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Incorporando el capital fijo.

Elementos para pensar la liberación del trabajo en el


capitalismo de plataformas.

Andrea Fagioli (IDAES-UNSAM)

§1. A lo largo de los últimos años han surgido en todo el mundo, Argentina incluida, un
sinnúmero de plataformas digitales que han modificado profundamente el panorama
económico-productivo (y no sólo), tanto por lo que concierne a la organización de las
firmas y la cadena de valor, como en lo que refiere a la manera en que se interconectan
producción, logística y demanda (Madariaga, Buenadicha, Molina y Ernst, 2016). Esta
transformación también ha tenido un impacto importante en el mercado laboral donde
las plataformas prometen oportunidades para democratizar –esta es la palabra, con una
fuerte connotación positiva, que suelen usar las propias empresas– la generación de
ingresos. Por otra parte conlleva el riesgo de una precarización que podría derivar,
eventualmente, en una masiva de-institucionalización del trabajo asalariado, convertido
así en una relación comercial (Montalban, Frigant y Jullien, 2019).
Estas cuestiones han abierto nuevos campos de investigación y han sido abordadas
desde diferentes prismas disciplinares que van desde el (neo)management hasta la
sociología del trabajo y el derecho laboral, así como desde una perspectiva militante.
Un primer punto a tener en cuenta remite a la variedad de plataformas existentes, que
hace que no sea posible hablar de «plataforma» sin más, en la medida en que no existe
un sólo tipo de plataforma y que los intentos de clasificación propuestos tampoco son
homogéneos (véanse, por ejemplo, la diferencia entre Srnicek, 2018 y Madariaga et al.,
2019).
En un trabajo que se ha vuelto una suerte de referencia ineludible para el debate, Nick
Srnicek (2018) ha formulado la hipótesis de que el capitalismo avanzado se centra «en
la extracción y uso de un tipo particular de materia prima: los datos» (p. 41). Las
plataformas constituyen, en este sentido, la conditio sine qua non y el centro del modelo
de negocios que estriba en esta «nueva» materia prima, en la medida en que posibilitan
la extracción y el control de una inmensa cantidad de datos. Lo que puede ser definido,
de manera sintética, como una infrastructura digital que permite que dos o más grupos
interactuen, se volvió –según el mismo autor– «una manera eficiente de monopolizar,
extraer, analizar y usar las cantidades cada vez mayores de datos que se estaban
registrando» (p. 45).
Srnicek identifica cinco tipos de plataformas o, mejor dicho, cinco lógicas de
funcionamiento, ya que algunas de aquellas pueden coexistir en una misma empresa.
Veamos rápidamente esta clasificación. En primera instancia tenemos las plataformas
publicitarias, como Google o Facebook, que funcionan a partir del análisis de los datos
de les usuaries y venden espacios publicitarios personalizados; la segunda lógica de
funcionamiento es la de las plataformas de las nubes, cuyos ejemplos son Amazon y
Salesforce, que son propietarias de hardware y software de negocios que dependen de lo
digital y «lo rentan de acuerdo con necesidades» (p. 50); las plataformas industriales,
como General Electric o Siemens, al contrario, llevan las plataformas al campo de la
fabricación tradicional, usando los datos extraídos de productos ya existentes para
«desarrollar nuevos productos y diseñar nuevos dispositivos» (p. 64); las plataformas de
productos, son aquellas que transforman bienes tradicionales en servicios.
Particularmente significativo es el caso de Rolls Royce que en vez de vender motores de
aviones a aerolíneas y pelear con la competencia para acapararse el mantenimiento, que
es lejos lo más rentable del rubro, alquila horas de vuelo, extrayendo así una enorme
cantidad de datos de cada uno de los vuelos. Esto le da una ventaja competitiva tal de
mantener alejado a todo posible competitor. El último tipo de plataforma o, como
hemos dicho, lógica de funcionamiento de plataformas, son aquellas que el autor llama
plataformas austeras. Se trata de plataformas como Uber o Airbnb, pero también las
App de delivery que han inundado las calles de las ciudades medianas y grandes del
mundo (Glovo, Rappi y PedidosYa si pensamos en Argentina). Se trata de plataformas
austeras porque, como ha sido resaltado, «Uber, la empresa de taxis más grande del
mundo, no es propietaria de ningún vehículo», al mismo tiempo que «Airbnb, la mayor
proveedora de alojamiento, no es titular de ninguna propiedad» (Goodwin, 2015). Si
bien, como subraya Srnicek (2018) usando un lenguaje de economista, estas empresas sí
tienen activos [asset en la versión original], ya que «son dueñas del activo más
importante: la plataforma de software y análisis de los datos» (p. 72), estas no podrían
funcionar sin lo que el mismo autor llama «efecto de red». Por esta razón hay que tener
en cuenta que, si bien un bajo rating puede ser fatal para algunes trabajadores (Huws,
2016), por otra parte, como ha indicado Joe Hayns (2016), las empresas también son
muy vulnerables, ya que dependen enteramente de la reputación que tienen.
Entonces si por un lado los algoritmos, que constituyen una suerte de alma de las
plataformas –se nos conceda esta alusión al dualismo cartesiano–, pueden ser pensados
como capital fijo (Terranova, 2018), por otra parte la manera en que algunos de estos
mismos algoritmos se alimentan a través de la actividad de los usuarios en las redes –
piénsese en los algoritmos de Google y Facebook (Pasquinelli, 2009)–, remarca la
dimensión dependiente de las plataformas.
Ahora bien, en torno a las plataformas han surgido novedosas experiencias de militancia
y de luchas que nos parece interesante abordar a partir del arsenal teórico marxiano
(mejor dicho: con algunas armas de aquel hipotéticamente ilimitado arsenal). En
particular, en el apartado que viene, nos enfocaremos en una lectura contemporánea de
un pasaje de los Gründrisse, para verificar si ciertas formulaciones elaboradas pensando
en la liberación del trabajo vivo en los orígenes del capitalismo, pueden constituir una
herramienta útil para imaginar la liberación del trabajo vivo en el tiempo de las App y,
también, en que medida esta trasposición es problemática.
Posteriormente, intentaremos testear esas lecturas haciéndolas resonar en los análisis del
rubro que ha sido sacudido por las mayores movilizaciones, el de les repartidores, que
inclusive han dado vida a sindicatos, como la Asociación de personal de las plataformas
(App) en Argentina o el Transnational Federation of Couriers en Europa.
Aquí intentaremos desarrollar –y presentar para el debate–, una pequeña reflexión,
sabiendo que se trata de un campo en pleno desarrollo. No hace falta aclarar que no
pretendemos prever el futuro, en la medida en que partimos desde el presupuesto de que
el futuro no puede ser anticipado por las que antaño –cuando marxismo se escribía con
mayúscula–, solían ser llamadas «condiciones objetivas», sino que tiene que ver con las
luchas y con la manera en que se van reconfigurando las relaciones de fuerza.

§2. Traslademonos, ahora, a un plano conceptualmente más elaborado. En el célebre


«Fragmento sobre las máquinas» de los Gründrisse, Marx (1971b) analiza la manera en
que la herramienta de trabajo se transforma en máquina y escribe que
una vez inserto en el proceso de producción del capital, el medio de trabajo experimenta
diversas metamorfosis, la última de las cuales es la máquina o más bien un sistema
automático de maquinaria […] puesto en movimiento por un autómata, por fuerza motriz
que se mueve a sí misma; este autómata se compone de muchos órganos mecánicos e
intelectuales, de tal modo que los obreros mismos sólo están determinados como miembros
conscientes de tal sistema (p. 219).

La tesis que sostiene Marx es que el corazón de este sistema de maquinaria es


constituido por el saber abstracto (no exclusivamente el científico), «fuerza objetivada
del conocimiento« (p. 220) que se torna así «la principal fuerza productiva, relegando a
una posición marginal al trabajo parcelizado y repetitivo» (Virno, 1990, p. 78). Esta
hipótesis, por lo menos si pensamos el capitalismo contemporáneo a partir de la
perspectiva de cierto marxismo herético (piénsese en el debate sobre trabajo inmaterial,
capitalismo cognitivo, capitalismo biopolítico), puede considerarse acertada.
El límite del texto marxiano reside, sin embargo, en el hecho de que el filósofo alemán
había planteado que el capital trabajara «en favor de su propia disolución como forma
dominante de la producción» (Marx, 1971b, p. 224). Dicho en palabras de Paolo Virno,
desde el punto de vista de Marx la tendencia a la hegemonía en la producción de lo que
llama general intellect conllevaba una «contradicción desgarradora entre un proceso de
producción que se apoya ahora directa y exclusivamente en la ciencia, y una unidad de
medida de la riqueza que coincide aún con la cantidad de trabajo incorporado en los
productos» (Virno, 1990, p. 79). Sin embargo, para Marx «[l]a ampliación progresiva de
esta divergencia» iba a conducir al «hundimiento de la producción basada en el valor de
cambio y, por tanto, al comunismo» (Marx, 1971b, p. 224).
Si nos situamos en el terreno de la historia del capital, no hace falta aclarar que la
realización de la tendencia descrita por Marx no ha sido acompañada por ninguna
perspectiva de emancipación o, siquiera, de aumento de conflictividad; al contrario, han
surgido formas nuevas y estables de dominación. Entonces ¿por qué consideramos que
vale la pena acudir a esos manuscritos?
La principal razón es que la lectura del ya citado Virno y su intento de corregir –por así
decirlo– a Marx, a la luz de los acontecimientos históricos y analizando el modelo
productivo actual, nos parecen extremadamente fecundas para pensar algunos rubros del
capitalismo de plataforma.
Ahora bien, Virno «excede» a Marx en distintos sentidos. Lo que nos interesa aquí es
que, a la luz de las formas de producción postfordistas, el filósofo italiano considera
problemático el hecho de concebir el general intellect exclusivamente en términos de
saber objetivado en el capital fijo (Gómez Villar, 2014), un saber que «se ha encarnado
(o mejor dicho, se ha hecho de hierro) en el sistema automático de las máquinas» (Virno
1990, p. 78). Virno extiende el uso de «intelecto general» para atribuirlo a lo que en
términos marxianos llamamos «trabajo vivo», al trabajo como subjetividad, que
incorpora parte de lo que en épocas anteriores del capitalismo le correspondía al capital
fijo. En este sentido, lo que Virno llama «intelectualidad de masa» no remite
exclusivamente a un conjunto de trabajadores del sector terciario avanzado, sino al
cuerpo social entero, que es depositario de saberes no divisibles de los sujetos vivos, al
trabajo vivo que se basa en la cooperación de tipo lingüístico. A lo que Hardt y Negri –y
el título de este eje– llaman común, entendiendo con este concepto todo lo que está a la
base y que producen las singularidades que interactúan.
Por otra parte, nos parece sumamente interesante señalar lo que plantea Jason Read,
quien, partiendo de la distinción entre «la conciencia del trabajador, o el trabajador
como órgano consciente, y la automoción que opera fuera de la conciencia» (Read,
2003, p. 131), postula que, en el marco del postfordismo, la distinción es interiorizada y
las personas no son sólo «un órgano consciente de la máquina, sino que [su] conciencia
es ocupada y animada por pequeñas máquinas, por programas y reglas» (p. 131). Para el
estadounidense, en esta lectura de Virno resuena la de Donna Haraway, quien concibe el
cyborg, parte humano y parte máquina, como la figura de la subjetividad que caracteriza
al capitalismo contemporáneo.
Lo que es relevante, desde el punto de vista político, es que la excedencia del trabajo
vivo con respecto al trabajo muerto, y por lo tanto el potencial de liberación, cobra una
dimensión nunca vista antes en la historia del capitalismo. Obviamente, como ya hemos
dicho al cerrar el primer apartado, no es posible hipotetizar ningún mecanicismo, pero
no nos parece secundario pensar, a través de este paradigma, las luchas que han
emergidos para pensar el potencial de liberación que conllevan.

§3. Un caso fecundo para testear esta lectura es el de les repartidores que, como ha
subrayado Neils Van Doorn (2019), son una de las categorías que muestran una mayor
disposición a organizarse y a resistir, al contrario de otras que incorporan una suerte de
ethos empresarial, por ejemplo las mujeres que trabajan en tareas de cuidado, entre las
cuales –sostiene Van Doorn– es más común encontrar el sueño de tener una empresa
propia. Si bien aquella investigación ha sido llevada a cabo en un contexto muy
diferente del argentino (Nueva York), la mayor propensión a movilizarse de les
repartidores puede ser afirmada, teniendo en cuenta las especificidades locales, también
para Buenos Aires y para muchas otras ciudades de Argentina y del mundo.
Pero el caso de les repartidores es emblemático también porque parece evidenciar muy
claramente lo que hemos definido incorporación del capital fijo en el trabajo vivo. En
una investigación llevada adelante entre les repartidores de Turín, fuertemente
influenciada por el trabajo de Hardt y Negri y centrada en lo que llama «emergencia
política del común», Ugo Rossi (2019) ha mostrado de manera eficaz que las App
basadas en algoritmos, como las que nos interesan, no pueden funcionar sin cuerpos –
los cuerpos de les chiques que trabajan en bicicleta o en moto– que se mueven por la
ciudad y tampoco sin los cerebros –de les mismes chiques– que tienen que lidiar con
restaurantes y clientes, con eventos imprevistos cuales un cambio de recorrido producto
del tráfico, condiciones climáticas desfavorables o problemas técnicos con el medio de
locomoción que pueden surgir en cualquier momento. Esta perspectiva, explicitada
directamente por Marco, uno de les entrevistades, parece confirmada por otros trabajos
basados en contextos diferentes. Tuomas Tammisto (2018), por ejemplo, analizando el
caso de Foodora en Helsinki, relata las bizarras experiencias de les repartidores
supervisades (y guiades) por despachantes de la compañía ubicados en Berlín, que no
conocían en lo más mínimo la capital finlandesa y no estaban en condiciones de ayudar
en el caso de que surgieran imprevistos.
En este sentido, Rossi (2019), afirma: «en el capitalismo de plataforma, un puñado de
compañías gigantes ha adquirido una posición de monopolio en la captura del valor que
es co-creado a través de la interacción entre tecnología algorítmica, trabajo humano y
metrópolis» (p. 11). Es decir que, gracias a la propiedad de la plataforma de software y
de análisis de los datos –el asset más importante, según Srnicek–, las compañías logran
adueñarse del valor producido por un trabajo que no organizan directamente y que se
apoya principalmente en los cuerpos, pero también en la dimensión relacional y común
de la fuerza de trabajo (les repartidores). Una fuerza de trabajo que no solo debe
disponer de herramienta de trabajo como un celular con un buen plan de datos y
bicicleta/moto, sino que debe poner a trabajar su conocimiento de la ciudad, su
capacidad de relacionarse con los distintos actores en juego y de poner en acto
estrategias frente a imprevistos de diferentes tipos. Podríamos decir, más en general, que
este modelo de negocio estriba en y pone a trabajar la genérica potencialidad que
caracteriza a aquel animal incompleto y dotado de lenguaje que es el ser humano y
sobre la cual la antropología filosófica se interroga desde hace siglos.
La idea de trabajo vivo que incorpora capital fijo (no completamente, desde ya, siendo
que el funcionamiento de los algoritmos permanece en mano del capital) parece cobrar
cierta materialidad. Es decir que si bien el trabajo es comandado por un software de
propiedad de las compañías y que hay una relación de comando clara que une capital y
trabajo para la cual se ha usado la fórmula de «taylorismo digital» (Casillli, 2019;
Pirone, 2016) es evidente la diferencia con un modelo de trabajo organizado
directamente por el capital, lo que en términos marxianos llamaríamos «subsunción real
del trabajo al capital» (Marx, 1971a). Si en la fábrica taylorista la figura ideal del
trabajador era lo que Antonio Gramsci definió «gorila amaestrado», aquel miembro
conciente del sistema que tenía que ejecutar una serie de acciones rígidamente
organizadas por las máquinas donde estaba cristalizado todo el saber, del cual le
trabajadore terminaba siendo un apéndice, les repartidores no podrían trabajar sin un
nivel considerable de autonomía.
Aún cuando no se trate de una autonomía efectiva, sino de una autonomía que implica –
y no puede funcionar sin– una multiplicación de sistemas de control (Nicoli y
Paltrinieri, 2014), lo que cabe destacar es que en el caso de les repartidores las
condiciones para que les trabajadores se liberen del capital parecerían ya dadas. Como
afirma Joe Hayns (2016), las empresas son «tigres de papel» que fundan su poder en el
monopolio, logrado a través de patentes y marketing, la posibilidad de encuentro entre
vendedores y compradores. Si bien es poco verosímil, en el contexto actual, pensar que
cooperativas de trabajadores puedan competir con las grandes compañías –el propio
Rossi registra escepticismo en sus entrevistas con les trabajadores– la prioridad
ontológica del trabajo por sobre el capital, teorizada por varies autores, parece
manifiesta en el caso de les repartidores. Obviamente, un papel importante, aunque no
exclusivo, en la evolución –léase este término sin asignarle necesariamente un balance
positivo– de esta relación lo tendrán las condiciones bajo las cuales se dará el conflicto.
Lo que vale la pena preguntarse es si este modelo de luchas es generalizable a otros
tipos de plataformas y es por esta razón que queremos formular, a modo de conclusión,
dos interrogantes.
En primera instancia nos preguntamos si las novedosas formas de organizarse y
movilizarse de les trabajadores de App podrían ser llevada adelante por trabajadores
cuyos trabajos no implican un encuentro de cuerpos y que, a veces, pueden no
conocerse e, inclusive, estar a una distancia que torna imposible el contacto físico
directo. Algunas investigaciones muestran que se pueden rastrear luchas en muchos
rubros del capitalismo de plataformas (Posada, 2019), incluyendo a los otrora llamados
white collars, y que lo que las empresas persiguen de manera obsesiva es mantener
incomunicados entre sí a les trabajadores. Entonces, más que pensar que ciertos tipos de
trabajadores, como aquelles que trabajan en el cuidado personal, rechacen las luchas
colectivas, deberíamos preguntarnos si lo que marca esa tendencia no es el relativo
aislamiento en el cual llevan adelante su trabajo1. En este sentido, dada la multiplicidad
de distintos e incomparables trabajos que caracterizan el capitalismo contemporáneo, las
plataformas podrían cobrar un lugar central no sólo en la organización del trabajo, sino
también en la organización de las luchas del trabajo vivo. Al respecto, Seamus Bright
Gayer y Enda Brophy (2019) han dado cuenta de muchas formas de resistencia y usos
alternativos de las plataformas.
En segunda instancia, la multiplicación de los modos bajo los cuales el capital se
valoriza merece un esfuerzo analítico de diferenciación. De hecho, las distintas
plataformas colonizan gran parte de nuestras vidas e influencian ámbitos que van desde
la programación de las vacaciones hasta lo que comemos, desde la manera de buscar
trabajo hasta el modo en que se reconfiguran las tareas en empleos clásicos, y extraen

1 Por ejemplo, el año pasado un grupo de empleadas domésticas del hiperexclusivo country de
Nordelta, en la zona norte del Gran Buenos Aires, ha cortado la calle en el marco de unas protestas
contra la discriminación que sufren en el transporte privado que proveen los barrio para sus
habitantes y de las cuales estas mujeres, en su gran mayoría migrantes, estaban excluidas. No puede
ser dejado de lado, como hipótesis tentativa, que el contexto argentino y el peso del feminismo en los
movimientos sociales haya tenido cierto peso en la organización de la lucha de estas mujeres.
valor desde espacios de nuestro tiempo ocioso como nunca antes, como cuando
buscamos el auto o la casa de nuestros sueños en Google2.
Desde nuestro punto de vista, valdría la pena retomar, de manera tentativa, la diferencia
entre interacciones y trabajo (Miguez, 2008)3. Las primeras, que se encuentran también
en el mundo animal, son constituidas en el contexto de las plataformas por acciones
cuales poner un like a la página de un amigo, buscar un hotel barato para el fin de
semana o una pareja para un encuentro sexual ocasional (o no tan ocasional). Estas
producen datos que quedan registrados en soportes digitales y constituyen una base –en
términos de Virno podríamos llamarla una naturaleza que incluya más de lo que hay
entre cielo y tierra4– que requiere trabajo para que pueda ser usada en un sentido
comercial, gubernamental o para propaganda política.
Por otra parte, el trabajo es un tipo de actividad que produce lo que en términos
marxiano llamamos plusvalía y que es llevada adelante, por le trabajadore, en pos de
obtener un beneficio económico, que puede ser un salario clásico, un ingreso de une
trabajadore autónome «atrapade» en alguna forma encubierta de empleo subordinado o,
inclusive, una actividad gratuita que apunta a aumentar el curriculum y soñar con un
trabajo verdadero (¿este sería el adjetivo?).
Para ir a un caso particularmente emblemático: si pedimos un kilo de helado a través de
una App de las empresas de delivery, si bien al pedirlo producimos datos que quedan
grabados y que, después de ser organizados y analizados por otros tipos de trabajadores,
pueden generar ganancias, no podemos considerar trabajo la acción de ordenar dulce de
leche granizado y maracuyá, mientras que sí consideramos trabajo la acción que lleva a
cabo le chique que nos lo trae en bicicleta o en moto. Quizás sería útil, en términos
analíticos, pensar una diferenciación entre la dimensión extractiva –en un sentido
ampliado (Gago y Mezzadra, 2015)– y la dimensión de explotación del capitalismo de
plataformas, ya que el paradigma marxiano que hemos propuesto para pensar la relación

2 Autos y casas que, por otras partes, son destinadas a quedar en los sueños, ya que no podemos
pagarlas, pero que quedan en el historial de búsquedas a partir del cual trabajan los algoritmos. Si
bien ningún becario Conicet va a comprar esos 500 metros cuadrados en avenida del Libertador que
les proponen las inserciones pagas de FaceBook o Google, no caben dudas que esa propaganda
supuestamente orientada haya producido una ganancia.
3 Como ha señalado Pablo Miguez (2008) interacciones se pueden encontrar también en el mundo
animal, pero es difícil admitir que ello impliqe «trabajo». Con el capitalismo de plataformas
estaríamos inclusive más allá, en la medida en que
4 Sobre esta cuestión nos permitimos remitir a Fagioli, 2019.
capital-trabajo en el caso de les repartidores, tendría cierta dificultad para su aplicación
cuando lo que produce valor son interacciones.
Sin embargo, si bien en el momento en que el capital coloniza las formas de vida –como
ha sido repetido hasta el cansancio, «es más fácil imaginar el fin del mundo del fin del
capitalismo»–, y todo tipo de interacción puede ser usada, parece dificil, por ahora,
pensar una resistencia y un «nosotres» que involucre también a les usuaries.

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