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INTRODUCCIÓN:

La obra gira entorno a algunos problemas de la filosofía actual, hacia finales del
siglo XX, más específicamente tomando como eje el desarrollo lingüístico, y como
a partir de ello se desarrolla lo que hoy en día llamamos “conocimiento”, este,
moviéndose alrededor de diferentes discusiones, llevadas a cabo por filósofos, al
respecto de cómo adquirimos ese conocimiento y que aspectos entran en juego
cuando estamos en este proceso.
DESARROLLO:
La importancia que adquirió la lengua a finales del siglo XX, comenzó toda una
discusión donde el lenguaje deja de ser un medio y se convertiría en una forma
capaz de crear tanto el yo como la realidad. Por lo que una serie de filósofos,
empezaron a definir lo que consideraban como verdad a partir de la lengua, que
finalmente los llevaría al conocimiento del mundo.
Gottlob Frege, sería de los primeros en hablar, planteado que el sentido de una
proposición dependía de lo que consideráramos como verdad, y lo que cambia es
el sentido, la manera de presentarlo o la perspectiva. Estas condiciones de
verdad, dependían de nuestro conocimiento, por lo que aquí entramos a
profundizar acerca de que es lo que realmente conocemos. Para Russell y los
positivistas lógicos, conocer significaba que podía ser verificado por los sentidos.
Por otra parte, Derrida también jugó un papel muy importante al deconstruir el
concepto de presencia, postulando así que el presente no coincide consigo
mismo, sino que difiere de sí. Esta deconstrucción cobra sentido al ponerla al lado
de la lingüística estructural de Saussure, para quien un signo lingüístico está
compuesto de un significante y un significado, y por consecuente lo que define una
expresión no serían sus condiciones de verdad, sino la aceptación dentro de una
lengua, una cultura.
Por lo tanto, retomando lo que decía Fredge y ahora aplicado en los postulados de
Derrida y Saussure, para comprender y considerar algo como verdad, hay que
tener en cuenta que el mundo no son cosas que primero se conocen por su
aspecto o características y luego son nombradas, el mundo y su verdad se dan
por interpretaciones y estas están ligadas a la cultura. Alguien que quisiera de
verdad conocer el pensamiento de un pueblo y de una época, de una cultura o de
un “mundo”, debería dirigirse más bien a los textos de sus grandes poetas.
De la naturaleza a la cultura
Ahora bien, ¿cómo es posible que ya sepamos lo que es la virtud, la literatura,
la sociedad, la lluvia, el planeta Venus, y todo el resto de las cosas que
pueblan nuestro mundo? Lo sabemos porque formamos parte de una cultura,
porque hablamos una lengua, porque cada una de las cosas tiene para
nosotros, originariamente, una o varias significaciones.
Lo sabe, en fin, porque conoce la significación de esas palabras tal como
existen en una lengua. Así entendido, un mundo es un conjunto de
significaciones, de saberes, de valores, de gustos, de certezas: una pre-
interpretación o una “pre-comprensión”, como la llamaba Heidegger. De ahí
que para este filósofo no habitamos un territorio natural, como los animales,
sino un mundo, un lenguaje o una cultura.
Para concluir: “En el acto de conocimiento hay más de lo que sabe la
conciencia; ésta refleja incluso en sí misma un proceso que ya tuvo lugar
‘fuera’ de ella.” “Fuera de ella”, o sea, en el mundo o el lenguaje que cada uno
de nosotros habita y que está siempre antes que nosotros, ya que lo
heredamos de nuestros ancestros al igual que los yamanas. En nuestro
mundo, podríamos decir, la gente muere; en el de los primitivos habitantes de
Tierra del Fuego, se pierde. Así, efectivamente, suceden las cosas

La finitud humana
de la finitud humana. El ser humano no puede sustraerse a su cultura, a su
mundo histórico, a su comunidad, para ver las cosas desde una mirada a-
cultural o a-histórica: “El sujeto no es el portador del a priori kantiano -continúa
Gianni Vattimo-, sino el heredero de un lenguaje histórico y finito que hace
posible y condiciona su acceso a sí mismo y al mundo.”
de alienación? ¿Podría decirse que me veo obligado a glosar la palabra del
otro si no existe un lenguaje que pueda considerarse mío, un léxico propio? La
lengua nos da su palabra; entonces, de dos maneras diferentes y correlativas:
por un lado, nos provee un sistema significante a partir del cual comprendemos
el mundo; por el otro, nos propone confiar en él ya que, de todos modos, no
podemos acceder de modo directo a una realidad pre-lingüística. Sólo nos
queda creer en la palabra dada, en su herencia y su promesa. Debemos creer,
a fin de cuentas, porque somos seres finitos, porque siempre habitamos un
lenguaje situado en el espacio y el tiempo,
y el Hombre de la Ilustración parecía haberlo imitado. El lenguaje, en cambio,
ya no es uno, es múltiple, y crea por consiguiente diversos mundos, cada uno
con sus seres, sus ¿acontecimientos y sus hechos. Cada uno de nosotros
habita sin duda un mundo pero ya no hay, como se suponía, un solo mundo.
Incluso habría que preguntarse hasta qué punto un hablante de una lengua o
un miembro de una cultura pueden llegar a comprender, sin traspolar los píe-
juicios de su tiempo, la manera en que otra cultura u otra época interpretaban
esas cosas.

Un enunciado es verdadero, en principio, cuando resulta conforme con una


interpretación establecida, aceptada, instituida dentro de una comunidad de
pertenencia. Y esta interpretación, que a su vez puede pensarse como un
conjunto de enunciados acerca de otra interpretación previa, sólo puede ser
discutida cuando se la confronta con esa versión aún más originaria. Un
enunciado verdadero no dice lo que una cosa es sino lo que presuponemos
que es dentro de una cultura particular. Y este presupuesto, a su vez, es un
conjunto de enunciados acerca de otro presupuesto.
Poesía y lingüisteísmo