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Instituto Superior de Música Esperanza Azteca

Materia Historia de la Música

Maestro Herminio Sánchez de la Barquera y Arroyo

Música de salón y popular en la época porfiriana

Víctor Daniel Amaro Godínez


El Porfiriato es considerado uno de los periodos más productivos para la música y el arte
mexicano, pues a pesar de la desigualdad social preponderante, había una estabilidad
política y económica y la influencia francesa en la cultura estaba muy presente y esto
permitió el desarrollo de las artes durante un largo periodo que abarca desde1876 a 1911.
El piano era el instrumento preferido en los hogares porfirianos, un objeto imprescindible
para la música de salón, nombre con el que se conocía a la música más consumida en las
casas de la alta sociedad de finales del siglo XIX. Las habaneras de Felipe Villanueva y las
mazurcas (bailes de salón de la corte real y la nobleza polaca) de Chopin eran algunas de
las piezas más populares interpretadas por las pianistas de casa.

Felipe de Jesús Villanueva Gutiérrez fue un violinista pianista y compositor que nació el 5
de febrero de 1862. Felipe Villanueva Gutiérrez como uno de los destacados precursores
del nacionalismo musical mexicano del siglo XIX, época en la que el vals mexicano se
distinguió por sus tiempos pausados, con carácter íntimo, añoranzas en su rítmica y de
notable calidad musical, como el vals Dios nunca muere de Macedonio Alcalá, Sobre las
olas de Juventino Rosas y Vals poético, primer vals de un grupo de tres valses
lentos Causerie, Amorlas mazurcas: Evelia, En el baile, Sueño dorado y las
danzas Ana y Luz de Felipe Villanueva Gutiérrez.

Fueron muchos los géneros de baile que estaban de moda, casi todos importados de los
salones europeos particularmente parisinos y vieneses, además del vals y la mazurca, se
apreciaban el chotís, la polka, la polonesa, la escocesa, la varsoviana, el galop, la
contradanza y la camelina (de los pocos estilos de factura local).

Se puede decir que casi todas las actividades de entretenimiento de la época tenían que ver
con la música. Por un lado los bailes y la música de salón y por el otro la ópera, la opereta,
la zarzuela, el cancan y el ballet, eran los espectáculos más populares durante el Porfiriato.

Los compositores más reconocidos de la época dedicaban la mayor parte de su inspiración a


los valses. “Sobre la olas” de Juventino Rosas, quien sólo escribió música de baile, es el
vals más conocido del país. El mismo Juventino, compuso en 1893 el vals “Carmen”, que
obsequió a Doña Carmen Romero Rubio de Díaz, esposa del presidente. En esos años se
caracterizaban por el impulso que se le dio a la música formal del romanticismo y la música
de salón, pues los compositores mexicanos absorbían las tendencias de Europa en cuanto a
música y se nota en las obras de Ricardo Castro.

En Mayo de 1911 Porfirio Díaz fue despedido por el vals Dios nunca muera cuando iba
camino a su exilio

Valses los valses más populares fueron

Sobre las olas - Juventino Rosas

Viva mi desgracia - Francisco Cárdenas

Manuelita – Melesio Morales

Vals caprichoso y Aires Nacionales Mexicanos – Ricardo Castro

Durante el Porfiriato empezaron a prosperar las orquestas típicas y bandas formadas por
músicos profesionales vestidos con traje de charro que promovían la cultura mexicana en
el extranjero

En 'porfiriato' se tocaban valses, polcas chotices, redobas... Redoba, chotiz y polca son tres
bailes de origen checo, y en México son considerados como bailes nacionales", señaló el
músico, agregando, no obstante, que las polcas mexicanas son muy distintas de las polcas
checas. Aunque el ritmo es el mismo, el sentido de la polca mexicana es mucho más pícaro,
mucho más temperamental. Por ejemplo, la polca del Estado Durango parece un zapateado,
un flamenco hecho polca. Las parejas a la hora de bailar se jalonean, parece una especie de
lucha. Las polcas de Nuevo León son también muy zapateadas, pero muy erguidas, muy
señoriales, muy diferentes de las relativamente tranquilas polcas checas. Cuando la gente se
da cuenta de que la letra original de la polca 'Barrilito' no hablaba de cerveza, sino penas de
amor y que fue escrita por un compositor checo, se sorprenden mucho, porque piensas que
fue una pieza creada por el pueblo mexicana. Se adaptó totalmente.

Con todo ese gran movimiento anti reeleccionista, la nación entera buscaba cualquier forma
de hacerse más placentera la convivencia. Sonaba fuerte ya, en todos los ámbitos, el vals
romántico por excelencia del compositor guanajuatense Juventino Rosas, el inmortal
“Sobre las olas”, así como “En alta mar”, otro vals laureado en Europa,

Para hacer más llevadera la presencia de la Revolución, en muchos lugares de la provincia


mexicana no faltaban las verbenas y las fiestas rumbosas, donde la algarabía era secundada
por las bandas pueblerinas, y los conjuntos de alientos y cuerdas, sin dejar a un lado el
tradicional salterio.

Y, con ella, el apogeo del corrido revolucionario y la canción romántica del campo de
batalla. Canciones que lo mismo loaron al caudillo, al héroe anónimo, a los fieles caballos y
principalmente a las mujeres de la revolución: las soldaderas, hembras que hicieron del
rebozo, paño de lágrimas, palio, bandera y sobre todo, venda curandera del dolor producido
por la guerra, daño perpetrado a sus Juanes revolucionarios.

El rebozo también formó parte del romanticismo revolucionario; idílico confidente, cuna
que en el fragor de la batalla vio nacer al vástago. Rebozo que en la contienda sirvió de
mortaja; rebozo mexicano al que cantó el más sublime de los poetas poblanos, don
Gregorio de Gante.

La Revolución montó su brioso corcel, recorriendo el amplio territorio nacional, entre las
notas de “La marcha dragona” y los clarinazos cuarteleros de la “Diana”, pero también al
ritmo cadencioso de las arrebatadas, alegres o tristonas canciones amorosas, y los corridos
como aquellos que sabía hacer el juglar de la revolución, don Samuel Margarito Lozano.

Con el “rodar de la bola”, todas estas canciones fueron pasando de boca en boca, por
tradición oral; algunas ya eran del dominio popular desde hacía algún tiempo. Tal es el caso
de “La Marieta” misma que desde principios del siglo había llegado en la carpeta musical
de algún filarmónico europeo viajando desde ultramar en un pesado vapor francés.

La forma literaria utilizada en las canciones de la Revolución (corridos y piezas


románticas), resulta pletórica de giros totalmente regionales y plena de pintoresquismo.
Descripciones que substituían la carencia de elementos difusores y que por lo mismo se
diseñaban en forma de relato, para después ser esparcidas en forma oral.

Los únicos vehículos para su popularización, fueron indiscutiblemente los continuos


desplazamientos de las tropas revolucionarias y los viajes trashumantes de los trovadores o
“juglares” que caminaban por todas las veredas de México, siempre con su guitarra bajo el
brazo.

Estas voces de la Revolución, al llegar a las poblaciones y rancherías, se apropiaban de los


atrios y los mercados para narrar las sonadas hazañas de los caudillos y las mujeres
valerosas, como la Valentina, la Adelita, la Jesuita o la incógnita rielera que al lado de su
“Juan”, supo de la lucha en carne propia, viajando en los techos de los carros y furgones del
ferrocarril sin emitir ninguna queja.

Las canciones nacidas bajo el fuego de la metralla y en los vivacs, siempre se apegaron al
estricto sentido romántico que requieren los cánones de lo sentimental: ”si Adelita quisiera
ser mi novia”, “dame un abrazo y un besito, prenda amada”, “por tus amores, trigueña
hermosa, yo he sufrido”. Estas coplillas describían el amor espontáneo y sublime que las
arrojadas soldaderas despertaban entre los juanes.

En cambio, en las ciudades y en las grandes concentraciones urbanas de la República


Mexicana, al abrigo de las ráfagas y la metralla de los fusiles “máusser” y las baterías
alemanas Mondragón, muchas de las familias burguesas se entregaban al hastío de la tarde,
para escuchar en el reluciente fonógrafo “del perrito que escucha la voz del amo”, las
canciones sentimentales de moda. Piezas que de ningún modo supieron de la lucha en
las trincheras, de los aguerridos sureños de Zapata, de los “carranclanes” o de los fieles
dorados de Pancho Villa. Valses afrancesados como “Tristes Jardines” o “Alejandra”; notas
que jamás pisaron la línea de combate, pero que de algún modo amenazaron la tertulia de
los estados mayores de tal o cual división del ejército del pueblo.

Y fue en el Teatro Principal, donde nació un mes de septiembre de 1913, la canción de la


época revolucionaria, quizás la más representativa que habla del sentimiento amoroso hacia
la mujer mexicana: “Ojos tapatíos”, escuchada como río sonoro por los rudos oídos de los
militares revolucionarios y por los expertos tímpanos de los tandófilos de todas las noches
revisteriles del Principal: “No hay ojos más lindos en la tierra mía”. La canción “Ojos
tapatíos” nació como parte de la obra “Las musas del país” donde José F. Elizondo y
Fernando Méndez, obsequiaron a la concurrencia con su estupenda creación musical. De
esta manera, la música y el teatro manifestaron su presencia en los momentos críticos del
movimiento armado de 1910
Bibliografía

https://es.wikipedia.org/wiki/Felipe_Villanueva

https://www.imer.mx/

https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%BAsica_en_el_porfiriato

https://www.publimetro.com.mx/mx/entretenimiento/2015/07/02/canciones-que-mas-se-
escuchaban-porfiriato.html