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Atte. Midnight Dreams


Staff
Moderadora de Traducción
Cili

Traductores

Antonietta Kortega14

Carilo LittleCatNorth

Juliette Mariela

Meridrewfer

Moderadora de Corrección
Mariela

Correctores
Candy20 Mariela

Fraan Maribel3755

LittleCatNorth

Revisión
Mariela

Diseño
Cili
Índice
Sinopsis Capítulo 20

Prólogo Capítulo 21

Capítulo 1 Capítulo 22

Capítulo 2 Capítulo 23

Capítulo 3 Capítulo 24

Capítulo 4 Capítulo 25

Capítulo 5 Capítulo 26

Capítulo 6 Capítulo 27

Capítulo 7 Capítulo 28

Capítulo 8 Capítulo 29

Capítulo 9 Capítulo 30

Capítulo 10 Capítulo 31

Capítulo 11 Capítulo 32

Capítulo 12 Capítulo 33

Capítulo 13 Capítulo 34

Capítulo 14 Capítulo 35

Capítulo 15 Capítulo 36

Capítulo 16 Capítulo 37

Capítulo 17 Capítulo 38

Capítulo 18 Capítulo 39

Capítulo 19 Capítulo 40
Capítulo 41 Capítulo 45

Capítulo 42 Epílogo Primera Parte

Capítulo 43 Epílogo Segunda Parte

Capítulo 44
Sinopsis
Estoy naturalmente dotado en el campo y entre las sábanas. Con coches
llamativos y suficiente atención de los medios de comunicación para poner la
familia real en vergüenza, soy la definición de soltero más deseado.

Nunca he conocido a un hombre que no quiera ser yo o una mujer que no


quiera dominarme. Hasta que conocí a Camila.

Desde el momento en que puse los ojos en ella, supe que tenía que tenerla.

Ella quiere mantenerme a distancia.

Yo la quiero desnuda en mi cama.

Ella piensa que nuestros mundos son muy diferentes.

Todo lo que quiero que ella piense es gritando mi nombre.

Ella dice que soy malas noticias.

Tengo tres semanas para demostrar que está equivocada.


Prólogo
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Periodista: —Tu única constante se ha mantenido siempre que el fútbol es el


primer amor de tu vida. Que nunca lo cambiarías por nada ni por nadie. ¿Sigue así?

Inhalé un gran aliento cuando escuché la pregunta. Dejé mi tenedor y mi


cuchillo y me acerqué a la televisión. Me había prometido que no lo haría. Me
había prometido a mí misma que no iba a mirarlo, a escucharlo, a hablar con él,
tener absolutamente nada que ver con él una vez que se fuera. Sin embargo, allí
estaba yo, como estaba segura de que innumerables otras mujeres lo estaban,
esperando por su respuesta. Cuando entró en la pantalla, mi aliento me dejó por
completo. Dios. Lo extrañaba. Le odiaba. No podía soportarlo. Pero al verlo en la
pantalla, la forma en que se sentó en el asiento con el tobillo cruzado sobre su
rodilla, parecía completamente relajado mientras estaba siendo perforado con
preguntas… la manera en que su mandíbula cincelada se movía cuando le daba a la
reportera esa sonrisa torcida que destellaba legiones de placer que harían sonrojar a
una mujer sana, esos brazos, atados en músculo y grabados con el arte que yo había
tocado, agarrado durante tantas noches sin dormir…

—Por supuesto que todavía se mantiene. ¿Qué te parece? —preguntó,


inclinando la cabeza, con los ojos verdes brillando de coqueteo.

Periodista: —Así que los rumores sobre una mujer que dejaste en los EE.UU.
durante las vacaciones…

—Creo que ambos sabemos cuántos rumores se extienden sobre mí. —Él
apartó su mirada de ella y miró directamente a la cámara. Directamente a mí—. Si
hubiera una mujer tan especial, nunca la dejaría atrás.

Periodista: —Así que ¿estarías dispuesto a hacer de tu carrera el número dos


por la mujer correcta?

Siguió mirando a la cámara, su rostro serio, todos los rastros de coqueteo


habían desaparecido. —Renunciaré a mi carrera para perseguir momentos con la
mujer adecuada.
Me incliné hacia atrás en mi sofá, luchando contra las lágrimas que
amenazaban.

Lo odiaba.
Capítulo 1
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Algunas veces cerraba mis ojos e intentaba recordar cómo se sentía vivir en el
lujo. El tener sabanas frías de seda debajo de las yemas de mis dedos, el aire cálido
en los fríos días de invierno, y el aire fresco en las calientes noches de verano.
Todas las cosas que alguna vez tuve (al menos, por un corto tiempo) y ahora
apenas podía imaginarlo. Sin embargo, era feliz. La mayoría del tiempo. Y eso era
más de lo que podía decir la mayoría de nosotros. No tenía mucho más que un
techo sobre mi cabeza. No uno grande, o que me perteneciera, pero era uno al que
llamé hogar por los últimos tres años, hasta que mi casero me dio una bofetada con
un aviso de desalojo que decía que necesitaba estar fuera a finales de mes.

—¿A fin de mes? ¿Cómo pueden hacer eso? —preguntó mi hermana Vanessa,
su voz un susurro antes de levantarse y miró a su marido—. ¿Pueden hacer eso? ¿Es
legal?

—Ellos son dueños del edificio —dijo Adam desde el otro lado de la
habitación.

Se acercó a donde estábamos sentadas frente a la chimenea de mármol y sacó el


papel de la mano de Vanessa. Ambas lo miramos mientras sus ojos exploraban la
página, con las respiraciones sostenidas, esperando, esperanzadas de que de alguna
manera pudiera encontrar una escapatoria en la plétora de términos legales escritos
en la página. Cuando sus ojos dejaron de moverse y lanzó una mirada arrepentida
hacia nosotras, mis hombros cayeron una vez más. Me permití tener una fiesta de
piedad por unos pocos segundos más antes de levantarme del sofá.

—Está bien. Tendré que empezar a buscar un apartamento nuevo.

—Siempre puedes quedarte con nosotros —sugirió Adam—. Tenemos más que
suficiente espacio.

A diferencia de mi apartamento de estudio en Washington Heights, ellos vivían


en una extensa piedra arenisca de Brooklyn, con tres dormitorios y dos baños y
medio. Incluso tenían un pequeño patio trasero con muebles de patio y una parrilla.
Podría pasar con ellos un tiempo, pero no lo haría. La ayuda no era algo que
aceptaba fácilmente, incluso cuando provenía de mi hermana y de su amable
esposo. Me he psicoanalizado con regularidad para saber que los problemas que
tuve con mi padre fueron la razón por la que no podía aceptar ayuda.

—Por lo menos hasta que vuelvas a ponerte de pie —agregó Vanessa


suavemente mientras buscaba mi mano.

Miré su mano sobre la mía. Su piel pálida sobre mi tez oliva. Manicura rosada
delicada sobre el rojo sangre. Cuando crecí, estudié e imité cada movimiento suyo
hasta que me di cuenta de que ella y yo no éramos tan parecidas como yo pensaba.
Aunque fuimos lo suficientemente parecidas para terminar las frases de la otra y
encontrar el humor en las mismas cosas. Ella era franca y amable. Su voz estaba
marcada por un ensimismamiento, pero nunca desagradable. Era la clase de
persona que siempre se oía. Yo era el tipo de esconderme detrás de mi silencio.
Había estado tropezando con la vida desde que tenía dieciséis años, tratando de
encontrar mi equilibrio y fracasando en cada vuelta. No había cambiado mucho.
Lo único que podía decir que había cambiado era mi desafío, mi necesidad de hacer
cosas por mí misma y mi vecindario tenía que agradecer eso. Su impulso era
contagioso. Me encontré con los ojos marrones de mi hermana y sonreí.

—No puedo —dije.

—Camila, por favor. Ustedes acaban de enterrar a su abuelo. La luz de tu vida,


como dijiste en tu discurso de su homenaje. Lo último que necesitas es preocuparte
por encontrar un apartamento nuevo —argumentó Adam.

Sus palabras me atravesaron. Abuelo1 había sido la luz de mi vida. Me había


levantado tantas veces que había perdido la cuenta. Nos levantó a todos. Si mi
madre era el remiendo de la que estaba hecha nuestra familia, mi abuelo había sido
el hilo usado para juntarnos. Pero se había ido ahora, y yo sabía que él no habría
querido que viviera mi vida en un estado perpetuo de duelo, así que compartimenté
mi dolor y lo dejé de lado.

—Los quiero a ambos, pero no. Necesito hacer esto yo misma.

Dejé su casa determinada de hacer que sucediera, y cuando llegué al bar de


Charlie y vi la frustración en su rostro, supe que algo se tenía que hacer. Charlie
vivía en el mismo edificio y era dueño del bar cruzando la calle. Era un bar familiar
pasado por generaciones, y había estado ahí por tanto tiempo, que podría haber
sido un hito. Lo había heredado de su padre cuando falleció el año pasado, y
aunque solo tenía seis años más que yo, parecía saber cómo manejar el estrés que se
producía al ser propietario de un negocio.

—Lo siento —dije mientras me acomodaba en uno de los taburetes frente a él.

1
Originalmente en español.
—¿Lo sientes? —Él negó con la cabeza y soltó un suspiro pesado—. Acabas de
enterrar a tu abuelo, Camila.

Parpadeé lejos de él al vaso de agua en mis manos. Yo deseaba que la gente


dejara de sacar eso a colación hoy. El entierro había ocurrido hace tres días.

—¿Necesitas algo? —preguntó, su voz suave, haciendo señas a mi mirada.

Odiaba ver simpatía en sus ojos marrones. Si había pasado cinco luchas en los
últimos diez años, Charlie había pasado por diez. Había perdido a su papá, su
madre estaba tan enferma que tuvo que transferirla a una instalación, su esposa lo
dejó, su hermano tenía un hábito de juego y parecía que le debía dinero a todo el
mundo en Nueva York, le estaban echando de su apartamento y negocio, y aun así
de alguna manera encontró una manera de ser comprensivo conmigo. No era que
no me importara la pérdida de mi abuelo, simplemente no quería aceptar la
pérdida. Aún no. Quería hacerlo en mis condiciones, pero una vez que el ataúd fue
bajado al suelo y entendí que nunca vería sus claros ojos marrones o tocar sus
manos suaves de nuevo, me di cuenta de que la muerte no espera hasta que estés
listo para ello. Puse mis codos en la barra y presioné mi frente en mis manos.

—No quiero hablar de eso —dije finalmente.

Estuvo quieto por un momento antes de aclararse la garganta. —¿Podemos


hablar del desalojo? Estos ricos jodidos me enferman. No se preocupan por
nosotros ni por lo que pensamos. ¿Un mes de advertencia? Es una mierda.

Era una mierda. Lo miré de nuevo y tomé un sorbo de agua, esperando que su
discurso continuara, y lo hizo lo suficientemente seguro.

—Todo el mundo está enloqueciendo, pero la gente en esta calle es la peor.


Podemos buscar apartamentos nuevos, pero ¿cómo vamos a sobrevivir si cierran
nuestros negocios?

Suspiré. No era de extrañar que se hubieran movido hasta donde estábamos ya


que habían tomado el resto del área. Sin embargo, era triste que muchas de las
cosas que conocíamos y amábamos estuvieran siendo demolidas.
Afortunadamente, el bar, a diferencia del salón de yoga y el local de uñas al lado,
era un edificio independiente.

—Sin embargo, no pueden cerrar tu bar. —Tomé un puñado de cacahuetes del


pequeño plato que había puesto entre nosotros—. ¿No eres dueño de esto?

—Yo solía poseerlo. Lo vendí a Belmonte cuando necesité sacar a mi hermano


idiota de uno de sus atascos.
Mis dedos se congelaron en la cáscara del cacahuete que estaba desentrañando.
—Mierda, Charlie.

—Están celebrando una reunión para nosotros. No sé por qué, ya que ya han
decidido lo que están haciendo —dijo Charlie. Mi cabeza se levantó.

—¿Cuándo?

—Jueves por la mañana en el edificio de Belmonte en la ciudad.

—¿Están dejándonos entrar en el edificio de Belmonte?

Él rio, claramente divertido por mi sorpresa, aunque no debería haberlo estado.


No solo Belmonte era la mayor y más exitosa compañía de bienes raíces y de
inversión, también era la primera propiedad de una minoría, con Javier Belmonte
como el fundador y el hombre al frente. Sin mencionar, la meca de la moderna
Nueva York. Era lo que la gente podía señalar y decir, "Y eso fue cuando Brooklyn
se convirtió en Brooklyn." No era Sex and the City. No eran los Nets o The Notorious
BIG, o Jay Z. Era Belmonte. Hicieron vida en Brooklyn dándole una mirada más
accesible.

Ellos hicieron deseable para toda persona con una historia que contar (o editar
o publicar) para vivir. Celebridades rápidamente siguieron y acudieron a Brooklyn
para caminar alrededor con los hípsters y pretender ser ciudadanos normales. Y los
edificios agradables y los escaparates bonitos de Belmonte eran la razón. Ahora
querían trasladar todo eso a Harlem, y mientras yo estaba a favor de mejorar al
principio, ahora comenzaba a odiar la forma en que estaban cambiando nuestra
imagen.

—¿A qué hora es esta reunión?

Charlie levantó una ceja, ojos marrones destellando —¿Quieres pelear?

Su respuesta me hizo sonreír. Yo tenía una razón para pelear, pero la idea de
que yo lo hiciera era para reírse. Nunca hablé fuera de turno, nunca levanté la voz,
y traté muy fuertemente no discutir a menos que absolutamente sintiera que
necesitaba hacerlo. Mi aparente vibra de damisela en apuros fue lo que hizo que me
ganara mi apodo de Peach en primer lugar. Cuando éramos niños, Mario Bros.
estaba en todo su apogeo, y como la bebé de la familia siempre fui mimada. Si yo
trepaba árboles, mi hermano treparía justo detrás de mí. Si me raspaba mi rodilla,
Vanessa estaba instantáneamente en seguida de mí para ayudarme a levantarme.
Tal vez fue por eso que cuando mi familia lo perdió todo, lo tomé más duramente.
Ya no tenía personas lavando la ropa por mí, alimentándome. Ya no tenía la
comodidad de ir a una pequeña escuela privada. He estado a través del mundo. El
mundo real, donde tú tienes que defenderte y esperar que al final del día todavía
estés en una pieza. Lo que hizo que tomar mi decisión fuera fácil. Esto no podía
suceder sin que me pusiera de pie y peleara. Especialmente porque involucró a
Belmonte Investments.
Capítulo 2
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Warren
Estaba parado en medio del campo cuando recibí una llamada de mi hermano
pidiéndome que regresara a casa. Casa, había dicho. Me reí en la línea telefónica.
No había llamado a Nueva York casa desde que me fui cuando tenía catorce años.

—Lo lamentarás si no lo haces, War —dijo—. Puedes echar un vistazo a tus


inversiones mientras estás aquí.

Lamentablemente, ese último trozo fue lo que me llamó la atención. El asesor


financiero a cargo de mis inversiones se había estado tomando demasiadas
libertades con mi dinero antes de que decidiera deshacerme de él hace unos meses.
Tuve unas semanas de descanso antes de que comenzara la temporada y había
planeado trabajar y ponerme al día con las inversiones locales de todos modos.
Pensé que haría algunas apariciones que prometí a mis patrocinadores y programar
sesiones de fotos que había pospuesto, pero sabía que si no volvía a Nueva York
ahora tendría que esperar meses antes de hacerlo, y entre la inversión y esa pequeña
voz dentro de mi cabeza que me dijo que debería ir a ver a mi familia, decidí
reservar mi vuelo.

Las últimas pocas veces que había viajado a los Estados Unidos había sido
porque tenía partidos de fútbol, y ninguno de esos viajes hizo posible visitar Nueva
York. Había ido a Los Ángeles, Portland, Orlando, Miami, pero saltaba Nueva
York. Incluso el único viaje que tuve tiempo suficiente para volar, no lo hice. Mis
compañeros de equipo siempre decían que, si llegas a Estados Unidos y no visitas
Nueva York, tampoco deberías decir que fuiste. Yo estaría de acuerdo con ese
sentimiento si los recuerdos que tenía aquí no me persiguieran tanto cómo lo
hacían, pero estar aquí solo me recordó quién era yo y de dónde venía. Y mientras
que para algunas personas que puede ser una experiencia humillante, para mí fue
cualquier cosa. Sin embargo, aquí estaba, donde empezó todo y odié cada minuto.

Mi hermano se burlaba de mí por eso. Me llamó un falso neoyorquino, y


porque era lo único que tenía razón, lo dejé tomar la burla cada vez. Tenía catorce
años cuando me fui a España y como cualquier otro niño de una familia adinerada,
podría haber viajado de regreso cuando quisiera, pero opté por no hacerlo. Había
reservado mi vuelo unas cuantas veces y, para consternación de mi padre, nunca
subí al avión. En mi defensa, yo era un adolescente cuya vida giraba en torno a
driblar un balón de fútbol e intentar conseguir una nueva chica en mi cama en
cualquier oportunidad que tuviera.

Durante los últimos diez años mis vacaciones consistieron en prácticas de


fútbol para diferentes clubes, sesiones de fotos y apariciones para diferentes
patrocinadores, y averiguar dónde podría seguir haciendo inversiones. Mi primer
día de regreso a Nueva York decidí que solo estaría aquí por una semana, pero
cuando Thomas Belmonte me llamó y me dijo que las cosas debían ser atendidas
mientras que Javier Belmonte no estaba en la oficina, sabía que estaba en mi mejor
interés de estar allí.

Mi segundo día pasando por la oficina había sido un montón de “firmar aquí”
“firmar allí” “te necesitamos en esta reunión”. Al tercer día, estaba cansado de
todo. Estuve tentado en vender mis acciones al propietario mayoritario y acabar
con ello, pero cuando se mencionó la nueva construcción, me sentí inclinado a
quedarme una vez más. Tenía un grupo de hombres trabajando en la construcción
en Barcelona y pensé que estar en esta reunión podría ayudarme a aprender una
cosa o dos.

Estaba sentado en la oficina, buscando los archivos en la computadora, cuando


encontré las cámaras, y estaba tratando de hacer clic en mi salida del programa
cuando la vi. Una mujer con largas, sexys y elegantes piernas con la tez oliva más
increíble, y cabello corto, ondulado y oscuro. Normalmente, me llama la atención
el cabello largo. Cuanto más largo, mejor para poder correr mis manos y tirar de
ella. Sus piernas esculpidas, tetas dulces y cintura pequeña me llamaron la atención,
pero el ceño fruncido en su rostro lo sostuvo. Parecía lista para subir en un ring de
boxeo y golpear a alguien, y cuando ella volvió esa mirada recta a la cámara,
mirando con eficacia directamente en mis ojos, mi aliento se detuvo.

Necesitaba ver el piso exacto en que ella salía para poder seguirla y echar un
vistazo más de cerca. Cuando el ascensor se detuvo, dejó caer su teléfono en su
bolso y miró al hombre que estaba de pie a su lado, lo que me dio una excelente
posición ventajosa. Parecía tener por lo menos un metro sesenta y siete, con caderas
y un culo que haría agua la boca de cualquiera. Miré las puertas del ascensor
cuando se abrieron y mi corazón aceleró. Ella estaba en mi piso. Me levanté, agarré
mi chaqueta y salí de la oficina.
Capítulo 3
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Camila
—Odio llevar corbata —dijo Charlie a mi lado.

—Te ves bien.

—Esto no debería tomar mucho tiempo, ¿verdad?

Lo miré. —Ni idea.

—¿Estás segura de que te sientes cómoda haciendo esto? —preguntó,


preocupación llenando sus ojos.

—Estoy aquí, ¿no?

Asintió y dejó escapar un suspiro. —¿Está intacto mi cabello?

—Creo que tu cabello estuvo intacto durante cinco minutos. No se supone que
debes jugar tanto con él si quieres mantener un estilo.

Nunca lo había visto con el cabello peinado hacia atrás o con un traje. Su
repertorio diario de cuero y franela era una mezcla entre un motorista que había sido
expulsado de un club de MC y un agricultor de Wisconsin. Ya que su cabello
oscuro era demasiado corto para poner en una cola de caballo, pero demasiado
largo y rizado para domar sin usar productos para el cabello, normalmente, se lo
deja libre.

—Has tratado con gente como esta antes —dijo, moviendo una mano
alrededor del espacio grande y fresco—. ¿Cierto?

Desvié mis ojos de los suyos y me puse de pie para alejarme de su ambiente
nervioso. Me dirigí hacia las grandes ventanas del lado de la habitación. Era un día
soleado de verano. Caliente como el infierno, lo había dicho en el camino. Aunque
desde la sala de conferencias, con la hermosa vista de la ciudad, no se sentía
insoportable. Me preguntaba lo que la gente que trabajaba en lo alto pensó de todo.
Si entrecerraba los ojos lo suficiente, probablemente podría detectar el edificio en el
que crecí. Si cerrase los ojos lo suficiente, todavía podía recordar cómo se sentía al
caminar por esas calles. A menudo, por la noche, me preguntaba cómo sería vivir
allí.

Especialmente noches como las recientes, sin aire acondicionado funcionando y


el viento insuficiente que soplaba en mis ventanas medio abiertas. Todo lo que tenía
que hacer era cerrar los ojos y recordar el olor de los alimentos que nuestra ama de
casa hizo para nosotros, y el sonido de las llaves tintinear de mi padre cuando llegó
a casa después de un largo día de trabajo. Prácticamente podía oír a mis padres
riéndose en la otra habitación, porque era lo que hacías cuando todo iba bien con el
mundo. Los tiempos difíciles siempre me hacían preguntarme cómo habría sido
nuestra vida si las cosas no hubiesen caído sobre nosotros; si mi familia hubiera
tomado mejores decisiones, hubiera usado mejor juicio.

Vanessa dijo que era una tontería pensar en ello. Johnny dijo que necesitaba
dejar de vivir en el pasado y enfocarme en mi futuro. Pero era difícil para mí.
Habían sido mayores. Ya estaban fuera de casa. Vanessa en la universidad; Johnny
haciendo Dios sabe qué. No podía relacionarme con ellos ni con Charlie, que había
estado trabajando desde que tenía dieciséis años. Me había dado un comienzo
tardío en ese aspecto de la vida.

El abrir y cerrar de la puerta detrás de mí me sacó de mis pensamientos. Una


vez más, más gente del vecindario. Esta vez, la anciana que vivía en el primer piso,
que siempre entraba en el bar de Charlie los viernes por la noche con productos
caseros porque no podía aceptar el hecho de que el bar no vendía comida. Sonreí y
volví a bajar cuando se sentó detrás de nosotros.

—¿Ya ofrecieron café? —preguntó.

—La recepcionista lo hizo —dijo Charlie—. No creo que vaya a venir, sin
embargo.

—Supones. Por eso el mundo es como es —respondió.

—¿Por la falta de café? —pregunté. La mirada que me disparó me hizo sofocar


mi sonrisa y sentarme más recta.

—Por la falta de decencia —dijo, alzando la voz—. La gente ya no sabe cómo


tratar a los huéspedes.

—Esta no es una fiesta de inauguración, Doris —dijo Charlie.


—Supongo que no lo es —dijo, su rostro se retorció ante el pensamiento antes
de que ella empezara a mirar alrededor—. ¿Qué tipo de cubiertos crees que tienen
en sus casas?

Cerré los ojos. Esto iba a ser un desastre. Por décima vez desde que accedí a
hacer esto, las palabras de mi hermana resonaron en mi cabeza, pero mientras
pudiera reunir el coraje para hablar en voz alta y proyectar mi voz a través de la
habitación, estaría bien. Una vez terminada la reunión, podía volver a ser la tímida
Camila, que no elevaba su voz a nadie. Hasta entonces, iba a canalizar la
personalidad saliente de mi hermana. Yo estaba usando su ropa, así que no debería
ser demasiado difícil de hacer.

Cuando la puerta se abrió de nuevo, los tres nos volvimos en nuestros asientos
y mi corazón saltó cuando dos hombres con trajes oscuros entraron. Ambos eran
mayores, por lo menos mayores que yo, probablemente más cerca de la mitad de sus
treinta y cuarenta años. Me volví en mi asiento, mi mirada siguiéndolos mientras
caminaban hacia el frente de la habitación. El hombre que entró a continuación
hizo que mis ojos se ensancharan, principalmente porque él era así… inesperado.
Tan diferente a los dos anteriores.

Este era más joven, y caminaba como si supiera que todos los ojos estarían
sobre él. Tenía una manera fácil de hacerlo que le hacía difícil imaginarse que se
dejara apachurrar por cualquier cosa, y era el tipo de guapo que te hacía hacer una
pausa en la mitad de la frase y olvidar de qué estaba diciendo. Con una postura
equilibrada, una mandíbula cuadrada y un bronceado que me hizo querer esconder
mis brazos pálidos bajo la chaqueta de punto que justo había guardado en mi bolso
esta mañana.

Definitivamente no era el tipo de hombre que normalmente me atraía, pero


algo en él me mantenía cautiva. Tal vez era la expresión sombría en su rostro que
decía no jodas conmigo. O la forma en que sus amplios hombros se movían con cada
paso, como si fueran pesados y necesitaba ese impulso extra para dar el siguiente
paso adelante. Sus ojos escaneaban la habitación, deteniéndose en cada persona,
como si quisiera asegurarse de que lo estaban mirando. Cuando llegaron a mí se
detuvieron. Alejé mi mirada de la suya rápidamente y volví mi atención hacia el
frente de la habitación.

Los tres se sentaron detrás del escritorio frente al podio. Me recordó el año en
que había ido a Nueva York Cómic Con con mi hermano y escuchamos uno de los
paneles de Spider-Man. El reparto se había sentado detrás de una mesa con
manteles blancos. Las etiquetas de nombre se habían puesto delante de los actores.
Esa es la única cosa que les faltaba a estas personas: las etiquetas de nombre. Se
presentaron como Thomas Belmonte (COO2 de la empresa), Carson Bradley
(CFO3), y Warren Silva, accionista mayoritario para este proyecto. Warren Silva.

—Es mi entendimiento, hablando con la gente en la comunidad, que los


residentes sienten que están siendo excluidos de este proyecto —dijo Thomas.

Tragué, esperando a que alguien detrás de mí contraatacara sus palabras, y


cuando nadie habló y Charlie se aclaró la garganta, tomé una respiración profunda
y mantuve mis ojos en Thomas mientras hablaba.

—Es nuestro entendimiento que ustedes quieren derribar nuestras calles con el
fin de reconstruir un nuevo centro comercial, así como nuevos edificios de
apartamentos.

—Eso es lo que estamos proponiendo —respondió.

—Eso significa que tendríamos que salir de nuestros lugares de trabajo, y


algunos de nosotros, nuestros hogares. —Hice una pausa—. ¿A dónde exactamente
esperan que vayamos?

—Ha habido muchos cambios en el vecindario en los últimos cinco años. Estoy
seguro de que entenderán por qué es importante que lo hagamos ahora.

—Para que puedas adelantar a las otras compañías de desarrollo —dije—. Su


expresión quedó en blanco, así que continué hablando. —¿Y dónde esperas que
vayamos? ¿No te importa que muchos de nosotros estemos fuera de un lugar para
vivir? Sin compensación ni cronograma de cuándo terminará. Además, no hay
ninguna promesa de que volvamos a nuestras casas si decidimos quedarnos en el
vecindario.

—Como usted probablemente sabe, la mayoría de las personas a las que se está
refiriendo no querrían quedarse en el vecindario. Se está inundando con familias
jóvenes y jóvenes profesionales —respondió él.

Me quedé boquiabierta. —Y como probablemente ya sabe, muchos de ellos


han estado viviendo allí desde antes de que Cameron Giles se convirtiera en
Cam'ron.

Hubo una profunda risita de Warren que llamó toda nuestra atención.

2
COO (Chief Operating Officer). Director de Operaciones, supervisa cómo está funcionando el
sistema de creación y distribución de los productos de la empresa para asegurarse de que todos los
sistemas funcionen bien.
3
CFO (Chief Financial Officer). Director Financiero, se encarga de la planificación económica y
financiera de la compañía.
—¿Qué sugiere que hagamos, señorita…? —preguntó Warren, con la mirada
fija en la mía.

Tenía un ligero acento británico que me sorprendió, y yo permanecí en


silencio, solo mirando fijamente por un momento hasta que pude superarlo y
tragarme mi torpeza.

—Ávila —dije—. Camila Ávila.

—Camila —dijo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo con la forma en que pronunciaba mi nombre,


con una voz ligeramente ronca. Intenté reprimirlo. Pasar por ello. Ignorarlo. Este
no era el momento o el lugar para que mi cuerpo decidiera despertar y tomar nota
del sexo opuesto. Los ojos verdes de Warren centellearon como si se diera cuenta.
Parpadeé y forcejeé con mi argumento.

—Denos un poco de tiempo y compensación para aquellos que necesitan


encontrar otros lugares para vivir.

—¿Vive en ese edificio, señorita Ávila? —preguntó.

—Sí.

—Lo suficientemente justo. También quiero señalar que los nuevos residentes
que viven allí, sin duda traerán grandes negocios al bar del señor Ferguson, que será
capaz de abrir de nuevo en breve.

—¿Sus papeles hacen mención de los dos dormitorios de Charlie que derribarán
con la renovación? ¿A dónde se supone que debe ir cuando pierda no solo su
negocio, sino también su casa?

—Nuestra empresa revitaliza. Rasgamos las cosas feas y las volvemos


hermosas. Esto es algo que sabemos que puede mejorar un montón de cosas en
estas áreas. No buscamos alternativas para las personas, pero les damos tiempo
suficiente para hacer arreglos —dijo Thomas juntando sus manos frente a él en la
mesa.

—Sin compensación —dije, cerrando la mía en un puño para evitar que


temblaran. Charlie colocó una de sus manos sobre la mía y ofreció un apretón
tranquilizador.

—Solamente queremos asegurarnos de que nos cuidan al menos hasta cierto


punto antes de que nos arrojen de nuestros apartamentos —ofreció Charlie.
—¿Cuántas unidades hay en este edificio residencial? —preguntó Warren
mirando a Thomas, que intentaba transmitir algún tipo de advertencia con su
mirada.

Thomas anotó algo y deslizó la hoja de papel hacia Warren. Sus ojos brillaron
tan pronto como leyó lo que decía.

—¿Y no les estamos ofreciendo nada? —La firmeza en su voz me tomó


desprevenida, y cuando me miró y nuestras miradas volvieron a encontrarse, la
ferocidad que encontré en ellos hizo que mi corazón se tambaleara.

—Los edificios nos pertenecen, War —dijo Thomas.

—Pero ustedes no son los dueños de nuestras vidas —dije—. Quieres quitar
cosas por las que hemos trabajado. La mayoría de estas personas trabajan sus
traseros para permitirse el lujo de vivir allí, y no quieren darles la oportunidad de
regresar y entrar en el edificio porque tienen una visión diferente para su proyecto
—dije usando las cotizaciones aéreas. Tomé un respiro para tomar el control de mi
voz temblorosa. Podía imaginarme cómo se veían mi rostro y mi cuello, todos rojos
y manchados, como lo hacía cuando dejaba que mis emociones sacaran lo mejor de
mí. Bajé la voz cuando volví a hablar—. No es tu trabajo decidir si son o no dignos
ser vecinos de este lugar que estás tratando de construir.

La habitación estaba en silencio mientras los tres me miraban. Thomas miró


fijamente, Carson miró contrito en su silla, y Warren se recostó ligeramente,
cruzando sus brazos contra su pecho mientras me miraba con una mirada seria en
sus ojos.

—Si eso fuera cierto, Donald Trump estaría viviendo en una zanja —dijo
finalmente Thomas.

—Dudo mucho que alguien que empezó con un préstamo de un millón de


dólares de su padre viviera en una zanja —dije—. Todo lo que estamos pidiendo es
que por favor, reconsideren lo que estás haciendo. No les digo que no reconstruyan.
Solo les pido que lo hagan responsablemente y en secciones. Los negocios, por un
lado, no tienen que cerrar si ustedes están haciendo solamente trabajo exterior.

Thomas y Carson compartieron una mirada antes de mirarme. —Hablaré con


el arquitecto. Si piensa que podemos trabajar a su alrededor, los negocios pueden
permanecer abiertos. Los apartamentos son una historia diferente. Ese es un trabajo
de derribo.

Odiaba mi edificio, y sabía que no era la única que compartía ese sentimiento.
Pero era mío, a pesar de los problemas de presión de agua, los apagones, las fugas y
el olor de los pasillos, y el hecho de que las paredes parecían estar hechas de papel
fino. Fue allí donde senté cabeza y me mudé con un chico por primera vez, y luego
rompí con ese chico y logré quedarme a pesar de la angustia. Había recogido trozos
de mí misma en ese departamento. Yo había estado afligida, amado y vivido.
Suspiré.

—¿Cuándo piensan empezar? —preguntó Charlie.

—Un mes.

Jadeé. Charlie exhaló en voz alta. Solo podía imaginar lo que estaba pensando.
¿Dónde iríamos? ¿Qué haría él?

—¿Un mes?

—Un mes es más que suficiente tiempo para resolverlo —señaló Thomas.

—Veremos lo que podemos hacer —dijo Warren antes de que terminara la


opinión.

—¿Cuándo podemos esperar una respuesta más sólida? —le pregunté.

—Danos una semana —dijo Thomas mirando a su alrededor—. ¿Alguna otra


pregunta o preocupación?

—Una más. ¿Qué pasará con la tierra detrás del edificio? Ha sido zonificado por
un parque. Se supone que la construcción se iniciará pronto, pero supongo que
Belmonte también la posee —dije.

—Tendré que investigar eso. A partir de ahora, creo que se quedará vacía.

Todos dejamos salir un aliento colectivo. Me puse de pie primero, y todos los
demás me siguieron. Después de agradecerles por su tiempo, salí y pesqué mi
teléfono de mi bolso para asegurarme de que no había perdido ninguna llamada.
Mi cabeza se levantó de mi pantalla cuando la puerta se abrió de nuevo. Esperaba
ver a Charlie, pero Warren fue el que salió. Era mucho más alto de lo que esperaba,
y aún más hermoso de cerca. Y cuando se detuvo frente a mí, su colonia era divina.
Era el tipo de olor que le daba la bienvenida a enterrar tu nariz. Tuve que parpadear
unas cuantas veces para asegurarme de que mi mente no funcionaba libre con
pensamientos de mí haciendo con a él.

—Has hecho un montón de buenos puntos allá —dijo, mirando hacia atrás
sobre su hombro brevemente antes de que sus oscuros ojos verdes volvieran a los
míos.
No estaba segura de qué tipo de respuesta requería su declaración, así que fui
con cortesía. Cortés parecía siempre ser una buena idea.

—Gracias.

—Tal vez debería presentarme formalmente —dijo, ofreciéndome su mano, que


tomé—. Warren.

—Camila.

—¿Te he visto antes, Camila?

La forma en que dijo mi nombre me hizo cosas. Dejé caer mi mirada a su


corbata azul marino, pero todo lo que podía hacer era preguntarme cómo se veía
bajo ese traje, y era completamente una mala idea. ¿Dónde podía mirar y no
sentirme atraída por él? Probé el piso, que era la peor opción de todos. Mirar el piso
hablaba de falta de confianza, y siempre me habían enseñado a fingir, incluso en las
situaciones más mundanas como esta. Sin embargo, no pude evitarlo. Warren me
hizo sentir incómoda, y cuando alejé mis ojos del piso y lo miré de nuevo, lo sentí y
podría jurar que él también podría. No era solo incomodidad porque era guapo. No
era molestia porque era definitivamente rico y si él tenía cualquier implicación en
Belmonte, indiscutiblemente potente. Era porque me miraba con una intensidad
que podía sentir desde adentro, como si ninguna parte de mí quedara sin rastro.

—No lo creo. Creo que recordaría haberlo visto —dije, e inmediatamente me


arrepentí de como sonaba.

Se rio entre dientes. —Estoy experimentando lo mismo.

—Eso no es lo que quise decir. —Fruncí el ceño—. Quiero decir, no es así


como lo decía.

—¿Cómo lo has dicho?

Él seguía sonriendo mientras inclinaba la cabeza y buscaba mis ojos. Fue


desconcertante. La sonrisa, la inclinación de su cabeza, la forma en que me miraba.
Traté de encogerme de hombros indiferente, pero no estaba segura de que mis
hombros se movieran mucho.

—No lo sé. Me han dicho que tengo un rostro familiar.

—Si todo el mundo se parece a ti… —Sus ojos examinaron mi rostro


lentamente, y rio, un sonido profundo y aterciopelado que envió un escalofrío por
mi espina dorsal—, estaría en problemas.
El cumplido hizo arder las mejillas. Miré por encima de su hombro, hacia
Charlie, que finalmente salía de la habitación. La mirada de Warren siguió la mía
sobre su hombro.

—Bueno —dije—, espero con ansia saber a qué conclusión llegan ustedes.

—¿Trabajas en el bar? —preguntó.

Mis ojos se volvieron a los suyos. Eran tan oscuros y verdes como un bosque.
Uno en el que podría perderse si no fuera lo suficientemente cuidadoso para ver a
dónde se dirigía. Parecía realmente interesado en una respuesta, así que meneé la
cabeza.

—A veces.

—Y tú vives en el edificio de apartamentos —confirmó mientras empecé a


alejarme.

—Uh-huh.

Sus ojos se arrastraron por mis rasgos una vez más, sus ojos se estrecharon
ligeramente. Por un segundo horrible pensé que iba a seguir haciendo preguntas,
pero en cambio asintió una vez y comenzó a alejarse.

—Fue un placer conocerte, Camila.

Asentí, incapaz de encontrar mi voz para responder. Charlie y yo nos fuimos y


entramos en el ascensor en silencio. No fue hasta que llegamos a la acera que
habló.

—¿Sabes quién era?

Sacudí la cabeza lentamente, tratando de verme tranquila, aunque mi corazón


seguía golpeando violentamente ante todo el encuentro. O tal vez era la adrenalina
que seguía corriendo a través de mí por la forma en que había hablado. Charlie
arqueó las cejas.

—Warren Silva. Estrella de fútbol europeo ¿El jugador más joven en recibir el
Balón de Oro de la FIFA? —dijo como si esas cosas sonaran. No lo hizo, así que
Charlie sacudió la cabeza, poniendo un cigarrillo entre sus labios y lo encendió en
el momento en que salimos.

—Me pregunto qué porcentaje de esto posee.


Me encogí de hombros. No sabía qué diablos era un Balón, y nunca había oído
hablar de un Warren en el tablero. No es que hubiera hecho una extensa
investigación en la pizarra. Mi interés por Belmonte comenzó y terminó con Javier
Belmonte.

—Parece alto para ser un fútbolista.

Charlie dejó de caminar y comenzó a reír. —¿Realmente no sabes quién es?

Sacudí la cabeza. A menos que tu nombre fuera Derek Jeter, no estabas


realmente en mi radar, y desde que se había retirado y se había casado, nadie estaba
en mi radar.

—Es uno de los mejores. Te estoy diciendo —dijo Charlie.

La única vez que había visto a la FIFA en la camiseta del dueño dominicano
de la pequeña tienda de esquina que frecuentaba, estaba seguro de que ni siquiera
sabía lo que llevaba hasta el día en que Charlie entró conmigo y comentó de su
camisa. A Charlie le encantaba hablar en hipérboles, especialmente cuando se
trataba de deportes como el fútbol y el rugby, que eran sus favoritos. En el bar, la
gente se quejaba de que ambos televisores no debían estar jugando al fútbol soccer
cuando la mayoría de los estadounidenses prefirieron mantenerse al día con los
deportes estadounidenses. —Este es un bar irlandés —les diría Charlie. Y cuando
esa excusa fracasó, les recordaba que era su bar. No había discusión de eso.

—¿Por qué un jugador de fútbol soccer invertiría en Belmonte? —le pregunté.

Charlie se encogió de hombros mientras esperábamos el tren. —¿Por qué no lo


haría? Belmonte es una empresa en rápido crecimiento. Invertiría allí si tuviera ese
tipo de dinero. Y él es de aquí, así que tal vez se siente cómo que es lo más
inteligente que hacer.

—Tiene un acento británico bastante pesado para ser un neoyorquino.

Se encogió de hombros en respuesta a eso.

—¿Por qué te tomaste tanto tiempo allí después de que salí? —le pregunté,
deteniéndome ante la luz para cruzar.

—Los invitaba al bar el viernes —dijo y luego se encogió de hombros ante la


expresión de mi rostro—. Pensé que tal vez si ven cómo es, no quieran derribarlo.

—No creo que un poco kumbaya va a ir un largo camino con esas personas —
dije en voz baja.
—Sí. Han sido conocidos por deshacerse de la mierda sin previo aviso —dijo
él.

—No lo sé —murmuré bajo mi respiración.

—Lo bueno es que, si Warren Silva aparece, puedo pedirle que firme un puesto
en el bar —dijo. Me reí.

—Si es tan popular como tú dices, yo no apostaría a que aparezca.

—Puede que lo haga. Vi cómo te miraba cuando hablabas.

No lo creí, pero mis mejillas ardieron. —Los tipos de deportes populares por lo
general tienen citas con el tipo de modelos. Mira a Jeter.

—Hay más atletas por ahí aparte de Jeter, ¿lo sabes?

—Está bien —dije, sonriendo—. Mira a Robinson Cano.

Charlie rio entre dientes. —Ellos juegan béisbol. Es diferente.

—No importa. No pienso en esa vida.

—¿Qué vida? ¿La vida rica y lujosa? —preguntó, riéndose del ceño fruncido en
mi cara cuando entramos en el metro—. Suena bastante fantástico para mí.

Me burlé. Sonaba fantástico. Hasta que lo pierdes todo. Sabía que no debía
poner hincapié en las cosas materialistas, y definitivamente sabía que era mejor que
involucrarme con un hombre como Warren Silva. No importa lo caliente que
estuviera o cómo se sintiera cuando me miraba.
Capítulo 4
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Warren
—La quiero a ella.

Thomas rio ruidosamente. —Tú puedes tener a cualquier mujer en el mundo


¿y esa es la que quieres?

—¿Qué se supone que eso significa?

—Tú sabes lo que significa. —Negó con la cabeza mientras salió de su silla con
la pila de papeles—. ¿Qué tienes planeado para el día?

—Absolutamente nada —dije.

Cancelé mi aparición en la compañía de zapatos deportivos para estar aquí


mientras todo lo demás que mi agente tenía acomodado mientras estaba visitando
Nueva York. Le dije que no estaba aquí para negocios relacionados con el fútbol y
él necesitaba respetar eso. También eran solo tres semanas enteras de un año
completo que tenía para mí mismo.

—Ese es tu problema —dijo Thomas mientras me levantaba y me unía a él


caminando fuera de la sala de conferencias—. No estás acostumbrado a no estar
ocupado. Vete a encontrar a una mujer para follar mientras estás aquí.
Preferiblemente una que posea un apartamento un poco más grande que el armario
de tu habitación.

Se giró y volvió a su oficina antes de que yo pudiera contestarle, y me dirigí


hacia abajo con ese pensamiento en mente. Por supuesto, esperaba que yo
encontrara a una mujer para follar mientras estuviera aquí. Fue lo que hice. Bueno,
lo que solía hacer. Me gustaba pensar que ya no era ese tipo, pero lo único que
quería era hacerle una proposición a Camila. No es como si ella dirá que no.

***

—Este no es el Harlem que recuerdo —dije en voz baja.


—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en la ciudad? —preguntó Antoine.

Nunca estaba en la punta de mi lengua, pero no pude ni siquiera hacerme


decirlo. La única vez que había visto estas calles era en videos de música y
películas, y en otros lugares que ningún verdadero neoyorquino nunca atestiguaría.
Sin embargo, allí estaba yo, diecisiete años después de salir del país. En Harlem.
Una de las cosas que quería hacer cuando llegué a Nueva York, fue tomar un Uber,
por la simple razón de que nunca podría hacer algo así en casa. Además, me hizo
sentir más como un neoyorquino. Aunque, las pocas veces que había visitado desde
que me mudé me di cuenta de que los neoyorquinos verdaderos nunca me
aceptarían como uno de los suyos.

No podía culparlos. No sabía qué trenes tomar donde, e incluso si conseguía


eso, tenía conductores a mi disposición. Le dije a mi hermano que se quedara con
los conductores esta vez. Quería experimentar la verdadera Nueva York. El único
problema era que yo no era el tipo de persona que podía pasear por la ciudad y
pasar inadvertido por demasiado tiempo, como Antoine el piloto Uber demostró
notarlo llamándome por mi apodo, War Zone, tan pronto como me deslice en su auto.
La última vez que estuve aquí, nadie me reconoció. En los Estados Unidos, los
jugadores de fútbol americano, los jugadores de béisbol, los jugadores de hockey,
los jugadores de baloncesto, incluso los malditos jugadores de golf eran los dioses.
Jugadores de fútbol soccer (el verdadero fútbol) eran solo un montón de chicos
persiguiendo a una pelota durante noventa minutos. Este viaje, ya había recibido
mucho más reconocimiento de lo que había imaginado o esperado.

—Tu temporada empieza pronto, ¿no? —preguntó en nuestro viaje.

—Sí. La práctica comienza dentro de unas semanas.

—¿Lo extrañas cuando no estás jugando? ¿Te mantienes ocupado?

Durante nuestro viaje me enteré de que Antoine había ido a la universidad con
una beca de fútbol americano y tenía sueños de hacerlo grande. Según él, no era lo
suficientemente bueno para la NFL de inmediato, así que volvió a casa.

—Realmente no sé qué hacer conmigo mismo cuando no estoy jugando —dije,


mirando por la ventana—. ¿Extrañas jugar?

—Lo hago, pero es lo que es.

Estábamos tranquilos hasta que llegamos a detenernos completamente enfrente


de un centro comercial.

—He oído que quieren derribar todo este vecindario —dijo. Parpadeé lejos de
los escaparates y lo miré.
—Solamente este bloque creó —le dije—. Estoy seguro de que el edificio de
apartamentos se verá mejor una vez que los constructores hayan terminado con él.

Él chistó, sus ojos desaprobadores se encontraron con los míos en el retrovisor.


—Eso es lo que dijeron sobre el veintiuno, y mira cómo les va.

No sabía de qué estaba hablando. Ni tampoco me importaba. —¿Cuánto


tendría que pagarte para esperarme?

Antoine sonrió. ¿Cuánto tiempo estarás?

Eché un vistazo hacia atrás, hacia la calle. Grupos de personas continuamente


caminaban por la acera. Algunos entraron en el bar Scully’s al final, que sabía que
pertenecía a Charlie Ferguson. Otros entraron en la tienda de panecillos al lado. La
mayoría de ellos pasaron junto a la calle. Un encendido apagado llamó mi
atención. La puerta se abrió y cerró poco después y mi corazón dio dos golpes
rápidos y fuertes, una especie de adrenalina acumulándose dentro de mí mientras la
miraba, antes de volver a la velocidad normal. Era ella. Camila. La morena con los
ojos más decididos que jamás había visto. Su cabello corto era ondas desordenadas,
del tipo que le invitaba a tomar un puñado de ello. Parecía diferente en un par de
pantalones negros apretados y una playera negra igualmente apretada. Diferente de
la mejor manera, ya que podía ver cada jodida curva de su cuerpo, y
definitivamente tenía un infierno de un cuerpo sobre ella. La idea de agarrar su
pequeña cintura y agarrar su gran culo hizo calentar mi sangre.

—Unas horas —dije, aclarando mi garganta—. Probablemente alrededor de la


medianoche.

—Puedes alquilar el coche por la noche por trescientos dólares —dijo.

—Eso es perfecto —dije, bajando del auto.

Desde el exterior, el bar era exactamente lo que cabría esperar un agujero en la


pared de aspecto, con una puerta de madera oxidado y un mango que habría
sustituido hace veinte años. En el interior, sin embargo, era una historia
completamente diferente. Era estrecho, pero profundo, con un ambiente de gente
hablando y moviendo la cabeza hacia la interpretación acelerada de la banda en
vivo de Santería por Sublime.

Mi mirada exploró el bar, tomando el colorido arte que proporcionó estallidos


de color en el espacio de lo contrario grueso, y finalmente aterrizando en Camila,
que me observaba con una mirada confusa en la cara desde el otro lado del bar.

Se había puesto una camisa corta pintada que tenía tonos de violetas y azules
con la palabra Scully’s escrita a lo largo de su pecho. Le hacía parecer que pertenecía
a la pared junto con el resto de la colección. No había planeado caminar hasta ella
desde el principio, no obstante, mis pies me llevaron por ese camino. Nuestros ojos
clavados mientras yo me sentaba en el taburete vacío de la esquina enfrente de
donde ella estaba de pie.

—Hola —dijo ella, sus mejillas sonrojándose profundamente.

Yo sabía el efecto que tenía en las mujeres, pero podía contar con una mano las
veces que estaba realmente encantado. Camila estaba definitivamente en esa mano.

—¿Así que trabajas aquí? —pregunté, incapaz de evitar que mis ojos exploraran
sus rasgos.

Sus ojos en forma de almendra, sus altos pómulos, las pequeñas manchas de
pecas en la punta de su pequeña nariz hacia arriba. Traté de mantener la mirada fija
en su rostro, principalmente porque no quería que se sintiera incómoda, aunque era
difícil no dejar que mis ojos vagaran, donde podía ver su vientre desnudo. Estaba
seguro de que también podía distinguir cada curva de su culo y muslos en esos
pantalones ajustados de entrenamiento que llevaba.

—No lo hago. —Hizo una pausa—. Bueno, técnicamente no. Yo ayudo de vez
en cuando, y cómo esto no interfiere con mi trabajo de nueve a cinco, lo hago.

—¿Cuál es tu trabajo de nueve a cinco?

—Uno sin fines de lucro.

—¿De qué tipo?

—Del bueno. —Sus ojos se quedaron en los míos unos instantes antes de que
ella se diera la vuelta.

—Tienes los ojos más hermosos —dije, inclinándome un poco más cuando ella
retrocedió.

Ella sonrió, y esto hizo que su nariz se arrugara un poco, trayendo atención otra
vez a las pecas en su nariz. Me hicieron querer llegar y conectar los puntos. Me
preguntaba cómo se sentiría al tocarla, el rozar mi pulgar a lo largo de su mejilla y
bajar por su cuello. Me aclaré la garganta, pero hizo muy poco para ayudarme a
ahogar la lujuria que sentía. Se veía tan familiar. Estar cerca de ella se sentía
familiar, que fue lo que más me sacudió en la oficina.

—Los ojos marrones son bastante comunes.


—No como el tuyo. —Estos eran del color de la miel caliente. Casi podría
probarlos.

—¿Estás aquí para ver a Charlie? —preguntó, sus ojos escaneando el bar
momentáneamente—. Salió, pero estoy segura de que volverá pronto.

No estaba allí para ver a Charlie. Yo estaba allí por ella. Me gustaba que no me
prestara atención, como si yo no fuera uno de los jugadores de fútbol más exitosos
del mundo, el modelo de respaldo mejor pagado para tres marcas diferentes y, por
último, War Zone, un dios en la cancha. Tenía la reputación de encamar a diferentes
mujeres en diferentes ciudades. Era una pieza de información que de alguna
manera se filtró a la prensa por una de las chicas, y se esparció cómo un rumor por
mí porque no quería confirmar que yo era ese tipo de hombre. Yo no quería follar a
ninguna mujer de Nueva York que fuera a verme como si fuera su alcancía
personal. Quería follar a esta mujer. Quería llamar su atención.

—Solo estoy aquí para satisfacer una curiosidad —dije.

Ella examinó mi cara durante un largo momento. —¿Quieres beber algo


mientras averiguas si tu curiosidad está satisfecha?

Me sentí sonreír. —Por supuesto.

—¿Quieres empezar una cuenta? —preguntó después de que pidiera una Stella
y empezó a verterla delante de mí.

—¿Hay normalmente una banda aquí? —pregunté.

—Viernes por la noche —dijo mientras la música se ponía de nuevo en marcha


y una mujer del otro lado del bar pedía su atención—. Tengo que… —dijo ella,
asintiendo con la cabeza. Sonreí.

—No voy a ninguna parte.

Ella asintió y caminó hacia el otro lado de la barra, sus caderas se balanceaban,
no de esa manera exagerada como las mujeres caminaban cuando sabían que los
hombres las miraban marcharse, sino de una manera natural y despreocupada.
Cuando llegó allí se rio de algo que el hombre sentado le dijo y retiró un mechón de
su cabello que cayó de vuelta a su cola de caballo. Pronto había servido a cuatro
personas diferentes bebidas y me di cuenta de que había estado tan cautivado por
ella en ese momento que ni siquiera había tocado mi celular. Se movió con gracia y
sonrió con confianza, como si naciera para entretener a una multitud. Y mi objetivo
se convirtió en la lectura del lenguaje tácito en la forma en que se movía las manos
cuando estaba hablando y sonrió de manera diferente a los clientes. Parecía extra
amable con las mujeres, algo que no había visto en una camarera. Escuchó
atentamente sus historias, y llegó a su mano más de unas cuantas veces para
colocarlas encima de las suyas. Estaba hipnotizando por completo observando.

Tomé un sorbo de cerveza, y casi escupí en una tos cuando la oí reír. Solo pude
distinguir la forma en que sus labios se movían cuando hablaba con una de las
mujeres sentadas al otro lado del bar. La mujer atrapó mi mirada durante un
milisegundo antes de apartar los ojos de ella y mirar a Camila que cantaba junto a
Bohemian Rhapsody como si estuviera en algún enfrentamiento de sincronización de
labios.

—Asegúrense de dejarle a Camila una buena propina —gritó el cantante en


medio de la canción, apuntando hacia la barra.

La gente gritaba y aplaudía, y Camila enterró su cara en sus manos


brevemente. Cuando las dejó caer, seguía riéndose. Su rostro se transformó cuando
se echó a reír así, y para mi decepción, me di cuenta de que me había estado dando
sonrisas falsas todo el tiempo. Realmente no había prestado atención a la banda,
pero me volví en mi asiento para mirarlos ahora. Había cuatro tipos, y si el nombre
no hubiera sido tomado, deberían haberse llamado a sí mismos The Misfits: la
mitad de ellos con sus tatuajes, piercings y cortes de pelo extraños, y los otros dos
parecían mucho a los chicos con los que jugaba; niños ricos y en forma con los
peinados separados. El vocalista era uno de ellos. Sus ojos parecían estar todavía en
Camila. Me volví a mirarla y me sentí extrañamente satisfecho, mi pecho soltando
el primer apretón cuando me di cuenta de que ella ya no lo miraba.

—Nunca he conocido a una camarera tímida antes —dije cuando tomó mi


vaso y lo volvió a llenar con el grifo a nuestro lado. Sus mejillas se calentaron de
nuevo. Sus ojos estaban en el vaso cuando lo puso delante de mí, y sentí mis labios
en una sonrisa. Normalmente, yo no era uno para comprar en ese acto, pero
funcionó en Camila, y me hizo desear averiguar cuan ruidosamente ella podría ser.

—Ahora se llaman mixólogos o bartender. Camarera es muy… arcaico —dijo,


casi con un susurro, pero tenía los ojos en sus labios y yo podía leerlos con claridad.

—Anotado —susurré, igualando su tono.

—Entonces, ¿qué te trae por aquí?

—Charlie me invitó —dije.

—¿Estás esperando a tus colegas?

Casi me reí, pero me detuve antes de hacerlo. No quería que supiera que mis
colegas pensaban que estaban por encima de visitar un pequeño bar en este barrio. Si
no fuera por ella, probablemente estaría tomando bebidas con Tom en Chelsea.
—Ellos ya tenían otras cosas planeadas para la noche.

Me dirigió una mirada que me dijo que no estaba comprando esa excusa, pero
la dejó ir. Cuando regresó, puso los codos en la barra frente a mí y dejó escapar una
larga y profunda respiración.

—¿Cansada?

—Sí, el día me está alcanzando —dijo, moviendo el cuello de lado a lado como
para aliviarse de algo de agotamiento.

—¿Quieres un masaje?

Sus ojos se abrieron de par en par y sacudió la cabeza, pero no antes de mirar
mis manos rápidamente antes de desviar la vista, su piel volvió a ruborizarse. Me
preguntaba qué estaba pensando. Todo dentro de mí se aferraba a todas las
posibilidades. Mis dedos en su espalda, su cuello, su culo, dentro de ella…

—Charlie piensa que eres una especie de fútbolista estrella —dijo tan de
repente que casi me ahogué con mi cerveza.

—¿Qué? ¿No me veo en el papel?

Su mirada se deslizó por mi pecho lentamente, luego a mis brazos. Sentí que
mi pulso se aceleraba por la forma en que se lamía los labios. Odiaba cuando volvió
a apartar la mirada rápidamente, así que hablé, porque quería que volviera a
mirarme. Quería decirles a todos los clientes del maldito bar que se fueran para que
no tuviera más opción que mirarme a mí.

—¿Bueno?

—No estoy segura de lo que como se deben ver los fútbolistas de soccer.

Sonreí. Ella no sabía quién era yo y no sabía cómo eran los fútbolistas. No
estaba seguro de por qué algo de ello me emocionó, pero lo hizo. Camila se alejó
una vez más y cuando regresó, me dio una servilleta doblada. Mis ojos se
encontraron con los suyos. ¿La gente todavía hacía esto?

—¿No preferirías escribirlo en mi teléfono? —pregunté con una sonrisa.

Camila frunció el ceño. —¿Qué?

—Tu número de teléfono. Escribirlo en una servilleta parece ser tan… arcaico.
—Ah —dijo ella, todavía viéndose seria por un momento, y luego sus labios
comenzaron a florecer en una sonrisa—. ¿Crees que te estoy dando mi número de
teléfono?

Mi sonrisa cayó. ¿Qué demonios?

—Es de ella —dijo, señalando al otro extremo de la barra con un movimiento


de cabeza.

Miré hacia arriba y vi a la rubia pechugona que me había estado follando los
ojos antes. Ahora me estaba dando la misma mirada. No era una mirada de la que
me alejaba, pero era una que no apreciaba cuando la estaba recibiendo de la mujer
equivocada.

—¿Lo de siempre? —preguntó Camila, llamándome una vez más la atención.


Estaba hablando con el tipo que estaba a mi lado. Lo reconocí como el vocalista de
la banda.

—A menos que me dejes tomar un trago de ese cuerpo —respondió,


extendiéndose sobre la barra.

Agarré el vaso en mi mano y lo solté rápidamente. No se me había ocurrido


que pudiera tener un novio. Mierda. Si ese fuera el caso, definitivamente no tenía
ninguna posibilidad.

—Definitivamente no —dijo, abofeteando su mano juguetonamente. Se dirigió


hacia el centro de la barra para servir tres cervezas. Tomé el momento de calibrar
de nuevo al tipo. No parecía su tipo. No es que yo conociera su tipo, pero él era
todo lo contrario de mí.

El tipo me notó mirando y su cara se giró rapidamente hacia mí, con los ojos
muy abiertos. —Te pareces a Warren Silva. —Hizo una pausa para sonreír a
Camila cuando ella le entregó su cerveza antes de mirarme nuevamente—.
¿Alguien te lo ha dicho?

Mi corazón dejó de latir. En un esfuerzo por ser normal, encontré respuestas


diferentes: lo hago todo el tiempo. ¿Quién es Warren Silva? No tengo ni idea de lo que
quieres decir. Al final, mi respuesta fue encogerme de hombros. No me importó la
atención cuando estaba en la calle con el resto de mi club, pero cuando estaba solo
prefería permanecer bajo el radar. Yo llevaba una gorra de béisbol por esa misma
razón.

—Tiene un rostro familiar —dijo Camila, sonriéndome mientras hablaba con el


tipo.
La sonrisa del chico se ensanchó cuando se volvió para darle su completa
atención. —Me gustaría volver a familiarizarme con tu cara otra vez.

De nuevo. Había dicho de nuevo. Definitivamente eran algo.

—Me aseguraré de decirle a Kayla que has dicho eso cuando ella entre —dijo,
guiñando un ojo mientras se alejaba de nuevo.

—No con Kayla ya —gritó él, y ella sacudió su cabeza sin mirar hacia atrás
para reconocer que ella lo oyó.

Ellos volvieron al escenario y continué tocando la servilleta, y finalmente la


abrí. El nombre de Erika escrito a través de la servilleta de Scully’s Bar seguido de un
número de teléfono de siete-uno-ocho de código de área y las palabras: Puedo ser tu
chica de Nueva York. Levanté la mirada de la servilleta y miré a la rubia del otro lado
del bar. Era obvio que Erika había oído rumores sobre mí y quería averiguar si eran
o no verdad. Desafortunadamente para ella, en la única mujer que estaba
interesado follar en Nueva York era la que estaba al otro lado de la barra.

—Creo que quiere que le compres una copa —dijo Camila mientras volvía a
caminar.

Me incliné hacia el bar, más cerca de ella. Estaba jugueteando con el mezclador
de bebidas, pero cuando se dio cuenta de lo cerca que estaba, la bajó y me miró.

—Estoy mucho más interesado en lo que tú quieres —dije, plenamente consciente


de la forma en que mi voz sonaba y lo que mi tono estaba implicando.

Su boca se abrió de golpe, y deseé poder oírla desde donde estaba sentado.
Ojalá pudiera oírlo en otro escenario. Me alegré de que mis compañeros no
estuvieran conmigo esta noche, porque ellos se reirían de mí o habrían hecho su
movimiento en ella ahora. Yo culpé a Elena por esto. La puta sangrienta me
rompió. Antes de ella, nunca hubiera esperado tanto tiempo para hacer un
movimiento. El cambio fue bueno, sin embargo. Ella se aclaró la garganta.

—No estoy segura de lo que quieres decir —dijo, su voz tan baja que apenas
podía oírla.

—Creo que sabes exactamente lo que quiero decir —dije, inclinándome un


poco más.

Sus ojos encontraron los míos brevemente otra vez e incluso con las luces
débiles, podría decir que se sonrojaba. Había una súplica en sus hermosos grandes
ojos cuando ella me miró una vez más y yo no podía averiguar si quería que parara
o que continuara.
—No eres mi tipo —dijo, finalmente.

Lo único que podía hacer era mirarla fijamente. Mirarla fijamente después de
que ella dijo las palabras y se alejó para servir otra bebida. La miro fijamente
mientras asintió y habló con un cliente mientras pagaban cuenta, y la miraban
fijamente mientras hablaba con una mujer que venía detrás del mostrador y
aparentemente se hacía cargo de su turno. Camila pasó por donde yo estaba
sentado y por la puerta trasera. Lo último que vi antes de cerrarse detrás de ella era
ella tirando de la cosa de delantal sobre su cabeza y tirándola a un lado.

—¿Ha terminado por la noche? —pregunté a la mujer detrás del bar.

Era una mujer mayor, de la edad de mi madre, tal vez mayor. El ceño fruncido
en su rostro en respuesta a mi pregunta solo profundizó sus arrugas.

—¿Cami?

Asentí.

—Ella está a punto de salir. ¿Eres su amigo? —me preguntó.

—Sí. —No. Quería ser más que eso. Mucho más que eso.

La señora me escudriñó una vez más antes de volver a la caja registradora e


imprimir un recibo para mí, que ella trajo con mi tarjeta. Sentí sus ojos en mí
cuando lo firmé y se lo devolví. Antes de hacerle más preguntas, la puerta trasera se
abrió y Camila volvió con su camiseta negra anterior y una bolsa verde sobre su
hombro.

—¿Necesitas un aventón? —le pregunté, levantándome y enviando al


conductor un texto rápido diciéndole que volviera.

Camila frunció el ceño mientras caminaba alrededor del bar, hacia mí. No me
había quedado a su lado hasta ahora, y era mucho más baja de lo que yo había
imaginado sin sus tacones.

—Vivo a una cuadra de distancia. Técnicamente, ni siquiera a una cuadra de


camino.

—¿Cómo llegas allí cuándo te vas? —le pregunté.

—Camino.

Mis ojos se abrieron cuando miré mi reloj. —¿A las doce y media? ¿Sola?
—Sí. A menos que Quinn acompañe.

Miré por encima del hombro. La banda estaba de descanso, hablando con un
par de chicas sentadas cerca del escenario. Por segunda vez yo estaba viendo al
cantante vernos. Volví a mirar a Camila.

—¿El cantante principal?

—Sí —dijo, dándome una mirada extraña.

—¿Están juntos?

Ella rio. —Definitivamente no.

—Pero sus rostros han sido conocidos —dije, sabiendo muy bien que sonaba
amargado.

Camila no parecía molesta por mis palabras o por la forma en que las decía.
Ella se encogió de hombros, lo que fue la peor respuesta. El pensamiento de ellos
juntos hizo que un sentimiento inquietante se desarrolla en el hoyo de mi
estómago. Retrocede. De vuelta al infierno. Me dije eso, pero sabía que sería difícil
escuchar la advertencia. Yo había perseguido a Elena duro al principio, hasta que
cayó, y ¿para qué? Necesitaba escuchar a mi hermano o mejor amigo por primera
vez. Necesitaba dejar que las cosas se desarrollaran por sí solas y no forzarlas. Pero
era todo lo que sabía. Lo admití. Yo era un mocoso. Siempre lo había sido.

—Déjame llevarte a casa y podemos hablar sobre el desarrollo —dije. No tenía


noticias reales sobre el maldito desarrollo, pero era todo lo que podía pensar.

—Está bien.

La vi mientras caminaba delante de mí y saludaba a la gente que conocía. Algo


en ella me cautivó. Uno podría argumentar que necesitaba tener sexo y esta fue la
primera mujer que conocí en mucho tiempo que no tenía idea, o no le importaba
quién era yo. Pero no era solo eso. Era la forma en que sonreía a la gente toda la
noche mientras servía, como si estuviera verdaderamente feliz de estar allí hablando
con ellos. Quizás lo estaba. Había pasado mucho tiempo desde que conocí a
cualquiera que parecía genuinamente feliz de estar en cualquier parte.

—Tienes coche —comentó ella seguido de un susurro—, por supuesto que


tienes un coche.

—Si te hace sentir mejor, no es mi coche —le dije, aunque no estaba seguro de
por qué eso la haría sentirse mejor. La risa sarcástica que se le escapó dejaba claro
que no.
—Tienes un coche y un chofer —dijo cuándo Antoine salió del asiento del
conductor y caminó alrededor del vehículo.

Nunca me había sentido avergonzado por tener dinero. Era todo lo que
conocía. Cuando tenía cinco años, mi padre ya había hecho suficientes inversiones
para asegurar el futuro de mis hijos. Nunca me había avergonzado de ninguna de
las ventajas que venía con él, y cuando comencé a ser pagado por jugar al fútbol, se
intensificó. Yo estaba acostumbrado a conducir los coches más calientes y estar
viendo a mujeres igualmente calientes. El brillo y el glamour formaban parte del
juego y algo que me gustaba. Pero con la forma en que Camila me miró al lado del
coche, sentí ganas de tomarlo todo y ocultarlo. Había llevado a Elena en nuestra
primera cita en mi Bugatti, y los únicos comentarios que recibí fueron elogios.
Camila miraba al coche como si fuera la cosa más llamativa que había visto.
Suspiré. No es como si pudiera cambiar mi estilo de vida. No es que ella quisiera
que lo hiciera. Pero ahí estaba, aquella pequeña sensación de molestia dentro de mí
que me empujaba a no perder el tiro con esa chica.

—¿Prefieres que te acompañe caminando a casa?

Dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos, y parpadeó lentamente hacia mí
por un momento antes de apartar la mirada y mirar hacia arriba y abajo de la calle.
Me preguntaba qué estaba pensando. Me preguntaba si estaba tratando de
averiguar si podía o no cortarla.

—Como quieras, Camila. Solo déjame llevarte a casa. —Mi corazón se


mantuvo mientras esperaba el consenso.

—Está literalmente justo allí —dijo, señalando el edificio que se encontraba en


la cuadra.

—Dirige el camino.

Empezamos a caminar uno al lado del otro, y de repente no sabía lo que quería
decir. Sabía que tenía que decir algo. Cualquier cosa, para hacerle saber que estaba
interesado.

—¿De dónde eres originalmente? —preguntó ella, inclinando su rostro para


mirarme.

—De aquí —dije—. Manhattan. Me trasladé a Europa cuando tenía catorce


años para vivir con mi familia en España.

—¿Tus padres viven allí? —preguntó.

—No. Nunca se mudaron.


Camila dejó de caminar de repente y se volvió hacia mí. Te mudaste a otro país
cuando tenías catorce años… ¿solo?

—Para el fútbol —dije, encogiéndome de hombros—. Conozco chicos que se


mudaron allí y que se mudaron de todo el mundo cuando tenían nueve años, así
que en cierto sentido llegué tarde.

—Guau. —Negó con la cabeza y siguió caminando. Me llevó un segundo


seguir detrás de ella.

—¿No lo apruebas? —pregunté, divertido por su reacción.

Se encogió de hombros. —No soy madre. A cada uno lo suyo.

—Supongo que tus padres no habrían dejado que lo hicieras.

Se echó a reír, mirándome. —Mis padres no me dejaron participar en


pijamadas hasta... —Su sonrisa se desvaneció y apartó la vista mientras movía la
cabeza lentamente.

—¿Hasta?

—No importa. Entonces, ¿qué está pasando con el desarrollo?

—Está avanzando. Pronto tendré noticias reales. ¿Tienes algún lugar para
mudarte mientras tanto?

Dejó de caminar de repente, y yo me detuve con ella, frente a ella mientras


estábamos en medio de la oscura acera.

—Ese es mi edificio —dijo señalando detrás de mí—. No es que tenga que


señalarlo ya que eres el que lo derriba.

Sus palabras me apuñalaron. Belmonte había derribado y reconstruido


innumerables edificios, pero este me molestó. Camila me hizo sentir que estaba
destrozándo todo de ella. Miré la puerta de cristal en la parte delantera, que estaba
desprendido levemente de la parte superior. Había visto fotos en las reuniones de
Belmonte, pero en realidad no había prestado atención. Había estado en mi
teléfono respondiendo correos electrónicos de mi agente y patrocinadores.
Realmente no me había preocupado lo suficiente como para mirar lo malo que
estaba el edificio. Verlo ahora y saber que alguien como Camila vivía allí… La miré
de nuevo.

—¿Qué tan segura es esta zona?


Ella rio. —¿Para mí? Mucho. ¿Para ti? No tanto.

No estaba seguro de qué hacer con esa respuesta, pero no me gustó. ¿Qué se
supone que debo decir? ¿No quiero que vivas aquí? ¿No me gusta la idea de que estés en
este barrio? ¿Eres demasiado hermosa? ¿Muy amable? ¿Muy silencioso? ¿Demasiado
pequeño? No la conocía lo suficiente como para imponer ese tipo de pensamientos
sobre ella. Tragué todos esos pensamientos.

—Quiero verte de nuevo —dije, finalmente.

Dio un rápido paso atrás, con los ojos muy abiertos. —¿Qué?

Lo repetí.

—¿Por qué? —preguntó frunciendo el ceño.

—¿Necesito una razón?

—Creo que sí —respondió, aunque parecía más una pregunta.

—¿Por qué?

—No lo sé. Tú eres... —Se apartó momentáneamente—, me estás sacando de mi


apartamento.

Su voz, aunque suave, contenía una amargura que no había experimentado.


Era pequeña y callada, pero la forma en que me miraba me hizo hundirme en las
sombras del edificio detrás de nosotros.

—No te estoy echando fuera —le recordé—. Nunca haría eso.

—Tu empresa lo está haciendo.

—No es mi compañía —aclaré.

Ella dejó escapar un aliento áspero y cruzó los brazos. —Lo que sea.

—Fui al bar por ti esta noche —dije, esperando que la gravedad que sostenía en
mi mirada fuera bastante para apaciguarla.

—¿Por qué?

—Creo que ya sabes por qué, Camila.

Sus labios se separaron ligeramente, como si fuera a decir algo, pero luego los
volvió a cerrar y miró a su alrededor. Me preguntaba qué estaba buscando. Había
música hispana alta viniendo desde la esquina y algunos chicos sentados alrededor
de una mesa de dominó, pero aparte de que la calle estaba vacía.

—Déjame sacarte —dije, obteniendo otra mirada sorprendida de ella.

—No creo que sea una buena idea.

—¿Qué?

—Yo. No. Creo. Que. Sea. Una. Buena. Idea —dijo, enunciando cada palabra
lentamente. Crucé los brazos.

—¿Por qué diablos no?

—Porque no creo que sea una buena idea y estoy segura de que tienes cosas
mejores que hacer mientras estás aquí, Sr. Tirocaliente Jugador de Fútbol.

Descrucé mis brazos y di un paso hacia ella otra vez, obligándola a inclinar su
rostro para mirarme a los ojos. —Es fútbol soccer, y tengo muchas cosas que hacer,
una de las cuales serás tú.

Ella parpadeó. —Sí, no. No va a pasar.

—¿Por qué no?

—Te he dado dos buenas razones, si necesitas que te dé más, lo haré.

—¿Siempre eres tan peach?

Ella pareció sobresaltada por un segundo antes de que empezara a sonreír. —


Así es como mi familia me dice.

—¿Qué? ¿Peach?

Asintió, lamiéndose los labios

—¿Por tu mala actitud?

El calor se extendió por su rostro. —La mayoría de la gente dice que soy una
persona muy agradable. Demasiado amable. En parte agradable.

—Tal vez la mayoría de la gente no vea a la verdadera tú —dije, tratando de


evitar que yo sonriera ante su obvia incomodidad—. ¿Así que te llaman Peach por
qué eres bonita?

—No. —Ella se rio—. Por Mario Bros.


—La princesa Peach. Lo entiendo. —Me reí y luego puse mis manos en puños.
Personalmente creo que Rocky te va mejor.

—Tienes un verdadero futuro en la comedia, ¿sabes? Tal vez si esa cosa de


fútbol no funciona para ti puedes intentar eso después.

Me reí. Una risa real, honesta-a-Dios, y ella se unió poco después. Cuando
ambos dejamos de reír, nos miramos durante otro largo momento, y sentí que, si al
menos no la besara al final de la noche, explotaría con necesidad. Cuando sus
labios se separaron otra vez, mi atención estaba completamente en ellos, en la
manera perfecta que se curvaron cuando habló. Estaba tan fascinado por ellos y su
lengua, que solía lamerles, que sus palabras no se registraron hasta que fue
demasiado tarde.

—Gracias por acompañarme a casa.

Y así, entró en el edificio. Justo antes de cerrar la puerta, sacó la cabeza y


añadió—: Espero que tu curiosidad esté satisfecha. —Y volvió a entrar.

Yo estaba demasiado conmocionado para moverme. ¿Había ocurrido eso


realmente? Miré a la puerta de cristal por un segundo, dos, tres, cuatro, solo
parpadeando y tratando de averiguar qué diablos acababa de ocurrir.

¿Realmente me rechazó? ¿De verdad la dejé? Esto no podría ser.


Definitivamente, no iba a dejar que terminara aquí. Había estado un poco curioso
antes, pero ahora Camila tenía toda mi atención.
Capítulo 5
Traducido por Carilo y Mariela

Corregido por Candy20

Camila
Simplemente por principios, me quedé, se suponía que odiaría a Warren Silva.
Solo por principio, nunca debíamos habernos conocido. Nunca debería haberme
ofrecido a llevarme a casa y nunca debería haberlo dejado. Sin embargo, aquí
estaba yo, un día más después, de pie en la fila de la tienda de la esquina todavía
pensando en él. Él. Y sus oscuros ojos verdes y la forma en que brillaban cuando
coqueteaba conmigo. Hombres como él no se daban cuenta de chicas como yo. Y
nunca los había querido.

—¿Es esto todo lo que estás tomando? ¿Quieres tu tarjeta habitual? —preguntó
Pedro, el empleado.

Mi tarjeta habitual significa la tarjeta telefónica que compré para poder llamar a
mi hermano en República Dominicana. Mi hermano, que probablemente estaba
viviendo la vida allí, con un conductor, una sirvienta y un cocinero, mientras yo
estaba aquí saltando a través de aros para escuchar su voz por solo un segundo.
Suspiré. Traté de no enfadarme con Johnny. Lo amaba hasta la muerte y me
encantaba que lo estuviera haciendo bien, pero a veces el pensamiento me hacía
querer darle un puñetazo.

—Por favor —dije, sonriendo a Pedro.

—¿Hay planes para visitar a tu mamá?

—Probablemente me iré dentro de un par de semanas.

—¿Todavía no estás pensando en mudarte con ella mientras esta situación de


vivienda se resuelve?

Aprieto los labios. —¿Estás tratando de deshacerte de mí?

—Nunca, Rubia —dice, riendo. Sonrió cuando me llama así. Era una cosa
dominicana. Yo no era rubia en absoluto, pero cualquiera que fuera pálido y tenía
ojos claros fue automáticamente apodado rubio—. ¿Has pensado en mudarte con tu
hermana?

—Definitivamente no.

Él echó la cabeza hacia atrás en carcajadas. —Siempre puedes quedarte con


nosotros. A Mayra le encantaría, especialmente si estás disponible para cuidar
niños.

—Ja. Tus hijos realmente me sacarán de este vecindario —digo, volviéndome


hacia la puerta—. Te veo la próxima semana.

Pedro seguía riéndose mientras salía de la tienda. Pensar en todas las cosas que
tenía que hacer me volvía ansiosa, y entre ellos estaba llamando a mi abuela en
República Dominicana. Cada semana compraba una tarjeta para la llamada de
larga distancia, y cada vez que la tenía en mi mano y debatía si realmente la usaría.
Mi abuela no tenía celular. Se negó a ser dueña de ello porque se enteró de que
causan cáncer, así que esta era mi manera de llamar a su teléfono fijo y no pagar
una fortuna por los quince minutos que hablamos.

Últimamente, la mayoría de las veces, se lo di a Elisa al otro lado del pasillo


para que pudiera llamar a su familia en Puerto Rico. No era que no quisiera hablar
con mi abuela. Me encantaba hablar con ella, pero desde que mi abuelo murió, oír
su voz hizo que el dolor en mi pecho empeorara. Siempre había preferido tener la
tarjeta más que usarla. Me recordó a mi infancia, antes de que tuviéramos todo,
cuando mi mamá todavía utilizaba una para mantenerse en contacto con nuestra
familia.

Me hizo pensar en la risa y todos nosotros sentados en la cocina esperando a


que nuestra comida fuera servida. De mi hermano siguiendo a hurtadillas a mi
mamá mientras ella freía comida solo para robar una rebanada de plátano frito, y el
chisme sin fin de mi hermana sobre los chicos en la escuela. Me recordó a mi papá
que volvía a casa del trabajo, su rostro lleno de agotamiento mientras dejaba su
maletín, y cómo se aclaró y se ponía jubiloso en el momento en que lo besamos en
la mejilla. Me recordó el tipo de amor que solíamos tener antes.

Antes de.

Antes de.

Antes de.

Fue todo lo que pensé en estos días, especialmente después del funeral, y
agarrando la tarjeta en mis manos hizo empeorar la nostalgia. Al llegar a la esquina
de mi edificio, noté unos cuantos hombres con traje de pie delante de él y me
detuve en seco cuando lo vi a él de pie a un lado. A diferencia de los otros, no
llevaba traje, sino vaqueros y una camisa de cuello con dos botones. Su mano libre
se movía animadamente mientras hablaba por teléfono. El sol brillaba sobre las
diferentes obras de arte grabadas sobre sus brazos con cada movimiento. Volví a
caminar, con la intención de ignorarlo, pero el ruido de mi corazón se abrió camino
hasta mis oídos hasta que sentí una sensación de chillido a cada paso. Nuestros ojos
se encontraron el momento en que llegué a mi puerta y en un movimiento lento y
deliberado, terminó su llamada y metió el teléfono en el bolsillo delantero de sus
vaqueros. Empezó a caminar hacia mí con una expresión tan seria, que hizo que los
vellos de mi nuca se erizaran. Ahuequé mi mano y la levanté para proteger mis ojos
del sol mientras me alcanzaba.

—Oye, Rocky —dijo, pareciendo muy divertido de su propia broma.

Resistí a la necesidad de rodar los ojos, aunque la forma en que me miró


cuando lo dijo me prendió fuego en el interior. Sus ojos recorrían mi rostro antes de
encontrarse con los míos.

—¿Estás apresurada?

—Tengo que estar en el trabajo pronto —dije entrecerrando los ojos al sol en
mi cara. Warren se movió un centímetro a la izquierda para bloquearlo. Sonreí
agradecida.

—¿Está lejos de aquí?

—Brooklyn —dije—. Tengo que salir de aquí en unos treinta y cinco minutos
para llegar a tiempo.

—¿Esto es para tu otro trabajo?

Abrí una sonrisa. —Solamente tengo un trabajo. Ya te dije que no trabajo en el


bar.

—Cierto. —Sonrió—. El no lucrativo del que no me hablaste.

—La Fundación Winsor —dije—. Trabajamos con niños problemáticos,


principalmente adolescentes. Les ofrecemos asesoramiento, vivienda, lugares para
pasar tiempo después de la escuela. Cosas como esas.

—Suena importante —dijo, levantando las cejas como si estuviera


impresionado.

—Definitivamente lo más importante que he hecho hasta ahora.


Sus ojos no habían dejado los míos por un segundo, y yo estaba empezando a
sentirme incómoda con la atención. La mirada que me estaba dando me hacía
querer retroceder y subir las escaleras hasta mi apartamento donde estaba a salvo y
lejos del tirón que sentía entre nosotros, así que me moví con la tarjeta de llamada
en mi mano, sujetándola un poco más apretada.

—Déjame llevarte —dijo.

Mi corazón hizo un pequeño tirón ante lo inesperado de la misma. No respondí


porque no estaba segura de qué decir, y cuando uno de los hombres de traje llamó
su nombre y miró por encima del hombro, me sentí aliviada de no tener que
responder en absoluto. Estudié su perfil mientras escuchaba al hombre, su fina
nariz, su mandíbula definida y la sombra de la barba que lo cubría, el diminuto
orificio en su oreja, su cabello oscuro y cepillado, su cuello bronceado, que
aparentemente era el único lugar en el que no tenía tatuajes. Me preguntaba qué
pensaban los de trajes de un hombre como él. Me preguntaba si lo juzgarían. Era
una perfección indomable. Eso era lo que cada centímetro de él gritó. Y yo no
estaba a punto de ser quien trataba de domesticarlo. Había estado allí antes. La
última vez que intenté domesticar a un jugador, me quemaron. Y el jugador que
traté de domar no estaba cerca de la estatura de Warren Silva.

Me volví hacia la puerta y la desbloqueé, manteniéndola abierta con el lado del


pie mientras esperaba a que Warren dejara de hablar con el hombre. No quería ser
grosera, pero tampoco quería llegar tarde al trabajo, y cuando Warren giró su
cuerpo y se enfrentó al tipo con el que estaba hablando, me precipité hacia dentro y
subí las escaleras de dos en dos a mi apartamento y comencé a desvestirme tan
pronto como la puerta se cerró detrás de mí, quitándome las sandalias antes de
quitarme la blusa. Mis pantalones cortos de jean salieron cuando me precipité en el
baño. La mayor parte del tiempo cuando estaba en mi camino al trabajo desee tener
un uniforme y hoy no era ninguna excepción. Por suerte, me animaron a vestir
casualmente. Pensé que cuando volviera a la planta baja, Warren se habría ido,
pero de nuevo el choque de verlo me hizo detenerme en seco al acercarme a la
puerta.

Y de nuevo, sus ojos encontraron los míos cuando me acerqué a él. Cuando
dejó de mirarme a los ojos, fue para dejarlos vagar por encima de mí en un
movimiento lento que hizo que mi piel hormigueara. Me hizo difícil abrir la puerta
y no tener ese espacio entre nosotros. Me hizo difícil no querer averiguar si
compartimos algo en común.

—¿Has calculado tu situación de vida? —me preguntó mientras salía, y así me


recordó lo que compartimos.

—No, pero no te preocupes. Estaré fuera de tu vista lo suficientemente pronto.


Se estremeció. —Nunca dije que eras...

—No era necesario —dije, interrumpiéndolo. Me di la vuelta y empecé a


alejarme—. Te alcanzaré más tarde.

—¿Cómo llegas a Brooklyn? —preguntó, acercándose a mí con facilidad. Dejé


de caminar para que no me persiguiera hasta el metro.

—Un tren.

Asintió una vez y miró a su alrededor, a los hombres que todavía estaban de
pie allí, por la acera de los chicos levantando la mesa de dominó fuera de la tienda
de la esquina, y de vuelta a mí.

—Se supone que voy a ir a Brooklyn para un partido de fútbol con algunos
niños mañana. Te puedo llevar.

O el tipo no podía conseguir una pista o era justo cómo solía conseguir su
camino. Eso fue probablemente lo que más me molestó. El pensamiento de que
cada mujer antes y después de mí era rápida en dejar sus bragas para él y estaba
dispuesto a aceptarlas.

—No, gracias —dije.

—Tengo un lugar, eso es por lo que te pregunto si ya lograste definir tu


situación de vivienda —dice de pronto. Debe de ver la confusión en mi cara,
porque rápidamente continua—. No mi lugar, sino un edificio. Un edificio para ti y
los demás para que se puedan mudarse si lo deciden.

—¿Por qué haríamos eso?

—Belmonte quiere ofrecerles un lugar temporal donde vivir.

Entrecierro mis ojos en los de él. —¿Por qué Belmonte ofrecería eso?

Me estudia por un momento. —¿Realmente tienes algo en contra de ellos, o


no? ¿Es la compañía o son los dueños?

—Los dueños.

—Así que estamos claros —dice, su voz bajando mientras se acerca un poco
más. Tomo una respiración profunda y me hice hacia atrás, pero invade
completamente mi espacio—. Yo no soy ellos, así que deja de tratarme como el
enemigo.
—Está bien —susurró.

—Pero, hablé con algunas personas y ellos decidieron que esa sería la solución
perfecta. Así nosotros llenamos el edificio y ustedes tienen un lugar para vivir. Es
un ganar-ganar. Dame tu número de teléfono así puedo mandarte la información.
Se las estoy enviando a todos los que viven aquí, justo ahora. Será un buen precio.
Comparablemente a lo que pagan aquí, no será muy diferente, y lo mejor de todo
tendrás a los mismos vecinos.

—Eeeestá bien. —Tomó el teléfono que me tiende y de mala gana tecleo mi


nombre y número—. Solo porque va a ahorrarme mucho tiempo.

Él sonríe mientras toma su teléfono de vuelta. —Claro. ¿Quieres que te lleve a


Brooklyn?

—¿Otra vez con la cosa del coche?

—Será más rápido, ¿o no?

Reí. —¿Cuándo dijiste que fue la última vez que estuviste aquí?

—Hace mucho tiempo —respondió, sus ojos con un toque de diversión.

—El metro es definitivamente más rápido que un coche, especialmente en este


momento, pero gracias por la oferta.

—¿Qué si yo quiero subir al metro?

Mis ojos se abren. Está realmente haciendo esto. Toda mi vida ha estado
rodeada por hombres mentirosos. De los que manejan una negociación difícil de
conseguirte en su cama y echar todo a perder una vez que te tienen allí. No era un
concepto extraño para mí. Yo era dominicana, por el amor de Dios. Pero cuando
un hombre como Warren Silva me prestó atención… Maldita sea, hizo difícil
recordar que no confiaba en los hombres. Sus ojos estaban ardiendo en los míos de
nuevo. Yo estaba tratando de encontrar formas de decir que no, pero cuanto más
nos miramos, más difícil resultó ser.

—¿Y vas a volver solo? —pregunté.

—Mañana lo haré —dijo, y luego se lo pensó mejor—. Puedo tener a alguien


conmigo.

Sacudí la cabeza e intenté ahogar una sonrisa mientras miraba el reloj de


ejercicio en mi muñeca y leía la hora. Mierda. Si llego al tren en los próximos diez
minutos estaría diez minutos tarde para trabajar.
—Oh, mierda. Me tengo que ir. Pospongámoslo para otra ocasión.

Warren empezó a caminar a mi lado, siguiendo con mis pasos apresurados. —


Nunca he conocido a una mujer más decidida a alejarse de mí.

—Sé que es difícil para un hombre como tú creerlo, pero no todo es sobre ti.
No estoy tratando de alejarme de ti. Solamente estoy tratando de llegar al trabajo.
Hay una diferencia.

—Muy bien. Pruébalo. Sal conmigo entonces.

Sus palabras me hicieron detenerme. Yo estaba asombrada y agradecida de que


mi corazón no hubiera caído de mi pecho y sobre el pavimento delante de mí. ¿Por
qué insistía este hombre en verme de nuevo? Me volví para mirarlo.

—No tenemos nada en común. Lo sabes bien, ¿cierto?

Alzó una ceja. —¿Estás segura de esto?

—Oh, sí.

—¿Cómo?

—Solo lo sé. Tú eres todo… clase alta y Belmonte y yo soy toda… una chica
dominicana quebrada de Washington Heights. No es una pareja hecha en el cielo.

Warren se rio entre dientes. —Dices esto como si fueras un matón.

Eso me hizo hacer una pausa y fruncir el ceño. Miré a la vuelta de la esquina
donde estábamos, al otro lado de la calle, donde Pedro estaba fumando un
cigarrillo. Nos saludamos. Él, con un ceño fruncido en su cara mientras evaluaba a
Warren; yo con una sonrisa que le aseguró que estaba bien. A diferencia de la
mayoría de la gente aquí, yo no había vivido aquí desde que nací. Yo no había
estado en el Distrito Seis o P.S. IS 187. Cuando llegué a George Washington, yo
era la chica nueva y tranquila y vine a aprender que había un montón de niños
nuevos y tranquilos. No fuimos evitados por ser diferentes como si hubiéramos
estado en la escuela privada por la que había estado durante la mayor parte de mi
vida. No nos juzgamos por lo que usamos o por cómo te veías. Se sentía más casa
para mí que un montón de lugares que había vivido antes de entonces.

Y yo no me consideraría a mí misma, un estudiante de honor con puras A, a


quien una gran universidad le pagó para asistir basado en las calificaciones de un
matón, pero conocía a mucha gente que eran considerados matones. Trabajé con
muchos niños que fueron vistos en esa luz y odié que fueran encasillados para
comenzar. Volví a mirar a Warren. Al menos el tipo tenía buenos modales, a
diferencia del noventa por ciento de la gente rica que había conocido. Sin embargo,
nada en común. Nada.

—El hecho de que dijeras eso que demuestra que no somos compatibles.

Parecía desanimado. —No quise hacer ningún daño.

Sacudí la cabeza. —La gente como tú nunca lo hace.

—¿Qué significa eso? “¿Personas cómo yo?” —preguntó él, siguiéndome por las
escaleras hasta el tren.

—Las personas que no conocen nada mejor.

—Así que enséñame —dijo. Me volví para mirarlo de nuevo. La honestidad en


sus ojos hizo que mi corazón saltara un latido.

—¿Qué te enseñe qué?

Sonrió. —Enséñame a entender.

Nos miramos durante tanto tiempo, no sabía qué decir a continuación, así que
fui con lo primero que apareció en mi cabeza.

—¿Qué tipo de música escuchas?

Frunció el ceño por un momento antes de que una sonrisa comenzara a tirar de
sus labios. —¿Vas a hacerme preguntas para ver si somos compatibles?

—Tal vez. —Me asusté cuando mi teléfono sonó en mi bolso—. Mierda.


Trabajo. Mira, realmente necesito irme. Si quieres acompañarme a trabajar
mañana, eres más que bienvenido.

Me di la vuelta y pasé mi tarjeta para llegar a la plataforma y me detuve cuando


lo oí gritar mi nombre. Estaba al otro lado de los barrotes, con las manos sujetas a
la cerca, parecía que estaba tratando de salir de una jaula. Caminé de regreso hacia
él y me paré al otro lado, mirando hacia arriba. Se acercó a los eslabones de la
valla, y por instinto, me acerqué más, disfrutando de un aroma a colonia,
preparándome para lo que haría a continuación, sabiendo que no podía hacer
mucho con una cerca entre nosotros. Sus dedos rozaron los míos mientras me
miraba, o más exactamente, lo que sentí dentro de mí.

—Que tengas un buen día en el trabajo —dijo—. Solo para que sepas, no me
detendré hasta que consiga esa cita.
No pude ni siquiera llegar a formar una respuesta cuando dejó caer sus manos
y se retiró, caminando hacia atrás primero, y luego completamente girando. Me
dejé revisarlo por un momento; su espalda era la perfección. No era demasiado
musculoso, pero cada centímetro de él se veía duro. Duro. Me ruboricé
furiosamente ante el pensamiento y me giré justo a tiempo para oír los neumáticos
del tren chillando mientras se acercaba. Durante el resto del día, traté de
concentrarme en los niños y organizar nuestro próximo evento de redes, pero lo
único que podía hacer era pensar en Warren y volver a verlo.
Capítulo 6
Traducido por Carilo y Mariela

Corregido por Candy20

Warren
Antonie y yo esperábamos frente al edificio de Camila. No quería traerlo, pero
mi publicista amenazó con llamar a los medios de comunicación si no caminaba
con al menos uno de mi destacamento de seguridad. No me importaba. No es que
Antoine se vea diferente de cualquiera de mis amigos, y con todo lo que habíamos
estado saliendo después de que lo contraté, se estaba convirtiendo rápidamente en
un amigo. Se apartó de la pared a mi lado y se puso de pie cuando Camila apareció.
Llevaba una blusa con finas correas que me hacía preguntarme si llevaba un
sujetador debajo (no que yo pudiera decirlo. La blusa estaba cubierta con un patrón
de flores). Su cabello parecía húmedo y llevaba muy poco maquillaje, si es que
llevaba. Podía distinguir las pecas en su nariz. Se veía hermosa. De hecho, lo único
que cambiaría en el escenario sería que no miraría a Antoine, sino a mí.

—Fuiste a Washington, ¿verdad? —preguntó frunciendo ligeramente el ceño.

Antoine asintió lentamente, comprobándola claramente de una manera que no


apreciaba. Por experiencia, sabía lo que estaba haciendo, tratando de averiguar si la
había follado en el pasado. Esperé con la respiración entrecortada por su respuesta,
y cuando sonrió y rio un poco, al instante supe que no lo había hecho.

—Así es —dijo lentamente sacando la palabra—. La hermanita de Johnny.


Maldita sea ya has crecido. Casi no te reconozco.

Eso, no me gustó.

Camila sonrió. —Los años te harán eso. ¿Sigues manejando un Uber?

—Lo hacía, pero el señor Silva me dio una mejor oportunidad —explicó,
señalando hacia mí.

Los ojos de Camila volaron hacia los míos. —No, mierda.

—Mierda —dije, confirmándolo. Me acerqué a ella y puse mi brazo a su


alrededor para abrazarla en un medio abrazo. No iba a empujarla todavía, pero
incluso si fuera solo eso, necesitaba sentirla contra mí—. Obviamente, ustedes dos
se conocen…

—Crecimos juntos —explica Camila.

—Fui a la escuela con su hermano mayor y su hermana —ofreció Antoine


antes de volver su atención a Camila—. He oído que Vanessa se casó con un tipo
rico.

—¿Recuerdas a Adam?

Antoine frunció el ceño, pero rápidamente pasó de la confusión a completa


sorpresa. —¿El chico rico judío? —Camila se rio de su reacción y Antoine
continuó—: ¿Flaco, nerd Adam?

Camila rio más fuerte. —Sí. Ya no es delgado. Todavía nerd.

Su risa me hizo sonreír, aunque me sentía en conflicto porque no la había


hecho reír de esa manera. Todavía. Ella me dio una oportunidad, y ahora me
arrepentía de traer a Antoine.

—Ella es feliz —agregó Camila.

—Mierda. Yo también estaría muy feliz si tuviera todos esos fondos en mi


cuenta bancaria —respondió Antoine con una risita—. Bien por ella. ¿Sigue
enseñando?

—Sí. Así es como se conocieron.

—No mierda.

—Mierda —dijo Camila, sonriéndome con un brillo en los ojos. Todavía tenía
mi brazo alrededor de ella y no se había quejado ni se había encogido de
hombros—. Voy a tener que robar esa línea.

—Puedes robar lo que quieras —dije—. Eso la hizo sonrojar.

—Estás vestido más relajado hoy —dijo, empujándose lejos de mí y


sonrojándose aún más cuando evaluó mi vestimenta. Llevaba pantalones de
algodón, una camisa deportiva y zapatillas. Mis zapatos y una camiseta extra
estaban en la mochila que llevaba puesta.
—Listo para un War-k out4—dije, guiñando un ojo.

Ella apartó su mirada de mí rápidamente, pero por el modo en que sus labios se
apretaron me di cuenta de que ella estaba luchando con una sonrisa. —Me
encantaría ver en que consiste un War-k out.

—¿De veras? —pregunté, dejando que mis ojos se deslizaran lentamente por su
cuerpo delgado pero curvilíneo—. Te daré un War-k out personal cuando quieras.

Lo único que me interesaba hacer con ella incluía, mi cama y mi polla, pero no
quería decir eso en voz alta por temor a que me abofeteara. Parecía capaz de hacer
algo así. Se sonrojó aún más y apartó la mirada de mí.

Los tres caminamos, y Antoine dio un paso atrás, dejando que Camila y yo
caminásemos uno al lado del otro. Cuando ella saludó al tipo de la tienda de la
esquina al otro lado de la calle, saludé con ella, y Antoine gritó su saludo, lo que
hizo que el hombre frunciera el ceño y mirara a Camila. Ella rio.

—Ya sabes cuál será la conversación de Pedro mañana —dijo, mirando a


Antoine por encima del hombro.

—Cosas que no extraño de vivir en el barrio: chismes —dijo Antoine.

Todos nos reímos de eso. El cotilleo era una de esas cosas universales, que no
importa quién eras o lo que hicieras, podrías relacionarte. Todo el mundo estaba
chismorreado y pocas personas les gustaba, pero maldita sea fue entretenido
cuando no eran el centro de la misma. Cuando llegamos al final, me volví para
hacerle una pregunta a Antoine sobre el sistema de metro, y cuando me di la vuelta
Camila me entregó una tarjeta. La tomé y miré la tarjeta azul y amarilla del Metro.

—¿Acabas de comprar esto para mí?

—¿De qué otra manera vas a subir al tren, Ricky Rincón?

Intenté realmente no entretener su golpe, pero me encontré sonriendo de todos


modos. Era un pequeño gesto, algo que provenía de alguien a quien probablemente
no habría prestado mucha atención, pero que provenía de ella... progreso. Decidí no
ser un pinchazo y señalar el hecho de que ella pagó por algo y en su lugar dirigí su
comentario.

—Voy a tener que empezar a llamarte presión arterial alta, o diabetes, o alguna
otra forma de asesino silencioso.

4
El apodo de él es War, y hace un juego de palabras con Work out que es hacer ejercicio o
ejercitarse.
—¿Rocky no lo está cortando? —preguntó, volviéndose. Yo seguí, mis ojos en
su culo redondo. Joder quería agarrarlo. Ella deslizó su tarjeta a través de la
máquina y yo hice lo mismo.

—Tus golpes son definitivamente dignos de Rocky —le aseguré mientras


caminábamos por la plataforma hacia el tren.

Al oír el chirrido, nos volvimos hacia el tren y empezamos a abordar cuando


las puertas se abrieron. Una vez dentro, no encontramos donde sentarnos, así que
nos vimos obligados a estar parados por la puerta y aferrarnos a las barras. Camila
no era lo suficientemente alta como para alcanzar las barras de arriba, así que se
aferró a la que estaba a su lado y yo me paré frente a ella, con los brazos a ambos
lados de la barra sobre ella, protegiéndola para no caerse. Inclinó la cabeza para
mirarme y sonrió.

—Bienvenido al transporte público, señor Silva.

—He estado en trenes antes —dije.

Había montado el Eurostar a menudo cuando era más joven para ir a París.
Esto no era nada como el maldito Eurostar. Esto era todo orina y sudor
empaquetado en un espacio pequeño, cerrado, caliente. Jesucristo. ¿Cómo lo hizo
la gente? Miré a Camila, que me miraba.

—¿En París? —preguntó.

—A París, sí. —Sonreí ante el ceño que me dio—. ¿Alguna vez has estado?

Ella parecía reprimir una risa mientras me miraba, sus ojos brillaban. —No he
tenido el placer. ¿Se ven así?

Ignoré su pregunta y le pregunté—: ¿Te gustaría ir?

Ella frunció el ceño. —¿A Paris?

Asentí.

—Supongo. —Hace una pausa, un pequeño ceño fruncido formando sobre su


labio superior—. Nunca lo he pensado.

El tren me propulsó un poco más cerca de ella cuando llegó a la primera


parada. Apreté el agarre de las barras de arriba. —¿Nunca has pensado en ir a
París?

—Supongo que no.


—¿Irías? —le pregunté—. No eres una de esas personas que tienen miedo de
volar, ¿verdad?

Me miró directamente a los ojos. —No tengo miedo de nada.

—¿Oh? Levanté una ceja y me moví para que el frente de mi cuerpo estuviera
casi tocando el de ella y tuviera que inclinar la cabeza un poco más. —Tienes
miedo de salir conmigo.

—Oh, Dios —dijo, sonriendo y sacudiendo su cabeza mientras miraba lejos


momentáneamente—. ¿De Verdad? ¿Vas a usar eso ahora mismo?

—Sí, de verdad —dije, acercándome más.

Su sonrisa vaciló un poco y sus ojos se abrieron, y por el modo en que contenía
el aliento, podía decir que estaba nerviosa como el infierno. Durante un
milisegundo me pregunté si me daría una bofetada si trataba de besarla, y me reí de
la idea. Probablemente me golpearía.

—¿No has averiguado si somos compatibles o no? —le pregunté—. ¿No voy a
subir a este tren lo suficiente?

Ella sacudió su cabeza. —No, y definitivamente no.

Tomé y dejé escapar un profundo suspiro. —Quizá entonces. Veamos lo bien


que lo hago.

—Eso es ridículo —dijo—. No tengo que hacerte una prueba para saber que no
somos compatibles. Tú declaración sobre el metro es prueba más que suficiente de
que no lo estamos.

Di un paso atrás cuando llegamos a la siguiente parada y decidimos dejarlo ir.


Evidentemente, esta situación no era cómo fue la que tenía con Elena en mis
manos. Había sido fácil perseguirla y conquistarla. En retrospectiva, probablemente
fue conquistada en el momento en que me vio salir de mi Bugatti rojo.

—Háblame sobre el trabajo —le dije. El estado de ánimo de Camila se aceleró.

—Ahora mismo estoy a cargo de recaudar fondos para algunos nuevos parques
que estamos construyendo. Los construimos en barrios de bajos ingresos. —Hizo
una pausa, inclinando la cara—. En realidad, es muy parecido a lo que hace
Belmonte, excepto que en lugar de arrancar las cosas y patear a la gente fuera,
construimos estos parques y otros lugares de actividades extracurriculares donde los
niños pueden ir. Se trata de tener un lugar al cuál pertenecer.
La miré durante un largo rato, tratando de averiguar si quería o no abordar ese
comentario de Belmonte en medio de un tren apretado y maloliente o dejarlo estar.
Decidí sobre esto último.

—¿Qué clase de parques?

—Campos de fútbol americano, parques infantiles, parques de fútbol soccer...


Realmente depende de los votos. La comunidad tiene que elegir.

—Así que estás —hice una pausa, frunciendo el ceño—, ¿cuál es tu título?

Ella sonrió. —Hago algunas cosas, pero mi título actual es arquitecto paisajista.

—Suena... ¿formal? ¿Es para eso que fuiste a la escuela?

—Me especialicé en psicología, que fue la forma en que terminé allí en primer
lugar. Como trabajador social. La mayoría de nosotros somos una especie de gatos
de todos los oficios. Cuando había una oportunidad con un salario más alto y
menos trabajo, volví a la escuela y el resto es historia.

Los neumáticos gritaron de nuevo y Camila fue impulsada hacia mí. Ella
disparó un brazo hacia mi pecho antes de que pudiera golpearme completamente, y
se rio nerviosamente antes de seguir hablando.

—¿Fuiste a la escuela?

Sacudí la cabeza. —Empecé el fútbol temprano y por suerte era lo


suficientemente bueno para saltarme todo el asunto de la universidad.

—Has estado jugando al balompié5 profesionalmente mucho tiempo entonces.

—Mucho tiempo —dije sonriendo. Me preguntaba si le gustaba torturarme


llamándolo balompié justo después de que lo llamara fútbol.

—¿Y tus rodillas no han ido a la mierda? —preguntó, sus ojos rodando hacia
mis rodillas.

Me reí. —Mis rodillas funcionan bastante bien, gracias.

—¿Eres el mejor jugador de tu equipo? —preguntó con ligereza, luego frunció


el ceño—. ¿Es una pregunta grosera?

Me reí de nuevo. —No es una pregunta grosera, y esa es una pregunta difícil de
responder, pero supongo que sí.

5
Balompié - En inglés Soccer.
—Interesante. No creo haber oído nunca a un atleta que no se jactara de ser el
mejor incluso cuando no lo son.

Me encogí de hombros. —Es un deporte de equipo, y el equipo es tan bueno


como su peor jugador.

Me dio una mirada desconcertada con un puchero que me hizo querer morder
sus labios. Agarré las barras con más fuerza. Seguí hablando para explicarme
mejor.

—En el baloncesto, por ejemplo, el equipo realmente depende del mejor


jugador. En el fútbol americano, el equipo realmente depende del mariscal de
campo. En el fútbol real, dependemos unos de otros para pasar el balón hasta que
anotemos.

—¿Metes goles? —preguntó.

Suspiré. ¿Cómo podría explicarle que, aunque técnicamente lo hice, no fue así
como funcionaba? Me di cuenta de que no podía. Era algo que tenía que ver por sí
misma.

—Tengo un juego en unas pocas semanas. Deberías venir conmigo —dije.

—¿Dónde será?

—Manchester.

Camila me miró boquiabierta. —Manchester… ¿en Inglaterra?

—Sí.

Me sonrió antes de echar un vistazo. —Quizás en otra ocasión.

No lo había dicho como una broma, pero estaba casi aliviado de que lo tomara
como una. Necesitaba frenar con esta, y si ella fuera alguien más probablemente
habría salido de la situación por completo. Entre la persecución y el olor a orina
sangrando en el maldito tren, tenía que saber que estaba desesperada por tomar
cualquier cosa que me diera.

—Entonces, ¿estás pasando tus vacaciones lejos de jugar al fútbol al ir a


Brooklyn y practicar con algunos niños?

—Supongo que sí —dije. Ella me estudió por un momento y me di cuenta de


que estaba muriendo por preguntarme algo—. ¿Qué?
—¿Habrá cámaras allí para documentar este fenómeno?

La chispa en su ojo me dijo dos cosas: se estaba burlando de mí y estaba


molesta por las posibilidades de las cámaras. Me preguntaba si ella había estado
probando mis motivos. Pensé que su prueba consistía en nombres de raperos y
peleas, pero evidentemente no era allí donde estaban sus intereses. Me estaba
poniendo a prueba. Tratando de averiguar qué tipo de persona era, y estaba
perdiendo. La atención de los medios en Brooklyn seguramente pondría el clavo en
el ataúd.

—Tengo una pregunta para ti —dije.

—Todavía no has respondido a la mía.

Incliné la cabeza y agarré un poco más las barras de arriba cuando el tren llegó
chillando a su siguiente parada. —Tienes miedo de mí ¿por mi carrera o por mi
participación en Belmonte?

Ella estudió mi cara por un par de segundos. —Ambos. Tengo problemas de


confianza.

Bajé mi mano derecha de la barra de arriba para sacudir las razones que había
reunido hasta ahora, empezando por mi pulgar. —Tengo dinero. Invierto en una
empresa a la que tienes un odio inmenso, y tienes problemas de confianza. ¿Estoy
recibiendo todas las razones?

—Bastante.

—Empecemos con los problemas de confianza entonces —dije.

Ella me asintió con la cabeza. —Mi ex novio me engañó y he estado


intentando no dejar que me afecte, pero es algo imposible, así que toda la
posibilidad de salir con un jugador de fútbol rico y apuesto que claramente tiene
equipaje y probablemente tiene seguidoras es un poco de demasiado para mí.

¡Ah! Intenté reprimir una sonrisa, pero fracasé. —¿Y si te dijera que este
jugador de fútbol rico y apuesto no tiene seguidoras?

—Yo diría que estas lleno de mierda.

Me reí. —Suficientemente justo. ¿Y si te dijera que no les prestó atención?

Buscó mis ojos con una expresión seria en su rostro antes de encogerse de
hombros. —¿Honestamente? No estoy segura. Seguidoras o no, todavía no creo que
seamos compatibles.
—Mi ex prometida me fue infiel —dije, haciendo una pausa para un efecto
dramático—. Con uno de mis compañeros.

La boca de Camila cayó. —No mierda.

—Mierda —dije, mordiendo una risa.

Sus ojos brillaron un poco antes de que empezara a reír ligeramente y me uní,
aunque el asunto no era una cuestión de risa. Cada vez que pensaba en Elena con
Ricky, una rabia tranquila me apuñaló.

—¿Siguen juntos?

Asentí en respuesta.

—¿Él sigue en el equipo?

—Sí. He aprendido a pasar más allá —dije, encogiéndome de hombros con


despreocupación, aunque estaba lleno de ella. Todavía estaba tratando de aprender
a pasar más allá. Solo esperaba que para el momento en que la temporada
comenzara de nuevo, yo fuera un hombre sabio cuando se trate de eso.

Camila alzó las cejas como si estuviera impresionada. —Bueno, por lo que
vale, lamento que te haya pasado.

—Aprecio el sentimiento, pero si realmente quieres que me sienta mejor, sal


con conmigo.

—Aprecio su tenacidad —dijo con una sonrisa—. Lo hago. Pero tengo cosas
más grandes de qué preocuparme, cómo ¿dónde estaré viviendo el próximo mes?

—Bueno, Belmonte está ofreciendo a todo el mundo en tu edificio que se


traslade temporalmente a una calle arriba, hasta que todo lo demás se resuelva y el
nuevo edificio esté terminado.

—¿Por qué harían eso?

—Es lo menos que pueden hacer. Tuvimos una reunión al respecto ayer y el
consejo lo decidió.

Me miró durante tanto tiempo, que estaba segura de que me sacaría de mí toda
información. —¿Ha participado Javier en esa reunión?

Suspiré. Podía sentir su enojo cada vez que decía el nombre, y me hizo desear
que no tuviera ninguna relación con él en absoluto. —Fue una decisión unánime.
Estoy seguro de que recibirá un correo electrónico y una llamada al respecto
pronto.

—Bueno. Gracias.

—Así que, ahora que tú situación de vida está resuelta, hablemos de nosotros.

Ella rio. —Yo solía pensar que era una cosa dominicana, la persistencia y el
dulce hablar, pero estoy empezando a ver que es solo una cosa de hombre.

—¿No eres dominicana? —le pregunté levantando una ceja.

Sus mejillas enrojecieron. —Sí, pero no voy a hablar dulce contigo, si eso es lo
que quieres decir.

—No me opondré a la dulce conversación —dije, acercándome un poco más a


ella—. Y una cita conmigo no sería tan mala.

—¿Por qué no le preguntas a una de las otras millones de mujeres en esta


ciudad? Estoy segura de que has conocido a algunas que son más de tu tipo, o al
menos más cerca de tu estatus social —dijo, inclinando la cabeza para mirarme a
los ojos. Prácticamente podía sentir su pecho contra el mío y hacía difícil
concentrarse en las palabras que salían de aquellos hermosos labios.

—He conocido a algunas de ellas, y no son mi tipo. Mi tipo está justo enfrente
de mí en este maloliente metro —le dije. Se rio un poco, así que añadí—: Si nada
más, al menos sabes que no soy un infiel —dije—. Nunca te mentiré. Nunca te haré
daño a propósito.

Ella no respondió a eso. Nos miramos durante un largo momento, demasiado


largo para dos personas que se atraen el uno al otro para estar de pie tan cerca el
uno del otro y no estar haciendo algo más que mirar. Mi corazón se estremeció, mi
sangre bombeó más fuerte en mis venas, mi respiración se intensificó. Era la misma
cosa que sentía cada vez que la pelota aterrizaba a mis pies, como la anticipación
de lo que podría ser comenzó a hacer su camino a través de mí.

Había algo en ella, en sus ojos y en la forma en que arrugaba la nariz cuando
pensaba, que algo extraño me intrigaba. Había algo en su presencia que me hizo
sentir que estaba donde debía estar. Solo me había sentido así por cosas
relacionadas con el fútbol. Nunca sobre una mujer. Y definitivamente nunca sobre
una mujer como ésta.

A diferencia de todas las otras veces que conocí a alguien, no me pregunté qué
haría mi madre de ella, y cómo mi padre insultaría su presencia en la mesa si alguna
vez me diese la oportunidad de compartirla con él de nuevo. No me importaba lo que
mi hermano pudiera haber dicho acerca de ella y cuántas advertencias sobre sus
antecedentes y qué motivos ulteriores podrían tener. Lo único que vi fue ella. Lo
único que me importaba cuales serían sus siguientes palabras. Y realmente quería
que estuviera de acuerdo en salir conmigo. Cuando el tren se detuvo de nuevo,
apenas lo noté, y habría perdido nuestra salida si no fuera por Camila colocando
sus manos en mi pecho e intentando empujarme ligeramente hacia atrás.

—Esta es nuestra parada —dijo, su voz un susurro.

Me pregunté si su corazón estaba bombeando en sus oídos, si su cuerpo se


sentía tan cargado como el mío. Ni siquiera podía hacer una broma de cosas
mientras caminamos por la acera o incluso mientras sus pasos comenzaron a ir
lento enfrente de un edificio de ladrillo marrón. Algo en ese momento me había
dejado sin habla.

Antes de entrar, le dije—: Llámame. Ni siquiera mires la hora. Solo llama.

¿No duermes? —preguntó, sus labios entre un ceño fruncido y una sonrisa,
como si no pudiera escoger un lado todavía.

—El sueño es el primo de la muerte —le dije, sonriendo cuando finalmente me


concedió una risa real y melódica.

—Dos puntos para Warren —dijo con una sonrisa.

Me reí y observé mientras se alejaba, mirando su culo y la forma en que se


balanceaba ligeramente mientras caminaba. No era un paso exagerado. Podía decir
por sus pasos rápidos que no estaba necesariamente emocionada de que yo
estuviera mirando, y era solo una cosa más que me atrajo hacia ella.
Capítulo 7
Traducido por Carilo

Corregido por LittleCatNorth

Camila
—¿Estás segura que podrás hacer esto? Tienes mucho en tu plato ahora —
preguntó Nancy por lo que se sentía como la millonésima vez desde que me apunté
para ayudar a planear la subasta de caridad.

—Puedo manejarlo.

Sonreí para tranquilizarla, de que sentía que podía. Y lo hacía. Ya había


reunido cinco enlaces y subastas para los otros parques que habíamos construido.
No veía por qué esto sería diferente. En la empresa para la que trabajé antes de
hacer la transición a Winsor, ayudé a diseñar campos de golf para comunidades de
jubilados, y ésos eran mucho más trabajo que patios de juego y campos de fútbol.
Definitivamente no me dejaron con la sensación de realización que este trabajo
hizo. Saqué el bloc de notas y lo abrí hasta la página que quería mostrarle.

—Estaba pensando —comencé. Nancy dejó los papeles que había estado
mirando y me dedicó toda su atención, tomando el bloc que le entregué—. No está
terminado, pero pensé que daría más opciones que no solo incluyen parques.

Ella me miró sobre el delgado marco de sus gafas. —¿Esto es para el Y?

—No estoy diciendo que deberíamos hacer esto ahora mismo, pero hemos
construido tres parques en ese vecindario, y creo que para incorporar algo que será
capaz de mantenerse por su cuenta a largo plazo, necesitamos un lugar como este,
donde pueden ir, leer y usar computadoras. Podemos reducirlo y bajar los costos un
poco, pero…

—Es brillante —dijo Nancy, mirando la estructura que había dibujado.

Realmente no era brillante. Básicamente tomé componentes de la YMCA y


cambié algunas cosas. —El orfanato está justo al lado de este lote, así que estoy
segura de que podemos obtener su ayuda con algunas cosas —agregué.
—¿Qué tan rápido podemos ampliar esto e imprimirlo? —preguntó, señalando
mi dibujo—. Tenemos que mostrarlo en la subasta. ¿Crees que podrías hablar más
sobre eso allí?

Mi corazón se saltó. Me limpié las manos por los vaqueros. —¿En frente de
todo el mundo?

—No habrá mucha gente en la concurrencia —dijo.

—Tenemos noventa invitados confirmados hasta el momento —dije, mi voz un


susurro ronco. Me aclaré la garganta rápidamente, pero no continué. La mayoría
de la gente que iba a este evento eran, o un CEO o un inversionista privado para
una mega compañía del fondo de cobertura. No había manera alguna de que
pudiera estar frente a ellos y hablar.

—Puedo hacer que Adam lo presente, o Vanessa —ofreció ella con una sonrisa
amable.

Dejé escapar un suspiro aliviado. —¡Sí! Cualquiera de ellos, o ambos, sería


genial.

Nancy se echó a reír. —Nunca dejas de sorprenderme, Camila.

Sonreí aunque sabía que no era necesariamente un cumplido, pero ella me


conocía lo suficiente como para entender que no estaba bien con hablar en público.
Pasamos el resto del día revisando la lista, los contratos con la compañía de
banquetes, el entretenimiento y las bolsas de regalo que la gente recibiría. Los
artículos de la subasta ya estaban en camino al hotel y se almacenarían allí hasta el
fin de semana, por lo que eso estaba tachado de la lista. Cuando salí del edificio,
encontré a Trey, uno de los niños con los que había trabajado en el pasado, de pie
afuera con una pelota de baloncesto en la mano.

—¿Vas a casa? —le pregunté. Él sonrió cuando me vio y asintió—. Voy a


caminar contigo.

Nos dirigimos en la dirección opuesta al tren y nos acercamos al parque en el


que sabía que Warren estaba. Había camiones de noticias estacionados y cámaras
que estaban siendo guardadas. Trey comentó acerca de una celebridad que estaba
jugando al fútbol allí, y escuché la forma en que describió el parque, lleno y la gente
de pie por todas partes, solo para tener un vistazo de este tipo como si Jay Z en
persona hubiera aparecido.

—Quizá lo haya hecho —dije.

Trey se burló. —Sí claro.


—¿Están las cosas mejor en casa? —le pregunté una vez que pasamos el parque
y supe que no tendría un vistazo de Warren. Trey se encogió de hombros.

—Supongo.

—¿Tu madre está de vuelta?

—Sí. Ella está allí. Tiene un nuevo novio.

Me encogí. —Eso debe ser duro.

Se encogió de hombros. —¿Tu papá aún está en la cárcel?

—Sip. Se supone que saldrá dentro de un par de semanas —dije.

—¿Estás emocionada por eso?

Dejamos de caminar cuando llegamos a la esquina de los Proyectos Whitman,


donde Trey vivía y nos enfrentamos. Tenía solo dieciséis años, pero era tan alto
como Warren, tal vez incluso más alto. Mientras esperaba mi respuesta, sentí que
los roles se habían cambiado y de repente, él era el consejero y yo era el que
necesitaba a alguien como él. Si Warren me hubiera hecho esta pregunta, habría
tenido que pensar mucho en ello. Hubiera intentado averiguar cómo dar la vuelta a
la verdad para hacerla más aceptable. Sin embargo, Trey y yo estábamos cortados
de una tela similar.

—Debería estarlo —dije, encogiéndome de hombros para alejar la emoción que


amenazaba con consumirme.

Trey sonrió su comprensión y me dio un rápido abrazo lateral antes de alejarse.


—Sabes que eres mi favorita, señorita Ávila.

—Es mejor que recuerdes eso cuando juegues en el Madison Square Garden, Trey
Andrews.

Mientras lo observaba cruzar la calle y saludar a los amigos que lo saludaban


en el otro lado, vislumbré a la multitud con la que él probablemente pasaba más
tiempo cuando salía de Winsor y las canchas de baloncesto y se dirigía a casa cada
noche. El cuadro no era uno que me gustaba, a pesar de que era su realidad y había
muy poco que podía hacer al respecto. Giré la espalda con el corazón pesado y me
dirigí hacia la cuadra, pasando el parque una vez más. Esta vez, cuando miré, vi a
Warren rebotando el balón de fútbol con su rodilla mientras un pequeño grupo de
niños miraba. Una parte de mí quería correr allí y experimentar esa parte de su
vida, pero luego recordé su invitación a Manchester, y el temible agarre que se
había apoderado de mí cuando él pidió por primera vez que regresara, así que me
alejé.
Capítulo 8
Traducido por Carilo y Juliette

Corregido por Mariela

Warren
Ella no había llamado. Estaba seguro de que lo haría. Tal vez no ayer, pero
hoy, estaba seguro de que lo haría. Nunca me habían rechazado antes. Nunca.
Bueno, tal vez la ocasión que enganche a una mujer casada (en mi defensa, no
sabía que estaba casada). Aparte de eso, sin embargo... nunca. Traté de averiguar
dónde me equivoqué. ¿Fue algo que dije? Parecía aliviada por el plan de
construcción de Belmonte cuando se lo dije. Tal vez había recibido la carta y no
sintió la necesidad de llamarme. Pero ¿por qué no llamar ya que ella estaba
interesada en mí? Y ella estaba interesada. Podía verlo cada vez que me miraba.
Podía sentirlo en cualquier momento que estábamos cerca. ¿Por qué no había
llamado?

—¿Por qué papá te llama War? —preguntó mi sobrino Cayden a mi lado,


sacudiéndome de mis pensamientos—. ¿Es porque tu nombre es Warren? ¿Te gusta
la guerra6?

Lo miré. Sus ojos eran verdes, anchos y llenos de asombro. Había acordado
llevarlo al cine para el estreno de un gran éxito de taquilla porque rara vez llegué a
verlo. Había estado en algunos de mis partidos de fútbol con mi hermano, y cada
vez que mi mamá venía a visitarnos, teníamos FaceTimed, pero en realidad no había
tenido su mano en la mía en más de un año, y ahora que estaba haciendo eso justo
cuando entramos en el cine, me di cuenta de cuánto necesitaba alguien para
sostener mi mano en este momento. Incluso si yo estuviera demasiado involucrado
para admitirlo en voz alta, era lo suficientemente hombre como para reconocerlo.

—Es un apodo, hombrecito. Odio la guerra —dije, sonriendo a la chica detrás


del mostrador de boletos. Su mandíbula cayó y supe al instante que me reconocía.
Si no fuera por su reacción, la pulsera que llevaba con los colores de mi equipo
habría sido un regalo muerto.

—Eres…

6
Es un juego de palabras War – Warren, War en español Guerra.
—Sí —dije, mi voz tranquila—. Puedo firmar lo que quieras, pero estoy
tratando de pasar desapercibido mientras estoy aquí —agregué con un guiño.

La muchacha asintió con la cabeza, los ojos tan anchos como su sonrisa. Ella
tomó el dinero que le entregué y me dio los boletos y unas pocas páginas en blanco,
que firmé y devolví rápidamente. Entonces, viendo cuánto significaba para ella
conocerme, me ofrecí a tomarme una foto con ella. Mientras me alejaba, hablé con
Cayden sobre la película y nuestros superhéroes favoritos. Él llevaba una camiseta
de Ironman, y yo llevaba una camiseta de Capitán América, principalmente porque
me gustaba el escudo. A decir verdad, a menos que estuviera en una caricatura que
había visto cuando era niño, no sabía mucho de superhéroes. Cayden, sin embargo,
parecía ser un experto. Si hubiera un trabajo para un analista de superhéroes de
ocho años, lo contrataría en un abrir y cerrar de ojos. Yo estaba escuchando
atentamente mientras estábamos en la línea de la dulcería cuando una risa familiar
llamó mi atención.

Mis ojos encontraron a Camila al instante. Ella estaba de pie en la parte


delantera de la línea, hablando con el tipo entregándole una bolsa de palomitas de
maíz. Me preguntaba si ella lo conocía. Era obvio que le encantaba, por la forma en
que sonreía, y la forma en que llevaban a cabo lo que parecía una interminable
conversación me hizo preguntarme cuántas veces ella venía aquí. En el mostrador
frente a ella había una bolsa de palomitas de maíz, una bebida y una caja de M&M
de cacahuete. ¿Estaba sola? Imposible. ¿Cierto? Sería imposible.

¿Alguien va al cine por su cuenta? ¿Alguien que se veía como ella iría al cine?
Ella llevaba una gorra de los Yankees al revés, y eso solo debería haber sido una
bandera roja para mí, especialmente desde que estaba usando mi gorra de los Mets.
La acomodó un poco, recogiendo su cabello fuera de su cara antes de inclinarse
ligeramente para recoger las tres cosas que había comprado. Mientras caminaba
hacia mí, nuestros ojos se encontraron. Los suyos se ensancharon inmensamente, al
igual que los míos, porque aunque la había visto, en realidad la había visto
poniendo mi corazón sobrepasado. ¿Qué diablos había sobre esta chica?

Sus pasos disminuyeron cuando me alcanzó. —¿Te dije que estaría aquí?

Su voz era siempre baja, siempre tranquila, haciéndola parecer aún más
delicada de lo que ya era. Debería haberme guiado en otra dirección. Todas las
mujeres con las que había salido eran del tipo “en-tu-cara”, tan segura de sí mismas
que las aceras se separaban al acercarse. Camila era lo contrario de todo el mundo
que había conocido. Solamente me hizo querer conocerla más. Su voz tranquila
solo me hizo desear averiguar lo fuerte que podía hacer que gritara mi nombre.
Alejé el pensamiento.
—Por supuesto que no lo hiciste, aunque quisiera que lo hubieras hecho —dije,
tirando de la mano de Cayden para llamar su atención hacia el hombrecito
conmigo—. Mi sobrino quería venir a ver la gran película.

—Oh. —Sus ojos centellearon y ella sonrió.

—¿Estás aquí con alguien? —le pregunté. Ella mordió el lado de su sensual
labio y miró alrededor como si ella estuviera buscando a alguien, pero sacudió su
cabeza mientras su mirada encontró la mía otra vez.

—Solo yo.

Sonreí. ¿Estaba a punto de mentirme? Le pregunté, y se ruborizó ferozmente y


se rio, asegurándome que no lo estaba, pero solo me hizo pensar de otra manera. Ni
siquiera iba a preguntarle por qué no había llamado. Tampoco pensaría en pedirle
salir en una cita de nuevo. No creía que mi ego pudiera manejarlo si ella decía no
por tercera vez.

—¿En qué sala estás? —pregunté.

—Ummm... —Ella cambió la bebida a su otra mano y se encogió de hombros.


Otro rubor se deslizó por su rostro mientras me miraba—. El boleto está en mi
bolsillo trasero.

Mi corazón latía más fuerte. ¿Estaba invitándome a buscarlo? Cristo. ¿Podría


tocar el culo de esta mujer sin agarrarlo? Nos miramos durante un largo rato, su
rostro no era menos rojo de lo que había sido hace un minuto, y sabía que me
estaba permitiendo meterme en su bolsillo. Tomé y exhalé un largo suspiro como si
estuviera en el área chica preparándome para un tiro penal. Podría ser así. Dio un
paso adelante y la miré mientras ella estiró el cuello para encontrar mis ojos. En ese
momento, con los ojos clavados cuando alcancé una mano alrededor de ella
lentamente, pude sentir las chispas de electricidad entre nosotros, y supe que no
estaba imaginando esta cosa entre nosotros.

No había forma de hacerlo, y cuando sus ojos se cerraron al poner mi pecho


contra ella, sintiendo sus pechos contra mí mientras metía mi mano en el bolsillo de
sus vaqueros, prácticamente podía sentir su pulso palpitar en el mío. Saqué el
boleto y retrocedí un paso, poniendo un poco de distancia entre nosotros. Aunque
encontré el número de la sala inmediatamente, lo miré como si mi vida dependiera
de él mientras trataba de ahogar todos los pensamientos de ella desnuda contra mí.
Necesitaba follar a esta mujer. Cuanto antes mejor. De alguna manera el
sentimiento había pasado de un simple anhelo egoísta a una necesidad absoluta.

Me las arreglé para tragar espeso y aclaré mi garganta antes de que yo dijera—:
Estamos en la misma sala. Debemos sentarnos juntos.
Cuando miré hacia ella para obtener una respuesta, ella simplemente asintió, la
boca entreabierta, como si todavía estuviera recuperándose de lo que acababa de
suceder.

—¿Te gusta Bucky? —preguntó Cayden de repente, sacándonos a ambos de


nuestro ensueño.

—¿Quién? —pregunté, frunciendo el ceño. Señaló la camisa blanca de Camila.


Ni siquiera había intentado interpretar lo que decía, pero ahora que lo había hecho,
algo que no había sentido en años amenazaba con apoderarse de mis sentidos.
Celos—. ¿Bucky Barnes es tu novio?

Ella y Cayden compartieron una carcajada y él soltó mi mano y se paró un


poco más cerca de ella como si tuvieran una broma entre ellos que los uniera
instantáneamente.

—Es el mejor amigo del Capitán América —dijo Cayden.

—El Soldado de Invierno —agregó Camila, como si supusiera que eso me diera
algo de claridad—. ¿Viste la última película de Capitán América?

Fruncí el ceño. ¿Lo había hecho? —No frecuento los cines a menudo. Las cosas
se ponen un poco... fuera de control.

—Correcto. —Ella sonrió—. Porque eres muuuy famoso.

Sonreí. Realmente no tenía ni idea. A una parte de mí le gustaba que Camila


estuviera interesada en mí, y no en War Zone, implacable adelante en el campo,
rumoreado rompecorazones fuera de él. El lado sensible de mí, el que yo ni siquiera
sabía que todavía acechaba bajo mis penas, deseaba saber quién diablos era yo para
que pudiera incentivarla a meterse en la cama conmigo.

—Algo así —dije.

—El tío Warren es una gran cosa —dijo Cayden en mi defensa.

—Sí, él y Jay Z.

Me reí. —Realmente tienes algo por los raperos. Quizás deba cambiar mi
profesión.

—Tal vez solo tenga algo por los neoyorquinos.

—Soy un neoyorquino —contesté, levantando una ceja.


Ella se burló—: Sigue diciéndote eso, niño bonito.

¿Niño bonito?

No pude evitar mi sonrisa cuando llegué al mostrador. El sonido del tipo


tomando mi orden me obligó a alejar mis ojos lejos de ella, que estaban llenos de
diversión me encantó ver allí. El chico, el mismo muchacho apenas legal que había
estado ocupado coqueteando con Camila antes me estaba mirando mientras
tomaba mi orden. La única vez que se veía agradable era cuando Camila le sonreía
después de haber pagado.

—Gran admirador tuyo —dije.

—Él y su hermano viven en Winsor —explicó, sonando distraída mientras


miraba a su alrededor.

—¿Se suponía que ibas a encontrarte con alguien aquí? —pregunté, sintiendo
un ceño fruncido en mi cara mientras miraba hacia otro lado y caminaba hacia la
sala de cine.

Seguramente ella no iba a una cita a ciegas o algo así, ¿verdad? Tal vez le
gustaban los sitios web de citas en línea. La miré. Ella era tan hermosa. Demasiado
bella, con sus ojos vibrantes, piel oliva impecable, y cabello oscuro.

—Pensé que tal vez vendría Quinn.

—¿Quinn, el tipo de la banda? —pregunté—. ¿Le has dicho que viniera?

—Más o menos —dijo mientras esperábamos que la persona de los boletos nos
devolviera los talones—. Le dije que iba a venir. Normalmente viene conmigo, pero
luego dejé el teléfono en casa.

—Oye, ¿escuchaste que el Hombre Araña iba a estar en esta película? —


preguntó Cayden, interrumpiendo nuestra conversación.

—He oído eso —susurró ella, agachándose hasta su oído, así que era un secreto
entre los dos—. Leí los cómics.

El rostro de Cayden se iluminó mientras él la miraba. —¡Genial! Papá dijo que


los conseguiría para mí, pero eso fue hace mucho tiempo. Creo que se le olvidó.
Trabaja mucho, así que se olvida de todo.

Ella lo miró por un largo momento, y aunque no pude leer sus pensamientos,
una mirada de tristeza nubló sus rasgos. Entramos en la sala de cine y encontramos
asientos vacíos. Cayden se sentó en el medio mientras Camila hizo sitio para que
yo pudiera escoger mi asiento. Me senté junto a Cayden, y sostuve el asiento a mi
lado para que ella pudiera tomarlo. No había forma de no sentarme a su lado. Los
asientos se llenaron rápidamente, y cuando las luces se atenuaron advirtiendo que
las proyecciones estaban a punto de comenzar, todos gritaron y se animaron. Me
reí.

Yo no había ido al cine en mucho tiempo, pero ver algo en los Estados Unidos
era definitivamente una experiencia diferente a la de Inglaterra. Pero todo era
diferente allí. En Barcelona solía ir a ver películas mientras estaba de visita con la
familia de mi madre, y estaban igualmente emocionados. En Inglaterra la gente
esperaba hasta que los impresionaba. Era un enfoque diferente y muy similar a la
forma en que se sentía cuando estaba fuera del campo de fútbol. Mientras me iba
bien, yo era un dios. Cuando no estaba haciéndolo tan bien, cada tipo en un radio
de cinco millas iba a dejarme saber eso.

—No recuerdo la última vez que fui al cine —le susurré a Camila.

Su cabeza se sacudió un poco por la proximidad de mi voz. Ella giró su rostro y


pude sentir su aliento en mi cara. Las luces débiles, la película en la que no estaba
interesado ver, y una hermosa chica a mi lado podría ser un problema. Me moví
para que el lado de mi cara rozara su mejilla mientras acercaba mi boca a su oído.

—La última vez que estuve en un cine, mi cita llevaba una falda para facilitar el
acceso.

Solo escuché su ingesta aguda en el aliento porque mi oído estaba tan cerca de
su boca. Dios, cómo deseaba que ella dijera algo travieso. Sin embargo tenía la
sensación de que no lo haría. Camila era difícil de romper.

—Esta no es una cita —susurró ella.

—Vamos, Rocky. No me pelees por esto.

Tuve el impulso de mover mi mano y ponerla sobre la suya, pero no lo hice.


Quería que ella hiciera ese movimiento. Quería que ella hiciera cualquier
movimiento. Ya le dije lo que yo quería.

—Ni siquiera vinimos juntos —dijo.

—Podemos irnos juntos.

Ella se alejó, su mejilla rozando la mía mientras lo hizo. Me aparté y miré sus
ojos divertidos.
—Pensé que estábamos teniendo un momento —dije, manteniendo mi voz
ligera. El tipo sentado frente a mí se dio la vuelta y me lanzó una mirada—. La
película no ha comenzado —dije.

—Warren —murmuró Camila a mi lado, hundiéndose en su asiento.

—¿Qué? —susurré, y fue silenciado por el shhhhhhh del tipo delante de mí.

Iba a patearle el trasero. Había estado involucrado en unas pocas peleas en


casa, pero eran sobre cosas reales como la vez en que mi rival, Erik Vaden, habló
de mis premios. O la vez que accidentalmente me acosté con la esposa de un nuevo
compañero de equipo. Nunca en la historia de mis peleas había entrado en una con
un maldito friki de cómics. Pero él no me dejaba hablar con Camila, y había una
primera vez para todo. Entonces, Cayden me calló también, y me quedé callado.
Odiaba las películas.

—Compórtate —susurró Camila.

Sonreí. —Esa palabra no está en mi vocabulario.

Se levantó ligeramente, lo suficiente para que yo pudiera ver sus ojos buscando
los míos. Había algo en la forma en que ella me miraba que hacía que mi corazón
se sintiera incómodo, como si me advirtiera que este podría ser el único en voltear
mi mundo al revés. La idea era inquietante. Incluso mientras ella se movía en su
asiento y miraba hacia adelante, mis ojos permanecían en el lado de su rostro.
Había estado con muchas mujeres, mujeres bellas e inteligentes como Camila, y
ninguna me había cautivado como lo había hecho ella. ¿Por qué? Como si oyera
mis pensamientos, me miró y sonrió, luego señaló la pantalla como si me dijera que
dejara de mirarla.

Le devolví la sonrisa y aparté los ojos de ella y miré la pantalla. Cuando


empezó la película, algunas personas volvieron a aplaudir y me di cuenta de que yo
era el que estaba actuando británico mientras estaba en el cine: reclinándome en mi
silla y esperando a que los efectos especiales y los superhéroes me impresionaran.

¿Cuándo me convertí en ese tipo? A lo largo de la película, alterné entre echar


un vistazo a Cayden y Camila, que parecía igual de emocionado como todos los
demás en el cine. Y cuando el personaje escrito en su camiseta salió en la pantalla,
fruncí el ceño y golpeé su brazo tratando de transmitir la pregunta. Ella me lanzó
una amplia sonrisa que me quitó el aliento. Literalmente. Tan pronto como volvió
a mirar la pantalla, quería devolverle esa sonrisa. Fue entonces cuando supe que
estaba en problemas. No era todos los días que sentía que mi cerebro se arruinaba
por una jodida sonrisa.
Después de la película, vi cómo Camila y Cayden hablaban animadamente
sobre cada cosa que acabábamos de ver. A diferencia de otras veces que había
tomado una cita con una película, no sentía la intensa necesidad de correr hacia el
coche y hacer que ella se me tirara encima. Por supuesto, no había tomado una cita
al cine desde que era adolescente. Y Cayden puso un freno a ese tipo de planes. Al
igual que Antoine, que estaba esperando afuera. Sin embargo, ver a Camila sonreír
y reír con mi sobrino tiró de algo dentro de mí. Tal vez fue porque no actuó como si
quisiera impresionarme. Le di una mirada completa. Tomé esa camiseta con el
nombre de otro hombre en ella (ficción o no, me molestó), sus ajustados pantalones
vaqueros que apretaban los muslos entonados y acentuaba su culo, y sus Converse.
Su cabello estaba en una cola de caballo, y el rubor en sus mejillas estaba ahí de
reírse de lo que Cayden decía.

—¿Podemos ir a buscar un helado? —preguntó Cayden, ensanchando sus


claros ojos verdes de una manera que desearía no tener que decirle que no.

—No, amigo. La abuela me dio órdenes estrictas de volver a casa temprano y


ya es bastante tarde —dije, mirando mi reloj.

—Por favor, tío War —dijo antes de hacer un puchero hacia Camila—. Te
gusta el helado, ¿verdad, Peach?

Me opuse a él. ¿Cómo demonios me perdí esa parte de la conversación? ¿Fue


cuando estaba ocupado mirando sus tetas y tratando de averiguar si estaba o no
usando un sujetador, o cuando estaba mentalmente doblándola sobre el sofá de mi
salón y golpeando sobre ella?

—¿Ahora estamos en términos de apodo? —le pregunté, sonriendo a Camila,


que se ruborizaba furiosamente. Algo sobre esa visión de aquello me hizo algo. Me
reí—. Es lindo.

—Tal vez podamos tomar a cuenta el helado. Tengo que levantarme temprano
—dijo, ignorándome y agachándose para encontrarse con los ojos de Cayden.

Ella extendió la mano agarrando la mano de él entre las suyas y él sonrió.


Siempre había oído que los animales y los niños tenían un sexto sentido cuando se
trataba de la gente, y que se podía decir si estabas conociendo a una persona con
intenciones puras de la forma en que reaccionaban a los recién llegados. Si había
algo de verdad en eso, Camila probablemente podría sentarse a la misma mesa que
la Madre Teresa. Porque aunque yo era consciente de que éste era el primer niño
frente al cual la había visto, Cayden era arrogante cuando quería serlo. Mi hermano
a menudo me hablaba de la forma en que hacía las cosas difíciles para sus niñeras.
Sin embargo, nunca lo sabrías en este instante.

—Pero el tío Warren se va pronto y nunca viene —dijo él, enfurruñado.


—Te prometo que volveré a casa mucho más a menudo —dije. Su cabecita se
alzó cuando me sonrió.

—¿De verdad?

—Lo prometo —dije, cruzando mi corazón con los dedos.

—¿Así que tengo que esperar a que el tío Warren vuelva para que tengas un
helado conmigo? —le preguntó a Camila. Ella sonrió.

—Tal vez podamos ir a buscar helado antes de que se él vaya. ¿Cómo va eso?

Cayden me miró. La mirada de Camila siguió. Y yo solo asentí. Cualquier cosa


para ver a esta chica otra vez.

—¿Por qué no llevamos a Camila a casa? —sugerí, no queriendo que nuestro


tiempo juntos terminara tan rápidamente otra vez.

—Uhh...

—Sí, hagámoslo —dijo Cayden, sonriendo ampliamente.

Podía ver el momento en que perdió su batalla al tratar de encontrar diferentes


excusas cuando sus hombros se sumergieron y ella asintió. Dejé escapar un suspiro.
Eso no fue tan malo.

—Eres buena con los niños —comenté mientras regresábamos a la camioneta.

—Y tú también —dijo ella.

—Nunca has llamado —dije, cogiéndola completamente desprevenida. Sus


ojos se abrieron antes de apartar la mirada para ocultar su rostro rojo.

—Supongo que no estás acostumbrado a eso —dijo ella cuando me miró.

—No.

—¿Es la emoción de la persecución? —preguntó.

—¿Qué?

—¿Es por eso que estás tan interesado en que yo salga contigo?

—No. Por supuesto que no —dije frunciendo el ceño—. Pero ¿y si lo fuera?

Se encogió de hombros. —Probablemente estarías muy decepcionado.


Dejé de caminar cuando llegamos al coche y dejé a Cayden entrar, pidiéndole
que se abrochara el cinturón. Me volví y miré a Camila, llevando una mano a un
lado de su cara lentamente, para que pudiera impedirme tocarla si eso es lo que ella
quería. En vez de eso, jadeó ligeramente y se apoyó en mi tacto. Solo pude
comparar eso con lo que sentía cuando salía al campo y oía a miles de aficionados
aplaudir.

—Si estás en el otro extremo de la persecución, sería imposible para mí estar


decepcionado.

Di un paso adelante, moviendo mi mano a lo largo de su mandíbula, y ella


tragó, sus respiraciones vinieron en montones de sus labios entreabiertos mientras
me miraba. Podría besarla. Podría besarla en este momento, pero ¿de qué serviría
cuando supiera que tendría que terminar rápidamente? Quería pasar horas con ella.
Amaneceres y puestas de sol enterrados entre sus piernas. No necesitaba un beso
entre nosotros para confirmar eso. No necesitaba un beso para solidificarlo, de
verdad. Yo la quería. Y estaba decidido a tenerla antes de volver a casa.

—Una cita —susurré.

Ella asintió lentamente. —Está bien, pero estamos haciendo de Nueva York a
mi manera.

—¿Qué significa eso? —pregunté, dispuesto a decir que sí a cualquier cosa que
me sugiriera.

—Elijo el lugar, la hora y la fecha. Solo tienes que ir.

Sonreí. —Es una cita.


Capítulo 9
Traducido por Carilo y Juliette

Corregido por Mariela

Warren
—No puedo decir que estoy sorprendido. Definitivamente tienes un tipo —dijo
Tom en el desayuno a la mañana siguiente. Levanté la vista de mi avena y lo tomó
como una señal para continuar—. Elena no tenía dinero cuando la conociste por
primera vez. Esta probablemente esté peor que ella.

—Son mujeres completamente diferentes —argumenté.

Tom me lanzó una mirada. —Tal vez es así, pero ¿no todas las mujeres que
conocen quieren lo mismo? ¿Incluso cuando lo niegan al principio?

La sensación de duda era aquella a la que me había acostumbrado a lo largo de


los años, especialmente cuando me convertí en un nombre familiar. Esta había sido
la misma conversación que nuestros entrenadores, agentes y compañeros tuvieron
cada vez que uno de nosotros tenía una nueva mujer en nuestras vidas. ¿Era una
cazafortunas o no? Siempre se convirtió en la base de todas a las que trajimos al
club. ¿Quería estar allí para mí o para alguien más? Había estado luchando esa
batalla durante siete años, y no quería volver a pensar en eso. Especialmente no
aquí. Ahora no. No con Camila.

—Camila ni siquiera sabe del fútbol. Ella no entiende quién soy ni cuánto
dinero gano —le dije.

—Porque ella vive aquí —dijo Tom con una expresión inexpresiva en la cara.
Asentí—. ¿Crees que no tiene acceso a Internet? Vamos, War. Despierta.

Suspiré y puse mi servilleta doblada sobre la mesa. No es como si estas cosas


no hubieran pasado por mi mente un millón de veces. Por supuesto que estaba
paranoico. No es que no tuviera razones para estarlo. Las últimas mujeres con las
que había salido habían probado que me estaban utilizando para algo, y era algo de
lo que yo estaba consciente cuando estaba con ellas. Sin embargo Elena lo llevó a
otro nivel.
—Solo estoy aquí por unas semanas. ¿Cuánto podría cambiar en esa cantidad
de tiempo? —dije, bebiendo en mi vaso de agua.

—Mucho —dijo Tom—. Especialmente contigo ya actuando así. Puedo contar


con una mano la cantidad de veces que has ido tan lejos de tu camino por una
mujer. En realidad, ahora que lo pienso, solo necesito dos dedos. Comprar coches
para Elena y su hermano era una cosa, pero ¿un edificio entero? Eso es demasiado
lejos incluso para ti. Si no puedes verlo...

Cerré los ojos momentáneamente, tratando de contener la rabia que sentía


extendiéndome a través de mí. Cuando los abrí de nuevo, dejé escapar un suspiro y
lo miré a los ojos. —Sé que no lo entiendes, y eso está bien. No espero que lo
hagas. Tú y yo lo hemos tenido todo por demasiado tiempo. Hemos sido tan
privilegiados, que ni siquiera vemos las cosas que le estamos quitando a los
demás...

—No les estamos quitando nada, maldita sea. Estamos mejorando su maldita
comunidad.

—Así es como lo vemos, pero si alguien viniera y de repente derribara este


lujoso penthouse en el que vives…

—Yo demandaría.

—De acuerdo, harías una demanda —digo. —Estas personas ni siquiera saben
cuándo, por qué o cómo demandar. Incluso si lo hicieran, ¿crees que tendrían el
dinero para los honorarios de abogados? Por eso lo hice la cosa con el edificio. No
había otra razón.

Tom parecía dudoso por un segundo antes de sacudir la cabeza. —¿Quién eres
tú?

Él tenía razón, por supuesto. No podía recordar la última vez que hice algo
agradable por alguien, mucho menos por un grupo de personas. Claro, firmé
autógrafos y posé para fotos, pero esa era mi vida. En realidad, ¿salir del camino
para la gente?... Dejé salir una risa.

—No tengo ni idea, pero por una vez en mi vida, creo que me gusta en quién
me estoy convirtiendo.

—Definitivamente no serás el próximo Javier Belmonte. Te diré eso.

Sonreí. —Gracias a Dios por eso.


En cuanto me levanté de la mesa, llamé a Camila. Había considerado la regla
de tres días durante todos los dos segundos antes de darme cuenta de que no tenía
tiempo para esa mierda. Tenía menos de tres semanas para conseguir esta mujer en
mi cama. Por teléfono, ella me hizo prometerle que no presionaría. Mantén las
manos para ti, Warren. Es una cita amistosa, dijo.

Le prometí que no lo intentaría, e iba a hacer todo lo posible por cumplir mis
palabras, pero cuando abrió la puerta de su casa, con el cabello agitado y los anchos
ojos caramelo, todos los pensamientos de comportarme salieron por la ventana.
Llevaba puesto el más pequeño par de pantalones cortos de mezclilla que había
visto en mucho tiempo y un jersey abotonado de los Yankees. Tenía los pies
desnudos, los dedos de los pies del mismo tono de rosa intenso en sus manos. La
visión de ese color en ella me hizo algo, y en esas jodidas piernas, que eran magras
y musculosas y ¿todo lo que podía hacer era imaginarlas alrededor de mi cintura?
Mierda.

—Te ves... increíble —dije, volviendo a mirarla.

—Tú también —dijo ella, abriendo la puerta. —Entra. Tengo que ponerme mis
zapatos.

—Bien por mí. Has hecho los planes.

Sonreí mientras cerraba la puerta y empezaba a caminar. Su lugar era pequeño.


Diminuto. Del tamaño de mi maldita camioneta. Ni siquiera sabía dónde estar.
Ella tenía una pequeña cocina, un baño en el que estaba seguro yo no cabía dentro,
y una cama en el suelo. Y tampoco era una de esos tipos IKEA. Era solamente un
colchón en el maldito piso. Frente a ella, en la pared, había una televisión, y al
lado, un futón pequeño con un escritorio delante de él. Para el espacio siendo tan
pequeño, ella hizo buen uso de ello. Me recordó el piso en el que dormí cuando fui
a un internado. Supongo que mi cara debe haber mostrado mi sorpresa, porque
Camila se dirigió a ella tan pronto como la miré de nuevo.

—No es mucho, pero es todo lo que necesito —dijo, como si me debiera


cualquier tipo de explicación.

—Es encantador. Te queda bien —dije, esperando que mis palabras


traicionaran mis pensamientos.

Ella se encogió de hombros y dio la vuelta, abriendo una puerta al lado del
baño. Era su armario. Jesús. Tal vez Tom tenía razón y yo tenía un tipo, porque el
impulso de levantarla y llevarla a comprar un nuevo piso era insoportable. Me
quedé junto al mostrador de la cocina y observé cómo se ponía los zapatos.

—¿Estoy vestido para la ocasión? —pregunté.


Ella me había dicho que me vistiera de manera casual, así que había usado
pantalones vaqueros, una camiseta y zapatillas deportivas negras. Levantó la
cabeza y me miró de nuevo. Sus ojos se deslizaron por mi cuerpo rápidamente
antes de asentir y apartar la vista, sonrojándose. Guardé una risa divertida. Nunca
en mi vida me había sentido tan agradecido por la obvia atracción de una mujer
hacia mí. Tal vez ella se quebraría pronto, después de todo.

—Vamos a un partido de béisbol, y tal vez a una cafetería —agregó mientras se


ponía un par de oscuros Converse.

—¿Un juego de béisbol? ¿Crees que queden buenos asientos? —le pregunté,
sacando mi móvil y abriendo un navegador de boletos.

Si no hubiera nadie en línea, siempre podría pedirle a Tom si sus asientos del
club estaban disponibles. Él apenas los usaba de todos modos. O podría llamar a mi
asistente y hacerle una llamada e intentar conseguir algunos boletos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó. La confusión en su voz llamó mi atención.


Efectivamente, estaba frunciendo el ceño.

—Buscando boletos.

Camila se echó a reír. —Warren.

—¿Qué?

—Ya compré los boletos.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con que compraste los boletos?

Ella sacudió la cabeza, todavía sonriendo mientras se levantaba para caminar


hacia mí. Agarró una bolsa del mostrador de la cocina y la arrojó sobre su hombro.
Entonces, se paró delante de mí y estiró una mano hacia arriba, usando la punta de
sus dedos para empujar ligeramente sobre los pliegues del ceño creados en mi
frente.

—Me pediste que te mostrara Nueva York, así que te estoy mostrando Nueva
York.

Suspiré, cerré los ojos y saboreé su toque. —Eso no es lo que quise decir con
que me mostraras Nueva York. Quiero pagar esos boletos.

—Eso es muy malo. Ya están pagados —dijo.


Abrí los ojos cuando ya no sentí sus dedos sobre mí y miró mientras recogía sus
llaves y me pasaba por delante. La seguí y esperé a que ella cerrara la puerta.

—Solamente estás yendo por que insistí. Lo menos que puedo hacer es pagar
—le dije mientras caminábamos por las escaleras—. Ya pagaste mi viaje en tren el
otro día.

Ella se encogió de hombros. —Puedes pagar por el perro caliente que voy a
comer en el juego.

—Y el café en la tienda, y todo lo que se consuma mientras estás conmigo.

Ella sonrío mientras miraba por encima del hombro, pero no comentó más.
Ojalá pudiera grabar el momento para Tom, solo para mostrarle que era diferente a
Elena, que nunca se ofreció a pagar nada mientras estaba conmigo.

—No he estado en un partido desde que era un niño —comenté mientras


caminábamos afuera.

—¿Un niño como un niño pequeño o un niño como un adolescente?

—Probablemente tenía unos diez.

Inclinó la cabeza para mirarme. —¿Con quién fuiste?

—Mi papá y mi hermano. Estoy seguro de que ninguno de los dos volvió
después de ese día tampoco.

—¿Mala experiencia?

—Realmente no. Simplemente no es lo suyo.

—Déjame adivinar. El balompié lo es.

Mis labios se torcieron. —Definitivamente el fútbol lo es.

—¿Son fanáticos de los Giants o los Jets? —preguntó.

Suspiré pesadamente. —Ninguno. No estoy hablando de fútbol americano.

Ella sonrió y me miró, sus ojos brillando, y me di cuenta de que había estado
bromeando. Sacudí la cabeza, pero no podía luchar mi sonrisa lo suficiente.
Cuando me di cuenta de que nos estábamos acercando al metro que se dirigía a
Queens, miré alrededor y vi a Antoine rápidamente. Le expliqué lo que estaba
pasando y le pedí que condujera y nos encontrara allí.
—Solamente tengo dos entradas —dijo cuándo él se fue.

—Está bien. Me habría molestado mucho si hubieras gastado otro dólar —dije,
sonriendo y alargando la mano para agarrar su antebrazo con tranquilidad.

Ella saltó al contacto. ¿Era eso contra las reglas? Decidí que no lo era, y si era
seguro que no me importaba. Camila se movió para comenzar a caminar otra vez y
yo la seguí.

—¿Todos tus guardias de seguridad son enormes negros? —preguntó.

—¿Por qué tendrían que ser grandes?

Ella me dio una lenta, intencional mirada completa.

—Sabes que esta es la segunda vez que te he pillado mirándome hoy. Será
mejor que tengas cuidado. Puedo malinterpretarlo y pensar que encuentras
atractivo a un apuesto jugador de fútbol con dinero que invierte en las propiedades
de Belmonte.

Ella apartó su mirada de la mía y miró al otro lado de la calle. —En primer
lugar, invertir en Belmonte y ser Belmonte son dos cosas diferentes. En segundo
lugar, ¿qué vamos a hacer con Antoine? ¿Necesita sentarse contigo?

—Estoy pagando por nuestro viaje —dije cuando llegamos a la máquina y ella
comenzó a tocar en ella.

—Ya tengo una tarjeta —dijo, sonriendo mientras miraba la pantalla—.


Relájate, Warren. Deja que alguien lo haga por ti, eso sería un cambio. Supongo
que es algo que no sucede a menudo.

Ella sacó su tarjeta y la deslizó antes de que pudiera parpadear. Fue un


movimiento magistral y antes de que pudiera detenerla, se dio la vuelta con una
sonrisa en su rostro y extendió una tarjeta azul y amarilla del metro. Tenía la
mirada fija en la suya mientras la tomaba, mis dedos rozando los de ella mientras la
agarraba lentamente. Sentí las paredes de mi garganta cerrarse en ese instante, y
supe que, a pesar de mi promesa de no acercarme a ella, tenía que tenerla.

—Gracias —susurré. Me aclaré la garganta y repetí mis palabras.

Camila simplemente asintió, sus labios se separaron ligeramente, sus ojos


todavía en los míos como si estuviera bajo algún tipo de trance. Un grupo de
personas se acercó a nosotros para usar la máquina y nos movimos. La seguí e
imité su movimiento mientras deslizaba su tarjeta en la máquina y empujaba los
barrotes, y cuando llegamos a la plataforma, tomé un momento para mirar
alrededor. Estaba lleno de gente con camisas azul marino y azul rey. A la derecha,
un niño que reconocí del parque el otro día me saludó con la mano. Le di un simple
ademán y Camila empezó a mirar a su alrededor cuando se dio cuenta. No pude
evitar sonreír. Ella realmente me observó de cerca. Ella hizo un gran trabajo en
fingir que no lo hizo, sin embargo.

El tren llegó allí y ambos nos volvimos hacia él otra vez. Por temor a perderla,
agarré la parte superior de su brazo cuando una oleada de gente bajó, y seguí
agarrándola mientras abordábamos. Había algunos asientos vacíos, y Camila no
perdió tiempo en tomar uno. Me senté en el que estaba a su lado. Era un espacio
pequeño, mucho más pequeño de lo que esperaba. Me acordé de la última vez que
habíamos tomado el tren y de cómo tuve que estar con mis manos sobre mi cabeza
durante cuarenta minutos. Este espacio no era mejor, y el olor a sudor y orina
parecía incluso más prominente en este vagón que en el anterior.

—Deberíamos haber tomado el coche —dije en voz baja. Ella sonrió y me


miró—. ¿Qué pasa, chico lindo? ¿Tienes miedo de ensuciarte un poco?

Y así, con esas palabras suavemente habladas, pero ardientes y el brillo en sus
ojos, mi polla se puso dura. Me moví en mi asiento y tiré mi brazo derecho
alrededor de ella, acercándola para poder susurrarle en su oído—: No tienes ni idea
de lo sucio que me gusta ponerme.

Retrocedí, pero dejé mi brazo sobre el respaldo de su asiento, y sonreí al gran


suspiro exhalado que dejó salir. Se sentó derecha en su asiento, sus ojos chocando
con los míos una vez que parecía recoger sus cojinetes.

—Eres terrible en seguir reglas.

—Las reglas están hechas para romperse.

—Pareces como cualquier otro chico privilegiado del Upper East Side —dijo,
poniendo los ojos en blanco.

—¿Me veo como tal? —pregunté, sonriendo cuando sus ojos se perdieron por
mi pecho, mis brazos, e hizo su camino de regreso a la cara de nuevo.

—No, pero cualquiera puede vestirse y fingir ser algo que no es.

Mis ojos se estrecharon sobre los suyos. Era algo que estaba cansado de oír, de
compañeros de equipo menos privilegiados cuando era más joven, de gente menos
afortunada en general. Siempre evaluaron el valor de mis coches o mis relojes.
Nunca se basaban en las cosas que decía o la forma en que actuaba.
Y definitivamente no actuaba como un chico privilegiado del Upper East Side.
Normalmente, lo dejo rodar fuera de mí. Otra cosa que la gente odiaba. Otra cosa
que me importaba tres mierdas. Por eso no podía entender por qué cuando Camila
me lo decía, me molestaba.

—¿Es eso lo que piensas? ¿Qué finjo ser algo que no soy?

—No lo sé. No lo creo, pero no puedo entenderte. —Ella se burló—. Que ya es


decir mucho viniendo de una persona que psicoanaliza gente para vivir.

Nos bajamos en la siguiente parada y nos dirigimos por la calle, pasando por
las tiendas de la calle por el camino. Parecía que todo el mundo en la cuadra estaba
vendiendo algún tipo de parafernalia. No podía recordar la última vez que estuve
en el exterior de un estadio como este. Uno con la multitud. No podía recordar la
última vez que fui a un juego en el que yo no era al que estaban animando o
abucheando. Se sentía extrañamente estimulante y liberador caminar con la gran
multitud hacia el estadio. Camila miró por encima del hombro para asegurarse de
que todavía estaba detrás de ella. Busqué su mano y entrelacé nuestros dedos. Sentí
su sorpresa en la forma en que ella se puso rígida y me apretó los dedos, pero no la
soltó y no dejó de caminar, lo cual tomé como una buena señal.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo un par de veces, pero lo ignoré porque no


quería alejar de mi mano de la suya. Cuando llegamos al frente de la línea, ella dejó
la suya y revisó su bolso para sacar dos entradas. Entramos y tomé un segundo para
mirar alrededor.

—Este es el nuevo estadio —dijo.

—Lo sé.

—No estaba segura de que lo hicieras. Lo estás viendo como si estuvieras


experimentando una parte de la historia o algo así —dijo. Cuando la miré, ella me
sonreía.

—Yo como que lo estoy. —Incliné la cabeza—. Nunca he tenido una cita en
un partido de béisbol antes.

Ella permaneció en silencio por un instante, sus mejillas produciendo un toque


de color mientras arrancaba su mirada de la mía. Cuando volvió a mirarme, sonrió.
—Hay una primera vez para todo, y técnicamente, te traje. ¿Quieres un perro
caliente?

Me reí y dejé que ella guiara el camino. Nos dieron nuestros perros calientes,
cervezas y cacahuetes y esperé para ella fuera del baño. Saqué mi teléfono de mi
bolsillo y llamé a Antoine de nuevo, quien me informó que mi ayudante fue capaz
de conseguir asientos de palco para nosotros.

—Ella compró estos asientos —dije en voz baja—. ¿Crees que estará molesta si
los cambio?

Antoine guardó silencio por un momento. —Si ella fuera otra persona, yo diría
que estaría encantada, pero no sé acerca de ella.

Me reí. —Gracias. Sube al palco y veré qué puedo hacer.

Cuando Camila salió del baño, la seguí hasta donde estaban nuestros asientos.
En el camino, retuve mi risa. Aquí estaba yo, un hombre buscado por
patrocinadores de muchas compañías de renombre, algunas de las cuales se
exhibían en las paredes del estadio, y esta mujer me conducía a la sección común.
Nos sentamos y miramos al campo. Los jugadores aparecieron tan lejos que me
hizo preguntarme cómo la gente podía vernos jugando desde todo el camino hasta
aquí. En el béisbol, sabías quién estaba parado ahí. En el fútbol, estábamos todos en
el campo.

—Creo que nunca te has sentado tan arriba —dijo Camila.

Sacudí la cabeza. —Estaba pensando justo en la gente sentada aquí arriba y


observándome cuando estoy allí abajo.

—¿No te hace sentir agradecido? —Nuestras miradas se encontraron cuando la


miré, y ella continuó—: ¿Saber que la gente se sienta todo el camino hasta aquí solo
para echar un vistazo tuyo jugando y respirando el mismo aire que ellos en vez de
mirarte desde la comodidad de su casa?

Nunca había pensado en eso antes. Por supuesto, estaba agradecido por todo lo
que tenía, pero nunca me detuve para considerar a gente como Camila, que usaba
dólares ganados con sudor y esenciales para comprar los boletos más lejanos para
poder ver a sus equipos favoritos jugar. Nunca había pensado en ello. Ella no había
desviado su mirada de la mía y me miraba tan atentamente, que estaba seguro de
que encontraría todos los oscuros secretos que había enterrado.

—¿Vienes a muchos juegos? —pregunté.

—Realmente no. Tal vez uno al año. Pueden ser un poco… —Ella se encogió
de hombros—. Vengo cuando puedo.

¿Estaba a punto de decir caro? Por más mierda que fueran estos asientos, había
gastado su dinero en ellos, y decidí que si eran lo suficientemente buenos para ella,
tendrían que ser lo suficientemente buenos para mí también. Nos levantamos para
el himno nacional y observamos el primer lanzamiento, riendo de la manera en que
el chico perdió al receptor por una milla.

—¿Crees que puedes lanzar desde el montículo al plato?

—Puedes apostar tu culo a que puedo —dije—. Y si no pudiera, no estaría


atrapado muerto por ahí.

Camila rio, esa risa real y ronca suya y echó la cabeza hacia atrás. Cuando nos
sentamos de nuevo, nos sentimos como si estuviéramos un poco más cerca de lo
que habíamos estado cuando llegamos allí.

—¿Tus padres viven aquí? —pregunté después de masticar algunos cacahuetes.

—Al norte del estado —dijo ella.

Algo sobre la forma en que dijo que me hizo querer saber más. Me senté y puse
una mano sobre su rodilla para que me mirara. Cuando lo hizo, se veía triste.

—¿Tiene que ver con Belmonte? —pregunté, y después de ver la mezcla de


sorpresa y tristeza en sus ojos, casi me gustaría no haber preguntado en absoluto.

—Los odio —susurró ella.

—No tenemos que hablar de ellos si te hace sentir incómoda —dije.

Me di cuenta de que se estaba debatiendo. Le acaricié el lado de su muslo con


el pulgar como un signo de aliento, e ignoré la suave sensación de su piel y la idea
de correr mis manos arriba y abajo de su cuerpo sedoso. Ella se movió de modo que
sus dos rodillas estaban frente a mí.

—En otro momento.

—En otro momento —concordé, quitando mi mano de su rodilla y acariciando


su barbilla.

A pesar del ruidoso ambiente del juego, con la gente animando, y abucheando,
y discutiendo con la gente del equipo contrario, en ese momento, lo único que vi
fue Camila. Camila y sus hermosos ojos en forma de almendra, y su labio inferior
relleno. Cuando tragó, mis ojos siguieron la longitud de su delgado cuello. Resistí el
impulso de hacer un rastro con mi dedo hasta el primer botón de la blusa que
llevaba. Ella se aclaró la garganta y se apartó de mí, pero para entonces no
importaba porque sabía que ella me deseaba tanto como yo la deseaba.
Estuvimos callados por un momento, viendo el juego, comiendo palomitas de
maíz y bebiendo cerveza. La cámara de besos se encendió y vimos cómo la gente
hacía eso. Entonces, las propuestas de matrimonio comenzaron. Camila sonrió a
través de ellos.

—¿Crees que es lindo? —pregunté.

Sus ojos cortaron los míos. —Sí. . . y no.

—¿Sí y no? —pregunté. No pude dejar de sonreír—. ¿Cómo va eso?

—Sí, es lindo, pero no, nunca quisiera que alguien se me proponga de esa
manera.

—¿Porque es impersonal? —pregunté, arrojando un grano a mi boca.

—Sí, además de embarazoso. La cámara se acerca a ti y tienes que esperar la


respuesta. —Ella tembló—. No gracias.

Me reí. —Supongo que si lo preguntan en un lugar tan público, es porque saben


que la respuesta sería sí.

—Asumes mal —dijo, con los ojos muy abiertos—. He visto un no.

—De ninguna manera. —Negué con la cabeza riendo. Su mirada se posó en mi


boca. Seguí sonriendo porque no quería que mirara hacia otro lado, pero joder era
difícil no inclinarse y besarla allí mismo.

Se aclaró la garganta y apartó la mirada. —Lo digo en serio. La temporada


pasada contra los Marlins. Alguien se propuso, y ella dijo que no.

La conversación duró un poco más, hasta que dejamos de hablar de propuestas


locas y empezamos a reírnos de las escandalosas cosas que decían las personas que
nos rodeaban. Hablamos con algunos de ellos sobre el juego y perder a Jeter, con
quien Camila estaba obsesionada. No fue hasta que salimos de nuestros asientos y
nos dirigimos al baño en la parte superior de la séptima que me di cuenta que nunca
nos trasladamos a los mejores asientos.

—¿Quieres quedarte? —preguntó cuándo nos encontramos en medio del


pasillo.

—Depende de ti. —Me encogí de hombros con indiferencia, pero esperaba que
ella decidiera marcharse.

—Creo que podemos irnos.


Su rostro estaba enrojecido por la cerveza, y la sonrisa no había salido de su
rostro desde la quinta entrada.

—Vámonos. ¿Quieres tomar el auto ahora? ¿O el metro? —pregunté.

—Podemos tomar el coche. El metro va a ser una locura en este momento —


dijo.

Le pasé el mensaje a Antoine, quien me dijo dónde encontrarlo y nos dirigimos


en esa dirección.

Miré a Camila. —No quiero que acabe la noche.

—Debería llegar a casa —dijo con una sonrisa arrepentida.

—Deberías venir a casa conmigo.

—Parece que recuerdo la estipulación de que no intentarías seducirme.

—Y no creo recordar aceptar eso.

—Me parece recordar exactamente la aceptación de esa condición. —Ella


sonrió.
Envolví un brazo alrededor de ella y la tiré hacia mi lado mientras bajábamos para
irnos. Caminamos en silencio, mi brazo todavía alrededor del suyo, su cuerpo
acariciado contra el mío.

—¿De verdad quieres ir a casa? —pregunté mientras subía al asiento trasero y


la seguía.

—No —dijo, mirándome—. Pero debería hacerlo.

Estaba atrapado entre lo que quería y lo que debía hacer, y sus piernas
desnudas sexy-como-mierda no estaban ayudando, pero al final le dije a Antoine
que fuera a su casa. Nos quedamos en el coche fuera de su edificio por un par de
minutos antes de que ella saliera del coche.

—Gracias por venir esta noche —dijo mientras buscaba las llaves en el bolso.

—Gracias por llevarme al juego.

—Gracias por el viaje a casa.

Nos sonreímos una vez más antes de que cerrara la puerta. Mantuve la boca
cerrada porque no sabía qué decirle, pero en el momento en que se dio la vuelta y
empezó a abrir la puerta del edificio, salí corriendo del coche y corrí hacia ella.
Camila se volvió cuando la alcancé.

—Lo siento —le dije, ganando una mirada confusa mientras le tomaba la parte
posterior de su cuello y tiraba de su cara a la mía.

Camila jadeó cuando mis labios se estrellaron contra los suyos, sus manos
volando hacia mi pecho, pero sin alejarse. Agarró un puñado de mi camisa y me
acercó más, como si cualquier espacio que quedara entre nosotros fuera demasiado
ancho. Nuestras lenguas se encontraron en un baile enloquecido que hizo que mi
polla se endureciera en un instante. Gemí en voz alta cuando empujó su pelvis
contra ella. Rompí el beso y apoyé mi frente contra la suya, nuestras respiraciones
saliendo como jadeos. La bombilla que nos estaba iluminando de repente chispeó y
llamó nuestra atención justo cuando estalló y salió disparada.

—¿Ves lo que hacemos? —le señalé. Ella rio—. Sé que dije que no me acercaría
a ti, pero tenía que besarte.

—Me alegro de que lo hayas hecho —susurró. Me aparté un poco.

—¿Eso significa que saldrás conmigo en una cita real? ¿Una en la que pueda
seducirte y sostener tu mano y decirte lo malditamente hermosa que eres?

Ella se sonrojó y se alejó momentáneamente, pero asintió cuando su mirada se


encontró con la mía.

—¿Mañana por la noche?

Ella rio. —No sé si puedo mañana.

—Entonces el domingo.

—El domingo funciona —dijo—. Voy a ver los apartamentos mañana por la
mañana y si todo va bien, debería irme el domingo. No es que tenga ninguna
influencia en una cita de domingo por la noche. Has visto mi casa.

Acuné su rostro y me incliné para besarla una vez más. —Déjame saber si
necesitas ayuda.

—Lo haré.

Me incliné una última vez y la besé de nuevo, un beso lento y profundo que, a
diferencia del primero, era sin prisa. Cuando retrocedí, sus ojos todavía estaban
cerrados, sus labios todavía se abrían, y yo no quería nada más que llevarla por esas
puertas, subirla y arrebatarla en su apartamento caja-de-zapatos.
En cambio, me alejé y volví al coche y fui a casa, donde tomé una larga ducha
fría y traté de no repetir la forma en que sus labios se sentían contra los míos,
porque si eso me estaba haciendo perder el sueño, no podía imaginar qué me haría
tener mi pene dentro de ella.
Capítulo 10
Corregido por Mariela

Camila
Warren: No puedo dejar de pensar en ti.

Camila: Eso no debe pasar de nuevo.

Warren: Sabes que lo quieres también ;-)

Camila: Amigos, ¿lo recuerdas?

Warren: Amigos que se besan. No hay nada de malo con eso.

Sonreí forzadamente. Deseé no haberlo hecho. Ojala que no sintiera la


atracción que sentía hacia él, pero no podía cambiar el hecho de que lo hacía. A
pesar de lo que pensaba originalmente de él, el me probó que era un buen
momento. Antes de poder responder al texto de Warren, recibí una llamada de
Quinn invitándome a un concierto de Jay Z en Brooklyn. Por supuesto dije que sí.
Cuando Quinn no estaba trabajando como cantante de su banda, el montaba las
luces para conciertos de personas “que de hecho le pagaban por su arte” como él
decía. Conseguiría meterme en el backstage7 y podría mirar el concierto desde una
pequeña área donde se encontraban parados los empleados. Lo había hecho una
vez anteriormente en la presentación de un nuevo y prometedor artista, así que
sabía que lo vería mayormente sola, pero no me importaba. De ninguna manera me
perdería el concierto. Llego otro mensaje de texto proveniente de Warren mientras
estaba llenando los permisos para el parque Winsor que iba a comenzar a
construirse.

Warren: Quiero verte esta noche.

Mi aliento se quedó atrapado. Mis dedos se congelaron momentáneamente en


la pantalla antes de que comenzara a escribir una respuesta.

Camila: No puedo esta noche. Tengo planes.

7
Área detrás del escenario, en ella se encuentran los vestidores, sala de descanso, etc.
Trasbastidores.
Después de un par de segundos de estar esperando a que aparecieran los tres
pequeños puntos de su mensaje, puse el teléfono hacia abajo.

Warren: ¿Qué tipo de planes?

Camila: El tipo que me incluye lleno al concierto de Jay Z en Brooklyn esta noche.

En lugar de contestar mi mensaje, el llamo. Estaba sorprendida por alguna


razón. Me encontraba perfectamente bien con mensajear de ida y vuelta, pero una
verdadera llamada significaba escuchar su voz imaginando que estaba vistiendo,
como se veía mientras decía ciertas cosas. Tome un profundo respiro y conteste al
tercer timbre.

—No hay manera de preguntar esto sin sonar como un imbécil —dijo. Su voz
envió olas de calor a través de mí—. ¿Con quién iras?

Sonreí. —Un amigo.

—¿Qué tipo de amigo?

—Del tipo de amigos a los que besas.

Respiro profundamente a través de la línea. —Aquí está la cosa, Camila. No


me opongo a jugar juegos, si es lo que quieres. Me gusta lo que estamos haciendo,
el coqueteo, conocernos el uno al otro, besarnos. Estoy bien con eso si eso es lo que
necesito para meterte en mi cama. Amigos a los que tú besas… no estoy de acuerdo
con eso.

Puse mis papeles a un lado y me eche de espaldas en mi colchón y cerré mis


ojos. ¿Por qué sus palabras hicieron saltar a mi corazón de la forma en que lo hizo?
La posesividad era algo que normalmente no me parecía atractivo, pero de alguna
manera Warren logro hacer que quisiera eso de él.

—¿Tú no estás de acuerdo conmigo besándolo o no estás de acuerdo con que


salga con él porque crees que lo besaré? —pregunté sonriendo por el sonido de un
gruñido que hizo.

—Ninguna de las dos. No me gusta. No quiero pensar en eso.

—Es Jay Z. Ya dije que sí y no voy a perderme a Jay Z porque a ti no te gusta la


idea de que vaya con algún chico al que crees que voy o no a besar. Él es solo un
amigo, Warren.

—Yo te llevaré al jodido concierto.


—Es un concierto exclusivo. Creo que necesitas ser una titular de American
Express, un empleado o algo así.

El guardo silencio por un momento mientras yo rodaba mis ojos pensando en


que iba a decirme que tenía una tarjeta negra o algo. No lo hizo. Suspiro de nuevo
en la línea.

—Bien. Ve con tu amigo.

—Te llamaré cuando llegue a casa —dije con una pequeña sonrisa mientras
giré sobre mi estómago.

—Camila —dijo antes de que pudiera colgar.

—¿Sí?

—Por favor, no lo beses.

Mariposas revolotearon en mi estómago con el sonido de su petición. Sonreí y


le prometí que no lo haría.

***

Llegué temprano. Unos chicos de su banda estaban allí, así que caminamos
alrededor esperando encontrarnos a Beyoncé. Eso no pasó. Cuando la multitud
comenzó a llegar y las luces comenzaron a atenuarse, el DJ empezó a tocar, hui al
lado del resto de la banda y la gente de sonido e iluminación y servían en el
escenario. Esto fue solo la segunda vez que estaría parada en el escenario para ver
un espectáculo y mi adrenalina estaba por los cielos. No podía resistirme. Reboté
de un pie al otro y me mecí al ritmo del DJ que tocaba Run DMC y rapeaba al ritmo
de Biggie. Quinn trotó hacia nosotros en un momento y nos dio un boleto para
bebida, pero le dije que estaba demasiado nerviosa como para moverme, por no
mencionar tomar una bebida.

Él frunció el ceño. —Es una bebida. No es como si fueras a emborracharte ni


nada.

—Sí, pero podría tener que usar el baño y no puedo perderme el espectáculo.

Los chicos reían, sacudiendo la cabeza, pero no discutieron porque sabían que
tenía razón. Especulamos que invitados especiales habría en el concierto. Siempre
traía a alguien. Solo esperaba que no fuera P. Diddy o alguien estúpido. Cuando por
fin empezó el concierto, mis ojos estaban pegados al escenario. Tenía tanta
adrenalina dentro de mí que sentí como si pudiera desmayarme. No podía imaginar
ser la persona por la que la multitud gritaba, cantando, moviéndose de un lado a
otro. También vi a Quinn pasar de un lado al otro asegurándose de que las luces
estuvieran alineadas con cualquier plan que hubieran pensado. Lo estaba viendo
cuando Jay Z mencionó un invitado especial, y cuando vi quien era, me quedé
boquiabierta con mi aliento atrapado en mi garganta.

Pude sentir los ojos de Quinn en mi incluso sin tener que mirarlo. Solo podía
imaginarlo riéndose de mí por cualquiera que fuera la cara que tenía cuando Nas
entró al escenario y tomó su lugar al lado de Jay Z. Coloque una mano sobre mi
corazón que latía rápidamente y quedé boquiabierta mientras gesticulé santa mierda
mientras miraba a Quinn. Él sonrió e hizo sus pulgares hacia arriba no podía
corresponderle porque mis manos temblaban. El concierto continuó. Juntos
interpretaron dos canciones antes de que Nas caminara fuera del escenario y pasara
por delante de mí. Cuando nuestros ojos se encontraron, sonrió y me saludo creo
que morí justo ahí.

Estaba ocupado mirando a Nas alejarse cuando Quinn me empujó. Salté y lo


mire.

—¿No es ese tu amigo íntimo? —preguntó, asintiendo con la cabeza hacia el


escenario.

Mi mirada siguió la suya. Mi boca cayó. Observé como Jay Z saludaba a


Warren como si fueran viejos amigos. Cuando terminaron de hablar, Jay Z puso el
auricular de nuevo en su oreja y corrió al escenario otra vez para continuar el
concierto. Warren llevaba pantalones vaqueros y una camisa azul a cuadros con
botones fuera del pantalón, con las mangas enrolladas para mostrar sus antebrazos
tatuados. Intenté no imaginar esos brazos flexionándose sobre mí y fallé
miserablemente. Tampoco podía dejar de imaginarlo besándome con sus manos
sobre mí, con la forma en la que me miraba y me sonreía. Mi corazón se agitó.
¿Aun así, que hacía él aquí? Le dije vendría y nunca mencionó que estaría aquí. A
menos que él estuviera aquí por mí, pero ¿qué demonios?

—¿No vas a saludarlo? —me pregunto Quinn, sacudiéndome fuera de mis


pensamientos.

Warren sacó su teléfono y escribió algo. Sentí mi celular vibrar en mi bolsa. Lo


saque lentamente, mientras veía que miraba su pantalla y vi su nombre en la mía.

Warren: ¿Te estas divirtiendo?

Camila: Sí.

Warren: ¿Con tu amigo?

Camila: Sí.
Observé como frunció el ceño a la pantalla y resulto difícil contener mi risa.

Warren: ¿Qué llevas puesto?

Comencé a reír, mientras el miraba el reflejo en su pantalla. Olvidando que él


estaba literalmente a pasos de Jay Z, quien cantaba Izzo. Él quería concentrarse en
lo que yo llevaba puesto.

Camila: Un entero cortó. Sin sujetador. Tengo frio.

Él sonrió mientras escribía.

Warren: Dime donde estas. Voy a calentarte.

Camila: Ya sabes dónde estoy.

Warren: No. Me refiero en que parte de la arena.

Camila: Es una gran arena y está a reventar. Dudo que puedas encontrarme.

Warren: Pruébame.

Camila: ¿Estás aquí?

Warren: Sí.

Camila: ¿Dónde estás sentado?

Observé como bajó su teléfono y miró a su alrededor. Miró otra vez y escribió.

Warren: ¿Dónde estás tú? Quiero verte.

Camila: ¿Qué tal que yo no quiero ser encontrada?

Frunció ligeramente las cejas.

Warren: Demasiado tarde.

Mi corazón latió rápidamente. Demasiado tarde. Palabras tan simples, pero


mierda. Finalmente, guarde mi teléfono y me acerque a él. Aún estaba mirando
hacia abajo en su pantalla, y cuando me acerqué lo suficientemente, vi mi nombre
en su pantalla. Había pinchado su hombro. Él me ignoraba, mirando la pantalla.
Pinche más fuerte y lo oí exhalar fuertemente como si estuviera molesto. Sus ojos
miraron a los míos y se ensancharon. Sonreí mientras el retrocedió un paso.
—No sé qué debería molestarme más, el hecho de que estés aquí y no me dijiste
que vendrías, que conoces a Jay Z y no me lo dijiste, o que te vieras genuinamente
molesto cuando pinche tu hombro.

Envolvió un brazo alrededor de mí y me tiró hacia él, no dándome tiempo para


reaccionar antes de que pusiera sus labios sobre los míos. Él me besó como si mis
labios contuvieran las respuestas a las preguntas que él no había preguntado en voz
alta; voraz, duro, profundo. Cuando nos separamos, sus ojos recorrieron mi cuerpo,
absorbiéndome totalmente. Se oscurecieron cuando encontraron mi mirada.

—¿Sin sujetador, eh? —dijo, con voz ronca mientras bajo su boca a mi oído.

Me sorprendió la manera en la que me sentí por sus palabras: caliente,


necesitada, fuera de control. Trague dándole un asentimiento con mi cabeza.

—¿Dónde está tu amigo? —pregunto, alejando sus ojos de mí, mirando


alrededor por primera vez.

—Trabajando —dije. Sonreí y me expliqué, diciéndole que trabajaba en


iluminación y esa era la razón por la que estaba en el backstage—. Ya sabes, si
sigues apareciendo así creeré que me acosas.

—Quizá lo estoy. —Sonrió—. No he perseguido a una mujer desde que tenía


diecisiete años, por lo que deberías tomarlo como un cumplido.

—Un cumplido —dije, incapaz de contener mi risa mientras sacudía mi


cabeza—. Lo tender en mente.

Warren agarró mi brazo y tiró de él caminando lejos de donde estábamos. Dejé


que me llevara detrás del equipo, detrás de grandes bocinas y en un pasillo estrecho
y mal iluminado. Aún podía oír la música de aquí, pero fue mucho más tranquilo y
no tuvimos que hablar fuerte en nuestros oídos. Estábamos parados uno frente al
otro sin decir una palabra por un momento, mirándonos el uno al otro.

—¿Estas molesta por qué arruiné tu cita de amigos? —pregunto, mientras sus
ojos buscaban los míos.

—¿Haría alguna diferencia?

—No. —Suspiro pasando una mano por su cabello—. Quizá. Es un nuevo


territorio para mí, Camila.

—¿Acosar a alguien? —pregunte sonriendo ante lo nervioso que se veía.


—Eso y… —Sacudió la cabeza pegándose a mí, presionándome contra la pared
que se encontraba detrás de mí—, esto.

Sus manos recorrieron hacia abajo mi espina dorsal, deteniéndose en mi


trasero, el cual agarró durante un tiempo. Mis labios se separado mientras me
quedé boquiabierta mirando sus ojos oscurecerse. Nuestros labios se juntaron al
mismo tiempo, nuestras lenguas chocando en una aventura salvaje. Enrollé mis
brazo alrededor de su cuello, deseando estar más cerca de él. Mi pelvis se meció
sobre su pronunciada erección, mi pecho desnudo cubierto únicamente por la fina
capa de tela rozando contra los botones de su musculoso pecho.

—Estas matándome —susurró sobre mis labios, tomando ambos lados de mi


cara—. Estas jodidamente matándome y tú ni siquiera lo sabes.

El fuego dentro se disparó a través mí, por mis venas con cada toque, cada
parte de sus labios en una parte diferente de mí, mis hombros, mi cuello, mi
clavícula. Mi estómago dolía por la necesidad que sentía por él.

—No quiero desearte tanto —susurré cuando nuestros labios se separaron de


nuevo.

Cuando su mirada encontró la mía se suavizo. —Pero lo haces.

—Pero lo hago.

—Y no puedes eliminar ese sentimiento.

Sacudí mi cabeza mirándolo como si fuera a darme alguna clase de antídoto


para esto. Lo que sea que fuera.

—Yo tampoco puedo —dijo, poniendo su frente contra la mía—. Yo tampoco


puedo.
Capítulo 11
Traducido por Kortega14

Maribel3755

Camila
Invite a Warren al coctel para Winsor. No lo tenía previsto. Normalmente no
llevaba citas porque era un evento de trabajo y me gustaba concentrarme en
navegar por la multitud y mantener un ojo en todo. Este evento se sentía diferente
aunque no era la multitud habitual. Nancy había invitado a su gente, reservado en
un hotel que ella adoraba y me pidió que me encargara del resto como
normalmente hacía. No estaba segura de que “el resto” fuera a funcionar en esta
ocasión. Usualmente eran subastas baratas, vendiendo cosas por las cuales los
trabajadores de clase media estarían interesados (un iPad, boletos para Hamilton,
boletos para un juego de los Knicks). Esta subasta sería completamente de
colecciones de arte y artículos firmados por atletas famosos.

—Solo relájate —dijo Vanessa en la mañana cuando fuimos a supervisar y


firmar el contrato de mi nuevo apartamento—. Tú siempre te luces en estos
eventos.

—No es lo mismo.

—Si lo que te preocupa es el estatus social, te prestaré un vestido y zapatos que


patearan traseros, te arreglaras el cabello, te maquillaras y boom. Nadie sabrá o se
preocupara sobre dónde vives o cuánto dinero tienes. —Hizo una pausa mientras
fruncía el ceño—. Honestamente, Peach, nadie se interesa por esas cosas.

Cerré mis ojos y dejé salir mi aliento. —Estoy segura que no lo hacen, pero es
fácil para ti caminar dentro y mezclarte con ellos ya que eres como...

—¿Parte de ellos? —preguntó, alzando una ceja. Asentí. Ella comenzó a


reírse—. ¿Piensas que la gente que tenía dinero me dio la bienvenida con los brazos
abiertos por mi apellido?

Me encogí de hombros.
—No lo hicieron, pero no son malas personas. Es como todo en la vida. Tienes
que enseñarle a la gente quien eres realmente para que vean lo que te hace ser tú.
Encajaras a la medida.

—Bien. Préstame el vestido.

—Y tendrás a Warren —dijo con un guiño—. No puedo esperar para conocer


al unicornio.

***

Él golpeo mi puerta a las 9:30. Era definitivamente puntual. Puse mi mano en la


perilla y tomé un profundo respiro para prepararme. No tuve la posibilidad de hacer
eso la última vez y al ver que tan bien lucia casi pateo mi trasero, así que tenía que
estar lista esta vez. Jalé la puerta para abrirla y tragué. La próxima vez. Haría un mejor
trabajo para prepararme la próxima vez.

Llevaba un traje negro que le quedaba a la perfección, moldeándose sobre sus


hombros y su pecho increíblemente, estaba segura que era hecho a la medida.
Quería estirar mi mano, quitarle su saco y su corbata y arrástralo hasta mi cama.
En esa nota, mis ojos se centraron en los suyos e intenté recobrar mi compostura.
Warren sonrió como si supiera lo que estaba pensando. Como si él pudiera oír mi
acelerado corazón desde donde él estaba parado en el pasillo y pudiera leer los
pensamientos ilícitos que estaban cruzando por mi mente con cada segundo que
pasaba.

—Luces comestible —dijo, su mirada oscureciéndose cuando me miró


lentamente de arriba a abajo causando que sintiera que mi corazón estaba a punto
de salir de mi pecho.

—Debemos irnos —susurré.

—Deberíamos —dijo mientras sus labios hicieron un una lenta sonrisa. Dio un
paso hacia adelante, y tomo mi cintura mirando hacia abajo—. O nos podemos
quedar.

Mi boca se abrió. Para hablar. Jadear. A algo que no podía manejar con él de
pie así de cerca dándome esa mirada.

—Puedo sentir tu corazón contra mi pecho —susurró, sus párpados lucían más
pesados, su mirada calentándome—. Quieres esto, Camila.

Tragué, asintiendo aturdida. —Lo quiero tanto.


—Pero tenemos que irnos. —Ladeo su cabeza hacia la izquierda como si al
hacer eso cambiaría de parecer sobre eso.

—Es trabajo —dije.

—Tenemos que irnos entonces.

Salimos y caminamos hacia la planta baja. Warren fue paciente mientras


caminaba detrás de mí, dejando que me tomara mi tiempo. Tenía miedo de
tropezar en los altísimos tacones con cada paso que daba. Cuando finalmente
llegamos a la planta baja, dejé escapar un suspiro largo.

—Eso no fue tan malo.

Warren se rio entre dientes detrás de mí y envolviendo un brazo alrededor de


mí para conducirme fuera del edificio. —Fue doloroso solo mirar.

Sonreí. Todo el camino hacia el evento, no dejo de hacer bromas y yo no pude


dejar de sonreír. Cuando llegamos hasta al lujoso hotel mi infundado temor parecía
haber desaparecido. Me sentí a gusto aun cuando nos bajamos del coche y Warren
me ayudó a no pisar ninguna grieta. Tal vez fue su presencia y la forma en que me
miró como si yo fuera la única cosa en el mundo que importaba, pero no pensaba
en nada mientras caminábamos a través del vestíbulo. La sensación duró bastante
tiempo. En cuanto llegamos al salón donde se llevaba a cabo la parte del cóctel
sentí cientos de ojos sobre nosotros, me quedé sin habla.

La mano de Warren se trasladó de mi mano a mi espalda mientras caminamos


hacia Nancy, a quien se lo presenté y los dejé hablando un rato mientras fui a la
parte posterior para asegurarme de que el proveedor había dado mi mensaje a las
personas que manejaba la subasta. Cuando volví, Nancy me dio una cálida sonrisa
y subió una ceja, ella miró a Warren. Traté de no reaccionar, pero podía sentir mi
rostro calentándose así que miré hacia otro lado.

—No la dejes trabajar —le dijo ella a Warren mientras comenzaba a alejarse—.
Necesita relajarse.

Él tomó dos copas de champaña de los meseros caminando, me entregó una


mientras alzaba una ceja. —Para relajarse.

Choqué mi copa contra la suya y sostuve su mirada mientras tomaba un sorbo.


En sus ojos encontré promesas que mi mente tenía miedo de explorar, pero mi
cuerpo estaba tan listo para hacerlo. Miré lejos rápidamente cuando sentí que mi
rostro se calentaba de nuevo. Tomé otro sorbo y miré alrededor para encontrar a mi
hermana. Ella estaba caminando directo hacia mí, riéndose de algo que un tipo alto
caminando a su lado y del de Adam estaba diciéndoles. Sus ojos se ampliaron y su
sonrisa resbaló cuando ella miró a Warren. Ella me vio y regaló una sonrisa
cómplice.

—Ese vestido se ve mucho mejor en ti —dijo mientras me abrazaba.

—Gracias. Me siento desnuda.

Warren se rio entre dientes, sus ojos estaban brillando cuando mi mirada lo
atrapó. Ubicó una mano en mi espalda baja otra vez y se inclinó a saludar a mi
hermana. Cuando mis ojos encontraron con el hombre alto no estaba segura qué
decir, así que él se presentó como Dominic.

—Oh, finalmente conozco al famoso Dominic —dije mientras nos


saludábamos.

Adam y mi hermana hablaban tanto del chico que estaba empezando a pensar
que era un maldito unicornio. Era definitivamente tan apuesto como Vanessa había
afirmado, con largo cabello rubio ojos marrón claro. Era alto, con la figura de un
nadador, hombros anchos y un cuerpo delgado, al igual que Adam. Aunque no tan
guapo como Warren.

—También he escuchado hablar mucho de ti. —Sus ojos se iluminaron


mientras lo dijo y me encontré sonriéndole de vuelta—. Y ahora que te he visto
estoy tan enojado por no escuchar a Adam cuando quería llevarnos a una cita a
ciegas juntos.

—Oh Dios. —Mi cara se calentó. Sentí a Warren acercarse más a mí, como si
fuera posible. Tomó la mano de Dominic y se presentó el mismo.

—Definitivamente sé quién eres, tengo tu playera en mi armario —dijo


Dominic con su voz atrapada. Prácticamente pude ver las estrellas en sus ojos sin
mirarlo. Aparentemente Warren es lo suficientemente famoso. Supongo.

—Tengo una firmada —dijo Adam orgullosamente—. Estaba furioso cuando


no te vi en la lista para los olímpicos este verano.

Warren se rio entre dientes aunque su risa se escuchó tensa y forzada, a


diferencia de las otras veces que la había escuchado. —Sí, estaba molesto porque no
podría ir este verano. Tuve una pequeña emergencia familiar, por lo que estaré en
Nueva York por las siguientes semanas.

—Oh, bueno. Deberíamos tomarnos una foto, si no te molesta. —Adam agregó


al final—. Esta es la fundación de mis padres y sé que amarían tener una foto tuya
en la página web.
—No me molesta en lo absoluto —dijo Warren. El me miro—. Mientras ella
este en la fotografía.

Sentí a mi corazón subir hasta mi garganta como si tuviera que ir que estar en
algún lugar de visita. —¿Qué?

—¿No eres la responsable de organizar el evento?

Santa Madre. ¿Le había mencionado eso? Me sentí avergonzada y pasmada


hasta que comencé a mirar alrededor del salón. —No, todo esto lo hizo Nancy.

—¿En serio, Camila? —pregunto Adam utilizando el tono de voz que usaba
cuando Vanessa exageraba comprando en línea. Mis ojos se ajustaron a los suyos.
Trate de deletrear ayúdame, me estoy yendo por la borda, pero lo ignoró o hizo como
que no le importaba. Adam se volteó hacia Warren—. Ella hizo casi todo por su
cuenta, así que debería definitivamente estar en la fotografía.

Adam llamó a un fotógrafo mientras Warren me miraba, sus ojos estaban


llenos de diversión mientras envolvía su brazo alrededor de mi cintura y tiró de mí
hacia él, y querido Dios, quería meterme en un hoyo y morir ahí. Porque se sentía
tan bien, tan correcto, y parecía como si todos en el salón se voltearan al mismo
tiempo en el que la cámara comenzó a fotografiarnos. Cuando terminamos de
tomar las fotos volteé alrededor y me di cuenta que no era así. La gente estaba
viendo, pero solo en una manera convencional no con la mirada ¿Quién diablos es ella
y que hace aquí? Ese tipo de mirada que esperaba.

Cuando llegamos con mi hermana, Adam y Dominic, otra vez Warren, colocó
su mano en la parte baja de mi espalda y me acarició. Sentí su toque por todas
partes. Su mano se deslizó de mi espalda hasta mi cintura muy lentamente,
provocando que mi piel ardiera y mi espalda se endereza con la sensación, sentí un
ligero rubor. Los ojos de mi hermana inmediatamente vieron su mano en mi cadera
y me disparo una mirada interrogativa. Si solo pudiera quitar su mano sin que
pareciera que no me gustaba allí. Cerré los ojos brevemente y respiré. Él es mi
amigo. Mi amigo al que disfruto besar muchísimo. Mi amigo al que no puedo dejar
de imaginar follando. Realmente necesitaba dejar de pensar esas condiciones.

Hablé con Vanessa mientras los chicos hablaban de fútbol soccer.

—¿Has hablado con mamá? —pregunto de repente. Mi sonrisa desapareció al


instante. Mi humor se fue a la basura.

—No. ¿Por qué?

—Johnny va a regresar para quedarse.


Me mordí la lengua. Fuerte. Realmente no tenía que enumerar los insultos que
atravesaban mi cabeza. Vanessa lo sintió también. Sin importar lo mucho que lo
amábamos, ambas estábamos furiosas porque él nos dejó.

—Déjame adivinar, mamá está de acuerdo y lo dejará vivir con ella de nuevo
¿cierto? Ella probablemente le lavará la ropa y eso —dije, sin poder evitarlo.

Mi hermana rodó los ojos incluso más exageradamente de lo normal y frunció


sus labios rojos. Cambié el tema temiendo que ambas tuviéramos la cabeza hecha
un lío como para preocuparnos por hablar con la gente sana y comenzamos a
hablar sobre mi nuevo apartamento. Ella accedió verlo, aprobarlo y ayudarme a
mudarme, lo que no sería muy difícil ya que solo tenía tres cosas. Pero Vanessa
verdaderamente quería ayudarme a amueblar el lugar, tan pronto como lo hizo
empecé una discusión.

—Realmente no necesito tu ayuda, Vee —gruñí

—Por favor. —Me dio la mirada que usa con Adam cuando quiere algo.

—Acabo de recibir un aumento. Puedo comprarme un nuevo sofá.

—¿Y una cabecera? ¿Almohadas decorativas? Esas cosas son caras. Créeme lo
sé —dijo alzando una ceja.

Resistí la urgencia de rodar mis ojos y suspiré. —No si tú no los compras en


Pottery Barn. Teresa tiene algunas almohadas y cojines lindos en su tienda.

—¿Teresa? —Sus ojos se ensancharon con la mención de la dueña de la tienda


de mi edificio—. No, Camila. Absolutamente no.

Reí y tomé una copa de vino blanco del camarero que pasó, bebiendo mientras
la escuchaba seguir hablando sobre la terrible idea que era comprarle cojines a
Teresa. Miré alrededor del salón y casi escupí mi vino cuando ella dijo su última
declaración. —Y ella tiene gatos, a los cuales eres alérgica, entonces si compras
esos cojines probablemente morirás mientras duermes.

—Y definitivamente nosotros no queremos que mueras cuando duermes —dijo


Warren, metiéndose en la conversación. Le di una sonrisa apoyándome en su
pecho mientras el dejaba un beso sobre mi frente.

Vanessa me dio una mirada y se paró más recta. Cuando las puertas
comenzaron a abrirse, me disculpé y fui al sanitario. Necesitaba recomponerme
antes de ir adentro y sentarme junto a ese hombre por les siguientes horas. Vi a
Nancy en mi camino y me presentó a un par de personas. Estaba aplicándome
labial cuando la puerta se abrió y mi hermana entró. Ella camino hacia mi como si
tuviera una misión, sus zapatos de tacón alto resonaron contra el piso sonando como
en clave Morse.

—¿Ese es Warren Silva? —pregunto mirándome en el espejo.

—Sí.

—Jesús, Camila. Esperaba que estuviera caliente pero… Jesús. —Pausó,


dejando salir su aliento—. Ustedes no pueden quitar sus manos el uno del otro.

Fruncí el ceño. —Eso no es cierto.

Le lanzó a mi reflejo una mirada. —Es tan cierto y no es nada malo. Solo que
estoy sorprendida. Parece como si llevaran un tiempo saliendo.

—No estamos saliendo, solo somos amigos.

Me miró de nuevo mientras rodaba sus ojos.

—Solo somos amigos, nosotros no hemos… ya sabes.

—Bueno, más te vale que lo hagan. —Comenzó a reír cuando mi cara se puso
roja—. Solamente disfrútalo Peach. Diviértete. Vive un poco solo una vez. ¿No fue
eso lo que dijiste que ibas a hacer?

Asentí lentamente. Yo había dicho eso.

Caminó y se detuvo mientras comenzaba a caminar hacia la puerta me llamo


diciéndome que estábamos en la mesa 10. Sonreí mientras caminé hacia afuera,
solo para detenerme completamente cuando vi a Warren hablando en el teléfono
algunos pasos lejos de mí. Sus ojos se encontraron con los míos, cuando comencé a
moverme de nuevo, caminé directo hacia él incluso cuando era la dirección
contraria a la que necesitaba ir.

—Escucha te llamaré luego. Necesitamos discutir esto más tarde, pero la


respuesta es sí, absolutamente quiero reunirme con ellos. —Colgó el teléfono y lo
metió en la bolsa de su saco.

—¿Estas bien? —me pregunto.

Sus brazos se encontraban a mí alrededor, rozó su pulgar contra mi cadera,


mandando una ola de sensaciones a mi región baja. Estábamos parados tan cerca
que podía ver cada pigmento verde y café en sus ojos. Mis labios se separaron
ligeramente, preparada para decir sí, no, o quizá, pero no conseguí decir ninguna
palabra. Su mirada se posicionó en mi boca por un momento y cuando me miró a
los ojos los suyos se había oscurecido un poco, y sus dedos me apretaron un poco.
Sentía como si sus manos agarraran mi garganta y desesperadamente buscara aire,
carraspeé mi garganta.

—Estoy bien, pero no puedo pensar cuando me tocas así.

Su otra mano subió y tomó mi cara. —¿Por qué, chica linda?

Cerré mis ojos por un momento, recostando mi cara en su mano, saboreando


su dulce voz tan cerca de mí.

—Porque —susurre. Quiero más y no debería.

—Le he dado vueltas a esa noche —dijo. Mis ojos se abrieron y me encontré
con los suyos—. Sigo pensando en ese beso, tus labios y tu cuerpo contra la pared.

—Por favor detente —susurré. No aquí, no puedo hacer esto aquí.

Avanzo más, jalando mi cara más cerca de la suya. —¿Por qué?

—Porque —susurré.

—¿Por qué? —preguntó susurrando mientras besaba el borde de mi boca.


Trague un jadeo.

—Somos de mundos diferentes. Tienes que darte cuenta especialmente en este


ambiente.

—A la mierda el mundo —dijo alejándose. Mis ojos cayeron abiertos. Warren


se rio entre dientes—. ¿Un rapero dijo eso?

—Sí, Tupac Shakur.

—¿Lo ves?

Sonreí. —Solo porque puedes citar a un rapero no significa que debamos ser
más que amigos.

—Eso no significa que no debamos.

Nos miramos el uno al otro, sin pestañear, hasta que sentía a mi corazón
golpear en mis oídos. Tenía que hablar para distraerme.

—Nosotros ya hemos salido.

El gruño. —Y tuve uno de los mejores momento en un largo tiempo.


—¿Incluso si uno de ellos fue el resultado de tu acoso sobre mí? —pregunte
sonriendo.

—Te llevé a casa, entonces sí.

Su mirada bajo a mis labios y estaba completamente segura de que iba a


besarme. Su cara se acercó a la mía, sus manos se extendieron en la parte baja de
mi espalda, con su toque todo era caliente y eléctrico. Dejé que me besara
castamente antes de que me alejara.

—Deberíamos ir adentro.

Su pulgar acarició mi labio y me dejó ir. —Ven a casa conmigo esta noche.

—Yo…

—No trates de pelear conmigo en esto, Rocky. —Me sonrió inclinando su


cabeza ligeramente, la vista hizo a mi corazón brincar.

—Warren —susurré.

—Por favor.

—Warren —dije de nuevo, esta vez más alto, como una súplica.

El subió sus manos y acarició mi hombro, en donde cubría el tirante de mi


vestido.

—Estoy sufriendo por ti, Camila —susurró, había un tono rudo en su voz y la
lujuria nubló sus ojos mientras me miraba.

Mi piel hormigueaba al sentir su toque. El golpeteo de mi corazón era más


fuerte.

Cada vez más.

Más fuerte.

Hasta que sentí que era demasiado. Cerré mis ojos un momento, tratando de
ordenar todo lo que estaba sintiendo.

—Por lo menos, vamos a hacer algo cuando esto termine —dijo,


apresuradamente—. No tiene que ser en mi casa, pero no quiero que nuestra noche
termine aquí. Vamos a hacer algo más de lo que podemos experimentar aquí.
Alguien se aclaró la garganta fuertemente junto a nosotros y brincamos lejos el
uno del otro, volteando nuestras cabezas hacia la dirección de dónde provenía el
ruido. Era Thomas Belmonte. El calor comenzó a cubrir mi cuerpo por dentro y
fuera. No sabía si la ola de ira era resultado de su apellido y la amargura que venía
incluida en ello o del recuerdo de nosotros discutiendo en la reunión. De cualquier
manera los sentimientos y la seguridad previa desaparecieron por completo con su
presencia.

—¿Podemos hablar? —pregunto mirando a Warren, no miró a mi dirección ni


una sola vez.

—Te veré a dentro —dijo Warren, apretando un poco mi brazo.

Asentí y caminé lejos, dejándolo hablar con su compañero de negocios.

El resto de la subasta, no pude mejorar mi estado de ánimo. Warren ya no se


mostraba divertido o mostraba alguna emoción y lo echaba de menos. Extrañaba la
diversión en sus ojos y la forma en que mi piel hormigueaba cuando él me tocaba.
Miré a la mesa de Thomas Belmonte algunas veces cuando lo encontré mirando
hacia nosotros, esperando que pudiera sentir el odio ardiente que sentía por él.
Pensé que las personas como él siempre fruncirían el ceño hacia nosotros. La
aceptación de Adam y Vanessa fue porque ellos se conocieron en la universidad y
se reencontraron de nuevo después. Para el momento en que su relación era oficial,
ya había estado alrededor como su amiga. Cuando la subasta terminó, nos paramos
y miré a Warren para ver cuál sería el plan, y de nuevo se disculpó porque alguien
de la mesa de Belmonte le llamaba de nuevo.

—Lo siento, negocios —dijo con un gruñido. Beso mi frente—. Te veré afuera.

Suspiré, sintiéndome derrotada, pero sin embargo asentí. No podía esperar


traer a alguien como él a un evento así y tenerlo para mí toda la noche. Todavía, no
podía fingir que mi interruptor de estado de ánimo no se atascó.
Capítulo 12
Traducido por Kortega14

Corregido por Candy20

Warren
Recibí un reclamo de parte de Tom, advirtiéndome de mantenerme lejos de
Camila.

No es nada serio, Tom murmuré por lo bajo, tomé un trago de whisky que
me dieron a lo largo de la subasta.

Te estoy avisando cómo amigo dijo.

Él sacó a colación a Elena, por supuesto. Como si fuera mi culpa haberme


enamorado de la mujer equivocada. Pero pasó. No podía cambiar el pasado, y
tampoco quería.

Aprendí de mis errores dije

Se burló, pero no comento nada. Tragué más de mi bebida, esperando que el


ardor eliminara el sabor amargo de mi boca. Nunca había dormido con la chica y
ya estaba diciéndome que me alejara de ella. La cosa de no dormir con ella estaba
llevándome por el camino de la locura. Cuando Tom abrió su boca de nuevo, fue
para sugerir que llamara a Madison, la mujer a la que follé mi primera noche en
Nueva York. Lo miré. Había estado ahí, y pasó eso. No es como si no se hubiera
repetido, pero definitivamente no tenía que revelar eso. Además, mi mente estaba
centrada en Camila. Cada vez que cerraba mis ojos, la única cosa que veía, sentía y
escuchaba era a ella.

Después de terminar la conversación, me presentó al hombre con el que estaba,


cuando terminé de hablar con ellos, me disculpé con el grupo y me encaminé a
afuera. Busqué a Camila en la multitud, a su hermana, a su cuñado. Pero no vi a
ninguno de ellos, así que fui al auto. Quizá ya estaba ahí. Antoine abrió la puerta
trasera de la camioneta tan pronto como me vio y estaba agradecido por sus
atenciones. Ella no estaba ahí. Tomé mi teléfono para mandarle un mensaje,
cuando Antoine se aclaró la garganta. Bajé mi teléfono y volteé a verlo.

¿Estamos esperando a Camila? preguntó


Sí, debería estar aquí pronto. Creo.

Finalmente, cuando apareció, estaba riéndose de algo que el esposo de su


hermana estaba diciendo. Sonreí con la vista. Se veía despreocupada y feliz parada
ahí con ellos. Miré cuando sacó su teléfono y lo miró, su cabeza giro rápidamente y
escaneó la acera, con suerte buscando por mí. Sonrió en el momento en que vio mi
carro y puso su teléfono a un lado, Dominic se acercó y le dijo algo que la hizo
detenerse y regresar. Ella regresó y se inclinó para darle un beso en la mejilla, él
colocó un brazo alrededor de su cintura y la sostuvo firmemente contra él con su
mano sobre la parte baja de su espalda.

Nunca había sido un hombre celoso, no en el término clásico de la palabra. Sin


duda, cuando Elena me dijo que había estado viendo a Ricky en privado me
molesté. Más allá de la molestia. Pero una vez que sacudí el polvo me di cuenta de
que no era sobre Elena o Ricky. Era una cosa mía. No podía creer lo que me había
hecho. No podía creer que alguien me engañaría. No podía pensar en un momento
en el que yo había sentido alguna vez envidia hacia otro hombre. Pero en ese
momento, mientras estaba sentado en el coche viendo a otro hombre tocándola,
una sensación pegajosa comenzó a construirse en mi interior. No eran sus manos
sobre ella lo que me molestaba. Fue darme cuenta de que hombres como Dominc y
Quinn tenía meses, años para demostrar que eran dignos de ella si querían, y todo
lo que me quedaba eran dos malditas semanas. El pensamiento me hizo sentir
egoísta, especialmente con la forma en que sus hermosos ojos brillaban con
diversión mientras caminaba hacia mi coche.

Camila me saludó con su teléfono en la mano cuando se deslizó en el asiento


junto a mí. Conseguí entradas para algo.

¿Boletos? Pensé que íbamos... dejé las palabras colgado porque no quería
presionarla para ir a mi lugar, pero yo quería gritar y exigirlo. Nunca había tenido
tantos problemas para llevar a una mujer a la cama. No podía entenderlo. Suspiré y
empujé a un lado mis pensamientos. Pensé que te había dicho que no compraras
cosas para mí.

Sonrió. Oh, confía en mí, esto es totalmente un regalo para mí.

Ella saludó a Antoine y le dijo que condujera a Navy Yard de Brooklyn, eso
provocó que su sonrisa se convirtiera rápidamente en una risa que me hizo sentir
desconfiado.

Espero que no vayas a hacerme hacer algo loco, Camila advertí, dándole
una mirada severa.

¿Qué? ¿Loco? jamás lo haría. Va a ser muy divertido. Vas a amarlo.


La forma en que sonreía cuando dijo es... Podía imaginarla dándome la misma
sonrisa cuando la pusiera en el centro de mi cama. Desnuda. Mi pene se estaba
poniendo duro al pensar en eso, así que despejé mi garganta y traté de liberar mi mente
de las imágenes. Fue una tarea difícil con ella sentada ahí con ese culo apretado en
un vestido que me daba la vista de toda su espalda. Hablamos sobre la subasta y
como estuvo. Me preguntó acerca de la gente con quien estaba hablando, y contesté
lo que pude. Pronto el coche paró frente a lo que parecía un edificio de almacén y
saltó hacia fuera.

¿Vas a estar bien con esos tacones? le pregunté, mirando alrededor al
pavimento era desigual. No sé a dónde me trajiste, pero estoy sintiendo mis
entrañas hundirse.

Esta es la tercera cita a la que te he llevado y te has pasado la mitad de la


velada cuestionando mi juicio ¿No recuerdas cuánta diversión tuviste en el juego?

¿Tercera cita? le pregunté. ¿Es el total de citas que hemos tenido?
¿Tienes una regla de las tres-citas?

Ella se rio. No.

Es extraño. Las mujeres generalmente tienen extrañas reglas para seguir.

Yo, no dijo sonriendo. ¿Terminaste de cuestionar mi juicio? ¿Podemos ir


ahora?

Metí mis manos en mis bolsillos. ¿Por qué no puedo entender a esta chica?
Miré arriba y abajo de la acera una vez más. Estaba seguro de que estas calles no
habían visto una pareja bien vestida en un largo tiempo, si es que lo había hecho
una vez.

No cuestiono tu juicio le dije mientras la seguía al patio. Cuestiono tu


cordura.

Y la mía por desear tanto estar aquí.

Camila entregó su teléfono y la persona de los boletos escaneó la pantalla. Ella


miró a donde Antoine estaba parado a la izquierda y gritó: Tengo uno para ti
también, Antoine.

Él parecía sorprendido por esto. Yo no lo estaba. No porque se conocían de la


preparatoria, sino porque desde el corto plazo que la conozco he sabido que Camila
siempre piensa en los otros. Sonreí y envolví un brazo alrededor de su hombro,
tirándola cerca mientras comenzamos a caminar. Besé la parte superior de su cabeza e
inhalé el olor de su champú. Estaba oscuro afuera, tan oscuro que solo pude ver las
luces de los edificios al otro lado del Hudson.

Es un espectáculo tarde en la noche susurró.

Miré alrededor y fruncí el ceño al leer las indicaciones. Quizá estaba en lo


correcto al cuestionar su cordura y la mía por confiar tanto en ella. ¿Palomas?
¿Vamos a ver palomas volando?

Ella miró sobre su hombro y me silenció. Antoine se rio fuertemente atrás de


nosotros. Le lance una mirada, se encogió de hombros y meneo la cabeza como si
estuviera diciendo esta perra está loca. Suspire de acuerdo. Con el sonido de un
silbato, giré mi atención hacia un bote a la mitad del Hudson, donde había seis
chicos agitando unos palos. Me pregunté qué clase de mierda era este espectáculo.
Con el segundo silbatazo escuche pájaros agitando sus alas. Y después vi las luces.

Quizá quieras cerrar tu boca, neoyorquino susurró Camila. Cerré mi boca


rápidamente.

¿Qué pasa si vuelan hacia acá y defecan en nuestras cabezas? pregunté


tranquilamente.

Dicen que es de buena suerte dijo riéndose. Solo asegúrate de mantener


tu boca cerrada.

Las palomas llenaron el cielo con cintas de luz, volando de manera


sincronizada, no tenía idea de que eran capaces de eso. Volteé a ver a Antoine y lo
atrapé tomando fotos, con una mirada de asombro en su cara. Tenía que admitirlo,
era impresionante. Pronto el cielo negro, fue consumido por luces neón.

¿Habías estado aquí antes? le pregunté a Camila.

Asintió con su cabeza lentamente, con sus ojos fijos en el cielo. Estudié su
perfil, su pequeña nariz respingada y sus deliciosos labios. Su fino rostro y pómulos
y esos ojos que incluso desde este ángulo parecían brillar tanto cómo su corazón.
Di un paso hacia atrás y envolví mis brazos por su centro, acercándola a mi pecho.

Gracias por traerme aquí dije, metiendo mi cabeza a un lado de su cuello.


Se estremeció cuando inhalé y exhalé un toque del perfume que utilizaba.

De nada.

¿Crees que mucha gente haga propuestas de matrimonio aquí?


Tal vez. Es menos cursi que un juego de pelota supongo dijo, riéndose.

Sonreí. ¿Podemos ser algo más que amigos ahora?

Camila hizo una risita y sentí mi sonrisa profundizarse. Nunca había escuchado
ese sonido antes. Sonaba como una joven colegiala cuando lo hizo.

Tiene su mente en repetición, señor.

La sujeté más fuerte, haciéndola gritar mientras la apretaba y le daba besos en


su mejilla. Bien, puedo esperar a otra cita, pero voy a besarte. Y probablemente
toquetearte con ese vestido.

Se giró cuando dejé caer mis brazos, inclinando su rostro para ver directamente
a mis ojos mientras envolvía sus brazos en mi cuello.

Estoy preparada para eso dijo.

Era todo lo que necesitaba para enrollar un brazo a su alrededor y jalarla hacia
mí mientras bajaba mis labios hacia los suyos. Nos besamos lentamente junto al
Hudson, con miles de palomas haciendo un hermoso espectáculo de luces sobre
nuestras cabezas y no pude imaginar otro lugar en el que prefiriera estar en ese
momento.

Quizá en una cama con ella, pero aparte de eso…


Capítulo 13
Traducido por Kortega14

Corregido por Candy20

Camila
Si seguía así, no había manera de que pudiera rechazarlo. No con la forma en
que sus brazos se sintieron cuando se encontraban envueltos a mi alrededor, su
embriagador aroma, la forma en la que me miraba como si nadie más estuviera en
la habitación, o la manera en la que me besó, con habilidad y pasión que solo
alimentaron mis pensamientos sobre cómo debería sentirse estar con él. Y esos
pensamientos fueron la razón por la que le pedí que me llevara a casa después de
nuestra cita con las palomas. Necesitaba que prepararme mentalmente antes de que
tuviera sexo con este hombre. No podía solo saltar y hacerlo. Estaría desahuciada y
me tomaría algo de tiempo superar el no verlo nunca más si así era como esto
terminaría. El que viviera en otro país era la garantía de eso.

La próxima vez que lo sepas, tendrán un espectáculo de ratas de alcantarilla,


también dijo cuando llegamos a mi lugar.

Ew.

¿Qué? ¿Las palomas pueden tener amor, pero no las ratas? Ellos son cómo lo
mismo, tú lo sabes. Se rio cuando hice como si lo amordazara. ¿Estás segura
de que no puedo convencerte de venir conmigo? preguntó, bajando el tono de su
voz. Se inclinó hacia mí colocando su mano en mi muslo. Podría ayudarte a
desacerté de ese vestido.

Mi aliento se atoró en mi garganta. No deberías.

Porque los amigos no hacen esas cosas dijo mientras yo asentía, pero tú
lo deseas. Admítelo.

Voy a mudarme mañana dije cambiando de tema, mirándolo mientras el


auto se detenía por completo enfrente de mi edificio.

¿Mañana? Eso es rápido.


Ya has visto mi apartamento. No tengo muchas cosas.

Deberías venir conmigo mañana por la noche, podríamos celebrar.

¿No se supone que tú tendrías que venir, ya que yo soy la que se está
mudando a un nuevo lugar?

Inclinó la cabeza, frunciendo los labios como si pensara profundamente.


¿Cabré en tu nuevo apartamento?

Me reí. Lo has estropeado. Sí, tú cabrás. Es más grande que mi actual
apartamento.

Este auto es más grande que tu actual apartamento.

Sacudí mi cabeza y abrí la puerta del coche. Está bien, Ricky Ricón. Tomaré
tu invitación. ¿Habrá comida en la fiesta que haces en mi honor?

De cualquier tipo que desees.

China, no he comido nada chino en un tiempo.

China será. ¿Algo en particular?

Nada picante. Di un paso fuera del coche y me paré en la acera, viéndolo
mientras me sostenía de la puerta. Warren se acercó y sostuvo mi mejilla con su
pulgar tirando de mi cara hacia él.

Gracias por lo de esta noche.

Presionó sus labios sobre los míos, introdujo su lengua en mi boca, y dejé salir mi
aliento. Mi único pensamiento era que yo podría besarlo cada segundo de cada día.
La forma en que sus labios, suaves y acolchonados, se sentían presionando los
míos, su lengua probando mi boca, deslizándose, acariciando y consumiendo cada
pulgada era suficiente para volverme loca, pero la manera en la que sus ojos se
oscurecieron cuando rompió el beso me causó la muerte.

Te veo mañana dije, caminando hacia mi edificio.

Estoy ansioso por eso.

Cuando jalé la puerta de mi apartamento para abrirla, me congelé. Charlie


estaba en el otro lado.
¿Acabas de llegar de la gala? me preguntó, echándome un vistazo.

Sí. ¿Te diriges al bar ahora?

Asintió. Está un poco lento esta noche.

Me mudaré mañana dije cuando se alejó de mí.

Yo tengo que esperar hasta el lunes. ¿Estás en el quinto piso?

Octavo. No había ninguna unidad vacía en el quinto.

Hazme saber si necesitas algo dijo comenzando a caminar lejos de nuevo.


Se detuvo de repente y se dio la vuelta. ¿Oye cuando dijiste que sale tu papá?

Supuestamente la siguiente semana dije, agregando un encogimiento de


hombros indiferente.

Charlie sabía esto y no me molestaba. Dio una vuelta y camino hacia el bar con
un movimiento y un te veo luego. Lo último que quería pensar era en mi papá
saliendo de la cárcel, mi hermano regresando de República Dominicana y la fiesta
tan esperada de mi madre para celebrar ambos acontecimientos. Cada vez que
pensaba en eso, podía sentir los nudos de la anticipación construyéndose sobre mis
hombros. Mientras caminaba a mi apartamento, mi teléfono zumbó y envié los
pensamientos lejos.

Warren: Realmente quiero quitarte ese vestido esta noche.

Mi estómago se apretó cuando leí el mensaje. Escribo de vuelta mientras me


quitó los zapatos y gire mis tobillos.

Camila: Estoy esperando la comida china de mañana.

Coloqué el teléfono en el tocador y sonreí cuando vi los tres puntos que


señalaban que estaba escribiendo.

Warren: Yo preferiría comer otras cosas… pero no estoy seguro de que esta sea una
estipulación que esté en las cláusulas de nuestra relación de amigos.

Santa madre. ¿Él realmente dijo...? Mi estómago se sumergió. Traté de pensar


en una respuesta, saqué el vestido por mi cabeza, pero no pude, ahora todo lo que
podía pensar era en su cabeza entre mis piernas. Gemí. Estaba jugando con fuego,
sabía sin duda alguna que iba a quemarme. El problema era que no me importaba.
No me había sentido así por un hombre en un largo tiempo, si no es que nunca.
Envió otro mensaje antes de que pudiera responder.
Warren: Podemos agregarla si lo deseas. Yo estoy más que dispuesto ;-)

Respondí rápidamente.

Camila: Tú realmente amas el emoji del guiño. ¿Acaso guiñas en la vida real?

Warren: LOL8. ¿Eso es en lo que quieres concentrarte?

Me quedé mirando la pantalla. El futuro de nuestra relación de amistad/lo que


sea que significaran estos intercambios. Se sentía pesado y monumental y no
estaba segura de que estuviera calificada para tratar con estas cosas. Finalmente,
dije al infierno con él y respondí.

Camila: No estoy segura de conocerte lo suficiente como para dejar que tu lengua
vaya ahí.

No vi los pequeños puntos azules de nuevo, así que tomé un baño rápido.
Cuando salí, escurriendo agua caliente, tenía dos mensajes más.

Warren: Creo que me conoces más que la mayoría, pero vamos a remediar eso. ¿Qué es
lo que quieres saber?

Y el segundo…

Warren: ¿Por qué no piensas en eso y me preguntas mañana cuando vengas? Enviaré
un auto a tu nuevo edificio a las siete.

***

Cuando Vanessa y yo fuimos a ver el apartamento nuevo y le dije que no lo


había buscado a él en Google, pensé que iba a pegarme. ¿Cómo podría no
googlearlo? Él actualmente está en Google. ¿De cuantas personas puedes decir eso?
Por supuesto pude pensar de uno, pero no quería arruinar una conversación acerca
de Warren por culpa de papá. Ahora que conocía tanto a Warren, buscarlo se
sentía como un engaño. Él no podía buscarme, así que ¿por qué debo hacerlo yo?
Todavía, me acuesto en la cama pensando en él, he escrito su nombre en el
buscador en mi teléfono y golpeó IR. Lo que encontré fue página tras página que
habla sobre el escándalo con su ex prometida y un posible arreglo con un equipo de
Barcelona.

Las fotos que encontré de él fueron las mismas: sonriendo a la cámara con una
mujer en su brazo. En la mayoría de ellas fue fotografiado con la misma mujer, una
rubia tetona con grandes labios y caderas que combinaban. Hice zoom en su rostro.

8
LOL (Lot of Laugh) Mucha risa.
Ella tenía los dientes perfectamente rectos y blancos, una sonrisa que hubiera sido
deslumbrante si no pareciera tan forzada. Sus ojos eran de un azul fuerte sin ningún
humor en ellos. Miré su rostro, su sonrisa, sus ojos. También parecía que él forzaba
la felicidad. Tal vez se la habían tomado cuando ambos estaban cansados el uno del
otro; cuando comenzó a engañarlo y él lo sospecha. Miré las otras fotos de ellos
juntos, pero fue más de lo mismo. Entonces encontré otras fotos, las de él con
diferentes mujeres: morenas, pelirrojas, podría nombrar el tipo que quisiera.
Definitivamente Warren no tenía un tipo de chica en específico. No estaba segura si
debería hacerme sentir feliz, molesta o triste. Lo único que todas las mujeres
parecían tener en común era lo único que yo no tenía: estatus social. Todas tenían
nombre reconocidos que podías hacer clic e ir a otros sitios web donde también
aparecían. Yo no lo tengo. Nunca lo haría. Si alguna vez iba a un evento con él,
sería la don nadie. No quería saber. No quería que la molesta pregunta de ¿por qué
yo? se filtrará en mis pensamientos, pero lo hizo, sin embargo. Apagué mi teléfono
y me obligué a ir a dormir.
Capítulo 14
Traducido por Kortega14

Corregido por Candy20

Camila
Vanessa y Adam aparecieron en mi puerta en la mañana, ambos listos para
trabajar. Nos tomó exactamente una hora y media mover todas mis cosas a mi
nuevo apartamento. Los tres nos reímos cuando regresamos a mi viejo apartamento
y observamos lo vacío que estaba.

La mudanza más sencilla en la historia de las mudanzas dijo Adam.

¿Verdad? Me reí.

Cariño, necesitamos comprarle a Camila algunos regalos que hagan este


lugar más acogedor dijo Vanessa, inclinando su cabeza para mirar a Adam con
una pequeña sonrisa en su cara.

Por supuesto dijo, asintiendo con la cabeza. Volteó su mirada hacia mí.
Solo di que sí, sabes que ella vendrá cada día y te intimidara hasta que la dejes
hacerlo eventualmente.

Meneé mi cabeza y dejé salir un largo suspiro. Nada demasiado caro.

Vanessa chilló y se levantó de un salto dando una palmada. Comencé a reírme.


Adam meneó la cabeza.

Gracias. Estoy tan emocionada dijo después de mirarlo. Manos a la


obra.

Oh, ¿yo tengo que ir? preguntó él con los ojos muy abiertos. Creí que
este era un momento de hermana-hermana.

No, quiero sorprenderla. Además, Peach tiene una cita esta noche. Ella movió
sus cejas cuando lo dijo. Me sonroje.

Sigo sin poder creer que estés saliendo con Warren, War Zone, Silva dijo
Adam, moviendo su cabeza lentamente.
No estamos saliendo argumente frunciendo el ceño. ¿Y qué diablos
es War Zone?

Adam parpadeó. Estás bromeando.

Miré a Vanessa, quien tenía la misma expresión confusa que yo, miré de nuevo
a Adam.

Adam sacó su teléfono y comenzó a escribir algo, luego caminó hacia mí.
Vanessa lo siguió. Los tres nos paramos uno a lado del otro mirando a su teléfono
mientras esperábamos que un video de YouTube comenzara. Cuando el anuncio
terminó, el campo de juego apareció. Un montón de chicos con uniforme rojo
estaban jugando contra chicos con uniforme con rayas rojas y azules.

Me gustan esos dije apuntando a los de uniforme con rayas azules y rojas.

Equipo equivocado. Ese es el Barcelona dijo Adam con una sonrisa y


apunto a los de rojo. Sería mejor que te empezaran a gustar esos.

El rojo se ve bien en mí dije.

Mi hermana y Adam rieron mientras veían la pantalla. Mi sonrisa se borró de


mi cara cuando vi a Warren pateando el balón por el campo y esquivando a cada
oponente. Agarré el brazo de Adam y él abrió la boca, como si el juego fuera en
televisión en vivo, cuando llegó a un grupo de chicos del otro equipo, me preparé
para ver cómo le quitaban la pelota. De repente, él se detuvo y puso su pie derecho
sobre la pelota.

¿Qué está haciendo? pregunté.

Mira respondió Adam, quitando su brazo por debajo del mío. Chica, me
estás rasguñando.

¡No puedo ver! Moví mis manos abalanzándome sobre él para quitarle el
teléfono.

Mi hermana se rio, y nos quitó el celular colocándose entre nosotros. Está en


pausa, él todavía sigue parado ahí.

Mordí mi labio cuando presiono reproducir. No soportaba verlo. No podía.


Pero mantuve mis ojos en la pantalla de todas maneras y vi como de repente paso
como un cohete entre los dos chicos. Fue recibido del otro lado por unos
compañeros de equipo, al que le pasó el balón, pero ellos la patearon de vuelta a él
y lo cubrieron para que anotara, el cual anotó. La multitud rugió. Los
comentadores gritaron elogios y yo me quede boquiabierta.

Y eso, señoras y señores, es el por qué ellos llaman al área que lo rodea War
Zone declaró uno de los comentadores.

Cuando el video terminó de reproducirse, Adam me miró y se encogió de


hombros. Es un tipo de gran cosa.

Eso he escuchado dije, pensando en las palabras del sobrino de Warren.

Y lo llevaste al espectáculo de las malditas palomas disparó con una


sonrisa, tomando el teléfono de Vanessa y empujándolo en su bolsillo. Rodé mis
ojos.

Te hago saber qué War Zone amo el espectáculo de las palomas.

Salieron después de un rato y caminé hacia mi nuevo apartamento, sonriendo


mientras atravesaba la puerta y el aire acondicionado me recibía. Aparté algo de
ropa y me duché, tomándome mi tiempo para depilarme y asegurarme de que me
viera completamente presentable. Por si acaso. Mi corazón se agitó cuando pensé
en eso.

Mi teléfono zumbó cuando acababa de aplicarme rímel. Me di una revisada


rápida y asentí hacia mi reflejo. Lo que llevaba era simple: un vestido de verano
corto y sandalias. Las ondas en mi cabello cooperaron sin tener que peinarme
mucho, lo cual era raro, me sentía bonita. Me crucé una bolsa gris en el cuerpo y
me dirigí escaleras abajo para ver a Antoine afuera. Nos dimos una sonrisa y un
hola rápido antes de que me deslizara en el asiento trasero.

Pareces nerviosa comentó mientras conducía.

Mire a sus ojos por el retrovisor. ¿En serio?

Estás más callada de lo usual. Y eso es mucho. Se rio entre dientes. Me reí.

Creo que estoy un poco nerviosa.

Es un edificio bonito comentó Antoine.

¿El de Warren? pregunté. Estaba segura de que bonito era sobreestimado.

No. Me refiero a dónde vives ahora.


Oh, sí. Es muy bonito. Sonreí. El aire acondicionado funciona.

Antoine rio entre dientes. Siempre es un extra.

Definitivamente.

Siempre me preocupo por los tipos que vienen cambiando mierda, pero
Warren es un buen chico dijo.

Sí. Que lastima que realmente no esté implicado en cualquier toma de


decisiones contesté distraídamente mirando por la ventana, tratando de mantener
mis nervios en la raya.

Sin embargo, está suficientemente involucrado en el comercio de las acciones


del edificio.

Mi cabeza se giró hacia Antoine. ¿Qué quieres decir?

En el edificio en que estas ahora.

¿Qué con él? pregunté.

No le digas que te dije algo. Creí que lo sabias y realmente no quiero que me
despidan por esto.

No le diré nada.

Antoine se encogió de hombros. No sé todos los detalles y solo puedo


basarme en una conversación telefónica que he escuchado, pero entendí que él le
vendió a Belmonte un montón de sus acciones para que le dieran el edificio.
Ustedes son chicos con suerte. Mi mamá sigue viviendo en el vecindario y su renta
subió el otoño pasado.

Seguimos el resto del camino en silencio, pero no pude dejar de pensar en que
Warren era el dueño de mi edificio. ¿Debería estar enojada por eso? Es decir, no era
solo yo quien se mudó desde el otro edificio a este. Fuimos todos nosotros. No es
como si lo hubiera hecho por mí, y no lo hizo gratis. Decidí pensar que sería una
nueva aventura empresarial por su parte. Aun así, el sentimiento de gratitud quedó
pegado profundo dentro de mí. Antoine me llevó hasta adentro del edifico y me
ayudó a pasar seguridad en recepción, luego subió conmigo en el ascensor, donde
hizo clic en el botón del penthouse. Cuando el ascensor se abrió, señaló para que
saliera y dio un paso atrás.

Te veré luego.


Gracias por el paseo dije y llamando a la puerta de caoba delante de mí.

Warren abrió después de unos cuantos segundos y se paró al otro lado usando
unos vaqueros, una playera de cuello “v” negra, que le quedaba tan bien que no
quería nada más que arrancársela y un par de sandalias Adidas negras sin calceta.
Al menos el no llevaba calcetas. Sus ojos recorrieron mi cuerpo rápidamente
después de que me introdujera en el apartamento. Enrolló un brazo a mí alrededor
y me jaló hacia su pecho. Cerré mis ojos cuando sus labios bajaron hacia los míos.

El beso pasó desde desesperado hasta suave y dulce, pero en el momento en


que nos separamos uno del otro estaba atascada con la necesidad de más. Sus
grandes manos se movieron desde mi espalda hasta mi cintura y finalmente hasta
mi cara donde él mantuvo sus ojos taladrando los míos.

Esos labios serán mi muerte murmuró con voz baja y rasposa.

Sin embargo, hay peores maneras de morir susurré.

Sonrió mientras me dio un beso más casto en mis labios y bajó sus manos.
Esperé hasta que mi corazón encontró su camino de vuelta a velocidad normal
antes de aclarar mi garganta y tomé una respiración relajante agradable mientras
miraba alrededor.

Esto es lindo.

Se parecía mucho a como me lo imaginaba: pisos grises de mármol,


candelabros, agradables, floreros con flores frescas, muebles de cocina color café
oscuro. Las paredes eran cálidas algo de blanco, algo más oscuro, los sofás eran
tonos claros que hicieron que no estuviera segura de donde sentarme. Había un
piano de cola a la izquierda cerca de una escalera que llevaba a la azotea.

Gracias, es de mi hermano dijo Warren detrás de mí.

Su mano se acercó y tiró de uno de los tirantes de mi vestido, que atravesada en


mi espalda, y sentí que mis pezones se endurecieron con el contacto. Tragué,
tratando de contener mis nervios.

¿Tienes hambre? preguntó.

Asentí mientras caminaba a las ventanas que iban del piso hasta el techo dando
paso a Manhattan. Famélica.

Nos quedamos callados por un momento, mis ojos miraban sobre los edificios
y las luces. No importaba cuantas veces viera la escena delante de mí, siempre
admiraba mi ciudad. Warren se acercó detrás de mí y envolvió un brazo a mí
alrededor, sus labios besaron sobre mi hombro suavemente. Me estremecí en sus
brazos.

Se siente como si pudieras ver todo desde aquí dijo con voz tranquila.

Así es.

Vamos a comer. Quiero que me preguntes todo lo que tu corazón desee


saber.

¿En serio? pregunté sonriendo mientras me daba la vuelta en sus brazos.

Siempre y cuando ese vestido este en el piso al terminar la noche dijo,


riéndose cuando le di un golpe en su brazo de manera juguetona.

Lo seguía por las estrechas escaleras circulares que llevaban a la azotea y abrí la
boca cuando todo vino a la vista. Allí había una larga mesa y faroles encendidos
arriba en el techo. Mientras me acercaba a la mesa, me di cuenta de las bandejas de
comida. Había comida para alimentar a tres familias de cuatro y suficientes botellas
de vino para embriagar a un marinero. Al lado de la mesa, había almohadas en el
piso y una mesa más pequeña con dos ajustes y velas ligeras de té iluminándolo.
Mis ojos, muy abiertos e impresionados, se encontraron con los suyos.

¿Tú hiciste esto?

Sonrió. ¿Estás impresionada?

Asentí lentamente, sin poder apartar mis ojos. Caminó directo a mí y acunó el
lado derecho de mi cara con su gran mano.

¿Eres feliz?

La pregunta me sorprendió. ¿Alguna vez alguien me había preguntado eso? Lo


pensé y surgió un gigante no. Ni mis padres, ni mis hermanos, en especial no un
chico con el que hubiera salido. Ni siquiera sabía que eran palabras que añoraba
hasta que él las dijo. ¿Eres feliz? Cuando volteé a verlo asentí.

Mucho.

Sus labios y los míos se encontraron otra vez, suavemente, tentativamente. Su


mano pasó por mi cara y se enroscó en mi cabello, profundizando el beso. Sostuve
su antebrazo fuertemente y llevé mi otra mano detrás de su cuello, moviéndome
más cerca de él, buscando su calor. Nos separamos lentamente, respirando
profundamente y pesadamente y mantuvimos nuestras manos donde estaban,
mirándonos. No quería alejarme, y en su mano sentí la misma reticencia.
Finalmente, mi estómago gruñó y sin dejar espacio para cualquier duda, necesitaba
comer. Warren se rio entre dientes. Y yo me ruboricé.

Lo siento.

Te invite para comer y ¿te sientes mal por estar hambrienta? preguntó,
riéndose mientras me jalaba de la mano hacia donde se encontraba la comida.

Cada uno tomó un plato y nos servimos comida.

Esto es demasiado dije

Todo lo que no comamos será guardado para mañana pausó. Estoy


seguro de que Antoine llevará algo a su casa.

Sonreí, agradecida de que él había pensado acerca de las necesidades de


alguien más. Nos sentamos en los cojines, nuestras rodillas tocándose mientras
comíamos y veíamos las luces de la ciudad. Podía escuchar los coches, la gente
riendo, algunos gritando y Warren y yo tomábamos vino y comíamos la deliciosa
comida, robando miradas a menudo.

Nunca me dijiste por qué viniste aquí dije, pausando mientras tomaba algo
de vino. Dijiste que no había estado aquí en años y en la subasta mencionaste
algo sobre asuntos familiares.

Acabas de hacer la pregunta más difícil. Se rio, inclinándose hacia atrás
contra el sillón y mirándome. Mi papá está enfermo y estoy cansado de mi mamá
y mi hermano pidiéndome que viniera a verlo.

¿Está muriendo?

Asintió. Cáncer en la médula ósea.

Lo siento dije, poniendo mi mano sobre la suya entra nosotros. ¿Cuándo
fue la última vez que lo viste antes de este viaje?

Cuando tenía dieciséis y ellos tomaron un viaje familiar a Europa.

Lo observé. Google decía que Warren tenía treinta y uno. ¿Cuándo fue la última
vez que tú viniste?

Inclinó su cabeza, una pequeña arruga a apareció en su frente. Resistí la


urgencia de alisar las líneas de su frente. Cuando tenía… veinte o veintiuno
cuando obtuve mi primer gran contrato.
¿En serio? Seguí observándolo. No podía imaginar dejar Nueva York hace
tanto tiempo y no volver nunca. ¿Qué hay de tu hermano y tu sobrino?

Ellos me visitan seguido. Para ser honesto, estas son las vacaciones más
largas que he tomado en 10 años… Se rio entre dientes. Y eso es decir mucho
dado que no son unas vacaciones exactamente.

El fútbol es en serio tu vida dije tranquilamente.

No tienes la menor idea.

Cogí mi copa y la incliné hacia atrás, recargándome en su brazo y mirándolo a


la cara. Cuéntame.

Tomó una respiración profunda y la sacó lentamente mientras me miraba con


una mirada desesperada que le hacía parecer más viejo, más triste. Tenía catorce
años cuando me fui. Mi papá acababa de iniciar una gran empresa con rápido
crecimiento que cómo sospechaban, se convirtió en un éxito. Cuando me gradué de
la escuela superior él esperaba que volviera. Supongo que pensó que lo del fútbol
era una fase. Cuando no vine a casa y ni me involucré en el negocio familiar, él me
escribió. Se negó a verme, no tomaba mis llamadas... Se encogió de hombros.

¿Eso te molesta? pregunté.

Ya no más.

¿Te hace sentir triste?

Warren me dio una sonrisa desigual. ¿Vamos en reloj?

Me reí. Consulta gratis.

Me acercó a él, dejando caer un beso en la parte superior de mi cabeza,


colocando allí su barbilla. Supongo que sí.

Yo sabía que eso lo hacía sentir triste, pero no estaba esperando que él lo
admitiera. Solía llevarme semanas con algunos de los niños antes de que admitieran
cualquier tipo de emoción. Lo irónico de su admisión, fue que todo este tiempo que
había estado diciendo que no teníamos nada en común y lo que teníamos era la
única cosa que no le deseo a nadie. Pero fue la clave para que me abriera más, lo
cual hice pocas veces, y es un error que he tratado de corregir. Cargamos con
nuestras historias y pesan tanto que nos hemos estado sofocando con ellas, la
persona que está junto a nosotros está sufriendo en silencio al igual que nosotros.
Por supuesto era más fácil decirlo qué hacerlo. Fue fácil para mí predicar a los
adolescentes en Winsor que era para mí decirlo, pero lo hice de todas formas
porque confiaba en Warren en cierto nivel.

Si te hace sentir mejor, a mi papá lo encarcelaron hace 10 años y nos quitó el
derecho de visita a mí, a mi hermana y a mi hermano. Solo mi mamá puede ir a
visitarlo dije, mirando a la oscura oficina del edificio de enfrente. Un
extrañamente cómodo silencio cayó sobre nosotros.

Quizá estaba muy avergonzado como para dejar que lo vieras ahí adentro
dijo contra mi cabello.

Quizá.

¿Estás molesta con él?

Sí.

¿Crees que lo vas a perdonar?

Sí.

Warren se inclinó para mirarme. Sus ojos buscando los míos. ¿Solo así?
¿Estás segura?

Solo así dije, sonriendo.

¿Por qué?

Es mi familia, ¿cierto? Aguantamos cosas uno del otro que nunca tomaríamos
de alguien más. Incluso después de ser arrastrado por barro y pisoteados algunas
veces de alguna manera siempre encontramos la manera de perdonarnos unos a
otros.

Sabía que mis ganas de perdonarlo debían sonar como algo loco para alguien
de afuera, pero mi cólera había sido reemplazado por la tristeza hace mucho
tiempo. No es que no me enoje de vez en cuando, y estaba segura de otra ola de
emociones vendría a mi camino cuando lo viera otra vez. Ahora mismo todo lo que
sentía era tristeza por el tiempo perdido; anhelando la manera en que él me
escuchaba tan atentamente como si nada importara cuando hablaba. A veces,
cuando me sentía muy triste, enrollaba mis brazos alrededor de mí y pretendía que
eran sus brazos dándome un abrazo. Papá siempre daba los mejores abrazos. Tomé un
respiro al acordarme de ellos.

Warren meneó su cabeza. No estoy seguro de que yo pueda hacer eso.
¿Ya perdonaste a tu ex prometida por engañarte?

No. Frunció sus labios. Ella puede ir y joderse a sí misma.

Me reí. Deberías trabajar en ello.

¿Tú perdonaste a tu ex novio gilipollas?

Sí.

¿Por qué?

De la manera en que lo veo, cuando se trata sobre perdonar, tenemos dos
opciones. Podemos quedarnos lloriqueando y pensando que tan buenas personas
somos mientras ellos siguen viviendo su vida, o podemos demostrar que somos
mejores personas al dejarlo ir. Me encogí de hombros. La vida es corta. Solo
estamos aquí para perseguir momentos. Yo prefiero hacer que esos momentos
valgan la pena.

¿Así que decidiste dejarlo ir?

Escogí seguir viviendo.

Hmmm.

Hmmm. Golpeé mi hombro contra el suyo. Deberías intentarlo.

¿Perseguir momentos? preguntó en un susurro.

Sonreí. Perseguir momentos.

Estuvimos en silencio por un largo tiempo, con mi cabeza sobre su hombro,


antes de que él hablara nuevamente.

¿Cuándo sale? Tu papá.

La siguiente semana.

Lo sentí tensarse a mi lado. Eso es pronto. ¿Vas a ir a verlo?

Mi mamá hará una gran fiesta para la ocasión. Mi hermano se está mudando
de regreso desde República Dominicana y todo. Imagina eso dije, rodando mis
ojos.
Imagino que tú no eres su fan, ¿o sí?

¿Mi hermano? Lo amo, pero es un idiota. Regresa al círculo familiar del


perdón y sanación dije, me dio una sonrisa. Se rio entre dientes. ¿Cómo va lo
de tu papá?

Sonrió. Ah… está yendo. Ya no se rehúsa a que lo visite en el hospital, pero


me ignora todo el tiempo que estoy ahí.

Así que ¿qué piensas mientras estás sentado ahí?

Pienso en ti dijo con un brillo en los ojos que me hizo golpear mi hombro
contra el suyo de nuevo.

Hablo en serio.

También yo. Es todo lo que hago estos últimos días dijo, llevando su
mano derecha hasta el lado izquierdo de mi cara. Mi corazón retumbaba en mi
pecho, mejillas, venas y oídos.

Me gusta esto dije, con voz baja.

¿Estar entre mis brazos así? preguntó, su voz ronca, sus ojos se
oscurecieron cuando asentí. Dime.

Él se movió un poco y las puntas de nuestras narices se estaban casi tocando.


Mis ojos buscaron los suyos, mi respiración se aceleró por todas las posibles cosas
que podrían pasar entre nosotros.

Me gusta… estar contigo.

Sus ojos se suavizaron por un momento, tan rápido que si hubiera parpadeado
me lo habría perdido, y luego fue acercando su rostro. Cerré mis ojos justo cuando
sus labios tocaron los míos. Fue una caricia suave al principio, tan suave y delicada
que tomó mi respiración lejos. Cuando tomé otro aliento, sentí su lengua contra la
mía, su mano acarició el lado de mi brazo. Su boca se sentía como todo lo
imaginaba, cómo el cielo e infierno deben sentirse: cálido y acogedor, caliente y
seductor. La manera en que usó sus manos para acariciar hacia abajo de mi cuerpo
me puso en camino al éxtasis y estaba aún vestida. No podía imaginarlo. No sabía
si quería imaginar más, pero sabía que no quería dejar que se detuviera. Con una
mano lentamente tiró de la correa de mi vestido y comenzó a tocarme. Arque mi
espalda, desesperada por más de su suave y tentativo toque.

No tenemos que…


Lo deseo.

Podemos detenernos cuando…

Me empuje lejos de él así podría ver sus ojos. Ni siquiera quiero que te
detengas.

Eso parecía ser suficiente para él. Sacó el vestido sobre mi cabeza y dejo que su
mirada viajará lentamente por todo mi cuerpo.

Tan perfecto dijo, su voz baja y rasposa, sus ojos oscuros y dilatados y lo
único que pude hacer fue imaginar a este hombre poniendo su boca en otros
lugares, sus manos en otros lugares. El solo pensamiento me hizo apretar mis muslos
juntos.

Llevó mi boca a la suya en un beso desesperado, mucho más que el anterior,


mucho más necesitado y tiró el dobladillo de su camisa, llevándola sobre su cabeza.
Mis ojos se ampliaron cuando lo miré. No se me ocurrió parar incluso aunque que
estábamos expuestos fuera en un tejado. Estaba oscuro, y estábamos bajo un
pequeño techo retráctil que parecía protegernos de errantes ojos, si hubiera alguno
aquí arriba. Además, a ninguno de los dos nos importada. Nos besamos mientras
nos desnudábamos, cada uno sacó un artículo de la ropa del otro hasta que nuestros
labios estaban hinchados y estábamos completamente desnudos.

No podía dejar de mirarlo. Era una obra de arte, de los tatuajes a los bordes de
su figura perfecta. Era perfecto, con muslos gruesos y brazos marcados, pero lo que
llamó mi atención era más lo que estaba entre sus piernas. Era grueso y duro. No
pude imaginar a cualquier mujer sana dejando esto de lado. Con su mano
izquierda, empezó a acariciarse a sí mismo, y sentí mi propia respiración acelerarse,
mi corazón latía frenéticamente como si yo fuera la que experimentaba su toque.

Camila dijo, con voz áspera, mientras su mano seguía moviéndose. Me


encontré con sus ojos. Espero que, no creas que lo digo porque estas desnuda
frente a mí. No puedo recordar la última vez que desee a alguien de la manera en la
que te deseo a ti. Si es que alguna vez lo hice.

Y solo así, dejó caer su mano y dejando todos los pretextos de lado me lance
hacia él. Me atrapo envolviendo mis piernas alrededor de él y chocando sus labios
contra los míos. Nuestras lenguas se enfrentaron salvajemente mientras nos
devorábamos, nuestras manos agarradas una contra la otra, la suya en mi culo, la
mía en su espalda. Él me llevó con facilidad y me puso en el sofá, su mano
alcanzando entre mis piernas cómo lo hizo. Sus dedos acariciándose contra mí
suavemente, metódicamente, arque mi espalda con la sensación familiar de un
orgasmo comenzando a propagarse a través de mí. Me quedé boquiabierta,
preguntándome cómo diablos podría ocurrir tan rápido y jadee de nuevo, más
fuerte, cuando empezó a consumirme totalmente. Warren besó al lado de mi boca y
arrastró sus labios a la base de mi garganta mientras sus dedos continuaban
trabajando. Tiré mi cabeza hacia atrás llegando al orgasmo. Siguió acariciándome
como lo había estado haciendo y dejó salir un gruñido.

Mierda, Camila.

Lo jalé más cerca, mientras seguía acariciándome y se detuvo de repente.


Siguió el juego y me miro.

¿Es demasiado?

Sacudí mi cabeza y lamí mis labios, mi cara estaba ardiendo. Nunca había
llegado tan lejos, pero me imagine que si había un momento para ir más lejos era
este. ¿Tienes un condón?

Warren sonrió, sumergiendo un dedo dentro de mí, luego dos moviéndolos de


una manera que me hizo retorcerme debajo de él. Empecé a moverme más rápido,
más duro, y él gimió. Nuestros ojos se encontraron en ese momento,
desenmascarado nuestras expresiones, nuestra necesidad expuesta. Sacó sus dedos
lentamente, doblándolo contra mi pared interna y acarició mi clítoris otra vez.
Comencé a jadear, aun mirándolo. Su expresión solo podría destrozarme. Fue
increíble cuando me llevó al borde de nuevo. Todavía estaba jadeante,
retorciéndome, cuando se deslizó el condón y separó mis piernas un poco más. Se
colocó entre mis piernas, poniendo su frente contra la mía, y con nuestras miradas
todavía encontradas, tiró de mi mano y la puso sobre su corazón, donde pude sentir
como latía violentamente, sin restricciones.

Así es cómo me siento cuando estoy cerca de ti.

Había una cruda honestidad en sus ojos que me tomó de rehén mientras se
empujó dentro de mí. No había lugar a dudas.
Capítulo15
Traducido por Juliette

Corregido por Candy20

Camila
Casi no consigo dormir en absoluto, no es que me quejara. Nunca había estado con
alguien con un impulso sexual tan voraz como el de Warren. Habíamos ido de la
azotea, al sofá de la sala de estar, a la ducha, y finalmente terminamos en la cama.
Incluso después de que ambos estuvimos saciados, nos quedamos despiertos,
hablando de nuestro pasado sexual. Yo estaba esperando que él tuviera historias
locas, pero cuando los tríos salieron, empecé a sentir pánico. De repente todo lo
que podía hacer era preguntarme si era lo suficientemente buena. Se calmó cuando
envolvió un brazo y una pierna a mí alrededor y besó mi hombro desnudo.
Experimenté una sensación de comodidad mientras yacía allí, cubierta en el calor
que él proporcionaba.

El dolor entre mis piernas y el dolor de mis músculos fueron las primeras cosas
que sentí cuando desperté. Abrí los ojos lentamente, esperando encontrar a Warren
a mi lado, pero la cama estaba vacía. Me senté y miré a mí alrededor, dejando que
mis ojos se ajustaran a la luz del sol que dominaba. Estiré los brazos sobre mi
cabeza mientras me levanté de la cama y me dirigí al baño. Encendiendo la luz,
vislumbré lo que había en el mostrador y me congelé. Anoche, mencioné que no
podía quedarme allí porque ni siquiera tenía un cepillo de dientes conmigo, y allí,
encima de una toalla blanca plegada y esponjosa, estaba un cepillo de dientes
rosado.

Sonreí cuando lo recogí y lo saqué del empaque. Después de ducharme y


deslizarme sobre el vestido que llevaba la noche anterior, salí de la habitación en
silencio en busca de Warren. Su voz, fuerte y severa, provenía de algún lugar de la
casa, así que la seguí por el pasillo, pasando puertas cerradas que no me atrevía a
abrir. Cuando llegué a él, me paré frente a la puerta, sin querer interrumpir y
esperar a que terminara.

—Te pedí dos veces que dejaras de entrometerte —dijo. Su temperamento me


sorprendió, pero me acerqué aún más—. ¿Sabes qué? Vete a la mierda. ¿Estoy aquí
por dos semanas y de repente crees que necesitas reclamar tu título de hermano
mayor? Puedes quedarte con toda la maldita compañía por lo que me importa. No
la necesito. No quiero participar en ella si me va a traer este dolor. —Hizo una
pausa—. Sí. No me importa.

Permaneció en silencio durante un largo momento y finalmente decidí


moverme y entrar por el umbral de la puerta. Era una oficina impresionante con
una vista clara de Central Park en el otro lado de la calle. Warren estaba sin camisa
detrás del escritorio de caoba, con los puños cerrados y la cabeza hacia abajo. La
postura pronunciaba sus omóplatos y los músculos de sus brazos. Me sentí
ruborizar por el recuerdo de estar debajo de él la noche anterior, mientras esos
fuertes brazos lo sostenían por encima de mí. Me tomó un segundo encontrar mi
voz.

—Oye.

Su cabeza se levantó primero y se enderezó rápidamente. Mi mirada se abrió


lentamente de la cintura de sus pantalones cortos sobre sus abdominales duros
como una roca cubiertos de tinta, hasta el cuello, la mandíbula, los labios y
finalmente sus ojos hipnotizantes. Tenían una mirada enojada y ardiente que me
anclaban donde estaba de pie y hacía que mi piel picara.

Lo observé caminar alrededor del escritorio, dando largos pasos para llegar a
mí, un músculo diferente flexionándose con cada movimiento. Cuando llegó a mí,
me acarició la cara y se inclinó para besarme, duro y profundo, su lengua barriendo
en mi boca sin preámbulo, tan enloquecido, tuve que aferrarme a sus antebrazos
para mantener el ritmo. Rompió el beso y me clavó con su mirada.

—No te vayas.

—Tengo que estar en el trabajo en un par de horas.

—Muy bien. —Me dio una inclinación de cabeza, todavía luciendo molesto—.
Te llevaré a casa y me aseguraré de que llegas a tiempo al trabajo.

—Si vienes conmigo, no llegaré a tiempo al trabajo —le dije, sonriendo para
suavizar su estado de ánimo.

Su expresión se transformó lentamente de la cólera, a confusión, y finalmente,


diversión. —Eso me hace querer ir más.

—Te daré algo por lo que esperar. —Me extendí en las puntas de mis pies y le
besé los labios con castidad. Cuando volví a bajar, me miraba como si fuera una
especie de rompecabezas para resolver.

—Ven a casa conmigo.


Sonreí. —Ya estoy aquí.

—No. Me refiero a casa. A Manchester. Tengo que volar para practicar y


quiero que vengas.

—¿Manchester? —pregunté, consciente del chirrido de mi voz.

Él me había preguntado esto una vez antes, pero a diferencia de la última vez,
era completamente serio esta vez. Warren se echó a reír, la diversión brillando en
sus ojos mientras me empujaba en un abrazo, envolviendo uno de sus largos brazos
alrededor de mí.

—Sí.

—¿Qué te hace pensar que tengo un pasaporte? —le pregunté contra su pecho.
Se apartó y me miró.

—¿Lo tienes?

Mi pasaporte fue renovado el año pasado cuando había planeado visitar a mi


abuela en República Dominicana. Estando cuidando de uno de los niños de Winsor
aquí en Nueva York, todavía estoy triste porqué mis planes se acabaron. Vanessa y
Adam fueron de viaje y volvieron con fotos, una bufanda hecha a mano de mi
abuela, un paquete de galletas de soja Turey y tantas historias que solo empeoraron
el dolor en mi corazón.

—Sí —dije lentamente—. Pero no puedo simplemente irme.

—Por favor, Camila —dijo, tirándome y besándome dulcemente—. ¿Di que sí?

Suspiré. —Te busqué en Google anoche antes de venir.

—¿Qué? —Dejó caer los brazos al instante.

—No hice clic en ninguno de los artículos —dije, mirando mis manos
momentáneamente.

—Eran principalmente sobre tú y tu ex. Pero hice clic en las fotos y... No estoy
segura de poder estar al día con el Warren de Manchester.

—¿El Warren de Manchester? —preguntó él, levantando una ceja—. ¿Esa es un tipo
de muñeco de acción por el cual no estoy recibiendo pago?

Rodé mis ojos y volteé para apartar la vista, pensando en las fotos de él con una
mujer diferente en cada foto… No estaba segura de poder lidiar con ser la chica en
las próximas tres fotos hasta que me trajera de vuelta y me descartará. Warren me
pellizcó la barbilla e inclinó mi cara para mirarlo. Sus ojos eran suaves y sinceros
cuando volvió a hablar.

—Son solo juegos de práctica. Tengo un par de cosas que tengo que hacer
mientras estoy allí, pero me aseguraré de que no te sientas fuera de lugar. —Hizo
una pausa y suspiró—. Me has enseñado Nueva York. Déjame mostrarte mi casa.
Por favor.

Nos miramos unos a otros durante un largo y tranquilo momento. Podía sentir
cuánto quería que estuviera de acuerdo, y así lo hice.

—Si me dejan tomar días libres —dije, añadiendo otro si justo antes de que
envolviera sus brazos alrededor de mí y me levantara del suelo.
Capítulo 16
Traducido por Juliette

Corregido por Candy20

Warren
—¿Por qué no la has traído? —preguntó mi madre después de que yo le dijera
dónde estaba pasando todo mi tiempo libre.

—Porque sé cuán bienvenida que la harán sentir ustedes tres a la mujer con la
que salgo.

Ella alzó una ceja. —Entonces, ¿están saliendo?

Abrí el periódico delante de mí y lo hojeé en vano.

—¿Es una neoyorquina? —preguntó mamá.

La miré por encima del periódico. —Sí.

—¿Dónde vive?

—Washington Heights.

—¿De verdad? —Alzó una ceja de nuevo mientras tomaba su té y tomaba un


sorbo—. ¿Qué hace para ganarse la vida?

—Ella tiene un trabajo regular de nueve a cinco y solo está esperando a alguien
con una cuenta bancaria robusta que solo piensa con su polla para que la conozca y
casarse con ella —dijo mi hermano cuando entró en la habitación.

Lo fulminé con la mirada. Él me fulminó de regreso.

—¿Es esta otra Elena? —preguntó mi mamá, mirando a mi hermano como si


supiera algo de las mujeres en mi vida. Ella me miró rápidamente—. Warren, no
puedes lidiar con otra Elena.

—Ella no es otra Elena. Trabaja con la Fundación Winsor y tiene tres grados
de universidades creíbles. Tres —repetí, mirando a mi hermano—. ¿Cuántos tienes
tú?
Se burló y sacudió la cabeza. —Todo lo que significa es que tiene el triple de los
préstamos estudiantiles para pagar, y sé lo que Winsor paga a sus empleados y no
es mucho, así que probablemente puede apenas llegar a fin de mes.

Me levanté de la mesa y agarré mi chaqueta. Las puntas de mis oídos ya


estaban empezando a arder y sabía que si me quedaba un minuto más
terminaríamos discutiendo de nuevo. —Me tengo que ir. Diviértete derribando a
todas las mujeres con las que he salido. Tu esposa tiene suerte de tenerte.

—La tiene —gritó mientras me alejaba.

Me burlé. —Estoy seguro de que está en el spa en este momento diciendo a


todas sus amigas lo idiota que eres mientras lo carga a tu Tarjeta de Crédito.

Era un golpe bajo. Lo sabía. No tenía nada contra mi cuñada, pero era lo único
que podía usar contra él. No me atrevería a usar a Cayden, y realmente amaba a mi
hermano cuando no estaba hablando de mi vida amorosa. Eso siempre llevaba a
discusiones y que nos causaba a los dos volver a nuestro yo adolescente petulante.
Estaba seguro de que Camila nos llamaría mocosos mimados por la forma en que
actuamos. Hijos excesivamente privilegiados del Upper East Side, ella diría
entornando los ojos. La idea de ella me hizo sonreír cuando alcancé la manija de la
puerta, mi humor instantáneamente aumentó. Y entonces mi hermano se burló y
señaló a mi mamá que esta chica vivía en otro país.

—Él no era un santo cuando se trataba de Elena. Deja de intentar poner toda
la culpa en ella —escuché a mi madre decir en español.

Salí por la puerta antes de que pudiera oír su respuesta. Esa maldita relación
iba a perseguirme por toda la eternidad. Su engaño, mi mentira, mi engaño, su
mentira. La relación era tóxica y condenada desde el principio. No era nada como
lo que Camila y yo teníamos. Pero entonces, ¿qué teníamos nosotros? Un impulso
culpable que floreció en una improbable amistad y continuó floreciendo en esto.
Sea lo que fuera. Lo único que sabía era que llegaría a su fin y por una vez en mi
vida, estaba temiendo el momento en que lo haría.
Capítulo 17
Traducido por LittleCatNorth

Corregido por Candy20

Camila
—Quería pedirte días libres le dije a Nancy después de que acabamos algunos
casos de estudios.

—¿Oh? Ella se sacó sus lentes de lecturas y me miró. ¿Por tu papá?

—No. Por mí.

Sus cejas se dispararon hacia arriba. Ella sonrió. —Bueno, esas son buenas
noticias.

—Gracias dije, sonriendo.

—¿Cuántos días necesitarás? La última vez que revisé, tenías diez acumulados.
Ellos se acumulan, sabes.

—Lo sé Me detuve, pero cuatro serían suficientes.

***

—Voy a tomar mis días de vacaciones le dije a Vanessa después del almuerzo.
Sus cejas se elevaron mientras pinchaba su ensalada.

—¿Por papá?

Suspiré. —No, no por papá. Por mí.

—¿Tú? preguntó, claramente sorprendida. ¿Para reparar el apartamento?

—No... Warren quiere llevarme a casa por algunos días.

—Casa cómo en... ¿Barcelona? preguntó, frunciendo el ceño.

—Él vive en Manchester.


Me miró fijamente por un segundo. —Ustedes son serios.

—Cómo un ataque al corazón.

Vanessa dejó caer su tenedor, sus ojos amplios, como si ella solo ahora me
creyera. —No mierda.

—Mierda dije, incapaz de contener mi entretenida sonrisa.

—Las cosas se están moviendo... rápido, ¿eh?

Suspiré. —Somos amigos.

—¿Amigos que tienen sexo y llevan al otro en costosas vacaciones?

Arranqué mi mirada y miré fuera de la ventana. Eso era lo que no me gustaba


sobre toda la cosa. El factor del dinero. Estaba bien con lo de pagar por estúpidas
entradas de béisbol y el subterráneo porque yo no era la que tenía algo cercano a un
millón de dólares en el banco. Era afortunada si tenía siete mil dólares después de
pagar mis cuentas. E incluso eso era en realmente en un buen mes. Le dije a Vanessa
cuanto me ponía incómoda eso y ella rio.

—Mira, lo estoy diciendo como un cumplido. Solo diviértete. Si él tiene el


dinero y quiere gastarlo en ti, déjalo.

Era fácil para ella decirlo.

Un sobre de papel manila enfrente de mi puerta fue lo que me saludó cuando


llegué a casa. Después de recogerlo, fui adentro, lo abrí a tirones mientras ponía
mis llaves sobre la pequeña mesa junto a la puerta y caminé a la cocina. Había una
nota, escrita en una hoja de papel de computadora en la fuente Times New Roman.
Lo sabía porque había usado la estúpida fuente durante toda la universidad.

Él no es quién tú crees que es.

Mi corazón se disparó hacia mi garganta mientras leía las palabras encima y


sacudía el sobre para liberar la unidad USB incluida. Lo apreté en mi mano y
caminé hacia mi laptop, encendiéndola mientras examinaba el USB. Solo era
plano, sin nombre de marca, sin logo de compañía. ¿Quién demonios me enviaría
esto? ¿Quién se preocupaba lo suficiente para advertirme sobre alguien? No que yo
supiera quién era ese alguien. Podía ser mi papá, mi difunto abuelo... Una vez que
conecté la computadora, hice clic sobre el primer archivo.

Entonces me congelé.
Era Warren. Warren con una rubia curvilínea y tetona. Miré de reojo, haciendo
un acercamiento en la foto y la reconocí como su ex-prometida. Continué
deslizándome hasta que alcancé una imagen de él haciéndolo con otra mujer. La
visión de esta dejó un mal gusto en mi boca. No quería verlo besando a otra mujer.
Una vez que me recuperé de eso, noté el sello de tiempo y di clic en la foto anterior.
Solo una tenía hora y fecha, y no se necesitaba ser un genio de la NASA para ver,
por la ligeramente más delgada figura de Warren, que habían sido tomadas cuando
era más joven. Las únicas fotos que lucían más reciente, con su mismo corte y
figura eran las que estaba con su ex-prometida.

Me senté de nuevo en mi futón y continué dando clic. Finalmente, alcancé una


foto de él y, no una, sino dos mujeres: una rubia y una morena con sus manos entre
sus piernas. Los tres estaban sin camisetas, pero las dos mujeres estaban usando
faldas y él estaba usando un pantalón de vestir, su rostro inclinado hacia una de
ellas mientras la besaba y acunaba uno de sus pechos. Expulsé la unidad USB de la
computadora, mi corazón martillando.

Yo no era idiota. Sabía que él no era un santo. Tenía una televisión y veía
programas de reality sobre sus esposas y escándalos de infidelidad. Y había estado
alrededor lo suficiente para oír locas historias sobre atletas y algunas que me dijo él
mismo la otra noche. Yo solo no entendía por qué alguien saldría de su camino
para enviarme esto a mí. Ni siquiera era su novia. Me levanté y tomé una larga
ducha, esperando que eso limpiase mi mente. Todo lo que eso hizo fue
confundirme y hacerme enfadar. Fui de ¿por qué me enviarían esto a mí cómo si debiera
importarme? a él es tan desagradable, no puedo creer que él hizo eso en cuestión de treinta
y cinco minutos.

No era por lo que él estaba haciendo en las fotos. Era solo que, en mi mente, el
Warren que conocía no era así. El Warren que yo conocía no presumía mujeres o
autos o hablar sobre ostentosas cosas. El Warren que conocía era un poco
presumido, pero no lo suficiente presumido para quejarse sobre asientos en la
sección común en el juego de los Yankees. El Warren que conocía llevó a su sobrino
al cine el jueves para ver una película de superhéroes la noche que se estrenó. Él
solo no era a quien vi en esas fotos, y me hacía cuestionarlo todo. ¿Yo
incluso conocía al Warren real? ¿Ellos lo hacían?

Mientras pensaba sobre eso, mi estómago comenzó a gruñir. Fui a la cocina,


abrí el refrigerador y encontré solo dos cosas que no tenía ganas de comer ahora
mismo: huevos y queso. Recogí el teléfono y marqué al restaurante puertorriqueño
del otro lado de la calle y ordené la única comida agradable que podía conseguir
rápidamente. Entonces, llamé a Warren, quien respondió el teléfono en el segundo
tono, su voz rasposa y profunda.

—Te extraño.
Las palabras causaron que mariposas despertaran profundo en mi corazón. Las
hice retroceder, las atrapé y las puse en una caja. No tenía espacio para esos
sentimientos ahora mismo.

—Me llegó un paquete en el correo.

—¿Oh? preguntó. Prácticamente podía ver las líneas en su ceño fruncido y la


manera en que sus llenos labios se arrugaron.

—Una unidad USB con fotos de ti y algunas chicas. Quiero decir, fotos con
DI . 9

Él estuvo en silencio por un latido. —Estoy yendo.

—No. Me detuve, los ojos amplios. Era la palabra más fuerte que alguna vez
había dicho fuera del dormitorio. Acabo de salir de la ducha. Solo déjame...
dame algunos minutos. Solo no podía no llamarte.

—Suenas molesta. Se detuvo. ¿Por mí o por lo que viste?

—Ambos.

Hubo un golpe en mi puerta que me tuvo girando rápidamente, mi toalla


soltándose. Maldije en voz baja mientras la ajustaba sobre mis tetas y abrí la puerta.
Le pedí a Warren que esperara mientras hablaba con el adolescente entregando mi
comida y firmé el papel.

—Lo siento tanto le dije al chico, del cual sus ojos se ampliaron como
platillos. Él no respondió antes de que yo cerrará la puerta y pusiera la bolsa sobre
el mostrador.

—¿Acabas de abrir la puerta envuelta en una toalla? preguntó Warren.

Agarré la toalla más fuerte. —Te lo dije, acabo de salir de la ducha.

—Estoy yendo. Ahora.

—No quiero que lo hagas.

Eso trajo otro periodo de silencio. Cuando él habló de nuevo, su voz fue baja y
vacilante. —¿No quieres verme?

—No ahora mismo.

9
DI = Demasiada Información.
—Así que estás enojada conmigo dijo. Te das cuenta que lo que sea que
hayas visto fue tomado antes de conocerte, ¿verdad? No he hecho mucho de mirar
a otra mujer desde que te conocí, Camila. Ni una vez. Lo juro por mi vida.

Sus palabras trajeron una cálida sensación, una que se expandió a través de mí
y se acurrucó. No tenía razón para no creerle. No tenía razón para estar molesta
con él, excepto que lo estaba y noté que estaba molesta porque confié en él.

—Te creo susurré. Lo hago. Y te prometo que no estoy enojada contigo.


Solo... dame algo de tiempo para digerirlo. Quizás si ordeno mi departamento,
ordenaré mi cabeza.

—De acuerdo.

—De acuerdo.

—¿Camila? La manera en la que dijo mi nombre envió un ligero temblor


hacia abajo por mi espina.

Cerré mis ojos y tragué los recuerdos de él diciéndolo en mi oído, raspándolo


mientras mordía mi lóbulo y me follaba.

—¿Sí?

—Por favor, no te tomes demasiado tiempo.

Después de que comí mi cena, me sentí más tranquila con todo. Puse la unidad
USB y el papel de regreso en el sobre, así podía dárselo a Warren y luego me lancé
en la tarea de ordenar todo. Ropa, zapatos, tazas y ollas. Estaba poniendo a un lado
la lavandería que necesitaba hacer, cuando Vanessa me llamó para recordarme que
mis muebles estaban previstos para llegar mañana por la tarde, así que aparté
tiempo en mi calendario para estar en casa temprano.

Me sacudí y giré toda la noche, pensando sobre mi papá y hermano, sobre mi


abuelo, sobre Javier Belmonte, y como él nunca pagaría para poner a mi familia en
ruinas, pero cuan cosa rara era que él hubiese traído a Warren a mi vida. Noté que
junto a todo lo demás, Warren Silva no era realmente un problema después de
todo. Y el hecho de que incluso decir su nombre hizo que mi corazón retumbara de
la manera en que lo hacía, lo probaba, y también me asustaba como el infierno. Él
estaría yéndose pronto. Tan pronto. ¿Y qué pasaría entonces? ¿Nos volveríamos
amigos por correspondencia, escribiéndonos correos el uno al otro y nos
hablaríamos vía Skype cuando el tiempo lo permitiera? Quizás solo debía tomar
una página de mi propio gran libro de consejos y solo disfrutarlo.
Capítulo 18
Traducido por Juliette

Corregido por Candy20

Camila
Adam y mi hermana me consiguieron una nueva cama, un tocador, un pequeño
juego de comedor y un juego de sofás. Vanessa llegó alrededor de las tres y media
cuando los transportistas estaban acabando y yo estaba persiguiéndolos
asegurándome de que no arañaran ninguna superficie de lo que estaban entregando.
Ella vino con dos transportistas diferentes y trajo una televisión enorme a mi sala de
estar.

—Es usada. Espero que no te importe —dijo.

Miré boquiabierta ante ella, al televisor y de regreso a ella. —Ustedes están


completamente locos.

No me había dado cuenta de lo pequeña que era mi TV antigua hasta que vi


esta. Miré a mí alrededor con asombro. Nunca había poseído tantos muebles. No
míos. No nuevos de Restoration Hardware de todos los lugares. Después de mirar
fijamente la cama baja de madera oscura y los hermosos sofás grises elegantes y el
tamaño de la televisión de pantalla plana, me hundí y comencé a llorar. Llorar de
verdad. No podía creer que mi apartamento parecía una casa real y no un poco de
espacio considerado para una persona sin hogar para sentarse un par de noches.
Una verdadera casa, cálida y acogedora, llena de todo lo que se necesita para
organizar una fiesta de cena legítima. Mi hermana lanzó un brazo alrededor de mí
y me atrajo fuertemente hacia ella.

—Te lo mereces, Peach. Te lo mereces —me dijo contra mi cabello mientras me


sostenía.

—No puedo creer que ustedes hicieron esto por mí —dije y lloré un poco más
en su hombro. Me abrazó y le besé las mejillas unas cuantas veces antes de poder
serenarme.

—Tengo que llegar a casa. Tenemos un cóctel esta noche, pero espero una
invitación para cenar la próxima semana después de que todo el asunto con papá
haya terminado —dijo.
—Jueves —grité.

Ella sonrió brillantemente sobre su hombro. —El jueves es. Disfruta de tu


nueva cama. Tal vez llama a un chico amante para que venga a ayudarte a romperla.

Mi cara se calentó al pensar en eso. Ni siquiera lo había llamado de vuelta. A


juzgar por el silencio de la radio en su extremo, él pensó probablemente que no
quería oír de él en absoluto. Limpié los muebles nuevos, el piso, las encimeras y me
dirigí al sótano para lavar mi ropa. Mi nueva cama estaba cubierta de sábanas
limpias. Me dirigí hacia abajo para obtener el segundo lote de la secadora y
maravillada de lo mucho más fácil que era utilizar el ascensor. Mientras estaba allí,
esperando para poder volver arriba, ajusté mi cadera para acomodar la cesta de
ropa. Y entonces, como si fuera una señal, el inconfundible sonido del ascensor,
aire acondicionado, y los interruptores de luz se detuvieron y salieron todos a la
vez. Mi boca se abrió mientras miraba las puertas de metal.

—Tienes que estar bromeando.

Dejé escapar un suspiro pesado y me volví hacia la escalera para dirigirme


hacia arriba. Dos tramos de escaleras más tarde, decidí parar en la recepción y
preguntar qué pasó y cuánto podría esperar para que volviera la electricidad.
Después de todo, tenía un televisor nuevo para ver. Cuando me acercaba a la
recepción, oí un persistente golpear en la puerta de cristal y miré hacia arriba, casi
dejando caer mi canasta a la vista de Warren de pie al otro lado. Me quedé helada
por un segundo antes de caminar y abrir la puerta.

—Tu nombre aún no está en la lista —dijo, apartando la mirada de la lista de


nombres del zumbador y mirándome desde mis pies de sandalias, subiendo
lentamente las piernas desnudas, diminutos pantalones cortos de algodón y de la
camisa sin hombros que tenía hasta que finalmente llegó a mi cara.

—Oh.

Fue todo lo que pude decir, y cuando me lanzó una de sus sonrisas y mi
corazón se aceleró, retrocedí un poco.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó, mirando la canasta en mis manos.

—Yo... Estoy bien. Puedes subir, si quieres.

—Me gustaría —dijo.

Puso las manos en mi cesta y traté de resistir, pero inclinó la cabeza y me dio
una mirada que me hizo querer darle todo, así que cedí y lo dejé tomarla de mis
manos. Giré, mis amplios ojos en la escalera mientras trataba de calmarme. Warren
Silva se acercaba a mi apartamento, y aunque había estado en mi casa, nadie había
visto a este, este recién amueblado, mi nuevo hogar. Traté en vano de recordar qué
bragas llevaba, pero no podía recordar. Mi corazón palpitaba a cada paso que daba
detrás de mí. Esperaba que los chirridos de la tabla de piso fueran lo
suficientemente fuertes como para ocultar mi respiración pesada.

—Algunos de estos necesitan ser reemplazados —comentó.

Asentí, pero mantuve los ojos enfrente de mí. Ya era bastante malo que
estuviera caminando justo detrás de mí, sin duda mirando el final de mi trasero que
se asomaba fuera de mis pantalones cortos. Los tiré un poco hacia abajo y él se rio
entre dientes.

—Por favor, no lo hagas. Estoy disfrutando de la vista.

Mi rostro se ruborizó y me alegré de que no pudiera verlo.

Cuando finalmente llegamos a mi piso, prácticamente me empujé hacia mi


apartamento y, a mitad de camino, la electricidad se encendió de nuevo.

Están haciendo algo a la electricidad justo afuera del edificio —dijo Warren
detrás de mí—. Supongo que deben hacerlo.

Me quedé quieta, pero abrí la puerta y la sostuve para él. Miré su rostro mientras
entraba. Sus ojos rebotaron por todas partes, desde la cocina a la televisión, los
sofás.

—¿Cuándo recibiste esto? —me preguntó, encontrando mis ojos.

Sonreí. —Mi hermana y Adán me lo compraron. Lo han entregado más


temprano hoy.

Sus ojos recorrían el lugar una vez más antes de mirarme y sonreír, una sonrisa
de corazón que me hizo saltar el corazón.

—¿Dónde debo poner esto?

—Lo tomaré —dije, pero se negó a entregarlo. Sonreí. Solo quieres ver mi
habitación.

Sus labios temblaron. —Pensé que nunca lo pedirías.

—No lo pedí. —Sonreí—. Pero dame un segundo. Necesito asegurarme de que


no sea embarazoso.
—Quiero verla tal y como es dijo, sujetándome con una mirada que
calentaba mi piel. Lo desordenado y fuera de control, y definitivamente lo
embarazoso.

Me hizo sentir como si estuviera hablando de mucho más que un dormitorio


desordenado. Empujé la puerta abierta y me moví para empujar las almohadas
decorativas para que él pudiera colocar la cesta en la cama. Lo hizo y caminó
directamente a mi espejo donde había puesto una foto de Vanessa y de mí, y una de
Johnny, Vanessa, mamá, papá y yo. Lo miré mientras examinaba cuidadosamente
la de mi familia. Las únicas fotos que tenía con mi papá eran cuando yo era niña o
adolescente y una en particular, de nosotros pasando el rato en Boca Chica era mi
favorita. Era uno de los únicos recuerdos que me permitía guardar de esa vida, y
solo porque éramos felices entonces.

—Eras incluso hermosa incluso cuando eras adolescente —dijo, con un leve
murmullo.

Me concentré en mis almohadas, colocándolas en la cama estratégicamente,


pequeñas, grandes, pequeñas, como si alguna vez me hubiera importado hacerlo de
manera regular. Mis manos dejaron de moverse cuando Warren se acercó a mí, su
olor me envolvió por detrás cuando él puso sus manos en mis brazos y se inclinó
para colocar un beso en mi hombro desnudo.

—Tenemos que hablar —dijo, pero su tono me desentrañó y no pude encontrar


en mí para hablar de nada.

Me di la vuelta e incliné la cabeza para mirarlo. Estaba segura de que iba a


besarme, empujarme de nuevo en esta cama y hacer su camino conmigo. Lo quería.
Lo quería tanto.

—No puedo pensar cuando estás tan cerca de mí —susurré.

—Eso nos hace a dos —dijo.

Dejó caer su rostro en el mío hasta que nuestros labios se juntaron en un lento,
suave y tembloroso beso. Me aferré a sus bíceps, mis dedos agarrando los surcos de
sus tensos músculos. La sensación de sus brazos, el recuerdo de la forma en que se
flexionaba cada vez que se movía cuando me agarraba, mi culo, mi cintura, hacía
que mi corazón se acelerara, mi corazón se apretaba con la necesidad. Gemí en su
boca, profundizando el beso.

—No esperas ninguna compañía en este momento, ¿verdad? —preguntó,


rompiendo el beso.
Sacudí la cabeza y agarré un puñado de su camisa, instándolo a quitarla. Lo
hizo rápidamente, tirando de ella sobre su cabeza y arrojándola a un lado. Mis ojos
bajaron por su pecho. Extendí una mano para tocarlo. Ninguna escultura hecha por
el hombre haría jamás justicia a su cuerpo.

—Me estás matando aquí, Rocky —dijo, con un gemido bajo.

Mis ojos se volvieron hacia los suyos. —Desnúdame.

Él no extendió la mano de inmediato y me arrancó la camiseta (como habría


hecho si me hubiera dicho las palabras). No, Warren se tomó su tiempo. Sus ojos
buscaron los míos mientras sus manos agarraron el dobladillo de mi camiseta, sus
dedos acariciando debajo de ella para acariciar mi abdomen suavemente,
lentamente, mientras sus ojos me anclaban en su lugar. Comencé a sentirme
sofocada por el anhelo, con una necesidad tan poderosa que zumbaba a través de
mis venas. Cerré los ojos y me enfoqué en la respiración, en hacer que mi corazón
se acelerara más, que no me hiciera sentir que iba a saltar de mi garganta. Yo nunca
en mi vida quise a nadie de esta manera. Nunca pensé que fuera posible.

Sus manos se movieron entonces, lentamente levantando mi camiseta, rozando


mi cintura y acariciando mis pechos.

—Ya sabía que no llevabas sujetador debajo de esto susurró.

—Por favor, Warren.

—Por favor, ¿qué, muchacha bonita? —dijo, acercando su boca a un lado de mi


cuello—. Dime lo que quieres.

Mi corazón saltó otra vez. —Tú. Por favor.

Abrí los ojos y encontré su mirada, y de repente comenzó a moverse en la


acción. Quitó mi camiseta rápidamente, arrojándola hacia la suya, y tiró de mis
pantalones cortos y bragas juntos y arrojándolos a un lado, sus ojos ardían cuando
se encontraron con los míos de nuevo.

—Eres una obra de arte —dijo. Estaba respirando demasiado duro como para
responderle, para decirle que él era la obra de arte.

Él sacudió la cabeza, acercándose a mí otra vez y agarrándome por mi nuca


mientras bajaba la cabeza para besarme de nuevo. Nuestras lenguas se enfrentaron
hasta que me mareé. Mis manos volaron hasta su cinturón, desabrochándolo
rápidamente.
—Quítatelos. Por favor —dije, mi voz en un tono áspero que nunca había
escuchado antes.

—Quiero hacerte sentir bien —dijo, besando su camino por mi cuerpo y


arrodillándose ante mí.

Subió por mis piernas, besando mis pantorrillas y chupando el interior de mis
muslos, su rastrojo rozándome con cada movimiento. Había conseguido ahogar un
gemido ante la sensación de eso, pero cuando su lengua empezó a dibujar
lentamente sobre mi clítoris, cerré los ojos y gemí su nombre. Mis manos se
aferraron a las sábanas debajo de mí mientras separaba mis piernas y acariciaba
más rápido, mi cuerpo inundaba de híper realidad con la sensación de ello. Las
puntas de sus dedos mordiéndome los muslos mientras me alejaba más y la forma
en que su boca se movía sobre mí como un hombre hambriento. Me sentí
convulsionar antes de que pudiera recostarme en mi cama, mis piernas temblando
implacablemente mientras sacudidas de éxtasis viajaron a través de mí.

—Por favor. Solo... Por favor supliqué, un fuerte canto mientras continuaba
empujando su lengua dentro de mí a un ritmo rápido antes de sacarla y correrla
sobre mi clítoris. Una y otra vez. Repetidamente. Lentamente, pero efectivamente
sin dejar que la tensión se dejara de construir dentro—. Necesito sentirte dentro de
mí.

Estaba tendida sobre mi espalda, respirando pesadamente, mis ojos cerrados


cuando oí el inconfundible sonido de una envoltura de condón. Mis ojos se
abrieron. Me había perdido el espectáculo. Lo había visto el otro día, pero, aun así.
Le había echado de menos quitarse los vaqueros y los calzoncillos. El condón
estaba en su mano derecha mientras se acariciaba con la otra. Me incliné sobre mis
codos para tomar el tamaño de él. No había parte de Warren que no fuera masiva.
La visión de él complaciéndose a sí mismo mientras me miraba me hacía sentir que
iba a deshacerme de nuevo. Me senté y me puse de rodillas, colocando mi mano
sobre la suya y bombeando como él. Gimió en voz alta.

—¡Oh, mierda, Camila!

Me ajusté y me incliné hacia adelante, mi lengua saliendo para lamer la punta


de su polla mientras mi mano seguía moviéndose sobre él.

—Oh, mierda —gimió, y cuando puse mi boca completamente sobre él, soltó
un gemido largo y profundo que viajó todo el camino a mis dedos de los pies.

Pronto, sus manos estaban en mi cabello, tirando y asegurándose de que no


interrumpía mi ritmo, y sus gemidos se hicieron más profundos, mi nombre salía de
su boca cada vez que hacía algo que le gustaba. Alcancé mi mano libre y encontré
el dolor entre mis piernas.

—Te estás tocando —dijo con voz ronca—. Mierda. Voy a venirme solo con
verte. Por la sensación de tu boca a mi alrededor.

Gemí mientras mi clítoris pulsaba bajo mis dedos.

—Camila —dijo, en voz baja, la respiración pesada—. Necesitas parar. Tienes


que jodidamente parar. Quiero follarte. Necesito estar dentro de ti ahora mismo.

Me tiró del cabello tan fuerte que no tuve más remedio que moverme con él.
Tenía el pecho pesado al respirar mientras me miraba, con los ojos entreabiertos,
llenos de lujuria, enloquecidos.

—Serás la muerte para mí, chica linda —dijo, agarrando mis brazos para
posicionarme, así que estaba de cuatro patas frente a la ventana. Me golpeó con
una fuerza que nunca había experimentado, y grité, un chillido inesperado.

Quiero que seas ruidosa. Es lo único en lo que pienso —me dijo, golpeando
dentro de mí, con una mano apretándome la cintura, la otra dando vueltas
alrededor de mi cabello y tirándolo con fuerza para que estuviera arqueada—. ¡Qué
tan fuerte puedo hacer que está tranquila niña grite mi nombre! —dijo, golpeando
con más fuerza, si es posible. Yo grité, y él gruñó sus siguientes palabras. Sabía
que serías ruidosa. Mierda. Te sientes muy bien.

Me soltó el cabello y se inclinó hacia adelante, su pecho duro como una roca en
mi espalda mientras tranquilizaba su movimiento y encontraba mi clítoris de
nuevo. Sentía que iba a morir por exceso de estimulación. Era demasiado.
Demasiado. La presión construyéndose, y construyéndose, mis dedos de los pies
hormigueando, y cuando me pellizcó el clítoris y lo dejó ir para presionar mis lados
para poder empujar en mí duro. Tan jodidamente duro. Podía sentirlo por todas
partes dentro de mí, y mi orgasmo se extendió sobre mí.

Grité su nombre en voz alta, sin vergüenza, y él gimió el mío una última vez
antes de vaciarse dentro de mí. Incluso eso era prominente, la sensación de él
goteando en el condón mientras estaba dentro de mí. Lo sentía todo. Me alegré de
no haberle mirado en ese momento, porque temía que hubiera leído a través de mí
y ver que ya no era una mierda de amigos con beneficios. Tenía miedo de ver lo
mucho que yo sentía.
Capítulo 19
Traducido por LittleCatNorth

Corregido por Candy20

Warren
No tenía planeado irrumpir en la manera en que lo hice, pero una vez que la vi
no pude detenerme. Y estaba agradecido por eso. Estaba sentado en su nueva mesa
del comedor con un vaso de lo que sea que ella me había servido. La última vez que
conseguí una limonada real fue cuando estaba viviendo con mis abuelos en
Barcelona. Tomé un pequeño sorbo, encogiéndome por el ácido sabor. Miré en el
vaso con un ceño fruncido.

—¿Qué estoy bebiendo?

Ella rio desde el dormitorio. Permaneció allí doblando su ropa mientras yo


venía al comedor y tomaba su computadora para ver las fotos en el USB del que me
había hablado.

—Se llama Morir Soñando10. ¿Te gusta?

Sentí mi ceño profundizarse. —¿Morir soñando?

—Sí. ¿Te gusta o no? preguntó, de pie en la entrada de su habitación.

Ella posó una mano sobre su cadera y levantó una ceja, esperando mi
respuesta. Traté de mantener mi rostro neutral mientras tomaba otro sorbo. Para
ser sincero, estaba delicioso, lo que sea que fuera.

—Puedo decir que te gusta, sabes dijo, sus cejas aun sosteniendo un desafío.

—¿Oh, sí? ¿Cómo es eso?

—Consigues una distintiva mirada en tus ojos. Es como si ellos se ampliaran


un poco en asombro, y tu labio inferior se curva ligeramente.

10
En español en el original.
Empujé mi silla hacia atrás para ponerme de pie, sin alejar mis ojos de ella.
Mientras caminaba, dejó caer su mano de su cadera y tragó visiblemente mientras
su miraba hacía su camino hacia arriba por mi cuerpo. Esta dejó un hirviente rastro
en cada pulgada por la que deambuló y sentí mi corazón golpear más fuerte.
Cuando la alcancé, ella inclinó su cabeza para encontrar mis ojos justo cuando
levanté mi mano para acunar el lado de su rostro. Nuestros cuerpos parecían en
sincronía, cediendo a cada toque. Su respiración se levantó mientras ambos nos
mirábamos el uno al otro, mi pulgar acariciando la suave piel de su ahora coloreada
mejilla.

—¿Está esa mirada en mi rostro ahora mismo? pregunté. Sus ojos se


ampliaron ligeramente. Si no la conociera mejor, habría pensado que estaba en
pánico. Susurré: Dime.

—Yo... Yo no lo sé tartamudeó, sacando su mirada de la mía.

—Sí, lo haces.

Ella asintió lentamente, sus ojos deslizándose suavemente de regreso a


encontrar los míos. Bajé mi rostro para besarla. No podía estar así de cerca de ella y
no besarla, no abrazarla, no tocarla. E incluso aunque fuera un sentimiento
agridulce, incluso aunque sabía que yo no la merecía, la besé de nuevo, y de nuevo,
y de nuevo, hasta que necesitamos apartarnos.

—No te merezco dije, un murmullo contra sus labios. Pero no puedo


dejarte ir.

Dejé caer mi mano y caminé de regreso a la mesa, tomando un asiento de


nuevo y regresé con la tarea que estaba realizando. Finalmente, abrí el archivo de
imágenes y me avergoncé, mirando arriba hacia ella de nuevo. Ella aún estaba
arraigada en el mismo punto en que la dejé.

—¿Viste estas?

Ella se encogió de hombros. Miré de regreso a la pantalla y me mantuve


desplazándome antes de saltar a la segunda y tercera carpeta para abrir la cuarta.
Era una granulosa imagen de mí en un club nocturno, la foto probablemente no
habría sido procesada de no haber sido por las luces púrpuras brillando justo hacia
mí en el momento exacto. Mi cabello estaba diferente, más corto. Mi figura era más
delgada. Debí haber tenido veinte al menos, pero no había error de que era yo.
Tampoco había error de lo que la rubia en el vestido negro estaba haciendo
mientras estaba arrodillada frente a mí. Había una mesa bloqueándola de la vista,
pero mis manos agarradas a la parte superior de su cabeza y mi cabeza lanzada
hacia atrás... no había error en eso. Mi corazón se hundió hasta la boca del
estómago. ¿En qué demonios había estado pensando? Sacudí mi cabeza. Incluso
mientras la rabia comenzaba a titubear dentro de mí, esperando por una excusa
para desatar a quien sea que envió esto a Camila.

—¿Las has visto todas? pregunté, tragando mientras esperaba por su


respuesta. No podía ni siquiera mirarla.

—Cómo cuatro o cinco. Me detuve cuando llegué a lo que parecía que estaba a
punto de volver un trío.

Su suave voz llamó mi atención. Cuando finalmente la miré, estaba


descascarando su esmalte de uñas con una mirada desinteresada en su rostro, y eso
rompió mi corazón más de lo que una enfadada mirada o una molesta lo haría.
Cerré mis ojos momentáneamente para juntar mis pensamientos.

—¿Estás bien con lo que viste? pregunté.

—¿Por qué no lo estaría? preguntó, mirándome de nuevo. Me quedé


viéndola, incapaz de pensar algo bueno que decir. No estoy aquí para juzgarte,
Warren. Si así es como vives tu vida, entonces... Se encogió de hombros de
nuevo.

Gruñí y me puse de pie de nuevo, esta vez tomando grandes y rápidas zancadas
hasta que la alcancé y envolví mis brazos alrededor de ella para jalarla más cerca.
—Ese ya no soy yo. Eso es el Warren estúpido, joven, de mal juicio, calentón, de
veinte tantos años.

Ella me jaló hacia atrás y miró arriba hacia mí. —¿Cómo es el Warren de treinta-
y-un-años?

—Calmado, genial, sereno, elegante, y muy bueno en la cama.

—Y modesto. Olvidaste modesto dijo Camila, sacudiendo su cabeza con una


risa.

Sonreí. —Extremadamente modesto.

Mientras Camila ordenaba su ropa, recogí el USB y la carta con la completa


intención de ir a casa de mi hermano y confrontarlo acerca de esto. Solo esperaba
que, para entonces, yo me calmara y no fuera derrotado con la urgencia de golpear
su rostro. La última cosa que mi madre necesitaba era más angustia, especialmente
por mi culpa. Me escurrí fuera de la cama de Camila alrededor de la medianoche,
besando su frente ligeramente y sonriendo por los ligeros ronquidos que, juraba, no
hacía. Sería fácil quedarse. Sería fácil decirme a mí mismo que estaba haciendo lo
correcto envolviendo mis brazos alrededor de ella y sosteniéndola cerca de mí toda
la noche. Era lo que quería hacer, y eso es exactamente el por qué necesitaba irme.
Capítulo 20
Traducido por Antonietta

Corregido por Candy20

Warren
Para el momento que llegué a la oficina de mi hermano, ira era todo lo que
sentía. Lancé el sobre de manila en su escritorio y crucé mis brazos. Él inclinó su
cabeza con el ceño fruncido.

—Deberías irte y regresar cuando te hayas calmado y encontrado tus modales


dijo.

—Seguro. Justo después que encuentres tus bolas.

Dejó salir una risa entre dientes y se inclinó hacia adelante en su asiento para
abrir el sobre. El USB se deslizó fuera de este, así como lo hizo el papel. Lo leyó
con una confusa mirada en su rostro.

—¿Qué se supone que haga con esto? —preguntó, recogiéndolo y deslizándolo


en la unidad de su computadora.

Paseó la longitud de su oficina mientras daba clic sobre el mouse.

—¿Qué demonios es esto, War? —preguntó. Pude escuchar la clara confusión


en su voz, y dejé de caminar para encontrar su mirada.

Cuando éramos pequeños habíamos jugado el juego de miradas más que


cualquier otra cosa. Él siempre se había derrumbado primero, cayendo en un
ataque de risa antes que siquiera llegáramos a medio minuto. Cuando mentía sobre
algo, yo siempre era el primero en llamarlo mentiroso. Tal vez ya no somos niños,
pero todavía éramos hermanos. A través de lo bueno y lo malo, como dijo Camila.
No importa cuánto tiempo estuvimos separados, éramos hermanos. Familia. Un
año atrás, no lo habría perdonado si me hubiera hecho esto, pero mientras estaba
ahí de pie, mirando a los mismos ojos verdes que yo tenía, pensando en nuestra
niñez y en las palabras de Camila, sentí que si se explicaba y se disculpaba con ella,
sí podría perdonarlo.

—¿Hiciste esto?
—¿Hacer qué?

—Enviarle esto a Camila.

Rodó sus ojos y se mofó. —Por supuesto que esto es sobre esa chica.

—¿Lo enviaste? —pregunté, más alto, acercándome a su escritorio,


preparándome en el lado opuesto a él.

—¿Por qué de… —Dejó salir una respiración áspera y sacudió su cabeza,
pellizcando el puente de su nariz—. Warren, ¿en serio… —Hizo otra pausa,
sacudiendo su cabeza como si estuviera tratando de hacer espacio ahí para algo tan
loco que no podría caber.

—¡Responde la pregunta!

—No sé qué me preocupa más, que pienses que tengo tiempo para jugar estos
estúpidos juegos o el hecho de que estés ansioso por saber la respuesta. Este eres tú,
War. Eres tú. Tal vez es mejor que ella lo vea ahora y no después que le compres
un maldito apartamento. —Sus labios temblaron—. Tal vez debería usar otro
ejemplo.

Me senté en una de las sillas delante de él y suspiré. No estaba de humor para


intercambiar insultos ahora mismo, no importa cuán estúpidos fueran. Tenía que
averiguar quién diablos le enviaría esto a Camila. Nadie más sabía sobre ella.

—¿Quién haría esto?

—Tal vez Sergio.

Sergio, mi agente, sacudí mi cabeza. De ninguna manera. Ni siquiera le había


hablado a Sergio sobre ella. Le dije a mi hermano del mismo modo y se encogió de
hombros.

—Quien sea que lo hizo tiene acceso a ti. Es alguien con la que estás con
frecuencia. —Regreso la mirada a la pantalla—. ¿Cuántos tríos has tenido?

—Suficientes.

—Cristo. Debería haber cambiado mi apellido y haberme mudado a España.

A pesar de mí mismo, me reí, aunque cayó en el momento que mi mirada


atrapó un vistazo del sobre de manila en la parte superior de su escritorio de nuevo.
Mi hermano se dio cuenta.
—¿En serio esta chica significa tanto para ti o solo estás asustado que estas
fotos salgan y empañen tu reputación?

Mis labios se curvaron en una sonrisa tensa. —Quieres decir, confirmar mi


reputación.

Él se rio, diversión resplandeciendo en sus ojos. —¿Así que esto es sobre la


chica?

—Ella no es como Elena —dije, con la esperanza que la finalidad de mi voz


viajara hasta él.

—Si tú lo dices.

—No lo es. Ella es… buena. Real.

—¿Es porque no tiene tetas falsas e inyecciones de labios?

Rodé mis ojos. La mayoría de las mujeres con las que había salido tenían tetas
falsas. Eso no las hizo menos inteligentes o hermosas. —Melanie tiene tetas falsas.

Su sonrisa se amplió. —Pagué un buen dinero por ellas.

—Eres tan idiota.

Dejó escapar un pesado suspiro y frotó su rostro. —Mira, War, sabes que te
amo y a pesar de toda la estúpida mierda que has hecho, intento apoyarte, pero
después de lo que pasó con Elena…

—No es como si ella hubiera vaciado mi cuenta bancaria y me hubiera dejado


necesitando dinero. Tengo una buena vida, ¿sabes?

Me disparó una mirada. —Actuaste como un pequeño niño rico perdido


después que ella te jodió y nosotros fuimos quienes tuvimos que lidiar con las
preguntas y el jodido CNN llamándonos a diario para obtener entrevistas exclusivas
sobre Warren Silva y su sombrío futuro en el fútbol.

Incliné mi cabeza y miré el suelo. No era algo de lo que había estado orgulloso.
Recibir las llamadas histéricas de mi mamá, y peor, mis abuelos diciéndome que no
me criaron para ser el tipo de joven que trataba a las mujeres con tal falta de respeto
después de que le dije puta a Elena en un periódico local luego de una noche de
consumo excesivo de alcohol. El golpe más grande fue cuando mi padre finalmente
dio su entrevista exclusiva y me llamó un “bastardo-nada-bueno” que él “siempre
supo que sería una decepción”. Esas palabras siempre estarían grabadas en mi
cerebro. Miré a mi hermano de nuevo, encontrándome con su mirada una vez más
antes de ponerme de pie para irme.

—Camila es la mejor cosa que me ha pasado en un tiempo realmente largo, y


no voy a dejar que nada lo arruine.

—Warren —llamó mi hermano. Cuando miré por encima de mi hombro,


estaba mirándome con una solemne expresión—, espero que sepas que no necesitas
ninguna ayuda para joderlo, e incluso si no lo arruinaras, ustedes viven en países
distintos.

Él no estaba equivocado, pero iba a hacer todo lo que estuviera en mi poder


para disfrutar el tiempo que tenía con ella y eso significaba, no dejar que nadie más
venga a meterse entre nosotros.
Capítulo 21
Traducido por Juliette

Corregido por LittleCatNorth

Camila
Había estado en la Estación Penn durante dos horas, esperando que el tren
fuera arreglado. Con cada minuto que pasaba, la sensación de hundimiento de que
no iba a llegar a la casa de mi madre se multiplicaba. Mi teléfono zumbó en el
bolsillo trasero de mis vaqueros y suspiré cuando lo alcancé.

—¿Eres Camila? —preguntó una pequeña voz.

Fruncí el ceño, mirando la pantalla, que tenía el nombre de Warren escrito a


través de ella. —Sí. ¿Quién es?

—Cayden.

Sonreí. —Hola amigo. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Puedes venir hoy? Tengo helado.

—Me encantaría, pero no puedo. Estoy en la estación de tren y el tren está


descompuesto. Estoy esperando a que un superhéroe venga a solucionarlo.

—¿Cuál?

Sacudí la cabeza, todavía sonriendo y miré hacia arriba y abajo de la


plataforma. —No estoy segura.

—Tal vez Thor vaya.

—Ja. Si Thor aparece, nunca me iré.

—¿Por qué no?

Había una clara confusión en su voz y decidí no responder a eso. Explicar todo
el flechazo por Thor no parecía ser lo correcto cuando hablaba con un niño.

—¿Dónde está tu tío?


—Él está aquí. Vino a visitarme a casa. Deberías venir la próxima vez —dijo
antes de susurrar sus siguientes palabras—, dice que eres más guapa que la Mujer
Maravilla.

Sonreí.

—Dije que es la mujer más bella del mundo, Cayden. Hazlo bien si vas a
transmitir mensajes por mí —dijo Warren a la línea.

—Hola —susurré.

—Te extraño —susurró de regreso.

—Yo también te extraño.

¿Por qué diablos estas mariposas eran tan persistentes y por qué él insiste en
decir cosas que las pone allí para empezar?

—¿Llegaste a la casa de tu mamá?

Suspiré pesadamente, apoyada contra la fría pared detrás de mí. —No, y por
cómo luce esto, podría tener que esperar hasta mañana. Han estado arreglando este
tren durante dos horas.

—¿Dónde estás?

—Yo solo… —Negué con la cabeza, dándome cuenta de que no tenía ni idea
de la estación en la que estaba—. En la Estación Penn.

—Estoy yendo a por ti.

—¿Qué? No. Si cancelan de nuevo, iré a casa y volveré a intentarlo mañana.

—Quédate ahí. Ahora mismo voy.

—Warren.

—Camila, quédate allí. Ya estoy en camino.

De mala gana, estuve de acuerdo y salí a esperarlo. Cuando llegó la camioneta,


caminé hacia él rápidamente. Warren salió del lado del conductor y rodeó el coche
para abrir la puerta para mí.

—Qué… —Fruncí el ceño, entrecerrando los ojos para mirar dentro de la


cabina—. ¿Estás conduciendo?
—Antoine tenía la noche libre.

Subí en el coche y esperé que él hiciera lo mismo. Mientras abrochaba mi


cinturón de seguridad, lo miré. —¿Sabes conducir?

Me lanzó una mirada. —Obviamente.

—Oye, yo no sé cómo conducir. Solo estoy preguntando.

—¿No sabes cómo conducir?

—No. ¿Por qué necesitaría saber conducir? Tomo el tren en todas partes.

Mi teléfono vibró en mis manos cuando él salió del espacio, y respondí cuando
vi el nombre de mi hermana.

—¿Estás viniendo? —preguntó ella.

Le expliqué toda la situación, que ella explicó a mi mamá que estaba en la


misma habitación que ella, y cuando respondió allí ya habían hecho una votación
colectiva acerca de “Trae a Warren”.

—Vanessa —siseé, y bajé mi voz en un susurro—, ¿le dijiste sobre él?

—¿No acabas de oírme repitiendo cada palabra que dijiste? Tráelo y deja de ser
una idiota.

—Ya veré. —Colgué el teléfono y lo miré—. ¿Por qué sonríes?

—Quieres mantenerme en secreto —dijo, todavía sonriendo mientras me


miraba.

—Yo… No es… —suspiré—. No sabes cómo es mi mamá. Está loca.

—Me gusta la locura.

—Esto no es el tipo de locura que te gusta.

—¿Cómo sabes qué clase de locura me gusta?

Me encogí de hombros. —Ella juzga. Te echará un vistazo y decidirá que estás


en una pandilla.

Él se rio entre dientes. —¿Por mis tatuajes?


—Y todo el cuerpo súper rasgado y la cosa de los pezones perforados, sí. —Me
volví de un brillante rojo cuando le dije la última parte, pensando en cómo se
sentían bajo mis dedos.

—No me importa ser juzgado —dijo—. Confía en mí, tengo la piel gruesa.
Quiero ir. Quiero llevarte.

—¿Me escuchaste cuando te dije lo lejos que estaba en coche?

—Tres horas.

—¿No tienes cosas que hacer? Esta es una cosa de fin de semana.

—Camila —dijo, haciendo señas a mis ojos cuando se detuvo en la siguiente


luz roja—. Deja de estancarte. No hay ningún lugar donde prefiera estar que
contigo.
Capítulo 22
Traducido por Juliette

Corregido por Fraan

Warren
—¿Tu padre ya está allí? —pregunté.

Nos habíamos detenido en el apartamento para conseguir mi ropa y mientras


estaba allí hice algunas llamadas y envié algunos correos electrónicos a mi agente y
publicista para hacerles saber que no estaría durante los próximos dos días. Nunca
dije eso, pero sabía que era la única manera de respetar mi tiempo fuera.

—Él llega a casa mañana por la mañana —respondió.

Asentí, preguntándome si debía seguir abordando el tema. Ella había pasado


bastante por una noche pero tenía curiosidad y teníamos un largo viaje por delante.
Y yo iba a conocer al tipo.

—Dijiste que tu madre es juiciosa, ¿así que estoy asumiendo que tu papá es lo
opuesto?

Permaneció callada durante tanto tiempo que pensé que no iba a responder a
mi pregunta. Miré rápidamente y la atrapé mientras se reajustaba en el asiento,
doblando una de sus piernas debajo de la otra. Apoyó la barbilla en su rodilla y
sonrió. Miré hacia el camino y esperé a que ella hablara.

—No lo sé. Ya no sé lo suficiente sobre él —hizo una pausa—. Pero no solía


serlo. Era inteligente, amable y genial. Y no estoy solo diciendo eso. Realmente lo
era. Se mudó aquí desde República Dominicana cuando éramos pequeños,
estudiado para un grado, aceptado un gran trabajo en un banco y triunfado en todo
lo que hizo. Al menos eso es lo que parecía.

Ella levantó la cabeza y miró por la ventana. Solté la palanca de cambios que
había estado aguantando por costumbre y extendí la mano para apretar su rodilla.
Su cara me azotó.

—¿Cómo terminó en la cárcel? —pregunté.


—Javier Belmonte le ofreció un trabajo que no podía rechazar. Bonos, cuidado
de la salud, una mejora de apartamento, escuelas privadas para sus hijos. En aquel
entonces vivíamos en una pequeña de dos dormitorios en Queens. No sé quién
estaba más feliz con la promoción, mi padre o mi hermano, que tenía diecisiete
años y había estado compartiendo una habitación con Vanessa y conmigo durante
años.

Sonreí. —Estoy seguro de que ambos estaban igual de felices.

—Nos mudamos a este enorme apartamento en el Upper East Side y de repente


pasamos de compartir una habitación en ese pequeño apartamento a tener un
armario del tamaño de la habitación de mis padres todo para mí. Fue divertido
mientras duró. —Ella hizo una pausa, sonriendo—. De todos modos, un día ese era
nuestra vida. Al siguiente, estoy esperando a que mi mamá me recoja en la oficina
de mi papá, y al siguiente los policías le leen sus derechos sobre un esquema tipo
Ponzi.

Mis ojos se abrieron. Mantuve los ojos en el camino. Javier solo había pasado
dos meses en la cárcel, por lo que recuerdo. Había recibido notas de la versión de la
historia de Tom hace un tiempo, y recordó que había otros colegas involucrados,
pero nunca pensé en preguntar lo que les pasó a sus familias. La miré.

—¿Por qué crees que tu papá pasó mucho más tiempo que Javier?

—Mi hermano dice que es por los abogados de Javier.

—¿Qué estás diciendo?

Nuestros ojos se encontraron brevemente. —Creo que echó todo sobre mi


papá.
Capítulo 23
Traducido por Juliette

Corregido por Fraan

Camila
Estaba contenta de que todo el camino a casa de mi mamá fuéramos abiertos y
después pudiéramos hablar de cosas más ligeras, pero cuando llegamos a la zona
leñosa alrededor de su casa y Warren comenzó a entrecerrar los ojos en la
oscuridad para ver si podía encontrar la casa, los ligeros sentimientos estaban
eclipsados de nerviosismo.

—Ésa es —dije, señalando la última casa de la cuadra.

—Es agradable —comentó mientras conducía entre los árboles a lo largo del
camino de entrada y aparcaba frente al garaje de dos coches.

La casa de mi madre era agradable. Era una de las cosas que ella había
aceptado de Javier cuando mi padre fue arrestado y Javier fue puesto en libertad. El
otro era un cheque mensual para cubrir los gastos. Todavía llegaba cada mes,
incluso después de que ella le dijera que había encontrado un trabajo y ya no lo
necesitaba, y mientras me dejaba desanimar la idea de usar el dinero que la corte
me había estado enviando hasta mi decimoctavo cumpleaños, mi mamá le dio la
bienvenida. Yo lo veía como dinero de sangre, ella lo veía como un derecho.
Warren llevó las dos bolsas en sus manos cuando salimos. Lo miré para examinarlo
de nuevo. Todavía llevaba pantalones vaqueros y una camiseta negra, mostrando
sus brazos y tatuajes entonados, que me encantaba ver, pero mi mamá sin duda no
pensaba lo mismo.

—No pareces nervioso —dije.

—¿Debería estarlo? —preguntó, alzando las cejas mientras tocaba el timbre.

Pasé de un pie al otro. —Recuerda, si mi madre te da miradas sucias, es solo


porque no entiende algunas cosas. Específicamente tatuajes. Así que si ella mira
solo…

Sus ojos brillaron con diversión. —¿Debo ocultarlos?


—Muy divertido.

—¿Es por eso que estás tan nerviosa? ¿A causa de mis tatuajes?

—Supongo. —Toqué el timbre de nuevo—. ¿Por qué no estás nervioso?

—Los padres siempre aman cuando las mujeres me traen a casa con ellas.

—¿Lo hacen? —pregunté, mirándolo.

Los celos se desplegaron profundamente dentro de mí, pero lo empujé hacia


abajo. No era mío y lo que hiciera antes de mí no era asunto mío. Había visto
bastante de su pasado para saber que tenía una serie de casas de mujeres para visitar
si quería. Warren volvió su cuerpo hacia el mío y me miró durante un largo y
silencioso momento antes de que una sonrisa floreciera en su rostro, aunque se
seguía manteniendo serio.

—No creo haber conocido a un padre que le haya gustado, pero si te hace
sentir mejor, espero que a los tuyos sí.

Alcancé una mano para rozar su perpetuo rastrojo cuando la puerta se abrió.
Instantáneamente dejé caer mi mano y azoté mi cabeza en esa dirección. Mi madre
estaba estudiando a Warren, y por la forma en que sus ojos se cortaron a los míos
rápido y amplio, no me dieron tiempo para averiguar si ella aprobó o no antes de
que ella me abrazara apretadamente.

—Por fin estás aquí —dijo mientras me dejaba ir y me besaba en las mejillas—.
Estábamos tan preocupados de que no llegaras.

—Solo estoy aquí gracias a Warren. —Me volví hacia él—. Warren, esta es mi
mamá, Rosa.

En un movimiento completamente inusual, ella lo abrazó y le besó la mejilla


también. —Gracias por recoger a Camila y traerla a mí. Espero que te quedes el fin
de semana.

Sonrió mientras se alejaban el uno del otro. —No tiene que agradecerme. No
hay nada que preferiría estar haciendo. Gracias por invitarme.

Ella frunció el ceño. —¿De dónde eres?

—Nueva York. —Él rio cuando ella puso un puño en su cadera y su ceño se
profundizó—. Vivo en Inglaterra ahora y el acento parece haberse pegado, aunque
según ellos sueno como un yanqui, y de acuerdo con todo el mundo aquí, sueno
como un británico.
Mamá se rio. —Definitivamente no suenas como nosotros.

Yo quería señalar que ella tampoco, pero no me molesté. Vanessa y Adam se


unieron a nosotros en la cocina poco después de que llegamos, y al final de la
noche, después de que mamá insistió en que teníamos pan y chocolate caliente, ella
y Warren se hablaban en español y conversaban como si se conocieran de toda la
vida mientras mi hermana y yo nos miramos conmocionadas. Me excusé de la
mesa y comencé a limpiar con la ayuda de Vanessa, Adam se excusó porque estaba
agotado, y mi mamá miró a Warren.

—Ven. Te mostraré a tu habitación para que puedas acomodar tus cosas y las
de Camila ahí dentro —dijo mamá en español.

Vanessa dejó caer las cucharas que estaba lavando, causando un ruido fuerte y
dejé de caminar, apenas manteniendo las tazas en mi mano. Todos miramos en
dirección de mi hermana. Ella se quedó allí, con el agua corriendo sobre sus manos,
con la boca abierta. Era muy probable que fuera la misma expresión que tenía en
mi cara.

—¡Vanessa! Mira lo que estás haciendo antes de que rompas algo y te lastimes
—regañó mamá antes de alejarse con Warren, quien nos lanzó una mirada
divertida por encima del hombro.

—Estoy conmocionada —mi hermana susurró.

—Yo también. —Dejé las tazas bajo temblor—. Como, realmente


conmocionada.

—Quizás esto es una prueba. Tal vez esté esperando que Warren rechace esa
oferta y diga que se quedará en otra parte, ya que ustedes no están casados.

—Probablemente.

—¿Recuerdas cuando le hizo eso a Adam en Punta Cana?

Rara vez tomamos viajes en familia, y fue aún más raro para nosotros visitar
República Dominicana e ir a un complejo. Normalmente saltamos entre las casas
de los miembros de la familia y nunca nos preocupamos por las habitaciones o la
comida, que eran abundantes. Cuando Vanessa y Adam se comprometieron,
decidimos celebrar yendo a República Dominicana y en vez de quedarnos con la
familia todo el tiempo, nos alojamos en uno de los hoteles de los cuales nuestros
amigos tan a menudo se jactaban. Habíamos reservado cuatro habitaciones: una
para mí, una para mi mamá y mi abuela, una para mi hermano, y otra para
Vanessa y Adam, o así lo pensamos. Hasta que mi madre se río y nos miró como si
hubiéramos perdido la cabeza.
—No. Una habitación es para que compartan tú y tu hermana. Adam puede
quedarse con Johnny —especificó mamá después de reírse de la situación. Por
supuesto, el resto del viaje se pasó con Adam y yo escabulléndonos en medio de la
noche y cambiando de habitación para que mi hermana pudiera dormir con su
prometido. A pesar de que era molesto, era mejor que la alternativa, conmigo
compartiendo una habitación con ellos dos.

Me burlé. —¿Cómo olvidarlo?

—No tienes ni idea de lo fácil que lo tienes. Johnny y yo abrimos el camino


para este momento —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. No puedo creer que esté
dejando que duerman en la misma habitación bajo su techo.

No sabía qué ella quería que lo hiciera. ¿Gracias a ella por ser la primera hija y
conejillo de indias? No dije nada en absoluto y seguí recogiendo la mesa en su
lugar. Mamá se unió a nosotras cuando estábamos terminando.

—Me gusta —dijo.

Vanessa puso los ojos en blanco. —¿Pero no Adam?

—Adoro a Adam.

—¿Es porque Adam no habla español? —preguntó mi hermana, todavía


molesta.

Mamá sacudió la cabeza, sonriendo. —Ya te dije. Adoro a Adam. Deja de


actuar como una mocosa mimada y supera el asunto de Punta Cana. Son tiempos
diferentes.

—Eso fue como hace cuatro años, mamá.

—Bueno, Vanessa. No sé qué decirte11 —respondió mamá.

—No sabes qué decir porque no hay nada que decir.

—¿No puedes ser feliz por tu hermana?

—Estoy feliz por mi hermana —dijo Vanessa, alzando la voz—. Soy feliz por
ella y estoy molesta de que claramente no aceptes a mi marido no es mutuamente
excluyente. Puedo ser los dos, ¿sabes?

—Tengo cosas más grandes de las cuales preocuparme justo ahora, Vanessa.
Por favor. Tu hermano llega mañana temprano y él necesita una habitación en la

11
En español original.
cual quedarse. No tengo suficientes habitaciones para él, tu tío, tu tía, y el novio de
tu hermana así que ellos tienen que compartir la habitación. Crece y supéralo. —
Mamá comenzó a alejarse, sacudiendo su cabeza—. Y Adam sabe que lo quiero
como a un hijo, así que no me des esa mierda.

Ambas nos quedamos quietas mientras se alejaba. Mi hermana había dejado de


lavar la taza en su mano en medio de la discusión con mamá, y yo solamente me
quedé ahí, con los ojos amplios mientras la veía caminar lejos, sus grandes caderas
moviéndose exageradamente en el vestido negro que estaba usando. Cuando mi
hermana y yo comenzamos a desarrollar nuestras curvas, mis tías tuvieron
conversaciones elaboradas sobre cuál de nosotras terminaría con el cuerpo del tipo
del lado de la familia de mi mamá: cintura pequeña, caderas amplias. O de lado de
la familia de mi papá: largo y flaco. Nosotras éramos una mezcla de ambos.
Vanessa era más alta que yo y yo tenía un poco más de espacio en mi caderas de lo
que ella tenía pero no mucho. Aunque ambas teníamos un tamaño decente de busto
y culo, ninguna desarrollamos las vivaces caderas González. Cuando mamá
desapareció en la parte posterior de la casa, ambas suspiramos y nos volteamos a
ver la una a la otra.

—Voy a la cama —dije—. ¿Vas a levantarte temprano para el desayuno con


Johnny?

Ella se encogió de hombros. —¿Y tú?

—No sé. Supongo que debemos hacerlo, ¿verdad?

—Supongo.

Para el momento en que llegué a mi habitación. Warren se había acomodado


completamente como en casa. Él estaba recostado, sin camisa, debajo del gran
edredón blanco con su teléfono en mano. Él lo bajó y levantó su vista hacia mí, una
lenta sonrisa extendiéndose en su boca.

—Iba a desempacar por ti, pero no estaba seguro que quisieras que fisgoneando
por tu ropa interior.

Miro a las bolsas que trajimos. —¿Desempacaste?

—Tu mamá dejó muy claro que debía sentirme como en casa y desempacar.
Incluso abrió los cajones vacíos y se ofreció a ayudar.

Mis ojos se abrieron. —No lo hizo.

—Lo hizo —dijo Warren, pareciendo completamente divertido. Pecador,


acogedor, y divertido.
—Vanessa estaba teniendo un ataque porque estamos compartiendo una
habitación.

Él frunció el ceño. —¿Qué le importa a ella?

—Larga historia, pero mis padres son de la vieja escuela y no están bien con
este tipo de cosas.

—Tienes veinticinco años —dijo, como si necesitara un recordatorio.

—Como he dicho, la vieja escuela.

Warren suspiró, pasándose una mano por su cabello. —Lo entiendo. Mi abuela
es de la misma manera. Cuando vivía con ella no se me permitía tener chicas en mi
habitación.

—Me imagino que eso puso un amortiguador en muchos de los planes de


Warren playboy adolescente.

Él se rio entre dientes. —Realmente no. Las metía cuando ella se iba a la cama.

—Por supuesto que sí —dije, sonriendo y moviendo la cabeza.

Guardé mis cosas y llevé mi pijama al cuarto de baño conmigo. Entré en la


ducha con la intención completa de lavar la preocupación del día, pero tan pronto
como cerré los ojos bajo el rocío, empecé a llorar pensando en ver a mi padre
mañana. En el momento en que salí de la ducha, en vez de parecer sexy para
Warren, parecía un lío caliente, con los ojos rojos hinchados. Por lo menos mis
labios se ven suaves. Suspiré mientras miraba mi reflejo mientras cepillaba mis
dientes y apagaba las luces después de recomponerme. Traté de esconder mi cara
apagando la lámpara en mi lado de la cama y no mirando directamente a Warren,
pero podía sentir sus ojos en el lado de mi cara y sabía que estaba haciendo un
trabajo de mierda en ello.

—Ven aquí —dijo.

El tono rasposo en su voz lo hizo imposible de ignorar. Me metí en la cama,


tomando mi tiempo para tirar de las cobijas para cubrirme mientras me movía a mi
lado. Su brazo rodeó mi hombro y me tiró hacia su lado, presionando sus labios
hasta la parte superior de mi cabeza antes de retroceder para mirarme. Un leve ceño
fruncido se formó en su rostro mientras sus ojos buscaban los míos por un
momento antes de que me empujara a su lado de nuevo.

—Te tengo, nena.


Su voz era tan suave, tan cariñosa, tan diferente de las otras veces que estaba
cerca de mi oído que casi lloré de nuevo. En su lugar, presioné el lado de mi mejilla
en su pecho y lo inhalé, saboreando la forma en que olía y cómo se sentía como si
nada pudiera tocarme mientras estuviera dentro de la protección de sus fuertes
brazos. El pensamiento de que se fuera pronto se estrelló a través de mí, y tuve que
parpadear lágrimas en eso también. Estuvimos callados durante un largo momento
mientras estábamos allí.

—Tu mamá nada de diversión —susurró, su aliento cosquilleando mi oído—.


Así que trata de no frotarte contra mí esta noche.

Sonreí. —No eres el único que solía meter a la gente en tu dormitorio, ¿sabes?

Se levantó para echar un buen vistazo a mi cara y alzó una ceja, labios
temblando. —¿Es eso cierto?

Asentí.

—Bueno, en ese caso, trata de mantener la voz baja —dijo él, hundiendo la
mano en la parte delantera de los pantalones cortos cuando chocó sus labios contra
los míos.
Capítulo 24
Traducido por LittleCatNorth

Corregido por Maribel3755

Camila
Johnny tocó el timbre a las nueve en punto de la mañana y desde entonces, el día
pareció moverse rápido. Vanessa y yo limpiamos la casa mientras los chicos ponían las
mesas y sillas para la fiesta. Warren y Adam fueron por hielo y cerveza; Johnny puso los
equipos de música que Adam dijo que parecían que tenían más una década y provocó que
Warren y él fueran a Best Buy y compraran nuevos altavoces y un equipo reproductor de
música. Vanesa sacudió su cabeza mientras ellos llevaban las cajas dentro. Miré boca
abierta a Warren mientras él reía.

—No puedo creer que compraste esto. Mi mamá va a matarte, así que ya sabes —dije.
Él sonrió y guiñó mientras abría una de las cajas.

—Sí, ella podría incluso patearte fuera de la habitación y hacerte dormir en cualquier
otro sitio —añadió Vanessa.

La sonrisa de Warren inmediatamente cayó. Sus ojos se apresuraron a los míos,


esperando que discutiera sus palabras. Me encogí de hombros, tratando de pelear contra
una sonrisa. —Te lo dije, mi mamá está loca. Nunca sabes.

Adam rio entre dientes mientras instalaba uno de los altavoces. —No las escuches,
hombre.

—¿Escucharlas sobre qué? —preguntó mi hermano mientras se nos unía en el patio.

Él frunció el ceño cuando vio a Warren. Ellos no se habían conocido porque cuando él
llegó, Warren salió por una carrera, y cuando él regreso para tomar una ducha, mi
hermano salió para llenar el auto de mi mamá con gasolina. Ahora ellos estaban de pie,
enfrentándose el uno al otro como si estuvieran listos para un duelo. Mi hermano
inevitablemente perdería, si la puja literalmente se volvieran empujones, pero habría un
cien por ciento de ganar si fuera una batalla entre quién podía dar mejores insultos. No
estaba segura de si quería presentarlos.

—¿Qué demo…? —comenzó mi hermano. —¿Eres Warren Silva?

Los ojos de Warren saltaron a mí y de regreso a mi hermano. Los míos saltaron a mi


hermana y de nuevo a mi hermano. ¿Cómo demonios sabía él quien era? Warren limpió su
mano sobre sus vaqueros y la extendió para sacudir la de Johnny.
—Encantado de conocerte —dijo él.

La mandíbula de Johnny cayó mientras él sacudió su mano. —¿Qué demonios estás


haciendo en mi casa?

—La casa de mamá —murmuró Vanessa.

Traté de contener una sonrisa y fallé. Johnny la miró momentáneamente antes de


mirar a Warren de nuevo.

—Estoy aquí con tu hermana —explicó Warren.

Johnny, si es posible, me frunció el ceño incluso más. —¿Con cuál?

Rodé mis ojos. —Conmigo, idiota.

—¿Tú? —casi gritó él antes de mirar de regreso a Warren y bajar su voz cercana a un
susurro—. Estás bromeando.

Warren pareció confundido por su reacción. Yo no. Vanessa, quien bajo cualquier
circunstancia habría alentado a Johnny y lo hubiera vuelto incluso más un patán hasta que
ambos se las arreglaran para hacerme llorar, rodó sus ojos y salió en mi defensa en su lugar.

—¿Por qué es tan difícil de creer? ¿Te mudaste a República Dominicana por tres años
y crees que nos conoces tan bien? —dijo ella, cruzando sus brazos.

Johnny se rio por lo bajo. —¿Qué pasó? ¿Te mudaste de regreso al barrio y dejaste caer
la falsa atmósfera de princesa que tenías en esa pequeña y bonita casa rojiza tuya?

—¿En serio vas a comenzar esto en el día papi regresa a casa? —pregunté, mirando
hacia mi hermano.

Eso lo despejó. Él tomó una profunda respiración y la dejó salir lentamente. —Lo
siento. Yo solo no esperaba esto y definitivamente no esperaba que él viniera contigo.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Warren.

Su voz fue calmada, fría, y tranquila, sus palabras dichas con indiferencia, pero él lucía
matador. Johnny debe haber estado poniendo más atención a la manera en que sus ojos
estaba disparándole dagas a él y su mandíbula estaba apretándose, o quizás la manera en
que sus nudillos parecían haberse vuelto blancos mientras él agarraba el papel de burbujas
en su mano. Él retrocedió, con sus manos manteniéndose arriba en defensa.

—No me refería a nada malo con eso. Solo no esperaría una chica quebrada viviendo
en Harlem quien está pagando un millón de créditos estudiantiles conociendo a un sujeto
como tú. —Mi hermano miró hacia mí—. ¿Tú siquiera sabes lo que es el soccer?
Levanté mi dedo medio hacia él, sin molestarme en responder con palabras. Algunas
veces el silencio era la mejor respuesta. Y un dedo medio. Eso ayudaba.

—Ella me conoce —dijo Warren, mirando justo hacia mí—. Y eso vale mucho más
que su conocimiento de mí por el deporte.

Johnny pareció satisfecho con esa respuesta. Él asintió y sonrió mientras rascaba su
barbilla. —¿Hace cuánto han estado saliendo?

—No mucho —dije.

—Lo suficiente —dijo Warren al mismo tiempo.

Nuestros ojos se encontraron. Mi corazón se hundió por la expresión de sus ojos,


como si lo suficiente significara más. Él me dio esa coqueta sonrisa torcida que conocía bien,
pondría salvajes a las mujeres, incluyéndome a mí, y sentí mi rostro arder.

—Mamá está dejándoles compartir una habitación —dijo Vanessa.

Oh madre. Cerré mis ojos con un suspiro.

—¿Ella qué? —gritó Johnny.

Cuando lo miré de nuevo, él estaba estudiando a Warren más de cerca, como si él ya


no fuera un apreciado jugador de soccer sobre el que él sabía, sino algún chico cualquiera
que dejamos entrar en nuestra casa. Mi hermano nunca había aceptado a ningún chico que
lleváramos a casa con facilidad. Siempre fue un interrogatorio, una revisión de
antecedentes por sus amigos policías, una larga charla con mamá con respeto a por qué era
una terrible idea dejarnos salir con los chicos. Mamá siempre escuchó amablemente y
entonces rio con nosotras sobre el vino. Él solo está tratando de cuidarte, había dicho ella.
Es lo que tu padre habría hecho, añadía. Eso siempre nos enojaba a mi hermana y a mí.
Nosotras no queríamos que hiciera lo que nuestro padre hubiera hecho. Queríamos a
nuestro padre de regreso.

—Quédate fuera de eso —dije.

—Eso no va a pasar, mana —dijo Johnny, mirándome y entonces a Warren—. Pero lo


dejaré por ahora.

Por ahora tomó una hora, máximo. Lo oí hablando con Warren y Adam mientras yo
estaba llenando las hieleras afuera. Mamá había ido a recoger a papá. Ella dijo que quería
ir ella misma así podían ponerse al día en el camino a casa, aunque no podía imaginar
cuanto de ponerse al día necesitaban dado que ella había sido la única admitida a visitarlo
todos estos años. Warren y Adam salieron para darnos privacidad cuando papá llegó. No
estaba segura de cómo se sentía Vanessa sobre esto, pero yo estaba agradecida. Los tres
paseamos por la sala, la cocina, el comedor, y finalmente, de pie en la ventana espiando
afuera. Cuando el viejo Mercedes negro de mamá condujo hacia la entrada, mi mano
izquierda encontró la de Vanessa y la de Johnny se cerró sobre mi derecha. Caminamos
así, mano a mano, hacia la puerta y permanecimos de pie allí, nuestros agarres apretándose
cuando la puerta se abrió. Pensé que Johnny rompería mis huesos con seguridad, pero fue
breve, porque cuando papá entró los tres tomamos una colectiva respiración y la fuerza de
ésta me hizo sentir como si fuera a desmayarme.

Él lucía viejo. Y más bajo de lo que lo recordaba. Estaba esperando que él estuviera
delgado, en forma incluso, pero su vientre estaba redondo y presionado en la camisa de
mangas cortas a cuadro que estaba usando. Su cabello tenía más blanco que marrón y su
piel estaba más pálida de la que lo recordaba. Sus ojos eran color miel, el mismo color que
los míos, pero la calidez habían dejado los suyos, la luz había sido drenada de ellos.
También esperaba sentir algo cuando lo vi de nuevo. Rabia, dolor, felicidad... algo. Sentí
más en los años, las semanas, los días esperando a este momento que lo que sentía ahora
mismo. Sentí algo inesperado mientras miraba alrededor de la habitación, a mi hermano,
mi hermana, mi madre, mi padre... Sentí paz.

No estaba segura de quién se movió primero, quizás Johnny, pero terminamos en un


abrazo grupal. Cuando nos las arreglamos para recobrar la compostura de nosotros mismos
uno por uno, de nuevo en orden de nacimiento, fuimos de regreso por abrazos
individuales. Mamá tomó fotos con su teléfono desde la esquina.

—Has crecido muchísimo. Mamá me mostró fotos, pero... no es lo mismo —dijo


papá, su voz ahogada mientras él me miraba.

—Podría haber sido al mismo tiempo. Podrías haber dejado que te visitáramos. —Me
las arreglé para decir entre mis lágrimas.

Entonces él comenzó a llorar. En serio a llorar. Él me jaló hacia él y yo lo dejé porque,


el ataque de lágrimas que apareció y mis pesadas respiraciones que intenté refrenar me
hicieron imposible el detenerlo. Tomé una profunda respiración e incluso aunque él no
llevaba la esencia de su colonia, él olía como cigarrillos. Mi papá siempre olía como
cigarrillos. Y eso fue suficiente para hacerme sonreír. Retrocedí y limpié mis ojos mientras
él sostenía mis hombros con sus manos, su rostro aún húmedo por las lágrimas derramadas
previamente.

—Lo siento —dijo él.

Era todo lo que él necesitó decir, y yo no podía encontrarme para decir algo en lo
absoluto. Por fortuna, mamá trajo comida de regreso y nos dio algo que hacer mientras
matábamos el tiempo antes de que la gente llegara para la fiesta. Oí la puerta abrirse de
nuevo mientras estábamos limpiando la mesa, y Adam entró. Mi hermana saltó
rápidamente y lo presentó a papá y ellos se abrazaron como si se conocieran desde siempre.
Papá nunca había sido un hombre de muchas palabras, o muchos abrazos, así que esta
versión de él era extraña. Entonces, Warren entró. Él permaneció atrás, esperando que
Adam tuviera su momento. Él parecía inseguro sobre qué hacer, así que mamá los
presentó. Se miraron el uno al otro por un largo tiempo. Sostuve la respiración. Él iba a
decir algo sobre sus tatuajes. Él iba a insultarlo y decirle que se fuera. Estaba preparada
para irme si él lo hacía.
En lugar de eso, papá hizo la cosa más inesperada. Comenzó a llorar de nuevo,
silenciosamente, limpiando las lágrimas mientras éstas escapaban de sus ojos así ni siquiera
alcanzaban su rostro. Él sacudió la mano de Warren y me miró como si no pudiera creer
que yo tenía un novio. No me molesté en decirle que Warren no era mi novio. No que
mamá lo hubiera presentado de esa manera. Ella dijo que él era mi amigo, mamá había
llamado a mis novios, mis amigos especiales hasta que tuve veinte y le rogué que parara.

Alrededor de las ocho, la música comenzó a sonar, y la gente comenzó a llegar.


Warren y yo no tuvimos un momento para nosotros desde la mañana y con cada hora que
pasaba yo estaba arrepintiéndome de haber dejado la comodidad de sus brazos más
temprano. Mi hermano trajo un cerdo rostizado, con la ayuda de varios primos, y mis tías
contribuyeron con arroz y otras cosas. Todos estaban disfrutando, bebiendo, comiendo y
bailando. Las mujeres en mi familia parecían más interesadas en hablar con Warren de lo
que estaban por descubrir cómo se había mantenido mi papá. Todas. Odiaba cada
momento de eso, pero Warren estaba sonriéndoles a cada momento en que lo miraba, así
que no tenía más opción que dejarlo pasar. Cuando miré de nuevo, él estaba hablando con
mi papá, y esa fue una conversación en la que no quería entrometerme.

En lugar de eso, bailé. Con mis primos. Con viejos amigos de la familia. Con amigos
con los que mi hermano creció quienes conocían a papá y vinieron a mostrar su apoyo.
Uno en particular, Tony, era un pequeño alegre y no me dejaría sentarme. Cuando la
música cambió de merengue a bachata, me detuve en la pista de baile. Tony no perdió el
ritmo. Él me dio una lasciva sonrisa que había visto funcionar sobre mi prima Lari hace
cinco fiestas de Víspera de Año Nuevo atrás, y me jaló más apretado, hasta que mi pecho
encontró el suyo y nuestras pelvis estaban en sincronía. Cuando él comenzó a moverse, no
tuve otra opción más que moverme con él, pero antes de que Romeo Santos incluso llegase a
cantar el puente, Warren estaba a mi lado.

—Creo que mi novia ha sido demasiado generosa con su tiempo —dijo él, sin
molestarse en preguntar si él podía terminar nuestro baile antes de jalarme lejos y pararse
frente a mí, imitando la misma postura en la que Tony y yo habíamos estado un segundo
atrás. Sonreí hacia él.

—Tú no sabes como bailar esto, ¿o sí?

Sus ojos brillaron mientras él reía. —No, pero no iba a quedarme parado allí y verte
bailar con otro hombre.

—No tuviste ningún problema con las otras millones de canciones que bailé mientras
tú hablabas —dije.

Comencé a dirigir el baile, tratando de probar si él podría o no llevarlo sin mí


realmente teniendo que contar los pasos el uno, dos, tres, salto.

—Tú no estabas de pie así de cerca con alguien cuando estabas bailando esas —dijo él,
su voz en mi oído mientras se movía en sincronía conmigo—. Este es un baile de
dormitorio.
—Lo es —dije, sorprendida de poder siquiera haber encontrado mi voz con mi
corazón golpeteando así de duro contra su pecho—. Sabes, cuando mi mamá estaba
creciendo ella ni siquiera podía bailar esto en las fiestas. Estaba reservado para parejas
comprometidas o casadas solamente.

—¿Sí? —Él retrocedió para mirar a mi rostro. Él perdió su pasó y dejó de moverse.
Asentí seriamente. Él se inclinó al frente de nuevo y comenzó a moverse—. Me gusta esa
regla. Ellos no deberían cambiarla.

Reí, apretando el brazo que tenía detrás de su espalda y abrazándolo un poco más
cerca. —No estaríamos bailando si esa fuera la regla.

Él retrocedió de nuevo para encontrar mi mirada. —Tendría que proponerme.

Mi respiración me dejó en un instante. Mi sonrisa cayó. Mi corazón se detuvo.

Parpadeé.

Y parpadeé.

Finalmente, no porque lo quise, sino porque mi hermano llevó el güiro y comenzó a


tocarlo junto con la música y nos dijo que continuáramos bailando, tragué y me moví de
nuevo. Estaba agradecida de que mi barbilla estuviera contra su hombro y mis ojos
estuvieran sobre el instrumento que mi hermano estaba traqueteando. ¿Por qué él me diría
eso? ¿Por qué el me diría eso y me vería con una expresión tan seria? No se suponía que él
hiciera que me enamorara de él. Él ni siquiera es mi tipo. Él ni siquiera pertenece en este
mundo. Pero mientras permanecíamos de pie allí en el medio de una improvisada pista de
baile, rodeada por personas quienes me vieron crecer, ayudaron a cambiar mi pañal,
algunos a quien yo cambié, no podía evitar más que sentirme como si esto fuera
exactamente a donde pertenecíamos. Juntos.

Eso fue hasta que él me pisó. Dejé de moverme y miré arriba hacia él. Él se encogió.

—Solo una pregunta antes de que te enseñe cómo bailar esto correctamente, ¿qué
bailas en España? ¿Flamenco?

Warren sonrió. —Puedo hacer el paso doble.

—De acuerdo. —Reí—. No tengo idea de que es eso. Esto es fácil. Son tres pasos
repetidos una y otra vez, la parte más importante es recordar cuando hacer un pequeño
salto y mover tus caderas. Siempre mueve tus caderas.

—No tengo problemas moviendo mis caderas. —Guiñó él.

Me sonrojé. —Necesitas dejar de coquetear conmigo en frente de mi familia.

—Realmente quiero besarte.


—Warren.

—Y follarte —dijo él, llevando su rostro más cerca, hasta que sus labios estaban junto
a mi oído y su voz fue más como un ronroneante gruñido—. En serio, en serio quiero
follarte, chica linda.

Oh madre. Mis rodillas comenzaron a temblar. —Por favor, baila.

—¿Puedes sentir cuan mal te quiero? —Me jaló más cerca de él. Definitivamente podía
sentirlo. Cerré mis ojos y me moví. Un paso, dos pasos, tres pasos.

—Lleva un pie arriba por aquí, un poco —susurré, tragando.

—Quiero llevarte escaleras arriba ahora mismo, levantar ese apretado pequeño vestido
rojo que estás usando, y doblarte sobre la cama.

Un paso atrás, dos pasos atrás, tres pasos atrás. —Recuerda hacer un pequeño salto
aquí.

—Y golpear dentro de ti —dijo él mientras hacía el pequeño salto que le dije que
hiciera—. Profundo hasta las bolas.

Sentí mi corazón cayó en picada a mi estómago. Mi respiración se sostuvo. Dejé de


moverme, sin poder ser capaz de continuar manteniendo el engaño. Él estaba afectándome
demasiado. Mi cuerpo. Mi mente. Mi corazón. No podía tomarlo. Él me dio una sonrisa
cómplice que tuve la repentina urgencia de alejarme. En lugar de eso, apreté la mano que
estaba sosteniendo. Warren sonrió.

—Que bueno que no necesite mis manos para mi carrera.

—No, pero necesitas tus rodillas —dije, entornando mis ojos—. Has sido advertido.

Eso lo hizo reír más fuerte. Pasamos el resto de la noche así, con familia, riendo,
hablando, comiendo, y lancé la preocupación al viento. Me dejé a mí misma ser feliz, vivir
el momento. Papá se movió por mí varias veces, bailando conmigo una vez, llorando de
nuevo cuando bailó con Vanessa en disculpas porque él no había estado allí para bailar en
su boda y prometió remendar todo lo que se perdió. Se sentía correcto. La noche se sentía
correcta. Todo salió bien para nuestra familia. Seguro, iba a tomar un tiempo para todos
nosotros el acostumbrarnos a la dinámica de nuevo, pero lo haríamos. Tener a Warren allí
para sostener mi mano y besar mi mejilla a menudo ayudaba, y a pesar de que sabía que él
se iba a ir pronto, dejé mi guardia baja completamente y disfruté cada momento.
Capítulo 25
Traducido por LittleCatNorth

Corregido por Fraan

Warren
La mañana en que salí hacia Manchester, tenía nudos en mi estómago. No
estaba seguro por qué. Nunca había sido un volador nervioso antes. Quizás era por
causa de que Camila se había quedado, aunque ella había prometido conseguir el
avión y encontrarme allí el jueves. Quizás era a causa de que la salud de mi padre
estaba yendo de mal en peor y ya no sabía cómo sentirme sobre eso. Por un lado,
no había tenido una relación con él en más de diez años; por el otro, ver la manera
en que Camila le dio la bienvenida a su padre con los brazos abiertos me hizo
reconsiderar mi propia situación. Quizás yo necesitaba ponerle más empeño.

Afortunadamente, dormí durante el vuelo. Cuando aterricé, encendí mi


teléfono esperando ver un mensaje de Camila, le había dado el número antes de
irme, pero todo lo que tenía eran correos y notificaciones de redes sociales a través
de las que no tenía ganas de deslizarme. Mientras caminaba por el corredor que
llevaba a la sala de espera privada, localicé a mi agente Sergio esperándome con
una apretada sonrisa en su rostro mientras él hablaba por teléfono. Alejé mi
teléfono mientras lo alcanzaba y le daba un rápido abrazos mientras él continuaba
hablando por teléfono. Sergio se había vuelto más que solo un agente para mí. Él
era familia. Habíamos pasado navidades juntos en la casa de su familia. Yo era el
padrino de uno de sus hijos. Su esposa me trataba como a su propio hijo, y todo lo
que ellos alguna vez habían hecho por mí, fue en mi beneficio, así que no pregunté
cuando guardó el teléfono y me dijo que el club en Barcelona estaba interesado en
pagarme a mí y al club para prestarme por cinco años.

—¿Tú que piensas? —preguntó él mientras conducía hacia su casa, donde dejé
uno de mis autos.

Suspiré, inclinándome hacia atrás en mi asiento. ¿Qué pensaba? Incluso antes


de que ellos adquirieran a los geniales fútbolistas que ya tenían, Barcelona había
sido donde quería jugar. Eso fue antes de que el Chelsea me adquiriera y
Manchester después de eso. Cada vez, yo esperaba por Barcelona. Tenía una
cláusula no comerciable en mi contrato, lo que significaba que tenía la opción de
anotar o rechazar cualquier oferta hecha, pero cada verano cuando la ventana de
transferencia se abría entre el primero de julio y el treinta y uno de agosto,
mantenía mi respiración esperando por el momento en que el Barcelona pudiera
hacer una oferta. Eso fue antes de que Stephen se pasara a nuestro equipo, sin
embargo. Nosotros finalmente habíamos construido algo que se sentía más como
una familia y estábamos jugando así.

—Pienso que estas serán buenas noticias —dijo Sergio mientras conducíamos
hacia su entrada—. Has estado esperando esto. Es mucho dinero.

—No todo es sobre el dinero.

Sergio me miró, con sus amplios ojos azules. —¿Qué? Estoy seguro de que te oí
mal. ¿Acabas de decir que no todo es sobre el dinero?

Salí del auto y caminé hacia la parte trasera de su Ferrari mientras él abría la
cajuela. Aún estaba mirándome cuando saqué mi maleta con ruedas y la puse en el
suelo.

—¿Qué?

—¿No vas a entrar a saludar a Miriam? Creo que tenemos algo de comida que
sobró de más temprano.

Sonreí y lo seguí sabiendo condenadamente bien que no era por eso que él
quería que me quedara, pero incapaz de resistir una comida preparada en casa. A
Sergio no le gustaba dejar las conversaciones sin terminar. Él prefería que sus
clientes pasaran la noche aquí si ellos lo necesitaban, siempre y cuando recibiera
una respuesta concluyente sobre los que ellos iban a hacer. Miriam estaba en la
cocina poniendo los platos a un lado cuando entramos.

—Ahí estas —dijo ella, rodeando el mostrador para besar a su esposo antes de
darme un apretado abrazo—. Extrañaba tener por aquí. ¿Cómo estuvieron los
Estados Unidos? ¿Cuántas mujeres con el corazón roto dejaste detrás esta vez?

Reí entre dientes e ignoré la pregunta. —¿Dónde está Penélope?

—Acaba de salir —dijo Miriam—. Estoy segura de que ella estará triste de
saber que su tío favorito vino mientras ella estaba fuera.

—Creo que ella está viendo a uno de los chicos —gruñó Sergio—. Solo que no
sé cuál. Será mejor para él que termine antes de que lo descubra.

Mis ojos se ampliaron. —Estás bromeando.


Él sacudió su cabeza; Miriam se encogió de hombros. Sergio y Miriam
hospedaban sujetos que asistían a uno de los internados locales y no podían
permitirse ir a casa durante el verano. No había conocido a ninguno este verano,
pero ellos usualmente eran un buen grupo. Algunos de ellos ya habían comenzado
a jugar fútbol profesional. Penélope nunca había mostrado interés en ellos en el
pasado, sin embargo, No pensaba que Sergio pudiera tener razón sobre eso. Ellos
eran mayores que ella, no por mucho, pero lo suficiente para ser sensatos como
para estar con la hija del hombre quien puso un techo sobre sus cabezas y los
alimentó.

—Estoy tan feliz de no tener una hija por la que preocuparme.

—A este ritmo, tú nunca tendrás ningún niño por el que preocuparte —dijo
Miriam, rodando sus ojos.

Me senté en una de las sillas y esperé mientras ella me servía algo de guisado
que calentó. Mientras comía, revisé mi teléfono de nuevo. Aún nada.

—¿Estás esperando una llamada?

Miré arriba hacia Sergio.

—No, ¿por qué?

—No has dejado de mirar tu teléfono desde que tu avión aterrizó.

—Siempre estoy mirando mi teléfono.

—¿Cómo está tu papá? —preguntó Miriam mientras Sergio me daba una


mirada sospechosa.

Continué dándoles un informe de cómo fue mi vida en Nueva York. Cómo mi


papá me ignoraba cada vez que iba a visitarlo al hospital. Cómo Belmonte había
pateado a gente fuera de un edificio de apartamentos y los ayudé a reubicarse por el
momento, y cómo esperaba que nunca pasara con cualquiera de los edificios en los
que yo invertí aquí. Traté de dejar a Camila para lo último. Ni siquiera quería
decirles sobre ella porque no quería que pensaran que ella era otra conquista.
Cuando Elena apareció, ella fue apodada la mujer quien domó al león. No discutí.
Ella me había domando en un montón de formas, aunque fuese efímero.

—No te metiste en algún problema del que debería saber —dijo Sergio, más
bien preguntando.

—Estoy seguro de que hubieras oído sobre eso a estas alturas.


—Solo reviso.

—¿Sin mujeres a las que reclamar aún? —me preguntó Miriam con una
esperanzada sonrisa.

Mi corazón estaba golpeando más fuerte. Revisé mi teléfono de nuevo. Nada.


Cuando miré arriba, ambos estaban mirándome con la misma expresión
cuestionadora en sus rostros y sus brazos cruzados. Sonreí, incapaz de esconderlo.

—Ella vive en Nueva York.

—Ah. Tenemos una confesión —dijo Miriam carcajeándose.

—Ella no es... ella no es solamente otra mujer —dije. Ellos intercambiaron una
mirada—. Vendrá de visita en un par de días.

Sergio suspiró y cerró sus ojos brevemente. —Este no es el mejor momento.

Lo miré por un largo rato. No había pensado sobre eso antes, pero ahora me
preguntaba... —No has sabido algo sobre un USB lleno de fotos que le enviaron, ¿o
sí?

Sergio frunció el ceño. —¿Qué clase de fotos? ¿Amenazantes?

Exhalé y froté mis manos sobre mi rostro. Pensé que para el momento habría
descubierto quién le envió esas condenadas fotos. Podía haber sido cualquiera,
excepto por el hecho de que alguien supiera donde vivía ella. Ellos lo habían dejado
en su nuevo edificio. No su apartamento, pero su edificio, y el sobre tenía su
nombre en él.

—No importa —murmuré.

—Tienes una gran decisión que hacer, War. Y con Elena y Ricky aún
alrededor...

Normalmente, el pensamiento de eso apretaba mi corazón. Era una sensación


ardiente que aparecía sin la noción de que tenía que ver a mi antiguo entrenador y
mi ex prometida caminando juntos en público, besándose, pero hoy no sentí nada.
En su lugar, me encogí de hombros.

—Ellos se merecen el uno al otro.

Las cejas de Sergio se elevaron. —¿Primero no te importa el dinero y ahora


esto? ¿Qué te hicieron en Nueva York?
Miriam rio. —¿Él dijo que no le importaba el dinero?

Tamborileando mis dedos sobre el mostrador de la cocina. —¿Eso es tan difícil


de creer?

—Viniendo de un sujeto que posee tres autos que cuestan más que mí casa, sí.

Rodé mis ojos. —He tenido esos por un largo tiempo.

—Los cambias en cada oportunidad que puedes —dijo Miriam, pero no había
juicio en sus ojos.

—Tú sacabas tus frustraciones en la cancha cada vez que marcabas un gol
porque sentías que no estabas consiguiendo la cantidad de dinero que merecías
como paga —dijo Sergio, elevando una ceja.

—Era joven y estúpido.

—Eso fue en la última temporada.

Descansé mi frente sobre la palma de mi mano. —Estás dándome dolor de


cabeza.

—Dímelo honestamente, Warren, ¿cuánto dinero tomará que te quedes y por


cuanto te irías? —preguntó Sergio, llamando mi atención con su tono serio—.
Necesito saberlo.

A la mención del dinero, Miriam caminó fuera de la cocina y nos dejó solos.
Normalmente, yo tenía una respuesta para esa pregunta. Era una fácil respuesta, sin
pensar. Sabía cuánto le pagaban a mis compañeros en un año. Y sabía con quién
compararme más o menos. Pero no podía concentrarme. Estaba demasiado
ocupado preguntándome cuanto tomaría para que Camila se mudara aquí
definitivamente, y saber que nunca conseguiría la respuesta que quería si le hacía
esa pregunta me rasgaría en piezas.

—No lo sé, Serg. Esa es mi respuesta más honesta. Dame algunos días para
decidir.

—Se te espera en la cancha en dos días para practicar.

—Y allí estaré.

—¿Y tú chica Nueva York?

Mis ojos se apresuraron a los suyos. —No la llames así.


—Hasta probar lo contrario, eso es lo que ella es —dijo él.

Odiaba que ella estuviera siendo puesta en una categoría con todas las otras
anotaciones que había recolectado en diferentes ciudades. Ni si quiera me molesté
en explicármelo a mí mismo. Sabía que Camila no era solo otra anotación, que ella
no era mi Chica Nueva York. El término era algo que nunca me había molestado
en el pasado. Follaba con cada mujer en diferentes ciudades y después me iba, eran
francas sobre eso. Nunca les di mucho pensamientos, pero pensar sobre los medios
volviendo a Camila una de mis chicas ciudad era diferente, porque ella era
diferente. No la había llevado a la cama y me había ido. Había trabajado por ella e
incluso después de conseguir lo que originalmente quería, continué regresando por
más.

Ella no era mi Chica Nueva York.

Ella era mi cambio de juego.

Y después de pasar el fin de semana con su familia y ver cuán duro había
intentado ella de abrazar a su padre después de que él hubiera estado desaparecido
por tanto tiempo, después del dolor que ella había atravesado en su ausencia, lo
sabía con certeza. Ella no era la clase de mujer que follabas y dejabas. Era la clase
de mujer que te hacía quedarte y confrontar el caos de la vida con ella. Yo solo
esperaba que cuando llegara aquí, fuera capaz de aceptar mi vida tan bien como yo
había aceptado la suya.
Capítulo 26
Traducido por LittleCatNorth

Corregido por Fraan

Camila
¡Inglaterra! ¿Cómo demonios terminé aquí? Era todo en lo que podía pensar
cuando llegué al aeropuerto y pasé por seguridad. Entonces de nuevo, cuando
abordé el avión y me senté dentro de un cubículo privado en primera clase. Estaba
en el paraíso. Estaba segura de eso. La última vez que volé fue en la última fila de
una aerolínea llenísima que había estado retrasada siete horas. Y ahora, estaba
sentada aquí, en este cómodo asiento y no tenía idea de cómo reclinarlo o moverlo.
Miré a la gente en la fila junto a mí por un pequeño rato, tratando de descubrir si yo
podría imitar sus movimientos. Después de dos horas de estar inquieta, me tragué
mi vergüenza y le pedí ayuda al asistente de vuelo.

No había visto a Warren en varios días, y se sintieron como una eternidad. No


estaba segura de cómo o cuando me había vuelto tan acostumbrada a él, pero lo
extrañaba. Dormí la mayor parte de mi vuelo, lo cual fue bueno porque cuando
aterricé en Manchester eran solo las once de la mañana en punto, mientras que eran
las seis en punto en mi horario. Fui directo al baño para refrescarme después de que
bajé del avión. Mi corazón estaba vibrando salvajemente mientras terminaba y
tomé un último vistazo de mí misma en el espejo. Mis mejillas estaban sonrojadas,
mis ojos estaban brillantes, mi cabello estaba cooperando sin tener rizos en las
suaves ondas que bajaban por mis hombros. Warren me había advertido que podría
estar en los diez grados la mayoría del tiempo, así que yo estaba vistiendo una
camiseta de algodón blanca de mangas largas y una chaqueta verde encima.

Caminando hacia el frente del aeropuerto, pasé a varios hombres con carteles,
pero di un doble vistazo cuando vi mi nombre escrito en uno de ellos. El hombre lo
notó y lo meneó un poco hasta que asentí para confirmarlo. Caminé hacia el sujeto,
quien estaba usando una chaqueta sobre una bonita camisa y vaqueros. Era alto y
lucía quizás de más de cincuenta, con oscuro cabello rojo y una ligera barba a
juego. Sus ojos eran el más azul de los azules, y su sonrisa era... inexistente. Lucía
casi molesto por mi presencia, pero después de todo lo que Warren me había dicho
sobre Elena y cómo ella lo había usado, suponía que las personas en su vida sería
cautelosos sobre un recién llegado y decidí no dejar que me afectara.

—Hola —dije mientras me paraba en frente de él.


Él bajó el cartel, ojos azules inspeccionando mi rostro por un largo momento.
Finalmente, él ofreció una sacudida a mi mano. —Soy Sergio, el agente de Warren.

—Camila. —Me sonrojé, alejando la mirada momentáneamente—.


Obviamente.

—He oído cosas buenas sobre ti —dijo él.

Lo miré por un buen momento. —No suenas para nada como lo había
esperado.

—Ah. —Él sonrió—. Soy un español viviendo en territorio inglés.

Bueno, eso lo explicaba. El parloteo alrededor de nosotros era definitivamente


más de lo que había esperado. Mi cabeza volteó de aquí para allá mientras miraba
amigos y miembros de la familia reunirse los uno con los otros. Era reconfortante
oír a alguien hablando el idioma que yo hablaba en casa, pero es extraño oírlo en
un acento tan diferente. Lo había esperado, pero realmente experimentarlo era una
historia diferente.

Miré a Sergio. —¿Warren está en el auto?

—Él tenía que ir a practicar así que me pidió que viniera a recogerte. O me lo
ordeno, mejor dicho —gruñó la última parte.

Yo no había venido bajo el falso pretexto de que pasáramos cada momento


despierto juntos, pero una pequeña parte de mí estaba un poco decepcionada de
que él no estuviera allí para recibirme. Alcanzamos un Ferrari rojo y él abrió la
cajuela. Miré boquiabierta al auto por un momento mientras él ponía mi maleta en
el frente del auto. El frente del auto... ¿qué? Parpadeé rápidamente.

—¿Todas las cajuelas están en el frente de los autos aquí o solo este en
específico?

Sergio rio entre dientes. —Solo algunos autos. Este modelo es uno.

Él se acercó y abrió el auto para mí, y yo me incliné hacia el asiento,


poniéndome el cinturón de seguridad mientras él cerraba la puerta e iba alrededor
del auto.

—Esto es... bajo —comenté cuando él se sentó. Mis ojos brincaron sobre cada
detalle del auto. Mi hermano moriría si lo viera.

—Dicen que este estilo es similar al Maserati, aunque me permito disentir.


—Oh —dije.

No tenía idea de qué era un Maserati o cómo lucía. Él debió haber notado y
desaprobado esto, porque sacudió su cabeza con una sola risa y comenzó a
conducir. Miré fuera de la ventana, tomando el paisaje, la vegetación, la gente
caminando y hablando, los autos que iban a un lado. Nos detuvimos en una luz
roja y mis ojos se ampliaron cuando capturé un vistazo de la valla publicitaria a la
que estábamos acercándonos. Me incliné en mi asiento y entorné mis ojos.

—Ese es él —aportó Sergio.

Warren estaba en la valla publicitaria usando un traje oscuro fuerte y


sosteniendo un balón de soccer en su mano. Él estaba mirando a la cámara con una
de sus seductoras sonrisas y usando una de sus descomunales miradas que él usaba
algunas veces. Yo solo conocía el tipo porque todos en la tierra conocían el tipo.

—No sabía que él modelaba —comenté.

Sabía que tenía patrocinios, pero no tenía idea de que él realmente se paraba en
frente de la cámara y modelaba. Sergio no dijo nada sobre eso. En su lugar, él hizo
un fuerte giro a la derecha, y condujo hacia la carretera, la que tenía pequeños
carriles. Había otro cartel con su rostro en él. Este tenía a cinco sujetos usando
camisetas rojas y pantaloncillos blancos. Simplemente decía, “Estamos de regreso.
Estamos listos”. Y debajo del anuncio de televisión, las palabras, “Estamos
unidos”.

—No esperaba que estuviera así de frío ahora mismo —le dije a Sergio—. Está
caliente en Nueva York.

—Tenemos inviernos cambiantes —dijo él.

—Eso es lo que Warren dijo.

Él miró hacia mí. —Apuesto a que tus amigos están emocionados de que estés
saliendo con Warren Silva.

—No realmente.

—¿A ellos no les importa cuánto tiempo está alejándote de ellos?

—No, ellos solo no saben quién es Warren Silva —dije, agitando una mano
afuera como si todos esos carteles estuvieran alineados en frente de mí. No lo
estaban pero podrían haberlo estado también. Capturé un vistazo de dos más.

Sergio rascó su barba. —¿No miras fútbol?


—No. Me gusta el béisbol. Algunas veces veo un juego de los Gigantes —dije.
Tras ver su confusión, añadí—: Fútbol americano.

—Así que, ¿cuándo lo conociste no sabías quién era él?

Sacudí mi cabeza. —No tenía idea.

—¿Y no tuviste una buena impresión de él?

Sonreí, sacudiendo mi cabeza.

—Y luego él te llevó a una elegante cita y te sentiste atraída —dijo él, riendo
entre dientes mientras él giraba en otra calle.

—No exactamente —dije, pero no sentí la necesidad de explicar eso.

Pensé sobre todas nuestras citas raras y su tiempo en el “oloroso” metro


subterráneo de la Ciudad de Nueva York y sonreí. Había estado dudando de tomar
este viaje después de ver la manera en que Warren aparentemente vivía su vida
aquí, y había estado en lo correcto en dudar. Era una persona completamente
diferente aquí. Estaba claro por la manera en que su agente hablaba sobre él y me
miraba como si yo no perteneciera a esta vida. Empujé el pensamiento fuera de mi
cabeza. Conocía a Warren y estaba aquí para verlo.

Mis ojos se ampliaron mientras el estadio aparecía a la vista. Era tan grande
como MetLife. Sergio trató de hacer otra broma, pero lo ignoré. Mi cuerpo entero
estaba vibrando al notar que iba a ver a Warren pronto. No era como si no lo
hubiera visto en un largo tiempo, pero se sentía de esa manera. Después de
conducir de regreso a casa de mis padres el último fin de semana, Warren había
permanecido en mi departamento cada noche. Él había ido a practicar, yo había
ido a trabajar, y luego caímos en una rutina donde yo llegaba a casa, preparaba la
cena para los dos y nos sentábamos a comer juntos. El martes él me hizo la cena, lo
cual consistió de él, cruzando la calle y consiguiendo una orden para llevar del
restaurante puertorriqueño. Sonreí con el recuerdo.

Sergio y yo salimos del auto y esperé en el baúl para conseguir mi maleta, pero
él sacudió su cabeza.

—Este es el auto de Warren. Puedes dejarla.

Interesante. Recordaba a Warren diciendo algo sobre él, no permitiendo que la


gente condujera sus autos. Se lo dije también a Sergio, quien se encogió de hombros
y sonrió.

—Él quería un favor, así que tomé el auto.


Lo dijo de manera tan buena y divertida, como un niño quien toma el auto de
sus padres para ir a conseguir leche, así que tuve que reír. Me acompañó a través de
la seguridad y me consiguió una tarjeta de visitante. Caminamos a través de tres
paradas más de seguridad, y finalmente dentro de una gran habitación con dos
televisores, algunos juegos y libros para niños a un lado, y una clara vista del
campo. Había tres mujeres sentadas ahí dentro. Todas tenían gigantes bolsos de
manos de diseñador sobre el suelo junto a sus pies y vestían agradablemente, como
si fueran a salir a una cena y no a sentarse en un estadio de soccer. Quizás ellas
iban a salir a una cena después de esto, ¿quién sabe? Las tres voltearon sus cabezas
hacia mí y comenzaron a evaluarme silenciosamente. Sin saludos, sin preguntas,
solo ojos yendo arriba y abajo por mi cuerpo tan rápido, que sentí como si me
estuvieran violando. Aclaré mi garganta y puse mi mejor sonrisa sobre mi rostro.

—Hola —dije.

Las tres parpadearon varias veces, ojos verdes, cafés y azules, y voltearon sus
cabezas lejos de mí y continuaron hablando entre ellas como si yo no estuviera de
pie allí. Engrapé mi boca cerrada. Siempre pensé que la gente en Europa era
amable. ¿Por qué pensé eso? Podría haber jurado que había oído en algún sitio que
ellos eran más educados que los americanos. Definitivamente más educados que los
neoyorquinos... aparentemente, quien quiera que haya dicho eso estaba lleno de
educación.

—Puedes esperar aquí —dijo Sergio—, ella está esperando a Warren.

Mi cabeza giró rápidamente a donde él estaba y amplié mis ojos en completo


horror. No podía estar hablando en serio. No podría solo dejarme con esas víboras.
Él no lo haría.

—Estarás bien. Les toma tiempo acostumbrarse a los recién llegados —susurró,
sonriendo mientras cerraba la puerta detrás de él.

Permanecí de pie allí, mirando fijamente a la puerta mucho después de que se


cerró. No podría voltear y enfrentar a esas mujeres de nuevo. Comenzaron a hablar
entre ellas sobre sus uñas y cabello, finalmente volteé y me senté en una silla detrás
de ellas. Sacando mi teléfono, le envié un correo a mi hermana para decirle que
había llegado y el dilema en el que ya estaba metida antes de deslizarlo de regreso
al bolsillo de mi chaqueta. Miré alrededor de nuevo. La habitación era bastante
simple con dos televisores a cada lado, y una terrible vista del campo de soccer.
Miré a las tres mujeres de nuevo. Todas ellas probablemente eran mayores que yo,
pero no por mucho. No lucían groseras, excepto que yo ya sabía que lo eran.

Ellas no se pusieron de pie o hicieron algún movimiento cuando hombres en


camisetas rojas mangas largas y pantalones negros con líneas rojas a los lados
comenzaron a correr hacia el campo. Me paré y mantuve mi respiración. No podía
evitarlo. Era la primera vez que vería a Warren allí fuera. Quería dejar la
habitación. Quería correr hacia los laterales y mirarlo más cerca. Quería...

—¿De dónde eres? —preguntó una voz femenina.

Ella sonaba dulce, así que volteé mi atención hacia ella. Era una de las rubias
con bonitos ojos verdes.

—Nueva York.

Ella sonrió. —Amo ese sitio. ¿Es tu primera vez en Manchester?

—Sí —dije.

—¿Qué te ha parecido hasta ahora? —preguntó ella.

Sus dos amigas rodaron sus ojos y susurraron cosas la una a la otra, como si
estuvieran reprochando a su amiga por hablar conmigo. Estaba agradecida por sus
preguntas, incluso si no estaba completamente segura de si ella estaba
genuinamente interesada o estaba a punto de voltear el interruptor y comenzar a
actuar como una perra.

—Vine aquí directo del aeropuerto.

Ella elevó sus cejas. —Oh. Debes estar exhausta.

Me encogí de hombros y le ofrecí una sonrisa antes de mirar de regreso afuera,


al campo. No quería hacer una pequeña charla con alguien que no podría
comprender.

—Otro de los juguetes de Warren —dijo una de las otras chicas con un suspiro.

—Bueno, todas sabemos que Elena está obligada a reaparecer en su vida. Ellos
nunca permanecen alejados el uno del otro por demasiado tiempo.

—Ella hizo su elección —dijo la rubia, mirándome—. No la escuches. Una vez


que engañas con otro compañero de equipo, estas demasiado acabada. El resto del
equipo está demasiado firme sobre no tenerla alrededor.

Sonreí agradecida a ella, pero sacudí mi cabeza para dejarle saber que no tenía
que defenderme. Yo no les debía una explicación. Obviamente eran chicas
desagradables quienes habían decidido que yo no valía la pena para estar en su
círculo y eso estaba bien. Comenzaron a hablar entre ellas de nuevo, molestos
susurros, sobre mí estaba segura. Traté de no escuchar, sabiendo que todo lo que
harían sería molestarme más, pero yo era humana, y cedí y escuché de todas
formas.

—Es bonita.

—Solo está aquí por un momento, así que espero que disfrute su tiempo.

—¿Crees que Elena sabe?

—Dejen de hablar sobre Elena. Ella lo arruinó.

—No estoy diciendo que me agrada Elena pero, ¿con cuantas mujeres nos
encontraremos, nos conoceremos, y que terminen agradándonos por nada? Él
siempre folla con ellas.

Mordí mi labio y me incliné sobre el mostrador en frente de ellas para


conseguir una clara vista del campo, o la cancha, como aparentemente es llamada
de acuerdo a los carteles. Se sentía como si estuviera de regreso en la secundaria.
En la escuela privada, las niñas no me aceptaban por no ser lo suficientemente rica.
En la escuela pública, no me aceptaban porque era demasiado rica. Demasiado rica
significaba que mis Converse no estaban pisoteadas repetidamente, lo que se
ocuparon de hacer ellos mismos. Esa pequeña iniciación me llevó al hospital para
tratar con un pie roto y mi mamá no me dejó superar la vergüenza desde que
acabamos de perder nuestros beneficios de salud. Quizás eso era esto, una cosa de
iniciación para ellas. No estaba encima de esa vida, sin embargo. Después de mi
prueba de Converse, permanecí alejada de cualquier cosa que requiriera una. Ni
siquiera había pensado sobre unirme a una hermandad en la universidad porque no
me importaba ser una parte de algún movimiento que sentía que necesitaba ser
probada con el fin de unirme. Tú, o me querías o no lo hacías. No había un punto
medio. La puerta se abrió y volteé para ver a Sergio de pie allí. Él me hizo señas y
salí sin molestarme en voltear a las mujeres en la habitación.

—¿Hiciste nuevas amigas? —preguntó él.

Ignoré la pregunta. —¿Estás llevándome a mejores asientos? No puedo ver


nada desde este ángulo.

—Warren me pidió que te moviera así estarías más cerca del campo, pero las
novias y esposas prefieren permanecer en el calor de sus suites.

Miré hacia él. —Soy de Nueva York. Puedo lidiar con el clima.

—¿Ellas estaban siendo rudas? —preguntó, sacudiendo su cabeza.

—Rudeza es todo con lo que he lidiado desde que aterricé aquí.


—Somos una familia muy unida. Es difícil para nosotros dejar que los
forasteros entren, especialmente cuando vienen de Warren. —Miró hacia mí—.
Nos acostumbraremos a ti... si tú te quedas.

Aparte mi mirada lejos de la suya. Parecía como si todos quisieran conseguir


un aumento fuera de mí. Eso o ellos tenía poca fe en Warren, aunque estaba segura
de que no era eso. Suspiré y estuve agradecida cuando tomamos una vuelta más y
terminamos afuera, caminando hacia el campo. Había varias sillas establecidas en
el lateral que las que él me acomodó.

—Puedes ver desde aquí.

Le agradecí mientras se alejaba, y miré alrededor en completo asombro. Había


sujetos corriendo de un lado a otro sobre el campo, hablando, riendo mientras lo
hacían. Todos estaban vistiendo el mismo equipo a juego. Sabía que Warren estaba
allí en algún sitio, pero en lugar de buscarlo, miré alrededor del estadio en asombro.
Los asientos eran rojos con las letras del equipo dibujadas en grandes letras blancas.
Inhalé profundamente, degustando la manera en que se sentía estar aquí; la manera
en que los jugadores podrían sentirse al oír sus nombres siendo coreados por
ruidosos y bulliciosos fanáticos. Nunca había estado en un juego de fútbol antes,
pero si era algo como el fútbol americano, estaba segura de que este lugar se ponía
salvaje.

Después de un momento, me senté en una de las sillas y miré hacia el campo.


Vi un par de sujetos mirar hacia mí y decirse algo los unos a los otros y continuar
riéndose, apreté mi abrigo y envolví mis manos alrededor de mi torso. Solo había
estado aquí por algunas horas y ya estaba arrepintiéndome. Me sentía como si
estuviera atrapada en una pecera y todos estaban golpeando el cristal, tratando de
descubrir qué clase de espécimen era yo. Traté de no alejar mis ojos de donde ellos
estaban de pie, para mostrar valentía, para mostrar que no me importaba lo que
ellos estuvieran diciendo sobre mí justo en frente mí, pero eso fue efímero. Alejé la
mirada y miré alrededor, esperando encontrar a Warren, pero no podía verlo allí
afuera. Suspiré y me incliné de regreso en la incómoda silla plegable y esperé.

Finalmente, por la esquina de mi ojo, localicé un par de sujetos saliendo al


campo. Mi corazón se hinchó con la vista de Warren. Él estaba usando el mismo
chándal que todos los demás tenían puestos, su cabello brincaba en el viento
mientras él corría rápidamente a través del campo, una enorme sonrisa sobre su
rostro mientras él hacía su camino hacia el resto de sus compañeros de equipo. Sin
una palabra (o ninguna que yo pudiera oír), todos ellos se pararon en un círculo y
comenzaron a extenderse hacia la derecha, y luego a la izquierda. Parecía como un
canto sin palabras, la manera en la que ellos se mecían lado a lado con sus brazos
alrededor del otro mientras ellos se agachaban, saltaban, cambiaban, y repetían.
Cuando rompieron la formación, Warren levantó la mirada y miró alrededor
del campo rápidamente antes de que su mirada me encontrara. Él estaba lejos, pero
yo sabía que me había visto por la manera en que sus labios se extendieron en una
lenta y amplia sonrisa. Me moví mi asiento, incapaz de esconder mi emoción, y de
repente todo lo que había pasado antes comenzó a desvanecerse. Después de eso, se
mantuvo mirándome, viendo de vez en cuando entre ejercicios. El resto de los
sujetos parecieron notar qué estaba haciendo yo allí y comenzaron a decir cosas de
vez en cuando que no podía oír pero que lo hizo reír mientras miraba hacia mí. Los
otros hombres de pie alrededor, los que no estaban usando el chándal, comenzaron
dirigiendo los ejercicios y una vez que comenzaron, Warren dejó de mirar.

Mis ojos nunca lo dejaron. No cuando Sergio regresó y me ofreció algo para
beber. No cuando oí voces femeninas detrás de mí que pensé que podrían ser las
mujeres con las que había estado sentadas antes. Y definitivamente, no cuando
Warren comenzó a sacarse su chaqueta y lanzarla a un lado. Entonces, todo lo que
podía hacer era mirar su atlética forma en la apretada camiseta Under Armour. Al
momento en que la práctica acabó, él me miró y me llamó. Casi salté fuera de mi
silla, pero mientras hacía mi camino hacia allí no estaba segura si debía trotar o
solo caminar rápidamente. Caminé en un ritmo normal.

La última cosa que necesitaba era caer sobre mi rostro en frente de todas esas
personas. Warren no me dejó pensar mucho sobre eso. Corrió hacia mí con
facilidad, como si no acabara de terminar el más intenso entrenamiento que alguna
vez había visto en mi vida. Se detuvo en frente de mí por un segundo antes de
envolver sus brazos alrededor de mí y apretarme a su sudoroso pecho. Lamí mis
labios y probé la sal de su camiseta. Su pecho aún estaba agitado con pesadas
respiraciones de su entrenamiento cuando aflojó su agarre para conseguir un mejor
vistazo de mí.

—Estás aquí. —Los lados de sus ojos se arrugaron.

—Estoy aquí —dije, sonriendo.

Agarró mi rostro con ambas manos y presionó sus labios a los míos, y todo a
nuestro alrededor pareció desvanecerse. Fue un largo camino desde Manhattan,
pero yo estaba ahí con él.
Capítulo 27
Traducido por Antoniettañ

Corregido por Fraan

Camila
Estar fuera de Nueva York con Warren definitivamente fue diferente. Él
manejaba su propio auto aquí, y aunque no tenía seguridad personal, siempre
parecía tener gente a su alrededor. Su agente, su asistente, compañeros de equipo,
empleados, solo gente todas partes Todo. El. Tiempo. Esperé a que se duchara y se
vistiera después de la práctica y nos dirigimos a un restaurante con sus
“compañeros” como los llamó. En el auto, sostuvo mi mano y sonrió.

—¿Estás segura que estás lista para esto? Puedo cancelar —dijo, pero pude ver
que no quería cancelar, así que sonreí y le aseguré que estaba bien.

Me pregunté si las desagradables chicas iban a ir. Si iban, iba a ser una larga
comida. Pero, tenía que comer de todas formas y realmente quería ver a Warren en
su elemento. Había estado conmigo en tantos lugares que normalmente nunca
habría pisado. Era lo menos que podía hacer.

—¿Te gusta lo que has visto hasta ahora? —preguntó mientras cambiaba de
marcha.

Mantuve mi mano debajo de la suya, lo que significaba que ambos estábamos


cambiando de marcha juntos. También significaba que temía que cualquier
movimiento que hiciera enviaría al auto en sobre marcha o algo, así que mantuve
mi mano tan inerte como pude.

—No he visto mucho aparte de vallas publicitarias, jugadores de fútbol


calientes, y jugadores de fútbol calientes en vallas publicitarias.

Sonrió manteniendo sus ojos en la carretera. —¿Estaba desnudo en alguna de


ellas?

—¿Quién dijo algo sobre ti? —pregunté, mirando por la ventana para esconder
mi sonrisa.

—Dijiste jugadores de fútbol calientes.


—¿Así que asumes que estoy hablando sobre ti? —pregunté, riendo mientras lo
miraba.

Su mirada cortó la mía. —No tengo que asumir, nena. Lo sé.

Rodé mis ojos.

—¿Has visto la mía en ropa interior?

—¿Qué? ¡No!

Miró hacia mí, sus ojos arrugándose por la diversión.

—No estoy seguro si lo estás diciendo de esa forma porque no viste esa o
porque estás celosa de que otra mujer me vea en ropa interior.

Tomé la mano que estaba debajo de la suya y la puse en mi regazo mientras


miraba por la ventana de nuevo, mirando los autos yendo en la posición opuesta
pasándonos. Realmente no me encantaba la idea de otra mujer viéndolo en ropa
interior, pero no es como si le hubieran visto todo el paquete, aunque basada en las
fotos que había visto, muchas de ellas sí lo habían visto.

—¿Camila? —dijo, su voz vacilante.

—Supongo que realmente no me molesta. —Miré hacía él encogiéndome de


hombros—. Quiero decir, podría posar en lencería para algún fotógrafo y tener mis
fotos publicadas para que otros hombres las vean y realmente eso no podría
molestarte, así que…

Él frunció el ceño profundamente. —Por supuesto que me molestaría.

—¿Sí? —Incliné mi cabeza—. ¿Por qué?

—Porque eres mía.

Lo miré por un largo momento, estudiando el lado de su rostro y la forma en


que sus labios estaban fijos en una fina línea. Su ceño todavía estaba claro desde
este ángulo, su mandíbula se fijó mientras sus dientes se apretaban y se aflojaban.

—Así que lo que estás diciendo es que tú no eres mío —digo finalmente.

Sus ojos cortan los míos. —Nunca dije eso.

—Suena así para mí.

—Camila. —Parpadeó y miró hacia la carretera—. Nunca dije eso.


Pero no había dicho lo contrario, tampoco. Me quedé callada. No quería
pelear. Estaba cansada y hambrienta y la última cosa que quería hacer en uno de
mis tres días con Warren era discutir sobre estúpidas fotos y sus sentimientos por
mí, pero era en todo lo que pude pensar los días previos a la llegada. Me estaba
empezando a encariñar. A encariñarme de una forma que no me esperaba.
Encariñada más de lo que debería tener permitido ya que éramos, no solo de
mundos diferentes, sino que también vivíamos en diferentes partes. Mi corazón
dolió al pensar en nuestra despedida. Porque la despedida era inevitable. Siempre lo
fue.

—Te extrañé —dijo, sacándome de mis pensamientos.

—También te extrañé —susurré.

—Lo digo en serio, realmente, de verdad jodidamente te extrañé.

Su voz era un grueso susurro. Esos grandes ojos verdes suyos estaban llenos de
cruda honestidad y deseo, que hicieron que mi corazón se saltara un latido. Estaba
diciendo que me extrañó, pero se sentía como que estaba diciendo mucho más.
Alejó su mirada y se quedó enfocado en la carretera por el resto del viaje en auto.
Hablamos sobre su auto, y luego sobre su casa, la cual estaba deseando ver más
tarde. Él parecía más nervioso de lo que yo estaba por estar aquí. Cuando
alcanzamos un agradable vecindario con bonitas tiendas y restaurantes, se detuvo
en frente de uno de ellos. Vi como los ojos del valet se ampliaron mientras nos
deteníamos delante de él, y se acercó rápidamente a mi lado, abriendo mi puerta y
ofreciéndome una mano para ayudarme a salir del bajo auto antes de ir hacia el
lado de Warren y abrir la suya.

Caminé hacia Warren y me quedé de pie a su lado mientras el valet le hablaba.


Warren sonrió y escuchó atentamente mientras el chico hablaba y hablaba sobre la
temporada pasada y cuán excelente fue en el campo. Finalmente, cuando otro auto
se detuvo detrás del de Warren, el valet se dirigió hacia allá y se excusó. Warren
agarró mi mano y me llevó hacia el restaurante a nuestro lado. Sonreí mientras
miraba hacia él.

—Supongo que eres algo así como una gran cosa.

Sonrió cuando abrió la puerta para mí. —Ah. ¿Finalmente he logrado


impresionarte?

—Absolutamente no —dije, frunciendo mis labios—. Pero cerca.

Se rio entre diente mientras caminábamos hacia la anfitriona. Ella también


estaba asombrada de estar en su presencia, y cuando una de las meseras vino hacia
nosotros y lo vio, también podría haber tenido el emoticón con los ojos de corazón.
Tan lindo como fue ver a las personas así de afectadas por él, tuve que luchar
contra la urgencia de rodar mis ojos. No es de extrañar que esperara a una mujer
que quiera dejar todo para salir con él. Fuimos escoltados hacia una habitación
privada en la parte trasera del restaurante donde estaban tres parejas esperando.
Solo reconocí a una de las mujeres de más temprano. Rápidamente alejé la mirada
de ella y seguí a Warren mientras hacía las presentaciones. Stephen, y su esposa
Ally, Felix, y su esposa Ana, y Juan, y su esposa Evelyn, la perra. Dije un amable
hola a cada uno y me senté al lado de Warren, directamente en frente de Felix y
Ana.

Las otras dos esposas, a diferencia de Evelyn, tenían cálidas sonrisas en sus
rostros cuando me miraban y me hicieron sentir bien acerca de estar ahí. Los
hombres parecían amistosos. No me preguntaron nada de inmediato, eligiendo
hablar en su lugar sobre la práctica que habían tenido y cuán extenuante se veía el
horario de la temporada. Uno de ellos le preguntó a Warren sobre los rumores de
un traspaso, lo que atrapó mi interés. Él metió su brazo debajo de la mesa y deslizó
su mano sobre la mía en mi regazo, sosteniéndola mientras hablaba.

—Nada es una apuesta segura —dijo como respuesta.

—¿Pero es cierto que estás pensándolo? —preguntó Felix.

La expresión de todos ellos cayó cuando Warren se encogió de hombros. Moví


mi mano y entrelacé mis dedos con los suyos, saboreando la calidez de su gran
mano contra la mía. Eso solo me hizo sentir segura. Apreté su mano y miró hacia
mí por un momento, su boca inclinándose en un amago de sonrisa.

—¿Cómo podría no hacerlo? —dijo, mirando alrededor de la mesa. Todos


asintieron en acuerdo—. Pero serán los primeros en saber mi decisión.

Las meseras tomaron nuestras órdenes de bebidas y comida mientras ellos


continuaban hablando. Las mujeres se unieron, charlando sobre el horario agotador
y sus hijos, y escuché atentamente mientras hablaban.

Mientras estábamos comiendo, una de ellas, Ally, me preguntó si me gustaba


Manchester, y le dije la misma cosa que le había dicho a todos los demás que me
habían preguntado: acabo de llegar, pero me ha gustado hasta ahora.

—¿Alguna vez has estado en Londres? Nos gusta pensar que aquí es mejor que
Londres —dijo sonriendo.

—Nunca he estado allá. Tendré que planear un viaje hacia allá para la próxima
—respondí, sonriendo sobre mi copa de vino.
—Tendrás que ir a Barcelona primero —dijo ella con un guiño—. Si Warren
toma el contrato, todos tendremos que ir a golpear su puerta y quedarnos en su
castillo.

—Bueno, si hay un castillo, supongo que tendré que ir —dije.

El grupo rio y me uní a ellos, encontrando el rostro sonriente de Warren


cuando envolvió un brazo a mi alrededor.

—Su familia realmente es dueña de un castillo —agregó Felix—. Lo he visto.

—No es mi castillo —dijo Warren, su expresión repentinamente seria.

—Castillo de la familia, da igual.

—No da igual. —Warren disparó una mirada hacia Felix que hizo que este
apretara sus labios y adquiriera una mirada seria en su rostro—. ¿Cómo reaccionó
Cristiano con tu venida aquí?

Felix rio entre dientes. —Probablemente igual de mal como reaccionaré yo si te


vas después de que haya venido hasta aquí para jugar contigo.

—Ah, ahí está la presión —dijo Warren con una sonrisa mientras dejaba caer
su brazo de donde estaba a mi alrededor y recogía su vaso de vino.

Me explicaron que habían ido juntos a la escuela en Barcelona y se odiaban el


uno al otro en su primer año hasta que los forzaron a estar juntos en una sala y
finalmente se hicieron amigos. Juan también los conoció en ese entonces, pero él
estaba en la escuela rival.

—Así que, Camila, ¿cómo logró amarrarte para venir? —preguntó Juan
después de contar una divertida historia sobre Felix en secundaria.

—Todavía me lo estoy preguntando —dijo Warren antes de que yo pudiera


responder. Colocó su mano sobre la mía sobre la mesa—. Me tomó días de
persecución para que incluso aceptara salir conmigo como amigos.

El grupo sonrió, incluso Evelyn “la perra” encontrando eso divertido. Lo


suficientemente divertido para de hecho sonreírme.

—¿Por primera vez los autos llamativos no funcionaron? —bromeó Felix.

—¿Alguna vez has estado en Nueva York? —le preguntó Warren.

—Una vez, cuando tenía como diez.


—Eso fue hace mucho tiempo —dije—. Ha cambiado bastante.

Warren se rio burlonamente. —¿Has ido al metro?

—Creo que sí —dijo Stephen con un ceño—. Porque en ese momento estaba
convencido que las tortugas ninja vivían ahí.

—Sí, bueno, huele como ellos —dijo Warren, sonriendo hacia mi cuando lo
empujé.

—Espera. ¿Tomaste un transporte público? —preguntó Ally, sus ojos amplios.

—He sido conocido por tomar trenes de vez en cuando —dijo Warren con una
fácil sonrisa.

El grupo entero se echó a reír. Todavía tenía una sonrisa en mi rostro por lo
anterior, pero no entendí el chiste en eso hasta que Evelyn habló.

—¿Así que estás diciendo que tomaste el metro?

—Sí, tomé el metro —insistió Warren y entrelazó sus dedos con los míos en la
mesa—. No iba a dejar que algunos gérmenes me mantuvieran alejado de esta
mujer.

Evelyn levantó sus cejas. —¿No estuvo la gente sobre ti?

Intenté muy fuerte no rodar mis ojos, pero por la sonrisa y la mirada que Felix
me dio, fallé.

—¿Qué? —preguntó él.

—No somos grandes fanáticos del fútbol soccer por ahí. Por lo menos no
donde yo vivo.

Warren levantó un dedo para argumentar. —De hecho, un montón de personas


en tu vecindario me reconoció mientras estaba caminando.

—¿Quiénes?

—No sé sus nombres, pero me detuve por autógrafos unas cuantas veces
—dijo. Le disparé una mirada de incredulidad, y él se rio entre dientes, mirando de
nuevo a sus amigos—. ¿Ven con lo que tengo que lidiar?

Felix rio. —Alguien que lo pone en su lugar. He esperado diecisiete años por
este momento.
—¿Realmente eres tan snob que las personas no creen que tomarías transporte
público? —pregunté con un ceño.

Ellos se rieron con fuerza por eso.

—No soy un snob. Solo me gustan las cosas agradables —dijo sonriéndome.

Sus labios lucían tan malditamente bien cuando sonreía así. No quería nada
más que inclinarme y besarlo en ese momento, pero me abstuve porque de verdad
quería respuestas. Él no era un snob. Se había sentado en los malditos asientos más
alejados del estadio de los Yankees y no se había quejado ni una vez. Lo llevé a ver
un espectáculo de palomas, y aunque tuvo muchos comentarios sobre eso, no actuó
como si fuera demasiado bueno para eso tampoco.

—Le gustan las cosas extravagantes —agregó Felix, sacándome de mis


pensamientos.

—Lujosas —proporcionó Stephen.

—De muy alto mantenimiento —dijo Ally con una sonrisa.

—Y le gustan sus mujeres de la misma forma —agregó Evelyn, mirándome de


arriba abajo—, por lo que esto es sorprendente.

Intenté no darle la satisfacción de reaccionar, pero mi cara de perra se quedó en


su lugar de igual forma. Su esposo le dio un codazo y le disparó una mirada seria y
ella se puso seria por un momento.

—No quise decir nada con eso —corrigió—. Pienso que es bueno.

Me encogí de hombros. —No me importa de todas formas. No me gustan las


cosas llamativas o los autos de lujo y no sé absolutamente nada sobre fútbol soccer.
Warren lo sabe y parece estar bien con eso.

Él envolvió su brazo a mí alrededor de nuevo, tirándome hacia su lado. Inhalé


el aroma de su cuerpo fresco y la colonia, e incliné mi rostro con una sonrisa
mientras él me miraba. —Estoy más que bien con eso.

Luego nuestros labios se encontraron. Fue un beso suave y casto, pero fue largo
e hizo que una sensación de calidez se asentara y se trasmitiera a través de mí. La
mesa estaba en silencio cuando nos separamos, y nos continuamos mirando el uno
al otro. Detecté una promesa de malvado placer que vendría más tarde, y sentí el
calor inundar mis mejillas. El resto de la comida pasó sin incidentes, y
eventualmente, cuando habían facilitado las preguntas y empezaron a contarme
sobre sus pasados juntos, me sentí cómoda.
Incluso salir de la habitación privada en la que cenamos fue un suplicio. Las
camareras fueron al frente del restaurante y le informaron al valet que trajera los
autos, nos despedimos y esperamos mientras nos llamaban, como si estuviéramos
en la escuela. Fue extraño, pero una vez que Warren y yo salimos y vi a la multitud
de cámaras que se habían reunido fuera del restaurante, entendí la razón para eso.

El brazo protector de Warren vino a mí alrededor y me empujó hacia él una


vez más mientras caminábamos hacia el auto.

—Mantén tu cabeza abajo —dijo en voz baja así solo yo podría escucharlo.

No lo cuestioné e hice lo que me fue dicho. Pude sentir que su cabeza también
estaba hacia abajo mientras caminábamos. Cuando subimos al auto, las cámaras se
reunieron alrededor, tomando fotos, filmando, personas con teléfonos tomando
fotos de él, de mí, de nosotros. Pude escuchar sus persistentes preguntas mientras
nos íbamos.

—¿Es cierto que puede que te traspasen al Barcelona?

—¿Qué va a pasar esta temporada?

—¿Es cierto que te perdiste la práctica de hoy?

—¿Quién es la chica afortunada?

—Santo Moisés —dije, colocando una mano sobre mi rápido corazón


palpitante—. ¿Qué en el mundo fue eso?

—Eso. —La mirada de Warren corta la mía mientras cambia de marcha—,


eran los medios.

—¿Siempre es así? No puede siempre ser así.

—En su mayoría.

Lo miré boquiabierta. —Estás bromeando.

No respondió, solo sacudió su cabeza con una expresión tensa en su rostro


mientras continuaba mirando hacia adelante. Imaginé que no quería hablar sobre
eso, así que cambié de tema.

—¿Por qué todos están preguntando sobre Barcelona?

—Quieren hacer un traspaso


—Oh —hice una pausa, pensando en los jugadores de béisbol—. ¿Tienes algo
que decir o hacer con ellos si te traspasan?

—En este caso, tengo decisión.

—¿Pero no quieres ir a Barcelona?

—No es eso. Barcelona fue donde soñé con jugar siempre desde que era un
niño. —Él suspiró y lo miré y esperé a que continuara—. Siento que finalmente
estoy en un buen equipo. He jugado para buenos equipos antes, pero esto
finalmente se siente como una familia en el campo. No estoy seguro de estar
dispuesto a traspasar eso.

—Sin embargo tus abuelos viven en Barcelona, ¿cierto?

Sonrió con la mención de ellos. —Mi abuela está muriendo por conocerte.

—¿Le contaste sobre mí? —pregunté sonriendo.

—Les conté a todos sobre ti. —Alcanzó mi mano la llevó hacia sus labios—.
¿Cómo podría no hacerlo?

—Deja de hacerme sonrojar —susurré.

Se rio entre dientes mientras bajaba mi mano, colocándola sobre su regazo. —


Voy a hacer todo lo que pueda hacer para hacerte sonrojar todo el fin de semana.

Sentí sus palabras profundo en mi centro. Sabía malditamente bien que


cumpliría muy bien con esa promesa. Alejé la mirada para esconder mi sonrisa… y
sonrojo.
Capítulo 28
Traducido por Carilo y LittleCatNorth

Corregido por Fraan

Camila
Había estado en Manchester durante veinticuatro horas y solo había Warren
para mí cuando regresamos de la cena de anoche. Por la mañana se despertó antes
que yo y me dejó una nota diciendo que estaba fuera en una reunión y volvería
pronto. Me habría preocupado por la comida si no hubiera sido por la enorme
variedad de cosas que había a mí alrededor de la hora del almuerzo. Fue pensado, y
hermoso, pero sentada en la larga mesa del comedor, donde la comida había sido
establecida por los proveedores me hizo sentir una punzada de soledad.

Cuando finalmente llegó a casa, estuvo en el teléfono durante una hora antes
de que pudiera tener una conversación normal conmigo y no pasó mucho tiempo
antes de que recibiera otra llamada que lo volviera a alejar. Parecía que el hombre
no podía conseguir un minuto para sí mismo. Estaba sentada en su sala de cine,
acurrucada con una manta cuando lo oí colgar el teléfono y llamarme. Estaba
revisando el catálogo de los títulos de películas cuando entró en la habitación y se
dejó caer en la silla de felpa a mi lado.

—Pareces cansado —dije, mirándolo.

—Lo estoy. Tan cansado y tengo una reunión a la que ir en una hora —dijo,
cerrando los ojos y balanceando la silla de un lado a otro.

Mis hombros se desplomaron. Volví mi atención a la pantalla que tenía ante


nosotros. No era como si esperara que él cambiara su vida por mi miserable visita,
pero esperaba un poco más de atención. Cuando volví a mirarlo, se había quedado
dormido. Se veía tan precioso con sus labios rechonchos un poco separados y la
mirada pacífica en su rostro, que no podía permanecer molesta por mucho tiempo.
Le dejé dormir unos minutos más antes de que lo sacudiera para despertar.

—Si vas a llegar a la reunión a tiempo, tienes que ir a prepararte —le dije.

Él asintió somnoliento y se puso de pie, estirándose mientras lo hacía. Se dio la


vuelta y se inclinó sobre mí, poniendo las dos manos a cada lado de mi silla
mientras me miraba a los ojos.
—Volveré a las nueve y media. Esta lista para entonces. Te sacaré —dijo,
presionando sus labios contra los míos.

—¿Qué debería vestir?

—Lo que quieras. Será fría esta noche, así que vaqueros estarían bien.

—¿Vaqueros elegantes o vaqueros casuales?

Él rio y me besó de nuevo antes de estar derecho. —Vaqueros elegantes.

Suspiré y volví a sentarme en el sofá, mi corazón saltaba mientras se alejaba.


Me quedé dormida viendo Amelie, y cuando desperté, completamente desorientada,
la apagué y salí corriendo arriba. Me duché, me vestí, me aplique el maquillaje, me
peiné el cabello y caminé por la casa una vez más. Su casa era enorme. Demasiado
grande para que viviera una persona sola, con amplios pasillos y espacios de vida
que solo había visto en los episodios de MTV Cribs12. Contemplé salir, pero pensé
mejor. Si Warren regresaba a casa y no podía encontrarme, se voltearía.
Finalmente, después de que me cansé de caminar, volví al dormitorio principal y
llamé a mi hermana.

—¿No estás usando una tarjeta telefónica? —preguntó, sorprendida.

Puse los ojos en blanco. —Muy divertida.

—¿Qué? Estoy sorprendida.

Miré la pantalla del teléfono. —Ya que te niegas a conseguir un iPhone y estoy
perdiendo mi roaming, tienes cinco minutos, así que habla de algo real y deja de
hacerme perder el tiempo.

Ella ríe. —Bueno. Papá vino anoche. Salió bien. Le gusta Adam. A Adam le
gusta. Johnny sigue siendo un idiota enorme. Me llamó la versión hispana de
Martha Stewart.

—Básicamente Doña Florinda.

Vanessa se echó a reír en voz alta. —Realmente te odio por decir eso. ¿Cuándo
volverás?

—Dos días.

—¿Te estás divirtiendo? Apuesto a que Warren está muy contento de que estés
allí.

12
Programa de televisión donde muestran las mansiones de celebridades.
Había estado pensando en eso todo el día mientras estaba sola en casa,
caminando sin rumbo fijo. No podía ni siquiera mantenerme ocupada por la
limpieza ya que todo estaba impecable. Quiero decir, el tipo apenas estaba en casa.
Supongo que ese era el secreto para mantener los pisos limpios y los gabinetes
ordenados. Miré a mí alrededor y suspiré, deseando que estuviera aquí,
preguntándome si realmente estaba feliz de que lo estuviera o si empezaba a darse
cuenta de que traerme había sido un error.

—Está muy ocupado. Ni siquiera lo sé.

—¿No sabes qué? —preguntó ella. Prácticamente podía ver su ceño fruncido—.
¿Qué sucede?

—Esta cosa entre él y yo nunca funcionará —susurré mientras miraba las


paredes gris oscuro de su gran habitación.

—¿Por qué dirías eso? Obviamente, está muy interesado en ti si te invitó a ver
cómo estaba en la casa de mamá. Deja de ser pesimista.

—No soy yo pesimista. Esto es la vida real. Es tan solo aquí. Tan, tan solitario
—dije sintiendo lágrimas formarse.

Ella permaneció en silencio por un largo tiempo y finalmente exhaló. —Lo


siento. ¿Has conocido a alguno de sus amigos?

—Sí. Ellos son agradables. Sus esposas... no tanto.

—¿De verdad?

—Bueno, solo dos o tres son malas, el resto parece estar bien. Eso no es lo que
me fastidia, sin embargo.

—¿Qué te molesta?

Mis hombros se desplomaron. —Siempre está ocupado. He estado sola más de


lo que he estado con él, lo cual está bien, lo entiendo, vino aquí a trabajar y lo
entiendo, pero ¿por qué me pide que venga? ¿Por qué traerme? Y entonces...

—¿Y entonces?

—Es estúpido.

—Solo dilo.
—No lo sé. Es como que el Warren que sus amigos conocen y el Warren que
conozco son personas completamente diferentes.

—¿Está actuando de manera diferente?

—No. Está actuando de la misma manera —dije—. Es la forma en que lo


describen... No lo sé. No lo sé. Un niño rico y estirado.

—Um...

—No. Sabes que no es así.

—Um...

Miré la pantalla de mi teléfono otra vez. —Mierda. Se acabó el tiempo. Tengo


que irme, Vee. Saluda a todos y dile a mamá que no estoy bebiendo el agua.

Ella rio. —Estás en el Reino Unido, no en República Dominicana, idiota.

—Bueno, estoy siendo cautelosa.

—Te amo. Nos vemos pronto y diviértete. Incluso si tienes que salir y explorar
sin él, hazlo. Tal vez encuentre que te encanta allí y será genial cuando regreses y lo
veas de nuevo. Quién sabe, tal vez tendremos que mudarnos a Inglaterra pronto.

Sonreí ante eso. —Te quiero. Te veo pronto.

Una hora se convirtió en dos. Finalmente, le envié un texto. Planes de datos


condenados, no podía sentarme allí sin saber cuál era el estado de nuestra cita. La
cosa era, mi texto no pasaría. Mierda. Mierda. Mierda. ¿Se suponía que debía
llamar a la compañía de teléfonos móviles y hacerles saber que estaría viajando al
extranjero? Gemí y me arrojé de vuelta a la cama. Estas eran cosas que la gente que
viajaba conocía la respuesta.

Terminé cayendo dormida y despertando con una sacudida. Parpadeé y bostecé


cuando me senté en la cama, todavía con los tacones, los vaqueros y el leotardo
negro lindo que había adquirido para el viaje. Cuando me quedé dormida, la luz
seguía brillando en la habitación, pero ahora era completamente negra. Me volví y
miré la hora en la mesilla de noche. Leía doce trece. Me quité los tacones y los tiré
al lado antes de salir de la cama e ir en busca de Warren.

Bajé a la sala de estar, donde la luz estaba encendida, esperando encontrarlo


allí, pero estaba vacío. La cocina, su oficina, la sala de juegos, la sala de cine, todo
estaba vacío. ¿No volvió? El pensamiento vino con una ola de ira. ¿De verdad me
había dejado allí? Mi estómago gruñó y me dirigí a la cocina a comer algo de queso
y uvas que había guardado antes. Fue entonces cuando vi las luces en el exterior.

El frío viento me golpeó fuertemente cuando salí fuera y cerré la puerta detrás
de mí. Me rodeé con mis brazos y caminé hacia las luces. Cuando me acerqué, me
di cuenta de que era un campo de fútbol y vi a Warren rebotando la pelota en la
punta de su pie. Obviamente, había vuelto a casa y se había cambiado en algún
momento y no se molestó en despertarme para poder hacer lo mismo. Llevaba
pantalones de chándal y una camiseta de manga larga con el número diez en la
espalda, mientras golpeaba la pelota y la cogía con ambas manos. Por un momento
lo miró como si fuera una especie de bola de cristal que respondería a sus
preguntas.

Entonces, con la misma rapidez, su trance terminó y él lanzó la pelota al suelo


y comenzó a patearla al otro lado del campo. Sus movimientos eran lentos,
graciosos, casi como un patinador en una pista mientras iba de un lado del campo
al otro. Su mirada se mantuvo firme en la meta que tenía delante al hacer esto. Me
pregunte si se estaba imaginando a sí mismo jugando un partido real contra
oponentes reales. Su expresión era serena mientras miraba a la red y hacía un
trabajo de fantasía en la pelota. Y tal vez fue porque era él, o porque yo no sabía de
fútbol, pero definitivamente me impresionó.

Recorrí la longitud del patio en silencio, intentando contener un escalofrío cada


vez que mis pies descalzos golpeaban el frío césped debajo de mí. Cuando llegué a
la línea lateral, me senté lentamente, sin apartar mis ojos de él, aunque su espalda
estaba frente a mí y él no había notado que yo estaba allí. Tal vez era el viento
calmante, o la paz y la tranquilidad, o que eran solo los dos de nuevo, pero mi ira
parecía disipar un poco mientras me sentaba allí y observaba. Con ambos pies,
pateó la pelota detrás de él y de alguna manera terminó en la parte delantera de su
cuerpo. Subió la rodilla justo antes de que aterrizara, lo rebotó, luego lo dejó caer
hasta la punta de su pie y lo pateó. Mis ojos se abrieron.

Él practicó el mismo movimiento una, dos, tres veces, y daba en el clavo cada
vez. Sacudí mi cabeza en asombro. No fue hasta que él comenzó a correr hacia la
meta opuesta que me notó, y cuando lo hizo, se detuvo de inmediato en sus pasos,
el balón rodando lentamente fuera de su alcance. Jaló la cintura de su camiseta
hacia arriba y limpió su rostro mientras caminaba hacia mí, dándome un peep
show13. Caminó a la derecha y sacó dos botellas de agua de una hielera y se bebió
una por completo mientras caminaba hacia mí. La aplastó en su mano y la lanzó a
un lado cuando se sentó en frente de mí con un suspiro pesado.

—¿Hace cuánto has estado aquí fuera? —preguntó él, alcanzando mis pies
desnudos y poniéndolos sobre su regazo.

13
Filme erótico visto a través de una mirilla
—Un rato.

—Tus pies están congelándose —dijo él mientras los masajeaba gentilmente.


Cerré mis ojos y me sentí a mí misma relajarme.

—Estoy enfadada contigo.

Las manos de Warren dejaron de moverse. Mis ojos estallaron abiertos y se


encontraron con su mirada nublada. Suspiró pesadamente, usando una mano para
peinarla a través de su cabello antes de moverse al frente, extendiendo sus piernas
abierta, y levantándome para ponerme encima de él. El movimiento hizo que mis
piernas se envolvieran alrededor de su cintura y puse mis manos en cada lado de
sus hombros para evitar caerme.

—¿Por qué, nena? —preguntó él, besando mis labios, mi mejilla, mi


mandíbula.

—Me dijiste que regresarías en un par de horas, así que me vestí y me puse
maquillaje y luego... nada. —Busqué sus ojos.

—Voy a ser honesto. —Cerró sus ojos y dejó salir un suspiro antes de mirarme
de nuevo—. Olvidé que estabas allí.

—Tú... —Comencé, pero tomé un momento para tragar y reorganizarme—.


¿Olvidaste que estaba allí? —Me detuve de nuevo, esta vez incapaz de ocultar mi
frustración—. Tomé un vuelo nocturno de unas siete horas, fui recogida por un
completo extraño quien ni siquiera intentaba actuar como si él estuviera contento
de verme, entonces fui puesta con algunas estúpidas perras que actuaban como si
fueran mejores que yo, para venir a verte por pocos días... ¿y tú olvidaste que yo
estaba aquí?

Él se encogió. —Lo sé. Lo siento.

Sacudí mi cabeza y alejé la mirada, dejando caer mis manos de sus hombros
para cruzar mis brazos mientras miraba hacia el campo.

—Lo siento. —Él se inclinó hacia mí y puso su boca sobre mi cuello—. Por
favor, no te enfades conmigo —dijo él, su voz un murmullo junto a mi oído.

Rodé mis ojos, aunque él no podía verme con su rostro en mi cuello. Se movió
ligeramente, el ligero vello sobre su rostro enviando un cosquillo hacia abajo por mi
espina, pero aun así, me negaba a moverme. Él besó mi clavícula ligeramente y
movió su boca con besos a boca abierta todo el camino hacia arriba hacia mi cuello,
mi mandíbula, hasta que él alcanzó mi oído. Cerré mis ojos, tratando de ignorar la
manera en que mi respiración se atoró y mi corazón cayó hacia mi estómago.
—Realmente lo siento, nena. —Su voz era un ahogado susurro en la concha de
mi oído—. No sé lo que es tener a alguien esperándome.

—No sé lo que es viajar miles de millas solo para ver a alguien por unos días —
susurré—: pero vine. Por ti.

Nuestros ojos se encontraron brevemente, y en los suyos vi un destello de dolor


que no entendí o tuve tiempo de cuestionar antes de que sus labios se estrellaran
contra los míos. Me besó profundamente, su lengua alejando algunas de mis dudas
y reemplazándolas con una ola de deseo. Su brazo me rodeó mientras se movía
sobre sus rodillas, recostándome sobre mi espalda mientras él se colocó sobre mí.
Nuestros ojos se encontraron cuando se sacó su camiseta. Mi mirada dejó la suya
momentáneamente para admirar sus tatuajes, las perforaciones en sus pezones, su
cuerpo completamente hecho trizas.

—¿Tienes frío? —susurró él. Sacudí mi cabeza, sintiéndome mareada por la


manera en que él me estaba mirando. Bajó su mano hasta el botón de mis
vaqueros—. Te quiero desnuda.

—Entonces desnúdame —susurré en respuesta.

Su caliente mirada pasó sobre la longitud de mi cuerpo lentamente mientras


me sacaba los vaqueros, mirando mis piernas desnudas y el leotardo que tenía
puesto. Sus manos hicieron su camino hacia arriba por mis pantorrillas, hacia mis
muslos, apretándolos cuando llegaron a la parte inferior del leotardo. Deshizo el
botón y lo sacó sobre mi cabeza, su pecho expandiéndose en un pesado jadeo
cuando tomó mi desnuda forma. Sus labios se separaron ligeramente.

—Eres la cosa más perfecta que alguna vez haya visto.

—¿Yo? —dije, sonriendo—. ¿Te has mirado en el espejo recientemente?

Se inclinó sobre mí, su duro pecho presionándose contra mis suaves pechos
mientras sus labios encontraban los míos en un suave beso lánguido. Él rompió el
beso y se desvistió rápidamente, lanzando prendas de ropa a un lado sin molestarse
en ver donde caían, y estuvo justo de regreso encima mío, besándome de nuevo, sus
manos enhebrándose en el cabello sobre mi nuca mientras su lengua bailaba junto a
la mía.

Me presioné contra él, gimiendo con la sensación de su larga erección


enterrándose contra la parte inferior de mi vientre cuando él se sacudió contra mí.
Sus labios hicieron su camino hacia abajo por mi cuerpo, a mi pecho izquierdo, su
lengua rodando y tirando. Una de sus manos hizo su camino hacia abajo por mi
lado, enterrándose en la carne de mi muslo mientras él jalaba mis piernas más
separadas para llevar su mano entre mis piernas, acariciando, probando. Gemí su
nombre y me sujeté a su cabello con una fuerza que hizo que sus ojos volaran a los
míos.

—No tengo un condón —susurró él.

—No me importa.

Él sabía que yo estaba con la píldora. Me había visto tomarla cada mañana
mientras estuve aquí y le comenté sobre eso e incluso aunque sabía su historial con
mujeres, solo me importaban dos cosas: que él estaba limpio y que lo necesitaba
dentro de mí justo en este instante. Me mecí contra la mano que él tenía entre mis
piernas y gemí.

—Warren.

—Vas a matarme, chica linda —dijo él, un gruñido contra mi otro pecho. Se
reajustó sobre mí y tragué a través de mi jadeante respiración cuando la punta de su
erección se deslizó contra mis resbaladizos pliegues—. Vas a ser mi jodida muerte.

Quería decirle que el sentimiento era mutuo, pero no pude encontrar mi voz a
tiempo antes de que él se deslizara dentro de mí completamente. Gemí
ruidosamente, mi espalda arqueándose mejor. Un susurrado—: Warren —escapó
de mí cuando él continuó moviéndose lentamente, dándome un respiro y
tomándolo una vez más con cada profundo empuje. Nuestras miradas se
encontraron y bloquearon, y él bajó sus labios para besar los míos una vez más, mi
mejilla, luego mi nariz. Acarició su nariz contra la mía una vez antes de soportar su
peso sobre sus manos una vez más mientras continuaba empujando y mirándome,
sus labios separados mientras me miraba con adoración, que comenzaba a
acostumbrarme a ver en sus ojos cuando él me miraba. Recogió mi mano y la puso
sobre su corazón latiendo rápidamente.

—Nada es mejor que esto —dijo, gimiendo cuando levanté mis caderas y
encontré su empuje, causando que se enterrara más profundo. Sostuve mi
respiración por un segundo cuando dejé que mi cuerpo se acostumbrara a cuan
profundo se sentía dentro de mí por este ángulo.

—¿Ni siquiera el balompié? —Me las arreglé para susurrar.

Llevó su boca abajo a la mía de nuevo, sus labios moldeándose contra los míos.
Rompió el beso momentáneamente, su pecho agitándose contra el mío, el mío
contra el suyo mientras sentía la tensión alcanzar su máximo dentro de mí.

—Nada, Camila —susurró—. Nada.


Me besó de nuevo, mis uñas enterrándose en su ancha espalda mientras se
movía más profundo, más duro, sus dedos agarrando la parte inferior de mi trasero
como si estuviera sosteniéndome hacia él, empujándose a sí mismo más profundo
al interior, más duro. Hizo eco dentro de mí. Lo sentí a él entre cada latido de mi
corazón, marcándome, tomándome, la emoción en sus ojos dándome respuestas
que no me atrevía a preguntar, y se las devolví. —Yo siento lo mismo —dije con mi
boca sobre su cuello. No puedo dejar de pensar en ti cuando no estás alrededor, mis
manos dijeron mientras se movían hacia arriba por su musculosa figura y tiraban de
la punta de su cabello. Y no puedo tener suficiente de ti cuando lo estás. Esto es real,
dijeron sus ojos. Lo sé. Lo siento también, respondieron los míos en un beso.
Capítulo 29
Traducido por Juliette

Corregido por LittleCatNorth

Warren
Antes de Camila, pensaba que la mayoría de las mujeres eran iguales. Claro,
diferían en características físicas, pero siempre me habían atraído el mismo tipo de
mujer: segura de sí misma, sexy, material de esposa-trofeo. Camila era el tipo de
mujer que no podía tratar de clasificar, y eso era lo que me atraía a ella más y más,
con el pasar de los días. De alguna manera, en el transcurso de unas pocas
semanas, había logrado exigir un lugar en mi corazón. Uno que no podía ser
llenado por nadie más o borrado por su ausencia. Ese pensamiento me asustó,
porque sabía que lo que estaba ocultando de ella cambiaría las cosas. Simplemente
no sabía hasta qué punto, y tenía miedo de averiguarlo. Mientras le acariciaba el
cabello y la observaba tomar respiraciones suaves y profundas en su sueño, una
terrible sensación se extendió a través de mí. Ella se iba a casa pronto y ya echaba
de menos su presencia.

Desde el momento en que puse los ojos en ella, supe que sería diferente. Desde
la primera conversación, supe que valdría la pena. Desde el momento en que la
tuve, supe que nunca conseguiría suficiente. Y ahora que la tenía, no podía
averiguar adónde ir desde aquí. Lo único que sabía con certeza era que la idea de
perderla me hacía sentir pánico.
Capítulo 30
Traducido por Antonietta

Corregido por LittleCatNorth

Camila
Estaba haciendo el desayuno para mí y Warren cuando lo oí viniendo detrás de
mí. Sonreí y volteé la salchicha que estaba friendo mientras él envolvió sus brazos
alrededor de mi estómago.

—Huele tan bien —dijo él, apretándome y metiendo su cara en mi cuello.

—Estará listo en unos dos segundos —dije—. Si dejas de mover tus manos por
mi cuerpo.

—Amas mis manos sobre tu cuerpo. —Las movió más abajo, metiendo una en
el frente de mis shorts. Aguanté la respiración, mi frecuencia cardiaca
incrementándose.

—Voy a quemar esto si no te detienes.

—Puedo irme sin comer.

Su mano se escabulló dentro de mis bragas, sus largos dedos moviéndose a lo


largo de mis pliegues. Tiré mi cabeza hacia atrás con un gemido. El hombre
definitivamente sabía cómo usar sus dedos. Y su lengua. Y su polla. Temblé contra
él.

—De verdad deberías detenerte —susurré, jadeando cuando tocó mi punto


sensible.

Aunque después de los últimos dos días, todo era sensible. Continuó moviendo
su boca a lo largo de su cuello, sus dedos sobre mi clítoris, su otra mano subiendo
para ahuecar mis pechos desnudos bajo la camiseta de algodón que me había
prestado para usar en la cama anoche. Sentí la acumulación viniendo antes de
poder formar otra protesta. La espátula se cayó de mi mano en un ruido fuerte
contra el sartén y gemí su nombre, mis rodillas debilitándose por el placer. Warren
me sostuvo de pie y se inclinó sobre mi hombro para mover la sartén y apagar la
estufa antes de empujar mis shorts de algodón hacia abajo y girarme para enfrentar
la sala de estar. Mis manos se ubicaron sobre la encimera mientras él me inclinaba
y separaba mis piernas más ampliamente. No dio ninguna advertencia antes de
deslizarse dentro de mí con un lento y largo movimiento. Sentí su longitud todo el
camino hasta mi pecho, su circunferencia tomando el resto del espacio dentro de
mí, y yo jadeé fuerte. Dejó un beso sobre mi hombro, y luego comenzó a moverse
de verdad.

—No me dejes —dijo, su voz un gemido junto a mi oído. Gimió


profundamente cuando me apreté a su alrededor—. Dios. Jodidamente no me
dejes, Camila.

Mis ojos se cerraron pesadamente mientras la ola de mi segundo orgasmo


empezó a llenarme, haciéndome cosquillear desde la punta de mis pies al tope de
mi cabeza. Encontré sus empujes más profundo, más rápido, más duro, y gemí otra
vez cuando sentí otra ola viniendo sobre mí. Mordió mi hombro, sus dedos
enterrándose en mis caderas mientras me jalaba bruscamente hacia él,
encontrándome en dos empujes finales antes de vaciarse dentro de mí con un fuerte
y gutural gemido de mi nombre.

—No se suponía que tuviera sexo antes de practica —exhaló, descansando su


frente en mi hombro.

Puso una toalla de papel entre mis piernas y moví mi mano para sostenerla
mientras caminaba hacia el baño.

—¿Por qué? ¿Tus rodillas se debilitan cuando corres? —pregunté mientras


caminaba de regreso. Warren estaba metiendo su jersey en sus shorts. Sus ojos se
dispararon hacia los míos y se rio.

—Tienes una seria obsesión con mis rodillas.

Sonreí. —Por motivos puramente egoístas.

—Bueno, en ese caso. —Se acercó a mí, envolviendo un brazo a mí alrededor y


jalándome hacia él para besarme de nuevo—. Me aseguraré que mis rodillas estén
sanas para tu apetito sexual.

Me alejé de él y me giré hacia la cocina para esconder mi sonrojo, pero su risa


me dijo que lo vio de todas formas. Desayunamos, salchichas quemadas incluidas,
antes que se fuera.

—Si crees que puedas lidiar con manejar en el lado derecho de la carretera,
toma uno de los autos. Todos tienen navegación —dijo mientras caminaba con él
hacia el garaje.
—No tengo licencia, ¿recuerdas?

—Ah. —Sonrió—. ¿Quieres que te lleve a la casa de Miriam? Ella está


muriendo por tiempo a solas contigo.

Sonreí. La había conocido brevemente cuando vino con su hija Penélope ayer,
pero realmente no habíamos tenido oportunidad de hablar. Me agradaba.
Probablemente era una de las únicas personas que en realidad me agradaba en
Manchester hasta la fecha, así que acepté. Warren estaba al teléfono cuando
terminé de vestirme y caminé hacia el garaje, y en vez de ir hacia el asiento del
conductor, él camino hacia el del pasajero y colgó las llaves delante de mí. Me
opuse.

—No puedo manejar.

Se rio. —Hazlo por mí.

Miré alrededor del garaje, hacia los cuatro lujosos autos que tenía ahí. —¿Cuál
de estos no costaría una fortuna para reparar si lo daño?

—¿Si lo dañas? —preguntó, sus ojos amplios. La sonrisa se deslizó de su


rostro—. Mierda.

—Te lo dije, no puedo manejar.

—¿Nunca antes has manejado? ¿Nunca? —preguntó, lanzándome una mirada


de incredulidad.

—¿Crees que te mentiría sobre algo tan… extraño?

—Esperaría que no mintieras en absoluto, pero no lo sé —dijo con un


encogimiento de hombros.

Rodé mis ojos. —La única cosa que he manejado es un Vespa y eso fue en
República Dominicana cuando tenía catorce años. Eso ni siquiera cuenta ya que
iba a cinco millas por hora y mi abuela estaba sentada detrás de mí, prácticamente
manejando por mí todo el tiempo porque estaba muy asustada por su seguridad.

Warren se rio ruidosamente, tirando su cabeza hacia atrás. Sonreí a la vista, a


pesar que era a mis expensas… o a las de mi abuela. De cualquier forma, amé la
forma en que su rostro se iluminó cuando se echó a reír descaradamente así. Me
miró, la diversión brillando en sus ojos cuando lo hizo.

—Solo escoge un auto.


—Tú escoge un auto —dije severamente, mis ojos amplios—. No quiero que
me odies si estrello alguno de ellos.

Su mirada se suavizó mientras caminaba hacia mí y me empujaba contra su


pecho. Inhalé su aroma mientras masajeaba la parte de atrás de mi cabeza. —
Nunca podría odiarte, nena.

—Dijiste que no dejabas a nadie manejar tus autos —dije de forma


amortiguada contra su pecho. Se inclinó hacia atrás para mirarme a los ojos.

—Tú no eres nadie —dijo.

Sus ojos sostenían una seriedad que hizo a mi estómago hundirse. Quería
preguntarle qué significaba eso, quién era yo, por qué dijo eso, por qué parecía ser
inflexible en hacerme sentir de la manera que lo hacía, como si fuera la cosa más
importante en el mundo para él. Estaba tan asustada de preguntar, así que en su
lugar, me puse de puntillas y lo besé. Él gimió y empujo contra mí, haciéndome
tropezar con el lado del auto negro detrás de mí. Nos separamos con la respiración
pesada.

—Vas a hacer que llegue tarde.

—Tú vas a hacerte llegar tarde.

Sonrió. —Escoge un auto.

Tragué y tomé la mano que me ofrecía para ponerme completamente recta.


Giré alrededor y miré hacia los autos de nuevo, finalmente apuntando hacia la
camioneta negra. No podría hacerlo mal con una camioneta, ¿cierto? Y si lo
chocaba, no moriríamos… ¿cierto? Gemí mientras caminábamos hacia él. Warren
se rio detrás de mí.

—Y para colmo, tengo que manejar en el lado equivocado de la carretera —dije


mientras nos metíamos en el auto.

—Pero nunca antes has manejado —dijo él, riéndose mientras abrochaba su
cinturón de seguridad.

—¿Y?

—Y no notarás la diferencia.

Tomé una respiración realmente profunda y exhalé mientras encendía el auto y


miraba el retrovisor mientras la puerta del garaje se abría detrás de nosotros. Agarré
el volante.
—Tienes que quitar la P y ponerlo en la pequeña R —dijo.

Mis ojos cortaron los suyos. —Sé eso.

Se encogió de hombros. Si no fuera tan malditamente bien parecido, habría


querido abofetear la sonrisa juguetona de sus labios.

Después de unos segundos, puse el auto en reversa y presioné el pedal. Mi


corazón subió a mi garganta mientras el auto se movía hacia atrás y fuera del
garaje. Iba lento y no había nada detrás de mí, así que todavía estaba bien. Logré
manejar todo el camino hasta la puerta y me detuve mientras se abría. Y cuando
giré fuera de la calzada, miré de nuevo hacia él.

—Oh por Dios. No puedo creer que vaya a manejar en la calle de verdad —dije
fuertemente—. ¿Estás jodidamente loco?

Warren se echó a reír. —Y aquí estaba yo, sintiéndome afortunado porque


sabía el secreto para hacerte gritar.

El calor subió a mis mejillas. —Técnicamente sigues siendo el único que me


hace gritar.

No podía quitar mis ojos de la carretera por el miedo de hacer algo mal, pero
pude sentir sus ojos en mi rostro. Warren me dijo la dirección a la que ir, y resultó
que no tenía que conducir en ninguna de las calles principales para llegar a la casa
de Miriam y Sergio. Estaba a tres caminos serpenteantes y una vuelta de distancia
de la suya. Cuando llegué a la casa y por la calzada, puse el carro en freno y
presioné mi espalda contra el asiento, cerrando mis ojos y dejando salir una pesada
respiración de alivio.

—Manejaste —dijo Warren, su voz baja. Su mano encontró la mía, todavía en


el volante, y la soltó para llevarla hacia su boca. La besó suavemente—. Manejaste,
nena.

Abrí mis ojos y giré mi rostro hacia él suavemente. Sonreí. —Manejé.

Su sonrisa se amplió. —Sabía que podías.

—Gracias por dejarme hacerlo —dije, tomando otra respiración profunda.

Sentí mi ansiedad bajando con cada segundo que pasaba. Nuestros dedos se
entrelazaron con los del otro, y nos movimos en nuestros asientos para enfrentar al
otro. Odiaba la cosa en el medio que nos separaba.
—¿Estás feliz? —preguntó. Por la forma como su voz bajó una octava y me
miró, no estaba segura de si estaba hablando sobre manejar o de algo más. Asentí y
sonreí.

—Mucho.

—Yo también.

Nos movimos uno hacia el otro al mismo tiempo, nuestros labios


encontrándose en un suave beso que pronto se volvió delirante. Hubo un fuerte
golpe en la ventana que nos hizo separarnos rápidamente. Sergio estaba afuera con
una sonrisa en su rostro. Warren bajó la ventana.

—¿Alguna noticia para mí? —preguntó.

Warren suspiró. —No todavía.

Sergio sacudió su cabeza, y miró hacia mí con una sonrisa. —Hola, Camila.
Miriam ha estado hablando sin cesar sobre su salida de compras. Ven adentro
cuando estés lista.

—Gracias —dije, agradecida porque dejó sus idioteces… al menos por el


momento.

Warren me dio la llave de su casa, me explicó su sistema de alarma, el sistema


de su puerta, y se fue a su práctica y yo fui adentro a esperar a Miriam. Fuimos al
centro comercial más grande que he visto en mi vida llamado el Manchester Arndale,
así ella podría comprar un traje de baño para el próximo viaje de vacaciones que iba
a tomar con Sergio.

—¿Penélope estará sola cuando se vayan? —pregunté.

Miriam suspiró. —Lamentablemente. Cumplirá dieciocho la próxima semana


y quiere hacer sus propias decisiones.

—Es una buena chica —dije, basada en la impresión que tuve cuando la
conocí.

—No es por ella por quien estoy preocupada —dijo Miriam, cortando su
mirada con la mía mientras entrábamos en otra tienda—. Son los muchachos que
alojamos.

Asiento lentamente. —Los jugadores de fútbol parecen ser un problema.

Se echó a reír. —Tú lo sabrás.


—Warren no es malo —dije sonriendo.

—No lo es —dijo con una sonrisa amable—. Parece enamorado de ti. Nunca lo
he visto tan… tranquilo.

—¿Tranquilo?

A pesar de mí misma, mi corazón dejó de latir. Instantáneamente pensé en las


fotos que había visto de él y sus pasadas formas de mujeriego. Me odié por tener
esos pensamientos después que me había demostrado lo contrario.

—No de la forma que estás pensando. Solo tranquilo en general. No ha ido a


beber desde que ha regresado… es un buen cambio.

Miré a través de los trajes de baño distraídamente mientras hablábamos. —No


es algo bueno si es un cambio repentino, o si cambió por mí. Eso nunca funciona.

—Creo que viene desde hace largo tiempo. Necesitaba bajar la velocidad.
Incluso cuando estaba con… —Se detuvo, sus ojos ampliándose mientras se detenía
a sí misma de continuar la oración. Quería saber más sobre su vida y cómo era
antes, así que sonreí y la animé a continuar.

—No me importa. ¿Cuándo estaba con Elena? —dije.

—Con Elena —dijo, sacudiendo su cabeza y chaqueando sus dientes—. Esa


relación era un desastre.

—Sé que lo engañó con su compañero de equipo.

—Uno de sus compañeros de equipo. Quién sabe cuántos jugadores de los


otros clubes de fútbol —dijo ella.

Elevé mis cejas. —¿Cómo reaccionó él?

Miriam rio una vez. —Se volvió chiflado.

—¿Loco? —pregunté frunciendo el ceño.

—Sí. Absolutamente loco.

—No lo culpo —dije.

—Ni yo tampoco, no que él fuera un santo. —Hizo una pausa, ofreciéndome


una sonrisa amable—. No estoy diciendo que alguna vez te haría eso. Tienes que
darte cuenta que tú y Elena son como el día y la noche y parece que sacas sus
mejores cualidades. —Se echó a reír—. Cualidades que no tenía ni idea que tenía
antes de conocerte.

—Parece estar muy ocupado todo el tiempo —dije, cambiando un poco de


marcha. No quería ser el centro de la razón por la que él supuestamente había
cambiado—. Su vida es bastante abrumadora.

—No es para débiles —ofreció—. Tienes que realmente quererlo si quieres que
tu relación sobreviva el escrutinio.

Asentí. Esa era la gran pregunta, pero para mí no era una pregunta en absoluto.
Por supuesto que quería. Sabía que tendría que compartir mi tiempo con el mundo,
y estaba de acuerdo con eso porque al final del día, me quedaba con él. Era una
aterradora realización, y una que me hizo cuestionarme mi propia cordura porque,
¿cómo funcionaría? Yo iba a regresar a Nueva York. Él iba a quedarse aquí o iría a
Barcelona. De cualquier forma, lejos, muy lejos de mí. ¿Me mudaría y dejaría todo
atrás por él? ¿Me mudaría lejos de mi papá? Apenas lo tenía de regreso. ¿Era un
cambio que estaba dispuesta a hacer? ¿Lejos de mi hermana? ¿De mi vecindario y
de todo lo que alguna vez había conocido?

La mirada en mi rostro debe haber sido igual de nublada que mis


pensamientos, porque Miriam apretó mi hombro gentilmente y atrajo mi atención.
—Todo estará bien.

Sonreí agradecidamente y cambié el tema a la costa Almalfi, su próximo


destino.
Capítulo 31
Traducido por Carilo y Gisenid

Corregido por LittleCatNorth

Camila
En la noche cuando Warren llegó a casa, me dijo que me preparara porque
íbamos a salir a bailar. Me puse un corto vestido rojo que Vanessa había empacado
para mí y negros tacones altos que me dejó tomar prestados. Warren salía de la
ducha cuando terminé de aplicar mi maquillaje y me arreglé el cabello delante del
espejo empañado. Seguí limpiando la niebla para asegurarme de que parecía
presentable.

—¿Eso es lo que vestirás? —preguntó detrás de mí, su voz cogiéndome con la


guardia baja.

Me di la vuelta rápidamente, mi mirada abriéndose paso por su cuerpo y


deteniéndose sobre la toalla envuelta alrededor de su cintura, por debajo de la V de
sus músculos estirados. Me dio un vistazo largo y completo y yo asentí, tragando
con fuerza. Sacudió la cabeza, sus ojos llenos de lujuria encontrándose con los
míos.

—Va a ser una jodida larga noche.

—Podríamos simplemente saltarla —le ofrecí, sonriendo.

—Todo el equipo va a celebrar el cumpleaños de Stephen. De lo contrario, me


lo saltaría. —Caminó hacia mí lentamente, cada paso cuidadoso y medido, y se
detuvo directamente frente a mí.

—Está bien —susurré, inclinando mi cabeza para mirarle a los ojos.

Llevó su pulgar a mi boca y lo arrastró por mis labios, por mi barbilla, por la
longitud de mi cuello, y cuando se detuvo en el valle de mis pechos, justo encima
de la copa de mi vestido. El calor en su mirada apenas se contenía mientras me
miraba, y pude sentir que me estaba desentrañando por él, mis miembros
suavizándose, mi aliento atorándose.
—Las cosas que quiero hacer contigo, chica linda —dijo, por fin, con voz
espesa.

Tragué. —Yo te lo permitiría.

—Sé que lo harías —dijo, su mirada oscureciéndose mientras deslizaba sus


dedos entre mis pechos, burlándose de mí, dentro y fuera antes de que su teléfono
sonara y nos separara.

Maldijo con pesar mientras se acercaba a contestar y me senté en la cama,


observándolo mientras hacía malabares con su conversación y se vestía. Cuando
finalmente llegamos al club, destellos de luces de los fotógrafos fuera del club nos
saludaron, y una vez más, me pregunté cómo manejaba él la atención persistente y
el escrutinio. Nos preguntaron más sobre Barcelona y yo y, otra vez, mantuvimos la
cabeza gacha y entramos en silencio. Una de las chicas de dentro nos llevó a una
sección VIP, donde un grupo grande de personas ya estaban bebiendo, bailando,
hablando, riendo. Reconocí a los que conocía y me presentaron al resto, y esta vez,
a diferencia de la última, todas las mujeres eran amables conmigo; incluso Evelyn,
la ex perra. Terminé sentada junto a una de las esposas que aún no conocía.

—Me encanta tu vestido —dijo.

—Gracias.

—Tú luces como una muñeca. ¿Alguna vez alguien te lo ha dicho? —


preguntó—. Como una bonita muñeca de porcelana.

No confirmé que, de hecho, había oído eso antes, pero le agradecí el cumplido.
Ella continuó hablando de las otras mujeres que estaban allí y se detuvo
dramáticamente cuando señaló a una rubia pechugona sentada en el lado opuesto
de nosotros.

—Esa es Elena —susurró en voz alta.

Mis ojos se agrandaron cuando miré a la mujer. Me sorprendió mirándola y


sonrió cuando nuestros ojos se encontraron. Era algo que esperaba de ella
completamente, después de todo lo que había oído, así que la ignoré.

—No te preocupes. Él nunca volvería con ella después de todo lo que hizo —
susurró.

—No estoy preocupada. —Sonreí.

No lo estaba. No de ella, de todos modos. Sin embargo, había muy poco que
podía hacer sobre la distancia entre nuestra relación y mis crecientes sentimientos
por él. Pasamos el resto del tiempo que estuvimos allí hablando, hasta que su
marido la apartó y Warren me puso un brazo protector a mí alrededor mientras
hablaba con otro de los chicos. Mientras hablaba, otro sujeto vino y se sentó a mi
lado. No podía recordar su nombre porque había tantos de ellos, pero se presentó
como Pablo.

Warren me dijo que volvería en dos segundos y lo miré alejarse cuando Pablo
me hizo preguntas sobre Nueva York y lo que hacía allí. Contesté, aunque
realmente no estaba prestando mucha atención a nuestra conversación porque mis
ojos estaban pegados a Warren. Miré como Elena aprovechó la oportunidad para ir
hasta él, y tan pronto como ella dijo hola, parecían estar en una discusión.

—Ella es una mierda —dijo Pablo a mi lado. Mi mirada se clavó en la suya—.


Elena. Tiene mucha valentía para aparecerse esta noche.

La mirada de Warren encontró la mía, y por sus ojos entornados y postura


cuadrada, pude sentir la rabia en su interior. Antes de que pudiera detenerme, me
levanté y me dirigí hacia él. Como si sintiera mi presencia, extendió la mano hacia
la mía, sin siquiera mirar para confirmar que era yo. La mirada de Elena recorrió
mi cuerpo lentamente, con una sonrisa en su rostro.

—Podrías haberme superado al menos —le dijo ella.

—Confía en mí, lo hice —respondió él.

Ella regresó su atención hacia él. —He oído que podrías no usar Warren Silva
para conseguir este, así que tuviste que recurrir a tu apellido. De cualquier manera,
parece que funciona para ti.

Mis ojos rebotaron entre los dos. No estaba segura de cuánto tiempo más podía
mirar sin hablar, mientras ellos iban de un lado a otro. Al verla de pie tan cerca de
él, me dio un destello de lo que su relación debió haber sido y eso solo me hizo
sentir incómoda. Parecían volátiles. Peor que Eric y yo, y siempre pensé que
estábamos muy mal.

—Cállate, Elena —dijo Warren. Levanté la vista y vi las venas de su cuello


tensándose, mientras él hervía—. Cierra la boca.

—Oh, golpeé un nervio. Por cierto, ¿cómo está tu padre? ¿Te pidió que
cambiaras tu apellido en tu jersey otra vez? —Ella me miró—. ¿Es por eso que estás
con él? Eres de Nueva York, ¿verdad? ¿Sabes que lo han sacado del testamento de
la familia? No verás ese dinero en tu vida, aunque te cases con él. Incluso si tienes a
su hijo.
La miré, horrorizada. ¿Creía que lo estaba usando? —No me importa su
testamento, su dinero o su fama.

Elena se echó a reír, alzando las cejas. —Claro que no.

El rostro de Warren parecía que estaba a punto de explotar mientras se


quedaba allí. Apreté su mano para hacerle saber que yo estaba allí, pero él la apretó
dos veces más fuerte hasta que grité por el dolor. Me miró de repente.

—Cuidado —dijo Elena, aunque ninguno de los dos la mirabamos—. Te hará


daño. De una manera u otra. ¿No recibiste mi paquete de advertencia? Deberías
haberte hecho un favor y haber terminado las cosas cuando tuviste la oportunidad.

Mi boca cayó abierta. Warren dejó caer su mano de la mía y se alzó hacia
adelante con tanta rapidez y con tal fuerza que Elena se tambaleó hacia atrás.

—¡Puta de mierda! —dijo.

Sus ojos se ampliaron. Retrocedió un poco más, pero golpeó el respaldo de uno
de los sofás. Dos de los compañeros de Warren estaban a su lado antes de que yo
pudiera parpadear. Estaban parados a cada lado de él, sosteniendo sus brazos
mientras yo observaba, completamente pegada al lugar, queriendo gritar, deseando
gritar, avanzar, pero incapaz de hacer nada.

—Elena, vete —le dijo uno de los compañeros.

Ella los esquivó, y Warren fue con ella, bloqueando su camino. Los chicos
trataron de suplicarle—: Déjala ir. Hay cámaras aquí. No necesitas esto. La
temporada está por comenzar.

Pero Warren parecía que estaba a punto de estallar, su rostro enrojecido, la


vena en su cuello pulsando, sus manos dobladas en puños apretados a su lado. Mi
corazón palpitaba fuerte contra mi pecho cuando finalmente di un paso adelante y
me metí entre él y Elena para intentar bloquearla de su visión. Tal vez, si él me
veía, se calmaría. Tal vez. Me quedé allí y sentí un hormigueo nervioso bajar por
mi columna cuando levanté la mirada hacia él y vi la mirada de enojo en su rostro.
Parecía letal.

—Oye, está bien. Es una idiota. Olvídate de ella —dije, esperando que mi voz
fuera lo suficientemente fuerte como para llegar hasta él.

Él arrancó sus ojos de ella y me miró, su mirada se suavizó por un momento


antes de mirarla de nuevo. La expresión de su rostro se endureció una vez más.
—Nunca vuelvas a jodidamente contactarte con ella —gritó él—. No la mires,
no hables con ella, no te acerques a ella. Si salgo de este club, será por tu culpa y de
tu toque de Sadim14.

Se sacudió del agarre de sus compañeros de equipo y tomó mi brazo, gruñendo


un—: Vámonos. —Contra el que yo no habría discutido. Cuando nos alejamos,
podía oír a Elena gritando detrás de nosotros y los chicos gritando de nuevo. Me
estaba llamando un juguete, diciendo que Warren era un idiota, que yo nunca lo
mantendría satisfecho y, sorprendentemente, nada de eso me molestó.

—¡Espero que salgas de este club y vuelvas a tu maldito castillo, Warren


Belmonte!

Me detuve y escuché sus próximas palabras.

—¡Tú y tu padre se merecen el uno al otro!

Warren, que había dejado de caminar cuando lo hice, siguió mirando hacia
adelante, con la mandíbula apretada, sus fosas nasales agitándose. Sabía que él
podía sentir que lo miraba fijamente. Sabía que podía. ¿Por qué no me miraba?

—Vámonos —dijo con voz profunda, dirigida a la puerta por la que entramos.

Respiré profundamente y como un soldado, lo seguí afuera, metiéndome en el


asiento de su auto, y mientras se abrochaba el cinturón de seguridad, mordí mi
labio y miré hacia afuera, esperando que me diera una explicación, mientras nos
alejábamos. Porque tenía que haber una explicación para lo que dijo ella. El cuerpo
de Warren todavía estaba temblando, las secuelas de su enojo aún emanando de él.
Podía escuchar las respiraciones profundas y largas que tomaba, presumiblemente
para calmarse, y quería esperar un poco más, pero no pude.

—¿Qué fue eso? —susurré—. ¿Por qué decía esas cosas?

Finalmente, la mirada de Warren se encontró con la mía por un momento y vi


formándose en ella un tumulto de emociones, ninguna de las cuales hacían nada
para aliviar el nudo creciendo en mi estómago. Con la misma rapidez, miró hacia
la carretera y me aferré al cinturón de seguridad sobre mi pecho. Esperamos a que
la reja de su casa se abriera y condujo por el camino de entrada, directamente hacia
el garaje.

—Tenemos que hablar —dijo Warren mientras salíamos del automóvil.

14
Es lo contrario al toque de Midas, en este caso que todo lo que ella toca lo convierte en mierda.
Sus palabras enviaron una sensación terrible y vacía a través de mí. Esas
palabras nunca iban seguidas de noticias positivas. Tragué y observé mientras él
dejó caer las llaves sobre el platillo a la par de la puerta y comenzó a pasearse por
toda la cocina, con el rostro entre las manos. Cuando resurgió para tomar aire, fue
solo para darme una rápida explicación.

—Preferiría que lo escucharas de mí a que te enterarás por los medios de


comunicación o por mujeres como Elena.

Parpadeé con rapidez, pavor profundizándose en mi estómago, el sentimiento


haciendo que, por instinto, posara una mano sobre este para evitar que se
propagara, que me consumiera.

—¿Me fuiste infiel?

Mi voz es un mero susurro.

Detuvo su andar y levantó la cabeza. —¿Qué?

—¿Me fuiste infiel? —repetí más fuerte.

—No —dijo, frunciendo el ceño y bajó la voz—. No. por supuesto que no.
Nunca te haría eso.

Tragué, repentinamente sintiéndome fría y aterrorizada. Crucé los brazos sobre


mi pecho. Debería haber sentido una ola de satisfacción ante su confirmación, de
alivio, pero no fue así. Solo empeoró mi paranoia porque si no me engañó,
¿entonces qué? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué?

—Entonces dime. ¿De que hablaba ella? ¿Qué quiso decir? —pregunté. Una
vez más, comenzó a pasearse y, de nuevo, repentinamente se detuvo—. Warren.
Detente. Solo cuéntame. Soy yo. Puedes decirme cualquier cosa.

Por la manera en que mi garganta se cerraba, me encontraba sorprendida de


que incluso las palabras salieran de mi boca.

—He estado ocultándote algo —dijo, tragando visiblemente. Mi corazón se


detuvo. Nunca lo había visto así de nervioso. Este era Warren. El seguro de sí
mismo Warren Silva. El hombre que no vacilaba en decir lo que piensa. Warren,
que ni siquiera parpadeó cuando me pidió que saliéramos y al que rechacé todas
esas veces antes de decir sí.

—Estás asustándome —susurré.


—Joder. Lo que ella dijo… —Exhaló con dificultad y llevó su mirada hacia la
mía—. Mi nombre de nacimiento es Warren Belmonte.

—¿Q… Qué quieres decir?

—Mi padre es…

—No Javier —dije, sintiendo una ola de calor extendiéndose a través de mí—.
No Javier Belmonte.

Lágrimas de furia me quemaron los ojos y, antes de que pudiese detenerlas,


comenzaron a caer. Apartó su mirada de la mía y lentamente asintió. De nuevo,
abrí la boca para decir algo, para discutir, para exigirle algo, pero rápidamente la
cerré. Warren levantó su cabeza y me miró de nuevo, remordimiento llenaba sus
ojos verde oscuros. Arrepentimiento que yo no quería. Arrepentimiento que
malditamente no necesitaba de él. Rápidamente me limpie el rostro.

—Lo siento —dijo.

—¿Lo sientes? —Parpadeé con rapidez—. ¿Recuerdas lo primero que te dije


antes de finalmente aceptar salir contigo? —Se mantuvo en silencio, así que
continúe—: Dijiste que nunca me mentirías.

—Lo siento —repitió, cerrando brevemente los ojos.

—Yo… —Se me escapó un sollozo. Coloqué una mano sobre mi boca—. Oh


Dios mío. He estado saliendo con un extraño. Todo este tiempo. Todo este tiempo
ni siquiera te conocí.

—Eso no es cierto, Camila. Sabes que eso no es cierto. —Dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí—. Me conoces mejor que nadie. Me conoces mejor que…

—¡Ni siquiera conocía tu apellido!

—Mi apellido es Silva —dijo, suavizando su mirada; su voz con tono de


súplica—. No te mentí sobre eso.

—Acabas de decir…

—Belmonte es el apellido con el que nací. Ahora ya no lo es.

Limpiando mis mejillas, lo miré fijamente. —Aún eres un Belmonte.

—¡Soy un Silva!
—Tu sangre —dije—. El hombre que te creó, la madre que te dio a luz, la
compañía que tú… —De nuevo, sollocé—. ¿Cuántas veces te dije que los odiaba?

Se estremeció. Una vez más, se acercó, intentando llevar su mano a un lado de


mi rostro. Me aparté, mirando a través de las lágrimas.

—Camila, por favor. Esto no cambia nada. Me conoces.

—Esto cambia todo —dije, incapaz de reconocer siquiera mi propia voz.

—Por favor, no hagas esto.

Sacudí mi brazo y lo encaré. —Tú hiciste esto. Tú. Me mentiste. Me lo


ocultaste cuando tuviste la oportunidad de decir la verdad una y otra vez. Hiciste
que me enamorara de ti, me trajiste hasta aquí, lejos de mi familia, me pusiste en
situaciones que me hicieron sentir incomoda. No me quejé, porque sabía que era
parte del trabajo, ¿y ahora me dices que todo esto era una mentira? ¿Qué todo este
tiempo ni siquiera conocí tu verdadera identidad? ¿Después de todo lo que compartí
contigo? Después de que te conté todo lo que tu padre le hizo a mi familia. Después
de que dejé claro lo mucho que odiaba a los Belmonte.

Sus ojos se abrieron de par en par. Pude ver el pánico escrito en todo su rostro
pero, por primera vez, no puse sus sentimientos antes que los míos. Me di la vuelta
y subí corriendo las escaleras, sacando mi maleta del armario y metiendo todo lo
que pude en él, sin molestarme en doblar nada.

—Por favor, Rocky —dijo a mis espaldas. Ante el sonido de la cruda emoción
en su voz, mis manos dejaron de moverse.

—No me llames así —dije con voz ronca—. No me llames así.

—No fui capaz de contarte después de que dejaste claro que odiabas a mi
familia. Traté de ahorrarte un dolor de cabeza.

Me di la vuelta y lo miré. —Estabas tratando de ganar tiempo para ti.

Asintió y el dolor brilló en sus ojos antes de que los cerrara. —No quise hacerte
daño…

—Demasiado tarde.

—Détente. Solo. Détente.

—La primera vez que puse mis ojos en ti fue en el funeral de tu abuelo.
Parecías tan sola, tan triste —dijo. Se me cayó el corazón al estómago.
—¿Qué? —dije, y luego espeté—: ¿Qué?

Reproduje los recuerdos de ese día, de mí, sentada en una silla plegable frente
al agujero en el suelo, mientras observaba el ataúd más bajo. Ni siquiera puedo
recordar quienes estaban ahí. No podía recordar quien me dijo algo o que dijeron.
Solo me sentí vacía. Y triste. Y sola, a pesar de estar rodeada por toda mi familia.

—Mi padre fue a presentar sus respetos y fui con él. Le pregunté quien eras. —
Hizo una pausa, mirándome, con sus ojos tristes y su rostro alicaído. Algo que, de
alguna manera, se las arregló para hacer que mi corazón se rompiera más, a pesar
de que lo se encontraba diciendo—. Dijo que no sabía y nos fuimos minutos
después de verte; y luego apareciste en Belmonte.

Me llevé la mano hacia la boca, sintiendo como si me fuera a enfermar. Cerré


los ojos, incapaz de mirarlo por más tiempo. Él sabía quién era yo antes de siquiera
ir al bar. Él lo sabía.

—¿Sabías sobre mi padre? —susurré, sintiendo otra lagrima rodar por mi


rostro.

—No —dijo con firmeza—. Te juro que no sabía que era tu padre. Todo lo que
supe acerca de ti, lo aprendí de ti. Ni siquiera sabía tu nombre cuando nos
conocimos en esa reunión. Tienes que creerme, Camila.

Aparté la mirada de la suya. Apenas podía ver sus ojos a través de las lágrimas.
—Ves por qué no puedo, ¿cierto? Entiendes que ahora voy a cuestionar todo lo que
me hayas dicho.

—No, por favor —susurró—. Por favor.

Negué con la cabeza, limpiando las lágrimas de mis mejillas. Se sintió mal que
me viese en el funeral; se sintió mal que me viera en la reunión.

—Para ti, fui un caso de caridad —dije finalmente.

—Nunca. —Sus ojos se abrieron de par en par—. Nunca, Camila. ¿Cómo


puedes decir eso cuando fuiste tú la que me enseño tanto sobre la vida?

Negué con la cabeza y de nuevo, limpie mi rostro. Podía sentir un dolor de


cabeza construyéndose y extendiéndose en la parte posterior de mi cuello.

—Tengo que terminar de empacar. Ni siquiera puedo… Ni siquiera puedo


mirarte en este momento. Tan pronto termine de empacar, me largo.

—Por favor, quédate.


Levanté la cabeza. —¿Estás loco?

—Tu vuelo es temprano en la mañana. No tienes que salir corriendo de aquí.

—No me voy a quedar.

—Dormiré en la habitación de huéspedes. Solo… por favor. Por favor no te


vayas así.

Me quedé callada. ¿Qué podía hacer? Llamar a un taxi y quedarme ¿dónde?


¿En un hotel? ¿Cuál hotel? No sabía nada de este país o donde me encontraba.
Podía decirles que me llevaran a algún lugar cercano al aeropuerto pero, ¿luego
qué? Cambio las divisas, dinero que no necesariamente tenía para gastar después de
comprarle camisetas y cosas que prometí llevarle a mi familia. Tenía que quedarme.
Eran solo un par de horas. Después de pensarlo mucho, asentí una vez y esperé que
fuera suficiente para que supiera que estaba de acuerdo con eso. Asintió una vez
más y sostuvo el pomo de la puerta junto a él.

—Hablaremos en la mañana.

Bajé la cabeza y mire al piso de madera oscura debajo de nosotros. —No hablo
con mentirosos.

—Merezco eso.

—Mereces lo peor —susurré, de nuevo levantando la mirada hacia la suya.

—No podía permanecer lejos de ti. Traté, pero no pude.

—¿Trataste? —me burle—. ¿Cuándo trataste? ¿Cuándo te apareciste en el bar


de Charlie, sabiendo que estaría ahí? ¿Cuándo te apareciste fuera de mi
apartamento y me rogaste que saliera contigo? ¿Cuándo carajos trataste?

Se pasó una mano por el cabello, cerrando de nuevo los ojos. —Lo siento. Lo
siento tanto.

—Deja de disculparte. Solo déjame sola.

Se dio la vuelta y salió de la habitación. —Por si sirve de algo, también estoy


enamorado de ti.

Sus palabras me hicieron retroceder. Di un paso atrás y golpeé el borde de la


cama. Una nueva ola de lágrimas inundó mis ojos.

—No sirve de nada —dije.


Una vez más, se giró, sin molestarse en contener el dolor en su expresión.

—Es mi nombre de nacimiento, no quien soy. Cambie mi apellido cuando él


me repudió. Sé que compartimos la misma sangre, pero no compartimos las
mismas creencias. Somos personas diferentes, Camila, así como tú y tu papá
también lo son. Entiendo que ahora estés molesta, pero si quieres que yo…

—No quiero. —Mi voz estaba extrañamente tranquila y compuesta. Negué con
la cabeza—. Regreso a casa mañana. De vuelta a Nueva York, a mi vida normal, y
voy a olvidar que algo de esto pasó.

Retrocediendo, Warren parpadeó. —No lo dices en serio.

—No lo diría si no lo hiciera. —De nuevo me giré para quedar frente a la


cama—. Necesito terminar de empacar.

Fueron las últimas palabras que le dije.


Capítulo 32
Traducido por LittleCatNorth

Corregido por Elenarumm

Warren
He estado jugando mi vida entera y solo he perdido unas pocas prácticas.
Todas habían sido cuando estuve demasiado enfermo para practicar, pero yo fui, y
me senté en los laterales e hice los entrenamientos que podía manejar. Hoy, estaba
violentamente enfermo. Desperté para encontrar cada rastro de Camila fuera de mi
casa, y enloquecí. Me descargué con todo a la vista, desde los dos Balones de Oro
que había ganado hasta los floreros de cristal que Camila había limpiado y
rellenado para mí el día que salió con Miriam. A donde volteaba veía su rostro. En
la cocina, la olía cocinando. En la sala de cine, la vi sobre el diván. En mi
dormitorio, olí su esencia sobre mis sábanas.

Estaba sentado sobre el frío piso de mármol, mis pies no muy lejos de las piezas
rotas de jarrones de cristal que golpee contra el suelo, cuando hubo un golpe en mi
puerta. Lo ignoré. Miré arriba y a través del panel de cristal, vi a Sergio de pie en el
otro lado. Miré el suelo. Después de más golpes ruidosos, él finalmente desbloqueó
la puerta. Mi cabeza se disparó hacia arriba.

—¿Cómo demonios hiciste?

—¿Quién crees que llevó a Camila al aeropuerto esta mañana? —preguntó él,
sus ojos amplios mientras se arrastraban sobre la sala—. Esto parece como una
jodida zona de guerra15. Sin doble sentido.

—Así que, ¿ella te llamó? —pregunté, mi voz sonando tan distante como me
sentía.

Ella llamó a Miriam.

—¿La viste? —le pregunté, tragando para pasar el nudo formándose en mi


garganta.

—Lo hice.

15
Hace referencia de la forma en como le dicen a Warren cuando está en la cancha. War Zone.
—¿Cómo lucía ella?

—No mucho mejor que tú —respondió él, caminando hacia mí y sentándose


sobre el suelo junto a mí—. Así que ¿supongo que debo preparar un comunicado de
prensa sobre la práctica que te perdiste hoy?

—Me siento enfermo.

—Sí, estaba planeando usar esa excusa.

—No, en serio me siento jodidamente enfermo.

Vomité dos veces más temprano, y no podía decir si había pescado algo o si era
una forma de mi cuerpo para eliminarse a sí mismo de mí. No lo culparía si ese
fuera el caso. Sergio permaneció en silencio.

—¿Crees que la perdí para siempre? —susurré.

Una ola de emoción vino sobre mí mientras decía las palabras. Sabía que no
lloraría, pero me sentía como si pudiera. Miré a la puerta como si en algún
momento ella iba a pasar por allí y correría dentro de mis brazos de nuevo, aunque
sabía que ella no lo haría.

—No lo sé, amigo. Espero que no. Ella es buena para ti.

—Ella es la mejor cosa que alguna vez me pasó.

Sergio suspiró con fuerza. —Yo fui un gilipollas con ella.

—Lo supe. Sé que tenías buenas intenciones, pero yo te habría despedido si


seguías con lo mismo —le dije, mirando hacia él. Él sonrió.

—Warren Silva enamorado. Ese es un gran título para un artículo de las


noticias —meditó él.

—Jódete.

Él se rio. —Estarás bien. Solo dale su tiempo.

Mi corazón se agitó por esa idea. Tiempo. —¿Cuánto tiempo?

—Tanto como el que ella necesite.

Suspiré. Podía sentarme y culpar a Elena por ser la perra que ella era, pero no
lo hice, porque fue mi error en primer lugar. Debería haber estado limpio más
pronto. Nunca debí haber ocultado mi identidad de ella.
—He estado alrededor por treinta y un años, y se necesitó esa cantidad para
realmente vivir —dije a nadie en particular—. Y se necesitó de Camila para
mostrarme cómo hacerlo.

—Estarás bien. —Sergio se levantó y me pateó en la rodilla—. Limpia este


desastre, amigo. Te espero de regreso en el campo mañana.

Con eso, él se fue. Sabía que Camila aún estaba volando, así que esperé,
revisando mi teléfono cada dos segundos hasta que supe que ella había aterrizado.
Finalmente, lo hice. Esperaba por completo que ella dejara ir la llamada al buzón
de mensajes, así que cuando ella descolgó y oí su ahogada voz decir hola, mi
corazón se sacudió en mi garganta y apenas podía responder.

—¿Conseguiste regresar? —pregunté. Mi propia voz sonaba ahogada. No


estaba seguro si fue el vómito o el hecho de que mi corazón estaba empujando en
mi garganta.

—Sí.

Suspiré, odiando la manera en que ella estaba hablándome, como si fuera un


extraño. ¿Cómo podría hacerlo mejor? ¿Qué podía decir? Fui con la única cosa en
la que podía pensar.

—Te amo, Camila. Te amo muchísimo.

Ella estuvo en silencio por un segundo, dos, tres. Miré a la pantalla para
asegurarme que ella aún estaba allí. Cuando la llamé por su nombre, la oí esnifar.

—Tú no sabes lo que es el amor, Warren —susurró ella—. Amar es poner tus
propios sentimientos a un lado por el beneficio de otro.

Me senté contra mi cabezal, el impacto de sus palabras ardiendo directo a


través de mi corazón. Abrí mi boca para decir algo, pero ella habló antes de que yo
pudiera.

—Tengo que irme. Cuídate.

Y justo así, ella terminó la llamada, efectivamente rechazándome.


Capítulo 33
Traducido por Antonietta

Corregido por Mariela

Camila
—Has estado aquí metida durante días, Peach —dijo Vanessa mientras
irrumpía en mi habitación y abría las cortinas que Warren había puesto para mí
antes de irse.

Warren. Todos los recuerdos habían parecido incluirlo repentinamente de una u


otra forma. Cada canción que escuché, cada letrero que leí, todo. Lo cual era
exactamente por lo que había estado escondida en mi habitación por días. No
quería escucharlo, verlo, respirarlo cada vez que saliera. Estaba cansada de él.
Estaba cansada de esperar verlo cada vez que salía de mi edificio. Aun peor, estaba
cansada de esperar verlo y de sentirme como una idiota por en realidad desearlo.

—Se suponía que almorzaríamos con papá, ¿recuerdas? —agregó Vanessa.

Me di vuelta en mi cama y enterré mi rostro en mi almohada. —Dile que estoy


enferma.

—No lo estás.

—Me siento enferma.

Mi hermana suspiró pesadamente y se sentó en el borde de la cama, corriendo


una mano sobre mi cabello. —Cariño, no estás enferma, tienes el corazón roto.

—Enferma. Con el corazón roto. Da igual.

Suspiró de nuevo. Me giré para mirarla. Sus ojos se ampliaron cuando


finalmente la deje tener un vistazo de mi rostro, ojos hinchados y rojos, labios
inflamados. Estaba segura que todavía tenía ojeras por haber vomitado
violentamente en algún punto de la media noche solo pensando en él. En nosotros.
En su engaño.

—Camila —susurró.
—Más personas mueren por corazones rotos que por un resfriado común —
dije—. ¿Sabías eso?

Sacudió su cabeza, sus ojos marrones se llenaron con lastima.


—No sabía eso.

—Bueno, así es.

—Charlie llamó preguntando por ti hoy —dijo ella, cambiando de tema—.


Dijo que ha venido un montón de veces y nunca abres la puerta.

Cubrí mi rostro con mi brazo. —Lo llamaré más tarde.

La sentí levantarse de la cama y la escuché caminando alrededor de mi


habitación.
—Entiendo completamente por qué estás molesta con Warren. Créeme, lo
entiendo. Mintió. Sabía sobre papá y cómo te sientes acerca de Belmonte, y te lo
oculto, pero nunca le habrías dado una oportunidad si te lo hubiera dicho desde el
principio. Lo habrías despachado y no lo habrías conocido. ¿Realmente puedes
culpar al chico?

—Sí. Sí puedo.

Descubrí mi rostro y tiré las cobijas fuera de mí mientras me ponía de pie y


caminaba hacia el baño. Cepillé mis dientes, llevé mi cara, me miré en el espejo y
vacilé por lo que vi. Incluso después de que Eric y yo hubiéramos roto, no me había
visto así de mal. Pero no había llorado seis de las siete horas de vuelo, y luego de
nuevo cuando llegué a casa, y luego reproducía todo como un circuito hasta que
físicamente me enfermé pensando en todo eso. Había vivido con Eric por años.
Compartí una vida con él. Y cuando finalmente rompimos me sentí triste, pero
también me sentí aliviada. Warren parecía tener este poder sobre mí que hacía
imposible respirar sin sentir una punzada de dolor cada vez que pensaba en su
ausencia.

No era ciencia espacial. Me había dado a él tan completamente, que ahora que
estaba terminado me sentía como si estuviera cayendo a pedazos. Me bañé,
esperando despojarme de algo de mi tristeza. Cuando salí de la ducha, abrí el
gabinete de mi baño en busca de algo para el rápido y creciente dolor de cabeza, y
lo que encontré fue una nota de Warren. Una nota. Mi corazón se detuvo a la vista
de su escritura.

Ya te extraño.

Warren.
¿Cómo había pasado por alto eso antes de irme a mi viaje? Lo recogí y lo olí.
No olía como él. Lo estrujé en mi mano y lo tiré al cesto de la basura a un lado del
inodoro y miré hacia el papel, arrugado y solo. Me vestí rápidamente y me dirigí
fuera con mi hermana. Estábamos calladas mientras caminábamos por la calle.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior, especialmente cuando llegué cerca
de donde estaba mi viejo edificio. Habían envuelto una cerca temporal alrededor
con grandes carteles Belmonte que advertían de una demolición en un futuro
cercano.

—Eso es lo que hacen —dije, sintiendo las lágrimas quemar mis ojos—.
Demuelen todo.

La mano de Vanessa encontró la mía y la apretó. Estaba agradecida de que no


hablara o hiciera un comentario. Caminamos más allá del edificio y hacia el bar de
Charlie, donde mi papá estaba de pie afuera fumando un cigarrillo. Verlo me hizo
sonreír hasta que todos los horribles recuerdos vinieron de nuevo y se estrellaron
contra mí todos al mismo tiempo y la sonrisa se deslizó de mi rostro. Sus mentiras.
Las mentiras de Warren. Las mentiras de Javier.

—Ahí está mi niña —dijo.

Le dio un abrazo y un beso a Vanessa antes de girarse hacia mí con una


sonrisa. Como si hubiera estado en mi vida por los últimos diez años. Como si no
lo hubiera jodido todo para nuestra familia, como si repentinamente volviendo
atrás haría todo bien de nuevo. Debió haber visto el sentimiento escrito en mi
rostro, porque también dejó de sonreír.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Le di un beso en la mejilla y caminé más allá de él, entrando al bar y


encontrando a Charlie adentro. Caminó hacia mí y envolvió sus brazos a mí
alrededor, sosteniéndome apretadamente. Inhalé el olor de su colonia y cigarrillos e
intenté muy fuerte no llorar.

—Escuché lo de Warren —dijo contra mi cabello—. Siento que estés herida.

Eso hizo que las lágrimas se formaran en mis ojos. Herida parecía una palabra
tan simple para lo que estaba sintiendo. Estaba herida, triste, enojada, y realmente
confundida porque a pesar de todas esas cosas, todavía lo anhelaba. Me alejé de los
brazos de Charlie y le sonreí.

—Escuché que conseguiste comida de Malecon. ¿Cómo ordenaste?


Él se rio. —Mi español quebrado logra mucho, sabes. Además, ya saben mi
pedido de memoria.

—¿No te acosaron cuando lo buscaste? —pregunté, sintiéndome sonriendo


genuinamente por primera vez en días.

Las chicas en Malecon estaban obsesionadas con Charlie. No era


necesariamente el chico más apuesto de la cuadra, pero era diferente, y eso era
suficiente para que floreciera la atracción.

—No mucho. Cecilia prácticamente me rogó para que le pidiera salir —dijo él.

—¿Por qué no la invitas?

Se encogió de hombros. —Las chicas en este vecindario chismosean


malditamente demasiado. Deberías escuchar las cosas que escucho alrededor de
aquí.

—Créeme, lo sé —dije, disparándole una mirada.

Vanessa entró al bar y papá la siguió de cerca, cerrando la puerta y


bloqueándola mientras Charlie indicaba—: No queremos a nadie entrando e
interrumpiendo nuestra comida —dijo. Nos sentamos alrededor de las mesas que
habían puesto juntas y comenzamos a comer. Charlie se puso de pie para ir por
nuestras bebidas y cambiar la televisión mientras estaba por allá antes de unirse a
nosotros en la mesa de nuevo. Levanté la vista hacia mi papá, el cual me estaba
mirando mientras comía su arroz y frijoles.

—Entiendo si sigues molesta conmigo —dijo, tomando un sorbo de su Coca-


Cola—. No te culpo. Sé que va a tomar un tiempo acostumbrarte a tenerme
alrededor de nuevo y aprecio que me des una oportunidad de demostrar que valgo
la pena.

¿Por qué estaba ese hombre jodiendo y pensando que una simple disculpa
podía hacer que todo se fuera lejos? Mi pierna comenzó a rebotar de arriba abajo
por propia iniciativa, el tic nervioso que no había experimentado desde que estaba
en la secundaria volvió de nuevo. Parpadeé lejos de él y miré hacia Vanessa, la cual
estaba sentada al lado de él. Ella se encogió de hombros y articuló: Solo inténtalo.
Sentí mis hombros derrumbarse. Este no era Warren. O Eric. O cualquier otro
hombre que había entrado y salido de mi vida y me había dejado. Este era mi
padre. Mis ojos encontraron los suyos de nuevo. Seguro, él había sido el primer
hombre en joder mi vida. Y a pesar de los avances que hicimos ese fin de semana
en la casa de mi mamá, todavía estaba molesta, pero él había estado encerrado… su
culpa por un error estúpido, descuidado y egoísta, sin familia a su alrededor. Lo
que también fue su culpa por quitarnos nuestros derechos a visitarlo… las
acusaciones crecieron más fuerte que mi racionalidad. Cerré mis ojos brevemente
antes de encontrar su mirada de nuevo. Sus ojos oscuros estaban demacrados y las
líneas en su frente lucían más marcadas de lo que lo estaban un par de semanas
atrás. Lucia completamente exhausto y vulnerable. Me pregunté cuánto sueño
había perdido por esto, por nosotros.

—Desearía poder volver el tiempo atrás y tomar mejores decisiones, pero la


única cosa que puedo hacer es estar aquí en este momento.

Suspiré y extendí mi mano sobre la mesa para ponerla sobre la suya.


—Lo sé. Prometo que lo intentaré más fuerte. La mayoría de los días estoy
emocionada porque estás aquí, pero otros días… solo estoy molesta porque estabas
desaparecido del todo.

Hubo un fuerte golpe en la puerta. Seguidos de golpeteos.

—Mierda. Ese es Johnny —dijo Vanessa, saliendo de su silla y caminando


hacia allá rápidamente.

—¿Invitaste a Johnny? —pregunté, mis ojos amplios, girándome alrededor para


ver su encogimiento de hombros y destrabar la puerta.

Mi hermano se quitó su gorra de los Yankees mientras entraba en el bar y se


abanicó con ella. —Está más caliente que las bolas del diablo allá fuera.

Mamá entró detrás de él y lo miró. —¡Johnny!

Quería mantener un rostro serio, pero no pude evitar reírme por la indignación
en el rostro de ella y la diversión en el de él. Charlie se levantó para saludarlo con
un abrazo de oso.

—Gringo, no te he visto en un tiempo. Cada vez que te veo te pareces más y


más a ese tipo de Sons of Anarchy16 —dijo Johnny.

Charlie rio. —No me parezco nada a él. Compartimos el nombre, solo eso.

—Y la chaqueta de cuero —respondió Johnny—. Y la barba y la cosa de tipo


blanco.

Vanessa y yo nos miramos y nos reímos como niñas. Habíamos hablado de eso
en el pasado. Charlie no se parecía absolutamente en nada a Hunnam. Tal vez si te
tomabas cinco cervezas, entrecerrabas tus ojos y girabas tu cabeza en la dirección
correcta en una habitación tenuemente iluminada.

16
Programa de televisión basado en un club de Motociclistas.
Mi hermano y mi mamá se nos unieron con un plato de comida en una mano y
el control remoto en la otra. Comenzó a cambiar los canales mientras comíamos y
hablábamos sobre nuestra más reciente obsesión sobre la serie Stranger Things. Papá
solo nos miraba con asombro mientras le explicábamos qué era Netflix.

—¿Era ese el programa que estaban viendo anoche? —preguntó mamá.

Mi hermano asintió. —Mamá piensa que estamos locos por mirarlo.

—Solo pienso que está mal —dijo ella—. ¡Un programa así con niños!

Me reí. —Los niños son los que lo hacen aterrador.

—Ellos son la mejor parte —agregó Vanessa.

—Pensé que eran DVDs que mirabas y enviabas de vuelta —dijo él.

—Solían serlo —respondí—. Se está convirtiendo totalmente en otra cosa.

Johnny asumió el control de la conversación y comenzó a hablar sobre la


forma como ellos fueron capaces de hacer crecer la empresa de DVDs a lo que eran
ahora y lo escuchamos asombrados. Tan molesto como pudiera ser, mi hermano
era inteligente como el infierno y tenía algunas muy buenas ideas para empresas y
aplicaciones que no estaban circulando todavía.

—Papá, podríamos comenzar una compañía —sugirió Johnny.

Papá se rio entre dientes, la diversión brillando en sus ojos. —No es tan simple.

—Lo sé, pero estoy dispuesto a trabajar, y si tú estás dispuesto a trabajar… —


Se encogió de hombros—. Podemos hacerlo.

Papá me miró. —¿Cómo está Winsor? Adam y sus padres hablan muy bien de
ti.

—Me encanta —dije sonriendo.

—Aunque ya no asesoras a los niños. Pensé que esa era tu cosa.

—Lo era. Lo es. Quiero decir, amo a los niños, pero creo que lo que estoy
haciendo ahora les ayuda mucho. De una forma diferente, por supuesto.

—Les estás dando lugares para aprender y crecer —dijo Johnny, mirándome
con una sonrisa—. Eso es muy importante.

Sonreí. —Gracias.
—Tienes que ir a uno de sus eventos, Ruben. Estarás impresionado —dijo
mamá.

—Ella es como una gran cosa allá —agregó Vanessa con un guiño.

—¿Saben cuál es la cosa número uno que haces en prisión? —preguntó papá
repentinamente.

Todos nosotros lo miramos. Charlie se disculpó por un momento para recibir


un envío en la parte de atrás.

—¿Ejercicio? —respondió Johnny.

—Pensar. —Mi hermana y yo respondimos al unísono con una risa.

Papá asintió, rodando sus ojos a mi hermano. —Pensar sobre cosas. Piensas
tanto en cosas que sientes que te terminarás volviendo loco o saldrás de ahí con un
entendimiento más alto que cualquier otra persona en el mundo.

—Estoy segura que es difícil no dejar que los sentimientos de odio se


propaguen —dije.

—Extremadamente difícil, pero una vez que dejas ir la ira, empiezas a darte
cuenta de qué es lo importante, y sé que no debería haber pensado que una llamada
telefónica a la semana sería suficiente para ustedes, pero no quería que me vieran
ahí. No quería que vieran a los otros tipos de ahí. No es un lugar bonito.

—No nos importaba —susurré, parpadeando lejos las lágrimas—. Estoy tan
cansada de las personas ocultándonos cosas para protegernos del dolor. Podríamos
haber lidiado con ello. Podrimos haber ido allá y haberte apoyado a través de lo
horrible. Lo habríamos hecho felizmente.

Papá sonrió tristemente, limpiando sus húmedos ojos. —Lo sé. Lo siento. No
debería haber socavado su capacidad de adaptarse.

Tomé una profunda respiración y asentí. Johnny envolvió un brazo a mí


alrededor, finalmente quedándose en un canal y subiéndole el volumen. Cerré mis
ojos cuando escuché las claras voces de los locutores de fútbol soccer. Sabía que era
fútbol soccer porque ellos eran los únicos que gritaban de esa forma por cada cosa.
No quería levantar la mirada, pero entonces escuché el canto. —¡War Zone, War
Zone, War Zone! —Y no pude evitarlo. Por supuesto, ahí estaba él, en su zona con el
balón entre sus pies.

La expresión en su rostro era una de completa concentración mientras driblaba


fuera del alcance del equipo contrario y pasaba a los jugadores. La pateó y anotó un
gol. Su equipo saltó, los comentaristas estallaron. Johnny se puso de pie
rápidamente, levantando sus brazos en celebración, pero luego vio las lágrimas
corriendo por mis mejillas y dejó caer sus brazos rápidamente.

Miré de nuevo a la pantalla y vi a Warren corriendo por el campo y abrazando


a sus compañeros de equipo, Felix, Stephen y entonces levantó su camisa mientras
corría al campo de nuevo. Estaba usando una camisa debajo con las
palabras, Persigue momentos en ella. Parpadeé, tragué, parpadeé de nuevo para alejar
las lágrimas, pero no las pude mantener a raya y de pronto estaban rodando por mi
rostro. Se detuvo frente a la cámara y articuló las palabras: “Lo siento”.

Enterré mi rostro en mis manos y continué llorando. Mi hermano apagó la


televisión. Lo sentí sentarse a mi lado y envolvió un brazo a mí alrededor, entonces
sentí otro brazo envuelto a mí alrededor y sabía que mi hermana había venido a
hacer lo mismo. Lloré más fuerte. Cuando escuché un chirrido de una silla contra el
suelo de madera dura y sentí a mi papá venir detrás de mí y envolver sus brazos
alrededor de todos nosotros. Lloré incluso más fuerte.

—Todo va a estar bien —dijo Vanessa contra mi cabello.

Eso solamente me hizo llorar más fuerte. Todos dejaron caer sus brazos y me
dejaron tranquilizarme.

—Lo siento, hermana —dijo Johnny cuando limpié mi rostro.

—Ustedes estarán bien —ofreció mamá.

Sonreí y me encogí de hombros. —Es lo que es.

—Estoy seguro que se odia a sí mismo en este momento. —Hizo una pausa
cuando levanté la mira hacia él—. Sé que fui duro contigo respecto a él, pero de
verdad parecía que estaba enamorado de ti.

Arranqué mi mirada de él y miré al plátano frito a medio comer en mi plato.


—Solo soy una pobre chica Dominicana de Washington Heights, ¿recuerdas?

—Ah, soy un idiota.

—Lo eres —dije sonriendo—. Pero sigues siendo mi mejor hermano.

—Y tú sigues siendo mi Peach.

—Y tú sigues sin ser Mario —agregó Vanessa, mirándolo.


Todos nos reímos y cambiamos de tema, y a pesar del dolor que sentía y las
lágrimas que habían caído, esa caliente tarde encontré mi antídoto en mi familia.
Capítulo 34
Traducido por Gisenid

Corregido por Mariela

Warren
Pedí más tiempo para pensar si quería ir o no a Barcelona. La temporada ya
había comenzado y no quería cambiar de equipo a mitad de la temporada
necesariamente, sin embargo, lo haría si eso es lo que hacía falta. Después de la
escena en el club, los medios de comunicación se enteraron de lo que dijo Elena y
la destrozaron tan brutalmente que huyo del país. Deseaba sentirme mal por ella
pero no lo hacía. Hirió a Camila, me obligo a contarle algo, que si bien debí decirle
antes, quería hacerlo en un mejor momento. Y ella causó una ruptura en nuestro
club, lo que era inaceptable. A pesar de eso, ella no fue la razón de que aún
considerara Barcelona. Considerando de verdad Barcelona. Simplemente no quería
precipitarme con nada. Sin embargo, accedí a encontrarme con el dueño y el
gerente del club. Les debía tanto.

Sergio no podía entender por qué rechazaría lo que estaban ofreciendo. Era casi
el doble de lo que me pagaban actualmente, lo que me haría uno de los cinco
fútbolistas mejor pagados del mundo. Pero por una vez, no era por el dinero o la
fama que traería. Era por la paz. En Barcelona podría vivir cerca de mis abuelos, a
quienes tenía la suerte de tener aún. Podía vivir en el campo, lejos de los flashes de
las cámaras y bandada de gente siguiéndome. Podía escapar de todo lo que venía
con el trabajo de ser buscado hasta que necesitaba ir a trabajar, sonreír y pretender
que significaba todo para mí. Una vez lo fue. Trate de pensar en cuando ocurrió el
cambio. ¿Cuándo había dejado de querer la fama? ¿Cuándo dejaron de importarme
los automóviles y los patrocinios? Cada pregunta me conducía a la misma
respuesta: cuando esa pobre chica de Washintong Heights entró en esa reunión en
Belmonte y robo mi corazón.

La primera vez que hablé con ella supe que tenía que tenerla. Y una vez que
comencé a seguirla a todas partes, me volví adicto a ella. De todas las mujeres que
había conocido, Camila era de la que más fácil me enamoraría. No hizo falsas
promesas ni se escondió detrás de cosas materiales. No se excusó por lo que era o
porque hacía las cosas que hacía. Simplemente era real, con ese cuerpo que volvería
salvaje a cualquier hombre y un corazón de oro que haría a cualquiera afortunado
si alguna vez lograba atraparla y mantenerla. Y por un instante, ella fue mía.
Con ese pensamiento, me levanté de la cama en la casa de mis abuelos en la
que una vez dormí, y me uní a ellos para la cena. Se negaron a permitir que me
quedara en un hotel mientras estaba en la ciudad, y me hallaba agradecido por su
persistencia porque en tiempos como este necesitaba a la familia. Mi abuela me
lanzaba miradas de lastima mientras cenábamos, agregando un “eres un idiota,
Warren” en donde quiera que pudiera encajarlo.

Dijo que era un idiota y ni siquiera había conocido a Camila. Si lo hubiese


hecho, no me cabría duda de que me golpearía en la cabeza con el bastón del
abuelo. No podía molestarme en estar en desacuerdo con ella. Fui un completo
idiota pero era algo de lo que no podía preocuparme. Ahora no. Necesitaba
averiguar la situación de ese préstamo. Me sorprendió descubrir que en realidad mi
equipo quería prestarme a Barcelona durante tres años, principalmente porque era
el segundo mejor jugador de la lista. Sin embargo, lo entendí cuando me reuní con
los dueños en Barcelona. Estaban dispuesto a pagarme a mí y a mi equipo millones
de euros durante los tres años, y cuando me dijeron del equipo potente que estaban
intentando juntar, casi me habían convencido de firmar. Simplemente no pude
obligarme a hacerlo. No sin consultarle a Camila.

—No es tu esposa —dijo mi abuelo durante la cena—. No necesitas


consultarle.

—Manuel, por favor —respondió mi abuela—. Solo estas diciendo eso porque
estás resentido.

—¿Resentido de qué?

—Resentido porque fue a jugar para tu equipo rival.

—No tuve elección —les recordé.

Mi abuelo rechinó los dientes. —Siempre tienes elección.

Mi abuela puso los ojos en blanco.

Yo sonreí. —¿Qué se supone que debía hacer? ¿Romperme la pierna?

—Existe una posibilidad —dijo, arqueando una ceja tupida.

Ante la ridiculez solo pude reírme; aunque esta mermó cuando recordé a
Camila y mi rodilla. La extrañaba. Extrañaba su voz, sus ojos y la forma animada
en la que hablaba. Echaba de menos la comodidad que me brindaba cuando se
encontraba cerca. Sobre todo, la echaba de menos a ella.
Capítulo 35
Traducido por Maridrewfer

Corregido por Mariela

Camila
Tres días después, tuve ramilletes de rosas rojas esperando por mí cuando
llegué a casa del trabajo. No dos ramos. O tres. Eran más de los que sabía qué hacer
con ellas. Me quedé allí, boquiabierta ante las rosas, las lágrimas me picaban en los
ojos mientras lo imaginaba cogiendo el teléfono para ordenarlas y decirles qué
escribir en cada tarjeta. Me preguntaba cuándo los habían entregado y cómo habían
traído a todos aquí arriba. ¿Cuántos chicos les habrá tomado para entregarlos
todos? Me sorprendió que la seguridad del edificio hubiera permitido al repartidor
de entregas dejarlos todos en el pasillo como este. Estaba segura de que eran un
peligro de incendio. Entonces recordé que Warren era el dueño del edificio y mis
hombros se hundieron. Realmente había terminado con esto. Mi proceso de
pensamiento era caótico. Me había movido de halagada a molesta en treinta
segundos.

Era ineludible. A menos que me mudara, lo cual no podía hacer aún desde que
había firmado un contrato de arrendamiento. Además de eso, lo que estaba
pagando era un robo, ya que Belmonte tuvo el mismo efecto en Harlem que en
Brooklyn, lo que significaba que cada dramaturgo y cada cantante y cada actor
estaba inundando nuestra vivienda y subiendo nuestros precios de alquiler.

Todavía estaba de pie fuera de mi puerta tratando de averiguar lo que iba a


hacer con todos ellos cuando la puerta del ascensor se abrió y un silbido
impresionado sonó detrás de mí. Me di la vuelta para ver a Charlie caminando
hacia mí. No lo había visto desde que almorzamos en el bar el otro día, aunque
tenía mensajes de texto para asegurarse de que estaba bien. Y fue Charlie. Él me
conocía lo suficientemente bien como para dejarme tener tiempo para mí.

—Alguien… está arrepentido. ¿Necesitas ayuda para llevarlos adentro? —


preguntó, con las cejas levantadas mientras sus ojos recorrían las flores. Suspiré,
mirando las flores, y él habló de nuevo, con una sonrisa en su rostro—, ¿o las
estamos arrojando por el ducto?

Eso me hizo reír. Había considerado esa opción, pero cada ramo tenía una
tarjeta adjunta a ellos y me encantó demasiado el olor para solo tirarlas. ¿Qué
tendría él tener que decir? Había pasado más de una semana y ni siquiera había
llamado. Ni siquiera había enviado un texto. La única inclinación de una disculpa
que había conseguido fue cuando lo vi marcar ese gol en la televisión y por todo lo
que él sabía yo no habría estado viendo. Quiero decir, ¿cómo diablos él sabía que
incluso vi eso? Tal vez se estaba disculpando con alguien más. Tal vez se había
jodido a más de una mujer al mismo tiempo. El enojo me atravesó mientras
pensaba en eso. Cada vez que pensaba que lo superaría o al menos estaría menos
molesta, los recuerdos se estrellaban contra mí y volvía a sentir la traición.

Charlie me ayudó a llevar todas las flores dentro y se quedó a cenar. A


diferencia de Vanessa, no preguntó por Warren, lo que aprecié. A diferencia de mi
madre, no investigó sobre asuntos con mi papá. Solo se quedó. Vimos la televisión
mientras comíamos y cuando vio que había bostezado unas cuantas demasiadas
veces, bajó a su apartamento y me dejó a solas con mis pensamientos y mis flores.
Fui a mi dormitorio con la intención de dejar las tarjetas sin leer hasta mañana,
pero el dulce olor de las rosas me trajo de regreso a mi sala de estar.

Abrí una botella de vino blanco que mi hermana me había dado hace dos años
cuando me contrataron en mi nuevo trabajo y recé para no morir de intoxicación
por alcohol si la botella había expirado a esta altura. Google alivió mi preocupación
y empecé a beber mis penas mientras miraba las tarjetas sujetadas a los ramos.
Después de tomar mi segunda copa, cogí una de las tarjetas y la leí. “Lo siento. Te
Amo siempre, Warren”.

¿Eso fue todo?

Abrí una tercera, una cuarta, una quinta. Todas decían lo mismo. Bebí un poco
más. Después de mi cuarto copa, empecé a sentirme frustrada y en vez de dejarlo
solo, cogí mi teléfono e hice lo que todos los idiotas de todo el mundo hacen
cuando tienen alcohol en su sistema… Yo lo llamé.

Más precisamente: Le hice una video llamada porque mis pulgares estaban
trabajando más rápido que mi cerebro. Afortunadamente, pude cerrarlo antes de
que él contestara, y una vez que mi adrenalina se calmó, decidí olvidarme de todo
el asunto. No tenía que darle las gracias. No tenía nada que decirle que no
implicara insultos. Mi teléfono vibró en mi mano, la pequeña alerta de FaceTime
haciendo que mi corazón se me subiera a la garganta. Yo presioné colgar. Vibró de
nuevo. Y otra vez. Finalmente, respondí.

—¿Camila? —dijo él, con los ojos ajustándose a la luz de mi sala de estar.

Mi corazón dio un saltó al verlo. Abrí la boca y la cerré. Tal vez si colgaba no
recordaría nada de esto. Debería colgar, pero no podía dejar de mirar su pecho
desnudo y sus brazos y esos labios y... Oh mi Dios, ¿por qué estaba yo en FaceTime
con él?

—¿Qué ocurre? ¿Recibiste mis flores?

Flores. Correcto. —Sí, y te disculpaste en veintiséis tarjetas después de que te


dije que no quería una maldita disculpa.

Parpadeó otra vez, sentándose en la cama. La sábana se movió más abajo en su


pecho desnudo. —¿Estas borracha?

—No —me burlé.

Él sonrió, aunque era pequeño. —Puedo ver la botella vacía de vino detrás de
ti.

—Oh. —Alcancé detrás de mí y la moví torpemente fuera de la vista.

—Te extraño nena.

—Perdiste el derecho de llamarme así —susurré, alejando las lágrimas que


sentía construirse.

—Lo siento, Camila. Sé que suena como un disco rayado, pero no sé qué más
decir.

—Me tengo que ir.

Cerró los ojos y se movió en la cama. Podía oír las sábanas debajo de él e
intenté no recordar como se sentía en la punta de mis dedos. ¿Realmente había
pasado más de una semana? Me sentí como si estuviera allí.

—Pronto estaré en la ciudad.

Mi corazón dio un vuelco. Dejé mi rostro lejos del teléfono.

—Mi papá no lo está haciendo tan bien —dijo. Mantuve la boca cerrada, apreté
los dientes—. ¿Hay algún modo de poder verte mientras estoy allí?

Mantuve mi cara lejos y me concentré en respirar porque sentí como en


cualquier momento dado comenzaría a llorar. —Me tengo que ir.

Puse fin a la llamada antes de que pudiera protestar. No podía soportar oírle
protestar o hablarme de su padre o verme cuando estaba en la ciudad. Apagué mi
teléfono, me metí en la cama y lloré hasta quedarme dormida. A la mañana
siguiente, me desperté con un dolor de cabeza del tamaño de Texas. Vino estúpido.
Estúpida yo. Estúpido todo. Las imágenes de mi llamada con Warren pasaron por
mi cabeza y me encogí. ¿Había hecho realmente eso? Realmente lo había hecho. Lo
que era peor era que sabía con cada fibra de mí que no había forma de que pudiera
borrarlo de mi mente. O mi corazón.
Capítulo 36
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Warren
Lo primero que hice cuando aterricé anoche fue pedirle a Antoine que me
llevara a su edificio. Aparcamos al otro lado de la calle y salí del auto y me incliné
contra él y solo miré a su ventana preguntándome qué haría si subiera allí y llamara
a su puerta. En lugar de eso, fui al apartamento vacío de mi hermano en Park
Avenue, que se sentía como un mundo lejos de Camila. Contra mi mejor juicio,
cuando me desperté a la mañana siguiente, fui a la inauguración del parque de
fútbol sabiendo que ella estaría allí. Sabía que no estaría contenta de verme, pero
me quedaba con el ceño en su rostro a no verla en absoluto. Y realmente, yo no
podía dejar de ir. Incluso Antoine me advirtió que tal vez no fuera la mejor idea, y
aun así, yo seguía adelante.

Vanessa me vio cuando llegué allí e hizo una toma triple, como si no podía
creer que yo estaba realmente allí. Luego se dirigió hacia mí.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

—Necesito verla.

Ella se quedó boquiabierta. —¿Aquí? ¿Sabes cuánta presión está sintiendo


ahora?

Miré alrededor del parque, que se había vuelto muy lindo. El campo estaba
perfectamente cuidado, las gradas eran nuevas y la multitud de niños que se habían
reunido era impresionante para un campo de fútbol soccer.

—Parece un buen resultado. ¿Cómo podría sentir presión ahora? —le pregunté,
mirando a Vanessa que todavía me miraba como si hubiera perdido la cabeza. Tal
vez lo hice—. Escucha, no estoy aquí para causar ningún problema. Solamente
quiero verla.

—Lo entiendo —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Pero si te arroja algo, no


digas que no te lo advertí.
Se alejó y se acercó a Adam, quien levantó la cabeza mientras decía algo. Me
miró y asintió con una sonrisa y un saludo que devolví. Miré alrededor del campo
una vez más, tratando de encontrar a Camila. Cuando finalmente la vi, sentí que
mi corazón se desplomaba en la boca de mi estómago. Estaba de pie junto a Quinn,
el tipo de la banda sonriendo ante algo que le decía. Los miré cuando se volvió
hacia una mujer que estaba cerca y le dijo algo mientras envolvía un brazo
alrededor del hombro de Camila, apretándola contra su costado. Tragué más allá
del nudo que se formó en mi garganta y tiré del cuello de mi camisa. No estaba
celoso de él. Era Quinn, el tipo con la banda aficionada, el que frecuentaba el cine
con ella, el que no quería más que meterse en sus pantalones.

—Bueno, la viste. —La voz me sobresaltó. Parpadeé lejos de Camila y Quinn y


miré a Vanessa a mi lado otra vez—. Ella es feliz. Solo déjala en paz.

—¿Ella es feliz? —pregunté, mi mirada que cortó a Camila otra vez—. Han
pasado dos semanas. Ella no… —Siguió adelante, quería decir, pero no pude.

—¿Qué te importa? —preguntó ella—. No vives aquí, le mentiste sobre lo único


en lo que no puede soportar siquiera pensar, y todavía no creo que lo entiendas.

—Ella odia a mi padre, lo entiendo. No tuve nada que ver con sus malas
decisiones. Ni siquiera estuve aquí para nada de eso.

—No se trata de eso. ¿Eres tan denso? Deberías haber sido sincero con ella
desde el principio. Mi hermana es una de las personas más indulgentes que
conozco, pero realmente has jodido con sus emociones.

—Lo sé.

Me sentí horrible al respecto, pero apestaba disculpándome. Lo siento era la


única manera en que sabía disculparme y aunque sabía que eso no sería suficiente
para Camila, no sabía qué más hacer al respecto. Vanessa se alejó de nuevo y
comenzó a hablar con alguien más, y vi a Camila y a Quinn un poco más antes de
alejarme. Tal vez ella tenía razón. Tal vez Camila necesitaba encontrar la felicidad
en otra parte. Miré hacia atrás una última vez cuando llegué a la acera y atrapé los
ojos de Camila en mí. Ella frunció el ceño un poco antes de darse cuenta de que era
yo y no su mente jugando trucos, pero una vez que lo hizo, su expresión cayó y
corrió en sentido opuesto, a través de la multitud. Traté de seguirla, pero no podía
ver a dónde iba. Era como si desapareciera por completo. Me quedé unos minutos
más antes de irme para siempre.

En el auto, le envié un mensaje de texto.

Estoy orgulloso de ti. Es un parque excelente. Espero que estés verdaderamente feliz.
Ella no respondió. No es que lo esperara, y de esa manera empecé a sentirme
enojado.
Capítulo 37
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Camila
Me senté en frente de la televisión con un plato de comida caliente en mi
regazo. Había ido a casa de mi madre la noche anterior y tomé sobras conmigo
para no tener que cocinar. Después de lo que sentí como una eternidad de pasar por
los canales, aterricé en uno. Mis dedos se congelaron en el mando mientras el
rostro de Warren aparecía en la pantalla. Esta fue la razón por la que no veía los
canales de deportes (aparte del hecho de que no me importaba mantenerme al día
con noticias deportivas). El intercambio de Warren, o “préstamo”, como se referían
a ello, seguía apareciendo por todas partes. El fútbol seguía apareciendo por todas
partes o tal vez solo lo estaba notando más ahora. No pude cambiar el canal.

Periodista: —Tu única constante se ha mantenido siempre que el fútbol es el


primer amor de tu vida. Que nunca lo cambiarías por nada ni por nadie. ¿Sigue así?

Inhalé un gran aliento cuando escuché la pregunta. Dejé mi tenedor y mi


cuchillo y me acerqué a la televisión. Me había prometido que no lo haría. Me
había prometido a mí misma que no iba a mirarlo, a escucharlo, a hablar con él,
tener absolutamente nada que ver con él una vez que se fuera. Después de verlo la
semana pasada en el parque me di cuenta de que esta no era una situación normal,
donde me gustaría seguir adelante y fingir que estaba bien con todo. No estaba bien
con nada.

Sin embargo, allí estaba yo, como estaba segura de que innumerables otras
mujeres lo estaban, esperando por su respuesta. Cuando entró en la pantalla, mi
aliento me dejó por completo. Dios. Lo extrañaba. Le odiaba. No podía soportarlo.
Pero al verlo en la pantalla, la forma en que se sentó en el asiento con el tobillo
cruzado sobre su rodilla, parecía completamente relajado mientras estaba siendo
perforado con preguntas… la manera en que su mandíbula cincelada se movía
cuando le daba a la reportera esa sonrisa torcida que destellaba legiones de placer
que harían sonrojar a una mujer sana, esos brazos, atados en músculo y grabados
con el arte que yo había tocado, agarrado durante tantas noches sin dormir…
—Por supuesto que todavía se mantiene. ¿Qué te parece? —preguntó,
inclinando la cabeza, con los ojos verdes brillando de coqueteo. Yo gruñí. Qué
idiota.

Periodista: —Así que los rumores sobre una mujer que dejaste en los EE.UU.
durante las vacaciones…

—Creo que ambos sabemos cuántos rumores se extienden sobre mí. —Él
apartó su mirada de ella y miró directamente a la cámara. Directamente a mí—. Si
hubiera una mujer tan especial, nunca la dejaría atrás.

Periodista: —Entiendo que esta misteriosa mujer vino a verte recientemente.


Hay mucha especulación de que ¿ella puede ser la razón por la que no has
solidificado tu decisión sobre si deseas ir a Barcelona o permanecer en Manchester?

Warren sacudió la cabeza. —Eso es completamente falso.

Periodista: —Muy bien. Para terminar, ¿estarías dispuesto a poner tu carrera en


segundo lugar por la mujer correcta? ¿Incluso si eso significa mudarte a otro… país
y dejar todo esto?

Él se quedó callado durante un largo momento y finalmente miró a la cámara


de nuevo, su rostro serio, todas las huellas de humor desaparecidas. —Renunciaré a
todo para perseguir momentos con la mujer adecuada.

Estaba demasiado atónita para moverme.


Capítulo 38
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Warren
Le pedí a Antoine que revisara a Camila, de la manera más espeluznante y
acosadora que pudiera manejar y la noticia no había hecho nada para aclarar mi
humor ya húmedo. La había visto tres veces, y todas aquellas veces había estado
con Quinn.

—¿Se estaban cogiendo de las manos? ¿Besando? —pregunté.

—No. Solo estaban hablando.

—¿La estaba tocando? —pregunté, con los dientes apretados. Necesitaba dejar
de hacer preguntas que realmente no quería las respuestas, pero no podía.
Necesitaba saberlo.

—Él tenía su brazo alrededor de ella.

Me mordí la lengua con tanta fuerza que probé hierro. Parecía que no podía
sacudir las imágenes que pasaban por mi cabeza. Lo único que hacía era pensar en
ella, soñar con ella, desear que ella atendiera el teléfono cuando llamara o
contestara uno de mis mensajes de texto. Mientras mi nombre rugía por el estadio,
no podía ahogar pensamientos de ella. De alguna manera, me concentré en el
juego. Pateando el balón hacia la meta cuando se me presentaba, empujando mi
camino a través de los oponentes, pasándolo a mis compañeros de equipo,
corriendo. Estaba preparando un tiro penal, de pie con el balón debajo de uno de
mis pies mientras miraba la meta. A menudo durante un juego, esta era la única vez
que tenía que despejar mi mente, y hoy no era diferente.

Mientras estaba allí, me tomé un momento para mirar a todos los jerseys rojos,
para escuchar a toda la gente gritando el canto unificado que habían subido con
durante mi primera temporada allí: “¡War Zone! ¡War Zone!”. Los hombres querían
ser yo, los niños fingían que eran yo, y las mujeres querían estar conmigo.
Normalmente, me sentía muy bien. Hoy me sentía vacío. La mujer que quería, la
que todavía consideraba mía, estaba en un país diferente, pasando tiempo con otro
hombre, y como no romántico como pudo haberlo encontrado, supe que él estaba
esperando el momento adecuado para hacer su movimiento. ¿Qué pasaría cuando
lo hiciera? ¿La perdería para siempre? Respiré profundamente y puse el balón en
frente de mí otra vez. Lo pateé con tanta fuerza como podía, poniendo toda mi ira
en él.

La multitud se volvió loca. Mis compañeros de equipo corrieron hacia mí


gritando y animando.

Y yo simplemente permanecí allí, esperando la sensación de alegría que


normalmente venía con la adrenalina a estrellarme a través de mí. Nunca llegó.
Capítulo 39
Traducido por Cili

Corregido por Mariela

Camila
A través de la neblina de mi sueño podía oír mi teléfono sonar. Me froté los
ojos y bostecé mientras me sentaba en la cama, ciegamente alcanzándolo en mi
mesita de noche y fallando en cada intento. Cuando dejó de sonar y comenzó a
sonar por segunda vez, y me las arreglé para despertarme completamente y mirar la
pantalla era Nancy. Fruncí el ceño y miré hacia fuera. No tenía persianas de lujo
como Warren o su hermano, yo tenía persianas de plástico regulares que seguían
trabándose cada vez que trataba de abrirlas y cerrarlos y uno de ellos siempre se
mantuvo abierto a pesar de mi intento de mantenerla cerrada. Por lo tanto, sabía
que ni siquiera eran las seis de la mañana. Respondí a la llamada rápidamente y me
preparé para la noticia porque sabía que ninguna buena noticia llegaba tan
temprano. No de una mujer como Nancy que era lo suficientemente apropiada para
llamarte después de las ocho y solo antes de las nueve de la noche.

—Es Treyvon.

Mi corazón se detuvo. Cerré los ojos. —Oh Dios. ¿Qué pasó?

—Le dispararon anoche.

—¿Qué? —Jadeé tan fuerte que tosí y luego grité—: Oh, Dios mío. ¿Qué?

—Está bien. Él no está. . . —Ella dejó escapar un suspiro. —Va a estar bien.
Recibí una llamada de su madre. Por suerte solo le rozaron en el hombro. Solo
quería que lo escucharas de mí. Ya llamé a su consejero para hacérselo saber.

—¿Dónde está él?

—Hospital de Brooklyn.

Me vestí con prisa y corrí hacia allá. La sala de espera era un desastre de
personas esperando por todas partes. Los niños, los adultos, las personas de edad
avanzada, todos reunidos en un pequeño espacio que esperaban para ser atendidos
y a sus seres queridos y ahora yo era uno de ellos. Me paré en un rincón donde no
podía molestar a nadie y envié un mensaje de texto a mi hermana, haciéndole saber
dónde estaba y qué había pasado. Después de lo que sentí como una eternidad, la
enfermera me dio la autorización de que las horas de visita estaban en marcha y
que podría visitar con Trey.

Mientras caminaba, traté de imaginar lo que iba a ver. Estaba en la unidad


pediátrica, donde las paredes y la decoración eran para niños. Por alguna razón me
pareció extraño. Conocí a Trey cuando tenía catorce años, ahora tenía diecisiete, y
no podía pensar en un momento en que me recordara a un niño. Tal vez fue porque
había sido independiente y había estado cuidando de sí mismo y ayudando a su
madre durante tanto tiempo. Tal vez fue porque medía más de un metro ochenta y
de alguna manera me asoció con una persona de edad. De cualquier manera, todo
esto me recordó que no era el caso. Él era un niño. Un menor de edad obligado a
hacer cosas por sí mismo y su madre que ningún niño debe ser considerado
responsable.

La emoción se apoderó de mi garganta mientras sostenía el pomo de la puerta


de su habitación. Tragué y la empujé lejos. Necesitaba ser tan fuerte como él. Para
él. Le debía mucho al chico. Empujando la puerta abierta, eché un vistazo y lo vi
acostado en medio de su cama con su teléfono en la mano. Su cabeza se alzó
cuando me vio, una enorme sonrisa se extendió en su rostro.

—¡Señorita A!

Sacudí la cabeza, sonriendo mientras caminaba hacia él, parpadeando las


lágrimas que sabía eran imposibles de reprimir un poco más. Se veía como el
Treyvon normal, a pesar del vendaje en su brazo izquierdo.

—T, ¿qué diablos? —dije, dejando caer un beso en su frente y colocando una
pequeña bolsa azul en su bandeja de comida mientras me sentaba.

—¿Qué me trajiste? —preguntó, ignorando mi pregunta.

—Nada emocionante. La compré en la tienda de abajo. —Le di una mirada


significativa—. ¿Qué diablos pasó?

Sus cejas se levantaron y dejó escapar un suspiro pesado. —Tú sabes cómo es.

—No, no sé cómo es, así que ¿por qué no me lo dices?

—Estaba jugando a la pelota y un tipo empezó una pelea conmigo porque me


vio hablando con su chica en la escuela. —Él se encogió de hombros con su brazo
sano—. Nos hicimos de palabras, me alejé y sacó un arma.
Cerré los ojos, pensando en el escenario. Era uno que yo veía a menudo, pero
nunca había tenido a alguien a quien yo amaba siendo disparado de esa manera.
Nunca habría pensado que alguien se involucraría con Trey. Era uno de los chicos
buenos. Uno de los mejores niños que entró a través de Winsor. Él era un gran
estudiante y tenía un verdadero futuro en el baloncesto. Sacudí la cabeza y abrí los
ojos otra vez.

—Podrías haber sido asesinado, Trey —susurré, extendiendo mi mano


buscando la suya.

—Lo sé.

—Trey —le dije, esperando a que él encontrara mi mirada—. Podrías haber


muerto.

—Lo sé. —Tragó saliva. Me di cuenta de que él estaba conteniendo las


lágrimas.

—¿Cómo se supone que debo sentarme en un partido de los Knicks si mueres?

Eso le hizo sonreír. Nos miramos el uno al otro por un momento y


compartimos una risa.

—Realmente piensas que voy a hacerlo, ¿eh? —dijo.

¿Cuántos de nosotros pasamos por la vida sin que nadie nos dé una pizca de
validez? Sin que nadie nos diga, “Tu puedes hacerlo”. O, “Sigue adelante. Lo vas a
hacer en grande algún día”. Sabía lo que significaba para Trey, porque aunque tenía
familia, ninguno de ellos sabía lo que era pasar treinta kilómetros fuera del barrio
en el que habían crecido. Y eso está bien. Mi abuela materna nunca había
abandonado la granja en la que había crecido antes de cumplir veinticinco años y
vivió una vida feliz. Para ellos, ir a la escuela secundaria era lo suficientemente
impresionante. Pero esto no era República Dominicana o Haití, de donde vinieron
los abuelos de Trey. Esto era Estados Unidos. Y maldita sea, tenemos
oportunidades aquí. Le sostuve la mirada.

—Treyvon, sé que vas a lograrlo. —Apreté su mano—. Nunca más quiero


volver a verte en el hospital, a menos que tengas más de veinticinco años y tu
esposa esté teniendo un bebé.

Él rio y se encogió. —Mierda, señorita A, me haces daño. ¿Cómo está el nuevo


novio?

Dejé escapar un largo y duro aliento. —Viejo.


—Oh, mierda. ¿Te has librado de él?

Me encogí de hombros.

—¿Es por la distancia?

Sacudí la cabeza con una sonrisa. —¿Por qué no te preocupas por estar mejor y
dejar de escuchar todos los chismes de Winsor?

Me fui con la promesa de que lo vería la próxima semana cuando saliera. Tan
pronto como llegué a trabajar, llamé a su madre y le supliqué que se trasladara a la
unidad de vivienda de Winsor. Era una manera de mantener a Trey fuera de las
calles y asegurarse de que se quedara en el camino correcto. Afortunadamente, ella
no discutió.

Sabía que no podía resolver los problemas de todos o hacer que todos
estuvieran contentos. Si pudiera, Warren no me habría mentido, tendría un
estúpido trabajo de nueve a cinco y viviría en Nueva York. Me alegré que por
medio del trabajo al menos podría ayudar a otros a tener una oportunidad en una
de esas cosas.
Capítulo 40
Traducido por Antonietta

Corregido por Mariela

Camila
La mañana que Javier Belmonte murió, fuimos inundados por las noticias. La
mayoría de las tiendas decían lo mismo: muere magnate de bienes raíces. Deja atrás
a una esposa, dos hijos y un nieto. Como de costumbre, el nombre de Warren no
fue asociado a nada de eso. El nombre de Thomas Belmonte estaba en todos lados.
Me preguntaba por qué fue eso. Me pregunté si eso molestó a Warren en absoluto.
No estaba segura si debería enviarle un mensaje diciéndole que lo sentía por su
pérdida, enviarle flores, o dejarlo tranquilo. Decidí hacer la única cosa que nunca
en mi vida esperé hacer: llamar a mi papá y preguntarle.

—El entierro es mañana —dijo.

Tragué.

—¿Vas a ir?

—Por supuesto. Él fue al funeral de tu abuelo para presentar sus respetos.


Tengo que ir a presentar los míos.

Miré alrededor de mi pequeña oficina en Winsor. Mi puerta estaba entreabierta


y atrapé un vistazo de Trey caminando por el pasillo, su brazo todavía vendado.
Me puse de pie con el teléfono en mi mano. —Quiero ir contigo.

—¿Al funeral? —No podría haberse escuchado más sorprendido si lo intentara.

—Sí.

—Van a tener una velación esta noche. El entierro es mañana.

Tomé una profunda respiración. —¿Vas a ir esta noche?

—Sí.
Papá y yo habíamos hablado largamente sobre Warren y su padre y el
completo fiasco de Belmonte. No entró en detalles específicos en cuanto a quién
había hecho qué, y realmente no importaba. Sabía que nunca entendería
completamente cómo alguien podría elegir renunciar a su libertad y a su familia,
pero sabía que papá lo hizo con el conocimiento de que Javier cuidaría de nosotros.
Lo cual hizo, de acuerdo a mamá. Sabía sobre el dinero que nos enviaban
mensualmente y cuando cumplí dieciocho rechacé cualquier ayuda ofrecida por mi
mamá porque sabía de dónde estaba viniendo. Esa fue mi cruz para llevar y estaba
bien con ello. Si pudiera regresar el tiempo, lo haría todo de nuevo, a pesar de los
préstamos estudiantiles que estaban pateando mi trasero cada mes. Ninguna
cantidad de dinero era suficiente pago por perder tiempo con mi papá.

Me pregunté si Warren estaría en el funeral de su padre toda la noche. Mi


corazón se estrujó por el pensamiento. La nube de tristeza que no creí que sentiría
se posó sobre mí de todas formas. No porque estuviera triste porque Javier había
muerto. Nunca conocí al tipo e incluso lo despreciaba, sino porque me hacía pensar
en el funeral de mi abuelo y en nuestra pérdida. Recordé la sensación de
entumecimiento que tuve durante el entierro y la pérdida que se apoderó de mí
mientras bajaban el ataúd a la tierra. Empujé los pensamientos lejos.

—¿Piensas que debería ir esta noche o mañana?

—Estoy seguro que Warren apreciará que vayas a cualquiera, cariño —dijo en
una suave voz que me hizo cerrar los ojos.

—Muy bien. Te lo haré saber —susurré—. Tengo que irme.

Alcancé a Trey y hablé con él sobre su brazo y su mudanza a los apartamentos


en Winsor. Me contó sobre el Scouts College que fueron a visitarlo al hospital y de
sus planes para la universidad.

—Tengo que por lo menos cursar un año antes de ir a la NBA —dijo, riéndose
por la mirada que le disparé. Sabía malditamente bien cómo me sentía sobre la
gente saltándose la universidad para ir directo a los deportes.

—Mientras vas —dije de todas formas, porque afrontémoslo, chicos como Trey
serían reclutados y no había nadie en la tierra que le daría la espalda a millones de
dólares para quedarse en la escuela.

En mi camino a casa, mentalmente me preparé para ver a Warren. Pensé en


cómo me sentí al verlo el otro día, aunque fue solo por un segundo, aunque fue
desde el lado completamente opuesto del campo. Como si alguien hubiese sacado
mi corazón y lo pisoteara, dos veces, para rematar. No estaba segura de cómo
podría manejar verlo cerca en el funeral, pero tenía que hacerlo. Cuando dejé el
trabajo, recibí una llamada de Quinn preguntándome si quería ir al cine esa noche.
Decliné cortésmente. Había estado pasando demasiado tiempo con él, y aunque
apreciaba la distracción, la única cosa que me ofreció fue un recordatorio del
hombre que en realidad quería en mi vida y cómo ya no estaba en ella.

A la final no fui a la velación. Sentí que eso era más para la familia y amigos, y
no me habría sentido bien yendo dado que había odiado al hombre. A la mañana
siguiente, me puse un vestido negro y fui al entierro con mi papá. Cuando llegamos
al cementerio, a la primera persona que vi fue a la mamá de Warren. La segunda
persona que vi fue a Thomas, quien parecía sorprendido de verme ahí pero no me
dijo nada. La tercera, no muy lejos de ellos, fue Cayden, quien estaba con una
bonita mujer que asumí era su mamá. Por último, vi a Warren. Mi corazón se
retorció en mi garganta cuando lo vi. Estaba vistiendo un traje negro con una
corbata negra, camisa blanca, y lentes de sol. Tenía una dura expresión en su
rostro, con la mandíbula apretada y sus labios en una fina línea.

Papá caminó alrededor, saludando a las personas mientras yo me quedaba


detrás. Parecía que conocía a todos allí y repentinamente me sentí fuera de lugar.
Sin embargo, me quedé. Miré hacia Warren de nuevo. Cada vez que lo hacía, mi
corazón se estrujaba en mi pecho. Físicamente dolía por el sufrimiento.
Finalmente, me agarré al poco coraje que tenía y caminé hacia él. Me senté en la
silla plegable vacía a su lado. No subió la mirada para reconocerme. Me enfoqué en
respirar, dentro, fuera, dentro, fuera… y en ese último, puse mi mano sobre su
rodilla.

—Lo siento —susurré.

Su pierna saltó por la sensación de mi mano ahí y su rostro volteo rápidamente


al mío. Sus labios se separaron primero, entones su mano vino para quitar los lentes
de sol de su rostro. Fue entonces que vi que lo blanco de sus ojos estaba inyectado
en sangre, sus párpados inflamados por llorar. Su padre había acabado de morir.
Por supuesto que había llorado. Solo que no había esperado verlo que esta forma, y
definitivamente no había esperado que me afectara de la forma que lo hizo, como si
fuera mi propia familia la que sufriera. Eso fue lo que sentí mientras veía el crudo
dolor en sus ojos. Deseé más que nada que pudiera llevármelo lejos, que yo pudiera
sentirlo por él así no tendría que sufrirlo él. Parpadeó, y parpadeó de nuevo,
entonces parpadeó más rápido como si estuviera alejando las lágrimas.

Antes que pudiera parpadear, sus brazos estuvieron a mi alrededor y mi rostro


estaba contra su pecho. No tenía más opción que envolver mis brazos a su
alrededor y dejarlo sostenerme. Metió su rostro en mi cuello y respiró
profundamente. No sentamos así por mucho tiempo, mis brazos se cansaron por
estar agarrados así a su alrededor. Cuando finalmente me dejó ir, sostuvo mi rostro
en sus manos y buscó mis ojos. Nuestros rostros estaban tan cerca que estaba
segura que iba a besarme, y aunque le estaba dando este momento de paz por
respeto, no pude soportar que lo hiciera. Debió haber visto el pánico en mi rostro,
porque colocó su frente contra la mía y exhaló en su lugar. Cerré mis ojos.

—Dios, Camila —susurró roncamente, todavía sujetando mi cara—. Te


necesito tanto.

Sentí el bulto subir a mi garganta otra vez y tragué para alejar las lágrimas. No
pude obligarme a hablar. ¿Qué diría? Probablemente la cosa equivocada. Sentí el
toque de alguien en mi brazo, y me moví para ver a Cayden de pie ahí con una
triste sonrisa en su rostro.

—Hola, mi superhéroe favorito —dije, alejándome de Warren para darle un


abrazo—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien. El abuelo se fue al cielo. No va a regresar —dijo con una


pequeña voz, sus ojos marrones perdiendo un poco de su luz mientras decía las
palabras.

Los funerales eran tan malditamente rompe corazones. Ni siquiera me gustaba


Javier, pero me sentía terrible por esos quienes lo amaban. Besé a Cayden en la
cabeza y sonreí.

—Está justo aquí —dije, colocando mi mano sobre su pecho—. Siempre estará
justo aquí.

—Eso es lo que dijo mi mamá.

—Deberías escucharla.

Asintió lentamente y miró a Warren momentáneamente. —El tío War piensa


que eres realmente bonita.

—Dije hermosa —dijo Warren a mi lado, su voz todavía ronca—. Dije que es
la chica más hermosa en el mundo.

No podía obligarme a mirarlo ahora mismo, así que me quedé mirando a


Cayden.

—Sí, eso dijo —dijo Cayden con un rubor. Sonreí porque me había estado
sonrojando y estaba alegre porque no estaba sola en eso ahora.

—¿Vas a venir a casa de mi abuela luego?

—Oh, no. —Sacudí mi cabeza—. Lo siento, cariño. Tengo que ir a trabajar.


—Está bien. ¿Tal vez puedas venir otro día y ver mis libros de cómics?

—Eso me encantaría.

Miró detrás de mí y sonrió. —Tengo que irme.

Nos dimos otro rápido abrazo y cuando se alejó, mis ojos estaban en el agujero
en la tierra. Suspiré. Warren puso su brazo a mí alrededor y se movió más cerca de
mí de nuevo.

—¿De verdad tienes que ir a trabajar? —preguntó.

—Solo quería venir por… mi papá iba a venir para presentar sus respetos y
pensé… —Hice una pausa para tomar aire y cerré mis ojos—. Yo solo…

—Shhh —dijo, besando mi mejilla, mi mandíbula. Todo el tiempo sentí sus


labios contra mí, me estremecí.

—Warren —susurré.

—Nena, mírame.

Mi estómago se sumergió. Mantuve mis ojos cerrados. —Por favor no. Solo
vine a…

Agarró mi rostro y lo giró hacia él. Abrí mis ojos y lo miré.


—Estás aquí por mí, a pesar de odiar a mi padre, a pesar de los malos recuerdos
que mi apellido trae, estás aquí por mí, y esa es solo una razón más por la que te
amo.

—Warren, no —supliqué.

—Tengo que hacerlo. Si no hago esto ahora, nunca tendré la oportunidad. —


Llevó su otra mano para ahuecar el otro lado de mi rostro—. Fue incorrecto de mi
parte mentirte. Si pudiera retroceder y hacerlo todo otra vez, te habría dicho quién
era. Lo siento. Por favor perdóname. Por favor vuelve a mí.

Sacudí mi cabeza lentamente, cerrando mis ojos pero apoyándome en él,


disfrutando de la forma que su cálido toque se sentía contra mí. Abrí mis ojos otra
vez justo cuando una lágrima se deslizaba por su mejilla. La vista de ello me hizo
daño de nuevo.

—Siento lo de tu papá. De verdad, pero necesito tiempo —susurré.


—¿Cómo puedo hacer esto mejor, Camila? ¿Cómo puedo hacer que me ames
otra vez?

Sonreí, aunque era una sonrisa triste, levanté mi mano a su rostro, rozando el
camino que su lágrima había trazado. —Nunca dejé de amarte, Warren. ¿Cómo
podría? El amor es fácil de reavivar, pero una vez que pierdes la confianza… es
difícil volver a la forma como las cosas solían ser.

Tragó y asintió. —Entiendo.

—Tengo que irme.

Ambos nos pusimos de pie al mismo tiempo. Comencé a caminar hacia mi


papá y me detuve en seco cuando lo vi hablando con Thomas y su mamá. Warren
dejó de caminar a mi lado. Por un momento solo me quedé de pie ahí, dispuesta a
que mis piernas avanzaran. Presentaría mis respetos y me excusaría. Pero entonces
recordé la clara desaprobación en el rostro de Thomas en la fiesta de cóctel. La
mano de Warren se cerró sobre la mía. Incliné mi rostro para mirarlo.

—Quiero que conozcas a mi mamá.

Mis ojos se ampliaron. —No creo que eso sea…

Tiró de mi brazo y antes de que lo supiera, estábamos frente a ellos.

—Lo siento por su pérdida —dije antes de que Warren pudiera abrir su boca.

Su mamá ofreció una pequeña sonrisa. —Gracias.

Thomas dijo lo mismo.

—Esta es Camila —dijo Warren, mirando a su mamá—. Es la mujer con la que


voy a casarme.

Me quedé boquiabierta, mis ojos ampliándose. Sentí la avalancha de calor


propagada a través de mi rostro mientras levantaba la vista hacia él. Me dio una
pequeña sonrisa. Mis ojos se ampliaron aún más.

—Es un gusto conocerte, Camila —dijo su mamá. Miré hacia ella de nuevo.

—Desearía que fuera bajo diferentes circunstancias —respondí, todavía


deseando que la tierra me tragara.

Thomas me miró. —Cayden habla muy acerca de ti.


—Es un gran chico —dije, sonriendo, una verdadera sonrisa. Me sonrió de
vuelta.

—Gracias.

Papá intervino, luciendo divertido. —Camila es mi hija menor.

Ninguno de ellos pareció sorprendido por esta información. Me pregunté si lo


habían sabido durante este tiempo. Me pregunté si Thomas sabía quién era cuando
lanzó un juicio sobre mí. Tal vez fue por eso que lo había hecho. En cualquier caso,
no era el momento ni el lugar para preguntar nada de eso. Me despedí y me fui de
forma positiva.
Capítulo 41
Traducido por Maridrewfer

Corregido por Mariela

Warren
Me presenté a su puerta a las once de la noche. Había estado bebiendo, pero no
estaba borracho, y la tristeza parecía envolverme cada vez que cerraba los ojos.
Después de que mi padre me aparto cuando yo era un adolescente, le dije que
nunca lloraría en su funeral. Entonces, de alguna manera logré convencerme de que
no necesitaba a nadie. Que podría sobrevivir solo al mundo despiadado. Mis
abuelos, que cocinaron para mí y se aseguraron de que yo no estaba demasiado
fuera de lugar, rápidamente me demostraron que estaba equivocado. Al igual que la
prensa, constantemente en mi espalda, escudriñando cada uno de mis
movimientos. Mi sobrino, que me hizo sonreír más fuerte que cualquiera que yo
conociera. Y luego por Camila, que me enseñó que había mucho más en la vida
que la estética y las cosas materiales. Ella abrió la puerta después de mi quinto
golpe, con sus ojos entornados pesadamente por el sueño, su cabello desordenado
de dar vueltas en la cama, su boca se abrió en sorpresa cuando me vio.

—Es casi medianoche —dijo.

—Lo sé. Lo siento. No quería estar solo. —Contuve mi aliento y lo solté


lentamente, aliviado cuando ella me abrió la puerta y la cerró detrás de mí.

—¿Cuándo vuelves a casa?

—Mañana por la mañana —dije, volviéndome para mirarla.

—¿Cuán temprano es tu vuelo?

—Tengo que estar en el aeropuerto a las siete de la mañana.

Ella permaneció quieta por un largo momento. Miré alrededor del


apartamento.

—¿Quieres quedarte? —susurró ella.

Mis ojos se clavaron en los suyos. —¿Qué?


—Puedes simplemente… Quiero decir que no tienes que hacerlo y no estoy
diciendo que voy a tener sexo contigo o algo así.

—No intentaré nada. —Me aclaré la garganta—. No es que no quiera hacerlo,


pero… No intentaré nada.

Ella asintió, bostezando mientras pasaba por delante de mí y entraba en el


dormitorio. La seguí. Ella volvió a la cama y se cubrió con las sabanas y yo fui al
otro lado, quitándome la ropa mientras caminaba. Mi espalda estaba frente a ella
mientras yo arrojaba mis pantalones vaqueros a un lado y me preguntaba si ella me
estaba observando desnudarme. Ella había dicho que nada de sexo. Necesitaba
recordarme que no lo llevaría allí. Dijo que necesitaba recuperar mi confianza y por
una vez tuve que respetar eso sin empujar. Cuando me metí en la cama y tiré de las
mantas sobre mí, apagó la lámpara a su lado. Respiré profundamente, tomando el
olor de sus sábanas, el olor de ella. Lo único que quería hacer era deslizarme y
envolver mis brazos alrededor de ella, pero tenía miedo de que ella me rechazara.
Me aclaré la garganta cuando me acerqué hasta que estuvimos de lado a lado, su
brazo contra el mío.

—Dijiste que necesitabas recuperar tu confianza. ¿Cómo puedo hacer eso?

Ella suspiró. —No lo sé. Honestamente. Ojalá hubiera una fórmula en el


corazón.

Me volví de costado. Ella giró sobre el suyo. No podía verla en la oscuridad,


pero podía sentirla y eso era suficiente. —Cambié mi apellido, legalmente, a Silva
cuando cumplí dieciocho años. Mi papá me había repudiado, así que pensé ¿Qué
diablos? Yo también podría, ¿verdad? Así que cambié mi nombre. —Tragué—. No
creo que me perdonara por eso. Me miró como si yo fuera un extraño.

—¿Al fin habló contigo? —preguntó ella, en voz baja, susurrando.

—Sí. —Me sentí sonreír—. Empecé a hablar con él después de que tú y yo...
cuando regrese. Me imaginé que no podía simplemente sentarme allí y mantener el
desplazamiento de mi Instagram y cuenta de Twitter. Así que empecé a hablar con
él. Le hablé de nosotros. Le dije lo que había hecho y quién eras y cómo conocí a tu
padre. Me dejó hablar por lo que se sintió como horas y no dijo una palabra.
Cuando me levanté para irme y finalmente habló, fue para decirme que era un
completo idiota si te dejaba ir.

Oí su brusca respiración.

—Y que yo no te merecía. —Hice una pausa—. Yo no. Yo sé que no. Lo


siento, te oculté eso. Estuvo mal y no debería haberlo hecho, pero una vez que
llegué a conocerte tuve miedo de perderte. Eres la mejor persona que he conocido,
Camila, y no te merezco, pero te necesito. Incluso en tu ausencia, mi amor por ti
crece.

Ella no habló, pero se sorbió la nariz y eso fue suficiente para mí. Le llevé mi
mano a su rostro y rocé su mejilla húmeda con el pulgar. —Tómame de vuelta,
nena. Estoy sin hogar sin ti.

—Dios, Warren —susurró ella, sorbiendo mientras se inclinaba hacia mí—. Te


odio, ¿lo sabes?

—Me amas. Es por eso que esto duele tanto.

Ella sacudió su cara y la acerqué más cerca, rozando mis labios a lo largo de
sus mejillas húmedas, su nariz, sus labios.

—Dime que me amas —susurré.

—El amor no es suficiente. No para nosotros. —Ella volvió a sollozar, y esta


vez sus hombros se sacudieron con su llanto—. Lo siento.

La atraje hacia mi pecho y cerré los ojos mientras la mantenía allí durante un
largo rato. Hablé contra su cabello. —¿Qué haría que fuera suficiente?

—No creo que tengamos el poder de cambiar eso —susurró ella—. Tu vida está
en otra parte. La mía está aquí.

—¿Te mudarías por mí, si te lo pidiera? —le pregunté, inclinándome


ligeramente hacia atrás para distinguir sus suaves rasgos.

—Yo…Yo no lo sé. Ella hizo una pausa. Acabo de recuperar a mi padre, War.
Mi vida está aquí. No lo sé.

—Lo entiendo. —No me gustó, pero lo entendía.

No sería justo que le pidiera que cambiara su vida entera por mí. Necesitaba
trabajar para tener ese derecho otra vez, e incluso si no lo había perdido, no habría
sido justo con ella. Pasé mi pulgar contra su mejilla de nuevo, mi cara cada vez más
cerca de ella hasta que las puntas de nuestras narices se tocaron.

—Jodidamente te extraño demasiado —susurré.

—No estás jugando limpio.

—Lo sé. —Sonreí contra sus labios—. No puedo pensar con términos justos
cuando se trata de ti.
Ella no respondió, pero su respiración se aceleró.

—¿En qué estás pensando ahora?

—En ti tocándome —susurró.

Mi aliento se atascó. Mi corazón comenzó a golpear a una velocidad que


normalmente solo se utiliza en el terreno de juego. —¿Tocarte cómo?

—Sabes cómo.

—¿Dónde?

—En cualquier lugar —dijo, presionando su pecho contra el mío—. En todos


lados.

Mi mano bajó por su rostro, su suave cuello, su delgado hombro. Ahuequé su


pecho por encima de su camisa y cerré los ojos, conteniendo un gemido por la
manera en que se sentía bajo la palma de mi mano.

—Tengo que preguntarte algo —dije, con los ojos todavía cerrados.

—Pregunta —susurró.

—Has... Te vi con Quinn.

Sentí su mano en el costado de mi cara y abrí los ojos para encontrarla. —


Nunca, Warren, nunca.

Dejé escapar un suspiro aliviado y sumergí mi cabeza para presionar mis labios
contra los suyos. Lamí la costura de su labio inferior, explorando hasta que mi
lengua encontró la suya. Ella gimió en mi boca, profundizando el beso, y me
moldeo a mí mismo contra ella, tirando de una de sus piernas sobre mi cadera y
empujando mi erección contra su coño. Ella gimió más fuerte.

—Warren —dijo, jadeando mientras rompía el beso.

—¿Dónde me necesitas? Dime.

Se inclinó y se quitó la camiseta. Su ropa interior salió después. Ella los echó a
ambos lejos de la cama antes de tirar del elástico de mis calzoncillos. Me reí.

—Paciencia, cariño. Tenemos toda la noche —dije, quitándome mis


calzoncillos y arrojándolos a un lado.
—Esta noche es todo lo que tenemos —susurró ella, echando la pierna por
encima de mí y subiendo encima de mí.

Ella se inclinó, su cabello rozando los lados de mi rostro mientras presionaba


sus labios contra mí. Con una mano, ella se estiró entre nosotros y cerró una mano
alrededor de mí, acariciándome lentamente mientras continuaba besándome. Mis
caderas se levantaron. Sus palabras se repitieron en mi cabeza. Esta noche es todo lo
que tenemos. Me negué a creer eso. Me negué a aceptar eso. Luché contra el impulso
de tomar la iniciativa y voltearla sobre su espalda y reclamarla allí mismo, duro y
rápido, solo por decir eso, solo por dudar de lo que teníamos. Me acerqué entre sus
piernas y la acaricié. En el momento en que mis dedos se deslizaron a través de sus
pliegues, ella echó la cabeza hacia atrás con un gemido.

—Camila. —Gemí—. Estás tan mojada para mí.

Ella separo sus piernas más abiertas y contuvo su aliento mientras ella me
tomaba, deteniéndose para ajustarse encima de mí mientras que le agarraba las
caderas y la guiaba. Mi respiración venia en lapsos cortos mientras esperaba a que
empezara a moverse. Tragué, tomando un momento para calmarme, y cuando
coloco las palmas de sus manos en mi pecho y, finalmente, comenzó a mecerse
contra mí, pensé que iba a perder la poca cordura que me quedaba. Cada vez que
ella giraba sus caderas y encontraba mis empujes, un pico de adrenalina se
precipitaba directamente en mi corazón. Cada vez que decía mi nombre, como una
súplica, una parte de mí sentía que se estaba rompiendo. La levanté y nos di la
vuelta para que ella estuviera sobre su espalda y empujarme profundamente dentro
de ella, aún más profundo. Ella jadeó en voz alta.

—Quiero que me sientas en todas partes —dije contra sus labios, empujando de
nuevo—. Quiero que recuerdes cómo somos juntos. —Sus manos se acercaron a
mis brazos, sus uñas cavando en mis tríceps—. Quiero que sientas lo que estás
dejando ir.

—No lo hago —jadeó ella—. No te voy a dejar ir.

Dejé de moverme y la miré a los ojos, eran salvajes y anchos. —¿Tú no lo


haces?

—Simplemente no veo cómo esto podría funcionar —dijo, con lágrimas en los
ojos—. No veo cómo estar aquí y tú estando en Inglaterra podría funcionar.

—Vamos a hacer que funcione. —Golpeé de nuevo contra ella. Ella jadeó, con
la espalda arqueada, las uñas cavando más profundamente.

—¿Cómo?
—Lo resolveremos. —Le acaricié el pecho y pellizqué su pezón mientras le
besaba los labios, la mejilla, los párpados, la barbilla, el cuello.

—El fútbol soccer es tu vida —susurró.

Dejé de moverme de nuevo y la miré fijamente. A esta hermosa mujer


desinteresada que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por alguien sin duda. A
esta hermosa mujer que se presentó en el funeral de mi padre, a pesar de que ella lo
odiaba, solo para verme. Me incliné y la besé de nuevo, deseando que eso fuera
suficiente para limpiar todas sus preocupaciones. Ojalá pudiera mostrarle, no solo
decirle, que ella era mi vida. En su lugar, le hice el amor a ella hasta que los dos
estábamos saciados y sin aliento, y luego la sostuve entre mis brazos y le besé los
hombros, la cara, los labios, la cabeza, hasta que tuve que despertar para tomar mi
vuelo.
Capítulo 42
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Warren
La temporada empezó hace dos semanas y en el campo me sentía como un
dios cada vez que la multitud gritaba mi nombre, pero en casa, cuando estaba solo
en la cama, mis emociones se sentían como una zona de guerra. Sentía la atracción
de Camila desde tres mil millas de distancia. Extrañaba su sonrisa, deseaba ver su
rostro, y me dolía cada vez que pensaba en tenerla en mis brazos de nuevo.

El espectáculo continuó.

La vida no se detuvo para nosotros ni nuestras quejas. Ella se negó a renunciar


a su trabajo porque no quería ser como su madre, una mujer que necesitaba un
hombre para sobrevivir en el mundo, y aunque yo no lo entendía, la respetaba lo
suficiente como para no molestarla al respecto. Me había acostumbrado tanto a no
tener días libres, que cuando finalmente llegué de Nueva York para siempre, lo
extrañé. Eso era extraño. Extrañando una ciudad de la que había intentado muy
fuertemente permanecer lejos la mayor parte de mi vida. Pero había crecido en mí.
El bullicio, la música ruidosa tocando por la noche alrededor del barrio de Camila,
la risa mientras la gente contaba historias de sus países de origen. Esas eran cosas
que nunca había experimentado cuando vivía allí, y cosas que nunca pensé que
tuvieran la capacidad de hacerme sentir como en casa.

Ahora, cada vez que me paraba en ese campo, me preguntaba si ella me miraba
o no. Cada movimiento que hacía era una segunda naturaleza para mí. Cada drible,
cada pase, cada patada y bloqueo. Esas eran cosas que no tenía que pensar en
exceso, pero cuando Camila estaba en mi mente y yo estaba allí, encontré a mi
cerebro trabajando más duro para ponerse al día con mis movimientos. Un par de
mis pases no se transfirieron más rápido y fueron bloqueados por el equipo
contrario. Los regateos fueron expulsados. Las cosas que estaban en el punto hace
unos meses eran repentinamente cuestionables. ¿Se había sumergido tan
profundamente en mis pensamientos que ni siquiera podía desengancharla lo
suficiente para centrarme en una tarea sin pensar en ella también? Después de un
juego espectacularmente horrible, mi entrenador me apartó para decirme que sacara
mi cabeza de mi culo.
—Sé que acabas de perder a tu padre, pero tienes todo un maldito equipo
dependiendo de ti.

Él tenía razón, por supuesto. Y sin embargo, sus palabras no despertaron en mí


la munición que normalmente hacían.
Capítulo 43
Traducido por Maridrewfer

Corregido por Mariela

Camila
Warren había estado fuera una semana y cada día que pasaba, lo extrañaba
más. Hablábamos todos los días a veces dos veces al día en las horas más ridículas
debido a la diferencia de horario, pero cada vez que escuché su voz me olvidé del
tiempo. En mi corazón, creo que lo perdoné antes de que lo viera en el funeral de
su padre, pero después de ese día, se sentía como una pequeña cosa a la que
aferrarse. Sí, me ocultó algo, pero él me trató de la manera que solo había soñado
con ser tratada. Esa noche, después de un día de prueba en Winsor, me llamó a
FaceTime mientras me preparaba la cena, como hacía la mayoría de los días
alrededor de las cinco. Puse el teléfono contra el libro de recetas en mi cocina como
yo arrojaba el salteado.

—Desearía estar allá —dijo.

Miré por encima de mi hombro y sonreí a la pantalla. —Yo también.

—¿Estás haciendo pollo o camarón?

—Camarón.

—Realmente me gustaría estar allí.

Cubrí el wok y volví al teléfono, apoyando mis codos en la mesa mientras lo


miraba. —Lamento que hayas perdido el juego.

—¿Estabas viendo?

Asentí.

—¿Estabas aburrida?

Me reí. —Sorprendentemente, no lo estaba. Charlie amablemente me guio


contándome a través de lo que estábamos viendo. Seguía preguntándome si sabía lo
que ibas a hacer con Barcelona.
—¿Qué le dijiste?

—Que no lo sabía. —Hice una pausa, buscando sus ojos—. Ni siquiera creo
que tú lo sepas.

Él sonrió, doblando un brazo detrás de su cabeza y reclinándose en la


almohada mientras llevaba su teléfono sobre su cara. Mis ojos se deslizaron hasta
su pecho desnudo. Suspiré.

—Ojalá estuviera allá.

Sus ojos se oscurecieron. —No tienes idea de cuánto desearía que estuvieras
aquí.

Empujé mis codos y me volví a la estufa, apagándola y abriendo la tapa del


wok para servir mi comida. Me acomodé en el taburete y esperé a que se enfriara
mientras lo miraba, sus ojos se seguían cerrando y odiaba que tuviéramos una
diferencia de tiempo tan amplia entre nosotros.

—Deberías ir a dormir —le dije.

Sus ojos se abrieron. —No, no. Estoy despierto.

—Tienes otro largo día mañana.

Suspiró y asintió con la cabeza. —¿Te mudarías conmigo? Sé que no te gusta el


estilo de vida, y sé que algunas de las esposas te molestaron, pero si tomo el trato en
Barcelona estaríamos cerca de mi familia. Podemos vivir donde quiera, en la
ciudad, en el campo.

Mi corazón saltó. Empujé mi plato a un lado. —Eso es…

—Lo sé. Es un gran cambio. Sé que te preocupa perder tu vida y todo en lo que
has trabajado, pero puedes hacer lo que estás haciendo ahora aquí. Hay tantos
niños aquí que se beneficiarían de sus parques. —Hizo una pausa, dejando escapar
un suspiro—. No estarías sola. Me aseguraría de que no te sientas sola.

El hecho de que hubiera estado pensando en esto tan bien calentó mi corazón y
lo rompió un poco. No quería nada más que estar con él, pero estar con él
significaba dejar todo atrás. Mi hermana, mis padres, mi hermano, Charlie, mi
vecindario.

—Warren —susurré, parpadeando rápidamente—. Necesito tiempo. Ya te he


dado las razones de por qué no puedo simplemente empacar y mudarme.
—¿Por unos años? —preguntó él, con los ojos suplicantes.

—Realmente es imposible decirte que no. —Suspiré, sonriendo. Él se rio entre


dientes—. Pero, todavía necesito tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Me encogí de hombros. —¿Unos pocos meses?

Bostezó de nuevo. —Puedo hacerlo unos meses.

***

—Oye, ¿vienes a ver el partido hoy?

Me reí. El nuevo pasatiempo favorito de Charlie me estaba haciendo saltar el


trabajo para poder pasar el rato en el bar en medio de la tarde y ver el fútbol con él.
Por mucho que me gustó la parte de saltarse el trabajo, estaba bastante segura de
que Nancy estaba empezando a captar lo que estaba haciendo cuando tomaba esos
largos descansos para el almuerzo.

—No estoy segura. Tengo que llevar unos papeles a Winsor.

—Es un día —dijo.

—Eso fue lo que dijimos ayer.

—Un día más. Te alimentaré y te daré alcohol. ¿Qué más podrías desear?

—Bien. Voy a llegar tarde, sin embargo.

—Es un juego de noventa minutos. ¿Qué tan tarde estarás?

Puse los ojos en blanco. —Es un partido de noventa minutos e incluso si llego
ochenta minutos tarde, lo más probable es que no me pierda nada.

Él se rio entre dientes. —Tu maldito novio siempre te está diciendo mierdas a
la cámara. Estoy cansado de grabar esa mierda y mostrarte las repeticiones para
que puedas fingir que lo viste en vivo. La próxima vez que llame, le diré.

Mis ojos se abrieron. —No lo harías.

—Pruébame.

—Bueno. Solo tardaré cinco minutos, ya que es tan importante estar allí
durante todo el juego.
Volví de nuevo a Brooklyn y estaba en el bar de Charlie quince minutos
después de que el juego comenzara. Miré a la pantalla mientras me sentaba en el
bar.

—Cero a cero. Que sorpresa.

Charlie rio. —Tu novio está jugando su trasero, sin embargo.

Sonreí y alcancé la cerveza que me estaba dando. —¿No es ese Barcelona?

—Sí, ¿quieres compartir alguna información privilegiada con la clase? —


preguntó Charlie, apoyándose contra la barra y mirando hacia la televisión—.
Porque me muero por saberlo.

—No —le dije, tomando un sorbo de mi cerveza—. Si fueras él, ¿te quedarías o
irías?

Charlie se volvió para mirarme y se encogió de hombros. —Barcelona tiene un


mejor equipo. Todos los jugadores están allí, pero Manchester es como los Yankees.
Digamos que los Mets tuvieron todos tus jugadores favoritos. Jeter…

—Eso nunca ocurriría —dije, interrumpiéndolo. Él rio.

—Vamos a fingir. Jeter, Robinson Cano, Yasiel Puig, Clayton Kershaw están todos
en los Mets, y juegas para los Yankees, y aunque es un buen equipo con potencial, y
creciste idolatrándolos…

—Él creció idolatrando a Barcelona —dije, tomando otro sorbo de cerveza.

Las cejas de Charlie se alzaron. —Bueno, mierda.

Me encogí de hombros y miré de nuevo a la pantalla. Sonreí cuando lo vi. —Se


ve muy bien con un uniforme de fútbol.

Charlie rio entre dientes. —Eso es lo que dijo tu hermana cuando estuvo aquí
ayer.

—Por supuesto que lo hizo —dije, sonriendo—. ¿También dijo que Adán se
veía bien en uno? Porque le encanta hacer eso.

—No lo hizo y no creo que Adán sabría qué diablos hacer si el balón cayera a
sus pies.

—Probablemente lo recogería y lo tiraría con las manos —le dije. Los dos nos
reímos. Me estremecí cuando vi a Warren saltar, recibir una patada en la espinilla y
aterrizar a su lado—. Se podría pensar que este deporte sería menos horripilante
que el fútbol americano, pero es igual de jodido.

—¿Les has preguntado alguna vez a War si se tira en el piso por sí mismo para
descansar?

—No, pero escuché a uno de sus compañeros de equipo decir eso. Pensé que
estaba bromeando —dije mientras observaba a Warren levantarse para quejarse
ante el árbitro—. Pero estoy empezando a pensar que había algo de ello.

Seguimos viendo el juego. Mis ojos estaban pegados a Warren mientras abría
camino al campo con la pelota en sus pies. Se arremolinó alrededor de los
jugadores con tal habilidad, evité parpadear para asegurarme de que no me perdía
nada de eso. Estaba justo delante de la portería. Charlie empezó a cantar bajo su
respiración War Zone. War Zone. Me aferré a la barra con ambas manos y contuve el
aliento mientras lo observaba. El balón estaba bajo su pie derecho.

—¿Por qué solo está allí parado? —grité, saltando del taburete mientras lo
observaba.

—Él hace eso.

—Pero ¿por qué? —dije. Sonaba más como un gemido.

—Para fomentar la emoción —dijo Charlie—. Ni puta idea, pero hace que mi
ansiedad pase por el techo cada vez, aunque sé que va a doblar la mierda de la
pelota.

Mi corazón dio un vuelco en mi garganta. Dejé escapar un grito estrangulado,


todavía agarrándose al borde de la barra. —Jesucristo, Warren. ¡Golpea el puto
balón!

Inclinó la cara y sonrió. Era una sonrisa lenta y seductora con la que me había
familiarizado. Mi corazón latía más rápido. Luego, dio un puntapié a la pelota, con
la pierna balanceándose, el cuerpo levantándose con el movimiento, y justo cuando
lo dejó, un jugador contrario se acercó y trató de patearlo al mismo tiempo, pero lo
echó y le dio una patada, enviando a Warren directamente al suelo.

—¡Gooooooooooooooooooooool! —fue gritado continuamente.

Charlie se levantó de un salto. Me puse a gritar. Pero una vez que nuestra
adrenalina hervía a fuego lento, volvimos a mirar la pantalla y nos dimos cuenta de
que Warren seguía en el suelo, agarrándose la rodilla.

—Oh Dios mío —dije, trayendo mi mano sobre mi boca—. Tú crees…


Charlie sacudió la suya.

Mi corazón seguía latiendo. Los comentaristas especularon sobre su estatus.


Los paramédicos entraron en el campo y lo subieron a una camilla. Saqué mi
teléfono y empecé a llamar, aunque sabía que no sería capaz de contestar.

—Joder —dije—. Mierda. Mierda. Mierda.

Llamé a Miriam. Ella contestó después del segundo timbre. —¿Estás en el


juego? —le pregunté, mirando la pantalla mientras las lágrimas nublaban mi visión.

—No, acabo de ver lo que pasó —dijo ella—. Sergio está allí. Pronto
recibiremos noticias.

—Oh, Dios mío —susurré.

—Estará bien —dijo ella—. Todo irá bien. Te llamaré tan pronto como escuche
algo.

Parpadeé rápidamente, asintiendo aunque ella no podía verme, le agradecí y


colgó. ¿Era esto lo que se sentía la impotencia? El juego continuó y terminó uno a
cero. Manchester ganó. Vi cómo los compañeros de Warren hablaban después del
partido y le desearon lo mejor antes de que las cámaras cortasen a los
comentaristas, que estaban especulando qué tipo de lesión podría tener. Debían
haber repetido el clip veinte veces y cada vez, lloraba más fuerte.

—¿Por qué tardan tanto en volver a llamar? —dije.

Charlie se acercó a la barra y me puso una mano en el hombro. —Llamarán. Él


estará bien. Esto sucede todo el tiempo.

—Me tengo que ir —le dije una vez que los clientes comenzaron a entrar en el
bar. Cogí mi bolso y mi teléfono.

—Llámame cuando escuches noticias —gritó Charlie mientras salía por la


puerta.

Estaba caminando por mi habitación por centésima vez cuando Vanessa llegó
allí. Me rodeó con los brazos y me preguntó si había oído algo.

—Aún no.

Me senté en el sofá mientras ella revisaba mi cocina y abría una botella de vino.
Volvió y me tendió un vaso antes de sentarse a mi lado. Mi teléfono zumbó a mi
lado y me levanté, dejando el vaso y contestando el número desconocido.
—Camila, soy Sergio.

Mi corazón dejó de latir. —¿Él está bien?

—Estará bien. Ahora está haciendo una conferencia en vivo.

Recogí mi control remoto y empecé a moverme a los canales deportivos,


inhalando profundamente cuando vi a Warren caminando, aunque cojeando un
poco. Dejé escapar un suspiro aliviado. Estaba de pie en ella sin ayuda, lo que
significaba que probablemente no había roto nada.

—¿Estás viendo? —preguntó Sergio.

Asentí y luego me di cuenta de que no podía verme. —Sí. Gracias a Dios puede
caminar.

—Debería estar en el campo dentro de unos días —dijo Sergio—. Suponiendo


que es solo una rodilla magullada, que es lo que parece.

También dejó escapar un suspiro aliviado, pero se quedó en el teléfono


conmigo mientras yo observaba, y pude oír el caos en su extremo. Estaba segura de
que estaba conteniendo la respiración, como yo, esperando las noticias de su
rodilla. Warren miró al primer reportero, que estaba fuera de la cámara. La voz de
un hombre resonó en la habitación.

—¿Cómo está tu rodilla?

—Ha visto días mejores, pero estará bien.

—¿Cuántos partidos tendrás que perderte?

—¿Esto retrasará tu decisión sobre el préstamo?

—¿Te quedarás en Manchester para siempre?

Todas las preguntas le dispararon a la vez. Warren se rio entre dientes,


sonriendo con esa sonrisa encantadora pero meditada que había perfeccionado.

—Uno a la vez —dijo y respiró hondo—. Mi rodilla es solo una parte de la


razón por la que estoy aquí ahora mismo. Quería que escucharan de mí que estoy
tomando un descanso del fútbol.

—¿De qué está hablando? —dijo Vanessa a mi lado.

—¿De qué está hablando? —le dije a Sergio por teléfono.


—¿De qué diablos está hablando? —murmuró Sergio en la línea—. Me tengo
que ir.

Dejé el teléfono mientras Sergio terminaba la llamada y seguía mirando a la


televisión con la boca abierta.

—Como dije antes, mi rodilla estará bien. Necesita hielo y un poco de


descanso, que no me rasgué o rompí nada. —Hizo una pausa, sus ojos encontraron
la cámara, mirándola, hacia nosotros. A mí—. He estado jugando al fútbol todo el
tiempo que puedo recordar. No puedo recordar una época en la que me tomara un
descanso. No recuerdo un momento en el que quisiera. Pero si este incidente es una
indicación de dónde está mi cabeza ahora, creo que es seguro decir que necesito
uno.

—Pero, ¿qué hará el equipo?

—¿Qué dice tu director del club, Josef sobre tu decisión?

—¿Qué piensan tus compañeros de equipo de esto?

Warren hizo un movimiento con las manos, diciéndole a la multitud que se


calmaran. Cuando todos dejaron de hablar y lo único que se oyó fueron los
chasquidos de las cámaras, comenzó a hablar de nuevo.

—Entiendo que es una cosa difícil de aceptar, pero creo firmemente que la
cabeza siempre debe de estar en el juego y la mía no lo está —dijo. Su rostro era
solemne, la forma en que lo vi cuando estaba sentado solo en el entierro de su padre
observando el ataúd bajando en el suelo. Como si esta noticia fuera tan difícil como
aquella.

—No puedo respirar —susurré, poniendo una mano sobre mi corazón.

—¿Está dejándolo? —susurró mi hermana a mi lado.

—Por primera vez en mi vida, estoy poniendo algo más que el fútbol en primer
lugar, y espero que puedan respetar mi decisión y aceptarlo así como lo hizo mi
club —dijo él y se puso de pie.

Salió de la habitación y desapareció en la parte de atrás mientras los reporteros


comenzaban a hablar entre ellos. La cámara retrocedió a tres comentaristas de
ESPN que parecían tan conmocionados como yo.

—Eso fue inesperado —dijo uno, soltando una carcajada.


—Quiero decir… —Otro sacudió la cabeza—. Estoy anonadado. Me quedé
atónito cuando Messi anunció que ya no estaría jugando para Argentina, ¿pero
Silva?... Estoy atónito.

El tercero todavía tenía la boca abierta. Me preguntaba si esto era algo que no
había aprendido a manejar en la escuela de periodismo. Se recuperó y empezó a
hablar de las muchas razones por las que Warren estaba tomando tiempo para sí
mismo. En la parte superior de la lista estaba la reciente muerte de su padre. Mi
hermana apagó la televisión. Podía sentir sus ojos en mí, pero no podía querer
reconocerla. Lo único que podía hacer era pensar en Warren y repetir esa
conferencia. ¿En qué estaba pensando? ¿Por qué no me había llamado?
Capítulo 44
Traducido por Carilo

Corregido por Mariela

Camila
Había pasado más de cuarenta y ocho horas y solo había oído hablar de
Warren una vez. Me aseguró que estaba bien, que tenía cosas de las cuales
necesitaba hacerse cargo, que la muerte de su padre le hizo reevaluar algunas cosas,
y me prometió que me llamaría una vez que tuviera algunas cosas ordenadas. Dijo
todas las palabras correctas para hacerme dejar de preocuparme, pero yo lo
conocía. Podía oír el dolor en su voz. Podía oír el ceño fruncido y la tristeza y me
hizo revolver el estómago en nudos. Esa mañana, mientras caminaba por la acera,
buscaba vuelos a Manchester.

—Mierda —dije en voz alta mientras miraba el precio.

—No has estado con el colmado, Rubia.

Mi cabeza se levantó para mirar a Pedro desde la tienda de la esquina. Sonreí.


—Lo sé. He estado ocupada. Sin embargo, pasaré esta semana. Me estoy quedando
sin leche.

—¿Tu novio volvió a Europa?

—Sí. Solo estaba buscando vuelos ahora —dije con un suspiro, poniendo
alejando mi teléfono.

—¿Y?

—Y son caros como el infierno. Tendría que vender por lo menos mis riñones.
Pedro soltó una carcajada y sus ojos se iluminaron. —Oye, siempre que no vendas
tu hígado.

—Nos vemos luego —grité, todavía sonriendo, mientras bajaba los escalones
del metro.

Con algo que debía de ser pura suerte, las puertas se abrían al subirme a la
plataforma. Recogí mi ritmo y lo hice justo a tiempo e incluso encontré un asiento
justo al lado de la puerta. Cerré los ojos, dejé escapar un suspiro aliviado. Siempre
podría pedir una extensión de mi alquiler. O ir un mes sin pagar la cantidad total
que envié a pagar por mis préstamos estudiantiles. Calculaba todo en mi cabeza
cuando la persona a mi lado me empujó.

—¿Eres tú? —preguntó.

Mi mirada cortó al viejo a mi lado. Le lancé una mirada que esperaba que
gritara que me dejara sola. No puedo darte dinero ahora porque estoy tratando de calcular
cada centavo a mi nombre para ver si puedo pagar un viaje para ver a mi novio. Él solo me
miró y asintió y una vez más me preguntó—: ¿Eres tú?

Seguí su línea de visión, mis ojos se ensancharon cuando vi los anuncios


nuevos. Agarré la barra y di un paso atrás, golpeando la puerta cerrada detrás de
mí. Efectivamente, era yo. Más exactamente, éramos nosotros. La foto que nos
habíamos tomado en el cóctel, y junto a ella las palabras: “El amor hace que la
gente haga cosas cursis”.

Mi aliento se enganchó en mi garganta. —Oh Dios mío.

Junto a él había una foto de uno de los anuncios que había visto en Manchester
con las palabras “Solo por Camila”. Comencé a reír y saqué mi teléfono para tomar
fotos de ello. Me levanté y caminé la longitud del tren, asegurándome de
documentarlo todo. Otro, sobre un fondo negro y letras blancas que decía: “Dejo
todo a un lado por ti”.

Ese en particular me obligó a parar justo en medio del tren. Solo podía mirarlo
fijamente. Sentí la emoción en mi pecho, en mis ojos, y afortunadamente el tren
llegó a una parada de chirrido que me sacudió cuando me estrellé contra la señora a
mi lado. Me disculpé rápidamente y bajé en mi parada. Mientras me alejaba, la
cartelera en la pared frente a mí, la que las amas de casa tenía la propiedad de hasta
este momento, me llamó la atención. Era una foto de un balón de fútbol y las
palabras: “Esta no es mi vida. Tú lo eres”.

Dejé de caminar, mis manos cayendo a mis lados. Limpié más lágrimas antes
de revisar mi teléfono. Todavía no hay recepción. Miré a mí alrededor y no vi
ninguna cara familiar, así que tomé las escaleras de dos en dos a la superficie en
busca de señal.

Cuando llegué al rellano, Warren estaba de pie en la parte superior. Mi corazón


cayó tan fuerte en mi estómago que pensé que iba a perder el equilibrio. Mi boca se
abrió y me las arreglé para darle una rápida mirada. Llevaba pantalones cortos de
baloncesto azul, una camiseta de los Yankees, una venda alrededor de su rodilla
izquierda y una sola muleta delante de él. Tenía el cabello bien cepillado y aunque
no sonreía, sus ojos estaban llenos de diversión mientras me miraba. Cuando mi
cerebro finalmente comenzó a funcionar y me di cuenta de que de hecho estaba de
pie delante de mí, corrí hacia él, lanzando los brazos alrededor de él, y enterrando
mi cara en su cuello mientras él se inclinaba y envolvió sus brazos alrededor de mí
y me apretó a él. Empecé a llorar de nuevo.

—Siento mucho no haber estado allí. No sabía qué hacer conmigo misma.
Estaba buscando vuelos antes de subir al tren —dije contra él. Él acarició mi
espalda suavemente y me abrazó más fuerte. Cuando me recompuse, me alejé de él.
Él puso sus manos para acunar mi rostro y secó mis lágrimas con los pulgares.

—Oye, te tengo.

—Yo vi tus... anuncios —dije, sonriendo. Levanté mis manos a las suyas, que
todavía estaban en mi cara, y las moví de una en una para besar sus palmas.

—¿No es demasiado cursi para ti?

Luché una risa. —Apenas.

—Apenas —dijo él, sonriendo, con ojos llenos de travesura—. Deberías haber
visto la otra foto de nosotros que iba a poner allí.

El calor inundó mis mejillas. Golpeé su brazo juguetonamente cuando él


comenzó a reír.

—Pensé que ibas a estar disgustada por eso —dijo, escudriñando mis ojos
mientras bajaba las manos de mi rostro.

No pude dejar de sonreír. —No es como sí te propusieras en uno de ellos.


Se río en voz alta, echó la cabeza hacia atrás y me atrajo hacia otro abrazo.
Empezó a caminar, alejándome del lugar en el que estábamos.

—¿Necesitas una muleta para caminar? —pregunté. Dejó escapar un fuerte


suspiro, agarrándose a la muleta de su otra mano.

—En realidad no, pero el médico quiere que me tranquilice —dijo, parándose y
de pie contra el lateral de la pared de un McDonalds. Yo hice lo mismo y lo miré.

—¿Pero no estás herido?

Él sonrió. —Estaré bien.

—Warren, en ese letrero —susurré, sintiendo que las lágrimas se inundaban.


Alejé mi mirada de él un momento—. En la conferencia...
—¿La viste?

Asentí.

Él volvió su cuerpo en el mío y tomó el lado de mi cara, mirándome con una


expresión de adoración en sus ojos. —He estado jugando toda mi vida y nunca he
estado tan fuera de un juego lo que paso el otro día. Mi cabeza no estaba en ello,
mis emociones no estaban en él, mi concentración era una mierda...

Mi pecho empezó a doler de nuevo. —Por mí.

—Tal vez —dijo.

—¿Por qué no te molesta esto? —digo—. El fútbol es tu vida. Estoy


estropeando una parte importante de tu vida.

Su mirada buscó la mía. Levantó la muleta con la otra mano y los señaló hasta
el lugar del otro lado de la acera, donde el vagón del metro estaba colocado encima
de un fondo negro que decía: “¿Te casarás conmigo?” En letras blancas. Jadeé, con
los ojos muy abiertos. Mis ojos fueron a los suyos otra vez.

—Tú eres mi vida, Camila. Tú. Me gusta el fútbol. Amo a mis seguidores. Me
encanta correr por ese campo todos los días, pero nada de eso significa algo si no
puedo disfrutarlo contigo. Y no hay nada que yo ame más que tú.

Dejó caer su mano y metió la mano en su bolsillo, sacando un anillo y


ofreciéndomelo. Mi boca todavía estaba abierta, las lágrimas goteaban por mis
mejillas mientras lo miraba.

—Estoy tomando un descanso para pasar tiempo contigo, y no hay otro lugar
en el que prefiero estar.

Sacudí la cabeza, lágrimas cayendo por mi cara. —Te arrepentirás. Te aburrirás


y empezarás a odiarme.

—No, nena —dijo. Volví a sacudir la cabeza. Me rodeó con un brazo y me tiró
de su pecho—. No hay nada. Absolutamente nada que prefiera estar haciendo que
pasar mis días contigo.

—¿Qué pasa si decides que quieres volver a jugar la próxima semana?

—Eso es algo con lo que podemos lidiar entonces —dijo contra mi cabello.

—¿Qué pasa si esperas demasiado y no te llevan de vuelta porque eres


demasiado viejo y tus rodillas son una mierda?
Me miró con una mezcla de diversión y ofensa en su rostro. —Bueno, supongo
que tendré que conseguir un trabajo en Winsor.

Eso me hizo reír. Él sonrió. —Pero…

—No pelees conmigo por esto, Rocky —susurró, acercándose, presionando sus
labios contra los míos con un suave y casto beso—. Cásate conmigo.

—Sí —finalmente logré decir, mi labio tembloroso—. Sí. Por supuesto que sí.

Su sonrisa era tan amplia, que me hizo desear haber dicho que sí tan pronto
como lo vi que me esperaba en la calle. Me deslizó el anillo en el dedo, era un poco
demasiado grande.

—Mierda. Sabía que no debía haber confiado en Vanessa.

—¿Le dijiste a Vanessa? —grité.

Se rio entre dientes y levantó de nuevo la muleta, señalando al otro lado de la


calle. Fruncí el ceño, moviéndome para ver lo que estaba señalando ahora, y vi su
camioneta negra, Antoine de pie allí con un teléfono apuntando hacia nosotros, mi
hermana a su lado haciendo lo mismo. Podía decir que estaba llorando desde aquí.
Mi madre estaba a su lado haciendo lo mismo, también llorando. Mi padre estaba
junto a ellos, también llorando. Mi hermano estaba allí parado sonriendo, como
Charlie. Adam levantó los brazos en victoria. Me reí en voz alta y miré a Warren.

—Te amo tanto.

—No tanto como yo te amo —dijo, besándome de nuevo.


Capítulo 45
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Warren
—¿Cómo se siente ser un nuevo residente de Washington Heights? —preguntó
mi hermano mientras entraba por la puerta con una botella de vino en una mano y
la de su esposa en la otra.

—Se siente bien —dije, sonriendo.

Y lo decía en serio. Me mudé con Camila el día que me declaré. No le di


mucha elección. Me presenté con todas mis cosas y vacié algunos de sus cajones
para hacer espacio para mis cosas. Eso fue hace unas semanas, pero entre el
papeleo para Belmonte que mi hermano, mamá y yo tuvimos que pasar, mi terapia
física, entrevistas, asegurándome de que mis patrocinadores sabían que de verdad
volvería pronto, y todo lo demás, apenas había dormido algo. Eso fue hasta hace
dos días cuando Camila tomó mi móvil y dijo—: No más.

—Vamos a tener familia en dos días. Junta tus cosas, toma la sala de estar,
lleva tus zapatillas de deporte al armario, y deja de tomar llamadas por un día. Un
día, Warren —dijo ella, sus ojos formando un resplandor que de alguna manera
logró hacer parecer una súplica.

No podía discutir con ella. Camila no pedía mucho, pero cuando ella quería
algo, se aseguró de que lo supiera y no discutiera sobre ello. Pasó el día haciendo
arroz, frijoles, pollo frito, plátanos fritos, y horneó un pastel que decoró con figuras
de Capitán América para Cayden. Corrió hasta el pastel tan pronto como lo vio y le
dio un enorme abrazo. La sonrisa en su rostro hizo que el recoger mi mierda y las
cosas para el día valiera la pena.

—Cada vez que la miras, empiezas a babear —dijo mi hermano mientras servía
copas de vino.

Mi mirada fue a la suya mientras tomaba una de las copas de su mano. —


¿Puedes culparme?
Él sonrió y miró hacia ella y a su esposa embarazada. —Nah. No puedo creer
que no te aburras de vivir aquí y de no jugar pro.

Me encogí de hombros. Definitivamente lo extrañaba. No podría mentir sobre


eso. Cada día, cuando Camila me preguntaba, respondía un verdadero sí, que lo
extrañaba mucho. ¿La cambiaría por esa vida? No. No había comparación. El
fútbol me enseñó mucho sobre mí, sobre la paciencia, ganar y perder. Camila me
enseñó a mirar las cosas de otra manera. A apreciar las cosas de una manera que
probablemente nunca habría hecho, si no hubiera sido por ella. Empezamos a
hablar más seriamente acerca de mudarnos para poder volver a jugar y ella parecía
estar a bordo con el plan. No la empujaría. Esperaría hasta que supiera que estaba
lista para ir conmigo.

—Estoy bien —dije.

Tom rio entre dientes. —Puedo ver eso. ¿Crees que volverás?

—Sí. Creo que está lista para dar el salto.

—¿Qué pasó con Elena? ¿Dijo cómo descubrió dónde vivía Camila?

Suspiré pesadamente, mi humor se hundió inmediatamente ante la mención de


su nombre. —Ella vio fotos de nosotros en línea del evento de Winsor e hizo
alguna investigación. No puedo creer que haya pensado que estaba enamorado de
ese parásito.

—Traté de advertirte —dijo.

Puse los ojos en blanco.

Vanessa y Adam llegaron poco después, seguidos por sus padres y Johnny. Mi
madre apareció por último y trajo queso con ella. Una vez que estuvimos todos allí,
Camila vino alrededor con una cesta en sus manos.

—Todo el mundo tiene que poner sus teléfonos aquí. Los recuperarán cuando
se vayan.

Nuestras mandíbulas cayeron.

—Nena —dije, pero la mirada que ella me dio me hizo cerrar la boca. Me
encogí de hombros y miré alrededor de la habitación—. Ella es la jefa.

Todos rieron y sacudieron la cabeza, pero hicieron lo que se les había


ordenado. Fue el mejor momento que he tenido con mi familia. Mi único pesar fue
que mi padre no estaba allí para compartirlo con nosotros. A medida que pasaban
los días, me encontré deseando no haber pasado tantos años sosteniendo el rencor
que tenía contra él. Deseando haberme esforzado más para hablar con él, para
visitarlo, y no haber esperado hasta que se enfermara para cambiar eso. Sin
embargo, mientras miraba alrededor de la habitación y veía a la gente que amaba
sentada, mi corazón se llenó. Sabía que las cosas habían salido como se suponía.
Epílogo
Primera Parte
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Camila
Seis meses después.

—Es extraño verlo llevando ese jersey —dije, mirando al abuelo de Warren,
que estaba sentado a mi lado con el mismo.

—Ese es el jersey que nació para vestir —respondió él bruscamente.

Me reí del anciano gruñón a mi lado. Después de un par de meses de estar en


casa en Nueva York, sorprendí a todo el mundo al entrar en Winsor con mi
renuncia. Nancy no fue sorprendida por esto y se ofreció a dejarme trabajar desde
casa. Le dije que casa pronto sería Barcelona, y ella insistió en que mantuviera mi
trabajo de todos modos. Por lo menos temporalmente, hasta que pudiera encontrar
algo más que hacer y ella podría encontrar un reemplazo. Warren se sorprendió por
la noticia. Y exaltó. Se había mantenido fiel a su palabra y no había traído el tema
de mudarnos ni una vez, pero de vez en cuando me gustaba volver a casa para el
almuerzo y lo capturaba caminando por la sala de estar mientras veía un partido.
Siempre que se hacía una mala jugada o se perdía un gol, todo el edificio lo oía
gritar. Pensé que en cualquier momento iba a sumergirse en la televisión y
aparecería al otro lado de la pantalla.

Pasamos mucho tiempo con su madre, que era una de las mujeres más dulces
que había conocido. Hablaba mucho de ser una madre de fútbol y estar tan
orgullosa de Warren cuando decidió mudarse con sus padres en Barcelona para
seguir sus sueños. —¿Quién tiene grandes sueños a los catorce años? —había dicho
con lágrimas en los ojos. Cuando no estaba cerca, me habló de la culpabilidad que
llevaba por no obligar a Warren y a su padre a reconciliarse—. Lo he intentado,
pero ambos son tan tercos.
A pesar de sentirme un poco culpable por mantener a Warren fuera del campo
durante tanto tiempo, una parte de mí estaba feliz de estar en Nueva York y lejos de
todo lo que venía con su exigente carrera. Necesitaba tiempo para curarse y estar
con su familia mientras se afligían. Al igual que yo necesitaba tiempo para sanar y
aceptar completamente a mi padre en mi vida. Había estado emocionado cuando le
dije que nos estábamos mudando. Solo por un tiempo, dije. Volveremos antes de que lo
sepas. No estaba segura de cuánto tiempo tomaría, pero cada vez que la multitud
gritaba War Zone y la cámara me enfocaba a la cara durante el juego; lo que para mi
vergüenza era mucho, Warren miraba a la pantalla y me lanzaba un beso. Cada
vez. Y cada vez que me sentía derretir un poco más.

—No has comido nada —dijo su abuela mientras se unía a nosotros en la suite.

—Estoy bien.

—¿Estás segura? —Su mirada cayó sobre mi estómago.

Me reí. Todavía no estaba embarazada, pero era lo único de lo que ella hablaba.
Y su mamá. Y la mía. Y ahora mi hermana recién embarazada.

—Estoy segura respondí —sonriendo.

—Solo estoy revisando —dijo ella—. ¿Crees que anotará hoy?

El anciano hizo callar a su esposa. —Le traerás mala suerte.

Cuando Warren estaba frente a la meta y la multitud comenzó a cantar War


Zone, War Zone, War Zone, salté de mi asiento y junté mis manos, cantando en
silencio con ellos. Mi corazón estaba en mi garganta mientras lo veía driblar a la
derecha y escapar de su oponente, luego a la izquierda, y, finalmente, con dos tipos
a cada lado de él, saltó y pateó.

La multitud se volvió loca. Mi corazón se elevó cuando lo vi correr por el


campo con los brazos hacia arriba mientras sus compañeros corrían hacia él y lo
abrazaban. Sonreí ampliamente. Adoraba al nuevo club, e incluso el viejo club
había aprendido a aceptarme y me recibió con los brazos abiertos cuando volvimos.
Las esposas eran agradables, sus hijos eran adorables, y sus maridos tenían un gran
respeto por el mío que no podía hacer nada más que adorarlos también. Warren
miró hacia donde sabía que estábamos sentados y sopló un beso con la mano,
gesticulando las palabras: “Ese era para ti”.

Soplé un beso a pesar de que sabía que no podía verme. La amplia sonrisa en
su rostro me hizo pensar si lo sintió.
Epílogo
Segunda Parte
Traducido por Juliette

Corregido por Mariela

Periodista: —¿Así que los rumores eran verdad después de todo?

Warren se rio entre dientes, recostándose en su silla. —¿Qué? ¿Qué rumores?

Periodista: —Ah, no hay necesidad de ser tímido. Eres un hombre casado con
un nuevo contrato en una ciudad nueva. El mundo entero ha estado siguiendo tu
historia durante meses.

Warren siguió sonriendo mientras la miraba. —¿Qué historia sería esa?

Periodista, riendo: —Todo lo que acabo de decir. Barcelona parece haberla


acogido con los brazos abiertos, los aficionados han dedicado varias cuentas de
medios sociales solamente a ustedes dos. La llaman su reina.

Warren inclinó la cabeza. —Tendrán razón en llamarla así. Ella es mi reina.

Periodista: —Dicen que se necesita una reina especial para domar a un dragón.
Cuéntanos más sobre tu chica de Nueva York.

—Mi chica de Nueva York —dijo Warren lentamente con una sonrisa en la
cara—. Bueno, si crees los rumores, supongo que sabes que no es mi chica de
Nueva York. Ella es mi vida, y la razón por la que estoy de vuelta en el campo.

Periodista: —¿Algún plan para formar una familia? Leí en algún lugar que ella
quiere adoptar.

—Lo hacemos, en realidad. También estamos explorando la posibilidad de


tener propios. —Miró a la cámara—. Pero por ahora, solo estamos persiguiendo
momentos juntos. Después de todo, ¿no es de eso de lo que se trata la vida?
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