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Caso Clínico:

Un ejecutivo de 25 años solicita ayuda del psiquiatra debido a su necesidad repetida


de espiar a mujeres mientras se desnudan o mantienen actividades sexuales. Ya
fue detenido en le pasado por esta actividad y las personas que trabajan con él se
han enterado recientemente de este hecho, lo que le ha impulsado a la consulta.
Este paciente parece una persona inteligente y razonable, y tiene buen aspecto y
capacidad para relacionarse con muchachas de su edad. De hecho mantiene
relaciones sexuales normales con diferentes parejas. Sin embargo suele realizar un
par de veces a la semana en estos comportamientos, colocándose cerca de zonas
residenciales y usando de manera oculta unos prismáticos de gran potencia.
No tiene intención de entrar en esos apartamentos ni violar a esas mujeres, su
deseo habitual es mirarlas y llegar al orgasmo mientras las observa. En el relato de
su vida cuenta que creció en una familia muy religiosa y estricta donde él tenía tres
hermanas mayores. Su madre le proporcionaba frecuentes mimos y admiraciones
y le preguntaba ocasionalmente si encontraría en su futuro una mujer como ella.
De hecho el paciente no ha mantenido hasta el momento una relación estable con
ninguna mujer. Eran muy estrictos en materia sexual, y evitaban a toda costa
cualquier tipo de desnudos parciales o gestos que pudieran incitar el erotismo (ni
siquiera los padres se besaban en presencia de los hijos de manera cariñosa).
Recuerda que desde que tenía 7 años 7 intentaba ver a su madre o hermanas
cuando se desnudaban, tanto como podía. Desde entonces comenzó a espiar a
otras mujeres desnudándose, al principio con varios amigos, que sin embargo
fueron perdiendo el interés por estos actos, pero el permaneció con ellos hasta el
presente.

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Caso Clínico.
El paciente tiene 24 años, es soltero y trabaja de empleado. Vive solo.
Motivo de consulta: Durante casi dos años, el paciente ha sufrido de tensión y le
resultaba imposible relajarse. Ocasionalmente se lo derivó a una clínica psiquiátrica
como paciente externo porque estaba tenso y preocupado, no podía dormir y estaba
lleno de sentimientos de inferioridad.
A menudo se sentía aprehensivo, tenía 12 palpitaciones y comenzaba a temblar
sin una razón aparente. No podía concentrarse y se irritaba fácilmente. A la
noche sus constantes preocupaciones lo mantenían despierto. En particular se
preocupaba por su aptitud sexual. Tenía miedo de no poder desempeñarse
sexualmente si se casaba.
A los 14 años, estando de visita en la casa de unos amigos, había espiado en el
dormitorio de la hermana mayor de su amigo cuando ella se estaba cambiando. Al
ver a la joven de 19 años en ropa interior se excitó inmensamente y a menudo
recordaba la experiencia.
Desde entonces hacía lo imposible para espiar mujeres cuando se cambiaban o
bañaban. Cada vez que lo hacía se excitaba y se masturbaba. El miedo a ser
encontrado lo llevaba a hacerlo rápidamente, lo que aumentaba su excitación.
A los 22 años estuvo con una prostituta por primera vez y después siguió haciéndolo
bastante regularmente. Sin embargo en los meses anteriores a la consulta no pudo
lograr la erección, lo que al principio lo hizo sentir ansioso y luego lo sintió que era
inferior. Estaba incómodo en compañía de mujeres y creía que no sería capaz de
casarse. Comenzó a evitar a sus amigos y se mantuvo solitario en sus ratos libres,
aunque continuó trabajando.

2
Caso clínico
D.R.C., de 34 años, delgado, de estatura mediana y funcionario de seguridad del
Estado, refiere no tener problemas de salud. Casado desde hace cinco años, acude
a la consulta solo, manifestando tener fantasías sexuales y conductas de tipo
exhibicionista desde la adolescencia.
Reconoce que siempre ha sido nervioso, con tendencia a perder el control, y que
en aquellas situaciones en las que se ve superado huye, tranquilizándose al ponerse
a la vista y a veces masturbarse. Según comenta, las relaciones con su pareja son
malas desde hace años (con varios intentos de separación) y las materno-filiales
siempre fueron muy conflictivas: “Mi madre era muy mandona y siempre estaba
encima mía”, “he sido agresivo con ella en ocasiones”. Por el contrario, se siente
muy unido a su hermana mayor.
De sus primeros recuerdos sexuales refiere que a los 8 años un vecino de 15 le
enseñó a auto estimularse obligándole a hacerlo en su presencia; con posterioridad,
a los 15-16 años comienza a mostrarse de modo habitual ante chicas solas y en
ocasiones en pequeños grupos, continuando la conducta hasta la actualidad.
Su vida sexual de adulto se ve señalada por una serie de relaciones cortas con
mujeres que le marcan: “Varias mujeres me han hecho daño”, y un significativo
complejo de inferioridad debido al tartamudeo de tensión que presenta; con su mujer
se siente muy inferior, al ser ella titulada universitaria.
Manifiesta cierto rencor hacia las mujeres: “No sé qué tengo contra las mujeres”, y
reconoce que su conducta tiene como finalidad hacer daño: “Me expongo para
asustar y hacerles daño a las mujeres“. En las conductas manifestantes, poco a
poco, ha ido incrementando el riesgo de ser reconocido y/o detenido, al realizarlas
en pueblos poco distantes (a 10 ó 15 km de su domicilio) y en zonas vigiladas por
sus propios compañeros, manifestando profundo deseo de ser descubierto: “Quiero
que me pillen para que esto acabe”.
Desde hace dos años no tiene ningún tipo de relación sexual con su esposa (desde
que supo que estaba embarazada de su hija, actualmente de 2 años) ni con otras
mujeres, sólo se masturba a escondidas y después de mostrarse: “Si me
masturbase delante de otra mujer, sería como estar poniéndole los cuernos a la
mía”. Ha pagado a prostitutas sólo para que fuesen espectadoras de sus
demostraciones, nunca para mantener relaciones sexuales.

3
Un caso clínico.
Luis C. es un varón de 22 años, soltero y sin novia. Trabaja de reponedor en unos
grandes almacenes.
Solicita tratamiento psicológico para eliminar el deseo y la necesidad recurrente de
realizar conductas sexuales manifestantes junto a prácticas de masturbación ante
mujeres adolescentes desconocidas.
Dice no haber tenido nunca novia porque siente inseguridad ante las mujeres y
mucho miedo al rechazo.
La primera vez que realizó este tipo de conducta fue con 18 años y recuerda que se
encontraba sometido a mucho estrés por los exámenes del instituto y su
incapacidad de relacionarse satisfactoriamente con las chicas de su edad.
La experiencia bajó sus niveles de ansiedad, y desde entonces utiliza este tipo de
conductas como medida de afrontamiento contra el estrés.
Actualmente, Luis C. ha sido detenido como presunto autor de un delito.
Al parecer fue sorprendido cuando realizaba actos obscenos junto a un colegio. Los
policías fueron alertados tras una llamada de emergencia, en la que manifestaba
que había un hombre realizando actos sexuales en presencia de menores que
estaban en el patio de un colegio.
Los agentes se personaron en el lugar, pudiendo averiguar que instantes antes un
hombre con los pantalones bajados, estaba masturbándose en el exterior de un
colegio, junto a la valla del mismo, en cuyo interior se encontraban los menores
jugando en el patio.
Los policías tras tener conocimiento de que el autor de los hechos aún se
encontraba en la zona, procedieron a su localización y detención.

4
Caso clínico
James había realizado episodios durante 10 años antes de acudir a la consulta con
45 años. El patrón normal de su conducta consistía en decidir en casa si disponía o
no de tiempo para realizar esta acción en el camino al trabajo.
Si la respuesta era positiva, se envolvía el pene con plástico para prevenir las
posibles manchas en la ropa como consecuencia de la eyaculación. Para
asegurarse de que hubiese mucha gente, se situaba en la zona del andén de la
estación del metro en la que había más pasajeros esperando.
Elegía entonces a alguna mujer con glúteos prominentes y con ropa ceñida.
Después de subirse al metro, se apretaba contra ella, dando rienda suelta a la
fantasía de poseerla sexualmente mientras presionaba con el pene en sus glúteos.
Sin embargo su arresto precipito su referencia para tratamiento. En un 40% de las
veces, conseguía eyacular y seguía hasta el trabajo. Si no lo conseguía, repetía el
ciclo con una nueva víctima hasta que se le hacía tarde o conseguía eyacular.
Cuando asistió a consulta había sido detenido en dos ocasiones, pero había
realizado actos similares más de cientos de veces.
Solía sentir profundos sentimientos de culpabilidad después de cada episodio, pero
ahora, además, la posibilidad de que alguien del trabajo se enterara de su conducta
y aquello le acarreara perder un trabajo bien considerado le producía una intensa
ansiedad.

5
Caso clínico
Según refiere la paciente, entre los 7 y los 9 años padeció abusos sexuales
periódicos por parte de una familiar de segundo grado, principalmente a través de
estimulación genital manual. Señala sentimientos de vergüenza secundarios, lo
cual motivó que no notificara lo sucedido a su familia nuclear hasta hace un año.
A partir de estos hechos, indica que empezó a ser una persona más introvertida y
con menor autoestima. En la adolescencia temprana presentó cuadro compatible
con anorexia nerviosa, llevando a cabo tratamiento psicoterapéutico por circuito
privado durante dos años y sin recaídas posteriores.
Desde inicios de la adolescencia, relata fantasías sexuales de naturaleza
exclusivamente de ser violada, las cuales eran satisfechas con la masturbación.
Durante todo el periodo puberal, mantuvo relaciones sexuales convencionales con
hombres de diversas edades, sin llegar al orgasmo en ninguna ocasión.
Hace 5 meses, verbalizó por primera vez a un varón sus fantasías, practicando por
ello relaciones sexuales, en las cuales obtuvo placer sexual siendo golpeada y
asfixiada. Refiere adicionalmente sensación de incontrolabilidad y temor ante las
potenciales consecuencias de sus actos al ir éstos en aumento.

6
Caso clínico
Miriam es una mujer de 26 años que llega a consulta por una severa depresión
posterior a su fracaso matrimonial, desencadenado por la amenaza física y de
muerte por parte del marido hacia ella y su hijita de cuatro meses de nacida.
Miriam es la menor de siete hermanos. Recuerda que en su infancia siempre estaba
aislada, esto a partir de que a los cuatro años su madre la encuentra
masturbándose, y tras la golpiza que le propina hace una junta familiar en donde
expone a los otros miembros lo sucedido y les pide que golpeen a Miriam cuando la
vean tocándose los genitales.
La niña se las ingenia para seguirse estimulando, casi siempre después de
momentos de gran rabia, ya que también, ante cada manifestación de enojo de la
chiquita, era castigada con un golpe más.
En la adolescencia, cuando tenía alrededor de catorce o quince años, el padre,
alcoholizado, trató de abusar sexualmente de una de las hijas, lo que provocó que
Miriam se alejara totalmente de él, no permitiéndole nunca más que se le acercara.
Por esta época se le despiertan deseos y fantasías homosexuales cuando ve a sus
hermanas mayores arreglándose frente al espejo o poniéndose crema. Es
interesante hacer notar que la única manera que Miriam encontraba para manejar
estas ansiedades era tocando el piano y componiendo exquisitas melodías llenas
de ternura y tristeza
En un intento por escapar de esta situación, a los 24 años contrae matrimonio con
un hombre seis años mayor que ella, al cual conoce en un restaurante donde Miriam
atiende, sirve y cocina, a pesar de ser profesionista. Después de cuatro meses de
iniciada la relación, contraen matrimonio.
Su luna de miel fue un desencanto, ya que por dos noches no se consumó el
matrimonio, y sólo en la tercera sucedió después de una golpiza que le propinó el
esposo. Así llegan a su nuevo hogar. Ricardo, el marido, quien se ostentaba como
psiquiatra y actor, decidió que lo mejor para ella era que iniciara su “psicoanálisis”
con él. Miriam tenía que contarle toda su vida, pero en especial su vida sexual previa
y sus fantasías sexuales, para después de los relatos, tener relaciones con él.
Durante los dos años que duró casada, el matrimonio se caracterizó principalmente
por una fuerte escisión por parte de Miriam: entre el intenso temor y el gran placer.
Constantemente era golpeada para que siguiera confesando su vida íntima pasada,
con la justificación de que ella necesitaba ser castigada para sentirse perdonada.
Miriam lo permitía, primero, porque sentía que él la estaba ayudando —pensaba
que no debía tenerle secretos y que todo lo que hacía estaba bien, especialmente
porque no quería ser como su madre, quien siempre le había guardado secretos al
padre—, y segundo, porque después del maltrato él la sobaba, la acariciaba y le
ponía ungüento en las heridas

7
Caso clínico
J, había comenzado a fallar en el colegio; se mostraba desmotivado respecto a los
estudios y pese a poseer una aguda inteligencia y amplia curiosidad intelectual,
empezó a obtener bajas calificaciones, a portarse mal en clase (pararse de la silla,
hablar, no prestar atención, hacer “payaserías”) y pelearse con algunos de sus
compañeros.
Hijo único de padres divorciados desde sus tres años, vive con la madre y los
abuelos maternos, quienes se encargan de él hasta que su madre llega del trabajo
en la noche justo para cenar, revisar las tareas y dormir.
Escogió al principio, casi monotemáticamente, unos guantes de boxeo con los que,
luego de romper algunas resistencias, derrotaba y vencía sin piedad al padre o al
novio de la madre representados por mí. Siempre se cuidaba de aclararme que era
“en juego” que me daba una paliza descomunal hasta dejarme rendida y a veces
muerta en el ring. Literalmente knock-out!!... Pudo con este juego admitir y
reconocer tanto su odio al padre como sus celos hacia el novio de la madre y, al
sentirse comprendido y aceptado por mí, comenzó a jugar a los secretos,
probándome continuamente en mi promesa de confidencialidad.
Este juego consistía en alternarnos con un taco de madera el turno para confiarnos,
una a una, verdades íntimas y secretas y que nadie, absolutamente, siquiera
sospechaba. Me confesó en susurros “soy un adicto a la pornografía”, que solía
masturbarse contemplando por TV o Internet y por último “disfrutaba” el ver
“maltratar animales”. Todo esto fue comunicado con total naturalidad, sin
incomodarse ni exhibir la más mínima emoción, pero consciente de que era una
información que debía mantenerse en secreto.
Seguía el despliegue detallado y exhibicionista de sus “preferencias sexuales” y sus
inclinaciones al maltrato, las cuales, sin embargo, solo ocurrían en sus fantasías,
hasta que finalmente, después de haberme paseado del susto al hastío, haciendo
uso de mi contratransferencia y tomando estas comunicaciones como productos
sintomáticos más que como configuraciones perversas propiamente dichas, le
interpreté su deseo de asustarme y dominarme con su supuesto sadismo al
mostrarse ante mí como un hombre grande con una sexualidad muy activa y
potente. En otra ocasión también le señalé su deseo erótico hacia mí y su intento
de provocarme y excitarme -inútilmente- porque él era un niño y yo una mujer adulta:
“eso aquí no va a pasar”, le dije suave pero firmemente.

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Caso Clínico.
Se trata de M., varón de 23 años, soltero y estudiante de tercer semestre de
periodismo. M. solicitó ayuda para intentar controlar unos pensamientos obsesivos
de índole sexual que venía padeciendo desde hacía unos cinco años.
El cliente informaba que desde la infancia fue una persona tímida e insegura,
influenciado por progenitores que eran excesivamente sobreprotectores. Sus
padres lo acompañaban al colegio hasta los 11 o 12 años, pese a que el centro
escolar estaba ubicado a escasos metros del domicilio familiar. El cliente refiere que
al cumplir 12 o 13 años empezó a sentirse atraído por las chicas de su edad. Así,
M. relata que se masturbaba pensando en ellas, pero nunca fue capaz de
interaccionar socialmente con ninguna. El cliente pensaba que jamás tendría novia
ni estaría con ninguna chica debido a su timidez y temía que su única experiencia
sexual fuera la masturbación.
Con el paso de los años, M. se sentía cada vez más inseguro y empezaba a estar
deprimido. Es en torno a los 17 años cuando M., que seguía sin entablar relaciones
con chicas, se da cuenta de que con niñas de 11 o 12 años no se siente tan tímido
como con las compañeras de su edad. M. recuerda que, de repente, surgió en su
cabeza la posibilidad de intentar “algo” con ellas, pero pronto rechazó esa idea, ya
que las consideraba muy pequeñas para él. A pesar de haber descartado, de inicio,
esa idea, el cliente menciona que se sintió culpable por haber barajado tal
posibilidad. A partir de ese episodio, M. empezó a esforzarse por no tener
pensamientos sexuales cuando se encontraba en situaciones en las que estuvieran
presentes niñas más pequeñas que él.
De esta manera, cuando el cliente se encontraba con niñas de menos edad que él
pensaba cosas como: “Tengo que intentar no pensar en que me atraen estas niñas”.
Tras estos pensamientos aparecían otros del tipo: “Voy a mirarlas para asegurarme
de que no me gustan”. Entonces, M. les lanzaba un fugaz vistazo, apareciendo a
continuación los pensamientos “Estoy mirando a estas niñas, soy un degenerado” y
“Aunque prefiero las chicas de mi edad, estas niñas tienen cierto atractivo”. El
cliente, entonces, se sentía más culpable aún al percibir que estas chicas, más
pequeñas que él, “le atraían”.
M. enseguida se preocupó ante la posibilidad de que, cuando se masturbara, entre
sus fantasías sexuales pudieran aparecer imágenes de estas niñas más pequeñas
que él. Pensaba: “Tengo que evitar pensar en niñas pequeñas”, pero,
paradójicamente, acababa pensando justo en ellas. El cliente menciona que, sin
entender muy bien el motivo, estos pensamientos llegaban acompañados de cierta
relajación placentera, hecho que lo angustiaba sobremanera. Además, notaba su
propia erección bajo el influjo de estos pensamientos.

9
Caso clínico.
Max tiene 25 años, es soltero, trabaja como auxiliar de aseo. Recuerda de su
infancia que le gustaba jugar con sus amigos del sector. Indica que le hubiera
gustado llevar a sus amigos a la casa pero su papá se oponía. Dice que no le
gustaba ir al jardín, pues veía pasar a su mamá por fuera y se ponía a llorar y le
daban náuseas.
Cuenta que repitió 2º y 3 º básico, por problemas de aprendizaje, principalmente de
matemáticas. A los 13 años le habría dado un beso a una compañera pero no se
habría instalado una relación. “Obviamente a mí me gustaban unas compañeras
pero no era correspondido, porque ellas tenían su pareja o le gustaban otros
compañeros”. Indica que no ha tenido relaciones sexuales.
A los 9 o 10 años habría comenzado a masturbarse con frecuencia de 2 veces al
día. “Desde chico vi como en la casa había mucha violencia, uno como niño entra y
sale, veía que mi papá le pegaba a mi mamá y la forzaba a tener relaciones”. Indica
que cuando se masturba las fantasías sexuales que lo acompañan son con niñas
preadolescentes o con mujeres mayores.
No sabe dar cuenta de qué es lo que le pasa con ellas, pero se siente atraído. Aclara
“pero siempre con afecto de por medio”. Indica que no se siente atraído por mujeres
de su edad “compatibilizo con ellas pero no me siento atraído sexualmente”.
Recuerda un episodio en que se sintió atraído por una mujer mayor, una profesora
de lenguaje cuando él tenía 17 años y su profesora cerca de 30 años. Indica que
cuando él tenía 12 años tuvo un encuentro sexual con un primo de 10 años donde
tuvo tocaciones mutuas.
En relación con sus antecedentes psiquiátricos cuenta que tuvo un principio de
anorexia a los 16 años. “No comía nada, podía pasar el día entero sin comer, o
cuando comía me desbandaba, hasta el día de hoy a veces me pasa que no tengo
hambre no como”. “A veces me sentaba en la mesa y comía para que se sintieran
tranquilos, pero después iba y me inducía el vómito”.
Consulta psicólogo en marzo del año pasado donde asiste a tratamiento una vez
por semana. Además está medicado. “Pedí ayuda para tratar de superarme”. Así
indica que busca una forma de manejar sus impulsos sexuales con niñas de
alrededor de 5 años de edad. “Mi mamá percibía que había algo raro, una vez le
hice un regalo a una vecina (niña) y llegó la mamá a hablar con mi mamá”.

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Caso Clínico.
En un principio le parecía agradable. Pero con el pasar de los meses, se tornó en
una incomodidad. “Era bien intenso. Todo el tiempo me preguntaba si tenía los pies
bien arreglados”, recuerda “Rebeca” sobre quien fue su pareja por casi un año a sus
22.
“Me llamaba a cualquier momento para preguntar si tenía las uñas pintadas. Si le
decía que acababa de salir del salón (de belleza) con una pedicura, se ponía bien
excitado. Me pedía muchas veces que le enviara fotos de mis pies para ver cómo
quedaron”.
De hecho, según Rebeca, “a la hora de la intimidad él empezaba por los pies. Me
los masajeaba y, la verdad, eso me gustaba. Como parte de la rutina, le gustaba
que yo lo estimulara en su área genital con mis pies”.
La joven recuerda que jamás había salido con alguien con una fijación tan marcada.
“Él era de los que de repente me llamaba y me preguntaba, ‘¿de qué color te las
pintaste?’. ‘Si supieras que estoy pensando en tus pies ahora mismo’, me decía”.
Si bien en un principio aceptó la situación como una dinámica para la intimidad
sexual, eventualmente, se cansó.
“Aunque la relación terminó por varias razones, reconozco que esa fijación abonó a
la separación. De momento yo estaba hablándole de algún tema que para mí era
importante, y él me cambiaba la conversación con el afán de ver o saber de mis
pies. Era mucha su obsesión. Y llegó un momento en que pensé que yo no le
importaba lo suficiente”.

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