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El jurado del Premio Príncipe de Asturias de Investigación ha galardonado en esta ocasión al

británico Gregory Winter y al estadounidense Richard Lerner por sus trabajos con
anticuerpos monoclonales, unos compuestos que se utiliza hoy en día ampliamente en el
tratamiento de enfermedades como el cáncer o la artritis. Pero el camino hasta aquí ha sido
largo.
Un anticuerpo es una sustancia capaz de dirigirse y atacar a un antígeno concreto; bien
un virus, o una proteína típica de una célula tumoral. Los primeros que se diseñaron en el
laboratorio eran de origen murino; es decir, se 'enseñaba' genéticamente al roedor a producir
anticuerpos contra una proteína de un tumor humano que se le había inyectado previamente.
Sin embargo, no fue hasta 1988, cuando Winter logró 'humanizarlos' (eliminando los genes
de ratón que contenían las 'instrucciones' y reemplazándolos por ADN humano), cuando estos
fármacos mostraron todo su potencial.

A Lerner, por su parte, el Premio le reconoce la creación de "bibliotecas de


anticuerpos que han permitido la construcción de repertorios inmunológicos muy superiores a
los que produce el sistema inmunitario humano". Como consecuencia de estas
investigaciones, concluye el jurado, "ya es posible tratar enfermedades degenerativas y
tumorales con anticuerpos diseñados específicamente, abriendo nuevas vías para la medicina
personalizada, para la medicina preventiva y otras aplicaciones como la catálisis química".

Primeros fracasos
Aprendiendo del funcionamiento del sistema defensivo del organismo, en el que cada
anticuerpo de nuestras defensas ataca exactamente al antígeno contra el que está
programado (un virus, una bacteria...); algunos investigadores comenzaron a plantearse la
posibilidad de emplear esta misma estrategia contra el cáncer y otras enfermedades. Sin
embargo, como las células tumorales tienen origen en nuestro propio organismo, el sistema
inmunológico no está preparado para atacarlo de manera natural.

Para contrarrestar este fenómeno, los primeros anticuerpos se diseñaron con la ayuda de
ratones. Es decir, programando los anticuerpos de los animales para que reconociesen ciertas
proteínas típicas del cáncer y, posteriormente, inyectando estos anticuerpos de roedor en el
ser humano.
Sin embargo, hubo que salvar aún varios escollos más hasta poder utilizar los anticuerpos de
manera generalizada como fármacos.

En primer lugar, los antígenos de las células tumorales están también presentes en muchas
de nuestras células sanas del organismo, por lo que hubo que transformar los anticuerpos
policlonales en monoclonales, es decir, dirigidos únicamente contra una proteína 'mala' e
inocuos para el resto.

Una vez resuelto este obstáculo, llegó el siguiente reto. ¿Cómo producirlos de manera
industrial? Hubo que esperar hasta 1975 para que Georges Köhler, César Milstein y Niels Kaj
Jerne (que compartieron el premio Nobel por este motivo) fuesen capaces de desarrollar una
célula, denominada hibridoma, que no sólo era capaz de dividirse sin cesar, sino que además
era capaz de producir anticuerpos monoclonales en grandes cantidades.

Todo ello permitió que en 1986 viese la luz el primer medicamento basado en esta tecnología,
muromonab, diseñado para evitar el rechazo después de un trasplante. Sin embargo, aunque
las primeras dosis eran eficaces, debido a su origen murino, pronto se vio que dejaba de
funcionar debido a que era destruido en la sangre del propio paciente que fabricaba
anticuerpos contra él.
A partir de las aportaciones de Winter y Lerner, el camino de los anticuerpos monoclonales
humanizados se abrió de una manera imparable para la fabricación de fármacos, de manera
que en la actualidad hay ya más de una docena autorizados tanto en EEUU como en Europa.