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~~ 15. La problemética obsesiva ‘Como lo hice para las perversiones y la histeria, voy ‘aencararla estrucbura obsesiva! a partir del proceso de actualizaci6n del deseo del sujeto frente a Ja funcién f4- ica. ‘Tradicionalmente, en el campo psicodinalitico, a me- nudo se presenta la estructura obsesiva como una orga~ nizaci6n psiquica que tendria la particularidad de ser, en muchos aspectos, opuesta a la de la histeria. Por e6- modo que sea este tipo.de perspectiva, no deja por ello ée ser ambiguo. Esta oposicién no sélo es relative, tam- ién es bastante inadecuada, Sélo toma como base cier- _ tas apreciaciones fenomenolégicas, y én ningin caso, rasgos estructurales. La principal de estas apreciaciones consiste en po- ner de manifiesto un hecho especifico que podria acre- ditar esa oposicién. Ala inversa del histérico, el obsesivo se habria sentido demasiado amado por su madre. Aun- ‘que esta situacién de hecho aparezea como indiscutible en todas las problematicas obsesivas, en nada constitu- ye un elemento pertinente que permita oponer tan fa- tilmente el obsesivo all histérico. Prueba de ello serfa que se trata también de un elemento conjetural fre- cuentemente identificable en las organizaciones per- 4.No cabe duda alguna de que la estructura obsesiva constituye una organizacién psiquica queno encontramos sélo entre los hom- bres, Aunque sea mucho mas rara en las mujeres, existe si ‘argo, con todo su cortejo de manifestaciones sintomai reotipadas tal como se las observa en la neurosis obsesiva mascu- lina. Por razones dé sintesis, aqui no me referiré mas que ala neurosis obsesiva del hombre. versas. Desde el punto de vista del diagnéstico, pues, no podemos apoyarnos en este elemento de observacién. — No obstante, se trata de un componente seguramen- tevalioso para encarar la lgica obsesiva. Poner de ma- nifiesto que el obsesivo es un sujeto que se sintié demia- siado amado por su madre es sefialar algo especifico desde el punto de vista de la funci6n félica. De hecho, a menudo el obsesivo se manifiesta como un sujéto que fue particularmente invéstido,como objeto privilegiado del deseo matemo, és decir, privilegiado en su investi- dura félica. De donde proviene esta formula, ya evoca- da: los obsesivos son nostdlgicos del ser. Esta nostalgia encuentra su principal apoyo en el recuerdo de un modo particular de relacién que el obsesivo mantavo con su madre, Sin duda, serfa més exacto hablarde la relacién que su madre manituvo con él. Siempre se localiza en la historia de los obsesivos la mencién de wn nifio que fue elpreferido de su madre, o que por lo menos pudo, eni un momento dado, sentirse privilegiado ante ella. En las apuestas del deseo movilizadas por la légica félica, ese «privilegio» despierta necesariamehte en el nifio una investidura psfquiea precoz y preponderante que Consiste en constituirse como objeto ante el cual la madre supuestamente encuentra lo que nologra encon- trar con el padre. En otros términos, el nifio es captura- do en esta creencia psiquica: la madre bien podria en- contrar en él aquello que supuestamente debe esperar del padre. Esto nos sitia ante uno de los puntos decisivos dela apuesta félica en la dialéctica edjpica: el pasaje del sér al tener, donde la madre aparece para el nifio.como dependiente del padre, en el sentido de que este vltimo Jechace la ley» desde el punto de vista de su deseo. Bien Jo sabemos, aqui se trata de una vivencia psiquica pre- sentida ¢ interpretada por el nifio. Si el padre Je hace ‘supuestamente la ley a la madre, es a condicién de que Ja propia madre desee supuestamente aquello que no tiene y que el padre posee. Por propia definicién, se 130 trata de la investidura simbdlica del padre, la cual: resulta ema atribucién félica. El pasaje del «serv al «te- ner» se efectiia siempre en ese desplazamiento del atributo félico, Ahora bien, tal desplazamiento sélo puede realizarse cuando algo consecuente fue significa- do al niio en el discurso materno, especialmente que el objeto del deseo de ella era estrictamente dependiente de la persona del padre. Sélo la significacién de esta depandencia puede movilizar al nitfo en la dimensi6it del tener. Cuando ¢iertas ambigtiedades son significadas,enel disourso de la madre, a propésito de la docalizacién» del objeto del deseo, el nifio puéde instalarse imaginaria- , mente en un dispositive de suplencia para la satisfac- cién del deseo materno. Este es un punto crucial én la determinacién de la estructuracién obsesiva. Hablando con propiedad, no se trata de una suplen-’ cia del objeto del deseo de la madre. Si tal fuera el caso, - « nos hallarfamos en presencia de Iineas de determina- cién favorables a la organizacién de las perversions y aun de las psicosis. Mas bien se trata, aqui, de suplir la satisfaccidn del deseo de la madre. Esto permite _ suponer que esa satisfaccién le fue Sefialada al nifio ‘como desfalleciente. Toda la ambigtiedad antes mencio- nada gira precisamente en torno de esta dependencia del deseo de la madre con respecto al padre. Lo que la madre significa al nifio, aun sin saberlo, puede reda- cirse a dos significaciones que no se recubren por com- pleto. Por un lado, el nifio percibe que la madre es de- pendiente del padre desde el punto de vista de su deseo; pero, por el otro, no parece ella recibir completamente. del padre lo que supuestamente espera de él, Esta la- guna en la satisfaccién materna induce, ante el nifio quela contempla, la apertura favorable a una suplencia posible. As{, pues, el nifio se confronta con la ley del padre; pero también queda subyugado por el mensaje de la in- satisfaccién materna. En este punto hay que hacer una 181 ¢ < qélatdecién: ante los ojos del nifio, la madre ‘io aparece”~ como radicalmente insatisfecha. A lo sumo, se trata de ‘nna vacancia pareial de esta satisfaccién, que la madre intentar4 suplir en su origen buscando un complemento posible junto al nifio. Es én este sentido, y solamente en este sentido, como el obsesivo es objeto de una investi- dura particular que Ie da la convictién de que fue el nifto preferido, privilegiado. Pero, lo repito, el privilegio nunca es més que suplencia de la satisfaccién desfalle- ciente del deseo materno. Si el nifio és légicamente cun- ducido a la ley del padre por la referencia del discurso materné que inscribe ‘allf su deseo, esta suplencia no deja de constituir una incitacién hacia la persistencia de la identificacién falica. Por ello, siempre existe en el obsesivo'un tironeo constante entre el retorno regresivo a tal identificacién y la obediencia a la Ley y a las inipli- caciones que ella supone. Por mas que ese retorno al ser sea intensamente codiciado frente a la satisfaccién desfalleciente del dis- curso materno, jams se consuma plenamente. Sélo esa «nostalgia» sintomatica devela ciertos rasgo’ estructu- rales caracteristicos de la economia obsesiva del deseo. Del mismo modo, puesto que el reconocimiento del pa- dre simbélico se sostiene de ciertas ambigiiedades, ser también objeto de peculiares manifestaciones. Este tironeo permanente se ilustra sobre todo en la actitud de fuga hacia adelante que el obsesivo no deja de actualizar frente a su deseo. 182 “16. Los rasgos de la estructura obsesiva Establecido lo que precede, podemos encarar més precisamente los estereotipos estracturales puestos a operar en la neurosis obsesiva y, por consiguiente, su deslinde con respecto a la problematica de los sintomas. En particular, es posible aislar, desde el punto de vista del deseo, algunos rasgos éstructurales que. determi- nan st curso, Mencionemos ya, a tal efecto, el cardcter imperioso de la necesidad y del deber que rodean a la, organizacién obsesiva del placer. Asimismo, évoquemos Ia debilidad de'la demanda y la ambivalencia coms: otros tantos rasgos asociados a dispositivos de defensa sintométicos tales como: las formaciones obsesivas; 4 el aislamiento y la anulacién retroactiva; la ritualizaci6n; las formaciones reaetivas; el trio: culpabilidad, mortificacién, éontricién, yel conjunto del euddro dlinico habitualmente desig- nado, a partir de Freud, por la exprésién Cardcter anal». Partamtos de este puto inductor de la neurosis obse- siva: el signo del deseo insatisfecho de la madre, que inscribe al nifio, a su lado, en larrelacién singular evoca- da anteriormente. La marca del desfallecimiénto en la satisfaccién del deseo materno se afirma precozmente en el nifio gracias a la relacién dual privilegiada que 61 1 Véase supra, cap. 2, pég. 17, nota 3. 133 | mantiens con ella. Muy pronto, el nifio percibe sus indi- cios significantes, Hl fondo de las investiduras eréticas que sustentan habitualmente esta relacién llamada «dual» se presta tanto mejor a la circulacién de ese men- saje cuanto qué dicha relacién se despliega prioritaria- mente en él terreno de la satisfacci6n de las necesida- des y de la exigencia de cuidados, 0 sea, en el cantexto de un accene al cuerpo del nifio que sélo puede inducir el goce y favorecerlo. Debido a que tal goce es inevitable en la relacién de la madre.con el nifio, puede encontrar cierta cantidad de indicios catalizadores motivados en la economia libi- dinal de la madre. En este sentido, el desfallecimiento de lasatisfaccién del deseo materno se vuelve predeter- minante. En cuanto a este punto; vayamos a las explicitacio- nes apuntadas por Freud en lo relativoala etiologia se- sual de las neurosis obsesiva, de las que sélo tomaré las_ articulaciones esenciales. ‘Uno de los primeros elementos de esta-perspectiva encuentra su origen en la teorfa de la seduccién, la cual, por lo demés, es presentada inanguralmente por Freud como desempefiando un papel preponderante ena con- cepcién psicoanalitica general de la eticlogfadelas neu- rosis. Sin embargo, muy pronto Freud relativizé consi- derablemente esta incidencia de la seduccién, como lo testimonia.su carta a Fliess del 21 de septiembre de 1897,? en la cual hasta parecé recusar sus primeras posturas. Sin embargo, no se trata de un abandono liso yllano. Alosumo, Freud renuncia al aleance sistematico de la funcién de la seduccién como elemento inductor de la problematica neurética. En otros términos, la ineiden- 2 Véase 8, Freud, «Lettre A Fliess n° 69 du 21-9-18975, en La naissance de lo psyehanalyse, Paris: PUF, 4" edicién, 1979, pégs. 190-3, [-Carta 69», en Manuscrito N, Obras completas, AE, vol. 1, 1982] 134 cia de la seduccién debe ser minimizada en el cortejo de * Jos mécanismos inductores de las neurosis, El «destino» de esta teorfa freudiana de la seduccién en la etiopato- genia de las neurosis fue minuciosamente analizado por Jean Laplanche y Jean Baptiste Pontalis en sucéle- bre Vocabulaire de la psychanalyse; al que los remito.> Si no podemos considerar la. seduccién como. un. elemento etiolégico constitutivo de la neurosis obsesiva, no deja por ello de constituir una mediacién favorable... Histéricamente, debemos recordar que.la especifica- cién freudiana de la neurosis obsesiva es:contemporé-. nea de la correspondiente a la histeria, A partir de. 1894-1895, Freud afsla y ordena la patologta obsesiva’ enla categoria de las psiconeurosis de defensa, para re- calear el hecho de que, en este terreno neurético, los procesos de defensa ocupan um primer plano entre las maniféstaciones sintométicas. En Jo que:respecta a la neurosis obsesiva, el temade-- a sedluccién es introduéido:por Freud de una manera perfectamente caracteristica: Las-obsesiones aparece- rign como reproches disfrazados que el sujeto se dirigt- ria a si mismo, con relacién a una actividad sexual in- fantil produetora de placer, No obstante, la especifici. dad propiamente obsesiva de sus sintomas se deberia al modo de inscripcién psiquica de esa-actividad libidi- nal infantil frente al deseo de la madre. Segin Freud, se trataria de una agresién sexual qué sucedié a una fase de seduccién. En esta ocasi6n, las mociones pulsionales * libidinales retornarfan posteriormente en forma disfra- zada, sobre todo con el cardcter de representaciones y afectos obsesivos.. ‘Tales elementos obsesivos jamés constituirian otra cosa que sfntomas primarios de defensa, contra los cua- les el Yo reaccionarfa de manera precisa movilizando . 5 J. Laplanche y JB. Pontalis, «Séduction (Scéne de -, Théorie de la -», en Vocabulaire de la psychanalyse, Paris: PUF, 1967; igs. 436-9, : 135 procesos de defensa secundarios. En-este sentido, po- driamos identificar principalmente‘el dislamiento y la gnulacidn retroactiva, sobre los cualés-volveremos mn4s adelante. Por ello, si la seduccién ya no interviene en calidad. de elemento inductor etiolégicamentte prioritario, sin embargo desempefia un papel indudable en Ja relacién que se desarrolla entre la madrey elnifio. Lo que Freud ‘habfa presentido en esta vertiente de la seduccidn ma- terna aparece, en efecto, como un acaecimiento deter- minante en la medida en que podemos localizar con precisién su punto de impacto: el desfullecimiento dela satisfaccién del deseo materno precozmente significado al nitio. Como veremos, el signifidante de este desfalle- cimiento va a inducir, a su respecto, una vivencia pst 4quica singular experimentada en el modo-de la sedue- cin. 'A todas luces, ef este espacio de configuracién rela- ional, siempre es ia madre la que despierta y mantiene al nifio en el registro de su goce libidinal. Esta fase de erotizaci6n es tanto menos inevitable cuanto que en- cuentra su soporte favorito en ocasién de la repeticiin de los contactos fisicos mantenidos en el terreno de los cuidados y de la satisfaccién de las necesidades. Desde ese punto de vista, el nifio es necesariamente el objeto de una seducci6n erética pasiva por parte de la madre. A poco que el nifio se vea capturado en ese goce por sig- nificdrsele un desfallecimiento en la satisfaccién del de- seo de la madre, esa seduccién pasiva arreciard y el go- ce resultante serd vivido en el modo de la agresién se- xual. Asi, pues, el nifio ya no tendré la opeién de gozar sin sentirse parte activa en un goce privilegiado de la madre. Elexceso de amor que testimonian todos los sujetos obsesivos se origina en ese dispositivo donde la seduc- cign erética materna constituye un llamado a la suplen- cia de su insatisfaccién. De algin modo, el niiio es int mado a diferir la imperfeccién del goce materno, lo cual 136 induce en él una incitacién a la pasividad sexual, cosa de ia que da abundante fe toda la produccién fantasma- tica cotidiana de los obsesivos masculinos. En la mayo- ria de ellos, en efecto, encontramos los vestigios nostal- igicos de esa seduccién agresiva pasiva que se expresa.a través de fantasmas prepondérantes: «ser seducido por ; una mujer sin haber hecho nada»; o incluso «ser violado por una mujer»; en una forma ideolégicamente més ca- ricaturesca, también es el fantasma de «la enfermera» que atiende y que goza haciendo gozar sexualmente a su «enfermo», con ocasién de los cuidados que le brinda. Esta actitud de disposici6n pasiva al goce constituye una de las estereotipias m4s notables de la estructura, obsesiva, a través de la cual-el sujeto evoca nostélgica- mente su identificacién félica. De hecho, el. , futuro obsesivo, va a encarar el pasaje decisivo del «ser» al «te- ner» precisamente con este «pasivo félico». Por lo dé- més, es por este motivo por lo que su acceso'al universo del deseo y de la ley constituye para él un proceso pro- blemaético, como lo muestra muy justamente la relaci6n particular que mantiene con el padre y, més allé-de él, con toda figura de autoridad que reactive la imago pa- terna: El pasaje del «ser» al «tener» es légicamente viyido por el nifio en la dimensién de la insatisfacci6n, puesto que su identificacién félica es recusada frente ala in- trusién paterna. Es facil comprender, pues, que este «pasaje» constituya un trance especialmente problema- _ tico para el futuro obsesivo. Allf donde normalmenté de- berfa enfrentar la insatisfaccién, precisamente es cau- tivo de la satisfaccién en la relacién de suplencia que- mantiene con la madre. Después, el obsesivo no dejar de recordar hasta qué punto esta experiencia, precoz pero privilegiada, de placer con la madre constituye pa- ra él una desventaja en la economia de su deseo. Este apresamiento materno prematuro no permite que el nifio mediatice su deseo por él mismo. En efecto, el nifio permanéce prisionero del deseo insatisfecho de 137 la madre. Mas exactamente, convendria decir que es el ~ deseo del nifio por élla lo que, de rebote, va a despertar ssa propio deseo insatisfecho, por lo mismo que ahora le esta dado poder suplirlo. Por consiguiente, todo el proceso.del deseo va a verse interrumpido en el nifio: Habitualmente, la dindmica del deseo se despliega ‘segiin un ritmo ternario. El deseo se separa de la nece- sidad para entrar luego en la demanda. En el caso pre- sente, no bien el déseo se separa de la necesidad, inme- diatamente es asumido por la madre insatisfecha, que encuentra en esto un objeto posible de suplencia; El perfil totalmente particular del deseo obsesivo se expli- ca por el cardcter apresurado de esta asuncién. En efée- to, el deseo Heva siempre el sello exigente e.imperativo de la necesidad, por lo mismo que, a partirde su surgi- miento, la madre no le deja tiempo de suspenderse eri la espera de que se articule una demanda, Sentado esto, podemos sefialar dos rasgos de estructura esenciales., Por un lado, el deseo del obsesivo iraplica siempre la marca imperiosa de la necesidad. Por el otro, el obsesi- vo padece de menoscabo en la expresién de su demarida, La pasividad masoquista que tan bien le conocemos re- sulta, en gran medida, de su imposibilidad para de- mandar. Asi se.esfuerza en hacer adivinar y articular por el otro lo que-él desea y no logra demandar 61 mismo. En términos genérales, este menoscabo participa de Ia servidumbre voluntaria-en la cual se encierra de tan buena gana el obsesivo. Paradéjicamente, esa imposibi- lidad-de demandar lo conduce a tener que aceptarlo to- do, padecerlo todo. Por no haber estado en condiciones de formular una demanda, se siente obligado a asumir todas las consecuencias implicadas por esta actitud, principalmente ocupando el lugar de objeto del goce del otro. O, lo que es lo mismo, semejante actitud pasiva constituye una invitacién favorable a hacerse sadizar por elotro. La queja repetitiva con que el obsesivo se beneficia sobre este fondo de sadizacién, es aquello a través de lo 188 cual podré asumir, de rebote; su propio goce sintomati= ‘carfiente mortifero. Bl indicio de este goce se actualiza fuertemente a través de las manifestaciones reactivas que, en cuanto a Jo esencial, se reducen a laboriosas e interminables rumias contra la adversidad. Esto se ex- plica tanto mejor cuanto que tal disposicién del obsesi- ‘yo a ser objeto del goce del otro constituye una resur- gencia de su estatuto félico infantil, en el. cual se en cuentra encerrado como hijo privilegiado de la madre. Esto reaparece en la fornia sintomética caracte- ristica de la culpabilidad, que evoca indirectamente el privilegio casi incestuoso del nifio junto ala madre fren-, tea la castracién. En Virtud de esta fijacién erética ala madre, el obsesivo se ve continuamente apresado en él agudo temor de Ja.castracién. A todas luces, se trata de_ una relacién con la.castracién simbdlica, cuyas mani- festaciones més espectaculares van a expresarse eri tomo de la problemdtica de la pérdida y dela relacién con la ley del padre: 139 17. El obsesivo; la pérdida'y la ley del padre El obsesivo no puede perder. Esta negocidcién psi- quica, totalmente intolerable para él, resuena demane- ra sumamente invasora en todos los niveles de la vida cotidiana. As{ como el obsesivo presenta una disposi- cin favorable para constituirse como todo para el otro, asi debé despéticamente coritrolarlo todo y dominarlo todo para que el otro no sele escape de ningin miédo, es decir, para que él no pierda nada. La pérdida de algo del abjeto, en efecto; no puede sino remaititlo a la castracién, © sea, para el obsesivo, a un desfallecimiento de su ima- ‘gen narcisista, Ala inversa, superar Ja castracién es siempre intentar conquistar y mantener un estatuto félico junto ala madre y, més en general, junto a toda mujer. No obstante, como la Ley-dél padre permanece omnipresente en el horizonte del deséo obsesivo, la cul- pabilidad es irremediable, Es esta ambivalericia, ali- mentada entre la nostalgia félica y la pérdida impli- cada por la castraci6n, lo que inscribe al obsesivo en una posicién estructuralmente éspecifica con respecto al * padre. Como la imago patemna es oranipresente, s6lo puede llamar a la rivalidad y a la competencia, tan del gusto de los obsesivos. Tales sujetos no dejan de desplegar una actividad incesante para reemplazar al padre (y'a toda figura capaz de representarlo). De abfla necesidad imperativa de «matarlo» para ocupar su lugar ante la madre. Estos anhelos de muerte arcaicos resurgen de manera casi permanente en la problemética obsesiva, y siempre con la misma modalidad: tener el sitio del otro jnvestido inconscientemente como un representante potencial de la referencia simbélica paterna, Este affin de «ocupar el lugar» del otro invita al obse-" sivoa todas las luchias de prestigio, a todos los combates grandiosos y dolorosos. Con estos enfrentamiéntns, el obsesivo jams deja de reasegurarse de la existencia salvadora de la’ castracién, Asi como el Amo le resulta insoportable dado que supuestamente debe detentar lo 1put que el obsesivo codicia, asf debe aparecer cabalmente como tal-y seguir siéndolo. Como lo hemos visto ante-~ riormente,! en este terreno podemos identificar ciertos comportamientos de desafio. No obstante; siel obsesivo necesita encontrar un Amo, nunca es en la misma cali- dad que el histérico,? que busca uno. En el histérico, el’ desafio ante e] Amo estd siempre gobernad@, por una estrategia de destitucién, mientras que para el obsesi- ‘vo, por el contrario, es preciso que el Amo siga siendo tal, y hasta el final. "Todo el sentido de Ia competencia y dé la rivalidad est orientado hacia ese objetivo. Tratar de tomar el sitio del Amo es esforzarse siempre por tener la seguri- . dad de que ese lugar codiciadl es ilegitimo; en otras pa- labras, que el Padre no puede ser suplantado. Ese Amo, inconmovible sigue, metaféricamente, prohibiéndo y condenando la erotizacién incestuosa de la relacién con Ja madre, en la cual estd prisionero el obsesivo. ‘Nada de ello impide que esta puesta a prueba del Pa- dre/Amo Sea constante y resulte objeto de un tironed. Por un lado existe la Ley del padre, a la cual hay que sacrificarlo todo, y hasta sacrificarse. Por cl otro, esta misma Ley debe ser regularmente desbaratada y domi- nada por cuenta propia. De ello resulta una lucha ine- xorable que se desplaza sobre multiples objetos de in- vestidura. Aqu{ encontramos los rasgos especificos dela personalidad obsesiva que Freud definié tan bien con 1 Véase supra, cap. 8, pags. 51-2. 2Véase supra, cap. 6, pags. 58-5, 42 su famosa expresién «cardcter analy.” A titulo informa- tivo, evoquemos la perseverancia y la obstinacién como los dos vehfeulos privilegiados de las investiduras obse- sivas, Bs evident que el motor de estos vehfculos esta en la inexpugnable energia que compromiete el dbsesivo para alcanzar el dominio del goce (él lugar del padre), Desie este punto.de vista, los obsesivos son potencial- mente grandes conquistadores. Los medios ins aloca dos se movilizan para conquistar, cada vez ris a fondo, ese dominio fantasmético. Por lo demas, nada es sufi. cientenunca. No bien se ha aleanzado un objetivo, el ob- sesivo ya est embarcado en una ‘nueva carrera para al- canzar otro, Por otra parte, es frecuente comprobar con qué desenvoltura se aparta de lo que acaba de obtener — (1908), en Ging paychanalyses, Paris: PUP, 1970. [Fragmento de anélisis de un caso de histeria», en AB, vol. 7, 1978]