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Análisis narrativo.

“Últimos atardeceres en la tierra”

Cuando nos adentramos en esta “pequeña obra maestra” de Roberto Bolaño, no


podemos, sino dejarnos llevar por la inconclusa realidad de una narración pausada pero
continua, en la que su aparente quietud no deja por ello de mantener al lector en una
especie de obcecada intranquilidad que, de un modo u otro, nos pronostica un inminente
cambio en la suerte de los protagonistas y de su aciaga existencia.
“Últimos atardeceres en la tierra” es una descripción breve y detallada de la inestable e
impredecible ingratitud del destino que cambia de dirección sin aviso, sin preguntas, sin
más dilataciones de las que podemos apreciar cuando ya se producido el cambio.
Algunas veces ese cambio es para bien. La mayoría: el cambio es tragedia.
La historia es “aparentemente sencilla”, B y su padre viajan desde México DF hasta
Acapulco para pasar unas cortas vacaciones. Una vez instalados en la ciudad costera
ambos matan el tiempo en actividades insípidas. B lee a los poetas surrealistas en la
playa, mientras su padre mata el tiempo en quehaceres difusos. Entonces, una de esas
noches los dos marchan, acompañados por un ex clavadista al que han conocido allí, a
un local de “alterne” donde el padre de B se enfrasca en una partida de cartas que, al
final de la fiesta, termina con B y el padre de B preparados para un fatal desenlace
causado por el suculento premio de la mal venida partida.
El relato, en cuanto a su modalización nos presenta (en un primer momento)
una omniscencia neutral que se sostiene en la presencia de un narrador que conoce
todas las desavenencias de los protagonistas, sus pensamientos, sus debilidades, así
como su pasado y su futuro. Y aunque podríamos llegar a pensar que nos encontramos
ante una omniscencia autorial que se apoyaría en la primera frase del texto: “LA
SITUACIÓN ES ESTA”. En la que hay una apelación explícita al lector, nos faltaría,
aún, una condición indispensable para corroborar la existencia de ese autor implícito,
pues en este caso la voz narrativa no desarrolla su propia visión de los hechos ni se
permite la oportunidad de guiar al lector hacia un determinado tipo de interpretación,
sino que se limita, única y exclusivamente, a mostrarnos el desarrollo de la historia.
Condición esta, que sí se da más adelante en un punto concreto, cuando el narrador
añade algunos detalles que faltan en los pensamientos del protagonista: “B no sabe que
falta en su imagen un ruido o rumor determinante”.

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Después de una leve presentación de los personajes y la situación “escénica,” Bolaño
continua con el hilo narrativo, pero esta vez desde el punto de vista de lo que Henry
James denominó reflector, es decir, que el narrador ahora se sitúa a través de los ojos
del personaje conocido como B: “Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su
padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y
parte de su hombro…”. A partir de aquí, se produce un cambio, y la omniscencia
autorial se transforma en selectiva.
Esta omniscencia selectiva se va dejando ver desde este punto en todo el relato, así
tenemos varios ejemplos entresacados de distintas partes de la acción narrativa:
“Cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está”. “B creer ver
peces rojos bajo su tabla…” “Desde su mesa B puede observar una parte de la
recepción…”. El narrador combina las visiones del “receptor” con los pensamientos de
éste, lo cual, abre una nueva modalización que, junto a las dos anteriores, conforman,
por así decirlo, el núcleo narrativo de la historia. En los fragmentos en los que el autor
descubre los pensamientos del protagonista podemos apreciar algunos apuntes de este
estilo indirecto libre: “B piensa que no se lo va a poder quitar de encima nunca…” y
más adelante: “Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa.” También
encontramos esta peculiaridad de la narración en una frase que se repite varias veces a
modo de indicio: “Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden
contar, piensa B, abatido”. Y, al igual que éstas, van apareciendo continuamente
fragmentos que siguen la misma dinámica de lo que Bajtín denominó Dialogismo. De
este mismo modo, cuando B y su padre se encuentran en el “San Diego” bailando con
las muchachas, la voz del narrador se confunde con los pensamientos de B: “Su padre,
mientras tanto, baila con la muchacha que parecía india y B los observa de tanto en
tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias”.
Para tratar el tema de la temporalización comenzaremos por comparar el tiempo de la
historia con el tiempo de la narración y sus desigualdades y equivalencias. La historia
comienza, como hemos detallado más arriba, con un narrador omnisciente que en su
descripción de los hechos da un ritmo bastante elevado a la historia, pues en unas pocas
líneas de la narración describe el trayecto que recorren los protagonistas desde México
D. F hasta Acapulco: “B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco...” “A las seis
y media de la mañana suben al coche…”. “Antes de llegar a Acapulco el padre detiene
el coche en un tenderete de la carretera.” “Al atardecer llegan a Acapulco” descripción
esta que, aún estando acompañada de los distintos detalles que los personajes sienten o

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ven a lo largo del trayecto, también juega con el espacio de la historia, el cual, como
veremos más adelante, no deja de tener una especial importancia en el devenir de los
hechos.
No es difícil apreciar las discordancias entre el tiempo de la historia y la velocidad de la
narración que está en estrecha relación con la voz del narrador omnisciente. Pero el
ritmo narrativo sufre un fuerte cambio de velocidad cuando la historia se nos describe
desde los “ojos” del reflector y la temporalización, utilizando la terminología de Darío
Villanueva, se convierte en intima. De este modo el texto avanza en un continuo cambio
de velocidad ligado estrechamente a los tipos de modalización que en él se suceden.
Otra de las características del relato son las distintas anacronías que se intercalan a lo
largo de esta sórdida historia. Como sabemos: “…el año en que B y su padre
abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975.” A partir de aquí, se
narra el viaje a Acapulco, su llegada, y las primeras horas del día siguiente en las que B
se encuentra en la playa, y vuelve a leer los poemas de Guy Rosey y su biografía. En
este punto aparece la analepsis, y la historia nos sitúa ahora en la Francia de la Segunda
guerra mundial: “Un día un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan
obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados
por los alemanes.” Después de este salto hacia el pasado se produce una elipsis que
implica, como en varias ocasiones más, la participación del lector implícito. Pues hemos
pasado directamente desde la tarde en la playa hasta lo noche después de cenar.
En las siguientes líneas se produce una leve conversación entre B y su padre en la que
hay una pequeña anacronía hacia el pasado en forma de pensamiento por parte de B:
“La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre
le compro un caballo”. La narración sigue, y B sale a la terraza donde de nuevo
comienza a leer o los surrealistas. En esta ocasión la analepsis se produce en forma de
diálogo interior mientras B evoca las infortunas del poeta francés: “Seguramente se
suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o
para México y decidió acabar sus días allí”. En este mismo párrafo no solo se retrocede
en el tiempo sino que, por unos instantes, hay un cambio de “escenario”: “Imagina o
trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia.”. Todo esta parte de la
narración en la que B permanece en la terraza y se encuentra con la mujer
norteamericana está construida desde la omnisciencia selectiva y, como ya hemos
apuntando antes, el ritmo narrativo e incluso el ritmo de la acción se ralentizan. Esta
técnica le sirve al autor para ir retrasando el desenlace final y conseguir así una especie

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de tensión en el lector, que comienza a dudar sobre las futuras acciones de los
protagonistas.
Una vez concluido el “episodio” de la terraza, vuelve el narrador a relatarnos la historia
desde fuera y el tiempo comienza a fluir más deprisa: “Al segundo día de estancia en
Acapulco B y su padre van a ver a los clavadistas”. Ahora, los acontecimientos fluyen
en un ritmo narrativo que choca con el tiempo real y en pocas líneas B y su padre
asisten al espectáculo, conocen al exclavadista y se marchan con él, para seguidamente
volver al punto de vista del reflector y dar, de nuevo, una cierta pasividad a la historia:
“Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el
exclavadista hasta llegar a donde han dejado apartado el Mustang…”. Y así, transcurre
la tarde mientras padre e hijo comen en el local del hermano del exclavadista. Cuando
vuelven al hotel B se pone el traje de baño y se marcha a la playa donde una vez más,
volvemos, con su lectura, a la Francia ocupada por las nazis: “Un poeta menor
desaparece mientras espera un visado para el nuevo mundo.”
Después de esto, vuelve al hotel y decide no acompañar a su padre a tomar unos
“tragos” y quedarse en la habitación viendo la tele y, al quedarse dormido, se produce
otra alteración en el tiempo y en el espacio de la narración: “Sueña que vive (o que está
de visita) en la ciudad de los titanes”. Desde este punto hasta la frase: “Y luego se
acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracias…”. La acción se
somete a un ritmo monótono que, desde el punto de visto del reflector, produce en los
lectores una cierta sensación de impaciencia, pues se intuye la proximidad de la tragedia
pero sin saber a ciencia cierta cual será el detonante. Y, es esta característica una de las
virtudes del escritor que sabe (a través de los distintos componentes espacio temporales)
provocar una trama sencilla pero, en algunos aspectos, desconcertante para el lector.
Una vez concluidas estas cuarenta y ocho horas de paréntesis comienza el desenlace
final en el que se van alternando momentos de ritmo rápido asociados a la voz del
narrador neutral, con momentos más pausados que vuelven a crear una equivalencia
entre el tiempo real y el “literario” y todo ello, con diversas analepsis que posponen,
aún más, la llegada de un final inminente y nos trasladan al año anterior: “B recuerda
cuando volvió a Chile, en 1974…” e incluso a la niñez del protagonista: “Y recuerda (o
trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumo en su
presencia a los catorce años…”
Por último el narrador nos muestra como se acaba la noche y con ella el transcurrir de la
historia: “Hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que

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adelantan el amanecer.” Pero incluso en estos últimos momentos donde parece no
quedar tiempo para nada más, y tan solo esperamos el desenlace final, Bolaño vuelve a
trasladarnos al pasado en una analepsis que adorna de una forma muy acertada los
momentos próximos a la pelea: “B piensa en Guy Rosey que desaparece del planeta sin
dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color
sangre…”