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1

Magia

Álvaro Díez Astete


Poeta boliviano

Junto al mar, bajo la lluvia, en el bosque


ella levantó el rostro y palpó su terror
-su cuerpo era devoción.

El aire se incendió entre las hojas


-la música extendía las alturas.

Unas voces de la brisa traían el día;


la noche se pobló de miradas del mar.

Unas voces de la brisa traían el día;


la noche se pobló de miradas del mar.

-El agua era un anillo en torno al fuego.

2
Enamorada

Paul Eluard
Poeta francés

Está de pie frente a mis párpados,


sus cabellos entre los míos.
Tiene la forma de mis manos
y tiene el color de mis ojos.
Y fui por ella devorado
como una isla por el mar.

Tiene los ojos siempre abiertos,


me tiene siempre desvelado;
a plena luz sueña sus sueños
que hacen declinar el sol,
me hace reír, me hace llorar
llorar y reír, y hablar
sin tener nada que decir.

Versión de Eduardo Carranza

3
La Poesía

Silvia Elena Regalado


Poetisa salvadoreña

I
La poesía y su rastro
de humedad y de sombras
su fiero debatirse por la vida
la herida de su luz
su voz
su abismo...

II
Infinita materia
callada piel que envuelve
el grito del amor
el de la angustia.
Código que se intuye.
Todo final es
un principio:
el misterio del mar
en una lágrima
y en la palabra humana.

4
I. Territorios del hálito

Andrée Chedid
Poeta francés

Transitando
Los territorios del hálito
La poesía
No atesora nada

Ninguna huella
Osifica su auge
Ningún uso
Petrifica su llama

Ella infunde sonido y sentido


En las parcelas del mundo

Diciendo sin decir


Reaviva el deseo
Multiplicando los signos
Permanece
Adelante.

Traducción al español de Águeda García Garrido

5
A tientas

Julieta Pellicer
Escritora española

Si supiera que vives en otro país


o en otra calle, lejos de mis coordenadas.

Pero mi piel se expone cada día


a la intemperie de las casualidades.

Abandono los hilos y sueño con números:


voy caminando a tientas.

Con los ojos vendados


para no ver si me cruzo contigo.

6
Cosas en común

Joan Margarit
Poeta español

Habernos conocido
un otoño en un tren que iba vacío;
La radiante, aunque cruel
promesa del deseo.
La cicatriz de la melancolía
y el viejo afecto con el que entendemos
los motivos del lobo.
La luna que acompaña al tren nocturno
Barcelona-París.
Un cuchillo de luz para los crímenes
que por amor debemos cometer.
Nuestra maldita e inocente suerte.
La voz del mar, que siempre te dirá
dónde estoy, porque es nuestro confidente.
Los poemas, que son cartas anónimas
escritas desde donde no imaginas
a la misma muchacha que un otoño
conocí en aquel tren que iba vacío.

7
Punta plata

Rubén Vargas
Poeta boliviano

Punta plata
relámpago
enterrado
entraña azul
mineral.

Punta plata
fuego líquido
congelado
astro sangriento
mineral.

Punta plata
piedra atávica
viento petrificado
de la altura
mineral.

8
Destiempo

Enrique Lihn
Poeta chileno

Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren


entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.

Todo lo íbamos a resolver ahora.


Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.

9
Cantinela para un flautista ciego

Marguerite Yourcenar
Escritora belga de origen francés

Flauta en la noche solitaria


Presencia de una lágrima;
Todos los silencios de la tierra
Son pétalos de tu flor.

Sopla en la sombra tu polen,


Alma llorando, casi sin ruido,
Miel de una boca profunda
Que al besar la noche fluye.

Y si tus lentas cadencias


Son el pulso de las tardes de verano
Convéncenos que el cielo baila
Porque un ciego cantó.

Versión de Silvia Barón-Supervielle

10
No consigo asir el calor de tu voz...

Edth Södergran
Poetisa finlandesa

No consigo asir el calor de tu voz,


las dulces palabras se aferran a mi oído,
tengo un lugar vacío en el pecho...
¿Qué hacer?
Mírame, estoy pálida, las mentiras me agotan,
me duele hablar, mira y óyeme,
en el macizo de flores aroma dulce el verano,
soy un árbol que destruirá la tormenta...

Versión de Renato Sandoval e Irma Sítanen

11
Cada uno tiene su pedazo de tiempo...

Roberto Juarroz
Poeta argentino

Cada uno tiene


su pedazo de tiempo
y su pedazo de espacio,
su fragmento de vida
y su fragmento de muerte.

Pero a veces los pedazos se cambian


y alguien vive con la vida de otro
o alguien muere con la muerte de otro.

Casi nadie está hecho


tan sólo con lo propio.
Pero hay muchos que son
nada más que un error:
están hechos con los trozos
totalmente cambiados.

12
Reclinas la cara en la melancolía...

Eugenio de Andrade
Poeta italiano

Reclinas la cara en la melancolía y ni siquiera


oyes el ruiseñor. ¿O es la totovía?
Soportas mal el aire, dividido
entre la fidelidad que debes
a la tierra de tu madre y al casi blanco
azul donde el ave se pierde.
La música, digámoslo así,
fue siempre tu herida, mas también
sobre las dunas fue la exaltación
No oigas el ruiseñor. O la totovía.
Dentro de ti es
donde toda la música es ave.

Versión de Aníbal Núñez

13
Vienes…

Rubén Vargas
Poeta boliviano

vienes
y te despojas

porque el amor
no admite sino
la forma del desorden

vienes de la ciudad
y la ahuyentas

eres
tu cuerpo
y la alta noche

14
La otra orilla

Chantal Maillard
Escritora española nacida en Bélgica

Algún día, cuando el aire pese como tierra sedienta sobre los cuerpos desnudos,
tal vez alcance a ser la voz de aquel peregrino que enmudeció o el agua que,
gota a gota, resbala por su pecho. Él nunca estuvo en la otra orilla pues sabe
que allí los dioses duermen en el polvo. Y sabe que cuando un hombre por azar
se duerme en la otra orilla -ese lugar que siempre ocupó la mirada-
ellos se despiertan y se contemplan en él. Si ese hombre, entonces, se despierta,
se convierte en espejo y estalla con el sol.

15
La rosa

Rubén Bareiro Saguier


Escritor paraguayo

Yo sé que era una rosa la brisa de sus labios entreabiertos.

Un ventarrón de ausencia la apagó


y un gris de anochecer
cayó sobre el paisaje de mi pecho herido.

El vaso conservó su tallo enhiesto


y hoy guardo intacta en mis entrañas
la fragancia de su aroma sin término
y acaricio en el cuenco de mis sueños
la rosa roja de su boca,
la flor inmemorial de su sonrisa.

16
Todos tienen algún objeto precioso que ofrecer...

Chantal Maillard
Escritora española nacida en Bélgica

Todos tienen algún objeto precioso que ofrecer:


un cuenco de agua negra en que mirarse,
la piel recién curtida de un leopardo,
un hijo o un potro amado por los vientos.
Pero yo nada tengo:
cuando quiero mostrar tu reflejo en mis manos
te pierdo, y otra noche infinita
comienza, pues al perderte ni siquiera yo
me pertenezco.

17
Canción amarga

Julia de Burgos
Poeta de Puerto Rico

Nada turba mi ser, pero estoy triste.


Algo lento de sombra me golpea,
aunque casi detrás de esta agonía,
he tenido en mi mano las estrellas.

Debe ser la caricia de lo inútil,


la tristeza sin fin de ser poeta,
de cantar y cantar, sin que se rompa
la tragedia sin par de la existencia.

Ser y no querer ser… esa es la divisa,


la batalla que agota toda espera,
encontrarse, ya el alma moribunda,
que en el mísero cuerpo aún quedan fuerzas.

¡Perdóname, oh amor, si no te nombro!


Fuera de tu canción soy ala seca.
La muerte y yo dormimos juntamente…
Cantarte a ti, tan sólo, me despierta.

18
Miedos

Silvia Elena Regalado


Poetisa salvadoreña

I
No le tuve miedo
a la desnudez del niño
ni a la oscura palabra del hombre.
Sólo me espantó
tu miedo
del niño,
del hombre,
de mi pecho abierto
al niño
y al hombre.

II
Debes salir a la mañana
para que el sol te pinte,
no importa que atardezca,
que te cubra la noche.
Sólo la oscuridad te dará las estrellas,
sólo la noche llamará otra aurora.

19
Desfigurada apenas

Paul Eluard
Poeta francés

Adiós tristeza.
Buenos días tristeza.
Estás inscrita en las líneas del techo.
Estás inscrita en los ojos que amo.
Tú no eres exactamente la miseria,
pues los más pobres labios te denuncian
por una sonrisa.
Buenos días tristeza.
Amor de los cuerpos amables,
potencia del amor,
cuya amabilidad surge
como un monstruo incorpóreo.
Cabeza sin punta,
tristeza bello rostro.

Versión de Luis A. Cano

20
Tercer poema de ausencia

Homero Aridjis
Escritor mexicano
Tú has escondido la luz en alguna parte
y me niegas el retorno,
sé que esta oscuridad no es cierta
porque antes de mis manos volaban las luciérnagas,
y yo te buscaba
y tú eras tú
y éramos unos ojos
en un mismo lecho
y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,
pero nos hicimos fríos y conocidos
y la noche se hizo inaccesible
para bajarla juntos.
Tú has escondido la luz en alguna parte,
la has plantado en otros ojos,
porque desde que ya no existes
nada de lo que está junto a mí amanece.

21
La calle

Octavio Paz
Escritor mexicano

Es una calle larga y silenciosa.


Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

22
Para Maggie en una tarde de ventarrón de Miami

Luis Zalamea Borda


Escritor colombiano

Desflorada por la tormenta


entregada a un viento
de rafaguillas verdes
y súbitos berridos
planea una paloma
y yo sin ser sonámbulo
floto en medio
de azulinas ondas
que destilan cloro
pedaleando
timoneando
mi ahogada bicicleta
a la deriva
en la inerme marea
del desencanto
mi voz sellada
en espera
de lo inevitable.
Me invade la tibieza
las venas se me encienden
las aves regresan al nido
las lagartijas huyen
y tú también
corres hacia el ocaso
que igual a la alborada
a los dos escatima
una respuesta.

23
Carbón ardiente

Lina Zerón
Escritora mexicana

Borrarme de la tierra es pretensión inútil.


Ni la fiebre que arrasa por las noches
ni los gritos que exprime de mi cuerpo
ni todo su veneno devorándome el vientre,
iracundo dolor que acecha.

Me niego a ser un gusano más del césped


o un trozo de carbón ardiente,
repleto cráneo de aserrín.

No soy polvo que vuelve al polvo


ni inútil obituario en los periódicos.

Soy más fuerte que las células nefastas


que se reproducen a diario.

Soy agua que arrasa los caminos,


turbulencia de duna en el desierto.

Conmigo no podrá la muerte.

24
Mitología

Álvaro Díez Astete


Poeta boliviano

En el mar,
vida de una sola vida,
van vírgenes en canoas,
hacía el lecho:

luminosa lejanía,
alma de espiga,
detrás vuelan negras águilas
desatan montes de nubes desesperadas

Un demonio nace aleve y grita:


la historia del fin comienza
el grave placer las mata
y arden eternas

Se hunden las naves desiertas


en el mar.

25
Cabello de muchacha

Oscar Acosta
Poeta hondureño

Tu cabello es de humo dorado,


una copa con un jugo encendido,
un caracol de ondeado vidrio,
una flor de bronce tímido.

Tu pelo existe, tiembla suavemente


cuando mi mano llega a su rocío,
cuando lo beso entusiasmado,
cuando llora como los niños.

Tu cabello es un odre con frío,


una estrella dulce, un pistilo
que lucha por ser lirio.

Es una paloma convertida en durazno,


una corona que alumbra con sus cirios
y que calienta la sangre como el vino.

26
Multiplicada voz

Blanca Wiethüchter
Poeta boliviana

La boca del tiempo


engarza los senderos
en el extraño sabor
de los gritos recogidos.

Descifrar la línea del vino


para ti,
para el encuentro con las abejas.
Buscar en la distancia
los ecos
perdidas sorpresas
que guarda la palabra:
único fulgor y clave,
duerme, oscura.

Mi alma, mi rabia,
esta multiplicada voz
apariencia de puente.

27
Vida

Mahbobah Ebrahimi
Poeta de Afganistan

Es de mañana, un niño latoso,


cansancio, aburrimiento, pesar, amargura
y, aun así, la necesidad de pan y té con leche.
Sin poder abrir los ojos para enfrentar el día.
Luciendo un velo, ha salido a buscar pan y leche.
Los montones de ropa sin lavar y las pilas de platos sucios,
cautiva en una pequeña habitación, tragando tus preocupaciones
saludas solemnemente al nuevo día.
No, la lucha no alivia al corazón,
¡huye volando como un pájaro
o avente con la vida!
Recoge las flores de esos momentos
antes de ofrecer tu corazón al polvo – ¡lo quieras o no!
¡Oh vida! Canta una oda desde mi garganta agotada
y no dejes que muera mi canción.

Traducción al castellano de Ricardo Gómez,


a partir de las traducciones inglesas de Kambiz Parsai

28
Ángel de expulsión

Ana Ilce Gomez


Poetisa nicaragüense

Llorando me expulsó del paraíso.


En la tarde herrumbrosa peinó mis cabellos
me cubrió con su manto
y puso sandalias en mis pies.
De la mano me llevó a las puertas
del paraíso
y me dio un largo abrazo.
Y ya al final, de manera repentina
y con un brillo de fuego en la mirada
se me acercó al oído
y me preguntó
casi me suplicó que le dijera
qué saber tenía
la manzana.

29
5

Ariel Pérez
Poeta boliviano

En la falda de la colina el negro invade


la floresta. La noche y el otoño devoran
tu silueta. Hay una libélula volando
entre tu cuerpo y mi fantasma. Todos
mis recuerdos se han ido acumulando
y se me han hecho heridas. Luna. Luna
verde sobre el pasto verde. Te he visto
tantas veces y sólo hoy puedo tocarte.
Por eso me hago luna, para estar en
Todas partes, junto a las aves, en silencio.

30
Retórica

Juan Gustavo Cobo Borda


Escritor colombiano

Que tus errores no sean frutos del azar o del prejuicio


sino que tú los elijas
como quien elige su remordimiento
y el consiguiente castigo.
Y que conozcas, por fin,
tu íntima flaqueza y una abyección distinta.
Inútiles tus disculpas ante eso que aflora:
la cursilería, tan mal gusto.
Y que ojalá la libertad, arduamente conseguida,
te devore y te anule
concediéndote la dicha inadjetivable
de ser tú mismo
o sea nadie, nada;
apenas algo que se repite, y se repite.

31
El hijo

Susana March
Poeta española

¿Quién eras antes, dime?


¿Un ángel? ¿Un príncipe de cuento?
¿Tal vez un dios? ¿O un pájaro?
¿O un álamo esbelto?
¿Quién eras? ¿Un claro arroyo
cruzando un verde bosque de abetos?
¿El capullo de un jardín?¿Un pedazo
de viento?
¿Quién eras antes, dime? ¿Por qué
diste a mi vida tanto deslumbramiento?
Me basta con tocarte
para que se me apacigüe el pensamiento.
Y me basta con verte
para sentirme a gusto con mi cuerpo.
¿Quién eras, dime? ¡Oh mago
de mi ser descontento!
Con tu varita mágica
me vas cambiando los sueños,
me vas cambiando la vida...
¡Ya no me quejo!

32
Dominio

Carmen Conde
Poeta española

Necesito tener el alma mansa


como una triste fiera dominada,
complacerle con púas la tersura
de su piel deslumbrada en mansedumbre.

Es preciso domarla, que su fiebre


no me tiemble en la sangre ni un minuto.
Que la aneguen los fuegos del aceite
más espeso de horror, y que resista.

¡Oh, mi alma suave y sometida,


dulce fiera encerrándose en mi cuerpo!
Rayos, gritos, helor, y hasta personas
acuciándola a salir. Y ella, oscura.

Yo te pido, amor, que me permitas


acabar con mi tigre encarcelado.
Para darte (y librarme de esta furia),
una quieta fragancia inmarchitable.

33
Noche

Vicente Huidobro
Poeta chileno

Sobre la nieve se oye resbalar la noche


La canción caía de los árboles
Y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios


Inundo de nubes el vacío

En el puerto
Los mástiles están llenos de nidos
Y el viento

gime entre las alas de los pájaros

Las Olas Mecen El Navío Muerto

Yo en la orilla silbando

Miro la estrella que humea entre mis dedos

34
Mar adentro

Andrea Mucciolo
Poeta italiana

Desnudo ante ti
aunque envuelto
en la frágil existencia.
Desde lejos alumbrarás
esa esquina entre los cuatro pinos,
donde la canícula
tal vez tenga piedad por mí.
Volverás a escuchar
el grito molesto
de esa cascada,
donde el agua desliza apenas
sobre tus labios,
y no lava
tu aridez.

Mar adentro
te volveré a encontrar,
sin más medusas repugnantes
perfilándote desde lejos,
y agua salada
por tragar.
Y notable te destacarás
hasta allá abajo
donde los delfines
no tienen miedo.

35
Los detectives perdidos

Roberto Bolaños
Poeta chileno

Los detectives perdidos en la ciudad oscura.


Oí sus gemidos.
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud.
Una voz que avanza como una flecha.
Sombra de cafés y parques
Frecuentados en la adolescencia.
Los detectives que observan
Sus manos abiertas,
El destino manchado con la propia sangre.
Y tú no puedes ni siquiera recordar
En dónde estuvo la herida,
Los rostros que una vez amaste,
La mujer que te salvó la vida.

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