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DIARIO LA LIBERTAD:

Tristeza y desolación. Esa es la dolorosa sensación que hoy queda en la retina y la memoria de
los atlanticenses al ver cómo las máquinas de cargas intentan destruir metro a metro el concreto
que compone la estructura del vetusto pero poderoso muelle de Puerto Colombia.
Cada picada para derribar lo que queda de la vieja estructura es como un taladro que se incrusta
en el corazón nostálgico de quienes conocieron la gran obra del ingeniero cubano Francisco Javier
Cisneros. Y es que no es fácil asimilar la partida para siempre de un monumento de casi siglo y
medio de historia, que resistió con honor los embates de una mar embravecida, que claudicó en
su afán por acabar un legado que se negaba a aceptar su ocaso, porque se pensó que había sido
hecha para la posteridad.

Son tantas generaciones que hoy lloran la desaparición de un monumento que pudo ser rescatado
y haber renacido como el propio Ave Fénix, pero la desidia humana y el abandono total al cual fue
sometido el otrora poderoso muelle de Puerto Colombia, hizo aguas las esperanzas de quienes
imploraban una mejor suerte para el máximo símbolo de los porteños y de todos los atlanticenses.

Pero el muelle, a pesar de la arremetida sin compasión por parte de la administración


departamental, y que hoy pareciera ser un ‘patrimonicidio’, se resiste a caer.

Cada bloque de su estructura, como bien se ve en varios videos aficionados, resulta ser más fuerte
que las opiniones subyacentes con la que han defendido su demolición varios funcionarios de la
cosa pública.

No es descabellado entonces pensar que resultaba mejor su reestructuración que su demolición,


pues la vieja estructura, como hoy se ve, es tan fuerte y duradera como el roble, de esas que ya
se esfumaron hace mucho tiempo de la historia patrimonial de nuestro departamento.

En este punto, angustia existencial será en adelante la página que ahora leerá la nueva generación
de porteños, ad portas de perder su ícono de lo que algún día marcó una identidad y que lo llevó
a la cúspide de los muelles más importantes del mundo.
Diario el tiempo:

El Bronx, un símbolo de abandono y desidia


Un lugar donde imperan la invasión del espacio público, el delito y la falta de control estatal.

La escena de policías corriendo por la calle a plena luz del día entre los transeúntes y portando
fusiles de asalto alarmaría en cualquier ciudad del mundo. En Bogotá, en el entorno del Bronx,
considerado el mayor centro de tráfico de armas y drogas del país, esta imagen se ha vuelto
parte del paisaje.
Mucho más desde que en septiembre pasado un policía fue asesinado durante un operativo en el
lugar, y menos ahora que la Policía acaba de descubrir, gracias a una interceptación telefónica,
que en el Bronx le han puesto precio a la cabeza de los policías que osen entrar a la
zona. "Ofrecen 20 millones de pesos por cada hombre asesinado", confirmó el
comandante de la Policía, general Luis Eduardo Martínez.

¿Por qué una cuadra de escasos 100 metros de largo es el lugar más inexpugnable de la ciudad,
al punto de que la Policía solo ingresa en comandos de asalto de no menos de 300 hombres?

En cada operativo se dividen en cuatro grupos de unos 70 hombres. El Escuadrón Móvil


Antidisturbios (Esmad), con escudos y los chalecos protectores; el Grupo de Operaciones
Especiales (Goes), con fusiles de asalto; la Policía uniformada y los hombres de la Sijín (Policía
Judicial), que, además de sus armas de dotación, portan guantes de látex y llevan bolsas de
plástico. Son los sabuesos.

Junto a los fusiles de asalto, los hombres del Goes cargan terciadas a la espalda tenazas de más
de un metro de largo, varas metálicas con punta, barras o picas de las que usan los obreros de
la construcción para romper piedra y pavimentos y cilindros metálicos llamados rompedores, de
unos 20 kilos de peso. Tanquetas y camiones hacen parte del arsenal.

Vista en el mapa, lo que se denomina la calle del Bronx es una ‘h’, conformada por la carrera 15
bis, entre calles 9a. y 10a.; la calle 9a.A, entre carreras 15 bis y 15A, y la carrera 15A, entre
calles 9a. y 9a.A. Está a una cuadra de la Dirección de Reclutamiento del Ejército y a dos de la
Policía Judicial y del comando de la Policía Metropolitana. Siete cuadras al oriente está la sede de
la Presidencia de la República, en la zona más custodiada del país. (Siga este enlace para leer:
El último operativo del policía asesinado en el 'Bronx').
Estos tres pequeños tramos viales, en torno a los cuales no hay más de 55 casas y locales
comerciales, hacen parte del barrio Voto Nacional, que debe su nombre a la iglesia de estilo
grecorromano en la que Colombia fue consagrada al Sagrado Corazón de Jesús a comienzos del
siglo XX. Cuando se construyó el templo –a una cuadra de lo que hoy es el Bronx– se
hizo como un voto para pedir el fin de la Guerra de los Mil Días.
Ese es el entorno del que la Policía considera emporio del bazuco, una de las drogas más
depredadoras entre los alucinógenos, que se fabrica con los desechos de la cocaína y que en
Bogotá tiene 'esclavizados' en la adicción a unos nueve mil habitantes de la calle, dos
mil de los cuales viven en el Bronx.

Para entender el despliegue de fuerza de la Policía hay que entrar al Bronx. El acceso por la calle
9a., en el oriente, está bloqueado por una malla metálica, de las mismas que usan las
autoridades para contener público en manifestaciones y conciertos.

Una valla ilegal, que ningún particular puede utilizar para cerrar una vía pública, pero que en el
Bronx es la primera advertencia de que se ha llegado a un territorio prohibido para
cualquiera que no sea reciclador, consumidor de droga o administrador y dueño de los
negocios ilegales que reinan en el lugar.

Una vez se retira la malla, los policías se sumergen en un laberinto formado por carretas,
muebles, montañas de materiales reciclados y cambuches que esconden caletas de drogas,
armas, licor adulterado y dinero, que no siempre aparecen en los allanamientos.

De todos los rincones empiezan a aparecer hombres vestidos con ropas mugrosas,
pero algunos calzando zapatillas deportivas de última moda. Son las 9 de la mañana. A
esa hora ya está abierta la zona de comidas –se sirve en pedazos de papel–, que despide un olor
nauseabundo que hiere la nariz y se pega a la ropa. Los que se ponen en pie avanzan como si
cargaran pesas en los pies. Otros siguen desgonzados sobre cartones y trapos viejos. Modorra
del bazuco.
Son los habitantes del Bronx que, a regañadientes, atienden la orden de salir, mientras se hace
el operativo. "Queremos fumar y necesitamos reposo", reclama un hombre con voz
desafiante, mientras otros tosen y se mofan.

Lo primero que se extraña son los andenes, invisibles a primera vista. Solo cuando los hombres
del Goes empiezan a remover sofás, poltronas y bultos de materiales, aparecen atravesados por
parales de madera y metálicos que sostienen cambuches. Es la segunda invasión del espacio
público en el lugar. Las vigas están adheridas a las aceras con cemento y concreto.

El 28 de septiembre pasado, cuando la Policía llegó, un obrero terminaba de techar uno de los
cambuches más elegantes de la cuadra: metálico y bien asegurado al piso. "Hacía cuatro
meses no conseguía nada y hace una semana me ofrecieron 30.000 pesos diarios por
el trabajo", se justificó el trabajador ante el agente que lo interrogó.

Hay cambuches de dos y tres pisos coronados por terrazas desde las cuales se divisa el
vecindario: tejas de zinc les sirven de sombrero. Las llaman 'torres gemelas'. Los techos están
convertidos en depósito de frascos de pegante bóxer, uno de los alucinógenos más comunes
entre los habitantes de la calle.

Desde este punto se pueden observar los frentes del segundo y tercer piso de las casas.
Predominan los ventanales con los vidrios rotos cubiertos de plástico y las paredes ahumadas,
cruzadas por decenas de cables de contrabando de energía. Lo que hay detrás de esas ventanas
siempre es un misterio para la Policía, que les teme a delincuentes que puedan estar
agazapados y disparar desde el rincón menos esperado.

Para llegar hasta el interior de las casas, los policías deben levantar bultos, voltear sofás, sacudir
cajones y canecas y desocupar costales repletos de cualquier cosa que hayan desechado los
bogotanos. En el proceso aparecen cuchillos, botellas de licor adulterado, navajas, pero, sobre
todo, bazuco y marihuana.
No importa la cantidad, para los policías es apenas un premio de consolación. Cifras
extraoficiales dicen que en el Bronx se mueven al día no menos de 70 millones de
pesos por venta de bazuco al menudeo. Los cambuches son, precisamente, puntos de venta.
En el cruce de la carrera 15 bis con calle 9a.A, ombligo del Bronx, una joven aguarda,
expectante, detrás de un puesto de venta de dulces y cigarrillos. Llegó a las 8 de la mañana,
una hora antes del operativo. Dice que lleva ocho años en el mismo trabajo. En el lugar hay una
mesa cubierta con calcomanías de Homero, el de la serie de televisión. "Si yo tuviera un
empleo, hace rato me hubiera ido de aquí", responde la mujer a la pregunta de qué hace en
el Bronx. (Lea además: Editorial: Los niños del 'Bronx').
"Yo no le creo. Esto es muy rentable", le dice un agente que contempla la escena mientras
cumple su papel de vigilante, y que sabe que Homero, en el Bronx, es una de al menos
cuatro marcas de bazuco que mandan en el lugar.

Detrás de estos locales empotrados en los andenes están las casas. Todas las ventanas del
primer piso están selladas con ladrillo. En la mayoría, las placas de nomenclatura han
desaparecido. Predominan las rejas tipo comercio y las puertas metálicas y con cerraduras
soldadas.

Es aquí donde las picas, las barras y los rompedores de los hombres del Goes entran en acción.
Si hay suerte, en el sitio donde estaba un sofá o una poltrona aparece una baldosa fuera de
lugar. El sonido hueco tras un golpe con el rompedor avisa sobre la existencia de un piso falso:
encuentran una caleta.

Rara vez, la Policía se topa con un mandamás del Bronx, aunque este año ha hecho 744
capturas, de las cuales 244 eran delincuentes con orden judicial. Pero mantienen la presión: en
cuatro años han hecho no menos de 60 operativos. "Es la única manera de contener este
polvorín social", dice un oficial mientras observa con incertidumbre el caos que lo rodea en el
Bronx y da la orden de retirada a sus hombres.

En cuanto la Policía abandona esos 100 metros que componen el lugar, vuelven los recicladores,
los adictos, los jíbaros y nuevas dosis de droga para reponer las decomisadas. Mientras la
invasión del espacio público y los drogadictos y habitantes de la calle sigan sirviendo de escudo,
las mafias seguirán campantes e impunes con un negocio que trafica con la miseria humana.
"Usted no se imagina, esto es degradante. Ver niñas de colegio, uniformadas, que llegan a
fumar marihuana y a tomar trago. Un viernes o un sábado, son 40 o 50, bien vestidas. Niñas
de su casa, aquí, metidas. Me lo imaginaba, pero verlo acá, es impresionante", contó el obrero
que estuvo una semana en el lugar.

Pero el lunes de la semana pasada, la imagen de más de 100 niños y jóvenes escabulléndose en
estampida del Bronx, donde fueron sorprendidos en medio de otro operativo, no generó ninguna
reacción social. Así ha sido durante dos décadas.

Es por esa razón que si un lugar en el mundo simboliza la desidia y el abandono del Estado,
la indiferencia y la negligencia de los ciudadanos y el cinismo y la desvergüenza de los
delincuentes, todo al mismo tiempo, esa es la calle del Bronx, en el corazón de Bogotá.

Yolanda Gómez
Subeditora EL TIEMPO
El tiempo:

El abandono estatal, la corrupción, la sequía, el cierre de la frontera y la población dispersa han


agravado la situación.

Después de decenas de debates, informes, mesas de trabajo y reuniones sobre la crisis


humanitaria en La Guajira, que en lo corrido del año suma otros 11 niños muertos por desnutrición
–en 2015 murieron 37 y 48 en 2014– hay dos conclusiones centrales.

Primero, que este es un problema originado por múltiples causas que unidas han llevado a esta
región a vivir su época más difícil y, segundo, que la solución debe ser estructural, de fondo y
permanente en el tiempo.

A pesar de que se conoce plenamente cómo debe abordarse la crisis, esta ha aumentado desde
que EL HERALDO en marzo del 2014 dio a conocer una histórica tutela interpuesta por César
Arismendy Morales, entonces director del departamento administrativo de Planeación de La
Guajira y secretario técnico del Consejo de Política Social, contra el Estado colombiano para
exigirle la protección de los derechos de los niños y niñas guajiras, especialmente de las etnias
wayuu, wiwa, kogui, arhuaco y kankuamo.

En el proceso impetrado ante el T ribunal Contencioso Administrativo de La Guajira, el funcionario


aseguró que entre 2008 y 2013 murieron oficialmente 2.969 menores de cinco años, de los cuales
278 sufrían desnutrición y el resto, 2.691, otras patologías asociadas a la falta de una buena
alimentación.

“Nosotros los wayuu no estamos dejando morir a nuestros hijos, como han querido dar a entender,
el problema es que no tenemos fuentes de empleo, hemos estado abandonados por el Estado y
además sufrimos una grave sequía”, dice la gobernadora Oneida Pinto.

A pesar de los esfuerzos del Gobierno Nacional frente a la crisis, contra la que la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos dictó medidas cautelares para proteger a la población
vulnerable -la reacción de las administraciones departamental y municipales ha sido cuestiona por
ser casi que inexistente- hay cinco grandes causas vigentes:

Sequía extrema que lleva tres años

La gobernadora Oneida Pinto señala que en la Alta Guajira hay 3.122 jagüeyes totalmente secos
debido a que hace tres años no llueve en esa zona, lo cual ha impedido que la población dispersa
wayuu tenga acceso al agua. El Departamento ha sido declarado en “calamidad pública” y de
acuerdo con la información del Ideam solo lloverá después de junio.

Al respecto, el Programa Mundial de Alimentos ha manifestado que “la disminución de lluvias en


los últimos años (en La Guajira) ha tenido graves efectos en los niveles de seguridad alimentaria
y en la salud de la población”. Y ha señalado que “el desabastecimiento de agua y alimentos ha
afectado a más de 63.000 personas, la mayoría de ellas concentradas en los municipios de
Riohacha, Uribia y Manaure”.

Paralelo a esa afectación natural, la organización ambientalista Censat Agua Viva denuncia en un
informe que las multinacionales carboneras han acaparado y controlado el agua, lo cual ha
agravado la escasez. “Aquí también es importante desmitificar el discurso creado para legitimar
la sed de La Guajira como producto de un fenómeno de escasez que se quiere presentar como
natural, cuando el surgimiento de esta condición es el resultado del despojo de las fuentes y su
utilización en actividades contrarias a las necesidades de la vida humana, animal y vegetal”, indica
la organización.

Como ejemplo señala que Cerrejón usa 17 millones de litros de agua cada día y explica que estos
son extraídos del río Ranchería para regar las vías por las que transitan las volquetas, a fin de
aplacar el polvo que levantan. Mientras esto sucede, el consumo promedio diario de una persona
en la Alta Guajira, según datos del PNUD, es de 0,7 litros de agua no tratada.

Las familias wayuu en su mayoría viven en la miseria.

El abandono del Estado

En un informe sobre la crisis humanitaria, la Defensoría del Pueblo reconoce que “La Guajira ha
sido objeto de un constante e histórico abandono por parte del Estado y de los organismos de
control, incluida la misma Defensoría”.

Dice que, a través de la historia, esta región se ha acostumbrado a la desidia y al abandono, hasta
el punto de que las cifras ya no asombran, ni alarman a la comunidad.

El antropólogo wayuu Weildler Guerra Curvelo asegura que en la crisis “hay una gran
responsabilidad nacional” y considera que con una “voluntad decidida” se podría erradicar el
problema, porque el país “sí tiene los recursos para invertir”.

Así opina también el líder wayuu Javier Rojas Uriana, uno de los peticionarios de las medidas
cautelares que otorgó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Rojas afirma que el Estado ha sido “responsable” de las muertes de los niños. “Están acabando
con nuestra comunidad y necesitamos que haga más presencia en el territorio indígena”. Otra
líder wayuu asegura que en la Alta Guajira hay comunidades donde solo conocen el nombre del
presidente Gustavo Rojas Pinilla, quien gobernó del 13 de junio de 1953 al 10 de mayo de 1957.
“Es decir, no han visto acciones de los presidentes que han pasado hasta la fecha, ya que solo
tienen conocimiento de los molinos y jagüeyes que se hicieron en el gobierno de Rojas”, añade.

Sin embargo, hace menos de dos semanas, el presidente Juan Manuel Santos aseguró, en una
nueva visita, que ningún gobierno había invertido tanto en La Guajira como el suyo. Aunque le
reconocen sus acciones, muchos piensan que hay “muchísimo más para hacer” para que el
Departamento se recupere.

La creciente corrupción

Un común denominador que ha surgido es que la muerte de los niños wayuu es atribuida a la
corrupción administrativa. Desde 1995 hasta 2015 La Guajira recibió por regalías del carbón y el
petróleo 4,8 billones de pesos, pero hoy la Gobernación prepara una petición para entrar a la Ley
550 o de quiebra porque las deudas que encontró suman cerca de $360 mil millones y no puede
atenderlas con el presupuesto de $400 mil millones para la vigencia de 2016.

¿Qué se hicieron todos esos billones recibidos?, es la pregunta que aflora en medio de la creciente
crisis humanitaria. Al respecto, el procurador general de la Nación, Alejandro Ordóñez, en una de
sus visitas recientes, sostuvo que “el verdadero problema de La Guajira no es la sequía: es la
corrupción, porque se robaron las regalías y no hicieron las obras que se necesitaban para afrontar
los episodios de la naturaleza”.

Hace poco, el médico Spencer Rivadeneira aseguró que la sociedad es culpable de lo que sucede
porque “aquí todo mundo sabe dónde es que venden las cajitas de leche del ICBF y no denuncian”.
Manifestó que la politiquería debe salir de esta institución para que pueda funcionar como debe
ser.

La misma directora nacional del Bienestar Familiar, Cristina Plazas, se ha referido a la corrupción
interna, ha hablado de “mafias” e incluso ha presentado denuncias ante la Fiscalía que dejan varias
capturados por graves irregularidades en el suministro de alimentos de niños, pese a contratos
que suman cerca de $140.000 millones. El obispo de Riohacha, monseñor Héctor Salah Zuleta,
aseguró a EL HERALDO que la corrupción “es la principal calamidad del Departamento, ya que han
usado para su propio beneficio los recursos que debieron emplear en la solución de tanto problema
que tiene esta región”.

La corrupción se da en todos los niveles, incluso al interior de las mismas comunidades wayuu. Un
informe de la Contraloría General de la República, en el que evaluaron la vigencia de 2012 cuando
se manejaron $57.621 millones, manifiesta que se vulneraron los derechos de participación de
miembros de las comunidades, beneficiando a pequeños grupos, lo que conllevó a la mala
inversión y desviación de recursos.

Planeación Departamental también encontró que hubo dificultad para llevar control y evaluar los
proyectos porque son ejecutados, en su mayoría, sin especificaciones técnicas, no se fijan
objetivos ni se sabe cual es la población beneficiaria. Es decir, no se formulan los proyectos de
manera que puedan ser medidos en sus metas y en la calidad de sus productos de bienes o
servicios.

La frontera con Venezuela fue cerrada desde septiembre de 2015.

Cierre de la frontera con Venezuela

La Gran Nación Wayuu está conformada por unos 600 mil indígenas de Colombia y Venezuela.
Para ellos no hay fronteras, por lo que el cierre ordenado por el Gobierno venezolano desde
septiembre del 2015 los ha afectado porque muchas comunidades no tienen alimentos que antes
conseguían en el vecino país.

Zoe María Curvelo, del clan Ipuana de Puerto Estrella, dice que antes se alimentaban con productos
venezolanos y de Panamá, Aruba, Bonaire y Curazao que entraban a través de Puerto López,
Puerto Estrella y Bahía Portete, tres puertos que fueron cerrados para evitar el contrabando y por
la presencia de grupos al margen de la ley.

En un informe, la Defensoría del Pueblo indica que La Guajira de los wayuu en esa época no se
alimentó de productos colombianos: la canasta básica familiar estaba conformada por quesos
holandeses, leches norteamericanas, aceites y arroz venezolanos. "Este contrabando se acabó con
la apertura económica de los años 90", asegura.

Weildler Guerra manifiesta que Venezuela era el destino habitual de parte de la producción
artesanal, agrícola y pecuaria wayuu. "Numerosos trabajadores indígenas del lado colombiano
laboraban en granjas y haciendas venezolanas. Pero la devaluación del bolívar recortó estos
ingresos y la situación actual de la economía de ese país ha llevado al retorno de trabajadores
wayuu y sus familias al lado colombiano", explica.
Subraya que el desabastecimiento en Venezuela redujo drásticamente el flujo de víveres hacia La
Guajira, lo que hizo evidente la dependencia de nuestro país que, con la frontera cerrada, no ha
asumido el papel de abastecedor de alimentos a La Guajira, lo cual ha sido "factor determinante"
en la crisis que se está viviendo.

Por la geografía del departamento, los wayuu deben caminar largos tramos.

Población dispersa y aspecto cultural

El departamento de La Guajira tiene, según el Dane, aproximadamente 902 mil habitantes, de los
cuales 162.362 están en Uribia. En ese Municipio se encuentra la mayor cantidad de wayuu, pero
de manera dispersa en 22 mil puntos poblados, dice la gobernadora Oneida Pinto.

En Manaure son 7.900 los puntos poblados, en Maicao 5.900 y en Riohacha 4.900 agrega.

Esta situación, destaca la mandataria, es una “gran dificultad” para llegar a cada una de las
rancherías y poder ayudar a la población en crisis.

Por ejemplo, argumenta, el municipio de Uribia mide 7.900 kilómetros cuadrados, igual que el
departamento de Caldas y dos veces el Atlántico.

La Defensoría del Pueblo asegura que además no hay una caracterización real de la población
wayuu por lo que el “subregistro en desnutrición es alarmante”.

Adicional a esto, los líderes indígenas se quejan de que ninguno de los programas que se diseñan
aplica el enfoque diferencial con su etnia, por lo que siempre hay dificultades a la hora de trasladar
a los menores a los centros asistenciales para que reciban la atención que necesita.

La Asociación de IPS Indígenas de La Guajira sostiene que la construcción del nuevo modelo de
salud que anunció el Ministerio de Salud para esta zona del país debe dar una participación activa
a los médicos tradicionales, trabajar desde el contexto del espíritu y mente wayuu y con los
sabedores de la tradición medicinal ancestral.

Además se debe contratar con personal bilingüe y tener en cuenta a las autoridades tradicionales
de cada comunidad.

La realidad política, administrativa, social y económica de la península indica que lo que viven sus
comunidades más vulnerable no tendrá solución si no se ponen en marcha planes de inversión
permanentes y vigilados. De lo contrario los niños seguirán muriendo.