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CARLOS CASTANEDA

LAS ENSEÑANZAS
DE DON JUAN
Una forma Yaqui de conocimiento

Mano Izquierda Editores


CARLOS CASTANEDA

LAS ENSEÑANZAS
DE DON JUAN
Una forma Yaqui de conocimiento

Y Otras Obras:

Una Realidad Aparte


Viaje A Ixtlan
Relatos de Poder
El Segundo Anillo de Poder
El Don del Águila
El Fuego Interno
El Conocimiento Silencioso
El Arte de Ensoñar
El Lado Activo del Infinito
La Rueda del Tiempo
Para Leer a Carlos Castaneda
Castaneda Entre Comillas
Entrevistas
Anotaciones de las Brujas

Mano Izquierda Editores


Carlos Castaneda.
Las Enseñanzas de Don Juan, una forma Yaqui de conocimiento.

Y Otras Obras:

Una Realidad Aparte


Viaje A Ixtlan
Relatos de Poder
El Segundo Anillo de Poder
El Don del Aguila
El Fuego Interno
El Conocimiento Silencioso
El Arte de Ensoñar
El Lado Activo del Infinito
La Rueda del Tiempo
Para Leer a Carlos Castaneda
Castaneda Entre Comillas
Entrevistas
Anotaciones de las Brujas

Fotografía de Portada: David Billings by Unsplash.


Rieserferner-Ahrn Nature Park, Italy.

Edición bajo el cuidado de:


Mano Izquierda Editores.

Circa, 2019.
Lima, Perú.
LAS ENSEÑANZAS
DE DON JUAN
Una forma Yaqui de conocimiento

autobús había llegado. Dijo adiós y salió de la


INTRODUCCIÓN terminal.
Me molestaba haberle dicho tonterías, y que
DURANTE el verano de 1960, siendo estu- esos ojos notables hubieran visto mi juego. Al
diante de antropología en la Universidad de volver, mi amigo trató de consolarme por no
California, los Ángeles, hice varios viajes al haber logrado algo de don Juan. Explicó que
suroeste para recabar información sobre las el viejo era a menudo callado o evasivo; pero
plantas medicinales usadas por los indios de el efecto inquietante de ese primer encuentro
la zona. Los hechos que aquí describo empe- no se disipó con facilidad.
zaron durante uno de mis viajes. Esperaba yo Me propuse averiguar dónde vivía don Juan,
un autobús Greyhound en un pueblo fronte- y más tarde lo visité varias veces. En cada vi-
rizo, platicando con un amigo que había sido sita intenté llevarlo a hablar del peyote, pero
mi guía y ayudante en la investigación. De sin éxito. No obstante, nos hicimos muy bue-
pronto se inclinó hacia mí y dijo que el hom- nos amigos, y mi investigación científica fue
bre sentado junto a la ventana, un indio viejo relegada, o al menos reencaminada por cau-
de cabello blanco, sabía mucho de plantas, del ces que se hallaban mundos aparte de mi in-
peyote sobre todo. Pedía mi amigo presentar- tención original.
me a ese hombre. El amigo que me presentó a don Juan expli-
Mi amigo lo saludó, luego se acercó a darle có más tarde que el viejo no era originario de
la mano. Después de que ambos hablaron un Arizona, donde nos conocimos, sino un indio
rato, mi amigo me hizo seña de unírmeles, yaqui de Sonora.
pero inmediatamente me dejó solo con el vie- Al principio vi a don Juan simplemente, como
jo, sin molestarse siquiera en presentarnos. un hom¬bre algo peculiar que sabía mucho
El no se sintió incomodado en lo más mínimo. sobre el peyote y que hablaba el español nota-
Le dije mi nombre y él respondió que se lla- blemente bien. Pero la gente con quien vivía
maba Juan y que estaba a mis órdenes. Me lo consideraba dueño de algún “saber secre-
hablaba de “usted”. Nos dimos la mano por to”, lo creía “brujo”. Como se sabe, la palabra
iniciativa mía y luego permanecimos un tiem- denota esencialmente a una persona que, po-
po callados. No era un silencio tenso, sino una see poderes extraordinarios, por lo general
quietud natural y relajada por ambas partes. malignos.
Aunque las arrugas de su rostro moreno y de Después de todo un año de conocernos, don
su cuello revelaban su edad, me fijé en que su Juan fue franco conmigo. Un día me explicó
cuerpo era ágil y musculoso. que poseía ciertos conocimientos recibidos de
Le dije que me interesaba obtener informes un maestro, un “benefactor como él lo llama-
sobre plantas medicinales. Aunque de hecho ba, que lo había dirigido en una especie de
mi ignorancia con respecto al peyote era casi aprendizaje. Don Juan, a su vez, me había
total, me descubrí fingiendo saber mucho, e escogido como aprendiz, pero me advirtió que
incluso insinuando que tal vez le conviniera yo debería comprometerme a fondo, y que el
platicar conmigo. Mientras yo parloteaba así, proceso era largo y arduo.
él asentía despacio y me miraba, pero sin de- Al describir a su maestro, don Juan usó la pa-
cir nada. Esquivé sus ojos y terminamos por labra “diablero”. Más tarde supe que ése es un
quedar los dos en silencio absoluto. Finalmen- término usado sólo por los indios de Sonora.
te, tras lo que pareció un tiempo muy largo, Denota a una persona malvada que practi-
don Juan se levantó y miró por la ventana. Su ca la magia negra y puede transformarse en
animal: en pájaro, perro, coyote o cualquier mundo sabe que eso es puro cuento. Los viejos
otra criatura. En una de mis visitas a Sonora de aquí están llenos de historias sobre diable-
tuve una experiencia peculiar que ilustraba el ros. No las vas a hallar entre nosotros los más
sentir de los indios hacia los diableros. Iba yo jóvenes.
conduciendo un auto de noche, en compañía
de dos amigos indios, cuando vi a un animal, ¿Qué clase de animal piensa usted que fue,
al parecer un perro, cruzar la carretera. Uno doña Luz? pregunté a una mujer de edad ma-
de mis compañeros dijo que no era un perro, dura.
sino un coyote enorme. Disminuí la velocidad, Eso sólo Dios lo sabe, pero creo que no era un
y me acerqué a la cuneta para verlo bien. Per- coyote. Hay cosas que parecen coyotes, pero
maneció unos cuantos segundos más al alcan- no son. ¿Iba corriendo el coyote, o estaba co-
ce de los faros y luego corrió a adentrarse en miendo?
el chaparral. Era sin duda un coyote, pero del Estuvo inmóvil casi todo el tiempo, pero creo
doble del tamaño ordinario. Hablando excita- que cuando lo vi al principio estaba comiendo
damente, mis amigos convinieron en que era algo.
un animal muy fuera de lo común, y uno de ¿Está usted seguro de que no llevaba nada en
ellos indicó que podía tratarse de un diablero. el hocico?
Decidí relatar aquella experiencia para inte- A lo mejor sí. Pero dígame, ¿tendría eso algo
rrogar a los indios de aquella zona sobre sus que ver?
creencias en cuanto a la existencia de los dia- Sí, si tendría. Si llevaba algo en el hocico, no
bleros. Hablé con muchas personas, contando era un coyote.
la anécdota y haciendo preguntas. Las tres ¿Qué era entonces?
conver¬saciones siguientes indican sus creen- Era un hombre o una mujer.
cias al respecto. ¿Cómo se llaman esas personas, doña Luz?
No respondió. La interrogué un rato más,
¿Crees que era un coyote, Choy? pregunté a pero sin éxito. Finalmente dijo no saber. Le
un joven después de que oyó la historia. pregunté si aquellas personas se llamaban
Quién sabe. Un perro, de seguro. Demasiado diableros, y respondió que “diablero” era uno
grande para coyote. de los nombres que se les daban.
¿Crees que pudo ser un diablero? ¿Conoce usted a algún diablero? pregunté.
Esos son puros cuentos. Esas cosas no exis- Conocí a una mujer dijo . La mataron. Eso
ten. pasó cuando yo era niña. Dizque la mujer se
¿Por qué dices eso, Choy? convertía en perra. Y cierta noche una perra
La gente se imagina cosas. Te apuesto a que entró en la casa de un blanco a robar queso.
si hubieran cogido al animal habrían visto El blanco la mató con una escopeta, y en el
que era un perro. Una vez tenía yo que hacer mismo instante en que la perra murió en la
un trabajo en otro pueblo, y me levanté antes casa del blanco, la mujer murió en su choza.
del amanecer y ensillé un caballo. De ida, me Sus parientes se juntaron y fueron al blanco a
encontré en el camino con una sombra oscu- exigirle pago. El blanco les pagó buen dinero
ra que parecía un animal enorme. Mi caballo por haber matado a la mujer.
se encabritó y me tiró de la silla. Yo también ¿Cómo pudieron exigirle pago si sólo mató un
casi me muero del susto, pero resultó que la perro?
sombra era una mujer que iba caminando al Dijeron que el blanco sabía que no era perro,
pueblo. porque había otros hombres con él y todos vie-
¿O sea, Choy, que no crees que existan los ron que el animal se paró en dos patas, como
diableros? gente, para alcanzar el queso, que estaba en
¡Diableros! ¿Qué es un diablero? ¡Dime qué es una bandeja colgada del techo. Los hombres
un diablero! estaban esperando al ladrón porque todas las
No sé, Choy. Manuel iba conmigo esa noche y noches le robaban queso al blanco. Así que el
dijo que el coyote podría haber sido un diable- blanco mató al ladrón sabiendo que no era pe-
ro. ¿Tú no puedes decirme qué es un diablero? rro.
Dizque un diablero es un brujo que cambia ¿Hay muchos diableros en estos días, doña
de forma y toma la que quiere. Pero todo el Luz?
Esas cosas son muy secretas. Dicen que ya no don Juan. Anteriormente lo había visto en
hay diableros, pero yo lo dudo, porque alguien diversas ocasiones, pero siempre en calidad
de la familia del diablero tiene que aprender de observador antropológico. Durante esas
lo que el diablero sabe. Los dia¬bleros tienen primeras conversaciones, yo tomaba notas en
sus propias leyes, y una de ellas es que un forma encubierta. Luego, confiando en mi me-
diablero debe enseñar sus secretos a algún moria, reconstruía toda la conversación. Pero
pariente suyo. cuando empecé a participar como aprendiz,
tal método de tomar notas se dificultó mucho,
¿Qué cree que era el animal, don Genaro? pues nuestras conversaciones se referían a
pregunté a un hombre muy anciano. muchos temas diferentes. Entonces don Juan
Un perro de algún rancho de por ahí. ¿Qué me permitió aunque tras de vigorosa protesta
otra cosa? anotar abiertamente cuanto se dijera. Tam-
¡Podría haber sido un diablero! bién me habría gustado tomar fotos y hacer
¿Un diablero? ¡Está loco! No hay diableros. grabaciones, pero no quiso permitírmelo.
¿Quiere usted decir que ya no hay, o que nun- Serví como aprendiz primero en Arizona y
ca hubo? después en Sonora, porque don Juan se mudó
En un tiempo sí hubo. Es cosa sabida de to- a México durante el curso de mi preparación.
dos, Pero la gente les tenía mucho miedo y los El procedimiento que seguí fue verlo durante
mató. unos cuantos días cada determinado tiempo.
¿Quién los mató, don Genaro? Mis visitas se hicieron más frecuentes y más
Toda la gente de la tribu. El último diablero largas durante los meses de verano de 1961,
que yo conocí fue S . . . Mató docenas, quizá 1962, 1963 y 1964. En retrospectiva, pienso
hasta cientos de personas con su brujería. No que este método de conducir el aprendiza-
podíamos tolerar eso y la gente se juntó y una je impidió que la enseñanza fuera completa,
noche le cayeron por sorpresa y lo quema¬ron porque retrasó la venida del compromiso ple-
vivo. no indispensable para convertirme en brujo.
¿Cuándo fue eso, don Genaro? Sin embargo, el método fue benéfico desde
En mil novecientos cuarenta y dos. mi punto de vista personal, porque me dio
¿Lo vio usted? un poco de distancia, y eso fomentó a su vez
No, pero la gente todavía lo comenta. Dicen un sentido de examen crítico que habría sido
que no quedaron cenizas, aunque la estaca imposible de lograr si yo hubiera participado
era de madera verde. Todo lo que quedó al fi- continuamente, sin interrupción. En septiem-
nal fue un gran charco de grasa. bre de 1965 interrumpí voluntariamente el
aprendizaje.
Aunque don Juan tildaba de diablero a su be-
nefactor, nunca mencionó el sitio donde había Varios meses después de mi retirada, medité
adquirido su saber ni identificó a su maestro. por primera vez en la idea de ordenar siste-
De hecho, don Juan revelaba muy poco de su máticamente mis notas de campo. Como los
vida personal. Sólo decía que nació en el su- datos que había reunido eran bastante volu-
roeste en 1891; que había pasado casi toda su minosos e incluían mucha información mis-
vida en México; que en 1900 su familia fue celánea, empecé por tratar de establecer un
exiliada por el gobierno a la parte central del sistema de clasificación. Dividí los datos en
país, junto con miles de otros indios sono- grupos de conceptos y procedimientos inte-
renses, y que él vivió en el centro y el sur de rrelacionados y dispuse tales grupos en orden
México hasta 1940, Así, como don Juan ha- jerárquico de importancia subjetiva, es decir,
bía viajado mucho, su conocimiento podía ser de acuerdo con el efecto que cada uno había
producto de múltiples influencias. Y aunque tenido sobre mí. En esa forma llegué a la si-
se consideraba indio de Sonora, yo no podía guiente clasificación: usos de plantas alucinó-
tener certeza para catalogar totalmente su genas; procedimientos y fórmulas empleados
saber en la cultura de los indios sonorenses. en la brujería; adquisición y manipulación de
Pero no es mi intención determinar aquí su objetos de poder; usos de plantas medicinales;
medio cultural preciso. canciones y leyendas.
En junio de 1961 inicié mi aprendizaje con Reflexionando sobre los fenómenos experi-
mentados, advertí que mi intento de clasifi- insostenible. Por tanto, mi primera tarea era
cación no había producido sino un inventario determinar el orden de conceptualización em-
de categorías; cualquier intento de refinar mi pleado por don Juan. Trabajando en ese senti-
plan no daría, por tanto, sino un inventario do, vi que él mismo había hecho hincapié par-
más complejo. Eso no era lo que yo deseaba. ticular en cierto terreno de sus enseñanzas:
Durante los meses siguientes a mi abandono específicamente, los usos de plantas alu-cinó-
del aprendizaje, necesité comprender lo que genas. Sobre la base de este descubrimiento,
había experimentado, y lo que había experi- revisé mi propio esquema de categorías.
men¬tado era la enseñanza de un sistema co- Don Juan usó, por separado y en distintas
herente de creencias por medio de un método ocasiones, tres plantas alucinógenas: peyo-
pragmático y experimental. Desde la primera te (Lophophora williamsii), toloache (Datura
sesión en que participé, se me había hecho inoxia syn. D. meteloicles) y un hongo (posi-
manifiesto que las enseñanzas de don Juan blemente Psilocybe mexicana). Desde antes
poseían cohesión interna. Una vez decidido de su contacto con europeos, los indios ameri-
definitivamente a comunicarme su saber, pro- canos conocían las propiedades alucinógenas
cedió a hacer sus explicaciones por pasos or- de estas tres plantas. A causa de sus propie-
denados. Descubrir ese orden y comprenderlo dades, han sido muy usadas por placer, para
resultó para mí una tarea en extremo difícil. curar, en la brujería, y para alcanzar un es-
Mi incapacidad de lograr una comprensión tado de éxtasis. En el contexto específico de
parece haber nacido del hecho de que, tras sus enseñanzas, don Juan relacionaba el uso
cuatro años como aprendiz, seguía siendo un de la Datura inoxia y la Psilocybe mexicana
principiante. Resultaba claro que el conoci- con la adquisición de poder, un poder que él
miento de don Juan y su método de trasmi- llamaba un “aliado”. Relacionaba el uso de la
tirlo eran los de su benefactor; así, mis difi- Lophophora williamsii con la adquisición de
cultades para comprender sus enseñanzas sabiduría, o conocimiento de la buena manera
debieron de ser análogas a las que él mismo de vivir.
experimentó. Don Juan aludía a nuestra si- La importancia de las plantas consistía, para
militud como principiantes en comentarios don Juan, en su capacidad de producir etapas
incidentales sobre la incapacidad de compren- de percepción peculiar en un ser humano. Así,
der a su maestro durante su propio aprendi- me guió al experimentar una serie de tales
zaje. Tales observaciones me llevaron a creer etapas con el propósito de exponer y validar
que para cualquier principiante, indio o no, su conocimiento. Las he llamado “estados de
el conocimiento de la brujería se hacía incom- realidad no ordinaria”, en el sentido de rea-
prensible por las características extranjeras lidad inusitada contrapuesta a la realidad
de los fenómenos que el aprendiz experimen- ordinaria de la vida cotidiana. La distinción
taba. Personalmente, como occidental, dichas se basa en el significado inherente a los esta-
características me resultaron tan ajenas que dos de realidad no ordinaria. En el contexto
me fue prácticamente imposible explicarlas del saber de don Juan se consideraban reales,
según mi propia vida cotidiana, y me vi for- aunque su realidad se diferenciaba de la rea-
zado a concluir que sería inútil cualquier in- lidad ordinaria.
tento de clasificar mis datos de campo en mis Don Juan consideraba los estados de realidad
propios términos. no ordinaria como única forma de aprendizaje
Así se hizo obvio que el saber de don Juan de- pragmático y único medio de adquirir el po-
bía ser examinado como él mismo lo compren- der. Daba la impresión de que otras partes
día; sólo en esos términos podría manifestarse de sus enseñanzas eran incidentales a la ad-
en forma convincente. Sin embargo, al tratar quisición de poder. Este punto de vista per-
de reconciliar mis puntos de vista con los de meaba la actitud de don Juan hacia todo lo
don Juan advertí que, cuando trataba de ex- que no estaba conectado directamente con los
plicarme su saber, usaba siempre conceptos estados de realidad no ordinaria. A través de
que lo hicieran “inteligible”. Como esos con- mis notas de campo hay referencias dispersas
ceptos eran ajenos a mí, tratar de compren- al sentir de don Juan. Por ejemplo, en una
der los conocimientos de don Juan como él conversación insinuó que algunos objetos po-
los comprendía me colocaba en otra posición seen en sí mismos cierta cantidad de poder.
Aunque él en lo particular no tenía ninguna ¿Qué objetos de poder tenía usted?
respeto por los objetos de poder, decía que los Maíz pinto, cristales y plumas.
brujos menores a menudo se valían de ellos. ¿Qué es el maíz pinto, don Juan?
Le pregunté frecuentemente sobre esos obje- Un grano de maíz que tiene una raya de color
tos, pero pareció no tener interés en discutir- rojo en la mitad.
los. Sin embargo, cuando el tema se trajo a ¿Es un solo grano?
colación. en otra oportunidad, consintió, con No. Un brujo tiene cuarenta y ocho.
renuencia en hablar de ellos. ¿Qué hacen esos granos de maíz, don, Juan?
Cada uno puede matar a un hombre entran-
Hay ciertos objetos empapados de poder, dijo. do en su cuerpo.
Hay cantidades de objetos así cultivados por ¿Y cómo entra en el cuerpo?
hombres poderosos con ayuda de espíritus Es un objeto de poder y su poder consiste, en-
amigos. Estos objetos son herramientas; no tre otras cosas, en entrar en el cuerpo.
son herramientas comunes, sino herramien- ¿Y qué hace cuando entra?
tas de muerte. Pero no son más que objetos; Se hunde; se acomoda en el pecho o en los
no tienen poder de enseñar. Hablando con intestinos. El hombre se enferma y, a menos
propiedad, están en el terreno de los objetos que el brujo que lo atienda sea más fuerte que
de guerra; están hechos para la lucha; están el que le hizo la brujería, muere tres meses
hechos para matar, cuando se los arroja. después del momento en que el grano de maíz
¿Qué clase de objetos son, don Juan? le entró en el cuerpo.
No son en realidad objetos; más bien son mo- ¿Hay alguna manera de curarlo?
dos de poder. El único modo es sacándole el maicito, pero
¿Cómo puede uno obtener esos modos de po- muy pocos brujos se atreven a hacerlo. Puede
der, don Juan? que un brujo logre chuparlo, pero si no es lo
Depende de la clase de objeto que quieras. bastante fuerte para rechazarlo, el maíz se le
¿Cuántas clases de objetos hay? mete en el propio cuerpo y lo mata en lugar
Ya te dije, docenas. Cualquier cosa puede ser del otro.
un objeto de poder. Pero ¿cómo logra un grano de maíz entrar en
Bueno, entonces, ¿cuáles son los más pode- el cuerpo de alguien?
rosos? Para explicar eso debo hablarte de la bruje-
El poder de un objeto depende de su dueño, ría del maíz pinto, que es una de las bruje-
de la clase de hombre que sea. Un objeto de rías más poderosas que conozco. La brujería
poder cultivado por uno de esos brujos de se hace con dos maicitos. A uno se lo esconde
mala muerte es una idiotez; en cambio, un en el botón fresco de una flor amarilla. Luego,
brujo fuerte y poderoso da su fuerza a sus he- a la flor se la deja en algún lugar donde pueda
rramientas. quedar en contacto con la víctima: en el cami-
¿Cuáles son entonces los objetos de poder no por donde él pase a diario, o en cualquier
más comunes? ¿Cuáles prefieren la mayoría parte donde acostumbre llegar. Apenas la víc-
de los brujos? tima pisa la flor, o la toca de cualquier mane-
No hay preferencias. Todos son objetos de po- ra, la brujería está hecha. El maicito pinto se
der, todos son lo mismo, hunde en su cuerpo.
¿Usted tiene alguno, don Juan? ¿Qué pasa con el grano de maíz después de
No respondió; sólo me miró y se echó a reír. que el hombre lo toca?
Permaneció callado largo rato, y pensé que Todo su poder entra en el hombre, y el grano
mis preguntas lo molestaban. queda libre. Se convierte en un maíz cualquie-
Hay limites para esos modos de poder prosi- ra. Puede dejarse en el sitio de la brujería, o
guió . Pero de esto yo tengo la seguridad que puede barrerse; no importa. Es mejor barrerlo
no entiendes ni una palabra. A mi me ha lle- y echarlo al matorral para que algún pájaro
vado casi una vida entender que, por sí solo, se lo coma.
un aliado puede revelar todos los secretos de ¿Puede comérselo un pájaro antes de que el
esos poderes menores y volverlos cosa de ni- hombre lo toque?
ños. Yo tuve herramientas así en un tiempo, No. Ningún pájaro es tan estúpido, te lo ase-
cuando era muy joven. guro. Los pájaros no se le acercan.
Don Juan describió entonces un procedimien- no ordinaria. Por ello, mis informes de estas
to muy complejo por medio del cual pueden conversaciones tienen a veces fecha anterior
obtenerse tales maíces de poder, a la descripción completa de una experiencia.
Debes tener en cuenta que el maíz pinto es un Mis notas de campo revelan la versión sub-
simple instrumento, no un aliado dijo. Cuando jetiva de lo que yo percibía al atravesar la
hayas hecho esa distinción no tendrás proble- experiencia. Esa versión se presenta aquí tal
ma. Pero si consideras que esas herramientas como la narraba a don Juan, quien exigía una
son supremas, serás un tonto. reminiscencia completa y fiel de cada detalle
¿Son los objetos de poder tan poderosos como y un recuento en pleno de cada experiencia.
un aliado? pregunté. Al anotar dichas experiencias, añadí detalles
Don Juan rió desdeñoso antes de contestar. incidentales, en un intento por recuperar el
Parecía estar esforzándose por tenerme pa- ámbito total de cada estado de realidad no
ciencia. ordinaria. Quería describir en la forma más
El maíz pinto, los cristales y las plumas son completa posible el efecto emotivo que había
simples juguetes en comparación con un alia- experimentado.
do dijo . Un hombre necesita objetos de poder Mis notas de campo manifiestan asimismo
sólo cuando no tiene un aliado. Buscarlos es el contenido del sistema de creencias de don
perder el tiempo, sobre todo para ti. Tú de- Juan. He condensado largas páginas de pre-
berías tratar de ganarte un aliado; cuando lo guntas y respuestas entre don Juan y yo, con
logres comprenderás lo que te estoy diciendo el fin de no reproducir la repetitividad pro-
ahora. Los objetos de poder son como juego de pia de toda conversación. Pero como también
niños. quiero reflejar con exactitud el tono general
No me entienda mal, don Juan, protesté. Por de nuestras conversaciones, he quitado única-
supuesto que quiero tener un aliado, pero mente el diálogo que no aportó nada a mi com-
también quiero saber todo lo que pueda acer- prensión de los conocimientos que don Juan
ca de los objetos de poder. Usted mismo ha me impartía. La información que él me daba
dicho que saber es poder, era siempre esporádica, y por cada arranque
¡No! dijo categórico . El poder depende de de parte suya había horas de sondeo por la
la clase de saber que se tenga. ¿De qué sirve mía. Sin embargo, en muchas ocasiones expu-
saber cosas que no valen la pena? so libremente sus conocimientos.
En el sistema de creencias de don Juan, la En la segunda parte de este libro, presento
adquisición de un aliado significaba exclusi- un análisis estructural sacado exclusivamen-
vamente la explotación de los estados de rea- te de los datos ofrecidos en la primera parte.
lidad no ordinaria que produjo en mí usando A través de mi análisis intento cimentar los
plantas alucinógenas. Creía que enfocando siguientes argumentos: 1) don Juan presenta-
dichos estados y omitiendo otros aspectos del ba sus enseñanzas como un sistema de pensa-
saber que él impartía, yo llegaría a una visión miento lógico; 2) el sistema sólo tenía sentido
coherente de los fenómenos experimentados. examinado a la luz de sus propias unidades
estructurales, y 3) el sistema estaba planeado
Por tanto, he dividido este libro en dos par- para guiar al aprendiz a un nivel de concep-
tes. En la primera, presento selecciones de tualización que expli¬caba el orden de los fe-
mis notas de campo, relativas a los estados nómenos que había experimentado el mismo
de realidad no ordinaria que atravesé duran- aprendiz.
te el aprendizaje. Como he ordenado mis no-
tas de acuerdo con la continuidad del relato,
no siempre tienen una secuencia cronológica
exacta. Nunca describí por escrito un estado
de realidad no ordinaria hasta varios días
después de haberlo experimentado, cuando
ya podía tratarlo con calma y objetividad.
En cambio, mis conversaciones con don Juan
fueron anotadas conforme ocurrían, inmedia-
tamente después de cada estado de realidad
PRIMERA PARTE ¿Cómo dice?
“LAS ENSEÑANZAS” No importa ya. Conozco tus intenciones.
¿Quiere usted decir que vio a través de mí?
Puedes decirlo así.
I ¿Entonces me enseñará?
¡No!
LAS NOTAS sobre mi primera sesión con don ¿Porque no soy indio?
Juan están fechadas el 23 de junio de 1961, No. Porque no conoces tu corazón. Lo impor-
En esa ocasión principiaron las enseñanzas. tante es que sepas exactamente por qué quie-
Yo había visto a don Juan varias veces an- res comprometerte. Aprender los asuntos del
tes, únicamente en calidad de observador. En “Mescalito” es un acto de lo más serio. Si fue-
cada oportunidad le había pedido instruirme ras indio, tu solo deseo seria suficiente. Muy
sobre el peyote. Siempre hacia caso omiso de pocos indios tienen ese deseo.
mi petición, pero jamás rechazaba de plano el
tema y yo interpretaba sus titubeos como una Domingo, 25 de junio, 1961
posibilidad de que, rogándole más, podría in-
clinarse a hablar de sus conocimientos. Me quedé con don Juan toda la tarde del vier-
En esta sesión inicial me dio a entender cla- nes. Iba a marcharme a eso de las 7 p.m. Es-
ramente que podría tener en cuenta mi peti- tábamos sentados en el zaguán de su casa y
ción siempre y cuando yo poseyera claridad yo resolví preguntarle una vez más acerca de
de mente y propósito con respecto a lo que le la enseñanza. Era casi una pregunta de ru-
había preguntado. Me era imposible cumplir tina y esperaba que él volviese a negarse. Le
tal condición, pues yo sólo le había pedido en- pregunté si había alguna forma de aceptar mi
señanza sobre el peyote como medio de esta- solo deseo de saber, como si yo fuera indio.
blecer con él un lazo de comunicación. Pensé Tardó un rato largo en responder. Me sentí
que su familiaridad con el tema podía predis- obligado a quedarme, porque don Juan pare-
ponerlo a estar más abierto y más dispuesto a cía estar tratando de decidir algo.
hablar, permitiéndome así el ingreso en su co- Finalmente me dijo que había una forma, y
nocimiento de las propiedades de las plantas. procedió a delinear un problema. Señaló que
Sin embargo, él había tomado mi petición en yo estaba muy cansado sentado en el suelo,
sentido literal, y le preocupaba mi propó¬sito y que lo adecuado era hallar un “sitio” en el
de desear aprender sobre el peyote. suelo donde pudiera sentarme sin fatiga. Yo
tenía las rodillas contra el pecho y los brazos
Viernes, 23 de junio, 1961 enlazados en torno a las pantorrillas. Cuando
don Juan dijo que yo estaba cansado, advertí
¿Me va usted a enseñar, don Juan? que me dolía la espalda y me hallaba casi ex-
¿Por qué quieres emprender un aprendizaje hausto.
así? Esperé su explicación con respecto a lo de un
Quiero, de veras que me enseñe usted lo que “sitio”, pero don Juan no hizo ningún intento
se hace con el peyote. ¿No es buena razón abierto de aclarar el punto. Pensé que aca-
nada más que querer saber? so quería indicarme cambiar de posición, de
¡No! Debes buscar en tu corazón y descubrir modo que me levanté y fui a sentarme más
por qué un joven como tú quiere emprender cerca de él. Don Juan protestó por mi movi-
tamaña tarea de aprendizaje. miento y recalcó claramente que un sitio sig-
¿Por qué aprendió usted, don Juan? nificaba un lugar donde uno podía sentirse
¿Por qué preguntas eso? feliz y fuerte de manera natural. Palmeó el
Quizá los dos tenemos las mismas razones, lugar donde se hallaba sentado y dijo que ése
Lo dudo. Yo soy indio. No andamos por los era su sitio, añadiendo que me había puesto
mismos caminos. una adivinanza: yo debía resolverla solo y sin
Mi única razón es que quiero aprender, sólo más deliberación.
por saber. Pero le aseguro, don Juan, que mis Lo que él había planteado como un problema
intenciones no son malas. que ha de ser resuelto era ciertamente una
Te creo. Te he fumado. adivinanza. Yo no tenía idea de cómo empe-
zar, ni idea de lo que él tenía en mente. Varias sitio. Me cansé de andar y tomé asiento; tras
veces pedí una pista, o al menos un indicio, unos cuantos minutos me senté en otro lu-
sobre cómo proceder a la localización de un gar, y luego en otro, hasta cubrir todo el piso
punto donde me sintiera feliz y fuerte. Insistí en forma semisistemática. Deliberadamente
y argumenté que no tenía la menor idea de procuraba “sentir” diferencias entre lugares,
qué quería decir él en realidad, porque no me pero carecía de criterio para la diferenciación.
era posible concebir el problema. El me sugi- Sentí que estaba perdiendo el tiempo, pero
rió caminar por el zaguán, hasta hallar el si- me quedé. Mi racionalización fue que había
tio. venido de lejos sólo para ver a don Juan, y en
Me levanté y empecé a recorrer el suelo. Me realidad no tenía otra cosa que hacer.
sentí ridículo y fui a sentarme frente a don Me acosté de espaldas y puse las manos bajo
Juan. la cabeza a manera de almohada. Luego rodé
El se enojó mucho conmigo y me acusó de y permanecí un rato sobre mi estómago. Re-
no escuchar, diciendo que acaso no quisiera petí este proceso rodando por todo el piso. Por
aprender. Tras un rato se calmó y me explicó primera vez me pareció haber tropezado con
que no cualquier lugar era bueno para sentar- un vago criterio. Sentía más calor acostado de
se o para estar en él, y que dentro de los con- espaldas.
fines del zaguán había un único sitio donde Rodé nuevamente, ahora en dirección contra-
yo podía estar en las mejores condiciones. Mi ria, y otra vez cubrí el largo del piso, yaciendo
tarea consistía en distinguirlo entre todos los boca abajo en los sitios donde estuve boca arri-
demás lugares. La norma general era “sentir” ba en mi primera gira rodante. Experimenté
todos los sitios posibles a mi alcance hasta de- las mismas sensaciones de tibieza y frío según
terminar sin lugar a dudas cuál era el sitio la postura, pero no diferencia entre los sitios.
correspondiente. Entonces se me ocurrió una idea que creí
.Argüí que, si bien el zaguán no era demasia- brillante: ¡el sitio de don Juan! Me senté allí
do grande (3.5 X 2.5 metros), el número de si- y luego me acosté, boca abajo al principio y
tios posibles era avasallador, que requeriría después de espaldas, pero el lugar era igual
un tiempo muy largo para probarlos todos y a los otros. Me levanté. Estaba harto. Quería
que como él no especificaba el tamaño del si- despedirme de don Juan, pero no me atrevía
tio, las posibilidades podían ser infinitas. Mis a despertarlo. Miré mi reloj. ¡Eran las 2 de la
argumentos resultaron fútiles. Don Juan se mañana! Había estado rodando durante seis
puso en pie y, con mucha severidad, me advir- horas.
tió que resolver el problema tal vez requirie- En ese momento don Juan salió y rodeó la
ra días, pero de no resolverlo daba igual que casa para ir al chaparral. Regresó y se detuvo
me marchara, porque él no tendría nada que junto a la puerta. Me sentía completamente
decirme. Recalcó que él sabía dónde era mi si- abatido, y quise decirle algo desagradable y
tio, y que por tanto yo no podría mentirle; dijo marcharme. Pero me di cuenta de que no era
que sólo en esta forma le sería posible aceptar culpa suya; yo mismo había querido prestar-
como razón válida mi deseo de aprender los me a todas esas tonterías. Le declaré mi fra-
asuntos del Mescalito. Añadió que nada en caso: llevaba toda la noche rodando en el sue-
este mundo era un regalo: todo cuanto hubie- lo, como un idiota y aún no podía hallar pies
ra que aprender debía aprenderse por el ca- ni cabeza a la adivinanza.
mino difícil. Don Juan rió y dijo que eso no lo sorprendía,
Dio vuelta a la casa para ir a orinar en el cha- porque yo no había procedido, correctamente.
parral. De regreso entró directamente en su No había usado los ojos. Eso era cierto, pero
casa por la parte trasera. yo estaba muy seguro de que él me había indi-
Pensé que la misión de hallar el supuesto sitio cado sentir la diferencia. Señalé esto, y él ar-
de felicidad era su propio modo de deshacerse guyó que es posible sentir con los ojos, cuando
de mí, pero me levanté y empecé a pasear de no están mirando de lleno las cosas. En mi
un lado a otro. El cielo estaba claro. Podía ver propio caso, dijo, no tenía yo otro medio de re-
cuanto había en el zaguán y sus inmediacio- solver el problema que usar cuanto tenia: mis
nes. Debí de caminar una hora o más, pero ojos.
no ocurrió nada que revelase la ubicación del Entró en la casa. Tuve la certeza de que me
había observado. No tenía, pensé, otra forma irme. Me senté, estiré las piernas hacia atrás
de saber que yo no había estado usando los y volvía comenzar desde el principio.
ojos. Durante esta ronda atravesé rápidamente
Empecé a rodar de nuevo, porque ése era el cada lugar, pasando por el sitio de don Juan,
procedimiento más cómodo. Esta vez, sin em- hasta el final del piso, y luego viré para cubrir
bargo, apoyé la barbilla en las manos y miré el lado exterior. Al llegar al centro advertí que
cada detalle. otro cambio de coloración estaba ocurriendo
Tras un intervalo cambió la oscuridad en tor- de nuevo en el borde de mi campo de visión. El
no mío. Mientras enfocaba el punto directa- color verdoso pálido percibido en toda el área
mente frente a mí, toda la zona periférica de se convertía, en cierto sitio a mi derecha, en
mi campo de visión adquirió una coloración un verdigrís nítido. Permaneció un momento
brillante, un amarillo verdoso homogéneo. y luego se metamorfoseó súbitamente en otro
El efecto fue pasmoso. Mantuve los ojos fijos matiz fijo, distinto del que yo había percibi-
en el punto frente a mí y empecé a reptar de do antes. Me quité un zapato para marcar el
lado, boca abajo, trecho por trecho. punto, y seguí rodando hasta cubrir el suelo
De pronto, en un punto cercano a la mitad del en todas las direcciones posibles. No hubo
piso, advertí otro cambio de color. En un sitio, ningún otro cambio de coloración.
a mi derecha, aún en la periferia de mi campo Volví al punto indicado por mi zapato y lo exa-
de visión, el amarillo verdoso se hacía inten- miné. Quedaba a metro y medio o poco más
samente púrpura. Concentré allí la atención. del sitio indicado por mi chaqueta, aproxi-
El púrpura se desvaneció en un color pálido, madamente en dirección sureste. Había una
pero brillante todavía, que permaneció esta- piedra grande junto a él. Estuve tendido allí
ble mientras detuve en él mi atención. un buen rato, tratando de descubrir pistas,
Marqué el sitio con mi chaqueta y llamé a don observando cada detalle, pero no sentí nada
Juan. Salió al zaguán. Yo estaba realmente diferente.
excitado; había visto claramente el cambio de Decidí probar el otro sitio. Rápidamente giré
matices. Don Juan no pareció impresionarse, sobre mis rodillas, y estaba a punto de acos-
pero me indicó sentarme en el sitio e infor- tarme en la chaqueta cuando sentí una apren-
marle de qué clase de sensación era aquélla. sión insólita. Era más bien como la sensación
Tomé asiento y luego me tendí de espaldas. física de que algo empujaba mi estómago. Me
En pie junto a mí, don Juan preguntó repeti- levanté de un salto, retrocediendo con el mis-
damente cómo me sentía, pero yo no experi- mo impulso. El cabello de mi nuca se erizó.
menté nada diferente. Durante unos quince Mis piernas se habían arqueado ligeramen-
minutos traté de sentir o ver una diferencia, te, mi tronco estaba echado hacia adelante y
mientras don Juan aguardaba paciente junto mis brazos se proyectaban rígidamente frente
a mí. Me sentí fastidiado. Tenía un sabor me- a mí, con los dedos contraídos como garras.
tálico en la boca. De un momento a otro me Advertí la extraña postura, y mi sobresalto
dolía la cabeza. Estaba a punto de vomitar. aumentó.
La idea de mis esfuerzos absurdos me irritaba Retrocediendo involuntariamente, tomé
hasta la furia. Me levanté. asiento en la piedra junto a mi zapato. De allí
Don Juan debió notar mi profunda amargura. me dejé resbalar al suelo. Intenté aclarar qué
No rió: dijo con mucha seriedad que, si quería cosa había podido ocurrir para producirme tal
yo aprender, debía ser inflexible conmigo mis- susto. Pensé que debía haber sido mi fatiga.
mo. Sólo una opción me estaba abierta, dijo: Ya casi era de día, Me sentí ridículo y confuso.
renunciar y marcharme, caso en el cual jamás Sin embargo, no tenía modo de explicar qué
aprendería, o resolver la adivinanza. cosa me asustó, ni había descubierto lo que
Entró de nuevo. Yo quería irme en el acto, deseaba don Juan.
pero me hallaba demasiado cansado para con- Resolví hacer un último intento. Me levanté,
ducir; además, el percibir los colores había me acerqué despacio al lugar marcado por mi
sido tan asombroso que yo no vacilaba en con- chaqueta, y de nuevo sentí la misma apren-
siderar aquello como un criterio de algún tipo, sión. Esta vez hice un vigoroso esfuerzo por
y acaso pudieran percibirse otros cambios. dominarme. Tomé asiento y luego me arrodi-
De cualquier modo, era demasiado tarde para llé para tenderme boca abajo, pero no pude
acostarme pese a mi voluntad. Puse las ma- periencia era totalmente forzada y arbitraria.
nos en el suelo. Mi aliento se aceleró; se me Esta¬ba seguro de que don Juan me había
revolvió el estómago. Tuve una clara sensa- observado toda la noche para luego seguirme
ción de pánico y luché por no salir corriendo, la corriente diciendo que el sitio donde me
Pensé que tal vez don Juan me vigilaba. Len- quedara dormido era el buscado. Sin embar-
tamente repté de regreso al otro sitio y apoyé go, no veía yo motivo lógico de tal acción, y
la espalda contra la piedra. Quería descansar cuando me retó a sentarme en el otro sitio no
un rato para poner en orden mis ideas, pero pude hacerlo. Había una extra¬ña separación
me quedé dormido. entre mi experiencia pragmática de temer al
Oí a don Juan hablar y reír por encima de mi “otro sitio” y mis consideraciones racionales
cabeza. Desperté. sobre todo el episodio.
Hallaste el sitio, dijo. Don Juan, en cambio, se hallaba muy seguro
Al principio no entendí, pero él me aseguró de de que yo había triunfado y, actuando en con-
nuevo que el lugar donde me había quedado cordancia con mi éxito, me hizo saber que iba
dormido era el sitio en cuestión. Una vez más a instruirme con respecto al peyote.
preguntó qué sentía allí tendido. Le dije que Me pediste que te enseñara los asuntos del
en realidad no advertía ninguna diferencia. Mescalito dijo . Yo quería ver si tenías espi-
Me pidió comparar mis sensaciones en aquel nazo como para conocerlo cara a cara. Mesca-
momento con lo que había sentido al yacer en lito no es chiste. Debes ser dueño de tus recur-
el otro sitio. Por vez primera se me ocurrió sos. Ahora sé que puedo aceptar tu solo deseo
conscientemente que me era imposible expli- como una buena razón para aprender.
car mi aprensión de la noche anterior, Don ¿De veras va usted a enseñarme los asuntos
Juan me instó, con una especie de actitud de del peyote?
reto, a sentarme en el otro sitio. Prefiero llamarlo Mescalito. Haz tú lo mismo.
Por algún motivo inexplicable, yo tenía miedo ¿Cuándo va usted a empezar?
a ese lugar, y no me senté en él. Don Juan No es tan sencillo. Primero debes estar listo,
aseveró que sólo un tonto podía dejar de ver Creo que estoy listo.
la diferencia. Esto no es un chiste. Debes esperar hasta que
Le pregunté si cada uno de los dos lugares no haya duda, y entonces lo conocerás.
tenía un nombre especial. Dijo que el bueno ¿Tengo qué prepararme?
se llamaba el sitio y el malo el enemigo; dijo No. Nada más tienes que esperar. A lo me-
que estos dos lugares eran la clave del bien- jor te olvidas de todo el asunto después de un
estar de un hombre, especialmente si busca- tiempo. Te cansas rápidamente. Anoche es-
ba cono¬cimiento. El mero acto de sentarse tabas a punto de irte a tu casa apenas se te
en el sitio propio creaba fuerza superior; en puso difícil. Mescalito pide una intención muy
cambio, el enemigo debilitaba e incluso podía seria.
causar la muerte. Dijo que yo había repues-
to mi energía, dispendiada la noche anterior, II
echando una siesta en mi sitio.
También dijo que los colores percibidos por mí Lunes, 7 de agosto, 1961
en asociación con cada sitio específico tenían
el mismo efecto general de dar fuerza o de re- Llegué a la casa de don Juan en Arizona la
ducirla. noche del viernes, a eso de las siete. Otros cin-
Le pregunté si existían para mí otros sitios co indios estaban sentados con él en el zaguán
como los dos que había hallado y cómo debería de su casa. Lo saludé y tomé asiento esperan-
hacer para localizarlos. Dijo que muchos lu- do que alguien dijera algo. Tras un silencio
gares en el mundo serían comparables a esos formal, uno de los hombres se levantó, vino a
dos, y que la mejor manera de hallarlos era mí y dijo: “Buenas noches.” Me levanté y res-
determinar sus colores respectivos. pondí: “Buenas noches”. Entonces todos los
Yo no sabía a ciencia cierta si había resuelto otros se pusieron de pie y se acercaron y todos
el problema o no; de hecho, ni siquiera me ha- murmuramos “buenas noches” y nos dimos la
llaba convencido de que hubiese habido algún mano, tocando apenas las puntas de los dedos
problema; no podía dejar de sentir que la ex- del otro o bien sosteniendo la mano un instan-
te y luego dejándola caer con brusquedad. dos. Tres de los hombres se instalaron en un
Todos nos sentamos de nuevo. Parecían algo sofá, el mueble más grande del aposento. Era
tímidos: sin saber qué decir, aunque todos ha- muy viejo y se había vencido hasta el piso; a la
blaban español. luz indistinta, parecía rojo y sucio. Los demás
Como a las siete y media, todos se levantaron ocupamos sillas. Estuvimos largo rato senta-
de repente y fueron hacia la parte trasera de dos en silencio.
la casa. Nadie había pronunciado palabra en De pronto, uno de los hombres se levantó y
largo rato. Don Juan me hizo seña de seguir- fue a otro cuarto. Tendría cincuenta y tantos
los y todos subimos en una camioneta de car- años; era moreno, alto y fornido. Regresó al
ga estacionada allí. Yo iba en la parte trasera, momento con un frasco de café. Quitó la tapa
con don Juan y dos hombres más jóvenes. No y me lo dio; dentro había siete cosas de aspec-
había cojines ni bancas y el piso de metal re- to raro. Variaban en tamaño y consistencia.
sultó dolorosamente duro, sobre todo cuando Algunas eran casi redondas, otras alargadas.
dejamos la carretera y nos metimos por un ca- Se sentían al tacto como la pulpa de la casta-
mino de tierra. Don Juan susurró que íbamos ña o la superficie del corcho. Su color pardus-
a la casa de un amigo suyo, quien tenía siete co las hacia semejar cáscaras de nuez duras y
mescalitos para mí. secas. Las manipulé, frotándolas durante un
¿Usted no tiene, don Juan? le pregunté. buen rato.
sí, pero no te los puedo ofrecer. Verás: otra Esto se masca, dijo don Juan en un susurro.
gente tiene que hacerlo. Sólo cuando habló me di cuenta de que se
¿Puede usted decirme por qué? había sentado junto a mí. Miré a los otros
A lo mejor “él” no te ve con agrado y no le hombres, pero ninguno me miraba; estaban
caes bien, y entonces nunca podrás conocerlo hablando entre sí en voz muy baja. Fue un
con afecto, como debe ser, y nuestra amistad momento de indecisión y temor agudos. Me
quedará rota. sentí casi incapaz de dominarme,
¿Por qué no iba yo a caerle bien? Nunca le he Tengo que ir al retrete, le dije . Voy afuera a
hecho nada. dar una vuelta.
No tienes que hacer nada para caer bien o Don Juan me entregó el frasco de café y yo
mal. O te acepta o te tira de lado. puse den¬tro los botones de peyote. Iba a sa-
Pero si no me acepta, ¿hay algo que pueda yo lir de la habitación cuando el hombre que me
hacer para caerle bien? había dado el frasco se levantó, se me acercó
Los otros dos hombres parecieron haber oído y dijo que tenía un excusado en el otro cuarto.
mi pregunta y rieron. El excusado estaba casi contra la puerta.
¡No! No se me ocurre nada que pueda uno Junto a ésta, casi tocándolo, había una cama
hacer dijo don Juan. grande que llenaba más de la mitad del apo-
Volvió la cara a un lado y ya no pude hablarle. sento. La mujer estaba durmiendo allí. Per-
Debimos haber viajado al menos una hora manecí un rato inmóvil junto a la puerta; lue-
antes de detenernos frente a una casa peque- go regresé a la habitación donde estaban los
ña. Estaba bastante oscuro, y una vez que el otros hombres.
conductor hubo apagado los faros, yo apenas El dueño de la casa me habló en inglés:
discernía el contorno vago del edificio. Don Juan dice que usted es de Sudamérica.
Un mujer joven, mexicana a juzgar por la in- ¿Hay mescal allí?
flexión de su voz, le gritaba a un perro para Le dije que nunca había oído siquiera hablar
hacerlo cesar sus ladridos. Bajamos de la ca- de él.
mioneta y entramos en la casa. Los hombres Parecían interesados en Sudamérica y habla-
murmuraban “buenas noches” al pasar junto mos de los indios durante un rato. Luego, uno
a la mujer. Ella respondía y continuaba gri- de los hombres me preguntó por qué quería
tándole al perro. comer peyote. Le dije que quería saber cómo
La habitación era amplia y contenía pilas de era. Todos rieron con timidez.
objetos diversos. La luz opaca de un foco eléc- Don Juan me urgió suavemente:
trico muy pequeño hacia la escena bastante Masca, masca.
lóbrega. Reclinadas contra la pared había va- Mis manos se hallaban húmedas y mi estó-
rias sillas con patas rotas y asientos hundi- mago se contraía. El frasco con los botones de
peyote estaba en el piso junto a la silla. Me hablar me di cuenta de que no podía; las pa-
agaché, tomé al azar un botón y lo puse en mi labras se desplazaban sin objeto en mi mente.
boca. Tenía un sabor rancio. Lo partí en dos Reclinando la espalda contra la pared, escu-
con los dientes y empecé a mascar uno de los ché lo que decían los hombres. Hablaban en
trozo. Sentí un amargor fuerte, acerbo; en un italiano y repetían continuamente una frase
momento toda mi boca quedó adormecida. El sobre la estupidez de los tiburones. El tema
amargor crecía conforme yo mascaba, provo- me pareció lógico y coherente. Yo había dicho
cando un increíble fluir de saliva. Sentía las antes a don Juan que los primeros españoles
encías y el interior de la boca como si hubiera llamaron al río Colorado, en Arizona, “el río
comido carne o pescado salados y secos, que de los tizones”, y alguien escri¬bió o leyó mal
parecen forzar a masticar más. Tras un rato “tizones” y el río se llamó “de los tiburones”.
masqué el otro pedazo; mi boca estaba tan en- Me hallaba seguro de que discutían esa anéc-
tumecida que ya no pude sentir el amargor. dota, pero nunca se me ocurrió pensar que
El botón de peyote era un haz de hebras, como ninguno de ellos sabía italiano.
la parte fibrosa de una naranja o como caña Tenía un deseo muy fuerte de vomitar, pero
de azúcar, y yo no sabía si tragarlo o escu- no recuerdo el acto en sí. Pregunté si alguien
pirlo. En ese momento, el dueño de la casa se me traería un vaso de agua. Experimenté una
puso en pie e invitó a todos a salir al zaguán. sed insoportable.
Salimos y nos sentamos en la oscuridad. Afue- Don Juan trajo una cacerola grande. La puso
ra se estaba bastante cómodo, y el anfitrión en el suelo junto a la pared. También trajo
sacó una botella de tequila. una taza o lata pequeña. La llenó en la cace-
Los hombres se hallaban sentados en fila con rola y me la dio, y dijo que yo no podía beber:
la espalda contra la pared. Yo ocupaba el ex- sólo debía refrescarme la boca.
tremo derecho de la línea. Don Juan, instala- El agua parecía extrañamente brillante, relu-
do junto a mí, puso entre mis piernas el frasco ciente, como barniz espeso, Quise preguntar-
con los botones de peyote. Luego me pasó la le de ello a don Juan y laboriosamente traté
bo¬tella, que circulaba a lo largo de la línea, y de formular mis pensamientos en inglés, pero
me dijo que tomara algo de tequila para qui- entonces tomé conciencia de que él no sabía
tarme el sabor amargo. inglés. Experimenté un momento muy con-
Escupí las hebras del primer botón y tomé un fuso y advertí el hecho de que, aun habien-
sorbo. Me dijo que no lo tragara, que sólo me do en mi mente un pensamiento muy claro,
enjuagara la boca para detener la saliva. No no podía hablar. Quería comentar la extraña
sirvió de gran cosa para la saliva, pero sí ayu- apariencia del agua, pero lo que sobrevino no
dó a disipar un poco el sabor amargo. fue habla; fue sentir que mis pensamientos
Don Juan me dio un trozo de albaricoque seco, no dichos salían de mi boca en una especie de
o quizá era un higo seco no podía verlo en la forma líquida. Era la sensación de vomitar
oscuridad, ni percibir el sabor y me dijo que lo sin esfuerzo, sin contracciones del diafragma.
mascara detenida y len¬tamente, sin prisas. Era un fluir agradable de palabras líquidas.
Tuve dificultad para tragarlo; parecía que no Bebí. Y la impresión de que estaba vomitando
quisiera bajar. desapareció. Para entonces todos los ruidos
Tras una pausa corta la botella dio otra vuel- se habían desvanecido y hallé que me costaba
ta. Don Juan me entregó un pedazo de carne trabajo enfocar las cosas. Busqué a don Juan
seca, quebradiza. Le dije que no tenía ganas y al volver la cabeza noté que mi campo de
de comer. visión se había reducido a una zona circular
Esto no es comer dijo con firmeza. frente a mis ojos. Esta sensación no me atemo-
El ciclo se repitió seis veces. Recuerdo que ha- rizaba ni me inquietaba; al contrario, era una
bía mascado seis botones de peyote cuando la novedad: me era posible barrer literalmente
conversación se puso muy animada; aunque el terreno enfocando un sitio y luego movien-
yo no lograba distinguir qué idioma se esta- do despacio la cabeza en cualquier dirección.
ba hablando, el tema de la conversación, en Al salir al zaguán había adver-tido que todo
la que todo mundo participaba, era muy inte- estaba oscuro, excepto el brillo distante de las
resante, y procuré escuchar con cuidado para luces de la ciudad. Pero dentro del área cir-
poder intervenir. Pero al hacer el intento de cular de; ni visión todo era claro. Olvidé mi
interés en don Juan y los otros hombres, y me rojo y amarillo y verde. Bebí más y más. Bebí
entregué por entero a explorar el terreno con hasta hallarme todo en llamas; resplandecía
un enfoque absolutamente preciso. de pies a cabeza. Bebí hasta que el fluido sa-
Vi la juntura de la pared y el piso del zaguán. lió de mi cuerpo a través de cada poro y se
Lentamente volví la cabeza a la derecha, si- proyectó al exterior en fibras como de seda, y
guiendo el muro, y vi a don Juan sentado con- también yo adquirí una melena larga, lustro-
tra él. Moví la cabeza a la izquierda para enfo- sa, iridiscente. Miré al perro y su melena era
car el agua. Hallé el fondo de la cacerola; alcé como la mía. Una felicidad suprema llenó mi
ligeramente la cabeza y vi acercarse un perro cuerpo, y corrimos juntos hacia una especie
negro de tamaño mediano. Lo vi venir hacia el de tibieza amarilla procedente de algún lugar
agua. El perro empezó a beber. Alcé la mano indefinido. Y allí jugamos. Jugamos y force-
para apartarlo de mi agua; enfoqué en él mi jeamos hasta que yo supe sus deseos y él supo
visión concentrada para llevar a cabo el movi- los míos. Nos turnábamos para manipularnos
mien¬to de empujarlo, y de pronto lo vi trans- mutuamente, al estilo de una función de ma-
parentarse. El agua era un líquido reluciente, rionetas. Torciendo los dedos de los pies, yo
viscoso. La vi bajar por la garganta del perro podía hacerle mover las patas, y cada vez que
al interior de su cuerpo. La vi correr pareja él cabeceaba yo sentía un impulso irresistible
a todo lo largo del animal y luego brotar por de saltar. Pero su mayor travesura consistía
cada uno de los pelos. Vi el fluido iridiscente en agitar las orejas de un lado a otro para que
viajar a lo largo de cada pelo individual y pro- yo, sentado, me rascara la cabeza con el pie.
yectarse más allá de la pelambre para formar Aquella acción me parecía total e insoporta-
una melena larga, blanca, sedosa. blemente cómica. ¡Qué toque de ironía y de
En ese momento tuve la sensación de unas gracia, qué maestría!, pensaba yo. Me poseía
convulsiones intensas, y en cosa de instantes una euforia indescriptible. Reí hasta que casi
un túnel. se formó a mi alrededor, muy bajo y me fue imposible respirar.
estrecho, duro y extrañamente frío. Parecía al Tuve la clara sensación de no poder abrir los
tacto una pared de papel aluminio sólido. Me ojos; me encontraba mirando a través de un
encontré sentado en el piso del túnel. Traté tanque de agua. Fue un estado largo y muy
de levantarme, pero me golpeé la cabeza en el doloroso, lleno de la angustia de no poder
techo de metal, y el túnel se comprimió hasta despertar y de a la vez, estar despierto. Lue-
empezar a sofocarme. Recuerdo haber tenido go; lentamente, el inundo se aclaró y entró
que reptar hacia una especie de punto redon- en foco. Mi campo de visión se hizo de nuevo
do donde terminaba el túnel; cuando por fin muy redondo y amplio, y con ello sobrevino
llegué, si es que llegué, me había olvidado un acto consciente ordinario, que fue volver
por completo del perro, de don Juan y de mí la vista en busca de aquel ser maravilloso. En
mismo. Me hallaba exhausto. Mis ropas esta- este punto empezó la transición más difícil.
ban empapadas en un líquido frío, pegajoso. La salida de mi estado normal había sucedido
Rodé en una y en otra dirección tratando de casi sin que yo me diera cuenta: estaba cons-
encontrar una postura en la cual descansar, ciente, mis pensamientos y sentimientos eran
una postura en que mi corazón no golpeara un corolario de esa conciencia, y el paso fue
tan fuerte. En una de esas vueltas vi de nuevo suave y claro. Pero este segundo cambio, el
al perro. despertar a la conciencia seria, sobria, fue ge-
Los recuerdos regresaron en el acto, y de im- nuinamente violento. ¡Había olvidado que era
proviso todo estuvo claro en mi mente. Me volví un hombre! La tristeza de tal situación irre-
en busca de don Juan, pero no pude distinguir conciliable fue tan intensa que lloré.
nada ni a nadie. Todo cuanto podía ver era al
perro, que se volvía iridiscente; una luz inten- Sábado, 5 de agosto, 1961
sa irradiaba de su cuerpo. Vi otra vez el flujo
del agua atravesarlo, encenderlo como una Más tarde, aquella mañana después del desa-
hoguera. Me llegué al agua, hundí el rostro en yuno, el dueño de la casa, don Juan y yo re-
la cacerola y bebí con él. Tenía yo las manos gresamos a donde vivía don Juan. Yo estaba
en el suelo frente a mí, y al beber veía el fluido muy cansado, pero no pude dormirme en la
correr por mis venas produciendo matices de camioneta. Sólo después de que el hombre se
marchó, me quedé dormido, en el zaguán de la Hizo una pausa antes de “mamá” porque lo
casa de don Juan. que iba a decir era “tu chingada madre”. La
Cuando desperté era de noche, don Juan me palabra “mamá” resultó tan incongruente que
había tapado con una cobija. Lo busqué, pero ambos reímos largo tiempo.
no estaba en la casa. Regresó más tarde con Luego me di cuenta de que se había quedado
una olla de frijoles refritos y un montón de dormido sin responder a mi pregunta.
tortillas. Yo tenía mucha hambre.
Después de comer, mientras descansábamos, Domingo, 6 de agosto, 1961
me pidió narrarle cuanto me hubiera ocurrido
la noche anterior. Relaté mis experiencias en Llevé a don Juan en mi auto a la casa donde
gran detalle y con la mayor exactitud posible. yo había tomado peyote. En el camino me dijo
Cuando terminé, él asintió y dijo: que el hombre que me “ofreció a Mescalito” se
Creo que andas muy bien. Se me dificulta ex- llamaba John. Al llegar a la casa encontramos
plicarte ahora cómo y por qué. Pero creo que a John sentado en el zaguán con dos hombres
te fue bien. Verás: a veces él es juguetón como jóvenes. Todos se mostraron en extremo jovia-
un niño; otras veces es terrible, espantoso. O les. Reían y charlaban con gran desenvoltura.
hace travesuras o es muy serio. No se puede Los tres hablaban inglés perfectamente. Dije
saber de antemano cómo va a ser con otra per- a John que iba a darle las gracias por haber-
sona. Pero cuando uno lo conoce bien . . . a me ayudado:
veces. Tú anoche jugaste con él. Eres la única Quería saber su opinión sobre mi conducta
persona que conozco que ha tenido un encuen- durante la experiencia alucinógena, y les dije
tro así. que había estado tratando de pensar en lo que
¿En qué forma difiere mi experiencia de la de hice aquella noche y no podía recordar. Rieron
otros? y se mostraron renuentes a hablar del asun-
Tú no eres indio; por eso se me dificulta acla- to. Parecían contenerse a causa de don Juan.
rar qué es qué. Pero él o toma a las gentes o Todos lo miraban de reojo, como esperando su
las rechaza, sin importarle que sean indias o autorización para hablar. Don Juan debió de
no. Eso lo sé. Las he visto por docenas. Tam- dársela con alguna seña, aunque yo no adver-
bién sé que travesea, hace reír a algunos, pero tí nada, porque de pronto John empezó a de-
jamás lo he visto con nadie. cirme qué había hecho yo aquella noche.
¿Puede usted decirme ahora, don Juan, cómo Dijo haber sabido que yo estaba “prendido”
protege el peyote . . . ? cuando me oyó vomitar. Calculó que había yo
No me dejó terminar. Me tocó vigorosamente vomitado unas treinta veces. Don Juan recti-
el hombro. ficó y dijo que sólo diez.
No lo nombres nunca así. Todavía no lo has Luego todos nos acercamos a ti, continuó
visto lo bastante para conocerlo. John. Estabas tieso y tenlas convulsiones. Du-
¿Cómo protege Mescalito a la gente? rante largo rato, acostado bocabajo, moviste
Aconseja. Responde cualquier cosa que le los labios como si hablaras. Luego empezaste
preguntes. a pegar en el suelo con la cabeza, y don Juan
¿Entonces Mescalito es real? Digo, ¿es algo te puso un sombrero viejo, y te detuviste. Es-
que puede verse? tuviste horas temblando y gimiendo tirado
Pareció desconcertado por mi pregunta. Me en el piso. Creo que entonces todos nos dor-
miró con una especie de expresión vacía. mimos, pero entre sueños yo te oía resoplar y
Lo que quise decir es que Mescalito . . . gruñir. Luego te oí resoplar y gruñir. Luego
Oí lo que dijiste, ¿Qué no lo viste anoche? te oí gritar, y desperté. Te vi saltar por los
Quise decirle que sólo había visto un perro, aires, gritando. Te abalanzaste sobre el agua,
pero noté su mirada de extrañeza. tiraste la cacerola y empezaste a nadar en el
¿Entonces cree usted que lo que vi anoche era charco.
él? “Don Juan te trajo más agua. Te quedaste
Me miró con desprecio. Chasqueó la lengua, quieto un rato, sentado frente a la cacerola.
sacudió la cabeza como si no pudiera creerlo, Luego te levantaste de golpe y te quitaste
y en tono muy belicoso añadió: toda la ropa. Estuviste de rodillas frente al
¿A poco crees que era tu . . . mamá? agua, bebiendo a grandes tragos. Luego nada
más te quedaste ahí sentado, mirando el aire. Calló en ese punto y miró a los otros hombres,
Pensamos que ahí te ibas a quedar para siem- que obviamente trataban de contener la risa.
pre. Casi todo el mundo estaba dormido, has- Se volvió a don Juan y le preguntó algo. Don
ta don Juan, cuando de repente te levantaste Juan sonrió y respondió a la pregunta. John
otra vez, aullando, y te fuiste detrás del perro. se volvió hacia mí y dijo:
El perro se asustó, y aulló también, y corrió Te dejamos en el porche porque teníamos
para atrás de la casa. Entonces, todo el mun- miedo de que fueras a orinarte por los cuartos.
do despertó. Todos rieron muy fuerte.
“Todos nos levantamos. Regresaste por el ¿Qué me pasaba? pregunté . ¿Hice yo. . . ?
otro lado, todavía persiguiendo al perro. El ¿Hiciste tú? -remedó John-. No íbamos a men-
perro corría delante de ti ladrando y aullan- cionarlo, pero don Juan dice que está bien. ¡Te
do. Debiste dar como veinte vueltas a la casa, orinaste en mi perro!
corriendo en círculos, ladrando como perro. ¿Qué cosa?
Tuve miedo de que a la gente le entrara curio- No pensarás que el perro corría porque te te-
sidad. No hay vecinos cerca, pero tus aullidos nía miedo, ¿verdad? Corría porque lo estabas
eran tan fuertes que podían haberse oído a orinando.
millas de distancia. Hubo risa general en este punto. Traté de in-
Alcanzaste al perro agregó uno de los jóvenes terrogar a uno de los jóvenes, pero todos reían,
y lo trajiste al zaguán en brazos. y no me escuchó.
Entonces te pusiste a jugar con el perro pro- Pero mi perro se desquitó prosiguió John-:
siguió John . Luchabas con él, y el perro y tú ¡también él se orinó en ti!
se mordían y jugaban. Eso me hizo gracia. Mi Esta afirmación era al parecer el colmo de lo
perro no acostumbra jugar. cómico, porque todos rieron a carcajadas, in-
Pero esta vez tú y el perro estaban rodando cluso don Juan. Cuando se calmaron, pregun-
uno encima de otro. té con toda sinceridad:
Luego corriste al agua y el perro bebió conti- ¿Es cierto de verdad? ¿Pasó realmente?
go dijo el joven . Corriste cinco o seis veces al Juro que mi perro te orinó de verdad repuso
agua, con el perro. John, todavía riendo.
-¿Cuánto duró eso? pregunté. De regreso rumbo a la casa de don Juan, le
Horas dijo John . Durante un rato los per- pregunté:
dimos de vista a los dos. Creo que corrieron -¿Pasó en realidad todo eso, don Juan?
para atrás de la casa. Nada más los oíamos la- Sí dijo él , pero ellos no saben lo que viste. No
drar y gruñir. Tú parecías de veras un perro; se dan cuenta de que estabas jugando con “él”.
no podíamos distinguirlos. Por eso no te molesté.
A lo mejor era el perro solo dije. Pero este asunto del perro y yo orinándonos,
Rieron, y John dijo: ¿es verdad?
¡Tú estabas ahí ladrando, muchacho! ¡No era un perro! ¿Cuántas veces tengo que
¿Qué pasó después? decírtelo? Esa es la única manera de enten-
Los tres hombres se miraron y parecieron derlo. ¡La única! Fue “él” quien jugó contigo.
tener dificultades para decidir qué pasó des- ¿Sabía usted que todo esto ocurrió antes de
pués. Finalmente, habló el joven que aún no que yo se lo contara?
decía nada. Vaciló un instante antes de responder.
Se atragantó dijo mirando a John. No; después de que lo contaste, recordé el as-
Sí, te atragantaste en serio. Comenzaste a pecto raro que tenías. Nada más supuse que
llorar muy raro y luego caíste al piso. Pensa- te estaba yendo muy bien porque no parecías
mos que te estabas mordiendo la lengua, don asustado.
Juan te abrió las quijadas y te echó agua en ¿De veras jugó el perro conmigo como dicen?
la cara. Entonces empezaste otra vez a tem- ¡Carajo! ¡No era un perro!
blar y a tener convulsiones. Luego estuviste
inmóvil un rato largo. Don Juan dijo que todo Jueves, 17 de agosto, 1961
había terminado. Para entonces ya era de ma-
ñana, así que te tapamos con una cobija y te Expuse a don Juan mi sentir con respecto a
dejamos a dormir en el zaguán. la experiencia. Desde el punto de vista de mi
propuesto trabajo, había sido desastrosa. Dije revelar a nadie si no encuentro a mí escogido.
que no me apetecía otro “encuentro” similar La otra noche, cuando te vi jugar con Mesca-
con Mescalito. Acepté que cuanto me ocurrió lito, se me aclaró que eras tú. Pero no eres
había sido más que interesante, pero añadí indio. ¡Qué extraño!
que nada de ello podía realmente impulsarme Pero ¿qué significa para mí, don Juan? ¿Qué
a buscarlo de nuevo. Creía seriamente no es- tengo que hacer?
tar hecho para ese tipo de empresas. El peyo- Me he decidido y voy a enseñarte los secre-
te me había producido, como reacción poste- tos que corresponden a un hombre de conoci-
rior, una extraña clase de incomodidad física. miento.
Era un miedo o una desdicha indefinidos; una ¿Quiere usted decir sus secretos sobre Mes-
cierta melancolía, que yo no podía definir con calito?
exactitud. Y tal estado no me parecía noble en Sí, pero ésos no son los únicos secretos que
modo alguno. tengo. Hay otros, de distinta clase, que me
Don Juan rió y dijo: gustaría revelar a alguien. Yo mismo tuve un
-Estás empezando a aprender. maestro, mi benefactor, y también me conver-
Este tipo de aprendizaje no es para mí. No tí en su escogido al realizar cierta hazaña. El
estoy hecho para él, don Juan. me enseñó todo lo que sé.
Tú eres muy exagerado. Le pregunté de nuevo qué requeriría de mí
Esta no es ninguna exageración. este nuevo papel; dijo que sólo se trataba de
Lo es. El único problema es que solamente aprender, en el sentido de lo que yo había ex-
exageras los malos aspectos. perimentado en las sesiones con él.
En lo que a mí toca, no hay buenos aspectos. La manera en que la situación había evolu-
Todo lo que sé es que me da miedo. cionado era bastante extraña. Yo había deci-
No hay nada malo en tener miedo. Cuando dido decirle que iba a abandonar la idea de
uno teme, ve las cosas en forma distinta. aprender sobre el peyote, pero antes de que
Pero a mi no me importa ver las cosas en pudiera lograrlo realmente él me ofreció en-
forma distinta, don Juan. Creo que voy a de- señarme sus “secretos”. Ignoraba qué quería
jar en paz el aprendizaje sobre Mescalito. No decir con eso, pero sentía que esta vuelta sú-
puedo con él, don Juan, Esta es en realidad bita era muy seria. Argumenté que no llenaba
una mala situación para mi. los requisitos para una tarea así, pues ésta
Claro que es mala . . . hasta para mi. Tú no requería una rara ciase de valor que yo no po-
eres el único sorprendido. seía. Le dije que la inclinación de mi carácter
¿Por qué iba a estar sorprendido usted, don era hablar de actos que otros realizaban. Yo
Juan? quería oír sus pareceres y opiniones acerca de
He estado pensando en lo que vi la otra no- todo. Le dije que sería feliz de poder estar allí
che. Mescalito de veras jugó contigo. Eso me sentado, escuchándolo durante días enteros.
extrañó, porque fue una señal, Para mí, eso seria aprender.
¿Qué clase de señal, don Juan? Escuchó sin interrumpirme. Hablé mucho
Mescalito te señaló. tiempo. Luego dijo:
¿Para qué? Todo eso es muy fácil de entender. El miedo
No lo tenía yo claro entonces, pero ahora sí. es el primer enemigo natural que un hombre
Quería decirme que tú eras el escogido. Mes- debe derrotar en el camino del saber. Además,
calito te señaló y con eso me dijo que tú eras tú eres curioso. Eso compensa. Y aprenderás
el escogido. a pesar tuyo; ésa es la regla.
¿Quiere usted decir que me escogió entre Protesté un rato más, tratando de disuadirlo.
otros para alguna tarea, o algo así? Pero él parecía convencido de que no me que-
No. Quiero decir que Mescalito me dijo que tú daba otra alternativa sino aprender.
podías ser el hombre que busco. No estás pensando bien dijo . Mescalito de
¿Cuándo se lo dijo, don Juan? veras jugó contigo. Eso es lo único que hay
Al jugar contigo me lo dijo. Eso te hace mi que tener en cuenta. ¿Por qué no te ocupas de
escogido. eso y no de tu miedo?
¿Qué significa ser el escogido? ¿Fue tan poco común?
Tengo secretos. Tengo secretos que no podré Eres la primera persona que he visto jugar
con él. No estás acostumbrado a esta clase de actos y fomentar su conocimiento. De hecho,
vida; por eso las señales se te escapan. Así y un aliado es la ayuda indispensable para sa-
todo eres una persona seria, pero tu seriedad ber. Don Juan decía esto con gran convicción
está ligada a lo que tú haces, no a lo que pasa y fuerza. Parecía elegir cuidadosamente sus
fuera de ti. Te ocupas demasiado de ti mismo. palabras. Repitió cuatro veces la siguiente
Ese es el problema. Y eso produce una tre- frase:
menda fatiga. Un aliado te hará ver y entender cosas sobre
¿Pero qué otra cosa puede uno hacer, don las que ningún ser humano podría jamás ilu-
Juan? minarte.
Busca y ve las maravillas que te rodean. Te ¿Es un aliado algo parecido a un espíritu
cansarás de mirarte a ti mismo, y el cansancio guardián?
te hará sordo y ciego a todo lo demás. No es ni espíritu ni guardián. Es una ayuda.
Dice usted bien, don Juan, pero ¿cómo puedo ¿Es Mescalito el aliado de usted?
cambiar? Piensa en la maravilla de que Mes- ¡No! Mescalito es otra clase de poder. ¡Un po-
calito jugara contigo. No pienses en otra cosa; der único! Un protector, un maestro.
,lo demás te llegará por su propia cuenta. ¿En qué se diferencia Mescalito de un aliado?
A Mescalito no se le puede domar y usar como
Domingo, 20 de agosto, 1961 se doma y se usa a un aliado. Mescalito está
fuera de uno mismo. Escoge mostrarse en mu-
La noche pasada, don Juan procedió a intro- chas formas a quienquiera que tenga enfren-
ducirme en el terreno de su saber. Estábamos te, sin importarle que sea un brujo o un peón.
sentados frente a su casa, en la oscuridad. Don Juan hablaba con hondo fervor de que
De improviso, tras un largo silencio, empezó Mescalito era el maestro de la buena manera
a hablar. Dijo que iba a aconsejarme con las de vivir. Le pregunté cómo enseñaba Mesca-
mismas palabras usadas por su propio bene- lito a “vivir como se debe”, y don Juan repuso
factor el día en que lo tomó como aprendiz. que Mescalito muestra cómo vivir.
Al parecer, don Juan había memorizado las -¿Cómo lo muestra? pregunté.
palabras, pues las repitió varias veces para Tiene muchos modos de hacerlo. A veces lo
asegurarse de que no se me fuera ninguna, enseña en su mano, o en las piedras, o los ár-
Un hombre va al saber como a la guerra: bien boles, o nomás enfrente de uno.
despierto, con miedo, con respeto y con abso- ¿Es como una imagen enfrente de uno?
luta confianza. Ir en cualquier otra forma al No. Es una enseñanza enfrente de uno.
saber o a la guerra es un error, y quien lo co- ¿Habla Mescalito a la persona?
meta vivirá para lamentar sus pasos. Sí. Pero no con palabras.
Le pregunté por qué era así, y dijo que, cuan- ¿Entonces cómo habla?
do un hombre ha cumplido estos cuatro requi- -A cada hombre le habla distinto.
sitos, no hay errores por los que deba rendir Sentí que mis preguntas lo molestaban. No
cuentas; en tales condiciones sus actos pier- hice ninguna más. El siguió explicando que
den la torpeza de las acciones de un tonto. Si no había pasos exactos para conocer a Mesca-
tal hombre fracasa, o sufre una derrota, sólo lito; por tanto, nadie podía instruir sobre él a
habrá perdido una batalla, y eso no provocará excepción de Mescalito mismo, Esta caracte-
deploraciones lastimosas. rística lo hacía un poder único; no era el mis-
Declaró luego su intención de enseñarme lo mo para todos los hombres.
que es un “aliado” en la misma forma exacta En cambio, dijo don Juan, la adquisición de
como su benefactor se lo había enseñado a él. un aliado requería la enseñanza más precisa
Recalcó con fuerza las palabras “misma forma y el seguir, sin desviación, una serie de etapas
exacta.”, repitiendo la frase varias veces. o pasos. Hay muchos de esos poderes aliados
Un “aliado”, dijo, es un poder que un hom- en el mundo, dijo, pero él sólo conocía bien dos
bre puede traer a su vida para que lo ayude, de ellos. E iba a guiarme a ellos y a sus secre-
lo aconseje y le dé la fuerza necesaria para tos, pero de mí dependía escoger uno de los
ejecutar acciones, grandes o pequeñas, jus- dos, pues sólo uno podía tener. El aliado de su
tas o injustas. Este aliado es necesario para benefactor estaba en la yerba del diablo, dijo,
engrandecer la vida de un hombre, guiar sus pero a él en lo personal no le gustaba, aun¬-
que gracias al benefactor sabía sus secretos. Dijo que los temores son naturales; todos los
Su propio aliado estaba en el “humito”, dijo, sentimos y no podemos evitarlo. Pero por otra
pero no concretó la naturaleza del humo. parte, pese a lo atemorizante que sea el apren-
Inquirí al respecto. Permaneció callado. Tras der, es más terrible pensar en un hombre sin
una larga pausa le pregunté: aliado o sin conocimientos.
-¿Qué clase de poder es un aliado?
Ya te dije: es una ayuda. III
¿Cómo ayuda?
Un aliado es un poder capaz de llevar a un Pasaron más de dos años entre el tiempo en
hombre más allá de sus propios límites. Así es que don Juan decidió instruirme acerca de los
como un aliado puede revelar cosas que nin- poderes aliados y el tiempo en que me con-
gún ser humano podría. sideró listo para aprender sobre ellos en la
Pero Mescalito también lo saca a uno de sus forma pragmática y partícipe que él conside-
propios límites. ¿No lo convierte eso en un raba aprendizaje; en dicho lapso definió gra-
aliado? dualmente las características generales de los
No. Mescalito te saca de ti mismo para ense- dos aliados en cuestión. Me preparó para el
ñarte. Un aliado te saca para darte poder. corolario indispensable de todas las verbali-
Le pedí explicarme el punto con más detalle, zaciones y la consolidación de todas las ense-
o describir la diferencia entre ambos efectos. ñanzas: los estados de realidad no ordinaria.
Me miró largo rato y rió. Dijo que aprender por Al principio, se refería de un modo muy ca-
medio de la conversación era no sólo un des- sual a los poderes aliados. Las primeras men-
perdicio sino uno estupidez, porque el apren- ciones, en mis notas, están intercaladas entre
der era la tarea más difícil que un hombre po- otros temas de conversación
día echarse encima. Me pidió recordar la vez
que traté de hallar mi sitio, y cómo quería yo Miércoles, 23 de agosto, 1961
encontrarlo sin trabajo porque esperaba que
él me diese toda la información. Si lo hubiera La yerba del diablo [toloache] era el aliado de
hecho, dijo, yo jamás habría aprendido. Pero mi benefactor. Podría haber sido también el
el saber cuán difícil era hallar mi sitio, y sobre mío, pero no me gustó.
todo el saber que existía, me darían un pecu- ¿Por qué no le gustó la yerba del diablo, don
liar sentido de confianza. Dijo que mientras yo Juan?
permaneciese enclavado en mi “sitio bueno” Tiene una desventaja seria.
nada podría causarme daño corporal, porque ¿Es inferior a otros poderes aliados?
yo tenía la seguridad de que en ese sitio espe- No. No me estás entendiendo. La yerba del
cífico me hallaba lo mejor posible. Tenía el po- diablo es tan poderosa como el mejor de los
der de rechazar cuanto pudiera serme dañino. aliados, pero tiene algo que a mí en lo perso-
Pero si él me hubiese dicho dónde estaba el nal no me gusta.
sitio, yo jamás habría tenido la confianza ne- ¿Me puede decir qué es?
cesaria para considerar esto como verdadero Malogra a los hombres. Los hace probar el
saber. Así, saber era ciertamente poder. poder demasiado pronto, sin fortificar sus co-
Don Juan dijo entonces que, siempre que un razones, y los hace dominantes y caprichosos.
hombre se propone aprender, debe laborar Los hace débiles en medio de gran poder.
tan arduamente como yo lo hice para encon- ¿No hay alguna manera de evitarlo?
trar aquel sitio, y los límites de su aprendizaje Hay una manera de superar todo esto, pero
están determinados por su propia naturaleza. no de evitarlo. Quien se hace aliado de la yer-
Así, no veía objeto en hablar del conocimiento. ba debe pagar ese precio.
Dijo que ciertas clases de saber eran demasia- ¿Cómo puede uno superar ese efecto, don
do poderosas para la fuerza que yo tenía: ha- Juan?
blar de ellas sólo me acarrearía daño. Al pare- La yerba del diablo tiene cuatro cabezas: la
cer sintió que no había nada más que quisiera raíz, el tallo y las hojas, las flores, y las semi-
decir. Se levantó y fue rumbo a su casa. Le llas. Cada una es diferente, y quien se haga
dije que la situación me abrumaba. No era lo su aliado tiene que aprenderlas en ese orden.
que yo había pensado ni deseado. La cabeza más importante está en las raíces.
El poder de la yerba del diablo se conquista diendo a domar un poder aliado. Le pregun-
por las raíces. El tallo y las hojas son la cabe- té por qué el pronunciar un nombre era cosa
za que cura enfermedades; bien usada, esta tan grave. Dijo que los nombres se reservaban
cabeza es un don a la humanidad. La tercera para usarse sólo al pedir ayuda, en momentos
cabeza está en las flores y se usa para volver de gran apuro y necesidad, y me aseguró que
locos a los hombres, o para hacerlos obedien- tales momentos ocurren tarde o temprano en
tes, o para matarlos. El hombre que tiene a la vida de quien busca el conocimiento.
la yerba de aliado nunca torna las flores, ni Domingo, 3 de septiembre, 1961
tampoco toma el tallo y las hojas, a no ser que Hoy en la tarde don Juan recogió del campo
esté enfermo, pero las raíces y las semillas se dos plantas Datura.
toman siempre, sobre todo las semillas: son la Inesperadamente trajo a colación el terna de
cuarta cabeza de la yerba del diablo, y la más la yerba del diablo, y luego me pidió acompa-
poderosa de todas. ñarlo a los cerros a buscar una.
Fuimos en coche hasta las montañas cerca-
“Mi benefactor decía que las semillas son la nas. Saqué de la cajuela una pala y nos aden-
‘cabeza sobria’: la única parte capaz de fortifi- tramos por una de las cañadas. Caminamos
car el corazón del hombre. La yerba del diablo bastante rato, vadeando el chaparral que
es dura con sus protegidos, decía él, porque crecía denso en la tierra suave, arenosa. Don
busca matarlos aprisa, y por lo común lo logra Juan se detuvo junto a una planta pequeña
antes de que puedan llegar a los secretos de con hojas de color verde oscuro y flores gran-
la ‘cabeza sobria’. Sin embargo, por ahí dicen des, blancuzcas, acampanadas.
que hubo hombres que averiguaron los secre- Esta, dijo.
tos de la cabeza sobria. ¡Qué prueba para un Inmediatamente empezó a cavar. Traté de
hombre de conocimiento!” ayudarlo, pero él me rechazó con una vigorosa
-¿Averiguó su benefactor tales secretos? sacudida de cabeza y siguió cavando un hoyo
No, él no. circular en torno a la planta: un hoyo de forma
¿Conoce usted a alguien que lo haya hecho? cónica, hondo hacia el borde exterior, con un
No. Pero vivieron en un tiempo en que ese montículo en el centro del círculo. Dejando de
saber era cavar, se arrodilló cerca del tallo y limpió con
importante. los dedos la tierra suave en torno, descubrien-
¿Conoce a alguien que sepa de gente así? do unos diez centímetros de una raíz grande,
No, yo no. tuberosa, bifurcada, cuyo grosor contrastaba
¿Conocía a alguien su benefactor? marcadamente con el del tallo, que parecía
-El sí, frágil por comparación.
¿Por qué no llegó su benefactor a los secretos Don Juan me miró y dijo que la planta era
de la cabeza sobria? “macho” porque la raíz se bifurcaba desde el
Domar la yerba del diablo para hacerla un punto exacto en que se unía al tallo. Luego se
aliado es una de las tareas más difíciles que levantó y echó a andar buscando algo.
conozco. Ella y yo, por ejemplo, jamás nos hi- ¿Qué busca usted, don Juan?
cimos alianza, quizá porque nunca le tuve ca- Quiero hallar un palo.
riño. Empecé a mirar en torno, pero él me detuvo.
¿Puede usted usarla todavía como aliado, ¡Tú no! Tú siéntate allí señaló unas rocas
aunque no le tenga cariño? como a seis metros de distancia . Yo lo encon-
Puedo, sólo que prefiero no hacerlo. Tal vez traré.
contigo sea diferente. Volvió tras un rato con una rama larga y seca.
¿Por qué se llama yerba del diablo? Usándola a manera de coa, aflojó cuidadosa-
Don Juan hizo un gesto de indiferencia, alzó mente la tierra a lo largo de los dos ramales
los hombros y permaneció callado algún tiem- divergentes de la raíz. Limpió en torno a ellos
po. Finalmente dijo que “yerba del diablo” era hasta una profundidad aproximada de medio
su nombre de leche. Había, añadió, otros nom- metro. Cuanto más ahondaba, más apretada
bres para la yerba del diablo, pero no debían estaba la tierra, hasta el punto de ser prácti-
usarse porque el pronunciar un nombre era camente impenetrable a la vara.
asunto serio, sobre todo si uno estaba apren- Dejó de cavar y se sentó a recobrar el aliento.
Me senté junto a él. Pasamos largo rato sin de metal. Limpió cuidadosamente toda la tie-
hablar. rra de la raíz, el tallo y las hojas. Después de
¿Por qué no la saca usted con la pala? pre- esa limpieza minuciosa, separó el tallo de la
gunté. raíz haciendo una incisión superficial en tor-
Podría cortar y dañar a la planta. Tuve que no a su juntura con un cuchillo corto y serra-
conseguirme un palo de este sitio para que do, y quebrando la planta por allí. Tomó el ta-
así, en caso de pegarle a la raíz, el daño no llo y separó cada una de sus partes haciendo
fuera tanto como el que haría una pala o un montones individuales con las hojas, las flores
objeto extraño. y las espinosas vainas de semilla. Tiró cuanto
¿Qué clase de palo trajo usted? estaba seco o comido de gusanos, y conservó
Cualquier rama seca de paloverde es buena. sólo las partes intactas. Unió ambos ramales
Si no hay ramas secas, tienes que cortar una de la raíz atándolos con dos trozos de cordel,
fresca. los quebró por la mitad tras hacer un corte su-
¿Pueden usarse las ramas de cualquier otro perficial en la juntura, y obtuvo dos pedazos
árbol? de raíz de igual tamaño,
Ya te dije: sólo de paloverde y de ningún otro. Luego tomó un trozo de arpillera áspera y co-
¿Por qué, don Juan? locó en él los dos pedazos de raíz atados; en-
Porque la yerba del diablo tiene muy pocos cima puso las hojas en un montón ordenado,
amigos, y el paloverde es el único árbol de por luego las flores, las vainas y el tallo. Dobló la
aquí que se lleva bien con ella: lo único que arpillera e hizo un nudo con las puntas.
prende. Si dañas la raíz con una pala, no cre- Repitió exactamente los mismos pasos con
cerá cuando la vuelvas a plantar, pero si la la otra planta, la hembra, sólo que al llegar
lastimas con un palo de ésos, lo más probable a la raíz, en vez de cortarla, dejó intacta la
es que ni lo sienta. horqueta, como una letra Y invertida. Luego
¿Qué va usted a hacer ahora con la raíz? puso todos los pedazos en otro bulto de tela.
Voy a cortarla. Debes dejarme. Vete a buscar Cuando terminó, ya había oscurecido.
otra planta y espera que te llame.
¿No quiere que lo ayude? Miércoles, 6 de septiembre, 1961
¡Sólo puedes ayudarme si te lo pido!
Alejándome, empecé a buscar otra planta, Hoy, al atardecer, volvimos al tema de la yer-
combatiendo el fuerte deseo de rondar a hur- ba del diablo.
tadillas y observar a don Juan. Tras un rato -Creo que deberíamos empezar otra vez con
se me unió. esa planta dijo de pronto don Juan.
Ahora vamos a buscar la hembra dijo. Tras un silencio cortés pregunté:
¿Cómo los distingue usted? ¿Qué va usted a hacer con las plantas?
La hembra es más alta y crece por encima del Las plantas que saqué y corté son mías dijo
suelo, así que realmente parece un arbolito. . Es como si fueran yo mismo; con ellas voy a
El macho es grande y se extiende cerca del enseñarte la manera de domar a la yerba del
suelo y más parece un matorral espeso. Cuan- diablo.
do saquemos a la hembra verás que la raíz se ¿Cómo lo hará usted?
hunde por un buen trecho antes de hacerse La yerba del diablo se divide en partes. Cada
horcón. El macho, en cambio, tiene el horcón parte es distinta; cada una tiene su propósito
de la raíz pegada al tallo. y su servicio únicos.
Buscamos juntos por el campo de daturas. Abrió la mano izquierda y midió sobre el piso
Luego, señalando una planta, dijo: “Esa es desde la punta del pulgar hasta la del dedo
hembra.” Y procedió a cavar en torno de ella anular.
como había hecho antes. Apenas descubrió la Esta es mi parte. Tú medirás la tuya con tu
raíz pude ver que ésta se ajustaba a su predic- propia mano. Ahora bien, para establecer do-
ción. Lo dejé nuevamente cuando se disponía minio sobre la yerba del diablo, debes empe-
a cortarla. zar por tomar la primera parte de la raíz. Pero
Al llegar a su casa, abrió el bulto donde había como yo te he traído con ella, debes tomar la
puesto las daturas. Sacó primero la más gran- primera parte de la raíz de mi planta. Yo la he
de, el macho, y la lavó en una amplia bandeja medido por ti, de modo que en realidad es mi
parte la que debes tomar al principio. sacó una tetera de tamaño mediano, con agua
Entró en la casa y sacó uno de los bultos de amarillenta hirviendo. Ladeó la palangana
arpillera. Se sentó y lo abrió. Advertí que era con mucho tiento y vació el agua de encima,
la planta macho. También noté que sólo había conservando el sedimento espeso acumulado
un pedazo de raíz. Don Juan tomó el trozo res- en el fondo. Vació el agua hirviendo sobre el
tante de los dos originales y lo sostuvo frente sedimento y dejó nuevamente la palangana
a mi cara, en el sol.
Esta es mi primera parte dijo . Yo te la doy. Esta secuencia se repitió tres veces a inter-
Yo mismo la he cortado para ti. La he medido valos de más de una hora. Finalmente, vació
como mía; ahora te la doy. casi toda el agua de la palangana, inclinó ésta
Por un instante, se me ocurrió que debería a modo de que recibiera el sol del atardecer,
masticar la raíz como una zanahoria, pero él y la dejó.
la metió en una bolsita blanca de algodón. Cuando regresamos horas después, estaba os-
Fue a la parte trasera de la casa. Allí tomó curo. En el fondo de la palangana había una
asiento en el piso, cruzando las piernas, y con capa de sustancia gomosa. Parecía almidón
una “mano” redonda empezó a macerar la raíz a medio cocer, blancuzco o gris claro. Había
dentro de la bolsa. Trabajaba sobre una pie- quizá toda una cucharada cafetera de esa sus-
dra lisa que servía de mortero. De vez en vez tancia. Don Juan llevó la palangana a la casa,
lavaba las dos piedras, conservando el agua y mientras él ponía agua a hervir, yo quité
en un pequeño recipiente plano, labrado en trozos de tierra que el viento había echado en
un trozo de madera. el sedimento. Se rió de mí.
Al golpear cantaba, en forma muy suave y Ese poquito de tierra no le hace daño a nadie.
monótona, una cantilena ininteligible. Cuan- Cuando el agua hervía, virtió poco más o me-
do hubo convertido la raíz en una pulpa blan- nos una taza en la palangana. Era la misma
da dentro de la bolsa, la colocó en el recipiente agua amarillenta usada antes. Disolvió el se-
de madera. Volvió a meter allí el metate y la dimento formando una especie de sustancia
mano, llenó de agua la palangana y después lechosa.
la llevó a una especie de bebedero rectangular ¿Qué clase de agua es ésa, don Juan?
para cerdos colocado contra la cerca trasera. Agua de flores y frutas de la cañada.
Dijo que la raíz debía remojarse toda la noche Vació el contenido de la palangana en un vie-
y tenia que dejarse afuera de la casa para que jo jarro de barro que parecía florero. Todavía
recibiera el sereno. estaba. muy caliente, de modo que sopló para
Si mañana es día de sol y calor, será muy enfriarlo. Tomó un sorbo y me pasó el jarro,
buena señal. ¡Bebe ya! dijo.
Lo tomé automáticamente, y sin deliberación
Domingo, 1° de septiembre, 1961 bebí toda el agua. Era un poco amarga, aun-
que su amargor era apenas perceptible. Lo
El jueves 7 de septiembre fue un día muy cla- que resaltaba mucho era el olor acre del agua.
ro y caluroso. Don Juan parecía muy compla- Olía a cucarachas.
cido con el buen augurio y repitió varias veces Casi inmediatamente empecé a sudar. Me dio
que probablemente yo le había caído bien a la mucho calor y la sangre se me agolpó en las
yerba del diablo. La raíz se había remojado orejas. Vi una mancha roja delante de mis
toda la noche, y a eso de las 10 a.m. fuimos ojos, y los músculos de mi estómago empe-
detrás de la casa. zaron a contraerse en dolorosos retortijones.
El sacó la palangana de la artesa, la puso en Tras un rato, aunque ya no sentía dolor, em-
el suelo y se sentó al lado. Tomó la bolsa y la pecé a enfriarme; el sudor literalmente me
frotó contra el fondo. La alzó unos centíme- empapaba.
tros por encima del agua y la expri¬mió, para Don Juan me preguntó si veía negrura o man-
luego dejarla caer. Repitió los mismos pasos chas negras frente a mis ojos. Le dije que lo
tres veces más; luego desechó la bolsa, tirán- veía todo rojo,
dola en la artesa, y dejó la palangana bajo el Mis dientes castañeteaban a causa de un
sol ardiente. nerviosismo incontrolable que me llegaba en
Regresamos dos horas después. Don Juan oleadas, como irradiando del centro de mi pe-
cho. das emprender la verdadera tarea de domar
Luego me preguntó si tenía miedo. No encon- a la planta.
traba yo sentido a sus preguntas. Le dije que ¿Cómo la domaré?
obviamente tenía miedo, pero él me preguntó La yerba del diablo se doma por la raíz. Paso
nuevamente si tenía miedo de ella. No com- a paso, debes aprender los secretos de cada
prendí a qué se refería y dije que sí. El rió parte de la raíz. Debes tomarlas para apren-
y dijo que yo no tenía miedo en realidad. Me der los secretos y conquistar el poder.
preguntó si seguía viendo rojo. Todo lo que yo ¿Se preparan las distintas partes en la mis-
veía era una enorme mancha roja frente a mis ma forma en que usted preparó la primera?
ojos. No, cada parte es distinta.
Tras un rato me sentí mejor. Gradualmente ¿Cuáles son los efectos específicos de cada
desaparecieron los espasmos nerviosos, de- parte?
jando sólo un cansancio doliente, agradable, Ya te dije: cada una enseña una forma dis-
y un intenso deseo de dormir. No podía tener tinta de poder. Lo que tomaste la otra noche
los ojos abiertos, aunque aún oía la voz de don no es nada todavía. Cualquiera puede con eso.
Juan. Me dormí. Pero la sensación de estar Pero sólo el brujo puede tomar las partes más
sumergido en un rojo profundo persistió toda hondas. No puedo decirte qué hacen porque
la noche. Incluso soñé en rojo. todavía no sé si ella irá a tomarte. Hay que
Desperté el sábado, alrededor de las 3 p.m. esperar. ,
Había dormido casi dos días. Tenía una leve ¿Cuándo me dirá, entonces?
jaqueca y el estómago revuelto, y dolores in- Cuando tu planta crezca y dé semilla.
termitentes, muy agudos, en los intestinos. A Si cualquiera puede tomar la primera parte,
excepción de eso, todo era como un despertar ¿para qué se usa?
ordinario. Encontré a don Juan dormitando Diluida, es buena para todas las cosas de la
frente a su casa. Me sonrió. hombría: gente vieja que ha perdido el vigor,
Todo salió muy bien la otra noche dijo . Viste o jóvenes que buscan aventuras, o hasta mu-
rojo y eso es todo lo que importa. jeres que quieren pasión.
¿Qué habría pasado si no hubiera visto rojo? Dijo usted que la raíz se usa sólo para el po-
Habrías visto negro, y eso es mala señal. der, pero veo que también se usa para otras
¿Por qué es mala? cosas aparte del poder. ¿Estoy en lo cierto?
Cuando un hombre ve negro, quiere decir que Me miró durante un rato muy largo, con una
no está hecho para la yerba del diablo, y vomi- mirada firme que me hizo sentir incómodo.
ta las entrañas, todas verdes y negras. Sentí que mi pregunta lo había enojado, pero
¿Y se muere? no podía comprender por qué.
No creo que nadie muera de esto, pero sí se La yerba se usa sólo para el poder dijo final-
puede enfermar por mucho tiempo. mente con tono seco, severo . El hombre que
¿Qué les pasa a quienes ven rojo? quiere recobrar su vigor, la gente joven que
No vomitan, y la raíz les produce un efecto busca soportar la fatiga y el hambre, el hom-
de placer, lo cual significa que son fuertes y bre que quiere matar a otro hombre, la mujer
de naturaleza violenta: eso le gusta a la yer- que quiere estar caliente: todos desean poder.
ba. Así es como incita. Lo único malo es que ¡Y la yerba se lo da! ¿Sientes que la quieres?
los hombres terminan siendo esclavos suyos a preguntó tras una pausa.
cambio del poder que les da. Pero sobre esas Siento un vigor extraño dije, y era verdad.
cosas no tenemos control. El hombre vive sólo Lo había advertido al despertar y lo sentía
para aprender. Y si aprende es porque ésa es entonces. Era una sensación muy peculiar de
la naturaleza de su suerte, para bien o para incomodidad, de amargura; todo mi cuerpo
mal. se movía y se estiraba con ligereza y fuerza
¿Qué debo hacer luego, don Juan? inusitadas. Tenía comezón en los brazos y en
Luego debes plantar un brote que he cortado las piernas. Mis hombros parecían henchirse;
de la otra mitad de la primera parte de raíz. los músculos de mi espalda y de mi cuello me
Tú la otra noche tomaste la mitad, y ahora hacían sentir deseos de empujar árboles o fro-
hay que meter en la tierra la otra mitad. Tie- tarme contra ellos. Me sentía capaz de demo-
ne que crecer y dar semilla antes de que pue- ler un muro.
No dijimos más. Estuvimos un rato sentados a buscar poder. Pero en esos días había razón
en el za¬guán. Noté que don Juan se estaba para ser poderoso.
quedando dormido; cabeceó un par de veces ¿Piensa usted que ya no hay razón para el
y luego, sencillamente, estiró las piernas, se poder en estos di as?
acostó en el piso con las manos tras la cabe- El poder está bien para ti, ahora. Eres joven.
za y se durmió. Me levanté y fui detrás de la No eres indio. Acaso la yerba del diablo sea
casa, donde quemé mi energía física extra buena en tus manos. Parece que te gustó. Te
limpiando la basura; don Juan, recordaba yo, hizo sentirte fuerte. Yo mismo sentí todo eso.
había dicho que le gustaría que yo lo ayudase Y sin embargo no me gustó.
a limpiar detrás de su casa. ¿Puede decirme por qué, don Juan?
Más tarde, cuando él se despertó y vino al ¡No me gusta su poder! Ya no sirve de nada.
traspatio, yo me hallaba más relajado. En otros tiempos, como aquellos de los que mi
Nos sentamos a comer, y durante la comida benefactor me contaba, había razón para bus-
me preguntó tres veces cómo me sentía. Sien- car poder. Los hombres realizaban hazañas
do esto una rareza, terminé por preguntar: fenomenales, eran admirados por su fuerza y
¿Por qué le preocupa cómo me siento, don temidos y respetados por su saber. Mi bene-
Juan? ¿Espera que tenga una mala reacción factor me contaba historias de hazañas ver-
por haber tomado el jugo? daderamente fenomenales que se realizaron
Rió. Pensé que se estaba portando como un hace mucho, mucho. Pero ahora nosotros, los
niño travieso que ha armado una jugarreta e indios, ya no buscamos ese poder. Hoy en día,
investiga los resultados de vez en cuando. To- los indios usan la yerba para darse friegas.
davía riendo, dijo: Usan las hojas y las flores para otras cosas;
No pareces enfermo. Hace rato hasta me ha- hasta dicen que les curan los granos. Pero no
blaste mal. buscan su poder: un poder que actúa como un
No es cierto, don Juan protesté . No recuerdo imán, más potente y más peligroso de mane-
haberle hablado nunca así. jar cuanto más se ahonda la raíz en la tierra.
Tomé muy en serio ese punto porque no recor- Cuando uno llega a los cuatro metros dicen
daba haberme sentido molesto con él. que algunos han llegado encuentra el sitio
Saliste en su defensa dijo. del poder permanente, poder sin fin. Muy po-
¿En defensa de quién? cos seres humanos han hecho esto en el pasa-
Estabas defendiendo a la yerba del diablo. Ya do, y nadie lo hace hoy.
parecías su amante. Te lo digo, nosotros los indios ya no necesita-
Yo iba a protestar aún más vigorosamente, mos el poder de la yerba del diablo. Creo que
pero me contuve. poco a poco he-mos perdido el interés, y ahora
De veras no me di cuenta de que estaba de- el poder ya no importa. Yo mismo no lo busco,
fendiéndola. y sin embargo una vez, cuando tenía tu edad,
Claro que no. Ni siquiera te acuerdas de lo también sentía por dentro su hinchazón. Me
que dijiste, ¿verdad? sentía como tú te sentiste hoy, sólo que qui-
No, no me acuerdo. Tengo que admitirlo. nientas veces más fuerte. Maté a un hombre
Ya ves. Así es la yerba del diablo. Se te cuela con un solo golpe de mi brazo. Podía aventar
como una mujer. Ni siquiera te das cuenta. peñascos, peñascos enormes que ni veinte
Todo lo que sabes es que te hace sentirte bien hombres podían mover. Una vez salté tan alto
y con poder: los músculos se hinchan de vi- que tronché las copas de los árboles más al-
gor, los puños dan comezón, las plantas de. tos. ¡Pero todo eso fue de balde! Lo único que
los pies arden por perseguir a alguien. Cuan- hacía era asustar a los indios: nada más a los
do un hombre la conoce es cuando de veras indios. Los demás, que no sabían nada de eso,
se llena de ansias. Mi benefactor decía que no lo creían. Veían un indio loco, o bien algo
la yerba del diablo se queda con los hombres que se movía en las copas de los árboles.
que quieren poder y se deshace de los que no Estuvimos callados largo tiempo. Yo necesita-
pueden con ella. Pero el poder era más común ba decir algo.
entonces; se buscaba con más ganas. Mi bene- Era distinto cuando había gente en el mundo
factor era un hombre poderoso y, según lo que prosiguió , gente que sabia que, un hombre
me dijo, su benefactor era todavía más dado podía convertirse en león de montaña o en pá-
jaro, o que un hombre podía volar así nomás. es tan fuerte que a duras penas logré quitár-
Por eso ya no uso la yerba del diablo. ¿Para mela de encima. El chanate se metió hasta mi
qué? ¿Para asustar a los indios? casa y no pude detenerlo.
Y lo vi triste, y una honda simpatía me llenó. ¿Puede usted convertirse en pájaro, don
Quise decirle algo, aunque fuera una perogru- Juan?
llada, ¡Sí! Pero eso es algo que veremos después.
Tal vez, don Juan, ése sea el destino de todos ¿Por qué quiere matarlo?
los hombres que quieren saber. Oh, hay un viejo problema entre nosotros.
Tal vez dijo suavemente. Se pasó de la raya, y ahora parece que tendré
que acabar con ella antes de que ella acabe
Jueves, 23 de noviembre, 1961 conmigo.
¿Va usted a usar brujería? pregunté con gran
Al llegar en el auto, no vi a don Juan senta- expectación.
do en su za¬guán. Eso me pareció extraño. Lo No seas tonto. Ninguna brujería trabajaría
llamé en voz alta y su nuera salió de la casa. contra ella. ¡Tengo otros planes! Algún día te
Está adentro dijo. los diré.
Resultó que don Juan se había dislocado el ¿Puede su aliado protegerlo de ella?
tobillo varias semanas antes. Había hecho ¡No! El humito nada más me dice qué hacer.
su propio enyesado remojando tiras de tela Luego yo debo protegerme solo.
en una papilla de cacto y hueso molido. Las ¿Y Mescalito? ¿Puede protegerlo de ella?
tiras, atadas estrechamente en torno del to- ¡No! Mescalito es un maestro, no un poder
billo, habían formado al secarse un molde li- que se use por motivos personales.
gero, ajustado. Tenía la dureza del yeso, pero ¿Y la yerba del diablo?
no su amplitud de volumen. Ya te dije que debo protegerme solo, siguien-
¿Cómo pasó? pregunté. do las indicaciones de mi aliado el humito.
La nuera, una yucateca, que lo estaba aten- Y hasta donde yo sé, el humito puede hacer
diendo, me contestó, cualquier cosa. Si quieres saber de lo que sea,
Fue un accidente. ¡Se cayó y casi se rompe el el humo te dice. Y no sólo te da conocimiento,
pie! sino también los medios para proseguir. Es el
Don Juan rió y esperó que la mujer saliera de aliado más maravilloso que un hombre pueda
la casa antes de responder. tener.
¡Qué accidente ni qué nada! Tengo cerca una ¿Es el humito el mejor aliado posible para
enemiga. ¡La Catalina! Me empujó en un mo- todo el mundo?
mento de debilidad y yo caí. Todos nosotros no somos iguales. Muchos le
¿Por qué hizo eso ella? tienen miedo y no lo tocan, ni siquiera se le
Porque quería matarme, por eso. acercan. El humito es como todo lo demás; no
¿Estuvo aquí con usted? se hizo para todos nosotros.
¡Sí! ¿Qué clase de humo es, don Juan?
¿Por qué la dejó entrar? ¡El humo de los adivinos!
Yo no la dejé. Ella entró volando, había en su voz una reverencia perceptible;
¡Cómo dice! un estado de ánimo que yo nunca había nota-
Es chanate. Y muy buena para eso. Me cogió do anteriormente,
desprevenido. Ha estado tratando de acabar- Empezaré por decirte exactamente lo que me
me desde hace mucho. Esta vez anduvo muy dijo mi benefactor cuando empezó a enseñar-
cerca. me acerca de él. Aunque en ese entonces, igual
¿Dijo usted que es un chanate? Digo, ¿es la que tú ahora, yo no tenía modo de entender.
Catalina un pájaro? “La yerba del diablo es para los que quieren
Ahí vas otra vez con tus preguntas. ¡Es un poder. El humito es para los que quieren ob-
chanate! Igual que yo soy un cuervo. ¿Soy un servar y ver.” Y en mi opinión, el humito no
hombre o un pájaro? tiene rival, Una vez que un hombre entra en
Soy un hombre que sabe cómo volverse pájaro. su campo, todos los otros poderes están a su
Pero hablando otra vez de la Catalina: ¡es una disposición. ¡Es magnífico! Y por supuesto,
bruja del demonio! Su intención de matarme re¬quiere una vida entera. Años nada más
para familiarizarse con sus dos partes vitales: namentación. El cuenco parecía también de
la pipa y la mezcla de fumar. La pipa me la madera, y era un poco voluminoso en compa-
dio mi benefactor, y después de tantos años ración con el delgado tallo. Tenía un acabado
de acariciarla se ha vuelto mía. Se ha hecho a pulido y era de color gris oscuro, casi del color
mis manos. Pasarla a tus manos, por ejemplo, del carbón.
será una verdade¬ra faena para mí, y una Don Juan sostuvo la pipa frente a mi cara
gran hazaña para ti, ¡si salimos con bien! La Pensé que me la estaba entregando. Alargué
pipa sentirá la tensión de que alguien más la la mano para tomarla, pero él la apartó rápi-
manosee, y si alguno de nosotros comete un damente,
error no habrá manera de evitar que la pipa Esta pipa me la dio mi benefactor dijo-. A su
se parta sola por su propia fuerza o se escape tiempo yo te la pasaré a ti. Pero primero de-
de nuestras manos para romperse, aun¬que bes conocerla. Cada vez que vengas te la daré.
se caiga en un montón de paja. Si eso llega a Empieza por tocarla. Agárrala un rato muy
suceder, será el fin de los dos. Sobre todo el corto, al principio, hasta que tú y la pipa se
mío. El humito se volvería contra mí en for- acostumbren el uno al otro. Luego métela en
mas increíbles. tu bol¬sa, o acaso en tu camisa. Y finalmente
¿Cómo podría volverse contra usted si es su póntela en la boca. Todo esto se hace poco a
aliado? poco, despacio y con tiento. Cuando la amis-
Mi pregunta pareció alterar el curso de sus tad está hecha, fumas en ella. Si sigues mi
pensamientos. Pasó largo rato sin hablar. consejo y no te apuras, a lo mejor el humito se
La dificultad de los ingredientes prosiguió hace tam¬bién tu aliado preferido.
de súbito- hace a la mezcla de fumar una Me entregó la pipa, pero sin soltarla. Alargué
de las sustancias más peligrosas que conoz- hacia ella el brazo derecho.
co. Nadie puede prepararla sin que le ense- Con las dos manos dijo él.
ñen. ¡Es veneno mortal para cualquiera que Toqué la pipa con ambas manos durante un
no sea el protegido del humito! La pipa y la momento muy breve. No me la acercó lo sufi-
mezcla deben tratarse con extremo cuidado. Y ciente para asirla, sino sólo lo bastante para
el hombre que trata de aprender debe prepa- tocarla, Luego la apartó,
rarse llevando una vida dura, tranquila. Los El primer paso es que la pipa te guste. ¡Eso
efectos son tan terribles que sólo un hombre lleva tiempo!
fuerte puede soportar la más pequeña fuma- ¿Puedo yo disgustar, a la pipa, don Juan?
da. Al principio todo es ate¬rrador y confuso, No. No puedes disgustarle, pero debes apren-
pero cada fumada define más las cosas. ¡Y de der a que te guste para que, cuando te llegue
pronto el mundo se abre de nuevo! ¡Increíble! la hora de fumar, la pipa te ayude a no tener
Cuan¬do esto sucede, el humito se ha hecho miedo.
aliado de uno y le resolverá cualquier proble- ¿Qué fuma usted, don Juan?
ma permitiéndole entrar en mundos inconce- ¡Esto!
bibles. Abrió el cuello de su camisa dejando ver una
“Esta es la mayor propiedad del humito, su bolsita que llevaba colgada como un medallón.
mayor don. Y lleva a cabo su función sin da- La sacó, la desató, y con mucho cuidado virtió
ñar en lo más mínimo. ¡Yo llamo al humito un parte del contenido en la palma de su mano.
verdadero aliado!” Hasta donde pude ver, la mezcla parecía ho-
Como de costumbre, estábamos sentados jas de té finamente deshebradas cuyo color va-
frente a su casa, donde el suelo de tierra está riaba del café oscuro al verde claro, con unas
siempre limpio y bien apisonado. Don Juan cuantas pizcas de amarillo brillante.
se levantó de pronto y entró en la casa. Tras Reintegró la mezcla a la bolsa, cerró la bolsa,
unos momentos regresó con un bulto angosto la ató con una tirilla de cuero y la puso nueva-
y volvió a sentarse. mente bajo su camisa.
Esta es mi pipa dijo. ¿Qué clase de mezcla es?
Se inclinó hacia mí para mostrarme una pipa Lleva muchas cosas. Conseguir todos los in-
que sacó de una funda de lienzo verde. Me- gredientes es empresa muy difícil. Hay que
día unos veintidós o veinticinco centímetros. viajar lejos. Los honguitos que se necesitan
El tallo era de madera rojiza, sencillo, sin or- para preparar la mezcla crecen sólo en ciertas
épocas del año, y sólo en ciertos sitios. Martes, 26 de diciembre, 1961
¿Tiene usted una mezcla diferente para cada
tipo de ayuda que necesita? El tiempo específico de replantar el “brote”,
¡No! Sólo hay un humito, y no hay otro como como don Juan llamaba a la raíz, no estaba
él. fijado, aunque se suponía que era el siguiente
Señaló la bolsa colgada contra su pecho y alzó paso para domar el poder vegetal.
la pipa que descansaba entre sus piernas. Llegué a casa de don Juan el sábado 23 de
¡Estas dos son una! Una no puede ir sin la diciembre, temprano por la tarde. Estuvimos
otra. Esta pipa y el secreto de esta mezcla per- un rato sentados en silencio, como de costum-
tenecían a mi benefactor. A él se los entrega- bre. El día era cálido y nublado. Habían pa-
ron en la misma forma en que mi benefactor sado meses desde que don Juan me diera la
me los dio a mi. Aunque la mezcla es difícil de pri¬mera parte.
pre¬parar, uno puede volver a abastecerse. El Es tiempo de devolver la yerba a la tierra dijo
secreto está en los ingredientes, y en la mane- de pronto . Pero antes voy a prepararte una
ra como se tratan y se mezclan. En cambio, la protección. Tú la guardarás, y sólo tú debes
pipa es para toda la vida. Debe tratársela con verla. Como yo voy a prepararla, también yo
cuidado infinito. Es resistente y fuerte, pero la veré. Eso no es bueno porque, como te dije,
nunca hay que golpearla ni hacerla rodar de no le tengo buena voluntad a la yerba del dia-
aquí para allá. Hay que manejarla con las ma- blo. No somos uno. Pero mi recuerdo no vivi-
nos secas, nunca cuando las manos están su- rá mucho; soy demasiado viejo. Sin embargo,
dadas, y nada más debe usarse cuando se esté debes guardarla de los ojos de otros porque,
a solas. Y nadie, absolutamente nadie debe mientras dura su recuerdo de haberla visto,
verla nunca, a menos que uno quiera dársela el poder de la protección sufre daño.
a alguien. Así me enseñó mi benefactor, y así Entró en su cuarto y sacó tres bultos de arpi-
he tratado a la pipa toda mi vida. llera debajo de un petate viejo. Volvió al za-
¿Qué pasaría si usted perdiera o rompiera la guán y tomó asiento.
pipa? Tras largo silencio abrió uno de los bultos. Era
Meneó la cabeza, muy lentamente, y me miró. la datura hembra que había recogido en mi
¡Me moriría! compañía; todas las hojas, flores y vainas api-
-¿Son como la suya todas las pipas de los bru- ladas con anterioridad estaban secas. Tomó el
jos? trozo largo de raíz en forma de Y, y luego ató
No todos tienen pipas como la mía. Pero co- nuevamente el bulto.
nozco algunos que sí. La raíz se había secado y enjutado y las barras
¿Puede usted mismo hacer una pipa como de la horqueta se hallaban más separadas
ésta, don Juan? insistí . Suponga que no la y contorsionadas. Puso la raíz en su regazo,
tuviera: ¿cómo podría darme una si quisiera? abrió el morral de cuero y extrajo su cuchillo.
Si no tuviera la pipa, no podría ni querría Sostuvo la raíz seca frente a mí.
darla. Te darla cualquier otra cosa. Esta parte es para la cabeza dijo, e hizo la
Parecía algo hosco conmigo. Metió con mu- primera incisión en la cola de la Y, que vista
cho cuidado la pipa en la funda, que debía de al revés semejaba la forma de un hombre con
estar forrada de algún material suave, pues las piernas abiertas.
la pipa, que encajaba con justeza, se deslizó -Ésta es para el corazón dijo, y cortó cerca del
fácilmente al interior. Don Juan entró en la ángulo de la Y. Luego cortó las puntas de la
casa para guardar su pipa. raíz, dejando unos siete centímetros en cada
¿Está usted enojado conmigo, don Juan? le barra de la Y. Luego, con lentitud y paciencia,
pregun¬té cuando volvió. Pareció sorprender- talló la forma de un hombre.
se de mi pregunta. La raíz era seca y fibrosa. Para tallarla, don
¡No! ¡Nunca me enojo con nadie! Ningún ser Juan hacía dos incisiones y pelaba las fibras
humano puede hacer nada lo bastante impor- entre ambas hasta la hondura de los cortes.
tante para enojarme. Uno se enoja con la gen- Sin embargo, cuando se trataba de detalles,
te cuando siente que sus actos son importan- como dar forma a brazos y manos, cincelaba
tes. Yo ya no siento eso. la madera. El producto final fue una figurilla
como de alambre: un hombre con los brazos
cruzados sobre el pecho y las manos en posi- extrajo dos trozos frescos de raíz de datura.
ción de aferrar. -Voy a prepararlos sólo para ti -dijo.
Don Juan se levantó y fue hasta una agave ¿Qué clase de preparación es, don Juan?
azul que crecía frente a la casa, junto al por- Lino de estos pedazos viene de una planta
che. Asió la dura espina de una de las pulpo- macho, el otro de una planta hembra. Esta
sas hojas centrales, la dobló y le dio dos o tres es la única vez que se deben juntar las dos
vueltas. El movimiento circular casi separó plantas. Los pedazos vienen de un me¬tro de
la espina de la hoja, dejándola colgada. El la hondo.
mordió, o más bien la tomó entre los dientes, Los maceró con golpes parejos de la mano del
y dio un tirón. La espina salió de la pulpa, mortero. Al hacerlo cantaba en voz baja: una
arrastrando consigo un manojo de largas fi- especie de zumbido monótono, sin ritmo. Las
bras: hebras de sesenta centímetros de largo palabras me resultaron ininteligibles. Se ha-
unidas a la parte leñosa como una cola blan- llaba absorto en su tarea.
ca. Aún sosteniendo la espina con los dientes, Cuando las raíces estuvieron completamente
don Juan trenzó las fibras entre las palmas de maceradas, tomó del bulto algunas hojas de
sus manos e hizo un cordel que ató alrededor datura. Estaban limpias y recién cortadas,
de las piernas de la figurilla, para juntarlas. todas intactas, sin cortes ni agujeros de gusa-
Envolvió la parte inferior del cuerpo hasta no. Las echó en el mortero una por una. Tomó
que el cordel se terminó; luego, con gran pe- un puñado de flores de datura y también las
ricia, utilizó la espina como una lezna dentro echó en el mortero, en la misma forma delibe-
de la parte delantera del cuerpo, bajo los bra- rada. Conté catorce de cada cosa. Luego sacó
zos cruzados, hasta que la aguda punta salió, un manojo de vainas frescas, verdes: conser-
como brotando de las manos de la figurilla. vaban sus espinas y no estaban abiertas. No
Usó de nuevo los dientes y, jalando con sua- pude contarlas porque las echó todas juntas
vidad, sacó la espina casi por entero. Parecía en el mortero, pero supuse que también eran
una larga lanza sobresaliendo del pecho de la catorce. Añadió tres tallos de datura, sin ho-
figura. Sin mirar ya la estatuilla, don Juan la jas. Eran rojos oscuros y estaban limpios y, a
metió en su morral. juzgar por sus ramificaciones múltiples, pare-
Parecía exhausto por el esfuerzo. Se acostó en cían haber pertenecido a unas plantas gran-
el piso y se quedó dormido. des.
Ya estaba oscuro cuando despertó. Comimos Tras poner en el mortero todos estos ingre-
las provisiones que yo le había llevado y es- dientes, los convirtió en una pulpa con los
tuvimos un rato más sentados en el zaguán. mismos golpes parejos. En determinado mo-
Luego don Juan caminó hacia la parte trasera mento inclinó el mortero y con la mano em-
de la casa, llevando los tres bultos de arpille- pujó la mezcla a una olla vieja. Me alargó la
ra Cortó varias ramas secas y encendió una mano; pensé que quería que se la secara. En
fogata. Nos sentamos cómodamente frente vez de ello, tomó mi mano izquierda y con un
a ella y don Juan abrió los tres bultos. Ade- movimiento muy rápido separó los dedos me-
más del que contenía los pedazos secos de la dio y anular tanto como pudo. Luego, con la
planta hembra, había otro con todo lo que aún punta de su cuchillo, me hirió entre ambos
quedaba de la planta macho, y un tercero, vo- dedos y desga¬rró hacia abajo la piel del anu-
luminoso, que contenía pedazos verdes de da- lar. Actuó con tanta habilidad y rapidez que
tura, recién cortados. cuando retraje la mano ésta tenía una cortada
Don Juan fue a la artesa y regresó con un honda, y la sangre fluía en abundancia. Cogió
mortero muy hondo, que más parecía una ja- nuevamente mi mano, la puso sobre la olla y
rra con el fondo en suave curva. Hizo un hoyo la apretó para forzar la salida de más sangre.
poco profundo y asentó firmemente el mortero El brazo se me adormeció. Me hallaba en un
en la tierra Echó más ramas secas en el fue- estado de shock: extrañamente frío y rígido,
go; después tomó los dos bultos con los peda- con una sensación opresiva en el pecho y en
zos secos de las plantas macho y hembra y los los oídos. Sentí que resbalaba sobre mi asien-
vació juntos en el mortero. Sacudió la arpille- to. ¡Me estaba desmayando! Don Juan soltó
ra para asegurarse de que todos los pedazos mi mano y agitó el contenido de la olla. Al
habían caído en el mortero. Del tercer bulto recuperarme del shock, me sentí realmente
enojado con él. Tardé bastante tiempo en re- Ven conmigo dijo.
cobrar la compostura. Lo seguí. Rodeó la casa, describiendo un cír-
Colocó tres piedras en torno al fuego y puso culo completo en el sentido de las manecillas
encima la olla. A todos los ingredientes aña- del reloj. Se detuvo en el zaguán y circundó la
dió algo que me pareció ser un gran trozo de casa de nuevo, esta vez en dirección contraria,
cola de carpintero, así como una olla de agua, regresando otra vez al zaguán. Permaneció
y dejó hervir la mezcla. Las plantas de da- inmóvil algún tiempo, y luego se sentó.
tura tienen, por sí solas, un olor muy pecu- Estaba yo condicionado a suponer un signifi-
liar. Combinadas con la cola, que produjo un cado en todo cuanto don Juan hacía. Me pre-
fuerte olor cuando la mezcla empezó a hervir, guntaba cuál podría ser el de dar vueltas a la
creaban un vapor tan acerbo que yo debía con- casa, cuando él dijo:
tenerme para no vomitar. ¡Caramba! Se me olvidó dónde lo puse.
La mezcla hirvió largo rato mientras seguía- Le pregunté qué buscaba. Dijo haber olvida-
mos inmóviles, sentados frente a ella. A ratos, do dónde dejó el brote que yo debía replantar.
cuando el viento llevaba el vapor en mi direc- Rodeamos la casa una vez más antes de que
ción, la pestilencia me envolvía, y yo aguanta- recordara el sitio.
ba el aliento en un esfuerzo por evitarla. Me mostró un pequeño frasco de vidrio sobre
Don Juan abrió su morral y sacó la figurilla; un pedazo de tabla clavado a la pared, deba-
me la dio cuidadosamente y me indicó ponerla jo del techo. El frasco contenía la otra mitad
en la olla sin quemarme las manos. La dejé de la primera parte de la raíz de datura. El
resbalar suavemente hacia la papilla hirvien- brote mostraba un incipiente crecimiento de
te. El sacó su cuchillo, y por un segundo creí hojas en su extremo superior. El frasco conte-
que iba a cortarme de nuevo; en vez de ello, nía una pequeña cantidad de agua, pero nada
empujó la figurita con la punta del cuchillo y de tierra,
la hundió. ¿Por qué no tiene tierra? pregunté.
Observó la papilla hervir durante un rato No todas las tierras son la. misma, y la yerba
más, y luego empezó a limpiar el mortero. Lo del diablo debe conocer sólo la tierra en que
ayudé. Cuando terminamos, puso contra la vivirá y crecerá. Y ahora es tiempo de devol-
cerca el mortero y la mano. Entramos en la verla a la tierra, antes que la dañen los gusa-
casa, y la olla quedó toda la noche sobre las nos.
piedras. ¿Podemos plantarla aquí cerca de la casa?
Al amanecer, don Juan me dio instrucciones pregunté.
de sacar la figurilla de la goma y colgarla del ¡No! ¡No! Cerca de aquí no. Debe regresar a
techo mirando hacia el este, para que se seca- un sitio de tu gusto.
ra al sol. A mediodía estaba tiesa como alam- ¿Pero dónde puedo encontrar un sitio de mi
bre. El calor había sellado el pegamento, y el gusto?
color verde de las hojas se había mezclado con Eso yo no sé. Puedes plantarla donde quie-
él. La figurilla tenía un acabado brillante, ex- ras. Pero hay que velar por ella, porque debe
traño. vivir para que tú tengas el poder que necesi-
Don Juan me pidió descolgarla. Luego me dio tas. Si muere, eso significa que no te quiere,
un morral pequeño que había hecho con una y no debes molestarla más. Significa que no
vieja chaqueta de ante que yo le llevé tiempo tendrás poder sobre ella. Por eso debes cui-
atrás. El morral era igual al que él mismo te- darla y velar por ella, para que crezca. Pero
nía. La única diferencia era que el suyo era de no vayas a consentirla.
cuero café suave. ¿Por qué no?
Mete tu “imagen” en el morral y ciérralo -dijo, -Porque si no es su voluntad crecer, de nada
No me miraba, y deliberadamente mantenía sirve sonsacarla. Pero, eso sí, demuéstrale
apartado el rostro. Una vez que tuve la figu- que te preocupas. Tenla limpia de gusanos y
rilla dentro del morral me dio una red para dale agua cuando la visites. Esto debe hacerse
cargar y me indicó poner allí la olla de barro. cada cierto tiempo hasta que tenga semilla.
Caminó hasta mi coche, me quitó a red de las Después de que las primeras semillas germi-
manos y la ató a la tapa abierta del comparti- nen, estaremos segu¬ros de que te quiere.
miento de guantes. Pero, don Juan, no me es posible cuidar la
raíz como usted dice, vas hondo. Pero hazlo con cuidado; arrodíllate
¡Si quieres su poder, debes hacerlo! ¡No hay para afirmar la mano, porque no debes rom-
otra manera! per la punta dentro del brote. Si la rompes,
¿Puede usted cuidármela mientras no estoy estás acabado. La raíz no te servirá de nada.
aquí, don Juan? ¿Tengo que decir algo mientras doy la vuelta
¡No! ¡Yo no! ¡No puedo! Cada quien debe ali- al brote?
mentar su propio brote. Yo tuve el mío. Ahora No, eso lo haré yo por ti.
tú debes tener el tuyo. Y sólo cuando dé se-
millas, como te dije, podrás considerarte listo Sábado, 27 de enero, 1962
para aprender.
¿Dónde piensa usted que debo replantarla? Apenas llegué a su casa esta mañana, don
¡Eso es para que tú solo lo decidas! ¡Y na- Juan me dijo que iba a enseñarme cómo se
die debe saber el lugar, ni siquiera yo! Así es prepara la mezcla de fumar. Caminamos has-
como hay que replantar. Nadie, pero nadie, ta los cerros y nos adentramos bastante por
puede saber dónde está tu planta. Si un ex- una de las cañadas. Se detuvo junto a un ar-
traño te sigue, o te ve, toma el brote y corre busto alto y esbelto cuyo color contrastaba
para otro lado. Cualquiera podría causarte un marcadamente con el de la vegetación circun-
daño como no te imaginas con sólo manosear dante. El chaparral en torno era amarillento,
el brote. Podría lisiarte o ma¬tarte. Por eso ni pero el arbusto era verde brillante.
siquiera yo debo saber dónde está tu planta. De este arbolito debes tomar las hojas y las
Me alargó el frasquito con el brote. flores -dijo . El momento justo para cortarlas
Agárralo ya. es el día de las ánimas.
Lo tomé. Entonces me llevó casi a rastras a Sacó su cuchillo y tronchó la punta de uña
mi coche. rama delgada. Eligió otra rama similar y
Ahora debes irte. Ve y escoge el sitio donde también le tronchó la punta. Repitió esta ope-
replantarás el brote. Escarba un agujero hon- ración hasta tener un puñado de puntas de
do en tierra blanda, junto a un lugar con agua. rama. Luego se sentó en el suelo.
Acuérdate: tiene que estar cerca del agua para Mira dijo . Corté todas las ramas encima de
crecer. Haz el agujero con las puras manos, la horqueta que hacen dos o más hojas y el
aunque sangren. Pon el brote en el centro del tallo. ¿Ves? Todas son iguales. Nada más usé
agujero y haz un pilón alrededor, Luego remó- la punta de cada rama, donde las hojas están
jalo con agua. Cuando el agua se hunda, llena frescas y tiernas. Ahora hay que buscar un lu-
el hoyo con tierra blanda. Después escoge un gar sombreado.
sitio a dos pasos del brote, en esa dirección Caminamos hasta que pareció hallar lo que
[señaló hacia el sureste]. Haz allí otro aguje- buscaba. Sacó del bolsillo un largo cordel y lo
ro hondo, también con las manos, y tira en él ató al tronco y a las ramas bajas de dos arbus-
lo que hay en la olla. Luego quiebra la olla y tos, haciendo una especie de tendedero donde
entiérrala hondo en otro lugar, lejos del sitio colgó de cabeza las puntas de rama. Las or-
donde está tu brote. Cuando hayas enterra- denó con pulcritud a lo largo del cordel; en-
do la olla, regresa con tu brote y riégalo otra ganchadas por la horqueta entre las hojas y el
vez. Entonces saca tu imagen, sostenla entre tallo, parecían formar una larga fila de jinetes
los dedos donde está la cortada y, parad; en el verdes.
sitio donde enterraste la cola, toca apenas el Hay que ver que las hojas se sequen en la
brote con la punta de la aguja. Da tres vueltas sombra dijo . El sitio debe ser apartado y difí-
al brote, parándote cada vez en el mismo sitio cil de alcanzar. Así las hojas están protegidas
a tocarlo. Hay que dejarlas a secar en un sitio donde sea
¿Tengo que seguir una dirección específica al casi imposible encontrarlas. Después de que
dar vueltas a la raíz? se secan, hay que ponerlas en un paquete y
Cualquier dirección es buena. Pero debes sellarlas.
siempre re¬cordar en qué dirección enterras- Quitó las hojas del cordel y las tiró en los ar-
te la cola y qué dirección tomaste al rodear el bustos cercanos. Al parecer sólo había querido
brote. Toca apenitas el brote con la punta to- mostrarme el procedimiento.
das las veces menos la última: entonces la cla- Seguimos caminando y don Juan cortó tres
flores distindiciendo que eran parte de los in- tuya porque la habrás juntado solo. La pri-
gredientes y debían juntarse al mismo tiem- mera vez que fumes, yo te encenderé la pipa.
po. Pero las flores se ponían en sendas vasijas Fumas toda la mezcla del cuenco y esperas. El
de barro y se secaban en la oscuridad; había humito vendrá. Lo sentirás. Te dará libertad
que poner una tapa en cada vasija para que de ver todo cuanto quieras ver. Hablando con
las flores crearan moho dentro del recipiente. pro¬piedad, es un aliado sin rival. Pero quien
Dijo que la función de las hojas y las flores lo busque debe tener una intención y tina vo-
consistía en endulzar la mezcla del humito. luntad irreprochables. Las necesita, porque
Salimos de la cañada y nos encaminamos al si no tiene intención v voluntad de volver, el
lecho del río. Tras un largo rodeo volvimos a humito no lo dejará. Y después, también, debe
su casa; En la noche estuvimos sentados has- tener intención y voluntad de recordar lo que
ta hora avanzada en su propio cuarto, cosa el humito le permita ver; de otro modo no será
que rara vez me permitía, y me habló del in- más que una mancha de niebla en su mente.
grediente final de la mezcla: los hongos.
El verdadero secreto de la mezcla está en los Sábado, 8 de abril, 1962
honguitos dijo . Son el ingrediente más difí-
cil de juntar. El viaje al sitio donde crecen es En nuestras conversaciones, don Juan usaba
largo y peligroso, y seleccionar los buenos es a menudo la frase “hombre de conocimiento”,
todavía más arriesgado. Hay otras clases de o se refería a ella, pero nunca explicaba qué
hongos que crecen allí mismo y que no sirven; quería decir. Inquirí al respecto.
echan a perder a los buenos si se secan jun- Un hombre de conocimiento es alguien que
tos. Requiere tiempo conocer bien los hongos, ha seguido de verdad las penurias de apren-
para no cometer un error. Hay daño grave si der –dijo-. Un hombre que, sin apuro, sin vaci-
se usan los que no son: daño para el hombre lación ha ido lo más lejos que puede en desen-
y para la pipa. Sé de hombres que cayeron redar los secretos del poder y el conocimiento.
muertos por usar el humo sucio. ¿Puede cualquiera ser un hombre de conoci-
“En cuanto los honguitos se cortan, se meten miento?
en un guaje, así que no hay modo de revisar- -No, no cualquiera,
los. Ves, hay que deshebrarlos para hacerlos -¿Entonces qué debe hacer un hombre para
pasar por el cuello del guaje.” volverse hombre de conocimiento?
¿Cómo se puede prevenir un error? -Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos
Teniendo cuidado y sabiendo escoger. Te dije naturales.
que es difícil. No cualquiera puede domar el -¿Será un hombre de conocimiento tras derro-
humito; la mayoría de la gente ni siquiera tar a estos cuatro enemigos?
hace el intento. Si. Un hombre puede llamarse hombre de
¿Cuánto tiempo se dejan los hongos dentro conocimiento sólo si es capaz de vencer a los
del guaje? cuatro.
Un año. Todos los demás ingredientes tam- -Entonces, ¿puede cualquiera que venza a es-
bién se sellan un año, Luego se miden por tos enemigos ser un hombre de conocimiento?
partes iguales y se muelen por separado, has- Todo el que los venza se convierte en un hom-
ta que quede un polvo muy fino. Los hongui- bre de conocimiento.
tos no necesitan molerse porque ellos solos ¿Pero hay requisitos especiales que un hom-
se convierten en polvo finito; nada más hay bre debe cumplir antes de luchar con estos
que desmoronar los trozos. Cuatro partes de enemigos?
hongos se añaden a una parte de todos los de- No hay requisitos. Cualquiera puede tratar
más ingredientes juntos. Luego se mezclan y de llegar a ser hombre de conocimiento; muy
se ponen en una bolsa como la mía señaló el pocos llegan a serlo, pero eso es natural. Los
saquito colgado bajo su camisa. enemigos que un hombre encuentra en el ca-
Entonces todos los ingredientes se juntan otra mino para llegar a ser un hombre de conoci-
vez, y cuando se han puesto a secar ya estás miento son de veras formidables, de verdad
listo para fumar la mezcla que acabas de pre- poderosos; y la mayoría, pues, se pierde.
parar. En tu caso, fumarás el año entrante. ¿Qué clase de enemigos son, don Juan.
Y el año después de ése, la mezcla será toda Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que pa-
saría largo tiempo antes de que el tema tuvie- a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propó-
ra algún sentido para mí. Traté de mantener sito se convierte en un campo de batalla.
vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que “Y así ha tropezado con el primero de sus ene-
yo podía volverme hombre de conocimiento. migos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terri-
Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero ble: traicionero y enredado como los cardos.
yo insistí en preguntar si había algunas pis- Se queda oculto en cada recodo del camino,
tas que él pudiera usar para determinar si yo acechando, esperando. Y si el hombre, ate-
tenía o no oportunidad de convertirme en un rra¬do en su presencia, echa a correr, su ene-
hombre de conocimiento. Dijo que dependería migo habrá puesto fin a su búsqueda.”
de mi batalla contra los cuatro enemigos de ¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
si podía yo vencerlos o salía vencido pero que Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá.
era imposible predecir el resultado de esa lu- Nunca llegará a ser hombre de conocimiento.
cha. Llegará a ser un maleante, o un cobarde cual-
Le pregunté si podía usar brujería o adivina- quiera, un hombre inofensivo, asustado; de
ción para ver el desenlace de la batalla. Dijo cualquier modo, será un hombre vencido. Su
terminantemente que los resultados de la con- primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
tienda no podían anticiparse por ningún me- ¿Y qué puede hacer para superar el miedo?
dio, porque volverse hombre de conocimiento La respuesta es muy sencilla. No debe co-
era cosa temporal. Cuando le pedí explicar rrer. Debe desafiar a su miedo, y pese a él
este punto, replicó: debe dar el siguiente paso en su aprendizaje,
Ser hombre de conocimiento no tiene perma- y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno
nencia. Uno no es nunca en realidad un hom- de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la
bre de conocimiento. Más bien, uno se hace regla! Y llega un momento en que su primer
hombre de conocimiento por un instante muy enemigo se retira. El hombre empieza a sen-
corto, después de vencer a las cuatro enemi- tirse seguro de si. Su propósito se fortalece.
gos naturales. Aprender no es ya una tarea aterradora.
Debe usted decirme, don Juan, qué clase de “Cuando llega ese momento gozoso, el hombre
enemigos son. puede decir sin duda que ha vencido a su pri-
No respondió. Insistí de nuevo, pero él aban- mer enemigo natural.”
donó el tema y se puso a hablar de otra cosa. ¿Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco?
Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se
Domingo, 15 de abril, 1962 conquista rápido y de repente.
¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si
Cuando me disponía a partir, decidí pregun- algo nuevo le pasa?
tarle una vez más por los enemigos de un No. Una vez que un hombre ha conquistado
hombre de conocimiento. Aduje que no po- el miedo, está libre de él por el resto de su
dría regresar en algún tiempo y serla buena vida, porque a cambio del miedo ha adquirido
idea escribir lo que él dijese y meditar en ello la claridad: una claridad de mente que borra
mientras estaba fuera. el miedo. Para entonces, un hombre conoce
Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar. sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos.
Cuando un hombre empieza a aprender, nun- Puede prever los nuevos pasos del aprendiza-
ca sabe lo que va a encontrar. Su propósito je, y una claridad nítida lo rodea todo. El hom-
es deficiente; su intención es vaga. Espera re- bre siente que nada está oculto,
compensas que nunca llegarán, pues no sabe “Y así ha encontrado a su segundo enemigo:
nada de los trabajos que cuesta aprender. ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil
“Pero uno aprende así, poquito a poquito al co- de obtener, dispersa el miedo, pero también
mienzo, luego más y más. Y sus pensamientos ciega.
se dan de topetazos y se hunden en la nada. “Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí.
Lo que se aprende no es nunca lo que uno Le da la seguridad de que puede hacer cuanto
creía. Y así se comienza a tener miedo. El co- se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con
nocimiento no es nunca lo que uno se espera. claridad. Y tiene valor porque tiene claridad,
Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y y no se detiene en nada porque tiene claridad.
el miedo que el hombre experimenta empieza Pero todo eso es un error; es como si viera algo
claro peto incompleto. Si el hombre se rinde a saber realmente cómo manejarlo. El poder es
esa ilusión. de poder, ha sucumbido a su se- sólo un carga sobre su destino. Un hombre así
gundo enemigo y será torpe para aprender. no tiene dominio de si mismo, ni puede decir
Se apurará cuando debía ser paciente, o será cómo ni cuándo usar su poder.
paciente cuando debería apurarse. Y tonteará La derrota a manos de cualquiera de estos
con el aprendizaje, hasta que termine incapaz enemigos ¿es definitiva?
de aprender nada más. Claro que es definitiva. Cuando uno de es-
¿Qué pasa con un hombre derrotado en esa tos enemigos vence a un hombre, no hay nada
forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia? que hacer.
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás ha ¿Es posible, por ejemplo, que el hombre ven-
parado en seco sus intentos de hacerse hom- cido por el poder vea su error y se corrija?
bre de conocimiento; en vez de eso, el hombre No. Una vez que un hombre se rinde, está
puede volverse un guerrero impetuoso, o un acabado.
payaso. Pero la claridad que tan caro ha pa- ¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y
gado no volverá a transformarse en oscuridad luego él lo rechaza?
y miedo. Será claro mientras viva, pero ya no Eso quiere decir que la batalla sigue. Quie-
aprenderá ni ansiará nada. re decir que todavía está tratando de volver-
Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la de- se hombre de conocimiento. Un hombre está
rrota? vencido sólo cuando ya no hace la lucha y se
-Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe de- abandona.
safiar su claridad y usarla sólo para ver, y es- Pero entonces, don Juan, es posible que un
perar con paciencia y medir con tiento antes hombre se abandone al miedo durante años,
de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, pero finalmente lo conquiste,
que su claridad es casi un error. Y vendrá un No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo nunca
momento en que comprenda que su claridad lo conquistará, porque se asustará de apren-
era sólo un punto delante de sus ojos. Y así der y no volverá a hacer la prueba. Pero si
habrá vencido a su segundo enemigo, y llega- trata de aprender durante años, en medio de
rá a una posición donde nada puede ya da- su miedo, terminará conquistándolo porque
ñarlo. Esto no será un error ni tampoco una nunca se habrá abandonado a él en realidad.
ilusión. No será solamente un punto delante ¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don
de sus ojos. Ése será el verdadero poder. Juan?
“Sabrá entonces que el poder tanto tiempo Tiene que desafiarlo, con toda intención.
perseguido es suyo por fin. Puede hacer con Tiene que llegar a darse cuenta de que el po-
él lo que se le antoje. Su aliado está a sus ór- der que aparentemente ha conquistado no es
denes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a
todo cuanto hay alrededor. Pero también ha todas horas, manejando con tiento, y con fe
tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder! todo lo que ha aprendido. Si puede ver que,
“El poder es el más fuerte de todos los enemi- sin control sobre sí mismo, la claridad y el po-
gos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; der son peores que los errores, llegará a un
después de todo, el hombre es de veras inven- punto en el que todo se domina. Entonces sa-
cible. Él manda; empieza tomando riesgos brá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá
calculados y termina haciendo reglas, porque vencido a su tercer enemigo.
es el amo del poder. “El hombre estará, para entonces, al fin de su
“Un hombre en esta etapa apenas advierte travesía por el camino del conocimiento, y casi
que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de sin advertencia tropezará con su último ene-
pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la migo: ¡la vejez! Este enemigo es el más cruel
batalla. Su enemigo lo habrá transfor¬mado de todos, el único al que no se puede vencer
en un hombre cruel, caprichoso.” por completo; el enemigo al que solamente po-
¿Perderá su poder? drá ahuyentar por un instante.
-No, nunca perderá su claridad ni su poder.
-¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre “Este es el tiempo en que un hombre ya no
de conocimiento? tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente;
Un hombre vencido por el poder muere sin un tiempo en que todo su poder está bajo con-
trol, pero también el tiempo en el que siente ¿Cómo enseña?
un deseo constante de descansar. Si se rinde Enseña las cosas y te dice lo que son.
por entero a su deseo de acostarse y olvidar, si ¿Cómo?
se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último Tendrás que ver por ti mismo.
asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil
criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá Martes, 30 de enero, 1962
toda su claridad, su poder y su conocimiento.
“Pero si el hombre se sacude el cansancio y ¿Qué ve usted cuando Mescalito lo lleva con-
vive su destino hasta el final, puede entonces sigo, don Juan?
ser llamado hombre de conocimiento, aunque De esas cosas no se platica. No puedo decirte
sea tan sólo por esos momentitos en que logra eso.
ahuyentar al último enemigo, el enemigo in- ¿Le pasaría algo malo si me dijera?
vencible. Esos momentos de claridad, poder y Mescalito es un protector, un protector man-
conocimiento son suficientes.” so y bueno, pero eso no quiere decir que pueda
uno burlarse de él. Por ser un protector bueno
también puede ser el horror mismo para los
IV que no le gustan.
No quiero burlarme de él. Sólo quiero saber
Don Juan casi nunca hablaba abiertamente qué hace hacer o ver a otras personas. Yo le
de Mescalito. Cada vez que yo lo interroga- describí a usted todo cuanto Mescalito me
ba sobre el tema se negaba a contestar, pero hizo ver, don Juan.
siempre decía lo suficiente para crear una im- Contigo es diferente, a lo mejor porque no co-
presión de Mescalito: impresión que siempre noces sus modos. Hay que enseñarte sus mo-
era antropomórfica. Mescalito era masculino, dos como se enseña a caminar a un niño.
no sólo por el género gramatical de su nombre, ¿Cuánto tiempo más hay que enseñarme?
sino también por sus constantes cualidades de Hasta que él mismo empiece a tener sentido
ser protector y maestro. Don Juan reafirmaba para ti.
estas características en formas diversas cada ¿Y entonces?
vez que hablábamos. Entonces comprenderás solo. Ya no tendrás
que decirme nada.
Domingo, 24 de diciembre, 1961 ¿Puede usted decirme solamente a dónde lo
lleva Mescalito?
La yerba del diablo nunca ha protegido a na- -No puedo hablar de eso.
die. Sólo sirve para dar poder. Mescalito, en Nada más quiero saber si hay otro mundo al
cambio, es manso, como un niñito. cual lleva a la gente.
Pero dijo usted que Mescalito es a veces ate- Hay.
rrador. ¿Es el cielo?
Claro que es aterrador, pero una vez que lo Te lleva a través del cielo.
conoces es manso y bondadoso. -Quiero decir, ¿es el cielo donde está Dios?
¿Cómo muestra su bondad? Ya te estás haciendo el pendejo. No sé dónde
Es un protector y un maestro. está Dios.
¿Cómo protege? -¿Es, Mescalito, Dios el único Dios? ¿O es uno
Puedes guardarlo contigo a toda hora y él de los dioses?
verá que nada malo te ocurra. -Es sólo un protector y un maestro. Es un po-
¿Cómo puede uno guardarlo consigo a toda der.
hora? ¿Es un poder dentro de nosotros mismos?
En una bolsita, amarrada con un cordón de- No. Mescalito no tiene nada que ver con noso-
bajo del brazo o alrededor del cuello. tros mismos. Está fuera de nosotros.
¿Lo tiene usted consigo? Entonces todo el que ve a Mescalito debe ver-
No, porque yo tengo un aliado. Pero otra gen- lo en la misma forma.
te si. No, de ninguna manera. No es el mismo para
¿Qué enseña? todos.
Enseña a vivir como se debe.
Jueves, 12 de abril, 1962 que sería un viaje largo y duro. Tenía razón.
Llegamos a un pequeño pueblo minero en el
¿Por qué no me dice más sobre Mescalito, don norte de Chihuahua a las 10 p.m. del miér-
Juan? coles 27 de junio. Caminamos desde el sitio
No hay nada que decir. donde estacioné el coche, en las afueras del
Ha de haber miles de cosas que yo debería pueblo, hasta la casa de sus amigos, un indio
saber antes de encontrarme de nuevo con él. tarahumara y su esposa. Allí dormimos.
No. A lo mejor para ti no hay nada que debas A la mañana siguiente, el hombre nos desper-
saber. Como ya te dije, no es el mismo para tó a eso de las cinco. Nos llevó atole y frijoles.
todos. Tomó asiento y habló con don Juan mientras
Lo sé, pero de cualquier modo me gustaría comíamos, pero nada dijo sobre nuestro viaje.
saber qué opinan otros acerca de él. Después del desayuno, el hombre puso agua
La opinión de aquellos que se preocupan por en mi cantimplora y dos panes de dulce en
hablar de él no vale mucho. Ya verás. Lo más mi mochila. Don Juan me entregó la cantim-
probable es que hables de él hasta cierto pun- plora, se colgó la mochila a la espalda con un
to, y de allí en adelante no vuelvas a mencio- cordón, agradeció al hombre su cortesía y, vol-
narlo. viéndose hacia mi, dijo:
¿Puede usted contarme de sus primeras ex- Es hora de irse.
periencias? Anduvimos cosa de kilómetro y medio sobre el
¿Para qué? camino de tierra. Después cortamos a través
Así sabré cómo portarme con Mescalito. de los campos, y en dos horas nos hallamos al
Tú ya sabes más que yo, Jugaste de verdad pie de los cerros al sur del pueblo. Ascendimos
con él. Algún día verás cuán bueno fue contigo las suaves laderas en dirección suroeste apro-
el protector. Estoy seguro de que esa primera ximada: Cuando llegamos a las pendientes
vez te dijo muchas, muchas cosas, pero esta- más abruptas, don Juan cambió de dirección
bas sordo y ciego. y seguimos hacia el este, sobre un valle alto.
Pese a su edad avanzada, don Juan mante-
Sábado, 14 de abril, 1962 nía un paso tan increíblemente rápido que al
mediodía yo estaba agotado por completo. Nos
¿Toma Mescalito cualquier forma cuando se sentamos y él abrió el saco de pan.
muestra? Puedes comer todo si quieres dijo,
Sí, cualquier forma. ¿Y usted?
Entonces, ¿cuáles son las formas más comu- No tengo hambre, y después no necesitare-
nes que usted conoce? mos esta comida,
No hay formas comunes. Yo estaba muy cansado y hambriento y acepté
¿Quiere usted decir, don Juan, que se apa- su oferta. Sentí que aquél era un buen mo-
rece en cualquier forma hasta a los hombres mento para hablar sobre el propósito de nues-
que lo conocen bien? tro viaje, y como incidentalmente pre¬gunté:
No. Se aparece en cualquier forma a los que ¿Piensa usted que nos quedaremos aquí mu-
apenas lo conocen un poco, pero para quienes cho tiempo?
lo conocen bien es siempre constante. Estamos aquí para juntar un poco de Mesca-
¿Cómo es constante? lito. Nos quedaremos hasta mañana,
A veces se les aparece como un hombre, igual ¿Dónde está Mescalito?
que nosotros, o como una luz. Nada más una En todo el rededor.
luz. Cactos de muchas especies crecían en profu-
-¿Cambia alguna vez Mescalito su forma per- sión por toda la zona, pero no pude ver peyote
manente con quienes lo conocen bien? entre ellos.
No que yo sepa. Echamos a andar de nuevo y a eso de las 3
llegamos a un valle largo y angosto, con empi-
Viernes, 6 de julio, 1962 nadas colinas a los lados.
Don Juan y yo iniciamos un viaje el sábado 23 Me sentía extrañamente excitado ante la idea
de junio, al atardecer. Dijo que íbamos a bus- de hallar peyote, que nunca había visto en su
car honguitos en el estado de Chihuahua. Dijo medio natural. Entramos en el valle, y hemos
de haber caminado unos ciento veinte metros ¿Entonces mescalito es como una persona con
cuando de pronto localicé tres inconfundibles quien se puede hablar?
plantas de peyote. Estaban agrupadas, unos -No, no es.
centímetros por encima del terreno frente a -¿Entonces cómo enseña?
mí, a la izquierda del sendero. Parecían rosas Permaneció callado un rato.
verdes redondas y pulposas. Corrí hacia ellas, ¿Te acuerdas de la vez que jugaste con él?
señalándolas a don Juan. Entendiste lo que quería decir, ¿no?
El no me hizo caso y deliberadamente me dio ¡SI!
la espalda al alejarse. Me di cuenta que ha- -Así enseña. No lo sabías entonces, pero si le
bía hecho lo que no debía, y durante el resto hubieras prestado atención te habría hablado.
de la tarde caminamos en silencio, cruzando ¿Cuándo?
despacio el suelo llano del valle, cubierto de Cuando lo viste por primera vez.
piedras pequeñas y agudas. Pasábamos entre Parecía muy molesto por mis preguntas. Le
los cactos, espantando multitudes de lagar- dije que tenia que preguntar todo esto porque
tijas y a veces un pájaro solitario. Y yo dejé deseaba averiguar cuanto pudiese.
atrás veintenas de plantas de peyote sin decir -¡No me preguntes a mí! sonrió con malicia .
una palabra. Pre¬gúntale a él. La próxima vez que lo veas,
A las 6 estábamos al pie de las montañas que pregúntale todo lo que quieres saber.
marcaban el final del valle. Trepamos a una -Entonces Mescalito es como una persona con
saliente. Don Juan dejó su saco y se sentó. quien se puede...
Yo tenía hambre de nuevo, pero no nos que- No me dejó terminar. Se dio vuelta, recogió la
daba comida; sugerí que recogiéramos el Mes- cantimplora, bajó de la saliente y desapareció
calito y volviéramos al pueblo. Pareció moles- al rodear la roca. Yo no quería estar allí solo,
tarse y chasqueó los labios. Dijo que íbamos a y aunque no me había pedido acompañarlo fui
pasar la noche allí. tras él. Caminamos unos ciento cincuenta me-
Permanecimos sentados en silencio. Había tros hasta un arroyuelo. Se lavó manos y cara
una pared de roca a la izquierda, y a la dere- y llenó la cantimplora. Hizo buches de agua,
cha estaba el valle recién atravesado. Se ex- pero no la tragó. Saqué un poco de agua en el
tendía una distancia considerable y pare¬cía hueco de mis manos y bebí, pero él me detuvo
ser más ancho y menos llano de lo que yo pen- y dijo que era innecesario beber.
saba. Desde esta perspectiva, se le veía lleno Me dio la cantimplora y echó a andar de re-
de cerritos y protuberancias. greso a la saliente. Al llegar volvimos a sen-
Mañana echamos a andar de regreso dijo don tarnos mirando el valle, de espaldas contra el
Juan sin mirarme y señalando el valle. Cami- farallón. Pregunté si podíamos encender un
namos de vuelta y lo recogemos al cruzar el fuego. Reaccionó como si fuera inconcebible
campo. Es decir, lo recogeremos sólo cuando preguntar tal cosa. Dijo que por esa noche
se nos presente en nuestro camino. El nos en- éramos huéspedes de Mescalito y que él nos
contrará y no al revés. El nos encontrará . . . daría calor.
si quiere. Ya anochecía. Don Juan extrajo de su saco
Don Juan se reclinó contra el farallón y, con dos delgadas cobijas de algodón, echó una en
la cabeza vuelta hacia un lado, continuó ha- mi regazo y, con la otra sobre los hombros,
blando como si hubiera allí otra persona apar- se sentó cruzando las piernas. Abajo, el valle
te de mi. estaba oscuro, sus contornos ya difusos en la
Otra cosa. Sólo yo puedo recogerlo. Tú a lo bruma del atardecer.
mejor puedas cargar la bolsa, o caminar de- Don Juan estaba inmóvil, encarando el campo
lante de mi; todavía no sé. Pero mañana ¡no de peyote. Un viento continuo soplaba en mi
vayas a señalarlo como hiciste hoy! rostro.
Lo siento, don Juan. El crepúsculo es la raja entre los mundos dijo
Está bien. No sabías. él suavemente, sin volverse hacia mí.
¿Le enseñó su benefactor todo esto sobre No pregunté qué quería decir. Mis ojos se can-
Mescalito? saron. De súbito me sentí exaltado, tenía un
¡No! Nadie me ha enseñado sobre él. Mi maes- deseo extraño y avasallador de llorar.
tro fue el mismo protector. Me acosté boca abajo. El piso de roca era duro
e incó¬modo y yo tenía que cambiar de postu- mediatamente mi estómago empezó a convul-
ra cada pocos minutos. Finalmente me senté sionarse. Esperaba yo un fluir indoloro y fá-
y crucé las piernas, poniendo la cobija sobre cil, como durante mi primera experiencia con
mis hombros. Para mi sorpresa, tal posición el peyote, pero para mi sorpresa tuve sólo la
era perfectamente cómoda, y me quedé dor- sensación común de vomitar. No duró mucho,
mido. sin embargo.
Al despertar, oía don Juan hablarme. Estaba Don Juan cogió otro botón y me entregó la
muy oscuro. No podía verlo bien. No compren- bolsa, y el ciclo se renovó y repitió hasta que
dí qué cosa decía, pero le seguí cuando empezó hube mascado catorce botones. Para enton-
a descender de la saliente. Nos desplazamos ces, todas mis sensaciones iniciales de sed,
cuidadosamente, o al menos yo, a causa de la frío e incomodidad habían desaparecido. En
oscuridad. Nos detuvimos al pie del farallón. su lugar tenía una novedosa sensación de ti-
Don Juan tomó asiento y con una seña me in- bieza y excitación. Tomé la cantimplora para
dicó sentarme a su izquierda. Desabotonó su refrescarme la boca, pero estaba vacía.
camisa y sacó una bolsa de cuero, la cual abrió
y colocó en el suelo frente a él. Contenía boto- ¿Podemos ir al arroyo, don Juan?
nes secos de peyote. En vez de proyectarse hacia afuera, el sonido
Tras una pausa larga tomó uno de los boto- de mi voz pegó en el velo del paladar, rebo-
nes. Lo sostuvo en la mano derecha, frotándo- tó hacia la garganta y resonó entre ambos en
lo varias veces entre pulgar e índice mientras una y otra dirección. El eco era suave y musi-
canturreaba suavemente. De pronto dejó es- cal, y parecía aletear dentro de mi garganta.
capar un grito tremendo, El roce de las alas me apaciguaba. Seguí sus
¡Aíííí! movimientos de ida y vuelta hasta que desa-
Fue sobrecogedor, inesperado. Me aterró. Va- pareció.
gamente lo vi poner el botón de peyote en su Repetí la pregunta. Mi voz sonó como si me
boca y empezar a mascarlo. Tras un momento hallase ha¬blando dentro de una bóveda.
recogió el saco, se inclinó hacia mí y me susu- Don Juan no respondió. Me levanté y me volví
rró que tomara el saco, cogiera un mescalito, en direc¬ción del arroyo, Lo miré para ver si
volviera a poner el saco frente a nosotros, y venía, pero él parecía escuchar algo atenta-
luego hiciera exactamente lo que él. mente.
Tomando un botón de peyote, lo froté como él Hizo un ademán imperativo de guardar silen-
había hecho. Mientras tanto, don Juan cantu- cio.
rreaba, oscilando a un lado y a otro. Traté va- -¡Abuhtol [?] ya está aquí! -dijo.
rias veces de meter el botón en mi boca, pero Yo nunca había oído esa palabra, y medita-
me avergonzaba gritar. Entonces, como en un ba si pre¬guntarle sobre ella cuando percibí
sueño, un alarido increíble salió de mí: ¡Aíííí! un ruido que parecía ser un zumbido dentro
Por un momento pensé que se trataba de al- de mis orejas. El sonido se hizo gradualmente
guien más. De nuevo sentí en el estómago los más fuerte, hasta semejar la vibración cau-
efectos de un shock nervioso. Estaba cayendo sa¬da por un enorme zumbador. Duró un mo-
hacia atrás. Me estaba desmayando. Metí en mento breve y se fue apagando hasta que todo
mi boca el botón de peyote y lo masqué. Tras estuvo otra vez en silencio. La violencia y la
un rato don Juan tomó otro de la bolsa. Me intensidad del ruido me aterraron. Tem¬bla-
sentí aliviado al ver que lo ponía en su boca ba tanto que apenas podía permanecer en pie;
tras un canturreo corto. Me pasó la bolsa, y sin embar¬go, mi estado era perfectamente
volvía dejarla frente a nosotros después de racional. Si unos minutos antes me hallaba
sacar un botón. Este ciclo se repitió cinco ve- soñoliento, esta sensación había desapare¬ci-
ces antes de que yo notara algo de sed. Recogí do por entero, dando paso a una lucidez extre-
la cantimplora para beber, pero don Juan me ma. El ruido me recordó una película de ficción
dijo que sólo me lavara la boca, y que no be- científica en que las alas de una abeja gigan-
biera porque vomitaría. tesca zumbaban al salir de un área de radia-
Agité repetidamente el agua dentro de mi ción atómica. Reí de la idea. Vi a don Juan re-
boca. En determinado momento la tentación clinarse para recuperar su postura relajada.
de beber fue formidable, y tragué un poco. In- Y de pronto volvió a acosarme la imagen de
una abeja gigantesca. La imagen era más real luminosidad correspondía a la diástole de mi
que los pensamientos comunes. Estaba sola, corazón, y la oscuridad a la sístole. El mundo
rodeada de una claridad extraordinaria. Todo se hacía brillante y oscuro y brillante de nue-
lo demás fue expulsado de mi mente. Este es- vo con cada latido de mi corazón.
tado de claridad mental, sin precedente en mi Estaba absorto en este descubrimiento cuan-
vida, produjo otro momento de terror. do el extraño sonido que había oído antes se
Empecé a sudar. Me incliné hacia don Juan hizo audible otra vez. Mis músculos se tensa-
para decirle que tenía miedo. Su rostro esta- ron.
ba a unos centímetros del mío. Me miraba, Anuhctal [según oí la palabra en esta oca-
pero sus ojos eran los ojos de una abeja. Pa- sión] está aquí dijo don Juan. Yo imaginaba el
recían anteojos redondos, con luz propia en la bramido tan atronante, tan avasallador, que
oscuridad. Sus labios formaban una trompa nada más importaba. Cuando amainó, percibí
y de ellos surgía un ruido acompasado: “Peh- un aumento súbito en el volumen de agua. El
tuh peh tuh peh tuh.” Salté hacia atrás, casi arroyo, que un minuto antes había tenido una
chocando contra el muro de roca. Durante anchura de menos de treinta centímetros, se
un tiempo al parecer infinito experimenté un expandió hasta ser un lago enorme. Luz que
miedo insoportable. Jadeaba y gemía. El su- parecía venir de encima de él tocaba la super-
dor se había congelado sobre mi piel, dándo- ficie como brillando a través de follaje espeso.
me una rigidez incómoda. Entonces oí la voz De tiempo en tiempo el agua cintilaba un se-
de don Juan diciendo: gundo: dorada y negra. Luego quedaba oscu-
¡Levántate! ¡Muévete! ¡Levántate! ra, sin luz, casi fuera de vis¬ta y sin embargo
La imagen se desvaneció y de nuevo pude ver extrañamente presente.
su rostro familiar. No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí,
-Voy por agua dije tras otro momento inter- nada más que observando, acuclillado a la
minable. Mi voz se quebraba. Apenas me era orilla del lago negro. El rugido debió de cal-
posible articular las palabras. Don Juan asin- marse mientras tanto, pues lo que me hizo
tió. Mientras me alejaba, advertí que el miedo re¬gresar con violencia (¿a la realidad?) fue
se había ido en forma tan rápida y misteriosa otro zumbido aterrador. Me volví para buscar
como su llegada. a don Juan. Lo vi trepar y desaparecer tras la
Al acercarme al arroyo noté que podía ver saliente de roca. Sin embargo, el sen¬timien-
cada objeto en el camino. Recordé que aca- to de estar solo no me molestaba en absoluto;
baba de ver claramente a don Juan, cuando reposaba allí en un estado de abandono y con-
antes apenas podía distinguir sus contor¬nos. fianza totales. El bramido se hizo audible de
Me detuve y miré la distancia, y pude ver in- nuevo; era muy intenso, como el ruido causa-
cluso el otro lado del valle. Algunos peñascos do por un viento alto. Escuchándolo con todo
que había allí se hicieron perfectamente vi- el cuidado posible, logré reconocer una melo-
sibles. Pensé que debería ser de madrugada, día definida. Era un conglomerado de sonidos
pero se me ocurrió que tal vez hubiera perdido agudos, como voces humanas, acompañado
la noción del tiempo. Miré mi reloj. ¡Eran las por un tambor bajo, grave. Enfoqué toda mi
12 :10! Revisé el reloj para ver si estaba fun- atención en la melodía, y nuevamente noté
cionando. No podía ser mediodía: ¡tenía que que la sístole y la diástole de mi corazón coin-
ser medianoche! Planeaba correr por el agua cidían con el sonido del tambor y con la pauta
y volver a las rocas, pero vi acercarse a don de la música.
Juan y lo esperé. Le dije que podía ver en la Me levanté y la melodía cesó. Traté de escu-
oscuridad. char mi corazón, pero el latido no era locali-
El se quedó mirándome largo rato sin decir zable. Me acuclillé de nuevo, pensando que
palabra; si acaso habló, no lo oí, pues me ha- acaso la posición de mi cuerpo había causa-
llaba concentrado en mi nueva y única capa- do o inducido los sonidos. ¡Pero nada ocurrió!
cidad de ver en lo oscuro. Podía distinguir los ¡Ni un sonido! ¡Ni siquiera mi corazón! Pensé
guijarros minúsculos en la arena. En momen- que ya era bastante, pero al ponerme en pie
tos todo estaba tan claro que parecía ser ma- para marcharme sentí un temblor de tierra.
drugada o atardecer. Luego se oscurecía; lue- El suelo bajo mis pies se estremecía. Perdí el
go se aclaraba de nuevo. Pronto advertí que la equilibrio. Caí hacia atrás y quedé bocarriba
mien¬tras la tierra se sacudía con violencia. corral formado por grandes peñascos. Podía
Traté de aferrar una roca o una planta, pero yo distinguir otra fila, y otra, y otra, hasta que
algo se deslizaba debajo de mí. Me incorporé se fundían con la montaña empinada. De en-
de un salto, estuve de pie un momento y volví tre ellos surgía la música más exquisita. Era
a caer. El terreno donde me hallaba se movía, un fluir sonoro ágil, constante, extraño.
desli¬zándose hacia el agua como una balsa. Al pie de un peñasco vi a un hombre sentado
Permanecí inmóvil, atontado por un terror en el suelo, con el rostro vuelto casi de per-
que, como todo lo demás, era único, ininte- fil. Me acerqué hasta hallarme quizá a tres
rrumpido y absoluto. metros de él; entonces volvió la cabeza y me
Surqué las aguas del lago negro encaramado miró. Me detuve: ¡sus ojos eran el agua que
en un fragmento de la ribera que parecía un yo acababa de ver! Tenían el mismo volumen
tronco de barro. Tenía la sensación de ir más enorme, el cintilar de oro y negro. La cabeza
o menos hacia el sur, transportado por la co- del hombre era puntiaguda como una fresa;
rriente. Podía ver el agua moverse y arremo- su piel era verde, salpicada de innumerables
linarse en torno mío. Se sentía fría al tacto, y verrugas. A excepción de la forma en punta,
curiosamente pesada. La imaginé viva. su cabeza era exactamente como la superficie
No había orillas ni puntos de referencia dis- de la planta del peyote. Me quedé inmóvil, mi-
cernibles, ni puedo evocar las ideas o senti- rándolo; no podía apartar los ojos de él.
mientos que debieron de asaltarme durante Sentí que me estaba presionando delibera-
aquel viaje. Tras lo que parecieron horas de ir damente el pecho con el peso de sus ojos. Me
a la deriva, mi balsa dio un viraje en ángulo ahogaba. Perdí el equilibrio y me desplomé.
recto hacia la izquierda, el este. Siguió desli- Sus ojos se desviaron. Oí que me hablaba. Al
zándose sobre el agua por una distancia muy principio su voz fue como el manso crujir de
corta, e inesperadamente chocó contra algo. una brisa ligera. Luego la percibí como músi-
El golpe me aventó hacia adelante. Cerré los ca -como una melodía cantada y “supe” que
ojos y sentí un dolor agudo al golpear el suelo estaba diciendo:
con las rodillas y con los brazos extendidos. ¿Qué quieres?
Después de un momento, alcé la mirada. Ya- Me arrodillé frente a él y hablé de mi vida.
cía sobre el polvo. Era como si mi tronco de Luego lloré. Me miró de nuevo. Sentí que
barro se hubiese fundido con la tierra. Me sus ojos tiraban de mi y pensé que ese sería
senté y volví la cara. ¡El agua retrocedía! Se el momento de mi muerte. Me hizo seña de
desplazaba hacia atrás, como una ola en la re- acercarme. Vacilé un segundo antes de dar un
saca, hasta desaparecer. paso. Mientras me acercaba, él apartó de mí
Quedé allí sentado largo tiempo, tratando de los ojos y me enseñó el dorso de su mano. La
organizar mis pensamientos y de integrar melodía dijo: “¡Mira!” En medio de la mano
en una unidad coherente todo lo ocurrido. había un agujero redondo. “¡Mira!”, dijo otra
Mi cuerpo entero estaba adolorido. Sentía la vez la melodía. Me asomé al agujero y me vi
garganta como llaga viva; me había mordi- a mí mismo. Estaba muy viejo y débil y corría
do los labios al “desembarcar”. Me incorporé. encorvado; chispas brillantes volaban en todo
El viento me dio conciencia de tener frío, Mi mi derredor. Luego tres de las chispas me gol-
ropa estaba mojada. Las manos y quijadas y pearon, dos en la cabeza y una en el hombro
rodillas me temblaban con tal violencia que izquierdo. Mi figura, en el agujero, se irguió
hube de acostarme nuevamente. Gotas de su- por un momento hasta hallarse totalmente
dor resbalaban a mis ojos, quemándolos hasta vertical, y luego desapareció junto con el hoyo.
hacerme gritar de dolor. Mescalito volvió de nuevo los ojos a mí. Esta-
Tras un rato recobré en cierta medida la esta- ban tan cerca que yo los “oía” retumbar sua-
bilidad y me levanté. En el crepúsculo oscuro, vemente con ese sonido peculiar tantas veces
la escena era muy clara. Di unos pasos. Me oído esa noche. Fueron apaciguándose hasta
llegó distintamente el sonido de muchas voces ser como un estanque quieto, ondulado por
humanas. Parecían estar hablando alto. Seguí destellos de oro y negro.
el sonido; caminé menos de cincuenta metros Apartó los ojos una vez más y, saltando como
y me detuve de pronto. Había llegado al final grillo, se alejó cosa de cincuenta metros. Saltó
del camino. El sitio donde me hallaba era un otra y otra vez, y desapareció en la lejanía.
Lo siguiente que recuerdo es haber echado a que la tierra ni las matas ni ninguna otra cosa
andar. Muy racionalmente, traté de recono- me decía repetidamente, como si pensara que
cer puntos de referencia, tales como monta- yo lo olvidaría.
ñas en la distancia, para orientarme. Duran- Recogimos sesenta y cinco botones. Cuando
te toda la experiencia me habían obsesionado el saco estuvo completamente lleno, lo puso
los puntos cardinales, y creía yo que el norte sobre mi espalda y amarró otro a mi pecho.
debía estar a mi izquierda. Caminé en esa di- Al terminar de cruzar la meseta teníamos dos
rección bastante rato antes de advertir que ya sacos llenos, que contenían ciento diez boto-
era de día y que ya no estaba usando mi “vi- nes de peyote. Los sacos eran tan pesados y
sión nocturna”. Recordé que tenía reloj y vi la voluminosos que yo apenas podía caminar
hora. Eran las 8. bajo su bulto y su peso.
A eso de las 10 llegué a la saliente donde ha- Don Juan me susurró que las bolsas estaban
bía estado la noche anterior. Don Juan yacía pesadas porque Mescalito quería regresar a la
dormido en el suelo. tierra. Dijo que la tristeza de dejar su morada
¿Dónde has estado? dijo. era lo que hacía pesado a Mescalito; mi verda-
Me senté a tomar aire. Tras un largo silencio, dera tarea era no dejar que los sacos tocaran
don Juan preguntó: el suelo, porque si lo hacía, Mescalito jamás
-¿Lo viste? me permitiría tomarlo de nuevo.
Empecé a narrar la sucesión de mis experien- En un momento particular la presión de las co-
cias desde el principio, pero me interrumpió rreas sobre mis hombros se hizo insoportable.
diciendo que todo cuanto importaba era si lo Algo estaba ejerciendo una fuerza tremenda,
había yo visto o no. Me preguntó si Mescalito tirando hacia abajo. Sentí mucha aprensión.
había estado cerca de mí. Le dije que casi lo Noté que había empezado a caminar más rá-
había tocado. pidamente, casi a correr; iba por así decirlo
Esa parte de mi relato le interesó. Escuchó trotando detrás de don Juan.
atentamente cada detalle, sin comentar, in- De pronto disminuyó el peso sobre mi pecho
terrumpiendo sólo para inquirir sobre la for- y mi espalda. La carga se hizo esponjosa y
ma del ente que yo había visto, su talante, y ligera. Corrí libremente para alcanzar a don
otros detalles acerca de él. Era como mediodía Juan, que iba delante de mí. Le dije que ya
cuando don Juan pareció haber oído suficien- no sentía el peso. Me explicó que ya habíamos
te. Se levantó y amarró a mi pecho un saco de dejado la morada de Mescalito.
lona; me ordenó caminar tras él y dijo que él
iba a cortar a Mescalito y que yo debía reci- Martes, 3 de julio, 1962
birlo en mis manos y meterlo con delicadeza
en el saco. Creo que Mescalito casi te ha aceptado dijo
Bebimos un poco de agua y empezamos a ca- don Juan.
minar. Cuando llegamos al borde del valle, ¿Por qué dice usted que casi me ha aceptado,
don Juan pareció titubear un momento sobre don Juan?
la dirección a seguir. Una vez que hubo elegi- No te mató, ni siquiera te hizo daño. Te dio
do anduvimos en línea recta. un buen susto, pero no uno malo de verdad.
Cada vez que llegábamos a una planta de pe- Si no te hubiera aceptado para nada, se te
yote, se acuclillaba frente a ella y muy gen- habría aparecido monstruoso y lleno de ira.
tilmente cortaba la parte superior con su cu- Algunas gentes han aprendido lo que significa
chillo corto y serrado. Hacía una incisión al el horror al encontrárselo y no ser aceptadas.
nivel del suelo y rociaba la “herida”, como él la Si es tan terrible, ¿por qué no me lo dijo usted
llamaba, con polvo puro de azufre que llevaba antes de llevarme al campo?
en una bolsa de cuero. Sostenía el botón fresco No tienes valor suficiente para buscarlo a pro-
en la mano izquierda y esparcía el polvo con pósito. Pensé que era mejor que no supieses.
la derecha. Luego se ponía en pie para entre- ¡Pero pude haber muerto, don Juan!
garme el botón, que yo recibía con ambas ma- sí, pudiste. Pero yo estaba seguro de que te
nos, como él había prescrito, y colocaba dentro iba a ir bien. Una vez jugó contigo. No te hizo
del saco. daño. Pensé que también esta vez tendría
Mantente derecho y no dejes que la bolsa to- compasión de ti.
Le pregunté si realmente pensaba que Mesca- cualquiera que lo busque.
lito me había tenido compasión. La experien- Pero, ¿no es cierto que todo en el mundo está
cia había sido aterradora; yo sentía casi haber a la disposición de cualquiera que lo busque?
muerto de susto. No, eso no es cierto. Los poderes aliados sólo
Dijo que Mescalito fue de lo más bondadoso están a disposición de los brujos, pero cual-
conmigo; me enseñó una escena que era una quiera puede disponer de Mescalito.
respuesta a una pregunta. Don Juan dijo que Pero entonces ¿por qué daña a cierta gente?
Mescalito me había dado una lección. Le pre- -No a todos les gusta Mescalito, pero todos
gunté cuál era la lección y qué significaba. lo buscan con la idea de sacar provecho sin
Dijo que sería imposible responder a esa pre- trabajar. Naturalmente, su encuentro con él
gunta porque yo había tenido demasiado mie- siempre es horrendo.
do para saber exactamente qué le preguntaba -¿Qué ocurre cuando acepta por entero a al-
a Mescalito. guien?
Don Juan sondeó mi memoria con respecto a Se le aparece como un hombre, o como una
lo que había dicho a Mescalito antes de que él luz. Cuando alguien ha ganado esta clase
me enseñara la escena en su mano. Pero yo de aceptación, Mescalito es constante. Ya no
no podía acordarme. Todo cuanto recordaba vuelve a cambiar después. A lo mejor cuando
era haber caído de rodillas a “confesarle mis te lo encuentres de nuevo será una luz, y al-
pecados”. gún día hasta puede llevarte a volar y reve-
Don Juan no pareció tener interés en hablar larte todos sus secretos.
más de eso. Le pregunté: ¿Qué tengo que hacer para llegar a ese punto,
¿Puede enseñarme la letra de las canciones don Juan?
que usted cantaba? Tienes que ser un hombre fuerte, y tu vida
No, no puedo. Esas palabras son mías, las pa- tiene que ser verdadera.
labras que el protector mismo me enseñó. Las ¿Qué es una vida verdadera?
canciones son mis canciones. No puedo decir- Una vida que se vive con la certeza nítida de
te cuáles son. estar viviéndola; una vida buena, fuerte.
¿Por qué no puede decirme, don Juan?
Porque esas canciones son un lazo entre el
protector y yo. Estoy seguro de que algún día V
él te enseñará tus propias canciones. Espera
hasta entonces, y nunca jamás copies ni pre- Don Juan inquiría periódicamente, en forma
guntes las canciones que pertenecen a otra casual, sobre el estado de mi datura. En el
gente. año transcurrido desde que replanté la raíz,
¿Cuál era el nombre que usted pronunció? la planta se había convertido en un arbusto
¿Puede decirme eso, don Juan? grande. Había dado semillas y las vainas de
No. Su nombre nunca puede pronunciarse las semillas se habían secado. Y don Juan
más que para llamarlo. juzgó que era hora de que yo aprendiera algo
¿Y si yo quiero llamarlo? más sobre la yerba del diablo.
Si algún día te acepta, te dirá su nombre. Ese
nom¬bre será para qué tú solo lo uses, ya sea Domingo, 27 de enero, 1963
para llamarlo en voz alta o para decírtelo en
silencio a ti mismo. A. lo mejor te dirá que su Don Juan me dio hoy la información preli-
nombre es José. Quién sabe. minar sobre la “segunda parte” de la raíz de
-¿Por qué es malo usar su nombre para hablar datura, el segundo paso en el aprendizaje de
de él? la tradición. Dijo que la segunda parte de la
Ya viste sus ojos, ¿no? Con el protector no se raíz era el verdadero principio del aprendiza-
juega. ¡Por eso no puedo explicarme el hecho je; en comparación con ella, la primera parte
de que escogiera jugar contigo! era juego de niños. Había que dominar la se-
¿Cómo puede ser él un protector si también gunda parte; había que tomarla veinte veces
hace mal a la gente? por lo menos, dijo, antes de poder avanzar al
La respuesta es muy sencilla. Mescalito es tercer paso.
un protector porque está a la disposición de ¿Qué hace la segunda parte? pregunté.
La segunda parte de la yerba del diablo se sario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una
usa para ver. Con ella, un hombre puede re- pregunta. Es una pregunta que sólo se hace
montarse por los aires y ver qué está pasando un hombre muy viejo. Mi benefactor me ha-
en cualquier sitio que escoja. bló de ella una vez cuando yo era joven, y mi
¿Puede en verdad un hombre volar por los sangre era demasiado vigorosa para que yo la
aires, don Juan? entendiera, Ahora sí la entiendo. Te diré cuál
¿Por qué no? Como ya te dije, la yerba del es: ¿tiene corazón este camino? Todos los ca-
diablo es para aquellos que buscan poder. El minos son lo mismo: no llevan a ninguna par-
hombre que domina la segunda parte puede te. Son caminos que van por el matorral. Pue-
usar la yerba del diablo para ganar más poder do decir que en mi propia vida he recorrido
haciendo cosas que nadie se imagina. caminos largos, largos, pero no estoy en nin-
-¿Qué clase de cosas, don Juan? guna parte. Ahora tiene sentido la pregunta
-No te lo puedo decir. Cada hombre es distin- de mi benefactor, ¿Tiene corazón este camino?
to. Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada
sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte,
Lunes, 28 de enero, 1963 pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace
gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con
Si completas con bien el segundo paso dijo él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te
don Juan , sólo podré enseñarte otro paso hace fuerte; el otro te debilita.
más. Al ir aprendiendo sobre la yerba del dia-
blo me di cuenta de que no era para mí, y ya Domingo, 21 de abril, 1963
no adelanté más en su camino.
¿Qué le hizo decidir en contra de ello, don La tarde del martes 16 de abril, don Juan y yo
Juan? fuimos a los cerros donde están sus daturas.
La yerba del diablo estuvo a punto de matar- Me pidió dejarlo solo allí, y esperarlo en el co-
me todas las veces que traté de usarla. Una che. Volvió casi tres horas después cargando
vez me fue tan mal que me di por acabado. Y un paquete envuelto en una tela roja. Cuan-
sin embargo, yo habría podido evitar todo ese do iniciábamos el regreso a su casa, señaló el
dolor. bulto y dijo que era su último regalo para mí.
¿Cómo? ¿Hay alguna manera especial de evi- Pregunté si quería decir que ya no iba a ense-
tar el dolor? ñarme. Explicó que se refería al hecho de que
Sí, hay una manera, yo tenía una planta plenamente madura y ya
¿Es una fórmula, o un procedimiento, o qué? no necesitaría de las suyas.
Es una manera de agarrarse a las cosas. Por Al atardecer tomamos asiento en su cuarto;
ejemplo, cuando yo estaba aprendiendo sobre él sacó un mortero y una mano, ambos de
la yerba del diablo, era demasiado ansioso. acabado pulido. El cuenco del mortero tenía
Me agarraba a las cosas de la misma mane- unos quince centímetros de diámetro. Desató
ra que los niños agarran dulces. La yerba del un gran paquete lleno de bultos pequeños, se-
diablo es sólo un camino entre cantidades de leccionó dos y los puso sobre un petate, a mi
caminos. Cualquier cosa es un camino entre lado; luego añadió otros cuatro bultos del mis-
cantidades de caminos. Por eso debes tener mo tamaño, extraídos del paquete que trajo a
siempre presente que un camino es sólo un casa. Dijo que eran semillas, y yo debía moler-
camino; si sientes que no deberías seguirlo, las hasta convertirlas en polvo fino. Abrió el
no debes seguir en él bajo ninguna condición. primer bulto y virtió parte de su contenido en
Para tener esa claridad debes llevar una vida el mortero. Las semillas secas eran redondas,
disciplinada. Sólo entonces sabrás que un ca- de color amarillo caramelo.
mino es nada más un camino, y no hay afren- Empecé a trabajar con la mano del mortero;
ta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso tras un rato don Juan me corrigió. Me dijo que
es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión primero empujase la mano contra un lado del
de seguir en el camino o de dejarlo debe estar recipiente y luego la deslizara sobre el fondo
libre de miedo y de ambición. Te prevengo. para hacerla subir contra el otro lado. Le pre-
Mira cada camino de cerca y con intención. gunté qué iba a hacer con el polvo. No quiso
Pruébalo tantas veces como consideres nece- hablar de ello.
El primer lote de semillas resultó extrema- tad del aposento.
damente duro de moler. Tardé cuatro horas El 17 de abril, a eso de las 8 de la mañana,
en terminar el trabajo. La espalda me dolía a don Juan y yo empezamos a colar con agua
causa de la postura en que había estado sen- el extracto de raíz. Era un día claro, soleado,
tado. Me acosté y quise dormirme allí mismo, y don Juan interpretó el buen tiempo como
pero don Juan abrió la siguiente bolsa y vació augurio de que yo le simpatizaba a la yerba
parte de su contenido en el mortero. Esta vez del diablo; dijo que, conmigo allí, nada más se
las semillas eran un poco más oscuras que las acordaba de lo mala que la yerba había sido
primeras y se hallaban apelotonadas. El resto con él.
del contenido de la bolsa era una especie de El procedimiento que seguimos para filtrar el
polvo, consistente en gránulos muy pequeños, extracto de raíz fue el mismo que yo había ob-
redondos y oscuros. servado para la primera parte. Al atardecer,
Yo quería algo de comer, pero don Juan dijo tras vaciar el agua de encima por octava vez,
que si deseaba aprender tenía que seguir la quedó en el fondo del recipiente una cuchara-
regla, y la regla sólo me permitía beber un da de sustancia amarillenta.
poco de agua mientras aprendía los secretos Volvimos al cuarto de don Juan, donde aún
de la segunda parte. había dos bolsitas sin tocar. Abrió una, metió
La tercera bolsa contenía un puñado de gor- la mano y con la otra plegó el extremo abier-
gojos negros, vivos. Y en la última había al- to en torno de su muñeca. Parecía estar sos-
gunas semillas frescas: blancas y casi pulpo- teniendo algo, a juzgar por la forma como su
sas en su blancura, pero fibrosas y difíciles de mano se movía dentro de la bolsa. De pronto,
convertir en pasta fina, como don Juan espe- con un movimiento rápido, peló la bolsa de su
raba de mí. Cuando hube terminado de mo- mano como quitándose un guante, volteándo-
ler el contenido de las cuatro bolsas, él midió la al revés, y acercó la mano a mi rostro. Es-
dos tazas de un agua verdosa, la virtió en una taba sosteniendo una lagartija. La cabeza del
olla de barro y puso la olla al fuego. Cuando el animal se hallaba a pocos centímetros de mis
agua hervía, añadió el primer lote de semillas ojos. Había algo extraño en el hocico. Observé
pulverizadas. Agitó el líquido con un pedazo un momento, y luego me retraje involuntaria-
largo y puntiagudo de hueso o madera, que mente. El hocico de la lagartija estaba cosi-
llevaba en su morral de cuero. Apenas hirvió do con puntadas toscas. Don Juan me orde-
nuevamente el agua, añadió las otras sustan- nó coger la lagartija con la mano izquierda.
cias una por una, siguiendo el mismo procedi- La aferré; se revolvió contra mi palma. Sentí
miento. Luego añadió otra taza de la misma náuseas. Mis manos empezaron a sudar.
agua y dejó la mezcla hervir a fuego lento. Don Juan tomó la última bolsa y, repitiendo
Entonces me dijo que era hora de macerar la los mismos movimientos, extrajo otra lagar-
raíz, Extrajo cuidadosamente un largo pedazo tija. También la acercó a mi cara. Vi que los
de raíz de datura del bulto que había traído a ojos del animal estaban cosidos. Me ordenó
casa. La raíz tenía unos cuarenta centímetros coger esta lagartija con la mano derecha.
de largo. Era gruesa, como de cuatro centíme- Para cuando tuve ambas lagartijas en las ma-
tros de diámetro. Dijo que era la segunda par- nos, me hallaba a punto de vomitar. Tenía un
te, y también la había medido él mismo por- deseo avasallador de dejarlas caer y largarme
que aún era su raíz. La próxima vez que yo de allí.
probara la yerba del diablo, dijo, tendría que ¡No las apachurres! dijo, y su voz me trajo
medir mi propia raíz. un sentido de alivio y de propósito. Preguntó
Empujó hacia mi el gran mortero, y procedí qué me pasaba. Trataba de estar serio, pero
a macerar la raíz exactamente como él había no pudo contener la risa. Intenté aflojar las
hecho con la primera parte. Me guió a través manos, pero sudaban tan profusamente que
de los mismos pasos, y nuevamente dejamos las lagartijas, retorciéndose, empezaron a
la raíz macerada remojándose en agua, ex- escapárseme. Sus garritas agudas arañaban
puesta al sereno. Para entonces, la mezcla mis manos, produciendo una increíble sensa-
hirviente se había solidificado en la olla de ba- ción de asco y náusea. Cerré los ojos y apreté
rro. Don Juan retiró la olla del fuego, la puso los dientes. Una de las lagartijas ya se des-
dentro de una red y la colgó de una viga a mi- lizaba a mi muñeca; sólo necesitaba dar un
tirón para sacar la cabeza de entre mis dedos nas, que habían tomado los libros. Froté las
y quedar libre. Yo experimentaba una sensa- lagartijas contra mis sienes, preguntándoles
ción peculiar de desesperación física, de inco- quién era el ladrón.
modidad suprema. Gruñía a don Juan, entre Tras un rato, don Juan metió las lagartijas en
dientes, que me quitara esas porquerías. Mi las bolsas y dijo que no había ningún secreto
cabeza se sacudía involuntariamente. El me profundo con respecto a la raíz ni a la pasta.
miró con curiosidad. Gruñí como un oso, sacu- La pasta se hacía para dar dirección; la raíz
diendo el cuerpo. Don Juan echó las lagartijas aclaraba las cosas. Pero el verdadero miste-
en sus bolsas y empezó a reír. Yo quería reír rio eran las lagartijas. Ellas eran el secreto de
también, pero tenía el estómago revuelto. Me toda la brujería de la segunda parte, dijo don
acosté. Juan. Le pregunté si eran un tipo especial de
Le expliqué que lo que me había afectado era lagartijas. Respondió que sí lo eran. Tenían
la sensación de las garras en mis palmas; él que venir de la zona de la propia planta de
dijo que muchas cosas podían volver loco a un uno; tenían que ser amigas de uno. Y para
hombre, sobre todo si no tenía la decisión, el trabar amistad con las lagartijas, había que
propósito necesario para aprender; pero cuan- cultivarla un largo período. Había que desa-
do un hombre poseía una intención clara y re- rrollar una fuerte amistad con ellas dándoles
cia, los sentimientos no resultaban en modo comida y hablándoles con bondad.
alguno un obstáculo, pues era capaz de con- Pregunté por qué era tan importante su amis-
trolarlos. tad. Don Juan dijo que las lagartijas sólo se
Don Juan esperó un rato y entonces, repitien- dejan capturar si conocen al hombre, y quien
do los mismos movimientos, me entregó de tomara en serio la yerba del diablo debía tra-
nuevo las lagartijas. Me dijo que alzara sus tar con seriedad a las lagartijas. Dijo que,
cabezas y las frotara suavemente contra mis como regla, las lagartijas debían cogerse des-
sienes, mientras les preguntaba cualquier pués de que la pasta y la raíz estuvieran pre-
cosa que quisiera saber. paradas. Debían cogerse al atardecer. Si uno
Al principio no comprendí qué deseaba de mí. no estaba en confianza con las lagartijas, dijo,
Me dijo otra vez que preguntara a las lagarti- podía pasarse días tratando, sin éxito, de co-
jas cualquier cosa que yo no pudiese averiguar gerlas, y la pasta sólo duraba un día. Luego
por mi mismo. Me dio toda una serie de ejem- me dio una larga serie de instrucciones con-
plos: podía yo descubrir cosas sobre personas cernientes al procedimiento a seguir una vez
que por lo común no veía, o sobre objetos per- capturadas las lagartijas.
didos, o sobre sitios que no conociera. Enton- Una vez que hayas cogido las lagartijas, pon-
ces advertí que se refería a la adivinación. Me las en bolsas separadas. Luego saca a la pri-
puse muy excitado. Mi corazón empezó a latir mera y háblale. Discúlpate por causarle dolor
con fuerza. Sentí que perdía el aliento. y ruégale que te ayude. Y cósele la boca con
Me advirtió que esta primera vez no pregun- una aguja de madera. Haz la costura con fi-
tara sobre asuntos personales: dijo que mejor bras de ágave y una espina de choya. Aprieta
pensara en algo que no tuviese nada que ver bien las puntadas. Luego dile las mismas co-
conmigo. Debía pensar rápidamente y con cla- sas a la otra lagartija y cósele los párpados. A
ridad, porque no habría modo de revocar mis la hora en que la noche empiece a caer estarás
pensamientos. listo. Toma la lagartija de la boca cosida y ex-
Traté frenéticamente de pensar en algo que plícale el asunto del que quieres saber. Pídele
deseara saber. Don Juan me instaba con im- que vaya a ver por ti. Dile que tuviste que co-
periosidad, y quedé atónito al darme cuenta serle la boca para que se apure a volver y no
de que no podía pensar nada que quisiese hable con nadie más. Déjala revolcarse en la
“preguntar” a las lagartijas. pasta después de que se la embarres en la ca-
Tras una espera penosamente larga, se me beza; luego ponla en el suelo. Si toma la direc-
ocurrió algo. Tiempo antes, habían robado un ción de tu buena fortuna, la brujería saldrá
buen número de libros de un salón de lectura. bien y fácil. Si agarra la dirección contraria,
No era un asunto personal, y sin embargo me saldrá mal. Si la lagartija se acerca a ti (ha-
interesaba. Yo no tenía ideas preconcebidas cia el sur) puedes esperar mejor suerte que
acerca de la identidad de la persona, o perso- de costumbre, pero si se aleja de ti (hacia el
norte), la brujería será terriblemente difícil, un sabor levemente amargo. El agua estaba
¡Puedes hasta morir! De modo que, si se aleja demasiado caliente y eso me molestó. Mi cora-
de ti, estás a tiempo de rajarte. A estas altu- zón empezó a golpear aprisa, pero pronto me
ras puedes tomar la decisión de rajarte. Si te tranquilicé de nuevo.
rajas, perderás tu autoridad sobre las lagarti- Don Juan trajo la olla de la pasta. Esta parecía
jas, pero mejor eso que perder la vida. O tam- sólida y tenía una superficie reluciente. Quise
bién puede ser que decidas seguir con la bru- penetrar la costra con el dedo, pero don Juan
jería a pesar de mi advertencia. En ese caso, saltó hacía mi y apartó mi mano de la olla. Se
el paso siguiente es tomar la otra lagartija y molestó mucho; dijo que era mucho descuido
decirle que escuche el relato de su hermana y de mi parte el tratar de hacer eso, y que si
luego te lo describa. yo de veras quería aprender no había nece-
¿Pero cómo puede la lagartija de la boca co- sidad de ser descuidado. Eso era poder, dijo
sida decirme lo que ve? ¿No se le cosió la boca señalando la pasta, y nadie sabia qué clase de
para que no hablara? poder era en realidad. Era suficiente injuria,
Coserle la boca le impide contar su relato a ya que nos metiéramos con él para nuestros
los extraños. La gente dice que las lagartijas propios fines algo que no podemos evitar por-
son platicadoras; en cualquier parte se paran que somos hombres, dijo , pero al menos había
a platicar. Bueno, el paso siguiente es emba- que tratarlo con el debido respeto. La mezcla
rrarle la pasta atrás de la cabeza, y luego fro- semejaba avena cocida. Al parecer tenía al-
tar la cabeza de la lagartija contra tu sien iz- midón suficiente para darle esa consistencia.
quierda, sin que la pasta toque el centro de tu Don Juan me pidió traer las bolsas con las
frente. Al comienzo del aprendizaje, es buena lagartijas. Tomó la lagartija del hocico cosido
idea enlazar a la lagartija por en medio, con y me la entregó cuidadosamente. Me hizo co-
un cordón, y amarrártela al hombro derecho. gerla con la mano izquierda y me dijo que to-
Así no la pierdes ni la lastimas. Pero confor- mara con el dedo un poco de pasta y lo frotara
me progresas y te vas familiarizando con el en la cabeza de la lagartija y luego pusiera a
poder de la yerba del diablo, las lagartijas la lagartija en la olla y la sostuviera allí hasta
aprenden a obedecer tus órdenes y se quedan que la pasta cubriese todo su cuerpo.
trepadas en tu hombro. Después que te ha- Luego me indicó sacar a la lagartija de la olla.
yas untado pasta en la sien derecha, con la Recogió la olla y me guió a una zona rocosa no
lagartija, mete en la olla los dedos de las dos demasiado lejos de su casa. Señaló una gran
manos; úntate la pasta primero en las sienes roca y me dijo que me sentara frente a ella,
y luego extiéndela bien sobre ambos lados de como si fuera mi datura, y, sosteniendo la la-
tu cabeza. La pasta se seca muy rápido, y pue- gartija frente a mi rostro, le explicara nueva-
de aplicarse tantas veces como sea necesario. mente lo que deseaba saber y le rogara ir a
Cada vez, empieza por usar primero la cabeza buscarme la respuesta. Me aconsejó decir a la
de la lagartija y después tus dedos. Tarde o lagartija que sentía haber tenido que causar-
temprano la lagartija que fue a ver regresa le molestias, y prometerle que a cambio seria
y le cuenta a su hermana todo el viaje, y la bueno con todas las lagartijas. Y luego me in-
lagartija ciega te lo describe como si fueras dicó sostenerla entre los dedos tercero y cuarto
de su especie. Cuando la brujería esté termi- de mi mano izquierda, donde una vez él hizo
nada, pon a la lagartija en el suelo y déjala un corte, y bailar alrededor de la roca hacien-
ir, pero no mires a dónde va. Escarba con las do exactamente lo que había hecho al replan-
manos un agujero hondo y entierra en él todo tar la raíz de la yerba del diablo; me pregun-
lo que usaste. tó si recordaba cuanto había hecho entonces.
Alrededor de las 6 p.m., don Juan recogió del Dije que sí. Subrayó que todo tenía que ser
recipiente el extracto de raíz, depositándolo exactamente igual, y que si no me acordaba
sobre un trozo liso de pizarra; había menos de debía esperar hasta que todo se hallase claro
una cucharadita de almidón amarillo. Puso la en mi memoria. Me advirtió con gran apremio
mitad en una taza y añadió agua amarillenta. que si actuaba en forma precipitada, sin deli-
Dio vueltas a la taza para disolver la sustan- berar, me haría daño a mí mismo. Su última
cia. Me entregó la taza y me dijo que bebiera indicación fue que yo pusiera en tierra a la
la mezcla. Era insípida, pero dejó en mi boca lagartija del hocico cosido y observara hacia
dónde se iba, para poder determinar el resul- seguirla. Mi percepción de los elementos de
tado de la experiencia. Dijo que no debía yo la visión era difusa, como si soñara. Pero los
apartar los ojos de la lagartija ni por un ins- componentes no cambiaban. Permanecían
tante, pues una treta común de las lagartijas fijos, y yo podía detenerme junto a cualquie-
era distraerlo a uno y luego salir corriendo. ra de ellos y examinarlo concretamente. La
Todavía no acababa de oscurecer. Don Juan visión no era tan clara ni tan real como una
miró el cielo. inducida por el peyote. Tenía un carácter ne-
Te dejo solo dijo, y se alejó. buloso, un matiz pastel intensamente placen-
Seguí todas sus instrucciones y luego puse a tero.
la lagartija en el suelo. La lagartija permane- Me pregunté si podría levantarme o no, y en
ció inmóvil donde la dejé. Luego me miró, y seguida noté que me había movido. Estaba
corrió a las rocas, hacia el este, y desapareció en la parte superior de una escalera y H, una
entre ellas. amiga mía, se hallaba al pie de ella. Sus ojos
Me senté en el suelo frente a la roca, como si eran febriles. Había en ellos un brillo de lo-
estuviera ante mi planta. Una profunda tris- cura. Rió fuertemente, con tal intensidad que
teza me invadió. Me pregunté por la lagartija resultó aterradora su risa, Empezó a subir
del hocico cosido. Pensé en su extraño viaje la escalera. Quise huir o refugiarme, porque
y en cómo me miró antes de correr. Era un “ella había estado chiflada una vez”. Ese fue el
pensamiento extraño, una proyección moles- pensamiento que acudió a mi mente. Me ocul-
ta. A mi modo yo también era una lagartija, té detrás de una columna y H pasó ante mí
realizando otro viaje extraño. Mi destino, aca- sin mirar, “Ahora se va a un largo viaje”, fue
so, era sólo el de ver; en ese momento sentía otro pensamiento que se me ocurrió entonces,
que nunca me sería posible decir lo que había y finalmente la última idea que recordé fue:
visto. Para entonces ya estaba muy oscuro. “Se ríe cada vez que está a punto de tronar.”
Apenas podía ver las rocas que estaban fren- De pronto la escena se hizo muy clara; ya no
te a mí. Pensé en las palabras de don Juan: era como un sueño. Era como una escena co-
“El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mún, pero yo parecía estar viéndola a través
mundos!” de un cristal. Traté de tocar una columna,
Tras largo titubeo empecé a seguir los pasos pero todo cuanto noté fue que no podía mover-
prescritos. Aunque la pasta parecía avena co- me; sin embargo, sabía que podía quedarme
cida, no tenía ese tacto. Era muy lisa y fría. cuanto quisiera, contemplando la escena. Es-
Olía en forma peculiar, acre. Producía en la taba en ella pero no era parte de ella.
piel una sensación de frescura y se secaba rá- Sentí que levantaba un dique de pensamien-
pidamente. Me froté las sienes once veces, sin tos y argumentos racionales. Me hallaba, has-
notar efecto alguno. Traté con mucho cuidado ta donde podía juzgar, en un estado ordinario
de tomar en cuenta cualquier cambio en per- de conciencia sobria. Cada elemento pertene-
cepción o estado de ánimo, pues ni siquiera cía al terreno de mis procesos normales. Y sin
sabía qué anticipar. De hecho, no era yo capaz embargo, yo sabía que no se trataba de un es-
de concebir la naturaleza de la experiencia, e tado ordinario.
insistía en buscar pistas. La escena cambió súbitamente. Era de noche.
La pasta se había secado y desprendido en Me encontraba en el vestíbulo de un edifi-
escamas de mis sienes, Estaba a punto de cio. La oscuridad dentro del edificio me hizo
untarme más cuando advertí que me hallaba consciente de que en la escena anterior la luz
sentado sobre los tobillos, a la japonesa. Ha- del sol tenía una hermosa claridad. Pero ha-
bía estado sentado con las piernas cruzadas bía sido algo tan común que en ese momen-
y no recordaba haber cambiado de postura. to no lo advertí. Al seguir mirando la nueva
Tardé algún tiempo en tomar visión, vi a un joven salir de un cuarto con
plena conciencia de que me encontraba sobre una mochila grande sobre los hombros. No sa-
el piso de una especie de claustro con arcadas bía yo quién era, aunque lo había visto una
altas. Pensé que eran de ladrillo, pero al exa- o dos veces. Pasó frente a mí y descendió las
minarlas vi que eran de piedra. escaleras. Para entonces yo había olvidado mi
Esta transición fue muy difícil. Sobrevino tan aprensión, mis dilemas racionales. “¿Quién es
repentina¬mente que yo no estaba listo para ese tipo?” pensé. “¿Por qué lo vi?”
La escena cambió de nuevo y me hallé obser- me pasó a mí. Estaba a punto de advertírte-
vando al joven mutilar libros: pegaba algunas lo cuando recordé que mi benefactor no me lo
páginas con goma, borraba marcas. Luego advirtió a mi tampoco.
lo vi acomodar los libros con cuidado en una ¿Fue su experiencia como la mía, don Juan?
caja de madera, Había una pila de cajas. No No. La mía fue un viaje infernal. Casi me
estaban en su cuarto sino en algún almacén. muero.
Otras imágenes acudieron a mi mente, pero ¿Por qué fue infernal?
no estaban claras. La escena se hizo nebulosa. A lo mejor porque yo no le caía bien a la yerba
Tuve la sensación de girar. del diablo, o porque no tenía claro lo que que-
Don Juan me sacudió por los hombros y des- ría preguntar. Como tú ayer. Has de haber
perté. Me ayudó a levantarme y caminamos estado pensando en esa mu¬chacha cuando
de regreso a su casa. Habían pasado tres ho- preguntaste por los libros.
ras y media desde el momento en que empecé No me acuerdo de eso.
a untar la pasta en mis sienes hasta la hora -Las lagartijas nunca yerran; toman cada
en que desperté, pero el estado visionario no pensamiento como una pregunta. La lagartija
pudo haber durado más de diez minutos. Yo volvió y te dijo cosas de H que nadie podrá
no sentía ningún mal efecto; sólo hambre y entender jamás, porque ni siquiera tú sabes
sueño. cuáles eran tus pensamientos.
¿y la otra visión que tuve?
Jueves, 18 de abril, 1963 Tus pensamientos han de haber estado firmes
cuando hiciste esa pregunta. Y así es como
Don Juan me pidió anoche describir mi re- hay que conducir esta brujería: con claridad.
ciente experiencia, pero yo estaba demasiado ¿O sea que la visión de la muchacha no debe
adormecido para hablar de ella. No podía con- tomarse en serio?
centrarme. Hoy, apenas desperté, repitió su ¿Cómo puede tomarse en serio si no sabes
petición. qué pregun¬tas estaban contestando las la-
¿Quién te dijo que esta muchacha H había gartijitas?
estado chiflada? preguntó cuándo terminé mi ¿Sería más claro para la lagartija si uno hi-
historia. ciera una sola pregunta?
Nadie. Fue sólo uno de los pensamientos que Sí, sería más claro. Si pudieras sostener con
tuve. firmeza un solo pensamiento.
¿Crees que eran tus pensamientos? ¿Pero qué ocurriría, don Juan, si la única pre-
Le dije que eran mis pensamientos, aunque gunta no fuera sencilla?
yo no tenía motivo para pensar que H hubie- Mientras tu pensamiento sea firme y no se
se estado enferma. Eran pensamientos extra- meta en otras cosas, es claro para las lagarti-
ños. Parecían brotar en mi mente surgidos de jitas, y entonces su respuesta es clara para ti.
ninguna parte. Don Juan me miró inquisitivo. ¿Puede uno hacer más preguntas a las lagar-
Le pregunté si no me creía; rió y dijo que mi tijas mien¬tras va avanzando en la visión?
costumbre era ser descuidado con mis actos. No. La visión es para mirar lo que las lagar-
¿Qué hice mal, don Juan? tijas te estén diciendo. Por eso dije que es una
Debiste haber escuchado a las lagartijas. visión para oír más que una visión para ver.
-¿Cómo debí escuchar? Por eso te pedí tratar asuntos no personales.
-La lagartijita encima de tu hombro te estaba Por lo general, cuando la pregunta trata de
describiendo todo lo que veía su hermana. Te personas, tu ansia de tocarlas o de hablarles
estaba hablando. Te estaba diciendo todo, y es demasiado fuerte, y la lagartija deja de ha-
tú no hiciste caso. En cambio, creíste que las blar y la brujería se deshace. Deberás saber
palabras de la lagartija eran tus propios pen- mucho más que ahora antes de querer ver co-
samientos. sas que te conciernan en lo personal. La próxi-
Pero si eran mis propios pensamientos, don ma vez debes escuchar con cuidado. Estoy se-
Juan. guro de que las lagartijitas te dijeron muchas,
No lo eran. Esa es la naturaleza de esta bru- muchas cosas, pero no estabas escuchando.
jería, Para decirte la verdad, la visión es más
para escucharse que para mirarse. Lo mismo
Viernes, 19 de abril, 1963 te he descrito. Otra cosa, No debes comer ni
beber hasta que la brujería esté terminada.”
¿Qué son todas las cosas que molí para la
pasta, don Juan?
Semillas de yerba del diablo y los gorgojos VI
que viven de las semillas. La medida es un
puño de cada cosa ahuecó la mano derecha El siguiente paso en las enseñanzas de don
para mostrarme cuánto. Juan fue un nuevo aspecto en el dominio de
Le pregunté qué ocurriría si un elemento se la segunda parte de la raíz de datura. En el
usara solo, sin los demás. Dijo que tal proce- tiempo transcurrido entre las dos eta¬pas del
dimiento sólo produciría el antagonismo de la aprendizaje, don Juan inquirió únicamente
yerba del diablo y de las lagartijas. acerca del desarrollo de mi planta.
No debes enemistarte con las lagartijas dijo,
porque al otro día, cuando esté atardeciendo, Jueves, 27 de junio, 1963
tienes que regresar al sitio de tu planta. Há-
blales a todas las lagartijas y pide que salgan Es buena costumbre probar la yerba del dia-
otra vez a las dos que te ayudaron en la bruje- blo antes de emprender de líen, su camino
ría. Busca por todas partes hasta que esté os- dijo don Juan.
curo. Si no puedes hallarlas, debes intentarlo -¿Cómo se le prueba, don Juan?
de nuevo al otro día. Sí eres fuerte hallarás Debes probar otra brujería con las lagartijas.
a las dos, y entonces tendrás que comértelas Tienes todos los elementos que se necesitan
allí mismo. Y tendrás por siempre la facultad para hacerles una pregunta más, esta vez sin
de ver lo desconocido. Ya nunca necesitarás mi ayuda.
coger lagartijas para practicar esta brujería. ¿Es muy necesario que haga yo esta brujería,
Vivirán dentro de ti desde entonces. don Juan?
¿Qué hago si nada más encuentro una? Es la mejor forma de probar los sentimientos
Si nada más encuentras una, debes dejarla de la yerba del diablo hacia ti. Ella te prueba
ir al final de tu búsqueda. Si la encuentras el todo el tiempo, así que es justo que tú también
primer día, no la guardes con la esperanza de la pruebes, y si en cualquier punto a lo largo
coger a la otra al día siguiente. Eso nada más de su camino sientes que por algún motivo no
echaría a perder tu amistad con ellas. deberías seguir, entonces simplemente te de-
¿Qué sucede si no puedo hallarlas para nada? tienes.
Creo que eso seria lo mejor para ti. Quiere
decir que debes coger dos lagartijas cada vez Sábado, 29 de junio, 1963
que necesites su ayuda, pero también quiere
decir que eres libre. Saqué a colación el tema de la yerba del dia-
¿Cómo, libre? blo. Quería que don Juan me dijese más sobre
Libre de ser esclavo de la yerba del diablo. Si ella, y sin embargo no quería comprometerme
las lagartijas viven dentro de ti, la yerba del a participar.
diablo no te dejará ir jamás. La segunda parte se usa nada más para adi-
¿Es malo eso? vinar, ¿no es así, don Juan? pregunté para
Claro que es malo. Te apartará de todo lo de- iniciar la conversación.
más. Tendrás que pasar la vida cultivándola No solamente para adivinar. Con ayuda de
como aliado. Es posesiva. Una vez que te do- la segunda parte, uno aprende la brujería de
mina, sólo hay un camino a seguir: el suyo. las lagartijas, y al mismo tiempo prueba a la
¿Y si hallo muertas a las lagartijas? yerba del diablo; pero en realidad la segunda
Si hallas muerta a una o a las dos, no debes parte se usa para otros propósitos. La bruje-
tratar de hacer esta brujería durante un tiem- ría de las lagartijas es apenas el principio.
po. Déjala descansar un rato. Entonces, ¿para qué se usa, don Juan?
“Creo que sólo esto necesito decirte; lo que te No respondió. Cambiando súbitamente el
he dicho es la regla. Cada vez que practiques tema, me preguntó de qué tamaño estaban
por tu cuenta esta brujería, debes sentarte las daturas que crecían alrededor de mi pro-
frente a tu planta y seguir todos los pasos que pia planta. Señalé la altura con un gesto. Don
Juan dijo: de que alguien fuera a verme resultó mínima
Te he enseñado a distinguir el macho de la en comparación con el miedo de que alguien
hembra. Ahora, ve a tus plantas y tráeme los notara la luz en los ma-torrales,
dos. Ve primero a tu planta vieja y observa Llevé las plantas a casa de don Juan el mar-
con cuidado el cauce hecho por la lluvia. A es- tes 2 de julio. El abrió los bultos y examinó los
tas alturas, el agua ha de haber llevado muy trozos. Dijo que aún tenía que darme semillas
lejos las semillas. Observa las zanjitas hechas de sus plantas. Empujó un mortero frente a
por el desagüe y de ellas determina la direc- mí. Tomó un frasco de vidrio y vació su conte-
ción de la corriente. Luego encuentra la plan- nido semillas secas aglomeradas en el mor-
ta que esté creciendo en el punto más alejado tero.
a tu planta. Todas las plantas de yerba del Le pregunté qué eran, y repuso que semillas
diablo que crezcan en medio son tuyas. Más comidas de gorgojo. Había entre ellas bastan-
tarde, cuando vayan soltando semilla, puedes tes bichos: pequeños gorgojos negros. Dijo que
extender el tamaño de tu territorio siguiendo eran bichos especiales, que debíamos sacar-
el cauce desde cada planta a lo largo del ca- los y ponerlos en un frasco aparte. Me entre-
mino. gó otro frasco, lleno hasta la tercera parte del
Me dio instrucciones minuciosas sobre cómo mismo tipo de gorgojos. Un trozo de papel me-
procurarme una herramienta cortante. El cor- tido en el frasco les impedía escapar.
te de la raíz, dijo, debía hacerse en la forma La próxima vez tendrás que usar los bichos
siguiente. Primero, debía yo escoger la planta de tus propias plantas dijo don Juan . Lo que
que iba a cortar y apartar la tierra en torno haces es cortar las vainas que tengan aguje-
al sitio donde la raíz se unía al tallo. Segun- ritos: están llenas de gorgojos. Abres la vaina
do, debía repetir exactamente la misma dan- y raspas todo y lo echas en un frasco. Junta
za que había ejecutado al replantar la raíz. un puñado de gorgojos y guárdalos aparte.
Tercero, debía cortar el tallo y dejar la raíz en Trátalos mal. No les tengas miramientos ni
la tierra. El paso final era cavar para extraer consideraciones. Mide un puño de las semillas
cuarenta centímetros de raíz. Me instó a no apelmazadas comidas de gorgojo y un puño
hablar ni delatar sentimiento alguno durante del polvo de los bichos, y entierra lo demás
este acto. en cualquier sitio en esa dirección [señaló el
Deberás llevar dos trozos de tela, dijo. Ex- sureste] de tu planta. Luego juntas semillas
tiéndelos en el suelo y pon las plantas enci- buenas, secas, y las guardas por separado.
ma. Luego córtalas en partes y amontónalas. Junta todas las que quieras. Siempre puedes
El orden depende de ti, pero debes recordar usarlas. Es buena idea sacar allí las semillas
siempre qué orden usaste, porque así es como de las vainas, para poder enterrar todo de una
tienes que hacerlo siempre. Tráeme las plan- vez.
tas tan pronto como las tengas. Luego, don Juan me dijo que moliera primero
las semillas apelmazadas, después los huevos
Sábado, 6 de julio, 1963 de gorgojo, después los bichos y finalmente las
semillas buenas y secas.
El lunes 1° de julio corté las daturas que don Cuando todo estuvo bien pulverizado, don
Juan había pedido. Esperé a que estuviera Juan tomó los pedazos de datura que yo había
bastante oscuro antes de bailar alrededor de cortado y amontonado. Separó la raíz macho y
las plantas, pues no quería que nadie me viera. la envolvió con delicadeza en un trozo de tela.
Me sentía lleno de aprensión. Estaba seguro Me entregó lo demás y me dijo que lo cortara
de que alguien iba a presenciar mis extrañas en pedacitos, lo moliera bien y pusiera en una
acciones. Previamente había yo elegido dos olla hasta la última gota del jugo. Dijo que yo
plantas que me parecieron macho y hembra. debía macerar las partes en el mismo orden
Tenía que cortar cuarenta centímetros de la en que las había amontonado.
raíz de cada una, y no fue tarea fácil cavar a Después de que terminé, me hizo medir una
esa pro¬fundidad con un palo. Requirió horas. taza de agua hirviendo y agitarla con todo en
Tuve que terminar el trabajo en la oscuridad la olla, y luego añadir otras dos tazas. Me en-
completa, y ya listo para cortarlas debí usar tregó una barra de hueso de acabado pulido.
una lámpara de mano. Mi aprensión original Agité con ella la papilla y puse la olla en el
fuego. Don Juan dijo entonces que debíamos Don Juan midió un puño de manteca y lo echó
preparar la raíz, usando para ello el mortero en el cuenco donde estaba la pasta seca, lim-
grande porque la raíz macho no podía cortarse piándose la mano en el borde de la olla. Me
para nada. Fuimos atrás de la casa. Don Juan dijo que agitara el contenido hasta que estu-
tenía listo el mortero, y procedía machacar la viera suave y bien revuelto.
raíz como había hecho antes. La dejamos re- Batí la mezcla durante casi tres horas. Don
mojando, al sereno, y entramos en la casa. Juan la miraba de tiempo en tiempo, sin con-
Me indicó vigilar la mezcla en la olla. Debía siderarla terminada aún. Por fin pareció sa-
dejarse hervir hasta que tuviera cuerpo: has- tisfecho. El aire batido en la pasta le había
ta que fuese difícil de agitar. Luego se acostó dado un color gris claro, y consistencia de ja-
en su petate y se durmió. La papilla llevaba lea. Colgó la olla del techo, junto al otro reci-
al menos una hora hirviendo cuando noté que piente. Dijo que iba a dejarlo allí hasta el otro
cada vez era más difícil agitarla. Juzgué que día, porque preparar esta segunda parte re-
debía estar lista y la quité del fuego. La puse quería dos días. Me dijo que no comiera nada
en la red bajo las tejas y me dormí. entre tanto. Podía tomar agua, pero rada de
Desperté al levantarse don Juan. El sol brilla- comida.
ba en un cielo despejado. Era un día cálido y El día siguiente, jueves 4 de julio, cuatro veces
seco. Don Juan comentó de nuevo su certeza hice escurrir la raíz, dirigido por don Juan.
de que yo le caía bien a la yerba del diablo. La última vez que escurrí el agua del cuenco,
Procedimos a tratar la raíz, y al finalizar el ya estaba oscuro. Nos sentamos en el porche.
día teníamos una buena cantidad de sustan- Don Juan puso ambos recipientes frente a mí.
cia amarillenta en el fondo del cuenco. Don El extracto de raíz consistía en una cuchara-
Juan escurrió el agua de encima. Pensé que dita de almidón blancuzco. Lo puso en una
ése era el fin del proceso, pero él volvió a lle- taza y añadió agua. Dio vueltas a la taza para
nar el recipiente con agua hirviendo. disolver la sustancia y luego me entregó la
Bajó la olla de la papilla. Esta parecía casi taza. Me dijo que bebiera todo lo que había en
seca. Llevó la olla dentro de la casa, la colocó la taza. Lo bebí rápido y luego puse la taza en
cuidadosamente en el piso y se sentó. Luego el piso y me recliné. Mi corazón empezó a gol-
empezó a hablar. pear; sentí perder el aliento. Don Juan me or-
Mi benefactor me dijo que se permitía mez- denó, como si tal cosa, quitarme toda la ropa.
clar la planta con manteca. Y eso es lo que vas Le pregunté por qué, y dijo que para untarme
a hacer. Mi benefactor me la mezcló a mi con la pasta. Vacilé. No sabia si desvestirme.
manteca, pero, como. ya te he dicho, yo nunca Don Juan me instó a apurarme. Dijo que ha-
le tuve afición a la planta ni traté realmente bía muy poco tiempo para tonterías. Me quité
de hacerme uno con ella. Mi benefactor decía toda la ropa.
que para mejores resultados, para quienes de Tomó su barra de hueso y cortó dos líneas ho-
veras quieren dominar el poder, lo debido es rizontales en la superficie de la pasta, divi-
revolver la planta con sebo de jabalí. El sebo diendo así el contenido de la olla en tres par-
de tripa es el mejor. Pero escoge tú. Acaso tes iguales. Luego, empezando en el centro de
la vuelta de la rueda decida que tomes como la línea superior, trazó una raya vertical per-
aliado a la yerba del diablo, y en ese caso te pendicular a las otras dos, dividiendo la pasta
aconsejo, como mi benefactor me aconsejó a en cinco partes. Señaló el área inferior de la
mí, cazar un jabalí y sacar el sebo de tripa. derecha y dijo que era para mi pie izquierdo.
En otros tiempos, cuando la yerba del diablo El área encina de ésa era para mi pierna iz-
era lo mejor, los brujos acostumbraban ir de quierda. La parte superior, la más grande,
cacería nada más para traer sebo de jabalí. era para mis genitales. La que seguía hacia
Buscaban a los machos más grandes y fuer- abajo, del lado izquierdo, era para mi pierna
tes. Tenían una magia especial para jabalíes; derecha, y el área inferior izquierda para mi
tomaban de ellos un poder especial, tan es- pie derecho. Me dijo que aplicara la parte des-
pecial que hasta en esos días costaba trabajo tinada al pie izquierdo en la planta del pie y
creerlo. Pero ese poder se perdió. No sé nada la frotara a con¬ciencia. Luego me guió en la
de él. Ni conozco a nadie que sepa. A lo mejor aplicación de la pasta a la parte interior de
la misma yerba te enseña todo eso. toda mi pierna izquierda, a mis genitales, ha-
cia abajo por toda la parte interior de la pier- pendido en ella.
na derecha, y finalmente a la planta del pie Lo siguiente que recuerdo es la sensación de
derecho. despertar. Estaba en mi cama, en mi propio
Seguí sus instrucciones. La pasta estaba fría cuarto. Me senté. Y la imagen de mi cuarto
y tenía un olor particularmente fuerte. Al ter- se disolvió. Me levanté, ¡Estaba desnudo! Al
minar de aplicarla me enderecé. El olor de la ponerme en pie, volvió la náusea.
mezcla entraba en mi nariz. Me estaba sofo- Reconocí algunos puntos de referencia. Me
cando. El olor acre literalmente me asfixiaba. encontraba a menos de un kilómetro de la
Era como un gas de algún tipo. Traté de respi- casa de don Juan, cerca del sitio de sus da-
rar por la boca y traté de hablarle a don Juan, turas. De pronto todo encajó donde le corres-
pero no pude. pondía y me di cuenta de que debería regresar
Don Juan me miraba con fijeza. Di un paso caminando hasta la casa, desnudo. Hallarme
hacia él. Mis piernas eran como de hule y lar- privado de ropa era una profunda desventa-
gas, extremadamente largas. Di otro paso. Las ja psicológica, pero nada podía yo hacer para
junturas de mis rodillas parecían tener resor- resolver el problema. Pensé en improvisarme
te, como una garrocha para salto de altura; se una falda con ramas, pero la idea parecía ri-
sacudían y vibraban y se contraían elástica- dícula y además pronto amanecería, pues el
mente. Avancé. El movimiento de mi cuerpo crepúsculo matutino ya estaba claro. Olvidé
era lento y tembloroso: más bien un estreme- mi incomodidad y mi náusea y eché a andar
cimiento ascendente y hacia adelante. Bajé rumbo a la casa. Me obsesionaba el temor de
la mirada y vi a don Juan sentado debajo de ser descu¬bierto. Iba a la expectativa de gente
mí: muy por debajo de mí. El impulso me hizo o perros. Traté de correr, pero me herí los pies
dar otro paso, aun más largo y elástico que en las piedritas agudas. Caminé despacio. Ya
el precedente. Y entonces me elevé. Recuerdo había clareado mucho. Entonces vi a alguien
haber descendido una vez; entonces empujé acercarse por el camino, y rápidamente salté
con ambos pies, salté hacia atrás y me deslicé tras los matorrales. La situación me parecía
bocarriba. Veía el cielo oscuro sobre mí, y las de lo más incongruente. Un momento antes
nubes que pasaban a mi lado. Moví el cuer- me hallaba disfrutando el increíble placer de
po a tirones para ver hacia abajo. Vi la masa volar; al minuto siguiente estaba escondido,
oscura de las montañas. Mi velocidad era ex- avergonzado de mi propia desnudez. Pensé en
tra-ordinaria. Tenía los brazos fijos, plegados saltar de nuevo al camino y correr con todas
contra los flancos. Mi cabeza era la unidad mis fuerzas pasando junto a la persona que
directriz. Manteniéndola echada hacia atrás, se acercaba. Pensé que se sobresaltaría tanto
describía yo círculos verticales. Cambiaba de que, cuando advirtiera que se trataba de un
dirección moviendo la cabeza hacia un lado. hombre desnudo, yo ya la habría dejado muy
Disfrutaba de libertad y ligereza como nunca atrás. Pensé todo eso, pero no me atrevía mo-
antes había conocido. La maravillosa oscuri- verme.
dad me producía un sentimiento de triste¬za, La persona que venía por el camino estaba
de añoranza tal vez. Era como haber hallado casi junto a mí y se detuvo. La oí decir mi
un sitio al cual correspondía: la oscuridad de nombre. Era don Juan, y traía mi ropa. Rien-
la noche. Traté de mirar en torno, pero todo do, me miró vestirme; rió tanto que acabé por
cuanto percibía era que la noche estaba sere- reír también yo.
na, y sin embargo pletórica de poder. El mismo día, viernes 5 de julio, al caer la tar-
De pronto supe que era hora de bajar; fue de, don Juan me pidió narrarle los detalles de
como recibir una orden que debía obedecer. mi experiencia. Relaté todo el episodio con el
Y empecé a descender como una pluma, con mayor cuidado posible.
movimientos laterales. Ese tipo de trayec- La segunda parte de la yerba del diablo se
toria me hacía sentir enfermo. Era lento y a usa para volar dijo cuando hube terminado
sacudidas, como si estuvieran bajándome con . El ungüento por sí solo no basta. Mi bene-
poleas. Me dio náusea. Mi cabeza estallaba a factor decía que la raíz es la que dirige y da
causa de un dolor torturante en extremo. Una sabiduría, y es la causa del volar. Conforme
especie de negrura me envolvía. Tenía mucha vayas aprendiendo, y la tomes seguido para
conciencia del sentimiento de hallarme sus- volar, empezarás a ver todo con gran clari-
dad. Puedes remontarte por los aires cientos con ayuda de la segunda parte de la yerba del
de kilómetros para saber qué está pasando en diablo. Nada más eso puedo decirte. Lo que
cualquier lugar que quieras, o para descargar tú quieres saber no tiene sentido. Los pájaros
un golpe mortal sobre tus enemigos lejanos. vuelan como pájaros y el enyerbado vuela así.
Conforme te vayas familiarizando con la yer- -¿Así como los pájaros?
ba del diablo, ella te enseñará a hacer esas co- No, así como los enyerbados.
sas. Por ejemplo, ya te ha enseñado a cambiar Entonces no volé de verdad, don Juan. Volé
de dirección. Así, te enseñará cosas que ni te sólo en mi imaginación, en mi mente. ¿Dónde
imaginas. estaba mi cuerpo?
¿Cómo qué, don Juan? En las matas repuso cortante, pero inmedia-
Eso no te lo puedo decir. Cada hombre es tamente echó a reír de nuevo , El problema
distinto. Mi benefactor jamás me dijo lo que contigo es que nada más entiendes las cosas
había aprendido. Me dijo cómo proceder, pero de un modo. No piensas que un hombre vue-
jamás lo que él vio. Eso es nada más para uno le, y sin embargo un brujo puede recorrer mil
mismo. kilómetros en un segundo para ver qué está
-Pero yo le digo a usted todo lo que veo, don pasando. Puede descargar un golpe sobre sus
Juan. enemigos a grandes distancias. Conque ¿vue-
Ahora sí. Más tarde no. La próxima vez que la o no vuela?
tomes la yerba del diablo la tomarás solo, al- Mire, don Juan, usted y yo tenemos orien-
rededor de tus propias plantas, porque allí es taciones diferentes. Pongamos por caso que
donde aterrizarás: alrededor de tus plantas. uno de mis compañeros estudiantes hubiera
Recuérdalo. Por eso vine aquí a mis plantas estado aquí conmigo cuando tomé la yerba del
a buscarte. diablo. ¿Habría podido verme volar?
No dijo más y me quedé dormido. Al despertar Ahí vas de vuelta con tus preguntas de qué
por la noche, me sentía revigorizado. Por al- pasaría si. . . Es inútil hablar así. Si tu amigo,
guna razón exudaba una especie de contento o cualquier otro, toma la segunda parte de la
físico. Estaba feliz, satisfecho. Don Juan me yerba, no le queda otra cosa sino volar. Ahora,
preguntó: si nada más te está viendo, puede que te vea
¿Te gustó la noche? ¿O te asustó? volar, o puede que no. Depende del hombre,
Le dije que la noche había sido en verdad -Pero lo que quiero decir, don Juan, es que
magnífica. si usted y yo miramos un pájaro y lo vemos
¿Y tu dolor de cabeza? ¿Era muy fuerte? pre- volar, estamos de acuerdo en que vuela. Pero
guntó. si dos de mis amigos me hubieran visto volar
Tan fuerte como todas las otras sensaciones. como anoche, ¿habrían estado de acuerdo en
Fue el peor dolor que he sentido dije. que yo volaba?
¿Te impediría eso querer probar otra vez el Bueno, a lo mejor. Tú estás de acuerdo en
poder de la yerba del diablo. que los pájaros vuelan porque los has visto
-No sé. No quiero ahora, pero más tarde qui- volar. Volar es cosa común para los pájaros.
zá. De veras no sé, don Juan. Pero no estarás de acuerdo en otras cosas que
Había una pregunta que yo deseaba hacerle, hacen los pájaros, porque nunca los has visto
Supe que él la evadiría, de modo que había hacerlas. Si tus amigos supieran de hombres
esperado que él mismo tocara el tema; espe- que vuelan con la yerba del diablo, entonces
ré todo el día. Por fin, aquella noche antes de estarían de acuerdo.
irme, tuve que preguntarle: Vamos a ponerlo de otro modo, don Juan. Lo
¿De verdad volé, don Juan? que quise decir es que, si me hubiera amarra-
Eso me dijiste. ¿No? do a una roca con una cadenota pesada, ha-
Ya lo sé, don Juan. Quiero decir, ¿voló mi bría volado de todos modos, porque mi cuerpo
cuerpo? ¿Me elevé como un pájaro? no tuvo nada que ver con el vuelo.
Siempre me preguntas cosas que no puedo Don Juan me miró incrédulo.
responder. Tú volaste. Para eso es la segunda Si te amarras a una roca dijo , mucho me
parte de la yerba del diablo. Conforme vayas temo que tendrás que volar cargando la roca
tomando más, aprenderás a volar a la perfec- con su pesada cadenota.
ción. No es asunto sencillo. Un hombre vuela
ple de la cantidad que cabría en una bolsa pe-
VII queña de tabaco. Me dijo que en un año tenía
que usar todo el contenido de mi bolsa, y la
Juntar los ingredientes y prepararlos para cantidad necesaria cada vez que fumase era
la mezcla de fumar formaba un ciclo anual. asunto personal.
El primer año, don Juan me enseñó el proce- Quise saber qué pasaría si nunca me acababa
dimiento. En diciembre de 1962, el segundo la bolsa. Don Juan dijo que nada pasaría; el
año, al renovarse el ciclo, don Juan se limitó humito no exigía nada. El mismo ya no nece-
a dirigirme; yo mismo recolecté los ingredien- sitaba fumar, y sin embargo cada año hacia
tes, los preparé, y los guardé hasta el año si- una mezcla nueva. Luego se corrigió y dijo
guiente. que rara vez tenía que fumar. Le pregunté
En diciembre de 1963, empezó un nuevo ci- qué hacía con la mezcla no usada, pero no res-
clo. Don Juan me enseñó entonces a combinar pondió. Dijo que la mezcla ya no servía si no
los ingredientes secos que yo había juntado y se usaba en un año.
preparado el año anterior. Echó la mezcla de En este punto nos metimos en una larga dis-
fumar en una bolsita de cuero, y nos pusimos cusión. Yo no formulaba correctamente mis
a reunir una vez más los diversos ingredien- preguntas, y sus respuestas parecían confu-
tes, para el próximo año. sas. Yo deseaba saber si la mezcla perdería
Don Juan rara vez mencionó el “humito” du- sus propiedades alucinógenas, o poder, des-
rante el año transcurrido entre ambas reco- pués de un año, haciendo así necesario el ci-
lecciones. Sin embargo, siempre qué iba a ver- clo anual, pero él insistió en que la mezcla no
lo me daba a sostener su pipa, y el proceso de perdía su poder después de ningún tiempo.
“hacer amistad” con la pipa se desarrolló tal Sólo pasaba, dijo, que uno ya no la necesita-
como él había prescrito. Puso la pipa en mis ba porque había hecho nueva provisión; debía
manos muy gradualmente. Exigía concentra- disponer del resto de la vieja mezcla en una
ción y cautela absoluta en esa acción, y me forma especifica, que don Juan no quiso reve-
daba instrucciones explícitas. Cualquier tor- larme en ese punto.
peza con la pipa produciría inevitablemente
mi muerte o la suya propia, decía. Martes, 24 de diciembre, 1963
Apenas hubimos terminado el tercer ciclo de
recolección y preparación, don Juan empezó a Dijo usted, don Juan, que ya no necesita fu-
hablar del humo como aliado por primera vez mar.
en más de un año. Sí; como el humito es mi aliado, ya no ne-
cesito fumar. Puedo llamarlo en donde sea y
Lunes, 23 de diciembre, 1963 cuando sea.
¿Quiere decir que viene con usted aunque us-
Regresábamos en el coche a su casa, tras re- ted no fume?
colectar unas flores amarillas para la mezcla. Quiero decir que yo voy libremente con él.
Eran uno de los ingredientes necesarios. Hice -¿Podré hacer eso yo también?
la observación de que aquel año, al juntar los Podrás, si logras ganártelo como aliado.
ingredientes, no habíamos seguido el mismo
orden que el pasado. Rió y dijo que el humito Martes, 31 de diciembre, 1963
no era caprichoso ni mezquino, como la yerba
del diablo. Para el humito, el orden de reco- El jueves 26 de diciembre tuve mi primera
lección carecía de importancia; lo único que se experiencia con el aliado de don Juan, el hu-
requería era que quien usara la mezcla fuese mito. Durante todo el día llevé a don Juan en
certero y exacto. coche de un lado a otro e hice encargos suyos.
Pregunté a don Juan qué íbamos a hacer con Regresamos a su casa al atardecer. Observé
la mezcla que él preparó y me dio a guardar. que no habíamos comido nada en todo el día.
Repuso que era mía, y añadió que yo debía Eso no le preocupaba en absoluto; en cambio,
usarla lo más pronto posible. Pregunté cuán- empezó a decir que me era imperativo entrar
to se necesitaba cada vez. La bolsita que me en confianza con el humito. Dijo que debía ex-
había dado contenía aproximadamente el tri- perimentarlo yo mismo para ver cuán impor-
tante era como aliado. La idea de rechazar la pipa y salir corrien-
Sin darme oportunidad de responder nada, do cruzó por un segundo mi mente, pero don
don Juan anunció, que en ese preciso momen- Juan exigió de nuevo todavía susurrando que
to iba a encenderme su pipa. Intenté disua- tomara la pipa y fumase. Lo miré. Sus ojos es-
dirlo, argumentando que no me consideraba taban fijos en mi. Pero su mirada era amisto-
listo. Le dije que no sentía haber manejado la sa, preocupada. Resultaba claro que yo había
pipa el tiempo suficiente. Pero él dijo que no hecho la elección largo tiempo atrás; no había
me quedaba mucho tiempo para aprender, y más alternativa que hacer lo que él decía.
que yo debía usar la pipa muy pronto. La sacó Tomé la pipa y casi la dejé caer. ¡Estaba ca-
de su funda y la acarició. Sentado en el piso, liente! Me la llevé a la boca con gran cuidado
junto a él, yo trataba frenéticamente de po- porque imaginé que su calor sería insoporta-
nerme mal y desmayarme: de hacer cualquier ble. Pero no sentí calor alguno.
cosa por aplazar este paso inevitable. Don Juan me indicó inhalar. El humo fluyó
La habitación estaba casi oscura. Don Juan entrando en mi boca y pareció circular allí.
había encendido, y puesto en un rincón, la Sentí como si tuviera la boca llena de masa.
lámpara de kerosén. Por lo general, ésta man- El símil se me ocurrió aunque nunca había te-
tenía el cuarto en una semioscuridad relajan- nido la boca llena de masa. El humo era tam-
te, su luz amarillenta siempre apacible. Pero bién como mentol, y el interior de mi boca se
esta vez la luz parecía inusitadamente roja; enfrió de repente. La sensación fue refrescan-
sacaba de quicio. Don Juan desató su peque- te.
ña bolsa de mezcla sin quitarla del cordón ¡Otra vez! ¡Otra vez! oí susurrar a don Juan.
amarrado en torno a su cuello. Acercó la pipa Yo sentía que el humo se filtraba libremente
a sí, la puso dentro de su camisa y virtió parte dentro de mi cuerpo, casi sin mi control. No
de la mezcla en el cuenco. Me hizo observar el necesité más apremio de don Juan. Mecánica-
procedimiento, señalando que si la mezcla se mente seguí inhalando.
derramaba caería dentro de su camisa. De pronto, don Juan se inclinó y me quitó la
Don Juan llenó tres cuartas partes del cuenco; pipa de las manos. Con golpes suaves vació la
luego ató la bolsa con una mano sosteniendo ceniza en el plato de las brasas, luego se mojó
la pipa en la otra. Recogió un pequeño plato el dedo con saliva y le dio vueltas dentro del
de barro, me lo entregó y me pidió ir afuera a cuenco para limpiar las paredes de éste. Sopló
traer brasitas del fuego. Fui atrás de la casa repetidas veces a través del tallo. Lo vi devol-
y saqué un montón de carbones de la estufa ver la pipa a su funda. Sus acciones retenían
de adobe. Regresé apresurado al cuarto de mi interés.
don Juan. Sentía una angustia profunda. Era Cuando hubo limpiado y guardado la pipa,
como una premonición. me miró, y por vez primera advertí que todo
Me senté junto a don Juan y le di el plato. Lo mi cuerpo se hallaba insensible, mentolado.
miró y dijo calmadamente que las brasas eran Me pesaba el rostro y me dolían las quijadas.
demasiado grandes. Las quería más chicas, No podía tener cerrada la boca, pero no había
que encajaran en el cuenco de la pipa. Vol- flujo de saliva. Mi boca ardía de tan seca, y
ví a la estufa y traje algunas. Tomó el nuevo sin embargo yo no tenía sed. Empecé a perci-
plato de brasas y lo puso frente a sí. Estaba bir un calor insólito encima de toda mi cabe-
sentado con las piernas cruzadas y metidas za. ¡Un calor frío! Cada vez que exhalaba, el
bajo el cuerpo. Me miró con el rabillo del ojo y aliento parecía cortarme los orificios nasales
se inclinó hasta casi tocar los carbones con la y el labio superior. Pero no quemaba; dolía
barbilla. Sostuvo la pipa en la mano izquier- como un trozo de hielo.
da, y con un movimiento extremadamente ve- Don Juan estaba sentado junto a mí, a mi de-
loz de la derecha recogió una brasa ardiente recha, y sin moverse sostenía contra el suelo
y la puso en el cuenco de la pipa; luego irguió la funda de la pipa, como impidiéndole elevar-
la espalda y, tomando la pipa con ambas ma- se. Mis manos pesaban. Los brazos se me ven-
nos, se la puso en la boca y dio tres fumadas. cían, tirando de los hombros hacia abajo. Mi
Extendió los brazos hacia mí y me dijo, en su- nariz cho¬rreaba. La limpié con el dorso de la
surro enérgico, que tomase la pipa en las dos mano ¡y se borró mi labio superior! Enjuagué
manos y fumara. mi cara y toda la carne desapareció. ¡Estaba
derritiéndome! Sentí que mi carne en verdad duda frente a mi, posiblemente a un metro.
se fundía. Levantándome de un salto, traté Estirando los brazos para proteger mi cabeza,
de agarrar algo cualquier cosa para soste- embestí con todas mis fuerzas.
nerme. Experimentaba un terror nunca antes La sensación fue la misma: atravesé la esta-
sentido. Aferré una enorme estaca que don ca. Esta ocasión fui a dar contra el piso. Me
Juan tiene clavada en el piso, en el centro de levanté. Y ésa fue tal vez la más insólita de
su cuarto. Permanecí allí en pie un momen- todas las acciones que ejecuté aquella noche.
to; luego me volvía mirarlo. Seguía sentado, ¡Me levanté con el pensamiento! No usé, al le-
inmóvil, deteniendo la pipa, mirándome con vantarme, mis músculos ni mi esqueleto en
fijeza. la forma que acostumbro, porque ya no tenía
Mi aliento era dolorosamente cálido (¿o frío?). control sobre ellos. Lo supe en el instante de
Me asfixiaba. Incliné la cabeza hacia adelante chocar contra el piso. Pero mi curiosidad con
para apoyarla en la estaca, pero al parecer no respecto a la estaca era tan fuerte que me “le-
di en ella: mi cabeza siguió descendiendo más vanté con el pensamiento” en una especie de
allá del punto donde se encontraba la estaca. acción refleja. Y antes de haber tomado plena
Me detuve casi llegando al suelo. Me endere- conciencia de que no podía moverme, estaba
cé. ¡La estaca estaba allí frente a mis ojos! In- ya de pie.
tenté nuevamente apoyar en ella la cabeza. Pedí ayuda a don Juan. En determinado mo-
Traté de controlarme y de estar consciente, y mento grité frenéticamente, a voz en cuello,
mantuve los ojos abiertos al inclinarme para pero don Juan no se movió. Seguía mirándo-
tocar la estaca con la frente. Se hallaba a unos me, de soslayo, como no queriendo volver la
centímetros de mis ojos, pero al poner la ca- cabeza para encararme de lleno. Di un paso
beza contra ella tuve la extraña sensación de hacia él, pero en vez de avanzar trastabillé
estar atravesándola. hacia atrás y caí contra la pared. Supe que
Buscando desesperadamente una explicación mi espalda la había arremetido, pero no sen-
racional, concluí que mis ojos estaban alte- tí dureza alguna; me hallaba suspendido por
rando la distancia, y que la estaca debía ha- entero en una sustancia blanda, esponjosa:
llarse a tres metros, aunque yo la viera frente era la pared. Tenía los brazos extendidos la-
a mi cara. Entonces concebí una forma lógi- teralmente, y poco a poco mi cuerpo parecía
ca y racional de corroborar la posición de la hundirse en el muro. Sólo podía ver al frente,
estaca. Empecé a caminar de lado en torno a ha¬cia el cuarto. Don Juan seguía observán-
ella, paso a pasito. Mi idea era que, rodean- dome, pero sin hacer el menor movimiento
do así la estaca, no me sería posible en forma para ayudarme. Realicé un esfuerzo supremo
alguna describir un circulo mayor de metro y por sacar mi cuerpo de la pared, pero sólo se
medio en diámetro; si la estaca se encontraba hundía más y más. Con un terror indescrip-
en realidad a tres metros de mí, o fuera de mi tible, sentí que la pared esponjosa me cubría
alcance, llegaría el momento en que yo le die- la cara. Traté de cerrar los ojos, pero estaban
ra la espalda. Confiaba en que, en ese instan- fijos y abiertos.
te, la estaca se desvanecería, porque de hecho No recuerdo qué más sucedió. De pronto vi a
estaría detrás de mi. don Juan enfrente, a poca distancia. Nos ha-
Procedí entonces a rodear la estaca, pero du- llábamos en el otro cuarto. Vi la mesa de don
rante toda la vuelta siguió frente a mis ojos. Juan y la estufa de tierra, encendida, y con el
En un arranque de ira la agarré con ambas rabo del ojo distinguí la cerca fuera de la casa.
manos, pero mis manos la atravesaron. Esta- Veía todo muy claro. Don Juan había traído la
ba agarrando el aire. Calculé cuidadosamente linterna de kerosén, ahora colgada de la viga
la distancia hasta la estaca. Concluí que se- en mitad de la habitación, Traté de mirar en
ria menos de un metro. Es decir, mis ojos la dirección distinta, pero mis ojos estaban colo-
percibían como un metro. Jugué un momento cados exclusivamente para ver en línea recta
con mi percepción de profundidad moviendo ha¬cia adelante. No podía distinguir, ni sen-
la cabeza de un lado a otro, enfocando por tur- tir, parte alguna de mi cuerpo. Mi respiración
no cada ojo, primero sobre la estaca y luego tampoco se notaba. Pero mis ideas eran lú-
sobre lo de atrás. Según mi manera de juz- cidas en extremo. Tenía clara conciencia de
gar la profundidad, la estaca se hallaba sin todo cuanto ocurría frente a mí. Don Juan se
acercó, y mi claridad mental cesó. Algo pare- de afecto, de ser feliz. No discernía yo formas
ció detenerse en mi interior. No había más ni luz. De pronto tiraron de mí hacia arriba.
ideas. Vi venir a don Juan y lo odié. Quería Claramente sentí que me alzaban. Y me ha-
hacerlo pedazos. Lo habría matado entonces, llaba libre, moviéndome en agua o en aire con
pero no podía moverme. Al principio percibí tremenda ligereza y velocidad. Nadaba como
vagamente una presión sobre mi cabeza, pero una anguila; me contorsionaba y viraba y me
también desapareció. Sólo una cosa quedaba: elevaba y descendía a voluntad. Sentí soplar
una ira incontenible contra don Juan. Lo vi a un viento frío en todo mi derredor y empecé a
unos centímetros de mí. Quise destrozarlo con flotar como una pluma de un lado a otro, ba-
las manos. Sentí estar gruñendo. Algo en mi jando, y bajando, y bajando.
empezó a retorcerse. Oí que don Juan me ha-
blaba. Su voz era suave y tranquilizadora y, Sábado, 28 de diciembre, 1963
sentía yo, infinitamente agradable. Se acercó
más aún y comenzó a recitar una canción de Desperté ayer, al terminar la tarde. Don Juan
cuna. me dijo que yo había dormido apaciblemente
casi dos días. La cabeza me dolía como si fue-
Señora Santa Ana, ¿Por qué llora el niño? ra a romperse. Bebí un poco de agua y vomité.
Por una manzana que se le ha Perdido. Me sentía cansado, extremadamente cansa-
Yo le daré una. Yo le daré dos. do, y después de comer volví a dormirme.
Una para el niño y otra para vos. Hoy me hallaba perfectamente relajado de
nuevo. Don Juan y yo hablamos de mi expe-
Una calidez me saturó. Era una tibieza de riencia con el humito. Pensando que él desea-
corazón y sentimientos. Las palabras de don ba, como siempre, el relato completo, empecé
Juan eran un eco distante. Revivían los re- a describir mis impresiones, pero me detuvo
cuerdos olvidados de la niñez. diciendo que no era necesario. Dijo que yo en
La violencia antes sentida desapareció. El realidad no había hecho nada y me había que-
resentimiento se hizo añoranza: afecto go- dado dormido inmediatamente, así que no ha-
zoso que ya no tenía cuerpo y me hallaba en bía nada de qué hablar.
libertad de convertirme en lo que quisiera. ¿Y cómo me sentí? ¿No importa para nada?
Retrocedió. Mis ojos ocupaban un nivel nor- insistí.
mal, como si me encontrara de pie frente a él. No, con el humito no. Más tarde, cuando
Extendió ambos brazos hacia mí y me dijo que aprendas a viajar, hablaremos; cuando apren-
entrara en ellos. das a meterte en las cosas.
O avancé, o él se me acercó. Sus manos esta- ¿De veras se “mete” uno en las cosas?
ban casi sobre mi rostro: sobre mis ojos, aun- ¿No recuerdas? Te metiste en esa pared y
que yo no las sentía. saliste por el otro lado.
Métete en mi pecho -le oí decir. Sentí que me Pienso que en realidad me salí de mis caba-
envolvía. Era la misma sensación esponjosa les.
de la pared. No, no fue eso.
Luego sólo pude oír su voz ordenándome mi- ¿Se portó usted igual que yo cuando fumó por
rar y ver. Ya no me era posible distinguirlo. Al prime¬ra vez, don Juan?
parecer mis ojos estaban abiertos, pues veían -No, igual no. Tenemos distinto carácter.
relámpagos en un campo rojo; era como mirar -¿Cómo se portó usted? .
una luz a través de párpados cerrados. En- Don Juan no respondió. Planteé de otro modo
tonces mis pensamientos volaron de nuevo. la pregunta y la hice de nuevo. Pero él afir-
Regresaron en un bombardeo de imágenes: mó no recordar sus experiencias, y dijo que
rostros, paisajes. Escenas sin la menor co- mi pregunta era comparable a interrogar a un
herencia brotaban y desaparecían. Era como pescador sobre lo que había sentido la prime-
uno de esos sueños rápidos en que las imáge- ra vez que pescó.
nes se enciman y cambian. Dijo que el humito como aliado era único, y
Luego los pensamientos empezaron a dis- le recordé que también había llamado único
minuir en número e intensidad, y pronto se a Mescalito. Arguyó que cada uno era único,
fueron otra vez. Había sólo una conciencia pero que diferían en especie.
Mescalito es un protector porque te habla y tendría a nadie que lo guiara. Pedí a don Juan
puede guiar tus actos dijo-. Mescalito ense- explicar sus palabras. Repuso que yo estaba
ña la forma debida de vivir. Y puedes verlo allí, vivo y hablando con él, porque él me ha-
porque está fuera de ti. El humito, en cambio, bía hecho regresar. Había recobrado mi cuer-
es un aliado. Te transforma y te da poder sin po. Sin él, yo jamás habría despertado.
mostrarse jamás. No puedes hablarle. Pero ¿Cómo recobró usted mi cuerpo, don Juan?
sabes que existe porque se lleva tu cuerpo y te -Eso lo aprenderás más tarde, pero tendrás
hace ligero como el aire. No obstante, nunca que aprenderlo por tu propia cuenta. Por ese
lo ves. Pero allí está, dándote poder para que motivo quiero que aprendas lo más posible
lleves a cabo cosas que ni te imaginas, como mientras yo ande todavía por aquí. Has per-
cuando se lleva tu cuerpo. dido ya bastante tiempo haciendo preguntas
Sentí de veras que había perdido mi cuerpo, estúpidas sobre cosas absurdas. Pero quizá no
don Juan. Pues si. sea tu suerte aprender todo lo del humito.
-¿Quiere usted decir que yo en realidad no te- Bueno, ¿qué hago entonces?
nía cuerpo? Deja que el humito te enseñe cuanto puedas
-¿Tú qué piensas? aprender.
Bueno, no sé. Nada más puedo decirle lo que ¿También el humito enseña?
sentí. Claro que enseña.
Eso es todo lo que hay en realidad: lo que ¿Enseña como Mescalito?
sentiste. No, no es un maestro como Mescalito. No en-
¿Pero cómo me vio usted, don Juan? ¿Qué pa- seña las mismas cosas.
recía yo? No importa cómo te haya visto. Es Pero entonces, ¿qué enseña el humito?
como cuando aga¬rraste la estaca. Sentiste Te enseña a manejar su poder, y para apren-
que no estaba allí y le diste vuelta para estar der eso debes tomarlo todas las veces que pue-
seguro de que estaba allí. Pero cuando saltas- das.
te volviste a sentir que no estaba de veras allí. Su aliado da mucho miedo, don Juan. Lo que
Pero usted me vio como soy ahora, ¿no? sentí no se parecía a nada que yo hubiera ex-
¡No! ¡No eras como eres ahora! perimentado jamás. Creí haber perdido la ra-
¡Cierto! Lo admito. Pero ¿tenía mi cuerpo, zón.
verdad, aunque yo no pudiera sentirlo? Por algún motivo, esta fue la imagen más
¡No! ¡Carajo! ¡No tenías un cuerpo como el aguda que acudió a mi mente. Veía yo el su-
cuerpo que tienes hoy! cedido total desde la peculiar perspectiva de
¿Qué pasó entonces con mi cuerpo? haber tenido otras experiencias alucinógenas
Creí que entendías. Tu cuerpo se lo llevó el con las cuales trazar una comparación, y lo
humito. único que se me ocurría, una y otra vez, era
Pero, ¿adónde fue a dar? que con el humito uno pierde la razón.
¿Cómo demonios quieres que sepa eso? Don Juan descartó mi símil, diciendo que lo
Era inútil persistir en tratar de obtener una que yo sentí fue el poder inimaginable del hu-
explicación “racional”. Le dije que no quería mito. Y para manejar ese poder, dijo, hay que
discutir ni hacer preguntas estúpidas, pero si vivir una vida fuerte. La idea de la vida fuerte
aceptaba la idea de que era posible perder mi no atañe sólo al periodo de preparación, sino
cuerpo, perdería toda mi racionalidad. también se vincula a la actitud del sujeto des-
Dijo que yo exageraba, como de costumbre, y pués de la experiencia. Don Juan dijo que el
que no perdí ni iba a perder nada a causa del humito es tan fuerte que sólo con fuerza es
humito. posible hermanarlo; de otro modo, la vida de
uno se quebraría en pedazos.
Martes, 28 de enero, 1964 Le pregunté si el humito tenía el mismo efec-
to sobre cualquiera. Dijo que producía una
Pregunté a don Juan qué pensaba de la idea transformación, pero no en cualquiera.
de dar el humito a todo el que deseara la ex- Entonces, ¿cuál es la razón especial de que
periencia. el humito produjera la transformación en mí?
Repuso con indignación que dar el humito a pregunté.
cualquiera sería igual que matarlo, porque no Esa creo que es una pregunta muy tonta. Has
seguido con obediencia todos los pasos que se y cuando la cantidad fuese la necesaria.
necesitan. No es ningún misterio que el humi- Pregunté si habría algún mal en contar a otros
to te transformara. mi experiencia. Repuso que los únicos secre-
Nuevamente le pedí hablar de mi aparien- tos que nunca debían revelarse eran cómo ha-
cia. Quería saber cómo me había visto, pues cer la mezcla, cómo desplazarse y cómo regre-
la imagen de un ser incorpóreo que don Juan sar; otros asuntos relativos al tema carecían
había plantado en mi mente, comprensible- de importancia.
mente era insoportable.
Dijo que, a decir verdad, le dio miedo mirar-
me; sintió lo mismo que su benefactor debió VIII
de sentir al ver a don Juan fumar por vez pri-
mera. Mi último encuentro con Mescalito fue una
¿Por qué le daba miedo? pregunté . ¿Me veía serie de cuatro sesiones celebradas en cuatro
tan mal? días consecutivos. Don Juan llamaba “mito-
Jamás habla visto fumar a nadie. te” a esta larga sesión. Era una ceremonia de
¿No veía fumar a su benefactor? peyote para “peyoteros” y aprendices. Había
No. dos hombres mayores, como de la edad de don
¿Ni siquiera se ha visto nunca usted mismo? Juan, uno de los cuales era el guía, y cinco
¿Y cómo me voy a ver? hombres más jóvenes, contándome a mí.
Podría fumar frente a un espejo. La ceremonia tuvo lugar en el estado de Chi-
No respondió, pero se quedó mirándome y huahua, cerca de la frontera con Tejas. Con-
sacudió la cabeza. Volví a preguntarle si era sistía en cantar y en ingerir peyote durante la
posible mirarse en un espejo. Dijo que seria noche. En el día las mujeres de servicio, que
posible, aunque resultaría inútil, porque pro- permanecían fuera de los confines del sitio
bablemente uno se moriría del susto, si no es de la ceremonia, proveían de agua a todos los
que de otra cosa, hom¬bres, y sólo un simulacro de comida ri-
Entonces ha de verse uno espantoso dije. tual se consumía diariamente.
Toda mi vida me ha intrigado la misma cosa
dijo . Y sin embargo no pregunté, ni me vi en Sábado, 12 de septiembre, 1964
un espejo. Ni siquiera pensé en eso.
Entonces, ¿cómo puedo averiguar? Durante la primera noche de la ceremonia,
Tendrás que esperar, como yo, hasta que le el jueves 3 de septiembre, tomé ocho botones
des el humito a otro. Si es que llegas a domi- de peyote. No tuvieron efecto sobre mí, o si
narlo, claro. Entonces verás cómo parece un lo hubo fue muy ligero. Mantuve cerrados los
hombre. Esa es la regla. ojos la mayor parte de la noche. Me sentía
¿Qué pasaría si fumara yo frente a una cáma- mucho mejor así. No me dormí, ni estaba can-
ra y me tomara un retrato? sado. Al final de la sesión, el canto se hizo ex-
No sé. Quizás el humito se volvería en tu con- traordinario. Por un breve momento me sentí
tra. Pero a ti eso no te importa porque ha de exaltado y quise llorar, pero al concluir la can-
parecerte tan inofensivo que te crees capaz de ción se desvaneció el sentimiento.
jugar con él. Todos nos levantamos y salimos. Las mujeres
Le dije que no me proponía jugar, pero que an- nos dieron agua. Unos la bebieron, otros hi-
tes él me había dicho que el humito no reque- cieron gárgaras. Los hombres no hablaban en
ría pasos, y yo pensaba que no había mal en absoluto, pero las mujeres charlaban y solta-
querer saber qué aspecto tenía uno. Me corri- ban risitas de la mañana a la noche. La co-
gió: había querido decir que no existía la nece- mida ritual se sirvió al mediodía. Era maíz
sidad de seguir un orden especifico, como con cocido.
la yerba del diablo; con el humito, todo cuanto Al ponerse el sol el viernes 4 de septiembre,
se necesitaba era la actitud debida. Desde ese empezó la segunda sesión. El guía cantó su
punto de vista, dijo, había que ser exacto al canción de peyote y el ciclo de canciones e in-
seguir la regia. Me dio un ejemplo, explican- gestión de botones de peyote se inició nueva-
do que no importaba cuál de los ingredientes mente. Terminó en la mañana con todos los
para la mezcla se recogiese primero, siempre hombres cantando al unísono, cada quién su
propia canción. La noche del sábado 5 de septiembre, el vie-
Al salir, no vi tantas mujeres como el día an- jo entonó su canción de peyote para iniciar el
terior. Alguien me dio agua, pero yo ya no me ciclo una vez más. Durante esta sesión mas-
ocupaba de mi alrededor. Otra vez había inge- qué un solo botón y no escuché ninguna de las
rido ocho botones, pero el efecto fue distinto. canciones ni presté atención a nada de lo que
Debió de ser hacia el final de la sesión cuan- ocurría. Desde el primer momento, todo mi
do el canto se aceleró grandemente, con todos ser se concentró exclusivamente en un punto.
cantando a la vez. Percibí que algo o alguien Sabía que faltaba algo terriblemente impor-
fuera de la casa quería entrar. No podía yo tante para mi bienestar.
saber si el canto era para impedirle entrar o Mientras los hombres cantaban pedí a Mes-
para atraerlo al interior. calito, en alta voz, enseñarme una canción.
Yo era el único que no tenía canción. Los de- Mi súplica se confundió con el estentóreo can-
más parecían mirarme inquisitivamente, so- to de los hombres. De inmediato percibí una
bre todo los jóvenes. Terminé por sentirme canción en mis oídos. Me volví y, sentado de
incómodo y cerrar los ojos. espaldas al grupo, escuché. Oí las palabras y
Entonces advertí que con los ojos cerrados me la tonada una y otra vez, y las repetí hasta
era posible percibir mucho mejor lo que pasa- aprenderme toda la canción. Era una canción
ba. Esta idea concentró por entero mi aten- larga, en español. Entonces la canté al grupo
ción. Cerraba los ojos y veía a los hombres varias veces. Y poco después llegó a mis oí-
frente a mi. Abría los ojos y la imagen no se dos una nueva canción. Al amanecer, había yo
alteraba. Las cosas en torno eran exactamen- cantado ambas canciones incontables veces.
te las mismas para mí, estuvieran mis ojos ce- Me sentía renovado, fortificado.
rrados o abiertos. Después de que nos dieron agua, don Juan me
De pronto todo se desvaneció, o se desmoronó, entregó una bolsa y todos salimos a los cerros.
y en su lugar surgió la figura casi humana de Fue un recorrido largo y esforzado hasta una
Mescalito que yo había visto dos años antes. meseta baja. Allí vi varias plantas de peyo-
Se hallaba sentado a alguna distancia, de per- te. Pero por alguna razón no quería mirarlas.
fil hacia mí. Lo observé fijamente, pero él no Cuando hubimos cruzado la meseta, el grupo
me miró; ni una sola vez volvió la cara. se disgregó. Don Juan y yo caminamos de re-
Creía estar haciendo algo mal, algo que lo torno, juntando botones de peyote igual como
mantenía a distancia. Me levanté y caminé habíamos hecho la primera vez que lo ayudé.
hacia él para preguntarle al respecto. Pero el Regresamos al atardecer del domingo 6 de
acto de moverme dispersó la imagen. Empe- septiembre. En la noche, el guía abrió de nue-
zó a palidecer, y las figuras de los hombres vo el ciclo. Nadie había dicho una palabra,
con quienes yo estaba se superpusieron a ella, pero yo sabía perfectamente que se trataba de
volvía oír el canto fuerte, frenético. la única reunión. Esta vez el viejo cantó una
Salí a los matorrales cercanos y anduve un canción nueva. Un saco con botones frescos de
rato. Todo resaltaba con mucha claridad. Noté peyote se pasó de mano en mano. Era la pri-
que veía en la oscuridad, pero esta vez impor- mera vez que yo probaba un botón fresco. Era
taba muy poco. El punto importante era: ¿por pulposo, pero difícil de masticar. Semejaba
qué me rehuía Mescalito? una fruta dura, verde, y era más acre y más
Regresé a unirme al grupo, y a punto de en- amar¬go que los botones secos. En lo perso-
trar en la casa oí un pesado retumbar y sentí nal, el peyote fresco me pareció infinitamente
un temblor. La tierra se sacudía. Era el mis- más vivo.
mo ruido que dos años atrás yo había oído en Masqué catorce botones. Los conté con cuida-
el valle del peyote. do. No terminé el último, pues oí el conocido
Corrí de nuevo al matorral. Sabia que Mesca- retumbar que marcaba la presencia de Mes-
lito estaba allí, y que iba a encontrarlo. Pero calito. Todo el mundo cantaba con frenesí, y
no estaba. Esperé hasta la mañana, y me uní supe que don Juan y todos los demás habían
a los otros poco antes de terminar la sesión. oído realmente el ruido. No quise pensar que
El procedimiento habitual se repitió el tercer su reacción fuera respuesta a una señal dada
día. Yo no me hallaba cansado, pero dormí du- por alguno de ellos sólo para engañarme.
rante la tarde. En ese momento sentí que me envolvía tina
gran oleada de sabiduría. Una conjetura con luego fue jalado, o chupado, a otra parte. Me
la que llevaba tres años jugando se convirtió hallaba solo de nuevo. Lloré de remordimien-
en certeza. Había necesitado tres años adver- to y de tristeza.
tir, o más bien descubrir, que cualquier cosa Crucé el campo de peyote clamando el nom-
que esté contenida en el cacto Lophophora bre que Mescalito me había enseñado. Algo
williamsii no tenía ninguna necesidad de mí surgió de una luz extraña, como estrella, en
para existir como entidad; existía por sí mis- una planta de peyote. Era un objeto largo
ma allá afuera, libre. Lo supe entonces. y brillante: una barra de luz del tamaño de
Canté febrilmente hasta no poder ya dar voz a un hombre. Por un momento iluminó todo el
las palabras. Sentía como si las canciones es- campo con un intenso resplandor amarillento
tuvieran dentro de mi cuerpo, sacudiéndome o ámbar; luego encendió el cielo creando una
en forma incontrolable. Me era preciso salir y vista portentosa, maravillosa. Pensé que de
hallar a Mescalito; de lo contrario, estallaría. seguir mirando me quedaría ciego; me cubrí
Caminé hacia el campo de peyote. Seguía can- los ojos y oculté la cabeza entre los brazos.
tando mis canciones. Sabía que eran indivi- Tuve la clara noción de que Mescalito me in-
dualmente mías: la prueba incuestionable de dicaba comer un botón más de peyote. Pensé:
mi peculiaridad. Percibía cada uno de mis pa- “No puedo porque no tengo cuchillo para cor-
sos. Resonaban sobre la tierra; su eco produ- tarlo.”
cía la indescriptible euforia de ser un hombre. Come uno de la tierra me dijo en la misma
Cada una de las plantas de peyote en el campo extraña forma.
brillaba con una luz azulenca, cintilante. Una Me acosté boca abajo y masqué la parte supe-
planta tenía una luz muy viva. Me senté fren- rior de una planta. Me encendió. Llenó de ti-
te a ella y le canté mis canciones. Mientras bieza e inmediatez cada rincón de mi cuerpo.
las cantaba, Mescalito salió de la planta: la Todo estaba vivo. Todo tenía detalle exquisito
mis¬ma figura semihumana que yo había vis- e intrincado, y sin embargo todo era simple.
to antes. Me miraba. Con gran audacia, para Yo estaba en todas partes; podía ver al mismo
una persona de mi temperamento, le canté. tiempo hacia arriba y hacia abajo y alrededor.
Hubo un sonido de flautas o de viento, una Este sentimiento particular duró lo bastante
vi¬bración musical conocida. Mescalito pare- para que yo lo Advirtiera. Luego se tornó en
cía haber dicho, como dos años antes: un terror opresivo: terror que no me invadió
¿Qué quieres? súbitamente, sino, de alguna manera, efusi-
Hablé en voz muy alta. Sabia, dije, que algo vamente. Al principio, mi maravilloso mundo
estaba fuera de lugar en mi vida y en mis ac- de silencio fue sacudido por ruidos agudos,
ciones, pero no podía descubrir qué era. Le pero no me preocupé. Luego los ruidos se hi-
rogué decirme qué andaba mal en mí, y tam- cieron más fuertes, ininterrumpidos, como si
bién decirme su nombre para poder llamarlo estuviesen cerrándose sobre mí. Y gradual-
cuando lo necesitara. Me miró, alargó la boca mente perdí el sentimiento de flotar en un
como una trompeta hasta alcanzar mi oído, y mundo indiferenciado, indiferente y hermo-
entonces me dijo su nombre. so. Los ruidos se volvieron pasos gigantescos.
De pronto vi a mi padre, en pie a mitad del Algo enorme respiraba y se movía en mi de-
campo de peyote; pero el campo había desapa- rredor. Creí que estaba cazándome.
recido y la escena era mi vieja casa, la casa de Corrí a esconderme detrás de un peñasco, y
mi niñez. Mi padre y yo estábamos en pie jun- desde allí traté de precisar qué me seguía. En
to a una higuera Abracé a mi padre y, aprisa, determinado momento repté fuera de mi es-
empecé a decirle cosas que nunca antes había condite para mirar y mi. perseguidor, fuera el
podido decir. Cada una de mis ideas era con- que fuera, me localizó. Era como un sargazo.
cisa, e iba al grano. Era, en realidad, como si Se arrojó encima de mí. Pensé que su peso me
no hubiese tiempo y yo tuviera que decir todo quebrantaría, pero en vez de ello me encontré
de golpe. Dije cosas estremecedoras sobre mis dentro de un tubo o una cavidad.
sentimientos hacia él, cosas que jamás habría Vi claramente que el sargazo no había cubier-
podido pronunciar en circunstancias ordina- to toda la superficie en torno mío. Quedaba un
rias. poco de terreno libre debajo del peñasco. Em-
Mi padre no habló. Solamente me escuchó, y pecé a reptar por allí. Vi enormes gotas liqui-
das caer del sargazo. “Supe” que estaba secre- bes su nombre, y ni su nombre, ni sus tratos
tando ácido digestivo para disolverme. Una contigo, deben mencionarse nunca a ningún
gota cayó sobre mi brazo; traté de limpiar el ser viviente.
ácido con tierra y le apliqué saliva mientras Insistí en que deseaba narrarle todos los deta-
continuaba escarbando. En cierto momento lles de la experiencia, porque para mí no tenía
era yo casi vaporoso. Me empujaban hacia sentido. Le dije que necesitaba su ayuda para
arriba, en dirección de una luz. Pensé que el interpretar lo que había visto. Dijo que eso po-
sargazo me había disuelto. Advertí vagamen- día hacerlo yo solo, que me convenía más em-
te una luz que se abrillantaba; empujaba des- pezar a pensar por mi cuenta. Argüí que me
de abajo de la tierra hasta que por fin brotó en interesaba oír sus opiniones porque llegar a
algo que reconocí como el sol saliendo detrás formular las mías requeriría demasiado tiem-
de las montañas. po, y no sabía cómo proceder.
Lentamente empecé a recobrar mis procesos Dije:
sensoriales habituales. Yacía bocabajo con la Por ejemplo, las canciones. ¿Qué significan?
barbilla sobre el brazo doblado. La planta de Eso nada más tú puedes decidirlo dijo él ,
peyote frente a mí empezó a iluminarse de ¿Cómo voy yo a saber lo que significan? Sólo
nuevo, y antes de que yo pudiese mover los el protector puede decirte eso, igual que sólo
ojos la luz larga surgió otra vez. Se cirnió so- él puede enseñarte sus canciones. Si yo te di-
bre mí. Me senté. La luz tocó todo mi cuerpo jera lo que significan, sería lo mismo como si
con fuerza serena, y luego rodó hasta perder- aprendieras las canciones de otra gente,
se de vista. ¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan?
Corriendo durante todo el camino, llegué al si- Oyendo cantar las canciones del protector,
tio donde se hallaban los demás. Todos regre- luego se conoce quiénes son los farsantes.
samos al pueblo. Don Juan y yo nos quedamos Nada más las canciones con alma son suyas
otro día con don Roberto, el guía peyotero. Yo y él las enseñó. Las otras son copias de can-
dormí el tiempo que estuvimos allí. Cuando ciones de otros hombres. La gente es a veces
íbamos a marcharnos, los jóvenes que toma- así de engañosa. Canta canciones ajenas sin
ron parte en el mitote se me acercaron. Me siquiera saber qué dicen.
abrazaron uno por uno y rieron tímidamente. Dije que yo había querido preguntar qué pro-
Cada uno se presentó. Pasé horas hablando pósito tenían las canciones. Repuso que las
con ellos acerca de todo, menos de las sesiones canciones que yo había aprendido eran para
de peyote. llamar al protector, y que yo debía usarlas
Don Juan dijo que era hora de irse. Los jóve- siempre, junto con su nombre, para llamarlo.
nes volvieron a abrazarme. Más tarde, probablemente Mescalito me en-
Vuelve dijo uno de ellos. señaría otras canciones con otros propósitos,
Ya te estamos esperando añadió otro. dijo don Juan.
Manejé despacio, tratando de ver a los hom- Le pregunté entonces si pensaba que el pro-
bres mayores, pero ninguno estaba allí. tector me había aceptado plenamente. Rió
como si mi pregunta fuera tonta. El protector
Jueves, 10 de septiembre, 1964 me había aceptado, dijo, y se había asegura-
do de que yo supiera que me había aceptado
Hablar a don Juan de una experiencia me for- mostrándoseme dos veces como una luz, Don
zaba siempre a evocarla paso por paso, como Juan parecía muy impresionado por el hecho
mejor podía. Esta parecía ser la única manera de que yo había visto dos veces la luz. Recalcó
de recordar todo. ese aspecto de mi encuentro con Mescalito.
Hoy le conté los detalles de mi último encuen- Le dije que no podía comprender cómo era po-
tro con Mescalito. Escuchó atentamente mi sible ser aceptado y, a la vez, aterrorizado por
historia hasta el punto en que Mescalito me el protector.
dijo su nombre. Don Juan interrumpió allí. Pasó un rato muy largo sin responder. Pare-
Ya vas por cuenta propia dijo . El protec- cía desconcertado. Por fin dijo:
tor te ha aceptado. De aquí en adelante, yo ¡Es tan claro! Lo que él quería es tan claro
te seré de muy poca ayuda. Ya no tienes que que no veo cómo puedes entender mal.
decirme nada sobre tu relación con él. Ya sa- Todo es aún incomprensible para mí, don
Juan. saba en la pregunta que había tenido en mi
Requiere tiempo ver y entender de veras lo corazón al hablar con Mescalito, yo mismo en-
que Mescalito quiere decir; hay que pensar en tendería la lección. Pensar en la pregunta que
sus lecciones hasta que se aclaren. había tenido en mi “corazón” era un problema
difícil. Dije a don Juan haber tenido muchas
Viernes, 11 de septiembre, 1964 cosas en mente. Cuando pregunté si estaba en
el buen camino, quise decir: ¿Tengo un pie en
Insistí nuevamente en que don Juan interpre- un mundo y otro en otro? ¿Qué mundo es el
tara mis experiencias visionarias, Dio largas bueno? ¿Qué curso debe seguir mi vida?
un rato. Luego habló como si ya hubiéramos Don Juan escuchó mis explicaciones y conclu-
estado conversando sobre Mescalito. yó que yo no tenía una visión clara del mundo,
¿Ves cómo es idiota preguntar si es como una y que el protector me había dado una lección
persona con quien se puede hablar? dijo don hermosamente clara.
Juan . No es como nada que hayas visto nun- Piensas que hay dos mundos para ti, dijo: dos
ca. Es como un hombre, pero al mismo tiempo caminos. Pero nada más hay uno. El protec-
no tiene nada que ver con uno. Es difícil expli- tor te enseñó esto con claridad increíble. El
carle eso a la gente que no sabe rada de él y único mundo a tu disposición es el mundo de
quiere saberlo todo de golpe. Y además, sus los hombres, y de ese mundo no te puedes sa-
lecciones son tan misteriosas como él mismo. lir. ¡Eres un hombre! El protector te enseñó
Ninguno, que yo sepa, puede predecir sus ac- el mundo de la felicidad, donde no hay dife-
tos. Le haces una pregunta y él te enseña el rencias porque no hay nadie que pregunte por
camino, pero no te habla de él de la misma las diferencias. Pero ése no es el mundo de los
manera en que tú y yo hablamos. ¿Entiendes hombres. El protector te sacó de él y te ense-
ahora lo que hace? ñó cómo piensa y lucha un hombre. ¡Ese es
No creo tener problemas para entender eso. el mundo del hombre! Y ser hombre es estar
Lo que no puedo figurarme es qué me quiso condenado a ese mundo. Eres vanidoso, crees
decir. que vives en dos mundos, pero eso es pura va-
Le preguntaste qué anda mal en ti, y él te dio nidad. Hay un solo mundo para nosotros. So-
el panorama completo: ¡No puede haber error! mos hombres, y debemos estar conformes con
No puedes salir con que no entiendes. No fue el mundo de los hombres.
plática y sin embargo lo fue. Luego le hiciste “Creo que ésa fue la lección.”
otra pregunta, y te contestó exactamente del
mismo modo. En cuanto a lo que quiso decir,
no estoy seguro de entenderlo, porque tú deci- IX
diste no decirme cuál fue tu pregunta.
Repetí con mucho cuidado las preguntas Don Juan me dio a entender que deseaba que
que recordaba haber hecho, en el mismo or- yo me familiarizara lo más posible con la yer-
den: “¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy en ba del diablo. Esta posición era incongruente
el buen camino? ¿Qué debería hacer con mi con su supuesto desagrado hacia la planta,
vida?” Don Juan dijo que las preguntas que pero él se explicó diciendo que era indispen-
yo había hecho eran sólo palabras; resultaba sable desarrollar un mejor conocimiento del
preferible no pronunciarlas, sino hacerlas des- poder de la yerba del diablo para entender el
de adentro. Dijo que el protector quiso darme efecto del humito.
una lección, y para probar que quería darme Sugirió repetidamente que al menos debía yo
una lección y no asustarme ni ahuyentarme, probar la yerba del diablo una vez más con
dos veces se mostró como una luz. una brujería con las lagartijas. Di vueltas lar-
Aún no podía yo comprender, dije, por qué go tiempo a la idea. La urgencia de don Juan
Mescalito me aterrorizó si me había acepta- creció continuamente hasta que me sentí obli-
do. Recordé a don Juan que, de acuerdo a sus gado a tomar su demanda en serio. Y un día
postulados, ser aceptado por Mescalito impli- resolví adivinar acerca de unos objetos roba-
caba que la forma del protector era constante dos.
y no pasaba de la beatitud a la pesadilla. Don
Juan volvió a reírse de mí y dijo que, si pen-
Lunes, 28 de diciembre, 1964 ces. Luego, en forma enteramente mecánica,
como distraído, la extendí repetidas veces
El sábado 19 de diciembre corté la raíz de la sobre mi frente. Advertí el error y me limpié
datura. Esperé a que estuviera bastante os- apresuradamente la pasta. Mi frente sudaba;
curo para bailar alrededor de la planta. Pre- me puse febril. Me aferraba una angustia in-
paré el extracto de raíz durante la noche y el tensa, ya que don Juan me había aconsejado
domingo, a eso de las 6 a.m., fui al lugar de enfáticamente no untarme la pasta en la fren-
mi datura. Me senté frente a la planta. Había te. El miedo se convirtió en un sentimiento de
anotado cuidadosamente las enseñanzas de soledad absoluta, el sentimiento del juicio fi-
don Juan relativas al procedimiento. Releyen- nal. Me hallaba allí solo. Si algo malo iba a
do mis notas, vi que no tenía que moler allí pasarme, nadie había que me ayudara. Qui-
las semillas. De alguna manera, el solo estar se echar a correr. Tenía una alarmante sen-
frente a la planta me producía un raro esta- sación de indecisión, de no saber qué hacer.
do de estabilidad emocional, una claridad de Un torrente de pensamientos irrumpió en mi
pensamiento o un poder de concentrarme en mente, destellando con velocidad extraordi-
mis acciones del que ordinariamente carezco. naria. Noté que eran pensamientos más bien
Seguí minuciosamente todas las instruccio- extraños; es decir, extraños en el sentido de
nes, calculando mi tiempo de modo que la que parecían acudir en forma distinta de los
pasta y la raíz estuvieran listas al atardecer. pensamientos comunes. Conozco la manera
A eso de las cinco, me hallaba ocupado en ca- como pienso. Mis pensamientos tienen un
zar un par de lagartijas. Durante hora y me- orden definido que me es propio, y cualquier
dia probé cuanto método se me ocurrió, pero desviación resulta perceptible.
fracasé en cada intento. Sentado frente a la Uno de los pensamientos ajenos versaba sobre
datura, trataba de descubrir un modo expe- una aseveración hecha por un autor. Era, re-
dito de lograr mi propósito cuando de pronto cuerdo vagamente, más como una voz, o algo
recordé que a las lagartijas, según don Juan, dicho al fondo, en alguna parte. Fue tan rá-
había que hablarles. Al principio me sentí pido que me sobresaltó. Hice una pausa para
ridículo hablando a las lagartijas. Era como examinarlo, pero se volvió un pensamiento
avergonzarse de hablar frente a un público. común. Me hallaba seguro de haber leído el
El sentimiento no tardó en desvanecerse, y aserto, pero no podía recordar el nombre del
seguí hablando. Era casi de noche. Alcé una autor. De pronto me acordé de que era Alfred
roca. Debajo había una lagartija. Parecía ha- Kroeber. Entonces otro pensamiento ajeno
llarse entumida. La recogí. Y entonces vi otra brotó para “decir” que no era Kroeber, sino
lagartija, rígida debajo de otra roca. Ni siquie- Georg Simmel, quien había hecho la asevera-
ra se retorcieron. ción. Insistí en que era Kroeber, y sin saber
Coser el hocico y los ojos fue la tarea más difí- cómo me vi envuelto en una discusión conmi-
cil. Noté que don Juan había impartido a mis go mismo. Y olvidé mi sentimiento de perdi-
actos un sentido de irrevocabilidad. Su posi- ción total,
ción era que cuando uno empieza a actuar no Los párpados me pesaban como si hubiera to-
hay modo de detenerse. Sin embargo, si yo hu- mado pastillas para dormir. Aunque nunca
biera querido parar, no había nada que me lo las he tomado, esa fue la imagen que acudió
impidiese. La verdad era que no quería parar. a mi mente. Me estaba quedando dormi¬do.
Dejé libre una lagartija, y tomó una dirección Quise ir a mi coche a acostarme, pero no podía
más o menos hacia el noroeste: augurio de moverme.
una experiencia buena, pero difícil. Até a mi Entonces, con bastante brusquedad, desper-
hombro la otra lagartija y me embarré las sie- té, o mejor dicho, sentí claramente haber des-
nes según lo prescrito. La lagartija estaba tie- pertado. Mi primer pensamiento fue sobre la
sa: por un momento pensé que había muerto, hora del día. Miré en torno. No me hallaba
y don Juan nunca me había dicho qué hacer enfrente de la datura. Despreocupadamente
si eso ocurría. Pero sólo se hallaba entumida. acepté el hecho de que estaba viviendo otra
Bebí la poción y esperé un rato. No sentí nada experiencia adivinatoria. Eran las 12:35 en
fuera de lo ordinario. Empecé a untarme la un reloj por encima de mi cabeza. Yo sabía
pasta a las sienes. La apliqué veinticinco ve- que era de tarde.
Vi a un hombre joven con un rimero de pa- podía retener al mismo tiempo mis propios
peles en las manos. Yo estaba tan cerca de él pensamientos y los pensamientos del “otro”.
que casi lo tocaba. Veía pulsar las venas de En cierto punto, la voz creaba escenas, actua-
su cuello y oía el latir rápido de su corazón. das por el joven, que nada tenían que ver con
Absorto en lo que veía, no había tomado con- mi pregunta original sobre los objetos per-
ciencia, hasta el momento, de la calidad de didos. El joven realizaba acciones muy com-
mis pensamientos. Entonces oí una “voz” en plejas. La acción nuevamente había cobrado
mi oído describiendo la escena, y me di cuenta importancia y ya no presté atención a la voz.
de que la “voz” era el pensamiento ajeno en Empecé a perder la paciencia; quería detener-
mi mente. me. “¿Cómo puedo acabar con esto?”, pensé.
Me concentré tanto en escuchar que la escena La voz en mi oído dijo que debía volver a la ca-
perdió para mí su interés visual. Oía la voz ñada. Pregunté cómo, y la voz respondió que
junto a mi oreja derecha, sobre el hombro, pensara en mi planta.
Literalmente creaba la escena al describirla. Pensé en mi planta. Solía sentarme frente
Pero obedecía mi voluntad, pues yo podía de- a ella. Lo había hecho tantas veces que me
tenerla en cualquier momento y examinar a fue bastante fácil visualizarlo. Creí que verla,
mi antojo los detalles de lo que decía. “Oí vi” como la vi en ese momento, era otra alucina-
toda la secuencia de las acciones del joven. La ción, ¡pero la voz dijo que yo había “vuelto”!
voz seguía explicándolas en detalle, pero de Me esforcé por escuchar. Sólo había silencio:
algún modo la acción carecía de importancia. La datura frente a mí parecía tan real como
Lo extraordinario era la vocecita. Tres veces todo lo demás que yo había visto, pero podía
durante el curso de la experiencia quise vol- tocarla, podía moverme.
verme para ver quién hablaba. Traté de hacer Me levanté y caminé hacia mi coche. El es-
girar mi cabeza totalmente hacia la derecha, o fuerzo me agotó; me senté cerrando los ojos.
nada más de volverme inesperadamente para Estaba mareado y quería vomitar. Tenía un
ver si había alguien allí. Pero cada vez que lo zumbido en las orejas.
hacía, se nublaba mi visión. Pensé: “El motivo Algo resbaló sobre mi pecho. Era la lagartija.
de que no pueda volverme es que la escena no Recordé la admonición de don Juan acerca de
está en el terreno de la realidad ordina¬ria.” liberarla. Regresé a la planta y desaté la la-
Y ese pensamiento era mío. gartija. No quise ver si estaba muerta o viva.
Desde ese momento concentré mi atención Rompí la olla de barro que contenía la pasta
sólo en la voz. Parecía venir de mi hombro. y la cubrí de tierra con los pies. Subí en mi
Era perfectamente clara, aunque pequeña. coche y me quedé dormido.
No era, sin embargo, una voz de niño ni una
voz en falsete, sino la voz de un hombre en Jueves, 24 de diciembre, 1964
miniatura. Tampoco era mi voz. Supuse que
hablaba en inglés. Cada vez que me proponía Hoy narré toda la experiencia a don Juan.
atrapar a la voz, se apagaba por entero o se Corno de costumbre, escuchó sin interrumpir-
hacía vaga y la escena palidecía. Pensé en un me. Al final tuvimos el siguiente diálogo.
símil. La voz era como la imagen creada por No te fue bien porque hiciste algo muy malo.
partículas de polvo en las pestañas, o por los Lo sé. Fue un error estúpido, un accidente.
vasos sanguíneos en la córnea del ojo: una Con la yerba del diablo no hay accidentes. Te
forma como gusano que puede verse mientras dije que la yerba te probaría hasta lo último.
uno no la mira directamente, pero en el mo- Una de dos: o eres muy fuerte, o de veras la
mento en que tratamos de mirarla se desliza yerba te quiere. El centro de la frente es sólo
fuera del panorama con el movimiento del ojo. para los grandes brujos que saben manejar su
Me desinteresé por completo de la acción. poder.
Conforme escuchaba, la voz se hacía más ¿Qué pasa cuando un hombre se pasa la pas-
compleja. Lo que yo tomaba por voz era más ta en la frente, don Juan.
bien como algo que susurrara pensamientos -A menos que el hombre sea un brujo de pri-
a mi oído. Pero eso no era exacto. Algo estaba mera nunca vuelve del viaje.
pensando por mí. Los pensamientos estaban -¿Se ha frotado usted la pasta en la frente,
fuera de mí mismo. Supe que era así porque don Juan?
¡Jamás! Mi benefactor me dijo que muy pocas Cosas que venos por nosotros mismos. Cosas
personas vuelven de un viaje así. Uno podría que vemos cuando no tenemos rumbo. Signi-
quedarse ido meses enteros y tener que ser fica también que la yerba del diablo está tra-
atendido por otros. Mi benefactor decía que tando de librarse de ti, empujándote al abis-
las lagartijas pueden llevar a un hombre al mo.
fin del mundo y enseñarle los secretos más ¿Conoce usted a alguien que haya experi-
maravillosos, si así lo pide. mentado eso?
¿Conoce usted a alguien que haya emprendi- Sí. A mi me pasó eso. Sin la sabiduría de las
do ese viaje? lagartijas, me volví loco.
Sí, mi benefactor. Pero nunca me dijo cómo ¿Qué vio usted, don Juan?
volvió. -Un montón de pendejadas. ¿Qué otra cosa
¿Es tan difícil volver, don Juan? habría podido ver si no tenía rumbo?
Sí. Por eso lo que tú hiciste de veras me sor-
prende. No sabías el camino, y debemos seguir Lunes, 28 de diciembre, 1964
ciertos pasos, porque es en los pasos donde el
hombre halla fuerza. Sin ellos no somos nada. -Me dijo usted, don Juan, que la yerba del dia-
Permanecimos horas en silencio. El parecía blo prueba a los hombres. ¿A qué se refería
sumergido en una meditación muy profunda. usted?
La yerba del diablo es como una mujer, y
Sábado, 26 de diciembre, 1964 como mujer halaga a los hombres. Les pone
trampas a cada vuelta. Te puso una trampa
Don Juan me preguntó si había buscado a las forzándote a untarte la pasta en la frente. Y
lagartijas. Le dije que sí, pero que no pude tratará de nuevo, y tú probablemente caerás.
hallarlas. Le pregunté qué habría pasado si Te lo advierto. No la tomes con pasión; la yer-
una de las lagartijas hubiera muerto mien- ba del diablo es sólo un camino a los secretos
tras yo la sostenía. Dijo que la muerte de una de un hombre de conocimiento, hay otros ca-
lagartija era un suceso infortunado. Si la la- minos. Pero su trampa es hacerte creer que el
gartija del hocico cosido hubiera muerto en único camino es el suyo. Yo digo que es inútil
cualquier momento, no habría tenido objeto desperdiciar la vida en un solo camino, sobre
proseguir con la brujería. La muerte de esa todo si ese camino no tiene corazón.
lagartija también significaría que las lagarti- Pero, ¿cómo sabe usted cuándo no tiene cora-
jas en general habían retirado su amistad, y zón un camino, don Juan?
yo tendría que abandonar el aprendizaje de Antes de embarcarte en cualquier camino tie-
los secretos de la yerba del diablo durante un nes que hacer la pregunta: ¿tiene corazón este
buen tiempo. camino? Si la respuesta es no, tú mismo lo sa-
¿Cuánto tiempo, don Juan? pregunté. brás, y deberás entonces escoger otro camino.
Dos años o más. Pero ¿cómo sé de seguro si un camino tiene
¿Qué habría pasado si muere la otra lagarti- corazón o no?
ja? Cualquiera puede saber eso. El problema es
Si muere la segunda lagartija, estás en verda- que nadie hace la pregunta, y cuando uno por
dero peligro. Te quedas solo, sin guía. Si mue- fin se da cuenta de que ha tomado un cami-
re antes de que empieces la brujería, puedes no sin corazón, el camino está ya a punto de
suspenderla, pero entonces también tienes matarlo. En esas circunstancias muy pocos
que dejar para siempre a la yerba del diablo. hombres pueden pararse a considerar, y más
Si la lagartija muere estando en tu hombro, pocos aún pueden dejar el camino.
ya empezada la brujería, tendrías que seguir ¿Cómo debo proceder para hacer la pregunta
adelante, y eso es de veras la locura. apropiada, don Juan?
¿Por qué es la locura? Pregunta nada más.
Porque en tales condiciones nada tiene sen- Lo que quiero decir es si hay un método indi-
tido. Estás solo, sin guía, viendo cosas aterra- cado para que yo no me mienta a mí mismo y
doras, sin sentido. crea que la respuesta es sí cuando en realidad
-¿Qué quiere usted decir con “cosas sin senti- es no,
do”? ¿Por qué habrías de mentir?
Tal vez porque en el momento el camino es Jueves, 31 de diciembre, 1964
agradable y me gusta.
Esas son tonterías. Un camino sin corazón Ahora que sabes un poco más sobre la yerba
nunca es disfrutable. Hay que trabajar duro del diablo y el humito, puedes decir con más
tan sólo para tomarlo. En cambio, un camino claridad a cuál de los dos prefieres dijo don
con corazón es fácil: no te hace trabajar por Juan.
tomarle gusto. En serio, el humito me da terror, don Juan.
Don Juan cambió de pronto el rumbo de la No sé exactamente por qué, pero no le tengo
conversación y me enfrentó directamente con buen sentimiento.
la idea de que me gustaba la yerba del diablo. Te gusta el halago, y la yerba del diablo te ha-
Tuve que admitir que al menos sentía cierta laga Igual que una mujer, te hace sentir bien.
inclinación hacia ella. Me preguntó cómo me El humito, en cambio, es el poder más noble,
sentía con respecto a su aliado, el humito, y el que tiene el corazón más puro. Ni incita a
tuve que decirle que la sola idea de tener que los hombres ni los aprisiona; ni ama ni odia,
usarlo me asustaba hasta hacerme perder los Todo lo que requiere es fuerza. La yerba del
sentidos. diablo también requiere fuerza, pero distinta.
Te he dicho que para escoger un camino de- Algo más parecido a ser ardiente con las mu-
bes estar libre de miedo y de ambición. Pero el jeres. En cambio, la fuerza que el humito re-
humito te ciega de miedo, y la yerba del diablo quiere es la fuerza del corazón. El no es como
te ciega de ambición. la yerba del diablo, llena de pasiones, celos y
Argüí que se necesitaba ambición para em- violencias. El humito es constante. No tienes
prender cualquier camino, y que su asevera- que preocuparte de que a lo mejor se te olvidó
ción de que había que estar libre de ambición algo y te va a llevar la chingada.
carecía de sentido. Una persona tiene que te-
ner ambición para poder aprender. Miércoles, 27 de enero, 1965
El deseo de aprender no es ambición dijo . El
querer saber, es nuestro destino como hom- El martes 19 de enero fumé nuevamente la
bres, pero convidar a la yerba del diablo es mezcla alucinó¬gena. Le había dicho a don
solicitar poder, y eso es ambición, porque no Juan que el humito me asustaba, y que le
lo estás haciendo para saber. No dejes que tenía mucha aprensión. El dijo que yo debía
la yerba del diablo te ciegue. Ya te tiene en- probarlo de nuevo para evaluarlo con justicia.
ganchado. Invita a los hombres y les da una Entramos en su cuarto. Eran casi las dos de
sensación de poder; los hace sentirse capaces la tarde. Sacó la pipa. Fui por las brasas y nos
de hacer cos” que ningún hombre común pue- sentamos uno frente a otro. Dijo que iba a ca-
de. Pero esa es su trampa. Y, luego, el camino lentar la pipa y a despertarla, y que si me fija-
sin corazón se vuelve contra los hombres y los ba bien la vería relumbrar. Llevó la pipa a sus
destruye. No se necesita gran cosa para mo- labios tres o cuatro veces y chupó a través de
rir, y buscar la muerte es no buscar nada. ella. La frotó con ternura. De pronto me hizo
un signo casi imperceptible con la cabeza, in-
dicándome que mirara el despertar de la pipa.
Miré, pero no pude verlo.
X Me entregó la pipa. Llené el cuenco con mi
propia mezcla, y luego recogí una brasa usan-
En el mes de diciembre, 1964, don Juan y yo do unas tenazas que había hecho con unas
fuimos a recolectar las diversas plantas nece- pinzas de madera para ropa y que había es-
sarias para hacer la mezcla de fumar. Era el tado guardando para esta ocasión. Don Juan
cuarto ciclo. Don Juan se limitó a supervisar miró mis tenazas y empezó a reír. Vacilé un
mis acciones. Me instaba a no precipitarme, a momento, y el carbón se pegó a las tenazas.
observar y deliberar antes de cortar cualquie- No me atreví a golpearlas contra el cuenco de
ra de las plantas. En cuanto los ingredientes la pipa, y tuve que escupir en la brasa para
fueron reunidos y almacenados, me sugirió apagarla.
que debía tener un nuevo encuentro con su Don Juan volvió la cabeza y se cubrió el ros-
aliado. tro con el brazo. Su cuerpo se sacudía. Por un
momento creí que lloraba, pero estaba riendo ¿Cómo se hace eso, don Juan?
en silencio. Es lo que te estoy enseñando. ¿Te acuerdas de
La acción se interrumpió largo rato luego él lo que te dije ayer cuando estabas sin cuerpo?
mismo recogió velozmente una brasa, la puso No puedo recordar claramente.
en el cuenco y me ordenó fumar. Se requería Yo soy un cuervo. Te estoy enseñando a con-
todo un esfuerzo para chupar a través de la vertirte en cuervo. Cuando aprendas eso, se-
mezcla; parecía ser muy compacta. Tras el guirás despierto y te moverás con libertad; de
primer intento ya tenía yo el fino polvo en otro modo siempre estarás pegado al suelo,
la boca. La adormeció al punto. Yo veía el dondequiera que caigas.
resplandor en el cuenco, pero jamás sentí el
humo como se siente el humo de un cigarro. Domingo, 7 de febrero, 1965
Sin embargo, tenía la sensación de inhalar
algo, algo que primero llenaba mis pulmones Mi segunda prueba con el humito tuvo lugar
y luego se impulsaba hacia abajo para llenar a eso del mediodía del domingo 31 de enero.
el resto de mi cuerpo. Desperté al día siguiente, al empezar la no-
Conté veinte inhalaciones, y después la cuen- che. Me sentía poseedor de un poder fuera
ta ya no importó. Empecé a sudar; don Juan de lo común para recordar lo que don Juan
me miró fijamente y me dijo que no tuviera me había dicho durante la experiencia. Sus
miedo e hiciese exactamente lo que él me in- palabras estaban impresas en mi mente. Yo
dicara. Traté de responder “bueno”, pero en seguía oyéndolas con claridad y persistencia
vez de ello produje un extraño sonido ululan- extraordinarias. Durante esta prueba hubo
te. Continuó resonando después de que hube otro hecho que se me hizo obvio: mi cuerpo
cerrado la boca. El sonido sobresaltó a don entero se había entumido poco después de que
Juan, quien tuvo otro ataque de risa. Quise empecé a tragar el polvo fino que se, metía
decir “sí” con la cabeza, pero ésta no podía mo- en mi boca cada vez que yo chupaba la pipa.
verla. De modo que, no sólo inhalaba el humo, sino
Don Juan me abrió suavemente las manos y también ingería la mezcla.
se llevó la pipa. Me ordenó acostarme en el Traté de narrar mi experiencia a don Juan; él
piso, pero sin dormirme. Pensé que tal vez me dijo que yo no había hecho nada importante.
ayudaría a acostarme, pero no lo hizo. Sólo Dije que podía recordar cuanto había ocurri-
me miraba sin interrupción. De pronto vi gi- do, pero él no quería saber de eso. Cada re-
rar el cuarto y me hallé mirando a don Juan cuerdo era preciso e inconfundible. El proceso
desde una postura de costado. A partir de ese de fumar había sido el mismo que en el inten-
punto, las imágenes se hicieron extrañamen- to previo. Era casi como si ambas experiencias
te borrosas, como en un sueño. Puedo acor- perfectamente pudieran yuxtaponerse, y yo
darme vagamente de haber oído a don Juan pudiese iniciar mi recuento desde el momento
hablarme mucho durante el tiempo que estu- en que la primera experiencia terminaba. Re-
ve inmovilizado. cordaba con claridad que desde el instante de
No experimenté miedo, ni desagrado, durante caer de costado sobre el piso estuve completa-
el estado en sí, ni me sentí mal al despertar el mente privado de sentimiento y pensamiento.
día siguiente. Lo único fuera de lo común fue Pero mi claridad no se menoscaba en modo
que no pude pensar con claridad por un largo alguno. Recuerdo haber tenido mi último pen-
rato después de despertar. Luego, gradual- samiento más o menos en el momento en que
mente, en un periodo de cuatro o cinco horas, el cuarto se convirtió en un plano vertical:
volví a ser yo mismo. “Debí de golpearme la cabeza en el suelo, pero
no siento dolor.”
Miércoles, 20 de enero, 1965 Desde ese momento sólo pude ver y oír. Me
era posible repetir cada palabra que don Juan
Don Juan no habló de mi experiencia ,ni me había dicho. Seguí una por una todas sus in-
pidió que se la relatara. Solamente comentó dicaciones. Parecían claras, lógicas y fáciles.
que me había dormido demasiado pronto. Dijo que mi cuerpo estaba desapareciendo
La única forma de seguir despierto es conver- y sólo mi cabeza quedaría, y en tal circuns-
tirse en pájaro o grillo o algo por el estilo dijo. tancia la única manera de seguir despierto y
moverse era convertirse en cuervo. Me orde- y que el único modo de volar era que él me
nó esforzarme por parpadear, añadiendo que arrojase al aire.
cuando pudiese hacerlo estaría listo para pro- No tuve la menor dificultad en despertar la
ceder. Luego me dijo que mi cuerpo se había sensación correspondiente a cada una de sus
desvanecido por entero y que yo no tenía sino órdenes. Percibí cómo me crecían patas de
mi cabeza; dijo que la cabeza nunca desapare- ave, débiles y vacilantes al principio. Sentí
ce porque es lo que se transforma en cuervo. una cola salir de mi nuca y alas de mis pó-
Me ordenó parpadear. Sin duda repitió esta mulos. Las alas estaban profundamente ple-
orden, y todas las otras, incontables veces, gadas. Las sentí brotar por grados. El proceso
pues yo podía acordarme de ellas con claridad era difícil pero no doloroso. Luego, parpadean-
extraordinaria. Debí de parpadear, pues don do, reduje mi cabeza al tamaño de un cuervo.
Juan dijo que me hallaba listo y me ordenó Pero el efecto más asombroso se llevó a cabo
enderezar la cabeza y ponerla sobre la barbi- con mis ojos. ¡Mi vista de pájaro!
lla. Dijo que en la barbilla estaban las patas Cuando don Juan dirigió el crecimiento del
de cuervo. Me instó a sentir las patas y a ob- pico, tuve una molesta sensación de falta de
servar que iban saliendo despacio. Luego dijo aire. Entonces brotó un bulto, creando un blo-
que yo no estaba sólido aún, que debía crecer- que frente a mí. Pero sólo cuando don Juan me
me una cola, y que la cola saldría de mi cuello. indicó mirar lateralmente fueron mis ojos ca-
Me ordenó extender la cola como un abanico y paces de tener en realidad un panorama com-
sentirla barrer el suelo. pleto de lado. Podía yo cerrar un ojo y cambiar
Luego habló de las alas del cuervo, y dijo que el enfoque al otro. Pero la visión del cuarto
saldrían de mis pómulos. Dijo que era duro y de todos los objetos que había en él no era
y doloroso. Me ordenó desplegarlas. Dijo que una visión ordinaria. Sin embargo, resultaba
habían de ser extremadamente largas, tanto imposible decir en qué forma difería. Acaso
como me fuera posible extenderlas; de otro estaba ladeada, o quizá las cosas se hallasen
modo no podría yo volar. Me dijo que las alas fuera de foco. Don Juan se hizo muy grande
estaban saliendo y eran largas y hermosas, y y resplandeciente. Algo en él era confortan-
que yo debía agitarlas hasta que fueran alas te y seguro. Luego las imágenes se borraron;
de verdad. perdieron sus contornos y se volvieron nítidos
Habló de la parte superior de mi cabeza y dijo diseños abstractos que cintilaron un rato.
que aún era muy grande y pesada; su bulto
me impediría el vuelo. La manera de reducir Domingo, 28 de marzo, 1965
su tamaño era parpadear; con cada parpadeo
mi cabeza se achicaría más. Me ordenó par- El jueves 18 de marzo fumé de nuevo la mez-
padear hasta que el peso de arriba hubiese cla alucinó¬gena; El procedimiento inicial
desaparecido y yo pudiera saltar libremente. varió en pequeños detalles. Tuve que volver
Luego me dijo que había reducido mi cabeza a llenar una vez el cuenco de la pipa. Cuan-
al tamaño de un cuervo, y que debía caminar do terminé la primera dotación, don Juan me
y saltar hasta perder la tiesura. indicó limpiar el cuenco, pero él mismo vir-
Antes de poder volar, dijo, tenía yo que cam- tió la mezcla, pues yo carecía de coordinación
biar una última cosa. Era el cambio más di- muscular. Me costaba mucho esfuerzo mover
fícil, y para llevarlo a cabo debía ser dócil y los brazos. Había en mi bolsa mezcla suficien-
hacer exactamente lo que él me dijera. Tenía te para una nueva carga. Don Juan miró la
que aprender a ver corro un cuervo. Dijo que bolsa y dijo que aquélla era mi última prueba
mí boca y nariz iban a crecer entre mis ojos con el humito hasta el año siguiente, pues ya
hasta dotarme de un pico fuerte. Dijo que los había agotado mis provisiones.
cuervos ven directamente de lado, y me orde- Volvió del revés la bolsita y sacudió el polvo
nó volver la cabeza y mirarlo con un ojo. Dijo sobre el plato de las brasas. Ardió con un res-
que si deseaba cambiar y mirar con el otro ojo, plandor naranja, como si don Juan hubiera
sacudiera el pico hacia abajo, y que ese mo- puesto sobre los carbones una lámina de ma-
vimiento me haría mirar con el otro ojo. Me terial transparente. La lámina estalló en lla-
ordenó alternar de uno a otro varias veces. Y mas, y luego se quebró en un intrincado dise-
entonces dijo que yo estaba listo para volar, ño de líneas. Algo describía zigzags dentro de
las líneas, a gran velocidad. Don Juan me dijo cillas.
que mirara el. movimiento en las líneas. Vi Apenas don Juan mencionó haberme “echado
algo que parecía una canica pequeña rodando al aire”, tuve un leve recuerdo de una escena
de un lado a otro en el área resplandeciente. absolutamente clara en la cual yo lo miraba
El se agachó, metió la mano en el resplandor, de lleno, desde alguna distancia. Miraba sólo
recogió la canica y la colocó en el cuenco de su cara. Tenía un tamaño monumental. Era
la pipa. Me ordenó dar tina fumada. Tuve la plana, con un resplandor intenso. Su cabello
clara impresión de que había puesto la peque- era amarillento y se movía. Cada parte de su
ña bola en la pipa para que yo la inhalase. rostro se movía por sí misma, proyectando
En un momento el cuarto perdió su posición una especie de luz ámbar.
horizontal. Experimenté un entumecimiento La siguiente imagen era una en que don Juan
profundo, una sensación pesada. me echaba realmente al aire, o me aventa-
Al despertar, yacía de espaldas en el fondo de ba, en una dirección recta hacia adelante.
una zanja de riego poca profunda, sumergido Recuerdo que “extendí mis alas y volé”. Me
en agua hasta la barbilla. Alguien sostenía mi sentía solo, rasgando el aire, avanzando de-
cabeza. Era don Juan. Mi primer pensamien- recho, penosamente. Era más como caminar
to fue que el agua en la zanja tenía una cali- que como volar. Cansaba mi cuerpo. No había
dad insólita: era fría y pesada. Me golpeaba sentimiento de fluir libre, no había júbilo.
suavemente, y mis ideas se aclaraban a cada Entonces recordé un instante hallarme in-
uno de sus movimientos. Al principio el agua móvil, mirando una masa de filos agudos, os-
tenía un halo o fluorescencia verde brillante curos, en un área que tenía una luz opaca y
que pronto se disolvió, dejando sólo una co- dolorosa; luego vi un campo con una variedad
rriente de agua común. infinita de luces. Las luces se movían y par-
Pregunté la hora a don Juan. Dijo que era padeaban y cambiaban su luminosidad. Eran
temprano, de mañana. Tras un rato, ya com- casi como colores. Su intensidad me deslum-
pletamente despierto, salí del agua. braba.
Debes decirme todo lo que viste -dijo don En otro momento, había un objeto casi contra
Juan cuando llegamos a su casa. También mi ojo. Era grueso y puntiagudo; tenía un de-
dijo que había estado tratando de “hacerme finido brillo rosáceo. Sentí un temblor súbito
volver” durante tres días, y había tenido mu- en alguna parte del cuerpo y vi una multitud
chas dificultades al hacerlo. Hice muchos in- de formas rosadas similares venir hacia mí.
tentos de describir lo que había visto, pero no Todas se me acercaban. Me alejé de un salto.
podía concentrarme. Más tarde, al anochecer, La última escena que recordé fue de tres aves
me sentí listo para hablar con don Juan y em- plateadas. Irradiaban una luz metálica, lus-
pecé a contarle lo que recordaba desde el mo- trosa, casi como acero inoxidable pero intensa
mento en que caí de costado, pero él no quería y móvil y viva. Me gustaron. Volamos juntos.
oír de eso. Dijo que la única parte interesante Don Juan no hizo ningún comentario sobre mi
era lo que vi e hice después de que él “me echó recuento.
al aire y yo salí volando”.
Todo cuanto recordaba era una serie de imá- Martes, 23 de marzo, 1965
genes o escenas oníricas. No tenían orden de
secuencia. Tuve la impresión de que cada una La siguiente conversación tuvo lugar al otro
era como una burbuja aislada, que flotaba día, después del relato de mi experiencia. Don
hasta quedar en foco y luego se alejaba. Sin Juan dijo:
embargo, no eran simplemente escenas para No se necesita gran cosa para volverse cuer-
mirar. Yo estaba dentro de ellas. Tomaba par- vo. Lo hiciste y ahora siempre lo serás.
te en ellas. Cuando traté de evocarlas, tuve al ¿Qué pasó después de que me volví cuervo,
principio la sensación de que eran destellos don Juan? ¿Volé durante tres días?
vagos, difusos, pero pensándolas me di cuenta No; regresaste al caer la noche, como yo te
de que cada una era extremadamente clara, había dicho.
aunque sin relación alguna con mi forma or- Pero, ¿cómo regresé?
dinaria de ver las cosas, de allí la sensación Estabas muy cansado y te dormiste. Eso es
de vaguedad. Las imágenes eran pocas y sen- todo.
Quiero decir, ¿volé de regreso? darme.
Ya te dije. Me obedeciste y regresaste a la Me pidió recordar lo que me había dicho el
casa. Pero no te preocupes por ese asunto. No cuervo. Traté de pensar en ello, pero mi men-
tiene importancia. te jugaba con veintenas de cosas ajenas al
¿Qué es importante, entonces? asunto. No podía concentrarme.
En todo tu viaje hubo una sola cosa de gran
valor: ¡los pájaros plateados! Domingo, 4 de abril, 1965
¿Qué tenían de especial? Sólo eran pájaros,
No. Eran cuervos. Hoy di una larga caminata. Ya había oscure-
¿Eran cuervos blancos, don Juan? cido bastante cuando llegué a la casa de don
Las plumas negras del cuervo son en realidad Juan. Iba pensando en los cuervos cuando de
plateadas. Los cuervos brillan tan fuerte que pronto un “pensamiento” muy extraño cruzó
las demás aves no los molestan. por mi mente. Era como una impresión o sen-
¿Por qué parecían plateadas sus plumas? timiento, más que pensamiento. El ave que
Porque estabas viendo como cuervo. Un ave había hecho el ruido dijo que venían del norte
que nos parece oscura le parece blanca a un e iban al sur, y cuando nos encontráramos de
cuervo. Las palomas blancas, por ejemplo, son nuevo vendrían por el mismo camino.
rosas o azuladas para un cuervo; las gaviotas Conté a don Juan lo que había pensado, o qui-
son amarillas. Ahora, trata de recordar cómo zá recordado. El dijo:
te juntaste con ellos. No pienses si lo recordastes o lo inventastes.
Pensé en eso, pero los cuervos eran una ima- Esos pensamientos pertenecen sólo a los hom-
gen nebulosa, disociada, sin continuidad. Le bres, no a los cuervos, y menos aún a los cuer-
dije que sólo podía recordar que sentí haber vos que vistes, porque son los emisarios de tu
volado con ellos. Preguntó si me les había uni- destino. Tú ya eres un cuervo. Nunca cambia-
do en el aire o en la tierra, pero yo no tenía rás eso. De ahora en adelante, los cuervos te
modo de responder. Casi se enojó conmigo. señalarán con su vuelo cada vuelta de tu des-
Exigió que pensara en eso. Dijo: tino. ¿Hacia dónde volaste con ellos?
Todo esto vale pura madre, no es sino un sue- ¡No podría saber eso, don Juan!
ño de loco, a menos que recuerdes correcta- Si piensas como se debe, recordarás. Siénta-
mente. te en el suelo y dime en qué posición estabas
Me esforcé por hacer memoria, pero no pude. cuando las aves volaron a ti. Cierra los ojos y
haz una raya en el suelo.
Sábado, 3 de abril, 1965 Seguí su indicación y determiné el punto.
¡No abras todavía los ojos! prosiguió: ¿Para
Hoy pensé en otra imagen de mi “sueño” so- dónde volaron todos en relación con ese pun-
bre los cuervos plateados. Recordé haber visto to?
una masa oscura con miríadas de agujeros de Hice otra marca en el piso.
alfiler. De hecho, la masa era un conglomera- Tomando como referencia estos puntos de
do de agujeritos, Ignoro por qué pensé que era orientación, don Juan interpretó las diferen-
blanda. Cuando estaba mirándola, tres aves tes pautas de vuelo que los cuervos observa-
volaron directamente hacia mi. Una de ellas rían para predecir mi futuro personal o des-
hizo un ruido; luego las tres se hallaban junto tino. Puse los cuatro puntos cardinales como
a mí, en tierra, eje del vuelo de los cuervos.
Describí la imagen a don Juan. Me preguntó Le pregunté si los cuervos siempre seguían los
de que dirección habían venido las aves. Le puntos cardinal es para anunciar el destino
dije que no me era posible determinarlo. Se de un hombre. Dijo que la orientación era sólo
impacientó bastante y me acusó de ser rígido mía; lo que los cuervos hicieron en mi primera
en mi pensamiento. Dijo que muy bien podría reunión con ellos tenía importancia crucial.
recordar si trataba de hacerlo, y que en reali- Insistió en que recordara cada detalle, porque
dad yo tenía miedo de volverme menos rígido. el mensaje y la pauta de los “emisarios” eran
Dijo que yo estaba pensando en términos de un asunto individual, personalizado.
hombres y cuervos, y que no era ni hombre ni Había una cosa más de la cual me instaba a
cuervo en el momento del que deseaba acor- acordarme: la hora en que me dejaron los emi-
sarios. Me pidió pensar en la diferencia de la luchaba por poner fin a las experiencias ape-
luz a mi alrededor entre la hora en que “empe- nas comenzaban.
cé a volar” y la hora en que las aves plateadas Hoy discutí esta condición con don Juan. Pedí
“volaron conmigo”. Cuando tuve inicialmente consejo.
la sensación de vuelo penoso, estaba oscuro. El no pareció preocuparse, y me indicó olvi-
Pero cuando vi a las aves, todo se hallaba ro- darme de esas experiencias, porque carecían
jizo: rojo claro, o tal vez naranja. de significado o más bien de valor. Dijo que
Eso quiere decir que era casi el fin del día las únicas experiencias dignas de mi esfuer-
dijo don Juan ; pero todavía no se había meti- zo y atención serían aquéllas en los que viera
do el sol. Cuando está todo oscuro, un cuervo un cuervo; cualquier otra clase de “visión” no
se ciega de blancura y no de oscuridad, como sería sino el producto de mis temores. Me re-
nosotros de noche. Esta indicación de la hora cordó una vez más que para usar el humito
quiere decir que tus emisarios finales ven- era necesario llevar una vida fuerte, calmada.
drán al fin del día. Te llamarán, y al volar so- En lo personal, yo parecía haber alcanzado
bre tu cabeza se volverán blancos plateados; un umbral peligroso. Le dije que me sentía in-
los verás brillar contra el cielo y eso que¬rrá capaz de proseguir; había en los hongos algo
decir que llegó tu hora final. Querrá decir que verdaderamente aterrador.
te vas a morir y a volverte cuervo por última Al repasar las imágenes evocadas de mi ex-
vez. periencia alucinógena, yo había llegado a la
¿Y si los veo de mañana? conclusión inevitable de que había visto el
¡No los verás de mañana! mundo en una forma estructuralmente dis-
Pero los cuervos vuelan todo el día. tinta de la visión ordinaria. En otros estados
¡Tus emisarios no, tonto! de realidad no ordinaria que había atravesa-
¿Y sus emisarios, don Juan? do, las formas y los diseños que visualizaba
Los míos vendrán de mañana. También se- se hallaban siempre dentro de los confines de
rán tres. Mi benefactor me dijo que, si uno no mi concepción visual del mundo. Pero la sen-
quiere morir, puede volverlos negros a gritos. sación de ver bajo la influencia de la mezcla
Pero ahora sé que no vale la pena. Mi bene- alucinógena de fumar no era la misma. Todo
factor era dado a gritar, y a todo el barullo y lo que veía estaba frente a mí en una línea
la violencia de la yerba del diablo. Yo sé que directa de visión; nada había encima ni abajo
el humito es diferente porque no tiene pasión. de esa línea de visión.
Es justo. Cuando tus emisarios plateados lle- Cada imagen tenía una irritante planura, y
guen por ti, no hay necesidad de gritarles. sin embargo, desconcertantemente, una gran
Vuela con ellos como ya lo hiciste. Después profundidad. Acaso seria más exacto decir que
de haberte recogido darán media vuelta, y los las imágenes eran un conglomerado de deta-
cuatro se irán volando. lles increíblemente precisos colocados dentro
de campos de luz diferente; la luz se movía en
Sábado, 1° de abril, 1965 los campos, creando un efecto de rotación.
Después de aguijarme y esforzarme por recor-
Había estado experimentando breves deste- dar, me hallé obligado a hacer una serie de
llos de disociación, o estados superficiales de analogías o símiles para “entender” lo que ha-
realidad no ordinaria. bía “visto”. El rostro de don Juan, por ejemplo,
Un elemento de la experiencia alucinóge- parecía como sumergido en el agua. El agua
na con los hongos recurría sin cesar en mis parecía moverse en un fluir continuo sobre la
pensamientos: la masa de agujeritos blanda cara y el cabello, Los amplificaba a tal grado
y oscura. Continué visualizándola como una que, cuando yo enfocaba mi visión, podía ver
burbuja de grasa o de aceite que empezaba a cada poro de la piel o cada cabello de la cabe-
tirar de mí hacia su centro. Era casi como si za. Por otra parte, vi masas de materia planas
el centro fuera a abrir¬se y a tragarme, y en y llenas de aristas, pero no se movían porque
momentos muy breves yo experimentaba algo no había fluctuación en la luz proveniente de
semejante a un estado de realidad no ordina- ellas.
ria. Como resultado, sufría instantes de pro- Pregunté a don Juan qué eran las cosas que
funda agitación, angustia e incomodidad, y vi. Dijo que, siendo ésta la primera vez que yo
veía como cuervo, las imágenes no eran claras y pueden defenderse. Tampoco los hombres
ni importantes, y que más tarde, con la prác- molestan a los cuervos, y eso es importante,
tica, me sería posible reconocerlo todo. Cualquiera puede distinguir un águila gran-
Saqué a colación la diferencia que había nota- de, sobre todo un águila fuera de lo común,
do en el movimiento de la luz. o cualquier otra ave grande y fuera de lo co-
Las cosas que están vivas dijo él se mueven mún, pero, ¿a quién le interesa un cuervo?
por dentro, y tan cuervo puede ver con faci- Un cuervo está seguro. Es ideal en tamaño y
lidad cuándo algo está muerto, o a punto de en naturaleza. Puede meterse donde sea sin
morir, porque el movimiento ya se paró o se llamar la atención. En cambio, volverse oso o
va parando. Un cuervo sabe también cuando león es posible, pero sale bastante peligroso.
algo se mueve demasiado aprisa, y por lo mis- Una criatura de ésas es demasiado grande; se
mo sabe cuando algo se mueve al paso justo. necesita demasiada energía para convertirse
¿Qué significa cuando algo se mueve dema- en ella. También puede uno volverse grillo, o
siado aprisa, o al paso justo? lagartija, o hasta hormiga, pero eso es todavía
Significa que un cuervo sabe de hecho qué más arriesgado, porque los animales grandes
evitar y qué buscar. Cuando algo se mueve cazan a las criaturas pequeñas.
demasiado aprisa por dentro, quiere decir que Señalé que, según lo que él decía, uno se
está a punto de estallar con violencia, o de pe- transformaba realmente en cuervo, o grillo, o
gar el brinco, y un cuervo lo evita. Cuando se cualquier otra cosa. Pero él insistió en que yo
mueve por dentro al paso justo, es una vista entendía mal.
placentera y un cuervo la busca. Se necesita mucho tiempo para aprender a
¿Se mueven las rocas por dentro? ser un cuervo cabal -dijo . Pero tú no cambias-
No, ni las rocas ni los animales muertos ni te, ni dejaste de ser hombre. Es otra cosa lo
los árboles muertos. Pero es hermoso mirar- que pasa.
los. Por eso los cuervos andan por donde hay ¿Puede usted decirme qué es la otra cosa, don
cadáveres. Les gusta mirarlos. Ninguna luz Juan? A lo mejor a estas alturas ya tú mismo
se mueve dentro de ellos. lo sabes. Quizá si no tuvieras tanto miedo de
Pero cuando la carne se pudre, ¿no cambia ni volverte loco, o de perder tu cuerpo, entende-
se mueve? rías este secreto maravilloso. Pero a lo mejor
Sí, pero ese movimiento es distinto. Lo que debes esperar a perder tu miedo para enten-
el cuervo ve entonces son millones de cosas der lo que quiero decir.
moviéndose dentro de la carne con luz propia,
y eso es lo que le gusta ver. Verdaderamente
es una vista inolvidable. XI
¿La ha visto usted, don Juan?
Cualquiera que aprenda a volverse cuervo la El último hecho que registré en mis notas de
puede ver. Tú mismo la verás. campo tuvo lugar en septiembre de 1965. Fue
En este punto hice a don. Juan la pregunta la última de las enseñanzas de don Juan. Lo
inevitable. llamé “un estado especial de realidad no ordi-
¿Me convertí realmente en cuervo? 0 mejor naria” porque no los produjo ninguna de las
dicho, ¿habría pensado cualquiera, al verme, plantas que yo había usado con anterioridad.
que era yo un cuervo común? Al parecer don Juan lo provocó por medio de
No. No puedes pensar así cuando tratas con una manipulación cuidadosa de indicaciones
el poder de los aliados. Esas preguntas no tie- acerca de si mismo; es decir, se portó frente a
nen sentido, y eso que volverse cuervo es lo mi en una forma tan hábil. que creó la impre-
más simple que hay. Es casi como travesura; sión clara y sostenida de no ser realmente él
tiene poca utilidad. Como ya te he dicho, el mismo, sino alguien que lo suplantaba. Como
humito no es para los que buscan poder. Es resultado, experimenté un profundo sentido
sólo para quienes anhelan ver. Yo aprendí de conflicto; quería creer que se trataba de
a volverme cuervo porque son las aves más don Juan, y sin embargo no podía estar segu-
efectivas de todas. Ninguna otra las moles- ro. La concomitante del conflicto fue un terror
ta, a menos que sean águilas grandes y ham- consciente tan agudo que minó mi salud por
brientas, pero los cuervos vuelan en parvadas varias semanas. Después pensé que habría
sido prudente poner fin entonces a mi apren- nía idea definida de quién había atrapado mi
dizaje. Desde aquel tiempo, nunca he sido alma, pero quienquiera que fuese pretendía
participante, pero don Juan no ha cesado de sin duda matarme o enfermarme de gravedad.
considerarme aprendiz. Ha visto en mi retiro Luego me dio instrucciones precisas acerca de
sólo un periodo necesario de recapitulación, una “forma para pelear”, una posición corpo-
otro paso de aprendizaje, que puede durar in- ral especifica que yo debería mantener, per-
definidamente. Sin embargo, desde entonces, maneciendo en mi sitio benéfico. Tenía que
jamás me ha expuesto sus conocimientos. conservar esta postura que él llamaba forma.
Escribí la crónica detallada de mi última ex- Le pregunté a qué venia todo eso y con quién
periencia casi un mes después de que ocurrió, iba yo a pelear. Repuso que él iría a ver quién
aunque tenía ya copiosas notas sobre sus había tomado mi alma y si era posible recu-
puntos destacados, escritas al día siguiente, perarla. Mientras tanto, yo debía permanecer
durante las horas de gran agitación emotiva en mi sitio hasta su regreso. La forma para
que precedieron al punto más intenso de mi pelear era en realidad una precaución, dijo,
terror. en caso de que algo ocurriese durante su au-
sencia, y yo debía usarla si me atacaban. Con-
Viernes, 29 de octubre, 1965 sistía en palmotear contra la pantorrilla y el
muslo de mi pierna derecha y dar de saltos
El jueves 30 de septiembre de 1965 fui a ver con el pie izquierdo en una especie de danza
a don Juan. Los estados breves y someros de que yo había de ejecutar enfrentando al ata-
realidad no ordinaria persistían a pesar de cante.
mis deliberados intentos por ponerles fin, o Me advirtió que la forma debía adoptarse sólo
sacudírmelos de encima como don Juan ha- en momentos de crisis extrema; mientras no
bía sugerido. Yo sentía que mi condición iba hubiera peligro a la vista, yo podía estar sim-
empeorando, pues aumentaba la duración de plemente sentado en mi sitio, con las piernas
tales estados. Tomé conciencia aguda del rui- cruzadas. Pero en circunstancias de peligro
do de los aeroplanos. El ruido de sus motores extremo, tenía el recurso de un último medio
al pasar por encima captaba inexorablemente de defensa: arrojar un objeto contra el enemi-
mi atención y la fijaba, hasta el punto en que go. Me dijo que por lo común se arroja un obje-
me parecía seguir al avión como si fuera den- to de poder, pero como yo no tenía ninguno me
tro de él o volara con él. Esta sensación era era forzoso usar cualquier piedra que cupiese
muy molesta. La incapacidad de sacudírmela en la palma de mi mano derecha, una piedra
me producía una honda angustia. que yo pudiera sostener apretada entre la
Don Juan, tras escuchar atentamente todos palma y el pulgar. Dijo que tal técnica debía
los detalles, concluyó que yo sufría de pérdida usarse sólo si uno se hallaba indudablemente
del alma. Le dije que tenía estas alucinaciones en peligro de perder la vida. El lanzamiento
desde la vez que fumé los hongos, pero él in- del objeto tenía que acompañarse con un gri-
sistió en que eran cosa nueva. Dijo que antes to de guerra, un alarido con la propiedad de
yo tenía miedo y “soñaba cosas sin sentido”, dirigir el objeto a su blanco. Insistió en reco-
pero que ahora estaba en verdad embrujado. mendarme cuidado y deliberación con el gritó,
La prueba era que el ruido de los aviones en y no emplearlo al azar, sino sólo con “severas
vuelo podía arrastrarme. Por lo común, dijo, condiciones de seriedad”.
el ruido de un arroyo o de un río puede atra- Le pregunté qué quería decir con “severas
par a un embrujado que ha perdido el alma y condiciones de seriedad”. Dijo que el clamor,
arrastrarlo a su muerte. Luego me pidió des- o grito de guerra, era algo que se quedaba con
cribir todas mis actividades durante la época un hombre toda la vida: por eso tenia que ser
anterior a las alucinaciones. Enumeré todas bueno desde el principio. Y la única manera
las actividades que pude recordar. Y de mi re- de empezarlo correctamente era retener el
cuento, él dedujo el sitio donde yo había per- miedo y la prisa naturales de uno hasta ha-
dido el alma. llarse lleno por entero de poder, y entonces el
Don Juan parecía francamente preocupado, alarido brotaría con dirección y fuerza. Dijo
cosa del todo insólita en él. Esto, como es na- que éstas eran las condiciones de seriedad ne-
tural, aumentó mi aprensión. Dijo que no te- cesarias para soltar el grito.
Le pedí explicación sobre el poder que su- frase o una similar.
puestamente lo llenaba a uno antes del cla- Lo oí dar vuelta a la pared trasera de su casa.
mor. Dijo que era algo que corría a través del Tropezó con una pila de leña como si no supie-
cuerpo saliendo de la tierra donde uno estaba ra que estaba allí. Luego llegó al zaguán y se
parado; era una especie de poder emanado sentó junto a la puerta, con la espalda contra
del sitio benéfico, para ser exactos. Era una la pared. Parecía más pesado que de costum-
fuerza que empujaba el alarido para hacerlo bre. Sus movimientos no eran lentos ni tor-
salir. Si tal fuerza se manejaba debidamente, pes, sólo más pesados. Se dejó caer a plomo en
el grito de batalla sería perfecto. el suelo, en vez de deslizarse ágilmente como
De nuevo le pregunté si pensaba que algo iba solía. Además, ése no era su sitio, y don Juan
a ocurrirme. Dijo no saber nada de eso y me nunca, en ninguna circunstancia, se sentaba
advirtió dramáticamente quedarme pegado en ningún otro lugar.
a mi sitio cuanto fuese necesario, porque ésa Entonces volvió a hablarme. Preguntó por qué
era la única protección que yo tenía contra me había yo negado a ir cuando él me nece-
cualquier cosa que pudiera pasar. sitaba. Hablaba con voz fuerte. Yo no quería
Empecé a asustarme; le supliqué ser más ex- mirarlo, y sin embargo experimentaba una
plícito. Dijo que todo cuanto sabia era que yo urgencia compulsiva de observarlo. Empezó a
no debía moverme en ninguna circunstancia; mecerse levemente de un lado a otro. Cambié
no debía entrar en la casa ni ir al matorral. de postura, adopté la forma para pelear que él
Sobre todo, dijo, no debía hablar una sola pa- me enseñó, y me volvía encararlo. Mis múscu-
labra, ni siquiera a él. Dijo que si me daba los estaban tiesos y extrañamente tensos. No
mucho miedo podía cantar mis canciones de sé qué me movió a adoptar la forma dé pelea,
Mescalito, y añadió que yo ya sabia demasia- acaso fue el creer que don Juan quería asus-
do sobre estos asuntos para que fuera necesa- tarme creando la impresión de que, en reali-
rio señalarme, como a un niño, la importancia dad, la persona que yo estaba viendo no era
de hacer todo correctamente. él mismo. Pensé que ponía mucho cuidado en
Sus admoniciones me provocaron un estado hacer cosas fuera de costumbre, para implan-
de angustia profunda. Estuve seguro de que tar la duda en mi mente. Tuve miedo, pero
él esperaba que algo ocurriese. Le pregunté aun así me sentía por encuna de todo aquello,
por qué me recomendaba cantar las cancio- porque de hecho me hallaba evaluando y ana-
nes de Mescalito, y qué cosa creía él que fuera lizando la secuencia completa.
a asustarme. Rió y dijo que tal vez me diese En ese punto, don Juan se levantó. Sus movi-
miedo de estar solo. Entró en la casa y cerró mientos fueron completamente desconocidos.
la puerta tras de sí. Miré mi reloj. Eran las 7 Puso los brazos frente al cuerpo y se empujó
p.m. Estuve sentado en calma un largo rato. hacia arriba, alzando primero la espalda; lue-
No salían ruidos del cuarto de don Juan. Todo go asió la puerta y enderezó la parte superior
estaba tranquilo, Hacía viento. Pensé en co- del cuerpo. Me asombró la honda familiaridad
rrer a mi coche a sacar una mampara, pero que yo tenia con sus movimientos, y el senti-
no me atreví a actuar contra el consejo de don miento terrible que él creaba al hacerme ver
Juan. No tenía sueño, sino cansancio; el vien- un don Juan que no se movía como don Juan.
to frío me imposibilitaba descansar. Dio unos pasos hacia mí. Sostenía con ambas
Cuatro horas después oía don Juan caminar manos la parte inferior de su espalda, como
en torno a la casa. Pensé que podía haber sa- si tratara de enderezarse o sufriera un dolor.
lido por la parte trasera para orinar en el ma- Gemía y resoplaba. Parecía tener tapada la
torral. Entonces me llamó con voz fuerte. nariz. Dijo que me iba a llevar, y me ordenó
¡Oye muchacho! ¡Oye muchacho! Ven aquí levantarme y seguirlo. Caminé hacia el lado
dijo. oeste de la casa. Cambié de posición para en-
Casi me levanté para ir con él. Era su voz, cararlo. Se volvió hacia mí. Yo no me moví de
pero no su tono, ni sus palabras de costumbre. mi sitio; estaba pegado a él.
Don Juan nunca me había dicho “oye mucha- -¡Oye muchacho! vociferó . Te dije que vengas
cho”. De modo que seguí donde me hallaba. conmigo. ¡Si no vienes te llevo a empujones!
Un escalofrío corrió a lo largo de mi espalda. Se me acercó. Empecé a golpearme la panto-
El empezó a gritar de nuevo, usando la misma rrilla y el muslo y a bailar aprisa. Don Juan
llegó al filo del zaguán, frente a mi, y casi me confundían. No era como si tratara de mover-
tocó. Frenéticamente dispuse mi cuerpo para se como mujer; era como si una mujer tratara
adoptar la posición de lanzamiento, pero él de moverse igual que don Juan. Tuve la im-
cambió de dirección y se alejó hacia los ma- presión de que esa mujer intentaba en verdad
torrales a mi izquierda. En cierto momento, caminar y moverse con la deliberación de don
mientras se alejaba, se volvió de pronto, pero Juan, pero era demasiado pesada y no tenía
yo le daba la cara. la ligereza de don Juan. Quien estuviera fren-
Se perdió de vista. Conservé la postura de te a mí creaba la impresión de ser una mujer
pelea un rato más, pero como ya no lo vi me pesada, de menos edad, tratando de imitar los
senté de nuevo con las piernas cruzadas y la movimientos lentos de un anciano ágil.
espalda contra la roca. A estas alturas me Estos pensamientos me arrojaron a un estado
hallaba realmente asustado. Quise huir co- de pánico. Un grillo empezó a clamar ruido-
rriendo, pero esa idea me aterraba más aún. samente, muy cerca de mí. Noté la riqueza de
Sentí que, si él me atrapaba en el camino a mi su tono; imaginé que tenía voz de barítono. El
coche, quedaría completamente a su merced. canto empezó a disolverse. De pronto, todo mi
Empecé a cantar las canciones de peyote que cuerpo se contrajo. Volvía adoptar la forma de
sa¬bía. Pero sentía de algún modo que allí lucha y encaré la dirección de donde había ve-
eran impotentes. Sólo servían de pacificador, nido el canto del grillo.
pero me serenaron. Las canté una y otra vez. El sonido me estaba atrapando; había empe-
A eso de las 2:45 a.m. oí un ruido dentro de zado a atraparme antes de que yo me diera
la casa. Inmediatamente cambié de postura. cuenta de que solamente era como de grillo.
La puerta se abrió de golpe y don Juan salió El sonido se acercó de nuevo. Se hizo terrible-
trastabillando. Boqueaba y se aga¬rraba la mente fuerte. Empecé a cantar mis canciones
garganta. Se arrodilló frente a mí y gimió. Me de peyote, más y más alto. De pronto el grillo
pidió, en voz aguda y chillona, ir a ayudarlo. calló. Inmediatamente me senté, pero seguí
Luego vociferó nuevamente y me ordenó ir. cantando. Un momento después vi la figura
Hacía ruidos de gargarismo. Me suplicó ir a de un hombre correr hacia mí, viniendo de la
ayudarlo, porque algo lo ahogaba. Se arrastró dirección opuesta al llamado del grillo. Pal-
sobre las manos y las rodillas hasta hallarse motee sobre mi muslo y mi pantorrilla y pateé
a poco más de un metro. Extendió las manos vigorosa, frenéticamente. La figura pasó muy
hacia mí. aprisa, casi tocándome. Parecía un perro. Ex-
¡Ven acá! dijo. Entonces se levantó. Sus bra- perimenté un miedo tan espantoso que quedé
zos estaban extendidos en mi dirección. Pa- insensible. No recuerdo haber sentido ni pen-
recía dispuesto a aferrarme. Pateé el suelo y sado nada más.
me di palmadas en la pantorrilla y el muslo. El rocío de la mañana fue refrescante. Me
Estaba fuera de mí. sentí mejor. El fenómeno, fuera lo que fuese,
Don Juan se detuvo y caminó hacia el costa- parecía haberse retirado. Eran las 5:48 a.m.
do de la casa y se internó entre los matorra- cuando don Juan abrió calladamente la puer-
les. Cambié de postura para encararlo. Lue- ta y salió. Estiró los brazos, bostezando, y me
go volví a sentarme. Ya no quería cantar. Mi miró. Dio dos pasos hacia mí, prolongando su
energía parecía desgastarse. Todo el cuerpo bostezo. Vi sus ojos mirar a través de párpa-
me dolía; cada músculo estaba tieso y doloro- dos entornados. Me levanté de un salto; supe
samente contraído. No sabía qué pensar. No entonces que quienquiera, o lo que fuera, que
podía decidir si enojarme con don Juan o no. estuviese frente a mí, no era don Juan.
Pensé en saltarle encima, pero de alguna ma- Recogí del suelo una piedra pequeña, con fi-
nera supe que él me derribaría de golpe como los agudos. Estaba junto a mi mano derecha.
a un insecto. Tuve verdaderas ganas de llorar. No la miré; únicamente la sostuve apretán-
Experimentaba una honda desesperanza; la dola con el pulgar contra los dedos extendi-
idea de que don Juan iba a tales extremos por dos Adopté la forma que don Juan me había
asustarme provocaba en mí una sensación de enseñado. En cuestión de segundos, sentí que
llanto. Me resultaba imposible hallar un mo- me llenaba un extraño vigor. Entonces grité y
tivo para su tremendo despliegue histriónico; arrojé la piedra. Me pareció un clamor magní-
sus movimientos eran tan habilidosos que me fico. En ese momento, no me importaba vivir
ni morir. Sentí que el grito era estremecedor ¿Tiene sólo ayudante y no aliado?
en su potencia. Era penetrante y prolonga- No sé si tenga aliado o no. A algunas perso-
do, y en verdad dirigió mi puntería. La figura nas no les gusta el poder de un aliado y prefie-
frente a mí osciló y chilló y trastabilló hacia el ren un ayudante. Domar un aliado es trabajo
costado de la casa, para internarse de nuevo duro. Sale más fácil conseguir un ayudante
en el matorral. del otro lado.
Tardé horas en calmarme. Ya no pude tomar ¿Piensa usted que yo podría conseguir un
asiento; trotaba de continuo en el mismo si- ayudante?
tio. Tenía que respirar por la boca para recibir Para saberlo, tienes que aprender mucho
aire suficiente. más. Estamos otra vez al principio, casi como
A las 11 a.m. don Juan volvió a salir. Yo iba el primer día que viniste a pedirme hablar de
a dar un salto, pero los movimientos eran su- Mescalito, y yo no podía porque no me habrías
yos. Fue derecho a su sitio y se sentó como entendido ni una palabra. Ese otro lado es el
solía. Me miró y sonrió. ¡Era don Juan! Fui a mundo de los diableros. Creo que lo mejor
él y, en vez de enojarme, besé su mano. Creía será decirte lo que yo creo y siento, como lo
realmente que él no había actuado para crear hizo mi benefactor. El era diablero y guerrero;
un efecto dramático, sino que alguien lo había su vida se inclinaba hacia la fuerza y la vio-
suplantado para hacerme daño o matarme. lencia del mundo. Pero yo no soy ninguna de
La conversación se inició con especulaciones las dos cosas. Esa. es mi naturaleza. Tú has
sobre la identidad de una persona femenina visto mi mundo desde el principio. En cuanto
que supuestamente había tomado mi alma. a enseñarte el camino de mi benefactor, nada
Luego don Juan me pidió contarle cada deta- más puedo dejarte en la puerta, y tú tendrás
lle de mi experiencia. que decidir solo; tendrás que aprenderlo por
Narré toda la secuencia de eventos en una tu propia cuenta. Debo reconocer ahora que
forma muy deliberada. El rió todo el tiempo, cometí un error contigo. Habría sido mucho
como si fuera un chiste. Cuando terminé, dijo: mejor, ahora lo veo, empezar como yo mismo
Te fue bien. Ganaste la batalla por tu alma. empecé. Así es más fácil darse cuenta de cuán
Pero el asunto es más serio de lo que yo creía. sencilla y a la vez cuán profunda es la diferen-
Anoche tu vida no valía ni un carajo. Tu buena cia. Un diablero es un diablero y un guerrero
suerte fue que sabías lo suficiente y te defen- es un guerrero. O se puede ser las dos cosas.
diste. De no haber tenido un poco de prepara- Hay bastante gente que es las dos cosas. Pero
ción, ahorita estarías muerto, porque lo que te un hombre que sólo recorre los caminos de la
visitó anoche traía ganas de acabar contigo. vida lo es todo. Hoy no soy ni guerrero ni dia-
¿Cómo es posible, don Juan, que alguien to- blero. Para mí ya no hay nada de eso. Para mí
mara la forma de usted? sólo recorrer los caminos que tienen corazón,
Muy sencillo. Lo que te visitó anoche es una cualquier camino que tenga corazón. Esos re-
diablera y tiene un buen ayudante del otro corro, y la única prueba que vale es atravesar
lado. Pero no fue muy buena para tomar mi todo su largo. Y esos recorro mirando, miran-
apariencia, y tú diste con el truco. do, sin aliento,
¿Un ayudante del otro lado es lo mismo que Hizo una pausa. Su rostro reflejaba un esta-
un aliado? do de ánimo peculiar; parecía inusitadamente
No, un ayudante es la ayuda de un diablero. serio. Yo no sabía qué preguntar ni qué decir.
Un ayudante es un espíritu que vive del otro Don Juan prosiguió:
lado del mundo y ayuda al diablero a causar La cosa que hay que aprender es cómo llegar
enfermedad y dolor. Lo ayuda a matar. a la raja entre los mundos y cómo entrar en el
¿Puede un diablero tener también un aliado, otro mundo. Hay una raja entre los dos mun-
don Juan? dos, el mundo de los diableros y el mundo de
Por supuesto, si son los diableros los que los hombres vivos. Hay un lugar donde los dos
tienen aliados, pero antes de que un diable- mundos se montan el uno sobre el otro. La raja
ro pueda domar a un aliado, el diablero acos- está allí. Se abre y se cierra como una puerta
tumbra tener un ayudante que lo auxilie en con el viento. Para llegar allí, un hombre debe
sus tareas. ejercer su voluntad. Debe, diría yo, desarro-
¿Y la mujer que tomó su forma, don Juan? llar un deseo indomable, una dedicación total.
Pero debe hacerlo sin ayuda de ningún poder un ayudante macho para no caer en manos
ni de ningún hombre. El hombre sólo debe re- de una diablera que lo haga a uno sufrir en
flexionar y desear hasta el momento en que forma increíble. Las mujeres siempre son así.
su cuerpo esté listo para emprender el viaje. Pero eso depende de la pura suerte, a no ser
Ese momento se anuncia con un temblor pro- que el benefactor de uno sea también un gran
longado de los miembros y vómitos violentos. diablero, caso en el cual tendrá muchos ayu-
Por lo general, el hombre no puede dormir ni dantes en el otro mundo y puede mandarlo a
comer, y se va gastando. uno a ver a un ayudante en particular. Mi be-
Cuando las convulsiones ya no cesan, el hom- nefactor era uno de esos hombres.
bre está listo para partir, y la raja entre los “Me guió al encuentro de su espíritu ayudan-
mundos aparece enfrente de sus ojos como una te. Después de que regreses, ya no serás el
puerta monumental: una rendija que sube y mismo. Estás comprometido a volver y a ver
baja. Cuando se abre, el hombre tiene que co- seguido a tu ayudante. Y estás comprometi-
larse por ella. Del otro lado de esa frontera es do a alejarte más y más de la entrada, hasta
difícil distinguir. Hace viento, como polvare- que por fin un día irás demasiado lejos y no
da. El viento se arremolina. El hombre debe podrás regresar. A veces un diablero pesca un
entonces caminar en cualquier dirección. El alma y la empuja por la entrada y la deja a la
viaje será corto o largo, según su fuerza de vo- custodia de su ayudante mientras él le roba
luntad. Un hombre de voluntad fuerte hace a la persona toda su voluntad. En otros ca-
viajes cortos. Un hombre débil, indeciso, viaja sos, el tuyo por ejemplo, el alma pertenece a
largo y con dificultades. Después de este viaje, una persona de voluntad fuerte, y el diablero
el hombre llega a una especie de meseta. Se sólo puede guardarla en su morral, porque es
pueden distinguir con claridad algunos de sus demasiado difícil llevársela al otro lado. En
rasgos. Es un plano encima de la tierra. Se le tales casos, como en el tuyo, una batalla pue-
reconoce por el viento, que allí sopla todavía de resolver el problema: una batalla en que el
más fuerte: golpea, ruge por todo el derredor. diablero se juega el todo por el todo. Esta vez
En la parte más alta de esa meseta está la perdió el combate y tuvo que soltar tu alma.
entrada al otro mundo. Y hay una especie de De haber ganado, se la llevaba a su ayudante
piel que separa los dos mundos; los muertos la para que se quede con ella.”
atraviesan sin ruido, pero nosotros tenemos Pero ¿cómo le gané?
que romperla con un grito. El viento reúne No te moviste de tu sitio. Si te hubieras apar-
fuerza, el mismo viento indómito que sopla en tado un centímetro, te habría hecho polvo. La
la meseta. Cuando el viento ha juntado fuer- diablera escogió el momento en que yo no es-
za suficiente, el hombre tiene que gritar y el taba como la mejor hora para atacar, y lo hizo
viento lo empuja al otro lado. Aquí también bien. Falló porque no contaba con tu propia
su voluntad debe ser inflexible, para poder naturaleza, que es violenta, y también porque
combatir al viento. Todo lo que necesita es un no te saliste del sitio en el que eres invencible.
empujón suave, y no que el viento lo mande al -¿Cómo me habría matado de haberme movi-
fin del otro mundo. Una vez que está del otro do?
lado, tiene que vagar por allí. Su buena suerte Te habría golpeado como un rayo. Pero sobre
sería encontrar un ayudante cerca, no muy le- todo se habría quedado con tu alma, y tú te
jos de la entrada. El hombre tiene que pedir- habrías ido gastando.
le ayuda. En sus propias palabras, tiene que ¿Qué va a suceder ahora, don Juan?
pedir al ayudante que lo instruya y lo haga -Nada. Recobraste tu alma. Fue una buena
diablero. Cuando el ayudante acepta, mata al batalla Anoche aprendiste muchas cosas.
hombre allí mismo, y mientras está muerto Después nos pusimos a buscar la piedra que
le enseña. Cuando hagas el viaje, a lo mejor yo había lanzado. Don Juan dijo que, de en-
encuentras a un gran diablero en el ayudan- contrarla, podríamos estar absolutamente
te que te mate y te enseñe; eso depende de seguros de que el asunto había terminado.
tu suerte. Pero las más de las veces uno en- Buscamos durante casi tres horas. Yo tenía
cuentra brujos de mala muerte sin gran cosa el sentimiento de que la reconocería. Pero no
que enseñar. Pero ni tú ni ellos tienen el po- pude.
der de negarse. El mejor de los casos es hallar Ese mismo día, empezando a anochecer, don
Juan me llevó a los cerros cerca de su casa. Permanecí varias horas en un estado de pro-
Allí me dio instrucciones largas y detalladas funda zozobra. Más tarde, don Juan explicó
sobre procedimientos específicos de pelea. En mi reacción desproporcionada como un hecho
determinado momento, mientras repetía cier- común. Me declaré incapaz de descubrir lógi-
tos pasos prescritos, me hallé solo. Había su- camente qué había ocasionado mi pánico; y
bido corriendo una ladera y estaba sin aliento. él repuso que no fue el miedo de morir, sino
Sudaba en abundancia, pero tenía frío. Llamé más bien el miedo a perder el alma, un temor
varias veces a don Juan, pero no contestó, y común entre los hombres que no poseen una
empecé a experimentar una aprensión extra- intención indomable.
ña. Oí un crujir en el matorral, como si algo Esa experiencia fue la última enseñanza de
viniera hacia mí. Escuché atentamente, pero don Juan. Desde entonces me he abstenido
el ruido cesó. Luego volvió a oírse, más fuerte de buscar sus lecciones. Y, aunque don Juan
y más cerca. En ese instante se me ocurrió que no ha alterado su actitud de benefactor hacia
iban a repetirse los eventos de la noche ante- mí, creo en verdad haber sucumbido al primer
rior. En cuestión de segundos, mi miedo creció enemigo de un hombre de conocimiento.
fuera de toda proporción. El crujir en las ma-
tas se acercó más, y mi fuerza menguó. Que-
ría gritar o llorar, correr o desmayarme, Mis
rodillas se vencieron; caí por tierra, chillando. FIN
Ni siquiera pude cerrar los ojos. Después de
eso, sólo recuerdo que don Juan encendió una
hoguera y frotó los músculos agarrotados de
mis brazos y piernas. * * *
CARLOS CASTANEDA

UNA REALIDAD
APARTE
NUEVAS CONVERSACIONES CON DON JUAN

Mano Izquierda Editores


Carlos Castaneda.
Una Realidad Aparte. Nuevas conversaciones con don Juan.

Fotografía de Portada: Eberhard Grossgasteiger by Unsplash.

Edición bajo el cuidado de:


Mano Izquierda Editores.

Circa, 2019.
Lima, Perú.
UNA REALIDAD
APARTE
NUEVAS CONVERSACIONES CON DON JUAN

Bill me hizo seña de acercarme.


‑Es un buen tipo ‑me dijo‑. Pero no le entien-
INTRODUCCIÓN do. Su español es raro; ha de estar lleno de
coloquialismos rurales.
El anciano miró a Bill y sonrió. Y Bill, que
HACE diez años tuve la fortuna de conocer a apenas ha­bla unas cuantas palabras de espa-
don Juan Matus, un indio yaqui del noroeste ñol, armó una frase ab­surda en ese idioma.
de México. Entablé amistad con él bajo cir- Me miró como preguntando si se daba a en-
cunstancias en extremo fortuitas. Estaba yo tender, pero yo ignoraba lo que tenía en men-
sentado con Bill, un amigo mío, en la terminal te; sonrió con timidez y se alejó. El anciano
de autobuses de un pueblo fronterizo en Ari- me miró y empe­zó a reír. Le expliqué que mi
zona. Guardábamos silencio. Atardecía y el amigo olvidaba a veces que no sabía español.
calor del verano era insoportable. De pronto, ‑Creo que también olvidó presentarnos ‑aña-
Bill se inclinó y me tocó el hombro. dí, y le dije mi nombre.
‑Ahí está el sujeto del que te hablé ‑dijo en voz ‑Y yo soy Juan Matus, para servirle ‑contestó.
baja. Nos dimos la mano y quedamos un rato sin
Ladeó casualmente la cabeza señalando hacia hablar. Rompí el silencio y le hablé de mi em-
la entrada. Un anciano acababa de llegar. presa. Le dije que buscaba cualquier tipo de
‑¿Qué me dijiste de él? ‑pregunté. información sobre plantas, espe­cialmente so-
‑Es el indio que sabe del peyote, ¿Te acuer- bre el peyote. Hablé compulsivamente duran-
das? te un buen tiempo, y aunque mi ignorancia
Recordé que una vez Bill y yo habíamos an- del tema era casi total, le di a entender que
dado en coche todo el día, buscando la casa de sabía mucho acerca del peyote. Pensé que si
un indio mexicano muy “excéntrico” que vivía presumía de mi conocimiento el anciano se in-
en la zona. No la encontramos, y yo tuve la teresaría en conversar conmigo. Pero no dijo
sospecha de que los indios a quienes pedimos nada. Es­cuchó con paciencia. Luego asintió
direcciones nos habían desorientado a propó- despacio y me escudri­ñó. Sus ojos parecían
sito. Bill me dijo que el hombre era un “yer- brillar con luz propia. Esquivé su mirada. Me
bero” y que sabía mucho sobre el cacto alu- sentí apenado. Tuve en ese momento la cer-
cinógeno peyote. Dijo también que me sería teza de que él sabía que yo estaba diciendo
útil conocerlo. Bill era mi guía en el suroeste tonterías.
de los Estados Unidos, donde yo andaba reu- ‑Vaya usted un día a mi casa ‑dijo finalmente,
niendo información y especímenes de plantas apar­tando los ojos de mí‑. A lo mejor allí pode-
medicinales usadas por los indios de la zona. mos platicar más a gusto.
Bill se levantó y fue a saludar al hombre. El No supe qué más decir. Me sentía incómodo.
indio era de estatura mediana. Su cabello Tras un rato, Bill volvió a entrar en el recinto.
blanco y corto le tapaba un poco las orejas, Advirtió mi desa­zón y no pronunció una sola
acentuando la redondez del cráneo. Era muy palabra. Estuvimos un rato sentados en pro-
moreno: las hondas arrugas en su rostro le fundo silencio. Luego el anciano se levantó.
daban apa­riencia de viejo, pero su cuerpo pa- Su autobús había llegado. Dijo adiós.
recía fuerte y ágil. Lo observé un momento. Se ‑No te fue muy bien, ¿verdad? ‑preguntó Bill.
movía con una facilidad que yo habría creído ‑No.
imposible para un anciano. ‑¿Le preguntaste de las plantas?
‑Sí. Pero creo que metí la pata. tra diferencia inherente. Con anterioridad a
‑Te dije, es muy excéntrico. Los indios de por una de mis visitas, había es­tado sintiéndome
aquí lo conocen, pero jamás lo mencionan. Y muy desdichado a causa del curso total de mi
eso es por algo. vida y de cierto número de conflictos persona-
‑Pero dijo que yo podía ir a su casa. les apre­miantes. Al llegar a su casa me sentía
‑Te estaba tomando el pelo. Seguro, puedes ir melancólico y ner­vioso.
a su casa, pero eso qué. Nunca te dirá nada. Hablábamos de mi interés en su conocimien-
Si llegas a pre­guntarle algo, te tratará como to, pero, como de costumbre, íbamos por sen-
si fueras un idiota diciendo tonterías. das distintas. Yo me refería al conocimien-
Bill dijo convincentemente que ya había co- to académico que trasciende la experiencia,
nocido gente así, personas que daban la im- mientras él hablaba del conocimiento directo
presión de saber mucho. En su opinión tales del mundo.
personas no valían la pena, pues tarde o tem- ‑¿A poco crees que conoces el mundo que te
prano se podía obtener la misma información rodea? ‑preguntó.
de al­guien que no se hiciera el difícil. Dijo que ‑Conozco de todo ‑dije.
él no tenía pa­ciencia ni tiempo que gastar con ‑Quiero decir, ¿sientes el mundo que te rodea?
viejos farsantes, y que posiblemente el ancia- ‑Siento el mundo que me rodea tanto como
no sólo aparentaba ser conocedor de hierbas, puedo.
mientras que en realidad sabía tan poco como ‑Eso no basta. Debes sentirlo todo; de otra
cualquiera. manera el mundo pierde su sentido.
Bill siguió hablando, pero yo no escuchaba. Formulé el clásico argumento de que no era
Mi mente continuaba fija en el indio. El sabía necesario probar la sopa para conocer la re-
que yo había estado alardeando. Recordé sus ceta, ni recibir un choque eléctrico para saber
ojos. Habían brillado, literal­mente. de la electricidad.
Regresé a verlo unos meses más tarde, no tan- ‑Ya transformaste todo en una estupidez ‑dijo-
to como es­tudiante de antropología interesado . Ya veo que quieres agarrarte de tus razones
en plantas medicinales, sino como poseso de a pesar de que no te dan nada; quieres seguir
una curiosidad inexplicable. La forma en que siendo el mismo aún a costa de tu bienestar.
me había mirado fue un evento sin preceden- ‑No sé de qué habla usted.
tes en mi vida. Yo quería saber qué implicaba ‑Hablo del hecho de que no estás completo. No
aquella mirada. tienes paz.
Se me volvió casi una obsesión, y mientras La aserción me molestó. Me sentí ofendido.
más pensaba en ella más insólita parecía. Pensé que don Juan no estaba calificado en
Don Juan y yo nos hicimos amigos, y a lo lar- modo alguno para juzgar mis actos ni mi per-
go de un año le hice innumerables visitas. Su sonalidad.
actitud me daba mucha confianza y su senti- ‑Estás lleno de problemas ‑dijo‑. ¿Por qué?
do del humor me parecía excelente; pero so- ‑Sólo soy un hombre, don Juan ‑repuse mal-
bre todo sentía en sus actos una consistencia humorado.
calla­da, totalmente desconcertante para mí. Hice la afirmación en la misma vena en que
Experimentaba en su presencia un raro delei- mi padre solía hacerla. Cada vez que decía ser
te, y al mismo tiempo una de­sazón extraña. sólo un hombre, implicaba que era débil e in-
Su sola compañía me forzaba a efectuar una defenso y su frase, como la mía, rebosaba un
tremenda revaluación de mis modelos de con- esencial sentido de desesperanza.
ducta. Me habían educado, quizá como a todo Don Juan me escudriñó como el día en que
el mundo, para tener la disposición de aceptar nos cono­cimos.
al hombre como una criatura esencialmente ‑Piensas demasiado en ti mismo ‑dijo sonrien-
débil y falible. Lo que me impresionaba de do‑. Y eso te da una fatiga extraña que te hace
don Juan era el hecho de que no destacaba el cerrarte al mun­do que te rodea y agarrarte de
ser débil e indefenso, y el solo estar cerca de él tus razones. Por eso tienes solamente proble-
aseguraba una com­paración desfavorable en- mas. Yo también soy sólo un hombre, pero no
tre su forma de comportarse y la mía. Acaso lo digo como tú lo dices.
una de las aseveraciones más impresionantes ‑¿Cómo lo dice usted?
que le oí en aquella época se refería a nues- ‑Yo me he salido de todos mis problemas.
Qué lástima que mi vida sea tan corta y no tas como vehículos que conducían o guiaban
me permita aferrarme de todas las cosas que a un hom­bre a ciertas fuerzas o “poderes” im-
quisiera. Pero eso no es problema, ni punto de personales; y los estados que producían, como
discusión; es sólo una lástima. los “encuentros” que un brujo debía tener con
Me gustó el tono de sus frases. No había en él esos “poderes” para ganar control sobre ellos.
desespe­ración ni compasión por sí mismo. Llamaba al peyote “Mescalito” y lo descri-
En 1961, un año después de nuestro primer bía como maes­tro benévolo y protector de los
encuentro, don Juan me reveló que poseía un hombres. Mescalito enseña­ ba la “forma co-
conocimiento secreto de las plantas medicina- rrecta de vivir”. El peyote solía ingerirse en
les. Me dijo que era brujo. Desde ese punto, reuniones de brujos llamadas “mitotes”, don-
cambió la relación entre nosotros; me conver- de los partici­pantes se juntaban específica-
tí en su aprendiz y durante los cuatro años mente para buscar una lección sobre la forma
siguientes luchó por enseñarme los misterios correcta de vivir.
de la hechicería. He escrito sobre ese apren- Don Juan consideraba al toloache, y a los
dizaje en Las enseñanzas de don Juan: una hongos, pode­res de distinta clase. Los llama-
forma yaqui de conocimiento. ba “aliados” y decía que eran susceptibles a la
Nuestras conversaciones fueron todas en es- manipulación; de hecho, un brujo obtenía su
pañol, y gra­cias al magnífico dominio que don fuerza manipulando a un aliado. De los dos,
Juan poseía del idioma obtuve explicaciones don Juan prefería el hongo. Afirmaba que el
detalladas de los complejos significa­dos de su poder conte­nido en el hongo era su aliado per-
sistema de creencias. He llamado brujería a sonal, y lo llamaba “humo” o “humito”.
esa intrincada y sistemática estructura de co- El procedimiento de don Juan para utilizar
nocimiento, y brujo a don Juan, porque él mis- los hongos era dejarlos secar dentro de un pe-
mo empleaba tales categorías en la conversa- queño guaje, donde se pulverizaban. Mante-
ción informal. Sin embargo, en el contexto de nía cerrado el guaje durante un año, y luego
elucidaciones más serias, usaba los términos mezclaba el fino polvo con otras cinco plantas
“conocimien­to” para categorizar la brujería y se­cas y producía una mezcla para fumar en
“hombre de conoci­miento” o “el que sabe” para pipa.
categorizar al brujo. Para convertirse en hombre de conocimiento
Con el fin de enseñar y corroborar su cono- había que “encontrarse” con el aliado tantas
cimiento, don Juan usaba tres conocidas veces como fuera posi­ble; había que familia-
plantas sicotrópicas: peyote, Lophophora wi- rizarse con él. Esta premisa impli­caba, desde
lliamsii; toloache, Datura inoxia, y un hon­go luego, que uno debía fumar bastante a me-
perteneciente al género Psylocibe. A través nudo la mezcla alucinógena. Este proceso de
de la inges­tión por separado de cada uno de “fumar” consistía en ingerir el tenue polvo de
estos alucinógenos pro­dujo en mí, su apren- hongos, que no se incineraba, y en inhalar el
diz, unos estados peculiares de percep­ ción humo de las otras cinco plantas que compo­
distorsionada, o conciencia alterada, que he nían la mezcla. Don Juan explicaba los pro-
llamado “estados de realidad no ordinaria”. fundos efectos del humo sobre las capacidades
He usado la palabra “realidad” porque una de percepción diciendo que “el aliado se lleva-
premisa principal en el sistema de creencias ba el cuerpo de uno”.
de don Juan era que los estados de conciencia El método didáctico de don Juan requería un
producidos por la ingestión de cualquiera de esfuerzo extraordinario por parte del apren-
las tres plan­tas no eran alucinaciones, sino diz. De hecho, el grado de participación y com-
aspectos concretos, aunque no comunes, de la promiso necesario era tan extenuante que a
realidad de la vida cotidiana. Don Juan no se fines de 1965 tuve que abandonar el aprendi-
comportaba hacia tales estados de realidad no zaje. Puedo decir ahora, con la perspectiva de
ordi­naria “como si” fueran reales; los tomaba los cinco años transcurridos, que en ese tiem-
“como” reales. po las enseñanzas de don Juan habían empe-
Clasificar como alucinógenos las plantas cita- zado a representar una seria amenaza para
das, y como realidad no ordinaria los estados mi “idea del mundo”. Yo empezaba a perder
que producían, es, desde luego, un recurso la certeza, común a todos nosotros, de que la
mío. Don Juan entendía y explicaba las plan- realidad de la vida cotidiana es algo que pode-
mos dar por sentado. medio de un reportaje, el drama y la inmedia-
En la época de mi retirada, me hallaba con- cidad de la situación de campo. Cada sección
vencido de que mi decisión era terminante; no que he puesto como capítulo fue una sesión
quería volver a ver a don Juan. Sin embargo, con don Juan. Por regla general, él siempre
en abril de 1968 me facilitaron uno de los pri- concluía cada una de nuestras sesiones en
meros ejemplares de mi libro y me sentí com- una nota abrupta; así, el tono dra­mático del
pelido a enseñárselo. Fui a visitarlo. Nuestra final de cada capítulo no es un recurso litera­
liga de maestro‑aprendiz se restableció mis- rio de mi cosecha: era un recurso propio de
teriosamente, y puedo decir que en esa oca- la tradición oral de don Juan. Parecía ser un
sión inicié un segundo ciclo de apren­dizaje, recurso mnemotécnico que me ayudaba a re-
muy distinto del primero. Mi temor no fue tan tener la cualidad dramática y la importan­cia
agudo como lo había sido en el pasado. El am- de las lecciones.
biente total de las enseñanzas de don Juan Empero, son necesarias ciertas explicaciones
fue más relajado. Reía y también me hacía para dar co­herencia a mi reportaje, pues su
reír mucho. Parecía haber, por parte suya, un claridad depende de la elucidación de cier-
intento deliberado de minimizar la seriedad tos conceptos clave o unidades clave que de-
en general. Payaseó durante los momentos seo destacar. Esta elección de énfasis es con-
verdaderamente cruciales de este segundo ci- gruente con mi interés en la ciencia social. Es
clo, y así me ayudó a superar experiencias que perfectamente posible que otra persona, con
fácilmente habrían podido volverse obse­sivas. un conjunto diferente de metas y anticipacio-
Su premisa era la necesidad de una disposi- nes, resaltara conceptos enteramente distin-
ción ligera y tratable para soportar el impacto tos de los que yo he elegido.
y la extrañeza del cono­cimiento que me esta- Durante el segundo ciclo de aprendizaje, don
ba enseñando. Juan insistió en asegurarme que el uso de la
‑La razón por la que te asustaste y saliste mezcla de fumar era el requisito indispensa-
volado es porque te sientes más importante ble para “ver”. Por tanto, yo debía usarla con
de lo que crees ‑dijo, explicando mi retirada toda la frecuencia posible.
previa‑. Sentirse importante lo hace a uno ‑Sólo el humo te puede dar la velocidad nece-
pesado, rudo y vanidoso. Para ser hombre de saria para vislumbrar ese mundo fugaz ‑dijo.
conocimiento se necesita ser liviano y fluido. Con ayuda de la mezcla sicotrópica, produjo en
El interés particular de don Juan en el se- mí una serie de estados de realidad no ordina-
gundo ciclo de aprendizaje fue enseñarme a ria. La característica saliente de tales estados,
“ver”. Aparentemente, había en su sistema de en relación a lo que don Juan parecía estar
conocimiento la posibilidad de mar­car una di- haciendo, era una condición de “inaplicabili­
ferencia semántica entre “ver” y “mirar” como dad”. Lo que yo percibía en aquellos estados
dos modos distintos de percibir. “Mirar” se re- de conciencia alterada era incomprensible e
fería a la manera ordinaria en que estamos imposible de interpretar por medio de nues-
acostumbrados a percibir el mundo, mientras tra forma cotidiana de entender el mundo. En
que “ver” involucraba un proceso muy com- otras palabras, la condición de inaplicabilidad
plejo por virtud del cual un hombre de conoci- acarreaba la cesación de la pertinencia de mi
miento percibe supuestamente la “esencia” de visión del mundo.
las cosas del mundo. Don Juan usó esta condición de inaplicabili-
Con el fin de presentar en forma legible las dad de los estados de realidad no ordinaria
complicacio­ nes del proceso de aprendizaje para introducir una serie de nuevas “unida-
he condensado largos pa­sajes de preguntas y des de significado” preconcebidas. Las unida-
respuestas, reduciendo así mis notas de cam- des de significado eran todos los elementos
po originales. Creo, sin embargo, que en este individua­les pertinentes al conocimiento que
punto mi presentación no puede, en absoluto, don Juan se empeñaba en enseñarme. Las he
desvirtuar el signi­ficado de las enseñanzas de llamado unidades de significado por­que eran
don Juan. La reducción tuvo el propósito de el conglomerado básico de datos sensoriales,
hacer fluir mis notas, como fluye la conver­ y sus interpretaciones, sobre el cual se erigía
sación, para que tuvieran el impacto desea- un significado más complejo. Una de tales
do; es decir, yo quería comunicar al lector, por unidades era, por ejemplo, la forma en que se
entendía el efecto fisiológico de la mezcla sico­ que yo comparto con todo el mundo: la certe-
trópica. Esta producía un entumecimiento y za de que la perspectiva “de sentido común”
una pérdida de control motriz que en el sis- que tenemos del mundo es definitiva. A través
tema de don Juan se interpreta­ban como una del uso de plan­tas sicotrópicas, y de contactos
acción realizada por el humo, que en este caso bien dirigidos entre su sistema extraño y mi
era el aliado, con el fin de “llevarse el cuerpo persona, logró mostrarme que mi pers­pectiva
del practicante”. del mundo no puede ser definitiva porque sólo
Las unidades de significado se agrupaban es una interpretación.
en forma espe­cífica, y cada bloque así crea- Para el indio americano, acaso durante miles
do integraba lo que llamo una “interpretación de años, el vago fenómeno que llamamos bru-
sensible”. Obviamente, tiene que haber un jería ha sido una prác­tica, seria y auténtica,
número infinito de posibles interpretaciones comparable a la de nuestra ciencia. Nuestra
sensibles que son pertinentes a la brujería dificultad para comprenderla surge, sin duda,
y que un brujo debe aprender a realizar. En de las unidades de significado extrañas con
nuestra vida cotidiana, enfrentamos un nú- las cuales trata.
mero infinito de interpretaciones sensibles
pertinentes a ella. Un ejemplo sencillo podría
ser la interpretación, ya no deliberada, que Don Juan me dijo una vez que un hombre de
hacemos veintenas de veces cada día, de la es- conocimiento tiene predilecciones. Le pedí ex-
tructura que llamamos “cuarto”. Es obvio que plicar este enunciado.
hemos aprendido a interpretar en términos ‑Mi predilección es ver -dijo.
de cuarto la es­tructura que llamamos cuarto; ‑¿Qué quiere usted decir con eso?
así, cuarto es una interpreta­ción sensible por- ‑Me gusta ver -dijo‑ porque sólo viendo puede
que requiere que en el momento de hacerla un hombre de conocimiento saber.
tengamos conocimiento, en una u otra forma, ‑¿Qué clase de cosas ve usted.
de todos los elementos que entran en su com- ‑Todo.
posición. Un sistema de in­terpretación sensi- ‑Pero yo también veo todo y no soy un hombre
ble es, en otras palabras, el proceso por virtud de conocimiento.
del cual un practicante tiene conocimiento ‑No. Tú no ves.
de todas las unidades de significado necesa- ‑Por supuesto que sí,
rias para realizar asuncio­ nes, deducciones, ‑Te digo que no.
predicciones, etc., sobre todas las situa­ciones ‑¿Por qué dice usted eso, don Juan?
pertinentes a su actividad. ‑Tú solamente miras la superficie de las cosas.
Al decir “practicante” me refiero a un partici- ‑¿Quiere usted decir que todo hombre de cono-
pante que posee un conocimiento adecuado de cimiento ve a través de lo que mira?
todas, o casi todas, las unidades de significado ‑No. Eso no es lo que quiero decir. Dije que
implicadas en su sistema particular de inter- un hom­bre de conocimiento tiene sus propias
pretación sensible. Don Juan era un practi- predilecciones; la mía es sencillamente ver y
cante; esto es, era un brujo que conocía todos saber; otros hacen otras cosas.
los pasos de su brujería. ‑¿Qué otras cosas, por ejemplo?
Como practicante, intentaba abrirme acceso ‑Ahí tienes a Sacateca: es un hombre de cono-
a su sistema de interpretación sensible. Tal cimiento y su predilección es bailar. Así que él
accesibilidad, en este caso, equivalía a un pro- baila y sabe.
ceso de resocialización en el que se apren­dían ‑¿Es la predilección de un hombre de conoci-
nuevas maneras de interpretar datos percep- miento algo que él hace para saber?
tuales. ‑Sí, pues.
Yo era el “extraño”, el que carecía de la capaci- ‑¿Pero cómo podría el baile ayudar a Sacateca
dad de realizar interpretaciones inteligentes a saber?
y congruentes de las unidades de significado ‑Podríamos decir que Sacateca baila con todo
propias de la brujería. lo que tiene.
La tarea de don Juan, como practicante ocu- ‑¿Baila como yo bailo? Digo, ¿cómo se baila?
pado en hacer­me accesible su sistema, con- ‑Digamos que baila como yo veo y no como tú
sistía en descomponer una certeza particular bailas.
‑¿También ve como usted ve? No respondió. Parecía nervioso. Pese a su
‑Sí, pero también baila. gran compos­tura exterior, sentí que se halla-
‑¿Cómo baila Sacateca? ba disgustado.
‑Es difícil explicar eso. Es un baile muy es- ‑¿Te mandó Juan con algún recado?
pecial que usa cuando quiere saber. Pero lo ‑No. Vine yo solo.
único que te puedo decir es que, a menos que ‑¿Y para qué?
entiendas los modos del que sabe, es imposi- Su pregunta pareció traicionar su sorpresa
ble hablar de bailar o de ver. genuina.
‑¿Lo ha visto usted bailar? ‑Nada más quería hablar con usted ‑dijo, tra-
‑Sí. Pero no todo el que mira su baile puede tando de parecer lo más despreocupado po-
ver que ésa es su forma especial de saber. sible‑. Don Juan me ha contado cosas mara-
Yo conocía a Sacateca, o al menos sabía quién villosas de usted y me entró la curio­sidad y
era. Nos habían presentado y una vez le in- quería hacerle unas cuantas preguntas.
vité una cerveza. Se portó con mucha corte- Sacateca estaba de pie frente a mi. Su cuerpo
sía y me dijo que fuera a su casa con entera era delgado y fuerte. Llevaba camisa y pan-
libertad en cualquier momento que quisiese. talones caqui. Tenía los ojos entrecerrados;
Pensé largo tiempo en visitarlo, pero no se lo parecía adormilado o quizá borracho. Su boca
dije a don Juan. estaba entreabierta y el labio inferior colga-
La tarde del 14 de mayo de 1962, fui a casa de ba. Noté su respiración profunda; casi parecía
Sacateca; me había dado instrucciones para roncar. Se me ocurrió que Sacateca se hallaba
llegar y no tuve dificul­tad en hallarla. Estaba sin duda borracho sin medida. Pero esa idea
en una esquina y tenía una cerca en torno. La resultaba incongruente, porque apenas unos
verja estaba cerrada. Di la vuelta para ver si minu­tos antes, al salir de su casa, había es-
podía atisbar el interior de la casa. Parecía tado muy alerta y muy consciente de mi pre-
desierta. sencia.
‑Don Elías ‑llamé en voz alta. Las gallinas ‑¿De qué quieres hablar? ‑erijo por fin.
asustadas, se desparramaron por el patio ca- La voz sonaba cansada; era como si las pa-
careando con furia. Un pe­rrito se llegó a la labras reptaran una tras otra. Me sentí muy
cerca. Esperé que me ladrara; en vez de ello, incómodo. Era como si su fatiga fuese conta-
se sentó a mirarme. Grité de nuevo y las galli- giosa y me jalara.
nas estallaron otra vez en cacareos. ‑De nada en particular ‑respondí‑, Nada más
Una vieja salió de la casa. Le pedí llamar a vine a que platicáramos como amigos. Usted
don Elías. me invitó una vez a venir a su casa.
‑No está ‑dijo. ‑Pues sí, pero esto no es lo mismo.
‑¿Dónde puedo hallarlo? ‑¿Por qué no es lo mismo?
‑Está en el campo. ‑¿Qué no hablas con Juan?
‑¿En qué parte del campo? ‑Sí.
‑No sé. Ven más tarde. El regresa como a las ‑¿Entonces para qué quieres hablar conmigo?
cinco. ‑Pensé que quizá podría hacerle unas pregun-
‑¿Es usted la mujer de don Elías? tas . . .
‑Sí, soy su mujer ‑dijo y sonrió. ‑Pregúntale a Juan, ¿Qué no te está enseñan-
Traté de hacerle preguntas sobre Sacateca, do?
pero se excu­só y dijo que no hablaba bien el ‑Sí, pero de todos modos me gustaría pregun-
español. Subí en mi coche y me alejé. tarle a usted acerca de lo que don Juan me
Volví a la casa a eso de las seis. Me estacioné enseña, y tener su opinión. Así podré saber a
ante la verja y grité el nombre de Sacateca. qué atenerme.
Esta vez salió él de la casa. Encendí mi graba- ‑¿Para qué andas con esas cosas? ¿No te con-
dora, que en su estuche de cuero café parecía fías en Juan?
una cámara colgada de mi hombro. Sacateca ‑Sí.
pareció reconocerme. ‑¿Entonces por qué no le preguntas a él todo
‑Ah, eras tú ‑dijo sonriendo‑. ¿Cómo está lo que quieres saber?
Juan? ‑Sí le pregunto. Y me dice todo. Pero si us-
‑Muy bien. ¿Pero cómo está usted, don Elías? ted también pudiera hablarme de lo que don
Juan me enseña, tal vez yo entendería mejor. rió a carcajadas.
‑Juan puede decirte todo. El es el único que ‑¿Qué es lo que realmente pasó? ‑pregunté.
puede. ¿No entiendes eso? ‑¡Sacateca bailó! ‑dijo don Juan ‑. Te vio, y
‑Sí, pero es que me gusta hablar con gente des­pués bailó.
como usted, don Elías. No todos los días en- ‑¿Qué me hizo? Me sentí muy frío y mareado.
cuentra uno a un hombre de conocimiento. ‑Parece que no le caíste bien, y te paró tirán-
‑Juan es un hombre de conocimiento. dote una palabra.
‑Lo sé. ‑¿Cómo pudo hacer eso? -exclamé, incrédulo.
‑¿Entonces por qué me estás hablando a mí? ‑Muy sencillo; te paró con su voluntad.
‑Ya le dije que vine a que habláramos como ‑¿Cómo dijo usted?
amigos. ‑¡Te paró con su voluntad!
‑No, no es cierto. Tú te traes otra cosa. La explicación no bastaba. Sus afirmaciones
Quise explicarme y no pude sino mascullar me sonaban a jerigonza. Traté de sacarle más,
incoherencias. Sacateca no dijo nada. Pare- pero no pudo explicar el evento de manera sa-
cía escuchar con atención. Te­ nía de nuevo tisfactoria para mi.
los ojos entrecerrados, pero sentí que me es- Obviamente, dicho evento, o cualquier even-
cudriñaba. Asintió casi imperceptiblemente. to que ocu­rriese dentro de este ajeno sistema
Sus párpados se abrieron de pronto, y vi sus de sentido común, sólo podía ser explicado o
ojos. Parecía mirar más allá de mi. Golpeó comprendido en términos de las uni­dades de
despreocupadamente el suelo con la punta de significado propias de tal sistema. Esta obra
su pie derecho, justo atrás de su talón izquier- es, por lo tanto, un reportaje, y debe leerse
do. Tenía las piernas levemente arqueadas, como reportaje. El sistema en aprendizaje me
los brazos inertes contra los costados. Luego era incomprensible; así que la pretensión de
alzó el brazo derecho; la mano estaba abierta hacer algo más que reportar sobre él sería
con la palma perpendicular al suelo; los dedos engañosa e impertinente. En este aspecto, he
extendidos señalaban en mi dirección. Dejó adoptado el método fenomenológico y luchado
oscilar la mano un par de veces antes de po- por encarar la brujería exclusivamente como
nerla al nivel de mi rostro. La mantuvo en esa fenómenos que me fueron presenta­ dos. Yo,
posición durante un instante y me dijo unas como perceptor, registré lo que percibí, y en el
cuantas palabras. Su voz era muy clara, pero momento de registrarlo me propuse suspen-
las pa­labras se arrastraban. der todo juicio.
Tras un momento dejó caer la mano a su cos-
tado y permaneció inmóvil, adoptando una
posición extraña. Esta­ba parado en los dedos
de su pie izquierdo. Con la punta del pie de-
recho, cruzado tras el talón del izquierdo, gol­
peaba el suelo suave y rítmicamente.
Experimenté una aprensión sin motivo, una
especie de inquietud. Mis ideas parecían di-
sociadas. Pensaba yo en co­sas sin conexión ni
sentido que nada tenían que ver con lo que
ocurría. Advertí mi incomodidad y traté de
encau­zar nuevamente mis pensamientos ha-
cia la situación in­mediata, pero no pude a pe-
sar de una gran pugna. Era como si alguna
fuerza me evitara concentrarme o pensar co-
sas que vinieran al caso.
Sacateca no había pronunciado palabra y yo
no sabía qué más decir o hacer. En forma to-
talmente automática, di la media vuelta y me
marché.
Más tarde me sentí empujado a narrar a don
Juan mi encuentro con Sacateca. Don Juan
presenciado pocos días antes.
Mientras viajaba a verlo, mi carro se descom-
PRIMERA PARTE puso en las afueras de una ciudad y tuve que
LOS PRELIMINARES DE “VER” quedarme en ella tres días, mientras lo re-
paraban. Había un motel enfrente del taller
mecánico, pero las afueras de las poblaciones
siem­pre me deprimen, así que me alojé en un
I moderno hotel de ocho pisos en el centro de la
ciudad.
El botones me dijo que el hotel tenía restau-
2 de abril, 1968 rante, y cuan­ do bajé a comer descubrí que
había mesas en la acera. Era un arreglo bas-
DON JUAN me miró un momento y no pare- tante bonito, en la esquina de la calle, a la
ció en absoluto sorprendido de verme, aunque sombra de unos arcos bajos de ladrillo, de lí-
habían pasado más de dos años desde mi úl- neas modernas. Hacía fresco afuera y había
tima visita. Me puso la mano en el hom­bro y mesas desocupadas, pero preferí sentarme en
sonriendo con suavidad dijo que me veía dis- el interior mal ventilado. Había advertido, al
tinto, que me estaba poniendo gordo y blando. entrar, un grupo de niños limpiabotas senta­
Yo le había llevado un ejemplar de mi libro. dos en la acera frente al restaurante, y estaba
Sin nin­gún preámbulo, lo saqué de mi porta- seguro de que me acosarían si tomaba una de
folio y se lo di. las mesas exteriores.
‑Es un libro sobre usted, don Juan ‑dije. Desde donde me hallaba sentado, podía ver al
El lo tomó y lo hojeó rápidamente como si grupo de muchachos a través del aparador. Un
fuera un mazo de cartas. Le gustaron el color par de jóvenes toma­ron una mesa y los niños
verde del forro y el tamaño del libro. Sintió se congregaron alrededor de ellos, ofreciendo
la cubierta con la palma de las manos, le dio lustrarles los zapatos. Los jóvenes rehusa­ron
vuelta un par de veces y luego me lo devol­vió. y quedé asombrado al ver que los muchachos
Sentí una oleada de orgullo. no in­sistían y regresaban a sentarse en la ace-
‑Quiero que usted lo guarde ‑dije. ra. Después de un rato, tres hombres en traje
Don Juan meneó la cabeza con una risa silen- de calle se levantaron y se fue­ron, y los mu-
ciosa. chachos corrieron a su mesa y empezaron a
‑Mejor no ‑dijo, y luego añadió con ancha son- comer las sobras: en cuestión de segundos los
risa‑: Ya sabes lo que hacemos con el papel en platos se ha­llaron limpios. Lo mismo ocurrió
México. con las sobras de todas las demás mesas.
Reí. Su toque de ironía me pareció hermoso. Advertí que los niños eran muy ordenados; si
Estábamos sentados en una banca en el par- derrama­ban agua la limpiaban con sus pro-
que de un pueblito en el área montañosa de pios trapos de lustrar. También advertí lo mi-
México central. Yo no había tenido absoluta- nucioso de sus procedimientos devo­ radores.
mente ninguna manera de informarle sobre Se comían incluso los cubos de hielo restantes
mi intención de visitarlo, pero me había senti- en los vasos de agua y las rebanadas de limón
do se­guro de que lo hallaría, y así fue. Esperé para el té, con todo y cáscara. No desperdicia-
sólo un corto tiempo en ese pueblo antes de ban absolutamente nada.
que don Juan bajara de las montañas; lo ha- Durante el tiempo que permanecí en el hotel,
llé en el mercado, en el puesto de una de sus descubrí que había un acuerdo entre los niños
amistades. y el administrador del restaurante; a los mu-
Don Juan me dijo, como si nada, que había chachos se les permitía rondar el local para
llegado yo justo a tiempo para llevarlo de re- ganar algún dinero con los clientes, y asimis-
greso a Sonora, y nos sentamos en el parque mo comer las sobras, siempre y cuando no
a esperar a un amigo suyo, un indio mazateco molestaran a nadie ni rompieran nada. Había
con quien vivía. once niños en total, y sus edades iban de los
Esperamos unas tres horas. Hablamos de di- cinco a los doce años; sin embargo, al mayor
versas cosas sin importancia, y hacia el final se le mantenía a distancia del resto del grupo.
del día, exactamente antes de que llegara su Lo discri­ minaban deliberadamente, mofán-
amigo, le relaté algunos eventos que yo había
dose de él con una cantine­la de que ya tenía tus oportunidades ayudarte a ser hombre de
vello púbico y era demasiado viejo para andar conocimiento?
entre ellos. ‑¡No! ‑dije enfáticamente.
Después de tres días de verlos lanzarse como ‑¿Entonces cómo pudiste tener lástima de esos
buitres sobre las más escasas sobras, me de- niños? ‑dijo con seriedad‑. Cualquiera de ellos
primí verdaderamente, y salí de aquella ciu- podría llegar a ser un hombre de conocimien-
dad sintiendo que no había esperanza para to. Todos los hombres de co­nocimiento que yo
aquellos niños cuyo mundo ya estaba moldea- conozco fueron muchachos como ésos que vis-
do por su diaria pugna por migajas. te comiendo sobras y lamiendo las mesas.
‑¿Les tienes lástima? ‑exclamó don Juan en El argumento de don Juan me produjo una
tono in­terrogante. sensación incómoda. Yo no había tenido lásti-
‑Claro que sí ‑dije. ma de aquellos niños subprivilegiados porque
‑¿Por qué? no tuvieran suficiente de comer, sino porque
‑Porque me preocupa el bienestar de mis se- en mis términos su mundo ya los había con­
mejantes. Esos son niños y su mundo es feo y denado a la insuficiencia intelectual. Y sin
vulgar. embargo, en los términos de don Juan, cual-
‑¡Espera! ¡Espera! ¿Cómo puedes decir que su quiera de ellos podía lograr lo que yo consi-
mundo es feo y vulgar? -dijo don Juan, reme- deraba el pináculo de la hazaña intelectual
dándome con bur­la‑. A lo mejor crees que tú humana: la meta de convertirse en hombre de
estás mejor, ¿no? conocimien­to. Mi razón para compadecerlos
Dije que eso creía, y me preguntó por qué, y era incongruente. Don Juan me había atrapa-
le dije que, en comparación con el mundo de do en forma impecable.
aquellos niños, él mío era infinitamente más ‑Quizá tenga usted razón ‑dije‑. ¿Pero cómo
variado, más rico en experiencias y en opor- evitar el deseo, el genuino deseo de ayudar a
tunidades para la satisfacción y el desarrollo nuestros semejantes?
perso­nal. La risa de don Juan fue amistosa ‑¿Cómo crees que podamos ayudarlos?
y sincera. Dijo que yo no me fijaba en lo que ‑Aliviando su carga. Lo menos que uno puede
decía, que no tenía manera al­guna de saber hacer por sus semejantes es tratar de cam-
qué riqueza ni qué oportunidades había en el biarlos. Usted mismo se ocupa de eso. ¿O no?
mundo de esos niños. ‑No. No sé qué cosa cambiar ni por qué cam-
Pensé que don Juan se estaba poniendo terco. biar cual­quier cosa en mis semejantes.
Creía realmente que sólo me contradecía por ‑¿Y yo, don Juan? ¿No me estaba usted ense-
molestarme. Me parecía sinceramente que ñando para que pudiera cambiar?
aquellos niños no tenían la menor oportuni- ‑No, no estoy tratando de cambiarte. Puede
dad de ningún desarrollo intelectual. suceder que un día llegues a ser un hombre de
Discutí mi punto de vista un rato más, y luego conocimiento, no hay manera de saberlo, pero
don Juan me preguntó abruptamente: eso no te cambiará. Tal vez algún día puedas
‑¿No me dijiste una vez que, en tu opinión, lo ver a los hombres de otro modo, y enton­ces te
más grande que alguien podía lograr era lle- darás cuenta de que no hay manera de cam-
gar a ser hombre de conocimiento? biarles nada.
Lo había dicho, y repetí de nuevo que, en mi ‑¿Cuál es ese otro modo de ver a los hombres,
opinión, convertirse en hombre de conoci- don Juan?
miento era uno de los mayo­res triunfos inte- ‑Los hombres se ven distintos cuando uno
lectuales. ve. El humi­to te ayudará a ver a los hombres
‑¿Crees que tu riquísimo mundo podría ayu- como fibras de luz.
darte a llegar a ser un hombre de conocimien- ‑¿Fibras de luz?
to? ‑preguntó don Juan con leve sarcasmo. ‑Sí. Fibras, como telarañas blancas. Hebras
No respondí, y él entonces formuló la misma muy finas que circulan de la cabeza al ombli-
pregunta en otras palabras, algo que yo siem- go. De ese modo, un hombre se ve como un
pre le hago cuando creo que no entiende. huevo de fibras que circulan. Y sus brazos y
‑En otras palabras ‑dijo, sonriendo con fran- piernas son como cerdas luminosas que bro-
queza, obviamente al tanto de que yo tenía tan para todos lados.
conciencia de su ar­did‑, ¿pueden tu libertad y ‑¿Se ven así todos?
‑Todos. Además, cada hombre está en contac- viaje para ver a don Juan. La temperatura en
to con todo lo que lo rodea, pero no a través el desierto andaba por los cuarenta grados y
de sus manos, sino a través de un montón de era casi insoportable. El calor dismi­nuyó al
fibras largas que salen del centro de su abdo- caer la tarde, y al anochecer, cuando llegué a
men. Esas fibras juntan a un hombre con lo casa de don Juan, había una brisa fresca. No
que lo rodea: conservan su equilibrio; le dan me hallaba muy cansado, de manera que es-
estabilidad. De modo que, como quizá veas al- tuvimos conversando en su cuar­to. Me sentía
gún día, un hombre es un huevo luminoso ya cómodo y reposado, y hablamos durante ho-
sea un limosnero o un rey, y no hay manera ras. No fue una conversación que me hubiera
de cambiar nada; o mejor dicho, ¿qué podría gustado registrar; yo no estaba en realidad
cam­biarse en ese huevo luminoso? ¿Qué? tratando de dar mucho sentido a mis palabras
ni de extraer mucho significado; hablamos del
tiempo, de las cosechas, del nieto de don Juan,
II de los yaquis, del gobierno mexicano. Dije a
don Juan cuánto disfrutaba la exquisita sen-
Mi visita a don Juan inició un nuevo ciclo. No sación de hablar en la oscuridad. Contestó que
tuve difi­cultad alguna en recuperar mi viejo mi gusto estaba de acuerdo con mi naturaleza
hábito de disfrutar su sentido del drama y su parlanchina; que me resultaba fácil dis­frutar
humor y su paciencia conmigo. Sen­tí clara- la charla en la oscuridad porque hablar era
mente que tenía que visitarlo más a menudo. lo único que yo podía hacer en ese momento,
No ver a don Juan era en verdad una gran allí sentado. Argu­menté que era algo más que
pérdida para mí; además, yo tenía algo de el simple hecho de hablar lo que me gustaba.
particular interés que deseaba discutir con él. Dije que saboreaba la tibieza calmante de la
Después de terminar el libro sobre sus ense- oscuridad en torno. El me preguntó qué hacía
ñanzas, empe­ cé a reexaminar las notas de yo en mi casa cuando oscurecía. Respondí que
campo no utilizadas. Había descartado una invariablemente encen­día las luces, o salía a
gran cantidad de datos porque mi énfasis se la calle hasta la hora de dormir.
hallaba en los estados de realidad no ordina- ‑¡Ah! ‑dijo, incrédulo‑. Creía que habías apren-
ria. Repa­sando mis notas, había llegado a la dido a usar la oscuridad.
conclusión de que un brujo hábil podía produ- ‑¿Para qué puede usarse? ‑pregunté.
cir en su aprendiz la más especializada gama Dijo que la oscuridad ‑y la llamó “la oscuridad
de percepción simplemente con “manipular del día”‑ era la mejor hora para “ver”. Recal-
indicaciones sociales”. Todo mi argumento có la palabra “ver” con una inflexión peculiar.
sobre la natu­raleza de estos procedimientos Quise saber a qué se refería, pero dijo que ya
manipulatorios descansaba en la asunción era tarde para ocuparnos de eso.
de que se necesitaba un guía para producir
la gama de percepción requerida. Tomé como 22 de mayo, 1968
caso especí­fico de prueba las reuniones de pe-
yote de los brujos. Sostu­ve que, en los mitotes, Apenas desperté en la mañana, y sin ningu-
los brujos llegaban a un acuerdo sobre la na- na clase de preliminares, dije a don Juan que
turaleza de la realidad sin ningún intercam- había construido un siste­ma para explicar lo
bio abierto de palabras o señales, y mi conclu- que ocurría en un mitote. Saqué mis notas y
sión fue que los participantes empleaban una le leí lo que había hecho. Escuchó con pacien-
clave muy refinada para alcan­zar tal acuerdo. cia mientras yo luchaba por aclarar mis es-
Había construido un complejo sistema para quemas.
explicar el código y los procedimientos, de Dije que, según creía, un guía encubierto era
modo que re­gresé a ver a don Juan para pe- necesario para marcar la pauta a los parti-
dirle su opinión personal y su consejo acerca cipantes de modo que pu­diera llegarse a al-
de mi trabajo. gún acuerdo pertinente. Señalé que la gente
asiste a un mitote en busca de la presencia
21 de mayo, 1968 de Mescali­to y de sus lecciones sobre la forma
correcta de vivir, y que tales personas jamás
No pasó nada fuera de lo común durante mi cruzan entre sí una sola palabra o señal, pero
concuerdan acerca de la presencia de Mesca­ Sentí que me tendía una trampa. Sin decir
lito y de su lección específica. Al menos, eso era nada, guardé mis notas. Don Juan no insistió.
lo que supuestamente habían hecho en los mi- Un rato después me pidió llevarlo a casa de
totes donde yo estu­ve: concordar en que Mes- un amigo. Pasamos allí la mayor parte del
calito se les había aparecido in­dividualmente día. Durante el curso de una conversación, su
para darles una lección. En mi experiencia amigo John me preguntó qué había sido de mi
personal, descubrí que la forma de la visita interés en el peyote. John había dado los bo­
individual de Mescalito y su consiguiente lec- tones de peyote para mi primera experiencia,
ción eran notoriamente ho­mogéneas, si bien casi ocho años antes. No supe qué decirle. Don
su contenido variaba de persona a perso­na. Juan salió en mi ayuda y dijo a John que yo
No podía explicar esta homogeneidad sino iba muy bien.
como resul­tado de un sutil y complejo sistema De regreso a casa de don Juan, me sentí obli-
de señas. gado a comentar la pregunta de John y dije,
Me llevó casi dos horas leer y explicar a don entre otras cosas, que no tenía intenciones de
Juan el sistema que había construido. Termi- aprender más sobre el peyote, porque eso re-
né con la súplica de que me dijese, en sus pro- quería un tipo de valor que yo no tenía, y que
pias palabras, cuáles eran los proce­dimientos al declarar mi renuncia había hablado en se-
exactos para llegar a tal acuerdo. rio. Don Juan sonrió y no dijo nada. Yo seguí
Cuando hube acabado, don Juan frunció el hablando hasta que llegamos a su casa.
entrecejo. Pensé que mi explicación le había Nos sentamos en el espacio despejado frente a
resultado un reto; parecía hallarse sumido en la puerta. Era un día cálido y sin nubes, pero
honda deliberación. en el atardecer había suficiente brisa para ha-
Tras un silencio que consideré razonable le cerlo agradable.
pregunté qué pensaba de mi idea. ‑¿Para qué le das tan duro? ‑dijo de pronto
La pregunta hizo que su ceño se transformara don Juan‑. ¿Cuántos años llevas diciendo que
de pronto en sonrisa y luego en carcajadas. ya no quieres aprender?
Traté de reír también y, nervioso, le pregunté ‑Tres.
qué cosa tenía tanta gracia. ‑¿Y por qué tanta vehemencia?
‑¡Estás más loco que una cabra! ‑exclamó‑. ‑Siente que lo estoy traicionando a usted, don
¿Por qué iba alguien a molestarse en hacer Juan. Creo que ese es el motivo de que siem-
señas en un momento tan importante como pre hable de eso.
un mitote? ¿Crees que uno puede jugar con ‑No me estás traicionando.
Mescalito? ‑Le fallé. Me corrí. Me siento derrotado.
Por un instante pensé que trataba de evadir- ‑Haces lo que puedes. Además, todavía no es-
se; no estaba respondiendo realmente mi pre- tás de­rrotado. Lo que tengo que enseñarte es
gunta. muy difícil. A mí, por ejemplo, me resultó qui-
‑¿Por qué habría uno de hacer señas? ‑inqui- zá más duro que a ti.
rió don Juan tercamente‑. Tú has estado en ‑Pero usted siguió adelante, don Juan. Mi
mitotes. Deberías de saber que nadie te dijo caso es distinto. Yo dejé todo, y no he venido
cómo sentirte ni qué hacer; nadie sino el mis- a verlo por deseos de aprender, sino a pedirle
mo Mescalito. que me aclarara un punto en mi trabajo.
Insistí que tal explicación no era posible y le Don Juan me miró un momento y luego apar-
rogué de nuevo que me dijera cómo se llegaba tó los ojos.
al acuerdo. ‑Deberías dejar que el humo te guiara otra
‑Sé por qué viniste ‑dijo don Juan en tono vez ‑dijo con energía.
misterio­so‑. No puedo ayudarte en tu labor ‑No, don Juan. No puedo volver a usar su
porque no hay sis­tema de señales. humo. Creo que ya me agoté.
‑¿Pero cómo pueden todas esas personas estar ‑Ni siquiera has comenzado.
de acuer­do sobre la presencia de Mescalito? ‑Tengo demasiado miedo.
‑Están de acuerdo porque ven ‑dijo don Juan -Conque tienes miedo. No hay nada de nue-
con dramatismo, y luego añadió en tono ca- vo en tener miedo. No pienses en tu miedo.
sual‑: ¿Por qué no asistes a otro mitote y ves ¡Piensa en las maravillas de ver!
por ti mismo? ‑Quisiera sinceramente poder pensar en esas
maravillas, pero no puedo. Cuando pienso en ocurrido años atrás, pero en mi mente se ha-
su humo siento que una especie de oscuridad llaba tan vívido como si acabara de suceder.
me cae encima. Es como si ya no hubiera gen- A través de manipulaciones muy hábiles, don
te en el mundo, nadie con quien contar. Su Juan me había forzado a una confrontación
humo me ha enseñado soledad sin fin, don directa y aterradora con una mujer que tenía
Juan. fama de bruja. El choque pro­dujo una profun-
‑Eso no es cierto. Aquí estoy yo, por ejemplo. da animosidad por parte de ella. Don Juan
El humo es mi aliado y yo no siento esa sole- explotó mi temor a la mujer como estímulo
dad. para continuar el aprendizaje, aduciendo que
‑Pero usted es distinto; usted conquistó su me era necesario saber más de brujería para
miedo. protegerme contra ataques mágicos. Los re-
Don Juan me dio suaves palmadas en el hom- sultados finales de su treta fueron tan convin-
bro. centes que sentí sinceramente no tener más
‑Tú no tienes miedo ‑dijo con dulzura. En su recurso que el de aprender todo lo posible, si
voz había una extraña acusación. deseaba seguir con vida.
‑¿Estoy mintiendo acerca de mi miedo, don ‑Si está usted planeando darme otro susto con
Juan? esa mu­jer, simplemente no vuelvo más por
‑No me interesan las mentiras ‑dijo, severo‑. aquí ‑dije.
Me interesa otra cosa. La razón de que no La risa de don Juan fue muy alegre.
quieras aprender no es que tengas miedo. Es ‑No te apures ‑dijo, confortante‑. Las tretas
otra cosa. de mie­do ya no sirven para ti. Ya no tienes
Lo insté con vehemencia a decirme qué cosa miedo. Pero de ser necesario, se te puede ha-
era. Se lo supliqué, pero él no dijo nada; sólo cer una artimaña dondequiera que estés; no
meneó la cabeza como negándose a creer que tienes que andar por aquí.
yo no lo supiera. Puso los brazos tras la cabeza y se acostó a
Le dije que tal vez la inercia era lo que me im- dormir. Tra­bajé en mis notas hasta que des-
pedía aprender. Quiso saber el significado de pertó, un par de horas después; ya estaba casi
la palabra “iner­cia”. Leí en mi diccionario: “La oscuro. Al advertir que yo escri­bía, se irguió
tendencia de los cuerpos en reposo a permane- y, sonriendo, preguntó si me había escrito la
cer en reposo, o de los cuerpos en mo­vimiento solución de mi problema.
a seguir moviéndose en la misma dirección,
mien­tras no sean afectados por alguna fuerza 23 de mayo, 1968
exterior.”
‑”Mientras no sean afectados por alguna fuer- Hablábamos de Oaxaca. Dije a don Juan que
za exterior” ‑repitió‑. Esa es la mejor palabra una vez yo había llegado a la ciudad en día de
que has hallado. Ya te lo he dicho, sólo a un mercado, cuando veinte­nas de indios de toda
chiflado se le ocurriría em­prender por cuenta la zona se congregan allí para vender comida
propia la tarea de hacerse hombre de conoci- y toda clase de chucherías. Mencioné que me
miento. A un cuerdo hay que hacerle una ar- había interesado particularmente un vende-
timaña para que la emprenda. dor de plantas medi­cinales. Llevaba un estu-
‑Estoy seguro de que habrá montones de gen- che de madera y en él varios fras­quitos con
te que emprenderían con gusto la tarea ‑dije. plantas secas deshebradas; se hallaba de pie
‑Sí, pero ésos no cuentan. Casi siempre están a media calle con un frasco en la mano, gri-
rajados. Son como guajes que por fuera se ven tando una canti­nela muy peculiar.
buenos, pero gotean al momento que uno les ‑Aquí traigo ‑decía‑ para las pulgas, los mos-
pone presión, al momento que uno los llena de quitos, los piojos, y las cucarachas.
agua. Ya una vez tuve que hacerte una treta “También para los puercos, los caballos, los
para que aprendieras, igual que mi benefac- chivos y las vacas.
tor me lo hizo a mi. De otro modo, no habrías “Aquí tengo para todas las enfermedades del
aprendido tanto como aprendiste. A lo mejor hombre.
es hora de ponerte otra trampa. “Las paperas, las viruelas, el reumatismo y
La trampa a la que se refería fue uno de los la gota.
puntos cru­ ciales en mi aprendizaje. Había “Aquí traigo para el corazón, el hígado, el es-
tómago y el riñón. detuvo y preguntó si necesitaba ayuda. Le dije
“Acérquense, damas y caballeros. que todo estaba en orden y se alejó. Fui a re-
“Aquí traigo para las pulgas, los mosquitos, gar la planta y luego eché a andar nuevamen-
los piojos, y las cucarachas”. te hacia el auto. Unos treinta metros antes
Lo escuché largo rato. Su formato consistía de llegar, oí voces. Des­cendí apresurado una
en enumerar una larga lista de enfermedades cuesta, hasta la carretera, y hallé tres perso-
humanas para las que afirmaba traer cura; el nas junto al coche: dos hombres y una mujer.
recurso que usaba para dar ritmo a su can- Uno de los hombres había tomado asiento en
tinela era hacer una pausa tras nombrar un el parachoques delantero. Tendría alrededor
grupo de cuatro. de treinta y cinco años; esta­ tura mediana;
Don Juan dijo que él también solía vender cabello negro rizado. Cargaba un bulto a la
hierbas en el mercado de Oaxaca cuando era espalda y vestía pantalones viejos y una ca-
joven. Dijo que aún recordaba su pregón y me misa rosácea descosida. Sus zapatos estaban
lo gritó. Dijo que él y su amigo Vicente solían desatados y eran quizá dema­ siado grandes
preparar pociones. para sus pies; parecían flojos e incómodos. El
‑Esas pociones eran buenas de verdad ‑dijo hombre sudaba profusamente.
don Juan‑. Mi amigo Vicente hacía magníficos El otro hombre estaba de pie a unos cinco me-
extractos de plantas. tros del auto. Era de huesos pequeños, más
Dije a don Juan que, durante uno de mis via- bajo que el primero; tenía el pelo lacio, peina-
jes a Méxi­co, había conocido a su amigo Vi- do hacia atrás. Portaba un bulto más pequeño
cente. Don Juan pareció sorprenderse y quiso y era mayor, acaso cincuentón. Su ropa se en-
saber más al respecto. contraba en mejores condiciones. Vestía una
Aquella vez, iba yo atravesando Durango y chaqueta azul oscuro, pantalones azul claro y
recordé que en cierta ocasión don Juan me zapatos negros. No su­daba en absoluto y pa-
había recomendado visitar a su amigo, que vi- recía ajeno, desinteresado.
vía allí. Lo busqué y lo encontré, y hablamos La mujer representaba también unos cuaren-
un rato. Al despedirnos, me dio un costal con ta y tantos años. Era gorda y muy morena.
algunas plantas y una serie de instrucciones Vestía capris negros, suéter blanco y zapatos
para replan­tar una de ellas. negros puntiagudos. No llevaba ningún bulto,
Me detuve de camino a la ciudad de Aguasca- pero sostenía un radio portátil de transisto-
lientes. Me cercioré de que no hubiera gente res. Se veía muy cansada; perlas de sudor cu-
cerca. Durante unos diez minutos, al menos, brían su rostro.
había ido observando la carretera y las áreas Cuando me acerqué, la mujer y el hombre más
circundantes. No se veía ninguna casa, ni joven me acosaron. Querían ir conmigo en el
ga­nado pastando a los lados del camino. Me auto. Les dije que no tenía espacio. Les mos-
detuve en lo alto de una loma; desde allí po- tré que el asiento de atrás iba lleno de carga
día ver la pista frente a mí y a mis espaldas. y que en realidad no quedaba lugar. El hom-
Se hallaba desierta en ambas direcciones, en bre sugirió que, si manejaba yo despacio, ellos
toda la distancia que yo alcanzaba a percibir. podían ir trepados en el parachoques trasero,
Dejé pasar unos minutos para orientarme y o acostados en el guardafango delantero. La
para recordar las instruc­ciones de don Vicen- idea me pareció ridícula. Pero había tal ur-
te. Tomé una de las plantas, me aden­tré en un gencia en la súplica que me sentí muy triste e
campo de cactos al lado este del camino, y la incómodo. Les di algo de dinero para su pasa-
planté como don Vicente me había indicado. je de autobús.
Llevaba con­migo una botella de agua mine- El hombre más joven tomó los billetes y me
ral con la que planeaba rociar la planta, Traté dio las gra­cias, pero el mayor volvió desdeño-
de abrirla golpeando la tapa con la pequeña so la espalda.
barra de hierro que había usado para cavar, ‑Quiero transporte ‑dijo‑. No me interesa el
pero la botella estalló y una esquirla de vidrio dinero.
hirió mi labio superior y lo hizo sangrar. Luego se volvió hacia mí.
Regresé a mi coche por otra botella de agua ‑¿No puede darnos algo de comida o de agua?
mineral. Cuando la sacaba de la cajuela, un ‑pre­guntó.
hombre que conducía una camioneta VW se Yo en verdad no tenía nada que darles. Se
quedaron allí de pie un momento, mirándo- to ‑dijo en tono vibrante hacia el final de nues-
me, y luego empezaron a alejarse. tra conversación‑. Yo sólo me he ocupado a la
Subí en el coche y traté de encender el motor. ligera de los poderes de las plantas. Siempre
El calor era muy intenso y al parecer el motor me interesaron sus propiedades curativas;
estaba ahogado. Al oír fallar el arranque, el hasta coleccioné libros de botánica, que vendí
hombre menor se detuvo y re­gresó y se paró apenas hace poco.
atrás del auto, listo para empujarlo. Sentí Permaneció silencioso un momento; se frotó
una aprensión tremenda. De hecho, jadeaba la barbilla un par de veces. Parecía buscar
con desespera­ción. Por fin, el motor encendió una palabra adecuada.
y me fui a toda marcha. ‑Podemos decir que yo soy sólo un hombre de
Cuando hube terminado de relatar esto, don conoci­miento lírico ‑dijo‑. No soy como Juan,
Juan perma­neció ensimismado un largo rato. mi hermano indio.
‑¿Por qué no me habías contado esto antes? Don Vicente quedó otro instante en silencio.
‑dijo sin mirarme. Sus ojos, empañados, estaban fijos en el suelo
No supe qué decir. Alcé los hombros y le dije a mi izquierda. Luego se volvió hacia mí y dijo
que jamás lo consideré importante. casi en un susurro:
‑¡Es bastante importante! ‑dijo‑. Vicente es un ‑¡Ah, qué alto vuela mi hermano indio!
bru­jo de primera. Te dio algo que plantar por- Don Vicente se puso en pie. Al parecer, nues-
que tenía sus razones, y si después de plan- tra conver­sación había terminado.
tarlo te encontraste con tres gentes como sali- Si cualquiera otro hubiese hecho una frase
das de la nada, también para eso había razón, sobre un hermano indio, yo la habría consi-
pero sólo un tonto como tú echaría la cosa al derado un estereotipo vulgar. Pero el tono de
olvido creyéndola sin importancia. don Vicente era tan sincero, y sus ojos tan
Quiso saber con exactitud qué había ocurrido claros, que me embelesó con la imagen de su
cuando visité a don Vicente. her­mano indio en tan altos vuelos. Y creí que
Le dije que iba yo atravesando la ciudad y hablaba su sentir.
pasé por el mercado; entonces se me ocurrió -¡Qué conocimiento lírico ni qué la chingada!
la idea de buscar a don Vicente. Entré en el ‑excla­mó don Juan cuando hube narrado el
mercado y fui a la sección de hierbas medi- incidente completo‑. Vicente es brujo. ¿Por
cinales. Había tres puestos en fila, pero los qué fuiste a verlo?
atendían tres mujeres gordas. Caminé has- Le recordé que él mismo me había pedido visi-
ta el fin del pasadizo y hallé otro puesto a la tar a don Vicente.
vuelta de la esquina. En él vi a un hombre ‑¡Eso es absurdo! ‑exclamó con dramatismo‑.
delgado, de huesos pequeños y cabello blanco. Te dije: algún día, cuando sepas ver, has de
En esos momentos se hallaba vendiendo una visitar a mi ami­go Vicente; eso fue lo que dije.
jaula de pája­ros a una mujer. Por lo visto no me escuchaste.
Esperé hasta que estuvo solo y luego le pre- Repuse que no veía daño alguno en haber co-
gunté si cono­cía a don Vicente Medrano. Me nocido a don Vicente; que sus modales y su
miró sin responder. amabilidad me encan­taron.
‑¿Qué se trae usted con ese Vicente Medrano? Don Juan meneó la cabeza de lado a lado y,
‑dijo al fin. medio en broma, expresó su perplejidad ante
Respondí que había venido a visitarlo de par- lo que llamó mi “des­concertante buena suer-
te de su amigo, y di el nombre de don Juan. El te”. Dijo que mi visita a don Vicente había
viejo me miró un instante y luego dijo que él sido como entrar en el cubil de un león arma-
era Vicente Medrano, para servirme. Me invi- do con una ramita. Don Juan parecía agitado,
tó a tomar asiento. Parecía complacido, muy pero no me era po­sible ver motivo alguno para
reposado, y genuinamente amistoso. Sentí un su preocupación. Don Vicente era una bella
lazo in­ mediato de simpatía entre nosotros. persona. Se veía muy frágil; sus ojos extra­
Me contó que conocía a don Juan desde que ñamente obsesionantes le daban un aspecto
ambos tenían veintitantos años. Don Vicente casi etéreo. Pre­gunté a don Juan cómo podía
no tenía sino palabras de alabanza para don resultar peligrosa una persona así de bella.
Juan. ‑Eres un idiota ‑respondió, y durante un mo-
‑Juan es un verdadero hombre de conocimien- mento su rostro se hizo severo‑. El por sí solo
no te causaría nin­gún daño. Pero el conoci- “Le caíste bien y te hizo un regalo. Y ese re-
miento es poder, y una vez que un hombre galo pudo fácil­mente haberte costado la vida.
emprende el camino del conocimiento ya no es ‑¿Pero por qué me dio algo tan serio? Si es
res­ponsable de lo que pueda pasarle a quienes brujo, debió haber sabido que yo no sé nada,
entran en con­tacto con él. Deberías haberlo ‑No, no podía haber visto eso. Tú apareces
visitado cuando supieras lo bastante para de- como si supieras, pero en realidad no sabes
fenderte; no de él, sino del poder que él ha en- gran cosa.
ganchado, que, dicho sea de paso, no es suyo Declaré mi sincera convicción de no haber
ni de nadie. Al oír que tú me conocías, Vicen- dado nunca, al menos a propósito, una ima-
te supuso que sabías protegerte y te hizo un gen falsa de mí mismo.
regalo. Por lo visto le caíste bien y te ha de ‑Yo no decía eso ‑repuso‑. Si te hubieras dado
haber hecho un gran regalo, y tú lo perdiste. aires, Vicente habría visto tu juego. Esto es
¡Qué lástima! algo peor que darse aires. Cuando yo te veo,
te me apareces como si supieras mucho, y sin
24 de mayo, 1968 embargo yo sé que no sabes.
‑¿Qué es lo que parezco saber, don Juan?
Llevaba yo casi todo el día acosando a don ‑Secretos de poder, por supuesto; el conoci-
Juan para que me hablase del regalo de don miento de un brujo. Así que cuando Vicente
Vicente. Le había señalado, en distintas for- te vio te hizo un regalo, y tú hiciste con él lo
mas, que él debía tener en cuenta nuestras que hace un perro con la comida cuando tiene
diferencias; lo que para él resultaba evidente la panza llena. Un perro se orina en la co­mida
podía ser enteramente incomprensible para cuando ya no quiere comer más, para que no
mí. se la coman otros perros. Tú hiciste lo mismo
‑¿Cuántas plantas te dio? ‑preguntó por fin. con el regalo. Aho­ra nunca sabremos qué ocu-
Dije que cuatro, pero de hecho no recordaba. rrió en verdad. Has perdido muchísimo. ¡Qué
Luego don Juan quiso saber con exactitud qué desperdicio!
había ocurrido entre que dejé a don Vicente y Estuvo callado un tiempo; luego alzó los hom-
me detuve al lado del camino. Pero tampoco bros y sonrió.
me acordaba de eso. ‑Es inútil quejarse ‑dijo‑, pero es difícil no
‑El número de plantas es importante, y tam- que­jarse. Los regalos de poder ocurren muy
bién el orden de los hechos ‑dijo‑. ¿Cómo voy rara vez en la vida; son únicos y preciosos. Mí-
a decirte qué era el regalo si no recuerdas lo rame a mí, por ejemplo; nadie me ha hecho
que pasó? nunca un regalo de ésos. Que yo sepa, a muy
Luché, sin éxito, por visualizar la secuencia poca gente le ha tocado tal cosa. Perder algo
de eventos. así de único es una vergüenza.
‑Si recordaras todo lo que pasó ‑dijo don Juan‑, ‑Entiendo lo que quiere usted decir, don Juan
yo podría al menos decirte cómo desperdicias- ‑dije‑. ¿Hay algo que yo pueda hacer ahora
te tu regalo. para salvar el regalo?
Don Juan parecía muy inquieto. Me instó con Rió y repitió varias veces: “Salvar el regalo.”
impacien­cia a acordarme, pero mi memoria ‑Eso suena bien ‑dijo‑. Me gusta. Pero no hay
era un blanco casi total. nada que pueda hacerse para salvar tu regalo.
‑¿Qué cree usted que hice mal, don Juan?
‑dije, sólo para prolongar la conversación. 25 de mayo, 1968
‑Todo.
‑Pero seguí las instrucciones de don Vicente Este día, don Juan empleó casi todo su tiempo
al pie de la letra. en mostrar­me cómo armar trampas sencillas
-¿Y qué? ¿No entiendes que seguir sus ins- para animales pequeños. Estuvimos cortando
trucciones carecía de sentido? y limpiando ramas durante la mayor parte
‑¿Por qué? de la mañana. Yo tenía muchas preguntas en
‑Porque esas instrucciones estaban hechas mente. Traté de hablarle mientras trabajá-
para alguien capaz de ver, y no para un idiota bamos, pero él lo tomó en chiste y dijo que,
que por pura suerte salió con vida. Fuiste a de nosotros dos, sólo yo podía mover manos y
ver a Vicente sin estar preparado. boca al mismo tiempo. Finalmente nos senta-
mos a descansar y solté una pregunta. de ver habrías sabido en el acto que no eran
‑¿Cómo es ver, don Juan? gente.
‑Para saber eso tienes que aprender a ver. Yo ‑¿No eran gente? ¿Qué eran?
no puedo decírtelo. ‑No eran gente, eso es todo.
‑¿Es un secreto que yo no debería saber? ‑Pero eso es imposible. Eran exactamente
‑No. Es nada más que no puedo describirlo. como usted o como yo.
‑¿Por qué? ‑No, no eran. Estoy seguro.
‑No tendría sentido para ti. Le pregunté si eran fantasmas, espíritus, o al-
‑Haga usted la prueba, don Juan. Quizá lo mas de di­funtos. Su respuesta fue que ignora-
tenga. ba lo que eran fantas­mas, espíritus y almas.
‑No. Tienes que hacerlo tú solo. Una vez que Le traduje la definición que el New World Dic-
aprendas, puedes ver cada cosa del mundo en tionary de Webster asigna a la palabra fan-
forma diferente. tasma: “El supuesto espíritu desencarnado de
‑Entonces, don Juan, usted ya no ve el mundo una persona muerta que, según se concibe,
en la forma acostumbrada. aparece a los vivos como una aparición pálida,
‑Veo de los dos modos. Cuando quiero mirar el penumbrosa.” Y luego la definición de espíri-
mun­do lo veo como tú. Luego, cuando quiero tu: “Un ser sobrenatural, especialmente uno
verlo, lo miro como yo sé y lo percibo en forma al que se considera . . . fantasma, o habitante
distinta. de cierta región, poseedor de cierto carácter
‑¿Se ven las cosas del mismo modo cada vez (bueno o malo).”
que usted las ve? Dijo que tal vez podría llamárseles espíritus,
‑Las cosas no cambian. Uno cambia la forma aunque la definición del diccionario no era
de verlas, eso es todo. muy adecuada para des­cribirlos.
‑Quiero decir, don Juan, que si usted, por ‑¿Son alguna especie de guardianes? ‑pregun-
ejemplo, ve el mismo árbol, ¿sigue siendo el té.
mismo cada vez que usted lo ve? ‑No. No guardan nada.
‑No. Cambia, y sin embargo es el mismo, ‑¿Son cuidadores? ¿Nos están vigilando?
‑Pero si el mismo árbol cambia cada vez que ‑Son fuerzas, ni buenas ni malas; sólo fuerzas
usted lo ve, el ver puede ser una simple ilu- que un brujo aprende a ponerles rienda.
sión. ‑¿Son esos los aliados, don Juan?
Rió y estuvo un rato sin responder; parecía ‑Sí, son los aliados de un hombre de conoci-
estar pen­sando. Por fin dijo: miento.
‑Cuando tú miras las cosas no las ves. Sólo las Esta era la primera vez, en los ocho años de
miras, yo creo que para cerciorarte de que algo nuestra relación, que don Juan se había acer-
está allí. Como no te preocupa ver, las cosas cado a una definición de “aliado”. Debo habér-
son bastante lo mismo cada vez que las miras. selo pedido docenas de veces. Por lo general
En cambio, cuando aprendes a ver, una cosa ignoraba mi pregunta, diciendo que yo sabía
no es nunca la misma cada vez que la ves, y qué era un aliado y que resultaba estúpido de-
sin embar­go es la misma. Te dije, por ejemplo, finir lo que yo ya sabía. La declaración directa
que un hombre es como un huevo. Cada vez de don Juan sobre la naturaleza de los alia-
que veo al mismo hombre veo un huevo, pero dos era toda una novedad, y me vi compelido
no es el mismo huevo. a aguijarlo.
‑Pero no podrá usted reconocer nada, pues ‑Usted me dijo que los aliados estaban en las
nada es lo mismo, así que ¿cuál es la ventaja plantas ‑dije‑, en el toloache y en los hongos.
de aprender a ver? ‑Jamás te he dicho tal cosa ‑dijo con gran
‑Puedes distinguir una cosa de otra. Puedes convic­ción‑. Tú siempre sales con tus propias
verlas como realmente son. conclusiones.
‑¿No veo yo las cosas como realmente son? ‑Pero lo escribí en mis notas, don Juan.
‑No. Tus ojos sólo han aprendido a mirar. Por ‑Puedes escribir lo que se te dé la gana, pero
ejem­plo, esos tres que te encontraste. Me los no me salgas con que dije eso.
describiste en detalle, y hasta me dijiste qué Le recordé que, en un principio, me había di-
ropa llevaban. Y eso sola­mente me demostró cho que el aliado de su benefactor era el to-
que no los viste para nada. Si fueras capaz loache y que el suyo propio era el humito, y
que más tarde había aclarado di­ciendo que el convenga. A mi me gusta el humito como alia-
aliado se hallaba contenido en cada planta. do porque no me exige gran cosa. Es constan-
‑No. Eso no es correcto ‑dijo, frunciendo el te y justo.”
entrece­jo‑. Mi aliado es el humito, pero eso no ‑¿Qué aspecto tiene para usted un aliado, don
significa que mi aliado esté en la mezcla de Juan? Por ejemplo, esas tres personas que vi,
fumar, o en los hongos, o en mi pipa. Todos que me parecieron gente común, ¿qué habrían
tienen que juntarse para poder llevar­me con parecido para usted?
el aliado, y a ese aliado le digo humito por ra- ‑Habrían parecido gente común.
zones propias. ‑¿Entonces cómo los distingue usted de la
Don Juan dijo que las tres personas que ha- gente de verdad?
bía encon­trado, a quienes llamó “los que no ‑Los que son de verdad gente aparecen como
son gente” eran en realidad los aliados de don huevos lu­minosos cuando uno los ve. Los que
Vicente. no son gente aparecen siempre como gente. A
Le recordé su premisa de que la diferencia en- eso me refería cuando dije que no hay manera
tre un aliado y Mescalito era que un aliado no de ver a un aliado. Los aliados adoptan for-
podía verse, mien­tras que resultaba fácil ver mas diversas. Parecen perros, coyotes, pája-
a Mescalito. ros, hasta huizaches, o lo que sea. La única
Entonces nos metimos en una larga discusión. diferencia es que, cuando los ves, aparecen así
El dijo haber establecido la idea de que un alia- como lo que están fingiendo ser. Todo tiene
do no podía verse porque adoptaba cualquier su modo de ser, cuando uno ve. Igual que los
forma. Cuando señalé que en una ocasión me hombres se ven como huevos, las otras cosas
había dicho que Mescalito también adop­taba se ven como algo más, pero los aliados nada
cualquier forma, don Juan desistió de la con- más pueden verse en la forma que están tra-
versación, diciendo que el “ver” al cual se re- tando de ser. Esa forma es lo bastante buena
fería no era el ordinario “mirar las cosas” y para engañar a los ojos; digo, a nuestro ojos.
que mi confusión nacía de mi insisten­cia en A un perro jamás lo engañan, ni a un cuervo.
hablar. ‑¿Por qué quieren engañarnos?
‑Creo que los engañados somos nosotros. Nos
Horas más tarde, él mismo reinició el tema de hacemos tontos solos. Los aliados nada más
los aliados. Sintiéndolo algo molesto por mis adoptan la apariencia de lo que haya por ahí
preguntas, yo no lo había presionado más. y entonces nosotros los tomamos por lo que no
Estaba enseñándome cómo hacer una tram­ son. No es culpa suya que sólo hayamos ense­
pa para conejos; yo debía sostener una vara ñado a nuestros ojos a mirar las cosas.
larga y doblarla lo más posible, para que él ‑No tengo clara la función de los aliados, don
atara un cordel en torno a los extremos. La Juan. ¿Qué hacen en el mundo?
vara era bastante delgada, pero aún así se re- ‑Eso es como si me preguntaras qué hacemos
quería fuerza considerable para doblarla. La nosotros los hombres en el mundo. Palabra
cabeza y los brazos me vibraban a causa del que no sé. Aquí esta­mos, eso es todo. Y los
esfuerzo, y me hallaba casi agotado cuando él aliados están aquí como nosotros, y a lo mejor
ató por fin el cordel. estuvieron antes de nosotros.
Nos sentamos y empezó a hablar. Dijo que ‑¿Cómo antes de nosotros, don Juan?
obviamente yo no podía comprender nada a ‑Nosotros los hombres no siempre hemos es-
menos que hablase de ello, y que mis pregun- tado aquí.
tas no lo molestaban e iba a hablarme de los ‑¿Quiere usted decir aquí en este país o aquí
aliados. en el mundo?
‑El aliado no está en el humo ‑dijo‑. El humo En este punto nos metimos en otro largo de-
te lleva adonde está el aliado, y cuando te ha- bate. Don Juan dijo que para él sólo había el
ces uno con el aliado ya no tienes que volver a mundo, el sitio donde asentaba sus pies. Le
fumar. De allí en adelan­te puedes convocar a pregunté cómo sabía que no siempre había-
tu aliado cuantas veces quieras, y hacer que mos estado en el mundo.
haga lo que se te antoje. ‑Muy sencillo ‑dijo‑. Los hombres sabemos
“Los aliados no son buenos ni malos; los bru- muy poco del mundo. Un coyote sabe mucho
jos los usan para cualquier propósito que les más que nosotros. A un coyote casi nunca lo
engaña la apariencia del mundo. por su aseveración.
‑¿Y entonces cómo podemos atraparlos y ma- ‑Algunas no lo son ‑dijo con énfasis.
tarlos? ‑pregunté‑. Si las apariencias no los Su afirmación me parecía descabellada, pero
engañan, ¿cómo es que mueren tan fácilmen- no me era posible concebir seriamente que don
te? Juan dijera una cosa así sólo por efectismo.
Don Juan se me quedó mirando hasta inco- Le dije que me sonaba a un cuento de ciencia
modarme. ficción sobre seres de otro planeta. Dijo que
‑Podemos atrapar o envenenar o balacear a no le importaba cómo sonara, pero que alguna
un coyote ‑dijo‑. En cualquier forma que lo ha- gente en la calle no era gente.
gamos, un coyote es presa fácil para nosotros ‑¿Por qué debes pensar que cada persona en
porque no está al tanto de las maquinaciones una multi­tud en movimiento es un ser huma-
del hombre. Pero si el coyote sobrevive, pue­ no? ‑preguntó con aire de seriedad extrema.
des tener la seguridad de que jamás volvere- No me era posible, en verdad, explicar por
mos a darle alcance. Un buen cazador sabe qué; sólo que me hallaba habituado a creerlo
eso y nunca pone su tram­pa dos veces en el como un acto de fe pura por mi parte.
mismo sitio, porque si un coyote muere en una Don Juan siguió diciendo cuánto le gustaba
trampa todos los demás coyotes ven su muer- observar sitios ajetreados, con mucha gente, y
te, que se queda allí, y evitan la trampa o has- cómo a veces veía una multitud de seres que
ta el rumbo donde la pusieron. Nosotros, en parecían huevos, y entre la masa de criaturas
cambio, jamás vemos la muerte que se queda oviformes localizaba una que tenía todas las
en el sitio donde uno de nuestros seme­jantes apariencias de una persona.
muere; tal vez lleguemos a sospecharla, pero ‑Se goza mucho haciendo eso ‑dijo, riendo‑, o
nunca la vemos. al menos yo lo disfruto. Me gusta sentarme en
‑¿Puede un coyote ver a un aliado? parques y en terminales y observar. A veces
‑Claro. localizo en el acto a un alia­do; otras veces sólo
‑¿Qué parece un aliado para un coyote? puedo ver gente de verdad. Una vez vi dos
‑Tendría yo que ser coyote para saber eso. aliados sentados en un autobús, lado a lado.
Puedo decir­te, sin embargo, que para un cuer- Esa es la única vez en mi vida que he visto dos
vo parece un sombrero puntiagudo. Redondo juntos.
y ancho por abajo, terminado en una punta ‑¿Tenía algún sentido especial que viera us-
larga. Algunos brillan, pero la mayoría son ted dos?
opacos y parecen muy pesados, parecen un ‑Claro. Todo lo que hacen tiene sentido. De
trozo de tela empapado de agua. Son formas sus accio­nes un brujo puede, a veces, sacar
imponentes. su poder. Aunque un brujo no tenga aliado
‑¿Cómo qué aparecen cuando usted los ve, don propio, mientras sepa ver puede ma­nejar el
Juan? poder observando las acciones de los aliados.
‑Ya te dije: aparecen como lo que estén fin- Mi benefactor me enseñó a hacerlo, y durante
giendo ser. Toman el tamaño y la forma que años, antes de tener mi propio aliado, busca-
les acomoda. Pueden ser piedritas o monta- ba yo aliados entre las multi­tudes, y cada vez
ñas. que veía uno eso me enseñaba algo. Tú hallas-
‑¿Hablan, ríen, o hacen algún ruido? te tres juntos. Qué magnífica lección desper-
‑Entre hombres se portan como hombres. En- diciaste.
tre ani­males se portan como animales. Los No dijo nada más hasta que hubimos acaba-
animales suelen tener­les miedo, pero si es- do de armar la trampa para conejos. Entonces
tán acostumbrados a ver aliados, los dejan en se volvió hacia mí y dijo súbitamente, como si
paz. Nosotros mismos hacemos algo parecido. acabara de recordarlo, que otra cosa impor-
Tenemos montones de aliados entre nosotros, tante de los aliados era que, si uno hallaba
pero no los molestamos. Como nuestros ojos dos juntos, siempre eran dos de la misma cla-
sólo pueden mirar las cosas, no los adverti- se. Los dos aliados que él vio eran dos hom-
mos. bres, dijo, y como yo había visto dos hombres
‑¿Quiere usted decir que algunas de las perso- y una mujer, concluyó que mi experiencia era
nas que veo en la calle no son en realidad gen- aún más insólita.
te? ‑pregunté, autén­ticamente desconcertado Le pregunté si los aliados podían fingirse ni-
ños; si los niños podían ser del mismo sexo o había construido. En primer lugar, nunca ha-
de diferentes; si los alia­dos fingían gente de bía abandonado por entero la idea de que en
diversas razas; si podían simular una fami- tales ceremonias se necesitaba un guía encu-
lia compuesta de hombre, mujer e hijo, y por bierto para asegurar acuerdo entre los par-
fin le pregunté sí había visto alguna vez a un ticipantes. De algún modo te­nía yo el senti-
aliado manejar un coche o un autobús. miento de que don Juan había descartado mi
Don Juan no respondió en absoluto. Sonrió y idea por razones personales, pues le parecía
me dejó hablar. Al oír mi última pregunta se más eficaz ex­plicar en términos de “ver” todo
echó a reír y dijo que me estaba yo descuidan- cuanto ocurría en un mito­te. Pensaba que mi
do, que habría sido más propio pre­guntarle si interés por hallar una explicación ade­cuada
había visto a un aliado manejar un vehículo en mis propios términos no iba de acuerdo con
de motor. lo que él quería de mí; por tanto, tenía que
‑No querrás olvidar las motocicletas, ¿verdad? descartar mi razo­namiento, como solía hacer
-dijo con un brillo malicioso en la mirada. con todo lo que no se adapta­ba a su sistema.
Su burla de mis preguntas me pareció gracio- Justo antes de iniciar el viaje, don Juan ali-
sa y ligera, y reí junto con él. vió mi apren­sión de tener que ingerir peyote
Luego explicó que los aliados no podían to- diciéndome que yo asistía al mitote sólo para
mar la inicia­tiva ni actuar directamente so- observar. Me sentí jubiloso. Estaba en­tonces
bre nada; podían, sin embar­go, actuar sobre casi seguro de que iba a descubrir el proce-
el hombre en forma indirecta. Don Juan dijo dimiento oculto por el cual los participantes
que entrar en contacto con un aliado era peli- llegaban a un acuerdo.
groso por­que el aliado podía sacar lo peor de Atardecía cuando partimos; el sol se hallaba
una persona. El apren­dizaje era largo y ar- casi en el horizonte; lo sentí en el cuello y de-
duo, dijo, porque había que reducir al mínimo see tener una persiana en la ventana trasera
todo lo superfluo en la vida de uno, con el fin del auto. Desde la cima de un cerro pude mi-
de soportar el impacto de tal encuentro. Don rar un enorme valle; el camino era como un
Juan dijo que su benefactor, la primera vez listón negro aplastado contra el suelo, subien-
que entró en contacto con un aliado, fue im- do y bajando innu­merables colinas. Lo seguí
pelido a quemarse y quedó lleno de cica­trices un momento con los ojos antes de empezar
como si un puma lo hubiera mascado. En su el descenso; corría directamente hacia el sur
propio caso, dijo, un aliado lo empujó a una hasta desaparecer sobre una hilera de monta-
pila de leña ardien­do, y se quemó un poco la ñas bajas en la distancia.
rodilla y la clavícula, pero las cicatrices desa- Don Juan, callado, miraba al frente. No ha-
parecieron a su tiempo, cuando don Juan se bíamos dicho palabra en largo rato. Dentro
hizo uno con el aliado. del coche había un calor incó­modo. Yo había
abierto todas las ventanillas, pero eso no ayu-
daba porque el día era en extremo caluroso.
III Me sentía muy molesto e inquieto. Empecé a
quejarme del calor.
El 10 de junio de 1968 inicié un largo viaje Don Juan frunció el entrecejo y me miró inte-
con don Juan para participar en un mitote. rrogante.
Llevaba meses esperando esta oportunidad, ‑En esta época hace calor en todo México
pero no me hallaba verdaderamente seguro ‑dijo‑. No se puede remediar.
de querer ir. Pensaba que mi titubeo se debía No lo miré, pero supe que me contemplaba. El
al miedo de que en la reunión me viera obli- coche ganó velocidad al descender la cuesta.
gado a ingerir peyote, pues no tenía la menor Vi vagamente una señal de carretera: vado.
intención de hacerlo. Había expresado repe- Cuando vi el vado mismo, iba muy rápido, y
tidamente estos sentimientos a don Juan. Al aunque frené sentimos el impacto y brinco-
principio reía con paciencia, pero terminó de- teamos en los asientos. Reduje considerable-
clarando firmemente que no quería oír nada mente la veloci­dad; atravesábamos una zona
más acerca de mi miedo. en que el ganado pastaba libre a los lados del
En lo que a mí respectaba, un mitote era el camino, un área donde era común ver el cadá-
terreno ideal para verificar los esquemas que ver de un caballo o una vaca atropellados por
un auto. En cierto punto hube de detenerme de alguna gigantesca erupción volcánica. En
por entero para que algunos caballos cruzaran la oscuridad, los picos negros, dentellados,
la carretera. Cada vez me sentía más desazo- se recorta­ban contra el cielo como enormes y
nado y molesto. Le dije que era el calor; que ominosos muros de astillas de vidrio.
el calor me disgustaba desde la niñez, porque Mientras comíamos, dije a don Juan que, sin
cada ve­rano solía sentirme sofocado y apenas duda, el lugar debía su nombre a la forma de
podía respirar. las montañas.
‑Ya no eres niño ‑dijo él. Don Juan repuso en tono convincente que el
‑El calor me sofoca todavía. sitio se llamaba Los Vidrios porque un camión
‑Bueno, a mí de niño me sofocaba el hambre cargado de cristales se había volteado allí y
‑dijo con suavidad‑. El hambre fue lo único los pedazos de vidrio se quedaron tirados en
que conocí de niño, y me hinchaba hasta que el camino durante años.
yo tampoco podía respirar. Pero eso fue cuan- Sentí que se estaba haciendo el chistoso y le
do era niño. Ya no puedo sofocarme, ni puedo pedí decir­me la verdadera razón.
hincharme como sapo cuando tengo hambre. ‑¿Por qué no le preguntas a alguien? ‑dijo.
No supe qué decir. Sentí que me estaba co- Interrogué a un hombre sentado en la mesa
locando en una posición insostenible y que vecina; dijo en tono de disculpa, que no sabía.
pronto debería defender un punto que no me Entré en la cocina y pregunté a las mujeres si
importaba defender. El calor no era tan malo. sabían, pero todas dijeron que no; que el lugar
Lo que me molestaba era la perspectiva de nada más se llamaba Los Vidrios.
manejar casi dos mil kilómetros hasta nues- ‑Creo que estoy en lo cierto ‑dijo don Juan en
tro destino. Me irritaba la idea de tener que voz baja‑. Los mexicanos no son dados a notar
esforzarme. las cosas que los rodean. Estoy seguro de que
‑Por qué no paramos a comer algo ‑dije‑. Qui- no pueden ver las montañas de vidrio, pero
zá no haga tanto calor después que el sol se claro que pueden dejar una montaña de vi-
meta. drios tirada ahí durante años.
Don Juan me miró, sonriendo, y dijo que en A ambos nos hizo gracia la imagen, y reímos.
largo trecho no había pueblos limpios, y que Al terminar de comer, don Juan me preguntó
según entendía mi política era no comer en cómo me sentía. Le dije que muy bien, pero en
los puestos a los lados del camino. realidad experimentaba cierta náusea. Don
-¿Ya no le tienes miedo a la diarrea? ‑pregun- Juan me miró con firmeza y pare­ció detectar
tó. mi sentimiento de malestar.
Me di cuenta que hablaba con sarcasmo, pero ‑Una vez que decidiste venir a México debiste
su rostro conservaba una expresión interro- haber dejado todos tus pinches miedos ‑dijo
gante y, a la vez, seria. con mucha seve­ridad‑. Tu decisión de venir
‑Del modo como te portas -dijo‑, uno pensaría debió haberlos vencido. Vi­niste porque que-
que la diarrea está allí acechando, esperando rías venir. Ese es el modo del guerrero. Te lo
que salgas del coche para saltarte encima. Es- he dicho mil veces: el modo más efectivo de
tás en un dilema terrible; si escapas del calor, vivir es como guerrero. Preocúpate y piensa
la diarrea terminará por atraparte. antes de hacer cual­quier decisión, pero una
El tono de don Juan era tan serio que empecé vez que la hagas echa a andar libre de preocu-
a reír. Luego viajamos en silencio largo tiem- paciones y de pensamientos; todavía habrá un
po. Cuando llegamos a un parador para ca- millón de decisiones que te esperen. Ese es el
miones llamado Los Vidrios ya estaba oscuro. modo del guerrero.
‑¿Qué tienen hoy? ‑gritó don Juan desde el ‑Creo hacer eso, don Juan, al menos parte del
auto. tiempo. Pero es muy difícil estar recordándo-
‑Carnitas -gritó a su vez una mujer desde melo siempre.
adentro. ‑Un guerrero piensa en su muerte cuando las
‑Espero, por tu bien, que el puerco haya sido cosas pierden claridad.
atrope­llado hoy ‑me dijo don Juan, riendo. ‑Eso es todavía más difícil, don Juan. Para la
Salimos del coche. El camino se hallaba flan- mayo­ría de la gente, la muerte es muy vaga y
queado, a ambos lados, por hileras de mon- remota. Jamás pensamos en ella.
tañas bajas que parecían la lava solidificada ‑¿Por qué no?
‑¿Por qué hacerlo? El se volvió y me miró de lleno; luego asintió
‑Muy sencillo ‑dijo-. Porque la idea de la muer- despacio, como midiendo lo que iba a decir.
te es lo único que templa nuestro espíritu. ‑Ésas son las luces en la cabeza de la muer-
Cuando salimos de Los Vidrios, estaba tan te -dijo con suavidad‑. La muerte se las pone
oscuro que la silueta quebrada de las monta- como un sombrero y después se lanza al galo-
ñas se había unificado con la tiniebla del cie- pe. Ésas son las luces de la muerte al galope,
lo. Viajamos en silencio más de una hora. Me ganando terreno, acercándose más y más.
sentía cansado. Era como si no quisiese ha- Un escalofrío recorrió mi espalda. Tras un
blar porque no había nada de qué hablar. El rato miré de nuevo el retrovisor, pero las lu-
tráfico era mínimo. Pocos coches se cruzaban ces ya no estaban allí.
con el nuestro, y al parecer éra­mos los únicos Dije a don Juan que el coche debía de haber-
viajando hacia el sur por la carretera. Eso se se parado o salido del camino. El no volvió la
me hacía extraño; miraba de continuo el es- cara; solamente estiró los brazos y bostezó.
pejo retro­visor para ver si otros carros venían ‑No ‑dijo‑. La muerte nunca se para. A veces
por atrás, pero no descubría ninguno. apaga sus luces, eso es todo.
Tras un rato dejé de buscar coches y empecé a
pensar de nuevo en la perspectiva de nuestro Llegamos al noreste de México el 13 de junio.
viaje. Entonces ad­vertí que mis faros parecían Dos indias viejas, de aspecto similar, que pa-
extremadamente brillantes en contraste con recían ser hermanas, se hallaban junto con
la oscuridad en torno, y miré de nuevo el re­ cuatro muchachas a la puerta de una peque-
trovisor. Vi primero un resplandor intenso y ña casa de adobe. Detrás de la casa había
luego dos puntos de luz como brotados del sue- una choza y un granero ruinoso del que sólo
lo. Eran los faros de un coche sobre una loma quedaba parte del techo y un muro. Aparente-
en la distancia tras nosotros. Permanecieron mente, las mujeres nos esperaban; deben ha-
visibles un rato, luego desaparecieron en la ber avizorado mi coche por el polvo que levan-
oscuridad como arrebatados; tras un momen- taba en el camino de tierra que tomé al dejar
to aparecieron en otra cima, y luego desapare- la carretera pavimenta­da, unos tres kilóme-
cieron de nuevo. Durante largo tiempo seguí tros atrás. La casa estaba en un valle hondo,
en el espejo sus apariciones y desapariciones. y vista desde la puerta la carretera parecía
En cierto punto se me ocurrió que el coche iba una larga cicatriz en lo alto de la ladera de las
a alcanzarnos. Sin lugar a dudas, se acercaba. colinas verdes.
Las luces eran más grandes y brillantes. Pisé Don Juan salió del automóvil y habló un
a fondo el acelerador. Tenía una sensación de momento con las ancianas. Ellas señalaron
inquietud. Don Juan pareció advertir mi pre- unos bancos de madera frente a la puerta.
ocupación, o acaso sólo notó el aumento en la Don Juan me hizo seña de acercarme y to-
velocidad. Primero me miró, después volvió la mar asiento. Una de las viejas se sentó con
cara para mirar los fa­ros distantes. nosotros; el resto de las mujeres entró en la
Me preguntó si me pasaba algo. Le dije que casa. Dos muchachas permane­cieron junto a
durante horas no había visto coches detrás de la puerta, examinándome con curiosidad. Las
nosotros y que de pronto había advertido las saludé con la mano; entraron corriendo, entre
luces de un auto que parecía acercarse cada risitas. Tras algunos minutos, dos hombres
vez más. jóvenes llegaron a saludar a don Juan. No me
Soltó una risita chasqueante y me preguntó si dirigieron la palabra; ni siquie­ra me miraron.
de veras creía que se trataba de un carro. Le Hablaron brevemente con don Juan; luego él
dije que tenía que ser un coche y él dijo que mi se levantó y todos, incluyendo a las mujeres,
preocupación le revelaba que, de algún modo, caminamos hasta otra casa, a menos de un ki-
yo debía haber sentido que lo que venía tras lómetro de distancia.
nosotros, fuera lo que fuese, no era un simple Allí nos encontramos con otro grupo. Don
coche. In­sistí en que lo creía sólo otro coche en Juan entró, pero me indicó permanecer junto
la carretera, o acaso un camión. a la puerta. Miré aden­tro y vi a un indio viejo,
‑¿Qué más puede ser? ‑dije, fuerte. como de la edad de don Juan, sentado en un
El aguijoneo de don Juan me había puesto banco de madera.
nervioso. No acababa de anochecer. Un grupo de indios
e indias jóvenes rodeaba de pie, en silencio, y los tres jóvenes se alejaron. Don Juan vino
un viejo camión estacionado frente a la casa. a decirme que había explicado mi presencia a
Les hablé en español, pero de­liberadamente satisfacción de todos y que estaba yo invitado
evitaron responderme; las mujeres sofocaban a servir agua en el mitote. Dijo que nos iría­
risas cada vez que yo decía algo y los hombres mos en el acto.
sonreían corteses y hurtaban los ojos. Era Un grupo de diez mujeres y once hombres
como si no me entendie­ran, pero yo estaba se- dejó la casa. El cabecilla de la partida era
guro de que todos sabían español porque los bastante fornido; tendría quizás alrededor de
había oído hablar entre si. cincuenta y cinco años. Lo llamaban “Mocho”.
Tras un rato, don Juan y el otro anciano salie- Daba pasos firmes, ágiles. Llevaba una lám-
ron y su­bieron en el camión, junto al conduc- para de petróleo y al caminar la agitaba de
tor. Esa parecía ser una señal para que todos lado a lado. En un principio pensé que la mo-
treparan en la plataforma del vehículo. No vía al azar, pero luego descubrí que lo hacía
había tablas a los lados, y cuando el camión para marcar un obstáculo o un pasaje difícil
se puso en marcha nos agarramos a una larga en el camino. Anduvimos más de una hora.
cuerda atada a unos ganchos en el chasis. Las mujeres charlaban y reían suavemente
El camión avanzaba despacio por el camino de de tiempo en tiempo. Don Juan y el otro an-
tierra. En cierto punto, al llegar a una cues- ciano iban al principio de la fila; yo la cerraba.
ta muy empinada, se detuvo y todos bajamos Mantenía los ojos en el suelo, tratando de ver
para caminar tras él; luego dos jóvenes sal- por dónde caminaba.
taron de nuevo a la plataforma y se sentaron Habían pasado cuatro años desde que don
en el borde sin usar la cuerda. Las mujeres Juan y yo habíamos andado de noche en los ce-
reían y los animaban a mantener su preca- rros, y yo había perdi­do mucha destreza física.
ria posición. Don Juan y el anciano, a quien Tropezaba de continuo, e invo­luntariamente
llamaban don Silvio, caminaban juntos y no pateaba piedras. Mis rodillas carecían de fle-
parecían interesarse en el histrionismo de los xibilidad; el camino parecía alzarse hacia mí
jóvenes. Cuando el camino se niveló, todo el en los sitios altos, o ceder bajo mis pies en los
mundo volvió a subir en el camión. bajos. Era yo quien más ruido hacía al cami-
Viajamos cerca de una hora. El piso era extre- nar, y eso me convertía en bufón involuntario.
madamente duro e incómodo, así que me puse Alguien del grupo decía “aaay” cada vez que
en pie y me sostuve del techo de la casilla: via- yo tropezaba, y todos reían. En cierto momen-
jé en esa forma hasta que nos detuvimos fren- to, una de las piedras que pateé golpeó el ta-
te a un grupo de chozas. Había allí más gente; lón de una mujer y ella dijo en voz alta, para
ya estaba muy oscuro y yo sólo podía ver unas deleite general: “¡Denle una vela a ese pobre
cuantas personas en la opaca luz amarillenta muchacho!” Pero la mortificación culminan-
de una linter­na de petróleo colgada junto a te fue cuando tropecé y tuve que asirme a la
una puerta abierta. persona frente a mí; el hombre casi perdió el
Todos descendieron del camión y se mezcla- equilibrio a causa de mi peso y soltó, adre-
ron con la gente en las casas. Don Juan volvió de, un grito fuera de toda proporción. Todo el
a indicarme que per­maneciese afuera. Me in- mundo rió tan fuerte que el grupo tuvo que
cliné contra el guardafango delan­tero del ca- dete­nerse un rato.
mión y tras uno o dos minutos se me unieron En determinado momento, el hombre que
tres jóvenes. Había conocido a uno de ellos guiaba movió la lámpara hacia arriba y ha-
cuatro años antes, en un mitote. Me abrazó cia abajo. Esa parecía ser la señal de que ha-
asiendo mis antebrazos. bíamos llegado a nuestro destino. Hacia mi
‑Estás muy bien ‑me susurró en español. izquierda, a corta distancia, se vislumbraba
Nos quedamos quietos junto al camión. Era la silueta oscura de una casa baja. El grupo
una noche cálida, con viento. Cerca podía oír- se dispersó en distintas direcciones. Busqué a
se el suave retumbar de un arroyo. Mi amigo don Juan. Era difícil hallarlo en las tinieblas.
me preguntó, en un susurro, si tenía yo ciga- Trastabillé ruidosamente durante un rato an-
rros. Pasé una cajetilla. Al resplandor de los tes de advertir que se hallaba sentado en una
ciga­rros miré mi reloj. Eran las nueve. roca.
Al rato, un grupo de gente emergió de la casa Volvió a decirme que mi deber era llevar agua
para los hombres que participarían. Años an- parecían hallarse solos y ensimismados. Ni si-
tes me había enseñado el procedimiento, pero quiera una vez vi que alguno de ellos prestara
insistió en refrescar mi memoria y me lo en- atención a lo que hacían los demás.
señó de nuevo. Antes del amanecer se levantaron, y el mu-
Después fuimos atrás de la casa, donde todos chacho y yo les dimos agua. Después, caminé
los hom­bres se habían reunido. Ardía un fue- por los alrededores para orientarme. La casa
go. A unos cinco metros de la hoguera había era una choza de una sola habitación, una
un área despejada cubierta de petates. Mo- construcción de adobe de poca altura y techo
cho, el hombre que nos guió, fue el primero en de paja. El paisaje en torno era bastante opre-
sentarse en uno de ellos; noté que le faltaba sivo. La choza estaba situada en una llanura
el borde superior de la oreja izquierda, lo cual áspera con vegetación mezclada. Arbustos y
explicaba su apodo. Don Silvio tomó asiento cactos crecían juntos, pero no había árboles
a su derecha y don Juan a su izquierda. Mo- en absoluto. No me dieron ganas de aventu-
cho se hallaba encarando el fuego. Un joven rarme más allá de la casa.
se acercó y puso frente a él una canasta pla- Las mujeres se marcharon en el curso de la
na con botones de peyote; luego tomó asiento mañana. Silenciosamente, los hombres se
entre Mocho y don Silvio, Otro joven trajo dos desplazaban por el área circunvecina a la
canastas pequeñas y las puso junto a los bo- casa. A eso del mediodía, todos nos senta-
tones para luego sentarse entre Mocho y don mos de nuevo en el mismo orden que la noche
Juan. Los otros dos jóvenes flanquearon a don ante­rior. Se pasó una canasta con trozos de
Silvio y a don Juan, cerrando un círculo de carne seca cortados al tamaño de un botón de
siete personas. Las mujeres se quedaron den- peyote. Algunos de los hombres cantaron sus
tro de la casa. Dos jóvenes estaban a car­go de canciones de peyote. Después de una hora o
mantener el fuego ardiendo toda la noche, y algo así, todos se levantaron y tomaron direc-
un adolescente y yo guardábamos el agua que ciones dis­tintas.
se daría a los siete participantes tras su ritual Las mujeres habían dejado una olla de atole
de toda la noche. El mucha­cho y yo nos sen- para los ayudantes del fuego y el agua. Comí
tamos junto a una roca. El fuego y el receptá- un poco y dormí la mayor parte de la tarde.
culo con agua se hallaban en lados opuestos y Ya oscurecido, los jóvenes a cargo del fuego
a igual distancia del círculo de participantes. constru­yeron otra hoguera y el ciclo de tomar
Mocho, el cabecilla, cantó su canción de peyo- botones de peyote empezó de nuevo. Siguió en
te; tenía los ojos cerrados; su cuerpo se menea- general el mismo orden que la noche prece-
ba hacia arriba y hacia abajo. La canción era dente, terminando al amanecer.
muy larga. No comprendí el idioma. Después Durante el curso de la noche pugné por obser-
todos ellos, uno por uno, cantaron sus cancio- var y regis­trar cada movimiento realizado por
nes de peyote. No parecían seguir ningún or- cada uno de los siete participantes, con la es-
den pre­ concebido. Aparentemente cantaban peranza de descubrir la más leve forma de un
cuando tenían ganas de hacerlo. Luego Mo- sistema detectable de comunicación, verbal o
cho sostuvo la canasta con botones de peyote, no, entre ellos. Pero nada en sus acciones re-
tomó dos y volvió a dejarla en el centro del velaba un sis­tema subyacente.
círculo; don Silvio fue el siguiente y después Al anochecer del tercer día se renovó el ciclo
don Juan. Los cuatro jóvenes, que parecían de tomar peyote. Cuando la mañana llegó,
formar una unidad aparte, tomaron cada uno supe que había fallado por completo en mi
dos botones de peyote, siguiendo una direc- búsqueda de pistas que señalaran al guía en-
ción contraria a la de las manecillas del reloj. cubierto; tampoco había podido descubrir nin-
Cada uno de los siete participantes cantó y co- guna forma de comunicación disimulada en-
mió dos botones de peyote cuatro veces conse- tre los participantes o el menor rastro de su
cutivas; luego pasaron las otras dos canastas, sistema de acuerdo. Durante el resto del día
que contenían fruta y carne seca. estuve sentado a solas, tratando de organizar
Repitieron este ciclo varias veces durante la mis notas.
noche, pero no me fue posible detectar nin- Cuando los hombres volvieron a juntarse para
gún orden subyacente en sus movimientos la cuarta noche, supe de alguna manera que
individuales. No hablaban entre sí; más bien ésta sería la última reunión. Nadie me había
mencionado nada al respecto, pero yo sabía Me volví, buscándola; concebí que, transpor-
que al día siguiente se desbandarían. Nueva­ tado en el tiempo por algún tipo de alucina-
mente me senté junto al agua y todos los de- ción o de espejismo, iba a verla, pero vi sólo al
más reasumie­ron sus posiciones en el orden mu­chacho dormido junto a mí. Verlo fue una
ya establecido. sacudida, y experimenté un breve momento
La conducta de los siete hombres en el circulo de calma, de sobriedad.
fue una réplica de lo que yo había observado Miré de nuevo hacia el grupo de los hombres.
las tres noches ante­riores. Como en ellas, me No habían cambiado en nada su postura. Sin
concentré en sus movimientos. Quería regis- embargo, la luminosidad había desaparecido,
trar todo cuanto hicieran: cada ademán, cada al igual que el zumbido en mis orejas.
sonido, cada gesto. Me sentí aliviado. Pensé que la alucinación
En cierto momento percibí en mi oído una de oír la voz de mi madre había concluido.
especie de timbrazo; era un tipo común de Qué clara y vívida había sido esa voz. Me
zumbido en la oreja y no le presté atención. dije una y otra vez que, por un instante, la
Se hizo más fuerte, pero aún se hallaba den- voz casi me había atrapado. Noté vagamente
tro de la gama de mis sensaciones corporales que don Juan estaba mirándome, pero eso no
ordinarias. Recuerdo haber dividido mi aten- importaba. Lo mesme­rizante era el recuerdo
ción entre ob­servar a los hombres y escuchar del llamado de mi madre. Pugné desespera-
el zumbido. Entonces, en un instante dado, damente por pensar en otra cosa. Y entonces
los rostros de los hombres parecieron hacerse oí la voz de nuevo, con tanta claridad como si
más brillantes; era como si una luz se hubiese mi madre estu­viera detrás de mí. Llamaba mi
en­cendido. Pero no acababa de semejar una nombre. Me volví con rapidez, pero no vi más
luz eléctrica, ni una linterna, ni el reflejo del que la silueta oscura de la choza y los arbus-
fuego en los rostros. Era más bien una iridis- tos más allá.
cencia: una luminosidad rosácea, muy tenue, El oír mi nombre me produjo la más profunda
pero detectable desde donde me hallaba. El angustia. Gimotee involuntariamente. Sentí
zumbi­do pareció aumentar. Miré al muchacho frío y mucha soledad y empecé a llorar. En
que estaba con­migo, pero se había dormido. ese momento tenía la sensación de nece­sitar
La luminosidad rosácea se hizo por entonces a alguien que se preocupara por mí. Volví el
más noto­ria. Miré a don Juan: sus ojos esta- rostro para mirar a don Juan; me observaba.
ban cerrados; también los de Silvio y los de No quería verlo, de modo que cerré los ojos. Y
Mocho. No pude ver los ojos de los cuatro jóve- entonces vi a mi madre. No era el pensamien-
nes porque dos de ellos se hallaban agachados to de mi madre, la forma en que suelo pensar
y los otros dos me daban la espalda. en ella. Era una visión clara de su persona pa-
Me concentré más aún en la observación. Sin rada junto a mí. Me sentí desesperado. Tem-
embargo, no me había dado cuenta cabal de blaba y quería es­capar. La visión de mi madre
estar realmente oyendo un zumbido y viendo era demasiado inquietante, demasiado ajena
un resplandor rosa cernirse sobre los hom- a lo que yo perseguía en ese mitote. Al pare-
bres. Tras un momento tomé conciencia de cer no había manera consciente de evitarla.
que la tenue luz rosa y el zumbido eran muy Acaso po­dría haber abierto los ojos, de querer
firmes. Tuve un instante de intenso descon- en verdad que la visión se desvaneciese, pero
cierto y luego un pensamiento cruzó mi men- en vez de ello la examiné con detenimiento.
te: un pensamiento sin nada que ver con la Mi examen fue algo más que simple­ mente
escena que presenciaba ni con el propósito mirarla; fue un escrutinio y una valoración
que yo tenía en mente para estar allí. Recordé compul­ sivos. Un sentimiento muy peculiar
algo que mi madre me dijo una vez, cuando me envolvió como una fuerza externa, y de
yo era niño. El pensamiento distraía y no ve- pronto sentí la horrenda carga del amor de
nía en absoluto al caso; traté de descartarlo y mi madre. Al oír mi nombre me desgarré; el
concentrarme de nuevo en mi asidua observa- recuerdo de mi madre me llenó de angustia y
ción, pero no pude. El pensa­miento recurrió; melancolía, pero al examinarla supe que nun-
era más fuerte, más exigente, y entonces oí ca la había querido. Esa toma de conciencia
con claridad la voz de mi madre llamarme. Oí me sacudió. Pensamientos e imágenes acudie-
el arras­trar de sus pantuflas y luego su risa. ron en avalancha. La visión de mi madre debe
de haberse desvanecido mientras tanto; ya no bía tenido.
era importante. Tampoco me interesaba ya lo ‑No me importan las señales ‑dije‑. Quiero sa-
que los indios hacían. De hecho, había olvida- ber qué cosa me ocurrió.
do el mitote. Me hallaba absorto en una serie Frunció el entrecejo, como disgustado, y du-
de pensamientos extraordinarios: extraordi- rante un mo­mento permaneció muy tieso y
narios porque eran más que pensamientos; callado. Luego me miró. Su tono fue muy vi-
porque eran unidades de sentimiento comple- goroso. Dijo que lo único importante era que
tas, certezas emotivas, evidencias indisputa- Mescalito había sido muy gentil conmigo, me
bles sobre la naturaleza de mi relación con mi había inundado con su luz y me había dado
madre. una lección sin que yo pusiera de mi parte
En cierto momento, estos pensamientos ex- más esfuerzo que el de estar allí.
traordinarios cesaron de acudir. Noté que
habían perdido su fluidez y la calidad de ser
unidades de sentimiento completas. Había yo IV
empezado a pensar en otras cosas. Mi men-
te desvariaba. Pensé en otros miembros de El 4 de septiembre de 1968 fui a Sonora para
mi familia inmediata, pero ninguna imagen visitar a don Juan. Cumpliendo una petición
acompañaba mis pensamientos. Entonces que me había hecho durar­te mi visita previa,
miré a don Juan. Estaba de pie; los demás me detuve de paso en Hermosillo para com-
hombres tam­bién estaban de pie, y entonces prarle un tequila fuera de comercio llamado
todos caminaron hacia el agua. Me hice a un bacanora. El encargo me parecía muy extra-
lado y codeé al muchacho que seguía dormido. ño, pues yo sabía que le disgustaba beber,
pero compré cuatro botellas y las puse en una
Casi tan pronto como don Juan subió en mi caja junto con otras cosas que le llevaba.
coche, le relaté la secuencia de mi asombrosa ‑¡Vaya, trajiste cuatro botellas! ‑dijo, riendo,
visión. Rió con gran deleite y dijo que mi vi- cuando abrió la caja‑. Te pedí que me compra-
sión era una señal, un augurio tan impor­tante ras una. Apuesto a que creíste que el bacano-
como mi primera experiencia con Mescalito. ra era para mí, pero es para mi nieto Lucio, y
Recordé que, cuando ingerí peyote por vez tú tienes que dárselo como regalo personal de
primera, don Juan inter­pretó mis reacciones tu parte.
como un augurio importantísimo; de hecho, Yo había conocido al nieto de don Juan dos
ésa fue la causa de que decidiera enseñarme años antes; entonces tenía veintiocho. Era
su conocimiento. muy alto ‑más de un metro ochenta‑ y siempre
Don Juan dijo que, durante la última noche vestía extravagantemente bien para sus me-
del mitote, Mescalito se había cernido sobre dios y en comparación con sus iguales. Mien-
mí en forma tan obvia que todo el mundo se tras la mayoría de los yaquis visten caqui y
sintió forzado a volverse en mi dirección; por mezclilla, sombreros de paja y guaraches de
eso él me estaba observando cuando yo lo fabricación casera, el atavío de Lucio consis-
miré. tía en una costosa chaqueta de cuero negra
Quise escuchar la interpretación que daba a con escarolas de cuentas de turquesa, un som-
mi visión, pero don Juan no quería hablar de brero tejano y un par de botas monogramadas
ella. Dijo que cualquier cosa que yo hubiese y decoradas a mano.
experimentado era una tontería en compara- Lucio quedó encantado al recibir el licor e
ción con el augurio. Don Juan siguió hablan- inmediatamen­te metió las botellas a su casa,
do de la luz de Mescalito derramándose sobre al parecer para almacenarlas. Don Juan co-
mí, y de cómo todos la habían visto. mentó en forma casual que nunca hay que es-
‑Eso sí fue algo bueno ‑dijo‑. No podría yo pe- conder licor ni beberlo a solas. Lucio dijo que
dir mejor señal. en reali­dad no estaba escondiendo las bote-
Obviamente, don Juan y yo nos hallábamos llas, sino guardándolas hasta la noche, hora
en dos ave­nidas distintas de pensamiento. A en que invitaría a sus amigos a beber.
él le concernía la importancia de los sucesos Esa noche, a eso de las siete, regresé a casa
que había interpretado como señal; a mí me de Lucio. Había oscurecido. Discerní la vaga
obsesionaban los detalles de la visión que ha- silueta de dos personas paradas bajo un ár-
bol pequeño; eran Lucio y uno de sus amigos, acuerdo en que el licor debía proceder de las
quienes me esperaban y me guiaron a la casa montañas altas de Chihuahua.
con una linterna de pilas. La botella dio una segunda vuelta. Los hom-
La vivienda de Lucio era una endeble cons- bres chas­ quearon los labios, repitieron sus
trucción de dos habitaciones y piso de tierra, elogios e iniciaron una animada discusión
hecha con varas y arga­ masa. Medía unos acerca de las notorias diferencias entre el te-
seis metros de largo y la sustentaban vigas quila hecho en los alrededores de Guadalaja-
de mezquite, relativamente delgadas. Como ra y el que se elabora a gran altitud en Chi-
todas las casas de los yaquis, tenía techo pla- huahua.
no, de paja, y una “ramada” de tres metros de Durante la segunda vuelta, don Juan tam-
ancho: especie de toldo sobre toda la parte de- poco bebió, y yo sólo me serví un sorbo, pero
lantera de la casa. Un techo de ramada nun- los demás llenaron la taza hasta el borde. La
ca tiene paja; se hace de ramas acomodadas botella volvió a pasar de mano en mano y se
con soltura, dando bastante sombra y a la vez vació.
permitiendo la circula­ción libre de la brisa re- ‑Saca las otras botellas, Lucio ‑dijo don Juan.
frescante. Lucio pareció vacilar, y don Juan explicó a los
Al entrar en la casa encendí la grabadora que otros, en tono enteramente casual, que yo ha-
llevaba dentro de mi portafolio. Lucio me pre- bía traído cuatro bote­llas para Lucio.
sentó con sus amigos. Benigno, un joven de la edad de Lucio, miró
Había ocho hombres dentro de la casa, inclu- el porta­folio que yo había colocado inconspi-
yendo a don Juan. Se hallaban sentados infor- cuamente detrás de mí y preguntó si era yo
malmente en torno al cen­tro de la habitación, un vendedor de tequila. Don Juan le contestó
bajo la viva luz de una lámpara de gasolina que no, y que en realidad había ido a Sonora
que colgaba de una viga. Don Juan ocupaba para verlo a él.
un cajón. Tomé asiento frente a él en el extre- ‑Carlos está aprendiendo sobre Mescalito, y
mo de una banca de dos metros hecha con una yo le estoy enseñando ‑dijo don Juan.
gruesa viga de madera clavada a dos horqui- Todos me miraron y sonrieron con cortesía.
llas plantadas en el suelo. Bajea, el leñador, un hombre pequeño y del-
Don Juan había puesto su sombrero en el piso, gado, de facciones pro­nunciadas, fijó los ojos
junto a él. La luz de la lámpara hacía que su en mí durante un momento y luego dijo que el
cabello corto y cano se viese más brillante- tendero me había acusado de ser espía de una
mente blanco. Miré su rostro; la luz resaltaba compañía americana que planeaba explotar
asimismo las hondas arrugas en su cuello y minas en la tierra yaqui. Todos reaccionaron
su frente, y lo hacía parecer más moderno y como si tal acusa­ción los indignara. Además,
más viejo. nadie se llevaba bien con el tendero, que era
Miré a los otros hombres; bajo la luz blanca mexicano, o yori, como dicen los yaquis.
verdosa de la lámpara de gasolina todos se Lucio fue al otro aposento y regresó con una
veían cansados y viejos. nueva bote­lla de bacanora. La abrió, se sirvió
Lucio se dirigió en español a todo el grupo un buen tanto y luego la pasó. La conversa-
y dijo en voz fuerte que íbamos a beber una ción se desvió hacia las probabili­dades de que
botella de bacanora que yo le había traído de la compañía americana viniese a Sonora, y a
Hermosillo. Fue al otro aposento, sacó una bo- su posible efecto sobre los yaquis. La botella
tella, y la descorchó y me la dio junto con una volvió a Lu­cio. La alzó y miró su contenido
pequeña taza de hojalata. Serví un pequeñí- para ver cuánto quedaba.
simo tanto y lo bebí. El bacanora parecía más ‑Dile que no se apure ‑me susurró don Juan‑.
fragante y denso que el tequi­la común, y más Dile que le traerás más la próxima vez que
fuerte también. Me hizo toser. Pasé la botella vengas.
y todos se sirvieron un traguito: todos excepto Me incliné hacia Lucio y le aseguré que en mi
don Juan; él nada más tomó la botella y la próxima visita le llevaría al menos media do-
colocó frente a Lucio, que estaba al final de la cena de botellas.
línea. En determinado momento, los temas de con-
Todos comentaron con vivacidad el rico sabor versación parecieron agotarse. Don Juan se
de esa botella en particular, y estuvieron de volvió hacia mi y dijo en voz alta:
‑¿Por qué no les cuentas aquí a los muchachos sepa nada de eso ¿A poco de veras piensas que
tus encuentros con Mescalito? Creo que eso todos los miles de gentes que conocen a Mes-
será mucho más interesante que esta plática calito están locas?
inútil de qué pasará si la compañía america- ‑Deben de estar locos o casi locos, para hacer
na viene a Sonora. una cosa así ‑respondió Genaro.
‑¿Ese Mescalito es el peyote, agüelo? ‑pregun- ‑Pero si todos esos miles estuvieran locos
tó Lucio con curiosidad. al mismo tiempo, ¿quién haría su trabajo?
‑Alguna gente lo llama así ‑dijo don Juan ¿Cómo se las arreglarían para ganarse la vida
secamen­te‑. Yo prefiero llamarlo Mescalito. ‑preguntó don Juan.
‑Esa chingadera lo vuelve a uno loco ‑dijo Ge- ‑Macario, que viene del “otro lado” ‑(los
naro, un hombre alto y robusto, de edad ma- EE.UU.)‑, me dijo que quien lo toma ahí está
dura. marcado para toda la vida ‑dijo Esquere.
‑Eso de decir que Mescalito lo vuelve a uno ‑Macario está mintiendo si dice tal cosa ‑dijo
loco es pura estupidez ‑dijo don Juan suave- don Juan‑. Estoy seguro de que no sabe lo que
mente‑. Porque si ése fuera el caso, Carlos an- está diciendo.
daría ahorita mismo con camisa de fuerza en ‑Ese dice muchas mentiras ‑dijo Benigno.
vez de estar aquí platicando con ustedes. El ‑¿Quién es Macario? ‑pregunté.
ha tomado y mírenlo. Está muy bien. ‑Un yaqui que vive aquí ‑dijo Lucio‑. Ese dice
Bajea sonrió y repuso con timidez: ‑¿Quién que es de Arizona y Dizque estuvo en Europa
sabe? -y todo el mundo rió. cuando la guerra. Cuenta toda clase de histo-
‑Bueno, mírenme a mí ‑dijo don Juan‑. Yo he rias.
cono­cido a Mescalito casi toda mi vida y jamás ‑¡Dizque fue coronel! ‑dijo Benigno.
me ha hecho daño. Todo el mundo rió y por un rato la conver-
Los hombres no rieron, pero resultaba obvio sación se centró en los increíbles relatos de
que no lo tomaban en serio. Macario, pero don Juan volvió nuevamente al
‑Por otro lado ‑siguió don Juan‑, es cierto que tema de Mescalito.
Mescalito lo vuelve loco a uno, como tú dijiste, ‑Si todos ustedes saben que Macario es un
pero eso pasa sólo cuando uno va a verlo sin embustero, ¿cómo pueden creerle cuando ha-
saber lo que hace. bla de Mescalito?
Esquere, un anciano que parecía de la edad ‑¿Eso es el peyote, agüelo? ‑preguntó Lucio,
de don Juan, rió suavemente, chasqueando como si en verdad pugnara por hallar sentido
la lengua, mientras me­neaba la cabeza de un al término.
lado a otro. ‑¡Sí! ¡Carajo!
‑¿Qué es lo que uno tiene que saber, Juan? El tono de don Juan fue cortante y abrupto.
‑pregun­tó‑. La última vez que te vi, te oí decir Lucio se en­cogió involuntariamente, y por un
la misma cosa. momento sentí que todos tenían miedo. Luego
‑La gente de veras se vuelve loca cuando toma don Juan sonrió con amplitud y prosiguió en
esa chingadera del peyote ‑continuó Genaro‑. tono amable.
Yo he visto a los huicholes comerlo. Parecía ‑¿Es que no ven que Macario no sabe lo que
como si les hubiera dado la rabia. Echaban dice? ¿No ven que para hablar de Mescalito
espuma por la boca y se vomitaban y se orina- hay que saber?
ban por todas partes. Te puede dar epilepsia ‑Ahí va la burra al trigo ‑dijo Esquere‑. ¿Qué
por comer esa porquería. Eso me dijo una vez ca­rajos hay que saber? Estás peor que Maca-
el señor Salas, el ingeniero del gobierno. Y la rio. Al menos él dice lo que piensa, sepa o no
epilepsia es para toda la vida, ya saben. sepa. Llevo años oyéndote decir que tenemos
‑Eso es estar peor que los animales ‑añadió que saber. ¿Qué cosa tenemos que saber?
Bajea con solemnidad. ‑Don Juan dice que hay un espíritu en el pe-
‑Tu viste nomás lo que querías ver de los hui- yote ‑dijo Benigno.
choles, Genaro ‑dijo Juan‑. Por eso jamás te ‑Yo he visto peyote en el campo, pero jamás
molestaste en preguntarles cómo es trabar he visto espíritus ni nada por el estilo ‑añadió
amistad con Mescalito. Que yo sepa, Mescali- Bajea.
to no le ha dado epilepsia a nadie. El ingenie- ‑Mescalito es tal vez como un espíritu ‑explicó
ro del gobierno es yori, y no creo que un yori don Juan‑. Pero lo que pueda ser no se aclara
hasta que uno lo conoce. Esquere se queja de ‑Es que la gente no les hace caso ‑protestó
que llevo años diciendo esto. Pues, si. Pero no Gena­ro‑; y sólo le hacen caso al demonio.
es culpa mía que ustedes no en­tiendan. Bajea ‑Si fueran protectores de verdad, los obliga-
dice que quien lo toma se vuelve como ani­ rían a es­cuchar ‑dijo don Juan‑. Si Mescali-
mal. Pues, yo no lo veo así. Para mí, los que se to se convierte en tu protector, tendrás que
creen por encima de los animales viven peor escuchar quieras o no, porque pue­des verlo
que los animales. Aquí está mi nieto. Trabaja y tienes que hacer caso de lo que te diga. Te
sin descanso. Yo diría que vive para trabajar, obligará a acercarte a él con respeto. No como
como una mula. Y lo único que él hace que no ustedes están acostumbrados a acercarse a
hace un animal es emborracharse. sus protectores ‑aclaró.
Todos soltaron la risa. Víctor, un hombre muy ‑¿Qué quieres decir, Juan? ‑preguntó Esque-
joven que parecía hallarse aún en la adoles- re.
cencia, rió en un tono por encima de los de- ‑Quiero decir que, para ustedes, acercarse a
más. sus pro­tectores significa que uno de ustedes
Eligio, un indio joven, no había pronuncia- tiene que tocar el violín, y un bailarían tie-
do hasta en­tonces una sola palabra. Estaba ne que ponerse su máscara y sonajas y bailar,
sentado en el piso, a mi derecha, recargado mientras todos ustedes beben. Tú, Be­nigno,
contra unos costales de fertilizante quí­mico fuiste pascola; cuéntanos cómo fue eso.
que se habían apilado dentro de la casa para ‑No más que tres años y después lo dejé ‑dijo
protegerlos de la lluvia. Era uno de los amigos Be­nigno‑. Es trabajo duro.
de niñez de Lucio, más lleno de carnes y me- ‑Pregúntenle a Lucio ‑dijo Esquere, satírico‑.
jor formado. Eligio pa­recía preocupado por las ¡Ese lo dejó en una semana!
palabras de don Juan. Bajea in­tentaba dar Todos rieron, excepto don Juan. Lucio sonrió,
una réplica, pero Eligio lo interrumpió. aparen­temente apenado, y se tomó dos gran-
‑¿En qué forma cambiaría el peyote todo esto? des tragos de bacanora.
‑pre­guntó‑. A mí me parece que el hombre ‑No es duro, es estúpido ‑dijo don Juan‑.
nace para tra­bajar toda la vida, como las mu- Pregún­tenle a Valencio, el pascola, si goza de
las. su baile. ¡Pos no! Se acostumbró, eso es todo.
‑Mescalito cambia todo ‑dijo don Juan‑, pero Yo llevo años de verlo bailar, y siempre veo los
toda­vía tenemos que trabajar como todo el mismos movimientos mal hechos. No tiene or-
mundo, como mulas. Dije que había un espíri- gullo de su arte, salvo cuando habla del baile.
tu en Mescalito porque algo como un espíritu No le tiene cariño, y por eso año tras año re-
es lo que produce el cambio en los hombres. pite los mis­mos movimientos. Lo que su baile
Un espíritu que se ve y se toca, un espíritu tenía de malo al prin­cipio ya se hizo duro. Ya
que nos cam­bia, a veces aunque no queramos. no lo puede ver.
‑El peyote te vuelve loco ‑dijo Genaro‑, y en- ‑Así le enseñaron a bailar ‑dijo Eligio‑. Yo
tonces, claro, crees que has cambiado. ¿Ver- tam­bién fui pascola, en el pueblo de Torim.
dad? Sé que hay que bailar como le enseñan a uno.
‑¿Cómo puede cambiarnos? ‑insistió Eligio. ‑De todas maneras, Valencio no es el mejor
‑Nos enseña la forma correcta de vivir ‑dijo pascola ‑dijo Esquere‑. Hay otros. ¿Qué tal
don Juan‑. Ayuda y protege a quienes lo co- Sacateca?
nocen. La vida que ustedes llevan no es vida. ‑Sacateca es un hombre de conocimiento; no
No conocen la felicidad que viene de hacer las es de la misma clase que ustedes ‑dijo don
cosas a propósito. ¡Ustedes no tienen un pro- Juan con severidad-. Ese baila porque ésa
tector! es la inclinación de su naturaleza. Lo que yo
‑¿Qué quieres decir? -dijo Genaro con indig- quería decir era sólo que ustedes, que no son
nación‑. Claro que tenemos. Nuestro Señor pasco­las, no gozan las danzas. Si el pascola
Jesucristo, y nuestra madre la Virgen, y la es bueno, capaz, algunos de ustedes sacarán
Virgencita de Guadalupe. ¿No son nuestros placer. Pero no hay muchos de ustedes que
protectores? sepan tanto de la danza de los pascolas; por
‑¡Qué buen hatajo de protectores! ‑dijo don eso ustedes se contentan con una alegría muy
Juan, burlón‑, ¿A poco te han enseñado a vi- pinche. Por eso todos ustedes son borrachos.
vir mejor? ¡Miren, ahí está mi nieto!
‑¡Ya no le haga agüelo! ‑protestó Lucio. ti ‑prosiguió don Juan sin perder el control‑.
‑No es flojo ni estúpido ‑prosiguió don Juan‑, Debes acu­dir a él sin miedo y, poco a poco, él
¿pero qué más hace aparte de tomar? te enseñará cómo vivir una vida mejor.
‑¡Compra chamarras de cuero! ‑observó Gena- Hubo una larga pausa. Los hombres parecían
ro, y todos los oyentes rieron a carcajadas. cansados. La botella estaba vacía. Con obvia
‑¿Y cómo va el peyote a cambiar eso? ‑pregun- renuencia, Lucio abrió otra.
tó Eligió. ‑¿Es también el peyote el protector de Carlos?
‑Si Lucio buscara al protector ‑dijo don Juan‑, ‑pre­guntó Eligio en tono de broma.
su vida cambiaría. No sé exactamente cómo, ‑Yo no sé ‑dijo don Juan‑. Lo ha probado tres
pero estoy se­guro de que sería distinta. ve­ces; dile a él que te cuente.
‑¿O sea que dejaría la bebida? ‑insistió Eligio. Todos se volvieron hacia mí con curiosidad, y
‑A lo mejor. Necesita algo más que tequila Eligio preguntó:
para tener una vida satisfecha. Y ese algo, sea ‑¿De veras lo hiciste?
lo que sea, puede que se lo dé el protector. ‑Si. Lo hice.
‑Entonces el peyote ha de ser muy sabroso Al parecer, don Juan había ganado un asalto
‑dijo Eligio. con su público. Estaban interesados en oír de
‑Yo no dije eso ‑repuso don Juan. mi experiencia, o bien eran demasiado corte-
‑¿Cómo carajos lo va uno a disfrutar si no sabe ses para reírse en mi cara.
bien? ‑dijo Eligio. ‑¿No te cortó la boca? ‑preguntó Lucio.
‑Lo hace a uno disfrutar mejor de la vida ‑dijo ‑Si y también tenía un sabor espantoso.
don Juan. ‑¿Entonces por qué lo comiste? ‑preguntó Be-
‑Pero si no sabe bien, ¿cómo va a hacernos dis- nigno. Empecé a explicar, en términos elabo-
frutar mejor la vida? ‑persistió Eligio‑. Esto rados, que para un occidental el conocimiento
no tiene ni pies ni cabeza. que don Juan tenía del pe­yote era una de las
‑Claro que tiene ‑dijo Genaro con convicción‑. cosas más fascinantes que podían ha­llarse.
El peyote te vuelve loco y naturalmente crees Añadí luego que cuanto él había dicho al res-
que estás go­zando de la vida como nunca, ha- pecto era cierto, y que cada uno de nosotros
gas lo que hagas. podía verificarlo por sí mismo.
Todos rieron de nuevo. Advertí que todos sonreían como ocultando su
‑Sí tiene sentido ‑prosiguió don Juan, incólu- desdén. Me puse muy incómodo. Tenía con-
me- ­cuando piensas lo poco que sabemos y lo ciencia de mi torpeza para transmitir lo que
mucho que hay por verse. El trago es lo que realmente pensaba. Hablé un rato más, pero
enloquece a la gente. Empaña las imágenes. había perdido el ímpetu y sólo repetí lo que ya
Mescalito, en cambio, lo aclara todo. Te hace don Juan había dicho. Don Juan acudió en mi
ver tan bien. ¡Pero tan bien! ayuda y preguntó en tono confortante:
Lucio y Benigno se miraron y sonrieron como ‑Tú no andabas buscando un protector cuan-
si hubiesen oído antes la historia. Genaro y do te en­contraste por vez primera a Mescali-
Esquere se impacien­taron más y empezaron a to, ¿verdad?
hablar al mismo tiempo. Victor rió por encima Les dije que yo no sabía que Mescalito pudie-
de todas las otras voces. Eligio parecía ser el ra ser un protector, y que sólo me movían mi
único interesado. curiosidad y un gran deseo de conocerlo.
‑¿Cómo puede el peyote hacer todo eso? ‑pre- Don Juan reafirmó que mis intenciones ha-
guntó. bían sido impecables, y dijo que a causa de
‑En primer lugar ‑explicó don Juan‑, debes te- ello Mescalito tuvo un efecto benéfico sobre
ner el deseo de hacer su amistad, y creo que mí.
esto es lo más importante. Luego alguien tie- ‑Pero te hizo vomitar y orinar por todas par-
ne que ofrecerte a él, y debes reunirte con él tes, ¿no? ‑insistió Genaro.
muchas veces antes de poder decir que lo co- Le dije que, en efecto, me había afectado de
noces. tal manera. Todos rieron en forma contenida.
‑¿Y qué pasa después? ‑preguntó Eligio. Sentí que su desdén hacia mí había crecido
‑Te cagas en el techo con el culo en el suelo más aun. No parecían interesados, con excep-
‑inte­rrumpió Genaro. El público rugió. ción de Eligio, que me observaba.
‑Lo que pasa después depende por completo de ‑¿Qué viste? ‑preguntó.
Don Juan me instó a narrarles todos, o casi to- Lucio y Benigno se miraron y echaron a reír.
dos, los detalles salientes de mis experiencias, ‑¿Cuánto cuesta una motocicleta en los Esta-
de modo que des­cribí la secuencia y la forma dos Uni­dos? ‑preguntó Lucio.
de lo que había percibido. Cuando terminé de ‑Probablemente la conseguirás en cien dóla-
hablar, Lucio hizo un comentario. res -dije.
‑Te sacó la . . . ¡Qué bueno que yo nunca lo he ‑Eso no es mucho por allá, ¿verdad? Podrías
comido! conse­guírsela fácilmente, ¿no? ‑preguntó Be-
‑Es lo que les decía ‑dijo Genaro a Bajea‑. Esa nigno.
chingadera lo vuelve a uno loco. ‑Bueno, déjame preguntarle primero a tu
‑Pero Carlos no está loco ahora. ¿Cómo expli- abuelo ‑dije a Lucio.
cas eso? ‑preguntó don Juan a Genaro. ‑No, no ‑protestó‑. Ni se lo menciones. Lo va a
‑¿Y cómo sabemos que no está? ‑replicó Ge- echar todo a perder. Es bien raro. Y además,
naro. está muy viejo y muy chocho y no sabe lo que
Todos soltaron la risa, inclusive don Juan. hace.
‑¿Tuviste miedo? ‑preguntó Benigno. ‑Antes era un brujo de los buenos ‑añadió
‑Claro que si. Benig­no‑. Digo, de a de veras. En mi casa di-
‑¿Entonces por qué lo hiciste? ‑preguntó Eli- cen que era el mejor. Pero se las dio de peyote-
gio. ro y acabó mal. Ahora ya está muy viejo.
‑Dijo que quería saber ‑repuso Lucio en mi ‑Y repite y repite las mismas pendejadas so-
lugar‑. Yo creo que Carlos se está volviendo bre el pe­yote ‑dijo Lucio.
como mi abuelo. Los dos han estado diciendo ‑Ese peyote es pura mierda ‑dijo Benigno‑.
que quieren saber, pero nadie sabe qué cara- Sabes, lo probamos una vez. Lucio le sacó a su
jos quieren saber. abuelo un costal entero. Una noche que íba-
‑Es imposible explicar eso ‑dijo don Juan a mos al pueblo lo mascamos. ¡Hijo de puta! me
Eligio- p
­ orque es distinto para cada hombre. hizo pedazos la boca. ¡Tenía un sabor de la
Lo único que es igual para todos nosotros es chingada!
que Mescalito revela sus se­cretos en forma ‑¿Lo tragaron? ‑pregunté.
privada a cada hombre. Porque yo sé como se ‑Lo escupimos ‑dijo Lucio‑, y tiramos todo el
siente Genaro, no le recomiendo que busque a pin­che costal.
Mesca­lito. Sin embargo, pese a mis palabras Ambos pensaban que el incidente era muy
o a lo que él siente, Mescalito podría crearle chistoso. Eligio, mientras tanto, no había di-
un efecto totalmente benéfico. Pero sólo él lo cho una palabra. Es­taba apartado, como de
puede averiguar, y ése es el saber del que yo costumbre. Ni siquiera rió.
he estado hablando. ‑¿A ti te gustaría probarlo, Eligio? ‑pregunté.
Don Juan se puso de pie. ‑No. Yo no. Ni por una motocicleta.
‑Es hora de irse ‑dijo‑. Lucio está borracho y Lucio y Benigno hallaron la frase absoluta-
Víctor ya se durmió. mente chis­tosa y rugieron de nuevo.
‑Sin embargo ‑continuó Eligio‑, tengo que de-
Dos días después, el 6 de septiembre, Lucio, cir que don Juan me intriga.
Benigno y Eligio fueron a la casa donde yo ‑Mi abuelo es demasiado viejo para saber
me alojaba, para que sa­liéramos de cacería. nada ‑dijo Lucio con gran convicción.
Permanecieron en silencio un rato mientras ‑Sí, es demasiado viejo ‑resonó Benigno.
yo seguía escribiendo mis notas. Entonces La opinión que los dos jóvenes tenían de don
Benig­no rió cortésmente, como advertencia de Juan me parecía pueril e infundada. Sentí que
que iba a decir algo importante. era mi deber salir en defensa de su reputa-
Tras un embarazoso silencio, rió de nuevo y ción, y les dije que en mi opinión don Juan era
dijo: entonces, como lo había sido antes, un gran
‑Aquí Lucio dice que quiere comer peyote. brujo, tal vez incluso el más grande de todos.
-¿De veras lo harías? ‑pregunté. Dije que sentía en él algo en verdad extraor-
‑Sí. Me da igual hacerlo o no hacerlo. dinario. Los insté a recordar que don Juan,
La risa de Benigno brotó a borbollones: teniendo más de setenta años, po­seía mayor
‑Lucio dice que él come peyote si tú le com- fuerza y energía que todos nosotros juntos.
pras una motocicleta. Reté a los jóvenes a comprobarlo tratando de
tomar por sorpresa a don Juan. Juan‑. Sólo pasé a preguntarle a Carlos si
‑A mi abuelo nadie lo agarra desprevenido siempre se va a Hermosillo.
‑dijo Lucio orgullosamente‑. Es brujo. Le dije que planeaba salir al día siguiente, y
Le recordé que lo habían llamado viejo y cho- mientras hablábamos Benigno distribuyó las
cho, y que un viejo chocho no sabe lo que pasa botellas. Eligio dio la suya a don Juan, y como
en su derredor. Dije que la presteza de don entre los yaquis rehusar algo, aun como cum-
Juan me había maravillado en re­petidas oca- plido, es una descortesía mortal, don Juan la
siones. tomó en silencio. Yo di la mía a Eligio, y él
‑Nadie puede tomar por sorpresa a un brujo, se vio obligado a tomarla. Benigno, a su vez,
aunque sea viejo ‑dijo Benigno con autoridad‑. me dio su botella. Pero Lucio, que obviamente
Lo que sí, pue­den caerle en montón cuando había visualizado todo el es­quema de buenos
esté dormido. Eso le pasó a un tal Cevicas. La modales yaquis, ya había terminado de beber
gente se cansó de sus malas artes y lo mató. su refresco. Se volvió a Benigno, que lucía una
Les pedí detalles de aquel evento, pero di- ex­presión patética, y dijo riendo:
jeron que había ocurrido años atrás cuando ‑Te chingaron tu botella.
eran aún muy chicos. Eligio añadió que en el Don Juan dijo que él nunca bebía refresco y
fondo la gente creía que Cevicas había sido puso su botella en manos de Benigno. Queda-
solamente un charlatán, pues nadie podía mos en silencio, sen­tados bajo la ramada.
dañar a un brujo de verdad. Traté de seguir Eligio parecía nervioso. Jugueteaba con el ala
interrogándolos sobre sus opiniones acerca de de su sombrero.
los brujos. No parecían tener mucho interés ‑He estado pensando en lo que decía usted la
en el tema; además, estaban ansiosos de salir otra noche ‑dijo a don Juan‑. ¿Cómo puede el
a disparar el rifle 22 que yo llevaba. peyote cambiar nuestra vida? ¿Cómo?
Guardamos silencio un rato mientras caminá- Don Juan no respondió. Miró fijamente a Eli-
bamos hacia el espeso chaparral; luego Eligio, gio duran­te un momento y luego empezó a
que iba a la cabeza de la fila, se volvió a de- cantar en yaqui. No era una canción propia-
cirme: mente dicha, sino una recitación corta. Per-
‑A lo mejor los locos somos nosotros. A lo me- manecimos largo rato sin hablar. Luego pedí
jor don Juan tiene razón. Mira nada más cómo a don Juan que me tradujese las palabras ya-
vivimos. quis.
Lucio y Benigno protestaron. Yo intenté me- ‑Eso fue solamente para los yaquis ‑dijo con
diar. Apoyé a Eligió y les dije que yo mismo na­turalidad.
había sentido algo erró­neo en mi manera de Me sentí desanimado. Estaba seguro de que
vivir. Benigno dijo que yo no tenía motivo había dicho algo de gran importancia.
para quejarme de la vida; que tenía dinero y ‑Eligio es indio ‑me dijo finalmente don Juan‑,
co­che. Repuse que yo fácilmente podría decir y como indio, Eligio no tiene nada. Los indios
que ellos mismos estaban mejor porque cada no tenemos nada. Todo lo que ves por aquí
uno poseía un trozo de tierra. Respondieron al pertenece a los yoris. Los yaquis sólo tienen
unísono que el dueño de su tierra era el ban- su ira y lo qué la tierra les ofrece libremente.
co ejidal. Les dije que yo tampoco era dueño Nadie abrió la boca en bastante rato; luego
de mi coche, que el propietario era un banco don Juan se levantó y dijo adiós y se fue. Lo
ca­liforniano, y que mi vida era sólo distinta miramos hasta que desapareció tras un reco-
a las suyas, pero no mejor. Para entonces ya do del camino. Todos parecíamos estar nervio-
estábamos en los matorrales densos. sos. Lucio nos dijo, deshilvanadamente, que
No hallamos venados ni jabalíes, pero cobra- su abuelo se había marchado porque detes-
mos tres lie­bres. Al regreso nos detuvimos en taba el guisado de liebre. Eligio parecía su-
casa de Lucio y él anunció que su esposa haría mergido en pensamientos. Be­nigno se volvió
guisado de liebre. Benigno fue a la tienda a hacia mí y dijo, fuerte:
comprar una botella de tequila y a traer­nos ‑Yo pienso que el Señor los va a castigar a ti y
refrescos. Cuando volvió, don Juan iba con él. a don Juan por lo que están haciendo.
‑¿Hallaste a mi agüelo tomando cerveza en la Lucio empezó a reír y Benigno se le unió.
tienda? ‑preguntó Lucio, riendo. ‑Ya te estás haciendo el payaso, Benigno -dijo
‑No he sido invitado a esta reunión ‑dijo don Eligio, sombrío‑. Lo que acabas de decir no
vale madre. Eligio masticó otros dos botones y don Juan le
dio carne seca,
15 de septiembre, 1968 Cuando hubo mascado su décimo botón, yo es-
taba casi enfermo de angustia.
Eran las nueve de una noche de sábado. Don De pronto, Eligio cayó hacia adelante y su
Juan estaba sentado frente a Eligio en el cen- frente gol­peó el suelo. Rodó sobre el costado
tro de la ramada en casa de Lucio. Don Juan izquierdo y se sacudió convulsivamente. Miré
puso entre ambos su saco de botones de peyote mi reloj. Eran las once y veinte. Eligio se sa-
y cantó meciendo ligeramente su cuerpo hacia cudió, se bamboleó y gimió durante más de
atrás y hacia adelante. Lucio, Benigno y yo una hora, tirado en el suelo.
nos hallábamos cosa de metro y medio detrás Don Juan mantuvo la misma posición frente a
de Eligio, sentados con la espalda contra la él. Sus canciones de peyote eran casi un mur-
pared. Al principio la oscuridad fue completa. mullo. Benigno, sen­tado a mi derecha, pare-
Habíamos estado dentro de la casa, a la luz cía distraído; Lucio, junto a él, se había dejado
de la linterna de gasolina, esperando a don caer de lado y roncaba.
Juan. Al llegar, él nos hizo salir a la ramada El cuerpo de Eligio se contrajo a una posición
y nos dijo dónde sentarnos. Tras un rato mis retorcida. Yacía sobre el costado izquierdo, de
ojos se acostumbraron a lo oscuro. Pu­de ver frente hacia mí, con las manos entre las pier-
claramente a todos. Advertí que Eligio pare- nas. Dio un poderoso salto y se volvió sobre
cía aterrado. Su cuerpo entero temblaba; sus la espalda, con las piernas ligeramente curva­
dientes casta­ ñeteaban en forma incontrola- das. Su mano izquierda se agitaba hacia afue-
ble. Sacudidas espasmódicas de su cabeza y ra y hacia arriba con un movimiento libre y
su espalda lo convulsionaban. elegante en extremo. La mano derecha repi-
Don Juan le habló diciéndole que no tuviera tió el mismo diseño, y luego ambos brazos al-
miedo y confiase en el protector y no pensa- ternaron en un movimiento lento, ondulante,
ra en nada más. Con ademán despreocupado pa­recido al de un arpista. El movimiento se
tomó un botón de peyote, lo ofre­ció a Eligio hizo gradual­mente más vigoroso. Los brazos
y le ordenó mascarlo muy despacio. Eligio gi- tenían una vibración perceptible y subían y
mió como un perrito y retrocedió. Su respira- bajaban como pistones. Al mismo tiempo, las
ción era muy rápida; sonaba como el resoplar manos giraban hacia adelante, desde la mu­
de un fuelle. Se quitó el sombrero y se enjugó ñeca, y los dedos se agitaban. Era un espec-
la frente. Se cubrió el rostro con las manos. táculo bello, armonioso, hipnótico. Pensé que
Pensé que lloraba. Transcurrió un momen­to su ritmo y su dominio muscular estaban más
muy largo y tenso antes de que recuperara al- allá de toda comparación.
gún do­minio de si. Enderezó la espalda y, aún Entonces Eligio se levantó despacio, como si
cubriéndose la cara con una mano, tomó el bo- se estirara contra una fuerza envolvente. Su
tón de peyote y comenzó a mascarlo. cuerpo temblaba. Se sentó en cuclillas y lue-
Sentí una aprensión tremenda. No había ad- go empujó hasta quedar erecto. Sus brazos,
vertido, hasta entonces, que acaso me hallaba tronco y cabeza vibraban como si los atraves-
tan asustado como Eligio. Mi boca tenía una ase una corriente eléctrica intermitente. Era
sequedad similar a la que produce el peyote. como si una fuer­za ajena a su control lo asen-
Eligio mascó el botón durante largo rato. Mi tara o lo impulsase hacia arriba.
tensión aumentó. Empecé a gemir involunta- El canto de don Juan se hizo muy fuerte. Lu-
riamente mientras mi respiración se acelera- cio y Be­nigno despertaron y miraron sin inte-
ba. rés la escena durante un rato y luego volvie-
Don Juan empezó a canturrear más alto; lue- ron a dormirse.
go ofreció otro botón a Eligio y, cuando Eligio Eligio parecía moverse hacia arriba. Al pa-
lo hubo terminado, le ofreció fruta seca y le recer estaba escalando. Ahuecaba las manos
indicó mascarla poco a poco. para agarrarse a objetos más allá de mi vi-
Eligio se levantó repetidas veces para ir a los sión. Se empujó hacia arriba e hizo una pausa
matorra­les. En determinado momento pidió para recuperar el aliento.
agua. Don Juan le dijo que no la bebiera, que Queriendo ver sus ojos me acerqué más a él,
sólo hiciese buches con ella. pero don Juan me miró con fiereza y retrocedí
a mi puesto. sobre la punta de los pies, formando un círcu-
Entonces Eligio saltó. Fue un salto formida- lo casi completo, sus manos tocando el suelo.
ble, defini­tivo. Al parecer, había llegado a su Cayó de nue­vo, suavemente, sobre la espalda,
meta. Resoplaba y sollozaba con el esfuerzo. y se extendió a todo su largo adquiriendo una
Parecía asido a un borde. Pero algo iba alcan- rigidez extraña.
zándolo. Chilló desesperado. Sus manos se Gimoteó y gruñó durante un rato, luego em-
aflojaron y empezó a caer. Su cuerpo se ar- pezó a roncar. Don Juan lo cubrió con unos
queó hacia atrás, y un hermosísimo escarceo sacos de arpillera.
coordinado lo convulsio­nó de la cabeza a los Eran las 5:35 AM.
pies. La oleada lo atravesó unas cien veces
antes de que su cuerpo se desplomara como Lucio y Benigno dormían hombro contra hom-
un costal sin vida. bro, recarga­dos en la pared. Don Juan y yo
Tras un rato extendió los brazos hacia el fren- estuvimos callados largo rato. El se veía fa-
te, como protegiendo su rostro. Mientras yacía tigado. Rompí el silencio y le pregunté por
sobre el pecho, sus piernas se estiraron hacia Eligió. Me dijo que el encuentro de Eligio con
atrás; estaban arqueadas a unos centímetros Mes­calito había tenido un éxito excepcional;
del suelo, dando al cuerpo la apariencia exac­ Mescalito le había enseñado una canción en
ta de deslizarse o volar a una velocidad increí- su primer encuentro y eso era ciertamente ex-
ble. La cabeza estaba arqueada hacia atrás, a traordinario.
todo lo que daba; los brazos unidos sobre los Le pregunté por qué no había dejado a Lu-
ojos, escudándolos. Podía yo sentir el viento cio tomar peyote a cambio de una motocicleta.
silbando en torno suyo. Boqueé y di un fuerte Dijo que Mescalito habría matado a Lucio si
grito involuntario. Lucio y Benigno desperta- éste se le hubiera acercado bajo tales condi-
ron y miraron con curiosidad a Eligio. ciones. Don Juan admitió haber preparado
‑Si me compras una moto, lo masco ahorita todo cuidadosamente para convencer a su nie-
-dijo Lucio en voz alta. to; me dijo que había contado con mi amistad
Miré a don Juan. El hizo un gesto imperativo con Lucio como parte central de su estrategia.
con la cabeza. Dijo que Lucio había sido siem­pre su gran pre-
‑¡Hijo de puta! ‑masculló Lucio, y volvió a dor­ ocupación, y que en una época ambos vivie-
mirse. ron juntos y estaban muy unidos, pero Lucio
Eligio se puso en pie y echó a andar. Dio unos enfermó gravemente a los siete años y el hijo
pasos hacia mí y se detuvo. Pude verlo sonreír de don Juan, cató­lico devoto, prometió a la
con una expre­sión beatífica. Trató de silbar. El Virgen de Guadalupe que Lucio ingresaría en
sonido no era claro, pero tenía armonía. Era una sociedad sagrada de danzantes si su vida
una tonada. Constaba solamente de un par se salvaba. Lucio se recobró y fue obligado a
de barras, repetidas una y otra vez. Tras un cumplir el juramento. Duró una semana como
rato el silbido se hizo nítidamente audible, y aprendiz, y luego se resolvió a romper el voto.
luego se con­virtió en una melodía aguda. Eli- Pensó que moriría a resultas de esto, templó
gio murmuraba palabras ininteligibles. Las su ánimo y durante un día entero esperó la
palabras parecían ser la letra de la tona­da. llegada de la muerte. Todo el mundo se burló
La repitió durante horas. Una canción muy del niño y el incidente jamás se olvidó.
sencilla: repetitiva, monótona, pero extraña- Don Juan pasó largo rato sin hablar. Parecía
mente bella. haber sido cubierto por un mar de pensamien-
Al cantar, Eligio parecía estar mirando algo. tos.
En cierto momento se acercó mucho a mí. Vi ‑Mi trampa era para Lucio ‑dijo‑ y en vez de él
unos ojos en la semi­ oscuridad. Estaban vi- hallé a Eligio. Yo sabía que no tenía caso, pero
driosos, transfigurados. Sonrió y soltó una ri- cuando se quiere a alguien debemos insistir
sita. Caminó y tomó asiento y caminó de nue- como se debe, como si fuera posible rehacer
vo, gru­ñendo y suspirando. a los hombres. Lucio tenía valor cuando era
De repente, algo pareció haberlo empujado niño, y luego lo perdió a lo largo del camino,
desde atrás Su cuerpo se arqueó por enmedio, ‑¿No puede usted embrujarlo, don Juan?
como movido por una fuerza directa. En de- ‑¿Embrujarlo? ¿Para qué?
terminado instante, Eligio estaba equi­librado ‑Para que cambie y recobre su valor.
‑La brujería no se usa para dar valor. El valor ‑Estuviste a punto.
es algo personal. La brujería es para volver a ‑¿Vio usted que yo veía los movimientos de
la gente inofensiva o enferma o tonta. No se Eligio?
embruja para hacer guerreros. Para ser gue- ‑Sí. Vi que Mescalito te permitía ver parte de
rrero hay que ser claro como el cristal, igual la lección de Eligio; de otro modo habrías es-
que Eligio. ¡Ahí tienes a un hombre de valor! tado mirando un hombre allí sentado, o qui-
Eligio roncaba apaciblemente bajo los costa- zás allí tirado. En el último mitote no notaste
les. Despun­taba el día. El cielo era de un azul que los hombres hicieran nada, ¿o sí?
impecable. No había nubes a la vista. En el último mitote, yo no había advertido
‑Daría cualquier cosa en este mundo ‑dije‑ por que ningu­ no de los participantes realizara
saber del viaje de Eligio. ¿Se opondría usted a movimientos fuera de lo común. Le dije que
que yo le pidiera que me lo contara? podía asegurar con certeza que todo cuanto
‑¡Bajo ninguna circunstancia debes pedirle había registrado en mis notas era que algunos
eso! se levantaban para ir a los matorrales más a
‑¿Por qué no? Yo le cuento a usted mis expe- menudo que otros.
riencias. ‑Pero casi viste toda la lección de Eligio ‑pro-
‑Eso es distinto. No es tu inclinación guardar- siguió don Juan‑. Piensa en eso. ¿Entiendes
te las cosas para ti solo. Eligio es indio. Su ahora lo generoso que es contigo Mescalito?
viaje es todo lo que tiene. Ojalá hubiera sido Mescalito jamás ha sido tan bueno con nadie,
Lucio. que yo sepa. Con nadie. Y tú, sin em­bargo, no
‑¿No hay nada que pueda usted hacer, don tienes en cuenta su generosidad. ¿Cómo pue-
Juan? des volverle la espalda tan de golpe? O quizá
‑No. Por desgracia, no hay manera de hacerles debería decir: ¿a cambio de qué le vuelves la
huesos a las aguamalas. Fue sólo mi desatino. espalda a Mescalito?
Salió el sol. Su luz empañó mis ojos cansados. Sentí que don Juan me acorralaba de nuevo.
‑Me ha dicho usted muchas veces, don Juan, Me resul­taba imposible responder su pregun-
que un brujo no puede permitirse desatinos. ta. Siempre había creído haber renunciado
Jamás pensé que tuviera usted alguno. al aprendizaje para salvarme, pero no tenía
Don Juan me miró con ojos penetrantes. Se idea de qué era aquello de lo que me salvaba,
levantó, miró a Eligio y luego a Lucio. Se en- ni para qué. Quise cambiar de inmediato el
cajó el sombrero en la cabeza, palmeándolo en sentido de nues­tra conversación, y para tal fin
la copa. abandoné la intención de proseguir con mis
‑Es posible insistir, insistir como es debido, preguntas premeditadas y expuse mi duda
aunque sepamos que lo que hacemos no tiene más importante.
caso ‑dijo, sonrien­do‑. Pero primero debemos ‑Acaso podría usted decirme más acerca de su
saber que nuestros actos son inútiles, y luego desatino controlado ‑dije.
proceder como si no lo supiéramos. Eso es el ‑¿Qué quieres saber de eso?
desatino controlado de un brujo. ‑Dígame por favor, don Juan, ¿qué es exacta-
mente el desatino controlado?
Don Juan rió fuerte y produjo un sonido chas-
V queante golpeándose el muslo con la mano
ahuecada.
El 5 de octubre de 1968 regresé a casa de don ‑¡Esto es desatino controlado! ‑dijo, y nueva-
Juan con el único propósito de interrogarlo mente rió y golpeó su muslo.
sobre los hechos en torno a la iniciación de ‑¿Qué quiere usted decir . . . ?
Eligio. Al releer el recuento de lo que tuvo lu- ‑Estoy feliz de que, al cabo de tantos años, fi-
gar entonces, se me había ocurrido una serie nalmente me hayas preguntado por mi desa-
de dudas casi interminables. Como buscaba tino controlado, y sin embargo no me hubiera
expli­caciones muy precisas, preparé de ante- importado en lo más mínimo si nunca hubie-
mano una lista de preguntas, eligiendo cuida- ras preguntado. Pero he decidido sentirme
dosamente las palabras más ade­cuadas. fe­liz, como si me importara que preguntases,
Empecé por preguntarle: como si im­portara que me importara. ¡Eso es
‑¿Vi aquella noche, don Juan? desatino controlado!
Ambos reímos con ganas. Lo abracé. Su ex- -di­je‑. No debía haberme puesto como ejem-
plicación me resultaba deliciosa, aunque no plo. Lo que quise decir es que debe haber algo
acababa de comprenderla. en el mundo que a usted le importe en una
Como de costumbre, estábamos sentados en forma que no sea desatino con­trolado. No creo
el área fren­te a la puerta de su casa. Mediaba que sea posible seguir viviendo si nada nos
la mañana. Don Juan tenía delante una pila importa en realidad.
de semillas y les estaba quitando la basura. ‑Eso se aplica a ti ‑dijo‑. Las cosas te importan
Yo había ofrecido ayudarlo pero él rehusó; a ti. Tú me preguntaste por mi desatino con-
dijo que las semillas eran un regalo para uno trolado y yo te dije que todo cuanto hago en
de sus ami­gos en Oaxaca y que yo no tenía el relación conmigo mismo y con mis semejantes
poder suficiente para tocarlas. es precisamente eso, porque nada importa.
‑¿Con quiénes practica usted el desatino con- ‑La cosa es, don Juan, que si nada le importa,
trolado, don Juan? ‑pregunté tras un silencio ¿cómo puede usted seguir viviendo?
largo. Rió, y tras una pausa momentánea, en la que
El chasqueó la lengua. pareció deliberar si responderme o no, se le-
‑¡Con todos! ‑exclamó, sonriendo. vantó y fue al tras­patio de su casa. Lo seguí.
‑Entonces, ¿cuándo decide usted practicarlo? ‑Espere, espere, don Juan ‑dije‑. De veras
‑Cada vez que actúo. quiero saber; debe usted explicarme lo que
En ese punto sentí necesidad de recapitular, quiere decir.
y le pre­gunté si desatino controlado significa- ‑A lo mejor no es posible explicar ‑dijo él‑.
ba que sus actos no eran nunca sinceros, sino Cier­tas cosas de tu vida te importan porque
sólo los actos de un actor. son importantes; tus acciones son ciertamen-
‑Mis actos son sinceros ‑dijo‑, pero sólo son los te importantes para ti, pero para mí, ni una
actos de un actor. sola cosa es importante ya, ni mis acciones ni
‑¡Entonces todo lo que usted hace debe ser las acciones de mis semejantes. Pero sigo vi-
desatino controlado! ‑dije, verdaderamente viendo porque tengo mi voluntad. Porque he
sorprendido. templado mi voluntad a lo largo de toda mi
‑Sí, todo ‑dijo él. vida, hasta hacerla impecable y completa, y
‑Pero no puede ser cierto ‑protesté‑ que cada ahora no me importa que nada importe. Mi
uno de sus actos sea únicamente eso. voluntad controla el desatino de mi vida.
‑¿Por qué no? ‑replicó con una mirada miste- Se acuclilló y pasó los dedos sobre unas hier-
riosa. bas que había puesto a secar al sol en un gran
‑Eso significaría que nada tiene caso para us- trozo de arpillera.
ted y que nada ni nadie le importan en verdad. Me hallaba desconcertado. Jamás habría po-
Yo, por ejemplo. ¿Quiere usted decir que no le dido antici­par la dirección que mi interroga-
importa si yo me convierto o no en hombre de torio había tomado. Tras una larga pausa,
conocimiento, o si vivo, si muero, si hago cual- pensé en un buen punto. Le dije que en mi
quier cosa? opinión algunos actos de mis semejantes te-
‑¡Cierto! No me importa. Tú eres como Lucio, nían impor­tancia suprema. Señalé que una
o como cualquier otro en mi vida, mi desatino guerra nuclear era defini­tivamente el ejemplo
controlado. más dramático de un acto así. Dije que, para
Experimenté una peculiar sensación de vacío. mí, destruir la vida en toda la faz de la tierra
Obvia­mente no había en el mundo razón al- era un acto de enormidad vertiginosa.
guna para que yo hubiera de importarle a don ‑Crees eso porque estás pensando. Estás pen-
Juan, pero a la vez yo tenía casi la certeza sando en la vida ‑dijo don Juan con un brillo
de que se preocupaba por mi en lo perso­nal; en la mirada‑. No estás viendo.
pensaba que no podía ser de otro modo, pues ‑¿Me sentiría distinto si pudiera ver? ‑pregun-
siem­pre me había dedicado su atención com- té.
pleta durante cada momento que yo había pa- ‑Una vez que un hombre aprende a ver, se ha-
sado con él. Se me ocurrió que acaso don Juan lla solo en el mundo, sin nada más que desati-
sólo decía eso por estar molesto con­migo. Des- no ‑dijo don Juan en tono críptico.
pués de todo, yo abandoné sus enseñanzas. Hizo una pausa y me miró como queriendo
‑Siento que no estamos hablando de lo mismo juzgar el efecto de sus palabras.
‑Tus acciones, así como las acciones de tus pesas formaciones de nubes estaban teñidas
semejan­tes en general, te parecen importan- de un color anteado profundo, mientras el
tes sólo porque has aprendido a pensar que centro de las nubes permanecía casi negro.
son importantes. Iba yo a comentar la belleza de las nubes, pero
Puso una inflexión tan peculiar en la palabra él habló primero.
“apren­dido” que me forzó a inquirir a qué se ‑Esponjosas por fuera y apretadas por dentro
refería con ella. ‑dijo señalando las nubes.
‑Aprendemos a pensar en todo ‑dijo‑, y luego Su frase encajaba tan a la perfección que me
en­trenamos nuestros ojos para mirar al mis- hizo saltar.
mo tiempo que pensamos de las cosas que ‑En este momento yo iba a hablarle de las nu-
miramos. Nos miramos a noso­ tros mismos bes ‑dije.
pensando ya que somos importantes. ¡Y por ‑Entonces te gané ‑dijo, y rió con abandono in-
supuesto tenemos que sentirnos importantes! fantil.
Pero luego, cuando uno aprende a ver, se da Le pregunté si estaba de humor para respon-
cuenta de que ya no puede uno pensar en las der algunas preguntas.
cosas que mira, y si uno no pue­de pensar en lo -¿Qué quieres saber? –repuso.
que mira todo se vuelve sin importancia. ‑Lo que me dijo usted esta tarde acerca del
Don Juan debe haber notado mi expresión in- desatino controlado me ha inquietado muchí-
trigada; repitió sus aseveraciones tres veces, simo ‑dije‑. Real­mente no puedo entenderlo.
como para hacerme comprenderlas. Lo que -Claro que no puedes entenderlo ‑dijo‑. Estás
dijo me sonó al principio como un galimatías, tra­tando de pensarlo, y lo que yo dije no enca-
pero al pensarlo cuidadosamente, sus pala- ja con tus pensamientos.
bras descollaron más bien como una declara- ‑Estoy tratando de pensarlo ‑dije‑ porque ésa
ción elaborada acer­ca de alguna faceta de la es la única forma en que yo, personalmente,
percepción. puedo entender cualquier cosa. Por ejemplo,
Intenté pensar una buena pregunta que lo hi- don Juan, ¿dice usted que, cuando uno apren-
ciera clarificar su argumento, pero no se me de a ver, todo en el mundo entero care­ce de
ocurrió nada. De un momento a otro me sen- valor?
tía exhausto y no podía formular con claridad ‑No dije de valor. Dije de importancia. Todo
mis pensamientos. es igual y por lo tanto sin importancia. Por
Don Juan pareció notar mi fatiga y me dio ejemplo, no hay ma­nera de decir que mis ac-
unas palmaditas suaves. tos son más importantes que los tuyos, o que
‑Limpia estas plantas aquí ‑dijo‑, y luego las una cosa es más esencial que otra; por lo tan­
des­menuzas con cuidado y las pones en este to, todas las cosas son iguales, y al ser iguales
frasco. carecen de importancia.
Me dio un frasco grande de café y se marchó. Le pregunté si estaba declarando que lo que
Volvió a su casa horas después, al atardecer. había lla­mado “ver” era en efecto una “mane-
Yo había terminado de deshebrar sus plantas ra mejor” que el simple “mirar las cosas”.
y tenido tiempo de sobra para escribir mis no- Dijo que los ojos del hombre podían realizar
tas. Quise hacerle acto seguido algunas pre- ambas funciones, pero ninguna era mejor que
guntas, pero no estaba de humor para respon­ la otra; sin em­bargo, educar los ojos nada más
derme. Dijo que se moría de hambre y que para mirar era, en su opi­nión, un desperdicio
primero debía preparar su comida. Encendió innecesario.
un fuego en su estufa de tierra y puso una olla ‑Por ejemplo, para reír necesitamos mirar con
con extracto de caldo de hueso. Atisbó en las los ojos ‑dijo‑, porque sólo cuando miramos las
bolsas de provisiones que yo había llevado y cosas po­demos captar el filo gracioso del mun-
sacó unas verduras, las cortó en trozos peque- do. En cambio, cuando nuestros ojos ven, todo
ños y las echó en la olla. Luego se acostó en es tan igual que nada tiene gracia.
su petate, se quitó los huaraches y me indicó ‑¿Quiere usted decir, don Juan, que un hom-
sentarme más cerca de la es­tufa, para alimen- bre que ve nunca puede reír?
tar el fuego. Permaneció en silencio un rato.
Estaba casi oscuro; desde mi puesto podía ver ‑Tal vez haya hombres de conocimiento que
el cielo hacia el oeste. Las orillas de unas es- nunca ríen ‑dijo‑. Pero no conozco ninguno.
Los que conoz­ co ven y también miran, de Don Juan mantuvo tercamente que su prefe-
modo que ríen. rencia no quería decir que no fueran iguales,
‑¿Lloraría asimismo un hombre de conoci- y yo insistí diciendo que nuestra discusión po-
miento? día extenderse lógicamente al planteamiento
‑Por supuesto. Nuestros ojos miran para que de que, si todas las cosas eran supuesta­mente
poda­mos reír, o llorar, o regocijarnos, o estar iguales, ¿por qué no elegir también la muerte?
tristes, o estar contentos. A mí personalmente ‑Eso hacen muchos hombres de conocimiento
no me gusta estar triste; por eso, cada vez que ‑di­jo‑. Un día desaparecen así no más. La gen-
presencio algo que por lo común me entriste- te piensa que los emboscaron y los mataron a
cería, simplemente cambio los ojos y lo veo en causa de sus hechos. Prefieren morir porque
lugar de mirarlo. Pero cuando encuentro algo no les importa. En cambio, yo prefiero vivir, y
gracioso, miro y me río. reír, no porque importe, sino porque esa pre-
‑Pero entonces, don Juan, su risa es genuina, ferencia es la inclinación de mi naturaleza. Si
y no desatino controlado. digo que prefiero o escojo es porque veo, pero
Don Juan se me quedó mirando un momento. el asunto es que yo no escojo vivir; mi volun-
‑Yo hablo contigo porque me haces reír ‑dijo‑. tad me hace seguir viviendo a pesar de cuanto
Me haces acordar a unas ratas coludas del de- pueda ver. Tú no me entiendes ahora a cau-
sierto que se quedan atracadas cuando meten sa de esa costumbre que tienes de pensar así
la cola en agujeros tra­tando de ahuyentar a como miras y de pensar así como piensas.
otras ratas para robarles la comida. Tú que- Esta frase me intrigó sobremanera. Le pedí
das atrapado en tus propias preguntas. ¡Ten explicar qué quería decir con ella.
cui­dado! A veces, esas ratas se arrancan la Repitió la misma formulación varias veces,
cola al soltarse. como dándo­se tiempo para organizarla en tér-
La comparación me hizo gracia y reí. Don minos distintos, y luego remachó su argumen-
Juan me había enseñado cierta vez unos roe- to diciendo que con lo de “pensar” se refería a
dores pequeños, de cola peluda, que parecían la idea constante que tenemos de todo en el
ardillas gordas; la imagen de una de esas ra- mundo. Dijo que “ver” disipaba esa costumbre
tas rechonchas arrancándose la cola a tirones y, mien­tras yo no aprendiera a “ver”, no po-
era triste y al mismo tiempo morbosamente dría comprender lo que él decía.
chistosa. ‑Pero si nada importa, don Juan, ¿por qué va
‑Mi risa, así como todo cuanto hago, es de ver- a impor­tar que yo aprenda a ver?
dad ‑dijo don Juan‑, pero también es desatino ‑Una vez te dije que nuestra suerte como
controlado porque es inútil; no cambia nada y hombres es aprender, para bien o para mal
sin embargo lo hago. ‑repuso‑. Yo he apren­dido a ver y te digo que
‑Pero según yo lo entiendo, don Juan, su risa nada importa en realidad; ahora te toca a ti; a
no es inútil. Lo hace a usted feliz. lo mejor algún día verás y sabrás si las cosas
‑¡No! Soy feliz porque escojo mirar las cosas importan o no. Para mí nada importa, pero
que me hacen feliz, y entonces mis ojos captan capaz para ti importe todo. Ya deberías saber
su filo gracioso y me río. Te lo he dicho incon- a estas alturas que un hombre de conocimien-
tables veces. Siempre hay que escoger el ca- to vive de actuar, no de pensar en actuar, ni
mino con corazón para estar lo mejor posible, de pensar qué pensará cuando termi­ne de ac-
quizá para poder reír todo el tiempo. tuar.
Interpreté sus palabras en el sentido de que el “Por eso un hombre de conocimiento elige un
llanto era inferior a la risa, o al menos, quizá, camino con corazón y lo sigue: y luego mira y
un acto que nos debilitaba. El aseveró que no se regocija y ríe; y luego ve y sabe. Sabe que
había diferencia intrínseca y que ambas cosas su vida se acabará en un abrir y cerrar de
carecían de importancia; dijo, empero, que su ojos; sabe que él, así como todos los demás, no
preferencia era la risa, porque la risa hacía a va a ninguna parte; sabe, porque ve, que nada
su cuerpo sentirse mejor que el llanto. es más importante que lo demás. En otras pa-
En este punto sugerí que, si uno tiene prefe- labras, un hombre de conocimiento no tiene
rencia, no hay igualdad; si él prefería la risa honor, ni dignidad, ni familia, ni nombre, ni
al llanto, la primera era sin duda más impor- tierra, sólo tiene vida que vivir, y en tal con-
tante. dición su única liga con sus semejantes es su
desatino controlado. Así, un hombre de cono- ra de petróleo, pero la semioscuridad era muy
cimiento se esfuerza, y suda, y resuella, y si confortante. El fuego de la estufa, que daba
uno lo mira es como cualquier hombre común, luz suficiente para escribir, creaba asimismo
excepto que el desatino de su vida está bajo un resplandor rojizo en mi alrededor. Puse
control. Como nada le importa más que nada, mis notas en el suelo y me acosté. Me sentía
un hombre de conocimiento escoge cualquier cansado. De toda la conversación de don Juan,
acto, y lo actúa como si le importara. Su des- lo único que punzaba mi mente era que yo no
atino controlado lo lleva a decir que lo que él le importaba; eso me producía una inquietud
hace importa y lo lleva a actuar como si im- inmensa. Durante un lapso de años yo había
portara, y sin embargo él sabe que no impor- depositado en él mi confianza. De no haber
ta; de modo que, cuando completa sus actos se confiado en él por entero, el miedo me habría
retira en paz, sin pena ni cuidado de que sus paralizado ante la perspectiva de aprender su
actos fueran buenos o malos, o tuvieran efecto conocimiento; la premisa en que mi confianza
o no. se basaba era la idea de que yo le importaba
“Por otro lado, un hombre de conocimiento en lo personal; de hecho siempre le tuve mie-
puede pre­ferir quedarse totalmente impasi- do, pero frené mi temor porque confiaba en él.
ble y no actuar jamás, y comportarse como si Cuando él quitó esa base, me dejó sin nada en
el ser impasible le importara de verdad; tam- que apoyarme, y me sentí desvalido.
bién en eso será genuino y justo, porque eso es Una angustia muy extraña se posesionó de
también su desatino controlado”. mi. Me puse extremadamente agitado y em-
En este punto me enredé en un esfuerzo muy pecé a pasear de un lado a otro frente a la
complicado por explicar a don Juan mi inte- estufa. Don Juan tardaba mucho. Lo esperé
rés en saber qué motivaría a un hombre de con impaciencia.
conocimiento a actuar en determinada for­ma Regresó un rato después; volvió a sentarse
a pesar de saber que nada importaba. ante el fue­go y yo solté atropelladamente mis
Chasqueó suavemente la lengua antes de res- temores. Le dije que me preocupaba mi inca-
ponder. pacidad de cambiar de dirección a mitad de
‑Tú piensas en tus actos ‑dijo‑. Por eso tienes la corriente; le expliqué que, junto con la con-
que creer que tus actos son tan importantes fianza que le tenía, había aprendido también
como piensas que son, cuando en realidad a respetar su forma de vivir y a considerar-
nada de lo que uno hace es im­portante. ¡Nada! la intrínsecamente más racio­nal, o al menos
Pero entonces, si nada importa en reali­dad, más funcional, que la mía. Dije que sus pala-
me preguntaste, ¿cómo puedo seguir vivien- bras me habían lanzado a un conflicto terrible
do? Sería más sencillo morir; eso es lo que porque involucraban la necesidad de cambiar
dices y lo que crees, por­que estás pensando mis sentimientos. Para ilustrar mi argumen-
en la vida, igual que ahora piensas en cómo to, narré a don Juan la historia de un anciano
será ver. Querías que te lo describiera para de mi propia cultura: un abogado rico, con­
poder ponerte a pensar en ello, igual que ha- servador, que había vivido su vida convencido
ces con todo lo de­más. Sólo que, en el caso de de sostener la verdad. En los primeros años
ver, pensar no es lo fuerte, así que no puedo del treinta, con el adveni­miento de la política
decirte cómo es ver. Ahora quieres que te des- del presidente Roosevelt se vio en­vuelto apa-
criba las razones de mi desatino controlado y sionadamente en el drama político de aquella
sólo puedo decirte que el desatino controlado época. Poseía la seguridad categórica de que
se parece mucho a ver; es algo en lo que no se el cambio era perjudicial al país, y por devo-
puede pensar. ción a su forma de vida y convicción de estar
Bostezó. Se acostó de espaldas y estiró los en lo justo, juró combatir lo que con­sideraba
brazos y las piernas. Sus huesos produjeron un mal político. Pero la marea de la época era
un sonido crujiente. demasiado fuerte; lo avasalló. Pugnó contra
‑Te fuiste por un tiempo muy largo. Piensas ella a lo largo de diez años, en la arena políti-
demasiado. ca y en el territorio de su vida personal; luego,
Se levantó y fue al espeso chaparral a un lado la segunda guerra mundial selló sus esfuer-
de la casa. Alimenté el fuego para mantener zos con la derrota completa. Su caída política
hirviendo la olla. Iba a encender una lámpa- e ideológica dio por resultado una profunda
amargura; se auto­ exiló durante veinticinco más se hizo viejo. Cuando yo te digo que nada
años. Cuando lo conocí, tenía ochenta y cua- importa, no lo digo como él. Para él, su lucha
tro y había vuelto a su ciudad natal a pasar no valió la pena porque salió derrotado; para
sus últimos días en un asilo de ancianos. Me mí no hay victoria, ni derrota, ni vacío. Todo
parecía in­concebible que hubiese vivido tan- está lleno hasta el borde y todo es igual y mi
to, teniendo en cuenta la forma en que había lucha valió la pena.
despilfarrado su vida en amargura y auto- “Para convertirse en hombre de conocimiento
compasión. Por algún motivo mi compañía le hay que ser un guerrero, no un niño llorón.
re­sultaba amena, y solíamos conversar larga- Hay que luchar sin entregarse, sin una queja,
mente. sin titubear, hasta que uno vea, y sólo enton-
La última vez que lo vi, concluyó nuestra con- ces puede uno darse cuenta que nada importa.
versación en la forma siguiente: Don Juan revolvió la olla con una cuchara de
‑He tenido tiempo de volver la cara y exami- madera. La comida estaba lista. Quitó la olla
nar mi vida. Los asuntos de mi tiempo no son del fuego y la puso en un bloque rectangular
hoy más que una historia, y ni siquiera una de adobe que había construido contra la pa-
historia interesante. Acaso des­perdicié años red y que usaba como repisa o mesa. Empujó
de mi vida persiguiendo algo que nunca exis- con el pie dos cajones pequeños que servían
tió. Últimamente he tenido el sentimiento de como sillas cómodas, especialmente si uno se
que creí en algo que era una farsa. No valía recargaba contra las vi­gas que soportaban el
la pena. Creo que ahora lo sé. Y sin embargo muro. Me hizo seña de tomar asiento y sirvió
no puedo recobrar los cuaren­ta años que he un plato de sopa. Sonrió; sus ojos brillaban
perdido. como si en verdad disfrutara mi presencia.
Dije a don Juan que mi conflicto surgía de las Suavemente deslió el plato en mi dirección.
dudas a que me habían arrojado sus palabras Había en su gesto tal calor y bondad que pare-
sobre el desatino con­trolado. cía estarme pidiendo restaurar mi confian­za
‑Si nada importa en realidad ‑dije‑, al conver- en él. Me sentí idiota; traté de romper mi pe-
tirse en hombre de conocimiento uno se halla- sadumbre mientras buscaba mi cuchara, pero
ría, forzosamente, tan vacío como mi amigo y no pude hallarla. La so­pa estaba demasiado
no en mejor posición. caliente para beberla del plato, y mientras se
‑No es así ‑dijo don Juan, cortante‑. Tu amigo enfriaba pregunté a don Juan si desatino con-
se siente solo porque morirá sin ver. Su vida trolado quería decir que un hombre de conoci-
sólo fue para hacerse viejo y ahora ha de sen- miento ya no podía querer a nadie.
tirse más mal que nunca. Siente haber des- Dejó de comer y rió.
perdiciado cuarenta años porque buscaba vic- ‑Te importa demasiado querer a los otros o
torias y no halló sino derrotas. Jamás sabrá que te quie­ran a ti ‑dijo-. Un hombre de co-
que ser vic­torioso y ser derrotado son iguales. nocimiento quiere, eso es todo. Quiere lo que
“Conque ahora me tienes miedo por haberte se le antoja o a quien se le antoja, pero usa
dicho que eres igual a todo lo demás. Te es- su desatino controlado para andar sin pena ni
tás haciendo el necio. Nuestra suerte como cuidado. Lo contrario de lo que tú haces aho-
hombres es aprender, y al conoci­miento se va ra. Que los otros lo quieren o no lo quieran
como a la guerra; te lo he dicho incontables a uno no es todo lo que se puede hacer como
veces. Al conocimiento o a la guerra se va con hombre.
miedo, con respeto, sabiendo que se va a la Se me quedó viendo un rato, con la cabeza
guerra, y con absoluta confianza en sí mismo. algo ladeada.
Confía en ti, no en mí. ‑Piénsalo ‑dijo.
“Conque temes el vacío de la vida de tu amigo. ‑Hay una cosa más que quiero preguntar, don
Pero no hay vacío en la vida de un hombre Juan. Dijo usted que necesitamos mirar con
de conocimiento: te lo digo yo. Todo está lleno nuestros ojos para reír, pero yo creo que nos
hasta el borde. reímos porque pensamos. Un ciego también
Don Juan se puso en pie y extendió los brazos se ríe.
como palpando cosas en el aire. ‑No ‑dijo‑. Los ciegos no ríen. Sus cuerpos se
‑Todo está lleno hasta el borde ‑repitió‑, y todo sacu­den un poquito con la oleada de la risa.
es igual. Yo no soy como tu amigo que nada Jamás han mirado el filo gracioso del mundo
y tienen que imaginarlo. Su risa no es rugido. de la muerte de mi hijo. Eso es todo lo que
No hablamos más. Yo experimentaba una uno podría hacer, y es desatino controlado. Si
sensación de bienestar, de felicidad. Comimos lo hubiera mirado, lo hubiera visto quedarse
en silencio; luego don Juan empezó a reír. Yo quieto y habría sentido un grito por dentro,
estaba usando una rama seca para llevar las porque ya nunca más miraría su hermosa fi-
verduras a mi boca. gura caminando por la tierra. En lugar de eso
vi su muerte, y no hubo tristeza ni sentimien-
4 de octubre, 1968 to. Su muerte era igual a todo lo demás.
Don Juan guardó silencio unos instantes. Pa-
Hoy, en cierto momento, pregunté a don Juan recía triste, pero entonces sonrió y golpeteó
si tenía inconveniente en hablar un poco más mi cabeza con un dedo.
sobre “ver”. Pareció deliberar un instante; -Puedes decir que, en el caso de la muerte de
luego sonrió y dijo que de nuevo me hallaba un per­sona a quien amo, mi desatino contro-
envuelto en mi rutina de costumbre, tratando lado es cambiar los ojos.
de hablar en vez de hacer. Pensé en la gente que yo amo, y una oleada
‑Si quieres ver deberás dejar que el humo te de pena, terriblemente opresiva, me envolvió.
guíe ‑dijo con énfasis‑. Ya no voy a hablar de ‑Dichoso usted, don Juan ‑dije‑. Usted puede
esto. cam­biar los ojos, mientras que yo no puedo
Yo estaba ayudándole a limpiar unas hierbas sino mirar.
secas. Tra­bajamos un buen rato en silencio Mis frases lo hicieron reír.
completo. Cuando me veo forzado a un silen- ‑¡Qué dichoso ni qué la chingada! ‑dijo‑. Es
cio prolongado me entra siempre la apren- tra­bajo duro.
sión, sobre todo en presencia de don Juan. En Ambos reímos. Tras un largo silencio empecé
un momento dado le presenté una pregunta a interro­garlo de nuevo, quizá sólo para disi-
en una especie de arranque compulsivo, casi par mi propia tristeza.
beligerante. ‑Entonces, don Juan, si le he entendido co-
‑¿Cómo ejercita su desatino controlado un rrectamente ‑dije‑, los únicos actos en la vida
hombre de conocimiento en el caso de la muer- de un hombre de co­nocimiento que no son des-
te de una persona a quien ama? atino controlado son aquéllos que realiza con
Tomado por sorpresa, don Juan me miró ex- su aliado o con Mescalito. ¿No es cierto?
trañado. ‑Es cierto ‑dijo chasqueando la lengua‑. Mi
‑Digamos su nieto Lucio ‑dije‑. ¿Serían desa- aliado y Mescalito no están al nivel de noso-
tino controlado los actos de usted en caso de tros los seres huma­nos. Mi desatino controla-
que él muriera? do se aplica sólo a mí mismo y a los actos que
‑Digamos mi hijo Eulalio, es mejor ejemplo realizo en compañía de mis semejantes.
‑repuso con calma don Juan‑. Lo aplastó un ‑Sin embargo ‑dije‑, es una posibilidad lógica
derrumbe cuando tra­bajaba en la construc- pen­sar que un hombre de conocimiento puede
ción de la Carretera Panamericana. La ma- también con­siderar desatino controlado sus
nera como actué con él en el momento de su actos con su aliado o con Mescalito, ¿verdad?
muerte fue desatino controlado. Cuando lle- Me miró un momento.
gué a la zona de ex­plosivos, casi estaba muer- -Estás pensando otra vez ‑dijo‑. Un hombre
to, pero su cuerpo era tan fuerte que seguía de co­nocimiento no piensa, por lo tanto no
moviéndose y pataleando. Me puse frente a puede encontrarse con esa posibilidad. Aquí
él y les dije a los muchachos de la cuadrilla estoy yo, por ejemplo. Yo digo que mi desatino
que ya no lo acarrearan; me obedecieron y se controlado se aplica a los actos que realizo en
quedaron allí parados al­rededor de mi hijo, compañía de mis semejantes; lo digo porque
mirando su cuerpo maltrecho. Yo tam­bién me puedo ver a mis semejantes. Sin embargo,
quedé allí parado, pero sin mirar. Cambié mis no puedo ver a mi aliado y eso lo hace incom-
ojos para ver cómo su vida personal se desha- prensible para mi, así que ¿cómo voy a con-
cía, se exten­día incontrolable más allá de sus trolar mi desatino si no lo veo? Con mi aliado
limites, como una neblina de cristales, porque o con Mescalito yo soy solamente un hombre
así es como la vida y la muerte se mezclan y que sabe cómo ver y se desconcierta con lo que
se expanden. Eso fue lo que hice en la hora ve; un hombre que sabe que jamás entenderá
todo lo que lo rodea. Cuando llegamos a la parte central de México,
“Ahí estás tú, por ejemplo. A mí no me impor- nos tomó dos días caminar desde donde dejé
ta si te haces o no hombre de conocimiento; mi coche hasta la casa del amigo, una chocita
sin embargo, a Mesca­lito le importa. Si no le encaramada en la ladera de una montaña. El
importara, no daría tantos pasos para mos- amigo de don Juan estaba en la puerta, como
trar que se ocupa de ti. Yo me doy cuenta de si nos aguardara. Lo reconocí de inmediato.
que se ocupa y actúo de acuerdo con eso, pero Ya había te­nido contacto con él, aunque bre-
sus razones me son incomprensibles.” vemente, cuando llevé mi libro a don Juan.
Aquella vez no lo había mirado en rea­lidad,
sino muy por encima, y tuve la impresión de
VI que era de la misma edad que don Juan. Sin
embargo, al verlo en la puerta de su casa ad-
Justamente cuando subíamos en mi coche vertí que definitivamente era más joven. No
para iniciar un viaje al estado de Oaxaca, el 5 tendría muchos años más de los sesenta. Era
de octubre de 1968, don Juan me detuvo. más bajo y más esbelto que don Juan, muy
‑Te he dicho antes ‑dijo con expresión grave‑ moreno y ma­gro. Tenía el cabello espeso, ve-
que nunca hay que revelar el nombre ni el pa- teado de gris y un poco lar­go; le cubría en par-
radero de un bru­jo. Creo que entendiste que te las orejas y la frente. Su rostro era redondo
nunca debías revelar mi nom­bre ni el sitio y duro. Una nariz muy prominente lo hacía
donde está mi cuerpo. Ahora voy a pedirte que pa­recer un ave de presa con pequeños ojos os-
hagas lo mismo con un amigo mío, un amigo a curos.
quien llamarás Genaro. Vamos a ir a su casa; Habló primero con don Juan. Don Juan asin-
pasaremos allí un tiempo. tió con la cabeza. Conversaron brevemente.
Aseguré a don Juan no haber traicionado ja- No hablaban en español, así que no entendí lo
más su con­fianza. que decían. Luego don Genaro se volvió hacia
‑Lo sé ‑dijo sin alterar su seriedad‑. Pero me mí.
preo­cupa que vayas a volverte descuidado. ‑Sea usted bienvenido a mi humilde choza
Protesté, y don Juan dijo que su propósito era ‑dijo en español y en tono de disculpa.
única­mente recordarme que, cada vez que Sus palabras eran una fórmula de cortesía
uno se descuidaba en asuntos de brujería, es- que yo había oído antes en diversas áreas ru-
taba jugando con una muerte inmi­nente y sin rales de México. Pero al decirlas rió gozoso,
sentido, la cual podía evitarse siendo precavi­ sin ninguna razón evidente, y supe que estaba
do y alerta. ejerciendo su desatino controlado. No le im-
‑Ya no tocaremos este asunto ‑dijo‑. Una vez portaba en lo más mínimo que su casa fuera
que salgamos de mi casa no mencionaremos a una choza. Don Genaro me simpatizó mucho.
Genaro ni pensaremos en él. Quiero que des-
de ahora pongas en orden tus pensamientos. Durante los dos días siguientes, fuimos a las
Cuando lo conozcas debes ser claro y no tener montañas para recoger plantas. Don Juan,
dudas en tu mente. don Genaro y yo salíamos cada día al romper
-¿A qué clase de dudas se refiere usted, don el alba. Los dos viejos se encaminaban juntos
Juan? a una parte especifica, pero no identificada,
‑A cualquier clase de dudas. Cuando lo conoz- de las montañas, y me dejaban solo en cierta
cas, debes ser claro como el cristal. ¡El te va zona del bosque. Yo tenía allí una sensación
a ver! exquisita. No advertía el paso del tiempo, ni
Sus extrañas admoniciones me produjeron me daba aprensión el quedarme solo; la ex-
una gran aprensión. Mencioné que acaso no periencia extraordinaria que tuve ambos días
debía conocer en ab­soluto a su amigo. Pensé fue una inexplicable capacidad para concen-
que sólo debía llevar a don Juan cerca de don- trarme en la delicada tarea de hallar las plan-
de aquél vivía y dejarlo allí. tas específicas que don Juan me había confia-
‑Lo que te dije fue sólo una precaución ‑dijo do recoger.
él‑. Ya conociste a un brujo, Vicente, y casi te Regresábamos a la casa al caer la tarde, y los
mató. ¡Ten cui­dado esta vez! dos días mi cansancio me hizo dormirme en
el acto.
Pero el tercer día fue distinto. Los tres traba- conversación.
jamos jun­tos, y don Juan pidió a don Genaro Don Juan volvió a afirmar que los actos de un
enseñarme cómo selec­ cionar determinadas brujo no debían tomarse como chistes, pues
plantas. Regresamos alrededor del me­diodía un brujo jugaba con la muerte en cada vuel-
y los dos viejos estuvieron sentados frente a ta del camino. Luego procedió a re­latar a don
la casa horas enteras, en completo silencio, Genaro la historia de cómo una noche, duran-
como si se hallaran en estado de trance. Pero te uno de nuestros viajes, yo había mirado las
no estaban dormidos. Caminé un par de ve- luces de la muerte, siguiéndome. La anécdota
ces alrededor de ellos; don Juan seguía con los resultó absolutamente graciosa; don Genaro
ojos mis movimientos, y lo mismo hacía don rodó por el suelo riendo.
Genaro. Don Juan me pidió disculpas y dijo que su
‑Hay que hablar con las plantas antes de cor- amigo era dado a explosiones de risa. Miré a
tarlas ‑dijo don Juan. Dejó caer al descuido don Genaro, a quien creí todavía rodando en
sus palabras y re­pitió la frase tres veces, como el suelo, y lo vi ejecutar un acto de lo más in-
para captar mi atención. Na­die había dicho sólito. Estaba parado de cabeza sin ayuda de
una sola palabra hasta que él habló. brazos ni piernas, y tenía las piernas cruzadas
‑Para ver a las plantas hay que hablarles como si se encontrara sentado. El espectáculo
personalmen­te ‑prosiguió‑. Hay que llegar a era tan insólito que me hizo saltar. Cuando
conocerlas una por una; entonces las plantas tomé conciencia de que don Genaro estaba ha-
te dicen todo lo que quieras saber de ellas. ciendo algo casi imposible, desde el punto de
Atardecía. Don Juan estaba sentado en una vista de la mecánica corporal, él había vuelto
piedra pla­na, de cara a las montañas del oes- a sentarse en una postura normal. Don Juan,
te; don Genaro, junto a él, ocupaba un petate empero, parecía tener conoci­miento de lo in-
y miraba hacia el norte. Don Juan me había volucrado, y celebró a carcajadas la hazaña de
dicho, el primer día que estuvimos allí, que don Genaro.
ésas eran las “posiciones” de ambos, y que yo Don Genaro parecía haber notado mi confu-
debía sentar­me en el suelo en cualquier sitio sión; palmo­teó un par de veces y rodó nueva-
frente a los dos. Añadió que, mientras nos ha- mente en el suelo; al parecer quería que yo lo
lláramos sentados en esas posiciones, yo tenía observara. Lo que al principio ha­bía parecido
que mantener el rostro hacia el sureste, y mi- rodar en el suelo era en realidad inclinarse
rarlos sólo en breves vistazos. estando sentado, y tocar el suelo con la cabe-
‑Sí, así pasa con las plantas, ¿no? ‑dijo don za. Aparente­mente lograba su ilógica postura
Juan y se volvió a don Genaro, quien manifes- ganando impulso, incli­nándose varias veces
tó su acuerdo con un gesto afirmativo. hasta que la inercia llevaba su cuerpo a una
Le dije que el motivo de que yo no hubiera se- posición vertical, de modo que por un instante
guido sus instrucciones era que me sentía un “se sentaba de cabeza”.
poco estúpido hablando con las plantas. Cuando la risa de ambos aminoró, don Juan
‑No acabas de entender que un brujo no está siguió ha­ blando; su tono era muy severo.
bromean­do ‑dijo con severidad‑. Cuando un Cambié la posición de mi cuerpo para estar
brujo hace el intento de ver, hace el intento de cómodo y darle toda mi atención. No son­rió ni
ganar poder. por asomo, como suele hacer, especialmente
Don Genaro me observaba. Yo estaba tomando cuando trato de prestar atención deliberada
notas y eso parecía desconcertarlo. Me sonrió, a lo que dice. Don Genaro seguía mirándome
meneó la cabeza y dijo algo a don Juan. Don como en espera de que yo em­pezase a escribir
Juan alzó los hombros. Verme escribir debe de nuevo, pero ya no tomé notas. Las pala-
haber sido bastante extraño para don Genaro. bras de don Juan eran una reprimenda por
Don Juan, supongo, se hallaba acostumbrado no hablar con las plantas que yo había corta-
a mis anota­ciones, y el hecho de que yo es- do, como siempre me había dicho que hicie-
cribiera mientras él hablaba ya no le produ- ra. Dijo que las plantas que yo maté podrían
cía extrañeza; podía continuar hablando sin también haberme matado; expresó su seguri-
parecer advertir mis actos. Don Genaro, en dad de que, tarde o temprano, harían que me
cambio, no de­jaba de reír, y tuve que abando- enfermara. Añadió que si me enfermaba como
nar mi escritura para no romper el tono de la resultado de dañar plantas, yo, sin embargo,
no daría importancia al hecho y creería tener ‑Está bien ‑dijo, y rió chasqueando la lengua.
solamente un poco de gripe. Ya no pude escribir. Siguieron hablando lar-
Los dos viejos tuvieron otro momento de rego- go rato acer­ca de la forma en que las plantas
cijo; lue­go don Juan se puso serio nuevamente podían realmente ma­tar, y de cómo los brujos
y dijo que, si yo no pensaba en mi muerte, mi las usaban en esa capacidad. Am­bos me mira-
vida entera no sería sino un caos personal. Se ban continuamente al hablar, como si espera­
veía muy austero. ran que escribiese.
‑¿Qué más puede tener un hombre aparte de ‑Carlos es como un caballo al que no le gusta
su vida y su muerte? ‑me dijo. la silla ‑dijo don Juan‑. Hay que ir muy des-
En ese punto sentí que era indispensable to- pacio con él. Lo asustaste y ahora no escribe.
mar notas y empecé a escribir de nuevo. Don Don Genaro expandió sus fosas nasales y dijo
Genaro se me quedó mirando y sonrió. Luego en sú­plica parodiada, frunciendo el ceño y la
inclinó la cabeza un poco hacia atrás y abrió boca:
sus fosas nasales. Al parecer controlaba en ‑¡Ándale, Carlitos, escribe! Escribe hasta que
forma notable los músculos que operaban di- se te cai­ga el dedo.
chas fosas, pues éstas se abrieron como al do- Don Juan se levantó, estirando los brazos y ar-
ble de su tamaño normal. queando la espalda. Pese a su avanzada edad,
Lo más cómico de su bufonería no eran tan- su cuerpo se veía po­tente y flexible. Fue a los
to los gestos de don Genaro como sus propias matorrales a un lado de la casa y yo quedé
reacciones a ellos. Des­pués de agrandar sus solo con don Genaro. El me miró y yo aparté
fosas nasales se desplomó, riendo, y una vez los ojos, porque me hacía sentirme apenado.
más llevó su cuerpo a la misma extraña posi- ‑No me digas que ni siquiera vas a mirarme
ción invertida de sentarse de cabeza. ‑dijo con una entonación extremadamente có-
Don Juan rió hasta que las lágrimas rodaron mica.
por sus mejillas. Me sentí algo apenado y reí Abrió las fosas nasales y las hizo vibrar; lue-
con nerviosismo. go se puso en pie y repitió los movimientos
‑A Genaro no le gusta que escribas ‑dijo don de don Juan, arqueando la espalda y estiran-
Juan a guisa de explicación. do los brazos, pero con el cuerpo contraído en
Puse mis notas a un lado, pero don Genaro me una posición sumamente burlesca; era en ver-
aseguró que estaba bien escribir, porque en dad un gesto indescriptible que combinaba un
realidad no le impor­taba. Volví a recoger mis exquisito sentido de la pantomima y un senti-
notas y empecé a escribir. El repitió los mis- do de lo ridículo. Era una caricatu­ra maestra
mos movimientos hilarantes y ambos tuvie­ de don Juan.
ron de nuevo las mismas reacciones. Don Juan regresó en ese momento y captó el
Don Juan me miró, riendo aún, y dijo que su gesto, y también la intención. Se sentó riendo
amigo me estaba imitando; que yo tenía la por lo bajo.
tendencia de abrir las fosa nasales cada vez ‑¿Qué dirección lleva el viento? ‑preguntó
que escribía; y que don Genaro pen­saba que como si nada don Genaro.
tratar de llegar a brujo tomando notas era tan Don Juan señaló el oeste con un movimiento
absurdo como sentarse de cabeza; por eso ha- de cabeza.
bía inventado la ridícula postura de reposar ‑Mejor voy a donde sopla el viento ‑dijo don
en la cabeza el peso de su cuerpo sentado. Ge­naro con expresión de seriedad.
‑A lo mejor a ti no te hace gracia ‑dijo don Luego se volvió y sacudió un dedo en mi di-
Juan‑, pero sólo a Genaro se le puede ocurrir rección.
sentarse de cabeza, y sólo a ti se te ocurre ‑Y tú no hagas caso si oyes ruidos raros ‑dijo‑.
aprender a ser brujo escribiendo de arriba Cuando Genaro caga, las montañas se estre-
abajo. mecen.
Ambos tuvieron otra explosión de risa, y don Saltó a los matorrales y un momento después
Genaro repitió su increíble movimiento. oí un ruido muy extraño, un retumbar profun-
Me agradaba. Había en sus actos enorme gra- do, ultraterreno. No supe qué interpretación
cilidad y franqueza. darle. Miré a don Juan buscando un in­dicio,
‑Mis disculpas, don Genaro ‑dije señalando el pero él estaba doblado de risa.
bloque de notas.
17 de octubre, 1968 después salió con Néstor y Pablito, dos jóve-
nes que eran sus aprendices. Todos subieron
No recuerdo qué cosa motivó a don Genaro en mi coche y don Juan me indicó tomar el
a hablarme sobre el orden del “otro mundo”, camino hacia las montañas del oeste.
como él lo llamaba. Dijo que un maestro brujo Dejamos el auto al lado del camino de tierra
era un águila, o más bien que podía convertir- y seguimos la ribera de un río, que tendría
se en águila. En cambio, un brujo malo era un cinco o seis metros de ancho, hasta una casca-
tecolote. Don Genaro dijo que un brujo malo da visible desde donde me había es­tacionado.
era hijo de la noche y que para un hombre así Atardecía. El paisaje era impresionante. Di­
los animales más útiles eran el león de mon- rectamente sobre nuestras cabezas había una
taña u otros felinos salvajes, o bien las aves nube enorme, oscura, azulosa, que parecía un
nocturnas, el tecolote en especial. Dijo que los techo flotante; tenía un borde bien definido y
“brujos líricos”, o simples aficionados, prefe- la forma de un gigantesco semi­círculo. Hacia
rían otros animales: el cuervo, por ejemplo. el oeste, en las altas montañas de la Cordi­llera
Don Juan rió; había estado escuchando en si- Central, la lluvia parecía estar descendiendo
lencio. sobre las laderas. Se veía como una cortina
Don Genaro se volvió a él y dijo: blancuzca que caía sobre los picos verdes. Al
‑Eso es cierto; tú lo sabes, Juan. este se hallaba el valle largo y hondo; sobre él
Luego dijo que un maestro brujo podía llevar sólo había nubes desparramadas, y el sol bri-
consigo a su discípulo en un viaje y atravesar llaba allí. El contraste entre ambas áreas era
literalmente las diez capas del otro mundo. magnífico. Nos detuvimos al pie de la cascada;
El maestro, siempre y cuando fuera un águi- tenía quizás unos cua­renta y cinco metros de
la, podía empezar en la capa de abajo y luego altura: el rugido era muy fuerte.
atra­vesar cada mundo sucesivo hasta llegar Don Genaro se puso un cinturón del que col-
a la cima. Los bru­jos malos y los líricos, dijo, gaban siete o más objetos. Parecían guajes
sólo podían cuando mucho atravesar tres ca- pequeños. Se quitó el som­brero y dejó que col-
pas. gara, sobre su espalda, de un cordón atado al-
Don Genaro describió aquellos pasos diciendo: rededor de su cuello. Se puso en la cabeza una
‑Empiezas en el mero fondo y entonces tu ban­da que sacó de un morral hecho de gruesa
maestro te lleva en su vuelo y al rato, ¡pum! tela de lana. La banda era también de lana de
Atraviesas la primera ca­pa. Luego, un rati- diversos colores; el que más resaltaba era un
to después, ¡pum! Atraviesas la segunda; y amarillo vívido. En la banda insertó tres plu-
¡pum! Atraviesas la tercera . . . mas. Parecían ser plumas de águila. Noté que
En tal forma don Genaro me llevó hasta la los sitios donde las insertó no eran simétricos.
última capa del mundo. Cuando hubo termi- Una pluma que­dó sobre la curva posterior de
nado de hablar, don Juan me miró y sonrió su oreja derecha, otra unos centímetros más
sabiamente. adelante y la tercera sobre la sien izquier­da.
‑Las palabras no son la predilección de Gena- Luego se quitó los huaraches, los enganchó o
ro ‑di­jo‑, pero si quieres recibir una lección, él ató a la cintura de sus pantalones y aseguró
te enseñará acer­ca del equilibrio de las cosas. el cinturón por encima de su poncho. El cintu-
Don Genaro asintió con la cabeza; frunció la rón estaba hecho, al parecer, de tiras de cue-
boca y entrecerró los párpados. ro entretejidas. No pude ver si don Genaro lo
Su gesto me pareció delicioso. ama­rró o si tenía hebilla. Don Genaro caminó
Don Genaro se puso en pie y lo mismo hizo hacia la cascada.
don Juan. Don Juan manipuló una piedra redonda hasta
‑Muy bien -dijo don Genaro‑. Vamos, pues. dejarla en una posición firme, y tomó asiento
Pode­mos ir a esperar a Néstor y Pablito. Ya en ella. Los dos jóvenes hicieron lo mismo con
terminaron. Los jueves terminan temprano. otras piedras y se sentaron a su izquierda.
Ambos subieron en mi coche, don Juan en el Don Juan señaló el sitio junto a él, a su dere-
asiento delantero. No les pregunté nada; sim- cha, y me indicó traer una piedra y sentarme
plemente eché a andar el motor. Don Juan me a su lado.
guió a un sitio que según dijo era la casa de ‑Hay que hacer una línea aquí ‑dijo, mostrán-
Néstor; don Genaro entró en la casa y un rato dome que los tres se hallaban sentados en fila.
Para entonces, don Genaro había llegado al teaba a ver si lo observá­bamos.
pie del des­plomadero y había empezado a tre- Trepó un poco más hacia la cima, sufrió otra
par por una vereda a la derecha de la casca- pérdida de apoyo y quedó colgando peligrosa-
da. Desde donde nos encontrábamos, la vere- mente de la salediza superficie de roca. Esta
da se veía bastante empinada. Había muchos vez se sostenía con la mano iz­quierda. Al re-
arbus­tos que don Genaro usaba como baran- cuperar el equilibrio se volvió nuevamente a
dales. En cierto momento pareció perder pie mirarnos. Resbaló dos veces más antes de lle-
y casi se deslizó hacia abajo, como si la tierra gar a la cima. Desde donde nos hallábamos
estuviera resbaladiza. Un momento des­pués sentados, la cresta de la cascada parecía tener
ocurrió lo mismo, y por mi mente cruzó la idea de seis a ocho metros de ancho.
de que tal vez don Genaro era demasiado vie- Don Genaro permaneció inmóvil un momento.
jo para andar escalando. Lo vi resbalar y tras- Quise preguntar a don Juan qué iba a hacer
tabillar varias veces antes de llegar al punto don Genaro allá arri­ba, pero don Juan pare-
en que la vereda terminaba. cía tan absorto en observar que no me atrevía
Experimenté una especie de aprensión cuan- a molestarlo.
do empezó a trepar por las rocas. No podía fi- De pronto, don Genaro saltó hacia el agua.
gurarme qué iba a hacer. Fue una acción tan completamente inespera-
‑¿Qué hace? ‑pregunté a don Juan en un su- da que sentí un vacío en la boca del estómago.
surro. Fue un salto magnífico, extrava­gante. Duran-
Don Juan no me miró. te un segundo tuve la clara sensación de ha­
‑¿No ves que está trepando? ‑dijo. ber visto una serie de imágenes superpuestas
Don Juan miraba directamente a don Genaro. de su cuerpo en vuelo elíptico hasta la mitad
Tenía los ojos fijos, los párpados entrecerra- de la corriente.
dos. Estaba sentado muy erecto, con las ma- Al aminorar mi sorpresa, advertí que don Ge-
nos descansando entre las piernas, sobre el naro había aterrizado en una piedra al borde
borde de la piedra. de la caída: una piedra apenas visible desde
Me incliné un poco para ver a los dos jóvenes. donde nos encontrábamos.
Don Juan hizo un ademán imperativo para Permaneció largo tiempo allí encaramado.
hacerme volver a la línea. Me retraje de inme- Parecía combatir la fuerza del agua precipi-
diato. Tuve sólo un vislumbre de los jóvenes. tada. Dos veces se inclinó sobre el precipicio
Parecían igual de atentos que él. y no pude determinar a qué estaba asi­do. Al-
Don Juan hizo otro ademán y señaló en direc- canzó el equilibrio y se acuclilló en la piedra.
ción de la cascada. Luego saltó de nuevo, como un tigre. Mis ojos
Miré de nuevo. Don Genaro había trepado un apenas si percibían la siguiente piedra donde
buen trecho por la pared rocosa. En el mo- aterrizó; era como un cono peque­ño en el bor-
mento en que miré se hallaba encaramado en de mismo del despeñadero.
una saliente; avanzaba despacio, cen­tímetro Se quedó allí casi diez minutos. Estaba inmó-
a centímetro, para rodear un enorme peñasco. vil. Su quie­tud me impresionaba a tal grado
Te­nía los brazos extendidos, como abrazando que empecé a tiritar. Quería levantarme y ca-
la roca. Se movió lentamente hacia su dere- minar por ahí.
cha y de pronto perdió pie. Di una boqueada Don Juan advirtió mi nerviosismo y con tono
involuntaria. Por un instante, su cuerpo en- autorita­rio me instó a calmarme.
tero pendió en el aire. Me sentí seguro de que La inmovilidad de don Genaro me precipitó
caería, pero no fue así. Su mano derecha ha- a un terror extraordinario y misterioso. Sentí
bía aferrado algo, y muy ágilmente sus pies que, si seguía más tiempo allí encaramado, yo
volvieron a la saliente. Pero antes de se­guir no podría controlarme.
adelante se volvió a mirarnos. Fue apenas un De pronto saltó de nuevo, ahora hasta la otra
vistazo. Había, sin embargo, tal estilización ribera de la cascada. Cayó sobre los pies y las
en el movimiento de volver la cabeza, que em- manos, como un feli­no. Permaneció acuclilla-
pecé a dudar. Recordé que había hecho lo mis- do un momento; luego se incor­poró y miró a
mo, volverse a mirarnos, cada vez que resba­ través del torrente, hacia la otra orilla, y lue-
laba. Yo había pensado que don Genaro debía go hacia abajo, en nuestra dirección. Se estu-
de sentirse apenado por su torpeza y que vol- vo entera­mente quieto, mirándonos. Tenía las
manos a los lados, ahuecadas como aferrando Hablamos un rato de su proyectado viaje y
un barandal invisible. luego dije que había gozado mucho de la com-
Había en su postura algo verdaderamente pañía y los chistes de don Genaro. Se rió y dijo
exquisito; su cuerpo parecía tan flexible, tan que don Genaro era en verdad como un niño.
frágil. Pensé que don Ge­naro con su banda y Hubo una larga pausa; yo pugnaba mental­
sus plumas, su poncho oscuro y sus pies des- mente por hallar una frase inicial para inqui-
calzos, era el ser humano más hermoso que yo rir acerca de su lección. Don Juan me miró y
hubiera visto. dijo en tono malicioso:
Repentinamente echó los brazos hacia arriba, ‑Ya te matan las ganas de preguntarme por la
alzó la ca­beza, y con gran rapidez lanzó su lección de Genaro, ¿no?
cuerpo a la izquierda, en una especie de salto Reí con turbación. Todo lo ocurrido en la cata-
mortal lateral. El peñasco donde había estado rata me había estado obsesionando. Daba yo
era redondo, y al saltar desapareció tras él. vueltas y más vueltas a todos los detalles que
En ese momento empezaron a caer grandes podía recordar, y mis conclusio­nes eran que
gotas de lluvia. Don Juan se levantó y lo mis- había sido testigo de una increíble hazaña de
mo hicieron los dos jó­venes. Su movimiento destreza física. Pensaba que don Genaro era,
fue tan abrupto que me confundió. La experta sin lugar a dudas, un incomparable maestro
hazaña de don Genaro me había puesto en un del equilibrio; cada uno de sus movimientos
estado de profunda excitación emotiva. Sentía había sido ejecutado con un alto toque ritual
que el viejo era un artista consumado y quería y, obviamente, debía de tener algún inextrica-
verlo en ese mismo instante para aplaudirlo. ble sen­tido simbólico.
Me esforcé por escudriñar el lado izquierdo de ‑Si -dije‑. Admito que me muero por saber
la casca­da para ver si don Genaro descendía, cuál fue su lección.
mas no lo hizo. In­sistí en saber qué le había ‑Déjame decirte algo ‑dijo don Juan‑. Para ti
pasado. Don Juan no respondió. fue una pérdida de tiempo. Su lección era para
‑Más vale que nos vayamos aprisa ‑dijo‑. Está alguien que pudiera ver. Pablito y Néstor aga-
fuer­te el aguacero. Hay que llevar a Néstor y rraron el hilo, aunque no ven muy bien. Pero
Pablito a su casa, y luego tendremos que irnos tú, tú fuiste a mirar. Le dijo a Ge­naro que
regresando. eras medio idiota y muy raro, todo atascado,
‑Ni siquiera le dije adiós a don Genaro ‑me y que a lo mejor te destapabas con su lección,
quejé. pero no. No importa, de todos modos. Ver es
‑Él ya te dijo adiós ‑repuso don Juan con as- muy difícil.
pereza. “No quise que hablaras después con Genaro;
Me observó un instante y luego suavizó el por eso tuvimos que irnos. Lástima. Pero ha-
ceño y son­rió. bría salido peor que­ darse. Genaro arriesgó
‑También te dio su afecto ‑dijo‑. Le caíste bien. mucho por mostrarte algo magní­fico. Qué lás-
‑Pero ¿no vamos a esperarlo? tima que no puedas ver.
‑¡No! ‑dijo don Juan con brusquedad‑. Déja- ‑Quizá, don Juan, si usted me dice cuál fue la
lo tran­quilo, ahí donde esté. Capaz ya es un lec­ción, yo descubra que en realidad vi.
águila volando al otro mundo, o capaz ya se Don Juan se dobló de risa.
murió allá arriba. Ahorita ya no le hace. ‑Tu mejor detalle es hacer preguntas ‑dijo.
Parecía dispuesto a relegar nuevamente el
23 de octubre, 1968 tema. Como de costumbre, estábamos senta-
dos en el área frente a su casa; de pronto, don
Don Juan mencionó casualmente que iba a Juan se puso en pie y entró. Fui tras él e in-
hacer otro viaje a México central en un futuro sistí en describirle lo que yo había visto. Seguí
cercano. con fidelidad la secuencia de los hechos, según
‑¿Va usted a visitar a don Genaro? ‑pregunté. la recordaba. Don Juan sonreía al escuchar-
‑A lo mejor ‑dijo sin mirarme. me. Cuando terminé, meneó la cabeza.
‑Don Genaro está bien, ¿verdad, don Juan? ‑Ver es muy difícil ‑dijo.
Digo, no le pasó nada malo allá arriba de la Le supliqué explicar su aseveración.
catarata, ¿no? ‑Ver no es cosa de hablar ‑dijo imperativa-
‑No le pasó nada; tiene aguante. mente.
Resultaba obvio que no iba a decirme nada creto del equilibrio de don Genaro y su lección
más, de mo­do que desistí y salí de la casa a no tenía nada que ver con saltos acro­báticos
cumplir unos encargos suyos. en la cascada. Su hazaña de equilibrio consis-
Al regresar ya era de noche: comimos algo y tía en la forma en que usaba esas fibras “como
después salimos a la ramada. Acabábamos de tentáculos”.
tomar asiento cuando don Juan empezó a ha- Don Juan se apartó del tema tan repentina-
blar sobre la lección de don Genaro. No me dio mente como lo había traído a cuento, y empe-
tiempo de prepararme para ello. Tenía conmi­ zó a hablar de algo sin ninguna relación.
go mis notas, pero estaba demasiado oscuro
para escribir, y no quise alterar el fluir de la 24 de octubre, 1968
conversación yendo al inte­rior de la casa por
la lámpara de petróleo. Arrinconé a don Juan y le dije que intuitiva-
Dijo que don Genaro, siendo un maestro del mente sentía que jamás recibiría otra lección
equilibrio, podía ejecutar movimientos muy de equilibrio, y que él debía explicarme todos
complejos y difíciles. Sen­tarse de cabeza era los detalles pertinentes, pues de otro modo
uno de tales movimientos, y con él había in- nunca podría descubrirlos por mí mismo. Don
tentado mostrarme que era imposible “ver” Juan dijo que yo tenía razón con respecto a
mien­tras uno tomaba notas. La acción de sen- que don Ge­naro no volvería a darme otra lec-
tarse de cabeza sin ayuda de las manos era, en ción.
el mejor de los casos, una treta extravagante ‑¿Qué más quieres saber? ‑preguntó.
que duraba sólo un momento. Según la opi­ ‑¿Qué son esas fibras como tentáculos, don
nión de don Genaro, escribir acerca de “ver” Juan?
era lo mis­mo; es decir, una maniobra preca- -Son los tentáculos que salen del cuerpo de
ria, tan curiosa y super­flua como sentarse de un hombre y son visibles para cualquier bru-
cabeza. jo que ve. Los brujos actúan con la gente de
Don Juan me escudriño en la oscuridad y dijo, acuerdo a la forma en que ven sus tentáculos.
en un tono muy dramático, que mientras don Las personas débiles tienen fibras cortas, casi
Genaro traveseaba sentándose de cabeza, yo invisibles; las personas fuertes las tienen lar-
estuve al borde mismo de “ver”. Don Genaro, gas y brillan­tes. Las de Genaro, por ejemplo,
advirtiéndolo, repitió sus maniobras una y son tan brillantes que parecen gruesas. Por
otra vez, sin resultado, pues yo perdí el hilo las fibras se conoce si una persona está sana
inmediata­mente. o está enferma, si es mezquina o bondadosa o
Don Juan dijo que después don Genaro, mo- traicionera. También se conoce, por las fibras,
vido por la simpatía personal que me tenía, si una per­sona puede ver. Aquí hay un pro-
intentó en una forma muy dramática llevar- blema desconcertante. Cuando Genaro te vio
me de nuevo a ese borde de “ver”. Tras una supo, igual que mi amigo Vicente, que podías
deliberación muy cuidadosa, decidió mostrar- ver; cuando yo te veo, veo que puedes ver, y
me una haza­ña de equilibrio cruzando la cas- sin embargo sé muy bien que no puedes. ¡Qué
cada. Sintió que la casca­da era como la orilla contrarie­dad! Genaro no podía creerlo. Le dije
en que yo estaba parado, y confió en que yo que eras un sujeto raro. Creo que quiso verlo
también podría realizar el cruce. por sí mismo y te llevó a la cascada.
A continuación, don Juan explicó la hazaña ‑¿Por qué piensa usted que doy la impresión
de don Ge­naro. Dijo que ya me había indica- de que puedo ver?
do que los seres huma­nos eran, para quienes Don Juan no respondió. Permaneció largo
“veían”, seres luminosos compues­tos por una rato en silen­cio. No quise preguntarle nada
especie de fibras de luz, que giraban del frente más. Finalmente me habló y dijo que sabía
a la espalda y mantenían la apariencia de un por qué, pero no cómo explicarlo.
huevo. También me había dicho que la parte ‑Piensas que todo el mundo es sencillo de en-
más asombrosa de las criaturas ovoides era tender ‑dijo‑ porque todo cuanto tú haces es
un grupo de fibras largas que surgían del área una rutina sen­cilla de entender. En la caída
alrededor del ombligo; don Juan dijo que tales de agua, cuando miraste a Genaro cruzar el
fi­bras tenían una importancia primordial en agua, creíste que era un maestro de los saltos
la vida de un hombre. Esas fibras eran el se- mortales, porque sólo en eso pudiste pensar.
Y eso es todo lo que siempre creerás que hizo. perdió el control, o a lo mejor nada más se
Pero Genaro nunca saltó al cruzar esa agua. estaba burlando de nosotros: nunca lo sabre­
Si hubiera saltado, habría muerto. Genaro se mos con certeza. En lo personal, pienso que de
equilibró con sus magníficas fibras brillantes. veras es­tuvo a punto de perder el equilibrio.
Las alargó lo suficiente para poder, digamos, Lo se porque se puso tieso y mandó un brote
rodar en ellas hasta el otro lado de la caída de magnífico, como un rayo de luz cruzando el
agua. Demostró la manera correcta de alar- agua. Me parece que tan sólo ese rayo habría
gar esos tentáculos, y la manera de moverlos bastado para jalarlo al otro lado. Cuando lle-
con precisión. gó a la orilla, se paró y dejó brillar sus fibras
“Pablito vio casi todos los movimientos de Ge- como un racimo de luces. Eso lo hizo solamen-
naro. Néstor, en cambio, sólo vio las manio- te para ti. De haber podido ver, habrías visto
bras más obvias. Se perdió los detalles delica- eso.
dos. Pero tú, tú no viste nada de nada. “Genaro estuvo allí parado, mirándote, y en-
‑Quizá si me hubiera usted dicho por antici- tonces supo que no habías visto.”
pado qué cosa observar...
Me interrumpió y dijo que el darme instruc-
ciones sólo habría estorbado a don Genaro. De
haber yo sabido lo que iba a ocurrir, mis fi-
bras, agitadas, habrían interferido con las de
don Genaro.
‑Si pudieras ver ‑dijo‑, te habría sido eviden-
te, desde el primer paso que Genaro dio, que
no estaba res­balando al subir por las peñas.
Estaba aflojando sus tentáculos. Dos veces los
enredó en las piedras y se sostuvo como una
mosca en la mera roca. Cuando llegó arriba y
estuvo listo para cruzar el agua, los enfocó so-
bre una pie­dra chica en medio de la corriente,
y una vez que los tuvo afianzados dejó que las
fibras lo jalaran. Genaro jamás saltó; por eso
podía aterrizar en las piedras resbalosas en el
mero borde del agua. Genaro todo el tiempo
tenía las fibras bien enredadas en cada roca
que usó.
“No se estuvo mucho tiempo en la primera
piedra, por­que tenía el resto de sus fibras
amarradas a otra, todavía más chica, en el si-
tio donde mayor era el empellón del agua. Sus
tentáculos volvieron a jalarlo y aterrizó en
ella. Esa fue la más notable de todas las cosas
que hizo. La su­perficie era demasiado chica
para que un hombre se sostu­viera, y el em-
pellón del agua habría arrastrado su cuerpo
al precipicio si él no hubiera tenido algunas
de sus fibras enfocadas todavía en la primera
roca.
“Genaro se mantuvo mucho rato en esa se-
gunda posi­ción, porque tenía que sacar otra
vez sus tentáculos y man­darlos hasta el otro
lado del despeñadero. Después de afian­zarlos,
tuvo que soltar las fibras enfocadas en la pri-
mera roca. Eso era muy arriesgado. Tal vez
solamente Genaro es capaz de hacerlo. Casi
fugaz, pero a ti de nada te servirá, porque tu
cuerpo se gastará con la tensión. Con el humo,
SEGUNDA PARTE en cam­bio, jamás sufrirás de agotamiento. El
LA TAREA DE “VER” humo te dará la velocidad necesaria para asir
el movimiento fugaz del mun­do, y al mismo
tiempo mantendrá intactos tu cuerpo y su
fuerza.
VII ‑¡Muy bien! ‑dije con dramatismo‑. No quiero
an­darme ya por las ramas. Fumaré.
DON JUAN no estaba en su casa cuando lle- Don Juan rió de mi arrebato histriónico.
gué a ella el mediodía del 8 de noviembre de ‑Párale ‑dijo‑. Siempre te agarras a lo que no
1968. Como no tenía idea de dónde buscarlo, de­bes. Ahora piensas que la simple decisión
me senté a esperar. Por alguna razón desco- de dejarte guiar por el humo va a hacerte ver.
nocida, sabía que regresaría pronto. Un rato Hay mucho pan por rebanar. En todo hay
después, don Juan entró en su casa. Asintió siempre más de lo que uno cree.
mirándome. Cambia­mos saludos. Parecía es- Se puso serio un momento.
tar cansado y se tendió en su pe­tate. Bostezó ‑He tenido mucho cuidado contigo, y mis ac-
un par de veces. tos han sido deliberados ‑dijo‑, porque es el
La idea de “ver” se me había vuelto obsesión, deseo de Mescalito que comprendas mi cono-
y yo ha­bía decidido usar nuevamente la mez- cimiento. Pero ahora sé que no tendré tiempo
cla alucinógena de fumar. Fue terriblemente de enseñarte todo lo que quiero. Nada más
difícil hacer esa decisión, así que todavía de- tendré tiempo de ponerte en el camino, y con-
seaba discutirla un poco. fío en que buscarás del mismo modo que yo
‑Quiero aprender a ver, don Juan ‑dije de so- busqué. Debo admitir que eres más indolente
petón‑. Pero en realidad no quiero tomar nada; y más terco que yo. Pero tienes otras ideas, y
no quiero fumar su mezcla. ¿Piensa usted que la dirección que seguirá tu vida es algo que no
hay alguna posibilidad de que yo aprenda a puedo predecir.
ver sin ella? El tono deliberado de su voz, algo en su acti-
Se sentó, se me quedó viendo unos segundos y tud, desper­taron en mí un viejo sentimiento:
volvió a acostarse. una mezcla de miedo, soledad y expectativa.
‑¡No! ‑dijo‑. Tendrás que usar el humo. ‑Pronto sabremos como andas ‑dijo críptica-
‑Pero usted dijo que con don Genaro estuve a mente.
punto de ver. No dijo nada más. Tras un rato salió de la
‑Quise decir que algo en ti brillaba como si casa. Lo se­guí y me paré frente a él, no sa-
de verdad te dieras cuenta de lo que Gena- biendo si sentarme o si des­cargar unos paque-
ro hacía, pero nada más estabas mirando. La tes que le había traído.
verdad es que hay algo en ti que se asemeja a ‑¿Será peligroso? ‑pregunté, sólo por decir
ver, pero no es; estás atascado y sólo el humo algo.
puede ayudarte. ‑Todo es peligroso ‑respondió.
-¿Por qué hay que fumar? ¿Por qué no pue- Don Juan no parecía dispuesto a decirme nin-
de uno, simplemente, aprender a ver por sí guna otra cosa; reunió unos bultos pequeños
mismo? Yo tengo un deseo ferviente. ¿No es que estaban apilados en un rincón y los puso
bastante? en una bolsa de red. No ofrecí ayu­darlo por
‑No, no es bastante. Ver no es tan sencillo, y saber que si quisiera mi ayuda la habría pedi-
sólo el humo puede darte a ti la velocidad que do. Luego se acostó en su petate. Me dijo que
necesitas para echar un vistazo a ese mundo me calmase y descansara. Me acosté en mi pe-
fugaz. De otro modo no harás sino mirar. tate y traté de dormir, pero no estaba cansa-
‑¿Qué quiere usted decir con lo de mundo fu- do; la noche anterior había parado en un mo-
gaz? tel y dormido hasta mediodía, sabiendo que
‑El mundo, cuando ves, no es como ahora pien- en sólo tres horas de viaje llegaría a la casa
sas que es. Es más bien un mundo fugaz que de don Juan. El tampoco dormía. Aunque sus
se mueve y cambia. Por cierto que uno puede ojos estaban cerrados, noté un movi­miento de
aprender a capturar por sí mis­mo ese mundo cabeza rítmico, casi imperceptible. Se me ocu-
rrió la idea de que tal vez canturreaba para sí ‑Eres medio tonto ‑dijo con suavidad‑. No tie-
mismo. nes miedo. Nada más dices que tienes miedo.
‑Comamos algo ‑dijo de pronto don Juan, y su Meneó lentamente la cabeza de lado a lado.
voz me hizo saltar‑. Vas a necesitar toda tu Luego tomó la bolsita de la mezcla de fumar y
energía. Debes estar en buena forma. llenó el cuenco de la pipa.
Preparó sopa, pero yo no tenía hambre. ‑Tengo miedo, don Juan. De veras tengo mie-
do.
Al siguiente día, 9 de noviembre, don Juan ‑No, no es miedo.
sólo me dejó comer un bocado y me dijo que Traté con desesperación de ganar tiempo e
descansara. Estuve acos­tado toda la mañana, inicié una larga discusión sobre la naturaleza
pero sin poder relajarme. No imagi­naba qué de mis sentimientos. Mantuve con toda since-
tenía en mente don Juan y, peor aun, no me ridad que tenía miedo, pero él se­ñaló que yo
ha­llaba seguro de lo que yo mismo tenía en no jadeaba ni mi corazón latía más rápido que
mente. de costumbre.
A eso de las 3 pm, estábamos sentados bajo su Pensé unos momentos en lo que había dicho.
ramada. Yo tenía mucha hambre. Varias ve- Se equivo­caba; yo sí tenía muchos de los cam-
ces había sugerido que comiéramos, pero don bios físicos que suelen asociarse con el mie-
Juan había rehusado. do, y me hallaba desesperado. Un sen­tido de
‑Llevas tres años sin preparar tu mezcla ‑dijo condenación inminente permeaba todo en mi
de re­pente‑. Tendrás que fumar mi mezcla, de­rredor. Tenía el estómago revuelto y la se-
así que digamos que la he juntado para ti. guridad de estar pálido; mis manos sudaban
Sólo necesitarás un poquito. Lle­naré una vez profusamente; y sin embargo pensé realmen-
el cuenco de la pipa. Te lo fumas todo y luego te que no tenía miedo. No tenía el senti­miento
descansas. Entonces vendrá el guardián del de miedo al que había estado acostumbrado
otro mun­do. No harás nada más que obser- du­rante toda mi vida. El miedo que siempre
varlo. Observa cómo se mueve; observa todo había sido idio­sincrásicamente mío no estaba
lo que hace. Tu vida puede depender de lo presente. Hablaba caminan­do de un lado a
bien que vigiles. otro frente a don Juan, que seguía senta­do en
Don Juan había dejado caer sus instrucciones el petate, sosteniendo su pipa y mirándome
en forma tan abrupta que no supe qué decir, en forma inquisitiva; y al considerar el asun-
ni siquiera qué pen­sar. Mascullé incoheren- to llegué a la conclusión de que lo que sentía,
cias durante un momento. No po­día organizar en vez de mi miedo usual, era un pro­fundo
mis ideas. Finalmente, pregunté la primera sentimiento de desagrado, una incomodidad
cosa clara que me vino a la mente: ante la mera idea de la confusión creada por
‑¿Quién es ese guardián? la ingestión de plan­tas alucinógenas.
Don Juan se negó, de plano, a participar en Don Juan se me quedó viendo un instante;
conversa­ción, pero yo estaba demasiado ner- luego miró más allá de mi, guiñando como si
vioso para dejar de hablar e insistí desespe- se esforzara por discer­nir algo en la distancia.
radamente en que me hablara del guardián. Seguí caminando de un lado a otro enfrente
‑Ya lo verás ‑dijo con despreocupación‑. Cus- de él hasta que en tono enérgico me indicó to-
todia el otro mundo. mar asiento y calmarme. Estuvimos sentados
‑¿Qué mundo? ¿El mundo de los muertos? en silencio unos minutos.
‑No es el mundo de los muertos ni el mundo ‑No quieres perder tu claridad, ¿verdad? ‑dijo
de nada. Sólo es otro mundo. No tiene caso abrup­tamente.
hablarte de él. Velo tú mismo. ‑Eso es muy cierto, don Juan ‑dije.
Con eso, don Juan entró en la casa. Lo seguí Rió, al parecer con deleite.
a su cuarto. ‑La claridad, el segundo enemigo de un hom-
‑Espere, espere, don Juan. ¿Qué va usted a bre de co­nocimiento, ha descendido sobre ti.
hacer? “No tienes miedo ‑dijo con voz reconfortante‑,
No respondió. Sacó su pipa de un envoltorio pe­ro ahora odias perder tu claridad, y como
y tomó asiento en un petate en el centro de eres un idiota, llamas miedo a eso.”
la habitación, mirán­dome inquisitivo. Parecía Rió chasqueando la lengua.
esperar mi consentimiento. ‑Tráeme unos carbones ‑ordenó.
Su tono era amable y confortante. Automáti- un momento dado podría ver al guardián del
camente me puse en pie y fui a la parte trase- otro mundo.
ra de la casa; saqué al­gunas brasas del fuego, Sentía un calor muy molesto en todo el cuer-
las puse sobre una pequeña laja y regresé a la po; traté de cambiar de postura, pero ya no
habitación. podía moverme. Quise hablar a don Juan; las
‑Ven aquí a la ramada ‑llamó desde afuera palabras parecían estar tan dentro de mí que
don Juan, en voz alta. no podía sacarlas. Entonces caí sobre el costa-
Había colocado un petate en el sitio donde yo do iz­quierdo y me hallé mirando desde el piso
suelo sen­tarme. Puse los carbones a su lado y a don Juan.
él los sopló para ac­tivar el fuego. Yo iba a sen- Se inclinó para ordenarme, en un susurro, que
tarme, pero me detuvo y me dijo que tomara no lo mi­rara, sino fijase la vista en un punto
asiento en el borde derecho del petate. Lue- del petate que estaba directamente frente a
go metió una brasa en la pipa y me la tendió. mis ojos. Dijo que yo debía mirar con un ojo,
La tomé. Me asombraba la silenciosa energía el izquierdo, y que tarde o temprano vería al
con que don Juan me había guiado. No se me guardián.
ocurrió nada que decir. Ya no tenía más ar- Fijé la mirada en el sitio indicado, pero no vi
gumentos. Me hallaba convencido de que no nada. En cierto momento, sin embargo, adver-
sentía miedo, sino sólo renuencia a perder mi tí un mosquito que vo­laba frente a mis ojos. Se
claridad. posó en el petate. Seguí sus mo­vimientos. Se
‑Fuma, fuma ‑me ordenó con gentileza‑. Nada acercó mucho a mí; tanto, que mi percep­ción
más un cuenco esta vez. visual se emborronó. Y entonces, de pronto,
Chupé la pipa y oí el chirriar de la mezcla sentí como si me hubiera puesto de pie. Era
al encenderse. Sentí una capa instantánea una sensación muy desconcertante que mere-
de hielo dentro de la boca y la nariz. Di otra cía algo de cavilación, pero no ha­bía tiempo
fumada y el recubrimiento se extendió a mi para ello. Tenía la sensación total de estar mi­
pecho. Cuando hube fumado por última vez rando al frente desde mi acostumbrado nivel
sentí que todo el interior de mi cuerpo se ha- ocular; y lo que veía estremeció la última fibra
llaba recubierto por una pe­culiar sensación de de mi ser. No hay otra manera de describir
calor frío. la sacudida emocional que experimen­té. Allí
Don Juan tomó la pipa de mis manos y gol- mismo, encarándome, a poca distancia, había
peó el cuenco contra la palma de la suya, para un animal gigantesco y horrendo. ¡Algo ver-
aflojar el residuo. Luego, como siempre hace, daderamente mons­truoso! Ni en las más lo-
se mojó el dedo de saliva y frotó el interior del cas fantasías de la ficción había yo encontrado
cuenco. nada parecido. Lo miré con desconcierto ab­
Mi cuerpo estaba aterido, pero podía moverse. soluto y extremo.
Cambié de postura para hallarme más cómo- Lo primero que en realidad noté fue su ta-
do. maño. Pensé, por algún motivo, que debía de
‑¿Qué va a pasar? ‑pregunté. tener casi treinta metros de alto. Parecía ha-
Tuve cierta dificultad para vocalizar. llarse en pie, erecto, aunque yo no po­día saber
Con mucho cuidado, don Juan metió la pipa cómo se tenía en pie. Luego, noté que tenía
en su funda y la envolvió en un largo trozo alas: dos alas cortas y anchas. En ese punto
de tela. Luego se sentó ergui­do, encarándome. tomé conciencia de que insistía en examinar
Yo me sentía mareado; los ojos se me cerraban al animal como si se tratase de una visión
involuntariamente. Don Juan me movió con ordinaria; es decir, lo miraba. Sin embargo,
ener­gía y me ordenó permanecer despierto. no podía realmente mirarlo en la forma en
Dijo que yo sabía muy bien que de quedarme que me hallaba acostumbrado a mirar. Me di
dormido moriría. Eso me sa­cudió. Pensé que cuenta de que, más bien, notaba yo cosas de
probablemente don Juan sólo lo decía para él, como si la imagen se aclarara con­forme se
mantenerme despierto, pero por otro lado se añadían partes. Su cuerpo estaba cubierto por
me ocu­rrió también que podía tener razón. mechones de pelo negro. Tenía un hocico largo
Abrí los ojos tanto como pude y eso hizo reír a y babeaba. Sus ojos eran saltones y redondos,
don Juan. Dijo que yo debía esperar un rato y como dos enormes pelo­tas blancas.
tener los ojos abiertos todo el tiempo, y que en Entonces empezó a batir las alas. No era el
aleteo de un pájaro, sino una especie de tre- si me jalaran mis palabras. Dos veces logré
mor parpadeante, vibra­torio. Ganó velocidad incluso aclararme la garganta en una forma
y empezó a describir círculos frente a mí; más perfectamente ordinaria. Pude haber dicho
que volar, se deslizaba, con asombrosa rapi- entonces lo que deseaba decir, pero no lo dije.
dez y agilidad, a unos cuantos centímetros del Preferí permanecer en el extraño nivel de si-
piso. Durante un momento me hallé abstraí- lencio donde podía limitarme a mirar. Tuve
do en observarlo. Pensé que sus movimientos el sentimiento de que empezaba a conectarme
eran feos, y sin embargo su velocidad y sol­ con lo que don Juan llamaba “ver”, y eso me
tura eran espléndidas. hacía muy feliz.
Dio dos vueltas en torno mío, vibrando las Después, don Juan me dio sopa y tortillas y
alas, y la baba que caía de su boca volaba en me ordenó comer. Pude hacerlo sin ningún
todas direcciones. Lue­go giró sobre sí mismo problema y sin perder lo que yo consideraba
y se alejó a una velocidad increí­ble, hasta des- mi “poder de ver”. Enfoqué los ojos en todo lo
aparecer en la distancia. Miré fijamente en la que me rodeaba. Estaba convencido de que
dirección que había seguido, pues no me era podía “ver” todo, y sin embargo el mundo se
posible hacer nada más. Tenía una peculia- miraba igual, has­ta donde me era posible juz-
rísima sensación de pesadez, la sensación de gar. Pugné por “ver” hasta que la oscuridad
ser incapaz de organizar mis pensamientos fue completa. Finalmente me cansé y me dor-
en forma coherente. No podía irme. Era como mí.
si me hallara pegado al sitio. Desperté cuando don Juan me cubrió con una
Entonces vi en la distancia algo como una frazada. Tenía jaqueca y estaba mal del es-
nube; un ins­tante después la bestia gigantes- tómago. Tras un rato me sentí mejor y dormí
ca daba vueltas nuevamen­te frente a mí, a tranquilamente hasta el día si­guiente.
toda velocidad. Sus alas tajaron el aire cada A la mañana, era de nuevo yo mismo. Ansio-
vez más cerca de mis ojos, hasta golpearme. so, pregunté a don Juan:
Sentí que las alas habían literalmente golpea- ‑¿Qué cosa me ocurrió?
do la parte de mí que estaba en ese sitio, fuera Don Juan rió, taimado.
la que fuera. Grité con toda mi fuerza, invadi- ‑Fuiste a buscar al cuidador y claro que lo ha-
do por uno de los dolores más torturantes que llaste ‑dijo.
jamás he sentido. ‑¿Pero qué era, don Juan?
Lo próximo que supe fue estar sentado en mi ‑El guardián, el cuidador, el centinela del otro
petate; don Juan me frotaba la frente. Frotó mundo ‑dijo don Juan, concretando.
con hojas mis brazos y piernas; luego me llevó Intenté narrarle los detalles de esa bestia fea
a una zanja de irrigación detrás de su casa, y porten­tosa, pero él hizo caso omiso, diciendo
me quitó la ropa y me sumergió por entero; que mi experien­cia no era nada especial, que
me sacó y volvió a sumergirme una y otra vez. cualquiera podía hacer eso.
Mientras yo yacía en el fondo, poco profundo, Le dije que el guardián había sido para mí un
de la zanja, don Juan me jalaba de tiempo choque tal, que todavía no me era posible pen-
en tiempo el pie iz­quierdo y daba golpecitos sar realmente en él.
suaves en la planta. Tras un rato sentí un Don Juan rió e hizo burla de lo que llamó una
cosquilleo. El lo advirtió y dijo que yo esta- incli­nación demasiado dramática de mi natu-
ba bien. Me puse la ropa y regresamos a su raleza.
casa. Volví a sen­tarme en mi petate y traté ‑Esa cosa, fuera lo que fuera, me lastimó
de hablar, pero me sentí inca­pacitado de con- ‑dije‑. Era tan real como usted y yo.
centrarme en lo que quería decir, aunque mis ‑Claro que era real. Te hizo doler, ¿no?
pensamientos eran muy claros. Asombrado, Al rememorar la experiencia creció mi exci-
tomé con­ciencia de cuánta concentración se tación. Don Juan me pidió calma. Luego me
necesitaba para hablar. También noté que, preguntó si de veras había tenido miedo del
para decir algo, tenía que dejar de mi­rar las guardián; enfatizó el “de veras”.
cosas. Tuve la impresión de que me hallaba ‑Estaba yo petrificado ‑dije‑. Jamás en mi vida
enre­dado en un nivel muy profundo y cuando he experimentado un susto tan imponente.
quería hablar tenía que salir a la superficie ‑Qué va ‑dijo, riendo‑. No tuviste tanto miedo.
como un buceador; tenía que ascender como ‑Le juro ‑dije con fervor genuino‑ que de
haber­me podido mover habría corrido como ‑No era un mosquito cuando te lastimó ‑dijo
histérico. él‑; era el guardián del otro mundo. Capaz al-
Mi aseveración le pareció graciosa y le causó gún día tengas el valor de vencerlo. Ahora no;
risa. ahora es una bestia babeante de treinta me-
‑¿Qué caso tenía el hacerme ver esa mons- tros. Pero no tiene caso hablar de eso. Parár-
truosidad, don Juan? sele enfrente no es ninguna hazaña, así que si
Se puso serio y me contempló. quieres conocer más a fondo, busca otra vez al
‑Era el guardián ‑dijo‑. Si quieres ver, debes guardián.
vencer al guardián. Dos días más tarde, el 11 de noviembre, fumé
‑¿Pero cómo voy a vencerlo, don Juan? Ha de nuevamen­te la mezcla de don Juan.
tener unos treinta metros de alto. Le había pedido dejarme fumar de nuevo
Don Juan rió con tantas ganas que las lágri- para hallar al guardián. No se lo pedí en un
mas rodaron por sus mejillas. arranque momentáneo, sino después de lar-
‑¿Por qué no me deja decirle lo que vi, para ga deliberación. Mi curiosidad con respecto al
que no haya malentendidos? ‑dije. guardián era desproporcionadamente mayor
‑Si eso te hace feliz, ándale, dime. que mi miedo, o que la desazón de perder mi
Narré cuanto podía recordar, pero eso no pa- claridad.
reció alterar su humor. El procedimiento fue el mismo. Don Juan
‑Sigue sin ser nada nuevo ‑dijo sonriendo. llenó una vez el cuenco de la pipa, y cuando
‑¿Pero cómo espera usted que yo venza una hube terminado todo el contenido la limpió y
cosa así? ¿Con qué? la guardó.
Estuvo callado un rato. Luego me miró y dijo: El efecto fue marcadamente más lento; cuan-
‑No tuviste miedo, no realmente. Tuviste do- do empecé a sentirme un poco mareado don
lor, pero no tuviste miedo. Juan se acercó y, soste­niendo mi cabeza en
Se reclinó contra unos bultos y puso los brazos sus manos, me ayudó a acostarme sobre el
detrás de la cabeza. Pensé que había abando- lado izquierdo. Me dijo que estirara las pier-
nado el tema. nas y me relajara, y luego me ayudó a poner
‑Sabes ‑dijo de pronto, mirando el techo de la el brazo derecho frente a mi cuerpo, al nivel
rama­da‑, cada hombre puede ver al guardián. del pecho. Volteó mi mano para que la pal-
Y el guardián es a veces, para algunos de no- ma presionara contra el petate, y dejó que mi
sotros, una bestia imponente del alto del cielo. peso descansara sobre ella. No hice nada por
Tienes suerte; para ti fue nada más de treinta ayudarlo ni por estorbarlo, pues no supe qué
metros. Y sin embargo, su secreto es tan sim- estaba haciendo.
ple. Tomó asiento frente a mí y me dijo que no me
Hizo una pausa momentánea y tarareó una preocu­ para por nada. Dijo que el guardián
canción ran­chera. vendría, y que yo tenía un asiento de primera
‑El guardián del otro mundo es un mosquito fila para verlo. Añadió, en forma casual, que
‑dijo despacio, como si midiera el efecto de sus el guardián podía causar gran dolor, pero que
palabras. había un modo de evitarlo. Dos días atrás,
‑¿Cómo dijo usted? dijo, me había hecho sentarme al juzgar que
‑El guardián del otro mundo es un mosquito yo ya tenía sufi­ciente. Señaló mi brazo dere-
‑repi­tió‑. Lo que encontraste ayer era un mos- cho y dijo que lo había puesto deliberadamen-
quito; y ese mos­quito te cerrará el paso hasta te en esa posición para que yo pudiera usarlo
que lo venzas. como una palanca con la cual impulsarme ha-
Por un momento no creí lo que don Juan decía, cia arriba cuan­do así lo deseara.
pero al rememorar la secuencia de mi visión Cuando hubo terminado de decirme todo eso,
hube de admitir que en cierto momento me mi cuerpo estaba ya adormecido por completo.
hallaba mirando un mosquito, y un instante Quise presentar a su atención el hecho de que
después tuvo lugar una especie de espejis­mo me sería imposible empujarme hacia arriba
y me encontré mirando la bestia. porque había perdido el control de mis múscu­
‑¿Pero cómo pudo lastimarme un mosquito, los. Traté de vocalizar las palabras, pero no
don Juan? ‑pregunté, verdaderamente con- pude. Sin em­bargo, él parecía habérseme an-
fundido, ticipado, y explicó que el truco estaba en la
voluntad. Me instó a recordar la ocasión, años y no obstante podía hablar. Se me ocurrió la
antes, en que yo había fumado los hongos por idea de que, si podía hablar, probablemente
vez primera. En dicha ocasión caí al suelo y po­dría levantarme, como don Juan había di-
salté a mis pies nuevamente por un acto de lo cho.
que él llamó, en ese entonces, mi “voluntad”; ‑Arriba ‑dije en inglés, y en un parpadeo me
me “levanté con el pensamiento”. Dijo que ésa hallaba de pie.
era, de hecho, la única manera posible de le- Don Juan meneó la cabeza con incredulidad y
vantarse. salió de la casa.
Lo que decía me resultaba inútil, pues yo no ‑¡Don Juan! ‑llamé tres veces.
recordaba lo que en realidad había hecho años Regresó.
antes. Tuve un avasalla­dor sentido de deses- ‑Acuésteme ‑pedí.
peración y cerré los ojos. ‑Acuéstate tú solo ‑dijo‑. Parece que estás en
Don Juan me aferró por el cabello, sacudió gran forma.
vigorosa­mente mi cabeza y me ordenó, impe- Dije: ‑Abajo‑ y de pronto perdí de vista el
rativo, no cerrar los ojos. No sólo los abrí, sino aposen­to. No podía ver nada. Tras un momen-
que hice algo que me pareció asombroso. Dije: to, la habitación y don Juan volvieron a en-
‑No sé cómo me levanté aquella vez. trar en mi campo de visión. Pensé que debía
Quedé sobresaltado. Había algo muy monóto- haberme acostado con la cara contra el piso, y
no en el rit­mo de mi voz, pero claramente se que él me había alzado la cabeza agarrándo-
trataba de mi voz, y sin embargo creí con toda me del cabello.
honestidad que no podía haber dicho eso, por- ‑Gracias ‑dije con voz muy lenta y monótona.
que un minuto antes me hallaba incapacitado ‑De nada ‑repuso, remedando mi entonación,
para hablar. y tuvo otro ataque de risa.
Miré a don Juan. El volvió el rostro hacia un Luego tomó unas hojas y empezó a frotarme
lado y rió. con ellas los brazos y los pies.
‑Yo no dije eso ‑dije. ‑¿Qué hace usted? ‑pregunté.
Y de nuevo me sobresaltó mi voz. Me sentí ‑Te estoy sobando ‑dijo, imitando mi penoso
exaltado. Hablar bajo estas condiciones se vol- hablar monótono.
vía un proceso regoci­jante. Quise pedir a don Su cuerpo se sacudía de risa. Sus ojos brilla-
Juan que explicara mi habla, pero me descu- ban, amistosos. Me agradaba verlo. Sentí que
brí nuevamente incapaz de pronunciar una don Juan era compasivo y justo y gracioso. No
sola palabra. Luché con fiereza por dar voz a podía reír con él, pero me habría gustado ha-
mis pensamien­tos, pero fue inútil. Desistí y cerlo. Otro sentimiento de regocijo me inva-
en ese momento, casi involun­tariamente, dije: dió, y reí; fue un sonido tan horrible que don
‑¿Quién habla, quién habla? Juan se descon­certó un instante.
Esa pregunta causó tanta risa a don Juan que ‑Más vale que te lleve a la zanja ‑dijo‑, porque
en cierto momento se fue de lado. si no te vas a matar a payasadas.
Al parecer me era posible decir cosas senci- Me puso en pie y me hizo caminar alrededor
llas, siempre y cuando supiera exactamente del cuar­to. Poco a poco empecé a sentir los
qué deseaba decir. pies, y las piernas, y finalmente todo el cuer-
‑¿Estoy hablando? ¿Estoy hablando? ‑pregun- po. Mis oídos reventaban con una presión ex-
té. traña. Era como la sensación de una pierna o
Don Juan me dijo que, si no dejaba yo mis jue- un brazo que se han dormido. Sentía un peso
gos, saldría a acostarse bajo la ramada y me tremendo sobre la nuca y bajo el cuero cabe-
dejaría solo con mis payasadas. lludo, arriba de la cabeza.
‑No son payasadas ‑dije. Don Juan me llevó apresuradamente a la zan-
El asunto me parecía de gran seriedad. Mis ja de irriga­ción atrás de su casa; me arrojó allí
pensamientos eran muy claros; mi cuerpo, sin con todo y ropa. El agua fría redujo gradual-
embargo, estaba entumido: no podía sentirlo. mente la presión y el dolor, hasta que desapa-
No me hallaba sofocado, como alguna vez an- recieron por entero.
terior bajo condiciones similares; estaba có- Me cambié de ropa en la casa y tomé asiento y
modo por­que no podía sentir nada; no tenía de nuevo sentí el mismo tipo de alejamiento,
el menor control sobre mi sistema voluntario, el mismo deseo de per­manecer callado. Pero
esta vez noté que no era claridad de mente del camino. No hay otra explicación posible de
ni poder de enfocar; más bien era una especie la manera en que apren­des las cosas de los
de melancolía y una fatiga física. Por fin, me poderes. Lo hiciste antes con Mesca­lito, ahora
quedé dormido. lo has hecho con el humito. Deberías concen­
trarte en el hecho de que tienes un gran don,
12 de noviembre, 1968 y dejar de lado otras consideraciones.
‑Lo hace usted sonar muy fácil, pero no lo es.
Esta mañana, don Juan y yo fuimos a los ce- Estoy roto por dentro.
rros cercanos a recoger plantas. Caminamos ‑Te compondrás pronto. Una cosa es cierta, no
unos diez kilómetros sobre terreno extrema- has cuidado tu cuerpo. Estás demasiado gor-
damente áspero. Me cansé mucho. Nos sen­ do. No quise decirte nada antes. Siempre hay
tamos a descansar, a iniciativa mía, y él abrió que dejar que los otros hagan lo que tienen
una conversa­ción diciendo que se hallaba sa- que hacer. Te fuiste años enteros. Pero te dije
tisfecho de mis progresos. que volverías, y volviste. Lo mismo pasó con-
‑Ahora sé que era yo quien hablaba ‑dije‑, migo. Me rajé durante cinco años y medio.
pero en esos momentos podría haber jurado ‑¿Por qué se alejó usted, don Juan?
que era alguien más. ‑Por la misma razón que tú. No me gustaba.
‑Eras tú, claro ‑dijo‑. ‑¿Por qué volvió?
‑¿Por qué no pude reconocerme? ‑Por la misma razón por la que tú has vuelto:
‑Eso es lo que hace el humito. Uno puede porque no hay otra manera de vivir.
hablar sin darse cuenta; uno puede moverse Esa declaración tuvo un gran impacto sobre
miles de kilómetros y tampoco darse cuenta. mí, pues yo me había descubierto pensando
Así es también como se pueden atravesar las que tal vez no había otra manera de vivir.
cosas. El humito se lleva el cuerpo y uno está Jamás había expresado a nadie este pen­
libre, como el viento; mejor que el viento: al samiento, pero don Juan lo había inferido co-
viento lo para una roca o una pared o una rrectamente.
montaña. El humito lo hace a uno tan libre Tras un silencio muy largo le pregunté:
como el aire; quizás hasta más libre: el aire ‑¿Qué hice ayer, don Juan?
se queda encerrado en una tumba y se vicia, ‑Te levantaste cuando quisiste.
pero con la ayuda del humito nada puede pa- ‑Pero no sé cómo lo hice.
rarlo a uno ni encerrarlo. ‑Toma tiempo perfeccionar esa técnica. Pero
Las palabras de don Juan desataron una mez- lo impor­tante es que ya sabes cómo hacerlo.
cla de eufo­ria y duda. Sentí una incomodidad ‑Pero no sé. Ese es el punto, que de veras no
avasalladora, una sen­sación de culpa indefi- sé.
nida. ‑Claro que sabes.
‑¿Entonces uno de verdad puede hacer todas ‑Don Juan, le aseguro, le juro . . .
esas cosas, don Juan? No me dejó terminar; se puso en pie y se alejó.
‑¿Tú qué crees? Preferirías creer que estás
loco, ¿no? ‑dijo, cortante. Más tarde, hablamos de nuevo sobre el guar-
‑Bueno, para usted es fácil aceptar todas esas dián del otro mundo.
cosas. Para mi es imposible. ‑Si creo que lo que he experimentado, sea lo
‑Para mi no es fácil. No tengo ningún privile- que sea, tiene una realidad concreta ‑dije‑, en-
gio sobre ti. Esas cosas son igualmente difíci- tonces el guardián es una criatura gigantesca
les de aceptar para ti o para mí o para cual- que puede causar increíble dolor físico; y si
quier otro. creo que uno puede en verdad viajar distan-
‑Pero usted está en su elemento con todo esto, cias enormes por un acto de la voluntad, en-
don Juan. tonces es lógico concluir que también podría,
‑Sí, pero bastante me costó. Tuve que luchar, con mi voluntad, hacer que el monstruo desa-
quizá más de lo que tú luches nunca. Tú tie- pareciera. ¿Correcto?
nes un modo inex­plicable de hacer que todo ‑No del todo ‑dijo él‑. Tu voluntad no puede
marche para ti. No tienes idea de cuánto hube hacer que el guardián desaparezca. Puede
de esforzarme para hacer lo que tú hiciste evitar que te haga daño; eso sí. Por supuesto,
ayer. Tienes algo que te ayuda en cada paso si llegas a lograr eso, tienes el camino abier-
to. Puedes pasar junto al guardián y no hay seguro de tus explicaciones.
nada que él pueda hacer, ni siquiera revolo-
tear como loco.
‑¿Cómo puedo lograr eso? VIII
‑Ya sabes cómo. Nada más te hace falta prác-
tica. Don Juan me preguntó abruptamente si pla-
Le dije que sufríamos un malentendido brota- neaba irme a casa durante el fin de semana.
do de nues­tras diferencias en percibir el mun- Dije que mi intención era marcharme el lu-
do. Dije que para mi saber algo significaba nes en la mañana. Estábamos sentados bajo
que yo debía tener plena conciencia de lo que su ramada a eso del mediodía del sábado 18
estaba haciendo y que podía repetir a volun­ de enero de 1969, descansando tras una lar-
tad lo que sabía, pero en este caso ni tenía ga caminada en los cerros cercanos. Don Juan
conciencia de lo que había hecho bajo la in- se levantó y entró en la casa. Unos momentos
fluencia del humo, ni podría repetirlo aunque más tarde, me llamó. Se hallaba sentado a la
mi vida dependiera de ello. mi­tad de su cuarto y había puesto mi petate
Don Juan me miró inquisitivo. Lo que yo de- frente al suyo. Me hizo seña de tomar asien-
cía parecía divertirlo. Se quitó el sombrero y to y sin decir palabra desen­volvió la pipa, la
se rascó las sienes, como hace cuando desea sacó de su funda, llenó el cuenco con la mezcla
fingir desconcierto. para fumar, y la encendió. Incluso llevó a su
‑De veras sabes hablar sin decir nada, ¿no? habita­ción una bandeja de barro llena de car-
‑dijo, riendo‑. Ya te lo he dicho: hay que tener bones pequeños.
un empeño inflexible para llegar a ser hom- No preguntó si yo estaba dispuesto a fumar.
bre de conocimiento. Pero tú pareces tener el Simplemen­te me pasó la pipa y me dijo que
empeño de confundirte con acertijos. Insistes chupara. No titubeé. Al parecer, don Juan ha-
en explicar todo como si el mundo entero estu­ bía evaluado correctamente mi estado de áni-
viera hecho de cosas que pueden explicarse. mo; mi curiosidad avasalladora con respecto
Ahora te enfren­tas con el guardián y con el al guar­dián debe de haberle sido obvia. Sin
problema de moverte usando tu voluntad. ¿Al- necesidad de instancia alguna, fumé ávida-
guna vez se te ha ocurrido que, en este mun­ mente todo el cuenco.
do, sólo unas cuantas cosas pueden explicarse Las reacciones que tuve fueron idénticas a las
a tu modo? Cuando yo digo que el guardián te que había experimentado antes. También don
cierra realmente el paso y que podría sacar- Juan procedió en for­ma muy similar. Esta vez,
te el pellejo, sé lo que estoy dicien­do. Cuando sin embargo, en vez de ayudarme a hacerlo,
digo que uno puede moverse con su voluntad, se limitó a indicarme que apuntalara el brazo
también sé lo que digo. Quise enseñarte, poco derecho sobre el petate y me acostara del lado
a poco, cómo moverse, pero entonces me di izquierdo. Sugirió que cerrara el puño si eso
cuenta de que sabes cómo ha­cerlo aunque di- mejoraba el apalanca­miento.
gas que no. Cerré, efectivamente, el puño derecho, pues
‑Pero de veras no sé cómo ‑protesté. me resul­taba más fácil que volver la palma
‑Sí sabes, idiota -dijo con severidad, y luego contra el piso yaciendo con el peso sobre la
sonrió‑. Esto me hace acordar la vez que al- mano. No tenía sueño; sentí calor du­rante un
guien puso a aquel mu­chacho Julio en una rato, luego perdí toda sensación.
máquina segadora; sabía cómo mane­ jarla Don Juan se acostó de lado, encarándome; su
aunque jamás lo había hecho antes. antebrazo izquierdo descansaba sobre el codo
‑Sé a lo que se refiere usted, don Juan; de y apoyaba su cabeza como en un cojín. Reina-
cualquier modo, siento que no podría hacerlo ba una placidez perfecta, incluso en mi cuer-
de nuevo, porque no estoy seguro de qué cosa po, que para entonces carecía de sensaciones
hice. táctiles. Me sentía muy a gusto.
‑Un brujo charlatán trata de explicar todo en ‑Es agradable ‑dije.
el mun­do con explicaciones de las que no está Don Juan se levantó apresuradamente.
seguro ‑dijo‑, así que todo sale siendo bruje- ‑No vayas a empezar con tus carajadas ‑dijo
ría. Pero tú andas igual. Tam­bién quieres ex- con acri­tud‑. No hables. Toda la energía se te
plicarlo todo a tu manera, pero tampoco estás va a ir en hablar, y entonces el guardián te
aplastará como quien apachurra un mosquito. partes poseía vida independiente, así como
Sin duda pensó que su símil era chistoso, pues están vivos los ojos de los hombres. Advertí
empezó a reír, pero se detuvo de pronto. entonces, por primera vez en mi existencia,
‑No hables, por favor no hables ‑dijo con una que los ojos de un hombre eran la única parte
expre­sión seria en el rostro. de su persona capaz de indicarme si estaba
‑No iba a decir nada ‑dije, y en realidad no vivo o no. El guardián, en cambio, tenía un
quería decir eso. “millón de ojos”.
Don Juan se puso en pie. Lo vi alejarse ha- Consideré que éste era un descubrimiento no-
cia la parte trasera de su casa. Un momento table. Antes de esta experiencia, yo había es-
después advertí que un mosquito había ate- peculado sobre las compa­raciones aptas para
rrizado en mi petate, y eso me llenó de un tipo describir las “distorsiones” que conver­tían a
de ansiedad que jamás había experimentado un mosquito en una bestia gigantesca, y ha-
antes. Era una mezcla de exaltación, angustia bía pen­sado que un buen símil era “como mi-
y miedo. Me hallaba totalmente consciente de rar un insecto a través del lente de aumento
que algo transcendental estaba a punto de re- de un microscopio”. Pero no era así. Al pare-
velarse frente a mí; un mosco que guardaba el cer, ver al guardián era mucho más complejo
otro mundo. La idea era ridícula; sentí ganas que mirar un insecto amplificado.
de reír con fuerza, pero entonces me di cuenta El guardián empezó a girar frente a mí. En
de que mi exaltación me distraía y de que iba cierto mo­mento se detuvo y sentí que me es-
a perderme un periodo de transición que de- taba mirando. Noté entonces que no producía
seaba clarificar. En mi anterior inten­to de ver sonido alguno. La danza del guar­dián era si-
al guardián, primero había mirado al mosqui- lenciosa. Lo imponente estaba en su aspecto:
to con el ojo izquierdo, y luego sentí que me sus ojos saltones; su horrenda boca; su babear;
había incor­porado y lo miraba con ambos ojos, su pelo insidio­so; y sobre todo su increíble ta-
pero no tuve concien­cia de cómo ocurrió esa maño. Observé con mucha atención la forma
transición. en que movía las alas, cómo las hacía v ­ ibrar
Vi al mosquito girar sobre el petate, frente a sin sonido. Observé cómo se deslizaba sobre
mi rostro, y advertí que lo miraba con ambos el piso semejando un monumental patinador
ojos. Se acercó mucho; en un momento dado sobre hielo.
ya no pude verlo con los dos ojos y cambié el Mirando esa criatura pesadillesca frente a
enfoque a mi ojo izquierdo, que se hallaba al mí, me sentía en verdad exaltado. Creía real-
nivel del piso. En el instante en que alteré el mente haber descubierto el secreto de vencer-
enfoque sentí también haber enderezado mi la. Pensé que el guardián era sólo una imagen
cuerpo hasta cobrar una posición completa- en movimiento sobre una pantalla muda; no
mente vertical, y me hallé mirando a un ani- podía hacerme daño; únicamente parecía ate-
mal increíblemente enorme. Era de pelambre rradora.
ne­gra brillante. El guardián estaba inmóvil, encarándome; de
Su parte delantera estaba cubierta de pelo pronto ale­teó y dio la media vuelta. Su lomo
largo, negro, insidioso, que daba la impresión parecía una armadura de color brillante; el
de espigones que brotaban por las ranuras resplandor deslumbraba pero el matiz era re-
de unas escamas lisas y brillosas. De hecho, pugnante: era mi color desfavorable. El guar-
el pelo se hallaba dispuesto en mechones. El dián permaneció un rato dándome la espalda
cuerpo era macizo, grueso y redondo. Las alas y luego, aleteando, volvió a deslizarse hasta
eran anchas y cortas en comparación con el que se perdió de vista.
largo del cuerpo. La criatura tenía dos ojos Me vi ante un dilema muy extraño. Honrada-
blancos saltones y una trompa larga. Esta vez mente creía haberlo vencido al tomar concien-
semejaba más un lagarto. Parecía tener ore- cia de que sólo presenta­ba una imagen de ira.
jas largas, o acaso cuernos, y babeaba. Mi creencia se debía tal vez a la insistencia de
Me esforcé por contemplarlo con fijeza y en- don Juan en que yo conocía más de lo que es-
tonces cobré plena conciencia de que no podía taba dispuesto a admitir. En todo caso, sentía
mirarlo igual que como miro ordinariamente haber ven­cido al guardián y tener despejado
las cosas. Tuve una idea extraña; mi­rando el el camino. Pero no sabía cómo proceder. Don
cuerpo del guardián sentí que cada una de sus Juan no me había dicho qué hacer en una si-
tuación así. Traté de volverme a mirar a mi ‑¿Qué me pasará si trato de ver nuevamente
espalda, pero no pude moverme. Sin embar- al guar­dián?
go, podía ver muy bien la mayor parte de un ‑El guardián te llevará ‑dijo él‑. Te cogerá con
panorama de 180 grados ante mis ojos. Y lo la boca y te llevará a esa llanura y te dejará
que veía era un horizonte nebuloso, amarillo allí para siempre. Es evidente que el guardián
pálido; parecía gaseoso. Una especie de tono supo que no es tu tempera­mento y te advirtió
li­món cubría uniformemente todo cuanto me que te fueras.
era posible observar. Al parecer me hallaba ‑¿Cómo piensa usted que el guardián supo
en una meseta llena de va­pores sulfurosos. eso?
De improviso, el guardián volvió a aparecer Don Juan me dedicó una mirada larga y fir-
en un punto del horizonte. Describió un am- me. Trató de decir algo, pero desistió como in-
plio círculo antes de pararse frente a mí; su capaz de hallar las pala­bras adecuadas.
hocico estaba muy abierto, como una enor­me ‑Siempre caigo en tus preguntas ‑dijo sonrien-
caverna; no tenía dientes. Vibró las alas un do‑. Cuando me preguntaste eso no estabas
instante y luego me embistió. Se lanzó contra pensando en reali­dad, ¿no?
mí como un toro, y sus alas gigantescas oscila- Protesté y volví a afirmar que me desconcer-
ron buscando mis ojos. Grité de dolor y luego taba el cono­cimiento que el guardián tenía de
volé, o más bien sentí haberme disparado ha- mi temperamento.
cia arriba, me remonté más allá del guardián, Don Juan tenía un brillo extraño en los ojos
más allá de la me­seta amarillenta, hasta otro al decir:
mundo, el mundo de los hom­bres, y me encon- ‑Y tú que ni siquiera le mencionaste al guar-
tré de pie a mitad del cuarto de don Juan. dián nada acerca de tu temperamento, ¿ver-
dad?
19 de enero, 1969 Su tono era tan cómicamente serio que ambos
reímos. Tras un rato, empero, don Juan dijo
‑Realmente pensé haber vencido al guardián que el guardián, siendo el cuidador, el vigía
‑dije a don Juan. de ese mundo, conocía muchos secretos que
‑Debes de estar bromeando -dijo él. un brujo tenía derecho a compartir.
Don Juan no me había dicho una sola palabra -Esa es una manera en que un brujo llega a
desde el día anterior, y eso no me causaba mo- ver ‑di­jo‑. Pero ése no será tu dominio, así que
lestia. Había es­tado inmerso en una especie no tiene caso hablar de ello.
de ensoñación, y nuevamente había sentido ‑¿Fumar es el único modo de ver al guardián?
que de mirar con empeño sería capaz de “ver”, ‑pregunté.
pero no vi nada diferente. El no hablar, sin ‑No. También podrías verlo sin fumar. Hay
embar­go, me había hecho descansar muchí- montones de gente que pueden hacerlo. Yo
simo. prefiero el humo porque es más efectivo y
Don Juan me pidió referir la secuencia de menos peligroso para uno. Si tratas de ver al
mi experien­cia, y lo que le interesó particu- guardián sin ayuda del humo, lo más proba-
larmente fue el color que yo había visto en el ble es que tardes en quitártele del paso. En tu
lomo del guardián. Don Juan suspiró, al pare- caso, por ejemplo, es obvio que el guardián te
cer realmente preocupado. estaba advirtiendo cuando te dio la espalda
‑Tuviste suerte de que el color estuviera en para que miraras tu color enemigo. Entonces
el lomo del guardián ‑dijo con rostro serio‑. se fue; pero cuando volvió tú seguías allí, así
Si hubiera estado en la parte delantera de que te em­bistió. Pero tú estabas preparado y
su cuerpo, o peor todavía, en su cabeza, aho- saltaste. El humito te dio la protección que
ra estarías muerto. No debes tratar de ver al necesitabas; de haberte metido en ese mundo
guardián nunca más. No es tu temperamen- sin su asistencia, no habrías podido librarte
to cruzar esa llanura; sin embargo, yo estaba de la garra del guardián.
convencido de que po­drías atravesarla. Pero ‑¿Por qué no?
ya no hablemos de eso. Este era sólo uno de ‑Tus movimientos habrían sido demasiado
diversos caminos. lentos. Para sobrevivir en ese mundo hay que
Capté una pesadez fuera de lo común en el ser veloz como el rayo. Cometí un error al sa-
tono de don Juan. lirme del cuarto, pero no quería que siguieras
hablando. Eres un lengualarga y hablas aun- Tu vida es más compacta que la de Eligio y
que no quieras. De haber estado allí contigo, él probablemente verá antes que tú. Eso de
te habría subido la cabeza. Saltaste solo y eso veras me con­funde. Ni siquiera Genaro puede
fue todavía mejor, pero pre­fiero no correr esos acabar de entenderlo. Has cumplido fielmente
riesgos; el guardián no es cosa de juego. todo lo que te he mandado hacer. Todo cuanto
mi benefactor me enseñó, en la primera etapa
del aprendizaje, te lo he pasado. La regla es
IX justa, los pasos no pueden cambiarse. Has he-
cho todo cuanto uno tiene que hacer y sin em-
Durante tres meses, don Juan evitó sistemáti- bargo no ves; pero a los que ven, como Genaro,
camente hablar del guardián. En dicho lapso les parece que ves. Yo me fío de eso y caigo en
le hice cuatro visitas; él me mandaba a reali- una trampa. Siempre acabas portándote como
zar encargos y, cuando se hallaban cumpli­ un tonto que no ve, y por supuesto eso es lo
dos, me decía simplemente que regresara a que eres.
mi casa. El 24 de abril de 1969, la cuarta vez Las palabras de don Juan me despertaron
que estuve con él, tuvimos por fin una con- una profunda zozobra. Sin saber por qué, me
frontación, después de cenar, senta­dos junto a hallaba a punto de llorar. Empecé a hablar de
su estufa de tierra. Le dije que me estaba ha- mi niñez y una oleada de pesar me envolvió.
ciendo algo incongruente; yo estaba dispues- Don Juan se me quedó viendo un instante y
to a apren­der y él ni siquiera quería tenerme lue­go apartó los ojos. Fue una mirada pene-
cerca. Yo había tenido que luchar muy duro trante. Sentí que literalmente me había aga-
para superar mi aversión a usar sus hongos rrado con los ojos. Tuve la sensa­ción de dos
alucinógenos y sentía, como él mismo había dedos que me asían con suavidad y advertí
dicho, que no tenía tiempo que perder. una agitación extraña, una comezón, una de-
Don Juan escuchó pacientemente mis quejas. sazón agra­dable en la zona de mi plexo solar.
‑Eres demasiado débil ‑dijo‑. Te apuras cuan- Estaba tremendamente consciente de mi re-
do de­berías esperar, pero esperas cuando de- gión abdominal. Percibí su calor. Ya no pude
berías darte prisa. Piensas demasiado. Ahora hablar coherentemente; mascullé algo antes
piensas que no hay tiempo que perder. de callar por entero.
“Y hace poco pensabas que no querías volver a ‑Ha de ser la promesa -dijo don Juan tras una
fumar. Tu vida es como una pelota desinflada larga pausa.
y ahorita no te da para encontrarte con el hu- ‑¿Cómo?
mito. Yo soy responsable de ti y no quiero que ‑Una promesa que hiciste una vez, hace mu-
mueras como un idiota.” cho.
Me sentí apenado. ‑¿Qué promesa?
‑¿Qué puedo hacer, don Juan? Soy muy impa- ‑A lo mejor tú puedes decírmelo. Sí te acuer-
ciente. das de ella, ¿no?
‑¡Vive como guerrero! Ya te he dicho: un gue- ‑No.
rrero acepta la responsabilidad de sus actos, ‑Una vez prometiste algo muy importante.
del más trivial de sus actos. Tú actúas tus Pensé que quizá tu promesa te evitaba ver.
pensamientos y eso está mal. Fallas­te con el ‑No sé de qué habla usted.
guardián a causa de tus pensamientos. ‑¡Hablo de una promesa que hiciste! Tienes
‑¿Cómo fallé, don Juan? que re­cordarla.
‑Pensando todo. Pensaste en el guardián y ‑Si usted sabe cuál fue la promesa, ¿por qué
por eso no pudiste vencerlo, no me lo dice, don Juan?
“Primero debes vivir como un guerrero. Creo ‑No. De nada serviría decirte.
que entien­des eso muy bien.” ‑¿Fue una promesa que me hice a mi mismo?
Quise intercalar algo en mi defensa, pero él Por un momento pensé que podría estarse re-
me calló con un ademán. firiendo a mi decisión de abandonar el apren-
‑Tu manera de vivir es suficientemente tem- dizaje.
plada ‑pro­siguió‑. En realidad, es más templa- ‑No. Esto es algo que pasó hace mucho tiempo
da que la de Pablito o la de Néstor, los apren- ‑dijo.
dices de Genaro, y así y todo ellos ven y tú no. Reí, seguro de que don Juan estaba jugando
conmigo. Me sentí lleno de malicia. Tuve un ‑Lo que más recuerdo es el terror y la tris-
sentimiento de exalta­ción ante la idea de po- teza que se me vinieron encima cuando los
der engañar a don Juan, quien, me hallaba soldados yoris mataron a mi madre ‑dijo sua-
convencido, sabía tan poco como yo acerca de vemente, como si el recuerdo fuera aún dolo-
la supuesta promesa. Sin duda buscaba en la roso‑. Era una india pobre y humilde. Tal vez
oscuridad y tra­taba de improvisar. La idea de fue mejor que su vida se acabara entonces. Yo
seguirle la corriente me deleitó. quería que me mataran con ella, porque era
‑¿Fue algo que le prometí a mi abuelito? un niño. Pero los soldados me levantaron y
‑No ‑dijo él, y sus ojos brillaron‑. Tampoco fue me golpearon. Cuando me agarré al cuer­po de
algo que le prometiste a tu abuelita. mi madre, me rompieron los dedos de un fue-
La ridícula entonación que dio a la palabra tazo. No sentí dolor, pero ya no pude cerrar
“abuelita” me hizo reír. Pensé que don Juan las manos, y en­tonces me llevaron a rastras.
me estaba poniendo al­guna trampa, pero me Dejó de hablar. Sus ojos seguían cerrados y
hallaba dispuesto a jugar el juego hasta el pude perci­bir un temblor muy leve en sus la-
final. Empecé a enumerar todos los posibles bios. Una profunda tris­teza empezó a invadir-
indi­viduos a quienes yo habría podido prome- me. Imágenes de mi propia infancia inunda-
ter algo de gran importancia. El dijo no cada ban mi mente.
vez. Luego encaminó la conver­sación hacia mi ‑¿Cuántos años tenía usted, don Juan? ‑pre-
niñez. gunté, sólo por disipar mi tristeza.
‑¿Por qué fue triste tu niñez? ‑preguntó con ‑Como siete. Era el tiempo de las grandes gue-
gesto serio. rras ya­quis. Los soldados yoris nos cayeron de
Le dije que mi infancia no había sido en ver- sorpresa mientras mi madre preparaba algo
dad triste, sino acaso un poco difícil. de comer. Era una mujer inde­fensa. La ma-
‑Todo el mundo siente lo mismo -dijo, mirán- taron sin ningún motivo. No tiene nada que
dome de nuevo‑. También yo pasé de niño mu- ver el que haya muerto así, en realidad no im-
chas desdichas y temores. Ser un niño indio porta, pero para mí sí. No puedo decirme por
es duro, muy duro. Pero el recuerdo de aquel qué, sin embargo; nada más me importa. Creí
tiempo ya no tiene otro significado sino que que también habían matado a mi padre, pero
fue duro. Dejé de pensar en las penalidades no. Estaba herido. Luego nos metieron en un
de mi vida aun antes de que aprendiera a ver. tren, como reses, y cerraron la puerta. Días y
‑Yo tampoco pienso en mi niñez ‑dije. días nos tuvie­ron allí en la oscuridad, como
‑¿Entonces por qué te entristece? ¿Por qué tie- animales. Nos mantenían vivos con pedazos
nes ga­nas de llorar? de comida que de vez en cuando echa­ban en
‑No sé. Tal vez cuando me recuerdo de niño el vagón.
siento lás­tima de mí mismo y de todos mis se- “Mi padre murió de sus heridas en ese vagón.
mejantes. Me siento indefenso y triste. En el delirio del dolor y la fiebre me decía y
Me miró con fijeza y de nuevo mi región ab- me repetía que yo tenía que vivir. Siguió di-
dominal re­gistró la extraña sensación de dos ciéndome eso hasta el último momento de su
dedos suaves que la afe­rraban. Aparté los ojos vida.
y luego volví a mirarlo. El miraba la distan- “La gente me cuidaba; me daba comida; una
cia más allá de mí; tenía los ojos nebulosos, vieja curan­dera me compuso los huesos rotos
desen­focados. de la mano. Y como puedes ver, viví. La vida
‑Fue una promesa de tu niñez ‑dijo tras un no ha sido ni buena ni mala conmigo; la vida
silencio momentáneo. ha sido dura. La vida es dura, y para un niño
‑¿Qué cosa prometí? es a veces el horror mismo.”
No respondió. Tenía los ojos cerrados. Sonreí Quedamos largo rato sin hablar. Alrededor de
involun­tariamente; sabía que don Juan esta- una hora transcurrió en silencio completo. Yo
ba tentaleando en la oscuridad; sin embargo, experimentaba senti­ mientos muy confusos.
había perdido en parte mi ímpetu original de Me sentía algo afligido, pero no podía saber la
seguirle el juego. razón. Experimentaba un sentido de remor­
‑Yo era un niño flaco ‑prosiguió‑, y siempre dimiento. Un rato antes había estado dispues-
tenía miedo. to a seguirle la corriente a don Juan, pero de
‑También yo ‑dije. pronto él había trasto­cado la situación con su
relato directo. Había sido sencillo y conciso y Juan se puso serio. Sus ojos se achicaron has-
me había producido un sentimiento extraño. ta convertirse en finas ra­nuras. Dijo que las
La idea de un niño soportando dolor era un razones por las que yo consideraba mi vida
tema al que yo siempre había sido suscepti- una derrota no eran la derrota en sí. Luego,
ble. En un instante, mis senti­mientos de em- en un movimiento rápido y completamente in-
patía hacia don Juan cedieron el paso a una esperado, me tomó la cabeza entre las manos
sensación de disgusto conmigo mismo. Allí colocando sus palmas contra mis sienes. Sus
estaba yo, to­mando notas, como si la vida de ojos cobraron fiereza al mirar los míos. Asus­
don Juan fuera sólo un caso clínico. Estaba a tado, aspiré por la boca, profunda e involunta-
punto de romper mis notas cuando don Juan riamente. Soltó mi cabeza y se reclinó contra
me dio un leve puntapié en la pantorrilla para la pared, aún escudri­ñándome. Se había mo-
llamar mi atención. Dijo que “veía” a mi alre- vido con tal rapidez que, cuando se relajó y se
dedor una luz de violencia y que se pregun- recargó cómodamente en la pared, yo seguía a
taba si iba yo a empezar a golpearlo. Su risa la mitad de mi aspiración profunda. Me sentí
fue un alivio delicioso. Dijo que yo era dado a mareado, incómodo.
explosiones de conducta violenta, pero que en ‑Veo un niño que llora ‑dijo don Juan tras una
realidad no era malo y que la mayor parte del pausa.
tiempo la violencia era contra mi mismo. Lo repitió varias veces, como si yo no com-
‑Tiene usted razón, don Juan ‑dije. prendiera. Tuve el sentimiento de que su fra-
‑Por supuesto ‑dijo, riendo. se se refería a mí, de modo que no le presté
Me instó a hablar de mi niñez. Empecé a con- verdadera atención.
tarle mis años de miedo y soledad y me metí ‑¡Oye! ‑dijo, exigiendo mi concentración total‑.
a describirle lo que yo consideraba mi abru- Veo un niño que llora.
madora lucha por sobrevivir y conservar mi Le pregunté si ese niño era yo. Dijo que no.
espíritu. Rió de la metáfora de “conservar mi Le pregunté entonces si era una visión de mi
espíritu”. vida o sólo un recuerdo de la suya. No respon-
Hablé largo rato. El escuchaba con expresión dió.
grave. En­tonces, en un momento dado, sus ‑Veo un niño ‑siguió diciendo‑. Llora y llora.
ojos volvieron a “asirme” y dejé de hablar. ‑¿Es un niño que yo conozco? ‑pregunté.
Tras una pausa momentánea, don Juan dijo ‑Sí.
que nadie me había humillado nunca, y que ‑¿Es mi niño?
ése era el motivo de que yo no fuera realmen- ‑No.
te malo. ‑¿Está llorando ahora?
‑Todavía no has sido derrotado ‑dijo, ‑Está llorando ahora ‑dijo con convicción.
Repitió la frase cuatro o cinco veces, de ma- Pensé que don Juan tenía una visión de un
nera que me sentí obligado a preguntarle qué niño que yo conocía y que en ese mismo ins-
quería decir con ella. Explicó que la derrota tante estaba llorando. Pronuncié los nombres
era una condición inevitable de la vida. Los de todos los niños que conocía, pero él dijo que
hombres eran victoriosos o derrotados y, se- esos niños no tenían que ver con mi promesa,
gún eso, se convertían en perseguidores o en y que el niño que lloraba era muy importante
víctimas. Estas dos condiciones prevalecían con relación a ella.
mientras uno no “veía”; el “ver” disipaba la Las aseveraciones de don Juan parecían in-
ilusión de la victoria, la derrota o el sufri­ congruentes. Había dicho que yo prometí algo
miento. Añadió que yo debía aprender a “ver” a alguien durante mi infancia, y que el niño
mientras fuese victorioso, para evitar el tener que lloraba en ese preciso momen­to era im-
jamás el recuerdo de una humillación. portante para mi promesa. Le dije que sus
Protesté: no era victorioso ni lo había sido pala­bras no tenían sentido. Repitió calmada-
nunca, en nada; mi vida era, si acaso, una de- mente que “veía” a un niño llorar en ese mo-
rrota. mento, y que el niño estaba herido.
Rió y arrojó al suelo su sombrero. Luché seriamente por dar a sus afirmaciones
‑Si tu vida es la derrota que dices, pisa mi algún tipo de ilación ordenada, pero no podía
sombrero ‑me desafió en broma. relacionarlas con nada de lo cual yo tuviera
Argumenté sinceramente mi parecer. Don conciencia.
‑No doy en el clavo ‑dije‑, porque no puedo re- perada. Finalmente, por medios que a estas
cordar haber hecho a nadie una promesa im- alturas sigo sin conocer, logré someter a todos
portante, y menos a un niño. mis pri­mos. Era en verdad victorioso. Ya no
Achicó de nuevo los ojos y dijo que el niño que tenía competidores que contaran. Sin embar-
llora­ba en ese preciso momento era un niño go, yo no me di cuenta de eso, ni tampoco sa-
de mi infancia. bía cómo detener mi guerra, que lógicamente
‑¿Era niño durante mi niñez y sigue llorando se extendió a los terrenos de la escuela.
ahora? ‑pregunté. Los salones de la escuela rural a la que asis-
‑Es un niño que está llorando ahora ‑insistió. tía eran mix­tos, y los años primero y tercero
‑¿Se da usted cuenta de lo que dice, don Juan? estaban separados únicamente por un espacio
‑Sí. entre los pupitres. Fue allí donde conocía un
‑No tiene sentido. ¿Cómo puede ser un niño niño de nariz plana, a quien fastidiaban con
ahora, si lo fue cuando yo mismo era niño? el apodo “Nariz de botón”. Cursaba el primer
‑Es un niño y está llorando ahora ‑dijo con año. Yo solía ensañarme con él al azar, sin
terquedad. verdadera intención de hacerlo.
‑Explíqueme eso, don Juan. Pero él parecía simpatizar conmigo a pesar de
‑No. Tú me lo tienes que explicar a mí. cuanto le hacía. Solía seguirme a todas partes
A fe, me resultaba imposible sondear aquello e incluso guardaba el secreto de que yo era el
a lo cual se refería. responsable de algunas de las maldades que
‑¡Está llorando! ¡Está llorando! ‑siguió dicien- desconcertaban al director. Sin embargo, yo
do don Juan en tono hipnótico‑. Y ahora te se­guía molestándolo. Un día derribé a propósi-
abraza. ¡Está herido! ¡Está herido! Y te mira. to un pesado pizarrón de caballete; cayó sobre
¿Sientes sus ojos? Está hincado y te abraza. él; el pupitre donde se hallaba sentado absor-
Es más chico que tú. Vino a ti corriendo. Pero bió parte del impacto, pero así y todo el golpe
tiene el brazo roto. ¿Sientes su brazo? Ese le rompió la clavícula. Cayó al suelo. Lo ayudé
niño tiene una nariz que parece botón. ¡Si! Es a levantarse y vi el dolor y el susto en sus ojos
una nariz de botón. mien­tras él me miraba y se me abrazaba. El
Mis oídos empezaron a zumbar y perdí la no- choque de verlo sufrir con un brazo destroza-
ción de hallarme en la casa de don Juan. Las do fue más de lo que pude so­portar. Durante
palabras “nariz de botón” me arrojaron de in- años, yo había batallado sañudamente con­tra
mediato en una escena de mi niñez. ¡Yo cono- mis primos, y había vencido; había sojuzga-
cía a un niño con nariz de botón! Don Juan se do a mis enemigos; me había sentido bueno y
había colado en uno de los sitios más recóndi- poderoso hasta el mo­mento en que la figura
tos de mi vida. Supe entonces de qué promesa llorosa del niñito con nariz de botón demolió
hablaba. Expe­rimenté exaltación, desespera- mis victorias. Allí mismo abandoné la bata­lla.
ción, reverencia temerosa hacia don Juan y su En todas las formas de que era capa, me hice
espléndida maniobra. ¿Cómo demonios sa­bía el propó­sito de no triunfar nunca más. Pensé
lo del niño con nariz de botón de mi infancia? que tendrían que cortarle el brazo, y prometí
El recuerdo evocado en mí por don Juan me que si el niño se curaba yo jamás volvería a
agitó a tal grado que el poder de mi memo- ser victorioso. Renuncié por él a mis victo­rias.
ria me hizo retroceder a un tiem­po en el que Así fue como lo comprendí entonces.
yo tenía ocho años. Esa fue sin duda la épo- Don Juan había abierto una llaga purulenta
ca más atormentada de mi niñez. El carácter en mi vida. Me sentí aturdido, acongojado. Un
dulce y apacible de mis padres no contribu- pozo de tristeza sin alivio me llamaba, y su-
yó de ninguna manera a prepa­rarme para el cumbí a él. Sentí sobre mí el peso de mis ac-
embate de mis compañeros de escuela y pri- ciones. El recuerdo de aquel niñito con nariz
mos de mi edad. Había más de veinte niños de botón, cuyo nombre era Joaquín, me pro-
con quien vérmelas día a día. Eran fuertes y, dujo una angustia tan vívida que lloré. Hablé
sin darse cuenta, absolu­tamente brutales. Su a don Juan de mi tristeza por ese niño que
crueldad llegaba a extremos verdade­ramente jamás tuvo nada, ese joaquincito que no tenía
extravagantes. Yo sentía entonces estar ro- dinero para ver a un médico y cuyo brazo nun-
deado de enemigos, y en los torturantes años ca sanó debidamente. Y todo lo que yo pude
siguientes libré una guerra sórdida y deses- darle fueron mis victorias pueriles. Me sentía
lleno de vergüenza. lastima su cuerpo halla el modo de pararlo,
‑Déjate de babosadas ‑dijo don Juan, imperio- porque no siente dolor. Tener hambre o sentir
so‑. Diste bastante. Tus victorias eran fuer- dolor significa que uno se ha entregado y que
tes y eran tuyas. Diste bastante. Ahora debes ya no se es guerrero; las fuerzas de su hambre
cambiar tu promesa. y su dolor lo destruirán.
‑¿Cómo la cambio? ¿Lo digo y ya? Quise seguir discutiendo el tema, pero me de-
‑Una promesa de ésas no se cambia nada más tuve al darme cuenta de que con la discusión
con de­cirlo. Quizá muy pronto puedas saber estaba levantando una barrera para proteger-
qué se hace para cambiarla. Entonces a lo me- me de la fuerza devastadora de la prodigiosa
jor hasta llegas a ver. hazaña de don Juan, que me había tocado tan
‑¿Puede usted darme algunas sugerencias, hondo y con tal poder, ¿Cómo supo? Pensé que
don Juan? tal vez le había contado la historia del niño
‑Debes esperar con paciencia, sabiendo que con nariz de botón durante uno de mis esta-
esperas y sabiendo qué cosa esperas. Ese es dos profundos de realidad no ordi­naria. No
el modo del guerrero. Y si se trata de cumplir recordaba haberlo hecho, pero el olvido bajo
tu promesa, debes conocer que la estás cum- tales condiciones era comprensible.
pliendo. Entonces llegará un momento en el ‑¿Cómo supo usted de mi promesa, don Juan?
que tu espera habrá terminado y ya no ten- ‑La vi.
drás que honrar tu promesa. No hay nada que ‑¿La vio usted cuando tomé Mescalito, o cuan-
puedas hacer por la vida de ese niño. Sólo él do fumé su mezcla?
podría cancelar ese acto. ‑La vi hoy. Ahorita.
‑¿Pero cómo? ‑¿Vio usted todo el episodio?
‑Aprendiendo a reducir a nada sus necesida- ‑Ahí vas otra vez. Ya te dije: no tiene caso ha-
des. Mien­tras piense que fue una víctima, su blar de cómo es ver. No es nada.
vida será un infierno. Y mientras tú pienses No prolongué más el asunto. Emotivamente
lo mismo, tu promesa vale. Lo que nos hace me hallaba convencido.
desdichados es la necesidad. Pero si aprende- ‑Yo también hice una vez un juramento ‑dijo
mos a reducir a nada nuestras necesidades, don Juan de repente.
la cosa más peque­ña que recibamos será un El sonido de su voz me hizo saltar.
verdadero regalo. Ten paz: le hiciste un buen ‑Prometí a mi padre que viviría para destruir
regalo a Joaquín. Ser pobre o necesitado es a sus ase­sinos. Años enteros cargué con esa
sólo un pensamiento; y lo mismo es odiar, o promesa. Ahora la pro­mesa está cambiada.
tener ham­bre, o sentir dolor. Ya no me interesa destruir a nadie. No odio a
‑No puedo creer eso en verdad, don Juan. los yoris. No odio a nadie. He aprendido que
¿Cómo pue­den ser sólo pensamientos el ham- los incontables caminos que uno recorre en
bre y el dolor? su vida son todos iguales. Los opresores y los
‑Para mí, ahora, son sólo pensamientos. Eso oprimidos se encuentran al final, y lo único
es todo lo que sé. He logrado esa hazaña. Esa que sigue valiendo es que la vida fue demasia-
hazaña es poder y ese poder es todo lo que te- do corta para ambos. Hoy no me siento triste
nemos, fíjate bien, para opo­nernos a las fuer- por­que mis padres murieran como murieron;
zas de nuestras vidas; sin ese poder somos ba- me siento triste porque eran indios. Vivieron
suras, polvo en el viento. como indios y murieron como indios y nunca
‑No dudo que usted lo hay logrado, don Juan, se dieron cuenta de que antes que nada eran
¿pero cómo puede un hombre común, digamos gente.
yo o el Joaquincito, llegar a eso?
‑A nosotros, como individuos, nos toca oponer-
nos a las fuerzas de nuestras vidas. Esto te X
lo he dicho mil veces: sólo un guerrero pue-
de sobrevivir. Un guerrero sabe que espera y Volvía visitar a don Juan el 30 de mayo de
sabe lo que espera, y mientras espera no quie- 1969, y de buenas a primeras le dije que de-
re nada y así cualquier cosita que recibe es seaba hacer un nuevo inten­to por “ver”. Me-
más de lo que puede tomar. Si necesita comer neó la cabeza negativamente y rió, y me sentí
halla el modo, porque no tiene hambre; si algo impelido a protestar. Me dijo que yo debía ser
pa­ciente y que el tiempo no era propicio, pero ‑Un guerrero tiene que usar su voluntad y su
yo insistí obstinadamente en que me hallaba paciencia para olvidar. De hecho, un guerrero
preparado. no tiene más que su voluntad y su paciencia, y
No pareció molestarse con mi insistencia. Sin con ellas construye todo lo que quiere.
embargo, trató de cambiar el tema. No cedí, ‑Pero yo no soy un guerrero.
y le pedí consejo acer­ca de cómo superar mi ‑Has empezado a aprender las brujerías. Ya
impaciencia. no te queda más tiempo para retiradas ni
‑Debes actuar como guerrero ‑dijo. para lamentos. Sólo tienes tiempo para vivir
‑¿Cómo? como un guerrero y trabajar por la paciencia
‑Uno aprende a actuar como guerrero actuan- y la voluntad, quieras o no quieras.
do, no hablando. ‑¿Cómo trabaja un guerrero por ellas?
‑Dijo usted que un guerrero piensa en su Don Juan meditó largo rato antes de respon-
muerte. Yo hago eso todo el tiempo; por lo vis- der.
to no es suficiente. ‑Creo que no hay manera de hablar de eso
Pareció tener un estallido de impaciencia e ‑dijo por fin‑. Y menos de la voluntad. La vo-
hizo con los labios un sonido chasquearte. Le luntad es algo muy especial. Ocurre misterio-
dije que no era mi intención hacerlo enojar, y samente. No hay en realidad ma­nera de decir
que si no me necesitaba allí en su casa, esta- cómo la usa uno, excepto que los resultados
ba dispuesto a regresar a Los Ángeles. Don de usar la voluntad son asombrosos. Acaso lo
Juan me dio palmaditas en la espalda y dijo primero que se debe hacer es saber que uno
que jamás se enojaba conmigo; sencillamente, puede desarrollar la vo­luntad. Un guerrero lo
había supuesto que yo sabía lo que significaba sabe y se pone a esperar. Tu error es no saber
ser un guerrero. que estás esperando a tu voluntad.
‑¿Qué puedo hacer para vivir como un guerre- “Mi benefactor decía que un guerrero sabe
ro? ‑pregunté. que espera y sabe lo que espera. En tu caso, tú
Se quitó el sombrero y se rascó las sienes. Me sabes que esperas. Lle­vas años aquí conmigo,
miró con fijeza y sonrió. pero no sabes qué estás esperando. Es muy
‑Te gusta que todo te lo deletreen, ¿verdad? difícil, si no imposible, que el hombre común
‑Mi mente trabaja en esa forma. y corriente sepa lo que está esperando. Pero
‑No hay necesidad de ser así. un guerrero no tiene problemas; sabe que está
‑No sé cómo cambiar. Por eso le pido que me esperando a su voluntad.”
diga exactamente qué hacer para vivir como ‑¿Qué es exactamente la voluntad? ¿Es deter-
guerrero; si lo su­piera, podría hallar un modo minación, como la determinación de su nieto
de adaptarme a ello. Lucio de tener una motocicleta?
Debe de haber pensado que mis frases eran ‑No ‑dijo don Juan suavemente, y soltó una
humorísticas; me palmeó la espalda mientras risita‑. Eso no es voluntad. Lucio nada más se
reía. entrega. La volun­tad es otra cosa, algo muy
Tuve la impresión de que en cualquier mo- claro y poderoso que dirige nues­ tros actos.
mento me pe­diría marcharme, de modo que La voluntad es algo que un hombre usa, por
rápidamente tomé asiento en mi petate, fren- ejemplo, para ganar una batalla que, según
te a él, y empecé a hacerle más preguntas. todos los cálcu­los, debería perder.
Quise saber por qué tenía que esperar. ‑Entonces la voluntad debe ser lo que llama-
Me explicó que si yo trataba de “ver” a lo loco, mos valor ‑dije.
antes de “sanar las heridas” que recibí lu- ‑No. El valor es otra cosa. Los hombres valien-
chando contra el guar­dián, lo más probable tes son hombres dignos de confianza, hombres
era que volviese a encontrarme con el guar- nobles perennemente rodeados de gente que
dián aunque no anduviera buscándolo. Don se congrega en torno suyo y los admira; pero
Juan me aseguró que nadie en esa posición muy pocos hombres valientes tienen volun­
podría sobrevivir tal en­cuentro. tad. Por lo general son hombres sin miedo,
‑Debes olvidar por completo al guardián antes dados a hacer acciones temerarias de senti-
de em­barcarte nuevamente en la empresa de do común; casi siempre, un hombre valiente
ver ‑dijo. es también temible y temido. La voluntad, en
‑¿Cómo es posible olvidar al guardián? cambio, tiene que ver con hazañas asombro-
sas que desa­fían nuestro sentido común. No había nada más que yo deseara preguntar.
‑¿Es la voluntad el dominio que podemos te- Estaba can­sado y algo tenso. Temía que don
ner sobre nosotros mismos? ‑pregunté. Juan fuera a pedirme que me marchara, y eso
‑Se puede decir que es una especie de domi- me molestaba.
nio. ‑Vamos a los cerros ‑dijo abruptamente, y se
‑¿Cree usted que yo pueda ejercitar mi volun- puso de pie.
tad, por ejemplo, negándome ciertas cosas? En el camino, empezó nuevamente a hablar
‑¿Como el hacer preguntas? ‑interpuso. de la volun­tad, y rió de mi desaliento por no
Lo dijo en un tono tan malicioso que tuve que poder tomar notas.
dejar de escribir para mirarlo. Ambos reímos. Describió la voluntad como una fuerza que
‑No ‑dijo‑. Negarte es una entrega, y no re- era la verda­dera liga entre los hombres y el
comiendo ninguna cosa por el estilo. Ese es mundo. Tuvo buen cuidado de establecer que
el motivo de que te deje hacer todas las pre- el mundo era lo que percibimos, en cualquier
guntas que quieres. Si te forzara a parar de manera que podemos elegir percibirlo. Don
preguntar, podrías torcer tu voluntad tratan- Juan sostenía que “percibir el mundo” invo-
do de obe­decer. Entregarse a la negación es el lucra un proceso de aprehender lo que se pre-
peor de todos los modos de entrega; nos fuerza senta ante nosotros. Esta “percep­ción” parti-
a creer que estamos haciendo cosas buenas, cular se lleva a cabo con nuestros sentidos y
cuando en efecto sólo estamos fijos dentro de nues­tra voluntad.
nosotros mismos. Dejar de hacer preguntas no Le pregunté si la voluntad era un sexto senti-
es la voluntad de la que te hablo. La voluntad do. Dijo que más bien era una relación entre
es un poder. Y como es un poder, tiene que ser nosotros mismos y el mundo percibido.
controlado y afinado, y eso toma tiempo. Lo sé Sugerí que nos detuviéramos para que yo pu-
y soy paciente contigo. A tu edad, yo era igual diese tomar notas. El rió y siguió caminando.
de impulsivo. Pero he cambiado. Nuestra vo­ No me hizo marcharme aquella noche, y al
luntad opera a pesar de nuestra indulgencia. día siguiente, después del desayuno, él mismo
Por ejemplo, tu voluntad ya está abriendo tu trajo a colación el tema de la voluntad.
boquete, poco a poco. ‑Lo que tú llamas voluntad es carácter y dis-
‑¿De qué boquete habla usted? posición fuerte ‑dijo‑. Lo que un brujo llama
‑Hay en nosotros una abertura; como la parte voluntad es una fuerza que viene de dentro
blanda de la cabeza de un niño, que se cierra y se prende al mundo de fuera. Sale por la
con la edad, esta aber­tura se abre conforme barriga, por aquí, donde están las fibras lumi­
uno desarrolla su voluntad. nosas ‑se frotó el ombligo para señalar la
‑¿Dónde está? zona‑. Digo que sale por aquí porque uno lo
‑En el sitio de tus fibras luminosas ‑dijo, seña- siente salir.
lando su área abdominal. ‑¿Por qué lo llama usted voluntad?
‑¿Cómo es? ¿Para qué es? -Yo no lo llamo nada. Mi benefactor lo llama-
‑Es una abertura. Da un espacio para que la ba vo­luntad, y otros hombres de conocimiento
voluntad se dispare, como una flecha. lo llaman voluntad.
‑¿Es la voluntad un objeto? ¿O es como un ob- ‑Ayer dijo usted que uno puede percibir el
jeto? mundo con los sentidos así como con la volun-
‑No. Sólo dije eso para hacerte entender. Lo tad. ¿Cómo puede ser posible eso?
que un brujo llama voluntad es un poder den- ‑Un hombre común nada más agarra las cosas
tro de nosotros. No es un pensamiento, ni un del mun­do con las manos, o los ojos, o los oídos,
objeto, ni un deseo. Dejar de preguntar no es pero un brujo también las agarra con la nariz,
voluntad porque requiere pensamiento y de- o la lengua, o la voluntad, sobre todo con la
seo. voluntad. No puedo describir realmente cómo
La voluntad es lo que puede darte el triunfo se hace, pero tú mismo, por ejemplo, no pue-
cuando tus pensamientos te dicen que estás des describirme cómo oyes. Lo que sucede es
derrotado. La voluntad es lo que te hace in- que yo también puedo oír, de modo que pode-
vulnerable. La voluntad es lo que manda a un mos hablar de lo que oímos, pero no de cómo
brujo a través de una pared; a través del espa- oímos. Un brujo usa su voluntad para percibir
cio; a la luna, si él lo quiere. el mundo. Pero no es como percibirlo con el
oído. Cuando miramos el mundo o cuando lo aprendas a ver, y en ese caso tendrás que vi-
oímos, tenemos la impresión de que está allí vir como gue­rrero toda tu vida.
y de que es real. Cuando perci­bimos el mundo “Mi benefactor decía que, cuando un hombre
con la voluntad, sabemos que no está tan allí se embarca en los caminos de la brujería, poco
ni es tan real como pensamos. a poco se va dando cuen­ta de que la vida or-
‑¿Es la voluntad lo mismo que ver? dinaria ha quedado atrás para siempre; de
‑No. La voluntad es una fuerza, un poder. Ver que el conocimiento es en verdad algo que da
no es una fuerza, sino más bien un modo de miedo; de que los medios del mundo ordinario
atravesar cosas. Un brujo puede tener una ya no le sirven de sostén; y de que si desea
voluntad muy fuerte y sin embargo quizá no sobrevivir debe adoptar una nueva forma de
vea; eso significa que sólo un hombre de cono- vida. Lo primero que debe hacer, en ese pun-
cimiento percibe el mundo con sus sentimien- to, es querer llegar a ser un guerrero, un paso
tos y con su voluntad y también con su ver. y una decisión muy importantes. La aterrado-
Le dije que me hallaba más confuso que nun- ra naturaleza del conocimiento no le permite
ca con res­pecto a la forma de usar mi voluntad a uno otra alternativa que la de llegar a ser
para olvidar al guar­dián. Esa afirmación y mi un guerrero.
perplejidad de ánimo parecieron deleitarlo. “Ya cuando el conocimiento se convierte en
‑Ya te he dicho que cuando hablas nada más algo que da miedo, el hombre también se da
te confun­des ‑dijo, y rió‑. Pero por lo menos cuenta de que la muerte es la compañera in-
ahora sabes que estás esperando a tu volun- separable que se sienta a su lado en el peta­te.
tad. Todavía no sabes qué es ni cómo podría Cada trocito de conocimiento que se vuelve po-
ocurrirte. Así que vigila con cuidado todo lo der tiene a la muerte como fuerza central. La
que hagas. La cosa misma que podría ayudar- muerte da el último to­que, y lo que la muerte
te a desarro­llar tu voluntad está entre todas toca se vuelve en verdad poder.
las cositas que haces. “Un hombre que sigue los caminos de la bruje-
Don Juan se fue toda la mañana; regresó en ría se en­frenta en cada recodo con la aniquila-
las primeras horas de la tarde con un bulto de ción inminente, y sin poder evitarlo se vuelve
plantas secas. Me hizo con la cabeza señal de terriblemente consciente de su muer­ te. Sin
que lo ayudara, y trabajamos duran­te horas la conciencia de la muerte no sería más que
en silencio completo, separando las plantas. un hom­bre común envuelto en actos comunes.
Al ter­minar nos sentamos a descansar y él me Carecería de la po­tencia necesaria, de la con-
sonrió con benevo­lencia. centración necesaria que transfor­man en po-
Le dije con mucha seriedad que había esta der mágico nuestro tiempo ordinario sobre la
leyendo mis no­tas y que aún no podía com- tierra.
prender qué implicaba el ser guerrero ni qué “De ese modo, para ser un guerrero un hombre
significaba la idea de la voluntad. debe estar, antes que nada y con justa razón,
‑La voluntad no es una idea ‑dijo. terriblemente consciente de su propia muer-
Era la primera vez que me hablaba en todo el te. Pero preocuparse por la muerte forzaría
día. Tras una larga pausa continuó: a cualquiera de nosotros a enfocar su propia
‑Somos distintos, tú y yo. No tenemos el mis- persona, y eso es debilitante. De modo que lo
mo carác­ter. Tu naturaleza es más violenta otro que uno necesita para ser guerrero es el
que la mía. Yo a tu edad, no era violento, sino desapego. La idea de la muerte inminente, en
malo; tú eres lo opuesto. Mi benefac­tor era vez de convertirse en obsesión, se convierte en
así; habría estado como mandado hacer para indiferencia.”
maes­tro tuyo. Era un gran brujo, pero no veía; Don Juan dejó de hablar y me miró. Parecía
no del modo co­mo yo veo o como Genaro ve. Yo esperar un comentario.
entiendo el mundo y vivo según lo que veo. Mi ‑¿Entiendes? ‑preguntó.
benefactor, en cambio, tenía que vivir como Yo entendía lo que había dicho, pero personal-
guerrero. Un hombre que ve no necesita vi- mente me resultaba imposible ver cómo po-
vir como guerrero ni como ninguna otra cosa, día alguien llegar a un sen­tido de desapego.
porque puede ver las cosas como son y dirigir Dije que, desde el punto de vista de mi propio
su vida de acuerdo con eso. Pero, teniendo en aprendizaje, ya había experimentado el mo-
cuenta tu carácter, yo diría que tal vez nunca mento en que el conocimiento se convertía en
algo atemorizante. Tam­bién podía decir con ‑Tienes garras bastante buenas ‑dijo riendo‑.
toda veracidad que ya no encontraba apoyo en Ensé­ ñamelas de vez en cuando. Es buena
las premisas ordinarias de mi vida cotidiana. práctica.
Y deseaba, o quizá más que desear, necesita- Hice un ademán prensil, gruñendo, y él rió.
ba, vivir como un guerrero. Después se aclaró la garganta y siguió ha-
‑Ahora debes despegarte ‑dijo don Juan. blando.
‑¿De qué? ‑Cuando un guerrero ha adquirido paciencia,
‑Despégate de todo. está en camino hacia la voluntad. Sabe cómo
‑Eso es imposible. No quiero ser un ermitaño. esperar. Su muerte se sienta junto a él en su
‑Ser ermitaño es una entrega y jamás me refe- petate, son amigos. Su muerte le acon­seja, en
rí a eso. Un ermitaño no está despegado, pues formas misteriosas, cómo escoger, cómo vivir
se abandona volunta­riamente a ser ermitaño. estra­tégicamente. ¡Y el guerrero espera! Yo
“Sólo la idea de la muerte da al hombre el diría que el guerrero aprende sin apuro por-
desapego su­ficiente para que sea incapaz de que sabe que está esperando su volun­tad; y un
abandonarse a nada. Sólo la idea de la muerte día logra hacer algo que por lo común es impo­
da al hombre el desapego suficiente para que sible de ejecutar. A lo mejor ni siquiera ad-
no pueda negarse nada. Pero un hombre de vierte su acto extraordinario. Pero conforme
tal suerte no ansía, porque ha adquirido una sigue ejecutando actos impo­sibles, o siguen
lujuria callada por la vida y por todas las co- pasándole cosas imposibles, se da cuenta de
sas de la vida. Sabe que su muerte lo anda ca- que una especie de poder está surgiendo. Un
zando y que no le dará tiempo de adhe­rirse a poder que sale de su cuerpo conforme progre-
nada, así que prueba, sin ansias, todo de todo. sa en el camino del conocimiento. Al principio
“Un hombre despegado, sabiendo que no tiene es como una comezón en la barriga, o un calor
posibilidad de poner vallas a su muerte, sólo que no puede mitigarse; luego se convierte en
tiene una cosa que lo res­palde: el poder de un dolor, en un gran malestar. A veces el dolor
sus decisiones. Tiene que ser, por así decirlo, y el malestar son tan grandes que el guerrero
el amo de su elección. Debe comprender por tiene convulsiones durante meses; mientras
com­pleto que su preferencia es su responsabi- más duras sean, mejor para él. Un magnifi­co
lidad, y una vez que hace su selección no que- poder es siempre anunciado por grandes do-
da tiempo para lamentos ni recriminaciones. lores.
Sus decisiones son definitivas, simplemente “Cuando las convulsiones cesan, el guerrero
porque su muerte no le da tiempo de adherir- advierte que tiene sensaciones extrañas con
se a nada. respecto a las cosas. Advierte que puede tocar
“Y así, con la conciencia de su muerte, con cualquier cosa que quiera con una sensa­ción
desapego y con el poder de sus decisiones, un que sale de su cuerpo por un sitio abajo o arri-
guerrero arma su vida en forma estratégica. ba de su ombligo. Esa sensación es la volun-
El conocimiento de su muerte lo guía y le da tad, y cuando el guerrero es capaz de agarrar
desapego y lujuria callada; el poder de sus con ella, puede decirse con justicia que es un
decisiones de­finitivas le permite escoger sin brujo y que ha adquirido voluntad.”
lamentar, y lo que escoge es siempre estra- Don Juan cesó de hablar y pareció esperar
tégicamente lo mejor; así cumple con gusto y mis comenta­ rios o preguntas. Yo no tenía
con eficiencia lujuriosa, todo cuanto tiene que nada que decir. Me preocupa­ba hondamente
hacer. la idea de que un brujo debía experimentar
“¡Cuando un hombre se porta de esa manera dolor y convulsiones, pero me apenaba el pre-
puede de­cirse con justicia que es un guerrero guntarle si tam­bién yo tendría que atravesar
y que ha adquirido pa­ciencia!” eso. Finalmente, tras un largo silencio, se lo
Don Juan me preguntó si tenía algo que de- pregunté, y el soltó una risita, como si hubie-
cir, y señalé que cumplir la tarea que había ra estado esperándolo. Dijo que el dolor no
descrito llevaría toda una vida. Me contestó era absolutamente necesario; él, por ejemplo,
que yo protestaba demasiado en su pre­sencia, jamás lo tuvo, y la voluntad sim­plemente le
y que él sabía que en mi vida cotidiana me aconteció.
portaba, o al menos trataba de portarme, en ‑Un día andaba yo en las montañas ‑dijo‑ y
términos de guerrero. me encontré con una leona; era grande y tenía
hambre. Eché a co­rrer y corrió tras de mí. Me sotros? ‑pregunté, medio en broma.
trepé a una peña y ella se paró a unos metros, ‑No hemos agotado nada, idiota ‑dijo él, im-
lista para saltar. Le tiré piedras. Gruñó y em- perioso‑. Ver es para hombres impecables.
pezó a embestirme. Entonces fue cuando mi Templa tu espíritu, llega a ser un guerrero,
voluntad aca­bó de salir, y con ella la detuve aprende a ver, y entonces sabrás que no hay
antes de que me brincara encima. La acaricié fin a los mundos nuevos para nuestra visión.
con mi voluntad. Como lo oyes: le res­tregué
las tetas. La leona me miró con ojos dormidos
y se echó, y yo corrí como la chingada antes de XI
que se repusiera.
Don Juan hizo un gesto muy cómico para re- Don Juan no me hizo marcharme después de
presentar a un hombre en carrera frenética, que cumplí sus encargos, como había dado en
agarrándose el sombrero. Le dije que odiaba hacer últimamente. Dijo que podía quedar-
pensar que, de querer voluntad, no te­nía más me, y al día siguiente, 28 de junio de 1969, me
alternativas que leonas de montaña o convul- anunció que iba a fumar de nuevo.
siones. ‑¿Voy a tratar de ver otra vez al guardián?
‑Mi benefactor era un brujo de grandes pode- ‑No, eso ya no. Es otra cosa.
res -pro­siguió‑. Era un guerrero hecho y de- Don Juan llenó sosegadamente su pipa, la
recho. Su voluntad era en verdad su hazaña encendió y me la entregó. No experimenté
suprema. Pero un hombre puede ir todavía aprensión alguna. Una agra­dable soñolencia
más allá; puede aprender a ver. Al aprender a me envolvió de inmediato. Cuando hube ter-
ver, ya no necesita vivir como guerrero, ni ser minado de fumar todo el cuenco de mezcla,
brujo. Al apren­der a ver, un hombre llega a don Juan guardó su pipa y me ayudó a poner-
ser todo llegando a ser nada. Desaparece, por me de pie. Habíamos estado sentados, el uno
así decirlo, y sin embargo está allí. Yo diría frente al otro, en dos petates que él colocó en
que éste es el tiempo en que un hombre pue- el centro de su cuarto. Dijo que íbamos a dar
de ser o puede obtener cualquier cosa que de- un paseo y me animó a caminar, empujándo-
sea. Pero no desea nada, y en vez de jugar con me suavemente. Di un paso y mis piernas se
sus semejantes como si fueran juguetes, los doblaron. No sentí dolor cuan­do mis rodillas
encuentra en medio de su desatino. La única dieron contra el piso. Don Juan sostuvo mi
diferencia es que un hombre que ve controla brazo y me empujó nuevamente a mis pies.
su desatino, mientras que sus semejantes no ‑Tienes que caminar ‑dijo‑ igual que como te
pueden hacerlo. Un hombre que ve ya no tie- le­vantaste la otra vez. Debes usar tu volun-
ne un interés activo en sus semejantes. El ver tad.
lo ha despe­gado de absolutamente todo lo que Yo parecía hallarme pegado al suelo. Intenté
conocía antes. dar un paso con el pie derecho y casi perdí el
‑La sola idea de despegarme de todo lo que equilibrio. Don Juan asió mi brazo derecho a
conozco me da escalofríos -dije. la altura del sobaco y me aventó con suavidad
‑¡Has de estar bromeando! Lo que debería hacia adelante, pero las piernas no me sostu-
darte esca­lofríos es no tener nada que esperar vieron, y habría caído sobre la cara si don Juan
más que una vida de hacer lo que siempre has no hubiese tomado mi brazo y amortiguado
hecho. Piensa en el hombre que planta maíz mi caída. Me sostuvo por el sobaco derecho y
año tras año hasta que está demasiado viejo me hizo reclinarme en él. Yo no sentía nada,
y cansado para levantarse y se queda echado pero estaba seguro de que mi cabeza reposaba
como un perro viejo. Sus pensamientos y sen- en su hombro; mi perspectiva de la habitación
timientos, lo mejor que tiene, vagan sin ton ni era sesgada. Me arrastró en esa postura al-
son y se fijan en lo único que ha hecho: plan- rededor de la ramada. Dimos dos vueltas en
tar maíz. Para mí, ése es el desperdicio más forma por demás penosa; finalmente, supon-
aterrador que existe. go, mi peso se hizo tan grande que don Juan
“Somos hombres y nuestra suerte es aprender tuvo que dejarme caer en el suelo. Supe que
y ser arro­jados a mundos nuevos, inconcebi- no le sería posible moverme. En cierto modo,
bles.” era como si una parte de mí quisiera delibe-
‑¿Hay de veras algún mundo nuevo para no- radamente hacerse pesada como el plomo.
Don Juan no hizo ningún esfuerzo por levan- lo que te está haciendo perder la compostura.
tarme. Me miró un instante; yo yacía sobre Quédate aquí calmado y recomponte.
la es­palda, encarándolo. Traté de sonreírle y Puso mi cabeza en el suelo. Pasó por encima
él empezó a reír; luego se agachó y me golpeó de mí y todo lo que pude percibir fue el arras-
el vientre con la palma de la mano. Tuve una trar de sus huaraches mientras se alejaba.
sensación de lo más peculiar. No era dolorosa Mi primer impulso fue agitarme de nuevo,
ni agradable ni nada que se me ocurriera. Fue pero no pude reunir la energía necesaria para
más bien una sacudida. Inmediatamente, don llevarme a ese punto. En vez de ello, me sen-
Juan empezó a rodarme. Yo no sentía nada: tí deslizar a un raro estado de sereni­dad; un
supuse que me hacía rodar porque mi visión gran sentimiento de calma me envolvió. Supe
del pórtico cambiaba de acuerdo con un mo- cuál era la complejidad de mi vida. Era mi
vimiento circular. Cuando don Juan me tuvo niño. Más que ninguna otra cosa en el mun-
en la po­sición que deseaba, retrocedió unas do, yo quería ser su padre. Me gustaba la idea
pasos. de moldear su carácter y llevarlo a excursio-
‑¡Párate! -ordenó imperiosamente‑. Párate nes y enseñarle “cómo vivir”, y sin embargo
como el otro día. No te andes con tonterías. abo­rrecía la idea de coaccionarlo para que
Sabes cómo pararte. ¡Párate ya! adoptara mi forma de vida, pero eso era pre-
Apliqué mi atención a recordar las acciones cisamente lo que yo tendría que hacer: coac-
que había ejecutado en aquella ocasión, pero cionarlo por medio de la fuerza o por medio de
no podía pensar con claridad; era como si mis ese mañoso conjunto de razones y recompen-
pensamientos tuviesen voluntad propia por sas que lla­mamos comprensión.
más que yo trataba de controlarlos. Final- “Debo soltarlo ‑pensé‑. No debo adherirme a
mente, se me ocurrió la idea de que si decía él. Debo ponerlo en libertad.”
“arriba”, como ha­bía hecho antes, me levanta- Mis pensamientos evocaron un aterrador sen-
ría sin duda alguna. Dije: timiento de melancolía. Empecé a llorar. Mis
‑Arriba ‑claro y fuerte, pero nada sucedió. ojos se llenaron de lá­grimas y se nubló mi
Don Juan me miró con disgusto evidente y visión del pórtico. De pronto tuve una gran
luego ca­minó hacia la puerta. Yo estaba acos- urgencia de levantarme a buscar a don Juan
tado sobre el lado iz­quierdo y tenía a la vista para explicarle lo de mi niño, y cuando me
el área frente a la casa; la puerta quedaba a di cuenta ya estaba mirando el pórtico desde
mi espalda, de modo que cuando don Juan se una posición erecta. Me volví hacia la casa y
perdió de vista detrás de mí supuse inmedia- hallé a don Juan parado frente a mí. Al pare-
tamente que había entrado. cer había estado allí detrás todo el tiempo.
‑¡Don Juan! ‑exclamé, pero no respondió. Aunque no pude sentir mis pasos, debo haber
Tuve un avasallador sentimiento de impoten- caminado hacia él, pues me moví. Don Juan
cia y deses­peración. Quería levantarme. Dije: se acercó sonriendo y me sostuvo de los soba-
‑Arriba‑ una y otra vez, como si ésa fuera la cos. Su cara estaba muy cerca de la mía.
palabra mágica que me haría moverme. No ‑Bien, muy bien ‑dijo alentador.
pasó nada. Sufrí un ataque de frustración y En ese instante cobré conciencia de que algo
tuve una especie de berrinche. Quería gol- extraordi­nario tenía lugar allí mismo. Tuve al
pearme la cabe­za contra el piso y llorar. Pasé principio la sensa­ción de hallarme tan sólo re-
momentos de tortura desean­ do moverme o cordando un evento ocurrido años antes. Una
hablar y sin poder hacer ninguna de las dos vez había visto yo muy de cerca la cara de don
cosas. Me hallaba en verdad inmóvil, parali- Juan; también entonces bajo los efectos de su
zado. mez­cla para fumar, tuve la sensación de que
‑¡Don Juan, ayúdeme! ‑logré berrear por fin. el rostro se ha­llaba sumergido en un tanque
Don Juan regresó y tomó asiento frente a mí, de agua. Era enorme y lumi­noso y se movía.
riendo. Dijo que me estaba poniendo histéri- La imagen fue tan breve que no hubo tiem-
co y que cuanto me hallara experimentando po para evaluarla realmente. Pero esta vez
carecía de importancia. Me alzó la cabeza y, don Juan me sostenía y su rostro no estaba
mirándome de lleno, dijo que yo sufría un ata- a más de treinta centí­metros del mío y tuve
que de falso miedo. Me dijo que no me agitara. tiempo de examinarlo. Al levantar­me y darme
‑Tu vida se está complicando ‑dijo‑. Líbrate de la vuelta, vi definitivamente a don Juan; “el
don Juan que conozco” caminó definitivamen- desplantar mi mirada fija; aparentemente no
te hacia mí y me sostuvo. Pero cuando enfo- veía el objeto luminoso más que cuando escu-
qué su rostro no vi a don Juan tal como suelo driñaba el rostro de don Juan. Al apartar mis
verlo; vi un objeto grande frente a mis ojos. ojos de su cara y mirarlo, por así decir, con
Sabía que era el rostro de don Juan, pero ése el rabo del ojo, percibía yo su solidez; esto es,
no era un conocimiento guiado por mi percep- percibía una persona tridimensional; sin mi-
ción; era más bien una conclusión lógica por rarlo realmente podía yo, de hecho, percibir
parte mía; después de todo, mi memoria con- todo su cuerpo, pero al enfocar mis ojos el ros-
firmaba que un momento antes “el don Juan tro se hacía de inmediato el objeto luminoso.
que conozco” me sostenía de los sobacos. Por ‑No me mires para nada -dijo don Juan con
lo tanto, el extraño objeto luminoso frente a gravedad.
mí tenía que ser el rostro de don Juan; había Aparté los ojos y miré el suelo.
en él cierta familiaridad, pero ningún pareci- ‑No claves la vista en ninguna cosa ‑dijo don
do con lo que yo llamaría el “verdadero” rostro Juan imperiosamente, y se hizo a un lado
de don Juan. Lo que me encontraba mirando para ayudarme a caminar.
era un objeto redondo con luminosidad propia. Yo no sentía mis pasos ni podía explicarme
Cada una de sus partes se movía. Percibí un cómo eje­cutaba el acto de caminar, pero, con
fluir contenido, ondulatorio, rítmico; era como don Juan sostenién­dome del sobaco, llegamos
si el fluir estuviese encerrado en sí mismo, sin hasta la parte trasera de su casa. Nos detuvi-
pasar nunca de sus límites, y sin embargo el mos junto a la zanja de irrigación.
objeto frente a mis ojos exudaba movimiento ‑Ahora quédate viendo el agua ‑me ordenó
en cualquier sitio de su superficie. Pensé que don Juan.
exudaba vida. De hecho, estaba tan vivo que Miré el agua, pero no podía fijar la vista. De
me ensimismé mirando su movimiento. Era algún modo, el movimiento de la corriente
un osci­ lar hipnótico. Se hizo cada vez más me distraía. Don Juan siguió instándome, en
absorbente, hasta no ser­me posible discernir son de broma, a ejercitar mis “poderes de con-
qué era el fenómeno frente a mis ojos. templación”, pero no pude concentrarme. Ob-
Experimenté una sacudida súbita; el objeto servé de nuevo el rostro de don Juan, pero el
luminoso se emborronó, como si algo lo sacu- resplan­dor ya no se hizo evidente.
diera, y luego perdió su brillo para hacerse Empecé a experimentar un extraño cosquilleo
sólido y carnal. Me hallé entonces mirando en mi cuerpo, la sensación de un miembro dor-
el conocido rostro moreno de don Juan. Son- mido; los múscu­los de mis piernas comenza-
reía con placidez. La visión de su rostro “ver- ron a crisparse. Don Juan me empujó al agua
dadero” duró un instante y luego la cara ad- y caí hasta el fondo. Al parecer tenía asida mi
quirió nuevamente un brillo, un resplandor, mano derecha al empujarme, y cuando toqué
una iridiscencia. No era luz como estoy acos­ el escaso fondo volvió a jalarme hacia arriba.
tumbrado a percibirla, ni siquiera un resplan- Me tomó largo tiempo recobrar el dominio de
dor; más bien era movimiento, el parpadeo mis ac­ciones. Cuando volvimos a su casa, ho-
increíblemente rápido de algo. El objeto bri- ras más tarde, le pedí explicar mi experien-
llante empezó otra vez a sacudirse de arriba cia. Mientras me ponía ropa seca describí ex-
a abajo, y eso rompía su continuidad ondula- citado lo que había percibido, pero él descartó
toria. Su brillo disminuía con las sacudidas, por entero mi relato, diciendo que no contenía
hasta que de nuevo se volvió la cara “sólida” nada de importancia.
de don Juan, como lo veo en la vida co­tidiana. ‑¡Gran cosa! ‑dijo, burlándose‑. Viste un
En ese momento me di cuenta, vagamente, de resplan­dor, gran cosa.
que don Juan me sacudía. También me habla- Insistí en una explicación y él se puso de pie
ba. Yo no comprendía lo que estaba diciendo, y dijo que tenía que irse. Eran casi las cinco
pero como siguió sa­cudiéndome terminé por de la tarde.
oírlo.
‑No te me quedes viendo. No te me quedes Al día siguiente, volví a sacar a colación mi
viendo ‑repetía‑. Rompe tu mirada. Rompe tu peculiar experiencia.
mirada. Apar­ta los ojos. ‑¿Eso es ver, don Juan? ‑pregunté.
El sacudir de mi cuerpo pareció forzarme a Permaneció en silencio, con una sonrisa mis-
teriosa, mien­ tras yo seguía presionando en té.
busca de respuesta. Lo vi disponer un sitio donde sentarse a unos
‑Digamos que ver es un poco como eso ‑dijo veinte metros del centro del ojo de agua, con-
por fin‑. Mirabas mi cara y la veías brillar, tra las rocas en la ladera de la montaña.
pero seguía siendo mi cara. Sucede que el hu- Dijo que iba a vigilarme desde allí. Yo estaba
mito lo hace mirar así a uno. No es nada. sentado con las rodillas contra el pecho. Corri-
‑¿Pero en qué forma sería distinto ver? gió mi postura y me dijo que me sentara sobre
‑Cuando uno ve, ya no hay detalles familiares la pierna izquierda, con la de­recha doblada y
en el mundo. Todo es nuevo. Nada ha sucedi- la rodilla hacia arriba. El brazo derecho debía
do antes. ¡El mun­do es increíble! estar a un lado, con el puño descansando so-
‑¿Por qué dice usted increíble, don Juan? ¿Qué bre el suelo, mientras mi brazo izquierdo se
cosa lo hace increíble? hallaba cruzado so­bre el pecho. Me dijo que
‑Nada es ya familiar. ¡Todo lo que miras se lo encarara y que permaneciera allí, relajado
vuelve nada! Ayer no viste. Miraste mi cara pero no “abandonado”. Luego sacó de su mo-
y, como te caigo bien, notaste mi resplandor. rral una especie de cordón blancuzco. Parecía
No era yo monstruoso, como el guardián, sino un gran lazo. Lo enlazó en torno de su cuello
bello e interesante. Pero no me viste. No me y lo estiró con la mano izquierda hasta que
volví nada frente a tus ojos. De todos modos estuvo tenso. Rasgueó la apre­tada cuerda con
es­tuviste bien. Diste el primer paso verdadero la mano derecha. Hizo un sonido opaco, vibra-
hacia ver. El único inconveniente fue que te torio.
concentraste en mí, y en ese caso yo no soy Aflojó el brazo y me miró y dijo que yo debía
para ti mejor que el guardián. Su­cumbiste en gritar una palabra específica si empezaba a
ambos casos, y no viste. sentir que algo se venía a mí cuando él tocara
‑¿Desaparecen las cosas? ¿Cómo se vuelven la cuerda.
nada? Pregunté qué era lo que se suponía que vinie-
‑Las cosas no desaparecen. No se pierden, si ra hacia mí y él me ordenó callarme. Me hizo
eso es lo que quieres decir; simplemente se con la mano seña de que iba a comenzar, pero
vuelven nada y sin embargo siguen estando no lo hizo; antes me dio una indicación más.
allí. Dijo que si algo se venía hacia mí de modo
‑¿Cómo puede ser eso posible, don Juan? muy amenazante, yo debía adoptar la posi-
‑¡Me lleva la chingada con tu insistencia en ción de pelea que él me había enseñado años
hablar! ‑exclamó don Juan con rostro serio‑. antes: consistía en danzar, golpeando el suelo
Creo que no dimos bien con tu promesa. A lo con la punta del pie izquierdo, mientras se da-
mejor lo que de verdad pro­ metiste fue que ban palmadas vigorosas en el muslo dere­cho.
nunca te ibas a callar la boca. La posición de pelea era parte de una técnica
El tono de don Juan era severo. Su rostro lu- defen­siva usada en casos de extremo apuro y
cía preocu­pado. Quise reír, pero no me atreví. peligro.
Pensé que don Juan hablaba en serio, pero no Tuve un momento de aprensión genuina. Qui-
era así. Empezó a reír. Le dije que si yo no se inqui­rir el motivo de nuestra presencia allí,
hablaba me ponía muy nervioso. pero él no me dio tiempo y empezó a pulsar la
‑Vamos a caminar, pues ‑dijo. cuerda. Lo hizo varias veces, a intervalos re-
Me llevó a la boca de una cañada en el fon- gulares de unos veinte segundos. Advertí que,
do de los cerros. Caminamos como por una conforme tocaba la cuerda, iba aumentando
hora. Descansamos un poco y luego me guió, la ten­sión. Podía yo ver claramente el temblor
a través de los densos matorrales del desier- que el esfuerzo producía en sus brazos y cue-
to, hasta un ojo de agua; es decir, a un sitio llo. El sonido se hizo más claro y entonces me
que según él era un ojo de agua. Estaba tan di cuenta de que don Juan añadía un grito pe-
seco como cual­quier otro sitio en el área cir- culiar en cada pulsación. El sonido compuesto
cundante. de la cuerda tensa y de la voz humana produ-
‑Siéntate en medio del ojo de agua ‑me orde- cía una re­verberación extraña, ultraterrena.
nó. No sentí nada que viniera a mí, pero la visión
Obedecí y tomé asiento, de los afanes de don Juan y el escalofriante
‑¿Va usted también a sentarse aquí? ‑pregun- sonido que producía me tenían casi en estado
de trance. ‑Nada más toqué al espíritu de ese ojo de agua
Don Juan aflojó los músculos y me miró. Al to- ‑di­jo‑. A esa clase de espíritus hay que tocar-
car me daba la espalda y encaraba el sureste, los cuando el ojo de agua está seco, cuando
igual que yo; al relajarse me dio la cara. el espíritu se ha retirado a la montaña. Ayer,
‑No me mires cuando toco -dijo‑. Pero no vayas dijéramos, lo desperté de su sueño. Pero no lo
a cerrar los ojos. Por nada del mundo. Mira el tomó a mal y señaló tu dirección afortunada.
suelo en­frente de ti y escucha. Su voz vino de esa dirección.
Tensó de nuevo la cuerda y se puso a tocar. Don Juan señaló el sureste.
Miré al suelo y me concentré en el sonido. ‑¿Qué era la cuerda que usted tocó, don Juan?
Nunca lo había oído en toda vida. ‑Un cazador de espíritus.
Me asusté mucho. La extraña reverberación ‑¿Puedo verlo?
llenó la cañada estrecha y empezó a resonar. ‑No. Pero te haré uno. O mejor aun, tú mismo
De hecho, el sonido que don Juan producía me te harás el tuyo algún día, cuando aprendas
llegaba como un eco desde el contorno de los a ver.
muros de la cañada. Don Juan también debe ‑¿De qué está hecho, don Juan?
haber notado eso, y aumentó la tensión de su ‑El mío es un jabalí. Cuando tengas uno te da-
cuerda. Aunque don Juan había cambiado rás cuen­ta de que está vivo y puede enseñarte
totalmente el tono, el eco pareció amainar, y los diversos sonidos de su gusto. Con práctica,
luego concentrarse en un punto, hacia el su- llegarás a conocer tan bien a tu cazador de
reste. espíritus, que juntos harán sonidos llenos de
Don Juan redujo por grados la tensión de la poder.
cuerda, hasta que oí un apagado vibrar final. ‑¿Por qué me llevó usted a buscar el espíritu
Metió la cuerda en su morral y vino hacia mí. del ojo de agua, don Juan?
Me ayudó a incorporarme. Noté entonces que ‑Eso lo sabrás muy pronto.
los músculos de mis brazos y piernas estaban
tiesos, como piedras; me hallaba literalmente A eso de las 11:30 a.m. nos sentamos bajo su
em­papado de sudor. No tenía idea de haber ramada, donde él preparó su pipa para que yo
transpirado a tal grado. Gotas de sudor caían fumase.
en mis ojos y los hacían arder. Me dijo que me levantara cuando mi cuerpo
Don Juan casi me sacó a rastras del lugar. estuviese totalmente adormecido; lo logré con
Traté de decir algo, pero me puso la mano en gran facilidad. Me ayudó a caminar un poco.
la boca. Quedé sorprendido de mi control; pude dar dos
En vez de salir de la cañada por donde había- vueltas a la ramada por mí mismo. Don Juan
mos en­trado, don Juan dio un rodeo. Trepa- permanecía junto a mí, pero sin guiarme ni
mos la ladera del monte y fuimos a dar a unos apun­talarme. Luego, tomándome por el brazo
cerros muy lejos de la boca de la cañada. me llevó a la zanja de irrigación. Me hizo sen-
Caminamos hacia la casa en silencio de tum- tar en el borde y me ordenó imperiosamente
ba. Ya ha­ bía oscurecido cuando llegamos. mirar el agua y no pensar en nada más.
Traté nuevamente de ha­blar, pero don Juan Traté de enfocar mi mirada en el agua, pero
volvió a taparme la boca. su movi­miento me distraía. Mi mente y mis
No comimos ni encendimos la lámpara de pe- ojos empezaron a vagar a otros elementos del
tróleo. Don Juan puso mi petate en su cuarto entorno inmediato. Don Juan me sacudió la
y lo señaló con la bar­billa. Interpreté el gesto cabeza de arriba a abajo y me ordenó de nue-
como indicación de que me acos­tara a dormir. vo mirar sólo el agua y no pensar en absoluto.
-Ya sé lo que te conviene hacer ‑me dijo don Dijo que quedarse viendo el agua móvil era di-
Juan apenas desperté la mañana siguiente‑. fícil, y que ha­bía que seguir tratando. Intenté
Vas a empezarlo hoy. No hay mucho tiempo, tres veces, y en cada oca­sión otra cosa me dis-
ya sabes. trajo. Don Juan, con gran paciencia, me sacu-
Tras una pausa muy larga e incómoda me día la cabeza. Finalmente noté que mi mente
sentí com­pelido a preguntarle: y mis ojos se enfocaban en el agua; pese a su
‑¿Qué me tenía usted haciendo ayer en la ca- movimiento yo me sumergía en la visión de su
ñada? liquidez. El agua se alteró levemente. Pare-
Don Juan rió como un niño. cía más pesada, verde grisácea pa­reja. Me era
posible distinguir las ondas que hacía al mo­ ‑Ver no es cosa de mirar y estarse quieto ‑dijo
verse. Eran ondulaciones extremadamente él‑. Ver es una técnica que hay que aprender.
marcadas. Y en­tonces tuve de pronto la sen- O a lo mejor es una técnica que algunos de
sación de no estar mirando una masa de agua nosotros ya conocemos.
móvil sino una imagen del agua; lo que tenía Me escudriñó como insinuando que yo era uno
ante mis ojos era un segmento congelado del de quie­nes ya conocían la técnica.
agua fluyen­te. Las ondas estaban inmóviles. ‑¿Tienes fuerzas para caminar? ‑preguntó.
Podía mirar cada una. Luego empezaron a ad- Dije que me sentía bien, lo cual era cierto.
quirir una fosforescencia verde, y una especie No tenía hambre, aunque no había comido en
de niebla verde manó de ellas. La niebla se todo el día. Don Juan puso en una mochila
expandía en ondas, y al moverse abrillantaba algo de pan y carne seca, me la dio y con la
su verdor, hasta ser un brillo deslumbrante cabeza me hizo gesto de seguirlo.
que todo lo cubría. ‑¿Dónde vamos? ‑pregunté.
No sé cuánto tiempo permanecí junto a la zan- Señaló los cerros con un leve movimiento de
ja. Don Juan no me interrumpió. Me hallaba cabeza. Nos encaminamos hacia la misma ca-
inmerso en el verde resplandor de la niebla. ñada donde estaba el ojo de agua, pero no en-
Podía sentirlo en todo mi derre­dor. Me con- tramos en ella. Don Juan tre­pó por las peñas
fortaba. No tenía yo pensamientos ni sensa­ a nuestra derecha, en la boca misma de la ca-
ciones. Sólo tenía una tranquila percepción, ñada. Ascendimos la ladera. El sol estaba casi
la percepción de un verdor brillante y apaci- en el horizonte. Era un día templado, pero yo
guador. sentía calor y so­foco. Apenas podía respirar.
Una gran frialdad y humedad fue lo siguiente Don Juan me llevaba mucha ventaja y tuvo
de lo que tuve conciencia. Gradualmente me que dete­nerse para que yo lo alcanzara. Dijo
di cuenta de que esta­ba sumergido en la zan- que me hallaba en pésimas condiciones físi-
ja. En cierto momento el agua se metió en mi cas y que acaso no era prudente ir más allá.
nariz, y la tragué y me hizo toser. Tenía una Me dejó descansar como una hora. Seleccionó
molesta comezón en la nariz, y estornudé re- un peñasco liso, casi redondo, y me dijo que
petidamente. Me puse en pie y solté un estor- me acostara allí. Acomodó mi cuerpo sobre la
nudo tan fuerte que una ventosidad lo acom- roca. Me dijo que es­tirara brazos y piernas y
pañó. Don Juan aplaudió riendo. los dejara colgar. Mi espalda se hallaba lige-
‑Si un cuerpo se pedorrea, es que está vivo ramente arqueada y mi cuello relajado, así
‑dijo. que mi cabeza colgaba también. Me hizo per-
Me hizo seña de seguirlo y caminamos a su manecer en esa postura unos quince minutos.
casa. Luego me indicó descubrir mi región abdomi-
Pensé quedarme callado. En cierto sentido, nal. Eligió cuidadosamente algunas ramas y
esperaba ha­llarme en un estado de ánimo so- hojas y las amontonó sobre mi vientre des-
litario y hosco, pero real­mente no me sentía nudo. Sentí una tibieza instantánea en todo
cansado ni melancólico. Me sentía más bien el cuerpo. Don Juan me tomó entonces por
alegre, y me cambié de ropa muy rápido. Em­ los pies y me dio vuelta hasta que mi cabeza
pecé a silbar. Don Juan me miró con curiosi- apuntó hacia el sureste.
dad y fingió sorprenderse; abrió la boca y los ‑Vamos a llamar al espíritu ése del ojo de
ojos. Su gesto era muy gracioso, y me reí bas- agua. ‑dijo.
tante más de lo que venía al caso. Traté de volver la cabeza para mirarlo. Me de-
‑Estás medio loco ‑dijo, y rió mucho por su tuvo vi­gorosamente por el cabello y dijo que
parte. me encontraba en una posición muy vulnera-
Le expliqué que no deseaba caer en el hábito ble y en una condición terrible­mente débil y
de sen­tirme malhumorado después de usar que debía permanecer callado e inmóvil. Me
su mezcla para fumar. Le dije que después había puesto en la barriga todas esas ramas
de que él me sacó de la zanja de irri­gación, especiales para protegerme, e iba a permane-
durante mis intentos por encontrarme con el cer junto a mí por si acaso yo no podía cuidar-
guar­dián, yo había quedado convencido de me solo.
que podría “ver” si me quedaba mirando el Estaba de pie junto a la coronilla de mi cabe-
tiempo suficiente las cosas a mi alrededor. za, y gi­rando los ojos yo podía verlo. Tomó su
cuerda y la tensó y entonces se dio cuenta de ardieron. Ya había oscurecido bastante. Baja-
que yo lo miraba con las pupilas casi hundi- mos el cerro y volví el estómago.
das en la frente. Me dio un coscorrón seco y
me ordenó mirar el cielo, no cerrar los ojos y Mientras caminábamos a lo largo de la zanja,
concentrar­me en el sonido. Añadió, como reca- don Juan dijo que yo había hecho bastante y
pacitando, que yo no debía titubear en gritar que no debía que­darme. Le pedí explicar qué
la palabra que él me había ense­ñado si sentía era el espíritu del ojo de agua, pero me hizo
que algo venía hacia mi. gesto de callar. Dijo que hablaríamos de eso
Don Juan y su “cazador de espíritus” empe- algún otro día, luego cambió deliberadamente
zaron con un rasgueo de baja tensión. Fue el tema y me dio una larga explicación acerca
aumentándola lentamente, y empecé a oír, de “ver”. Dije que era lamentable no poder es-
primero, una especie de reverberación, y cribir en la oscuridad. Pa­reció muy complaci-
luego un eco definido que llegaba constante- do y dijo que la mayor parte del tiem­po yo no
mente de una dirección hacia el sureste. La prestaba atención a lo que él decía a causa de
tensión aumentó. Don Juan y su “cazador de mi decisión de escribirlo todo.
espíritus” se hermanaban a la perfección. La Habló de “ver” como un proceso independien-
cuerda producía una nota de tono bajo y don te de los aliados y las técnicas de la brujería.
Juan la amplificaba, acrecentando su inten- Un brujo era una per­sona que podía dominar
sidad hasta que era un grito penetrante, un a un aliado y, en esa forma, ma­nipular para
aullido de llamada. El remate fue un chillido su propia ventaja el poder de un aliado, pero
ajeno, inconcebible desde el punto de vista de el hecho de que dominara un aliado no signi-
mi propia experiencia. ficaba que pudiera “ver”. Le recordé que antes
El sonido reverberó en las montañas y volvió me había dicho que era imposible “ver” si no
en eco hacia nosotros. Imaginé que venía di- se tenía un aliado. Don Juan repuso con mu-
rectamente hacia mí. Sentí que algo tenía que cha calma que había llegado a la conclusión
ver con la temperatura de mi cuerpo. Antes de de que era posible “ver” sin dominar un alia-
que don Juan iniciara sus llamados yo había do. Sentía que no había razón para lo contra-
sentido tibieza y comodidad, pero durante el rio, pues “ver” no tenía nada en común con las
punto más alto del clamor me entró un escalo- técnicas manipulatorias de la bru­ jería, que
frío; mis dientes castañeteaban fuera de con- sólo servían para actuar sobre nuestros seme­
trol y tuve en verdad la sensación de que algo jantes. Las técnicas de “ver”, por otra parte,
venía a mí. En cierto punto noté que el cielo no tenían efecto sobre los hombres.
estaba muy oscuro. No me había dado cuenta Mis ideas eran muy claras. No experimenta-
del cielo aunque lo estaba mirando. Tuve un ba fatiga ni soñolencia ni tenía ya malestar
momento de pánico in­tenso y grité la palabra de estómago, caminando con don Juan. Tenía
que don Juan me había enseñado. mucha hambre, y cuando llegamos a su casa
Don Juan empezó inmediatamente a dismi- me atraganté de comida.
nuir la ten­sión de sus extraños gritos, pero Después le pedí hablarme más sobre las téc-
eso no me trajo ningún alivio. nicas de “ver”. Sonrió ampliamente y dijo que
‑Tápate los oídos ‑murmuró don Juan, impe- yo era de nuevo yo mismo.
rioso. ‑¿Cómo es ‑dije‑ que las técnicas de ver no tie-
Los cubrí con mis manos. Tras algunos minu- nen ningún efecto sobre nuestros semejantes?
tos don Juan cesó por entero y vino a mi lado. ‑Ya te dije ‑respondió‑. Ver no es brujería.
Después de quitar de mi vientre las ramas y Pero es fácil confundirnos, porque un hombre
las hojas, me ayudó a levantarme y cuidado- que ve puede aprender, en menos que te lo
samente las puso en la roca donde yo había cuente, a manipular un aliado y puede hacer-
ya­cido. Hizo con ellas una hoguera, y mien- se brujo. O también, un hombre puede apren­
tras ardía frotó mi estómago con otras hojas der ciertas técnicas para dominar un aliado
de su morral. y así hacerse brujo, aunque tal vez nunca
Me puso la mano en la boca cuando yo estaba aprenda a ver.
a punto de decirle que tenía una jaqueca te- “Además, ver es contrario a la brujería. Ver le
rrible. hace a uno darse cuenta de la insignificancia
Nos quedamos allí hasta que todas las hojas de todo eso.”
‑¿La insignificancia dé qué, don Juan?
‑La insignificancia de todo. XII
No dijimos nada más. Me sentía muy calma-
do y ya no quería hablar. Yacía de espaldas Trabajando en mis notas había tropezado con
sobre un petate. Había hecho una almohada varias pre­guntas.
con mi chaqueta. Me sentía cómodo y feliz y ‑¿Es la neblina verde, como el guardián, algo
pasé horas escribiendo mis notas a la luz de que debe vencerse para ver? ‑dije a don Juan
la lámpara de petróleo. apenas nos sentamos ambos bajo su ramada
De pronto don Juan habló de nuevo. el 8 de agosto de 1969.
‑Hoy estuviste muy bien ‑dijo‑. Estuviste muy ‑Sí. Hay que vencer a todo eso ‑respondió.
bien en el agua. El espíritu del ojo de agua ‑¿Cómo puedo vencer a la neblina verde?
simpatiza contigo y te ayudó en todo momen- ‑Del mismo modo que debiste vencer al guar-
to. dián: dejándolo que se vuelva nada.
Me di cuenta entonces de que había olvidado ‑¿Qué debo hacer?
relatarle mi experiencia. Empecé a describir -Nada. Para ti, la neblina verde es mucho más
la forma en que había percibido el agua. No fácil que el guardián. Le caes bien al espíritu
me dejó continuar. Dijo saber que yo había del ojo de agua, mientras que tus asuntos con
percibido una niebla verde. el guardián estaban muy lejos de tu tempe-
Me sentí compelido a preguntar: ramento. Nunca viste realmente al guar­dián.
‑¿Cómo sabía usted eso, don Juan? ‑Quizá porque no me caía bien. ¿Y si encon-
‑Te vi. trara yo un guardián que me gustase? Ha de
‑¿Qué hice? haber personas a quie­nes el guardián que yo
‑Nada, estuviste allí sentado mirando el agua, vi les parecería hermoso. ¿Lo ven­cerían por-
y por fin percibiste la neblina verde. que les caería bien?
‑¿Fue eso ver? ‑¡No! Sigues sin entender. No importa cómo te
‑No. Pero anduviste muy cerca. Te estás acer- caiga el guardián. Mientras tengas cualquier
cando. sentimiento hacia él, el guardián permanece-
Me excité mucho. Quise saber más al respec- rá igual, monstruoso, hermoso o lo que fuese.
to. Don Juan rió e hizo burla de mis ansias. En cambio, si no tienes sentimiento alguno
Dijo que cualquiera podía percibir la niebla hacia él, el guardián se volverá nada y toda-
verde porque era como el guar­dián, algo que vía estará allí frente a ti.
inevitablemente estaba allí, de modo que per- La idea de que algo tan colosal como el guar-
cibirla no era gran hazaña. dián pu­diera hacerse nada y sin embargo se-
‑Cuando dije que estuviste bien, me refería a guir allí carecía en absoluto de sentido. Ima-
que no te inquietaste ‑dijo‑, como cuando te giné que era una de las premisas alógicas del
encontraste con el guardián. Si te hubieras conocimiento de don Juan. Sin embargo, tam­
puesto inquieto yo habría te­ nido que sacu- bién me parecía que, de querer, él podría ex-
dirte la cabeza y regresarte. Siempre que un plicármela. Insistí en preguntarle qué quería
hombre entra en la niebla verde, su maestro decir con eso.
tiene que que­darse con él por si la niebla lo ‑Pensaste que el guardián era algo que cono-
empieza a atrapar. Tú sólo puedes dar el salto cías, eso es lo que quiero decir.
y escapar del guardián, pero no puedes esca- ‑Pero yo no pensé que fuera algo que yo cono-
par por ti mismo de las garras de la niebla cía.
verde. Al menos al principio. A lo mejor más ‑Pensaste que era feo. Tenía un tamaño im-
tarde aprendes un modo de hacerlo. Ahora es- ponente. Era un monstruo. Tú conoces todas
tamos tratando de averiguar otra cosa. esas cosas. Así que el guardián fue siempre
‑¿Qué estamos tratando de averiguar? algo que conocías, y como era algo que cono-
‑Si puedes ver el agua. cías, no lo viste. Ya te dije: el guardián tenía
‑¿Cómo sabré que la he visto, o que la estoy que volverse nada y sin embargo tenía que se-
viendo? guir parado frente a ti. Tenía que estar allí y
‑Sabrás. Te confundes sólo cuando hablas. tenía, al mismo tiempo, que ser nada.
‑¿Cómo puede ser, don Juan? Lo que usted
dice es absurdo.
‑Sí. Pero eso es ver. No hay en realidad nin- dejes que su sonido te arrastre a ningún lado.
gún modo de hablar sobre eso. Ver, como te Si dejas que el sonido del agua te arrastre,
dije antes, se aprende viendo. quizá nunca pueda yo encontrarte y regresar-
“Al parecer no tienes problema con el agua. El te. Ahora métete en la niebla verde y escucha
otro día casi la viste. El agua es tu coyuntura. mi voz.
Ahora sólo necesitas perfeccionar tu técnica Lo oía y comprendía con claridad extraordi-
de ver. Tienes un ayudante poderoso en el es- naria. Em­pecé a mirar fijamente el agua, y
píritu del ojo de agua.” tuve una sensación muy peculiar de placer
‑Ahí tengo otra preguntota, don Juan. físico; una comezón; una felicidad indefinida.
‑Puedes tener todas las preguntotas que quie- Miré largo tiempo, pero sin detectar la niebla
ras, pero no podemos hablar del espíritu del verde. Sentía que mis ojos se desenfocaban y
ojo de agua en estos rumbos. De hecho, es me- tenía que es­forzarme por seguir mirando el
jor no pensar en eso para nada. Para nada. agua; finalmente no pude ya controlar mis
De lo contrario el espíritu te atrapará, y si eso ojos y debo haberlos cerrado, o acaso fue un
ocurre no hay manera de que ningún hombre parpadeo, o bien simplemente perdí la capa-
vivo te ayu­de. De modo que cierra la boca y cidad de enfocar; en todo caso, en ese mismo
piensa en otra cosa. instante el agua quedó fija; cesó de moverse.
Parecía una pintura. Las ondas es­taban inmó-
A eso de las 10 de la mañana siguiente, don viles. Entonces el agua empezó a burbujear:
Juan desen­fundó su pipa, la llenó de mezcla era como si tuviese partículas carbonadas que
para fumar y me la en­tregó con la indicación explotaban de una vez. Por un instante vi la
de que la llevara a la ribera de la corriente. efervescencia como una lenta expansión de
Sosteniendo la pipa en ambas manos, me las materia verde. Era una explosión si­lenciosa;
ingenié para desabotonar mi camisa y poner el agua estalló en una brillante neblina verde
dentro la pipa y apretarla. Don Juan llevaba que se expandió hasta rodearme.
dos petates y una ban­dejita con brasas. Era Permanecí suspendido en ella hasta que un
un día soleado. Nos sentamos en los petates, a ruido muy agudo, sostenido y penetrante
la sombra de una pequeña arboleda de breas lo sacudió todo; la niebla pareció congelar-
en la orilla misma del agua. Don Juan metió se en las formas habituales de la super­ficie
un carbón en el cuenco de la pipa y me dijo del agua. El ruido era un grito de don Juan:
que fumara. Yo no tenía ninguna aprensión, “¡Oooye!”, cerca de mi oído. Me dijo que pres-
ningún sentimiento exaltado. Recordé que al tara aten­ción a su voz y regresara a la niebla
iniciar mi segundo intento por “ver” al guar- y esperara su llamada Dije: “O.K.” en inglés y
dián, habiendo don Juan explicado su natura- oí el ruido crepitante de su risa.
leza, me había em­bargado una peculiar sen- ‑Por favor, no hables ‑dijo‑. Guárdate tus
sación de maravilla y respeto. oquéis.
Esta vez, sin embargo, aunque don Juan me Podía oírlo bien. El sonido de su voz era melo-
había dado a conocer la posibilidad de “ver” dioso y sobre todo amigable. Supe eso sin pen-
realmente el agua, no me hallaba involucrado sar; fue una con­vicción que me llegó y luego
emocionalmente; sólo curiosidad. pasó.
Don Juan me hizo fumar dos tantos de lo que La voz de don Juan me ordenó enfocar toda
había fumado en ocasiones anteriores. En al- mi aten­ción en la niebla, pero sin abandonar-
gún momento se in­clinó a susurrar en mi oído me a ella. Dijo re­petidas veces que un gue-
derecho que iba a enseñarme a usar el agua rrero no se abandona a nada, ni siquiera a su
para moverme. Sentí su rostro muy cercano, muerte. Volví a sumergirme en la neblina y
como si hubiera puesto la boca junto a mi ore- advertí que no era niebla en absoluto, o al me-
ja. Me dijo que no observara el agua, sino en- nos no era lo que yo concibo como niebla. El
focara los ojos en la su­perficie y los tuviera fenómeno neblinoso se componía de burbujas
fijos hasta que el agua se tornase una niebla diminutas, objetos redondos que entraban en
verde. Repitió una y otra vez que yo debía po- mi campo de “visión”, y salían de él, despla­
ner toda mi atención en la niebla hasta no dis- zándose como si estuviesen a flote. Observé
cernir ninguna otra cosa. un rato sus movimientos; luego un ruido fuer-
‑Mira el agua frente a ti ‑oí que decía‑, pero no te y distante sacudió mi atención y perdí la
capacidad de enfoque y ya no pude percibir tas que yo podía examinar cual­quiera deta-
las burbujitas. Sólo tenía conciencia de un lladamente. No eran en realidad burbujas: no
res­plandor verde, amorfo, como niebla. Oí de eran como una burbuja de jabón, ni como un
nuevo el ruido y la sacudida que me dio hizo globo, ni como ningún recipiente esférico. No
desaparecer la niebla inme­diatamente, y me contenían nada, pero se contenían. Tampoco
hallé mirando el agua de la zanja de irriga- eran redondas, aunque al percibir­las por vez
ción. primera yo habría podido jurar que lo eran y
Entonces volví a oírlo, ahora mucho más cer- la imagen que acudió a mi mente fue “burbu-
ca; era la voz de don Juan. Me estaba diciendo jas”. Las observaba como si me hallase miran-
que le prestara aten­ción, porque su voz era do por una ventana: es decir, el marco de la
mi única guía. Me ordenó mirar la ribera de ventana no me permitía seguirlas, sólo verlas
la corriente y la vegetación directamente ante entrar y salir de mi campo de percepción.
mis ojos. Vi algunos juncos y un espacio libre Pero cuando dejé de verlas como burbujas fui
de ellos. Era un recoveco en la ribera, un sitio capaz de seguirlas; en el acto de seguirlas me
donde don Juan cruza para sumergir su bal- adherí a una y floté con ella. Sentía realmente
de y llenarlo de agua. Tras unos momentos estar en movimiento. De hecho, yo era la bur-
don Juan me ordenó regresar a la niebla y me buja, o esa cosa que parecía burbuja.
pidió nuevamente prestar atención a su voz, Entonces oí el sonido agudo de la voz de don
porque iba a guiarme para que yo aprendiera Juan. Me sacudió, y perdí el sentimiento de
a moverme; dijo que al ver las burbujas debía ser “aquello”. El so­nido era en extremo temi-
abordar una de ellas y dejar que me llevara. ble: una voz remota, muy metá­lica, como si
Lo obedecí y de inmediato me rodeó la nebli- don Juan hablara por un altoparlante. Dis­
na verde, y luego vi las burbujas diminutas. cerní algunas palabras.
Oí nuevamente la voz de don Juan como un ‑Mira las orillas ‑dijo.
retumbar extraño y atemorizante. En el mo- Vi un gran cuerpo de aguas. El agua se preci-
mento de oírla, empecé a perder la capacidad pitaba. Se oía su fragor.
de per­cibir las burbujas. ‑Mira las orillas ‑me ordenó de nuevo don
‑Monta una de esas burbujas ‑lo oí decir. Juan.
Pugné por conservar mi percepción de las Vi un muro de concreto.
burbujas ver­des y a la vez seguir oyendo la El sonido del agua se hizo terriblemente fuer-
voz. No sé cuánto tiempo me esforcé, pero de te; el so­nido me envolvió. Entonces cesó ins-
pronto me di cuenta de que podía escuchar a tantáneamente, como si lo cortaran. Tuve la
don Juan y seguir viendo las burbujas, que sensación de negrura, de sueño.
aún pasaban despacio, flotantes, por mi cam- Me di cuenta de estar echado en la zanja de
po de percepción. La voz de don Juan seguía riego. Don Juan tarareaba salpicando agua
instándome a seguir una de ellas y montarla. en mi rostro. Luego me sumergió en la zanja.
Me pregunté cómo se suponía que yo hiciera Jaló mi cabeza hasta sacarla por en­cima de la
eso, y au­tomáticamente pronuncié en inglés superficie y me dejó descansarla en la ribera
la palabra “cómo”. Sen­tí que la palabra se ha- mientras él me sostenía por el cuello de la ca-
llaba muy dentro de mí y que al ir saliendo me misa. Tuve una sensación de lo más agrada-
llevaba a la superficie. La palabra era como ble en los brazos y las piernas. Los estiré. Los
una boya que surgiera de mi hondura. Me oí ojos, cansados, me ardían; alcé la mano dere-
decir how y me sonó a aullido de perro. Don cha para frotarlos. Fue un movimiento difí-
Juan aulló a su vez, también como perro, y cil. Mi brazo pesaba. Apenas pude sacarlo del
luego hizo como coyote y rió. Me pareció muy agua, pero cuando salió estaba cubierto por
gracioso y mi risa en verdad brotó. una asombrosa masa de neblina verde. Puse
Con mucha calma, don Juan me dijo que me el brazo frente a mis ojos. Podía ver su contor-
adhiriera a una burbuja siguiéndola. no: una masa verde más oscura, rodeada por
‑Regresa otra vez ‑dijo‑. ¡Entra en la niebla! un intenso resplandor verdoso. Rápidamen-
¡En la niebla! te me incorporé y, parado a media corriente,
Al regresar advertí que las burbujas se movían miré mi cuerpo: pecho, brazos y piernas eran
más des­pacio y que tenían ahora el tamaño de verdes, verde profundo. El matiz era tan in-
un balón. De hecho, eran tan grandes y len- tenso que me dio la sensación de una sustan-
cia viscosa. Parecía yo una figurita que don mente.
Juan me había hecho años antes con una raíz Cuando las burbujas crecieron tanto que pude
de datura. “montar” en una de ellas, las “vi” frotarse una
Don Juan me dijo que saliera. Detecté alarma contra otra como globos.
en su voz. Mi excitación crecía con el recuerdo de los de-
‑Estoy verde ‑dije. talles de mi percepción. Pero don Juan no se
‑Deja ya ‑repuso, imperioso‑. No tienes tiem- interesaba en lo más mínimo. Le dije que ha-
po. Sal de ahí. El agua está a punto de atra- bía visto hervir las burbujas. No era un efecto
parte. ¡Salta! ¡Fuera! ¡Fuera! puramente auditivo ni puramente visual, sino
Me llené de pánico y salí de un salto. algo indiscriminado y sin embargo claro como
el cristal; las burbujas raspaban una contra
‑Esta vez debes decirme todo lo que ocurrió otra. Yo no veía ni oía su movimiento, lo sen-
‑dijo, se­camente, cuando estuvimos sentados tía; yo era parte del sonido y del transcurso.
frente a frente en su cuarto. Al relatar mi experiencia me conmoví en lo
No le interesó la manera como mi experiencia más hondo. Tomé el brazo de don Juan y lo
había transcurrido; sólo quería saber qué ha- sacudí en un ataque de agitación intensa.
bía encontrado cuan­do él me dijo que mirara Me había dado cuenta de que las bur­bujas no
la orilla. Le interesaban los de­talles. Describí tenían límite externo; sin embargo, estaban
el muro que había visto. con­tenidas y sus bordes cambiaban de forma
‑¿Estaba a tu izquierda o a tu derecha? ‑pre- y eran dispa­rejos, dentellados. Las burbujas
guntó. se fundían y separaban con gran velocidad,
Le dije que en realidad el muro había estado pero su movimiento no era vertiginoso. Era
frente a mí. Pero él insistió en que tenía que un movimiento rápido y a la vez lento.
ser a la derecha o a la izquierda. Otra cosa que recordé en el momento del re-
‑Cuando lo viste por primera vez; ¿dónde es- lato fue la calidad cromática que las burbu-
taba? Cie­rra los ojos y no los abras hasta que jas parecían tener. Eran transparentes y muy
te acuerdes. brillantes y se veían casi verdes, aun­que no
Se puso en pie y, habiendo yo cerrado los ojos, era un color como yo acostumbro a percibir los
hizo gi­rar mi cuerpo hasta ponerme cara al colores.
este, la misma direc­ción que yo había enfren- ‑Te estás atascando ‑dijo don Juan‑. Esas co-
tado al sentarme frente a la co­ rriente. Me sas no son importantes. Te estás fijando en lo
preguntó en qué dirección me había movido. que no vale la pena. La dirección es lo único
Dije que había ido hacia adelante, derecho, importante.
para enfrente. Insistió en que yo debía re- Sólo pude recordar que me había movido sin
cordar y concentrarme en el momento en que ningún punto de referencia, pero don Juan
aún veía el agua como burbujas. concluyó que, si las burbujas habían fluido
‑¿Para qué lado corrían? ‑preguntó. constantemente hacia mi derecha ‑el sur‑ al
Don Juan me instó a hacer memoria, y final- principio, el sur era la dirección que debía in-
mente tuve que admitir que las burbujas ha- teresarme. De nuevo me instó, imperioso, a
bía parecido moverse hacia mi derecha. Pero acordarme de si el muro estaba a mi derecha
no me hallaba tan absolutamente seguro o a mi izquierda. Luché por hacer memoria.
como él deseaba. Bajo su interrogatorio, em- Cuando don Juan “me llamó” y salí a la super-
pecé a darme cuenta de mi incapacidad para ficie, por así decirlo, creo que el muro estaba
clasificar la percepción. Las burbujas se ha- a mi izquierda. Me hallaba muy cerca de él y
bían desplazado a la derecha cuando las vi pude discernir los surcos y pro­tuberancias del
primero, pero al hacerse más grandes fluye- molde o armadura de madera en donde se ver-
ron para todas partes. Algunas parecían venir tió el concreto. Se habían usado tiras de ma-
directamente hacia mí, otras parecían seguir dera muy delgadas, creando un diseño com-
cada dirección posible. Había burbujas que se pacto. El muro era suma­mente alto. Uno de
movían encima de mi y abajo de mí. De hecho, sus extremos podía verse, y noté que no tenía
estaban en todo mi derredor. Recordaba ha- esquina, sino que se curvaba para dar vuelta.
ber oído su efer­vescencia; por lo tanto, debo Don Juan guardó silencio un instante, como si
haberlas percibido auditiva además de visual- pensara la forma de descifrar mi experiencia;
luego dijo que yo no había logrado gran cosa, te viajé en el agua?
que no había colmado sus esperanzas. ‑Por cierto. Y bien lejos, además.
‑¿Qué debí haber hecho? ‑¿Qué distancia?
En vez de responder hizo un gesto frunciendo ‑No lo vas a creer.
los labios. Le rogué que me dijera, pero abandonó el
‑Te fue muy bien ‑dijo‑. Hoy aprendiste que tema y dijo que debía irse un rato. Insistí en
un brujo usa el agua para moverse. que al menos me diera una pista.
‑¿Pero vi? ‑No me gusta que me tengan a oscuras ‑dije.
Me miró con una expresión curiosa. Alzó los ‑Tú solo te tienes a oscuras ‑repuso‑. Piensa
ojos al techo y dijo que yo tendría que entrar en el muro que viste. Siéntate aquí en tu pe-
en la niebla verde muchas veces hasta poder tate y recuérdalo con todo detalle. A lo mejor
contestar mi propia pregunta. Cambió sutil- así descubres qué distancia recorriste. Lo úni-
mente el curso de nuestra conversación, di­ co que yo sé de momento es que viajaste muy
ciendo que yo no había aprendido en realidad lejos. Lo sé porque me costó muchísimo tra-
a moverme por medio del agua, pero había bajo re­gresarte. Si yo no hubiera estado allí,
aprendido que un brujo puede hacerlo, y él podrías haberte ido para no volver, y todo lo
me había hecho mirar la orilla de la corriente que ahora quedaría de ti sería tu cadáver en
con el propósito de que yo ratificara mi movi- la orilla de la corriente. O quizá podrías ha­
miento. ber regresado tú solo. Contigo no estoy segu-
‑Ibas muy rápido ‑dijo‑, tan rápido como al- ro. Así que, a juzgar por el esfuerzo que me
guien que sabe ejecutar esta técnica. Tuve costó traerte, yo diría que seguramente esta-
que apurarme para que no me dejaras atrás. bas en...
Le supliqué explicar lo que me había ocurrido Hizo una larga pausa: me miró con ojos amis-
desde el principio. Rió, meneando la cabeza tosos.
lentamente, como in­crédulo. ‑Yo iría hasta las sierras de Oaxaca ‑dijo‑. No
‑Tú siempre insistes en saber las cosas desde sé hasta dónde irías tú, a lo mejor hasta Los
el prin­cipio ‑dijo‑. Pero no hay ningún princi- Ángeles, o quizás incluso hasta Brasil.
pio; el principio está sólo en tu pensamiento.
‑Yo pienso que el principio fue cuando fumé Don Juan regresó al día siguiente, al atarde-
junto al agua ‑dije. cer. Mien­tras tanto, yo había escrito cuanto
‑Pero antes de que fumaras yo tuve que ave- podía recordar sobre mi percepción. Al escri-
riguar qué cosa hacer contigo ‑dijo‑. Tendría bir, se me ocurrió seguir la ribera co­rriente
que decirte lo que hice y no puedo, porque me abajo y corriente arriba, y corroborar si había
llevaría a otro asunto más. A lo mejor las co- visto realmente, en alguno de los lados, un de-
sas se te aclaran si no piensas en principios. talle que pudiera haberme provocado la ima-
‑Dígame entonces qué sucedió después de que gen de un muro. Conjeturé que don Juan po-
me sen­té y fumé. día haberme hecho caminar en un estado de
‑Creo que ya me lo dijiste tú ‑dijo, riendo. estupor, para luego hacerme enfocar mi aten-
‑¿Tuvo importancia algo de lo que hice, don ción en al­guna pared a lo largo del camino.
Juan? En las horas transcu­rridas entre el momento
Alzó los hombros. en que descubrí la niebla por vez primera y el
‑Seguiste muy bien mis indicaciones y no tu- momento en que salí de la zanja y vol­vimos a
viste pro­blema para entrar y salir de la nie- su casa, calculé que no podríamos haber ca-
bla. Luego escuchaste mi voz y regresaste a minado más de cuatro kilómetros. De modo
la superficie cada vez que te llamé. Ese era el que seguí la corriente durante unos cinco ki-
ejercicio. El resto fue muy fácil. Todo lo que lómetros en cada dirección, observan­do cui-
pasó fue que te dejaste llevar por la niebla. dadosamente todo lo que hubiese podido rela-
Te portaste como si supieras qué hacer. Cuan- cionarse con mi visión del muro. La corriente
do estabas muy lejos te llamé otra vez y te era, hasta donde pude juzgar, un simple canal
hice mirar la orilla, para que te dieras cuenta de riego. Tenía de metro a metro y medio de
hasta dónde habías llegado. Luego te jalé de ancho a todo lo largo, y no pude hallar en él
vuelta. ningún aspecto visible que pudiera haberme
‑¿Quiere usted decir, don Juan, que realmen- recordado o impuesto la imagen de una pared
de concreto. no es un socio voluntario; un guerrero no está
Cuando don Juan llegó a su casa al atardecer, disponible, y si se mete con algo, puedes tener
lo acosé e insistí en leerle mi relato. Rehusó la certeza de que sabe lo que está haciendo.
escuchar y me hizo tomar asiento. Se sentó No supe qué decir. Don Juan estaba casi eno-
frente a mí. No sonreía. Parecía estar pensan- jado. Eso me producía inquietud. Rara vez se
do, a juzgar por la mirada penetrante de sus había portado así con­migo. Le dije que en ver-
ojos, que se hallaban fijos por encima del ho- dad no tuve ni la menor idea de que estaba co-
rizonte. metiendo un error. Tras algunos minutos de
‑Creo que ya te habrás dado cuenta ‑dijo en silencio tenso, se quitó el sombrero y sonrió y
un tono que de pronto era muy severo‑ de que me dijo que debía irme y no regresar a su casa
todo es mortal­mente peligroso. El agua es tan hasta sentir que había ganado control sobre
mortal como el guardián. Si no te cuidas, el mi deseo de abandonarme. Re­calcó que yo de-
agua te atrapará. Casi lo hizo ayer. Pero para bía apartarme del agua y evitar que tocara la
que lo atrapen, un hombre debe estar dis- superficie de mi cuerpo durante tres o cuatro
puesto. Esa es cuestión tuya. Estás dispuesto meses.
a entregarte. ‑No creo que podría aguantar sin darme una
Yo no sabía de qué estaba hablando. Su ata- ducha ‑dije.
que contra mí había sido tan repentino que Don Juan rió y las lágrimas corrieron por sus
me hallaba desorientado. Débilmente le pedí mejillas.
explicarse. Mencionó, con desgano, que había ‑¡No aguantas sin una ducha! A veces eres tan
ido al monte y había “visto” al espíritu del ojo flojo que pienso que estás bromeando. Pero no
de agua y tenía la profunda convicción de que es un chiste. A veces realmente no tienes nin-
yo había malogrado mi oportunidad de “ver” gún control, y las fuerzas de tu vida te aga-
el agua. rran con entera libertad.
‑¿Cómo? ‑pregunté, en verdad desconcertado. Aducí que era humanamente imposible estar
‑El espíritu es una fuerza ‑dijo él‑, y como tal, controlado en todo momento. El sostuvo que
responde a la fuerza. No te puedes entregar para un guerrero no ha­bía nada fuera de con-
en su pre­sencia. trol. Yo traje a colación la idea de los acciden-
‑¿Cuándo me entregué? tes y dije que lo ocurrido en la zanja de riego
‑Ayer, cuando te pusiste verde en el agua. podía sin duda considerarse como tal, pues yo
‑No me entregué. Pensé que era un momento actué sin intención y sin conciencia de mi con-
muy im­portante y le dije a usted lo que me ducta impropia. Ha­blé de diversas personas
estaba pasando. que habían sufrido infortunios explicables
‑¿Quién eres tú para pensar o decir qué cosa como accidentes; me referí en especial a Lu-
es im­portante? No sabes nada de las fuerzas cas, un excelente viejo yaqui que resultó heri-
que estás tocando. El espíritu del ojo de agua do al volcarse el camión que conducía.
existe allí y podría haberte ayudado; de hecho, ‑Me parece que es imposible evitar los acci-
te estuvo ayudando hasta que tú lo echaste a dentes ‑di­je‑. Ningún hombre puede controlar
perder. Ahora no sé cuál será el resultado de todo cuanto lo rodea.
tus acciones. Has sucumbido a la fuerza del ‑Cierto ‑dijo don Juan, cortante‑. Pero no todo
espíritu del ojo de agua y ahora puede llevarte es un accidente inevitable. Lucas no vive como
en cualquier momento. guerrero. De lo contrario, sabría que está es-
‑¿Fue un error mirar cómo me volvía verde? perando y porque espera, y no habría mane-
‑Te abandonaste. Quisiste abandonarte. Eso jado ese camión estando borracho. Se es­trelló
estuvo mal. Te lo he dicho y te lo repito. Sólo contra las peñas porque estaba borracho, y
como un guerrero pue­ des sobrevivir en el destrozó su cuerpo por nada.
mundo de un brujo. Un guerrero trata todo “La vida, para un guerrero, es un ejercicio de
con respeto y no pisotea nada a menos que ten- estrate­gia ‑prosiguió don Juan‑, Pero tú quie-
ga que hacerlo. Tú, ayer, no trataste el agua res hallar el sig­nificado de la vida. A un gue-
con respeto. Por lo común te portas muy bien. rrero no le importan los sig­nificados. Si Lucas
Pero ayer te abandonaste a tu muerte, como viviera como guerrero ‑y tuvo su opor­tunidad,
un pinche idiota. Un guerrero no se abandona como todos tenemos la nuestra‑ armaría su
a nada, ni siquiera a su muerte. Un guerrero vida estratégicamente. De ese modo, si no po-
día evitar un ac­cidente que le destrozara las
costillas, habría hallado medios para compen- XIII
sar ese contratiempo, o evitar sus consecuen­
cias, o batallar contra ellas. Si Lucas fuera Mi siguiente intento de “ver” tuvo lugar el 3 de
guerrero no es­taría muriéndose de hambre en septiem­bre de 1969. Don Juan me hizo fumar
su casa mugrosa. Estaría batallando hasta el dos cuencos de la mezcla. Los efectos inmedia-
final. tos fueron idénticos a los expe­rimentados an-
Planteé a don Juan una posibilidad, usándolo teriormente. Recuerdo que, cuando mi cuerpo
a él mis­mo como ejemplo, y le pregunté que se hallaba adormecido por completo, don Juan
haría si él tuviese un accidente en el que per- me tomó del sobaco derecho y me condujo al
diera las piernas. espeso chaparral desértico que s