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Algunos creen que la teoría queer es más liberadora que el

feminismo. Les aseguro que no es así


AUTORA
Laura Lecuona
Filosofía en la UNAM. Traductora y editora. Autora del ensayo "Las mujeres son seres
humanos" (Secretaría de Cultura, 2016). De vez en cuando desempolva su formación en
filosofía y escribe sobre temas de interés feminista
Tenía como seis años y mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a regalarles juguetes a
un niño y una niña que vendían chicles en el camellón de Barranca del Muerto. En mi
memoria los dos se alejan corriendo, felices, el niño abrazando una muñeca. Se lo
comenté extrañada a mi madre, que me explicó que a los niños también podían gustarles
las muñecas. ¡Claro! Yo misma prefería jugar fútbol que a la comidita. Es cierto que no
tenía nada de raro.
Pero eran los setenta. En 2017 lo progresista sería declararnos “transgénero” a ese niño y
a mí, a juzgar por la “niña transgénero” que aparece en la portada del número de enero de
National Geographic o la noticia de que los Boy Scouts han aceptado a un “niño
transgénero”.
Se supone que debemos regocijarnos, pero analicemos un poco más a fondo. ¿Por qué
Avery Jackson y Joe Maldonado son transgénero? Ah, pues porque no les gustan la ropa
y los juguetes tradicionalmente asociados con su sexo. Recordemos, no obstante, que,
como el feminismo ha sostenido desde hace décadas, el género es un constructo social;
los roles de género no son naturales, y es de esperar que muchas criaturas no encajen en
ellos.
Los Boy Scouts no han modificado sus estatutos para ser verdaderamente incluyentes y
por fin admitir niñas entre sus filas, no: lo que hicieron fue ampliar su definición de niño,
de modo que si alguien es niña según su acta de nacimiento pero se identifica más con
los niños y sus progenitores la declaran “transgénero”, ahora también puede entrar.
A mí no me habría costado trabajo sentirme niño en un mundo que clasifica los juegos, los
gustos, la ropa, los intereses, las aptitudes y los rasgos de personalidad como
“femeninos” o “masculinos”. Los juegos “de niños” me divertían más que los “de niñas”, y
de hecho llegué a decir que quería ser niño… Es que prefería andar de shorts, playera y
tenis que de vestido, ¡mil veces! Mis padres me llevaron con una psicóloga que les aclaró
que yo no necesitaba terapia: tan sólo percibía y resentía la manera como esta sociedad
insiste en separar lo “propio de hombres” y lo “propio de mujeres” y en valorar lo primero
por encima de lo segundo.

Sólo que ahora cabe que mi preferencia por juegos con pelota no se considerara algo
normal, sino un desorden que, para mi realización plena, debía tratarse con hormonas
que retardan la pubertad (aunque pueden tener serios efectos secundarios). Algunas
pensadoras afirman que esta nueva práctica de transgenerar a diestra y siniestra es una
forma de eugenesia contra quienes no encajan en los estereotipos y, a la larga, contra
homosexuales.

Esta situación delirante es una victoria de la teoría queer y su apropiación por los
activistas de la “identidad de género”. ¿Algunos de sus métodos? En 2015 hicieron que
despidieran por “tránsfobo” a un sexólogo que, antes de recetarles hormonas a
adolescentes que se sentían del otro sexo, prefería darles terapia psicológica y ayudarlos
a aceptar su cuerpo y su manera de ser. A feministas que afirman que el sexo es
biológico las tachan de “TERF” (trans exclusionary radical feminist, el nuevo feminazi),
censuran sus conferencias y, ¿por qué no?, en Twitter las amenazan de muerte o de
violación (con “penes femeninos”, eso sí). Hace unas semanas atacaron a la web
española Plataforma Antipatriarcado con el pretexto de que es “transfóbica” (a pesar de
numerosas muestras de apoyo al colectivo trans). El 3 de febrero quisieron impedir, con
intimidaciones, la apertura de una librería feminista en Vancouver para “exigir” que retirara
algunos libros.
Entonces ¿es transgresor ese activismo? ¿Es liberador? Veamos: sus representantes son
dogmáticos, pretenden callar toda crítica, destruyen libros, atacan espacios de mujeres,
creen que un niño que no se conforma con lo que la sociedad quiere de él es
“transgénero” ipso facto, les disgusta que a las mujeres se les diga mujeres (prefieren
“personas menstruantes”), consideran anatema decir que una mujer transexual “nació
niño” o siquiera preguntar en qué consiste según ellos ser mujer o sentirse mujer. Lo más
preocupante: al sostener que el género es algo así como una esencia innata que no está
en las estructuras sociales sino en la mente, les están diciendo a niños y adolescentes
que el problema no es la sociedad sexista sino su propio cuerpo. Es su cuerpo lo que
tiene que cambiar y “corregirse”.
Aparte de todo, mucho me temo que les estén haciendo el caldo gordo al Frente Nacional
por la Familia y demás defensores de la familia tradicional: esa caricatura que los
derechistas y el clero llaman “ideología de género” guarda un importante parecido con lo
que los activistas queer y trans llaman a su vez “identidad de género”.
Al negar la distinción feminista entre sexo y género se está cambiando una teoría muy
clara, coherente y con un gran poder explicativo por una doctrina que tergiversa los
significados de las palabras, es contradictoria y, lejos de explicar nada, confunde todo,
pero eso sí, nos lo pinta de los colores del arcoiris, y algunos simpatizantes de los
derechos LGBT se la tragan casi por reflejo. Pero, ojo, este nuevo activismo por la
“identidad de género” no sólo es antifeminista y hasta cierto punto antigay, sino que
muchas veces trivializa la experiencia de la misma gente transexual (por algo muchos
transexuales se le oponen).
Algunos jóvenes creen que la moderna teoría queer es más liberadora que el viejo
feminismo. Les aseguro que no es así. Lean más, analicen, sean críticos y no se vayan
con la finta. Defender los derechos de las personas transexuales y la diversidad humana
es compatible con los principios feministas básicos y la libertad individual, pero decir que
una niña es “transgénero” porque le gusta subirse a los árboles, no.
Originalmente publicado en el hoy desaparecido HuffPost México el 16 de febrero de 2017

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