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Resumen Parágrafos 29 a 31: Mundo, Finitud, Soledad

Heidegger propone un camino inverso en Los conceptos fundamentales: en lugar de partir de


la temporalidad para investigar la profundidad de los temples de ánimo, ahora se toman los
temples de ánimo para alcanzar la dimensión de la temporalidad. Efectivamente, Heidegger
da por hecho que de la temporalidad no sabemos nada en absoluto. El experimento propuesto
en esta ocasión consiste en despertar el temple de ánimo fundamental y comenzar a filosofar
desde el templamiento en que éste nos coloca. Así pues, de lo que se trata es de “avanzar
hacia la esencia del tiempo mediante la interpretación de la esencia del aburrimiento”
(Heidegger, 2010, p. 175). Es una vía experiencial: la única, de acuerdo con Heidegger, para
alcanzar el objetivo mencionado.
Si despertar el aburrimiento se erige como el único camino o, al menos, como un camino
adecuado, ello es así porque se trata de una vía sin presupuestos desde los cuales saltar a la
temporalidad original. Los presupuestos que el camino elegido por Heidegger nos ayudaría
a burlar son la subjetividad y la conciencia. La esencia del tiempo, a través del temple de
ánimo fundamental, tiene que mostrarse como algo previo y más radical que estas
elaboraciones metafísicas. ¿Qué pasa en el aburrimiento profundo, qué es lo característico de
éste? Pasa que uno se aburre (es ist einem langeweilig). Uno. ¿Quién es “uno”? Uno es
cualquiera. Lo característico de esta tercera forma de aburrimiento, frente a las dos que ya
se han comentado en parágrafos pasados, es el acaecer de una despersonalización radical y
súbita. No son ya las cosas dejándome vacío (1) o el vacío surgiendo del abandono de mi
propio ser en una situación indeterminada (2). Lo que surge aquí es una indiferencia respecto
de todo, respecto de mí mismo. “Es, uno, no yo en cuanto yo, no tú en cuanto tú, no nosotros
en cuanto nosotros, sino uno. Nombre, estado, oficio, función, edad y destino, como lo mío
y lo tuyo, nos sobran” (p. 176). Uno, pues, es cualquiera. Uno es nadie. Como se ha visto en
los anteriores casos, el aburrimiento guarda una relación esencial con el pasatiempo como
instancia que por esencia se le opone y pretende reducirlo apenas despierta. ¿Qué sucede a
este respecto en el aburrimiento profundo? Heidegger nos dice que este aburrimiento es
ineludible: no hay pasatiempo alguno que le corresponda, aunque nos aventuremos,
inútilmente, a pensar en uno. Es que otro rasgo esencial del aburrimiento profundo consiste
en que en éste algo se nos dice, en éste un significado aguarda y esto excluye de raíz la
posibilidad del pasatiempo. Se trata en este temple, de acuerdo con Heidegger, de una
verdadera transformación de la existencia. El pasatiempo, en términos de nuestro filósofo,
no nos está autorizado. “No autorizar el pasatiempo significa ceder la primacía a este
aburrimiento. Ello supone comprender ya este aburrimiento en su supremacía” (p. 178). Lo Commented [g1]: ¿hay un deseo por, aunque esa negativo?

propio de este temple, en suma, es que en él se nos tiene deparado un dicho acerca de nosotros
mismos que es imperativo escuchar:
Mientras en el primer caso del aburrimiento el esfuerzo se dirige a acallar el aburrimiento con el
pasatiempo para que no haga falta escucharlo, mientras que en el segundo caso lo distintivo es un no
querer escuchar, ahora tenemos el estar forzados a escuchar, un estar forzados en el sentido de la
coerción que todo lo auténtico tiene en la existencia, y que por consiguiente guarda relación con la
libertad más íntima. (p. 178)

* * *

Continuando con el hilo conductor establecido para el análisis de los anteriores tipos de
aburrimiento, Heidegger procede a ver qué es lo que pasa en el aburrimiento profundo con el
ser dejados vacíos y, después, con el darnos largas.
Por lo que respecta al primero de estos dos momentos lo que tenemos es, no sólo una
deposición de la propia personalidad, como ya se adelantaba, sino, a una con esto, un
denegársenos de lo ente en su conjunto. En el aburrimiento profundo trascendemos la
concreta determinación de la situación en que nos encontramos, así como a nosotros mismos
como esta persona concreta dentro de tal situación. “Este aburrimiento nos retira
precisamente para que en esta situación determinada no busquemos primero este o aquel ente
y para nosotros, sino que nos retira a donde todo es equivalente con todo” (p. 180). No la
desaparición del ente, sino la indiferencia y la equivalencia de todo con todo: tal es la forma
que adopta el ser dejados vacíos en el aburrimiento profundo.
La profundidad o profundización progresiva es el elemento que pone en relación esencial
los aburrimientos sucesivamente analizados. En el que ahora nos ocupa, todo se vuelve
indiferente, nuestro propio yo, o personalidad, sobran. El pasatiempo falta y es, de hecho,
imposible, pues el aburrimiento profundo exige una supremacía en la medida en que nos
fuerza a escucharlo. “El ser dejados vacíos no es aquí más que el no producirse un
determinado ser llenado por alguna ocupación con algo: tal cosa no se busca en absoluto” (p.
181). Pero aquí Heidegger se pregunta si aún podemos legítimamente seguir en absoluto
hablando de ser dejados vacíos. En efecto, la contrapartida del ser dejados vacíos es el ser
colmados. Sin embargo, ahora estamos en una situación en que todo se ha vuelto indiferente.
Así, el ser dejados vacíos se vuelve imposible. La persona, o el yo, o la conciencia, etc., en
efecto, son distintos del puro ser-ahí. “La indiferencia de lo ente en su conjunto se revela para
el ser-ahí, pero para él en cuanto tal” (p. 181). El conjunto de lo ente se revela indiferenciado
al ser-ahí y esto conlleva la imposibilidad del hacer y el omitir respecto de él. Lo ente, así,
en conjunto, se deniega. La existencia, en efecto, está constitutivamente volcada a
comportarse respecto de lo ente en su conjunto, que ahora se le deniega. “El ser dejados
vacíos en esta tercera forma del aburrimiento es el estar entregada la existencia a lo ente
que se deniega en su conjunto” (p. 182).