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La gataen | clbalcon Primera edicion: agosto de 2014 resién: noviembre de 2015 anos Impresores S.A, n: Laura Leibiker inacin: Maria Luisa Garcia cin: Roxana Cortazar soho de coleccién: Verénica Colombo ustraciones: Lucia Manclla Prieto ‘cc 29008870 ISBN: 978-987-545-654-9 SctSnams de unos Aves Cu LOS CASOS DE ANITA DEMARE La gata en el balcén Norma Huidobro wow kapalusznormscomar ices Caracas, Guatemala, Lima, México, San José, San Juan, Santiaga de Cie indice 1+ Anita, ayudala a tu mama. 2+ Vecinos de otro mundo... 3+ Lagata en el balcén. 4+ Pum, pum... jSoy yo, Anita! 5 + Almorzando con Matias. eneees 6+ Una cosa son ojotas y otra, chinelas.. 7+ Sigamos con la rutina. 8+ La secretaria 9+ Ahora si: anotemos, por favor. 10 + Rojo fuego, rojo infierno... 11 + Algunos datos mas. 12 + Mejor, pesCad0...eseemeenomn 13 + gDénde estas, Matungo?.. 14+ No se entiende nada... 15+ Soy yo, Anita, Carola. 16+ Una vez vi una pelicula. 17+ Ladama desaparece....... 18 + Piezas sueltas. 19+ Arma mortal. 20+ Arma mortal Il. 21 + Doris/75. ie 22+ Los chicos de ahora son todos iguales....... 23» Dos porciones de rabas. 24 + Buena pregunta. 25 + Menos mal que pensamos... 26+ Plan C.. . 27+ ;Quién se hace cargo de estos 28 + De regresa a CASA enna 29 + Visita del sdbado a la tarde. 30 + Hilda, Doris y la formula, 2 = o S o & a £. o , en el auto de las brujas. Cuando me conté que la ha- bian invitado, lo primero que hice fue pedirle que me Ulevara con ella. No hubo forma. Que no, que vos ya conocés a las Pastorino, que mucha paciencia con los chicos no tienen, que mejor te quedés con tu mama Sé de sobra que las dos brujas a los chicos mucho no se los bancan, y eso que son maestras, o fueron, l iM In mejor dicho, porque ahora estén jubiladas. Menos mal, pobres alumnos: bancarse a semejantes dino- saurios no debe ser nada facil. Ana Laura me dijo que a la abuela le iba a venir bien descansar un poco, lejos de la peluqueria, del barrio, de los quehaceres de to- dos los dias y de nosotras dos. ~{De nosotras dos? -pregunté, sorprendida Si, es bueno tomarse un tiempo para uno mismo, sin tener que estar preocupandose por los demas. Es bueno alejarse un poco y ver las cosas a la distancia, y después volver y darte cuenta de que lo mejor que te pasé en la vida es tener la familia que tenés. Me dejé muda Ana Laura. A lo mejor tenia razén la abuela con eso de que viviendo sola iba a madurar. Yo estaba de acuerdo con lo que habia dicho, pero igual, unos dias en Mar del Plata me hubieran venido mas que bien, con brujas y todo. No me costé adaptarme al departamento; no era la primera vez que me quedaba a dormir, aunque nunca tanto tiempo como ahora. La abuela habia propuesto que Ana Laura se instalara en casa, pero ella dijo que iba a ser mejor al revés, asi yo también cambiaba un poco de aire. Eso dijo. Y tenia raz6n: sin salir de Barra- cas, me mudaba a otro mundo. 2 | Vecinos de otro mundo La gente es distinta seguin viva en un barrio de casas, donde todos se conocen, o en un lugar céntrico leno de edificios, en un departamento, mas exactamente, rodeado de otros departamentos donde sus ocupan- tes apenas se ven las caras y raramente se saludan. En un lugar asi vive Ana Laura. A ella no le molesta porque esta todo el dia fuera de su casa, pero a mi no me gustaria; y estoy segura de que a mi abuela, tampoco. A nuestros vecinos los conocemos de toda la vida, y nada més salir a la calle, que ya nos pone- mos a charlar con alguno. Lo que me encanta hacer en casa de Ana Laura es mirar por la ventana. Espiar, bah. 2A quién no le gusta meterse un poco en la vida de los demas? Por la ven- tana del living. veo mas cosas que desde mi terraza. No sé si mas, pero distinto, quiero decir; veo muchas ventanas, balcones, patios, techos, terrazas. La calle no se ve porque el departamento esta en el contra- frente del edificio, pero eso es lo que menos me im- porta: si quiero ver la calle, salgo y listo io de departamen- tos, es como que todo esta més cerca y a la vez, mas lejos. Los vecinos estén ahi nomas, a unos pasos unos | de otros, pero eso no es suficiente para que se conoz- | can, Muchas veces ni se miran cuando se cruzan en el | palier 0 coinciden en el ascensor; no saben quién es el que vive al lado, enfrente, arriba o abajo. Y no lo saben porque no les interesa; creo que eso es lo més grave. Lo que tengo mas cerca de la ventana es el balcon- cito del 4° “A; todos los departamentos de la parte “A” tienen un balcén que daa la calle y otro, mas chico, enelcontrafrente. En este departamento vive Zulema, una vigjita en silla de ruedas. A ella le gusta espiar igual que a mi, pero no tenemos el mismo angulo de visién, ya que nuestras ventanas estén enfrentadas. En realidad, ella tiene una puerta-ventana corrediza y un balconcito angosto de rejas negras, al que no pue- de salir con su silla de ruedas porque lo tiene lleno de plantas. A veces nuestros horarios de espiar coinci- den; entonces nos saludamos con la mano y charla~ mos un poquito, Zulema me pregunta cémo estoy, le digo que bien y le pregunto cémo esta ella, me contes- ta que bien y que hace mucho calor o no tanto porque se levanté un poco de viento, que a lo mejor llueve, que dentro de un rato viene Carola y la lleva a dar una vuelta y de paso van ala pescaderia, y cosas por eles- tilo. Pero siempre por la tarde, a la mafiana a Zulema no se le da por espiar, en cambio a mi, si. Hay una vecina muy rara en el edificio, una mujer a la que nunca nadie vio. Segtin dicen, en el tiempo que lleva viviendo ahi -casi un afio— jamas salié de su departamento, Me llamé tanto la atencién cuando Ana Laura lo conté en casa, que cada vez que ibaa visitarla me ponia a espiar por la ventana con la esperanza de verla. Vive en el 5° "A" justo arriba del departamento de Zulema, y lo que veo desde la ventana del living es el balconcito de rejas, la persiana un poco levantada y la puerta-ventana con una hoja abierta. Por el espa- cio que queda libre entre la persiana y el piso puedo distinguir parte de las piernas de la mujer (ni siquiera lego a las rodillas), los pies (0 las chinelas, mejor di- cho, ya que es el Unico calzado que usa, siempre las mismas: oscuras, creo que azules) y, mas que nada, a la gata que, segun tengo entendido, es su unica com- paiila. Es una gata siamesa, y a ella si la veo entera: la Una de las cosas que me gustan de esta vecina -mejor dicho, la Unica cosa que vi y me gusté- es su manera de acariciar con el pie a la gata. Es algo asi como un rito entre las dos: la gata le da vueltas y vuel- tas alrededor, y de golpe la mujer se queda quieta, se saca la chinela del pie izquierdo empujandola hacia adelante y le acaricia la panza, primero con ta pun- ta de los dedos y después con todo el pie. Eso es lo Unico que conozco de la extrafia mujer: pies, chinelas, tobillos, media pantorrilla, mas la gata y las caricias. Punto. Se termind la vecina del 5° "A", refriega entre las piernas, se echa al suelo para que | la acaricie con el pie, y eso es todo. La misma =e] | la vi montones de veces. Y doy por hecho que es una gata y no un gato por el collar rosa con brillitos que luce en el pescuezo. Es extrafio lo de esa vecina: no va a las reuniones de consorcio, no hace los mandados, no va a trabajar; | Ana Laura me dijo que tiene una especie de secretaria_ que le hace las compras y la representa en las reunio- nes de consorcio. Y Zulema averigué que trabaja en la casa y que es investigadora o cientifica 0 algo asi. Eso es todo. i 3 | La gata en el balcén Mi abuela y las hermanas Pastorino se fueron el do- mingo bien temprano. A mime despacharon el sabado ala tarde, porque al otro dia, también muy temprano, nos pasaba a buscar Daniela, la amiga de Ana Lau- ra, para llevarnos a Chascomus, a una casa con pileta donde viven sus tios. Lo pasamos rebién; yo, todo el a en el agua. Si hubiera sido por mi, hasta habria comido en la pileta, pero no me dejaron. A la noche volvimos tarde. Entre el madrugén, el sol y la pileta, dormi casi todo el viaje; me desperté al bajar de la autopista, antes de que doblaramos por Suarez. Justo cuando nos paré el semaforo en la es- quina de Montes de Oca, alcancé a ver a un hombre que entraba al edificio de Ana Laura empujando una silla de ruedas. —Zulema también llega tarde, igual que nosotras... éQuién es ese hombre? —Desde aca no lo veo bien, pero seguro que es el hijo. Los fines de semana la lleva a su casa y siempre la trae a Ultima hora —dijo Ana Laura. Cuando al fin bajamos del auto y entramos al pa- lier, Zulema y el hijo ya no estaban. El lunes me levanté tardisimo. No sé cémo hizo Ana Laura para no quedarse dormida. Le habia dicho que me despertara antes de irse a trabajar, pero no, me dejé dormir y me llamé por teléfono a las once para recordarme que tenia que ir a almorzar ala casa de Matias. Menos mal, porque si é Uy no, seguia durmiendo. Me di un bafio rapido, desayuné, y ya estaba por irme cuando of un maullido prolongado, medio Cee raro. Miré por la ven- tana del living y via la gata del 5° “A” en el balcén. La persiana estaba levantada como siempre, 0 sea, un poco, y la puerta-venta- na, abierta, es decir que la gata, si queria, podia entrar tranquila- mente en vez de quedarse llori- queando en el balcén. Pero no, ahi pensé que a lo mejor se estaria bafiando o durmiendo, y que la gata maullaba de puro quejosa, reclamando atencion. Habiamos quedado con Matias en que ibamos a pasar la tarde andando en bicicleta, asi que después de comer fuimos a buscar mi bici y arrancamos para el Parque Pereyra y alrededores, Me hubiera gusta- do mudarme a lo de Ana Laura con bicicleta incluida, pero no me dejaron; la excusa fue que el departamen- to es muy chico y no hay dénde meterla, pero sé muy bien que la verdad verdadera es otra: los vecinos no quieren que las bicicletas circulen por el palier ni que las bajen y suban por el ascensor. Cuando sea grande, yo, ni loca vivo en un departamento. Ana Laura le habia prometido a la abuela que se iba a encargar de regar las plantas, asi que cuando salié de trabajar fue directo a la peluqueria. Matias y yo la esperamos en la plaza de enfrente, ala sombra de un arbol. Tomamos la leche con alfajorcitos de ma cena y, al caer el sol, regamos entre los tres. Después pasamos por la parrilla a saludar a Pablo y a Andrea y,entre charla y charla, nos quedamos a comer y nos fuimos tardisimo. Elmartes me levanté mas temprano: exactamente | pum, pum... {Soy yo, Anita! alas diez y cinco. Es la hora que marcaba el reloj digi-- tal de la mesita de luz, y fue lo primero que vi cuando me despertaron los golpes. ; i Que golpearan a la puerta era raro: gpara qué estaba el timbre? ¢Habrian cortado la luz...? Encendi el vela- dor y comprobé que no. gEntonces? Caminé hacia la puerta en puntas de pie, por las dudas, y otra vez los golpes: dos golpes y una voz. Recién ahi me tranqui- icé. -iSoy yo, Anita, Zulem jTe desperté? Obvio, gcémo ocultarlo?, ahi estaba yo, en piyama, descalza y despeinada. De todos modos, para que no se sintiera mal, le dije que era una suerte que me hus biera despertado porque mi amigo Matias iba a venir aalmorzar y seguro que en un rato llegaba. 3 -Estoy preocupada, Anita, desde ayer que oiga maullar a la gata del 5° "A" gestard sola? ~{No era que la duefia no salia nunca? -Nunca, pero... zy si le pasé algo a la sefiora? Zulema me miraba con cara de horror. No era par: tanto; que una gata maullara en un balcén podia sig nificar, simplemente, que estaba en celo y llamaba los gatos del vecindario para que vinieran a visitarla Se lo dije. -No, no, el maullido del celo es distinto. Ademés, las gatas en celo matillan toda la noche; esta, solo d dia. Era cierto, yo también la habia escuchado la ma jiana anterior, antes de irme a la casa de Matias. Pert ahora no maullaba. Levanté la persiana del living y le dije a Zulem que se acercara a la ventana. Me sorprendié su agili dad: no alcanzara el timbre, pero maneja su silla con mucha destreza. (Ves? Qué te dije? Sigue en el balcén. Ahor: duerme, pero estuvo maullando hasta hace un rato, pobrecita, ,qué le pasar? Por mas que me guste espiar por la ventana, m moria de ganas de hacer pis, asi que la dejé a Zulem: observando a la gata y fui al bafio. Cuando sali, ya s habia apartado de la ventana y enfilaba su silla haci la puerta. -Ahora me quedo tranquila, Anita. Vi a la sefors caminando. jAl menos le conozco los tobillos! se rid, -En cualquier momento la gata entra y ella le e pieza a acariciar la panza como hace siempre —dije yo) Zulema volvié a su departamento y me dispuse desayunar. Tosté dos rebanadas de pan lactal, prepa: ré la chocolatada en un vaso alto, saqué la mantec: y la mermelada de la heladera, llevé todo al living e1 una bandeja y me acomodé frente a la ventana. gata seguia durmiendo, pero la mujer no apareci mas. Esperé un poco, por si regresaba, hasta que final me aburri. Miré hacia abajo y vi a una chica ap yada en el balcdn del tercero, hablando por celula tenia el pelo largo y rojo que, al estar inclinada haci adelante, le caia como una cascada; cada tanto se | llevaba para atras con la mano libre, pero en cuantt — 2 we {o soltaba, el pelo volvia a caer, entonces ella otra vez se lo apartaba de la cara, y el pelo caia... y también me aburrié. El balcén de Zulema, con tantas plantas, hizo que me acordara de mi abuela, ,cémo la estaria pa- gando con las hermanas Pastorino?; seguro que bien, pensé, igual que yo si estuviera ahi. Del cuarto piso pasé al quinto: la gata, dormida; los pies de la mujer, ausentes. Qué divertido. Un mensaje en mi celular: Matias. “Ya sali. Llego en 10". 5 | Almorzando con Matias gLlegaba en diez minutos...? Volé a la cocina con la bandeja del desayuno. Volé al bafio a lavarme los dientes. Volé al dormitorio, hice la cama, me vesti. soné el portero. Justo, justo. -Me trajo Leandro en el auto. Mi mama me mandé con todo esto —dijo, apenas abri la puerta de calle. “Todo esto” eran dos fuentes cubiertas con papel de aluminio: una con ensalada rusa y otra con toma- tes rellenos, mas una bolsa con pan. Ana Laura habia dejado milanesas y yo pensaba preparar una ensala- dade chauchas y huevo duro, pero con la contribucién de Matias no iba a hacer falta. Como todavia era tem- prano para almorzar, teniamos tiempo de ir a dar una vuelta por la Plaza Colombia, que a Matias le encanta. A mi, no tanto; no por la plaza en si, que es muy lin- da, sino por las rejas. Una plaza es un espacio abier- to, pero enrejada se parece a una carcel. Estabamos por salir, cuando la gata empezé a maullar. Me asomél por la ventana: seguia en el balcén, a pesar de que la puerta-ventana se encontraba abierta. Le conté a Ma tias sobre la visita de Zulema y la misteriosa vecina del 5° “A” que no salia nunca. Nos quedamos un rato largo en la plaza. El sector de los juegos estaba desierto, asi que aprovechamos para hamacarnos tranquilos, sin tener que soportar a mocositos molestos y gritones. Nos fuimos cuando nos agarré hambre y, mas que nada, sed. Hacia mu- cho calor. Justo en el momento en que estabamos por entrar al edificio, se abrié la puerta y salié una chica. La re- conocf de inmediato: era la pelirroja del balcén, la que hablaba por teléfono. Seguia con el celular pegado a la oreja. Pasé entre nosotros dos ignorandonos por completo, lo cual no hizo mas que confirmar mi teoria sobre los vecinos de los edificios de departamentos. Ella salié y yo entré, pero Matias se habia inmovi- izado en el umbral mirando a la pelirroja, que cami- naba erguida y bamboleando la cabellera como en las propagandas de champt. -Eh, {qué te pasa? le pregunté. Entonces me miré a mi; tenia la cara colorada como el pelo de la chica. -Na... nada. Me parece que la... la conozco —dijo, sefialando en la direccién por la que se habia ido la cer un experimento con la gata y por eso no entra, po- pelirroja. bre bicho -este Matute tiene cada ocurrencia. ~Seguro que es una vieja horrible y no quiere que la vean. Tipo bruja, digo. -Dicen que es una cientifica y que trabaja en su casa, ~Claro, una bruja, zno te dije? Capaz que quiso ha- -Bueno, apurate que tengo hambre. 1 Antes de entrar a la cocina, me acerqué a la ven- tana del living: la gata seguia en el balcén, pero ahora se veian dos recipientes, uno rojo y otro verde, junto a la parte abierta de la puerta-ventana. -Si la mujer le puso el agua y la comida en el bal- con es porque esta segura de que la gata no va a en- trar—se me ocurrid. -O porque no le interesa que entre —dijo Matias. -jCémo que no le interesa? —Digo, no sé, me parece que si la duefa quisiera) que la gata entrara, no tendria que ponerle la comida’ en el balcén. Yo esperaria a que tuviera hambre y fue- ra ella solita a buscarla. Me dejo pensando. Era légico lo que decia, lo que} no me cerraba era que siendo tan carifiosa con la gata} (las caricias en la panza lo demostraban), a la mujer li diera lo mismo que entrara al departamento o que se} quedara en el balcén con el calor que hacia. a do, y al volver lo encontré a Matias pegado a la venta- na, contemplando a la gata que dormia hecha un bollo junto a los dos platos. -La mujer se acercé al balcén, Anita, le vi los pies al lado de la gata. —jSe sacé la chinela y le acai la panza? -No. Se quedé parada unos segundos y se fue... zué chinela? -La del pie i iempre se saca la misma. —jEstaba descalza? -No, tenia ojotas. — 3 6 | Una cosa son ojotas y otra, chinelas —Nada que ver, Matias, no es lo mismo. A la mujer la vi siempre con chinelas. Una vieja no cambia chinelas por ojotas de un dia para el otro. —{Una vieja? {Como sabés que la mujer es vieja si nunca la viste entera? Oia... Matias tenia raz6n. {De dénde habia sacado yo que la mujer era vieja...? Es increible, pero este Ma- tute siempre dice algo que me deja pensando. -No sé... Pero por algtin motivo lo habré dicho, quiero decir que a lo mejor vi algo que me hizo pensar que era vieja, aunque ahora no me acuerde. Creo que cuando la vuelva a ver, me voy a dar cuenta. Y ahi nos quedamos, frente a la ventana, esperan- do a que los pies de la mujer volvieran a hacerse vi- bles. La gata dormia o, en una de esas, se hacia la que dormia, porque, cada tanto, estiraba un poco el Pescuezo y metia el hocico en alguno de los platos. 39 inal, hartos los dos de un paisaje tan monétono, mos retomar el plan que nos habiamos traza- do para toda la semana, o sea, andar en bici. Pero antes pasariamos por el departamento de Zulema. Queria preguntarle algo. No-hice mas que tocar el timbre, cuando me di cuenta de que era la hora de la siesta. Qué metida de pata. Pobre Zulema, seguro que estaba durmiendo y yo la iba a obligar a dejar la cama, con lo que le costa: fa salir de la silla para acostarse y después levantar- se y volverse a sentar. Como haria...? -~Quién es? -oj su voz, demasiado pronto y dema. jiado cerca si es que acababa de levantarse. Respondi y abrio la puerta. -zLa desperté? No me di cuenta de la hora. -No, quedate tranquila. No duermo la siesta, miro peliculas, es mas entretenido. jHola, Matias! —dijo, como si conociera a Matute de toda la vida. Matias respondié con otro “hola” y, para variar, se puso colorado, aunque no tanto como cuando nos cru-| zamos con la chica del 3° “A’. Le pregunté a Zulema si recordaba qué calzado’ Ulevaba la mujer del 5° "A" cuando vio sus pies esa deci = 40 — misma mafiana. Me miré con cara de “qué pavada me estas diciendo", pero respondid al toque. —Ojotas, gpor qué? No hice mas que mencionar que yo la habia visto ‘empre en chinelas, cuando me interrumpié con un comentario: -Nada que ver las ojotas con las chinelas. Cuando yo caminaba, en casa andaba siempre con chinelas: son mas comodas. A las ojotas nunca me acostumbré. Me molestaba esa tirita entre los dedos.. Eso mismo yo lo habia escuchado de otra boca y en otro lugar... ;Alguna clienta de la peluqueria de mi abuela? Y si, podria ser. 7, Sigamos con la rutina Nos despedimos de Zulema y partimos hacia la otra Barracas, la nuestra: sin edificios de departamentos y con menos glamour, seguramente, 0 con ninguno, seguin quien mire, pero mas tranquila, mas querible, mas amena, mas MI BARRIO, asi, con mayusculas; NUESTRO BARRIO, porque Matias lo siente igual que yo. Buscamos las bicis y otra vez rumbeamos ha el Parque Pereyra. Lamenté no haber llevado conmi go el cuaderno de notas, aunque no estaba muy con- vencida de que tuviéramos un caso entre manos. S| ien era raro que la gata se quedara todo el tiempo en el balcén en lugar de entrar, como hacia antes, y que ademas hubiera dos pares de pies dando vuel- tas por el departamento, en lugar de uno, eso no era suficiente para convencerme de que estabamos ante un nuevo enigma que debiamos resolver. a Cuando hicimos un alto para descansar en uno de los bancos del parque, a Matias se le ocu- rrid algo interesante ~ZY si la mujer de las ojotas es la secretaria que le hace los mandados a la mujer de las chinelas? rk —éY qué hace tanto tiempo en la casa? GER iPara qué se queda? Yo qué sé, a lo mejor la de las chinelas esta enferma y la de las ojotas la cuida. iY la gata no entra porque no se ban- ca a la secretaria! —se me ocurrid. —Pero podria quedarse en el dormi- torio con la duefia, estaria mas cémoda que en el balcn. -Los gatos son vengativos, Matute. Seguro que la gata le echa la culpa a ella de que la secretaria les invada el depar- tamento, y entonces reacciona de esa manera. Quedarse, en el balcon es su for- ma de protestar. i, tenia que ser a: sospecha de que no esta- bamos ante un nuevo caso se confirmaba. Dimos unas vyueltas mas en bici y volvimos a casa donde, igual que el lunes, nos aguardaban la merienda, el riego de las plantas y Ana Laura. Esta vez no volvimos tarde al departamento; des- pués de regar acompafiamos a Matias a su casa, salu- damos a Pablo y a Andrea —que, igual que el lunes, nos invitaron a comer-, pero no nos quedamos porque no nos gusta abusar de la generosidad de los amigos. An- tes de cenar, Ana Laura se fue a bajar y yo me puse amirar por la ventana. La gata seguia en el balcén; maullé un rato y después se durmié. Adentro, la luz estaba encendida; la puerta-ventana, abierta, y la persiana, apenas levantada, como siempre. Me quedé acodada en la ventana, sin sacar los ojos de la aber- tura ahora iluminada, a la espera de ver los pies en ojotas, tal como los habian visto Zulema y Matias. En algun momento tenian que aparecer... Y aparecieron. Se desplazaban de izquierda a derecha, iban y volvian; una vez y otra y otra. No las conté, pero un monton; un rato largo se lo paso asi la mujer: dele ir y venir. Supuse que estaria hablando por teléfono, un celular o un inalambrico, otra cosa no se me ocurrié. eee Me dio tiempo mas que suficiente para estudiarle los pies y compararlos con los de las chinelas. No tuve ninguna duda: no eran los mismos. Las ojotas —blan- cas, de tiras finitas- me parecieron muy actuales, y los pies y los tobillos se veian delgados, agiles, jove- nes. Al verlos, me di cuenta de por qué habia supuesto que los otros, los de las chinelas, pertenecian a una persona mayor, y no era solo por las chinelas de vieja, sino por los tobillos y lo poco que veia de las piernas, que me dejaban adivinar a una mujer pesada, no por gorda, sino por vieja. Eso mismo. Ahora lo tenia claro. Al final, estabamos acertados con Matute: la mujer de las ojotas tenia que ser la secretaria, y la otra, segura mente, estaria enferma, en la cama; y la gata pajaro- na, por vengativa, aburrida en el balcén. = 6 g | Lasecretaria Cuando terminamos de cenar, Ana Laura se acordé de que al otro dia habia que pagar las expensas y me pregunté si yo podia bajar al palier a darle la plata a la administradora, que iba a pasar a cobrar alas once. ~Si no querés, no te preocupes, Anita, le pido al portero que le pague, total, lo veo cuando me voy. Por supuesto que dije que iba yo, no tenia ninguna cosa importante que hacer. Ademas... en una de esas me encontraba con la secretaria y la conocia comple- ta. Simple curiosidad, nomas. Puse el despertador a las nueve y media, por las dudas, asi tenia tiempo de desayunar tranquila. Cuan- do sali del bajio, la gata estaba maullando. Si sera cabeza dura, pensé, seguia en el balcén de puro ven- gativa; los gatos son tremendos. Me instalé delante de la ventana con la chocolatada y comprobé que todo seguia igual: la puerta-ventana abierta, la persiana -a7 a is — un poco levantada, los dos platos en el mismo lugar. La gata maull6 unos minutos mas, se estird, después se hizo un ovillo y al 0 al Menos eso era lo que parecia. Miré la hora en mi celular: las diez y cuarenta; mejor me preparaba para bajar. No hice mas que levantar la bandeja de la mesa, cuando me sorprendid un movimiento en el balcén del 5° “A”. Fue como un aleteo; si, yo no estaba mirando directamen- te, pero el balcén estaba en mi angulo de vision y ad- verti el cambio, el elemento que se incorporaba a la escena. Dejé la bandeja y me puse a espiar con todos is sentidos a mil. Dos pares de pies. El conocido, de las ojotas, y otro, nuevo, total- ( mente nuevo, con sandal gras de plataforma; y rozando las sandalias, unos pantalones ww U U, se durmi is ne- anchos estampados en verde. Sin duda, los nuevos pies tam- —~__ bién pertenecian a una persona ww I joven: las plataformas eran muy 1K altas, no tuve ninguna duda de que la mujer de las chinelas y esta no podian ser la misma. Los dos — 49 = pares de pies estaban enfrentados, lo que hacia supo- ner que las mujeres conversaban, cara a cara. Perma. necieron asi durante varios minutos hasta que, final: mente, desaparecieron de mi vista. Volvi a mirar la hora: jlas once y dos minutos! Aga. rré el sobre con la plata y bajé al palier. Apenas abri puerta del ascensor, vi la imagen de una mujer refle. jada en el espejo que esta justo en la pared de enfren: te. La administradora se habia ubicado ante una mes; plegable, en el hueco que habia entre la escalera y |; puerta del sdtano, cosa de no quedar visible desde |; calle. Dije “buen dia”, y estaba a punto de decir que ibs a pagar las expensas del 4° "B", cuando la mujer s¢ me adelanto. —jQué departamento, querida? Se lo dije y le entregué el sobre. Conté la plata, mé el recibo, me lo dio con un “gracias” de compro miso, y todo sin haberme mirado ni una sola vez. Mi senté en la escalera —decidida a no levantarme haste que apareciera la secretaria-, cuando volvi a escu char su voz. {No te vas a tu casa? La verdad, me sorprendié la pregunta. Si bien lam jer no era un dechado de simpatia y buenas manera: ir = 50 — no me la imaginaba tan intolerante como para que le molestara mi presencia. -No —contesté, seca y odiosa. —jEsperds a alguien? -Si -murmuré, apenas, mientras giraba la cabeza hacia la entrada del edific En ese momento se abrié la puerta del ascensor y por el espejo vi a Carola, la chica que trabaja para Zulema. Saludé con un “buen dia” al que yo respondi con un “hola” y una sonrisa, y la administradora con un grufido. Alguien llamé al ascensor mientras la antipatica firmaba el recibo. Carola volvid a saludar sonriente y salié a la calle. La puerta del ascensor se abrié y otra vez la imagen de una mujer se reflejé en el espejo de la pared: flaca, alta, pelo oscuro y cor- to, anteojos negros, blusa blanca, pantalones sueltos estampados en verde, sandalias negras con platafor- ma. No supe calcularle la edad: mayor que Carola, que tendra mas o menos la edad de Ana Laura, pero joven, igual, qué sé yo, treinta y pico a lo mejor. No abrié la boca, se paré delante de la administradora y le dio un sobre. La mujer conté los billetes, firmé el recibo yla otra se fue. Me quedé mirandola hasta que la puerta de calle se cerré detras de ella. = 51 _Si serd antipatica —dijo, ofendida, la administradora, Me acordé de un refran que siempre dice mi abue- la: "El muerto se asusta del degollado”. La verdad, era para reirse. Aproveché esa especie de intimidad que acababa de instalarse entre las dos y, poniendo cara de inocentona, pregunté: -jQuién es...? -La secretaria de la vecina del 5° “A’ = 53 — g| Ahora si: anotemos, por favor Lo primero que hice al volver al departamento fue lla- mar a Matias. “Tenemos un caso’, le dije, y le conté lo que habia descubierto esa mafiana. Me dijo que venia después de comer y que tenia una sorpresa. Y aunque le pedi que me adelantara algo, no solté ni una pa- labra mas. Aparecié a las dos y media cargando una bolsa negra de supermercado. Era de un tio abuelo de mi mama que iba mucho al hipédromo —dijo, mientras sacaba de la bolsa un estuche marrén con correa. Por la forma del estuche, supe cual era el conte- nido. -jUn largavista, Matute, genial! Cuando el tio abuelo murié, como no tuvo hijos, lo hered6 mi abuelo, y como en esa época a mi mama le gustaba ir a ver pajaros y otros animales a la reserva ecold abuelo se lo regal. _— Bh cate-de lar gata onvel bales ‘mugorerdramia. Tal vez, cientifica. Wwnca, | tale de casa. nar secretatia te hace S iagat da ler hachor: edificie-de Omar IB Pémiter y mandados. if Siecinadel 5° "0 "Wi, duwiiarde lavgata: paw, baleen del 5° "ta", contraprunte. Et = Matter a la mariana: Zulema (4° a") — punto de obsowacisrv: vuntama del acnke ah 4° "3", preocupada por la gata vv No habia hecho mas que empezar a escribir, qu ya lo tenia a Matias pegado a mi silla para controla lo que ponia. Lo hace siempre. El no escribe, pero d; ordenes y sugerencias. No me molesta, al contrario, tiene buenas ideas y a veces se le ocurren cosas de I mas interesantes. No ahora, que me estaba diciend algo obvio. Igual le hice caso. -jAvos se te ocurre quién puede ser? -le pregunté ~Y, no sé... -dijo como dudando. Esperé a ver si agregaba algo mas, qué sé yo, al- guna genialidad de Ultimo momento, una de esas co: sas que se le ocurren a él. -A lo mejor... —si, ahi se venia la genialidad, a ver Matute-, eh... mmm... eh. — 8 Anita Santa Paciencia siguié esperando. Me hice un poco la distraida, como que releia mis notas, para ue no se sintiera presionado. -Se me ocurrié que... a lo mejor... a lo mejor, digo, jeh? No quiero decir que sea asi, sino que... -Si, entiendo, a lo mejor...-lo apuré porque ya me estaba cansando (creo que mi paciencia no es tan santa como pensaba). -A lo mejor la mujer de las ojotas y la de las chine- las son la misma persona -solt6 de un tirén. Me quedé mirandolo. No entendia lo que acababa de decir. Mejor dicho: no queria entender. Para colmo, se habia puesto colorado, como si hubiera cometido alguna infraccion. Y si, a habia cometido. —jEstés dudando de lo que vi? Estas dudando de mi? -no pude evitar levantar la voz. No, Anita, no dudo de vos. Pero gy si antes la mu- jer usaba chinelas porque tenia los pies hinchados, por ejemplo? -Claro, y después se le deshincharon y volvié a las ojotas, zno? -Si, eso... ql a -jNo! -dije con firmeza (bastante firmeza); aunqu no sé muy bien por qué (a lo mejor, con la esperanz; de poder demostrarle que estaba equivocado), decid tomar en cuenta el comentario, aclarando que pert necia a Matias Estévez y no a Anita Demare. ao Ay Bea ME tev é., larmnjorrde tay — tarde las ojstar sor la patents (tania lavhichaare de ple Teen patde pty tie per hDa: Comginmader pastemecenvarta ioretaia. —Crnppattamte: te: WD. _ ev lavimica porrena vio low tres paren de pies enol 5° "WN". — 0 - Matias qued6 conforme con la anotacién y yo tam- pign. Lo dejé acodado en la ventana con el largavista y fuia la cocina a buscar coca y galletitas. Cuando volvi, seguia en la misma posicién. —{Viste algo? -pregunté. Me miré sorprendido, como... -Nnn... no... nada. No vi nada. ... Como si lo hubiera pescado in fraganti. -A ver... me acerqué a la ventana y no necesité el largavista para ver qué era lo que a Matias le habia llamado tanto la atencién. eae 10 | Rojo fuego, rojo infierno Evidentemente, la unica actividad que desempe- faba la pelirroja era la de hablar por teléfono. Ahi estaba otra vez, apoyada en el balcén, el celular pe- gado a la oreja y dele toquetear su larga melena, corriéndola para un costado y para el otro como si fuera una Cortina. Te dejo unos minutos vigilando y vos te distraés con cualquier cosa... —Fue un segundo, Anita. :Te acordas que te dije que esa chica me parecia conocida? Es una compafera de colegio de Federico. Una vez vino a mi casa, de ahi la conocia; le pregunté a Fede y me ia aca tenia que ser Scarlett. —j¢Quién?? ~Scarlett, asi se llama. ~dEs el apellido? -No, el nombre. — 43 i oe \ Te eae —Me estas cargando... -No, por qué? {No te dije que Fede la conoce? Mira giélnovaa saber cémo se llama. -"Scarlett” es una palabra es en castellano? Dejé pasar unos segundos a ver si me respon- dia, pero lo Unico que hizo fue mirarme con los ojos como platos, mudo, la boca apretada... Mal, me mird mal, como con miedo de que me hubiera agarrado un ataque repentino de locura y estuviera a punto de acogotarlo. “Escarlata” quiere decir! jgTe das cuenta?! j@/ yos te parece que alguien se puede llamar Escarlata?! -Pe... pero no se llama Escarlata, Anita, se llama Scarlett, qué te dije? Me seguia mirando de la misma manera, asi que decidi cambiar de tema. A veces, cuando las perso- nas no entienden lo que se les dice, es mejor no in- sistir y esperar otro momento en que estén un poco mas lucidas. ~Bueno, esta bien; vayamos alo nuestro. Sera mejor que nos concentremos en el balcén del 5° “A”, que para eso trajiste el largavista...—pero... gc6mo podia ser tan tonta...2-. jjjg0 lo trajiste para mirar a Escarlata?! glesa. Sabés como 65 Yo no sabia que vivia en ese departamento. Fede. rico me dijo cual era el edificio, nada mas... Creo que mi reaccién fue un poco brusca. Matute seguia mirandome raro; ahora, con algo de panico, mi parecié. La corté ahi. Agarré el largavista y enfoqué la gata: dormia. Las estrellitas del collar ti laban al sol. Apunté un poco mas arriba, hacia el interior de| departamento, y vi en detalle el piso de mosaicos d granito color gris, idéntico al de la cocina de Ana Lau: ra: 0 sea que ese ambiente seria un comedor diarit suposicién que confirmaba, a la izquierda del balcdr la ventana de la cocina: dos hojas de vidrio con corti nas a cuadritos que no permitian ver absolutament nada. Le pasé el largavista a Matias, por llegaba descubrir algtin detalle en el que yo no hubiera repat rado. Miré de reojo el balcon del 3° Escarlata st habia ido. 66 = 11| Algunos datos mas Ana Laura llam6 para decirme que habia pronéstico de lluvia para la noche, asi que se suspendia el riego de las plantas. También suspendimos el paseo en bici: nos habiamos entretenido demasiado con el largavis- ta(no solo controlando el balcon del 5° “A’, sino todo lo que teniamos al alcance de nuestros ojos) y se habia hecho tarde. Mientras tomabamos la leche con Ana Laura, que habia traido medialunas, le contamos todo lo que has- ta el momento habiamos averiguado del caso de la gata en el balcon. Y charla va, charla viene, nos ente- ramos de algunas cosas mas. -A la secretaria la vi poco; es muy odiosa. La pri mera vez fue en el ascensor, subimos juntas en planta baja: ni me miré; yo la saludé apenas la vi, pero ella me dejé con el saludo en la boca. Después me la cru- cé una que otra vez en el palier, pero directamente la =o ignoré. Es ese tipo de gente que parece que se llevara el mundo por delante. igualita a Escarlata’, pensé, pero no dije nada. -La que si la ve muy seguido es té que se la encuentra siempre en la pescaderia. Nunca hablaron, pero Carola es muy observadora y la tiene bien registrada. Hasta sabe qué pes- cado compra y todo; y cuando, qué les parece? Se ve que la sefiora come un pescado los martes, otro los miérco- les, y asi. Y no compra todo junto, sino que va casi todos los dias; segun Caro- la, es porque le gusta el pescado fresco, re recién compradito, como a Zulema, que {\ ¥ la hace ir a la pescaderia a cada rato. f -{Y ni siquiera viéndola tan seguido la saluda? —pregunté Matute, que no tiene experiencia en gente: de departamentos. ~Yo creo que no la ve; no solo a ella, sino a ningund de los vecinos. Es ese tipo de gente, como les dije, que ages ge lleva el mundo por delante, que no piensa en los demas, sino en si misma, en su mundito privado y se termind. Tenia razon Ana Laura. Yo conocia mucha gente asi, y no tenia nada que ver con vivir en un departa- mento, en una casa o donde fuera. Gente asi hay en todas partes. Un asco de gente. -Y a la cientifica, como ya saben, jamés la vi. No solo yo, nat edificio la vio. Nunca. Raro, :no? -jY tampoco saben cémo se llama? -pregunté Matias. Epa. La pregunta de Matute re- soné en mi cabeza como un redoble de tambores. Y a los tambores se les sumaron bombos, timbales, tumbadoras, y por encima de todo -No -dijo Ana Laura, comple- tamente ajena a mi tumutto in- terior-. Todos la nombramos como "la del 5° «A»” pero espe- ra que voy a buscar la hoja de las oe expensas, donde figuran los nombres de los propie- a? —pregunto Matute el sagaz. -Los nombres de los inquilinos no aparecen; sola- mente los de los duefos. Ana Laura fue por la hoja de las expensas y yo me quedé mirando a Matias, que se habia tildado fren- te a la ventana; jestaria maquinando algun plan? La verdad, no dejaba de sorprenderme; por un lado, era capaz de ideas brillantes y, por otro, hacia cosas cala- mitosas, como distraerse con Escarlata en plena in- vestigacién del caso. ~Aca esta —Ana Laura puso la hoja sobre la mesa-. 5° “A": Gomez Beltran, Hilda. _— 12 | Mejor, pescado Matias queria dejar el largavista, pero Ana Laura se opuso, segun dijo, por dos motivos: primero, porque era algo de mucho valor y no nos pertenecia; segundo, porque no le parecia nada bien que yo anduviera es- piando a los vecinos. Asi que se lo llevd, nomas. Ala noche ltovi, bien tarde, cuando ya estabamos durmiendo; no mucho, pero si lo suficiente como para alimentar las plantas de la abuela y mojar a la gata, si es que seguia en el balcén. Escuché la lluvia apenas se largé. Yo soy especialista en lluvias. Amo la lluvia. Me gusta olerla y verla caer, me gusta como suena. La lluvia me da alegria. Asi que me levanté sin hacer tuido y fui derecho a la ventana del living. De no creer: firme en su puesto, la gata dormia en el balcén junto a la hoja de la puerta-ventana, ahora apenas abierta -lo suficiente como para que la gata pudiera colarse ha- cia el interior, suponiendo que quisiera hacerlo-, y no =n = del todo, como antes. Me quedé un rato mirando y me di cuenta de que no se mojaba tanto como habia pen- sado, ya que el balcén del piso de arriba le servia de techo; precario por lo angosto, pero techo al fin. ;Qué seria lo que le molestaba tanto en el departamento, como para seguir ahi afuera? —n- Dormi hasta las nueve y media. Ya no llovia; un sol palido iluminaba el living a través de la ventana. La gata, cabeza dura como ella sola, seguia firme en su puesto, aunque ahora la puerta-ventana estaba abierta del todo. Preparé mi desayuno, pero esta vez lo llevé al escritorio y encendi la computadora. Pri- mera mision de la majiana: googlear el nombre de la duefia del departamento. "Hilda Gémez Beltran", es- cribi y, para mi sorpresa, solo aparecié una pagina con tres resultados. Empecé por el primero: “Hilda Gomez Beltran, de 89 afos, fallecié en la ciudad de Quito...” Nada que ver. Segundo: “La doctora en Ciencias Bio- quimicas Hilda Gomez Beltran advirtié acerca del uso de sustancias cancerigenas...”; si, seguro que era ella. Todos decian que la sefiora del 5° “A” era investigado- rao algo asi. Hice clic en el link y fui a la nota; era de un diario de 1998, en el que se hablaba de los compo- nentes quimicos del esmalte para ufias y se insistia en la toxicidad de, al menos, tres de ellos... No segui porque me aburrid; ademas, gadénde me llevaba todo eso? A ninguna parte. Me servia inicamente para con- firmar que la misteriosa mujer que vivia en ese de- partamento era su duefia y no una inquilina; 0 sea que ahora sabiamos como se llamaba. Eso era todo. = 73 = Me acodé en la ventana y me puse a espiar. Ahi estaban otra vez los pies de las ojotas: pero habia algo més, algo que antes no estaba... Pa- recia una madera... guna tabla? Ahora la madera se acercaba a la puerta-ventana, como si la estuvieran empujando de atrds... No, no era una madera, jera una caja! Y de nuevo los pies y las ojotas blancas... Ahora otra cosa: las patas de una silla. a junto ala caja. Y los pies acomodandose entre la caja y las patas de la silla, los tobillos un poco inclinados hacia la caja. Los pies, relajados; claro, la mujer se habia sentado. Urgente, el largavista. Lo llamé a Matute: nada. Se- guro que se habia ido a jugar al futbol y tenia el celu- lar apagado. Siempre lo mismo: cada vez que Matias desaparece, la culpa es de la pelota. Decidi salir a ha- cer los mandados; Ana Laura me habia encargado que comprara fruta, papas, lechuga y costillitas de cerdo. Ya estaba saliendo de la verduleria, cuando me encon- tré con Carola que, a juzgar por el changuito, hacia lo mismo que yo, con una diferencia: iba a la pescaderia. La sola mencidn del hecho fue suficiente para que yo cambiara el menu que Ana Laura habia pensado para la cena: en vez de costillitas de cerdo al horno con ensalada de papa, tomate, lechuga y zanahoria rallada, cenariamos milanesas de merluza con ensa- lada de papa, tomate, lechuga y zanahoria rallada, Mi- nimo cambio, sutil cambio, apenas un cambiecito, una nada que me permitiria charlar un rato con Carola y -muy probablemente- enterarme de algunas cosas de la vecina del 5° “A”. Durante el tiempo que nos lle- v6 caminar las dos cuadras de distancia entre la verduleria y la pescaderia, Carola me confirmé lo que ya habia contado Ana Laura: que la vecina co- mia mucho pescado y que la secretaria iba casi todos los dias a comprarto. Le gusta el pescado fresco -dijo Carola-, igual que a Zulema. Yo también voy muy seguido, practica- mente, todos los dias. Pero ahora me parece que la sefiora se canso de cocinar. —iPor qué lo decis? -pregunté, intrigada por el co- mental —Porque la secretaria empez6 a comprar comidas hechas. En la pescaderia preparan unos platos super jitos, no sabés lo que son, hay para todos los — 15 gustos. Cada tanto Zulema me encarga rabas, que te las frien en el momento, y las acompafiamos con una cervecita bien helada. -iY desde cuando la secretaria compra la comida hecha? —Empezo ahora, {no te digo? Mira, el lunes, que siempre llevaba filet de brétola, compré fideos con mejillones; el martes, en vez de besugo, llevé milane- sas fritas de merluza; y ayer, en lugar del salmén de todos los miércoles, compré empanadas de atun. - 0 bos pier de law ojota reeeeeaerereeceaceae —Cuando se murid el duefio -prosiguié Matias-, el wna mame miny blanca de mini gato se negé a entrar a la casa. Se quedé en el jardin (acemsdande papeles), con anille- de dia y noche. Al final se lo llevé una vecina. Mi abuela me conto que, con el tiempo, el gato se acostumbré a la nueva casa y a la nueva duefia. Ueseaemcidenets ~{ Qué querés decir, Matute, que la duefia de la gata “teppuertar Epon arb la qatar ne quicte esta muerta...? ' Me miré como si le hubiera hablado en chino. -Yo no dije nada de la gata, Anita, te conté del gato del veci: no de mi abuela que. De repente se quedé mudo. Abri6 los ojos y la boca, Dejé constancia de mi mayor preocupacién y senti que me tranquilizaba un poco. Matias se habia queda- do pensativo, los codos sobre la mesa, el mentén en- tre las manos, la mirada perdida. Conozco la pose de “Matias pensante’, y sé también que puede acarrear: tex se hubiera materializado = 8 07 = frente a él. Por suerte, tras un segundo de vacilaci6n, comprendié la magnitud de lo que habia dicho, gra- ‘jas, por supuesto, a la pregunta de Anita la perspicaz, =-No se me habia ocurrido... -murmuré-. {Vos creés que la cientifica esta muerta? Nos quedamos en silencio, sin saber qué decir, sorprendidos por lo que a nosotros mismos se nos acababa de ocurrir, cuando soné el timbre de la puer- ta. Quién podia ser? Zulema, descartada, no llega al timbre. ¢Escarlata...? Ya lo estaba culpando mental- mente a Matias por la intromisién de la pelirroja en, nuestras vidas, cuando el sonido de una voz me hizo recuperar la calma. — 88 — 15 Soy yo, Anita, Caro Aliviada, corri a abrirle la puerta. Ahi estaba Carola, sonriente, cargando una mochila al hombro. Junto al ascensor, dos bolsos en el piso y Zulema en su silla de ruedas. -jChau, Anita, nos vamo: tando las manos. -Esta feliz. Vino el hijo a buscarnos. Vamos a pasar unos dias en la quinta. Yo también estoy invitada —dijo Carola, de un tirén-. Queriamos avisarle a tu mama, por cualquier cosa. Decile que regresamos el lunes 0 el martes. Zulema volvid a reclamar mi atencién: -Por suerte ya esta de vuelta mi hijo. Hace mas de dos semanas que no lo veo. Estuvo en Brasil. Yo me Preocupo cuando viaja, ;sabés?, y eso que es bastan- te grande mi hijito -agrego, risuefia, como burlandose de si misma. ~saludd, contenta, agi- — a9 — Mientras la escuchaba, algo me hizo clic; un destellito, ape- nas, que no me permitio ver nada, pero que me puso alerta e hizo que una fra- se siguiera resonando en mi cabeza, aun cuando Zulema ya habia cerrado la boca: “Hace mas de dos semanas que no lo veo”. -iCuantos hijos tiene, Zu- lema? -yo misma me sor- prendi por la pregunta que ew le acababa de hacer. Me miro extrafiada. -Uno -respondié, como si no existiera otra pi jad-. Mi querido Fernando, el mejor hijo del mundo. Entonces conté el episo- dio del domingo a la noche, cuando volviamos de Chas- comus en el auto de Danie- »»y la, y vimos que un hombre y i, en alguien mas en silla de ruedas entraban al edi ~Ana Laura supuso que era usted con su hijo, que la traia de su casa. ~Otros domingos si, pero no este dijo Zulema, ca~ tegérica-. ,No es cierto, Carola? -Si, yo estuve aca todo el fin de semana. Fernando me pidié que me quedara porque no le gusta que su mama esté sola de noche cuando él viaja. -jTe das cuenta qué buen hi jo? -se enorgullecié Zulema-. Para mi que esos dos que viste venian a vi- De nuevo Matias con la teoria del ocultamiento de informacién. Ayyy... __Le conté con lujo de detalles. Le dije que no le ha- bia dado ninguna importancia porque realmente -re- al-men-te, remarqué- no pensé que la tuviera. Recién ahora me daba cuenta de que, tal vez, si la tuviera, pero tampoco podia decir por qué. : —ZEs una intuicién? -me pregunté Matute el avis- pado. ~Si, eso mismo -le respondi, feliz de que lo tuviera claro. -Entonces hay que anotarlo, dale. Volvimos al cuaderno. Bo necedebdominge —— Homlste empujande silla de tueda — entraval edipicie. sitar a algun vecino. -Seguramente -siguio Carola-, porque en este edificio, aparte de Zulema, no hay nadie que use silla de ruedas. Zulema y Carola bajaron en el ascensor y yo m quedé ahi, en la puerta del departamento, sin mover me, confundida por lo que acababa de escuchar —nt sabia por qué estaba confundida, pero lo estaba, alg: me daba vueltas-, cuando de repente oigo una toseci: ta amis espaldas. Matias, obvio. -jSe puede saber qué es eso del domingo, de t silla de ruedas, de Zulema que no era Zulema, del hij que no era el hijo...? ne tian Lulema wy ~iY entonces quiénes eran? — 2 — a -Y yo qué sé. Zulema dijo que podian ser visitas... 16 | Una vez vi una pelicula Aunque a esa hora me parece raro. Eran mas de las doce de la noche. —Qué casualidad -dijo Matias, otra vez pensativo, la mirada perdida-, por un lado falta alguien y por otro, sobra. ~A ver, a ver... ;qué querés decir? —Eso, que por un lado falta una persona: la vecina del 5° “A”, la de las chinelas; y por otro, sobra una: la que iba en silla de ruedas el domingo, que no sabe- mos si era un hombre o una mujer. Ahora la que se habia quedado perdida mirando al aire era yo. {Qué habia dicho Matias...? 0, mejor, qué me vino a la cabeza cuando Matias dijo lo que dijo? Porque algo me habia venido, no sé qué, pero algo: ul pedacito de idea, un milimetro de imagen borroneada, algo, algo que no lograba identificar, pero que intuia) importante. Me concentré en el borrén que tenia en la cabeza y que me impedia sacar a la luz eso que el comentario de Ma- tias habia, de alguna manera, convocado. Y fue asi que una imagen -fugaz, pero nitida- salté ante mis ojos: una viejita en un tren. Cara dulce, sombrerito, viejita antigua. ;Viejita antigua? Si, antigua, sin duda. Blanco y negro. {Blanco y negro? ; Qué, una foto...? No, no... pelicula! Recordé, si. j la... Y habia una chica que la buscaba y... una mujer vendada, toda venda- da, que también iba en el tren y... ynada mas. {Qué significaba todo eso? De repente, la voz de Matias me devolvié a la realidad. -Mird, Anita, otra vez los pies con ojotas -dijo, mientras me _Pasaba el largavista. =m ae La mujer se habia vuelto a sentar delante de la caja para revisar los cuadernillos. Ponia uno en una pila: otro, en otra, lo mismo de antes. {Qué estard buscando...? _Una formula secreta —susurré Matias, como si la de las ojotas pudiera escucharlo-. Mird si la cientifica © descubrié un arma quimica super poderosa, capaz de destruir a media humanidad en quince minutos. ile imaginas si cayera en manos enemigas? —Cualquier cosa, Matungo, deli ras. Le devolvi ellargavista y me puse a repasar las no- tas del cuaderno. Lo cerré, malhumorada, con la total’ conviccidn de que no ibamos ni para atrds ni para ade. lante. Como no se me ocurria nada, me puse a pensal en lo que acababa de decir Matias, y de golpe se me! ocurrié que, a veces, hasta de un detirio podia surgir! algo sensato. En eso estaba, cuando otra vez Matute. -jMira, Anita! Ahora hay dos manos... y estan jun- tando todo! ~ Dos manos, si: a la del anillo, que era la izquierd se le sumaba la derecha, y entre ambas levantaba las carpetas del suelo y, aunque la parte superior dt la caja no quedaba a la vista, se notaba que la mujei estaba guardando otra vez los cuadernillos. Cuand: — 9% — el pi 0 quedé despejado, la caja fue deslizada hacia atras y desaparecié. La silla siguid en su lugar. Le de- volvi el largavista a Matias y me fui ala cocinaa buscar algo para comer. Queria pensar lejos de la ventana: me daba la sensacién de que cuanto mas veia Brnciae dicho, cuanto mas tiempo empleaba en mirar-, mas disparatado se me volvia todo. Preparé dos chocolatadas, puse galletitas en un plato y llevé todo a la mesa. Matias no dejaba de mirar ala gata y de lamentarse por su suerte. -Se lo pasa lavandose la cara con la patita, pobre... Qué aburrimiento, todo el dia en el balcon... El plato del balanceado esta lleno... ;comera? Agua tiene... Mientras comiamos nosotros, le conté sobre esa imagen de la pelicula que habia recordado un rato an- tes: la viejita en el tren, la chica, la mujer vendada. -Alguna relacién con este caso debe tener, pero no se me ocurre ninguna, {No sera que a la cientifica la tienen toda vendada en la cama, como una momia, mientras la de las ojotas busca la formula del arma mortal? a9 -jMe estas cargando, Matute? Si hay alguna rela- cién -y no tengo la menor idea de si la hay 0 no- segu- ro que se trata de algo un poco mas elaborado. Lo que dijiste no tiene sentido. Tampoco tiene sentido que la gata no quiera en- trar al departamento, no te olvides. Si, tenia razon, esa era la gran incégnita, pero como hasta el momento no podiamos resolverla, me a de la pelicula y volvi a repasar concentré en la vi en voz alta lo poco que recordaba. ~La vi hace mucho, por eso tengo imagenes suel- tas y me cuesta ordenarlas. ~jLa viste en la tele o en el cine? -En la tele, si. -¢Con tu abuela? ~jCon Ana Laura! Grande, Matute, me habia olvi dado. -Entonces llamala y preguntale. Matias el practico es sensacional. — 98 — 17| Ladama desaparece Ana Laura se acordé enseguida. -Se llama La dama desaparece, Anita. Es una peli- cula de misterio. Y nos contd el argumento mientras regabamos las plantas de la abuela: —Una sefiora mayor viaja en tren con una chica; no se conocian de antes, pero como la chica se golped la cabeza cuando estaba por subir al tren y la sefiora la ayud, entran en confianza y se quedan juntas. La sefiora era viejita y llevaba un sombrero, no? -esa imagen era lo que mas recordaba. -Si, y me parece que el sombrero tenia una plu- mita. Bueno, sigo: viajaban en un compartimento con tres o cuatro pasajeros mas; en un momento la chica se duerme, y cuando se despierta, la sefiora del som- brero ya no esta. Les pregunta por ella a los otros pa- sajeros, que la miran como si estuviera loca y le dicen ~ 9 = que ahi no viajaba ninguna mujer como la que ella describe. La chica la busca por todo el tren, pero no la encuentra. Al fin, ta ayuda un muchacho, que ter- mina creyéndole porque empiezan a aparecer algu- nas pistas. -{Y qué pasé con la mujer vendada? se adelants Matias. —Resulta que en una estacion sube un médico con, su paciente en una camilla: una mujer con la cabe za totalmente vendada. Mientras tanto, la sefiora no aparece. Finalmente la chica y el muchacho descubren que la que esta en la ca. milla es ella, la viejita. -No puede ser, esta- ba en el tren desde antes di que subiera la de las vendas. —volvié a interrumpir Matias. -Ahi esta lo interesante! ~siguid Ana Laura-. A la viejiti la tenian.secuestrada en el tren cuando sube la mujer en k camilla, que era compl de los secuestradores, ha’ cen el cambio. ,Quién 51 = 100 — a a dar cuenta, si tenia toda la cabeza vendada? En realidad, la viejita era una espia de guerra y querian \levarla con el enemigo para sacarle informacién. Matias siguié preguntando, pero yo ya no escucha- ba nada: ni sus preguntas ni el resto del argumento, sobre el que Ana Laura se explayé con gusto. Nada. Me habia quedado con la imagen de la vendada y de la viejita con su sombrero como un casquito, sentada eneltren. A la noche llamé mi abuela. No sé si sera adi bruja esto Ultimo por contagio de las Pastorino, ob- vio-, pero me pregunto si no andaba metida en asuntos de vecinos. Le dije que no y, como no podia ser de otro modo, me horroricé por tal suposicién. ;Qué se creia, que yo era una chusma metida en lo que no me impor- taba? No tenia ningun derecho a desconfiar de mi Antes de ir a la cama, espié por las rendijas de la persiana del living, que Ana Laura habia bajado como todas las noches: la luz del 5° “A” estaba encendida. Me moria de ganas de sacar el largavista, pero me aguante. Matias habia decidido dejarlo para ahorrarse el trabajo de tener que traerlo al dia siguiente. Exce- lente idea. Y la mia, también: esconderlo en mi mochi- la, fuera del alcance de Ana Laura. ao — 101 — = ee 18 | Piezas sueltas Alas siete y media, como todos los dias, Ana Laura partié rumbo a su trabajo. A las ocho, me levanté. Me- jor dicho: algo habia sofado —que después no pude recordar- que me hizo dejar la cama de un salto. Mu- chas veces me pasa, cuando estoy metida en algun caso complicado, que me acuesto pensando en eso, y a la majiana, al levantarme, el suefio entero se des- pliega ante mis ojos como si fuera una pelicula y, ma- ravilla de maravillas, me muestra qué camino debo seguir en mis investigaciones. Pero no esta vez. Ahora era diferente: no recorda- ba el suefio, sin embargo tenia la seguridad de haber visltumbrado una pista mientras dormia. Y si bien no me llegaba ninguna imagen, empezaron a rondarme algunos puntos oscuros de la investigacién, cosas sueltas que debia resolver de inmediato. Tuve la in- tuicion, al despertarme, de que el tiempo se acababa. = 103 — {Por qué?: ni idea. gEl tiempo de-quién?: lo ignoraba. Resumiendo: no sabia absolutamente nada; mien- tras tanto, la gata seguia en el balcon. ‘A las ocho y media, de guardia en la ventana, con la bandeja del desayuno sobre la mesa y el largavis- ta a mano, llamé a Matias. No me atendié. Obvio que dormia. Insisti, aun a riesgo de despertar a Federico, con quien comparte la habitacién: nada. Llamé una tercera vez y, si, Matute atendid. De fondo se oia la voz de Federico culpando a su hermano por haberle inte- rrumpido el suefio. Veni urgente -le dije-. Tenemos que hablar. Murmuré una especie de “mmmbueeeno...” y cor- té. La urgencia era real; no exageré. Y el motivo era el que habia mencionado: teniamos que hablar. Eso, hablar. Para sacar a la luz todo lo que se escondia en mi cabeza, lo necesitaba a Matias. Nada nuevo; lo de siempre. Yo digo algo, Matias dice otra cosa, y asi va- mos ordenando las piezas del caso. Cuando Matute llegd, ya tenia preparado el cua- derno de notas sobre la mesa. El largavista seguia en el mismo lugar; la gata, también. —jAlguna novedad en el 5° “A"? -pregunté, mien- tras espiaba por la ventana a simple ojo, noms. = 10% — score Nada de nada. Los pies no aparecieron ni una sola vez desde que me levanté. -gPor donde empezamos? ~ las notas viejas. Yo me habia quedado mirando a la gata y contesté lo primero que se me ocurrid, asi nomas, sin pensar: —Por el pescado. —jQué? -se sorprendié Matias. -Por el pescado -repeti-. La cientifica compraba pescado fresco, mejor dicho, la mandaba a comprar ala secretaria. Los gatos comen pescado, asi que se- guramente el pescado que compraba la secretaria lo comian las dos: la duefia y la gata. -iY qué importa si el pescado lo comia la mujer sola o también la gata? -Eso es lo de menos; lo que si importa es que esta semana la secretaria cambié el pescado fresco por las comidas que venden hechas en la pescaderia, se- guin me conté Carola, a quien le creo absolutamente. Manoteé el cuaderno y escribi jo, ahora releyendo E> Comidat propatadas: EGE pasé unite la emamar pasadarweae Matias me miraba con el cefio fruncido. —La mujer se cansé de cocinar -dijo, al fin. -Los habitos no se cambian asi nomas. Una per- sona mayor que esta acostumbrada a comer pescado que se prepara ella misma, seguramente para cuidar su salud, no pasa de un dia para otro a comer mila- nesas de merluza fritas o rabas 0 lo que se te ocurra. Salvo que la comida sea para otra persona ~ Matias, mientras enfocaba a la gata con el largavista y en mi cabeza sonaba un clic. —jLa pelicula, Matungo, la pelicula! -grité tan fuer te que lo asusté, al pobre. Dejo el largavista en la mesa y se quedé mirdndo- me con cara de espanto. La pelicula que ayer nos conté Ana Laura, la que vi una vez en la tele con ella... = 106 — —La dama desaparece. imple, porque en este edificio pasé lo mismo que en -Si, esa, la que me empezé a dar vueltas en la ca~ el tren de la pelicula. Pero mejor lo anoto. te que faltaba una persona y so- beza cuando vos di braba otra, gte acordds? -Faltaba la cientifica y sobraba la de la silla de ia Pee - Bo itechedebdomingo: ruedas, que no era Zulema... No entiendo, Anita. ee ~{Qué pasa con la viejita de la pelicula? entra alanien vn sila de tweday al ~Desaparece. | edifpicis. Testigey: Ama Lavtia, Daniela -