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Cultura Escrita & Sociedad

número 9 · septiembre de 2009 · gijón · ediciones trea · issn 1699-8308 30 ¤

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EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA
Coordinado por Manuel Ramírez Sánchez C Manuel Ramírez Sánchez: Epigrafía y
cultura escrita en la Antigüedad clásica C Juan Signes Codoñer: La escritura en la
Grecia arcaica: un debate metodológico C María Paz de Hoz García-Bellido: El uso
de la escritura expuesta como expresión de poder y prestigio en la Grecia clásica y he-
lenística C Marco Buonocore: Modalidades de la legitimación pública y de la autorre-
presentación a través de la praxis documental epigráfica. Algunos ejemplos de la Italia
romana C Javier Velaza: Escritura, autorrepresentación y poder en el mundo ibérico.

&456%*04
Marina Roggero: Leer y escribir en la Edad Moderna. Problemas e investigaciones
C Ángel Pérez Pascual: Historia de un libro en la Edad Moderna. El Arte poética española
de Juan Díaz Rengifo: de las fuentes a los estantes.
Cultura Escrita & Sociedad

número 9 · septiembre de 2009 · gijón · ediciones trea · issn 1699-8308


Cultura Escrita & Sociedad
Revista internacional de Historia social de la Cultura Escrita

DIRECCIÓN: Antonio Castillo Gómez Luisa López-Vidriero, Real Biblioteca, Madrid Mar-
Universidad de Alcalá <antonio.castillo@uah.es> tyn Lyons, University of New South Wales de Sidney (Aus-
tralia) Justino Pereira de Magalhães, Univer-
EDICIÓN Y COORDINACIÓN:Verónica Sierra Blas sidade de Lisboa (Portugal) Armando Petrucci,
Universidad de Alcalá <veronica.sierra@uah.es> Scuola Normale Superiore de Pisa (Italia) Francisco
Rico, Real Academia Española Marina Roggero,
ENVÍO DE ORIGINALES/REDACCIÓN: Universitá degli Studi de Turín (Italia) Elisa Ruiz,
Seminario Interdisciplinar de Estudios Universidad Complutense de Madrid Antonio Viñao
sobre Cultura Escrita Frago, Universidad de Murcia.
Universidad de Alcalá. Facultad de Filosofía y Letras
Departamento de Historia I y Filosofía CONSEJO DE REDACCIÓN (2008-2010): Isabel Beceiro Pita,
C/ Colegios, 2 Instituto de Historia, Consejo Superior de Investigacio-
28801, Alcalá de Henares (Madrid) nes Científicas Carlos Alberto González Sánchez,
Página web: <www.siece.es> Universidad de Sevilla Alicia Marchant Rivera,
Correo electrónico: <siece@uah.es> Universidad de Málaga María Luz Mandingorra
Llavata, Universitat de València Ana Martínez
CONSEJO ASESOR (2008-2010): Márcia Abreu, Univer- Rus, Universidad Complutense de Madrid Rita
sidade de Campinas (Brasil) ฀ James S. Amelang, Marquilhas, Universidade de Lisboa (Portugal)
Universidad Autónoma de Madrid Jean-François Diego Navarro Bonilla, Universidad Carlos III de
Botrel, Universitè de Rennes 2-Haute Bretagne Madrid Manuel Peña Díaz, Universidad de Córdo-
(Francia) Fernando Bouza, Universidad Complu- ba Manuel Ramírez Sánchez, Universidad de Las
tense de Madrid Pedro M. Cátedra, Universidad de Palmas de Gran Canaria Elisa Varela Rodríguez,
Salamanca Guglielmo Cavallo, Università di Roma Universitat de Girona.
«La Sapienza» (Italia) Roger Chartier, Collége de
France ฀Anne-Marie Chartier, Institut National de EDICIÓN, ADMINISTRACIÓN Y SUSCRIPCIONES:
la Recherche Pédagogique; École Normale Supérieure Ediciones Trea, S. L.
(Francia) ฀Héctor Rubén Cucuzza, Universidad Na- María González La Pondala, 98, nave D
cional de Luján (Argentina) Diogo Ramada Curto, 33393, Somonte-Cenero, Gijón (Asturias)
Istituto Universitario Europeo de Florencia (Italia) Tel.: 0034-985303801t'BY0034-985303712
Robert Darnton, Harvard University (EE.UU.) Página web: <www.trea.es>
Emilia Ferreiro, Instituto Politécnico Nacional de Correo electrónico: <trea@trea.es>
México, D. F. (México) Béatrice Fraenkel, Éco-
le des Hautes Études en Scienes Sociales (Francia) diseño y maquetación: Pandiella y Ocio
Francisco M. Gimeno Blay, Universitat de València imprime: Gráficas Apel
Anthony Grafton, Princeton University (EE.UU.) issn 1699-8308 d.l.: As. 2.801/2005
Clive Griffin, University of Oxford (Inglaterra) María

Revisión de títulos, resúmenes y palabras clave en inglés: James S. Amelang.

La edición de esta revista se inscribe en el marco del Proyecto de Investigación har2008-00874-hist,


así como de las Acciones Complementarias de Investigación har2008-01075-e y har2009-06311-e/hist,
financiados en todos los casos por el Ministerio de Ciencia e Innovación.

Esta revista ha recibido una ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos
y Bibliotecas para su difusión en bibliotecas, centros culturales y universidades
de España, para la totalidad de los números editados en el año 2008.

Esta revista figura en las siguientes bases de datos:


SUMARIO CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD / SUMMARY WRITTEN CULTURE & SOCIETY, 9, 2009, ISSN 1699-8308 3

Sumario / Summary
Cultura Escrita & Sociedad, 9, 2009

Dossier / Dossier
Epigrafía y cultura escrita en la Antigüedad clásica Manuel Ramírez Sánchez
Epigraphy and Written Culture in Classical Antiquity (coord.)

7-13 Epigrafía y cultura escrita en la Antigüedad clásica Manuel Ramírez Sánchez


Epigraphy and Written Culture in Classical Antiquity (Universidad de Las Palmas
de Gran Canaria
14-64 La escritura en la Grecia arcaica: un debate metodológico Juan Signes Codoñer
Writing in Archaic Greece: Some Methodological Issues (Universidad de Valladolid)
65-105 El uso de la escritura expuesta como expresión de poder María Paz de Hoz García-
y prestigio en la Grecia clásica y helenística Bellido (Universidad
The Use of Displayed Writing as an Expression of Power de Salamanca)
and Prestige in Classical and Hellenistic Greece
106-143 Modalidades de la legitimación pública y de la Marco Buonocore (Biblioteca
autorrepresentación a través de la praxis documental Apostólica Vaticana)
epigráfica. Algunos ejemplos de la Italia romana
Modes of Public Legitimation and Self-Representation
through Documentary Epigraphic Praxis: Some Examples
from Roman Italy
144-167 Escritura, autorrepresentación y poder en el Mundo Ibérico Javier Velaza (Universidad
Writing, Self-Representation and Power in the Iberian World de Barcelona)

Estudios / Studies
169-190 Leer y escribir en la Edad Moderna. Problemas Marina Roggero (Universidad
e investigaciones de Turín)
Reading and Writing in the Early Modern Era: Problems
and Research
191-252 Historia de un libro en la Edad Moderna. El Arte poética Ángel Pérez Pascual
española de Juan Díaz Rengifo: de las fuentes a los estantes (IES Castilla, Guadalajara)
The History of an Early Modern Book: The Arte poética
española of Juan Díaz Rengifo: from the Sources to the Shelves

Lecturas / Readings
255-258 Antonio Agustín: entre el Humanismo y la Contrarreforma María del Val González de la
Antonio Agustín: Between Humanism and Counter-Reformation Peña (Universidad de Alcalá;
[reseña de Juan F. Alcina Rovira y Joan Salvadó SIECE; Grupo LEA)
Recasens La biblioteca de Antonio Agustín. Los impresos
de un humanista de la Contrarreforma, Alcañiz: Instituto
de Estudios Humanísticos; Madrid: Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC); Cáceres: Universidad de
Extremadura; Zaragoza: Universidad de Zaragoza; Teruel:
Instituto de Estudios Turolenses; Tarragona: Diputación
Provincial de Tarragona, 2007].
4 SUMARIO CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD / SUMMARY WRITTEN CULTURE & SOCIETY, 9, 2009, ISSN 1699-8308

258-261 Sobre la aventura de los libros y el wagneriano saber José Jaime García Bernal
del joven Klaus (Universidad de Sevilla)
Of the Adventure of Books and the Wagnerian Knowledge
of Young Klaus
[reseña de Piedad Bolaños Donoso, Aurora Domínguez
Guzmán y Mercedes de los Reyes Peña (coords.): Geh
hin und lerne. Homenaje al profesor Klaus Wagner, Sevilla:
Universidad de Sevilla, 2007].
261-263 Una mirada al universo de las escrituras del Siglo de Oro José Miguel Escribano Páez
A Glance at the Writing World of the Spanish Golden Age (Universidad de Alcalá)
[reseña de Antonio Castillo Gómez: Entre la pluma y la
pared. Una Historia social de la escritura en los Siglos de Oro,
Madrid: Akal, 2006].
264-267 Escritoras y lectoras del xix ante el espejo Francisco Arriero Ranz
Female Writers and Readers of the xixth Century (Universidad de Alcalá; SIECE)
Facing the Mirror
[reseña de Pura Fernández y Marie-Linda Ortega
(eds. y dirs.): La mujer de letras o la letraherida. Discursos y
representaciones de la mujer escritora en el siglo xix, Madrid:
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 2008].
268-272 Historias de participación en el mundo de la cultura escrita Andréa Pavão (Universidad
y su imbricación con la cultura oral Federal Fluminense)
Stories of Participation in the World of Written Culture
and its Relations with Oral Culture
[reseña de Ana Maria de Oliveira Galvão, Juliana Ferreira
de Melo, Maria José Francisco de Souza y Patrícia Cappucio
Resende (eds.): História da cultura escrita - Séculos xix e xx,
Belo Horizonte: Autêntica; Centro de Alfabetização, Leitura e
Escrita (CEALE); Universidade Federal de Minas Gerais, 2008].
273-275 «Ciò che resta». Escritura de mujeres en directo María Luz Mandingorra Llavata
«Ciò che resta». Women´s Writing Live (Universidad de Valencia)
[reseña de Luisa Miglio: Governare l’alfabeto. Donne,
scrittura e libri nel Medioevo, Roma: Viella, 2008].
275-277 Entre la Filología y la Historia del libro João Luís Lisboa (Universidad
Between Philology and the History of the Book Nova de Lisboa)
[reseña de Diogo Ramada Curto: Cultura escrita. Séculos
xv a xviii, Lisboa: Imprensa de Ciencias Sociais, 2007].

Informes / Reports
279-283 Textos, formas y usos de los géneros de amplia difusión: Elisa Rebellato (Biblioteca
¿libros para todos? del Archigimnasio, Bolonia)
Texts, Forms and Uses of the Mass and Popular Literature:
Books for All?

285-288 Autores y listado de evaluadores / Authors and list of evaluators

290-293 Normas para la presentación de originales / Style sheet for submissions


14 Cultura Escrita & Sociedad, n.º 9, 2009, páginas 14-64, ISSN 1699-8308

La escritura en la Grecia arcaica:


un debate metodológico
฀Juan Signes Codoñer [Universidad de Valladolid]

RESUMEN: El presente artículo analiza ABSTRACT: This article considers some


algunos problemas metodológicos methodological problems concerning
relacionados con recientes estudios recent research on the uses of alphabetic
relativos a los usos de la escritura writing in archaic Greece. The main
alfabética en la Grecia arcaica. aspects discussed are comparativism,
Los aspectos considerados son, textual transmission, dating, the
fundamentalmente, el comparativismo, influence of other cultures, the
la transmisión textual, la datación de los literary koiné, archaeological context,
textos, la influencia de otras culturas, iconography and the historical value of
la koiné literaria, el contexto de los poetic texts. The study does not attempt
hallazgos arqueológicos, la iconografía to be systematic, rather it reflects
y el posible valor histórico de los textos on these questions in an ad hoc and
poéticos. Este trabajo no pretende tentative manner.
ser sistemático, sino sólo abordar
algunas cuestiones de modo singular y KEYWORDS: Archaic Greece; Texts; Literacy;
paradigmático. Writing.

PALABRAS CLAVE: Grecia arcaica; Textos;


Alfabetización; Escritura.

Prácticamente desde los propios orígenes de la Filología griega existe


un intenso debate acerca de la naturaleza de los textos epigráficos y literarios
del Período Arcaico, es decir, de aquellos compuestos antes del gran cambio
cultural que supusieron en Grecia las Guerras Médicas. Sin embargo, en los
últimos años, el nivel de publicaciones existente sobre los usos y funciones de
la escritura en la Grecia preclásica se ha disparado de manera exponencial y ha
transcendido los límites de la Filología para abarcar muchas otras disciplinas.
Esta circunstancia tiene, sin duda, que ver con el hecho de que este tipo de es-
tudios sobre la escritura está hoy de moda entre los historiadores de todas las
épocas. Se ha promovido así, en muchos ámbitos especializados, una aproxi-
mación a los textos que deja de considerarlos como productos intemporales
o testimonios fidedignos e inmediatos de su época y pasa a analizarlos en su
contexto y a sopesar las circunstancias que acompañaron a su publicación y que
distorsionan o transforman el mensaje pretendido por sus autores. No obstante,
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 15

el menor volumen de textos y los escasos datos históricos fiables de los que

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


disponemos sobre el Período Arcaico griego, hacen imposible que este tipo de
estudios llegue a conclusiones tan certeras como las obtenidas en otros perío-
dos más recientes. La controversia se ha visto incluso incrementada conforme
se han ido multiplicando las variables y elementos de juicio, debido tanto a la
aparición de nuevas ideas y metodologías como a los nuevos descubrimientos
realizados en el terreno arqueológico.
Este hecho puede, quizás, resultar paradójico a un no especialista, pero es, sin
duda, lógico si consideramos que los elementos de juicio hoy disponibles no son
todavía, pese a los innegables avances producidos en los últimos años, sino piezas
aisladas dentro del complejo caleidoscopio de datos disponibles sobre la sociedad
griega de los siglos viii al vi a. C. Y, en cierto modo, es bueno que las dudas e
incertidumbres aumenten conforme crecen también las variables, porque ello,
al menos, sirve para cuestionar visiones muy reduccionistas sobre los primeros
textos escritos griegos, que todavía hoy están vigentes en manuales como axio-
mas incuestionables. Así, por ejemplo, el descubrimiento de la breve inscripción
griega de Osteria dell’Osa en el Lacio, datada en el 770 y convertida automática-
mente en la más antigua inscripción griega conservada, los estudios de Harald
Haarman sobre las llamadas escrituras paleoeuropeas, difundidas en los Balcanes
incluso antes del asentamiento de los griegos en el Sur de la Península balcánica,
o el creciente conocimiento de la escritura fenicia y del uso de las matres lectionis
para la notación de vocales, por citar sólo tres casos, han enriquecido el pa-
norama al tiempo que han multiplicado las incertidumbres sobre la cronología
de la aparición de la escritura alfabética en Grecia y la causas de su adaptación
del fenicio, estrechamente relacionadas con sus usos. Con todo, ello ha permitido
desterrar prácticamente de la bibliografía especializada la vieja idea del alfabeto
como producto singular del genio griego (una faceta más del llamado «milagro
griego»), así como convertir en obsoleta la pretensión de buscarle una fecha y un
inventor concreto.1

1
Ciertamente, esta pretensión no ha desaparecido del todo entre la bibliografía especia-
lizada y así encontramos estudios como los de Barry A. Powell, que establecen una vincu-
lación estrecha entre los primeros usos del alfabeto y la aparición de la gran literatura en
Grecia. Esta visión teleológica de la aparición del alfabeto en Grecia no resulta convincente
desde un punto de vista histórico o tipológico, pero resulta irrefutable desde un plano de
lógica pura, en el que se mueven muchos estudios. Cfr. Powell, 2002.
16 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

No obstante, parece difícil pensar, hoy por hoy, que de la creciente prolife-
ración de perspectivas e hipótesis que circulan en los últimos años acerca de los
orígenes y usos de la escritura en la Grecia arcaica pueda derivarse a medio plazo
un creciente consenso acerca de algunas cuestiones básicas. La razón para
este pesimismo deriva no tanto de la incompatibilidad o diversidad de las
hipótesis en sí, sino de las diferentes perspectivas metodológicas adoptadas,
en las que, por lo general, cada investigador prima consideraciones extraí-
das de su propia disciplina por encima de otras. La necesaria colaboración
interdisciplinar, obstaculizada en muchos casos por una excesiva comparti-
mentación académica (menor en el mundo anglosajón, donde han surgido
precisamente algunas de las panorámicas más sugerentes), parece ausente
del debate en muchos casos. Y, así, vemos numerosos estudios que se centran
en uno u otro aspecto relevante al que conceden un valor probatorio casi
exclusivo y que, al mismo tiempo, minimizan el impacto de otros aspectos,
por lo general vinculados a disciplinas a las que el investigador no concede
adecuada relevancia.
Esta manera de proceder no sólo es simplista, sino que, además, impli-
ca necesariamente la adopción de apriorismos destinados a fundamentar la
validez absoluta de los propios presupuestos por encima de cualquier otra
consideración sacada de otras disciplinas. Mi objetivo en el presente artículo
es hacer un listado de algunos de estos presupuestos injustificados o ideas
preestablecidas (partis pris) que están en la base de muchos análisis del pro-
blema y de los que, desgraciadamente, los investigadores no somos a veces
conscientes del todo. Por supuesto, una síntesis interdisciplinar equilibrada es
un proyecto complejo y difícil y cualquier intento en este sentido debe con-
siderarse provisional y parcial,2 pero creo que, en la medida en que seamos
conscientes de las deficiencias metodológicas que lastran muchos análisis,
estaremos cada vez más cerca de la solución del problema. El listado que si-
gue —centrado en ocho consideraciones que he analizado teniendo en cuen-
ta especialmente la bibliografía más reciente de este siglo— es meramente
ilustrativo y debe entenderse como una simple reflexión acerca de algunas
cuestiones, destinada a fomentar una mayor colaboración y equilibrio entre
los estudiosos del período.

2
Véase, como ejemplo, Signes Codoñer, 2004.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 17

1. El análisis tipológico de los usos de la escritura

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


En su libro sobre Homero, recientemente traducido al castellano, Pierre Carlier
escribe lo siguiente: «Si el uso de la escritura estaba extendido por Grecia desde
finales del siglo ix y si la Ilíada y la Odisea fueron consideradas de buenas a pri-
meras obras maestras, es probable que los ricos lectores cultos de Eubea, Jonia y
otros lugares no hubiesen tardado mucho en querer poseer el texto». En nota, el
autor añade: «Ciertamente, el papiro y el pergamino eran muy caros en la Grecia
arcaica, pero su coste no debió asustar seriamente a aristócratas que rivalizaban
en la domesticación de caballos para las carreras de carros y en las ofrendas de trí-
podes de bronce en los santuarios».3 Carlier no fundamenta en ninguna parte de
su libro que el uso de la escritura estuviera muy extendido en Grecia en torno al
año 800, ni tampoco da prueba alguna (no la hay) de que ambos poemas fueran
considerados obras maestras en esas fechas, por lo que formula ambas hipótesis
como premisas de su razonamiento. De ellas deriva, sin embargo, una conclusión
necesaria: que la obra de Homero se copió y leyó ya en torno al año 800. Desde un
punto de vista metodológico, la conclusión sólo sería válida si se cumpliesen las
premisas, pero el autor construye toda su visión sobre Homero en su libro sobre
la validez de esta conclusión, cuyas premisas no justifica en ningún momento.
Por otra parte, la validez de la conclusión parece depender para él no tanto de la
de sus premisas, sino del hecho de que los lectores aristócratas de Homero tuvie-
ran realmente acceso al papiro o al pergamino en aquellos tiempos, siendo estos
materiales costosos y difíciles de obtener. La objeción es despachada fácilmente:
si alguien se gastaba su dinero en caballos y ofrendas, ¿por qué no también en
material escriturario, por muy costoso que fuese?
No se trata de discutir aquí si las tesis de Carlier son o no correctas (pienso
que no lo son), sino de valorar cómo procede su argumentación. Carlier, que hace
referencias frecuentes en su libro a textos de otras culturas para fundamentar sus
tesis (la poesía oral yugoslava, el Mahabharata o el Kalevala son citados en las
páginas previas), no acude aquí al comparatismo para ver en qué medida la apa-
rición de la escritura en una cultura implica algo sobre sus usos en distintos ám-
bitos. Es decir, Carlier formula como premisas lo que, en realidad, son para él dos
apriorismos: el primero, que los testimonios epigráficos del alfabeto griego del
siglo viii son una prueba evidente del amplio uso de la escritura (¿quizás porque

3
Carlier, 2005, 57.
18 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

parte de la vieja idea de que el alfabeto griego, por su funcionalidad, podía ser
manejado por todo el mundo?);4 y el segundo, que la amplia extensión de la
escritura tiene necesariamente que aplicarse a la creación literaria (¿quizás porque
considera que los antiguos valoraban la poesía como la más digna aplicación
que podía darse a la escritura?).
Carlier ignora otros modelos posibles de difusión restringida de la escritura
en otras sociedades que, quizás, sean válidos aquí. Ese podría ser, por ejemplo,
el caso de la escritura rúnica, que se utilizó siempre con fines epigráficos muy
limitados (tal como tienden a reconocer los estudiosos de manera creciente), 5
pero también el de otras escrituras antiguas, que nos han dejado testimonios
epigráficos muy significativos, pero de las que no nos consta que tuvieran una
transmisión escrita continua de textos literarios y cuya difusión es, en algunos
casos, muy parcial y restringida. Pensemos, por ejemplo, en el alfabeto sidético de
Panfilia, cuya interpretación y orígenes es problemática.6 También son revelado-
res los estudios de Haarmann sobre las escrituras paleoeuropeas, difundidas en
los Balcanes desde varios milenios antes y que nunca generaron una transmisión
literaria propia.7
Así pues, Carlier habría debido establecer comparaciones tipológicas con otras
culturas y sistemas de escritura para fundamentar sus tesis, al igual que hace en
otras partes de su libro. El no hacerlo es metodológicamente incoherente, sobre
todo considerando que el onus probandi recae sobre aquellos que intentan demos-
trar que la existencia de unas breves inscripciones alfabéticas iba acompañada
de usos más amplios de la escritura. Los que, por el contrario, pensamos que de
una u otra manera los pueblos del Mediterráneo del primer milenio a. C. estaban
familiarizados con alguna forma de escritura y podían adaptar ocasionalmente

4
La pervivencia del silabario chipriota hasta bien avanzada la Época Helenística indica
que los usos de la escritura no tienen que ver sólo con la funcionalidad del sistema gráfico.
5
Véase, por ejemplo, la pequeña panorámica de Williams, 2004, 262-273, quien con-
sidera que las runas «fueron empleadas para propósitos muy específicos y limitados» y no
tenían más función práctica que la de marcar los objetos de sus poseedores como señal de
prestigio.
6
Véanse los artículos de Pérez Orozco, 2003, 104-108; y 2005, 78-80.
7
Haarmann, 1996, especialmente el capítulo titulado «Greek Ingenuity and the Cul-
tural Revolution of the Alphabet: the Reality behind the Myth» (139-146), donde sugiere
que la aparición de las primeras inscripciones alfabéticas no fue acompañada de cambios
culturales ni de una extensión de los usos de la escritura.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 19

signos gráficos de otros sistemas para confeccionar inscripciones más o menos

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


breves, no necesitamos demostrar nada, porque los testimonios arqueológicos
bastan por sí mismos para corroborar esta idea. En este sentido, la más antigua
inscripción griega conservada, la ya citada de Osteria dell’Osa (Lacio), datada en
el 770 y con apenas cinco letras, no tiene por qué ser muestra de un uso amplio de
la escritura en Italia. Tal vez no fue apenas sino un primer ensayo de adaptación
del alfabeto fenicio. De aquí a suponer una élite de aristócratas griegos lectores
ávidos de un epos enciclopédico hay todo un abismo argumental.8

2. La recomposición de los textos poéticos


Es frecuente considerar los textos de autores arcaicos, básicamente poetas, como
testimonios directos de la sociedad en la que supuestamente vivieron sin someter
a criba o cautela sus testimonios. Es verdad que todo el mundo reconoce, al me-
nos teóricamente, que un texto conservado en un códice bizantino o, en el mejor
de los casos, en un papiro helenístico, no tiene por qué recoger los ipsissima verba
del autor al que se atribuye el poema. Pero, en la práctica, se toman de los textos
incluso los más nimios detalles en apoyo de una determinada idea preconcebida,
sin cuestionar la validez de la transmisión. Se piensa que si el dato suministrado
por el texto coincide con una determinada visión previa del problema, ello es ga-
rantía suficiente de su autenticidad. En el caso de los textos poéticos, se considera
incluso que el propio metro es una salvaguarda contra la alteración del contenido,
que pudiera haber afectado más fácilmente a los autores en prosa. Es más, para
defender la fiabilidad de los textos de los poetas en las versiones tardías, se apela
a la acribía y a la erudición de los filólogos alejandrinos, que editaron los textos
de los poetas que llegaron hasta ellos de una manera concienzuda y respetuosa.
Esto último es posiblemente verdad, pero, en realidad, el problema es muy anterior
y tiene que ver con el modo de transmisión de los textos poéticos en los siglos que
precedieron a la época de los reinos macedonios. Incluso admitiendo que los poetas
arcaicos existieron realmente (algo dudoso en muchos casos, especialmente en el de
Homero) y vivieron exactamente en la época en la que tradicionalmente se les ubi-
ca, la idea de que sus obras constituían textos cerrados transmitidos fielmente por
las generaciones posteriores es un apriorismo de difícil confirmación, que encaja

8
Más detalles sobre el particular y sobre la bibliografía reciente en Signes Codoñer,
2010, en prensa.
20 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

más con la concepción romántica del autor original que con la concepción abier-
ta de la autoría propia de las tradiciones poéticas orales, basadas en la constante
recomposición de los textos.
Esta idea ha sido expresada de manera muy acertada, una vez más, por An-
drew Ford en un artículo reciente, en el que defiende que frente a la idea tradi-
cional de que en la Grecia arcaica la literatura, es decir, la idea de la poesía como
literatura, era previa a la extensión de la escritura, hay que abogar más bien por la
idea de que sólo la extensión de la escritura permitió concebir la idea de literatu-
ra.9 En este mismo estudio, Ford considera que sólo a lo largo del siglo v (y, sobre
todo, en su parte final) puede hablarse propiamente de lectores de textos poéticos
en Grecia, concretamente en Atenas. Los textos de poetas habrían empezado a
circular por entonces en antologías con una finalidad moral y educativa en las
que se combinaban prosa y verso.10 Si admitimos sus premisas, eso supone que
no existirían lectores de poesía antes del siglo v y que, por lo tanto, la copia de
los textos poéticos antes de esta fecha sería una copia restringida en manos de los
propios poetas. Admitiendo incluso que los poetas arcaicos tuvieran necesidad
de registrar por escrito sus propios textos (compuestos y ejecutados oralmente,
probablemente también memorizados y transmitidos de la misma forma), no se
comprende cómo una transmisión restringida de la poesía en gremios poéticos
habría podido ser respetuosa con los ipsissima verba del poeta y no proceder a una
constante recomposición de los textos siguiendo los dictados de las audiencias
y las modas. Esta objeción se plantea en función de las propias conclusiones de
Ford: si sólo la difusión de la escritura crea el concepto de literatura en el siglo v,
entonces es difícil que antes de esa fecha alguien pueda pensar en preservar las
obras poéticas como textos cerrados o de autor. No hay, por lo tanto, seguridad de
que los textos de los poetas arcaicos que han llegado hasta nosotros representen
fielmente los originales. Más bien hay numerosas pruebas de lo contrario, la más
evidente de todas la que proporciona el corpus teognídeo, un conjunto de poemas
atribuidos a Teognis y de procedencia muy diversa. De nuevo, el onus probandi
recae sobre aquellos que intentan demostrar que los textos de que disponemos
son fiel copia de los originales arcaicos.

9
Ford, 2003, 15-37.
10
«Hacia el final del siglo v los textos educativos combinaban selecciones de verso no
líricas con escritos en prosa de carácter informativo». Cfr. ibidem, 29.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 21

Por ello, no es comprensible que Ford, quien en su artículo hace observaciones

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


muy lúcidas sobre la recepción y transmisión de la poesía hasta el siglo v, afirme
que la poesía de Alcmán se conservó intacta desde el siglo vii a. C., época en
la que supuestamente vivió el poeta. Para ello, supone que «los compositores de las
canciones o bien aquellos que las encargaron, ya se tratase de patronos individuales
o de ciudades con templos dotados de depósitos, conservaron algunas copias desde
un período muy antiguo».11 Esta pretensión resulta tanto más sorprendente si la
contrastamos con estudios recientes sobre autores modernos que desentrañan el
complejo proceso de publicación de las obras por parte de la imprenta y la distor-
sión que ésta introduce en los originales. Baste aquí con citar los estudios realizados
sobre el texto del Quijote de Cervantes12 o del Ulises de Joyce,13 que, sobre todo en el
segundo caso, ponen fin al espejismo de llegar a conocer alguna vez con total certe-
za los ipsissima verba de sus autores. Si esto es así en la edad de la imprenta, ¿cómo
no dudar de la literalidad del texto de los poetas arcaicos griegos, cuyo proceso de
transmisión hasta nosotros ha estado sometido a muchísimos más avatares desde
su propia gestación? ¿Por qué no hablar para los poetas arcaicos griegos de versio-
nes de autor, de revisiones del texto en función de la audiencia, de refundiciones y
adaptaciones a lo largo de los siglos?
Es esto, precisamente, lo que se esperaría de un texto como el de Alcmán,
que ha sido popular durante muchas generaciones y sometido, probablemente, a
continuas performances. Lo contrario, pensar en un texto fosilizado, transmitido
tal cual desde el siglo vii a. C., no es sólo una petitio principii carente de pruebas,
sino, además, un hecho difícilmente explicable en la analfabeta Esparta, que más
que ninguna otra ciudad griega permaneció, incluso en la Época Clásica, fiel a
los modelos orales de composición literaria. Si Alcmán estuvo activo en Esparta
y compuso su Parthenion para los espartanos: ¿qué necesidad tuvo de consig-
narlo por escrito? ¿No es posible que el texto original, representado a lo largo de
siglos, fuera sometido a recomposiciones diversas antes de ser copiado sólo con
posterioridad, una vez idealizado y mitificado su autor? ¿Por qué no considerar
siquiera esta hipótesis? Claude Calame, en su estudio sobre los coros femeninos
en la Grecia arcaica (en el que Alcmán tenía un papel central), afirmaba:

11
Ibidem, 20.
12
Rico, 2005.
13
Del que contamos incluso con una edición sinóptica que coteja las variantes de las
ediciones anteriores. Véase Gabler, 1984.
22 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

Si se nos diese la posibilidad de considerar toda esta vasta producción poética


en toda su extensión, entonces su sustancia y su forma aparecerían condicionadas
probablemente más por las exigencias socio-culturales emanadas del conjunto de la
comunidad que por la voluntad creadora de autores individuales.14

Esta conclusión, que cierra su estudio sobre Alcmán, indica que la forma y el
contenido de los poemas corales están determinados, en gran medida, por las co-
munidades que los representan. Dado que estas comunidades son las mismas que
garantizaban la transmisión de los poemas, parece inevitable suponer, siguiendo
al propio Calame, que manipularan el texto conforme cambiaban las circunstancias
de su representación. Es más, el propio poeta podía componer varias versiones de
su misma obra, adaptándolas a distintas performances.
El hecho de que los poetas arcaicos, incluido Alcmán, reivindiquen su autoría
en diversos poemas, tal como ha analizado Calame en un reciente artículo, no
contradice esta conclusión.15 En efecto, las sphragides garantizan que la fama del
autor, la invocación de su nombre (es decir, su κλέος) trascienda su propia época,
pero no preservan necesariamente la forma del poema, tal como lo demuestra
claramente el caso de Teognis. El «yo» del autor se ve, además, expresado con
frecuencia en una distante tercera persona gramatical, que parece incluso una
referencia metatextual; mientras que la narración poética en sí da protagonismo
a un «yo» en primera persona, que es el del cantor o actor del texto, verdadero
protagonista de la performance. En palabras de Calame: «En la Grecia clásica, el
nombre del autor es a menudo el garante de manifestaciones poéticas concebidas
bien como los vectores de una tradición heroica particular, bien como realizacio-
nes de discursos con una función ritual».16 Los nombres de autor son garantes de
determinadas tradiciones poéticas, pero no bastan para fijar sus composiciones y
convertirlas en textos cerrados. El prestigio de un poeta reside en su condición de
pionero, de iniciador de una tradición poética determinada que pervive durante
siglos y llega a futuras generaciones. Es un error representar a los poetas arcaicos
como autores de textos cerrados, pues ello convierte el panorama de la poesía
arcaica en una sucesión de individualidades aisladas que, aunque se influyen

14
Calame, 1977, 146.
15
Ibidem, 2004, 11-39.
16
Ibidem, 35-36.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 23

mutuamente, no dejan descendencia o herencia formal directa. El «blindar» los

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


textos de los poetas en su proceso de transmisión supone no sólo representar a los
poetas fuera de todo contexto, sino privarles, en gran medida, de continuadores
o imitadores, cuando fueron éstos precisamente los que garantizaron su fama,
naturalmente mediante la readaptación y recomposición de sus obras.
Que el nombre del autor permanece y el texto cambia es algo que no sólo po-
demos deducir del caso concreto de Alcmán, sino de toda la poesía arcaica griega.
Sin duda, Homero es el paradigma de esta situación, aunque resulta muy difícil
desentrañar las circunstancias y el contexto que determinaron la última recom-
posición de los dos poemas que llevan su nombre, la Ilíada y la Odisea. Uno de
los intentos más lúcidos de explicar la composición de ambas obras como resul-
tado de las circunstancias políticas y culturales de la Atenas de Pisístrato puede
leerse en el libro que Elizabeth Irwin ha escrito sobre la poesía solónica.17 Aunque
Irwin sólo pretende explicar la poesía de Solón por su contexto, su análisis le
lleva a establecer puentes y paralelos entre las figuras de Solón y el famoso tirano
ateniense, a los que la tradición biográfica posterior presentó como antagonistas,
ocultando así los comunes intereses de ambos en la lucha contra la aristocracia en
apoyo de las clases populares. Es en el marco de este estudio cuando Irwin traza
las claves que permiten entender la trama de los dos epos homéricos en función
de los intereses del tirano ateniense. Según la autora, no es casual que la trama
de la Ilíada, cuyos héroes encarnan el paradigma de la virtud (άρετή) aristocrá-
tica, incida sobre todo en los efectos destructivos de la individualidad heroica
(la cólera de Aquiles) y destaque el valor de la cooperación del pueblo en armas
(λαός) para obtener éxito. El poema fue sacado por los pisistrátidas del contex-
to privado de los simposios aristocráticos y canonizado en el marco público de
las Panateneas, que constituían el medio adecuado para la difusión del mensaje.
Según palabras de la autora:

La representación íntegra de la Ilíada en las Panateneas supone el más amplio con-


texto concebible para la representación de los poemas, lo que permitía que el poema
se distribuyera en cierto modo libremente entre todos, al tiempo que aseguraba que
estas exhortaciones heroicas se mantuvieran dentro de un preciso contexto narrativo
que debía modularlas. La Ilíada desvía el foco de la épica marcial, llevándolo desde
una justificación ideológica del statu quo social hasta un relato sobre la sedición y el
poder destructivo del χόλος [cólera] de las personas poderosas. La importancia de la

17
Irwin, 2005.
24 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

supervivencia de la colectividad aparece en el poema de forma destacada tanto en la


caracterización de la ciudad como en la de la tremenda importancia que asume, quizás
de forma inesperada, el λαός [pueblo].18

Frente a ello, la Odisea presenta un modelo humano de personaje, el del pro-


pio Odiseo, que responde bien a los propósitos del tirano: astuto, dialogante,
comprometido más con los sirvientes de su casa (el pueblo) que con los aristo-
cráticos pretendientes. El núcleo esencial de la trama odiseica, los viajes, se reduce
a unos pocos cantos, mientras que el regreso de Odiseo (como Pisístrato de sus
exilios) se agiganta y adquiere un papel central:

La posible identificación de Solón y Pisístrato con Odiseo, junto con la represen-


tación de la poesía homérica en el contexto de un festival público patrocinado por
el tirano, invita a especular sobre las posibles asociaciones políticas de Odiseo y su
época. No requiere un gran esfuerzo de imaginación reconocer la potencial utilidad
de la Odisea, un relato en el que un protagonista atractivo, astuto y apoyado por la
divinidad sabe dar su merecido a las destructivas aspiraciones políticas y los excesos
personales de los ἀγαθοί [nobles], al tiempo que restablece el orden político existente,
destruido por ellos.19

La visión de Irwin vincula estrechamente, como no podía ser menos, a los poe-
mas con su contexto. La riqueza de la tradición épica hace que ello no borre, sin
embargo, los valores y lecturas de los anteriores estadios compositivos. Continui-
dad en el cambio es quizás la palabra que mejor expresa la capacidad de adaptación
de la tradición poética a los nuevos contextos. Por eso, los griegos posteriores tu-
vieron no menos dificultad que nosotros en advertir las transformaciones, puestas
todas ellas bajo la advocación de un único autor.

3. La datación absoluta de los textos por su lengua


Ante la ausencia de datos fiables que determinen fehacientemente la cronología
de los autores literarios arcaicos, hay algunos filólogos y lingüistas que intentan
establecer una cronología absoluta de los textos a partir de las características de
su lengua. Quizás, el ejemplo más sobresaliente de este proceder sean los estu-
dios de Cornelis Jord Ruijgh, uno de los lingüistas más reputados en el campo
de la Filología griega. Ruijgh, en sus trabajos, no sólo se esfuerza en vincular las

18
Ibidem, 287.
19
Ibidem, 284.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 25

características lingüísticas de Homero con distintas fases de la transmisión del

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«texto» en diferentes áreas geográficas, sino que, incluso, establece una datación
aproximada de cada una de ellas.20
El hecho de que la lengua de los poetas arcaicos cambiase con el proceso de
transmisión —como consecuencia clara de su continuada performance oral a lo
largo de los siglos— es un factor al que muchos lingüistas no suelen dar suficiente
relevancia, pues tienden a realizar un análisis sincrónico de los textos poéticos,
como si todas las variantes dialectales presentes en éstos, aun pertenecientes a
estadios lingüísticos diferentes, pudieran haber convivido en un momento histó-
rico determinado, si no en una lengua conversacional, sí en un lenguaje poético
que mezclaba arcaísmos y neologismos en su afán de universalizar el mensaje,
de hacerlo más panhelénico. Sin descartar que un lenguaje poético pudiera su-
mar elementos lingüísticos diversos por su procedencia diacrónica, diastrática y
dialectal, lo que hay que considerar es hasta qué punto puede datarse esta mez-
cla siempre en la época del autor al que se atribuye el poema, máxime cuando
este autor es considerado inventor (πρῶτος εὑρετής) de una tradición poética
determinada que arranca de él. Por dejar aquí el complejo caso de Homero, que
no sólo tuvo numerosos continuadores, sino que, al mismo tiempo, preservó y
continuó a su vez una tradición anterior que, en algunos casos, remonta incluso
hasta Época Micénica, podemos fijarnos de nuevo en el caso del poeta Alcmán,
a cuya lengua George Hinge ha dedicado un estudio reciente.21
Ya desde hace mucho tiempo se constató que los poemas de Alcmán pre-
sentan rasgos dialectales contradictorios, pues mientras unos son compatibles
con el laconio, otros no parecen propios de este dialecto. El análisis ya clásico de
Denis Page interpretó la lengua de Alcmán como básicamente laconia, pero con
un barniz épico.22 Ahora, Hinge, con un método más meditado, observa que las
formas dialectales de Alcmán propiamente laconias (que él reduce a un número
relativamente pequeño) pueden ser automáticamente sustituidas por sus corres-
pondientes épicas sin alteración métrica alguna, mientras que, inversamente, las
formas épicas no pueden ser sustituidas, por lo general, por las correspondientes
laconias sin alteración métrica. Por todo ello, concluye que el laconio de Alcmán

20
Ruijgh, 1985, 143-190.
21
Hinge, 2006.
22
Page, 1951.
26 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

es un mero colorido local que tiñó la lengua de los poemas como consecuencia
de su representación en un ambiente espartano, pero que, en realidad, los poemas
que compuso este autor no tenían rasgos laconios.
Si admitimos el diagnóstico que hace Hinge sobre la lengua de los poemas de
Alcmán, tendremos entonces que plantearnos cómo es posible que el poeta na-
cional espartano del siglo vii a. C. compusiera sus poemas sin utilizar en absoluto
el dialecto laconio. Hinge piensa que Alcmán compuso sus poemas en la koiné
épica panhelénica del Período Arcaico, lo que le permite salvaguardar en esencia
la datación tradicional de los poemas. No obstante, no puede aportar pruebas de
su afirmación, ya que la existencia de un lenguaje épico común a todas las áreas
de Grecia en el Alto Arcaísmo es una presuposición muy debatida que, además,
sólo puede apoyarse en los propios textos que estamos ahora considerando. La
misma utilización del término «panhelénico», que usa constantemente Hinge en
su estudio, es discutible para el Período Arcaico, tal como veremos en el aparta-
do 5. Entramos, pues, en un círculo vicioso, pues si, en contra de lo que piensa
Hinge, suponemos que la lengua de Alcmán ha sido profundamente modificada
por un proceso de transmisión oral a lo largo de varios siglos, dejaría entonces
de ser válida como testimonio de uso de un lenguaje panhelénico en la continen-
tal Laconia del siglo vii. Por ello, Hinge se ve obligado a considerar también en
su estudio el problema de la transmisión de la obra de Alcmán, un aspecto que
resulta necesario para defender la cronología de su texto y que, como decíamos,
muchos lingüistas suelen relegar a un papel secundario en sus análisis.
Hinge considera que la obra de Alcmán se consignó por escrito por primera
vez sólo en el Renacimiento laconio bajo los reyes Agis IV (ca. 244-241 a. C.) y
Cleómenes III (ca. 235-222 a. C.). Su minucioso análisis de las referencias a Alc-
mán en el período previo demuestra que éstas son vagas e imprecisas, además de
sumamente escasas, y, sobre todo, incompatibles con la existencia de una edición
conjunta de sus poemas.23 Esta constatación deja el texto de Alcmán exclusiva-
mente en manos de la transmisión oral durante cuatro siglos. Para Hinge, sin
embargo, no hay razón para suponer que el texto de Alcmán se vio profundamente
alterado en este proceso de transmisión oral, puesto que su obra estaba claramente
vinculada a unos ritos que, supuestamente, habrían permanecido inalterados
durante todo ese espacio de tiempo.

23
Hinge, 2006, 295-314.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 27

La metodología de Hinge falla claramente en este aspecto, puesto que en el

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


apartado que consagra a las referencias cultuales de los poemas de Alcmán ape-
nas puede encontrar pruebas del contexto ritual en el que se representaron. El
carácter cultual de algunos poemas alcmánicos es, además, como el propio Hinge
reconoce, muy poco probable.24 No se le puede exigir obviamente a Hinge que
establezca un vínculo claro entre Alcmán y determinados ritos, porque no exis-
ten pruebas claras de ello, pero sí se le puede censurar que presuponga sin más
que los poemas de Alcmán no sufrieron ninguna modificación durante todo ese
período de tiempo debido al contexto ritual que los fijó. Hinge demuestra, por
ejemplo, que los nombres del famoso Partenio de Alcmán no son nombres pro-
pios que aluden a personas concretas y a una representación singular, sino «per-
sonificaciones diseñadas para asumir determinados roles». Esos papeles habrían
sido asumidos por personas diferentes en cada representación.25
Si esto es así, ¿por qué no pensar que el cambio social producido en Esparta (so-
bre todo a partir de las Guerras Mesenias posteriores a la época de Alcmán) pudo
alterar conforme pasaron los siglos el papel simbólico de los personajes citados en
el Partenio y motivó recomposiciones de un poema ritual? ¿Por qué la métrica iba
a poner un límite a la recomposición de los poemas? ¿Por qué hay que considerar
que el color «panhelénico» de los poemas es original y no se puede pensar que se
adquirió durante un proceso de recomposición de los poemas a partir del siglo vi,
cuando suponemos que la obra de Homero empezó a imponer su hegemonía en la
Grecia balcánica? ¿Por qué no suponer que Alcmán tuvo fortuna fuera de Esparta
antes del siglo iii, aunque no exista una edición escrita de sus obras hasta esa fecha?
¿Por qué no suponer entonces también que esa difusión de Alcmán en toda Grecia
fue la que provocó la actualización de su texto de acuerdo con el lenguaje panhelé-
nico de Época Clásica? Y, finalmente, ¿qué nos impide pensar que la edición de los
poemas de Alcmán en la Esparta anticuaria de Agis IV y Cleómenes III se produjera,
en parte, mediante la reintroducción en Laconia de algunos poemas atribuidos a Alc-
mán en la tradición oral «panhelénica»? Son preguntas que quedan sin contestar, pero
que siembran más que dudas razonables sobre la datación de la lengua de los textos
de Alcmán en el siglo vii. Esta datación, hoy por hoy, nos parece más una petitio
principii que una conclusión sólidamente avalada por las evidencias disponibles.

24
Ibidem, 282-290.
25
Ibidem, 290-294.
28 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

4. El análisis intrahelénico
La gran complejidad que implica el análisis de todos los testimonios literarios,
epigráficos y arqueológicos relativos al Período Arcaico griego no necesita ser
enfatizada. La consecuencia necesaria de esta situación es la especialización de
los estudiosos y, a su vez, el enfoque reducido y parcial dado a muchos de los
problemas que se plantean. Por razones diferentes se llega con frecuencia, pa-
radójicamente, a visiones muy parecidas a las que defendió el eurocentrismo
dominante en nuestra tradición académica durante siglos; visiones en las que
el análisis de la cultura griega se hace prácticamente desde una perspectiva ex-
cluyente, ignorando las aportaciones y préstamos de las culturas circundantes,
causa directa muchas veces del llamado «milagro griego». El enfoque dado a los
estudios sobre los usos de la escritura en el Arcaísmo griego adolece, en muchas
ocasiones, todavía hoy, de este reduccionismo.
Ciertamente no han contribuido a ampliar la perspectiva de los helenis-
tas estudios como los de la Atenea Negra de Martín Bernal, que postula una
dependencia directa de la cultura griega con respecto al mundo egipcio en
muchos más aspectos de los que un riguroso análisis histórico permitiría
deducir.26 En efecto, aunque el libro contiene sugerencias muy interesantes de
la dependencia griega respecto a Oriente y, aunque en él se traza una docu-
mentada panorámica histórica del eurocentrismo de los estudios clásicos,
hay ciertos aspectos que parecen más fruto de la provocación (necesaria por
otra parte) que del análisis riguroso. El propio autor, pese al impacto que ha
tenido su estudio en distintas universidades estadounidenses, parece cons-
ciente de las limitaciones de su análisis, lo que explicaría que la tan anunciada
continuación de su trabajo no haya visto la luz todavía, a pesar de los años
transcurridos.
No obstante, tampoco deja de ser verdad que helenistas de prestigio, que se
aventuran por el escabroso terreno del estudio de los testimonios escritos de las
civilizaciones asiáticas y africanas contemporáneas de la griega, no han recibido
toda la atención que merecían. Por ejemplo, el magnífico y pionero estudio de
Martin L. West sobre la deuda de los poetas griegos arcaicos en relación a las
tradiciones poéticas orientales es tratado como diletante por buena parte de la
crítica que, al mismo tiempo, subraya la diferencia sustancial entre Homero y sus

26
Bernal, 1993.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 29

precedentes asiáticos.27 Muchos de sus presupuestos son, sin embargo, válidos

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


en la medida en la que hablan de un mestizaje cultural entre los griegos y otras
culturas de su entorno, que debe ser tenido en cuenta para cualquier análisis
de los logros culturales de los griegos en este período.28 Este enfoque amplio y
multicultural debe ser, además, especialmente relevante cuando tratamos tanto
de la escritura como técnica, sin duda importada de los fenicios, 29 como de los
textos que ésta generó.
Así, por ejemplo, sería interesante ver en qué medida los orígenes de la prosa
y del pensamiento filosófico en el siglo vi son explicables exclusivamente en tér-
minos internos griegos o como resultado también de un cruce de influencias cul-
turales. Mientras que el enfoque multicultural se ha ido imponiendo lentamente
en el análisis de la Mitología griega y de los textos poéticos que la difundieron,
parece que el campo de la prosa y la Filosofía se ha mantenido un tanto al margen
de estos enfoques, pese a que el clásico estudio de Hermann Fränkel (que tendió
claros puentes entre poesía y Filosofía) tiene ya más de medio siglo de vida.30
En efecto, aunque la tradicional distinción entre mythos y logos está ya obsoleta,
muchos autores todavía tienden a explicar el desarrollo de tratados filosóficos

27
West, 1997. Véase, por ejemplo, Haubold, 2006, quien explica del siguiente modo el
énfasis en la deuda oriental de Homero presente en muchas investigaciones: «La esperanza
de poder “sorprender” a los lectores eliminando la base occidental de los relatos básicos de
Homero ha motivado muchas investigaciones recientes acerca de la épica griega». Por su
parte, Halliwell afirma: «Es realmente sorprendente que West nunca aborde la cuestión de
en qué medida, si es que la hay, su análisis puede afectar nuestra interpretación de la cultura
griega». Cfr. Halliwell, 1998, 235.
28
No obstante, hay que evitar los excesos que se derivan de una comparación automática
de realidades muy dispares. Véase, por ejemplo, esta pregunta que se hace Powell: «¿Se relacio-
nan las versiones acadias del Gilgamesh con las sumerias del mismo modo que la Eneida con
la Ilíada o el Paraíso Perdido [de Milton] con la Eneida?». Cfr. Powell, 2006, 81.
29
Hay razones incluso para suponer que el alfabeto griego pudo ser concebido por fe-
nicios bilingües, tal como se expone en Signes Codoñer, 2004, 17-21 y, en cierto modo,
se deduce del análisis de Méndez Dosuna, 1993, 96-126. Por otra parte, el hecho de que el
Cadmo que la Mitología griega relacionaba con la invención del alfabeto sólo secundaria-
mente fuera considerado fenicio, tal como sostiene Beekes, 2004, 167-184, en nada afecta
a los orígenes fenicios del alfabeto. Véase también Powell, 2006, 114: «Es probable que
el adaptador que inventó el alfabeto griego fuera un semita, un heredero de la tradición
de escritura semítica occidental con sus tradiciones de multilateralismo, una persona que
también era bilingüe, dado su conocimiento del griego».
30
Fränkel, 1951.
30 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

en prosa como un proceso de liberación o reacción intelectual frente al mythos


poético, explicable en términos de evolución interna.
Este es el caso de un artículo de Charles H. Kahn con algunas sugerencias
interesantes acerca de la aparición en el mundo griego de tratados en prosa en el
siglo vi.31 En su panorámica, Kahn intenta distinguir tendencias formales entre
los varios escritores griegos que se sirvieron de la prosa como instrumento vehi-
cular de su pensamiento.32 Así, Ferécides de Siro compuso en prosa su Teología
como reacción a la poesía de Hesíodo, pues discrepaba de la cosmogonía del poe-
ta de la Teogonía. Precisamente por ello Ferécides habría concebido su obra como
un género literario. Kahn resalta la originalidad de Ferécides desde el punto de
vista formal, lo que explica que no se detenga a analizar los precedentes orienta-
les de su pensamiento. Pero, al excluirlos de su estudio, tiende en cierto modo a
negarlos, como por ejemplo cuando afirma: «Dependa o no de modelos órficos
o del Próximo Oriente, el hecho de que Ferécides se aparte deliberadamente de
Hesíodo revela una manera fundamentalmente nueva de concebir el origen del
mundo».33 Por otra parte, Kahn diferencia la obra de Ferécides de la de Anaxi-
mandro, a la que considera una prosa técnica sin pretensiones literarias; equipara
la de éste último a un simple memorandum; y postula «un uso ampliamente ex-
tendido de la prosa escrita con fines eminentemente prácticos» en el siglo vi. Sin
embargo, de nuevo, los ejemplos de esta prosa técnica se buscan entre los griegos,
concretamente entre los arquitectos que, en este mismo siglo, supuestamente
pergeñaron indicaciones técnicas para la edificación de templos.34
Dejamos aparte ahora el hecho de que los juicios de Kahn se basan en fragmen-
tos dudosos y escasos de los autores que considera, insuficientes a mi juicio para

31
Kahn, 2003, 139-161.
32
Ibidem, 155-158. Kahn presenta a poetas como Jenófanes, Parménides y Empédocles
como una excepción formal en el desarrollo de la Filosofía (aparentemente concebida
como algo teleológico) e intenta explicar su elección del verso por sus modelos: Jenófanes
por su dependencia de Solón y Empédocles por su dependencia de Parménides, mientras
que éste último habría escogido el verso para marcar el contraste de su pensamiento con
los filósofos jonios (aunque Kahn no excluye tampoco «que una iluminación marcara
profundamente su experiencia personal»).
33
Ibidem, 144.
34
Una aproximación similar a los orígenes de la prosa, en términos puramente griegos,
se puede encontrar en el artículo de Laks, 2001, 131-151. Heitsch, 2007, 701-712, por el con-
trario, analiza las influencias orientales (fenicias, iranias y babilonias) sobre los primeros
filósofos, Tales y Anaximandro.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 31

un análisis formal tan preciso, pues lo que interesa aquí es más bien resaltar que

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


la propuesta de este autor supone que los griegos que se sirvieron de la prosa en el
siglo vi tuvieron una clara conciencia de la diferente función de ésta con respecto
a la poesía, pese a que no contaban con precedentes claros de su labor. En efecto,
Kahn se encuentra con problemas para sustanciar la existencia de otros escritos
griegos en prosa anteriores o incluso contemporáneos a Ferécides o Anaximan-
dro. Más allá de la existencia o no de los tratados técnicos de Arquitectura antes
mencionados, su principal argumento en favor de la difusión de la prosa técnica
antes de estos dos autores es un fragmento del filósofo Heráclito, en el que éste
dice que «Pitágoras hijo de Mnesarco cultivó la investigación (ἱστορίη) más que
cualquiera de los hombres y escogiendo entre estos escritos (ἐκλεξάμενος ταῦτας
τὰς συγγραφάς) construyó su propia ciencia, omnisapiencia y falso método».35
Para Kahn esta frase es prueba de que en la segunda mitad del siglo vi había
cierta abundancia de escritos griegos en prosa de los que se pudo servir Pitágoras,
aunque reconoce que éste no llegó a dejar una obra escrita.36
Cualquiera que conozca las biografías de los primeros «sabios» de Grecia no
dejará de constatar que la formación intelectual de muchos de ellos pasaba por
amplios períodos de estancia en Oriente. En el caso de Pitágoras no dejamos de
contar con abundantes testimonios de su estancia en Egipto. Aunque la inves-
tigación moderna considera generalmente que el viaje de los griegos arcaicos a
Egipto es un topos extendido,37 es revelador que ya Heródoto, y un poco después
Isócrates, hablen de los viajes de Pitágoras a Egipto.38 En cualquier caso, aun-
que no diéramos valor a estas informaciones relativamente antiguas, lo más
razonable es suponer que Pitágoras debió su formación no tanto a la consulta
de tratados griegos en prosa, sino a la de escritos de otras culturas circundantes de
las que los griegos tenían tanto que aprender.
Esto plantea justamente la cuestión de si es en estos escritos de otras culturas
en los que tenemos que buscar precisamente los modelos, no sólo intelectuales,
sino incluso formales, de los primeros escritos griegos en prosa. La hipótesis es

35
Kahn, 2003, 147-148.
36
Véase también ibidem, 1983.
37
Riedweg, 2002, 20-21 no parece dar demasiado crédito a la estancia de Pitágoras en
Egipto.
38
Heródoto, II.81 (Legrand, 1930-1954); e Isócrates, Busiris, 29 (Bremond y Mathieu,
1929; y Livingstone, 2001).
32 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

la más natural, sobre todo si consideramos que los primeros prosistas y filósofos
griegos escribieron en ciudades costeras de Asia Menor en las que, sin duda, bu-
llía una población heterogénea y cosmopolita, especialmente en Mileto que, no por
casualidad, fue la patria de los primeros pensadores griegos. Desgraciadamente,
las culturas minorasiáticas de este período han dejado pocos testimonios escritos
que puedan ser valorados en este debate, lo que las deja de facto ausentes en las
discusiones relativas a los orígenes de la Filosofía y la prosa griegas. Pese a todo,
hay algunos datos que permiten pensar que algunos de los primeros eruditos y
filósofos griegos del siglo vi pudieran haber estado en contacto con estas culturas
y haber tomado prestados de ellas elementos formales y conceptuales claves en su
pensamiento. Considerémoslos brevemente.
En primer lugar, cabe reseñar que en la biografía de algunos de estos filósofos
del siglo vi hay datos que indican que algunos de ellos no eran del todo griegos por
sus orígenes. West señala al respecto lo siguiente:

A más de una de las famosas figuras griegas del Período Arcaico se le atribuye
un padre cuyo nombre es extranjero. Tales de Mileto es el hijo de Examyes, un nom-
bre cario, e incluso Heródoto y otros autores dicen que es de ascendencia fenicia; su
cosmología muestra, de hecho, rasgos específicamente fenicios. Ferécides de Siros es
el hijo de Babys, que es de nuevo un nombre anatolio. Él también introdujo exóticos
motivos orientales en la filosofía mítica de los griegos. Las contribuciones de estos
hombres pueden deberse o no a tradiciones familiares […], pero su parentesco sirve,
en todo caso, para confirmar que los matrimonios mixtos y la helenización de orien-
tales no son sólo posibilidades teóricas, sino fenómenos corroborados históricamente
en la Grecia arcaica. Los casos conocidos pueden quizás representar una minúscula
fracción del total, que debe haber llegado a ser de centenares o miles de individuos.39

No obstante, la deuda del griego respecto de las culturas minorasiáticas, es-


pecialmente en el capítulo que aquí consideramos de los orígenes de la prosa, se
ve bastante diluida en general por la circunstancia de que los estudios tienden a
subrayar, normalmente, que los distintos sistemas de escritura en uso en Asia Me-
nor en el primer milenio son adaptaciones del alfabeto griego. Esta idea sugiere un
transvase cultural desde el mundo griego hacia Asia Menor que choca con el mo-
vimiento inverso que aquí se sugiere. Sin embargo, nuevos descubrimientos están
ya cuestionando la dependencia de los alfabetos minorasiáticos respecto al griego.
Recientes artículos parecen demostrar que el alfabeto cario, quizás uno de los mejor

39
West, 1993, 620.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 33

conocidos del grupo por la famosa inscripción bilingüe de Caunos, se usaba ya en

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


el siglo ix a. C. Letras carias parecen haber sido inscritas en esas fechas como mar-
cas de cantería en las murallas de dos ciudades de Israel.40 Más importante es aún
la nueva datación que los especialistas han dado a los testimonios epigráficos del
frigio,41 que hacen remontar esta escritura a fines del siglo ix. La coherencia y mo-
numentalidad de las inscripciones frigias de mediados del siglo viii, vinculadas con
el poderoso reino de Midas, que dominaba toda Asia Menor, contrasta con los testi-
monios dispersos de escritura griega de finales de esa misma centuria, básicamente
grafitos de usos y funciones diversas. Aunque Claude Brixhe, el máximo especialista
de la escritura frigia, sigue abogando por una derivación del frigio del griego,42 los
argumentos distan de ser concluyentes y ya hay semitistas tan autorizados como
Benjamin Sass que sugieren que el frigio (que recordemos notaba las cinco vocales
con los mismos signos que el griego) pudo derivar directamente del fenicio.43
Así pues, el panorama que se va dibujando poco a poco en el Mediterráneo Orien-
tal habla cada vez más en contra de la singularidad de la adaptación griega del alfabe-
to fenicio y a favor de una interpretación globalizada del proceso de transferencia de
la escritura desde Oriente a Occidente en el que los griegos formaban un pieza más
de un rompecabezas muy complejo. En este rompecabezas pueden desempeñar un
papel muy importante los fenicios instalados en la Cilicia luvita, donde se han con-
servado importantes inscripciones bilingües, fenicias y jeroglíficas, que atestiguan un
contacto estrecho entre los fenicios y este pueblo indoeuropeo;44 contacto que pudo
haber propiciado el desarrollo de una notación vocálica de la que ya se servía ocasio-
nalmente el arameo para las vocales largas «A», «E», «I», «U» en el siglo ix.45 La baja
datación de la escritura aramea propuesta recientemente por Sass, quien piensa que
formaba un continuum con la fenicia todavía en este siglo, favorece la hipótesis.46

40
Franklin, 2001, 107-116; y Avishur y Heltzer, 2003, 87-90. Por su parte, Blümel,
2007, 429-435, hace un breve repaso del estado de la cuestión del cario, señalando que las
más antiguas inscripciones conservadas son del siglo vii a. C.
41
Véase Kealhofer, 2005, especialmente los capítulos 3 y 4. Una discusión más en
profundidad de estos aspectos puede encontrarse en Signes Codoñer, 2010, en prensa.
42
Véanse, entre otros estudios suyos, Brixhe, 1991, 313-256; 1995, 101-114; 2004, 271-289;
y 2007a, 277-287.
43
Sass, 2005, 146-149.
44
Véase el esclarecedor artículo de Lemaire, 1991, 133-146.
45
Martínez Borobio, 2003, 30-34.
46
Sass, 2005, 13-74.
34 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

Por otra parte, las culturas del Occidente de Asia Menor, en contacto directo
con los jonios, no son las únicas que pudieron suministrar modelos para la pro-
sa filosófica de los primeros pensadores griegos del siglo vi. Como ha señalado
Walter Burkert había una rica literatura sapiencial en prosa por todo el Oriente
Próximo que, en muchos casos, desarrollaba conceptos que luego encontramos
bajo formulaciones muy similares en los textos de los primeros filósofos. Se
trata no sólo de textos con reflexiones éticas y dichos sapienciales, sino incluso
con relatos cosmogónicos y reflexiones sobre el orden cósmico, que en nada
tienen que envidiar en muchos casos a las que encontramos entre los filósofos
jonios del siglo vi.47 En vista de los paralelos, cabría incluso preguntarse en
qué medida la tradición doxográfica y biográfica griega altera el pensamiento
de los primeros filósofos griegos o bien preserva una literatura sapiencial de
fondo antiguo.48
Sea como fuere, las populosas ciudades de Jonia eran el lugar adecuado para
la recepción de esta literatura sapiencial, ya que por su tamaño y tradición de-
bían contar con una administración ciertamente mucho más compleja que las
pequeñas ciudades griegas de los Balcanes.49 Y no cabe duda de que cuanto más
compleja sea la administración de un territorio, más necesidad hay de contar con
registros escritos y más complejos pueden ser éstos. La prueba es que fue, precisa-
mente, el imperio marítimo ateniense el que creó la necesidad de archivos y usos
complejos de la prosa con fines técnicos en la metrópoli del Ática durante el siglo
v a. C. Es, por lo tanto, posible pensar que el modelo de los tratados técnicos en
prosa está en el ambiente cosmopolita de las ciudades griegas de la costa de Asia
Menor y no simplemente en una necesidad literaria de responder a la tradición
poética griega representada por Hesíodo o por otros famosos poetas. Creo que la
aparición de tratados filosóficos en prosa en las ciudades griegas de Asia Menor
responde a una dinámica propia del área y que sería erróneo juzgar este proceso
en una clave panhelénica, pensando que los sucesos de todo el mundo griego
estaban interconectados y que la evolución de las distintas áreas del Helenismo
era, en cierto modo, paralela. En realidad, los cambios producidos en diversas

47
Burkert, 2002, 63-84.
48
Para los problemas que plantea la tradición doxográfica griega remito a Mejer, 2006,
20-33.
49
Una reciente panorámica sobre la administración jonia puede verse en Cobet, Von
Graeve, Niemeier y Zimmermann, 2007.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 35

áreas del mundo griego durante el Período Arcaico tenían lugar muchas veces

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


más por influencia de culturas periféricas que de otras áreas del Helenismo. Eso
explica evoluciones divergentes, como el que la Filosofía se exprese mediante
recursos formales distintos según las áreas: en unos casos en prosa, en otros en
verso. Todo esto nos lleva, pues, a otro aspecto: ¿hasta qué punto los griegos
se consideraron miembros dispersos de una única cultura antes de las Guerras
Médicas? Esto, como veremos a continuación, resulta esencial para entender la
evolución de la cultura escrita en el Arcaísmo.

5. Identidad panhelénica y escritura en el mundo arcaico


La identidad de los griegos del Período Arcaico tiene una gran importancia para
nuestra concepción y comprensión de la literatura coetánea, porque determina, en
gran medida, la naturaleza de su recepción. Así, una fuerte identidad panhelénica
en el Arcaísmo significa la posibilidad de que un mensaje o un texto se difunda con
una cierta uniformidad entre todos los estados griegos, bien sea a través de aedos
itinerantes, bien a través de copias de textos. Ello permitiría, a su vez, hablar de
corrientes poéticas comunes y de una comunidad de lectores de textos por encima
de las diferencias regionales. La ausencia de esta sensación de identidad común, en
cambio, permite cuestionar estos presupuestos.
Hay muchas maneras de abordar la cuestión. Una es tener en consideración
el hecho literario en sí, ya sea siguiendo el rastro de las distintas tradiciones poé-
ticas, ya sea considerando los elementos materiales asociados a la escritura. En el
primer caso, las conclusiones de los estudiosos son contradictorias, pues vienen
determinadas por la naturaleza fragmentaria de los textos de que disponemos
(alterados, además, por un largo y complejo proceso de transmisión) y por el
espejo deformante que supone la copia monumental de la obra homérica. De esta
forma, tanto la vieja idea del panhomerismo como la de la autonomía de las tra-
diciones poéticas locales cuentan con defensores. En cambio, en lo que respecta
a los testimonios de la escritura, el panorama fragmentario que presentan, con
una proliferación de alfabetos epicóricos prácticamente incomprensibles entre
sí, parece descartar la existencia de un público lector común entre los griegos.
Tal como dijo Page hace ya muchos años, un Arquíloco escrito en alfabeto pario
habría sido ilegible para un ateniense contemporáneo.50

50
Page, 1964, 163. Véase también Signes Codoñer, 2004, 325-326.
36 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

Sin embargo, más allá del hecho literario, el estudio de la conformación de


la propia identidad griega, que es previo a él, se ha revelado en los últimos años
como una vía fructífera de investigación cuyo impacto sobre el análisis de la lite-
ratura arcaica griega está todavía por realizar. Pese a lo prematuro de todo juicio,
las recientes investigaciones realizadas por Jonathan L. Hall en este ámbito abren
perspectivas interesantes de análisis que deberán ser tenidas en cuenta por los
filólogos. Merece la pena detenerse en algunas de sus tesis, especialmente la que
desarrolla en su reciente libro Hellenicity.
Según establece Hall, especialmente en el capítulo titulado «Land and People-
hood: The Ethnogenesis of the Hellenes», el gentilicio «helenos» no fue usado
nunca durante el Período Arcaico con el sentido general que llegó a tener en la
Época Clásica.51 A partir de una reflexión detallada sobre las fuentes y la historia del
período, Hall concluye que originariamente la «Hélade» era una pequeña región
al Sur de la Tesalia en torno al río Esperqueo en la que se asentaban distintas
tribus griegas. Sus habitantes habrían recibido el apelativo de «panhelenos», ex-
presión que aparece en algunos textos como la Ilíada, los Trabajos de Hesíodo
o Arquíloco,52 lo que indicaría la diversidad de las poblaciones que habitaban
la Hélade o Grecia Central. Del mismo modo, la expresión «panjonio» se for-
mó para designar a los habitantes de la región de Jonia. Según Hall, el anómalo
acento proparoxítono de Ἕλληνες Ἴωνες (en vez del esperable properispómeno
Ἑλλῆνες y Ἰῶνες, propio de las formaciones en «-anes» y «-enes») se explicaría si
suponemos que ambas palabras son derivadas de Πανέλληνες y Πανίωνες, que
fueron los términos originarios para designar al conjunto de los habitantes de
Grecia Central y Jonia.53
Sea como fuere, la creciente participación de Tesalia en la Grecia Central y en
el santuario de Delfos permitió una extensión del gentilicio, ya bajo la forma de
«helenos», a buena parte de los aliados tesalios en Grecia Central. El papel deci-
sivo de Tesalia en las Olimpiadas amplió el uso del término a los dorios y a otras
tribus griegas participantes en los certámenes. Fue entonces cuando surgieron

51
Hall, 2002, 125-171.
52
Homero, Ilíada, 2.530 (Allen, 1931; y García Blanco y Macía Aparicio 1991);
Hesíodo, Los Trabajos y los días, 528 (Solmsen, 1970); y Arquíloco, fragmento 102
(West, 1971).
53
Hall, 2002, 70-71 y 131. Hall aboga por restituir Ἑλλῆνες (griegos) en la Ilíada, 2.685.
Cfr. ibidem, 132.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 37

las genealogías míticas (recogidas en el Catálogo de las Mujeres) que presentan a

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


Helén como padre de Doro, Eolo y Juto y, a éste último, como padre de Aqueo e
Ion.54 De esta forma, las poblaciones griegas que se adscriben a las tribus dorias,
eolias, aqueas y jónicas pasaron a gozar de una identidad «helena» que les facul-
taba para participar en las Olimpiadas, de las que, sin embargo, estaban excluidas
otras poblaciones, como las de los magnesios, perrebos y dolopes (periecos tesa-
lios) o las de los etolios, acarnanios y epirotas. El fin de este proceso lo sitúa Hall
en la Época Clásica, cuando el gentilicio «heleno» pasó a tener un significado no
ya étnico, sino cultural, y sirvió como elemento identitario de todos los griegos.55
No cabe duda de que las Guerras Médicas fueron responsables de este cambio.
El estudio de Hall abre infinitas perspectivas de análisis de la sociedad y lite-
ratura griegas del Arcaísmo que deberán ser aprovechadas en los próximos años,
por más que en algunos detalles se puedan cuestionar sus tesis. En concreto,
pienso que uno de los aspectos más discutibles de su reconstrucción de la etno-
génesis «helena» está en su defensa de una datación tradicional alta para las obras
homéricas: ca. 750 para la Ilíada y ca. 725 para la Odisea.56 Este punto de vista es
también compartido por un estudio reciente sobre la percepción de la alteridad
lingüística en la obra homérica.57 Considero que la idea de que Hecateo de Mi-
leto sea el primer autor griego que use consecuentemente el término «helenos»
para designar a todos los griegos continentales, de las islas y de la costa asiática,
no es incompatible con una composición de las obras homéricas a mediados
del siglo vi en un contexto ateniense. Los 50 años transcurridos entre la consig-
nación por escrito de los poemas homéricos y la obra de Hecateo (activo en la
época de las Guerras Médicas, de las que fue testigo), sin duda constituyen un
lapso de tiempo insuficiente para explicar el paso de una concepción atomizada
de la identidad griega, tal como se ver reflejada en Homero, a una identidad
panhelénica, como la que ya se apunta en Hecateo. Pero, el problema es que am-
bos autores responden a tradiciones y convenciones distintas: la obra homérica
mira al pasado que evoca, mientras que Hecateo defiende una nueva identidad
producto de la invasión persa de Anatolia. Tampoco cabe excluir que diferencias

54
Ibidem, 25-29 para la genealogía de «Helén»; y 238-239 para la fecha del Catálogo de las
Mujeres.
55
Ibidem, 172-228.
56
Ibidem, 132.
57
Ross, 2005, 299-316.
38 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

regionales desembocasen en percepciones distintas de la «helenicidad» y que, en


consecuencia, la gran diferencia que apreciamos en el concepto identitario entre
Homero y Hecateo no deba justificarse por la cronología.
En cualquier caso, la tesis de Hall, como decía, abre nuevos caminos de estu-
dio. Uno de ellos, no secundario, pasaría por ver si la asunción final del alfabeto
jonio como canónico en todos los ámbitos de Grecia puede considerarse como una
muestra de la creciente identificación cultural de los griegos frente a los bárbaros.
Pienso que sí. En este sentido, el que Atenas adopte el alfabeto jonio para usos
literarios a fines del siglo vi puede ser, quizás ya, un primer hito en el proceso de
sincretismo de los sistemas gráficos, que corre paralelo a la formación de una iden-
tidad panhelénica. No deja así de ser significativo que fueran los poetas jonios que
huyeron de Asia y se establecieron en Atenas, como Simónides, los que tuvieron un
papel determinante en la adopción del alfabeto jonio.58 La internacionalización de
la cultura y de la identidad fue, por lo tanto, paralela a la de los sistemas gráficos.

6. El contexto de los hallazgos arqueológicos


Oscar W. Muscarella, conservador del Metropolitan Museum de Nueva York, pu-
blicó en el año 2000 un libro en el que ofrecía un amplio listado comentado de las
falsificaciones de objetos artísticos de las culturas iranias, anatólicas, mesopotá-
micas, sirias, fenicias y levantinas conservados en los museos modernos. Acom-
pañaba su estudio un amplio dossier de 300 páginas con fotografías y dibujos de
las falsificaciones.59 No hay una sección en su libro dedicada a las falsificaciones
de objetos arqueológicos griegos. La razón no es que no existan, sino justamente
lo contrario: éstos son los objetos más cotizados en el mercado y los sometidos a
mayor especulación. El mercado negro de objetos de arte de procedencia griega
tiene una tradición de casi tres siglos; estudios muy reveladores indican incluso
hasta qué punto el mercado fue responsable del saqueo de miles de tumbas y
restos arqueológicos por parte de los tumbaroli, que colocaron posteriormente
las piezas en colecciones privadas y museos simplemente por su valor artístico,
privándolas de un contexto arqueológico.60

58
Para Simónides y la implantación del alfabeto jonio en Atenas remito a Signes Codoñer,
2004, 277-281.
59
Muscarella, 2000.
60
Véanse, por ejemplo, los estudios de Vickers y Gill, 1994; y el más reciente de
Nørskov, 2002.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 39

Pero, en contra de lo que pudiera pensarse, los coleccionistas privados que en

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


el siglo xviii llenaron el mercado europeo de vasos griegos excavados en tumbas
etruscas no han causado tanto daño a los restos arqueológicos como los que han
provocado los tumbaroli modernos desde la II Guerra Mundial.61 La dimensión
de las excavaciones ilegales en Italia y Grecia ha alcanzado en los últimos años
proporciones escandalosas, tanto por el número de objetos expoliados como por
la complicidad de algunos eminentes académicos y autoridades museísticas en
el «lavado» de las piezas con el fin de dotarlas de una procedencia legal. Las
noticias se multiplican últimamente en la prensa acerca de denuncias a museos,
especialmente norteamericanos (por ejemplo, el Paul Getty de Los Ángeles), que
se nutren de excavaciones ilegales en sus nuevas adquisiciones. Aunque muchos
procesos judiciales están abiertos, un reciente estudio de Peter Watson señala que
el número de tumbas excavadas ilegalmente en Europa en las últimas décadas
podría llegar hasta 100.000.62 Sin entrar a valorar la exactitud de sus cálculos, el
simple inventario y las fotografías del depósito con centenares de vasijas griegas
incautado a Giacomo Medici en Ginebra en 1997 basta para dar pábulo a las más
terribles sospechas. La ausencia de procedencia de la gran mayoría de los objetos
subastados y la proliferación reciente de colecciones privadas sin origen claro
parecen confirmarlas.
Las consecuencias de esta situación son graves desde el punto de vista
científico, ya que, entre otras muchas cosas, los objetos desprovistos de con-
texto resultan difícilmente datables. Ello supone, además, que las inscrip-
ciones que se encuentren en objetos excavados clandestinamente tenderán a
ser datadas más por estudiosos del arte y paleógrafos, con criterios inevita-
blemente subjetivos, que por arqueólogos. La sensibilidad del connaisseur se
convierte en criterio determinante de la datación, lo que puede resultar peli-
groso cuando alguno de estos especialistas empieza a ser tentado por las mafias

61
Nørskov, 2002, 258-261 concluye a partir de un análisis detallado de los datos dis-
ponibles en subastas y catálogos que un 80% de los vasos griegos que han aparecido en el
comercio de arte entre los años 70 y los años 90 no tiene procedencia alguna, lo que es un
indicio claro de su obtención en excavaciones clandestinas. Incluso, el 20% restante tiene,
por lo general, «procedencia» sólo en el sentido que asume este término en el mercado, es
decir, una vinculación con alguna colección previa (sin que se sepa tampoco dónde fueron
excavados los objetos en última instancia).
62
Watson y Todeschini, 2006.
40 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

clandestinas.63 Por otra parte, a medida que el número de hallazgos privados de


contexto arqueológico se multiplica, se puede caer en la circularidad de crite-
rios a la hora de datar los objetos: basta con que la datación de una pieza esté
autentificada por un especialista para que ello afecte a la fecha de otras muchas
tipológicamente emparentadas con ella. Y eso sin considerar a los objetos pura y
simplemente falsificados, cuya detección resulta a veces muy compleja, tal como
revela el libro de Muscarella. Además, no sólo se trata de la dificultad técnica de
detectar un objeto falso (imposibilidad incluso en el caso de objetos de piedra),64
sino de la falta de voluntad de las autoridades museísticas de reconocerlo.
Bajo esta luz deberían valorarse con suma prudencia los testimonios más anti-
guos de escritura griega citados de forma habitual cuando su procedencia no ha po-
dido ser determinada claramente. Entre los varios ejemplos que podrían aducirse,65
quizás el más interesante es el constituido por las llamadas tablas de Fayum, una
serie de cuatro (tal vez cinco) placas rectangulares de cobre de 21 × 13 centímetros
en las que se ha copiado decenas de veces un alfabeto griego de tipo arcaico en
líneas horizontales levógiras perfectamente alineadas (Figura 1). Las placas han
sido perforadas en los cuatro ángulos. Una de éstas se conserva hoy en el Martin-
von-Wagner-Museum de Würzburg y fue editada y comentada en 1986 por Alfred

63
Véase, por ejemplo, en ibidem, 233-234, el intento de las mafias del mercado negro del arte de
financiar una cátedra en el Corpus Christi College de Oxford para que su titular pudiera servir a
sus propósitos de autentificar la legalidad de determinadas piezas excavadas clandestinamente.
64
Hay incluso opiniones autorizadas de que la mayoría de las estatuillas cicládicas del
ii milenio a. C., carentes de toda procedencia, son simplemente falsificaciones modernas.
Cfr. Gill y Chippendale, 1993, 601-659.
65
Véase en Signes Codoñer, 2004, 23, la nota 30, en la que se comenta el más antiguo
grafito rodio inscrito en una copa subgeométrica conservada en el Museo Nacional de Co-
penhague y que fue obtenido en el mercado negro a principios del siglo xx en el contexto
de las excavaciones danesas en la isla. En este mismo trabajo se comenta también el caso
del ánfora de Dipilón, conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, que fue
encontrada en 1871 en una excavación clandestina. La inscripción que presenta fue incisa
sobre el barro cocido y no puede ser datada por sí misma, puesto que los grafitos pudieron
ser incisos en la cerámica incluso muchas décadas después de haber sido confeccionada
la pieza. Cfr. ibidem, 44, nota 93. Baste un ejemplo de esto: en la misma sala del Museo
Arqueológico Nacional de Atenas en la que se conserva el ánfora de Dipilón se encuentra
un ánfora ateniense del pintor Sofilo (inventario 1.030), quizás el primer artista griego de
nombre conocido, activo ca. 580 a. C. Este ánfora de Sofilo se halló en la tumba de los 192
soldados atenienses caídos en Maratón en el 490 a. C., lo que indica que la pieza se conser-
vó durante todo un siglo, a lo largo del cual, teóricamente, podría haber sido incisa.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 41

Figura 1. Una de las placas de Fayum,

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


conservada en el Martin-von-Wagner-
Museum de Würzburg, según el boceto
hecho por Heubeck, 1986. Datadas por los
editores ca. 800 a. C., son probablemente
falsas.

Heubeck;66 otras dos se encuentran,


bajo la signatura MS 108, deposita-
das en la colección de «manuscritos»
del noruego Martin Schøyen y han
sido editadas en 2005 por un gru-
po de estudiosos;67 una cuarta está
en una colección privada de la que
nada ha transcendido; y de la exis-
tencia de una quinta (hoy perdida)
se alude en la publicación de las dos
conservadas en la colección Schøyen
anteriormente citada.68
El alfabeto copiado en ellas concluye con la letra tau sin incluir la ypsilon, una
anomalía que no concurre en ningún otro alfabeto atestiguado y que, supuesta-
mente, encajaría con una fase muy arcaica de la evolución del alfabeto, cuando
el signo fenicio de la waw no se había desdoblado todavía en griego en dos letras
distintas, la digamma y la ypsilon.69 El alfabeto incluye, además, los signos de
dos sibilantes fenicias, san y sigma (que han aparecido recientemente juntos por
primera vez en un alfabeto ático datado en torno al 550 a. C.),70 así como el signo
para la letra qoppa.
En cuanto a la función de las placas, los editores aventuran un posible uso
mágico. Los agujeros practicados en sus esquinas podrían indicar que las placas

66
Heubeck, 1986, 7-20.
67
Scott et al., 2005, 149-160. Una reproducción del anverso de estas dos tablas (una de
ellas impresa por error al revés, de forma que las letras se disponen de izquierda a derecha)
se encuentra en Kraus, 1983, n.º 25, donde se indica que «existen a disposición del interesa-
do informes de Theodore V. Buttrey, Lilian H. Jeffrey y Lawrence J. Majewski (que examinó
la pátina)», aunque no se señala el tenor de los mismos.
68
Ibidem, 153-154.
69
Cfr. Heubeck, 1986, 16-17.
70
Langdon, 2005, 178. Agradezco a Javier de Hoz la referencia de esta publicación.
42 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

habían estado ligadas entre sí.71 Por su parte, la extraña tipología del alfabeto de
las placas indicaría que debería datarse con anterioridad a cualquier otro ejemplo
de alfabeto griego conocido. Esta circunstancia llevó ya a Heubeck a sugerir una
fecha en torno al 800 a. C. para la redacción del alfabeto. Esta fecha fue suscrita
por el equipo de estudiosos que publicó las dos placas de la colección Schøyen,
aunque los investigadores advertían que esta datación debería ser precisada y
confirmada por un análisis paleográfico detallado.72 En esta publicación, además,
se hacía un estudio metalográfico de las dos piezas (no realizado en la publica-
ción de Heubeck) en el que se subrayaba que la considerable corrosión del cobre
de las placas había formado una capa de cuprita, que garantizaba su antigüedad
y autenticidad. El hecho de que la corrosión afectase a las incisiones de las letras
indicaba que éstas no fueron inscritas con posterioridad.73
En lo que se refiere al lugar del hallazgo de las piezas, las referencias son
confusas. Cuando las dos placas de la colección Schøyen se subastaron en 1983,
en el catálogo de la casa de subastas de Hans P. Kraus de Nueva York se les
dio el nombre de «The Fayum Tablets» y se indicó que procedían del Norte de
Egipto. En la página web de la colección de Schøyen se precisa, además, que
su anterior propietario fue el profesor Atiya Aziz Suryal (1898-1988), conocido
historiador y coptólogo egipcio que ejerció sucesivamente como profesor en
las Universidades de Bonn, Cairo, Alejandría, Indiana, Columbia, Princeton y
Utah.74 A esta última legó su archivo personal (The Aziz Suryal Atiya Papers).
Quizás entre sus documentos pueda encontrarse la clave del hallazgo de estas
placas, aunque nadie ha mostrado hasta el momento, que yo sepa, interés en
consultarlos. En cualquier caso, Heubeck y los editores de las dos placas con-
servadas en la colección Schøyen aceptaron el origen egipcio de las piezas,
aunque sugirieron que las placas fueron confeccionadas en Chipre, inscritas
allí y transportadas a Egipto.75 En esta hipótesis tiene mucho que ver el hecho
de que uno de los firmantes del artículo, Roger D. Woodard, haya situado en
Chipre el origen del alfabeto.76

71
Scott et al., 2005, 154.
72
Ibidem, 155.
73
Ibidem, 155-158.
74
[http://www.nb.no/baser/schoyen].
75
Ibidem, 154.
76
Woodard, 1997.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 43

A partir de la publicación de las piezas de la colección Schøyen, Claude Brixhe

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ha realizado recientemente un examen minucioso del alfabeto de las tablillas en el
que parte de su autenticidad (aunque reseña abundantes dudas de los expertos) al
dar por válido el análisis metalográfico hecho por Scott y sus colaboradores. Así,
afirma que «haría falta tener mala fe para negar a día de hoy autenticidad a la an-
tigüedad de las tablillas».77 En cuanto a su datación, Brixhe va más allá incluso que
sus predecesores y afirma que «el alfabeto de las placas de cobre nos remonta al
menos al corazón del siglo ix», puesto que el alfabeto frigio, que según él parte de
modelos griegos, ya había procedido a finales del siglo ix (véase supra el apartado 4)
a desdoblar la waw fenicia en dos letras. Un alfabeto griego sin ypsilon debe ser, pues,
necesariamente anterior a esta fase.78 Significativamente, aunque Brixhe dedica mu-
cho espacio a consideraciones sobre la forma de las letras, apenas presta atención a
la función de las tablillas, sobre las que acumula interrogaciones sin respuestas.79
Es, sin duda, difícil enjuiciar el valor de estas placas sin haber hecho una autopsia
de las mismas y cuando todavía hay muchos interrogantes sobre su origen. No obs-
tante, pueden hacerse algunas consideraciones. En primer lugar, está el hecho de que
las piezas han sido obtenidas ilegalmente en época reciente, puesto que no consta su
procedencia. En realidad, gran parte de la colección de Martin Schøyen ha sido for-
mada entre las décadas de los años 70 y 90 a través del mercado negro de piezas de
arte, tal como se puede comprobar fácilmente en internet viendo las demandas que

77
Brixhe, 2007b, 22-23. Acusaciones de «mala fe», «hipercriticismo» y «prejuicios sin
fundamento» fueron dirigidas por Brixhe contra Leslie Threatte, quien cuestionaba la alta
datación de las pizarras de la Academia supuestamente encontradas en Atenas en 1958 por
Phoibos Stavropoullos. Dichas pizarras, en un avanzado estado de iotacismo, fueron data-
das en el siglo iv a. C. y provocaron un intenso debate entre los especialistas. Cfr. Brixhe,
2000, 61-89. En una reciente publicación, Threatte ha analizado meticulosamente el texto
de las pizarras y adelantado la hipótesis de que, quizás, sean textos escritos a mediados o
finales del siglo xix y fueran descubiertos por Stavropoullos in situ después de llevar déca-
das enterrados. Cfr. Threatte, 2007. Para que se confirmase esta hipótesis sería necesario,
sin embargo, que los demás objetos encontrados por Stavropoullos en su excavación fuesen
publicados o dados a conocer, algo que no ha ocurrido hasta la fecha, a pesar de los 50
años transcurridos. En cualquier caso, resulta interesante resaltar el carácter ecléctico de las
letras mayúsculas griegas escritas en estas pizarras, similar al de las tablillas de Fayum, que
ha permitido todo tipo de dataciones cronológicas a los epigrafistas. Ante situaciones como
éstas, el determinar la función y el sentido de los textos resulta crucial.
78
Brixhe, 2007b, 23.
79
Ibidem, 20-22.
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han interpuesto contra su colección países como Egipto, Irak o Afganistán. De este
último país proceden, por ejemplo, alrededor de 140 manuscritos budistas datables
en torno al siglo vii d. C., sacados del país ilegalmente durante el período talibán,
que constituyen, sin duda, el patrimonio escrito más importante del budismo en
toda Asia. Es más, la indiferencia del propietario de la colección acerca del origen de
las piezas que la forman está expresada abiertamente en la página web de la misma,
en la que éste afirma: «En lo que respecta al contexto arqueológico, los manuscritos
son muy diferentes de los objetos arqueológicos tradicionales desprovistos de escri-
tura. Su importancia reside en la escritura y en el texto, no en el objeto mismo».80 La
afirmación se comenta por sí sola y escandalizaría a cualquier codicólogo. Por otra
parte, este tipo de aseveraciones, tal como ha demostrado en sus investigaciones
Peter Watson, son propias de los comerciantes clandestinos de obras de arte, que
intentan justificar el valor de las piezas arqueológicas sin contexto en contra de los
criterios científicos de la moderna Arqueología.
El problema reside, sin embargo, en que en el mercado negro las piezas «sin
contexto», como las tablas de Fayum, conviven con mucha frecuencia con au-
ténticas falsificaciones. Algunos testimonios hablan de un altísimo porcentaje de
falsos en las nuevas colecciones formadas en los últimos años.81 Pero, así como
resulta fácil determinar, por los propios catálogos, la falta de procedencia de una
pieza, es en cambio sumamente complejo determinar su autenticidad, ya que ello
requiere pruebas técnicas muy complejas y, en muchos casos, no concluyentes.
Muestra de la polémica que pueden encerrar estas cuestiones la tenemos en la
famosa fíbula prenestina que Wolgang Herbig dijo adquirir en 1876 de un amigo
y que, supuestamente, procedía de una tumba cerca de Preneste: todavía hoy,
desde la publicación de un artículo de Margherita Guarducci,82 se discute si la
inscripción es o no falsa y si se puede, por lo tanto, considerar como el primer
testimonio inscrito de la lengua latina, datado alrededor del siglo vi a. C. En
este contexto es evidente que cualquier editor de una pieza, cuya autenticidad
haya podido ser cuestionada, debe, ante todo, investigar las circunstancias de su

80
[http://www.nb.no/baser/schoyen].
81
Véase, por ejemplo, Nørskov, 2002, 269: «El ministro italiano de Patrimonio Cultural
y Medioambiental, Antonio Paolucci, sugirió incluso en 1995 que la producción de falsifica-
ciones probablemente superaba el comercio en objetos auténticos, pero este es un terreno
en el que se necesita todavía investigar».
82
Guarducci, 1980.
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adquisición bajo todos los puntos de vista para intentar disipar esta sospecha.83

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Los firmantes del artículo de las dos tablas de la colección Schøyen no realizan,
sin embargo, indagación alguna en este sentido. Es más, ni siquiera mencionan
el nombre de Aziz Suryal como el del primer propietario y se limitan a una vaga
referencia al catálogo de Kraus, donde se la mencionó por primera vez. Ignoro
si este proceder viene impuesto por el propietario de la pieza, pero en cualquier
caso resulta poco profesional.
Teniendo en cuenta todos estos factores recabé la opinión de expertos a propó-
sito de la fiabilidad del estudio metalográfico realizado en el artículo. Después de
leerlo y analizar las láminas del mismo, Salvador Rovira, del Museo Arqueológico
Nacional (Madrid), me escribió lo siguiente en septiembre de 2007 a propósito de
la autentificación de las tablas de Fayum por Scott y sus colaboradores:

La metalografía microscópica suele ser el instrumento más contundente y eficaz


a la hora de diagnosticar si un metal es de factura reciente o antigua. La corrosión
del metal, actuando a lo largo de centurias, provoca cambios microestructurales
que no pueden reproducirse (de momento) por medio de ataques químicos y otros
procedimientos de envejecimiento acelerado. Entre estos cambios, el más interesante
a efectos de autentificar un metal antiguo es la corrosión intercristalina. Consiste en
que, en el frente de ataque de los agentes corrosivos, éstos van penetrando lentamen-
te por las zonas de debilidad de los cristales, generalmente los bordes de los granos
metálicos, engrosando dichos bordes y abriendo camino hacia el interior a nuevos
agentes oxidantes. El resultado se resuelve ópticamente en el microscopio como una
especie de finas «raicillas» que parten del frente de ataque y se adentran en el metal
sano siguiendo las direcciones de los bordes de grano. Aunque también se observan
con iluminación de campo oscuro (colores reales), resultan mucho más contrastadas con
iluminación de campo claro (contraste de color).
Los comentarios de Scott y demás autores (p. 156), basados en las láminas XXXIII
y XXXIV del trabajo, resultan cuestionables por lo que se refiere a la presunta anti-
güedad de la placa. El espesor de la pátina o su composición no son argumentos de
peso en favor de la antigüedad. En cambio, en dichas ilustraciones hay elementos que
permiten abrigar serias dudas de que se trate de un metal tan viejo como se propone.
En primer lugar, en la lámina XXXIV, sorprende que la línea entre la fase de cuprita
(roja) y malaquita-cloruros de cobre (verde) sea tan nítida y uniforme. En los metales
antiguos no suele ser así, presentando numerosas irregularidades. En cambio, en los
envejecimientos artificiales siempre es una línea continua. También sorprende que la
capa de cuprita sea más delgada que la superficial; lo habitual suele ser lo contrario.
Sin embargo, esos son rasgos que, aunque llamativos, no tienen fuerza suficiente
para argumentar en pro o en contra de la antigüedad de un metal. Lo que más

83
Para el caso que nos ocupa remito a Signes Codoñer, 2004, 38, nota 76.
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hace dudar de que nos hallemos ante un proceso de corrosión actuando durante
casi 3.000 años es la nitidez y continuidad de la frontera entre la capa de cuprita y el
metal sano. No se observa corrosión intercristalina en el frente de ataque, como sería
de esperar con granos del tamaño que sugiere la lámina XXXIII. Tampoco se percibe
una zona mórbida de oxidación parcial entre la cuprita y el metal sano, habitual en
estos procesos de larga duración.
Por todo ello abrigamos serias dudas de que se trate de placas de metal ver-
daderamente antiguas. Más bien parecen materiales sometidos a envejecimiento
artificial.84

Por su parte, el doctor Francisco J. Martín, químico inorgánico y miembro


del Laboratorio de Investigaciones sobre Conservación del Patrimonio histórico-
artístico de Castilla y León, quien indagó también en el análisis metalográfico
hecho por los editores de las tablas, me indicó al respecto algunos meses antes, en
mayo de 2007, que la posibilidad de una falsificación no debía ser descartada:

Son marcadores de autenticidad la presencia de arsénico en el cobre, la caracte-


rización de nantoquita o cloruro de cobre (I) bajo malaquita (carbonato básico de
cobre), los restos de madera y, en una de las placas, la uniformidad de la pátina. Sin
embargo, cualquier falsificador suficientemente documentado puede haber tenido
en cuenta estos «marcadores» a la hora de hacer su trabajo: basta procurarse una
lámina de cobre batido dopado con arsénico que sería preciso grabar; luego, habría
que conseguir, en algún museo de provincias, unos miligramos de madera de un
sarcófago egipcio del siglo viii a. C. para asegurar la antigüedad (previendo que,
en un futuro, pudiera ser datada por radiocarbono); a continuación, se embutiría la
placa en una mezcla de cloruro de cobre (II) triturado a polvo fino, sal común muy
finamente dividida, madera antigua reducida a aserrín y algo de fina arena, ligados
en glicerina; se guardaría el conjunto en un lecho de arena humedecida en ácido
clorhídrico diluido; se esperarían unas semanas y se llevaría la pieza a sequedad. Un
buen acabado incluiría la pulverización de la placa con una dispersión acuosa de
malaquita y azurita, con el fin de asegurar que la nantoquita resulte, en algún lugar,
recubierta por estas especies; y la aplicación de un calentamiento por zonas, para
forzar la descomposición de cloruro cuproso a especies como óxido cuproso (rojizo)
y oxicloruros básicos (verdosos). Finalmente, tras realizar un registro de fluorescen-
cia de rayos x con dispersión de energía (ED-XRF), que constatara la ausencia de
elementos «artificiales» que pudieran haberse incorporado en el proceso, el fraude
se podría dar por concluido.85

84
Correo electrónico de Salvador Rovira a Juan Signes Codoñer, 4 de septiembre
de 2007.
85
Correo electrónico de Francisco J. Martín a Juan Signes Codoñer, 15 de mayo de
2007.
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Estrechamente unido al problema de la autenticidad de la pieza está el de los

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criterios de datación de las placas, que resultan sumamente confusos. Los edi-
tores insisten en el grosor de la corrosión del cobre y la capa de cuprita formada
para resaltar su extrema antigüedad, pero no explican en qué medida se pueden
vincular estos datos químicos con una datación en torno al año 800 a. C. (y no,
por ejemplo, dos siglos después), un fecha que han determinado previamente
partiendo de consideraciones sobre la tipología de la escritura. En efecto, los
editores, siguiendo la conjetura de Heubeck sobre la tabla conservada en Würz-
burg, piensan que la forma del alfabeto indica que debe ser anterior a cualquier
otra inscripción alfabética conocida. No obstante, su autenticidad, pese a su afir-
mación, no puede venir determinada por criterios paleográficos ante la falta de
un testimonio coetáneo con el que cotejar la escritura de las tablas. Por ello,
afirmar que un análisis paleográfico futuro puede ayudar a precisar la fecha es
algo metodológicamente cuestionable.86 Como se ve, hay mucha circularidad en
los argumentos.
Por otra parte, y a modo de simple supuesto teórico, cabría considerar, por
ejemplo, que el alfabeto, sistemáticamente levógiro y mucho más próximo al feni-
cio (por la falta de ypsilon, sobre todo) que cualquier otro alfabeto griego descu-
bierto hasta ahora, no fuera griego sensu stricto, sino una variante evolucionada
o especial del fenicio usada para notar lenguas extranjeras (tal vez incluso el
propio griego), algo perfectamente posible en el ambiente multilingüe de Egipto
y compatible con la paternidad fenicia del alfabeto griego que emerge de algu-
nos análisis.87 Heubeck rechazó esta posibilidad después de comprobar la mayor
similitud con el griego que con el fenicio de las letras de la placa de Würzburg,88

86
El papiro de Derveni, datado generalmente a fines del siglo iv a. C., nos ofrece un cla-
ro ejemplo de la dificultad de fechar únicamente por criterios paleográficos un documento
aislado. Kouremenos, Parássoglou y Tsantsanoglou, 2006, 8-9, exponen sucintamen-
te los problemas de datación de la escritura del papiro ante la falta de otros testimonios
comparables y la imposibilidad incluso de cotejarla con los textos epigráficos griegos de la
época. En efecto, para ellos: «una comparación con la escritura epigráfica carece de sentido,
porque a menudo distintos materiales de escritura determinan distintos estilos de escritu-
ra». Y añaden: «Uno debe tener en cuenta que la edad del escriba o una afectación arcai-
zante por su parte podrían suponer una datación del documento en una fecha demasiado
temprana».
87
Signes Codoñer, 2004, 17-21.
88
Heubeck, 1986, 14-16.
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pero dados los pocos testimonios de entidad existentes del fenicio de esta épo-
ca (y nuestras escasas nociones sobre los distintos registros de esta escritura),
este argumento no es definitivo. El hecho de que los editores de las dos tablas
de la colección Schøyen no hagan un análisis tipológico de las letras y no las
comparen con los modelos fenicios, tal como hizo sumariamente Heubeck, es
incomprensible metodológicamente.89
Por su parte, Brixhe, que reseña las abundantes anomalías del alfabeto de las
placas de Fayum, donde aparecen mezcladas letras de apariencia arcaica con otras
muy evolucionadas, considera que una posible explicación de la incoherencia de
las formas puede residir en el hecho de que el alfabeto se grabó en las placas sólo
en los siglos iv-iii a. C., aunque tomando como modelo un alfabeto anterior que se
remontaba (a través de copias intermedias) a un original de mediados del siglo ix.
Esta circunstancia habría provocado distorsiones en la forma de las letras, porque
los sucesivos escribas adaptaron ocasionalmente las formas antiguas a las corrientes
en su época.90 Esta hipótesis ad hoc le permite explicar las anomalías gráficas del
alfabeto, pero no pasa de ser una petitio principii para la que Brixhe no encuentra
justificación, pues se limita a indicar que esta copia tardía fue realizada «con un pro-
pósito que debe ser todavía precisado».91 Sinceramente, no veo razón alguna para
postular una cadena de copias de un alfabeto arcaico hasta Época Helenística y me-
nos en un soporte tan singular. No hay tampoco paralelos en los usos mágicos del
alfabeto que sugieran una copia «paleográfica» de esta naturaleza. Además, los grie-
gos helenísticos podían, sin duda, contemplar en Grecia numerosas inscripciones
de grafías arcaicas que les habrían podido servir de modelo mucho mejor que un
viejo alfabeto arcaico, reproducido decenas de veces en una secuencia continua.
Las reflexiones sobre la función de las placas son también muy someras en la publi-
cación de Scott. Se apunta, como dijimos, un uso mágico (descartado por Heubeck),92
pero es evidente que no es posible una comparación con las tablillas enrolladas

89
Scott et al., 2005, 152: «Un análisis completo de la paleografía única de la escritura
de las tablas de Fayum y de su significado para la Historia del alfabeto griego, debe esperar
para otra ocasión». Es de lamentar que los editores de las placas de Fayum no faciliten, al
menos, un calco de sus formas en la publicación (tal como hizo Heubeck en la suya), que
sólo ofrece fotografías del anverso y reverso de las dos piezas.
90
Brixhe, 2007b, 28-32.
91
Ibidem.
92
Heubeck, 1986, 9.
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de plomo (la diferencia de material es significativa) conocidas desde finales del

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siglo vi a. C., las llamadas defixiones magicae. No se ve, además, sentido a la copia
sistemática e ininterrumpida de un alfabeto por una misma mano en las dos caras
de (por lo menos) cuatro tablas de cobre.93 No hay precedente alguno de un uso
así de la escritura. Además, ¿cómo se explica que las tablas estén agujereadas en
las cuatro esquinas y, al mismo tiempo, estén escritas por las dos caras? No tiene
sentido si los agujeros se concibieron para fijarlas en la pared (con lo que una cara
quedaría oculta)94 y tampoco presenta lógica alguna que, como sugiere Brixhe, los
agujeros se hicieran para ligar las placas entre sí.95 Brixhe insiste en el uso mágico
y apunta un contexto funerario para su confección, como el de algunos alfabetos
etruscos.96 Pero no hay equiparación posible entre simples alfabetos copiados en
una línea y la serie continua de alfabetos de Fayum.
Finalmente, los editores de las tablas de la colección Schøyen sugieren que las
tablas fueron confeccionadas e inscritas en Chipre y enviadas a Egipto, una hipó-
tesis para la que no aportan indicio alguno y que resulta, cuanto menos, sorpren-
dente: ¿qué valor tendrían estas tablas para ser enviadas desde Chipre a Egipto?
¿Qué interés podría tener alguien en Egipto en adquirir o usar una maldición o
texto mágico confeccionado en Chipre? No se pretende que los editores del texto
den respuesta a todas las dudas aquí suscitadas, pero el simple hecho de que ni si-
quiera aborden algunas de las más obvias no contribuye a despejar interrogantes
acerca de la autenticidad de las piezas o, en todo caso, sobre su función.

93
En el informe de la casa de subastas no se habla de un uso mágico, sino que se sugiere
lo siguiente: «El que las tablas pudieran haber sido inscritas por uno o más estudiantes no
familiarizados con la escritura explicaría la frecuente omisión de letras, la confusión en
algunos pares de letras y la inconsistencia de sus formas». Cfr. Kraus, 1983, n.º 25. No se
explica, sin embargo, la razón por la que un grupo de «estudiantes» ensaya el alfabeto sobre
un material tan valioso. Las oscilaciones reseñadas no cuadran tampoco demasiado bien
con el hecho de que las letras estén trazadas con sumo cuidado en líneas perfectamente
regulares y, según Heubeck, por una única mano. Cfr. Heubeck, 1986, 9.
94
Brixhe, 2007b, 35.
95
Ibidem, 22. Este aspecto es todavía más intrigante si partimos de la hipótesis de una
falsificación, puesto que no se entiende la razón por la que los falsificadores habrían per-
forado las placas en los cuatro ángulos. El pensar que los falsificadores habrían reutilizado
antiguas placas de cobre para grabar en ellas las series alfabéticas es también problemático, ya
que la limpieza previa de las placas habría hecho su tarea mucho más difícil que si hubieran
partido de placas fabricadas expresamente con este propósito.
96
Brixhe, 2007b, 32-36.
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Podemos, por lo tanto, concluir que la posibilidad de que la pieza sea un frau-
de, ante el cúmulo de indicios acumulados, es muy alta. Las tablas de Fayum
no deberían tenerse en cuenta en la Historia de la escritura griega en tanto en
cuanto no se refuten los argumentos desgranados en las líneas precedentes.

7. La iconografía y la literatura
Uno de los argumentos recurrentes en la datación del texto homérico es el re-
curso a la iconografía del Período Arcaico. De nuevo, el reciente libro de Carlier
puede darnos pie para el comentario. En él, el estudioso francés afirma:

El interés por el duelo de Héctor y Menelao en torno al cuerpo de Euforbo, que se pue-
de observar en una copa de Camiros datada hacia el año 630, se explica por el contexto en
el que se inserta el episodio en el canto XVII de la Ilíada, entre la muerte de Patroclo y la de
Héctor. Asimismo, el graffiti inciso en Isquia hacia el 730-720, que asimila un modesto bol
geométrico a la «copa de Néstor», es una alusión evidente a un objeto extraordinario des-
crito en la Ilíada, la copa de oro con cuatro asas sobrepujadas con palomas (XI.632-635).97

Dejamos aquí la referencia a la famosa «copa de Néstor», que bajo mi punto de


vista no remite a la escena iliádica,98 y nos centramos en el primero de los dos ejem-
plos de Carlier, el de la lucha por Euforbo entre Héctor y Menelao en una «copa de
Camiros». Aunque Carlier no aporta referencia alguna para la imagen, se trata de un
plato encontrado en Camiros (Rodas) y expuesto actualmente en la sala 13 de la planta
baja del British Museum (Londres) (número de ingreso: GR 1860.4-4.1). La datación
que se da a la pieza oscila en los distintos repertorios, aunque en el British Museum
se le asigna una fecha algo más baja que la de Carlier, ca. 600 a. C. (Figura 2).
En la imagen del plato se muestra a Menelao (izquierda) y Héctor (derecha)
luchando por el cadáver de Euforbo, que aparece tendido en el suelo a los pies
de Menelao. Cada uno de los tres personajes representados va acompañado
de su correspondiente inscripción: ΜΕΝΕΛΑΣ (Menéalo), ΕΚΤΟΡ (Héctor),
ΕΥΦΟΡΒΟΣ (Euforbo).99 La escena parece corresponderse con la acción del

97
Carlier, 2005, 54.
98
Signes Codoñer, 2004, 200-204. Por otro lado, Heinrichs interpreta la escena como
una inscripción de tono y contenido religioso y obvia igualmente la identificación del
Néstor de la inscripción con el Néstor homérico. Cfr. Heinrichs, 2003, 46-47.
99
Los rótulos están escritos de izquierda a derecha en el caso de Menelao y Euforbo,
y de derecha a izquierda en el caso de Héctor. La letra final de Menelao y Euforbo es en
ambos casos una san.
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Figura 2. Plato de Euforbo. Camiros (Rodas), ca. 600 a. C. British Museum (Londres) (GR 1860.4-4.1).

canto 17 de la Ilíada. El dárdano Euforbo, que hirió a Patroclo en el canto 16


antes de que lo mate Héctor, se enfrenta con Menelao al comienzo del canto 17,
cuando éste intenta recuperar el cadáver de Patroclo para los griegos. Euforbo
insta a Menelao a que se aparte del cadáver de Patroclo, al que el dárdano se
jacta de haber herido el primero. Menelao rechaza sus amenazas y mata a Eu-
forbo, pero, antes de que pueda hacerse con sus armas, Apolo insta a Héctor a
que lo impida. Héctor se acerca a Menelao dando voces mientras éste intenta
despojar a Euforbo de su armadura, lo que obliga a Menelao a retroceder y a
buscar la ayuda de los griegos. Éste parece ser el momento recogido en la esce-
na del plato rodio. Dado que Euforbo es un personaje secundario en la trama
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de la Ilíada y la escena de su muerte está tan perfectamente identificada en la


representación del plato rodio, no habría en principio razón para dudar de que
el artista que la pintó se inspiró directamente en la Ilíada. Esto significaría que el
texto de la Ilíada que hoy conocemos, al menos en sus líneas generales, existía
ya a finales del siglo vii.
Hay, sin embargo, algunos detalles en la muerte de Euforbo y en el propio perso-
naje que merecen ser considerados antes de dar por válida esta conclusión, tal y co-
mo comentó Anthony Snodgrass en el mismo momento en el que Carlier publicaba
su libro.100 La muerte de Euforbo se relata efectivamente a principios del canto 17
y motiva el enfrentamiento entre Menelao y Héctor, pero no es su figura, sino la
del licio Sarpedón, muerto por Patroclo en el canto 16, la que centra la narrativa de
los enfrentamientos entre griegos y troyanos en torno al cadáver de Patroclo. Así,
cuando Héctor renuncia a atacar a Menelao al acudir éste con refuerzos griegos, el
licio Glauco reprende a Héctor por abandonar el cadáver de Patroclo, que podrían
así canjear por el del muerto Sarpedón. Menelao parece también interesado úni-
camente por el cadáver de Patroclo a partir de ese momento. Euforbo desaparece
por completo de la trama apenas Héctor y Menelao inician su enfrentamiento y su
papel viene a ser ocupado por el cadáver de Sarpedón.
Esta singularidad del personaje de Euforbo ha llamado la atención desde siempre
y ha dado lugar a diversas interpretaciones. Hugo Mühlestein consideró que Euforbo
fue un personaje inventado por el poeta de la Ilíada como un doblete de Alejandro-
Paris, con el que comparte rasgos comunes.101 El carácter parlante del nombre del per-
sonaje Euforbo, que puede interpretarse como «el buen pastor» o «rico en pastos»,102
podría apuntar a la invención del personaje si no fuera porque otros muchos nombres
homéricos también son parlantes. Sin embargo, el que el nombre aparezca asociado
en otras ocasiones a un contexto pastoril, tal como ya señaló Mühlestein, habla en
favor de su identidad tipológica con la figura del pastor Paris.103

100
Snodgrass, 1998, 105-109, para un tratamiento detallado de la pieza y su relación
con Homero. De la importancia que el autor da a este testimonio es prueba el hecho de que
haya sido escogido como portada del libro.
101
Mühlestein, 1972, 79-90.
102
Wathelet, 1988, I, 548-549.
103
Un personaje llamado Euforbo aparece también en una vasija ática clásica sosteniendo
en sus brazos al niño Edipo. Véase Boardman, 1989, lámina 110. La función de Euforbo en
esta imagen recuerda a la del pastor que recogió al hijo de Layo cuando éste fue abandonado
por su padre.
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La hipótesis de Mühlestein fue, en cierto modo, retomada en un reciente artículo

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por Roberto Nickel, quien, sin embargo, sugiere que Euforbo funciona como un
doblete del propio Aquiles.104 Ambas hipótesis son criticadas por William Allan,
pues éste considera que la figura de Euforbo en los cantos 16-17 cumple el papel de
quitar a Héctor mérito en la muerte de Patroclo, al que Euforbo hiere en primer lu-
gar. El papel subsidiario de Héctor en la muerte de Patroclo es, en efecto, recorda-
do por el poeta en varias ocasiones en la Ilíada.105 No obstante, ambas revisiones
de la propuesta de Mühlestein se antojan algo artificiosas en su conjunto.
Frente a estas teorías, que parecen partir de la idea de que la figura de Euforbo
apenas tiene historia antes de la Ilíada y de que su papel sólo es explicable a partir
de su aparición en este epos, ya Snodgrass defendió convincentemente con diversos
argumentos la posibilidad de que el personaje de Euforbo tuviera una vida propia
como héroe antes de la escritura de la Ilíada. Puede pensarse, por tanto, que el
episodio en el que interviene Euforbo pudo ser tomado de una tradición épica oral
distinta y paralela a la que relataba el enfrentamiento entre Héctor y Menelao en
torno al cadáver de Patroclo. Esto explicaría los problemas de encaje del episodio de
Euforbo y las duplicaciones reseñadas por los investigadores. De hecho, el carácter
secundario de la aparición de Euforbo en la Ilíada en las luchas en torno al cadáver
de Patroclo impide pensar que fuera escogido como motivo por el pintor del plato
rodio sólo a partir del epos homérico. Resulta, en efecto, realmente curioso que la
escena que más nos acerca a la trama de la Ilíada en todo el arte arcaico anterior
al siglo vi a. C. tenga como foco un suceso tan lateral como el de la muerte de Eu-
forbo. Por lo tanto, pienso que a priori no cabe descartar que Euforbo tuviera una
importancia mayor en la tradición épica de lo que se trasluce en la Ilíada.
Esta hipótesis de trabajo viene avalada por algunos datos. En primer lugar,
por el hecho de que las fuentes antiguas relaten que Pitágoras considerara preci-
samente a Euforbo una de sus anteriores encarnaciones. La razón de esta elección
ha provocado siempre una cierta perplejidad y ha dado lugar a un pequeño deba-
te.106 Recientemente, Michael Hendry ha sugerido que el hecho de que la madre de

104
Nickel, 2002, 215-233.
105
Allan, 2005, 1-16.
106
Riedweg, 2002, 16-17, se inclina por pensar que la elección de Euforbo por parte de
Pitágoras tuvo que ver con el hecho de que éste secunda los planes de Apolo para matar a
Patroclo. Pero, obviamente, no es el único mortal al que se puede relacionar con Apolo en
la Ilíada, por lo que este motivo no parece suficiente.
54 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

Euforbo reciba el alegórico nombre de Frontís pudo determinar, en gran medida,


la elección de Pitágoras.107 Yendo más allá, creo junto con Snodgrass que la ale-
górica figura de Euforbo pudo haber formado parte de una tradición épica oral
previa o autónoma a la figura de Euforbo que aparece en los cantos 16-17 de la
Ilíada y que eso es lo que motivó la elección de Pitágoras.
Otro detalle a tener en cuenta, señalado también por Snodgrass, es que según
Pausanias, Menelao dedicó el escudo de Euforbo en el Heraion argivo, lo que sin du-
da hace al personaje mucho más relevante de lo que aparece en la Ilíada, que no indi-
ca en ningún momento (y este detalle es importante) que Menelao se hiciera con el
escudo de Euforbo.108 El hecho de que el alfabeto usado para las inscripciones de los
nombres tenga algún rasgo argivo (aunque el plato sea de Rodas),109 indicaría que la
escena procede de una tradición local de Argos (y no de la Ilíada), lo que avala nue-
vamente la idea de una tradición épica sobre el personaje independiente de la Ilíada.
Dicho de otro modo: nada impide que el texto de la Ilíada incluya en los cantos 16-17
a Euforbo en la lucha en torno al cadáver de Patroclo, siguiendo una tradición épica
sobre el personaje similar a la que aparece en la escena del plato rodio.
Finalmente, la asociación de Euforbo con Apolo en la Ilíada (el dios acompa-
ña a Euforbo en todas sus intervenciones),110 podría responder de alguna manera
a una tradición cultual local. Quizás no deje de ser una coincidencia, pero en el
léxico de nombres propios griegos editado por Oxford, el nombre de Euforbo
aparece sobre todo atestiguado en Tesalia, famosa por sus pastos y caballos. Con-
cretamente, el nombre aparece mencionado hasta seis veces en la localidad de
Pythion, al pie del Olimpo, donde se ubicaba un templo de Apolo.111
Snodgrass llama también la atención sobre el hecho de que Euforbo esté pin-
tado en el plato con las mismas armas (casco y escudo) que Menelao, que son di-
ferentes a las de Héctor. Esto indicaría que el pintor consideraba a Euforbo griego,
no troyano, como si Menelao acudiera en su defensa al ser herido. Por otra parte,
el hecho de que Euforbo esté a los pies de Menelao revela, en todo caso, siguiendo
las convenciones del arte griego, que éste consiguió hacerse con sus armas, lo que

107
Hendry, 1995, 210-211. Véase Homero, Ilíada, 17.40 (Allen, 1931; y Macía Aparicio,
2009).
108
Pausanias, II.17.3 (Spiro, 1903).
109
Johansen, 1967, 79.
110
Wathelet, 1988, I, 551-553.
111
Fraser y Matthews, 2000, 169.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 55

no aparece reflejado en la Ilíada. Aunque Snodgrass sugiere que el pintor seguía

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


como modelo un plato de bronce argivo y pudo equivocarse al copiar las inscrip-
ciones (poniendo el nombre de Héctor junto a la figura de Menelao y viceversa),
esta hipótesis ad hoc no cuenta con más apoyo que la de justificar una estrecha
relación entre la escena del plato rodio y la Ilíada.
Todas estas consideraciones apuntan tanto a que Euforbo tenía una entidad
propia al margen de la Ilíada como a que el plato de Camiro no refleja exactamente
la escena homérica. No obstante, hay también otra forma de abordar la cuestión
de la relación de dicho plato con el epos homérico: la de la datación del plato en sí,
que es mucho más debatida de lo que pudiera parecer. En efecto, desde el punto de
vista iconográfico el plato se suele adscribir al llamado Wild Goat Style, un estilo
cerámico de la costa de Asia Menor, que tuvo como principal centro a Mileto y que
pasó por varias fases de controvertida datación entre la segunda mitad del siglo vii
y la primera mitad del siglo vi. El libro de Robin M. Cook sobre la cerámica griega
de Asia Menor ofrece una buena muestra de los problemas de cronología asociados
a este estilo cerámico y nos puede servir de referencia en este caso. En él, nuestro
plato aparece incluido en el área doria de producción del Wild Goat Style y datado
en el primer cuarto del siglo vi, es decir, entre el 600 y el 575 a. C.112 Pero es posible
quizás rebajar aún más la fecha considerando:

— Que el plato de Euforbo es uno de los escasísimos ejemplos del Wild Goat
Style en el que no se representan animales (las cabras que dan nombre al estilo),
sino figuras humanas.113 La representación de figuras humanas es propia del
llamado Fikellura Style (nombre de una localidad rodia), cuyo comienzo se data
en torno al 560 a. C. y que concluye en torno al 494 a. C. con la destrucción de
Mileto.114 Entre la conclusión del Middle Wild Goat Style en torno al 590 a. C. y
el comienzo del Fikellura Style, que se considera su heredero, transcurren, según
Cook, unos 30 años en los que hay un vacío cronológico inexplicable (mayor
incluso según otras propuestas de datación), sobre todo teniendo en cuenta que
hay vasijas en las que ambos estilos se superponen.115

112
Cook, 2003, 62.
113
Boardman, 2001, 37-38 y lámina 43: «Las excepciones al uso sistemático de decoración
animal son muy pocas».Véase también Cook, 2003, 87.
114
Cook, 2003, 89.
115
Ibidem, 44. Para el Fikellura Style véanse también Schaus, 1986, 251-295; y Cook, 1992, 255-266.
56 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

— Que el plato de Euforbo presenta influjos del North Ionian Style, que
comienza en torno al 610 a. C. y concluye en su variante de figuras negras en
torno al 550 a. C.116

— Que las figuras humanas del plato de Euforbo y las del llamado Chian
Grand Style utilizan el color marrón para pintar la piel humana, probablemente
porque ambos estilos se conectan con la pintura al fresco o en paneles de terracota
y madera. Las piezas del Chian Grand Style se datan ca. 575-550 a. C.

— Que el pájaro del escudo de Héctor del plato de Camiro está pintado
con incisiones en el estilo de figuras negras desarrollado en Corinto y Atenas
en el siglo vi.117

— Que los dos ojos pintados en el centro de la escena del plato recuerdan
a los ojos de las llamadas Eye cups atenienses, que se desarrollan en la segunda
mitad del siglo vi.118

En vista de todo ello y de las crecientes dudas de los expertos sobre la da-
tación de estos estilos cerámicos, quizás sería conveniente, teniendo en cuenta
su singularidad y el propio juicio de Cook, que califica el plato de Euforbo de
«un caso aislado y desconcertante», datarlo a mediados del siglo vi en función
de las influencias constatadas por los propios especialistas.119 Esta datación lo

116
Cook, 2003, 62 y 56.
117
Boardman, 2001, láminas 102-103 (ca. 550); y Boardman, 1991, lámina 29.
118
Reproducciones de éstas en ibidem, 2001, láminas 113 (ca. 520-510), 188 (fines del si-
glo vi), 221 (ca. 520), 266 (fines del siglo vi) y 272 (fines del siglo vi); e ibidem, 1991, láminas
82, 104, 160, 171, 173, 176, 177, 178, 183, 184, 195 y 209.
119
Schiering, 2007, contiene una crítica al sistema de Cook y advierte el problema de
combinar cronologías generales con distribución local de las piezas cerámicas. Entre otras
cosas, llama la atención sobre la inexplicable Zeitlücke existente entre el fin del Middle II y
el comienzo del Fikellura, aunque tiende a una datación alta de las fases del Wild Goat Style,
incluido el plato de Euforbo. Cfr. ibidem, 248-249. Mucho más detallado y minucioso es el
análisis de este problema que hace Schlotzhauer, quien presupone un desarrollo continuo
entre el Middle Wild Goat Style y el Fikellura Style en el primer tercio del siglo vi y la coexis-
tencia de ambos estilos durante un cierto período. Cfr. Schlotzhauer, 2007, 265-293. Su
propuesta de una nueva cronología se plasma en el documentado artículo que firma con
Michael Kerschner. Véase Schlotzhauer y Kerschner, 2007, 295-317. En él se propone
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 57

aproximaría más a la tiranía de Pisístrato, momento en que suponemos se consig-

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


naron por primera vez por escrito los poemas homéricos. Si nuestra suposición
(que evidentemente tendría que ser corroborada por un especialista) es cierta,
entonces comprobaríamos, una vez más, cómo ni siquiera la difusión por escrito
de los poemas homéricos en este siglo consiguió difundir una imagen coherente
y única de sus episodios, ya que, como hemos visto, la iconografía del plato no
se ajusta a la escena homérica. En cualquier caso, la máxima ut pictura poiesis no
puede aplicarse automáticamente para datar los poemas homéricos a partir de
piezas cerámicas. No sólo se trata de que la apreciación intuitiva de similitudes
entre textos e imágenes es peligrosa en cuanto ignora muchos detalles y factores
sólo conocidos por especialistas, sino de que los textos escritos se adaptan a la se-
cuencia narrativa plástica en función de otros intereses o necesidades. Es, por lo
tanto, muy difícil que paralelos «aislados» entre unas pocas imágenes cerámicas y
el texto homérico puedan establecer un vínculo directo entre ambos contextos.

8. La poesía como fuente histórica


Robert Bittlestone, estudiante de Clásicas en su juventud y fundador de Me-
tapraxis Ltd., una compañía especializada en la detección de riesgos para las
multinacionales, es autor de un detallado estudio acerca de la localización de
la Ítaca homérica, que resulta también de interés aquí desde un punto de vista
metodológico.120 Bittlestone estudia detalladamente en su libro la orografía de las
islas jonias a lo largo de la historia valiéndose de la asesoría de especialistas en
Estratigrafía y Geología y ofrece numerosos mapas que ilustran su argumentos a
la vez que amenizan la lectura. A partir de estos datos concluye que la Península
de Paliki, en la parte Occidental de Cefalonia (Same), fue en la Antigüedad una
isla, lo que corrobora la afirmación de Estrabón de que el istmo que une Cefa-
lonia con la Península de Paliki estaba con frecuencia sumergido bajo las aguas
del mar Jonio.121 Esta circunstancia le permite identificar no sólo la Península de
Paliki con la antigua Ítaca (una propuesta que nadie había hecho hasta la fecha),
sino incluso localizar con una sorprendente certidumbre muchos de los lugares
mencionados en la Odisea homérica. Tal como él mismo declara en el prólogo:

una redatación de gran parte de los objetos cerámicos de los dos estilos y se sitúa en torno
al 580-570 a. C. la confección de las piezas «bilingües» mezcla de ambos.
120
Bittlestone, 2005.
121
Cfr. Estrabón, X.2.15 (Meineke, 1877).
58 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

Esta nueva ubicación de la Ítaca homérica encaja estrechamente con las descrip-
ciones de la isla presentes en la Odisea. Lugares concretos como la bahía de Forcis,
Asteris, la ciudad de Ítaca, el palacio de Odiseo, la colina de Hermes, la roca del cuer-
vo, la granja de Laertes y otros lugares de Ítaca han sido identificados y visitados y los
resultados de esta exploración preliminar in situ son muy positivos.122

Las tesis de Bittlestone, pese al innegable esfuerzo documental realizado por el


autor, no pasarían de ser una anécdota más en la larga historia de identificaciones
de la Ítaca odiseica si no fuera por la editorial que las publica (Cambridge Univer-
sity Press), el gran eco que han tenido en el mundo académico123 o incluso la auto-
rizada asesoría que han prestado a Bittlestone un importante elenco de estudiosos
nombrados en las páginas iniciales (por ejemplo, Anthony Snodgrass o Gregory
Nagy). James Diggle, profesor de Clásicas en Cambridge, suscribe las tesis del autor
en un apéndice al final del volumen en el que pasa revista a las principales fuentes
antiguas que podrían avalar esta interpretación, especialmente el propio Homero
y Estrabón.124 Todo ello da al libro unas dimensiones y relevancia especiales que
hacen que no se puedan ignorar sin más las hipótesis avanzadas en él.
No es mi propósito discutir aquí las tesis de nuestro autor, porque ello reque-
riría más espacio del que dispongo en este artículo. Pero no está de más señalar
que el libro acumula demasiadas premisas no probadas como para que el resultado
pueda ser aceptable. En primer lugar, la posibilidad de que la Península de Paliki
fuera una isla en la época de Homero, no pasa siquiera de la categoría de hipótesis,
según declara en un segundo apéndice John Underhill, profesor de Estratigra-
fía en Edimburgo.125 Pero es que, además, la posible identificación de los sitios
homéricos propuesta por el autor no es, ni mucho menos, la única posible en la
tortuosa orografía de las islas jonias. Para encajar el relato homérico con la nue-
va ubicación de Ítaca en Cefalonia Occidental el autor se ve obligado, además,

122
Bittlestone, 2005, XVI.
123
Véase la laudatoria reseña que hace al libro de Bittlestone Domínguez Monedero,
95, 2006, 74-79.
124
«Appendix 1. James Diggle: a Philologist Reflects». Cfr. Bittlestone, 2005, 505-529.
125
«Appendix 2. John Underhill: the Geology and Geomorphology of Thinia». Cfr. Bittle-
stone, 2005, 530-547: «Mientras que los datos geológicos y geomorfológicos no invalidan la
posibilidad de que un paleovalle marino, cubierto por sedimentos, exista en la cara oriental
del valle de Thinia [el istmo que une a Paliki con Cefalonia], una prueba definitiva de su valor
arqueológico en Época Clásica requiere todavía más sondeos geofísicos y geocronológicos».
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 59

a identificar otra Península de Cefalonia, la de Argostoli, con la isla de Asteris,

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


en la que los pretendientes se emboscaron para asaltar a Telémaco cuando éste
regresaba del Peloponeso. Por otra parte, no hay ni un solo testimonio antiguo a
favor de la identidad de la Ítaca homérica con Cefalonia Occidental. Finalmente,
es evidente que la toponimia del mundo antiguo está sujeta a fuertes cambios
como los que suponen sustituir un nombre por otro, pero que el cambio que se
está aquí considerando es mucho más radical, en la medida en que una isla toma
el nombre de otra que ni siquiera es contigua, ya que la Ítaca identificada por
Bittlestone estaría separada de la moderna Ítaca por la isla de Cefalonia. No hay
discontinuidad cultural entre la Época Arcaica y la Moderna capaz de explicar
este «salto» del topónimo. Semejante baile de nombres es sólo explicable en una
geografía mítica, susceptible de diversas interpretaciones.126 Y aquí entramos en
la clave del problema.
Bittlestone se plantea al principio de su argumentación el grado de fiabilidad
del texto de Homero en cuestiones geográficas. Pero, enseguida, disipa sus dudas.
Su argumentación es ésta:

Aunque algunos de los sucesos que son descritos en estos extraordinarios poemas
son claramente resultado de la exageración o de la fantasía, las localizaciones especifica-
das en el caso de la propia Ítaca son, en mi opinión, y sin excepción, reales. Creo que esto
es así porque Homero quería que sus oyentes en Ítaca se identificaran con estas historias
al ambientarlas en localizaciones reales que eran conocidas personalmente por ellos. Al
usar una localización real consiguió un grado de empatía con su audiencia mucho mayor
que si se hubiera inventado una geografía completamente imaginaria. Esta suposición
controvertida implica una familiaridad muy grande con la topografía de Ítaca, tanto por
parte del compositor original de la Odisea como de su audiencia inicial.127

Pienso que Bittlestone parece confundir aquí dos cuestiones muy distintas: la
preocupación de Homero por dar verosimilitud a su relato no depende necesaria-
mente de la exactitud de sus referencias geográficas. Un relato fabuloso o mítico
se hace verosímil también por proximidad, es decir, por el empleo de conceptos

126
De hecho, ya en Signes Codoñer, 2004, 266, nota 450, expresé mis dudas de que
la vinculación de Odiseo con Ítaca pudiera datarse antes del siglo vi, que es cuando los
poemas se consignaron por primera vez por escrito. Sólo una vez en la Ilíada se establece
una vinculación de Odiseo con Ítaca. Véase Homero, Ilíada, 3.201 (Allen, 1931; y García
Blanco y Macía Aparicio, 1991).
127
Bittlestone, 2005, 20.
60 CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 JUAN SIGNES CODOÑER

o situaciones cercanos a la audiencia. Nada habría tenido, pues, de extraño que


Homero hubiera empleado referencias geográficas conocidas por su audiencia
(pongamos que de Quíos) para describir una lejana isla en el mar Jonio. Es decir,
Homero sí hace descripciones «realistas» de los lugares y paisajes que menciona,
pero ello no quiere decir que estas descripciones sean «reales».
Pero, por encima de estas consideraciones (sin duda opinables), hay un aspecto
crucial en todo esto que hace metodológicamente irrelevante la discusión de si
es o no lícito utilizar la obra de Homero como una fidedigna guía geográfica del
mundo griego arcaico. Me refiero al hecho de si la obra de Homero, que nos ha
llegado como un texto, fue realmente concebida como tal por su autor. Se trata, en
efecto, de probar que Homero pensara en componer un texto cerrado con vistas a
una audiencia universal. Incluso, aunque admitamos que Homero consignó por es-
crito su obra, cabe preguntarse si lo hizo pensando en un público panhelénico (cuya
propia existencia es, como vimos antes, cuestionable) o más bien en un público muy
concreto, fuera éste el de su supuesta Jonia natal o el de la Atenas pisistrátida (si asu-
mimos que la obra de Homero se compuso en ese momento histórico). Si admitimos
esta segunda posibilidad, entonces la idea de que la verosimilitud de su descripción
de Ítaca fuese relevante para una supuesta audiencia itacense pierde todo valor.
Personalmente, me parece que es confundir los términos pensar que la re-
cepción panhelénica de un texto como el homérico (cualquiera que sea la fecha
que fijemos para el inicio del proceso de su difusión) implica necesariamente que
su concepción fue fruto también de una voluntad universalizadora (Cervantes
tampoco pensó en la universalidad de su Quijote). Es, en efecto, difícil pensar
que Homero concibiera su obra como una enciclopedia universal del saber, pues
ese papel formativo y moral estaba reservado a la tradición poética en su con-
junto, pero no a un texto determinado. Aunque los pisistrátidas elevaran la obra
homérica a la categoría de obra de referencia, ello fue, sin duda, yendo más allá
de la voluntad creadora de su autor. Es significativo, en este sentido, el hecho de
que falte toda referencia a Teseo y a los héroes áticos en la Ilíada. Si aceptamos
las tesis de Antonio Aloni, debemos entenderlo como una censura de Pisístrato,
quien suprimió de la tradición épica la mención a los héroes atenienses que ser-
vían de referente a la aristocracia ática que combatía su tiranía.128 El valor local fue
primordial, por lo tanto, en la configuración del texto escrito.

128
Véanse Aloni, 1985, 11-127; y Signes Codoñer, 2004, 250-257.
LA ESCRITURA EN LA GRECIA ARCAICA... CULTURA ESCRITA & SOCIEDAD, N.º 9, 2009, ISSN 1699-8308 61

Podemos concluir que Homero no fue concebido como la enciclopedia univer-

DOSSIER EPIGRAFÍA Y CULTURA ESCRITA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


sal del saber en que luego se convirtió. Pensar, por lo tanto, que el texto de Homero
puede servir de testigo fiel de la geografía del Mediterráneo en su época es, a mi
entender, un error metodológico. Además, incluso admitiendo que Homero hu-
biera existido y vivido en el siglo viii, esto no implica que tuviera conocimiento
exacto y puntual de la geografía del Mediterráneo Occidental a través de los des-
cubrimientos hechos por colonos griegos en esta área: un aedo no era un marino
ni un geógrafo. La perspectiva cambia sólo con los primeros eruditos jonios de la
segunda mitad del siglo vi, especialmente con Hecateo de Mileto. Como ha puesto
de relieve un trabajo muy reciente, el estudio sistemático de Hecateo nos aporta
muchos datos para reconstruir la geografía del Mediterráneo Occidental.129

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