesús.

Lo que estamos diciendo, no sé si habías caído en ello, encarna el evangelio: Jesucristo,


nacido de mujer, nacido bajo la ley (Gál 4, 4), ha vencido en su carne el yugo que nos sometía,
al denunciar toda otra fidelidad que la obediencia absoluta –hasta dar la propia vida- a Dios.
Aquí, en el evangelio que os anuncio, puedes ver cómo la gracia de Dios hace realidad en la
vida creyente lo que Jesús había anunciado.

Como actualización para vuestro tiempo diré que, si bien vemos que la ley está por todas
partes y nos cuesta tanto liberarnos de ella –también el pecado está por todas partes, ¡y no
manifestamos la conciencia de haber sido rescatados de él! Escuchad lo que sigue como
anuncio de la buena noticia.

En 1-3, Pablo ha descrito el pecado:


Primeramente, como alejamiento de Dios. En segundo lugar, perversión con las otras criaturas
y con uno mismo.
Este estado de cosas conduce con que acabamos aplaudiendo, celebrando el mal.
En medio de esta situación, hay algunos que hacen bien: el pecado, estando presente en su
corazón, no les ha pervertido: son el resto.
Nos podemos preguntar, a nivel psicológico:
¿Cuál es nuestra actitud ante el mal y cuál es la de Pablo?
Detrás de nuestra actitud hay escándalo, miedo, juicio, evitar la realidad, indignación, intentos
de contener o controlar el mal, inseguridad (son formas “contagiadas” por el mismo mal).

17
Detrás del estado psicológico de Pablo, en cambio, iluminado por lo teologal, nos encontramos
con que:
Nombra la verdad de manera realista y objetiva. Dice lo que ve, dejándose a sí mismo –su
subjetividad- fuera. Se mantiene objetivamente libre. No se fundamenta en el miedo, sino que
mira desde la mirada de Dios.
(se revela así que lo nuestro es la “solidaridad” con el pecado)

Así, ya desde el nivel psicológico se ve que el fondo -según te sitúes desde la esclavitud del
pecado o desde la luz teologal- es distinto: ¿cómo serán el nivel existencial y teologal, por
tanto?

1, 26: “Dios los ha entregado…”. Certeza de que Dios conoce esto, pero no interviene. Consiente
(en un modo teologal que nos sobrepasa) que les lleve hasta las últimas consecuencias, porque
Dios también se ha entregado hasta las últimas consecuencias. Esto nos lleva a tener seriedad
con lo que vemos que nos da vida, ser serias con nuestra propia vida, ir hasta el fondo. La
realidad, desde el fondo, nos devuelve más vida, más verdad.

2, 12-24. Primero nos habla de los paganos, sujetos a la ley de su conciencia a la ley natural: a
veces la cumplen y a veces no.
Luego nos habla de los judíos, sujetos a su ley que hay que cumplir. Según ella, no sólo son
hipócritas, sino que además deshonran a Dios. Todos tenemos una ley por dentro. Los judíos
quedan igualados a los demás, aunque sean el pueblo elegido. La diferencia (sus privilegios) en
clave teologal. Pero el igualarlos es un modo eficaz y concreto de decir que el pecado nos
iguala por abajo.
No nos iguala el don de Dios, sino el pecado: estos tienen pecado igual que vosotros. Lo que
nos iguala a todos es que tenemos pecado.

2, 25-29. El que vive la ley juzga al que sólo la sabe.

3, 1-20:
v. 2: “mucha” se les ha confiado la Palabra de Dios (unir a 9, 4-5)
v . 9: “no del todo” bajo el poder del pecado

si unimos estos versículos, vemos cómo el estado de la humanidad bajo el poder del pecado
conduce a una situación sin salida: aunque tengas todos los dones de la tierra, si tienes
pecado… no tienes salida, estás abocado a la desesperación y a la muerte. La humanidad no
tiene arreglo sin Dios.

Aquí es donde entra Jesucristo. Lo necesitamos como Salvador (la historia no se queda en el
judaísmo)

3, 21-31: se abre a la justificación por la fe. Lo aplica a un primer grado, al perdón de los
pecados (instrumento de perdón). Con Jesús se recupera todo el pasado (la ley y los profetas):
les está soldando la historia. Lo que habíamos perdido por el pecado se ha recuperado en
Cristo.

18
Y recurro de nuevo a la Escritura, ahora trayendo a colación el ejemplo de Abrahán,
padre de la fe, que ya desarrollé en Gálatas. Subrayemos en primer lugar lo que hemos dicho
acerca de cómo la Escritura resulta reinterpretada a la luz de Jesús: el padre del pueblo judío,
Abrahán, resulta ser, por la fe, el padre no sólo del pueblo escogido, sino de todos los
creyentes, que obtienen la salvación por la fe y no por las obras de la ley. Es la fe la que ha
constituido a Abrahán en padre de todos los creyentes, y no la ley, que viene después, como ya
veíamos en la carta a los Gálatas y repito ahora. Padre de los judíos, pero también de los
paganos. Abrahán, padre de los creyentes, no ha sido hecho tal por sus obras ni por el
cumplimiento de la ley, sino por su fe que antecede a todo esto, porque su fe ha sido la que,
paradójicamente, al no apoyarse sino en Dios, ha obtenido de Dios gratuitamente (como
gratuito es el hecho de la fe de Abrahán) la salvación. Padre de los paganos que se acogen a
Dios por la fe, y padre de los circuncidados que no se contentan con serlo, sino que siguen los
pasos de la fe en que consiste y por la que es salvado Abrahán. Así, la circuncisión de la que
antes decíamos que tiene que partir del corazón, no es signo de derecho alguno en relación a
Dios. El único título ante Dios es la fe –don suyo-, que se abandona a Él sin atribuirse ningún
derecho.

Como ves, seres humanos igualmente, pero según otro modo de humanidad, la que se
inicia en Jesús y se fundamenta en la fe en él. Seres humanos que, a imagen de Jesús, se
comportan de un modo nuevo: no se aferran a lo propio, sino que prefieren lo de Dios porque
han sido transformados por su salvación y en adelante, por la fe, se orientan a sus promesas.
Por el contrario, en el ámbito de la ley, nos encontramos dentro de un universo de derechos y
deberes que limitan la existencia humana y que limitan nuestra relación con Dios, revelada en
Jesús.

La referencia a Abrahán nos sitúa de nuevo ante esta humanidad nueva que se inicia por
la fe. ¿En qué consiste esta nueva existencia? Vamos a detenernos brevemente en ello.

Para esto, haremos un par de ejercicios:

- Mira a personas que conoces, tanto de tu círculo de cercanos como de otros más lejanos:
deportistas, políticos, sacerdotes o artistas, honestos o buscadores, amas de casa, niños o
mayores, según tus preferencias. Mira dónde se fundamenta cada una de esas personas, y
qué frutos produce su vida, en consecuencia. Mira también qué fragilidad manifiesta su
vida a causa de ese arraigo. Contempla la vida de estas personas con toda la hondura que
puedas, tanto en sus posibilidades como en su limitación.
- Luego, contempla a alguna persona que conozcas que se fundamente en la fe, para lo cual
no te tienes que fijar primeramente en lo que se ve, en lo que dice, sino en el modo como
se sitúa ante la existencia, tanto en las situaciones cotidianas, como en las situaciones
límite de las que tengas noticia. Desde ahí, haces el mismo ejercicio.
- Finalmente, comparas lo que has descubierto. ¿Puedes captar la novedad y la diferencia
radical de este modo de mirar que arraiga en la fe en Jesús?

Según la dinámica de la fe, el creyente se pone en movimiento, en cambio, a partir de las


promesas de Dios, que no requieren de nosotros obligación, sino confianza en su Palabra, y nos
introducen en el ámbito de la gracia: la promesa es tan inmensa (me refiero a la promesa
hecha a Abrahán y a su descendencia, Gn 12, 3: una promesa hecha por Dios, ¡a la medida de
Dios!) que sólo cabe recibirla en gratuidad y gozo extasiado que marca de fondo la vida, pues
no hay pago posible por parte de los humanos ante tanto don. La promesa se cumplirá, porque
no depende de nuestra fidelidad o infidelidad, como ocurriría en el caso de estar sujeta a la ley,

19
sino que se cumplirá indudablemente para toda la descendencia, porque es una promesa de
Dios para toda la posteridad: tanto para la que procede de la fe de Abrahán como para la que
procede de la ley. Él es padre de la fe porque ha sido hecho padre de todos los que, en virtud
de su fe, obedecen a Dios. La fe, más allá de la lógica humana -al ver que su cuerpo estaba sin
vigor y que Sara no podía concebir- y en clave de absoluta gratuidad por la que daba gloria a
Dios (más allá de toda lógica y de toda ley), hizo de él padre de todos los creyentes, símbolo de
todos los que, como él, se acogen a la salvación realizada en Cristo, entregado a la muerte por
nuestros pecados y resucitado por nuestra salvación. A lo que me refiero, pues hablo en clave
teologal, no es a la descendencia carnal –el pueblo judío- sino a la descendencia espiritual de
todos los que, habiendo recibido el don de la fe, se dejan conducir por ella y viven según las
promesas de Dios (esto indica cómo se entrelazan la fe y la esperanza, a las que nos
referiremos más adelante). La circuncisión que recibe Abrahán no es prueba de la promesa,
sino señal de su fe. Por eso, la circuncisión no es garantía de nada, si no remite a la fe. Y la fe se
fía.

Abrahán es el padre de la fe, porque ha consentido en que sea la Palabra de Dios, sus
promesas, lo que ha fundamentado su existencia.
Y este hecho, que ha sido la clave vital de tantos hombres y mujeres creyentes a lo largo
de los siglos, se radicaliza en Jesús. En Jesús, el Cristo, la humanidad se vive no sólo arraigada
en Dios, sino pendiente de las inspiraciones del Espíritu para actuar, de sus palabras para decir,
de su lógica para conducirse en medio del mundo. Y en esta humanidad que se nos ha revelado
en uno como nosotros, en un nacido de mujer -en uno nacido bajo la ley que no ha quedado
subyugado por ella- se nos ha manifestado como la humanidad definitiva, la que efectivamente
da gloria a Dios, comunica vida plena a los hermanos porque se vive según Dios, y restaura la
comunión con todos los seres creados, por estar unificada en Dios. En adelante la existencia
humana, arraigada en Jesús, traduce el verdadero modo de vivir, el modo de su Creador,
nuestro Dios, que se manifiesta empeñado en salvarnos.

A nivel antropológico se revela aquí por qué era preciso cambiar de modo de mirar (de
nuestra mirada humana natural al modo humano según Jesús: porque se hace preciso
denunciar el yugo de la ley y toda esclavitud, que se revelan presa del pecado, y abrirse a una
vida nueva que se fundamenta en la fe en Jesús. Es preciso abrirse a vivir según esta decisión
radical para que efectivamente se vaya realizando en nosotros la vida nueva.

Los seres humanos que se fundamentan en la fe, externamente viven una existencia
como la de todos, pero para vivir no se apoyan en la carne, sino en el espíritu: no porque
desprecien la carne, sino porque no viven sometidos a ella, sino que viven, iluminando la carne
y la realidad toda desde su obediencia, por la que se someten al Espíritu de Dios. Y así como
Abrahán es padre de la fe porque ha creído -y no por la circuncisión que recibe después-, es
padre y modelo de la fe para judíos y para paganos, sus herederos, porque su fe le hace ante
todo creyente, le universaliza y le conecta con todos los hombres y mujeres que creen, como él,
y reciben, por una fe como la suya, las promesas de Dios.

Llegamos así a la actualidad, al tiempo en que se anuncia este evangelio que arranca del
comienzo mismo del amor de Dios, que inicia con la humanidad entera una historia de
salvación: en Jesucristo, piedra angular de lo real, encuentra Abrahán la plenitud de la promesa
que le fue revelada, y la encuentra también toda su descendencia, hasta nosotros, porque
todos alcanzamos la salvación si creemos en aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Jesucristo es la piedra angular de todo lo creado, y la fe nos arraiga en Jesús, en quien se nos
ha dado salvación y la vida.

20
5

Jesús, el Hijo, se revela como la piedra angular de esta salvación que arranca del
comienzo de los tiempos, declara –por su obediencia- culpable a toda la humanidad sometida
al pecado y, dando muerte a nuestro pecado, resucita para otorgarnos una vida nueva. La fe en
Jesús, en su salvación, reúne en esta hora culminante a judíos y a gentiles en la fe que, más allá
de la lógica humana –sea el conocimiento natural o la ley recibida de Dios 10-, anuncia al
hombre la salvación gratuita y definitiva que se ha realizado en Cristo 11.

Es muy posible que te cueste entender esto. Probablemente, escuchar estas palabras tan
grandes te lleve a retraerte –“demasiado contenido para una vida tan pequeña como la mía”- o
a justificarte –“Dios no puede ser así: este Dios que habla de pecado y culpa es una
manipulación de las iglesias, que quieren tener sometidas las conciencias”-. Y así podría ser, si
se tratara de nuestro modo de mirar. Como ya hemos dicho, desde la mirada natural no
podemos entender la lógica de Dios: o tan inmensa que nos desborda, o tan lejana que resulta
incomprensible, o amorosa o comprensiva, sí, pero no al modo como nosotros entendemos
que debería serlo.

La revelación de la que os hablo consiste en mirar la realidad desde la lógica de Dios, que
así se nos ha manifestado. En adelante, el reto de nuestra vida es comprender lo que Dios ha
hecho en la historia de la salvación, y sobre todo, lo que Dios ha hecho en Jesucristo:
entendamos o no, temamos o no, deseemos o no… la verdad, el camino, la vida es lo que se
nos ha revelado en él. En esta vida nueva seguimos profundizando ahora.

Es la fe que nos salva del pecado la que da paso, en esta vida nueva, a la esperanza. Una
vez que por la fe hemos acogido la salvación de Dios, dejamos atrás la vida sometida al pecado
e iniciamos una vida “según Jesús”, obediente a Dios y a su voluntad. Mediante la fe, hemos
sido puestos en paz con Dios, no por nosotros, sino por Jesucristo. La vida empieza por esta paz
que él nos ha obtenido. Aunque no entendamos lo que esto significa, sí podemos intuir en qué
comunión de vida y de gracia somos introducidos.

Y si no lo entendemos, no es porque no nos alcance para entender: es porque no


tenemos fe para comprenderlo. Es la fe la que nos permite obtener esa situación de gracia que
efectivamente se ha dado ya en Jesús, la fe que sustituye al pecado y que es el suelo propio de
la vida nueva. Esta situación de gracia, que es vivir fundamentados, gratis, en su misericordia
infinita, nos hace sentirnos orgullosos, no por nosotros mismos, sino desde la conciencia de la
generosidad desbordante de Dios con nosotros, que nos hace aspirar a él y tener la alabanza
de Dios como meta: el horizonte de la vida no es ahora nada de lo que nos seducía cuando
vivíamos sometidos al pecado, sino que ahora vivimos esperando participar de la gloria de
Dios.

¿Reconoces, verdad, el cambio de perspectiva? En la vida humana natural, uno se sentía


orgulloso de sí mismo (y no siempre que debía hacerlo, y no siempre por los motivos

10
Como señalaba al principio, ambos caminos podrían haber llevado a Dios, y ambos quedan igualmente
bloqueados por el pecado.
11
Estos primeros versículos (5, 1-11) son un resumen de lo que acabamos de decir: justificados por la fe,
vivimos en paz con Dios por medio de Jesucristo. El capítulo continúa desarrollando la contraposición
entre gracia y pecado, a la que ha llegado a partir de la contraposición entre justicia de Dios-obras de la
ley.

21
adecuados), o por aquellos con quienes le unía alguna semejanza. Y la razón para sentirse
orgulloso era siempre algún mérito propio del que “todos pueden reconocer” que hay que
enorgullecerse.
Aquí, en cambio, no: estamos orgullosos por Jesucristo, que siendo uno de nosotros, es
absolutamente superior a nosotros, y nuestra gratitud no conlleva “familiaridad”, semejanza,
sino que reconoce la absoluta desemejanza. Nos sentimos orgullosos, entonces, de que Dios
sea así. Y no primeramente porque con su salvación nos ha bendecido a nosotros, sino, bien al
contrario, porque Dios sea así. Hay que haber cambiado de claves –ruptura- respecto de lo
humano natural para poder mirar así.
Significa que vivimos de esta comunión, que descansamos en ella, y que en adelante no
nos gozamos ya por los méritos propios, sino por Jesucristo, por su entrega y por la paz que con
ella nos ha obtenido. Significa no vivir mirando primeramente a lo visible, sino haber
reconocido a Dios y su amor por nosotros como fuente de lo real, y vivir en la historia
fundamentados en este amor.

Sin embargo, en él, este horizonte inmenso para la vida humana, ¡no es todo, ni mucho
menos! El amor de Dios en Jesús nos ha hecho crecer en esperanza, y la esperanza nos revela
que nada de este mundo, todo por igual rescatado por Cristo, termina en la muerte si vive
unido a Jesús: la salvación de la muerte es el primer acto de esta nueva existencia que se vive,
en adelante, orientada a una vida semejante a la de Jesús, una vida que se vive y que anhela,
ya en este mundo, la gloria de Dios. Por lo tanto, el horizonte de la vida cristiana no es una
liberación de las condiciones estrechas en que vivimos nuestra existencia, sino una liberación
de dichas condiciones en virtud de esta salvación que ha reventado nuestros esquemas y
limitación que queda, en adelante, por la fe y la esperanza, redefinida a imagen de Dios.
La vida al modo de Jesús, en su muerte como en su resurrección, es la nueva referencia
de nuestra humanidad.

Como ves, la fe da lugar a una vida nueva, que no tiene ni la fuente, ni las motivaciones
ni los objetivos de la vida anterior, sometida al pecado. Ahora, lo que alienta la vida de los
cristianos no son ya sus propias metas de plenitud, sus intereses o las pasiones esclavizantes a
las que vivíamos sometidos en el pasado, sino el deseo de manifestar la gloria de Dios en la
propia vida y participar de dicha gloria plenamente un día. Y como esta esperanza de la gloria
ilumina ya nuestra vida terrena, la nueva perspectiva cambia absolutamente el modo de mirar
la vida hoy. ¿En qué la cambia? En todo: hasta de las tribulaciones nos sentimos orgullosos,
sabiendo que la tribulación produce paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud
sólida, esperanza. Esta transformación alcanza a toda la vida, porque la salvación de Jesús es
revelación también sobre el sentido de lo real: ¿qué es lo que producían antes en nosotros las
tribulaciones? Esclavitud con tantas formas, inquietud, quejas sobre la realidad o sobre
nosotros mismos, envidias, ansiedades, mentiras, fracasos, frustraciones, preocupaciones y
oscuridad, angustia y anticipación, miedo, desesperanza… todo eso que nos hace rechazar el
mal que de hecho existe y forma parte de nuestra vida. Jesús, al luchar a lo largo de su vida
contra los males que nos atenazan, y sobre todo, al asumir el pecado por obediencia al Padre
en la muerte en cruz, nos ha mostrado otra manera de vivir ese mal: en él, el mal se vive como
ocasión de vida porque toda la vida se vive como don del Padre. Por eso, las tribulaciones nos
hacen sentir orgullosos, porque en ellas podemos responder a Dios, en primer lugar, como
seres humanos que viven al modo de Jesús: las tribulaciones así vividas aumentan nuestra
humanidad (la tribulación produce paciencia); pero aún ocurre más: la paciencia nos va
acrisolando en otro modo de estar en la realidad, más verdadero y más libre, que se deja hacer
por lo real, porque en ello reconoce a Dios y confía en toda circunstancia (la paciencia, virtud
sólida). Pero es que este confiar le abre más allá de lo humano, a Dios, y el cristiano que confía
en Dios a través de las circunstancias de la vida, se ve bendecido con los dones teologales de

22
Dios, con dones para vivir a su modo (la virtud sólida, esperanza)12. La esperanza de participar
en la gloria de Dios, que transformará nuestra existencia sometida al pecado en una existencia
definitivamente gloriosa. En esta vida no vivimos en plenitud esta esperanza, sino sólo como
primicia de esta vida nueva que viviremos gloriosamente. Ya en esta vida, por la comunión con
Jesús a través de la fe, la muerte produce vida, y vida en la que se reconoce la desmesura del
amor de Dios.

Puede ser que alguno piense que dicha esperanza es un modo ilusorio, irreal y falso de
estar en la realidad. Que anhelamos algo que no tenemos y esa “esperanza” compensa
nuestras frustraciones o vacíos en el presente. No os equivoquéis: esta esperanza no se asienta
en nosotros o en nuestro modo de mirar (en cuyo caso estaría justificado dudar de ella), sino
que se asienta en el don del Espíritu, por el que Dios ha derramado su amor en nuestros
corazones. La fe, la esperanza y el amor que son los dones de Dios para vivir esta vida no son
cosa nuestra, sino don del Espíritu Santo, desbordamiento ofrecido a nuestras vidas, don del
mismo Dios para vivir al modo de Dios. Lo que resulta, por tanto, por la fe en Jesús es una
nueva criatura, que no vive ya “a lo humano”, sino al modo de Dios, a quien reconoce actuando
en su propia vida y lo reconoce, paradójicamente, según un modo distinto del propio. Ahí, en
ese vivir desde el don de Dios derramado en el corazón, es donde reconoce la acción del
Espíritu.

También es posible que este modo de vida nos venga grande, como que “se va” del
modo normal de vivir. Y efectivamente, desborda el modo normal de vivir. El modo de vivir de
la mayor parte de los humanos –incluidos los cristianos- sigue estando esclavo del pecado,
angustiado por la muerte y por las numerosas formas de muerte que se dan en la vida. La
revelación acontecida en Cristo Jesús nos revela que hay un modo de vivir nuevo, que se hace
posible por la fe, se vive animado por la esperanza y se fundamenta en el amor. Una existencia
que es un “más” respecto de la vida humana que conocemos, pero no como un “más” que
pudiéramos alcanzar nosotros, sino al contrario: después de haber experimentado que nuestro
“más” se frustra, se nos revela este otro modo de vida, que no se apoya en nosotros sino en
Jesús, nuestro salvador y el que ha iniciado este modo nuevo, un modo de vivir la vida humana
que no está condenado al fracaso, a la muerte, sino que tiene por meta el hacernos partícipes
de su misma vida.

Como ya hemos dicho, para vivir según este modo de Dios la referencia es Jesucristo, que
nos ha reconciliado con Dios para hacernos partícipes de su vida. Este tema lo retomaremos
más adelante. Seguro que recuerdas que este tema ha aparecido ya en cartas anteriores, y
aparece ahora dentro de la visión de conjunto que es mi evangelio. En cuanto al “para” por el
que Dios quiere hacernos partícipes de su vida, sí quiero subrayar que la referencia para vivir
según Dios es Jesús, y que esto es lo que nos ofrece a través de la reconciliación con Dios que
Cristo ha realizado con su muerte en la cruz.

En cuanto a este amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo, ¿a qué podremos compararlo? Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo
por nosotros cuando éramos aún pecadores. El amor de Dios le ha llevado a realizar la
reconciliación con nosotros a través de la sangre de su Hijo. Ésa es la medida de su amor, y ése
es el amor que derrama en nosotros. Ésta es otra perspectiva para ahondar en este misterio de
Cristo, el único absolutamente central para nuestra salvación, para nuestra vida. Como os he
dicho antes, es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien; aunque por una persona buena
quizá alguien esté dispuesto a morir. Aquí viene, dialécticamente, la diferencia: Dios ha

12
Cabe una lectura antropológica de esta secuencia que es, a su vez, adaptación cotidiana de la muerte y
resurrección de Jesús.

23
entregado a su Hijo por nosotros, que lejos de ser buenos, vivíamos en el pecado. No por
alguno bueno, sino por los malos. Y no por uno, sino por todos. Esta tensión entre uno-todos
resonará también en la reflexión sobre Adán que viene a continuación. Retomamos así, en este
punto, la reflexión sobre la humanidad bajo el pecado con la que empezábamos la carta, y que
ahora contemplamos desde otro ángulo. Este nuevo enfoque escriturístico manifiesta también
la mirada más radicalmente existencial: la humanidad sometida al poder del mal, representada
por Adán, y la humanidad nueva, rescatada en Cristo. La humanidad ha recibido, en Cristo, su
nueva y esperanzadora referencia: la justicia de Dios se ha manifestado en Jesucristo como
gracia misericordiosa y sobreabundante, no en virtud de las obras, sino por pura misericordia:
por pura gracia habéis sido salvados (Ef 2, 8; cf. Rom 4, 16).

Así como la miseria de nuestra situación hace brillar la misericordia de Dios y nos revela
que no tenemos de qué enorgullecernos, así también la gratuidad del don recibido nos lleva a
gloriarnos en Dios, que ha realizado de este modo inaudito nuestra salvación. Por eso, como
testigo que soy, os transmito que me siento profundamente orgulloso de Dios, de este Dios que
desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de su Hijo. Quizá te desconcierte
este modo de expresarme en relación a Dios. Y sin embargo, te diré que éste es el modo propio
del creyente, que, viendo que hay tanto por lo que gloriarse, ya no se gloría ni se enorgullece
de sí mismo, sino de la acción y la misericordia de Dios en él y en todos, y que vive en relación
con Dios, en virtud de dicha reconciliación. Como vemos, el modo de mirar los hechos de la
vida, el modo también de sentir y los motivos por los que enorgullecerse o alegrarse… todo
cambia por la revelación de la salvación realizada en Cristo, y sus promesas de una salvación
definitiva, eterna: nos salvará definitivamente del castigo. La dimensión escatológica aparece a
lo largo de todas mis cartas, y al destacarla reconocerás así como la profundidad propia de mi
evangelio y de la vida cristiana: la vida tiene la profundidad del amor de Dios.

La justificación por la fe

Tal como lo planteo en la carta, la justificación por la fe no se refiere tanto, ya lo habrás visto, a la
contraposición entre gracia y actividad humana como al hecho, más radical, de que la salvación
definitiva se encuentra en el don divino de la Torá o en el don divino de Jesucristo.

La justificación viene de Dios, y se nos ofrece como gracia, es decir, gratuitamente. Ahora bien,
puede que te preguntes, ¿y cómo es que si esta salvación es por gracia, insisto tanto en la vigilancia, en
todas esas acciones a las que exhorto a partir del c. 12? ¿No correremos peligro, si nos centramos en las
obras, de aferrarnos a ellas? ¿Cómo se concilian la gratuidad y las obras, la fe y el empeño? O dicho de
otro modo, más teológico: ¿en qué relación están la justificación gratuita que alcanza a todos por el
bautismo, y el juicio final al que se encamina el creyente, presente ya en su vida temporal?

Para explicarlo, haré algunas precisiones:

- En primer lugar, destacar que cuando hablamos de “justificación por la fe” estamos situados de
lleno en la lógica teologal que atraviesa la carta. Por tanto, no estamos hablando de un
ignorante o cínico “Dios me salva sin que haga nada”, y tampoco de que me justifica creer en
Dios a través de mis obras, sino de la actitud agradecida de quien, reconociendo el propio
pecado y la imposibilidad de salvarse por sí mismo, se abre al don de Dios en Jesucristo, al que
responde con toda su vida. Desde aquí, la vida humana, que manifiesta el amor a través de las
palabras y las obras, no se fundamenta ya en uno mismo, sino en Dios, que es el que lo hace

24
todo.
- A esta luz, insisto en la importancia de las obras, en la primacía del amor y en el juicio, en el
que cada uno será juzgado según ellas: con esto quiero decir que la fe en Jesús se tiene que
traducir en frutos, y a nosotros nos corresponde combatir, conducidos por el Espíritu, para
hacernos semejantes a Jesús que vive habitado por el Espíritu. Los capítulos finales de la carta
dan buena prueba de la importancia de las obras, que no proceden ya del sujeto, sino que éste
reconoce por ellas el modo como, por el Espíritu, se manifiesta en él la verdad de Dios; en este
punto continúo siendo muy judío: las obras manifiestan la autenticidad –o inautenticidad- de
nuestra vida, según de qué fidelidad sean fruto.
- Aún hay otro nivel, más hondo, que no se refiere a lo que el creyente tiene que hacer, sino a
Dios que nos justifica en Cristo, que ha muerto por nosotros y vive intercediendo en nuestro
favor. Este nivel es la “fuente” de la que todo nace, y las obras visibles del primer nivel no
nacen de la persona, sino de la justificación operada en Cristo, que nos hace capaces de vivir.
De tal manera que, en último término, la contraposición entre la gracia y las obras de la ley que
aparecía al comienzo nos permite reconocer, más profundamente, la tensión dramática entre
dos fidelidades: la fidelidad a la Torá, o la fidelidad a Dios por la fe en Jesucristo. Hasta ese
punto se hace radical la elección, y explica el dramatismo existencial de nuestra vida a la luz de
la revelación de la entrega del Hijo por nuestra salvación.
- En síntesis: es Dios el que me justifica, dejo de ser yo la que me justifica.

Hay, por tanto, un nivel al que hemos de entregarnos y que manifiesta la vida teologal, y en el
que las obras, vividas no ya como apropiación (cuando las vivimos desde nosotros) sino como
glorificación de Dios manifiestan la verdad de nuestra fe, de nuestro vivir conducidos por el Espíritu. Y
hay otro nivel, más hondo, que sostiene el anterior, por el que nos abandonamos a Dios, que ha
mostrado sobreabundantemente su fidelidad y nos ha amado hasta el extremo en su Hijo. Esta
confianza radical manifiesta cómo la fe atraviesa y sostiene la vida creyente y da lugar a unos frutos que
son, tanto más cuanto más dejan paso a la acción del Espíritu, de vida eterna.

Por eso, en adelante seguiremos hablando de esta muerte de la que hemos sido
salvados, pero ahora la vamos a contemplar a la luz de la vida nueva que hemos recibido.
Como puedes ver, este capítulo hace de bisagra entre la vida sujeta al pecado que nos tenía a
todos sometidos, y la vida nueva que hemos obtenido por la salvación en Cristo, pero sobre
todo, quiero sacar en él las consecuencias de esta salvación universal que estamos
proclamando.

Así contemplamos a Adán, el primer hombre, el primer pecador, al comienzo de nuestra


humanidad, pero ahora desde la vida nueva: en él se refuerza esa universalidad del pecado en
la que todos, paganos y judíos, estamos representados. Y desde aquí contemplamos, a partir
del binomio Adán-Cristo, la historia de la salvación: el pecado de Adán introduce el pecado en
el mundo y por él nos viene a todos la muerte. Y así como el delito de uno nos trajo la muerte a
todos, el don de uno solo trae a todos, no sólo la absolución… sino la sobreabundancia de la
gracia y el don de la salvación. Así es como Dios actúa. Quizá te sorprenda mi insistencia en
este tema: más de una vez, más de diez, más de cuarenta veces, quizá más, de modos distintos,
explico la historia de la salvación en referencia a este hecho central de la revelación que es
nuestra salvación en Cristo 13. También por esta repetición te digo su centralidad, y cómo, desde
cualquier ángulo que te acerques a lo real, te encuentras con esta salvación definitiva en la que
todos hemos sido rescatados, porque la salvación de Cristo lo ha alcanzado todo. Sin duda, al
13
Se suele decir de mí que mi evangelio es ahistórico, porque no refiero hechos de la vida de Jesús. Sin
embargo, mi kerigma está fundado en un hecho histórico de la vida de Jesús, que se me ha dado vivir
carismáticamente, y que da la hondura de su humanidad: su pasión y su muerte. Así, mi evangelio coloca
el núcleo de la plena humanidad de Jesús en el hecho histórico de su muerte, lo que evita “divinizar” de
modo erróneo –no según la Revelación de Dios- al Jesús histórico.

25
decir así también estoy diciéndome a mí mismo: puedo decir que la muerte y la resurrección
de Jesús, piedra angular de la fe, han sido, efectivamente, la piedra angular de mi vida. Fíjate
en cuán existencial y esencial es, a la vez, esta interpretación.

Trayendo a Adán a nuestra carta quiero destacar, por una parte, la semejanza entre Jesús
y nosotros: uno de nosotros (Adán) -uno de nosotros (Cristo) para, a través de los distintos
argumentos ir introduciéndote en la admiración y la contemplación del misterio que se ha
realizado en Cristo, no de modo dogmático, sino combinando distintos aspectos de la fe y de lo
real que son iluminados por él y nos descubren, a la vez, su entrega y su misterio. Jesús se ha
hecho “uno de nosotros”, y nos ha traído una salvación sobreabundante, que no consiste
únicamente en la reconciliación con Dios (y ya sería mucho), sino que la absolución del delito
nos abre a un tiempo colmado de gracia y salvación. Jesús se ha hecho uno de nosotros, y ha
reconciliado con Dios, por su muerte, lo que Adán destruyó con su pecado. Uniéndonos a
Cristo por la fe, obtenemos vivir una muerte como la suya, y se nos otorga así una resurrección
como la suya. Escoger a Jesús es renunciar a la vida antigua, que a su luz se nos ha revelado
muerte, se nos ha revelado muerta. Insisto, como vengo haciendo a lo largo de la carta, en el
término revelación, que expresa que la realidad de la que hablamos nos sobreviene e ilumina
desde una realidad que está más allá de la nuestra, y dicha revelación resulta ser su más plena
verdad.

Adán se revela como figura del que había de venir: nuestra humanidad, generación tras
generación, aspira, sin saber qué anhela, a esa humanidad mejor para la cual se descubre
creada, y generación tras generación, frustra el proyecto que se perfilaba pleno. En Cristo se
realiza definitivamente esa figura que somos: Cristo es el hombre definitivo, en el que se hace
posible para la humanidad el camino hacia Dios, el camino de la vida. La semejanza entre Adán
y nosotros, entre Adán y Cristo, abre paso a la nueva solidaridad nacida de la cruz entre Cristo y
nosotros, que tiene como puente la más profunda desemejanza. La ley que vino después, que
es posterior al pecado, no ha servido para evitar éste, como ya hemos visto, sino para
multiplicarlo. Cristo, con su sangre, nos ha alcanzado no sólo el perdón, sino también la
salvación que lleva a la vida eterna.

He querido destacar la semejanza (uno-uno) entre Adán y Cristo, y también la


desemejanza: el pecado de Adán nos hace a todos culpables, y el don de Dios en Cristo no se
limita a la absolución, sino que su sobreabundancia desborda la absolución y se derrama en
vida nueva. Desemejanza radical a) porque en la resurrección de Cristo, el justo, se manifiesta
el poder de Dios que nos salva a todos, pecadores; b) porque dicha salvación tiene el signo de
la eternidad de Dios, que se manifiesta en la historia y en la vida concreta de los creyentes y las
colma hasta el infinito; c) porque dicha salvación realiza para siempre la comunión humana,
rota por el pecado, haciéndonos capaces de vivir al modo de Dios -como hermanos- por su
Espíritu.

Un hombre como nosotros, Jesucristo, ha realizado la humanidad de un modo


absolutamente nuevo, del único modo que da gloria a Dios y realiza su voluntad, el proyecto
que tenía al crearnos. Un hombre, el Hijo único de Dios, en quien Dios ha cumplido su plan de
salvación con la humanidad, un hombre a través del cual todos somos rescatados y llamados a
vivir la vida según Dios que es nuestro sentido, la verdad que nos fundamenta.

Jesucristo es, por tanto, el único Salvador en cuya obediencia se redime nuestra
desobediencia, de tal manera que su salvación nos revela que estamos unidos a él y que en
adelante el destino común del que participábamos, y nos tenía en el pecado, se revela ahora
salvador: por nuestra unión en Cristo, hemos sido liberados del pecado -contra el que la ley se
reveló impotente-, y a la abundancia del pecado Dios ha respondido con una sobreabundancia

26
de gracia, de modo que ahora vivimos en el universo de la gracia, y la gracia nos alcanzará, por
medio de Jesucristo, la salvación que lleva a la vida eterna. Como decimos, la gracia obtenida
por la fe en Jesucristo inicia un modo nuevo de vivir en la realidad.

Si vivíamos condenados a la muerte y hemos obtenido la salvación por Cristo, es este


Jesús salvador, en adelante, el centro de lo real para los que creen, porque en él ha quedado
todo rescatado: la creación que estaba llamada a manifestar a Dios y quedó invalidada en su
sentido por causa del pecado y la misma existencia humana se revela, dentro de la creación,
incapacitada para ser según el proyecto de Dios por esta misma esclavitud. Jesús se ha
revelado en adelante como la fuente de la salvación, y todos los contenidos de mi evangelio
arrancan de él: el pecado y la gracia, la justicia de Dios y la justificación obtenida en él, la vida
según la carne y según el Espíritu, la interpretación de las Escrituras y la relación entre Dios, el
ser humano y el mundo, que ahora se comprenden a su luz… todo, absolutamente todo lo real
queda transformado dinámicamente por la redención operada en Cristo.
Del mismo modo que un hecho significativo afecta y transforma la realidad circundante,
así el Acontecimiento realizado en Cristo afecta de modo absoluto la estructura de la realidad,
que queda ahora conmovida y afectada por esta salvación del modo que hemos visto.

En la muerte y la resurrección de Jesús vemos cómo la justicia de Dios actúa en orden a


nuestra salvación. Su justicia –no lo podíamos imaginar- actúa en favor de los pecadores, los
que por su pecado mereceríamos que la cólera de Dios se ejerciera como castigo, y en vez de
ello, culmina en un veredicto de gracia que no requiere del hombre sino el reconocimiento de
su ser de criatura, la obediencia de fe. Queda atrás, por ello, toda justicia propia o vanagloria,
así como los intentos de autojustificación –por esta razón el creyente, en vez de estar orgulloso
de sí, lo está de Dios-. Los seres humanos somos justificados por Jesucristo, que se ha hecho
uno de nosotros y ha transformado el fracaso radical por el que todos vivíamos esclavos del
pecado en esta situación nueva que nos realiza en relación y comunión con Dios por la fe en la
sangre de Jesús, el Cristo.

Espero que ninguno interprete, a partir de mis palabras o por lo que ha oído de mí, que
lo que digo es que hay que seguir pecando para que abunde la gracia, ¡lejos de mí afirmar algo
así! Morir al pecado no es una afirmación retórica. El bautismo nos ha vinculado a la muerte de
Cristo, la única muerte vivida por obediencia al Padre. Unidos a él, el Padre nos resucita como
le ha resucitado a él, para vivir una vida nueva. Nuestra antigua condición pecadora ha
quedado clavada, muerta en la cruz, y el que cree en Cristo queda libre del pecado, por la fe en
Jesús.
A lo largo de estos dos capítulos, éste y el anterior, desaparece la contraposición entre
judaísmo y paganismo que nos había ocupado en los capítulos anteriores y aparece la
contraposición entre el primer estadio o eón, el reino del pecado, y el segundo eón, el reino de
la gracia.
Este capítulo 6 que ahora comenzamos sacará por tanto, a partir de lo anterior, las
consecuencias ético religiosas de la vida de gracia que se prolongan también en el c. 7.

Cristo ha muerto una vez para siempre, y vive ahora, para siempre, un vivir para Dios.
Nosotros, unidos a él, hemos de vivirnos así también: muertos al pecado, pero vivos para Dios,

27
en unión con Cristo Jesús. El paso de la situación de pecado a la situación de gracia se realiza
por el bautismo (6, 3. 11.22). No es en este punto donde vamos a desarrollar el tema del
bautismo, pero el referirme a él en este contexto ya es signo de su radicalidad y de la vida
nueva que origina.

Por tanto, ya ves que yo no digo que hay que seguir pecando sino, por el contrario, que
hay que renunciar al pecado en esta vida, por la fe en Jesús. Acabo de deciros que sois muertos
que han vuelto a la vida, y nuestra conciencia de ello y nuestra gratitud han de manifestarse en
esa pelea cotidiana –en la que nos va la vida- por renunciar a él. Ya no estamos bajo el dominio
del pecado, sino bajo la acción de la gracia: lo experimentarás en ti misma si rechazas el pecado
y te abres a la vida nueva obtenida por Jesús en la cruz. Reconoces así que la revelación
recibida requiere no sólo de respuesta, sino de total implicación por tu parte.

Estamos muy lejos, por tanto, de la frivolidad de los que dicen ¿Nos entregaremos al
pecado porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?, porque los que así hablan revelan
no haber entendido nada, y prueba de ello es que siguen sometidos al pecado, siguen
dominados por él. Por el contrario, la revelación acontecida en Jesús desvela al creyente el
sentido verdadero de su situación de esclavitud bajo el pecado, e ilumina en él el deseo de una
vida nueva, la que se le ha manifestado en Jesús y que por sí mismo no puede vivir. Por ello,
suplica la vida del Espíritu para vivirla. Como vemos, aquí se refleja de nuevo que la revelación
de Jesús no es un contenido teórico sino una verdad deslumbrante que lo atraviesa todo. El
creyente se ve como lo que es: muertos que habéis vuelto a la vida. No encontrarás aquí
exhortaciones moralizantes sobre la maldad del pecado y el deseo de ser mejores, sino
realidades existenciales creyentes de muerte y de vida. La muerte de Jesús y su resurrección
que nos iluminan sobre el verdadero sentido de la muerte, que en él sabemos que arranca del
pecado, que nos tenía sometidos, y la vida, que es con Jesús, la vida recibida de Dios por el
Espíritu.

Esta existencia nueva es una acción gratuita de Dios, que cambia el castigo por la
redención en Cristo, este acto por el que el hombre es justificado por gracia, gratuita y
misericordiosamente por Dios, es para nosotros oferta de una vida nueva, la que ha iniciado
Cristo por su existencia entre nosotros. Esta existencia nueva se caracteriza por ser una vida
habitada por el Espíritu, que nos santifica y da fruto, un fruto del que no nos apropiamos –este
modo de relacionarse con los dones también es signo de la novedad de esta vida- sino que
redunda en glorificación y alabanza de Dios, que colma nuestra vida.

Gracia. Gratis. Gratuito. Gratitud. Amor. Exceso. Sobreabundancia.


Desproporción. Existencia plena. Regalado. Inmerecido. Desbordante. Del
cielo a la tierra.

Esfuerzo. Méritos. Deber. Deuda. Pago. Limitación. Medida. Pecado.


Imposibilidad. Vida sometida. De la tierra al cielo (pasando por el ego).

Dos modos contrapuestos de situarse en la realidad. Dos modos de ser mujer, de ser
hombre, de realizar la humanidad: en lógica de gracia, en lógica de esfuerzo. ¿Hace falta que te
diga cómo se despliega cada uno de dichos modos?

28
Dios nos justifica en Cristo. Y recibimos la fe para acogernos a su justificación. Por eso
decimos que es la fe en Jesús la que nos justifica. Ha sido la fe en Cristo la que nos ha obtenido
la situación de gracia que vive ahora el cristiano y que le permite vivir según la verdad,
esperando participar de la gloria de Dios, ahora de modo parcial y plenamente en el futuro. Ya
te he hablado antes de la presencia constante de la dimensión escatológica en mi predicación,
en mi evangelio. Ahora lo reconocemos en este arraigo en Dios del que todo arranca: la
justificación de Jesús, la vida nueva, las obras del amor.

Esta vida nueva transforma radicalmente la vida humana: creer en Jesús que ha muerto
por nuestros pecados es creer que nosotros hemos muerto en él al pecado. El bautismo, que
nos ha vinculado a Cristo, nos une a su muerte y nos obtiene la vida nueva que proviene de él.
Nuestra vida, por la fe en Jesús, es un vivir para Dios, en unión con Cristo Jesús. Éste es el
sentido del bautismo, por el cual, como luego veremos, somos hechos hijos.

A veces, en las películas que veis sobre todo, se ensalza la buena fortuna de quien, por su
bondad o su suerte, desde un origen humilde, ha alcanzado un puesto de privilegio en la
sociedad; os admiráis de los que obtienen logros científicos, políticos, los que son famosos a
nivel mundial por sus conquistas a nivel mundial. ¡Y eso os parece grande! ¿No es mucho más
grande que, estando muertos por el pecado, obtengamos por el bautismo la unión con Cristo,
una vida al modo de la suya?

Como seguramente sabes, he sido muy criticado por este evangelio de la gracia: ya has
visto con qué energía niego la acusación que algunos me hacen de que -dicen que yo digo-,
habrá que seguir pecando para que abunde la gracia. Rechazo rotundamente esa
interpretación: la muerte de Cristo ha sido lo absoluto, lo definitivo de la historia, y su muerte
nos ha liberado realmente del pecado. El bautismo (que en los primeros siglos del cristianismo
se recibía de adultos), supone el reconocimiento de que la salvación está en Cristo, y no en
nada de lo nuestro. Cuando lo reconoces así, pides ser bautizado para ser injertado en su
muerte y participar también de su resurrección. Pero para ello hay que reconocer que sólo
Cristo, al vencer al pecado con su muerte, destruye también en nosotros este cuerpo sometido
al pecado y nos ofrece una vida nueva, la que arranca de la resurrección en él. Requiere
confesar que solo Dios es Señor de la vida, y la vida en adelante es, como la de Jesús, vivir para
Él. Implica reconocer que nuestra vida, ontológicamente, es con Dios. No ya sólo que somos a
su imagen y hemos de realizarla, sino que nuestra vida puede vivirse unida a Dios porque Dios
ha querido –alianza, la categoría relacional del AT que culmina en Jesús- comprometerse con
nosotros. Y que el fruto de esta alianza –piensa, por contraste, en todas las alianzas que
conoces- es reproducir en nosotros la vida divina.

Vivir para Dios es, en adelante, un modo humano de vivir. Un modo humano que sólo
puede realizarse bajo el impulso del Espíritu, pero que, bajo su acción, hace posible una
existencia humana radicalmente distinta de la vida que conocemos. Por eso la llamamos nueva
–incluso esta “novedad” cobra una densidad desconocida entre nosotros-. Una vida que ya
hemos visto realizada en Jesús, y que es la vida que los creyentes tienen como referencia
interior, dinámica, fecunda.

¿Por qué no haces un alto en el camino y te preguntas qué desearías que fuera la vida si
te pones, en grande, a desear? Quizá descubras que no deseas en grande. O que tus deseos no
coinciden con la propuesta de Dios, que no deseas lo suyo. O que sus deseos siguen siendo tan
“espirituales”, ajenos a la vida de todos los días, que no te dicen nada. O que sí deseas lo de
Dios, pero que estás muy lejos. O que, cuando has vivido así, la vida ha merecido de verdad la

29
pena… en cualquier caso, no puedes… pero el Espíritu puede en ti, si te dejas hacer desde el
punto en que te encuentras.
Para ello, lo primero, saber dónde estás respecto de este “más” inmenso de Dios, para
poder vivir en verdad.

Los creyentes sabemos que Dios es la Verdad. Pero no sabemos hasta qué punto esa
verdad es tan real que hace verdad todo, manifiesta la verdad de todo, permite discernir la
mentira en lo que no es según Dios, según la Verdad (atención a no entender esto en clave
fundamentalista: sirve a la verdad quien vive buscándola, y la reconoce a la luz de esta Luz que
Dios nos entrega, no desde el estrecho criterio particular de lo que sea “Verdad”). Puesto que
la revelación de Jesús ilumina la vida, hemos de recordar ese “antes” en que vivíais como
esclavos del pecado y no os considerabais obligados a buscar la salvación: el ser humano no
sabe vivir, no sabe dónde está la verdad ni la vida, no sabe quién es, hasta que Dios no se lo
muestra. No sabe qué es la vida, y no sabe tampoco qué es la muerte. Es la revelación de Jesús,
muerto y resucitado, la que nos ilumina sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Y esto es lo que se nos revela: así como la vida que teníamos estando sometidos al
pecado era muerte, la vida que ahora se nos entrega por la fe es vida bajo la acción del Espíritu.
Tan real, tan densa, tan verdadera es esta vida que la otra se revela, sólo a esta luz, como
muerte. Como en la vida sometida al pecado el salario era la muerte, en la vida conducida por
el Espíritu Dios se nos ofrece como don la vida eterna por medio de Cristo Jesús. Igual que la
muerte no tiene ya dominio sobre Jesús, así tampoco lo tiene para nosotros, por la fe en Jesús:
en él, nosotros podemos considerarnos muertos al pecado, y vivos para Dios, por la unión en
Cristo Jesús.

Dos modos de existencia radicalmente distintos, el modo humano natural que nosotros
conocemos cuando vivimos sometidos al pecado (el modo de existencia que llamamos
natural), y la vida al modo de Jesús, la vida que nos ha obtenido Jesucristo, que se nos ofrece
como don gratuito de fecundidad inagotable. Él se ha hecho nuestra muerte para que nosotros
podamos vivir su vida. Así, la justificación por la fe se puede interpretar –en vuestra época,
ahora que escribo- como el proceso por el cual la persona se va abriendo, desde su pecado, a la
vida nueva manifestada en Cristo Jesús, como vamos viendo y que desarrollo en el c. 8.

Como somos criaturas, vivimos siempre sometidos: vivimos sometidos, esclavos del
pecado, cuando nos dejamos seducir por él, que nos lleva a la muerte. Y vivimos sometidos,
siervos de Dios, cuando nos dejamos conducir por él, que nos lleva a la vida. Espero que para
estas alturas se te haga evidente que eres criatura. Ojalá tengas experiencia también de que
vives sometida, no entendiéndolo en clave de humillación, sino como experiencia cotidiana:
¿se te ha revelado que tu vida estaba antes, como se nos ha manifestado en Jesucristo,
sometida a la muerte y ha dado en ti y en los que te rodean frutos de muerte? Esta memoria
del pasado redunda en agradecimiento lúcido en el presente. Y así en el presente, por esta
revelación que es vida, puedes entregarte a Dios para vivir una vida a imagen del Hijo, una vida
de consagración a Dios por la fe en Jesús que, lejos de acabar en la muerte, nos obtiene vida, y
vida eterna.

Por la salvación de Jesús se nos abre, a los que vivíamos esclavos del pecado, una vida
nueva: liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios, tenéis como fruto la plena
consagración a él y como resultado la vida eterna. Esta vida es, enteramente, don de Dios. Una
vida que, como ya he dicho, no tiene como origen la generación humana sino la justicia de
Dios, que, en la carne de su Hijo, nos hace justos. Esta justicia se nos concede por gracia y no
puede ser obtenida por las obras, sino que, como todos los dones, es gratuita. La fe, así, es

30
efectivamente el hecho de creer en Jesús, y también la capacidad de vivir viendo la realidad tal
como Dios nos muestra, en la medida en que esto se nos revela: esto es, vivir en la verdad,
reconociendo cómo era la vida cuando la vivíamos desde nosotros, y cómo es en cambio
cuando se vive desde la obediencia a Dios que se manifiesta por la fe. La fe de la que hablo no
es por tanto “el hecho” de creer, sino un modo nuevo de mirar la existencia que rechaza el
modo antiguo al reconocerlo como radicalmente falso, y que se somete a la revelación de Dios
porque se le ha manifestado no como verdad “de Dios” al modo que solemos entenderla, como
una verdad ajena a nuestro mundo, sino como la verdad absoluta que atraviesa lo real y nos
abre a un modo nuevo de ser y de vivir. Una vida tan sobreabundante, ésta que nos ofrece
Dios, que no podíamos siquiera imaginarla: si ya hubiera sido mucho ser liberados del castigo
que merecíamos por nuestros delitos, además somos llamados a servir a Dios, que es nuestra
vida; como si no bastara vivir sirviendo a Dios, somos consagrados enteramente a él, a
pertenecerle y a vivir una vida que no es según la carne, sino según el Espíritu; y a esta vida,
que pertenece a Dios, le corresponde la vida eterna.

Ser consagrados14, ¿qué significa? Siguiendo esta existencia que se vive desde el suelo
teologal, que se arraiga en la fe en Jesús, quedan transformadas nuestras obras, que tienen
otra fuente, y queda también transformado nuestro ser, que ya no se busca a sí mismo ni se
somete a lo que le esclaviza, sino que ha recibido la libertad que le permite entregarse a Dios.
Que el ser humano pueda recibir de Dios su sentido y entregarle la vida en respuesta es la
existencia más alta y más gozosa que cabe soñar para nuestra vida. El que no lo podamos
reconocer no dice de su verdad, sino de cómo nos encontramos respecto de ella.

En cualquier caso, no lo imagines desde lo humano natural. Te imaginarás una cosa


exterior y descafeinada, o admirable y heroica, que no tiene nada que ver con la realidad, que
es vida, relación, amor.

El puente que nos permite reconocer su sentido para nuestra vida es el reconocimiento
de que todo lo que nos llena plenamente la vida tiene que ver con la vinculación y el don de sí.
Si podemos amar a Dios hasta el punto de consagrarle la vida y dejarnos conducir por él en
adelante, somos plenamente libres.

El ser humano es así, no como concepto sino porque de este modo se refleja en la propia
vida, capaz de Dios: más allá de lo que nosotros deseemos, interpretemos o proyectemos que
es el ser humano, y que será siempre limitado por más que queramos “estirarlo”, está lo que,
como don, Dios nos ha regalado, y que, al colmarnos según la medida de Dios, manifiesta que
somos capaces de acoger, albergar y manifestar a Dios, y que es un “más” tan desbordante que
permite reconocer, a quienes pueden verlo, a Dios presente en la persona. No hay “más”
mayor que lo infinito de Dios, derramado en nosotros por el Espíritu. No hay modo humano de
ser más pleno que el que manifiesta, porque vive conducido por el Espíritu de Dios, la
sobreabundancia de los dones de Dios en la propia vida.

14
Cf. 1Tes 4, 3.

31
A lo largo de los capítulos anteriores he hecho muchas referencias a que tampoco la ley
salva, puesto que todos, los paganos pero también los judíos, están por igual sometidos al
pecado. En los capítulos que siguen, en un tono profundamente existencial que conectará
especialmente con vuestra sensibilidad, voy a ahondar en esta realidad de la ley a la que se iba
refiriendo anteriormente. Quiero con ello, a la luz de la vida que se nos ha revelado,
contemplar hasta dónde nos había llevado la muerte: así como uno que ha sufrido penalidades
y ahora goza de amor y beneficios puede volver sobre aquellos hechos y contemplarlos a su
verdadera luz, tanto más siniestra desde el amor que es su opuesto. La revelación, como llevo
diciendo tantas veces, es la clave de lo real.

La ley, de la que había dicho en Gál que hacía de ayo hasta que llegara la mayoría de
edad, y que viene a manifestar el pecado, revela ahí mismo la imposibilidad en que ésta se
encuentra para hacerle frente. Todo esto no puede descubrirlo el ser humano por sí mismo:
puede llegar, si llega, a descubrir que la ley “le informa” sobre el pecado sin tener capacidad
para liberarle de él. Pero la constatación de que la ley está igualmente sometida al pecado, lo
mismo que el resto de la realidad, sólo podemos reconocerla porque Dios nos lo revela. La
ruptura interior que experimentamos, podemos conocerla. Su causa, sólo confusamente. En
definitiva, cuál sea la salvación para tanta muerte, ni en mil vidas lo hubiéramos podido
sospechar.

Voy a recorrer con vosotros el capítulo para mostrar cómo desarrollo, en clave
existencial, esta experiencia universal. Es posible que te resulte complejo comprenderme, bien
por la profundidad de mi pensamiento, o porque tu experiencia no alcance la mía. En cualquier
caso, ojalá puedas percibir que estoy describiendo una experiencia humana profunda, que
aporta otra visión del pecado, no teológica como la que veíamos en los primeros capítulos, sino
profundamente existencial, que da nombre a la ruptura más honda que los seres humanos
experimentamos. Tan radical, que la experiencia humana natural vivida a esta profundidad
puede ser también –revelación como es- lugar de conversión.

He dicho muchas veces a lo largo de la carta cómo por la muerte de Cristo hemos sido
liberados de la ley. ¿Por qué de la ley? ¿No era el pecado el mayor enemigo? ¿Qué tiene la ley
de malo para que también sea necesario liberarnos de ella? ¿De dónde viene el empeño que
tengo en desenmascarar la ley?
Empecemos precisando: mi empeño no está primeramente en desenmascarar la ley, sino
en manifestar que la muerte de Cristo ha traído liberación a todas las dimensiones de la vida. Y
ahí me centro especialmente en lo que de suyo esclaviza al ser humano sometido al pecado.
Por tanto, la salvación realizada en Cristo es liberación también de la ley, y revelación –juicio-
de su verdadero sentido y función. La ley es criatura de Dios, y por tanto, es él quien nos la
muestra en su verdad.

Cuando a los paganos se les revela su pecado, pueden reconocer que éste los tenía
sometidos y los esclavizaba, porque sus acciones bajo el pecado son, incluso humanamente,
dañinas para el propio sujeto, en cuanto a sus relaciones con los demás y para la marcha del
mundo. En cambio, los judíos, que intentan vencer al pecado obedeciendo la ley, dada por
Dios, justifican su corrección en la ley, que les muestra su pecado, impidiéndoles aparecer
como justos, y sin poderlos encauzar para serlo. De tal manera que la ley, recibida para mostrar
el pecado, se ha convertido en cómplice del pecado. ¡¿Cómo ha podido suceder esto?!
¡¿Cuánta es la potencia del pecado, que domina incluso a la ley, hecha para dar vida?! Se hacía
preciso desenmascarar la ley para ganar a los judíos… y a los legalistas en general, a los que
tienen tendencia a vivir bajo la ley, a los perfeccionistas y a todos los que quieren salvarse a sí
mismos.

32
A esta existencia sometida al pecado de la que te he hablado tantas veces la he llamado
carne. Es un término que aparece muchas veces en la carta, y no tiene siempre el mismo
sentido. Por su vinculación antropológica me interesa especialmente ahondar en él. Puede
ayudarte por ello distinguir los sentidos fundamentales en los que lo uso, y te permitirá ver
cómo veo lo humano.

a) Hay una primera acepción en la que la palabra carne designa –como ocurre también en
el AT- a la persona humana, tan bendecida por Dios, y sometida a su vez a una existencia
frágil y amenazada por la muerte. Esta precariedad que caracteriza a los humanos es,
también, la misma carne de la que ha salido Cristo. Esta fragilidad aparece tanto cuando
hablo de que la carne sólo encuentra apoyo, no en sus propias fuerzas, que no son nada,
sino haciendo del Creador su suelo, como cuando me refiero al ser humano sometido a
la muerte. No podemos apoyarnos en nuestra fragilidad, por la que estamos expuestos
al sufrimiento y a la muerte, sino en el poder de Dios.

Aquí no se dice que la carne sea “mala” respecto al “espíritu” que sería bueno, como
dirán los gnósticos contra los que Juan polemiza. No hemos de asociar la carne al pecado, sino
que toda la persona, carne y espíritu, es pecadora: cuando hablo en el c. 7 de estar en la carne,
no me refiero a la materialidad física, sino a toda la persona en cuanto sometida al pecado, a la
muerte.

b) Hay en mis cartas otro modo de hablar de la carne, no en clave de sumisión a causa de su
precariedad natural o como esclava del pecado, sino desde el Espíritu que realiza la
liberación de la carne: ocurre así cuando, en clave de liberación, exhorto a los cristianos
a vivir, no ya según la carne, sino según el Espíritu. La liberación que ha traído Jesús ha
condenado el pecado, no la carne. Por ello, en adelante, la vida carnal no ha de vivirse ya
según la carne (en el sentido de “sometida al pecado”), sino según el Espíritu, que
manifiesta la vida que se manifiesta en la resurrección de Jesús.

El tiempo de los frutos de la carne, hechos de precariedad y sumisión al pecado, ha


dado paso al tiempo de los frutos del Espíritu, que manifiestan la victoria de Dios, las primicias
de su victoria y de su eternidad en nuestra carne mortal. El cristiano, que sigue viviendo en la
carne, no vive ya según la carne, porque pertenece a Aquel que se ha entregado por él, en una
entrega que se realiza por la acción del Espíritu. La vigilancia a la que se exhortaba en los
evangelios y que pertenece también a la doctrina paulina, como veíamos en 1 Tes y en 1 Cor, se
repite en las advertencias hechas por el apóstol a los creyentes: no acabar por la carne
después de haber comenzado por el Espíritu.

Contempla, en lo que vamos diciendo, cómo la salvación de Cristo alcanza a transformar


todo lo real: de una carne amenazada por la precariedad y por el pecado, a una carne capaz de
acoger y reflejar la gloria de Dios. Se ilumina, en esta perspectiva, el plan de salvación querido
por Dios, al que antes nos referíamos, y también el sentido de su justificación: por nosotros
mismos no podemos vencer al pecado del mismo modo que no podemos hacer nada para que
nuestra existencia no sea consumida por el mal, por la muerte. En cambio, Dios, por su gracia,
ha vencido en la carne de Cristo la muerte de nuestra carne pecadora, y ha hecho capaz a esta
carne, por la fe en él, de manifestar el esplendor y la vida de Dios.

Al hablar de la carne en estos dos sentidos, estamos hablando de una existencia humana.
De una existencia humana que, como ya hemos dicho, no vive “a lo humano”, desde la antigua
situación de sumisión al pecado, sino que vive “según Dios”, rompiendo con la esclavitud
antigua y dejándose iluminar por el Espíritu. El hecho de que esta existencia sólo sea vivida por

33
unos pocos, no dice nada de la fidelidad de Dios, sino sólo de nuestra ceguera. Como no
invalida tampoco la excelencia de este modo humano de vivir el que sea acogido sólo por un
resto. Esta lógica según Dios no se rige por el número, sino por la obediencia, al modo de Jesús.
Esta idea de resto tiene la virtualidad de remitir en dos aspectos a la predicación del resto
presente en los profetas: toma en serio el juicio de Dios, y habla a un pueblo humilde y
pequeño (Sof 3, 12), preludio del evangelio.

De todos modos, no leamos estrechamente estas referencias a la ley. Entre los judíos,
éste es el modo de la apropiación: en la Ley se concreta la voluntad de Dios, y cumplirla
garantiza la salvación. Más globalmente, la ley manifiesta nuestra inclinación, fruto del pecado,
a salvarnos por nosotros mismos apoyándonos en nuestras fuerzas, apropiándonos de los
dones recibidos de Dios. La vida se abre cuando la revelación de Jesús nos muestra que
vivíamos sometidos al pecado, y nos ofrece una vida nueva, la que se manifiesta en la salvación
que viene de Dios, que nos revela nuestra flaqueza y nos enseña a vivir como hijos.

Aquí quiero matizar de nuevo. Cuando exhorto a los judíos a liberarse de la ley, no estoy
diciendo con esto que la ley sea pecado. Pero sí que la ley, en su función de iluminarnos en
relación al bien, es la que nos ha hablado del pecado y nos ha manifestado su poder de
muerte. Nos ha hecho tomar conciencia del pecado, sí, y también de nuestra impotencia para
vencerlo. Así, la ley se erige en juez que nos condena a causa de nuestro pecado, y nosotros,
además de pecar como lo hacíamos antes, ahora nos sabemos pecadores a causa de la ley. Por
su parte, la ley se revela impotente para librarnos del pecado, por lo cual, precisamente por la
ley, sé que he pecado sin ser capaz de vencer al pecado; así, la ley que me muestra el pecado
se me revela incapaz de darme la vida que me condena por no tener. Por tanto, también la ley
se me revela impotente ante el pecado, incapaz, como yo lo soy, de vencer a su maléfico poder.
Esta constatación apunta, a nivel existencial, a la presencia de una fractura en mi interior.

¿Significa eso que debo odiar la ley? No, la ley es buena, hemos dicho, puesto que me
dice qué es lo malo, lo que debo evitar. Pero descubro en mí dos tendencias a la vez: por un
lado está mi deseo del bien, el deseo de querer el bien y de cumplir la ley; pero por otro, me
experimento incapaz de hacer eso que deseo, puesto que, cuando me pongo a actuar, hago lo
contrario de lo que me había propuesto: hago el mal que no quiero, y no puedo hacer el bien
que quiero. Entre los mejores ocurre así. Ahora bien, ¿por qué sucede esto? Porque además de
la ley que me habla del bien, habita en mí una fuerza, mucho mayor que la de la ley, que me
hace escoger el mal que no quería. Y yo, que me creía capaz de escoger el bien que se me
presentaba como deseable, que me creía libre, me experimento, en cambio, esclavo, dominado
por unos apetitos que me llevan adonde no quiero y que imponen su ley en mi corazón y en
mis sentidos. No hay ruptura más honda que ésta, que nos descubre radicalmente frustrados,
impotentes para ser según lo que reconocemos como bueno. No hay fractura mayor, y los
humanos la experimentamos en nuestra propia carne. Expropiados de nuestra voluntad,
dominados en lo profundo, padecemos la esclavitud más hondamente que todos los deseos de
libertad, de bien, de verdad. Es necesario reconocer esta fractura, esta situación sin salida en la
que todos los humanos, cristianos y judíos y paganos nos encontramos, para conocer cómo la
nuestra es una situación sin salida: el ser humano no puede, por sí mismo, sino escoger el mal
que le mata, porque está gobernado por el pecado, victorioso en todos los seres humanos.
Sólo al experimentar esta fractura íntima que contamina todo lo que toca, podemos reconocer
que la humanidad, por sí misma, no tiene esperanza sino que se ve abocada a la muerte.

Vamos a poner un ejemplo de todos los tiempos para que esto no se quede en palabras.
Imagina una situación grave como es la mendicidad. Imagina que tú estás doliéndote
porque haya alguien que tiene que buscar en los contenedores su comida de hoy mientras tú

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comes dos platos; y que te dueles por aquellos que duermen en la calle mientras tú estás en tu
cama caliente. Sin duda, es mejor dolerse que no dolerse: pero el dolerte desde ti te lleva a una
situación sin salida: desesperación por no saber qué hacer, por no poder hacer nada para
cambiar la situación, justificación, negación, querer arreglar, angustia… en cualquiera de estas
actitudes, que han comenzado bien (por la compasión y la solidaridad), llegas a una situación
sin salida. En todos los casos se encuentran, frente a frente, la potencia del mal y nuestra
impotencia. Por nosotros mismos, no podemos salir de esta situación, sino sólo “tocar fondo”
en la angustia, impotencia, culpabilidad o incapacidad de resolver…
Cabe una salida: desde ahí, enfrentados a nuestra impotencia (angustia, desesperación,
etc.), podemos abandonarnos en el Señor, que nos abre a dar una respuesta liberada y
liberadora. Es esa vida suya en nosotros la que hace posible una forma de mirar, de estar en la
realidad y de amar nueva.

Leemos la experiencia de transgresión, lúcida y dolorosa, de una chica de 18 años.


“Hasta ahora he vivido violentándome continuamente con este ideal: un cristiano debe tratar de
parecerse a Dios, debe comportarse en su vida de modo que se aproxime cada vez más a lo Absoluto. Y
para mí era pecado la distancia existente entre lo que vivía, que era forzosamente relativo, y lo absoluto
que yo esperaba. Como todo lo que vivo, por el hecho de ser hombre, es relativo, el pecado, para mí, era
simplemente el ser hombre. En este caso la vida está emponzoñada en su propia base, no hay salida
posible, no tiene sentido la esperanza: la vida no puede ser más que una larga sucesión de pecados. No
puedo levantar el dedo meñique sin cometer un pecado. Así es como yo interpretaba el pecado original;
o, mejor dicho, así me lo habían explicado.
“Pero también he comprendido que no sólo se trataba de mi pequeña historia personal. El hecho de
darse este ideal responde a una necesidad profunda del hombre: siendo, como es, algo finito, el hombre
no sabe aceptar su finitud, no se resigna a vivir con ella; de ahí su deseo de parecerse a Dios.
“Para eso inventa un mundo de inocencia donde todas las relaciones son fáciles, donde la expresión es
cómoda, donde todo el mundo te comprende, donde no hay distancia entre lo que uno quiere decir y lo
que los demás comprenden; en fin, un mundo hecho a base de transparencia, de inocencia, un mundo
de lo Absoluto de las relaciones, de la acción, de la sinceridad... En una palabra, un mundo que no sería
otro que el Paraíso terrenal.
“Lo cierto es que, al chocar con la solidez de la realidad, uno se ve enfrentado a las exigencias de la vida,
hay que encontrar una solución: la transgresión se hace inevitable, necesaria. El hombre aprende que
para vivir una vida de hombre es absolutamente necesario pisotear ese falso paraíso que todo
adolescente sueña. Para mí concretamente, esta lucha entre el ideal que me había trazado y la
realización de mí misma, se me presentaba así:
“En el plano de las relaciones, mi ideal se manifestaba en este deseo: Quiero conseguir amar a todos con
un amor semejante al de Dios.
“Yo vivía con mi abuela. La quería mucho, pero, a causa de diversas circunstancias, creí llegado el
momento de abandonarla. Tenía que decidirme por una de estas dos soluciones: o, por legítimo amor a
mí misma, para conseguir mi propia perfección, tenía que dejar a mi abuela, con lo cual le hacía
indudablemente daño, o me quedaba con ella para cuidarla, para hacerla ‘el bien’, pero en este último
caso me dañaría a mí misma frustrando mis posibilidades y exponiéndome voluntariamente a ahogarme
en la estrechez de un ambiente en el que no podía resignarme a vivir.
“Para salir de aquella situación no tuve más remedio que traicionar mi ideal de relaciones unificadas y
sin dificultades y la norma que yo misma me había impuesto: amar siempre a todos con el amor de Dios.
“Y ha sido en estos aspectos en los que he cometido el pecado original: he aprendido, en una
experiencia dura y que ha desquiciado mi vida, que yo no podía nacer a la historia sin transgredir mis
ideales y mis leyes.
“He comprendido también por qué tales actos se cargaban de culpabilidad: al dejar la casa de mi abuela
me sentí liberada, feliz por poder llevar una vida que era la mejor para mí, la que me convenía más que
ninguna otra; pero, por otra parte, me sentía culpable al pensar que, ’si hubiera hecho un esfuerzo’,
hubiera podido vivir perfectamente con mi abuela sin tener necesidad de quebrantar algo que hasta
entonces había sido el ideal de mi vida: amar a todos.

Este sentimiento de culpabilidad echaba por los suelos toda la alegría que momentos antes había
sentido al verme por fin liberada. He sacado la conclusión de que es inevitable el sentir una mala con-

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ciencia cuando se deja algo muy arraigado en la propia vida; entonces surge inevitablemente la
pregunta: ’¿Me habría sido posible permanecer en aquel estado de inocencia?’, sabiendo perfectamente
que no existe tal estado, que todo eso es un sueño, que no se puede llegar a ser un hombre auténtico
sin antes haber dejado muy atrás esos falsos idealismos... ¡Ni que decir tiene que la tensión en que se
vive esta lucha es angustiosa!
“He descubierto, además, otra cosa: al salir de casa de mi abuela tuve que frente a montones de
problemas que no tuve que afrontar mientras estuve con ella: por ejemplo, controlar acertadamente mi
tiempo y el que tuviera que ofrecer al mundillo de mis amistades. He descubierto el trabajo, las
dificultades económicas, el sufrimiento y lo que cuesta tener que valerse por sí misma en todos los
aspectos. Todo esto sucede forzosamente después de una transgresión, pero de eso a decir: ’estoy
padeciendo todas estas contrariedades porque he quebrantado una ley’, no hay más que un paso y es el
que dan los que dicen que la transgresión es la causa de todas las contrariedades de que es víctima el
hombre.”

Creo que así expreso con exactitud la honda ruptura existencial que así se experimenta.
El que puedas conectar o no con ella depende de la hondura de tu ser. Si vives
superficialmente, si vives ideológicamente o te defiendes para no sufrir, no experimentarás
esta situación sin salida a la que me refiero, no podrás reconocer su poder de muerte y no te
llevará a clamar al Salvador. Si existencialmente no tienes experiencia de esta muerte, ¿podrás
experimentar la salvación de Cristo como tu salvación? A menudo, es nuestra falta de
profundidad existencial que nos impide vivir a fondo, y no nuestra dificultad para creer, la que
impiden que vivamos de fe.

Esa ley del pecado se revela más poderosa que la ley de Dios en mí, tan omnipotente que
todo lo contamina y oscurece, porque todo lo nuestro está sometido a su zarpa asesina.

¿Todo? Todo no. O todo, sí, hasta que Jesús viene a habitar entre nosotros y vence al
pecado en su propia carne, liberándonos así de todas las esclavitudes que el pecado suscitaba:
mis apetitos desordenados que me llevaban a donde no quería, mi deseo frustrado y lleno de
ambigüedad, y la ley, que me señalaba el pecado como muerte pero no podía darme vida.
Puesto que no ha sido la ley, sino Jesús de Nazaret quien me ha liberado, en adelante me
entrego a vivir la salvación de Jesús dejando atrás la ley, que ha mostrado su impotencia para
vencer al pecado y que, siendo lo mejor, me conducía también a la muerte.

Es desde esta hondura mortal que experimentamos todos los seres humanos de distinto
modo –pero todos igualmente esclavos, igualmente sometidos- como nos abrimos a la
liberación por la fe en Cristo, a la vida nueva, a la vida.

Se me revela así, de modo existencial, en qué consiste la salvación de Jesús: en él se ha


manifestado que ser hombre quiere decir entrar en la dolorosa historia de padecimiento de la
humanidad, y enfrentarse a ella por la confianza absoluta en Dios. En adelante, ya tenemos un
camino de humanidad definitivamente salvador.

Por la muerte y la resurrección de Jesús hemos pasado de esa existencia atormentada,


sometida al pecado, a una vida nueva que se vive ya libre de la muerte. Por eso, cuando
hablamos de aquella vida de antes hablamos de muerte, y cuando hablamos de esta existencia

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nueva, sometida a la ley del Espíritu, que es vida y libertad, hablamos de vida. Ha sido Cristo
Jesús nuestro Señor quien nos ha salvado, haciéndose carne como nosotros, ha sido él quien se
enfrentó al pecado y lo venció por su obediencia. Su muerte ha sido nuestra vida, y lo
glorificamos al acoger Su vida en nuestra vida.

Vamos hablando de una vida nueva, insistimos en que esta vida es superación de la
muerte y que se manifiesta por tanto en otra forma de vida, no sometida a la muerte, y
podemos preguntarnos, ¿quién nos enseñará a vivir esa nueva vida? Porque nosotros, y todos
los que nos han precedido, hemos venido al mundo a vivir esa vida sometida al pecado que es
la que todos conocemos. Esta vida que se vive al modo de Jesús, que se ha encarnado y nos ha
dado su vida, ¿cómo vivirla?

Para vivir la vida de Jesús, hay que haber recibido el Espíritu de Jesús. Por eso Jesús,
después de su resurrección, nos entrega su Espíritu. En adelante, el Espíritu de Dios, el mismo
que habita a Jesús, nos habita a nosotros y conduce nuestra vida.

La ley del Espíritu vivificador no consistirá, indudablemente, en reproducir los modos de


la ley antigua, que centraban la fidelidad en nuestras fuerzas y nos hacían aspirar a una
perfección imposible. Sólo Dios es fiel, como hemos visto en la entrega de su Hijo Jesús, hecho
sacrificio de expiación para salvarnos. En adelante, no nos fiamos de nuestras fuerzas sino que
contemplamos a Jesús, y vivimos como él obedeciendo a la ley del Espíritu, por la que somos
conducidos y no nos apoyamos ya en nuestras fuerzas, pues la ley del Espíritu, que nos instruye
en nuestros corazones y no viene dictada desde fuera, es la que nos lleva a plenitud.

El modo de vida es, por ello, totalmente otro: vives sometido, pero no a tus sentidos, ni a
tus temores o a tus fantasías, sino al Espíritu de Dios, que nos conduce a la vida y a la paz. Éste
es el combate en el que nos encontramos cada día: el combate de escoger el Espíritu, porque
mientras vivimos en esta carne mortal debemos permanecer en lucha. Pero ha cambiado el
sentido de esa lucha: antes combatíamos por evitar el pecado (en el mejor de los casos), para
ser final y rotundamente vencidos. Ahora combatimos por evitar el pecado fundamentados en
Cristo, conducidos por el Espíritu, y él es quien nos conduce a la victoria. Este modo de vida,
como aquel de entonces, se reconoce por los frutos: las ansiedades y las tristezas y las envidias
de antes, el poder del mal, decían cuál era nuestro espíritu, y la presencia de la paz y la alegría
dicen de este Espíritu de Dios que nos habita. El que tiene el Espíritu de Dios pertenece a
Cristo. Es la presencia del Espíritu la que dice de ti, más allá de lo que tú digas o no digas. La
vida de Dios anima nuestra vida en toda circunstancia… más allá de la muerte incluso.

Volver a la existencia de antes es volver a la muerte. Dejarse conducir por el Espíritu de


Dios ser introducidos en tu vida. Quizá te sorprenda encontrar en la carta tantas referencias a
la vida antigua, a la vida pasada. No creas que es espíritu de tristeza, deseo de enfangarse en
las cosas del pasado. Es, más bien, experiencia: aunque hemos gustado la vida nueva, la carne
(en el sentido que ya he explicado) se vuelve una y otra vez a las conductas del pasado, a las
actitudes del pasado, a la vida antigua que no daba vida. Así de poderoso es el pecado en
nosotros.
Por eso en la carta insisto en el rechazo del pasado, en la decisión con que hay que
renunciar a lo antiguo y escoger esta vida según el Espíritu que se nos ha ofrecido, como
primer paso para la vida nueva.

Como ves, es un cambio de vida radical: de estar sometidas al pecado, a vivir sometidas,
conducidas por el Espíritu de Dios, que da frutos de vida, como la vida que vivíamos antes daba
frutos de muerte.

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Esto que digo tiene una gran importancia: los cristianos de ahora habéis oído tanto
hablar de la vida nueva del Espíritu –en mi propia carta, por ejemplo, tantas veces proclamada-
que creéis saber lo que digo al escucharlo. Tenéis una vida que no es tan mala como para
atormentar vuestra conciencia, y no es tan buena como para llenaros de alegría, y pensáis por
eso que ya “sabéis” qué es la vida según el Espíritu.
¡Si lo creéis así, no habéis entendido nada!

Una forma muy sutil de muerte es el creernos en paz porque no tenemos guerras, el
creer que no hay guerras porque no las provocamos, el no provocar porque no tenemos nada
que decir… y pensar que con eso basta. No es esto de lo que estoy hablando.
Relee de nuevo este capítulo 8 que voy recorriendo: de parte del pecado está la muerte,
y todas las formas de muerte. Del Espíritu vienen la fecundidad, la potencia de Dios, la vida
colmada, abundante, derramada a manos llenas en favor de la creación y de la liberación de los
hijos de Dios.
¡¿No ves que estoy hablando de otra cosa?! Hablo de una vida nueva, una vida que no se
parece en nada a la antigua, una vida que arranca del rechazo radical del pecado, que reconoce
como muerte, y de una vida nueva conducida por el Espíritu, que es Vida y total novedad
absoluta.

El Espíritu nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, que pueden clamar como él: Abba,
Padre. La vida según el Espíritu de Dios nos permite vivir al modo de Jesús, y vivir al modo de
Jesús es vivir como hijos, y vivir como hijos es tener ya en prenda la vida eterna que él posee,
porque los que consentimos en una muerte como la suya, estamos seguros de obtener una
glorificación como la suya. Por tanto, aunque vivimos una existencia humana que
aparentemente es como la de todos, esta vida humana tiene ahora otra fuente, otro sentido,
otro horizonte. Una vida que no sólo no rechaza, sino que aprende a anhelar, progresivamente,
que la propia vida de Jesús manifiesta.

Vivir como hijos… a medida que avanza la carta, como ves, voy precisando en qué
consiste esa existencia nueva. ¿Cómo hemos llegado, de pecadores enfrentados a Dios,
incapaces de vivir con él y de servirle, alejados, enemigos, a esta existencia de hijos en el Hijo,
en la que hemos sido hechos capaces de manifestar las actitudes de Jesús, y podemos desear
que se realice en nosotros su vida? Padecer con él, para ser con él glorificados. ¿Podremos
dudar de su salvación o de la acción del Espíritu en nosotros, si nuestra vida puede mostrar
tales frutos?

Ahora, con la salvación de Jesús que nos entrega su Espíritu, todo ha cambiado. Antes, la
vida se vivía bajo el temor, y el mal, el dolor y la muerte eran la palabra definitiva, intolerable,
prohibida e ineluctable que arrasaba con todo. Ahora, la vida del Espíritu nos permite vivirla
misma vida mortal desde otra parte. No es que no haya mal, dolor y muerte. Hay muchísimo de
eso todavía, en nuestro mundo y en nuestro propio corazón, en el corazón de los que hemos
creído en esta salvación. Pero algo ha cambiado radicalmente: antes no buscábamos la
salvación, no sabíamos siquiera que hubiera alguna, fuera de las que nosotros nos
procurábamos, tan limitadas y tan ambiguas. Ahora en cambio, vemos toda la realidad
atravesada por este anhelo de liberación universal que se ha realizado en Jesús, y vemos cómo
todo está y estaba esperando, sin saberlo, a esta salvación: la creación, llamada a ser
conducida por el ser humano a su verdadero fin, espera de los hijos de Dios ser llevada a su
plenitud; y también nosotros, los creyentes, los que hemos recibido las primicias del Espíritu
sin las cuales no podríamos concebir siquiera esperanza auténtica para nuestras vidas, nos
reconocemos anhelando esta salvación que aún se realiza sólo en esperanza –y que ya se
realiza en esperanza-. Nos reconocemos todavía sometidos al pecado, y sabemos cuánto falta
todavía para vivir en esa plenitud que ahora podemos anticipar. La esperanza es, por tanto, el

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motor de nuestra vida, la certeza de que un día se realizará plenamente la promesa. Vivimos de
fe y de esperanza, conducidos por el Espíritu que conoce quiénes somos y la plenitud a la que
nos quiere conducir.
Esa esperanza que nos mueve se traduce, como en la vida de Jesús, en liberación
efectiva. Así como Jesús vino a nuestro mundo a traernos la salvación, así, la libertad que Jesús
nos ha traído y que llevamos en nuestra carne se entrega, como su propia carne, a liberar a
otros, a muchos. A traerles la salvación de Jesús, para que ellos también conozcan la vida.
Ya no miramos el mundo como amenazante, como peligroso, como enemigo. Lo vemos
como criatura, lo contemplamos a la luz de la misericordia de Dios que ha enviado a su Hijo a
salvar al mundo, y nosotros, que hemos recibido su Espíritu, podemos contemplar al mundo
con esta misma misericordia que trae la salvación.
No hablamos, por tanto, de una esperanza vaga, ilusoria, sino de una esperanza plena de
vida, de la que reconocemos los frutos ya aquí.

Porque todo lo que habíamos creído mientras vivíamos sometidos al pecado es una gran
falacia: no se trata de que nosotros conduzcamos la vida. No es posible vivir la desde nuestro
fe. Eso es lo que intentábamos cuando estábamos empeñados en cumplir la ley, organizando la
vida desde nuestras fuerzas. Ahora hemos visto que si Jesús se ha entregado por nosotros para
liberarnos del pecado, fue porque nosotros éramos incapaces. Y ahora hemos de vivir no desde
nuestra fuerza, pues vimos claramente que no es tal, sino desde nuestra debilidad, que se
experimenta habitada por el Espíritu, por el mismo Espíritu que habita a Jesús. No sabemos
cómo actuar nuestra salvación, no sabemos pedir lo que nos conviene. Pero el Espíritu,
acudiendo en ayuda de nuestra debilidad, actúa en nosotros y nos mueve al modo de Dios. Lo
nuestro es hacernos dóciles, dejarnos conducir… aprender a ser criaturas, pues lo somos.
Obedecer a sus inspiraciones, pues sus inspiraciones son nuestra plenitud.

Estábamos hablando de todo aquello que nos amenazaba en nuestra vida antigua,
sometida al pecado. En ella todo era susceptible de amenaza, de corrupción, de muerte. Todo
estaba atravesado por el pecado, y no sabíamos, hasta que hemos sido liberados, qué
existencia invivible era aquella. Ahora en cambio, hemos conocido el amor que Dios nos tiene,
hemos creído en él y por ello se nos ha revelado que todo contribuye al bien de los que hemos
sido llamados por Dios. Él nos ha destinado, en medio de las gentes, a reproducir la imagen de
su Hijo, y nos ha llamado para encontrarnos con Él y que vivamos en su presencia; por esta
llamada nos saca de la muerte y nos pone en camino de salvación, y este camino tiene como
fin comunicarnos su gloria, hacer resplandecer en nosotros la imagen de su Hijo, Salvador y
redentor.

¿Te das cuenta de lo que acabamos de decir?


Muchas veces has oído decir, igual has pensado tú misma, que el cristianismo
manipulaba las conciencias. Y muchas veces ha sucedido así, sin duda. Ya vemos lo que hace la
sumisión al pecado, cómo lo destruye todo, incluso esta inmensa revelación de Dios. A menudo
hemos malinterpretado o reducido la misma revelación. Aunque no sea justificable, es
comprensible: ¡cuánto nos cuesta a los humanos vivir ante la inmensidad de la revelación de
Dios!
Tú mismo/a, si vas percibiendo lo que aquí se afirma, ¿dirías que Dios ha sido estrecho al
crear al ser humano? ¿No es verdad que ahora, al mirar al Hijo y la vida que se nos ha dado en
el Hijo, cuando puedes entender qué significa estar hechos a imagen y semejanza de Dios? ¿Es
estrecho Dios, o somos nosotros estrechos al desear la vida y vivir según ella?

Es evidente que no sabemos vivir como hijos. No sabíamos siquiera que el pecado nos
tenía esclavizados, siendo una verdad que desde lo humano se puede conocer, ¿cómo
podríamos saber qué se nos llamaba a vivir como hijos, quién hubiera podido soñar algo así?

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Nuestro espíritu, que se reconoce frágil y necesitado de la asistencia de Dios, suplica que venga
el Espíritu y que sea él el que nos oriente en este caminar hacia Dios que es en adelante
nuestra vida. Las promesas de Dios van concretando, de modo tan preciso que no podemos
sino sobrecogernos, esto que hemos llamado “vida divina”.

Sin duda nos preguntaremos de qué modo se hacen compatibles esta vida que viene de
Dios con nuestra vida humana, tan limitada: ¿cómo se une el Espíritu de Dios a nuestro
espíritu, que es el modo de vivir como hijos? Sin pretender precisar objetivablemente, pues lo
que decimos obedece a otra lógica que nos supera, de qué modo se une el Espíritu de Dios al
espíritu humano, sí podemos decir algunas cosas:

- que el Espíritu de Dios gobierna y conduce al espíritu humano según su verdad,


potenciándolo y no anulándolo, porque los dones que hemos recibido de Dios son
máximamente potenciados cuando nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios;
- que el Espíritu de Dios se manifiesta como real y distinto de la persona a la que habita,
sin reducirse ni confundirse con ella, sino recreándola según el designio de Dios para el
que ha sido creada, que nos ha destinado a reproducir la imagen del Hijo;
- esto significa que esa llamada que Dios nos ha dirigido y que nos pone en camino de
salvación, es llamada personal y recreación en profundidad (según nuestra
profundidad última que es el amor de Dios), por la que Dios actúa en nosotros del
mismo modo que vemos en el Hijo, que sale de Dios y viene a habitar entre nosotros
reflejando el amor y la fecundidad de Dios;
- a la luz del plan de salvación revelado desde el comienzo, podemos reconocer nuestra
vida como un camino de salvación a través del cual Dios se compromete –alianza- a
realizar en cada uno de nosotros sus promesas, las que nos ha revelado en su Hijo;
- para ello, el Espíritu de Dios se une al “espíritu” de la persona y la recrea a todos los
niveles, por lo que podemos reconocer que en la persona que se deja conducir por el
Espíritu se realiza y se comunica la vida divina, la misma vida de Dios que se ha
manifestado carnalmente en Jesús;
- cuando recibimos la vida divina, reflejamos la gloria de Dios, haciendo visible y cercano
al Dios que habita en la historia y en todos los hombres y mujeres que le reciben en sí
por la fe;
- esta vida se vive en la fe, la esperanza y el amor, que se comunican entre sí de modo
dialéctico;
- este modo de existencia, propio de la vida nueva que es obra del Espíritu, es a la vez
personal y eclesial: cada uno de nosotros ha recibido esta vida en la Iglesia y la
desarrolla para la Iglesia. La vida recibida tiene como fin dar gloria a Dios, y no algo de
“lo nuestro” entendido en sentido limitado, “a lo humano”.

Ya ves de qué modo actúa el Espíritu en nosotros. Podría decirte que “lo hace todo” –
incluso suscitar nuestra respuesta-, pero siendo rigurosamente verdad, resultaría aún
impreciso. Ya has visto al Espíritu actuando en los evangelios (y ya desde el AT),
frecuentemente a través de milagros y signos extraordinarios. En Hch se hace presente en la
vida de la Iglesia y de los creyentes. Aquí lo reconocemos también así: presente en la vida de
Jesús, en su muerte y su resurrección, es el Espíritu quien suscita la fe y la respuesta creyente,
así como la oración filial, la vida nueva que se traduce en frutos y el amor que lo contiene todo
y que manifiesta el amor de Dios en medio del mundo. En cuanto a la vida de la Iglesia, el
Espíritu es quien crea y distribuye la diversidad de los carismas y el que manifiesta su unidad
que nos permite conocer que todos formamos un solo cuerpo y un solo espíritu, como digo en
1 Cor. Toda la vida de la Iglesia (sacramentos, ministerios, carismas), y todas las vidas
particulares manifiestan en su diversidad la misma acción del Espíritu, y sometiéndose a él,
reflejan la unidad. Como ves, el Espíritu lo hace todo entre los creyentes que responden a su

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acción. De este modo tan concreto, esta vida que se abre por la fe va desplegando su fuente,
sus medios, su fin, tan distintos del modo humano natural y tan, paradójicamente,
plenificadores de lo humano.

Niveles de lectura

Este capítulo 8 en el que se nos introduce en la vida nueva puede leerse de diversos modos:

Tres lecturas que se pueden hacer:


Una, desde el proceso creyente
Otra, desde la fe, la esperanza y el amor
Una tercera, teniendo a Jesús y al Espíritu como referente afectivo relacional permanente,
relación que aumenta de intensidad y de protagonismo a medida que avanza el proceso.

Este proceso que arranca de la liberación del pecado se puede leer también en cinco etapas que
señalan el camino que hemos de recorrer para vivir la vida según el Espíritu:

1º etapa: renunciar al pecado, rechazando la vida antigua. Conversión.


2º etapa: aprender a reconocer la voz del Espíritu que nos habla en nuestro interior y nos indica
qué es muerte (y nos lleva por tanto a la muerte) y qué es vida y nos lleva por tanto a la vida.
3º etapa, que supone la anterior: vivir como hijas, manifestando a Dios en la propia vida. Una
vida libre que tiene como características el que la referencia es siempre Jesús, el fruto es la comunión:
nuestra vida es y heredará lo que Jesús ha obtenido para nosotras. Compartimos así su herencia y su
destino. Poder vivir esto manifiesta la transformación operada en lo real (los sufrimientos, como en la
cruz de Jesús, son pasajeros y relativos a la gloria). Esperanza, modo de la vida nueva.
4º etapa: el Espíritu nos conduce internamente para responder a Dios en Jesús, en el Hijo: nos
comunica su gloria, nos cristifica.
5º etapa: nos identificamos con los sufrimientos del Hijo, con su muerte en cruz, y participamos
de su amor y de su gloria.

La fe, la esperanza y el amor atraviesan todo el recorrido, predominando un don en cada parte
que hace presentes a los tres, de modo dinámico. Al final todo queda culminado en el amor. A este nivel
la vida es ya, abiertamente (pero no de modo pleno), vida eterna.

Pero si ésta es la vocación con la que se nos llama a vivir en medio del mundo, ¿cómo
cambia el modo de percibir la realidad? Decíamos que estando sometidos al pecado, todo
quedaba empañado por él. Ahora en cambio, desde la esperanza que nos habita y que nos
permite reconocer la acción del Espíritu en nosotros, no hay nada, absolutamente nada, que
nos impida este proyecto de glorificación al que estamos llamados y que el Espíritu realiza en
nosotros: ninguno de los males que amenazan humanamente la existencia puede darnos
muerte ya, porque Cristo ha vencido toda muerte. Ni la tribulación, ni la angustia, ni la
persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro ni la espada ni cualquier desgracia que
pudiéramos imaginar. El Padre que ha entregado a su Hijo a la muerte para salvarnos, ¿no nos
protegerá en estas pruebas de la muerte definitiva? Ahora que vivimos en el tiempo de la
victoria de Dios, manifestada en Cristo Jesús, ¿hay algo que se pueda oponer a ella? Nada se
opone, si nos aprestamos a vivir, conducidas por el Espíritu, esta existencia nueva que se
traduce en creer, esperar y amar. Esta existencia no se vive a nivel de superficie, frente a esos
males que, hoy como siempre, son más poderosos que nosotros y pueden destruirnos. Esta
existencia se vive en Jesús, que ha vencido todo mal y lo ha vencido para siempre. Por ello,
acogiéndonos a él por la fe, nosotros también salimos victoriosos de todas las pruebas. De este

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modo profundamente existencial –vivir en- es como vivimos la existencia que es -y se va
haciendo- cristiana.

Esta vida victoriosa en Cristo, que es el único modelo de existencia humana que integra
el pecado y la muerte –no existe, en ninguna parte, un Salvador como Jesús- nos lleva, como
por contraste, a preguntarnos por los que no han creído, por los que han rechazado esta
salvación del Mesías que esperaban. Desde esta perspectiva puedes entender mi razonamiento
en el brusco cambio de tercio que se da del c. 8 al c. 9: estoy hablándote de esta vida magnífica
que se ha revelado a los creyentes, y mi corazón no puede olvidar a los que no han creído,
habiendo sido los primeros a los que se anunció la buena noticia. En esta lógica teologal, que
nos permite atisbar cómo estamos todos en el corazón de Dios, la misma contemplación de la
dicha, que alcanza cotas místicas a medida que avanza el capítulo, se “desploma” en la gran
tristeza y el continuo dolor por aquellos que la han rechazado. ¿O es que creías que era de otro
modo el amor de Dios, que cuida incesantemente de todos sus hijos?

En el encuentro entre estos dos capítulos se enfrentan, por así decir, la justicia que viene
de Dios, que nos colma hasta hacernos capaces de manifestar su gloria, y la justicia que viene
de la ley, a la que aspiran los judíos. Los judíos, apegados a su propia justicia, han sido
incapaces de reconocer la justicia que viene de Dios, que es la que nos justifica. Empeñados en
justificarse a sí mismos, se han revelado ciegos para reconocer su radical injusticia, la esclavitud
en la que nos tiene el pecado, y no han podido reconocer que sólo Dios, por la fe en él –y no
por las obras de la ley- nos justifica.

9-11

Dejamos aquí nuestra contemplación de la historia de salvación para retomarla, ya no en


relación a Adán, que simboliza a todos los seres humanos, judíos o paganos, sino en relación a
mis amados hermanos de raza, retomando –como signo de las promesas de Dios y su fidelidad-
lo que habíamos visto ya en relación a ellos en el capítulo 3. En el presente, la reflexión sobre la
vida nueva recibida, el gozo por las promesas de Dios me lleva a preguntarme, como tantas
veces, por el destino del pueblo judío, depositario desde antiguo de dichas promesas y alejado
ahora de la salvación por no haber reconocido al Mesías.

Estos capítulos se centran en el hecho de la elección de Israel, como caso particular y


muy significativo de la historia de la salvación. No creas que, puesto que hablaré de los judíos,
no te interesa lo que aquí he de decir. Además de estar ligado a ellos para siempre, verás que
su destino es una importante lección para ti, cristiano. Continuamos con ellos el recorrido por
la historia de la salvación, que nos sitúa ya en el presente, puesto que al final del tiempo,
después de que se hayan convertido los paganos, se convertirá Israel (cf. 11, 25-26).

Si recuerdas, en el capítulo 3 se apuntaban unas preguntas -según el modo retórico que


uso a lo largo de la carta para explicar algunos puntos oscuros o cuestiones que puedan surgir
al lector, así como para matizar o reforzar mis afirmaciones-, que allí sólo aclaraba en parte,
acerca de la superioridad del judío sobre el pagano, a lo cual respondía que tienen la palabra
de Dios. Subrayábamos entonces que ése es un modo de mirar “a lo humano”, pero también es

42
cierto que ahí reconocía a los judíos esa superioridad que viene de haber recibido las palabras
de Dios –aunque dicha superioridad, a la vez que hace brillar la fidelidad de Dios, ensombrece
aún más a Israel, por su ceguera-.

Ahora, retomando aquello, respondo desde otras claves en relación a la situación de


Israel en el plan de salvación de Dios ahora que los paganos han obtenido la salvación que
Israel aún no reconoce. Empiezo por dejar patentes los privilegios que Dios les ha concedido:
les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las
promesas. Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que está sobre
todas las cosas. Respondo así a las preguntas planteadas en el capítulo 3 acerca de la
superioridad o la utilidad que reporta la herencia judía. Les decía allí que “su” superioridad era
lo que habían recibido de Dios (y por tanto, no las obras ni nada de lo suyo), y aquí lo
desarrollo: Israel ha sido bendecido con la plenitud (representada en esos siete privilegios) de
los dones de Dios, y en el tiempo culminante, con el mismo Cristo, que siendo Dios, en cuanto
hombre, ha salido de su raza. Israel es depositaria de la plenitud de la gracia. Pero dicha
plenitud estaba orientada a la revelación de Cristo, que está sobre todas las cosas y es Dios. Los
israelitas no han podido dejar atrás aquellos privilegios en favor de la gracia infinitamente
superior, que es la vida en Cristo, y por tanto, no pueden comprender ni vivir el sentido de lo
que han recibido, del mismo modo que los paganos, entregados a sus pasiones vergonzosas
por haber dado culto a la criatura en lugar del Creador, habían perdido el sentido de su llamada
a causa del pecado que oscurecía su mirada. Cristo es la plenitud de la creación y de la
revelación de Dios, y sólo en él se comprende el sentido de lo real.

Esto te puede llevar a preguntarte: y yo, ¿dónde fundamento la existencia? Sin duda, lo
que conocemos y amamos nos parece sólido, consistente, indudablemente valioso. Sin
embargo, también hemos pensado eso en otras ocasiones en relación a cosas que después se
han caído. Y es que si reconocemos que nuestra mirada está enturbiada, desnortada a causa
del pecado, corremos el riesgo de no acertar en las elecciones que hacemos, corremos el
riesgo de equivocarnos en el vivir. Por esta razón, tenemos razones para dudar acerca de
nuestras elecciones, de nuestros juicios, de nuestros rechazos, si no los hemos sometido al
juicio de Dios, que se revela como la verdad de todo lo real, su sentido.

Puede ocurrirnos también, como a los judíos, que tengamos muchos bienes: privilegios
recibidos hasta colmar la plenitud, e incluso logros que son señal de éxito, como cuando los
judíos se veían reconocidos como las gentes más íntegras de su tiempo en medio de los
paganos… y sin embargo, ante la revelación definitiva de Dios, Israel aparece como símbolo de
un fracaso, pues no ha reconocido a su Enviado. Y la causa no es que estuviera, como se decía
de los paganos, encerrado en sus pasiones vergonzosas, sino que, queriendo escoger un bien
(la ley), se cierra al verdadero bien (Cristo). Así sucede a los judíos, que creyendo escoger algo
muy bueno, como miran desde sus criterios, no aciertan en su elección, y se pierden, por ello.
Estaríamos mirando aún “a lo humano” si interpretáramos esta elección entre “un
bien”-“otro bien” como si se tratara de una gradación meramente sumativa, como si dijéramos:
“la ley es buena, Cristo es mejor, así que los judíos no van tan mal porque escogen la ley”. Lo
que estoy diciendo, y no soy yo quien lo digo, sino que lo digo como revelación del mismo Dios,
es que su apego a la ley les ha impedido ver que la salvación está en Cristo, y que el no poder
reconocer la salvación de Dios en su muerte en la cruz, indica que están poseídos por el
pecado, aunque sus obras sean buenas (y muchas veces ni siquiera es así). Aunque sus obras
sean aparentemente buenas, no ven.

Eso había confundido y escandalizado también a los judíos al ser comparados con los
paganos: sus obras, entendían ellos, ¡eran tan distintas! Por eso les hacía ver al comienzo de la
carta que las obras, en muchos casos, no son tan distintas, aunque en los paganos se dé

43
explícito lo que en ellos se da encubierto y declarado malo. Pero es que además, si esas obras,
incluso las buenas, les impiden reconocer la justificación de Dios que libra de los pecados de
los que la ley y el culto y las promesas y todos los privilegios no les podían librar, entonces,
¿qué hay en su corazón?

Así también nosotros: sabemos tanto, tenemos tantas capacidades y tantos recursos,
tantas buenas intenciones y tan magníficos planteamientos. Pero si cuando Dios nos pone
delante a su Hijo no lo reconocemos como salvador y nos entregamos a él, rechazando todo
otro planteamiento que éste que pasa por su muerte y por su resurrección, todo lo nuestro se
revelará nada, por mucho que digamos creer en la salvación de Jesús. La ley para los judíos, y
las afirmaciones “cristianas” de todo tipo -a veces igualmente santificadas-, para nosotros,
pueden ser ocasión que manifieste nuestra ceguera, nuestra incapacidad para ser según Dios.
O si cuando Dios nos pone delante a uno de sus hijos, uno de esos a los que no nos sale
“a lo humano” amar, y no recurrimos al amor de Dios para hacerlo, sino que nos cerramos en lo
nuestro… eso, ¿qué dice de nosotros, qué significa?

Y ahora, después de haber mostrado, como ya hemos visto, que toda la humanidad está
por igual sometida al pecado y que la salvación no viene de la ley – pues la ley, que tenía
expresamente esa función, no sólo se revela impotente, sino que tiene efecto “multiplicador”
sobre el delito (cf. 5, 20)-, me detengo en el lugar de Israel en el plan de Dios, que es un caso
particular porque es el pueblo que ha recibido los privilegios de Dios desde antiguo, y dichos
privilegios, abundantísimos, no le han permitido reconocer, teniéndola delante, la revelación
definitiva de Dios.

Como ya te he dicho, mi argumentación apoya su fuerza –éste es el núcleo del evangelio-


en la salvación traída por Cristo. Aquí, en relación al pueblo judío, aunque sólo lo explicito en
ocasiones, aparece también por todas partes. En primer lugar, como ya hemos dicho, en las
abundantes referencias a la Escritura: todo el rechazo de Israel aparece predicho en el AT, y la
clave de interpretación de la que parto es la manifestación de la fuerza salvadora de Dios, que
ha culminado en Cristo. No se trata, por tanto, de un desarrollo lógico y consecuente, que se
impone por su lógica argumentativa, sino de una verdad paradójica que, una vez que se hace
evidente por la fe, da sentido a todo lo demás. Para nosotros a veces sucede al contrario:
“creemos” en la muerte salvadora de Jesús y en su resurrección que trae vida nueva, pero en la
práctica no vemos estas afirmaciones sino como enunciados formales sin potencia para
iluminar la vida. Es al revés: mis afirmaciones, insufladas de Espíritu, pueden llevar a reconocer
la potencia teológica y existencial de lo que afirmo. Mi lectura de la elección de Dios a partir
del acontecimiento Cristo manifiesta que se me ha revelado una comprensión más profunda
del judaísmo –ésa que sólo se obtiene con la luz de Dios- que la que había alcanzado
anteriormente por el estudio de la Torah.

A partir de textos de la Escritura (como he venido haciendo por otra parte en toda la
carta, pero de los que me valgo muy especialmente aquí, donde quiero dirigirme a mis
hermanos de raza), voy mostrando cómo Dios actúa como quiere, y de qué modo, ya desde los
tiempos antiguos ha privilegiado a unos respecto a otros, y tiene misericordia o se endurece de
quien le place. Si miramos “a lo humano”, esto nos puede llevar a la desconfianza de Dios, a la
desesperanza respecto de su obrar, que mira parcialmente; sin embargo, si se nos da verlo bajo
la luz teologal, podemos comprender que ahí se manifiesta que Él es Dios, el Señor, y que
conduce la historia según sus designios. Muestro también, con referencias de los Profetas, lo

44
mismo que habíamos visto en la Ley 15: que Dios llama, que escoge a quien quiere y no a los que
nuestra lógica humana pretende, y que en su elección ha preservado a un resto que le es fiel,
en medio de todos los pueblos. Este escándalo que producen los designios de Dios y que
desconcierta a los humanos ha sido el modo de actuar de Dios desde el comienzo. Sólo quien
desconfía de él interpreta su acción como parcial o injusta. Las acciones de Dios sólo las conoce
el mismo Dios y aquellos a quienes él quiera revelar su sentido. Vemos también así cómo,
desde el principio, ha sido la fe en Dios la que ha salvado a los creyentes, y no el cumplimiento
de la ley.

¿Por qué hablo así? ¿Por qué ha cambiado mi tono, se ha hecho densamente bíblico y
parece dar muchas cosas por supuestas, como cuando hablas a iniciados? Porque sé a quiénes
estoy hablando: es al pueblo escogido al que me dirijo, para recordarle el modo como actúa
Dios, tal como se recoge en las Escrituras. Espero con ello mostrar a los judeocristianos, y
también a los paganos, la profunda unidad entre la tradición recibida de sus padres y la fe en
Jesús que ahora profesan, y también a los judíos, si quieren escuchar, y lo hago al modo como
Jesús hacía con los caminantes de Emaús, explicándoles empezando por Moisés y siguiendo por
los profetas, lo que decían de él las Escrituras.

El Dios que ha colmado a Israel de bendiciones, no deja por eso de actuar libremente en
la historia, conduciéndola según el señorío que le es propio. Y así como cuando nos cerramos a
él y nos rebelamos, no comprendemos sus designios, cuando confiamos en él podemos
comprender lo que Él nos concede: De esta manera manifiesta las riquezas de su gloria en los
que hizo objeto de su amor y de antemano preparó para esa gloria.

Ahora bien, ¿a quiénes ha elegido? A todos los que ha querido: ha llamado a algunos de
entre los judíos, pero ha llamado a otros, también de entre los paganos. De este modo nos
volvemos a situar en la perspectiva auténtica, que es la acción de Dios, su señorío que conduce
la historia a su salvación. De este modo quedan reconocidas, pero también limitadas las
prerrogativas de Israel, puesto que no han dado como fruto que se conviertan a Dios, y de
nuevo somos orientados desde la elección de Dios, infinitamente libre -y no desde este olivo
original que se ha revelado estéril-, que no atiende al origen natural, como afirmo con una idea
muy semejante a la que encontrarás en Jn 1, 13: no son los nacidos por generación natural los
verdaderos hijos de Dios, sino los nacidos en virtud de la promesa; esos son la verdadera
descendencia. Ya hemos hablado de la promesa en relación a la gratuidad, a Abrahán y a la fe.
De los hijos de Dios hemos hablado en el capítulo 8. De nuevo, desde otra perspectiva que
arranca de la Escritura, insisto aquí en que la elección de Dios no privilegia a los judíos al modo
“humano”, es decir, despreciando a otros por escoger a unos, sino que el actuar de Dios tiene
otra lógica. A la vez, si lo entendemos al modo de Dios, las prerrogativas de Israel son
privilegios para siempre. Observa aquí el contraste entre la infidelidad de Israel y la fidelidad de
Dios, que es para siempre.

Continúo mi argumentación mostrando, desde la clave del resto, que la salvación


ofrecida a los paganos, que no se esforzaban en buscarla, y a los judíos, que se afanaban por
cumplir la ley que les llevaría a la salvación -y ni siquiera la cumplían-, han prescindido de la fe
y se han apoyado en sus obras. Su deseo de buscar a Dios se estrella contra la fuerza de Dios, a
la que enfrentan la suya propia en vez de confiar en Él renunciando a sí mismos. Buscan
ardientemente a Dios, pero lo buscan según su lógica humana, y ahí se estrellan. De la ley se ha
repetido que no salva. Pero para mis hermanos añado algo más: que la ley tiene su
cumplimiento en Cristo. No queda por tanto invalidada -como no queda invalidada ninguna

15
Ahora empleo “Ley” en otro sentido. Ley es el nombre que se da a los primeros cinco libros de la Biblia
hebrea, que está dividida en tres partes: Ley-Profetas-Escritos.

45
palabra de la Escritura- sino referida a Él, en clave de preparación, de “ayo” como ya dije en
Gálatas. Así se manifiesta la relatividad de la ley en relación a la fe, ya presente en la Escritura,
que exhorta constantemente a confiar en Dios.

¿Qué tipo de ser humano se describe con esta imagen del resto? Se nos presenta a un ser
humano que, manifestando su ser imagen de Dios, refleja en medio de la historia su liberalidad
y su modo de ser, según el Espíritu. Así conocemos que los planes de Dios son otros que los
nuestros, porque Él escoge y actúa desde un amor que nos desborda. Seres humanos que, en
medio del mundo, manifiestan su vinculación a Dios y se mueven a Su impulso.

Las mismas Escrituras manifiestan cómo, desde antiguo, el pueblo escogido ha sido un
pueblo de dura cerviz, al que se le ha anunciado en primer lugar, ahora como entonces, la
promesa del Mesías, y finalmente lo ha rechazado. Y se nos llama la atención, a partir de las
referencias a Moisés, a Isaías y a Esdras, sobre el hecho de todos conocido, de que las
advertencias que Dios les había hecho de alejarse de ellos por causa de su infidelidad, por su
sordera ante el anuncio de Dios, son lo que le ha llevado a manifestarse a los que no le
buscaban, en vista de que el pueblo de Israel, al que ha llamado una y otra vez, se ha mostrado
incrédulo y rebelde. Nada de esto es nuevo. Y en este anuncio del Mesías que se ha hecho en
esta hora definitiva al pueblo de Israel, ha sucedido lo mismo que sucedía desde antiguo.

Y entonces como ahora, sólo un resto, como ya había sido anunciado, ha creído el
anuncio de Dios. Aquellos a los que gratuitamente se les ha concedido la fe –aprovecho ahora
para insistir en que no han sido sus obras, sino la fe, la que nos ha obtenido, a mí y a otros
judíos, el pertenecer a ese resto- son ese resto, que antes sólo se refería a los judíos y ahora se
relee incluyendo también a los paganos, ese resto que ha creído el que preserva a la
humanidad de la caída total. Pero este resto se caracteriza por su respuesta a Dios y no por su
filiación humana o por su raza, por lo que no distingue ya entre judíos o paganos. De entre los
paganos también se ha reservado Dios un resto que hace perdurar la humanidad.

Se destaca así otro modo de humanidad, el que permanece y queda y rescata, por
mantenerse fiel a Dios. ¿Ves que este modo no es según lo humano natural?
De nuevo, ante esta humanidad escogida, conducida y sostenida por Dios, lo que destaca
no es el modo de ser que caracteriza a esta humanidad, a los hombres y mujeres que
constituyen el resto, sino que de nuevo reconocemos a Dios conduciendo su historia hacia la
salvación, reservándose un grupo de hombres y mujeres fieles a través de los cuales sea
posible, en cada hora final de la historia, salvar a todos. El caso más llamativo de esta lógica del
resto es el del propio Jesús, uno por quien nos salvamos todos.

Los judíos, en cambio, siguen aferrados a la ley como modo de llegar a la salvación, y al
hacerlo así, su fuerza, que no reconocen todavía como debilidad (según este esquema de
fuerza-debilidad que me es tan propio, porque procede de la cruz de Cristo), les impide confiar
en la fuerza de Dios, y se estrellan contra la roca que Él es. Fuera de ese resto, la mayor parte
de Israel sigue con el corazón endurecido, rechazando a Dios manifestado en Jesús. Deseo
ardientemente que crean ellos también en Jesús, con la fe que obtiene la salvación, como dice
la Escritura. A ellos se les ha anunciado primeramente el mensaje, y lo han rechazado. También
en relación a este endurecimiento tenemos el testimonio de la Escritura que subraya que esto

46
ya había sucedido anteriormente, y desde antiguo se había profetizado este rechazo en vista de
su incredulidad.

Pero la historia con Israel no termina aquí. Si miramos “a lo humano” (insisto mucho en
ello para advertir a los convertidos del paganismo 16 –el olivo silvestre-, tentados de mirar de
este modo, como pueden estar los judíos aferrados a su estatuto de “olivo fértil”), el castigo
merecido acarreará su destrucción como nuevo pueblo de Dios: este nuevo pueblo ha de vivir
en medio del mundo como resto. Este resto escogido, los judeocristianos, lo son en favor de
todo el pueblo de Israel. La elección de este resto no se debe a las obras, pues de lo contrario
la gracia no sería gracia. Y la potencia de esta gracia que se reserva a los fieles del pueblo de
Israel, los circuncisos de corazón, manifiesta en medio del pueblo la fidelidad de Dios, que
vuelve a llamar a Israel una y otra vez. Dios se ha valido de la caída de Israel para llevar la
salvación a los paganos, y ahora, se vale de la conversión de los paganos para que Israel vuelva
a Dios manifestado en Jesús.

Siempre, la verdad tiene como fuente la lógica salvadora que arranca de Cristo: así como
en el resto santo que es Jesús todos somos salvos, también el resto escogido que ahora
constituye la Iglesia lo es en favor de los que aún no han sido salvados, del pueblo de Israel que
aún no se ha convertido. Esta advertencia hecha al olivo injertado de entonces se revela
igualmente actual en el presente.

De nuevo, lo que resplandece a lo largo de la historia de la salvación es la justicia de Dios,


que podría manifestarse justamente como castigo, y en cambio, nos reconcilia en su Hijo. Esta
misericordia de Dios quiere llevarnos a todos a la salvación: la revelación de nuestro pecado
culmina en la reconciliación por la sangre de Jesús, y el rechazo de Israel significa una nueva
ocasión de salvación, para hacer de Israel, de este Israel renacido en la muerte de Jesús, una
Iglesia de judíos y paganos, pues los dones de Dios son irrevocables. En su lógica de salvación,
su enemistad redunda en provecho nuestro, pues Dios saca vida de la muerte. Es la fidelidad de
Dios la que sostiene nuestra esperanza y nos enseña a confiar, para todos –esa es la lógica del
resto-, en su misericordia. Nuestro corazón “a lo humano” va siendo transformado, por el
Espíritu, en este modo de mirar que trae a Dios en medio de la historia.

Así como nuestra mirada “a lo humano” tiende, como decíamos, a leer los dones en clave
de derechos y de superioridad de unos sobre otros -como si la conversión de los paganos fuera
mérito de estos y no misericordia de Dios, al igual que hacen los judíos con los privilegios
recibidos-, la mirada teologal que es la única verdadera, porque viene de Dios, reconoce en esa
llamada un designio de Dios para la salvación de muchos (cf. 8, 30). Los proyectos de Dios, su
plan de salvación en favor de toda la tierra, sólo pueden ser recibidos y adorados por un
corazón que cree, que espera, que ama. Porque Cristo es la plenitud de la revelación, Él es la
luz que ilumina toda otra revelación, sea la hecha a los judíos, sea la manifestada en Cristo a los
paganos, que no puede ser entendida al modo humano, sino en la lógica de la misericordia de
Dios que tan esplendorosamente se ha manifestado.

En esta clave de misericordia quiero subrayar mi dolor por el endurecimiento de los


israelitas, y las palabras fuertes con que expreso mi deseo de que se conviertan son signo del
dolor de Dios, expresado en la Escritura y que pervive en el resto de hombres y mujeres fieles
hasta el día de hoy: Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito

16
A vosotros, cristianos del siglo XXI, estos capítulos os pueden ayudar a en la cuenta de las actitudes
“paganas” que habéis dejado atrás. Os ofrecen la ocasión de reconciliaros con esa parte de nuestra
historia en que fuisteis paganos, sin ignorarla sino integrándola en lo presente.

47
por el bien de mis hermanos de raza. Si te abres a estas palabras enormes que digo, te
preguntarás cómo es el amor con que se me ha dado amarlos, tan excesivo, tan semejante a
Cristo. Es el amor de Dios, derramado en los creyentes por el Espíritu, el que nos hace amar de
tal modo.

Terminamos así el cuerpo doctrinal de la carta, según el esquema que te he presentado


al comienzo. En él hemos recorrido los aspectos que se refieren a la historia de la salvación, y
hemos visto cómo este trayecto abarca el marco grandioso de la historia humana entera,
contemplada bajo la mirada de Dios y conducida por él. Te he mostrado cuál era la situación sin
salida de los hombres bajo el pecado y cuál ha sido la respuesta de Dios, con lo que dicha
respuesta nos dice de Dios y con lo que dice de todos los seres humanos; los creyentes hemos
conocido la salvación realizada en Jesús y se nos ha anunciado la vida nueva que se anuncia,
una vida que en adelante se vive según Dios, una vida que, como desde el principio prometían
las Escrituras, ahora iluminadas desde esta plenitud, quiere realizar en los humanos la vida
divina.
Y Dios ha seguido iluminando la historia, este reino que a la luz de la salvación podemos
reconocer como suyo: la salvación de Jesús que trae esta vida nueva ilumina el sentido de la
historia y permite comprenderla en su verdad, orientando a todos los seres creados hacia la
vida porque su centralidad recrea la realidad por entero.
Esta centralidad nos permite comprender también el sentido de lo que aún se resiste a
Dios, y en concreto, el destino del pueblo de Israel, ordenado a Dios desde el comienzo y no
abandonado por Él jamás, y que en esta nueva época de salvación universal recibe otros
acentos y otro sentido.
Como decimos, a lo largo de toda la historia de la salvación brilla la misericordia de Dios
y su plan de salvación que quiere alcanzar a todos los seres humanos. La historia, la vida entera
queda iluminada en su densidad divina, y revela así la potencia escatológica de todas las cosas,
criaturas de Dios.

En esta historia de la salvación así contemplada, los humanos somos llamados a realizar
un modo nuevo de humanidad que manifiesta el modo de ser según Jesús, una existencia
conducida, como la suya, por el Espíritu de Dios. Por esta transformación que viene de la
obediencia a Jesús, nuestra existencia deja de estar marcada por la separación o la ignorancia
de Dios, que nos enajenaba de la vida, y viene a ser una existencia unida a él, una existencia
que se vive según la fe, la esperanza y el amor derramados en nuestros corazones por el
Espíritu, y que realizan esa existencia nueva que puede desarrollarse en una vida como la de
Jesús, que refleja en medio de la historia el modo de Dios.

12-15

Asimismo, esa vida según el Espíritu que nos conduce, y que se manifiesta en los dones
teologales de la fe por la que creemos en el Hijo y en su salvación, y se va desarrollando en
esperanza como el modo de vida propio de los creyentes conducidos por el Espíritu. Y esa vida
que el Espíritu va haciendo en nosotros cristiana se traduce en obras, inspiradas por el Espíritu,
como vemos en los capítulos finales (a partir del 12). No nos vamos a detener mucho en este
punto, porque las exhortaciones éticas aparecen en todas las cartas y aquí he querido
presentar las líneas maestras de mi evangelio. En este sentido, la ética forma parte de mi
evangelio; me voy a detener solamente en algunos aspectos propios de esta carta que

48
manifiestan la ética como evangelio, como vida nueva, y expresan cómo la vida de la fe que he
proclamado se traduce en obras inspiradas por el Espíritu, que reflejan a Dios. Algo que tiene
una importancia especial en una carta en la que la doctrina de la justificación por la fe puede
llevarnos a despreciar las obras como innecesarias para la salvación.

Una vida nueva, por tanto, que tiene como fuente la salvación en Cristo Jesús, y se
actualiza en la existencia de muerte y resurrección que, por el bautismo, caracteriza a los hijos
de Dios. Por tanto, la ética es fruto de la gracia, que actúa. Lo decía asimismo a los Gálatas: lo
que vale es la fe que actúa por medio del amor (5,6). Aquí se dice de otro modo: Que vuestro
amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno. Ya habíamos visto cómo la fe
en Cristo Jesús abre la puerta a la salvación, y cómo la esperanza, que se activa por la acción
del Espíritu en nosotros, nos permite vivir aquí la vida plena que vendrá, que ya anhelamos y
experimentamos como primicia. Ahora vemos cómo el amor, que actúa, manifiesta la vida
recibida de Dios, manifiesta que somos hijos de Dios. Hemos hablado del amor absoluto de
Dios, manifestado en la entrega de Jesús. La vida de los hijos, su actuar cotidiano, está llamado
a manifestar ese amor.

Esta vida cristiana se vive como culto al Padre, por eso exhorto de este modo a los
Romanos, y hoy a vosotros: os pido… que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a
Dios. Éste ha de ser vuestro auténtico culto. Un culto que se realiza en medio de la vida, a
través de las relaciones con los hermanos, desde la entrega a las propias tareas, sean
carismáticas o las más corrientes, pues todas le pertenecen y han de ser vividas como ofrenda
al Padre, de quien todo procede; una vida donde amamos a los demás de verdad, nos
entregamos diligentemente, ejercitamos la paciencia, la alegría, acogemos a los demás y
amamos a los enemigos. No escuches estas exhortaciones como si fueran consignas
ideológicas: son vida que salva, vida que hace plena la vida. ¿Recuerdas cómo en el capítulo 1 y
en el 2 mostraba la vida invivible que padecemos bajo el pecado? Aquí, después de haber
presentado la vida a la que somos llamados por la fe en Jesús, vemos cómo esa existencia
según Jesús da frutos de vida al modo de la suya.

Así, por la acción del Espíritu, los que comenzaron siendo esclavos de sus pasiones, como
los que estaban asfixiados por la ley, llegan a vivir convertidos en culto a Dios, ofrenda pura de
toda su vida. Es en el amor donde se actualizan la fe y la esperanza, donde se realiza lo que se
nos ha revelado en Jesucristo. Por esto, la vida entera ha de ser vivida como culto, ofrenda a
Dios. Se hace verdad así aquello que dice Jesús a la samaritana: ha llegado la hora en que los
que rinden culto al Padre, lo adoran en espíritu y en verdad (Jn 4, 24b). Ha llegado la hora,
podríamos decir también, en que podemos, por el Espíritu, hacer lo que el Padre quiere. Así,
en esta clave cultual, es como se realiza la ley: el que ama al prójimo ha cumplido la ley. Y no
sólo ha cumplido la ley, sino mucho más: el que ama ha sido liberado para vivir según la ley del
Espíritu vivificador, por medio de Cristo Jesús.

Puede ser que te desconcierte que yo, que empezaba cuestionando las obras de los
paganos y las obras de los judíos, termine ahora hablando igualmente de las obras. Sin
embargo, después del recorrido que hemos hecho, supongo que las reencuentras de otro
modo: no son las obras lo que se cuestiona, sino el modo como el ser humano se vale de ellas
para erigirse en Dios. La vida humana se manifiesta en una serie de frutos, y puede establecer
con dichos frutos una relación de apropiación o una relación de gratuidad, que alaba a Dios por
ellas. Por tanto, lo que se cuestiona no son las obras, sino el corazón humano que pone en ellas
sus fuerzas o contempla en lo realizado, en vez de mirarse en Dios, a quien él mismo
pertenece.

49
El amor al que he exhortado a cada uno, se contempla también en clave comunitaria:
puesto que la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, reconciliado por Cristo, los creyentes hemos
de manifestar esa comunión en nuestra vida. La referencia a los distintos ministerios que
configuran la comunidad manifiesta –ahí está la referencia a 1 Cor 12-14, mostrando cómo la
trabazón de este cuerpo es Cristo –no olvides que, en todo, la referencia es Él-, y cómo este
nuevo pueblo de Dios que plenifica y culmina al pueblo de Israel está unido por el amor,
porque Dios es Amor que se ha manifestado en Cristo y es, para siempre, la referencia de
nuestra vida. Jesucristo, nacido de mujer, es la referencia que nos ha de ir configurando y la
medida de nuestras obras.

Suelen decir de mí que soy revolucionario porque exhorto a los creyentes a no


acomodarse a los criterios de este mundo, sino a buscar la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le
agrada, lo perfecto. Una vida por la cual, como dice también 1 Pe, los demás conocerán que
somos cristianos (2, 12.15). En cuanto a la relación con las autoridades civiles, que tanto llama
la atención, el criterio que doy no aconseja “estar a buenas” con el poder, sino algo mucho más
esencial, y que pertenece a la misma clave teologal tantas veces repetida: supone reconocer en
todas las circunstancias la voluntad de Dios. Es esencial leer toda la realidad en clave teologal y
no “a lo humano”, porque sólo la mirada según Dios nos sitúa en la verdad.

Aparecen en estos capítulos muchas otras exhortaciones éticas que ya han aparecido en
otras de mis cartas, pues son el trabajo cotidiano por vivir según Dios: el combate cristiano por
alcanzar la meta que esperamos, la actitud que hay que mantener con los que están menos
formados en la fe (por parte de los que se consideran fuertes o lo son) y la primacía del Señor y
de su amor que ha de ser siempre la referencia en relación a los hermanos, que relativiza todo
lo demás; el mirar a Jesús como referencia y no a uno mismo, que debe orientar nuestro
corazón y nuestra conducta. Todos estos consejos son esenciales para vivir una vida cristiana…
que es lo mismo que decir: para que tu vida cristiana sea, efectivamente, vida.

Quisiera añadir, para terminar, que en esta carta tan significativa no hablo de todos los
temas que conforman mi teología –no hablo de la Iglesia, por ejemplo-, sino que me refiero
ante todo al evangelio de la gracia que me ha sido revelado.

El resto del capítulo 15 y el capítulo 16, recogen algunas de las motivaciones del escrito
que dirijo a los Romanos, contándoles mis intenciones de viaje y los saludos que quiero que
transmitan. Sólo quiero ya bendecirte, de modo que mi carta dé en ti y en los que vivan contigo
frutos de vida eterna:

Al Dios que tiene poder para consolidaros en la fe según el evangelio que yo anuncio y
según la proclamación que hago de Cristo Jesús; al Dios que ha revelado el misterio mantenido
en secreto desde la eternidad, pero manifestado ahora por medio de las Escrituras proféticas
según la disposición del Dios eterno, y dado a conocer a todas las naciones de modo que
respondan a la fe; a ese Dios, el único sabio, sea la gloria por siempre a través de Jesucristo.
Amén.

50
Apéndice

Esquema sintético de teología paulina

Con Pablo, el cristianismo se transforma en verdaderamente universal, aunque su


universalidad requiera condiciones precisas. Ahí radica el gran mérito del Apóstol de los
Gentiles. No vamos a exponer su doctrina. Sobre ella existe una literatura abundante, de fácil
acceso. Nos bastará con subrayar algunas iniciativas de Pablo.
En el plano práctico se le debe la evangelización sistemática del mundo pagano, el
ensanchamiento, la superación a la vez de la Ley y del ritualismo judío. En Jerusalén, consiente
en participar en las ceremonias del Templo, pero rechaza la imposición a los paganos que se
conviertan de la circuncisión y de la observancia de las fiestas. De esta manera, es el artesano
de un cristianismo autónomo, que tendrá pronto sus formas cultuales independientes, su
estilo de vida, sus métodos de gobierno.
En el plano teórico, más exactamente en el teológico, esboza una soteriología original, que
vuelve a tomar como complemento al tiempo que profundiza la primera cristología. No se
muestra curioso por los detalles de la vida terrestre de Jesús. Se refiere principalmente a la
Pasión, a la Resurrección. El sacrificio de Cristo ocupa para él el centro de un drama cósmico.
Este sacrificio se había hecho necesario a la vez por la idolatría de los paganos, infieles a la
revelación natural que pasaba por su conciencia (Romanos 1, 25-32; 2,14 y ss), y por la
incomprensión de los judíos frente a la Ley. Los judíos habían creído que la adhesión a la Ley
muestra la separación subsistente entre una observancia de la que se prevalece y la práctica
del bien con espíritu desinteresado. Por esto la Ley ha sido causa de que abunde la falta (Ibid.,
5,20). El gran pecado consiste en reposar sobre la Ley, en glorificarse en Dios (Ibid., 2,17). No
son las obras de la Ley las que justifican, sino la ley de la fe (Ibid., 3,20 y 27). La Ley hace
conocer dónde está el pecado, lo designa, invita a tomar conciencia de él. Sin embargo, para
vencer el pecado, no basta con señalar dónde está y menos con señalarlo en los demás (Ibid.,
2,21). No basta ni siquiera con poseer la Ley, con saberse elegido y privilegiado por el hecho
de pertenecer al pueblo que la ha recibido de Dios por intermedio de los ángeles. Tal actitud
es puro orgullo, falsa seguridad. Se siente orgullo de ser circunciso, orgullo de tener «en la Ley
la regla de la conciencia y de la verdad» (Ibid.2, 20). Pero, al mismo tiempo, no se es circunciso
de corazón. Se transgrede la Ley que se jacta de tener como propia. Por eso, lejos de escapar
al pecado, se cae más en él. En esas condiciones, sólo existe una vía de salvación: la de la fe en
Jesucristo, que fuerza al reconocimiento de la única gracia justificadora (Ibid., 3,34). Siendo
todos pecadores, judíos o paganos, no nos hemos reconciliado con Dios más que por la
muerte de su Hijo (Ibid., 3,10 y 24).
Esta demostración culmina en el paralelismo Adán-Cristo. Del mismo modo que el pecado y la
muerte han entrado en el mundo por un solo hombre, igualmente la gracia, el don de la
justicia, la vida nueva y superabundante se extienden a todas las almas sólo por Cristo. El
bautismo resume esta alternancia de muerte y resurrección: hay que morir con Cristo para
resucitar con él. Gracias a él se opera el paso a una nueva forma de existencia, que supera la
Ley mediante la fe y sustituye las obras de la Ley por las de la caridad. Así, para Pablo, el papel
de Cristo es esencialmente el de redentor, reconciliador (o justificador). La salvación no podía
provenir sino de un don gratuito del Dios misericordioso. Y este don se expresa en la re-
dención por Cristo. Sólo él libra a los hombres del dominio del mal. ¿Pero por qué tiene él ese
poder? Porque es el Hijo de Dios, porque es una víctima voluntaria y sin mancha, porque es
justo e inocente, porque toma sobre sí los pecados de los demás para expiarlos, anulando la

51
deuda que la humanidad, el universo entero, habían contraído con Dios.
¿Qué retendremos para nuestro propósito de este inmenso fresco teológico? Sin duda alguna,
la gran lección universalista. Ya no hay ni griego ni judío. Cristo pertenece a todos y salva tanto
al pagano como al circunciso. Ya no existe un Israel racial, nacional, ligado al literalismo de la
Ley, al ritualismo del Templo. En lo sucesivo, la verdadera posteridad de Abraham se hallará
integrada por todos los creyentes. Ahora bien, en la obra de Pablo hay algo más que esta
voluntad de hacer saltar el judaísmo. Hay en ella una soteriología cósmica que hace del
Calvario la expiación ejemplar y definitiva del pecado, la reparación adecuada de la caída a
que fue arrastrado el hombre y el mundo con él. Y esta soteriología implica una cristología
que da a la noción bíblica de Hijo de Dios un sentido, no solamente mesiánico, sino sacrificial.
Y sacrificial no sólo por la efusión de sangre, sino por renunciación divina. Para Pablo, Cristo
es, sin discusión, el no-culpable, que se entrega en lugar de los culpables, según un esquema
de sustitución que recuerda el rito del chivo emisario, mejor aún, el simbolismo más puro del
cordero pascual. Pero es más todavía. Es el propio Hijo de Dios, el ser celeste que existía
primero en forma de Dios, el que se ha sacrificado al tomar una forma de servidor (Filipenses,
2,7), humillándose, obedeciendo hasta la muerte en la cruz (Ibid., 2,8-9). Pablo piensa
también que Cristo es más que un hombre, que anuncia la teología del Logos. En Colosenses,
1, 14-20, no duda en adornar a Cristo con atributos trascendentes. Utiliza para ello la lite -
ratura sapiencial. Atribuye a Cristo los rasgos con los que se pinta la Sabiduría (Proverbios, 8,
22-31). Ahora bien, prestemos atención a ello. Si tal referencia es exacta, esto quiere decir que
la cristología paulina ha separado simples aspectos mesiánicos apoyándose sobre lo que hay
de menos semítico en la Biblia. La inspiración helénica se ha añadido en este punto a la
inspiración judaica. Fue ella quien permitió comprender la filiación divina de Jesús, no ya en el
sentido general de su nombre (servidor tanto como hijo), sino en el sentido preciso de Dios-
Hijo, distinguiéndose de Dios-Padre. Para explicar este fenómeno, es superfluo el recurso a
influencias mistéricas. Basta con la referencia a las escrituras sapienciales.

Sin embargo, podemos adivinar por qué tenía Pablo necesidad de pensar en Cristo como Sofía
eterna. La eficacia de la cruz redentora sólo se comprende, desde su punto de vista, si Cristo
es realmente divino, dispensador de gracia divina. Aquí, la idea mistérica del Dios que muere y
resucita, que inmortaliza a sus fieles, ha podido influir sobre su explicación del sacrificio
redentor. Mas, aparte que esto no se ha demostrado literariamente, subsiste una diferencia
considerable con las religiones orientales. La muerte del crucificado no es legendaria, sino
histórica. Y la resurrección pascual no es tampoco un símbolo. Es tradición recibida de los
apóstoles, acompañada de una cristofanía particular a Pablo. Por esto, la teología de las
Epístolas es, a todas luces, original. Aunque Pablo haya insertado el ejemplo concreto de Jesús
en cuadros de pensamiento que le eran más familiares que a los Doce, aunque estos cuadros
vayan más lejos que el fondo propiamente semítico de la Biblia, aunque se crea que los ha
encontrado porque sus corresponsales le sometían dificultades a partir de concepciones
gnósticas, hay que reconocer que Pablo ha sabido enlazarlos con la tradición apostólica,
ajustarlos a la persona de Jesús, armonizarlos en todos los puntos con la enseñanza profética.
Se ha pretendido que la cristología paulina manchaba el estricto monoteísmo de la religión
judía y que, por esta razón, hizo cesar la adhesión de los judíos a Jesús, mientras que le
procuraba el sufragio de los paganos. En realidad, Pablo tenía una formación israelita
demasiado profunda para pensar que Cristo introdujera en Dios una dualidad de naturalezas,
un pluralismo de sustancias. Durante siglos, los heréticos han estimado incluso que profesaba
una cristología adopcionista. En el fondo, no es ni politeísta (en su caso, la cosa es
impensable), ni adopcionista (hay en ello un esquema sociológico desplazado en la materia y
que fue condenado con razón más tarde). Sencillamente, se expresa según el espíritu bíblico,
en estilo de revelación: Dios está presente en los que viven de su espíritu, en los que hablan
de su misterio, en los que hablan su misterio inefable. Y Dios está presente, con una presencia

52
inmediata, exclusiva, total, en el Cristo Jesús, porque el crucificado que él resucita hace
resplandecer su gloria y opera la remisión de los pecados. Es éste un privilegio divino. No se
puede atribuirlo a Cristo sin atribuirle, al mismo tiempo y por lo mismo, una filiación divina
auténtica, sin comparación con la de los demás individuos. Se trata aquí de una cristología
deificadora, porque Pablo no concibe que el Salvador, que aporta la reconciliación como
gracia, pueda ser otra cosa que la expresión, la imagen visible del Dios invisible. Así lo dice, así
lo afirma explícitamente. Ahora bien, esto no es más difícil de entender que la posición de
principio de todas las religiones del tipo «revelado». Dios sólo se manifiesta a través de sus
reveladores. Por lo tanto, si un personaje es tomado por revelador, de inmediato se sigue que
es Dios revelándose. Esto podía enseñárselo la Biblia a Pablo. De modo que Pablo, al aplicar a
Cristo Jesús este mecanismo habitual de la fe, debía tener conciencia, no de traicionar la
Biblia, sino de ser perfectamente consecuente con su manera de estructurar la experiencia
religiosa.
DUMÉRY, H., La fe no es un grito. Fe e institución, pp. 101-105

ÍNDICE

1 5
2 8
3 12
4 19
5 21
6 27
7 31
8 35
9-11 41
12-15 47
Apéndice 50

Mostrar la humanidad sometida al pecado: la gravedad que ello tiene y el no dolorismo con
que Pablo anuncia.
Detenerse en la buena noticia como tal, y no como “nuevo dato” que sustituye como momento
sucesivo a nuestra frustración. Desde ahí se entiende su apasionada proclamación de
Jesucristo.

Mostrar de qué modo la ley está presente y constriñe nuestras vidas.

53
Romanos muestra que la justicia de Dios y la salvación del hombre coinciden (lo dice Kasemann
en La llamada de la libertad).

el «servicio de reconciliación», el apostolado peculiar de Pablo. Ahora bien, este


apostolado se dirige precisamente a los paganos, a los incircuncisos, a los no judíos.
Por tanto, no podemos dejar de preguntar si la charis de la revelación de Dios en la
reconciliación por medio de Jesucristo sobrepasa a la charis de la Tora. En efecto, si
Dios ha reconciliado el mundo consigo en Cristo, de modo que esa reconciliación
es realmente perdón de los pecados, vía de salvación hacia Dios, entonces se afirma
el principio de solus Christus; la charis de la ley queda superada por la gracia
manifestada en Cristo, y ningún pagano convertido al cristianismo puede ser
obligado a la circuncisión y a la ley. Para Pablo, no aceptar esto es «apostatar de la
gracia», es decir, de Cristo, como única vía de salvación. Con Jesús se ha
manifestado una nueva revelación y, por tanto, una autoridad nueva. «Si la
justificación se consiguiera con la ley, entonces en balde murió Cristo» (Gal 2,21;
también 5,4). El dilema será, pues, «salvación en la ley» (5,4) o «salvación en
Cristo». Se trata de la autoridad decisiva y definitiva de la revelación de Dios o
charis: la ley o Jesucristo.
Schillebeeckx, Cristo y los cristianos, 114

Carne (sarx) se puede interpretar también como ego.

Donde hablo de la salvación, releer -en forma de diálogo además-, una cosa interesante que
hay en Balmary, El monje y la psicoanalista, p. 47ss

El origen del poder en Rom 13, 1-7


Todo lo visto hasta aquí parece indicar que el ascenso
de la conciencia democrática podría ser un signo de los
tiempos. Pero no hemos olvidado que la perícopa de Rom
13, 1-7 sirvió durante varios siglos para fundamentar el
derecho divino de los reyes 77. Antes, por tanto, de elevar
a conclusiones definitivas lo que acabamos de decir, vamos
a estudiar dicho texto.
Rom 13, 1-7 tiene, sin duda, una importancia excepcional,
porque es el pasaje más largo y más denso de todo
el Nuevo Testamento sobre las relaciones del cristiano con
el poder político.
Las interpretaciones sobre dicho pasaje paulino son
tan diversas e incompatibles entre sí que Fritzhermann
Keienburg termina su tesis doctoral78 sobre la historia de
la exégesis de dicha perícopa diciendo que «queda la impresión
de una multitud desconcertante de opiniones». A
idéntica conclusión llegan Karl Hermann Schelkle, que ha
estudiado la exégesis patrística79, y Ernst Kásemann, que
ha hecho lo mismo con la del siglo XX 80.
El verso 1, con su terminante formulación, es, para
nuestro tema, el más importante (y también —¿por qué no
77 Véase, por ejemplo, BODINO, LOS seis libros de la República, lib.
I, cap. 10, Madrid, 1973, p. 65; FlLMER, R., Patriarca, o el poder
natural de los reyes, Madrid, 1966, pp. 59-61; GARDINER, S., On True
Obedience, 63; JUAN DE PARIS, De Potestate Regia et Papalia, cap. 11
(ed. de J. Leclercq, París, 1942); WYCLIFFE, J., De Officio Regis (ed.
de la Wycliffe Society, p. 67)...
78 KEIENBURG, F., Die Geschichte der Auslegung von Rómer 13,
1-7, Gelsenkirchen, 1956.
79 SCHELKLE, K. H., «Staat und Kirche in der patristischen Auslegung

54
von Rom. 13, 1-7»: Zeitschriñ ñir die neutestamentliche Wissenschafí
und die Kunde der alteren Kirche 44 (1952-1953) 223-236.
80 KÁSEMANN, E., «Rómer 13, 1-7 in unserer Generation»: Zeitschriftfür
Theologie und Kirche 56 (1959) 316-376. En un artículo posterior
expuso su propia exégesis: «Puntos fundamentales para la interpretación
de Rom 13», en Ensayos Exegéticos, Salamanca, 1978, pp.
29-50.
188 LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

decirlo?— el más incómodo): «Sométanse todos a las


autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no
provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido
constituidas».
Sin embargo, por incómodo que resulte, tenemos que
cargar con él; los manuscritos más antiguos testimonian a
favor de su autenticidad, y no parece posible traducirlo de
otra manera: Exousíai —en efecto— sólo puede significar
autoridades o magistrados. Hypotássein significa someterse
totalmente, y se emplea tanto para las sumisiones provocadas
mediante la fuerza (cfr. Le 10, 17; Rom 8, 7; 1
Cor 15, 27) como para las que son fruto del amor (cfr. Le
2, 51; 1 Cor 16, 16; Ef 5, 21-24). La preposición "por"
(hypó) indica cuál es la causa eficiente de la acción expresada
por los verbos «existen» y «han sido constituidas».
Podemos suponer que Pablo quiere tomar posición
frente a las dos teorías del poder que coexistían en Roma
cuando él escribe:
a) Según la primitiva doctrina imperial romana, Dios
sería totalmente ajeno a la autoridad civil, la cual procedería
exclusivamente de la voluntad del pueblo.
Ulpiano, por ejemplo, afirmaba que la voluntad del
emperador tiene fuerza de ley, debido a que el pueblo, en
virtud de la Lex Regia, le transmite todo su imperium y
toda su potestas: utpote cum lege regia populus in eum
omne suum imperium et potestatem conferat81.
b) En tiempos de César y Marco Antonio fue introduciéndose
en Roma la ideología de la monarquía helenista,
según la cual los reyes eran de condición divina. Los
emperadores vieron con simpatía esa invasión de ideas helenistas
y, como vimos anteriormente, «se dejaron divinizar
».
S1 Inst.,I, o Dig., I, IV, pr. En términos casi idénticos se expresa el
Código de Justitiano: Lege antigua qua regia nuncupabatur, omne ius
omnisque potestas populi romani in imperatoriam translata sunt potestatem
(I, 17, 17).
EL ASCENSO DE LA CONCIENCIA DEMOCRÁTICA 189

Pues bien, parece como si Pablo se quisiera situar entre


ambas teorías: Ni la autoridad política es ajena a Dios
ni puede pretender equipararse a El. Más adelante precisaremos
algo más la idea.
Dado que el pasaje no se dirige a los magistrados, sino
a los ciudadanos, sólo explícita las obligaciones de éstos.
Sin embargo, permite adivinar la misión que Pablo atribuía
a las autoridades: el poder civil debe animar al bien

55
mediante la concesión de distinciones (v. 3 b: «obra el bien
y obtendrás de ella elogios») y castigar el mal, para lo cual
dispone de medios coercitivos (v. 4 b: «si obras el mal,
teme, pues no en vano lleva espada»).
Dado que San Pablo habla de un poder político que
en su tiempo no era cristiano (el Imperio romano), es obvio
que el «bien» y el «mal» no pueden determinarse desde
la moral cristiana. Tal vez el pasaje más esclarecedor sobre
las nociones de bien y mal en Rom es Rom 1, 18—2,
11 (sobre todo 2, 5-10). El mal sería lo que hoy llamamos
violación de la ley natural, cognoscible incluso por los
gentiles. El bien, en consecuencia, sería la observancia de
esta ley. Así pues, la autoridad no es enteramente libre en
el ejercicio de sus funciones: debe someterse a una norma
legal que la rebasa.
¿Y qué ocurre cuando la autoridad no respeta esas
normas; cuando ha accedido al poder por medios ilegítimos
y/ o es infiel a su misión? Ciertamente, Pablo no pretende
plantear aquí ese problema. El da por supuesto que
la autoridad ha sido establecida por Dios, que fomenta el
bien, y que es obligación de conciencia someterse a ella.
Johannes Weiss pensaba —y detrás de él lo han repetido
otros muchos exegetas— que Pablo escribe antes de la
primera persecución organizada (esto es verdad) y bajo la
impresión, de los buenos recuerdos dejados por las intervenciones
de los funcionarios imperiales (cfr. Hech 16 35-
39; 19, 31; 22, 25-29; 25, 10-12.25; 26, 32; 28, 18). San
Pablo compartiría los sentimientos de las provincias ro190
LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
manas que veían en el Imperio la salvaguarda de la
paz 82.
Sin embargo, si el Apóstol podía guardar buenos recuerdos
de la administración imperial, también guardaba
otros que nada tenían de agradables (cfr. Hech 16, 22-24;
2 Cor 11, 23-33), y nunca olvidó que el Señor fue crucificado
por un procurador romano (cfr. Hech 13, 28).
Sea como sea, el hecho es que Pablo, en Rom 13, ofrece
una visión idealizada de la autoridad. Esa doctrina, sin
duda, debe complementarse con las doctrinas elaboradas
desde otros Sitz im Leben distintos, porque, como recuerda
Osear Cullmann, «la fuente fundamental de todas las
interpretaciones falsas de la Biblia y de toda herejía es
siempre el aislamiento y absolutización de un pasaje concreto
» 83.
Perspectivas diferentes pueden encontrarse, por ejemplo,
en 1 Cor 6, 1-8 (todavía dentro del mismo corpus
paulino), donde pide el Apóstol a los corintios que se abstengan
de demandar justicia ante los injustos; y más todavía,
Ap 13, donde el Estado aparece como un agente de
Satanás.
Efectivamente, la situación ha cambiado mucho entre

56
Rom 13 y Ap 13; ahora se trata de un Estado totalitario
donde se dan las apoteosis de los emperadores que ya conocemos
y la persecución de los cristianos. En consecuencia,
no se atribuye ya a Dios, sino a Satanás («el dragón»),
el origen de la autoridad del Estado («la Bestia»), que
abusa de su poder.
Como dice Schnackenburg 84, la doctrina del Nuevo
Testamento sobre el Estado debe confrontar dialécticamente
ambos textos, que no son dos imágenes inconciliables,
sino el anverso y el reverso de la misma moneda. En
82 WEISS, J., Das Urchristentum, Góttingen, 1917, p. 461.
83
CULLMANN, O., El Estado en el Nuevo Testamento, Madrid,
1966, p. 71.
84
SCHNACKENBURG, R., El testimonio moral del Nuevo Testamento,
Madrid, 1965, pp. 199-200.
*
EL ASCENSO DE LA CONCIENCIA DEMOCRÁTICA 191
el punto de intersección de ambas visiones del Estado
—una de las cuales converge hacia Dios y la otra hacia
Satanás— está la intimación de Jesús: «Lo del César, devolvédselo
al César, y lo de Dios a Dios» (Me 12, 17). Es
decir, debe darse al Estado lealmente todo lo que sea necesario
para su existencia, pero negarle lo que traspasa sus
límites.
¿Qué decir, entonces, de la tajante afirmación de que
«no hay autoridad que no provenga de Dios»? San Juan
Crisóstomo, comparando el poder político al matrimonio,
ofreció una respuesta que se ha hecho famosa: el matrimonio
—dice— ha sido instituido por Dios; sin embargo,
«no es el Señor quien casa tal hombre con tal mujer, porque
vemos a menudo matrimonios mal avenidos que no
son conformes a las leyes del matrimonio, y no debemos
atribuirlos a Dios». Igualmente, «el Apóstol no dice que
no haya príncipe que no venga de Dios, sino que habla de
la institución misma» 85.
Desde luego, esa solución desborda el pensamiento
paulino, o al menos el de la carta a los romanos, puesto
que Pablo afirma que las autoridades —y precisamente
«las que existen» (Rom 13, 1)— han sido establecidas por
Dios; pero expresa muy bien la dialéctica que hemos visto
entre Rom 13 y Ap 13. Por eso llegó a ser la doctrina de
la Iglesia. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, recordando
el oráculo de Oseas 8, 4 («Han puesto reyes sin
contar conmigo, han puesto príncipes sin saberlo yo»),
afirma que el poder, en cuanto a la potencia misma {quantum
ad ipsam potestatem), viene de Dios; en cuanto a la
manera de llegar al poder, puede venir o no de Dios; y
puede decirse lo mismo en cuanto al uso que de él se
hace 86.
El Magisterio de la Iglesia ha hecho suya la interpretación
que aquí hemos ofrecido:

57
^Homü^TvTé t/T h EpíSt°la a l°S * ~ ' c- ». w.
Xli ?2¡£ ?.02ÍQUINO' S°bre la EpUt0la a h° ámanos, lee,
192 LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
«Del hecho de que la autoridad proviene de dios
no debe en modo alguno deducirse que los hombres
no tengan derecho a elegir los gobernantes de la nación,
establecer la forma de gobierno y determinar
los procedimientos y los límites en el ejercicio de la
autoridad» 87.
«La comunidad política y la autoridad pública se
fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo,
pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando
la determinación del régimen político y la designación
de los gobernantes se dejen a la libre decisión
de los ciudadanos» 88.
Precisamente la distinción entre el principio de autoridad
y el ejercicio concreto de la misma es lo que permitió
a los teólogos elaborar una doctrina sobre la- insurrección
legítima 89 que ha sido asumida por la Iglesia 90.
Podemos concluir, pues, que la famosa perícopa de
Rom 13, 1-7 —a pesar de que durante varios siglos se
utilizó para legitimar el derecho divino de los reyes y el
absolutismo monárquico— nada dice contra las conclusiones
a las que habíamos llegado: la conciencia democrática
reúne condiciones para ser un «signo de los tiempos»
en el sentido fuerte de la expresión.
En consecuencia, vamos a dar ya el último paso: investigar
si existe o no sensibilidad entre nuestros contemporáneos
para captar ese signo.
González-Carvajal, L., Los signos de los tiempos. El Reino de Dios está entre nosotros… Sal Terrae, Santander, 1987, pp. 187-192

Barbaglio, la teología de san Pablo, que está en Sem… volver sobre él. Los demás, ya no.
Y lo de MM, para reenfocar.
Leer K. Barth, Carta a los Romanos

58