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KABIOSILE: CHANO POZO

EL FANTASMA DE CHANO POZO CRUZA MUY SERIO EL VIENTO DE LA


NOCHE, ENTRE EL VAPOR DE AGUARDIENTE Y CÁBALA.

Por Ramón Fernández-Larrea


Posted on junio 26, 2019
Chano Pozo

Nadie ha vuelto a la rumba sin Chano. O al regresar, no hay Dios ni orisha que nos arrebate
del fondo de la sangre, el grito, entre selvático y arrollador de Manteca, o la dolorosa voz
del Benny machacando la noticia de su muerte, menuda y eterna, con tantos disparos en
tierra extraña que no sólo nos duele el corazón saturado de tambores, sino la gris y extraña
lejanía, la geografía impalpable de aquella tarde en el Bronx.
Es posible que siga timbrando el teléfono en casa de Mario Bauzá, para que aquella tarde
en que le anunciaron el asesinato de Luciano Pozo, el dandy mayor, se convierta en eterna,
más allá del estupor de sus ambias Mario y Miguelito Valdés. Es posible que la sombra de
Chano salte todavía de las paredes, entre el humo de los cueros calientes, cuando la noche
desciende, abierta y cabizbaja sobre el escenario del cabaret Tropicana, el más grande del
mundo, donde en 1941 hizo el show Congo Pantera, inundando de temor a los corazones
vulnerables, que metieron en su sangre desesperada la extensa y amenazadora baraúnda de
la sabana africana, que Chano sentía en su cuerpo, y que salía del destello agilísimo de sus
dedos indomables.
Es probable que el desamparo de Nueva York sea más grande desde que aquel hombre feo y
prieto como remordimiento, dejara de soltar su guapería en el aire de sus avenidas que
parecen incendiarse. Yo, que he llegado muchos años después al aire estremecido de los
requintos, siento que parecen llorar cada vez que el fantasma de Chano Pozo cruza muy
serio el viento de la noche, entre el vapor de aguardiente y cábala, entre los ñáñigos que le
veneran cada día con sus toques.
Las calles, Chano, se vaciaron. No existe aquel torrente que parecía abarcarlo todo, cuando
salían las comparsas a calmar el mar y hacer volcanes la ciudad en penumbras. Es cierto
que siguieron desfilando, tal vez con un poco menos de hoguera en la mirada, los negros
irreverentes y jubilosos del Alacrán y La Sultana, los elegantes Dandys de Belén, haciendo
crujir el bombo y gemir la campana, el arcoiris restallante de La Jardinera en el asfalto
viejo del Paseo del Prado y el Malecón. Pero se siente en los rincones una ausencia. Hay
como un mirar a todos lados, esperando que aparezcas de punta en blanco, a soltar la
carcajada que abre la rumba hasta que el sol se ponga en pie.

A fin de cuentas, tenemos la suerte de haber nacido en un siglo en que la atmósfera se había
llenado de tus tambores, aunque suenen un poco huérfanos los ecos de Anana boroco
tinde o Blen blen blen, porque ya nadie los puede soltar como lo hiciste una vez para
siempre. Ahí están al menos aquellas maravillas de la guerrilla más espléndida que haya
conocido La Gran Manzana: el alambre dulcísimo de Arsenio Rodríguez en el tres,
con Rapindey y Panchito Riset, en 1947, en un jolgorio que asombra al mundo con su sabia
manera de sentir. Y por suerte el mundo estaba preparado para que tu huella no pasara con
la tristeza de un gato, y quedaran registrados los desplantes de tus broncas manos sobre la
piel honda del bongó. Y el grito de Manteca, con Gillespie, en aquel auditorio de Pasadena,
en la costa oeste, cuando alzaste la sal profunda de California en una noche memorable, un
poco antes del adiós.
Aunque ahora, en otro siglo y con tanta tristeza del mundo, uno se lo piense dos veces antes
de meter los pies en la rumba. Ahora que faltan Mario, Panchito, Miguelito, Dizzy, y
Arsenio, un nagüe como tú falta en la llama, para que se esparza el sudor de la vida. Y el
Benny, que también demorado y presente, dispare su garganta, como lleno de gemidos, y
nos diga que “a la rumba yo no voy más sin Chano”. Tal vez si uno va, cualquier noche de
éstas, pueda encontrarte.
Kabiosiles son retratos emocionales de los músicos de Cuba hechos por el poeta y
narrador Ramón Fernández Larrea.
“Son textos sobre el son, el bolero, la guajira, la rumba, escritos desde el corazón de un
poeta que intenta descubrir, en trazos breves y sentidos, la vida, las emociones, el rostro
menos visible de un ramillete de hombres y mujeres que han hecho la identidad de un país”.
Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, 1958), fue habitual colaborador de Radio Gladys
Palmera en sus inicios desde 1999. De aquella época datan programas fantásticos hechos
con su puño y voz, como Memoria de La Habana y Al Tanto.
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La salsa en Colombia corre por las venas del


Caribe
Por: Frank Patiño | Mayo 05, 2014

La historia oficial de la salsa en Colombia dice que entró por el Pacífico


y que más tarde Cali se convirtió en la capital mundial de la salsa. Otras
tesis sostienen que la salsa ‘criolla’ surgió en Medellín con la orquesta
de Fruko y sus Tesos y, en tiempos recientes, hasta Bogotá ha
reclamado ser la nueva capital, reivindicando el hecho de que la
principal orquesta caleña, el Grupo Niche, se haya creado en esta
altiplanicie. El Caribe Colombiano aparece en estas historias como
marginal o inexistente. Estas proclamas no serían importantes si no
borraran procesos y personajes fundamentales en lo que puede ser la
historia de la contribución de Colombia a la música afroantillana y
viceversa.
Es cierto que Cali se convirtió en el principal escenario de la salsa – no
sólo en Colombia sino a nivel mundial – tras la presentación de Richie
Ray y Bobby Cruz en la Caseta Panamericana en diciembre de 1968 (ese
mismo año estuvieron en los Carnavales de Barranquilla en el mes de
febrero), pero es innegable que en ciudades como Cartagena y
Barranquilla y el Litoral Caribe – desde la Península de la Guajira hasta
las sabanas del Gran Bolívar, constituida por los departamentos de
Córdoba y Sucre – por su pertenencia a la cultura del Gran Caribe,
están las principales claves de estos aportes.
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La música afroantillana – la insular y la continental – es resultado de
un proceso en el que el colonialismo, la esclavitud, las migraciones, las
luchas y el imperialismo han tenido incidencias. Por ello no podemos
hacer juego a la pregunta falaz de por dónde entró la salsa a Colombia.
Tal vez sea una pregunta válida en Bogotá, Cali o Medellín, pero no en
el Caribe Colombiano, porque nosotros hacemos parte de ese proceso
cultural de configuración de los ritmos afroantillanos.
Es cierto que no fuimos el centro radiofónico y discográfico que fue la
Cuba de antes de la Revolución, que no fuimos una migración
fundamental como la boricua de mediados de Siglo XX a New York y
que incluso en los 70 y 80 no tuvimos una figura a la altura comercial
de Rubén Blades de Panamá y Óscar D´León en Venezuela, pero es
hora de dejar atrás los eslogan y descubrir nuestra tradición.
Por ello debemos afirmar que, por ejemplo, ninguna ciudad en
Colombia tiene las credenciales de Cartagena –a pesar de que ha sido
borrada por coleccionistas y cultores de la historia musical antillana en
el Caribe Colombiano– como centro cultural de esta tradición,
recordemos que en este terruño nacieron Gladys Julio, Roberto de la
Barrera, Michi Sarmiento, Joe Madrid, Johny Moré, Víctor del Real,
Juan Carlos Coronel, Joseito Martínez, Hugo Alandete, Sofronín
Martínez y Joe Arroyo, entre otros. Incluso, Discos Fuentes, fue
fundada en Cartagena en el año 1934 y posteriormente se trasladaría a
Medellín.
Entonces debemos reconocer que las primeras huellas de la música
afroantillana en Colombia se encuentran en los años 20 con el
surgimiento de la Jazz Band Lorduy de Cartagena y la Jazz Band Sosa
de Barranquilla (Ver el libro ‘Jazz en Colombia: Desde los alegres años
20 hasta nuestros días’ del investigador Enrique Muñoz). Y que fue el
porro, un ritmo surgido en las sabanas del Gran Bolívar, el sustrato
fundamental del desarrollo de la música afroantillana en el Caribe
Colombiano. En estas bandas encontramos las primeras jam sessions
del Sur del Caribe. La gran explosión musical del porro, la encontramos
a mediados de siglo en los nombres de Lucho Bermúdez, Pacho Galán,
Clímaco Sarmiento y Rufo Garrido, entre otros.
Y un punto cumbre fue el surgimiento en 1962 de los Corraleros de
Majagual, una especie de ‘all stars’ del Caribe Colombiano, cuyo ritmo
principal fue el porro pero que incursionó en el movimiento de la salsa
con una de las más violentas descargas que se han producido en el
continente: ‘Mondongo’ en el álbum Esto sí es salsa. De esta
agrupación hicieron parte varios artistas que después harían sus
propias orquestas en las que combinaban los ritmos tradicionales de la
región con los ritmos provenientes de las Antillas: Lucho Pérez Argaín
con la Sonora Dinamita, Julio Ernesto Estrada con Fruko y sus Tesos ,
Michi Sarmiento con su Combo Bravo y Chico Cervantes con su
Orquesta.
Los Corraleros de Majagual, la universidad musical del Caribe
Colombiano, fue creado por iniciativa de Calixto Ochoa y Alfredo
Gutiérrez en 1961. Sus principales músicos fueron Manuel Cervantes
(trompeta), Rosendo Martínez (bombardino), Carmelo Barraza y Fidel
Ortiz (caja), John Mario Londoño (bajo), Enrique Bonfante
(tumbadora), Chico Cervantes (platillos), José ‘Chelo’ Cáceres
(trombón), Rafico Restrepo (güiro), Julián Díaz (saxo) y Humberto
Pabón y Julio Ernesto Estrada (timbales). Los acordeoneros Alfredo
Gutiérrez, Calixto Ochoa, César Castro y Lisandro Meza también fueron
cantantes de la agrupación. Las voces de los Corraleros fueon Eliseo
Herrera, César Castro, Lucho Pérez Argaín, Julio Erazo, Nacho Paredes
y Tony Zúñiga.
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En 1965, el pianista cartagenero Roberto de la Barrera comienza a
grabar los primeros golpes salseros con la Orquesta Eco y la voz de
Tony Zúñiga, que dejaron un puñado de canciones como ‘El baile de los
cocacolos’, ‘Regresaste’, ‘Vamos a guarachar’ y ‘Se formó’. Después,
muchos artistas incursionarían en el ambiente antillano y la lista es
larga: Diablos de Valledupar, Combo los Galleros de Sofronín Martínez,
la Orquesta la Protesta (dirigida por Cástulo y Leandro Boiga con las
voces de Michie Boogaloo, Johnny Arzuza y el legendario Joe Arroyo),
el Afrocombo de Pete Vicentini (con la voz de Jacky Carazo), Clodomiro
Montes (con la voz de Hugo Alandete), los Caporales del Magdalena
(con Alfredo Gutiérrez), Víctor Meléndez y el Grupo Bayamón, Rafael
Benítez y su Charanga (con la voz de Hugo Alandete), Juan Piña y la
Orquesta la Revelación (con dirección del maestro Carlos Piña) y el
gran Francisco Zumaqué.
También hace parte de ese mapa desconocido un compositor como
Pablito Flórez de Ciénaga de Oro Córdoba y la tradición de soneros que
encontramos en el Palenque de San Basilio con Son San, Son Palenque
y el Sexteto Tabalá, entre otros. Y debemos sumar los nombres de los
músicos del Caribe Colombiano que han jugado en las grandes ligas de
la música antillana como Nelson Pinedo y Gladys Julio, cantantes de la
Sonora Matancera, el saxofonista sincelejano Justo Almario, el
trombonista cartagenero Óscar Urueta y Joe Madrid, quien fuera el
pianista de Mongo Santamaría y Ángel Canales.
En los años 80, se destacaron el Nene y sus Traviesos con la voz de
Juan Carlos Coronel, quien haría una página inolvidable como ‘El
ventanal’ de la autoría del Joe Arroyo; el Grupo Raíces de Barranquilla
con un tremendo tema que se llama ‘Guaguancó pa las calles’; Hugo
Alandete y su Grupo Melao; y los Titanes de Barranquilla quienes bajo
la dirección de Alberto Barros y la voz de Saulo Sánchez grabarían el
álbum Levanta el cuero en 1982 con el éxito ‘La palomita’.
Todos estos nombres se han perdido entre tantas capitales de la salsa,
pero su música está allí como un testimonio incuestionable de la
memoria de los barrios y los pueblos del Caribe Colombiano.