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Fe, tolerancia y perdón

Un día hermoso y soleado del mes de marzo, en medio de una


enorme pradera llena de verde y flores de mil colores, se
encontraron, de pura casualidad, la fe, la tolerancia y el perdón.
Hacía mucho tiempo no se veían, de modo que cuando se
encontraron, todos saltaron de alegría, pues habían sido amigos
desde siempre. Se abrazaron, se rieron y se felicitaron entre sí por
el vestido precioso que cada uno llevaba:

*La fe iba con un bello vestido color verde esperanza, unos lindos
bordados y unos zapatos de tacón que le hacían juego y que le
daban la sensación de volar.
*La tolerancia iba ataviada con un precioso vestido azul muy
claro, y unos velos del mismo color pero un tono más oscuro, que
le daban un aire de señorío e benevolencia.
*El perdón, en cambio, iba vestido todo de blanco de pies a
cabeza. Impecable, efímero. Sin embargo, lo que más resaltaba en
él, no era su ropa ni sus zapatos, ni la gracia de su figura, sino su
preciosa mirada llena de misericordia y amor.

Después de unos minutos de abrazos y risas, comenzaron a contar


cada uno sus historias, desde el tiempo que se vieron la última
vez. En esas estaban, cuando de repente, desde atrás de un
frondoso árbol, salió lentamente una figura extraña de mujer,
gruesa, grande, que con voz ronca y profunda les dijo:
-¡¡ Ajá, de nuevo ustedes por acá, interrumpiendo mi sueño y
llenando de ruido y risas este lugar!!
Apenas le vieron, todos, la fe, la tolerancia y el perdón, se dieron
cuenta quién era el siniestro personaje: la envidia. Iba vestida de
negro profundo, desde su sombrero alón azabache, su capa negra
como la noche, hasta sus botas oscuras y llenas de lodo, que la
hacían ver aún mas alta de lo que era.

-¿Se van ya por las buenas, o quieren que los eche a todos por
las malas?- dijo la envidia con voz estruendosa que daba miedo.

-¿Porqué quieres que nos vayamos?- Preguntó inocente la


tolerancia . Y agregó: -sé que eres muy diferente a nosotros, pero
aún así creo que podemos compartir este hermoso lugar, que no
es tuyo, ni de nadie, sino de Dios.

-¿Dios?- dijo la envidia. -Dios no existe. Y soltó de nuevo una


ruidosa carcajada.

-Pero claro que existe-. Respondió la fe.- ¿Que no ves la


hermosura de esta pradera, que no ves el sol maravilloso y el aire
limpio, que no nos ves a nosotros, cómo el Señor nos ha llenado
de vida y de color?

Y añadió con voz suave el perdón: -Sólo mírate a ti misma, no


existirías si Dios no lo hubiese permitido. Él en su infinita
misericordia te permite vivir a pesar de tu maldad.

-Jajaja, Dios no existe, y lo repito una y mil veces. Si existiera,


¿porqué hay tanta gente mala en el mundo? ¿Porqué se matan
unos a otros con tanta facilidad? Dijo la envidia con su risa
macabra.

-Y fue la fe la que le respondió: -Bueno doña envidia, te voy a


retar a una prueba, en la que yo te voy a demostrar que Dios
existe. Es más, te reto a que con esta prueba tu misma lo vas a
sentir en tu corazón.

-Jajaja, acepto la prueba. Dijo la envidia. -Pero con una


condición: si la prueba que ustedes me van a hacer falla, me
prometen, no, me juran, que jamás se van a aparecer por el
mundo, es decir, van a desaparecer de la faz de la tierra para
siempre, nunca más habrá fe, ni tolerancia, ni perdón para nadie.
Están de acuerdo?

Todos tres se miraron aterrados porque la contrapropuesta de la


envidia era temeraria. ¿Cómo imaginar un mundo sin perdón, sin
fe y sin tolerancia? La vida en la tierra sería aún más difícil de lo
que ya es. En verdad sería imposible.
Entonces se retiraron unos pasos para dialogar, y evitar así que la
envidia los escuchara.

El perdón fue el primero en hablar: -mejor dejemos las cosas así


y vayámonos de aquí. Perdonemos a esta bruja por no creer y por
sus palabras necias, y vámonos para otra parte.

En seguida intervino la tolerancia. -Pues yo creo que tal vez es lo


mejor, irnos de aquí y no arriesgarnos a perder. Recuerden que si
perdemos, no sólo perdemos nosotros, pierde la humanidad
entera.

En ese momento habló la fe: -muy bien amigos. Entiendo su


preocupación, pero creo que están olvidando lo más importante:
nosotros vamos de la mano de Dios, Él no nos va a dejar en
vergüenza. De hecho, la prueba es sólo un pretexto, pues el fondo
del asunto consiste en que la envidia, por un momento dude de su
propia naturaleza y vislumbre la posibilidad de cambiar. Ya
verán, confíen en mí, pero más que todo confíen en Dios.

Se acercaron entonces a donde se encontraba la envidia y sin más


ni más la fe le dijo: -muy bien, doña envidia, aceptamos tu
condición, si no ganamos nosotros la prueba, nos vamos de aquí.

-De acuerdo-, respondió la envidia, hagámoslo ya que no tengo


tiempo que perder. ¿En que consiste la prueba?

La fe entonces le explicó: -Lo primero que tu debes hacer es


responder un par de preguntas y luego nos tomaremos todos de
las manos y elevaremos una oración, eso es todo. ¿Estás de
acuerdo?

-Pues no me gusta lo de la oración, pero vamos a hacerlo.


Pregunten.

La fe entonces con mucha calma y midiendo cada una de sus


palabras le dijo: como tú eres la envidia, respóndeme ¿a quién
quieres hacerle daño con tu manera de actuar?

-¡¡Pues es obvio!! Quiero hacer daño a todos los seres humanos,


quiero que todo el mundo sienta envidia, que no puedan vivir en
paz, que los corroa por dentro cuando vean a alguien progresar,
que nunca estén felices con nada, literalmente que se mueran de
envidia.

Entonces la fe reafirmó: -es decir, que a ti te gustaría que toda la


raza humana cayera en la envidia y muriera por tu causa. ¿No es
así?
-Pues por supuesto. Dijo la envidia. ¡Eso sería fantástico para
mí, que todos los hombres, mujeres y niños murieran de envidia!

-Ok-Dijo la fe. Entonces tomémonos de las manos y vamos a orar.

Mientras eso hacían, la envidia pensó dentro de sí que sin duda


ya había ganado la prueba, pues había respondido ese par de
tontas preguntas. Ahora sí que todo sería mejor para ella, pues no
habría nunca más ni fe, ni tolerancia ni perdón para nadie.

Una vez tomados de las manos, la fe empezó a orar de esta


manera:
-Padre Santo, tú eres nuestro único Señor y Salvador. Tú todo lo
puedes porque tú todo lo creaste. Por eso hoy te pedimos con toda
fe, que perdones a la envidia, que no tomes en cuenta su pecado,
y que seas tolerante con su ignorancia. Y digo que es ignorante
porque si la envidia lograra que todos se mueran de envidia, pues
el mundo quedaría vacío, sin personas, y entonces ya la envidia
no tendría a quién atacar y por lo mismo, ella también dejaría de
existir.

En ese momento, la envidia reflexionó y se dio cuenta que quizá


la fe tenía razón: en un mundo sin personas, ¿a quién podría
atormentar la envidia? Entonces se sintió mal, y por primera vez
desde los confines de su existencia dudó de sí misma. Por primera
vez desde la historia de la humanidad, sintió algo raro en su
corazón, algo que le atormentaba de manera extraña y que le
producía una sensación que no se atrevía a definir.
Por un momento quería soltar una lágrima y caer de rodillas pero
se contuvo. Lo único que se le ocurrió en ese instante fue soltar
las manos de la fe, de la tolerancia y del perdón, y salir de allí
corriendo a toda velocidad, para perderse en lo profundo de los
tiempos y la oscuridad.

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