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B IB L IO T E C A VEN EZO LA N A DE CULTURA

C O L E C C I O N “ VIAJES Y NATURALEZA”

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VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES
DEL NUEVO CONTINENTE
HECHO EN 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 Y 1804 POR

A. D E H U M B O L D T Y A. B O N P L A N D

REDACTADO POR

A LEJA N D R O DE H UM BO LDT

(T R A D U C C IO N D E L IS A N D R O ALVARADO)

LIBROS: 3° Y 4°

A P E N D IC E Y SUPLEMENTO

TOMO II

19 4 1
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BIBLIOTECA VENEZOLANA DE CULTURA -»u ministero Di
CDU( ACION N AO O NAl

C O L E C C IO N “ V IA J E S Y NATURALEZA”

OPfcdONDfcutruQA

VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES


DEL NUEVO CONTINENTE
HECHO EN 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 Y 1804 POR

A. DE HUM BO LDT Y A. B O N P L A N D

REDACTADO POR

A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

(T R A D U C C IO N DE L IS A N D R O A L V A R A D O )

L I B R O S : 3° Y 4°
A P E N D IC E Y S U P L E M E N T O

TOMO II

19 4 1
ESCU ELA T E C N IC A IN D U S T R IA L

ITJIBUOTECAMaQOHal TA LLER ES DE ARTES G R A F IC A S

C A R A C A S

\ CARACAS -V ^ E Zu eU
A L E J A N D R O DE H U M B O L D T EN 1812

(Por Gérard.)
V IA J E A LA S R E G IO N E S E Q U IN O C C IA L E S
D E L N U E V O C O N T IN E N T E

L I B R O T E R C E R O

CAPITULO VI

Montes de la Nueva Andalucía — Valle de Cumanacoa.


(Ama del Cocollar - Misiones de Indios Chaimas.

Nuestra prim era excursión a la península de Araya


fue presto seguida de otra más larga e instructiva por
los montes, hacia las misiones de los indios Chaimas.
Llamaban nuestra atención allí asuntos de variado in­
terés. Entrábam os en un país erizado de. selvas: íbamos
a visitar un convento sombreado por palm eras y helé­
chos arbóreos, situado en un estrecho valle donde, en el
centro de la zona tórrida, se disfruta de 1111 clima fresco
y delicioso. Las montañas circunvecinas contienen ca­
vernas habitadas por miles de aves nocturnas; y, cosa
que aviva la imaginación m ejor que todas las m aravillas
del mundo físico, encuéntrase más allá de esas m onta­
8 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ñas un pueblo ayer todavía nómade, que apenas va sa­


liendo de su estado natural, salvaje sin ser bárbaro, es­
túpido más bien por ignorancia que por un luengo em­
brutecimiento. A tan poderoso interés mezclábanse in­
voluntariam ente históricos recuerdos. Fué en el pro­
montorio de Paria donde antes que todos reconoció Co­
lón la tierra continental: es allí donde m ueren estos va­
lles, devastados a su turno por los Caribes guerreros y
antropófagos y por los pueblos traficantes y cultos de
Europa. A principios del siglo XVI, los desdichados indios
de las costas de Carúpano, M acarapana y Caracas fue­
ron tratados como lo han sido en nuestros días los h a­
bitantes de la costa de Guinea. Cultivaban el suelo de
las Antillas, y se trasplantaban allí vegetales del viejo
continente; pero la Tierra Firme permaneció por la r­
go tiempo extraña a un sistema regular de colonización.
Si los españoles visitaban su litoral, no era más que para
procurarse, ya por la violencia, ya por trueque, esclavos,
perlas, pepitas de oro y palo de tinte. Creyóse ennoble­
cer los motivos de esta insaciable avaricia trayendo a
cuento 1111 apasionado celo por la religión; porque cada
siglo tiene su matiz, su carácter particular.
La trata de indígenas de tez cobriza estuvo acom­
pañada de los mismos actos inhumanos que la de los ne­
gros africanos: tuvo también las mismas consecuencias,
las de haber vuelto más feroces a los vencedores y a los
vencidos. Fueron desde entonces más frecuentes las
guerras entre los indígenas: desde el interior de las tie­
rras arrastróse a los prisioneros hacia las costas para
venderlos a los blancos que en sus naves los encadena­
ban. Esto 110 obstante, los españoles eran en esta época,
y lo fueron todavía mucho después, una de las naciones
más civilizadas de Europa. La viva luz con que brilla­
ban las letras y las artes en Italia había resurgido en to­
dos los pueblos cuyos lenguajes rem ontan a la misma
fuente que la de Dante y Petrarca. Hubiérase pensado
que debía de ser consecuencia de este desarrollo del es­
píritu, de estos sublimes trasportes de la imaginación,
una mitigación general de las costumbres. Pero allende
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 9

los mares, donde quiera que la sed de riquezas trae el


abuso del poder, los pueblos de la Europa, en todas las
épocas de la historia, han exhibido el mismo carácter.
El hermoso siglo de León X se señaló en el Nuevo Mun­
do, con actos de crueldad que parecen hijos de los siglos
más bárbaros. Menos sorprende el espantable cuadro
que presenta la conquista de la América si se recuerda
lo que todavía sucede, a pesar de los beneficios de una
legislación más hum ana, en las costas occidentales de
Africa.
Hacía ya mucho tiempo que había cesado el comer­
cio de esclavos en la T ierra Firme, merced a los princi­
pios adoptados por Carlos Quinto; pero los Conquistado­
res, al continuar sus incursiones, prolongaron ese siste­
m a de guerra chica que ha disminuido la población ame­
ricana, perpetuado los odios nacionales, y sofocado por
largo tiempo los gérmenes de la civilización. Misione­
ros, al fin, protegidos por el brazo secular, dejaron oír
palabras de paz. Tocaba a la religión consolar a la hu­
m anidad de los males en parte causados en nombre su­
yo: defendió ante los reyes la causa de los indígenas;
se opuso a las violencias de los encomenderos; reunió
tribus errantes en esas pequeñas comunidades llam adas
misiones, cuya existencia favorece los progresos de la
agricultura; y fué así como se formaron insensiblemen­
te, con un movimiento empero uniforme y premeditado,
esos vastos establecimientos monásticos, ese régimen ex­
traordinario que sin cesar tiende a aislarse y pone bajo
la dependencia de las órdenes religiosas países cuatro o
cinco veces más extensos que la Francia.
Tales instituciones, tan útiles para detener la efu­
sión de sangre y para echar las prim eras bases de la so­
ciedad, se hicieron, andando el tiempo, contrarias a sus
progresos. Tales han sido los efectos del aislamiento,
que los indios han permanecido en un estado poco dife­
rente de aquel en que se encontraban cuando sus habita­
ciones esparcidas no se habían reunido aún en torno de
la casa del misionero. El número de ellos ha aum enta­
do considerablemente, mas no la esfera de sus ideas.
lü AL E J AN D R O DE H ü M B O L DT

Progresivamente han perdido parte de ese vigor de


carácter y de esa natural vivacidad que en todos los es­
tados del hombre son los nobles frutos de la indepen­
dencia. Sometiendo a reglas invariables hasta las ínfi­
mas acciones de su vida doméstica; se les ha vuelto estú­
pidos a fuerza de tenerlos obedientes. El sustento de e-
ilos está en general m ejor asegurado y sus hábitos se han
hecho más apacibles; pero sujetos a la represión y a la
triste monotonía del gobierno de las misiones, dan a en­
tender, por su aire sombrío y concentrado, que a su pe­
sar han sacrificado la libertad al reposo. El régimen mo­
nástico, restringido al recinto del claustro, aun sustra­
yendo al Estado ciudadanos útiles, puede en ocasiones
servir para calm ar las pasiones, para consolar en gran­
des pesares, para alim entar el espíritu de meditación;
pero trasplantado a las selvas del Nuevo Mundo, aplica­
do a las múltiples relaciones de la sociedad civil, trae
consecuencias tanto más funestas cuanto su duración es
más larga. Estorba de generación en generación el des­
envolvimiento de las facultades intelectuales; impide las
comunicaciones entre los pueblos y se opone a todo lo
que educa el alma y engrandece las concepciones. Es por
la reunión de estas diversas causas por lo que los indíge­
nas que habitan las misiones se m antienen en un esta­
do de incultura que llam aríam os estacionario, de no se­
guir las sociedades el movimiento del espíritu humano,
o de ir en retroceso, por lo mismo que dejan de adelan­
tar.
El 4 de setiembre a las 5 de la m añana empezamos
nuestro viaje a las misiones de los indios Chaimas y al
grupo de montes elevados que atraviesan la Nueva An­
dalucía. Habíamos aconsejado reducir a un volumen m í­
nimo nuestros equipajes, a causa de la suma dificultad
de los caminos. En efecto, dos bestias de carga bastaban
para llevar nuestras provisiones, nuestros instrumentos,
y el papel necesario para desecar las plantas. Una mis­
ma caja contenía 1111 sextante, una brújula de inclina­
ción, 1111 aparato para determ inar la declinación magné­
tica, termómetros, y el higrómetro de Saussure. Tal fue
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 11

la selección de instrumentos en que constantemente nos


fijam os para recorridas de poca duración. En cuanto
al barómetro, mayores cuidados exigía aún que el cronó­
m etro; y puedo añadir que es el instrum ento más emba­
razoso p ara los viajeros. D urante cinco años lo confia­
mos a un guía que nos seguía a pie, y esta precaución,
bastante dispendiosa, 110 lo dejó libre de accidentes. Ha­
biendo determinado con precisión la época de las m a­
reas atmosféricas, es decir, las horas en que el m ercurio
sube y b aja regularm ente todos los días en los trópicos,
habíamos caído en la posibilidad de nivelar el país por
medio del barómetro, sin em plear observaciones corres­
pondientes hechas en Cumaná. Los mayores cambios
en la presión del aire no se elevan, para estos climas, y
en las costas, sino a 1 — 1,3 líneas; y si una sola vez se
lia señalado en 1111 lugar y una hora cualesquiera la al­
tura del mercurio, se pueden indicar con alguna proba­
bilidad las variaciones que experimenta esa altura du­
rante el año entero en todo el transcurso del día y de la
noche (1) . De esto resulta que la falta de observaciones
correspondientes en la zona tórrida apenas puede causar
errores que excedan de 12 a 15 toesas, lo cual es poco im ­
portante cuando se trata de una nivelación geológica, o
de la influencia de las alturas sobre el clima y sobre la
distribución de los vegetales.
Era la m añana de un frescor delicioso. El camino,
o más bien el sendero que conduce a Cumanacoa, sigue
la banda derecha del Manzanares pasando por el hospi­
cio de los capuchinos situado en un bosquecillo de gua-
yacanes y alcaparros arborescentes (2). En saliendo de
Cumaná gozamos, durante la corta duración del cre­
púsculo, desde lo alto del cerro de San Francisco, de una
extensa perspectiva sobre el mar, sobre la llanura cu-
(1 ) Véanse mis Observ. astron.
(2) Llámanse estos alcaparros en el país: Pachaca, Olivo, A jito ;
y son Capparis tenuisiliqua, Jacq., C. ferruginea, C. em arginata, C.
elliptica, C, reticulata, C. racemosa.
12 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

bierta de Bcras con flores doradas (3), y sobre los m on­


tes del Bergantín. Impresionábanos la gran proxim idad
con cpie se presentaba la cordillera antes que el disco del
sol naciente hubiese tocado el horizonte. Es más subida
la coloración azulada de las cimas, parecen más firmes
sus contornos, más destacadas sus masas, en todo el tiem­
po que la transparencia del aire no es enturbiada por los
vapores que, acumulados durante la noche en los valle-
jos, se elevan a m edida que empieza la atmósfera a aca­
lorarse.
En el hospicio de la Divina Pastora se dirige el cam i­
no al Noreste, y en el espacio de dos leguas atraviesa un
terreno despoblado de árboles y nivelado antiguamente
por las aguas. Hállanse allí 110 sólo Tunas y m atorrales
de Tribulus de hojas como Cisto, y la hermosa Euforbia
purpúrea, cultivada en los jardines de La Habana con el
extraño nombre de Díctamo real (Euphorbia tithymaloi-
des), sino también la Avicennia, la Allionia, el Sesuvium,
el Thalinum, y la m ayor parte de las Protuláceas que cre­
cen a orillas del golfo de Cariaco. Esta distribución geo­
gráfica de las plantas parece designar los límites de la
antigua costa, y probar, cual arriba lo hemos notado, que
las colinas cuya falda meridional costeábamos, formaban
antaño un islote separado del continente por 1111 brazo
de mar.
A las dos horas de camino llegamos al pie de la alta
sierra del interior que de Este a Oeste se prolonga desde
el Bergantín hasta el Cerro de San Lorenzo. Allí apare­
cen nuevas rocas y con ellas otro aspecto de la vegeta­
ción: allí asume todo un carácter más majestuoso y pin­
toresco. Regado el terreno por m anantiales se ve sur­
cado en todo sentido. Arboles de una altura gigantesca
y arropados de bejucos se alzan en las quebradas; su cor­
teza, negra y abrasada por la doble acción de la luz y el
oxígeno atmosférico, contrasta Con el fresco verdor de los

(3) Palo sano, Zygophyllum arboreum, Jacq. Sus flores hue­


len a vainilla.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 13

Pothos y Dracontium, cuyas hojas coriáceas y lustrosas


miden a veces varios pies de longitud. No parece sino
que las Monocotiledóneas parásitas reem plazan entre los
trópicos al musgo y los liqúenes de nuestra zona boreal.
A medida que avanzábamos nos recordaban las rocas,
tanto por su form a como por su agrupamiento, los paisa­
jes de la Suiza y el Tirol. En estos Alpes de la América,
aún a considerables alturas, vegetan Heliconias, Costus,
M arantas y otras plantas de la fam ilia de los Baliceros,
que, próximos a las costas, sólo se am añan en parajes ba­
jos y húmedos. Así es como en la zona tórrida 110 menos
que en el Norte de Europa (4), en fuerza de un extraor­
dinario acercamiento, ya bajo la influencia de una at­
mósfera cargada continuamente de vapores, ya en un
suelo humedecido por nieves derretidas, la vegetación de
las montañas exhibe todos los rasgos que caracterizan la
vegetación de los pantanos.
Antes de d e ja r las llanuras de Cumaná y las bre­
chas o areniscas calcáreas que constituyen el suelo del
litoral, recordaremos las diferentes capas de que se com­
pone esta muy reciente formación, tal como la hemos
observado a espaldas de las colinas que rodean el casti­
llo de San Antonio. Esta indicación es tanto más indis­
pensable cuanto aprenderemos pronto a reconocer otras
rocas que podrían fácilmente confundirse con las pudín-
gas de las costas. Avanzando bacía el interior del con­
tinente, veremos desplegarse poco a poco a nuestros ojos
el cuadro geológico de estas comarcas.
La brecha o arenisca calcárea es una formación lo­
cal y parcial, propia de la península de Araya, al litoral
de Cumaná y de Caracas (5). liém osla hallado en Cabo
Blanco, al Oeste del puerto de La Guaira, donde contie­
ne, fuera de restos de conchas y madréporas, fragm en­
tos a menudo angulosos de cuarzo y gneis. Esta circuns­
tancia acerca la roca a esa arenisca reciente designada
(4) W ahlenberg, De vegetatione Helvetiae et summi Septentrio-
nis, pp. XLVII y LIX.
(5) Véase arriba.
11 ALEJANDRO DE H U M B O L D T

por los mineralogistas alemanes con el nombre de nagel-


fluhe, que cubre parte tan grande de la Suiza (en el
Hohganta que domina el Em m ethal), hasta mil toesas de
altura, sin ofrecer, con todo, vestigio alguno de productos
pelágicos. Cerca de Cumaná la formación de brecha cal­
cárea se compone, I o de una caliza compacta gris blan­
quecina, cuyas capas, ya horizontales, ya irregularm en­
te inclinadas, tienen de cinco a seis pulgadas de espesor.
Hay algunos bancos sin mezcla casi de petrificación; pe­
ro en la m ayor parte las carditas, turbinitas, ostracitas y
conchas de pequeñas dimensiones se hallan a tal punto
aproximadas, que la m asa calcárea no form a sino un ce­
mento por el cual van unidos granos de cuarzo con los
cuerpos orgánicos; 2“ de una arenisca calcárea, en la
que los granos de arena son mucho más frecuentes que
las conchas petrificadas: otras capas form an una arenis­
ca por entero desprovista de restos orgánicos, que hace
poca efervescencia con los ácidos, y donde encajan, no
paj illas de mica, sino riñones de m ina de hierro m orena
compacta; 3o de bancos de arcilla endurecida que con­
tienen selenita y yeso lam inar, al Norte del castillo de
San Antonio, m uy cerca de Cumaná. Estos últimos ban­
cos tienen mucha analogía con la arcilla m uriatífera de
Punta Araya, y parecen constantemente inferiores a las
capas precedentes.
La formación de brecha o de aglomerado del litoral
tpie acabamos de describir tiene una coloración blanca,
y reposa inm ediatam ente sobre la caliza de Cumanacoa,
que es gris-azulada. Estas dos rocas contrastan de una
m anera tan term inante, como la molasa del país de Vaud
con la caliza del Ju ra (por ejemplo, cerca de Aarau, de
Boudry y de Porentrui, en la Suiza). Es de notar que en
el contacto de las dos formaciones superpuestas, los ban­
cos de caliza de Cumanacoa, que son para mí como una
caliza alpina, están casi siempre cargados fuertem ente de
arcilla y de m arga. Dirigidos, como los esquistos m icá­
ceos de Araya, de Noreste a Suroeste, están inclinados
cerca de Punta Delgada en un ángulo de 60° al Sureste.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 15

Atravesamos la selva por un estrecho sendero: ori­


llamos un arroyo que corre estrepitoso por un lecho de
rocas. Observamos que la vegetación era más lozana
dondequiera que la caliza alpina está arropada de una
arenisca cuarzosa desprovista de petrificaciones. y muy
diferente de la brecha del litoral. La causa de este fe­
nómeno consiste verosímilmente, no tanto en la naturale­
za del mantillo, como en la m ayor humedad del suelo.
El asperón cuarzoso contiene capas poco gruesas de una
arcilla esquistosa (Schiefertlion) negruzca, que fácil­
mente sería confundida con Thonschiefer secundario; y
son estas capas las que impiden a las aguas perderse en
las grietas de que está sem brada la caliza alpina. Esta
últim a presenta aquí, como en el país de Salzburgo y en
la cordillera de los Apeninos, bancos fracturados y fuer­
temente inclinados. El asperón, al contrario, dondequie­
ra que está superpuesto a la roca calcárea, hace menos
agreste el aspecto de las localidades: las colinas que for­
ma parecen más redondeadas, y la espalda de éstas,
suavemente inclinada, está cubierta de un mantillo más
profundo.
En estos lugares húmedos, en que el asperón encu­
bre la caliza alpina, es donde se halla constantemente al­
gún vestigio de cultivo. Encontramos cabañas habitadas
por mestizos en la quebrada de los Frailes, como entre la
Cuesta de Caneyes y el río Guriental. Cada una de estas
cabañas está situada en el centro de un cercado que con­
tiene bananeros, papayos, caña de azúcar y maíz. Po­
dría sorprender la reducida extensión de estos terrenos
rozados, si 110 recordáramos que una huebra cultivada
con bananeros da cerca de veinte veces más sustancia
alimenticia que el mismo espacio sembrado de cereales
((5). En Europa nuestras gramíneas nutritivas, el trigo,
la cebada, el centeno, cubren vastas extensiones del país:
las tierras labradas están necesariamente en contacto

(6) Essai polit, sur la Nouvelle-Espagne, t. III p 36 de la ed


en 8°.

BIBUOTECA NAOOHAL

C 1 RAGAS - VENEZUELA
16 ALE J A N D R O I) E H U M B ü L t) T

dondequiera que los pueblos sacan su alimento de los


cereales. No es lo mismo en la zona tórrida, donde el
hombre ha podido apropiarse vegetales que rinden co­
sechas más abundantes y menos tardías. En estos cli­
mas felices la inmensa fertilidad del suelo obedece al en­
cendimiento y hum edad de la atmósfera. Una población
num erosa halla abundantem ente su alimento en un re ­
ducido espacio cubierto de bananeros, yuca, ñam e y
maíz. El aislamiento de las cabañas dispersas en medio
de la selva indica al viajero la fecundidad de la n atu ra­
leza: a menudo un rinconcillo de tierra rozada basta pa­
ra las necesidades de varias familias.
Estas consideraciones sobre la agricultura de la zo­
na tórrida recuerdan involuntariam ente las íntim as rela­
ciones que existen entre la extensión de las rozas y los
progresos de la sociedad. Esta riqueza del suelo, esta
fuerza de la vida orgánica, bien que m ultiplican los m e­
dios de subsistencia, retarda la m archa de los pueblos h a­
cia la civilización. En medio de un clima suave y unifor­
me, la única necesidad urgente del hombre es la de la
alimentación. El incentivo de esta necesidad es lo que
excita al trabajo; y fácilmente se comprende por qué en
el seno de la abundancia, a la sombra de los bananeros
y del árbol del pan, las facultades intelectuales se des­
arrollan menos rápidam ente que bajo un cielo riguroso,
en la región de los cereales, donde nuestra especie está
sin cesar en lucha con los elementos. Cuando mediante
una ojeada general se abarcan los países ocupados por
los pueblos agrícolas, se observa que los terrenos cultiva­
dos permanecen separados por las selvas o se tocan de
inmediato, no solamente según el incremento de la po­
blación sino según la selección de las plantas alim enti­
cias. En Europa juzgamos del número de los habitantes
por la extensión de los cultivos: en los trópicos, al con­
trario, en la parte más cálida y húmeda de la América
meridional, parecen casi desiertas pobladísimas provin­
cias, porque el hombre, para sustentarse allí, no somete
a las labores sino un corto número de huebras.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 17

Estas circunstancias, bien dignas de atención, modi­


fican a un tiempo el aspecto físico del país y el carácter
de sus habitantes: ellas comunican al uno y al otro una
fisonomía particular, en cierta m anera agreste e inculta,
que pertenece a un n atural cuyo tipo primitivo aún no
ha sido alterado por el arte. Sin vecinos, sin comercio ca­
si con los hombres, cada fam ilia de colonos forma un gen­
tío aislado. Este aislamiento detiene o retarda los progre­
sos hacia la civilización, que sólo puede aum entarse a me­
dida que la sociedad se hace más numerosa y que sus la­
zos son más íntimos y múltiples; mas la soledad desarro­
lla también y afirm a en el hombre el sentimiento de la
independencia y la libertad, y merced a ella se ha ali­
mentado esa altivez de carácter que ha distinguido en
todo tiempo a los pueblos de raza castellana.
Estas mismas causas, cuya poderosa influencia ten­
dremos a menudo en consideración en adelante, tienden
a conservar en el suelo, en las regiones más habitadas
de la América equinoccial, un aspecto silvestre que en los
climas templados se pierde por el cultivo de las gram í­
neas nutritivas. Entre los trópicos ocupan menos terre­
no los pueblos agrícolas: el hombre ha extendido menos
su imperio allí; diríase que aparece en él, 110 como 1111
amo absoluto que a su arbitrio cambia la superficie del
suelo, sino como un huésped pasajero que apaciblemente
goza de los beneficios de la naturaleza. En efecto, a in­
mediaciones de las ciudades más populosas permanece
la tierra erizada de bosques o cubierta de un relleno es­
peso que nunca ha hendido la re ja del arado. Las plan­
tas espontáneas dominan ahí todavía por su masa sobre
las plantas cultivadas, y ellas solas determ inan el aspec­
to del paisaje. De presum ir es que este orden de cosas
110 cam biará sino con suma lentitud. Si en nuestros cli­
mas templados el cultivo de los cereales contribuye a ex­
tender una triste uniformidad sobre los terrenos desmon­
tados, no será de dudar que, aun con una creciente pobla­
ción, la zona tórrida conservará esta m ajestad de las for­
mas vegetales, estos rasgos de una naturaleza virgen e in­
2
18 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

domada que tan atrayente y pintoresca la hacen. Es así


como, por un encadenamiento notable de causas físicas y
morales, la selección y el producto de las plantas alim en­
ticias influyen a una en tres im portantes fines: la aso­
ciación o el aislamiento de las familias, los progresos
más o menos lentos de la civilización, y el carácter indi­
vidual del paisaje.
A m edida que nos hundíam os en la selva, nos indi­
caba el barómetro la elevación progresiva del suelo. Los
troncos de los árboles se prestaban aquí a una ojeada ex­
traordinaria: una gram ínea de ram os verticilados tre­
pa como un bejuco a ocho o diez pies de altura, y forma
festones que cruzan el camino y son mecidos por los vien­
tos (7). A eso de las tres de la tarde hicimos alto en una
pequeña altiplanicie, designada con el nombre de
Quetepe, elevada a unas 15)0 toesas sobre el nivel del
océano. Algunas chozas (habitación de Don Juan Pelay)
han sido construidas cerca de una fuente afam ada entre
los indígenas por su frescor y su gran salubridad. El a-
gua de esta fuente nos pareció en efecto bonísima: era
su tem peratura de 22°,5 del termómetro centígrado
(18° IV), m ientras que la del aire se elevaba a 28",7. Las
fuentes que bajan de las montañas inm ediatas más ele­
vadas indican a menudo un decrecimiento de calor de­
masiado rápido. En efecto, si se supone de 2(5° la tempe­
ratura media de las aguas en la costa de Cumaná, ha
de concluirse de ello, a menos que otras causas locales
modifiquen la tem peratura de los m anantiales, crue la de
Quetepe adquiere su gran frescura a m ás de 350 toesas
de elevación absoluta (8). Hablando de las fuentes que
m anan en las llanuras de la zona tórrida o a pequeñas e-
levaciones, observaré que en general solamente en las
regiones en que la tem peratura media del estío difiere

(7) Carrizo análogo al Chusque de Santa Fe, del grupo de los


Nastus. E sta gram ínea es un excelente alimento p ara las muías.
Véanse los Nova Genera et Species P lantarum equin. (t. I. p. 201 de
la ed. en 4o) que publico en unión, de los Sres. Bonpland y Kunth.
(8) Véase arriba.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 19

mucho de la del año entero, es donde los habitantes pue­


den beber agua fontanal sumamente fría durante la es­
tación de los grandes calores. Los La pones, cerca de
Umeo y de Sórsele, a los 65° de latitud, se refrescan en
m anantiales cuya tem peratura es apenas, en el mes de
agosto de 2 a 3 grados sobre el punto de congelación (9),
m ientras que el calor del aire en el día y a la sombra se
eleva, en esas mismas regiones boreales, a 26 o 27 grados.
En nuestros climas templados, en Francia y Alemania,
la diferencia entre el aire y los m anantiales nunca exce­
de de 16 a 17 grados; y entre los trópicos es aún raro que
se eleve a 5 ó 6 grados. Fácilmente se explica la razón
de estos fenómenos recordando que el interior del globo
y las aguas subterráneas tienen una tem peratura casi
idéntica con la tem peratura media anual del aire, y que
esta últim a difiere tanto más del calor medio del estío
cuanto más lejos se está del ecuador. La inclinación
magnética en Quetepe era de 42°,7 de la división cente­
sim al: el cianómetro no indicaba para el color del cielo
en el zenit sino 14°, sin duda porque la estación de las
lluvias había comenzado desde hacía algunos días, estan­
do ya el aire mezclado de vapores (10).
Desde lo alto de una colina de asperón que domina
la fuente de Quetepe, gozamos de una magnífica vista
sobre el m ar, el cabo Macanao y la península de Mani-
cuares. Una selva inmensa se extendía a nuestros pies
hasta la ribera del océano: las cimas de los árboles, en­
trelazadas con bejucos, coronadas de largos penachos de
flores, form aban un vasto tapiz de verdor, cuya opaca
coloración realzaba la refulgencia de la luz aérea. El
aspecto de este emplazamiento nos sorprendía mayor­
mente, cuanto por prim era vez abrazaba aquí nuestra

(9) Kongl. Vetensk. Acad. Nya Handl., 1809, p. 205.


(10) A las 4 de la tarde: higrómetro de Deluc, 48°; termóme­
tro centígrado, 26°,5. Desde Quetepe determiné con la brújula el ca­
bo Macanao N. 26°,0. El ángulo entre este cabo y el valle de San
Juan en la isla de M argarita es de 29° 28'. La distancia directa de
Quetepe a Cumaná parece ser de tres y media leguas.
20 A L E J A N D R O DE H l! M B O L D I

m irada esas grandes masas de la vegetación de los trópi­


cos. En la colina de Quetepe, entre m atorrales de Poly-
gala montana, al pie de la Malpighia cocolobae folia, cu­
yas hojas son en extremo coriáceas, recogimos las prim e­
ras Melástomas, en particular la bella especie descrita con
el nom bre de M. rufescens. El recuerdo de aquel sitio p er­
sistirá por largo tiempo en la m em oria: el viajero con­
serva una viva predilección por los lugares en que en­
cuentra u n 'grupo de plantas que aún no ha visto en es­
tado silvestre.
Avanzando hacia el Suroeste, el suelo se vuelve á ri­
do y arenoso; subimos por un grupo de montes bastante
elevados que separan la costa de las vastas llanuras o sa­
banas costeadas por el Orinoco. La porción de este gru­
po por la que pasa el camino de Cumanacoa está desnu­
da de vegetación y tiene declives escarpados por el Nor­
te y por el Sur. Se la designa con el nombre de Im posi­
ble, porque se cree que en caso de un desembarco del
enemigo, esta cresta de montes ofrecería un asilo a los
habitantes de Cumaná. Llegamos a la cima poco antes
del ocaso del sol, y apenas pude tom ar algunos ángulos
horarios para determ inar la longitud del lugar por medio
del cronómetro (11).
El campo de vista del Imposible es más hermoso y
extenso que el de la altiplanicie de Quetepe. Distinguía­
mos muy bien a la simple vista la cima achatada del Ber­
gantín, cuya posición sería tan im portante se fijase bien,
y el embarcadero y la rada de Cumaná. La costa roca­
llosa de la península de Araya se dibuja en toda su lon­
gitud. Nos admiró en particular la extraordinaria con-

(11) Véanse mis Observ. astron. La latitud debe ser de


casi 10» 23' por la distancia a la costa meridional del golfo
de Cariaco. Determiné la rada de Cumaná, N. 61° 20',0; el cabo Ma-
canao, N. 29° 27',0; la Laguna Grande, en la costa Norte del golfo
de Cariaco, N. 3° 10',0; el Cerro del Bergantín (centro de la Mesa),
S. 27” 5',0. Menor distancia al mar, 3 a 4 millas. Los ángulos fue­
ron tomados en parte con el sextante y en parte con la brújula. E s­
tos últimos están ya corregidos en la declinación magnética.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 21

figuración de un puerto a que dan el nombre de Laguna


Grande o Laguna del Obispo. Una vasta cuenca, cercada
de altos montes, se comunica con el golfo de Cariaco por
un estrecho canal que sólo da paso a una nave. Este
puerto, cuyo plano detallado levantó el Sr. Fidalgo, po­
día contener varias escuadras reunidas. Es un lugar
desierto, frecuentado de año en año por navios que con­
ducen mulos a las Antillas. Se hallan algunos pastos en
el fondo de la bahía. Seguíamos con la vista las sinuo­
sidades de este brazo de m ar que, a sem ejanza de un río,
se ha excavado un lecho entre las rocas acantiladas y
desnudas de vegetación. Esta ojeada extraordinaria re­
cuerda el fondo del paisaje fantástico conque adornó
Leonardo de Vinci el famoso retrato de la Gioconda (Mon-
na Lisa, esposa de Francisco del Giocondo).
Pudimos observar en el cronómetro el momento en
que el disco del sol tocó el horizonte del mar. Tuvo efecto
el prim er contacto a las 6 h 8' 13"; el segundo, a las 6 h 10'
26" en tiempo medio. Esta observación, no exenta de in­
terés p ara la teoría de las refracciones terrestres, se hizo
en la cumbre del monte, a la altura absoluta de 296 toesas.
El ocaso del sol fué seguido de un enfriamiento bien rápi­
do del aire. Tres minutos después del último contacto apa­
rente del disco con el horizonte del mar, bajó el termó­
metro súbitamente de 25°,2 a 21°,3. ¿Era resultado este
enfriam iento extraordinario de alguna corriente descen­
dente? El aire estaba en calma, sin embargo, y ningún
viento horizontal llegó a sentirse.
Pasamos la noche en una casa donde hay un apos­
tadero m ilitar de ocho hombres m andados por un sargen­
to español. Es un hospicio construido al lado de un al­
macén de pólvora, que ofrece al viajero toda suerte de
auxilios. Este mismo destacamento m ilitar habita en la
montaña durante cinco o seis meses. Se escogen de pre­
ferencia los soldados que tienen chacras o labranzas en
las cercanías. Cuando después de la toma de la isla de
Trinidad por los ingleses, en 1797, fué amenazada de ata­
que la ciudad de Cumaná, muchos de sus habitantes se
22 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

refugiaron en Cumanaeoa y depositaron lo más preciado


que tenían en cobertizos construidos de prisa en la cima
del Imposible. Habíase entonces resuelto abandonar, ca­
so de una inopinada invasión, el castillo de San Antonio,
tras una breve resistencia, y concentrar todas las fuerzas
de la provincia en torno a la m ontaña, que puede m irar­
se como llave de los Llanos. Los acontecimientos m ilita­
res que han acaecido después en estas comarcas, a conse­
cuencia de las revoluciones políticas, han probado cuán
juiciosamente combinado estaba este plan.
A lo que he podido observar, la cima del Imposible
está cubierta de un asperón cuarzoso desprovisto de pe­
trificaciones. Sus capas están aquí, como en el dorso de los
montes inmediatos, con bastante regularidad dirigidas de
N. N. E. a S. S. O. (Hor. 3 - 4; inclín, de 45° al Sur). Ya he
recordado antes que esta dirección es también la más
frecuente, por lo que hace a las formaciones prim itivas,
en la península de Araya y a lo largo de las costas de
Venezuela. En la falda septentrional del Imposible, cer­
ca de Peñas Negras, sale un m anantial abundante del as­
perón, que alterna con la arcilla esquistosa. En este pun­
to se observan capas fracturadas dirigidas de N. O. a S.
E., cuya inclinación es casi perpendicular.
Los Llaneros o habitantes de las llanuras envían sus
productos, sobre todo maíz, cueros y ganado, al puerto
de Cumaná por el camino del Imposible. Sin cesar veía­
mos llegar muías conducidas por indios o mulatos.
La soledad de este lugar me recordaba vivamente las no­
ches que había pasado en la cima del San Gotardo. Se
había prendido fuego en varios puntos de las vastas sel­
vas que circundan la montaña. Llamas rojizas medio
envueltas por torrentes de humo presentaban el aspecto
más imponente. Los habitantes ponen fuego a las selvas
para m ejorar los pastos y destruir los arbustos (pie sofo­
can la yerba, tan rara ya en estos confines. También
enormes conflagraciones son a menudo causadas por ne­
gligencia de los indios, que descuidan en sus viajes apa­
gar el fuego con el cual han preparado sus alimentos.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 23

Estos accidentes han contribuido a dism inuir el número


de árboles viejos en el camino de Cumaná a Cumanacoa,
y los habitantes observan con razón que en muchos pun­
tos de su provincia aum enta la sequía, no sólo por vol­
verse el suelo de año en año más grietoso con la frecuen­
cia de los temblores de tierra, sino también porque hoy
está menos provisto de bosques de lo que en la época de
la conquista estaba.
Me levanté durante la noche para determ inar la la­
titud del lugar por el paso de Fomahault por el m eridia­
no. La observación fué perdida, a causa del tiempo que
invertí en nivelar el horizonte artificial. Este es un
grande inconveniente en los instrumentos de reflexión,
cuando a causa de la movilidad de los fluidos, no se usa
el horizonte de mercurio, de am algam a o de aceite, sino
de los vidrios planos cuyo empleo introdujo el Sr. de
Zacli. Era media noche. Estaba transido de frío, como
nuestros guías, a pesar de que el termómetro se m antenía
todavía en 19°,7 (15°,5 R). Nunca lo vi b a ja r en Cumaná
a más de 21°; pero también la casa que habitábam os en
el Imposible estaba a 258 toesas sobre el nivel del océano.
En la Casa de la Pólvora determiné la inclinación de la
aguja im anada: era de 42",5 (12). El número de osci­
laciones correspondientes a 10' de tiempo se elevaba a
233, habiendo por consiguiente aumentado -la intensidad
de las fuerzas magnéticas desde las costas hacia la mon­
taña, quizá por la influencia de algunas masas ferrugi­
nosas ocultas en las capas de arenisca que se sobreponen
a la caliza alpina.
Dejamos el Imposible el 5 de setiembre, antes de
salir el sol. Es muy peligrosa la b ajad a para las bestias
de carga: no tiene el sendero por lo general sino 15
pulgadas de ancho y está flanqueado de precipicios. En
1796 se había concebido el útil proyecto de trazar un

(12) La inclinación magnética está siempre expresada en esta


Relación históricasegún la división centesimal, si no se indica expre­
samente lo contrario.
24 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

excelente camino desde la villa de San Fernando hasta la


montaña. La tercera parte de este camino estaba de hecho
term inada; pero desgraciadam ente se había empezado
en la llanura, al pie del Imposible, de modo que la parte
más difícil del camino había quedado intacta. Por una de
esas causas que hacen fracasar casi todos los proyectos de
adelanto en las colonias españolas, los trabajos se inte­
rrum pieron. Varias autoridades civiles quisieron arro­
garse el derecho de dirigir a un mismo tiempo esos tra­
bajos. Pacientemente pagó el pueblo peaje por un ca­
mino que no existía, hasta que el gobernador de Cumaná
hubo de poner término a este abuso.
Al b a ja r el Imposible se ve reaparecer, debajo de la
arenisca, la roca calcárea alpina. Como las capas están
por lo general inclinadas al Sur y al Sureste, gran núm e­
ro de m anantiales brotan en la falda m eridional del mon­
te. En la estación de las lluvias estos m anantiales form an
torrentes que descienden en cascadas sombreadas por Ja-
billos (Hura), Cuspa y Yagrumos (Cecropia) de hojas
argentadas.
La Cuspa, bastante común en los alrededores de Cu-
m aná y Bordones, es un árbol desconocido todavía de los
botanistas de Europa. Por largo tiempo sólo sirvió para
la construcción de casas, y desde 1797 se hizo célebre con
el nombre de Cascarilla o Quina de la Nueva Andalucía.
Su tronco apenas se eleva a quince o veinte pies de alto.
Sus hojas alternas son lisas, enteras y ovales; a veces son
opuestas hacia el extremo de las ramas, pero constante­
mente desprovistas de estípulas. Su corteza, muy delga­
da y de un am arillo pálido, es eminentemente febrífuga,
y es aún más am arga que la corteza de las verdaderas
Cinchonas, pero este am argor es menos desagradable. La
Cuspa se adm inistra con el m ayor éxito en extracto al­
cohólico o en infusión acuosa, tanto en las fiebres inter­
mitentes como en las malignas. El Sr. de Em paran, go­
bernador de Cumaná, envió una cantidad considerable
a los médicos de Cádiz; y según informes dados ha poco
por (ion Pedro Franco, boticario del hospital m ilitar de
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 25

Cumaná, la Cuspa se ha hallado en Europa ser casi tan


buena como la Quina de Santa Fe. Preténdese que to­
mada en polvo tiene sobre esta últim a la ventaja de irri­
tar menos el estómago de los enfermos cuyo sistema
gástrico está muy debilitado.
En las costas de la Nueva Andalucía consideran la
Cuspa como una especie de Cinchona; y aseguran que
unos frailes aragoneses que habían vivido por largo
tiempo en el reino de Nueva Granada, han reconocido
este árbol por la sem ejanza de sus hojas con las de las
verdaderas Quinas. Nada de exacto tiene esta aserción;
y es justam ente por la disposición de sus hojas y por la
ausencia de estípulas por lo que la Cuspa difiere totalmen­
te de las plantas de la fam ilia de las Rubiáceas. Se acer­
ca tal vez a la fam ilia de las Madreselvas o de las Capri­
foliáceas, una sección de las cuales tiene hojas alternas,
habiéndose ya encontrado entre ellas varios Cornejos
notables por sus propiedades febrífugas (13.)
El sabor aun amargo y astringente y el color am a­
rillo rojizo de la corteza han podido por sí solos guiar al
descubrimiento de las virtudes febrífugas de la Cuspa.
Como ella florece a fines de noviembre, no la hemos ha­
llado en flor e ignoramos a qué género pertenece. Desde
hace algunos años he pedido en vano a nuestros amigos
de Cumaná muestras de la flor y del fruto. Espero que
la determinación botánica de la Quina de Nueva Andalu­
cía reclam ará algún día la atención de los viajeros que
visiten estas regiones después de nosotros, y que a pesar
de la analogía de nombres, 110 confundirán la Cuspa con
el Cuspare. Este último vegeta 110 sólo en las misiones
del río Caroní, sino también al Oeste de Cumaná, en el
golfo de Santa Fe. Suministra a los farmacéuticos de
Europa el famoso Cortex Angosturae, y forma el género
Bonplandia, descrito por el Sr. W illdenow en las Memo-

(13) Cornus florida y C. sericea de los Estados Unidos (W al­


ker, On the virtues of the Cornus and the Cinchona compared. F i­
ladelfia, 1803),
A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

rías de la Academia de Berlín (14), según notas que le


hemos comunicado.
Sorprende bastante que durante una larga perm a­
nencia efectuada por nosotros en las costas de Cumaná y
Caracas, en las orillas del Apure, del Orinoco y del Río
Negro, en una extensión de terreno de 40.000 leguas cua­
dradas, no hayamos jam ás encontrado una de esas n u ­
merosas especies de Chichona o de Exostema propias de
las regiones b ajas y cálidas de los trópicos, sobre todo en
el archipiélago de las Antillas (15). Lejos estamos de
querer afirm ar que en toda la parte oriental de la Amé­
rica del Sur, desde Puerto Cabello hasta Cayena, o desde
el ecuador a los 10° de latitud boreal, entre los m eridia­
nos de 54° y 71°, no existen Quinas absolutamente. ¿Quién
se lisonjeará de conocer por completo la Flora de una
extensión de país tan vasta? Pero cuando se recuerda que
en México mismo no se ha descubierto aún especie algu­
na de los géneros Cinchona y Exostema, ni en la altipla­
nicie central, ni en las planicies (10), se ha de estar per-

(14) Año 1802.


(.15) A las Cinchonae de las regiones bajas (que casi todas son
Exostema, corollis glabris, filamentis longe exsertis, e basi tubi nas-
centibus, seminibus margine integro cinctis) pertenecen: C. longiflo-
ra, de Lam bert; C. caribaea; C. angustifolia, de Swartz; C. lineata,
de Vahl; C. philippica, de Née; Véase mi Essai botanique et physique
sur les Quinquinas du Nouveau-Continent, en “Berl. Magazin N atur-
forsch. Freunde”, 1807, p. 108. El género Exostema fué descrito
primero por los Sres. Richard y Bonpland en nuestras Plantas equi­
nocciales, t. I , p. 131 (Schrader, Journ. fü r die Botanik, t. I , p. 358).
(T6) La Cinchona angustifolia y la C. longiflora nunca han si­
do halladas en Nueva España, ni en Cayena, aunque eso se haya afir­
mado recientemente (Lambert, Descr. of the genus Cinchona, 1797,
p. 38. Bulletin de Pharm acie, 1812, p. 492). El Sr. Richard, que por
tanto tiempo ha residido en la Guayana francesa, después de Aublet,
asegura que allí no se ha descubierto ninguna especie de Quina. La
m uestra de C, longiflora que el Sr. Lam bert cita en su interesante
Monografía como tomada del herbario de Aublet, es probablemente
de la isla da Santo Domingo: por lo menos Vahl ha reconocido entre
las plantas de las Antillas, conservadas en las colecciones del Sr. de
Jussieu, la C. longiflora. La Quina del Gran P a rá (C. brasiliensis,
Hofmansegg) es una verdadera Cinchona, o pertenece al género Ma-
chaonia ?
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 27

suadido a creer que las islas montañosas de las Antillas


y la cordillera de los Andes tienen floras particulares, y
poseen grupos de vegetales que no han pasado de las
islas al continente, ni de la América m eridional a las
costas de Nueva España.
Hay m ás todavía. Reflexionando en las numerosas
analogías que existen entre las propiedades de los ve­
getales y su form a exterior, sorprende hallar virtudes
eminentemente febrífugas en las cortezas de árboles per­
tenecientes a diferentes géneros, y aún a fam ilias dife­
rentes (17). Algunas de estas cortezas se parecen hasta

(17) Puede tal vez tener interés para la química, la fisiología


y la botánica descriptiva, reunir desde un mismo punto de vista los
vegetales que han sido empleados con mayor o menor éxito contra
las fiebres intermitentes.
Hallamos entre las Rubiáceas, además de las Cinchonae y las
Exostemae, la Coutarea speciosa o Quina de Cayena, la Portlandia
grandiflora de las Antillas, otra Portlandia descubierta por el Sr.
Sesse en México, la Pinkneia pubescens de los Estados Unidos, el
fruto del Cafeto, quizás también el Macrocnemum corymbosum, y la
Guettarda coccinea;
entre las Magnoliáceas, el Tulipero y la Magnolia glauca;
entre las Zantoxilaceas, el Cuspare de Angostura, conocido en
América con el nombre de Quina del Orinoco, y el Zanthoxylon ca-
ribaeum ;
entre las Leguminosas, la Geoffraea, la Swietenia febrífuga, la
Aeschinomene grandiflora, la Caesalpinia bonducella;
entre las Caprifoliáceas, el Cornus florida y la Cuspa de Cumaná;
entre las Rosáceas, el Cerasus virginiana y el Geum urbanum,
entre las Amentáceas, los sauces, las encinas, los abedules, cuyo
extracto alcohólico es usado entre el pueblo de Rusia, le Populus tre-
muloides, etc.;
entre las Anonáceas, la U varia febrífuga, cuyos frutos hemos
visto emplear con éxito en las misiones de la Guayana española;
entre las Simarubáceas, la Quassia am ara, célebre en los llanos
palúdicos de Surinam;
entre las Terebintáceas, el Rhus glabrum;
entre las Euforbiáceas, el Croton Cascarilla;
entre las Compuestas, el Eupatorium perfoliatum, cuyas virtu­
des febrífugas conocen los salvajes de la América Septentrional.
(Crindel, Chinasurrogat, Dorpat, 1809. Renard, Ueber inland. Su-
rrogate der Chinarinde, Maguncia, 1809. Decandolle, Sur les propié-
tés médicales des plantes, 1816, pp. 73, 129, 138, 142, 165, 171, 170.
28 AL E J ANDRO DE H U M B O L D T

el punto de ser cosa fácil confundirlas en su simple as­


pecto. Pero antes de exam inar la cuestión de saber si en
la Quina legítima, en la Cuspa de Cumaná, en la Corteza
de Angostura, en la Swientenia de la India, en los sauces
de Europa, los frutos del cafeto y de la Uvaria, se descu­
brirá algún día una m ateria uniformem ente esparcida,
que ofrezca (como el almidón, el caucho y el alcanfor),
en diferentes vegetales, las mismas propiedades quím i­
cas, podríamos preguntarnos si, en general, en el estado
actual de la fisiología y de la medicina, se puede adm itir
el hecho de un principio febrífugo. ¿No será más bien pro­
bable que ese desarreglo particular de la organización
que se designa con el vago nombre de estado febril, en
que los sistemas vascular y nervioso se ven atacados a
un tiempo, cede a remedios que no obran por unos mis­
mos principios, por un mismo modo de acción sobre los
mismos órganos, por un mismo juego de atracciones quí­
micas y eléctricas? Nos limitaremos aquí a observar que
en las especies del género Cinchona, las virtudes antife­
briles no parecen residir ni el tanino (allí mezclado
accidentalm ente), ni en el cinchonato de cal, sino en una
m ateria resiniforme que disuelve tanto el alcohol como
el agua, y que se cree estar compuesta de dos principios,
el amargo y el rojo cinchónocos. Ahora bien, ¿puédese
adm itir que esta m ateria resiniforme, diferentemente
enérgica según las combinaciones que la modifican, se
encuentra en todas las sustancias febrífugas? Aquellas
por las que el sulfato de hierro da un precipitado verde,
como la legítima Quina, la corteza de sauce blanco, y el
perispermo córneo del cafeto, no por eso m uestran una

Rogers, On the properties of the Liriodendron tu lip ife ra, Filadelfia,


1802). La corteza de las raíces es lo que se usa en el Tulipero, como
en la Cuasia. También se han reconocido en Loia virtudes eminen­
temente febrífugas en el cuerpo cortical de las raíces de la Cinchona
condamínea; pero es de felicitarse, por la conservación de la especie,
de que en las boticas no se empleen las raíces de las verdaderas Qui­
nas. Faltan todavía investigaciones químicas sobre los amargos
eminentemente enérgicos contenidos en las raíces de la Zanthorhiza
apiifolia y de la A ctraea racemosa; la última ha sido empleada a ve­
ces con éxito en Nueva York, en las epidemias de fiebre amarilla.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 29

identidad de composición química, y tal identidad po­


dría existir sin que de ello pueda concluirse que sus vir­
tudes medicinales sean análogas (18). Vemos que los
azúcares y los taninos, cuando se extraen de plantas cine
110 son de una misma familia, presentan múltiples dife­
rencias, m ientras que el análisis comparativo del azúcar
de la goma y del almidón, el descubrimiento del radical
del ácido prúsico, cuyos efectos en el organismo son tan
poderosos, y tantos otros fenómenos de la química vege­
tal, prueban indudablem ente que “sustancias compues­
tas de un corto núm ero de elementos idénticos, y en la
misma proporción, tienen las propiedades más heterogé­
neas”, a causa de esa m anera particular de combinación
que la física corpuscular llama disposición de las mo­
léculas (19).
Saliendo de la quebrada que baja del Imposible, en­
tramos en una tupida selva atravesada por gran número
de riachuelos fácilmente vadeables (20). Observábamos
que la Cecropia, que en la disposición de sus ram as y
en su tronco esbelto recuerdan la traza de una palmera
se viste de hojas más o menos argentadas, según sea el

(18) La corteza de Cuspare (Cortex Angosturae) precipita el


hierro en amarillo, y no obstante se le emplea en las orillas del Ori­
noco, y sobre todo en la ciudad de Santo Tomás de Angostura, como
una Quina excelente. Por otra parte, la corteza del cerezo común,
cuyas propiedades febrífugas son casi nulas, precipita el hierro en
verde, como las Quinas verdaderas. (Vauquelin, en los Annales de
Chimie, t. LIX, p. 143. Reuss, en el Journal de Pharm acie, 1815, p.
505. Grindel, Russisckes Jahrb. der Pharm ., 1808, p. 183). A pe­
sar de la suma imperfección de la química vegetal, las experiencias
hechas ya sobre las Quinas prueban suficientemente que para juz­
gar de las propiedades antifebriles de una corteza no hay que dar
grande importancia al principio que pone verdes los óxidos de hie­
rro, ni al tanino, ni a la m ateria que precipita la infusión de casca.
(19) Gay-Lussac, Exp. sur l’ lode, p. 149, nota 1 (Humboldt,
Vers. übsr die gereizte Muskelfaser, t. I, p. 128),
(20) El M anzanares; el Cedeño con una plantación de Cacao y
una rueda hidráulica; el Vichoroco; el Lucaspérez con una habitación
que lleva el nombre de Pie de la Cuesta; el río San Juan, etc.
30 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

suelo árido o pantanoso. Vimos algunos pies de ella


cuyas hojas eran del todo verdes en am bas caras (21).
Ocultábanse las raíces de estos árboles entre apiñam ien­
tos de Dorstenia, que sólo se halla bien en parajes um­
brosos y húmedos. En el seno de la selva, a orillas del
río Cedeño, así como en la falda m eridional del Coco-
llar, búllanse en estado silvestre papayos y naranjos de
frutos grandes y dulces. Son probablem ente restos de
algunos conucos o labranzas indígenas; porque en estas
comarcas el naranjo no puede contarse entre los vege­
tales espontáneos, como tampoco el bananero, el papa­
yo, el maíz, la yuca, y tantas otras plantas útiles cuya
verdadera patria ignoramos, aunque hayan acom paña­
do al hombre en sus migraciones desde los tiempos más
remotos.
Cuando por prim era vez penetra un viajero, recien­
temente llegado de Europa, en las selvas de la América
m eridional, se le exhibe la naturaleza de una m anera
inesperada. Los objetos que le rodean 110 le recuerdan
sino débilmente los cuadros que los escritores célebres
han trazado en las orillas del Missisipí, en la Florida,
y en otras regiones templadas del Nuevo Mundo. Siente
a cada instante que se encuentra, 110 en los límites, sino
en el centro de la zona tórrida, 110 en una de las Antillas,
sino en un vasto continente, donde es gigantesco todo,
los montes, los ríos, la masa de los vegetales. Si es sen­
sible a la belleza de los sitios agrestes, cuéstale trabajo
el darse cuenta de los sentimientos diversos que experi­
menta. No sabe cómo discernir lo que más excita su
admiración, si la belleza individual y el contraste de las
formas, o esa fuerza y verdor de la vida vegetal que ca­
racterizan el clima de los trópicos. Diríase (jue la tierra
sobrecargada de plantas, no les ofrece espacio suficiente
para (pie se desarrollen. Por dondequiera el tronco de
los árboles se halla oculto debajo de un espeso tapiz de
verdura; y si con cuidado se trasplantasen las Orquí-

(21) ¿No será la Cecropia con color de Willdenow una simple


variedad de la C. peltata?
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 31

(leas, los Piper y los Pothos que un solo Corobore o una


Higuera de América (Ficus gigantea) sustentan, llega-
ríase a cubrir una vasta extensión de terreno. Median­
te este extraño agrupamiento, las selvas, tanto como los
costados de los peñones y los montes, agrandan el domi­
nio de la naturaleza orgánica. Los mismos bejucos que
se arrastran por el suelo, alcanzan la cima de los árbo­
les, y pasan del uno al otro a más de cien pies de altura.
De este modo, por un entrelazamiento continuo de plan­
tas parásitas, se expone a menudo el botanista a con­
fundir las flores, los frutos y el follaje pertenecientes a
especies diferentes.
Por algunas boras anduvimos a la sombra de esas
bóvedas que apenas perm iten entrever lo azul del cielo.
Este me pareció de un azul turquí, tanto más subido
cuanto es lo verde de las plantas equinocciales por lo
general de un tono vigoroso, que tira al oscuro. Un gran
helecho arborescente (quizá nuestro Aspidium cadu-
cnm), muy diferente del Polypodium arboreum de las
Antillas, coronaba algunas masas de rocas dispersas. Nos
extrañaron en ese p araje por vez prim era esos nidos
en forma de botella o de bolsillas, que se hallaban sus­
pendidos de los brazos menos elevados de los árboles.
Atestiguan la adm irable industria de los Turpiales que
mezclaban sus gorjeos con los raucos gritos de los loros
y guacamayas. Estas últimas, tan conocidas por la vi­
veza de sus colores, volaban sólo por parejas, m ientras
que los legítimos papagayos yerran por bandadas de va­
rios centenares de individuos. Menester es haber vivido
en estos climas, sobre todo en los valles cálidos de los
Andes, para concebir cómo pueden estos pájaros a veces
dominar con sus chillidos el ensordecedor ruido de los
torrentes que se precipitan de roca en roca.
Salimos de la selva a una buena legua de distancia
de la villa de San Fernando. Un estrecho sendero con­
ducía, tras varias vueltas, a una región abierta aunque
húmeda por extremo. En la zona tem plada hubieran
formado allí vastas praderas las Ciperáceas y Gramí­
neas: aquí abundaba el suelo en plantas acuáticas con
32 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

hojas sagitadas, y sobre todo en eañacorres, entre los que


reconocimos las soberbias flores de los Costus, las T a­
bas y las Heliconas. Estas yerbas suculentas se alzan
a 8 o 10 pies de altura, y su agrupación sería considerada
en Europa como un bosquecillo. El espectáculo arro­
bador de las praderas y de un césped sembrado de flo­
res casi por entero, falta en las bajas regiones de la zona
tórrida: vuelve sólo a hallarse en las altiplanicies de los
Andes.
La evaporación causada por la acción del sol era
tan fuerte cerca de San Fernando, que aún con ligerísi-
mos vestidos nos sentíamos empapados como en un baño
de vapor. Corría a los lados del camino una especie de
bambú (22), que los indios designan con el nombre
de Yagua o Guasdua, el cual se eleva a más de cuarenta
pies de altura. No es para com parar la elegancia de es­
ta gram ínea arborescente. La forma y disposición de
sus hojas le dan una condición de ligereza que contrasta
agradablemente con la altura de su vástago. El tronco
liso y lustroso de la Guasdua se inclina generalmente
sobre las orillas de los arroyos y se agita con el menor
soplo de los vientos. Por más elevada (pie sea la caña
(Anuido Donax) al mediodía de Europa, no puede dar
ninguna idea del aspecto de las gram íneas arborescen­
tes; y si osara referirm e a mi propia experiencia, diría
que el bambú y el helecho arbóreo son entre todas las
formas vegetales de los trópicos las que más excitan la
imaginación del viajero.
No entraré en detalles de botánica descriptiva para
probar (pie el bambú de las grandes Indias, los calumets
des hauts (Bambusa, o más bien Nastus alpina) de la
isla de Borbón, las Guasduas de la América meridional,
y aun quizá las A rundinarias gigantescas de las orillas
del Missisipí, pertenecen a un mismo grupo de plan­
tas. Se han consignado estas discusiones en otra obra,

(22) Bambusa Guadua. (Véase la lám. XX de nuestras Plan


tas equin., t. I, p. 68).
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 33

consagrada únicamente a la descripción de los nuevos


géneros y especies recogidos en nuestros viajes (23).
Basta recordar aquí que en la América por lo general
abundan menos de lo que comunmente se cree. Faltan
casi por completo en los pantanos y vastas llanuras
inundadas del bajo Orinoco, el Apure y el Atabapo,
m ientras que form an espesos bosques, de leguas de an­
cho, en la parte Noroeste, en la Nueva Granada y en el
reino de Quito. Diríase que la falda occidental de los
Andes es su verdadera patria; y, cosa bastante notable,
los hemos bailado no sólo en las regiones bajas al nivel
del océano, sino también en los altos valles de las Cor­
dilleras hasta 8B0 toesas de elevación.
El camino entre los bambúes nos condujo al poblezue-
lo de San Fernando, situado en un llano angosto, rodea­
do de peñas calcáreas muy escarpadas. Era la prim era
misión que veíamos en América (24). Las casas, o sean
las cabañas de los indios Chaimas, separadas unas de
otras, no están circundadas de huertos. Las calles, an­
chas y bien alineadas, se cortan en ángulos rectos; y las
tapias, muy delgadas y poco sólidas, son de tierra gredo-
sa y están sostenidas por medio de bejucos. Esta uni­
formidad de construcción, el aire grave y taciturno de
los habitantes, la suma limpieza que se m antiene en
sus casas, todo recuerda aquí los establecimientos de los
Hermanos Moravos. Cada familia de indios cultiva, a
cierta distancia del pueblo, amén de su propio huerto,
el conuco de la comunidad. Los individuos adultos de
ambos sexos trab ajan en este una hora por la m añana
y otra por la tarde. En las misiones m ás próximas a

(23) Nov. Gen. et Spec., t. I, pp. 201, 241 de la ed. en 4o. Am­
bos continentes tienen respectivamente diversas especies de los gé­
neros N astus y Bambusa.
(24) Llámase en las colonias españolas Misión o Pueblo de m i­
sión, una reunión de habitaciones en torno a una iglesia servida por
un fraile misionero. Las aldeas indias gobernadas por curas se lla­
man Pueblos de doctrina. Distinguen además el Cura doctrinero,
que es cura de una parroquia de indios, del Cura rector, que es cura
de una aldea habitada por hombres blancos o de raza mezclada.
3t A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

la costa el conuco de la comunidad es generalmente una


plantación de caña de azúcar o de añil, dirigida por el
misionero, cuyo producto, de observar estrictam ente la
ley, sólo puede emplearse en el m antenim iento de la
iglesia y en la compra de ornamentos sacerdotales. La
plaza m ayor de San Fernando, situada en el centro del
pueblo, comprende la iglesia, la casa del misionero y un
modesto edificio tpie fastuosamente llam an la Casa del
Rey. Es un verdadero caravanserrallo destinado a brin­
d ar abrigo a los viajeros, cosa infinitam ente valiosa,
como a menudo lo hemos experimentado, en un país en
que la palabra hospedería es aún desconocida. Las Ca­
sas del Rey se encuentran en todas las colonias españo­
las, y podría creerse que son imitación de los Tambos
del Perú, establecidos conforme a las leyes de Manco-
Capac.
Habíamos sido recomendados a los religiosos que go­
biernan las misiones de los indios Chaimas por el síndico
que reside en Cumaná. Eranos tanto más útil esta reco­
mendación, cuanto que los misioneros, ya sea por celo por
la pureza de las costumbres de sus feligreses, ya para sus­
traer el régimen monástico a la curiosidad indiscreta de
los extranjeros, ponen a menudo en ejecución un antiguo
reglamento según el cual no es permitido a un hombre
blanco del estado seglar detenerse m ás de una noche en
en un pueblo indiano. Por lo general, para v iajar có­
modamente en las misiones españolas sería im pruden­
cia confiar únicam ente en el pasaporte em anado de la
secretaría de estado de Madrid o de los gobernadores
civiles: es menester proveerse de recomendaciones dadas
por las autoridades eclesiásticas, sobre todo por los guar­
dianes de los conventos o por los generales de las órde­
nes residentes en Roma, a quienes respetan los misione­
ros infinitam ente más que a los obispos. Las misiones
forman, 110 diré que en virtud de sus instituciones pri­
mitivas y canónicas, sino de hecho, una jerarquía dis­
tinta, más o menos independiente, cuyas m iras arm oni­
zan raram ente con las del clero secular.
U N C A Z A D O R C H A IM A

(Dibujo del pintor y ornitólogo Antonio Goering, 1866)


VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 37

El misionero de San Fernando era un capuchino


aragonés de edad m uy avanzada, pero lleno aún de vi­
gor y vivacidad. Su extrem a gordura, su hum or jovial,
su interés por los combates y asedios, se conformaban
bastante m al con las ideas que en los países del Norte
se tiene de los melancólicos ensueños y la vida contem­
plativa de los misioneros. Bien que muy ocupado con
motivo de una vaca que había de ser descuartizada al
día siguiente, este viejo religioso nos recibió con bondad,
y nos permitió colgar nuestras ham acas en el corredor
de su casa. Sentado la m ayor parte del día en una gran
poltrona de m adera ro ja y 110 teniendo qué hacer, se
quejaba am argam ente de lo que él llam aba pereza e
indolencia de sus compatriotas. Nos hizo mil preguntas
sobre el verdadero objeto de nuestro viaje, que le pareció
aventurado y por lo menos harto inútil. Nos fatigó allí,
como en el Orinoco, esa viva curiosidad que conservan
los europeos en el seno de las selvas de América por las
guerras y torm entas políticas del viejo mundo.
Por lo demás, nuestro misionero parecía muy satis­
fecho de su situación. Trataba a los indios con dulzura:
veía prosperar su misión, y loaba con entusiasmo las
aguas, los bananos y la leche del cantón. La vista de nues­
tros instrumentos, de nuestros libros y plantas desecadas le
provocaban una maligna sonrisa, y con la ingenuidad pro­
pia de estos climas declaraba que de todos los goces de
la vida, sin exceptuar el del sueño, ninguno era compa­
rable al placer de comer buena carne de vaca; tan cierto
es que la sensualidad se desarrolla con la ausencia de
ocupaciones del espíritu. Nuestro huésped nos invitaba
a menudo a ir a ver la vaca que acababa de com prar; y al
día siguiente, en saliendo el sol, no pudimos dispensarnos
de verla m atar a la m anera del país, es decir, desjarre­
tándola antes de hundir un ancho cuchillo entre las vér­
tebras del cuello. Por desagradable que fuese tal ope­
ración, nos puso en conocimiento de la suma destreza
de los indios Chaimas que en número de ocho lograron
dividir en pequeñas porciones el animal en menos de
veinte minutos. P’I precio de la vaca era sólo de 7 pesos,
38 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

y ese precio pareció m uy subido. El mismo día había


pagado el misionero 18 pesos a un soldado de Cumaná,
que logró, tras varias tentativas infructuosas, sangrarlo
en el pie. Este hecho, poco im portante en apariencia,
prueba de un modo elocuente cuánto difiere en los paí­
ses incultos el precio de las cosas del precio del trabajo.
La misión de San Fernando fué fundada a fines del
siglo XVII, cerca de las juntas de los riachuelos Manza­
nares y Lucaspérez (25). Un incendio que consumió
la iglesia y las cabañas de los indios determinó a los ca­
puchinos a asentar la aldea en el hermoso emplazamien­
to que hoy ocupa. El número de fam ilias h a crecido
hasta ciento, y el misionero nos observó que la costum­
bre seguida por los jóvenes de casarse a la edad de trece
o catorce años contribuye mucho a este rápido creci­
miento de la población. Negaba que la vejez fuese tan
precoz entre los indios Chaimas como comunmente lo
creen los europeos. El gobierno de estas comunas india­
nas es por lo demás m uy complicado: tienen su gober­
nador, sus alguaciles mayores y sus comandantes de m i­
licias, que son todos indígenas cobrizos. La compañía
de arqueros tiene sus banderas y hace ejercicios con el
arco y la flecha tirando al blanco: es la guardia nacio­
nal del país. Este aparato m ilitar bajo un régimen pu­
ram ente monástico nos pareció bien singular.
La noche del 5 de setiembre y la m añana siguiente
hubo una brum a espesa: no estábamos, sin embargo, a
mayor altura que de cien toesas sobre la superficie del
mar. A la hora de salir determiné geométricamente la
altura del gran monte calcáreo situado a 800 toesas de
distancia, al mediodía de San Fernando, y de cuesta es­
carpada hacia el Norte. Sólo está elevada 215 toesas
más que la plaza mayor; pero desnudas masas de rocas
que se descubren en medio de una espesa vegetación le
dan un aspecto muy imponente (26).

(25) Caulín, Historia corogràfica de la Nueva Andalucía, p. 309.


(26) Base dirigida hacia la montaña, 290 pies. Angulos de al­
tura, 14" 25' 16" y 15° 17' 36". Barómetro, 6.7 líneas más bajo que
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 39

El camino de San Fernando a Cumaná pasa por un


valle despejado y húmedo, en medio de pequeñas se­
menteras. Atravesamos de vado gran número de arro­
yos. El term óm etro no se sostenia a la sombra más a rri­
ba de 30°; pero estábamos expuestos a los rayos directos
del sol, pues los bam búes que orillan el camino no ofre­
cían más que un escaso abrigo, y sufríamos mucho del
calor. Pasamos por la aldea de Arenas, habitada por
indios de la misma raza que los de San Fernando; pero
Arenas 110 es ya misión, y los indígenas, gobernados por
un cura, están allí menos desnudos y más educados. Su
templo es además conocido en el país, a causa de algu­
nas pinturas informes. Un friso angosto incluye figu­
ras de Armadillos, de Caimanes, Jaguares y otros anim a­
les del Nuevo Mundo (27).
En esta propia aldea vive un labrador, Francisco
Lozano, que presenta un fenómeno de fisiología bien
adecuado para sorprender la imaginación, aunque esté
muy de acuerdo con las leyes conocidas de la naturaleza
orgánica. Este hombre ha criado un hijo con su propia
leche. Habiendo enfermado la m adre, el padre, para
aquietar al niño, lo llevó a su cama y lo estrechó contra
su pecho. Lozano, de edad de treintidós años, no habia
notado hasta ese día que tuviese leche; pero la irritación
de la tetilla chupada por el niño trajo la acumulación
de ese líquido. La leche era consistente y fuertem ente
azucarada. Admirado el padre de ver engrosar la te­
tilla, hizo m am ar al niño por cinco meses, dos o tres ve­
ces al día. Llamó con esto la atención de sus vecinos,
mas no imaginó, como lo hubiera hecho en Europa, apro­
vechar esa curiosidad que excitaba. Hemos visto el acta
levantada localmente para probanza de este hecho nota-

en el puerto de Cumaná. A ltura sobre el nivel del m ar, 215 _[_ 93 —


308 toesas. De la plaza mayor de San Fernando el cerro Imposi­
ble queda N. 74° O., y la ciudad de Cumanacoa S. 41" E.
(27) Las cuatro villas de Arenas, M acarapana, M arigüitar y
Aricagua, fundadas por los capuchinos de Aragón, tienen el nombre
de Doctrinas de Encomienda,
40 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ble. Los testigos oculares viven todavía, y nos han ase­


gurado que durante la lactancia no recibió el hijo nin­
guna otra alimentación que la leche del padre. Lozano,
que no se hallaba en Arenas cuando nuestro viaje a las
misiones, fué a visitarnos a Cumaná. Le acompañaba
su hijo, que tenía ya de trece a catorce años. El Sr. Bon-
pland examinó atentam ente el seno del padre, y lo halló
arrugado, como en las m ujeres que han criado. Obser­
vó que la m am a izquierda sobre todo estaba muy dila­
tada, lo que nos explicó Lozano por la circunstancia de
que nunca las dos m am as sum inistraron leche con igual
abundancia. Don Vicente Em paran, gobernador de la
provincia, envió a Cádiz una descripción circunstanciada
de este fenómeno.
No es raro que entre los hombres y los animales h a­
ya machos cuyas m am as tengan leche, y no parece el
clima ejercer una influencia bien m arcada sobre esta
secreción más o menos abundante (28). Los antiguos
citan la leche de los chivos de Lemnos y de Córcega; y
aún en nuestros días se ha visto en el país de Hanover
un macho cabrío que por muchos años fué ordeña­
do cada dos días, dando m ás leche que las cabras (29).
Entre las señales de la supuesta debilidad de los am eri­
canos han mencionado los viajeros la leche que contenía
el seno de los hombres (30). Es no obstante poco pro­
bable que este fenómeno se haya observado alguna vez
en toda la gente de alguna parte de la América desco­
nocida de los viajeros modernos; y puedo afirm ar que
ahora no es más común en el Nuevo Continente que en
el viejo. El labrador de Arenas cuya historia acabamos
de referir no es de la raza cobriza de los indios Chai-
(28) Athanas. Joannides, De m am m arum struct., 1801, p. 6.
Haller, Elem . Physiol,, t. VII, P. II, p. 18.
(29) Blumenbach, Vergleich. A n at., 1805, p. 504. Hanovrisches
M agaz., 1787, p. 753. Reis, Arch. der Physiol., t. III, p. 439. Monte-
gre, Gaz de Santé, 1812, p, 110.
(30) H asta se ha afirmado gravem ente que en una parte del
Brasil eran los hombres, y no las mujeres, los que criaban los niños.
Clavigero, Storia di Messico, t. IV, p. 169.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 41

m as: es un hombre blanco, descendiente de europeos.


A m ás de esto, los anatom istas de Petersburgo han obser­
vado que en la plebe rusa es mucho más frecuente la
lec¡he en el seno de los hombres que en las naciones más
meridionales, y los rusos nunca han sido considerados co­
mo débiles y afeminados (31).
Entre las variedades de nuestra especie existe una
raza de hombres cuyo seno m uestra un volumen muy
considerable en la edad de la pubertad. A esta clase
no pertenece Lozano, y a menudo nos repitió que sólo fué
la irritación de la tetilla por efecto de la succión lo que
hizo b a ja r la leche. Ello confirma la observación de los
antiguos, quienes notan “que los hombres que tienen al­
go de leche la dan en abundancia tan luego como les
chupan los senos” (32). Este efecto singular de un es­
tímulo nervioso era conocido de los pastores de Grecia:
los del Monte Eta frotaban con ortiga las tetas de las
cabras que aún no habían concebido para hacerles ba­
ja r la leche.
Reflexionando sobre el cuadro de los fenómenos vi­
tales, se cae en que ninguno de ellos está por entero ais­
lado. En todos los siglos se han citado ejemplos de ni­
ñas no núbiles o de m ujeres cuyas mamas estaban m a r­
chitas por la edad, que han criado hijos. Estos ejem ­
plos son infinitam ente más raros por lo que hace a los
hombres, y a mucho buscarlos, he hallado apenas dos o
tres. Uno lo cita el anatomista de Verona Alejandro
Benedicto que vivió a fines del siglo XV. Refiere la
historia de un habitante de Siria que, para calm ar la
inquietud de su hijo tras la muerte de su m adre, lo es­
trechó contra su seno; y vino la leche desde entonces con
tal abundancia, que aquel pudo por sí sólo encargarse
de am am antar a su hijo (33). Otros ejemplos vienen

(31) Comment. Petrop., t. I ll, p. 278.


(32) Arist,,Hist. anim., lib. 3, cap. 20. ed. Duval, 1639, t. II,
p. 259.
(33) “M aripetrus sacri ordinis equestris tradidit, Syrum quen-
dam, cui filius infans, m ortua conjuge, supererai, ubera saepius ad-
movisse, u t famem filii vagientis frustraret, continuatoque suctu lac-
42 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

referidos por Santorellus, por F a ria y por Robert, obis­


po de Corke (34). Habiendo sido observados estos fe­
nómenos en su m ayor parte desde tiempos muy remotos,
no deja de tener interés para la fisiología el que se haya
podido verificarlos en nuestros días. Convienen por lo
demás estrecham ente a la discusión tan debatida de las
causas finales. La presencia de pezones en el hombre
ha confundido por largo tiempo a los filósofos, y aún no
se ha titubeado hace poco en afirm ar “que la naturale­
za ha rehusado a uno de los sexos la facultad de alim en­
tar, porque esa facultad 110 estaría de acuerdo con la dig­
nidad del hombre” (35).
En acercándose a la ciudad de Cumanacoa hay un
terreno más parejo y un valle que se ensancha progre­
sivamente. La pequeña ciudad está situada en un lla­
no pelado, casi circular, circundado de altos montes, y
tiene un aspecto fosco y triste. Su población se eleva
apenas a 2300 habitantes. Para 1753, en tiempos del P.
Caulín, sólo era de 600 (36); las casas son muy bajas, poco
sólidas, y con excepción de tres o cuatro, están todas
construidas con m adera. Logramos, sin embargo, colocar
nuestros instrumentos de un modo bastante ventajoso
en casa del adm inistrador de la renta del tabaco, Don
Juan Sánchez. Era 1111 hombre amable, dotado de gran
vivacidad de espíritu, quien nos había preparado una
mansión espaciosa y cómoda. Allí pasamos cuatro días
y él con gusto nos acompañó en todas nuestras excur­
siones.

te manasse papillam; quo exinde nutritus est, magno totius urbis


miraculo”. Alex. Benedicti hum. Corp. Anatom e: Bas., 1549, lib. 3,
cap. 4, p. 595. Barthol., Vindic. anatom ., 1648, p. 32.
(34) Garb. Rzacznski, Hist. natur. Cur. Sandom ir., 1721, p. 332.
Mise. Acad. N a t. Cur., 1688, p. 219, Phil. Trans., 1741, p. 810.
(35) Comment. Petrop., t. III, p. 277.
(36) H ist. cor., pp. 309, 317. Recientes viajeros dan a Cuma­
nacoa una población de 5.000 almas; pero ya he observado arriba
que he escogido las menores cifras sólo después de averiguaciones
hechas en unión de los oficiales reales y de colonos muy inteligentes.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 43

Cumanacoa fué fundada en 1717 por Domingo Arias,


al tornar de una expedición hecha a la boca del Guara-
piche, para destruir un establecimiento intentado por fi­
libusteros franceses (37). La nueva ciudad tuvo al prin­
cipio por nombre San Baltazar de las Arias; prevaleció
empero la denominación indígena, como ha hecho ol­
vidar el nombre de Caracas al de Santiago de León, que
a menudo se halla todavía en nuestras cartas.
Al instalar el baróm etro extrañamos ver la columna
de m ercurio apenas 7,3 lineas más corta que en la costa.
El instrumento, sin embargo, no parecía naberse desarre­
glado. La llanura, o m ejor dicho, la altiplanicie en la
que está situada la ciudad de Cumanacoa no tiene más
de 104 toesas de elevación sobre el nivel del océano; lo
cual es tres o cuatro veces menos de lo que suponen los
habitantes de Cumaná, a causa de las ideas exageradas
que tienen del frío de Cumanacoa. Pero la diferencia
de clima que se observa entre lugares tan cercanos, quizá
no es tanto debida a la altura del emplazamiento como
a circunstancias locales, entre las que citaremos la proxi­
m idad de las selvas, la frecuencia de las corrien­
tes descendentes, tan comunes en valles encerrados, la
abundancia de las lluvias, y esas brum as espesas que du­
rante una gran parte del año disminuyen la acción di­
recta de los rayos solares. Siendo más o menos igual
en los trópicos el decrecimiento del calor, y durante el
estío en la zona templada, la escasa diferencia de nivel
de 100 toesas no debería producir más que un cambio
de tem peratura media de I o a I o,2. (38). Pronto vere­
mos que en Cumanacoa la diferencia se eleva a más de
4o. Tanto m ás sorprende este frescor del clima cuanto
se experimentan todavía calores muy fuertes en la ciu­
dad de Cartago, provincia de Popayán, en Tomependa,
(37) Asegura el P. Caulín que el valle en el que Arias hizo las
primeras construcciones tenía desde muy antiguo el nombre de Cu­
manacoa; pero los vizcaínos reivindican la terminación coa, que en
vascuence significa “de Cumaná” o “dependiente de Cumaná”, como
en Jaungoicoa, Basocoa, etc.
(38) Véase una Memoria sobre las refracciones horizontales, en
mis Obs. astr., vol. I , y en esta Relación, arriba.
41 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

situada a orillas del río de las Amazonas, y en los valles


de Aragua, al Oeste de Caracas, aunque la altura abso­
luta de estos diversos lugares esté entre 200 y 480 toesas.
En la llanura como en los montes, las líneas isotermas
no son constantemente paralelas al ecuador o a la su­
perficie del globo (39). El gran problema de la meteo­
rología es determ inar las inflexiones de esas líneas, y re­
conocer, en medio de las modificaciones producidas por
causas locales, las leyes constantes de la distribución del
calor.
No dista el puerto de Cumaná de Cumanacoa sino
alrededor de siete leguas m arinas (40). Casi nunca
llueve en el prim ero de estos dos puntos, m ientras que
en el segundo hay seis o siete meses de invernada. En
Cumanacoa las sequías reinan desde el solsticio de in­
vierno hasta el equinoccio de prim avera. Lluvias cor­
tas son bastante frecuentes en los meses de abril, mayo
y junio, época en la cual las sequías aparecen de nuevo
y duran desde el solsticio de estío basta fines de agos­
to; y se siguen por último las verdaderas lluvias de la
invernada, que no cesan hasta el mes de noviembre, y
durante las cuales torrentes de agua descienden del cie­
lo. Según la latitud de Cumanacoa el sol pasa por el
zenit del lugar, la prim era vez el 16 de abril, y la segun­
da el 27 de agosto. Es visto, por lo que acabamos de
exponer, que estos dos pasos coinciden con el comienzo
de las lluvias y de las grandes explosiones eléctricas.
D urante la invernada fué cuando ocurrió nuestra pri­
m era permanencia en las misiones. Todas las noches cu­
bría el cielo una brum a espesa como un velo uniform e­
mente extendido, y sólo cuando clareaba lograba yo h a­
cer algunas observaciones de estrellas. El termómetro

(39) Véanse mis Prolegomena de distributione geographica


plantarum secundum caeli tem periem et altitudinem montium , en los
Nov. Gen. et Spec., t. I, p. XXVIII.
(40) En el país se reputa la distancia itineraria de 12 leguas;
pero estas leguas tienen apenas 2.000 toesas. Saco la distancia ver­
dadera de las observaciones astronómicas que hice en Cumaná y Cu­
manacoa, publicadas aquellas en 1806.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 45

se sostenía de 189, 5 a 20Q (149,8 a 16° R.), lo cual en es­


ta zona y al sentir de un viajero que viene de la costa,
significa un frescor bastante grande. En Cumaná no
he visto nunca b a ja r la tem peratura de la noche a me­
nos de 21°. El bigrómetro de Deluc indicaba en Cumaná
859, y, cosa bastante notable, tan luego como los vapores se
disipaban y brillaban en todo su esplendor las estrellas,
retrogradaba el instrum ento a 55°. Esta diferencia de
sequedad de 30° no hubiera hecho variar el bigrómetro
de Saussure sino en 11°. Hacia la m añana aum entaba
lentamente la tem peratura, por causa de la fuerza de
la evaporación, y a las 10 todavía no se elevaba a más
de 21°. Los calores m ás fuertes se hacen sentir del me­
diodía a las 3, sosteniéndose el termómetro entre 26 y
27 grados. La época del m áximum del calor, que se
efectúa como dos horas después del paso del sol por el
meridiano, se m arcaba muy regularm ente por una tor­
menta que retum baba cerca. Nubes negras y muy ba­
jas se resolvían en lluvias, y duraban estos aguaceros
dos o tres horas, haciendo b a ja r el termómetro de 5 a
6 grados. Hacia las 5 la lluvia cesaba por completo:
reaparecía el sol poco antes de su ocaso, y el bigrómetro
andaba hacia la sequía; mas a las 8 o a las 9 de la noche
estábamos de nuevo arropados en una espesa capa de
vapores. Estos diversos cambios se continúan, según se
nos aseguraba, durante meses enteros, conforme a una
ley uniforme, y no se siente con todo el m enor soplo
de viento. Experiencias comparativas me hicieron creer
que, en general, las noches de Cumanacoa son más fres­
cas que en el puerto de Cumaná de 2 a 3 grados cente­
simales, y los días de 4 a 5. Bastante grandes son estas
diferencias; y si en lugar de instrumentos meteorológi­
cos sólo se consultase la sensación que se experimenta,
más considerables aún se las supondría (41).

(41) Cumanacoa, 6 de setiembre de 1799, a media noche: T e r­


mómetro, 15°,7 R. Higróm etro, 85° Deluc (brum a).
El 7 de setiembre, a la misma hora: Term óm etro, 14°,8 R. H ig r.,
85°,8; a las 12 h. 25' de la noche: T erm ., 16°,4 R. H ig r., 55°,3 (cielo
46 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

La vegetación de la llanura que circunda la ciudad


es bastante monótona, pero notable por su gran lozanía
debida a la extrem ada hum edad de la atmósfera. Lo
que particularm ente la caracteriza es una Solanácea ar­
borescente que crece a 40 pies de altura, la Urtica bac-
cifera, y una nueva especie del género G uettarda (42).
La tierra es muy fértil, y aún podría ser fácilmente re­
gada, si se hicieran cauces a gran número de arroyos
cuyos m anantiales no se agotan en todo el año. La más
preciada producción del cantón es el tabaco, y es también
la única que ha dado cierta celebridad a una ciudad tan
pequeña y tan m al construida. Desde la introducción
del estanco real de Tabaco, en 1779, el cultivo del tabaco
en la provincia de Cumaná se ha reducido poco más o
menos al sólo valle de Cumanacoa, así como en México
no está perm itido sino en los dos distritos de Drizaba y
Córdoba. El sistema del estanco es un monopolio odio­
so al pueblo. Todo el tabaco cosechado ha de venderse
al gobierno; y para evitar, o más bien, para dism inuir el
fraude, se ha hallado más sencillo concentrar el cultivo en
un solo punto. Unos vigilantes recorren el país para des­
truir los plantíos que se hagan fuera del cantón privilegia­
do, y denuncian a los desdichados habitantes que osan fu ­
m ar tabacos preparados por sus propias manos. Estos vigi-

estrellado); a la 1 h. 4' de la m añana: T erm ., 15° R. H ig r., 82° (cielo


cubierto, brumoso; arco iris lunar; relámpagos de calor en lonta­
nanza).
El 9 de setiembre, a las 8 de la m añana: T erm ,, 17°,2 R. H ig r.,
72° (cielo cubierto); a la 1 h. 45': T erm ., 22° R. H ig r., 48°; a las 7 h.,
después de la lluvia y la torm enta: T erm ,, 17°,3 R. H ig r., 52°; a las 10
h. de la noche: T erm ., 16°,4 R. H ig r., 82° (brum a).
El valle de Cumanacoa está muy expuesto a las torm entas. Ase­
gúrase que en el mes de octubre se escucha resonar el trueno casi
todo el día.
(42) Esos árboles están rodeados de Galega pilosa, Stellaria ro-
tundifolia, Aegiphila elata Swartz, Sauvagesia erecta, M artinia pe-
rennis, y de gran número de Rivinas. La sabana de Cumanacoa ex­
hibe entre las gramíneas, el Paspalus lenticularis, Panicum adscen-
dens, Pennisetum uniflorum, Gynerium saccharoides, Eleusine in­
dica, etc.
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 47

lantes son en su m ayor parte españoles, y casi tan inso­


lentes como los que vemos desem peñar el mismo oficio
en Europa. No poco ha contribuido tal insolencia a
m antener el rencor entre las colonias y la metrópoli.
Después de los tabacos de Cuba y de Río Negro, el de
Cumaná es de los más aromáticos. A ventaja a todos los
tabacos de la Nueva España y de la provincia de Bari-
nas. Daremos algunos detalles sobre su cultivo, porque
difiere esencialmente del usado en Virginia. El des­
arrollo prodigioso que se nota en las Solanáceas del va­
lle de Cumanacoa, sobre todo en las múltiples especies
de Solanum arborescens, de Aquartia y de Cestrum, pa­
rece indicar cuán favorable es ese sitio para las planta­
ciones de tabaco. Siémbrase la semilla en la propia tie­
rra a principios de setiembre. Aguárdase a veces hasta el
mes de diciembre, lo cual es menos ventajoso para la co­
secha. Los cotiledones aparecen al octavo día. Cubren
las plantas tiernas con anchas hojas de Heliconia y de
Bananero, para protegerlas de la acción directa del sol,
teniendo cuidado de arrancar la m ala yerba que con es­
pantosa rapidez brota entre los trópicos. T rasplantan el
tabaco a una tierra pingüe y bien mullida, mes y medio
después de haber germinado la semilla. Dispónense las
plantas en hileras bien alineadas, a tres o cuatro pies unas
de otras. Se cuida de escardar con frecuencia, y una
y otra vez se le despimpolla el tallo principal hasta que
unas manchas azul-verdosas indiquen al cultivador la
madurez de las hojas. Se empieza a cogerlas al cuarto
mes y generalmente se concluye esta prim era cosecha en
pocos días. Preferible sería no cosechar las hojas sino a
medida que se secan. En los buenos años los cultivadores
cortan la planta cuando tiene cuatro pies de alto, y el re­
toño que nace de la raíz echa nuevas hojas con tal rap i­
dez, que pueden cogerse ya al treceno o catorceno día.
Estas últimas tienen el tejido celular m uy dilatado: en­
cierran más agua, más albúmina y menos cantidad de
ese principio acre, volátil, y poco soluble en el agua, en
el que parece consistir la propiedad excitante del tabaco.
48 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

La preparación a que se somete en Cumanacoa el


tabaco cosechado es la que los españoles llam an de cura
seca. El Sr. de Pons la ha descrito muy bien, tal como se
practica en Uritucu y en los valles de Aragua (43). Se
cuelgan las hojas en cordones de Cocuiza (Agave ame­
ricana) ; se les quita la costilla y se las tuerce en form a
de maroma. El tabaco preparado debería ser llevado a
los almacenes reales en el mes de junio; mas la pereza
de los habitantes y la preferencia que dan al cultivo del
maíz y de la yuca, les im piden las m ás de las veces aca­
b ar la preparación antes del mes de agosto. Fácil es con­
cebir que las hojas, expuestas por demasiado tiempo a
un aire eminentemente húmedo, pierden en aroma. Du­
rante sesenta días conserva el adm inistrador del estanco,
sin tocarlo, el tabaco depositado en los almacenes del rey.
Pasado este tiempo, se abren los andullos para exam inar
su calidad. Si el adm inistrador encuentra el tabaco bien
preparado, lo paga al cultivador a razón de tres pesos la
arroba de 25 libras de peso. Esta misma cantidad es
revendida en provecho del rey al precio de doce pesos y
medio. El tabaco podrido, es decir, el que ha entrado de
nuevo en fermentación, se quema públicamente, y el
cultivador que ha recibido los anticipos del estanco real,
pierde irrevocablemente el fruto de su largo trabajo. En
la plaza m ayor vimos destruir montones de cinco arro­
bas, que sin duda hubieran servido en Europa para ha­
cer rapé.
Tan propio es para este ramo de cultivo el suelo de
Cumanacoa, que el tabaco se hace silvestre dondequiera
que la semilla encuentra cierta humedad. Así crece es­
pontáneamente en el Cerro de Cuchivano y en derredor de
la caverna de Caripe. Por lo demás, la única especie de
tabaco cultivada en Cumanacoa, y en los distritos veci­
nos de Aricagua y San Lorenzo, es el tabaco de hojas an­
chas, sesiles (Nicotiana Tabacum ), llamado tabaco de
Virginia. No se conoce allí el tabaco de hojas precioladas

(43) Voyage a la T erre-F erm e vol. II, pp. 300 a 306.


VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 49

(Nicotiana rustica), que es el verdadero yetl de los anti­


guos mexicanos, aunque se le designa en Alemania
con el nombre extraño de tabaco turco (44).
Si fuera libre el cultivo del tabaco, la provincia de
Cumaná podría exportarlo para una gran parte de Euro­
pa; y aun parece (pie otros cantones no serían menos fa­
vorables a esta ram a de la industria colonial que lo es el
valle de Cumanacoa, en el que las propiedades arom áti­
cas de las hojas son a menudo alteradas por lluvias a-
bundantes en demasía. Restringida por ahora la agricul­
tura a un espacio de algunas leguas cuadradas, sólo es el
producto total de la cosecha de 6000 arrobas. La cosecha
de 1798 fué de 13800 arrobas; la de 1799, de 6100. Sin em­
bargo, las dos provincias de Cumaná y Barcelona consu­
men 12.000: lo restante es suministrado por la Guayana
española. En general, no hay sino 1500 individuos en los
alrededores de Cumanacoa que se dediquen a la cosecha
del tabaco. Son todos blancos: a los indígenas de raza
chaima difícilmente los induce a ello la esperanza del
lucro; y el estanco no juzga prudente hacerles anticipo.
Estudiando la historia de nuestras plantas cultiva­
das, sorprende ver que antes de la conquista estaba di­
fundido el liso del tabaco en la m ayor parte de la Améri­
ca, m ientras que la papa era desconocida tanto en Méxi­
co como en las Antillas, donde, sin embargo, prospera
muy bien en las regiones montuosas. Asimismo, en Por­
tugal fue cultivado el tabaco desde el año de 1559, m ien­
tras que la papa no fue objeto de la agricultura europea
sino desde fines del siglo XVII y comienzos del XVIII.
Esta últim a planta, que tan poderosamente ha influido
en el bienestar de la sociedad, se ha difundido en ambos
continentes con mayor lentitud que una producción que
sólo puede considerarse como simple objeto de lujo.

(44) Essai polit. sur la Nouvelle-Espagne, t. II, p. 403. En la


Crimea se cultiva de preferencia la Nicotiana paniculata. Pallas, Rei­
se in die südl. Statthalterschaften, t. II, p. 397.

4
50 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Después del tabaco, el cultivo m ás im portante del va­


lle de Cumanacoa es el del añil. Las añilerías de Cuma-
nacoa, San Fernando y Arenas lo producen tal, que es
aún m ás estimado en el comercio que el de Caracas; y
se acerca a menudo, en el esplendor y riqueza del color,
al añil de Guatemala. Fué de esta provincia de donde se
recibió en las costas de Cumaná la prim era semilla de
Indigofera Añil, que se cultiva conjuntam ente con la In-
digofera tinctoria (45). Como son tan frecuentes las llu­
vias en el valle de Cumanacoa, una planta de cuatro pies
de alto no da m ayor m ateria colorante que la que produ­
jera otra tres veces menor en los valles áridos de Ara-
gua, al Oeste de la ciudad de Caracas.
Todas las añilerías que hemos examinado están
construidas según los mismos principios. Dos tanques o
artesas, que reciben la yerba destinada a podrir se h a­
llan acopladas. Cada una de ellas tiene 15 pies en cuadro
por 2 1/2 de profundidad. Estas artesas superiores desa­
guan el líquido en las baterías, entre las que está coloca­
do el molino de agua. El árbol de la rueda grande a tra ­
viesa las dos baterías, y está provisto de paletas de largo
mango, propias para la batición. De un asentador espa­
cioso la fécula colorante se lleva a los secaderos (ofici­
nas para secar el añil) donde se la extiende en tablas
de Brasilete que por medio de ruedecillas pueden ser co­
locadas bajo techo, al sobrevenir inopinadam ente la
lluvia. Inclinados y m uy bajos como son estos techos,
dan de lejos a los secaderos el aspecto de un invernadero.
No entraré aquí en otros detalles sobre la fabricación de
los productos coloniales: supongo al lector penetrado en
la teoría de las artes químicas, y me limito a las observa­
ciones que pueden ilustrar cuestiones menos discutidas.
En el valle de Cumanacoa la fermentación de la yerba
sometida al pudrimiento se efectúa con pasmosa pronti-
(45) Los añiles esparcidos en el comercio provienen de cuatro
especies de plantas: la I. tinctoria, la I. Añil, la I. argentea, y la I.
disperma. En Rionegro, cerca de las fronteras del Brasil, hemos en­
contrado la I. argentea en estado silvestre, pero solamente en luga­
res antiguam ente habitados por los indios.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 51

tud. No dura generalmente sino cuatro o cinco horas.


Esta corta duración no debe atribuirse más que a la h u ­
medad del clima y a la ausencia del sol durante el des­
arrollo de la planta. En el curso de mis viajes he creído
observar que a proporción que el clima es m ás seco, más
lentamente trab aja la tina, y más abundan tam bién los
tallos en añil en su m ínim um de oxidación. En la pro­
vincia de Caracas, donde 562 pies cúbicos de yerba lige­
ramente hacinada dan de 35 a 40 libras de añil seco, el
líquido no pasa a la batería sino a las veinte, treinta o
treinticinco horas. Es probable que los habitantes de
Cumanacoa retiraran más m ateria colorante de la yer­
ba empleada, si la dejaran remojarse por m ayor tiempo
en la prim era tina (46). Disolví por comparación en
ácido sulfúrico, durante mi estada en Cumaná, el añil
algo pesado y cobrizo de Cumanacoa y el de Caracas. La
solución del prim ero me pareció de un azul mucho más
intenso.
A pesar de la excelencia de las producciones y la fer­
tilidad del suelo, la industria agrícola de Cumanacoa es­
tá todavía en su infancia. Arenas, San Fernando y Cu­
manacoa no dan al comercio sino 3.000 libras de añil,
cuyo valor en el país es de 4.500 pesos. Faltan brazos, y
la escasa población disminuye a diario por su emigración
a los Llanos. Esas sabanas inmensas ofrecen al hombre
una alimentación abundante, a causa de la fácil m ultipli­
cación de los ganados, m ientras que el cultivo del añil y
del tabaco exige particulares atenciones. El producto de
este último ramo es tanto más incierto cuanto el invier­
no es más o menos prolongado. Los labradores se hallan
bajo la dependencia del estanco real que sum inistra an ­
ticipos pecuniarios, y aquí, como en Georgia y Virginia
prefieren el cultivo de las plantas alimenticias al del ta­
baco (47). Habíase propuesto recientemente al gobierno

(46) Muy generalmente creen los colonos que la fermentación


de la yerba nunca debería durar menos de diez horas. Beauvains Ra-
seau, A rt de l’indigotier, p. 81.
(47) Jefferson, Notes on V irg in ia, p. 306.
50 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Después del tabaco, el cultivo m ás im portante del va­


lle de Cumanacoa es el del añil. Las añilerías de Cuma-
nacoa, San Fernando y Arenas lo producen tal, que es
aún más estimado en el comercio que el de Caracas; y
se acerca a menudo, en el esplendor y riqueza del color,
al añil de Guatemala. Fué de esta provincia de donde se
recibió en las costas de Cumaná la prim era semilla de
Indigofera Añil, que se cultiva conjuntam ente con la In-
digofera tinctoria (45). Como son tan frecuentes las llu­
vias en el valle de Cumanacoa, una planta de cuatro pies
de alto no da m ayor m ateria colorante que la que produ­
je ra otra tres veces menor en los valles áridos de Ara-
gua, al Oeste de la ciudad de Caracas.
Todas las añilerías que hemos examinado están
construidas según los mismos principios. Dos tanques o
artesas, que reciben la yerba destinada a podrir se h a­
llan acopladas. Cada una de ellas tiene 15 pies en cuadro
por 2 1/2 de profundidad. Estas artesas superiores desa­
guan el líquido en las baterías, entre las que está coloca­
do el molino de agua. El árbol de la rueda grande a tra ­
viesa las dos baterías, y está provisto de paletas de largo
mango, propias para la batición. De un asentador espa­
cioso la fécula colorante se lleva a los secaderos (ofici­
nas para secar el añil) donde se la extiende en tablas
de Brasilete que por medio de ruedecillas pueden ser co­
locadas bajo techo, al sobrevenir inopinadam ente la
lluvia. Inclinados y muy bajos como son estos techos,
dan de lejos a los secaderos el aspecto de un invernadero.
No entraré aquí en otros detalles sobre la fabricación de
los productos coloniales: supongo al lector penetrado en
la teoría de las artes químicas, y me limito a las observa­
ciones que pueden ilustrar cuestiones menos discutidas.
En el valle de Cumanacoa la fermentación de la yerba
sometida al pudrimiento se efectúa con pasmosa pronti-

(45) Los añiles esparcidos en el comercio provienen de cuatro


especies de plantas: la I. tinctoria, la I. Añil, la I. argentea, y la I.
disperma. En Rionegro, cerca de las fronteras del Brasil, hemos en­
contrado la I. argentea en estado silvestre, pero solamente en luga­
res antiguam ente habitados por los indios.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 51

tud. No dura generalmente sino cuatro o cinco horas.


Esta corta duración no debe atribuirse más que a la hu­
medad del clima y a la ausencia del sol durante el des­
arrollo de la planta. En el curso de mis viajes he creído
observar que a proporción que el clima es más seco, más
lentam ente trab aja la tina, y más abundan también los
tallos en añil en su mínim um de oxidación. En la pro­
vincia de Caracas, donde 562 pies cúbicos de yerba lige­
ram ente hacinada dan de 35 a 40 libras de añil seco, el
líquido no pasa a la batería sino a las veinte, treinta o
treinticinco horas. Es probable que los habitantes de
Cumanacoa retiraran más m ateria colorante de la yer­
ba empleada, si la dejaran remojarse por m ayor tiempo
en la prim era tina (46). Disolví por comparación en
ácido sulfúrico, durante mi estada en Cumaná, el añil
algo pesado y cobrizo de Cumanacoa y el de Caracas. La
solución del primero me pareció de un azul mucho más
intenso.
A pesar de la excelencia de las producciones y la fer­
tilidad del suelo, la industria agrícola de Cumanacoa es­
tá todavía en su infancia. Arenas, San Fernando y Cu­
manacoa no dan al comercio sino 3.000 libras de añil,
cuyo valor en el país es de 4.500 pesos. Faltan brazos, y
la escasa población disminuye a diario por su emigración
a los Llanos. Esas sabanas inmensas ofrecen al hombre
una alimentación abundante, a causa de la fácil m ultipli­
cación de los ganados, m ientras que el cultivo del añil y
del tabaco exige particulares atenciones. El producto de
este último ramo es tanto más incierto cuanto el invier­
no es más o menos prolongado. Los labradores se hallan
bajo la dependencia del estanco real que sum inistra an­
ticipos pecuniarios, y aquí, como en Georgia y Virginia
prefieren el cultivo de las plantas alimenticias al del ta­
baco (47). Habíase propuesto recientemente al gobierno

(46) Muy generalmente creen los colonos que la fermentación


de la yerba nunca debería durar menos de diez horas. Beauvains Ra-
seau. A rt de l’indigotier, p. 81.
(47) Jefferson, Notes on V irg in ia, p. 306.
52 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

hacer com prar, a expensas del rey, cuatrocientos negros


para distribuirlos entre los cultivadores que estuviesen
en capacidad de devolver el anticipo de com pra en dos
o tres años. Se contaba por ese medio elevar la cosecha
anual del tabaco basta 15.000 arrobas. Con satisfacción
he visto que este proyecto fué censurado por muchos pro­
pietarios. No era de esperar que, a ejem plo de algunas
partes de los Estados Unidos, se acordara la libertad a los
negros o a sus descendientes tras cierto núm ero de años,
y debíase tem er a m ayor abundam iento, sobre todo des­
pués de los funestos acontecimientos de Santo Domingo,
ese aumento de esclavos en la T ierra Firme. Una políti­
ca prudente a menudo trae los mismos efectos que los
sentimientos m ás nobles y más raros de la justicia y la
hum anidad.
El llano de Cumanacoa, sembrado de haciendas y
pequeñas plantaciones de añil y de tabaco, está rodeado
de montes que se alzan principalm ente hacia el Sur y tie­
nen doble interés para el físico y el geólogo. Todo anun­
cia que el valle ha sido el fondo de un antiguo lago; y
así las montañas que antes form aron su ribera están to­
das acantiladas de la parte del llano. El lago no daba
salida a las aguas sino del lado de Arenas. Excavando
cimentaciones cerca de Cumanacoa, han hallado bancos
de guijas mezcladas con pequeñas conchas de bivalvos.
Según informes fidedignos de varias personas, se ha
descubierto aún, ha más de treinta años, en el lecho de
la quebrada de San Juanillo, fémures enormes, de cuatro
pies de largo, que pesaban más de treinta libras. Fué he­
cho este descubrimiento por Dn. Alejandro Mejías, corre­
gidor de Catuaro. Los indios los tomaban, tal como hoy
todavía el pueblo en Europa, por huesos de gigantes,
m ientras que los sabidillos del país, que tienen el dere­
cho de explicarlo todo, afirm aban gravemente (pie eran
juegos de la naturaleza poco dignos de atención. Fun­
daban éstos su razonamiento en la circunstancia de que
las osamentas hum anas se destruyen rapidísimam ente
en el suelo de Cumanacoá. Para adornar las iglesias en
la conmemoración de los difuntos, se han hecho tomar
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 53

cráneos de los cementerios de la costa, donde la tierra


está cargada de sustancias salinas. Los supuestos fém u­
res de gigantes fueron transportados al puerto de Cuma-
ná. Allí los he buscado en vano. Pero por analogía con
las osamentas fósiles (pie lie traído de otras partes de la
América m eridional que han sido cuidadosamente exa­
minadas por el Sr. Cuvier, es probable que los fémures
gigantescos de Cumanacoa pertenezcan a elefantes de una
especie extinguida (48). Puede que sorprenda el haber­
los encontrado en un p araje tan poco elevado sobre el
nivel actual de las aguas; porque es un hecho muy notable
que los fragmentos de Mastodontes y elefantes fósiles que
he traído de las regiones equinocciales de México, Nueva
Granada, Quito y el Perú, 110 se han encontrado en las
regiones bajas (como se han hallado en la zona templada
los Megatherium del Río Luján, a una legua al Sureste
de la ciudad de Buenos Aires, y de Virginia, y los gran­
des Mastodontes de Ohío, y los elefantes fósiles del Sus-
quehana), sino en altiplanicies de seiscientas a mil cua­
trocientas toesas de altura (49).
En aproximándonos a la ribera m eridional de la
cuenca de Cumanacoa gozamos de la vísta del Turimiqui-
ri (50). Una enorme m uralla de rocas, resto de un an-

(48) Recherches sur les ossemens fossiles, t. II, (Elephans fos-


siles), p. 57.
(49) El M egatherium de Virginia es el Megalonix del Sr. Jef-
ferson. Todos estos despojos enormes encontrados en las llanuras
del Nuevo Continente, ya al Norte, ya al Sur del ecuador, no perte­
necen a la zona tórrida, sino a la zona templada. Por otra parte,
Pallas observa que en la Siberia. y por lo tanto siempre al Norte del
trópico, las osam entas fósiles faltan por completo en lugares mon­
tuosos (N o v. Comment. Petrop., 177, p. 577). Estos hechos, ínti­
mamente unidos entre sí, parecen conducir al conocimiento de una
gran ley geológica.
(50) Algunos habitantes pronuncian Tumuriquiri, Turumiquiri,
o Tumiriquiri. En todo el tiempo de nuestra permanencia en Cuma­
nacoa estuvo cubierta de nubes la cumbre de este monte. Se hizo
visible el 11 de setiembre por la tarde, aunque por pocos minutos.
Desde la plaza mayor de Cumanacca hallé el ángulo de altura de
8o 2', E sta determinación y la medida barom étrica de la montaña
54 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tiguo cantil, se eleva en medio de las selvas. Más al Oes­


te, en el Cerro de Cuchivano, la serranía de montes pa­
rece rota como de resultas de un temblor de tierra. La
grieta tiene más de ciento cincuenta toesas de ancho y
está delim itada por peñascos escarpados. Sombreada por
árboles cuyas ram as entrelazadas no hallan espacio para
extenderse, la grieta se exhibe a nuestra m irada como
una m ina abierta por el derrum bam iento de tierras. Un
torrente, el río Juagua (¿G uajua? ¿Guasduas?), atraviesa
esta grieta, cuyo aspecto es sumam ente pitdoresco y lle­
va el nombre de Risco de Cuchivano. El río nace a siete
leguas de distancia hacia el Suroeste, al pie de la m onta­
ña del Bergantín, y form a hermosas cascadas antes de
penetrar en la llanura de Cumanacoa.
Varias veces visitamos una pequeña hacienda, el Co­
nuco de Bermúdez, situado frente a la grieta del Cuchi-
vano. En terrenos húmedos se cultivan allí bananos, ta­
baco y varias especies de algodoneros (51), sobre todo
la que da algodón del color leonado del nankín, que tan co­
mún es en la isla de M argarita (G. religiosum). El pro­
pietario de la hacienda nos dijo que la grieta estaba ha­
bitada por tigres (Jaguares). Estos animales pasan el
día en las cavernas y rondan por la noche en torno de las
habitaciones. Como están bien nutridos, alcanzan hasta
seis pies de longitud. Uno de esos tigres había devorado
el año precedente un caballo de la hacienda, bajo un lim­
pio claro de luna, y arrastrado su presa al través de la
sabana hasta una Ceiba de enorme corpulencia. Los ge­
midos del caballo expirante despertaron a los esclavos de
la hacienda, quienes salieron a la misma hora armados

que hice el 13, pueden servir p ara encontrar aproximadamente la dis­


tancia, que es de 6 1/3 millas de 6.050 toesas, suponiendo que la p ar­
te libre de nubes tuviese 850 toesas de altura sobre el plano de Cu­
manacoa,
(51) Gossypium uniglandulosum (llamado impropiamente her-
baceum) y G. barbadense. El Sr. de Rohr ha demostrado cuánta con­
fusión reina todavía en la determinación de las variedades y espe­
cies de algodón.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 55

de lanzas y machetes (52). El tigre, acurrucado sobre


su presa, los esperó tranquilam ente, y no sucumbió sino
tras una larga y porfiada resistencia. Este hecho, y otros
tales verificados en cada lugar, prueban que el gran Ja ­
guar de Tierra Firm e (53), así como el Yaguarete del Pa­
raguay y el verdadero tigre del Asia, no huyen delante del
hombre cuando este quiere combatir con ellos cuerpo a
cuerpo y cuando no les asusta el número de los asaltan­
tes. Los naturalistas saben hoy que Buffon desconoció
por completo al mayor de los gatos de América. Lo que
dice este célebre escritor de la cobardía de los tigres del
Nuevo Continente se refiere a los chicos Ocelotes (54),
y pronto veremos que en el Orinoco el verdadero tigre
Jaguar de la América se arro ja a veces al agua para ata­
car a los indios en sus piraguas.
Al frente del conuco de Bermúdez se abren en la
grieta del Cuchivano dos cavernas espaciosas, de las que
salen de vez en cuando llamas que se distinguen desde
muy lejos por la noche. Los montes cercanos se ilumi­
nan con ellas; y a juzgar por la elevación de las rocas por
sobre las cuales se elevan esas emanaciones inflamadas,
se persuadiría uno de que alcanzan ellas una altura de
varios centenares de pies. Ha coincidido este fenómeno
con un ruido subterráneo sordo y prolongado en la época
del último terremoto de Cumaná (55). Se le observa por lo

(52) Machetes. Grandes cuchillos de lám ina muy alargada,


parecidos a los cuchillos de monte. En la zona tórrida nunca van a
un bosque sin arm arse con un machete, tanto p ara abrirse camino cor­
tando bejucos y ram os de árboles, como para defenderse de los ani­
males salvajes.
(53) Felis Onca, Lin., que Buffon llamó Panthere oillée (P an ­
tera ocelada), que él creyó ser originaria de Africa. La pantera
hembra, dibujada en la Histoire des Quadrupedes de Buffon, t. IX,
lám. XII, es un verdadero Jag u ar (Cuvier, Ossem. fossiles, t. IV, G a­
tos, p. 13). Tendremos oportunidad en adelante de volver a esta
m ateria im portante para la zoología y la geografía de los animales.
(54) Feli pardalis, Lin,, o Chibiguara de A zara, diferente del
Tlateo-Ocelotl o Gato atigrado de los Aztecas,
(55) Véase arriba.
56 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

principal durante la estación de las lluvias, y los propie­


tarios de las haciendas situadas frente al cerro de Cuchi-
vano aseguran que las llamas se han hecho más frecuen­
tes desde el mes de diciembre de 1797.
En una herborización que hicimos en la Rinconada in­
tentamos en vano penetrar en la grieta. Quisimos exam i­
n ar de cerca las rocas que parecen contener en su interior
las causas de estos abrasamientos extraordinarios. La fuer­
za de la vegetación, el entrelazam iento de los bejucos y las
plantas espinosas, nos habían impedido pasar adelante;
mas felizmente los habitantes del valle tomaban por sí
mismos gran interés en nuestras investigaciones, menos
por el temor de una explosión volcánica, que por estar
preocupada su imaginación con la idea de que el Risco
del Cuchivano guardase una m ina de oro. En vano h a­
bíamos pronunciado nuestras dudas sobre la existencia
de oro en una caliza conchífera, pues quisieron saber lo
(pie “el minero alem án pensaba de la riqueza del filón”.
Desde el tiempo de Carlos V y el gobierno de los Wel-
sers, los Alfingers y los Saillers, en Coro y en Caracas,
el pueblo de Tierra Firme conserva una gran confianza
en los alemanes en todo lo que se refiere a explotación
de minas. Por dondequiera que he pasado en la Amé­
rica meridional, íbanme a enseñar m uestras de m inera­
les tan luego como sabían el lugar de mi nacimiento. En
esas colonias todo francés es un médico, y todo alemán
un minero.
Los hacendados, ayudados por sus esclavos, abrie­
ron un camino al través de los bosques hasta el prim er
salto del río Juagua, y el 10 de setiembre hicimos nuestra
excursión al Cuchivano. Al entrar en la grieta recono­
cimos la proxim idad de los tigres tanto por un puerco
espín recientemente destripado como por el olor infecto
de sus excrementos parecidos a los del gato de Europa.
Para m ayor seguridad, los indios volvieron a la hacienda
a buscar perros de una raza muy chica. Asegúrase que
en casos de un encuentro por>un camino angosto, el Ja ­
guar se lanza más bien sobre el perro que sobre el hom­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 57

bre. Seguimos, no por la vera del torrente, sino por la


ladera de las rocas suspendidas sobre las aguas. Se ca­
mina al lado de un precipicio de doscientos a trescientos
pies de profundidad, sobre una especie de cornisa es­
trechísima, sem ejante a la vía que del Grindelwald con­
duce a lo largo del Mottenberg al Gran Glaciar. Cuando
la cornisa se estrecha hasta el punto de que no acierta
uno donde hacer pie, se baja al torrente, se le atraviesa,
sea esguazándolo, sea a horcajadas sobre los hombros de
un esclavo, y se sube por el paredón opuesto. Estas b a ja ­
das son bastante fatigosas, y no hay que fiarse de los be­
jucos que, sem ejantes a gruesas jarcias, cuelgan de la ci­
ma de los árboles. Las plantas sarmentosas y parasíticas
no se sujetan sino débilmente a las ram as que abrazan:
el peso de sus tallos en conjunto es bastante considerable
y se corre el riesgo de conmover toda una enram ada viva
si andando en un terreno pendiente se suspende uno de los
bejucos. A proporción que avanzábamos se hacía más tu­
pida la vegetación. En varios sitios las raíces de los á r­
boles habían hendido la roca calcárea introduciéndose en
las rendijas que separan los bancos. Con trabajo condu­
cíamos las plantas que cogíamos a cada paso. Las Cali­
nas, las Heliconias de hermosas flores purpúreas, los Cos-
tus, y otros vegetales de la fam ilia de las Amomáceas
crecen aquí a una altura de ocho a diez pies. Su blando
y fresco verdor, el destello sedoso y el extraordinario des­
arrollo del parenquim a contrastan con la hosquedad de
los helechos arbóreos cuyo follaje está calado con tanta
delicadeza. Los indios, provistos de sus grandes cuchi­
llos, hacían incisiones en el tronco de los árboles: llam a­
ron nuestra atención sobre la belleza de unas m aderas
berm ejas y de 1111 am arillo áureo que algún día serán
buscadas por nuestros ebanistas y torneros. Nos ense­
ñaban una compuesta de 20 pies de alto (el Eupatorium
laevigatum, de La Marck), la Rosa de Berbería (Brownea
racemosa, Bredem, ined.), célebre por el esplendor de
sus flores purpúreas, y el Sangre de drago de este país,
que es una especie de Croton no descrito aún, cuyo jugo
rojo y astringente se emplea para fortificar las encías
58 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

(56). Reconocían las especies por el olor y ante todo


mascando las fibras leñosas. Dos indígenas a quienes se
dé a m ascar igual m adera, pronuncian un mismo nom­
bre, y las m ás de las veces sin vacilar. Muy poco pudi­
mos aprovecharnos de la sagacidad de nuestros guías;
porque ¿cómo procurarse hojas, flores o frutos sobre
troncos cuyas ram as nacen a cincuenta o sesenta pies de
altura? Es de ver en esta garganta la corteza de los á r­
boles y aún el suelo cubierto de musgos (57) y de liqúe­
nes. Estas Criptógamas son ahí tan comunes como en
los países del Norte. Su desarrollo está favorecido por la •
hum edad del aire y por la ausencia de la luz directa del
sol; y sin embargo la tem peratura es generalmente de 25
grados en el día y de 19 en la noche.
Las rocas que lim itan la grieta son escarpadas como
m urallas y están compuestas de la misma formación cal­
cárea que persistía desde Punta delgada. Aquí es gris
negruzca, de fractura compacta, que a veces pasa a ser
granosa, estando atravesada por filoncillos de espato
calcáreo blanco. Con estos caracteres se cree reconocer
la Caliza alpina de Suiza y el Tirol, cuyo color es a m enu­
do m uy bazo, aunque siempre en m enor grado que en la
Caliza de transición (58). La prim era de estas form a­
ciones constituye el Cuchivano, el núcleo del Imposible,
y en general casi todo el grupo de las altas m ontañas de

(56) Vegetales de fam ilias en un todo diferentes llevan en las


colonias españolas de ambos continentes el nombre de Sangre de
Drago: son de los géneros Dracaena, Pterocarpus y Croton. El P.
Caulín (Descripción Corogràfica, p. 25), hablando de las resinas que
se han hallado en las selvas de Cumaná, distingue muy bien el D ra ­
go de la Sierra de Uñare, que tiene hojas pinadas (Pterocarpus Dra-
co), del Drago de la Sierra de Paria, que tiene hojas enteras y a te r­
ciopeladas. El último es nuestro Croton sanguifluum de Cumana-
coa, Caripe y Cariaco.
(57) Son verdaderos musei frondosi. También recogimos allí
además de un pequeño Boletus stipitatus, de color blanco de nieve,
el Boletus igniarius y el Lycoperdon stellatum de Europa. No había
yo encontrado este último sino en lugares muy secos de Alemania o
de Polonia.
(58) Escher, en la A lpina, t. IV, p. 340.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 59

Nueva A ndalucía. No he visto allí petrificaciones; pero


los habitantes aseguran que se h allan considerables m a­
sas de conchas a m uy grandes altu ras. El m ism o fenó­
meno se presenta en el país de Salzburgo (59). En el
Cuchivano la Caliza alp in a contiene capas de arcilla m a r­
gosa ( M ergelschiefer) que tiene hasta tres o cu atro toe-
sas de espesor, y esta circunstancia geológica recu erd a
por una p arte la iden tid ad del A lp e n kalkstein con el
Zechstein de T uringia, y por la otra la afinidad de fo r­
mación que existe en tre la Caliza alp in a y la del Ju ra
(60). Las capas m argosas hacen efervescencia con los
ácidos, aunque la sílice y la alúm ina predom inan en e lla s:

(59) En Suiza, los bancos de conchas, aislados a 1.300 o 2.000


toesas de elevación (en el Jungfrauhorn, el Dent de Morcle, y el
Dent de Midi), pertenecen a la C aliza de tr a n s ic ió n .
(60) La C aliza del J u r a y la Caliza alp in a son formaciones co n­
ti g u a s que a veces se distinguen con dificultad, cuando reposan in­
mediatamente una sobre la otra, como en los Apeninos: la Caliza
alpina y el Z echstein, célebre entre los geólogos de Freiberg, son for­
maciones id énticas. Esta identidad, que desde el año de 1793 he in­
dicado (U e b e r die G ru b e n -W e tte r, p. 93), es una circunstancia geo­
lógica interesante, tanto más cuanto parece enlazar las formacio­
nes del Norte de Europa con las de la Cordillera central. Sábese que
el Zechstein está colocado entre el Yeso muriatífero y el Conglome­
rado (arenisca vieja), o, de faltar el Yeso muriatífero, entre la are­
nisca arcillosa con Oolitos (b u n te S and stein , Werner) y el conglo­
merado o arenisca vieja (Todtes Liegende). Contiene capas de mar­
ga esquistosa y cúpricas (b itu m in ose Mergel - und K u p fersc h iefe r)
que son materia importante de explotación en el Mansfeld, Sajonia,
cerca de Riegelsdorf, Hesse, y en Hasel y Prausnitz, Silesia. En la
parte meridional de Baviera (Oberbaiern) he visto la piedra calcá­
rea alpina que incluía estos mismos bancos de arcilla esquistosa y
marga que, siendo más delgados y blancos, y sobre todo más fre­
cuentes, caracterizan la Caliza del Jura. En cuanto a los esquistos
de Blattenberg, en el cantón de Glaris, que por largo tiempo han
confundido los mineralogistas con el esquisto cúprico de Mansfeld, a
causa de numerosas estampas de peces, pertenecen, según el Sr. de
Buch, a una verdadera formación de transición. Tienden a probar
estos datos geológicos en conjunto que en la Caliza del Jura, la Ca­
liza alpina, y los esquistos de transición, se hallan capas de marga
más o menos cargadas de carbono. La mezcla de carbono, sulfuro
de hierro y cobre paréceme que aumenta con la a n tig ü e d a d relativ a
de las formaciones.
GO A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

están fuertem ente cargadas de carbono y ennegrecen a


ocasiones las m anos como lo h a ría un v erd ad ero esquisto
vitriólico.
La supuesta m ina de oro del Cuchivano, que era el
objeto de nuestras investigaciones, no es otra cosa que una
excavación intentad a sobre u n a de esas capas negras de
m arg a que ab u n d an en piritas. La excavación está en la
rib era derecha del río Ju ag u a, en un sitio al cual es m e­
nester acercarse con precaución, porque el to rren te tiene
allí m ás de 8 pies de profundidad. Las p iritas sulfuro­
sas se encuentran unas en m asa, otras cristalizadas y di­
sem inadas en la ro ca: su color, de un am arillo de oro
m uy pálido, 110 indica que encierren cobre: están m ez­
cladas con hierro sulfuroso fibroso (H a a rk ie s ) y con ri­
ñones de p ied ra hedionda o cal carb o n atad a fétida. La
c apa m argosa atraviesa el torrente, y como las aguas se­
p aran los granos metálicos, la gente se im agina que el to­
rren te es aurífero, a causa del reflejo de las piritas. C u én ­
tase que después de los grandes tem blores de tie rra que
ocurrieron en 1766, las aguas del Ju ag u a se hallaro n de
tal m odo cargadas de oro, que “hom bres venidos de m uy
lejos y cuya p a tria se ig n o rab a” establecieron allí lava­
deros. D esaparecieron por la noche, después de h ab er
recogido m ucho oro. Superfino sería p ro b ar cuán fab u ­
loso es este relato: las p iritas dispersas de filones cu ar­
zosos, que atraviesan el M icaesquisto (G lim m e rsc h ie fer),
son sin duda m uy a m enudo au rífe ras; pero ningún hecho
análogo induce hasta ah o ra a suponer que el hierro sul­
furado que se halla en las m argas esquistosas de la Ca­
liza alpina contenga igualm ente oro. Algunos ensayos
directos que hice po r vía húm eda, d u ran te m i p erm an en ­
cia en Caracas, probaron que las p iritas del Cuchivano
no son de ningún modo auríferas. N uestros guías censu­
rab an m i in c red u lid ad : en vano decía yo que de esta su­
puesta m ina de oro a lo m ás se sacaría alum bre y sulfato
de h ie rro : siguieron recogiendo en secreto cada p artícu ­
la de p irita que veían b rilla r en el agua. C uanto m ás des­
provisto de m inas está un país, tanto m ás los habitantes
V IA JE A LA S REGIONES EQUINOCCIALES 61

tienen ideas exageradas sobre la facilidad con que se sa­


can riquezas del seno de la tierra. C uánto tiem po hem os
perdido, en cinco años de v iajes visitando, a invitación
perentoria de nuestros huéspedes, q u eb rad as cuyas capas
piritosas llevan hace siglos el nom bre fastuoso de m inas
de oro! C uántas veces hem os sonreído al v er hom bres
de toda clase, m agistrados, curas de aldea, graves m isione­
ros, m oler, con u n a in alterab le paciencia, anfíbolo o m i­
ca am arilla p a ra de ello sacar oro p o r m edio del m e r­
curio! Este fu ro r con que se dan a la busca de m inas
aguijonea sobre todo en 1111 clim a en donde el suelo sólo
exige ser ligeram ente rem ovido p a ra ofrecer ricas cose­
chas.
Luego de h a b e r reconocido las m arg as piritosas del
río Juagua, continuam os and an d o por la grieta, la cual
se prolonga como 1111 canal angosto y som breado por á r ­
boles crecidísim os. Observamos en la rib e ra izquierda,
frente al C erro de Cucbivano, capas singularm ente a r ­
queadas y contorneadas. E ra el fenóm eno que h abía a
m enudo adm irado en Achsenberg, pasando el lago de L u­
cerna (61). P or lo demás, los bancos calcáreos del Cu-
chivano y los cerros próxim os conservan con b astante re ­
gularidad la dirección del N. N. E. al S. S. O. Su in clin a­
ción es ora al N orte, ora al S ur; y las m ás de las veces
parecen precipitarse hacia el valle de Cum anacoa, 110
habiendo como d u d a r de que la form ación del valle h a ­
ya tenido influencia en la inclinación de las capas (02).

(61) Esta montaña de Suiza está compuesta de Caliza alpina,


como el Cuchivano. Las mismas inflexiones en la capa se hallan
cerca de Bonneville, en el Nant d’Arpenaz, Saboya, y en el valle de
Estaubée, en los Pirineos. (Saussure, Voy., t. I, parágrafos 472,
1.672. Razoumowsky, Voy. Mineral., p. 154. Ramond, Voy. au x Py-
rénées, pp. 55, 100, 280). Una roca de transición, el G r a u w a k k e de
los alemanes o Killas de los ingleses, presenta el mismo fenómeno en
Escocia. Edinb. Phil. T ra n s., 1814, p. 80.
(62) Puede hacerse la misma observación al lago de Gemiin-
den, Estiria, que visité qon el Dr. de Buch, y que es uno de los si­
tios más pintorescos de Europa.
62 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Después de m uchas fatigas y em papados por los fre ­


cuentes esguazos del torrente, llegam os al pie de las fa ­
m osas cuevas de Cuchivano, de las que hace algunos años
se h an visto salir llam as. Una m u ra lla de rocas se eleva
perpendicularm ente a ochocientas toesas de altura. Es
cosa ra ra que en u n a zona en que la fu erza de la vegeta­
ción oculta por todas p artes el suelo y las rocas, se vea
que un gran m onte presen ta capas a descubierto en un
corte perpendicular. En la m itad de este corte, en una
situación desgraciadam ente inaccesible al hom bre, es
donde se abren las dos cuevas en form a de grietas. Ase­
gúrase que están h ab itad as por las m ism as aves noctur­
nas que pronto llegarem os a conocer en la Cueva del Guá­
charo de Caripe. Cerca de estas cavernas vimos capas
de m arga esquistosa que atrav esab an la p ared de rocas,
y m ás abajo, en la orilla del torrente, encontram os, con
gran asom bro nuestro, cristal de roca en cajad o en los
bancos de Caliza alpina. E ran p rism as exaedros term i­
nados en pirám ides, que tenían 14 líneas de largo por 8
de ancho. Los cristales, p erfectam ente transparentes, se
h allab an aislados, a m enudo ap artad o s 4 toesas unos de
otros. E staban incluidos en la m asa calcárea, como los
cristales de cuarzo de B urgtonna en el ducado de Go-
tha, y las Boracitas de Luneburgo que están incluidas en
el yeso. No había cerca h en d ed u ra alguna, ningún vesti­
gio de un filón de espato calcáreo (63).
Reposamos al pie de la caverna. Allí es donde se
han visto salir esos destellos de llam as que se han hecho
m ás frecuentes en los últim os años. N uestros guías y el
hacendado, hom bre inteligente e instruido de las locali­
dades de la provincia, discutían a la m a n era de los Crio­
llos, sobre los peligros a que se expondría la ciudad de

(63) Este fenómeno recuerda otro igualm ente raro: los crista­
les de cuarzo que el Sr. Freiesleben (Kupferschiefer, t. II, p. 89) en­
contró en Sajonia, cerca de Burgoerner, en el condado de Mansfeld,
en medio de una roca calcárea porosa ( R a u c h w a k k e ) que reposa in­
mediatamente sobre la piedra calcárea alpina. Los cristales de roca
comunísimos en la Caliza primitiva de Carrara tapizan cavidades sin
ser envueltos por la roca misma.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 63

Cum anacoa, si el Cuchivano se viniese a reventar. P a ­


recíales indudable que la N ueva A ndalucía, desde los
grandes tem blores de tierra de Quito y de C um aná, en
1797, se m in ab a m ás de día en día con los fuegos subte­
rráneos. C itaban las llam as que se h ab ían visto b ro tar
de la tierra en C um aná y los sacudim ientos que se expe­
rim entan en lugares en que el suelo n u n ca antes había
sido conmovido. R ecordaban que en M acarapana desde
hacía meses se sentían frecuentem ente em anaciones sul­
furosas. Nos hicieron im presión esos hechos en ios que
fundaban predicciones que se h an realizado casi todas.
Enorm es subversiones tuvieron efecto en 1812 y proba­
ron cuán tum ultuosam ente ag itad a está la n atu ra leza en
la parte N oreste de la T ierra Firm e.
¿Pero cuál es la causa de los fenóm enos ígneos que
se observan en el C uchivano? No ignoro que en ocasio­
nes se ve b rilla r con una viva luz la colum na de &iré que
se eleva por encim a de la boca de los volcanes in flam a­
dos (64). Esta refulgencia, que se cree deberse al gas
hidrógeno, lia sido observada desde Chillo en la cim a del
Cotopaxi, en u na época en que la m ontaña p arecía estar
en su m ayor reposo. Sé que, a lo que refieren los an ti­
guos, el Mons Albanus, cerca de Roma, boy conocido con
el nom bre de Monte Cavo, parecía de cuando en cuando
inflam ado d u ran te la noche; pero el Mons A lbanus es un
volcán recientem ente apagado, que en vida de Catón to­
davía a rro ja b a lapilli (65), m ientras que el C uchivano
es un m onte calcáreo, ap artad o de toda roca de fo rm a­
ción trapeana. ¿P odrán atrib u irse estas llam as a una
descomposición del agua que en tra en contacto c jn las
piritas dispersas en m argas esquistosas? ¿S erá hidróge­
no inflam ado lo que sale de las cuevas de Cuchivano?

(64) No debe confundirse este rarísimo fenómeno con el fulgor


que comúnmente se observa a pocas toesas por encima del borde de los
cráteres, el cual ( como lo he visto en el Vesubio, en 1805) no es sino
el reflejo de grandes masas de escorias inflamadas y arrojadas sin
que pasen del orificio del volcán.
(65) “Albano Monte biduum continenter lapidibus pluit”. Lá-
vio, XXV, 7. (Heyne, Opuscula acad., t. I I I, p. 261).
64 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Las m argas, como lo indica su olor, son al m ism o tiem po


bitum inosas y piritosas, y los m an an tiales de alq u itrán
m in eral del Buen P asto r y de la isla de T rin id ad nacen
quizá en estos m ism os bancos de Caliza alpina. Sería
fácil im ag in ar conexiones en tre las aguas in filtrad a s en
esta Caliza alp in a y descom puestas en capas de piritas,
y los tem blores de tie rra de C um aná, los m an an tiales de
hidrógeno sulfurado de N ueva B arcelona, los depósitos
de azufre nativo de C arúpano, y las em anaciones de áci­
do sulfuroso que se perciben de vez en cuando en las sa­
banas. No podría suponerse tam poco que la descom posi­
ción del agua por las piritas, a u n a alta te m p eratu ra, fa ­
vorecida por la afin id ad del óxido de h ierro con las sus­
tancias terrosas, da ocasión a este desprendim iento de gas
hidrógeno, al que hacen ju g a r un p apel tan im portante
varios geólogos m odernos. Pero en general el ácido sul­
furoso se m anifiesta m ás constantem ente que el hidróge­
no en la erupción de los volcanes, y es sobre lodo el olor
de este ácido lo que se hace sentir a veces cuando la tie­
rra está agitada p o r fuertes sacudim ientos. C uando se
p ára m ientes en el conjunto de fenóm enos de los volca­
nes y los tem blores de la tierra, cuando se recu erd a la
inm ensa distancia a que se propaga el m ovim iento deba­
jo de la cuenca de los m ares, se ab an d o n an fácilm ente
explicaciones fu n d ad as en pequeñas capas de p iritas y
de m argas bitum inosas. Pienso que las sacudidas que
tan frecuentem ente se sienten en la provincia de C um aná
h an de ser atrib u id as tanto m enos a las rocas que aflo­
ran a la superficie, cuanto m enos deben serlo a filones de
asfalto o a m anantiales de petróleo inflam ado, las sacu­
didas que conm ueven a los Apeninos. Todos estos fenó­
menos dependen de causas m ás generales, y casi hab ría
dicho m ás profundas; y no es en las capas secundarias
que form an la costra exterior de nuestro globo donde es
preciso situ a r el centro de la acción volcánica, sino en
en las rocas prim itivas, a u n a enorm e distancia de la su­
perficie del suelo. A proporción que progresa la geología
m ás concebible es la insuficiencia de esas teorías fu n d a­
das en algunas observaciones puram ente locales.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 65

A lturas m erid ian as del Pez A ustral observadas en la


noche del 7 de setiem bre, dieron p ara la la titu d de Cu-
m anacoa 10° 16' 11"; y por consiguiente el e rro r d e las
cartas m ás estim adas es de 1/4 de grado. H allé la incli­
nación de la a g u ja im an ad a de 42°,60, y la intensidad
de las fuerzas m agnéticas correspondiente a 228 oscila­
ciones en 10 m inutos de tiem po: la in ten sid ad era por
consiguiente de 9 oscilaciones o de 1/25 m en o r que en el
Ferrol.
El 12 proseguim os nuestro v iaje al convento de Ca-
ripe, capital de las m isiones chaim as. P referim os al ca­
mino derecho la vuelta por los cerros del Cocollar (66)
y el T urim iquiri, cuya a ltu ra excede en poco a la del J u ­
ra. El cam ino se dirige desde luego al Este, atravesando
en tres leguas la altiplanicie de C um anacoa sobre un te­
rreno antiguam ente nivelado p o r las aguas, y luego se
desvía hacia el Sur. Pasam os por la aldea in d ia de Arica-
gua, cercada de oteros arbolados, y de un aspecto risu e­
ño. Desde allí com enzam os a subir, y la subida duró m ás
de cuatro horas. Esta p arte del cam ino es m u y fatigosa:
se atraviesa veintidós veces el río P u tu tu cu ar, torrente
em pinado y lleno de bloques de peñas calcáreas. Cuando
en la Cuesta del Cocollar se llega a una elevación de 2000
pies sobre el nivel del m ar, sorprende casi no en co n trar
ya selvas o árboles crecidos. Recórrese una inm ensa al­
tiplanicie cubierta de gram íneas. Sólo in terru m p en la
triste uniform idad de las sabanas Mimosas de cim a he­
m isférica cuyos troncos no tienen m ás que cu atro pies de
altura. Sus ram as se inclinan hacia ab ajo o se extienden
en form a de quitasol. D ondequiera que hay escarp ad u ­
ras y m asas de rocas m edio cubiertas por el m antillo, la
Clusia o Copei, con grandes flores como N infea, desplie­
ga su herm oso verdor. Las raíces de este árbol tienen h as­
ta 8 pulgadas de diám etro y salen a veces del tronco a 15
pies de altu ra sobre el suelo.
(66) ¿E s este nombre de origen indígena? En Cumaná lo de­
rivan, de un modo bastante rebuscado, de la voz española Cogollo,
meollo de las plantas oleráceas, siendo así que el Cocollar forma
el centro del grupo entero de montes de la Nueva Andalucía.
5
66 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Mucho después de h a b e r continuado en la subida del


cerro, llegam os a u n a peq u eñ a llan u ra, al Hato del Coco-
llar. Es una hacienda, aislad a en u n a altiplanicie de 408
toesas de altu ra. T res días perm anecim os en esta soledad,
colm ados de atenciones p o r el propietario, Don M atías
Y turburi, n a tu ra l de Vizcaya, quien nos h ab ía acom pa­
ñado desde el puerto de C um aná. Allí encontram os le­
che, carnes excelentes a causa de la riq u eza de los pastos,
y sobre todo un clim a delicioso. D u ran te el día, el te r­
m óm etro centígrado no se elevaba a m ás de 22° o 23°;
poco antes de ponerse el sol b a ja b a a 19°; y por la noche
se sostenía apenas en 14° (11°,2 R.) (67). La tem p eratu ra
nocturna era de consiguiente 7 grados m ás fresca que la
de la costa, lo que dem uestra de nuevo un decrecim ien­
to de calórico en extrem o rápido, ya que la altiplanicie
del Cocollar es m enos elevada que el suelo de la ciudad
de Caracas.
Desde este punto elevado y a lo que la vista alcanza
no se perciben sino sab an as lim p ias; se elevan sin em ­
bargo en las qu eb rad as pequeños sotos de árboles esp ar­
cidos, y a pesar de la ap are n te u n ifo rm id ad de la vege­
tación, no d eja de encontrarse aquí un gran núm ero de
plantas notabilísim as (68). Nos lim itarem os a citar una

(67) Hato del Cocollar. A las 5 de la tarde, con un cielo se­


reno: Term. de Réaumur, 15°. Higrom. de Deluc, 62°;
a las 9 de la noche: T., 13°. H., 75°;
a las 11: T., 11»,2. H., 80°;
a las 22: T., 18°. H., 51»;
a medio día: T,, 19°. H., 50".
No vimos el higrómetro debajo de 46° (83° Sauss.), a pesar de
lo alto del lugar; pero también había comenzado la estación lluvio­
sa, y en esa época el aire, aunque muy azul y transparente, estaba
ya extraordinariamente cargado de vapores acuosos.
(68) Cassia a c u ta , Andrómeda rígida. Caearia hipericifolia,
Myrthus longifolia, Buettneria salicifol¡a, Glycine picta, C. p raten sis ,
G. gibba, Oxalis u m b ro sa , Malpighia C arip en s is Cephaelis salicifolia,
Stylosanthes an g u stifo lia , Salvia pseudococcinea, Eryngium foetidum .
Por segunda vez hemos encontrado esta última planta, pero a una
grandísima altura, en las vastas selvas de Quina que circundan la
ciudad de Loja, en el corazón de las Cordilleras.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 67

soberbia Lobelia de flores p u rp u rin as (L. spectabilis),


la Brow nea coccínea que tiene m ás de cien pies de alto,
y sobre todo la Péjoa, célebre en el país, a causa del olor
delicioso y arom ático que exhalan sus h o jas cuando se
las frota entre los dedos (69). Mas lo que m ás nos en­
cantaba en aquel lu g ar solitario eran la serenidad y la
calm a de las noches. El p ropietario de la hacienda p ro ­
longaba sus veladas con nosotros; y p arecía gozar de la
adm iración que produce en los europeos recientem ente
transplantados a los trópicos ese frescor p rim av eral del
aire que se aspira en las m ontañas después del ocaso del
sol. En estos ap artad o s climas, en que el hom bre toda­
vía conoce todo el valor de los dones de la n atu raleza,
un propietario ensalza el agua de su m an an tial, la au ­
sencia de insectos m aléficos, el viento saludable que so­
pla en torno de la colina, como ensalzam os nosotros en
E uropa las v en tajas de n u estra m o rad a o el efecto p in ­
toresco de nuestras plantaciones.
N uestro huésped había venido al Nuevo M undo con
una expedición que debía establecer en la costa del golfo
de P aria cortes de m ad era p ara la m a rin a española. En
estas vastas selvas de Caoba, Cedro y Palo B rasil que
costean el m a r de las A ntillas se contaba con escoger
los troncos de árboles m ás gruesos, darles como en bos­
quejo la form a necesaria p ara la construcción de las n a ­
ves y enviarlos todos los años a la a tarazan a de la Ca­
rraca, cerca de Cádiz. H om bres blancos, sin aclim atar,
no pudieron resistir a las fatigas del trab ajo , al ard o r

(69) P éjoa. Es la Gaultheria o d o ra ta, descrita por el Sr. Will-


denow (N eue Schriften der N a t. F reu n d e, t. IV, p. 218), según mues­
tras que le hemos comunicado. La Péjoa se encuentra en torno de
la laguna del Cocollar, en la cual tiene su cabecera el gran río Gua-
rapiche. Pies del mismo arbolillo hemos hallado en la Cuchilla de
Guanaguana. Es una planta subalpina que, como pronto veremos,
forma en la Silla de Caracas una zona mucho más elevada que en
la provincia de Cumaná. Las hojas de la Péjoa tienen un olor más
agradable aún que las del Myrthus Pimenta; pero no exhalan ya su
aroma si se las estrega algunas horas después que la rama ha sido
separada del tronco.
68 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

del clim a y a la im presión del aire m aléfico que exh alan


las selvas. Estos m ism os vientos cargados del aro m a de
las flores, de las h o ja s y de los leños llevan, por decirlo
así, el germ en de la disolución a los órganos. Fiebres
perniciosas arreb ataro n , ju n to con los carp in tero s de la
m a rin a real, las personas que ad m in istrab an el nuevo
establecim iento; y esta ensenada, que los prim eros es­
pañoles nom braron Golfo Triste, a causa del aspecto lú ­
gubre y salvaje de sus costas, fué la tum ba de los m a ri­
nos europeos. N uestro huésped tuvo la ra ra dicha de
salvarse de esos peligros. D espués de ver m o rir gran
núm ero de los suyos, se retiró lejos de las costas a las I
m ontañas del Cocollar. Sin vecinos, poseedor tranquilo
de cinco leguas de sabanas, gozó allí a un mism o tiem po
de la independencia que presta la soledad y de esa sere­
nidad de espíritu que produce en los hom bres sencillos
un aire puro y fortificante.
Es incom parable la im presión de m ajestuosa calm a
que d e ja el aspecto del firm am ento en este lugar solita­
rio. Siguiendo con la vista, al teñ ir la noche, las p ra ­
deras (pie lim itan el horizonte, la altiplanicie cubierta
de yerba y suavem ente ondulada, creíam os ver desde le­
jos, como en las estepas del Orinoco, la superficie del
océano que soportaba la bóveda estrellada del cielo. El
árbol b ajo el cual estábam os sentados, los insectos lum i- j
liosos que v o ltejeab an en el aire, las constelaciones que
brillab an al Sur, todo parecía decirnos que estábam os
lejos del suelo natal. Si entonces, en m edio de esta n a ­
turaleza exótica, se hacía oír desde el fondo de 1111 va­
lle jo el cencerro de una vaca o el m ugido de un toro, des­
pertábase de im proviso el recuerdo de la p atria. E ran
como le jan as voces que resonaban allende los m ares y
cuyo m ágico poder nos trasp o rtab a de uno a otro hem is­
ferio. E x trañ a m ovilidad de la im aginación del hom ­
bre, fuente eterna de sus goces y dolores!
Con el fresco de la m añ an a em pezam os a su b ir el
T urim iquiri. Es así como llam an la cum bre del Coco-
llar, que ju n to con el B ergantín no form a m ás que una
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 69

sola m asa de m ontañas, antes llam ad a por los indígenas


la Sierra de los Tageres. Una p arte del cam ino se hace
usando caballos que vagan por esas sabanas, pero acos­
tum brados algunos de ellos a llev ar la silla. A unque
m uy bastos de form a, trep a n listos sobre el césped m ás
resbaladizo. Nos detuvim os al principio en un m a n a n ­
tial que sale todavía, no de la roca calcárea, sino de una
capa de asperón cuarzoso (dirección: Hor. 4,3. Incli­
nación; 45° al S ureste). Su te m p eratu ra era de 21°, y
por lo tanto I o,5 m enos que la del m a n an tia l de Q uetepe:
así tam bién la diferencia de nivel es de u n as 220 toesas.
D ondequiera que aparece el asperón, el suelo está p a re ­
jo y form a como m esetas pequeñas que se suceden por
gradas. H asta 700 toesas de altu ra, y aú n m ás, este ce­
rro, como todos los que le están a par, está sólo cubierto
de gram íneas (70). En C um aná atrib u y en esta fa lta de
árboles a la grande elevación del suelo; pero por poco que
se reflexione sobre la distribución de los vegetales en
las C ordilleras de la zona tórrida, se com prende que las
cimas de la Nueva A ndalucía distan m ucho de tocar el
lím ite su p erio r de los árboles que, por esta latitud, se
m antienen a m enos de 1800 toesas de a ltu ra absoluta.
Y aun el césped raso del Cocollar em pieza a m ostrarse
ya a 350 toesas sobre el nivel del m ar, y se puede seguir
andando sobre este césped basta 1000 toesas de elevación.
Más lejos, de la otra p arte de esta fa ja cubierta de g ra­
míneas, se halla, en picos casi inaccesibles al hom bre,
un bosquecillo de Cedros, Jabillos (71), y Caobas. Estas

(70) Las especies dominantes son: Paspalus, el Andropogon


fa s tig ia tu m , que forma el género Diectomis del Sr. Palissot de Beau-
vais, y el Panicum olyroides.
(71) Jabillo. Hura crepitans, de la familia de los Euforbios.
El crecimiento de su tronco es tan enorme, que en el valle de Cu-
riepe, entre el cabo Codera y Caracas, el Sr. Bonpland midió artesas de
madera de Jabillo que tenían 14 pies de largo por 8 de ancho. E stas
artesas, enterizas, sirven para conservar el guarapo o jugo de caña,
y la melasa. Las semillas del Jabillo son un veneno muy activo, y
la leche que brota del peciolo, cuando se le rompe, nos ha causado
a menudo cegueras, si acaso las menores partículas se introducían
entre los párpados.
70 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

circunstancias locales inducen a creer que las sabanas


m ontuosas del Cocollar y el T u rim iq u iri no deben su exis­
tencia sino a la costum bre fu n esta que tienen los indíge­
nas de poner fuego a los bosques que quieren convertir
en apacentaderos. De este modo, cuando al cabo de tres
siglos las gram íneas y las yerbas alp in as lian cubierto
el suelo de espesa broza, las sem illas de los árboles no
logran ya germ in ar ni fija rse en la tierra, aunque el vien­
to y los p ájaro s las tran sp o rta n continuam ente de a p a r­
tadas selvas al centro de las sabanas.
El clim a de estas m ontañas es tan suave, que en la
hacienda del Cocollar se cultiva con éxito el algodón, el
cafeto, y aun la caña de azúcar. P o r m ás que digan los
habitantes de la costa, n u n ca se ha visto por los 10° de
latitu d escarcha blanca en las cim as cuya altu ra excede
apenas a la de los Montes de Oro y del Puy-de-Dome.
Los pastos del Turim icruiri m enguan en bondad con la
elevación del sitio. Allí donde hacen som bra rocas es­
parcidas, hállanse tanto p lantas liquenosas como algunos
musgos de E uropa. Elévanse acá y allá en la sabana
la M elástom a de nom bre Guacito (72) y un arbolillo cu­
yas hojas grandes y coriáceas cru je n como pergam ino
cuando las agita el viento (73). Pero el p rin cip al o rn a­
m ento del césped de estos cerros es una Liliácea de flores
doradas, la M arica m artinicensis. No se la observa ge­
n eralm ente en las provincias de C um aná y C aracas sino
subiendo a 400 o 500 toesas de altu ra (74). En cuanto
a la m asa roqueña del T urim iq u iri, está com puesta de
u na Caliza alpina sem ejan te a la de Cum anacoa, y de
capas bastante delgadas de m arg a y asperón cuarzoso. En

(72) Melastoma xanthostachys, llamada G u acito en Caracas.


(73) Palicourea rígida, C h a p a r r o bobo. En las dehesas o Lla­
nos se da el mismo nombre castellano a un árbol de la fam ilia de
las Proteaceas.
(74) Por ejemplo en la montaña del Avila, en el camino de Ca­
racas a La Guaira y en la Silla de Caracas. Las sem illas de la Ma­
rica sazonan a fines de diciembre.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 71

la Caliza en ca jan m asas de hierro oxidado m oreno y de


hierro espático. En varios p a ra je s he rep arad o , y m uy
distintam ente, que el asperón no solam ente reposa sobre
la caliza, sino que tam bién esta últim a roca incluye a
m enudo el asperón, altern an d o con él.
D istinguen en el país la cum bre red o n d ead a del Tu-
rim iquiri de los picachos destacados, o Cucuruchos, re ­
vestidos de una vegetación espesa y habitados por tigres
que son objeto de cacería a causa del tam año y herm o­
sura de su piel. La cum bre redondeada cubierta de cés­
ped hem os hallado (pie tiene 707 toesas de elevación so­
bre el nivel del océano. P o r esta cum bre se prolonga
hacia el Oeste una fila de rocas escarpadas que a una
milla de distancia se h alla in terru m p id a p o r u n a enorm e
grieta que desciende hacia el golfo de Cariaco. En el
punto en que podría suponerse la continuación de la fila
se elevan dos m am elones o picos calcáreos, de los cuales
el septentrional es el m ás alto. Este últim o es el que
m ás particularm ente llam an el Cucurucho ele Turim iqui-
ri y el que tienen como m ás elevado que el cerro del Ber­
gantín, tan conocido de los m arinos que a tie rra n en la
costa de Cum aná (75). Según ángulos de altu ra y u n a

(75) Esta opinión popular sobre la altura del Bergantín fa­


vorece la suposición de que la distancia del puerto de Cumaná
al cerro excede en mucho de 24 millas marinas; porque hemos
visto arriba que los ángulos de altura tomados en Cumaná, dan al
Bergantín 1.255 toesas de elevación, si se supone exacta la distancia
indicada en el mapa del Depósito h y d ro g rá fic o de Madrid. Hallo que
para armonizar el ángulo observado con una altura supuesta de
1.000 toesas, la cumbre del Bergantín no debiera estar alejada de Cu-
maná de más de 19 millas. La sierra de montes de Nueva Andalu­
cía se dirige, como la costa cercana, con bastante regularidad de E s­
te a Oeste; y en la hipótesis de una distancia de más de 19 millas,
el Bergantín estaría más meridional que el paralelo del Cocollar.
Sin embargo, los habitantes de Cumaná han querido trazar por el
Bergantín un camino a Nueva Barcelona, y yo no he hallado la la­
titud de esta ciudad de menos de 10° 6' 52". Esta circunstancia con­
firma el resultado de la triangulación hecha en el Salado, Cumaná,
mientras que por otra parte un levantamiento m agnético del Ber-
72 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

base bastante corta trazad a en la cum bre red o n d ead a y


lim pia de árboles m edim os el pico o cucurucho, que es­
taba m ás o m enos 350 toesas m ás elevado que n u estra es­
tación, de m an era que su altu ra absoluta pasa de 1050
toesas.
La perspectiva de que se goza desde el T urim i-
q u iri es de las m ás extensas y pintorescas. De la cima
hasta el océano se descubren sierras de m ontes que se
dirigen paralelam ente de Este a Oeste y que lim itan v a­
lles longitudinales. Como estos últim os están cortados
en ángulo recto por u n a infinidad de zanjoncillos que
han abierto los torrentes, resulta de ello que los eslabo­
nes laterales se h an tran sfo rm ad o en otras tan tas filas
de cabezos, ora redondeados, ora piram idales. La pen­
diente general del terreno es bastan te suave hasta el Im~
p osible: en adelante, las escarp ad u ras se h acen m uy em ­
pinadas y se continúan hasta la rib era del golfo de Ca­
riaco. Este hacinam iento de m ontes recu erd a en su fo r­
m a los eslabones del Ju ra, y el único llano que presenta
es el valle de Cum anacoa. Créese ver el fondo de un em bu­
do donde se distingue, entre boscajes de árboles esp arci­
dos, la aldea india de A ricagua. Hacia el Norte una a n ­
gosta lengua de tierra, la península de A raya, se destaca
negreciente sobre una m a r que re fle ja intensa luz, ilum i­
nada por los nacientes rayos del sol. Más allá de la p en ín ­
sula estaba ceñido el horizonte p o r el cabo M acanao, cu­
yos negros peñascos se elevan en medio de las aguas co­
mo un inm enso bastión.

gantín, ejecutado en la cumbre del Imposible, condujo a un aparta­


miento mayor. Este levantamiento sería infinitam ente precioso si
no se estuviere bien seguro de la longitud del Imposible y de la va­
riación de la aguja imanada, en un lugar en que el asperón es por
extremo ferruginoso. El viajero está en el deber de enunciar con
franqueza las dudas que le quedan sobre puntos aún no aclarados
suficientem ente. Al abordar nosotros a la costa de Cumaná, los pi­
lotos evaluaron la distancia del Tataracual a la costa de Cumaná
en 15 a 16 millas.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 73

El hato del Cocollar, situado al pie del T urim iq u iri,


se halla por los 10° 09' 32" de latitu d (76). La in clin a­
ción m agnética es allí de 42°, 10. La ag u ja oscilaba 229
veces en 10 m inutos de tiem po. Quizá h ay u n ligero
aum ento de la intensid ad de las fuerzas m agnéticas a cau ­
sa de m asas de m ina de hierro m o ren a contenidas en la
roca calcárea. No consigno aquí las experiencias hechas
con un péndulo in v ariab le: a p esar del cuidado puesto en
este género de experiencias, las creo defectuosas, por la
suspensión im perfecta de la v arilla del péndulo.
El 14 de setiem bre b ajam o s del Cocollar hacia la
misión de San Antonio. EÍ cam ino va al principio por
sabanas sem bradas de grandes bloques de rocas calcá­
reas; después se en tra en u n a espesa selva. E n p asan ­
do dos filas de m ontes en extrem o escarpadas (77), se
descubre un herm oso valle de cinco a seis leguas de la r­
go, que casi constantem ente sigue u n a dirección de Este
a Oeste. Es en este valle donde están situadas las m i­
siones de San Antonio y G uanaguana. La p rim era es
célebre a causa de un pequeño tem plo de dos torres
construido con ladrillos, de un estilo b astante bueno, y
adornado con colum nas de orden dórico. Es la m a ra ­
villa del país. El prefecto de los capuchinos h abía ter­
m inado la construcción de esta iglesia en m enos de dos
veranos, aunque sólo habiendo em pleado los indios de
su aldea. Las m olduras de los capiteles, las cornisas
de un friso decorado de soles y arabescos, fueron ejecu­
tadas con una m ezcla de arcilla y ladrillo tritu rad o . Si
es sorprendente enco n trar en los confines de la Laponia
templos del m ás puro estilo griego (78), extrañam os aún

(76) Según alturas meridianas de Deneb del Cisne que tomé las
noches del 12 y el 13 de setiembre. O bserv at. astro n ., vol. I.
(77) E stas filas, bastante difíciles de subir hacia el fin de la
estación de las lluvias, son conocidas con los extraños nombres de Los
Yepes y el F a n t a s m a . La caliza, donde quiera que sale a flor de
tierra en estos parajes, se dirige: hor. 4-5. (Inclinación de las
capas, 40° al S.E.)
(78) En Skelefter, cerca de Torneo. Buch, Voyage en Nor-
wége, t, II, p. 275,
74 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m ás estos prim eros ensayos de las artes en u n a zona en


que todo indica el estado salv aje del hom bre y donde
las bases de la civilización no h an sido echadas por los
europeos sino hace unos cu are n ta años. El G obernador
de la provincia im probó el lu jo de tales construcciones
en las misiones, y con el m ay o r sentim iento de los reli­
giosos quedó in terru m p id a la term inación del templo.
Los indios de San Antonio 110 p articip an ni con m ucho
de este sentim iento, y ap ru eb an en secreto la decisión
del G obernador que les h alag a su n a tu ra l pereza. De
adornos de arq u itectu ra no se cuidan m ás que lo que
antes lo hicieron los indígenas de las m isiones de los
Jesuítas del Paraguay.
No m e detuve en la misión de San Antonio m ás que
p a ra a b rir el baróm etro y to m ar algunas altu ras de sol.
La elevación de la plaza m ayor sobre C um aná es de
216 toesas. Después de a tra v esar la aldea vadeam os los
ríos Colorado y G uarapiche, los cuales, naciendo en­
tram bos en las m ontañas del Cocollar, se ju n ta n m ás
ab ajo hacia el Este. La corriente del Colorado es m uy
rápida, y éste en su desem bocadura es m ás ancho que el
R in: el G uarapiche, reunido al río Areo, tiene m ás de 25
b razas de profundidad . Sus orillas están herm oseadas con
una soberbia gram ínea, uue dos años después he dib u ­
jad o al rem o n tar el río M agdalena, y cuyo culm o con
h ojas dísticas alcanza de 15 a 20 pies de altu ra (79). N ues­
tras m uías salvaban con dificultad los espesos barrizales
de que estaba cubierto el cam ino, que es angosto y u n i­
form e. Llovía a cántaros. La selva en tera p arecía

(79) L a ta o C a ñ a b ra v a . E s un nuevo género entre Aira y


Arundo, que con el nombre de Gynerium hemos descrito (Pl. équin.,
vol. II, p. 112). Esta gramínea colosal tiene la disposición del Donax
de Italia, y es, con la Arundinaria del Missisipí (Ludolña, Willd: Mie-
gia, Persoon) y con los Bambúes, la gramínea más elevada del Nue­
vo Continente. Se ha llevado su semilla a Santo Domingo, donde se
aprovecha el culmo con que techan las chozas de los negros.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 75

convertida en un pantano según era la fuerza y la fre ­


cuencia de los aguaceros.
Al caer la tard e llegamos a la m isión de G uanagua- -
na, cuyo suelo está casi al nivel de la aldea de San An­
tonio. T eníam os gran necesidad de secarnos. El m isio­
nero nos recibió con u n a bondad extrem a. E ra un a n ­
ciano que parecía gobernar sus indios con m ucha in te­
ligencia. Desde hace trein ta años no m ás existe el pue­
blo en el puesto que hoy ocupa. Antes de esa época esta­
ba colocado m ás al Sur, arrim ad o a una colina. A dm ira la
facilidad con que se hace m u d a r de vivienda a los indios.
Hay pueblos de la A m érica m erid io n al que en m enos de
medio siglo h an sido trasladados tres veces. El indígena se
halla ligado por tan laxos vínculos al suelo que habita,
que recibe con indiferencia la orden de dem oler su casa
y reconstruirla en otra parte. Un pueblo cam bia de
asiento como un cam pam ento. D ondequiera que se en­
cuentre arcilla, cañas, hojas de p alm era y de Heliconia, ya
está la cabaña reconstruida en pocos días. Estos cam ­
bios forzosos no reconocen a m enudo otro motivo que el
capricho de un m isionero que, recién llegado de E spa­
ña, se im agina que el sitio de la m isión es febrígeno o que
no está bien expuesto a los vientos. Se han visto aldeas
enteras trasportarse a algunas leguas de distancia, sim ple­
mente porque el fraile no h allab a b astante herm osa o
am plia la perspectiva de su misión.
No hay iglesia en G uanaguana. El anciano religio­
so, que desde hacía treinta años hab itab a en las selvas de
América, nos observó que el dinero de la com unidad, o
el producto del tra b a jo de los indios, debía em plearse
prim ero en la construcción de la casa del m isionero, des­
pués en la de la iglesia, y por fin en vestidos p a ra los
indios. A firm aba gravem ente que esta orden 110 podía
ser trastrocada b ajo ningún pretexto. Así pues, los in­
dios, que prefieren una desnudez absoluta al m ás ligero
vestido, 110 tienen prisa de que llegue su turno. A cababa
76 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

de concluirse la espaciosa m o rad a del Padre, y con sor­


presa rep aram o s que esta casa, cuyo caballete acababa
en azotea, estaba ad o rn ad a con gran núm ero de chim e­
neas que parecían otras tan tas torrecillas. E ra, según
decía nuestro huésped, p a ra reco rd ar una p atria que le
e ra cara, y los inviernos de A ragón en m edio de los p a ­
lores de la zona tórrida. Los indios de G uanaguana cul­
tivan el algodón en su provecho, y tam bién en el de la
iglesia y del m isionero. Se rep u ta el producto como p e r­
teneciente a la com unidad, y es con el dinero de la co­
m unidad con el que se satisface a los m enesteres del cu­
ra y del altar. Los indígenas tienen m áq u in as de una
construcción sencillísim a que sirven p a ra se p a ra r el al­
godón de su sem illa. Son cilindros de m adera, de d iá­
m etro sum am ente pequeño, entre los cuales pasa el a l­
godón, que se ponen en m ovim iento con el pie, como
nuestros tornos de h ilar. A unque bien im perfectas es­
tas m áquinas, son sin em bargo útilísim as, y se em pieza
a im itarlas en las dem ás misiones. He expuesto en otra
parte, en m i obra sobre México, cuán em barazoso vuelve
el trasporte el hábito de vender el algodón con su sem i­
lla en las colonias españolas, donde todas las m ercancías
llegan a los puertos de m a r a lomo de m uías. La tierra
de G uanaguana es tan fértil como la de A ricagua, v illa­
je cercano que ha conservado igualm ente su antiguo
nom bre indígena. Un a lm u d de terreno (de 1850 toesas
cuadradas) produce, en los buenos años, de 25 a 30 fa ­
negas de maíz, de cien libras de peso cad a fanega. Pero
aquí, como en dondequiera, en que la m unificencia de
la n atu raleza re ta rd a el desenvolvim iento de la industria,
no se desm onta sino un cortísim o núm ero de yugadas y
se descuida v a ria r el cultivo de las p lan tas alim enticias.
La carestía se hace sen tir cad a vez que la cosecha del
m aíz se pierde p o r u n a p ro longada sequía. Nos contaban
los indios de G uanaguana como un accidente poco ex­
trao rd in ario que el año precedente, d u ran te tres meses,
ellos, sus m u jeres y sus hijos, se h ab ían ido al monte, es
decir, habían estado erran tes en las selvas próxim as, p a ­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 77

ra alim entarse con y erb as suculentas, cogollos de p alm e­


ras, raíces de helecho y fru ta s de árboles silvestres. No
h ablaban de esa vida nóm ade como de un estado de p ri­
vaciones. Solam ente el m isionero h ab ía estado incó­
modo, porque la aldea h ab ía quedado desierta, y porque
de vuelta de las selvas, los m iem bros de la pequeña co­
m unidad e ra n m enos dóciles que antes.

El herm oso valle de G uanaguana se prolonga hacia


el Este, ensanchándose en los llanos de P unceres y Te-
x’ecén. De buena gana hubiéram os querido v isitar estos
llanos p a ra ex am in ar los m an an tiales de petróleo que se
hallan entre los ríos G uarapiche y Areo; pero la esta­
ción de las lluvias estaba ya firm e, y d iariam en te nos
encontrábam os en las m ayores dificultades p ara secar
y conservar las plantas que habíam os recogido. El ca­
mino que lleva de G uanaguana a la aldea de Punceres
pasa por San Félix, o bien por C aicara y G uayuta, que
es un hato (cortijo de ganado) de los m isioneros. Es en
este últim o lugar donde según inform e de los indios se
hallan grandes m asas de azufre, no en u n a roca yesosa
o calcárea, sino a poca p ro fu n d id ad de la superficie del
suelo, en bancos de arcilla. Este fenóm eno singular p a­
rece peculiar a la A mérica. Lo volverem os a h a lla r en
el reino de Quito y en N ueva España. Cerca de Punce-
res, se ven en las sabanas saquillos form ados por un te­
jido de seda suspendidos a las ram as de los árboles m e­
nos elevadas. Es la seda silvestre del país, que es de
hermoso brillo, pero m uy áspera al tacto. La faleñ a que
la produce es quizá análoga a la de las provincias de
G uanajuato y A ntioquia, que igualm ente sum inistran
seda silvestre (80). En la herm osa selva de Punceres
hállanse dos árboles conocidos con los nom bres de Cu-
nucai y C anela; el prim ero, del cual hablarem os a conti­
nuación, produce una resina m uy buscada p o r los Pia-

(80) Nouv.-Esp., t. III, p. 237; t. IV, p. 296.


78 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ches o b ru jo s indios: el segundo tiene h o ja s cuyo olor


es el de la v erd ad era canela de Ceylán (81). Desde
P unceres el cam ino se dirige p o r T erecén y N ueva Pa-
lencia, que es una nueva colonia de Canarios, al
puerto de San Ju an , situado a la b an d a derecha del río
Areo, y atravesando este río en pirag u a, se llega a los fa ­
mosos m anantiales de petróleo (o alq u itrá n m in eral) del
Buen Pastor. Nos los han descrito como pozuelos o em ­
budos excavados por la n atu ra leza en un terreno p an ta­
noso. R ecuerda este fenóm eno el lago de Asfalto, o de
Chapapote, de la isla de T rin id ad (82), que en línea rec­
ta no dista del Buen P asto r sino treinticinco leguas m a ­
rinas.
V acilantes algún tiem po con el deseo que teníam os
de b a ja r por el G uarapiche basta el Golfo Triste, tom a­
mos al fin la vía directa de las m ontañas. Los valles de
G üanaguana y de C aripe están separados por una espe­
cie de dique o fila calcárea conocidísim a con el nom bre
de Cuchilla de Guanaguana (83). H allam os dificultoso
este paso, porque en esa época no habíam os todavía r e ­
corrido las C ordilleras; pero de ninguna m an era es tan
peligroso como se com placen en p in tarlo en Ciunnná.
V erdad es que el sendero sólo tiene en ciertos puntos 14
o 15 pulgadas de ancho: el alto de la m ontaña en el cual
se desarrolla el cam ino está cubierto de un césped bajo,

(81) ¿E s el Laurus cinnamomoides de M utis? ¿Cuál es ese otro


Canelo llamado por los indios T uo rco, que abunda en las montañas
del Tocuyo y en las cabeceras del río U chire? Su corteza la m ez­
clan con el chocolate. El P. Caulín designa con el nombre de Curu-
cai la Copaifera officinalis, que da el bálsamo de Copaiba (H is t, co-
ro g r., pp, 24, 34).
(82) L a g u n a de la Brea, al Sureste del puerto de Naparima.
Hay otro manantial de asfalto en la costa oriental de la isla, en la
bahía de Mayaro.
(83) Fila semejante a la lá m in a de un cuchillo. En toda la
América española la palabra C uchilla designa una cresta de mon­
tes muy escarpadas de lado y lado.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINO CCIALES 79

en extrem o resbaladizo: las cuestas de lado y lado son


bastante escarpadas, y si se diese u n a caída el viajero,
podría ir a p a ra r, rodando sobre la yerba, a setecientos
u ochocientos pies de p ro fundidad. Sin em bargo, las fa l­
das de la m ontaña presentan m ás bien escarpadura:» que
verdaderos precipicios, y las m uías de estos países tie­
nen una p isad a tan firm e, que in sp iran la m ay o r con­
fianza. Sus hábitos son iguales a los de las bestias de c a r­
ga de Suiza y de los Pirineos. A m ed id a que es m ás incul­
to un país, el instinto de los anim ales dom ésticos gana en
finura y sagacidad. C uando las m illas se creen en peli­
gro, se p a ra n y vuelven la cabeza a derecha e izquierda,
pareciendo in d icar el m ovim iento de sus o re ja s que es­
tán reflexionando sobre la decisión que h an de tom ar. Su
resolución es lenta, pero siem pre buena, con tal que sea
libre, es decir, que no la estorbe o acelere la im p ru d en ­
cia del viajero. E n los espantables cam inos de los An­
des, en v iajes de seis a siete meses, al través de m o n ta­
ñas surcadas por torrentes, es donde la inteligencia de
los caballos y acém ilas se desarrolla de un m odo so rp ren ­
dente. Se oye así decir a los m ontañeses: “No le d aré
la m uía cuyo paso es m ás cómodo; le d aré la m ás racio­
nal”. Esta frase popular, dictada por una larga expe­
riencia, com bate el sistem a de las m áq u in as anim adas,
m ejor tal vez que todos los argum entos de la filosofía
especulativa.

Alcanzado que hubim os el punto m ás elevado de la


cresta o Cuchilla de G uanaguana, presentóse un in tere­
sante espectáculo a n uestra m irada. Con una o jead a
abarcábam os las vastas p rad eras o sabanas de M aturín
y del río Tigre (84), el pico del T urim iq u iri {el Cucuru­
cho). y una infinidad de eslabones paralelos que en lon-
tonanza se asem ejan a las ondas del m ar. Ilacia el Nor-

(84) E stas praderas naturales hacen parte de los Llanos o es­


tepas inmensas orilladas por el Orinoco.
80 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

este se abre el valle en que está el convento de Caripe.


Su aspecto es tanto m ás atray en te cuanto co n trasta este
valle, y sus um brosas selvas, con la desnudez de los ce­
rros inm ediatos, desprovistos de árboles y vestidos de
gram íneas. H allam os la altu ra absoluta de la Cuchilla
de 548 toesas, siendo por consiguiente 329 toesas m ás ele­
vada que la casa del m isionero de Guana guana.

Á1 b a ja r de la fila por un cam ino tortuoso, se entra


en una región arbolada por entero. El suelo está cu­
bierto de musgo y de u n a nueva especie de D rosera (la
D. tenella) que en su aspecto recu erd a la D rosera de
nuestros Alpes. La espesura de las selvas y la fuerza
de la vegetación aum entan a m edida que va uno aproxi­
m ándose al convento de C aripe. Todo m u d a aquí de as­
pecto, basta la roca a p a r de la cual íbam os desde P uuta
Delgada. Las capas calcáreas se hacen m ás delgadas
y form an tongadas que se alinean en paredones, cornisas
o torres, como en las m ontañas del Ju ra, en las de Pa-
penheim , A lem ania, y cerca de Oicow, Galicia. El color
de la piedra 110 es ya gris ahum ado y gris azulado, sino
que se vuelve blanco: su fra c tu ra es uniform e, y aun a
veces im perfectam ente concoide. No es ya la caliza de
los Altos Alpes, sino u n a form ación a la cual sirve éste
de base, análoga a la Caliza d e l Jura. En la C ordillera
de los Apeninos, entre Roma y Nocera, he observado esta
m ism a superposición in m ed iata (85): indica, y lo rep eti­
mos aquí, 110 el paso de una roca a otra, sino la afinidad
geológica que existe entre dos form aciones. Según el
tipo general de las capas secundarias, reconocido en una
gran p arte de E uropa, la Caliza alp in a está sep arad a de
la Caliza del J u ra por el Yeso m uriatífero; m as a m enu­
do falta este enteram ente o se halla incluido como capa

(85) De esa manera, cerca de Ginebra la roca del Mole, que


pertenece a la Caliza alpin a, está por debajo de la Caliza del Ju ra ,
que constituye el Mont-Saleve.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 81

subordinada en la Caliza alp in a (86). Entonces las dos


grandes form aciones calcáreas se suceden in m ed iata­
m ente o se confunden en u n a sola m asa.
La b a ja d a de la Cuchilla es m ucho m enos larg a que
la subida. H allam os que el nivel del valle de C aripe
era 200 toesas m ás elevado que el del valle de G uanagua-
na. Un grupo de m ontes de poca an ch u ra sep ara dos

(86) He aquí la serie de las formaciones secundarias, cuando


han adquirido todas un desarrollo igual, es decir, cuando ninguna
de ellas ha sido suprimida o englobada por las formaciones inm e­
diatas: ,
1. Arenisca vieja yacente sobre el esquisto de transición (Al-
ter S an d stein , T o te s L ie g e n d e ) ;
2. Caliza alpina (A lp e n k a lk ste in , Z e c h s te m ) ;
3. Yeso antiguo ( S a l z g y p s ) ;
4. Caliza del Jura ( J u r a k a l k s t e i n ) ;
5. Arenisca de segunda formación, Molasa ( B u n te r S a n d s t s i n ) ;
6. Yeso fibroso (N e u e r G y p s ) ;
7. Caliza de tercera formación (M u sc h e lk a lk ste in de W erner);
8. Creta;
9. Caliza con Ceritas;
10. Yeso con osamentas;
11. Asperón;
12. Formación de agua dulce.
Tendremos a menudo ocasiones de recurrir a este tipo, cuyo co­
nocimiento perfeccionado parece ser el principal objeto de la Geog-
nosia y sobre el cual no se ha empezado a tener ideas exactas sino
desde hace una veintena de años. Nos limitaremos a observar aquí
que las últim as formaciones, 8, 9, 10, 11 y 12, con tanta atención
examinadas por los Sres. Brogniart y Cuvier, faltan en una gran
parte de Europa: que las Calizas 2 y 4 a menudo constituyen una
sola masa; y que donde quiera que las dos formaciones de yeso (3
y 6) no han podido desarrollarse, la serie de las rocas secundarias
se reduce a un tipo sobremanera simplísimo de dos fo r m a c io n e s de
arenisca a l t e r n a n t e s oon dos fo rm a c io n e s ca lc á re a s.
Para explicarse gran número de fenómenos de superposición que
a primera vista parecen muy extraños, conviene recordar las dos
leyes siguientes, que están fundadas en la analogía de hechos bien
observados: I o cuando dos formaciones se suceden inmediatamente,
sucede a menudo que las capas de la una comienzan desde luego a
alternar con las capas de la otra, hasta que la formación más nueva
aparece sin m ezcla de capas subordinadas (Buch, Geogn. Beob., t. I,
pp. 104, 156). 2o cuando una formación poco potente se halla colo-
6
82 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

cuencas, de las que u n a es de un delicioso frescor, m ien ­


tras que la otra es célebre por la calidez de su clim a. Es­
tos contrastes, tan com unes en México, N ueva G ranada
y el P erú, son bien raro s en la p a rte N oreste de la Amé­
rica m eridional. Así es que de todos los altos valles de
la N ueva A ndalucía, el de C aripe es el único que está
m uy habitado. La altu ra absoluta del convento sobre el
nivel del m a r es de 412 toesas. En u n a provincia cuya
población es poco considerable, y donde las m ontañas no
tienen u na gran m asa n i m uy extensas altiplanicies, los
hom bres hallan pocos m otivos p a ra ab an d o n ar las lla­
n u ra s y fija rse en regiones tem pladas y m ontuosas.

cada, conforme a su antigüedad relativa, entre dos grandes form a­


ciones, se observa a veces que desaparece enteramente, o que se en­
globa como capa subordinada ora en la una, ora en la otra de las
form aciones contiguas.
LA CU E V A D EL G U A C H A R O
(Oleo de Bellermann, existente en la Galería Nacional de Berlín.
Perteneció a Humboldt. 1842).
CAPITULO VII

Convento de Caripe.— Cueva del Guácharo .—


A ves Nocturnas

Una avenida de pérseas nos condujo al hospicio de


los capuchinos aragoneses. Nos detuvim os cerca de una
cruz de brasilete que se eleva en m edio de una gran p la­
za. Está aquella rodeada de bancos donde vienen los fra i­
les enferm os a re z a r el rosario. El convento está a rrim a ­
do a una m u ra lla enorm e de rocas p erpendiculares y ta ­
pizadas de una espesa vegetación. Las hiladas de la pie­
dra, que es de una b lan cu ra deslum brante, 110 aparecen
sino acá y allá entre el follaje. D ifícil es im ag in ar una
posición m ás p in to resca: m e recordó a lo vivo los valles
del condado de Derby, o las m ontañas cavernosas de Mug-
gendorf, en F ranconia. Las hayas y los arces de E uropa
están aquí reem plazados por las m ás im ponentes form as
de la Ceiba y de las p alm eras P raga e Irase. M anantiales
sin cuento brotan de los lados de las peñas que circu lar­
mente encierran la cuenca de C aripe y cuyas cuestas
abruptas presentan hacia el Sur perfiles de m il pies de
altura. N acen estos m anantiales en su m ayor p arte de
algunas h endeduras o gargantas estrechas; y la hum edad
que esparcen ellos favorece el crecim iento de los g ra n ­
des árboles, tanto que los indígenas, que gustan de luga­
res solitarios, hacen sus conucos a lo largo de tales hende­
duras. B ananeros y papayos ciñen allí grupos de hele-
80 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

chos arborescentes. Esta m ezcla de vegetales cultivados


y silvestres com unica a estos lugares un encanto p articu ­
lar. E n el costado lim pio de los m ontes se distinguen de
lejos los m anantiales por unas m asas zarzosas de vegeta­
ción que al principio parecen estar suspendidas de la ro ­
ca, y luego, al descender al valle, siguen las sinuosidades
de los torrentes (1).
Fuim os recibidos con las m ayores atenciones p o r los
frailes del hospicio. Plácenos citar con agradecim iento
los nom bres de los P. P. M anuel de M onreal, Luis de Mi-
rabete, y Francisco de Aliaga. El pad re g u ard ián o su­
perior estaba ausente; pero advertido de n u estra salida
de C um aná, había tom ado las m ás solícitas m edidas p a­
ra que nuestra perm anencia fuese agradable. El hospi­
cio tiene un patio in terio r rodeado de galerías como los
conventos de España. Este lu g a r cerrado nos ofrecía
m ucha com odidad p ara in sta la r nuestros instrum entos y
p ara seguir su m ovim iento. Encontram os en el convento
una sociedad num erosa: frailes jóvenes recién llegados
de E spaña estaban a punto de ser distribuidos en las m i­
siones, al paso que viejos m isioneros extenuados busca-

(1) Entre las plantas interesantes del valle de Caripe, hemos


hallado por primera vez: un Ca’adium cuyo tronco tiene 20 pies de
alto (C. a r b o r e u m ) , la Mikania m i c r a n t h a , que bien podría participar
de las propiedades antivenenosas del famoso Guaco del Chocó, la Bau-
hinia obtusifelia, árbol colosal que llaman los indios G u a ra p a , la
Weinmannia g la b r a , una Psychotria arbórea, cuyas cápsulas estre­
gadas entre los dedos exhalan un olor muy agradable de naranja,
la Dorstenia Houstoni (R aíz ds r e s fri a d o ), la Martynia Graniolaria,
cuya flor blanca mide de 6 a 7 pulgadas de largo, una Scrofularia
que tiene las facies del Verbascum Miconi y cuyas hojas, todas radi­
cales y vellosas, están marcadas con glándulas argentadas. La Na-
cibaea o Manettia de Caripe (M anettia c u s p i d a ta ) , que en sus m is­
mos sitios he dibujado y mucho difiere de la M. reclinata de Mutis.
Esta última, que ha servido de tipo al género, está localizada por
Linneo en México, aunque sea de la Nueva Granada; y el Sr. Mutis,
que nunca ha estado en México, nos ha invitado a que recordásemos a
los botanistas que todas las p’antas que ha enviado a TJpsal y que
indican como mexicanas las Species, la M antissa y el S u plem en to , son
de la Montuosa, cerca de Pamplona, o de la Mina del Sapo, cerca de
Ibagué, y por consiguiente de las montañas de la Nueva Granada.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 87

ban su convalescencia en el aire vital y salu d ab le de las


m ontañas de Caripe. Me alojé en la celda del guardián,
que contenia una colección bastan te considerable de li­
bros. Con sorpresa encontré allí, al lado del Teatro crí­
tico de Feijoo y las Cartas edificantes, el Tratado de la
electricidad del abate Nollet. D iríase que el progreso de
las luces se siente hasta en las selvas de la A m érica. El
más joven de los frailes capuchinos de la últim a misión
había llevado u n a traducción española de la Quím ica de
Chaptal. (2). Se proponía estu d iar esa obra en la sole­
dad en que había de ser abandonado a sí m ism o por el
resto de sus días. D udo que el deseo de instrucción se
conserve en un joven religioso, aislado en las orillas del
río Tigre; pero lo que es positivo, y honorabilísim o p ara
el espíritu del siglo, es que d u ran te n u estra perm anencia
en los conventos y m isiones de la A m érica ja m á s hem os
experim entado señal alguna de intolerancia. No ignora­
ban los frailes de C aripe que yo había nacido en la parte
protestante de A lem ania. Provisto de órdenes de la cor­
te, no tenía yo ningún motivo de callarles ese hecho; y sin
embargo ningún signo de desconfianza, n in g u n a p regun­
ta indiscreta, ninguna tentativa de controversia, dism inu­
yeron ja m á s el precio de una h ospitalidad ejercid a con
tanta lealtad y franqueza. E n otro lu g ar exam inarem os
las causas y los lím ites de esta tolerancia de los m isio­
neros.
El convento está fundado en un terren o que an tig u a­
m ente se llam ó A reocuar. Su altu ra sobre el nivel del
m ar es poco m ás o m enos la m ism a que la de la ciudad de
Caracas o de la parte hab itad a de las m ontañas Azules

(2) Además de las aldeas en que los indígenas están reunidos


y gobernadcs por un religioso, llámase misión en las colonias espa-
fio'as la reunión de frailes jóvenes que parten a un mismo tiempo
de un puerto de Esoafia para abastecimiento de los establecimientos
monásticos ya del Nuevo Mundo, ya de lrs Filipinas. De aquí la ex­
presión: “ir a Cádiz a buscar una nueva misión”.
88 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

de Jam aica (3). Así la te m p eratu ra m edia de estos tres


puntos, com prendidos todos entre los trópicos, es poco
m ás o m enos igual. En C aripe se ex p erim en ta la necesi­
dad de m antenerse arro p ad o d u ran te la noche y sobre to­
do al salir el sol. Allí vim os el term óm etro centígrado a
m edia noche entre 16° y 179,5 (129,8—149 R .); en la m a­
ñ an a entre 19° y 20°. H acia la u n a de la ta rd e no subía
aún sino a 219 y 229,5 (169,8—18° R.). Es u n a te m p eratu ra
que todavía basta p a ra el desarrollo de las producciones
de la zona tó rrid a, y que co m p arad a con los calores exce­
sivos de las llan u ras de C um aná, sería de llam arla de p ri­
m avera. El agua expuesta a las corrientes de aire en vasos
de arcilla porosa se en fría en C aripe d u ran te la noche h as­
ta 13° (10u,4 R.). No hay p ara qué d ecir que esta agua
parece casi hielo a los v iajero s que, en un m ism o día,
llegan al convento, ya de la costa, ya de las ard ien tes sa­
banas de Terecén, (pie están por lo tanto acostum brados
a beber agua de los ríos cuyo calor es por lo com ún de
259 a 269 centesim ales (209,0—209,8 R.).
La te m p eratu ra m edia del valle de Caripe, deducida
de la del mes de setiem bre, parece ser de 18°,5. La tem ­
p eratu ra de setiem bre en esta zona, según observaciones
hechas en C um aná, apenas difiere en m edio grado de la
del año entero. La tem p eratu ra m edia de C aripe es igual
a la del m es de ju n io en París, donde los calores extre­
mos son sin em bargo 10° m ás fuertes que en los días m ás
cálidos de Caripe. Como la elevación absoluta del con-

(3) En el distrito de Clarendon se sostiene el termómetro d u ­


rante el día entre 22° y 24"; sube rara vez a 26°,5 y baja a veces hasta
18°. Esa región de las Montañas Azules está bastante habitada, y
aún hay algunas casas en alturas en que los colonos tienen la cos­
tumbre de encender fuego para calentarse cuando el aire se enfría
por la mañana hasta 10», como en Santa Fe de Bogotá. En la m is­
ma época los calores de la llanura, por ejemplo en Kingston, son de
32° a 35". Véanse las observaciones del Sr. Farquhar, que vivió 17
años en Jamaica, en el P h iladelphian Med. M useum , vol. I, p. 182.
He deseado reunir en mi obra todo cuanto se refiera a la influencia
de las alturas sobre los climas y los seres organizados, sea en las
Antillas, sea en el continente de la América equinoccial.
Convento de los frailes ara g o n es es en C a rip e .
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 91

vento es sólo de 400 toesas, puede que so rp ren d a la ra p i­


dez con que decrece el calor a p a rtir de la costa. La es­
pesura de las selvas im pide la reverberación de un suelo
húm edo y cubierto de un denso tapiz de yerbas y de m us­
gos. M ediando un tiem po constantem ente brum oso, que­
da sin acción el sol días enteros, y al acercarse la noche,
desciende al valle un aire fresco de la S ierra del G uá­
charo.
La experiencia lia dem ostrado que el clim a tem p la­
do y el aire enrarecido de esta posición son sin g u larm en ­
te favorables al cultivo del cafeto, que como se sabe es
bienquisto en las alturas. El su p erio r de los capuchinos,
hom bre activo e ilustrado, galardonó a su provincia este
nuevo ram o de la in d u stria agrícola. H abíase antes culti­
vado el añil en C aripe; m as la poca fécula que ren d ía esta
planta, que d em and a fuertes calores, hizo que se ab ando­
nase el cultivo. E ncontram os en el Conuco de la C om u­
nidad m uchas plantas de hortaliza, m aíz, caña de azúcar,
y 5.000 pies de cafetos que prom etían una herm osa cose­
cha. Los religiosos esperaban trip licar su núm ero den­
tro de pocos años. No se puede m enos que n o ta r esta ten ­
dencia uniform e que se m anifiesta, en los com ienzos de
la civilización, en la política de la je ra rq u ía m onacal.
D ondequiera que los conventos no han adquirido todavía
riqueza, en el Nuevo C ontinente como en las Galias, en
Siria como en el N orte de E uropa, ejercen u n a feliz in ­
fluencia en el desm onte del suelo y en la introducción de
vegetales exóticos. E n Caripe, el Conuco de la Com uni­
dad tiene el aspecto de u n a vasta y herm osa h u erta. Los
indígenas están obligados a tra b a ja r en él todas las m a­
ñanas desde las 6 hasta las 10. Los Alcaldes y A lguaciles
de raza india inspeccionan los trabajos. Son esos los
grandes oficiales del Estado, únicos que tienen el d ere­
cho de p o rtar vara, y cuya elección depende del superior
del convento. D an ellos m ucha im portancia a ese d ere­
cho; y su gravedad pedantesca y silenciosa, su aire frío y
misterioso, su gusto por la representación en la iglesia y
92 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

en las asam bleas de la com unidad, hacen so n reír a los eu ­


ropeos. No estábam os todavía acostum brados a esos m a ­
tices del carácter indio, que hem os rep arad o idénticos en
el Orinoco, en México y en el P erú, en tre pueblos que d i­
fieren por sus costum bres y lenguajes. Los alcaldes ve­
n ían todos los días al convento, m enos p a ra tra ta r con los
frailes sobre asuntos de la m isión, que so pretexto de in­
form arse de la salud de los v iajero s recién llegados. Co­
mo les dim os aguard ien te, se hicieron m ás frecuentes las
visitas de lo que d esearan los religiosos.
En todo el tiem po que pasam os en C aripe y en las de­
m ás m isiones chaim as vim os tra ta r a los indios con d u l­
zura. E n general, las m isiones de capuchinos aragone­
ses nos han parecido se r gobernadas conform e a un siste­
m a de orden y disciplina que es por desgracia poco co­
m ún en el Nuevo Mundo. Abusos que se deben al espí­
ritu general de los establecim ientos m onásticos, 110 p u e­
den ser im putados a n inguna congregación en p articu lar.
El gu ard ián del convento hace v en d er el producto del Co­
nuco de la com u nidad; y pues que todos los indios tra b a ­
ja n en él, todos tom an tam bién u n a p arte igual en la ga­
nancia. Se les distribuye m aíz, vestidos, utensilios, y a
veces dinero, según se asegura. Estas instituciones m o­
násticas se parecen, como arrib a lo he indicado, a los es­
tablecim ientos de los H erm anos M oravos; son ellas útiles
p ara los progresos de u n a sociedad naciente, y en las co­
m unidades católicas designadas con el nom bre de misio­
nes la independencia de las fam ilias y la existencia in d i­
vidual de los m iem bros de la sociedad son m ejo r respe­
tadas que en las com unidades protestantes (pie siguen
la regla de Zintzendorf.
Lo que m ayor celebridad da al valle de Caripe, des­
pués de la ex trao rd in aria frescura del clim a, es la gran
Cueva o caverna del Guácharo (4). En un país am ante

(4) La provincia de G u a c h a ru c u , que Delgado visitó en 1534,


en la expedición de Jerónimo de Ortal, parece estuvo situada al Sur
o al Suroeste de Macarapana, ¿Tiene su nombre que ver con los
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 93

de lo m aravilloso, u n a cav ern a en donde n ace un río, y


que está h ab itad a por m iles de aves n octurnas cuya grasa
se em plea en las m isiones p a ra ad erezar los alim entos,
es objeto inagotable de charlas y discusiones. Así es que
no bien desem barca un ex tra n jero en C um aná cuando
oye h a b la r hasta la saciedad de la pied ra de los ojos de
Araya, del labriego de A renas que am am antó a su hijo, y
de la cav ern a del G uácharo que aseguran ten er v arias le­
guas de largo. D ondequiera que la sociedad 110 tiene vi­
da, donde en u n a triste m onotonía no d ep ara ella sino m uy
sencillas relaciones, poco adecuadas p ara ex citar la curio­
sidad, allí se m antiene un vivo interés por los fenóm enos
de la n atu raleza.
La caverna, que los indios denom inan u n a m ina de
grasa, 110 está en el mism o valle de C aripe, sino a tres le­
guas escasas del convento, hacia el O. S. O. Abrese en un
valle la teral que da a la Sierra del Guácharo. Pusímo-
nos en cam ino hacia la sierra el 18 de setiem bre, acom ­
pañados de los alcaldes o m agistrados indios y de la m a­
yor parte de los religiosos del convento. Un sendero es­
trecho nos condujo al principio, d u ran te ho ra y m edia,
hacia el Sur, al través de u n a llan u ra risu eñ a y tapizada
de un herm oso césped: después torcimos h acia el Oeste
a lo largo de un riachuelo que sale de la boca de la ca­
verna. P or tres cuartos de hora se va subiendo, ya entre
el agua, que es poco honda, ya entre el torrente y u n a p a­
red de rocas por un terreno sum am ente resbaladizo y fa n ­
goso. Los derrum bam ientos de tierras, los troncos esp ar­
cidos de árboles que con tra b a jo saltaban las m uías, las
plantas sarm entosas que cubren el suelo, hacen m uy fa ti­
gosa esta parte del camino. Nos sorprendim os al encon­
tra r aquí, a 500 toesas apenas sobre el nivel del océano,
una C rucifera, el R aphanus pinnatus. Sábese cuán raro s
son entre los trópicos los vegetales de esta fam ilia: consti-

de la caverna y el ave, o es este último de origen español? (Laet,


Nov. Orb., p. 676). Guácharo significa en castellano el que llora y se
lam en ta; y el ave de la caverna de Caripe, y la Guacharaca (Pha-
sianus Parraka) son aves en extremo gritonas.
94 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tuyen por decirlo así una form a boreal, y como tal, no nos
im aginábam os enco n trarla b ajo el cielo tem plado de Ca-
ripe. Estas m ism as fo rm as boreales p arecen reiterarse
en el G alium caripense, la V alerian a scandens, y u n a Sa­
nícula que se acerca a la S. m arilán d ica.
Cuando al pie del alto cerro del G uácharo ya no se
está m ás que a 400 pasos de la caverna, aú n no se ve to­
davía la a b ertu ra de ésta. El to rren te se desliza p o r una
grieta excavada por las aguas, y se va cam inando debajo
de u na cornisa cuyo salidizo im pide v er el cielo. El sen­
dero serpea al igual del río; y en la últim a vuelta se h alla
uno de súbito colocado ante la a b e rtu ra inm ensa de la
gruta. Su apariencia es hasta cicrlo punto im ponente,
aún a los ojos de quienes están acostum brados a las es­
cenas pintorescas de los Altos Alpes. Yo h abía visto p ara
esa época las cavernas del Pico de D erbyshire, donde
acostado uno en una em barcación, atrav iesa un río sub­
terráneo b ajo una bóveda de dos pies de a ltu ra. H abía
recorrido la herm osa g ru ta de T reshem ienshiz en los
Cárpatos, las cavernas del H arz y las de F ran co n ia, que
son vastos cem enterios de osam entas de tigres, de hienas
y de osos, grandes como nuestros caballos (5). En todas
las zonas obedece la n atu ra leza a leyes inm utables en la
distribución de las rocas, en la form a ex terio r de las m on­
tañas, y hasta en las m udanzas tum ultuosas que h a su fri­
do la corteza exterio r de nuestro planeta. T an grande u n i­
form idad me tenía en la creencia de que el aspecto de la

(5) El humus que cubre desde hace miles de años el suelo de


las cavernas de Gaylenreuth y Muggendorf, en Franconia, todavía
exhala hoy día, en ciertas épocas del año, m ofetas o m ixturas gaseo­
sas de hidrógeno y nitrógeno, que se elevan hacia la bóveda de los sub­
terráneos. Esta circunstancia es conocida de todos los que mues­
tran estas cavernas a los viajeros; y cuando yo tenía la dirección de
las minas del Fichterberg, tuve ocasión de observarla en el estío. El
Sr. Laugier ha hallado en este mantillo de Muggendorf además de los
fosfatos de cal, 1|10 de materia animal (Cuvier, R echerches s u r les
o ssem. fossiles, t. IV, Osos, p. 14). Echando el mantillo sobre el hie­
rro enrojecido he sentido, durante mi permanencia en Steeben, el olor
fétido y amoniacal que se desprende.
V IA JE A LA S REGIONES EQUINOCCIALES 95

caverna de C aripe d iferiría poco de lo que h a b ía yo ob­


servado en m is v iajes anteriores. La realid ad sobrepujó
en m ucho m is esperanzas. Si p o r u n a p arte la configu­
ración de las grutas, el resp lan d o r de las estalactitas y
todos los fenóm enos de la n atu ra leza inorgánica p resen ­
tan p alm arias analogías, tam bién por la otra la m a jestad
de la vegetación equinoccial da a la altu ra de u n a caverna
un carácter individual.

La Cueva del G uácharo h o rad a el corte vertical de


un peñón. La en tra d a m ira hacia el Sur, y es u n a bóveda
de 80 pies de ancho y 72 de alto. Con una aproxim ación
de cerca de un quinto, es igual esta elevación a la de la
colum nata del Louvre. El peñasco sobrepuesto a la g ru ­
ta está coronado de árboles de tam año gigantesco. El Ma­
mey y el Caruto (6) de h o jas anchas y lucientes, elevan
verticalm ente sus ram as hacia el cielo, m ien tras que las
del A lgarrobo y la E ry th rin a form an, al desparram arse,
una bóveda espesa de verdor. Pothos de tallo suculento,
Oxalis y O rquídeas de estru ctu ra ex trav ag an te (7) nacen
en las re n d ija s m ás áridas del peñasco, m ien tras que
plantas sarm entosas, m ecidas por los vientos, se en trete­
jen en festones fren te a la a b ertu ra de la caverna. Dis­
tinguimos en estos festones u n a Bignonia de un azul vio­
láceo, el Dólichos purp u rin o , y por p rim era vez la m agní­
fica Solandra (S . scandens ) cuya flor, de color n a r a n ja ­
do, tiene un tubo carnoso de m ás de cuatro pulgadas de
largo: es la Gusaticha de los indios Chaim as. La en trad a
de las grutas es como la vista de las cascadas: su posi­
ción m ás o m enos im ponente es lo que constituye el p rin ­
cipal encanto, lo que, por decirlo así, determ ina el carác­
ter del paisaje. Qué contraste entre la Cueva de C aripe
y esas cavernas del Norte som breadas por encinas y ló­
bregos alerces.

(6) C aruto , genipa americana. La flor varía en Caripe de 5 a 6


estambres.
(7) Un Dendrobium de flor dorada, con pintas negras, de tres
pulgadas de largo.
96 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

P ero no solam ente em bellece este lu jo de la vegeta­


ción la bóveda exterior, sino que se m u estra aú n en el
vestíbulo de la gruta. Vimos con asom bro soberbias He-
liconias, de h o ja s como de ban an ero , que llegaban a 18
pies de altu ra, la palm era P rag a y A rum arborescente si­
guiendo por las orillas del arroyo h asta cerca de estos lu­
gares subterráneos. L a vegetación continúa en la caverna
de Caripe, como en esas grietas p ro fu n d as de los Andes
que no d isfru tan m ás que de u n a se m ic la rid a d : no d eja de
m ostrarse sino cuando, adelantándose a lo in terio r, se lle­
ga a 30 ó 40 pasos de distancia de la e n tra d a de la gruta.
Medimos el cam ino p o r m edio de u n a cu erd a y cam ina­
mos cosa de 430 pies sin necesitar encender hachones. La
luz del día penetra hasta esta región, porque la gruta no
form a sino un solo canal que g u ard a la m ism a dirección
de Sureste a Noroeste. Allí donde com ienza la luz a des­
vanecerse, óyese en lo ntananza el rauco son de las aves
nocturnas que los n atu ra les creen ser exclusivam ente
propias de estos lugares subterráneos.
El Guácharo es del tam año de n u estras gallinas, tiene
el pico de los C hotacabras y los Procnias, la traza de los
Buitres cuyo pico ganchudo está rodeado de m echones de
cerdas rígidas. Suprim iendo, de acuerdo con el Sr. Cu-
vier, el orden de las Picae, es preciso re fe rir esta ave ex­
trao rd in aria a los Páseres, cuyos géneros están enlaza­
dos entre sí por transiciones casi insensibles. Lo he di­
vulgado con el nom bre de Steatornis en u n a m onografía
p articu la r que contiene el volum en segundo de m is Ob­
servaciones de Zoología y de Anatom ía com paradas: for­
m a un nuevo género (8) m uy diferente del Caprimulgus,
por el volum en de su voz, por su pico sum am ente fuerte
y provisto de un doble diente, por sus pies destituidos de
m em branas que unan las falanges anterio res de los de­
dos. B rinda el p rim er ejem plo de un ave n o ctu rn a entre

(8) Sus caracteres esenciales son: R o stru m validum , lateribu


co m p r e ssu m , ap ice ad oncum , m a n d íb u la sup erio ri s b id e n ta ta , dente
a n te r io r i ac utio ri. R ictus a m p lis sim u s. P edes breves, digitis ti­
sis, u n g u ib u s in teg errim is.
7
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 99

los Páseres dentirrostros. En razón de sus costum bres,


tiene que ver a una vez con los C hotacabras y con las Cho­
vas de los Alpes (Corvus P yrrh o co rax ). El p lu m aje del
Guácharo es de un color subido gris azulado, m ezclado de
pequeñas estrías y puntos negros. La cabeza, alas y cola
están m arcad as de grandes m anchas blancas de figura
acorazonada y ribeteadas de negro. Los destellos del día
lastim an los ojos del p ájaro , que son azules y m ás cbicos
que los de los Chotocabras o Sapos voladores. Las alas se
componen de 17 a 18 rémiges, y sus b razas son de tres y
medio pies. El G uácharo d eja la caverna al e n tra r la no­
che, en especial cuando b rilla la luna. Es casi la única
ave n octurna frugívora que conozcamos hasta hoy día; y
la conform ación de sus pies p ru eb a b astante que no caza
al modo de nuestros buhos. Se n u tre de frutos m uy du­
ros, como los Q uebrantanueces y el Pyrrhocorax. Este ú l­
timo anida tam bién en las re n d ija s de las peñas, y se le
designa con el nom bre de Cuervo de noche. Los indios
aseguran que el G uácharo no persigue ni los insectos la-
melicornes ni las falenas que sirven de n utrim iento a los
Chotacabras. Basta com p arar los picos del G uácharo y
el C hotacabras p a ra ad iv in ar cuán diferentes deben ser
sus costum bres (9).
Difícil es tener una idea del espantable ru id o que h a ­
cen en la p arte oscura de la caverna m illa rad as de estas
aves. Sólo puede com pararse al ruido de nuestras cor­
nejas que viven en sociedad en las selvas de pinos del
Norte y construyen sus nidos en árboles cuyas copas se
tocan. Los sonidos agudos y penetrantes de los G uácha­
ros se refle jan en las bóvedas peñascosas y el eco los re­
pite en el fondo de la caverna. Los indios nos m ostraban
los nidos de estas aves fijando las antorchas en el cabo
de una larga percha. Estos nidos se encontraban a 50 ó

(9) Corvus caryocatactes, C. glandarios. Las Chovas o la cor­


neja de nuestros Alpes anida hacia la cima de Líbano, en grutas
subterráneas, más o menos como el Guácharo, cuya voz, temerosa­
mente penetrante, tiene. (Labillardiere, en los Arm ales du Mus., t.
XVIII, p. 455).
100 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

60 pies de a ltu ra encim a de nosotros, en ag u jero s de fo r­


m a de em budos con que está acribillado el sofito de la
gruta. Crece este ruido a m edida que se avanza y que las
aves se asustan con la luz que esparcen las antorchas de
Copal; y cuando cesaba por algunos m inutos ju n to a nos­
otros, oíanse a lo lejos los quejum brosos chillidos de las
aves que an id ab an en otros com partim ientos de la caver­
na. E ra como si aquellas b an d ad as se contestaran alter­
nativam ente.
Los indios p en etran en la Cueva del G uácharo una
vez al año, en llegando la fiesta de San Juan, arm ados de
p értigas por m edio de las cuales destruyen la m ayor p arte
de los nidos. M atan por esta época varios m illares de
aves, y las adultas, como p ara d efender sus nidadas, re ­
volotean por sobre las cabezas de los indios lanzando ho­
rribles chillidos. Las jóvenes, los pollos de Guácharo, que
caen por tierra, son d estrip ad as al instante. Su peritoneo
está fuertem ente cargado de grasa, y una capa adiposa
se prolonga desde el abdom en basta el ano form ando una
suerte de pelota entre las p iern as del ave. Esta ab u n d an ­
cia de grasa en anim ales frugívoros, no expuestos a la luz
y m uy poco hechos a m ovim ientos m usculares, recu erd a
lo que ha m ucho tiem po se ha observado en la ceba de
patos y reses, y es sabido cuánto favorecen esta operación
la oscuridad y el reposo. Las aves n o cturnas de E uropa
son flacas, porque en vez de alim entarse con fru tas como
el G uácharo, viven del poco abu n d an te producto de sus
cacerías. En la época vulgarm ente llam ad a en Caripe
la cosecha de la m anteca, construyen los indios en ram a­
das de h o jas de palm era ju n to a la en trad a y en el vestí­
bulo m ism o de la caverna. Todavía vimos algunos ves­
tigios de ellas. Allí, a fuego de cham arasca, se funde la
grasa de los polluelos recién m uertos y se la vacía en ca­
charros de arcilla. Esta grasa se conoce con el nom bre
de m anteca o aceite de G uácharo: es sem ilíquida, tran s­
parente e inodora. Tal es su pureza, que se la conserva
p or m ás de un año sin que se enrancie. En la cocina de
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 101

los frailes del convento de C aripe no usan otro aceite que


el de la caverna, y ja m á s observam os que diese a las v ian­
das gusto u olor desagradables.
La cantidad recogida de este aceite apenas corres­
ponde a la carnicería que anualm ente hacen los indios en
la gruta. P arece que no se recoge m ás de 150 a 160 bo­
tellas de m anteca bien p u ra, de 44 pulgadas cúbicas cada
una: lo dem ás, que es m enos trasp aren te, se g u ard a en
grandes v asijas de tierra. Este ram o de in d u stria de los
indígenas recu erd a la cosecha de palom inos, de que antes
se sacaban en la C arolina algunos m iles de b arric as (10).
En Caripe es m uy antiguo el uso del aceite de los G uácha­
ros, y los m isioneros no h an hecho m ás que reg u la rizar
el m étodo de extraerlo. Los m iem bros de u n a fam ilia in­
dia de nom bre M orocoima pretenden ser los propietarios
legítimos de la caverna, como descendientes de los p ri­
meros colonos del valle, y se arro g an el monopolio de la
m anteca; pero gracias a las instituciones m onacales, sus
derechos no son hoy m ás (pie honoríficos. Según el sis­
tema de los m isioneros, los indios están obligados a p ro ­
veer de aceite de G uácharo la lá m p ara de la iglesia, y
afirm an que el restan te se les com pra. No hem os de fa­
llar ni sobre la legitim idad de los derechos de los Moro-
coimas, ni sobre el origen de la obligación im puesta a los
indígenas por los frailes. P arecería n a tu ra l que el p ro ­
ducto de la caza perteneciese a los que la hacen; pero en
las selvas del Nuevo Mundo, así como en el centro de la
civilización europea, se m odifica el derecho público se­
gún las relaciones establecidas entre el fu erte y el débil,
entre los conquistadores y los conquistados.
Ha largo tiem po se h a b ría extinguido la raza de los
Guácharos, si no favoreciesen su conservación varias cir­
cunstancias. Contenidos por sus ideas supersticiosas, los
indígenas no tienen a m enudo el atrevim iento de e n tra r­

en)) Este pigee-oil procede de la Columba migratoria. Pen-


nant’s A rc tic zoology, t. II, p. 13,
102 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

se m uy adelante en la gruta. P arece tam bién que aves


de la m ism a especie h ab itan en cavernas contiguas, que
son dem asiado estrechas p ara ser accesibles p a ra el hom ­
b re; y quizá la caverna g rande es repoblada p o r colonias
que abandonan esas grutas pequeñas, porque los m isio­
neros nos han asegurado que hasta ah o ra no se h a obser­
vado que dism inuya sensiblem ente la copia de las aves.
Al puerto de Cum aná se han enviado G uácharos jóvenes,
que h an vivido allí varios días sin to m ar alim ento algu­
no, 110 siendo de su agrado las sem illas que se les han
ofrecido. Cuando se ab re en la cav ern a el buche y el es­
tómago de un pollastro, h allan allí los n atu ra les toda es­
pecie de frutos duros y secos, que b ajo el extravagante
nom bre de Sem illa (le Guácharo su m inistran un rem edio
celebradísim o contra las fiebres interm itentes. Las aves
crecidas son las que llevan estas sem illas a sus polluelos.
Se las recoge cuidadosam ente p a ra enviarlas a los en fer­
mos de Cariaco y a otros lugares paludosos de las regio­
nes bajas.
Recorriendo siem pre la caverna, seguim os por las
orillas de un riachuelo que en ella nace, y tiene de 28 a
30 pies de ancho. Andase por sus rib eras por el tiempo
que lo perm iten las colinas form adas de incrustaciones
calcáreas; y a m enudo, cuando el torren te serpea entre
m asas de estalactitas m uy elevadas, es fu erza b a ja r al
cauce mism o que sólo tiene dos pies de hondo. Supimos
con sorpresa que este arroyo subterráneo es origen (leí río
Caripe, que a algunas leguas de distancia, ya reunido al
pequeño río de Santa M aría, es navegable por m edio de
piraguas. Le cae al río Arco b ajo el nom bre de Caño de
Terecén. H allam os a orillas del arroyo su b terrán eo gran
cantidad de m adera de p alm era; y son estos los restos de
los troncos en que trep an los indios p a ra alcan zar los n i­
dos de aves suspendidos en el techo de la caverna. Los
anillos form ados por las señales de los caídos pecíolos
form an como las gradas de una escala colocada p er­
pendicularm ente.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 103

En u na distancia m edia con exactitud, de 472 m e­


tros, o 1.458 pies, la g ruta de C aripe conserva una m ism a
dirección, una m ism a an ch u ra, y su prim itiva altu ra de
60 a 70 pies. No he visto caverna alguna en am bos conti­
nentes cpie tenga una estru ctu ra tan uniform e y regular.
Muy dificultoso nos fué p ersu ad ir a los indios trasp asar
la parte an terio r de la gruta, que es la única que frecuen­
tan anualm ente p a ra recoger allí grasa. M enester fué
toda la autoridad de los Pudres p a ra hacerlos av an zar
hasta el p a ra je donde el suelo se levanta de pronto con
una inclinación de 60°, form ando el torrente u n a pequeña
cascada su bterránea (11). Los indígenas ab rig an ideas
místicas acerca de este an tro habitado p o r aves n o ctu r­
nas. Creen que las alm as de sus antepasados habitan
en el fondo de la caverna. El hom bre, dicen ellos, debe
tem er lugares que no están alum brados por el sol, Zis,
ni por la luna, Nuna. Ir a juntarse con los G uácharos, es
juntarse con sus padres, es m orir. Así es que los m ági­
cos, Piaches, y los benéficos, lm oron, p ractican sus pres-
tidigitaciones nocturnas a la en tra d a de la caverna, pa­
ra co n ju rar al jefe de los espíritus malos, Ivorokiam o.
Es de esa m a n era como en todos los clim as se asem ejan
las prim eras ficciones de los pueblos, sobre todo las que se
refieren a dos principios que gobiernan el m undo, a la
m ansión de las alm as después de la m uerte, a la bien­
aventuranza de los justos y al castigo de los culpables. Las
lenguas m ás diferentes y m ás bastas poseen cierto núm e­
ro de im ágenes que son idénticas, porque tienen su ori­
gen en la n atu raleza de n u estra inteligencia y de nues­
tras sensaciones. Las tinieblas se adhieren dondequiera
a la idea de la m uerte. L a g ru ta de C aripe es el T ártaro
de los griegos, y los G uácharos que revolotean sobre el
torrente lanzando gritos quejum brosos, recu erd an las
aves estigias.

(11) Este fenómeno de una cascada subterránea se repite, aun­


que en escala mucho mayor, en Inglaterra, condado de York, cerca
de Kingsdale, en Yordas-Cave,
104 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

En el punto en que el río form a la cascada subtei'rá-


nea es donde se presenta de una m a n era bien pintoresca
el collado cubierto de vegetación y opuesto a la boca de
la gruta. Se le distingue en el extrem o de un conducto
derecho de 240 toesas de longitud. Las estalactitas que
b a ja n de la bóveda, que sem ejan colum nas suspendidas
en el aire, se destacan sobre un fondo verdecido. La
a b ertu ra de la cavern a aparece singularm ente estrech a­
da, y la vimos ilu m in ad a con la viva luz que re fle ja n a
un tiem po el cielo, las p lantas y los peñascos. La le jan a
clarid ad del día co n trastab a con las tinieblas que nos
envolvían en esos vastos subterráneos. H abíam os descar­
gado nuestros fusiles como al azar, allí donde los grazni­
dos de las aves nocturnas y su aleteo p erm itían sospechar
que había juntos gran núm ero de nidos. Después de v a­
rias tentativas inútiles logró el Sr. B onpland m a ta r dos
G uácharos que, deslum brados por la luz de nuestras teas,
parecían perseguirnos; y esta circunstancia m e procu­
ró m an eras de d ib u ja r esta ave, que hasta ahora filé des­
conocida de los natu ralistas. Subimos, 110 sin algún tra ­
bajo, la pequeña colina de donde desciende el arroyo
subterráneo. Vimos cómo se estrechaba sensiblem ente
la gruta, 110 conservando m ás de 40 pies de altu ra, y có­
mo se prolongaba al Noreste, sin desviarse de su direc­
ción prim itiva que es p aralela a la del gran valle de
Caripe.
En esa parte de la cav ern a deposita el arroyo 1111 m an ­
tillo negrusco bastan te parecido a la m a teria que en la
g ruta de M ugendorf, en F ranconia, llam an tierra de sa­
crificio (12). No pudim os d escubrir si este m antillo fino
y esponjoso cae al través de las re n d ija s que se com uni­
can hacia afu era con la superficie del suelo o si es aca­
rreado por las aguas pluviales que p en etran en la caver­
na. E ra una m ezcla de sílice, alúm ina y detritus vegetal.
A nduvim os por 1111 b arro espeso hasta 1111 p a ra je en que

(12) O p fe r-E rd e de la caverna del Hole Berg (montaña ho­


radada).
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 105

vimos con asom bro los progresos de la vegetación subte­


rránea. Los frutos que llevan las aves a la g ru ta p ara
alim entar sus polluelos germ inan dondequiera que pue­
den fija rse sobre el m antillo que cubre las incrustaciones
calcáreas. Tallos estrellados y provistos de algunos ru ­
dim entos de hojas ten ían hasta dos pies de alto. E ra
imposible reconocer específicam ente las p lan tas cuya
forma, color y fach a entera se hab ían alterad o por la
falta de luz. Estos vestigios de la organización en m edio
de las tinieblas tocaban vivam ente la curiosidad de los
naturales, por lo dem ás tan estúpidos y difíciles de con­
mover. Los exam in ab an con ese recogim iento silencioso
que les inspira un lu g ar que les era al p arecer fo rm id a­
ble. E ra de suponerse que esos vegetales subterráneos, p á ­
lidos y desfigurados, les p arecían fan tasm as extrañados
de la superficie de la tierra. En cuanto a m í, ellos me
recordaban una de las épocas m ás felices de m i prim era
juventud, u na larga p erm anencia en las m inas de F rei­
berg, donde hice experiencias sobre los efectos del ah ila­
miento, que son m uy diferentes según que el aire sea puro
o sobrecargado de hidrógeno y de nitrógeno (13).

No pudieron los misioneros, a pesar de su autoridad,


obtener de los indios que p enetrasen m ás ad elan te en la
caverna. A m edida que la bóveda su b terrán ea b ajab a,
se hacían m ás penetrantes los chillidos de los G uácharos.
Fué preciso ceder a la pusilanim idad de nuestros guías
y volver sobre nuestros pasos. El espectáculo que presen­
taba la caverna era adem ás bien uniform e. P arece ser que
un obispo de Santo Tom ás de G uayana h ab ía llegado m ás
allá que nosotros. H abía m edido cerca de 2.500 pies (960
varas) desde la boca hasta el lu g ar en (pie se detuvo, bien
que la caverna se prolongaba aún m ás. La m em oria de es­
te suceso se h ab ía conservado en el Convento de Caripe,

(13) Humboldt, Aphorismi ex physiologia chemica plantarum,


(Flora F rib e rg . s u b t e r r á n e a , p. 181),
106 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

sin que se hu b iera señalado de él la época precisa. El obis­


po se había abastecido de gruesos cirios de cera blanca de
C astilla: nosotros no teníam os m ás que antorchas com­
puestas de corteza de árboles y de resin a indígena. El h u ­
mo espeso que producen estas antorchas en un estrecho
subterráneo incom oda los ojos y oprim e la respiración.
Seguimos el curso del to rren te p a ra salir de la caver­
na. Antes que deslu m b rara n u estra vista la luz del día
vimos centellear fu era de la gruta el agua del río que se
ocultaba b ajo el follaje de los árboles. E ra como un cua­
dro colocado en lon tan an za al que servía de m arco la a-
p e rtu ra de la caverna. Llegados por fin a esa ab ertu ra,
sentám onos a la vera del arroyo p a ra descansar de nues­
tra fatiga. Nos holgábam os de no escuchar ya los raucos
chillidos de las aves y de a p artarn o s de un lu g a r en
que las tinieblas apenas b rin d an el encanto del silencio y
la tranquilidad. Costábanos tra b a jo p ersuadirnos de que
el nom bre de la g ru ta de C aripe hubiese podido p erm an e­
cer hasta entonces en teram en te desconocido en E u ro p a
(14). Los G uácharos por sí solos h u b ieran bastado p ara
h acerla célebre. Con excepción de las m ontañas de Cari-
pe y Cum anacoa, en n inguna p arte se han encontrado
hasta ahora estas aves nocturnas.
Los m isioneros h ab ían hecho p re p a ra r u n a m erien ­
da a la en trad a de la caverna. Sirviéronnos de m antel,
según la usanza del país, hojas de ban an ero y de Vijao
(15), que son de un lu stre sedeño. N ada faltab a a nues­
tros goces, ni aun recuerdos, que son por lo dem ás tan ra-

(14) Es de sorprenderse de que el P. Gili, autor del S ag g io di


S to r ia A m e ric a n a , t. IV, p. 414, no haya hablado de ella, aunque tu­
vo en sus manos un manuscrito compuesto, en 1780, en el convento
de Caripe mismo. Di ¡as primeras noticias de la Cueva del Guácharo
en 1800, en mis cartas a los Sres. Delambre y Delamétherie, publi­
cadas en el J o u r n a l de physique. Véase también mi G éogr. des
p lan tes, p. 84.
(15) Vijao, Heliconia Bihai, Lin. Los criollos han cambiado,
en la voz taina Bihao, la b en v, y la h en j, conforme a la pronun­
ciación castellana,
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 107

ros en estos países en que las generaciones se extinguen


sin d e ja r vestigios de su existencia. N uestros huéspedes
se com placían en recordarnos que los prim eros religiosos
llegados a estas m ontañas p a ra fu n d a r la aldehuela de
Santa M aría (1(5), h ab ían vivido d u ran te un m es en la ca­
verna, y que ahí, sobre u n a p ied ra, a la lu m b re de las teas,
habían celebrado los m isterios de la religión. Este re ­
tiro solitario servía de refugio a los m isioneros contra las
persecuciones de un jefe belicoso de los T uapocas, acam ­
pado en las orillas del río Caripe.
Antes de d e ja r el arroyo subterráneo y estas aves
nocturnas, echemos u n a postrer o jead a sobre la caverna
del G uácharo y sobre el conjunto de fenóm enos físicos
que presenta. Después de seguir a 1111 v iajero paso a pa­
so en u na larga serie de observaciones m odificadas por
las localidades, es agradable detenerse p a ra elevarse a
consideraciones generales. Las grandes cavidades, que
llam an exclusivam ente cavernas, ¿deben su origen a las
mism as causas que han producido las drusas de los filo­
nes y capas m etalíferas, o al fenóm eno ex trao rd in ario de
la porosidad de las rocas? ¿P ertenecen las grutas a todas
las form aciones o sólo a esta época en que los seres orga­
nizados com enzaban a poblar la superficie del globo? No
pueden ser resueltas estas cuestiones geológicas sino en
cuanto tienen por objeto el actual estado de las cosas, es
decir, los hechos susceptibles de ser verificados por la
observación.
C onsiderando las rocas según la sucesión de los tiem ­
pos, se reconoce que las form aciones prim itivas tienen
muy pocas cavernas. Las grandes cavidades que se ob­
servan en el granito m ás antiguo, que se las llam a hornos
cuando están tapizadas de cristales de roca, nacen las m ás
de las veces de la reunión de varios filones contem porá-

(16) Esta a'dea, situada al Sur de la caverna, era antes la ca­


becera de las misiones chaimas. E s por eso que en la C o ro g rafía
del P. Caulín, pp. 7 y 310, éstas se designan con los nombres de
Misiones de S a n t a M aría de los P P . C ap uch in os A rag on eses.
108 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

neos (17) de cuarzo, feldespato o granito de granos m e­


nudos. El gneis presenta el m ism o fenóm eno, aunque
m ás raram en te; y cerca de W unsiedel (F ranconia, al
Sureste de la Luchsburg) en el Fichtelgebirge, he tenido
oportunidad de ex am in ar hornos con cristales de 2 a 3
pies de diám etro, en u n a p arte de la roca que no estaba
atravesada por filones. Ignoram os la extensión de las
cavidades que el fuego su bterráneo y los levantam ientos
volcánicos pueden h a b e r producido en el seno de la tie­
rra, en esas rocas prim itivas ab undantes de anfíbolo, m i­
ca, granates, h ierro oxidulado y titanio, que parecen a n ­
teriores al granito, algunos fragm entos de las cuales re ­
conocemos entre las eyecciones de los volcanes. No pue­
den ser consideradas estas cavidades sino como fenóm e­
nos parciales y locales, y su existencia apenas rep u g n aría
a las nociones que hem os adquirido con las bellas expe­
riencias de M askelyne y Cavendish sobre la densidad m e ­
dia de la tierra.

En las m ontañas prim itivas expuestas a nuestras in ­


vestigaciones, las v erd ad eras grutas, esas que tienen al­
guna m agnitud, sólo pertenecen a las form aciones cal­
cáreas, a los carbonatos y al sulfato de cal. La solubili­
dad de estas sustancias parece h a b e r favorecido, a n d a n ­
do los siglos, la acción de las aguas subterráneas. La cali­
za prim itiva presenta cavernas espaciosas, como la caliza
de transición (18), y la que se denom ina exclusivam ente

(17) Filones contemporáneos, G leichzeitige T r ü m m e r . . A estos


filoncillos, que parecen de la misma edad que la roca, pertenecen los
filetes de talco y asbesto, en la serpentina, y los numerosos filetes de
cuarzo que atraviesan les esquistos (T o n sc h ie fe r) . Jameson, On
c o n te m p o ra n e o u s vein s; en las Mem. of the W ern er. Soc., t. I, p. 4.
(18) En la caliza primitiva se halla el Kützel-Loch, cerca de
Kaufungen, en Silesia, y probablemente varias cavernas de las islas
del Archipiélago. En la caliza de transición se observan: las caver­
nas de Elbingerode, del Rubeland, y de Scharzfeld, en el Harz; las
de la Salzflüh, en los Grisones, y según el Sr, Greenough, la de Tor-
by, en el Devonshire.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 109

secundaria. Si estas cavernas son m enos frecuentes en


la prim era, es porque la roca no form a generalm ente si­
no capas subordinadas al esquisto m icáceo (y aun a veces
al gneis, como en el Simplón, entre D ovredo y Crevola),
y no un sistem a de m ontañas p articu lares, en las que las
aguas puedan in filtrarse y circu lar a grandes distancias.
Las erosiones causadas por este elem ento dependen a una
de su cantidad, de su perm anencia m ás o m enos prolon­
gada, de la velocidad ad q u irid a al caer, y del grado de
solubilidad de la roca. En general he observado que las
aguas atacan los carbonatos y los sulfatos de cal de las
m ontañas secundarias m ás fácilm ente que a las calizas
de transición fuertem ente m ezcladas de sílice y carbono.
Exam inando la estru ctu ra in terio r de las estalactitas que
recubren las paredes de las cavernas, se reconocen allí
todos los caracteres de un precipitado quím ico. El c a r­
bonato de cal 110 ha sido arrastrad o ni ha estado en suspen­
sión, sino que h a sido de veras disuelto. No ignoro que en
el procedim iento de nuestros laboratorios 110 parece solu­
ble esta substancia sino en agua fuertem ente cargada de
ácido carbónico; pero los fenóm enos que diariam en te nos
presenta la n atu ra leza en las cavernas y en los m a n an ­
tiales p ru eb an lo suficiente que u n a pequeña can tid ad
de ácido carbónico basta ya p ara d a r al agua, después de
un largo contacto, la propiedad de disolver algunas p a r­
tículas de carbonato de cal.
A m edida que nos acercam os a aquellos tiem pos en
que la vida orgánica se desenvuelve en m ayor núm ero
de form as, el fenóm eno de las grutas se hace m ás fre ­
cuente. V arias existen conocidas con el nom bre de baa-
mas (19), no en el asperón antiguo al que pertenece la
gran form ación de hulla, sino en la pied ra calcárea alp i­
na y en la caliza del Ju ra, que no es a m enudo sino la par-

(19) En el dialecto de los suizos alemanes: Balm en. A la pie­


d ra calcárea alpina pertenecen las Baumas del Sentís, del Mole, y
del Beatenberg, a orillas del lago de Thum.
110 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

te su p erio r de la form ación alpina. La caliza del J u ra es


de tal m an era cavernosa en am bos continentes, que varios
geólogos de la escuela de F reib erg le h an dado el nom ­
b re de caliza con cavernas (H óhlenkalkstein) (20). Esta
roca es la que tan a m enudo in terru m p e la corriente de
los ríos hundiéndolos dentro de sí (21). Es ella la que
encierra la fam osa Cueva del G uácharo y las dem ás g ru ­
tas del valle de Caripe. El yeso m u riatífe ro (yeso de Bot-
tendorf, Scholottengyps), sea que se halle en una capa
en la caliza del Ju ra o en la de los Alpes, sea que separe
estas dos form aciones, sea en fin que repose entre la ca­
liza alpina y el asperón arcilloso, tam bién presen ta cavi­
dades enorm es, a causa de su g ran solubilidad en el agua.
Estas se com unican a veces entre sí a distancias de v arias
leguas. C uando estas cuencas su b terrán eas (Kalkschlot-
ten, en T uringia) están colm adas de agua, su proxim idad
se-hace peligrosa p ara los m ineros, cuyos trab ajo s expo­
nen a inundaciones im previstas; y ,si al contrario las ca­
vernas están en seco y son m uy espaciosas, favorecen la
desecación de una m ina. D istribuidas por pisos, pueden
recibir las aguas en su p arte su p erio r y servir, secundan­
do los efectos de la in d u stria, como galerías de desagüe
excavadas por la naturaleza. T ras las form aciones cal­
cáreas y yesosas q u ed aría por exam inar, entre las rocas
secundarias, una tercera form ación, la del asperón arci­
lloso (asperón de W eisenfels y de N ebra, asperón oolíti-
co, bunte Sandstein), m ás nuevo cpie los terrenos de m a­
nantiales salados; pero esta roca, com puesta de pequeños
granos de cuarzo, conglutinados por la arcilla, raram en-

(20) Me limitaré a citar las grutas de Boudry, de Motiers-


Travers, y de Valorbe, en el Jura; la gruta de Balme, cerca de Gi­
nebra; las cavernas entre Mugendorf y Gailenreuth, en Franconia;
de Sowia Jama, Ogradzimiec, y Wlodowice, en Polonia.

(21) Este fenómeno geológico había llamado mucho la aten­


ción de los antiguos. Estrabón G eogr., lib. 6 (ed. Oxon, 1807 t. I,
P. 397).
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 111

te incluye cavernas, y cuando las presenta, tienen poco


espacio. Estrechándose progresivam ente hacia su ex tre­
midad sus paredes están tap izad as de ocre oscuro. Tales
son la de H euscheune, en Silesia; el D iebskeller y el
Kuhstall, en Sajonia.
Acabam os de ver que la form a de las grutas depende
en parte de la n atu raleza de las rocas dentro de las cuales
se h allan ; pero tam bién a m enudo esta form a, m odifica­
da por agentes exteriores, v aría en u n a m ism a fo rm a­
ción. Acaece en la configuración de las cavernas lo que
en el contorno de las m ontañas o en la sinuosidad de los
valles, o en tantos otros fenóm enos que no p restan a p ri­
m era vista sino irreg u larid ad y confusión. R enace la
apariencia del orden cuando puede som eterse a la obser­
vación u n a vasta extensión de terreno que ha sufrido
violentas revoluciones, aunque uniform es y periódicas.
De acuerdo con lo que he visto en las m ontañas de E uro­
pa y en las C ordilleras de la América, pueden dividirse
las cavernas, según su estru ctu ra interior, en tres clases.
Unas tienen la form a de anchas hendeduras o grietas se­
m ejantes a filones no colm ados de ganga, como la caver­
na de R osenm uller en F ranconia, Elden Hole en el Pico
de D erbyshire, y los Sum ideros de C ham acasapa cerca
de Tasco y de Teluiilotepec, en México. O tras cavernas
se com unican con el exterior por sus dos extrem idades,
y son verdaderas rocas horadadas, o galerías n atu rales
que atraviesan un m onte aislado. Tales son el IIole-Berg
de Muggendorf, y la fam osa caverna llam ad a Dnntoe pol­
los indios Otomíes y Puente de la Madre de Dios por los
hispano-m exicanos. Es difícil ju zg ar sobre el origen de es­
tos canales, que algunas veces sirven de lecho a ríos sub­
terráneos. ¿Se excavan las rocas h o rad ad as por la im ­
pulsión de una corriente, o h ab rá de adm itirse m ás bien
que una de las abertu ras de la caverna se debe a un de­
rrum bam iento subsecuente, a un cam bio en la form a ex­
terior de las m ontañas, por ejem plo, a un nuevo valle
abierto en sus faldas? Una tercera form a de cavernas, y
112 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

es la m ás com ún de todas, presen ta una h ilera de cavida­


des colocadas m ás o m enos a un mism o nivel, en una m is­
m a dirección y com unicantes entre sí por pasadizos m ás
o menos estrechos.
A estas diferencias de fo rm a general se agregan
otras circunstancias no m enos notables. A m enudo acae­
ce que grutas poco espaciosas tienen a b ertu ras sum am en­
te vastas, al paso que en las cavernas m ás vastas y p ro ­
fundas se p enetra arrastrán d o se b ajo unas bóvedas ba-
jísim as. Los pasadizos que unen las gi'utas parciales son
por lo general horizontales: los he visto no obstante asi­
mism o que sem ejan em budos o pozos, y que podrían a tri­
buirse al desprendim iento de algún fluido elástico al tra ­
vés de una m asa no endurecida. C uando salen ríos de
las grutas no fo rm an sino un solo canal horizontal conti­
nuo cuyas dilataciones son casi insensibles. Tales se p re­
senta la Cueva del G uácharo que acabam os de descri­
bir y en las C ordilleras O ccidentales de México, la caver­
na de San Felipe, cerca de Tehuilotepec. La súbita des­
aparición, en la noche del 16 de abril de 1802, del arroyo
que tiene su cabecera en esta últim a caverna, fué una
causa de em pobrecim iento p a ra un cantón cuyos colonos
y m ineros al igual necesitan agua p ara reg ar los cam pos
y p ara m over las m áquinas hidráulicas.
Considerando esta variedad de estru ctu ra que tienen
las grutas de entram bos hem isferios, es fu erza re fe rir su
form ación a v arias causas m uy diferentes. Al h a b la r del
origen de las cavernas, es preciso o p ta r entre dos siste­
m as de filosofía n atu ral, de los cuales el uno lo atribuye
todo a sacudidas violentas e instantáneas, p o r ejem plo,
a la fuerza elástica de los vapores y a los solevantam ien-
tos causados por los volcanes, m ientras que el otro recu ­
rre a las pequeñas fuerzas que obran casi insensiblem en­
te por un desenvolvim iento progresivo. Sería adverso al
objeto de una obra que se ocupa de las leyes de la natu­
raleza discutir el origen de las cosas y ab an d o n ar el cor-
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 113

to núm ero de hechos bien observados hasta aquí, p ara


perderse en un m a r de co n jetu ras. Invitam os solam ente
a los físicos que gustan de entregarse a hipótesis geoló­
gicas, a que 110 olviden la horizontalidad que tan a m enu­
do se nota en el seno de las m ontañas yesosas y calcá­
reas, en grandes extensiones, en la posición de grutas que
entre sí se com unican a m erced de pasadizos. Esta h o ri­
zontalidad casi perfecta, este declive suave y uniform e,
parecen ser el resultado de una larg a p erm an en cia en las
aguas que agrandan por erosión las h en d ed u ras ya exis­
tentes y a rra stra n las m aterias m ás tenues (22), con fa ­
cilidad tanto m ayor cuanto la arcilla o el m u riato de sosa
se hallan m ezclados con el yeso y la caliza fétid a ( Stinks-
tein ) (23). Iguales son estos resultados, ya sea que las
cavernas form en una larg a y continua hilera, ya sea que
varias de estas hileras estén superpuestas unas a otras,
como casi exclusivam ente es el caso en las m ontañas
yesosas.
Lo que en las rocas conchíferas o neptúnicas p erte­
nece a la acción de las aguas, en las rocas volcánicas
parece efecto algunas veces de em anaciones gaseosas que
obran en la dirección en que h allan m enos resistencia
(24). C uando u na m ateria d erretid a se m ueve sobre una
pendiente m uy suave, los grandes ejes de las cavidades,

(22) Saussure, V oyages, parágrafo 465; Freiesleben, K u p fe rs '


chiefer, t. II, p. 172.
(23) S tin k ste in . El Sr. Werner ha aventurado la hipótesis de
que en el yeso antiguo de Turingia, las cavernas se deben a la sus­
tracción de enormes masas de muriato de sosa. Freiesleben, 1. c., p.
205, Reuss, Geognosie, t. I, p. 484.
(24) Véase arriba. En el Vesubio, el duque de la Torre me ha
mostrado en 1805, en recientes corrientes de lava, cavidades alar­
gadas en el sentido de la corriente, que tienen 6-7 pies de largo por
3 de alto. Estas pequeñas c a v e r n a s volcánicas estaban tapizadas
de hierro especular que no puede conservar su nombre de hierro
oligisto después de los últimos trabajos del Sr. Gay-Lussac sobre
los óxidos de hierro.
8
114 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

form adas por el desprendim iento de los fluidos elásticos,


son m ás o menos horizontales o paralelos al plano en que
tiene efecto el m ovim iento de traslación. S em ejante des­
prendim iento de vapores, ju n to con la fu erza elástica
de los gases que p en etran en capas reb lan d ecid as y le­
vantadas, parece d a r en ocasiones u n a g rande extensión
a las cavernas que se h allan en las traquitcis o pórfidos
trapéanos. Estas cavernas porfídicas en las C ordilleras
de Quito y el Perú llevan el nom bre indígena de Machays
(25): son generalm ente poco profundas, están tap iza­
das de azufre, y p o r el enorm e g ran d o r de su ab ertu ra,
difieren de las que hay en las tobas volcánicas de Italia,
T enerife y los Andes (26). A cercando así en el pensa­
m iento las rocas prim itivas secundarias y volcánicas, d i­
ferenciando entre la costra oxidada del globo y su núcleo
in terio r com puesto quizá de sustancias m etaloides e in ­
flam ables, es como se entiende por dondequiera la exis­
tencia de las grutas. Ellas obran en la econom ía de la n a ­
turaleza como vastos depósitos de agua y de fluidos elás­
ticos.
Las cavernas yesosas b rillan con el destello de la
selenita cristalizada. D estácanse lám in as vitreas teñi­
das de pardo am arillo sobre un fondo estriado com puesto
de capas de alabastro y de caliza fétida. Las g ru tas cal­
cáreas tienen una coloración m ás uniform e. Son tanto m ás

(25) M achay es voz de la lengua quichua, la cual llaman los


españoles vulgarmente leng ua del Inca. Así C a lla n c a m a c h a y signi­
fica “caverna grande como una casa”, caverna que sirve de tambo
o caravanserrallo.
(26) A veces el fuego obra como el agua, desalojando masas:
las cavidades pueden ser resultado de una solución ígnea, como son
el resultado más a menudo de una erosión o solución acuosa. El ca­
pitán Flinders, cuya pérdida funesta y prematura han deplorado los
am igos de las ciencias, atribuye una caverna que está cerca de la
plantación Menil, en la isla de Francia, a una capa de hierro espe­
cular fundida y desalojada a consecuencia de una erupción volcá­
nica. V o yag es to th e T e r r a au s tra lis , vol, II, p. 445.
V IA JE A I.AS REGIONES EQUINOCCIALES 115

herm osas y ricas en estalactitas, cuanto m ás estrechas y


cuanto m enos librem ente circula el aire en ellas. P or ser
dem asiado espaciosa y accesible al aire, la caverna de
Caripe carece casi por entero de esas incrustaciones, cu­
yas form as im itativas excitan la curiosidad del pueblo en
otros países. En vano he buscado allí tam bién plantas
subterráneas, esas C riptógam as de la fam ilia de las Us-
neáceas, que se encu en tran a veces pegadas a las estalac­
titas como la yedra en nuestras paredes, en el m om ento
que se p enetra por la p rim era vez en una g ru ta lateral
(27).
Las cavernas de las m ontañas de yeso contienen a
m enudo m ofetas y gases deletéreos (28). No es el sul­
fato de cal que obra sobre el aire atm osférico, sino la a r ­
cilla ligeram ente carb u rad a y la caliza fétid a que se h a ­
llan tan a m enudo m ezcladas con el yeso. No se puede
todavía a firm a r si la cal carb o n atad a fétida obra como
un hidrosulfuro o por un principio bitum inoso (29). Co-

(27) Fue así como se descubrió el Lichen tophicola, cuando la


primera abertura de la hermosa caverna de Rosemüller, en Fran­
conia (Hum. U eber die G ru b e n w e tte r , p. 39). La cavidad que ence­
rraba el liquen estaba por todas partes cerrada con enormes masas
de estalactitas. Este ejemplo no favorece la opinión de algunos fí­
sicos que piensan que las plantas subterráneas descritas por Scopoli,
por Hofmann, y por mí, son las criptógamas de nuestras selvas lle­
vadas accidentalmente con maderas de carpintería al interior de las
minas, y desfiguradas por causa del ahilamiento.
(28) Freiesleben, t. II, p. 189.
(29) L. c., t. II, pp. 16, 22. El Stinkstein tiene constantemen­
te coloraciones pardo-negruscas: no se pone blanco sino por des­
composición, después de haber obrado sobre el aire circundante. No
debe confundirse con el Stinkstein, que es de formación secundaria,
una caliza primitiva granosa, blanquísima, de la isla de Thasos, que
al rasparla despide un olor de hidrógeno sulfurado. Este mármol
tiene el grano más grueso que el mármol de Carrara ( m a r m o r lunen-
se). Muy comúnmente se le ha empleado por los estatuarios grie­
gos, y de él he recogido a menudo fragmentos en la Villa Adriani,
cerca de Roma.
116 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

nocida es de todos los m ineros de T uringia su propiedad


de absorber el oxígeno: es igual a la acción de la arci­
lla carb u rad a de las g ru tas yesosas y de las grandes cá­
m aras ( S in k w e r k e ) que se practican en las m inas de sal
gema, explotadas por la introducción de aguas dulces.
Las cavernas de las m ontañas calcáreas no están expues­
tas a estas descom posiciones del aire atm osférico, a m e­
nos que encierren osam entas de cuadrúpedos o ese m a n ­
tillo m ezclado con gluten y fosfato de cal, del que se des­
prenden, como arrib a lo hem os observado, gases in fla­
m ables y fétidos.
A p esar de cuanto hem os inquirido entre los h ab itan ­
tes de C aripe, C um anacoa y Cariaco, 110 hem os sabido
que ja m ás se haya descubierto en la caverna del G uá­
charo despojo alguno de carnívoros, ni esas brechas
óseas de anim ales herbívoros que se en cu en tran en las
cavernas de A lem ania y H ungría o en las h en d ed u ras de
las rocas calcáreas de G ibraltar. Los huesos fósiles de
Mega torios, Elefantes y M astodontes que algunos v ia je ­
ros han llevado de la A m érica m eridional pertenecen to­
dos a los terrenos m ovibles de los valles y altiplanicies
elevados. Con excepción del Megalónice, especie de P e­
rezoso del tam año de 1111 buey, descrito por el Sr. Jeffer-
son, 110 conozco hasta ah o ra ni un solo ejem plo de esque­
leto de anim al soterrado en una caverna del Nuevo Mun­
do (30). La extrem a rareza de este fenóm eno geológico
aparece m enos sorprendente al reco rd ar que F rancia, In ­
g laterra e Italia tienen tam bién gran núm ero de g ru tas en
las que nunca se ha encontrado vestigio de osam entas fó­
siles (31).

(30) El Megalónice ha sido encontrado en las cavernas de


Green-Briar, Virginia, a 1.500 leguas distante del Megaterio, del cual
difiere muy poco; es del tamaño del Rinoceronte (Americ, Trans., N°
30, p. 246).
(31) Cuvier, Rech. s u r Ies o ssem ens fossiles, t. IV, Osos, p. 10.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 117

A unque en la cru d a n atu raleza no tenga gran im ­


portancia cuanto sea inherente a las ideas de extensión
y de m asa, debo sin em bargo reco rd ar que la C averna
de C aripe es una de las m ás espaciosas que se conocen
abiertas en rocas calcáreas. T iene por lo m enos 900 m e­
tros, o sean 2.800 pies de largo (32). En general, y por
causa de la m ayor indisolubilidad de la roca, no son las
m ontañas calcáreas las que exhiben las m ás extensas h i­
leras de grutas, sino las form aciones yesosas. De estas
hileras en yeso las hay en S ajonia que tienen v arias le­
guas de largo, por ejem plo la de W im elburgo, que se co­
m unica con la caverna de Cresfeld.
La observación m ás curiosa que perm iten las g ru tas
a los físicos, es la determ inación exacta de su tem p eratu ­
ra. La caverna de Caripe, situada por los ÍO' IO' m ás o m e­
nos de latitud, y por consiguiente en el centro de la zona
tórrida, se eleva a 506 toesas sobre el nivel de las aguas
del golfo de Cariaco. En toda ella encontram os, en el
mes de setiem bre, la tem p eratu ra del aire in terio r entre
18°,4 y 18°,9 del term óm etro centesim al. La atm ósfera
exterior estaba a 16°,2. A la en trad a de la caverna el
term óm etro se sostenía en el aire a 17°,6; pero m etido en
el agua del riachuelo subterráneo, m arcab a, hasta en el
fondo de la caverna, 16°,8. Estos experim entos son de
mucho interés si se piensa en el equilibrio de calor que
tiende a establecerse entre las aguas, el aire y la tierra.
Cuando salí de E uropa, lam entaban todavía los físicos
no tener bastantes datos acerca de lo que un poco fastuo­
samente llam an la tem peratura del interior del globo; y
sólo m uy recientem ente se ha tra b a ja d o con algún éxito
para resolver ese gran problem a de la M eteorología sub­
terránea. Las capas pétreas que form an la costra de

(32) La célebre caverna de Baumann, en el Harz sólo tiene


578 pies (íf longitud, según los Sres. Gilbert o Ifseir la caverna de
Scharzfeld tiene 3r0: la de Gaüenr.'iuí.'i, 304: la de Antiparos, 300
(Freiesieben, t. II, p. 165). Pero la gruta de del Balme mide 1.300,
según Saussure ( V oyages, parágrafo 465).
118 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

n u e stro p la n e ta son las ú n ica s accesibles a n u e s tra s in ­


vestigaciones, y boy se sabe q u e la te m p e ra tu ra m e d ia de
estas c a p as no so lam en te v a ría con las la titu d e s y las a l­
tu ra s, sino q u e ta m b ié n e x p e rim e n ta , según la posición
de los lu g a re s y en el espacio de u n año, oscilaciones re ­
g u lare s en d e rre d o r del c a lo r m ed io de la a tm ó sfe ra con­
tigua. Ya estam os lejo s de a q u e lla época en q u e e ra u n a
so rp re sa h a lla r en o tra s zonas el c a lo r de las g ru ta s y los
pozos, d ife re n te del que se o b serv a en los sótanos del Ob­
se rv a to rio de P a rís. El p ro p io in stru m e n to q u e en estos
sótanos m a rc a 12°, se eleva en los s u b te rrá n e o s de la isla
de M adera, cerca de F u n c h a l, a 16°,2 (33); en el pozo de
San José, el C airo, a 21°,2 (34); en las g ru ta s de la isla
de C uba, a 22° ó 23° (35). E ste c re c im ien to es m á s o m e ­
nos p ro p o rc io n al al de las te m p e ra tu ra s m e d ia s de la a t­
m ó sfera desde los 48° de la titu d h a s ta el trópico.
A cabam os de v e r que en la c a v e rn a del G u á c h a ro el
ag u a del río es c e rca de 2o m ás fría que el a ire am b ie n te
del s u b te rrá n e o . El ag u a a no d u d a r, sea in filtrá n d o se
al tra v é s de la s rocas, sea c o rrien d o sobre lechos p e d re ­
gosos, a d q u ie re la te m p e ra tu ra de estos lechos. El aire ,
e n c e rra d o en la s g ru ta s, por el c o n tra rio , no está en r e ­
poso, y se co m unica con la a tm ó sfe ra de fu e ra . Bien que
las m u ta c io n e s de la te m p e ra tu ra e x te rio r sean s u m a ­
m en te p e q u e ñ as en la zona tó rrid a , se fo rm a n , no obs­
tan te, c o rrie n te s que m o d ific a n p e rió d ic a m e n te el c a lo r
del a ire in te rio r. En consecuencia, es esa te m p e ra tu ra
de 16°,8 la que p o d ría se r te n id a com o te m p e ra tu ra de

(33) En Funchal (lat. 32°37') la temperatura media del aire


es de 20°,4: cosa tanto más probable cuanto para Santa Cruz de Te­
nerife halla el Sr. Escolar 21°,8. (Cavendish, en las Phil. trans.,
1778, p. 392). En adelante insistiremos sobre esta diferencia nota­
ble entre los subterráneos de la isla de Madera y la atmósfera cir­
cunvecina.
(34) En E Cairo (lat. 30°2') la temperatura media del aire es de
22°,4 según Nouet.
(35) Obs. astr., t. I, p. 134. La temperatura media del aire
en La Habana es de 25°,6, según el Sr. Ferrer.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 119

la tie rra en estas m o n ta ñ a s, si se estuviese b ien en la se­


gu rid ad de q u e estas ag u as no descien d en con ra p id e z
de las m o n ta ñ a s in m e d ia ta s m ás elevadas.
Síguese de estos a ju s te s que c u a n d o no p u e d e n obte­
nerse re su lta d o s a b so lu ta m e n te precisos, se h a lla n p o r lo
m enos en c a d a zona núm eros limitados. E n C arip e, en la
zona equ in o ccial, a 500 toesas de a ltu ra , la te m p e ra tu ra
m edia del globo no es in fe rio r a 16°,8, q u e es lo que d a
la e x p e rie n c ia h ech a en el ag u a del río su b te rrá n e o .
Puede asim ism o p ro b arse q u e esta te m p e ra tu ra del glo­
bo no es s u p e rio r a 19°, puesto que el a ire de la c a v ern a ,
por lo m enos en setiem b re, se h a h a lla d o de 18°,7. Co­
mo la te m p e ra tu ra m ed ia de la a tm ó sfe ra en el m es m á s
cálido no p asa de 19°,5, es p ro b ab le q u e en n in g u n a e sta ­
ción del año se v e rá s u b ir el te rm ó m e tro expuesto al
aire de la g ru ta a m ás de 19° (36). E stos resu ltad o s, co­
mo tan to s otros que p resen tam o s en este v ia je , p a re c e n
de poca im p o rta n c ia a isla d a m e n te co n sid erad o s; pero
com parados con las observaciones re c ie n te m e n te h e ­
chas p o r los Sres. de B uch y W a h le n b e rg en el círculo
polar, a r r o ja n luz sobre la econom ía de la n a tu ra le z a en
general y sobre el e q u ilib rio de la te m p e ra tu ra que sin
cesar b u sc a n el a ire y la tie rra . No cabe d u d a de q u e en
L aponia la co stra p é tre a del globo esté de 3 a 4 grad o s
por encima d e la te m p e ra tu ra m ed ia de la a tm ó sfe ra.
El frío que p e rp e tu a m e n te re in a en los abism os del
océano equinoccial, q u e es efecto de la s c o rrie n te s p o la ­
res ¿ p ro d u c e en los trópicos u n a d ism in u ció n sensible
en la te m p e ra tu ra de la tie rra ? ¿E s esta te m p e ra tu ra
ahí inferior a la de la a tm ó sfe ra? Eso lo e x a m in are m o s
después, cu a n d o h ay am o s reu n id o m a y o r n ú m ero de
hechos en las a lta s regiones de la C o rd illera de los A ndes.

(36) La temperatura media del mes de setiembre en Caripe,


es de 18°,5; y en la costa de Cumaná, donde pudimos recoger gran
número de observaciones, las temperaturas medias de los meses
más cálidos no difieren de las de los meses más fríos sino de lo,8,
CAPITULO VIII

Partida de C aripe.— Montaña y selva de Santa María.


Misión de Catuaro.— Puerto de Cariaco.

Los d ías q u e p asam o s en el convento d e los C a p u ­


chinos p o r los c erro s de C a rip e c o rrie ro n h a rto r á p id a ­
m ente, no o b sta n te q u e n u e s tra ex isten cia e ra tan sen ­
cilla com o u n ifo rm e . D esde la sa lid a del sol h a sta la
e n tra d a de la noche rec o rría m o s la selva y los cerro s
cercanos p a ra rec o g e r p la n ta s de las que n u n c a h a b ía m o s
hecho recolección m ay o r. C uando las llu v ias de la estación
nos im p e d ía n e m p re n d e r la rg a s c o rre ría s, v isitáb am o s
las c a b añ a s de los indios, el Conuco de la C om unidad o
esas asam b leas en la que los alcald es indios d istrib u y e n
cada ta rd e los tra b a jo s del d ía siguiente. No to rn á b a ­
m os al m o n aste rio sino c u an d o el toque de la c a m p a n a
nos lla m a b a a c o m p a rtir en el refe c to rio la com ida de
los m isioneros. E n ocasiones les seguíam os de m a d r u ­
gada a la iglesia p a ra a sistir a la doctrina, es d ecir, a la
enseñanza religiosa de los indígenas. E s e m p re sa m u y
a v e n tu ra d a p o r lo m enos q u e re r h a b la r de dogm as a
neófitos, p rin c ip a lm e n te c u an d o sólo tien en u n m u y vago
conocim iento de la len g u a española. P o r o tra p a rte , los
religiosos hoy ig n o ra n casi to talm en te el id io m a de los
C haim as, y la s e m e ja n z a de sonidos e m b ro lla h a sta tal
punto el e sp íritu de estos pobres indios, q u e les hace
concebir las m ás e x tra ñ a s ideas. Un solo e je m p lo m e
122 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

lim ita ré a cita r. Un día vim os a l m isio n ero a lb o ro tarse


v iv am e n te p ro b a n d o q u e el infierno y el invierno no e ra n
u n a m ism a cosa, sino que se d ife re n c ia b a n com o el ca­
lo r y el frío. Los C h aim as 110 conocen otro in v ie rn o que
el tiem po de las llu v ias, y el infierno de los blancos les
p a re c ía un lu g a r donde los m alo s e stá n ex puestos a f re ­
c u en tes aguaceros. E n van o se im p a c ie n tó el m isio n ero ;
q u e e ra im p o sib le b o r ra r las p rim e ra s im p re sio n e s d e b i­
das a la an alo g ía e n tre dos consonantes. No se logró
s e p a r a r en el e sp íritu de los neófitos las id ea s de invierno
e infierno.
D espués de p a s a r casi todo el d ía a l a ire lib re, nos
ocu p áb am o s en la ta rd e , al v o lv er al convento, en r e ­
d a c ta r notas, se ca r n u e s tra s p la n ta s, y d ib u ja r las que
nos p a re c ía n fo rm a r géneros nuevos. Los fra ile s nos d e ­
ja b a n gozar de toda n u e s tra lib e rta d , y nos acordam os
con viva satisfacció n de u n a p e rm a n e n c ia ta n a g ra d a b le
com o útil p a ra n u estro s tra b a jo s . P o r desg racia, el cie­
lo b ru m o so de u n valle en q u e las selvas e c h an al aire
u n a p ro digiosa c a n tid a d de ag u a, e ra poco fa v o ra b le a
las o b servaciones astronóm icas. G asté u n a p a rte de las
noches p a ra a p ro v e c h a r el m o m en to en que a lg u n a es­
tre lla e sta b a visible e n tre la s nubes, cerca de su paso
p o r el m erid ia n o . A m en u d o tirita b a de frío , a u n q u e
el term ó m e tro no b a ja b a sino a 16°, q u e es la te m p e ra tu ra
del d ía a fin es de setiem b re en n u e stro s clim as. Los
in stru m e n to s p e rm a n e c ía n listos en el p atio del conven­
to d u ra n te v a ria s horas, y casi sie m p re salía fa llid o en
m is esp eran zas. A lgunas b u e n a s o b servaciones de Fo-
m a lh a u t y de D eneb del C isne d iero n p a ra la la titu d de
C a rip e 10° 10' 14"; lo cu al p ru e b a que la posición in d i­
c a d a en el m a p a de C au lín es e rró n e a en 18', y en el de
A rro w sm ith en 14'.
Com o las observaciones de a ltu ra s c o rresp o n d ien tes
del sol m e p e rm itía n conocer el tiem po v e rd a d e ro con 2"
de a p ro x im ac ió n , p u d e d e te rm in a r con p recisió n , en el
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 123

in stan te del m ed io d ía , la v a ria ció n de la a g u ja im a n a d a


(1). E ra de 3o 15' 30" el 20 de se tie m b re de 1799; al
N oreste p o r lo tanto, 0o 58' 15" m e n o r que en C um aná.
T eniendo en c u e n ta las v a ria cio n e s h o ra ria s , q u e en es­
tos clim as no se e le v a n p o r lo g e n e ra l a m ás de 8', se
c o m p re n d erá q u e a d ista n c ia s c o n sid e rab le s la d e c lin a ­
ción c a m b ia con m enos ra p id e z de lo q u e co m ú n m en te
se cree. L a in clin ació n m ag n é tic a e ra de 42°,75 (d iv i­
sión c e n te s im a l); y el n ú m ero de oscilaciones que ex­
p resan la in te n s id a d de las fu e rz a s m ag n é tic a s se e lev a­
ba a 229, en 10 m in u to s de tiem po.
L a desazón de v er ocultas la s e stre llas p o r un cielo
brum oso fu é la ú n ica que tuvim os en el v a lle de C aripe.
Es en cierto m odo s a lv a je y sosegado, lú g u b re y a tr a ­
yente a la vez, el aspecto de ese puesto. E n m edio de u n a
potente n a tu ra le z a , sólo se e x p e rim e n ta n sen sacio n es de
paz y de rep o so ; y a ú n d iría que en la soledad de estas
m ontañ as, m enos a fe c ta n las im p resio n es n u e v a s a cad a
paso recib id as, que los rasgos de s e m e ja n z a q u e re c u e r­
dan los m á s a p a rta d o s clim as. Las colinas a las que está
a rrim a d o el convento se ven c o ro n ad as de p a lm e ra s y de
helechos arb o rescen tes. P o r la ta rd e , b a jo u n cielo
an u n c ia d o r de llu v ia, re tu m b a el a ire con el a la rid o u n i­
form e de los a ra g u a to s, q u e se m e ja el le ja n o zum bido
del viento ag ita n d o la selva. Sin em bargo, a p e s a r de
esos sonidos desconocidos, de esas e x tra ñ a s fo rm a s de
las plan tas, de esos prodigios de un m u n d o nuevo, la n a ­
turaleza lleva d o q u iera al oído del h o m b re u n a voz cuyos
acentos le son fam iliare s. El césped q u e ta p iz a la tie ­
rra , el v ie jo m usgo y el helecho de q u e se c u b re n las
raíces de los árboles, los to rre n te s que se p re c ip ita n so­
bre los bancos in clin ad o s de la ro ca c a lc á re a , y en fin,
ese concurso arm onioso de colores q u e r e fle ja n las aguas,
el v e rd o r y el cielo, todo eso re c u e rd a a l v ia je ro se n sa ­
ciones que y a tiene ex p e rim e n tad a s.

(1) Obs. a str., t. I, pp. 100-106.


124 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

T a n a lo vivo nos p re o c u p a b a n las bellezas n a tu ra le s


de estas m o n ta ñ a s, q u e no fu e sino m u y ta rd e c u a n d o nos
p e rc a ta m o s de las d ific u lta d e s q u e e x p e rim e n ta b a n los
buenos religiosos que nos d a b a n h o sp ita lid a d . No h a b ía n
podido h a c erse m á s que de u n a escasa p ro v isió n de vino
y p a n de trig o ; y a u n q u e en estas reg io n es u n a y o tra
cosa sólo se m ire n com o p e c u liare s al lu jo de la m esa,
vim os con p e s a r que n u e stro s h u é sp ed e s se p riv a b a n de
ello a sí m ism os. N u e stra rac ió n de p a n h a b ía d ism in u i­
do y a a las tre s c u a rta s p a rte s, y 110 ob stan te, crueles
ag u acero s nos fo rz a b a n to d av ía a d ife rir d u ra n te dos días
n u e s tra p a rtid a . C uán la rg a nos p a re c ió esta dem o ra!
C uánto nos a p e n a b a el toque de la c a m p a n a lla m á n d o ­
nos al refecto rio ! V iv am en te sentíam os, m e d ia n te el de­
licad o p ro c e d e r de los m isioneros, lo q u e c o n tra sta b a
n u e s tra situ ació n con la de los v ia je ro s q u e se q u e ja n
de h a b e r sido d e sp o ja d o s de sus p rovisiones en los con­
ventos de C optos del Alto E gipto.
S alim os al fin el 22 de se tie m b re seguidos de cu atro
m u ía s c a rg a d a s de in stru m e n to s y p la n ta s. H ubim os de
d e sce n d e r la cuesta N oreste de los A lpes c a lc á re o s de la
N ueva A n d alu cía, cual hem os d e n o m in a d o a la g ran se­
r ra n ía del B erg an tín y el C ocollar. La a ltu ra m ed ia de
esta s e rra n ía a p e n as p a sa de 600 o 700 toesas; y en este
sentido y en el de su co n stitu ció n geológica p u ed e com ­
p a rá rs e la a la c o rd ille ra del J u ra . A p e s a r de la eleva­
ción poco co n sid erab le de los m ontes de C u m an á, la b a­
ja d a de ellas es de lo m á s fatigoso, y casi p o d ría decirse
de lo m á s peligroso, del lado de C ariaco. El c e rro de
S a n ta M aría, que los m isio n ero s suben p a ra tra s la d a rs e
de C u m a n á a su convento de C arip e, es m ás crue todo cé­
le b re p o r las d ificu ltad es q u e opone a los v ia je ro s. Com­
p a ra n d o estas m o n ta ñ a s con los A ndes del P e rú , los Pi­
rin eo s y los A lpes que su cesiv am en te h em o s reco rrid o ,
nos hem os aco rd ad o m ás de u n a vez de que las cim as
m enos elev ad as son a m enudo las m ás inaccesibles.

Al d e ja r el valle de C arip e a tra v esa m o s p rim e ra ­


m en te u n a h ile ra de colinas situ a d a s a l N oreste del con­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 125

vento. E l c am in o nos llevó, sie m p re subiendo, p o r u n a


vasta s a b a n a h a s ta la a ltip la n ic ie de la Guardia de San
Agustín. H icim os alto allí p a ra a g u a rd a r al in d io q u e
llevaba el b a ró m e tro . Nos h a lla m o s a 533 toesas de e le ­
vación ab so lu ta, un poco m á s alto q u e el fondo de la c a ­
verna del G u ách aro . L as s a b a n a s o d eh esas n a tu ra le s ,
que b rin d a n ex celentes pastos a la s vacas del convento,
están en absoluto d esp ro v istas de árb o les y arb u sto s. Es
el dom inio de las p la n ta s m o n o co tiled ó n eas; p o rq u e sólo
se elevan ac á y a llá en m edio de las g ra m ín e a s algunos
pies de M aguey (A gave a m e ric a n a ), cuyos b o hordos flo ­
ridos lleg an a m ás de 26 pies de a ltu ra . L legados a la
altip lan icie de la G u a rd ia , nos e n c o n tram o s com o tra s ­
portados a l fondo de un an tig u o lago, n iv ela d o p o r la
pro lo n g ad a p e rm a n e n c ia de las aguas. Se reconocen
al p a re c e r las sin u o sid a d es de la a n tig u a rib e ra , lenguas
de tie rra a v a n za d a s, peñones esca rp a d o s q u e se le v a n ta n
en fo rm a de islotes. E ste p rístin o estado de cosas p a re ­
ce a u n to d av ía in d ic a d o p o r la d istrib u c ió n de los vege­
tales. E l fo n d o de la cu en ca es u n a sa b an a , al paso que
las o rilla s están c u b ie rta s de árb o les de alto p o rte. Es
p ro b ab lem en te el valle m ás elevado de la s p ro v in c ias de
C um aná y V enezuela. Es de la m e n ta rse q u e u n asiento
en que se goza de ta n tem p lad o clim a y q u e sin d u d a
sería a d e cu a d o p a ra el cultivo del trigo esté del todo
inhabitado.
Desde la a ltip la n ic ie de la G u ard ia, ya no h a y m ás
que b a j a r a la a ld e a in d ia de S a n ta C ruz. Se pasa
p rim ero p o r u n a cu esta en ex trem o re sb a la d iz a y em p i­
nada a la q u e h a n d ad o los m isioneros el e x tra ñ o no m b re
de B a ja d a del Purgatorio. Es u n a roca de a re n isca es­
quistosa d esco m p u esta, c u b ie rta de a rc illa cuyo ta lu d
aparece con u n a p e rp e n d ic u la rid a d in q u ie ta n te , pues co­
mo resu lta d o de u n a ilusión óptica com unísim a, cu ando
se m ira desde lo alto de la colina el cam ino p a re c e in cli­
nado en m á s de 60°. P a ra b a ja r ju n ta n las ín u la s las
patas de a tr á s con las de ad e la n te , y d e rrib a n d o de g ru ­
126 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

p a, d é ja n s e d e sliz ar al acaso. E l jin e te no c o rre n in g ú n


riesgo, con ta l q u e a flo je la b r id a y no c o n tra ríe en n a d a
los m o v im ien to s del a n im a l. D esde a q u e l p u n to se
p e rc ib e a la iz q u ie rd a la g ra n p irá m id e del G uácharo.
E s m u y pin to resco el aspecto de ese pico c a lc á re o ; pero
m u y p resto se le p ierd e de v ista a l e n tr a r en la espesa
selva co nocida con el n o m b re de Montaña de Santa Ma­
ría. D u ra n te siete h o ras se b a ja sin in te rru p c ió n , y es
d ifícil fo rm a rs e u n a id ea de u n a b a ja d a m á s e sp a n ta b le :
es u n v e rd a d e ro camino en escalera, u n a especie de z a n ­
jó n en el que d u ra n te el tiem po de las llu v ias se la n z a n
de ro ca en ro ca to rre n te s im petuosos. Los escalones tie­
n e n de dos a tres pies de a lto ; y las d e sd ic h a d as bestias
de carga, luego que h a n a p re c ia d o el espacio necesario
p a ra que la c a rg a p u ed a p a s a r e n tre los tro n co s de los
árb o les, s a lta n de u n bloque de ro ca a otro. T em iendo
e r r a r el brinco, se las ve p a ra rs e unos in sta n te s com o p a ­
ra e x a m in a r el te rre n o y a p ro x im a r los c u a tro s rem os
a l m odo de las c a b ra s m onteses. Si el a n im a l no a lc a n ­
za el bloque de p ie d ra m ás cercan o , se h u n d e h a s ta la
m ita d del cu erp o en la a rc illa b la n d a y o c rá c e a que re lle ­
n a los in te rstic io s de las p eñ as. Allí d o n d e fa lta n los pe-
druscos b rin d a n enorm es raíc es pun to s de apoyo a los
pies del h o m b re y de los a n im a le s. E stas tien en h a s ta 20
p u lg a d a s de espesor y a m e n u d o salen del tronco de los
árb o le s m u y por encim a de la s u p e rfic ie del suelo. H arto
se fía n los criollos de la h a b ilid a d y el feliz in stin to de
las m u ía s p a ra m an te n erse en la silla d u ra n te esta la rg a
y p elig ro sa b a ja d a . N osotros p re fe rim o s d e sce n d e r a
pie, y a q u e tem íam o s m enos q u e aq u ello s la fa tig a y que
estáb am o s aco stu m b rad o s a v i a j a r le n ta m e n te p a r a re ­
coger p la n ta s y e x a m in a r la n a tu ra le z a de las ro c a s; y ni
a u n nos d e ja b a n lib e rta d de elección los cu id ad o s que
re c la m a b a n n u e stro s cronóm etros.
La selva que cu b re la la d e ra e sc a rp a d a de la m o n ta ­
ña de S a n ta M aría es u n a de las m á s d en sas que nu n ca
vi. Los árboles son allí de u n a a ltu ra y co rp u le n cia p ro ­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 127

digiosas. B a jo su fo lla je e n m a ra ñ a d o y v erde-oscuro


rein a c o n sta n tem e n te u n a luz d ifusa, u n a su e rte de oscu­
rid a d de q u e no son b u e n e je m p lo n u e s tra s Selvas de pi­
nos, en cin as y hayas. C abe p e n s a r q u e a p e s a r de la ele­
vada te m p e ra tu ra , no p u e d e el a ire d iso lv e r la c a n tid a d
de ag u a q u e e x h a la n la su p e rfic ie del suelo, el fo lla je de
los á rb o le s y su tronco c u b ie rto de u n a b ro za v ie ja de O r­
quídeas, P e p e ro m ia s y o tra s p la n ta s carn o sas. Al olor
arom ático q u e e x h a la n las flores, los fru to s y la m a d e ra
m ism a, m ézclase el que nosotros sentim os p o r el otoño en
tiem pos brum osos. A quí com o en las selvas del O rinoco,
fija n d o la v ista en la copa de los árboles, se p e rc ib en a
m enudo reg u e ro s de v ap o res a llí donde alg u n o s haces de
rayos so lares p e n e tra n y a tra v ie s a n la d e n sa atm ó sfera.
N uestros gu ías nos se ñ a la b a n , e n tre los á rb o le s m a je s ­
tuosos cuya a ltu ra excede de 120 a 130 pies, el Curucai
de T erecén, q u e da u n a re sin a b lan q u e c in a , líq u id a y m uy
o dorífera (2). E sta fu é u s a d a a n ta ñ o p o r los in d io s Cu-
m anagotos y T a g ire s p a ra in c e n sa r sus ídolos. L as ra m a s
tiernas tien en un gusto a g ra d a b le , a u n q u e u n poco a s trin ­
gente. D espués del C u ru c a i y de enorm es troncos de Al­
garrobo (H y m en aea) cuyo d iám e tro p a sa de 9 a 10 pies,
los vegetales q u e m ás lla m a b a n n u e s tra a te n c ió n e ra n el
Sangre de D rago (C roton sa n g u iflu u m ) cuyo ju g o p a rd o
p u rp ú re o se d ifu n d e en u n a corteza b la n q u e c in a , el he-
lecho Calahuala, d ife ren te de la del P e rú , p ero sa lu tífe ra
casi por igual (3), y las p a lm e ra s Irasse, M acanilla, Co-
rozo y P ra g a (A ip h an es P ra g a ). La ú ltm ia provee u n a
col de palm a m u y a p e tito sa q u e a veces com íam os en el
convento de C aripe. Con estas p a lm e ra s de h o ja s p in a ­
das y espinosas c o n tra sta b a n a g ra d a b le m e n te los helechos

(2) Véase arriba.


(3) La Calahuala de Caripe es el polypodium crassifolium. La
del Perú, cuyo uso han divulgado tanto los Sres. Ruiz y Pavón,
viene del Aspidium coriaceum, Willd. (Tectaria Calahuala, Cav.).
Mézclanse en el comercio las raíces diaforéticas del P. crassifolium
y el Acrostichum Huascaro con las raíces de la verdadera Calahua­
la o Aspidium coriaceum.
128 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

arbóreos. Uno de ellos, la C y ath ea speciosa (4), se ele­


va a m ás de 35 pies de a ltu ra , lo c u a l es prodigioso p a ra
p la n ta s de esta fam ilia. A quí y en el v a lle de C arip e
descu b rim o s cinco n u e v a s especies de belechos a rb o re s­
centes (5 ): en tiem pos de L inneo c u a tro de ellas no
m ás conocían los b o ta n ista s en am bos continentes.

Es de o b se rv a r que los belechos arb ó re o s son p o r lo


g e n e ra l m u ch o m á s ra ro s q u e las p a lm e ra s. E stán c ir­
cu n scrito s p o r la n a tu ra le z a a lu g a re s tem plados, h ú m e ­
dos y som breados. T em en los ray o s d irecto s d el sol; y
m ie n tra s q u e el P um os, la C o ry p h a de las e ste p a s y otras
p a lm e ra s de la A m érica p ro sp e ra n en las lla n u ra s des­
n u d a s y a rd ie n te s, estos helechos de tronco arb o re sce n te
que desde lejo s tien en el aspecto de las p a lm e ra s, c o n ser­
van el c a rá c te r y los h á b ito s de las p la n ta s crip tó g am as.
G ustan de lu g are s solitarios, de la se m ic la rid a d , de un
a ire h úm edo, tem p la d o y d orm ido. Si a veces descien­
den h a sta las costas es ta n sólo a b rig a d a s p o r u n a fu e rte
som bra. Los troncos v iejo s de las C iateas y M eniscios
está n cu b ierto s de un polvo carbonoso, d esprovisto quizá
de h id rógeno, que tiene lu stre m etá lic o com o el grafito.
N ingún otro vegetal nos h a p re se n ta d o este fenóm eno;
po rq u e los troncos de las D icotiledóneas, a p e s a r de lo
a rd ie n te del clim a y la in te n sid a d de la luz, están m enos
req u e m ad o s en los trópicos q u e en la zona tem p la d a .
C reeríase que los troncos de los helechos que, se m e jan -

(4) Quizás una Memitelia de Roberto Brown. El solo tronco


tiene de 22 a 24 pies de largo. Junto con la Cyathea excelsa de la
isla de Borbón, es el más majestuoso de todos los helechos a rb ó ­
reos descritos por los botanistas. El número total de estas crip­
tógam as gigantescas sube hoy a 25 especies: el de las Palmeras,
a 80. Con la Cyathea crecen en la montaña de Santa María: Rhexia
ju n ip e rln a , Chiococca racem o sa, Commelina sp ica ta.
(5) Meniscium arb o re sc e n s, Aspidium cad uc um , A. ro s tra tu m ,
Cyathea villosa, y C. speciosa. Véanse los Nova G en era et. Spec.
plant., t. I, p. 35, de la edición en 4°.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 129

tes a la s M onocotiledóneas, e n g ru e sa n con los d esp o jo s


de los pecíolos, m u e re n de la c irc u n fe re n c ia al cen tro y
que, desp ro v isto s de órg an o s co rticales m e d ia n te los c u a ­
les d escien d en h a c ia la s ra íc e s los ju g o s e la b o rad o s, m ás
fácilm en te se q u e m a n con el oxígeno de la a tm ó sfe ra.
He tra íd o a E u ro p a ese polvo de b rillo m etá lic o q u ita d o
a troncos de M eniscium y A sp id iu m m u y viejos.

A m e d id a q u e b a já b a m o s la m o n ta ñ a de S a n ta M a­
ría veíam os m e r m a r los helechos arb ó re o s y c re c e r el
n úm ero de las p a lm e ra s. L as b e lla s m a rip o sa s de g ra n ­
des alas, las N in falcs, que v u e la n a u n a p ro d ig io sa a ltu ­
ra, se h a c ía n m á s com unes. T odo a n u n c ia b a que nos
a p ro x im áb a m o s a las costas y a u n a zona cuya te m p e ra ­
tu ra m e d ia d u ra n te el día es de 28 a 30 g rad o s c e n tí­
grados.

El cielo e sta b a en cap o tad o y a m e n a z a b a uno d e esos


aguaceros d u ra n te los cuales cae a veces de 1 a 1,3 p u l­
gadas de a g u a en u n solo día. E l sol a lu m b ra b a a in ­
tervalos la co p a de los á rb o le s y, a u n q u e a c u b ie rto de
sus rayos, sen tíam o s un c a lo r a sfix ian te. Y a el tru e n o
re tu m b a b a en lo n ta n a n z a , las n u b es p a re c ía n su sp e n d i­
das en la c im a de los altos cerro s del G u ách aro , y el q u e ­
jum b ro so au llid o d e los a ra g u a to s que ta n a m en u d o h a ­
bíam os oído a la p u e sta del sol en C aripe, a n u n c ia b a la
pro x im id ad de la to rm en ta. A quí tuvim os p o r p rim e ra
vez la o p o rtu n id a d de v e r de c erca estos m onos a u lla ­
dores. Son de la fa m ilia de los A luates (S ten to r, Geof-
froy), cuyas d iv ersas especies h a n c o n fu n d id o p o r larg o
tiem po los a u to res. Al paso que los pequeños S ap ay u s
de A m érica, q u e im ita n en el silbido el gañ id o de los pe­
rezosos, tien en el hioides ten u e y sencillo, los m onos de
gran tam a ñ o , com o los A luates y las M arim o n d as (A teles,
Geoffroy) tien en la len g u a s u je ta a un an ch o ta m b o r
óseo. L a la rin g e s u p e rio r de ellos tie n e seis sacos en
los que se p ierd e la voz, dos de los cuales p a re c id o s a nidos
de p alo m a se m e ja n b a sta n te la larin g e in fe rio r de los pá-
9
130 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ja r o s ; y es a ca u sa del a ire e m p u ja d o con fu e rz a en el


ta m b o r óseo p o r lo que se p ro d u ce el lú g u b re sonido que
c a ra c te riz a a los a ra g u a to s. E n los p ro p io s lu g a re s he di­
b u ja d o estos órganos, im p e rfe c ta m e n te conocidos de los
a n a to m istas, y su descrip ció n la h e p u b lic a d o en seguida
de m i re to rn o a E u ro p a (6). T e n ie n d o p re se n te s las di­
m en sio n es de la c a ja ósea de los A tra te s , y la g ra n copia
de m onos a u lla d o re s g u a re c id o s en u n solo árb o l de las
selvas de C u m a n á y G u ayana, m enos so rp re sa c a u sa n la
fu e rz a y el volum en de sus voces re u n id a s.
E l a ra g u a to , lla m a d o p o r los in d io s T am an aco s
A ra g u a ta (7) y po r los M aip u eres M arau e, es p a re c id o a
u n osezno. Su lo n g itu d es de 3 pies, co n ta n d o desde el
v é rtic e de la cabeza, q u e es ch ica y m u y p ira m id a l, h asta
la ra íz de la cola p re h e n sil; su p e la je es espeso y de un
p a rd o ro jiz o ; el pecho y v ie n tre e stá n al ig u al cubiertos
de un b u e n p e la je , y no desn u d o s com o en el Mono colo­
rado, o A luate ro jo de B uffon, q u e c u id a d o sa m e n te h e ­
m os e x a m in ad o su biendo de C a rta g e n a de las In d ia s a
S a n ta Fe de Bogotá. L a c a ra del a ra g u a to , de u n azul
negruzco, está c u b ie rta de u n a p iel fin a y a rru g a d a . Su
b a rb a es b a sta n te lu en g a ; y a p e s a r de la dirección de
la lín e a fac ial, cuyo ángulo es sólo de 30°, el a ra g u a to
m u e s tra en la m ira d a y en la e x p re sió n de la fisonom ía

(6) Obs. de Zoologie, t. I, p. 8, lám. 4, No. 9.


(7) Gómara, Hist. general de las Ind. cap. 80, p. 104; Fray Pe­
dro Simón, N oticias de la C o n qu ista de T ie r r a F irm e , 1626, nct. 4, c.
25, p. 317; y el P. Caulín, Hist. cor., p. 33, describen este mono con
el nombre de A r a n a t a y A ra g u a to . Fácilm ente se reconoce en los
dos nombres una misma raíz; la v ha sido transformada en g y en
n. E l nombre de A r a b a ta , que Gumilla da a los monos aulladores
del Bajo Orinoco, y que el Sr. Geoffroy piensa que pertenece al S.
straminea del Gran Pará, es aún la misma voz tamanaca Aravata.
Tal identidad de nombres no debe sorprendernos. Pronto veremos
que la lengua de los indios Chaimas de Cumaná es una de las nu­
merosas ramas de la lengua tamanaca, y que ésta se enlaza con
la lengua Caribe del Bajo Orinoco.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 131

tanto p a re c im ie n to al h o m b re com o la M a rim o n d a (Si­


m ia B elzebuth, B risson) y el C ap u ch in o del O rinoco (S.
c h iro p o te s). E n tre los m iles de a ra g u a to s q u e hem os
observado en las p ro v in c ias de C u m an á, C a ra ca s y G ua-
yana, n u n c a h em o s visto m u ta c io n e s en el p e la je p a rd o
ro jizo de la e sp a ld a y los hom bros, así h a y a m o s e x a m i­
nado in d iv id u o s com o b a n d a d a s e n te ras. Me h a p a re c i­
do en g e n e ra l que las v ariacio n es de color son m enos co­
m unes e n tre los m onos de lo q u e lo cre e n los n a tu r a lis ­
tas (8). Son a n te todo ra rís im a s e n tre las especies que
viven en sociedad.

E l a ra g u a to de C arip e es u n a n u e v a especie del gé­


nero S te n to r q u e he div u lg ad o b a jo el n o m b re de A luate
oso. Sim ia ursina (9). He p re fe rid o este n o m b re a los
que h u b ie ra podido d e d u c ir del color del p e la je , y en
ello m e h e f ija d o tan to m ás fá c ilm e n te cu anto, c o n fo r­
m e a u n p a s a je de Focio, los griegos conocían ya un
m ono vellu d o con el n o m b re de Arctopithecos. N uestro
a ra g u a to d ifie re ig u a lm e n te del G u a rib a (S. G u a rib a ) y
del A lu ate ro jo (S. S e n icu lu s). E n sus ojos, en su voz,
en su a n d a r, en todo a n u n c ia tristeza. H e visto a ra g u a -
ticos de poca ed a d criad o s en las c a b a ñ a s de los in d io s:
estos n u n c a ju g a b a n con los pequeños Sagoinos, y su g ra ­
vedad h a sido bien in g en u a m en te d e scrita p o r L ópez de
G om ara, a p rin cip io s del siglo XVI. “E l A ra n a ta de los
cum aneses, dice este au to r, tie n e c a ra de h o m b re, la b a r ­
ba de u n ca b ró n , y h o n rad o gesto”. Ya he ob serv ad o en
otro lu g a r de esta o b ra que los m onos son tan to m ás tristes
cuanto m á s se p a re c e n a l hom bre. Su a le g ría p e tu la n te
dism inuye a pro p o rció n que sus fa c u lta d e s in te le c tu ale s
p arecen m á s d e sarro llad a s.
Nos h a b ía m o s detenido p a ra o b se rv a r los m onos a u ­
lladores, q u e en n ú m ero de 30 a 40 a tra v e s a b a n el ca-

(8) Spix, en las Mem. de l’Acad. de Munich, 1815, p. 340.


(9) Obs. zool., t. I. pp. 329, 355, lám. 30.
132 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m ino, p a san d o en la rg a fila de u n o a otro árb o l p o r las


ra m a s c ru z a d a s y h o rizo n tales. E n tre ta n to q u e a b so rb ía
toda n u e s tra aten ció n este nuevo espectáculo, e n c o n tra ­
m os u n a p a rtid a de in d io s q u e se d irig ía n a las m o n ta ­
ñ a s de C arip e. Ib an e n te ra m e n te desnudos, com o g en e­
ra lm e n te lo e stá n los in d íg e n a s de este país. L as m u je ­
res, c a rg a d a s con bultos b a s ta n te pesados, c e rra b a n la
m a rc h a ; los h o m b re s e sta b a n todos a rm a d o s, in clu siv e
los niñ o s m ás jóvenes, con arco s y flech as. M a rc h a b a n
en silencio, fijo s los ojo s en el suelo. T ra ta m o s de s a b e r
de ellos si to d av ía estáb am o s le jo s de la m isió n de S an ­
ta C ruz, en donde c o n tá b a m o s p a s a r la noche. E s tá b a ­
m os q u e b ra n ta d o s de fa tig a y a to rm e n ta d o s p o r la sed.
A u m e n ta b a el c a lo r con la p ro x im id a d de la to rm e n ta
y no h a b ía m o s h a lla d o en n u e stro cam in o fu e n te en qué
a p a g a r la sed. L as p a la b ra s Sí Padre, No Padre, q u e los
indios re p e tía n sin c e sa r nos h a c ía n c re e r q u e ellos e n ­
te n d ía n algo de español. P a r a el in d íg e n a todo ho m b re
blan co es un fra ile , u n P a dre (1 0 ); p o rq u e en las m isio ­
nes el color de la piel c a ra c te riz a a l religioso m e jo r to d a ­
v ía q u e el color del vestido. E n vano a to rm e n ta m o s a
los indios con n u e stra s p re g u n ta s so b re la la rg u ra del c a ­
m ino, pues sie m p re re sp o n d ía n com o al a z ar, sí o no, sin
q u e p udiésem os a tr ib u ir a lg ú n sentido p reciso a sus re s­
puestas. T a n to m ás nos im p a c ie n ta b a ello cu a n to sus
so n risas y gestos in d ic a b a n la in ten ció n de co m p lacern o s
y q u e la selva p a re c ía sie m p re to rn a rse m ás tu p id a . F u é
m e n e s te r s e p a ra m o s : los g u ías indios que e n te n d ía n la
len g u a c h a im a sólo de lejo s p o d ían seguirnos, p o rq u e las
b estias de c a rg a c a ía n a c ad a paso en los z a n jo n e s.
D espués de v a ria s h o ras de m a rc h a , b a ja n d o de con­
tin u o sobre bloques de p ie d ra esparcidos, nos h allam o s
in o p in a d a m e n te en el térm in o de la selva de S a n ta M a­
ría . U na sa b a n a cuyo v e rd o r h a b ía n ren o v ad o las lluvias

(10) En la Grecia moderna los monjes tienen vulgarmente el


nombre de “buenos viejos”, Kalogheroi.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 133

de la in v e rn a d a se p ro lo n g a b a a n te nosotros h a s ta p e rd e r ­
se de v ista (11). A la iz q u ie rd a v a g a b a n n u e s tra s m i­
rad as p o r u n valle estrech o q u e d a a los c e rra s del G uá­
charo, h a llá n d o se c u b ie rto de u n a esp esa selva el fondo
de este v alle. C ern íase la m ir a d a sobre la c im a de los
árboles q u e fo rm a n u n ta p iz de v e rd o r de u n a c o lo ra ­
ción a te z a d a y u n ifo rm e a 800 pies m á s a b a jo del ca m i­
no. Los c la ro s del bosque a p a re n ta b a n vastos em budos,
en los cu a le s distinguim os, en su fo rm a e leg an te y en su
fo lla je p in ad o , las p a lm e ra s P ra g a e Irase. M as lo que
h ace e m in e n te m e n te pin to resco este p u esto es el aspecto
de la Sierra del Guácharo. Su cuesta se p te n trio n a l, que
m ira al golfo de C ariaco, es a b ru p ta , y p re se n ta u n a p a ­
red ro q u e ñ a de p e rfil casi v e rtica l, cu y a a ltu r a excede
de 3000 pies. L a vegetación q u e c u b re esta p a re d es tan
poco d en sa, que la v ista p u ed e se g u ir el a lin e am ien to
de los e stra to s calcáreos. L a c u m b re de la S ie rra es
ch ata y sólo en su ex trem o o rie n ta l se le v a n ta com o u n a
p irá m id e in c lin a d a el m aje stu o so Pico del G uácharo. P o r
su fo rm a re c u e rd a las agujas y los caernos (S c h re k h ó r-
ner, F in s te ra rh o rn ) de los A lpes de la Suiza. Com o la
m ay o r p a rte de las m o n ta ñ a s de fa ld a s a b ru p ta s p a re c e n
m ás e le v a d a s de lo que efe c tiv a m e n te son, no h a de so r­
p re n d e r q u e el G u ách aro p ase en las m isiones com o u n a
cim a q u e d o m in a el T u rim iq u iri y el B erg an tín .
La sa b a n a que a tra v e sa m o s h a sta la a ld e a in d ia de
S anta C ruz se com pone de v a ria s a ltip la n ic ie s m u y u n i­
das y s u p e rp u e sta s a m odo de pisos. E ste fenóm eno
geológico, q u e en todos los clim as se re p ite , p a re c e in d i­
c ar u n a la rg a p e rm a n e n c ia de las ag u as en cu en cas que
se h a n v aciad o u n as sobre otras. La roca c a lc á re a y a no
está a l r a s : c ú b re la u n a g ru esa c a p a de m an tillo . Allí
donde la vim os p o r ú ltim a vez, en el bosque de S a n ta M a­
ría, e ra lig e ra m e n te porosa, y m ás se a se m e ja b a a la ca-

(11) Hállase allí el Paspalum conjugatum, P, sco pariu m , Isole-


pis ju n cifo rm is , etc.
134 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

liza de C u m an aco a q u e a la de C arip e. E n ella encon­


tra m o s m in a de h ie rro b ru to d ise m in a d a en nidos, y si
no nos h u b ié ra m o s e n g a ñ ad o en la o b servación, u n cuerno
de A m m ón, que no logram os d e sp re n d e r. T e n ía siete p u l­
g a d a s de d iám e tro . E ste hecho es ta n to m á s im p o rta n te ,
cu a n to en n in g u n a p a rte , en esta p orción de la A m érica
m e rid io n a l, hem os visto A m m onitas. La m isió n de S a n ­
ta C ruz está s itu a d a en m edio de la lla n u ra . L legam os
allá p o r la ta rd e , ex h au sto s de sed, pues q u e h a b ía m o s
e sta d o cerca de ocho h o ra s sin h a lla r agua. P a sa m o s la
n o ch e e n uno de esos A yupas (C aneyes) q u e lla m a n ca­
sas del rey, que, com o a rrib a h e dicho, sirv e n de tambo
o c a ra v a n s e rra llo a los v ia je ro s. L as llu v ia s im p e d ía n
to d a o b servación de e stre llas, y al día sig u ien te, 23 de
setiem b re, c o n tin u a m o s n u e s tra b a ja d a h a c ia el golfo de
C ariaco. M ás a llá de S a n ta C ruz e m p ieza de nuevo un
espeso bosque. Allí en co n tram o s, b a jo g ru p o s de M elás-
tom as, u n herm oso helecho con h o ja s de O sm u n d a, que
fo rm a u n nuevo género del o rd e n de las P o lip o d iá-
ceas (12).
L legados a la m isió n de C a tu a ro , a u isim o s c o n tin u a r
al E ste p o r S an ta R osalía, C asan ai, S an José, C arú p an o ,
Rio C a rib e y la M ontaña de P a r ia ; pero su p im o s p a ra
g ra n c o n tra rie d a d n u e stra , q u e los a g u a ce ro s h a b ía n ya
h ech o im p ra c tic a b le s los cam inos, y q u e a rrie sg a ría m o s
p e rd e r las p la n ta s q u e a c ab á b a m o s de recoger. Un rico
h a c e n d a d o de cacao debía a c o m p a ñ a rn o s de S a n ta R o­
sa lía al p u e rto de C arú p an o . A tie m p o supim os que sus
negocios le h a b ía n llam ad o a C u m an á. R esolvim os de
co n sig u ien te e m b a rc a rn o s en C ariaco y r e to r n a r d ire c ta ­
m e n te p o r el golfo, en lu g a r de p a s a r e n tre la isla de
M a rg a rita y el istm o de A raya.
L a m isión del C a tu a ro está s itu a d a en la región m ás
sa lv a je . T o d a v ía c irc u n d a n la iglesia árb o le s de gran

(12) Polybotria. Nov. Gen., t. I, tab. 2.


VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 135

corpulencia, y los tig res v ien e n de noche a com erse las


gallinas y cerdos de los indios. Nos a lo ja m o s casa del
cu ra fra ile de la congregación de la O b serv an cia, a q u ien
h a b ía n co n fiad o la m isión los cap u ch in o s p o r no tener
sacerdotes en su co m u n id ad . E ra u n doctor en teología,
hom brecillo delgado, de u n a v iv ac id ad p e tu la n te : nos
co n v ersab a sin c e sa r del proceso q u e in stru ía c o n tra el
g u a rd iá n de su convento, de la e n e m ista d de sus c o fra ­
des, y de la in ju s tic ia de los A lcaldes, q u e sin m ira m ie n to
por los priv ileg io s de su estad o lo h a b ía n hecho m e te r en
un calabozo. A despecho de estas a v e n tu ra s h a b ía con­
servado u n a m a lh a d a d a in clin a c ió n p o r lo q u e lla m a b a
él cuestiones m etafísicas. Q u ería s a b e r lo q u e yo p e n ­
saba del lib re alb ed río , de los m étodos de d e s p re n d e r
los e sp íritu s de su p risió n c o rp o ra l, y m ás q u e todo del
alm a de los a n im a le s, a c erc a de los cu ales te n ía las ideas
m ás e x tra v a g a n te s. C u ando uno h a a tra v e sa d o las selvas
en la estación de las llu v ias, siente poco gusto p o r este gé­
nero de especulaciones. P o r lo d em ás, todo e ra e x tra o r­
d in ario en esta p e q u e ñ a m isión de C a tu a ro , h a sta la casa
p a rro q u ial, q u e te n ía dos pisos y h a b ía sido p o r eso ob­
jeto de un vivo litigio e n tre las a u to rid a d e s se cu la re s y
las eclesiásticas. El s u p e rio r de los cap u ch in o s, h a llá n ­
dola d em asiad o su n tu o sa p a ra un m isionero, h a b ía q u e ­
rido o b lig ar a los indios a q u e la d e m o lie se n : el g o b e rn a ­
dor se h a b ía opuesto a ello con en erg ía, y su v o lu n ta d h a ­
bía p rev a lec id o e n tre los fra ile s. Cito estos hechos, poco
im p o rta n tes de sí, po rq u e d a n a e n te n d e r el rég im en in ­
terio r de las m isiones, q u e no sie m p re es ta n pacífico
cual en E u ro p a se le supone.

E n la m isión de C a tu a ro en co n tram o s al c o rre g id o r


del distrito , D on A le ja n d ro M ejía, ho m b re a m a b le y de
un e sp íritu cultivado. Nos dió tres indios q ue, a rm a d o s
de sus m ach etes, h a b ía n de a d e la n tá rsen o s p a ra a b rirse
un cam ino al tra v é s de la selva. E n este p a ís tan poco
frecu en tad o es ta l la fu erz a de la v egetación en la época
de las g ran d e s llu v ias, que a un h o m b re a cab allo cues-
136 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ta tra b a jo p a s a r p o r se n d ero s estrechos, o b stru id o s por


b e ju c o s y r a m a je e n tre la z a d o s. Con g ra n d ísim a c o n tra ­
rie d a d n u e s tra quiso a b so lu ta m e n te el m isio n ero de Ca-
tu a ro c o n d u cirn o s a C ariaco. No p u d im o s r e h u s a r esto.
Ya no nos a to rm en tó con sus d iv agaciones sobre el alm a
de los a n im a le s y el lib re a lb e d río del h o m b r e : te n ía que
c o n v ersarn o s de u n a su n to de m u y otro m odo penoso.
E l m o v im ien to h a c ia la in d e p e n d e n c ia q u e p o r poco es­
ta lla en C aracas en 1798 h a b ía sido p rec e d id o y seguido
de u n a g ra n a g itació n e n tre los esclavos de Coro, M ara­
caibo y C ariaco. Un m a la v e n tu ra d o n eg ro h a b ía sido
c o n d en ad o a m u e rte en esta ú ltim a c iu d a d , y n u estro
h u é sp ed , el c u ra de C atu aro , se d irig ía a llí p a ra p re sta rle
los au x ilio s de su m in iste rio . C uán larg o nos p areció el
cam ino, d u ra n te el cual no p u dim os lib ra rn o s de co n v er­
saciones “sobre la n e c esid ad d e la tra ta , so b re la m alicia
in n a ta de los negros, y sobre las v e n ta ja s q u e saca esta
ra z a de su estado de se rv id u m b re e n tre los c ristia n o s!”
No se ría posible n e g a r la len id a d de la legislación
esp añ o la, c o m p a rá n d o la con el Código Negro de la m a ­
y o r p a rte de los dem ás p ueblos q u e tien en posesiones en
a m b a s In d ia s. P ero tal es el estado de los negros a isla ­
dos en lu g are s a p e n a s desm ontados, q u e la ju stic ia , lejos
de p ro te g e rlo s e ficazm en te en el curso de su vida, no
p u ed e ni a u n c a stig a r los actos de b a rb a r ie q u e les han
c a u sa d o la m u erte. Si se in te n ta u n a a v erig u ació n , se
a trib u y e la m u e rte del esclavo a la fla q u e z a de su salud,
a la in flu e n cia de un clim a a rd ie n te y h úm edo, a las h e­
rid a s q u e se le h a n causado, a seg u rán d o se, desde lu e­
go, h a b e r sido estas poco p ro fu n d a s y poco peligrosas.
L a a u to rid a d civil es im p o ten te en todo lo que concierne
a la esclavitud dom éstica, y n a d a es m ás ilu so rio q u e el
ta n en salzad o efecto de esas leyes que p resc rib e n la fo r­
m a del látigo y el n ú m ero de golpes que se p e rm ite d ar
de una vez. Las p erso n as que no h a n vivido en las co­
lo n ias o q u e no h an h a b ita d o en las A ntillas p ien san con
h a rta g e n e ra lid a d que el in te ré s del am o en la conser­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 137

vación de sus esclavos debe h a c e r ta n to m á s lle v a d e ra


la ex isten cia de estos cu an to m enos c o n sid e rab le es su
núm ero. No ob stan te, en C ariaco m ism o, pocas sem a­
nas an tes de m i lle g a d a a la p ro v in cia, un p la n ta d o r q u e
sólo poseía ocho n eg ro s hizo p e re c e r seis de ellos fu sti­
gándolos de la m a n e r a m á s b á rb a ra . D estru y ó v o lu n ­
ta ria m e n te la m a y o r p a rte de su fo rtu n a , h a b ie n d o p e re ­
cido en el acto dos de sus esclavos. Con los c u a tro que
p a re c ía n m á s ro b u sto s se e m b a rcó p a r a el p u e rto de Cu-
m a n á ; p ero estos m u rie ro n d u ra n te la tra v e sía . E ste
acto de c ru e ld a d fu é p reced id o el m ism o año de o tro cu­
yas c irc u n sta n c ia s e ra n ig u alm e n te tem erosas. D e lin ­
cuencias ta n g ra n d e s h a n q u e d a d o m á s o m enos im p u ­
n es: el e sp íritu q u e dictó las leyes no es el q u e p resid e
en su ejecu ció n . E l G o b e rn a d o r de C u m a n á e ra un
h om bre ju sto y h u m a n o ; p ero la s fo rm a lid a d e s ju d i­
ciales están d e te rm in a d a s, y el p o d e r del g o b e rn a d o r no
llega h a sta la re fo rm a de abusos casi in h e re n te s a todo
sistem a de colonización eu ro p ea.
L a vía (fue seguim os p o r e n tre la selva de C a tu a ro
se p a re c e a la b a ja d a del c e rro de S a n ta M a ría ; tan to
que los pasos m á s difíciles se les d esigna aq u í con n o m ­
bres ig u a lm e n te e x tra v ag a n te s. A ndase com o d e n tro de
un surco angosto, excavado p o r los to rre n te s y re lle n o con
arcilla fin a y tenaz. Las m illas a b a te n la g ru p a y se
d e ja n d e sliz a r en las p e n d ie n tes m á s e m p in a d a s. E sta
b a ja d a se lla m a Saca-manteca, a cau sa de la consistencia
del b a rro , q u e p a re c e manteca. E l peligro de la b a ja d a
se h ace n u lo en v irtu d de la g ra n d estreza de las m u ía s
de este país. L a a rc illa que tan resb a lad iz o h a c e el sue­
lo se d eb e a las c a p as fre c u e n te s de a re n isc a y de a rc illa
esquistosa q u e a tra v ie sa n la caliza a lp in a g ris a z u la d a ;
y ésta d e sa p a re c e a m ed id a que nos a p ro x im am o s a Ca­
riaco. El c e rro de M eapire está ya fo rm a d o en g ra n
parte de u n a c aliza b lan c a lle n a de p e trifica c io n es pe­
lágicas, y ella p a re c e p erten ecer, com o lo p ru e b a n los
granos de cu a rz o a g lu tin ad o s en la m asa, a la g ran fo r­
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m ac ió n de las b re c h a s del lito ra l (13). Se b a ja de esta


m o n ta ñ a sobre la s to n g ad a s de la ro ca, cuyo co rte p re ­
se n ta p e ld a ñ o s de desig u al a ltu ra . Es o tra vez u n v e r­
d a d e ro camino en escalones. M ás a d e la n te , al s a lir del
bosque, se llega a la co lin a de Buenavista, q u e es digna
d el n o m b re q u e lleva, p o rq u e desde ella se descu b re la
c iu d a d de C ariaco en e l ce n tro de u n a v a s ta lla n u r a a b u n ­
d a n te en p lan ta cio n e s, c a b a ñ a s y bo sq u etes e sp arc id o s de
cocoteros. Al Oeste de C ariaco se e x tie n d e el vasto golfo
se p a ra d o del océano p o r u n a m u ra lla de ro c a s; y h a c ia el
E ste, en fin, se descu b ren la a lta Sierra de Areo y la
Montaña de Paria com o n u b e s a z u la d a s. E s u n a de las
v istas m á s ex ten sas y m a g n ífic a s de que se p u e d a gozar
en las costas de la N ueva A n d alu cía.

E n la c iu d a d de C ariaco en c o n tram o s u n a g ra n p a r ­
te de sus h a b ita n te s ten d id o s en sus h a m a c a s y en ferm o s
de fieb res in te rm ite n tes. E stas fie b re s a su m e n en el oto­
ñ o 1111 m al c a rá c te r, y p a san al estad o de fie b re s p e rn ic io ­
sas d isen téricas. T en ien d o en co n sid eració n la sum a
fe rtilid a d de los llan o s c irc u n d a n te s, su h u m e d a d y la
m a s a de vegetales q u e los cu b re n , se co m p re n d e fác il­
m e n te p o r qué, en m edio de ta n ta descom posición de
m a te ria s org án icas, no d is fru ta n los h a b ita n te s de esa sa­
lu b rid a d del a ire q ue c a ra c te riz a el cam p o á rid o de Cu-
m a n á . D ifícil es h a lla r b a jo la zona tó rrid a u n a g ran
fe c u n d id a d del suelo, llu v ias fre c u e n te s y p ro longadas,
un lu jo e x tra o rd in a rio de la vegetación, sin (pie tales v en ­
ta ja s no sean c o n tra b a la n c e a d a s p o r u n c lim a m á s o m e ­
nos fu n esto a la sa lu d de los h o m b re s blancos. L as m is­
m as c a u sa s q u e m a n tie n e n la fe rtilid a d de la tie rra y
a c e le ra n el d e sarro llo de las p la n ta s, p ro d u c e n e m a n a ­
ciones gaseosas que, m ez c la d a s con la a tm ó sfe ra , le d an
p ro p ie d a d e s nocivas. A m en u d o ten d re m o s la o p o rtu ­
n id a d de o b se rv a r la co in cid en cia de estos fenóm enos,
cu a n d o d escrib am o s el cultivo del cacao, y las rib e ra s

(13) Sobre esta formación de arenisca o pudinga calcárea,


véase arriba.
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del O rinoco, donde, en cierto s p untos, se a c lim a ta n con


d ificultad los in d íg e n a s m ism os. E n el v a lle de C ariaco
la in s a lu b rid a d del a ire no d e p e n d e ú n ic a m e n te de las
causas g e n e ra le s q u e acab am o s de in d ic a r, p ues en él se
reconoce la in flu e n c ia p a rtic u la r de la s lo calid ad es. No
c a re c erá de in te ré s e x a m in a r la n a tu ra le z a de ese te r r e ­
no que s e p a ra el golfo de C ariaco del golfo de P a ria .

La c o rd ille ra de m ontes calcáreo s d el B e rg a n tín y el


C ocollar envía, m ás o m enos a 0°42' a l E ste del m e rid ia ­
no de C u m an á, u n ra m a l c o n sid e rab le h a c ia el N orte,
que se re ú n e con las m o n ta ñ a s p rim itiv a s de la costa.
Este r a m a l tien e el n o m b re de Sierra de M eapire; y del
lado de la c iu d a d de C ariaco, se lla m a el Cerro grande
de Cariaco. Su a ltu ra m ed ia m e h a p a re c id o no e x c ed e r
de 150 a 200 toesas; y allí donde h e po d id o e x a m in arlo ,
está com puesto de la b re c h a c a lc á re a del lito ral. B ancos
m argosos y c a lc á re o s a lte rn a n con otros ban co s q u e e n ­
c ie rra n g ran o s de cuarzo. F en ó m en o b a s ta n te p a rtic u ­
la r es, p a ra q u ien es e stu d ia n el reliev e de un país, ver
que u n estrib o tra sv e rsa l u n e en ángulo recto dos e sla­
bones p a ralelo s, de los que el uno, el m ás m e rid io n a l, es­
tá com puesto de ro cas se cu n d a ria s, y el otro, el m ás sep ­
ten trio n al, lo e stá de rocas p rim itiv a s. E ste ú ltim o que
hem os dado a conocer en n u e s tra e x cu rsió n a la p e n ín ­
sula de A ray a (14), sólo p re se n ta esquistos m icáceos h a s ­
ta m ás o m enos el m e rid ia n o de C a rú p a n o ; p ero a l E ste
de este pun to , donde po r m edio de u n estrib o tra sv e rsa l
(la s ie rra de M eapire) se com unica con el eslabón cal­
cáreo, cerca de G ü iria y de C arú p an o , co ntiene yeso la ­
m in ar, caliza com pacta, y o tra s ro cas de fo rm a ció n se­
cu n d aria. D iría se que el eslabón m e rid io n a l es el que
ha dado esas ro cas a l eslabón se p ten trio n al.

P oniéndonos en la cu m b re del cerro de M eapire, ve­


mos c o rre r las v e rtien te s p o r u n a p a rte al golfo de Pa-

(14) Véase arriba.


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ria , y p o r la o tra a l golfo de C ariaco. Al E ste y al Oeste


de este estribo h a y te rre n o s b a jo s y p a n ta n o so s q u e se
p ro lo n g an sin in te rru p c ió n ; y d an d o p o r sen tad o que los
dos golfos deben su origen a h u n d im ie n to s y d e sp ed a z a ­
m ien to s cau sad o s p o r terrem o to s, es m e n e ste r su p o n e r
q ue el c e rro de M eapire h a resistid o a los m ovim ientos
convulsivos del globo, e im p e d id o que la s a g u a s del golfo
de P a r ia se re ú n a n con la s del golfo de C ariaco. Sin la
ex isten cia de este d iq u e rocalloso, v e ro sím ilm e n te no exis­
tiría el istm o. D esde el castillo de A ra y a h a sta el cabo
P a ria , toda la m a sa de m o n tes co sta n e ro s fo rm a ría u n a
isla e strech a, p a ra le la a la isla de M a rg a rita y c u a tro ve­
ces m á s la rg a . No es ú n ic a m e n te la in sp ecció n del te­
rre n o y c o n sid eracio n es d e riv a d a s de su reliev e lo que
c o n firm a estas a serc io n e s: la sim p le v ista d e la confi­
g u ració n de las costas y el m a p a geológico del p aís h a ­
r ía n co n ceb ir las m ism as ideas. P a re c e q u e la isla de
M a rg a rita estuvo co n tigua a n te s a la c o rd ille ra c o sta n e ra
de A ray a, p o r la p e n ín su la de C h aco p ata y las islas Ca­
rib es, Lobos y Coche, de la m ism a su e rte q u e lo está aho­
r a esta c o rd ille ra a la del C ocollar y de C a rip e p o r el es­
trib o de M eapire.

E n el estado a c tu a l de las cosas se ven crecer, in v a ­


diendo el m a r, las h ú m e d a s lla n u ra s q u e se p ro lo n g a n al
E ste y al Oeste del estribo, q u e im p ro p ia m e n te llev an los
n o m b re s de valles de S an B onifacio y de C ariaco. Las
a g u as del m a r se re tira n , y estas m u d a n z a s de rib e ra son
so b re todo m u y sensibles en la costa de C u m an á. Si la
n iv ela ció n del suelo p a re c e in d ic a r q u e los dos golfos de
C ariaco y de P a ria o c u p a b an a n te s un espacio m ucho
m á s co n sid erab le, no p o d ría d u d a rs e tam poco que las
tie rra s son las que hoy a u m e n ta n p ro g resiv am en te. C er­
ca de C u m an á, u n a b a te ría que lla m a n de la Boca fué
c o n s tru id a en 1791, en la o rilla m ism a del m a r ; y en 1799
la vim os m u y le jo s en el in te rio r de las tie rra s. E n la
d e sem b o c ad u ra del río N everí, cerca del M orro de N ue­
va B arcelona, la re tira d a de las ag u a s es to d av ía m ás
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 141

ráp id a . P ro b a b le m e n te es debido este fen ó m en o lo cal a


aluviones c u y a acción no lia sido to d av ía e x a m in a d a su­
ficientem ente.
B a ja n d o de la S ie rra de M eapire, q u e fo rm a el ist­
mo e n tre las p la n ic ie s de S an B onifacio y de C ariaco, se
h a lla h a c ia el E ste la g ra n la g u n a de P u tu c u a l, q u e se
com unica con el río Areo, y q u e tiene de 4 a 5 leg u as de
diám etro. Los te rre n o s m on tañ o so s q u e ro d e a n esta
cuenca, sólo de los in d íg e n a s son conocidos. A llí es don­
de se ven esas g ra n d e s boas q u e los in d io s C h a im a s de­
signan con el n o m b re de Guainas, y a las q u e a trib u y e n
fab u lo sa m e n te u n a g u ijó n d e b a jo de la cola. B a ja n d o
de la S ie rra de M eapire p o r el O este se e n c u e n tra p ri­
m ero u n te rre n o hu eco ( Tierra H ueca) q u e d u ra n te los
g randes tem b lo res de tie rra de 1766 a rr o jó asfa lto en ­
vuelto en p e tró leo viscoso: m ás a d e la n te se ve b ro ta r del
suelo u n a in n u m e ra b le c a n tid a d de fu en te s te rm a le s hi-
d ro su lfu ro sas; y p o r ú ltim o se lleg a a las o rilla s de la
lag u n a C am pona, cu y as e m an acio n es c o n trib u y en a vol­
ver in sa lu b re el c lim a de C ariaco. P ie n sa n los n a tu r a ­
les que el te rre n o hueco e stá fo rm a d o p o r el h u n d im ie n ­
to de las a g u a s c a lien te s; y a ju z g a r p o r el sonido que
se oye p o r la p isa d a de los caballos, debe c re e rse que las
cavidades s u b te rrá n e a s se p ro lo n g an de O este a E ste
h asta cerca de C asan ai, en u n a lo n g itu d de 3000 a 4000
toesas. Un ria c h u e lo , el río Azul, re c o rre estas lla n u ra s,
que están a g rie ta d a s por terrem otos, los cu ales tien en un
centro de acción p a rtic u la r y ra ra m e n te se p ro p a g a n h a s ­
ta C um aná. L as ag u as del río Azul son fría s y lím p i­
das: n acen en la fa ld a o ccidental del c e rro de M eapire,
y se cree q u e se acrecen con las in filtra c io n e s de la la ­
guna de P u tu c u a l, que está situ a d a al otro lad o del es­
labón. El ria c h u e lo y las fu en tes term ale s h id ro su lfu -
rosas del Llano de Aguas calientes (al E. N. E. de C a ria ­
co y a 2 leg u as de d istan cia) se a rr o ja n todos en la lag u ­
na de C am pona. E ste es el n om bre q u e d a n a un g ran
aguazal q u e en el tiem po de las sequías se div id e en tres
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c u en cas situ a d a s al N oroeste de la c iu d a d de C ariaco,


c erca de la e x tre m id a d del golfo. Sin c e sa r se d e sp re n ­
den e m an acio n es fé tid a s del a g u a e sta n c a d a de este a g u a ­
zal. E l alien to del hid ró g en o s u lfu ra d o se m ezcla al de
los pescados p o d rid o s y los v eg etales descom puestos.

Los m ia sm a s se fo rm a n en el valle de C ariaco cual


en la c a m p a ñ a de R om a, p ero el a rd o r del c lim a de los
trópicos a c re c ie n ta la e n e rg ía d e le té re a de ellos. Estos
m ia sm a s son p ro b a b le m e n te com b in acio n es te rn a ria s o
c u a te rn a ria s de n itrógeno, fósforo, h id rógeno, carb o n o y
az u fre . Dos m ilésim os de h id ró g en o s u lfu ra d o m ezcla­
dos con el a ire atm o sférico b a s ta n p a r a a s fix ia r un pe­
rro ; y en el estado a c tu a l de la e u d io m e tría nos fa lta m e­
dios p a r a a p re c ia r m ezclas gaseosas q u e sean m á s o m e­
nos nocivas a la salu d , según q u e sus elem entos, en can­
tid a d e s in fin ita m e n te p e q u e ñ as, se co m b in en en d ife re n ­
tes p roporciones. Uno de los m á s im p o rta n te s servicios
q u e la q u ím ica m o d e rn a ha hecho a la fisiología, es h a ­
b e r en señ ad o que to d av ía ig n o ram o s lo que los e x p e ri­
m entos ilusorios sobre la com posición q u ím ic a y la sa lu ­
b rid a d de la a tm ó sfe ra d a b a n com o cierto h ace quince
años.
L a posición de la la g u n a de C am pona h a c e m u y p er­
nicioso, p a ra los h a b ita n te s de la p e q u e ñ a c iu d a d de Ca­
riaco, el viento N oroeste, q u e so p la fre c u e n te m e n te tras
la p u e sta del sol. T a n to m enos p u e d e p o n e rse en duda
su in flu e n cia , cu an to se ve q u e las fie b re s in te rm ite n tes
d e g e n era n en fieb res tifo id eas a m e d id a q u e se va hacia
la le n g u a de tie rra , que es el foco p rin c ip a l de los m iasm as
pú trid o s. F a m ilia s e n te ra s de neg ro s h o rro s q u e tienen
se m e n tera s en la costa s e p te n trio n a l del golfo de C ariaco
se p o stra n en sus h a m a c a s desde la e n tra d a d e la in v e r­
n a d a . E stas fie b re s tom an el c a rá c te r de fie b re s re m i­
tentes p ern icio sas si alguno, e x te n u a d o p o r u n larg o tra ­
b a jo y u n a fu e rte tra n sp ira c ió n , se ex pone a la s lloviznas
que con fre c u e n cia caen h a c ia la ta rd e . Sin em bargo,
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 143

los h o m b re s m orenos, y sobre todo los n eg ro s criollos,


resisten m á s q u e c u a lq u ie ra o tra ra z a a las in flu e n c ia s
del clim a. Se tra ta a los e n ferm o s con lim o n a d a , in fu ­
siones de S c o p a ria dulcís (Escobilla), ra ra m e n te con
C uspare, que es la Q uina de la A ngostura.
N ótase en g e n e ra l que en estas e p id e m ia s de la ciu ­
dad de C ariaco la m o rta lid a d es m en o s c o n sid e rab le de
lo q u e d e b e ría suponerse. C uando las fie b re s in te rm i­
tentes a ta c a n un o s m ism os in d iv id u o s d u ra n te v ario s
años sucesivos, a lte ra n y e n e rv a n la co n stitu ció n ; pero
este estad o de d eb ilid ad , ta n com ún en las costas m a ls a ­
nas, no ca u sa la m u erte. E s p o r lo d e m á s b a s ta n te n o ­
table q u e aq u í se c rea, com o en la c a m p a ñ a de Rom a,
que el a ire se ha vu elto p ro g re siv a m en te m alsa n o en ta n ­
ta escala cu a n to m a y o r n ú m ero de y u g a d a s se h a som e­
tido a l cultivo. Los m ia sm a s que e x h a la n estas lla n u ­
ras no tie n e n sin em bargo, n a d a de com ún con los q u e u n a
selva e x h a la c u a n d o se c o rta n los árb o les y c a lie n ta el
sol u n a espesa c a p a de h o ja s m u e rta s : c e rca de C ariaco
el país está d esm ontado y es poco m ontuoso. ¿ H a b rá
de su p o n erse q u e el m an tillo , rem ovido rec ien te m e n te y
hum edecido p o r las lluvias, a lte ra y vicia la a tm ó sfe ra
m ás q u e el espeso m a n to de y e rb a s q u e c u b re u n suelo
no la b ra d o ? (15). J ú n ta n s e a estas cau sas locales otras
m enos p ro b lem áticas. Las o rillas c e rc a n a s del m a r es­
tán c u b ie rta s de m angles, av icen n ias y otros a rb u sto s de
corteza a strin g e n te. Todos los h a b ita n te s de los tró p i­
cos conocen las exh alacio n es m a lé fic a s de estos v egeta­
les, y ta n to m ás se les tem e cu an to sus raíc es y pies no
están de c o n tin u o d e b a jo del agua, sino m o ja d o s a lte r­
n a tiv a m e n te o expuestos al a rd o r del sol. Los m angles
p ro d u cen m ia sm a s po rq u e co n tienen m a te ria vegetó­

t e ) Si esta acción es nociva, no está ciertamente limitada a


ese procedimiento de desoxidación que he demostrado en numerosos
experimentos en el humus y las tierras (carburadas?) de un color
pardo. Acaso por el complicado mecanismo de las afinidades se
forman simultáneamente y con motivo de esta absorción de oxígeno
las combinaciones gaseosas deletéreas con doble o triple base.
144 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

a n im a l co m b in a d a con tan in o , com o en o tro lu g a r lo he


in d ic a d o (16). A segúrase que 110 se ría d ifíc il e n sa n ­
c h a r el c a n al p o r el que se com u n ica con el m a r la la ­
g u n a C am pona, y d a r sa lid a p o r a llí a las a g u a s e sta n ­
cadas. Los neg ro s lib res, q u e fre c u e n te m e n te v isitan es­
te te rre n o p an tan o so , a firm a n a m á s de esto q u e no sería
p reciso q u e fu ese p ro fu n d a esa tije ra , p o rq u e la s aguas
fría s y lím p id a s del río A zul e stá n colocadas en el fondo
del lago, de su e rte q u e re g is tra n d o en las c a p a s in fe rio ­
res se h a lla ¡jgua po tab le e in o dora.

L a c iu d a d de C ariaco fu é en o tro tiem p o sa q u ea d a


v a ria s veces p o r los C a rib e s: su po b lació n a u m e n tó r á ­
p id a m e n te desde q u e las a u to rid a d e s p ro v in ciales, a des­
pecho de las ó rd en es p ro h ib itiv a s de la co rte de M adrid,
fav o re c ie ro n a m e n u d o el com ercio con la s colonias ex­
tra n je ra s . Se h a d u p lic a d o en diez años, y en 1800 e ra de
m á s de 6000 alm as. Los h a b ita n te s se d e d ic a n con g ran
celo al cultivo del algodón, que es de m u y h erm o sa cali-

(16) Los criollos comprenden bajo el nombre de M angle los


dos géneros Phizophora y Avicennia, distinguiéndolos con los ad­
jetivos colorado y prieto.
He aquí el catálogo de las plantas socieles que cubren estas pla­
yas arenosas del litoral, y que caracterizan la vegetación de Cuma-
ná y del golfo de Cariaco: —Rhizophora Mangle, Avicennia nítida,
Comphrena flava, C. b r a c h i a ta , Sesuvium portulacastrum (V idrio),
Talinum cuspidatum (B icho), T. cumanense, Portulaca pilosa ( S a r ­
g a z o ), P. lanuginosa, Illecebrum m a r it im u m , Atriplex c r i s t a t a , He-
liotropium viride, H. latifolium, Verbena h u n e a ta , Mollugo vertici-
llata, Euphorbia m a r ít im a Convolvulus eu m ane nsis.
Estos cuadro de la vegetación han sido trazados en los propios
lugares, indicando con números en un diario las plantas de nuestros
herbarios que más tarde hemos determinado. Pienso que este mé­
todo puede ser recomendado a los viajeros: contribuye a que se co­
nozca el aspecto de un país acerca del cual los catálogos designa­
dos con el vago nombre de Floras sólo muy im perfectamente nos ins­
truyen, porque comprenden a un mismo tiempo todo género de te­
rrenos.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 145

dad y cuya p ro d u cc ió n excede de 10.000 q u in ta le s (17).


Q uem an con c u id a d o las c á sc a ra s del algodonero, u n a vez
se p a ra d o el vellón. E c h a d a s al río y su frie n d o entonces
la p u tre fa c c ió n , d a n esas c á sc a ras e m a n a c io n e s q u e se
creen son dañosísim as. E l cultivo del cacao h a d ism i­
nuido m u ch o en estos últim os tiem pos. E ste á rb o l p re ­
cioso no c a rg a sino a los ocho o diez años, y su fru to se
conserva m u y m a l en los alm acen es, p o rq u e se p ica a l
cabo de u n año, a despecho de to d as las p rec a u c io n e s
que se h a y a n e m p le ad o p a ra secarlo. E sta d e s v e n ta ja
es g ra n d ís im a p a ra el colono. E n estas costas, según el
cap rich o de u n m in iste rio y la resiste n c ia m á s o m enos
valerosa de los g o b ern ad o res, o ra se p ro h íb e, o ra se p e r ­
m ite con c ie rta s restric cio n e s el com ercio con los n e u tr a ­
les. Los p edidos de u n a m ism a m e rc a d e ría y los p recios
que se a ju s ta n con fre c u e n cia p o r estos p ed id o s su fre n
por consiguiente la s m á s im p e n sa d a s v a ria cio n e s. No
puede el colono a p ro v e c h a rse de esas v a ria cio n e s, p o r­
que el cacao no se conserva en los alm acenes. Así pues,
los v iejo s pies de cacao, q u e sólo c a rg a n g e n e ra lm e n te
h a sta la e d a d de c u a re n ta años, no h a n sido re e m p la z a ­
dos. E n 1792 se c o n ta b a n to d av ía 254.000 pies en el v a ­
lle de C ariaco y o rillas del golfo. H oy p re fie re n otros
ram os de cultivo, los que p ro d u ce n desde el p rim e r año
y cuyo p ro d u cto m en o s ta rd ío es de u n a co n serv ació n
m enos in c ie rta . T a les son el algodón y el a z ú ca r, que
sin e s ta r su je to s a descom posición com o el cacao, p u e ­
den c o n serv a rse de m odo de sa c a r p a rtid o de toda p ro ­
b a b ilid a d de v en ta. L as m u d a n z a s q u e la civilización
y las rela cio n e s con los e x tra n je ro s h a n in tro d u c id o en
las co stu m b res y el c a rá c te r de los h a b ita n te s de la costa
h a n in flu id o en la s e ñ a la d a p re fe re n c ia q u e d a n a los d i­
feren tes ram o s de la ag ric u ltu ra . L a m o d era ció n en los

(17) Nouv. Esp., t. IV, p. 509. La exportación del algodón


subía en 1800, en las provincias de Cumaná y Barcelona, a 18.000
quintales, de los que el solo puerto de Cariaco suministraba de 6000
a 7.000. En 1792 la exportación total sólo era de 3.900. El precio
medio del quintal es de 8 a 10 pesos.
10
146 A L E J A N D R O DE H Ü M B O L D T

deseos, la p ac ie n c ia q u e con llev a u n a la rg a e sp e ra , la


c a lm a q u e a y u d a a s o p o rta r la triste m o n o to n ía de la
soledad, poco a poco se v a n p e rd ie n d o en el c a rá c te r de
los h isp a n o a m eric a n o s. M ás e m p re n d e d o re s, m ás su­
p e rfic ia le s y m óviles, p re fie re n a q u e llas e m p re sa s cuyo
re su lta d o sea m ás pronto.
N uevas p lan tacio n es de cacao sólo se ven a p a re c e r
en el in te rio r de la p ro v in c ia, al E ste de la S ie rra de Mea-
p ire , en el p aís inculto que se e x tie n d e de C a rú p a n o h a ­
c ia el golfo de P a ria , p o r el v a lle de San B onifacio. Se
h a c en a q u e lla s tan to m ás p ro d u c tiv a s cu an to las tie rra s
d e sm o n ta d as rec ien te m e n te y ro d e a d a s de selvas están
en contacto con u n a ire m ás hú m ed o , m ás e sta n c ad o y
m á s c a rg a d o de e m an acio n es m efítica s. Se ven a llí p a ­
d res de fa m ilia , o b ed ien tes a los an tig u o s h á b ito s de los
colonos, p re p a ra n d o p a r a sí y p a ra sus h ijo s u n a fo rtu n a
ta rd ía p ero segura. B ástales un solo esclavo p a ra a y u ­
d a rse en sus ru d a s labores. Con su p ro p ia m a n o des­
m o n ta n el suelo, c ría n las m a tic a s de cacao a la so m b ra
de E ry trin a s y B ananeros, p o d an el árb o l ad u lto , d e s tru ­
yen e n ja m b re s de o ru g as e insectos q u e a ta c a n la co rte­
za, las h o ja s y las flores, a b re n reg u e ra s, y se resu elv en
a lle v a r u n a vida m ise ra b le p o r seis u ocho años, h a sta
qu e los cacaoteros em p iezan a d a r cosecha. T re in ta m il
m a ta s a se g u ra n el b ie n e sta r a u n a fa m ilia d u ra n te u n a
g e n e ra c ió n y m edia. Si el cultivo del algodón y del café
lia hecho d ism in u ir el del cacao en la p ro v in c ia de C a­
ra c a s y en el vallecico de C ariaco, h a y que c o n v e n ir en
que este últim o ram o de la in d u s tria colonial h a a u m e n ­
tado p o r lo g e n e ra l en el in te rio r de las p ro v in c ias de
N ueva B arcelo n a y C um an á (18). L as c a u sa s de este
m o v im ien to progresivo del cacao tero del O este a l Este
son fáciles de concebir. L a p ro v in c ia de C a ra ca s es la
q u e m ás a n tig u a m e n te se h a cu ltiv a d o ; p ero a m ed id a

(18) Inform e del Tesorero Don Manuel N a v a rre t e , so b re el p ro ­


y ecta do esta n c o de a g u a rd ie n te de c a ñ a , 1792 (Manuscrito).
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 147

que p o r m a y o r tiem po es d esm o n tad o un p a ís se vuelve


en la zo n a tó rrid a m ás d esn u d o de árb o les, m á s seco, m á s
expuesto a los vientos. E stas m u d a n z a s físicas son a d ­
versas a la prod u cció n del cacao, y d ism in u y en d o p o r
tanto las p la n ta c io n e s en la p ro v in c ia de C aracas, se a c u ­
m u lan po r decirlo así h a c ia el E ste, en u n suelo v irgen
y n u e v a m e n te desm ontado. L a sola N u ev a A n d a lu c ía
lia p ro ducido, en la época de 1799, de 18.000 a 20.000 f a ­
negas de cacao (a 40 pesos la fan e g a en tiem p o de p a z ),
de las cu ales 5.000 se e x p o rta b a n de c o n tra b a n d o a la is­
la de T rin id a d (19). El cacao de C u m a n á es in fin ita m e n ­
te su p e rio r al de G u ay aq u il. L a m e jo r c a lid a d p ro ced e de
los valles de S an B onifacio, así com o los m e jo re s cacaos
de N ueva B arcelona, C aracas y G u a te m a la son los de Ca-
p iricu al, U ritu cu y Soconusco.
H ubim os de s e n tir que la s fie b re s re in a n te s en C a­
riaco nos im p id ie ro n a la rg a r a llí n u e s tra estad a. Como
todavía no estáb am o s su fic ie n tem e n te a clim atad o s, los
colonos m ism os p a ra q u ien es ten íam o s reco m en d acio n es
nos e x c itab a n a p a rtir. E n c o n tra m o s en esta c iu d a d
gran n ú m e ro de p erso n as que p o r c ie rta so ltu ra en sus
m odales, c ie rta la titu d m ay o r en sus ideas, y he de a ñ a ­
dir, p o r u n a s e ñ a la d a p redilección p a ra con los g o b ier­
nos de los E stados Unidos, a n u n c ia b a n h a b e r tenido f re ­
cuentes tra to s con el e x tra n je ro . F ué p o r vez p rim e ra
en estos clim as cu a n d o oím os p ro n u n c ia r con e n tu sia s­
mo los n o m b re s de F ra n k lin y de W a sh in g to n ; y al ex­
p re sa r este en tu siasm o m ezcláb an se q u e ja s p o r el esta­
do a c tu a l de la N u eva A ndalucía, u n a e n u m e ra c ió n con
frecu en cia e x a g e ra d a de sus riq u e z as n a tu ra le s, y votos
a rd ie n te s e in q uietos por u n p o rv e n ir m á s feliz. E sta

(19) Los sitios en que el cultivo es más abundante son los


valles de Río Caribe, Carúpano, Irapa, célebre por sus aguas term a­
les, Chaguarama, Cumacatar, Caratar, Santa Rosalía, San Bonifa­
cio, Río Seco, Santa Isabel, Putucual. En 1792 no se contaban en
todo este terreno más que 428.000 cacaoteros. En 1799, según datos
oficiales que me he procurado, había cerca de millón y medio. La
fanega de cacao pesa 110 libras.
118 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

disposición de los e sp íritu s d e b ía im p re sio n a r a un v ia­


je r o q u e a c a b a b a de p re s e n c ia r de cerca las g ran d e s agi­
taciones de E u ro p a ; p ero ello no a n u n c ia b a to d av ía n a d a
de h o stil y violento, n in g u n a d irecció n d e te rm in a d a . En
las id eas y ex p resio n es h a b ía esa v a g u e d a d q u e c a ra c ­
teriza , tan to en los p u eblos com o en los ind iv id u o s, un
estado de se m ic u ltu ra , u n d e sarro llo p re m a tu ro de la ci­
vilización. D esde q u e la isla de T rin id a d se convirtió
en colonia in g lesa, todo el ex trem o o rie n ta l de la p ro v in ­
cia de C u m an á, sobre todo la costa de P a r ia y el golfo
de este n o m b re , c a m b ia ro n de aspecto. A lgunos e x tra n ­
je ro s se h a n estab lecid o allí, y h a n in tro d u c id o el cul­
tivo del cafeto, del algodón y de la c a ñ a d u lce de O tajeti.
H a a u m e n ta d o en e x tre m o la po b lació n en C arú p an o ,
en el h erm oso valle de Río C aribe, en G iiiria, y en el n u e ­
vo b u rg o de P u n ta de P ie d ra , situ a d o fre n te a P uerto
E sp a ñ a , en T rin id a d . T a n fé rtil es el suelo en el Golfo
T riste, que" el m aíz da dos cosechas al año y pro d u ce 380
veces p o r grano. Un a lm u d da en el Golfo T riste 32 fa ­
negas, y 25 en C ariaco. El a isla m ien to de los estab leci­
m ie n to s h a fav o recid o el com ercio con las colonias ex­
tr a n je r a s ; y desde el año de 1797 h a o c u rrid o u n a rev o ­
lución en las id eas cuyas consecuencias no h a b ría n sido
a la la rg a fu n e sta s p a ra la m etró p o li, si el M inisterio no
h u b ie ra c o n tin u a d o la stim a n d o todos los intereses, con­
tra ria n d o to d as las e sp era n z as. E n las re y e rta s de las
colonias ta n to com o en c asi todas las conm ociones p o p u ­
lares, h a y u n m om ento en que los gobiernos, c u a n d o no
e stá n cegados ac erc a del curso de las cosas h u m an as,
p u e d e n , m e d ia n te u n a m o d era ció n p ru d e n te y la p rev i­
sión, re s ta b le c e r el e q u ilib rio y c o n ju r a r la to rm e n ta . Si
y e rr a n ese m om ento, si creen p o d e r c o m b a tir p o r la
fu e rz a física u n a ten d e n c ia m o ra l, entonces se d e sa rro ­
lla n in c o n tra sta b le m e n te los aco n tecim ien to s y la sep a­
rac ió n de las colonias se e fe c tú a con u n a v io lencia tanto
m ás fu n e sta cuanto, a todo lu ch a r, h a lo g rad o la m e tró ­
poli re s ta b le c e r p o r algún tiem po sus m onopolios y su
a n tig u a dom inación.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 149

Nos e m b a rca m o s de m a d ru g a d a con la e sp e ra n z a


de h a c e r en u n día la tra v e sía del golfo de C ariaco, q u e
en el m o v im ien to de sus ag u as s e m e ja el de n u e stro s
grandes lagos, c u a n d o son estas a g ita d a s su a v em e n te p o r
los vientos. No h ay m á s de 12 leguas m a rin a s del em ­
b a rc a d e ro a C u m an á. S alien d o de la p e q u e ñ a c iu d a d de
Cariaco, costeam os h a c ia el O este el río C a re n ic u a r, que
alineado com o 1111 c a n a l a rtific ia l se a b re paso e n tre
h u e rta s y p la n ta c io n e s de algodón. T odo este terren o ,
algo p a n ta n o so , esta c u ltiv ad o con el m a y o r cu id ad o . D u ­
ran te n u e s tra p e rm a n e n c ia en el P e rú , in tro d ú jo s e a llá
en los lu g a re s m á s secos el cultivo del cafeto. A lo largo
del río C ariaco vim os las m u je re s in d ia s la v a n d o su ro p a
con el fru to del Paraparo (S a p in d u s s a p o n a r ia ) ; se
p reten d e q u e esta o p e ra c ió n hace m u c h a esp u m a , y el
fruto es elástico a tal p u nto, que, a rro ja d o sobre u n a p ie ­
dra re b o ta tres o c u a tro veces a 7 u 8 pies de a ltu ra . S ien­
do de fo rm a esférica, e m p léase p a r a h a c e r ro sario s.

A p en as e m b a rca d o s, tuvim os q u e lu c h a r con vientos


contrarios. L lovía a c á n ta ro s y el tru e n o m u g ía de c e r­
ca. E n ja m b re s de flam encos, g a rz a s y cuervos m a rin o s
lle n a b an el a ire b u sc an d o la rib e ra . Sólo el a lc a tra z ,
especie de g ra n p elícan o , p e rse v e ra b a so seg ad am en te
en su pesca en m edio del golfo. E ra m o s 18 p a sa je ro s,
y tuvim os d ific u lta d p a ra aco m o d ar n u e stro s in stru m e n ­
tos y colecciones en u n a lancha e strech a, so b re c a rg a d a
de a z ú c a r m o ren a, rac im o s de p láta n o s y nueces de co­
co. L a b o rd a de la e m b a rca c ió n e sta b a a flo r de agua.
El golfo de C ariaco tie n e casi p o r to d as p a rte s de 45 a
50 b raz a s de ho n d o ; pero en su cabo o rie n tal, cerca de
C u raguaca, en u n a extensión de 5 leguas, 110 in d ic a la
sonda m á s de 3 a 4 b razas. Es allí donde está el bajo de
la Cotúa, ban co de fondo arenoso, que en la b a ja m a r
se d e scu b re com o si fu e ra un islote. L as lan c h a s que
llevan v ív eres a C um an á e n callan a veces allí, a u n q u e
siem pre sin p e lig ra r, porque la m a r n u n c a es ah í g ru esa
o b o rb o tean te. A travesam os esa p a rte del golfo donde
b ro ta b a n del fondo del m a r m a n a n tia le s cálidos. E ra el
150 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m o m e n to del flu jo , de su e rte que la d ife re n c ia de la tem ­


p e ra tu ra e ra m enos sensible, y a m ás n u e s tra la n c h a de­
riv a b a d em asiad o h a c ia la costa m e rid io n a l. Se c o m p re n ­
d e q u e h a n de h a lla rs e c a p as de ag u a de d ife re n te s tem ­
p e ra tu ra s , según que las c o rrie n te s y los v ien to s aceleren
la m ezcla de las agua te rm a le s con las del golfo. F e n ó ­
m en o b ien n o tab le es la e x isten cia de esos m a n a n tia le s
cálidos que a u m e n ta n la te m p e ra tu ra del m a r, a lo que
se dice, en u n a extensión de 10.000 a 12.000 toesas c u a ­
d ra d a s (20). E n dirig ién d o se del p ro m o n to rio de P a ria
h a c ia el Oeste, p o r Ira p a , A guas C alientes, el golfo de
C ariaco, el B e rg a n tín y los v a lle s de A rag u a, h a sta las
m o n ta ñ a s n e v a d as de M érida, se e n c lie n tra en m ás de
150 leg u as de d ista n c ia u n a f a ja c o n tin u a de aguas te r­
m ales.
F o rz áro n n o s el viento c o n tra rio y el tiem p o lluvioso
a fo n d e a r en P e ric a n ta l, p e q u e ñ a h a c ie n d a s itu a d a en la
costa m e rid io n a l del golfo. C u b ie rta de u n a h erm osa
v egetación toda esta costa, está casi del todo p riv a d a de
cu ltiv o : c u e n ta a p e n as con 700 h a b ita n te s, y con ex cep ­
ción de M a rig ü ita r, no se ven a h í sino p lan ta cio n e s de co­
coteros, q u e son los olivos del p a ís (21). En am bos con­
tin e n te s ocu p a esta p a lm e ra u n a zona cuya te m p e ra tu ra
m e d ia en el año no es m enos de 20° (22). Es, com o la
C h a m a ero p s de la cuenca del M ed iterrán eo , u n a legíti-

(20) Hay en la isla de Guadalupe una fuente hirviente que


salta en la playa (Lescalier, en el J o u r n . de Phys., t. LXVII, p. 379).
Fuentes de agua caliente salen del fondo del mar en el golfo de Ná-
poles, y cerca de la isla de Palma, en el archipiélago de las Ca­
narias.
(21) El A tlas geográfico de la obra de Raynal indica entre
Cumaná y Cariaco un burgo nombrado V e rm e que jamás existió.
Los mapas más recientes de la América están atestados de nombres
de lugares, ríos y montes, sin que pueda adivinarse siquiera el ori­
gen de esos errores que se propagan de siglo en siglo.
(22) El cocotero vegeta en el hemisferio boreal desde el ecua­
dor hasta 28° de latitud. Cerca del ecuador sube de las llanuras
hasta la altura de 700 toesas sobre el nivel del mar.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 151

m a P alm era del litoral. P re fie re el ag u a s a la d a a la d u l­


ce, y no se a d a p ta tan bien com o en las costas en el in ­
te rio r de las tie rra s, donde el a ire no está im p re g n a d o
de p a rtíc u la s salin as. C uando en la T ie rr a F irm e o en
las m isio n es del O rinoco se sie m b ra n cocoteros lejo s del
m ar, se echa en el hoyo en q u e se d e p o sita n las nueces
de coco u n a c a n tid a d co n sid e rab le de sal, h a sta m ed ia
fan eg a. E n tre las p la n ta s c u ltiv a d a s p o r el h o m b re que
ten g an la p ro p ie d a d del cocotero, de p o d erse r e g a r al
igual con ag u a dulce o sa la d a , sólo se h a lla n la c a ñ a de
azú car, el b a n a n e ro , el m am e y y el a g u acate, y es c ir ­
cu n stan cia que fav o rece sus m ig ra cio n e s; y si la cañ a
dulce del lito ra l pro d u ce u n ju g o algo salobre, este es
tam b ién , a lo q u e se cree, m ás p ro p io p a ra la d estilació n
del a g u a rd ie n te que el ju g o p ro d u cid o en el in te rio r de
las tie rra s.
E n la s d em ás p a rte s de A m érica no se c u ltiv a gene­
ra lm e n te el cocotero sino a lre d e d o r de las h a c ie n d a s p a ­
ra co m er su fru to . En el golfo de C ariaco fo rm a v e rd a ­
deras plan tacio n es. H áb lase en C u m a n á de u n a hacien­
da de Coco, tal com o de u n a hacienda de caña o de cacao.
En un te rre n o fé rtil y h ú m ed o el cocotero com ienza a d a r
a b u n d a n te m e n te fru to al c u a rto año; p ero en los te rre ­
nos árid o s las cosechas no se o b tienen sino a l cabo de
diez años. La v id a del árb o l no excede p o r lo g en eral
de 80 a 100 años, y su a ltu ra m ed ia en esa época es de
70 a 80 pies. E ste rá p id o d esarro llo es tan to m ás n o ta ­
ble, c u a n to o tra s p a lm e ra s, p o r e je m p lo el m o ric h e (M au-
ritia flex u o sa) y la P a lm a de S om brero (C o ry p h a tecto-
ram) (23), cuya lo n g evidad es g ran d ísim a , no a lcan za a
m en u d o sino de 14 a 18 pies a la edad de 60 años. E n
los p rim e ro s 30 o 40 años, u n cocotero del golfo de Ca­
riaco echa en to d as las lu n acio n es un rac im o de 10 a 14
fru to s q u e sin em bargo no todos lleg an a su m ad u rez.
Se p u e d e h a c e r la c u en ta de que, p o r térm in o m edio, un

(23) Corypha te c to ru m . Véanse nuestros Nov. Gen. e t Spec,


t- I, p. 289.
152 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

á rb o l rin d e a n u a lm e n te cien cocos, de los q u e se e x tra e n


ocho frascos de aceite. (Un frasco contiene de 70 a 80
p u lg a d a s cúbicas del pie de P a rís ). El fra sc o se vende
p o r 2 1/2 re a le s de p lata , o sean 32 sueldos. E n Proven-
za, u n olivo de 30 años da 20 lib ra s o 7 frascos de aceite,
de su e rte que p ro d u ce de ello algo m enos q u e un coco­
tero. E xisten en el golfo de C ariaco haciendas de 8000
a 9000 cocoteros, que p o r su aspecto pin to resco re c u e rd a n
esas bellas p lan ta cio n e s de d a tile ra s, de c e rca de Elche,
en M urcia, donde en u n a legua c u a d ra d a se h a lla n m ás
d e 70.000 p a lm e ra s re u n id a s. El cocotero no p ersiste en
d a r fru to a b u n d a n te m e n te sino h a sta los 30 o 40 años:
p a s a d a esta ed ad , d ism in u y en las cosechas, y u n viejo
árbol de cien años, sin se r en absoluto estéril, es sin em ­
b a rg o bien poco p ro d u ctiv o . E n la ciu d a d de C u m a n á es
d o n d e se fa b ric a u n a g ra n c a n tid a d de aceite de coco,
que es lím pido, inodoro, y m u y p ro p io p a ra el a lu m b ra ­
do. T an activo es el com ercio de este aceite com o lo es
en las costas occid en tales de A frica el com ercio de acei­
te palma, e x tra íd o de la E lays guineensis. E ste últim o
se em p lea com o alim ento. A C um an á lie visto a m enudo
lle g a r la n c h a s c a rg a d a s con 3000 fru to s de cocotero. Un
árb o l en b u e n a s condiciones d a u n a re n ta a n u a l de 2 1/2
pesos (14 lib ras, 5 s u e ld o s ); m as com o en las haciendas
de coco se h a lla n m a ta s de d ife re n te s e d a d e s e n tre m e z ­
cladas, no se ta sa el c a p ita l de ellas, en av alú o s de p e ri­
tos, sino en 4 pesos (24).

(24) Pueden estas evaluaciones arrojar alguna luz sobre las


ventajas que derivan del cultivo de los árboles frutales en la zona
tórrida. Cerca de Cumaná se calcula, según tasación de peritos,
un pie de bananero en un real de plata (13 sueldes); un chicozapote
o níspero, en 10 pesos. Venden 4 nueces de coco u 8 frutos de nís­
pero (Achras Sapsta) por medio real. El precio de los primeros
se ha duplicado en veinte años, a causa de la grande exportación
que ds ellos se hace para las islas. Un níspero en plena produc­
ción rinde al hacendado que pueda vender el fruto en una ciudad
cercana, cerca de 8 pesos al año; un pie de onoto o un granado
no rinde sino un peso. El granado es muy solicitado a causa del
jugo refrescante de sus frutos, que los prefieren a los de las Pasi­
floras o parch as.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 153

No salim os de la g r a n ja de P e ric a n ta l sino después


de la p u e sta del sol. La costa m e rid io n a l del golfo, a d o r­
na d a con u n a rica vegetación, ofrece el aspecto m á s ri­
sueño, al p aso que la costa s e p te n trio n a l es p e la d a , ro ­
queña y á rid a . A p e s a r de esta a rid e z del suelo y de la
falta de llu v ia s que a veces p o r el espacio de q u in ce m e­
ses se su fre , la p e n ín su la de A ray a (se m e ja n te al d esier­
to de C a n u n d en la In d ia ) pro d u ce patillas o sa n d ía s que
pesan de 50 a 70 lib ra s. E n la zona tó rrid a los v ap o res
que co ntiene el a ire (25) h acen m á s o m en os las 9/10
partes de la c a n tid a d n e c esa ria p a ra su sa tu ra c ió n , y la
vegetación se sostiene p o r la a d m ira b le p ro p ie d a d que
tienen las h o ja s de c h u p a r el ag u a d isu e lta en la atm ó s­
fera. P a sa m o s u n a noche b a s ta n te m a la en u n a lan c h a
estrecha y so b re c a rg a d a , y a las 3 de la m a ñ a n a llegam os
a la boca del río M anzanares. A costum brados desde h a ­
cía a lg u n a s se m a n a s a la vista de las m o n ta ñ a s, a un cie­
lo tem pestuoso, y a selvas so m b rías, nos im p re sio n ó esa
in v ariab le p u rez a del aire , esa d esn u d ez del suelo, esa
m asa de luz re fle ja d a , q u e c a ra c te riz a n la posición de
C iunaná.
Al s a lir el sol vim os los b u itre s zam uros (V u ltu r A u­
ra) en b a n d a d a s de 40 a 50 e n c a ra m a d o s en los cocote­
ros. E stas aves se colocan en fila p a ra d o rm ir ju n ta s a
la m a n e ra de la g a llin á c e a s; y tal es su p ereza, q u e se re ­
cogen m u ch o an tes del ocaso, y so lam en te se le v a n ta n
cuando el disco de este astro está y a sobre el ho rizo n te.

(25) Las lluvias parecen haber sido m ás frecuentes a princi­


pios del siglo XVI. Por lo menos el canónigo de Granada, Pedro
Martyr de Angleria (De rebu s Ocean., Colonia, 1574 p. 93) hablando
de las salinas de Araya o H a ra ia , que hemos descrito en el capítulo
5o hace mención de aguaceros (cad entes im b res) como de un fenó­
meno comunísimo. Ese mismo autor, que murió en 1526 (Cance-
lieri, Notizie di Colombo, p. 212) afirma que dichas salinrs eran ex­
plotadas por los indios antes de la llegada de los españoles. Coa­
gulaban la sal en forma de ladrillos, y hasta discute ya Pedro Mar­
tyr la cuestión geológica de si el terreno gredoso de Haraia contie­
ne m anantiales salinos, o si fué abastecido de sal en el curso de
los siglos a beneficio de inundaciones periódicas del océano.
154 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

O c u rre al p e n sam ien to q u e de ta l p e re z a p a rtic ip a n en


estos clim as los árb o le s de h o ja s p in a d a s. L as m im osas
y los ta m a rin d o s c ie rra n sus h o ja s en un cielo sereno, de
25 a 35 m in u to s a n te s de p o n erse el sol, y las a b re n por
la m a ñ a n a después que h a sido v isible su disco d u ra n te
el m ism o espacio de tiem po. Com o yo o b se rv a b a b as­
ta n te re g u la rm e n te la sa lid a y la p u e sta del sol p a ra se­
g u ir los ca m b ian te s del e sp ejism o o de las refrac c io n e s
te rre stre s, p u d e p re s ta r u n a a te n c ió n co n tin u a a los fe­
n óm enos del sueño de las p lan ta s. Los he h a lla d o id én ­
ticos en las estepas, a llí do n d e n in g u n a d e sig u a ld a d del
te rre n o in te rc e p ta la vista del h o rizo n te. No p a re c e sino
q u e a c o stu m b ra d a s d u ra n te el d ía a u n a e x tre m a in te n ­
sid a d de la luz, las sen sitiv as y o tra s leg u m in o sas de h o jas
ten u es y delicad as se a fe c ta n en la ta rd e con el m enor
d esv an ecim ien to en la in te n sid a d de los rayos, de suerte
q u e p a ra estos v eg etales com ienza la noche, a llá como
e n tre nosotros, a n te s de la d e sa p a ric ió n to tal del disco so­
la r. ¿ P o r qué, em pero, en u n a zo n a en que casi no hay
cre p ú sc u lo , los p rim e ro s ray o s del a stro no e stim u la n las
h o ja s con ta n ta m a y o r fu e rz a c u a n to la au sen c ia de la luz
debió h a c e rla s m á s irrita b le s ? ¿Q u izá la h u m e d a d depo­
s ita d a en el p a re n q u im a p o r el e n fria m ie n to de las h o jas
que es el resu lta d o de la ra d ia c ió n n o c tu rn a , im p id a la
acción de los p rim e ro s ray o s del sol? E n n u e stro s clim as
las leg u m in o sas de h o ja s irrita b le s d e s p ie rta n ya a n te s de
la a p a ric ió n del astro, d u ra n te el c re p ú sc u lo de la m a ­
ñana.
CAPÍTULO IX

Constitución física y costum bres de los Chaimas.— Sus


lenguas.—Filiación de los pueblos que habitan la Nueva
Andalucía.—Pariagotos vistos por Colón

No he q u e rid o in c o rp o ra r al re la to de n u e stro v ia je
a las m isiones de C arip e c o n sid eracio n es g e n e ra le s sobre
las d ife re n te s trib u s de in d íg e n a s q u e h a b ita n la N ueva
A ndalucía, n i sobre sus costum bres, le n g u a je y origen
com ún. V uelto al lu g a r de donde h a b ía m o s p a rtid o , p o n ­
dré b a jo u n solo p u n to de vista asuntos q u e tan de cerca
tocan a la h isto ria del género hu m an o . A m ed id a que
avancem os en el in te rio r de las tie rra s, a v e n ta ja r á este
in terés a l de los fenóm enos del m u n d o físico. La p a rte
N oreste de la A m érica equinoccial, la T ie rra F irm e y las
rib e ra s del O rinoco se p a re c e n en razó n de la m u ltip lic i­
dad de los pueblos que las h a b ita n , a las g a rg a n ta s del
C áucaso, a las m o n ta ñ a s del H in d u -k o h en la e x tre m i­
dad s e p te n trio n a l del Asia, m á s allá de los T ungusos y de
los T á rta ro s estacionados en la e m b o c a d u ra del L ena.
La b a rb a rie q u e re in a en esas d iv ersas regiones se debe
quizá m enos a u n a au sen cia p rim itiv a de toda civilización
que al re su lta d o de un luengo em b ru tecim ien to . La m a ­
yor p a rte de las h o rd a s q u e designam os con el n om bre
de sa lv a je s p ro b ab le m e n te descienden de n acio n es an tes
m ás a d e la n ta d a s en la c u ltu ra ; ¿ y cóm o d istin g u ir e n ­
tonces la in fa n c ia p ro lo n g ad a de la especie h u m a n a (si
es que existe en alg u n a p a rte ) de ese estado de d eg rad a-
156 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ción m o ra l en q u e el a isla m ien to , la m ise ria , m ig ra cio ­


nes o b lig ad as o ios rig o re s del c lim a b o rra n h a s ta los ves­
tigios de la civ ilizació n ? Si p o r su m ism a n a tu ra le z a p u ­
d ie ra se r del dom inio de la h isto ria todo c u a n to c o n c ie r­
ne al estad o p rim itiv o del h o m b re y a la p rim e ra p o b la ­
ción de un co n tin en te, a p e la ría m o s a las tra d ic io n e s de
la In d ia, a esa op in ió n ta n a m e n u d o e x p re sa d a en las
leyes de M anó y en el R a m a y a n a , qile co n sid e ra a los sa l­
v a je s com o trib u s d e s te rra d a s de la sociedad civil y re ­
c h a za d a s a las selvas. El vocablo bárbaro, q u e hem os co­
p iad o de los griegos y los rom anos, 110 es q u izá m ás q u e el
no m b re p ro p io de u n a de esas h o rd a s e m b ru te c id a s (1).
E n el N uevo M undo, al p rin c ip io de la co n q u ista, 110
se h a lla b a n los in d íg e n a s re u n id o s en g ra n d e s sociedades
sino en las fa ld a s de las C o rd illera s y en la s costas fro n ­
te ra s al Asia. L as lla n u ra s , c u b ie rta s de selvas y c o rta d as
p o r ríos, las in m e n sa s sa b a n a s q u e se e x tie n d en h a c ia el
E ste y se p ie rd e n en el h o rizonte, o fre c ía n a la m ira d a del
e sp ec tad o r gentíos e rra n te s , se p a ra d o s p o r d ife re n c ia s de
len g u as y costum bres, y e sp a rc id a s como restos de un
v asto n a u fra g io . V erem os si p riv a d o s de todo género de
m o n u m en to s, la an alo g ía de las len g u as y el estudio de
la constitución física del h o m b re p u e d e n a y u d a rn o s a
a g ru p a r las d ife ren te s trib u s, a seg u ir las h u e lla s de sus
m ig racio n es le ja n a s , y a d e sc u b rir algunos de esos rasgos
de fa m ilia por los q u e se m a n ifie sta la p rístin a u n id ad
de n u e s tra especie.
E n los países cuyas m o n ta ñ a s acab am o s de re c o rre r,
en las dos p ro v in c ias de C u m an á y N ueva B arcelona, los
n a tu ra le s o h a b ita n te s p rim itiv o s co n stitu y en todavía
cerca de la m ita d de la escasa p o b lación de esos confines.
P u e d e e v a lu a rse su n ú m ero en 60.000, de los q u e 24.000
h a b ita n en la N ueva A ndalucía. M uy co n sid erab le es es-

(1) Los Varavaras, los Pahlawas, los Sakas, los Jawanas, los
Kambodschas, los Tschinas. Wilkíns, H itop adesa, p. 310. Bopp.
S u r le s y s te m e g r a m m a t ic a l du sa n s c rit, du grec, du latín et du
goth ique (en alemán), 1816, p. 177.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 157

te n ú m e ro c o m p a ra d o con el de los pueblos c a za d o res de


la A m érica se p te n trio n a l; y p a re c e p eq u eñ o al re c o rd a r
esas p a rte s de la N ueva E s p a ñ a donde existe la a g ric u l­
tu ra d esd e h a m á s de ocho siglos, p o r e je m p lo en la in ­
ten d en cia de O a ja c a , q u e co m p re n d e la M ixteca y la T za-
poteca del a n tig u o im p e rio m exicano. E sta in te n d e n c ia
es m e n o r en 1111 tercio que las dos p ro v in c ias re u n id a s de
C u m an á y B arcelo n a, cuya á re a es de G.100 leg u a s c u a ­
d ra d a s de 25 al g ra d o ; y sin em b arg o tien e m ás de 400.000
in d íg en as de ra z a c o b riza p u r a (2). Los in d io s de Cu-
m an á 110 viven reu n id o s todos en las m isio n es: los h ay
dispersos en las c e rc a n ía s de las ciu d ad es, a lo larg o de
las costas do n d e los a tra e la pesca, y h a s ta en los p eq u e­
ños h ato s de los L lan o s o sab an as. L as solas m isio n es de
cap u ch in o s arag o n eses que hem os visitad o co n tienen
15.000 indios, casi todos de ra z a C haim a. Sin em bargo
las a ld e a s e stá n a h í m enos p o b lad a s q u e en la p ro v in cia
de B arcelona. Su población m ed ia sólo es de 500 a 600
indios, m ie n tra s q u e m ás al Oeste, en las m isiones de
fran ciscan o s de P íritu , h a y ald e a s in d ia s de 2.000 a 3.00Í'
h a b ita n te s. C o m p u tan d o en 60.000 el n ú m e ro de in d í­
genas de las p ro v in c ias de C u m a n á y B arcelo n a, 110 he
co n sid erad o sino los que h a b ita n en la T ie rra F irm e , y
110 los G u a iq u e ríes de la isla de M a rg a rita, y la g ra n m a ­
sa de los G u a ra ú n o s q u e h a n conservado su in d e p e n d e n ­
cia en la s islas fo rm a d a s p o r el delta del O rinoco. E stí­
m ase g e n e ra lm e n te el n ú m ero de estos en 6.000 11 8.000;
pero esta ev a lu a c ió n m e p a re c e e x a g era d a. A excepción
de las fa m ilia s g u a ra ú n a s q u e de tiem po en tiem po m e­
rodean en los te rre n o s p an tanosos (Morichales), c u b ie r­
tos de la p a lm e ra M oriche, e n tre el caño de M anam o y el
río G u ara p ic h e , y p o r lo tan to en el co n tin en te m ism o,
no h a y m á s indios sa lv a je s en la N ueva A n d alu cía, de
tre in ta años a esta p arte.
E m pleo el vocablo salvaje a m i pesar, pues q u e in ­
dica e n tre el in d io reducido que vive en las m isiones, y

(2) Nouv. Esp., t. I, p. 369; t. II, p. 317.


158 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

el indio lib re o in d ep e n d ien te , u n a d ife re n c ia de c u ltu ra


q u e a m en u d o d esm ien te la o b servación. E n las selvas
de la A m érica m e rid io n a l existen trib u s de in d íg e n a s que
reu n id o s p a c ífic a m e n te en a ld e a s obedecen a c a p itan e s,
c u ltiv a n en u n te rre n o b a s ta n te extenso b a n a n o s, yuca,
algodón, y e m p le a n este ú ltim o p a ra te je r h a m a c a s. Esos
je fe s se lla m a n Pacanati, Apoto o Sibierene. Es u n e rro r
m u y com ún en E u ro p a m ir a r a todos los in d íg e n a s 110
red u c id o s com o e rra n te s y cazadores. L a a g ric u ltu ra ha
existido en T ie rra F irm e m u ch o a n te s de la lle g a d a de los
europeos, y existe to d av ía e n tre el O rinoco y el A m azo­
n a s en los claro s de las selvas, a llí do n d e ja m á s h a n pe­
n e tra d o los m isioneros. Lo que se d eb e al rég im en de las
m isiones, es h a b e r a u m e n ta d o el ap eg o a la p ro p ie d a d
in m u eb le, la e sta b ilid ad de las h a b ita cio n e s, el gusto por
u n a vid a m ás suave y ap acib le. P ero estos p ro g reso s son
lentos y a ú n a m en u d o insensibles, a c a u sa del a isla m ie n ­
to ab soluto en el que se m a n tie n e a los indios, y es ocasio­
n a r falsa s id eas sobre el estado a c tu a l de los p u eb lo s de
A m érica m erid io n a l, te n e r p o r sin ó n im as las d e n o m in a ­
ciones de cristianos, reducidos y civilizados, y las de gentil-
les, salvajes e independientes. El in dio re d u c id o es a m e­
nudo tan poco cristian o , com o es id ó la tra el in d io in d e p e n ­
diente. O cupados el uno y el otro de las n ecesid ad es del
m om ento, m u e s tra n u n a in d ife re n c ia p ro n u n c ia d a por
las opiniones religiosas, y u n a te n d e n c ia se cre ta h a c ia el
culto de la n a tu ra le z a y de sus fu erz a s. E ste culto p e r­
tenece a la p rim e ra ed ad de los p u eb lo s: excluye los
ídolos y no conoce otros lu g ares sa g ra d o s que las g ru tas,
los val lejos y los bosques.
Si los indios in d ep e n d ien te s d e sap a re cie ro n , poco
o m enos desde h a c e u n siglo, al N o rte del O rinoco y
el A pure, es decir, desde los m o n tes nevados de M érida
h a sta el p ro m o n to rio de P a ria , no se debe c o n c lu ir según
esto que existen hoy m enos in d íg e n a s en estos p aíses que
en los tiem pos del obispo de C h iap a, B artolom é de las
Casas. He p ro b ad o ya en m i o b ra sobre M éxico c u á n ta
sin razó n h a h ab id o en p re s e n ta r com o un hecho g en eral
la d estru cció n y la d ism inución de los indios en las colo­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 159

nias e sp a ñ o la s (3). T o d a v ía existen en a m b a s A m e ri­


cas m á s de seis m illo n es de ra z a c o b riz a; y a u n q u e u n a
in n u m e ra b le c a n tid a d de trib u s y de len g u a s se h a y a n
extinguido o re fu n d id o ju n ta m e n te , 110 h a b ría cóm o po­
n er en d u d a q u e e n tre los trópicos, en esa p a rte del N u e ­
vo M undo donde la civilización 110 p e n e tró sino d esp u és
de C ristó b al Colón, el n ú m ero de in d íg e n a s ha a u m e n ­
tado c o n sid e rab le m e n te. Dos a ld e a s de C arib es en las
m isiones de P íritu o del C aro n í co n tien en m á s fa m ilia s
que c u a tro o cinco naciones del O rinoco. E l estado de
la vida social de los C aribes q u e h a n co n serv ad o su in d e ­
p en d en cia en las c ab eceras del E sequibo y al S u r de los
m ontes de P a c a ra im o , p ru e b a su fic ie n tem e n te cu án to
a v e n ta ja p o r su n ú m ero , a ú n en esta h e rm o sa ra z a h u ­
m ana, la población de las m isiones a la de los C arib es li­
bres y co n fed erad o s. P o r lo dem ás, 110 sucede lo m ism o
en los s a lv a je s de la zona tó rrid a que en los del M issouri.
Estos h a n m e n e ste r u n a v asta ex ten sió n del país, porque
viven sólo de la c a c e ría ; y los indios de la G u a y a n a E s­
pañola p la n ta n y u ca y b a n a n o s: 1111 red u c id o te rre n o
basta p a ra su sten tarlo s. No tem en la ap ro x im ac ió n de
los blancos com o los s a lv a je s de los E stados U nidos, que
p ro g resiv am en te e m p u ja d o s m ás allá de los A leganis,
el Ohio y el M issisipí, p ierd en sus m edios de su b sisten ­
cia a m e d id a cpie se h a lla n a p re ta d o s d e n tro de lím ites
m ás estrechos. En la zona te m p la d a , ya sea en las p ro ­
vincias internas de M éxico, ya sea en el K entucky, el con­
tacto con los colonos europeos se h a hecho fu n esto p a ra
los in d ígenas, po rq u e este contacto es in m ediato.
E stas causas 110 existen en la m ay o r p a rte de la A m é­
rica m e rid io n a l. L a a g ric u ltu ra no exige en los trópicos
m uy extensos terrenos. Los blancos a v a n za n con le n ti­
tud. L as ó rd en es religiosas h a n fu n d a d o sus estab leci­
m ientos e n tre las fin c a s de los colonos y el te rrito rio de
los indios libres. P u ed en c o n sid erarse las m isiones com o

(3) "Es cosa constante irse disminuyendo por todas partes el


número de los indios”. Ulloa, N oticias am e ric a n a s , 1772, p. 344.
1(50 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

estados in te rm e d ia rio s. H an a tro p e lla d o sin d u d a la li­


b e rta d de los in d íg e n a s; p ero casi en to d as p a rte s h a n si­
do ú tiles al a u m e n to de la p oblación, q u e es in co m p atib le
con la vid a in q u ie ta de los in d io s in d ep e n d ien te s. A m e­
d id a q u e los religiosos a v a n z a n h a c ia las selv as y ganan
te rre n o a los in d íg en as, los colonos blancos b u sc an cómo
in v a d ir a su vez del otro lado del te rrito rio de las m isio­
nes. E n esta lu ch a p ro lo n g a d a el b razo s e c u la r tiende
sin descanso a s u s tra e r los in d io s red u c id o s de la j e r a r ­
q u ía m o n ac a l; y tra s u n a lu ch a d esig u al los m isioneros
son re e m p la z a d o s poco a poco p o r curas. Los blancos y
las castas de s a n g re m ix ta, fav o recid o s p o r los C orregi­
dores, se establecen en m edio de los indios, las m isiones
se co n v ierten en v illas esp añ o las, y los in d íg e n a s pierd en
h a sta el rec u e rd o de su idiom a n acio n al. Pal es el m o­
v im iento de la civilización de las costas h a c ia el in te rio r;
m ovim iento p au sad o , d ific u ltad o po r las p asiones h u m a ­
nas, p ero seguro y u n ifo rm e .

L as p ro v in c ias de la N ueva A n d a lu c ía y B arcelona,


c o m p re n d id a s b a jo el n o m b re de gobierno de Cumaná,
m u e s tra n m ás de cato rce trib u s en su p o b lación a c tu a l:
en la N ueva A n d alu cía, los C haim as, G u aiq u eríes, P aria-
gotos, C uacuas, A ru acas, C arib es y G u a ra ú n o s; en la pro­
vincia de B arcelo n a, C um anogotos, P a len q u e s, C aribes,
P íritu s, T om uzas, T opocuares, C h aco p atas y G uaribes. De
estas c ato rce trib u s, nu ev e o diez se co n sid e ran ellas m is­
m as com o de ra z a e n te ra m e n te d ife ren te . Ig n ó rase el n ú ­
m ero exacto de los G uaraúnos, q u e h a c e n sus chozas en
los árboles h a c ia el d esag u ad ero del O rinoco. El de los
G u aiq u eríes en el a rra b a l de C u m an á y en la península
de A ray a se eleva a 2.000. De las d em ás trib u s indias
los C h aim as de las m o n ta ñ a s de C aripe, los C aribes de
las sa b a n a s m erid io n a le s de N ueva B arcelona, y los Cu-
m an ag o to s en la m isión de P íritu , son los m á s num erosos.
A lgunas fa m ilia s de G u araú n o s h a n sido re d u c id a s a m i­
sión a la b a n d a izq u ie rd a del O rinoco, do n d e em pieza a
fo rm a rse el delta. La len g u a de los G u araú n o s, y las de
los C aribes, C um anagotos y C haim as, son las m ás d ila ta ­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 161

das. P resto v erem os que p a recen p e rte n e c e r a u n m is­


ino tronco y q u e en sus fo rm a s g ra m a tic a le s p re se n ta n
esos nexos ín tim o s que, p a r a se rv irm e de u n a c o m p a ra ­
ción to m a d a de len g u as m á s conocidas, e n la z a n el g rie ­
go, el a le m án , el p e rsa y el sánscrito.
A p e s a r de estos nexos, h a n de m ira rse com o pueblos
d ife ren te s los C haim as, los G u araú n o s, los C aribes, los
C uacuas, los A ru a c as o A raw acas, y los C um anagotos. No
me a tre v e ría a a fir m a r ig u a l cosa de los G u aiq u eríes, los
P ariagotos, los P íritu s, los T om uzas y los C h aco p atas. Los
G uaiq u eríes convienen ellos m ism os en la a n a lo g ía de su
lengua con la de los G uaraú n o s. Unos y otros son ra z a
litoral, com o los M alayos del v iejo co n tin en te. E n c u a n ­
to a las trib u s q u e hoy h a b la n los id io m as cum anagoto,
c a rib e y c h a im a, es difícil ju z g a r de su p rim e r o rig en y
de sus relacio n es con otros pueblos a n ta ñ o m ás poderosos.
Los h isto ria d o re s de la conquista, así com o los religiosos
que h a n d escrito los progresos de las m isiones, c o n fu n d en
de continuo, al m odo de los antiguos, las denominaciones
geográficas con n o m b re s de razas. H a b la n de in d io s de
C um aná y de la costa de P a ria , com o si la p ro x im id a d de
sus v iv ie n d a s p ro b ase una id e n tid a d de o rig en ; y a ú n las
m ás de las veces n o m b ra n trib u s según el n o m b re de sus
cap itan es, o según el del m onte o del v a lle jo que h a b ita n .
M ultiplicando al in fin ito esta c irc u n sta n c ia el n ú m e ro de
las naciones, a ñ a d e in c e rtid u m b re a todo lo que los re li­
giosos re fie re n sobre los elem entos hetero g én eo s de que
se com pone la población de sus m isiones. ¿C óm o d eci­
dir hoy si el T o m u za y el P íritu son de ra z a d ife ren te ,
cuando am bos a dos h a b la n la len g u a c u m a n a g o ta , que
c*s len g u a d o m in a n te en la p a rte o ccidental del gobierno
de C u m an á, com o el carib e y el ch aim a lo son en la p a rte
m erid io n al y o rie n ta l? U na g ran d e an alo g ía de co n sti­
tución física h ace m uy difíciles estas investigaciones. T al
es el c o n tra ste e n tre los dos continentes, q u e en el nuevo
se observa u n a so rp re n d e n te v a rie d a d de len g u as e n tre
naciones que son de 1111 m ism o origen y que el v ia je ro
europeo a p e n a s d istingue p o r sus rasgos, m ie n tra s que
11
162 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

en el v ie jo c o n tin e n te ra z a s h u m a n a s m u y d ife re n te s, la-


pones, fineses y estonios, pueblos g e rm á n ic o s e h in d ú s,
p e rsa s y k u rd o s, trib u s tá r ta r a s y m ogoles, h a b la n le n ­
g uas cuyo m ecan ism o y raíc es tie n e n las m a y o re s a n a ­
logías.
T odos los indios de las m isiones a m e ric a n a s son a g ri­
cu lto res. Con excepción de los q u e h a b ita n las a ltas
m o n ta ñ a s, c u ltiv a n las m ism as p la n ta s ; sus c a b a ñ a s es­
tá n d isp u e stas en u n m ism o o rd e n ; la d istrib u c ió n del
día, sus tra b a jo s en el conuco de la com unidad, sus r e la ­
ciones con los m isio n ero s y los m a g istra d o s elegidos de
su seno, todo está som etido a reg la s u n ifo rm es. No obs­
ta n te , y esta c irc u n sta n c ia es m u y n o tab le en la h istoria
de los pueblos, tan g ra n d e a n a lo g ía de posición no ha
b a sta d o a b o r ra r esos rasgos in d iv id u ale s, esos m atices
que d istin g u en a los d ife re n te s gentíos a m erican o s. Ob­
sérv ase en los h om bres de tez c o b riza u n a in fle x ib ilid a d
m o ra l, u n a co n stan te p e rs e v e ra n c ia en h áb ito s y costum ­
b re s que, m o d ific a d a s en c a d a trib u , c a ra c te riz a n esen­
c ia lm e n te a la ra z a e n te ra . E stas disposiciones se h a lla n
de nu ev o en todos los clim as, desde el E c u a d o r b a sta la
b a h ía de H udson y el estrech o de M ag allan es; débense
a la o rg an izació n física de los n a tu ra le s , p ero son pode­
ro sa m e n te fav o re c id a s p o r el rég im en m o n acal.
Pocos pueblos hay en las m isiones en que las diversas
fa m ilia s p e rte n e z c a n a d ife re n te s n acio n es y no h a b le n la
m ism a lengua. S ociedades c o m p u estas de elem entos tan
hetero g én eo s son difíciles de g o b e rn a r. G en eralm en te
los religiosos h a n reu n id o n a c io n e s e n te ras, o g ran d es
porciones de u n a m ism a nación, en pueblos a p ro x im a ­
dos un o s a otros. Los n a tu ra le s no ven sino a los de su
trib u ; p o rq u e la fa lta de co m unicaciones y el a isla m ie n ­
to son el p rin c ip a l ob jeto de la política de los m isioneros.
El C haim a, el C aribe, el T a m an a c o red u cid o s conservan
tan to m e jo r su fisonom ía n a c io n a l c u a n to h a n co n serv a­
do sus lenguas. Si la in d iv id u a lid a d del h o m b re se re ­
fle ja por decirlo así en los idiom as, éstos a su vez re a c ­
cio n an sobre las ideas y los sentim ientos. E ste íntim o
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 163

lazo e n tre las lenguas, el c a rá c te r, y la co n stitu ció n físi­


ca, es lo que m a n tie n e y p e rp e tú a la d iv ersid a d de los
pueblos, fu e n te fe c u n d a de m ovim iento y de v id a en el
m undo in te le c tu al.
Los m isio n ero s h a n logrado p ro h ib ir al in d io que ob­
serve c ie rta s p rá c tic a s u sa d a s en el n a c im ie n to de sus
hijos, al e n tr a r estos en la ed ad de la p u b e rta d , en el en ­
tierro de los m u erto s; h a n logrado im p e d irle s q u e se p in ­
ten la piel o se h a g a n incisiones en el m entón, la n a riz y
las m e jilla s ; h a n logrado d e s tru ir en u n a g ra n m asa del
pueblo esas ideas su p ersticio sas que se tra sm ite n m iste­
rio sam en te de p a d re s a h ijo s en c ie rta s fa m ilia s; pero
m ás fácil h a sido p ro sc rib ir usos y a p a g a r re c u e rd o s que
su stitu ir n u ev as ideas a las p re té rita s. El indio de las
m isiones está m ás seguro de su su b sisten cia; y no e sta n ­
do en co n tin u a lu ch a con fu e rz a s hostiles, con los e le m en ­
tos y con los hom bres, pasa u n a v id a m ás m o nótona, m e ­
nos activ a, m enos p ro p ia p a ra im p a r tir e n e rg ía al alm a,
que la que lleva el indio s a lv a je o in d ep e n d ien te . T iene
la d u lz u ra de c a rá c te r que com unica el a m o r del reposo,
no la que n ace de la se n sib ilid ad y de las em ociones del
alm a. El alcance de sus id ea s no h a a u m e n ta d o allí don­
de, sin el contacto con los blancos, ha p e rm a n ec id o lejo s
de los o b jeto s conque h a en riq u ecid o la civilización e u ­
ropea al N uevo M undo. Sus acciones todas p a recen m o­
tivadas por las necesidades del m om ento. T a c itu rn o , sin
alegría, rep leg ad o sobre sí m ism o, afecta un a ire g rav e y
m isterioso. C uando alguien h a vivido poco tiem po en las
m isiones y cu ando to d av ía no está fa m ilia riz a d o con el
aspecto de los indíg enas, se ve ten ta d o a to m a r la in d o ­
lencia de estos y el em b o tam ien to de sus fa c u lta d e s p o r
la exp resió n de la m elan co lía y u n a propensión a m e d ita r.
Me lie detenido en los rasgos del c a rá c te r indio y en
las m odificaciones que ese c a rá c te r e x p e rim e n ta b a jo el
régim en de los m isioneros, p a ra d a r m ás in te ré s a las ob­
servaciones p a rc ia le s que son m a te ria de este capítulo.
C om enzaré po r la nación de los C haim as, de los cuales
m ás de 15.000 h a b ita n en las m isiones que acab am o s de
164 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

d e scrib ir. E sta nación, poco belicosa, q u e d esd e m e d ia ­


dos del siglo XV II com enzó a r e d u c ir F r. F ra n cisc o de
P a m p lo n a (4), tien e p o r el Oeste a los C u m an ag o to s, por
el E ste a los G u a ra ú n o s y p o r el S u r a los C aribes. A lo
largo de los altos m ontes del C o collar y del G uácharo
o c u p a las rib e ra s d el G u a ra p ic h e , el Río C olorado, el Areo
y el caño de C aripe. C onform e a un cálcu lo estadístico
hecho con g ra n c u id a d o p o r el P. P re fe c to (5), se con­
ta b a n en 1792, en las m isiones de c a p u ch in o s aragoneses
de C u m a n á :
d iecinueve pueblos de misión, de los q u e el m ás a n ­
tiguo e ra de 1728. T e n ía n 6.433 h a b ita n te s, re p a rtid o s en
1.465 fa m ilia s; dieciseis p u eblos de doctrina, de los q u e el
m á s an tig u o e ra de 1660. T e n ía n 8.170 h a b ita n te s, r e p a r ­
tidos en 1766 fa m ilia s (6).
E stas m isiones h a n su frid o m ucho en 1681, 1697 y
1720 de las in v asio n es de los C aribes entonces in d e p e n ­
dientes, q u e in c e n d ia b a n pueblos enteros. D esde 1730
h a sta 1736, la población ha re tro g ra d a d o p o r los estragos
de las v iru elas, sie m p re m ás fu n e sta p a r a la ra z a cobri­
za q u e p a ra los blancos. M uchos G u a ra ú n o s q u e h a b ía n
sido reu n id o s h u y e ro n p a ra volverse a sus p a n ta n o s. Ca­
torce a n tig u a s m isiones q u e d a ro n d e sie rta s o no fueron
restab lecid as.
Los C h aim as son g e n e ra lm e n te de re d u c id a ta lla ; y
tales p a re c e n sobre todo c u a n d o se les c o m p a ra, no diré
con sus vecinos los C aribes o con los P a y a g u á s y Guay-
q u ilita s del P a ra g u a y , ig u alm e n te n o tab les p o r su esta-

(4) Todavía es reverenciado en la provincia, el nombre de


este religioso, conocido por su activa intrepidez. Fué él quien es­
parció los primeros gérmenes de la civilización en estas montañas.
Por mucho tiempo había sido capitán de navio, y antes de hacerse
monje llamóse Tiburcio Redin.
(5) Fray Francisco de Chiprana (M em o ria m a n u s c r i t a ) .
(6) Labranzas pertenecientes a estos 35 pueblos: 6554 almu­
des. En 1792 el número de vacas se elevaba sólo a 1883 cabezas.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 165

tu ra, sino con los o rd in a rio s n a tu ra le s de la A m érica (7).


La ta lla m e d ia de u n C h aim a es de 1,57 m . o 4 pies 10
p u lg a d a s: son de cu erp o rech o n ch o y rehecho, de h o m ­
bros en ex trem o anchos, pecho a p la n a d o , y los m ie m b ro s
todos red o n d o s y carnosos. Su color es el de to d a la ra z a
a m e ric a n a desde las fría s a ltip la n ic ie s de Q uito y N ueva
G ra n a d a h a s ta las a rd ie n te s lla n u ra s del A m azonas. Ya
no m u d a p o r la in flu e n c ia v a ria d a de los clim as, sino q u e
d epende de las disposiciones o rg á n ic a s que in a lte ra b le ­
m ente se p ro p a g a n de g e n e ra c ió n en g en e ra c ió n desde h a
siglos. Si la coloración u n ifo rm e de la p iel es m á s co­
b riz a y r o ja h a c ia e l N orte, en los C h aim as p o r el con­
tra rio es de un m o re n o obscuro que tira a bazo. L a d e n o ­
m inación de h o m b re s rojo-cobrizos ja m á s h a b ría p ro ce ­
dido de la A m érica eq uinoccial p a ra d e sig n a r a los in ­
dígenas.
La ex p re sió n de la fiso n o m ía del C h aim a, sin se r d u ­
ra o feroz, a p a re c e en cierto m odo g rav e y so m b ría. L a
frente es p e q u e ñ a y poco s a lie n te ; por do n d e se dice en
v arias len g u as de estas com arcas, p a ra e x p re s a r la b e lle ­
za de u n a m u je r, q u e “es g o rd a y que su fre n te es angos­
ta” . Los ojos de los C haim as son negros, h u n d id o s y m u y
a larg ad o s; p ero no están dispuestos ta n o b lic u a m e n te ni
son tan pequeños como en los pueblos de ra z a m ongola,
de que dice in g en u a m en te Jo rn a n d e s q u e son m ás b ien
puntos q u e ojos, magis puncta quam lamina. Sin e m b a r­
go, las c o m isu ras de los ojos se a lz a n a rrib a h a c ia las
sienes: la s c e ja s son n eg ras o de u n p a rd o subido, d e l­
gadas y poco a rq u e a d a s : los p á rp a d o s están provistos
de p e sta ñ a s m u y luengas, y el h á b ito de b a ja rlo s com o si
estuviesen soñolientos de lasitud, suaviza la m ira d a en
las m u je re s y h a c e que p a re z c a n los ojo s e n to rn a d o s y
m ás pequeños de lo q u e efectiv am en te son. Si los C h a i­
m as, y en g e n e ra l todos los in d íg e n a s de la A m érica m e ­

t í) La estatura media de los Guaiquilitas o Mbayas, que vi­


ven entre los 20° y 22° de latitud austral, es según Azara, de 1 m.
84, o 5 pies 8 pulgadas. Los Payaguás, igualmente elevados, han
dado su nombre al P a y a g u a y o P a ra g u a y .
166 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

rid io n a l y de la N ueva E sp a ñ a , se a c e rc a n a la ra z a m on­


gólica p o r la fo rm a de los ojos, las m e jilla s salien tes, los
cabellos rectos y lisos, y p o r la casi a b so lu ta c a re n c ia de
b a rb a s, d ifie re n e sen c ialm en te de ella p o r la fo rm a de
la n a riz , q u e es b a sta n te larg a , p ro m in e n te en to d a su
ex tensión, g ru esa h a c ia la p u n ta , cuyas v e n ta n a s están
vueltas h a c ia a b a jo com o en los p u eb lo s de la ra z a del
C áucaso. L a boca g ran d e , con lab io s anchos au n q u e
poco a b u lta d o s, tiene a m en u d o u n a e x p re sió n de bon­
d ad. El espacio e n tre la n a riz y la boca está m a rc a d o en
am bos sexos p o r dos surcos d iv erg e n te s q u e se d irig e n de
las a la s de la n a riz a las co m isu ra s de los labios. L a b a r ­
b illa es en ex trem o c o rta y re d o n d e a d a , y las m a n d íb u la s
son n o tab les p o r su fu e rz a y a m p litu d .
Bien que ten g an los C h a im a s sus d ien tes b lan co s y
herm osos com o todos los h o m b re s q u e tien en un senci­
llísim o v ivir, estos son, no ob stan te, m ucho m enos fu ertes
q u e los de los negros. El uso de en n e g re c erse los dientes
desde los qu in ce años con el em p leo de cierto s zum os de
y e rb a s y cal cáu stica h a b ía lla m a d o ya la a ten ció n de los
p rim e ro s v iaje ro s, si bien es hoy en absoluto ig n o ra d o (8).
T ales h a n sido las m ig racio n es de la s d iv ersa s trib u s en
estas com arcas, m áx im e d esp u és de las in cu rsio n e s de
los españoles que p ra c tic a b a n la tra ta de esclavos, que
pu ed e su p o n e rse que los h a b ita n te s de P a r ia visitad o s por
C ristóbal Colón y p o r O je d a no e ra n de la m ism a raza
que los C haim as. Me es h a rto dudoso que la co stum bre
de e n n eg recerse los d ientes h a y a tenido q u e v e r o rig in a ­
ria m e n te , como lo a firm a G o m ara (9), con id eas extra-

(8) Los primeros historiadores de la conquista atribuyen este


efecto a las hojas de un árbol que llamaban los indígenas Hay, pa­
recido al mirto. Entre pueblos muy apartados unos de otros, el
pimiento tiene un nombre semejante; entre los haitianos de la isla
de Santo Domingo, a jí o ahí; entre los Maipures del Orinoco, a-í.
Se designan con el mismo nombre plantas estim ulantes y aromá­
ticas, no todas pertenecientes al género Capsicum.
(9) Cap. 78, p. 101. Los pueblos que aparecieron a los espa­
ñoles en la costa de Paria, tenían sin duda el hábito de estimular
Jos órganos del gusto con cal cáustica, como otros lo hacen con el
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 167

v ag an tes sobre la belleza, o que b a y a ten id o p o r o b jeto


im p e d ir los dolores de m u ela s. E sta d o lencia es poco
m enos q u e desconocida de los indios, y los b lan co s m is­
m os su fre n m u y ra ra m e n te de ella en las colonias e sp a ­
ñolas, por lo m enos en las regiones c á lid a s do n d e la tem ­
p e ra tu ra es ta n u n ifo rm e . Se ex p o n en m ás a ello en las
fa ld a s de las C o rd illeras, en S a n ta F e y en P o p a y á n .

B ien así com o casi to d as las n acio n es in d íg e n a s que


he visto, tien en los C h a im a s p e q u e ñ as y poco an c h as las
m anos. Sus pies son g ran d es, y los dedos del pie c o n ser­
van u n a e x tra o rd in a ria m o v ilid ad . Los C h aim as todos
tienen 1111 a ire de fa m ilia ; y esta a n a lo g ía de fo rm a , ta n ­
tas veces o b se rv a d a p o r los v ia je ro s , in te re sa ta n to m á s
cuanto e n tre los v ein te y los c in c u e n ta años no se a n u n c ia
la e d a d p o r a rru g a s de la piel n i p o r el color de los c a ­
bellos o la d e c re p itu d del cuerpo. Al p e n e tra r en u n a
c a b añ a se e x p e rim e n ta a m en u d o d ific u lta d p a ra d istin ­
g uir e n tre p erso n as a d u lta s al p a d re del h ijo y p a ra no
c o n fu n d ir u n a generación con o tra. P ienso q u e este a ire
de fa m ilia d ep en d e de dos cau sas m u y d ife re n te s: de la
posición local de los pueblos in d ian o s, y del g rad o in fe ­
rio r de su c u ltu ra in telectu al. L as n acio n es sa lv a je s
se su b d iv id en en u n a in fin id a d de trib u s q ue, d eb i­
do a cru eles rencores, no se lig an u n a s con o tras,
a u n c u a n d o sus len g u as se o rig in e n de 1111 m ism o tronco
o sólo estén se p a ra d a s sus h a b ita cio n e s p o r u n pequeño
brazo de río o p o r un g rupo de colinas. C u anto m enos
nu m ero sas son las tribus, tan to m á s tien d en las alianzas,

tabaco, el chimó, las hojas de coca o el betel. Este hábito se ha­


lla de nuevo hoy todavía en la misma costa, pero más al Oeste,
entre los Guagiros, en la boca del Río la Hacha. Esos indios que han
permanecido salvajes acostumbran llevar pequeñas conchas calcina­
das y reducidas a polvo en la corteza de un fruto que les sirve de vaso
y que cuelgan de la cintura. El polvo de los Guagiros es un ar­
tículo de comercio como lo era antes, según Gómara, el de los in­
dios de Paria. En Europa, el uso inmoderado del tabaco de fumar
amarillece y ennegrece también los dientes. ¿Sería justo concluir
de ello que entre nosotros se fuma, porque los dientes amarillos
parecen más hermosos que los blancos?
168 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

re p e tid a s siglo a siglo e n tre u n a s m ism as fam ilias, a fi­


j a r c ie rta ig u a ld a d de co n fo rm ació n , un tipo orgánico
que podem os lla m a r n a c io n a l (10). E ste tipo se co n ser­
va b a jo el rég im en de las m isio n es fo rm a d a s de u n a sola
n ación. E l a isla m ien to es ig u al, y los m a trim o n io s no se
h a c en sino e n tre los h a b ita n te s de u n a m ism a a ld e h u e la .
E stos v ínculos de sa n g re que u n e n a casi todo un pueblo
se h a lla n in d icad o s de un m odo ingenuo en el le n g u a je de
los in d io s nacid o s en la s m isiones, o p o r los que, criados
en los bosques, h a n a p re n d id o el esp añ o l. P a r a d esig n ar
a in d iv id u o s q u e p e rte n ec e n al m ism o gentío e m p le a n la
e x p re s ió n : m is parientes.
A estas causas, que no p ro v ie n e n sino del a isla m ie n ­
to y cuyos efectos vuélvense a e n c o n tra r en los ju d ío s de
E u ro p a , en las d ife re n te s castas de la In d ia , y p o r lo ge­
n e ra l en todos los p u eb lo s m o n tañ eses, se alleg an otras
c a u sa s m ás d e sa te n d id a s h a s ta a h o ra . Ya en o tra p a rte
he observ ad o que lo q u e m ás co n trib u y e a d ife re n c ia r
las facciones es la c u ltu ra in te le c tu al. L as n acio n es b á r ­
b a ra s poseen m á s bien u n a fiso n o m ía de trib u o de h o rd a
q u e u n a fisonom ía p ro p ia de ta l o c u a l in d iv id u o . Con
el h o m b re s a lv a je y el culto sucede lo q u e con los a n im a ­
les de la m ism a especie de los que av en g a que los unos
y e rre n en las selvas, al paso que los otros, próxim os a
nosotros, p a rtic ip e n p o r decirlo así, de los beneficios y
los m ales q u e a c o m p a ñ a n a la civilización. No son fre ­
cu en tes las v a rie d a d e s de fo rm a y de color sino en los
a n im a le s dom ésticos. Qué d ife re n c ia en la m o v ilid a d de
las facciones y la d iv e rsid a d de fiso n o m ía e n tre los pe­
rro s q u e vu elv en a h acerse sa lv a je s en el N uevo M undo
y aquellos en los q u e se sa tisfa c en los m en o res caprichos
d e n tro de u n a casa o p u len ta! E n el h o m b re y los a n im a ­
les los m ovim ientos del a lm a se re fle ja n en sus facciones,
y estas facciones a d q u ie re n el háb ito de la m o v ilid ad

(10) Nullis aliis aliarum nationum connubiis infecta, propria


et sincera, et tantum sui sim ilis gens. Unde habitus quoque corpo-
rum, quamquam in tanto hominum numero idem omnibus. Tàcito,
C erm ., c. 4.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 169

tanto m á s cu an to q u e las em ociones son m á s fre c u e n te s,


v a ria d a s y d u rab le s. A hora, el in d io de las m isiones,
a le ja d o de toda c u ltu ra , gu iad o ú n ica m en te p o r las n ece­
sidades físicas, sa tisfacien d o casi sin tra b a jo sus deseos,
lleva u n a v id a in d o le n te y m on ó to n a al a m p a ro de un
clim a feliz. L a m a y o r ig u a ld a d re in a e n tre los m ie m ­
bros de u n a m ism a c o m u n id a d ; y es esta u n ifo rm id a d , es
esta in v a ria b ilid a d de posición lo que se p in ta en las fa c ­
ciones de los indios.
B a jo el rég im en de los m o n je s las pasio n es v io le n ­
tas, com o el rese n tim ie n to y la có lera, a g ita n a l in d íg e n a
con m a y o r ra re z a q u e c u a n d o vive en las selvas. Si el
salvaje cede a m o v im ien to s b ru sc o s e im petuosos, su fi­
sonom ía, h a sta entonces sosegada e inm óvil, p a s a in s ta n ­
tán e a m e n te a co n to rsio n es convulsivas. Su e n o jo es ta n ­
to m ás p a s a je ro c u a n to m ás vivo. E n el indio de las m i­
siones, com o a m en u d o lo he o b serv ad o en el O rinoco,
es m enos v io le n ta la cólera, m enos fra n c a , p e ro m ás l a r ­
ga. P o r lo dem ás, en todas las condiciones del h o m b re
no es la e n e rg ía o el d e sen c a d e n am ien to e fím ero de las
pasiones lo que da ex p resió n a las faccio n es; es m ás bien
esa sen sib ilid ad del a lm a q u e sin c e sa r nos pone en con­
tacto con el m u n d o e x terio r, que m u ltip lic a n u estro s su ­
frim ientos y n u e stro s placeres, y que a un m ism o tiem po
reacciona sobre la fisonom ía, las co stu m b res y el le n g u a ­
je. Si la v a rie d a d y m o v ilid a d de las faccio n es e m b e lle ­
cen el d om inio d e la n a tu ra le z a a n im a d a , h a y tam b ié n
que c o n v e n ir en q u e uno y otro, sin se r el único p ro d u c ­
to de la civilización, se a c re c ie n ta n con ella. E n la
gran fa m ilia de los pueblos n in g u n o otro re ú n e esas v e n ­
ta ja s en m a y o r g ra d o «píe la ra z a del C áucaso o ra z a e u ­
ropea. T a n sólo en los h o m b res blancos p u e d e e fe c tu a r­
se esa p e n e tra c ió n in sta n tá n e a de la sa n g re en el sistem a
dérm ico, esa lig e ra m u tació n de color en la piel q u e tan
pod ero sam en te coadyuva a la ex p resió n de los m o v i­
m ientos del alm a. “¿Cóm o c o n fia r en los que 110 saben
ru b o riz arse ? ”, dice el europeo en su odio in v e te ra d o c o n ­
tra el n eg ro y el indio. P reciso es convenir, p o r o tra p a r ­
te, que esta in m o v ilid ad de las facciones no es p e c u liar
170 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

a to d as las ra z a s de coloración m u y a te z a d a : es m ucho


m e n o r en el a fric a n o q u e en los in d íg e n a s de A m érica.
A este c u a d ro físico de los C h aim as h a re m o s seguir
a lg u n a s nociones su m a ria s sohre su género de v id a y sus
costum bres. Ig n o ra n te de la len g u a de este pueblo, no
p re te n d o h a b e r p e n e tra d o en su c a rá c te r tra s u n a p e r­
m a n e n c ia poco p ro lo n g a d a en las m isiones. C u a n ta s ve­
ces h a b le de los indios, a ñ a d iré a lo poco q u e hem os ob­
serv ad o p o r n u e s tra c u e n ta lo q u e hem os a v e rig u a d o de
los m isioneros.
Los C haim as, com o todo pu eb lo s e m is a lv a je que h a ­
b ita en regiones e x cesiv am en te cálid as, tie n e n u n a se ñ a ­
la d a av ersió n p o r los vestidos. Los e scrito res de la E d ad
M edia nos in fo rm a n q u e en el N orte de E u ro p a h a n con­
trib u id o m u ch o a la conversión de los p a g a n o s las c a m i­
sas y los calzones d istrib u id o s p o r los m isioneros. E n la
zona tó rrid a p o r el c o n tra rio , se ve q u e los in d íg e n a s tie­
nen verg ü en za, com o dicen ellos, de e s ta r vestidos, h u ­
yendo a los bosques c u a n d o se les obliga d em asiado
presto a re n u n c ia r a su desnudez. E n tre los C haim as, a
despecho de las re p re n sio n e s de los fra ile s, h o m b re s y
m u je re s se q u e d a n d esnudos en el in te rio r de sus casas.
C uand o a n d a n po r el pueblo v isten u n a especie de tú n i­
ca de tela de algodón q u e a p e n a s b a ja h a s ta las rodillas,
y esa está g u a rn e c id a de m a n g a s en los h o m b ro s; pero
en las m u je re s y jó v en es adolescentes, h a s ta la e d a d de
diez a doce años, los brazos, h o m b ro s y p a rte su p e rio r
del pecho están desnudos. Se c o rta la tú n ic a de m a n e ra
q u e la p a rte a n te rio r se s u je te a la de la e sp a ld a p o r m e­
dio de dos tira s angostas que caen sobre los hom bros.
C uando e n c o n tráb a m o s a los n a tu ra le s fu e ra de la m isión
los veíam os, sobre todo en tiem po lluvioso, d e sp o ja d o s de
sus vestidos y g u a rd a n d o sus cam isas a rro lla d a s b a jo el
brazo. P re fe ría n a g u a n ta r la llu v ia con el cu e rp o en un
todo desnudo q u e m o ja r sus vestidos. L as m u je re s m ás
a n c ia n a s se escondían d e trá s de los árb o les d a n d o g ra n ­
des riso ta d a s al vernos p a sar. Los m isioneros se q u e ja n
en g en eral de que el sen tim ien to de decencia y de p u d o r
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 171

sea a p e n a s m ás señ alad o en las jó v en e s q u e en los h o m ­


bres. F e rn a n d o Colón c u e n ta ya q u e en 1498 en co n tró
su p a d re , en la isla de T rin id a d , las m u je re s p o r com ­
pleto d esn u d as, m ie n tra s que los h o m b re s v e stía n el gua­
yuco, que es m ás b ie n u n a b a n d a e stre ch a q u e un d e la n ­
tal (11). P o r esa m ism a época, en la costa de P a ria , las
n iñ a s se d istin g u ía n de las m u je re s ca sa d a s, o com o p re ­
ten d e el c a rd e n a l B em bo (12), p o r su a b so lu ta desnudez,
o según G o m ara (13), p o r el color del guayuco. E sta
t'aldeta q u e to d av ía hem os h a lla d o en uso e n tre los C h ai­
m as y e n tre todas las naciones d e sn u d as del O rinoco, só­
lo tien e de 2 a 3 p u lg ad a s de ancho, y se a fia n z a p o r a m ­
bos cabos con un cordón q u e ciñ e la c in tu ra . L as n iñ a s
se casan a m en u d o a los doce años; y h a s ta los nu ev e
años les p e rm ite n los m isioneros ir d e sn u d a s a la iglesia,
es decir, sin tú n ica. No m e es preciso re c o rd a r a q u í que
e n tre los C haim as, así com o en todas las m isiones e sp a ­
ñolas y a ld e a s in d ia s que he rec o rrid o , unos calzones,
unos z a p ato s o un som brero, son a rtícu lo s de lu jo , desco­
nocidos p o r los n a tu ra le s. Un c ria d o q u e nos h a b ía s e r­
vido d u ra n te n u e stro v ia je a C arip e y a l O rinoco, «píe
llevé a F ra n c ia , se im p resio n ó de tal m a n e ra al desem ­
b a rc a r, e n viendo la b r a r la tie rra a un c am p esin o quí.
llevaba puesto su som brero, q u e creyó e s ta r “en u n p aís
m ise ra b le en que a u n los m ism os c a b a lle ro s m a n e ja b a n
el a ra d o ” .
(11) Vida del Almirante, c. 71 (Churchili's Collection, 1723, t.
II, p. 586). Esta vida, redactada con posterioridad al año de 1537,
según las notas autógrafas de Cristóbal Colón, es el más precioso
monumento de la historia de sus descubrimientos. No existe ella
sino en las traducciones italianas y españolas de Alfonso de Ulloa
y González Barcia; porque el original, llevado a Venecia en 1571
por el sabio Fornari, no fué publicado ni se le encontró después.
Napione, Della p a tr ia di Colombo, 1804, pp. 109, 295. Concellieri,
Sopra C hrist. Colombo, 1809, p. 129.
(12) Véase la elocuente descripción de la América en la his­
toria de Venecia, libro XII; “Feminae virum passae nullam partem,
praeter muliebria; virgines ne illam quidem tegebant” ,
(13) “Las doncellas se conocen en el color y tamaño del cor­
del, y traerlo asi, es señal certísima de virginidad”. Gómara, c.
73, p. 96,
172 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

L as m u je re s C h a im a s no son lin d a s, según las ideas


que a trib u im o s a la b e lleza; las jóvenes, sin em bargo, tie ­
nen c ie rta d u lz u ra y triste z a en el m ir a r que c o n tra sta
a g ra d a b le m e n te con la e x p resió n algo d u r a y s a lv a je de
la boca. L le v an los cabellos reu n id o s en dos la rg a s tre n ­
zas. No se p in ta n el cutis, ni conocen otros o rn am e n to s en
su e x tre m a po b reza (pie co lla re s y b ra z a le te s hechos de
conchas, huesos de p á ja ro s y sem illas. H om bres y m u je ­
res son de cu erp o m u y m usculoso, pero carnoso y de fo r­
m as re d o n d e a d a s. Es su p e rfin o a ñ a d ir q u e n in g ú n in d i­
viduo lie visto con u n a d e fo rm id a d n a tu r a l; y lo p ropio
d iré de tan to s m iles de C aribes, M uiscas, in d io s m e x ic a ­
nos y p e ru a n o s que d u ra n te cinco años hem os observado.
Esas d e fo rm ac io n es del cu erpo, esas desviaciones, son in ­
fin ita m e n te r a r a s en c ie rta s ra z a s h u m a n a s, m á x im e en los
pueblos que tien en el sistem a dérm ico fu e rte m e n te colo­
reado. Ño puedo c re e r q u e d e p e n d a n ú n ic a m e n te del
progreso de la civilización, de la m olicie de la vida, de la
c o rru p c ió n de las costum bres. En E u ro p a u n a m u ch a c h a
g ib ad a o feísim a se casa al te n e r fo rtu n a , y los h ijo s h e ­
re d a n a m en u d o la d e fo rm id a d de la m a d re . E n el es­
tado sa lv a je , q u e es estado de ig u a ld a d , n a d a p u e d e in ­
d u c ir a los h om bres a u n irse con u n a m u je r c o n tra h ec h a
o de u n a s a lu d su m a m e n te d e lic ad a . Si ella tuvo la ra ra
d ich a de lle g a r a la e d a d a d u lta , si resistió a los riesgos
de u n a v id a in q u ie ta y a g ita d a, m o rirá sin h ijo s. Se
c re e rá tal vez que los s a lv a je s todos a p a re c e n bien hechos
y vigorosos p o rq u e los h ijo s en d eb les p e re c e n en e d a d tem ­
p ra n a p o r fa lta de cuidados, y po rq u e los m á s vigorosos
son los únicos en so b re v iv ir; p ero estas m ism as causas
no p u e d e n o b ra r en los in d io s de las m isiones, que tienen
las co stu m b res de n u estro s cam pesinos, en los m exicanos
de C holula y T la sc a la , que gozan de u n a riq u e z a q u e les
fu é tra s m itid a p o r a n te p a sad o s m ás civilizados q u e ellos.
Si en todos los estados de la c u ltu ra m a n ifie sta la raz a
cobriza esa m ism a in fle x ib ilid a d , esa m ism a resisten cia a
la desviación de un tipo p rim itiv o , ¿110 nos vem os obli­
gados a a d m itir (pie esa p ro p ie d a d d e p e n d e en g ra n p a r ­
te de la o rganización h e re d ita ria , de a q u e lla que cons­
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 173

tituye la ra z a ? E n g ra n p a rte , digo a d re d e , p a r a no


e x c iu ir p o r e n te ro la in flu e n c ia de la civilización. D eb i­
litando el lu jo y la m olicie en el h o m b re cobrizo com o en
el b lan co su co n stitu ció n física, h a b ía n hecho en otro
tiem po m á s com unes las d e fo rm id a d e s en el Cuzco y en
T e n o c h titlá n ; p ero 110 es e n tre los m ex ican o s de hoy, la ­
b ra d o re s todos, q u e viven con la m a y o r sencillez de cos­
tum bres e n tre q u ien es h a b ría e n c o n tra d o M octezum a
los en an o s y jo ro b a d o s que en su com ida vió p resen tes
B ernal D íaz (14).
L a c o stu m b re de casarse m u y jó v en e s no es de n in ­
gún m odo c o n tra ria a la población, según el testim onio
de los religiosos. E sta n u b ilid a d precoz consiste en la
raz a y 110 en la in flu e n c ia de u n clim a excesivam ente
cálido: v u elv e a h a lla rs e en la costa N oreste de la A m é­
rica, e n tre los e sq u im ales; y en el Asia e n tre los k a m c h a -
dales y K oroekas, donde n iñ a s de diez años se h acen a m e ­
nudo m ad re s. Q uizá p u e d a a d m ir a r q u e n u n c a se a lte re n
el tiem po de la gestación, y la d u ra c ió n del em b arazo , en
estado de sa lu d , en n in g u n a ra z a y b a jo n in g ú n clim a.
Los C h a im a s casi no tien en b a rb a s en el m en tó n , lo
m ism o q u e los T u n g u sas y o tro s pueblos de ra z a m ongo­
la. A rrá n c a n se los pocos pelos que les sa le n ; p ero no es
exacto d e c ir p o r lo g en eral q u e no tien en b a rb a s, ú n ic a ­
m ente p o rq u e se las a rra n c a n . In d e p e n d ie n te m e n te de
este uso, la m a y o r p a rte de los in d íg e n a s se ría n to d av ía
m ás o m enos im b erb es (15). Digo la m a y o r p a rte , p o r­
tille existen gentíos que a p a re c ie n d o com o aislados e n tre
los otros, son por eso m ás dignos de lla m a r n u e s tra a te n ­
ción. T a le s son, en la A m érica del N orte, los C hippew ays,

(14) Bernal Díaz, Hist. verd. de la Nueva España, 1630, c.


91, p. 68.
(15) Nunca hubiera habido disentimiento entre los fisiologis-
tas sobre la existencia de la barba en los americanos, si se hubiese
tomado en cuenta lo que los primeros historiadores del descubrimien­
to de América habían escrito sobre esta cuestión; por ejemplo, Pi-
gafetta, en 1519, en su Diario, conservado en la biblioteca Ambrosia­
na de Milán y publicado en 1800 por el Sr. Amoretti, p. 18; Benzoni,
Hist. del Mondo Nuovo, 1572, p. 35 Bembo, Hist. Venet., 1557, p 86.
174 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

e n tre los 60° y 65° de la titu d N orte, v isitad o s p o r M acken­


zie, y los Y abipais (16) c e rca de las ru in a s toltecas del
M oqui, de espesa b a rb a ; en la A m érica del S ur, los P a ­
tagones y los G u aran íes. H á lla n se in d iv id u o s e n tre estos
últim o s que tien en vello a ú n en el pecho. C u ando los
C haim as, en lu g a r de a rra n c a rs e la poca b a rb a q u e tie ­
n en en el m en tó n , p ru e b a n a a fe ita rse con frecu en cia,
b ró ta le s la b a rb a . He visto p ra c tic a r esta e x p e rien c ia
con éxito a indios jó v en e s q u e a y u d a b a n a d e c ir m isa, y
que a n h e la b a n p a re c e rse a los p a d re s cap u ch in o s, sus
m isio n ero s y am os. La g ran m a sa del pu eb lo conserva
ta n ta a n tip a tía c o n tra las b a rb a s, com o las tien en en ho­
n o r los o rien tales. E sta a n tip a tía d e riv a de ig u a l fu en te
que la p red ilecció n p o r las fre n te s c h a ta s, q u e de u n a m a ­
n e ra tan e x tra v a g a n te se m a n ifie s ta en la re p re se n ta c ió n
de las d iv in id a d e s y h éro es aztecas. Los pueblos fin can
la id ea de la belleza en todo lo que p a rtic u la rm e n te c a ra c ­
teriza su con fo rm ació n física, su fiso n o m ía n a c io n a l (17).
R esulta de ello q u e si la n a tu ra le z a les h a concedido m uy
pocas b a rb a s, o una fre n te an gosta, o la tez rojo-
p a rd u sc a , cad a in d iv id u o se cree tanto m á s herm oso
cu an to m ás desprovisto está su cu e rp o de pelo, o m ás
a p la s ta d a es su cabeza, o m ás u n ta d a está su piel con
onoto o chica, o c u a lq u ie r otro color rojo-cobrizo.
De la m ay o r u n ifo rm id a d es la v id a de los C h aim as:
se a c u e sta n m u y p o r lo re g u la r a las siete de la noche, y se
le v a n ta n m u ch o an tes de se r de d ía, a las c u a tro y m ed ia
d e la m a ñ a n a . C ada indio m a n tie n e fuego cerca de su h a ­
m aca. L as m u je re s son ta n frio le n tas, que las he visto tiri­
ta r en la iglesia cu ando el term ó m e tro c e n tíg ra d o no b a ­
ja b a de 18°. E l in te rio r de las c a b a ñ a s de los indios es su­
m a m e n te lim pio. Sus h am acas, sus esteras, sus ollas p a ra
c o n te n e r yuca o m aíz ferm en tad o s, sus arco s y sus fle ­
chas, todo está colocado con el m ay o r o rd en . H om bres

(16) Humboldt, Nouv. Esp., t. II, p. 410.


(17) De esa manera exageraban los griegos en sus más her­
mosas estatuas la forma de la frente realzando desmedidamente la
línea facial (Cuvier, A nat. comp., t. II, p. 6. Humboldt, Monum.
A mér., t. I, p. 158).
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 175

y m u jeres se bañan todos los días; y como casi constan­


tem ente están desnudos, no se ve en ellos esa sordidez de
que son causa p rin cip al los vestidos en el pueblo b ajo de
los países fríos. A dem ás de la casa del pueblo, poseen
generalm ente en sus conucos, cerca de algún m an an tial
o a la en tra d a de alguna q u eb rad a bien solitaria, una re ­
ducida cabaña techada con h o ja s de p alm era o ban an ero ;
y aunque viven con m enor com odidad en el conuco, bus­
can cómo retirarse allí tan a m enudo como lo puedan. Ya
arrib a hem os hablado de ese deseo irresistible de evitar
la sociedad y restituirse a la vida salvaje. Los hijo s m ás
jóvenes abandonan a veces a sus p ad res y vagan por
cuatro o cinco días en las selvas, nutriéndose con fru ­
tas, col de p alm a y raíces. V iajando por las m isiones no
es ra ro h a lla r casi desiertas las aldeas, por estar sus h a ­
bitantes en sus sem enteras o en las selvas, en el monte.
En los pueblos civilizados la pasión por la caza obedece
quizá en p arte a esos mismos sentim ientos, al encanto
de la soledad, al deseo innato por la independencia, a la
profunda im presión cpie d eja la n atu raleza dondequie­
ra que el hom bre se ve solitario en contacto con ella.
E ntre los Chaim as, como entre todos los pueblos sem i­
bárbaros, las m u jeres se h allan en un estado de p riv a­
ciones y sufrim ientos. Los m ás duros trab a jo s son su p a­
trimonio. Cuando vimos a los Chaim as volver por la ta r­
de de sus sem enteras, 110 llevaba el hom bre nad a m ás que
su machete con el que se ab re cam ino en la m aleza. La
m u jer iba agobiada con un gran bulto de bananos: tenía
un niño en sus brazos, y otros dos se acom odaban a veces
sobre la carga. A pesar de esta desigualdad de condi­
ción, las m u jeres de los indios de la A m érica m eridional
me h an parecido en general m ás afortunadas que las de
los salvajes del Norte. E ntre los m ontes Alleghanys y el
Missisipí, dondequiera que los indígenas no viven en gran
parte de la caza, son las m u jeres las que cultivan el maíz,
las habas y las calabazas: los hom bres no tienen parte
alguna en la labranza. En la zona tó rrid a son sum am en­
te raro s los pueblos cazadores, y en las misiones trab a jan
los hom bres al igual de las m ujeres.
17G A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Es incom parable la d ificultad con que ap ren d en los


indios el español: les repugna, m ien tras tanto que, a le ja ­
dos de los blancos, no am bicionan ser llam ados indios ci­
vilizados, o como se dice en las m isiones, indios m u y ladi­
nos. Pero lo que m ás me ha m aravillado, 110 sólo entre los
Chaim as sino en todas las m ás recónditas m isiones que
de seguidas visité, es la sum a d ificultad que experim en­
tan los indios p a ra co o rd in ar y ex p resar las m ás senci­
llas ideas en español, aún cuando se den perfectam ente
cuenta del valor de los vocablos y del giro de las frases.
Se les achacaría una im becilidad de espíritu, que ni aún
es la de la infancia, cuando 1111 blanco les interroga sobre
objetos que desde su cuna tienen sobre sí. Los m isioneros
aseguran que tal em barazo no es efecto de la timidez, y
que en los indios que d iariam en te frecu en tan la casa del
m isionero y que ordenan las obras públicas no se debe a
una estupidez n atu ra l, sino al obstáculo que encuentran
en el m ecanism o de una lengua tan d iferen te de sus len­
guas nativas. Cuanto m ás alejad o está el hom bre de la
cultura, ta n ta m ayo r tirantez o inflexibilidad m oral po­
see. No debe, pues, ad m ira r que en el indio aislado de
las m isiones se encuentren obstáculos que ignoran los que
h abitan en una m ism a p arro q u ia con los mestizos, m ula­
tos y blancos de las cercanías de las ciudades. A m enudo
me ha sorprendido la volubilidad con que el alcalde, el
gobernador y el sargento m a y o r aren g ab an en Caripe
d u ran te horas enteras a los indios congregados d elante de
la iglesia: arreglab an los trab a jo s de la sem ana, rep ren ­
dían a los poltrones y am enazaban a los indóciles. Estos
capitanes que tam bién son de raza chaim a y que trasm i­
ten las órdenes del misionero, hablan entonces todos a un
tiempo, en voz alta, con señaladas entonaciones, casi sin
gesto alguno. Las facciones de su faz perm anecen in­
móviles, sus m iradas son severas e im periosas.
Esos mismos hom bres que prom etían vivacidad de
espíritu y que poseían bastante bien el español, ya no po­
dían enlazar sus ideas cuando nos acom pañaban en nues­
tras excursiones por los aledaños del convento y les ha­
cíamos dirigir preguntas por medio de los m onjes. Ha-
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINO CCIALES 177

cíaseles a firm a r o neg ar cuanto se q u ería; y la indolen­


cia, ju n to con esa astuta u rb an id ad que el indio m enos
culto 110 desconoce, les persu ad ía a veces a d a r a sus con­
testaciones el giro que p arecía indicado por n u estras p re ­
guntas. N unca estarán bastante prevenidos los via­
jeros contra esos oficiosos asentim ientos cuando quie­
ren basarse en el testim onio de los nativos. P a ra poner
a prueba un alcalde indio, le pregunté un día “si 110 creía
que el riachuelo de Caripe que sale de la cueva del G uá­
charo vuelve a e n tra r por el lado opuesto al través de una
abertura ignorada, subiendo por la cuesta de la m o n ta­
ña”. H abiendo ap aren tad o reflex io n ar dijo, p ara apo­
yar mi sistem a: “¿Cómo, adem ás, sin eso h ab ría siem pre
agua en el cauce del río saliendo de la cav ern a?”.
Tienen los Chaim as sum a dificultad p a ra enterarse
de cuanto concierne a relaciones num éricas. No hallé
uno solo a quien se le hu b iera hecho decir que tenía 18
ó 60 años. El Sr. M arsden ha observado lo m ism o entre
los Malayos de Sum atra, bien que tengan m ás de cinco
siglos de civilización. La lengua chaim a contiene voces
que expresan núm eros bastante elevados, em pero pocos
indios saben em plearlas; y como, por sus relaciones con
los misioneros, han visto que las necesitan, los m ás in te­
ligentes cuentan en castellano hasta 30 ó 50, con un sem ­
blante que anuncia un gran esfuerzo de sus espíritus.
Esos mismos hom bres no cuentan en lengua chaim a m ás
allá de 5 ó 6. N atural es que em pleen de preferencia
las voces de una lengua en que se les ha enseñado la se­
rie de las unidades y las decenas. Desde cuando los sa­
bios de E uropa no desdeñan estu d iar la estru ctu ra de los
idiomas de A mérica, como se estudia la estru ctu ra de las
lenguas semíticas, del griego y del latín, ya no se atrib u ­
ye a im perfección de lenguaje lo que pertenece a la tos­
quedad de los pueblos. Obsérvase que en casi todas p a r­
tes tienen los idiom as m ás riquezas, m atices m ás finos,
de los que hubiera de suponerse según el estado de incul­
tura de los pueblos que los hablan. Bien lejos estoy de
pretender colocar en igual nivel las lenguas del Nuevo
Mundo con las m ás herm osas de Asia y E uropa; pero n in ­
12
178 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

guna de éstas tiene un sistem a de num eración m ás neto,


reg u lar y sencillo que el qu ich u a y el azteca, que se h a­
blaban en los grandes im perios del Cuzco y A nahuac.
A hora, ¿sería lícito decir que en esas lenguas no se cuenta
basta m ás de cuatro, porque en las villas donde se han
conservado entre pobres lab rad o res de raza p eru an a o
m exicana se h allan individuos que no saben llev ar más
adelante la num eración? La opinión extrav ag an te de
que m uchos pueblos am ericanos solam ente cuentan bas­
ta 5, 10 ó 20, ha sido p ro p alad a por v iajero s que ig­
noraban que conform e al genio de diferentes idiom as, el
hom bre se fija b ajo todo clim a en grupos de 5, 10 ó 20
unidades (o sea en los dedos de u n a m ano, o de las dos
m anos o de las m anos y los pies) y que 6, 13 ó 20, se ex­
presan diversam ente por cinco-uno, diez-tres, y pie-diez
(18). ¿Se dirá que los núm eros de los europeos no pasan
de diez, porque nos interrum pim os al fo rm a r un grupo de
diez unidades?
La estru ctu ra de las lenguas am ericanas es tan opues­
ta a la de las lenguas d eriv ad as del latín, que los jesuítas,
que h ab ían exam inado a fondo cuanto pudiese contribuir
al ensanche de sus establecim ientos, intro d u cían en tre los
neófitos, en vez del español, algunas lenguas indígenas
m uy ricas, regulares y difundidas, como el quichua y el
guaraní. T ratab an de su stitu ir estas lenguas a idiom as
m ás pobres, m ás toscos, m ás irreg u lares en su sintaxis.
Esta sustitución era m uy cómoda, pues que los indios de
las diferentes tribus se p restab an a ello con docilidad,
y entonces esas lenguas am ericanas generalizadas cons­
tituyeron un m edio fácil de com unicación entre los m i­
sioneros y los neófitos. Sería sinrazón creer que la pre­
ferencia dada a la lengua de los Incas sobre el castellano
no tenía otro fin que aislar las misiones y sustraerlas a la
influencia de las potencias rivales, los obispos y los go-

(18) Véanse mis M on um en ts a m érica in s, vol. II, pp. 229-237. Los


salvajes, para facilitar su modo de expresar grandes números, tie­
nen la costumbre de form ar grupos de 5, de 10, ó de 20 granos
de maíz, según que cuenten en sus lenguas por péntadas, décadas
o icósiadas.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 179

bernantes civiles; porque los jesu ítas tenían aún m ás


otros m otivos independientes de su política p ara q u erer
generalizar ciertas lenguas indígenas. E n contraban en
estas lenguas un lazo com ún y fácil de poner entre h o r­
das num erosas, que h ab ían quedado aisladas, enem ista­
das unas con otras y sep arad as por la diversidad de los
idiomas; porque corriendo varios siglos en los países in ­
cultos, los dialectos asum en a m enudo la form a o por lo
menos la apariencia de lenguas m atrices.
Cuando se dice que un danés ap ren d e el alem án, y
un español el italiano o el latín con m ayor facilidad que
cualquiera o tra lengua, se juzga desde luego que esa fa ­
cilidad resulta de la identidad de gran núm ero de raíces
comunes a todas las lenguas germ ánicas y a las de la E u­
ropa la tin a; y se olvida que a p a r de esta sem ejanza de
sonidos h ay otra que obra m ás poderosam ente en los pue­
blos de com ún origen. La lengua no es el resultado de
una convención a rb itra ria : el m ecanism o de las flexio­
nes, las form as gram aticales, la posibilidad de las inver­
siones, todo deriva de nuestro interior, de n uestra orga­
nización individual. H ay en el hom bre un principio ins­
tintivo y regulador, diversam ente m odificado en los pue­
blos que no son de una m ism a raza. Un clima m ás o m e­
nos áspero, la m orada en las gargantas de las m ontañas
o en las riberas del m ar, los hábitos en el vivir, pueden
alterar los sonidos, hacer inconcebible la identidad de
las raíces y m ultip licar el núm ero de ellas; pero todas es­
tas causas no afectan lo que constituye la estru ctu ra y el
mecanismo de las lenguas. La influencia del clim a y de
los agentes exteriores desaparece ante la que depende de
la raza, del conjunto h ereditario de disposiciones indivi­
duales del hom bre.
Ahora bien, en la A m érica, y este resultado de las
más m odernas investigaciones es infinitam ente notable
para la historia de n u estra especie (19), en A m érica
desde el país de los Esquim ales hasta las riberas del Ori-

(19) Vater, en el M ithridates, t. HI, secc. II, pp. 385-409. Id.


B evölkerung von A m érica, p. 207.
180 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ñoco, y desde estas ardientes rib eras hasta los hielos del
estrecho de M agallanes, h ay lenguas m atrices del todo
diferentes por sus raíces que tienen, p o r decirlo así,
idéntica fisonom ía. Se reconocen significativas analo­
gías de estru ctu ra gram atical, no solam ente en lenguas
perfeccionadas como la lengua de los Incas, el aim ará, el
guaraní, el m exicano y el cora, sino tam bién en lenguas
enteram ente toscas. Idiom as cuyas raíces no se asem e­
ja n m ás que las del eslavo y el vascuence, poseen esas se­
m ejanzas de m ecanism o in terio r que se h allan en el
sánscrito, el persa, el griego y las lenguas germ ánicas.
En casi todas las partes del Nuevo M undo se verifica una
m ultiplicidad de form as y de tiem pos en el verbo, u n a in­
dustria artificiosa p a ra in d icar de antem ano, sea por la
flexión de los pronom bres personales que fo rm an la de­
sinencia de los verbos, sea p o r un suffixum intercalado, la
n atu ra leza y relaciones del régim en y el sujeto, y para
distinguir si el régim en es anim ado o inanim ado, de gé­
nero m asculino o fem enino, único o de núm ero complexo
(20). A causa de esta analogía general de estru ctu ra y
porque ciertas lenguas am ericanas en las que voz alguna
es com ún (por ejem plo el m exicano y el q u ich u a), se
asem ejan entre sí por su organización y enteram ente

(20) En el groenlandés, por ejemplo, la multiplicidad de los


re g ím e n e s -p ro n o m b re s produce veintisiete formas p ara cada tiempo
del indicativo del verbo. Admira encontrar en pueblos hoy colo­
cados en el m ás bajo nivel de la civilización, esa necesidad de g ra­
duar las relaciones de los tiempos, esa superabundancia de modifica­
ciones prestadas al verbo p ara caracterizar el régimen. M a t ta r p a
él lo quita; m a t t a r p e t tu lo quitas; m a t t a r p a t i t él te quita; m a t ta r -
p a g it yo te quito. Y en el pretérito del mismo verbo: m a t t a r a él
lo quitó; m a t t a r a t i t el te quitó. Este ejemplo, tomado del groen­
landés, puede servir para dem ostrar cómo se incorporan el régimen
y el pronombre personal, en las lenguas americanas, con la radical
del verbo. Tales matices en la form a del verbo, según la natura­
leza de los regímenes-pronombres, no se hallan en el viejo mundo
sino en el vascuence y el congoleño. (Vater, Mithr., t. III, secc. I,
p. 218; secc. II, p. 386; secc. III, p. 442. Guillermo de Humboldt,
De la la n g u s basque, p. 58). E x trañ a conformidad por lo que hace
a la estructura de las lenguas en tan apartados puntos y entre tres
razas hum anas tan diferentes, los cántabros blancos, los congo­
leños negros y los americanos cobrizos!
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 181

contrastan con las lenguas de la E uropa latina, el indio


de las m isiones se fam iliariza m ás cóm odam ente con un
idioma am ericano que con el de la m etrópoli. He visto
en las selvas del Orinoco los indios m ás em brutecidos
hablar dos o tres lenguas. Gente salv aje de diferentes
naciones se com unica a m enudo sus ideas m ed ian te un
idioma que no sea el de ellas.
Si se h u b ie ra seguido el sistem a de los jesuitas, cier­
tas lenguas que ya ocupan vastas extensiones del país
se habrían hecho casi generales. En la T ierra F irm e y en
el Orinoco hoy no se h ab laría sino el caribe y el tam ana-
co; en el S ur y el Suroeste, el quichua, el g u aran í, el
omagua, y el araucano. A propiándose esas lenguas,
cuyas form as gram aticales son regularísim as y casi tan
fijas como las del griego y el sánscrito, los m isioneros se
pondrían en tratos m ás íntim os con los indígenas que go­
biernan. Junto con la confusión de los idiom as, d esap are­
cerían las dificultades sin cuento con que se tropieza en
el régim en de las misiones form adas por una decena de
naciones. Las que están poco generalizadas vendrían a ser
lenguas m u ertas; pero el indio conservaría su in d iv id u a­
lidad, su fisonom ía nacional, conservando un idiom a
am ericano. Se re m a taría así p o r vías pacíficas lo que
comenzaron a establecer por la fuerza de las arm as esos
Incas tan famosos que dieron el p rim er ejem plo de fa n a ­
tismo religioso en el Nuevo Mundo.
¿Cómo espantarse, en efecto, del poco adelanto que
hacen los Chaim as, los Caribes, los Sálivas o los Otoma-
cos en el conocim iento de la lengua española, cuando se
tiene en cuenta que un hom bre blanco, un solo m isione­
ro, se encuentra aislado en medio de quinientos o seis­
cientos indios, y que le cueste trab ajo p re p a ra r entre
ellos un G obernador, un Alcalde, o un Fiscal, que pueda
servirle de in térp rete ? Si se lograse su stitu ir al régim en
de los m isioneros otro medio de civilización, o m e jo r di­
gamos de m odelación de las costum bres (porque el indio
reducido posee costum bres menos b árb aras, sin poseer
mayores luces); si en lugar de a le ja r los blancos se p u ­
diese m ezclarlos aun con los indígenas recientem ente re-
182 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

unidos en los pueblos, los idiom as am ericanos serían


pronto reem plazados por las lenguas de E uropa, y los n a ­
turales recibirían en estas lenguas la gran m asa de nue­
vas ideas que son el fruto de la civilización. Desde ese mo­
m ento la introducción de las lenguas generales como la
de los Incas o el g u aran í sería sin duda inútil. Pero des­
pués de h ab er vivido por tan largo tiem po en las misiones
de la A m érica m eridional, después de h ab er visto tan de
inm ediato las v en tajas y los abusos del régim en de los
m isioneros, m e será perm itido d u d a r que sea fácil aban­
do n ar ese régim en, que es m u y susceptible de perfeccio­
nam iento, y que ofrece un m edio p rep arato rio p a ra otro
m ás conform e con nuestras ideas de lib ertad civil. Se
me o b je tará que los rom anos h ab ían logrado introducir
ráp id am en te su lengua con su dom inación en las Galias,
en la Bética y en la provincia de A frica (21); pero los
pueblos indígenas de este país no eran salvajes. H abi­
taban en ciudades; conocían el uso de la p lata; tenían
instituciones que indican un estado de cu ltu ra m uy av an ­
zado. El incentivo del com ercio y u n a larga p erm anen­
cia en las legiones rom anas los hab ían puesto en contac­
to con los vencedores. Vemos por el contrario que la in­
troducción de las lenguas de la m etrópoli ha hallado obs­
táculos casi insuperables dondequiera que las colonias
cartaginesas, griegas o rom anas se lian establecido en
costas del todo b árb aras. En todos los siglos y en todos
los clim as el prim er m ovim iento del hom bre salvaje es
huirle al hom bre civilizado.

(21) Creo que es preciso buscar en el carácter de los ind


genas y el estado de su civilización, y no en la estructura de su
lengua, la causa de esa rápida introducción del latín en las Galias.
Las naciones celtas, de cabellos oscuros, diferían ciertam ente de la
raza de las naciones germ ánicas de cabellos rubios; y aunque la
casta de los Druidas recuerda una de las instituciones del Ganges,
no por eso está probado que el idioma de los Celtas pertenezca, co­
mo el de los pueblos de Odin, a la ram a de lenguas indo-pelásgicas.
Por analogía de estructura y por analogía de raíces, el latín debió
haber penetrado allende el Danubio más fácilmente que en las Ga­
lias; pero el estado de incultura unido a una gran inflexibilidad
moral se oponía sin duda a aquella introducción en los pueblos ger­
mánicos.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 183

La lengua de los indios C haim as m e h a parecido m e­


nos agradable al oído que el caribe, el saliva y otras len­
guas del Orinoco. Posee en lo p rin cip al m enos term in a­
ciones sonoras en vocales acentuadas. L lam a la aten ­
ción el frecuente rep etir de las sílabas guaz, ez, puec, y
pur. Presto verem os que estas desinencias provienen en
parte de la flexión del verbo “ser”, y de ciertas preposi­
ciones que se añaden al fin de los vocablos y que, con­
forme al genio de los idiom as am ericanos, se incorporan
con aquellos. Sin razón se atrib u iría esa aspereza en los
sonidos a la perm anencia de los C haim as en las m ontañas.
No se avienen ellos a este clim a tem plado. Allí los han
conducido los misioneros, y se sabe que los Chaim as, co­
mo todos los habitantes de las regiones cálidas, tenían
horror al principio a lo que llam ab an el frío de Caripe.
D urante nuestra perm anencia en el hospicio de los ca­
puchinos, me ocupé en unión del Sr. B onpland en fo rm ar
un pequeño catálogo de voces chaim as. No ignoro que
las lenguas se caracterizan m ucho m e jo r por su estruc­
tura y sus form as gram aticales que por la analogía de
los sonidos y las raíces, y que esta analogía de los soni­
dos se hace en ocasiones incognocible en los diferentes d ia­
lectos de una m ism a lengua; porque las tribus en las que
se divide una nación designan a m enudo los mism os ob­
jetos con voces en absoluto heterogéneas. De ahí resu l­
ta que se cae fácilm ente en erro r si, descuidando el estu­
dio de las flexiones y sólo consultando las raíces, por
ejem plo las voces que designan la luna, el cielo, el agua
y la tierra, se juzga sobre la diferencia absoluta de dos
idiomas únicam ente según la desem ejanza de los soni­
dos. Aún conociendo esta fuente de error, pienso que los
viajeros han de continuar reuniendo los m ateriales que
la situación de ellos pueda proporcionarles. Si no pue­
den conocer la estructura in terio r y la disposición gene­
ral del edificio, d arán a conocer aisladam ente algunas
porciones im portantes de este. Los catálogos de p ala­
bras no son p a ra descuidarse, pues hasta algo nos ense­
ñan sobre el carácter esencial de un idiom a, si el via­
jero ha recogido frases que m uestren la flexión del ver-
184 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

bo y el m odo tan diferente de designar los pronom bres


personales y posesivos.
Las tres lenguas m ás difundidas en las provincias de
C um aná y B arcelona son hoy el chaim a, el cum anagoto y
el caribe. H an sido constantem ente m irad as en estos
países como idiom as diferentes, y cada u n a de ellas tie­
ne su diccionario, com puesto p ara el uso de las m isio­
nes por los P ad res Tauste, Ruiz Blanco y Breton. El Vo­
cabulario y arte de la lengua de los indios Chaimas se ha
hecho sum am ente raro. Los pocos ejem p lares de g ra­
m áticas am ericanas, im presos en su m ayor p arte en el
siglo XVII, h an pasado a las m isiones y se han perdido en
las selvas. La hum edad del aire y la voracidad de los
insectos (los term itas, tan conocidos en la A m érica es­
pañola con el nom bre de Comegén) hacen que la conser­
vación de los libros sea casi im posible en estas ab rasa­
doras regiones. A p esar de las precauciones em pleadas,
se les halla destruidos en breve espacio de tiempo. Cos­
tóm e m ucho re u n ir en las m isiones y conventos gram á­
ticas de lenguas am ericanas, que en cuanto volví a E uro­
pa puse en m anos del Sr. Severino V ater, profesor y bi­
bliotecario en la universidad de K önigsberg: ellas le han
proporcionado m ateriales útiles p ara la g rande y herm o­
sa obra que h a com puesto sobre los idiom as del Nuevo
M undo (22). En aquel entonces olvidé copiar de mi dia­
rio y com unicar a este sabio lo que había recolectado so­
bre el chaim a; y como ni el P. Gilí, ni el abate Hervás
han hecho m ención de esta lengua, voy a exponer sucin­
tam ente aquí el resultado de m is investigaciones (23).
A la banda derecha del Orinoco, al Sureste de la m i­
sión de la E ncaram ad a, por los 7° y 7o 25' de latitu d y a
m ás de cien leguas de distancia de los Chaim as, m oran
los Tam anacos ( Tam anacu ), cuya lengua se divide en
varios dialectos. Esta nación, antaño m uy poderosa, es­
tá hoy reducida a unos cuantos y está sep arad a de las mon-

(22) Véase la nota A del Libro III (Apéndice).


(23) Véase, p ara mayores detalles, la nota B del Libro III
(Apéndice),
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 185

tañas de C aripe por el Orinoco, p o r las vastas estepas de


Caracas y C um aná, y, lo cual es una b a rre ra m ucho m ás
difícil de fran q u ear, por pueblos de origen caribe. A des­
pecho de este alejam iento y estos m últiples obstáculos, se
com prueba, exam inando la lengua de los Indios Chaim as,
que esta es u na ram a de la lengua tam anaoa. Los m isione­
ros m ás antiguos de Caripe no tienen conocim iento de es­
te resultado curioso, porque los capuchinos aragoneses
apenas frecuentan las playas m eridionales del Orinoco e
ignoran casi la existencia de los Tam anacos. Me he con­
vencido de la analogía del idiom a de este pueblo con el de
los indios C haim as m ucho tiem po después de m i regreso
a Europa, com parando los m ateriales que había recogido
con un epítom e de gram ática publicada en Italia por un
antiguo m isionero del Orinoco. Sin conocer a los Chaim as,
el abate Gilí había presentido que la lengua de los h ab i­
tantes de P aria debía tener relación con la tam anaca(24).
P robaré esta relación por los dos procedim ientos que
pueden d a r a conocer la analogía de los idiomas, quiero
decir, por la estru ctu ra gram atical y la identidad de voces

(24) Gili, S ag g io di sto ria a m e r ic a n a , t. III, p. 201. El Sr.


Vater ha enunciado también conjeturas muy fundadas sobre el en­
lace de las lenguas tam anacas y caribes con las que se hablan en
la costa Noreste de la América meridional (M ith rid a te s, t. III, sec.
II, pp. 654, 676). Debo advertir al lector que he escrito constante­
mente las voces de lenguas americanas según la ortografía espa­
ñola; de suerte que la u ha de ser pronunciada como ou en francés,
la ch como ts c h en alemán, etc. No habiendo hablado por gran
número de años otra lengua que la castellana, he anotado los soni­
dos según un mismo sistema de escritura, y tem ería hoy cambiar
el valor de los signos sustituyéndolos con otros igualmente im per­
fectos. Es uso bárbaro expresar, como la mayoría de las naciones
de Europa, sonidos muy sencillos y distintos por varias vocales o
por varias consonantes reunidas (ou, oo, a u g h , aw , ch, sch, ts c h ,
gh, ph, ts, d z ), cuando podría indicárseles por letras igualmente
sencillas. Qué caos el de esos vocabularios escritos según notacio­
nes inglesas, alemanas, francesas o españolas! El nuevo ensayo
que el ilustre auto r del Viaje a E gipto, el Sr. de Volney, pronto
va a publicar sobre el análisis de los sonidos hallados en diferentes
pueblos, y sobre la notación de tales sonidos mediante un siste­
ma uniforme, h ará hacer los mayores progresos al estudio de las
lenguas,
186 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

o raíces. He aquí desde luego los pronom bres persona­


les de los Chaim as, que al mism o tiem po son pronom bres
posesivos: u-re, yo, eu-re, tú ; teu-re él. En tam anaco:
u-re, yo; am are o an-ya, tú; iteu-ya, él. El rad ical de la
p rim era y tercera persona es en chaim a u y teu; y las m is­
m as raíces reap arecen entre los Tam anacos (25).
P

C h aim a Tam anaco

U re, yo. Ure.


T u n a , agua. T u n a.
Conopo, lluvia (26). Canepo.
P o tu r u , saber. P u tu r o .
A poto, fuego. U -ap to (en caribe, u a to ) .
N u n a, luna, mes (26). N u na.
Ye, árbol. Yeye.
A ta , casa. A ute.
E uy a, a tí. A u ya.
T o ya, a él Iteuya.
G uane, miel. Uane.
N a c a r a m a y r e , él dijo. N acaram ay.
Piache, médico, brujo. P sia c h e (P c h i a c h i) .
Tibin, uno. Obin (en yao, T e w in ).
Acó, dos. Oco (en caribe, Occo).
O roa, tres. O ru a (en caribe, O ro a).
P un , carne. P un u.
P r a , no (negación). P ra .
■ ------------------------------------------ .i

(25) No deben sorprender estas raíces reducidas a una sola


vocal. En una lengua del viejo continente, cuya estructura es tan
artificiosamente complicada, en el vascuence, el nombre patroními­
co U garte (entre las aguas) contiene la u de u r a (agua) y a r t e (en­
tre). La g se añade por eufonía. Guillermo de Humboldt, sobre
la len g u a vasca, p. 46.
(26) La misma palabra conopo significa lluvia y año. Se
cuentan los años por el número de inviernos, que es la estación de
las lluvias. En chaima como en sánscrito se dice t a n t a s lluvias,
para decir tantos años. En vascuence la voz u r t e a , año, se deriva
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 187

El verbo sustantivo “ser” se expresa en chaim a por


a z : añadiendo al verbo el pronom bre personal Yo (u, de
u-re), se pone por eufonía una g ante la u, como en guaz,
yo soy, propiam ente, g-u-ax. Como la p rim era persona
se reconoce por una u, la segunda se señala por una m,
y la tercera por una i: tú eres, m az; m u erepuec araqua-
pemaz, ¿p o r qué estás triste?, propiam ente, eso-por tris­
te tu ser; piinpuec topuchemaz, tú eres de cuerpo gordo,
propiam ente, carne (p u n ) por ( pu e c ) gordo ( topuche )
tú ser ( m a z ) . Los pronom bres posesivos preceden al sus­
tantivo: upatai, en m i casa, propiam ente, m i casa en.
Todas las preposiciones y la negación pra se incorporan
al fin como en el tam anaco. Se dice en chaim a: ipuec,
con él, propiam ente, él con; euya, a tí, o tú a; epaec char-
pe guaz, tú y yo estam os alegres, propiam ente, tú con ale­
gre yo ser; ucarepra, no como yo, propiam ente, yo-como
no; quenpotupra quoguaz, no lo conozco, propiam ente,
aquel conocer-no yo estoy; quenepra quoguaz, no lo he
visto, propiam ente, lo viendo 110 yo soy. Dícese en ta ­
m anaco: acurivane, bello, y acurivanepra, feo, no bello;
uotropa, no hay pescado, propiam ente, pez no; uteripi-
pra, no quiero ir, propiam ente, yo ir q u erer no, com pues­
to de iteri, ir, ipiri, querer, y pra, no (27). E ntre los Ca­
ribes, cuya lengua tam bién tiene relaciones con el tam a-

de u rten (p ro nd escere) echar hojas en la prim avera. En tamanaco


y en caribe, nono significa la tierra; n u n a la luna, como en chaima.
Esta relación me ha parecido bien curiosa; y así los indios del río
Caura dicen que la luna es o tr a t i e r r a . H állanse entre los salvajes,
en medio de tan tas ideas confusas, ciertas rem inisc enc ias bien
dignas de atención. E ntre los groenlandeses n u n a significa la tie­
rra; a n o n in g a t, la luna.
(27) En chaim a: utechire, iré también, propiamente, yo (u)
ir (la radical ¡te, o a causa de la vocal precedente,te) también (che-
re o e re o iré). En u tech ire vuélvese a encontrar el verbo tamanaco
“ir”, iteri, en el que ite es también la radical y ri la terminación
del infinitivo. P a ra probar que en chaima c h e re o ere indica el
adverbio “tam bién”, citaré, según el fragm ento de un vocabulario
que p o seo :u -ch ere yo también; n a c a r a m a y r e el también lo dice;
gu area zere llevaré también; c h a re c h e r e llevar también. En tama-
naco, c h a re ri significa llevar así como en chaima.
188 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

naco, bien que incom parablem ente m enos que el chaim a,


la negación se expresa con una m puesta antes del y er­
bo: am oyenlenganti, hace m ucho frío; m am oyenlengan-
ti, no hace m ucho frío. De una m a n era análoga, la p a r­
tícula m na añ ad id a al verbo tam anaco, no al fin, sino
por intercalación, le da un sentido negativo, como taro,
decir; taromnar, no decir.
E l verbo sustantivo “ser”, irreg u larísim o en todas las
lenguas, es az o ats en chaim a, y uochiri ( aac, uacha, en
com posición) en tam anaco. No solam ente sirve p ara
fo rm ar la pasiva, sino que tam bién se agrega incontes­
tablem ente, como por aglutinación, a la rad ic al de los
verbos atributivos en cierto núm ero de tiem pos (28).
Estas aglutinaciones recu erd an el uso que hace el sáns­
crito de los verbos auxiliares as y bhu ( asti y bhavati
(29); el latín de es y fu o fuo (30); el vascuence de izan,
ucan, y eguin. Ciertos puntos h ay en los que concurren
los idiom as m ás desem ejantes; y la com unidad que hay
en la organización intelectual del hom bre se re fle ja en
la estru ctu ra general de las lenguas, por lo que todo idio­
m a, por b árb aro que parezca, descubre un principio re ­
gulador que ha presidido en su form ación.
Indícase el plu ral en tam anaco de siete m aneras, se­
gún la term inación del sustantivo, o según que designe
un objeto anim ado o inanim ado (31). En chaim a se for-

(28) El presente tam anaco y a r e r - b a c - u r e no me parece otra


cosa que el verbo sustantivo bac, o u a c (de uokchiri, ser) añadido
a la radical y a re (en infinitivo y a re r i) llevar; de donde resulta:
llevando ser yo.
(29) En la ram a de las lenguas germánicas se halla de nuevo
bhu bajo las form as bin, b ist; y a s t bajo las form as vas, v a st, ve-
su m (Bopp, p. 138).
(30) De ahí, fu-ero, a m a v -iss e m , a m a v - e r a m , p o st-su m (pot-
s u m ).
(31) T a m a n a c u , un Tamanaco; plural T a m a n a k e m i ; Ponghe-
me, un español, propiamente, un hombre vestido; P o n g a m o , los es­
pañoles o los vestidos. El plural en kne caracteriza los objetos in­
animados; por ejemplo: chene, cosa; chenecne, las cosas; yeye, árbol;
yeyecne, los árboles.
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 189

ma el p lu ral como en caribe, en on (32): teure, él m is­


mo; teurecon, ellos m ism os; taronocon, los de aquí; mon-
taonocon, los de allí, suponiendo que el interlocutor h a ­
bla de un lu g ar en que se h allab a presente; miyonocon, los
de allá, suponiendo que el interlocutor indica un lugar
en que no se encontraba. Los Chaim as tienen tam bién
los adverbios castellanos aquí y allá, m atices que no po­
demos ex p resar sino por perífrasis en los idiom as de ori­
gen germ ánico y latino.
Algunos indios que sabían español nos aseguraron
que Zi.s no solam ente significaba el Sol, sino tam bién la
Divinidad. Lo cual me pareció tanto m ás ex tra o rd in a­
rio, cuanto se hallan en todas las dem ás naciones am e­
ricanas voces distintas p ara Dios y Sol. El Caribe 110 con­
funde a tamussicabo, “el viejo del cielo”, con veyu, el sol.
Aún el peruano, ad o rad o r del sol, se eleva a la idea de
un ser que regula el curso de los astros. El sol tiene en
la lengua de los Incas, casi como en sánscrito, el nom bre
de inti (33); m ientras que Dios es llam ado Vinay Huay-
na, el eternam ente joven (vinay, siem pre o eterno; huay-
na, en la flor de la edad).
En chaim a es el arreglo de las p alab ras tal como el
que se halla en todas las lenguas de entram bos continen­
tes que conservan cierta m anera de ju v entud. Colócase
el régim en antes del verbo, y el verbo antes del pronom ­
bre personal. El objeto en el que h a de fija rse p rin ci­
palmente la atención precede a todas sus m odificacio­
nes. El am ericano d iría: libertad entera querem os nos­
otros, en vez de: nosotros querem os en tera lib ertad ;
tú con dichoso estoy yo, en vez de yo estoy dichoso con-

(32) M ith rid ates , t. III, sec. II, p. 687.


(33) En quichua o lengua de los Incas. Sol, inti; amor, mu-
nay; grande, veypul. En sánscrito, sol, in d re ; amor, m a n y a ; g ran ­
de, vipulo. (Vater, M ithridates, t. III, p. 333). Son estos los úni­
cos ejemplos de analogía en los sonidos que h a sta aquí haya encon­
trado. El carácter de las gram áticas de am bas lenguas difiere
totalmente.
190 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tigo. H ay algo en cierto modo directo, firm e y dem ostra­


tivo en estos giros, cuya ingenuidad au m en ta con la au­
sencia del artículo. ¿H ab rá de adm itirse que con una
civilización avanzada, y abandonados a sí mismos, ha­
b rían m odificado estos pueblos poco a poco la disposi­
ción de sus frases? Mueve a ad o p tar esta idea el recor­
d a r las m udanzas que ha experim entado la sintaxis de
los rom anos en las lenguas precisas, claras, pero un poco
tím idas de la E uropa latina.
El chaim a, así como el tam anaco y la m ayor parte
de las lenguas am ericanas, carece en teram en te de ciertas
letras, tales como la f, la b, y la d. N inguna p alab ra em­
pieza por l. Igual observación se h a hecho sobre la len­
gua m exicana, aunque esta se h alla sobrecargada de las
sílabas tli, tía, e itl, al fin o en el m edio de las voces. El
chaim a sustituye la r a la /, sustitución que consiste en
un defecto de pronunciación tan com ún en todas las zo­
nas. La sustitución de la r por la / caracteriza, por ejem ­
plo, al dialecto basclnnurico de la lengua copta. De es­
ta m a n era los Caribes del Orinoco han sido tran sfo rm a­
dos en Galibís en la G uayana francesa, confundiendo la
r con la / y atenuando la c. De la voz española soldado
el T am anaco h a hecho choraro (choraru ). La desapa­
rición de la f y la b en tantos idiom as am ericanos se debe
al alcance íntim o de ciertos sonidos que se m anifiestan
en todas las lenguas de un mism o origen. Las letras f, v,
b, p, se h allan sustituidas entre sí; por ejem plo en persa
p e d e r father, p a te r: burader (de donde el alem án Bru-
d er con iguales consonantes) fra te r: behar, ver; en grie­
go phorton (forton), B ürde: pous, fouss. Asimismo en­
tre los am ericanos la f y b se hacen p, y la d se hace t.
El C haim a pronuncia patre, Tiós, Atani, aracapucha, por
padre, Dios, Adán, arcabuz.
A pesar de las afinidades que acabam os de indicar,
no creemos que se pueda m ira r la lengua de los Chaimas
como un dialecto del tam anaco, como lo son los tres dia­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 191

lectos m aitano, Cuchivero y crataim a. Existen m uchas


diferencias esenciales, y las (los lenguas me parecen a lo
sumo aproxim adas, como en el caso del alem án, el sue­
co y el inglés. P ertenecen a una m ism a subdivisión de
la gran fam ilia de las lenguas tam anacas, caribes y a ru a ­
cas. Como 110 hay una m edida absoluta de parentesco p a­
ra los idiom as, no pueden indicarse estos grados de
parentesco sino m ediante ejem plos tom ados de las len­
guas conocidas. Consideram os como de u n a m ism a fa ­
milia los que se aproxim an entre sí, como el griego, el
alemán, el persa y el sánscrito.
C om parando las lenguas, se ha creído descubrir qup
se dividen todas en dos clases, de las que las unas, m ás
perfectas en su organización, m ás cómodas y ráp id as en
sus movimientos, m u estran un desarrollo in terio r por
flexión, m ientras que las otras, m ás toscas y m enos sus­
ceptibles de perfeccionam iento, sólo presentan un con­
junto basto de pequeñas form as o p artícu las aglutinadas,
y cada una conservando la fisonom ía que le es propia
cuando se las em plea aisladam ente (34). Este m uy in ­
genioso modo de ver carecería de jlisteza si se supusiese
que existen idiom as polisilábicos sin flexión alguna, o
que los que se desarrollan orgánicam ente, como p o r gér­
menes interiores, no reconocen increm ento de fuera
por conducto de los snffixa y los affixa, increm ento que
ya hemos varias veces denom inado por aglutinación o por
incorporación (35). M uchas cosas que hoy nos parecen

(34) Véase la sabia obra del Sr. Federico Schlegel, S p ra c h e


und W eisheit d e r Indier, pp. 44-60.
(35) En el sánscrito mismo varios ti e m p o s se form an por
agregación: añádese el verbo sustantivo s e r a la radical, por ejem­
plo en el futuro primero. Asimismo hallamos en el griego m ach-
eso, si la s no es resultado de la flexión, y en latín p ot-ero (Bopp,
pp. 26-66). Esos son ejemplos de incorporaciones y aglutinaciones
en el sistem a gram atical de lenguas que con razón se citan como
modelos de un desarrollo interior por flexión. En el siste­
ma gram atical de los americanos, por ejemplo en los ta ­
manacos, ta r e k c h i, llevaré, se compone por igual modo de la ra-
192 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

flexiones de la rad ical lian sido quizá en su origen afijos


de que apenas han quedado una o dos consonantes. Su­
cede con las lenguas como con todo lo que es orgánico en
la n atu ra leza : n ad a está por com pleto aislado, ni es de­
sem ejante. C uanto m ás se p enetra en su estru ctu ra in­
terna, tanto m ás se desvanecen los contrastes, los carac­
teres decisivos. “D iríase que son como las nubes, cuyos
contornos parecen no ser bien definidos sino cuando se
las m ira desde lejos” (36).
Pero de no ad m itir un principio único y absoluto en
h clasificación de las lenguas, no por eso estaríam os m e­
nos de acuerdo en que, dado su actual estado, las unas
m uestran m ayor tendencia a la flexión, y las otras m ayor
tendencia a la agregación externa. Se sabe que a la pri­
m era división pertenecen las lenguas de la ram a india,
pelásgica y germ ánica, y a la segunda los idiom as am eri­
canos, el copto o antiguo egipcio, y hasta cierto punto,
las lenguas sem íticas y el vascuence. Lo poco que hemos
dado a conocer del idiom a de los C haim as de Caripe bas­
ta sin duda p a ra dem o strar esa tendencia constante ha­
cia la incorporación o agregación de ciertas form as que
es fácil separar, por m ás que, de acuerdo con un senti­
m iento de eufonía b astante refinado, se les haya hecho
perder algunas letras o se las haya acrecentado con al­
gunas otras. Estos afijos, al in crem en tar los vocablos,
indican las relaciones m ás v arias de núm ero, tiempo y
movimiento.
Reflexionando sobre la estru ctu ra p articu la r de las
lenguas am ericanas se cree descubrir el origen de esa

dical a r (infinit. y a re ri, llevar) y del verbo sustantivo ekchi (in-


finit. uokchiri, ser). Apenas existe en las lenguas am ericanas un
modo de agregación de que no se encuentre un ejemplo análogo en
alguna otra lengua que se suponga no se desarrolle sino por flexión.
(36) Guillermo de Humboldt, S u r les m o n o g r a p h ie s des la
gues, parágrafo 1, Id., S u r la lan g u e basque, pp. 43, 46, 50.
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 193

viejísim a opinión universalm ente d ifu n d id a en las m i­


siones, de que las lenguas am ericanas tienen analogía
con el hebreo y el vascuence. ¿H an sido causa de que
se establezca una teoría tan e x tra o rd in aria m otivos que
se cree interesen a la religión? H acia el N orte de la
América, entre los C hactas y los Chicasas, h an oído v ia­
jeros algo crédulos can tar el aleluya de los Hebreos (37),
como resuenan todavía en la India, según dicho de los
Panditas, las tres p alab ras sagradas de los m isterios de
Eleusis (konx om pax) (38). No sospecho que los pue­
blos de la E uropa latin a h ay an llam ado hebreo o vasco
cuanto tenga un raro talante, así como se llam aro n por
largo tiem po m onum entos egipcios los que no eran del
estilo griego o rom ano. Creo m ás bien que es el sistem a
gram atical de los idiom as am ericanos el que h a fo rtale­
cido a los m isioneros del siglo XVI en sus ideas sobre el
origen asiático de los pueblos del Nuevo Mundo. La fas­
tidiosa com pilación del P. García, Tratado del origen
de los indios, es una p ru eb a de ello (39). La posición de
los pronom bres posesivos y personales al fin del nom bre
y de los verbos, lo mismo que los tiem pos tan m últiples
de estos últim os, caracterizan el hebreo y otras lenguas
semíticas. Preocupóse el espíritu de algunos m isioneros
al encontrar esas m ism as gradaciones en las lenguas
am ericanas. Ignoraban que la analogía de varios rasgos
esparcidos no prueba que ciertas lenguas pertenezcan a
un mismo tronco.
Menos asombroso parece que los que no conocen bien
sino dos lenguas de un todo heterogéneas, el castellano y el
vascuence, hayan encontrado en este 1111 aire de fam ilia

(37) L’Escarbot, Charlevoix y aun Adair (H ist. of th e A m e ­


rican Indians, 1775, pp. 15-220).
(38) A siat. Res., t. V, p. 231. Cuvaroff, S u r les m y s te re s
d’Eleusis, 1816, pp. 27, 115.
(39) Lib. ni, cap. VII, parágrafo 3.
13
194 A L E J A N D R O DE H Ü M B Ó L D T

respecto de las lenguas am ericanas. Lo que ha podido


cau sar y en treten er esta ilusión es la com posición de las
p alabras, la facilidad con que se rep iten los elementos
parciales, como son las form as del verbo y las diversas
m odificaciones que experim enta según la n atu raleza del
régim en. Repetim os em pero que u n a tendencia igual ha­
cia la agregación o incorporación 110 constituye una iden­
tidad de origen. Véanse a continuación algunos ejem ­
plos de estas afinidades fisonómicas entre las lenguas
am ericanas y la lengua vasca, en tre idiom as que entera­
m ente difieren por sus raíces.
En chaim a: k e n potu pra kiioguaz, no conozco, pro­
piam ente no conocedor yo soy. En tam anaco: yurer-
uak-ure, portador soy, yo llevo; anarepra aichi, no llevará,
propiam ente, portad o r 110 será; patkurbe, bueno; patku-
tari, hacerse bueno; Tam anaku, 1111 T am anaco; tamana-
kutari, hacerse tam anaco; Pongheme, español; ponghem-
tari, españolizarse; tenetchi, veré; ten eikre volveré a ver;
teksha, voy; tekshare, vuelvo; m a ip u r butké, un indezue-
lo m a ip u re; aikabutké, una m u jerzu ela (40); maipuri-
taye, un feo indio m aip u re; aitakaye, u n a m u je r fea.
En vascuence: m aitetutendot, la quiero, propiam en­
te, am ante yo la tengo; beguia, el ojo y beguitsa, ver; ai-
tagana, hacia el p ad re; y añadiendo tú, se form a el ver­
bo aitaganatu, ir hacia el p ad re; ume-tasuna, ingenuidad
dulce y p u eril; um e-quería p u erilid ad desagradable (41).
A gregaré a estos ejem plos algunos com puestos des­
criptivos cpie recu erd an la infancia de los pueblos, y nos
interesan por cierta sencillez de expresión en las lenguas

(40) El diminutivo de m ujer (aica) o de Indio Maipure, se


form a añadiendo bu tké, que es la terminación de pequeño, cuyupu-
t k é ; ta y e corresponde al accio de los italianos.
(41) La terminación t a s u n a indica una buena cualidad; auería
la indica m ala y se deriva de eria, enfermedad (G. de Humboldt,
Basques, p. 40).
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 195

am ericanas al igual que en el vascuence. En tam anaco:


la avispa, uane-imu, o sea p ad re ( im -d e ) de la miel
(iiane ); los dedos del pie, ptari-mucuru, propiam ente, los
hijos del pie; los dedos de la m ano, am ña-m ukuru, los
hijos de la m ano; los hongos, yeye-panari, propiam ente,
orejas, ( pan ari ) del árbol ( yeye) ; las venas de la m ano,
amña-mitti, propiam ente, las raíces ram ificadas; las ho­
jas, prutpe-yareri, propiam ente, los cabellos de la copa
del árbol; m ediodía, puirene-weyu, p ropiam ente sol
(w e y u ) recto o p erp en d icu lar; centella, kinem eru -w ap-
tori, propiam ente el fuego (w apto) del trueno o de la
tem pestad. En kinemeru, trueno o tem pestad, descubro
la raíz kineme, negro. En vascuence; becoquia, la fren ­
te, lo perteneciente (co y quia) al ojo (b eq u ia ) ; odotsa,
el ruido (otsa) de nube ( odeia ) o sea trueno; arribicia,
el eco, propiam ente la piedra anim ada, de arria, piedra,
y bicia, la vida.
Los verbos chaim as y tam anacos tienen una enorm e
complicación de tiempos, dos presentes, cuatro pretéritos,
tres futuros. Esta m ultiplicidad es característica de las
lenguas am ericanas m ás toscas. De un m odo sem ejante
cuenta A starloa en el sistem a gram atical del vascuence
doscientas seis form as del verbo. Las lenguas en que la
tendencia principal es la flexión excitan la curiosidad del
vulgo menos que las que parecen form adas por agrega­
ción. En las prim eras ya no se reconocen los elementos
de que se com ponen las p alab ras y que por lo general
se reducen a algunas letras. Aislados estos elementos,
no tienen sentido alguno, que todo está asim ilado y fu n ­
dido en uno. P or lo contrario, las lenguas am ericanas
son como m áquinas com plicadas cuyos ro d ajes están de
manifiesto. Se reconoce el artificio, o bien diré, el m e­
canismo industrioso de su estructura. C reeríase asistir
a su form ación y asignaríaseles un origen recientísim o,
si no valiera reco rd ar que el espíritu hum ano sigue im ­
perturbablem ente una im pulsión dada, que los pueblos
agrandan, perfeccionan o rep aran el edificio gram atical
196 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

de sus lenguas conform e a un p lan de antem ano deter­


m inado, y que hay en fin países cuyo lenguaje, in stitu ­
ciones y artes son como estereotipos desde hace una luen­
ga serie de siglos.
H asta ahora el m ás alto grado de desenvolvim iento
intelectual se ha hallado en las naciones que pertenecen
a la ram a india y pelásgica. Las lenguas form adas p rin ­
cipalm ente por agregación parecen oponer por sí m ism as
obstáculos a la cu ltu ra; porque están en p arte desprovis­
tas de ese m ovim iento rápido, de esa vida in terio r que
favorece la flexión de las raíces, y que com unican tan ­
tos encantos a las obras de la im aginación. No olvide­
mos, sin em bargo, que un pueblo célebre desde la m ás
rem ota antigüedad, cuyas luces los mism os griegos se
adaptaron, hablaba quizá u n a lengua cuya estru ctu ra re ­
cuerda involuntariam en te la de las lenguas de América.
Qué an d am iaje de pequeñas form as m onosílabas o disí­
labas añadidas al verbo y al sustantivo en la lengua cop-
ta! El chaim a y el tam anaco, sem isalvajes como son,
tienen nom bres abstractos b astante breves p ara expresar
la grandeza, la envidia y la levedad cheictivate, uoite, y
uonde; pero en copto la voz m alicia, m etrepherpetou, es­
tá com puesta de cinco elem entos fáciles de distin g u ir:
significa la cualidad (m et) de un sujeto ( r e p h ) que hace
(er) cosa que es ( pet ) m al (óu). Con todo, la lengua
copta tuvo su literatu ra, como la lengua china, cuyas
raíces, lejos de ser agregadas, están ap en as aproxim adas
unas a otras sin contacto inm ediato. Convengam os en
que los pueblos, una vez que despiertan de su letargo,
y ya encam inados hacia la civilización, h allan en las len­
guas m ás extrañas el secreto de ex p resar con claridad
las concepciones del espíritu y p in ta r los m ovim ientos
del alm a. Un hom bre respetable que pereció en las san­
grientas revoluciones de Quito, Don Ju an de L arrea, h a ­
bía im itado con ingenua gracia algunos idilios de Teó-
crito en la lengua de los Incas; y m e h an asegurado que,
con excepción de los tratados de ciencia y filosofía, casi
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 197

no hay obra en la lite ra tu ra m oderna que no pueda ser


traducida en peruano (42).
Las intim as relaciones que se han establecido desde
la conquista entre los n atu rales y los españoles h an m oti­
vado que cierto núm ero de vocablos am ericanos h ay an
pasado a la lengua castellana. Algunos de estos (por
ejemplo, sabana, caníbal) no expresan cosas desconoci­
das antes del descubrim iento del Nuevo ¡Mundo, y apenas
nos recuerdan hoy su origen b árb aro . Casi todos p erte­
necen a la lengua de las A ntillas Mayores, antaño desig­
nada con el nom bre de lengua de H aití, de Q uizqueja,
o de Itis (43). Me lim itaré a citar las voces m aíz, tabaco,
canoa, batata, cacique, balsa, conuco, etc. Desde 1498,
cuando los españoles com enzaron a v isitar la T ie rra F ir­
me, ya tenían voces p ara designar los vegetales m ás ú ti­
les al hom bre, com unes a las A ntillas y a las costas de
Cumaná y de P a ria (44). No se contentaron con guar-

(42) Sobre la identidad incontestable del antiguo egipcio y el


copto, y sobre el sistem a particular de síntesis de esta últim a len­
gua, véanss las juiciosas reflexiones del Sr. Silvestre de Sacy, en
la Notice des R echerches de M. E tien ne Q u a tr e m e r e s u r la litté-
rature de l’E g y p te , pp. 18, 23.
(43) El nombre de Itis por Haití o Santo Domingo (española),
se halla en el Itin e ra riu m del obispo Geraldini (Roma, 1631, p. 206).
“Quum Colonus Itim insulam cerneret”.
(44) He aquí, en su verdadera forma, las voces tainas que han
pasado, desde fines del siglo XV, a la lengua castellana, una gran
parte de las cuales no deja de interesar a la botánica descriptiva:
ahí (Capsicum baccatum ), b a t a t a (Convolvulus B atata), bihao (He-
liconia Bihai), c a im ito (Chrysophyllum Caimito), c a h o b a (Swietenia
Mahagoni,), y uca y c a rab i (Jatropha Manihot; la voz c a sab i o cas-
save sólo se emplea para el pan hecho de las raíces de la Jatropha;
el nombre de la planta, y uca, fué también oído por Américo Vespu-
cio en las costas de P aria); a g e o a je s (Dioscorea alata), copei
(Clusia alba), g u a y a c á n (Cuajacum officinale), g u a y a b a (Psidium
pyriferum), g u a n á v a n o (Anona m uricata), m an í, (Arachis hypo-
gaea), g u a m a (Inga), henequén (originariamente una yerba con que
los haitianos, según les cuentos de los primeros viajeros, cortaban los
metales; hoy es todo hilo muy resistente); hicaco (Chrysobalanus
Icaco), maguei (Agave americana), m ahíz o m aíz (Zea), mamei
198 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

darse estas palab ras tom adas de los haitianos, sino que
contribuyeron tam bién a d ifu n d irlas en toda la A m éri­
ca en una época en que la lengua de H aití era ya una
lengua m uerta, y entre pueblos que hasta ignoraban la
existencia de las A ntillas. Algunas p alab ras diariam en ­
te usadas en las colonias españolas se atribuyen sin r a ­
zón a los haitianos. Banana es del Chaco, de la lengua
m baya; arepa (pan de yuca o Jatro p h a M anihot) y gua­
yuco (delantal, perizom a) son caribes; curiara (canoa
m uy alargada) es tam an aca; chinchorro (ham aca) y tu­
tuma (fruto de la Crescentia C ujete, o vaso p ara conte­
n er algún líquido), son voces chaim as.
Largo tiem po me he detenido en consideraciones so­
bre las lenguas am ericanas, porque analizándolas por p ri­
m era vez en esta obra he creído necesario h acer com­
p ren d er todo el interés de este género de investigaciones;
y es análogo tal interés al que in sp iran los m onum entos
de los pueblos sem ibárbaros. E xam ínaseles no porque
m erezcan por sí mism os un puesto entre las obras de ar­
te, sino porque su estudio difunde alguna luz sobre, la

(Mammea am ericana), m an g le (Rhizophora), p it a h a y a (Cactus Pi-


tahaja), ceiba (Bombax), tu n a (Cactus Tuna), hicotea (tortuga),
ig u a n a (Lacerta Iguana), m a n a t í (Trichecus M anatí), n ig u a (Pu-
lex penetrans), h a m a c a (H am aca), b alsa (? ) (arm adía; balsa, sin
embargo es una antigua voz castellana en la significación de char­
ca), b a rb a c o a (camilla de palos delgados o de cañas), canei o bu-
hío (cabaña), c a n o a (bote), cocuyo (E later noctilucus), c h ic h a (be­
bida ferm entada), m a c a n a (garrote grueso o maza hecha de pe­
cíolos de una palm era), t a b a c o (no es la yerba, sino el tubo de que
se servían para absorber el humo del tabaco), caciq ue (capitán).
O tras voces americanas, hoy usadas entre los criollos tanto como
las voces arábigas españolizadas, no pertenecen a la lengua de
Haití; por ejemplo ca im á n , p ir a g u a , p a p a y a (Carica), a g u a c a t e
(Persea), t a r a b i t a , p á ra m o . El P. Gili sienta probabilidades de
que sean ellas sacadas de la lengua de algunos pueblos que habi­
taban el país templado entre Coro, las m ontañas de Mérida y la
altiplanicie de Bogotá (S aggio, t. III, p. 228. Véase arriba). Cuán­
tas voces de las lenguas céltica y germánica nos habrían conserva­
do Julio César y Tácito, si las producciones de los países septen­
trionales visitados por les romanos hubieran diferido de las de Ita ­
lia y España tanto como las de la América equinoccial!
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 199

historia de nuestra especie y sobre el desenvolvim iento


progresivo de nuestras facultades.
R estaríam e h ab lar, después de los Chaim as, acerca
de otras naciones indígenas que h ab itan en las provin­
cias de C um aná y Barcelona. Me contentaré con in d i­
carlas sucintam ente.
1° Los Pariagotos o Parias. Créese que las desinen­
cias en goto, como en Pariagoto, Purugoto, Avarigoto,
Acherigoto, Cumanagoto, Arinagoto, K irikirisgoto (45),
indican un origen caríbico (4(5). Todos estos gentíos,
con excepción de los Purugotos del río C aura, ocupaban
antes los países que largo tiem po estuvieron b ajo la do­
minación caribe, es a saber, las costas de Berbice y Ese-
quibo, la península de P aria, los llanos de P íritu, y la
Parim a. Con este últim o nom bre se com prende en las
misiones el terreno poco conocido entre las fuentes del
Cuyuní, el Caroní y el Mao. Los indios p arias se han
refundido en parte con los C haim as de C um aná (47);
otros han sido avecinados por los capuchinos aragoneses
en las m isiones del Caroní, por ejem plo, en C upapúi y en
Altagracia, donde todavía se h ab la su lengua, que p a­
rece ser interm ediaria entre el tam anaco y el caribe. P e­
ro el nom bre de P a ria o Pariagotos ¿será solam ente puro
nombre geográfico? Los españoles que frecu en tab an es­
tas costas desde su prim er establecim iento en la isla de

(45) Los K irik irisg o to s (o K irik irip a s) son de la Guayana ho­


landesa. Es bien notable que entre les pequeños gentíos brasile­
ños que no hablan la lengua de los Tupis, los Kiriri, a pesar de su
enorme apartam iento de 650 leguas, usan varias voces tamanacas.
Hervás C atálog o delle lingue p. 26.
(46) En la lengua tam anaca, que es de la misma ram a que
la caribe, hállase también la desinencia goto, como an e k ia m g o to ,
animal. A menudo una analogía en las terminaciones de os nom­
bres, lejos de probar una identidad de raza, indica solamente que
los nombres de los pueblos han sido tomados de una misma lengua.
(47) Caulín, pp. 9,88,136. V ater t, III sec II, pp. 465
617,676. Gilí, t. III, pp. 201,205.
200 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Cubagua y en M acarapana, ¿ap licaro n el nom bre del


prom ontorio de P a ria a la tribu que lo h ab itab a? (48).
Positivam ente no lo afirm arem os; porque los caribes
m ism os llam aban C aribana un país que ocupaban y que
se extendía del río Sinu al golfo de D arién (49). Este es
un señalado ejem plo de una id en tid ad de nom bre entre
un pueblo am ericano y el territorio que posee. Se com­
prende que en u n estado de la sociedad en que las vi­
viendas no perm anecen largo tiem po fijas, deben ser
m uy raros estos ejem plos.
2o Los Guaraúnos o Gu-ara-unu, casi todos libres e
independientes, esparcidos en el D elta del Orinoco, tan
variablem ente ram ificados, cuyos canales, ellos solos co­
nocen bien. Los caribes llam an a los guaraúnos U-ara-u.
Deben su independencia a la n atu raleza de su país; por-

(48) P aria, U raparia, y aun H uriaparia y Payra, son los an­


tiguos nombres del país, escritos como los primeros navegantes
creyeron oírlos. (Fern. Colón, en C h u rc h ill’s Collection, t. II, p. 586,
cap. 71. Galvano, en H a k lu y t's Supl., 1812, p. 18. JPedro Martyr,
pp. 73, 75. Jerónimo Benzoni, p. 7. Geraldini, Itinerar.. p. 17.
C h rist. Columbi N avig atio , en Gryn, Orb. Nov., pp. 80, 86. Gómara,
p. 109, cap. 84). Apenas me parece probable que el promontorio
de P aria haya recibido su nombre del del cacique U ria p a r i, célebre
por la resistencia que hizo a Diego de Ordaz en 1530, treintidós años
después que Colón hubiese oído el nombre de P aria de boca de los
indígenas (Fr. Pedro Simon, p. 103, noticia 2, cap. 16. Caulín, pp.
134, 143). En su desembocadura tomó tam bién el Orinoco el nom­
bre de U riapari, Yuyapari o Iyupari (H errera, Déc., t. I, pp. 80,
84, 108). En todas estas denominaciones de un gran río de un
litoral, y de un país lluvioso, creo reconocer la radical par, que sig­
nifica agua, no solamente en las lenguas de esta comarca, sino
en las de pueblos apartadísim os unos de otros en las costas orien­
tales y occidentales de la América. M a r o g r a n d e a g u a se dice en
caribe, maipure y brasileño p a r a n a ; en tamanaco, p a r a u a . En la
Guayana superior también llaman al Orinoco P a r a u a . En perua­
no o quichua, hallo que lluvia es p a r a ; llover, p a ra n i. Hay ade­
m ás un lago en el Perú que desde m uy antiguo lleva el nombre de
P aria (García, O rigen de los Indios, p. 292). He entrado en estos
detalles tan minuciosos sobre el nombre de Paria, porque muy re­
cientemente se ha creído reconocer en él el país de los P a ri a s , casta
del Indostán.
(49) Pedro M artyr, Ocean., p. 125,
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 201

que los m isioneros, a pesar de su celo, no h an intentado


seguirlos a las cim as de los árboles. Sábese que los Gua-
raúnos, p a ra le v an tar sus habitaciones p o r sobre la su­
perficie del agua en la época de las grandes inundacio­
nes, las apoyan en tronchados tallos de m angle y palm a
de m oriche (50). H acen pan de la h a rin a m e d u lar de
esta palm era, que es el verdadero árbol del sagú de la
América. La h arin a tiene el nom bre de Y u r u m a : la he
comido en la ciudad de Santo Tom é de la G uayana y me
pareció m uy gustosa, pareciéndose m ás bien al pan de
yuca que al sagú de la India (51). Me h an asegurado
los indios que los troncos de la M auritia (el árbol de v i­
da tan ensalzado por el P. Gum illa) no rin d en a b u n d an ­
te h arin a sino cuando se d errib a la p alm era antes que
cuajen las flores. Así tam bién el m agiiéi (Agave am e­
ricana o aloes de nuestros jard in es) cultivado en la N ue­
va España, no provee licor azucarado, o sea el vino (pul­
que) de los m exicanos, sino en la época en que la plan ta
echa su bohordo. In terrum piendo la floración, oblígase
a la n atu raleza a que desvíe esa m ateria azu carad a o am i­
lácea que había de acum ularse en las flores del m aguei
y en los frutos del m oriche. Algunas fam ilias de Gua-
raúnos, agregadas a las Chaim as, viven lejos de su tie­
rra natal, en las misiones de los llanos de C um aná, por
ejem plo en S anta Rosa de Ocopi. Q uinientos o seiscien­
tos han abandonado voluntariam ente sus pantanos y fo r­
mado, pocos años ha, dos pueblos bastan te considera­
bles con los nom bres de Sacupana e Im ataca a las ban-

(50) Sus costumbres han sido siempre esas mismas. A prin­


cipios del siglo XVI los describió el cardenal Bembo así: “Quibus-
dam in locis propter paludes incolae domus in arboribus aedificant”.
(Hist. Venet., 1551, p. 88). Sir Gualterio Reali, en 1595, describe
a os guaraúnos bajo los nombres de A ra o tte s , T iw itiw i y W a ra -
wites: eran quizás los nombres de algunas tribus en las que se
subdividía entonces la m asa de la gran nación guaraúna (Barrere,
Essai s u r l’hist. n at. de la F ra n c e équin., p. 150).
(51) El Sr. Kunth ha reunido los tres géneros de Palmeras,
Calamus, Sagus y M auritia bajo una nueva sección de los Calameas
(véanse nuestros Nova Genera, t. I, p. 310).
202 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

das septentrional y m eridional del Orinoco, a 25 leguas


de distancia del cabo B arim a. Cuando hice m i v ia je a
C aripe estaban todavía estos indios sin m isionero, vivien­
do en plena independencia. Las excelentes cualidades
de estos indígenas como m arinos, su gran copia, su ín ti­
mo conocim iento de las bocas del Orinoco y de ese dé­
dalo de brazos que se com unican unos con otros, dan a
los G uaraúnos cierta im p o rtan cia política. Favorecen
' el com ercio clandestino de que es centro la isla de T ri­
nidad, y probablem ente facilitarían tam bién cualquier
expedición m ilitar que quisiera rem o n tar el Orinoco pa­
ra a tacar la G uayana española. H ace m ucho tiempo
que los gobernadores de C um aná, siem pre infructuosa­
m ente, llam aron la atención del m inisterio sobre este
pueblo indígena. Como los G uaraúnos corren con sum a
destreza sobre los terrenos fangosos allí donde el b lan ­
co, el negro o cualquier otro indio 110 o sarían an d ar, se-
cree com unm ente que son (je m enor peso que los dem ás
indígenas. T am bién en Asia tienen esa opinión de los
T ártaro s Buratos. Los pocos G uaraúnos que he visto
eran de una talla m ediana, rechonchos y m uy m usculo­
sos. La ligereza con (pie an d an en p a ra je s recién dese­
cados sin hundirse, aun sin ten er tablas su jetas a los pies,
parécem e ser resultado de un prolongado hábito. Aun­
que he navegado m ucho tiem po en el Orinoco, no he ba­
jad o hasta su desem bocadero. Los viajero s que visiten
estos pantanos rectificarán lo que he prem editado.
3o Los Guaiqueríes o Guaikeri. Son los m ás h áb i­
les e intrépidos pescadores de estas com arcas; ellos solos
conocen bien el banco abundantísim o en pesca que ro­
dea las islas de Coche, M argarita, Sola y Testigos, banco
que tiene m ás de 400 leguas cuadradas, y que de Este a
Oeste se extiende desde M anicuares hasta las Bocas de
Dragos. Los G uaiqueríes viven en la isla de M argari­
ta, la península de A raya y el arra b a l de C um aná que de
ellos tiene el nom bre. Ya hem os observado arrib a que
ellos creen que su lengua es 1111 dialecto de la lengua de
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 203

los G uaraúnos (52). Lo cual acercaría a éstos a la gran


fam ilia de las naciones caríbicas, porque el m isionero Gi­
lí piensa que el idiom a de los G uaiqueríes es u n a de las
num erosas ram as de la lengua caribe (53). Estas afin i­
dades tienen interés, porque perm iten d iscernir antiguos
enlaces entre pueblos dispersados por una vasta exten­
sión de país, desde la boca del río C aura y las cabeceras
del Erevato en la P arim a, b asta la G uayana francesa y
las costas de P aria (54).
4o Los Cuacuas, que los T am anacos llam an Mapo-
ye, gentío antes m uy belicoso y aliado de los caribes. Es
un fenómeno bastante curioso h allarlos m ezclados con
Chaimas en las m isiones de C um aná; porque su idiom a
es, junto con el aturo de los rau d ales del Orinoco, un dia­
lecto de la lengua saliva, y sus viviendas o rig in arias es­
tán a orillas del Asiveru, que los españoles llam an Cu-
chivero. H an em prendido sus m igraciones 100 leguas al
Noreste. Con frecuencia los oí n o m b rar en el Orinoco,

(52) T. II, cap. 4, p. 251. Véase también Hervás, Cat., p. 49.


Si e nombre del puerto de P a m p a t a r , en la isla de M argarita, es
guaiquerí, cual no podría dudarse, presenta un rasgo de analogía
con ía lengua cumanagota, que está em parentada con el caribe y
el tamanaco. En T ierra Firme, en las misiones de Píritu, hallamos
la aldea de G a y g u a p a ta r , cuyo nombre significa c a s a de C áy gu a.
(53) T. III, p. 204, Vater, t. III, sec. II, p. 676.
(54) ¿Son de origen diferente de los guaiqueríes de Cumaná
los gu aiqu iris o O -akiris, hoy estacionados a orillas del Erevato, y
antes entre el río Caura y el Cuchivero, cerca del pueblecill» de
Altagracia? He conocido también en el interior de las tierras, en
las misiones de los Píritus, cerca de la aldea de San Juan Evange­
lista del Guarive, una quebrada que desde muy antiguo lleva e'.
nombre de G u aiqu iric uar. Parecen probar estos indicios m igra­
ciones del Suroeste hacia el litoral. La desinencia c u a r, que se ha­
lla en tantos nombres cumanagotos y caribes, significa q u eb rad a,
v. g. en G u a im a c u a r (quebrada de los lagartos). P ir ic h u c u a r (quebra­
da poblada de palmeras Pírichu o P íritu), C h ig u a t a c u a r (q u e b ra d a
de caracoles terrestres). Raleigh describe a los guaiqueríes con
el nombre de O uikeris. A los Chaimas llama S a im a s, cambiando
la ch en s, conforme a la pronunciación caribe.
201 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m ás a rrib a de la boca del M eta; y, cosa m uy notable, ase­


guran que algunos m isioneros jesu ítas h an encontrado
C uacuas hasta en las cordilleras de Popayán. Raleigh
cita entre los n atu rales de la isla de T rin id ad , a los Sa­
livas, gentío del Orinoco de m uy m origeradas costum bres,
que vive al S ur de los Cuacuas. Quizá estas dos tribus,
que h ab lan casi la m ism a lengua, h an v ia jad o ju n tam en ­
te hacia las costas (55).

5o Los Cumanagotos (o, según la pronunciación de


los indios, C um anacoto ) , hoy al Oeste de C um aná en las
m isiones de P íritu, donde viven como agricultores en nú­
m ero de m ás de 20.000. Su lengua, lo m ism o que la de
los Paloneas o Palenques y la de los Guarives, está coloca­
da entre el tam anaco y el caribe, aunque m ás aproxim ada
al prim ero. Son aún idiom as tam bién de u n a m ism a fa­
m ilia; m as p a ra considerarlos como sim ples dialectos,
sería tam bién m enester n o m b rar al latín como dialecto
del griego, y al sueco como dialecto del alem án. Cuando
se tra ta de la afin id ad de las lenguas en tre sí, no debe
olvidarse que tales afinidades pueden g rad u arse m uy di­
versam ente, y que sería confundirlo todo no distinguir
entre sim ples dialectos y lenguas de una m ism a fam ilia.
Los Cumanagotos, Tam anacos, Chaim as, G uaraúnos y
Caribes, no se entienden unos con otros, a p esar de las
analogías frecuentes de voces y de estru ctu ra gram atical
que exhiben sus idiom as respectivos. A principios del
siglo XVI habitaban los Cum anagotos en las m ontañas
del B ergantín y P arab o lata. El P. Ruiz Blanco, que fué
profesor en Sevilla y luego m isionero en la provincia de
N ueva Barcelona, publicó en 1683 una gram ática del cu-
m anagoto y algunas obras teológicas en la m ism a lengua.
No he podido saber si los indios P íritus, Cochéimas, Cha-
copatas, Tom uzas y Topocuares, hoy confundidos en unos

(55) Vater, t. III, sec. II, p. 364. El nombre Q u a q u a se en­


cuentra accidentalmente en la costa de Guinea. Los europeos lo
dan a una tribu de negros que está al Este del cabo Lahon.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 205

mismos pueblos con los Cumanagotos, cuya lengua h a ­


blan, fueron originariam ente tribus de esta m ism a n a ­
ción. Los P íritus, como en otra p arte lo hemos observa­
do, tienen su nom bre de la q u eb rad a Pirichucuar, donde
crece en abu n d an cia la p alm ita Pirichu o Píritu (56), cu­
yo leño excesivam ente duro, y poco com bustible por lo
mismo, sirve p a ra fa b ric a r pipas. F ué fundado en este
propio lugar, año de 1556, el pueblo de la Concepción de
Píritu, capital de las m isiones cum anagotas conocidas ba­
jo la denom inación de misiones de Píritu.
6o Los Caribes (Carives ). Es el nom bre que les
dan los prim eros navegantes y que se conservó en toda
la América española. Los franceses y alem anes lo han
transform ado, ignoro por qué, en Caraibes, y ellos m is­
mos se llam an Carina, Calina y Calínago. He visita­
do algunas m isiones caribes de los llanos (57) tornando
de mi v iaje al Orinoco, y me lim itaré a reco rd ar aquí que
los Galibis (C aribis de C ayena), los Tuapocas y los Cu-
naguaras, que originariam ente hab itab an en las llan u ras
que quedan entre las m ontañas de C aripe (C aribe) y la
villa de M aturín, los Yaos de la isla de T rin id ad y la pro­
vincia de C um aná, y quizá tam bién los Guarives, aliados
de los Palenques, son tribus de la grande y herm osa n a ­
ción Caribe.
En cuanto a las dem ás naciones cuyas referencias
de lenguaje con el tam anaco y el caribe hem os indicado,
no pensam os que sea indispensable considerarlas como
de la m ism a raza de ellos. En Asia los pueblos de o ri­
gen mongol difieren totalm ente en su organización física
de los de origen tártaro. T al ha sido sin em bargo la

(56) Caudice gracili aculeato, foliis pinnatis. Acaso del gé­


nero Aiphanes de Willdenow. (Véanse mis Proleg. de distrib. geogr.
plant., 1817, p. 228).
(57) Me serviré en adelante de esta palabra Llanos (loca pla­
na), suprimiendo la p), s'n añadir los equivalentes p a m p a s , sa b a n a s ,
praderas, e s t e p a s o llan u ras. El país entre las montañas costa­
neras y la orilla izquierda del Orinoco comprende los llanos de Cu-
maná, Barcelona y Caracas.
206 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m ezcla de estos pueblos, que según las bellas investiga­


ciones del Sr. de K laproth, se h ab lan hoy lenguas tártaras
(ram as del antiguo Oigur) por hordas incontestablem en­
te mongolas. Ni la analogía, ni la diversidad del len­
guaje pueden b astar p a ra resolver el gran problem a de
la filiación de los pueblos: sólo dan débiles probabilida­
des. Los caribes propiam ente dichos, los que habitan
las m isiones del Cari en los llanos de C um aná, las ribe­
ras del C aura y las llan u ras al N oreste de las fuentes del
Orinoco, se distinguen por su estatu ra casi gigantesca
de todas las dem ás naciones que he visto en el Nuevo
Continente. ¿H abrá que ad m itir por esto que estos cari­
bes son u na raza en teram en te aislada, y que los Guaraú-
nos y T am anacos, cuyas lenguas sa acercan al caribe, no
tienen con ellos ningún lazo de parentesco? Pienso que
no. E ntre pueblos de u n a m ism a fam ilia puede u n a ra­
m a a d q u irir un desarrollo de organización ex trao rd in a­
rio. Los m ontañeses del T irol y de Salzburgo son de
estatura m ás elevada que las dem ás razas germ ánicas:
los Samoyedos del Altai son m enos pequeños y rechon­
chos que los del litoral. Sería asim ism o difícil neg ar que
los Galibis son verd ad ero s caribes; y a pesar, 110 obstan­
te, de la identidad de las lenguas, qué diferencia patente
en la altu ra de la talla y su constitución física!
Al in d icar los elem entos de que hoy se compone la
población indígena de las provincias de C um aná y Bar­
celona, no he querido u n ir recuerdos históricos a la sen­
cilla enum eración de los hechos. Antes que Cortés que­
m ase sus bajeles en desem barcando en las costas de
México, antes que entrase en la capital de Moctezuma
en 1521, estaba fija la atención de E uropa sobre las re­
giones que acabam os de recorrer. D escribiendo las cos­
tum bres de los habitantes de P aria y de C um aná, creíase
p in ta r las costum bres de todos los indígenas del Nuevo
Continente. No d e ja rá n de h acer esta advertencia los que
leen los historiadores de la conquista, sobre todo las cartas
de P edro M artyr de Angleria, escrita en la corte de Fer­
nando el Católico, llenas de finas observaciones sobre Cris­
tóbal Colón, León X y Lutero, e in spiradas por un noble
v ia je a las r egiones eq u in o ccia les 207

entusiasmo de los grandes descubrim ientos de un siglo tan


rico en acontecim ientos extraordinarios. Sin e n tra r en
detalle alguno acerca de las costum bres de los pueblos
que por largo tiem po h an sido confundidos con la vaga
denom inación de Cnmanescs, parécem e im portante es­
clarecer un hecho que he oído discutir a m enudo en la
América española.
Los Pariagotos de hoy son ro jim orenos como los Ca­
ribes, los C haim as y casi todos los n atu rales del Nuevo
Mundo. ¿P or qué los historiadores del siglo XVI a fir­
man que los prim eros navegantes vieron hom bres b lan ­
cos con cabellos rubios en el prom ontorio de P aria?
¿Eran de esos indios de piel m enos atezada que el Sr.
Bonpland y yo hemos visto en la Esm eralda, cerca de las
cabeceras del Orinoco? Pero estos m ism os indios tenían
cabellos tan negros como los Otomacos y otras tribus cu­
ya coloración es m ás subida. ¿E ran albinos, al modo
como antes h an sido hallados en el istm o de P an am á?
Pero los ejem plos de esta degeneración son rarísim os en
la raza cobriza, y Angleria, lo mism o que G om ara, h a ­
blan de los habitantes de P a ria en general, y 110 de al­
gunos individuos. D escríbenlos am bos como si fu eran
pueblos de origen germ ánico: dicen que son blancos y
de cabello rubio (58). A ñaden que llevan vestidos p a ­
recidos a los de los turcos (59). Gom ara y A ngleria es-

(58) Aethiopes nigri, crispí lanati, Pariae incolae albi, capillis


oblongis pratensis flavis. Pedro M artyr, Ocean., dec. I, lib. VI
(ed. 1574), p. 71. Utriusque sexus indigenae albi veluti n o stra te s ,
p ra e te r eos qui su b solé v e r s a n tu r . Loe. cit., p. 75. D e los indí­
genas que vió Colón en la boca del río de Cumaná, dice Gomara:
“Las doncellas eran amorosas, desnudas y b lan ca s (las de la casa);
los indios que van al campo están negros del sol”. Hist. de las
Indias, cap. LXXIV, p. 97. “Los indios de P aria son blancos y
rubios”. García, O rigen de los indios, 1729, lib. IV, cap. IX, p. 270.
(59) Llevaban en derredor de la cabeza un pañuelo de algo­
dón rayado. (Fern. Colón, cap. 71, en Churchill’s, t. II, p. 586).
¿Se tomó esta suerte de cofia por un tu rbante? (García, del Origen
de los Indios, p. 303). Sorpréndeme que algún pueblo de estas re­
giones se cubriese la cabeza; pero lo que es más curioso aún, es
que Pinzón, en un viaje que hizo solo a la costa de Paria, cuyos
detalles nos ha conservado Pedro M artyr de Anglerie, pretende
208 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

criben conform e a relatos orales que h ab ían podido re­


coger.
D esaparecen tales m arav illas si exam inam os la re­
lación que sacó Don F ernando Colón de los papeles de
su padre (00). H allam os ahí sim ple y sencillam ente
“que el A lm irante estaba sorprendido de v er que los h a­
bitantes de P aria, y los de la isla de T rin id ad , eran m e­
jo r hechos, de m e jo r conversación y m ás blancos que
cuantos indígenas se hab ían visto hasta entonces”. No
quiere decir eso sin duda que los P ariagotos son blancos.
El color m enos subido de la piel de los indígenas y el gran
frescor de las m añ an as en la costa de P aria parecían
confirm ar la extrañ a hipótesis que se h ab ía hecho este
g rande hom bre sobre la irreg u larid ad de la curvatura
de la tierra y sobre la altu ra de las planicies de esta re­
gión, como resultado de un ensancham iento extraordinario
del globo en el sentido de los paralelos (61). Américo Ves-
pucio (si fuere perm itido cita r su presunto p r im e r viaje,
tal vez com puesto de relatos de otros viajeros) com para
los n atu rales con los pueblos tártaros, no por su color, sino
por la an ch u ra del rostro y la expresión de la fiso­
nom ía (62).
haber hallado indígenas vestidos. “Incolas omnes genu tenus ma­
res, foeminas surarum tenus, gossampinis vestibus amictos simpli-
cibus repererunt; sed viros more Turcarum insuto minutim gos-
sypio ad belli usum duplicibus”. (Pedro M artyr, Dec. II, lib. VII,
p. 183). ¿Qué .pueblos más civilizados son estos, vestidos con tú­
nicas, como en las faldas de los Andes y hallados en una costa en
donde antes y después de Pinzón no se vieron sino hombres des­
nudos ?
(60) C h u rc h ill’s Collection, t. II, pp. 584, 586. Herrera, pp.
80, 83, 84. Muñoz, Hist. del Nuevo Mundo, t. I, p. 289. “El color
era moreno como es regular en los indios pero más claro que en las
islas reconocidas”. Los misioneros tienen la costumbre de llamar
trig u eñ o s, o aún casi blancos, los indios menos morenos, menos ate­
zados. (Gumilla, Hist. de 1’ Orénoque, t. I, cap. V, parágrafo 2).
Estas expresiones impropias pueden engañar a los que no están
hechos a las exageraciones que se perm iten a menudo los viajeros.
(61) Véase la nota C al fin del presente libro.
(62) “Vultu non multum speciosi sunt, quoniam latas facies
T a r t a r i i s adsim ilatas habent” (Americi Vesputii N a v ig a tio prima,
en Gryn. Orb. Nov., 1555, p. 212),
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 209

Pero si es cierto que a fines del siglo XV h ab ía en


las costas de Cum aná tan pocos hom bres de piel blanca
como en nuestros días los hay, no ha de concluirse de ello
que los indígenas del Nuevo M undo p resentan donde­
quiera igual organización del sistem a derm oide. T an
inexacto es decir que todos son rojicobrizos, como a fir­
m ar que no tuvieran una coloración atezada si no estu­
viesen expuestos al ard o r del sol o requem ados con el
contacto del aire. Pueden los n atu ra les rep artirse en
dos porciones m uy desiguales en n ú m ero: a la p rim era
pertenecen los esquim ales de G roenlandia, del L ab rad o r
y de la costa septentrional de la b ah ía de Hudson, los h a ­
bitantes del estrecho de Bering, de la península de Alas-
ka y del golfo del Príncipe Guillermo. La ram a oriental
y la occidental de esta raza polar, los esquim ales y los
Chugazas, a pesar de la enorm e distancia de 800 leguas
que las separa, se enlazan m ediante la m ás íntim a an a­
logía de sus lenguas (63). Y aun se extiende esta a n a ­
logía, como recientem ente está probado de un modo in ­
dudable, hasta los habitantes del Noreste de Asia; porque
el idioma de los Chukchis de la boca del A nadyr tiene
las m ism as raíces que la lengua de los esquim ales que
habitan la costa de A m érica opuesta a la E u ro p a (64).
Los Chukchis son los esquim ales del Asia. A sem ejanza
de los Malayos, esta raza h ip erb ó rea sólo ocupa el litoral.
Está com puesta de ictiófagos, casi todos de m en o r esta­
tura que los dem ás am ericanos, vivos, movedizos, p a rla n ­
chines. Sus cabellos son lisos, rectos y negros; pero su
piel (y ello es m uy característico en esta raza, que desig­
naré con el nom bre de raza de los esquimales-Chugazes)
es originariam ente blanca. Es cierto que los groenlan­
deses nacen blancos: algunos conservan esta blancura, y

(63) Vater, en el Mithridates, t. III, sec. III, pp. 425-468. Ege-


de, Crantz, Hearne, Mackensie, Portlock, Chwostoff, Davidoff, Re-
sanoff, Merk y Billing nos han puesto en conocimiento de la gran
familia de estos pueblos Esquimales-Chugazes.
(64) Sólo hablo aquí de los Chukchis de habitaciones esta­
bles; porque los Chukchis nómades se acercan a los Koriakos.
14
210 A L E J A N D R O DÉ I I Ü M B O L D t

a m enudo en los m ás ennegrecidos (los m ás requem ados)


se ve ap arecer la rojez de la sangre en sus m ejillas (65).
La segunda porción de los indígenas de A m érica com­
prende todos los pueblos que no son esquim ales-Chugazes
com enzando desde el río de Cook h asta el estrecho de Ma­
gallanes, desde los U galjachm uzes y los K inais del monte
San Elias hasta los Puelches y T ehuelheis del hem isferio
austral. Los hom bres que pertenecen a esta segunda
ram a son m ás altos y fuertes, m ás belicosos y taciturnos.
T am bién presentan diferencias m uy notables en el color
de la piel. En México, en el Perú, en la Nueva Granada,
en Quito, por las orillas del Orinoco y el Amazonas, en to­
da la p arte de la Am érica m eridional que he exam inado,
en las llan u ras como en las altiplanicies friísim as, los
indiecillos a los dos o tres m eses de edad tienen la misma
coloración bronceada que se observa en los adultos. La
idea de que los n atu rales p o d rían bien ser blancos reque­
m ados por el aire y el sol, nunca se le h a ocurrido a un
español hab itan te de Quito o de las riberas del Orinoco.
E n el N oroeste de la A m érica, al contrario, se encuentran
tribus en las que los niños son blancos, y adquieren en
la edad viril el color bronceado de los indígenas del Perú
y México. M ichikinakua, el jefe de los Miamis, tenía los
brazos y partes del cuerpo no expuestas al sol casi blan­
cos. Esta diferencia de coloración entre las partes cu­
biertas y no cubiertas nunca se observa en los indígenas
del P erú y México, aun en fam ilias que viven en grande
holgura y casi constantem ente perm anecen encerradas
en sus casas. Al Oeste de los Miamis, en la costa fron­
tera del Asia, entre los Koluchos y C hinkitanos de la ba­
hía de N orfolk (de 54° a 58° de la titu d ), las niñas adul­
tas, cuando se las obliga a lim piarse la piel, presentan

(65) Grantz, Hist, of G reenlan d, 1667, t. I. p. 132. La Groe


landia parece no haber estado habitada en el siglo XI; los esqui­
males por lo menos no aparecieron sino en el siglo XIV cuando vi­
nieron del Oeste. (Loe. cit., p. 258).
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 2 11

la coloración blanca de los europeos (66). Esta blancu­


ra vuelve a hallarse, conform e a ciertas relaciones, en los
pueblos m ontañosos de Chile (67).
Estos son hechos bien notables y adversos a la opi­
nión divulgada dem asiado generalm ente sobre la sum a
conform idad de organización de los indígenas de la
América. Dividiéndolos en esquim ales y no-esquimales,
convenimos de buena gana en que tal clasificación no es
más filosófica que la de los antiguos que en todo el m u n ­
do habitado no venían sino deltas y escitas, griegos y
bárbaros. Sin em bargo, cuando se tra ta de ag ru p ar gen­
tíos innum erables, se gana ya procediendo por exclusión.
Hemos querido sen tar aquí que separando toda la raza
de los esquim ales-Chugazes, qu ed an todavía en el seno
de los am ericanos m oreno-cobrizos otras razas en las que
los hijos nacen blancos, sin que pueda probarse, averi­
guando hasta la historia de la conquista, que se hayan
mezclado con los europeos. Este caso m erece ser escla­
recido por los viajeros dotados de conocimientos fisio­
lógicos que tengan la oportunidad de ex am in ar a la edad
de dos años los niños m orenos de los mexicanos, los n i­
ños blancos de los Miamis, y esas hordas del Orinoco
que viviendo en las m ás ab rasad o ras regiones, conservan
por toda su vida y en la plenitud de sus fuerzas la piel
blanquecina de los mestizos. Esos gentíos de piel b lan­
quizca son los Guaicas, los Oyes y los M ariquitares. Las
pocas com unicaciones que hoy existen entre la Am érica
del Norte y las colonias españolas ha estorbado toda es­
pecie de investigaciones de este género.

(66) Estos pueblos blancos han sido visitados sucesivamente


por Portlock, Marchand, Baranoff y Davidoff. Los Chinkitanos o
Schinkit son los habitantes de la isla Sitka. Vater, Mithrid,, t. III,
sec. II, p. 218. Marchand, Voyage, t. II, pp. 167-170.
(67) Molina, S a g g io sulla sto ria n a t. del Chile, ed. 2, p. 293.
¿Serán dignos de fe esos ojos azules de los Boroas de Chile y de los
Guayanas del Uruguay, que nos pintan como pueblos de la raza de
Odin? Azara, Viaje, t. II, p. 76.
212 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

E n el hom bre, las desviaciones del tipo com ún a la


raza en tera se refieren a la estatura, a la fisonom ía, y
a la form a del cuerpo, m ás bien que al color, siendo pe­
queños y rechonchos, aunque de razas m uy diferentes,
los pueblos circum polares de am bos continentes. No es
así en los anim ales, en los que las variedades se hallan
m ás bien en el color que en la form a. El pelo de los m a­
m íferos, las plum as de las aves, y au n las escam as de
los peces, m udan de coloración según la influencia pro­
longada de la luz y de la oscuridad, según la intensidad
del calor y del frío. En el hom bre, la m a teria colorante
parece depositarse en el sistem a derm oide por la raíz
o bulbo de los pelos, y todas las buenas observaciones
prueban que la piel v aría de color por la acción de los
estím ulos exteriores en los individuos, y no h ered itaria­
m ente en la raza en tera (68). Los esquim ales de Groen­
lan d ia y los Lapones están requem ados por la influencia
del aire, pero sus h ijo s nacen blancos. No opinarem os
sobre los cam bios que puede pro d u cir la n atu ra leza en
un espacio de tiem po que propase todas las tradiciones
históricas. El razonam iento cesa en estas m aterias,
cuando ya no se guía por la experiencia y las analogías.
Los pueblos de tez blanca em piezan sus cosmogonías
con hom bres blancos, y según ellos los negros y touos los
pueblos atezados se h an ennegrecido o agrisado p o r el
excesivo ard o r del sol. Esta teoría, ad o p tad a p o r los
griegos (69), bien que no sin contradicción (70), se ha

(68) Según ¡as interesantes investigaciones del Sr. Gaultier


sobre la organización de la piel del hombre, p. 57, Juan H unter ob­
serva que en varios animales la coloración del pelo es independiente
de la que tiene la piel.
(69) Estrabon, lib. XV (ed. Oxon. Falcón, t. II, p. 990).
(70) Onesícrito, en Estrabón, lib. XV (1. c., p. 983). La ex­
pedición de Alejandro parece haber contribuido mucho a ganarse
la atención de los griegos sobre la gran cuestión de la influencia
de los climas. Sabian por los viajeros que en el Indostán los pue­
blos del mediodía eran más atezados que los del Norte, cercanos a
las montañas, y suponían ellos que entrambos eran de la misma
raza.
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 213

propagado hasta nuestros días. Buffon repitió en prosa


lo que Teodectes había expresado en verso dos m il años
antes, “que las naciones llevaban la librea de los clim as
que h ab ita n ”. Si la historia hubiese sido escrita por
pueblos negros, estos h ab rían sostenido lo que reciente­
m ente han prejuzgado los europeos m ism os: que el hom ­
bre es originariam ente negro o de un color m uy atezado,
y que en algunas razas se ha em blanquecido por efecto
de la civilización y de una debilitación progresiva, lo
mismo que pasan los anim ales de u n a coloración oscura
a otra m ás clara en estado de dom esticidad (71). En
las plantas y en los anim ales, variedades accidentales
form adas a n uestra vista, se han hecho perm anentes,
propagándose sin alteración (72); pero n ad a p rueba que
en el actual estado de la organización hum ana, las dife­
rentes razas de hom bres negros, am arillos, cobrizos, y
blancos, cuando quedan sin m ezclarse, se desvíen consi­
derablem ente de su tipo prim itivo por la influencia de
los climas, de la alim entación y de otros agentes exte­
riores.
Ocasión tendré de reco rd ar de nuevo estas conside­
raciones generales cuando subam os a las vastas altip la­
nicies de las cordilleras, que son cuatro o cinco veces m ás
elevadas que el valle de Caripe. Bástem e aquí ap o y ar­
me en el testim onio de Ulloa. Este sabio ha visto los
indios de Chile, de los Andes del Perú, de las costas a b ra ­
sadas de P anam á, y los de la Luisiana, situada en la zo­
na tem plada boreal. Ha tenido la v en taja de vivir en
una época en que las teorías se habían m ultiplicado m e­
nos; y ha extrañado, como yo, ver que el indígena es,
bajo la línea, tan bronceado, tan bazo, lo m ism o en el

(71) Véase la obra del Sr, Prichard, ülena de curiosas inves­


tigaciones, R e se a rc h e s into t h e physical H isto ry o f Man, 1813, pp.
233, 239.
(72) Por ejemplo, la oveia con los pies delanteros muy cor­
tos, llam ada ancon sheep en Connecticut, y examinada por Sir Eve-
rardo Home. E sta variedad sólo data del afio 1791.
214 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

clim a frío de las cordilleras que en las llan u ras (73).


Cuando se observan diferencias de color, consisten en la
raza. D entro de poco hallarem os en las abrasadoras
playas del Orinoco indios de piel blan q u ecin a: est du-
rans originis vis.

(73) “Los indios (americanos) son de un color bronceado que


por la acción del sol y del aire se pone más oscuro. Debo advertir
que ni el calor ni el clima frío producen cambio sensible en el co­
lor, de suerte que fácilmente son confundidos los indios de las
cordilleras del Perú con los indios de las más cálidas llanuras,
y que por e. color no pueden distinguirse los que viven bajo la
línea de los que se hallan por los 40° de latitud N orte y Sur”.
N oticias a m e r ic a n a s , cap. XVII, p. 307. Ningún autor antiguo ha
indicado las dos form as de razonamiento por las que explican to­
davía en nuestros días las diferencias de color y facciones entre
pueblos inmediatos tan claram ente como Tácito en '& Vida de A grí­
cola. Hace él distinción entre las disposiciones hereditarias y la
influencia de los climas; y como filósofo persuadido de nuestra pro­
funda ignorancia sobre el origen de las cosas, ningún partido to­
ma. H a b itu s c o rp o r u m varii a tq u e ex eo a r g u m e n t a . Seu d u ra n t e
originis vi, seu p r o c u r re n ti b u s in d iv e rsa te r ris , positio caeli corpo-
ri b us h a b itu m dedit. Agríco a, cap. 11.
LIBRO IV

CAPITULO X

Segunda perm anencia en Cumaná.— Tem blores de


tierra.— Meteoros extraordinarios.

Perm anecim os un mes todavia en C um aná. La n a ­


vegación que debíam os em p ren d er sobre el Orinoco y Río
Negro exigía todo género de preparativos. M enester
era escoger los instrum entos m ás fáciles de tran sp o r­
tar en estrechas canoas, m enester era apertrecharse de
fondos para un v ia je de diez meses en lo in terio r de las
tierras, atravesando un país incom unicado con las cos­
tas. Como la determ inación astronóm ica de los lugares
era el m ás im portante objeto de esta em presa, tenia gran
interés en no p erd er la observación de un eclipse de sol
que había de ser visible a fines del m es de octubre, y p re­
ferí perm anecer en Cum aná, donde el cíelo es en gene­
ral despejado y sereno, hasta esa época. Ya no era tiem ­
po de llegar a las playas del Orinoco, y el alto valle de
Caracas ofrecía probabilidades m enos favorables, a cau­
sa de los vapores que se acum ulan en torno de las m on­
tañas vecinas. F ijan d o con precisión la longitud de Cu-
m aná, tenía un punto de p artid a p ara las determ inacio­
nes cronom étricas, las únicas con que podía contar cuan­
do no me detuviese el tiem po suficiente p a ra tom ar dis­
tancias lunares o p ara observar los satélites de Júp iter,
216 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Poco faltó p ara que un accidente funesto m e obligase


a ren u n ciar al v iaje al Orinoco, o por lo m enos a ap la­
zarlo por largo tiempo. El 27 de octubre, víspera del
eclipse, fuim os como de costum bre a la orilla del golfo
p ara tom ar fresco y observar el instante de la pleam ar,
cuya altu ra en estos p a ra je s sólo es de 12 a 13 pulgadas.
E ran las ocho de la noche y aún no soplaba brisa. El cie­
lo estaba nublado, y d u ran te una calm a chicha hacía un
calor excesivo. A travesam os la playa que sep ara del em ­
barcadero el a rra b a l de los indios G uaiqueríes. Sentí an­
d a r detrás de mí, y al volverm e vi un hom bre de alta es­
ta tu ra del color de los Zam bos y desnudo cin tu ra arriba.
Casi sobre m i cabeza tenía una macana, grueso garrote
de m adera de palm era, engrosado hacia la punta en fo r­
m a de m aza. Evité el golpe saltando a la izquierda. El
Sr. B onpland, que cam inaba a mi derecha, fué m enos fe­
liz. H abía percibido al Z am bo después que yo, y recibió
por encim a de la sien un golpe que lo tendió por tierra.
Nos hallábam os solos, sin arm as, a m edia legua de lo h a ­
bitado, en una gran lla n u ra ceñida por el m ar. El Z am ­
bo, en vez de atacarm e de nuevo, se ap artó despacio para
coger el som brero del Sr. B onpland que am ortiguando un
poco la violencia del golpe había caído lejos de nosotros.
A sustado al ver a m i com pañero de v iaje derribado y sin
sentido por algunos m om entos, no me ocupé sino de él.
Le ayudé a levantarse, y el dolor y el enojo redoblaron
sus fuerzas. Nos fuim os sobre el Zambo, quien, ya por
cobardía, asaz común en esta casta, ya porque percibiese
lejos algunos hom bres sobre la playa, no nos aguardó y
se dió a h u ir hacia el Tunal, bosquecillo de N opales y de
A vicennias arborescentes. P or casualidad se cayó en la
carrera , y el Sr. Bonpland que lo alcanzó prim ero, luchó
cuerpo a cuerpo con él, exponiéndose al peligro m ás in ­
m inente. El Zam bo sacó de sus calzones un largo cuchi­
llo; y en esta lucha desigual hubiéram os sido in d udable­
m ente heridos a no h ab er venido en nuestro auxilio unos
com erciantes vizcaínos que tom aban fresco en la playa. Al
verse el Zam bo cercado, no pensó ya en defenderse. Lo­
gró escaparse otra vez; y habiéndolo seguido nosotros la r­
go rato a la ca rre ra entre los Cactos espinosos, se arro jó
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 217

como de cansado en una vaquería, donde se dejó llevar


tranquilam ente a la cárcel.
El Sr. B onpland tuvo fiebre d u ran te la noche; m as
lleno de valor y dotado de esa jov ialid ad de carácter que
ha de m ira r un v ia jero como uno de los dones m ás precio­
sos de la n atu raleza, continuó sus trab a jo s al día siguien­
te. El m acanazo h ab ía alcanzado hasta la coronilla y le
afectó por dos o tres meses, d u ran te n u estra p erm an en ­
cia en Caracas. Inclinándose p ara recoger plan tas le dió
varias veces un desvanecim iento que nos hizo tem er no
se hubiese form ado un d erram e interno. Felizm ente no
eran fundados estos temores, y los síntom as al principio
tan alarm antes desaparecieron poco a poco. Los h ab ita n ­
tes de C um aná nos m anifestaron las m ás conm ovedoras
pruebas de su solicitud. Supimos que el Zam bo era n a ­
tivo de u na de las aldeas indias que rodean el g ran lago
de M aracaibo. H abía servido en un corsario de la isla
de Santo Domingo, y a consecuencia de una disputa
con el capitán había sido abandonado en las costas de Cu-
m aná cuando el navio salió del puerto. Viendo la señal
que habíam os hecho poner p a ra observar la altu ra de las
m areas, acechó el m om ento de poder atacarnos en la pla­
ya. Mas ¿por qué al echar por tierra a uno de nosotros,
pareció contentarse con el sólo h urto de un som brero?
En el interrogatorio que sufrió fueron sus respuestas tan
confusas y al propio tiempo tan estúpidas, que era im po­
sible a c la ra r nuestras dudas; casi siem pre aseguraba que
su intención no había sido robarnos, sino que irritad o con
los m alos tratos que había sobrellevado a bordo del cor­
sario de Santo Domingo, no había podido resistir al deseo
de dañarnos desde que nos oyó h a b la r en francés. Sien­
do la justicia tan despaciosa en este país, en que los dete­
nidos que llenan las prisiones se qu ed an siete u ocho
años sin poder obtener su juicio, supim os con cierta sa­
tisfacción que pocos días después de n u estra p artid a de
Cumaná había logrado el Zam bo escaparse del castillo de
San Antonio.
A pesar del lam entable accidente acaecido al Sr. Bon­
pland, el día siguiente 28 de octubre me encontraba a las
218 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

cinco de la m a ñ an a en la azotea de n u estra casa a fin de


p rep ararm e p ara la observación del eclipse. El cielo es­
taba lim pio y sereno. La m edia-luna de Venus y la cons­
telación del Navio, tan resplandeciente por la cercanía
de sus inm ensas nebulosas, se perdieron entre los rayos
del sol naciente. Tenía tanto m ás por qué felicitarm e de
un día tan herm oso, cuanto que hacía v arias sem anas que
las torm entas que se fo rm ab an reg u larm en te al S u r y al
Sureste, dos o tres horas después del paso del sol por el
m eridiano, me habían im pedido a rre g la r los relojes por
altu ra s correspondientes. P or la noche velaba las estre­
llas uno de esos vapores ro jales que apenas afectan el
higróm etro en las b a ja s capas de la atm ósfera. Tanto
m ás extraordinario era este fenóm eno cuanto que en otros
años sucede a m enudo que por tres o cuatro meses no se
ve el m enor vestigio de nubes y vapores. Obtuve u n a ob­
servación com pleta del curso y fin del eclipse. D eterm i­
né la distancia de los cuernos o las diferencias de alturas
y de azim ut m ediante el paso por los hilos del cu ad ran ­
te. El fin del eclipse fué a las 2 h 14' 23",4, tiem po medio
de Cum aná. El resultado de m i observación, calculada
según las antiguas tablas por el Sr. Ciccolini, en Boloña,
y por el Sr. T riesnecker, en Viena, fué publicado en el
Conocimiento de los tiem pos (1). La diferencia de este
resultado con la longitud que h ab ía obtenido por el cro­
nóm etro no era m enor sino en V 9" en tiem po; pero re­
petido el cálculo por el Sr. O ltm anns según las nuevas ta­
blas lunares de Burg y las tab las del sol de Delam bre,
concordaron el eclipse y el cronóm etro con 10" de aproxi­
mación. Cito este ejem plo notable de un e rro r reducido
a 1/7 por el em pleo de las nuevas tablas p ara reco rd ar a
los viajeros cuan conveniente les sería el an o ta r y pu­
b licar hasta los m enores detalles de sus observaciones
parciales. La arm onía perfecta, h allad a en los p ara­
jes mismos, entre los satélites de Jú p ite r y los resul­
tados cronom étricos, m e h ab ía inspirado m ucha confian­
za en la m archa del reloj de precisión de Luis Berthoud

(1) Año 9, p. 142. Zach, Mon. C orresp. vol. I, p. 596. (Véase


también la nota al fin de este libro).
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 219

cada vez que no estaba expuesto a las fuertes sacudidas


de las m uías (2).
Los días que precedieron y siguieron al eclipse de sol
ofrecieron fenóm enos atm osféricos m uy notables. Co­
rría lo que en estas com arcas llam an la estación del in ­
vierno, es decir, la de las nubes y las lloviznas eléctricas.
Desde el 10 de octubre hasta el 3 de noviem bre se elevaba
al caer la noche un vapor rojizo sobre el horizonte y cu­
bría en pocos m inutos, como con un velo m ás o menos
denso, la bóveda azul del cielo. El higróm etro de Saus-
sure, lejos de m overse a la hum edad, retro g rad ab a a m e­
nudo de 90° a 83° (3). El calor del día era de 28° a 32°;
lo cual, p ara esta p arte de la zona tórrida, es calor m uy
considerable. A veces desaparecían los vapores en un
instante durante la noche; y en el m om ento en que em ­
plazaba los instrum entos, form ábanse en el zenit nubes
de una blancura resplandeciente y se extendían hasta
cerca del horizonte. El 18 de octubre tenían estas nubes
tan ex trao rd in aria tran sp aren cia que no ocultaban las
estrellas de cu arta m agnitud. D istinguía yo tan perfec­
tam ente las m anchas de la luna, que h u b ie ra podido de­
cirse que su disco estaba colocado debajo de las nubes,
las cuales se hallaban a u n a altu ra prodigiosa, dispuestas
en fajas e igualm ente espaciadas, como por efecto de re ­
pulsiones eléctricas. Son los mism os m ontecillos de va-

(2) He aquí los resultados del conjunto de mis observaciones


de longitud, hechas en Cumaná, en 1799 y 1800:
Por el trasporte de tiempo desde la C o r u ñ a ........... ... 4 h 26' 4"
Por diez Im. y Em. de los S a t é l i te s ........................ 4 h 26' 6"
Por distancias l u n a r e s .................. .......................... ...4 h 25' 32"
Por el eclipse de s o l ................................................... ..... 4 h 25' 55"
Long. de C u m a n á ......................... . . . . . 4 h 25' 54"
Véanse mis Obs. a stro n ., vol. I, pp. 64-86.
(3) Debe recordarse que por esta latitud, en épocas en que
nunca llueve, el higróm etro de Saussure se sostiene asaz constan­
temente entre 85° y 90°, bajo una tem peratura de 25°-30°. En Eu­
ropa, por lo menos en agosto, a la misma tem peratura, la humedad
media de la atm ósfera es de 75°-80°. Véase arriba.
220 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

pores que he visto sobre m í en la cim a de los Andes


m ás altos, y que en v arias lenguas llevan el nom bre de
borregos. Cuando el vapor rojizo cubría ligeram ente el
cielo, las grandes estrellas que en C um aná generalm ente
escintilan apenas m ás ab ajo de 20° ó 25°, no conservaban ni
aún en el zenit su luz tran q u ila y p lan etaria. Escintila­
ban a toda altura, como después de una fu erte lluvia
tem pestuosa (4). Me chocó este efecto de una brum a
que no afectaba al higróm etro en la superficie del suelo.
Perm anecía una p arte de la noche sentado en un balcón,
desde donde abarcab a una gran p arte del horizonte. Es
un atrayente espectáculo p ara mí, en todos los climas,
y ante un cielo sereno, f ija r la vista en alguna g ran cons­
telación y ver form arse grupos de vapores vesiculares,
agrandarse como en d erred o r de un núcleo central, des­
aparecer, y volver de nuevo a form arse.
Del 28 de octubre al 3 de noviem bre fué m ás espesa
la brum a ro jiza de lo que hasta allí h ab ía sido; parecía
asfixiante el calor de las noches au nque el term óm etro
no subía sino a 26°. La brisa, que refresca generalm ente
el aire desde las ocho o nueve de la noche, no se sintió
en absoluto. La atm ósfera p arecía como ab rasad a; la tie­
rra, polvorienta y reseca, se había agrietado dondequie­
ra. El 4 de noviem bre hacia las 2 de la tarde, n u b arro ­
nes de un negror ex trao rd in ario envolvieron los altos
m ontes del B ergantín y el T ataracu al, adelantándose po­
co a poco hasta el zenit. H acia las 4 resonó el trueno so-

(4) No he observado relación alguna directa entre la escin


tilación de las estrellas y la sequedad del aire en esa parte de la
atm ósfera sometida a mis experiencias. He visto a menudo en Cu-
maná una fuerte escintilación de las estrellas de Orión y Sagitario,
sosteniéndose el higróm etro de Saussure en 85°. Otras veces estas
mismas estrellas, situadas a grandes alturas sobre el horizonte,
despedían una luz tranquila y planetaria con el higróm etro a 90° y
93°. Probablemente no es la cantidad de vapores contenidos en el
aire, sino el modo de estar distribuido el vapor, lo que determ ina la
escintilación, constantemente acompañada de una coloración lumi­
nosa disuelta con mayor o menor perfección. Es bien notable que
en los países del Norte la escintilación es más fuerte con un frío
muy grande, en una época en que la atm ósfera parece eminente­
mente seca. (Véase la nota B).
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 221

bre nosotros, aunque a una inm ensa altu ra, sin retu m ­
bos y con ruido seco y a m enudo interrum pido. En el
momento de la explosión eléctrica m ás fuerte, a las 4 h
12', hubo dos sacudidas de un tem blor de tierra que se si­
guieron con 15 segundos de intervalo una de otra. La
gente lanzaba fuertes gritos en la calle. El Sr. Bonpland,
que estaba inclinado sobre la m esa exam inando plantas,
fué casi derribado. Yo sentí la sacudida con m ucha fu er­
za, aunque estaba acostado en una ham aca. Se dirigió
ella de N orte a Sur, lo cual es bien raro en Cum aná. Unos
esclavos que sacaban agua de un pozo de m ás de 18 a 20
pies de profundidad, cerca del río M anzanares (5), oye­
ron un ruido sem ejante a la explosión de una fu erte car­
ga de pólvora de cañón. El ruido parecía venir del fondo
del pozo, fenóm eno bien singular aunque bien ordinario
en la m ayor p arte de los países de A m érica sujetos a los
temblores de tierra.
Algunos m inutos antes del p rim er sacudim iento
ocurrió un viento violentísim o seguido de una lluvia eléc­
trica de goterones. Tanteé al punto la electricidad a t­
mosférica con el electróm etro de Volta. Las bolillas se
apartaban 4 líneas; la electricidad pasó con frecuencia
del positivo al negativo, como sucede d u ran te las torm en­
tas, y en el N orte de E uropa, y aun a veces con la caída
de la nieve. El cielo perm aneció entoldado, y la vento­
lera fué seguida de u n a calm a chicha que duró toda la
noche. La puesta del sol presentó un espectáculo de una
extraordinaria m agnificencia. La espesa cortina de n u ­
bes se desgarró como en jiro n es m uy cerca del horizonte:
apareció el sol a 12° de altu ra sobre un fondo azul turquí.
Estaba enorm em ente ensanchado su disco, desfigurado y
ondulante hacia la periferia. Las nubes estaban d o ra­
das, y hasta la m itad del cielo se extendían haces de r a ­
yos divergentes que reflejab an los m ás bellos colores del
iris. En la plaza pública hubo un gran gentío. Este fe­
nómeno, el tem blor de tierra, la tronada que lo había

(5) En la c h a r a o plantación del coronel de artillería Dn. An­


tonio Montaña. Véase arriba.
222 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

acom pañado, el v apor rojizo visto por tantos días, todo


fué m irado como efecto del eclipse.
Hacia las 9 de la noche hubo un tercer sacudim iento
m ucho m enos fuerte que los dos prim eros, pero acom pa­
ñado de un ruido su bterráneo m uy perceptible. El ba­
róm etro estaba un poco m ás b ajo que de ordinario (6);
pero el curso de sus variaciones h o raria s o de las peque­
ñas m areas atm osféricas no se in terru m p ió en absoluto.
El m ercurio se h allab a precisam ente en el m ín im u m de
altu ra en el m om ento del tem blor de tie rra ; continuó su­
biendo hasta las 11 de la noche y b ajó de nuevo hasta las
41/2 de la m añana, según la ley a que están su jetas las va­
riaciones barom étricas. La noche del 3 al 4 de noviem ­
b re fué de tal m an era denso el v ap o r rojizo, que 110 pude
distinguir el sitio en que estaba puesta la lu n a sino por 1111
herm oso halo de 20° de diám etro.
A penas hacía veintidós meses que la ciudad de Cu-
m aná había sido totalm ente d estru id a por un terremoto.
El pueblo tiene como pronósticos infaliblem ente sinies­
tros los vapores con que se ab ru m a el horizonte y la falta

(6) El 4 de noviembre de 1799: alt. barom. a las 9 de l


m añana, de 336 li. 83; a las 4 de la tarde, 336,04; a las 4 y 30'
335,92; a las 11, 336,42. El 5 de nov. a las 9 de la mañana, 337,02;
a las 10, 337,00; a la 1, 336,72; a las 3, 336,25; a las 4, 336,20;
a las 4 y 30', 336,52; a las 11 de la noche, 336,86; a la 1 de la ma­
drugada, 336,32; a las 4 y 30' de la mañana, 336,28. El 18 de agos­
to me había extrañado encontrar la altu ra absoluta del baró­
metro un poco menor que de ordinario. Hubo en ese día once
fuertes remociones de temblores de tierra en Carúpano, 22 leguas
al Este de Cumaná. El 25 sintióse un ligero sacudimiento en Cu-
maná, y la altura barom étrica fué tan grande como de ordinario.
D urante estos dos fenómenos estuvieron igualmente regulares las
m areas atm osféricas; solamente el 25 de agosto su extensión era
en mucho más pequeña. Pondré aquí, para los días respectivos,
las tres observaciones que hemos hecho el Sr. Bonpland y yo a
las 9 de la mañana, a las 4 y y2 de la tarde y a las 11 de la noche.
El 18 de agosto: 336,85; 335,92; 336,75. El 25 de agosto: 337,01;
336,80; 337,00. El 26 de agosto: 337,50; 336,42; 337,10. El 27 de
agosto: 337,18; 336,51; 336,87. Confirman estos ejemplos lo ex­
puesto arriba sobre la invariabilidad de las m areas atmosféricas
en el momento de los sacudimientos.
v ia je a las reg io n es eq u in o c c ia les 223

de brisa d u ran te la noche. Recibimos frecuentes visitas


de personas que se inform aban de si nuestros instrum entos
indicaban nuevos sacudim ientos p a ra el día siguiente. La
inquietud fué en especial g randísim a y casi universal
cuando el 5 de noviem bre, exactam ente a la m ism a hora
que en la víspera, hubo u n a violenta ventolera acom pa­
ñada de trueno y algunas gotas de lluvia. N ingún sacu­
dimiento se percibió. El viento y la torm enta se rep itie­
ron d u ran te cinco o seis días a la m ism a hora, y hubiera
podido decirse, en el mism o m inuto. Es observación he­
cha largo tiem po ha por los h ab itantes de C um aná y de
muchos otros lugares situados entre los trópicos, que los
cambios atm osféricos que parecen m ás accidentales si­
guen du ran te sem anas enteras cierto tipo con u n a regu­
laridad adm irable. El mism o fenóm eno se m anifiesta du­
rante el estío en la zona tem plada; y así no se ha ocultado
a la sagacidad de los astrónom os, los cuales, en un cielo
sereno, ven a m enudo form arse d u ran te tres o cuatro días
seguidos en un mism o punto del cielo, nubes que tom an
igual dirección y se disuelven a la m ism a altu ra, ora an ­
tes, ora después del paso de u n a estrella por el m erid ia­
no, y por consiguiente con pocos m inutos de aproxim a­
ción en el mismo tiem po verdadero (7).
El tem blor de tierra del 4 de noviem bre, el prim ero
que he sentido, m e hizo una im presión tanto m ás viva
cuanto estuvo, quizá accidentalm ente, acom pañado de
variaciones m eteorológicas tan notables. E ra adem ás un
verdadero solevantam iento de ab ajo arrib a, y no una sa­
cudida por ondulación. Entonces no h u b iera creído que
después de una larga perm anencia en las altiplanicies
de Quito y en las costas del Perú me hiciera tan fam iliar
con los m ovim ientos algo bruscos del suelo, como lo esta­
mos en E uropa con el ruido del trueno. En la ciudad de
Quito no pensábam os levantarnos por la noche cuando
los bram idos subterráneos, que parecen venir siem pre
del volcán de Pichincha, anunciaban (con 2 ó 3 m inutos,
(7) Hemos prestado mucha atención a este fenómeno el Sr.
Arago y yo, durante una larga serie de observaciones hechas en los
años de 1809 y 1810 en el Observatorio de París, para verificar
la declinación de las estrellas.
224 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

y a veces 7 u 8 de anticipación) una sacudida cuya fu er­


za es raram en te proporcionada a la intensidad del ruido.
La indolencia de los h ab itan tes que recuerdan no haber
sido arru in a d a su ciudad desde hace tres siglos, se co­
m unica fácilm ente al ex tra n jero m enos intrépido. En ge­
neral, no es tanto el tem or del peligro lo que im presiona
vivam ente, como la novedad de la sensación, cuando se
llega a ex p erim en tar por p rim era vez los efectos del más
leve tem blor de tierra.
F íjase en nuestros espíritus desde n u estra infancia
la idea de ciertos contrastes: el agua nos parece un ele­
mento móvil, la tierra una m asa inm utable e inerte. Tales
ideas son por decirlo así el producto de una experiencia
diaria, y se enlazan con todo lo que por los sentidos nos
es trasm itido, ('.uando se siente un sacudim iento, cuando
la tierra es desconcertada en sus viejos fundam entos que
tan estables hem os supuesto, basta un instante p ara des­
tru ir largas ilusiones. Es como un d esp ertar, pero un
d esp ertar angustioso. Creemos h ab er sido engañados por
la aparente calm a de la n atu raleza: estam os desde en­
tonces atentos al m enor ruido, y desconfiam os p o r vez
prim era de un suelo en el cual por tanto tiem po hemos
puesto el pie con seguridad. Si las sacudidas se repiten,
si se hacen frecuentes d u ran te varios días consecutivos,
la incertidum bre desaparece ráp id am en te. En 1784 los
habitantes de México se h ab ían acostum brado a oír m u­
gir el trueno bajo sus pies como lo oímos nosotros en la
región de las nubes (8). La confianza renace fácilm en­
te en el hom bre; y en las costas del P erú, se concluye por
acostum brarse a las ondulaciones del suelo, como el pi­
loto a los sacudim ientos del navio producidos por el cho­
que de las ondas.
El tem blor de tierra del 4 de noviem bre me pareció
hab er ejercido una influencia sensible sobre los fenóm e­
nos m agnéticos. Poco después de m i llegada a las cos­
tas de Cum aná había hallado la inclinación de la aguja

(8) Los b ra m id o s de G u a n a ju a to . Véase arriba.


V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 225

im anada de 43°53, división centesim al. Algunos días a n ­


tes del tem blor de tie rra estaba m uy asiduam ente ocupa­
do en v erificar este resultado. El gobernador de Cuma-
ná, que poseía m uchos libros de ciencias, m e h ab ía pres­
tado el interesante Tratado de Navegación de ¡Mendoza
(9); y m e h ab ía sorprendido la aserción que allí se en­
cuentra enunciada, de “que la inclinación de la ag u ja
varía según los m eses y las horas con m ay o r fu erza que
la declinación m agnética”. U na serie de observaciones
que había hecho en 1798, ju n to con el caballero de Borda,
en P arís, y después solo, en M arsella y en M adrid, me h a ­
bían convencido de que las variaciones d iu rn as no podían
ser percibidas en las m ejores b rú ju la s de inclinación:
que si ellas existen (como debe suponerse), no exceden
de 8 a 10 m inutos (10); y que los cam bios horarios,
mucho m ás considerables, indicados p o r diferentes au to ­
res, debían ser atribuidos a la im perfecta nivelación del
instrum ento. A pesar de estas dudas bastante fundadas,
no vacilé en colocar, el 1° de noviem bre, la g ran b rú ju la
de Borda en un sitio m uy propio p ara las delicadas ex­
periencias de este género. La inclinación fué in v ariab le­
mente de 43°65. Esta cifra es el prom edio de m uchas ob­
servaciones hechas con el m ayor cuidado. El 7 de no­
viem bre, tres días después de los fuertes sacudim ientos
del tem blor de tierra, comencé la m ism a serie de obser­
vaciones, y m e m aravillé de ver que la inclinación se h a ­
bía hecho m enor en 90 m inutos centesim ales: no era ya
sino ele 42°,75. Creí que tal vez au m en taría de nuevo vol­
viendo progresivam ente a su p rim er estado, pero m e des­
engañé en mi espera. Un año después, ya de vuelta del
Orinoco, encontré todavía la inclinación de la ag u ja im a­
nada en C um aná de 42",80, habiendo perm anecido igual,
antes y después del tem blor de tierra, la intensidad de las
fuerzas m agnéticas. Esta se h allab a expresada por 229

(9) Véase arriba.


(10) Los cambios anuales de la declinación parecen en nues­
tros climas de 4-5 minutos; pero según la analogía de las variacio­
nes diurnas y anuales de la declinación magnética, no es indispen­
sable convenir en que los cambios diurnos de inclinación sean m e­
nores que los cambios anuales.
15
A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

oscilaciones en 10' de tiem po, cuando en M adrid era pro­


porcional a 240 oscilaciones y en P arís a 245. D eterm i­
né el 7 de noviem bre la declinación m ag n ética: era de 4o
13' 50" al Noreste. La había hallad o antes del tem blor
de tierra, en diferentes horas del día, de 5 - 6 m inutos m a­
yor y m enor. Las variaciones h o rarias disim ulan los
cam bios de declinación absoluta cuando éstas no son m uy
considerables.
R eflexionando sobre el conjunto de estos fenóm e­
nos m agnéticos, no percibo causa de e rro r que haya po­
dido a lte ra r el resultado de m is observaciones de inclina­
ción hechas antes del 4 de noviem bre (11). Em pleé las
m ism as precauciones, no rem oví el instrum ento (12), ano­
té en m i diario en form a d etallad a cada observación p a r­
cial. Y bien notable es aún que conservada la ag u ja con el
m avor cuidado en papel aceitado, haya dado, tras un viaie
de 700 leguas, al volver a C um aná, en un prom edio de 15
observaciones con 5 m inutos centesim ales de aproxim a­
ción, la m ism a inclinación que in m ed iatam en te después
del tem blor de tierra. Es v erdad que no cam bié en cada
observación los polos de la ag u ja, como lo hice en una la r­
ga serie de inclinaciones determ inadas conjuntam ente
con el Sr. Gay-Lussac en 1805 y 1806 en F rancia, Italia,
Suiza, A lem ania, y como lo h ab ían hecho constantem ente
los astrónom os en el segundo v iaje del cap itán Cook. Es­
ta operación es larga y delicada cuando se ve uno obliga­
do a observar siem pre al aire libre. Al salir de E uropa
m e había aconsejado el caballero de B orda no d esim an a­
se la ag u ja sino después de ciertos intervalos, y que tu­
viese en cuenta las diferencias. Estas diferencias no su­
bían en P arís, según experiencias hechas con el Sr. Le-
noir, sino a 12 m inutos; en México, de acuerdo con dife-

(11) El 28 de agosto de 1799: inclinación al Este, 42°,97; al


Oeste, 44°,10. El I o de noviembre: Este, 43°,10; Oeste, 44°,20. El
7 de noviembre: Este 42°,15; Oeste, 43°,35. El 5 de setiembre de
1800: Este, 42°,20; Oeste, 43°,40.
(12) En 1815 encontramos el Sr. Gay-Lussac y yo (cambiando
los polos en cada paraje), en Milán, en el interior de la ciudad,
66°,46; en un prado cerca de la ciudad 65°,36 ant. div.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 227

rentes ensayos, a 8, 15, 6 y 10 m inutos; asim ism o la agu­


ja, de un acero bien tem plado, conservó su com pleto p u ­
limento d u ran te cinco años. Además, en el fenóm eno que
nos ocupa sólo se tra ta de 1111 cam bio de inclinación ap a­
rente, y 110 de una can tid ad absoluta. No habiendo to­
cado la ag u ja, no colum bro la posibilidad de 1111 erro r de
1111 grado centesim al.
Sabido es que 1111 choque, m odificando la posición de
las m oléculas de hierro, cobalto, o níquel, m odifica tam ­
bién sus propiedades m agnéticas, siendo capaz de origi­
n ar polos, y aún de cam biarlos en ocasiones. Cuando yo
di a conocer los ejes m agnéticos de un gran m onte de ser­
pentina polarizante situado al N orte de B aireuth, en F ran-
conia, el célebre físico de Góettingue, Sr. Lichtenberg,
enunció la co n jetu ra de que esos ejes bien podían ser
resultado de tem blores de tierra que, en las grandes ca­
tástrofes de nuestro planeta, habían obrado largo tiempo
en una sola dirección. P o r las recientes experiencias del
Sr. Maüy sabem os que si el calor dism inuye la carga m ag­
nética, puede tam bién a veces volver atraíbles al im án
ciertas sustancias (por ejem plo el hierro sulfurado, el
hierro arsenical) en las que el hierro está com binado con
algún otro principio. Se concluye de esto en cierto m o­
do, en qué grado pueden los tem blores de tierra y agen­
tes volcánicos, por los cam bios que producen en el inte­
rior del globo m odificar los fenóm enos m agnéticos que
observamos en la superficie del mismo. No insistiré en
conjeturas tan arriesgadas, y me lim itaré a observar aquí
que en las épocas en que hem os experim entado frecuen­
tes y recias sacudidas en las C ordilleras de Quito y en las
costas de P erú, jam ás hemos podido d escubrir variación
alguna accidental en la inclinación m agnética. V erdad
es que los cam bios análogos producidos por las au ro ras
boreales en la declinación de la ag u ja, lo mismo (pie los
que he creído re p a ra r en la intensidad de las fuerzas,
tampoco se observan sino de tiempo en tiem po, siendo
por lo dem ás pasajeros y cesando con la duración del
fenómeno.
El vap o r rojizo que ab ru m ab a el horizonte poco an ­
tes del ocaso del sol nabía cesado desde el 7 de noviem ­
228 a LEja n i) R o i) I: h ü Mb o Ld í

bre. La atm ósfera h ab ía recuperado su an terio r pureza,


y la bóveda del cielo apareció en el zenit con esa colora­
ción de azul tu rq u í propia de los clim as en que el calor,
la luz, y una gran u n ifo rm id ad de carga eléctrica, pare*
cen favorecer a u n a la m ás perfecta disolución del agua
en el aire. Observé en la noche del 7 al 8 la inm ersión
del segundo satélite de Jú p ite r (13). Las fa ja s del pla­
neta eran m ás distintas de lo que antes ja m á s las hubie­
se visto.
Pasé u na p arte de la noche com parando la intensi­
dad de la luz que despiden las herm osas estrellas que
b rillan en el cielo austral. lie perseverado en este tra b a ­
jo sobre el m a r y d u ran te m i perm an en cia en Lim a, Gua­
yaquil y México, en am bos hem isferios. H abía tran scu ­
rrid o casi m edio siglo desde que La Caille exam inó esta
región del cielo que es invisible p a ra E uropa. Las estre­
llas próxim as al polo au stral son en general observadas
con tan poca continuidad y asiduidad, que pueden efec­
tuarse los m ayores cam bios en la intensidad de su luz
y en su m ovim iento propio, sin que tengan de ello el m e­
nor conocim iento los astrónom os. Creo h a b e r notado
cam bios de este género en la constelación de la G rulla y
en la del Navio. Desde luego, be com parado a la simple
vista las estrellas que no están m uy alejad as u n as de
otras, p a ra colocarlas según el m étodo indicado por el
Sr. H erschell en una m em oria leída a la Real Sociedad de
Londres, en 1796 (14): después de esto, he em pleado
diafragm as que dism inuyen la a b ertu ra del objetivo, vi­
drios coloridos o no, puestos ante el ocular, y sobre todo
un instrum ento de reflexión propio p ara tra e r dos estre­
llas a una vez al cam po del anteojo, después de haber
igualado su luz recibiendo a voluntad m ayor o m enor
cantidad de rayos reflejad o s en la p arte estañada del es-

(13) La observé a las 11 h. 25' 6", tiempo medio; de lo que re­


sulta, comparando mi observación con las de Viviers y Marsella,
long. de Cumaná 4 h 25' 6". (Obs. a s t r . t. I, p. 79).
(14) Phil. tr a n s . for. 1796, p. 166. (Compárense tam bién Pi-
gott y Coodricke, en las T ra n s., vol. 75, t. I, pp. 127, 154, y vol.
76, t. I, p. 197).
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 229

pe jo. Convendré en que todos estos m edios fotom étri-


cos no son de lina gran precisión; pero creo que al últi­
mo, que quizás no había sido aún em pleado, podría h a ­
cérsele asaz exacto, añadiendo una escala al soporte m ó­
vil del anteojo del sextante. Tom ando prom edios entre
un gran núm ero de evaluaciones he visto decrecer la in ­
tensidad relativa de la luz de las grandes estrellas, de la
m anera siguiente: Sirio, Canopo, a del C entauro, Acher-
nar, del C entauro, F om ahault, Bigel, Proción Betelgou-
ze, (5 del Can Mayor, 6 del Can M ayor a de la G rulla, a
del Pavo real. Este trab ajo , cuyos resultados num éricos
h e publicado en otra parte (15), g an ará en interés cu an ­
do, dentro de 50 a 60 años, determ inen de nuevo los via­
jeros la intensidad de la luz de los astros y descubran a l­
gunos de esos cam bios que parecen ex p erim en tar los cu er­
pos celestes, ya en su superficie, ya en su distancia de
nuestro sistem a planetario.
C uando por largo tiem po se ha estado observando
con los mismos catalejos en nuestros clim as del Norte
y en la zona tórrida, sorprende el efecto que en ésta p ro ­
ducen la tran sp aren cia del aire, y la m enor extinción de
la luz, sobre la cabalidad con que se p resentan las estre­
llas dobles, los satélites de Jú p iter, o ciertas nebulosas.
En un cielo igualm ente sereno en ap arien cia creeríase h a ­
ber em pleado instrum entos m ás perfectos, tanto es lo que
entre los trópicos aparecen tales objetos m ás distintos,
más cabales. Es indudable que en la época en que la
América equinoccial sea el centro de u n a gran civiliza­
ción, la astronom ía física g an ará prodigiosam ente, a m e­
dida que el cielo sea explorado con anteojos excelentes en
los clim as secos y ardientes de C um aná, Coro, y la isla
de M argarita. No cito aquí las faldas de las cordilleras,
porque con excepción de algunas altas llan u ras bastante
áridas de México y el P erú, las altiplanicies m uy eleva­
das, esas en que la presión barom étrica es de 10 u 11 p u l­
gadas m enor que al nivel del m ar, sólo ofrecen un clim a

(15) Véase la nota C del Libro IV (Apéndice), y mis Obs. astr.,


t. I, P. LXXI.
230 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

brum oso y sum am ente v ariable (16). U na gran pureza


de la atm ósfera, tal como existe casi constantem ente en
las regiones b ajas d u ran te la estación de la sequía, com­
pensa el efecto de la altu ra del punto y el enrarecim ien­
to del aire en las altiplanicies. Las capas elevadas de la
atm ósfera experim entan cam bios repentinos en su tran s­
parencia allí donde se hallan cubriendo las faldas de las
m ontañas.
La noche del 11 al 12 de noviem bre era fresca y de
la m ayor belleza (17). A la m añ an a, desde las 2M> se
vieron del lado del Este los m eteoros lum inosos m ás ex­
traordinarios. El Sr. B onpland, que se h ab ía levantado
p a ra gozar del fresco en la g alería los percibió prim ero.
M illares de bólidos y de estrellas fugaces se sucedieron
d u ran te cuatro horas. E ra su dirección m uy o rd en ad a­
m ente de Norte a Sin-, y colm aban una p arte del cielo ex­
tendida desde el verd ad ero punto del Este, 30° hacia el
N orte y el Sur. En una am p litu d de 60° veíanse los m e­
teoros elevándose por encim a del horizonte al E. N. E. y
al E., trazando arcos m ás o m enos grandes y cayendo h a ­
cia el S ur después de h a b e r seguido la dirección del m e­
ridiano (18). Algunos alcanzaban 40° de a ltu ra : todos
sobrepasaban de 25° a 30". El viento era m uy leve en las
b a ja s regiones de la atm ósfera y venía del Este. N ingún
vestigio de nubes se veía. Él Sr. Bonpland refiere

(16) O sea de 27 a 30 centímetros, por ejemplo, las llanuras


que rodean el volcán de Cotopaxi, entre la hacienda de Pansache
y Pum aurcu; la altiplanicie de Chusulongo en la cuesta de Aaiti-
san a, y en el Chimborazo la llanura m ás arriba de L a g u n a n eg ra,
en peruano, Y araco ch a. Según las fórm ulas de la M ecánica cele ste
del Sr. Laplace, la extinción de la luz en lo alto de estas altiplani­
cies es de 9993; en la cima del Chimborazo, 9989; en la más alta
c im a del Himalaya (suponiéndola con el Sr. Webb de 4013 toesas),
9987; esto, cuando la extinción de la luz al nivel del m ar es de
10.000 toesas. (Véase mi T ab le a u de la G eogr. des P la n te s, 1806).
(17) Term. cent, a las 11 de la noche, 21°,8. Higr. 82°. Nin­
guna escintilación de las estrellas arriba de 10° de altura.
(18) E sta uniformidad en la dirección había tam bién sorpren­
dido a varios habitantes de Nueva Barcelona que nos hablaron de
ello a nuestro regreso del Orinoco, sin que les hubiésemos comuni­
cado las observaciones de. Cumaná.
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 231

que desde el comienzo del fenóm eno no h ab ía en el


cielo un espacio igual en extensión a tres diám etros de
luna que no se viese a cada instante colmado de bólidos
y estrellas fugaces. Los prim eros en m enor núm ero; pe­
ro como los había de diferente m agnitud, era im posible
fija r el lím ite entre estas dos clases de fenómenos. To­
dos estos m eteoros d ejab an huellas lum inosas de 8 a 10
grados de longitud, como ocurre a m enudo en las regio­
nes equinocciales (19). La fosforescencia de estas hue­
llas o fa ja s lum inosas d u rab a de 7 a 8 segundos. V arias
estrellas fugaces tenían un núcleo m u y distinto, tan gran ­
de como el disco de Júp iter, del que p a rtía n chispas de un
brillo sum am ente vivo. Los bólidos parecían quebrarse
como por la explosión; pero los m ás gruesos, de 1° a 1°15'
de diám etro, desaparecían sin escintilación, d ejan d o de­
trás de sí faja s fosforescentes (trabes), cuya an ch u ra ex­
cedía de 15 a 20 m inutos. La luz de estos m eteoros era
blanca y no rojiza, lo cual había de atrib u irse sin duda a
la falta de vapores y a la sum a tran sp aren cia del aire.
Por la m ism a causa en los trópicos las estrellas de prim e­
ra m agnitud m uestran al salir una luz sensiblem ente m ás
blanca que en E uropa.
Casi todos los habitantes de C um aná fueron testigos
de este fenóm eno, porque ellos d ejan sus casas antes de
las 4, p ara asistir a la p rim era m isa de la m añana. No
veían con indiferencia estos bólidos: los m ás viejos re ­
cordaban que los grandes tem blores de tierra de 176(5 h a ­
bían sido precedidos de un fenóm eno en un todo sem e­
jante (20). En el arra b a l indio, los guaiqueríes se h a ­
bían levantado, y p reten d ían “que los fuegos artificiales
habían com enzado a la u n a de la m añ an a, y que to rn an ­
do de la pesca en el golfo habían ya percibido las estre­
llas fugaces que se elevaban del lado del Este, bien que
muy pequeñas” . A seguraban al propio tiem po que en
esas costas eran m uy raros los m eteoros ígneos después
de las dos de la m añana.
Desde las cuatro m enguó poco a poco el fenóm eno;
los bólidos y las estrellas fugaces fueron m ás raros, aun-
(19) Véase arriba.
(20) Véase arriba,
232 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

que se distinguían todavía algunos hacia el Noreste, por


su fulgor blanquecino y la rapidez de su m ovim iento, un
cuarto de h o ra después de la salida del sol. E sta últim a
circunstancia parecerá m enos e x tra o rd in aria si recu er­
do aquí que en pleno día se vió el año de 1788, en la ciu­
dad de P opayán, fuertem ente ilum inado el in terio r de
las habitaciones p o r un aerolito de m onstruoso tam año.
Pasó p o r sobre la ciudad a la u n a de la tarde, con un sol
radiante. El 26 de setiem bre de 1800, cuando n u estra se­
gunda perm anencia en C um aná, logram os el Sr. Bon-
pland y yo, después de h ab er observado la inm ersión del
prim er satélite de Jú p ite r (21), v er distintam ente el p la­
neta a la sim ple vista, 18 m inutos después de (pie el disco
del sol estuviera sobre el horizonte. H abía un ligerísi-
mo vap o r del lado del Este; pero Jú p ite r yacía sobre un
fondo azul. P rueban estos hechos la sum a pureza y la
d iafan id ad de la atm ósfera en la zona tórrid a. La m asa
de luz difusa es allí tanto m enor cuanto que los vapores
están disueltos con m ayor perfección. La m ism a causa
por la cual se encuentra debilitada la difusión de la luz
solar, dism inuye la extinción de la luz (pie em ana ya de
los bólidos, ya de Jú p iter, ya de la luna vista al siguiente
día después de su conjunción.
El día 12 de noviem bre fue todavía m uy cálido, y el
higróm etro indicó una sequedad bien considerable p ara
estos clim as (22). Así, el vapor rojizo abrum ó de nuevo
el horizonte y se elevó hasta 14° de altu ra. Fue la últim a
vez que él se m ostró en ese año. Debo observar aquí que
en general este vapor es tan raro b ajo el cielo herm oso de
C um aná, cual es com ún en Acapulco, en las costas occi­
dentales de México.
Como a m i p artid a de E u ro p a las investigaciones
del Sr. C hladni habían llam ado singularm ente la aten-

(21) La observé a las 5 h 10' 8", tiempo medio: longitud de


Cumaná, deducida de las tablas del Sr. Delambre, 4 h. 25' 57". (Ob-
serv. a str., t. I, p. 80).
(22) A las 9 de la mañana term. cent. 26°,2; higr. 86°,4. A
la 1, term. 29°; higr. 81° (E s siempre la división del higrómetro
de Saussure cuando no se indica expresamente lo contrario ).
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 233

ción de los físicos sobre los bólidos y las estrellas fu g a­


ces, no descuidam os d u ran te el curso de nuestro viaje
de C aracas a Río Negro inform arnos dondequiera si los
meteoros del 12 de noviem bre hab ían sido percibidos. En
un país salvaje, donde la m ayor p arte de los hab itan tes
duerm en al aire libre, un fenóm eno tan ex trao rd in ario
no podía p asar inadvertido sino allí donde las nubes lo
hubiesen ocultado a los ojos del observador. El m isio­
nero capuchino de San F ernando de A pure (lat. 7" 53'
12"; long. 70° 20'), villa situada en m edio de las sabanas
de la provincia de B arin as; los religiosos franciscanos
estacionados cerca de las cataratas del Orinoco y en Ma-
roa (lat. 2° 42' 0"; long. 70° 21') en las orillas del Bío
Negro, habían visto estrellas fugaces y bólidos innum e­
rables ilum inando la bóveda del cielo. M aroa está al
Suroeste de C um aná, a 174 leguas de distancia. Todos
estos observadores com paraban el fenóm eno a un vistoso
fuego pirotécnico que h abía durado desde las tres hasta
las seis de la m añan a. Algunos religiosos hab ían m a r­
cado el día en sus brevarios; otros lo designaban según
las fiestas eclesiásticas m ás próxim as a él; desgraciada­
mente ninguno de. ellos se acordaba de la dirección de
los m eteoros o de su altu ra aparente. C onform e a la
posición de los cerros y las espesas selvas que circundan
las m isiones de las cataratas y la aldea de M aroa, presu­
mo que los bólidos h an sido todavía visibles a 20° de a l­
tura sobre el horizonte. H abiendo llegado al extrem o
m eridional de la G uayana española, es decir, al fo rtín de
San Carlos, encontré allí portugueses (pie h ab ían rem o n ­
tado el Rio Negro desde la misión de San José de M ara-
vitanos; y me aseguraron (pie en esa p arte del Brasil
el fenóm eno había sido percibido, p o r lo m enos hasta San
Gabriel de las Cachoeiras, y por consiguiente hasta el
ecuador mism o (23).
(23) Un poco al Noroeste de San Antonio de Castanheiro. No
he tropezado con personas que hayan observado este meteoro en
Santa Fe de Bogotá, en Popayán, o bien en el hemisferio austral,
en Quito y en el Perú. Quizá el estado de la atmósfera, tan varia­
ble en estos países occidentales, ha impedido por sí solo la obser­
vación.
234 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

V ivam ente im presionado estaba de la inm ensa al­


tu ra que debían tener esos bólidos p a ra ser visibles a una
vez en C um aná y en los lím ites del Brasil, en una línea
de 230 leguas de largo. Cuál no sería mi adm iración
cuando al volver a E u ro p a supe que el m ism o fenómeno
había sido rep arad o en u n a extensión del globo de 64v
de latitu d y 91° de longitud, en el ecuador, en la A m érica
m eridional, en el L ab rad o r y en A lem ania! D urante mi
trayecto de F iladelfia a Burdeos, hallé accidentalm ente
en las Memorias de la S ociedad de Pensilvania la obser­
vación correspondiente del Sr. Ellicot (lat. 30° 42'), y al
to rn ar de N ápoles a Berlín, en la biblioteca de Góettingue,
la relación de los m isioneros m ora vos entre los esquim a­
les. En esa época varios físicos h abían ya discutido la
coincidencia de las observaciones del N orte con las de
C um aná que el Sr. Bonpland y yo habíam os publicado
desde el año 1800 (21).
V éase la indicación sucinta de los hechos: I o Los
m eteoros ígneos se han visto al E. y al E. N. E. hasta 40°
de altura, desde las 2 h a sta las 6 en C um aná (lat. 10° 27'
52"; long. 66» 30'); en P uerto Cabello (lat. 10“ 6' 52";
log. 679 5 '); y en las fro n teras del B rasil, cerca del
ecuador, por los 70° de longitud occidental del m eridiano
de París. 2° En la G uayana francesa (lat. 4° 56'; long.
54° 35') se vió “el ciclo como inflam ado en la parte del
Norte. D urante hora y m edia reco rriero n el cielo in n u ­
m erables estrellas fugaces esparciendo u n a luz tan viva,
que se podían com p arar esos m eteoros a los haces fla­
m ígeros lanzados en fuegos artificiales”. La noticia de
este hecho se debe a un testim onio respetable, al
del Sr. conde de Marbois, deportado entonces en Ca­
yena, víctim a de su am or p o r la ju sticia y una jui­
ciosa lib ertad constitucional. 3°. El Sr. Ellicot, astró­
nomo de los Estados Unidos, term inado que hubo sus

(24) Los Sres. Hardenberg, Ritter y Bockmann, en los A n n a ­


les de G ilbert, t. VI, p. 191; t. XIII, p. 255; t. XIV, p. 116; t. XV,
p. 107. Mag. d e r N a tu rk u n d e , t. IX, p. 468.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 235

operaciones trigonom étricas p ara la rectificación de los


límites, en el Ohio, se h allab a el 12 de noviem bre en el
canal de B aham a, por los 25° de la titu d y 81° 50' de lon­
gitud. Vió en todos los lugares del cielo “tantos m eteo­
ros como estrellas: se dirigían en todo sentido: algunos
parecían caer perpendicularm ente, y se ag u ard ab a a c a ­
da instante verlos caer sobre el b a je l” (25). Reparóse
el mism o fenóm eno en el continente am ericano hasta los
30° 42' de latitud. 4° En el L abrador, en N ain (lat. 56°
55') y en H offenthal (lat. 58" 4 '); en G roenlandia, en
Lichtenau (lat. 61" 5'), y en Nuevo H erren h u t (lat. 64° 14'
long. 52u 20') se asustaron los esquim ales de la enorm e
cantidad de bólidos que caían d u ran te el crepúsculo de
todos los puntos del cielo, y “ de los cuales tenían algunos
un pie de an ch u ra” . 5° En A lem ania el Sr. Zeissing,
cura de Itterstád t cerca de W eim ar (lat. 50“ 59'; long. or.
9° 1' ), reparó el 12 de noviem bre, entre 6 y 7 de la m a­
ñana (cuando eran las 2 1/2 en C um aná) algunas estre­
llas fugaces que tenían una luz m uy blanca. “A parecie­
ron luego a poco b a d a el S ur y el Suroeste rayos lum i­
nosos de 4 a 6 pies de largo, de un color rojizo y pareci­
dos al rastro lum inoso de un cohete. D u ran te el cre­
púsculo de la m añan a, entre las 7 y las 8, vióse la parte
Suroeste del cielo fuertem ente ilum inada de tiem po en
tiempo por algunos relám pagos blanquecinos que reco­
rrían serpenteando el horizonte. Por la noche h ab ía a u ­
mentado el frío y subido el baró m etro ”. Es m uy proba­
ble que el m eteoro h ab ría podido ser observado m ás al
Este, en Polonia y en Rusia. Si 110 se hubiese sacado por
el Sr. R itter de los papeles del cura de Itterstád t una no­
ticia porm enorizada, hubiéram os tam bién creído (pie los
bólidos no habían sido visibles fu era de los límites del
Nuevo Continente (26).

(25) Phil. tr a n s . of the Americ. soc. 1804, vol. 6, p. 29.


(26) En París y Londres estaba nublado el cielo : en Carls-
ruh percibió el Sr. Bockmann, antes del crepúsculo, relámpagos si­
multáneos por el Noroeste y Sureste. El 13 de noviembre vióse en
Carlsruh un resplandor particular al Sureste.
A L E J A N D R O D I'. II U M B O I. I) I'

De W eim ar al Río Negro hay 1800 leguas m arinas,


y del Río Negro a H errenhut, en G roenlandia, 1300 le­
guas. Suponiendo "lie los m ism os m eteoros ígneos ha­
yan sido vistos en puntos tan alejad o s en tre sí, sería fu er­
za suponer que su altu ra fuese a lo m enos de 411 leguas.
Cerca de W eim ar aparecieron los petardos al S ur y al
Suroeste; en C um aná, al Este y al Este-noroeste. P u d iera
creerse en consecuencia que innum erahles aerolitos ha­
brían caído en el p ia r en tre el A frica y la A m érica m eri­
dional al Oeste de las islas de Cabo Verde. Pero ¿poi­
qué los bólidos, cuya dirección no es la m ism a en el La­
b rad o r y en C um aná, no fueron distinguidos, en este úl­
timo punto, al N orte como en C ayena? N unca estará
dem ás la prudencia en una hipótesis acerca de la cual
nos fa lta n todavía buenas observaciones hechas en muy
alejados lugares. Estoy por creer que los indios Chai­
m as de C um aná 110 han visto los m ism os bólidos que los
portugueses del B rasil y los m isioneros del L ab rad o r; en
todo caso , 110 p o d ría ponerse en d u d a (hecho (pie me pa­
rece sum am ente notable) que en el Nuevo Mundo, entre
los m eridianos 4(5° y 82°, entre el ecuador y el paralelo
64° N orte se distinguieron en las m ism as horas inm ensas
cantidades de bólidos y estrellas fugaces. En 1111 espacio
de 921.000 leguas cu ad rad as se han m ostrado estos me­
teoros igualm ente resplandecientes.
Los físicos que recientem ente h an hecho tan labo­
riosas investigaciones sobre las estrellas fugaces y sus
p a ra la je s (los Sres. Benzenberg y B randes), las m iran
como m eteoros que pertenecen a los últim os lím ites de
nuestra atm ósfera, colocados entre la región de la auro­
ra boreal y la de las nubes m ás ligeras (27). De ellos
se h an visto que sólo tenían 14.000 toesas o cosa de 5 le­
guas de elevación; y los m ás altos p arecían no p asar de
30 leguas. Tienen a m enudo m ás de cien nies de diá-

(27) Según las observaciones que hice en las faldas de lo


Andes, a más de 2700 toesas de altura, acerca de los bo rrego s o
nubecillas blancas y redondeadas, parecióme que su elevación so­
bre el nivel de las costas podía ser en veces superior a 6000 toesas.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 237

metro y su velocidad es tal que en pocos segundos reco­


rren un trecho de dos leguas. Se h an m edido algunos
cuya dirección era de ah ajo a rrib a casi p erpendicular,
o haciendo un ángulo de 50° con la vertical. Esta cir­
cunstancia, que es m uy notable, ha llevado a la conclu­
sión de que las estrellas fugaces no son aerolitos que, des­
pués de haberse cernido largo tiem po en el espacio, como
los cuerpos celestes, se inflam an al e n tra r accidentalm en­
te en nuestra atm ósfera y precip itarse sobre la tie­
rra (28).
C ualquiera que sea el origen de estos m eteoros lu ­
minosos, es difícil concebir una inflam ación in stan tán ea
en regiones donde hay m enos aire que en el vacío de
nuestras bom bas neum áticas; a 25.000 toesas de altura,
donde el m ercurio no se elevaría en el b aróm etro a
12/1000 de línea. V erdad es que no conocemos la m ez­
cla uniform e del aire atm osférico alred ed o r de 2/1000,
sino hasta 3000 toesas de altu ra, y por consiguiente no
más allá de la últim a capa de las nubes filam entosas. P u ­
diera creerse que en las prim eras revoluciones del globo
se elevaron hacia esa región que recorren las estrellas fu ­
gaces substancias gaseosas que hasta ah o ra no conoce­
mos; m as experiencias precisas hechas con m ezclas de
gases que no tienen igual peso específico p ru eb an ser in ­
sostenible que la últim a cap a atm osférica sea en teram en ­
te diferente de las capas inferiores. Las substancias ga­
seosas se m ezclan y com penetran al m en o r m ovim iento;
y en el co rrer de los siglos se h ab rá establecido la u n ifo r­
m idad de m ixtura, a menos que se supongan efectos de li­
na repulsión de que no nos ofrecen ejem plo alguno los
cuerpos que conocemos (29). Además si aceptam os flui-

(28) El Sr. Chladni, que al principio miraba como aerolitos


las estrellas fugaces, ha abandonado después esta idea.
(29) Véanse mis experiencias sobre una mezcla de hidrógeno
y oxígeno, o sobre un aire atmosférico con base de hidrógeno, en
una memoria sobre las refracciones astronómicas, anexa a mis
Obs. astron., t. I, pp. 117-120.
238 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

dos aeriform es p articu lares en esas regiones inaccesibles


de los m eteoros lum inosos, de las estrellas fugaces, y de
la au ro ra boreal ¿cómo concebir que la capa entera de
esos fluidos no se inflam e al propio tiem po, sino que,
em anaciones gaseosas llenen, como las nubes, un espacio
lim itado? ¿Cómo ad m itir una explosión eléctrica sin m a­
sa de vapores, susceptibles de u n a carga desigual, en un
aire cuya te m p eratu ra m edia es quizá de 250° b ajo cero
del term óm etro centígrado, y cuya rarefacció n es tal, que
la com presión del choque eléctrico casi j'a no puede ahí
d esprender calor? (30). En gran p arte desaparecerían
estas dificultades si la dirección del m ovim iento de las
estrellas fugaces perm itiese co n sid erarlas como cuerpos
de núcleo sólido, como fenóm enos cósmicos (que perte­
necen al espacio que está fu e ra de los lím ites de la at­
m ósfera), y no como fenóm enos telúricos (que pertene­
cen a nuestro solo p lan eta).
Suponiendo que los m eteoros de C um aná no tuvie­
ran sino la m ism a altu ra en que generalm ente se mueven
las estrellas fugaces, se ha podido ver p o r encim a del ho­
rizonte los m ism os m eteoros, en lugares ap artad o s unos
de otros m ás de 310 leguas (31). Qué disposición de in­
candescencia ex tra o rd in aria debe entonces h ab er rein a­
do el 12 de noviem bre en las altas regiones de la atm ós­
fera, p ara su m in istrar d u ran te cuatro horas m iles de
cientos de bólidos y estrellas fugaces, visibles en el ecua­
dor, en G roenlandia y en A lem ania! Juiciosam ente obser­
va el Sr. Benzenberg que la m ism a causa que hace más
frecuente el fenóm eno influye tam bién en la m agnitud de
los m eteoros y en la intensidad de su luz. En Europa,
las noches en que hay m ayor núm ero de estrellas fugaces
son aquellas en que se las ve m ezcladas las m uy lum i-

(30) Véase la explicación del calor producido por el choque


eléctrico, dada por el Sr. Gay-Lussac desde el año 1805, y expuesta
en una memoria que publiqué con él en el J o u r n . de phys., t. LX.
(31) Esta circunstancia había inducido a Lambert a proponer
la observación de las estrellas fugaces para la determinación de
las longitudes terrestres. Mirábalas como señales celestes vistas a
grandes distancias.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 239

nosas con otras m uy pequeñas. La periodicidad del fe­


nómeno se agrega al interés que excita. En n u estra zona
tem plada hay m eses en que el Sr. B randes sólo h a con­
tado entre (50 y 80 estrellas fugaces d u ran te una noche;
y hay otras en que su núm ero se ha elevado a 2000.
Cuando se observa una de ellas con el diám etro de Sirio
o de Jú p iter, hay seguridad de ver sucederse a tan b ri­
llante m eteoro un gran núm ero de otros m ás pequeños.
Si durante una noche son m uy frecuentes las estrellas
fugaces, es m uy probable que esa frecuencia se m a n ten ­
drá por varias sem anas. D iríase que en las altas regio­
nes de la atm ósfera, cerca del lím ite extrem o en que la
fuerza centrífuga está co n trarrestad a p o r la pesantez, hay
periódicam ente u na disposición p a rtic u la r p a ra la produc­
ción de los bólidos, las estrellas fugaces y la au ro ra boreal
(32). ¿D epende la periodicidad de este gran fenóm eno
del estado de la atm ósfera, o de algo que esa atm ósfera
recibe de fuera m ien tras avanza la tie rra en la eclíp­
tica? Todo esto lo ignoram os, como lo ignoraban en los
tiempos de A naxágoras.
En cuanto a las estrellas fugaces por sí solas, paré-
ceme que, según mi propia experiencia, son m ás frecu en ­
tes en las regiones equinocciales que en la zona tem pla­
da, m ás sobre los continentes y cerca de ciertas costas
que en m edio de los m ares. La superficie rad ia n te del
globo, y la carga eléctrica de las b a ja s regiones de la
atmósfera, que v aría según la n atu raleza del suelo y el
yacimiento de los continentes y los m ares ¿ejercerán su
influencia ¡hasta las altu ras donde rein a un invierno
eterno? La ausencia entera de nubes, aun de las m ás
pequeñas, en ciertas estaciones, o por sobre algunas 11a-

(32) Ritter, en los períodos de 9 a 10 años (1788, 1798 y 1807), en


los Annales de G ilbert, t. XV, p. 212; t. XVI. p. 224. Como varios fí­
sicos, distingue él los bólidos mezclados con las estrellas fugaces,
de esos meteoros luminosos que, envueltos en humo y vapores,
hacen explosión con estruendo, dejando caer (las m ás de las veces
durante el día) aerolitos. Estos últimos no pertenecen ciertamente
a nuestra atmósfera.
240 A I. i: J A N I) H O I) E H U M B O L I) T

m iras árid as y desp o jad as de vegetales, parecen probar


(pie es sensible esa influencia por lo m enos hasta cinco
o seis mil toesas de altu ra. En un país erizado de vol­
canes, sobre la altiplanicie de los Andes, se observó ha­
ce treinta años un fenóm eno análogo al del 12 de no­
viem bre. Vióse en la ciudad de Quito que se elevaba en
una sola p arte del cielo, por encim a del volcán de Ca-
yam be, tan gran can tid ad de estrellas fugaces, que se
creyó estar todo el m onte inflam ado. D uró m ás de una
hora este espectáculo ex traordinario. Agolpóse el pue­
blo en la llan u ra del E jido, donde se goza de una m agní­
fica perspectiva de las m ás altas cim as de las cordille­
ras. Estaba a punto de salir ya una procesión del con­
vento de San Francisco, cuando se notó que el ab rasa­
m iento del horizonte se debía a m eteoros ígneos que re­
co d an el cielo en todas direcciones a 12° o 15° de altura.
CAPITULO XI

Trayecto de Cumaná a La Guaira.— Morro de N u eva B a r­


celona .— Cabo Codera .— Vía de La Guaira a Caracas

El 18 de noviem bre a las ocho de la noche estábam os


a la vela p ara trasladarnos, a lo largo de las costas, de
Cumaná al puerto de La G uaira, por el cual exportan
los habitantes de la provincia de V enezuela la m ay o r p a r­
te de sus producciones. El trayecto es sólo de 60 leguas y
no dura de ordinario m ás de 36 a 40 horas. Las peque­
ñas em barcaciones costaneras se favorecen a un tiem po
con el viento y las corrientes: éstas llevan con m ayor o
m enor fuerza del Este al Oeste a lo largo de las costas
de T ierra Firm e, sobre todo del cabo P a ria al de Chiclii-
bacoa. La vía terrestre de C um aná a Nueva Barcelona,
y de aquí a Caracas, está m ás o m enos en el mism o es­
tado que antes del descubrim iento de A m érica. Es p re ­
ciso lu ch ar con los obstáculos que oponen un terreno fa n ­
goso, bloques de peñas esparcidos y la fu erza de la vege­
tación : hay (pie dorm ir a la intem perie, p asar los valles
del U ñare, del Tuy y del Capaya, atra v esar torrentes que
crecen ráp id a m en te a causa de la proxim idad de las
montañas. A estos obstáculos se agregan los peligros
provenientes de la suma in salu b rid ad del país que se
atraviesa. Los terrenos m uy bajos entre la serran ía cos­
tanera y las playas del m a r son ex trao rd in ariam en te
malsanos, desde la bahía de M ochima hasta Coro. Pe­
ro rodeada esta últim a ciudad de un boscaje inm enso de
16
212 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tunas o cactos espinosos, debe la gran salu brid ad de su


clim a, lo mism o que C um aná, a la aridez del suelo y a
la escasez de las lluvias.
P refieren a veces el cam ino p o r tie rra al trayecto del
m a r cuando se regresa de C aracas a C um aná, temiendo
rem o n tar contra la corriente. El correo de C aracas gas­
ta nueve días p a ra reco rrer esa v ía; y a m enudo hemos
visto personas que la hahían seguido, llegar a Cum aná
enferm as de fiebres nerviosas y m iasm áticas. En el lin­
dero de las m ism as selvas cuyas exhalaciones son tan
peligrosas, en esos m ism os valles, crece el árbol cuya cor­
teza sum inistra un rem edio saludable contra aquellas
fiebres (1): el Sr. B onpland ha reconocido el C uspare en­
tre los vegetales del golfo de S anta Fe, situado entre los
puertos de C um aná y B arcelona. El v ia jero doliente
posa en u na cabaña cuyos h abitantes ignoran las propie­
dades febrífugas de los árboles que dan som bra a las que­
b rad as de los alrededores.
Yendo por m a r de C um aná a La G uaira era nuestro
proyecto perm anecer en la ciudad de C aracas hasta el
fin de la estación de las lluvias, dirigirnos por ahí al tra ­
vés de las grandes llan u ras o llanos a las m isiones del
Orinoco, rem o n tar por este inm enso río en la p arte Sur
de las cataratas hasta Bío Negro y las fro n teras del B ra­
sil, y volver a C um aná por la capital de la G uayana
española, llam ad a vulgarm ente, a causa de su posición,
la Angostara, es decir, el Estrecho. No nos fué en
absoluto posible f ija r el tiem po que h ab ía m enester pa­
ra acab ar este v iaje de 700 leguas, de las que m ás de
los dos tercios h ab ían de ser hechos en canoa. En las
costas no se conocen sino las partes del Orinoco más
próxim as a su em bocadura. N ingún tráfico de comercio
se ha m antenido con las misiones. C uanto está m ás allá
de los llanos es país desconocido p ara los hab itan tes de
C um aná y Caracas. Piensan unos que las llan u ras de

(1) Cortex A ngosturae de nuestras boticas, la corteza de la


Bonplandia trifoliata.
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 243

Calabozo cubiertas de césped se prolongan ochocientas


leguas al S ur com unicándose con las estepas o pam pas
de Buenos A ires: otros, acordándose de la gran m o rtali­
dad que rein a b a .en la tro p a de Itu rria g a y de Solano,
cuando la expedición al Orinoco, m iran todo el país al
Sur de las cataratas de A tures como excesivam ente peli­
groso p a ra la salud. En una com arca en donde tan r a ­
ram ente se v ia ja gustan de ex ag erar a los ex tran jero s
las dificultades que oponen el clim a, los anim ales y el
salvaje. Poco acostum brados estábam os todavía a esos
medios de desaliento que em plean los colonos con un
candor ingenuo a la vez que afectuoso; pero persistim os
en el proyecto que nos habíam os form ado. Podíam os
contar con el interés y la solicitud del gobernador de Cu-
maná, Dn. Vicente E m paran, lo m ism o que con las reco­
mendaciones de los religiosos de San Francisco, que son
los verdaderos amos de las rib eras del Orinoco.
Felizm ente p ara nosotros uno de estos religiosos,
Juan González, se h allab a p a ra esa época en Cum aná.
Este joven fraile no era sino herm ano lego; pero era ilus­
trado, m uy inteligente, lleno de vivacidad y de valor. Po­
co después de su llegada a la costa había tenido la des­
gracia de d esagradar a sus superiores, con motivo de la
elección de un nuevo gu ard ián de las misiones de P íritu,
hecho que provoca siem pre grandes agitaciones en el con­
vento de Nueva Barcelona. T an general fué la reacción
que ejerció el partido triunfante, (pie el herm ano lego no
pudo escapar a ella. Fué enviado a la E sm eralda, últi­
ma m isión del Alto Orinoco, fam osa por la can tid ad in ­
num erable de insectos m alhechores de que el aire está
de continuo repleto. Fray Ju an González conocía a fon­
do las selvas que se extienden desde las cataratas hasta
cerca de las fuentes del Orinoco. O tra revolución en el
gobierno republicano de los frailes le había traído hacía
algunos años a las costas, donde gozaba, con ju sta causa
por cierto, de la estim ación de sus superiores. F o rtifi­
cábanos él en nuestro deseo de ex am in ar la bifurcación
tan debatida del Orinoco. Diónos consejos útiles para
la conservación de nuestra salud en climas en que él mis-
211 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

nio h ab ía sufrido por largo tiem po de fiebres interm i­


tentes. A n u estra vuelta del Río Negro tuvim os la satis­
facción de volver a en co n trar a F ray Ju a n en N ueva Bar­
celona. Q ueriendo p asar de La H abana a Cádiz, se en­
cargó atentam ente de tra sp o rta r a E u ro p a u n a p arte de
nuestros herbarios y nuestros insectos del Orinoco; pero
esas colecciones fueron por desgracia tragad as por el
m ar. Este excelente joven, que nos h ab ía cobrado un
vivo afecto y cuyo anim oso celo h u b ie ra podido prestar
grandes servicios a las m isiones de su orden, pereció en
1801 en las costas de A frica d u ran te una tem pestad.
El barco que nos condujo de C um aná a La Guaira
era uno de los que hacen el com ercio entre las costas
y las islas Antillas. P o r ese trayecto se pagan 120
pesos disponiendo del barco entero. T ienen estos trein­
ta pies de largo y no m ás de tres pies de altu ra en la bor­
da; no tienen cubierta, y su carga es p o r lo general de
doscientos a doscientos cincuenta quintales. Aunque la
m a r sea m uy agitada desde el cabo Codera h asta La Guai­
ra, y aunque el barco lleve una enorm e vela triangular
bastante peligrosa p ara las ráfag as que salen de las gar­
gantas de las m ontañas, no hay ejem plo desde hace trein­
ta años, de que alguno de estos barcos se haya ido a pi­
que en el trayecto de Cum aná a las costas de Caracas.
Tal es la habilidad de los pilotos guaiqueríes, que los
naufragios son rarísim os aun en los frecuentes v iajes que
hacen de C um aná a la G uadalupe o a las islas danesas,
rodeadas de rom pientes. Estas navegaciones de 120 a
150 leguas por la m a r libre, p erd id a la vista de las costas,
se ejecutaban en barcos descubiertos, al modo de los an­
tiguos, sin observación de la altu ra m erid ian a del sol, sin
cartas de m arear, casi siem pre sin b rú ju la. El piloto
indio se dirige de noche por la estrella polar, y de día
por el giro del sol y por el viento, que él supone poco va­
riable. He visto guaiqueríes y pilotos de la casta de los
/ a m b o s (pie sabían enco n trar la polar por el alineam ien­
to a y F) de la Osa Mayor, y m e lia parecido (pie goberna­
ban m ás bien por este alineam iento que por la vista de
la polar. S orprende que con tan ta frecuencia, al distin­
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 245

guir tie rra por p rim era vez, sepan que es la isla de la
Guadalupe, S anta Cruz o P uerto Rico; pero la com pen­
sación de los errores de d erro ta no siem pre es igualm en­
te feliz. Los barcos que recalcan sotaventeando ex p eri­
m entan m uchas dificultades p ara rem o n tar hacia el Este
contra el viento y las corrientes. A m enudo en tiem po
de guerra pagan caro los pilotos su ignorancia y el des­
uso del Ociante, porque los corsarios cruzan a inm edia­
ciones de esos mism os cabos (pie p ara aseg u rar su punto
deben reconocer los barcos de T ierra F irm e extraviados
en su derrota.
D escendim os ráp id am en te por el pequeño río M an­
zanares, cuyas sinuosidades m arcan los cocoteros, como
lo hacen los álam os y los viejos sauces en nuestros cli­
mas. En la próxim a y árid a playa las zarzas espinosas
que 110 m uestran d u ran te el día m ás que h o jas cubiertas
de polvo, b rillab an por la noche con m il lum inosas chis­
pas. La cantidad de insectos fosforescentes au m en ta en
la estación de las torm entas. No se cansa uno de adm i­
rar en la región equinoccial el efecto de estas luces m o­
vibles y rojizas que en refleján d o las un agua tersa, con­
funden sus im ágenes con las de la bóveda estrellada del
cielo.
A bandonam os las playas de C um aná como si las h u ­
biésemos habitado por largo tiempo. E ra la p rim era
tierra a que habíam os arrib ad o en la zona a la cual ten ­
dían nuestros anhelos desde tem p ran a edad. Hay una
cosa tan grande y poderosa en la im presión que p ro ­
duce la n atu raleza b ajo el clim a de las Indias, que tras
una perm anencia de algunos meses cree uno h ab er vivi­
do allí una larg a sucesión de años. En E uropa, el h ab i­
tante del N orte y de las llan u ras experim enta u n a em o­
ción casi sem ejante cuando, aun después de un v ia je de
corta duración, d e ja las orillas del golfo de Nápoles, los
deliciosos cam pos entre Tívoli y el lago de Nemi o los
sitios agrestes e im ponentes de los Altos Alpes y los P i­
rineos. No obstante, en toda la zona tem plada la fisono­
mía de los vegetales produce efectos poco contrastables.
246 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Los pinos y las encinas que coronan los m ontes de la


Suecia tienen cierto aire de fam ilia respecto de los que
vegetan en el herm oso clim a de la G recia y la Italia. En­
tre los trópicos, al contrario, en las b a ja s regiones de
am bas Indias, todo parece en la n atu ra leza nuevo y m a­
ravilloso. En medio de los cam pos, en la espesura de
las selvas, casi todos los recuerdos de E uropa están bo­
rrados, porque es la vegetación la que determ ina el tipo
del paisaje, y ella es la que obra sobre n u estra im agina­
ción m ediante su m asa, el contraste de sus form as, el
destello de sus colores. C uanto m ás fu ertes y nuevas
son las im presiones, tanto m ás aten ú an las impresiones
anteriores. Una ap arien cia de duración les da su fuer­
za. Apelo a quienes, m ás sensibles a las bellezas de la
n atu raleza que a los encantos de la vida social, han te­
nido una larga perm anencia en la zona tórrida. Cuán
cara y m em orable persevera en su vida la p rim era tie­
rra que han pisado! Un vago deseo de volverla a ver
se renueva en ellos h asta en la m ás av an zad a edad. Cu-
m aná y su suelo polvoriento se p resen tan aun todavía a
m i im aginación m ás a m enudo que todas las m aravillas
de las cordilleras. M erced al cielo herm oso del medio­
día la luz y la m agia de los colores aéreos embellecen
una tierra casi desnuda de vegetales. No sólo ilum ina
el sol los objetos, sino que los colora y los rodea de un
vapor leve que, sin a lte ra r la trasp are n cia del aire, vuel­
ve m ás arm oniosa la tin tu ra, suaviza los efectos lum ino­
sos, y esparce en la n atu raleza la calm a que se refleja
en nuestra alm a. P a ra explicar esta viva im presión que
el aspecto del país en am bas Indias produce, aun en cos­
tas poco arboladas, basta re co rd ar que la herm osura del
cielo aum enta de Nápoles hacia el ecuador m ás o menos
en igual proporción que desde la P rovenza hasta el me­
diodía de Italia.
Con la m area ascendente pasam os la b arra que ha
form ado en su boca el pequeño río M anzanares. La b ri­
sa de la tarde provocaba m uelles ondulaciones en el gol­
fo de Cariaco. No h abía salido la lu n a; m as la p arte de
la vía láctea extendida de los pies del C entauro hacia la
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 217

constelación del Sagitario p arecía d e rra m a r u n a luz a r­


gentada sobre la haz del océano. La p eñ a blanca en que
yace el castillo de San Antonio ap arecía de vez en cuan­
do entre las altas cim as de los cocoteros que ribetean la
playa. A poco reconocíam os la costa sólo p o r las luces
dispersas de los pescadores guaiqueríes. Fué entonces
cuando sentim os doblem ente el encanto de esos lugares
y la pesadum bre de alejarn o s de ellos. Cinco meses h a ­
cía que habíam os desem barcado en esa playa como en
una tierra nuevam ente descubierta, extraños a todo lo
que nos rodeaba, acercándonos desconfiados a cada z a r­
zal, a cada lugar húm edo y sombrío. A hora esa misma
costa desaparece ante n u estras m irad as dejándonos re ­
cuerdos que parecían d a ta r de antiguo. El suelo, las
rocas, las plantas, los habitantes, todo se nos h ab ía hecho
fam iliar.
Singlamos desde luego al N. N. O. acercándonos a la
península de A raya; luego corrim os 30 m illas al O. y al
O. S. O. A delantándonos al bajío que ro d ea a P u n ta
Arenas y que se prolonga h asta inm ediaciones de los
m anantiales de petróleo de M anicuares, gozamos de uno
de esos espectáculos variados que la gran fosforescencia
del m a r presenta tan a m enudo en estos climas. B anda­
das de m arsopas gustaban seguir n u estra em barcación.
Quince o dieciséis de estos anim ales n ad ab an a iguales
distancias. C uando al g irar sobre sí m ism os golpeaban
con su ancha aleta la superficie del agua, despedían un
fulgor brillante, tal que se h u b ieran supuesto llam as sa­
liendo del fondo del m ar. Al su rcar cada b an d ad a la
superficie de las aguas d ejab a tras sí un reguero de luz;
y tal aspecto nos im presionaba tanto m ás cuanto que el
resto de las ondas 110 era fosforescente. Como el m ovi­
miento de un rem o y la estela del barco 110 producían esa
noche sino tenues chispas, es n a tu ra l creer (pie la viva
fosforescencia causada por las m arsopas se debía no so­
lam ente a la im pulsión de su aleta, sino tam bién a la
m ateria gelatinosa que envuelve la superficie de su cuer­
po y se desprende con el choque de las olas.
248 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

A m edia noche nos encontram os en tre dos islas ári­


das y rocallosas que se elevan como bastiones en medio
del m a r: es el grupo de islotes C aracas y C him anas. Son
tres islas C aracas y ocho Chim anas. La lu n a estaba en
el horizonte e ilum inaba estos peñascos agrietados, sin
yerbas y de un aspecto extraño. La m a r en tre Cum aná
y el cabo Codera form a hoy u n a especie de bahía, una
ligera introm isión en las tierras. Los islotes Picúa, Pi-
cuíta, C aracas y B orracha son como los restos de la an­
tigua costa que desde Bordones se alarg ab a en igual di­
rección de Este a Oeste. D etrás de estas islas se hallan
los golfos de M ochima y S anta Fe que algún día serán
sin duda puertos frecuentados. El desgarro de las tie­
rras, la fractu ra y la inclinación de las capas, todo anun­
cia aquí los efectos de una gran revolución, que es quizá
la m ism a que ha roto la cordillera de m ontes prim itivos
y separado los esquistos m icáceos de A raya y la isla de
M argarita de los gneis del cabo Codera. V arias de estas
islas son visibles en C um aná desde las azoteas de las ca­
sas, y presentan, según la superposición de las capas de
aire m ás o m enos caldeadas, los m ás extraordinarios
efectos de suspensión y de espejism o (2). La altu ra de
esos peñascos no excede probablem ente de 150 toesas;
pei'o ilum inados en la noche por la lu n a ap are n tan una
elevación m uy considerable.
Puede so rp ren d er que se encuentren las islas C ara­
cas, tan lejos de la ciudad de este nom bre, fren te a la
costa de los C um anagotos; pero la denom inación de Ca­
racas designaba al comienzo de la conquista, no un si­
tio particular, sino una trib u de indios vecinos de los Te-
ques, los T aram ain as y los C hagaragotos (3). Ese gru­
jió de islas tan m ontuosas que pasam os de cerca nos inter­
ceptaba el viento; y al salir el sol algunos hileros de co-

(2) Véase la nota D del Libro IV (Apéndice).


(3) Oviedo y Baños, Hist. de Venezuela, lib. III, cap. 9, p. 140.
Una de las A ntillas Menores, la Guadalupe, se llamaba también
antiguamente Caracqueira. Petr. Martyr, Ocean. Dec. III, lib. IX,
p. 306,
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 249

rrientes nos em pujaro n hacia la B orracha, que es la m a­


yor de todas estas islas. Como los peñascos se elevan casi
perpendicularm ente, el fondo es aplacerado, y en otro
viaje vi a p o rta r allí frag atas casi atracan d o a tierra. La
tem peratura de la atm ósfera había aum entado sensible­
m ente desde que hubim os singlado en tre las islas y este
pequeño archipiélago; porque las rocas se calientan du­
rante el día y devuelven p o r la noche en v irtu d de la r a ­
diación u n a p a rte del calor absorbido. A m ed id a que el
sol subía sobre el horizonte las m ontañas cortadas a rro ja ­
ban sus grandes som bras sobre la haz del océano. Los
flam encos em pezaban su pesca dondequiera que los pe­
ñascos calcáreos estaban, lim itados, en u n a ensenada, p o r
una estrecha playa. Hoy día están com pletam ente in h ab i­
tados todos estos islotes; pero en una de las C aracas se h a ­
llan cabras salvajes, pardas, de un porte bastante eleva­
do, veloces en la carrera, y a lo que nuestro piloto indio
decía, de carn e exquisitam ente gustosa. T rein ta años
ha que u na fam ilia de blancos se estableció en ese islo­
te, donde cultivó el m aíz y la yuca. Sólo el p ad re sobre­
vivió a sus hijos. Viendo acrecida su com odidad, com­
pró dos esclavos negros, y esto fu é causa de su desgracia.
Le m ataro n sus esclavos. Las cabras se hicieron m onta­
races, m as no las plantas cultivadas. El m aíz en Amé­
rica, lo mismo que el trigo en E uropa, no parece conser­
varse sino por los cuidados del hom bre, a quien se h allan
unidos desde sus prim eras m igraciones. A lgunas veces
vemos disem inarse estas gram íneas n u tritiv as; m as cu an ­
do se las abandona a sí m ism as los p ájaro s im piden su
reproducción destruyendo las sem illas. Los dos esclavos
de la isla C aracas eludieron largo tiem po la justicia,
siendo difícil pro b ar un crim en cometido en un lu g ar tan
solitario. Uno de los negros es hoy el verdugo de Cu-
maná. H abía denunciado a su cóm plice; y según el uso
bárbaro de este país, faltando ejecu to r público, se p er­
donó al esclavo, bajo la condición de que se en carg aría
de ah o rca r a todos los presos contra quienes se había
mucho antes pronunciado sentencia de m uerte. Cuesta
creer que haya hom bres feroces lo bastante p a ra rescatar
250 A L E J A N D R O DE H Ü M B O L D T

su vida a este precio y p a ra eje c u ta r con sus propias m a­


nos a aquellos a quienes d enunciaron la víspera.
A bandonam os unos lu gares que tan desabridos re ­
cuerdos d ejaban, y fondeam os por algunas boras en la
rad a de Nueva Barcelona, donde queda la boca del Ne-
verí, cuyo nom bre indígena (cum anagoto) es Enipiri-
cuar. El río está lleno de cocodrilos, que a veces llevan
sus excursiones hasta alta m ar, sobre todo en tiem po cal­
moso. Son de la especie tan com ún en el Orinoco y a
tal grado sem ejantes al cocodrilo de Egipto, que con él
se le ha confundido por largo tiempo. Se com prende
que un an im al cuyo cuerpo está cubierto con u n a especie
de coraza debe ver con bastan te in diferencia la saladura
del agua. Ya Pigafetta h ab ía visto en las costas de la is­
la^ de_ Borneo, como refiere en su diario h a poco publi­
cado en M ilán (4), cocodrilos que h ab itab an igualm ente
en la tie rra y en el m ar. Deben in teresar estos hechos
a los geólogos, dado que su atención se ha fijad o en las
form aciones de agua dulce y en la m ezcla curiosa de pe­
trificaciones m arin as y fluviales que a veces se observan
en ciertas rocas m uy recientes.
El puerto de Barcelona, cuyo nom bre apenas se en­
cuentra en nuestros m apas, h ace activísim o comercio
desde el año 1795. P o r ese puerto salen en gran parte
los productos de las vastas estepas que se extienden de
la caída m eridional de la serran ía costanera hasta el Ori­
noco, las cuales abundan en ganados de toda especie, ca­
si como las pam pas de Buenos Aires. La in d u stria m er­
cantil de estas com arcas está basada en la necesidad que
tienen las grandes y pequeñas A ntillas de carne salada,
de reses, m uías y caballos. E stando opuestas las costas
de T ierra F irm e a las de la isla de Cuba, con u n a distan­
cia de 15 a 18 días de navegación, los negociantes de La
H abana, sobre todo en tiem pos de paz, p refieren sacar
sus provisiones del puerto de B arcelona a co rrer las even­
tualidades de un largo v ia je en el otro hem isferio, a la
boca del río de la P lata. Sobre u n a población negra de

(4) Trad. del Sr, Amoretti, p. 154.


VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 251

1.300.000 que hoy contiene ya el archipiélago de las An­


tillas, Cuba sola tiene m ás de 230.000 esclavos, cuya ali­
m entación se compone de legum bres, carne salada y pes­
cado seco (5). Cada em barcación que hace el comercio
de la carne salada o tasajo de T ierra F irm e carga de
veinte a trein ta mil arro b as cuyo precio de v enta sube a
más de 45.000 pesos. B arcelona está singularm ente fa ­
vorecida, por su situación, p a ra el comercio de ganados.
Los anim ales sólo tienen tres días de m arch a de los lla­
nos al puerto, m ientras que p a ra eso em pleaban ocho o
nueve días hasta Cum aná, a causa de la cordillera de
m ontañas del B ergantín y el Imposible. Según las in ­
form aciones que he podido procurarm e, en los años de
1799 y 1800 se em barcaban p a ra las islas españolas, in ­
glesas y francesas 8000 m uías en Barcelona, (5000 en P u e r­
to Cabello, y 3000 en C arúpano. Ignoro la exportación
precisa de B orburata, de Coro y de las bocas del Gua-
rapiche y el Orinoco; pero a p esar de las causas que han
m erm ado la cantidad de bestias en los llanos de Cum a­
ná, Barcelona y Caracas, pienso que esas estepas inm en­
sas no daban sin em bargo, en esa época m enos de 30.000
m uías por año al comercio con las Antillas. V alorando
a cada m uía en 25 pesos (precio de com pra), se ve que
esta sola ra m a del comercio produce cerca de 3.700.000
francos, sin contar la u tilid ad en el flete de las em b ar­
caciones. El Sr. de Pons, tan exacto por lo dem ás en
sus datos estadísticos, calcula núm eros m enores (6). No
habiendo él podido v isitar personalm ente los llanos y
obligándole su puesto de agente del gobierno francés a
residir constantem ente en la ciudad de Caracas, acaso los
propietarios de hatos le h ab rán com unicado evaluaciones

(5) Los debates de las Cortes de Cádiz sobre la abolición de


la trata han inducido al Consulado de La Habana a practicar, en
1811, investigaciones exactas sobre la población de la isla de Cuba:
se ha hallado que es de 600.000 almas, de las que 274.000 son blan­
cos, 114.000 hombres de color libres, y 212.000 negros esclavos. La
evaluación publicada en mi obra sobre México, t. II, p. 7, era, pues,
en mucho demasiado pequeña todavía.
(6) Voyage a la T erre-Ferm e, t. H, p. 386,
252 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

dem asiado bajas. E n un capítulo p a rticu la r reu n iré


adelante cuanto se relaciona con el com ercio y la indus­
tria agrícola del país.
H abiendo desem barcado en la orilla derecha del Ne-
verí, subimos a un fortín, el Morro de Barcelona, situado
a 60 o 70 toesas de elevación sobre el nivel del m ar. Es
un peñasco calcáreo recientem ente fortificado. Lo do­
m ina al Sur un m onte m ucho m ás elevado; y los peritos
aseguran que no sería difícil al enemigo, después de h a ­
ber desem barcado entre la boca del río y el Morro, ro­
d ear este p a ra establecer b aterías en las altu ras circun­
dantes. Cinco horas perm anecim os en el fortín, cuyo
presidio está confiado a la m ilicia provincial. En vano
esperam os noticias acerca de los corsarios ingleses esta­
cionados a lo largo de la costa. Dos de nuestros com­
pañeros de v iaje, herm anos del m arq u és del Toro de Ca­
racas, venían de E spaña donde hab ían servido en las
g uardias del Bey. E ran oficiales de una inteligencia
cultísim a, que, tras una larg a ausencia, to rnaban a su
tie rra n atal ju n to con el b rig ad ier M. de C ajigal y el
conde de Tovar. H abían de tem er, m ás que nosotros,
ser hechos prisioneros y enviados a Jam aica. No tenía
yo pasaporte del alm irantazgo; pero confiado en la pro­
tección que el gobierno británico acuerda a los que via­
ja n p a ra el progreso de las ciencias, h ab ía escrito al go­
b ern ad o r de la isla de T rin id ad desde mi llegada a Cu-
m aná, m anifestándole el objeto de m is investigaciones.
La contestación que recibí por la vía del golfo de P aria
fué enteram ente satisfactoria.
La perspectiva de que se goza desde lo alto del Mo­
rro es bastante herm osa. Queda al Este la isla rocallo­
sa de la B orracha, al Oeste el prom ontorio de U ñare, que
es elevadísim o, y al pie la boca del río N everí y las p la­
yas áridas adonde vienen a d o rm ir asoleándose los co­
codrilos. A pesar del calor extrem o del aire (el term ó­
m etro expuesto al reflejo de la roca caliza blanca subía
a 38"), recorrim os la colina. Una feliz casu alid ad hizo
que observáram os un fenóm eno geológico curiosísim o que
después sólo hem os hallado otra vez en las cordilleras de
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 253

México (7). La caliza de Barcelona tiene una fra c tu ra


mate, p a re ja o concoide, con cavidades m uy achatadas.
Está dividida en capas m uy delgadas y p resenta m enos
analogía con la caliza de Cum anacoa que con la de Ca-
ripe contenida en la cueva del G uácharo. Está atrav e­
sada por hancos de ja sp e esquistoso (Kieselschiefer de
W ern er), negro, de fractu ra concoide, que se rom pe en
fragm entos de form a paralelepipédica. Este fósil no
presenta esos filetillos de cuarzo tan com unes en la pie­
dra lidia. Se descompone por fu era en una costra gris
am arillenta, y no obra sobre el im án. Sus bordes, algo
traslúcidos, lo aproxim an al Hornstein (piedra de cuer­
no), que tan com ún es en las calizas secundarias (8). Es
cosa notable en co n trar aquí el jasp e esquistoso, que en
E uropa caracteriza las rocas de transición (esquistos y
calizas de transición) en una roca que tiene m ucha a n a ­
logía con la caliza del Ju ra. P a ra el estudio de las fo r­
maciones, que es el prin cip al objeto de la geognosia, los
conocimientos adquiridos en am bos m undos deben ser
m utuam ente suplem entarios. Estas capas negras se re ­
piten al parecer en los m ontes calcáreos de la isla B orra­
cha. Las hem os visto como lastre en un barco pescador,
en P u n ta A ra y a : y tales fragm entos h u b ieran sido to­
mados como de basalto. Otro jaspe, que es conocido con
el nom bre de gu ijarro de Egipto, fu é encontrado por el
Sr. B onpland cerca de la aldea india de C uracatiche o
C uracaquitiche, quince leguas al S ur del m orro de B ar­
celona, cuando, tornando del Orinoco, atravesam os los
llanos y nos acercam os a los m ontes costaneros. T enía
dibujos concéntricos y listados am arillentos sobre un
fondo ro jo oscuro. Parecióm e que los trozos redondea­
dos de jaspe egipcio pertenecían tam bién a la caliza de
Barcelona. Sin em bargo, según el Sr. C ordier los h e r­
mosos g u ijarro s de Suez se deben a u n a form ación de
brecha o aglom erado silíceo.
(7) Essai politique s u r la N ou velle -E sp agn e, t. III, p. 416.
(8) En Suiza la piedra de cuerno (H o rn s te in ) que pasa al ja s­
pe común se encuentra en riñones y en capas en la caliza alpina
y la caliza del Jura, sobre todo en la primera.
254 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

En el m om ento de hacern o s a la vela el 19 de noviem ­


bre a m ediodía tomé altu ras de lu n a p a ra d eterm in ar la
longitud del Morro. La d iferen cia de m eridiano entre
C um aná y la ciudad de B arcelona, donde hice en 1800 un
g ran núm ero de observaciones astronóm icas, es de O9 34'
48". He discutido en otro lu g ar esta diferencia sobre la
cual existían, en esa época, m uchas dudas (9); hallé la
inclinación de la ag u ja im an ad a de 42°,20. Pertenece
propiam ente este resultado al I o de agosto de 1800 y a la
ciudad de Barcelona (lat. 10° 6' 52"), donde pude hacer
la observación con m ayor cuidado. La in ten sid ad de las
fuerzas estaba expresada p o r 224 oscilaciones.
Desde el Morro de B arcelona hasta el cabo Codera
las tierras se deprim en y re tira n hacia el S ur: perm iten
el escandallo m a r afu era hasta tres m illas de distancia.
Más allá de esta línea hay de 45 a 50 brazas de fondo.
La tem p eratu ra del m a r era a flo r de agua de 25°,9; pero
cuando pasam os por el estrecho canal que separa las dos
islas de P íritu, con un fondo de tres brazas, el term óm e­
tro sólo m arcó 24°,5. La diferencia era constante; y sería
quizás m ás grande si la corriente que busca con rapidez
hacia el Oeste levantase aguas m ás p ro fu n d as y si en un
paso de tan poca an ch u ra no contribuyesen las tierras a
elevar la tem p eratu ra del m ar. Las islas de P íritu se
asem ejan a esos bajos fondos que se hacen visibles con
la m area descendente. No se elevan a m ás de 8 o 9 pul­
gadas por sobre las aguas m edias. Su superficie es toda
p a re ja y está cubierta de gram íneas, tal que creería ver­
se u na de nuestras p rad eras del Norte. El disco del sol
poniente parecía un globo de fuego suspendido sobre la
sab an a: sus postreros rayos, rasando la tierra, ilum ina-

(9) En la Introducción a mis Obs. astron., t. I, p. XXXIX. El


Sr. Espinosa adopta ahora 34' 0". Los pilotos que navegan en es­
tas costas cuentan de Cumaná a Barcelona 12 leguas; de Barcelona
a las islas de Píritu, 6 leguas; de estas islas al cabo Uñare, 6 leguas;
del cabo Uñare al cabo Codera, 18 leguas. El cronómetro de Bert-
houd me ha indicado para la punta occidental de la mayor de las
islas de Píritu, 14' 32"; y para el cabo Codera, I o 24' 4", al Oeste
del meridiano de Nueva Barcelona.
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 255

han los ápices de la yerba fu ertem ente agitados por la


brisa de la tarde. Cuando en lugares bajos y húm edos
de la zona equinoccial ofrecen las gram íneas y ju n c á ­
ceas el aspecto de una p rad era o del césped, falta casi
siem pre a este cuadro un adorno principal, quiero decir,
esa variedad de flores agrestes que elevándose apenas
sobre las gram íneas, se destacan en un fondo p arejo de
verdura. E ntre los trópicos, la fuerza y el lu jo de la ve­
getación provocan tal desarrollo en las plantas, que las
yerbas dicotiledóneas m ás b a ja s se vuelven arbustos. Se
pensaría que las liliáceas, entrem ezcladas con las g ram í­
neas, reem plazan a las flores de nuestras prad eras. Por
su form a se im ponen a no d u d a r y b rillan por la v arie­
dad y el destello de sus colores; pero dem asiado alzadas
sobre el suelo, pertu rb an esa afinidad arm oniosa que
existe entre los vegetales que com ponen nuestro césped
y nuestras praderas. La n atu raleza bienhechora dió al
paisaje en cada zona un tipo de belleza peculiar.
No debe sorpren d er que unas islas fértiles, tan ve­
cinas a la T ierra Firm e, 110 estén h ab itad as hasta hoy día.
Sólo en la p rim era época del descubrim iento, a tiempo
que los indios Caribes, C haim as y Cum anagotos eran to­
davía dueños de las costas, fue cuando los españoles fu n ­
daron establecim ientos en C ubagua y M argarita. Una
vez que los indígenas fueron sometidos o rechazados al
Sur hacia las sabanas, se prefirió asentarse en el conti­
nente donde se tuvieron tierras a escoger e indios que
podían ser tratados como bestias de carga. Si las pe­
queñas islas Tortuga, Blanquilla y O rchila estuviesen si­
tuadas en m edio del grupo de las A ntillas no hab rían
quedado sin vestigios de cultivo.
Barcos que desplazan m ucha agua pasan entre la
Tierra F irm e y la m ás m eridional de las islas de Píritu.
Siendo ellas m uy bajas, su punta Norte es tem ida de los
pilotos que abordan en estos parajes. Cuando nos h a ­
llamos al Oeste del Morro de Barcelona y de la boca del
río Uñare, el m ar, que hasta entonces había estado tra n ­
quilo, se hizo m ás y m ás agitado y picado a proporción
A L E J A N D R O DE II ü M B O L D T

que nos acercábam os al cabo Codera. La influencia de


este grande prom ontorio se hace sen tir de lejos en esta
parte del m a r de las Antillas. I)e la m ayor o m enor
facilidad con que se logra doblar el cabo Codera depende
la duración del trayecto de C um aná a La G uaira. Más
allá de ese cabo está de continuo el m a r tan grueso, que
no se cree estar ya cerca de u n a costa donde, desde la
punta de P aria hasta el cabo San Rom án, no se prueba
jam ás una ventolera. El im pulso de las olas se hacía
sentir a lo vivo en nuestro barco. Mucho su frían mis
com pañeros de v ia je ; y teniendo yo la felicidad bastante
ra ra de no estar sujeto al m areo, dorm í tranquilam ente.
Soplaba brisa d u ran te la noche. El 20 de noviem bre al
salir el sol nos hallam os adelantados lo b astante p a ra que
pudiésem os esp erar doblar el cabo dentro de algunas
horas. Contábam os con llegar el m ism o día a La Guai­
ra, m as nuestro piloto indio tuvo m iedo otra vez a los
corsarios estacionados cerca de ese puerto. P arecióle p ru ­
dente g an ar la tierra, fo n d ear en el puertecillo de Higue-
rote, que ya habíam os pasado, y ag u a rd a r la noche p ara
co n tin u ar la travesía. Cuando a personas que sufren de
m areo se les ofrece el m edio de desem barcar, es seguro
qué resolución van a tom ar. Las exhortaciones eran inú­
tiles y hubo que ceder. El 20 de noviem bre, a las 9 de la
m añana, estábam os ya enrum bados en la b ah ía de Higue-
rote, al Oeste de la boca del río Capaya.
Ni aldea ni fundo encontram os allí, sino dos o tres
cabañas h abitadas por unos pobres pescadores mestizos.
Su tez lívida y la flacu ra extrem a de los hijos nos recor­
daron que este sitio era uno de los m ás m aláricos y m al­
sanos de toda la costa. El m a r tiene tan poco fondo en
estos p arajes, que la b arca m ás pequeña no puede b a ja r­
se a tierra sin an d a r antes dentro del agua. La selva se
adelanta hasta la playa, que está cubierta de un espeso
boscaje de Mangles, Avicennia, M anzanillos, y de una
nueva especie de S u rian a que los indígenas llam an Ro­
m ero de la m ar (S u rian a m arítim a). Es a este boscaje,
sobre todo a las exhalaciones de los m anglares al que
aquí como en todas las dem ás p artes de las Indias, se
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 257

atribuye la extrem a in salu b rid ad del aire. Al d esem bar­


car, aún 110 bien internados en 15 ó 20 toesas, percibim os
un aliento insípido y dulzaino, que me reco rd ab a el que
despide, en las galerías de las m inas abandonadas, ahí
donde las lá m p aras em piezan a apagarse, el m ad eram en
cubierto de Biso coposo. La tem p eratu ra del aire se ele­
vaba a 34°, a causa de la reverberación de las aren as
blancas que form aban una b a rre ra entre los m anglares
y los árboles de alto porte de la selva. Como el fondo es
bajo y de una suave pendiente, las pequeñas m areas bas­
tan p a ra c u b rir y d e ja r en seco altern ativ am en te las ra í­
ces y p arte del tronco de los m angles. Sin duda m ientras
calienta el sol los palos húm edos y provoca, p o r decirlo
así, la ferm entación del suelo fangoso, los detritos de las
hojas caídas y los moluscos envueltos en los restos de al­
gas flotantes, es cuando se form an esos gases deletéreos
que logran escapar a nuestras investigaciones. Vimos en
toda la costa tom ar un color m oreno am arillen to el agua
del m a r allí donde está en contacto con los m anglares.
P enetrado de este fenóm eno, recogí en H iguerote una
cantidad considerable de ram as y raíces p a ra in ten tar,
desde mi llegada a Caracas, algunos experim entos sobre
la infusión de leño de m angle. La infusión, hecha en ca­
liente, era de un color m oreno y de gusto astringente.
Mostraba ser una mezcla de m ateria extractiva y tanino.
El Rhizóphora, el Muérdago, el C ornejo, todas las p lan ­
tas que pertenecen a las fam ilias n atu rales de las Loran-
táceas y Caprifoliáceas, tienen iguales propiedades. La
infusión de m angle, puesta en contacto por doce días b a ­
jo una cam pana con el aire atm osférico, no perdió sen­
siblemente su transparencia. Se form aba un pequeño
depósito coposo negruzco, m as no había absorción sensi­
ble de oxígeno. La m ad era y las raíces del m angle, pues­
tas b ajo el agua, fueron expuestas a los rayos del sol.
Quería im ita r lo que diariam ente op era la n atu raleza en
las costas d u ran te la m area creciente. Se desprendieron
bu rb u jas de aire que en doce días form aron un volum en
de 33,pulgadas cúbicas. E ra un m ixto de nitrógeno y áci­
do carbónico. El gas nitroso apenas indicaba la presen­
17
258 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

cia del oxígeno (en 100 partes, 84 de nitrógeno, 15 de áci­


do carbónico que no h ab ía absorbido el agua, 1 de oxíge­
no). P or últim o, en un frasco de ta p a esm erilada hice
o b rar m ad era y raíces de m angle fu ertem en te hum edeci­
das sobre aire atm osférico de un volum en determ inado.
D esapareció todo el oxígeno; y lejos de h allarse reem ­
plazado por ácido carbónico, el agua de cal no indicó de
éste sino 0,02. Hubo aú n todavía u n a dism inución de vo­
lum en m ás considerable que la que correspondía al oxí­
geno absorbido. Este trab ajo , apenas esbozado, m e con­
ducía a creer que son la corteza y la m a d era húm edas
las que obran sobre la atm ósfera en los bosques de m an­
gles, y no la capa de agua de m a r fu ertem en te teñida de
am arillo que form a u n a zona p a rtic u la r a lo largo de las
costas. Siguiendo los diferentes grados de descomposi­
ción de la m ateria leñosa, no he observado trazas de ese
desprendim iento de hidrógeno su lfu rad o al que varios
viajeros atribuyen el aliento que se percibe en m edio de
los m angles. La descom posición de los sulfatas terrosos
y alcalinos y su paso al estado de sulfuro favorecen sin
duda ese desprendim iento en v arias p lan tas litorales y
m arinas, por ejem plo en los fucos; pero m ás bien me
inclino a creer que el R hizóphora, la A vicennia y el Co-
nocarpus aum entan la in salu b rid ad del aire por la m a­
teria anim al que en cierran ju n tam en te con el tanino. Es­
tos arbolillos pertenecen a tres fam ilias n aturales, las Lo-
ránteas, las Com bretáceas (10) v las P irenáceas, en las
que ab unda el principio astringente, y m ás arrib a he in­
dicado que este principio acom paña a la gelatina, aun
en nuestras cortezas de haya, aliso y nogal (11).
P or lo dem ás, un boscaje frondoso, que cubre te rre­
nos limosos, esparciría exhalaciones nocivas en la atmós­
fera, aun estando com puesto de árboles que por sí mismos
no tienen propiedad alguna deletérea. D ondequiera míe
se establecen los m angles a la o rilla del m ar, la playa se
puebla de una infinidad de moluscos e insectos. Estos

(10) Rob. Brown, Flor. Nov. Holl. Prodr., t. I, p. 351.


(11) Vauquelin, Ann. du Mus., t. XV, p. 77.
VIAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 259

anim ales gustan de la som bra y la luz difusa; h allan un


refugio contra el choque de las olas en tre ese an d am iaje
de raíces espesas y entrelazadas que se elevan como 1111
enrejado sobre el ras de las aguas. A este enrejado se
pegan las conchas, a los brazos doblados que buscan la
tierra quedan colgadas las algas que los vientos y la m a­
rea a rro ja n sobre las costas. Es de ese modo como las
selvas m arítim as acum ulando 1111 lim o cenagoso entre sus
raíces, ag ran d an el dom inio de los continentes; m as a
m edida que ellas invaden el m ar, no aum en tan casi en
anchura, y aun su adelantam iento mism o es causa de su
destrucción. Los m angles y otros vegetales con los cua­
les viven constantem ente en sociedad perecen a p ropor­
ción que se deseca el terreno y que ya 110 están bañados
por el agua salad a (12). Sus viejos troncos, cubiertos de
caracoles y m edio enterrados en la aren a, m arcan siglos
después la vía (pie han seguido en sus m igraciones tan
bien como el lím ite del terreno que h an conquistado al
océano.
La bahía de H iguerote posee una situación m uy fa ­
vorable para el exam en del cabo Codera, que en toda su
anchura se m uestra allí, a seis m illas de distancia. Este
prom ontorio es m ás im ponente por su m asa que p o r su
elevación, la que, según ángulos de altu ra tom ados desde
la playa, no m e pareció m ayor de 200 toesas, siendo el
ángulo aparente de 1° 25' 20". Está cortado a pico por el
Norte, el Este y el Oeste. E 11 estos grandes perfiles pien­
sa uno reconocer la inclinación de las capas. A ju z g ar
por los fragm entos de rocas que se h allan a lo largo de
la costa, y según las colinas cercanas a H iguerote, el cabo
Codera está com puesto, 110 de granito con te x tu ra g ran u ­
jienta, sino de 1111 verdadero gneis con te x tu ra foliácea.
Las hojas son m uy anchas y a veces sinuosas ( dikflasri-
ger Gneis ) ; encierran grandes nodulos de feldespato ro-

(12) He aquí los nombres de esos vegetales en el continente


y en las Antillas: Avicennia nítida, A. guyannensis Rich., Conocar-
pus racemosus, Rhizophora Mangle, Cocolloba uvigera, Hippomane
Mancinella, Echites biflora, Suriana, Srumpfia, la palmera Pinau, etc.
260 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

jizo y poco cuarzo. La m ica se halla en p ajillas super­


puestas, y no aislada. Las capas m ás cercanas a la ba­
hía estaban dirigidas N. 60° E., e inclinadas 80° al No­
roeste. Estas relaciones de dirección e inclinación son
iguales en el gran m onte de la Silla, cerca de Caracas, y
al Este de M anicuares en el istmo de A raya; y parecen
dem ostrar que la co rd illera p rim itiv a de este istmo, des­
pués que el m a r la hubo destrozado o tragado en una lon­
gitud de 35 leguas, entre los m eridianos de M anicuares e
H iguerote, reap arece de nuevo en el cabo Codera y con­
tinúa hacia el Oeste como cadena costanera.
Me h an asegurado que en el in terio r de las tierras,
al Sur de H iguerote, se h allan form aciones calcáreas. En
cuanto al gneis, no obraba sobre la b rú ju la. Sin em bar­
go, a lo largo de la costa, que form a u n a ensenada hacia
el cabo Codera y que está cubierta por una herm osa sel­
va, he visto aren a m agnética m ezclada con p ajillas de mi­
ca depositadas por el m ar. Este fenóm eno se rep ite cer­
ca del puerto de La G uaira; y anu n cia quizá la existen­
cia de alguna capa de esquisto anfibólico encubierta por
las aguas en la que está disem inada la arena. H acia el
Norte form a el cabo Codera un inm enso segm ento esfé­
rico. Al pie se prolonga un terreno m uy b ajo que
conocen los navegantes con los nom bres de P u n tas del
Tutum o y de San Francisco.
T an hondam ente se espantaban m is com pañeros de
viaje del balance de n u estra em barcacioncilla en una m ar
gruesa y picada, que resolvieron seguir por tie rra el ca­
mino que lleva de H iguerote a Caracas, el cual pasa por
un país húm edo y silvestre: la m ontaña de C apaya al
Norte de Caucagua, el valle del río G uatire y Guarenas.
Vi con satisfacción que el Sr. tíonpland p refería esa mis­
m a vía, que a pesar de las continuas lluvias y las in u n d a­
ciones de los ríos, le ha procurado u n a rica colección de
plantas nuevas (13). P o r lo que hace a mí, continué so-

(13) Bauhinia ferruginea, Brownea racemosa Bred., Inga hy-


menaeifolia, Inga curiepensis que el Sr. Willdenow ha nombrado,
por error, I. carip ensis, etc.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 261

lo, con el piloto G uaiquerí, el trayecto por m ar, parecién-


dome arriesgado separarm e de los instrum entos que h a ­
bían de servirnos en las orillas del Orinoco.
Nos hicim os a la vela al venir la noche. El viento
era poco favorable, y nos fué m uy dificultoso do b lar el
cabo C odera; las ondas eran cortas y se estrellaban unas
contra otras. Preciso era h ab er experim entado la fatiga
de un día excesivam ente caluroso p a ra d orm ir en un
barquichuelo que singlaba cerrándose con el viento. El
m ar estaba tanto m ás alto cuanto que el viento fue con­
trario a la corriente hasta pasada la m edia noche. El
movimiento general que experim entan las aguas entre los
trópicos hacia el Oeste no se hace sentir en las costas bas­
tante a lo vivo sino d u ran te dos terceras p artes del año.
En los meses de septiem bre, octubre y noviem bre sucede
con h a rta frecuencia que la corriente lleva hacia el Este
(corriente para arriba) d u ran te quince o veinte días
arreo. Se han visto navios en cam ino p a ra La G uaira o
Puerto Cabello que no podían rem o n tar contra la co rrien ­
te que se dirigía de Oeste a Este, bien que tuviesen vien­
to en popa. H asta ahora no ha podido descubrirse la cau­
sa de estas anom alías. Los pilotos piensan que son efec­
to de algunos ventarrones del Noroeste en el golfo de
México; no obstante, esos ventarrones son bastante m ás
fuertes en la prim av era que en el otoño (14). Es tam ­
bién de n o ta r que la corriente hacia el Este precede al
cambio de la b r is a : com ienza desde luego a hacerse sen­
tir en tiem po de bonanza, y después de algunos días el
viento mism o se va con la corriente fiján d o se al Oeste.
En el transcurso de estos fenóm enos no se in terru m p e en
modo alguno el funcionam iento de las pequeñas m areas
barom étricas.
El 21 de noviem bre, al salir el sol, nos hallam os al
Oeste del cabo Codera, frente a C uruao (C aruao). El
piloto indio estaba asustado al percibir una frag ata in ­
glesa hacia el Norte, a una m illa de distancia. Ella nos

(14) Nouv. E sp ag n e , t. I, p. 310,


A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tomó sin duda por uno de esos barcos que hacen el co­
m ercio de contrabando con las A ntillas, los cuales (por­
que todo se organiza con el tiem po) estaban provistos de
licencias firm ad as p o r el G obernador de T rin id ad . Ni si­
quiera nos hizo llam ar p o r m edio del bote que parecía
aproxim ársenos. Desde el cabo C odera la costa es pe­
ñascosa y m uy elevada, presentando sitios tan agrestes
como pintorescos. Estábam os bastan te cercanos a tierra
p a ra distinguir las cabañas dispersas, rodeadas de coco­
teros, y m asas de vegetaciones que se destacaban sobre
el fondo oscuro de los peñascos. En todas p artes son es­
carp ad as las m ontañas y de u n a altu ra de tres o cuatro
m il pies: y la som bra de sus lad eras se proyectaba am­
plia e intensam ente sobre el terreno húm edo que se dila­
ta hasta el m a r y que luce con fresco verdor. Este litoral
produce en gran p arte los fru to s de la región cálida que
en tan grande abun d an cia se ven en los m ercados de Ca­
racas. E ntre Cam bur! y N ig u atar (N aiguatá) se alar­
gan cam pos cultivados de caña de azú car y m aíz en es­
trechos valles (pie parecen grietas o h en d ed u ras de pe­
ñascos. Los rayos del sol poco alto sobre el horizonte
p enetraban en tales lugares y m ostraban las oposiciones
m ás vivas de som bra y de luz.
El m onte de N ig u atar (N aiguatá) y la Silla de Ca­
racas son las cum bres m ás elevadas de esta serran ía cos­
tanera. La segunda casi alcanza la altu ra del Canigó:
tan engrosada parece la m asa de m ontañas cuanto por pri­
m era vez se la percibe del lado del m ar, que creeríam os
ver los Pirineos o los Alpes, despojados de su nieve, al­
zándose del seno de las aguas. Cerca de C araballeda
ensánchase el terreno cultivado: se ven allí colinas de
cuestas suaves, y la vegetación se eleva a g rande altu­
ra. C ultívase m ucha caña de azúcar, y de ella poseen
ahí los frailes de la M erced u n a plantación y 200 escla­
vos. Este sitio era antes sum am ente palúdico; y asegu­
ran que la salu b rid ad del aire h a aum entado desde que
se plantaron árboles en torno de u n a laguna cuyas ema­
naciones eran tem idas, y que hoy está m enos expuesta
al calor del sol. Una m u ralla de peñascos áridos se ade-
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V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 265

lanta de nuevo hacia el m a r al Oeste de C araballeda, au n ­


que en poca extensión. C uando la hubim os rodeado, des­
cubrim os a una vez el lindo punto de la aldea de Macuto,
las peñas negras de La G uaira erizadas de b aterías pues­
tas de grado en grado, y en una vaporosa le jan ía, un la r­
go prom ontorio de cimas cónicas y un blancor deslum ­
brante, que es Cabo Blanco. R ibetean la o rilla cocote­
ros, dándole, b ajo este cielo ardiente, u n a ap arien cia de
fertilidad.
D esem barcado que hube en el puerto de La G uaira,
hice en la m ism a tard e los aprestos p a ra tra n sp o rta r los
instrum entos a Caracas. Las personas a quienes había si­
do recom endado m e aconsejaron dorm ir, 110 en la ciu­
dad, donde no había cesado de re in a r la fiebre am arilla
desde hacía pocas sem anas, sino m ás a rrib a de la villa
de M aiquetía, en u na casa situada sobre una pequeña al­
tura, m ás expuesta que La G uaira a los vientos tem pla­
dos. Llegué a C aracas el 21 de noviem bre por la tarde,
cuatro horas antes que m is com pañeros de viaje, quienes
en su cam ino por tierra, entre C apaya y Curiepe, habían
sufrido m ucho con los aguaceros y las inundaciones de
los torrentes. P a ra 110 re c u rrir v arias veces a los mismos
objetos, voy a re u n ir a la descripción de La G uaira y del
camino ex trao rd in ario que conduce de este puerto a la
ciudad de Caracas, cuanto el Sr. Bonpland y yo hem os ob­
servado en u na excursión hecha a Cabo Blanco hacia el
fin del mes, del 23 al 27 de enero de 1800. H abiendo vi­
sitado el Sr. Depons estos lugares después que yo, y p re­
cedido a la m ía su instructiva obra me abstendré de des­
cribir m inuciosam ente asuntos que ha tratad o él con su­
ficiente precisión (15).

(15) He de recordar aquí que las medidas de altura y los re­


sultados de observaciones m agnéticas publicadas por el Sr. Depons
(t. III, pp. 66, 197), se fundan en mis cálculos aproximativos he­
chos en los respectivos lugares, de los cuales había yo dado copias a
varias personas que se interesaban en este género de investigacio­
nes. Es a los errores de esas copias a los que sin duda deben atri­
buirse las indicaciones del higrómetro de Deluc, las inclinaciones
266 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

La G uaira es m ás bien u n a ra d a que un puerto, pues


la m a r está allí constantem ente agitada, y los navios su­
fren a u na vez de la acción del viento, el nivel de la m a­
rea, el m al an claje y la b rom a ( Teredo navalis, L.). El
cargam ento se efectúa con d ificu ltad y la altu ra de las
ondas im pide que se puedan em b arcar ah í m uías, como
en Nueva Barcelona y en P u erto Cabello. Los negros y
m ulatos libres que llevan el cacao a bordo de las em bar­
caciones son una clase de hom bres de u n a fu erza m uscu­
la r m uy notable. P asan el ag u a a m edio cuerpo, y, cosa
bien digna de atención, n ad a tienen que tem er de los ti­
burones, que son frecuentes en este puerto. P arece te­
n e r que ver este caso con lo que he observado a m enudo
entre los trópicos relativ am en te a otras clases de anim ales
que viven en bandadas, por ejem plo, los monos y los co­
codrilos. En las m isiones del Orinoco y del río de las
Amazonas, los indios que c ap tu ran m onos p ara vender­
los saben m uy bien que logran dom esticar fácilm ente los
que h ab itan ciertas islas, m ien tras que los monos de la
m ism a especie cogidos en el continente inm ediato m ueren
de ira o de m iedo luego (pie se ven en poder del hombre.
Los cocodrilos de un a charca de los Llanos son cobardes,
y aun en el agua huyen, m ien tras que los de o tra charca
atacan con sum a intrepidez. S ería difícil explicar, m e d ian ­
te el aspecto de las localidades, esta diferencia de hábi­
tos y costum bres. Los tiburones del pu erto de La Guai­
ra parecen m o strar un ejem p lo análogo. Son peligrosos
y ávidos de sangre en las islas fro n teras a la costa de
Caracas, o sea en los Roques, B onaire y Curazao, m ientras
que a las personas que n ad an 110 las atacan en los puertos
de L a G uaira y S anta M arta. El pueblo, que recu rre siem­
pre a lo m aravilloso p a ra sim p lificar la explicación de
los fenóm enos físicos, asegura que en am bos lugares un
obispo había echado su bendición a los tiburones.

de la aguja imanada confundidas con la inclinación del polo en Ca­


racas, las oscilaciones de un péndulo cuya longitud no está deter­
minada, no comparadas con las oscilaciones contadas en otro lugar
durante un espacio igual de tiempo, etc.
V IA JE A I.AS REGIONES EQUINOCCIALES 267

La situación de La G uaira es m u y inusitada, no p u ­


diéndosela co m p arar con la de Santa Cruz de Tenerife.
La cordillera de m ontes que sep ara el puerto del alto va­
lle de C aracas se hunde casi de seguidas en el m ar, y las
casas de la ciudad se encuentran adosadas a u n a m uralla
de rocas escarpadas. Apenas queda entre esta m u ralla
y el m ar un terreno p arejo de 100 a 110 toesas de ancho.
La ciudad contiene de 6.000 a 8.000 hab itan tes y no tiene
sino dos calles dirigidas p aralelam en te de Este a Oeste.
Está dom inada por la b atería de Cerro Colorado y sus
fortificaciones a lo largo del m a r están bien dispuestas
y m antenidas. El aspecto de este lu g a r m u estra algo de
solitario y lúgubre, creyendo uno encontrarse, no en un
continente cubierto de vastas selvas, sino en una isla ro ­
callosa, p riv ad a de m antillo y de vegetación. Con excep­
ción de Cabo Blanco y de los cocoteros de M aiquetía, no
se m ira otro p aisaje que el horizonte del m a r y la bóveda
cerúlea. El calor es asfixiante en el día, y las
m ás de las veces tam bién en la noche. Con razón se rep u ­
ta el clim a de La G uaira como m ás ardiente que el de
Cum aná, P uerto Cabello y Coro, porque allí se siente m e­
nos la brisa del m a r y porque los peñascos escarpados
abrasan el aire con el calórico rad ian te que em iten des­
pués de la puesta del sol. Mal se juzgaría, sin em bargo,
de la constitución atm osférica de este lugar y del litoral
vecino todo, si sólo se com parasen las tem p eratu ras in d i­
cadas por los grados del term óm etro. Un aire estagnante.
metido en u n a garganta de m ontañas, en contacto con un
macizo de rocas áridas, obra de otra m an era en nuestros
órganos que otro aire calentado al igual en un cam po des­
pejado. Lejos estoy de b u scar la causa física de estas di­
ferencias en las únicas m odificaciones de la carga eléctri­
ca del aire : debo, no obstante, añ ad ir que algo al Este de
La G uaira, de la p arte de Macuto, distante de las casas y
a m ás de cien toesas de distancia de las rocas de gneis,
he podido apenas obtener, d u ran te varios días, algunas
débiles señales de electricidad positiva, cuando a las m is­
mas horas de la tarde, con el mism o electróm etro de Vol-
268 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ta arm ado de una m echa fum ante, h abía observado en


C um aná una separación de 1 - 2 líneas de las bolillas
de saúco. E xpondré m ás ab ajo las variaciones regulares
que a diario experim enta la tensión eléctrica del aire en
la zona tórrida, las cuales indican una sorprendente co­
rrelación entre las variaciones de la te m p eratu ra y la al­
tu ra del sol.
El exam en de las observaciones term om étricas he­
chas d u ran te nueve m eses en La G uaira por un médico
distinguido (16), m e ha puesto en ap titu d de co m p arar
el clim a de este puerto con los de C um aná, La H abana y
V eracruz. T anto m ás interesa esta com paración, cuanto
es una m ateria inagotable de conversación en las colonias
españolas y en tre los m arinos que frecu en tan estos p a ra ­
jes. Como n ad a engaña m ás en este asunto que el testi­
m onio de los sentidos, no puede la diferencia de los cli­
m as apreciarse sino por relaciones num éricas.
Los cuatro puntos que acabam os de n o m b rar se m i­
ra n como los m ás cálidos que ofrece el litoral del Nuevo
Mundo (17): la com paración de ellos puede serv ir para
confirm ar lo que hem os recordado algunas veces, a saber,
que generalm ente es la duración de u n a alta tem peratura,
y no el exceso del calor o su cantidad absoluta lo que hace
su frir a los habitantes de la zona tórrida.
El prom edio de las observaciones del m ediodía, desde
el 27 de ju n io hasta el 16 de noviem bre fué en La Guai-

(16) Don José Herrera, correspondiente de la Sociedad de Me­


dicina de Edimburgo. Las observaciones (desde el 2 de m ayo de
1799 hasta el 17 de enero de 1800) se hacían a la sombra, lejos del
reflejo de las paredes, con un termómetro que comparé con los míos,
y por medio de éstos, con los termómetros del Observatorio de
París.
(17) A este corto número podrían añadirse Coro, Cartagena de
las Indias, Omoa, Campeche, Guayaquil y Acapulco. En lo que
hace a Cumaná, m is comparaciones se fundan en mis propias ob­
servaciones y las de Don Faustino Rubio; en lo que hace a Veracruz
y La Habana, en las observaciones de Don Bernardo de Orta y Don
Joaquín Ferrer.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 269

ra de 31°,6 del term óm etro centígrado; en C um aná, 29°,3;


en V eracruz, 28°,7; en La H abana, 29°,5. Las diferencias
de los días apenas han excedido, a la m ism a hora, 0o,8 a
1°,4. En todo este tiem po sólo llovió cuatro veces, y só­
lo de 7 a 8 m inutos: es la época en que rein a la fiebre
am arilla, que ordinariam en te desaparece en La G uaira,
como en V eracruz (18) y en la isla de San Vicente, cu an ­
do la te m p eratu ra del día b a ja a m enos de 23 ó 21 g ra ­
dos. La te m p eratu ra m edia del mes m ás cálido fué en La
G uaira poco m ás o m enos de 29°,3; en C um aná, 29°,1; en
V eracruz, 27°,7; en El Cairo, según Nouet, 29°,9; en Roma,
25°,0. Del 16 de noviem bre al 19 de diciem bre fué la tem ­
peratura m edia en La G uaira, a m ediodía, sólo de 24°,3;
por la noche, de 21°,6. P^s la época en que se sufre m enos
el calor. Pienso, con todo, que no se ve descender el te r­
m óm etro (poco antes de salir el sol) por deb ajo de 21°;
en Cum aná b a ja algunas veces a 21°,2; en V eracruz, a 16°;
en La H abana (siem pre cuando sopla el viento del N or­
te) a 8o y aun m ás bajo. La tem p eratu ra m edia del m es
más frío es en estos cuatro lugares de 23°,2, 26°,8, 21°,1 y
21°,0: en El C airo es de 13°,4 (19). El pro m e d io del año
entero es, según buenas observaciones, cuidadosam ente
calculadas, en La G uaira, m ás o m enos 28°,1; en C um aná,
27“,7; en V eracruz, 25°,4; en La H abana, 25°,6; en Río de
Janeiro, 239,5; en S anta Cruz de Tenerife, situ a d a p o r los
28° 28' de latitud, pero apoyada como La G uaira a una
m uralla de "rocas, 21°,9; en El Cairo, 22°,4; en Roma,
15°,8 (20).

(18) Nouv. Espagne, t. IV, p. 511.


(19) El promedio del mes más cálido en París es de 19° a 20°;
y por consiguiente de 3 a 4 grados menos que la temperatura media
del mes más frío en La Guaira.
(20) Véanse aquí las variaciones horarias del barómetro ex­
presadas en líneas del pie de París, juntamente con las observacio­
nes del termómetro centígrado y del higrómetro de ballena de De-
270 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Resulta del conjunto de estas observaciones que La


G uaira es uno de los sitios m ás cálidos de la tie rra (21),
y que la cantidad de calor que este lu g a r recibe en el
transcurso del año es un poco m ayor que la que se expe­
rim enta en C um aná; pero que en los m eses de noviembre»
diciem bre y enero (a igual distancia de los dos pasos del
sol por el zenit de la ciudad) la atm ósfera se en fría m ás
en La G uaira, donde va ya aum entando el calor desde la
m itad de enero. ¿ Será este enfriam iento, m ucho m ás le­
ve que el que casi en la m ism a época se ex perim enta en
V eracruz y La H abana, la consecuencia de la posición
m ás occidental de La G uaira? El océano aéreo, que de

luc, tal como las he observado del 23 al 25 de enero en el puerto


de La Guaira:

Días Horas Barómetro Termóm. Higróm.

2 3 .enero 11 tarde 337,2 23°,5 51°,0 estrellado, claro.


4 mafi. 336,7 23°,1 52»,4
24 — 7 1 /2 m 337,5 23»,9 45»,3
9 337,7 24»,3 •12°,5
10 337,6 25»,6 •12»,3
12 337,1 26»,2 45»,2 cielo vaporoso.
2 % 336,4 26° ,4 45»,8
4 Vi 336,3 26",2 46»,3
5 3/4 336,6 23°,7 •17°,0
9 noche 337,1 24»,3 53°,2 nubes.
11 1/4 336,8 23»,7 52°,4
25 — 7 mañ. 337,0 22°,5 51°,2 sereno, cielo azul.
8 337,3 23»,5 50°,3

Las observaciones de tem peratura correspondientes a las mías


daban, para Cumaná, el 23 de enero a las 11 de la noche, 26°,6; el
24 de enero a las 2 V2 de la tarde, 28°,2; a las 11 1/4 de la noche,
26°,5; el 25 de enero a las 7 de la mañana, 25°,5.
(21) En Asia las temperaturas medias de Abushar, Madrás,
y Batavia, no son más de 25 y 27 grados; pero el mes más cálido
se eleva en Madrás, según Roxburh, a 32°; en Abushar, sobre el gol­
fo pérsico, según el Sr. Jukes, a 33°,9; lo cual es de 2 a 4 grados
más que en El Cairo. Véase Barrow. Voy. to Cochinchina, p. 180;
Malcolm, Hist., of P ersia, t. II, p. 505, y mi Ensayo sobre la distri­
bución del calor y las líneas isotermales, en las Mém. de la Socciété
d ’Arcueil, t. III.
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 271

buenas a prim eras parece fo rm ar una sola m asa, está


agitado por corrientes cuyos lím ites se h an fijad o según
leyes inm utables. Su tem p eratu ra se m odifica diversa­
mente por la configuración de las tierras y los m ares en
que reposa. Puede subdividírsele en varias cuencas que
se vacían unas en las otras, y de las cuales las m ás agi­
tadas (por ejem plo, la que está situada encim a del golfo
de México o entre la S ierra de S anta M arta y el golfo de
Darién) tienen u na influencia señalada en el en friam ien ­
to y m ovim iento de las colum nas de aire cercanas. Los
vientos del N orte causan a veces, en la p arte Suroeste del
m ar de las Antillas, rechazos y contracorrientes que en
ciertos meses parecen dism inuir los calores hasta en la
Tierra Firm e.

En tiempo de m i perm anencia en La G uaira todavía


no se conocía allí sino desde hacía dos años el azote de
la fiebre am arilla, o calentura am arilla; y la m o rtalidad
no había sido aún m uy grande, porque la afluencia de los
extranjeros en la costa de C aracas era m enos que en La
Habana y Veracruz. H abíanse visto de vez en cuando
individuos, aun entre los criollos y gente de color, a rre ­
batados por ciertas fiebres atáxicas rem itentes que, por
complicaciones biliosas, hem orragias y otros síntom as
igualm ente temerosos, parecían tener cierta analogía con
la fiebre am arilla. Se tratab a generalm ente de hom bres
que se habían dado a trab ajo s fatigosos en el corte de m a­
deras, por ejem plo en las selvas vecinas al puertecillo de
Carúpano o al golfo de Santa Fe, al Oeste de Cum aná.
A larm aba a m enudo la m uerte de ellos a los europeos 110
aclimatados, en ciudades que se creía eran em inentem en­
te sanas; pero los gérm enes de la enferm edad de que es­
porádicam ente habían sido atacados 110 se propagaban.
E 11 las costas de T ierra Firm e el verdadero tifo de Amé­
rica, conocido con el nom bre de v óm ito prieto (vómito
negro) y fiebre am arilla, que debe m irarse como una
afección m orbífica su i géneris, 110 era conocido sino en
Puerto Cabello, en C artagena de las Indias y en Santa
272 A L E J A N D R 0 I) E H U M B O L I) T

M arta, donde lo había observado y descrito Gastelbondo


en 1729. Los españoles recién desem barcados y los ha­
bitantes del valle de C aracas no tem ían por entonces su
perm anencia en La G u aira: a q u ejab an solam ente los
calores opresivos que rein an d u ran te una gran p arte del
año. De exponerse a la acción inm ed iata del sol, serían de
tem er a lo m ás esas inflam aciones de la piel y de los ojos
que en la zona tó rrid a se ex p erim en tan dondequiera y
que van a m enudo acom pañadas de un m ovim iento fe­
bril y de fuertes congestiones a la cabeza. Muchos indi­
viduos preferían el clim a ard ien te aunque uniform e de
La G uaira al clim a fresco au n q u e excesivam ente v aria­
ble de Caracas. Casi no se h ab lab a de la insalubridad
del aire en aquel puerto.
Desde el año de 1797 todo ha cam biado. El comer­
cio fué abierto a otros b ajeles que los de la metrópoli.
M arineros nacidos en las regiones m ás frías de España,
y por consiguiente m ás sensibles a las im presiones cli­
m atéricas de la zona tórrida, com enzaban a frecuentar
La G uaira. La fieb re am arilla se declaró: am ericanos
del Norte, atacados del tifo, fueron recibidos en los hos­
pitales españoles: no faltó quien dijese que eran ellos los
que h ab ían im portado el contagio, y que antes de entrar
en ra d a se había declarado la enferm edad a bordo de
un bergantín que venía de F iladelfia. El capitán de ese
bergantín negaba el hecho y p reten d ía que lejos de h a­
ber introducido el m al, sus m arin ero s lo h abían cogido
en el puerto mismo. Se sabe, conform e a lo sucedido en
Cádiz en 1800, cuán difícil es esclarecer hechos cuya in-
certidum bre parece favorecer teorías diam etralm ente
opuestas. Los habitantes m ás ilustrados de C aracas y
La G uaira, divididos como los médicos de E u ro p a y los
Estados Unidos, sobre el principio del contagio de la fie­
bre am arilla, citaban el mismo navio am ericano para
probar, los unos que el tifo venía de fuera, y los otros que
este había nacido en el país mismo. Los que abrazaban
el últim o sistem a adm itían una alteración ex trao rd in a­
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 273

ria en la constitución atm osférica causada p o r el desbor­


dam iento del río de La G uaira. Este torrente, que por
lo general no tiene 10 pulgadas de hondo, tuvo, después
de sesenta horas de lluvia en las m ontañas, una creciente
tan ex traordinaria, que arrastró troncos de árboles y m a­
sas de rocas de un volum en considerable. El agua m e­
día d u ran te la creciente de 30 a 40 pies de an ch u ra por 8
a 10 pies de profundidad. Suponíase que h ab ía salido
de algún depósito subterráneo form ado por infiltraciones
sucesivas en las tierras m ovedizas y nuevam ente desm on­
tadas. V arias casas fueron arreb atad as p o r el torrente,
y la inundación se hizo tanto m ás peligrosa p a ra los al­
macenes, cuanto la pu erta de la ciudad, que únicam ente
podía d a r salida a las aguas, se h ab ía cerrad o accidental­
mente. Fué m enester a b rir una brecha en una m u ralla
del lado del m ar. Más de trein ta personas perecieron y
los perjuicios fueron evaluados en m edio m illón de pesos.
Las aguas estancadas que infectaban los alm acenes, los
sótanos y los calabozos de la cárcel pública esparcían sin
duda m iasm as en el aire, los cuales, como causas predis­
ponentes, pueden h ab er acelerado el desarrollo de la
fiebre am arilla; pero pienso que la inundación del río de
La G uaira fué tan escasam ente la causa p rim itiv a de
aquella cuanto lo fueron los desbordam ientos del G ua­
dalquivir, el Jenil y el G uadalm edina p a ra Sevilla, E cija
y Málaga en las funestas epidem ias de 1800 y 1804. He
exam inado atentam ente el álveo del to rren te de La G uai­
ra y no he visto en él sino un terreno árido, bloques de
esquisto m icáceo y de gneis contentivos de p iritas y des­
prendidos del cerro del Avila, pero n ad a que pudiese a l­
terar la pureza del aire.
Desde los años de 1797 y 1798 (los mism os en que
hubo u na enorm e m o rtalidad en F iladelfia, S anta Lucía
(22) y Santo Domingo) la fiebre am arilla ha seguido

(22) Gillespie, On th e disease of His M a je s ty ’s sq ua dron ¡n the


Antilles, 1800, p. 17.
18 /
274 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ejerciendo sus estragos en La G u aira: no sólo ha sido


m o rtífera p a ra la tropa recientem ente llegada de E spa­
ña, sino tam bién p a ra la que había sido alistad a lejos de
las costas de los Llanos, entre Calabozo y U ritucu, en una
región casi tan cálida como La G uaira, pero favorable a
la salud. S orprenderíanos aun m ás este últim o fenóm e­
no, si no supiésem os que aun los nativos de V eracruz, que
no son atacados del tifo en su p ro p ia ciudad, sucum ben
ahí algunas veces en las epidem ias de La H abana y de los
Estados Unidos (23). Así como el vómito negro encuen­
tra sobre la cuesta de las m o n tañ as de México en el cam i­
no de Jalap a, un lím ite in fran q u eab le en el Encero (a
476 toesas de a ltu ra ), donde com ienzan los robles y un
clim a fresco y delicioso, la fieb re am arilla no atraviesa
casi la fila de m ontañas que sep ara a La G uaira del va­
lle de Caracas. Este valle ha estado p o r largo tiempo
exento de ella, pues no ha de confundirse el vóm ito y la
fiebre am arilla con las fiebres atáxicas y biliosas. La
Cum bre y el Cerro del Avila son un m uro bien útil p ara
la ciudad de Caracas, cuya elevación excede un poco a la
del Encero, aunque su te m p eratu ra m edia es su p erio r a
la de Jalapa.
En otra obra (24) he expuesto las observaciones fí­
sicas hechas por el Sr. B onpland y yo sobre el asiento de
las ciudades periódicam ente su jetas al azote de la fiebre
am arilla, y no arriesg aré aquí nuevas co n jetu ras sobre
los cam bios que se observan en la constitución patogéni­
ca de ciertas ciudades. M ientras m ás reflexiono sobre
estas m aterias, m ás m isterioso encuentro todo lo que es­
trib a en esas em anaciones gaseosas llam ad as tan vaga­
m ente gérm enes del contagio que se suponen d esarro llar­
se en un aire corrom pido, d estruirse con el frío, trasp o r­
tarse en los vestidos, y fija rse en las paredes de las casas.

(23) Nouv. Esp., t. IV, p. 525.


(24) Nouv. Esp., t. IV, pp. 476-564.
A N T IG U O C AM INO DE LA G U A IR A A C A R A C A S
(Dibujo de Bellermann)
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 277

¿Cómo explicar que d u ran te los dieciocho años que p re ­


cedieron al año de 1794 no hubiese un solo caso de vó­
mito en V eracruz, aun siendo en extrem o grande el con­
curso de europeos no aclim atados y de m exicanos del in ­
terior, y aun cuando los m arineros se entregasen a los
mismos excesos que hoy se les reconviene y la ciudad
fuese m enos lim pia de lo que es desde el año de 1800?
He aquí considerada la serie de los hechos patoló­
gicos en su m ayor sencillez. C uando a un puerto de la
zona tó rrid a, cuya in salu b rid ad no h an tem ido p articu ­
larm ente los navegantes, llega a un tiem po gran n ú ­
mero de personas nacidas en un clim a frío, el tifo de
América revela su actividad. E stas personas no han
tenido el tifo d u ran te la travesía; este no se m anifiesta
en ellos sino en los lugares mismos. ¿H a cam biado la
constitución atm osférica, o se ha desarrollado una nueva
forma de enferm edad en individuos cuya excitabilidad
está fuertem ente exaltada?
P ronto em pieza el tifo a e jercer sus estragos entre
europeos nacidos en países m eridionales. Si es por con­
tagio que se propaga, sorprende o bservar que en las ciu­
dades del continente equinoccial no se dirige por ciertas
calles y que el contacto inm ediato no aum enta el peligro
de la perm anencia ni m ás ni m enos de lo que el aisla­
miento lo dism inuye (25). Los enferm os, trasportados
al interior de las tierras, sobre todo a lugares m ás frescos
y elevados, por ejem plo a Jalap a no com unican el tifo a
los habitantes de esos lugares, sea porque no es contagio­
so por su propia naturaleza, sea porque las causas p re­
disponentes no son ahí las m ism as que en la región del

(25) En la peste de Oriente (otro tifo caracterizado por el des­


orden del sistem a linfático), el contacto inmediato es también de
temer menos de lo que generalmente se piensa. El Sr. Larrey ase­
gura que no es peligroso tocar o cauterizar los bubones, pero piensa
que no debe arriesgarse en cubrirse con vestidos de los pestíferos.
Mém, s u r les m ala d ie s de l'a r m é e fra n ç a is e en E g y p te , p. 35.
278 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

litoral. Con un descenso considerable de la tem peratura


cesa ordinariam ente la epidem ia en el sitio en que ha
tenido su origen. R eitérase a la en trad a de la estación
cálida, en veces m ucho antes, cuando desde hace varios
meses no ha habido enferm o alguno en el puerto ni ha
entrado en él navio alguno.
El tifo de A m érica parece restringido al litoral, sea
porque es allí donde desem barcan los que lo im portan y
donde se am ontonan las m ercancías que se suponen im­
pregnadas de m iasm as deletéreos (26), sea porque en las
playas del m a r se form an em anaciones gaseosas de una
n atu raleza particular. El aspecto de los lugares donde
este tifo ejerce sus devastaciones parece a m enudo excluir
toda sospecha de un origen local o endém ico. Se le lia
visto re in a r en las C anarias, en las B erm udas, y entre
las A ntillas m enores, en lugares secos antes conocidos
por la gran salubrid ad de su clima. Los ejem plos de la
propagación de la fiebre a m arilla al in terio r de las tie­
rra s parecen m uy dudosos en la zona tó rrid a : puede ha­
berse confundido esta en ferm ed ad con fieb res rem iten­
tes biliosas. En cuanto a la zona tem plada, donde es
m ás intenso el carácter contagioso del tifo de América,
el m al se ha extendido indudablem ente allí lejos del li­
toral, aun en lugares m uy elevados o expuestos a vientos
frescos y secos, como, en E spaña, a M edina-Sidonia, a la
C arlota, y a la ciudad de M urcia. Esta v aried ad de fe­
nómenos que ofrece una m ism a epidem ia según la dife­
rencia de los climas, la reunión de las causas predispo­
nentes, su duración m ás o m enos larga, y los grados de
su exacerbación, deben hacernos m uy circunspectos al
rem o n tar a las causas secretas del tifo de América. Un
observador ilustrado, que en las crueles epidem ias de
1802 y 180,'5 filé m édico en jefe de la colonia de Santo
Domingo, y que estudió la enferm edad en la isla de Cuba,
en los Estados Unidos y en E spaña, el Sr. Bailly, piensa
como yo “que el tifo es bien a m enudo contagioso, pero
que no siem pre lo es” (27).
(26) Bailly, de la fievre jaune, 1814, p. 421.
(27) Bailly, I. c., p. XII (Nouv. Esp., t. IV, p. 524).
V IAJE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 279

Desde que se ha visto eje rc e r a la fiebre am arilla tan


crueles estragos en La G uaira, ha habido em peño en exa­
g erar el desaseo de esa pequeña ciudad como se exagera
el de V eracruz y el de los m uelles o w arfs de Filadelfia.
En un lugar en donde el suelo es sum am ente seco, que
está desprovisto de vegetación, y donde caen apenas a l­
gunas gotas de lluvia en 7 u 8 meses, las causas que p ro ­
ducen eso que llam an m iasm as deletéreos, no pueden ser
bien frecuentes. Las calles de La G uaira m e han p a re ­
cido en general bastante aseadas, con excepción del b a­
rrio de las carnicerías. La ra d a no p resen ta esas playas
en las que se acum ulan restos de fucos y moluscos; pero
la costa cercana que se prolonga al Este hacia el cabo
Codera, y p o r consiguiente a barlovento de La G uaira,
es sum am ente m alsana. R einan a m enudo en Macuto
y C araballeda fiebres interm itentes p ú trid as y biliosas;
y cuando de vez en cuando es in terru m p id a la brisa por
un viento del Oeste, la pequeña b ah ía de Catia, que a
m enudo tendrem os la oportunidad de n o m b rar en se g u r
da, em ite hacia la costa de La G uaira, a p esar del rep aro
que opone Cabo Blanco, un aire cargado de em anaciones
pútridas.

Siendo tan diferente la irritab ilid ad de los órganos


en los pueblos del Norte y en los del m ediodía, no podría
ponerse en duda que con una lib ertad m ayor de com er­
cio y una com unicación m ás frecuente e íntim a en tre p aí­
ses situados b ajo diferentes climas, la fiebre am arilla h a ­
ya de extender sus estragos en el Nuevo M undo; y es aún
posible que el concurso de tan tas causas excitantes y su
acción sobre individuos tan diferentem ente organizados
hagan n acer nuevas form as de enferm edades, nuevas des­
viaciones de las fuerzas vitales. Es uno de los m ales
que acom pañan inevitablem ente una civilización crecien­
te. Indicarlo no es tener añoranza de la b a rb a rie : no es
particip ar de la opinión de los que quisieran rom per los
vínculos que existen entre los pueblos, no p ara san ear los
puertos de las colonias, sino p ara estorbar la introducción
de las luces y re ta rd a r los progresos de la razón.
280 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Los vientos <lel N orte que traen el aire frío del Ca­
nadá hacia el golfo de México hacen que cese periódica­
m ente la fiebre am arilla y el vómito negro en La H abana
y en V eracruz. Mas la sum a ig u aldad de tem p eratu ra
que caracteriza el clim a de P uerto Cabello, La Guaira,
Nueva B arcelona y C um aná, pone el tem or de que el ti­
fus se haga allí perm anente algún día, cuando por una
g ran concurrencia de ex tra n jero s haya adquirido un al­
to grado de exacerbación. Felizm ente el núm ero de de­
funciones h a dism inuido desde que se ha m odificado el
tratam ien to según el carácter que ofrece la epidem ia en
los diferentes años, desde que se h an estudiado m e jo r los
diversos períodos de la enferm edad, que se reconocen por
síntom as de inflam ación y de atax ia o debilidad. Pienso
que sería in ju sto n eg ar el éxito que la m edicina nueva
ha obtenido sobre tan terrib le flagelo; y sin em bar­
go, la persuación de este éxito 110 está m uy generalizada
en las colonias, pues se oye decir m uy com únm ente “que
los m édicos explican hoy el curso de la enferm edad de
una m anera m ás satisfactoria que lo hacían antes, pero
que 110 la cu ran m ejo r: que antaño se dejaban m o rir
lentam ente no tom ando m ás rem edios que una infusión
de ta m arin d o : que en nuestros días u n a m edicina más
activa conduce a la m u erte de un modo m ás pronto y
m ás directo”.
Esta opinión 110 está fu n d ad a en un conocimiento
exacto de lo que se hacía antes en las A ntillas. P o r el
v ia je del P. L abat puede uno convencerse de que a princi­
pios del siglo X V ill los m édicos de las A ntillas no de­
ja b a n m o rir al enferm o tan tran q u ilam en te como parece
que se supone. M atábase entonces, no con eméticos, qui­
na y opio em pleados en grandes dosis e intem pestiva­
m ente, sino con frecuentes sangrías y el abuso de p u r­
gantes. Los m édicos p arecían aun conocer a tal punto
los efectos de su tratam iento, que tenían la buena fe “de
presentarse al lecho del enferm o desde la p rim era visita
acom pañados del confesor y del notario”. Hoy, en los
hospitales lim pios y bien m antenidos, se logra a m enudo
reducir el núm ero de defunciones a 18 o 15 por ciento y
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 281

un poco m enos; pero dondequiera que están am ontona­


dos los enferm os, la m o rtalid ad se eleva a la m itad y aun
a los tres cuartos de los enferm os, como ha dado un e je m ­
plo el ejército francés en Santo Domingo, en 1802.
He hallado la latitu d de La G uaira de 10° 36' 19",
y la longitud de 69° 2fi' 13" (28). La inclinación de la
aguja im an ad a era, el 24 de enero de 1800, 42°,20; su
declinación al N. E., 42° 20' 35". La intensidad de las
fuerzas m agnéticas se halló ser proporcional a 237 osci­
laciones.
Siguiendo hacia el Oeste la costa granítica de La
Guaira, se h allan entre ese puerto, que sólo es una rad a
poco abrigada, y Puerto Cabello, varias en trad as en las
tierras que ofrecen excelentes fondeaderos a los bajeles.
Tales son la pequeña bahía de Catia, los A rrecifes, P u e r­
to La Cruz, Choroní, Ciénega de O cum are, T uriam o, Bor-
burata y Patanem o. Todos estos puertos, con excepción
del de B orburata por el que se ex portan ínulas p a ra J a ­
maica, no son hoy visitados sino por pequeños barcos
costaneros que cargan provisiones y cacao de las p la n ta­
ciones circunvecinas. Los h abitantes de Caracas, por
lo menos aquellos que tienen m iras m ás extensas, se fi­
jan con vivo interés en el fondeadero de C atia, al Oeste
de Cabo Blanco. Es un punto de la costa que el Sr. Bon-
pland y yo hem os exam inado d u ran te n u estra segunda
perm anencia en La G uaira. Una queb rad a de que h ab la­
remos a continuación, conocida con el nom bre de Quebra­
da de Tipe, desciende de la altiplanicie de C aracas hacia
Catia. H a largo tiempo que se ha concebido el proyecto
de construir por esa q u eb rad a una vía c a rretera y ab an ­
donar el antiguo cam ino de La G uaira que casi se ase­
m eja al paso del San Gotardo. Según ese proyecto, el
puerto de Catia, que es tan vasto como abrigado, podría
reem plazar al de La G uaira. D esgraciadam ente toda es­
ta playa a sotavento de cabo Blanco está llena de m an-

(28) Espinosa establece, según el Sr. Ferrer, la parte más sep­


tentrional de la ciudad en 10° 36' 40" de latitud. M em orias de los
n ave gan tes españoles, 1809, t. II, parte IV, p. 24.
282 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

glares y es excesivam ente m alsana. He subido a la ci­


m a del prom ontorio que form a el cabo Blanco p ara ob­
serv ar allí, en la Vigía, el paso del sol por el meridiano.
Q uería com parar en la m a ñ an a las altu ras tom adas so­
bre un horizonte artificial con las tom adas sobre el hori­
zonte del m ar, para v erificar la depresión ap aren te del
últim o por la m edición b aro m étrica de la colina (29). Es
un m étodo poco em pleado hasta ah o ra según el cual, re­
duciendo las altu ras del astro al tiem po mismo, puede
uno servirse de un instrum ento de reflexión así como de
un instrum ento provisto de un nivel. H allé la la titu d del
cabo, no m arcado en los m apas, tan exactos por lo de­
más, del D epósito hidrográfico de M adrid, de 10° 36' 45";
y no pude servirm e sino de los ángulos que dab a la im a­
gen del sol reflejad o sobre un vidrio plano. El horizon­
te del m a r estaba fu ertem en te abrum ado, y las sinuosi­
dades de la costa me im pedían to m ar las altu ras del sol
sobre ese horizonte.
Los alrededores de Cabo Blanco 110 d ejan de tener
interés p ara el estudio de las rocas. El gneis pasa aquí
al estado de m icaesquisto ( G lim m ersch iefer ), y contiene,
a lo largo de las costas del m ar, capas de clorita esquis­
tosa (C hloritsch iefer). E n esta ú ltim a he reconocido gra­
nates y aren a m agnética. Tom ando el cam ino de Catia
se ve el esquisto clorítico p a sa r a esquisto anfibólico
(H ornblendschiefer). T odas estas form aciones se vuel­
ven a en co n trar ju n ta s en las m o n tañ as prim itivas del

(29) Barómetro al nivel del mar, 337,3; termómetro, 28“: ba­


rómetro en la vigía, cima del cabo Blanco, 332, 8 (siempre en líneas
del antiguo pie de rey); termómetro, 27°,2; altura, 65 toesas. He
hallado en la vigía el ángulo entre la casa de la Compañía de Filipi­
nas en La Guaira y la torre de Maiquetía, de 11° 31' 25"; entre es­
ta casa y la punta Naiguatá, 14° 58' 35". El eje longitudinal del
cabo, que forma un promontorio alargado, se dirige en toda su ma­
sa al N. 81“ E.; la parte más saliente, que es en la mitad, se dirige
al N. 47° E. En La Guaira he visto (elevado el ojo a 33 pies) la
vigía del cabo bajo un ángulo de elevación de 1° 12'; combinado
lo cual con la medida barométrica, da para la distancia 3316 toesas.
(Obs. astr., t. I, p. 192). Jefferys, en el Wet. Pilot de 1783, coloca
el cabo Blanco 20 minutos (casi 7 leguas) al Oeete de La Guaira,
V IA JE A LAS REGIONES EQ UINOCCIALES 283

Viejo Mundo, sobre todo en el Norte de E uropa. Al pie


de Cabo Blanco a rro ja el m ar a la playa m asas rodadas
de una roca g ran u jien ta, que es u n a m ezcla íntim a de
anfíbolo y feldespato lam in ar. Es lo que algo vagam en­
te se llam a Grünstein prim itivo. Se reconocen en ello
vestigios de cuarzo y de piritas. Es probable que cerca
de las costas existan algunas rocas su b m arin as que pro­
duzcan esas m asas excesivam ente duras. Las be com­
parado en m i diario con el Paterlestein del Fichtelberg,
en F ranconia, que es tam bién una diabasa, pero de tal
modo fusible, que de él se bacen botones de vidrio, usa­
dos p a ra el com ercio de esclavos en las costas de Guinea.
Al principio había creído (según la analogía de los fenó­
menos que presentan estas m ism as m ontañas (le F ranco­
nia, cerca de Schauenstein y Steben, donde dom ina el
esquisto carburado de transición) que la presencia de es­
tas m asas anfibólicas con cristales de feldespato común
(no com pacto) indicaba la proxim idad de las rocas de
transición; pero en el alto valle de C aracas, cerca de An-
tímano, se descubren bolas de la m ism a diabasa llen an ­
do un filón que atraviesa el esquisto micáceo. En la
pendiente occidental de la colina del cabo Blanco el gneis
está cubierto de una form ación de arenisca o de aglom e­
rado sum am ente reciente. E sta arenisca contiene frag ­
mentos angulosos de gneis, de cuarzo y de clorita, arena
m agnética, m ad rép o ras y conchas bivalvas petrificadas.
¿Será esta form ación de la m ism a edad que la de P u n ta
A raya y C um aná? He enviado num erosas m uestras de
ella al gabinete del rey de E spaña en M adrid.
Pocas partes de la costa tienen un clim a tan ardiente
como los alrededores de Cabo Blanco. Sufrim os m ucho
con el calor, aum entado por la reverberación de un sue­
lo árido y polvoriento; pero los efectos de la insolación
110 tuvieron p a ra nosotros funestas consecuencias. T e­
men con exceso en La G uaira la acción fu erte del sol
sobre las funciones cerebrales, sobre todo en una época
en que la fiebre am arilla em pieza a m anifestarse. H a­
llándom e un día en el terrad o de la casa p ara observar
el m ediodía y la diferencia de los term óm etros al sol y
281 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

a la som bra, vi aparecerse a m i espalda un hom bre que


m e urgió con instancia a que tom ase una poción que te­
nía en la m ano del todo aprestada. E ra un m édico que
desde su ventana m e había visto hacía m edia hora ex­
puesto a los rayos del sol con la cabeza descubierta. Me
aseguraba que, habiendo yo nacido en un país septentrio­
nal, por la im pruden cia que acababa de com eter, debía
ex p erim en tar yo indudablem ente, y en esa m ism a tarde,
los síntom as de la fiebre am arilla, si m e obstinaba en no
to m ar un preservativo. Esta predicción, aunque muy
seria, n ad a me alarm ó, pues largo tiem po hacía que me
creía aclim atado; pero ¿cómo no ceder a instancias mo­
tivadas por tan benévola solicitud? T rag u é m i poción,
y el m édico tal vez me contó en el núm ero de los enfer­
m os que en el curso del año h ab ía salvado.
Después de h ab er descrito el sitio y la constitución
atm osférica de La G uaira, nos ap artarem o s de las costas
del m a r de las Antillas, p a ra no volverlas a ver casi del
todo antes de nuestro regreso de las m isiones del Orino­
co. El cam ino que lleva del puerto a Caracas, capital
de u n a gobernación de cerca de 900.000 habitantes, se
asem eja, como m ás arrib a lo hem os hecho notar, a los
pasos de los Alpes, a los cam inos del San G otardo y del
San B ernardo m ayor. N unca se h ab ía intentado su ni­
velación antes de mi llegada a la provincia de Venezue­
la, y n i aun se tenía idea precisa alguna de la elevación
del valle de Caracas. Se h ab ía rep arad o desde largo
tiem po atrá s que se b a ja b a m ucho m enos de la Cum bre
y de Las Vueltas, que es el punto culm inante del camino,
hacia La P astora a la en tra d a del valle de Caracas, que
hacia el puerto de La G u aira; pero como el m onte del
Avila es de una m asa m uy considerable, no se descubren
a un tiem po los puntos que se quisiera com parar. Im ­
posible es aún form arse u n a idea exacta de la elevación
de C aracas m ediante el clim a del valle. R efrescan allí
el am biente corrientes de aire descendente, y en gran
p arte del año las bru m as que envuelven la alta cim a de
la Silla. V arias veces he hecho a pie el cam ino de La
G uaira a Caracas, y de él he d ib u jad o un perfil fundado
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 285

en 12 puntos, cuya altu ra fu é d eterm inada p o r m edidas


barom étricas (30). En vano b e deseado hasta ahora que
mi nivelación fuese rep etid a y perfeccionada por algún
viajero instruido que visitara esta com arca, tan pintores­
ca y a la vez tan interesante p ara el físico.
C uando en la estación de los grandes calores se res­
pira el aire ab rasad o r de La G uaira y se vuelven las m i­
radas hacia las m ontañas, im presiona vivam ente la idea
de que a la distancia directa de cinco o seis m il toesas
una población de 40.000 alm as, reu n id a en un estrecho
valle, goza del frescor de la p rim avera, con una tem pe­
ratu ra que por la noche b a ja a 12° del term óm etro cen­
tesimal. Este acercam iento de clim as diferentes es m uy
común en toda la cordillera de los A ndes; pero donde­
quiera, en México, en Quito, en el P erú y en la Nueva
G ranada, es preciso hacer largos v iajes al in terio r de las
tierras, sea por llanuras, sea rem ontando los ríos, p ara
llegar a las grandes ciudades que son centros de civili­
zación. La elevación de C aracas sólo es el tercio de la
de México, Quito y Santa Fe de Bogotá; pero entre to­
das las capitales de la A m érica española que tienen en
medio de la zona tó rrid a un clim a fresco y delicioso,
es C aracas la m ás acercada a las costas. Qué v en taja
la de tener un puerto de m a r a tres leguas de distancia,

(30) He aquí las observaciones barométricas y sus resulta­


dos. Maiquetía, 335,0; term. 25°,6. La Venta, posada grande en
la falda septentrional de la Cumbre o del Cerro de Avila, barom.
294,1; term. 19",2. El Guayabo o Venta chica de la Cumbre, 285,3;
term. 18°,7. Fuerte de la Cuchilla, 281,5; term. 18°,8. Venta chica
de Sanchorquíz, 284,2; term. 18°,7. Junto a la Fuente de Sanchor-
quíz, 286,4; term. 18°,6. Ultima Venta chica, antes de llegar a la
Cruz de La Guaira, 284,1; term. 18°,8. La Cruz de La Guaira,
292,2; term. 19",6. La Alcabala de Caracas, Aduana de La P a s­
tora, baróm. 301,3; term. 15°,1 Caracas, en la Trinidad, baróm.
303,7; term. 15",2. (Véanse mis Obs. astr., t. I, p. 296 y 367). Los
resultados calculados pecan probablemente un poco por defecto. Se
han reducido las alturas barométricas, en la hora misma, por el co­
nocimiento preciso del efecto de las pequeñas mareas barométricas.
La altura absoluta del barómetro al nivel del mar se la indica menor
de la que la daba el mismo instrumento bien rectificado en el punto
cero de su escala, pero no se trata aquí sino de las diferencias.
A L E J A N D BO D E H U M B O L D T

y de estar situada entre las m ontañas, en u n a altiplanicie


(pie produciría trigo, si se prefiriese su cultivo al del ca­
feto!
El cam ino de La G uaira al valle de C aracas es infi­
nitam ente m ás herm oso que el de la H onda a S anta Fe,
y el de G uayaquil a Quito, y au n está m e jo r m antenido
que la antigua vía que conduce del puerto de V eracruz
a Perote, en la ladera o rien tal de las m ontañas de Nue­
va E spaña. E n buenas m uías, no se gastan sino tres ho­
ras para ir del puerto de La G uaira a C aracas, y bastan
sólo dos p a ra el regreso. En m uías de carga o a pie, el
v iaje es de cuatro a cinco horas. Se sube al principio,
por una cuesta peñascosa sum am ente in clin ad a y por
estaciones que llevan los nom bres de Torrequem ada, Cu-
rucutí y el Salto, hasta una g ran posada (la Venta) si­
tuada a 600 toesas de altu ra sobre el nivel del m ar. La
denom inación de T orrequem ada indica la fuerte sensa­
ción que se experim enta cuando se b a ja h acia La G uai­
ra. Está uno como sofocado por el calor que refle jan
las paredes de rocas y m ás que todo las árid as llan u ras
en las que se hunde la vista. En esta ru ta, como en el
cam ino de V eracruz a México, y en dondequiera que en
v irtud de una cuesta em p in ad a se m u d a de clim a, el acre­
centam iento de las fu erzas m usculares y el sentim iento
de bienestar que se ex p erim en ta a m ed id a que se va en­
trando en capas de aire m ás frías, m e h an parecido m e­
nos intensos que la sensación de postración y languidez
a que congojosam ente nos entregam os al descender hacia
las llan u ras ardientes del litoral. T al es la organización del
hom bre, que aun en el m undo m o ral no gozamos tanto
de lo que calm a n uestra situación, como sufrim os al ver-
nos afectados por una aflicción nueva.
I)e C urucutí al Salto es un poco m enos penosa la
subida. Las sinuosidades del cam ino contribuyen a h a­
cer m ás suave la pendiente, como en el antiguo cam ino
del Monte Ceñís. El Salto es u n a grieta que se pasa por
un puente levadizo. V erdaderas fortificaciones coronan
la cum bre del monte. En la V enta vimos el term óm etro,
a m ediodia, a 19°,3 cuando en La G uaira se sostenía, a
v ia je a i .a s r e g io n e s e q u in o c c ia l e s 287

la m ism a hora, a 26°,2. Como después de la época en


que los neutrales h a n sido de vez en cuando adm itidos
en los puertos de las colonias españolas, se ha perm itido
a los ex tran jero s su b ir a C aracas m ás fácilm ente que a
México, la Venta goza ya de alguna celebridad en E uro­
pa y en los Estados Unidos por la belleza de su situación.
En efecto, cuando lo perm iten las nubes, este sitio ofrece
una m agnífica perspectiva sobre el m a r y las costas cer­
canas. Se descubre un horizonte de m ás de veintidós
leguas de radio; es deslum bradora la m asa de luz que re ­
fleja el litoral blanco y árido; ab ajo se ve a Cabo B lan­
co, la villa de M aiquetía con sus cocoteros, La G uaira y
los bajeles que en tran en el puerto. B astante m ás ex­
traordinario todavía he hallado este espectáculo, cuando
no está del todo sereno el cielo y cuando regueros de n u ­
bes, fuertem ente ilum inadas en su p arte superior, p are­
cen descansar, como islotes movedizos, sobre la su p erfi­
cie inm ensa del océano. Capas de vapores que se sos­
tienen a diferentes elevaciones, fo rm an planos in term e­
diarios entre el ojo del observador y las regiones bajas.
Por una ilusión fácil de explicar ag ran d an ellas la esce­
na y la hacen m ás im ponente. D escúbrense de tiem po
en tiempo los árboles y las habitaciones al través de las
aberturas que d e ja n las nubes em p u jad as por el viento
y rodando sobre sí m ism as. Se creería entonces que los
objetos están colocados a m ayor pro fu n d id ad de la que
aparentan con un aire puro V uniform em ente sereno.
Puestos a la m ism a elevación en el declive de las m on­
tañas de México, entre las T rancas y Jalap a, todavía se
está a doce leguas de distancia del m a r (31); no se dis­
tingue sino m uy confusam ente la costa, al paso que en el
camino de La G uaira a C aracas se dom inan las llan u ras
(la tierra caliente) como desde lo alto de una torre. Hay
que figurarse la im presión que debe d e ja r tal aspecto a
los que, nacidos en el in terio r de las tierras, ven desde
este punto por vez p rim era el m a r y los barcos.

(31) Véase el perfil que publiqué en el Atlas de la Nouvelle-


Espagne, lám. 12.
288 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

He determ inado por observaciones directas la lati­


tud de la V enta p a ra poder d ar u n a idea m ás precisa de
su distancia de las costas. Esta latitu d es de 10° 33' 9".
Su longitud m e ha parecido, según el cronóm etro, m ás o
m enos de 2' 47" en arco al Oeste de la ciudad de C aracas
(32). A esta altu ra he h allad o la inclinación de la aguja
im anada de 41°,75, y la intensidad de las fuerzas m agné­
ticas igual a 234 oscilaciones.
P a ra llegar al Guayabo se suben todavía m ás de
150 toesas a p a rtir de la Venta, que se llam a tam bién Ven­
ta grande, p a ra distinguirla de otras tres o cuatro pe­
q ueñas hosterías establecidas en mi tiem po (hoy casi to­
das ellas están destruidas) a lo largo de la senda. Es
casi el punto culm inante del cam ino: tam bién llevé el
baróm etro m ás allá, un poco por encim a de la Cumbre,
al fortín de la Cuchilla. H allándom e sin pasaporte (pues
d u ran te cinco años no he tenido de él necesidad sino en
el m om ento de desem barcar) m e vi por poco arrestado
en un puesto de artilleros. P a ra calm ar la ira de aque­
llos viejos m ilitares trad ú jeles en varas castellanas el
núm ero de toesas que ese puerto tiene sobre el nivel del
m ar. A penas pareció in teresarles eso, y no debí m i li­
b ertad sino a un andaluz que se hizo en extrem o tratable
cuando le dije que las m ontañas de su país, la S ierra Ne­
vada de G ranada, eran m ucho m ás elevadas que todas
las m ontañas de la provincia de Caracas.
En el fu erte de la Cuchilla se halla uno a la altura
de la cim a del Puy-Dom e, o bien a poco m ás o menos
150 toesas m ás b ajo que el puesto del Monte Ceñís. E stan­
do tan cerca la ciudad de Caracas, la Venta del Guayabo
y el puerto de La G uaira, hubiéram os deseado el Sr.
B onpland y yo poder observar sim ultáneam ente, d u ran ­
te algunos días consecutivos la extensión de las pequeñas
m areas barom étricas, en u n valle de poca anchura, sobre
una altiplanicie expuesta a los vientos y cercana a las

(32) Las alturas del sol que tomé el 20 de enero de 1800 fue­
ron muy cerca del paso del astro por el meridiano (Obs. astr., t.
I, p. 186).
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 289

costas del m a r; pero la atm ósfera no estaba bastante so­


segada d u ran te el tiem po que perm anecim os en esos lu ­
gares. Además, carecía yo del triple ap arato de in stru ­
mentos m eteorológicos que exigía este trab ajo , el cual
recom iendo a los físicos que visiten próxim am ente este
país.
Cuando por p rim era vez transité esta altiplanicie
para p asar a la capital de Venezuela, b ailé reunidos en
derredor de la pequeña fonda del G uayabo m uchos via­
jeros que ponían a descansar sus ínulas. E ran caraq u e­
ños, y disputaban entre sí acerca del m ovim iento por la
independencia que había tenido efecto poco tiem po a n ­
tes. José E spaña había sucum bido en el cadalso; su
m u je r gem ía en una casa de reclusión, porque h abía d a­
do asilo a su m arido fugitivo y no lo había delatado al
gobierno. Sorprendióm e la agitación que rein ab a en los
ánimos, la acritu d con que discutían cuestiones sobre las
que hom bres de aquel mismo país no debieran diferil
en opinión. M ientras disertaban sobre el odio de los
m ulatos contra los negros libres y los blancos, sobre la
riqueza de los frailes y la dificultad de m an ten er los es­
clavos en la obediencia, un viento frío que parecía des­
cender de la alta cima de la Silla de C aracas, nos en­
volvió en una espesa b rum a y puso térm ino a una con­
versación tan anim ada. Se buscó un refugio en la V en­
ta del Guayabo. Cuando entram os en la hostería, un
hom bre de edad, que con m ayor calm a había hablado,
recordó a los dem ás cuán im prudente era, en el cerro
como en la ciudad, en esos tiem pos de delación, en tre­
garse a discusiones políticas. T ales palabras, p ro n u n ­
ciadas en un lugar de tan salv aje aspecto, me causaron
una viva im presión, que a m enudo se ha renovado en
el trascurso de nuestras reco rrid as por los Andes de
Nueva G ranada y del Perú. En E uropa, donde los p u e­
blos desahogan sus querellas en las llanuras, se ascien­
de a las m ontañas p ara buscar allí el aislam iento y la
libertad. En el Nuevo Mundo las cordilleras están h a ­
bitadas hasta doce mil pies de altu ra. Los hom bres
llevan allí consigo tanto sus disenciones civiles como sus
290 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m ezquinas y rencorosas pasiones. Se han establecido


casas de juego en las fald as de los Andes, allá donde el
descubrim iento de las m inas de oro ha hecho fu n d ar
ciudades; y en esas vastas soledades, casi por encima
de la región de las nubes, en m edio de objetos que de­
b erían enaltecer las ideas, la noticia de u n a condecora­
ción o de un título rehusados por la corte, trasto rn a a
m enudo la dicha de las fam ilias.
Ya se vuelvan las m irad as hacia el le jan o horizonte
del m ar, o ya se d irija n al Sureste hacia la cresta den­
tada de peñascos que parece u n ir la C um bre con la Si­
lla, aunque estén sep arad as por la q u eb rad a de Tocume
(Tócom e), por todas p artes se ad m ira el alto carácter
del paisaje. A p a rtir del G uayabo se reco rre durante
m edia hora u na altiplanicie m uy p a re ja cubierta de
p lan tas alpinas. Esta p arte del cam ino la llam an las
Vueltas a causa de sus sinuosidades. Un poco m ás a rri­
ba se h allan las b arracas o alm acenes de h a rin a que la
C om pañía G uipuzcoana h abía construido en un lugar
de tem p eratu ra m uy fresca, cuando tenía el monopolio
exclusivo del com ercio y el abastecim iento de Caracas.
Es del cam ino de las V ueltas, de donde la capital se ve
por p rim era vez, situ ad a trescientas toesas m ás abajo,
en un valle ricam ente plantado de cafetos y árboles fru ­
tales de E uropa. Los v iajero s tienen la costum bre de
detenerse ju n to a un herm oso m anantial, conocido con
el nom bre de Fuente de Sanchorquíz, que desciende de
la Sierra, sobre capas in clinadas de gneis. He hallado
su tem p eratu ra de 16",4; lo cual, p ara una elevación de
726 toesas, es un frescor bien considerable, y m ayor pa­
recería a los (pie beben esta agua lím pida, si el m an an ­
tial, en vez de b ro ta r entre la Cum bre y el valle tem­
plado de Caracas, se en co n trara en la b a ja d a hacia La
G uaira. Pero he observado que en esta b ajad a, al lado
septentrional de la m ontaña, la roca está in clin ad a (por
una excepción poco com ún en este p aís), no al Noroes­
te, sino al Sureste (Hor. 8,3; in d ., 40° al S. E.), lo cual
quizá im pide a las aguas su b terrán eas fo rm ar ah í m a­
nantiales.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 291

Del arroyuelo de Sanchorquíz se sigue b ajan d o a


la Cruz de La G uaira, cruz colocada en un sitio abierto
a 632 toesas de altura, y de ah í (entrando por la alca­
bala y b arrio de La Pastora) a la ciudad de Caracas. A
este lado m eridional del cerro del Avila, el gneis p re­
senta varios fenóm enos geognósticos dignos de la aten ­
ción de los viajeros. Está atravesado por filones de
cuarzo donde en cajan prism as acanalados, a m enudo a r ­
ticulados con titanio rútilo de dos o tres líneas de diá­
metro. E n las hendeduras del cuarzo se hallan, cuando
se le rom pe, cristales m uy sueltos que form an una red
entrecruzándose: en ocasiones (sobre todo p o r debajo
de la Cruz de La G uaira, a 594 toesas de altu ra absolu­
ta) el titanio no se presenta m ás que en d en d ritas de un
rojo vivo. El gneis del valle de C aracas está caracte­
rizado por los granates verdes y ro jo s que encierra y
que desaparecen donde la roca pasa al esquisto m icá­
ceo. Igual fenóm eno luí sido observado por el Sr. de
Buch en Suecia, en H elsingland; m ien tras que en la E u­
ropa tem plada son generalm ente los esquistos micáceos
y las serpentinas, y no el gneis, los que contienen los
granates. En las cercas de los huertos de Caracas, cons­
truidas en parte con fragm entos de gneis, se reconocen
granates de un bello color rojo, un poco trasparentes,
pero m uy difíciles de desprender. El gneis, cerca de la
Cruz de La G uaira, a m edia legua de distancia de Ca­
racas, m e ha m ostrado tam bién vestigios de cobre azu­
lillo (cobre carbonatado azul) disem inado en filones de
cuarzo y pequeñas capas de grafito o hierro carburado
terroso. Este últim o, que sobre el papel d eja trazas,
se halla en m asas bastante grandes, y a veces m ezclado
con hierro espático, en la q u eb rad a de Tocum e (¿Tóco-
me?), al Este de la Silla.
E ntre el m an an tial de Sanchorquíz y la Cruz de La
Guaira, como todavía m ás arrib a, el gneis encierra po­
tentes bancos de caliza prim itiva, gris azulada, sacaroi-
de, de grano grueso, que contiene m ica y está atravesa­
da por filones de espato calcáreo blanco. La mica, en
anchas hojas, está colocada en el sentido de la inclina­
292 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ción de las capas. He h allad o en esta caliza prim itiva


m uchas piritas cristalizadas y fragm entos romboidales
de hierro espático de un am arillo isabelino. El empe­
ño que tuve en descubrir trem olita (g ram atita del Sr.
H auy), que en el Fichtelberg de F ranconia, cerca de Wun-
siedel, es com ún en la caliza granosa (sin dolom ía), fué
inútil (33). En E uropa se observan generalm ente ban­
cos de caliza prim itiva en los esquistos m icáceos; pero
tam bién se halla caliza sacaroide en un gneis de la for­
m ación m ás antigua, en Suecia, cerca de Upsal, en Sa­
jorna, cerca de B urkersdorf, y en los Alpes, en el paso
del Simplón. Estos yacim ientos son análogos a los de
Caracas. Los fenóm enos de la geognosia, p articu lar­
m ente los que conciernen a la estratificación de las ro­
cas y a su agrupam iento, nunca son aislados; se les ha­
lla de nuevo en am bos hem isferios. T anto m ás m e han
im presionado estas analogías y esta id en tid ad de for­
maciones, cuanto que en la época de m i v ia je los mine­
ralogistas no conocían todavía el nom bre de u n a sola
roca de Venezuela, de Nueva G ranada y de las cordille­
ras de Quito.

(33) La caliza primitiva por encima del manantial de Sanchor-


quíz está dirigida, como el gneis en ese punto, hor. 5,2; e inclinada
de 45° al Norte; pero la dirección general del gneis en el cerro del
Avila es, hor. 3,4 con 60° de inclinación al N. O. Obsérvanse ex­
cepciones locales en una pequeña extensión de terreno cerca de la
Cruz de La Guaira (hor. 6,2; inclin. 8o N .), y más arriba, frente
a la quebrada de Tipe (hor. 12; inclin. 50° 0).
CAPITULO XII

Mirada general sobre las provincias de Venezuela. — D i­


versidad de sus intereses.— C iudad y valle de Caracas.
Clima

La im portancia de una cap ital no depende única­


mente de su población, su riqueza o su posición; y p ara
apreciarla con alguna cabalidad, es m enester reco rd ar
la extensión del territorio del que es ella centro, la m a ­
sa de producciones indígenas que son objeto de su co­
mercio, las relaciones en que se en cuentra con las p ro ­
vincias som etidas a su influencia política. Estas diver­
sas circunstancias se m odifican con los vínculos m ás
o m enos rela jad o s que unen a las colonias con la m e­
trópoli; m as tales son el im perio del hábito y las com ­
binaciones del interés com ercial, que es de p resu m ir
que esa influencia de las capitales sobre los países circu n ­
dantes, esas asociaciones de provincias, que se refu n d en
entre sí b a jo la denom inación de reinos, de cap itan ías ge­
nerales, de presidencias y de gobiernos, sobrevivirán así y
todo a la catástrofe de la separación de las colonias (1).
No se llev arán a efecto los desm em bram ientos sino alli
donde, a despecho de los lím ites naturales, se h a n re u n i­
do a rb itrariam en te partes que se h allan estorbadas en
sus com unicaciones. La civilización en América, donde-

(1) Reinos, C a p ita n ía s g enerales, P resid enc ia s, Gobiernos,


P rovincias, son los nombres que la corte de España ha dado siempre
a sus do m inios de u lt r a m a r .
294 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

quiera que (como en México, G uatem ala, Quito o el Pe­


rú ) no existía ya hasta cierto punto antes de la conquista,
se dirigió de las costas hacia el interior, ora siguiendo
el valle de un gran río, ora una cordillera de m ontañas
que ofrecían clim as tem plados. C oncentrada a la vez
en diferentes puntos, se propagó al m odo de radios di­
vergentes. La reunión en provincias o en reinos se efec­
tuó con el prim itivo contacto inm ediato entre las porcio­
nes civilizadas o por lo m enos som etidas a una dom ina­
ción estable y regular. C om arcas desiertas o habitadas
por pueblos salvajes cercan hoy los países conquistados
por la civilización europea; y aquellas sep aran tales con­
quistas como con brazos de m a r difíciles de fran q u ear
m anteniéndose las m ás de las veces estados en vecindad
m ediante fra n ja s de tierras desm ontadas. Más fácil es co­
nocer la configuración de las costas b añ ad as por el océa­
no que las sinuosidades de este lito ral in terio r en que la
b arb arie y la civilización, las selvas im penetrables y los
terrenos cultivados, se tocan y delim itan. P or no haber
reflexionado sobre el estado de las nacientes sociedades
del Nuevo Mundo, desfiguran los geógrafos tan a m enudo
sus m apas, trazando las diferentes p artes de las colonias
españolas y portuguesas como si estuviesen contiguas en
todos los puntos del interior. El conocim iento local que he
podido ad q u irir por mí mism o acerca de esos lím ites, me
pone en capacidad de f ija r con alguna certidum bre la
extensión de las grandes divisiones territo riales, de com­
p a ra r la p arte silvestre y la h ab itad a, y de ap reciar la
influencia política m ás o m enos grande que ejercen cier­
tas ciudades de A m érica, como centros de poder y de co­
m ercio.
C aracas es la cap ital de un país que es casi dos
veces m ás grande que el P erú actual y que le cede poco
en extensión al reino de la N ueva G ran ad a (2). Este país,

(2) La Capitanía general de Caracas tiene cerca de 48.000 le­


guas cuadradas (de 25 al grado); el Perú (desde que La Paz, Po­
tosí, Charcas y Santa Cruz de la Sierra fueron separadas y reunidas
al virreinato de Buenos Aires) tiene 30.000; la Nueva Granada,
comprendiendo la provincia de Quito, 65.000. Hizo estos cálculos
VISTA DE C A R A C A S , EL AVILA Y SU VALLE
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 297

que el gobierno español designa con los nom bres de Ca­


pitanía general de Caracas o de provincias (reunidas)
de Venezuela, tiene cerca de un m illón de habitantes, de
los cuales 60.000 son esclavos (3). C om prende, a lo la r ­
go de las costas, la Nueva A ndalucía o provincia de Cu-
m aná (con la isla de M argarita) (4), B arcelona, V enezue­
la o Caracas, Coro y M aracaibo; en el interior, las p ro ­
vincias de B arinas y la G uayana, la p rim era a lo largo
de los ríos Santo Domingo y Apure, y la segunda a lo la r­
go del Orinoco, el C asiquiare, el A tabapo y Bío Negro.
Echando una o je ad a general sobre las siete provincias
reunidas de la T ierra Firm e, se ve que fo rm an tres zonas
distintas extendidas de Este a Oeste.
H állanse prim ero terrenos cultivados a lo largo del
litoral y cerca de la cordillera de m ontañas costaneras;
luego, sabanas o dehesas; y en fin, allende el Orinoco,
una tercera zona, la de los bosques en las que se p en etra
sólo por m edio de los ríos que lo atraviesan. Si los in ­
dígenas que h abitan esos bosques viviesen enteram ente
del producto de la caza, como los del Missouri, diríam os
que las tres zonas en que acabam os de d ividir el territorio
de V enezuela son la im agen de tres estados de la sociedad
hum ana, la vida del salvaje cazador en los bosques del
Orinoco, la vida pastoral en las sab an as o Llanos y la
vida del agricultor en los altos valles y al pie de los m on­
tes costaneros. Los frailes m isioneros y algunos solda­
dos ocupan aquí, como en la Am érica toda, puestos av an ­
zados sobre la frontera del Brasil. Es en esta p rim era

el Sr. Oltmanns, conforme a los cambios que m is determinaciones


astronómicas han introducido en los mapas de la América española.
Prefiero aquí evaluaciones en números redondos; las discusiones
particulares sobre la extensión de los diferentes países, su pobla­
ción respectiva, y otras circunstancias puramente estadísticas, ha­
llarán su puesto en capítulos particulares, a medida que nos apar­
temos de cada una de las grandes divisiones territoriales.
(3) La Capitanía general de Caracas tiene el título de C a p i­
ta n ía g e n e ra l de las P ro vin cias de V enezuela y C iudad de C a r a c a s .
(4) E sta isla, cercana a las costas de Cumaná, forma un G o­
bierno particular, que depende inmediatamente del capitán general
de Caracas.
298 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

zona donde se hace p alp ar la p rep o n d eran cia de la


fuerza y el abuso del poder que es su necesaria conse­
cuencia. Los indígenas se m ueven en una g u erra cruel y
se devoran a veces unos a otros. Los frailes tra ta n de en­
sanchar sus aldeíllas de m isión y se aprovechan de las di-
senciones de los indígenas. Los m ilitares destinados a
proteger los frailes viven en disputas con estos. Todos
al igual presentan el triste cuadro de la m iseria y las p ri­
vaciones. Presto tendrem os la o p o rtu n id ad de acercar­
nos a m ira r tal estado del hom bre que, como estado n a ­
tural, ensalzan los que hab itan las ciudades. E n la se­
gunda región, que son las llan u ras y los pastos, 110 es
v ariad a la alim entación, pero sí m u y abundante. Más
adelantados hacia la civilización, 110 por eso quedan los
hom bres, con excepción del recinto de algunas ciudades
esparcidas, m enos aislados unos de otros. Al ver sus
habitaciones, cubiertas en p arte con pieles y cueros, cree-
ríase que, lejos de haberse asentado, están apenas acam ­
pados en esas vastas p rad eras que h acen horizonte. La
agricultura, que por sí sola consolida las bases de la so­
ciedad y estrecha sus lazos, ocupa la tercera zona, que
constituye el litoral, y sobre todo los valles cálidos y tem­
plados de los m ontes próxim os al m ar.
Podríase o b je ta r que en otras partes de la América
española y portuguesa, dondequiera que pueda seguirse
el desarrollo progresivo de la civilización, hallam os reu ­
nidas las tres edades de la sociedad (5); pero h ay que
observar, y esta observación es m u y im p o rtan te p ara
los que quieren conocer a fondo el estado político de las
diversas colonias, que la disposición de las tres zonas,
la de los bosques, la de los pastos y la de las tierras la ­
bradas, no es igual dondequiera, y que en n in g u n a parte
es tan regular como en el p aís de Venezuela. Mucho dis­
ta de lo cierto que sea siem p re de la costa hacia el inte­
rio r que van dism inuyendo la población, la in d u stria co­
m ercial y la cu ltu ra intelectual, En México, en el Perú
y en Quito, son las altiplanicies y las m o n tañ as centrales

(5) Nouv. Esp., t. II, p. 68.


V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 299

las que presentan la m ás num erosa reunión de cultiva­


dores, las ciudades m ás contiguas, las instituciones m ás
antiguas. Y aún se observa que en el reino de Buenos Ai­
res, la región de los pastos, conocida con el nom bre de
Pam pas, se halla interpuesta entre el puente aislado de
Buenos Aires y la gran m asa de indios lab rad o res que h a ­
bitan las cordilleras de Charcas, la Paz y Potosí. Esta cir­
cunstancia da origen, en un mismo país, a u n a diversidad
de intereses entre los pueblos del in terio r y los habitantes
de la costa.
Cuando se quiere ten er una idea precisa de estas vas­
tas provincias que desde ha siglos han sido gobernadas
casi como estados separados, p o r virreyes y capitanes
generales, hay que p restar atención a u n a vez sobre v a ­
rios puntos. Hay que distinguir las p artes de la A m érica
española opuestas al Asia, de las que están b añ ad as por
el océano A tlántico; hay que discutir, como acabam os de
hacerlo, dónde está colocada la m ayor p arte de la pobla­
ción y si ella está aproxim ada a las costas, o si está con­
centrada en el interior, sobre las altiplanicies Irías y
tem pladas de las cordilleras; hay que v erificar la razón
num érica entre los indígenas y las dem ás castas, inves­
tigar el origen de las fam ilias europeas, ex am in ar a qué
raza pertenece el m ayor núm ero de blancos en cada p a r­
te de las colonias. Los andaluces-canarios de Venezuela,
los m ontañeses (así llam an en E spaña a los h abitantes
de las m ontañas de S antander) y los vizcaínos de Méxi­
co, los catalanes de Buenos Aires, difieren esencialm ente
entre sí en lo que hace a su ap titu d p ara la ag ricu ltu ra,
p ara las artes m ecánicas, p ara el comercio, y p a ra las
cosas (pie provienen del desarrollo de la inteligencia.
Cada una de estas razas ha conservado, en el Nuevo co­
mo en el V iejo Mundo, los m atices que constituyen su
fisonom ía nacional, la aspereza o la b la n d u ra de su ca­
rácter, su m oderación o el deseo excesivo de lucro, su
hospitalidad afable o el gusto por el aislam iento.- En los
países cuya población está com puesta en gran p arte de
indios y de castas m ezcladas, las diferencias que se m a­
nifiestan entre los europeos y sus descendientes no pue­
300 A LE J A N D R O DE H U M B O L D T

den sin duda ser tan opuestas y definidas como las que
antaño exhibían las colonias de origen jónico o dórico.
Españoles trasplantados a la zona tórrida, hechos b ajo un
nuevo cielo casi ex tran jero s a los recuerdos de la m adre
p atria han debido ex p erim en tar m udanzas m ás sensibles
que los griegos establecidos en las costas del Asia Menor
o de Italia, cuyos clim as difieren tan poco de los de Ate­
nas o de Corinto. No es posible negar las diversas m odi­
ficaciones que en el carácter del español-am ericano han
producido a una vez la constitución física del país, el ais­
lam iento de las capitales en altiplanicies, o su proxim i­
dad a las costas, la vida agrícola, el tra b a jo de las minas,
y el hábito de las especulaciones com erciales; pero do­
quier se reconoce, en los h ab itantes de C aracas, de Santa
Fe, de Quito y de Buenos Aires, algo que pertenece a la
raza, a la filiación de los pueblos.
* Si se exam ina el estado de la cap itan ía general de
C aracas según los principios que acabam os de exponer,
se ve que es principalm ente cerca del litoral donde se
encuentran su in d u stria agrícola, la g ran m asa de su po­
blación, sus ciudades num erosas, y cuanto depende de
una civilización avanzada. El desarrollo de las costas es
de m ás de 200 leguas./ E stán b añ ad as por el pequeño
m a r de las A ntillas, suerte de M editerráneo, sobre cuyas
orillas h an fundado colonias casi todas las naciones de
E uropa*que se com unica con m uchos puntos del océano
A tlántico, y cuya existencia h a influido sensiblem ente,
desde la conquista, sobre los progresos de la ilustración
en la p arte del naciente de la A m érica equinoccial. Los
reinos de N ueva G ranada y México 110 tienen relaciones
con las colonias ex tra n jeras, y m ediante ellas con la E u­
ropa 110 española, sino p o r los únicos puertos de C arta­
gena de las Indias y S anta M arta, y de V eracruz y Cam­
peche. Estos vastos países, por la n atu raleza de sus cos­
tas y el aislam iento de su población en el dorso de las
cordilleras, tienen pocos puntos de contacto con el ex­
tranjero. Aun menos frecuentado es el golfo de Méxi­
co, en una p arte del año, a causa del peligro de las ven­
toleras del Norte. Las costas de Venezuela, por el con­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 301

trario, debido a su extensión, su desarrollo hacia el Este,


la m ultiplicidad de sus puertos, y la seguridad de sus ate­
rra je s en las diferentes estaciones, aprovechan todas las
v entajas que ofrece el m a r in terio r de las Antillas. En
ninguna p arte las com unicaciones con las grandes islas,
y aun con las de barlovento, pueden ser m ás frecuentes
que por los puertos de C um aná, B arcelona, La G uaira,
Puerto Cabello, Coro y M aracaibo: en n inguna p arte ha
sido m ás difícil de restrin g ir el com ercio ilícito con los
extranjeros. ¿H abrá que ad m irarse de que esta facili­
dad de relaciones com erciales con los h ab itantes de la
A m érica libre y los pueblos de la E u ro p a agitada haya
aum entado a un tiempo, en las provincias reu n id as b ajo
la cap itan ía general de Venezuela, la opulencia, las lu ­
ces, y ese deseo inquieto de un gobierno local que se con­
funde con el am or de la libertad y de las form as re p u ­
blicanas?
Los indígenas cobrizos o indios no constituyen una
m asa m uy im portante de la población agrícola sino allí
donde los españoles han hallado, en el m om ento de la
conquista, gobiernos regulares, una sociedad civil, insti­
tuciones antiguas y las m ás de las veces m uy com plica­
das, como en Nueva España, al Sur de D urango, y en el
Perú, desde el Cuzco al Potosí, En la cap itan ía general
de C aracas la población india es poco considerable, por
lo m enos fu e ra de las misiones, en la zona cultivada. En
el caso de grandes disenciones políticas, los indígenas no
inspiran tem ores a los blancos y a las castas m ezcladas.
E valuando la población total de las siete provincias re u ­
nidas en 900.000 almas, p a ra 1800, pienso que los indios
sólo alcanzan a 1/9, m ientras que en México alcanzan a
casi la m itad de los habitantes.
E ntre las castas de que se com pone la población de
Venezuela, la de los negros, que se hace doblem ente in ­
teresante por la desventura y por el tem or a una reacción
violenta, no es considerable por su n úm ero sino por su
acum ulación en una extensión de terreno poco conside­
rable. Pronto verem os que en toda la cap itan ía general
302 A LE J A X D R O DE H U M B O L D T

los esclavos 110 exceden 1/15 de la población total. En la


isla de Cuba, que entre las A ntillas es aquella en que los
negros están en m enor núm ero co m parativam ente a los
blancos, esta razón era en 1811 como 1 a 3. Las siete
provincias reunidas de V enezuela contienen (50.000 escla­
vos; Cuba, cuya extensión es ocbo veces m enor, tiene
212.000. C onsiderando el m a r de las A ntillas, del
que hace parte el golfo de México, como u n m a r in terio r
de varias em bocaduras, es im p o rtan te que d irijam o s la
atención sobre las relaciones políticas que nacen de esa
configuración singular del Nuevo C ontinente entre paí­
ses situados en d erred o r de u n a m ism a cuenca. A pe­
sar del aislam iento en que la m ayor p arte de las m etró­
polis tra ta n de m a n ten er sus colonias, no por eso d ejan
de com unicarse las agitaciones, en ellas. D ondequiera
son iguales los elem entos de división, y como por instin­
to se establece un acuerdo entre hom bres del m ism o color
separados por la diferencia del lenguaje y habitadores
de playas opuestas. Este M editerráneo de A m érica, fo r­
m ado por el litoral de V enezuela, N ueva G ranada, Méxi­
co, los Estados Unidos (6) y las islas A ntillas, reú n e en
sus orillas cerca de m illón y m edio de negros libres y es­
clavos; tan desigualm ente rep artid o s están, que no hay
sino m uy pocos al Sur y casi n ad a en la región del Oeste.
L a g ran acum ulación de ellos se encu en tra en las costas
septentrionales y orientales. Es p o r decirlo así la parte
african a de esta cuenca interior. N atu ral es que las di-
senciones que desde 1792 se m an ifestaro n en Santo Do­
m ingo se hayan propagado a las costas de Venezuela. Tan
luengo tiem po como E sp añ a ha poseído tran q u ilam en te
estas herm osas colonias, los pequeños m otines de escla­
vos han sido fácilm ente rep rim id o s; pero desde que co­
m enzó una lucha de otro género, la lucha p o r la indepen­
dencia, los negros, por su actitud am enazante, lian ins­
pirado a su vez tem ores a los partidos contrarios, y ha si-

(6) Los productos de los estados t r a n s a le g á n ic o s son exporta­


dos por el Missisipí, y la posesión de las Floridas la desean viva­
mente los anglo-americanos para ocupar mayor desarrollo de costas
en el mar interior.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 303

do proclam ada en diferentes regiones de la A m érica es­


pañola la abolición g rad u al o instan tán ea de la esclavi­
tud, m enos por m otivos de ju sticia y hum anidad, que por
asegurarse el apoyo de u n a raza de hom bres intrépidos,
acostum brados a las privaciones, que com baten por sus
propios intereses. E n la relación de v ia je de Jerónim o
Benzoni hallo un curioso p asaje que p ru eb a cuán tem ­
pranos son los tem ores que debe p ro d u cir el crecim iento
de la población negra. No cesarán estos tem ores sino
cuando los gobiernos secunden por m edio de leyes las
m ejoras progresivas que introducen en la esclavitud do­
méstica la tem planza de las costum bres, la opinión y el
sentim iento religioso. “Los negros, dice Benzoni, se han
m ultiplicado de tal m a n era en Santo Domingo, que en
1545, cuando yo estaba en T ierra F irm e (en la costa de
C aracas), he visto m uchos españoles que no dudaban de
que dentro de poco sería esta isla p ro p ie d a d de los ne­
gros” (7). A nuestro siglo estaba reservado ver cum plir­
se esta predicción, y tran sfo rm arse una colonia europea
de la A m érica en estado africano.
Los 60.000 esclavos que incluyen las siete provincias
unidas de V enezuela están rep artid o s tan desigualm ente,
que la sola provincia de C aracas contiene cerca de cua­
renta mil de ellos, de los que 1/5 son m ulatos, M aracaibo
de diez a doce m il, C um aná y Barcelona apenas seis mil.
P ara ju z g a r de la influencia que los esclavos y los p a r­
dos en general ejercen sobre la tran q u ilid ad pública, no
basta conocer su núm ero; es m enester co n sid erar su acu­
m ulación en ciertos puntos y su género de vida como la ­
bradores o habitantes de las ciudades. En la provincia
de V enezuela se h allan los esclavos reunidos casi todos
en un territorio de no grande extensión, en tre la costa

(7) “Vi sono molti Spagnuoli, che tengono per cosa certa, che
quest, Isola (San Dominico) in breve tempo sara posseduta da ques­
ti Mori di Guinea” (Benzoni, Hist. del mondo nuovo, 2a. ed. 1572,
p. 65). El autor, que no es muy escrupuloso sobre los datos esta­
dísticos que adopta, cree que en su tiempo había en Santo Domingo
7000 negros fugitivos (Mori c im a ro n i) con los que Don Luis Colón
hizo un tratado de paz y amistad.
304 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

y u na línea que pasa (a 12 leguas de la costa) por Pana-


quire, Yare, Sabana de O cum are, Villa de C ura y Nir-
gua. Los llanos o vastas llan u ras de Calabozo, San Car­
los, G uanare y B arquisim eto, no incluyen sino de cuatro
a cinco m il de ellos, que se h allan esparcidos en los hatos
y ocupados en el cuido de ganados. El núm ero de m a­
num isos es m uy co n sid erab le: las leyes y las costum bres
españolas favorecen la m anum isión. El amo no puede
reh u sar la libertad a un esclavo que le ofrece la sum a de
trescientos pesos, bien que hubiese costado el doble el
esclavo a causa de su in d u stria y de una ap titu d p articu ­
la r p a ra el oficio que ejerce. Los ejem plos de personas
que dan lib ertad por testam ento a cierto núm ero de es­
clavos son m ás com unes en la provincia de Venezuela
que en cualquiera otra parte. Poco antes de que visitáse­
mos los fértiles valles de A ragua y el lago de Valen­
cia, u na dam a que hab itab a la considerable villa de La
V ictoria ordenó a sus hijos, desde su lecho de m uerte,
que diesen lib ertad a todos sus esclavos, en núm ero de
treinta. Me place re fe rir casos que h o n ran el carácter
de los habitantes de quienes hem os recibido el Sr. Bon-
p land y yo tantas señales de afecto y benevolencia (8).

(8) Esta evaluación no difiere sino en un décimo de la que


publiqué en mi obra sobre México, (t. IV, p. 472), que termina en
consideraciones generales sobre el estado de todas las colonias es­
pañolas. Vivamente interesado en conocer con precisión la pobla­
ción negra de la América, había hecho en 1800, en los propios luga­
res y consultando a ricos propietarios ( h a c e n d a d o s ), listas parcia­
les para los valles de Caracas, Caucagua, Guapo, Guatire, Aragua,
Ocumare, etc. E stas evaluaciones daban para la provincia de Ve­
nezuela 32.500 esclavos; y para toda la Capitanía general de Cara­
cas, 54.000, y no 218.400 negros, como lo indica el Sr. Depons su­
poniendo (sin duda por error de cifras) que los negros son casi el
tercio (3/10) de la población entera (V o y ag e a la T e r r e - F e r m e , t. I,
pp. 178, 241). Los datos que me he procurado durante m i estada
en Caracas, Cumaná y la Guayana española, han sido sometidos
recientemente a nuevas verificaciones, merced a la atenta solicitud
del Sr. Manuel Palacio-Fajardo, quien ha publicado una noticia
muy interesante sobre el carbonato de sosa o U rao de la Laguni-
11a, y del cual los tres diarios de viaje de Santa Fe a Barinas, de
Caracas a los llanos de Pore, y de Mérida a Trujillo, me han su­
ministrado preciosos materiales para el perfeccionamiento de las
cartas geográficas.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 305

D espués de los negros hay interés sobre todo en las


colonias por conocer el núm ero de blancos criollos, que
llam o yo hispano-am ericanos (9), y el de los blancos
nacidos en E uropa. Es difícil obtener nociones suficien­
tem ente exactas sobre punto tan delicado. En el Nuevo
Mundo, como en el antiguo, el pueblo detesta los em padro­
nam ientos, porque sospecha que se hacen p ara au m en tar
la m asa de los impuestos. Por otra parte, los adm inis­
tradores enviados por la m etrópoli a las colonias no gus­
tan m e jo r que el pueblo de las nóm inas estadísticas, y
esto por razones de una política recelosa. D ifícilm ente
se escapan a la curiosidad de los colonos estas nóm inas
fatigosas en su ejecución. En M adrid, por m ás que m i­
nistros instruidos de los verdaderos intereses de la p atria,
hayan deseado de vez en cuando obtener inform aciones
precisas sobre la creciente pro sp erid ad de las colonias,
las autoridades locales no han secundado por lo general
m iras tan útiles. M enester h an sido órdenes directas
de la corte de E spaña p ara que se entregasen a los edi­
tores del Mercurio Peruano las excelentes nociones de
economía política que han publicado. Fué en México,
y no en M adrid, donde oí v itu p erar al v irrey conde de
Revillagigedo, por hab er enseñado a la Nueva E spaña
entera que la capital de un país (pie tiene cerca de seis
m illones de habitantes no contenía, en 1790, sino 2300 eu­
ropeos, m ientras que se contaban ahí m ás de 50.000 espa­
ñoles-am ericanos. Las personas que pro ferían tales que­
jas consideraban como una de las m ás peligrosas concep­
ciones del conde de F loridablanca el herm oso estableci­
m iento de los correos, m ediante los cuales v ia ja una car­
ta de Buenos Aires a Nueva C alifornia; y aconsejaban
(felizm ente sin éxito) a rra n c a r las viñas en Nuevo Méxi­
co y en Chile p a ra favorecer el com ercio de la m etrópoli.
E x trañ a ceguedad la que hace creer que por m edio de los

(9) A imitación del vocablo an g lo -a m erica n o , admitido en


todas las lenguas de Europa. En las colonias españolas los blancos
nacidos en América se llaman esp año les; y los verdaderos españoles,
los que han nacido en la metrópoli, los llaman europeos, G ach u p i­
nes o Chapetones.
20
306 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

padrones se revelará a las colonias el sentim iento de sus


fuerzas! Es sólo en los tiem pos de desunión y p ertu r­
baciones interiores cuando, exam inando la prep o n d eran ­
cia relativa de las castas, que deberían estar todas an i­
m adas por un mism o interés, parece que se evalúa de an ­
tem ano el núm ero de los com batientes!
Si se com paran las siete provincias reu n id as de Ve­
nezuela con el reino de México y con la isla de Cuba,
se logra h a lla r aproxim adam ente el núm ero de blancos
criollos y aun el de los europeos. Los prim eros, o espa­
ñoles-am ericanos, son en México cerca de un quinto, y
en la isla de Cuba, según el p ad ró n m uy exacto de 1811,
un tercio de la población total. Cuando se reflexiona so­
bre los dos y m edio m illones de indígenas de raza cobriza
que h ab itan en México, cuando se considera el estado de
las costas bañ ad as por el océano Pacífico y el corto n ú ­
m ero de blancos que en cierran las intendencias de Pue­
bla y O ajaca, en com paración con los indígenas, 110 pue­
de dudarse de que, si no la C apitanía general, por lo m e­
nos la provincia de Venezuela, da una proporción más
fu erte que la de 1 a 5. La isla de Cuba, en la que los
blancos son m ás num erosos aun que en Chile, puede su­
m inistrarnos un núm ero límite, es decir, el m áxim um ,
que puede suponerse en la cap itan ía general de Caracas
(10). Creo que deben estim arse doscientos o doscientos
diez m il españoles-am ericanos en u n a población total de
900.000 alm as. E n la raza blanca, el nú m ero de europeos
(sin incluir las tropas enviadas por la m etrópoli) no pa­
rece exceder de doce a quince mil. En México cierta­
m ente no se eleva a m ás allá de 60.000, y por varias
aproxim aciones encuentro que si se evalúan en todas las
colonias españolas 14 o 15 m illones de habitantes, hay en
este núm ero a lo m ás 3.000.000 de criollos blancos y 200
m il europeos.

(10) No cito el reino de Buenos Aires donde, sobre m ás de


un millón de habitantes, los blancos son sumamente numerosos en
la parte del litoral, mientras que las altiplanicies o provincias de
la Sierra están casi por entero pobladas de indígenas.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 307

Cuando el joven Tupac-A m aru, que se creía heredero


legítimo del im perio de los Incas, hizo en 1781, a la ca­
beza de 40.000 indios m ontañeses la conquista de v arias
provincias del Alto P erú, todos los blancos fueron sobre­
cogidos de igual temor. Los españoles-am ericanos sin­
tieron, como los españoles nacidos en E uropa, que la lu ­
d ia era de la raza cobriza contra la raza blanca, de la
b arb arie contra la civilización. T upac-A m aru mismo,
que no carecía de cultura, comenzó por liso n jear a los
criollos y al clero europeo; m as arrastrad o pronto por
los acontecim ientos y el espíritu de venganza de su so­
brino A ndrés Condorcanqui, m udó de proyectos. Un m o­
vim iento hacia la independencia se convirtió en una gue­
rra cruel entre las castas: los blancos quedaron vencedo­
res, y excitados por el sentim iento del com ún interés, p u ­
sieron desde entonces una viva atención en la proporción
que existe en tre su núm ero y el de los indios en las di­
ferentes provincias. A nuestros tiem pos estaba reserv a­
do ver a los blancos dirigiendo esta atención sobre sí m is­
mos y exam inando los elem entos de que se com pone su
casta. Cada em presa p ara conquistar la independencia
y la libertad pone en oposición el p artido nacional o am e­
ricano con los hom bres de la m etrópoli. Cuando llegué
a Caracas, estos acababan de escapar al peligro de que se
habían creído am enazados con el levantam iento proyec­
tado por España. Esta osada tentativa tuvo consecuen­
cias tanto m ás graves, cuanto en vez de buscar en lo p ro ­
fundo las verdaderas causas del descontento popular, se
creyó salvar la m etrópoli em pleando sólo medios de r i­
gor. Hoy día han separado hom bres de un com ún o ri­
gen m ovim ientos estallados desde las orillas del Río de
la P lata hasta Nuevo México, en una extensión de mil
cuatrocientas leguas.
P arecen asom brarse en E uropa cuando ven que los
españoles de la m etrópoli, cuyo corto núm ero hem os in ­
dicado, han hecho durante siglos tan larga y fu erte resis­
tencia; y se olvida que en todas las colonias el partido
europeo aum enta necesariam ente con una gran m asa de
nacionales. Intereses de fam ilia, el deseo de una tran-
308 a i. e j a n n r o n n H ü m b o L d t

quilidad ininterrum p id a, el tem or de lanzarse a una em­


presa que puede fracasar, im piden a estos a b ra z a r la
causa de la independencia o asp irar al establecim iento
de un gobierno local y representativo, bien que depen­
diente de la m adre p atria. Unos, de m iedo a todos los
m edios violentos, se lisonjean de que reform as lentas po­
drán hacer m enos opresivo el régim en colonial, y no ven
en las revoluciones sino la p érd id a de sus esclavos, el
despojo del clero y la introducción de u n a tolerancia re­
ligiosa que creen incom patible con la pureza del culto
dom inante. Otros pertenecen a ese corto núm ero de fa­
m ilias que, en cada com una, sea por u n a opulencia he­
red itaria, sea por su m uy antiguo establecim iento en las
colonias, ejercen una v erd ad e ra aristo cracia m unicipal:
m ás quieren ser privados de ciertos derechos, que com­
partirlos con los dem ás: y au n p referirían una dominación
e x tra n je ra a la auto rid ad ejercid a por am ericanos de
una casta in ferio r: abom inan toda constitución fundada
en la igualdad de derechos: se espantan por sobre todo
de la pérd id a de esas condecoraciones y títulos que tanto
trab a jo les lia costado ad q u irir y que, como atrá s lo re­
cordam os, fo rm an u n a p arte esencial de su dicha do­
m éstica. Otros todavía, y su núm ero es m uy considera­
ble, viven en el cam po del producto de sus tierras y go­
zan de esa lib ertad que hay, b ajo los gobiernos m ás ve­
jatorios, en u n país cuya población está d isem in ad a: no
aspirando por sí mism os a los puestos, los ven con indi­
ferencia ocupados por hom bres cuyo nom bre les es casi
desconocido y cuyo poder no les alcanza: p referirían sin
duda al antiguo estado de las colonias un gobierno na­
cional y u n a libertad plena de com ercio; pero este deseo
110 a v en taja lo bastante al am or del reposo y los hábitos
de una vida indolente p a ra com prom eterlos a largos y
laboriosos sacrificios.
Al caracterizar, conform e a las referencias m últi­
ples que he obtenido de hab itan tes de toda clase, esta va­
riad a tendencia en las opiniones políticas rein an tes en las
colonias be expuesto en v irtu d de ello m ism o, las cau­
sas de esa larga y apacible dom inación de la m etrópoli
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 309

en A m érica. La quietud ha sido el resultado del hábito,


de la preponderancia de algunas fam ilias poderosas, so­
bre todo del equilibrio que se establece entre fuerzas hos­
tiles. Una seguridad fu n d ad a en la desunión ha de ser
conm ovida desde que una m asa de hom bres, olvidando
por algún tiem po sus enconos individuales, se reúnen a
m erced del sentim iento del común interés, desde que tal
sentimiento, u na vez despertado, se fortifica con la re ­
sistencia, y desde que el progreso de la ilustración y el
cambio de las costum bres dism inuyen la influencia del
hábito y de las ideas añejas.
A trás vimos que la población india en las provincias
reunidas de Venezuela es poco considerable y reciente­
mente civilizada; y es por eso que todas las ciudades han
sido fu n d ad as allá por los conquistadores españoles. Es­
tos no han podido continuar, como en el P erú y en Méxi­
co, las huellas de la antigua cultura de los indígenas.
Caracas, M aracaibo, C um aná y Coro no tienen de indio
sino los nom bres. E ntre las capitales de la A m érica
equinoccial situadas en las m ontañas y que gozan de un
clima m uy tem plado (México, S anta Fe de Bogotá y Qui­
to), la m enos elevada es C aracas (11). Como la m ayor
población de V enezuela se halla ap ro x im ad a a las costas
y como la región m ás cultivada está p aralela a estas, di­
rigiéndose de Este a Oeste, C aracas no es un centro de
comercio, como México, Santa Fe de Bogotá y Quito. De
las siete provincias reunidas en una cap itan ía general,
cada u n a tiene un puerto especial por el que salen sus
productos. Basta considerar la posición de las provin­
cias, sus relaciones m ás o m enos íntim as con las islas de
sotavento o las grandes Antillas, la dirección de las m on­
tañas y el curso de los grandes ríos, p a ra com prender
que C aracas nunca podrá e jercer una influencia políti­
ca m uy poderosa sobre el país de que es capital. El A pu­
re, el Meta y el Orinoco, dirigidos de Oeste a Este, reci-

(11) Se ignora todavía la elevación del suelo de la capital


de Guatemala. Según las producciones vegetales que nacen en ese
sueí°. se puede suponer que aquella es de menos de 500 toesas.
310 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ben todos los afluentes de los llanos o de la región de los


pastos. Santo Tom ás de G uayana será por fu erza algún
día una plaza com ercial de alta im portancia, sobre todo
cuando las h arin a s de la Nueva G ranada, em barcadas
a rrib a de la confluencia del Río Negro y el U m adea, b a­
jen por el Meta y el Orinoco, y cuando se las prefiera
en C aracas y C um aná a las h arin a s de N ueva Inglaterra.
Es una gran v e n ta ja p a ra las provincias de Venezuela
el 110 ver todas sus riquezas territo riales dirigidas a un
mismo punto, como las de México y las de N ueva Gra­
nada, que confluyen a V eracruz y a C artagena, y presen­
ta r m ás bien un gran núm ero de ciudades bien pobladas
casi por igual, que form an a m a n era de sendos centros
diversos de comercio y civilización.
C aracas es asiento de u n a Audiencia (corte suprem a
de justicia) y de uno de los ocho arzobispados en que es­
tá dividida toda la A m érica española (12). Su pohla-

(12) Los arzobispados y audiencias no tienen los mismos lí­


mites que las grandes divisiones políticas que, independientes unas
de otras, se conocen con el nombre de virreinatos y capitanías ge­
nerales. Hay a menudo dos A u diencias en un solo virreinato, como
las de México y Guadalajara, las de Lima y el Cuzco; a veces los
obispos de un virreinato dependen de un arzobispado que reside
en otra división política. Los obispos de Panamá, Mainas, Quito,
y Cuenca, están sometidos al arzobispado de Lima, y no al de Nueva
Granada. Los 8 arzobispos de la América española tienen su sede
en México, Guatemala, Santo Domingo, La Habana, Caracas, Santa
Fe de Bogotá, Lima y Chuquisaca o Charcas. Las 12 Audiencias son
las de México, Guadalajara, Guatemala, La Habana, Caracas, Santa
Fe de Bogotá, Quito, Lima, Cuzco, Chuquisaca, Santiago de Chile, y
Buenos Aires. En fin, las grandes divisiones políticas son: el vi­
rreinato de México (con dos comandantes generales en las provin­
cias i n t e r n a s y el capitán general de Yucatán); las capitanías ge­
nerales de Guatemala, de las des Floridas, de la isla de Cuba, de
Santo Domingo, de Puerto Rico, y de Venezuela; el virreinato de
N ueva Granada (con la Presidencia de Quito); los del Perú y Bue­
nos Aires; la Capitanía general de Chile. Sólo hay cuatro virrei­
natos; pero Chile, Quito y Guatemala han llevado siempre en Es­
paña, en estilo de cancillería, el título de Reinos. El presidente de
una audiencia puede ser sometido a un virrey; por ejemplo, el de
Quito depende, como comandante general, en los asuntos adminis­
trativos y militares, del virrey de Santa Fe. He creído menester
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 311

ción en 1800, según las investigaciones que hice sobre el


núm ero de nacim ientos, era de unas 40.000 alm as: los
habitantes m ás instruidos la creían aun de 45.000, de los
que 12.000 eran blancos, y 27.000 pardos libres. E valua­
ciones hechas en 1778 habían dado ya de 30 a 32.000.
Todos los censos directos han quedado en un cuarto, y
más, debajo del núm ero efectivo. En 1760 la población
de C aracas y del hermoso valle en que esa ciudad está
situada h abía sufrido inm ensam ente de u n a cruel epi­
demia de viruelas. La m o rtalidad se elevó en la ciudad
a seis u ocho m il: desde esa época m em orable la inocu­
lación se ha generalizado, y la he visto p racticar sin la
ayuda de los médicos. En la provincia de Cumaná,
donde las com unicaciones con E uropa son menos fre ­
cuentes, no se tenía en m i tiem po un solo caso de virue­
las desde hacía quince años, m ien tras que en Caracas
esta cruel enferm edad era de continuo tem ida, porque
ella se m ostraba siem pre allí esporádicam ente en varios
puntos a un tiem po; (ligo esporádicam ente, porque en la
América equinoccial, donde los cam bios de la atm ósfera
y los fenóm enos de la vida orgánica parecen sujetos a
una periodicidad notable, la viruela, antes de la in tro ­
ducción tan benéfica de la vacuna, no ejercía sus estra­
gos (si se puede d a r fe a una creencia m uy difundida)
sino cada 15 o 18 años. Después de m i regreso a E uro­
pa, la población de C aracas continuó aum entando; y era
de 50.000 alm as cuando el gran terrem oto del 26 de m a r­
zo de 1812 hizo perecer b ajo las ru in as de las casas cerca
de 12.000. Los acontecim ientos políticos (pie siguieron
a esa catástrofe han reducido el núm ero de habitantes
a menos de 20.000; pero estas pérd id as no ta rd a rá n en
repararse, si el país sum am ente fértil y com ercial cuyo
centro es C aracas tiene la v en tu ra de gozar por algunos
años de la quietud y de una juiciosa adm inistración.
La ciudad está situada al principio de la lla n u ra de
Chacao, que se extiende tres leguas al Este hacia Cauri-

recordar aquí estas triples divisiones de las jerarquías política, ecle­


siástica y judicial, porque ellas andan a menudo confundidas en
las obras que tratan de las colonias españolas,
312 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m are y la Cuesta de A uyam as y tiene dos y m edia leguas


de ancho. A travesada por el río G uaire, tiene esta lla­
n u ra 414 toesas de elevación sobre el nivel del m ar. El
terreno que ocupa la ciudad de C aracas es desigual y tie­
ne una pendiente m uy fu erte de N. N. O. a S. S. E. P ara
tener una idea exacta de la posición de C aracas, es m e­
nester reco rd ar la disposición general de la serran ía cos­
tanera y de los grandes valles longitudinales que las a tra ­
viesan. El río G uaire nace en el grupo de cerros p rim i­
tivos del H iguerote que separa el valle de C aracas y el
de A ragua. F órm ase cerca de las A djuntas, de la reu ­
nión de los riachuelos de San P edro y M acarao y se di­
rige al principio al Este h asta la Cuesta de Auyam as, y
luego al Sur, p a ra re u n ir sus aguas, m ás ab ajo de Yare
con las del río Tuy. Este últim o es el único río conside­
rable en la p arte septentrional y m ontañosa de la pro­
vincia. Sigue regularm ente la dirección de Oeste a Este
en u n a longitud de 30 leguas en línea recta, de las que
m ás de los tres cuartos son navegables. Sobre esta lon­
gitud he hallado, por m ediciones barom étricas, la pen­
diente del T uy desde la hacienda de M anterola (al pie
del alto cerro de la Cocuiza, 3' al Oeste de La V ictoria)
hasta su boca, al Este del cabo Codera, de 295 toesas.
Este río form a en la serran ía costanera una especie de
valle longitudinal, m ientras (pie las aguas de los llanos o
de las cinco sextas p artes de la provincia de C aracas, si­
guen la inclinación del terreno hacia el Sur, haciéndose
afluentes del Orinoco. Esta m ira hidrográfica puede d ar
alguna luz sobre la tendencia n a tu ra l que tienen los h a ­
bitantes de u n a m ism a provincia p a ra ex p o rtar sus pro­
ducciones por vías diversas.
Si el valle de C aracas no es m ás que una ra m a la­
teral del valle del Tuy, no p o r eso d e ja n de q u e d a r por
algún espacio paralelos. Están separados por un terreno
montuoso que se atraviesa por el cam ino de C aracas
a las sabanas altas de O cum are, pasando por El Va­
lle y Salam anca. Estas sabanas están ya allende
el Tuy; y como el valle del T uy es m ucho m ás b ajo que
el de Caracas, se b a ja casi siem pre dirigiéndose de Ñor-
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 313

te a Sur. Así como el cabo Codera, La Silla, el Cerro del


Avila, entre C aracas y La G uaira, y las m ontañas de Ma-
riara, form an la fila m ás septentrional y m ás elevada
de la cordillera costanera, así las m ontañas de P anaqui-
re, O cum are, G üiripa y Villa de C ura form an la fila
m ás au stral de aquella. V arias veces hem os recordado
que la dirección casi general de las capas que com ponen
esta vasta cordillera del litoral es de N oreste a Suroeste,
y que su inclinación es de o rdinario al Noroeste. Resulta
de ello que la dirección de las capas prim itivas es inde­
pendiente de la dirección de la cordillera toda; y es cosa
m uy de n o ta r que, siguiendo esta cordillera desde P u er­
to Cabello hasta M anicuares y Macanao, en la isla de
M argarita, se encuentra de Oeste a Este granito desde
luego, y luego gneis, esquisto m icáceo y esquisto p rim i­
tivo; y por fin, caliza com pacta, yeso y aglom erados que
contienen conchas pelágicas (13).
Es de sentirse que la ciudad de C aracas no haya sido
fundada m ás al Este, ab ajo de la boca del Anauco en el
G uaire, ahí donde se ensancha el valle, del lado de Cha-
cao, en u na llan u ra tendida y como nivelada por la p er­
m anencia de las aguas. Cuando Diego de Losada fundó
la ciudad, siguió sin duda las huellas del p rim er estable­
cim iento hecho por F a ja rd o (14). Los españoles, en esa
época, atraídos por la fam a de las m inas de oro de los
Teques y B aruta, no eran todavía dueños del valle ente­
ro, y p refirieron quedarse ju n to al cam ino que conduce
a la costa. La ciudad de Quito igualm ente se h alla si­
tuada en la p arte m ás estrecha y desigual de un valle,
entre dos herm osas llan u ras (T u ru p am b a y R um ipam -
b a), que se habrían podido aprovechar si se h u b ieran
querido ab an d o n ar las antiguas construcciones indias.

(13) Arriba hablé de la interrupción de la cordillera del lito­


ral al Este del cabo Codera.
(14) La fundación de Santiago de León de Caracas fué en
1567, posterior a la de Cumaná, Coro, Nueva Barcelona, y Caraba-
lleda o el Collado. Fray Pedro Simón, Not. 7, cap. III, p. 575.
Oviedo y Baños, p. 262.
314 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Se va bajan d o de continuo desde la alcabala de La


Pastora, por la plaza de la T rin id ad y la Plaza Mayor,
hasta S anta Rosalía y el río G uaire. He hallado, por
m edidas barom étricas, que la alcabala está a 37 toesas
sobre la plaza de la T rinidad, cerca de la cual hice mis
observaciones astronóm icas: que esta tiene 8 toesas so­
bre el piso de la catedral, en la plaza m ay o r: y que la
plaza m ayor está a 32 toesas por encim a del río Guaire,
en la Noria. Este declive del terreno no im pide que ru e­
den los c a rru a je s por la ciudad, aunque sus habitantes
hacen raram en te uso de ellos. T res riachuelos que ba­
ja n de las m ontañas, el Anauco, el C atuche y el C aru a­
ta atraviesan la ciudad, dirigiéndose de N orte a Sur:
están ellos m uy encajonados, y en pequeñas proporcio­
nes recuerdan, por los zanjones resecos que allí se ju n ­
tan entrecortando el terreno, los fam osos Guaicos de Qui­
to (15). Beben en C aracas el agua del río Catuche; pero
las personas acom odadas hacen tra e r el agua de El Valle,
villa situada a u n a legua al Sur. Creen que son muy
saludables estas aguas y la de Gamboa, porque corren
sobre las raíces de la zarz ap arrilla (16). No he podido
descubrir en ella vestigio alguno de arom a o de m ateria
e x tra c tiv a : el agua de El Valle no contiene cal, sino un po­
co m ás de ácido carbónico que el agua del Anauco. El nue­
vo puente sobre este últim o río es de herm osa construc­
ción, y lo frecuentan los paseantes del lado de la C andela­
ria, en el cam ino a Chacao y a P etare. C uéntase en Ca­
racas 8 templos, 5 conventos y una sala de espectáculos
que puede contener de 1500 a 1800 personas. E staba esta
dispuesta en m i tiem po de m a n era que el patio, donde
se hallaban los hom bres separados de las m u jeres, no
estaba cubierto, viéndose a un tiem po los actores y las
estrellas; y como el tiem po brum oso m e hacía perd er

(15) Véase arriba.


(16) Im agínanse en toda la América que las aguas adquieren
las virtudes de las plantas a cuya sombra corren. A sí en el estre­
cho de M agallanes se ensalza mucho el agua que se pone en con­
tacto con las raíces de la Winterana Canella (V iaje al M agallanes,
1788, p. 315).
LA SILLA DE C A R A C A S
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 317

m uchas observaciones de satélites, podía desde un palco


del teatro asegurarm e de si Jú p ite r sería visible d u ran te
la noche. Las calles de C aracas son anchas, bien ali­
neadas y se cortan en ángulo recto, como en todas las
ciudades fu n d ad as por los españoles en A m érica. Las
casas son espaciosas y m ás elevadas de lo (pie deberían
ser en un país sujeto a tem blores de tierra. En 1800 las
dos plazas de A ltagracia y San Francisco ten ían u n as­
pecto m uy agradable; y digo en 1800, porque los te rri­
bles sacudim ientos del 26 de m arzo de 1812 destruyeron
casi toda la ciudad. Esta se reconstruye lentam ente de
sus ru in as: el barrio de la Trinidad que h ab ité fué tra s­
tornado como si debajo de él hubiese estallado una m ina.
La poca extensión del valle y la proxim idad de los
altos m ontes del Avila y la Silla dan a la posición de Ca­
racas un carácter tétrico y severo, sobre todo en esta p a r­
te del año en que rein a la tem p eratu ra m ás fresca, o sea
en los m eses de noviem bre y diciem bre. Las m añ an as
son entonces de gran belleza: d u ran te 1111 ciclo puro y
sereno se ven patentes las dos cúpulas o pirám ides re ­
dondeadas de la Silla y la cresta dentada del Cerro del
Avila; m as por la tarde la atm ósfera se carga, las m on­
tañas se em pañan; regueros de vapores se ven suspendi­
dos sobre sus cuestas siem pre verdes y las dividen como
en zonas superpuestas entre sí. Poco a poco se confun­
den estas zonas, y el aire frío que desciende de la Silla
se sum e en el valle y condensa los vapores ligeros en
grandes nubes coposas. Estas nubes se ciernen a m e­
nudo m ás ab ajo de la Cruz de La G uaira, y se las ve
av an zar rasando la tierra, h acia La P astora de C aracas
y el cu artel cercano de la T rinidad. En presencia de
este cielo brum oso, creía yo estar, no en uno de los valles
tem plados de la zona tórrida, sino en el corazón de Ale­
m ania, en las m ontañas del H arz cubiertas de pinos y de
alerces.
Pero este aspecto tan som brío y m elancólico, este
contraste entre la serenidad de la m añ an a y el cielo n u ­
blado por la tarde 110 se observan sino al pro m ed iar el
estío. Las noches de ju n io y julio son claras y delicio­
318 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

sas: la atm ósfera conserva casi sin interrupción esa pu­


reza y trasp aren cia propias de las altiplanicies y los altos
valles todos, en tiem po sosegado por tan largo espacio
cuanto no revuelvan los vientos capas de aire de des­
igual tem peratura. En esa estación del estío es cuando
se goza de toda la belleza de un p aisaje que bien lum i­
noso no lo he visto sino d u ran te algunos días, a los úl­
timos del m es de enero. Las dos cim as redondeadas de
la Silla se presentan en C aracas casi b ajo un ángulo de
altu ra igual al del Pico de T en erife en el puerto de la
O rotava (17). La p rim era m itad de la m ontaña está cu­
bierta de un césped raso: viene después la zona de los
arbustos siem pre verdes, que re fle ja n u n a luz p u rp u rin a
en la época de la floración de la B efaría, que es como la
Rosa de los A lpes de la A m érica equinoccial. P o r enci­
m a de esta zona arbolada se elevan dos m asas rocallosas
en form a de cúpulas. D esprovistas de vegetación, au ­
m entan, a causa de su desnudez, la altu ra ap aren te de
un m onte que apenas e n tra ría en la E u ro p a tem plada en
el lím ite de las nieves perpetuas. Con este aspecto im ­
ponente de la Silla y el de los grandes m ovim ientos del
terreno al Norte de la ciudad contrastan agradablem en­
te la región cultivada del valle jo y las risueñas llanuras
de Chacao, P etare y La Vega.
Al clim a de C aracas se ha designado a m enudo como
una p rim avera perpetua, vuelve a encontrarse donde­
quiera a m itad de cuesta sobre las cordilleras de la Amé­
rica equinoccial, en tre 400 y 900 toesas de elevación, a
no ser que la grande an ch u ra de los valles y las altip la­
nicies, ju n to con la aridez del suelo, aum ente m ás de lo
reg u lar la intensidad del calo r rad ia n te (18). ¿Qué co­
sa m ás deliciosa puede, en efecto, im aginarse que una
te m p eratu ra que d u ran te el día se sostiene entre 20° y
26° (16° y 20°, 8 R.) y por la noche entre 16° y 18° (12°,8

(17) En la Trinidad hallé la altura aparente de la Silla, de 11°


12' 49". Su distancia es más o menos de 4500 toesas.
(18) Como en Cartago e Ibagué en la Nueva Granada. Véanse
mis P roleg. de distr. geogr. plant., p. 98.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 319

y 14°,4 R.) y que a un mism o tiem po favorece la vegeta­


ción del B ananero (C am buri), el N aran jo , el Cafeto, el
Manzano, el A lbaricoquero y el trigo? Así es que un es­
critor nacional, el historiógrafo de V enezuela José de
Oviedo y Baños, com para el asiento de C aracas con el
p araíso terrestre y reconoce en el Anauco y los torrentes
que le quedan cerca los cuatro ríos del Edén.
Es de sentirse que un clim a tan tem perado sea ge­
neralm ente inconstante y variable. Los h abitantes de
C aracas se q u ejan de que en un m ism o día tienen dife­
rentes estaciones, y que los pasos de u n a estación a otra
son en extrem o súbitos. P or ejem plo, a m enudo en el mes
de enero una noche cuya tem p eratu ra m edia es de 16°,
va seguida de un día d u ran te el cual el term óm etro a
la som bra se sostiene a m ás de 22° por ocho horas conse­
cutivas. En el curso de un m ism o día se h allan tem pe­
ra tu ra s de 24° y de 18°. Estas oscilaciones son en extre­
mo com unes en nuestras regiones tem pladas de E uropa;
pero b ajo la zona tó rrid a los europeos mism os están tan
habituados a la acción uniform e de los estim ulantes ex­
teriores, que sufren con un cam bio de tem p eratu ra de 6o.
En C um aná y en cualquier p arte de las llanuras, la tem ­
p e ra tu ra no cam bia o rd in ariam en te desde las 11 de la
m a ñ an a hasta las 11 de la noche sino de 2o a 3o. Por
lo dem ás estas variaciones atm osféricas influyen sobre
la organización del hom bre en C aracas m ás de lo que se
podría suponer consultando solam ente el term óm etro. En
este valle estrecho está la atm ósfera balanceada, por de­
cirlo así, entre dos vientos, uno de los cuales viene del
Oeste o del lado del m ar, y el otro del Este o del in terio r
de las tierras. El prim ero se conoce con el nom bre de
viento de Calía, porque sube p o r Catia, al Oeste de Cabo
Blanco, a lo largo del zanjón de Tipe, que ya hem os m en-
sionado arrib a al h ab lar de un nuevo cam ino y un nuevo
puerto que se han ideado p ara reem p lazar el puerto y
el cam ino de La G uaira. El viento de Catia sólo tiene
la ap arien cia de un viento del Oeste; porque es, las m ás
de las veces, la brisa del Este y el N oreste que soplando
con gran im petuosidad se precipita en la Quebrada de
A I. E J A N 1) U O D E II U M B O L D T

Ti pe. Rebotando en las m ontañas elevadas de Aguas


Negras, rem onta este viento hacia C aracas del lado deL
hospicio de los C apuchinos y del río C arag u ata (C aruata)
E stá cargado de hum edad, la que va depositando a m edi­
da que dism inuye en tem p eratu ra, de modo que la Silla
se arro p a con nubes cuando el Catia se introduce en el
valle. Tóm enlo singularm ente los h ab itantes de C aracas:
causa dolores de cabeza a los que poseen un sistem a n er­
vioso m uy irritable. Individuos he conocido que, p ara evi­
tar los efectos de este viento, se en cerrab an en sus casas
como se hace en Italia cuando sopla el Siroco. Yo había
creído reconocer, d u ran te mi perm anencia en Caracas,
([lie el viento de C atia era m ás puro (un poco m ás rico
en oxígeno) que el viento de Petare; y aun pensaba que
su pureza pudiese ser la causa de su propiedad excitante.
P ero los m edios que h ab ía em pleado m erecen poca con­
fianza. V iniendo el viento de P etare del Este y el S ur­
este por la extrem id ad oriental del valle del Guaire, trac
un aire m ás seco de las m ontañas y del in terio r del país:
disipa las nubes y hace ap arecer la cum bre de la Silla
en toda su belleza.
Sabem os que las m odificaciones llevadas por los
vientos a la com posición del aire en tal o cual lugar, elu­
den enteram ente nuestros procedim ientos eudiométricos,
de los cuales los m ás exactos sólo evalúan 0,003 de oxí­
geno. No conoce la quím ica todavía m edio alguno p ara
distinguir dos frascos de aire (pie hubiesen sido llenados
el uno d u ran te el Siroco o el Catia, y el otro antes de que
estos vientos hubieran em pezado a soplar. Parécem e hoy
probable que el efecto singular del Catia y de todas esas
corrientes de aire a las que concede tan ta im portancia
una creencia popular, lia de atribuirse a cam bios de h u ­
m edad y de te m p eratu ra m ás bien que a m odificaciones
quím icas. Es innecesario buscar argum ento en m iasm as
traídos a C aracas de las playas m alsanas de la costa: es
concebible que hom bres habituados a 1111 aire m ás seco
de las m ontañas y del interior, deben afectarse desagra­
dablem ente cuando el aire m uy húm edo del m ar, em pu­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 321

jado por entre el boquerón de Tipe, llega como una co­


rriente ascendente al alto valle de Caracas, y en friá n ­
dose por la dilatación y el contacto de las capas conti­
guas, deposita allí una gran p arte del agua que contiene.
Esta inconstancia del clim a, estas transiciones algo im pen­
sadas de u n aire seco y trasp aren te a un aire húm edo y
brum oso, son inconvenientes de que p articip a C aracas ju n ­
to con toda la región tem plada de los trópicos y con todos
los lugares situados entre 400 y 800 toesas de altu ra abso­
luta, sea en las altiplanicies de m uy reducida extensión,
sea en el declive de la cordilleras, como Jalap a, en México
y G uaduas, en la N ueva G ranada. U na no in terru m p id a
serenidad d u ran te una gran p arte del año, no persevera
sino en las b a ja s regiones al nivel del m a r y a g ran d ísi­
m as altu ras en esas vastas altiplanicies donde la ra d ia ­
ción uniform e del suelo parece co n trib u ir a la disolución
de los vapores vesiculares. La zona in term ed iaria se
encuentra al nivel de las p rim eras capas de nubes que
envuelven la superficie de la tierra. El clim a de esta
zona, de te m p eratu ra tan suave, es esencialm ente incons­
tante y brum oso.
A pesar de la altu ra del lugar, es generalm ente el
cielo en C aracas m enos azul que en Cum aná. El vapor
acuoso está ahí m enos perfectam ente disuelto, y aquí,
como en nuestros climas, una difusión m ayor de la luz
dism inuye la intensidad del color aéreo m ezclando color
blanco con el azul del aire (19). Esta intensidad m edida
con el cianóm etro de Saussure de noviem bre a enero, se
ha encontrado generalm ente de 18", nunca m ás de 20°;
en las costas e ra de 22° a 25°. Observé en el valle de Ca­
racas que el viento de P etare contribuye a veces a co­
m unicar singularm ente u n a coloración pálida a la bó­
veda celeste. El 22 de enero a m ediodía el azul del cielo
era en el zenit lo m ás débil que jam ás hay a visto en la
zona tórrida (20). Correspondía a 12° del cianóm etro,

(19) Véase arriba.


(20) A mediodía, termómetro a la sombra, 23°,7 (al sol, al
abrigo del viento, 30°,4); higrómetro de Deluc 36”,2 cianómetro en
21
322 A L E J A N D R O DE H Ü M B O L D T

estando la atm ósfera entonces en la m ayor trasparencia,


sin nubes, y con notable sequedad. T an luego como cesó
el viento im petuoso de P etare, aum entó lo azul en el zenit
basta 16°. A m enudo be observado en el m a r aunque en
m enor grado efectos parecidos del viento en el color del
cielo m ás sereno.
¿C ual es la te m p eratu ra m edia de C aracas? La co­
nocemos m enos que la de S anta Fé de Bogotá y la de
México. Pienso no obstante po d er d em o strar que no dis­
ta m ucho de 21 a 22 grados. P o r m is propias observa­
ciones he hallado p a ra los tres meses m uy frescos de no­
viem bre, diciem bre y enero, y tom ando cada día el m áx i­
m um y el m ínim um de la tem p eratu ra, los prom edios de
20°,2; 20°,1; 20°,2. A hora, por los conocim ientos que he­
mos adquirido sobre la distribución del calor en las di­
ferentes estaciones y a diferentes altu ras sobre el nivel
del m ar, estoy en ap titu d de ded u cir aproxim adam ente,
de los prom edios de algunos meses, la tem p eratu ra m e­
dia del año, m ás o m enos como se saca en conclusión la
altu ra m eridiana de un astro por las altu ras tom adas
fu era del m eridiano. He aquí las consideraciones en
que se fu n d a el resultado por m í aceptado. En Santa Fe
de Bogotá el mes de enero no difiere, según el Sr. Cal­
das, de la tem p eratu ra m edia del año entero sino en 0o,2;
en México, ya m uy acercado a la zona tem plada, la di­
ferencia alcanza a un m áxim un de 3o. En La G uaira,
cerca de Caracas, el m es m ás frío difiere del prom edio
an u al en 4o,9; pero si el aire de La G uaira (y el de Catia)
sube a veces en invierno, por la Q uebrada de Tipe, al va­
lle alto de Caracas, no por eso d e ja de recib ir este valle
d u ran te u na parte m ayor del año los vientos del Este y
el Sureste que vienen de C au rim are y del in terio r de las
tierras. M ediante observaciones directas hem os averi-

el zenit 12°, en el horizonte 9o. A las 3 de la tarde cesó el viento.


Termómetro 21°, higrómetro, 39°,3, cianómetro, 16°. A las 6 de
la tarde term. 20°,2; higr. 39°.
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 323

guado que en La G uaira y C aracas los meses m ás fríos


son de 23°,2 a 20°,1. Estas diferencias expresan un de­
crecim iento de tem p eratu ra que es, en el valle de C ara­
cas, efecto sim ultáneo de la altu ra de su em plazam iento
(o de la dilatación del aire en la corriente ascendente)
y del conflicto entre los vientos de Catia y de Petare.
De acuerdo con un corto núm ero de observaciones
hechas d u ran te tres años, parte en Caracas, p arte en
Chacao, m uy cerca de la capital, he visto que el term ó­
m etro centígrado se sostiene en la estación fría, a sa­
b er: en noviem bre y diciem bre, las m ás de las veces, d u ­
rante el día entre 21° y 22° (16°,8 y 18°,0 R .); d u ran te la
noche entre 16° y 17° (12°,8 y 13°,6 R.). En la estación
cálida, julio y agosto, m uestra este instrum ento de día
25° a 26° (20° a 0°,8 R .); de noche 22° a 23° (17°,6 a 18°,4
R.). Este es el estado habitual de la atm ósfera, y estas
m ism as observaciones, hechas con un instrum ento v eri­
ficado por mí, dan p ara la tem peratura m edia del año en
Caracas algo m ás de 219,5 (179,2 R.) (21). Es la que,
en el sistem a de los clim as cisatlánticos, se encuentra en
las llan u ras por los 36° o 37° de latitud. Es inútil re ­
co rd ar aquí que esta com paración no conviene sino a la
cantidad de calor que se desarrolla en cada lu g ar en el
curso del año entero, y que ella no se extiende de ningún
modo al clima, es decir, a la distribución del calor entre
las diferentes estaciones.
R arísim am ente se ve en C aracas, d u ran te algunas
horas, elevarse en el estío la tem p eratu ra a 29° (23ü,2 R.).
A segúrase hab erla visto descender en el invierno, inm e­
diatam ente antes de salir el sol, a 11° (8o,8 R.). D urante
mi perm anencia en Caracas el m áxim um y m ínim um
observados sólo h an sido de 25° y 12°,5. T anto m ás sen­
sible es el frío nocturno cuanto está o rdinariam ente

(21) Había preferido 16°,8 R. en los P ro le g o m e n a , p. 98. Para


las observaciones parciales, véase la nota E del Libro IV (Apéndice).
324 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

acom pañado de un tiem po brum oso. Sem anas enteras


he pasado sin h ab er podido to m ar altu ras de sol y de
estrellas. T an súbitas hallé las transiciones de la m ás
herm osa trasp aren cia del aire a una com pleta oscuri­
dad, que teniendo a m enudo puesta ya la vista en el an ­
teojo un m inuto antes de la inm ersión de u n sátelite,
p erd ía entre la b ru m a tanto el p lan eta como los objetos
que m ás de cerca m e rodeaban. En la zona tem plada de
E uropa la tem p eratu ra es un poco m ás uniform e sobre
las altas m ontañas que en las llanuras. En el hospicio
de San Gotardo, por ejem plo, la diferencia en tre las
tem p eratu ras m edias de los m eses m ás cálidos y los m ás
fríos es de 17°,3 cuando, b ajo el m ism o paralelo, casi al
nivel del m ar, es ella de 20° a 21°. El frío no aum enta
en nuestras m ontañas tan ráp id am en te como dism inuye
en ellas el calor. Veremos, a m ed id a que avancemos
hacia las cordilleras, que en la zona tó rrid a el clim a es
m ás uniform e en las llan u ras que en las altiplanicies.
En C um aná y en La G uaira (porque no hay que citar
lugares donde los vientos del N orte p ertu rb a n d u ran te
algunos m eses el equilibrio de la atm ó sfera), el term ó­
m etro se sostiene, d u ran te el año entero en tre 21° y 35°;
en S anta Fe y en Quito hay oscilaciones de 3o a 22°, si se
com paran, no digo los días, sino las horas del año m ás
frías y las m ás cálidas. En las regiones b ajas, por ejem ­
plo en C um aná, las noches no difieren generalm ente de
los días sino de 3^ a 49. Esta diferencia la he hallado en
Quilo de 7" (tom ando con cuidado cada día y cada noche
los prom edios de 4 o 5 observaciones). E n C aracas, si­
tuada a una elevación casi tres veces m enor y en una al­
tiplanicie de corta extensión, los días son todavía, en los
meses de noviem bre y diciem bre, 5o o 5o,5 m ás cálidos
que las noches. Estos fenóm enos de en friam ien to noc­
turno pueden ad m ira r de buenas a p rim eras: se m odi­
fican por el enfriam iento de las altiplanicies y las m on­
tañas du ran te el día, por el vaivén de las corrientes des­
cendentes, y sobre todo p o r la radiación n o ctu rn a del ca­
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 325

lórico en el aire puro y seco de las cordilleras. Véanse


aquí las diferencias de clim a entre C aracas y su puerto:
C aracas La G u aira
( A ltu ra , 454 t.) (Niv. del m a r )

Tem p. m edia del año .. .. . 21° a 22° 28°


T. m. de la estación cálida . . . . 24° 29°
T. m. de la estación f r í a ............. 19u 23u,5
M á x im u m ........................................ 29° 35°
M ín im u m .........................................11° 21°

Las lluvias son sum am ente ab undantes en C aracas


en los tres meses de abril, m ayo y junio. Las torm entas
vienen siem pre del Este y el Sureste, del lado de P etare
y de El Valle. No cae granizo en las regiones b a ja s de los
trópicos; pero se le ha observado en C aracas casi cada
cuatro o cinco años. Se ha visto aun granizo en valles
m ás b ajo s todavía; y ese fenómeno, cuando allí se p re­
senta, causa una viva im presión en el pueblo. La caída
de aerolitos es m enos ra ra entre nosotros de lo que es la
del granizo en la zona tórrida, a pesar de la frecuencia
de las tem pestades, a 300 toesas de elevación sobre el n i­
vel del m ar.
El clim a fresco y delicioso que acabam os de d escri­
b ir se ad a p ta todavía al cultivo de las producciones equi­
nocciales. La caña de azúcar se cultiva con éxito, aun
en altu ras que exceden a la de C aracas; pero se p refie­
re en el valle, a causa de la sequedad del asiento y del te­
rreno pedregoso, la cultura del cafeto cuyo fruto poco
ab u n d an te es de la m ás bella calidad. Cuando está en
flor este arbusto, la llan u ra que se extiende m ás allá de
Chacao p resen ta el aspecto m ás risueño. El ban an ero
que se ve en las plantaciones en d erred o r de la ciudad
no es el crecido Plátano hartón, sino sus variedades, el
C am buri y el Dominico, que exigen m enos calor (22). Los
grandes bananos vienen al m ercado de C aracas de las

(22) Véase arriba.


326 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

haciendas de T uriam o, sitas en la costa, entre B orburata


y P uerto Cabello. Las piñas m ás sabrosas son la de Ba­
ra ta , del Em pedrado, y de las altu ras de Buenavista, en
el cam ino de La Victoria. Cuando un v iajero sube por
p rim era vez al valle de C aracas se sorprende agrad ab le­
m ente al encontrar, al lado del cafeto y el bananero, las
plantas de hortaliza de nuestros clim as, la fresa, cepas de
viña, y casi todos los árboles fru tales de la zona tem pla­
da. Los duraznos y las m anzanas m ás solicitadas vienen
de M acarao o de la extrem idad occidental del valle. Es
ahí tan com ún el m em brillo, cuyo tronco sólo llega a cua­
tro o cinco pies, que casi se h a vuelto silvestre. Las con­
fitu ras de m anzana y sobre todo de m em brillo (dulce de
m anzana, y de m em brillo) son m uy solicitadas en un país
donde creen que p ara beber agua es preciso com enzar
por excitar la sed com iendo sustancias azucaradas. A
proporción que los alrededores de la ciudad se han cul­
tivado con el cafeto, y que el establecim iento de las p lan ­
taciones, que sólo d ata de 1795, vino a a u m en tar el n ú ­
m ero de los negros labradores, fueron reem plazados en
el valle de C aracas los m anzanos y m em brillos esparci­
dos en las sabanas con m aíz y legum bres (23). El arroz,
regado por regueras era antes en la planicie de Chacao
m ás com ún de lo que hoy es. He observado en esta
provincia, como en México, y en todos los terrenos ele­
vados de la zona tórrida, que allí donde es m ás ab u n ­
dante el m anzano, presenta el cultivo del peral grandes
dificultades. Me lian asegurado que cerca de Caracas
las excelentes m anzanas que venden en el m ercado pro­
ceden de ái’boles no injertados. F a lta n los cerezos:
los olivos que vi en el patio del convento de San
F elipe de Neri son grandes y herm osos; pero el lujo m is­
mo de su vegetación les im pide carg ar frutos.

(23) El consumo de las ciudades de la América española en


comestibles, y principalmente en carne, es tan enorme, que en 1800
mataban en Caracas 40.000 reses por año, mientras que París,
con una población 14 veces más grande, no consumía en el tiempo
del Sr. Necker más que 70.000.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 327

Si la constitución atm osférica del valle es tan favo­


rable a los diferentes géneros de cultivo que son la base
de la industria colonial, no lo es igualm ente p ara la sa­
lud de los habitantes y los ex tran jero s establecidos en
la capital de Venezuela. La g rande inconstancia del cli­
m a y la supresión frecuente de la traspiración cutánea
dan nacim iento a afecciones catarrales que tom an las
m ás diversas form as. Un europeo h ab ituado ya a los
fuertes calores goza constantem ente de una buena salud
en Cum aná, en los valles de A ragua, y dondequiera que
no es m uy húm eda la región b a ja de los trópicos, m ejo r
que en C aracas y en todos estos clim as m ontañeses que
son ensalzados como la m ansión de una p rim av era p er­
petua.
Al h a b la r de la fiebre am arilla en La G uaira enun­
cié la opinión m ás generalm ente esparcida, según la cual
se supone que esta cruel enferm edad se propaga casi tan
escasam ente de la costa de V enezuela hacia la capital,
como de las costas de México a Jalapa. Esta opinión
está fundada en la experiencia de los últim os veinte años.
Las epidem ias que han ejercido sus estragos en el p u er­
to de La G uaira apenas se han sentido en Caracas. No
quisiera in q u ietar con quim éricos tem ores la seguridad de
los habitantes de la capital; pero no estoy persuadido a
que el tifo de América, que se ha hecho m ás endém ico
en la costa por una circulación m ayor en el puerto, no
pueda algún día hacerse frecuentísim o en el valle, si estu­
viere favorecido por circunstancias clim atéricas p articu ­
lares; porque la tem p eratu ra m edia de este es aún bastan ­
te elevada p a ra que, en los meses m ás cálidos, se sostenga
el term óm etro entre 22° y 269 (179 a 20°,8 R). Si es in d u d a­
ble que este tifo no se com unica en la zona tem p lad a por
contacto, ¿puédese estar seguro de que en un alto grado de
exacerbación no se m ostrará igualm ente contagioso por
contacto en la zona tórrida, allí donde, a cuatro leguas de
las costas, la tem p eratu ra del estío secunda la predispo­
sición de los órganos? La situación de Jalap a, en el de­
clive de las m ontañas m exicanas, b rin d a m ás seguridad,
porque esta ciudad, m enos populosa, está cinco veces m ás
328 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

a le ja d a del m a r que C aracas, porque su elevación es 230


toesas m ayor, y porque su te m p eratu ra m edia es en 3o
m ás fresca. En 1696 un obispo de Venezuela, Don Diego
de Baños, dedicó una erm ita a S an ta Rosalía de P aler-
mo, por h ab er librado a la capital, tras dieciseis meses
de estragos, del azote del vóm ito negro (24). Una misa
celebrada todos los años en la catedral a principios de
setiem bre ha perpetuado la m em oria de esta epide­
m ia, así como han fijad o las procesiones, en las colonias
españolas, la fecha de los grandes tem blores de tierra. El
año 1696 fue en efecto m uy notable p o r causa de la fiebre
am arilla que se ensañaba en todas las A ntillas, donde no
comenzó por establecer su im perio sino desde 1688 (25);
m as ¿cómo creer en una epidem ia de vómito negro que
duró 16 m eses sin in terru p ció n y que atravesó, por d ecir­
lo así, esta estación en extrem o fresca, en (pie el term ó­
m etro b a ja en C aracas hasta 12° o 13o? ¿S erá el tifo
m ás antiguo en el valle alto de C aracas que en los p u er­
tos m ás frecuentados de T ie rra F irm e? Según Ulloa, no
se le conocía en estos antes de 1729. Dudo que la epide­
m ia de 1696 haya sido la fiebre am arilla o el verdadero
tifo de A m érica. Las deyecciones negras acom pañan a
m enudo las fiebres biliosas rem itentes y no caracterizan
por sí solas, como tam poco las h em atem esis a la cruel
enferm edad que hoy se conoce en L a H abana y en Vera-
cruz con el nom bre de vómito. P ero si ninguna descrip­
ción exacta dem uestra (pie el tifo de A m érica hay a re i­
nado en C aracas desde fines del siglo XVII, es por des­
gracia m uy cierto que esta enferm edad h a arreb atad o en
la capital gran núm ero de jóvenes m ilitares europeos en
1802. Da m iedo ver que en el centro de la zona tó rrid a,
u na altiplanicie de 450 toesas de altu ra aunque m uy próxi­
m a al m ar, todavía no g arantiza a sus h ab itan tes de un
azote que se cree peculiar de las b a ja s regiones del litoral.

(24) Oviedo y Baños, p. 269.


(25) Pally, p. 34.
C A P I rr U L O XíII

Perm anencia en (Atracan. Montañas cercanas a la ciu­


d a d .— Excursión a la cima de la Silla. Indicios de minas.

Dos m eses pasé en Caracas. H abitábam os el Sr.


B onpland y yo en una casa g rande casi aislada, en la
parte m ás elevada de la ciudad. Desde lo alto de u n a
galería podíam os divisar a un tiem po la cúspide de la Si­
lla, la cresta dentada de G alipán y el risueño valle del
G uaire, cuyo rico cultivo contrasta con la som bría cor­
tina de m ontañas en derredor. E ra la estación de la se­
quía. P a ra m e jo ra r los pastos se pone fuego a las sab a­
nas y al césped que cubre las rocas m ás escarpadas. Vis­
tos desde lejos estos vastos abrasam ientos, producen sor­
prendentes efectos de luz. D ondequiera que las sabanas,
al seguir las ondulaciones de los declives rocallosos, han
colm ado los surcos excavados por las aguas, los terrenos
inflam ados se presentan, en alguna noche oscura, como
corrientes de lavas suspendidas sobre el valle. Su luz
viva bien que tranquila, tom a una coloración ro jiza cuan­
do el viento que desciende de la Silla acum ula regueros de
vapores en las regiones bajas. O tras veces, y tal espec­
táculo es de lo m ás im ponente, estas bandas lum inosas,
envueltas en espesas nubes, no aparecen m ás cpie a in ter­
valos al través de las aclaradas. A m edida que van su­
biendo las nubes se d erram a una viva clarid ad sobre sus
bordes. Estos diversos fenóm enos, tan com unes bajo los
trópicos, cobran interés por la form a de las m ontañas, la
disposición de las faldas y la altu ra de las sabanas cu­
330 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

biertas de gram íneas alpinas. D urante el día, el viento


de P etare, que sopla del Este, em p u ja hacia la ciudad el
hum o, y m engua la tran sp aren cia del aire.
Si teníam os por qué estar satisfechos de la disposición
de nuestra casa, lo estábam os aún m ás por la acogida que
nos hacían las clases todas de los habitantes. Es un deber
p ara m í citar la noble hospitalidad que p ara nosotros usó
el jefe del gobierno, Sr. de G uevara Vasconcelos, capitán
general por entonces de las provincias de Venezuela. Bien
que haya tenido yo la v en taja, que conmigo h an com par­
tido pocos españoles, de v isitar sucesivam ente a Caracas,
La H abana, Santa Fe de Bogotá, Quito, Lim a y México,
y de que en estas seis capitales de la A m érica española
m i situación m e relacio n ara con personas de todas las
je ra rq u ías, no por eso me p erm itiré ju z g a r sobre los di­
ferentes grados de civilización a que la sociedad se ha
elevado ya en cada colonia. Más fácil es in d icar los di­
versos m atices de la cu ltu ra nacional y el intento hacia
el cual se dirige de preferencia el desarrollo intelectual,
que com parar y clasificar lo que no puede ser com prendi­
do desde un sólo punto de vista. Me ha parecido que hay
una m arcada tendencia al estudio profundo de las cien­
cias en México y en S anta Fe de Bogotá; m ayor gusto por
las letras y cuanto pueda liso n jear una im aginación a r­
diente y m óvil en Quito y en L im a: m ás luces sobre las
relaciones políticas de las naciones, m iras m ás extensas
sobre el estado de las colonias y de las m etrópolis, en La
H abana y en Caracas. Las m últiples com unicaciones con
la E uropa com ercial y el m a r de las A ntillas que arrib a
hem os descrito como un M editerráneo de m uchas bocas,
h an influido poderosam ente en el progreso de la socie­
dad en la isla de Cuba y en las herm osas provincias de Ve­
nezuela. Además, en nin g u n a p arte de la A m érica es­
pañola ha tom ado la civilización una fisonom ía m ás eu­
ropea. El gran núm ero de indios lab rad o res que h ab i­
tan en México y en el in terio r de la N ueva G ran ad a dan a
estos vastos países un cará cter p articu lar, casi d iría más
ex ó tico , A pesar del acrecentam iento de la población
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 331

negra, cree uno estar en La H abana y en C aracas m ás


cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en otra parte
alguna del Nuevo Mundo.
Estando situada Caracas en el continente y siendo
su población m enos flotante que la de las islas, se h an
conservado m ejo r allí que en La H abana las costum bres
nacionales. No ofrece la sociedad placeres m uy vivos y
variados, pero se experim enta en el seno de las fam ilias
ese sentim iento de bienestar que in sp iran una jovialidad
franca y la cordialidad unida a la cortesía de los m oda­
les. En C aracas existen, como dondequiera que se p re­
para un gran cam bio en las ideas, dos categorías de hom ­
bres, pudiéram os decir, dos generaciones m uy diversas.
La una, que es al fin poco num erosa, conserva una viva
adhesión a los antiguos usos, a la sim plicidad de las cos­
tum bres, a la m oderación en los deseos. Sólo vive ella
en las im ágenes del pasado: le parece que la Am érica es
propiedad de sus antepasados que la conquistaron; y por­
que detesta eso que llam an la ilustración del siglo, con­
serva con cuidado como una p arte de su patrim onio sus
prejuicios hereditarios. La otra, ocupándose m enos aún
del presente que del porvenir, posee una inclinación, irre ­
flexiva a m enudo, por hábitos e ideas nuevas. Y cuando
esta inclinación se halla acom pañada del am or por una
instrucción sólida, cuando se refren a y dirige a m erced
de una razón fuerte e instruida, sus efectos resultan ú ti­
les para la sociedad. Entre los de esta segunda genera­
ción conocí en C aracas varios hom bres distinguidos al
igual por su afición al estudio, la apacibilidad de sus cos­
tum bres, y la elevación de sus sentim ientos; y tam bién
los he conocido que, desdeñando todas aquellas cosas es­
tim ables y bellas que exhiben el carácter, la literatu ra y
las artes españolas, han perdido su ind iv id u alid ad n a ­
cional, sin h ab er recogido, en sus relaciones con los ex­
tranjeros, nociones precisas sobre las v erd ad eras bases
de la felicidad y del orden social.
Como desde el reinado de Carlos Quinto han pasado
de la m etrópoli a las colonias el esp íritu de corporación
y los rencores m unicipales, gustan en C um aná y en otras
332 ALEJANDRO DE HUMB OLDT

ciudades com erciales de T ierra F irm e de ex ag erar las


pretensiones nobiliarias de las m ás ilustres fam ilias de
Caracas, designadas con el nom bre de Mantuanas. Igno­
ro cómo se han m anifestado antes tales pretensiones; pe­
ro m e ha parecido que el progreso de la ilustración y la
revolución que se h a operado en las costum bres han he­
cho d esaparecer poco a poco, y con b astan te generalidad,
lo ofensivo de las distinciones entre los blancos. Existen
dos géneros de nobleza en todas las colonias. Una se
com pone de criollos cuyos antepasados han ocupado m uy
recientem ente puestos elevados en A m érica: fu n d a en
parte sus p rerro g ativ as en el lustre de que goza en la m e­
trópoli, y cree poder conservarlas allende los m ares, cual­
quiera que haya sido la época de su establecim iento en
las colonias. La otra nobleza se atiene m ás al suelo am e­
ricano: se com pone de descendientes de los Conquista­
dores, es decir, de los españoles que sirvieron en el e jé r­
cito desde las prim eras conquistas. E ntre estos gu erre­
ros, com pañeros de arm as de Cortés, de L osada y de Pi-
zarro, pertenecían varios a las fam ilias m ás distinguidas
de la P enínsula; otros, provenientes de las clases inferio­
res del pueblo, ilustraro n sus nom bres con el valor cab a­
lleresco que caracteriza los comienzos del siglo XVI. En
otra p arte he recordado que estudiando esos tiem pos de
entusiasm o religioso y m ilitar, tras los grandes capitanes
vienen hom bres probos, sencillos y generosos (1). Vi­
tu p erab an las crueldades que m an ch ab an la gloria del
nom bre español; pero confundidos en el m ontón, 110 p u ­
dieron salvarse de la proscripción general. Continuó
siendo tanto m ás odioso el nom bre de los conquistadores,
cuanto la m ayor p arte de ellos, después de h ab er u ltra ­
jado pueblos pacíficos y vivido en el seno de la opulencia,
110 probaron al fin de su ca rre ra esas largas adversidades
que calm an el odio del hom bre y m itigan a veces el juicio
severo de la historia.
P ero 110 tan sólo el progreso de. la ilustración y el
conflicto entre dos noblezas de diferente origen inducen

(1) Véase arriba,


V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 333

a las castas privilegiadas a ren u n ciar a sus pretensiones o


por lo m enos a d isfrazarlas hábilm ente. En las colonias
españolas la aristocracia tiene un contrapeso de otra
suerte, cuya acción se hace de día en día m ás poderosa:
entre los blancos ha penetrado en todas las alm as un sen­
tim iento de iguald ad ; y por donde quiera que se m ira a
los pardos, bien como esclavos, bien como m anum itidos,
lo que constituye la nobleza es la lib ertad h ered itaria,
la persuación íntim a de 110 co n tar en tre los antepasados
sino hom bres libres. En las colonias la v erd ad e ra señal
exterior de esa nobleza es el color de la piel. En México
como en el P erú, en C aracas como en la isla de Cuba, se
oye decir d iariam en te a alguno que anda descalzo: “Ese
blanco tan rico, ¿creerá que es m ás blanco que yo?” Muy
considerable como es la población que la E uropa puede
d e rra m a r en la A m érica, se com prende que el axiom a:
todo blanco es caballero, co n traría singularm ente las p re­
tensiones de las fam ilias europeas cuyo lustre d ata de bien
atrás. H ay m ás to d a v ía : la verdad de ese axiom a h a sido
desde ha largo tiem po reconocida en E spaña, en un pue­
blo ju stam en te célebre por su lealtad, su in d u stria y su
espíritu nacional. Todo vizcaíno dice que es noble; y
como existen m ás vizcaínos en A m érica y en las F ilipinas
que en la Península, los blancos de esta raza han
contribuido no poco a pro p ag ar en las colonias el sistem a
de igualdad de todos los hom bres cuya sangre no se ha
m ezclado con la sangre africana.
Por lo dem ás, los países cuyos habitantes, aun sin un
gobierno representativo, ni institución de p a ría dan tan
grande im portancia a las genealogías y a las v en tajas del
nacim iento, 110 siem pre son aquellos en que la aristo cra­
cia de las fam ilias es la m ás chocante. B uscaríanse en
vano entre los pueblos de origen español esas m an eras
frías y pretensiosas que parece hacer m ás com unes en el
resto de E uropa el carácter de la civilización m oderna.
En las colonias, lo mismo que en la m etrópoli, la cordia­
lidad, la confianza, y una gran sencillez en los m odales,
aproxim an las diferentes clases de la sociedad; y aun pue­
334 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

de decirse que la expresión de la vanidad y el am or pro­


pio lastim a tanto m enos cuanto tiene algo de franco e in ­
genuo.
Noté en varias fam ilias de C aracas gusto por la ins­
trucción, conocimiento de las obras m aestras de la lite ra ­
tu ra francesa e italiana, u n a decidida predilección por
la m úsica, que se cultiva con éxito y sirve— como siem pre
hace el cultivo de las bellas artes— p a ra ap ro x im ar las di­
ferentes clases de la sociedad. Las ciencias exactas, el
dibujo y la p in tu ra, no poseen aquí esos grandes estable-
cim entos que México y S an ta Fe deben a la m unificencia
del gobierno español y al patriótico celo de los naciona­
les. En m edio de una n atu ra leza tan m aravillosa y tan
rica en producciones, nadie en estas playas se ocupaba del
estudio de las plantas y los m inerales. Fue solam ente en
un convento de franciscanos donde encontré 1111 anciano
respetable, el P. Puerto, que calculaba el alm an aq u e p ara
todas las provincias de V enezuela, y que tenía algunas
nociones precisas sobre el estado de la astronom ía m o­
derna. Interesábanle vivam ente nuestros instrum entos,
y 1111 día se vió llena n uestra casa de todos los frailes de
San Francisco, quienes, con gran sorpresa n u estra, soli­
citaban ver una b rú ju la de inclinación. La curiosidad
enderezada a los fenóm enos físicos aum enta en los p aí­
ses m inados por fuego volcánico, b ajo un clim a en que
la n atu raleza es a una vez tan im ponente y está tan m is­
teriosam ente agitada.
Al reco rd ar que en los Estados Unidos de la Am érica
del Norte publican periódicos en pequeñas ciudades de
3.000 habitantes, sorprende el sab er que C aracas, con una
población de cuaren ta a cincuenta m il alm as, carecía de
im prenta antes de 1800; porque 110 puede darse este nom ­
bre a prensas con las que de año en año se ha probado a
im p rim ir algunas páginas de un calendario o un m andato
del obispo. El núm ero de las personas conocedoras de
la necesidad de leer no es m uy grande, aun en aquellas
de las colonias españolas m ás avanzadas en la civiliza­
ción; aunque sería injusto atrib u ir a los colonos lo que
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 335

lia sido el resultado de una política suspicaz. Un francés,


el Sr. Delpeche, entroncado con u n a de las fam ilias m ás
respetables del país, la de los Montillas, tiene el m érito
de b ab er establecido por p rim era vez u n a herm osa im ­
prenta en Caracas. Espectáculo bastante extrao rd in ario
es, en los tiem pos m odernos, v er cómo un establecim ien­
to de este género, que ofrece el m ayor de los m edios de
com unicación entre los hom bres, ha seguido y no prece­
dido a una revolución política.
En u na región que presenta aspectos tan arro b ad o ­
res, en una época en que, a pesar de las tentativas de un
m ovim iento popular, la m ayoría de los h abitantes sólo
dirigían sus pensam ientos a asuntos de 1111 interés físico,
fertilid ad del año, largas sequías, conflicto de los vientos
de P etare y Catia, creía que se debían en co n trar m uchas
personas que conociesen a fondo los altos m ontes circun­
dantes. No se cum plieron m is esperanzas; y no pudim os
descubrir en C aracas un solo hom bre que hubiese llega­
do a la cum bre de la Silla. T an alto 110 suben los caza­
dores en el dorso de las m ontañas, y apenas se v ia ja en
estos países p a ra buscar p lan tas alpinas, p a ra ex am in ar
rocas, o para llevar un baróm etro a lugares elevados. Pol­
la costum bre de una v id a uniform e y casera, se espantan
de la fatiga y de los cam bios súbitos del clim a; y pudiera
decirse que no viven p ara gozar de la vida, sino única­
m ente p a ra prolongarla.
A m enudo nos conducían nuestros paseos a dos
plantaciones de cafeto, cuyos propietarios, Don Andrés
de Ib a rra y el Sr. Blandín, eran hom bres de am able com­
pañía. Estas plantaciones están ubicadas frente a la Si­
lla de Caracas. E xam inando con un catalejo las cuestas
ráp id as de la m ontaña y la form a de los dos picos en que
term ina, habíam os podido ap reciar las dificultades que
tendríam os que vencer p ara llegar a su cum bre. Angulos
de altu ra tom ados con el sextante en la T rinid ad , me lle­
varon a ju z g ar que esta cum bre debía estar menos eleva­
da sobre el nivel del m a r que la plaza m ayor de la ciudad
de Quito. Apenas se conform aba tal evaluación con las
ideas de los habitantes del valle. Las m ontañas que do­
A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m inan sobre grandes ciudades ad quieren por eso mismo,


en am bos continentes, una celebridad ex trao rd in aria. L a r­
go tiem po antes de m edírselas de u n a m an era precisa,
les asignan los sabios del país u n a altu ra en toesas o en
varas castellanas que no es perm itido poner en duda sin
lastim ar un prejuicio nacional.
El capitán general, Sr. de G uevara, nos hizo d a r dos
guías por m edio del teniente de Chacao. E ran unos ne­
gros que conocían un poco el sendero que conduce a la
costa de C araballeda p o r sobre la cresta de los montes,
cerca del pico occidental de la Silla. Este sendero es
frecuentado por los co n trab an d istas; pero, ni los tales
guías, ni los hom bres m ás experim entados de la m ilicia,
em pleados en perseguir los co n trabandistas en sitios
agrestes, h ab ían estado en el pico o rien tal que fo rm a el
vértice m ás elevado de la Silla. D u ran te todo el m es
de diciem bre sólo cinco veces h ab ía aparecido sin nubes
la m ontaña, cuyos ángulos de a ltu ra m e ponían en cono­
cim iento del juego de las refracciones terrestres. Como
en esa estación raram en te se suceden dos días serenos,
habíasenos aconsejado escoger p a ra n u estra excursión.
110 tanto un tiem po claro cuanto una época en que las
nubes se m antienen a poca altu ra, y en la que se puede
esp erar que después de h ab er atravesado la p rim era capa
de vapores uniform em ente difundidos, se entre en 1111 aire
seco y trasparente. Pasam os la noche del 2 de enero
en la Estancia de Gallegos, plantación de cafeto cerca de
la cual, p o r 1111 zanjón ricam ente som breado, fo rm a h er­
m osas cascadas el riachuelo de G hacaíto al descender de
los montes. La noche estaba bien clara; y bien que sien­
do víspera de un viaje fatigoso hubiésem os deseado go­
z a r de algún reposo, pasam os toda la noche el Sr. B 011-
pland y yo esperando tres ocultaciones de satélites de
Jú p iter. i)e antem ano h a b ía determ inado los instantes de
la observación, 'y todas las m alogram os, a causa de
errores de cálculo que se h ab ían deslizado en el Conoci­
m iento de los tiempos. Una m ala suerte h ab ía cabido a los
pronósticos de las ocultaciones p a ra los meses de di­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 337

ciem bre y enero: habíase confundido el tiem po m edio


con el tiem po verdadero (2).
S ingularm ente me im pacienté por este accidente; y
después de h ab er observado, antes de salir el sol, la in ­
tensidad de las fuerzas m agnéticas al pie de la m ontaña,
nos pusim os en m arch a a las 5 de la m a ñ an a acom paña­
dos de esclavos que llevaban nuestros instrum entos. Com­
poníam os dieciocho personas que íbam os unos tras otros
por un estrecho sendero. Este sendero se halla trazado
en un declive em pinado cubierto de césped. Se procura
desde luego g an ar lo alto de una colina que hacia el Sur­
oeste fo rm a como un prom ontorio de la Silla, y depende
del cuerpo m ism o de la m ontaña por m edio de un es­
trecho dique designado por los pastores con un nom bre
m uy característico, el de La Puerta de la Silla. A las 7
llegam os allá. H erm osa y fresca estaba la m añ an a, y el
cielo hasta entonces parecía favorecer n u estra excursión.
Vi sostenerse el term óm etro a poco m enos de (11°,2
R.). El baróm etro indicaba que estábam os ya a 685 toe-
sas de elevación sobre el nivel del m ar, es decir, cerca
de 80 toesas m ás alto que la Venta, donde se goza de una
vista tan m agnífica sobre las costas. P ensaban nuestros
guías que serían todavía m enester 6 horas p ara llegar a
la cum bre de la Silla.
A travesam os un dique angosto de rocas cu b iertas de
césped, el cual nos condujo del prom ontorio de la P u erta
al lomo de la m ontaña grande. El m ira r p en etra en dos
valle jos que son m ás bien grietas atestadas de una espe­
sa vegetación. A la derecha se percibe el zanjón que
entre los dos picos b a ja a la hacienda de M u ñ o z : a la
izquierda se dom ina la grieta de Chacaíto cuyas aguas
abundantes brotan cerca de la hacienda de Gallegos. Oye­
se el ruido de las cascadas sin ver el torrente, que se
m antiene oculto bajo el som braje tupido de las E ritri-

(2) Véanse m is Obs. a str., t. I, p. 180.


22
338 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ñas, Clusias e H igueras de la In d ia (3). N ada m ás p in ­


toresco, en una zona donde tienen tantos vegetales hojas
grandes, relucientes y coriáceas, que el aspecto de la co­
p a de los árboles colocados a g ran p ro fu n d id ad e ilum i­
nados por los rayos casi p erp en d icu lares del sol.
Desde la P u erta se hace la subida cada vez m ás em ­
pinada. E ra m enester ech ar fuertem ente adelante el
cuerpo p a ra lo g rar avanzar. Las pendientes son a m enudo
de 30v a 329 (4)." E staba el césped apretado, y una larga
sequía lo había puesto sin gularm ente resbaladizo. H u­
biéram os deseado ten er ganchos o pértigas h erradas.
Y erbas cortas tapizan las rocas de gneis, y no puede uno
ag arrarse de ellas ni fo rm ar escalones, como en terrenos
m enos duros se hace. Esta subida, m ás fatigosa que
arriesgada, desalentó a las personas que nos habían
acom pañado desde la ciudad, que no estaban acostum ­
bradas a escalar las m ontañas. Mucho tiem po perdim os
aguardándolas, y resolvim os co n tin u ar solos n u estra vía
cuando las vimos a todas descender la m ontaña en vez
de escalarla. Com enzaba a encapotarse el tiempo. La
b ru m a salía ya, como u n hum o, en tiras delgadas y rec­
tas, del boscaje húm edo que por d ebajo de nosotros ori­
llaba la región de las sabanas alpinas. Dij érase que era
un incendio que se m anifestaba a la vez en varios puntos
de la selva. A cum ulábanse poco a poco estos regueros
de vapores; y destacándose del suelo y em pujados por la
brisa de la m añana, rasab an como una tenue nube el
dorso redondeado de las m ontañas.
P or estos signos infalibles reconocimos el Sr. Bon-
pland y yo que pronto seríam os envueltos en una espesa

(3) Ficus nymphaeifolia, Erythrina mitis. Se hallan en el m is­


mo vallejo dos bellas especies de Mimosas, Inga f a s tu o s a e I. ci-
nerea.
(4) Después que hice los experimentos sobre las pendientes,
hallé en la F i g u r a de la T ie r r a de Buguoer (p. CIX) un pasaje que
prueba que este astrónomo, cuyas opiniones son de tan gran peso,
miraba también 36° como la inclinación de una pendiente inacce­
sible, si el suelo no permite que en él se h a g a gradas con el pie.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 339

brum a. Con el tem or de que nuestros guías aprovecha­


sen tal circunstancia p a ra abandonarnos, hicim os que nos
precedieran los que portaban los instrum entos m as p re­
cisos, y continuam os escalando las cuestas que se incli­
nan hacia la grieta de Chacaíto. La locuacidad fam iliar
de los negros criollos contrastaba con una gravedad ta ­
citu rn a de los indios, cual la de los que constantem ente
nos habían acom pañado en las m isiones de C aripe: se
bu rlab an de los que tan presto h ab ían renunciado a un
proyecto largam ente preparado, y de quien m enos se
com padecían era de un joven fraile capuchino, profesor
de m atem áticas, que no h abía cesado de ensalzar las ven­
tajas en fuerza física y atrevim iento que según él poseían
los españoles europeos de cu alq u ier clase sobre los es­
pañoles am ericanos. Se h ab ía apertrech ad o de tiras de
papel blanco que hab ían de ser reco rtad as y arro ja d a s en
la sabana p a ra indicar al séquito la dirección que había
m enester tom ar; y aun h abía el profesor prom etido a los
religiosos de su orden lan zar por la noche algunos cohe­
tes para an u n ciar a toda la ciudad de C aracas que h a ­
bíam os tenido éxito en una em presa que le p arecía (a él
solo, he de añ ad ir yo) bien im p o rtan te em presa; y h a ­
bía olvidado que vestidos tan largos y pesados, debían
estorbarle en la subida. H abiendo perdido el ánim o
largo tiem po antes que los criollos, pasó el resto del día
en una hacienda cercana viéndonos escalar el m onte con
un catalejo enderezado hacia la Silla. Por desgracia p a­
ra nosotros, este religioso, que 110 carecía de instrucción
física, y que fué asesinado pocos años después por los in ­
dios salvajes del Apure, se había encargado del trasporte
del agua y las provisiones tan necesarias en una excur­
sión por las m ontañas. Los esclavos que debían reunir-
senos fueron tan largo tiempo retenidos por él, que no
pudieron llegar sino muy tarde, habiendo perm anecido
nosotros durante diez h o ras sin agua y sin pan.
De los dos picos redondeados que form an la cúspide
de la m ontaña, es el oriental el m ás elevado, y a él de­
bíam os llegar con nuestros instrum entos. La depresión
entre esos dos picos dió a la m ontaña toda el nom bre es­
340 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

pañol de Silla, o silla de m ontar. Una g rieta que ya he­


mos nom brado desciende de esa depresión hacia el valle
de Caracas, aproxim ándose en su origen o extrem idad
superior a la cúpula occidental. No se puede o cupar la
cum bre oriental sino tom ando al principio al Oeste de la
grieta por el prom ontorio de la P u erta, dirigiéndose de­
recho a la cum bre m enos elevada y no volviéndose al Este
sino cuando se h a llegado casi a la cresta o a la depresión
de la Silla entre los dos picos. El aspecto general de la
m ontaña parece p rescrib ir esta v ía; porque es tal la escar­
p a d u ra de las peñas al Este de la grieta, que d a ría mucho
trab ajo ascender a la cum bre de la Silla subiendo no por
la P u erta sino en toda d erech u ra hacia la cúpula oriental.
Desde el pie de la cascada de C hacaíto hasta m il toe-
sas de elevación 110 encontram os m ás que sabanas. Dos
pequeñas liliáceas de flores am arillas se elevan solitarias
en m edio de las gram íneas de que está cub ierta la su­
perficie de las peñas (5). Algunos pies de zarzam ora
(R ubus jam aicensis) nos recordaban la fo rm a de nues­
tros vegetales de E uropa. E n vano esperam os h a lla r en
estos m ontes de Caracas, y m ás tard e en las fald as de los
Andes, algún escaram ujo al lado de la zarzam ora. No
hemos observado rosal indígena alguno en toda la Amé­
rica m eridional, a pesar de la analogía que existe entre
el clim a de las altas m ontañas de la zona tó rrid a y el de
n uestra zona tem plada; y aun parece que este arbusto
encantador falta en todo el hem isferio austral, aquende
y allende el trópico. Sólo en las m o n tañ as m exicanas
fuim os asaz afortunados descubriendo, por los 19° de la ­
titud, escaram ujos am ericanos (6).
De vez en cuando nos arro p ab a la brum a, y ten ía­
mos dificultad de h allar la dirección de nuestros pasos.

(5) Cypura martinicensis y Sisyrinchium ¡ridifoMum. También


se encuentra esta última Iridea cerca de la Venta de La Guaira, a
600 toesas de altura.
(6) El Sr. Redouté publicó en su hermosa Monografía de los
escaramujos nuestro escaramujo mexicano con el nombre de es c a ­
ra m u jo de M octezum a.
C A SC A DA DE C H A C A IT O

(Dibujo de Humboldt)
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 343

A tal altu ra ya no hay cam ino abierto, y se vale uno de las


m anos cuando se deslizan los pies en una cuesta tan em ­
p in ad a y resbaladiza. Llam ó n u estra atención un filón
lleno de tierra de porcelana (7). Esta tierra, de color
blanco niveo es, sin duda, el residuo de un feldespato des­
com puesto. De ella he enviado considerable cantidad al
intendente de la provincia. En un país donde 110 es es­
caso el com bustible, la m ezcla de tierras refractarias
puede llegar a ser útil p ara m e jo ra r la loza blanca y
aun los ladrillos. Cada vez que nos rodeaban las nubes,
b ajab a el term óm etro hasta 12° (99,6 R.)- y en un cielo
sereno subió a 21°. H iciéronse estas observaciones a la
som bra; pero es difícil en pendientes tan inclinadas, cu­
biertas de 1111 césped desecado, reluciente y am arillo, te­
n er g aran tía del efecto del calórico radiante. E stáb a­
mos a 940 toesas; y sin em bargo vimos hacia el Este, y a
la propia altura, en 1111 zanjón, 110 algunas palm eras so­
litarias, sino todo un boscaje de palm eras. E ra la P alm a
real, quizá una especie del género Oreodoxa. O cupando
este grupo de palm eras una región tan elevada, contras­
taba singularm ente con los sauces esparcidos en el fondo
m ás tem plado del valle de C aracas (8). A parecen fo r­
m as europeas situadas debajo de las de la zona tórrida.
A las cuatro horas de cam ino por las sabanas e n tra ­
mos en un boscaje form ado de arbustos y de árboles poco
crecidos. Llám ase El P e ju a l este boscaje, sin duda a
causa de la gran abundancia de la P eju a (G aultheria
o d o rata), planta de h o jas m uy odoríferas (9). La cuesta

(7) La potencia del filón es de 3 pies; su dirección es hor.


1,2 de la brújula de Freiberg, m ientras que la del gneis es en todas
partes hor. 3,4 con 50", 60° de inclinación al N. O. Humedecida
esta tierra de porcelana, absorbe ávidamente el oxígeno del aire;
hallé (en Caracas) el residuo de nitrógeno m uy débilmente m ez­
clado con ácido carbónico, aun habiendo operado en frascos tapados
al esmeril y no colmados de aire.
(8) Salix Humboldtiana del Sr. Willdenow, sobre las palme­
ras alpinas. Véanse mis P ro le g o m e n a de distr. plant., p. 235.
(9) Véase arriba, Cap. 6. Gran ventaja es en la lengua es­
pañola poder derivar, como en latín, del nombre de la mayor parte
344 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

de la m ontaña se hace m ás suave, experim entando nos­


otros un placer indecible al ex am in ar los vegetales de
esta región. Quizá en ninguna otra p arte se encuentran
reunidas en un reducido espacio de terreno producciones
tan bellas y notables con respecto a la geografía de las
plantas. A m il toesas de elevación las sabanas altas de la
Silla tropiezan con u n a zona de arbustos que p o r su ta ­
m año, sus ram os tortuosos, la dureza de sus hojas, la
m agnitud y belleza de sus flores p u rp ú reas, recu erd an lo
que en la cordillera de los Andes designan con el nom bre
de vegetación de los Páram os y de las Punas (10). Exhí-
bense allí la fam ilia de los Rododendros alpinos, las Ti-
baudias, las A ndróm edas, los Vaccinios, y esas B efarías
de hojas resinosas que m ás de una vez hem os com parado
a los R hododendrum de los Alpes de E uropa.

Aun cuando la n atu raleza no p rodujese las m ism as


especies en clim as análogos, sea en las llan u ras sobre p a­
ralelos isoterm ales (11), sea sobre altiplanicies cuya
tem p eratu ra se acerca a la de los lugares m ás próxim os
de los polos (12), obsérvase, no obstante, u n a sim ilitud

de los árboles, una voz que designa la asociación o el a g r u p a m ie n t o


de los árboles de la misma especie. De este modo se han formado
las voces olivar, ro b le d a r y pin ar, de olivo, roble y pino. Los his-
pano-americanos han añadido T u nal, P ejual, G uay abal, etc., lugares
donde crecen juntos muchos Cactus, o Gaultheria odorata, o Psi-
dium.
(10) La explicación de estas voces se ha dado arriba, Cap. 5.
(11) Se pueden comparar entre sí latitudes que en el mismo
hemisferio tienen la misma temperatura media (v. g. la Pensilvania
y la Francia central, Chile y la parte austral de Nueva Holanda),
o bien considerar las relaciones que existen entre la vegetación de
ambos hem isferios bajo paralelos isotermos (de igual calor).
(12) La geografía de las plantas no solamente examina las
analogías que se observan en un mismo hemisferio entre la vegeta­
ción de los Pirineos y las llanuras escandinavas, entre la de las cor­
dilleras del Perú y de las costas de Chile, sino que también discute
las relaciones entre las plantas alpinas de ambos hemisferios. Ella
compara la vegetación de los Alleghanys y las cordilleras de México
con la de las montañas de Chile y del Brasil. Recordando que cada
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 345

sorprendente de disposición y fisonom ía en la vegetación


de las m ás a p artad as regiones. Es este fenóm eno uno de
los m ás curiosos que tiene la historia de las form as o r­
gánicas. Digo la historia, porque por m ás que la razón
interdiga al hom bre las hipótesis sobre el origen de las
cosas, no dejam os de atorm entarnos por esus problem as
insolubles de la distribución de los seres. Una G ram ínea
de la Suiza vegeta sobre las rocas graníticas del estrecho
de M agallanes (13). La Nueva H olanda sustenta m ás de
cu aren ta plantas fanerógam as de E uropa, y el m ayor
núm ero de los vegetales que son idénticos en las zonas
tem pladas de am bos hem isferios faltan por entero en la
región interm edia, que es la región equinoccial, tanto en
las llan u ras como en el dorso de las m ontañas. Una vio­
leta de hojas vellosas que, por decirlo así, term in a la zo­
na de las fanerógam as en el volcán de T enerife y a la cual
p o r largo tiem po se la creyó p ro p ia de esa isla, se p re ­
senta trescientas leguas m ás al Norte, cerca de la cum bre
nevada de los Pirineos (14). G ram íneas y C iperáceas
de A lem ania, A rabia y el Senegal, h a n sido reconocidas
entre las p lan tas que el Sr. B onpland y yo hem os recogido

línea isoterm a tiene una r a m a alp in a (la que reúne p. e. a Upsal


con un punto situado en los Alpes de la Suiza), se puede reducir
el gran problema de la a n a lo g ía de las f o r m a s v e g e ta le s a la expre­
sión siguiente: I o examinar en cada hemisferio y al nivel de las
costas la vegetación sobre una m ism a línea isotermal, sobre todo
cerca de los vértices cóncavos o convexos; 2° comparar, con rela­
ción a la forma de las plantas, sobre una misma línea isotermal,
al Norte y al Sur del ecuador, la rama alpina en la parte trazada
en las llanuras; 3° comparar la vegetación sobre las líneas isoterm a­
les homónimas en ambos hemisferios, sea en las regiones bajas, sea
en las ramas alpinas.
(13) Phleum alpinum, examinado por el Sr. Brown. Según
las investigaciones de este gran botanista, no es dudoso que cierto
número de plantas sea común a una vez a ambos continentes y a
las zonas templadas de ambos hemisferios. Potentilla anserina,
Prunella vulgaris, Scirpus mucronatus, y Panicum Crus galli, crecen
en Alemania, Nueva Holanda y Pensilvania.
(14) La Viola cheiranthifolia que el Sr. Bonpland y yo hemos
descrito (cap. 2), fué reconocida por los Sres. Kunth y Leopoldo
de Buch entre las plantas alpinas que José de Jussieu recogió en
los Pirineos.
346 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

en las frías altiplanicies de México, a lo largo de las a r ­


dientes orillas del Orinoco, y en el hem isferio au stral en la
cresta de los Andes de Quito (15). ¿Cómo com prender
las m igraciones de las p lantas p o r entre regiones de tan
diferente clima, y que hoy están cubiertas p o r el océano?
¿Cómo se h an desarrollado, a distancias desiguales de los
polos y de la superficie de los m ares, dondequiera que lu ­
gares tan ap artad o s ofrecen alguna analogía de tem p era­
tura, los gérm enes de los seres orgánicos que se asem ejan
en su disposición y aun en su estru ctu ra in tern a? A pe­
sar de la influencia que la presión del aire y la extinción
m ás o m enos grande de la luz ejercen sobre las funciones
vitales de las plantas, es con todo el calo r desigualm ente
distribuido entre las distintas partes del año, lo que ha de
considerarse como el estím ulo m ás poderoso de la vege­
tación.
El núm ero de las especies que encontram os idénticas
en am bos continentes y en am bos hem isferios es m ucho
m enor de lo que se h ab ía creído conform e a las asercio­
nes de los prim eros viajeros. Las altas m on tañ as de la
A m érica equinoccial crían sin duda llantenes, valerianas,
arenarias, ranúnculos, nísperos, encinas y pinos, que en
su form a podrían confundirse con los de E u ro p a; pero
de estos son todos específicam ente diferentes. Cuando
la n atu raleza nos presen ta las m ism as especies, se com pla­
ce en rep etir los m ism os géneros. Especies afines se h a ­
llan a m enudo situadas a enorm es distancias unas de
otras, en las b a ja s regiones de la zona tem plada y en las
regiones alpinas del ecuador. O tras veces tam bién (y
la Silla de C aracas ofrece un vivo ejem plo de este fenó­
m eno) no son los géneros europeos los que h an enviado
especies, como colonos, p a ra po b lar los m ontes de la zona
tórrida, sino géneros de u n a m ism a tribu, difíciles de dis­
tinguir en su disposición, que se sustituyen en diferentes
latitudes.

(15) Cyperus mucronatus, Poa Eragrostis, Festuca Myurus,


Andropogon avenaceus, Lapago racemosa. (Véanse nuestros Nova
Genera e t Spec., t. I, p. XXV, 158, 155, 189, 119).
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 317

Más de doscientas leguas de distancia hay de las m on­


tañas de la Nueva G ranada, que circundan la altiplanicie
de Bogotá, a las de C aracas; y sin em bargo la Silla, único
pico elevado en una co rd illera b astante b aja, ofrece esos
singulares agrupam ientos de B efarías de flores p u rp u ri­
nas, de A ndróm edas, de G aulterias, de M irtilos, de Uvas
cam aronas (16), de N erteras, y de A ralias de h o jas ve­
llosas (N ertera depresa, A ralia reticulata, H edyetis blae-
rioides), que caracterizan la vegetación de los Páram os
en las cordilleras altas de Santa Fe. Hemos encontrado
la m ism a T hibaudia glandulosa al e n tra r en la altiplanicie
de Bogotá y en el P eju a l de la Silla. La sierra costanera
de C aracas sin duda ninguna se enlaza (por el Torito, la
P alom era, el Tocuyo, y los páram os de las Bosas, Boconó
y N iquitao) con las cordilleras altas de M érida, P am plo­
na y S anta Fe; pero de la Silla al Tocuyo, en u n a d istan­
cia de setenta leguas, son tan bajas las m ontañas de Ca­
racas que los arbustos de la fam ilia de las E ricineas que
acabam os de citar, 110 en cu en tran allí el clim a frío nece­
sario a su desarrollo. Y aún suponiendo, como es pro­
bable que la T ibaudia y el Rododendro de los Andes o
B efaría existen en el páram o de N iquitao y en la Sierra
de M érida, cubierta de nieves eternas, no por eso carece­
ría n aquellos vegetales de u n a fila bastante alta y pro­
longada p ara efectuar su m igración hacia la Silla de Ca­
racas. A m edida que estudia uno la rep artició n de los
seres organizados sobre el globo, m ás se ve inclinado, si
no a ren u n ciar a tales ideas de m igración, por lo m enos a
considerarlas como hipótesis satisfactorias. La cordille­
ra de los A ndes divide longitudinalm ente a toda la Amé­
rica m eridional en dos p artes desiguales. Al pie de esta
cordillera, al Este y al Oeste, bem os hallado gran núm e-

(16) El nombre de viña como árbol y el de U v as c a m a r o n a s se


da en los Andes a las plantas del género Thibaudia, a causa de sus
grandes frutos suculentos. Así también los antiguos botanistas lla­
man vid de oso (uva ursi), y vides del Monte Ida (v itisld a ea ) los Ma­
droños y Mirtilos que, como la Thibaudia, pertenecen a la familia de
las Fricineas.
348 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

ro de plantas específicam ente iguales. Los diferentes


pasos de las cordilleras no perm iten por n inguna p arte a
las producciones vegetales de las regiones cálidas p asar
de las costas del m a r del S u r a las orillas del Amazonas.
Sea en m edio de las llan u ras y de m ontes m uy bajos, sea
en el centro de un archipiélago de islas solevantadas por
el fuego subterráneo, cuando un pico llega a u n a grande
altu ra, su cim a está coronada de yerbas alpinas, algunas
de las cuales vuelven a encontrarse a inm ensas distancias
en otras m ontañas que poseen un clim a análogo. Tales
son los fenóm enos generales de la distribución de los ve­
getales, y nunca estaría dem ás in v itar a los físicos a que
los estudien. Al com batir hipótesis dem asiado a la lige­
ra adoptadas, no me com prom eto a su stitu irlas con otras
m ás satisfactorias. Pienso m ás bien que los problem as
de que aquí se trata son insolubles, y que el físico h ab rá
cum plido su ta re a si indica las leyes según las cuales
la n atu raleza ha distribuido las form as vegetales.
De una m ontaña se dice que es b astante elevada co­
mo p ara e n tra r en los lím ites de los R hododendrum y de
las B efaría, tal como ha largo tiem po se dice que una
m ontaña llega al lím ite de las nieves perpetuas. Al em ­
p lear esta expresión supónese tácitam ente que b ajo la
influencia de ciertas tem p eratu ras, ciertas form as vege­
tales deben necesariam ente desarrollarse. T al suposición
no es rigurosa en toda su generalidad. Los pinos de
México faltan en las cordilleras del Perú. La Silla de
C aracas no está poblada de esas encinas que vegetan en
la Nueva G ranada a la m ism a altura. La identidad de
las form as indica u n a analogía de clim as; pero en cli­
m as análogos las especies pueden ser singularm ente di­
versas.
La B efaría, encantador rododendro de los Andes,
fué descrito prim ero por el Sr. Mutis, que lo había ob­
servado cerca de P am plona y de S anta Fe de Bogotá,
por los 4o y 7o de latitu d boreal. T an m al conocida era
antes de nuestra excursión a la Silla, que casi no existía
en ningún herbario de E uropa. Y aun los sabios editores
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 349

de la Flora clel Perú la hab ían descrito con un nuevo


nom bre, el de A cunna. Al modo como los rododendros
de la L aponia, del Cáucaso y de los Alpes (Rhododen-
drum laponicum , R. caucasicum , R. ferru g in eu m y R.
hírsutum ) difieren entre sí, así las dos especies de B efa­
d a que hem os traíd o de la Silla (B efaría glauca, B. le-
difolia) son tam bién específicam ente d iferentes de las
de S anta Fe de Bogotá (B efaría aestuans y B. resinosa)
(17). Cerca del ecuador los rododendros de los Andes
cubren las m ontañas hasta los páram os m ás elevados, a
m il seiscientas y m il setecientas toesas de altu ra (18).
A delantándose hacia el Norte, en la Silla de C aracas, se
les encuentra m ucho m ás ab ajo a un poco m enos de m il
toesas: la B efaría recientem ente descubierta en la F lo ri­
da, por los 30° de latitud, vegeta au n sobre colinas de po­
ca altura. De esa m anera, en una distancia de G00 le­
guas en latitud, esos arbustos descienden a las llan u ras a
m edida que se ale ja n del ecuador. El rododendro de la
L aponia vegeta asim ism o de ochocientas a novecientas
toesas m ás ab ajo que el rododendro de los Alpes y de los
Pirineos. Nos ha sorprendido no h ab er descubierto n in ­
guna especie de B efaría en las m ontañas de México, p ro ­
m ediando entre los rododendros de S an ta Fe y C aracas
y los de la F lorida.
En el pequeño boscaje que corona la Silla la B efaría
ledifolia sólo tiene tres o cuatro pies de alto. El tro n ­
co se divide desde su base en gran núm ero de ram os frá ­
giles y casi verticilados. Las hojas son ovales, lanceola­
das, glaucas por debajo y revolutas en los bordes. Toda
la p lan ta está cubierta de vellos largos y viscosos y ex­
h ala un olor resinoso m uy agradable. Las ab ejas visitan
sus herm osas flores purpúreas, que son m uy num erosas

(17) Véanse nuestras P la n t a s equinocciales, t. II, p. 118-126


(Lám. 117-121), que incluyen casi una Monografía completa del
género Befaría, el cual debería llevar el nombre de B ejaria.
(18) Sobre todo la B. aestuans de Mutis y dos especies nuevas
del hemisferio austral que hemos descrito con los nombres de B.
c o a r c t a t a y B. gran d iflo ra.
350 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

como en todas las p lantas alpinas, y que, bien abiertas,


m iden a m enudo u n a pulgada de anchura.
El R hododendrum de Suiza, donde vegeta entre 800
y 1100 toesas de altu ra, pertenece a un clim a cuya tem ­
p e ra tu ra m edia es de + 2° y — I o, sem ejan te a la de las
llan u ras de Laponia. En esta zona los m eses m ás fríos
son de — 4o y — 10°; los m eses m ás cálidos de 12° y de
7o. De las observaciones term om étricas hechas en las
m ism as altu ras y b ajo los m ism os paralelos, resu lta ser
m uy probable que en el P e ju a l de Ja Silla, a m il toesas
sobre el nivel del m a r de las A ntillas, la tem p eratu ra
m edia del aire sea to d av ía de 17p a 189, y que el term ó­
m etro se sostenga allí, en la estación m enos cálida, du­
ra n te el día entre 15° y 20", y de noche entre 10° y 12°.
En el hospicio de San G otardo, que está cerca del lím ite
su p erio r del R ododendro de los Alpes, el m áx im u m del
calor es en el mes de agosto, a m ediodía y a la som bra,
o rd in ariam en te de 12° a 13“; de noche, en la m ism a es­
tación, el aire se en fría allí de resultas de la radiación
del suelo hasta + 1° o — I o,5. B ajo igual presión b aro ­
m étrica, y por consiguiente a igual elevación, pero 3o de
latitu d m ás cerca del ecuador, la B efaría de la Silla so­
porta a m enudo, a m ediodía, una tem p eratu ra de 23° a
24°. La m ayor b a ja noctu rn a probablem ente no excede
nunca de 8o. Con cuidado hem os com parado el clim a
b ajo el cual vegetan a diferentes latitu d es dos grupos de
plantas de una m ism a fam ilia a igual distancia del nivel
del m a r; y m uy diferentes h ab ría n sido los resultados si
hubiésem os com parado zonas igualm ente distantes, ya de
las nieves perpetuas, ya de la línea isoterm a (19).
En el boscaje del P eju a l vegetan cerca de las Befa­
rías de flores purpúreas, un H edyotis de h o ja s de brezo,
de 8 pies de altu ra; la Caparrosa, que es un g ran Hyperi-

(19) La capa de aire cuya temperatura anual es cero, y que


apenas coincide con el límite inferior de las nieves perpetuas, se
halla en el paralelo de los Rhododendrum de Suiza a 900 toesas;
en el paralelo de las Befarías de Caracas, a 2.700 toesas de altura.
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 351

cuín arborescente; u n L ep id iu m que parece idéntico al de


V irginia; y en fin, Licopodiáceas y m usgos que tapizan
las rocas y las raíces de los árboles (20). Lo que da en el
país m ayor celebridad a este boscaje es un arbusto de 10
a 15 pies de alto, de la fam ilia de las C orim bíferas. Los
criollos lo llam an Incienso. Sus hojas coriáceas y cre-
nuladas, y tam bién la extrem id ad de sus ram as, están cu­
biertas de una lana blanca. Es una nueva especie de
T rixis, en extrem o resinosa, cuyas flores tienen el olor
agradable del estoraque. Este olor es m uy diferente del
que exhalan las flores del T rixis th erebintinácea de las
m ontañas de Jam aica opuestas a las de C aracas. Mez­
clan a veces el Incienso de la Silla con las flores de la
Pebetero, otra Com puesta cuyo arom a se asem eja al del
H eliotropo del Perú. La P ebetera no se eleva sin em ­
bargo en las m ontañas hasta la zona de la B e fa ría : crece
en el valle de Chacao, y las dam as de C aracas la usan
p a ra p re p a ra r una agua de olor extrem adam ente ag ra­
dable.
Largo rato nos detuvim os exam inando las herm osas
plantas resinosas y odoríferas del P ejual. El cielo se
puso cada vez m ás sombrío. El term óm etro descendió
hasta m ás abajo de 11°; tem p eratu ra con la cual, en esta
zona, se em pieza a su frir del frío. Al d e ja r el boscaje
de arbustos alpinos, se encuentra de nuevo o tra sabana.
Escalam os una parte de la cúpula occidental p a ra des­
cender a la depresión de la silla, valle que sep ara las dos
cum bres de la Silla, y allí tuvimos grandes dificultades
qué vencer, a causa de la fuerza de la vegetación. Un
botanista no adivin aría fácilm ente que el bosque espeso
que cubre este valle jo está form ado por la agrupación
de u na p lan ta de la fam ilia de las M usáceas (Escitam i-

(20) V ism ia Caparosa (prestando apoyo a un Leranthus que


se apropia el jugo amarillo de la V ism ia); Davalia meifolia, Hiera-
cium Avilae, Aralia arbórea Jacq, y Lepidium virginicum. Dos
nuevas especies de Lycopodium, el th y o id e s y el a r i s t a t u m se mues­
tran ya más abajo de la Puerta de la Silla. (Véanse nuestros
Nova G en era et Species, t. I, p. 38).
352 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

neas, o fam ilia de los B an an eros). Es probablem ente una


M aranta o u na H eliconia: sus h o jas son anchas y lu stro ­
sas; crece hasta 14 o 15 pies de altu ra, y sus tallos sucu­
lentos se ju n ta n como el culm o de las C añas (A rundo do-
nax) que se h allan en las regiones hú m ed as de la E uropa
austral. F ué preciso ab rirse cam ino al través de esta
selva de M usáceas, precediéndonos los negros con sus
m achetes. El pueblo confunde esta E scitam ínea alpina
con las gram íneas arborescentes b ajo el nom bre de Ca­
rrizo. No vimos ni sus flores ni sus frutos. S orprende en­
co n tra r una fam ilia de M onocotiledóneas, que se cree es
propia exclusivam ente de las regiones b a ja s y cálidas
de los trópicos, a 1100 toesas de altu ra, bien por encim a
de las A ndróm edas, las T ib au d ias y el R ododendro de las
cordilleras o B efaría. En u n a cordillera de m ontes igual­
m ente elevada y m á s septentrional todavía, las M ontañas
Azules de Jam aica, la Heliconia de los papagayos y el
B ijao tam bién crecen de preferen cia en lugares alpinos
um brosos (21).
D iscurriendo en este espeso bosque de M usáceas o
yerbas arborescentes, siem pre nos dirigim os en busca del
pico oriental a donde habíam os de llegar y que de vez
en cuando se hacía visible por algún claro. De repente
nos vimos envueltos por una espesa b ru m a : la b rú ju la
tan sólo podía guiarnos; pero avanzando hacia el Norte,
arriesgábam os encontrarnos a cada instante con la orilla
del enorm e m uralló n de rocas que b a ja casi p erpendicu­
larm en te al m a r con u n a pro fu n d id ad de 6000 pies. Fué
preciso detenerse: rodeados de nubes que rasab an la tie­
rra, nos sobrevino la duda de si podríam os llegar al pico
oriental antes de anochecer. Felizm ente los negros que
llevaban el agua y nuestras provisiones se nos habían
reunido, y determ inam os to m ar algún alim ento. No fué
larga nuestra comida. Sea que el p ad re capuchino no
se hubiese fijad o en el g ran núm ero de personas que nos

(21) Heliconia psittacorum y H. Bihai (Salisbury, en las Trans.


of th e H ort. Soc., t. I, p. 273). Estas dos Heliconias son m uy comu­
nes en las llanuras de Tierra Firme.
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 353

acom pañaban, sea que los esclavos hubiesen m erm ado


las provisiones por el cam ino, sucedió que 110 en co n tra­
mos sino aceitunas y casi ningún pan. H oracio en su
retiro de T ib u r no ha ensalzado m erien d a m ás fru g al y
sobria (22); pero las aceitunas que podían n u trir a 1111
poeta entregado al estudio y a la vida sedentaria, p are­
cen alim ento bien poco sustancial p a ra hom bres que tre ­
pan las m ontañas. H abíam os velado la m ayor p arte de
la noche y cam inam os d u ran te nueve horas sin h ab er
hallado m anantiales. N uestros guías estaban d esalen ta­
dos; q uerían b a ja r a todo trance, y nos costó al Sr. Bon-
pland y a mí m ucho tra b a jo p ara contenerlos.
Hice en m edio de la b ru m a el experim ento del elec­
tróm etro de Volta arm ado de una m echa. A unque es­
taba m uy cercano a las H eliconias ap iñ ad as en form a de
bosque espeso, obtuve señales m uy apreciables de elec­
tricidad atm osférica. lista pasaba a m enudo del positi­
vo al negativo, m udando de in ten sid ad a cada instante.
Estas variaciones y el conflicto de v arias pequeñas co­
rrientes de aire que dividían la b ru m a y la tran sfo rm a­
ban en nubes de contornos determ inados, m e parecieron
un pronóstico infalible de cam bio de tiempo. E ran no
m ás que las dos de la tarde. Concebimos alguna espe­
ranza de poder llegar a la cum bre oriental de la Silla
antes de ponerse el sol, y de b a ja r de nuevo al vallejo
que separa los dos picos. Allí contábam os p asar la no­
che, encendiendo una gran fogata y haciendo construir
por m edio de los negros una cabaña con las h o jas anchas
y delgadas de la Heliconia. Devolvimos la m itad de
nuestra gente encareciéndoles viniesen a encontrarnos
al día siguiente por la m añ an a 110 con aceitunas sino con
provisiones de carne conservada.
No bien habíam os tom ado tales disposiciones, cu an ­
do comenzó el viento del Este a soplar con im petuosidad
del lado de la m ar. El term óm etro subió a 12°,5. E ra
sin duda un viento ascendente, que haciendo su b ir la

(22) Carm ., I, 31.

23
354 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tem p eratu ra disolvía los vapores. E n m enos de dos m i­


nutos desaparecieron las nubes. Las dos cúpulas de la
Silla ap arecieron a n u estra vista con una ex tra o rd in aria
proxim idad. Abrimos el baróm etro en la p arte m ás b a­
ja de la depresión que sep ara los vértices, cerca de una
pequeña charca de agua m uy cenagosa. Aquí, como en
las A ntillas, se h allan terrenos fangosos a grandes altu ­
ras, no porque las m ontañas m ontuosas atra ig an las n u ­
bes, sino porque condensan vapores a consecuencia del
enfriam iento nocturno causado p o r la rad iació n del suelo
y por el p aren q u im a de las h o jas (23). El m ercurio se
sostiene a 21 pulgadas 5,7 líneas. Nos dirigim os en de­
rech u ra de la cum bre oriental. A cada paso nos oponía
m enos obstáculos la vegetación, no obstante que fué m e­
nester todavía segar las H eliconias; m as estas yerbas a r ­
borescentes estaban m enos crecidas y apiñadas. Los pi­
cos mism os de la Silla, como v arias veces lo hem os re ­
cordado, no están cubiertos sino de gram íneas y de ar-
bustillos de B efaría; y no es causa de su desnudez la al­
tu ra de ellos. El lím ite de los árboles en esta zona está
todavía 400 toesas m ás arrib a ; pues a ju z g ar por la a n a ­
logía de otras m ontañas, ese lím ite no h a b rá de encon­
trarse aquí sino a 1800 toesas de altu ra. La carencia
de árboles crecidos en las dos cum bres rocallosas de la
Silla parece deberse a la aridez del suelo, a la im petuo­
sidad de los vientos del m ar, y a los incendios tan fre ­
cuentes en todas las m ontañas de la región equinoccial.
P ara llegar al pico m ás elevado, el del Este, es p re­
ciso a rrim arse en lo posible a la enorm e escarp ad u ra que
cae hacia C araballeda y la costa. H asta aquí había con­
servado el gneis su tex tu ra la m in ar y su dirección p ri­
m itiva; m as en la parte por la que subim os a la cum bre
de la Silla pasa al granito. Su textura se vuelve g ran u ­
jienta, y la mica, m ás ra ra , está desigualm ente re p a r­
tida. Ya no se encuentran granates, sino algunos cris­
tales aislados de anfíbolo. No es sin em bargo una sie-
nita, sino m ás bien un granito de nueva form ación. Gas-

(23) Leblond, Voyage aux Antilles, t. I, p. 420.


V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 355

tam os tres cuartos de hora p ara alcan zar el vértice de la


pirám ide. No es de ningún m odo peligrosa esta parte
del cam ino, con tal que se exam ine bien la solidez de
los trozos de peña sobre los que se afiance el pie. El
granito superpuesto al gneis 110 p resenta una sep ara­
ción reg u la r en los bancos: está dividido por ren d ijas
que se cortan a m enudo en ángulo recto. Bloques pris­
m áticos de un pie de ancho y doce pies de largo, salen
oblicuam ente de la tierra y se m u estran en el borde del
precipicio como enorm es vigas suspendidas encim a del
abism o.
Llegados a la cum bre, gozamos, aunque solam ente
por pocos m inutos, de la com pleta serenidad del cielo.
A brazaban nuestras m irad as una vasta extensión del
país: sum ergíanse a la vez en el m a r hacia el Norte, y
en el valle fértil de C aracas hacia el m ediodía. El ba­
róm etro se sostuvo en 20 pulgadas 7,6 líneas; la tem pe­
ra tu ra del aire era de 13°,7. Estábam os a 1350 toesas
de altu ra, y la vista abarcaba 1111 espacio de m a r de 36
leguas de radio. Los que se desvanecen m iran d o las pro­
fundidades deben m antenerse en el centro de la pequeña
planicie que está en lo alto de la cúpula oriental de la
Silla. La m ontaña 110 es notabilísim a por su altura, que
es casi cien toesas m enos que la del Canigó; pero se dis­
tingue de todos los m ontes que he recorrido por el enor­
me precipicio que presenta del lado del m ar. La costa
no form a sino un estrecho ribete; y m irando desde lo
alto de la pirám ide sobre las casas de C araballeda, se fi­
gura uno, por una ilusión de óptica a que a m enudo nos
hem os referido, que la m u ralla de rocas es casi p erpen­
dicular, aunque la verd ad era inclinación de la cuesta me
ha parecido ser, m ediante un cálculo exacto, de 53° 28'
(24). La inclinación m edia del Pico de T enerife es ape­
nas de 12“ 30'. Un precipicio de seis a siete mil pies,
como el de la Silla de Caracas, es un fenóm eno m ucho

(24) Las observaciones de latitud dan para la distancia hori­


zontal de la base de la montaña cerca de Caraballeda a la vertical que
pasa por la cumbre, 1.000 toesas apenas.
356 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m ás raro de lo que im aginan los que reco rren las m on­


tañas sin m edir su altu ra, su m asa y sus declives. Desde
que o tra vez em prendieron en v arias p artes de E uropa
experiencias sobre la caída de los cuerpos y su desviación
hacia el Sureste, se ha buscado infructuosam ente en to­
dos los Alpes de la Suiza u n a m u ralla de rocas que ten­
ga 250 toesas de a ltu ra p erp en d icu lar (25). La declivi­
dad del Monte Blanco hacia la avenida B lanca no m ide
un ángulo ni aun de 45°, bien que en la m ayor p a rte de
las obras geológicas se describa al Monte Blanco cual si
estuviese ta jad o a plomo de la p arte del Sur.
En la Silla de C aracas el enorm e acan tilad o septen­
trional está a trechos cubierto de vegetación, a pesar de
la extrem ada em p in ad u ra de su pendiente. M atorrali-
llos de B efarías y A ndróm edas aparecen sobre la roca.
El vallecito que separa las cú p u las hacia el S ur se pro­
longa del lado del m ar. Las p lantas alpinas colm an es­
ta depresión, y saliéndose de la cresta de la m ontaña, si­
guen las sinuosidades del zanjón. Pensaríase que b ajo
tan verdes um brías hay torrentes ocultos, y la disposi­
ción de los vegetales, la agrupación de tantos objetos in ­
m óviles com unican al p aisaje el encanto del m ovim iento
y la vida.
H acía siete m eses que nos habíam os encontrado en
la cum bre del volcán de T enerife, desde donde se abarca
una superficie del globo igual a la cu arta p arte de F ra n ­
cia. El horizonte ap aren te del m a r es ahí 6 leguas m ás
extenso que en la cim a de la Silla; y sin em bargo, vimos
este horizonte m uy distintam ente, a lo m enos por algún
tiem po (26): bien se destacaba y no se confundía con las
capas de aire circunvecinas. En la Silla, que es 550 toe­
sas m enos elevada que el pico de T enerife, se nos hacía
invisible el horizonte m ás cercano hacia el N orte y el
N ornoreste. Recorriendo con la m irad a la superficie del

(25) Véase el testimonio del geognosta que más ha recorrido


los Alpes, el Sr. Escher, de Zurich, en la Alpina, t. IV, p. 291.
(26) Véase arriba.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 357

m ar, que se asem ejab a a la de un espejo, nos sorprendió


la dism inución progresiva de la luz refle jad a. Allí don­
de tocaba el rayo visual el últim o lím ite de esa su p erfi­
cie, el agua se confundía con las capas de aire su p erp u es­
tas. Es en cierto modo m uy ex trao rd in ario este aspec­
to. C uando se espera v er el horizonte al nivel de los
ojos, en vez de distinguir a esa altu ra un lím ite definido
entre los dos elem entos, parecen las capas de agua m ás
le jan as como convertidas en vapores y m ezcladas al
océano aéreo. He hallado este m ism o aspecto, no en una
sola p arte del horizonte, sino en una extensión de m ás
de 160°, a orillas del m a r del Sur, cuando por p rim era vez
me encontré en la roca p u ntiaguda que dom ina el cráter
del Pichincha, volcán cuya altu ra excede a la del Monte
Blanco. La visibilidad de un horizonte m uy lejan o de­
pende, cuando 110 hay espejism o, de dos cosas d istin tas:
de la cantidad de luz que recibe la p arte del océano a la
que llega el rayo visual, y de la extinción que ex p eri­
m enta la luz re fle ja d u ran te su paso al través de las ca­
pas de aire interpuestas. Puede suceder que a p esar de
la serenidad del cielo y la trasp aren cia de la atm ósfera,
esté débilm ente ilum inado el océano a 35 o 40 leguas de
distancia, o que las capas de aire m ás aproxim adas a la
tierra extingan considerablem ente la luz absorbiendo los
rayos que las atraviesan.
Aun suponiendo nulo el efecto de la refracción, de-
beríase ver desde lo alto de la Silla, en tiem po despejado,
las islas Tortuga, Orchila, los Roques y las Aves, de las
que las m ás cercanas están a 25 leguas de distancia. El
rayo visual sin refracción es de 1° 39' en arco, y con una
refracción a un décimo, de l 9 50'. No distinguim os n in ­
guna de aquellas islas, ya porque el estado de la atm ósfera
nos lo im pidiese, ya porque 110 fuese suficientem ente di­
latado el tiem po de que pudim os disponer b ajo un cielo
sereno p a ra buscar las islas. Un piloto instruido, que
había intentado escalar con nosotros la cima de la m on­
taña, don Miguel Areche, nos aseguró hab er distinguido
la Silla cerca de los Cayos de Sal, en Roca de Fuera, por
los 129 01' de latitud. La latitud de la Silla es de 109 31'
358 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

5", según el Sr. F errer. Si las cim as circu n d an tes no in­


terceptasen la vista, deberíase v er desde la cum bre de la
Silla la costa hasta el M orro de P iritu por el Este, y hasta
la P u n ta del Soldado p o r el Oeste, 10 leguas a sotavento
de P uerto Cabello. Al Sur, en el in te rio r de las tierras,
la fila de m ontañas que sep aran a Y are y a la sabana de
Ocum are del valle de C aracas lim ita el horizonte, como
una defensa que se prolonga en la dirección de un p a ra ­
lelo. Si esta defensa tuviese un ab ra, una brecha, co­
mo se la en cu en tra a m enudo en las altas m ontañas de
Salzburgo (por ejem plo, en el Pass Lueg) y de la Suiza,
gozaríase aquí del espectáculo m ás adm irable. Se des­
cu b rirían al través de esa b rech a los llanos o vastas es­
tepas de Calabozo; y como esas estepas se elevarían a
la altu ra de los ojos del observador, se verían desde el
mism o punto los horizontes sem ejantes del agua y de la
tierra.
El pico redondeado o cúpula occidental de la Silla
nos quitó la vista de la ciudad de C aracas; pero distin­
guimos las casas m ás próxim as, las villas de C hacao y
Petare, las plantaciones de cafeto y la corriente del río
Guaire, hilo de agua que re fle jab a una luz argentada. La
faja estrecha de terreno cultivado con trastab a agradable­
m ente con el aspecto hosco y salv aje de las m ontañas
circundantes.
A barcando de una o je ad a este vasto paisaje, apenas
es de sentirse que se vean las soledades del Nuevo Mundo
em bellecidas por la im agen de los tiem pos pasados. En
todas las partes de la zona tó rrid a en que la tierra, e ri­
zada de m ontañas y tapizada de vegetales, ha conserva­
do esos rasgos prim itivos, no se presenta ya el hom bre
como el centro de la creación. Lejos de dom ar los ele­
mentos, no procura sino sustraerse del im perio de ellos.
Los cam bios que desde ha siglos han efectuado los sal­
vajes a la superficie del globo desaparecen junto a los
que producen en algunas horas la acción del fuego sub­
terráneo, las inundaciones de los grandes ríos, la im pe­
tuosidad de las tem pestades. La lucha de los elementos
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 359

unos con otros es lo que caracteriza en el Nuevo Conti­


nente el espectáculo de la n atu raleza. Un país sin pobla­
ción se presenta al h ab itan te de la E uropa cultivada co­
mo una ciudad aban d o n ad a por sus habitantes. C uando
se ha vivido en A m érica por varios años en las selvas de
las regiones b ajas o en las fald as de las cordilleras, y
cuando se h an visto países tan extensos como la F ran cia
que no contienen sino un corto núm ero de cabañas es­
parcidas, 110 asusta ya a n u estra im aginación una vasta
soledad. Se hace costum bre en uno la idea de 1111 m undo
que no sustenta sino p lantas y anim ales, donde el salv aje
110 ha d ejad o de o ír ja m ás el grito de la alegría o los
acentos lastim eros del dolor.
No pudim os aprovecharnos por m ucho tiem po de
las v en tajas que ofrece la posición de la Silla, que do­
m ina todas las cim as circundantes. En m om entos en
que exam inábam os con un catalejo la p arte del m a r cu­
yo horizonte estaba bien determ inada y la cordillera de
m ontes de O cum are tras la cual em pieza el m undo des­
conocido del Orinoco y el Amazonas, una b ru m a espesa
se levantó de las llan u ras hacia las regiones altas, col­
m ando desde luego el fondo del valle de C aracas. Los
vapores, ilum inados por arrib a, tenían 1111 color un ifo r­
me, de un blanco lechoso. A parecía el valle como lleno
de agua, y se hubiera tom ado por un brazo de m ar cuya
rib era escarpada form aban las m ontañas adyacentes. En
vano aguardam os largo tiem po al esclavo que conducía
el gran sextante de R am sden: fué preciso aprovecharse
del estado del cielo, y que m e resolviera a tom ar algunas
altu ras de sol con un sextante de Troughton, de dos pul­
gadas de radio. El disco del sol estaba sem ivelado por
la brum a. La diferencia de longitud entre el b arrio de
la T rin id ad y el pico oriental de la Silla parece exceder
apenas de 0o 3' 22". Según el Sr. Fidalgo, la diferencia
de longitud de la Silla respecto de La G uaira es de 0o
06' 40".
M ientras que me ocupaba sentado en una peña, en
d eterm in a r la inclinación de la aguja im anada, vime las
m anos cubiertas de una especie de ab ejas vellosas algo
360 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

m enores que la ab e ja m elifica del N orte de E uropa. H a­


cen esos insectos sus nidos en la tie rra : vuelan ra ra m e n ­
te; y en atención a la len titu d de sus m ovim ientos, hu-
biéralas creído arrecid as por el frío de los m ontes. L lá­
m alas el pueblo de estas regiones angelitos, porque no
pican sino rarísim am en te. Son sin duda ap iario s del
grupo de las M eliponas. P o r m ás que lo h ay an escrito
algunos viajeros, no es cierto que estas abejas, propias
del Nuevo Continente, estén desprovistas de toda arm a
ofensiva (27). Tienen un aguijón m ás débil, y se sirven
de él con m ayor rareza que las otras. C uando aún no
se tiene la seguridad tocante a la m ansedum bre de estos
angelitos, no puede uno lib rarse de algún temor. Con­
fieso que d u ran te las observaciones astronóm icas, he es­
tado con frecuencia a punto de d e ja r caer los in stru ­
m entos cuando sentía las m anos y la cara cubiertas de
estas ab ejas vellosas. N uestros guías aseguraban que
estos insectos no se ponían en defensiva sino cuando se
les irrita b a cogiéndolos por las patas. No intenté hacer
la prueba a m i propia costa.
La te m p eratu ra de la atm ósfera v ariab a en el pico
un grado centesim al m enor que en la ciudad de Caracas.
Reuniendo las observaciones que he hecho en tiem po de
calm a y en circunstancias m uy favorables, ya en las
m ontañas, ya a lo largo de las costas adyacentes, supon-
dríase reconocer de buenas a p rim eras en esta parte del
globo cierta influencia de las altu ras sobre la inclinación
de la ag u ja y sobre la intensidad de las fuerzas m agné­
ticas; m as ha de indicarse que la inclinación en Caracas
es singularm ente m ayor que la que debería suponerse
conform e a la posición de la ciudad, y que los fenóm enos
magnéticos se m odifican con la proxim idad de ciertas
rocas que form an otros tantos centros p articulares o pe­
queños sistem as de atracción (28).

(27)Véase la Memoria del Sr. Latreille insertada en mis Observ.


de Zoologie t. I, p. 263 y 269.
(28) He visto fragm entos de cuarzo que atraviesan fajas pa­
ralelas de hierro magnético llevadas al valle de Caracas por las
aguas que descienden de Galipán y del Cerro de Avila. Esta mina
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 361

: dad de las f u e r z a s
Inclinación m a g ­

miden la in te nsi-
Oscilaciones que
O e ste
N o rte

nética, n u e v a
Alturas en

división
to e s a s
Lugares (1800)

Longitud
Latitud
La Guaira . . 3 10°36'19" 69o27' 42°,20 237

Caracas (Tri­
nidad) . . . 454 10»30'50" 69°25' 42», 90 232

La Venta (del
A vila) . . . 606 10°33'09" 69°28' 41°,75 234

La Silla . . . 1.350 10°31'15" 69°21' 41°,90 230


. 1

La te m p eratu ra de la atm ósfera v aria b a en el pico


de la Silla de 11 a 14 grados, según estuviese en calm a
el tiem po o que soplase el viento. Se sabe cuán difícil
es v erificar en la cim a de los m ontes la tem p eratu ra que
ha de em plearse en el cálculo barom étrico. El viento era
del Este, lo cual parece p ro b ar que la brisa o los vientos
alisios se extienden, por esta latitud, m ucho m ás allá de
1500 toesas de altura. El Sr. de Buch ha observado que
en el pico de Tenerife, colocado cerca del lim íte septen­
trional de los vientos alisios, se halla a 1900 toesas de ele-

de hierro m agnético en tiras se encuentra también en la Sierra N e­


vada de Mérida. Entre los dos picos de la Silla se hallan frag­
mentos angulosos de cuarzo celuloso y cubierto de óxido de hierro
rojo que no obran sobre el imán. El color de este óxido es de un
rojo de cinabrio.
362 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

vación las m ás de las veces un viento de remolino, que


es del Oeste. La A cadem ia de Ciencias h ab ía recom en­
dado a los físicos que aco m p añ ab an al in fo rtu n ad o La
P erouse que se sirviesen de pequeños globos aero státi­
cos p a ra ex am in ar en el m a r en tre los trópicos la exten­
sión de los vientos alisios. Estas investigaciones son di­
ficilísim as de hacer cuando el observador no abandona
la superficie del globo. Los pequeños aeróstatos no al­
canzan generalm ente la altu ra de la Silla, y las leves n u ­
bes que se descubren a veces a elevaciones de tres o cua­
tro m il toesas, por ejem plo las colas de gato, perm anecen
inm óviles, o tienen una m oción tan lenta que no se p u e­
de reconocer su dirección.
D urante el corto espacio de tiem po en que vim os el
cielo sereno en el zenit hallé el azul de la atm ósfera sen­
siblem ente m ás subido que en las costas. E ra de 26°,5
en el cianóm etro de Saussure. E n C aracas no indicaba
generalm ente el mismo instrum ento, con un tiem po des­
p ejad o y seco, sino 18°. Es probable que en los meses
de julio y agosto sea m ás considerable todavía la dife­
rencia del color del cielo en las costas y en la cum bre de
la Silla (29). Pero el fenóm eno meteorológico que m ás
nos lia interesado al Sr. B onpland y a m í d u ran te una
hora de estada que hicim os en la m ontaña fué el de la
sequedad aparente del aire, que parecía au m en tar a m e­
dida que se form aba la brum a. Cuando e x tra je de su
ca ja el higróm etro de b allena p ara ponerlo en experien­
cia, m ostró 52° (87° Sauss.). El cielo estaba claro; y con
todo por entre nosotros p asaban de cuando en cuando
rasando la tierra regueros de vapores de contornos dis­
tintos. El higróm etro de Deluc retro g rad ab a a 49° (85°
S ). M edia hora m ás tard e una gruesa nube vino a arro ­
p arn o s: no distinguim os ya los objetos que m ás de cerca
nos rodeaban, y con sorpresa vimos que el instrum ento
continuaba andando hacia lo seco basta 47°,7 (84° S.).
En todo este tiempo era la tem p eratu ra del aire de 12°

(29) Véase arriba.


V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 363

a 13°. Aunque p a ra el higróm etro de b allena no sea de


100" el punto de satu ració n en el aire, sino de 84°,5 (99°
S.), este efecto de una nube en el a n d a r del instrum ento
m e pareció de lo m ás ex trao rd in ario . La b ru m a duró
bastante tiem po para que la fa jilla de ballena, por su
atracción sobre las m oléculas de agua, hubiese podido
alargarse. Ni se hum edecieron nuestros vestidos. Un
v ia jero práctico en observaciones de este género m e ase­
guró recientem ente h ab er visto en la M ontaña Pelée de
la M artinica un efecto parecido de las nubes sobre el h i­
gróm etro de cabello. Los físicos están en el deb er de re ­
fe rir los fenóm enos que la natu raleza exhibe, sobre todo
cuando nada han descuidado p ara ev itar los errores de
observación. El Sr. de Saussure presenció un enorm e
aguacero du ran te el cual su higróm etro, que no se había
m ojado con la lluvia, se sostuvo (casi como en la Silla,
cuando la nube) en 84°,7 (48°,6 Deluc) (30); pero en qué
m anera el aire interpuesto entre las gotas de la lluvia
no esté perfectam ente saturado se com prende m ás fácil­
m ente que poder explicar por cuál razón vapores vesicu­
lares que tocan de inm ediato el cuerpo higroscópico no
lleven a este cuerpo hacia la condición de hum edad. ¿Qué
estado es ese de 1111 v apor que no m o ja y que se hace p er­
ceptible a la sim ple vista? Preciso es suponer, según
pienso, que se ha m ezclado un aire m ás seco con aquel
en que se ha form ado la nube, y (pie las vesículas de va­
por, cuyo volum en es m ucho m enor que el del aire in ­
terpuesto, no m o ja n la superficie lisa de la tirilla de b a ­
llena. El aire trasp aren te que precede a una nube pue­
de en veces estar m ás húm edo que la corriente de aire
que nos llega con la nube.
H ubiera sido im prudencia p erm anecer por m ás tiempo
en esta b ru m a espesa a orillas de un precipicio de siete
a ocho mil pies de profundidad (31). Descendimos de la

(30) Véase arriba.


(31) Hacia el N. O. parecen más accesibles las cuestas; y aun
so me habló de un sendero de contrabandistas que conduce a Cara-
364 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

cúpula oriental a la Silla y recogimos en la b a ja d a una


gram ínea (Aegopogon cenchroides) que 110 sólo form a
un nuevo género m uy notable, sino que, con gran so rp re­
sa nuestra, volvimos a en co n trar después en la cum bre
del volcán de P ichincha, en el hem isferio au stral, a 400
leguas de distancia de la Silla (32). El Lichen floridus,
tan com ún en el N orte de E uropa, cu b ría las ram as de
la B efaría y la G au lth eria odorata, descendiendo hasta
el pie de estos arbustos. E xam inando los musgos que ta ­
pizan el peñasco de gneis en el valle jo, entre los dos p i­
cos, me sorprendí al en co n trar v erdaderos guijarros,
fragm entos de cuarzo redondeados. Con estos g u ijarro s
están mezclados, a 1170 toesas de altu ra, fragm entos de
m ina p ard a de cobre. Es concebible que el valle de Ca­
racas haya podido ser antiguam ente 1111 lago interior,
antes que el río G uaire se hubiese abierto paso al Este,
cerca de C aurim are, al pie de la colina de A uyam as y
antes que la q u eb rad a de Tipe se abriese al Oeste hacia
Catia y Cabo Blanco; pero ¿cómo im ag in ar que las aguas
hay an podido subir hasta el pie del pico de la Silla,
cuando los m ontes opuestos a este pico, los de O cumare,
son dem asiado bajo s p a ra im p ed ir 1111 desagüe en
los llanos? Los g u ijarro s no h an podido ser arrastrad o s
por los torrentes de algunos puntos elevados, puesto que
ninguna altu ra dom ina la Silla. ¿S erá preciso ad m itir
que h an sido solevantados como toda la cordillera de
m ontañas que orilla el lito ral?
E ran las cuatro y m edia de la tard e cuando term i­
nam os nuestra observaciones. Satisfechos del feliz éxito
de nuestro viaje, olvidábam os que podría ser peligroso
descender en m edio de la oscuridad por cuestas escar­
padas cubiertas de 1111 césped m enudo y escurridizo. La

ballcda por entre los dos picos de la Silla. Desde e»l pico oriental
he determinado el occidental S. 64° 40' O., y unas casas que me di­
jeron pertenecían a Caraballeda, N. 55° 20' O.
(32) Véanse nuestros Nova Gen. et Spec., t. I, p. 132; lám.
XLII.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 365

b rum a nos ocultaba la vista del valle; pero distinguíam os


la doble colina de la P u erta, cpie p arecía estar en una
proxim idad ex trao rd in aria, como es siem pre el caso de
los objetos colocados casi p erp en d icu larm en te deb ajo de
nosotros. A bandonam os el proyecto de p asar la noche
entre los dos mogotes de la Silla; y después de h a b e r re ­
cuperado el sendero que nos habíam os abierto subiendo
al través del bosque cerrado de Heliconias, llegam os al
P eju a l, que es la región de los arbustos odoríferos y re ­
sinosos. La belleza de las B efarías, sus ram a s cubiertas
de grandes flores p u rp u rin as, ocupaban de nuevo toda
n uestra atención. Cuando en estos clim as se recogen
p lan tas p ara fo rm ar h erb ario s hay tan ta d ificultad en la
selección cuanto m ayor es el lu jo de la vegetación. Se
tiran las ram as que se acaban de cortar, por p arecer m e­
nos herm osas que las que no se h an podido alcanzar. So­
brecargados de plantas al d e ja r el boscaje, p arecía que nos
pesaba todavía 110 h ab er hecho una cosecha m ás rica.
T anto tiem po nos detuvim os en el P eju al, que la noche
nos sorprendió al e n tra r en la sabana, a m ás de 900 toe-
sas de altura.
Como el crepúsculo entre los trópicos es casi nulo,
se p asa repentinam en te de la m ayor clarid ad del día a
las tinieblas. La lu n a estaba en el horizonte, y su disco
se cubría de vez en cuando con gruesas nubes que im pe­
lía un viento frío e impetuoso. Las cuestas em pinadas,
revestidas de yerbas secas y am arillas, o ra se estaban en
la som bra, ora parecían, ilum inadas de súbito, p recipi­
cios cuya profundidad m edía la vista. M archábam os en
una larga hilera, tratando de ayudarnos con las m anos
p ara no caer y rodar. Los guías que llevaban nuestros
instrum entos nos abandonaban poco a poco p a ra acostar­
se en la m ontaña. E ntre los que se habían quedado ad ­
m iraba yo la destreza de u n negro congo, que llevaba en
la cabeza una gran b rú ju la de inclinación: la m antenía
constantem ente en equilibrio, a pesar del extrem o decli­
ve de los peñascos. Poco a poco había desaparecido la
366 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

b ru m a en el fondo del valle. L as luces esparcidas que


vimos por debajo de nosotros nos causaron u n a doble
ilusión. Las escarp ad u ras parecían m ás peligrosas aún
de lo que eran ; y d u ran te seis h o ras de co ntinua b a ja d a
creíam os estar siem pre cerca de las haciendas situadas
al pie de la Silla. Oímos m uy d istin tam en te las voces
de los hom bres y los sonidos agudos de las guitarras. E n
general, el sonido se p ropaga con tal facilid ad de abajo
arriba, que en un globo aerostático, a 3000 pies de altu ra,
se oye a veces el ladrido de los perros, como los oyó el Sr.
Gay-Lussac en su ascención el 16 de septiem bre de 1805.
No llegam os sino a las 10 de la noche al fondo del
valle, m uertos de fatiga y de sed. H abíam os andado d u ­
ran te 15 horas casi sin in terru p ció n . Las p lantas de los
pies se nos h ab ían desgarrado con las asperezas de un
suelo pedregoso y con el culm o duro y reseco de las g ra­
m íneas; porque h ab ía sido m en ester q u itarn o s las botas,
cuyas suelas se h ab ían puesto dem asiado deslizadisas. En
pendientes desprovistas de m alezas o de yerbas leñosas
que no pueden b rin d a r apoyo alguno a las m anos, se
m erm a el peligro de la b a ja d a cam inando descalzos. P a ­
ra aco rtar el cam ino se nos guió de la P u erta de la Silla
a la hacienda de Gallegos por un sendero que conduce
a un depósito de agua, al 'ronque. No se dió con el sen­
dero, y esta últim a b a ja d a , la m ás ráp id a de todas, nos
acercó a la quebrad a de Chacaíto. El ruido de las cas­
cadas dió a esta escena noctu rn a un aspecto grande y
salvaje.
0

Pasam os la noche al pie de la Silla, habiéndonos


podido ver con catalejos sobre la cum bre del pico orien­
tal nuestros amigos de C aracas. Interesábanse con la
relación de nuestras fatigas, pero quedaron poco satis­
fechos de una m edida que no da a la Silla ni aun la al­
tura de la cima m ás alta de los Pirineos (33). ¿ P or qué

(33) Creíase antiguamente que la altura de la Silla de Caracas


difería apenas de la del pico de Tenerife. Laet, A m ericae descr.
1633, p. 682.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 367

cen su rar este interés nacional puesto en los m onum entos


de la naturaleza, allí donde los m onum entos del arte n a ­
da son? ¿ P o r qué m arav illarse de que los hab itan tes de
Quito y Riobam ba, que desde siglos ha se enorgullecen
con la altu ra del Chim borazo, desconfíen de esas m ed i­
das que elevan las m o n tañ as del H im alaya, en la ludia,
p o r sobre todos los colosos de las cordilleras?
D urante el v ia je a la Silla que acabo de describir,
y d u ran te todas nuestras excursiones en el valle de Ca­
racas, estuvim os m uy atentos sobre los filones y los in ­
dicios de m inas que p resentan las m ontañas de gneis.
Como ningún tra b a jo re g u la r se ha practicado, es p re ­
ciso contentarse con ex am in ar las grietas, los zanjones
y los derrum bam ientos causados por los torrentes en la
estación de las lluvias. La roca de gneis que, sobre todo
a grandes alturas, constituye a veces el p asaje a un g ra­
nito de nueva form ación, y a veces al esquisto micáceo,
pertenece en A lem ania a las rocas m ás m etalíferas; pero
en el Nuevo Continente no se h a m ostrado hasta aquí el
gneis m uy rico en m inerales brutos, dignos de explotación.
Las m inas m ás célebres de México y el P erú se h allan
en los esquistos prim itivos y de transición, en los p ó rfi­
dos trapéanos, el grauw avke y la piedra calcárea alp in a
(34). En varios puntos del valle de C aracas el gneis
m uestra un poco de oro disem inado en pequeños filones
de cuarzo, de plata sulfurada, de cobre azul y de galena;
m as queda en duda si estos diferentes yacim ientos m e­
talíferos son o no dem asiado pobres p ara que m erezcan
ensayos de explotación. Estos ensayos se han hecho
desde la conquista de esta provincia, a m ediados del s i­
glo XVI.
Desde el prom ontorio de P aria hasta m ás allá del
cabo de la Vela los navegantes habían encontrado entre
los habitantes del litoral ornam entos de oro, y oro en

(34) Nouv. Esp., t. m , p. 326.


368 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

polvo. Penetróse en lo in terio r de las tierras p a ra des­


cu b rir los lugares de donde venía este precioso m etal;
y aunque los datos que se h ab ían obtenido en la p rovin­
cia de Coro, en los m ercados de C uriana y Cauchieto
(35) indicasen con b astante clarid ad que se h allab a una
v erd ad era riqueza en m inerales solam ente al Oeste y al
Suroeste de Coro, es decir, en las m o n tañ as contiguas a
la de la N ueva G ranada, no p o r eso fue con m enos celo
explorada toda la provincia de Caracas. Un gobernador
recién llegado a estas costas 110 podía acred itarse en la
corte sino ensalzando las m inas de oro de su provincia;
y por q u ita r a la avaricia su innoble y rep u g n an te cua­
lidad, se ju stificab a la sed de oro con el pretexto del em ­
pleo que fingían d a r a las riquezas ad q u irid as p o r el fra u ­
de y la violencia. “El oro, dice Cristóbal Colón en su ú l­
tim a carta al rey F ern an d o , el oro es una cosa tanto m ás
necesaria a V uestra M ajestad, cuanto, p a ra cu m p lir una
antigua predicción, Jeru salem debe ser reconstruida por
un príncipe de la m o n arq u ía española. El oro es el m ás
excelente de los m etales. ¿Q ué es de esas p ied ras p re­
ciosas que buscan en las extrem idades de la tierra? Las
venden y se acaba por convertirlas en oro. Con el oro
no solam ente se hace lo que se quiere en el m undo, sino
que aun se puede em plearlo en sacar alm as del p u rg a­
torio y en poblar el p araíso” (36). Estas palabras, de un

(35) Pedro Martyr, Ocean. Dec. I, Lib. VIII, pp. 90, 91. Gry-
naeus, pp. 83, 84. Fray Pedro Simón, Not. II, cap. 1, N° 3, p. 55.
Herrera, Dec. I, lib. IV, cap. 5 (t. I, p. 106). Los españoles encon­
traron en el año de 1500, en el país de Curiana (hoy Coro) pajarillos,
ranas y otros ornamentos de oro macizo. Los que sabían fundir
estas figuras vivían en Cauchieto, lugar más cercano a Rio Hacha.
He visto ornamentos parecidos a los descritos por Pedro Martyr
de Angleria, que revelan orfebres bastante hábiles, entre las obras
de los antiguos habitantes de Cundinamarca. Igual industria
parece haber existido en las costas, y al Sur en las m ontañas de
Nueva Granada.
(36) L e tte ra ra r is s im a d a t a nelle Indie nella isola di J a m a i c a
a 7 Ju lio 1503. (B assano , 1810), pp. 29-31. “Lo oro e metallo
sopra gli altri eccellentissimo, e dell’ oro si fanno i tesori e chi lo
tiene fa e opera quanto vuole nel mondo, e finalmente aggiunge a
mandare le anime al Paradiso”.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 369

candor tan ingenuo, llevan el sello del siglo en que Colón


vivía; m as sorprende ver salir el elogio m ás pomposo
de las riquezas, de la plum a de un hom bre cuya vida en­
tera fué señalada por un noble desinterés.
Como la conquista de la provincia de V enezuela co­
menzó por su extrem o occidental, son las m ontañas in ­
m ediatas a Coro, el Tocuyo y B arquisim eto las que p ri­
m eram ente llam aron la atención de los conquistadores.
Estas m ontañas reúnen las cordilleras de la N ueva G ra­
nada (las de S anta Fe, P am plona, la G rita y M érida) con
la sierra costanera de Caracas. Es un terreno tanto m ás
interesante p ara el geognosta, cuanto ningún m apa ha
dem ostrado hasta ahora las ram ificaciones de las m on­
tañas que envían hacia el Noreste los páram os de Ni-
quitao y de las Bosas, últim os de aquellos cuya altu ra
llega a 1600 toesas. E ntre el Tocuyo, A raure y B arqui­
sim eto se eleva el grupo de m ontañas del A ltar, que se
enlaza hacia el Suroeste con el P áram o de las Rosas. Un
ram a l del A ltar se prolonga al Noreste por San Felipe
el F uerte, y se reúne con las m ontañas graníticas del li­
toral cerca de P uerto Cabello. El otro ram a l se dirige
por el Este a N irgua y el Tinaco p ara ju n ta rse a la cor­
dillera del interior, a la de Yuma, Villa de C ura y Sa­
bana de O cum are. Todo este terreno que acabam os de
describir separa las aguas que van al Orinoco de las que
corren al inm enso lago de M aracaibo y al m a r de las
Antillas. Sus clim as son m ás bien tem plados que cálidos
y se le m ira en el país, a pesar de su alejam iento de
m ás de cien leguas, como una prolongación de los te rre­
nos m etalíferos de Pam plona. Fué en este grupo de
m ontañas occidentales de Venezuela donde los españoles
tra b a ja ro n , desde el año de 1551, la m ina de oro de B uría
o Real de Minas de San Felipe de Buría, que ocasionó la
fundación de la ciudad de Barquisim eto o Nueva Sego-
via\ pero estos trabajos, como varias otras m inas suce­
sivam ente abiertas, fueron pronto abandonados. Aquí,
como en todas las m ontañas de Venezuela, los yacim ien­
24
370 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

tos de m inerales resu ltaro n ser m uy inconstantes en su


disposición. A m enudo se dividen y se in terru m p en los
filones: no aparecen los m etales sino en riñones y p re ­
sentan las apariencias m ás engañosas. No es sin em ­
bargo en este mism o grupo de m o n tañ as de San Felipe
y de B arquisim eto donde se ha continuado hasta n u es­
tros días el laboreo de las m inas. Las de Aroa, cerca de
San Felipe el F uerte, situ ad as en el corazón de un país
en extrem o febrígeno, son las únicas que se explotan en
toda la capitanía general de C aracas. P roducen
u na corta can tid ad de cobre, y de ellas hablarem os en
o tra ocasión, luego que hayam os reco rrid o los herm osos
valles de A ragua v las orillas del lago de V alencia.
D espués de las explotaciones de B uría, cerca de
B arquisim eto, las m ás antiguas son las del valle de Ca­
racas y de las m ontañas contiguas a la capital. F ran cis­
co F a ja rd o y su m u je r Isabel, de nación G uaiquerí, am ­
bos fundadores de la ciudad del Collado (C arab alled a),
visitaban a m enudo la altiplanicie donde hoy se encuen­
tra situada la capital de Venezuela. A esta altiplanicie
habían dado el nom bre de Valle de San Francisco; y h a ­
biendo visto pepitas de oro en m anos de los indígenas,
logró F a ja rd o descubrir, desde el año de 1560 las m inas
de los Teques, al Suroeste de Caracas, cerca del grupo
de m ontañas de la Cocuiza que sep ara los valles de Ca­
racas de los de A ragua (37). Créese que en el prim ero
de estos valles, cerca de B aru ta (al S ur de la villa de El
V alle), los indígenas mism os habían hecho algunas ex-

(37) Trece años más tarde, en 1573, Gabriel de Avila, uno


de los alcaldes de la nueva ciudad de Caracas, reemprendió el la­
boreo de estas minas que desde entonces se llaman Real de m inas
de N u e s tr a Señora. Quizá este mismo Avila, a causa de algunas
haciendas que poseía en las montañas cercanas a La Guaira y a
Caracas, habrá hecho dar a la Cumbre el nombre de M o ntañ a de
Avila. Después se aplicó erróneamente este nombre a la Silla y
a toda la cordillera que se extiende hacia el cabo Codera. Oviedo,
pp. 298 y 324.
VIA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 371

cavaciones en filones de cuarzo auríferos, y que en la


época del p rim er establecim iento de los españoles y de
la fundación de la ciudad de C aracas, ya h ab ían llen a­
do de agua los pozos excavados. Hoy es im posible ve­
rific a r ese hecho; pero es cierto que m ucho antes de la
conquista eran, no diré generalm ente, sino entre ciertas
tribus de T ierra F irm e, un m edio de cam bio los granos de
oro (38). Se daba oro p a ra p ro cu rarse perlas, y apenas
parece sorprendente que 'd espués de estar recogiendo
por largo tiem po granos de oro en los arroyos, pueblos que
tenían m ansiones estables y se daban a la agricultura,
hubiesen intentado seguir filones au rífero s en sus aflo ra­
m ientos. Las m inas de los Teques no pud iero n ser tra b a ­
jadas en paz sino después de la d erro ta de G uaicaipuro,
lam oso jefe de los indios Toques, que por largo tiempo
disputó a los españoles la posesión de la provincia de Ve­
nezuela.

R éstanos nom b rar un tercer punto que llam ó la a-


tención de los conquistadores, p o r indicios de m inas, des­
de fines del siglo XVI. Siguiendo hacia el Este el valle de
Caracas, m ás allá de C aurim are en el cam ino de Cauca-
gua, se llega a un terreno m ontañoso y arbolado donde
hoy se hace m ucho carb 11, y que antes llevaba el nom ­
bre de provincia de los Mariches. En estas m ontañas
orientales de V enezuela el gneis pasa al estado de un es­
quisto talcoso, y encierra, como en el Salzburgo, filones
de cuarzo auríferos. Los trab ajo s que de m uy antiguo
se com enzaron en estos filones han sido a m enudo ab an ­
donados y reem prendidos.

D urante m ás de cien años fueron olvidadas las m i­


nas de C aracas; pero en tiempos m ás recientes, hacia
fines del último siglo, un intendente de Venezuela, Don
José Avalo, se entregó de nuevo a todas las ilusiones que

(38) Pedro Martyr, p. 91.


372 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

h ab ían lisonjeado la codicia de los conquistadores. Se


im aginó que las m ontañas próxim as a la capital ence­
rra b a n grandes riqu ezas m etálicas. Como en esta épo­
ca un joven virrey de N ueva E spaña, el conde de Gál-
vez, visitó las costas de T ierra F irm e p a ra ex am in ar sus
fortificaciones y su estado de defensa, el intendente ro­
gó al virrey le enviase algunos m ineros m exicanos. No
fué feliz la selección. Los (pie fu ero n em pleados no co­
nocían ninguna ro c a : todo, hasta la m ica, les pareció oro
y plata. Los jefes de estos m ineros m exicanos, Pedro
M endana y Antonio H enríquez, tenían 15.000 francos de
sueldo cada uno. No estaba en el interés de ello desalen­
ta r un gobierno que no tem ía ningún gasto adecuado p a­
ra acelerar la explotación. Los trab a jo s tuvieron por
m ira la qu eb rad a de T ipe y las antiguas m inas de B aruta
al Sur de Caracas, donde los indios recogían, au n en mi
tiempo, un poco de oro por lavado. El celo de la ad m i­
nistración desm ayó pronto; y después de h a b e r hecho
m uchos gastos inútiles, se abandonó por entero la em ­
presa de las m inas de Caracas. H abíanse encontrado
piritas auríferas, plata su lfu rad a, y un poco de oro n a ­
tivo; pero 110 eran sino leves indicios, y en un país en
donde la m ano de obra es extrem adam ente cara, no h a ­
bía interés en continuar explotaciones de tan poca pro­
porción.
Hemos visitado la queb rad a de Tipe, situada en la
parte del valle que se abre hacia Cabo Blanco. Al salir
de C aracas se pasa ju n to al gran cuartel de San Carlos,
por un terreno árido y rocalloso. Apenas se encuentran allí
algunos pies de Argemone m exicana. P o r dondequiera sa­
le el gneis a lo claro, tal que se creería uno en la altip la­
nicie de Freiberg. Se atraviesa prim ero el arroyuelo de
Agua Salud, agua lim pia que no tiene sabor alguno m i­
neral, y después el río C araguata (C aruata) (Gneis, hor.
12, incl. 70° al Oeste). D om inan a la derecha el Cerro
de Avila y la Cumbre, y a la izquierda el cerro de Aguas
Negras. Este desfiladero tiene m ucho interés en lo geo­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 373

lógico. Es el punto en que el valle de C aracas se com u­


nica por los valles de T acagua y T ipe con el litoral, cer­
ca de Catia. Una arista roqueña cuyo vértice está a 400
toesas por sobre el fondo del valle de C aracas y a m ás
de 300 toesas sobre el valle de T acagua, divide las aguas
que corren hacia el río G uaire y hacia Cabo Blanco. En
este punto de repartim iento, a la en tra d a de la brecha,
es m uy agradable el paisaje. M údase de clim a a m edida
que se b a ja hacia el Oeste. En el valle de T acagua en­
contram os de nuevo habitaciones, conucos de m aíz y de
bananeros. Una m uy extensa plantación de T u n a o
Cactus da a este árido país un carácter p articu lar. Los
cirios tienen hasta 15 pies de alto y se alzan como can­
delabros, al m odo de los Euforbios de A frica. Se les
cultiva p a ra vender sus frutos refrescantes en el m ercado
de Caracas. Es la v ariedad desprovista de espinas que
b astante extrañam ente se llam a en las colonias Tuna de
España. Medimos en el mism o sitio M agueyes o Agave,
cuyo bohordo cargado de flores tenía hasta 44 pies de
elevación. Por m ás com ún que hoy sea esta plan ta por
todas p artes en el m ediodía de E uropa, un hom bre que
haya nacido en un clim a septentrional no se cansa de
a d m ira r lo exuberante de la vegetación y el ráp id o des­
arrollo de una liliácea que contiene al propio tiem po una
savia azucarada y jugos astringentes y cáusticos em plea­
dos en la cura de úlceras p ara cau terizar las carnes.
En el valle de Tipe encontram os el afloram iento de
varios filones de cuarzo. M uestran piritas, h ierro espá­
tico, vestigios de plata sulfurada ( G lasserrz ) y cobre gris
o Fahlorz. Los trab ajo s com enzados, ya p a ra e x tra e r el
m ineral bruto, ya p ara reconocer la n atu raleza de su y a­
cim iento, parecían m uy superficiales. D errum bes h a­
bían colm ado las excavaciones, y no pudim os personal­
m ente ju z g a r de la riqueza de esos filones. A pesar de
los gastos hechos b ajo la intendencia de Don José Avalo,
la gran cuestión de si la provincia de V enezuela posee
m inas dignas de ser explotadas parece aún indecisa.
374 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

A unque en los países donde falta el brazo del hom bre,


sin duda dem anda el cultivo del suelo la p rin cip al soli­
citud del gobierno, el ejem plo de Nueva E spañ a prueba,
sin em bargo, lo bastante que la explotación de los m etales
no siem pre daña los progresos de la in d u stria agrícola.
Los cam pos m exicanos m e jo r cultivados, los que recu er­
dan al viajero las m ás bellas cam piñas de F ran cia y Ale­
m ania m eridional, se tienden de Silao hacia la villa de
León; están a p a r de las m inas de G u anajuato, que por
sí solas producen la sexta p arte de toda la plata del Nue­
vo Mundo.
APENDICE
(N O T A S A LOS L IB RO S 3" y 4«)
NOTAS DEL LIBRO I I I
N o ta A.

Voy a dar aqui una noticia de las gram áticas de lenguas am e­


ricanas que he traído a Europa, y sobre las cuales se ha despertado
el interés de los sabios por los trabajos de los Sres. Hervás, Gili,
Barton, Vater y Schlegel.
Bernardo de Lugo, G r a m á t ic a de la le n g u a g en eral del N uevo
Reino de G ra n a d a o de la lengua de los M uy zca s o Moscas. Ma­
drid, 1619.
Diego González Holguin, V o cabulario de la len gu a g e n e ra l de
todo el P e rú , lla m a d a lengua Q quichua o del Inca, c o n fo rm e a la
prop iedad c o r t e s a n a del Cuzco. Ciudad de los Reyes, 1608.
G r a m á t ic a de la lengua del Inca. Lima, 1753.
Alonso de Molina, V ocabulario de la leng ua m ex ican a. México,
1571.
Agustín de Vetancourt, A rte de lengua M exicana. México, 1673.
Antonio Vázquez Castelu, el Rey de Figueroa, A rte de le ngua
M exicana. Puebla de los Angeles, 1693.
L. de N eve y Molina, R eglas de o rto g r a f í a , Diccionario y a r t e
del idioma O thom i. México, 1767.
Carlos de Tapia y Zenteno, Noticia de la le ngua H u a s te c a , con
d o c trin a c h ri s ti a n a . México. 1767.
Fr. Antonio de los Reyes, G r a m á t ic a de la lengua Mixteca.
México, 1593.
José Zambrano Bonilla, cura de San Andrés de Hucitlapan, A rte
de la le ngua T oto na ca, con un a do ctrin a de la lengua de N aolingo,
con a lg u n a s voces de la len gu a de aquella s i e r r a y de e s ta p o r acá,
po r F ra n c is c o Domínguez, c u r a de Xalpan. Puebla de los Angeles,
1752.
378 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Jo s é de Ortega, V o cab ulario de la len gu a C a s te lla n a y Cora.


México, 1732.
Fernando Ximénez, G r a m á t ic a de la len g u a C arib e (Manus­
crito).
Mi hermano el Sr. Guillermo de Humboldt, que ha hecho un
estudio profundo de las lenguas americanas, ha enriquecido esta co­
lección con las obras Biguientes:
C. de Tapia Zenteno, A rte n ov issim a de la le n g u a Mexicana.
México, 1753.
Ramón Bretón, Dict. C a ra ib e -F ra n c o is . Auxerre, 1665.
D iction naire Galibi, por M. D. L. S. París, 1763.
Luis Figueira, G r a m á t ic a de la len g u a del Brasil. Lisboa, 1795.
Lexic. Bras. Lisboa, 1795.
Posee además catorce manuscritos copiados de los del abate
Hervás, y de la Propaganda en Roma: 1. Mss. sobre la leng ua A z­
te c a o m exicana. 2. Mss. sobre la len g u a de los Otom ies. 3. Mss.
sobre la lengua M aya o de Y u c a tá n . 4. Mss. so b re las len g u as del
O rinoco en g en e ral. 5. Mss. so bre la len gu a de los Y aru ros. 6.
Mss. so bre la leng ua Betoye. 7. Mss. sobre la leng ua Orna-
gua. 8. Mss. sobre la lengua Q quichua, por el C. Caamaño. 9. Mss.
sob re la le ngua G u a ra n í. 10. Mss. sob re la len g u a G ua icu ru o Mba-
ya. 11. Mss. sob re la len gu a Mocobi. 12. Mss. so bre la lengua
Lule. 13. Mss. sobre la leng ua de los Abipones. 14. Mss. sobre
la le ng ua de los A ra u c a n o s de Chile.
Presenta esta noticia más de treinta lenguas americanas que fue­
ron reducidas a gram áticas para el uso de los frailes misioneros.
Util me ha parecido consignarla aquí, tanto más cuanto las más
ricas bibliotecas de Europa, por ejemplo la del Rey en París, no po­
seen tres gram áticas de la América española.

N ota B.

Lengua de los Chaimas en las misiones de Caripe:


U-re, yo, yo mismo.
E ure, tu.
T e u re, él.
T eurecon, ellos mismos.
U chere, yo también.
E uya, a tí.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 379

T o y a (quizá t e u y a ) , a él........
T a q u e r, con él.
Uca o u g u a re y , como yo.
U c a re p ra , no como yo.
Muene, m uen ere, aquel.
T em eren e, todo eso.
T ib in p u p ra , uno no más.
Achacono, todos dos.
A choroaono, todos tres.
Ucheepshic, u c h e u c u rca, yo mismo, por ponderación, yo propia­
mente.
T a q u e r, con él.
U p uy ao o up un yao , para mí.
Guaz, soy (az, ser; g-u, yo; es decir, yo Ber).
P ra , no.
Zis, sol.
N una, luna.
S ep tuca, Venus.
V ilaborei, las Pléyades.
Apotos, fuego.
T u n a , agua.
Conopo, lluvia, aguacero.
Pesissi, viento.
Mico, niño.
Ures, niña.
U ra y o t, muchacho.
I g u a n e t p u r o ¡puetepuin, viudo.
Ip u ete p u r, viuda.
T u gü eriz q u en , el casado.
T uan eq uen , la casada.
Ye, árbol o palo.
C aney, cobertizo, tinglado.
C hinchorro, hamaca.
U g ü e m u r, fiebre.
Noto mocan, se acabó eso.
P a n a z o p a re m a n a , basta, es suficiente,
U cay m u er, u g u o z p a r o u g u o z a r, mi cacería, lo que maté.
Eniri, e n ir it p u r o enirizpo, tu obra.
380 A L E J A N D R O DE H Ü M B O L D T

Piache, m ágico, médico.


Ivorokiam o, diablo, espíritu malo.
Chavi, tigre, jaguar.
C hav ina ci, descendiente de tigre, expresión figurada para de­
signar un hombre cruel.
Totelelo, gallo.
F o c o ra , gallina.
Cuivivi, pato.
Tucuchi, colibrí.
Sicotu, chica, nigua (Pulex penetrans).
B utu to , pronunciando la b casi como f, flauta.
C am o, cantar.
T a n d e m a , mañana.
C huque, toma! (imperativo).
P isca, lleva! (imperativo).
T rop se, está muriendo.
K esptreipnei, está enfermo.
Ispinkeplepi, hace calor.
T en etk in po li, hace frío.
N esselcane, está tronando.
Tinpole poc m an ey , ya viene el aguacero.
Mico n is-inim ipani, nació un niño.
T uq ueriz q ue c a m a n a y , o tu p u t c a m a n a y , ¿estás casado?
T u a n e c c a m a n a y , ¿estás casada?
T u g ü e riz q u e g u a z , sí estoy casada.
Ig u an epu in uze, o ¡g u an ep ra, soy viuda.
Ig ü iric h ip ra g u a z o ip u ite p ra, soy viudo.
Ig u a n e ta c , cásate, hablando a una mujer.
Ipu ete tac, cásate, hablando a un hombre.
E p u itp e nechia m eche, sea esta tu mujer.
T u p a g ü e n a p ia z , bastante comí.
E p ueq uere, para tí.
C up un com iao, o cupuecon, o cu pu ereco n, para nosotros.
Ipuec ¡pagua, está con él.
O n qu epan o ap on om ac , dame más!
C u a r e p a n c a , llevaré más.
E pu ec c h a rp e guaz, estoy alegre contigo.
A p a z c a te p a y e n e , quiere matar.
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 381

N oto co m an , se acabó.
G u a n a tp u e c , hace conuco.
Q u en a p u in u ze, no lo vi.
A y az y e c ra n , se humedece el maíz.
T e creg ü e z, está resbaloso.
Im oron o ¡m orom nique, envenenador.
T u ro p iu rp u e c , está muriendo.
Y a ra z in y a o , o ta r a z in c o m ia o , te n d rá .
N un ena o, cuando haya o habrá luna.
E y e p ate ch in , han de aprender.
E ta te c h in , han de oír.
E n irte c h in , han de hacer.
U y a re onquepe, dame a mí también.
A m ach en ep q u e , ve a traérme o.
A m m a zezin, o enzez, vamos!
E ti g u a , ¿qué es eso?
M a n a n e q u ía n , le llaman.
Ipunet, lo quiere.
Anee narepo, ¿quién lo Vió?
G u ay q u e c um u epe, o cu m u ep ue c , van a m atar cacería.
Z a z a m a r , camino.
C on op yau ne, o c on op yay ere, cuando el aguacero.
Q u e n p o tu p ra quoguaz, no lo conozco.
Q u e n e p ra qu og uaz, no lo Vi.
T e re p u irp e c , ¿por qué se espanta?
T u ra y e rp u e c , por la enfermedad.
C h e ta y m a , por dentro.
C u m u e rip ia n , le quiso pegar.
U p a t a y g u a n e m a n a , en mi casa hay mié'.
T u m a n e m a , no más que bailar.
U tech irin, yo también iré.
M az p a n to n o m a a p o to a c a ¡tum uecon, solos los malos ir á n al
fuego.
P a t r e C u m a n a n t a c a n a n , ¿el Padre está en Cumaná?
C u a m a n a n t a c a m a n a , si está en Cumaná.
M ontaonocon, o taro no con , los de allí o los de aquí.
Miyonocon, los de allá.
Yequizpuec ca pu em iaz, le amarré del árbol.
382 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

N o ta C.

Cuando Cristóbal Colón volvió de su tercer viaje, corrió un


confuso rumor en toda la Europa de que por ciertos movimientos
de la polar habia reconocido que la costa de Paria y el mar circun­
vecino estaban alzados como una vasta altiplanicie: que la tierra no
era del todo redonda, sino que (en los países del Oeste) tenía una
comba hacia el ecuador: que yendo de Cádiz a la península de P a­
ria, se subía; y que a causa de esa grande elevación de las tierras
occidentales, había en Paria un clima menos ardiente y hombres
m enos atezados que en Africa. Todos los escritores de aquel tiempo
mencionan estas extrañas hipótesis. (Pedro Martyr, Ocean., dec.
I, lib. VII, p. 77. Gómara, Hist. gen., cap. VIII, p. 110. Herrera,
dec. I, lib. III, cap. 12).

Ahora, cuál era la observación de la polar que hizo creer a


Cristóbal Colón cosas tan extravagantes? N os lo dirá Fernando
Colón en la Vida de su Padre (C h u rc h ill’s Coll., t. II, p. 583). El
Almirante había observado en el paralelo de las Azores la altura
meridiana de la polar por encima y por debajo del polo. La dife­
rencia de esas dos alturas era de 5o, de lo que resultaban 2° 30'
para la distancia de la estrella al polo; al paso que por un cálculo
trigonométrico se halla que aquella debía ser en esa época de
3o 24' 30". El error era, pues, de 54' por defecto. Colón juzgaba
los pasos de la polar según la posición de la Osa Mayor. Cuando
el Carro estaba al Este o al Oeste, indicaba el paso de la polar por
el meridiano; pero siendo m uy incierta esta indicación, no estaba
seguro Colón de observar el momento en que la polar estaba en
el meridiano; la altura inferior de la polar había de ser demasiado
grande y la altura superior demasiado pequeña; lo cual explica
por qué no encontró Colón sino 5o de diferencia entre las dos
alturas.

En la zona tórrida, a eso de 7° a 8o de latitud boreal, halló Co­


lón la polar elevada a 11° sobre el horizonte en el meridiano su­
perior, y solamente a 6o cuando estaba en digresión o a la altura
del polo, lo cual le daba una distancia polar de 5o. Aquí suponía
Colón todavía que la polar estaba en el meridiano superior, cuan­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 383

do el Carro estaba al Oeste; mas como no podía ver la polar en el


meridiano inferior, porque ella estaba muy baja, observó la altura
cuando el Carro estaba en el meridiano superior e indicaba la di­
gresión de la estrella. Todavía le pareció la polar a la altura de
9o cuando el Carro estaba en el meridiano inferior e invisible en
consecuencia a causa de la poca elevación del polo.

Si la constelación indicaba m al los pasos de la polar por el


meridiano, parece que aun peor indicaba las digresiones; porque
es harto probable que Colón tomaba la altura de la polar cuando
ella estaba por debajo de la digresión y del polo, de suerte que ha­
llaba una altura demasiado pequeña, y una distancia polar de 5o
en vez de 2° 30' que había obtenido de sus observaciones en las
Azores. Para darse cuenta de tan gran diferencia, imaginó Colón
que la tierra no tenía la forma de una pelota, sino la de una pera,
y que yendo de las Azores a Paria se remontaba prodigiosamente
hacia el cielo, porque en la última debía de parecer harto grande
el círculo descrito por la polar, porque se le veía más de cerca.
“Por lo demás (dice), aunque no esté muy dueño de mi explicación,
la estrella aparece en toda su órbita desde el ecuador, al paso que
esa órbita disminuye más y más a proporción que se acerca uno
al polo, a causa de la oblicuidad del cielo”. No es esto muy a pro­
pósito para que nos formemos una idea favorable de los conoci­
m ientos astronómicos de Cristóbal Colón. ¿Cómo admitir que este
grande hombre no haya tenido nociones más justas sobre las dis­
tancias de las estrellas y sus m ovimientos aparentes? Cuenta el
Almirante que padecía una inflamación de los ojos por el tiempo
que estuvo en las costas de Paria. ¿Observó menos bien que de
ordinario, o asentó en su diario las observaciones de los pilotos?
Quizá también el hijo enunció confusamente las ideas del padre.
Gómara censura al Almirante el haber creído que su P a r i a está
más cerca de los cielos que España. “La Tierra (dice) es redonda
y no de la forma de una pera. Esta falsa opinión de Colón se ha
mantenido hasta nuestros días, y a los pilotos que no son letrados
hace creer que de las Indias y de Paria a España se va cu e s ta a b a ­
jo ” . Pedro Martyr de Angleria juzga también con mucha severi­
dad al Almirante. “Quae de poli varietate refert Colonus, contra
omnium astronomorum sententiam prolata videntur”.
NOTAS DEL LI B R O IV

N ota A (Cap. 10, parágrafo 4)

El fin del eclipse de sol del 28 de octubre de 1799 me ha pre­


sentado un fenómeno muy notable. Voy a describirlo tal como lo
hallo señalado en mi diario astronómico. “Mirando con el gran
anteojo de Dollond con harta fijeza (a 4 h. 58' del cronómetro) la
parte oscurecida del disco del sol, vi aparecer y desaparecer alter­
nativam ente de tres a cuatro puntos luminosos parecidos a estre­
llas de quinta magnitud. Durante algunos instantes atribuí este
fenómeno a la explosión de los volcanes de la luna, cuya existencia
admite Herschel, y que Don Antonio Ulloa miraba como agujeros
que atraviesan el planeta. Cuál no sería mi asombro cuando hacia
el fin del eclipse, a las 5 h. 37' del cronómetro, percibí dos puntos
luminosos semejantes, fuera del disco, distantes del borde 12 o 15
minutos en arco, del lado que no se había eclipsado. El fin del
eclipse fué a las 5 h. 48' 37" del cronómetro. Los dos puntos lu­
minosos no aparecieron sino una vez sola. Tenían la intensidad
de luz de una estrella de tercer grado. No pude explicarme este
fenómeno. Mi vista no estaba en absoluto fatigada”.

Louville refiere (Mém. de l’Acad., 1715, p. 96) haber visto en


Londres, durante el eclipse total de sol del 3 de mayo de 1715,
“fulminaciones o vibraciones instantáneas de rayos luminosos. Apa­
recían, durante la oscuridad total, sobre la superficie de la luna;
de suerte que se hubiera creído ver en ello regueros de pólvora
inflamada. Como la luna es muy montañosa, no es extraordinario
que las tormentas sean en ella muy frecuentes”. En el fenómeno
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 385

que observé no hubo ninguna fulguración, ninguna apariencia de


regueros de luz. Eran puntos luminosos de una luz tranquila, que
desaparecían después de haber brillado de 6 a 8 segundos. No eran
rojizos, como el que Ulloa creyó ser efecto de una excavación en
la luna (P hil. T ra n s., 1779, p. 116. Mém. de Berlín, 1788, p. 204).
¿A qué atribuir tales apariencias luminosas observadas en diferentes
épocas sobre el disco lunar durante un eclipse de sol? Los puntos
que vi fuera del disco solar no podían deberse a la m isma ilusión
de óptica que ha hecho ver el satélite de Venus. Se han creído ver
fases en este último.

N ota B (Cap. 10, parágrafo 5)

Consignaré aquí la ingeniosa y satisfactoria explicación que ha


dado el Sr. Aragó del fenómeno de la escintilación, y que aún no ha
sido publicada. He aquí la nota que este sabio ha tenido a bien
redactar a exigencia mía:

“Los físicos y los astrónomos que se han ocupado de la escin­


tilación de las estrellas han hecho en su mayor parte abstracción de
la circunstancia más notable quizás de este fenómeno, quiero decir,
de los cambios prontos y frecuentes de color, de que va aquel acom­
pañado. Los progresos hechos por la teoría física de la luz desde
hace algunos años me parece que nos permitirán referir la expli­
cación de este hecho curioso a la ley de las in te rfe ren cias , cuyo des­
cubrimiento se debe al Dr. Young.

“Según las experiencias de este célebre físico, dos rayos de


luz homogénea que llegan a un mismo punto del espacio por dos
vías levemente desiguales, se suman o se destruyen según que la
diferencia de las vías recorridas es de tal o cual valor. Las dife­
rencias que convienen a la neutralización de los rayos de diferentes
m atices son desiguales muy sensiblemente, para que el resultado
de la interferencia o de la mezcla de dos haces blancos vaya siempre
acompañada de una coloración sensible; además, la experiencia ha
probado (véanse Annales de chim ie et de physique, t. I, p. 199)
que no basta, al buscar el lugar en que dos haces pueden obrar en­
tre sí, tener en cuenta la diferencia de los caminos recorridos, sino
que es necesario además tener en mira la desigual re frin g e n c ia de los
25
386 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

medios por los que han atravesado. Esto sentado, es fácil demos­
trar que los rayos que, partiendo de un mismo punto, vienen a reu­
nirse en el foco de una lente poco extensa, vibran de acuerdo o se
suman si han todos atravesado medios de una misma densidad o de
igual refringencia; el propio razonamiento enseñará, por el contrario,
que una desigualdad de refringencia podrá, según que se la suponga
más o menos grande, dar origen en el mismo foco a la neutraliza­
ción de tal o cual clase diferente de rayos coloreados. Aplicando
estas consideraciones a la escintilación de las estrellas, se hallará
que si todos los rayos que llegan a las diversas partes de la pupila
atraviesan constantemente capas atm osféricas de una misma den­
sidad, la im agen del astro tendrá siempre la m ism a intensidad y
coloración; mientras que en el caso contrario, podrá mudar de matiz
y de brillo a cada instante. Para un astro en el zenit, las probabi­
lidades de escintilación serán mucho menores, en idénticas circuns­
tancias, que para un astro poco elevado sobre el horizonte. Estas
serán menores en nuestros climas que bajo los trópicos, donde el
calor está con mayor uniformidad distribuido en las capas atmos­
féricas (* ). Más fácilm ente se verán los cambios de intensidad en
las estrellas de primera magnitud, donde estarán acompañados de
un cambio de color más intenso que en las estrellas débiles; y más
en los astros blancos que en los que son por su naturaleza colorea­
dos. Si no me engaño, todas estas circunstancias están conformes
con la observación”.

Nota C (Cap. 10, parágrafo 16).

N o se crea que al emplear el medio que he indicado para evaluar


la intensidad de la luz de las estrellas, tenga una influencia sensible
el cambio de inclinación de los espejos sobre la cantidad de luz re­
flejada. Tal influencia es sin duda muy considerable cuando es re­
flejada la luz por un vidrio diáfano; es casi nula cuando los rayos
son devueltos por un espejo estañado en su cara interior. De lo que
resulta que para comparar dos estrellas y para igualar la luz de ellas, se
pueden dirigir al campo del anteojo estrellas cuyas distancias angu­
lares son grandísimas. Véanse aquí los resultados de mi trabajo, don­

(*) Véase arriba, cap. 10, parágrafo 5.


V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 387

de se han colocado sobre el a s t r ó m e t r o , las estrellas de primera m agni­


tud, entre 80° — 100°; las de segunda magnitud, entre 60° — 80°; las
de tercera magnitud, entre 45° — 60°; las de cuarta magnitud, entre
30° — 45°; y las de quinta magnitud, entre 20» •— 30°:

Sirio 100» B Grulla 75°


Canopo 98* B Can mayor 73°
OC Centauro 96» oc Liebre 71»
Achernar 94» oc Tucán 70»
B Centauro 93» B Liebre 70»
Fomalhaut 92» OC Paloma 68°
Rigel 90» B 67»
Procion 88» Can mayor 66°
Tl
Betelgeuze 86» oc Fénix 65»
t Can mayor 83» Y Grulla 58»
8 81*
; Can mayor 51»
oc Grulla 81» cc Indio 50»
oc Pavo real 78» c Can mayor 47»

Más difícil es determinar si ce Indio tiene la mitad de la luz


de Sirio que reconocer si ce Grulla se acerca más al resplandor
de Sirio que al de a Indio. Comparando a Betelgeuze y a Pavo
real con a Grulla, hállase que Betelgeuze debe colocarse entre oc
Grulla y Sirio, y oc Pavo real entre oc Grulla y <x Indio. A me­
dida que los lím ites se van estrechando, más fácil es evitar los
errores, sobre todo si se intenta llegar a un mismo resultado numé­
rico por vias muy diferentes. Puédese comparar^ por ejemplo, a
Grulla y Procion, sea inmediatamente, sea igualando en un ins­
trumento de reflexión, la luz de Procion y la de Canopo, la de Ca-
nopo y oc Grulla, sea, en fin, comparando a Grulla y Procion por
intermedio de Rigel y de Sirio. Herschel pone en serie, en el Can
Mayor, cc, 3 , £ , i]. En Ia Grulla hay ahora mucha menor di­
ferencia entre oz y B <3ue entre JJ y y I en cuanto a la intensidad
relativa de la luz de Sirio y de Canopo, las opiniones de lo s astró­
nomos que han visitado la zona equinoccial se han dividido singu­
larmente hasta hoy día. Creo haber reconocido, a merced de mu­
chas combinaciones, que Sirio es más brillante que Canopo, tanto
como a Centauro es más brillante que Achemar. Espero recomenzar
este trabajo.
388 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Nota D (Cap. 11, parágrafo 10)

Véase aquí el extracto de las observaciones sobre el espejismo,


hechas en 1799 y 1800 durante mi estada en Cumaná, tales como
las he consignado en mi Diario astro n ó m ico . Ningún conocimiento
podía entonces tener de la teoría del Sr. Monge y de los experimen­
tos de los Sres. Brandes, Wollaston y Tralles. Las del célebre fí­
sico inglés fueron hechas en la misma época que las mías. El Sr.
Vince se había contentado con seguir por medio del telescopio los
fenómenos de suspensión, sin determinar la m agnitud de las imá­
genes y la depresión del horizonte del mar. E stas determinaciones
faltaban también en los trabajos del Sr. BUsch, de Hamburgo (T rac-
t a t u s dúo optici a r g u m e n t i ) , y del abate Gruber (U e b e r S tr a n le n -
b re c h u n g und A b p ra llu n g des Lichts, 1793). Aunque no tuviese yo,
en 1800, m ás que una idea vaga de las diversas circunstancias que
modifican el espejismo, no descuidé medir los ángulos de depresión
del horizonte, la anchura del intersticio entre el horizonte y el ob­
jeto suspendido, la temperatura de la arena por sobre la que pa­
saban los rayos luminosos, y las del aire y el agua. Exam iné la
influencia de la forma de los islotes sobre su suspensión más o me­
nos completa, los casos en que hay suspensión sin doble imagen,
y en fin, los cambios que en el juego de estas refracciones extraor­
dinarias producen la salida o la puesta del sol. (Véase arriba).

"Cumaná lat. 10° 27' 52". Azotea de la casa de Don Pascual


Martínez, que habito después de mi regreso de Rionegro. Desde ahí
descubro los m ism o s objetos que he mensurado en mi anterior man­
sión, más cercana al río Manzanares: veo al Sur los m ontes del
Bergantín, el Tataracual, y toda la cordillera de m ontañas de Nueva
Andalucía: al Noroeste, el grupo de islas situadas entre Jos puertos
de Cumaná y Nueva Barcelona, las islas Caracas, Picuita y Borra­
cha. Distancia de estas islas, 10-15 millas. Cuadrante de Bird,
de doble división, cuidadosamente verificada con un nivel de burbuja
y la plomada. El instrumento está colocado sobre una pared ma­
ciza. Me he servido constantemente de la división en 96°, en la cual
cada grado es igual a 56' 15". El vernier subdivide los grados en
120 partes. Se ha determinado el error de colimación por la latitud
del lugar y la comparación con un sextante de Ramsden: es de
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 389

8' 40" (div. sex.) aditiva a las distancias zenitales. El objetivo


del anteojo del cuadrante está elevado 124 pies 11 pulgadas sobre
el nivel del mar. Para mejor asegurarme de que ningún accidente
influye sobre los ángulos de depresión y de suspensión, tomo cada
vez el ángulo de altura de una torre (A ) que, por su elevación y
proximidad, no es susceptible de ser sensiblemente afectada por los
cambios de refracciones horizontales.

“lo de setiembre de 1800, a las 23 h. 10', las puntas de las islas


y de los cabos del continente próximo parecen todas realzadas, sus­
pendidas. Anteojo de Dollond, aumento de 65 veces. Term. al aire
y a la sombra 22°,6 R. Higróm. 45,2 Deluc. Cianóm. 20°. A (o torre
que sirve para la rectificación del instrumento) 94° 31' 3". B (o
cabo Este de la isla Caracas) 95° 52' 25". C (o vértice de la isleta
Picuita) 95 115/120, o bien 95° 56' 30". D (o base de la isla Pi-
cuita) 95° 58' 23". E (o altura de la isla Borracha) 95° 92/120. F
(o depresión del horizonte del mar) 95° 117/120. Agua del mar 21°,4.
Arena de las playas entre la ciudad y el mar 30",8 R”.

“3 de setiembre, a las 19 h. de la mañana. T. 21° R. Higr. 43.


Cian. 14°.

A 94» 62/120
B 95» 103,5/120
C 95» 110,8/120
D 95» 116,7/120
E 95» 92/120
F 95» 118/120

"Tarde a la 6 h. cielo encapotado; va a llover. Aire sumamente


transparente. Las islas parecen m uy juntas. T. 21°,7 R. Higr.
.49»,2.

D. 95o n i / 120.
E. 95o 92,5/120 o 95o 92,5.
“4 de setiembre a las 5 h. 1/4 encapotado; aire muy trasparente.
T. 22»,5 Higr. 41°,2. Agua del mar en su superficie 21»,8. Arena
blanca de la playa 28°,5. En vez de 62,2/120, noto el ángulo 62,2.

A 94» 662,2
B 95» 104,5
390 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

C 95» 111,3
D 95» 116,2
E 95» 92,5
F 95» 116

"Los cabos todos suspendidos; pero la parte suspendida sólo tiene


de 5 a 6 minutos de largo. La Picuita está por completo en el aire,
y su largura aparente es 0° 11' 5". Al ponerse el sol, el intersticio
entre el pie o base de la isla y el horizonte del mar disminuye a me­
dida que la atmósfera se oscurece. Cuando el disco del sol se oculta
detrás de nubes muy oscuras, el centro de la Picuita reposa so­
bre el horizonte! Los extrem os no m ás de la isla quedan entonces sus­
pendidos. Reaparece el sol con su destello, aunque sólo a 4» de al­
tura, y toda la isla se alza: se halla por entero suspendida, tanto en
su centro, que forma una pequeña convexidad, como en sus dos ex­
tremos. Ninguna doble imagen, nada más que suspensión. Tras la
puesta del sol, aun queda en el aire la Picuita. La examino con
el gran anteojo de Dollond: tanto ha oscurecido ya que con trabajo
leo el limbo del sextante. El suelo empieza sin duda a enfriarse;
pero siempre veo aire (un espacio aéreo) entre el horizonte depri­
mido del mar y la base de la isla”.

“5 de setiembre. Durante el crepúsculo de la mañana. T. 21°,3.


Higr. 45°,2. El disco del sol no es aún visible, y ya toda la Picuita
parece suspendida en el aire. Crepúsculo muy débil.

A 94° 62.
B 95» 106.
C 95» 116,2
E 95» 93,2
F 96» 12, mayor, pues, en 16/120
(cerca de 8') que el 4 de
setiembre.

“La Picuita parece a menudo doble e invertida durante el resto


del día. La imagen invertida es del mismo tamaño y altura que la
im agen directa: la última está del todo suspendida; pero la imagen
invertida, cuya intensidad luminosa es bastante escasa, se propasa
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 391

sobre el horizonte del mar: cubre una parte de las últim as capas
del océano. A las 22 h. de la mañana, T. 23°,5 R.; Higr. 31°,5.

A 94» 62,3
C 95° 112.
F 96» 0.

“A mediodía es aún la depresión del horizonte 96»,1. Calma


chicha”.
‘‘El 25 y el 26 de setiembre, radiante de luz el horizonte, osci­
la tres o cuatro veces en el espacio de una hora. La depresión del
horizonte es ora 95° 118, ora 96° 4, sin mudar los instrumentos me­
teorológicos en el sitio en que está colocado el cuadrante de Bird.
Los cambios se efectúan sin duda en las capas de aire interme­
dias, en la temperatura del agua y del suelo que irradian calor.
Creo percibir que el fenómeno de un cambio de depresión se anuncia
por una variación de color. Sin que se altere el tinte azul celeste
del cielo, el horizonte del mar se separa en dos fajas. Se ve apa­
recer una estría más oscura que el resto; cuanto está después de
esta estría empalidece poco a poco, y acaba por desaparecer ente­
ramente: cuanto está antes de la estría aumenta en color. La isla
de la Picuita ya está suspendida; su pie (su límite inferior) no se
altera; pero a medida que la estría se hace horizonte, y que la
parte del mar situada detrás de la estría se desvanece, la suspen­
sión aparente de la isla aumenta. Parece ella alejarse del hori­
zonte, cuando es más bien el horizonte el que está alejado de la
isla. Antes de la formación de la estría: D 95» 116,3. F 95° 119.
Un cuarto de hora más tarde, después de haberse hecho invisible
la zona posterior a la estría, hallo D 95° 116,3. F 96° 4,8. Poco a
poco empalidece a su turno la zona anterior que forma el hori­
zonte, y reaparece la parte del mar posterior a la estría. Diríase
que esta última gana el color que la otra pierde. F es de nuevo
95» 118. D permanece invariablemente 95» 116,5. La parte que
ha reaparecido toma un color azul subido; al contrario, la parte
anterior (la que formaba el horizonte, cuando la depresión era 95°
119) está toda blanca. Durante varios días observé esta oscilación.
Las variaciones de color son pronóstico de un cambio de depresión.
¿Deberá admitirse que los rayos luminosos que nos envía la parte
más lejana del mar, que es la que empalidece, se desvían, durante
su paso por las bajas capas de la atmósfera, de manera que se con­
392 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

funden, en su curvatura convexa hacia la superficie del suelo, con


los rayos de la capa anterior del mar? Sólo juzgam os a merced
de la dirección de los rayos; y estos m ismos rayos desviados, que
nos llegan de las capas de agua más lejanas, nos parecen desde en­
tonces ser de las capas más cercanas. Esta circunstancia causa la
apariencia de las estrías y aumenta esta intensidad de color o de
brillo que se nota en el nuevo horizonte”.

“Obsérvanse también todos estos fenómenos en las estepas ári­


das de Caracas y en las playas del Orinoco, allí donde el río está
inmediato a terrenos arenosos. Este año (de 1800) hemos visto
frecuentemente el espejismo entre Calabozo y San Fernando de
Apure, y en el Orinoco al Norte de la misión de la Encaramada. Los
montículos de San Juan y Ortiz, la sierra llamada la Galera, pa­
recen suspendidos cuando se les ve del lado de las estepas, a 3 o 4
leguas de distancia. A mediodía, la arena se había calentado (con
el sol) hasta 42° Réaumur de temperatura. A 18 pulgadas de
elevación sobre el suelo, el termómetro señaló en el aire 32° R.
A seis pies se elevó (en la sombra) a 29°, 5 R. Había pal­
meras, aisladas en los llanos, que parecían no tener pie, que se
pensara que una capa de aire las separara del suelo. Las llanuras,
despojadas de vegetales, parecen charcas o lagos. Es la tan común
ilusión en los desiertos de Africa. En la Mesa de Pavones, en me­
dio de las estepas de Caracas, hemos visto el Sr. Bonpland y yo va­
cas en el aire. Distancia, 1000 toesas. Midiendo con el sextante
la anchura del intersticio aéreo, hallamos que los pies del animal
estaban alzados 3' 20" sobre el suelo. Simple suspensión; ninguna
doble imagen. Asegúrase haber visto, cerca de Calabozo, caballos
suspendidos e invertidos, sin que presentasen una imagen directa”.

Cuanto antecede fué escrito en Cumaná a fines del año de 1800.


El postrer fenómeno me fué referido por personas muy verídicas,
y me parece análogo al que describe el Sr. Vince, explicado felicísi-
mamente por el Sr. Biot en sus In v estig ac io ne s sob re la refacción
e x tr a o r d i n a r i a (1810, p. 239, fig. 40 bis). Hánse visto dos im ágenes
de bajeles, de las que la superior era la invertida. En la obra que
acabo de citar discutió el Sr. Biot una parte de las mensuraciones
que había tomado yo durante mi permanencia en la zona tórrida.
Véase aquí la reducción de las distancias zenitales (antigua división
sexagesim al) para los días en que la suspensión era la más fuerte:
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES
391 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

Examinando los ángulos de altura bajo los cuales se presentan


los vértices de las islas Borracha y Picuita, se nota que la extensión
de las variaciones disminuye con la m agnitud de los ángulos. Las
oscilaciones del horizonte fueron de 7 ' 5 7 " ; las del vértice de la
Picuita, de 2 ' 2 5 " ; las del vértice de la Borracha, de 0 ' 2 7 " . La de­
presión verdadera del horizonte debería ser, libre de toda refracción,
5 ' 2 9 " ; y yo la he hallado entre 6' 1 0 " y 14' 17". En todos estos
casos la refracción ha sido negativa, es decir, que las trayectorias
descritas por los rayos luminosos han sido, por lo menos en su parte
inferior, convexas hacia la superficie del agua. Se notará aun que
la base aparente de la isla Picuita no siempre se ha hallado sobre
el horizonte aparente del mar. Ha descendido ella a veces a la m is­
ma altura, por ejemplo, el 5 de setiembre, a la puesta del sol. La
isla entonces debió parecer reposando sobre el horizonte. A veces
aun la base de la isla ha parecido por debajo del horizonte aparente
del mar, como el 4 de setiembre; y entonces se vió la superficie del
mar algo allende la isla. “Durante estas variaciones las trayecto­
rias de los rayos luminosos eran convexas hacia el mar, a lo menos
en su parte inferior, como lo prueba la depresión del horizonte; pero
el punto de tangencia de la trayectoria lím ite sobre la superficie
del mar estaba más o menos alejada del observador, y es ello lo
que producía las variedades observadas en la suspensión de las
islas, que se hallaban ora allende ora aquende de ese lím ite”. Biot,
(Rech., pp. 216, 217, 219).

La influencia del sol naciente y poniente que se m anifiesta en


mis observaciones sobre la Picuita, confirma lo observado por Le-
gentil durante su permanencia en Pondichery. Este sabio viajero
ha visto constantemente, durante el invierno, bajar el horizonte del
mar en 36', cuando empezaban a aparecer los primeros rayos de este
astro. El sol nació por en cim a del horizonte aparente del mar, como
si saliese del caos. (Biot, p. 225. Véase mi Col. de obs. a stron .,
t. I, p. 153).

He observado frecuentemente que los dos cabos de la isla Bo­


rracha estaban desigualmente realzados. La parte suspendida te­
nía, en el cabo Norte, 5' de largo; en el cabo Sur, apenas 2'. El pri­
mero de estos cabos mira hacia el océano, mientras que el lado Sur
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 395

hace frente al continente y se halla próximo a la isla Picuita que


irradia calor durante el día. "Cuando el mar es más cálido que el
aire en estos parajes, la diferencia de las temperaturas extrem as
del agua y del aire debe ser siempre menor del lado Sur que del
lado Norte; de donde resulta una refracción negativa menor, y por
consiguiente una suspensión menor”. (Biot, p. 238).

Muy atento había estado, en el curso de mis observaciones


en Cumaná y en otras observaciones hechas en las costas del mar
del Sur, en Lima, acerca de la influencia que ejerce la a n c h u r a del
objeto sobre el fenómeno de la suspensión. Había creído deducir,
1° que en islas de vértice convexo, el centro de la isla reposa sobre
el horizonte, mientras que los extremos están alzados; 2° que de dos
islas de forma semejante, por ejemplo, de formas paralelepípedas
la isla más larga no se alzará sino hacia los bordes, mientras que
la más corta parecerá toda en el aire. Las bellas experiencias he­
chas sobre el espejismo por los Sres. Biot y Mathieu han aclarado
perfectamente las verdaderas causas de estos fenómenos. Cuando
una isla rocallosa no se presenta como un muro cortado perpendicu­
larmente en los dos extremos, sino que se eleva hacia su centro,
sólo puede hacerse mira hacia la parte del cielo que reposa sobre
los extremos (las capas de aire que se perciben como más cercanas
al horizonte). La f a j a a é re a , el cielo reflejado, no se verá debajo
del centro de la isla, allí donde es esta más elevada. Lo mismo
sucederá si entre dos objetos de forma semejante, uno de ellos tiene
mucha mayor dimensión en el sentido lateral. ‘‘Según la teoría de
las refracciones extraordinarias cerca del horizonte, la superficie
cáustica se eleva a medida que se aleja. Estando los extremos la­
terales de un objeto más alejados que su centro del observador, se­
rían, pues, cortadas por la superficie cáustica a mayor altura. Si
es muy poco ancho el islote, la diferencia será insensible y parecerá
de un todo y más o menos igualm ente en el cielo; pero si se observa
una isla bastante grande, cuyos contornos respondan a puntos mu­
cho más alejados que la mitad, la diferencia de altura de la cáustica
en estas diferentes lejanías podrá hacerse sensible, y las extrem i­
dades laterales de la isla únicamente parecerán realzadas. Si au­
mentan poco a poco las diferencias de temperatura, y si el punto
de tangencia de la trayectoria límite se aproxima al observador, o,
396 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

lo que viene a ser lo mismo, si el observador se baja, la trayectoria


limite podrá elevarse por encima del vértice de la isla que entonces
estará suspendida por entero en el aire”. (Biot, p. 212). De esta
manera, hallo anotado en mi diario: “7 de setiembre, sobre la playa,
cerca de la boca del río Manzanares, al pie del F u e r t e de la boca,
term. 19" R.; higróm. 43°,2. Alt. del ojo, 4 pies 3 pulgadas. A las
19 h. de la mañana, en el cuadrante que había trasportado a la ori­
lla del mar, C. 95° 91,3. El cuerpo de la isla reposa sobre el hori­
zonte del mar. Las extremidades solas están alzadas. A gua del
mar cerca de la costa 20°,2 R. A. 21 h., term. 20°,2 R.; higróm. 42°,8.
C. 95° 91,8, pero suspendida toda la isla tanto el centro como los
extremos. Agua del mar que cubre una playa calentada por el sol,
21«,8; arena 26° R.”

Lo que acabamos de decir sobre la influencia de la longitud y de


la forma de los objetos sobre los fenómenos de la suspensión me
parece conducir a la explicación de un pasaje curioso de Teofrasto
en su obra acerca de los Pron óstico s de los vientos. “Cuando los
cabos (o partes salientes de las costas), dice Teofrasto, parecen sus­
pendidos en el aire, o cuando en lugar de una isla, se c reen v e r v a ­
rias, este fenómeno indica un cambio del viento del Sur. Cuando
la tierra os parece negra (cuando ella se destaca con color pardo),
tendréis el viento del Norte; pareciéndose blanca (si se destaca con
color claro), aguardad el viento del Sur”. T e o p h ra sti, De sign is
v en to r u m , 421. B. edit. Heinsii (Furlano traduce: si promontoria
sublimia, insulaeve si ex una p lu res a p p a r e a n t , austri mutationem
indicant). Cuando una isla lejana es muy desigual en su altura,
son las variaciones en la depresión del horizonte, y no la imagen
invertida del cielo formado en las partes más bajas de la isla, las
que pueden hacerla parecer como quebrada o dividida en varios
islotes. Si Teofrasto hubiera querido indicar una multiplicidad de
im ágenes colocadas las unas debajo de las otras, no hubiera dejado
de hablar de im ágenes invertidas. Aristóteles, en las Meteorologica,
Lib. III, cap. IV, p. 5711 C (edic. D uval), también menciona la sus­
pensión de los cabos, y la considera como el resultado de una re­
fracción en el aire condensado.

Cuidadosamente he distinguido en el curso de mis observaciones


sobre el espejismo los muy frecuentes casos en los que había s u s ­
V IA JE A LAS REGIONES EQUINOCCIALES 397

pensión sin inversión. El Sr. Biot ha expuesto las circunstancias


en las que este fenómeno se efectúa: prueba (Rech., p. 261) que la
imagen invertida puede reducirse a tan pequeñas dimensiones, que
se hace imperceptible. En cuanto a las variaciones de color que ex­
perimenta el horizonte del mar, y a los pronósticos de un cambio de
refracción, deducidos de las fajas o estrías negras (véase arriba),
este fenómeno no siempre se presenta con el aspecto de varios ho­
rizontes separados por intervalos aéreos. (Biot, pp. 10, 151, 183,
265). Nunca observé esos intervalos formados por el aire re f le ­
jado; vi sencillam ente que un cambio grande de depresión iba pre­
cedido de la formación de las estrías allí donde el nuevo horizonte
había de colocarse. He probado arriba que cerca del ecuador, la
superficie del océano casi habitualmente excede en calor de 1° a 1°,5
al aire ambiente. Esta diferencia de tem peratura es suficientemente
grande para que se la pueda mirar como una causa de espejismo.
En las orillas del Elba ha observado el Sr. Woltmann que había
doble imagen, o simple suspensión, cuando la temperatura del agua
excedía a la del aire en 2° del termómetro de Fahrenheit (0",8 cent.).
No debe, pues, extrañar que el espejismo sea tan común entre los
trópicos, cuando los rayos nos llegan rasando la superficie del mar.
(Brandes, en los A nales de Gilbert, t. XVII, p. 175).

En sánscrito el fenómeno del espejismo lleva el nombre de


m r ig a - t r i c h n a , sed o deseo del antílope, sin duda porque este ani­
mal ( m r i g a ) , urgido por la sed ( t r i c h n a ) , se acerca a esos lugares
áridos en que, por efecto de la inflexión de los rayos, cree ver la
superficie ondeante de las aguas.

N ota E. (Cap. 12, parágrafo 28).

Las tem peraturas m edias del año indican las temperaturas que
tendrían los diversos lugares de la tierra si las desiguales canti­
dades de calor, que se desarrollan en diferentes estaciones y a dife­
rentes horas del día y de la noche, estuviesen uniformemente repar­
tidas en el espacio de un año. Tras las últimas investigaciones he­
chas sobre el calor del interior de la tierra en diferentes latitudes
y diferentes alturas, ya no se pueden mirar como idénticas, en un
398 A L E J A N D R O DE H U M B O L D T

lugar dado, las tem peraturas medias de las capas b