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Historia

Intelectual
en la Argentina
entre 1880 y la
Década de 1930
Historia
Intelectual
en la Argentina
entre 1880 y la
Década de 1930

Oscar Terán

Carpeta de trabajo
Diseño original de maqueta: Hernán Morfese
Procesamiento didáctico: Adriana Imperatore / Hernán Pajoni

Primera edición: febrero de 2000

ISBN: 978-987-1782-63-5

© Universidad Virtual de Quilmes, 2000


Roque Sáenz Peña 352, (B1876BXD) Bernal, Buenos Aires
Teléfono: (5411) 4365 7100 | http://www.virtual.unq.edu.ar

La Universidad Virtual de Quilmes de la Universidad Nacional de


Quilmes se reserva la facultad de disponer de esta obra, publicarla,
traducirla, adaptarla o autorizar su traducción y reproducción en
cualquier forma, total o parcialmente, por medios electrónicos o
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guiente, nadie tiene facultad de ejercitar los derechos precitados sin
permiso escrito del editor.

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723

Impreso en Argentina

Esta edición de 500 ejemplares se terminó de imprimir en el mes de febrero de


2000 en el Centro de Impresiones de la Universidad Nacional de Quilmes, Roque
Sáenz Peña 352, Bernal, Argentina.
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Bibliografía obligatoria

Actividades

Leer con atención

Para reflexionar
Indice

Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

Objetivos del curso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 10

La problemática del campo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .11

Unidad 1. La cultura estética y la cultura científica . . . . . . . . . . . . . . . 17


1.1. La consolidación del Estado nacional y la Generación del 80
a través de la visión de Miguel Cané (h) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
1.2. La Generación del 90 y el movimiento positivista argentino . . . . 29
1.3. El bioeconomismo de José Ingenieros y el proyecto
de una nación moderna en el cono sur americano . . . . . . . . . . . . . . 36
1.4. La producción de Ernesto Quesada y su visión del problema
de la nación a través del problema de la lengua . . . . . . . . . . . . . . . . 43

Unidad 2. El modernismo cultural . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53


2.1. Estructura del campo intelectual en la Argentina
a principios del siglo XX. Emergencia del escritor
frente al intelectual científico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
2.2. Caracterización del modernismo cultural . . . . . . . . . . . . . . . . . 55
2.3. El Ariel de Enrique Rodó: el modernismo cultural
define una identidad latinoamericana . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61
2.4. Las conferencias de 1913 de Leopoldo Lugones
en la disputa por la definición de una nacionalidad argentina . . . . . . 70

Unidad 3. Crisis del liberalismo y reacción antipositivista . . . . . . . . . . 85


3.1. El balance del Centenario entre el homenaje y las dudas
de la conciencia liberal: El juicio del siglo de Joaquín V. González . . . 85
3.2. La nueva problemática mundial y nacional a par tir de 1914.
El ocaso de un liberal reformista: Joaquín V. González . . . . . . . . . . . 94
3.3. La influencia de la primera visita de Or tega y Gasset
a la Argentina y el surgimiento de la "nueva sensibilidad" . . . . . . . . 101
3.4. La "nueva sensibilidad" en el ideario
de la Reforma Universitaria. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .110

Unidad 4. De la crisis del liberalismo a los nuevos


recorridos culturales de 1920 y 1930 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
4.1. El planteamiento latinoamericanista de José Ingenieros.
Los tiempos nuevos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
4.2. La ruptura de Leopoldo Lugones con el legado liberal . . . . . . . 132
4.3. La crisis del 30. Ensayística y surgimiento
del revisionismo histórico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 140
4.4. El marxismo de Aníbal Ponce . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .149

Cronología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 157

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Introducción

La historia intelectual es una disciplina que investiga las representacio-


nes ideológicas en diversas sociedades en determinados períodos históri-
cos. Por “representaciones” debe entenderse un conjunto de significados,
esto es, de ideas y creencias generalmente asociadas a valores. Puede así
tener como objeto de estudio el modo como en el pasado se representaba
o significaba la idea de “nación”, pero también las concepciones sobre el
espacio y el tiempo, la figuración del “niño”, del “comerciante”, y un largo
“etcétera”. Es fundamental, por ende, tener siempre presente que cuando
se está hablando de una historia de las representaciones no nos estamos
preguntando “cómo era la realidad” en ese momento, sino “cómo la veían”
los contemporáneos. Un ejemplo tomado del gran historiador suizo Huizin-
ga permite aclarar esta idea. En su libro El otoño de la Edad Media dice que
los hombres del siglo XVI “no veían” a la naciente burguesía, sino que se-
guían considerando que el sector social fundamental era la nobleza. De ma-
nera que podría decirse que dejaron de percibir a la clase social que iba a
revolucionar la historia. Y sin embargo, concluye Huizinga, también lo que
los contemporáneos no ven forma par te de su manera de representarse la
realidad.
Dicho de otra manera: a la historia intelectual no le interesa si las repre-
sentaciones que encuentra formuladas en una serie de discursos del pasa-
do eran verdaderas o falsas. Lo que le interesa es comprenderlas y tratar de
explicar por qué fueron producidas. Un notable historiador medievalista fran-
cés, Georges Duby, dice que su ambición consiste en restituir lo mejor posi-
ble la imagen que los seres humanos de tiempos pasados se hacían de su
situación en el mundo. Y en poder ver ese mundo a través de los ojos de
aquellos hombres.
De modo que la historia intelectual pone el acento en ese registro de la
vida histórica. Considera por ello que las ideas y significados no son una me-
ra expresión de otros aspectos de la realidad (económicos, sociales o políti-
cos), sino que poseen su especificidad. Considera asimismo su carácter irre-
ductible dado que –como ha escrito Ricoeur- la vida social tiene una estruc-
tura simbólica, o como han dicho filósofos como Cassirer, los seres huma-
nos son “animales simbólicos”, esto es, que viven en un entramado de sím-
bolos que otorgan sentido a sus prácticas, que ordenan su mundo y su ex-
periencia económica, social, política, etc. También podemos citar una aseve-
ración de Raymond Williams contenida en La política del modernismo: “El
análisis de las representaciones –dice el gran historiador inglés de la cultu-
ra- no es un tema separado de la historia, sino que las representaciones son
par te de la historia, contribuyen a la historia, son elementos activos en los
rumbos que toma la historia, en la manera como se distribuyen las fuerzas,
en la manera como la gente percibe las situaciones, tanto desde dentro de
sus apremiantes realidades como fuera de ellas”. Pero no sólo no pretende
sustituir a la historia económica, social o política, sino que debe atender ne-

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cesariamente a los resultados de ellas, por considerar que las representa-


ciones se constituyen dentro de un complejo proceso en donde inter vienen
todas esas otras variables de la vida histórica.
Se trata entonces de comprender y explicar las producciones simbólicas
del pasado. Pero aquí es preciso establecer una serie de diferencias entre
distintos tipos de objetos de estudio de esta historia de las representacio-
nes, así fuere de manera esquemática. Siguiendo en par te a Robert Darnton,
vemos así que existe una historia de las ideas, que tiene como objeto el
pensamiento más sistemático, del tipo de las historias de la filosofía; una
historia intelectual, que incluye también modos de pensamiento informal, cli-
mas de ideas, movimientos literarios; luego, una historia social de las ideas,
que estudia la producción, circulación y recepción de las ideologías en distin-
tas instancias de la sociedad, y la historia cultural, que toma a la cultura en
el sentido antropológico, incluyendo las ideas del mundo y las mentalidades
colectivas, que en la tradición historiográfica francesa se llama “historia de
las mentalidades”. Para entender rápidamente el sentido de esta última, se
dice que ella abarca aquel conjunto de creencias y representaciones compar-
tidos desde el rey de Francia hasta el último de los campesinos de su reino.
(Lo que piensan de común Rivadavia y el último de los gauchos de la campa-
ña bonaerense en la década argentina de 1820). Frente a la idea (obra cons-
ciente de un individuo par ticular), la historia de las mentalidades pone de re-
lieve los grandes bloques de creencias, anónimos, involuntarios, no sabidos,
no conscientes. Puede tratarse así de las representaciones del espacio, del
tiempo, de la muer te, de la sexualidad, del cuerpo, etcétera.
Pero además, en toda sociedad existen diversos grupos que construyen
distintos tipos de representaciones. Puede así por ejemplo realizarse una
historia de la cultura popular o una historia de la cultura de los intelectuales.
Por cier to, dependerá de cada situación el grado de autonomía que cada una
de ellas tenga respecto de la otra, y no será difícil encontrar muchas veces
préstamos y contaminaciones entre la cultura popular y la intelectual. Con
esto quiero señalar que se está hablando en términos indicativos, que inten-
tan sin embargo definir una tendencia en el tipo de análisis propuesto. Dado
que en ocasiones uno podrá encontrarse con abordajes que cruzan diversos
estilos o metodologías per tenecientes a diferentes abordajes de historias de
las representaciones antes señalados.
En cuanto al presente curso, el mismo se ubica dentro de una historia de
las representaciones construidas desde el campo de la cultura de los inte-
lectuales, esto es, de quienes tienen acceso a un conjunto de prácticas, dis-
cursos y destrezas letradas que no son patrimonio del conjunto de la socie-
dad. Se selecciona así un conjunto de representaciones construidas por una
serie de intelectuales argentinos entre las décadas de 1880 y 1930. De la
masa de esas inter venciones, se ha prestado mayor atención a las reflexio-
nes que apuntaron a ofrecer respuestas a las problemáticas sociales y na-
cionales de esas décadas, tal como dicha problemática apareció organizada
en cada coyuntura histórica.

Objetivos del curso

1. Introducir a los estudiantes en la problemática general de la historia inte-


lectual, a par tir de los desarrollos de la disciplina en las últimas décadas,

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

pero sin subestimar una tradición más prolongada tanto en el área interna-
cional como en la Argentina.

2. Presentar un panorama de las corrientes de ideas en el período conside-


rado en la Argentina, seleccionando algunos casos altamente representati-
vos de las ideologías dominantes en cada etapa y a través de intelectuales
igualmente relevantes.

3. Estimular a los estudiantes para que, a par tir de la comprensión y asimila-


ción de los contenidos desarrollados, puedan problematizar dichos conteni-
dos y plantearse la posibilidad de profundizar los conocimientos adquiridos.

Problemática del campo

En esta sección nos introduciremos en algunos aspectos de la disciplina


que pretende organizar este curso: la historia intelectual. Dicha disciplina se
ha beneficiado de la revolución teórica más significativa ocurrida en este si-
glo en el interior de las ciencias sociales. Esa revolución ocurrió en el ámbi-
to de la lingüística y de la filosofía del lenguaje. Quiero presentarles breve- Es necesario aclarar
que sin duda la histo-
mente dos aspectos de estos desarrollos teóricos que gravitan sobre el mo- ria de las ideas no necesitó
do de practicar la historia intelectual. esperar a estos desarrollos
para realizar aportes funda-
La primera referencia remite al Curso de lingüística general del suizo Fer- mentales a la comprensión
dinand de Saussure, publicado por dos de sus discípulos en Ginebra en de lo que los seres humanos
1915. Yo diría que su utilidad para nosotros reside en aler tarnos contra el de otros tiempos sintieron y
pensaron; en definitiva, có-
realismo ingenuo que, aplicado al terreno de la lengua, la considera como un mo organizaron su percep-
mero reflejo de la realidad. Dicho de otro modo: en ese Curso, Saussure ción de la realidad. Pero
creo que una referencia a
enuncia una teoría que muestra la extraordinaria complejidad de los hechos esos procesos teóricos pue-
de lenguaje. En lo allí dicho podemos encontrar algunas indicaciones acerca de servir no sólo para cono-
de cómo leer un texto. cer cierto estado actual del
debate, sino sobre todo para
Para comenzar, atengámonos a dos principios presentes en el Curso adoptar ciertas precaucio-
saussureano: al primero lo llamaremos principio de constitutividad y al se- nes a la hora de analizar los
discursos del pasado.
gundo lo designaremos como principio estructural.
El principio de constitutividad está contenido en la teoría del signo de
Saussure. Esa teoría se opone a la concepción de la lengua como una no-
menclatura, esto es, como una lista de términos que se corresponden con
las cosas a las que nombran. Lo erróneo de esta manera de considerar la
lengua residiría en suponer un conjunto de ideas completamente hechas que
preexisten a las palabras. Es decir, primero el sujeto parlante tendría la idea
o imagen de “árbol” y luego expresaría esa idea mediante la palabra corres-
pondiente para referirse a ese objeto de la realidad. Por el contrario, Saus-
sure argumenta que el pensamiento no está organizado independientemen-
te del lenguaje. Tanto el pensamiento como el lenguaje, en realidad, son dos
masas informes que sólo pueden distinguir elementos dentro de sí mismos
a par tir de su mutua ar ticulación. La figura que Saussure utiliza para expli-
car este hecho “en cier ta manera misterioso” es la del contacto entre la ma-
sa de agua marina y la masa de aire que se le superpone: Sólo a par tir del
contacto de ambas es como pueden formarse las olas en tanto deslinda-
mientos de unidades diferenciadas. No hay, pues, pensamiento sin palabras,
ni palabras sin pensamiento. Si esto es así, significa que la palabra no es
una expresión pasiva del pensamiento (no es que primero se piense y luego

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se le ponga un sonido a esa idea), sino que la palabra par ticipa en la confor-
mación del pensamiento.
Esta noción se esclarece cuando se completa la definición saussureana
del signo. Éste es una realidad de dos caras inseparables: un concepto y una
imagen acústica (el signo “árbol” se compone del concepto de árbol y de la
imagen acústica que ar ticulamos cuando decimos “árbol”). Ahora bien:
Saussure propone designar al concepto con el nombre de significado y a la
imagen acústica con el de significante. El signo es, entonces, una entidad
compuesta necesariamente por un significante y un significado. El significan-
te es la par te “material” del signo: cuando utilizo el lenguaje hablado, el sig-
nificante son las ondas de aire que pongo en movimiento a través de mis ór-
ganos fonadores, para producir esos sonidos que llamamos “palabras”.
Cuando escribo en esta pantalla que usted está leyendo, el significante son
las ondas informáticas que producen esas marcas sobre la pantalla, marcas
que llamamos “letras”. A su vez, el significado es el sentido del signo, o
sea, lo que ese signo “quiere decir”. El ejemplo del semáforo ilustrará es-
tas nociones. El semáforo es un sistema de emitir señales a través de sig-
nos de diversos colores. El significante cuando está encendido el color rojo
está conformado por las vibraciones lumínicas que producen ese color del
espectro. El significado en este caso es “detenerse”.
Una vez comprendidas estas afirmaciones, será posible entender el alcan-
ce de las mismas para la historia intelectual a través de lo que llamamos el
principio de constitutividad de la teoría del signo. Pero para ello es preciso
agregar otra característica decisiva del signo, vinculada con la relación entre
el significante y el significado. Esa característica sostiene que la relación en-
tre el significante y el significado es arbitraria. Cuando Saussure dice que es-
ta relación es arbitraria está diciendo que no es natural, esto es, que no hay
nada que determine espontáneamente que al objeto mesa le adjudiquemos
en castellano la palabra “mesa”. La prueba reside en que la multiplicidad de
lenguas existentes tienen otras palabras para referirse a las mismas entida-
des: table, Tisch, tavola, etcétera. Utilizando el otro ejemplo, puede verse con
facilidad que los colores del semáforo (sus significantes) tienen una relación
igualmente arbitraria con sus significados (se podría haber decidido que el
verde significara “detenerse”, etc.). Decir entonces que no existe una rela-
ción natural entre el significante y el significado implica reforzar el carácter
constitutivo del lenguaje al sostener que el significante (la palabra en tanto
sonido o rasgos sobre una superficie, si queremos decirlo de un modo figu-
rado) no es la expresión de una realidad pre-dada o dada con anterioridad a
la palabra misma. Al referirse a su exitoso libro Las palabras y las cosas,
Michel Foucault declaró por eso que se trataba de un título irónico de un pro-
blema serio: porque no existen ni palabras ni cosas, sino la “y” que las jun-
ta y las hace ser lo que son.
Veamos ahora lo que hemos llamado el principio estructural, del cual es-
ta teoría lingüística (y sus derivados) va a extraer naturalmente su designa-
ción de “estructuralista”. Dicho principio reposa sobre otra característica del
signo: su carácter relacional. Esto significa que cada signo o elemento del
sistema no tiene sentido por sí solo, sino que se define necesariamente en
dependencia con los demás. Así, cada elemento se define de acuerdo con el
lugar que ocupa dentro del sistema o estructura de la lengua. Para compren-
der este tipo de afirmaciones puede apelarse a ejemplos tomados de los jue-
gos. Si pensamos en el ajedrez, diremos que las piezas que lo componen

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

son como los signos de la lengua. Cada figura posee un significante (la for-
ma material que se le ha dado) y un significado (lo que ese elemento “quie-
re decir”, lo que ese elemento “vale”). La relación entre significantes y signi-
ficados es igualmente arbitraria: un alfil tiene diversas representaciones o
formas materiales en distintos diseños del juego de ajedrez. Y el valor de ca-
da pieza, lo que cada pieza significa o vale, está en una relación inescindible
con el resto de las piezas. Esto significa que cada pieza está “en función”
de las demás. Puede entonces apelarse para comprender la idea a la noción
de función en matemática. Si escribo x = 4 + 3, es evidente que el valor de
x depende necesariamente del valor de los otros términos, ya que si modifi-
co cualquiera de ellos se modifica ipso facto el valor de x.
Pero existe otro factor en el cual el ejemplo del ajedrez es útil para enten-
der la revolución lingüística de Saussure. Pensemos por un momento que el
ajedrez funciona como un lenguaje. Tiene sus “palabras”, que son las dife-
rentes piezas, y combina o “mueve” estos elementos de diversas maneras.
Puede decirse entonces que el ajedrez tiene su “diccionario”, como texto
donde está contenida la totalidad de los términos que la lengua acepta co-
mo válidos. Pero el modo como las piezas se pueden mover no es libre: es-
tá estrictamente regulado por un conjunto de reglas. El ajedrez tiene así su
“gramática”, en tanto conjunto de reglas que indican las combinatorias posi-
bles (y por ende las que están prohibidas). A esta gramática también la po-
demos denominar “código”.
Las consecuencias de estas afirmaciones son enormes, y permiten com-
prender la afirmación de Saussure de que “en lingüística no aceptamos, en
principio, que haya objetos dados (...) El enlace que se establece entre las
cosas preexiste a las cosas mismas y sir ve para determinarlas”. Esto es, que
el reglamento del ajedrez es anterior a los movimientos que se ejecutan, la
gramática es anterior a las frases que formo, y el código precede al mensaje.
La lengua, entonces, no es una nomenclatura porque la teoría del signo
saussureana afirma la inseparabilidad del significado respecto del significan-
te. No es posible mantener una relación directa con el significado, sino que
siempre el sujeto se encontrará con que “entre” su propia conciencia y el sig-
nificado se ha “interpuesto” el significante. Además, en ese sistema cada
elemento remite necesariamente a otro para poder significar, y lo que signi-
fica depende de su posición, según el principio estructural. Por fin, esta es-
tructura es un código que precede a los elementos que combina, con lo cual
se asemeja a una “retícula” o “malla” que permite “ver” cier tos elementos
y oculta otros. La teoría saussureana alcanzaría su mayor gravitación a par-
tir de la segunda posguerra, sobre todo cuando muchos de sus principios
fueran trasladados a la antropología a través de Lévi-Strauss y, a par tir de
allí, fueran implementados en los estudios literarios (Roland Barthes), mar-
xistas (Louis Althusser), psicoanalíticos (Jacques Lacan) y filosófico-cultura-
les (Michel Foucault).
Volviendo a la historia intelectual, podemos comprender dos afirmaciones
provocativas que el antropólogo francés Lévi-Strauss incluyó en su libro El
pensamiento salvaje, de 1962. Parafraseando a Pascal, sostuvo que “la len-
gua es una razón humana que tiene sus razones, y que el hombre no cono-
ce”. Simplemente, se quiere decir que cada vez que hablamos no tenemos
más remedio que obedecer al código de la lengua, pero que este código no
es un producto nuestro y que no podemos modificarlo a voluntad. La otra fra-
se dice que “la Revolución Francesa, tal como se la conoce, no ha existido”.

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Estas afirmaciones pueden entenderse mejor si las oponemos a aquello


a lo que efectivamente se oponen: al positivismo historiográfico. Uno de sus
representantes máximos, el historiador francés Fustel de Coulanges, escribió
en La monarquía francesa en 1888:

“Poner las ideas personales en el estudio de los textos es el mé-


todo subjetivo (...) La única habilidad del historiador consiste en
extraer de los documentos todo lo que contienen y en no añadir
nada de lo que no contienen. El mejor de los historiadores es el
que se atiene lo más posible a los textos, el que los interpreta
con la mayor justeza, el que no escribe e incluso no piensa más
que a par tir de ellos”. Se ajustaba estrictamente a lo que había
sido la consigna del positivismo historiográfico implantada por el
alemán Ranke: la tarea de la historiografía consiste nada más y
nada menos que en relatar las cosas tal como ocurrieron.

Ahora bien: precisamente a par tir de aquellos desarrollos de lo que sería


denominado “estructuralismo”, cundió la confianza en que era posible dar
cuenta de un texto atendiendo exclusivamente a su propio contenido. Una de
las consecuencias de esta manera de encarar los textos fue una dura crítica
a la idea de influencia, de la cual la historia de las ideas había hecho uso y
abuso. Uno de sus críticos expresó entonces irónicamente que el antiguo his-
toriador de las ideas se parecía a una suer te de “detective inmoderado”, que
va a una casa a investigar un crimen, y para hallar al culpable comienza por
detener a todos sus habitantes, sigue luego por los de todo el edificio y ter-
mina deteniendo a los transeúntes que pasaban por esa calle y sus aleda-
ños. Para prevenirse de esos excesos del uso de elementos extratextuales,
el estructuralismo tomó al texto como una entidad autónoma y atendió sola-
mente a sus relaciones intratextuales, prescindiendo por completo de su
contexto (histórico, social, político, lexical, institucional, personal...).
Sin embargo, las críticas a este tipo de lectura inmanentista del texto en-
contraron apoyo en otra corriente de reflexión acerca del lenguaje, que pue-
de ser localizada en una par te de la obra del filósofo Ludwig Wittgenstein y
su teoría sobre los “juegos de lenguaje”. Leamos las siguientes afirmacio-
nes de Wittgenstein: “Cómo se comprende una palabra, qué significado tie-
ne, no lo dicen las palabras solas”. “Eso está recogido en el resto de las ac-
ciones, en una totalidad de reglas inducidas en un sistema general, en una
forma general de vida.” “Por eso no debe aislársela, separársela.” Como se
verá, estos juicios son lo opuesto de la lectura intratextualista. Aquí, el sig-
nificado de las palabras está íntimamente ligado a las situaciones, a las ins-
tituciones, a las “formas de vida de los hombres”.
Para comprender mejor estas diferencias debemos aclarar algunas nocio-
nes lingüísticas básicas. Digamos entonces que una lengua puede verse
desde tres puntos de vista. El sintáctico consiste en determinar las reglas
de combinación de los elementos y las que permiten construir frases correc-
tas. La semántica se propone determinar el significado de esas fórmulas, es-
to es, que si en la sintáctica el análisis es interno, la semántica nos envía
hacia otra cosa (que puede ser una “cosa” u otro lenguaje). Finalmente, la
pragmática describe el modo como se usan esas fórmulas.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

El análisis estructuralista, entonces, pondrá el acento en el momento sin-


táctico, mientras Wittgenstein lo pondría en el pragmático, ya que –argumenta-
es el uso que hacemos de los términos lo que determina su significado. De
manera que tanto la sintáctica como la semántica están para él subordinadas
a las relaciones de la actividad humana en que estas expresiones son usadas.
Esto quiere decir que nadie podría comprender el sentido de muchas de nues-
tras palabras si no fueran usadas haciendo cosas.
Precisamente, un “juego de lenguaje” está constituido por una situación
pragmática. Un ejemplo: un albañil está con su ayudante y pronuncia una se-
rie de palabras: “cuchara”, “ladrillo”, “cal”, “arena”, “agua”, etc. Fuera de
ese contexto, esas mismas palabras (que en él son entendidas como órde-
nes para ejecutar cier tos actos) querrían decir cosas diferentes (imagínense
el caso de un profesor dictando una clase de filosofía que de pronto dice
esas mismas palabras; evidentemente, su significado sería diferente).

Retengamos como conclusión esta idea: las palabras y


las frases no significan sino dentro de un deter minado
contexto, y en la historia intelectual quienes así pien-
sen serán llamados contextualistas.

Así, si pensamos este módulo como pensamos un juego de lenguaje, en-


tonces tendremos que acordar que este documento no significa por sí solo,
sino que es menester ponerlo en relación con otros textos, esto es, construir
una serie de textos que agruparemos y seleccionaremos del conjunto de los
documentos disponibles.
Tomemos para esclarecer más esta cuestión un ejemplo de Ryle, recorda-
do por el antropólogo cultural Clifford Geertz.
Se trata de una situación en la que están reunidos tres muchachos. Uno
de ellos le guiña el ojo derecho a otro con un gesto de complicidad. Un se-
gundo guiña el ojo derecho porque tiene un tic. El tercero guiña el mismo ojo
parodiando al primero. Para un obser vador “objetivo”, es decir, para una má-
quina fotográfica que hubiera fotografiado estos tres guiños, todos ellos sig-
nificarían lo mismo. Y sin embargo, sabemos que su significado es entera-
mente diferente. Para comprender entonces el significado de esos gestos es
preciso contar con un contexto del que la máquina fotográfica (o el obser va-
dor “objetivo”) carece.
A raíz de los resultados de ese ejemplo, el historiador alemán Koselleck
expresa que el sentido preciso sólo puede resultar del contexto de todo el do-
cumento, pero también de la situación del autor y de los destinatarios, de la
situación político-social, del hábito lingüístico del autor y del de la generación
precedente. Un texto, entonces, debe ser “contextualizado”; hay que rodearlo
de otros textos. Pero este contexto es algo más que ese conjunto de otros do-
cumentos que hemos seleccionado. Implica entender cuál era el contexto de
significación de los autores de esos textos. De lo contrario, correríamos el
riesgo de atribuirle o demandarle a esos textos problemas o respuestas que
esos autores o textos no podían ni formularse ni responder, simplemente por-
que estaban inmersos en “otra lengua” (con otro diccionario, con otra gramá-
tica). Para poner un ejemplo tomado de un contextualista como Quentin Skin-
ner: es ilegítimo llamar a Petrarca “el primer hombre del Renacimiento” por-

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que Petrarca no podía tener noción de esa manera de caracterizar ese perío-
do histórico, simplemente porque esa categoría no existía. Del mismo modo,
es preciso determinar qué es lo que cier tos términos significaban para los
contemporáneos, para no atribuirle, por ejemplo, al concepto “democracia”
utilizado por Platón el mismo significado que le atribuimos nosotros en otro
contexto histórico y cultural. Por fin, podrá verse que la definición misma de
lo que es contexto y de lo que no lo es implica un problema. Así, se dice que
para un astrónomo su contexto está mucho más determinado por lo que pa-
sa en Saturno que por lo que ocurre en su país. De todas maneras, estas in-
ter venciones tienden a corregir los excesos del intratextualismo, y a recordar
que la historia de las ideas es la historia de la relación entre lo que son las
ideas y lo que no son las ideas. En términos más técnicos, Foucault dice en
La arqueología del saber que la historia intelectual consiste en la relación en-
tre la “serie discursiva” y la “serie no discursiva”.
Estos son algunos de los dilemas entre los que se debate actualmente la
historia intelectual. Otros vinculados con otras categorías de análisis, así co-
mo con los contenidos historiográficos de este curso, serán vistos a lo largo
de su mismo desarrollo.

Sobre la base de lo arriba expuesto y de su propia lec-


tura del texto de Saussure, exponga la teoría del signo
saussureana y for mule con sus propios tér minos el
modo en que la misma puede incidir sobre la historia
intelectual.

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1

La cultura estética y la cultura científica

Objetivos

1. Enmarcar el clima de ideas del 80 dentro del proceso económico-social


del período.
2. Señalar las problemáticas dominantes en la época para la elite intelec-
tual.
3. Describir rasgos centrales de la estructura de pensamiento de Miguel
Cané.

1.1. La consolidación del Estado nacional y la Generación del 80 a


través de la visión de Miguel Cané (h)

Algunos rasgos del 80

En la década de 1880 se consuman procesos modernizadores en las


áreas política, económica y social. Se concluye con la construcción del Es-
tado nacional, que aparece entonces como el monopolizador de la fuerza
legítima, mientras la ciudad de Buenos Aires es federalizada, dando fin a
un conflicto que había recorrido toda la breve, pero no por eso menos com-
pleja, vida nacional. Al frente de ese Estado, el presidente Julio A. Roca
prosigue y acelera el proceso modernizador, claramente obser vable en el
desarrollo económico y social, así como en la sanción de las leyes laicizan-
tes de educación y de registro civil, que colocaban en manos del Estado el
control poblacional hasta entonces dividido con la Iglesia católica.
Pacificado el país con la derrota de las insurgencias regionales frente al
poder central y, por otra par te, la apropiación de los territorios hasta enton-
ces ocupados por los indígenas en la llamada Campaña del Desier to, abrie-
ron para los vencedores un enorme territorio, sobre el cual las inversiones,
especialmente inglesas, iban a desplegar una extensa red de vías férreas.
Inscripta expresamente en una división internacional del trabajo que la ubi-
caba en el rubro productor de bienes agropecuarios, la Argentina experi-
mentó a par tir de entonces un espectacular crecimiento económico.
En el plano social, la nota más relevante estuvo constituida por el for-
midable proceso inmigratorio. Se trataba de un proyecto fundacional de las
elites progresistas argentinas, pero que ahora encontraba condiciones ex-
cepcionales de realización, debido al proceso de expulsión poblacional de
los países europeos, sobre todo sud-occidentales y por una economía na-
cional que cada vez requería mayor cantidad de mano de obra. La Argenti-
na fue así el país del mundo que absorbió la mayor cantidad de población
extranjera en relación con su población nativa. (Los Estados Unidos de

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América recibieron una mayor cantidad de inmigrantes en términos absolu-


tos, pero menor respecto de la población preexistente.) Por razones de
opor tunidades laborales, fundadas a su vez en características estructura-
les de la economía argentina (tales como el régimen latifundista de apro-
piación de la tierra), la mayoría de los recién llegados se ubicó en las zo-
nas litorales y dentro de ellas, especialmente en ciudades como Rosario y
sobre todo Buenos Aires. En esta última (donde transcurrirá predominante-
mente el proceso cultural que obser varemos), en el período considerado,
el porcentual de extranjeros llegó a igualar al de los nativos, y si se toma
el sector de los adultos varones, vemos que para entonces la proporción
era de un argentino nativo por cada cuatro extranjeros.
Romero, José Luis, José Luis Romero caracterizó esa nueva situación como la de una “so-
El desarrollo de las
ideas en la sociedad argen- ciedad aluvial”, y esa misma sensación fue experimentada por algunos
tina del siglo XX, Ediciones contemporáneos de dicho proceso: al obser var el censo de 1895, Rodolfo
Solar, Buenos Aires. Es un
libro de lectura obligatoria
Rivarola manifestaba así que había encontrado "una sustitución de la so-
que complementa los conte- ciabilidad argentina, y no una evolución". Los ejemplos de señales de alar-
nidos de toda la materia. ma dentro de la elite ante la magnitud del proceso podrían fácilmente mul-
tiplicarse. Y es que los inmigrantes, lejos de adoptar la posición pasiva que
desde la mirada de la dirigencia muchas veces se les adjudicaba, manifes-
taron una activa par ticipación en la actividad económica pero también en
la vida sindical y en cier tos aspectos de la política.
Ahora bien, el fenómeno inmigratorio es relevante desde nuestra pers-
pectiva de la historia intelectual porque en torno del mismo pueden orga-
nizarse los demás factores que definirán la “problemática” del período,
entendiendo por tal aquel conjunto de cuestiones que fueron constituidas
como interrogantes por par te de los miembros de la elite político-intelec-
tual. En efecto, y como ha sintetizado Maristella Svampa, cuatro son las
“cuestiones” o problemas que atraviesan el período 1880-1910: la cues-
tión social, la cuestión nacional, la cuestión política y la cuestión inmigra-
toria.
Por “cuestión social” debe entender se los desafíos que en ese proce-
so de moder nización planteaba la emergencia del “mundo del trabajo” ur-
bano. Ese ámbito era precisamente aquel en el cual en mayor proporción
se ubicaban los extranjeros. Pero además en ese mundo del trabajo sur-
girán los movimientos sindicales que canalizarán la conflictividad social
de esos años. Socialistas y anarquistas protagonizarán esas luchas, y en
ambos casos puede encontrar se una mayoritaria par ticipación de extran-
jeros.
La “cuestión nacional” refiere al proceso de construcción de una iden-
tidad colectiva de carácter nacionalista. Este proceso está presente aquí y
en todo el arco de los países occidentales. Pero en la Argentina se halla
fuer temente subrayada por la presencia de esa considerable masa de ex-
tranjeros, renuentes además a nacionalizarse (para 1914 el índice de na-
cionalizaciones no alcanza al 2% de los extranjeros).
La “cuestión política”, por fin, indica el dilema planteado por el régimen
político imperante, caracterizado como un liberalismo excluyente o una re-
pública aristocrática, donde la clase gobernante y dominante considera le-
gítimo el tutelaje sobre la mayoría de la población hasta tanto se den las
condiciones para el pasaje hacia la república real fundada en la soberanía
popular. Y aquí nuevamente podrá encontrarse que dicha exclusión se en-
cuentra ampliada por la ciudadanía de los extranjeros (aun cuando también

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

los nativos padecen esta circunstancia: por ejemplo, en las elecciones de


1876 en Buenos Aires votó sólo poco más del 9% de los habilitados para
hacer lo).
Este último aspecto se halla legitimado por el discur so de los gobier-
nos de Roca y Juárez Celman, que consideran que la política debe ser neu-
tralizada para dar fin a las luchas facciosas y de ese modo dejar vía libre
al progreso económico. Pero también se encuentran expresas opiniones
contrarias al ejercicio del sufragio, en boca de miembros destacados del
elenco gober nante. Eduardo Wilde, ministro del Interior de Juárez Celman
y activo propulsor de las leyes laicas, dirá en una car ta que el sufragio uni-
ver sal es “el triunfo de la ignorancia univer sal”, y Miguel Cané en mayo de
1896 le expresa a Pellegrini que "cada día que pasa -y teniendo ante los
ojos el ejemplo de esta Francia asombrosa- adquiero mayor repugnancia
por todas esas imbecilidades juveniles que se llaman democracia, sufra-
gio univer sal, régimen par lamentario, etcétera”. La crisis del 90, empero,
volverá a politizar el escenario, y en el mismo surgirán el movimiento de
la Unión Cívica (luego Radical) y el Par tido Socialista, los cuales, de allí
en más, presionarán para la ampliación del mercado electoral, hasta su
efectivización por la Ley Sáenz Peña de sufragio univer sal sancionada en
1912.

El programa de Miguel Cané (h)

Ahora pasaremos a obser var el modo en que estas cuestiones fueron


tratadas en los escritos de un miembro altamente representativo de la ge-
neración del 80: Miguel Cané (h).
Para entonces, el período post Caseros se ha cerrado con el triunfo del
Estado nacional, aunque las luchas intraelites han dejado marcas de cuya
persistencia da cuenta el relato del ochenta, donde se refieren las pasio-
nes políticas que habían agitado a la República desde 1852, reflejadas en
las divisiones y odios entre provincianos y por teños o entre nacionalistas
y autonomistas, como cuando Miguel Cané evoca en Juvenilia aquel día de
abril de 1863 en que crudos y cocidos "estuvieron a punto de ensangren-
tar la ciudad".
Este miembro relevante de la clase dirigente, cuyo linaje lo conecta con
el patriciado, había iniciado su carrera de escritor en La Tribuna y El Nacio-
nal, y de allí en más protagonizará una carrera típica entre los miembros
de su grupo: militante autonomista; director general de Correos y Telégra-
fos; diputado; ministro plenipotenciario en Colombia, Austria, Alemania, Es-
paña y Francia; intendente de Buenos Aires; ministro del Interior y de Rela-
ciones Exteriores. Será él quien relatará con orgullo que en 1882 ningún
extranjero podía creer "al encontrarse en el seno de la culta Buenos Aires,
en medio de la actividad febril del comercio y de todos los halagos del ar-
te, que en 1820 los caudillos semibárbaros ataban sus potros en las re-
jas de la plaza de Mayo".
Y sin embargo, no son pocos los miembros de la elite letrada que des-
de temprano obser van inquietos cómo, junto con logros valorados, el to-
rrente modernizador ha acarreado fenómenos indeseados o incomprensi-
bles, tanto más preocupantes luego de la crisis financiera y los aconteci-
mientos políticos del 90. A par tir de éstos, y como ha escrito Natalio Bota-
na en La tradición republicana:

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"Los viejos antagonismos que permanecían latentes desde ha-


cía ya diez largos años y los desmembramientos parciales que
aquejaron al autonomismo convergieron, todos ellos, en una coa-
lición opositora donde par ticiparon fuerzas políticas de diferente
signo: el par tido liberal de tradición mitrista; los dirigentes aleja-
dos del tronco autonomista con motivo de las elecciones del 86;
la Unión Católica de Estrada, Goyena y otros que se había orga-
nizado en tiempos de las querellas originadas por las leyes lai-
cas, y, por fin, un grupo de antiguos militantes, fieles a la tradi-
ción populista del autonomismo bonaerense, donde sobresalían
Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen".

Saliendo del terreno de la política, podemos ahora considerar cuál fue la


reacción y cuáles fueron las representaciones de las transformaciones ma-
teriales que la corriente modernizadora desper tará en Miguel Cané, como ex-
ponente altamente representativo de un sentimiento de la elite.
El concepto de “lo moderno” implica como rasgo definitorio central el de
la valoración de “lo nuevo” como bueno. Esto es, frente a sociedades tradi-
cionales donde lo nuevo es vivido como una amenaza de desestabilización,
la modernidad es aquel momento epocal que valora lo nuevo por el hecho de
ser nuevo. De allí que se acepte como igualmente valorable la noción de una
temporalidad veloz y de un espacio cambiante. Ambos elementos tendrán un
ámbito privilegiado de expresión en las representaciones del ámbito urbano
y de la relación campo-ciudad. Esas imágenes se hallaban entonces instala-
das en la Argentina dentro de una corriente caudalosa de impresiones sobre
la ciudad de Buenos Aires, generada por memorialistas que experimentan la
premura por fijar en la letra aquello cuya pronta desaparición prevén.
Al analizar los textos de Miguel Cané, vemos que también él percibe con
nitidez al movimiento acelerado como un rasgo definitorio de la modernidad,
pero he aquí que ese movimiento carece a sus ojos de una finalidad, y por en-
de se trata de un mero agitarse sin sentido: "¡A prisa, a prisa! -le escribe a su
hija-. La vida se acor ta, el mundo se estrecha y en el orden moral los vagos e
indefinidos horizontes del pasado desaparecen; agitémonos en este movimien-
to febril, para tener, por lo menos, la ilusión de marchar hacia un objetivo!".
La representación de Cané del fenómeno urbano se halla ubicada en el
punto de giro entre el legado de la filosofía de la Ilustración en el siglo XVIII
(que ponía a la ciudad como el foco de la civilización) y la visión contraria de
"la ciudad como vicio", según la caracterización de Carl Schorske. En textos
de los primeros años de la década del 80, Cané veía con complacencia -co-
mo escribe en En viaje- que "las ciudades se transforman ante los ojos de sus
propios hijos que miran absor tos el fenómeno". Pero no tardará en señalar
que esas mismas modificaciones ver tiginosas atentan contra la estabilidad
del refugio hogareño y con valores que a su entender deberían ser preser va-
dos de la corriente modernizadora. Para obser var ese giro, puede recurrirse
como contrastación a uno de los últimos textos de Sarmiento, quien fue uno
de los grandes organizadores de la representación hasta entonces dominan-
te de la relación ciudad-campo. Cuando se ocupó en 1887 de la oposición en-
tre el crecimiento lento de las ciudades europeas y el acelerado de las argen-
tinas, manifestó su complacencia por esto último y celebró el hecho de que
la ciudad de La Plata naciera “de un golpe con calles, avenidas, bosques,

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squares, luz eléctrica y palacios, hasta Obser vatorio, para todas las funciones
sociales", al par que "el movimiento de tranways, ferrocarriles, vapores, exce-
de a la de todas las ciudades y puer tos de esta par te".
En cambio, en el discurso de Cané aparece la búsqueda de un algo inva-
riante que permanezca por debajo de los cambios. En otra car ta a su hija, le
relata que eso es lo que ha encontrado en la zona de la Gare d’Orléans en
París, que “parece plantada desde principios del mundo”, con “el mismo óm-
nibus o el mismo fiacre de siempre, como el cochero que, amoldándose a su
oficio, se perpetúa idéntico”, y en “una mesa del mismo viejo restaurante, el
mismo mozo, con el cabello blanco ya, os saluda por vuestro nombre y em-
prende la tarea eterna de confeccionar un menú que resulta siempre el mis-
mo". Por el contrario, un argentino que en el último cuar to de siglo sólo ha-
ya visitado esporádicamente a Buenos Aires, "llegado a la plaza de la Victo-
ria se encuentra con que todos los aspectos de su infancia, esas visiones
que vinculan profundamente para una vida entera, se han transformado. En
un primer regreso, la torre del Cabildo desaparecida; más tarde la vieja Re-
cova, luego el teatro Colón, la clásica esquina de Olaguer y, por fin, la Aveni-
da de Mayo, que se abre ante sus ojos tan inesperada, tan insólita, que pa-
rece inverosímil. ¿Cómo es posible que en ese caleidoscopio constante se
llegue a la sensación del hogar?". Por ello –y noten ustedes que aquí se es-
tá invir tiendo la valoración sarmientina- le desagrada la ciudad de La Plata,
"que cuando deje de ser campo será el triunfo de la banalidad". En el mis-
mo texto de Condición del extranjero en América, Sarmiento imagina con ale-
gría que “el inmigrante Rosetti”, que ha ido de paseo a su país natal, al re-
gresar a Buenos Aires "no va a reconocer su calle, su antiguo alojamiento,
porque ha sido sustituido por un palacio". En cambio, Miguel Cané confiesa
que, a riesgo de ser tratado de bárbaro, le sería muy grato ver en Buenos Ai-
res “algún aspecto de mi infancia, [...] con mucho pantano y mucha pita".
Es decir, con esos restos de campo que la ciudad ha invadido y aniquilado.
Existe otro lamento de Cané ante el avance de la modernización. Es el
que se refiere a la pérdida de la deferencia tradicional, esto es, del respeto
y la distancia que guardan “los de abajo” hacia los superiores. Contamos
con un párrafo que suele citarse al respecto, y que resulta imprescindible
para comprender la posición de Cané, porque ella ilustra el modo como ima-
ginaba lo que para él debería ser un buen orden social.
En su ar tículo "En la tierra tucumana" se quejó de la pérdida de “la venera-
ción de los subalternos como a seres superiores, colocados como por una ley
divina inmutable en una escala más elevada, algo como un vestigio vago del
viejo y manso feudalismo americano". "¿Dónde, dónde están –se pregunta en-
tonces- los criados viejos y fieles que entreví en los primeros años en la casa
de mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban co-
mo a pequeños príncipes, dónde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a
nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compañeros de juego en la
infancia, viendo la vida recta por delante, sin más preocupación que ser vir bien
y fielmente? El movimiento de las ideas, la influencia de las ciudades, la fluc-
tuación de las for tunas y la desaparición de los viejos y sólidos hogares, ha he-
cho cambiar todo eso. Hoy nos sir ve un sir viente europeo que nos roba, se vis-
te mejor que nosotros y que recuerda su calidad de hombre libre apenas se le
mira con rigor". Como contrapar tida emerge la revalorización de las provincias
del interior y sobre todo de las campañas, donde "quedan aún rastros vigoro-
sos de la vieja vida patriarcal de antaño, no tan mala como se piensa".

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Estas opiniones permiten entender el sentido de las críticas de Cané y


otros miembros de su grupo al avance de la democracia. Para ellos el térmi-
no “democracia” no significaba sólo ni sobre todo un nuevo tipo de legitimi-
dad política fundado en la soberanía popular, sino lo opuesto a un orden je-
rárquico aristocrático. Una clásica afirmación de La democracia en América,
escrita a mediados del siglo XIX por el francés Alexis de Tocqueville, permite
comprender esta noción: "La aristocracia había hecho de todos los ciudada-
nos una larga cadena que llegaba desde el aldeano hasta el rey. La demo-
cracia la rompe y pone cada eslabón apar te. Así, la democracia no solamen-
te hace olvidar a cada hombre a sus abuelos; además, le oculta sus descen-
dientes y lo separa de sus contemporáneos. Lo conduce sin cesar hacia sí
mismo y amenaza con encerrarlo en la soledad de su propio corazón”. Mi-
guel Cané reconocerá esta influencia al decir que "hace ya más de medio si-
glo que Tocqueville reveló a la Europa el curioso fenómeno de la democracia
natural, que había encontrado en los Estados Unidos", y de tal modo predijo
"el ascendiente irresistible de las masas".
Estas opiniones muestran aquello que decíamos, en el sentido de que la
democracia no es un concepto que se deduzca espontáneamente del libe-
ralismo. El liberalismo pone como valor supremo la liber tad del individuo.
Para el liberalismo clásico de raíz anglosajona, la liber tad –podemos decir-
es un adjetivo que sólo se puede predicar del individuo: sólo el individuo es
libre, y nada hay por encima de ese individuo libre: ni el Estado, ni la nación,
ni la clase, ni la raza... Y como la democracia pone el acento sobre la igual-
dad, muchas veces a lo largo de su historia el liberalismo ve que la igual-
dad conspira contra la liber tad. Otras veces, ve que la igualdad conspira
contra el orden. Es el caso del liberalismo conser vador. La siguiente frase
que Vicente Fidel López escribió en esos años en su Historia de la Repúbli-
ca Argentina sintetiza bien estas posiciones: "Porque somos sinceramente
liberales, no somos ni podemos ser panegiristas de los extravíos democrá-
ticos con que la Revolución Francesa de 1789 se salió de los límites del go-
bierno libre, evidentemente incompatible con el sufragio universal y con la
soberanía brutal del número, que es siempre ignorante de los deberes que
impone y que exige el orden político".
Esta necesidad de enfatizar el orden frente a la liber tad se reforzaba pa-
ra Cané ante la profundización de la conflictividad social entre el movimien-
to obrero y el accionar anarquista, por un lado, y los sectores dominantes
por el otro. Aquéllos eran años de una fuer te presencia anarquista en el
mundo occidental, que acompañaba su acción gremial con espectaculares
atentados terroristas. Entonces Cané, al dar cuenta de los asesinatos de
Carnot, Cánovas, la emperatriz Isabel, el rey Humber to I, el presidente Mac-
kinley, concluye que "la revolución social está en todas par tes" para atacar
a la propiedad, es decir, a "la piedra angular de nuestro organismo social",
el suelo que da vida a las nociones de gobierno, liber tad, orden, familia, de-
recho, patria.
Sin embargo, también existe allí mismo un llamamiento a la serenidad y
a la confianza en la coerción legal: si "ellos nos suprimen por la dinamita
–escribió-, nosotros los suprimimos por la ley". Dentro de este espíritu pre-
sentó su proyecto de ley de Residencia en 1899, que fue aprobado tres
años después. En su ar tículo 1º decía: "El Poder Ejecutivo podrá, por decre-
to, ordenar la salida del territorio de la Nación a todo extranjero que haya
sido condenado o sea perseguido por los tribunales nacionales o extranje-

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

ros por crímenes o delitos de derecho común." El 2º establecía que, con


acuerdo de ministros, podrá ordenar la expulsión de "todo extranjero cuya
conducta pueda comprometer la seguridad nacional, turbar el orden público
o la tranquilidad social". Sabemos que esta ley fue utilizada por el Estado
en diversas ocasiones para expulsar a extranjeros cuyas prácticas políticas
y/o sindicales fueron consideradas riesgosas por ese mismo Estado, y re-
currentemente se le han endilgado a Cané severas críticas por lo que se
considera un arbitrio excesivo en manos del sector dirigente.
Otro factor inquietante para Cané y los miembros de la elite político-inte-
lectual es el tema de la decadencia de las viejas vir tudes republicanas. En
su libro Notas e impresiones, atribuye esa decadencia a un exceso de con-
sumo: "La marcha ver tiginosa del país, la alegría de la vida, la abundancia
de placeres, la improvisación rápida de for tunas, habían encandecido la at-
mósfera social. Las mujeres pedían trapos lujosos, coches y palcos, los hi-
jos jugaban a las carreras y en los clubs; y el pobre padre, de escasos re-
cursos, cedía a la tentación de hacer gozar a los suyos y caía en manos del
corruptor que husmeaba sus pasos." Se trata de un tema fuer temente ins-
talado dentro de los diagnósticos de la elite, que construía una oposición
entre el dinero y la vir tud. Ya Eduardo Wilde había anunciado de acuerdo con
Sarmiento que "se avecinaba la 'era car taginesa'". Miguel Cané proseguirá
esta construcción simbólica, y lo hará mediante dos estrategias de razona-
miento: por una par te, opone los valores espirituales a los económicos (la
economía o el mercado, podría decirse, atentan contra el cultivo de los bie-
nes espirituales). Y por otra par te, vincula esos valores espirituales con las
vir tudes patrióticas. En el discurso de homenaje a Sarmiento en 1888, es-
ta sensación se ha hecho angustiada: "Siento, señores –dice-, que esta-
mos en un momento de angustioso peligro para el por venir de nuestro
país", porque "no se forman naciones dignas de ese nombre, sin más ba-
se que el bienestar material o la pasión del lucro satisfecha".
Para la historia intelectual es interesante obser var este tipo de cons-
trucciones. Porque por un lado a veces, lejos de ser novedosas, se las en-
cuentra en diversas realidades nacionales y aun en diversas épocas. Pue-
de relacionarse esta opinión con una interpretación del historiador de la
cultura Pocock, para quien en los tiempos modernos se construyó un tópi-
co en torno de la lucha entre un ideal agrario y señorial, que identifica la
propiedad de la tierra con aquello que fija una legítima per tenencia a la pa-
tria, y que al mismo tiempo ve a los comerciantes como un sector ligado a
bienes muebles, y por ende como una clase cosmopolita y ajena a los
ideales patrióticos.
Puede argumentarse con fundamento que en la ciudad de Buenos Aires
de fines del siglo pasado, la visión de una sociedad marcada por la hetero-
geneidad y animada por valores económicos provocó una situación que los
sectores dirigentes vieron como un peligro. Y dentro de ese peligro aparece
una conducta defensiva de la elite, típica de aquellos sectores que obser-
van con desconfianza la “invasión” de los recién llegados dentro de sus pro-
pios espacios de sociabilidad. Contamos con un fragmento de Cané de su
ar tículo “Cepa criolla” donde expone esa sensación. Es interesante tener
en cuenta el modo en que lo hace. Porque en este pasaje el cuerpo feme-
nino y el cuerpo de la patria aparecen como análogos, y lo que permiten es-
ta analogía es que ambos poseen dos notas comunes: linaje y castidad. Di-
rigiéndose a miembros de su propio grupo, dice así:

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"Les pediría más sociabilidad, más solidaridad con el restringido


mundo a que per tenecen, más respeto a las mujeres que son su
ornamento [...] para evitar que el primer guarango democrático
enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con dere-
cho a echar su manito de Tenorio en un salón al que entra tro-
pezando con los muebles. No tienes idea de la irritación sorda
que me invade cuando veo a una criatura delicada, fina, de cas-
ta, cuya madre fue amiga de la mía, atacada por un grosero in-
génito, cepillado por un sastre, cuando obser vo sus ojos clavar-
se bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en su ino-
cencia... Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos,
es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mun-
do heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de
nuestro país [...] Pero honor y respeto a los restos puros de
nuestro grupo patrio; cada día los argentinos disminuimos. Sal-
vemos nuestro predominio legítimo, no sólo desenvolviendo y nu-
triendo nuestro espíritu cuando es posible, sino colocando a
nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no lle-
gan las bajas aspiraciones de la turba. [...] Cerremos el círculo
y velemos sobre él".

Tenemos entonces en estos textos una visión que oscila entre la preocu-
pación y la alarma. Es un tema controver tible, de debate, determinar cuán
grande fue la alarma del sector dirigente ante estos fenómenos que conside-
ra negativos para la construcción de una nación moderna y civilizada. Los tex-
tos son bastante elocuentes en cuanto a mostrar la existencia de ese ma-
lestar. Pero también existen testimonios de que seguía viva la confianza en
que esos inconvenientes podían ser controlados. Y que podían y debían ser
controlados "desde arriba", según la concepción general que había guiado a
la elite argentina en su visión de la relación entre gobernantes y gobernados.
Esta concepción –sumamente expandida en el mundo europeo de entonces-
dice que para la construcción de un buen orden social debe existir una mi-
noría dirigente. Natalio Botana ha señalado esta circunstancia en su libro El
orden conser vador:

"Esta gente –dice refiriéndose a la elite argentina- re-


presentó el mundo político fragmentado en dos órde-
nes distantes: arriba, en el vértice del dominio, una
elite o una clase política; abajo, una masa que acata y
se pliega a las prescripciones del mando; y entre am-
bos extremos, un conjunto de significados morales o
materiales que generan, de arriba hacia abajo, una
creencia social acerca de lo bien fundado del régimen
y del gobier no".

Releamos ahora, para detenernos allí, la frase final que se refiere a ese
“conjunto de significados morales o materiales que generan, de arriba hacia
abajo, una creencia social acerca de lo bien fundado del régimen y del go-
bierno”. ¿A qué tipo de argumentación responde esta afirmación? Fíjense

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

que allí se dice que la creencia que se debe generar está destinada a justi-
ficar lo bien fundado del régimen. Se trata entonces de una cuestión de fun-
damentos. Ahora bien: cuando en la teoría política se habla de una cuestión
de fundamentos, se está hablando del tema de la legitimidad. Y el tema de
la legitimidad es una cuestión básica, esencial, en toda sociedad. Esto pue-
de decirse de otro modo: el problema de la legitimidad responde a la que tal
vez sea la pregunta básica de la teoría política: ¿por qué obedecemos (a las
leyes, a las costumbres, etcétera)? Hay dos respuestas: obedecemos por
consenso o por coerción, es decir, porque estamos de acuerdo con lo que
esas leyes dicen, o porque tememos represalias en caso de no hacerlo. Aho-
ra bien: se sabe que este último caso llevado al extremo implica la vigencia
de un orden político autoritario, que apela a la fuerza porque no puede con-
vencer a sus gobernados. Se sabe también que, paradójicamente, este régi-
men “fuer te” es en realidad débil, precisamente porque no construye con-
senso. Un gobierno sólido, por el contrario, es el que convence a sus gober-
nados de un conjunto de creencias y valores que es preciso compar tir. Pero
esta pregunta por la legitimidad dirigida hacia la sociedad, también se formu-
la respecto de los gobernantes: ¿qué es lo que los legitima o autoriza para
mandar? De modo que si antes se preguntaba ¿por qué obedecemos?, aho-
ra la pregunta es ¿por qué mandamos? En un sistema político democrático,
donde se respeta el criterio del sufragio universal y el principio de “un hom-
bre, una mujer, un voto”, la respuesta a esa pregunta es: mandamos porque
así ha sido decidido por la mayoría de los ciudadanos, que de tal manera nos
habilitó para el ejercicio del mando.
Naturalmente, no era ése el principio al que podían apelar Miguel Cané y
los demás integrantes de la clase dirigente argentina en aquellos años en
que no existía en la Argentina un sistema político democrático. Explícitamen-
te Cané repudia además ese tipo de sistema, al que considera para nada de-
cisivo respecto de la suer te de un país, o bien, en otras opor tunidades, real-
mente nefasto para una nación. No estaba solo en estas opiniones, que eran
compar tidas y promovidas activamente por numerosos intelectuales euro-
peos, que afirmaban –como los franceses Ernest Renan e Hyppolitte Taine-
la necesidad de un gobierno de las aristocracias. El fundamento o la legiti-
midad de ese tipo de gobiernos no reposa entonces en el número sino en la
calidad. El criterio de legitimidad y autolegitimidad se define entonces a tra-
vés de las cualidades que posee minoría gobernante. Las cualidades que pa-
ra Cané definen esa legitimidad están enumeradas en un pasaje que escri-
bió luego de asistir en Londres a una función en el Covent Garden:

"He ahí el lado bello e incomparable de la aristocracia, cuando


es sinónimo de suprema distinción, de belleza y de cultura, cuan-
do crea esta atmósfera delicada, en la que el espíritu y la forma
se armonizan de una manera perfecta. La tradición de raza, la
selección secular, la conciencia de una alta posición social que
es necesario mantener irreprochable, la for tuna que aleja de las
pequeñas miserias que marchitan el cuerpo y el alma, he ahí los
elementos que se combinan para producir las mujeres que pa-
san ante mis ojos y aquellos hombres fuer tes, esbeltos, correc-
tos, que admiraba ayer en Hyde Park Corner. La aristocracia, ba-
jo ese prisma, es una elegancia de la naturaleza".

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La clase dirigente debe autolegitimarse entonces en el linaje, el saber y


la vir tud. Obsér vese que también debe tener for tuna, pero no como un fin en
sí mismo, sino como aquello que “aleja de las pequeñas miserias que mar-
chitan el alma y el cuerpo”. Miguel Cané fue uno de los fundadores del Joc-
key Club. Estos mismos principios aparecen en la redacción de sus estatu-
tos, y la finalidad que de ellos se desprende es que el Jockey debe ser un
ámbito de sociabilidad para la formación y reproducción de la elite, donde pa-
ra tener acceso al mismo se pone el acento en ese conjunto de hábitos de
“distinción, de belleza y de cultura”, más que en la posesión de capital dine-
rario. Puede pensarse que de este modo la elite argentina estaba implemen-
tando lo que se denomina un principio de “distinción”, esto es, de la apro-
piación de cier to tipo de valores que los otros no poseen y difícilmente pue-
dan alcanzar. Al menos, no lo pueden alcanzar con el dinero. Dicho de otro
modo, se trata de decidir un conjunto de bienes que no circulan en el merca-
do, esto es, que no son valores de cambio, que no se pueden ni comprar ni
vender.
De allí la impor tancia adjudicada a la formación cultural de la elite. De allí
también que aquella preocupación que antes vimos dirigida hacia una socie-
dad que contiene elementos de decadencia porque ha puesto los valores
económicos sobre todos los demás, será más inquietante cuando se encuen-
tren rasgos semejantes en la propia elite. Porque de ser así, ésta estaría per-
diendo nada más y nada menos que su autolegitimidad para el ejercicio de
la dirección de la sociedad. He aquí un momento temprano de su escritura
donde esta inquietud se expresa: "Nuestros padres –escribe en sus Ensa-
yos- eran soldados, poetas y ar tistas. Nosotros somos tenderos, mercachi-
fles y agiotistas. Ahora un siglo, el sueño constante de la juventud era la glo-
ria, la patria, el amor; hoy es una concesión de ferrocarril, para lanzarse a
venderla al mercado de Londres".
Si éste es el diagnóstico, ¿cuál es la terapia que Cané imagina? Para de-
tectarla, vamos a seguir un proyecto aparentemente menor pero en realidad
estratégico. Estratégico para Cané (porque es el modo como piensa una ta-
rea de recomposición de la elite), y estratégico para nosotros que tratamos
de comprenderlo, porque en “escala micro” pueden obser varse las vacilacio-
nes y reacciones de par te de la elite ante el curso del proceso modernizador.
Y bien: dicho programa en el caso del autor de Juvenilia puede leerse en una
institución que Cané contribuyó activamente a crear en 1896: la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El discurso que él mis-
mo pronunció en 1904, en el acto de transmisión de su decanato de dicha
facultad, constituye una pieza clave para comprender su programa. Es preci-
so tener en cuenta que hasta entonces (y también luego, pero Cané quisie-
ra que eso no fuera así) la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos
Aires es la institución intelectual fundamental en la provisión de cuadros es-
tatales dentro de la clase dirigente. Para verificarlo bastaría con mirar la can-
tidad de abogados que forman par te de la función pública en sus distintos
niveles. Ahora bien: en el mencionado discurso, Cané sostiene que dicha fa-
cultad “ha muer to de aislamiento, que es la tuberculosis especial de los cen-
tros de cultura cuyos órganos no se adaptan bien a las funciones para que
se crean". Y sobre la base de este supuesto, propone que ese lugar sea ocu-
pado por "la modesta Facultad de Filosofía y Letras", en cuya sede se halla
"el por venir intelectual de nuestro país", destinada a ser en sí misma un co-
rrectivo al par ticularismo y la especialización.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Cuando Cané denuncia al especialismo como un mal, naturalmente le con-


trapone un saber totalizador. Se trata de un tópico clásico activado en todo
proceso modernizador. Se dice al respecto que la modernidad se caracteriza
entre otras cosas por producir una “autonomización de las esferas de compe-
tencia”. Puede obser varse así el modo como los valores fundamentales (ver-
dad, belleza y bondad, objetos de la filosofía, la estética y la ética) pasan a
ser tratados por separado. En la premodernidad, todos ellos formaban par te
de un universo de discurso que ar ticulaba estas diversas esferas, ya sea me-
diante la metafísica o mediante la religión. Permítanme dar un par de ejem-
plos para hacer comprensible esta cuestión. Cuando Maquiavelo (1469-1527)
escribe El Príncipe, dice que los actos del soberano no tienen que ser medi-
dos con la moral tal como la conciben los individuos, puesto que existe una
“razón de Estado” que es un campo específico y diferenciado de la moral.
Cuando Galileo en el siglo XVII funda la ciencia físico-matemática, lo hace so-
bre un supuesto imprescindible: separa a la naturaleza de la divinidad. Dicho
de otro modo: la argumentación de Galileo se apoya de hecho en un presu-
puesto: en el mundo natural no hay milagros, es decir, Dios no inter viene per-
manentemente en la naturaleza (haciendo, como creían los medievales, bro-
tar una fuente en determinado lugar). Y esto tiene que ser así porque si hay
milagros no hay ciencia, no puede cumplirse con el requisito necesario de la
previsibilidad (esto es, que si ocurre a necesariamente tiene que ocurrir b). Y
para que esto sea así es necesario que la naturaleza se separe de la divini-
dad, y la ciencia de la religión. Y es necesario que la naturaleza sea una en-
tidad autónoma en el sentido estricto de la palabra: autónomo es aquello que
tiene leyes propias de funcionamiento.
Otro ejemplo en otra dirección pero con el mismo sentido. Hacia media-
dos del siglo XIX el poeta francés Charles Baudelaire publica un libro que ge-
nera un escándalo; se titula Las flores del mal. Las poesías que lo compo-
nen exploran temas como la prostitución, la sexualidad, los “paraísos ar tifi-
ciales”, etc. Temas todos ellos (y de allí el escándalo seguido de la prohibi-
ción del libro y del procesamiento de su autor) que no resultaban edificantes
para los cánones de la época. Temas, entonces, que no eran “morales”. A
pesar de todo, dichos poemas lograron imponerse como una revolución es-
tética. Podría decirse entonces que lo que se valoró en ellos fue su belleza,
y se decidió con ese gesto que la belleza es un valor independiente, autóno-
mo, respecto de la moral. Se decidió, de acuerdo con el título del libro, que
puede haber flores (bellas) aunque sean flores del mal...
Este mismo movimiento puede obser varse como un rasgo general de la
modernidad en diversos registros. A esta separación de esferas de compe-
tencia, le corresponde una diferenciación de funciones y una división del tra-
bajo, que desemboca en la especialización. Como reacción ante esta situa-
ción, se elevan voces que reclaman alguna instancia de re-totalización de los
saberes, alguna instancia que pueda ar ticular estas diversas disciplinas, por-
que se piensa que si dicha instancia no existe, esos saberes pueden perder
su sentido. De otra manera: aparecen reclamos por que, aceptando la espe-
cialización y a los especialistas, existan otros sujetos intelectuales capaces
de funcionar como un “hombre universal”, según el ideal clásico.
Creo que ahora podrá comprenderse el sentido del proyecto de Cané vin-
culado con la creación de una facultad de filosofía y letras: lo que plantea, a
través de esta facultad, es una empresa de re-totalización y de re-espirituali-
zación de la cultura argentina, a la que ve amenazada por el mercantilismo y

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Universidad Virtual Quilmes

la especialización de funciones. Ambos males deben ser contrarrestados por


una formación intelectual donde se le otorgue un peso relevante a las disci-
plinas clásicas, y en primer lugar a la enseñanza del griego y del latín. ¿Por
qué? Porque Cané, como tantos en su época, cree que estas lenguas son al-
go más que idiomas de un pasado prestigioso: cree también que contribuyen
a formar armónicamente las facultades intelectuales. Contribuyen asimismo
a atacar el mal moderno de la especialización, esto es, a esos emprendi-
mientos donde algunas personas saben mucho de un solo aspecto de la rea-
lidad y así pierden de vista la comprensión del conjunto. Justamente, lo que
una elite debe tener siempre presente es esa visión de conjunto, que es lo
que la habilita para tutelar y dirigir al resto de la sociedad. Esa totalidad es-
tá amenazada por el avance de la modernización; entonces Cané apela a un
operativo de re-totalización que recurre a la moralización y estetización de la
cultura, así como a la recuperación de valores patriótico-republicanos.
Quiero reiterar entonces que el proyecto de facultad de filosofía y letras
que Cané elaboró, permite imaginar la representación de su modelo de so-
ciedad. Apelemos ahora a un texto: se trata de un ar tículo titulado “la en-
señanza clásica”. Se trata de una sociedad dividida entre habitantes labo-
riosos, prácticos y especializados en algún sector del saber y de la produc-
ción, por un lado, y por el otro, una minoría letrada dotada de la máxima es-
piritualidad y universalidad. Los primeros transformarán, sobre la base de
los conocimientos de bases científicas adquiridos en la instrucción secun-
daria, el suelo de la patria, hasta extraer el máximo de riqueza. Mientras en
la nueva facultad de filosofía, "sin ruido, sin pretensiones, sin ambiciones
casi diría terrenales, nos entregaremos a la cultura intensiva del espíritu de
aquéllos que, siguiendo la ley de su organismo, dan la espalda al mundo de
la for tuna, para correr en pos de satisfacciones quizás más fecundas y du-
raderas".
Para concluir con este tema, es interesante obser var que el mismo desa-
rrollo de dicha facultad, inclusive durante el rectorado de Cané, mostrará las
dificultades de ese proyecto, y con ello algunos rasgos de la nueva sociedad
que se estaba definiendo en la ciudad de Buenos Aires. En principio, el es-
tudiantado que recluta no es precisamente el de la elite, que sigue prefirien-
do la Facultad de Derecho. En cambio, reclutará su público entre maestras
que ven allí una posibilidad de una carrera superior y alumnos que trabajan
y que pueden compatibilizar esas tareas con el estudio. En 1904 éstas son
las conclusiones a las que había llegado el profesor de Ciencias de la Edu-
cación Dr. Francisco Berra al referirse a la facultad de Filosofía: "No conozco
alumno que se consagre por completo a los cursos de la Facultad; todos, o
casi todos, tienen un empleo o ejercen alguna profesión, que les absorbe la
mayor par te del día, y, algunos, hasta horas de la noche; y si hay quien no
desempeñe cargo público o ejerza profesión, sigue los cursos de otra Facul-
tad". Igualmente, en los recuerdos del escritor y crítico literario Rober to Gius-
ti se cruzan apellidos de alumnos del primer año de esa facultad que eviden-
cian que esa institución ha empezado a ser penetrada por lo que una déca-
da más tarde Lugones llamará "la plebe ultramarina": Ferrarotti, Ravignani,
Bianchi, Debenedetti...
Espero entonces que los textos de Miguel Cané (h) y estos episodios cul-
turales hayan mostrado las inquietudes de este miembro de la elite ante el
proceso modernizador, y luego tanto su proyecto para un operativo de reedu-
cación de la elite destinado a su relegitimación, como los obstáculos para

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

conseguirlo. En los puntos siguientes veremos las alternativas que a esos di-
lemas propuso la “cultura científica” en las voces de Ernesto Quesada y de
José Ingenieros.

Describa diversas reacciones de Miguel Cané ante la


moder nización, y vincúlelas con el proyecto de crea-
ción de una facultad de filosofía y letras.

1.2. La Generación del 90 y el movimiento positivista argentino

Características generales del positivismo

En el terreno intelectual, el período 1890-1910 está hegemonizado por el


movimiento positivista. Aun cuando en rigor debería hablarse del predominio
de la “cultura científica”. Con esta designación se pretende cubrir una serie
de textos e inter venciones más amplias que aquélla a la que refiere el térmi-
no positivismo. Ya que –como veremos- esta designación describe un conjun-
to de postulados al que no todos los intelectuales argentinos considerados
positivistas están coherentemente adheridos. En cambio, sí todos ellos
construyen sus discursos desde una mirada pretendidamente científica, mi-
rada que al traducirse en textos se beneficia del enorme prestigio adquirido
por las ciencias en el siglo XIX. Quiero decir que ese prestigio, incrementado
por el surgimiento de nuevas teorías (como el darwinismo en la biología), ofi-
cia de criterio de legitimidad, y de verosimilitud, es decir, de esos discursos
trasladados a otro tipo de análisis de la realidad (como la sociología o la his-
toria, por ejemplo).
Para comprender lo que se acaba de leer, es necesario contar con una re-
ferencia a algunos aspectos centrales de la filosofía positivista. El más rele-
vante es el que dice que sólo podemos tener conocimientos teóricos si con-
tamos con “datos” o “hechos” que nos proporcionan nuestros sentidos (vis-
ta, oído, tacto, etc.). Este carácter del positivismo es lo que Kolakowski en
La filosofía positivista denomina “fenomenismo”, dado que el fenómeno es
aquí ese dato que aparece ante la sensibilidad. De modo que si carecemos
de estos datos sensibles nos resulta imposible validar o invalidar una serie
de juicios, tales como los de la existencia del alma o de Dios. Ese tipo de
juicios son aquéllos de los que se componen la metafísica y la religión, pero
también las disciplinas que contienen juicios de valor como la estética o la
ética. Esta última, se compone de juicios prescriptivos (“No matarás”) que
refieren no a la realidad sensible sino al ámbito inexperienciable del deber
ser. Este tipo de juicios quedan para el positivismo relegados al terreno de
lo incognoscible.
En cambio, la labor del intelectual positivista se centra en obser var los he-
chos y establecer relaciones regulares entre ellos, relaciones regulares a las
que denomina “leyes”. Por ejemplo, luego de una serie de obser vaciones so-
bre la naturaleza podrá establecerse la ley de que toda vez que se mezclan
dos sustancias en determinadas condiciones, se produce un compuesto pre-
ciso. Pero también que cuando en una sociedad existen tales y cuales cir-
cunstancias aumenta o disminuye la tasa de suicidios, etcétera.

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Universidad Virtual Quilmes

Los principales exponentes de la filosofía positivista fueron en el siglo


XIX el francés Auguste Comte en la primera mitad de esa centuria y el in-
glés Herbert Spencer en la segunda. El filósofo francés gravitó especialmen-
te sobre un conjunto de intelectuales estrechamente vinculados al norma-
lismo argentino, como Pedro Scalabrini, Alfredo Ferreira, Víctor Mercante y
Rodolfo Senet. Para el período que nos ocupa, en cambio, la presencia de
Spencer resultó largamente dominante. El filósofo inglés había construido
con enorme persistencia un sistema evolutivo destinado a dar cuenta de la
totalidad de lo existente, mediante una serie de trabajos publicados princi-
palmente en las décadas de 1860 y 1870, tales como los Primeros princi-
pios, Principios de biología, Principios de psicología, Principios de sociolo-
gía y Principios de ética. Según ellos, el universo era representado como un
gigantesco mecanismo sujeto a una causalidad inexorable que se identifi-
caba con la marcha misma del progreso indefinido, el cual adoptaba la for-
ma de la gran ley de la evolución. Formulaba así una concepción promete-
dora de vastas, aunque no totales cer tidumbres, que trasuntaba optimismo
respecto del destino del hombre, constituyéndose en uno de los últimos
grandes relatos en tanto filosofía de la historia dadora de sentido del mun-
do y de la vida.
Tempranos testimonios de la influencia del positivismo spenceriano pue-
den hallarse en una conocida referencia de Sarmiento en Conflicto y armo-
nías de las razas en América, donde manifiesta "llevarse bien" con Spencer,
o en una car ta de 1893 de Eduardo Wilde al general Roca en la que carac-
teriza al filósofo inglés como "la potencia intelectual más grande en el mun-
do". En el terreno de la cultura intelectual institucionalizada, contamos con
el discurso con que Rodolfo Rivarola inauguró a fines de siglo la cátedra de
Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Allí daba cuenta del “estado de
la cuestión” en el campo filosófico recurriendo a la descripción de Hyppolite
Taine contenida en Los filósofos clásicos del siglo XIX:

"Los espiritualistas consideran las causas o fuerzas como seres


distintos, diversos de los cuerpos y de las cualidades sensibles
[...], de tal modo que detrás del mundo extenso, palpable y visi-
ble hay un mundo invisible, intangible, incorporal, que produce al
otro y lo sostiene. Los positivistas consideran las causas o fuer-
zas, principalmente las causas primeras, como cosas situadas
fuera del alcance de la inteligencia humana [...]; limitan las in-
vestigaciones de la ciencia y la reducen al conocimiento de las
leyes".

Para terminar con este señalamiento de la presencia del positivismo den-


tro de las nuevas camadas de intelectuales de la elite, citemos dos últimos
testimonios. El primero lo hallamos en los recuerdos de formación intelec-
tual de Joaquín V. González. Allí se refiere a Taine y a Zola como integrantes
de "las modernas escuelas" que reemplazaron al romanticismo, dando paso
"a las novísimas teorías fundadas en la biología, la psicología y las leyes na-
turales de la sociedad". Por fin, antes de su encuentro con el marxismo, Juan
B. Justo relata que sus "más impor tantes lecturas de orden político y social
habían sido, hasta entonces, las obras de Herbert Spencer".

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Esta corriente de ideas colocaba la figura del intelectual científico como


la de un sacerdote laico dotado de capacidades explicativas superiores. Di-
cho prestigio era evidentemente inseparable del ganado entonces por la cien-
cia, tanto en su eficacia cognoscitiva cuanto en sus aplicaciones técnicas. Y
ese prestigio oficiaba de criterio de verosimilitud transferido a los discursos
que aun retóricamente adoptasen los protocolos científicos. Pocas citas co-
mo ésta del "Ensayo sobre Bacon", publicado en 1837 por el influyente his-
toriador y político inglés Thomas Macaulay, resultan tan exhaustivamente re-
presentativas de aquel ambiente espiritual. Dice así:

"[La ciencia] prolongó la vida; mitigó el dolor; extin-


guió enfer medades; aumentó la fertilidad de los sue-
los; dio nuevas seguridades al marino; suministró
nuevas ar mas al guerrero; unió grandes ríos y estua-
rios con puentes de for ma desconocida para nuestros
padres; guió el rayo desde los cielos a la tierra hacién-
dolo inocuo; iluminó la noche con el esplendor del día;
extendió el alcance de la visión humana; multiplicó la
fuerza de los músculos humanos; aceleró el movi-
miento; anuló las distancias; facilitó el intercambio y
la correspondencia de acciones amistosas, el despa-
cho de todos los negocios; per mitió al hombre descen-
der hasta las profundidades del mar, remontarse en el
aire; penetrar con seguridad en los mefíticos recovecos
de la tierra; recorrer países en vehículos que se mue-
ven sin caballos; cruzar el océano en barcos que avan-
zan a diez nudos por hora contra el viento. Éstos son
sólo una parte de sus frutos, y se trata de sus prime-
ros frutos, pues la ciencia es una filosofía que nunca
reposa, que nunca llega a su fin, que nunca es per fec-
ta. Su ley es el progreso."

En la Argentina, una valoración semejante la encontramos en un escri-


to de Juan María Gutiérrez titulado "El año mil ochocientos setenta y la re-
forma". "La voz ciencia en el diccionario del año 1870 –escribe en La Re-
vista de Buenos Aires en 1869- es sinónima de verdad". Aquélla "no pue-
de menos que ser revolucionaria; es decir, demoledora de la obra del error,
con el objeto de edificar otra nueva en su lugar, porque en esto consiste el
progreso, que es el destino forzoso de la humanidad, y la ciencia es el mi-
nistro de ese progreso". Y en el surco de Macaulay afirma que la ciencia
"desecha el misterio, porque éste es cuando menos la char latanería del
oscurantismo; [...] llena de amor y de caridad entra en la atmósfera pesti-
lente para descubrir los gérmenes que la emponzoñan, facilitando su des-
trucción; entra en los lupanares y las mansiones del crimen para salvar al-
mas, buscando con las cifras materiales de la estadística las leyes mora-
les que pueden prevenir los delitos; da los músculos y el organismo del
buey al hierro [...]; con la llave del crédito penetra en los cofres de todos
y acumula sumas fabulosas para transformar de tal manera la geografía
del globo que podamos realizar en cuarenta días el viaje que Magallanes
en el espacio de muchos años; ella, por último, ha creado lo que se llama
industria, y por medio de la economía política y de la educación, ha mos-
trado que riqueza es moralidad, que la instrucción es el bautismo que re-

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Universidad Virtual Quilmes

dime del pecado y que para que un pueblo sea rico, inteligente y vir tuoso,
es indispensable que sea libre".
En el siglo XIX, los mayores prestigios en la ciencia los había obtenido
del formidable desarrollo de las disciplinas médico-biológicas. Y Claude
Bernard y Char les Darwin son los símbolos de esta expansión científica so-
bre nuevos aspectos de la realidad. En este aspecto, Florentino Ameghino
será entre nosotros quien de modo más entusiasta adhiere a la celebra-
ción de la ciencia a par tir de dichos éxitos, como se ve en la cita siguien-
te, que tanto recuerda a la de Macaulay:

“La ciencia (escribe en 1881) ha llegado a investigar y cono-


cer un grandísimo número de las leyes de la naturaleza que ri-
gen en nuestro planeta y aun en la inmensidad del espacio.
Ahí podréis ver que los adelantos de la física, la química y la
mecánica han producido verdaderas maravillas que no ten-
drían nada que envidiar a los famosos palacios encantados y
demás obras que los supersticiosos pueblos orientales atribu-
yen a las hadas, a los magos y a los nigromantes. Allí veréis
que, gracias a los adelantos de la mecánica, el hombre ha
conseguido fabricar verdaderas ciudades flotantes que atra-
viesan el océano en todas direcciones, transpor tando nacio-
nes de uno a otro continente. Con los adelantos de la óptica
ha penetrado el secreto de otros mundos que se encuentran
a millares de millares de leguas de distancia de la tierra. Por
medio de la electricidad se ha adelantado al tiempo, ha arre-
batado el rayo a las nubes, transmite la voz amiga a luengas
distancias y reproduce la luz solar en plenas tinieblas noctur-
nas. Con el descubrimiento del vapor y sus aplicaciones, ha
multiplicado sus fuerzas a lo infinito, y en el día cruza la at-
mósfera con mayor velocidad que el vuelo de las aves, viaja
por la superficie de la tierra y del agua con pasmosa celeri-
dad, desciende al fondo del mar y pasa por debajo de las más
altas montañas. A cada nuevo descubrimiento se hacen de él
mil aplicaciones distintas y este mismo conduce a otros de
más en más sor prendentes".

Provenientes del mundo europeo, libros de gran venta como Fuerza y ma-
teria, de Büchner, o Los enigmas del universo, de Haeckel, divulgaron esa
versión cientificista hacia sectores mucho más amplios que los específica-
mente intelectuales. Y por cier to que en la Argentina difícilmente pueda en-
contrarse a alguien que haya encarnado aquella figura de manera más cabal
que Florentino Ameghino, como lo seguirán revelando, ya finalizando el siglo
XX, su prestigio como símbolo del progresismo laico y la oposición que se-
guía reclutando entre los sectores católicos tradicionales.
Dentro de la cultura letrada más general, fue José Ingenieros el que en-
carnó hasta 1910 con mayor justeza la representación del intelectual positi-
vista. Sin embargo, su ingreso al positivismo no fue inmediato. Y resulta in-
teresante obser var sus primeros pasos para atender a la complejidad del pa-
norama de las ideas en el fin del siglo XIX en esta par te del mundo.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

El primer José Ingenieros


Dicho brevemente,
En principio, y en cuanto a su colocación social, es preciso adver tir que este concepto se re-
José Ingenieros viene “de otro lado” que la gran mayoría de quienes inte- fiere a un espacio social di-
ferenciado, con sus propias
grarán la elite intelectual en esos años. Estos últimos en general cuentan leyes, reglas y normas. Es-
con linaje, con capital económico y per tenecen al elenco político dirigente. to implica que el intelectual
Ingenieros, en cambio, ha nacido en Palermo, Italia, en 1877, y su infancia está situado en un sistema
de relaciones que incluye
transcurrió en Montevideo. Luego cursó sus estudios en Buenos Aires, has- por ejemplo a editores, pú-
ta graduarse de médico. De modo que es alguien que desde sus inicios es- blico, etc., y que este cam-
po o espacio define las con-
tá librado a la “carrera del talento”, personificando uno de los primeros ex- diciones de producción y
tranjeros que por este medio alcanza altos niveles de consagración intelec- circulación de sus produc-
tual y de reconocimiento social a par tir de sus producciones intelectuales. tos. Lo específico de dicho
campo es que lo que en él
Esto resultó posible porque para entonces está empezando a configurarse se produce y circula es “ca-
lo que el sociólogo Pierre Bourdieu ha llamado un “campo intelectual”. pital simbólico”, y allí los
sujetos (los intelectuales)
Precisamente, cuando obser vamos el caso de José Ingenieros en este luchan por apropiárselo.
aspecto, podemos suponer que se está empezando a cumplir un proceso Esta categoría de campo in-
(que ya se ha dado con mucha anterioridad en otras par tes) de constitución telectual intenta así estable-
cer un tipo de relación no
de un campo intelectual. Y su emergencia es lo que permitirá la aparición mecánico entre lo social, lo
del intelectual moderno, entendiendo por esto a aquel sujeto que funda su económico y político y la
práctica intelectual. Frente
legitimidad fundamentalmente en su capital simbólico. Esto es: ya no se tra- a las versiones reduccionis-
ta de quienes como Sarmiento o Alberdi o Mitre tenían una práctica intelec- tas que ven a dichas prácti-
tual que era una par te o continuación de su actividad política. En estos ca- cas como una “expresión”
directa de intereses econó-
sos, puede obser varse una transferencia de una legitimidad que no provie- micos o políticos, la noción
ne de sus estrictas destrezas intelectuales, sino del ejercicio de la política. de campo intelectual sostie-
ne que esos intereses no in-
Es la política lo que legitima esos textos. En cambio, el intelectual moder- fluyen directamente sobre
no tiende a legitimarse, como dije, en su capital simbólico. Esto, en el caso los intelectuales, sino que
de Ingenieros, podría decirse así: sus libros son considerados legítimos por- ellos están mediados por la
pertenencia a ese campo,
que en ellos el intelectual muestra sus saberes. que tiene relativa autono-
Por lo demás, las primeras actividades de Ingenieros lo muestran militan- mía en cuanto a sus normas
de consagración, luchas, di-
do dentro del recientemente creado Par tido Socialista Argentino, presidido ferenciación, etcétera.
por Juan B. Justo y cuyo primer secretario fue precisamente José Ingenie-
ros. Seguramente al calor de esta adhesión política publicó en 1895 su pri-
mera obra significativa, titulada ¿Qué es el socialismo?. Dos años más tar-
de fundó y dirigió con Leopoldo Lugones el periódico La Montaña.
Tanto en el libro como en el periódico, Ingenieros revela una concepción
del capitalismo entendido como un sistema radicalmente negativo, en tan-
to mecanismo inexorablemente productor de miseria y parasitismo. Es in-
teresante señalar que esta caracterización del capitalismo no es ajena a
la matriz conceptual del anarquismo. Aquí el capitalismo tiende a ser expli-
cado a par tir de un hecho extraeconómico, un hecho en rigor político en
tanto remite al poder, y que es imaginado como una violencia originaria
contra la naturaleza humana. La clase dominante es una clase ociosa que
parasita a los productores y que se apropia autoritariamente del poder po-
lítico. Se asiste entonces –escribe Ingenieros- a "la corrupción entronizada
en los altares del poder", para terminar proclamando que "somos par tida-
rios de la supresión de la autoridad erigida con fines políticos". Este socia-
lismo penetrado de elementos anarquistas es por ello definido como "el
más noble de los ideales que han agitado a la humanidad, y el más justo
de los pabellones que los oprimidos enarbolan, flameando al impulso del
aura voluptuosa de la liber tad, bajo los rayos regeneradores de la ciencia
y del progreso"...

33
Universidad Virtual Quilmes

En dichos escritos, entonces, se remarca el carácter antirreformista de


sus posiciones, como cuando se afirma que "para ser socialistas es indis-
pensable ser revolucionarios". Se posibilita así el acercamiento con algunos
grupos anarquistas, con los cuales pueden variar los medios pero "en la as-
piración final unos y otros coincidimos". Que estas afirmaciones delineaban
una posición heterodoxa dentro del Par tido Socialista lo cer tifica la nota del
periódico anarquista El perseguido de marzo de 1897, que informa sobre las
divergencias en el seno del socialismo local y cree obser var la consolidación
de la corriente "antiautoritaria" encabezada por Ingenieros.
No resulta extraño entonces que un número de La Montaña abra sus pá-
ginas a expresiones liber tarias: ofer ta prontamente rechazada por un repre-
sentante de esa corriente que de paso cuestionará "el economismo de Lo-
ria". Achille Loria era un marxista italiano de influencia dentro de los linea-
mientos del marxismo de la II Internacional. Dicho marxismo estaba fuer te-
mente penetrado por el tipo de lectura cientificista y aun positivista del mo-
mento. Bajo estas determinaciones, resultaba coherente atender a los as-
pectos de la teoría de Marx, que remarcaba el papel desempeñado por los
fenómenos económicos en la vida histórica. De manera que resultaba subra-
yado lo que Marx en la Contribución a la crítica de la economía política había
designado como “base” o “infraestructura”, respecto de la cual el papel de
la “superestructura” (instituciones jurídicas y políticas, ideologías...) resulta-
ba secundarizado en su eficacia. De allí, naturalmente, resultaba una visión
fuer temente economicista del marxismo. Así que cuando desde el anarquis-
mo se le reprocha a Ingenieros su lorianismo, en rigor se está señalando ati-
nadamente uno de los rasgos que comienzan a aparecer progresivamente en
sus escritos. Y al responder a su vez al rechazo anarquista, en un ar tículo
seguramente redactado por Ingenieros, aunque sin firma, se sostiene que al
italiano Aquiles Loria le cabía el mérito indudable de haber mostrado que "la
cuestión social reviste actualmente una forma económica", a la cual incluso
deben subordinársele los fenómenos políticos y religiosos.
De todos modos, estas novedades no eliminaban el carácter fuer temen-
te contestatario de sus inter venciones. Dicho carácter no era ajeno a la reac-
tivación de la política generada a par tir de la crisis y revolución de 1890. Em-
pero, es posible que la recomposición de la situación económica, la recupe-
ración del control político por par te de fracciones de la elite y lo que Ingenie-
ros comienza a percibir como la pasividad de los sectores trabajadores ha-
yan sido motivos para que nuestro autor varíe su diagnóstico y sus propues-
tas. En escritos de los últimos años del siglo XIX, atribuye esa pasividad a la
opresión de la burguesía, que reduce a los trabajadores a verdaderas "má-
quinas humanas". Por eso, si ahora se descree de la capacidad transforma-
dora de la clase trabajadora, es impor tante ver cómo se configura la alterna-
tiva de cambio, puesto que el sujeto motorizador de esa alternativa configu-
ra una posición ético-política que Ingenieros sostendrá a lo largo de toda su
producción intelectual.
El escenario que Ingenieros pinta en esos ar tículos juveniles no puede ser
en principio más desesperanzador. La clase dominante aparece hundida en la
degeneración que produce el parasitismo y, en el otro extremo del espectro
social, los oprimidos han sido bestializados por un poder autoritario y explo-
tador. Y sin embargo, existe una elite que puede desempeñar el papel de mo-
vilizador de las conciencias. Se trata de las "minorías activas". La capacidad
que ellas pueden apor tar reside en su saber, que las coloca "en condiciones

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

de influir directamente sobre la marcha de los gobiernos poniendo en jaque a


los conser vadores de todas las escuelas". Este pasaje es fundamental. En el
texto, Ingenieros construye un sujeto, y lo habilita (lo autoriza, lo legitima) en
tanto depositario del conocimiento. Ese conocimiento es muy preciso, y con-
siste en la función de "esgrimir las armas de la ciencia y de la razón contra
los defensores de la opresión, de la fe y de la injusticia". Sin dudas, lo que
Ingenieros propone es la figura del intelectual-científico. Sin dudas, era tam-
bién una forma de proponerse a sí mismo como consejero del príncipe. Por-
que además en ese pasaje habla de una influencia que se ejercería “directa-
mente” sobre el poder. Diseña así una concepción que descree de una legiti-
midad fundada en la representación de la mayoría (esto es, democrática) y
apuesta –según una convicción ampliamente compar tida en la época- a una
inter vención “desde arriba”, desde el Estado, donde puedan coincidir el poder
y la ciencia, el político y el científico. Nótese que la per tenencia a esa elite es
independiente de la per tenencia de clase, definiéndose más bien por su au-
tolegitimación en el interior del campo intelectual o, dicho de otro modo, en la
posición que se ocupa no como derivado de una condición social, sino por el
solo ejercicio del talento y del mérito.
Estos nuevos pronunciamientos marchan juntos con una revisión del ca-
rácter del capitalismo. En su escrito "De la barbarie al capitalismo", de
1898, el cambio ya no era pensado como una irrupción súbita que cor ta
abruptamente con el pasado, sino más bien como un estadio dentro de un
proceso cuya continuidad es preciso rescatar. El sistema capitalista ha deja-
do de ser el sistema improductivo denunciado en los años 1895-97, para ser
descripto con algunos caracteres positivos, como el de desarrollar las fuer-
zas productivas y generar una clase social (el proletariado) destinada a su-
perarlo. Distinguirá asimismo entre un “capitalismo malo” y otro “bueno”. El
primero ha sido el implantado en Iberoamérica, mientras que el buen capita-
lismo fue trasplantado por Inglaterra en Nor teamérica. Con ello, Ingenieros
se inscribía en una polémica que se tornará aguda a par tir de 1898, esto es,
de la derrota de España en la guerra con los Estados Unidos. La pregunta
que entonces organiza esa polémica es: ¿por qué en el nor te se ha desarro-
llado una potencia mientras en el sur impera el atraso? Las diversas res-
puestas a esta interrogante animarán una buena par te de la ensayística his-
panoamericana de esos años.
Pero, para concluir con esta primera descripción de la cur va político-inte-
lectual de Ingenieros, debo decir someramente que junto con estas adhesio-
nes intelectuales y políticas, Ingenieros llegó a formar par te del círculo que
Rubén Darío constituyó en torno de sí mismo en su estadía en Buenos Aires.
Este maridaje entre anarquismo y modernismo no resultaba en absoluto im-
posible: más bien, son diversos los casos de ese encuentro que pueden ver-
se entre los intelectuales hispanoamericanos del momento. Y ello era así
porque entre ambos existían una serie de puntos de contacto en los que aquí
no podemos ingresar. Baste con concluir con una cita de Ingenieros donde
éste relata la superposición de ambas experiencias. En sus notas autobio-
gráficas, dice así:

"Siendo estudiante universitario, me vinculé con un grupo de


obreros soñadores que predicaban el socialismo y con ello me
aficioné a leer libros de sociología. Al propio tiempo, gustando

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Universidad Virtual Quilmes

de las letras, frecuentaba el Ateneo, donde Rubén Darío concen-


traba el interés de los jóvenes. En 1898 el poeta Eugenio Díaz
Romero editó la revista El Mercurio de América, que fue auspi-
ciada por Darío y en la que colaboramos casi todos los ateneís-
tas del último tiempo".

De este modo podemos tener una visión de la situación intelectual del


momento, en la cual se destaca su complejidad. Complejidad, en el sentido
de que, así como el discurso del joven Ingenieros es una trama tejida por los
diversos hilos del anarquismo, el socialismo y el modernismo, en la cultura
del Buenos Aires finisecular se contempla una abigarrada superposición de
estéticas y teorías: el romanticismo tardío y acriollado; el liberalismo y repu-
blicanismo heredado de los “padres fundadores”; un catolicismo fuer temen-
te afectado por su derrota en las leyes laicas pero pronto a comenzar su re-
composición; las ver tientes del socialismo y el anarquismo; las corrientes
realistas y naturalistas; el modernismo literario y cultural...

1.3. El bioeconomismo de Ingenieros y el proyecto de una nación


moderna en el cono sur americano

Desde entonces, el voluntarismo de inspiración anarquista dejará paso a


una visión evolutiva extraída del spencerismo. El encuentro de estas nociones
evolucionistas con las del marxismo economicista producirá una síntesis que
Ingenieros denominará como bioeconomismo. De Spencer adoptará lo que
considera “las nociones fundamentales del sistema”, que pasa a enumerar:

“La experiencia empírica determina el conocimiento, las


sensaciones son relativas y constituyen la base del pen-
samiento, la realidad es única, todo fenómeno respon-
de a un determinismo riguroso, toda la realidad evolu-
ciona permanentemente. Nociones que podemos tradu-
cir diciendo: la unidad de lo real (monismo) se transfor-
ma incesantemente (evolucionismo) por causas natura-
les (determinismo)". Pero dado que los seres humanos
–a diferencia del resto de los animales- producen sus
propios medios de subsistencia, puede concluir que "las
sociedades humanas evolucionan dentro de leyes bioló-
gicas especiales, que son las leyes económicas". De to-
das maneras, esta lectura biologista de la realidad so-
cial está penetrada por las extensiones del darwinismo
al análisis de la sociedad, esto es, de aquella derivación
que recibe el nombre de “sociodarwinismo”.

Nociones como las de "raza", "medio" o "lucha por la vida y super viven-
cia de los más aptos" eran así trasplantadas al ámbito social, produciendo
muchas veces visiones racistas. Esto es notorio en Ingenieros, quien en es-
ta etapa de su pensamiento considera que en la sociedad imperan esas le-
yes que realizan una justa selectividad mediante "un trabajo de eliminación
de los más débiles por los más fuer tes".

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Pero además de estas coordenadas bioeconomistas, la mirada sociológi-


ca de Ingenieros estará igualmente encuadrada por categorías y módulos de
análisis provenientes de su formación médica y, en especial, de su especia-
lización en las enfermedades mentales. Recapitulando esa par te de su for-
mación, años más tarde dirá: "En la universidad he cursado simultáneamen-
te dos carreras, que me permitieron adquirir nociones de ciencias físico-na-
turales y de ciencias médico-biológicas; vocacionalmente cultivé las ciencias
sociales y no fui indiferente a las otras. Especialicé luego mis estudios en
patología ner viosa y mental, vinculándome a su enseñanza en la Facultad de
Medicina".
Estas nuevas adscripciones teóricas ocurrían junto con la adscripción de
Ingenieros a nuevos espacios institucionales. Hacia 1899 abandona su mili-
tancia en el Par tido Socialista y tres años más tarde renuncia a su afiliación
al mismo (aunque siempre “votará socialista”). En 1900 obtiene el cargo de
jefe de clínica en el Ser vicio de Obser vación de Alienados de la policía de
Buenos Aires, cuya dirección desempeñará entre 1904 y 1911, y desde
1907 dirige el Instituto de Criminología anexo a la penitenciaría nacional.
También en 1900 se hace cargo de la dirección de los Archivos de Crimina-
logía, Medicina Legal y Psiquiatría, donde permanecerá hasta 1913.
De su vasta producción, ahora me interesa seleccionar un par de escritos
donde Ingenieros toma como objeto el estudio de la sociedad. Veremos en-
tonces la manera en que funciona la argumentación positivista.

La sociología argentina

En 1908 Ingenieros publicó un ar tículo titulado “De la sociología como


ciencia natural”, que luego incorporó a su libro Sociología argentina.

“Hagamos aquí un ejercicio de lectura posible de un


texto, aplicándole una serie de preguntas muy tipifica-
das: quién habla, para quién habla, qué dice. La res-
puesta a “¿quién habla?” no se refiere al personaje em-
pírico, esto es, está prohibido responder: “José Inge-
nieros, nacido en Paler mo, Italia, etc.”. En cambio, la
pregunta interroga acerca del modo como se construye
el personaje del autor según el propio texto. Igualmen-
te, la pregunta ¿para quién habla? no refiere al públi-
co real, sino al público imaginario al que, según el tex-
to, se pretende llegar. El análisis concreto de este caso
per mitirá comprender más cabalmente lo que quiero
decir.
Primero, entonces, ¿quién habla? o ¿quién es el “au-
tor”? El artículo indicado viene precedido de un “Pre-
facio” que per mite una respuesta. Leámoslo: “(...) “las
opiniones expuestas a continuación no pueden co-
rresponder a las tendencias de ningún partido político
o de tal historiador. Una circunstancia de ese género
no agregaría autoridad a lo escrito. La interpretación
de la experiencia social no ha sido nunca la nor ma de
la acción política colectiva, generalmente movida por
pasiones e intereses de los que sólo pocos tienen con-
ciencia; los historiadores suelen reflejar sus senti-

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Universidad Virtual Quilmes

mientos personales o los de su grupo inmediato, supe-


ditando a ellos los hechos, cuando no son desviados
de la verdad por las naturales inclinaciones de tempe-
ramento imaginativo.” Y prosigue: “Los cambios socio-
lógicos suelen operarse sin que las colectividades ad-
viertan el rumbo de su propio itinerario. (...) Los gru-
pos sociales suelen ser como bajeles que marchan sin
brújula, arrastrados por corrientes cuyo secreto resi-
de en causas mesológicas y biológicas que la concien-
cia social no sospecha. Por eso algunas conclusiones
enunciadas en esta construcción sintética deben con-
trastar con muchas ideas aceptadas por hábitos y por
inercia mental; desvíanse de las nor mas consagradas
por la rutina, rebelde siempre a toda nueva síntesis”.
Y por fin: “Pensado sin preocupaciones de raza, nacio-
nalidad, clase o partido...”

Y bien. Es evidente que Ingenieros se presenta como un investigador “ob-


jetivo”. Además, para alcanzar dicha objetividad es preciso independizarse de
todo interés político, ya que en las visiones políticas imperan las pasiones, y
las pasiones obnubilan la verdad y dan rienda suelta a la imaginación. Nóte-
se, entonces, que aquí la objetividad, es decir, la ciencia, aparece en las antí-
podas de la actividad política. Nótese, así, que de este modo se está dicien-
do que el saber (científico) debe ocupar un espacio autónomo respecto de la
política. Es una manera de demandar la independencia del intelectual y de
fundar en suma las pretensiones de un intelectual moderno, en el sentido an-
tes señalado, de ser alguien que se legitima en su propia práctica intelectual.
Y añade de modo notable: “Una circunstancia de ese género no agregaría au-
toridad a lo escrito”. Esto es, el intelectual debe permanecer lejos de las re-
des del poder para enunciar la verdad, pero además quienes no lo hacen por-
que per tenecen al ámbito político (como Cané, pero también Ramos Mejía,
etc.), no pueden pretender que su posición política autorice o legitime su prác-
tica intelectual.
Las sociedades –prosigue- son movidas por fuerzas extraordinariamente
complejas, de las cuales la mayoría no tiene conciencia. Son así “como ba-
jeles que marchan sin brújula”. Pero si lo que Ingenieros propone a continua-
ción es el develamiento de algunas de esas leyes, quiere decir que per tene-
ce a una minoría, a una elite, que puede ver lo que los demás no ven. El in-
telectual, entonces, se ha separado del político, y ahora se separa de la ma-
yoría. Y por hacerlo corre el riesgo de que sus ideas “deben contrastar con
muchas ideas aceptadas por hábitos y por inercia mental”. Al escribir esto,
el autor se dibuja a sí mismo como una figura vanguardista: se trata del in-
telectual que, solo y contra las opiniones imperantes, penetra en la riesgosa
selva de las convenciones y los intereses creados, armado de una par ticular
clarividencia adquirida en el ejercicio de la ciencia.
¿Quién habla?, pues un intelectual moderno, un intelectual “científico”,
independiente del poder, miembro de una pequeña vanguardia de ilustrados.
De esos saberes científicos, el intelectual extrae la fuente de su legitimidad:
a la pregunta ¿Qué lo autoriza a usted a hablar? (que otros han respondido
de hecho: mi linaje, mi posición política o social, los avales con los que cuen-
to y que prologan mis libros, etc.), la respuesta del autor de la Sociología ar-
gentina es: mi saber.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Acerca de la segunda cuestión voy a ser más breve. El público imaginario


de un texto puede determinarse por diversas vías. Por ejemplo, el modo en
que está escrito, el sistema de citas (o de no citas) al que recurre, etc. Y pa-
recería ser que los textos de Ingenieros apelan a una jerga que demanda de
quien los lee, cier to tipo de destrezas intelectuales que no forman par te de
un público amplio. La cantidad muchas veces abrumadora de referencias de
otros intelectuales que aparece en sus escritos, muestra un mismo criterio,
así como la búsqueda de un criterio de legitimidad apoyado en estar al día
con los sabios europeos. En general, y salvo algunas excepciones, este tipo
de escritos están en la época destinados a los pares, es decir, a los miem-
bros del propio grupo. Pero no sólo del propio grupo intelectual, sino –en el
caso de Ingenieros- de un grupo más amplio del que también formaría par te
un sector de la clase política. En suma, la estrategia de Ingenieros parece
clara: el intelectual científico debe permanecer fuera de las mallas de la po-
lítica para garantizarse su objetividad, pero desde esos saberes puede alec-
cionar al príncipe (que en esta etapa de José Ingenieros es el elenco del pre-
sidente Roca).
Por fin, qué dice. En “De la sociología como ciencia natural” lo primero
que debe destacarse es el término natural. Con ello se dice obviamente que
las sociedades humanas son un hecho del mismo rango ontológico, del mis-
mo nivel de “ser”, que los demás fenómenos naturales. En este caso, una
sociedad humana no es esencialmente distinta que una sociedad de hormi-
gas o de abejas. Si esto fuera así, se cumpliría un principio positivista canó-
nico: la unidad de la ciencia. Es decir, que todos los fenómenos de la reali-
dad deben ser estudiados siguiendo el mismo método, consistente en agru-
par hechos y vincularlos mediante leyes.
Además, la humanidad es una especie biológica que vive sobre la su-
perficie de la tierra luchando con otras especies por la super vivencia. Y ca-
da sociedad es un agregado de individuos, dentro de los cuales se confor-
man grupos que a su vez también compiten, aun cuando poseen cier ta ho-
mogeneidad de intereses, de creencias y de aspiraciones. De ser así, los
ancestros de los seres humanos actuales ya debían de vivir en sociedad
por naturaleza, con lo cual se “excluiría todo hipotético contrato social”.
Esto último es fundamental, puesto que muestra que el positivismo debía
mantener una relación conflictiva con el liberalismo. Más de una vez, en
efecto, Ingenieros se va a oponer “desde la ciencia” al triple dogma de la
Revolución Francesa (liber tad, igualdad, fraternidad). A la liber tad, porque
la ciencia muestra que en el universo impera un rígido determinismo. A la
igualdad, dado que el darwinismo señala con evidencias que los organis-
mos vivientes de cualquier índole son naturalmente desiguales, y que esas
desigualdades son las que explican el triunfo de unos y el fracaso de otros
en su adaptación al medio. Por fin, la fraternidad está asimismo desmen-
tida porque entre esos individuos lo que domina es la lucha por la super-
vivencia.
Las sociedades luchan entonces por adaptarse al medio. Ese medio es
heterogéneo, y ello determina variedades en la conformación de esos gru-
pos. Esas variedades determinan la existencia de razas distintas y desigua-
les. Ahora, detengámonos un momento en este concepto de raza para filiar
su estatuto dentro del sistema de Ingenieros.
El término “raza” no refiere siempre a la misma definición. Puede así ha-
blarse de una “raza griega” acentuando el carácter de una cultura. Es decir,

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Universidad Virtual Quilmes

se trata de una definición cultural del término raza. En el caso de Ingenieros,


esta noción ya remite a la biología, y viene construyéndose desde mediados
del siglo XIX, avalando las posiciones racistas que clasifican a las razas en
más y menos aptas para determinado tipo de funciones. De modo que cuan-
do hablamos de “racismo”, hacemos referencia a las doctrinas seudocientí-
ficas que consideran que existe una correspondencia estricta entre determi-
nadas características somáticas y determinadas capacidades intelectuales y
morales. Estas doctrinas encontraron argumentos en su favor en los desa-
rrollos del darwinismo, puesto que en sus análisis aquellos caracteres físi-
cos que definen la suer te de las especies en la lucha por la super vivencia
son caracteres heredados o genéticos. En este punto, existe un aspecto por
esclarecer que tiene mucho que ver con el modo como los positivistas cons-
truyeron sus propias visiones de la sociedad. Este punto forma par te de la
polémica entre la visión de Lamarck y la de Darwin acerca de la evolución de
las especies. El primero sostenía también que los seres vivientes sobrevivían
adaptándose al medio. Y agregaba que aquéllos que lograban tal objetivo
transmitían a su descendencia los caracteres adquiridos. Para Darwin, en
cambio, los caracteres adquiridos no se heredan: sólo se heredan los carac-
teres genéticos, innatos.

La polémica se entiende sobre la base del ejemplo de la


discusión en torno de las jirafas. Se hallaron restos de
jirafas con el cuello corto. Lamarck argumentó que esas
jirafas de cuello corto habían vivido perfectamente
adaptadas a su medio hasta que cambios en el medio
ambiente, cambios climáticos, determinaron la exten-
sión de los pastizales. Sólo quedaron las hojas de los ár-
boles. Entonces algunas jirafas iniciaron un proceso de
estiramiento del cuello para alcanzar ese alimento. Es-
tiraron así sus cuellos, y luego trasmitieron esa carac-
terística adquirida (por el ejercicio) a su descendencia.
De allí que esas jirafas hayan sobrevivido, y las que per-
manecieron con el cuello corto hayan perecido.

Darwin se opone a este argumento. En una época –dice- convivían jirafas


de cuello cor to con otras de cuello largo. Se produjeron los mencionados
cambios en el medio ambiente, y las que pudieron sobrevivir fueron aquéllas
que ya estaban mejor dotadas para esas nuevas circunstancias, es decir, las
de cuello largo. Las demás desaparecieron.
¿Qué tiene que ver esto, se preguntará usted, con los temas de historia
intelectual que nos ocupan? Mucho. Y mucho independientemente de quién
tenga razón en la polémica. (En rigor, como polémica científica está saldada:
Darwin tenía razón. Pero Darwin no aplicó sus conclusiones a las sociedades
humanas, como sí lo hicieron los sociodarwinianos. Y tiene mucha impor tan-
cia porque si se es lamarckiano se le atribuirá mayor impor tancia al medio y
a la capacidad de la cultura para modificar a la naturaleza. Dicho de otro mo-
do: el programa que en los tiempos modernos proviene de la Ilustración (y
que vemos funcionar en las elites argentinas del siglo XIX) sostenía que a
través de la educación desde los ilustrados hacia las masas, era posible im-
buirlas de una serie de saberes y valores. Naturalmente, toda versión dura-
mente racista se opone a este programa ilustrado, porque piensa a la raza

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

como una determinación imposible de ser modificada por la educación y la


cultura. Este racismo antiilustrado, podría decirse, resulta relativizado por las
versiones del lamarckismo trasladadas al análisis de lo social.
Ahora bien: en el texto analizado, Ingenieros afirma que “la evolución hu-
mana es una continua variación de la especie bajo la influencia del medio en
que vive”. De manera que el medio aparece como un elemento que produce
efectos sobre las agrupaciones humanas, y ello introduce un factor que rela-
tiviza (sin eliminarlo en absoluto) la concepción racista de este período del
pensamiento de Ingenieros.

Debo decir por último que las versiones racistas goza-


ban de un amplio consenso dentro de la intelectuali-
dad occidental de entonces. Más aún: muchos de quie-
nes profesaban esas doctrinas eran personajes progre-
sistas y aun militantes de partidos de izquierda. Quie-
ro decir con ello que las doctrinas racistas no habían
adoptado el carácter que tienen para nosotros a la luz
del nazismo y del Holocausto.

Sea como fuere, sobre estas bases, Ingenieros elaborará su diagnóstico


y su proyecto de nación. Existe entonces una base biológica, un medio domi-
nante y unas prácticas económicas que interactúan en la evolución de las so-
ciedades. En nuestro país, tal como lo expone en “La formación de una raza
argentina” operaron en principio tres causas principales en la conformación
de dicha raza: la desigual civilización de las sociedades indígenas y luego de
las conquistadoras, y la desigualdad del medio físico en que vivieron. En el
nor te de América se produjo el más feliz resultado, debido a “la excelencia
étnica y social de las razas blancas inmigradas, el clima propicio a su adap-
tación y su no-mestización con las de color”. En la zona tropical de América
del Sur se han dado las peores consecuencias, mientras que en la zona tem-
plada, a la que per tenece la Argentina, si bien existieron núcleos numerosos
de razas inferiores (indios, negros), el cruzamiento ha sido progresivo, pues-
to que se ha operado un auténtico proceso de “blanqueamiento” de la socie-
dad, y a ello ha contribuido muy favorablemente el proceso inmigratorio.
Sobre esta base étnica actúan las fuerzas económicas. Fuerzas económi-
cas enormemente favorecidas por la ferocidad del medio argentino, que per-
mite una enorme creación de riquezas agropecuarias. A ellas se le sumarán
las provenientes de una industria aún incipiente. Y según un esquema que
cree en la transparencia de las relaciones entre economía y política, Ingenie-
ros pronostica que ese desarrollo productivo definirá clases sociales diferen-
ciadas, que abrirán las condiciones de posibilidad para un funcionamiento
político moderno. En un escrito de 1904, este paradigma se plasma sobre la
hipótesis de la existencia de cuatro sectores políticos fundamentales: dos
par tidos de gobierno que representarían respectivamente a la clase rural -co-
mo una especie de fracción tory- y a la burguesía industrial -que cubriría na-
turalmente la zona de los whigs-, flanqueados en extremos opuestos por los
retrógrados y por "los impacientes, radicales y socialistas de todo cor te, que
no retroceden ante la eventualidad de una crisis revolucionaria para apresu-
rar la realización de sus ideas y suplir por la fuerza el número que les falta".
Como se ve, se trata indudablemente de uno de los períodos en los que el

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horizonte real acordado al socialismo se ha estrechado más profundamente,


lo cual coincide con uno de los momentos de mayor acercamiento por par te
de Ingenieros al roquismo.
El poderío de la Argentina augura, para José Ingenieros, un destino mani-
fiesto de potencia imperialista en el cono sur americano. En realidad, nues-
tro autor cree que el imperialismo es expresión pacífica de la lucha darwinia-
na entre las naciones. Además, el expansionismo obedece a inexorables le-
yes objetivas, y por lo tanto, el fenómeno imperialista tiene el mismo carác-
ter que otros fenómenos naturales (como la lluvia o el granizo). Este carác-
ter es el que lo pone al abrigo de eventuales juicios morales. La Argentina
puede entonces aspirar a un liderazgo semejante al estadounidense en es-
te sector del continente. Para ello, tiene varios atributos positivos: su rique-
za creciente, su clima templado y sus núcleos de población blanca.

Para contextualizar estas afir maciones, debe tenerse


en cuenta que estas creencias eran auténticas convic-
ciones de época que abarcaban desde los sectores na-
cionalistas y liberales hasta algunos socialistas, y que
en general giraban sobre argumentos de distinto nivel,
que podían hablar tanto de "la responsabilidad del
hombre blanco" a lo Kipling (esto es, de la “misión” de
tutelar a las demás razas), así como de que sólo las na-
ciones capaces de convertirse en imperios resultarían
finalmente viables.

El notable intelectual alemán Max Weber expresaba, por ejemplo, en


1897 que únicamente la falta de visión política o el optimismo ingenuo po-
dían ignorar la inevitabilidad del expansionismo burgués y un desemboque
necesariamente violento, para el que era menester prepararse. No obstante,
el imperialismo imaginado por Ingenieros se caracterizaría por un expansio-
nismo esencialmente pacífico y difusor de la civilización.
Sobre estos supuestos, el discurso positivista de Ingenieros asume una ta-
rea obligada dentro de la problemática de ese momento nacional: la definición
de una nación y una nacionalidad. A diferencia de otros intelectuales del mo-
mento, y por razones que pueden comprenderse a par tir de su origen inmigra-
torio, podemos decir que la nación de Ingenieros no está en el pasado sino en
el por venir. A diferencia de lo que veremos, por ejemplo en Ernesto Quesada y
que ya ha sido señalado en Cané, Ingenieros es de los que piensan que, a par-
tir de la mezcla que se está produciendo con el apor te extranjero, en un futu-
ro aún indeterminado surgirá una nueva “raza” que definirá el tipo del argenti-
no. Mientras ese futuro llega, la clase gobernante debe entender que, ante los
conflictos que se producen en el mundo del trabajo, no debe implementarse
una política coercitiva sino consensual. Para ello, debe atenderse a la educa-
ción de la clase obrera y al mejoramiento de sus condiciones de vida, dado que
–escribe- "la retórica antiburguesa y dinamitera es el plato favorito de las mul-
titudes descontentas". Piensa asimismo que cuanto más civilizada es una so-
ciedad, más se desarrolla la solidaridad social. Un episodio donde creyó encon-
trar las condiciones propicias para este tipo de propuestas fue el proyecto de
ley de reforma laboral planteado por Joaquín V. González. Por eso Ingenieros lo
saluda como uno de los "más osados reformadores del presente siglo". Su

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

aprobación, agrega, prácticamente realizaría el programa mínimo del Par tido


Socialista Argentino. Vemos aquí entonces a Ingenieros colocado en el mismo
terreno de un reformista liberal como González. Que dicha posición no era com-
par tida por el Par tido Socialista, quedó pronto en evidencia cuando sus repre-
sentantes parlamentarios se opusieron al proyecto. Esta actitud se debió a dos
tipos de factores. Uno, explícito, dado que el proyecto introducía dentro de su
ar ticulado la Ley de Residencia. El otro, que puede suponerse, remite a una di-
versa concepción de la política y de la relación con el Estado que planteaba In-
genieros. Para los socialistas, en efecto, ese tipo de reformas debía obtener-
se “de abajo hacia arriba”, mediante la concientización y la lucha de los traba-
jadores.
¿Cuál es, por fin, el modelo de sociedad que Ingenieros propone o imagi-
na? A par tir de diversos de sus textos, su universo social parece constar de
tres sectores. En la cima, las minorías idealistas y sabias, encargadas de mo-
torizar las reformas, el cambio. Luego, las multitudes honestas, productivas y
mediocres, auténticos baluar tes del orden. Marginando de este universo a los
sujetos de la locura y el delito, Ingenieros prevé para la Argentina un futuro de
grandeza, que la torna excepcional dentro del contexto latinoamericano.
Estos discursos mantendrán su vigor hasta el año del Centenario. Pero en
la segunda década del siglo, entre el ascenso del yrigoyenismo y el estallido
de la gran guerra europea, la vieja elite del 80 y del 90 será cuestionada en
su legitimidad y, por otra par te, el positivismo perderá la hegemonía dentro
del campo intelectual. Para ello, contribuyó sin duda la brutal experiencia de
la guerra, experiencia que los contemporáneos interpretaron como la ruptu-
ra entre la ciencia y la vir tud, en el sentido de que aquellos avances del sa-
ber ahora mostraban una eficacia mor tal en los instrumentos bélicos que ha-
bían contribuido a crear.
De allí que cuando volvamos en este curso a reencontrarnos con Ingenie-
ros, éste ya no será valorado por ser el jefe de fila del positivismo, sino por
los nuevos derroteros que su pensamiento y su militancia irían adoptando en
torno de la reforma universitaria, la defensa de la revolución rusa y su prédi-
ca en favor del antimperialismo latinoamericano.
Pero antes, vamos a desarrollar otra deriva de la cultura científica mediante
la descripción de cier tos recorridos textuales de la obra de Ernesto Quesada.

Señale las características generales de la filosofía posi-


tivista y luego indique en qué aspectos los textos leídos
de la Sociología argentina, de José Ingenieros, se ade-
cuan a dicha filosofía.

1.4. La producción de Ernesto Quesada y su visión de la cuestión


de la nación a través del problema de la lengua

Figura de intelectual y proyecto reformista

Ernesto Quesada nos presenta una figura de intelectual, en algunos as-


pectos, distintiva respecto de otros miembros de la elite intelectual. Nacido

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en Buenos Aires en 1858, su recorrido está íntimamente ligado a la carre-


ra diplomática de su padre, Vicente Gregorio Quesada, quien luego de su ex-
periencia como funcionario de la Confederación urquicista, pasará a desem-
peñar cargos en el ser vicio exterior nacional. Así es como Ernesto Quesada
viajará a Bolivia, Brasil, Estados Unidos, España, México, Alemania, Austria
y Rusia. Luego de estudiar en París, donde tiene como profesores a Renan
y Fustel de Coulanges, es decir, a dos intelectuales prominentes y amplia-
mente reconocidos en escala internacional (aun cuando es cier to que la fi-
gura de Renan tiene un alcance más general, en tanto Fustel de Coulanges
lo posee más específicamente en el campo de la historiografía). De regre-
so en Buenos Aires, se gradúa de abogado. Su posición política lo muestra
cercano al régimen surgido en el ochenta: tanto Roca como Juárez Celman
lo contarán entre sus filas. Además de este recorrido rápidamente reseña-
do, en lo que nos interesa, debe señalarse que a principios de siglo es de-
signado profesor titular de la cátedra de Sociología en la Facultad de Filoso-
fía y Letras por teña.
Un rasgo distintivo de su forma mental, podríamos decir, reside en que
Quesada muestra (comparativamente con sus pares de la elite) una relación
más pacificada y hasta celebratoria de la modernidad. Léase la siguiente fra-
se referida a la ciudad de Buenos Aires, y resultará evidente que nada en ella
está asociado con la melancolía a lo Cané por una edad dorada perdida. Por
el contrario, se entusiasma ante "la vida febriciente y mareadora de esta
Buenos Aires, tan yankee por el torbellino de sus negocios y por la atmósfe-
ra mercantil estupenda en que está revuelta". Análogos comentarios se en-
cuentran respecto de la realidad rusa en un libro que publica en 1888 titula-
do Un invierno en Rusia, donde nuevamente revela su admiración hacia ese
prodigio tecnológico moderno que es la construcción de las líneas férreas
transiberianas.
Esto no significa que en Quesada no se halle presente el diagnóstico do-
minante, dentro de su grupo, respecto del predominio de los valores econó-
micos en la realidad nacional. Así, en 1882 escribe que la Argentina "es un
país completamente absorbido por la sed de riquezas". Y si bien alaba el
progreso científico-tecnológico, advier te que "el mercantilismo ciego, o el
culto exclusivo del bíblico becerro, no puede ser el ideal de una nación en-
tera". Y sin embargo, tiene una mirada comprensiva aun hacia fenómenos
negativos de la modernidad, como si los considerara desvíos parciales de
un sendero que de todos modos conduce inexorablemente al progreso. Así,
aun ante la crisis del 90 (que había sido recibida por muchos como el final
de una ilusión centrada en la creencia de que la Argentina había entrado en
una senda de progreso ininterrumpida y sin sobresaltos), Ernesto Quesada
evalúa que dicha crisis no debe traducirse en un rechazo total del modelo
económico vigente. Es preciso sí corregir los excesos que han alentado la
fiebre especulativa y las ganancias mal habidas. A pesar de todas las difi-
cultades, Quesada sigue manteniendo una confianza básica: "a nuestras
espaldas –dice- no hay problemas pavorosos: el por venir se nos presenta
despejado".
¿En qué se fundaba esa confianza?, podemos preguntarnos. En primer lu-
gar, Quesada adhiere a la tesis básica de su grupo, en el sentido de que la
Argentina es un país en construcción y con enormes posibilidades económi-
cas. Esas condiciones materiales son las que posibilitarán el desarrollo de
otros valores, como los políticos y culturales. La garantía de todo ello reside

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

en la existencia de una minoría ilustrada que, desde el Estado, informe a la


sociedad (“informe” está dicho en el sentido de “dar forma”). Incluso (y es
el camino que propone Quesada), que pueda anticiparse a producir reformas
en algunas cuestiones. Así es como Quesada va a encarar la “cuestión so-
cial”, aler tando sobre la formación de un mundo del trabajo al que es preci-
so tener en cuenta para evitar que aquí ocurran sucesos, para él, tan desgra-
ciados como los que han agitado a otros países tras propuestas de cambios
revolucionarios. Por ello, en un momento contrasta la solución plagada de ho-
rrores intentada por la Comuna de París de 1871 con lo que llama el "her-
moso movimiento" de las Trade Unions inglesas. En esa misma línea, le pa-
rece positivo que los socialistas argentinos se nucleen en torno de la línea
de Juan B. Justo, que traduce un programa de reformas razonables, y que al
mismo tiempo puede ser vir como dique ante las tendencias anarquistas. Se
trata, en suma, de la posición de un gradualista, que cree que debe atender-
se a la cuestión social, pero valorando altamente el orden. De allí que la pro-
puesta más atractiva le parecerá la de la Iglesia católica.
Sabemos que desde el Vaticano el papa León XIII había considerado lle-
gado el momento de abordar el problema en toda su amplitud, y lo hizo en
1891 en su célebre encíclica Rerum Novarum. Quesada valora altamente es-
te documento, pero lo que más llama su atención son los círculos católicos
argentinos fundados por el cura Grote, con sus casi cinco mil afiliados. Re-
vela así nuestro autor una visión precisa ante un fenómeno que irá en ascen-
so de allí en más: el modo como la Iglesia católica reconquistaba posiciones
entre los sectores populares luego de su derrota en la querella de las leyes
laicas de la década del 80.
En términos más doctrinarios, la solución católica le parece mejor que la
socialista debido a que no postula el inter vencionismo estatal, dañino para
Quesada del principio moderno de "la acción del individuo". Pero si miramos
sus textos con mayor cercanía, nos damos cuenta de que aspira a una justa
medida de inter vención estatal y libre acción del mercado. Esa acción del Es-
tado es lo que ve con buenos ojos, por ejemplo, cuando apoya la creación
del Depar tamento Nacional del Trabajo. Esta institución estatal tiene la fun-
ción, precisamente, de conocer, mediante la elaboración de estadísticas fi-
dedignas, cuál es la condición de las clases trabajadoras en la Argentina.
Justamente, en función de ese proyecto, es como Bialet Massé elaboró al
respecto su conocido informe en 1904.
Pero además de confiar entonces en la actitud tuteladora de una elite es-
tatal sobre una sociedad en formación, Quesada confía asimismo en cono-
cer las leyes de funcionamiento de esa sociedad a través de la naciente dis-
ciplina de la sociología. En las clases sobre sociología dictadas en la Facul-
tad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, despliega así con
notable idoneidad para los parámetros de la época una serie de conocimien-
tos referidos a esta disciplina. En un recorrido que par te de Comte y desem-
boca en Spencer, nos muestra que estamos efectivamente ante un intelec-
tual moderno, en el sentido de que hace valer sus destrezas intelectuales y
el acceso a fuentes extranjeras como criterio de legitimidad de su práctica.
Y en el terreno filosófico, aparece una explícita adhesión a Spencer, a quien
considera "el más grande monumento filosófico de la segunda mitad del si-
glo XIX", capaz de dar cuenta del modo como las leyes de la evolución diri-
gen el orden de las cosas, desde la concentración de las masas nebulosas
siderales hasta las acciones asociativas de los seres humanos.

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Universidad Virtual Quilmes

Lengua y nación

Como todos los intelectuales de ese momento, Ernesto Quesada no per-


maneció indiferente al tema de la definición de una identidad nacional, direc-
tamente vinculada con la cuestión de la nacionalización de las masas. La
consideración de esa problemática la realizó a través de una reflexión sobre
el idioma nacional. Por cier to, no se trataba de un tratamiento novedoso: en
rigor, el mismo se inscribe en la larga estela de una tradición romántica que
se remonta hasta Herder en el siglo XVIII. Dicha tradición había establecido
la idea de que la lengua, el idioma, era un factor central en la definición y
constitución de una nacionalidad.
Para Quesada, también la identidad nacional es el núcleo aglutinador pa-
ra la constitución de una población dotada de homogeneidad, a su entender
indispensable para “gestionar” una sociedad. Ahora bien: antes de proseguir
con el modo en que Quesada desarrolla su reflexión al respecto, quiero in-
troducir una cuestión que tiene que ver con esta cuestión, aunque sin duda
la desborda. Y quiero introducirla porque creo que ella constituye un tema
crucial en toda cultura derivativa como la nuestra. Debo aclarar que la expre-
sión “cultura derivativa” es sumamente problemática. Y es problemática por-
que cuando se dice “derivativo” se está suponiendo que hay algo que no es
derivado. Y si no es derivado, entonces es autóctono (es decir, no viene de
otra par te, sino que proviene de sí mismo). Entonces, es cuando alguien po-
dría decir con razón que el sintagma “cultura derivativa” es, en realidad, una
redundancia, al menos desde que comienza a haber contacto entre poblacio-
nes diversas (y esto es algo que, como se dice, “se hunde en la bruma de
los tiempos”). Puesto que en definitiva toda cultura sería derivativa, en el
sentido de que es prácticamente imposible encontrar desde entonces cultu-
ras que no hayan recibido apor tes, mezclas, contaminaciones, influencias, de
otras culturas. Y sin embargo, pienso que si se acepta sin reparos algo que
parece tan evidente, perdemos una categoría que permite diferenciar zonas
culturales y, al mismo tiempo, analizar un problema que los intelectuales de
esta par te del mundo han sabido colocar como una cuestión decisiva en su
manera de pensarse y de pensar su propia cultura.
Los ejemplos son numerosos; tomemos uno. Tomemos, por ejemplo, la
noción de “revolución” tal como la encontramos en la historia francesa y co-
mo la vamos a encontrar en el Río de la Plata a par tir de 1810. Autores co-
mo el historiador francés recientemente fallecido Francois Furet han seguido
la construcción de este concepto, y han llegado a la conclusión de que el tér-
mino “revolución” a la francesa es sumamente diferente del mismo término
en la tradición política inglesa y nor teamericana. Y no es, podría decirse, que
los ingleses no hayan hecho su revolución política moderna en 1688 y los
nor teamericanos en 1776. Lo que ocurre, dicen, es que los franceses van a
entender, a raíz de su propia revolución de 1789, un proceso por el cual ese
acontecimiento político rompe simultáneamente con el criterio de legitimidad
anterior (la monarquía de derecho divino), con la religión (católica) y con el
pasado (el Antiguo Régimen). Es lo que se llamará una revolución extrema o
“jacobina”. (En tanto que las revoluciones inglesa y nor teamericana se ven
a sí mismas como continuando con par tes del legado anterior, y en rigor, mu-
chas veces realizándolo efectivamente, así como viniendo a restaurar una si-
tuación anterior que habría sido deformada por los abusos de los gobernan-
tes a quienes fue preciso derrocar.)

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Si esto fue así, es posible pensar, desde la historia intelectual, que esa no-
ción de “revolución” a la francesa se constituyó en el interior de un complejí-
simo proceso político, social y cultural. Ocurrió en la coyuntura específica de
la Francia de fines del XVIII, en el seno de un proceso animado por sectores
sociales emergentes, en el curso de un desarrollo económico par ticular y tra-
mitado en el medio de un debate intelectual animado, en el ámbito de la cul-
tura letrada, por figuras emblemáticas al respecto como Voltaire y Rousseau.
Trasladémonos ahora ver tiginosamente al Río de la Plata de principios del
XIX. Tomemos los escritos de Mariano Moreno. En ellos vamos a encontrar re-
ferencias, conceptos, categorías, ideas en fin, que provienen de ese legado
francés, y que muchas veces tienden a pensarse a sí mismos bajo el modelo
de la revolución francesa. Por ejemplo, cuando lo envía a Castelli a cumplir con
la orden de fusilamiento de los amotinados dirigidos por Liniers, le escribe: “Va-
ya pues doctor, usted, que, como los revolucionarios franceses, ha dicho algu-
na vez que cuando lo exige la salvación de la patria debe sacrificarse sin repa-
ro hasta el ser más querido”. Se trata de un lenguaje revolucionario, jacobino,
esto es, que trasmite unas ideas que han sido producidas en otro sitio y en si-
tuaciones muy diversas. Situaciones tan diversas como, por ejemplo, la cir-
cunstancia de que la Revolución de Mayo tiene su principio –como ha argumen-
tado Halperin Donghi- en una causa exógena: la derrota de la monarquía espa-
ñola en el seno de las guerras napoleónicas. Esto es, no se puede hablar aquí
de sujetos locales que por determinados motivos van generando un proyecto
revolucionario, etcétera. Y sin embargo, Moreno, Castelli, Monteagudo, toman
expresa inspiración en la revolución francesa, es decir, la toman como su faro,
su guía. Y toman a Francia como el origen de esas ideas revolucionarias.

Si esta argumentación ha sido comprendida, ahora se


podrá resignificar la expresión “cultura derivativa”.
Por ella, me refiero a áreas culturales que tienen sus
centros reconocidos en ámbitos exteriores a sí mismas,
y que imaginan que en esos centros la cultura es au-
tóctona y que allí sí las ideas están en su lugar, según
la feliz expresión del brasileño Roberto Schwartz. En
realidad, el artículo de Schwartz se titula “Las ideas
fuera de lugar”, y es una discusión con aquellas ver-
tientes nacionalistas que critican como una actitud
“colonizada”, aquélla de introducir ideas o categorías
provenientes de otras realidades que la propia. Dejo
aquí este punto que de otro modo nos desviaría de
nuestros objetivos principales. Pero concluyo diciendo
que precisamente este problema, el de las “ideas fuera
de lugar” o del derivativismo, va a ser una idea muy
presente en la tradición intelectual argentina y latinoa-
mericana. Una y otra vez los intelectuales de esta par-
te del planeta se van a preguntar cómo construir una
cultura autóctona, dónde ir a buscarla (así, por ejem-
plo, se van a preguntar cuál es la auténtica arquitec-
tura argentina, pero también, como ha mostrado el an-
tropólogo Eduardo Archetti, cuál es el modo peculiar,
original, único, de jugar al fútbol que tienen los argen-
tinos...). Y se van a preguntar, como sería el caso lleva-
do al extremo por Borges, cómo escribir en argentino
con una lengua que no es autóctona sino heredada.

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Universidad Virtual Quilmes

Podemos ahora, teniendo en cuenta este breve ex cursus, volver a nuestro


Ernesto Quesada. En el momento de su inter vención, y en aquella tarea de
construir una cultura nacional específica, se va a encontrar con un “cuadro de
situación” que puede esquematizarse del siguiente modo. Los escritos de Al-
berdi habían legado dos líneas de definición de la nacionalidad. Una, dentro
de un nacionalismo constitucionalista, político y universal (o al menos "occi-
dental"), contenido en los argumentos y frases como los de Acción de la Eu-
ropa en América, que enfatizaban el hecho de que "la patria no es el suelo"
sino un conjunto de valores que, al haber sido impor tados del Viejo Mundo,
permitían afirmar que "la Europa, pues, nos ha traído la patria, si agregamos
que nos trajo hasta la población que constituye el personal y cuerpo de la pa-
tria". Había además dejado tendida otra línea, elaborada desde la influencia
del liberalismo económico que había conocido en Adam Smith. De allí extraía
una consigna clásica que le gustaba repetir: "ubi bene ibi patria": donde es-
tán los bienes económicos, allí está la patria. Pero más allá de sus diferen-
cias entre ambos modos de plantear una definición de la nacionalidad, lo in-
teresante para nosotros es que en ambos casos hay una coincidencia llama-
tiva: ninguno de los dos busca incorporar a la definición de la nacionalidad ar-
El Diccionario de la gentina elementos, valores o características idiosincrásicas.
Real Academia Es-
pañola define “idiosincra- Y justamente al llegar a un escrito de Quesada de 1882, titulado “Los jue-
sia” así: “Rasgos, tempera- gos florales en Buenos Aires”, nos encontramos con que nuestro autor la-
mento, carácter, etc., distin- menta que el lema ubi bene ibi patria se hubiese conver tido en la definición
tivos y propios de un indivi-
duo o de una colectividad”. moderna de la nacionalidad. Escribe: “Hoy todo eso ha desaparecido casi:
Subrayo entonces el térmi- La patria... ¿quién se preocupa de ella mientras no sea atacado el propio bol-
no distintivo. Aprovecho
además para recordarles sillo? Ubi bene, ibi patria, es el lema moderno”. Obser vamos entonces que
que el uso de los dicciona- se ha producido una radical variación en el modo de definir la nacionalidad
rios y enciclopedias es un en el interior de la elite. Y por supuesto que podemos rápidamente dar cuen-
apoyo imprescindible allí
donde no comprendemos ta de esta variación, porque Quesada, como sus coetáneos, contempla la
cabalmente el significado realidad nacional desde un presente poblado por una inmigración masiva y
de un término o la filiación
de un personaje o suceso animada, ante los ojos de la clase dirigente, de aquel referido afán de enri-
histórico. quecimiento a toda costa y sobre todo otro valor. De modo, tal vez más inte-
resante, podemos señalar que aquí se está dando vuelta además una mane-
ra de definir la relación entre Estado y mercado. Ya que si Alberdi pudo creer
en aquella fórmula, era porque creía que el mercado tenía una capacidad es-
pontánea para producir el lazo social y aun la identidad nacional.
El cambio significativo, entonces, al llegar a las inter venciones de Ernes-
to Quesada es que, a par tir de las últimas décadas del siglo XIX, se inicia la
marcha hacia un nacionalismo culturalista. Contamos con un indicador alta-
mente representativo en el campo de la elite letrada, y es la publicación en
1888 del libro La tradición nacional, de Joaquín V. González. Esta nueva cir-
cunstancia tiene fundamentalmente que ver con la magnitud y las caracterís-
ticas del proceso inmigratorio, que ha redefinido el panorama anterior. Por-
que ahora la minoría dirigente siente, por diversos motivos, la necesidad de
diferenciarse de los recién llegados, y para ello considera preciso dotarse de
un linaje prestigioso al que los recién llegados no puedan tener acceso.
Estas confrontaciones encontraron un terreno privilegiado en torno de la
cuestión del idioma nacional. Dicha discusión se organizó a fin del siglo, a par-
tir del libro de Luciano Abeille titulado Idioma nacional de los argentinos. Allí
este escritor de origen francés reiteraba la creencia de que una lengua es "la
expresión del alma de una comunidad", "el resultado de las acciones indivi-
duales y colectivas que constituyen la vida en común de una nación, y no el

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

fruto de los gramáticos", y concluía proclamando la existencia de un idioma


argentino propio. Por su par te, los razonamientos de Quesada contenidos en
su libro El problema del idioma nacional resultan altamente representativos
de la complejidad que el problema revistió ante la mirada de la elite.
Con un trabajo minucioso, comienza por dar cuenta de la inusitada plura-
lidad de lenguas existente en Buenos Aires. Refiere así que cada grupo, sea
italiano, vasco, inglés, etc., usa en la conversación diaria su propio idioma,
como el gaucho usa el suyo. Todavía más: cada agrupación tiene su diario,
impreso en su idioma de origen, siendo esta ciudad cosmopolita la que tie-
ne la prensa más variada, desde periódicos en turco y hebreo hasta los en
gallego, catalán y vascuence... Pero junto con este registro de la pluralidad,
la mirada de Quesada se torna más sensible a las deformaciones del espa-
ñol que obser va en Buenos Aires en labios de los extranjeros.
Ante esta situación, en El criollismo en la literatura argentina, publicado
en 1902, aborda la pregunta crucial: en un país multilingüístico, ¿cuál es, o
cuál debe ser, la verdadera lengua nacional? No puede ser, dice, el lenguaje
vulgar de las clases populares, sino la lengua noble usada por escritores y
gente culta. Acaso –escribe- "¿en qué par te del mundo la manera de hablar
de los campesinos es considerada como la lengua del país?". El peligro real
surge entonces cuando las jergas usadas en la vida diaria aspiran a ser con-
sideradas como dignas de expresar la literatura nacional. En cambio, el len-
guaje que debe unificar el idioma es el lenguaje culto, para que, "por sobre
nuestro cosmopolitismo, se mantenga incólume la tradición nacional, el al-
ma de los que nos dieron patria, el sello genuinamente argentino, la pureza
y gallardía de nuestra lengua".
Pero he aquí, que ésa, “nuestra lengua”, no es autóctona sino heredada,
puesto que la lengua que Quesada termina postulando como el idioma na-
cional es la lengua española (naturalmente, no una lengua autóctona sino
heredada de los conquistadores). Lo español terminaría entonces configuran-
do la tradición nacional. Pero aun así, en la argumentación de Quesada es
necesario que exista alguna entidad propia, nacional, específica, que sir va de
puente o de traducción entre ese pasado español y la nueva nacionalidad ar-
gentina. Ésa es la función argumentativa y simbólica que cumplirá la figura
del gaucho. El gaucho será entonces construido en su discurso como un ti-
po profundamente hispánico. Los gauchos argentinos, en definitiva -escribe
Quesada-, no son sino "los andaluces de los siglos XVI y XVII transplantados
a la pampa". Pero aquel origen que remite a España va a experimentar una
suer te de especificación autóctona, propia del medio argentino. Surge enton-
ces una versión del gaucho que, apelando a la teoría del medio (que en los
tiempos modernos remite a El espíritu de las leyes de Montesquieu), fabri-
ca lo que podríamos llamar una geogénesis. Es lo que Quesada sostiene en
la siguiente cita:

"La vida aislada en las soledades de las llanuras sin


fin, les dio [a los gauchos] su razón y linaje: tor náron-
se melancólicos y resignados, modificando su carácter,
que ganó en seriedad lo que perdió en brillantez. Y así,
el descendiente de andaluz, a la larga, se convirtió en
el gaucho argentino". Podemos entonces entender que
el demiurgo ter mina siendo la pampa. Es bueno recor-

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Universidad Virtual Quilmes

dar, para señalar otro giro de significados, que la pam-


pa para la Generación del 37 era el desierto, y que ese
desierto era el mal que había que conjurar. Ahora, en
cambio, la pampa aparece dotada de potencias nacio-
nalizadoras.

Lo que nos interesa remarcar en este momento es que de este modo y


tempranamente Ernesto Quesada se inscribía en la cur va de resignificación
de la figura del gaucho, que se va transfigurando ante los ojos de la elite.
Así, de definir un material escasamente aprovechable para la civilización,
ahora comienza a desempeñar una función simbólica puesta al ser vicio de
la construcción de una tradición nacional legítima. Estas diversas reelabora-
ciones al respecto, como las señaladas de Joaquín V. González, seguirían pu-
liendo los costados considerados negativos del gaucho. Tendremos opor tu-
nidad de obser var el momento en que este movimiento llega a su punto ter-
minal, en lo sustantivo, cuando en 1913 Leopoldo Lugones pronuncia sus
conferencias de El payador.
Pero para que esa construcción mítica cumpla cabalmente su cometido,
ha sido necesario para Quesada que el gaucho real se haya extinguido. No
hay que confundir al actual habitante del campo con aquella figura legenda-
ria, ya que –dice- “los actuales paisanos ni siquiera han conser vado el legen-
dario chiripá; los puesteros son irlandeses; los peones, italianos; los mayor-
domos, ingleses o alemanes... ¿Qué queda del gaucho verdadero, en medio
de esa mezcla de tantas razas? ¡Nada; nada!". Y concluye: "Yo mismo, que
escribo estas líneas desde un establecimiento de campo, vecino también al
gran centro argentino, no veo gauchos a mi alrededor: la peonada es extran-
jera, el paisanaje campero ha desaparecido". Y cita por fin a un crítico ex-
tranjero donde se obser va que la muer te del gaucho es una suer te de tran-
sustanciación: de una materia cuyas imperfecciones no podían disimularse,
ha pasado a la pureza estética del espíritu.
La cita que reproduce dice así:

"El gaucho ha muer to, la civilización le ha matado dulcemente,


sin convulsiones, y ahora su alma respira otra vida más dulce, la
vida del recuerdo, la de la poesía. Y ahora que, para bien de la
civilización y la cultura argentina, ha desaparecido de la impura
vida social, ahora es cuando debe entrar en la gloria del ar te a
gozar de la perdurable vida poética...".
"La muer te, al depurarlo de las impurezas de la realidad, le abre
las puer tas de la leyenda. La muer te es la gran poetizadora; la
muer te, que sedimenta la tradición, único verdadero fondo de to-
da poesía; sólo es poético lo que, habiendo vivido, reposa en la
eternidad."

Para terminar, no quiero dejar de indicar que este trabajo de resignifica-


ción de la figura del gaucho, contaba en su favor con el apoyo del más am-
plio operativo hispanista, sumamente activo en esos años y acicateado tan-
to desde la Península como desde Hispanoamérica, a par tir de la derrota es-

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

pañola en la guerra con los Estados Unidos en 1898. Y las posiciones de Er-
nesto Quesada son un claro exponente de este giro. Cuando a Juan María
Gutiérrez la Real Academia Española le ofreció ser correspondiente de la
misma en esta par te del mundo, ese miembro de la Generación del 37 re-
chazó el convite, por considerar que los argentinos no debían atenerse a nor-
mas dictadas por ese guardián de la pureza del idioma. En cambio, en 1896
Quesada acepta dicho cargo.
Es de notar, asimismo, que en función de esta rear ticulación con lo que
ya se empieza a llamar la madre patria, Quesada encuentra elementos de
hermandad con el resto de las naciones hispanoamericanas, y en esa mis-
ma línea alimenta un creciente discurso antinor teamericanista. Al hablar de
un escritor guatemalteco, aprovechará para señalar que la presencia nor tea-
mericana en el Canal de Panamá constituye una seria amenaza para el por-
venir de la raza hispano-americana. De modo, que si en los países del sur no
se reacciona, "levantando el espíritu de nacionalidad a la altura envidiable
del que anima a los yanquis, es fatal el triunfo de éstos". A ese avance del
"Tío Sam" y del "imperialismo yanqui" sobre el resto de América sólo puede
detenerlo otra potencia de esta región. Naturalmente, y con una idea en ex-
pansión dentro de la elite, ese papel le estaría reser vado a la Argentina.
Aquí cerramos el desarrollo de la Unidad 1 del programa. En ella hemos
visto, sobre el trasfondo de un representante de la generación del 80 como
Miguel Cané (h), el despliegue de algunas inter venciones tramadas desde lo
que he denominado la cultura científica. En la unidad siguiente, considerare-
mos la manera en que desde otra matriz estético-ideológica (el modernismo
cultural) se respondió a iguales o análogas problemáticas.

Reflexione en tor no del problema de la “mezcla” pobla-


cional tal como puede ser planteado desde la mirada
de la elite ante los diversos componentes posibles de la
misma (cuál debe ser la “base”, a qué resultado final se
aspiraría, etc.).

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51
Universidad Virtual Quilmes

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52
2

El modernismo cultural

2.1. Estructura del campo intelectual en la Argentina a principios del


siglo XX. Emergencia del escritor frente al intelectual científico.

En 1966 el sociólogo de la cultura Pierre Bourdieu publicó en la revista


Les temps modernes, dirigida por Sar tre, un ar tículo destinado a tener una
larga repercusión, que llega hasta el presente. Lo tituló “Campo intelectual y
proyecto creador”. Proveniente del marxismo, Bourdieu discrepaba sin em-
bargo con la lectura reduccionista que un marxismo simplificado y economi-
cista realizaba del hecho cultural, en la línea de algunos escritos expresa-
mente esquemáticos del propio Marx, como el prólogo a la Contribución a la
crítica de la economía política. En este breve texto Marx mostraba su “esque-
ma arquitectónico” de visualización de la estructura social. En la base o in-
fraestructura ubicaba a los factores económicos (fuerzas productivas, rela-
ciones sociales de producción...) y en la cúspide de la pirámide, a la “supe-
restructura”, compuesta por las formaciones político-jurídicas e ideológicas,
y sostenía la determinación de esta última a par tir de la primera. Esto es,
que las formaciones culturales, en lo que nos interesa, estarían determina-
das por el ámbito de la economía. Como se verá fácilmente, esto podía con-
ducir (y de hecho condujo) a una lectura de la realidad social e histórica en
donde los fenómenos simbólicos eran una suer te de emanación vicaria de
los fenómenos económicos. Burlándose de esta visión, fue el propio Sar tre
quien ridiculizó esta postura con una frase que hizo for tuna: “Es cier to, Va-
lery era un pequeño burgués, pero no todo pequeño burgués es Valery”. Es
decir, que las posiciones de clase por sí solas no pueden dar cuenta de las
producciones culturales.
Para oponerse a esta relación directa y mecánica entre base y superes-
tructura, y entre la estructura social y el intelectual o ar tista, Bourdieu ideó
la noción de “campo intelectual”. Según ella, el intelectual estaría posiciona-
do dentro de una estructura o campo que posee autonomía respecto de
aquellas determinaciones. “Autónomo” quiere decir “aquello que posee sus
propias leyes de funcionamiento”. El campo cultural aparece así como un es-
pacio de relaciones que define las condiciones de producción de los bienes
culturales o simbólicos. Para ampliar esta noción podemos recurrir a una
conferencia que Bourdieu dictó en 1976 titulada “Algunas propiedades de
los campos”. “Los campos –dice allí- se presentan para la aprehensión sin-
crónica como espacios estructurados de posiciones (o de puestos) cuyas
propiedades dependen de su posición en dichos espacios y pueden analizar-
se en forma independiente de las características de sus ocupantes”. Para
comprender esta afirmación, pueden ustedes ahora recurrir a las nociones
aprendidas de la lingüística de Saussure. En efecto, lo que aquí Bourdieu es-
tá haciendo, es definir las condiciones de posibilidad de la producción inte-
lectual como una serie de posiciones que son funciones, en la medida en

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que se definen mutuamente, al modo como cada signo de la lengua remite


a todos los demás y a una estructura general que lo comanda.
Esta definición al mismo tiempo tiene en cuenta el fenómeno típico de la
modernidad referido a la especialización de esferas de competencia o, si se
quiere, vinculado con la generación de diversos campos autónomos en tan-
to sistemas regidos por leyes propias. El proceso de secularización indepen-
dizó a estas diversas esferas del ámbito religioso, y esas esferas adquirie-
ron criterios propios de legitimidad (recuerden lo señalado hace unas clases
tomando como ejemplo Las flores del mal de Baudelaire). En “Campo inte-
lectual y proyecto creador”, leemos:

“A medida que los campos de la actividad humana se diferencia-


ban, un orden propiamente intelectual, dominado por un tipo par-
ticular de legitimidad, se definía por oposición al poder económi-
co, al poder político y al poder religioso, es decir, a todas las ins-
tancias que podían pretender legislar en materia de cultura en
nombre del poder o de una autoridad que no fuera propiamente
intelectual.”

Precisamente, “entre” el intelectual y la sociedad en su conjunto o dividi-


da en clases y estratos, el “campo” aparece como mediador. Este campo es-
tá compuesto por un capital común, que activa una lucha por su apropiación
entre quienes per tenecen al mismo. El campo intelectual se caracteriza por
la acumulación de “capital simbólico”, entendiendo por éste el acer vo de
destrezas intelectuales y saberes capaces de producir efectos de poder. (No
todo saber tiene consecuencias digamos “políticas”.) Los agentes de ese
campo (los “intelectuales”) disputan entonces la apropiación de ese capital,
y lo hacen dentro de un sistema de normas que regulan esa disputa. Habrá
criterios de legitimación, de consagración, etc. Y podrá obser varse, por ejem-
plo, el modo como los distintos agentes se ubican según ocupen las posicio-
nes predominantes dentro del campo, o bien aspiren a ocuparlas. Los prime-
ros adoptarán generalmente posiciones más or todoxas, más conser vadoras,
en tanto que los que aspiran a ocupar esas posiciones, sostendrán posturas
más iconoclastas, más heterodoxas, más “antiacadémicas”.
Esta noción nos sir ve para introducirnos en el nuevo período que vamos
a analizar: aquél que transcurre entre 1890 y el Centenario, teniendo como
eje el modernismo cultural. Porque en ese momento puede afirmarse que
en la Argentina comienza a aparecer un campo intelectual, en el sentido de
que la práctica intelectual se inclina a tornarse específica, sujeta a sus pro-
pias normas, independizándose tendencialmente de las otras esferas de
competencia, tales como la economía, la política, la posición social, etc. La
práctica intelectual, entonces, progresivamente ya no va a ser una continui-
dad de otras prácticas. Estaremos en el momento en que entran en decli-
nación aquello que David Viñas llamó los gentlemen escritores, para referir-
se a miembros de la generación del 80 para quienes la escritura era una
continuación de su posición socio-política. Esto es lo mismo que decir que
estamos en presencia de la emergencia del intelectual moderno o, incluso,
del intelectual sin más. La práctica intelectual tiende a profesionalizarse, y
extrae sus criterios de legitimidad de esa misma práctica: ya no del capital

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

político o económico, sino del capital simbólico. Un contemporáneo de ese


proceso, Ricardo Rojas, señaló que “a fines del siglo pasado la labor litera-
ria iba dejando de ser un esparcimiento de generales y doctores para con-
ver tirse en una profesión libre”, aunque agrega inmediatamente que esa
profesionalización no se lograba sin esfuerzo, y que el ámbito que el escri-
tor utilizaba para dar ese paso era el ofrecido por el periodismo. En efecto,
el diario La Nación, sobre todo, fue el ámbito donde ejercieron su labor pe-
riodística muchos de los nuevos escritores como Rober to Payró. Pero tam-
bién es cier to que el escritor sintió muchas veces amenazado el ejercicio
de una práctica más específica por el mismo oficio periodístico. Otra vez Ri-
cardo Rojas recuerda en un momento que Rubén Darío había prometido la
escritura de una serie de libros que nunca realizó: “Y esto –dice- fue debi-
do a que tuvo que empeñar su tiempo en escribir extensas notas para di-
cho diario como forma de ganarse la vida”.
Por otra par te, y como fue señalado por Sarlo y Altamirano, este proceso
coincide o se superpone con la implantación del modernismo literario en
nuestro escenario nacional, y además con una continuación del tratamiento
del tema de la identidad nacional o de la definición de una nacionalidad, en
los términos en que lo hemos visto aparecer en Quesada, pero ahora trata-
dos desde otras matrices estéticas y conceptuales. De ese modo, a la figu-
ra del intelectual-científico promovida por el positivismo se le iba a sumar la
del intelectual-escritor, y de ese modo la cultura estética iba a avanzar en sus
pretensiones de hegemonía sobre el campo intelectual.
Como el puer torriqueño Julio Ramos y otros han argumentado, estos inte-
lectuales en ciernes se encontraron en el seno de una encrucijada. Por una
par te, las prácticas de mecenazgo se hallaban en proceso de extinción, y por
la otra, aún no existía un mercado para sus escritos, que debieron paliar con
la señalada práctica del periodismo. Entonces los intelectuales encontraron
que en el horizonte de su época existía una demanda formulada tanto des-
de el Estado como desde la sociedad, y ésta era una demanda de naciona-
lismo. Y localizaron en ello no sólo un tema de reflexión y de elaboración, si-
no también un punto en torno del cual legitimar su propia situación como in-
telectuales. Decir la nación se convir tió así en un desafío y en un estímulo.
El modernismo cultural par ticipó de ese emprendimiento, y para comprender
el carácter de su inter vención es preciso pasar ahora a considerar las carac-
terísticas generales de este movimiento.

2.2. Caracterización del modernismo cultural

El fenómeno del modernismo literario y cultural debe verse en el interior


de un fenómeno más vasto: el de la llamada “reacción antipositivista”, cla-
ramente instalada en el escenario europeo en la última década del siglo
XIX. Movimiento difuso, de límites imprecisos y animado por una diversidad
de voces, sin embargo compar te algunas características que permiten vi-
sualizarlo con mayor nitidez. El historiador de las ideas, Ar turo Ardao, ha ex-
presado vívidamente el clima existencial que la albergó, como reacción an-
te un programa cientificista o positivista que no daba respuesta a “el pues-
to del hombre en el cosmos”. Para este intelectual uruguayo, la sensación
de estar "al borde de ese océano inmenso de lo desconocido, en cuyo fon-
do se halla la causa de todas las causas, y cuyas riberas fugitivas no hay

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bajel que pueda abordar", promovió como contrapar tida un anhelo insacia-
ble de saber que concluirá por engendrar, según los temperamentos, "o el
misticismo exaltado de los metodistas o el escepticismo utilitario y positi-
vista de los epicúreos".
Naturalmente, esta reacción debía tener por blanco al núcleo mismo de
la cultura positivista, esto es, a las ciencias. Y efectivamente, en 1889 un in-
fluyente escritor francés, Ferdinand Brunetière, publicó en un órgano cultu-
ral ampliamente conocido por los intelectuales argentinos (la Revue des
Deux Mondes) una serie de ar tículos referidos a lo que denominó “la banca-
rrota de la ciencia”. Acusó allí al materialismo y cientificismo de minar las
fuentes de la moral, además de sostener que la ciencia no ha cumplido su
promesa de develar todos los misterios, que no es capaz de describir al hom-
bre en su mayor dignidad espiritual sino sólo como un animal más, que no
ha podido por eso remplazar a la religión y que, por ende, es incapaz de pro-
veer una moral que sólo ésta puede brindar.
Y es que el movimiento positivista había comenzado a dar señales de ago-
tamiento entre algunos sectores intelectuales, en par te porque sus conclu-
siones traían como resultado, según la síntesis de Jean Pierrot, una visión
desencantada de la vida humana por su sometimiento a las necesidades im-
piadosas del determinismo psíquico, psicológico y social, que aplasta al
hombre bajo las leyes de la herencia; a la especie, bajo las de la evolución
y al individuo excepcional, bajo la ley del gran número afirmado por la demo-
cracia, mientras el amor no es más que la sumisión inconsciente a la volun-
tad ciega del instinto de super vivencia de la especie y la fe religiosa, un re-
cuerdo nostálgico.
Dentro de este movimiento puede señalarse en términos precisos la in-
fluencia en ascenso de las filosofías vitalistas (con Nietzsche a la cabeza) o
de las que colocan el acento en la escisión entre mundo de la naturaleza y
mundo del espíritu, o de las que al modo de Bergson establecen un cor te
esencial entre la conciencia y el mundo físico. En el terreno estético, es el
momento de la disolución de la representación realista del naturalismo y del
pasaje al impresionismo, y en la literatura, de la difusión de los movimientos
decadentista, parnasiano, simbolista...
Señalaré sólo algunos elementos del decadentismo francés, por algunas
analogías que tendrá con el modernismo hispanoamericano. El texto símbolo
de esta corriente fue el libro de Huysmans titulado À rebours, que puede ser
traducido como A contrapelo, Contra la corriente o, tal vez mejor, como Contra-
natura. Ya que en efecto, en este libro aparecido en 1884, su personaje cen-
tral (Des Esseintes) luce como el modelo del decadente, y así hace gala de exo-
tismo, esteticismo, morbidez y rechazo del mediocre mundo burgués, mientras
se dedica al cultivo exacerbado de lo ar tificial, lo contranatural, lo antinatural.
Este personaje, por ejemplo, se aleja de todo y se encierra en una casa cuyas
paredes tapiza y acolcha para mejor rechazar el mundo exterior. Y al único ob-
jeto natural que convive con él, una tor tuga, le cubrirá el caparazón con piedras
preciosas. Entre nosotros, Darío expresará un proyecto similar cuando diga en
1888: “hacer rosas ar tificiales que huelan a primavera, he aquí el misterio”.
Este clima venía acompañado de una estructura de sentimientos esteticista,
aristocratizante, sensualista, hedonista y de la creencia de hallarse en un “fin
de época”. La figura social que esta estética construirá será la del dandy (en
rigor, continuando una tradición romántica), es decir, un individuo que cultiva los
elementos señalados, que los traduce en su propia vestimenta y gestualidad y

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

que busca hacer de su propia vida una obra de ar te. Oscar Wilde es uno de los
casos de realización de este ideal.
Y bien: tenemos así dibujado en gruesos trazos este clima o este subcli-
ma (puesto que convive con otros) estético-intelectual. Algunas de esas ins-
piraciones va a ser posible encontrarlas en el caso del modernismo hispa-
noamericano, aunque también con evidentes diferencias.
El modernismo literario es un movimiento que se desenvuelve básicamen-
te en hispanoamérica entre 1890 y 1910 (obsér vese que coincide puntual-
mente con el período de la cultura científica y positivista). Sus principales re-
presentantes fueron en primer lugar su reconocido jefe de fila, Rubén Darío,
y luego otros escritores como el colombiano José Asunción Silva, el cubano
Julián del Casal, el mexicano Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, el urugua-
yo Herrera y Reissig, el peruano José Santos Chocano, el guatemalteco Gó-
mez Carrillo, el mexicano Amado Ner vo, el boliviano Jaimes Freyre, el venezo-
lano Rufino Blanco Fombona.
Ahora, siguiendo a grandes rasgos a Carlos Real de Azúa, vamos a consi-
derar cuáles son las características que definirían a este movimiento estéti-
co-cultural. La primera es la “voluntad de belleza”. Estamos en presencia de
un movimiento que coloca como valor fundamental el de la belleza, así como
podría decirse que la cultura científica coloca en ese sitio al valor de la ver-
dad. Aun cuando hay que tomar cier tos recaudos ante esta afirmación, ya
que el modernismo tendrá una concepción de la belleza por la cual podrá ha-
cer de ella una suer te de órganon para penetrar, para conocer, la auténtica
realidad. Luego, el cultivo de esta belleza implica la adopción de una postu-
ra adversa a cualquier realismo ingenuo y a todo lo práctico. (En esta última
línea, el modernismo no hacía sino proseguir una consigna del romanticismo:
aquélla que le hacía decir a uno de sus poetas que “todo lo útil es feo”.)
Así, ante un mundo que percibe adocenado, mediocre y falto de belleza,
el héroe modernista adoptará diversas alternativas. Una de ellas será la de
recurrir a la búsqueda de “situaciones-límite” (sensoriales, psíquicas y éti-
cas), para garantizar la ruptura con los “convencionalismos burgueses”. De
allí provendrá el gusto por lo morboso, la explotación de un erotismo exacer-
bado por actitudes sacrílegas, el encomio de lo refinado, exquisito y aristo-
crático, así como el exotismo y el interés por realidades muy alejadas en el
tiempo y en el espacio. Todo ello dentro de lo que Real de Azúa designa tex-
tualmente como “la pugna por la perfección de la escritura poética y prosís-
tica enriquecida lingüística y sintácticamente por cualidades de eufonía, rit-
mo, relieve y color dentro de estilos personales que valoran como metas de
calificación la sugestión, el matiz, la rareza, la levedad, la innovación de for-
mas y estructuras (especialmente poéticas)”.
Ángel Rama a su vez señala al respecto un carácter epocal: la insatisfac-
ción por el presente, que podemos encuadrar dentro de las características
señaladas del decadentismo europeo. Se trata, dice el crítico uruguayo, de
“esa sensación de vacío y soledad que se posesionó de los ar tistas del pe-
ríodo y que en buena par te implicó una crítica, expresa o tácita, a la nueva
sociedad burguesa creadora del universo contemporáneo”. El modernismo
compar te de este modo un humor de “fin de época” que acompaña la desig-
nación de ese momento con el nombre de fin-de-siécle, que alude a una épo-
ca crepuscular, a un “final de fiesta”, cuando la mayoría de los invitados ya
se han retirado, comienza a amanecer y a los últimos asistentes sólo les
queda en la boca el sabor de la resaca. En América Latina, esa sensación en

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algunos estratos de intelectuales adquirió connotaciones par ticulares y com-


plejas. Por un lado, se encuentran reiterados gestos de desagrado de los mo-
dernistas ante cier tos fenómenos de la sociedad burguesa. Básicamente,
ante su “materialismo”, su economismo, su “mal gusto”, que además rele-
ga a los ar tistas a posiciones de marginalidad. En un cuento llamado El rey
burgués, publicado en 1887, Rubén Darío expone linealmente esta idea. An-
te un rey muy rico, un día llevan “una rara especie de hombre”: un poeta. És-
te le expone al soberano todo su programa estético, que implica una forma
de vida. En vano: el rey burgués no comprende el sentido de esas palabras,
y a la hora de asignarle un lugar en su palacio (un lugar en la sociedad, po-
dríamos decir), le impone una función precisa que debe desempeñar siem-
pre parado al lado del estanque de los cisnes: “Daréis vueltas a un manu-
brio –le dice-. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre”. Así lo ha-
ce el poeta, hasta que, con la llegada del invierno, olvidado de todos, murió
de frío mientras en el palacio se celebraba un festín “y la luz de las arañas
reía alegre en los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los manda-
rines de las viejas porcelanas”. Esta misma idea fue expuesta otra vez por
Darío en un poema titulado Abrojos:

“Puso el poeta en sus versos


todas las perlas del mar,
todo el oro de las minas,
todo el marfil oriental;
los diamantes de Golconda,
los tesoros de Bagdad,
los joyeles y preseas
de los cofres de un Nabab.
Pero como no tenía
por hacer versos ni un pan,
al acabar de escribirlos
murió de necesidad.”

Como verán, la contraposición es más que explícita, y figura esa incomo-


didad, esa falta de lugar, que el ar tista modernista experimenta en una so-
ciedad que ve volcada al consumo conspicuo, al lujo acompañado de mal
gusto. El mismo Darío, en la Historia de mis libros, lo dijo claramente al re-
ferirse a sus propios escritos: “el símbolo es claro, y ello se resume en la
eterna protesta del ar tista contra el hombre práctico y seco, del soñador con-
tra la tiranía de la riqueza ignara”.
Pero junto con esta sensación, que debe ser vista como una actitud reac-
tiva frente a ese costado “burgués” de la modernización, existe asimismo
otra sensación que es más bien de lamentación ante lo que experimentan
como el retraso de la propia realidad latinoamericana con respecto a otras
par tes del mundo, donde la modernidad ha alcanzado un mayor desarrollo.
En este sentido, el modernismo adopta aspectos ambiguos, ya que si mu-
chos de sus postulados pueden verse en el sentido anterior como reactivos
ante la modernización, existe, por este otro costado, un reclamo de moder-
nidad vinculado con este sentimiento de retraso cultural, que también pudo

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

conectarse con el ansia por vivir en ciudades más metropolitanas que las
que perciben como aldeas en sus propios países. Y decir “ansia de metró-
polis” implica confesar un deseo específicamente moderno, en tanto la gran
ciudad es motor y resultado de ese mismo proceso modernizador. En cuan-
to al sentimiento de retraso cultural, Ángel Rama lo registra con agudeza en
el caso de un prominente intelectual positivista mexicano, Justo Sierra,
cuando en su viaje a Estados Unidos no oculta la conmoción que le causa la
contemplación por primera vez de un auténtico Rembrandt. Y en cuanto a la
relación con el mundo urbano, cuando en 1893 Darío llegó a Buenos Aires a
los veintitrés años de edad, registró esa admiración: “Buenos Aires –escri-
bió- modernísimo, cosmopolita y enorme”. O sea, que ante la gran urbe se
verifica lo que otro modernista, Julián del Casal, expresó: la circunstancia de
que el modernismo tuvo “el impuro amor de las ciudades”. Junto con ello, (y
aquí vuelve a surgir la ambigüedad) en esa misma ciudad de Buenos Aires,
con sus 600.000 habitantes de entonces, Darío lamenta que no haya más
de doscientas personas que compren un libro de autor nacional.
Dicho esto, es preciso agregar que muchas de estas características son
indistinguibles de las que más de un siglo atrás había implantado el roman-
ticismo. Y además, que estas características estilísticas, trasladadas al te-
rreno ideológico producen resultados igualmente ambiguos. Dicho de otra
manera, que estamos en presencia de un conjunto de enunciados cuyo re-
sultado práctico no es unívoco. De allí, de hecho hubo modernistas que adop-
taron posiciones de derecha y otros que alcanzaron altos niveles de simpa-
tía y aun de compromiso con el anarquismo. En suma, para citar nuevamen-
te a Real de Azúa, “existen, en realidad, muchas pruebas de que estilos y es-
cuelas ar tísticas son, a menudo, ideológicamente ambiguas o, aún más
exactamente, polisémicas”. Esto es, que de esos programas estéticos no se
puede deducir una política.
Y sin embargo, es posible explicitar concretamente algunas de las posi-
ciones que desde el modernismo se produjeron, y que contribuyen a deter-
minar mejor su función en el ámbito cultural hispanoamericano en general y
argentino en par ticular. Es lo que podríamos llamar los tópicos modernistas.
El filón antieconomicista o, mejor aún, antiburgués fue uno de ellos. La figu-
ra del burgués que el modernismo construye es más cultural que económi-
ca, y el tipo del héroe modernista se constituirá en las antípodas de aquélla.
El burgués es precisamente un sujeto que pone como valor más alto el del
dinero, pero también a una escala módica. Esto es, no se trata de los gran-
des capitanes de industria y mucho menos de los capitalistas dispuestos a
grandes apuestas y a grandes riesgos empresariales. Se trata más bien de
lo que llamaríamos en este terreno un “pequeño burgués”, con la connota-
ción negativa que ese término siguió adquiriendo hasta no hace demasiado.
Aunque también, puede este tipo aparecer encarnado en burgueses ricos
(aquéllos de “panzas rotundas”, como escribían), cuya riqueza está en rela-
ción directamente proporcional con su mal gusto, esto es, con su incapaci-
dad estética.
A este carácter de “idealismo antieconomicista”, se le puede sumar al
modernismo la tendencia cosmopolita que lo animó, aun cuando –como ve-
remos- esa tendencia no obstaculizó una reflexión que intentó definir identi-
dades colectivas (la hispanoamericana, la nacional) de carácter específico.
Es así como, tanto el hispanismo como el latinoamericanismo encontraron
un suelo propicio en su interior. En esa línea es que produjo una reacción de

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protesta, indignación y confrontación contra el expansionismo nor teamerica-


no, aunque no llegó a transformarse en una expresión “antimperialista”. Fue
allí donde se concluyó prácticamente de acuñar la representación latinoame-
ricana de un Estados Unidos como tierra del pragmatismo, y del nor teameri-
cano (en realidad, el yankee) como de un sujeto tosco, escasamente ilustra-
do y volcado sobre todo a habilidades prácticas.

Para hacer un breve desvío por el tema de los cursos diversos entre la
realidad y el pensamiento (para decirlo de un modo incorrecto pero para
comprendernos rápidamente), es interesante remarcar aquí por qué no
puede hablarse en este momento de antimperialismo sin cometer un ana-
cronismo. Y no puede hablarse de antimperialismo dado que el término
“imperialismo” tal como nosotros lo comprendemos no existía. En todo
caso, el imperialismo era visto como un fenómeno fundamentalmente po-
lítico, y aun militar, y refería a la capacidad expansionista de algunas na-
ciones. Además, estaba sumamente difundida entre las elites occidentales
la idea de que una nación que no estuviera en condiciones de alcanzar ese
rango de nación imperial, era una nación difícilmente viable. Hemos vis-
to, por ejemplo, el modo como José Ingenieros proyectaba para la Argen-
tina justamente ese tipo de evolución en el cono sur americano. Es nota-
ble asimismo el desfasaje temporal entre la emergencia del fenómeno im-
perialista y las primeras tematizaciones de esa cuestión, considerándolo
como un fenómeno económico. Aquí podría decirse con Hegel que “el
pensamiento llega siempre tarde”. De hecho, el primer trust, o la primera
empresa trustificada, la Standard Oil, surge a mediados de la década de
1880. Y ello es la manifestación de que el capitalismo ha empezado a fun-
cionar de otra manera, que ya no se está ante el capitalismo de libre con-
currencia tal como lo había teorizado Marx. Y sin embargo, los primeros
tratamientos teóricos al respecto van a tener que esperar casi dos décadas,
hasta que el socialdemócrata J. A. Hobson publica en Londres, en 1902,
Imperialismo. Un estudio. Más aún: si se piensa en el momento en que es-
te término va a pasar a ser una categoría usada masivamente por los sec-
tores intelectuales de izquierda –y de allí se va a expandir a otros ámbitos,
hasta tornarse, por momentos, en una suerte de noción de sentido común,
es claro que habrá que esperar hasta fines de la segunda década del siglo,
con los estudios de Rosa Luxemburgo y sobre todo del clásico de Lenin,
El imperialismo, fase superior del capitalismo. En fin: este breve ex cur-
sus tiene otra vez la intención de introducir temas de reflexión en torno de
cuestiones típicas de la historia intelectual, como es en este caso el del va-
riable significado de los mismos términos en diversos momentos y el del
campo de visibilidad de los contemporáneos respecto de fenómenos de su
propio presente.

Podemos ahora retornar al modernismo, para que lo visto nos sir va como
puente hacia el tratamiento de un producto concreto que se mueve dentro
del universo del modernismo cultural, como puede ser considerado el libro
Ariel de Enrique Rodó. Vimos entonces que el modernismo proclamó un mar-
cado y explícito elitismo, en este caso, el de las minorías del ar te, el de los
adoradores de la belleza. Aun cuando también es cier to que dentro de los
escritos de los modernistas es posible no sólo encontrar páginas en defen-
sa de los oprimidos, sino militantes posturas anarquistas. (Y en rigor, se pue-
den encontrar líneas de pasaje entre el elitismo modernista y el van-
guardismo anarquista). Pero ha sido señalado que esta colocación del valor

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

de lo bello como el supremo dentro de la escala axiológica del modernismo,


que conduciría coherentemente al proyecto de cultivar el “ar te por el ar te”,
resultó en Hispanoamérica extremadamente minoritario si no inexistente. Y
se ha señalado asimismo, en esta misma línea, que esta situación tiene mu-
cho que ver con la posición compleja del escritor modernista en el terreno
social de estos países, signada como se ha dicho por la caída del mecenaz-
go y la debilidad del mercado para las obras de la cultura intelectual. En es-
ta última dirección, no podían mirar sino con inocultada envidia el faro euro-
peo. Piensen solamente que, para tomar el caso de un contemporáneo fran-
cés, un escritor reconocido como Guy de Maupassant podía vivir (y muy bien)
de la venta de sus escritos, mientras son conocidos y recurrentes los lamen-
tos de los escritores locales por la ausencia de público.
Este fenómeno (que forma par te de una mirada hacia los intelectuales
desde la sociología de la cultura) puede combinarse con otro que refiere a la
construcción de una legitimidad del intelectual centrada en el reconocimien-
to social de su práctica. Entonces es cuando debemos retomar la argumen-
tación de que los intelectuales argentinos detectaron que había una deman-
da simbólica enunciada tanto desde el Estado como desde la sociedad, y
que esa demanda estaba localizada en la definición de una identidad nacio-
nal, dentro del proceso de nacionalización de las masas antes señalado. He
aquí entonces que, de hecho, el escritor encontró un tema para el cual lo ha-
bilitaban sus competencias intelectuales. Y al inter venir en este debate, en-
contró asimismo una fuente de legitimidad y de reconocimiento social (y es-
tatal). Claro que al hacerlo se introducía también de hecho en una cuestión
que era eminentemente política (en el sentido de que la definición de una na-
cionalidad involucraba inexorablemente diferenciaciones de posiciones de
poder dentro de la sociedad argentina). Con lo cual reaparecía la pregnancia
de la política aun en el horizonte de quienes, como los modernistas, habían
tratado de expulsarla del ámbito de su creación, para dedicarse a la cons-
trucción de obras solamente legitimadas por la belleza, esto es, por la prác-
tica del ar te por el ar te.
Precisamente, en el punto siguiente veremos el modo como el ensayo
de matriz modernista inter vino a través de Enrique Rodó en la definición de
una identidad latinoamericana, y con Leopoldo Lugones de una identidad
argentina.

Indique y comente las características del moder nismo


cultural.

2.3. El Ariel de Enrique Rodó: el modernismo cultural define una


identidad latinoamericana

Como escribió Alber to Zum Felde, “Rodó es el primer uruguayo que ha lo-
grado –en el primer cuar to del 900- la más alta consagración en Hispano-
América”. En efecto, su ensayo de ideas titulado Ariel, publicado en 1900,
es un clásico del ensayo hispanoamericano, alcanzando una vasta repercu-
sión en el subcontinente a lo largo de varias décadas. Aún hacia 1930, po-
dría decirse que existen en ese escenario dos libros clásicos de ensayo que

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van a seguir siendo una especie de “sermones laicos” dirigidos a las juven-
tudes de esta par te del mundo: el citado de Rodó y El hombre mediocre, de
José Ingenieros. Resultará fundamental para la persistencia de dicha reper-
cusión el hecho de que ambos textos ingresaron como material ideológico
–por decirlo de alguna manera- del movimiento de la Reforma Universitaria a
par tir de 1918, en la medida en que –como es sabido- dicho proceso fue el
primer movimiento de características realmente latinoamericanas en nuestro
siglo, con una enorme capacidad de penetración en el seno de los sectores
estudiantiles e intelectuales de estas latitudes. Los motivos de este éxito se-
rán considerados en la Unidad 3.
José Enrique Rodó (1871-1917), entonces, es uno de los intelectuales uru-
guayos que mayor repercusión logró fuera de su país, y esa repercusión la ob-
tuvo precisamente a par tir de su Ariel. A la hora de definir filiaciones, digamos
que sobre este libro la influencia de Ernest Renan es clara y explícita: “Leed
a Renan –escribe Rodó precisamente en Ariel-, aquellos de vosotros que lo ig-
noréis todavía habréis de amarle como yo. Nadie como él, me parece, entre
los modernos, es dueño de ese ar te de ‘enseñar con gracia’, que Anatole
France considera divino”. Y en una car ta a Unamuno del 12 de octubre de
1900 le dice: “Mis dioses son Renan, Taine, Guyau, los pensadores, los remo-
vedores de ideas, y para el estilo, Saint-Victor, Flaubert, el citado Renan”. En
diversos aspectos, algunos de los cuales ya fueron relativamente anticipados
en tratamientos anteriores, esa presencia de Renan ayuda a comprender el
sentido de las construcciones ideológicas de Rodó. A lo largo de la siguiente
exposición del Ariel, confío en que, contando además con algunos criterios
aprendidos, estemos en condiciones de percibir dichas influencias.
Comencemos por un rápido resumen, antes de pasar a un tratamiento
más detallado. Ariel se divide en tres par tes. En la primera se invoca a la ju-
ventud, construyendo con ella un sujeto capaz de recomponer una situación
de crisis y decadencia. Asimismo, allí alaba la personalidad integral del hom-
bre, contra el espíritu desmembrador de la especialización profesional. En la
segunda, se elogia a las minorías selectas y a las jerarquías intelectuales
contra las tendencias democráticas y en definitiva mesocráticas (esta asimi-
lación de democracia con mediocridad o nivelación hacia abajo es un tema
que se viene elaborando a lo largo del siglo XIX). La tercera, por fin, es la más
célebre de este ensayo de ideas, y es en ella donde se define la tensión en-
tre Estados Unidos de América e Hispanoamérica, y desde allí se propone
una identidad hispanoamericana.
Vayamos ahora a los detalles. El libro se inicia con un epígrafe que indica
el público imaginario al que el texto o el discurso se dirige: A la juventud de
América. Con ello, se invocaba un sujeto que desde el romanticismo había
sido construido como un sector etario incontaminado, con lo que se conside-
raban diversas máculas de los tiempos modernos. Es decir, que cuando se
la invoca, es porque existen desvíos o defectos que es preciso corregir, y pa-
ra ello se instruye a estos jóvenes que deben adoptar una función estricta-
mente misional. Esta invocación atravesará dos décadas, y en 1918 será la
misma que voceará la Reforma Universitaria. Para apoyar esta elección, Ro-
dó escribirá: “Yo os digo con Renan: ‘La juventud es el descubrimiento de un
horizonte inmenso, que es la Vida’.” Y es que la juventud es la encargada de
encarnar los ideales nuevos, y así promover la renovación de los tiempos.
“Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz, la genialidad innovadora”, escribe
en Ariel.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Estas juventudes lo son de América, aunque en rigor la América de Rodó


es en realidad más restringida: no abarca tampoco al Brasil, puesto que se
trata de la América antes española: de Hispanoamérica. Dicho sea de paso,
aquí tenemos otra disputa por un nombre que es una definición y una dispu-
ta en muchos aspectos política. La pregunta es ¿cómo designar el subconti-
nente al que per tenecemos? Toda respuesta es interesada. En la época del
Ariel se está recomponiendo, como vimos antes, la descendencia, el linaje,
con España, de manera que “Hispanoamérica” parece un título legítimo. Pe-
ro desde Francia, y vinculado con el proyecto de expansionismo francés ha-
cia América (incluyendo sobre todo la aventura de Maximilano y la invasión a
México en la década de 1860), se promueve el término “Latinoamérica” pa-
ra abrir una filiación con aquel país. Ya en el siglo XX, otros términos van a
ser propuestos, siempre tratando de definir una identidad que es al mismo
tiempo un proyecto: Iberoamérica, Indoamérica..., hasta que en las últimas
décadas ingresan en esas consideraciones de per tenencia países de la zo-
na del Caribe con lenguas francesa, inglesa, etcétera.
Volvamos al texto de Rodó. Luego de esta invocación a las juventudes his-
panoamericanas, se pasa a describir a los personajes de lo que podemos
llamar “un encuentro pedagógico”, y de una pedagogía que incluye conteni-
dos conceptuales y valorativos. La relación que se narra es en este aspecto
nítida: ella transcurre “de arriba hacia abajo”. Se trata de una relación asi-
métrica, y Rodó es explícito cuando se refiere a una “voz magistral”, que cir-
cula naturalmente desde “el viejo y venerado maestro” hacia sus “jóvenes
discípulos”. Por estos elementos es que se ha dicho que el Ariel per tenece
al género del “sermón laico”, es decir, que se trata de un mensaje cuyos con-
tenidos no son directamente religiosos pero en el cual el emisor adopta la fi-
gura y la retórica de un sacerdote. El maestro de Ariel, en efecto, dice expre-
samente que desea que su discurso forme par te de la “oratoria sagrada”.
Este maestro es llamado Próspero, en alusión al sabio mago de La Tem-
pestad, una obra de Shakespeare. Precisamente, Renan había escrito un dra-
ma filosófico-político que ya había adoptado los mismos símbolos, y al que
tituló con el nombre de la antítesis de Ariel: lo llamó Calibán. En la pieza de
Renan, Próspero es vencido y suplantado por Calibán, encarnación de la gro-
sera sensualidad instintiva, que simboliza asimismo a las masas ignaras, de-
mocráticas y materialistas, que se imponen sobre una aristocracia sabia. Por
el contrario, Ariel simboliza –dice Rodó- “la par te noble y alada del espíritu”,
“el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos instintos de la irra-
cionalidad”.
El tiempo en que los valores y el estilo de vida juvenil, innovador y armó-
nico que Rodó propugna lo encuentra en un tópico que ha sido instalado por
la representación romántica de la polis griega. “Cuando Grecia nació, los dio-
ses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia es el alma jo-
ven.” Este tópico recorrerá todo el texto, y veremos el modo en como, al pen-
sar en esta representación de la polis griega (más Atenas que Espar ta), Ro-
dó está pensando lo que considera un buen orden social.
Esta asunción de un modelo, en definitiva, pagano no le impide a Rodó in-
corporar a la tradición que está construyendo también el legado cristiano. Y
ésta será una característica permanente del texto que Rodó construye. Co-
mo ha dicho Zum Felde, “todo Ariel es un constante juego dialéctico de con-
ciliación y síntesis de antinomias”. Por ejemplo, esta misma actitud Rodó la
llevará a un debate acerca de la decisión oficial de prohibir la exhibición de

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crucifijos en las oficinas públicas. Opuesto a esta idea, a pesar de no ser ca-
tólico, Rodó afirma así en Liberalismo y jacobinismo, de 1906, que su espí-
ritu aspira a remontarse a aquella “esfera superior desde la cual la religión
y la ciencia aparecen como dos fases diferentes, pero no inconciliables, del
mismo misterio infinito”.
Dentro de este mismo espíritu que intenta armonizar concepciones diver-
sas, el Ariel adopta la versión de la Vida de Jesús de Renan, donde Cristo es
despojado de su carácter divino para adoptar la forma de un hombre supe-
rior al estilo de los héroes de Carlyle. Desmiente entonces Rodó –en directa
referencia a Nietzsche- que el cristianismo sea esa religión que entristeció la
tierra. El éxito del cristianismo sobre el mundo viejo habría consistido inclu-
so en que opuso “el encanto de su juventud interior –la de su alma embal-
samada por la libación del vino nuevo- a la severidad de los estoicos y a la
decrepitud de los mundanos”.
Pasa revista luego a lo que hemos visto como un tema de época: la idea
de hallarse en una edad de decadencia, de debilitamiento o, para decirlo con
el lenguaje androcrático de la época, de “afeminamiento”. Desde los román-
ticos hasta ahora, Rodó considera que se ha recorrido una cur va de decaden-
cia que desemboca en nuestro conocido Des Esseintes, es decir, en el per-
sonaje símbolo del decadentismo y por ende –escribe Rodó- de “los ener va-
dos de voluntad y corazón en quienes se reflejan tan desconsoladoras mani-
festaciones del espíritu de nuestro tiempo”.
Ante esos tipos humanos, que son síntomas de una decadencia más ge-
neralizada, es preciso ofrecer otros ideales capaces de superar esa crisis en
la que se ha introducido la modernidad. Ésta es la función desempeñada en
el libro por los llamamientos en pro de la restauración del “hombre total”.
Esta fórmula pretende responder al avance de la tendencia fragmentadora de
la modernidad (fragmentación de las esferas de competencia ya señalada,
pero también de la producción a través de la división del trabajo, o del espa-
cio en las grandes ciudades, etc.), y Rodó, en este caso, localiza ese fenó-
meno en la especialización. Ya el filósofo francés Henri Bergson había publi-
cado a fines del siglo pasado un ar tículo referido al tema, precisamente con
ese título. El factor que anima estas inter venciones es el referido proceso de
fragmentación, que es obser vado reactivamente como la incapacidad de una
totalización o una ar ticulación de los saberes, que antes había estado garan-
tizada por la religión o por la filosofía. Ahora, el desarrollo de las ciencias ha
dejado sobre el panorama un conjunto de saberes específicos sin ningún hi-
lo que los comunique, que los ar ticule. Como reacción, es obser vable en las
distintas escuelas ideológicas del momento intentos por cubrir ese vacío.
Dentro del positivismo, por ejemplo, la filosofía evolucionista de Spencer ha-
bía construido una de las últimas filosofías de la historia dadora de sentido
del conjunto de lo real (desde la evolución del cosmos, de las especies y las
sociedades, hasta las religiones, las costumbres, etc., etc.).
En el caso de Rodó, admitiendo que es legítimo vincularse “individualmen-
te a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida”, considera preciso
tener presente “la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que
cada individuo sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutila-
do de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obli-
terada y ningún alto interés de todos pierda su vir tud comunicativa”. Aquella
mutilación sería producto de una enseñanza utilitaria; naturalmente, la resti-
tución de lo perdido deberá estar a cargo de aquel tipo de enseñanza que

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Rodó, con Renan y otros, imagina como el remedio necesario: la educación


estética. Esta tendencia se hunde en una larga historia de las ideas que re-
mite a los textos de Schiller, en los cuales la belleza aparece como la instan-
cia capaz de ar ticular lo bueno y lo verdadero. Una cultura estética que iden-
tifique así belleza con armonía clásica permitirá al mismo tiempo imaginar un
buen orden social, según un conjunto de supuestos que habían sido desple-
gados por Renan, y en otro aspecto por Hyppolite Taine. No eran por cier to
modelos extraños para quien tuviera sus faros instalados en el horizonte de
la cultura francesa, dado que sus influencias en la segunda mitad del siglo
XIX sólo eran comparables a la que Voltaire y Rousseau habían ejercido en
el XVIII, por lo que pudo decirse que "Francia había perdido los dos ojos al
morir Renan (1892) y Taine (1893)".
¿De qué manera puede pensarse este pasaje desde una concepción es-
tético-clasicista a la de imaginar un orden social? La respuesta la ofrece el
mismo Rodó. Cito del Ariel:

“Atenas supo engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y el de


lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu y las del
cuerpo. Cinceló las cuatro fases del alma. Cada ateniense libre
describe en derredor de sí, para contener su acción, un círculo
perfecto, en el que ningún desordenado impulso quebrantará la
graciosa proporción de la línea”.

Aquí se cierra un recorrido argumentativo, que vamos a condensar. Prime-


ro, y dentro de un legado que coincide con el modernismo literario y cultural
antes visto, Rodó coloca como valor supremo el de la belleza. Luego, postu-
la que dicho valor puede ser vir de elemento aglutinador, ar ticulador, de las
fracturas que la modernidad induce. Un paso más, y asistimos a la definición
de ese concepto de belleza: bello es idéntico a armonioso, esto es, la pre-
sencia de una composición, de una totalidad, donde no aparezca “ningún de-
sordenado impulso”, ningún elemento disruptivo o disonante. Se trata, en
fin, no de recomponer aquella plenitud de la polis griega: “en nuestros tiem-
pos –sigue el Ariel-, la creciente complejidad de nuestra civilización privaría
de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa armonía”. Pero sí de in-
corporar una porción de ese espíritu para contrabalancear la tendencia utili-
tarista, materialista e igualitaria o democrática. Porque la armonía en la que
Rodó piensa es un orden bien concer tado y jerarquizado.
Responde así a la inquietud que atraviesa el pensamiento liberal del siglo
XIX, centrado en la presencia de las masas en la escena pública que las eli-
tes político-intelectuales consideran amenazante, tanto para el orden social
como para el mejor despliegue de los valores humanos. Aquí de nuevo el re-
corrido ideológico de Ernest Renan, muestra muy precisamente el camino
que conduce desde sus primeras expectativas confiadas en la ciencia y el
progreso hasta las dudas atormentadas frente a la presencia de las masas
y el consiguiente descenso de los valores considerados nobles. De modo
que, así como los intelectuales reaccionarios franceses habían filiado la de-
cadencia nacional a par tir de 1789, los liberales comenzaron a verla des-
pués de 1848, y esta crisis se expresó en la consigna "Plutôt les Russes que
les Rouges" (“Mejor los rusos que los rojos”). Por fin, los acontecimientos

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de la Comuna terminarán por cristalizar en ellos el horror a las masas. En el


mensaje de La reforma intelectual y moral, "escrito en las dolorosas sema-
nas" del dramático año francés de 1871, Renan volvía a arremeter contra las
ideologías radicales, la mediocridad y el materialismo, para concluir denun-
ciando en la democracia "el más enérgico disolvente de toda vir tud que el
mundo haya conocido hasta aquí". Es que la democracia así comprendida -
en la línea de Tocqueville- configuraba un fantasma que amenaza a las socie-
dades con un proceso homogeneizador que sólo puede nivelar hacia abajo,
y para el cual se reser va el término "mediocridad", prontamente difundido en
el fin de siglo por la crítica de Nietzsche al "último hombre" contenida en el
Zaratustra, así como por el éxito de las piezas dramáticas de Ibsen.
Rodó se plantea este mismo problema pero lo resuelve según su esque-
ma conciliador de los opuestos, apaciguador de los conflictos. Y para ello,
nuevamente algún tópico del modernismo cultural le resultará funcional. El
escenario es conocido: por un lado, una sociedad materialista, utilitaria e ig-
norante de la belleza (según las pautas de El rey burgués). Por el otro, la mi-
noría de la belleza, amenazada por la invasión del “canibalismo”. ¿Qué ha-
cer, dónde refugiarse? El modernismo cultural tiene la respuesta preparada:
hacia el reino interior. Cito a Rodó: “Aun dentro de la esclavitud material, hay
la posibilidad de salvar la liber tad interior”. Y entonces relata un cuento que
transcurre “en el Oriente indeterminado e ingenuo”, donde un rey que tenía
comercio con el mundo, sin embargo guardaba para sí un reducto cerrado.

“En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el rey legendario; en


él sus miradas se volvían a lo interior y se bruñían en la meditación sus
pensamientos como guijas lavadas por la espuma”. “Yo doy al cuento el
escenario de vuestro reino interior. Abierto con una saludable liberalidad
[...] a todas las corrientes del mundo, existía en él, al mismo tiempo, la cel-
da escondida y misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que
a nadie más que a la razón serena pertenezca”.

Pero además, ese reino interior es superior en valor al del “yo exterior”,
como diría Bergson, que permanece en relación con el mundo material y uti-
litario. Porque –concluye Rodó este pasaje argumentativo- “sólo cuando pe-
netréis dentro del inviolable seguro podéis llamaros, en realidad, hombres li-
bres”.
Para terminar mi comentario sobre este punto de Ariel, diré que aquí, en
esta última frase, puede detectarse un sentido que invier te otra vez un lega-
do lejano. Y esa inversión es absolutamente análoga a la que se lee en el fi-
nal de Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Allí el Dr. Stockman enuncia una fra-
se terminante: “-El hombre más libre es el que está más solo”. Vean uste-
des que aquí, en esta frase, se ha quebrado la línea de la tradición republi-
cana. Porque en la idea republicana, por el contrario, la realización de la li-
ber tad se obtiene sólo en la medida en que se par ticipa de la res publica,
de la cosa pública, de los asuntos de la comunidad. Esto es, sólo la per te-
nencia a la polis, a la Ciudad, hace hombres libres. La comunidad, podría-
mos decir, es “dadora de liber tad”, al constituir a los individuos en ciudada-
nos. A ese principio remitía el ideal de la Revolución Francesa centrado en la
fraternité. Pero ahora, tanto en Ibsen como en Rodó, la liber tad sólo puede

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

realizarse en la estricta medida en que el individuo abandona precisamente


el ámbito de lo público para refugiarse en su interioridad, en la más pura so-
ledad. El cambio simbólico es realmente notable.
Por lo demás, el cultivo de la belleza, en tanto máxima realización huma-
na, está reser vado a unos pocos. De ese modo, Rodó combina la inevitable
aceptación de la democracia (inevitable porque es un hecho fuer temente ins-
talado en la propia tradición), por un lado, con un espacio destinado a una
minoría intelectual, por el otro. “La superfluidad del ar te no vale para la ma-
sa anónima de los trescientos denarios”, se lee en el Ariel. Custodios de la
belleza, los miembros de esa aristocracia del espíritu lo son al mismo tiem-
po del “interés universal”, porque nada como el ar te encierra “la vir tualidad
de una cultura más extensa y completa, en el sentido de prestarse a un acor-
dado estímulo de todas las facultades del alma”. De ese modo, “la vir tud es
también un género de ar te”. Así, lo que Rodó plantea es una estética que en
rigor es también una ética. Explícitamente dicho: “Yo creo indudable que el
que ha aprendido a distinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso,
lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de lo bueno”. “A medida
que la humanidad avance, se concebirá más claramente la ley moral como
una estética de la conducta”. Y esta manera de pensar una estética de la
existencia, está vaciada sobre el mismo molde de la belleza entendida como
armonía, porque cuando se la asuma “se huirá del mal y del error como de
una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una armonía”. Este
ideal debe rastrearse en el modelo ateniense, en la moral armoniosa de Pla-
tón. Pero no sería suficiente, ya que dicha moral carecería del espíritu de la
caridad. Entonces, en un nuevo movimiento discursivo de sincretismo, Rodó
incorpora en el Ariel el legado cristiano: “La perfección de la moralidad hu-
mana consistiría en infiltrar el espíritu de caridad en los moldes de la elegan-
cia griega”.
A este ideal se opone, empero, la concepción utilitaria de la vida, y esta
concepción se halla vinculada en la época con las ideas democráticas. Pero
si esta acusación contra la democracia ha sido difundida con brillo entre otros
por Renan, aquí Rodó se separa de su maestro, debido a que no está dispues-
to a tirar por la borda lo que llama “la obra de la Revolución” americana, y que
ve asociada íntimamente con el programa democrático. Este razonamiento
aparece en diversos intelectuales del siglo XIX y de la época que se asoma al
siglo XX. Halperin Donghi escribió que en la Argentina, a diferencia de otros
países hispanoamericanos, la democracia no era un objetivo a lograr sino que
era par te del problema, debida a la temprana irrupción de las masas en la es-
cena política, activadas por la revolución y por la guerra civil. Par te de un pro-
blema que, de todos modos, se había constituido en una tradición innegable.
En ese marco, Rodó escribe: “El espíritu de la democracia es esencialmente
para nuestra civilización un principio de vida contra el cual sería inútil rebelar-
se”. Lo único que se puede y se debe hacer es, otra vez, conciliar el principio
democrático con el aristocrático. Para ello, la democracia que se debe resca-
tar en ningún caso ha de ser sacrificada a los caprichos de la multitud. Para
que eso no ocurra, la sociedad debe ser tutelada por “una activa autoridad
moral”. De modo que si la igualdad social ha destruido para bien las jerar-
quías “imperativas e infundadas”, no debe ocurrir lo mismo con las legítimas
jerarquías del espíritu. Conectando esta cuestión con el tema de la inmigra-
ción que llega a las playas uruguayas, Rodó considera que debe siempre im-
perar la calidad sobre el número. Porque “la multitud, la masa anónima, no es

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nada por sí misma. La multitud será un instrumento de barbarie o de civiliza-


ción según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral”. Este pre-
dominio de una elite espiritual en la conducción de la sociedad es lo que asi-
mismo garantizará que no se recaiga en la nivelación hacia abajo, que Rodó,
con sus referentes intelectuales, llama la mediocridad. De otro modo, se im-
pondrá el odio hacia lo extraordinario, la ferocidad igualitaria del jacobinismo,
la tiranía irresponsable del número.
La democracia y la ciencia no deben entonces estar ausentes de los va-
lores que una sociedad hispanoamericana debe contener. Y la misión de la
educación pública consiste en divulgar dichos valores. Ella, guiada por el Es-
tado, debe garantizar la igualdad de opor tunidades. Pedro de allí en más, no
debe bloquear la emergencia de las desigualdades, que provienen de “las
misteriosas elecciones de la Naturaleza o del esfuerzo meritorio de la volun-
tad”. Así, la democracia admite un espacio para la aristocracia, que ha de
ser una aristocracia del mérito, una “meritocracia”. La democracia puede en-
tonces convivir con una aristarquía de la moralidad y la cultura.
Sobre estas bases, los dos últimos apar tados del Ariel (V y VI) están des-
tinados a definir la identidad hispanoamericana en contraposición con la nor-
teamericana. Porque la concepción utilitaria de la vida es lo que define al
americanismo (en rigor, “nor teamericanismo”). Sin embargo, esa “democra-
cia formidable y fecunda” ha seducido por su potencia a muchas mentes la-
tinoamericanas, dentro de un afán imitativo que Rodó llama nordomanía. Ello
no le impide pasar lista a los aspectos admirables de la realidad de Estados
Unidos (el imperio de la liber tad, el culto del trabajo, el afán conquistador del
pionero, el espíritu asociativo, la eficacia en la aplicación de las ciencias).
Por todo ello, puede concluir que “aunque no les amo, les admiro”...
Se pregunta entonces si ese país constituye el espejo en que los hispa-
nomaericanos deben mirarse, o el faro que indica el camino de una civiliza-
ción que realice “las legítimas exigencias del espíritu”. Como ya puede ima-
ginarse, la respuesta es negativa, y lo es en función de que la civilización del
Nor te ha absolutizado ese espíritu práctico, ese afán utilitario que ha desem-
bocado en una civilización materialista, y por ende escasamente abier ta a los
valores de la espiritualidad, que como sabemos quiere decir abier ta a los va-
lores estéticos. Se trata en definitiva de una sociedad “positivista”, y al de-
cir esto podemos percibir cómo un término que designa una corriente filosó-
fica ya se ha conver tido, en la pluma de Rodó, en un término moral axiológi-
camente negativo.

“La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de lo


verdadero. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Me-
nosprecia todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una
inmediata finalidad, por vano e infecundo. No le lleva a la ciencia
un desinteresado anhelo de verdad, ni se ha manifestado ningún
caso capaz de amarla por sí misma. La investigación no es para
él sino el antecedente de la aplicación utilitaria”.

En Del Plata al Niágara, publicado en 1897, Paul Groussac ya había intro-


ducido elementos fuer temente cuestionadores de la civilización nor teameri-
cana, e incluso se había referido a dicho espíritu como calibanesco. Porque

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

si como asevera Spencer, el progreso se corresponde con una diferenciación


creciente de las par tes constituyentes de cualquier realidad, a Groussac le
parece evidente que, "en lo fundamental -las ideas, los gustos, las aptitudes
y las funciones sociales-, la novísima evolución de los Estados Unidos se ca-
racteriza por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso ma-
terial, entonces, equivaldría a un regreso moral; y ello sería la confirmación
de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente a la universal mediocri-
dad". Y también como en Rodó, el criterio para la valoración encomiástica de
una sociedad residirá para Groussac en el cultivo de los valores estéticos,
manifestado en la frecuentación de las bellas ar tes, en las que los nor tea-
mericanos huelgan tanto como abundan en aplicaciones técnicas y en des-
cubrimientos de inmediato resultado industrial.
He aquí una condensación de características, que de allí en más forma-
rán par te de una imagen prototípica del nor teamericano, que llegará a confi-
gurar una suer te de sentido común del modo como los latinoamericanos per-
cibirán a aquella sociedad. Esta visión será incluso compar tida por algunos
nor teamericanos críticos de su propia cultura, desde Sinclair Lewis en su
Babbitt, pasando por Waldo Frank, hasta Richard Morse en El espejo de Prós-
pero (que como se ve inspira su título directamente en el Ariel). Por el con-
trario, Ariel –símbolo y faro de América Latina- “significa idealidad y orden en
la vida, noble inspiración en el pensamiento, desinterés en moral, buen gus-
to en ar te, heroísmo en la acción, delicadeza en las costumbres”. Y aun
cuando vencido una y mil veces por Calibán, resurge siempre victorioso y ala-
do. (Algunos pensarán que este tipo de razonamiento constituye una autén-
tica estrategia de la consolación.)
Y sin embargo –prosigue el Ariel-, ambas par tes de América pueden com-
poner con sus diferencias un resultado positivo, en vir tud de una inducción
recíproca entre los progresos de la actividad utilitaria y la ideal. Es por eso
que Rodó predice que “la obra del positivismo nor teamericano ser virá a la
causa de Ariel”.
El libro se cierra con la despedida de los discípulos por par te del viejo
maestro. Al salir a la calle, al abandonar, digamos, el huer to cerrado, se re-
produce por última vez la estructura de sentimientos que organiza el texto:
“sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de la multitud”. Pero el más
joven de los discípulos pronuncia las finales palabras de esperanza: “-
Mientras la muchedumbre pasa –dijo-, yo obser vo que, aunque ella no mi-
ra al cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y oscura, como tie-
rra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se pa-
rece al movimiento de unas manos de sembrador”. Un discurso que había
comenzado instalando una relación discipular jerárquica, concluye reiteran-
do la misma figura de arriba hacia abajo. De arriba hacia abajo, ahora, se
derraman las semillas que fecundarán, aunque ella ni siquiera lo sepa, a
esa multitud conver tida en una tierra fér til pero pasiva, a la espera del ges-
to del sembrador.

Contraste el moder nismo cultural con lo que en la uni-


dad anterior llamamos la “cultura científica”. Luego,
esclarezca su significado tratando de incluir la mayor
cantidad de características posibles según lo desarro-
llado por Rodó en el Ariel.

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2.4. Las conferencias de 1913 de Leopoldo Lugones en la disputa


por la definición de una nacionalidad argentina

Comencemos esta nueva unidad reiterando que, en la cultura intelectual


construida entre 1890 y el centenario, resulta relevante determinar el modo
como las diversas corrientes doctrinarias o estéticas inter vinieron en "la que-
rella de la identidad nacional". En la subunidad anterior vimos el modo como
José Enrique Rodó diseñó una identidad de alcance hispanoamericano. Aho-
ra seguiremos la estrategia discursiva que Leopoldo Lugones adoptó para
definir una identidad nacional, a través de las seis conferencias que pronun-
ció en el teatro Odeón en 1913 y que luego recopiló y amplió en su libro El
payador, publicado en 1916.
Si para comenzar preguntamos ¿quién habla?, es preciso decir que para
entonces Leopoldo Lugones tiene ya un prestigioso recorrido por las letras
argentinas, que lo colocan en la cúspide de los reconocimientos intelectua-
les del momento. Para este momento, Lugones se ha conver tido en “el poe-
ta nacional”, consagrado en su opor tunidad por Rubén Darío y pasando a for-
mar par te de esa suer te de intelectualidad paraestatal construida en torno
del régimen gobernante. Sus Odas seculares con motivo del Centenario han
refirmado ese lugar que ocupa en el momento de dictar aquellas conferen-
cias. Podemos concluir entonces que por la entidad intelectual de quien emi-
te el mensaje, se representa un acto consagratorio en donde el prestigio del
diser tante y el modo de enunciación de su discurso se comunican con el con-
tenido de lo afirmado. Pero el que habla ahora es ya no es el intelectual-cien-
tífico a la Ingenieros, sino el escritor. Este escritor además es modernista,
esto es, se caracteriza por el don de la palabra bella. Éste es el capital inte-
lectual de Lugones, y a este capital intelectual lo va a conver tir en capital
simbólico, según lo antes expuesto.
Nuevamente, entonces, el tratamiento de Lugones nos recuerda algunos
aspectos del modo de entender la historia intelectual. Se trata de examinar
más la producción de efectos de verosimilitud que de juzgar los valores de
verdad o falsedad que los discursos contienen. Recurriendo otra vez a Pierre
Bourdieu, en su libro Lo que quiere decir hablar. La economía de los cambios
lingüísticos, sostiene que los discursos no están sólo destinados a ser com-
prendidos (como puro instrumento de comunicación), sino que también son
signos de riqueza destinados a ser evaluados, "y signos de autoridad desti-
nados a ser creídos y obedecidos". Complementando esta hipótesis con el
género y la estética lugonianos, puede ser virnos una reflexión de Georges
Steiner incluida en su libro La muer te de la tragedia: "También la poesía –di-
ce- tiene sus criterios de verdad. En realidad, son más exigentes que los de
la prosa, pero son diferentes. El criterio de verdad poética es de coherencia
interna y convicción psicológica". Por fin, tal vez a este mismo carácter de su
escritura se refiriera Borges al decir de Lugones: "Sus razones casi nunca te-
nían razón; sus epítetos, casi siempre"...
Y bien, podremos ver que ese mismo criterio de producción de verosími-
les está argumentado en el mismo texto de El payador. Para ello, el “opera-
tivo Lugones” reside en elaborar primero una reducción de cultura a literatu-
ra, para colocar luego en el centro de la patria la misión del poeta. Sigamos
su recorrido.
Por empezar, "toda la cultura -dice- es asunto de lenguaje", “incluida cien-
cia, ar te, política, guerra, comercio”. "Ello demuestra -agrega- la eficacia del

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

verso como elemento de cultura. La clase gobernante que suele desdeñarlo,


envilecida por el utilitarismo comercial, tiene una prueba concluyente en aquel
éxito. [...] La verdadera gloria intelectual per tenece, entre nosotros, a un poe-
ta". Este poeta es José Hernández en tanto autor del Mar tín Fierro, pero a na-
die se le escapa que es otro poeta –el propio Lugones- el que está colocan-
do a la práctica poética por encima de todas las demás. Ahora bien: ¿de dón-
de extrae la poesía este privilegio, privilegio que le corresponde poner en prác-
tica al poeta? Habla Lugones: "De propio modo el ar tista, en vir tud de leyes
desconocidas hasta hoy, nace con la facultad superior de descubrir en la be-
lleza de las cosas la ley de la vida”. El poeta, por ende, es un predestinado
como "elemento representativo de la vida heroica en su raza".
Obser ven entonces que el ar te poético es una disposición innata: eso no
se aprende, dice Lugones; con eso se nace. Una manera vieja y típica de sos-
tener que hay habilidades y vir tudes que no forman par te del repar to demo-
crático. Pero obser ven además que la poesía no es sólo un producto que
apunta a impresionar la facultad del gusto y a satisfacer en todo caso al
“buen gusto”. Y no lo es porque se puede “descubrir en la belleza de las co-
sas la ley de la vida”. Esto es lo que he llamado el uso de la belleza como
órganon, es decir, como instrumento, ya no para gozar estéticamente sino pa-
ra conocer. A través de la belleza se llegaría así a la verdad. La estética se-
ría una lógica.
Si estos atributos son los que legitiman la palabra de Leopoldo Lugones,
eso mismo explica que en su diser tación se encuentren estratégicamente
distribuidos pasajes de intensa elaboración estilística que funcionan como
una argumentación por la estética. Quiero ejemplificar con esto aquella fun-
ción atribuida al discurso y destinada a convencer, para lo cual el efecto bus-
cado es el de la verosimilitud. Así, junto con desarrollos conceptuales e in-
formaciones presuntamente históricas, las conferencias de Lugones contie-
nen pasajes que, a través de un estilo canonizado en la época como bello (el
del modernismo literario), se dirigen a la sensibilidad para tornar creíble el
contenido de lo afirmado. Esto es, que la forma del decir (el estilo, la retóri-
ca) cumple una función argumentativa fundamental. Ejemplar en este pun-
to, es el celebrado pasaje sobre el incendio en la pampa. Vale la pena trans-
cribirlo in extenso.

“Y los incendios.
“Una centelleante siesta, sobre el campo abatido donde no volaba un
pájaro, algún casco de vidrio que concentraba los rayos solares sobre el
pasto reseco, la colilla encendida que alguien tiró al pasar, o la combus-
tión espontánea de la hierba acumulada meses antes por ese arroyo, ahora
enjuto, iniciaban la catástrofe. La llama, al principio incolora en el res-
plandor del día, reventaba con la violencia de un volcán. Desequilibrado
por su brusca absorción, el aire despertaba en un soplo que muy luego era
brisa. Entonces empezaba a marchar el fuego.
“Pronto la humareda, acuchillada de lampos siniestros, rodaba sobre
los llanos su lóbrego vellón. Sobrepujaba ya al mismo solazo la llamara-
da escarlata. Dilatado más arriba en nubarrón, el incendio entristecía la
campaña que iba a asolar, con un crepúsculo rojizo como la herrumbre.
Un instante vacilaba aquella masa, parecía retroceder, abriéndose su en-
traña tenebrosa desgarrada por lúgubres fogones. No era sino para revol-
verse más atizada en un derrumbe colosal sobre la indefensa planicie, so-
focándola con sus llamas, devorándola con los millones de dientes de sus

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ascuas y de sus chispas. Esparcía el viento a la distancia su hálito de hor-


no, oíase de lejos el jadeo aterrador con que avanzaba rugiendo como el
tigre, a ras de tierra. Parecía que su propio fuego iba dándole alas verti-
ginosas. Las manadas sorprendidas no alcanzaban a huir, aunque se dis-
parasen a la carrera. Hasta los pájaros caían al vuelo alcanzados por un
flechazo de llama. Al desesperado baladro del vacuno en agonía, juntába-
se el relincho desgarrador de la tropilla caballar que se acoquinó, desati-
nada, acertando tan sólo a cocear el fuego; el silbo delirante de la gama
rodeada, el gañido fatídico del perro cimarrón. Aquellas voces del desier-
to llevaban al alma la desolación de los espantos supremos. En la asfixia
del chamusco el rescoldo exhalaba un hedor de pólvora. Muy adelante del
foco, llovían ya aristas incandescentes. Arremolinábanse los vilanos vo-
lando por el aire en copos de yesca encendida. Así la quemazón saltaba
cauces y barrancos, vadeaba los arroyos, despabilando como candelillas
las biznagas de sus márgenes, roía como si fuesen tabaco los mismos lim-
piones de tierra seca.”

En este pasaje ustedes encuentran rasgos de la escritura modernista, ta-


les como el anhelo de perfección formal, la llamada “voluntad de estilo”, el
impresionismo, la riqueza de la descripción sensorial, así como la búsqueda
Dicho sea de paso, cultista en Lugones de vocablos alejados del léxico común.
ante los abusos de
este último recurso, y den- Volvamos ahora a las características generales del texto. Si ahora conti-
tro de la disputa que los más nuamos preguntando: “¿desde dónde habla?”, se obser va inmediatamente
jóvenes llevarán adelante
contra Lugones en la déca-
que la inter vención de Lugones tiene un alto carácter institucional. En efec-
da de 1920, Borges alguna to, se trata de la presentación del intelectual ante un público dentro del cual
vez diría socarronamente se encuentran el presidente Roque Saenz Peña y sus ministros; es decir, que
que el error de Lugones ha-
bía consistido en creer que aquí el intelectual alcanza un rango de legitimidad extremo ante el poder. Y
para escribir bien había que no sólo porque el Poder Ejecutivo en pleno está presente en el teatro Odeón
usar todo el diccionario...
donde se desarrollan las conferencias, sino porque además el tema que los
convoca es la reivindicación del poema de Hernández como epítome de la na-
cionalidad argentina.
En este último sentido, la prédica de Lugones no era original, si se pien-
sa que se inscribía en un camino antes recorrido en las valoraciones positi-
vas del poema hernandiano por Pablo Subieta (1881), Unamuno (1894), Me-
néndez y Pelayo (1895), Mar tiniano Leguizamón o Ricardo Rojas, entre otros.
Pero como se dijo, aquí el prestigio, la autoridad del emisor del mensaje, se
traslada al contenido de lo afirmado. Leamos la siguiente cita de Real de
Azúa referida a Rodó pero que es extensible para comprender que se trata
de un código de época (un código diríamos perdurable) a través del cual se
obser va cier to funcionamiento del campo intelectual: "Impor taba también
mucho el emisor del llamado. Guyau, una de las autoridades máximas para
el Rodó de esos años, había recordado en un libro de vasta nombradía la fra-
se de Victor Hugo:

“`Le poéte a charge des ámes' (El poeta a cargo de las almas),
un aser to que cifra muy bien la convicción romántica en la res-
ponsabilidad del escritor en cuanto heredero de las autoridades
espirituales tradicionales en su función de guía, orientador de la
sociedad y oteador de caminos inéditos. Pese a los grandes al-
tibajos que en el curso del siglo esta concepción había experi-

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

mentado, zonas de muy alta revaloración de esta creencia se re-


levan hacia el fin del ochocientos. Legatario de la tarea revolu-
cionaria de la promoción de los `filósofos', del `poeta-Moisés' de
Vigny, baqueano en la tierra prometida, del `ar tista faro' de Bau-
delaire, el escritor siente a menudo recaer sobre él la función de
dar significado nuevo a una existencia individual y a un vivir so-
cial cuyos rumores parecían perderse entre la anarquía ideológi-
ca, el pesimismo y la delicuescencia decadentista. Si de tal ma-
nera se concebía la misión del clerc, es explicable que cier ta al-
tivez magistral, docente, sea inseparable de estos empeños que
no pueden imaginarse cumplidos en el nivel igualitario (y enton-
ces inconcebible) del diálogo”.

Entonces, resumiendo, la inter vención de Lugones posee un alto efecto


de verosimilitud por la figura de poeta profético que encarna, por la palabra
bella que oficia de creadora de verosímiles y, además, por el carácter insti-
tucional de su actuación ante un público dentro del cual se encuentran el
presidente Roque Sáenz Peña y sus ministros. Esto a su vez determina que
el intelectual alcance un rango de legitimidad extremo ante el poder, espe-
cialmente porque el tema que los convoca (esto es, la respuesta a la pre-
gunta ¿de qué habla?) es la búsqueda de la expresión genuina del "alma"
argentina.
En el terreno del contenido, entonces, comencemos por decir que el sis-
tema de argumentación lugoniano funciona sobre la base de un pilar mate-
rial que es el héroe. En clave heredada del fin de siglo, se asistía como reac-
ción, frente al igualitarismo democrático y la presencia de las masas, al pri-
vilegiamiento de la personalidad excepcional. Aquí es donde resulta notoria
la influencia de Nietzsche o de Ibsen, y más atrás la conocida obra de Carly-
le sobre los héroes y el prestigio del libro Hombres representativos, de Emer-
son. Entonces, para Lugones la heroicidad es la materia, el punto de par tida
argumentativo en la definición de la nacionalidad. Esta heroicidad estuvo en-
carnada en el gaucho. Y si de heroicidad se trata, es sabido que el género
para decir lo heroico guerrero es la poesía épica. De allí la necesidad de de-
finir al Mar tín Fierro de Hernández como un poema épico.
Punto de par tida, entonces, es la existencia de un héroe material, y este
héroe material es el gaucho. Y subrayo que es un punto de par tida para re-
marcar que se trata, en el discurso de Lugones, de una condición necesaria
pero no suficiente; ni suficiente ni tampoco (como se verá) privilegiada o do-
minante. Porque esa entidad material existe en una suer te de existencia im-
perfecta, vir tual, potencial. Para que alcance toda su perfección es preciso
que sea espiritualizada. El trasfondo ideológico de esta convicción lo ofrece
el espiritualismo modernista o, mejor aún, su veta antimaterialista. Por eso
Lugones dice: "La materia es tosca; mas, precisamente, el mérito capital del
ar te consiste en que la ennoblece espiritualizándola". Prosiguiendo con el sí-
mil, Lugones enuncia su modelo de civilización: "Para mí, aquel resultado his-
tórico de las Termópilas [donde se habrían enfrentado la civilización griega y
la barbarie persa y este otro de la ciencia [en tanto "comunicación puramen-
te etérea del telégrafo sin hilos", por ejemplo] provienen del mismo concep-
to de civilización: el dominio de la materia por la inteligencia, la transforma-
ción de la fuerza bruta en energía racional".

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Universidad Virtual Quilmes

La materia entonces es la base de la historia, pero lo único que puede


darle sentido es una forma: la materia debe ser informada (aquí podríamos
remontarnos incluso hasta la filosofía aristotélica y aun platónica en cuanto
al privilegiamiento adjudicado a la forma sobre la materia). Antítesis de la
materia, esa “forma” es necesariamente espiritual.
Releyendo lo indicado hasta aquí, se puede obser var cómo a par tir de es-
ta afirmación, el discurso de Lugones puede seguir estableciendo jerarquías
que transfiere al terreno de las figuras históricas y sociales. Porque el pilar
material de la nacionalidad será entonces el gaucho, pero como la materia por
sí sola no alcanza a definir una entidad efectivamente existente, efectivamen-
te digna, efectivamente valiosa, es preciso informarlo, darle forma, que es lo
mismo que espiritualizarlo. Naturalmente, aquí el escritor poeta, el modernis-
ta, el cultivador de la forma, encuentra su preciso lugar. Justamente, en El pa-
yador se considera al ideal de belleza como "la máxima expansión de la vida
espiritual", y, en el terreno del lenguaje, se postula que el mismo "reducido a
su esencia original [...] no es más que música y metáfora", con lo cual se
equipara a la poesía con el ar te supremo que es la música. Esta última afir-
mación tampoco es gratuita: la música es el ar te por excelencia porque no tie-
ne ninguna “materia”, ningún referente, porque no “habla de nada” de lo real,
y así es pura inmaterialidad, pura espiritualidad. Y bien: ahora Lugones aca-
ba de decir que la poesía compar te ese sentido esencial con la música.
Llegados a este punto. Concluimos que ahora es posible establecer la
pareja héroe-poeta, como fundadores -el uno material, el otro espiritual- de
un linaje y de un fundamento, pero dentro de una jerarquía evidente: "los
héroes -dice Lugones- revelan materialmente la aptitud vital de su raza [...]
El poema, la aptitud espiritual, que es lo más impor tante [...], la mente que
mueve las moles". Esta última frase (“la mente que mueve las moles”) con-
densa de manera excepcional una par te del programa y la estrategia lugo-
nianos en cuanto a su representación de un orden social, político y al lugar
que allí le cabe al intelectual. Justamente, José Hernández ya ha comenza-
do esa tarea al espiritualizar al gaucho en el poema Mar tín Fierro, y al ha-
cerlo ha detectado la esencia de la nacionalidad, que reside en "un estado
espiritual al cual llamamos el alma de la raza". La raza y la nacionalidad son
espíritu, y así forman sistema con la poesía, en tanto ella es palabra y mú-
sica, que –como vimos- es la esencia del ar te en tanto máxima espirituali-
zación de la materia.
En un sentido, podemos pensar que Lugones prosigue la tarea de Quesa-
da, en la medida en que coloca en la lengua el eje de la nacionalidad. Pero
da un paso más, porque ahora esa lengua no sólo es la lengua culta, sino una
determinada lengua dentro de la lengua culta. Es la lengua poética. Porque la
poesía es lo que para Lugones transforma un idioma en una obra de ar te;
aquello -podría decirse- que toma la materia de la lengua y la espiritualiza. “Y
como el idioma –concluye Lugones- es el rasgo superior de la raza, como cons-
tituye la patria en cuanto ésta es fenómeno espiritual, resulta que para todo
país digno de la civilización no existe negocio más impor tante que la poesía".
Obviamente, lo que Lugones está diciendo es que el escritor poeta (que es él
mismo) es quien debe gozar del mayor reconocimiento social, puesto que es
nada más y nada menos que el que dice la patria, pero ya no porque exprese
una realidad anterior (el gaucho, en este caso, como también en Quesada), si-
no porque en rigor el poeta hace la nacionalidad al espiritualizar (poetizar) la
noble pero tosca realidad que aquel héroe material encarnaba.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

La poesía está dotada en el texto de un cuádruple privilegio: es expresión


par ticular de la vida heroica de las razas; descubre "la relación de belleza que
constituye la armonía de las cosas"; realiza una función general del ar te, que
es "la espiritualización de la materia", y, por fin, detecta el sentido verdadero
que la historia ha ocultado. En este último sentido, el poeta es un hermeneu-
ta, un intérprete, alguien que ve signos, huellas, marcas, que los demás no
pueden descifrar. Éste es un tema que se hunde en la lejana historia de las
ideas y de las mentalidades. Piensen simplemente en la tragedia Edipo, de
Sófocles. Allí hay todo un tema instalado en cuanto a lo que se ve y a lo que
no se ve. Edipo es el hombre de la desmesura: ha resuelto el enigma de la
Esfinge, ha asesinado a su padre y se ha casado con su madre. Y sin embar-
go (o tal vez por eso), no ve, no ve las evidencias de esas desmesuras que lo
van a llevar al límite mismo del horror humano. El que ve, es el viejo adivino
ciego. Y cuando Edipo ve, cuando se da cuenta, se arranca los ojos.
De uno u otro modo, este tópico atraviesa los siglos, y con el romanticis-
mo retorna canónicamente. Se trata del poeta visionario, del poeta profeta.
El personaje que concentra estos atributos es Victor Hugo. Un libro de Béni-
chou sobre el período se llama precisamente El tiempo de los profetas.

Busque en un diccionario etimológico la palabra vate.


Asociar el significado a la figura del poeta, profeta y vi-
sionario, sobre el que estamos reflexionando.

Entre nosotros, y dentro de la corriente romántica, Sarmiento realiza esa


autoconstrucción en un célebre pasaje del Facundo. Cuando narra su par ti-
da hacia el exilio chileno, dice que al pasar por los Baños de Zonda escribió
con carbón esta frase: On ne tue point les idées. Entonces el gobierno “man-
dó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico [...] Oída la traducción,
‘Y bien’, dijeron. ‘¿qué significa esto?”. El pasaje es claro: Sarmiento escri-
be en la lengua de la civilización (el francés), los bárbaros no pueden enten-
der su significado, no pueden develar el jeroglífico. Quien sí puede hacerlo
es el propio Sarmiento. Él es entonces el hermeneuta, el que puede develar
los signos que los otros no pueden comprender.

Pero hay más al respecto, y aunque nos alejemos un


tanto del texto de Lugones, no quiero dejar de indicar-
lo, para poder proponerles algunas reflexiones. Prime-
ro, que cuando Sar miento traduce aquella frase (que li-
teralmente dice: “Las ideas no se matan”), escribe “A
los hombres se degüella: a las ideas no”. Piensen uste-
des en esta traducción, que es una “translación”. Y
piénsenlo porque ése va a ser uno de los grandes te-
mas de una cultura derivativa como la argentina, esto
es, de una cultura que tiene que traducir a partir de
los focos que considera más prestigiosos de la cultural
occidental. Y además, Sar miento atribuye esta frase a
un escritor francés (Fortoul), que en realidad no es el
autor, sino que pertenece a Diderot. ¿Qué les sugiere
este equívoco con respecto al lugar en la cultura occi-
dental de un intelectual sudamericano?

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Universidad Virtual Quilmes

Entonces, Sarmiento, un miembro de la elite político-intelectual argentina,


a mediados del siglo XIX se siente habilitado para desempeñar el papel de
intérprete, de hermeneuta. Y es notable que en el mismo Facundo, dentro de
los “tipos” que describe como producto de la pampa, va a incluir tres figuras
positivas de gauchos: el cantor, el rastreador y el baqueano (la negativa es
“el gaucho malo”, de cuya semilla surgirá Facundo Quiroga y luego Rosas).
Obser ven que hay dos tipos que compar ten la vir tud de la hermenéutica con
el propio Sarmiento: el rastreador y el baqueano son los que ven signos en
la tierra, en las huellas, en los pastos, cuyo sentido pueden interpretar y así
orientarse en el terreno.
Ahora, retornando a las conferencias de El payador, vemos que otro miem-
bro de la elite intelectual, Leopoldo Lugones, en tanto poeta, es el que sabe,
en función de hermeneuta. Allí es donde el texto abunda en un alarde etimo-
lógico. Porque aquí el hermeneuta es el que restituye el sentido originario de
las palabras. Ese sentido se ha perdido, haciendo aparecer una tradición que
no es la verdadera. Aquí Lugones cree –en la línea de la lingüística entonces
dominante- en la existencia de un sentido originario, de una palabra primor-
dial, como cuando afirma que "la palabra primordial y característica del hom-
bre es pues mama", y “los nombres primordiales del universo resultaron de
esta primera palabra". Estas etimologías lugonianas suelen ser arbitrarias.
Doy un solo ejemplo. Él establece que la etimología de la palabra "canoa" re-
mite al latín canna. Pero si vamos al Diccionario crítico etimológico castella-
no e hispánico, de J. Corominas (Madrid, Gredos, 1984, v. I, p. 809), leemos:
"Canoa, del arauaco de las Lucayas, 1a. doc.: 1492, Diario de Colón, 26 oc-
tubre; Nebr. ('canoa, nave de un madero: monoxilum' [...] Según Freiderici, el
vocablo arauaco debía ser préstamo del caribe, donde tiene la forma kanwa
[...] Del español pasó el vocablo a todas las lenguas modernas [...]".
La forma caprichosa de estas etimologías de Lugones no es empero ca-
prichosa respecto de la estrategia argumentativa del texto, porque esta es-
trategia tiene una línea conductora básica. Recordémosla: se trata de defi-
nir una nacionalidad, la argentina. Esa nacionalidad debe construir un lina-
je. Ese linaje Lugones no lo quiere encontrar ni en el indio ni en España. Lo
va a localizar en el gaucho, pero en un gaucho que no remite a ninguna de
esas dos realidades. Porque Lugones quiere conectar lo argentino con la he-
rencia clásica, con la herencia greco-latina. Por eso dice en esas conferen-
cias que "nosotros per tenecemos al helenismo". Cumple así un doble obje-
tivo: diseña una historia que dota a la nacionalidad argentina de un linaje
propio, pero que simultáneamente elude las referencias al pasado indígena
y a la herencia española y católica, manteniéndose fiel a los lineamientos
sentados por la versión liberal desde el siglo XIX. Pero además, según la te-
mática que hemos visto instalada por Rodó en el Ariel, el griego es el ideal
que permite imaginar la restauración de una sociedad armónica frente a los
efectos disolventes de la modernidad. Lugones insiste por eso en que exis-
ten analogías naturales entre el alma helénica y la argentina, por extrava-
gantes que esas semejanzas nos puedan resultar: "A este respecto –dice-,
he presenciado en los carnavales de La Rioja algunas escenas de carácter
completamente griego", donde hay individuos "bajo coronas de pámpanos"
o se obser va "una damajuana de vino cuyo empajado con asas recuerda la
ánforas de Arcadia"...
Es así como construye una tradición, que es un linaje tramitado median-
te una mitología de la historia. El legado greco-latino fue interrumpido por el

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

cristianismo, esa "religión -afirma Lugones en la línea de Nietzsche- de es-


clavos, de desesperados, de deprimidos por los excesos viciosos [...], y su
correspondiente iglesia cuyo misticismo oriental perseguía la anulación del
individuo". Interrumpida la civilización pagana por el triunfo de ese dogma
oriental, este último animará la España posterior. En ella "el castellano para-
lítico de la Academia corresponde a la España fanática y absolutista", pero
por suer te estamos tan separados de ella como ella misma del espíritu que
animó a los primeros conquistadores, lo cual nos permite afirmar que "lo
que nosotros restauramos y seguimos restaurando es la civilización por ella
perdida". Porque aquel pasado clásico sobrevivió en la Provenza, donde lo
encontraron los últimos caballeros andantes, que fueron justamente los pri-
meros conquistadores hispanos, quienes así trajeron al mundo recién descu-
bier to "por un compatriota espiritual, un ligur precisamente, el germen del fu-
turo definitivo Renacimiento". Esta línea cultural es la que será heredada por
el gaucho. Y no se crea -agrega- que esta afirmación compor ta “un mero ejer-
cicio del ingenio", porque "Mar tín Fierro procede verdaderamente de los pa-
ladines”, es “un miembro de la raza hercúlea."
Pero he aquí, que aquello heredado por el gaucho no es un concepto in-
telectual o moral, sino una emoción eterna alimentada en la belleza, que
"viene a ser, así, el vínculo fundamental de la raza". El gaucho entonces –pi-
lar material de la nacionalidad- acaba de ser comunicado con un linaje que
lo remite hasta la antigüedad clásica. De esa antigüedad, el valor definitorio
tomado por Lugones es el mismo que el adoptado por Rodó, y en consonan-
cia con el canon modernista. La belleza es el valor supremo. Esta belleza es
entendida en términos clásicos como armonía. Y estos valores son aquéllos
que sólo la poesía puede realizar.
Pero ¿qué es el gaucho así imaginado por Lugones? De los cuatro tipos
señalados en el Facundo (el rastreador, el baqueano, el gaucho malo y el can-
tor), Lugones toma el último: el gaucho será básicamente el payador, que
compar te con el poeta el privilegio de la palabra bella y de la armonía supre-
ma brindada por la música. La música per tenece además al ámbito de lo es-
pontáneo, hasta el punto de que "el ritmo fundamental del cual proceden to-
dos los que percibimos es el que produce nuestro corazón". Por eso, es la
revelación más genuina del carácter de un pueblo. Y es notable que Lugones
insista en que por este lado se produce un contacto entre cultura letrada y
cultura popular. No es casual –dice- que en el Cuándo, por ejemplo, se utili-
ce un sistema similar al de Bach.. Y apelando a un argumento populista, sos-
tiene que en su sencillez campesina, estos miembros del pueblo saben más
verdadera música que los contrapuntistas de conser vatorio. Lo que concilia
cultura alta y cultura popular es un tercero que los comunica, que no es otro
que el alma de la raza: "Cuando nuestros gauchos se regocijan con el poe-
ma que a los cultos también nos encanta, es porque unos y otros oímos pen-
sar y decir cosas bellas, interesantes, pintorescas, exactas, a un verdadero
gaucho". Es una manera, como se ve, de afirmar una identidad por sobre las
diferencias sociales.
¿Cuál fue asimismo el apor te del gaucho a la causa concreta de la cons-
trucción de una nación? El gaucho fue –dice Lugones- “el héroe y civilizador
de la Pampa", y triunfó allí donde fracasó la conquista española, que no pudo
conquistar el desier to, que no pudo contra el indio. Porque explícitamente, y
siguiendo el legado dominante de la tradición liberal argentina, los nativos
quedan excluidos de esta construcción de una identidad nacional. Para ello,

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Universidad Virtual Quilmes

el texto lugoniano traza una típica bestialización del Otro: esas "razas sin ri-
sa" poseen "la har tura taimada de la fiera. Todo en ellas era horrible, física y
moralmente hablando". "Untados con enjundia de ñandú o de potro, para me-
jor resistir la intemperie y el hambre, venían clamoreando su alarido aterrador,
fétidos y cerdudos los guerreros salvajes". De allí que no exista ninguna “cláu-
sula inclusiva” para los aborígenes en el discurso lugoniano. Por eso "aquel
problema no tenía otra solución que la guerra a muer te", y "la ocupación de-
finitiva de la Patagonia resultó, pues, una verdadera 'conquista del desier to'".
La funcionalidad del gaucho en aras de la civilización habría residido en
su carácter de entidad intermedia. Era preciso un sujeto que fuera genuino
de la pampa pero que albergara el estímulo de la civilización. "La eficacia del
gaucho consistía, pues, en ser, como el indio, un elemento genuino de la
pampa, aunque más opuesto a él por igual razón”. Para avalar esta superio-
ridad del gaucho sobre el indígena, Lugones apela otra vez a una axiología
estética: puesto que la sensibilidad del gaucho –dice- “resultaba simpática
al bien de la música que el alma salvaje desconocía". Fue así el "elemento
diferencial y conciliador a la vez entre el español y el indio".
Luego, y a la hora de componer la figura del gaucho, Lugones apela a un
recurso romántico que había practicado Sarmiento: describir su traje, su ves-
timenta. Este principio argumentativo se apoya en el supuesto romántico de
que la realidad es una totalidad expresiva, y que se expresa a través de sus
par tes. Por eso, para Sarmiento describir un traje es describir una cultura:
"cada civilización –leemos en Facundo- ha tenido su traje". Miremos ahora la
descripción que hace del traje del gaucho: está formado por "el pantalón an-
cho y suelto, el chaleco colorado, la chaqueta cor ta, el poncho, como trajes
nacionales, eminentemente americanos". Por el contrario, en Lugones, la
descripción de la vestimenta gaucha se realiza por una saturación de ele-
mentos, todos ellos impor tados. Ese traje está compuesto por el "tirador",
"que todavía por tan los campesinos húngaros, rumanos y albaneses", mien-
tras que "los primitivos pastores griegos usaban, precisamente, botas aná-
logas". El poncho es “heredado de los vugueros de Valencia". Los tamangos
son una especie de rústico calzado sin suelas, de cor te enteriz, “como los
calcei romanos". En suma, "el gaucho habíase creado, asimismo, un traje en
el cual figuraban elementos de todas las razas que contribuyeron a su forma-
ción". De todas esas razas, como se ve, ninguna es americana, y con ello se
remarca que aquello que de bárbaro contenía en la descripción sarmientina,
ahora ha sido expurgado de su vestimenta.
En este momento de la argumentación retorna la función del ar tista. Ya
que si los elementos que componen al gaucho son de diverso origen, el poe-
ta es el encargado de armonizarlos en un todo coherente. El ar tista enton-
ces es el restaurador de la armonía, del hilo del sentido de una historia, de
la continuidad de un linaje, que pueda mostrar que el ser nacional no es fran-
kensteiniano, diríamos, como en el Mar tí de Nuestra América. Efectivamen-
te, en este texto altamente significativo del intelectual cubano, publicado en
1891, surge una impugnación del modo de componer una identidad nacio-
nal americana a par tir de la incorporación pasiva, puramente imitativa, de
elementos europeos. Ya que de tal manera "éramos –escribió Mar tí- una vi-
sión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Era-
mos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el
chaquetón de Nor teamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos da-
ba vueltas alrededor". De este modo, como dice agudamente Julio Ramos:

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

"El discurso martiano, nuevamente, se sitúa ante la


fragmentación e intenta condensar lo disperso". Pero
fundamentalmente –agrega- "en Nuestra América el
caos no es efecto de la 'barbarie', de la carencia de mo-
der nidad; la descomposición de América es producida
por la exclusión de las culturas tradicionales del espa-
cio de la representación política. De ahí que Nuestra
América proponga la construcción de un 'nosotros' he-
cho justamente con la materia excluida por los discur-
sos -y los Estados- moder nizadores": el indio, el negro,
el campesino.

Para Lugones, en cambio, es el gaucho, así definido como heredero de


una tradición que no es autóctona, quien configura la roca dura de la nacio-
nalidad. Y lo es en principio por su literal apor te de sangre en las guerras de
la independencia. Allí su sangre fue “el elemento experimental”. Y todo cuan-
to es propiamente nacional, viene de él.

“La guerra de la independencia que nos emancipó; la guerra ci-


vil que nos constituyó; la guerra con los indios que suprimió la
barbarie en la totalidad del territorio; la fuente de nuestra litera-
tura; las prendas y defectos fundamentales de nuestro carácter;
las instituciones más peculiares, como el caudillaje, fundamen-
to de la federación, y la estancia que ha civilizado el desier to: en
todo esto destácase como tipo".

Los gauchos contuvieron asimismo otro rasgo que a Lugones le parece


encomiable, porque se aviene con su idea de una sociedad jerárquica tutela-
da por una aristocracia. Y es que "los gauchos aceptaron, desde luego, el pa-
trocinio del blanco puro con quien nunca pensaron igualarse política o social-
mente, reconociéndole una especie de poder dinástico que residía en su ca-
pacidad urbana para el gobierno". Del mismo modo, la relación armónica de
la sociedad en formación estaba asegurada porque este elemento dispues-
to a la obediencia convivía con una elite legítima para el ejercicio del gobier-
no. He aquí el retrato de esa elite deseada por Lugones, que en no pocos as-
pectos hace pensar en cier ta imagen del general Mitre: "Aquellos patrones
formaban, por lo demás, una casta digna del mando”. Uno de ellos regresa-
ba del desier to, y "en la correspondencia que iba recorriendo pasaban res-
petables membretes de Londres, citaciones del Senado, alguna esquela con-
fidencial del presidente de la República; pues tales hombres, caudillos de
gauchos en la pampa, eran a la vez los estadistas del gobierno y los caba-
lleros del estrado." "Maestros en las ar tes gauchas, éranles corrientes al
mismo tiempo el inglés del Federalista y el francés de Lamar tine. En sus ca-
beceras solían hallarse bien hojeadas las Geórgicas [...] Tostados aún de
pampa, ya estaban comentando a la Patti en el Colón, o discutiendo la últi-
ma dolora de Campoamor entre dos debates financieros"...
No deja sin embargo Lugones de señalar como un mal las prácticas frau-
dulentas en la política. “No obstante, agrega, aquella oligarquía tuvo la inte-
ligencia y el patriotismo de preparar la democracia contra su propio interés,

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Universidad Virtual Quilmes

comprendiendo que iba en ello la grandeza futura de la nación". No debemos


olvidar que Lugones pronuncia estas conferencias en 1913, es decir, un año
después de que ha sido aprobada la ley de sufragio que lleva el nombre de
quien, como presidente de la república, lo está escuchando: Roque Sáenz Pe-
ña. Esa misma clase dirigente fue por ende la que puso "los fundamentos
de la sociedad democrática: la instrucción pública, la inmigración europea, el
fomento de la riqueza y la legislación liberal". Empero, precisamente la rea-
lización del proyecto inmigratorio marca un déficit en su gestión, porque en
atención del mismo se pospuso al hombre de la pampa: "Él, como hijo de la
tierra, tuvo todos los deberes, pero ni un solo derecho, a pesar de las leyes
democráticas". "Pospuesto al inmigrante que valorizaba para la burguesía
los llecos latentes de riqueza, fue paria en su tierra, porque los dominadores
no quisieron reconocerle jamás el derecho a ella".
Ya en 1910, en un libro titulado Didáctica, Lugones había adherido a la
alarma presente en la elite, y con tonos cada vez más agresivos. "La inmi-
gración cosmopolita tiende a deformarnos el idioma con apor tes generalmen-
te perniciosos, dada la condición inferior de aquélla. Y esto es muy grave,
pues por ahí empieza la desintegración de la patria. La leyenda de la Torre
de Babel es bien significativa al respecto: la dispersión de los hombres co-
menzó por la anarquía del lenguaje". Y en El payador incluye una célebre fra-
se, que adopta casi la forma del desafío en un duelo criollo:

"La plebe ultramarina, que a semejanza de los mendigos ingra-


tos nos armaba escándalo en el zaguán [...] Solemnes, treme-
bundos, inmunes con la representación parlamentaria, así se vi-
nieron. La ralea mayoritaria paladeó un instante el quimérico pre-
gusto de manchar un escritor a quien nunca habían tentado las
lujurias del sufragio universal".

Esa clase dirigente no vio lo que había de justo en las reacciones de los
criollos contra “el gringo industrioso y avaro”, aunque también contra la de-
testable autoridad de campaña. No hubo intentos de conciliarlo con aquel
elemento europeo, cuya rudeza apor taba, sin embargo, las vir tudes del tra-
bajo metódico.
Mas luego de todo este complejo desarrollo en defensa del gaucho, Lugo-
nes reitera el movimiento de Ernesto Quesada. Para que el gaucho se con-
vir tiera en símbolo de la nacionalidad –sostiene- fue necesaria su extinción
real, por lo cual ésta no debe lamentarse: "Su desaparición es un bien para
el país, porque contenía un elemento inferior en su par te de sangre indíge-
na". Podría aquí recordarse la prevención de Jürgen Habermas en su Teoría
de la acción comunicativa con respecto a este tipo de construcciones tradi-
cionalistas: "La dificultad del tradicionalismo de la cultura –escribió el filóso-
fo alemán- consiste en que tiene que ocultar sus principios fundamentales;
pues sólo necesitan de ese tipo de evocación aquellas tradiciones que han
perdido el aval de las buenas razones. Todo tradicionalismo lleva la marca de
un neotradicionalismo".
De todas maneras, Lugones insiste en que el espíritu gaucho subsiste a
pesar de su extinción como tipo étnico y social. Por eso, "fácil será hallar en
el gaucho el prototipo del argentino actual". "No somos gauchos, sin duda;

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

pero ese producto del ambiente contenía en potencia al argentino de hoy, tan
diferente bajo la apariencia confusa producida por el cruzamiento actual.
Cuando esta confusión acabe, aquellos rasgos resaltarán todavía, adquirien-
do entonces una impor tancia fundamental el poema que los tipifica, al faltar-
les toda encarnación viviente".
Asimismo, en su música folklórica se halla la verdadera nacionalidad, y no
en ese producto de mezcla, de hibridación, que es el tango. Aquí Lugones
compar te un juicio negativo compar tido por la elite, y que seguirá presente
hasta en Borges. En la música campera –dice Lugones- está la verdadera
esencia de la nacionalidad, y “no en las contorsiones del tango, ese reptil de
lupanar, tan injustamente llamado argentino en los momentos de su boga
desvergonzada".
También, esta historia de un linaje se confunde por momentos con la his-
toria de su propia familia, según un movimiento tan perceptible en Sarmien-
to o Alberdi, consistente en identificación de historia familiar con historia de
la patria. Así, cuando Lugones establece la genealogía y la continuidad civili-
zatoria a través de la música, todo ese gigantesco proceso milenario que par-
te de Grecia parece haber trabajado para desembocar en el hogar paterno y
en la estancia, donde la "dulce vihuela gaucha que ha vinculado a nuestros
pastores con aquéllos de Virgilio" se trasmutó en la "música compañera de
las canciones de mi madre". Y al hablar de esa sabia oligarquía, incluye así
la figura de su propio suegro: “hombre de duros lances con la montonera, so-
lía llevar en el bolsillo de su pellón un diccionario de la rima...". Asimismo,
relata haber leído más de una vez el Mar tín Fierro ante el fogón que congre-
gaba a los jornaleros de la estancia después de la faena. Por ejemplo, esta
descripción sin duda bucólica, con un final evocador de la épica:

“La soledad circunstante de los campos, la dulzura del descan-


so que sucedía a las sanas duras tareas, el fuego doméstico cu-
yas farpas de llama iluminaban como bruscos pincelazos los ros-
tros barbudos, componían la justa decoración. Y las interjeccio-
nes pintorescas, los breves comentarios, la hilaridad dilatada en
aquellas grandes risas que el griego elogia, recordábanme los vi-
vaques de Jenofonte".

El que sabe, es asimismo el que ha visto en sus viajes y el que posee.


Las siguientes son algunas referencias donde estas mostraciones aparecen
en el texto: "El 'fiador' o collar [...] figura en el jaez de una antigua miniatu-
ra persa, que lleva el número 2265 del Museo Británico". "Tengo una vieja
espuela de fierro, procedente de San Luis, enteramente igual a otra inglesa
del siglo xvi que se halla en la colección del Museo Victoria y Alber to, en
Londres".
Al finalizar las conferencias, contamos con la crónica del diario La Nación
para tener un alcance mayor del significado y la repercusión de las conferen-
cias de Lugones.

"Al terminar Lugones –leemos en la crónica-, el público entero,


de pie, le aclamó largamente, impresionado, conmovidos mu-

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Universidad Virtual Quilmes

chos hasta las lágrimas. Fue un momento de triunfo como no lo


ha obtenido y disfrutado, en nuestros tiempos, ningún escritor,
ningún conferenciante ante el público argentino". Y "al decir Lu-
gones las últimas palabras, la sala lo aclama, obligándole por
dos veces a presentarse en el escenario, donde su aparición re-
doblaba la fuerza de los aplausos y de los bravos interminables.
Buena par te del público espera luego a Lugones en el vestíbulo
del Odeón, y en la calle, donde estas manifestaciones se repi-
ten, efusivas, conmovidas, cuando el escritor abandona la casa
de sus triunfos".

Pero además, esa crónica no deja de señalar algo que se inscribe en


la misma línea de reivindicación nacionalista que las conferencias que co-
menta. Era uso en la época traer intelectuales europeos que pronuncia-
ban conferencias en los teatros argentinos. Por eso La Nación celebra que
"sobre estas tablas, que parecían destinadas al monopolio de la literatu-
ra extranjera, sea dicho sin sombra de reproche, antes con todo respeto
y estimación, hemos probado que las cosas nuestras contadas por un es-
critor nuestro, eran también dignas de interesar nos en belleza y en ver-
dad".
Y el propio Lugones completa en la crónica un nuevo sentido de su in-
ter vención: "Felicítome –dice- por haber sido el agente de una íntima comu-
nicación nacional entre la poesía del pueblo y la mente culta de la clase
superior; que así es como se forma el espíritu de la patria". "Mi palabra
no fue sino la abeja cosechera que lleva el mensaje de la flor silvestre a
la noble rosa del jardín". He aquí al poeta de la patria conver tido nada más
y nada menos que en el mediador privilegiado entre el pueblo y la clase di-
rigente.
Al concluir su inter vención, Leopoldo Lugones ha operado una repoliti-
zación de la cultura intelectual y del modernismo literario. Al decir lo que
dijo, del modo como lo dijo y ante quien lo dijo, asumió una función emi-
nentemente política. Se refuerza así la verificación de la escasez de segui-
dores de la ideología del ar te por el ar te en América Latina, y en cambio la
for taleza de la asunción de "la función social de la belleza" y, en fin, de la
pregnancia de la política sobre el intelectual de esta par te del mundo, con
la consiguiente dificultad para separar “las esferas de competencia” como
rasgo de la modernidad.
Por otra par te, y ya en el orden de los contenidos, la interpretación lu-
goniana de la identidad nacional se inscribió vigorosamente desde el po-
der en el amplio arco de la querella por la nacionalidad. Que esta versión
no dejó de causar sorpresa y oposición lo revelará la posterior encuesta de
la revista Nosotros, así como las impresiones francamente confundidas de
ese otro miembro de la elite intelectual que fue Juan Agustín García: "Lu-
gones considera a Mar tín Fierro como un poema épico –escribió-, y su con-
cepto fue aplaudido con entusiasmo por manos enguantadas"... Pero de
allí en más la ecuación criollista figurará en el imaginario nacional como
una de las que con mayor eficacia habrán inter venido en esta recurrente
disputa por la definición de una identidad nacional.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Sobre la base de lo expuesto, compare las versiones y


las operaciones discursivas que realizan Quesada y
Lugones con respecto a la construcción de la figura del
gaucho como ancestro de la nacionalidad argentina.

Bourdieu, Pierre. “Campo intelectual y proyecto creador”, en Pouillon, Jean,


y otros, Problemas del estructuralismo, Siglo XXI, México, 1967.
Real de Azúa, Carlos. Modernismo e ideologías, separata de la revista Punto
de Vista, Buenos Aires, año IX, n. 28, noviembre de 1986.
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Zum Felde, Alber to. Proceso intelectual del Uruguay. II La Generación del No-
vecientos, Librosur, Montevideo, 1985.

83
3

Crisis del liberalismo y reacción antipositivista

3.1. El balance del Centenario entre el homenaje y las dudas de la


conciencia liberal: El juicio del siglo, de Joaquín V. González

En esta unidad se desarrollarán algunos aspectos de la cultura letrada en


la Argentina en la segunda década del siglo XX. Tomaremos como ejes orde-
nadores de ese período dos fenómenos de diversa índole: la llamada “reac-
ción antipositivista” y la crisis del liberalismo. Ambos fenómenos están de
algún modo entrelazados, debido a que en rigor la crisis del liberalismo y la
pérdida de la hegemonía intelectual del positivismo han sido proyectadas so-
bre el gigantesco telón de fondo de la gran guerra de 1914-1918. Pero an-
tes de ingresar en esos aspectos, vamos a leer con cier to detenimiento, ape-
lando a una exposición que glosa el texto considerado, un libro que tiene el
expreso propósito de oficiar de balance de época. Se trata justamente de El
juicio del siglo, de Joaquín V. González, publicado en 1910.
La función de este escrito dentro del curso es ofrecer una mirada de un
miembro de la elite político-intelectual, prácticamente en el momento de cierre
de su experiencia al frente del Estado, esto es, antes de experimentar las de-
rrotas electorales posibilitadas por la ley Sáenz Peña de 1912 hasta desembo-
car en la de 1916 a manos del radicalismo liderado por Hipólito Yrigoyen.
En el momento en que escribe aquel texto, Joaquín Víctor González tiene
tras de sí una notable carrera político-intelectual. Nacido en Nonogasta, La
Rioja, en 1863, y descendiente de una familia tradicional de la provincia,
cursó sus estudios de abogacía en la Universidad de Córdoba. Fue gober-
nador de La Rioja, diputado y senador, así como ministro del Interior en la
segunda presidencia de Roca y de Justicia e Instrucción Pública en la de
Quintana. Periodista y profesor de enseñanza secundaria y universitaria,
fundó en 1905 la Universidad de La Plata, universidad que presidió hasta
1918. Entre sus obras más significativas figuran La tradición nacional, Mis
montañas, Patria, El juicio del siglo, La Patria Blanca, Estudios constitucio-
nales, Patria y Democracia.
Figura intermedia entre los gentlemen escritores y los intelectuales más
profesionalizados como Ernesto Quesada (según ha indicado Darío Roldán),
en 1910 González par ticipa con su escritura del fundamental número del dia-
rio La Nación destinado a celebrar el Centenario. El juicio del siglo es el tex-
to allí incorporado y está dividido en dos par tes: “El ciclo de la Revolución”
y “El ciclo de la Constitución”.
Al repasar la escritura de la historia nacional, González no duda que esa
tarea está básicamente realizada, en sus rasgos fundamentales, por las his-
torias de Vicente Fidel López y de Bar tolomé Mitre. Más aún: “ya no será
posible alterar aquellas líneas y rasgos fundamentales” que ambos constru-
yeron. De modo que encontramos que se han constituido unas versiones

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Universidad Virtual Quilmes

historiográficas que habrían “normalizado”, digamos, la visión del pasado


en el interior de la elite. Y no se trata de un dato menor, habida cuenta de
la impor tancia del género historiográfico para construir un sentido colectivo
en los tiempos de la modernidad, es decir, en los tiempos en que el proce-
so de secularización erosiona y finalmente bloquea las posibilidades de que
esa función dadora de sentido pueda ser ejercida por la religión.
No obstante, existe un propósito revelado por el propio González que
muestra la influencia de la cultura científica sobre su manera de encarar los
documentos del pasado:

“Es tiempo ya de empezar el análisis científico que procure


arrancar la historia del dominio de las causas accidentales, tran-
sitorias o personales, para ensayar la deducción de leyes cons-
tantes o periódicas, radicadas ya sea en los caracteres étnicos
y territoriales invariables, ya en las propias enseñanzas del pa-
sado más remoto, ya por fin en la sistematización de las ideas,
principios o teorías expuestas por los escritores de la época”.

Animado de este espíritu, El juicio del siglo comienza por la Revolución de


Mayo. Esta revolución ha tenido causas fundamentalmente internas, con lo
cual la liber tad y la independencia son logros propios de los argentinos o,
mejor, de los sudamericanos, puesto que se trataba de un sentimiento ex-
pandido por todo el ámbito hispanoamericano. Mas si esa revolución fue el
origen más inmediato de la nación argentina, González insiste con algo que
forma par te de sus propias convicciones y de sus propias relaciones políti-
cas presentes: que la historia argentina tiene raíces más profundas, y que
esas raíces llegan hasta la Colonia:

“Las nacionalidades no son árboles adventicios nacidos en tie-


rra movediza, de la semilla viajera que el viento transpor ta a su
capricho de una región a otra; ellas son como los gigantescos
olivos, ombúes o encinas de los solares paternos, cuyas raíces
se pierden en las más profundas capas del suelo, recogen su sa-
via de los más remotos países, y cuya sombra ha cobijado gene-
raciones y más generaciones de abuelos y nietos. [...] Y lo que
constituye la personalidad, el alma, el timbre, la fuerza y vitali-
dad de una nación, es la constancia y convencimiento de la ley
de unidad que vincula el núcleo viviente con sus remotos oríge-
nes ancestrales”.

Pueden ver ustedes aquí en acto, por así decir, una manera perfectamen-
te instalada, canónica, de imaginar la nacionalidad y la nación. Se trata de una
argumentación que tiende a exorcizar el azar, lo aleatorio, lo casual, y más
bien a sostener que la nación ha sido y es tan eterna como el agua y el aire,
adoptando casi la forma de un fenómeno de la naturaleza, en el sentido en
que se trata de extraerla, de sacarla, del ámbito de los entes históricos, en el
sentido fuer te del término. Mediante este procedimiento discursivo, lo que se

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

persigue sin duda es dotarla de un pasado prestigioso, tanto más prestigioso


si se hunde “en la bruma de los tiempos”. González lo dice explícitamente:
“Nuestra nacionalidad será, pues, más perfecta y consciente mientras más
hondamente pueda atestiguar las raíces de su genealogía; y los fenómenos,
lecciones y caracteres de su historia serán tanto más ejemplares y docentes
cuanto con mayor precisión puedan determinarse sus orígenes, sus conexio-
nes, sus ascendencias, en el pasado inmediato de los tres siglos coloniales
y en el más remoto de la raza materna, en la cuna europea de la civilización
de que preceden su sangre y su genio” (subrayo aquellos términos que cum-
plen esa función de imaginar la nacionalidad argentina dotada de un pasado
que la comunica con los orígenes mismos del mundo europeo u occidental).
Incluso la determinación de las fronteras, esto es, la representación terri-
torial, como elemento inescindible del concepto de nación, responde para
nuestro autor a causas perfectamente detectables científicamente. El mapa
de las naciones y pueblos desprendidos del virreinato del Río de la Plata, a
pesar de “las varias contingencias y reacciones de la política revolucionaria”,
volvía una y otra vez a rediseñarse como siguiendo fuerzas objetivas indepen-
dientes de esos azares, “cual si obrase una ley de gravitación incontesta-
ble”. Las guerras de la independencia son vistas asimismo en cier to senti-
do como en una relación de continuidad, y de continuidad sobre el surco co-
mún de la civilización, con la gesta conquistadora de los españoles. Por eso,
dice González, “no hay error, y sí mucho heroísmo, en el paralelo que resulta
entre los primeros conquistadores que surcan las tierras vírgenes e ignotas
fundando pueblos, abriendo rutas y domando barbaries, y sus descendientes
de tres siglos que las recorren de nuevo sobre sus huellas tras del nuevo
ideal liber tador” Resumiendo, entonces, la nación argentina estaba formada
en las conciencias de los habitantes de esta par te del mundo antes de los
sucesos revolucionarios. Nuestra historia nos comunica con un lejano pasa-
do que es el del entero occidente. Y las guerras de independencia contra los
españoles vienen a continuar una similar tarea civilizadora que desempeña-
ron en su momento los mismos españoles al conquistar América.
Pero cerrada la época de las guerras contra la ex metrópoli, se debe dar
cuenta del hecho que movilizó tantos intentos explicativos desde el siglo pa-
sado: las guerras civiles. A su propósito, González enuncia un dato que con-
sidera permanente y constitutivo de la historia político-social argentina, y que
por eso puede proponerse como ley del desarrollo nacional. Es la discordia,
fundada en rivalidades personales o en antagonismos latentes, de regiones
o de facciones; la discordia que asume las formas más violentas e inconci-
liables y se condensa en la lucha por el predominio sobre la acción interior,
“con una fría e inconsciente indiferencia por la acción conjunta o externa, al
grado de sacrificarle esta última a manera de víctima propiciatoria”. El disen-
so interno es para González no sólo un elemento constitutivo de la historia
nacional que explica el pasado. Puede verse en el texto que es un dato pre-
sente aún en la Argentina del centenario.
A pesar de esto, el proceso histórico se fue desenvolviendo progresiva-
mente. Si ello fue así, González no duda que se debió a la existencia de una
elite, “un núcleo de hombres selectos”, y es impor tante atender a las carac-
terísticas positivas que para él definen esa aristocracia dirigente: “la cultu-
ra, la disciplina mental y la secular herencia doméstica” ligada a “los más
puros orígenes de la raza”. Y nuevamente, al definir en qué residía la supe-
rioridad intelectual y moral de “esos varones incorruptibles”, considera uno

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Universidad Virtual Quilmes

de los valores más decisivos el contacto con la antigüedad a través de la lec-


tura de los clásicos realizada en los colegios tanto de Córdoba como de Bue-
nos Aires.
No obstante, la ley de la discordia interna va a malograr estas capacida-
des. Vuelve entonces González a un hecho siempre destacado por la tradi-
ción política argentina: el ejemplo de Chile, que, luego de asegurar el orden
constitucional por la car ta de 1833, se libró de las violentas luchas inter-
nas que padeció la Argentina. En fin, no es casual que esta aseveración ven-
ga después de otra referencia a la pérdida de la Argentina a manos del país
trasandino de Punta Arenas, en el extremo sur. Lo que González está sin du-
da viendo es que Chile logró niveles de estatalidad tempranos y envidiables,
allí donde esa tarea en la Argentina demoró hasta consumarse en 1880.
Fue esa ventaja la que le permitió a Chile constituir aquello sin lo cual Gon-
zález piensa que no hay nación viable, esto es, una clase gobernante imbui-
da de ideales nacionales y no de grupo o facción. Lo que llama la “ley his-
tórica de la discordia intestina” resurge así como clave explicativa de los
males argentinos.
Las guerras civiles (fundadas en conflictos internos, sobre todo entre Bue-
nos Aires y el Interior, que no encuentran el modo de resolverse mediante la
búsqueda pacífica del consenso) transcurren al mismo tiempo que se dan
una serie de intentos siempre frustrados por dotarse de esbozos constitu-
cionales. La causa de esto fue “la falta de expresión directa o sincera de la
voluntad popular, libre y ampliamente consultada”. Es muy difícil no suponer
que en este párrafo González está otra vez pensando desde su propio pre-
sente, ni bien se considera que para entonces se halla en marcha el proyec-
to de reforma electoral del cual él par ticipa activamente, y que dos años más
tarde se consumará en la llamada Ley Sáenz Peña de sufragio universal
(masculino), secreto y obligatorio.
La anarquía –sigue diciendo El juicio del siglo- produjo a su vez, desde el
fondo de las masas inorgánicas, los conductores representativos o caudillos.
Y en esta línea de análisis, González tropieza inexorablemente con la pregun-
ta crucial que estimulaba la reflexión desde la generación del 37 hasta su
presente. Es la misma pregunta del Facundo: ¿por qué, y cómo, un país que
había realizado exitosamente una revolución liberadora había recaído en la
anarquía y luego en el despotismo? El despotismo, se sabe, alude a los go-
biernos de Juan Manuel de Rosas. Dentro de un tratamiento distanciado, co-
mo el que ya hemos visto en Quesada, y que para eso recurre a la “objetivi-
dad” científica, Joaquín V. González intenta explicar realmente el “fenómeno
Rosas”.
En principio, su origen no debe buscarse en las clases bajas, de las cua-
les pueden salir asesinos, malvados o delincuentes, y jamás en la mano del
caudillo que concentra el poder. Por el contrario, surge de las clases más se-
lectas, porque de algún modo el caudillo contiene “una calidad superior”. Pa-
ra que esa calidad superior se exprese es preciso que el primer elemento,
las masas incultas, demanden su ser vicio o su representación. Pero para
que tengan derecho a la demanda, o para que las masas se sientan con de-
recho a la demanda, han sido necesarias las guerras de la independencia.
En verdad, González apela a la explicación que, podríamos decir, desde el Fa-
cundo de Sarmiento hasta Revolución y guerra de Halperin Donghi se prepa-
ra la respuesta. Ésta dice que el fenómeno revolucionario y el de la guerra
activaron al mundo rural (lo “desencapsuló”, para Sarmiento), lo mismo que

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

decir que a par tir de 1810 el poder se ruraliza, pasa a otro escenario, en lu-
gar de aquél de las ciudades donde residía en la época colonial. Casi textual-
mente, González repite a Sarmiento: las ciudades llamaron en su ayuda a las
campañas, “para renovar o refrescar sus filas diezmadas por la fatiga o las
continuas guerras de exterminio recíproco”.
Otra manera de interrogar al enigma de la revolución argentina al que Gon-
zález apela, es preguntarse cómo es posible ese pasaje, que en rigor es una
ruptura, del gobierno ilustrado de Rivadavia, aun con sus errores, al siguien-
te predominio de Rosas. “¿Cómo se opera en el país –escribe- esta transfor-
mación tan substancial de la cultura en barbarie, de la clase de antiguo y
aristocrático abolengo en aquella oclocracia feroz y desordenada?” La res-
puesta de González no deja de ser sorprendente, porque viene a decir que la
pregunta está mal planteada, ya que no existió una transformación sino una
sustitución de un grupo por otro. No había, entonces, “huevo de la serpien-
te” agazapado y oculto en el interior de la clase alta. Porque es inadmisible
que “la alta clase, la culta y sedimentaria de los dos siglos y medio de in-
fluencia universitaria y plutocrática, hubiese doblegado voluntariamente la
cer viz a la capa adventicia que la tiranía y las montoneras habían levantado
de la nada, de la pasividad o la ser vidumbre”. Ocurrió, entonces, que la cla-
se alta fue literalmente expatriada, exiliada adentro o afuera del país. Mien-
tras las montoneras, dice, cabalgaban entre el polvo por todo el país, “en el
fondo de los hogares cultos, como los guardianes de las antiguas aras sa-
gradas, vivían recluidos y cultivando en silencio los patrios ideales y anhe-
los”. Impotentes para hacerse oír por la multitud (con lo cual la responsabi-
lidad se dirige hacia esta última), pagaron el duro precio de estar ante ma-
sas ignorantes. El remedio entonces es el que recoge del viejo legado ilus-
trado: el programa educativo, destinado a imbuir de ideas y valores a esas
multitudes argentinas. Aquel sector patricio debió mientras tanto esperar a
que la república se recuperara, para volver a salir a la luz, intacto. Ésa fue la
opor tunidad que brindó Urquiza, y que abrió el “ciclo de la Constitución”, al
que ahora González se aboca.
En búsqueda siempre de leyes o de “principios” que den sentido y unidad
a la historia nacional, Joaquín Víctor González considera entonces que exis-
ten en todo ese transcurso de la organización constitucional dos principios
dominantes. El primero, es el que llama el carácter ejecutivo de los gobier-
nos locales. Por esto entiende sencillamente que las instituciones argenti-
nas no son la expresión cabal de una voluntad soberana manifestada por el
sufragio, sino implementadas desde arriba por sobre dicha voluntad. El se-
gundo, que la forma federativa terminó por imponerse en la conciencia na-
cional a pesar de las fuer tes tendencias centralistas. Puestos en movimien-
to, las derivas, los cursos de esos dos principios parecen iluminar a su en-
tender buena par te de la historia nacional.
Estos dos principios marchan conjuntamente, y el no haber atendido a
un preciso equilibrio entre ambos desembocó para González en situacio-
nes negativas cuando no críticas. Así sucedió por ejemplo con la supresión
de poderes municipales como el de Buenos Aires, y su sustitución en 1821
por un poder omnímodo fundado en el sufragio universal, pero en un sufra-
gio universal “antiliberal”. Si atendemos a esta afirmación, si nos detene-
mos en ella por fuera del texto analizado, reencontramos uno de los gran-
des temas y problemas del liberalismo no sólo en la Argentina: el de cómo
ar ticular liberalismo con democracia. Circunstancia sin duda agudizada por

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la función del propio González hacia 1910, en tanto par te central del pro-
yecto de reforma electoral, pero que tiene antecedentes históricos preci-
sos en la experiencia del liberalismo en el mundo, y que ahora vamos a re-
pasar rápidamente para enmarcar la problemática de González y de los li-
berales argentinos en general.
Históricamente, el liberalismo se formó por la voluntad de emancipación
de los individuos respecto de las coerciones, tanto materiales como espi-
rituales, ejercidas por los que poseían la autoridad. Y conceptualmente, co-
mo su nombre lo indica, lo que define al liberalismo es la colocación de la
liber tad como el valor supremo. Esta liber tad, como vimos en el punto re-
ferido a Miguel Cané, es la liber tad del individuo. Dijimos: la liber tad es un
término que sólo se puede predicar en el individuo. Esto es, no hay pue-
blo, nación, raza, etc., libres. Y entonces es cuando se percibe con entera
claridad que democracia y liberalismo per tenecen a dos órdenes de nece-
sidades y razonamientos. Porque la democracia –pensada desde la políti-
ca- refiere a un criterio de legitimidad (sólo es legítimo un gobierno que re-
posa sobre la soberanía popular), y el liberalismo sostiene a su vez que un
gobierno legítimo es sólo aquél que respeta la liber tad individual. Ahora
bien: puede ocurrir empíricamente, y es pensable lógicamente, que un ré-
gimen democrático atente contra la liber tad. Se plantea entonces la evi-
dencia de que la liber tad política, instituida para proteger la autonomía in-
dividual, se vuelva contra ésta y la destruya. Históricamente, además, es
la lección que extrae el pensamiento liberal de los sucesos revolucionarios
en Francia. Las masas en la escena política pueden conver tirse en una
amenaza para la liber tad. Ha aparecido entonces un fantasma que el libe-
ralismo de todo el siglo XIX tratará de exorcizar: el fantasma de la dictadu-
ra de las masas, el fantasma de la dictadura de la mayoría. Esta es la preo-
cupación que anima la obra de Alexis de Tocqueville, la figura más desco-
llante, junto con Benjamin Constant, del pensamiento liberal francés del si-
glo XIX.
En La democracia en América (1835-1840), Tocqueville desplaza la aten-
ción desde la democracia como fenómeno político y la analiza como criterio
social, esto es, como sinónimo de sociedad igualitaria, con lo cual –como di-
ce Merquior- “no quería decir una sociedad de iguales sino una sociedad en
que la jerarquía ya no era la regla o el principio aceptado de la estructura so-
cial”. Y lo que Tocqueville vio es que la igualdad no genera necesariamente
la liber tad, sino que incluso puede ser su opuesto. Porque la revolución ha
disuelto en Francia las instituciones secundarias que existían entre el indi-
viduo y el Estado, y ha dejado sobre la escena una polvareda de individuos
amenazados en su liber tad por la centralización y el riesgo del despotismo
estatal. Así, la democracia genera individualismo, y el individualismo se tra-
duce en actitudes egoístas, privatistas, y por ende deviene en un obstáculo
para la evolución de las vir tudes cívicas o republicanas. El despotismo al que
Tocqueville teme es al despotismo social más que político, mientras, tenden-
cialmente, el temor del primer liberalismo era el temor al exceso de poder
del Estado. Y ese temor a la democracia, a la mayoría, como eventual ene-
miga de la liber tad y de otro tipo de vir tudes, va a conducir a redefiniciones
de los criterios mismos de la relación entre liberalismo y democracia, y a la
reconsideración de la idea democrática. En ambos casos, lo que se va a in-
troducir son criterios de redefinición de la raíz del vocablo democracia: se va
a discutir lo que significa “pueblo”, entendiendo por ello aquel conjunto de

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sujetos que son los titulares de derechos políticos o, dicho de otro modo,
aquéllos que forman par te de la ciudadanía. Justamente, lo que se llama el
liberalismo doctrinario del siglo XIX se abocó a tematizar esta situación: có-
mo hacer compatible el liberalismo con la democracia, o sea, la liber tad con
la igualdad. Algunas de las respuestas transitaron esa referida redefinición
de la ciudadanía o del sujeto político. Se decidió así, por ejemplo, que un ciu-
dadano era aquél que tenía una renta determinada, y esto, traducido al terre-
no del voto, adoptó el nombre de sufragio censatario. Otra alternativa culmi-
nó, de hecho o de derecho, en el sufragio capacitario: tienen derecho a vo-
tar, es decir, son ciudadanos aquéllos que tienen determinado tipo de capa-
cidades, en general vinculadas con el acceso a cier tos saberes (de allí deri-
vará la consigna sarmientina de “educar al soberano”, entre otras). Otra lo
vinculará con la par ticipación en determinado círculo de vir tudes, etcétera.
Retornando ahora a El juicio del siglo, podemos decir que, en la tradición
argentina, el problema está relacionado con el pasaje de la república posi-
ble a la república verdadera, en los términos en que lo había definido Alber-
di. Hay un tiempo social donde las liber tades son ilimitadas pero sólo en el
campo de la sociedad civil, en el terreno del mercado. A este tiempo de la
economía lo debe suceder el tiempo de la política, cuando existan ciudada-
nos, y ese tiempo será el de la república real, es decir, aquél en el que se
abra la par ticipación política de todos a través del sufragio universal. En el
“entretiempo”, una elite debe tutelar a las masas.
En el pasaje que estamos analizando de El juicio del siglo, es significati-
vo que, al referirse al decreto rivadaviano del 24 de diciembre de 1821, que
instauró lo que González con Estrada llama la creación de “un poder casi
omnímodo fundado sobre el sufragio universal”, agregue media página más
adelante que “el general Mitre afirma que Rivadavia sólo conoció el libro de
Tocqueville después de su destierro, y que su entusiasmo llegó al colmo y
se puso a anotarlo con verdadero deleite”. Es altamente significativo que
González ofrezca esta referencia en esta par te de su trabajo, porque enton-
ces es evidente que el problema que se está planteando es el mismo al que
se abocó el liberalismo doctrinario. Y aquí es donde cobra todo su sentido
la frase de Estrada que reproduce al caracterizar de “antiliberal” a esa ins-
tauración del sufragio universal. Porque el mismo estaba destinado a imple-
mentarse sobre “una masa desorganizada, indefensa, privada de todo cam-
po de vida y gobierno propio, y de todo medio de recomponer las institucio-
nes cuando trepidan, si no es por un patronazgo dictatorial o faccioso”. El
resultado de semejante error “democrático”, pero de una “mala democra-
cia”, de una democracia que instaura la dictadura de la mayoría, fue sin du-
da para González el gobierno de Rosas. El Restaurador de las Leyes es así
un producto de ese tipo de expresión de la voluntad popular, de ese tipo de
democracia.
Afor tunadamente, prosigue González, ese estado de cosas fue destitui-
do por la batalla de Caseros, que abrió la hora de la reorganización nacio-
nal, posibilitada por la conjunción de los dos grandes hombres del momen-
to: Urquiza y Mitre. Continuada la labor constitutiva en las presidencias de
Avellaneda y Sarmiento, debemos notar que el aspecto central a través del
cual González mide el avance civilizatorio es el de la educación. Entonces,
se produce en el texto un súbito salto hacia consideraciones que ya no re-
miten a un pasado cancelado, sino que se abren hasta el propio presente
de González.

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Veamos el siguiente párrafo, donde se acusa la desidia de las clases


propietarias con respecto a la educación, ya “por la genial y congénita
desconfianza recíproca de las altas clases hacia los que de educación se
ocupan, ya porque las influencias religiosas dominan aún el alma de la
clase plutocrática, ya porque una indiferencia censurable parece aquejar
el ánimo de las gentes acaudaladas acerca del fomento privado de la cul-
tura pública”. Y esto es tanto más grave porque a ello se debe que “la efi-
cacia política de la educación sea apenas digna de nota”. Las generacio-
nes de su presente estarían así inmer sas en “un estado de desintegra-
ción y descomposición celular de esos vínculos ideales que constituyen el
bloque fundamental de toda sociedad viable y prospectiva”. Como verán,
El juicio del siglo incluye aquí un difundido sentimiento dentro de la elite,
acerca de que existen obstáculos inquietantes para el desenvolvimiento
del proyecto argentino, y que muchos de esos obstáculos están instala-
dos en el interior de la propia clase dirigente o llamada a desempeñar tal
función. Puede entonces adelantar un juicio confir matorio de esa inquie-
tud: “desde hace algunas décadas, el desarrollo progresivo de la instruc-
ción viene en razón inver sa de la for mación del tipo moral de las clases
superiores”. Por eso mismo, es escasa la influencia de la cultura letrada,
de la cultura culta, sobre “el alma de su pueblo, tan trabajada y disputa-
da por las preocupaciones de la política, del comercio o las industrias”.
Esa crítica a la clase poseedora lo conduce a ubicar otro aspecto de
su incapacidad en su “sedimento ancestral aristocrático”, que le hace
considerar deleznables prácticas económicas como el comercio, que son
las que fomentan el progreso de las naciones. Adhiere así al juicio de un
obser vador nor teamericano: “Las grandes for tunas de los argentinos na-
tivos han sido construidas sobre el valor creciente de su propiedad raíz y
son debidas al natural crecimiento del país más que a su propia iniciati-
va o espíritu de empresa”. Es aquí donde adquiere su sentido la funda-
ción de la Univer sidad Nacional de La Plata, porque en ella González co-
loca (como Cané con la Facultad de Filosofía y Letras, pero en una direc-
ción diferente) el proyecto de una innovación educativa de la clase dirigen-
te inscripta dentro de los cánones de la cultura científica. (En rigor, la mis-
ma ciudad de La Plata, como objeto urbanístico, ha sido vista como desa-
rrollo del programa del iluminismo científico: con la geometría de sus ca-
lles y diagonales, con sus edificios emblemáticos, tanto republicanos co-
mo “científicos”: museo de ciencias naturales, obser vatorio astronómico,
univer sidad...).
Los tres últimos apar tados del libro están ya dedicados más expresamen-
te a los temas del presente. Celebra entonces la llamada conquista del de-
sier to, y aquí no quedan palabras de elogio para los indígenas, del tipo de
las que de cier to modo había entonado hacia las razas autóctonas en La tra-
dición nacional. “Extinguido el indio por la guerra, la ser vidumbre y la inadap-
tabilidad a la vida civilizada –leemos en El juicio del siglo-, desaparece para
la República el peligro regresivo de la mezcla de su sangre inferior con la san-
gre seleccionada y pura de la raza europea, base de nuestra étnica social y
nacional”. La aper tura de esos inmensos territorios “a la grande industria na-
tiva y extranjera” es la base además para que el extranjero, “junto con el na-
tivo” (que, como se verá, no es el indio), realicen la prosperidad propia y del
conjunto de la nación. Alaba entonces que el espíritu de la Constitución ha-
ya garantizado de tal manera el triunfo sobre el pasado, el desier to y la raza

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misma, “renovando el germen de la sangre primitiva e inoculando en ella la


savia de una energía nueva”.
Otro punto central de un balance crítico de la historia de cien años se
encuentra en las for mas adoptadas que otros van a llamar la “política
criolla”. La escisión entre clases dirigentes y dirigidas ha fomentado un
espíritu per sonalista en la política argentina. La par ticipación de la ciuda-
danía y,, para ello, la construcción de una ciudadanía, serán entonces las
tareas pendientes que González deja planteadas.
No ignora González, por otra par te, que ya se ha producido un desfasa-
je notorio entre Buenos Aires y el resto del país. A ese régimen unitario
disfrazado de federalismo, piensa, debe poner le límites la for mación de
“una clase superior de capacidades directivas, en una larga tradición uni-
ver sitaria o colegial”. Junto con ello, la mezcla racial con los europeos se-
guirá haciendo su trabajo progresivo. Eliminados el indio y el negro, la so-
ciedad argentina muestra, por la mezcla del europeo y el mestizo, un pre-
dominio creciente de la raza blanca, que a González, como a toda la cla-
se dirigente de su tiempo, le parece un capital humano invalorable.
Es cier to que dentro del elemento extranjero han aparecido fenómenos
inesperados y no deseados como el de la introducción de ideas y prácti-
cas socialistas y anarquistas. Pero aquí González se distancia de la línea
básicamente coercitiva planteada por otra par te del grupo gober nante. Por
eso, luego de un primer recur so a la fuerza represiva, “un criterio más
científico y sereno juzgó que tales actos son manifestaciones orgánicas
de un estado per manente, de una etapa de evolución social de la huma-
nidad, y prefirió buscar en las fuentes de toda legislación las causas pro-
pias y los remedios, en su caso, para contener y dirigir esas ideas y an-
helos de una clase tan numerosa y tan influyente en la vida de la socie-
dad, y para curar las si adoptasen for mas morbosas o anor males”. Era un
camino en el cual podía, sin duda, coincidir con positivistas de tendencia
socialista como José Ingenieros.
El balance del siglo concluye así con fe en la capacidad de la nación
argentina para enfrentar los problemas presentes y por venir. Encuentra
base para esa esperanza en lo que son ya tenaces creencias argentinas:
la extensión del territorio (la extensión, entonces, ya no es el mal de la
República Argentina, como en Sar miento y Alberdi, sino su bendición); las
cualidades de la raza nacional, y la vir tud y cultura de sus grandes hom-
bres, tanto guerreros y estadistas como pensadores.
Además, la nueva época que se inicia en el mundo será, piensa, “de
amplitud de los conceptos humanitarios y sociales en las relaciones de
los pueblos”. Es preciso retener esta prospectiva optimista para compren-
der los textos desesperanzados del mismo González ante fenómenos con
la gran guerra de 1914-1918 y el ascenso del radicalismo yrigoyenista.
Esos serán algunos de los aspectos que consideraremos en la siguiente
unidad.

Reflexione acerca de las características que para Joa-


quín V. González definen la elite de la época de la inde-
pendencia: “la cultura, la disciplina mental y la secu-
lar herencia doméstica” ligada a “los más puros oríge-
nes de la raza”.

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3.2. La nueva problemática mundial y nacional a par tir de 1914. El


ocaso de un liberal reformista: Joaquín V. González.

Esta nueva problemática está definida a par tir de 1914 por diversos acon-
tecimientos externos e internos. En el campo internacional, la llamada Prime-
ra Guerra mundial, transcurrida entre 1914 y 1918, se considera como un
auténtico quiebre civilizatorio en todo el mundo occidental. En el mismo es-
cenario, la revolución rusa de 1917 implicó un suceso de vastísimas conse-
cuencias políticas y culturales, que redefinió la escena mundial hasta muy re-
cientemente. En la Argentina, el ascenso del yrigoyenismo al gobierno en
1916 significó el fin de una etapa política, marcada por la retirada de la cla-
se dirigente que hasta entonces había conducido al Estado, y el consiguien-
te ascenso de otro sector que no sólo tenía otra representatividad social, si-
no también un estilo de relación gobernantes-gobernados y un estilo político
claramente diferente del anterior. Dos años más tarde de este recambio po-
lítico, el estallido de la Reforma Universitaria en Córdoba, prontamente ex-
tendido a otras universidades del país, marcaba en su medida un proceso de
radicalización que se vivía en todo el arco occidental. Todos estos sucesos
fueron vividos, por fin, sobre el trasfondo de la crisis del liberalismo.
De manera que, dentro de un período relativamente prolongado, el trata-
miento del tema de la nación está sometido a la presión de cambiantes fe-
nómenos políticos, culturales y sociales. De allí que no sólo el marco gene-
ral ofrecido por las teorías de la modernización deban ser utilizadas, sino asi-
mismo atender a esos acontecimientos que oficiaron de campos problemá-
ticos para los intelectuales argentinos de la época posterior al centenario:
- La primera guerra mundial.
- El ascenso del populismo yrigoyenista.
- El conflicto social leído bajo la retícula de la revolución rusa.
- La crisis del liberalismo.
- La crisis civilizatoria occidental.
Ejemplifiquemos brevemente algunos significados que fueron asociados a
estos sucesos. En cuanto a la guerra, Sigmund Freud ha dejado en Lo pere-
cedero un relato clásico de aquella crisis vivida desde la intelectualidad pro-
gresista y cosmopolita, que ilustra cabalmente una estructura de sentimien-
tos generalizada en ese sector. Para él, la guerra significó lo siguiente:

"Se desencadenó y robó al mundo todas sus bellezas. No sólo ani-


quiló el primor de los paisajes que recorrió y las obras de ar te que
rozó en su camino, sino que también quebró nuestro orgullo por
los progresos logrados en la cultura, nuestro respeto ante tantos
pensadores y ar tistas, las esperanzas que habíamos puesto en
una superación definitiva de las diferencias que separan a pue-
blos y razas entre sí. La guerra enlodó nuestra excelsa ecuanimi-
dad científica, mostró en cruda desnudez nuestra vida instintiva,
desencadenó los espíritus malignos que moran en nosotros y que
suponíamos domeñados definitivamente por nuestros impulsos
más nobles, gracias a una educación multisecular. Cerró de nue-
vo el ámbito de nuestra patria y volvió a tornar lejano y vasto el
mundo restante. Nos quitó tanto de lo que amábamos y nos mos-
tró la caducidad de mucho de lo que creíamos estable."

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Entre nosotros, en 1918 Carlos Ibarguren par tiría de esa sensación en un


libro titulado La literatura y la gran guerra, pero para enjuiciar severamente a
la civilización de la cual –pensaba- esa guerra había sido un producto.

"Diríase que nos toca en suerte asistir al derrumbamiento de una civi-


lización y al final de una edad histórica; sufrimos en este instante sombrío
una inquieta confusión espiritual [...]". Las causas que se le adjudican a
esa crisis (materialismo, decadentismo, democracia y aburguesamiento)
involucran finalmente a la cultura científica: "La mentalidad de nuestra
generación se ha desenvuelto y nutrido bajo el influjo de la filosofía y de
la literatura materialista que [...] anegó el alma de la Europa a fines del si-
glo XIX. El idealismo y el espiritualismo fueron ahogados por un nuevo
dios: el laboratorio que revelaba a los hombres la verdad inclemente de la
ciencia positiva. El moderno espíritu científico, que nos hizo ver todo a
través del prisma desconsolador de la materia, nos enseñó que el determi-
nismo es ley del universo y nos mostró a la fatalidad como cauce de nues-
tra efímera vida. El escepticismo y el pesimismo abriéronse, entonces,
atormentando el alma egoísta, sensual y refinada, que caracterizó a la épo-
ca que termina. El siglo de la ciencia omnipotente, el siglo de la burgue-
sía desarrollada bajo la bandera de la democracia, el siglo de los financie-
ros y de los biólogos, se hunde, en medio de la catástrofe más grande que
haya azotado jamás a la humanidad".

Es preciso tener en cuenta que esta crisis señalada en la Gran Guerra fue
considerada en general no sólo como el fin de una época, sino al mismo
tiempo como el comienzo de una nueva y mejor. La guerra fue considerada
como un suceso “palingenésico”, esto es, como una hecatombe generaliza-
da que venía a arrasar los males de la anterior etapa para inaugurar “los
tiempos nuevos”. La revolución rusa de 1917 fue leída de esa manera por
vastos sectores de la intelectualidad occidental, sobre todo en sus primeros
años. Precisamente José Ingenieros presentó su libro de evaluación de este
suceso con el título antes mencionado de Los tiempos nuevos, y ese libro
–sobre el que volveremos- terminaba afirmando que “ha comenzado ya, en
todos los pueblos, una era de renovación integral”.
En este marco, Joaquín V. González había sido un propiciador conspicuo
de la reforma electoral, buscando a través de ella una relegitimación de la
clase dirigente, dado que "las fuerzas sociales que dan existencia real a
nuestra cultura presente no tienen representación formal en la ley". Conce-
bía asimismo a dicha reforma como el modo de evitar desbordes institucio-
nales indeseables. "Es preciso evitar a toda costa las revoluciones por me-
dio de las reformas y hacer imposibles las rebeliones por medio de la fuer-
za”, escribió, en aras de lo que llamaba “la combinación armónica” de los di-
versos componentes de una sociedad, que ha de avanzar haciendo de sus
diferencias un estímulo para el progreso y no una excusa para enfrentamien-
tos de aniquilamiento.
Como argumento destinado a convencer a los más remisos de su propio
grupo respecto de la opor tunidad de la implantación del sufragio extendido,
creía cumplida la finalidad que se había impuesto la educación pública, en el
sentido de ser vir de forja para una nueva y auténtica ciudadanía. "Cuarenta
y cinco años llevamos de educación popular –decía en un ar tículo titulado

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precisamente “La reforma electoral”-, y no es posible suponer, aun con el cri-


terio más pesimista, que ellos no hayan producido ningún resultado en el
sentido de aumentar la media general de cultura del pueblo argentino". In-
clusive, su programa de reformas puede llegar a incluir medidas que avan-
cen sobre los espacios y las configuraciones socio-económicos. "Así, el ex-
tranjero laborioso y culto que viene a esta tierra [...] para labrar en ella y en
la mente de sus hijos, no formará jamás hogar verdadero, ni proliferará en
generaciones selectivas en él, mientras la Nación y sus provincias no le
ofrezcan la prenda suprema de su confianza fraternal, en la forma de la par-
cela de tierra en propiedad exclusiva para él y su descendencia".
Y sin embargo, producidos los resultados electorales posteriores, debe de
haber vuelto a leer lo que él mismo había escrito en El juicio del siglo, don-
de en un pasaje disonante respecto del tono generalmente celebratorio del
texto, brinda una visión sombría de la matriz que se habría consolidado en la
Argentina, y que oscurecía el horizonte del proyecto liberal. Escribió:

“Ni la educación de las escuelas ni la que viene de la vida han


podido destruir los viejos gérmenes, ni menos abatir los tron-
cos robustos que han colocado en nuestros hábitos los vicios,
violencias, errores y fraudes originarios de nuestra reconstruc-
ción nacional. La prosperidad del país, como obra de un con-
junto de fuerzas internas y externas, inferiores y superiores,
antiguas y contemporáneas, no basta para cubrir toda la mer-
cancía ni para for tificar todo lo averiado en las largas jornadas
del camino; las clases diversas de la sociedad, enriquecidas
unas, civilizadas otras, y las demás obligadas a someterse al
yugo del orden y de la paz, por impotencia o por interés, no han
adquirido por eso toda la cultura extensiva que hiciera imposi-
ble una reviviscencia de barbarie o de desorden, cuando deja-
sen de pesar sobre ellas las fuerzas que ahora las sujetan o
las encauzan.”

Alejado posteriormente del par tido gobernante hasta 1916, y miembro


fundador de Par tido Demócrata Progresista, Joaquín V. González será testigo
privilegiado de sucesos que sólo podían ensombrecer aún más su visión. Mi-
rando ese panorama ahora desde 1920, no duda sin embargo de la ideolo-
gía aristocrática y tutelar que había compar tido con la generación del 80. Un
país prospera -escribió entonces en un ar tículo de título enjuiciador (“Si el
pueblo pensara más...”)- cuando hombres superiores sustituyen con "su pro-
pia y personal inspiración a la de una conciencia ausente de un pueblo anal-
fabeto y barbarizado por la ociosidad y la consiguiente miseria", o cuando la
escuela y la educación "han ido engrosando la elite culta de la sociedad su-
perior", y ésta irradia su acción "hacia las capas populares inferiores en or-
den de capacidad". De allí que justifique en su Estudio sobre la Revolución
la necesidad de "imponer [la constitución] desde arriba a un pueblo que no
se hallaba educado para levantarla sobre los cimientos de su voluntad, ac-
ción y dinamismo democrático; había que hacer andar la maquinaria adquiri-
da y armada a tan alto precio, en ausencia del constructor y del técnico ha-
bituado a su mecanismo".

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Este examen es la confesión de un error, y ese error es nada menos que


la Ley Sáenz Peña. A su vez, dicho error ha nacido de un falso diagnóstico,
que confundió lo aparente con lo real. Ya que por debajo de la tranquilizado-
ra superficie estaba algo del orden de “la Argentina profunda”. Así, "después
de la era orgánica y progresiva que sólo per turban los movimientos de 1890
y 1905, sin alterar su ritmo fundamental; después de las conquistas electo-
rales de 1904 y 1912, que hicieron creer en la cimentación de la democra-
cia por la conquista del sufragio [...] pudo considerarse consolidada la vida
constitucional”. Pero en realidad “no cesan los rumores medrosos del vien-
to subterráneo [...], anuncio cier to de la tempestad en la superficie [...] Un
temor ner vioso de la próxima mudanza [...] destruye toda esperanza de arrai-
go y de seguridad y toda fe en el por venir", sigue escribiendo en La patria
blanca, y con ello avala al menos dos sospechas: la de la existencia de una
Argentina profunda y “bárbara”, que se opone a los vientos de la civilización,
y la de que, entonces, las ideas de la modernidad pueden estar “fuera de lu-
gar” respecto de esa realidad profunda y tenaz.
Después de todo, el triunfo yrigoyenista le sugiere una síntesis que no
puede ser más desesperanzadora. Porque ha terminado afirmándose “el par-
tido revolucionario y conspirador, el cual, adueñado del gobierno en 1916, só-
lo ha manifestado tendencias regresivas, ha renovado los peores vicios de
los tiempos anteriores, y amenaza destruir todo el legado de civilización y cul-
tura que la actual generación ha recibido”, y por otra par te, esos mismos re-
sultados muestran sin dudas la incapacidad de constituir par tido orgánicos
y constitucionales en la Argentina.
No hay ninguna duda de que para conser vadores y socialistas, los dos
grandes bloques políticos de la oposición de ese momento, el régimen de Yri-
goyen es ilegítimo. Y es ilegítimo porque está fundado sobre un sistema de
valores que en sí mismo es ilegítimo. Lo que ocurre, como ya se ha dicho,
es que aquí aparecen dos criterios de legitimidad: uno fundado en la mayo-
ría y otro fundado en valores. Yrigoyen se legitima porque tiene la mayoría de
los electores en su favor. Y del otro lado se piensa que esa legitimidad no
es tal porque Yrigoyen no responde a un conjunto de valores republicanos,
etc., que son aquéllos que para los sectores opositores son los que dan real
legitimidad a una gestión de gobierno. De modo, que en esos años se está
abriendo un escenario temible. Temible porque cuando hay disparidad de cri-
terios de legitimidad, disparidad en los fundamentos mismos de lo que es la
legitimidad, se abre una confrontación que difícilmente pueda resolverse a
través del conflicto pacífico, y es posible que tarde o temprano aparezca una
lógica de amigo-enemigo fundada en la mutua descalificación del adversario.
De esto último hay muchos testimonios escritos. Un conser vador como Al-
fonso de Laferrére va a decir en un momento que el par tido Radical es una
“banda de beduinos mandada por un santón”.
Lo que registran los memorialistas de la época y las protestas de los con-
ser vadores en la época es que precisamente lo que se ha terminado son
cier tas buenas costumbres que tienen que ver con la deferencia. Esto es:
que la Casa Rosada está poblada de una suer te de zoológico (tal como ellos
lo describen), que las antesalas del despacho presidencial están pobladas
por un mulato en camiseta, una mujer que da el pecho a su hijo, etc., esce-
nas que evocan muy rápidamente algunas reacciones de los sectores anti-
peronistas frente al ascenso del peronismo. No se trata solamente de que
hay sectores que han ascendido económica y socialmente; se trata de que

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estos sectores están ocupando un espacio público que está rompiendo con
anteriores criterios de diferencia y de deferencia. Cier tas pautas de represen-
tación de una sociedad diferenciada, donde los de abajo y los de arriba tie-
nen que hacer las cosas que tienen que hacer, se han roto. Y se han roto a
par tir de la emergencia de una forma populista de la política. Populista es la
creencia en que los “simples” son más sabios que los letrados, y son más
sabios porque no están contaminados por la academia, la universidad, etc.,
sino que han pasado –como se dice- por “la universidad de la vida”. Populis-
ta es una relación masas-líder no mediada por la estructura par tidaria, sino
incorporando una suer te de relación directa entre ambos. Populista es la
atención de las masas colocada, no en un programa de propuestas, sino
más bien en una relación con un dirigente carismático. Todo esto funda otro
estilo político, y ese estilo político es lo que socialistas y también miembros
del elenco antes dominante llamaban la “política criolla”. No se trata enton-
ces, de un problema de justicia social. Nadie más dispuesto a reconocer la
justicia social que los socialistas, y sin embargo protestan contra esta forma
de irrupción de las masas en la escena política, que consideran una mane-
ra alienada de par ticipar en la misma.
El socialista Carlos Sánchez Viamonte escribe en 1930 un libro que se
llama El último caudillo. Podría decirse que se trata de una expresión de de-
seos: Yrigoyen acaba de ser derrocado por un golpe militar, y Sánchez Via-
monte piensa que Yrigoyen ha sido el último caudillo. Y dice en un momen-
to que “la diferencia entre el Régimen [el mote con el que Yrigoyen designa-
ba a los conser vadores] y la Causa [la manera como Yrigoyen llamaba a su
propio movimiento] es una diferencia estética, porque todo el mundo sabe
–concluía- que la Causa tiene mal gusto”.
Creo en suma, que se trataba de reacciones típicas ante un fenómeno re-
currente y constitutivo de un rasgo profundo de la cultura argentina, difícil-
mente hallable a este nivel en otros países latinoamericanos: el rasgo del
igualitarismo argentino. Esto es, la convicción de que todo individuo está en
un nivel de igualdad de derechos, o sea, lo contrario de la autopercepción im-
perante en sociedades más estratificadas socialmente. Hace unos años, el
sociólogo Guillermo O’Donnell escribió un ar tículo donde cotejaba dos mo-
dos de tramitar una discusión en Brasil y Argentina, a par tir de frases de la
vida cotidiana. En el Brasil, en el fragor de una discusión, sir ve como criterio
de autoridad para impresionar al otro decir: “¿Sabe usted con quién está ha-
blando?”. Trasladada esta frase a la Argentina –dice O’Donnell- la respuesta
sin embargo sería: “¿Y a mí qué mierda me impor ta?”. Para volver a los años
que estamos considerando, agregaré que en 1922 aparece un libro de un in-
telectual sobreviviente, digamos, del ochenta. El libro se llama Sobre nues-
tra incultura y su autor es Juan Agustín García, autor a principios del siglo
(dentro de los parámetros de la “cultura científica”) de La ciudad indiana. En
ese libro donde proclama que “si algo por su esencia no es democrático es
la cultura”, este miembro desplazado de la vieja clase dirigente lamenta el
desconocimiento de los estudiantes hacia quien él considera un joven histo-
riador prestigioso, y vincula este desconocimiento jerárquico al triunfo del
“viejo aforismo criollo que late en el fondo del alma popular y anima toda su
poesía: ¡Naides es más que naides!”.
Volviendo a González, vemos que no se ha dado tampoco para él el pasa-
je a una democracia auténtica, porque el pueblo argentino no piensa por sí
mismo y delega su facultad electoral sin plena deliberación. Apelando como

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

tantas veces a la minorización de la ciudadanía, concluye que “darle el po-


der democrático [al pueblo] antes de saber pensar es hacer el mal a sabien-
das, porque impor ta poner la máquina en manos de un niño; es entregar ese
pueblo a la voracidad de las bajas pasiones de los caudillos sin responsabi-
lidad ni escrúpulos". Mientras el pueblo no sea capaz de escrutar su propio
querer, saber y sentir, “será, en el mejor de los casos, un menor, un incapaz,
un aprendiz, un aspirante a soberano, un pupilo bajo tutela, un soberano ba-
jo regencia”.
Tardíamente, González descubriría que la oposición del general Roca y
otros al proyecto de reforma electoral, motorizado por el propio González, no
había estado tan descaminado. En definitiva, esa Argentina profunda y resis-
tente a la modernidad era la de la vieja “política criolla”, es decir, la Argenti-
na caudillesca y clientelar. Cuando en mayo de 1920 escribe “La prueba del
sistema electoral en vigor”, señala que sigue predominando en la cultura po-
lítica nacional “el elemento personal”, “dando en ese sentido la cultura polí-
tica un salto atrás de cerca de un siglo”. La propia ley electoral, por más bien
intencionada que esté, resulta así a su entender el “instrumento dócil de un
presidente elector”. Tanto por herencia como por deficiencia cultural, por vi-
cio o por comodidad, “más se inclinan nuestras masas electoras al prestigio
personal de sus caudillos que al valor de los principios o del credo político
de su par tido”. La prueba está en que “se han dado casos de elecciones en
las que el principal candidato no había dicho una sola palabra de programa,
ni formulado promesa alguna, y la mayoría comicial favoreció al candidato si-
lencioso”. Se trataba, como ustedes verán, de lamentos análogos a los que
desde su fundación venía enunciando, desde otro ángulo de la representati-
vidad social, el Par tido Socialista argentino contra “la política criolla”.
Apelando a una imagen a lo Sísifo, González considera que en el proceso
de formación de la democracia argentina nos hallamos en un momento se-
mejante al de aquéllos condenados del Dante, que empujaban una mole de
piedra hacia lo alto de una colina, a cuya cima nunca pueden llegar, porque,
“exhaustos de fuerzas, la mole los vence, se derrumba, y ellos deben reno-
var eternamente el esfuerzo. La pesada roca de nuestra educación democrá-
tica, con la cual íbamos ya a una respetable altura, ha caído otra vez al pla-
no, y sigue cayendo todavía. ¿Cuánto tiempo tardaremos los argentinos en
volverla a levantar?".
Esa misma mirada larga tornará hacia 1920 a desconfiar en una escala
casi paranoica del proceso inmigratorio, alarma tanto más significativa pues-
to que González había sido un incansable propulsor de dicho proyecto. Del
sujeto laborioso, educable y ciudadanizable que González preveía apenas
una década antes, considera ahora que el extranjero se puede conver tir o se
ha conver tido en la Argentina, "en un peligro social y nacional, desde el pun-
to de vista del tipo social o político del inmigrante, calificado o no, que entra
a engrosar la masa extranjera en esta tierra". "No queremos significar con
esto que desconocemos la acción civilizadora, educadora y for taleciente del
extranjero intelectual y laborioso en nuestro país", pero había que rechazar
a los inmigrantes enfermos, vagos, indigentes y también "al profesional de
ideas subversivas contra el orden político o social".
Por fin, un ar tículo titulado “Juan sin Patria” permite obser var de manera
condensada la cur va recorrida por el proyecto reformista del sector de la cla-
se dirigente con el cual González se identificó. Ahora, "Juan sin Patria es un
ciudadano del mundo [...] es cosmopolita, agente bolchevique, revolucionario

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Universidad Virtual Quilmes

y todo, y ha fundado aquí una sociedad anónima que se ocupa de apagar to-
do movimiento o acción dirigidos a hacer revivir el sentimiento de la naciona-
lidad argentina". Temía así esa realización de lo que para él significaba la for-
ma más extrema de la negación de la democracia y del progreso pacífico:
“La forma extrema de las doctrinas de Karl Marx –citaba- es la que Lenin
y Trotsky han puesto en práctica en Rusia, con terrible resultado”. Era el fin
de la ilusión en la fusión del inmigrante con el nativo para la construcción de
una sociedad fuer te y progresista. Significativamente, establecía entonces
una ar ticulación entre el fenómeno del radicalismo yrigoyenista y el de la sub-
versión comunista. “Un par tido político dominante, que nada sabía de doctri-
nas sociales en boga, hace treinta anos que viene sembrando e incubando
ar tificialmente los más bárbaros e insidiosos odios en la sociedad nacional,
hasta dividirla en dos campos inconciliables”. Y el agitador sindicalista, ma-
ximalista o anarquista sabe cuál es el resor te que hay que tocar para activar
la rebelión, porque “ha descubier to el valor electoral del gremio para el esta-
do mayor gobernante”.
Juan sin Patria se ha travestido así, a la criolla, en caudillo electoral, “y
tiene ya asegurado su asiento en el Congreso en la primera campana próxi-
ma, con el concurso de muchos argentinos con patria que por no votar por
conciudadanos suyos de tradición o de capacidad probadas [...] prefieren vo-
tar por él”. Obsér vese aquí, entonces, la demanda de González de un voto
capacitario, o de la definición de una ciudadanía que no se pliegue simple-
mente a la norma “un hombre, un voto”, sino que demanda cier tas calida-
des, cier tas capacidades, para bloquear los efectos a su entender disolven-
tes de una democracia plebeya. Y es que no basta –dice- tener una Consti-
tución que se llame republicana, democrática y representativa: “se necesita
que ese concepto cuantitativo se complete con el de capacidad”. Denuncia
allí mismo que el ferrocarril no sólo transpor ta ahora los frutos del trabajo
honesto, sino también a “los emisarios y por tadores sutiles del derrotismo
anárquico y del desorden social hasta las más remotas aldeas del nor te y
oeste, donde los peones y jornaleros criollos, que aún gozan de la apacible
comunidad patriarcal con el dueño de la finca, comienza a sentir la turbado-
ra influencia del profesional huelguista”.
Esta última cita es interesante por condensar algunos sentidos de esa
cur va de un liberal progresista que González encarnó. En efecto, se ponen en
juego en esta afirmación diversas figuraciones. En principio, el ferrocarril, es-
to es, el símbolo del progreso decimonónico, en tanto instrumento donde
ciencia y técnica se han aliado para derrotar la distancia, penetrar en los te-
rritorios más ignotos e incivilizados (piénsese en la saga del ferrocarril en el
cine nor teamericano), realizando uno de los símbolos de la modernidad: la
velocidad. Y ahora, a los ojos de González el ferrocarril invier te su sentido, y
de vehículo del progreso se convier te en literal transpor te de la subversión.
Y con ello, en lugar de venir a “iluminar”, a llevar las luces (según la inevita-
ble metáfora iluminista) a las zonas interiores de la oscuridad premoderna,
viene en rigor a disolver “la apacible comunidad patriarcal”, donde seguía ve-
rificándose esa relación de deferencia señorial que hemos visto asimismo
añorar, pero mucho antes, a Miguel Cané.
Ante tantos cambios ajenos a todo lo que había previsto y deseado, Joa-
quín V. González confiesa sincera y dramáticamente en 1920 la pérdida del
poder de interpretar el sentido de las señales de su tiempo, con lo cual rei-
tera aquel gesto de José María Ramos Mejía, pero ahora en la escala de un

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

fracaso gigantesco. Con palabras que no dejan de evocar la cita inicial de


Freud, Joaquín Víctor González revelaba toda su desazón:

“¿Qué hacemos? ¿Adónde dirigir la mirada? ¿En qué región


del pensamiento o de la acción se halla la flecha indicadora
del buen derrotero? La guerra ha apagado las luces, ha borra-
do los rastros en la arena, ha extraviado los signos guiadores
en la noche y ha derrumbado las piedras miliarias de los anti-
guos caminos".

Pagaba así el duro precio de mantenerse adherido a un sistema de creen-


cias y valores que los “tiempos nuevos” venían a desquiciar. Y venían a des-
quiciar porque de ese derrumbe González sólo ve los restos de un puro nau-
fragio. Heredero per tinaz del viejo legado iluminista, que había confiado en
el programa pedagógico centrado en la cultura científica y racionalista para
educar a las masas y así construir una ciudadanía culta y vir tuosa, luego de
una etapa de tutelaje por par te de la elite a la que él mismo per tenecía, ob-
ser va ahora que esa pedagogía se ha estrellado contra lo que considera las
fuerzas ocultas y oscuras de un pasado antiliberal. Obser va además, con la
evidencia de los hechos, que esa misma elite ha sido desalojada de la direc-
ción del Estado por un sector al que no le reconoce sino falencias e incapa-
cidades intelectuales y republicanas. Compar te de tal modo la denegación
de legitimidad a los nuevos hombres del radicalismo.
Hubo, sin embargo, quienes realizaron otra lectura de tan novedosos su-
cesos. Y si los consideraron no como un ocaso sino como un nuevo amane-
cer, fue porque los proyectaron sobre un nuevo trasfondo de ideas e ideales.
Un fragmento de esas otras interpretaciones de la realidad nacional y mun-
dial es lo que veremos en las próximas unidades.

Analice qué inversiones de significado pueden hallarse


en González respecto de la tradición liberal del siglo
XIX argentino.

3.3. La influencia de la primera visita de Or tega y Gasset a la


Argentina y el surgimiento de la “nueva sensibilidad”

Hemos visto en el punto anterior, en que se caracterizó a la guerra inicia-


da en 1914 como el síntoma de una crisis civilizatoria, como el punto de vi-
raje de un mundo que había caído. En general, ésta es una valoración com-
par tida, hasta nuestros días. Así, cuando Eric Hobsbawm escribió hace po-
cos años su historia del siglo XX, siguió considerando que este siglo comien-
za justamente en 1914.
¿Eran totalmente nuevas estas sensaciones que así sancionaban el fin
de un ciclo? La respuesta es negativa. Porque si la crisis del positivismo o
de la cultura científica y la crisis del liberalismo son dos datos centrales de
dicho viraje, sabemos que es posible encontrar impugnaciones a ambos ya

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Universidad Virtual Quilmes

desde las últimas décadas del siglo XIX. Si queremos colocar estos señala-
mientos críticos dentro de un panorama más amplio, podemos decir que es
legítimo caracterizarlos como par te de lo que Franco Crespi ha llamado la cri-
sis de la modernidad tardía, para referirse a una serie de fenómenos cultu-
rales que definen lo que ya hemos caracterizado como un clima fin-de-siecle.
Según Crespi, los rasgos fundamentales de esa crisis, leída desde la filoso-
fía, consistieron en el reconocimiento de los límites del saber, así como en
la ausencia de fundamento absoluto, y, vinculada con ello, en la desaparición
de una finalidad objetiva que pudiese sustentar una filosofía de la historia.
El florecimiento espiritualista se ar ticuló con esa crisis, y fue otra de las no-
tas distintivas de la cultura del fin de siglo occidental, que tendrá en Francia
uno de sus ejes.
Así, mientras la generación de los años 1860 y 1870 estaba inmersa en
las categorías biológicas y dominada por el esquema básico de la teoría de
la evolución, dentro de lo que hemos llamado la “cultura científica”, hacia
1890 comenzó un giro decisivo en la cultura intelectual. Desde entonces el
clima de ideas comienza a llenarse de aquellas inter venciones de cor te es-
piritualista a las que nos hemos referido como erosionando el edificio posi-
tivista, y aun erosionándolo “desde adentro”. Se produce entonces la recu-
peración de un filósofo irracionalista como Schopenhauer, y con pensadores
como Guyau, Renouvier y Boutroux se prepara en Francia un camino que de-
sembocará en Henri Bergson para la elaboración de una nueva filosofía que
reclamará la naturaleza creadora y libre de la conciencia y de la personalidad
humana, rompiendo con la tendencia a subsumir los fenómenos humanos en
categorías inspiradas en las ciencias físico-naturales, y cuestionando genéri-
camente al “positivismo”, entendiendo por ello (aunque en sentido estricto
en algún caso no resultara filosóficamente acer tado) una corriente materia-
lista, naturalista, mecanicista y férreamente determinista.
Dentro de este clima, en 1896 Fouillée publica un libro titulado El movi-
miento idealista y la reacción contra la ciencia positiva, donde indica que, in-
vir tiendo a Comte, ahora "el corazón se rebela contra la inteligencia". Con
términos que alguien atribuye a Tolstoi, empieza a hablarse de "la bancarro-
ta de la ciencia", hasta que Ferdinand Brunetière retoma en 1896 la cues-
tión en una serie de ar tículos de la Revue des Deux Mondes, ampliamente
frecuentada por los intelectuales argentinos. Sintéticamente, acusa al mate-
rialismo y cientificismo de minar las fuentes de la moral, así como que la
ciencia no ha cumplido su promesa de develar todos los misterios, que es
incapaz de describir al hombre en su mayor dignidad espiritual sino sólo co-
mo un animal más, que no ha podido por eso remplazar a la religión y que
por ende es impotente para fundar una moral.
Otras líneas de crítica hacia la cultura científica se referían a lo que se in-
terpretaba como el carácter disolvente en que puede desembocar el afán
mismo de conocimiento y de crítica, en la medida en que el exacerbamiento
analítico puede destruir creencias socialmente aglutinadoras (las creencias
religiosas, por ejemplo), sin sustituirlas por otras nuevas e igualmente efica-
ces. En la cultura europea esta variante se halla representada de diversas
maneras, y constituye uno de los arietes de la reacción antipositivista, que
puede hallarse bien en los diversos tipos de dualismo (yo intelectual / yo es-
piritual; ciencias de la naturaleza / ciencias del espíritu...) que comienzan a
poblar la filosofía para garantizar a una zona de las facultades y prácticas hu-
manas un carácter irreductible a la naturaleza y por consiguiente a las expli-

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

caciones deterministas de la biología, la sociología o la psicología experimen-


tal. Quiero decir ahora, que estos fenómenos forman par te de un estrato de
la cultura intelectual europea. Pero es necesario agregar que este estrato
convive con el positivismo y la cultura científica, aun cuando puede obser var-
se que esta última va a ir siendo colocada cada vez más a la defensiva. Sin
embargo, si bien estas corrientes están en ascenso, la cultura científica si-
gue ocupando un lugar fundamental entre los saberes consagrados. Habrá
que esperar a la primera guerra para que estas inter venciones encuentren ya
una suer te de realización que viene a resultar algo así como una profecía
cumplida.
Para concluir con este aspecto, quiero proponerles que entendamos ese
clima antipositivista como formando par te de un cuestionamiento más am-
plio, que entonces se torna epocal, civilizatorio, diría. Lo que se cuestiona-
ba, en suma, era el espíritu de la Ilustración, del cual el positivismo y la cul-
tura científica eran legítimos herederos. Para ejemplificar, concretamente di-
cho cuestionamiento lo voy a tomar brevemente en uno de sus puntos más
altos (si no, lisa y llanamente, el más alto). Lo voy a remitir a la figura y los
escritos de Nietzsche, en una cita que condensa de manera magistral ese
estado de ánimo. La cita per tenece a la Tercera Intempestiva, de 1874, y
dice así:

“Las aguas de la religión disminuyen de caudal y dejan tras de


sí pantanos y lagunas; las naciones se enfrentan de nuevo con
viva hostilidad y buscan desgarrarse. Las ciencias, cultivadas sin
medida y con la más ciega indiferencia, desmenuzan y disuelven
todo lo que era objeto de firme creencia; las clases cultivadas y
los estados civilizados se ven barridos por una corriente de ne-
gocios magníficamente desdeñosos. Nunca siglo anterior fue
más secular, más pobre en amor y en bondad. Los medios inte-
lectuales no son sino faros o refugios en medio de este torbelli-
no de ambiciones concretas. Cada día se vuelven más inesta-
bles, más vacíos de pensamiento y amor. Todo está al ser vicio
de la barbarie que se aproxima, todo, incluso el ar te y la ciencia
de este tiempo.”

De manera que cuando lleguemos a 1914, esto es, a la gran guerra, es-
te clima de ideas y sentimientos ya está instalado en algunos sectores in-
telectuales. Pero la guerra oficiará de aglutinadora de esos sentimientos
de malestar en la cultura, y será vista como el fin de una época y el inicio
de otra. Volveremos brevemente sobre esto y sobre la crisis del liberalis-
mo en el último punto de esta unidad, referida al recorrido de Joaquín V.
González. Lo hasta aquí dicho sir ve como referente epocal para compren-
der el efecto de la introducción de la filosofía antipositivista en la Argenti-
na. Un punto clave en este sentido fue la primera visita de José Or tega y
Gasset a nuestro país.
En julio de 1916, el filósofo José Or tega y Gasset, de treinta y tres años
de edad, llegó a la Argentina para dictar una serie de conferencias, invitado
por la Asociación Cultural Española. Venía de una Europa en plena guerra y
contaba, como car ta de presentación, con algunos libros como Meditaciones

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del Quijote, aparecido dos años antes. En general, el papel vastamente reno-
vador de la filosofía de habla española que Or tega desempeñó, se apoyó en
su conocimiento de la filosofía alemana, a la que accedió en diversas esta-
días en aquel país. De ese modo, Or tega funcionará como un activísimo me-
diador entre el mundo hispánico y la cultura filosófica alemana.
En sus diversas charlas, Or tega y Gasset denunció una y otra vez lo que
consideraba un anacronismo cultural insostenible. Ese anacronismo era la
terca super vivencia de la tradición positivista, continuada en numerosas cá-
tedras de las universidades locales. Vino a decir entonces que la juventud
argentina no se había dado cuenta de que el positivismo hacía tiempo que
había muer to y que le resultaba sorprendente que en la Facultad de Filoso-
fía y Letras aún se dieran cursos sobre "la momia de Spencer". No se priva
luego el conferencista de asociar la catástrofe europea de la guerra con la
de una época -el siglo XIX (que otros llamaban ya "el estúpido siglo XIX")- que
caracteriza como "una edad que gozó de la menor filosofía", en evidente alu-
sión al clima positivista de aquel siglo. Y aun en el momento de despedirse,
en la novena conferencia, confiesa: "No he de ocultaros que con alguna ex-
trañeza he hallado la ideología argentina más recluida de lo que esperaba
dentro de ideas que en el resto del mundo han perdido buena par te de su
vir tud".
El impacto sobre su auditorio fue sin duda espectacular. Las crónicas de
la época dan cuenta de su éxito y de sus exposiciones, abier tas y para es-
pecialistas, colmadas de un público amplio y de intelectuales argentinos. Pa-
ra medir el sentido de ese impacto contamos con la edición de dichas con-
ferencias, y es indudable que una de las armas que Or tega puso en juego
para ejercer tal atractivo consistió en que, quizás por primera vez, el público
argentino se encontró con alguien tan bien dotado de destrezas intelectua-
les semejantes, con alguien que hablaba desde la filosofía académica y que
al mismo tiempo gozaba de las habilidades del conferencista, dentro de un
género en que el ar te de la exposición y la retórica era fundamental. (Por
ejemplo, como han quedado los manuscritos de Or tega de esas conferen-
cias, pueden verse al margen de sus páginas indicaciones tales como "cam-
biar el tono de la voz", etc.) Es cier to que ese mismo estilo fue denunciado
por algunos de los positivistas argentinos como una marca de escaso rigor,
pero es aún más evidente que el discurso de Or tega venía a satisfacer una
demanda creciente a la que los filósofos o profesores de filosofía argentinos
aún no habían abastecido suficientemente.
La "buena nueva" que Or tega viene a difundir está señalada en la expre-
sión "nueva sensibilidad", de modo que es preciso entender qué es lo que
eso significaba. Esta nueva modalidad de entonar el discurso filosófico iba a
estar asociado con otro tema de índole dispar, pero que en la época se iba
a tornar progresivamente dominante dentro de las preocupaciones de los cír-
culos político-intelectuales. "Una nación -había dicho Or tega- no puede vivir
saludablemente sin una fuer te minoría de hombres reflexivos, previsores, sa-
bios". El tema que así se instalaba (en el interior de la referida crisis del li-
beralismo y de las formas de representación parlamentaria) era el de la bús-
queda de una nueva jefatura intelectual y moral.
Vayamos entonces a las conferencias. En rigor, no es sencillo determinar
el carácter preciso de esa filosofía a par tir de dicha lectura, porque lo que allí
Or tega expone no es una filosofía sistemática o ar ticulada, sino una suer te
de "estímulos filosóficos", de señalamientos críticos contra cier tas maneras

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

del pensar filosófico. Esas maneras que combate son las que genéricamente
pueden asociarse al positivismo, y por ello, en sus charlas Or tega formula en
la Argentina la versión hasta entonces más atractiva de la llamada "reacción
antipositivista". Nutrido de la filosofía de Husserl que ha conocido en Alema-
nia, pero también de la filosofía de Bergson, Or tega compar te, con el creador
de la fenomenología y con el filósofo francés, una serie de cer tezas básicas
de largas consecuencias. Una de ellas dice que entre la conciencia y la reali-
dad natural existe una diferencia de esencia y no de grado.
Por el contrario, la psicología positivista había visto una graduación con-
tinua, sin saltos, desde los fenómenos psíquicos más elementales y las fun-
ciones superiores. Así, el conocimiento seguía una ruta progresiva que nacía
en la sensación, pasaba por la percepción y llegaba hasta el concepto. Su-
mando conceptos se armaban los juicios, y juntando juicios se producía un
razonamiento. Hasta no hace demasiado, los manuales de psicología de la
escuela secundaria argentina mantenían este esquema.

Consulte los actuales manuales de psicología y obser-


ve cuál es el tipo de concepción que hoy se presenta
respecto de la relación entre conciencia y realidad na-
tural.

Para la psicología positivista, entonces, entre los datos más elementales


del conocimiento y los más complejos sólo existe una diferencia cuantitativa.
En cambio, las corrientes espiritualistas, presentes y en ascenso en Eu-
ropa desde la última década del siglo XIX (el Ensayo sobre los datos inme-
diatos de la conciencia, de Bergson, es de 1889; las Investigaciones lógicas,
de Husserl, de 1900-1901), compar ten la idea de que la conciencia es una
realidad cualitativamente diferenciada de la realidad natural, y que, por en-
de, no basta con una acumulación pasiva de datos para producir conocimien-
to. Es preciso, por el contrario, que esa conciencia sea activa. Precisamen-
te, en la primera conferencia Or tega y Gasset dice:

"El empujón que da al átomo el átomo, la conmoción del ner vio,


el torpe pensamiento y la turbia emoción del niño y del hombre
primitivo carecen para nosotros de un inconfundible elemento, el
cual hallamos activo en esos otros fenómenos que llamamos:
juicio científico, acción moral, goce estético".

Ese "inconfundible elemento", sigue Or tega, "muy difícil es describirlo


adecuadamente en pocas palabras", pero puede experimentarlo cualquiera
que revier ta su conciencia hacia dentro de sí misma. Entonces se le apare-
cerá un riquísimo mundo de deseos, apetencias, voliciones, sentimientos,
percepciones, etcétera. De todo eso que, traduciendo un término alemán,
llamará vivencias.
Para que ese mundo aparezca en su absoluta especificidad, en su total
irreductibilidad, es preciso salirse de la "actitud natural", del realismo como
creencia que también compar ten las ciencias. Precisamente, "el positivismo

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-dirá- es la actividad justa y propia de las ciencias naturales". Pero he aquí


que lo que es su defecto es al mismo tiempo su única posibilidad de exis-
tencia. Ya que si las ciencias se apar tan de esta actitud natural, "sufrirán un
descarrilamiento. Dentro del cuerpo de la física o de la biología, la filosofía
no tiene nada que hacer: sólo puede originar per turbaciones. Pero igualmen-
te es monstruoso querer labrar una filosofía con la tesitura positivista. La fi-
losofía y las ciencias naturales son órganos distintos aptos para percibir ob-
jetos distintos: la física los reales, la filosofía los ideales". Como verán, se
trata de practicar una dualización en el campo de los saberes que reconoce
la legitimidad de la práctica científica, pero que recupera al mismo tiempo un
espacio propio para la filosofía. Y el espacio que recupera (el de la concien-
cia, el de los objetos ideales, el de los valores) será el espacio privilegiado
en una escala que asciende desde lo fundamentado hacia el fundamento. Es
decir, la filosofía es la ciencia de los fundamentos y puede dar sentido a las
ciencias, pero no a la inversa. Además, la conciencia se abre hacia el cam-
po de la acción, porque ella misma no se compone de cosas sino de actos.
"Somos en cuanto psique pura actividad".
Prosiguiendo con la consigna de que es necesario romper con la actitud
ingenua y natural para ingresar en el campo de la filosofía, en la segunda
charla expresó que "la función de la duda consiste precisamente en romper
lo que en la conferencia anterior decíamos: la creencia ingenua, ciega, infun-
dada, y exigirle la prueba". Por no haber comprendido esto es que el positi-
vismo ha incurrido en dos errores fatales: el biologismo y el psicologismo.
Por el biologismo se llegó a entender la conciencia como un derivado utilita-
rio. "Basándose en esto, dijo Or tega, la biología define concretamente el sis-
tema de vida como el de un conjunto de sistemas de funciones útiles en el
individuo". Esto es, la conciencia es un derivado de las necesidades vitales.
Hay una frase de Nietzsche que expresa esta idea a la que ahora se opone
el nuevo espiritualismo. Dice lo siguiente: "En un planeta perdido en los es-
pacios infinitos, unos animales astutos inventaron la inteligencia", y con ella
los seres humanos dominaron a las demás especies y expandieron la pro-
pia. Pero si esto es así, la conciencia no posee autonomía, y si no posee au-
tonomía algo así como la verdad es impensable, porque el juicio estará en
función de otra cosa, como por ejemplo en función de la super vivencia o del
éxito (esto es lo que piensa el pragmatismo filosófico: un juicio es "verda-
dero" si produce una práctica eficaz).
En cuanto al psicologismo, es aquella tendencia también de matriz posi-
tivista que dice que la verdad es aquéllo que no podemos dejar de pensar,
debido a nuestra par ticular estructura psíquica. En la quinta conferencia se
lo identifica como aquella corriente que piensa que los grandes principios ló-
gicos (el de identidad, que dice A = A, o un perro es un perro, o el no contra-
dicción que dice que "es imposible que a y no a", o sea, que no es posible
que esto sea un perro y no sea un perro), que esos grandes principios lógi-
cos -decía- no responden a criterios objetivos vinculados con la verdad en
cuanto tal, sino a nuestra imposibilidad psíquica de concebirlos de otra ma-
nera. Or tega cita entonces a un filósofo de la época, Theodor Lipps, para ilus-
trar esa posición "Decir que las cosas son de este o el otro modo, segura e
indubitablemente, quiere decir que nosotros, en vir tud de la naturaleza de
nuestro espíritu, no podemos pensarlas más que de esa manera".
Ahora bien: tanto biologismo como psicologismo le resultan a Or tega y
Gasset posiciones nefastas porque ambos desembocan en un vicio esencial:

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

el relativismo. Relativista es quien piensa que la verdad no es en sí sino rela-


tiva a; esto es, que depende de nuestra época histórica, de nuestra estructu-
ra mental, de nuestra posición social, etc., etc. Decir esto, es lo mismo que
decir que lo que es verdad para mí no lo es para otro y viceversa. Y decir es-
to, en definitiva es decir que no hay verdad, si por tal se entiende un juicio o
proposición que tenga validez necesaria y universal, o sea, que valga en todo
tiempo y lugar. De este modo el relativismo (“la verdad depende de”) desem-
boca en el escepticismo (no hay verdad). Y aquí Or tega aplica la crítica clási-
ca, proveniente de la filosofía antigua, al relativismo y al escepticismo. "Este
relativismo -dice- puede reducirse a escepticismo, porque al punto pensamos:
esta opinión de Stuart Mill y esta opinión de Theodor Lipps, ¿no son a su vez
sino opiniones que dependen de la constitución de la especie psicológica
hombre? ¿Con qué derecho se impone entonces como verdad?". El argumen-
to es sencillo: si afirmo que toda verdad es relativa, entonces esta misma afir-
mación es relativa y por ende no puede aspirar a la verdad absoluta. Si digo
que “no hay verdad”, entonces este juicio tampoco lo es.
Existe otro factor desarrollado ya desde la primera conferencia, que tiene
un comienzo que a los oídos de los intelectuales argentinos debió resultarles
familiar, puesto que estos oídos ya estaban en par te trabajados por el moder-
nismo cultural. Dijo Or tega: "El tiempo que entre vosotros llevo sólo me ha
permitido ver vuestras avenidas y vuestras plazas y vuestros edificios, toda
esa opulencia de vuestra vida exterior que no ha acer tado a conmoverme, que
casi me enfada porque parece estorbar el afán que me ha traído entre voso-
tros de buscar la intimidad argentina, penetrar en su morada interior...". Este
desprecio entonces por los brillos materiales, económicos, y el elogio de la
morada interior son temas que hemos visto aparecer recurrentemente a lo lar-
go del curso, y en esto me apoyo para afirmar que no se trataba de un discur-
so extraño a los oídos argentinos. Esta "morada interior" está concebida sin
duda en las antípodas de los intereses materiales, e incluso de la materia
misma en tanto concepto filosófico. Esta morada interior es la de la concien-
cia, y esta conciencia es espiritual. Esto es lo que en un momento Or tega lla-
ma -con términos que invitan al equívoco- "idealismo subjetivista".
Y puede inducir a equívocos porque el "yo" or teguiano no es el del mo-
dernismo cultural, que es un refugio frente al mundo, que permite la reclu-
sión en la pura subjetividad de un yo estetizado y encantado. El yo or teguia-
no es un yo fuer temente implicado con la época y con el mundo. Implicación
que está expresada en la célebre frase de Or tega "yo soy yo y mis circuns-
tancias", es decir, que no existe posibilidad de aislar al yo de la realidad, al
yo del no-yo. Por eso, enseguida el autor de El tema de nuestro tiempo agre-
ga en su conferencia que "no podemos permanecer dentro del quid pro quo
[tomar una cosa por otra] en que se funda el idealismo; no podemos reducir
el sujeto al objeto, como hizo Aristóteles, pero tampoco el objeto al sujeto,
como en par te hizo Kant y resueltamente hizo Fichte".
Sobre estas ideas gravita la idea de intencionalidad, tomada del filósofo
alemán Brentano, de quien a su vez también la tomará Husserl. En la sépti-
ma y octava conferencias se refiere explícitamente a ella. Y no vacila en afir-
mar que "esta idea de la conciencia como acto intencional, como acto de re-
ferencia a objetos [...] está llamada a volver de arriba abajo toda la psicolo-
gía y de rechazo toda la filosofía contemporánea". Para que ustedes com-
prendan, así fuere esquemáticamente, de qué se trata, diré que esta idea fue
expresada diciendo que "toda conciencia es conciencia de", esto es, que no

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Universidad Virtual Quilmes

hay posibilidad de separar la conciencia del objeto al que se dirige, al que


“intenciona”. Desaparece con ello el riesgo del solipsismo (que concluye que
sólo puedo saber que yo existo, pero no puedo salir de mi interioridad, de mi
subjetividad, de mi yo). Y desaparece porque es de la esencia de la concien-
Jean Paul Sartre “Un cia estar siempre dirigida a lo que ella no es, al objeto. "Quiebra -dice Or te-
concepto clave de la ga- la mazmorra del subjetivismo, del solipsismo, para el que sólo el yo exis-
fenomenología de Husserl: te, y toda la infinita variedad de los objetos cobra sus derechos".
la intencionalidad”, en: El
hombre y las cosas, Losada, Or tega indica algunas nociones sobre el concepto de conciencia: "En su-
Buenos Aires, 1960. ma, se vier te sobre todo el contenido de nuestra conciencia este carácter de
aferrarse a algo, de estar ocupado en algo, de estar atendiendo a algo; en
suma, lo que en otro tiempo se llamó el carácter intencional, la intencionali-
dad o lo propio del fenómeno psíquico, a diferencia de lo íntimo. Y aquí te-
néis cuál es el centro de los estudios en toda la Europa: la intencionalidad
de los fenómenos psíquicos". El mundo de la realidad -dice- se divide en dos
grandes provincias: las cosas físicas y las cosas psíquicas, y no hay más. Pe-
ro el mundo psíquico tiene una mayor jerarquía ante el mundo físico, porque
es el encargado de dar sentido al otro. "No podemos -afirma en la sexta con-
ferencia- buscar las significaciones en el mundo exterior, tenemos que hallar-
las en el mundo interior".
Contra el biologismo, contra el psicologismo, contra el relativismo, contra
el escepticismo. Por la positiva, esto implicará emprender la tarea de fundar
una verdad en sí, una verdad sin supuestos. Al respecto esto subraya Or te-
ga: "Falta pues una ciencia de los últimos fundamentos de la vida. Éste es
el sentido de la filosofía. Como véis, es lo que el sentido de la ciencia reali-
za, su mismo poder de heroísmo, de racionalidad, de independencia espiri-
tual". Debo recalcar el término heroísmo, porque aquí reside un pasaje de
una serie de afirmaciones que transcurren dentro del discurso filosófico, y de
pronto se nos revela que ese saber es un saber heroico. "En general -expre-
só entonces Or tega-, el filósofo tiene predilección por lo peligroso". Y en la
novena y última conferencia volverá sobre el tema: "La vida del intelectual no
es en par te alguna del mundo cómoda: tiene un destino de heroísmo. En me-
dio de los otros hombres, ocupado fríamente cada cual con su negocio y afán
par ticular, ha de vivir el intelectual ardiendo en exaltación, proclamando a to-
da hora los derechos ideales, desinteresados, superfluos, magnánimos del
espíritu". Y esto es aún más ineludible en los países que por su estructura
viven demasiado urgidos por la ambición económica, porque una nación no
puede vivir saludablemente sin una fuer te minoría de hombres reflexivos,
previsores y sabios, y este emprendimiento implica una decisión heroica. Un
discípulo de Alejandro Korn, y por consiguiente par tícipe de la reacción anti-
positivista, Angel Vassallo, publicó en 1954 un libro en cuyo título sigue re-
sonando esta consigna: ¿Qué es filosofía? O de una sabiduría heroica.
Quiero señalar esto por un motivo muy preciso. Porque en este caso es-
tamos trabajando un discurso filosófico dentro de la historia intelectual. Y us-
tedes tienen todo el derecho a preguntarse qué tiene que ver ese discurso
con la construcción de constelaciones culturales más amplias que aquéllas
en las que se interesan los especialistas de la filosofía. La respuesta comen-
zó siendo: tenemos que ver en qué consiste eso que se llamó la "nueva sen-
sibilidad", que sabemos que tuvo un efecto amplio, porque la vamos a en-
contrar presente como inspiración en asociaciones y revistas de la época,
porque la vamos a reencontrar en los años 1920's en la revista de vanguar-
dia más emblemática, la revista Mar tín Fierro; porque la vamos a obser var

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

formando par te de cier to espíritu de la reforma universitaria, que configuró


un movimiento juvenil y estudiantil de alcances latinoamericanos. Entonces,
tomamos las conferencias de Or tega para tratar de extraer de ese discurso
filosófico algo así como un clima de ideas, como la "coloración" que esas
ideas destilan. Para eso no hay más remedio que comprender ese discurso,
que forma par te de un género, la filosofía, que tiene su propia tradición, mo-
do de reflexionar, etc. Así hemos llegado a comprender dos o tres cosas. Que
Or tega se opone a las pretensiones de la biología y la psicología para expli-
car, para dar cuenta, para decir la conciencia. Y como la conciencia es el es-
píritu, esas ciencias, las ciencias, están incapacitadas para dar cuenta de
lo espiritual, que al mismo tiempo está en la escala superior de una jerar-
quía axiológica. Al mismo tiempo, las ciencias no pueden dar cuenta de sus
propios fundamentos, no pueden encontrar un fundamento incondicional, un
fundamento absoluto. Forman así par te de las tendencias relativistas que
desembocan en el escepticismo. Y por fin, para no recaer en la misma situa-
ción, es preciso modificar la actitud existencial, la posición en el mundo. Por-
que las ciencias (y los científicos) tienen una actitud “natural”, están anima-
das de un temple de ánimo que es el del realismo ingenuo, que permanece
en la superficie de las cosas y no llega hasta los fundamentos últimos. En
su libro más famoso, La rebelión de las masas, de 1930, Or tega dirá que “el
científico es el prototipo de el hombre-masa”. En cambio, la filosofía rompe
con ese espíritu, rompe con la conducta convencional, rompe con la actitud
natural, y para hacerlo debe asumir una actitud a contrapelo, una actitud en
definitiva de vanguardia, que es una actitud heroica.
Vemos entonces, cómo en esas conferencias Or tega se construye a sí
mismo, en tanto filósofo, como abanderado de esa empresa "fundamentalis-
ta" o extremista (ir a los fundamentos, "a las cosas mismas", como decía
Husserl) y de una empresa rupturista. "De todos modos -dice Or tega-, com-
prenderéis que la actitud de la filosofía no puede ser otra que un extremo ra-
dicalismo. No puede contentarse, como todas las ciencias par ticulares, con
conceptos de qué par tir, que son penúltimos, sino que tienen que hacer ta-
bla rasa de sus creencias y dentro no sólo de lo que hay motivo concreto pa-
ra dudar, sino ampliar su duda hasta el infinito, dudar de todo". Todo esto
configura ya no una actitud puramente teórica sino de una teoría que requie-
re una ética que remita a la acción. Y sobre la base de esta actitud se po-
drá imaginar una política.
En relación con este tema, las masas son vistas por Or tega como inmer-
sas en un activismo potente pero ciego para la duda y los valores intelec-
tuales de la alta cultura. Por eso dice que "toda filosofía popular y sencilla
suele ser una desgracia que nos ocurre". Y en la quinta conferencia agre-
ga: "La mayor par te de los hombres vive proyectada hacia el apresamiento
y negocio de las cosas: con sobrado motivo, pues, han de oír siempre entre
burlones y suspicaces esas extrañas, quiméricas pendencias de filósofos".
El ejemplo que pone, es indudable en su propósito de construir, como antí-
tesis de la figura del filósofo, la del negociante, la del homo economicus:
“¿No ha de parecer burlesco al hacendado que se ponga en sospecha la
existencia de sus toros obesos que están ahí mugiendo en la pradera?"
"¿Es justo que el filósofo venga con tales sospechas a per turbarle en su ne-
gocio?" A este net-otium (neg-ocio) le opone la figura clásica del ocio. No es
justo, dice, que "el hombre del negocio con las cosas pretenda imponer su
criterio al filósofo ¡que es el hombre del ocio ante las cosas, que sólo aspira

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Universidad Virtual Quilmes

a reflejarlas, a comprenderlas en toda su pulcritud!". Sobre estos supues-


tos, el intelectual filósofo, el filósofo de la nueva sensibilidad podrá auto-
proponerse como par te de una nueva jefatura intelectual. Y lo hará sobre la
base de la vida como disciplina, vida esforzada que aspira siempre a supe-
rarse a sí misma, a trascenderse a sí misma permanentemente. La crítica
a la "visión biologista" se apoya también en este aspecto, ya que el darwi-
nismo coloca el acento en la adaptación al medio, y con ello, según Or tega,
se olvida de la vida. Ya que "la vida no es esa actividad secundaria, que no
hace sino dar la respuesta al agente del medio físico, sino que es una acti-
tud ar tificial creadora que consiste en el aumento de su propio ser”, en
“henchimiento" de su propio ser.
Estas ideas se incluyeron entonces en el clima de ideas que a par tir de
1914 está desplazando al positivismo de su centralidad en el campo intelec-
tual. Acerca de su gravitación, podemos hablar al obser var algunos de esos
tópicos incluidos en el discurso de la reforma universitaria. También en ellos
podremos ver la dificultad que los intelectuales argentinos allí par ticipantes
tenían para desagregarlos del modernismo cultural. Y si consideramos luego
algunos textos del representante local de la “reacción antipositivista”, Ale-
jandro Korn, podremos obser var el carácter más moderado de la misma res-
pecto del mensaje or teguiano, y enunciar algunas reflexiones con relación a
este “moderatismo”, que no es exclusivo del campo de la filosofía. A estas
cuestiones nos abocaremos en el punto siguiente.

Señale las características del “yo” orteguiano.

3.4. La “nueva sensibilidad “ en el ideario de la Reforma Universitaria.


La reacción antipositivista en la obra de Alejandro Korn

Como es sabido, la reforma universitaria es un movimiento político-estu-


diantil iniciado en Córdoba en 1918, que alcanzará una notable expansión la-
tinoamericana. Desde México hasta la Argentina, su mensaje, sus encuen-
tros, sus congresos y sus publicaciones organizarán uno de los movimientos
de alcances continentales más exitosos en todo el siglo XX. Habrá que es-
perar hasta la revolución cubana para encontrar otro movimiento de estos al-
cances latinoamericanistas.
Tomando algunos de los documentos representativos producidos por el
reformismo universitario, trataremos ahora de detectar algunas ideas o cons-
telaciones de ideas que modelen su visión de algunos fenómenos sociales
y políticos, vinculando este aspecto con lo desarrollado en el punto anterior.
Para comenzar, es preciso entender que no existe un sistema de ideas ho-
mogéneo, sistemático, de la reforma universitaria. Pero tanto en sus docu-
mentos oficiales cuanto en los testimonios de algunos de sus principales re-
presentantes puede rastrearse, si no un sistema, al menos una constelación
de temas y un estilo compar tidos. En uno y otro aspecto, encontramos en la
reforma entonaciones ideológicas que hemos visto presentes en la "nueva
sensibilidad", así como un proyecto también allí presente: el de la construc-
ción de una nueva elite dirigente.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

En el primer sentido, el principal exponente de los mensajes de la refor-


ma, Deodoro Roca, decía explícitamente en el I Congreso Nacional de Estu-
diantes Universitarios: "Y yo tengo fe en que para estas cosas y para mu-
chas tan altas como ésta viene singularmente preparada nuestra genera-
ción. En palabras recientes he dicho que ella trae una nueva sensibilidad".
Y el discurso de Héctor Ripa Alberdi en el Primer Congreso Internacional de
Estudiantes, de 1921, asocia directamente la empresa estudiantil con el re-
chazo del positivismo y se responde que esa misión ha sido cumplida: "Fue
menester liber tarse del peso de una generación positivista, una generación
que, al desdeñar los valores éticos y estéticos, dejó caer en el corazón ar-
gentino la gota amarga del escepticismo".
Para esos mensajes, existieron en la Argentina condiciones de recepción
que tienen todo que ver –como se ha dicho- con aquello en lo que consiste
la historia intelectual: esto es, con la relación entre las ideas y lo que no
son las ideas. En este caso, es nítido que en esos años el nuevo escena-
rio argentino aparece rediseñado en torno de tres hechos centrales: el rem-
plazo del tradicional sector dirigente por el nuevo elenco yrigoyenista; la
gran guerra, y la emergencia de las ver tientes extremas del fascismo y el
bolchevismo.
En principio, el yrigoyenismo traía consigo no sólo otra representatividad
social; también abrevaba en una cultura política y poseía manifestaciones
estilísticas que para los miembros de la elite desplazada únicamente podían
sonar tan extravagantes como para operar de criterio deslegitimador del go-
bierno radical. Se abría así aquella inconmensurabilidad de legitimidades
que Halperin Donghi ha remarcado. Mientras el nuevo gobierno se legitima-
ba en los votos, la vieja elite desplazada consideraba que el criterio de legi-
timidad debía fundarse en cier tas cualidades de los gobernantes, cualidades
que veían ausentes en el elenco radical.
La guerra, como hemos visto, fue interpretada como el fin de una época
y el inicio de una nueva época signada por la crisis terminal del liberalismo,
pero además –como también hemos visto- sir vió de formidable marco con-
densador de malestares culturales que provenían del ambiente intelectual
del 900. Otro protagonista de la reforma universitaria, Saúl Taborda, opinaba
así en La crisis espiritual y el ideario argentino que "la guerra y sus conse-
cuencias [...] nos han notificado a todos, urbi et orbis, a europeos y a ame-
ricanos, la falencia efectiva de Occidente".
Aquí es donde podemos introducir una cuestión compleja y escasamente En realidad, el perío-
do cultural que trans-
explorada hasta el presente. curre en la Argentina entre
He dicho en el punto anterior que las conferencias de Or tega debieron de 1914 y 1930 es de los me-
nos explorados por los in-
hallar oídos receptivos, en la medida en que ya estaban “trabajados” por la vestigadores. De allí que
sensibilidad modernista. Esto es cier to en cuanto a algunos temas que el contemos con escasos aná-
modernismo había instalado (el antieconomicismo, su carácter “antibur- lisis teóricos en los que
apoyarnos también para el
gués”, su elitismo...). Pero para comprender más cabalmente el carácter de dictado de un curso de estas
la “nueva sensibilidad” es preciso tratar de indicar algunos de sus rasgos di- características.
ferenciales respecto del modernismo literario y cultural.
Ocurre, sin embargo, que los jóvenes animadores de la reforma universi-
taria por momentos no parecen percibir esas diferencias, y homologan ins-
piraciones de matrices teóricas diversas. Esto no es ninguna novedad ni
ningún señalamiento crítico. Se trata de una verificación corriente respecto
de discursos emitidos en el seno de procesos político-culturales de esas di-
mensiones, que no tienen pretensiones de extrema coherencia intelectual

111
Universidad Virtual Quilmes

por sobre otras urgencias. Lo contrario sería caer en el error de considerar


que la historia es un eterno congreso de matemáticos... Verdad es asimis-
mo que algunos textos señeros para los reformistas tienen un estatuto, una
factura, digamos, compleja. Por ejemplo, uno de esos libros va a ser sin du-
da El hombre mediocre, de José Ingenieros. Y bien: cualquiera que se acer-
que a este texto escrito, por que se lo consideraba el representante máxi-
mo del positivismo argentino, va a encontrar una factura claramente diso-
nante con aspectos centrales de aquella filosofía y, como contrapar tida, una
entonación que se pretende “idealista” (en un sentido igualmente vago).
Es así como los discursos reformistas muestran a veces clamorosas mar-
cas del legado arielista. Ripa Alberdi, por caso, evoca con admiración la épo-
ca en que, "bajo la fresca sombra de los plátanos, se congregaban los jóve-
nes atenienses para escuchar la palabra honda y serena del maestro; allí se
entregaban al ocio divino de pensar, que es la mayor ventura de los hom-
bres". Deodoro Roca abundará sobre la misma veta cuando en el discurso
de clausura del I Congreso Nacional de Estudiantes recordaba "las oscuras
prácticas de Calibán". Y allí mismo construye una tradición que vincula a la
reforma universitaria con el legado del nacionalismo cultural y criollista. Rei-
vindica por eso algunas "voces altas" que entonces emergieron, con Ricardo
Rojas a la cabeza, las que "irrumpieron en las ciudades, cuando la turba cos-
mopolita era más clamorosa, y nuestros valores puramente bursátiles". Se
trata, como se ve, de un discurso que tranquilamente remite al clima del cen-
tenario y aun de inter venciones de la generación del 80.
Pero esa lectura en la estela de Rodó convivió, estuvo super puesta,
aun en los mismos autores, con otra más afín al espíritu de "la nueva sen-
sibilidad". Incluso la representación de la guerra europea contuvo una ver-
sión como aquélla que hemos visto en Car los Ibarguren. Deodoro Roca en
1918 utiliza así el acontecimiento bélico para filiar su propia adscripción
generacional:

"Per tenecemos a esta misma generación que podríamos llamar


'la de 1914', y cuya pavorosa responsabilidad alumbra el incen-
dio de Europa. La anterior se adoctrinó en el ansia poco escru-
pulosa de la riqueza, en la codicia miope, en la superficialidad
cargada de hombros, en la vulgaridad plebeya, en el desdén por
la obra desinteresada, en las direcciones del agropecuarismo ce-
rrado o de la burocracia apacible y mediocrizante".

Sin duda, estos procesos fueron tramitados en la Argentina desde una


realidad mucho menos crítica que la europea, y ello ha sido utilizado para
explicar el moderatismo de las vanguardias estéticas argentinas de los
años veinte. Pero aun aceptando que el retorno del bienestar económico y
social, luego de la severa crisis de la guerra, protegió a la Argentina de las
profundas fracturas experimentadas por la conciencia europea, puede veri-
ficarse que existieron síntomas en la cultura -y el reformismo universitario
es uno de ellos- que tienden a matizar la imagen del sentimiento de auto-
satisfacción de esos años. Así, cuando algunos de aquellos jóvenes intelec-
tuales fueron incluidos en 1923 en la encuesta de la revista Nosotros, la
respuesta de otro cordobés, Brandan Caraffa, no vacila en vincular los he-

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

chos de la reforma con la autorrepresentación de una generación que se


considera en el seno de una crisis de renovación inaugurada por la guerra,
y vincula esta misma circunstancia con el "estado de ánimo creado en el
país por la revolución universitaria de Córdoba, estado de ánimo trágico que
nos hizo posible asimilarnos la inquietud enorme del mundo post-guerra" y
que induce el deseo de vivir dignamente la hora propia y repudiar "todo lo
que no esté hecho con sangre".
Encuentran ustedes aquí dos aspectos que el mensaje de Or tega segui-
ría instalando. Uno, que hemos señalado antes, se refiere al “talante he-
roico”, digamos, que anima su inter vención filosófica. Y el otro que no he-
mos visto pero que forma par te de un legado or teguiano de larga duración:
el tema de las generaciones, según el cual cada generación aparece en la
historia animada de una determinada perspectiva desde la cual dotarse de
una cosmovisión y organizar su relación con la realidad. Y en los mensajes
de los reformistas del 18, no caben dudas de que se autoconstruyen co-
mo una nueva generación que ha venido a romper con la anterior (identifi-
cada con el positivismo, el adocenamiento y la catástrofe de la guerra), y
que a esa ruptura la piensan en términos de un nuevo espíritu generacio-
nal ético y mental.
Y es que el programa or teguiano incluía un mandato generacional que se
inscribía en una teoría de las elites. En principio, para que una generación no
fuera un hecho meramente biológico, era preciso que tuviera una clara no-
ción de sí misma y estuviese animada de una potencia espiritual opuesta a
los valores económicos. En una de sus conferencias, Or tega había dicho que
“todo pueblo que quiera ser persona y sujeto histórico no puede contentar-
se con la riqueza económica y tiene que aspirar a ser una potencia espiri-
tual”. Esta pulsión espiritualizante tenía en el caso argentino un alcance la-
tinoamericanista, ya que si "el yo americano" -lamentaba Or tega- parece es-
tar "todo él deformado por la interpretación del yo europeo", a la nueva ge-
neración le compete desempeñar una tarea americana.
Si vamos ahora al Manifiesto liminar de la reforma, esto es, al documen-
to inaugural, fundacional, fechado el 21 de junio de 1918 y atribuido a la au-
toría de Deodoro Roca, encontramos tres rasgos salientes que son posibles
de rastrear en el mensaje or teguiano (aunque no sólo en él): el americanis-
mo, el juvenilismo, el espíritu heroificante. Este manifiesto aparece dedica-
do por “la juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudaméri-
ca”, y expresa su juvenilismo heroificante al sostener que "las almas de los
jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales" y que "la juventud vive
siempre en trance de heroísmo". Años más tarde, el espíritu de este mensa-
je sigue resonando en Saúl Taborda en su citado libro al escribir:

"Una generación rebelde, ardorosa, enamorada del riesgo, del


peligro, de la violencia, acomete contra la existencia burguesa,
muelle y anquilosada. Frente a sus principios forjados por la ra-
zón, postula el instinto y la intuición. Frente a la forma sin con-
tenido, el heroísmo creador. Ya la guerra misma fue heroísmo de
masas. [...] Desde los días de Nietzsche y desde la prédica de
Sorel, izquierdas y derechas intuyen la inconsistencia del pacifis-
mo inventado por la cobardía interesada del yanqui sin eternidad
y sin historia".

113
Universidad Virtual Quilmes

Por otra par te, la crisis del liberalismo alentó en el mundo occidental la
puesta en cuestión de la democracia parlamentaria y la búsqueda de mode-
los alternativos, que a veces apelarían a una revitalización de la teoría de las
minorías activas. Precisamente, Or tega y Gasset iba a ser uno de esos in-
cansables defensores de la ver tebración aristocrática de la sociedad. Tras
las huellas expresas de estas ideas se ubica Deodoro Roca cuando expresa
que "la existencia de la plebe y en general la de toda masa amorfa de ciu-
dadanos está indicando, desde luego, que no hay democracia. Se suprime la
plebe tallándola en hombres. A eso va la democracia. Hasta ahora -dice Gas-
set [esto es, dice Roca que dice Gasset]-, la democracia aseguró la igualdad
de derechos para lo que en todos los hombres hay de igual. Ahora se sien-
te la misma urgencia en legislar, en legitimar lo que hay de desigual entre los
hombres". En el I Congreso Nacional de estudiantes universitarios, el mismo
Roca planteaba con entera claridad un programa elitista, vanguardista y juve-
nilista-estudiantil. “El mal –expresó- ha calado tan hondo que está en las cos-
tumbres del país. Los intereses creados en torno de lo mediocre –fruto ca-
racterístico de nuestra civilización- son vastos. Hay que desarraigarlo, ope-
rando desde arriba la revolución. En la universidad está el secreto de la fu-
tura transformación”.
Justamente, y dentro de un pasaje político entonces autorizado, será Ju-
lio V. González (hijo de Joaquín V.) quien dará cuenta, desde el interior de la
reforma universitaria, del fracaso de la generación del 80, con una argumen-
tación en la cual veía al radicalismo como una fuerza avasalladora y brutal,
cuyos dirigentes no tenían "la menor noción de gobierno ni conceptos de Es-
tado", pero que "cumplió la misión de cavar un abismo en el cual quedaba
definitivamente sepultada la generación que había manejado el país desde
el 80 hasta 1916".
Rasgo distintivo de los tiempos, por fin, puede verificarse que también en
la Argentina se abrió así en algunos sectores la búsqueda de una nueva je-
fatura espiritual. Existía además toda una tradición nacional, por la cual los
letrados pudieron sentirse avalados para asumir una función dejada vacante
por el presunto vacío de la clase política. La reforma universitaria no dejó de
contener esas pretensiones, y fue así como no pocos de sus animadores le-
yeron ese mandato a la luz de mensajes heroificantes vaciados en el molde
de un espiritualismo juvenilista, meritocrático y elitista.

Explique por qué se ha sostenido el carácter elitista,


juvenilista y estudiantil del discurso de la refor ma uni-
versitaria, y a qué aspectos del pensamiento de la
“nueva sensibilidad” orteguiana podrían referir esas
características.

La reacción antipositivista en la obra de Alejandro Korn

Alejandro Korn (1860-1936) es el representante más reconocido de la


reacción antipositivista en la Argentina. Luego de haber cursado medicina,
especializándose en psiquiatría, se convir tió en profesor de filosofía, activi-
dad que ejerció en las universidades de Buenos Aires y La Plata. Allí contó

114
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

con una serie de discípulos que proseguirían su línea de pensamiento duran-


te un prolongado período. Su magisterio ha sido reconocido, sobre todo, en
el ejercicio oral de su enseñanza, dado que su obra escrita no es numerosa
y se compone en general de ar tículos o inter venciones relativamente breves.
De dicha obra tomaremos algunos elementos para filiar el carácter de su po-
sición antipositivista y espiritualista.
En su escrito Influencias filosóficas en la evolución nacional aparece cla-
ramente su relación con el positivismo y, como el título del texto propone, se
trata de enlazar la evaluación del movimiento filosófico con la evolución na-
cional misma. Y en efecto, Korn realiza una reconstrucción de ambos proce-
sos que ya resultaba prácticamente canónica, y seguirá siéndolo durante mu-
cho tiempo. Después de Caseros, una minoría dominante y antidemocrática,
impuso una “orientación positiva” a la vida del pueblo argentino. “Fue –agre-
ga- una imposición de sentimientos e ideales exóticos” y no el desarrollo len-
to y espontáneo de “gérmenes orgánicos preexistentes en un proceso bioló-
gico normal”. Esta imposición trajo consecuencias negativas sobre las cla-
ses populares, mientras las clases dirigentes se dejaron seducir por los éxi-
tos y valores puramente económicos.
Como vemos, se trata del mismo lamento que hemos visto enunciarse
desde 1880. Como vemos, asimismo, cuando Alejandro Korn habla de “po-
sitivismo” lo entiende no sólo en su referencia a un movimiento filosófico si-
no a un módulo cultural, que implica no solamente saberes, sino también va-
lores y prácticas, esto es, toda una eticidad. Es esta extensión del término
la que a su vez hace que considere que el positivismo no es una ideología
impor tada, sino autóctona. Y uno de sus representantes sería por ende Juan
Bautista Alberdi. Para afirmar esto, Korn se basa en el conocido economicis-
mo de Alberdi, es decir, en su aplicación de la economía política inglesa a su
proyecto de construcción de la nación. Más aún, en un ar tículo de 1927 titu-
lado “Filosofía argentina”, leemos que el positivismo argentino “fue expre-
sión de una voluntad colectiva. Si con mayor claridad y eficacia le dio forma
Alberdi, no fue su credo personal. Toda la emigración lo profesaba, todo el
país lo aceptó”.
Sin embargo, esta posición de denuncia se complementa con otra prove-
niente de una visión evolutiva de la cultura nacional. Porque no vamos a en-
contrar en Korn afirmaciones rupturistas del tipo de las que pudimos hallar
en Or tega o en algunos jóvenes intelectuales argentinos que en la década
del 20 se van a nuclear en una revista llamada Inicial. Korn par ticipa activa-
mente en 1917 de la formación del Colegio Novecentista, creado expresa-
mente para combatir al positivismo. Pero he aquí, que dicho colegio va a ex-
pedir una declaración que el propio Korn considerará algunos años más tar-
de de “exceso de sensatez”. En la par te referida al positivismo, decía así:
“nacidos y en él criados, los hombres de este siglo advier ten que no podrían
borrar de su tradición cultural, sin descalabro, la huella impresa en ella por
la ideología que fue característica de la época precedente. Cualquiera que
sea su juicio sobre el positivismo, es ante todo reconocimiento de un fenó-
meno dado, irremediable en el desarrollo de la cultura”.
Se trata, a no dudarlo, de una visión del desarrollo de la cultura y de la
formación nacional que viene a decir que en la Argentina ambas progresan
por acumulación. Cumplida su tarea por el positivismo, la reacción contra él
debe ser bien venida, pero esto no implica renunciar a una tradición que for-
ma par te del desarrollo orgánico de la ideología argentina.

115
Universidad Virtual Quilmes

De todos modos, a la hora de adherir a una filosofía, Korn no duda que


su lugar está junto con el espiritualismo en ascenso, especialmente con el
desarrollado por Henri Bergson, en quien reconoce a “la autoridad más alta
que ha logrado invadir nuestro ambiente”. Lo que de él parece seducirlo, so-
bre todo, es la concepción bergsoniana de la conciencia, que se traduce en
la aper tura de una zona de liber tad, allí donde el positivismo había estable-
cido las férreas leyes del determinismo naturalista. No en vano, uno de los
más conocidos escritos de Korn se titula La liber tad creadora.
En un ar tículo de 1926 titulado “Bergson” describe de manera didáctica
su comprensión de esa filosofía. Par tiendo del Ensayo sobre los datos inme-
diatos de la conciencia, muestra la crítica bergsoniana hacia la descripción
positivista de la conciencia. Para el filósofo francés, aquella concepción al-
bergaba un grave equívoco, centrado en la confusión entre el espacio y el
tiempo. El espacio es la categoría que permite aislar los hechos en una coe-
xistencia discontinua, de establecer entre ellos relaciones bien delimitadas:
La ciencia se apropia de estas posiciones espaciales, las cuantifica y les
otorga el carácter de necesarias. Esta misma operación la realiza con el tiem-
po: lo espacializa y lo cuantifica. Éste es “el tiempo de los relojes”. Pero si
nos volvemos vigorosamente (“heroicamente”, también dirá Korn) hacia
nuestro yo profundo, podemos captar otro tipo de realidad, que no es espa-
cial ni cuantificable, sino temporal, pura continuidad, sin soluciones de con-
tinuidad, esto es, citando a Bergson, “una multiplicidad cualitativa”.
Con este movimiento argumentativo, quiero agregar que Bergson comba-
tía al positivismo en su propio terreno: el del “hecho”, el del dato. Y le decía
al positivismo, que en efecto se trataba de atender a los datos, pero no a los
datos mediatos, como el del espacio, sino a los datos inmediatos que apa-
recen ante la conciencia, como el del tiempo. Y de esta oposición entre lo
espacial y lo temporal Bergson, y Korn con él, desprende un doble aspecto
de la actividad psíquica. Existe un yo profundo, que es el yo de la temporali-
dad cualitativa, y un yo superficial, que es el yo que vive en el espacio, diga-
mos, el yo pragmático, el yo de la práctica con las cosas, que es el mismo
que el yo de la ciencia.
De esa manera Korn celebra en Bergson haber hallado una salida para la
eterna polémica filosófica entre liber tad y determinismo: “Después del aná-
lisis que precede, ya podemos sospechar la solución. La necesidad impera
en el dominio de la espacialidad, donde rigen las relaciones cuantitativas; la
liber tad se halla en el dominio de la duración pura, en el impulso creador que
surge de las profundidades de la conciencia”, cita entonces a Bergson, con
ecos de un espíritu que ya hemos obser vado en Or tega y Gasset: “Obrar li-
bremente es tomar posesión de sí mismo, refugiarse en la duración pura”.
Comentando una crítica de Guido de Ruggiero a Bergson, en el sentido de
que “quería salvar la cabra y la col”, Alejandro Korn manifiesta sin ambages
que ese emprendimiento le parece absolutamente valioso. Dentro de un es-
píritu componedor que recuerda a Rodó, podríamos traducir esta posición en
el sentido de que Korn no está dispuesto a renunciar a cier tos elementos de
la modernidad como la ciencia y la técnica, sólo que pretende introducirlos
dentro de una jerarquía subordinada a otros valores y prácticas del espíritu.
En un ar tículo titulado “La máquina es un instrumento dócil”, dice que la
ciencia y la técnica se hallan “más allá del bien y del mal”, apelando así a
la discutida concepción de que ambas son instrumentos neutros cuyo senti-
do depende de la mano y la mente que las manejen. “Toda la inferioridad del

116
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

animal –decía tempranamente Bergson- está ahí: en un especialista”. Y por


ello, la ciencia debía estar subordinada a un principio superior, a un principio
moral, al modo como la máquina debe obedecer al hombre y no a la inversa.
De tal suer te, insisto, es posible pensar en una conciliación entre los desa-
rrollos de una modernidad desencantadora del mundo y el re-encantamiento
espiritualista de la conciencia. Fíjense ustedes que es una análoga coloca-
ción a la que Alejandro Korn ha mostrado en su relación con el positivismo.
En su ar tículo “Del mundo de las ideas”, de 1930, escribió:

“En realidad se nos ofrece este dilema. No podemos continuar


con el positivismo, agotado e insuficiente, y tampoco podemos
abandonarlo. Es preciso, pues, incorporarlo como un elemento
subordinado a una concepción superior que permita afirmar, a la
vez, el determinismo del proceso cósmico como lo estatuye la
ciencia, y la autonomía de la personalidad humana como lo exi-
ge la ética”.

La lectura del bergsonismo, que Alejandro Korn practica, es entonces


una lectura “moderada”. Y es preciso decir aquí que no fue ésta la única
lectura posible. De hecho, el fundador del anarco-sindicalismo, Georges So-
rel, era un asiduo concurrente a los célebres seminarios de los miércoles
de Bergson en la Sorbona, y su teoría revolucionaria está expresamente
asentada en principios extraídos del bergsonismo. Sin ir más lejos, es la
concepción de la liber tad de Bergson la que Sorel utilizará para oponerla al
“adocenamiento” en que ve sumido al marxismo de la época, al marxismo
de la II Internacional, por creer a pies juntillas en el carácter determinista
de las leyes de la economía, que condenan la acción del proletariado a la
espera pasiva del derrumbe final. En su lugar, Sorel enunciará su teoría de
la huelga general revolucionaria como palanca para destruir al capitalismo,
y su apelación a los mitos (y no a la ciencia) como movilizadores de la con-
ciencia de los trabajadores.
Es interesante tener en cuenta que aquel grupo de la revista Inicial que
les comenté, de principios de la década del 20, va a tener una fuer te y explí-
cita influencia soreliana, y a par tir de ella va a entonar discursos ideológico
y políticamente extremistas, que bien podían colocarlos cerca de las posicio-
nes fascistas o bolcheviques, pero que compar tían entonces su carácter an-
tiburgués, antiliberal y extremista. Pero si bien este fenómeno de radicaliza-
ción ha sido mostrado en nuestra cultura del período, es innegable que per-
manece como dominante el clima intelectual que ha llevado a hablar del “mo-
deratismo”, aun de las vanguardias estéticas. En efecto, si se contrastan los
movimientos vanguardistas locales con los europeos (cubismo, futurismo,
dadaísmo, surrealismo, etc.) o aun con algunos países latinoamericanos co-
mo el Brasil, salta a la vista una notable diferencia en cuanto al grado de ra-
dicalidad de estos últimos y a su carácter más “diver tido” que desgarrado o
intenso, podríamos decir, si pensamos en la revista Mar tín Fierro, animada
por escritores como Oliverio Girondo o Jorge Luis Borges. La explicación de
esta situación ha recaído naturalmente en el señalamiento del carácter de
bonanza económica, estabilidad política y ascenso social del período. En
efecto, superadas las consecuencias más gravosas de la primera posguerra,

117
Universidad Virtual Quilmes

con su secuela de desocupación y crecimiento de la conflictividad social (que


desembocó en los graves episodios de la Semana Trágica de 1919), la Ar-
gentina retomó la interrumpida senda del crecimiento, y la presidencia de Al-
vear ha sido vista como el momento de condensación de una Argentina feliz
y reconciliada. En semejante situación, se entiende, los impulsos rupturistas
y extremistas encuentran una “sociedad amor tiguadora” (como se ha dicho
del caso uruguayo) que frena necesariamente su expansión si no su existen-
cia. De allí que para encontrar inter venciones desencantadas sea preciso ir
a buscarlas o bien en algunas revistas juveniles como la mencionada Inicial,
o bien en la exploración de las zonas oscuras del progreso argentino (el de
los casos de la inmigración fracasada, o el del costo psíquico-moral del as-
censo social) tratados por el género del grotesco en el teatro, por algunos
tangos como Qué vachaché de Enrique Santos Discépolo, o en la narrativa y
las Aguafuer tes por teñas de Rober to Arlt. Producciones que, no casualmen-
te, debido a la imagen dominante de los años veinte como años de pura bo-
nanza, suelen ser atribuidos a la década de 1930...
Volviendo a Korn, digamos que ese espíritu de moderatismo evolucionis-
ta lo trasladó a su lectura del proceso argentino. Por eso, si no cuestionaba
estructuralmente, por ejemplo, el modelo económico del 80, era porque su-
ponía que los efectos negativos de sus logros podían corregirse en el senti-
do de la justicia social. De hecho, ya hacia el final de su vida, luego de ingre-
sar en el Par tido Socialista, escribe un ar tículo titulado “Nuevas Bases” en
el cual reclama la necesidad de ampliar el programa alberdiano, dirigiéndolo
hacia la realización de mayores niveles de justicia social. Si la finalidad del
“positivismo” alberdiano había residido en la acumulación de riquezas, en
una especie de etapa de acumulación originaria de capital, la hora actual es
para Korn el momento de la redistribución de dichos bienes, aunque ello im-
plique la relativización del derecho de la propiedad privada.
Estas preocupaciones estarán incentivadas a par tir de la crisis económi-
ca mundial de 1929, momento en el cual se quiebra la alianza económica
exitosa que nuestro país había mantenido con el Reino Unido. Es simultánea-
mente el estallido de lo que se impone con la fuerza de una evidencia: que
el capitalismo no puede garantizar la generación de empleos para la subsis-
tencia de grandes capas de trabajadores. Entonces es cuando Korn piensa
que “la desocupación de millones de obreros en los países de cultura más
avanzada plantea a mi juicio en los momentos actuales el problema de ma-
yor interés”. Ante esos pavorosos problemas, Korn retoma el mensaje reno-
vador, pero, claro, de una renovación que no apela a las rupturas extremas
del tipo de las de Lugones, sino las de un reformismo activo.
En este punto, es preciso recordar que Alejandro Korn fue un adherente y
animador entusiasta de la reforma universitaria. Además, esta actividad la
compar tió muy cercanamente con José Ingenieros, de manera que los repre-
sentantes máximos de los dos movimientos filosóficos antagónicos estaban
unidos en su práctica político-universitaria. La política, entonces, predominaba
por sobre las diferencias filosóficas, y a par tir de este hecho ustedes podrán
extraer algunas reflexiones relacionadas con el tipo de intelectual del cual es-
te hecho estaría hablando. Pero lo que ahora me interesa señalar, es que ha-
cia los años 1930, Korn escribe un ar tículo cuyo título resume la conclusión:
“La Universidad ha fracasado”. Y si la misión de la universidad reformista se
ha frustrado, es porque no ha sabido darle “unidad espiritual al conjunto hete-
rogéneo de sus intregrantes” ni cuidar “los intereses de la cultura nacional”.

118
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Esto que Korn decía ya en el seno de la crisis del 30, había formado par-
te de una tensión interna del propio movimiento e ideario de la reforma. Es-
ta tensión estaba fundada en la autocolocación que la ideología de la refor-
ma adjudicaba a los estudiantes. Miembros de una institución educativa es-
tatal, debían al mismo tiempo desbordar los límites institucionales para co-
locar sus saberes al ser vicio de los sectores sociales desprotegidos. Esta
misión tomó la forma de lo que se estableció como “extensión universita-
ria”. En 1920, al inaugurar estos cursos de extensión, el centro de estudian-
tes de la Facultad de Derecho por teña produjo un manifiesto ilustrativo al
respecto. “Nos proponemos, ante todo, demostrar la impor tancia de la ley
como fuerza específica de cualquier estado social, y ofrecer en cursos bre-
ves, elementales y objetivos, vistas amplias sobre nuestra legislación vigen-
te”. Y agregaba: “Ciudadanos y trabajadores: En la tierra fecundada con
sangre y con lágrimas, hay anuncios de próximo alumbramiento”. Esos tér-
minos (“alumbramiento”, “palingenesia”, “tiempos nuevos”), recurrentes en
las proclamas de la época, tienen un referente privilegiado en esos años: la
revolución rusa de 1917. Es ella la que aparece en el horizonte, aun de
agrupamientos que no están dispuestos a adherir al comunismo. Pero exis-
ten otros que sí lo están, y que desde ese lugar impulsan la radicalización
del movimiento estudiantil y comienzan a plantear muy tempranamente que
la reforma universitaria ha fracasado, porque no ha podido resolver la cues-
tión social. Uno de esos grupos es el que a par tir de 1920 comienza a pu-
blicar la revista Insurrexit, subtitulada significativamente revista universita-
ria. Para que ustedes tengan acceso, así sea a un escorzo de esa fracción
del campo universitario, voy a transcribir un editorial titulado “Universidad”
que publican en el número 7, de marzo de 1921. Refiriéndose a la universi-
dad afirma:
“Éste es un templo, el de la imbecilización”. Pero “no más templos sino
talleres, ha dicho el educador comunista Lunatcharsky”. “No nos emociona-
mos por la reforma universitaria. Incompleta como es, es sobre todo débil e
inútil metida en medio del sistema capitalista. Ni una reforma sir ve para na-
da.” Y terminaba: “Compañeros universitarios, que hacen caso al vigilante y
a la historia. ‘Liguistas’, nacionalistas, futuros médicos, abogados, ingenie-
ros, filósofos, aspirantes a oficiales de reser va, dirigentes futuros, escuchen,
al abrirse de nuevo las facultades, nuestra palabra: ¡viva la revolución rusa!
¡viva la revolución social! ¡viva el comunismo!”.
Este discurso habla, entonces, del proceso de radicalización vivido en al-
gunos sectores del estudiantado y la intelectualidad vinculado con la revolu-
ción de Octubre. Tendremos ocasión de seguir este proceso en la Unidad 4,
a través del recorrido del intelectual marxista Aníbal Ponce. Y cuando llega-
mos a la década de 1930 vemos que el mayor animador intelectual de la re-
forma universitaria, Deodoro Roca, ha llegado a consecuencias análogas. En
un ar tículo de 1936 titulado “La Reforma universitaria no será posible sin
una ‘reforma social’”, leemos que la juventud ha aprendido “que el proble-
ma de la Universidad no es un problema solo, aislado y asilado. Es más que
nada la resultante de un problema profundo, amplio, concreto y formidable:
el problema social”.
Vimos entonces en esta unidad un cier to despliegue de textos, de inter-
venciones que nos han dado la imagen de un recorrido por la cultura inte-
lectual argentina entre 1910 y la década siguiente. Par timos del balance de
Joaquín González sobre el siglo transcurrido desde la revolución de Mayo,

119
Universidad Virtual Quilmes

cuando aún es un miembro prominente del gobierno del “orden conser va-
dor”. Luego, sus desencantadas reflexiones cuando el panorama anterior se
ha visto radicalmente alterado por la gran guerra, el ascenso del yrigoyenis-
mo y la revolución rusa. Esta crisis del liberalismo (y de un liberal reformis-
ta como González) está proyectada sobre el ascenso, en el campo de la cul-
tura, de la reacción antipositivista. Tomamos entonces, como momento de
introducción de la “nueva sensibilidad”, las conferencias de Or tega de
1916, tratando de detectar en ellas algunos tópicos y estilos que gravitarán
en otros campos de prácticas. Aquí visitamos algunos contenidos ideológi-
cos de la reforma universitaria y cier tos textos de Alejandro Korn. Respecto
de ellos, tuvimos opor tunidad por fin de indicar el moderatismo de muchos
de sus planteos, y al mismo tiempo la tensión que habitaba los discursos
provenientes de las filosofías espiritualistas de la conciencia en boga. Es-
tas filosofías contenían la posibilidad de extremar sus mensajes en térmi-
nos contestatarios del orden cultural y social. No fue ése el tenor dominan-
te en la Argentina, pero hemos señalado algunos casos donde dicho proce-
so de radicalización es innegable.
En la unidad siguiente continuamos con esta problemática, ahora entron-
cada en los recorridos político-intelectuales de Ingenieros y Lugones. Con-
cluiremos con la totalidad del curso, por fin, mostrando algunos fenómenos
de la década del 30: el nacionalismo revisionista de los hermanos Irazusta
y el marxismo de Aníbal Ponce.

Vincule la mayor cantidad de tópicos de la “nueva sen-


sibilidad” con contenidos de los discursos de la refor-
ma universitaria.

Merquior, José Guilherme. Liberalismo viejo y nuevo, FCE, México, 1993, pp.
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Or tega y Gasset, José. Meditación de nuestro tiempo. Las conferencias de
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120
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

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Terán, Oscar. En busca de la ideología argentina, Catálogos, Buenos Aires,
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121
4

De la crisis del liberalismo a los nuevos recorridos


culturales de 1920 y 1930

Los efectos de la guerra, el bolchevismo y el fascismo resultaron atenua-


dos en la Argentina, pero si se busca una inquietud política proyectada so-
bre el fondo de aquella crisis del liberalismo, basta recordar los derroteros
disímiles pero igualmente antiliberales recorridos en esos años por José In-
genieros y Leopoldo Lugones. Esto es, los dos intelectuales de mayor reco-
nocimiento del período (uno dentro de la cultura científica y el otro de la es-
tética) son aquí el síntoma de que el liberalismo ha perdido, en buena medi-
da, su capacidad de obtener el grado de consenso y de hegemonía imperan-
te hasta el momento. Aun dentro de una cultura liberal de baja densidad, co-
mo se ha señalado, el liberalismo no había sido tan expresamente condena-
do como habría de serlo en las inter venciones de estos dos intelectuales. En
los puntos siguientes nos abocaremos a describir las posiciones de ambos.
Es sabido que las mismas son, en muchos aspectos, antagónicas. Ingenie-
ros saludará a la revolución rusa y se enrolará en las luchas del antimperia-
lismo latinoamericanista; Lugones tomará la senda del nacionalismo autori-
tario con explícitas adhesiones al fascismo mussoliniano. Pero también nos
interesará ver en qué medida, dentro de esas posiciones disímiles, hay ele-
mentos compar tidos, y esos elementos compar tidos son el rechazo de la de-
mocracia liberal y la búsqueda de una nueva representatividad política. En
este último aspecto, se verá cómo, tanto Ingenieros como Lugones, retoman
o continúan sus posiciones elitistas de vieja data.

4.1. El planteamiento latinoamericanista de José Ingenieros.


Los tiempos nuevos

Las posiciones políticas e ideológicas que adoptará José Ingenieros a par-


tir de la segunda década del siglo XX se ar ticulan con variaciones, que se
producen tanto en su colocación respecto del poder político, cuanto en su
manera de seguir adherido al credo positivista.
Como recordarán, nos habíamos despedido de Ingenieros hacia la fecha
del centenario, cuando a través de su libro Sociología argentina pudimos ver
el modo como pensaba la consolidación de una nación potencia en el cono
sur americano, sobre la base de las ventajas de la Argentina en términos
de medio y raza. Pero hacia 1911, se produce un acontecimiento aparente-
mente pequeño, pero que visto posteriormente es como el síntoma de un
cambio que ya no se detendrá. Según el régimen de designación de profe-
sores del momento (esto es, pre reforma universitaria), Ingenieros es pro-
puesto para la cátedra de Psicopatología de la Facultad de Medicina, den-
tro de una terna en la que ocupa el primer lugar. Como correspondía, luego

123
Universidad Virtual Quilmes

el Poder Ejecutivo seleccionaba a quien iba a ocupar el cargo. Y he aquí que


es elegido otro en su lugar. Sus biógrafos dicen que por presiones de la igle-
sia católica. Lo cier to es, que ante esta situación, el autor adopta una acti-
tud sin duda extrema: renuncia a todos sus cargos públicos, cierra su con-
sultorio, repar te su biblioteca y decide emprender un autoexilio hasta tan-
to siga en el gobierno el entonces presidente de la República, Roque Sáenz
Peña. Paralelamente, en car tas desde su residencia en Europa confiesa ha-
ber ingresado en una “crisis de idealismo romántico cuyo desenlace para
mi personalidad intelectual no sé prever". Desde allí mismo escribe el libro
destinado a desnudar lo que considera el clima aplastante y convencional
que caracterizaría el estilo de Sáenz Peña y sus colaboradores. De allí sur-
girá el libro sin duda más exitoso de Ingenieros, El hombre mediocre, apa-
recido en 1913. Hasta aquí, los “hechos”. Tratemos de dotarlos de algunos
posibles significados.
Hay algunos datos que llaman la atención. Primero, la hipersensibilidad
demostrada en la desmesura de la respuesta. Puede ser sin duda una pro-
testa adecuada ante un acto considerado no sólo injusto sino también agra-
viante. Para el momento, Ingenieros goza de un alto prestigio nacional e in-
ternacional en la especialidad. Puede ser visto asimismo como el crecimien-
to notorio de un prestigio de intelectual que desde esa posición se atreve a
desafiar públicamente al poder. Pero no se puede dejar de asociar esa res-
puesta a movimientos que se están produciendo dentro del gobierno de la
“república posible”.
Después de todo, en la misma época de la publicación de El hombre me-
diocre, Rodolfo Rivarola enunciaba nítidamente las bases reales de la con-
cepción que la animaba: "El oficialismo tiene una teoría que rara vez confie-
sa pero que es su idea-fuerza, la teoría de la función tutelar del gobierno o
de los gobernantes respecto del pueblo". Este esquema había funcionado no
sin conflictos pero sí con eficacia desde el 80, y el roquismo había sido uno
de sus momentos paradigmáticos. Empero, ahora sopor taba la oposición del
radicalismo -abstencionismo electoral acompañado de conspirativismo cívi-
co-militar-, que se combinaba de hecho con un movimiento obrero liderado
por los anarquistas y cuyos ataques -huelgas y atentados personales- llega-
rían a su punto culminante e iniciarían su declinación en el mismo año del
centenario. Los riesgos de esta situación eran percibidos desde fines del si-
glo XIX por par te de una fracción de la misma clase gobernante que tendría
en el propio Sáenz Peña la cabeza más visible de un proyecto de reforma
electoral tendiente a abrir controladamente una mayor par ticipación política.
Él será uno de los representantes de la línea promotora de la reforma elec-
toral, finalmente triunfante ante la oposición de los sectores menos aper tu-
ristas, más próximos a la desconfianza del general Roca respecto del sufra-
gio popular. Es razonable suponer entonces que Ingenieros, así como tam-
bién Lugones, se sintiera más afín al roquismo, en tanto compar tían la con-
cepción de una relación jerárquica, tutelar y elitista entre gobernantes y go-
bernados. Vale la pena recordar que años antes Ingenieros había elogiado el
"gran sentido de las realidades prácticas" de Julio A. Roca.
En ese mismo año de 1913, Ingenieros envió una nota desde Alemania
al decano de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Allí decía
estar convencido de que en circunstancias como aquéllas, el estudioso de-
be apar tarse, puesto que "esa crisis moral de la intelectualidad argentina só-
lo puede combatirse con ejemplos de dignidad y de renunciamiento". Antes,

124
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

inmediatamente después de su postergación en la terna académica, había


dirigido una car ta abier ta al mismo presidente de la república donde decla-
raba, entre otras cosas, que la grandeza argentina no se medía únicamente
por el número de cabezas de ganado, y le anunciaba que desde Europa ha-
ría la autopsia moral del culpable.
Al analizar el texto donde dicha “autopsia moral” se realiza, esto es, El
hombre mediocre, vemos que configura asimismo otro dato significativo, ya
que se trata de un resultado atípico respecto de su anterior producción po-
sitivista. Cualquiera que se asome a este ensayo, percibirá esa atipicidad
desde su célebre iniciación: “Cuando pones la proa visionaria hacia una es-
trella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y
rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resor te misterioso de un ideal”. Cla-
ro que, justamente, dicha noción de “ideal” es aquélla que difícilmente po-
día conciliarse con el sistema determinista del positivismo duro. De manera
que el otro factor llamativo que quería subrayar es que, para recolocarse en
el campo político-intelectual, Ingenieros atenuará de hecho su voluntad de
positivismo y dará cabida en su discurso a nociones que tienen una vida for-
zada en su interior.
Tan es así que para definir qué es un ideal, Ingenieros apela a la imagi-
nación (y no al intelecto) como función anticipadora, con lo cual "un ideal es
una hipótesis”, y “la imaginación, fundándose en la experiencia, elabora
creencias acerca de futuros perfeccionamientos". Esta noción, será desde
su misma aper tura uno de los pivotes teóricos de El hombre mediocre, que
esquemáticamente se estructura en torno de la siguiente secuencia teórica:
la definición del ideal y su función social; la determinación del sujeto social
por tador del mismo; la contrapar tida representada por la mediocridad, y los
momentos históricos donde la misma impera, hasta desembocar en los efec-
tos políticos que estas nociones implican.
Para comprender el programa que anima al libro, aclaremos la contrapar-
tida de “el hombre mediocre”. Se trata del hombre por tador de ideales, del
“hombre idealista”. A diferencia de “la paciencia imitativa” que caracteriza al
primero, los auténticos idealistas son profundamente creativos. Prosiguien-
do con su concepción elitista, Ingenieros supone que estos hombres idealis-
tas están encarnados en una “selecta minoría" que se recluta entre la ju-
ventud. Todo lo anterior no significa que se postule el aniquilamiento de la
mediocridad, porque la diferenciación es un fenómeno útil y, en última ins-
tancia, ineludible, dado que no es concebible el perfeccionamiento social co-
mo un producto de la uniformidad de todos los individuos. La misma "natu-
raleza se opone a toda nivelación, viendo en la igualdad la muer te". Por eso,
los igualitaristas son enemigos del progreso, que surge de la dialéctica en-
tre el impulso de los idealistas y el contrapeso de los mediocres.
Sin embargo, existe un momento en que los mediocres pueden tornarse
peligrosos. Es cuando su influencia se torna dominante en los gobiernos y
en las sociedades, y eso es lo que Ingenieros pretende denunciar en la figu-
ra de Sáenz Peña. Estaríamos así frente a una de esas sociedades en deca-
dencia en la que a los jóvenes originales se les cierra el acceso al Estado y
donde los intelectuales están de más, mientras los apetitos materiales pro-
liferan en el ambiente propicio de las burguesías sin ideales y entregadas a
la acumulación económica.
Quiero notar además (porque se engarzará con sus posiciones posterio-
res), que en el libro que comento, Ingenieros denuncia "la degeneración del

125
Universidad Virtual Quilmes

sistema parlamentario", porque esos sistemas a su entender promueven la


marginación del hombre extraordinario. Aquí es notable la utilización de ca-
tegorías y opiniones provenientes de la filosofía de Nietzsche, y sabemos que
el contacto de Ingenieros con las obras de este filósofo se verificó muy tem-
pranamente. Refiriéndose a él, en 1919 reconocerá en una reedición de sus
Crónicas de viaje "algunos rastros de la única moda intelectual a que fui sen-
sible en mi juventud".
José Ingenieros construía así una representación política eticista, que re-
chazaba el proyecto del reformismo conser vador en curso y desconfiaba del
ascenso político de sectores sociales más amplios. Dicho de otro modo: el
esquema de control político oligárquico únicamente es criticado cuando no se
pliega al arbitrio de las minorías ilustradas y vir tuosas sino que es implemen-
tado por mediocres minorías. Será justamente este eticismo, que impregna
progresivamente los textos de Ingenieros, el estímulo movilizador de amplios
sectores de las capas intelectuales en toda América Latina. Desde extremos
opuestos del continente, los ejemplos no escasean, y dan cuenta del profun-
do impacto de El hombre mediocre en todo el subcontinente, y sobre él se ci-
mentó la gran popularidad que acompañó el nombre de Ingenieros durante dé-
cadas. La obra se convir tió en lectura obligada de los jóvenes, en una escala
de influencia hispanoamericana sólo equiparable al Ariel de Rodó. Dicho sea
de paso, una reciente encuesta del diario Clarín acerca de los ensayos del si-
glo XX, ha vuelto a colocar a este libro a la cabeza de los mismos.
Cuando El hombre mediocre apareció, la reforma electoral había sido
aprobada un año antes. En abril de 1912 las primeras elecciones legislati-
vas con el nuevo sistema dieron el triunfo a los radicales en la Capital Fede-
ral, y el oficialismo se vio igualmente derrotado en Santa Fe. Alarmado, en
1913 Julio A. Roca aler taba:

"La anarquía no es planta que desaparezca en el espacio de me-


dio siglo, ni de un siglo, en sociedades mal cimentadas como la
nuestra. Vean ustedes lo que ocurre en México: allí ha resurgido
con todos sus caracteres de violencia, en cuanto cayó el gobier-
no fuer te que la sofrenó durante treinta años. Y aquí puede su-
ceder lo mismo [...] Ya veremos en qué se convier te el sufragio
libre, cuando la violencia vuelva a amagar".

El descontento del sector hasta entonces colocado en la dirección del Es-


tado se tornará mayor cuando en 1916 las elecciones lleven a Hipólito Yri-
goyen a la presidencia de la república. Dos años atrás Sáenz Peña, poco an-
tes de morir, había cedido el cargo a Victorino de la Plaza, con lo cual Inge-
nieros podía cumplir la promesa de retornar al país sólo cuando quien lo ha-
bía postergado en su carrera académica ya no fuese primer magistrado del
país. Pero coincidiendo con su regreso en 1914, un acontecimiento de carac-
terísticas epocales (el estallido de la gran guerra europea) demandó rápida-
mente su inter vención. De allí en más, escribiría una serie de extensas no-
tas analizando la nueva situación, notas que luego integraría en un libro de
título paradigmático: Los tiempos nuevos..
Los dos temas que recorren el libro son la guerra europea y la crisis social.
En la “Adver tencia”, Ingenieros dice que el tratamiento de estas cuestiones no

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

está reñido con haberse dedicado hasta entonces básicamente a “la investi-
gación científica” y al “cultivo de los estudios filosóficos”, puesto que ahora
lo anima un “idealismo fundado en la experiencia”, mucho más apto para cap-
turar el aire de los tiempos que “las rutinas del profesionalismo universitario”
(vean ustedes el modo como Ingenieros ha comenzado a construir su propia fi-
gura como la de un outsider del sistema intelectual institucionalizado). Ese
idealismo otorga a su discurso un tono largamente optimista, ya que inclusive
la guerra es obser vada como una catástrofe que es –como he dicho antes- el
anuncio de una nueva aurora.
El ar tículo destinado a comentarla se titula “El suicidio de los bárbaros”,
y en su desarrollo se producen una serie de modificaciones de su anterior
registro ideológico. En principio, los “bárbaros” son ahora los europeos, in-
cluyendo a la propia Francia, con lo cual la categorización de larga data, que
colocaba a la civilización en Europa y a la barbarie en América se ha inver ti-
do. Ahora América, y luego Latinoamérica, es considerada como el territorio
donde se realizarán los valores de la modernidad y la justicia social que no
han podido realizarse en el Viejo Mundo. Con estas afirmaciones, Ingenieros
compar tía el americanismo que será una nota distintiva de vastos sectores
de la intelectualidad latinoamericana en esos años, y que incluso será pro-
movido por algunos intelectuales extranjeros, como el ya citado Or tega y Gas-
set y el escritor nor teamericano Waldo Frank.
La civilización europea, que entonces se suicida en la guerra, ve imperar
el triunfo de los valores retrógrados, que para Ingenieros animan una lucha
multisecular (que también aplicará a su lectura de la historia argentina). Lo
que llama las fuerzas “feudales” se ha impuesto a “las fuerzas morales” (és-
te será el título de otro de sus libros de éxito). Por el contrario, son estas úl-
timas las que obtendrán la victoria en América, donde se podrán armonizar
“las aspiraciones de los que trabajan y de los que piensan”.
En “Ideales viejos e ideales nuevos” define con mayor precisión esa anti-
nomia que recorre los tiempos modernos. El espíritu positivo nació para In-
genieros con el Renacimiento, y ese inicio coincidió con el derecho al libre
examen y a la ilimitada investigación de la verdad. Con ello, nuestro autor
permanecía adherido fielmente al ideal ilustrado de la liber tad de crítica y de
la consigna kantiana del “¡atrévete a saber!” y su consiguiente programa pe-
dagógico de penetración del conocimiento en todas las capas de la sociedad
como condición de un buen orden social.
Ese legado fue encarnado por “minorías revolucionarias”, que son las
mismas que animaron las revoluciones nor teamericana y francesa, y luego
las revoluciones sudamericanas. Por ello, en este nuevo ar tículo (escrito en
1918, cuando las fuerzas alemanas aún parecen más cercanas a la victoria),
Ingenieros retoma anteriores fidelidades. “Mis simpatías –escribe- están con
Francia, con Bélgica, con Italia, con Estados Unidos, porque esas naciones
están más cerca de los ideales nuevos”. Pero extiende esas simpatías a un
espacio novedoso y de largas consecuencias sobre su modo de mirar la es-
cena internacional. “Mis simpatías, en fin –agrega-, están con la revolución
rusa, ayer con la de Kerensky, hoy con la de Lenin y de Trotsky”.
Finaliza enunciando las nuevas aspiraciones que –supone- serán cosas
corrientes para las nuevas generaciones. Veamos el listado de realizaciones
que demanda: “el nuevo régimen tributario, la desaparición de los privile-
gios de clase, los derechos de los trabajadores, la capacidad política y civil
de la mujer, la asistencia social por el Estado, los tribunales de arbitraje en

127
Universidad Virtual Quilmes

materia internacional, la eugenesia, la supresión de las burocracias parasi-


tarias, la igualdad de las iglesias ante el Estado, la educación integral, etc.,
etc.”. Estos logros serán posibles mediante la educación, aunque en otros
sitios, como en Rusia, haya habido que apelar a la revolución. Y si ello es
así, es porque la vieja civilización ha caducado, y esa vieja civilización se
identifica a sus ojos con el régimen capitalista en la economía y con la de-
mocracia parlamentaria en la política.
La guerra que asoló a Europa no es a su entender una consecuencia de
la innata maldad de los seres humanos, sino “la consecuencia natural, es-
tricta, inevitable, del régimen capitalista”. Ese régimen conduce a una degra-
dación moral que se ha manifestado en los tratados de Versalles, impulsa-
dos por “la burda negociación comercial”. Ve entonces al mundo social (con
categorías que había utilizado en su juventud anarco-socialista) escindido en-
tre parásitos y productores. “’Qué piden los parásitos vencedores? Benefi-
cios, privilegios, intereses, dinero. ¿Qué defienden los parásitos vencidos?
Beneficios, privilegios, intereses, dinero”. A pesar de las buenas intenciones
del presidente Wilson, los ideales terminaron siendo vencidos por los intere-
ses materiales, o por lo que se llamará los “intereses creados”, ante los que
claudicaron tanto los burgueses como los políticos. Frente a estas fuerzas
retrógradas se levantaron las clases trabajadoras, y la revolución rusa es un
ejemplo colosal de ese fenómeno.
Con ese espíritu se acerca a analizar la revolución rusa, y con ese análi-
sis hará una presentación del fenómeno revolucionario al público argentino
en una célebre conferencia. Uno de los ar tículos en que sintetizó esa visión
tiene por título “Significación histórica del movimiento maximalista”. Allí ob-
ser va ese proceso como la realización de un clima de “palingenesia social”
difundido desde hacía décadas en el mundo, y al que la guerra aceleró. Es-
ta última, comenzó siendo una mera confrontación interimperialista entre Ale-
mania e Inglaterra, en la cual sólo Francia representaba la presencia de una
conciencia democrática. Era, en suma, una guerra carente de ideales, hasta
que el presidente nor teamericano Wilson pareció adjudicarle un sentido mo-
ral. Fue entonces cuando “un escritor justamente admirado”, Leopoldo Lugo-
nes, realizó un llamamiento para involucrar a la Argentina en el conflicto que
fue seguido por el propio Ingenieros. (Vale la pena recordar la posición neu-
tralista del gobierno de Yrigoyen ante la guerra.) Pero las posteriores nego-
ciaciones de Versalles desmintieron esas pretensiones y volvieron a poner al
desnudo que se había tratado de una guerra carente de ideales. Entonces,
contrastando con este escenario que Ingenieros considera indigno, se produ-
jo la revolución rusa, cuya presentación ante el público argentino realizó In-
genieros en una conferencia pronunciada en un teatro por teño el 8 de mayo
de 1918.
El fenómeno es interesante, porque se trata sin duda de una de las prime-
ras recepciones de la revolución rusa entre nosotros (aunque es bueno acla-
rar que no contamos con un estudio pormenorizado de dicha recepción). De
allí que es impor tante determinar cómo Ingenieros “ve” la revolución rusa, pe-
ro antes mirar de dónde toma las referencias y la información con las cuales
arma su discurso. Aquí y allá, Ingenieros va dando cuenta de sus fuentes de
información: un trabajo sobre la economía soviética de un nor teamericano,
una entrevista del jefe de la misión de la Cruz Roja nor teamericana con Lenin
(publicada por la revista Claridad de Buenos Aires en 1920); ar tículos de la
revista España, de Madrid; un conjunto de testimonios publicados en Buenos

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Aires en 1920 con el título de Documentos del Progreso; notas del correspon-
sal del Chicago Daily News; de la revista Clar té!, de París; ar tículos del órga-
no La Internacional Comunista; alguna nota del diario ruso Izvestia, que Inge-
nieros hará traducir para su Revista de Filosofía...
También sabemos que es impor tante detectar el lugar que se construye
para emitir dicho discurso, es decir, ese lugar que lo habilita para tornar ve-
rosímil su discurso, respondiendo en suma a la cuestión de “quién habla”.
Esto aparece respondido en un pasaje destinado a definir “los cimientos eco-
nómicos de la nueva Rusia”. Dice allí:

“Sin la mordaza de intereses creados ni el acicate de beneficios


personales, en la plena independencia de opinión que sólo pue-
de tenerse renunciando a todo lo que no sea producto del propio
esfuerzo, no per teneciendo a ningún par tido o comunión política,
no deseamos engañarnos ni nos interesa engañar a otros”. Asi-
mismo, las personas de instintos fuer tes y de razonamiento dé-
bil juzgan a través de sus pasiones e intereses del momento, y
precisamente a ese género per tenecen tanto las clases enrique-
cidas como las necesitadas, “porque la for tuna o la miseria no
pueden dar serenidad de juicio a quien no la ha adquirido en las
severas disciplinas del estudio y de la meditación”.

Como verán, Ingenieros se construye su lugar discursivo apelando a vie-


jos y nuevos instrumentos legitimadores de la palabra verdadera. Viejo, muy
viejo (como que remite a los orígenes de la filosofía griega), es el argumen-
to de que la verdad está donde no está el interés, y que por ende, el intelec-
tual debe practicar una suer te de ascesis, de desprendimiento purificador
que lo pone en condiciones de detectar y enunciar la verdad. Más novedoso
es el hecho de que ahora, para ello, también es menester no per tenecer “a
ningún par tido o comunión política”, ¿acaso el tema que lo convoca, nada
menos que la revolución rusa, no es un tema altamente político? Sin duda lo
es, e Ingenieros no lo ignora, sólo que cuando dice “política” y “políticos” ya
ha arrojado esos términos en el interior del campo de “los intereses crea-
dos”. La política cae así bajo el desprestigio de la política entendida como
profesión, de la política que a través del parlamentarismo viola la represen-
tación de los auténticos intereses sociales. Es decir, esa “mala política” ha
quedado impugnada como par te de la crisis del liberalismo.
Sobre ese vacío dejado por la política y los políticos, avanza el rol del pen-
samiento y de los intelectuales. Y en esa línea, Ingenieros se pliega a un mo-
vimiento extendido en esos años a escala internacional y que desde Francia,
liderado por Henri Barbusse, Anatole France y Romain Rolland, tiene como ór-
gano de expresión de sus ideas e ideales a la revista Clar té!. A par tir de la
misma, encontraremos en la década de 1920 en diversos lugares de Améri-
ca Latina, incluyendo a la Argentina, publicaciones periódicas de izquierda
con el mismo nombre: Claridad.
Ahora bien: ¿cómo presenta y se representa la revolución rusa? Una pri-
mera y fundamental respuesta a esta cuestión la encontramos en su ar tícu-
lo “La democracia funcional en Rusia”. Allí interpreta la aparición del siste-
ma de organización en soviets como formando par te de una nueva filosofía

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Universidad Virtual Quilmes

política. Y de una nueva filosofía política que viene a ser justamente la


opuesta a la representación parlamentaria, en tanto instancia que falsea la
soberanía. Y la falsea porque si bien la soberanía moderna ha sido afirmada
como un derecho individual y contra los privilegios de clase, al hacerlo distri-
buyó la representación cuantitativamente. Si bien obtuvo así la disgregación
de los privilegios del antiguo régimen, al mismo tiempo suprimió el carácter
funcional de la representación. Es a esa representación funcional a la que
es preciso retornar, y es ese retorno lo que cree ver en el fenómeno de la Ru-
sia soviética. Esas “funciones” Ingenieros las piensa como formando par te
“natural” del organismo social (a diferencia de la ar tificialidad representati-
va que construyen los políticos profesionales), y entre ellas enumera en dis-
tintos pasajes diversos agrupamientos corporativos que deberían formar par-
te de los cuerpos legislativos. Allí deberían estar los representantes de los
intereses de la producción, la circulación y el consumo de las riquezas; re-
presentantes de la agricultura, la industria, el comercio, los bancos; los de
los capitalistas y de los trabajadores. Pero no sólo deberán estar represen-
tadas las funciones económicas, sino también las educativas, morales y ju-
rídicas.
Este tipo de representación política es el que cree, entonces, ver realizado
en Rusia: “la llamada ‘república federal de los soviets’ no es, en efecto, otra
cosa que una primera experiencia del sistema representativo funcional”. Así,
un consejo o soviet es “una corporación o sindicato técnico de escultores, de
economistas, de ferrocarrileros, de higienistas, de músicos, de arquitectos, de
zapateros, de sociólogos, de aviadores”... Y bien: basta que citemos la defi-
nición del término “corporativismo”, tomado del Diccionario de política de Bob-
bio y Matteucci, para reconocer que lo que Ingenieros llama “democracia fun-
cional” no es otra cosa que un sistema corporativista del tipo del que unos
años más tarde implantará el fascismo de Mussolini en Italia. Dice el mencio-
nado Diccionario: “El corporativismo es una doctrina que propugna la organi-
zación de la colectividad sobre la base de asociaciones representativas de los
intereses y de las actividades profesionales (corporaciones).”
En cuanto a sus repercusiones en su propio país, Ingenieros, fiel a su con-
cepción de la historia, considera que tarde o temprano todos los movimien-
tos políticos y sociales europeos repercuten en América, y que ello no podrá
dejar de suceder respecto de la influencia de la revolución rusa. Esta última,
en suma no es más que un nuevo fenómeno que forma par te de la expan-
sión de la civilización y por ello, los sujetos sociales que encarnarán ese nue-
vo espíritu no podrán reclutarse entre “los indios residentes entre los Andes
y las fuentes del Amazonas”, sino en una par te de la sociedad, “en los jóve-
nes, en los innovadores, en los oprimidos, pues son ellos la minoría pensan-
te y actuante de toda sociedad”.
Por cier to, la unidad de fines no excluye disparidades acerca de los me-
dios. Así, dice, los políticos creen realizable el socialismo a través de accio-
nes parlamentarias; los obreros, mediante la acción sindical organizada; los
intelectuales, por una previa revolución de los espíritus. De todos modos,
son las circunstancias de cada caso las que determinan la correcta elección
de los medios. Por ello, piensa, es legítimo que en Rusia se haya pasado a
la acción insurreccional, dado que, “excluido el criterio de la colaboración de
clases, fue inevitable establecer la llamada dictadura del proletariado”.
Pero -aclarará una y otra vez- las “aspiraciones maximalistas” serán muy
distintas en cada país, tanto en sus métodos como en sus fines. En cada

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

sociedad, el maximalismo será la tendencia a realizar el máximo de refor-


mas posibles dentro de sus condiciones par ticulares. Pero al adherir al pro-
yecto de constitución de una internacional del pensamiento, Ingenieros
enuncia una serie de medidas básicas a par tir de las cuales imaginar el
reordenamiento social y político. Ellas son, en el plano interior, la implemen-
tación de un federalismo que tenga sus bases en las funciones sociales; re-
presentación proporcional de las entidades productivas en los cuerpos de-
liberativos; extensión del control social a todos los ramos de la producción
y del consumo; posesión colectiva de los medios de producción por los pro-
ductores técnicamente organizados; eliminación de los parásitos del traba-
jo humano; educación integral laica; defensa de la liber tad de pensamien-
to, etcétera. Y junto con ello, predice que “el capitalismo está condenado a
desaparecer por sus fallas intrínsecas”.
Ahora bien: cuando atendemos a las características con las que piensa al
capitalismo, percibimos que se trata de una concepción sin duda diferencia-
da de la concepción de los marxistas, tanto socialistas como comunistas. En
rigor, se trata de una definición que se hallaba de algún modo presente en
sus textos juveniles (en un folleto titulado Qué es el socialismo y en el perió-
dico La Montaña), esto es, en aquéllos en los que su visión del capitalismo
aparece con claras improntas de origen anarquista. Dicha definición se apo-
ya en la categoría de “parasitismo” y se entrelaza con categorías más mora-
les que económicas. Así, en el citado “Enseñanzas económicas de la revolu-
ción rusa” leemos que la condena a muer te del régimen capitalista deriva de
la formación en su seno de una clase parasitaria instalada entre los produc-
tores y los consumidores. Es esta clase parasitaria la que -obser ven- “posee
los resor tes políticos del Estado, dispone de la complicidad moral de las igle-
sias dogmáticas y se apuntala en la violencia de ejércitos y policías”. Y la de-
saparición de esta clase parasitaria es lo que Ingenieros identifica con la re-
volución social que se habría producido en Rusia. La revolución por venir, en-
tonces, ha de reposar sobre las “fuerzas morales”, encarnadas en esa van-
guardia de las minorías del saber y ahora de la vir tud. Es también lo que ocu-
rrió en la revolución bolchevique, donde “la minoría ilustrada del pueblo ru-
so, con una clarividencia sólo igualada por su energía, arrancó el mecanismo
del Estado a las clases parásitas y lo puso al ser vicio de las clases trabaja-
doras”. La energía que pusieron en esa empresa sólo fue posible por tratar-
se de “hombres que no eran políticos profesionales”. Y por todo ello, la hu-
manidad se encuentra en una encrucijada que es mucho más que un conflic-
to económico y social, porque para Ingenieros se está ante una confronta-
ción decisiva entre dos concepciones morales. De esa lucha, Ingenieros pre-
dice el triunfo de los revolucionarios. Porque –piensa- “ha comenzado ya, en
todos los pueblos, una era de renovación integral”.
Se trataba entonces, como habrán visto, de una de las formas de dar
cuenta de la crisis civilizatoria identificada con la crisis del liberalismo y del
capitalismo, previendo con optimismo un renovador salto hacia delante. De
esta manera, Ingenieros aparece como un exponente claro de la década ilu-
sionada de los años 20’s.

A través de Los tiempos nuevos, cuál sería el modelo de


una buena sociedad para Ingenieros.

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4.2. La ruptura de Leopoldo Lugones con el legado liberal

En la Unidad 2 tuvimos opor tunidad de encontrarnos con un Lugones ya


consagrado, en el momento de pronunciar las conferencias de El payador.
Como ahora tenemos que considerar sus escritos y pronunciamientos sobre
todo políticos, es bueno que tengamos, así fuere sintéticamente, una refe-
rencia más amplia a su itinerario.
Leopoldo Lugones (1874-1938) es conocido como el escritor más impor-
tante desde la última década del siglo XIX y las primeras del siglo pasado (es
decir, el siglo XX). Brevemente, digamos que es alguien que proviene del inte-
rior (ha nacido en Villa María del Río Seco, provincia de Córdoba), y -como tan-
tos otros jóvenes en busca de consagración- se afinca en Buenos Aires en
1896. Aquí forma par te del círculo agrupado en torno de Rubén Darío, quien
lo reconoce y lo consagra como un auténtico poeta inscripto dentro del mo-
dernismo literario. En esos mismos años, Lugones milita dentro del Par tido
Socialista y desarrolla un discurso y adopta posiciones que lo colocan -junto
con José Ingenieros- en una posición extrema dentro de dicho par tido. Esto
está har to documentado a través del periódico La Montaña, que dirige siem-
pre con Ingenieros, donde sus ar tículos tienen un tono agresivamente antibur-
gués y antisistema. Para que ustedes tengan una idea del tenor de dichas in-
ter venciones, podemos citar brevemente una de las contenidas en una serie
de notas que publicó con el título de “Los políticos de este país”. En la del
número 4, del 15 de mayo de 1897, se refiere al presidente José Evaristo Uri-
buru: es un viejo inser vible, un pobre viejo, un hongo pegado por trasplante a
la pata del sillón presidencial y germinado en la casualidad, o tal vez en la pa-
sividad, pues aquélla suele ser en la Argentina condición de triunfo político no
despreciable, y ésta buen indicio de prostitución barata”. En cuanto a Roca:
“se dice no robará en la futura presidencia porque está muy rico. He aquí un
cálculo político del más genuino cuño burgués. Para no robar se necesita ha-
ber robado ya, hasta har tarse. Consecuencia moral de los que peregrinan a
Luján y envían a los hijos a los internados jesuíticos. He aquí, por otra par te,
las manos en las cuales está la suer te del pueblo. ¿Qué otra cosa puede me-
recernos la clase elevada, la gente decente, sino desprecio y asco?”. Como
se verá, de trata de un discurso panfletario y agresivo de quien poco después,
exactamente en 1903, apoyará la candidatura de Quintana, es decir, de un
miembro de aquel sector gobernante al cual denostaba pocos años antes.
Junto con ello, otras variaciones se producirían. En La Montaña del 1º de
mayo del 97 firmaba un editorial titulado “La fiesta del proletariado”, donde
protestaba contra:

“la tiranía económica” y contra “los amos y los ser viles”. Y pro-
seguía: “Protestamos de todo el orden social existente: de la Re-
pública, que es el Paraíso de los mediocres y de los ser viles; de
la Religión, que ahorca las almas para pacificarlas [...]; del Ejér-
cito, que es una cueva de esclavitud donde vale más el hocico
que la boca [...]; de la Patria, supremamente falsa y mala, porque
es hija legítima del militarismo; del Estado que es la maquinaria
de tor tura bajo cuya presión debemos moldearnos como las fi-
chas de una casa de juego; de la Familia, que es el poste de la
esclavitud de la mujer y la fuente inagotable de la prostitución”.

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Un discurso, ahora, penetrado de la retórica y del contenido doctrinario


del movimiento anarquista. En cambio, cuando en 1905 publica La guerra
gaucha su modelo de relación entre “los de arriba” y “los de abajo” se ha
modificado radicalmente. Ya no llama a estos últimos, como en el citado ar-
tículo del 1º de mayo, a guardar “la mecha” porque “la mecha ha de ser vir
para otras cosas”, en obvia alusión al método de “la propaganda por los he-
chos”. Ahora plantea una relación de vida señorial que bien podía suscribir
Miguel Cané. Habla así de “aquella democracia feudal de la estancia criolla
donde el patrón debía ser el primer hombre de campo, y donde el peón apre-
ciaba, mucho más que el jornal, el buen trato merecido; verdadero sistema
de cooperación que armonizaba la más sincera simpatía hacia los humildes
con la posesión natural del señorío”.
Así lo veremos atravesar un extenso período de fuer te vinculación con el
régimen conser vador, hasta que en la década del 20 va a pasar a posiciones
que desembocarán en un nacionalismo antidemocrático, autoritario y milita-
rista. Mucho se ha hablado por todo ello de la versatilidad política de Lugo-
nes, y sin duda que no pueden ignorarse esos virajes. Pero también es pre-
ciso prestar atención a cier tas líneas de continuidad o, mejor, a una línea de
continuidad que recorre desde su anarco-socialismo de fines del XIX, su libe-
ralismo desde entonces hasta los veinte y su nacionalismo autoritario hasta
su suicidio en 1938. Y esta línea de continuidad –compar tida por vías distin-
tas con Ingenieros- es su elitismo, es decir, su convicción de que siempre es
función de una minoría (del talento, de la belleza, de la vir tud, de la fuerza,
según los casos) dirigir a masas que deben ser guiadas o tuteladas ante su
incapacidad para hacerlo.
Esta actitud aristocrática, amasada con un “elitismo de ar tista”, es lo
que encontramos cabalmente expresada una vez más en 1916, en ocasión
del discurso que pronunció acerca de la muer te de Darío. Justamente, Da-
río ha sido el poeta absoluto y nada más que poeta. Y con una evidente alu-
sión a El rey burgués –ese cuento de Darío al que nos referimos al hablar
del modernismo-, Lugones agrega que por eso mismo “la gente” que pasa
“resoplante bajo su saco de oro suele creerlo inútil porque canta”. Además,
el ar tista superior, como modelo de vida, es aquél que no imita; sólo crea;
es el que persigue “diferenciarse de todos los hombres, ser distinto, ser de-
sigual”.
Rubén Darío, por lo demás, renovó radicalmente el idioma castellano in-
crustándole la influencia francesa, dice Lugones, y este gesto debe saludar-
se porque con ello los países hispanoamericanos obtuvieron la independen-
cia idiomática, que es la independencia espiritual de España. Y en este mo-
mento de su discurso, Lugones introduce de lleno el tema político vincula-
do con las posiciones ante la guerra en curso en Europa. “Amar a Francia
–dice- es ya una obra de belleza”, pero además “la justicia de la humanidad
es la justicia de Francia”. De allí que cuestiona “la miserable neutralidad de
los pueblos que se llaman libres”. Vale la pena recordar que esa “misera-
ble neutralidad” era la posición del gobierno de Hipólito Yrigoyen ante el
conflicto bélico.
En este momento de su producción, Lugones asume entonces una misión
militante en contra de la neutralidad. Producto de dicha militancia son una
serie de textos que pasaremos a analizar, pero antes repararemos en una
producción de 1910 donde veremos el tipo de concepción de la nación, que
irá variando hasta desembocar en los textos diferenciados de los años veinte.

133
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El libro en cuestión se titula Didáctica, y el tema no es ajeno a Lugones,


quien durante el período 1900-1910 se ha desempeñado durante cinco años
discontinuos como Inspector General de Enseñanza Secundaria, Normal y Es-
pecial. El capítulo que allí nos interesa es el que se denomina “Enseñanza
patriótica”. En él, la patria aparece definida más como una idea que como
un hecho. De allí, que si el territorio y la raza son par tes constitutivas de to-
da idea de nación, ocurre que la raza, tal como Lugones la piensa, es más
una realidad cultural que biológica. Por otra par te, no hay en la Argentina pro-
blema territorial, dada la generosidad con que ha sido dotada por la natura-
leza. “Lo que nos falta –escribe Lugones- es educar esta masa humana, que
apenas constituye un pueblo, y que como raza es un misterio todavía. De allí
la impor tancia adjudicada a la escuela, en tanto institución encargada tradi-
cionalmente de ‘la formación de las almas’”.
La enseñanza que la escuela debe impar tir, reconoce en esta etapa de Lu-
gones dos principios: la liber tad y la justicia. Se opone por eso (y aquí se pro-
ducirá un giro en su pensamiento político) a toda empresa de conquista de
países civilizados entre sí (porque –agrega- “sería excesivo aplicar respetos
de patria a las tribus salvajes que no la tienen, así como negar la influencia
civilizadora de algunas conquistas en regiones bárbaras”). Y se opone a di-
cha empresa dado que considera que ella forma par te del “concepto milita-
rista de hacer patria”. Por el contrario, una nación se mide por el grado de
civilización alcanzado, y la civilización se identifica con la realización de valo-
res como la liber tad, la justicia y el trabajo productivo.
Lo que entonces llama el “romanticismo militarista” lo considera par te de
la civilización cristiana en decadencia. (El anticristianismo será un rasgo re-
currente en las posiciones de Lugones y en su interpretación del curso de la
historia universal. Volveremos sobre esto.) Y el militarismo es una idea ne-
gativa porque reposa también sobre un ideal de “argentinización antiextran-
jera y egoísta”. El militarismo, en suma, es una forma de “pesimismo prácti-
co”, que estriba en la creencia vulgar de que el estado de guerra es natural.
Y en este pasaje, Lugones establece una suer te de visión rápida de la histo-
ria universal, visión que –como ustedes verán- evoca completamente la con-
cepción sobre la relación entre el gaucho y el poeta que hemos visto que
pondrá en práctica en El payador. Así, la primera civilización es guerrera, un
acto de fuerza, como la madera cor tada por el hacha. Pero a medida que la
civilización avanza se va puliendo, “su labor tórnase estética”. Ése es el pro-
greso, que sustituye la violencia por el ingenio. “Y la sociedad es una obra
compleja, dirigida cada vez más por esa forma de ingenio que llamamos po-
lítica, y cada vez menos por la fuerza militar”.
El mejor tipo de argentino será entonces aquél que alcance el mayor gra-
do de civilización. Y esta civilización consiste simplemente en parecerse a
los demás seres humanos civilizados. Esto no significa que deba ser una
copia total de aquéllos, porque un país en formación requiere un carácter na-
cional, que debe ser inculcado por la escuela. Dentro de este programa, otra
vez la enseñanza y la uniformización del idioma resulta fundamental. Nueva-
mente puede verse en estas líneas, el papel preponderante que se le da a
la palabra, y con la palabra, naturalmente, a quienes la fijan, la cultivan y for-
mulan sus modelos; esto es, al escritor o, mejor, al poeta. La patria es para
Lugones una cuestión de espíritu, y como el espíritu se manifiesta en el idio-
ma, preser var la integridad del idioma es preser var la integridad de la patria.
Reencontramos aquí la inquietud que vimos instalada hacia fines del siglo

134
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

XIX en torno del libro de Abeille sobre el idioma nacional de los argentinos.
Lugones manifiesta así su preocupación:

“La inmigración cosmopolita tiende a deformarnos el idioma con


apor tes generalmente perniciosos dada la condición inferior de
aquélla. Y esto es muy grave, pues por ahí empieza la desinte-
gración de la patria. La leyenda de la Torre de Babel es bien sig-
nificativa al respecto: la dispersión de los hombres comenzó por
la anarquía del lenguaje”.

Este modelo de una república liberal restrictiva, abier ta a la influencia de


los focos civilizados y recelosa de algunos costados de la inmigración, pro-
gresista y pacifista, proseguirá formando par te de su pensamiento durante
el desarrollo de la gran guerra europea y así hasta ingresar en la década de
1920. Precisamente, durante la guerra publicará numerosos ar tículos desti-
nados a la prensa argentina, especialmente al diario La Nación, desde don-
de difundió un comprometido apoyo a la causa de los aliados y contra la po-
lítica oficial de la neutralidad. En 1917 reunió dichos ar tículos y los publicó
en un libro con el título de Mi beligerancia.
En él, las causas de la guerra son atribuidas a un exceso de militarismo
y a la reemergencia de la barbarie encarnada en el germanismo. Francia apa-
rece así como tierra de la liber tad, y esa distinción torna ineludible, a su en-
tender, el apoyo activo a la causa de los aliados. Dicho de otro modo, la gue-
rra no es una guerra de intereses sino un combate entre principios e idea-
les, y la Argentina debe tomar el par tido de aquÉllos que corporizan los idea-
les de la civilización.
Pero a par tir del enfrentamiento bélico, Lugones enuncia otra vez una
suer te de breve interpretación general de la historia universal que llama “mi
teoría histórica”. Ella está construida sobre la base de su per tinaz anticris-
tianismo. Porque el cristianismo –dice- es una de las tantas religiones orien-
tales destinada a implantar “el dogma asiático de la obediencia, o derecho
divino, o principio de autoridad”, que vino a quebrar la línea de la civilización
occidental, greco-latina, que apunta siempre al logro de la liber tad individual.
He aquí resumida esta versión lugoniana: “La civilización europea, de la cual
formamos par te, habría consistido en una perpetua lucha de la liber tad pa-
gana con el dogma asiático de la obediencia, que tomó a los bárbaros del
Nor te como instrumento político para subyugar, destruyéndolo, al mundo ro-
mano”. Naturalmente, la Alemania de entonces sería la reencarnación de
ese dogma de obediencia.
Por fin, un ar tículo publicado en abril de 1917, titulado “Neutralidad impo-
sible”, es altamente representativo del conjunto de argumentaciones que
sustentan su posición pro aliada. Comienza por asumir que la guerra ha lle-
gado a América, a par tir de la inter vención nor teamericana, y que por eso es
aún más cuestionable toda política de neutralidad fundada en el resguardo
de intereses nacionales par ticulares. Porque lo que está en juego es el valor
supremo de la liber tad frente al despotismo encarnado en Alemania. “He
creído necesario precisar –dice- la moral de la guerra, a fin de que se vea me-
jor cómo es, imperativamente, la misma para nosotros, y cómo nos obliga a
ponernos de par te de los Estados Unidos”.

135
Universidad Virtual Quilmes

Este apoyo a Estados Unidos coincide con las posiciones de entonces de


Ingenieros, y en rigor con buena par te de la intelectualidad progresista, que
argumentaba dicho apoyo no sólo en la oposición a Alemania sino también
en el mensaje pacifista y democrático del presidente nor teamericano Wilson.
Era la creencia de que se trataba de librar “la guerra para terminar con to-
das las guerras” y que el mensaje de Wilson era una expresión de aquellos
valores morales. Inclusive Lugones no deja de percibir que en su propio dis-
curso se está produciendo una variación que rompe con la representación
tradicional del mundo yankee, que podemos rastrear desde fines del siglo XIX
dentro de las elites argentinas y expandida a escala continental con la gue-
rra hispano-nor teamericana. Como sabemos, aquella representación (que el
Ariel recogió) asimilaba la cultura nor teamericana con los intereses económi-
cos y las conductas pragmáticas, alejadas de todo lo que pudiera conside-
rarse como valores espirituales. Pero en esa instancia
–sigue Lugones- “los ‘mercaderes yanquis’, cuyo materialismo ha dado
tanto asunto a la latinidad verbal, emprenden ahora una guerra idealista”.
Esta posición pro nor teamericana, incluye asimismo una oposición a la
política de los socialistas en general y de los revolucionarios rusos en par ti-
cular, quienes a su entender ponen su interés par ticular sobre la razón y la
justicia. De tal manera, la guerra ha agrupado por un lado a las democracias
y por el otro “a las potencias de opresión”.
Concluida la guerra, la prédica política de Lugones no cesará, pero la de-
rrota de Alemania despeja el camino para que su crítica se centre en lo que
pasa a ser el principal enemigo: el comunismo. En 1919 publica, dentro de
esta campaña, un libro al que titula La torre de Casandra. La elección del tí-
tulo es una autocolocación de su figura político-intelectual, porque Casandra
en la mitología griega era una sacerdotisa troyana a quien nadie creía no obs-
tante la exactitud de sus anuncios. Lugones defiende así el acier to de sus
predicciones y posiciones ante la pasada guerra. Así, fue uno de los pocos
que no creyeron en el triunfo alemán, y aquí fue en lo único que coincidieron
radicales y conser vadores. “El pueblo, como es natural, se equivocó junto
con ellos”, dado que este pueblo estaba “envilecido por el lucro y ebrio con
esa triste liber tad electoral”. Es interesante que reparemos en la nueva po-
sición de Lugones, porque evoca a su modo la actitud del Ingenieros de unos
años antes. Ahora Lugones ya no encuentra oídos receptivos dentro de la cla-
se gobernante, ni de hecho ni de derecho. De hecho, porque el gobierno yri-
goyenista no requiere los ser vicios del intelectual, y sobre todo del intelec-
tual que es Lugones. De derecho, porque el propio Lugones se encuentra ale-
jado del sistema de ideas y valores que el nuevo elenco gobernante expre-
sa. Entonces, vemos que el intelectual Lugones adopta dos posiciones bási-
cas. Por una par te, ésta que le vemos construirse como una moderna Casan-
dra, que es la del “profeta clamando en el desier to”, la de una voz tan ver-
dadera como escasamente escuchada. (Al llegar a la década de 1930, quien
encarnará de manera paradigmática esa posición será Ezequiel Mar tínez Es-
trada.) De manera que cuando Lugones “mira hacia arriba”, hacia el Estado,
encuentra unos personajes con los que no tiene nada que ver y con los que
nada quiere saber. Cuando mira “hacia abajo” lo que está es ese pueblo ig-
norante, que hace que Lugones escriba “cuando el soberano no puede leer-
me, porque es analfabeto el infeliz para desgracia de mis pecadoras letras”.
El escritor entonces sigue escribiendo, pero sabe que escribe para una mi-
noría. Esta minoría ya no está tampoco entre los políticos, que han pasado

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

a formar par te en bloque de un mundo de decadencia y mediocridad incapaz


de ser por tador de los auténticos valores. Incluso la política como actividad,
como práctica, le parece innoble, y por eso escribe en este libro: “yo no ha-
go política ni la haré porque me repugna”. Esa minoría, en estos años, pare-
ce ser entonces una minoría abstracta, un lugar vir tual. Y Lugones, por con-
siguiente, aún no ha encontrado aquéllo que Ingenieros sí ha localizado en
las juventudes idealistas, protagonistas de la reforma universitaria y del an-
timperialismo latinoamericanista. Lugones encarna entonces una figura que
recorre el mundo de los intelectuales occidentales: un personaje en busca
de una nueva jefatura intelectual y moral, de un nuevo sujeto capaz de diri-
gir un proceso nacional asentado en valores nobles. Sabemos que esa bús-
queda parece terminar para él en los primeros años de la década del ’20,
cuando decide que ese nuevo sujeto es el ejército argentino. Pero para que
esa elección se torne argumentable, Lugones deberá haber variado algunos
ejes de su visión ideológica, tal como veremos.
De La torre de Casandra tomaré ahora el ar tículo con el que cierra el li-
bro, para dejar a Lugones en este borde anterior a su pasaje a las nuevas
posiciones. El ar tículo tiene un título arquetípico: “Ante las hordas”. Esta re-
ferencia a las hordas evoca otra vez las imágenes de Cané referidas a un cír-
culo, a un grupo, asediado, amenazado por una eventual invasión. En la tra-
dición occidental esa imagen evoca la amenaza y la invasión de los “bárba-
ros” penetrando en la civilizada Europa (en Grecia, en Roma...). Y en su pre-
sente, Lugones considera que esas hordas son ahora las masas comunistas
o, como se decía en la época, las masas “maximalistas”. Para colmo, prevé
(y en verdad su predicción es sorprendente) que la influencia comunista no
tardará en llegar nada menos que a China, porque allí también impera “el es-
píritu colectivista”. Ese espíritu colectivista congenia más, a su entender, con
la monarquía que con la república. “La dictadura proletaria (cito) es la susti-
tución de la dictadura nobiliaria bajo una misma tiranía permanente: ideal de
esclavos que, como es natural, debía nacer en una autocracia militarista.
Pues el socialismo, no hay que olvidarlo, es un invento alemán”.
Frente a este peligro, la voz de Lugones clama por una estrecha alianza
panamericana con el liderazgo nor teamericano, eso que sigue llamando “el
americanismo wilsoniano”. Ésa debe ser la barrera opuesta a “las hordas”,
a “las plebes siniestras”. Y hacia el interior de su propio país, Lugones enun-
cia algunas pocas medidas de reorganización económica destinadas a resol-
ver problemas de justicia social, como cier ta redistribución de la tierra. Así,
piensa, la Argentina podrá realizar la síntesis formidable entre “el idealismo
latino de la liber tad” y “el realismo anglosajón”.
Entre esas posiciones de 1919 y las de cuatro años más tarde publicadas
en un libro ahora llamado Acción, ya se ha producido la modificación intelec-
tual y política que conver tirán a Lugones en un referente del nacionalismo au-
toritario, en esos años aún lentamente en ascenso. Pero en este sentido, cla-
ramente no se trata de un itinerario personal, sino de representaciones polí-
ticas e intelectuales surgidas de un contexto nacional e internacional preciso.
Este contexto es el mencionado de los años 1914-1918 y los inmediatos de
posguerra, y sus características más generales ya han sido referidas con an-
terioridad. Ahora debemos agregar otro dato que va a ser de significativa re-
levancia en la radicalización hacia la derecha del pensamiento de Lugones,
entre otros. Se trata de la situación económico-social de esos años, caracte-
rizada por una crisis de inusitada severidad, que implicó un descenso notorio

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Universidad Virtual Quilmes

del salario real y un altísimo porcentaje de desocupación, calculado entre el


12 y el 19 %. Esta situación estaba combinada con una mayor permisividad
por par te del gobierno radical hacia el movimiento obrero, de manera que la
conflictividad social creció y se expresó en numerosas huelgas y movilizacio-
nes. El punto crítico de ellas se alcanzó, como es sabido, en la llamada Se-
mana Trágica de enero de 1919, con un saldo de numerosos obreros muer-
tos durante la represión. Las clases dominantes y los sectores del orden vie-
ron estos acontecimientos sobre el telón de fondo, o con las lentes de los su-
cesos que en Rusia habían desembocado en la revolución bolchevique. Co-
menzaron así a organizarse en agrupaciones nacionalistas y anticomunistas,
como la Liga Patriótica, surgida al calor de los sucesos de la Semana Trágica.
En ese contexto, la figura de Leopoldo Lugones le sumará al movimiento
nacionalista su enorme prestigio de escritor nacional y un ámbito privilegia-
do de difusión de sus ideas. Vale la pena recordar al respecto, que la prédi-
ca ferozmente antiliberal del Lugones de los años 1920’s tiene lugar desde
las páginas del diario La Nación. Es cier to también que su par ticular visión
del proceso histórico y sus adhesiones teóricas (nietzschismo, alabanza del
paganismo y denostación del cristianismo) harán de Lugones un personaje
disonante con otros afluentes del nacionalismo de derecha argentino, espe-
cialmente dentro del nutrido contingente proveniente del catolicismo.
Sea como fuere, ya en 1923 aparecen las primeras muestras contunden-
tes del viraje ideológico que se ha producido en Lugones. Justamente en ese
año pronuncia una serie de conferencias organizadas por la Liga Patriótica.
En ese mismo año fueron agrupadas en forma de libro con el título de Acción
y publicadas por el Círculo Tradición Argentina. De ellas, la que se titula “An-
te la doble amenaza” sintetiza las nuevas adhesiones ideológicas de nues-
tro autor.
La primera amenaza es la difusión del pacifismo (es decir, de aquello que
pocos años antes Lugones había defendido y difundido). Este pacifismo con-
lleva una política de desarme o de no reequipamiento del ejército y la mari-
na que puede resultar letal para la defensa de la soberanía nacional en un
mundo que ha ingresado, a su criterio, en un período de paz armada. La otra
amenaza reside en la presencia invasora de “una masa extranjera disconfor-
me y hostil”. No se trata, prosigue, de desconocer el legado pro inmigratorio
de los padres fundadores, pero sí de reaccionar ante esa extranjería activis-
ta que ha protagonizado las últimas grandes huelgas, trayendo desde afuera
la discordia. “A la discordia la han traído de afuera”, dice y repite Lugones a
lo largo de la conferencia. Y si esto es así, ello significa -y este razonamien-
to es estratégico en su alocución- que no hay guerra civil en la Argentina, si-
no una guerra nacional contra esos extranjeros. Y esto for talece un argumen-
to xenófobo y de legitimación de los verdaderos “dueños de la patria”. Cito
a Lugones:

“La condición de ciudadano compor ta dominio y privilegio para


administrar el país, porque éste per tenece exclusivamente a sus
ciudadanos, en absoluta plenitud de soberanía. Nosotros ejerce-
mos el gobierno y el mando. Somos los dueños de la constitu-
ción. Del propio modo que la dimos, podemos modificarla o su-
primirla por acto exclusivo de nuestra voluntad. [...] Su residen-
cia [de los extranjeros] es siempre condicional respecto a su so-

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

beranía, mientras que ésta no lo es respecto a ninguna voluntad


extranjera. Somos los dueños del país. Y de tal modo, si sólo
quedáramos mil argentinos entre diez millones de extranjeros re-
sidentes, seríamoslo sin duda; porque cuando esto dejara de su-
ceder, el hecho revelaría que el pueblo argentino había también
dejado de existir bajo una dominación extranjera”.

Ante esta doble amenaza, el recurso salvador pasa por un acto de fe na-
cionalista, por la reactivación del patriotismo como religión. “Tenemos –pro-
clama Lugones- que exaltar el amor de la Patria hasta el misticismo, y su res-
peto hasta la veneración”. Una manera de mostrar ese patriotismo es adop-
tar medidas de expulsión de quienes propagan las ideologías comunistas. La
consigna no puede ser más clara: “Tenemos que afrontar virilmente la tarea
de limpiar el país, ya sea por acción oficial, ya por presión expulsora, es de-
cir, tornando imposible la permanencia a los elementos perniciosos, desde
el malhechor de suburbio hasta el salteador de conciencias”. Y es preciso
criticar a esos argentinos pudientes que como muestra de falso humanitaris-
mo han contribuido con dinero para socorro de los hambrientos de Rusia, pe-
ro permanecieron insensibles cuando “nuestra peonada obrajera del interior
sucumbía al hambre, la miseria y los contagios”.
Pasa luego, dentro del estilo oratorio y retórico de época, a saludar a ca-
da una de las provincias argentinas y algunos de sus grandes hombres. Lla-
ma la atención que aún permanecen en su ideario patrio los héroes del pan-
teón liberal. Rivadavia, Sarmiento, Mitre. Ya no llama tanto nuestra atención
que al final convoque a los presentes a un juramento patrio, y que al hacer-
lo diga que “en este instante siento que todo el país jura por mi boca”...
Un señalamiento final sobre otro contenido de este discurso. La explícita
alabanza del régimen fascista: “Italia acaba de enseñarnos cómo se restau-
ra el sentimiento nacional bajo la heroica reacción fascista encabezada por
el admirable Mussolini”.
Al año siguiente, a estos pronunciamientos Lugones le sumará el hallaz-
go del nuevo sujeto político destinado a recomponer una nación que ve des-
quiciada por estas amenazas. Como se sabe, se trata del célebre “Discurso
de Ayacucho”, con el cual se refiere al que pronunció en Lima en 1924, y co-
mo par te de la comitiva oficial, en conmemoración de la batalla de ese nom-
bre que puso fin al dominio español sobre estas tierras de América. Su fra-
se más conocida y citada es la que dice: “Ha sonado otra vez, para bien del
mundo, la hora de la espada”. Esto significa que las fuerzas armadas tienen
que hacerse cargo de salvar la contradicción que aparece en nuestros paí-
ses entre la autoridad y la ley. La ley es el conjunto de las constituciones li-
berales del siglo XIX, pero ocurre que ese sistema –dice- está caduco. Enton-
ces se impone lo que considera la solución necesaria: “El ejército es la últi-
ma aristocracia, vale decir, la última posibilidad de organización jerárquica
que nos resta entre la disolución demagógica”. Lugones ha encontrado aque-
llo en cuya busca había par tido en la inmediata posguerra: una nueva jefatu-
ra política.
Junto con estas posiciones autoritarias, antidemocráticas y circulantes
dentro de un discurso nacionalista integrista, el punto de mira más general
de Lugones se encuentra transformado. Esto aparece claro en su libro La or-
ganización de la paz, de 1925. Aquí cuestiona al antes admirado presidente

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Universidad Virtual Quilmes

Wilson (que ahora ha pasado a ser el jefe del “cristianismo wilsoniano”) y al


proyecto de la Liga de las Naciones. Dar votos a los países débiles en el con-
cier to internacional es, a su juicio, tan erróneo como darlo a los individuos
débiles en los comicios nacionales. Porque los débiles son más que los fuer-
tes y, de ese modo, la democracia es un régimen que empuja a la decaden-
cia. Este sistema es propio del cristianismo, con su cultura de la piedad,
“que lleva dos mil años de fracaso ante la vida incomprensible e inexorable”.
Por el contrario, lo que la guerra ha demostrado es que no ha triunfado la de-
mocracia sino la fuerza, es decir, la vida; la vida que es “incomprensible e
inexorable”.
En general, lo que vemos aquí es que el trasfondo ideológico que subyace
a las nuevas posiciones lugonianas remite al vitalismo, esto es, a ese conjun-
to de las llamadas “filosofías de la vida” que emergen en Alemania hacia fi-
nes del siglo XIX y principios del siglo pasado, con nombres de la talla de Dilt-
hey o Simmel pero también de Nietzsche, cuya presencia en Lugones parece
innegable. Estas filosofías tienen en común una posición antiintelectualista,
en el sentido de que el intelecto, la razón, es incapaz de captar la verdadera
esencia de la realidad, que es una realidad fluyente y vital. Podemos enton-
ces reflejar el texto de Lugones: “La vida no es creyente ni racional, sino ins-
tintiva y misteriosa en su evolución, cuyo origen, dirección y finalidad -si algu-
na tiene- ignoramos”. Y obser ven en la continuación de la cita el modo como
Lugones ar ticula esta visión vitalista con sus posiciones políticas: “La preten-
sión humana de adecuar la vida a conceptos metafísicos fracasó con la teo-
logía. Ahora fracasa con el racionalismo, creador de la democracia”.
De este modo, Leopoldo Lugones aparece incluido dentro de la crisis del
liberalismo, y creo haber podido mostrar que su pasaje a posiciones antilibe-
rales lo coloca en un campo ideológico amplio y en expansión en la década
del 20, que hemos visto formar par te en términos generales de los mensajes
de “la nueva sensibilidad” or teguiana, espiritualista y antipositivista. También
el culto de la acción, el activismo y el decisionismo presentes en Lugones for-
man par te de las nuevas constelaciones ideológicas de la década de 1920.
Llegado el año de 1930, Lugones verá arribada la hora de poner en práctica
sus ideas, estrechamente asociado al golpe de ese año encabezado por el ge-
neral Uriburu, cuyo mensaje de asunción se dice que fue redactado por nues-
tro escritor. De hecho, cuando poco antes del golpe publicó su nuevo libro La
patria fuer te, ese libro fue editado por el Círculo Militar. A estas adhesiones
seguirá el desengaño del fracaso del régimen de Uriburu. En los últimos años
de su vida, revisa sus posiciones anticristianas y se acerca al catolicismo. En
febrero de 1938 se suicida con cianuro en el recreo El Tropezón del Tigre. Las
causas de esta determinación siguen siendo objeto de polémica.

4.3. La crisis del 30: ensayística y surgimiento


del revisionismo histórico

La ensayística

El año 1930 es considerado un período de viraje en la historia argentina.


El golpe de Estado encabezado por el general José Félix Uriburu es el dato
más notorio para avalar esa consideración, teniendo en cuenta que se trata-
ba de la primera vez desde 1862 que se interrumpía por vía de la fuerza la

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

sucesión constitucional del orden presidencial. Junto con ello, la década que
con ese hecho se inauguraba, ha quedado configurada en la representación
de los argentinos con la caracterización que de ella formuló un periodista na-
cionalista: “la década infame”. La “infamia” de la “década infame” residiría
para esa mirada en la práctica sistemática del fraude electoral, la corrupción
instalada en esferas estatales, la “entrega” al “imperialismo británico”; la
desocupación que siguió a la crisis económica mundial desatada en 1929
(que algunos estimaron hasta en un 28%), etcétera. No obstante, hoy la his-
toriografía tiende a reconsiderar esa valoración global de la década, al me-
nos en dos direcciones. Por un lado, no ocultar bajo ese mote aspectos no-
vedosos y creativos generados en esa década; y segundo, preguntarse qué
elementos realmente novedosos per tenecen a ese período y cuáles en rea-
lidad son un legado que proviene de momentos anteriores.
Yendo a nuestro campo de análisis, podemos decir que en el plano cultu-
ral un rasgo reconocido largamente en la década es la productividad alcan-
zada por el ensayo de autointerpretación, cuyo máximo exponente canoniza-
do es Radiografía de la pampa, de Ezequiel Mar tínez Estrada. Hemos visto
en otros momentos culturales la existencia del ensayo como género a par tir
del cual los argentinos tendieron a interpretar su situación, y en rigor pode-
mos establecer una cronología que abarcaría el ensayo romántico (con el Fa-
cundo de Sarmiento como producto cumbre); el ensayo “científico” de matriz
positivista (Ingenieros, Bunge); el ensayo modernista (Rodó, Lugones), y
–hasta donde nos interesa- el ensayo construido desde las matrices de la
“nueva sensibilidad”. Para caracterizar rápidamente a este tipo de ensayísti-
ca se la ha filiado a par tir de lo que sería su “método” de abordaje de la rea-
lidad nacional, y a este abordaje se lo ha caracterizado como “intuicionismo
ontológico”. Esto es, ahora el intelectual se posiciona frente a la realidad
dispuesto a detectar su esencia a través de una suer te de “visión” inmedia-
ta (precisamente, el verbo intuire en latín significa “ver”). Este abordaje en-
tonces ya no recurre al intelecto, al razonamiento, según el modelo de la cul-
tura científica, sino a una potencia de la conciencia habilitada para captar la
realidad en sí misma, dentro de una constelación de ideas que forman par-
te de la reacción contra el positivismo.
Y bien: a lo que quería llegar era a determinar, a par tir de esta breve acla-
ración, que el ensayo prototípico de la década del treinta, Radiografía de la
pampa, se inscribe dentro de estas características, pero –como se ha visto-
estas características han sido elaboradas en el período anterior. De hecho,
es en la década del veinte cuando aparecen escritos y ensayos de intelec-
tuales extranjeros que así reflexionan sobre la realidad americana. Or tega y
Gasset publica varios ar tículos en esta dirección (“Car ta a un joven argenti-
no que estudia filosofía”, 1924; “Hegel y América”, 1928, “La pampa ... pro-
mesas”, 1929); el alemán Hermann Keyserling, que en 1929 visita la Argen-
tina, las Meditaciones sudamericanas. Incluso un ensayo que es considera-
do prototípico de la década del 30 como El hombre que está solo y espera,
de Raúl Scalabrini Or tiz, que, en realidad, cabe perfectamente dentro de los
cánones generados en los veintes a par tir de las vanguardias literarias.
Estas consideraciones tienden a aler tar acerca del cuidado que es preciso
adoptar cuando se realizan periodizaciones, en este caso, en el ámbito de la
historia de la cultura. De todos modos, Radiografía de la pampa, de 1933 (así
como Historia de una pasión argentina, publicado poco después por Eduardo
Mallea), tienen rasgos que resultan, creo, par ticulares de la ensayística de los

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Universidad Virtual Quilmes

años treinta. Podríamos decir, para ampliar el panorama, que una buena par-
te del ensayo científico o positivista estuvo dedicado a principios del siglo pa-
sado, a dar cuenta de lo que se percibía como “los males latinoamericanos”.
Estos males fueron visualizados sobre el trasfondo ofrecido por la exitosa ex-
periencia nacional de los Estados Unidos de América. Entonces, la pregunta
que anima aquellos ensayos científicos es ¿por qué aquí no ocurre lo que sí
ocurrió en el Nor te? Sabemos que muchas de las respuestas van a estar
orientadas en clave racial, y en ese sentido el pronóstico argentino no fue tan
pesimista como el de otros intelectuales hispanoamericanos de países don-
de el fondo indígena subsistente era realmente mucho más considerable. Pe-
ro además, la experiencia argentina –como vimos- generaba sin duda en las
elites algunas dudas y temores, pero en general podía exhibir una serie de éxi-
tos, sobre todo al cotejarla con otras experiencias hispanoamericanas.
Ahora bien: al arribar a la década del 30 las nuevas elites intelectuales
están en el seno de un proceso nacional que por primera vez en más de me-
dio siglo ha experimentado severos impactos. Uno de ellos (y no el menor),
es que la Argentina ha perdido los beneficios de su anterior colocación en la
división internacional del trabajo como producto de la gran crisis económica,
que está redefiniendo un nuevo mapa económico mundial. Dicho sea de pa-
so, si se miran los registros económicos, se comprueba que la Argentina es
uno de los países que más rápidamente van a salir de la crisis y, sin embar-
go, parecería ser que los contemporáneos de la misma la vivencian con ma-
yor gravedad. Pero esto no hace sino ilustrar los recaudos por adoptar y las
dificultades para medir las sensaciones de bienestar o malestar de una so-
ciedad en determinados períodos históricos. En el caso que nos ocupa, en
principio podría decirse que la crisis que se produce es mucho más que eco-
nómica. En rigor, es una crisis que afecta autoimágenes argentinas largamen-
te construidas. Afecta sin duda a la creencia argentina en la excepcionalidad
de este país y a su destino de grandeza; rasgos que fueron señalados en la
ensayística de principios del siglo por un miembro de la elite conser vadora
como Juan Agustín García en sus estudios de psicología social. Y afecta ma-
terial y simbólicamente las expectativas reales e imaginarias depositadas en
la movilidad social ascendente.
La Argentina entonces es construida en esa ensayística del 30 como un
país que ha perdido el nor te, y que debe arreglar cuentas con su propia con-
ciencia. Se trata entonces de ensayos que se preguntan por las razones de
esa crisis (¿dónde está la culpa?), que suelen deslizarse hacia temas de
identidad nacional (¿qué somos, cómo somos los argentinos?). Para trami-
tar esas preguntas se van a elegir distintas estrategias. En el caso de Ra-
diografía de la pampa, Mar tínez Estrada des-historiza la realidad nacional,
es decir, la descripción de los distintos fenómenos que conformarían la
esencia de la Argentina adoptan la forma de estructuras naturales, de ca-
pas geológicas que en cada instancia repiten lo mismo, y lo que repiten es
una suer te de eterno retorno de males que definen un país sin alternativas,
sin destino. Desde su comienzo, se nos muestra que el nuevo mundo des-
cubier to por los españoles “había nacido de un error, y las rutas que a él
conducían eran como los caminos del agua y del viento”. En ese nuevo mun-
do, la futura Argentina es Trapalanda, una ciudad de oro macizo que los
conquistadores imaginaron pero que nunca existió. Beatriz Sar lo ha escri-
to al respecto en Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930:
“El estupor de los años treinta habita debajo de la seguridad omniexplicativa:

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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

tanto las modalidades políticas como las costumbres privadas parecen ha-
ber sido invadidas por el Mal. Para Mar tínez Estrada la sociedad es irredi-
mible y por eso su voz es la de un profeta que se sabe clamando en el de-
sier to”. El libro se cierra sintomáticamente retomando la polaridad sarmien-
tina entre civilización y barbarie, pero con la confesión de un fracaso. Por-
que la civilización consistió en la aplicación de una serie de disfraces (las
palabras “disfraz”, “simulacro”, “espejismo”, “caricaturas” abundan en el
libro), en la adopción de formas externas de lo europeo. “Y así (cito de Ra-
diografía...) se añadía lo falso a lo auténtico. Se llegó a hablar francés e in-
glés; a usar frac; pero el gaucho estaba debajo de la camisa de plancha”.
“Lo que Sarmiento no vio –concluye Mar tínez Estrada- es que civilización y
barbarie eran una misma cosa, como fuerzas centrífugas y centrípetas de
un sistema en equilibrio. No vio que la ciudad era como el campo y que den-
tro de los cuerpos nuevos reencarnaban las almas de los muer tos.” León
Sigal ha sintetizado este tema diciendo que el libro que comentamos reve-
la “la persistencia de la barbarie, de su normalidad, la vida secreta y pode-
rosa que sigue teniendo, junto con el fracaso de los proyectos fundadores
que de ella resulta”.
Esa realidad profunda ocultada por apariencias es uno de los elementos
centrales a través de los cuales Eduardo Mallea escribe la citada Historia de
una pasión argentina. No podemos entrar en su consideración, pero sí nos
sir ve para señalar que nuevamente encontramos esa dicotomía, que en Ma-
llea se expresa en una “Argentina visible” y otra invisible, y sobre todo para
remitir esta dicotomía a esa figura que hemos visto aparecer en las confe-
rencias de Or tega y Gasset, que a su vez remiten a la relación entre las for-
mas y su expresión. En la década del 20, el dominicano Pedro Henríquez Ure-
ña –que residirá en la Argentina- había dado a conocer un libro de título pi-
randelliano: Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Se trata entonces
en todos estos casos de la creencia de una realidad esencial, americana o
nacional, que no alcanza a encontrar su auténtica expresión, la manera co-
rrecta de fenomenizarse, de aparecer de una manera en que la apariencia
guarde correspondencia con su esencia.

Un libro fundador del revisionismo histórico

Es notable, pero cuando de esta ensayística de los años treintas vamos


a otro género, a par tir del cual se trata de dar cuenta de la pérdida del rum-
bo argentino, nos encontramos con moldes categoriales análogos. Me refie-
ro a la producción de uno de los fenómenos más notorios de esa década en
el campo cultural: la emergencia del revisionismo histórico. En su caso, se
acude a la historiografía para explicar aquella pérdida, y entonces se va a ela-
borar una versión de gran éxito de allí en más: en la Argentina existe una
“historia oficial”, que ha sido elaborada por los vencedores o por los dueños
del poder, y esta historia oficial ha ocultado a la historia verdadera, a la his-
toria real, a la historia profunda y esencial. La historia argentina oficial es así
(y ése será el título de un libro revisionista) la historia falsificada. Otra vez,
entonces, el tema del disfraz, de la máscara, del ocultamiento y –en el caso
del revisionismo- de una idea conspirativista de la historia: existen fuerzas
ocultas pero poderosas que maquinan modos permanentes de perjudicar al
país y desviar su destino de grandeza.

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Veamos ahora, entonces, el texto fundador de esa tradición historiográfi-


ca. Se trata del libro La Argentina y el imperialismo británico, de los herma-
nos Julio y Rodolfo Irazusta, aparecido en 1934. Estos escritores habían si-
do par te fundamental de una experiencia periodística de fines de la década
anterior. El 1º de diciembre de 1927 había aparecido el periódico La Nueva
República, cuyo director era precisamente Rodolfo Irazusta y su secretario de
redacción otro notable escritor nacionalista: Ernesto Palacio.
La prédica del periódico es profundamente antiirigoyenista, y este movi-
miento nacionalista va a apoyar activamente el golpe de 1930. Suele repe-
tirse que el general Uriburu era un lector atento de La Nueva República. Se
trata de un nacionalismo elitista, con marcas explícitas de entronque con la
vieja línea del pensamiento reaccionario y conser vador post Revolución Fran-
cesa. Los hermanos Irazusta valoran mucho a Edmund Burke, un notable in-
telectual inglés que en 1790 escribe Reflexiones sobre la Revolución France-
sa, que es un libro de denuncia del proceso francés y de denuncia, podría
decir, de los males de la modernidad en la política. Esto es, el señalamiento
de las consecuencias, a su entender catastróficas, a par tir del momento en
que una sociedad decide sustituir el criterio de legitimidad del antiguo régi-
men, fundado en la monarquía, por el nuevo criterio de legitimidad fundado
en la soberanía popular.
Los hermanos Irazusta –dicho sea de paso- han hecho una muy provecho-
sa experiencia intelectual en Europa; y ello explica el carácter destacado de
sus inter venciones, en donde suelen remitir en el fondo al republicanismo
clásico y donde insisten, una y otra vez, que república y democracia no son
sólo diferentes, sino antinómicas, puesto que “la nueva república” en la que
piensan es una república aristocrática. Su programa es claramente elitista,
antiliberal y nacionalista al colocar a la nación como eje ar ticulador de todo
su pensamiento. En el número 13 de La Nueva República, del 5 de mayo de
1928, Ernesto Palacio define un cier to programa de este nacionalismo:

“El nacionalismo persigue el bien de la nación, de la colectividad


humana organizada. Considera que existe una subordinación ne-
cesaria de los intereses individuales al interés de dicha colecti-
vidad y de los derechos individuales al derecho del Estado. Esto
basta para diferenciarlo de las doctrinas del panteísmo político,
las cuales se caracterizan por el olvido de ese fin esencial de to-
do gobierno: el bien común, para sustituirlo por principios abs-
tractos: soberanía del pueblo, liber tad, igualdad, redención del
proletariado. Frente a los mitos disolventes de los demagogos
erige las verdades fundamentales que son la vida y la grandeza
de las naciones: orden, autoridad, jerarquía.”

Debemos notar, antes de ingresar en el tratamiento del libro de los her-


manos Irazusta de 1934, que en la época de La Nueva República los nacio-
nalistas –como señala Zuleta Álvarez- no postulaban el revisionismo históri-
co ni la reivindicación de Rosas como par te fundamental de su programa cul-
tural y político. Sí expresan dos sentimientos que formarán par te de la base,
del suelo sobre el cual seguirán elaborando el edificio revisionista. La crítica
a Inglaterra y a lo que llaman “la oligarquía argentina”, que resultan impen-

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sables la una sin la otra. Porque, argumentan, el hecho que explica la pene-
tración e intromisión inglesa en los asuntos argentinos es su asociación con
una clase que ha claudicado en sus funciones de clase dirigente, de una eli-
te que con su dependencia viene a sancionar la dependencia del propio Es-
tado argentino. Y con ello, podríamos decir, la nación no es en realidad una
Nación, sino una factoría, un remedo de nación, una apariencia (otra vez) de
nación.
Veamos ahora La Argentina y el imperialismo británico, cuyo subtítulo es
Los eslabones de una cadena. 1806-1933. Este subtítulo es impor tante por-
que el texto está dividido en tres par tes (las dos primeras se supone que
las escribió Julio y la tercera Rodolfo Irazusta). Las dos primeras son el aná-
lisis del pacto Roca-Runciman, firmado en 1933. En ese pacto la Argentina
paga tributo para seguir manteniendo cier ta cuota de su comercio exterior,
fundada en la expor tación de bienes agropecuarios y fundamentalmente de
carne hacia el Reino Unido.
El tercer capítulo se llama “Historia de la oligarquía”. Lo que los Irazusta
están tratando de demostrar es que el pacto Roca-Runciman, que conside-
ran gravoso para los intereses nacionales, en realidad es una consecuencia
necesaria del accionar de una clase social que ha pasado de ser una aristo-
cracia para degenerar al conver tirse efectivamente en una oligarquía. Se ha
pasado entonces del gobierno de los mejores, según los criterios de un re-
publicanismo aristocrático, simplemente al gobierno de los pocos.
Para explicar este proceso recurren entonces al género historiográfico,
que los guía en la reconstrucción de la totalidad de la historia argentina, con
el objetivo de mostrar que lo que acaba de ocurrir no es más que una con-
secuencia de movimientos históricos anteriores, que reposan sobre un sec-
tor de la sociedad que ha abandonado su misión de efectiva clase dirigente.
Lejos entonces de lo que podría suponerse, en el sentido de encontrar sobre
todo una fuer te impugnación a Inglaterra, de lo que se trata es de abrir un
juicio a esta clase dirigente argentina que no ha estado a la altura de las cir-
cunstancias como clase dirigente. Dos intelectuales, convencidos de que la
historia depende sobre todo de las elites, elaboran una explicación acerca
de esta claudicación. Podría decirse que aquí retornan viejos temas que he-
mos visto: aquella sospecha de Miguel Cané, de Lucio V. López y de otros,
acerca de que la clase dirigente argentina decae, que está inficionada de va-
lores que no son los valores republicanos y aristocráticos, de una clase diri-
gente que ha perdido su legitimidad. Y éstos se miden en función de su ca-
pacidad de defensa de los intereses nacionales. Y el juicio resulta severo
porque los Irazusta se encuentran con una clase nacional que no está en
condiciones de defender los intereses nacionales.
La historia encargada de dar sentido y ofrecer una explicación será una
historia política, que es aquélla donde los hermanos Irazusta piensan que se
inscriben las determinaciones capaces de modificar las sociedades y la his-
toria. Existen al respecto referencias explícitas e implícitas al decisionismo,
entendido como la imposibilidad de apelar a estructuras trascendentes a la
propia decisión política y a las cuales recurrir para fundar y legitimar un or-
den. Lo único que sostiene la decisión es la decisión misma, es un acto au-
tofundado. Por ello, no escriben una historia económico-social al modo como
la estaban practicando los socialistas, los comunistas, los marxistas, quie-
nes van a explicar una situación de dependencia respecto de Inglaterra fun-
dada en un razonamiento que busca en la economía las reglas de inteligibi-

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lidad del proceso histórico. Además, el ejercicio mismo de la historiografía es


una función política. En su Ensayo sobre Rosas, de 1935, Julio Irazusta lo
expresa acabadamente: “Es casi inevitable -escribe- hacer política cuando
se hace historia. El que no se ha formado un criterio definido sobre la políti-
ca de un país, difícilmente podrá comprender los fenómenos históricos del
mismo”.
En otras palabras, lo que los hermanos Irazusta dicen es que el escánda-
lo que acaba de ocurrir con la firma del tratado es un escándalo político. Y
lo es porque el sector gobernante ha puesto sus intereses agroexpor tadores
por encima del bien común. Pero no porque la economía agroexpor tadora en
sí resulte cuestionable. En realidad, en el libro se dice que sería convenien-
te para la Argentina contar con cier to desarrollo industrial, sobre todo para
crear fuentes de trabajo, pero con una “tendencia a la armonía económica
entre la manufactura y los productos fáciles del agro argentino”. O sea, que
en este terreno no van más allá de la concepción del ministro Federico Pine-
do, ese ex socialista que forma par te del Par tido Socialista Independiente y
que termina formando par te del gobierno del general Justo. Es él quien co-
mienza cier to proceso de sustitución de impor taciones, pero expresando que
frente a la caída de los términos que regulaban el mercado internacional, al
lado de la rueda mayor agropecuaria argentina tiene que crearse una “rueda
menor” industrial, es decir, la industrialización aparece no como un proyecto
estratégico o dominante, sino como acompañando los efectos más gravosos
de la crisis, junto con el mantenimiento del predominio de la economía
agroexpor tadora tradicional.
Un punto de par tida de la argumentación de los Irazusta reside en el pos-
tulado de que la Argentina es “un país que no depende de ningún otro”, y
que por eso puede encarar con serenidad la perspectiva de las más peligro-
sas coaliciones y mantener su independencia. Si esto fuere así, esto es, si
no existen razones geopolíticas o económicas que determinen el estableci-
miento de relaciones de dependencia con otras naciones, pero al mismo
tiempo el pacto Roca-Runciman viene a develar esa relación de dependencia
respecto de Gran Bretaña, la explicación a esa asimetría debe buscarse, otra
vez, en el terreno de la política. O mejor dicho, de un determinado tipo de po-
lítica, tipo de política que no nace con el pacto recientemente firmado, sino
que se hunde tan lejos en el pasado nacional que en rigor se confunde con
la configuración misma de la Argentina. Y decir que se identifica con la con-
figuración misma de la nación, significa, para los Irazusta, que se identifica
con el momento fundacional de la Argentina liberal. Ese momento lo colocan
en el período rivadaviano y más específicamente en 1825, año en que Riva-
davia firma el pacto con Inglaterra para el pago de la deuda. Establecen así
una filiación entre aquel pacto y el presente, y esa filiación es eminentemen-
te política, tal como lo vemos en la siguiente cita: “es por fidelidad a un he-
cho político, no a un principio económico, que el tratado de 1933 continúa el
de 1825. En efecto, es la dependencia argentina de Inglaterra, no la liber tad
de comercio, lo que ambos establecen”. Y si ésa es la consecuencia del tra-
tado de entonces, lo que ellos consideran la base del error de Saavedra La-
mas (el ministro de Relaciones Exteriores argentino en aquel momento) nos
ilustra muy precisamente acerca de aquella prioridad acordada por nuestros
autores a la política. Ya que el error de Saavedra Lamas consistió en creer
que “la política de los países es materia para la teorización jurídica, y no que
la teorización jurídica sea el instrumental de la política”. Y esta afirmación

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desemboca en un enunciado de características generales o programáticas:


“En lo referente al crédito exterior se puede asegurar que la política rige a la
economía.”
Sobre ese razonamiento se instala la impugnación fundamental, que es
el enjuiciamiento a una elite que no ha estado a la altura de los intereses
nacionales. Y para dar cuenta de este defecto, La Argentina y el imperialis-
mo británico apela a una serie de argumentaciones que en realidad pueden
rastrearse hasta en la generación del 37. Se trata de impugnaciones de cor-
te romántico-populista que cuestionan el conocimiento abstracto, libresco,
de la realidad. Para designarlos, Napoleón Bonapar te había acuñado una ex-
presión: son los idéologues, los “ideólogos”, esto es, intelectuales a quienes
su doctrinarismo, su teoricismo, el ejercicio de su razón abstracta, ajena a la
experiencia, los aleja de la realidad, los aleja de la verdadera realidad. (Otro
término que formará par te del léxico populista posteriormente, y que vamos
a encontrar en autores como Ar turo Jauretche o Hernández Arregui, es uno
análogo tomado de la tradición rusa: intelligentzia.) Los Irazusta toman en un
pasaje, como ejemplo de este saber abstracto, al introductor de la reformas
borbónicas, modernizadoras, en el mundo hispano colonial: Carlos III, carac-
terizado como el que aplicó “la ideología a la cosa pública”. La característi-
ca más notable de este sector o de este “tipo” humano y político es preci-
samente su “impermeabilidad a las luces de la experiencia”.
Sobre la base del señalamiento de ese error de Rivadavia, que trataba de
fundar instituciones perfectas y no una gran nación, se reinstala entonces la
contrapar tida positiva: don Juan Manuel de Rosas, “un hombre que sobre te-
ner el arrastre popular de los caudillos provinciales y el patriotismo inflama-
do de un San Mar tín o un Dorrego, tenía tan férrea voluntad para el bien de
la Patria como los rivadavianos para el mal, y era más inteligente y culto que
todos ellos juntos”. Más culto en el sentido de que “no era pueblerino como
Rivadavia, sino hombre de campo que sabe cómo se ata una carreta”. En La
Nueva República del 31 de enero de 1927 Rodolfo Irazusta escribió un ar tí-
culo, del cual el siguiente párrafo es útil para entender algunas de las matri-
ces más profundas de esta estructura de pensamiento. Dice así: “En todas
las grandes civilizaciones el médico o el curial han sido subordinados del se-
ñor agrario, que la naturaleza de las cosas ha hecho para dirigir y gobernar
[...] La democracia odia la riqueza con nombre, que honra y obliga a su po-
sesor, que establece la natural jerarquía. Prefiere el capital anónimo, el dine-
ro vagabundo y sin entraña”.
Queda así instalada una tipología para caracterizar dos tipos de elites:
una, denostada por los Irazusta, que es la de los letrados abstractos y libres-
cos, y otra, la alabada, conformada por los hombres dotados de un saber
práctico y capaces de instalar una correcta relación entre clase dirigente y
pueblo. En cambio, el predominio del “tipo rivadaviano” va a determinar que
“el patriciado argentino” desaparezca de la vida pública como factor prepon-
derante, y entonces “el principio aristocrático de los ser vicios prestados al
país es sustituido por el favor del extranjero”. Lo que ven renacer entonces
desde su propio presente de los años 1930 es justamente ese “tipo rivada-
viano”, tipo tanto más peligroso para los intereses nacionales en la medida
en que ese presente es una época en que el mundo experimenta una formi-
dable ruptura económica debido al peso de la crisis y al resurgimiento de los
nacionalismos y los imperialismos. De allí, la necesidad de lanzar un grito de
aler ta, y ese grito tiene la forma de la memoria histórica: para los Irazusta

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es preciso recomponer el hilo de la historia de la dependencia argentina, que


se identifica con la historia de esa aristocracia devenida oligarquía, que va a
ser la historia misma del liberalismo argentino. Es preciso, entonces, reha-
cer la verdadera historia, ya que el liberalismo no sólo construyó material-
mente una historia opuesta a los intereses nacionales, sino que luego cons-
truyó un relato historiográfico destinado a autojustificarse, y, por ende, ese
relato debía resultar falso. Ya “esa montaña de errores” que se llama Riva-
davia ha sido escamoteada por esa historiografía. Esa tarea de falsificación
no ha sido por lo demás sólo un recurso librado a la retórica y al relato. Ha
habido –dicen- una falsificación literal, material, decidida en el ocultamiento
de documentos. Lean la siguiente frase del libro: “Andrés Lamas (abuelo de
nuestro canciller) expurga los archivos históricos”. Aquí la continuidad de la
traición se ha conver tido ya en una continuidad de familias, de linajes.
Por eso, es que para responder a la pregunta del por qué del tratado Ro-
ca-Runciman (al que Jauretche llamará desde su óptica nacional-populista
“el estatuto legal del coloniaje”), los hermanos Irazusta consideran nece-
sario reconstruir la historia de la oligarquía argentina. Es esa historia la
que ha desembocado en el desventajoso tratado con Gran Bretaña, porque
“la posición de nuestros recientes negociadores –dicen- estaba determina-
da por la historia”. Y –como vimos- esa historia comienza antes de 1852,
antes de Caseros. Está dicho explícitamente, y de un modo que ilustra cier-
ta matriz del pensamiento de los Irazusta: “”En cuanto es posible fijar con
precisión el nacimiento de los seres morales, la oligarquía argentina vio la
luz el 7 de febrero de 1826”, con la presidencia de Rivadavia. Porque –y
esto es impor tante- Rivadavia encarnó el progreso, impulsó el progreso, pe-
ro ocurre que el progreso resultó opuesto a la independencia, a la sobera-
nía nacional.

Rivadavia estaba dispuesto a sustentar avances en el


terreno civil y económico “que le parecían más impor-
tantes que “la existencia política de la nación”. “Aque-
llos hombres cultísimos –prosigue el libro-, que habían
impuesto despóticamente el progreso, provocaron la
ruina de la patria”. Ésta es una clave de la interpreta-
ción de los Irazusta.

El libro termina diciendo: “dada la historia que hemos narrado, el empleo


de los oligarcas en la diplomacia era lo menos indicado, y su compor tamien-
to difícilmente podía diferir del que ha sido”. Es decir, es una clase que ha
desviado su destino nacional y el pacto es una consecuencia de esa traición
de la clase dirigente. De ahí en adelante el mensaje es claro: se trata de lo-
calizar una nueva clase dirigente que, desde la política, reinstale criterios de
soberanía nacional. Uno podría decir: es una reflexión sobre las elites que
se distingue claramente de la argumentación populista, Acá no hay ningún re-
clamo a las masas, ni ningún reclamo de reconocimiento de las masas, co-
mo sí lo va a haber en el nacionalismo populista de Jauretche. Acá se trata
de una clase dirigente que se ha separado de los intereses nacionales. En
el caso del nacionalismo populista es una clase dirigente que se ha divorcia-
do de los sentimientos populares y de los intereses populares.

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Por fin, lo que los argentinos conocen en el presente es así “la historia
falsificada por los emigrados y difundida por los maestros exóticos de recien-
te impor tación”. Aquí puede verse cómo se construyen dos enemigos de la
visión nacionalista: los “unitarios”, los letrados abstractos y antinacionales,
por una par te, y la inmigración por la otra. De la conjunción de estos males
es fácil inducir la figura que encarnará al anti-Rosas, y por consiguiente al
candidato en ascenso para ser el depositario de todos los males nacionales:
Domingo Faustino Sarmiento, esa –dicen- “caricatura de Estados Unidos, pe-
ro despojada de orgullo, de potencialidad, de ambición”. La sustitución de la
aristocracia por la oligarquía trajo así como consecuencia la promoción de di-
versas medidas y estrategias reñidas con la verdadera nacionalidad: la en-
señanza laica, el anticriollismo, el antihispanismo, el privilegiamiento de las
ciudades frente al campo, el predominio de los políticos profesionales. De
allí que el libro alcance su realización cuando obser va esos antivalores for-
mando par te de la constelación de ideas y creencias de Julio Roca (h), jefe
argentino de la delegación negociadora con Runciman. “El jefe de nuestra de-
legación –leemos en el libro de Julio y Rodolfo Irazusta- renegaba de la tradi-
ción colonial y del período del gobierno rosista, como si creyera que en el pri-
mer caso no había Estado argentino y que, en el segundo, el gobierno esta-
ba idealmente repar tido entre los emigrados residentes en Chile, Uruguay y
Brasil. No podía pues decirles a los ingleses que su deseo de inver tir capi-
tales en nuestro suelo era anterior a ningún llamado, puesto que desde tem-
prano dieron famosos aldabonazos en nuestra puer ta, y al fracasar con los
cañones volvieron con la sonrisa, sin condiciones de ninguna especie”.
Quedaría así propuesta una lectura de la historia argentina que inver tía el
panteón de la historiografía liberal y que se fundaba sobre otros valores que
los de esa tradición. La historia había sido, así, revisada y explícitamente ins-
talada en el centro de un debate político. Hacer historiografía es entonces una
función política, a veces casi podría decirse que imaginada como idéntica a la
política. La repercusión de esta versión, con sus argumentaciones, sus ideo-
logemas, hasta su estilo polémico, fue realmente muy alta en sectores socia-
les amplios en nuestro país. El “revisionismo histórico”, se convir tió en una
suer te de “sentido común” de los argentinos, o de numerosos argentinos, a
la hora de obser var su propio pasado. Finalmente, lo que los hermanos Ira-
zusta proponían era no sólo una revisión de ese pasado. Era la denuncia de
una elite divorciada del país y separada de la plebe. De allí en más, propon-
drán la búsqueda de una nueva jefatura espiritual y política que garantice un
nuevo encuentro entre clase dirigente y pueblo. Pero ésa ya es otra historia
que desborda los marcos temporales fijados para esta unidad y este curso.

4.4. El marxismo de Aníbal Ponce

En cambio, vamos a abordar ahora un pensamiento construido en el otro


extremo del arco ideológico que acabamos de visitar. De esa manera, tendre-
mos la posibilidad de ver una cur va cultural que nos vuelve a conectar con
el pensamiento del progresismo argentino, hasta el punto de que en Aníbal
Ponce (puesto que de él se trata) encontramos un punto de ar ticulación que
viene de la cultura científica, pero que ahora introduce categorías adoptadas
del marxismo y estímulos políticos provenientes de la izquierda comunista
mundial.

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Aníbal Norber to Ponce nació en la ciudad de Buenos Aires en 1898 y mu-


rió en México en 1938. Huérfano de padre y madre a temprana edad, reali-
zó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Buenos Aires, mientras
trabajaba para su sustento y el de su hermana. Luego de un intento frustra-
do de cursar medicina, orientó su formación autodidáctica hacia la psicolo-
gía y la crítica literaria. Ingresó en 1920 a dictar Psicología en el Instituto Su-
perior del Profesorado Secundario y par ticipó de la Revista de Filosofía, crea-
da y dirigida por José Ingenieros. A la muer te de éste, Ponce lo sucedió en
dicha conducción, hasta la desaparición de la revista. Prosiguió desplegando
una intensa actividad político-cultural, tanto mediante la publicación de la re-
vista Dialéctica como en proyectos guiados por su adhesión al movimiento
comunista internacional. En 1936 fue cesanteado de sus cargos docentes
por motivos políticos. Se exilió en México, donde murió poco después, a los
cuarenta años de edad, como consecuencia de la mala praxis médica de
quien lo asistió por heridas sufridas en un accidente de carretera.
Como vemos, esta cur va biográfica tan brevemente expuesta habla de
cambios notorios en el contexto argentino e internacional respecto de los an-
teriores intelectuales analizados. Y en efecto, dicha cur va biográfica resulta-
ría impensable sin el contexto de la revolución rusa y de la expansión de su
influencia, así como del marxismo, hacia la región latinoamericana. Justa-
mente, durante el período productivo de Ponce (desde la década de 1920
hasta su muer te), la presencia de la revolución rusa, del programa comunis-
ta internacional y del marxismo en su versión leninista irá ganando terreno
en América Latina y también en la Argentina. Manifestación de esta crecien-
te presencia es la realización en 1929 de dos congresos –uno en Buenos Ai-
res y otro en Montevideo- organizados por la rama sudamericana de la Inter-
nacional Comunista. Esto que llamo “creciente presencia” no debe empero
ser exagerado, teniendo en cuenta que el Par tido Comunista argentino en las
elecciones de fines de la década del ’20 no alcanza al uno por ciento de los
votos. Pero junto con esto, hay que recordar que esta presencia va a ser ma-
yor entre sectores de la intelectualidad de izquierda, dentro de la cual encon-
traremos a Ponce. Pero cuando lo encontremos, Ponce habrá atravesado por
una experiencia intelectual que lo inscribe dentro de una tradición par ticular,
y en esa tradición par ticular par ticipa de la creencia de que marxismo y co-
munismo forman par te de un desarrollo más que de una ruptura tanto con
la cultura liberal como con el sistema económico-social argentino.
Para ubicarnos en esa trayectoria, podemos dividir la producción de Pon-
ce en tres etapas. La primera, nos muestra una serie de textos ubicables
dentro de la herencia de la generación del 80, esto es, adoptando el legado
del liberalismo y trabajados dentro de cánones de la cultura científica. Abar-
ca desde los primeros escritos juveniles hasta La vejez de Sarmiento, de
1927. La segunda, entre 1918 y 1932, donde se opera un desplazamiento
hacia posiciones de cor te socialista y marxista. Abarca desde su ar tículo
“Examen de conciencia” hasta “Sarmiento, constructor de la nueva Argenti-
na”. Y la tercera y última, donde hay una asunción sistemática del marxismo,
que va desde 1933 con el “Elogio del Manifiesto Comunista” hasta el final
de su vida.
En la primera etapa, su adhesión a los logros de la generación del 80, tan-
to política como culturalmente, incluye compar tir con ella el modelo adopta-
do: la cultura francesa. Y dentro de ella, algunos intelectuales-faros que Pon-
ce mantiene como válidas fuentes teóricas. Uno de ellos, sin duda central,

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va a ser Hyppolite Taine. En una nota que publicó en la Revista de filosofía,


en 1928, reconoce que el escritor francés fue “una de las admiraciones más
fer vorosas de mi juventud”. Ese deslumbramiento estuvo centrado –según lo
relata el mismo Ponce- en la tesis tainiana (puesta en práctica en la Historia
de la literatura inglesa y en la Filosofía del ar te) acerca de “la posibilidad de
analizar la literatura de un pueblo como un indicio seguro de su psicología”,
con lo cual “el fenómeno estético dejaba de ser la creación milagrosa de que
hablaba el romanticismo para conver tirse en un simple fenómeno natural so-
metido a leyes”. Como pueden ver, la fascinación ponceana se inscribe den-
tro de su adhesión a los cánones de la cultura científica. Por cier to que en
ese año de 1928 no dejará de reprocharle a Taine haberse encerrado en su
torre de marfil ante los sucesos revolucionarios de la Francia del siglo XIX,
así como haber dado una versión “pequeño-burguesa” de la Revolución Fran-
cesa en Los orígenes de la Francia contemporánea. Pero de todos modos ce-
rrará su homenaje aconsejando a los estudiantes tener siempre sobre sus
escritorios el busto de Voltaire sobre el libro de Taine Los filósofos clásicos.
Recuerda asimismo la influencia a su entender benéfica que Taine ejerció
sobre algunos intelectuales del 80 como Groussac, José María Ramos Mejía
o Juan Agustín García. Esta aceptación de un modo de ver la realidad nacio-
nal desde estos parámetros coincide en Ponce con una profunda hispanofo-
bia que lo lleva a renegar de toda la tradición española. En este aspecto, es
notable ver que nuestro autor continúa la que había sido la línea dominante
de la elite liberal argentina hasta 1890, pero que a par tir de entonces co-
mienza a virar hacia posturas hispanistas (es el caso, entre otros, de Ernes-
to Quesada y luego de Manuel Gálvez). En este sentido, es como si el lega-
do liberal más claro comienza a pasar a quienes van a integrar el campo de
la izquierda argentina en formación.
Asimismo, aún en una fecha tan tardía, podría decirse, como 1923 (te-
niendo en cuenta la existencia para entonces de una ya larga reivindicación
criollista), Ponce sigue adherido a lineamientos que ya ni su maestro Ingenie-
ros sustentaba. Escribe en la revista Nosotros que existen en la Argentina
dos civilizaciones en conflicto: “una indio-gaucho-mulata; otra, blanca-euro-ar-
gentina. La primera, destinada a desaparecer por su nulidad evidente, man-
tiene con algún vigor sus tradiciones oscuras, sus gustos plebeyos, su odio
al extranjero, sus estrechos sectarismos”. Y concluye: “Blancos, europeos y
argentinos, nos sentimos [...] herederos de la tradición greco-latina, magnífi-
ca en su claridad y elegancia”.
Entonces va a comenzar asimismo su acercamiento a posiciones socialis-
tas, concibiendo al socialismo no como antagónico sino como complementa-
rio o continuador del modelo liberal reformista. Pero ya a mediados de la dé-
cada del ’20 revela la dificultad para colocarse en posiciones más eclécti-
cas. “Los tiempos posteriores a la guerra –escribe- han llevado a los extre-
mos; no hay par tidos de equilibrio, de discreción o de prudencia: o la dere-
cha del ‘facio’ o la izquierda de la hoz y el mar tillo”.
El momento en que comienza a producirse ese pasaje hacia las nuevas
posiciones es –como he dicho- su ar tículo “Examen de conciencia”, una con-
ferencia de 1928 destinada a examinar la revolución de Mayo, pero que sir-
ve como motivo para brindar su versión de la historia argentina. Por un lado,
Ponce mantiene aquí su caracterización eurocéntrica, es decir, su visión de
la Argentina como un país cuyas clases dirigentes triunfantes cumplieron con
la tarea de incluirlo dentro de la esfera europea como modelo. Esto que lla-

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mo “esfera europea” no incluye naturalmente a España, y la Argentina se be-


neficia así según Ponce, respecto de otras naciones hispanoamericanas, por
haber recibido menor influencia hispánica y por haber mantenido la forma-
ción de su nacionalidad separada del elemento indígena y del componente
mestizado que configuró al gaucho. Descripto éste en términos terminante-
mente descalificatorios para integrarse a la civilización, Ponce celebra enton-
ces el apor te inmigratorio como un nuevo punto de par tida para el progreso
argentino.
Esta celebración del proyecto del 80 (o de lo que él interpreta como el pro-
yecto del 80) contiene ahora sí una torsión marxista, dentro de un razona-
miento que durante mucho tiempo resultará recurrente en el pensamiento co-
munista. Las “tareas” históricas por desarrollar siguen siendo las que se de-
finen en torno del ideal civilizatorio proveniente del legado del Renacimiento
y de la ilustración, pero esas tareas que antes fueron llevadas a cabo por la
burguesía, ahora –ante la incapacidad de ésta- deben pasar a ser asumidas
por la clase obrera, por el proletariado. Se trata, en suma, no de la variación
de un programa sino del ejecutor del programa. Por eso Ponce puede mante-
ner intacto, aún en 1932, el panteón liberal, el listado de los “padres de la
patria”, porque los ve como formando par te de la empresa burguesa de cons-
trucción de la nación cuando la burguesía era la clase destinada a hacer
avanzar la historia. Del mismo modo, establecerá una ver tiginosa continui-
dad entre la revolución de Mayo y la revolución rusa, al sostener que los idea-
les de esta última son “los mismos ideales de la Revolución de Mayo en su
sentido integral”.
Sobre la formación del pensamiento de Ponce pesa asimismo, de mane-
ra expresa, la influencia y los acontecimientos de la Reforma Universitaria.
En un ar tículo de 1927 refirma esta circunstancia, y resulta interesante reen-
contrar allí la idea compar tida por muchos jóvenes intelectuales de que per-
tenecían a una suer te de "generación de 1914", en la medida en que –co-
mo cita Ponce- la guerra fue “la gran liberatriz”. Sobre los restos del desas-
tre europeo, la Reforma Universitaria es vista por Ponce como la traducción
de los procesos revolucionarios que asoman desde Oriente y se proyectan
ahora sobre la Argentina. Pero –sigue Ponce- para 1923 la reforma estaba
exhausta y había caído en manos conser vadoras. Y justamente allí, introdu-
ce una valoración que nos permite medir la distancia que lo separa de otros
jóvenes de la reforma –y de la dirección del movimiento estudiantil- que sí ad-
herían a los estímulos teóricos propagados por el espiritualismo y el vitalis-
mo. En cambio, para Ponce los jóvenes universitarios carecieron de una teo-
ría adecuada o, peor aún, tuvieron por buena -dice- “las enseñanzas del ‘no-
vecentismo’, la ‘nueva sensibilidad’, la ‘ruptura de las generaciones’”; en fin,
toda una serie de vaguedades que “lo mismo podían ser vir a un liberalismo
discreto que a una derecha complaciente”. En este ar tículo escrito en un pe-
ríodo de fuer te obrerismo dentro del comunismo internacional, Ponce en-
cuentra por eso la explicación de lo que considera el fracaso de la reforma
en el carácter “pequeñoburgués” de los estudiantes. “El obrero, por eso, lo
miró con simpatía pero sin fe”. Y es que en esa etapa Ponce reitera que no
hay espacio para los matices. “La guerra europea –concluye-, que aceleró la
decadencia de la sociedad capitalista, ha planteado los problemas actuales
en términos extremos: o burgués o proletario”.
En este camino, los dos escritos que marcan su adhesión ya nítida al mar-
xismo son el ar tículo “Elogio del Manifiesto Comunista” y el libro Educación

152
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

y lucha de clases, de los años 1933 y 1934. Al año siguiente reforzará es-
tas adscripciones con su viaje a la URSS, adscripciones que incluían natural-
mente ubicarse dentro del marco de influencias del comunismo internacional
liderado por la Unión Soviética y, en el plano nacional, por el Par tido Comu-
nista. Cuando esto ocurre, la Internacional Comunista (o Comintern o III In-
ternacional) está atravesando por lo que se denomina su etapa de “clase
contra clase”, definida en su VI Congreso, de 1928. Dicho rápidamente, es-
ta posición par te de una caracterización de máximo enfrentamiento intercla-
sista, que determina que los par tidos comunistas no deben establecer nin-
gún tipo de alianzas con sectores burgueses, ni aun con la socialdemocra-
cia, considerada una aliada objetiva de los regímenes burgueses y aun de
los reaccionarios y de los fascistas. Como ha escrito un historiador de la III
Internacional, Aldo Agosti, una lectura simplista y economicista del capitalis-
mo llevó a la Comintern a ver sólo dos alternativas: o la dictadura terrorista
de la burguesía (con lo que se identificaba al fascismo) o la dictadura comu-
nista del proletariado. Al aplicar, por ejemplo, esta caracterización a la situa-
ción local, el Par tido Comunista argentino declaraba en agosto de 1928 que
“el gobierno de Yrigoyen es el gobierno de la reacción capitalista, como lo
demuestra su política represiva, reaccionaria, fascistizante, contra el proleta-
riado en lucha”.
Compar tiendo esta orientación general, Aníbal Ponce seguirá denuncian-
do a las burguesías latinoamericanas en su conjunto por su carácter atrasa-
do y dependiente del imperialismo inglés. Por esto último, ya no son burgue-
sías “nacionales” en el sentido de que no encarnan los intereses de la na-
ción, y por eso las “tareas nacionales” deben pasar a manos del proletaria-
do. Y al mirar hacia la socialdemocracia local, cuestionará tanto a la tradi-
ción teórica socialista representada por el libro Teoría y práctica de la histo-
ria, de Juan B. Justo, como la actuación de destacados políticos del Par tido
Socialista. Asimismo compar tirá la visión catastrofista de la III Internacional,
que realizaba un análisis económico del cual extraía la conclusión del inmi-
nente derrumbe del sistema capitalista mundial. En definitiva, piensa, el fas-
cismo no es más que una manifestación de esa decadencia, que le permite
mantener el poder sólo por vía coercitiva. Éste es un punto interesante res-
pecto del modo como se definía la situación imperante dentro del campo co-
munista y de la izquierda en general. Piensen ustedes que ante el fenómeno
fascista esta interpretación que Ponce compar te es la dominante dentro de
la Comintern, esto es, que el fascismo es un fenómeno apoyado fundamen-
talmente en el terror implantado desde el Estado. Será el comunista Antonio
Gramsci quien dará la otra versión de ese fenómeno, y para eso se valdrá de
una lectura del marxismo que atiende a los fenómenos “superestructurales”
de la cultura. De este modo, se planteará el problema de la hegemonía, es
decir, del modo como el fascismo se valió no sólo de la coerción sino, sobre
todo, de una adhesión activa de las masas italianas sobre la base de haber
implantado fuer temente una serie de consignas e ideas. Es interesante ano-
tar que el marxismo de Gramsci es un marxismo que dialoga con las filoso-
fías espiritualistas de la época (con Benedetto Croce, por ejemplo), mientras
que el marxismo que Aníbal Ponce entona sigue adherido a las matrices del
intelectualismo cientificista. Por eso, cuestiona el pensamiento de Henri
Bergson calificándolo de místico, irracionalista y por ende reaccionario, y res-
cata al Marx entroncado con la ilustración y, en definitiva, el positivismo o la
cultura científica. De todos modos, y para no confundir, debo agregar que los

153
Universidad Virtual Quilmes

famosos Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, recién serían conocidos en la


segunda posguerra.
Siguiendo con nuestro desarrollo, sabemos que, por diversos motivos
(dentro de los cuales el principal fue la derrota de la izquierda alemana y el
ascenso de Hitler al poder), en 1935 la III Internacional dio un viraje en su
“caracterización de la etapa”, como se decía, clausurando su etapa de “cla-
se contra clase” y abriendo una línea que desembocaría en la concepción de
los “frentes populares”. Se señaló entonces como central la contradicción
fascismo-antifascismo, y por consiguiente, la necesidad de subordinar toda
política de alianzas a la lucha contra el fascismo. De allí que apareció como
legítimo y necesario los establecimientos de alianzas con fuerzas hasta ayer
consideradas enemigas: los par tidos socialdemócratas, las fuerzas burgue-
sas antifascistas, los defensores de los valores democráticos. El Par tido Co-
munista argentino se plegó a ese cambio estratégico, y en 1935 produjo un
documento en el cual sostenía que “el camino argentino para llegar a ese
gran frente nacional antimperialista es llegar ya ahora a un acuerdo entre to-
dos los par tidos de oposición sobre la base de un programa común de de-
fensa de las más amplias liber tades democráticas”.
Para nuestros fines, es impor tante indicar que junto con este reposiciona-
miento, el movimiento comunista internacional adoptó una actitud de acerca-
miento hacia los intelectuales, contrastante con la del período anterior, ca-
racterizado por posiciones de marcada desconfianza hacia las presuntas
desviaciones “pequeño burguesas” de los intelectuales. Este acercamiento
determinó la aparición de una serie de instituciones encargadas de agrupar
a intelectuales provenientes de otros arcos del espectro ideológico y políti-
co, pero unidos por su común voluntad antifascista. En la Argentina, una de
ellas fue la Agrupación de Intelectuales, Periodistas y Escritores (AIAPE), de
la cual Aníbal Ponce fue presidente a par tir de 1935.
En estos últimos años de su vida es cuando aparecen algunas posiciones
que relativizan su anterior lectura del marxismo tan estrechamente ligada a
la matriz cientificista. También algunas consideraciones donde surge el indi-
cio de que había comenzado una revisión de su anterior comprensión del pa-
sado nacional, comprensión que había aceptado sin fisuras y aun extreman-
do la dicotomía civilización-barbarie como clave interpretativa de todo ese pa-
sado. De esa manera, ya en su exilio mexicano escribe que tanto Alberdi co-
mo Sarmiento deben ser reconocidos por su apor te a lo que considera la lu-
cha contra el “feudalismo”, pero en tanto intérpretes de la burguesía liberal
son insuficientes en “la actual etapa de la revolución agraria y antimperialis-
ta”. Más significativo aún es su viraje respecto de la visión de la figura del
gaucho. Porque aquí va a pasar de aquel cuestionamiento radical en clave
biologista, que hemos señalado antes, a otra posición donde incluso Juan
Moreira (ya no digamos Mar tín Fierro) pasará a encarnar “las protestas toda-
vía inconscientes de las masas populares contra el capitalismo imperialista
que las trituraba”.
Estas últimas variaciones pueden detectarse en una serie de sus últimos
escritos, agrupados con el título de “La cuestión indígena y la cuestión nacio-
nal”, que publicó en el diario El Nacional de México entre fines de 1937 y prin-
cipios de 1938. Describe allí en los términos circulantes dentro de la comin-
tern el tema de “la cuestión nacional”. Aclara así que la cuestión nacional se
dirimió primero dentro del orden capitalista, como necesidad de las burgue-
sías de llevar adelante los procesos de unificación nacional. Pero ahora, en

154
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

su presente, la existencia del fenómeno imperialista ha determinado que la


lucha por la soberanía nacional pase a manos del proletariado.
Las demandas nacionales de Irlanda, de Polonia o de Finlandia -prosigue-
formaban par te de la cuestión nacional “civilizada y culta”. Pero ahora ha
aparecido otra cuestión nacional, “incivilizada e inculta” que se agita en Asia,
África y América Latina. Obser ven ustedes que el tono y cier to contenido del
discurso de Ponce ha iniciado un proceso de giro. La palabra “civilizada” es-
tá utilizada en sentido crítico e irónico, y la apelación es a las masas ya no
de Europa sino de los países coloniales o dependientes del imperialismo.
Además, el mismo Ponce, que había adherido a ideas de cor te racial para im-
pugnar la figura del gaucho, ahora se torna en un crítico de aquellas “burgue-
sías europeas” que para redondear sus negocios debían condenar a muer te
en las colonias a los indios, los negros, los amarillos.
Las clases obreras europeas, además, como la inglesa y alemana, con
sus respectivos par tidos socialistas, han sufrido la pérdida de su espíritu
combativo por haberse beneficiado del proceso encabezado por sus respec-
tivas burguesías. Esas “aristocracias obreras”, según los términos de la épo-
ca, mal pueden verse como aliadas de las clases oprimidas del mundo colo-
nial. Finalmente, al referirse a la situación de las masas indígenas en toda
América, pero también en la Argentina en el siglo XIX, Ponce de hecho relati-
viza su juicio enteramente favorable al proyecto liberal, ya que –termina di-
ciendo- los intereses de la burguesías nacional determinaron el exterminio
de los indios.
Es muy posible que estas modificaciones tengan que ver con el nuevo
contexto de Ponce, esto es, el México de fuer tes canteras indígenas pero
además el México cardenista en donde el movimiento indigenista alcanzaba
por entonces un desarrollo realmente considerable. Sea como fuere, la tem-
prana muer te de Ponce cerró el curso de ese eventual nuevo camino.

Analice la siguiente frase del libro de Julio y Rodolfo


Irazusta que hemos comentado: “Aquellos hombres
cultísimos que habían impuesto despóticamente el
progreso, provocaron la ruina de la patria”. Establezca
las relaciones que pueden argumentarse en la relación
progreso-patria (o nación).

Irazusta, Julio y Rodolfo. La Argentina y el imperialismo británico. Los eslabo-


nes de una cadena, Tor, Buenos Aires, 1934.
Barbero, María Inés, y Devoto, Fernando. Los nacionalistas, Centro Editor de
América Latina, Buenos Aires, 1983.
Ponce, Aníbal, antología de sus textos en Terán, Oscar. Aníbal Ponce: ¿el mar-
xismo sin nación?, Cuadernos de Pasado y Presente. Siglo XXI, Méxi-
co, 1983.

155
Universidad Virtual Quilmes

Referencias bibliográficas

Barbero, María Inés, y Devoto, Fernando. Los nacionalistas, Centro Editor de


América Latina, Buenos Aires, 1983.
Bobbio, Norber to, y Matteucci, Nicola. Diccionario de política, Siglo XXI, Méxi-
co, 1981.
Ingenieros, José. El hombre mediocre, vs. eds.
Irazusta, Julio. Genio y figura de Leopoldo Lugones, Eudeba, Buenos Aires,
1968.
Lugones, Leopoldo e Ingenieros, José (directores). La Montaña. Periódico so-
cialista revolucionario [1897], Universidad Nacional de Quilmes, Bue-
nos Aires, 1996.
Lugones, Leopoldo. La guerra gaucha, 1905, vs. eds.
-.-, La torre de Casandra, Atlántida, Buenos Aires, 1919.
-.-, Los tiempos nuevos, vs. eds.
-.-, Mi beligerancia, Otero y García, 1917.
-.-, Prosas, Editorial Losada, Buenos Aires, 1992.
Ponce, Aníbal. Obras completas, revisadas y anotadas por Héctor P. Agosti,
Editorial Car tago, Buenos Aires, 1974.
Sarlo, Beatriz. Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, Nue-
va Visión, Buenos Aires, 1988.
Terán, Oscar. Aníbal Ponce: ¿el marxismo sin nación?, Cuadernos de Pasado
y Presente, Siglo XXI, México, 1983 (reproducido en: En busca de la
ideología argentina, Catálogos, Buenos Aires, 1986).
Zuleta Álvarez. El nacionalismo argentino, Ed. La Bastilla, Buenos Aires,
1975.

Cronología

Esta cronología tiene como única función brindar una serie de datos, so-
bre todo culturales, para que ustedes tengan algunas referencias que les
permitan ubicar cier tos acontecimientos y así tener una idea más general so-
bre los períodos considerados en el curso. Ha sido realizada sobre la base
de las cronologías de la Biblioteca Ayacucho, de Venezuela, a la que se les
han agregado otras cronologías de diversos orígenes, así como de fichajes
cronológicos personales. Obviamente, el listado no sólo no es exhaustivo, si-
no que para que dichos datos tengan cabal sentido deben ser ar ticulados a
través de un relato historiográfico. Con ese objetivo, recomiendo la Historia
Argentina dirigida por Halperin Donghi y editada por Paidós, la Historia argen-
tina contemporánea de Luis Alber to Romero publicada por el Fondo de Cul-
tura Económica y la Nueva historia argentina, que está siendo editada por
editorial Sudamericana.

156
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1880 Revolución derrotada de Carlos Te- H. Taine: Filosofía del ar te. E. Zola:
jedor en Buenos Aires. Presidencia Naná. Maupassant: Bola de Sebo.
de Roca. Acrecentamiento de inver- Menéndez Pelayo: Historia de los
siones inglesas. Federalización de heterodoxos españoles (-82). Rodin:
Buenos Aires. El pensador.

O. V. Andrade: El nido de cóndores.


Florentino Ameghino: La antigüedad
del hombre en el Plata. J. M. Ra-
mos Mejía: La neurosis de los hom-
bres célebres en la historia. Buenos
Aires recibe los restos de San Mar-
tín. Muere Estanislao del Campo.

1881 Tratado de límites con Chile. Crea- Renoir: El almuerzo de los remeros.
ción de moneda única para todo el F. de Saussure enseña lingüística
país. Ley de aduana. Consejo Na- en la Escuela Práctica de Altos Es-
cional de Educación. Ser vicio tele- tudios de París (-91). Muere Carlyle
fónico. Venta por ley de territorios
conquistados al indio: incremento
de latifundios. Fiebre especulativa.

Lucio V. López: Recuerdos de viaje.


José Hernández: Instrucción del es-
tanciero. Cambaceres: Pot-pourri.
E, Gutiérrez: Hormiga negra. F. Fer-
nández: Solané. Debate Mitre- Vi-
cente Fidel López.

1882 Segunda Exposición Industrial. Se Inter vención inglesa en Egipto e


instala el primer frigorífico en San italiana en Eritrea.
Nicolás (Buenos Aires). Dardo Ro-
cha funda La Plata. El Congreso Koch descubre el bacilo de la tu-
Pedagógico enfrenta a liberales y berculosis. Charcot: experiencias
católicos. Fundación del club socia- en la Salpetrière.
lista Worwärts. Watson Hutton in-
troduce la práctica sistemática del
fútbol.

La Nación nombra a Mar tí corres-


ponsal en Nueva York.

1883 Modernización edilicia y urbanística Los franceses en Indochina y gue-


de Buenos Aires. Entre 1883/91, rra franco-china.
la devaluación de la moneda alcan-
za 332%. Emancipación del Trabajo, primera
organización marxista rusa, creada
V. F. López: Historia de la República por Plejanov y Akselrod en Suiza.
Argentina (-93). D. F. Sarmiento: Kautsky funda Die Neue Zeit. Mue-
Conflicto y armonías de las razas en re Marx.
América.
Dépez realiza el primer transpor te
Chile ocupa Arequipa. Tratado de de energía eléctrica a distancia.
Ancón, donde Perú cede Tarapacá, Nietzsche: Así hablaba Zaratustra
Tacna y Arica. (-91). Stevenson: La isla del tesoro.
Bourget: Ensayos de psicología con-
temporánea. Dilthey: Introducción a
las ciencias del espíritu. Amiel: Dia-
rio íntimo.

157
Universidad Virtual Quilmes

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1884 Concluye Campaña al Desier to, de- Spencer: El hombre contra el Esta-
salojando indios del sur. Ley de en- do. Engels: El origen de la familia,
señanza laica, gratuita y obligato- la propiedad privada y el Estado.
ria. Creación del Registro Civil. Huysmans: A contrapelo. Daudet:
Contrato para construcción del Safo. De Lisle: Poemas trágicos.
puer to de Buenos Aires según el Verlaine: Poetas Malditos. A. Gaudí:
proyecto de E. Madero. Ferrocarril La sagrada familia. Degas: Las
trasandino argentino-chileno. planchadoras.

V. F. López: La Gran Aldea. Cané:


Juvenilia. Groussac: Fruto vedado.
Zeballos: Callvucurá y la dinastía de
las piedras. Ameghino: Filogenia.
Representación circense de Juan
Moreira. Muere en París Juan Bau-
tista Alberdi.

1885 Distribución de tierras indígenas Nietzsche: Más allá del bien y del
entre jefes y oficiales de la Campa- mal. Marx: El Capital (tomo II), com-
ña al Desier to. Conflictos con Chile pilado por Engels. Andersen: Cuen-
por los límites patagónicos. Inaugu- tos. Zola: Germinal. Twain: Huckle-
ración de la Bolsa de Comercio. berry Finn. Muere Víctor Hugo.
Primeros embarques de carne en-
friada a Londres. Lucha de candi-
daturas para la sucesión de Roca.

G. Rawson: Estadística vital de Bue-


nos Aires. G. E. Hudson: La tierra
purpúrea. Cambaceres: Sin rumbo.
R. Obligado: Poesías y Santos Vega.
D. F. Sarmiento funda el diario El
Censor.

1886 Presidencia de Juárez Celman 1o de mayo: huelga de obreros de


(12/X). Grandes inversiones, incre- Chicago por jornada laboral de
mento de obas públicas, aumento ocho horas; la policía acusa de
de comunicaciones, lento predomi- atentado a sus líderes.
nio del cereal sobre la lana. Modifi-
cación de la ganadería (pasturas, Hertz descubre las ondas electro-
mestizajes) por expor tación de car- magnéticas.
ne congelada. Se sanciona la ley
de organización de territorios na- Rimbaud: Las iluminaciones. Moréas:
cionales. Código Penal y de Mine- Manifiesto simbolista. D´Amicis:
ría. Primera Exposición ganadera Corazón. Kraft-Ebing: Psicopatología
en Palermo. sexual. Stevenson: El extraño caso
del doctor Jekyll y mister Hyde.
Podestá estrena Juan Moreira. Tolstoi: Sonata a Kreutzer. Chejov:
Muere José Hernández. Sara Bern- Cuentos. Rodin: El beso.
hardt por primera vez en Buenos
Aires.

1887 Se constituye la Unión Industrial Ejecución de los cinco dirigentes


Argentina. Se funda en Buenos Ai- obreros anarquistas de Chicago.
res “La Fraternidad”, organización Gran conmoción nacional e interna-
ferroviaria gremial. Primer Censo cional.
general del municipio: Buenos Ai-
res cuenta aproximadamente con Invención del neumático.
435.000 habitantes.
D´Annunzio: Las elegías romanas.

158
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

Andrade: Obras poéticas. Cambace- Strindberg: Hijo de sir vienta. Pérez


res: En la sangre. Mitre: Historia de Galdós: For tunata y Jacinta. Van
San Mar tín. Gogh: El padre Tanguy. Debussy:
La doncella elegida.

1888 Se promulga la ley de matrimonio Strindberg: La señorita Julia. Ibsen:


civil. Fuer te desvalorización de la La dama del mar. Chejov: La este-
moneda. pa. Van Gogh: Autorretrato. Gau-
guin: El cristo amarillo. Debussy:
J. V. González: La tradición nacio- Arabescos. Rimsky-Korsakov: She-
nal. Muere Domingo Faustino Sar- herezade.
miento. Darío: Azul.

1889 Se proclama la República en Brasil Fundación de la Segunda Interna-


y Pedro II abandona el país. cional. Establecimiento del 1° de
mayo como fecha de reivindicación
de la jornada de ocho horas.

Primer rascacielos en Nueva York.


Exposición Internacional de París:
la torre Eiffel. Eastman: fotografía
en celuloide.

Bergson: Ensayo sobre los datos in-


mediatos de la conciencia.

1890 Quiebra la banca inglesa de mayor C. Lombroso: El delito político y la


injerencia en la economía nacional: revolución. W. James: Principios de
la Baring Brothers. Grave crisis fi- Psicología. Wundt: Sistema de filo-
nanciera. Se constituye la Unión Cí- sofía. Zola: La bestia humana. Wil-
vica, que poco después se divide de: El retrato de Dorian Gray. Fra-
en la Unión Cívica Nacional (Mitre) zer: La rama dorada. Hamsun:
y la Unión Cívica Radical (Alem). Hambre. Cézanne: Jugadores de
Alem, Aristóbulo del Valle e Hipólito car tas. Suicidio de Van Gogh.
Yrigoyen encabezan el sector popu-
lar de la revolución del 26 de julio,
que es vencida pero que obliga a
renunciar al presidente y posibilita
el ascenso de Carlos Pellegrini, cu-
yo gabinete integra el mitrismo.

Mansilla: Entre nos. Causeries de


los jueves.

1891 Se inaugura el Banco de la Nación Encíclica Rerum Novarum de León


Argentina. Comienza a aplicarse el XIII inicia nueva actitud de la Iglesia
sistema de impresiones digitales Católica ante la cuestión social.
descubier to por Juan Vucetich.
C. Doyle: Las aventuras de Sher-
Eduardo Schiaffino organiza en el lock Holmes. Gauguin: Las mujeres
Palacio Hume de Buenos Aires una de Tahití. R. Strauss: Muer te y
exposición donde presentan obras transfiguración. Muere Rimbaud.
Della Valle, Ballerini, Giúdice, Co-
rrea Moreales, Mendilaharzu, Sívo-
ri, Malharro, Caraffa, de la Cárcova
y Bouchet.

Mar tel: La Bolsa. Ocantos: Quilito.

159
Universidad Virtual Quilmes

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1892 Se impone la fórmula presidencial H. Ford construye su primer mode-


encabezada por Luis Sáenz Peña, lo de automóvil.
en un clima político de gran violen-
cia. E. Haeckel: El monismo. Poincaré:
Nuevos métodos de la mecánica ce-
Se funda en Buenos Aires El Ate- leste. Wilde: El abanico de Lady
neo, institución cultural que presi- Windermere. Menéndez Pelayo: An-
de Guido Spano y en la que actúa tología de la poesía Hispanoameri-
Lucio V. López, Mansilla, Obligado y cana. Hauptmann: Los tejedores.
otros intelectuales de prestigio. Lu- Toulouse-Lautrec: Jane Abril ante el
gones edita, con otros amigos, El Moulin Rouge. Leoncavallo: Los pa-
pensamiento libre, periódico “litera- yasos. Mueren Ernest Renan y Walt
rio-liberal”, escrito casi totalmente Whitman.
por él.

1893 Yrigoyen encabeza una revolución Ford construye su primer automó-


en la provincia de Buenos Aires. vil. Diesel construye el motor de
gas-oil. Morey: primer proyector ci-
J. V. González: Mis montañas. Ru- nematográfico.
bén Darío en Buenos Aires.
Jean Grave: La sociedad moribunda
y la anarquía. Mallarmé: Verso y
Prosa. Aparece en Londres el pri-
mer número de la revista The Stu-
dio con la ilustración Salomé de
Beardsley. Munch: El grito. Chai-
kovski: Sinfonía Patética. Dvorak:
Sinfonía del Nuevo Mundo.

1894 El radicalismo triunfa en las elec- Proceso Dreyfus. Nicolás II zar de


ciones de congresales y es elegido Rusia.
senador nacional Leandro N. Alem,
que se ve obligado a renunciar a Marx: Edición del Volumen III de El
su banca, siendo sustituido por Capital. Durkheim: Las reglas del
Bernardo de Yrigoyen. método sociológico. Dilthey: Ideas
sobre una psicología descriptiva y
Semanario La Vanguardia (más tar- analítica. Büchner: Darwinismo y
de diario) del Par tido Socialista. socialismo. Kipling: El libro de la
jungla. Debussy: Preludio a la sies-
E. de la Cárcova: Sin pan y sin tra- ta de un fauno.
bajo.

1895 El 21 de enero, al renunciar Sáenz Röntgen: los rayos X. Lumière: pri-


Peña, asume la presidencia José mer aparato cinematográfico. Expe-
Evaristo Uriburu. Se realiza el Se- dición polar de Nansen.
gundo Censo Nacional: la pobla-
ción total es de 4.044.911 habi- Wells: La máquina para explorar el
tantes con una concentración urba- tiempo. Unamuno: En torno al casti-
na del 43% (Buenos Aires, cismo. Conrad: La locura de Alma-
664.000; Rosario, 90.000; La Pla- yer. Gauguin instalado en Tahití. Cé-
ta 70.000; Córdoba, 47.000; Tucu- zanne: Los bañistas. Muere Engels.
mán, 34.000). La economía inicia
una etapa de recuperación.

1896 Una nueva fuerza asoma al escena- Fundación del Daily Mail. Primeros
rio político e inter viene por primera juegos olímpicos en Atenas. Marco-
vez en una elección: el Par tido So- ni: la telegrafía sin hilos. Becque-
cialista Argentino. Se suicida Alem rel: la radiactividad.

160
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

y muere Aristóbulo del Valle. Se Ribot: Psicología de los sentimien-


agudiza la tensión con Chile por la tos. Kropotkin: La anarquía. Berg-
fijación de hitos en la Cordillera de son: Materia y memoria. Renouvier:
los Andes (hay aprestos bélicos). Filosofía analítica de la historia.
Puccini: La bohemia. Gauguin: Na-
Rubén Darío: Prosas profanas y Los cimiento de Cristo. Muere Nobel;
raros. Creación de la Facultad de se establecen los premios que lle-
Filosofía y Letras. van su nombre.

1897 Por razones políticas se produce Polémica en París entre Ferdinand


un duelo entre Yrigoyen y Lisandro Brunetière y Marcelin Berthelot so-
de la Torre. bre “la bancarrota de la ciencia”.
Adler: primer vuelo en aeroplano.
Se funda la Universidad de la Pla-
ta. Tranvía eléctrico en Buenos Ai- A. Gide: Los alimentos terrestres.
res. Fray Mocho: Memorias de un Wells: El hombre invisible. Canivet:
vigilante y Un viaje al país de los Idearium español. Rostand: Cyrano
matreros. Lugones: Las montañas de Bergerac. Rousseau (“Le Doua-
del oro. Lugonese Ingenieros edi- nier”): La gitana dormida.
tan el periódico La montaña.

1898 Julio A. Roca es elegido nuevamen- España entra en guerra con los
te presidente. EEUU.Filipinas, Puer to Rico y las is-
las Guam cedidas a EEUU. Por 20
Fundación del Jardín Botánico. Se millones de dólares; anexión defini-
instala en Buenos Aires el primer tiva de Hawaii. Se reabre el caso
ascensor. Fray Mocho: En el mar Dreyfus en Francia. L. Daudet y
austral. R. Payró, La Australia Ar- Maurras fundan Acción Francesa.
gentina. Revista Caras y Caretas Surge el Par tido socialdemócrata
(hasta 1939). Julián Aguirre: Tristes en Rusia. Mueren Bismarck y
argentinos, para piano. Gladstone.

Le Bon: Psicología de la muche-


dumbre. Rosa Luxemburgo: Refor-
ma y Revolución. Zola: Yo acuso.
Wilde: Balada de la cárcel de Rea-
ding. D´Annunzio: El fuego. Ho-
ward: Mañana..., teoría de la ciu-
dad-jardín. Rodin: Balzac

1899 El 1° de mayo sale el primer núme- Segundo proceso Dreyfus.


ro de El Sol, semanario ar tístico-li-
terario que durante cuatro años di- Tolstoi: Resurrección. Rilke: Can-
rigirá Alber to Ghiraldo. Wilde: Pro- ción de amor. Veblen: Teoría de la
meteo y Cía. A. Alvarez: Manueal de clase ociosa. Haeckel: Enigmas del
patología política. C. Zumeta: El Universo. Maurras: Tres ideas políti-
continente enfermo. cas. Zola: Fecundidad. Ravel: Pava-
na para una infanta difunta. Sibe-
lius: Sinfonía N° V. Guimard: entra-
das al Metro de París. Nace Federi-
co García Lorca.

1900 La peste bubónica hace estragos. Asesinato de Humber to I y ascen-


Monumento a Sarmiento en Paler- sión de Víctor Manuel III.
mo. Roca cumple el segundo año
de su segundo período presiden- Freud: La interpretación de los sue-
cial. La población del país se esti- ños. Husserl: Investigaciones lógi-
ma en 4.600.000 habitantes. cas. Croce: Materialismo histórico y

161
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Año Argentina y América Latina Mundo exterior

J. A. García: La ciudad indiana. Le- economía marxista. Ellen Kay: El si-


guizamón: Montaraz. Ocantos: Pe- glo de los niños. Chejov: Tío Vania.
queñas miserias. Puccini: Tosca. A. Gaudí: Parque
Güell. Mueren Ruskin, Nietzsche,
Rodó: Ariel. J. Sierra: Evolución po- Wilde.
lítica del pueblo mexicano.

1901 Tensa situación con Chile por pro- Asesinado el presidente Mc Kinley
blemas fronterizos. Se establece el en EEUU. Le sucede Theodoro Roo-
ser vicio militar obligatorio. Se quie- selvelt. Tratado Hay-Pauncefote so-
bra la alianza Roca-Pellegrini. Inmi- bre el canal de Panamá.
grantes: entran 125.951. Se inau-
guran Los Mataderos de Liniers. Freud: Psicopatología de la vida co-
tidiana. Maeterlinck: La vida de las
Constitución e independencia for- abejas. Th. Mann: Los Budden-
mal de Cuba; enmienda Platt que brook. B. Muere Toulouse-Lautrec.
autoriza a los EEUU a inter venir en
la isla. Segundo Congreso Paname-
ricano celebrado en México.

M. Cané: Notas e impresiones. H.


Quiroga: Los arrecifes de coral.

1902 El rey de Inglaterra, como árbitro, Fin de la resistencia filipina a


zanja la cuestión de límites entre EEUU. Alianza anglo-japonesa.
Argentina y Chile. Se promulga la EEUU. Adquiere las acciones fran-
“ley de residencia”. Doctrina Dra- cesas del canal de Panamá. Se
go: niega la inter vención militar ex- concluye la construcción del Transi-
tranjera en reclamo de deudas. beriano.

E. Quesada: El criollismo en la lite- Gide: El inmoralista. C. Doyle: El


ratura. Payró: Canción Trágica. Co- sabueso de los Basker ville. Croce:
ronado: La piedra de escándalo. Estética. H. James: Las alas de la
paloma. Debussy: Pelléas y Méli-
Ultimatum de Gran Bretaña a Ale- sande. Muere Emile Zola.
mania, bloqueo de puer tos vene-
zolanos, bombardeo de Puer to Ca-
bello.

1903 C. O. Bunge: Nuestra América Escisión entre bolcheviques y men-


cheviques en el Congreso de So-
Colombia rehúsa ratificar el tratado cialistas rusos en Londres.
Hay-Herran con EEUU. Sobre el Ca-
nal. Insurrección en Panamá y de- Ford: construcción de fábrica de
claración de independencia, reco- automóviles. Hnos. Wright: vuelo
nocida por EEUU. Tratado cediendo en aeroplano.
zona del Canal. Cuba cede bases a
EEUU. (Guantánamo). Batlle y Or- Lévy-Bruhl: Moral y ciencia de las
dóñez presidente de Uruguay. costumbres. Gorki: Los bajos fon-
dos. Shaw: Hombre y superhombre.
F. Sánchez: M´hijo el dotor. Dewey: Estudios de teoría lógica.
Muere Paul Gauguin.

1904 Con la abstención del Par tido Ra- Los japoneses hunden la flota rusa
dical se realizan elecciones presi- en Port Arthur y Vladivostock.
denciales que consagran la fórmu-
la Quintana-Figueroa Alcor ta. Se T. Garnier: Proyecto de la ciudad in-
mantiene el clima de agitación so- dustrial. Pirandello: El difunto Ma-

162
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

cial. Anarquistas y socialistas dis- tías Pascal. R. Rolland: Juan Cristo-


ponen numerosas huelgas. Infor- bal (-12). J. London: El lobo de
me Bialet Massé sobre el estado mar. Puccini: Madame Butterfly. Pi-
de las clases obreras en el interior casso se instala en Bateau-Lavoir.
del país. 20.000 km de líneas fe- Fundación de L´Humanité. Muere
rroviarias. Chéjov.

Mansilla: Memorias. Ingenieros: La


simulación en la lucha por la vida.
Payró: Sobre las ruinas. Lugones: El
imperio jesuítico.G. de Laferrere:
Jettatore.

1905 Conato revolucionario del Par tido Los japoneses ocupan Port Arthur.
Radical. Sus principales dirigentes, “Domingo Rojo” en San Petersburgo.
salvo Yrigoyen, son encarcelados. Ley de 9 horas en Francia. Segun-
Se dicta la ley del descanso domi- da presidencia de Th. Roosevelt en
nical. Creación de la Academia Na- EEUU.
cional de Bellas Ar tes.
Lorentz, Einstein, Minkowski: la re-
César Duayen (Emma de la Barra): latividad restringida.
Stella. Laferrère: Locos de verano.
Payró: Marco Severi. Lugones: Los Unamuno: Vida de Don Quijote y
crepúsculos del jardín y La guerra Sancho. Rilke: Libro de las horas.
gaucha. Se difunden La morocha Los fauves en Francia; Die Brücke
de Saborido-Villoldo y El choclo, de en Alemania. Matisse: La alegría
Villoldo. de vivir. Rilke, secretario de Rodin,
en París. Isadora Duncan en Rusia.
Darío: Cantos de vida y esperanza. Muere Julio Verne.
F. Sánchez: Barranca abajo y En fa-
milia. P. Henriquez Ureña: Ensayos
críticos.

1906 Muere Quintana. Figueroa Alcor ta Rehabilitación de Dreyfus. Huelgas


completa el período presidencial. en Moscú. Terremoto en San Fran-
Ley de amnistía para los subleva- cisco.
dos de 1905. Mueren Mitre, Pelle-
grini, Bernardo de Irigoyen y Miguel Premio Nobel de la Paz a Th.
Cané Roosevelt.

Payró: El casamiento de Laucha. Al- U. Sinclair: La jungla. Keyserling:


mafuer te: Lamentaciones. C. M. Sistema del mundo. Bierce: Diccio-
Pacheco: Los disfrazados. Lugones: nario del Diablo. Muere Paul
Las fuerzas extrañas. Cézanne.

1907 Se descubre petróleo en Como- Encíclica Pascendi contra el moder-


doro Rivadavia. Huelga de inquili- nismo. Fundación de la Compañía
nos en Buenos Aires. Sangrienta Shell.
huelga de estibadores. Creación
del Depar tamento Nacional del Bergson: La evolución creadora.
Trabajo. Se reglamenta el trabajo Gorki: La madre. W. James: Pragma-
de mujeres y niños en las fábri- tismo. George: El séptimo anillo.
cas. Sorel: Reflexiones sobre la violencia.

Banchs: Las barcas. A. Chiappori:


Bordeland. Ramos Mejía: Rosas y
su tiempo. Revista Nosotros. Darío:
El canto errante. R. Rojas: El país
de la selva.

163
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Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1908 Larreta: La gloria de don Ramiro. Bélgica se anexa el Congo. Creta


Laferrère: Las de Barranco. se une a Grecia. Austria se anexa
Banchs: El libro de los elogios. Ca- Bosnia-Herzegovina. En Turquía se
rriego: Misas herejes. El fusilamien- produce la revolución de los jóve-
to de Dorrego, primera película con nes turcos. Asesinato de los reyes
argumento filmada en Argentina. de Por tugal, coronación de Manuel.
Se inaugura el Teatro Colón. Quiro- Jornada de ocho horas en minas
ga: Historia de un amor turbio británicas. Blériot atraviesa la Man-
cha en avión.

Chester ton: El hombre que fue jue-


ves. Fundación del periódico Acción
Francesa en París (Maurras, L.
Daudet, Bainville, Bourget). El cine
descubre California: nacimiento de
Hollywood.

1909 Numerosas huelgas. El jefe de poli- Taft presidente de EEUU. Semana


cía de Buenos Aires muere víctima trágica en Barcelona y fusilamiento
de un atentado. de Ferrer.

Jorge Newbery recorre en globo un Lenin: Materialismo y empiriocriti-


distancia de 541 km. en 13 horas. cismo. Marinetti: Manifiesto futuris-
ta. Maeterlinck: El pájaro azul.
R. Rojas: La restauración nacionalis- Stein: Tres vidas. Braque: Cabeza
ta. Rodó: Motivos de Proteo. Lugo- de mujer. Ballets rusos de Diaghi-
nes: Lunario sentimental. En México, lev en París. Fundación de La Nou-
Ateneo de la Juventud: Caso, Reyes, velle Revue Francaise (Copeau, Gi-
Henríquez Ureña, Vasconcelos. Visi- de, Claudel y Schlumberger).
ta de Anatole France a la Argentina.

1910 Con el retiro de la oposición, R. Japón se anexa Corea. La Unión


Sáenz Peña gana las elecciones Sudafricana entra al Common-
presidenciales. Centenario de la In- wealth.
dependencia. Llegan a Buenos Aires
la Infanta Isabel, Clemenceau, Mar- Rilke: Cuadernos de Malte Laurids
coni, Blasco Ibañez. Buenos Aires Bridge. Russell-Whitehead: Princi-
cuenta con 1.300.000 habitantes. pios de Matemática. Lévy-Bruhl:
Las funciones mentales en las so-
Payró: Las diver tidas aventuras de ciedades inferiores. Stravinski: El
un nieto de Juan Moreira. Gerchu- pájaro de fuego. Mueren: Tolstoi,
noff: Los gauchos judíos. Ugar te: El Mark Twain y Robert Koch.
por venir de la América española.
Lugones: Odas seculares, Didácti-
ca. M. Gálvez: El diario de Gabriel
Quiroga. Muer te de F. Sánchez.

Ferrocarril trasandino Valparaíso-


Mendoza.

1911 El poder ejecutivo envía al Congreso Sun-Yat-sen proclama la República


un proyecto sobre el sufragio secre- de Nankin.
to y obligatorio. El movimiento femi-
nista gana la calle en Buenos Aires. Amundsen en el polo sur. Paso del
cometa Halley. Rutherford: teoría
Banchs: La urna. Sánchez Gardel: atómica nuclear.
Los mirasoles. Lugones: Historia de
Sarmiento. Muer te de Ameghino. F. Boas: El significado del hombre
Porfirio Díaz renuncia a la presiden- primitivo. D. H. Lawrence: El pavo

164
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

cia en México; Madero presidente; real blanco. Jarry: Ubú encadena-


Zapata presenta el Plan de Ayala. do. Saint-John Perse: Elogios. Kan-
Batlle y Ordoñez asume por segun- dinski y Klee fundan El jinete azul.
da vez la presidencia en Uruguay. Duchamp: Desnudo bajando una
escalera N°1.
Bingham descubre Machu Picchu.
En París, revista Mundial (Darío).

1912 Sáenz Peña promulga la ley que Comienzo de la primera guerra bal-
establece el voto secreto y obliga- cánica. Protectorado francés sobre
torio. El Par tido Radical se presen- Marruecos. Trabajo en cadena de
ta a elecciones y envía legislado- las fábricas Ford.
res al Congreso Nacional. “El grito
de Alcor ta”, huelga de agricultores. C. Jung: Transformación y símbolo
de la libido. Claudel: Anunciación a
B. Roldán: La senda encantada. María. A. France: Los dioses tienen
Rojas: Blasón de Plata. La revista sed. Shaw: Pigmalión. R. Luxembur-
Caras y caretas publica la Autobio- go: La acumulación del capital. Pa-
grafía de Rubén Darío. Muere Ca- pini: Un hombre acabado. A. Ma-
rriego. chado: Campos de Castilla. Ravel:
Dafnis y Cloé. Schoënberg: Pierrot
lunaire. Muere Menéndez Pelayo.

1913 Ingresan 365.000 inmigrantes, pe- Nueva guerra balcánica. Poincaré


ro más de 200.000 retornan. Se presidente de Francia, Wilson de
inaugura en Buenos Aires el primer EEUU.
tren subterráneo.
Freud: Totem y tabú. Proust: En bus-
Ingenieros: El hombre mediocre. ca del tiempo perdido (-27). Apolli-
Gálvez: El solar de la raza. Carrie- naire: Alcoholes y los pintores cubis-
go: El alma del suburbio. Capdevila: tas. Unamuno: Del sentimiento trági-
Melpémone. Lugones pronuncia las co de la vida. Stravinski: La consa-
conferencias en el Odeón que inte- gración de la primavera. Malevich:
grarán después El payador. Apare- Manifiesto del suprematismo. Prime-
ce el diario Crítica. ra gran exposición de ar te moderno:
Rodó: El mirador de Próspero. Armory Show de Nueva York.

1914 Tercer Censo Nacional. El país Primera guerra mundial. Francia, In-
cuenta con 7.885.000 habitantes, glaterra, Rusia, Bélgica, Ser via,
el 30 por ciento de los cuales es Montenegro y Japón contra Austria,
extranjero. El Gran Buenos Aires Hungría, Alemania y Turquía. Asesi-
concentra alrededor de 2.000.000 nato de Jaurès en París. Ley anti-
de habitantes. Muere Sáenz Peña y trust en EEUU. Invasión de Bélgica.
le sucede Victorino de la Plaza. Co- Batalla del Marne.
mienzan a sentirse los efectos de
la primera Gran Guerra. Kafka: En la colonia penitenciaria.
J. R. Jiménez: Platero y yo. Joyce:
Gálvez: La maestra normal. Menén- Dublineses. Or tega y Gasset: Medi-
dez Pidal en Buenos Aires. Darío: taciones del Quijote. Dreiser: El ti-
Canto a la Argentina. Mueren A. Al- tán. Chaplin: Carlitos periodista.
varez y J. M. Ramos Mejía.

La armada nor teamericana ocupa


Veracruz. Huer ta renuncia y Carran-
za asume la presidencia; Zapata y
Villa contra Carranza. El canal de
Panamá es librado al tráfico inter-
nacional. Nace la industria petrole-
ra venezolana.

165
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Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1915 El Par tido Radical proclama la fór- Italia declara la guerra a Austria.
mula Yrigoyen-Luna para la próxima Declaración de guerra aliada a Bul-
contienda electoral. En el campo garia. Alemania declara la guerra
sindical, se constituye la FORA del submarina y los aliados deciden el
9°Congreso, con exclusión de los bloqueo marítimo. Triunfos alema-
anarquistas. En Buenos Aires, se nes en el frente ruso. China resta-
inaugura la Estación terminal de fe- blece la monarquía hasta el final
rrocarriles de Retiro. de la guerra europea.

Güiraldes: El cencerro de cristal. Einstein: Teoría de la relatividad ge-


Fernández Moreno: Las iniciales del neral.
misal. Almafuer te: Evangélicas. No-
bleza gaucha, primer éxito popular Kafka: La metamorfosis. Maiakows-
del cine argentino. ki: La nube en pantalones. Wölfflin:
Principios fundamentales de la his-
toria del ar te. Trakl: Sebastián en el
sueño. Griffith: El nacimiento de
una nación.

1916 Yrigoyen gana las elecciones. El 12 Batalla de Verdun y de Somme..


de octubre asume la presidencia Rumania entra en guerra. Ofensi-
alentado por el entusiasmo popular. vas rusa e italiana. Segunda Con-
ferencia Socialista Internacional.
González Pacheco: Las viboras. Congreso Socialista Francés. For-
Gálvez: El mal metafísico y La mación del Spar takusbund en Ale-
maestra normal. A. Storni, La in- mania. Asesinato de Rasputín en
quietud del rosal. B. Lynch: Los ca- Rusía. Reelección de Wilson en
ranchos de la Florida. Mar tínez Zu- EEUU.
viria: La casa de los cuer vos. Lu-
gones: Cuentos fatales. R. Rojas: Barbusse: El fuego (premio Gon-
Argentinidad. Almafuer te: Poesías. court). Freud: Introducción al psi-
B. Roldán, El rosal de las ruinas. coanálisis. Joyce: Retrato del ar tis-
Visita de Or tega y Gasset a la Ar- ta adolescente. Dewey: Democracia
gentina. y educación. Saussure: Curso de
lingüística general (póstumo). Movi-
EEUU admite oficialmente que San- miento Dada en Zurich. Or tega y
to Domingo se halla bajo estado Gasset: Personas, obras y cosas; El
de ocupación militar. En México espectador.
continúan las graves convulsiones:
Pancho Villa incursiona en territorio
estadounidense y Carranza envía a
Wilson un ultimátum para que sus
tropas abandonen el territorio me-
xicano.

Azuela: Los de abajo. Muere Rubén


Darío.

1917 El hundimiento de los buques “To- EEUU declara la guerra a Alema-


ro” y “Monte protegido” por sub- nia. Abdicación de Nicolás II. Lenin
marinos alemanes crea una tensa en Rusia: habla al Congreso panru-
situación diplomática. Yrigoyen so reunido en Moscú, reclama la
mantiene el principio de neutrali- soberanía del proletariado y la de-
dad frente a las presiones para de- posición de Kerenski. El Soviet to-
clarar la guerra a Alemania. Nota- ma el poder en Petrogrado: la Re-
ble aumento de huelgas y de canti- volución Rusa.
dad de huelguistas. En las eleccio-
nes municipales por teñas triunfan A. Machado: Poesías completas.
los socialistas. Valéry: La joven Parca. Lenin: El es-
tado y la revolución y El imperialis-

166
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

R. Rojas: Historia de la literatura ar- mo fase superior del capitalismo.


gentina (1er tomo). Lugones: Mi be- Hamsun: Los frutos de la tierra. A.
ligerancia. Gálvez: La sombra del Berg: Wozzeck (-22). Mary Pickford:
convento. Giusti: Crítica y polémica. Pobre niña rica. Original Dixieland
Fernández Moreno: Ciudad. H. Qui- Jazz Band: Dixie Jazz Band One
roga: Cuentos de amor, de locura y Step (primer disco de jazz). Mon-
de muer te. Muere Rodó, Almafuer- drian: De Stijl.
te, el arquitecto Buschiazzo. Yrigo-
yen instaura el 12 de octubre como
Día de la Raza. Muere C. O. Bunge.

Puer to Rico se transforma en terri-


torio de los EEUU. Brasil declara la
guerra a Alemania.

1918 En Córdoba comienza el movimien- Fin de la Primera Guerra Mundial.


to de la Reforma Universitaria, de Conferencia de Versalles. Los “ca-
rápidas proyecciones en el ámbito torce puntos” de Wilson. Ruptura
universitario nacional y en el ameri- entre los aliados y los soviets. Le-
cano. Petróleo en Plaza Huincul. nin establece el gobierno en Mos-
Huelga en establecimientos meta- cú. Derecho de voto a las mujeres
lúrgicos. Se funda el Par tido Socia- en Inglaterra. Italia y Austria se re-
lista Internacional (futuro Par tido par ten Yugoslavia. Guerra de libe-
Comunista). ración de la ocupación rusa y ale-
mana por par te de los países bálti-
Hudson: Allá lejos y hace tiempo. cos.
Quiroga: Cuentos de la selva.A.
Storni: El dulce daño. Mar tínez Es- Spengler: La decadencia de Occi-
trada: Oro y piedra. Contursi: Mi dente. Kautsky: La dictadura del
noche triste. Juan Alvarez: El pro- proletariado. Luxemburgo: Progra-
blema de Buenos Aires. C. Alberini: ma de la Liga Espar taco. Gómez de
Axiogenia. César Vallejo: Los heral- la Serna: Pombo. Apollinaire: Cali-
dos negros. gramas. Ozenfant y Le Corbusier:
Después del cubismo. Modigliani:
Tropas de Estados Unidos ocupan Retrato de mujer.
las ciudades de Colón y Panamá.
Suspensión de relaciones Chile-Pe-
rú. Nueva constitución en Uruguay.

1919 Se generaliza la huelga de obreros Saldo de la Primera Guerra Mundial:


metalúrgicos. La “semana trágica” 10 millones de muertos. Desintegra-
en Buenos Aires y serias repercu- ción del imperio austro-húngaro. Tra-
siones en el interior del país. Se tado de Paz en Versalles, que quita
funda la Liga Patriótica: presidente colonias a Alemania. Fundación de la
M. Carlés. III Internacional Comunista en Mos-
cú. Italia: aparición de los “fascios”.
Se funda la Universidad del Litoral. Se crea la “Sociedad de las Nacio-
nes”. Proclamación de la República
Gálvez: Nacha Regules. Fernández de Baviera. Rosa Luxemburgo, Liebk-
Moreno: Campo argentino. Lugo- neck y otros militantes, asesinados.
nes: La torre de Casandra. Entrada de Gandhi en la lucha por la
independencia de la India. Frustrada
México: en una emboscada muere revolución en Egipto.
asesinado Emilio Zapata.
Gide: Sinfonia pastoral. Keynes:
Arguedas: Raza de bronce. Quiro- Consecuencias económicas de la
ga: Cuentos de la selva. paz. Ungaretti: La alegría. Hesse:
Demian. Pound: Cantos (-57). Gro-
pius crea la Bauhaus. Primer perió-
dico tabloide en EEUU.

167
Universidad Virtual Quilmes

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1920 Recuperación del salario real y dis- Disolución del Imperio Turco. Co-
minución de las huelgas. Primera mienza a sesionar la Sociedad de
transmisión radiofónica organizada: las Naciones. En Alemania, se fun-
Parsifal desde la azotea del teatro da el Par tido Obrero Nacionalsocia-
Coliseo. Comienza la construcción lista (nazi). Ley seca en EEUU. II
del primer rascacielos en Buenos Congreso de la III Internacional en
Aires: el Pasaje Barolo. La Comi- Leningrado y Moscú: se adoptan
sión Nacional de Casas Baratas los 21 puntos de Lenin.
construye el barrio Cafferata.
Totsky: Terrorismo y comunismo.
Franco: La flauta de caña. Eichel- O´Neill: Emperador Jones. Maia-
baum: La mala sed. Carlos Ibargu- kovski: 150.000.000. Valle Inclán:
ren: La literatura y la gran guerra. Divinas palabras. Fitzgerald: De es-
A. Korn: La liber tad creadora. te lado del paraíso. Cavafis: Poe-
mas (publicados en 1935). Primer
En México es asesinado Carranza. film expresionista: El gabinete del
Le sucede Alvaro Obregón. Ales- doctor Caligari, de R. Wiene. Mue-
sandri es elegido presidente en ren Pérez Galdós y A. Modigliani.
Chile. Knut Hamsun: Premio Nobel de Li-
teratura.

1921 Fundación del Par tido Comunista. Fundación de los Par tidos Comu-
Huelgas en la Patagonia duramen- nistas Italiano y Chino. Se funda el
te reprimidas. Promulgación del Có- Par tido Nacional Fascista en Italia.
digo Penal. Asesinato político del Irlanda se convier te en par te del
gobernador de San Juan, Amable Imperio Británico. Huelga minera
Jones. Primer Congreso de la en Gran Bretaña. Hitler preside el
Unión Democrática (Cristiana) Ar- Par tido Nacionalsocialista en Ale-
gentina. mania. Lenin pone en práctica la
nueva política económica. En
Inauguración del actual Teatro Na- EEUU, repercusión del caso Sacco-
cional Cer vantes. Creación del Ins- Vanzetti.
tituto de Investigaciones Históricas
en la Fac. de F. y Letras por teña. Einstein: premio Nobel de Física.
R. Rojas: Historia de la literatura ar-
gentina. Revista Prisma. Fernández Scheler: De lo eterno en el hombre.
Moreno: Nuevos poemas. José Ga- Pirandello: Seis personajes en bus-
briel: Evaristo Carriego. Lugones es ca de un autor. Jung: La psicología
elegido miembro de la Corporación del inconsciente. Chaplin: El pibe;
Intelectual de la Liga de las Nacio- Von Stroheim: Mujeres insensatas.
nes. Gómez Cornet y Figari expo- Revista Ultra en España.
nen en Buenos Aires. A su regreso
de España, Borges difunde el ul-
traísmo.

Vasconcelos Ministro de Educación


en México. IV Conferencia Paname-
ricana en La Habana.

Quiroga: Anaconda. Neruda: La


canción de la fiesta. Revista Alfar
en Montevideo. Orozco, Rivera y Si-
queiros fundan el Sindicato de Pin-
tores de México.

1922 Fundación de la Unión sindical Ar- Mussolini marcha sobre Roma: as-
gentina (no están incluidos la co- censo del fascismo en Italia. Cons-
rriente anarquista del V Congreso ni titución de la Unión de Repúblicas
los comunistas). Yrigoyen se opone Socialistas Soviéticas (URSS). Se
a un proyecto de ley de divorcio. La escinde el Par tido Socialista Italia-

168
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

fórmula del radicalismo antipersona- no. IV Congreso de la III Internacio-


lista: Alvear- González, se impone nal: Stalin, Secretario General del
en las elecciones presidenciales por Par tido Comunista Soviético.
460.000 votos contra 370.000 de
todos los par tidos opositores. B. Malinowski: Argonautas del Pací-
fico occidental. Lévy-Bruhl: La men-
Girondo: Veinte poemas para ser talidad primitiva. Weber: Economía
leídos en el tranvía. Güiraldes: Xai- y sociedad. Joyce: Ulises. Valéry: El
maca. Cancela: Tres relatos por te- cementerio marino. Mar tin du
ños. Gálvez: Historia de arrabal. Gard: Los Thibault. Eliot: Tierra yer-
Marechal: Los aguiluchos. Lugones: ma. Muere Proust. Benavente: Pre-
Las hojas doradas. R. Rojas: Los mio Nobel de Literatura.
arquetipos. Suicidio de B. Roldán.
Inauguración de los Cursos de Cul-
tura Católica. Aparece la revista
Los Pensadores.

Fracasa el acuerdo de unión pro-


puesto por varios países centroa-
mericanos. Se pone en práctica el
plan de evacuación de las tropas
nor teamericanas de Santo Domin-
go. Gira de Vasconcelos por varios
países de América.

Vallejo: Trilce. Semana de Ar te Mo-


derno en San Pablo (Mario de An-
drade, Manuel Bandeira).

El anarquista Wilkens da muer te al Golpe frustrado de Hitler en Alema-


1923 jefe de la represión de la Patago- nia. Primo de Rivera impone dicta-
nia, Coronel Varela. Alvear empren- dura en España. República de Tur-
de la construcción de numerosas quía: régimen de Kemal Ataturk.
obras públicas. Un acontecimiento Victoria laborista en Inglaterra.
depor tivo conmueve al país: el en- Francia y Bélgica ocupan la cuenca
cuentro boxístico Firpo-Dempsey. del Rhur. El Fascista, par tido único
en Italia.
Borges: Fer vor de Buenos Aires.
Castelnuovo: Tinieblas. C. Nalé Primer empleo de la BCG contra la
Roxlo: El grillo. Revistas Inicial y Va- tuberculosis.
loraciones. Or tega y Gasset funda
la Revista de Occidente. Rilke: Elegías de Duino. Lukacs:
Historia y conciencia de clase. Cas-
Conferencia Panamericana en Chi- sirer: Filosofía de las formas simbó-
le: primer tratado de Cooperación. licas. Esenin: El Moscú de las ta-
bernas. Or tega y Gasset funda la
Revista de Occidente.

1924 Es reglamentado por ley el trabajo Muer te de Lenin. Stalin y Trotski


de mujeres y de menores. Juan B. se disputan el poder en la URSS.
Justo electo senador por la Capital. Se proclama la República de Gre-
cia. Asesinato del diputado socia-
Se reúne en Buenos Aires el primer lista Matteoti en Roma. Inglaterra y
Congreso Internacional de Historia Francia reconocen a la URSS.
y Geografía de América. Lynch: El
inglés de los güesos. González La- R. Alber ti: Marinero en tierra. Bre-
nuza: Prismas. R. Rojas: Eurindia. ton: Manifiesto surrealista y La revo-
E. Castelnuovo: Malditos. Petorutti lución surrrealista (-29) (con Vitrac,
introduce la pintura de vanguardia: Pérec, Eluard, Aragon, Leiris). Sta-
exposición en la Galería Witcomb. lin: Los principios del leninismo.

169
Universidad Virtual Quilmes

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

Revistas Mar tín Fierro (Girondo, Mann: La montaña mágica. Eluard:


Marechal, Borges, Molinari, Pre- Morir de no morir. Hitler: Mi lucha (-
bisch) y Proa. Lugones viaja a Lima 25). Eisenstein: La huelga. Klee ex-
para la Celebración del Centenario pone en Nueva York. Muere Kafka.
de la batalla de Ayacucho. Agitación
internacional por su discurso “La
hora de la espada”.

1925 Bajo la conducción de Mosconi, cre- Pacto de Locarno (Alemania y los


ce YPF, la empresa estatal dedica- aliados). Virulencia racista en
da a la explotación del petróleo. Se EEUU: el Ku-Klux-Klan. Muer te de
establece la comunicación telegráfi- Sun Yat-sen en China. Fundación
ca directa con España. Einstein y el de la Liga revolucionaria de la ju-
principe de Gales visitan el país. ventud vietnamita. Hindenburg pre-
sidente de Alemania. Trotski desti-
Creación de la Unión Latinoameri- tuido de sus funciones.
cana (Ingenieros, Palacios, Ugar te,
del Mazo, Julio V. González). Bor- Dos Passos: Manhattan Transfer.
ges: Luna de enfrente, Inquisicio- Or tega y Gasset: La deshumaniza-
nes. Revista Sagitario en La Plata. ción en el ar te. Dreiser: Una trage-
Mariani: Cuentos de oficina. Giron- dia americana. Kafka: El proceso.
do: Calcomanías. R. Carbia: Histo- Fitzgerald: El gran Gatsby. Exposi-
ria de la historiografía argentina. ción de pintores surrealistas en
Vasconcelos: La raza cósmica. París: Eisenstein: El acorazado
Potemkim. Chaplin: La quimera del
oro. Nacimiento del “charleston”.
Fundación del New Yorker. G. B.
Shaw: Premio Nobel de Literatura.

1926 Llega a Buenos Aires, en un vuelo Huelga genearl en Gran Bretaña.


por etapas, desde España, el hi- Comienza la dictadura de Salazar
droavión “Plus Ultra”. El ejercicio fi- en Por tugal. Alemania ingresa a la
nanciero arroja un superávit de dos “Sociedad de las Naciones”. Hiro-
millones de pesos. hito emperador de Japón. Dictadu-
ra de Pilsudski en Polonia.
Güiraldes: Don Segundo Sombra.
Larreta: Zogoibi. Marechal: Días co- Creación del Círculo Lingüístico de
mo flechas. Barletta: Royal circo. Praga. Valle Inclán: Tirano Bande-
Arlt: El juguete rabioso. N. Olivari: ras. R. Alber ti: Cal y canto. Mao-
La musa de la mala pata. Borges: Tse-Tung: Sobre las clases sociales
El tamaño de mi esperanza. Mallea: en la sociedad china. T. E. Lawren-
Cuentos para una inglesa desespe- ce: Los siete pilares de la sabidu-
rada. González Tuñón: El violín del ría. Hemingway: El sol también sa-
diablo. Revista Claridad. Grupo Que, le. Exposición de Chagall en Nueva
en Buenos Aires (A. Pellegrini). Ma- York y de Klee en París. F. Lang:
rinetti visita Buenos Aires; exposi- Metrópolis. Renoir: Nana. Murnau:
ción en su honor. Inauguración del Fausto. “Edad de oro” de los co-
monumento a dorrego, de R. Yrur- mics (-30). Muere C. Monet.
tia. Aparece la revista Claridad.

Crece el conflicto entre el gobierno y


la iglesia en México; la guerra de los
cristeros. Desembarco nor teamerica-
no en Nicaragua; comienza oposi-
ción armada a Sandino. W. Luis Pe-
reira de Souza, presidente de Brasil;
se adopta el cruceiro como moneda.

Mariátegui funda la revista Amauta


en Lima (-30).

170
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

1927 Al término de la presidencia de Al- Chiang-Kai-shek rompe con el Par ti-


vear las diferencias internas del do Comunista chino e instala su
par tido Radical se muestran irre- gobierno en Nankin. En Italia, for ta-
conciliables. Creación del Par tido lecimiento del fascismo y disolu-
Socialista Independiente. ción de sindicatos. Ejecución de
Sacco y Vanzetti en EEUU. Se inau-
Lugones: Poemas solariegos. R. Ro- gura en Bruselas el Congreso de
jas: El Cristo invisible.L. Barletta: los pueblos oprimidos.
Royal Circo. Luiggi Pirandello habla
en el Jockey Club de Buenos Aires. Lindbergh: primer vuelo transatlán-
Revista La Nueva República. Muer- tico sin escala.
te de R. Güiraldes.
Heidegger :Ser y tiempo. Hesse: El
Ibañez, presidente de Chile. Nueva lobo estepario. Kafka: América. Coc-
ocupación de Nicaragua. Sandino teau: Orfeo. Garcia Lorca estrena
jefe de la resistencia. Mariana Pineda. Primer film de di-
bujos animados sonoro con El gato
Félix. Eisenstein: Octubre. H. Berg-
son: Premio Nobel de Literatura.

1928 Yrigoyen elegido presidente por se- Primer Plan Quinquenal de la


gunda vez. La prosperidad llega a URSS. Trotstki enviado a Siberia.
su punto culminante: las expor ta- Hoover electo presidente de EEUU.
ciones del orden de los doscientos
millones de libras esterlinas oro. M. Scheler: El puesto del hombre
Muere Juan B. Justo. en el cosmos. M. Mead: Adolescen-
cia en Samoa. D. H. Lawrence: El
Macedonio Fernández: No toda es amante de Lady Chatterley. A. Hux-
vigilia la de los ojos abier tos. Gon- ley: Contrapunto. Woolf: Orlando.
zález Tuñón: Miércoles de ceniza. Sholojov: El Don apacible. Breton:
A. Discepolo: Stéfano. Borges: El Nadja. Propp: Morfología del cuen-
idioma de los argentinos. Aparición to. García Lorca: Romancero gitano.
de la revista católica Criterio. Muer- Brecht: La ópera de tres centavos.
te de R. Payró. Inauguración del pa- Ravel: Bolero. Braque: La mesa re-
lacio de Correos y Telégrafos. donda. Buñuel: El perro andaluz.

Obregón, reelegido presidente en


México, muere asesinado poco
después.

Henríquez Ureña: Seis ensayos en


busca de nuestra expresión. Mariá-
tegui: Siete ensayos de interpreta-
ción de la realidad peruana.

1929 Crecen las versiones sobre el ais- Crack bursátil en Nueva York, con
lamiento de Yrigoyen respecto de vastas repercusiones mundiales.
la opinión pública y de los hombres Victoria electoral del laborismo en
de su par tido. Asesinato de Lenci- Gran Bretaña. Creación del Estado
nas en Mendoza. Aparece en Bue- de Vaticano, por el Concordato de
nos Aires el colectivo. Letrán. Albania invadida por Italia
pasa a ser protectorado. Trotski
Borges: Cuaderno San Mar tín. N. desterrado a Constantinopla. Pro-
Olivari: El gato escaldado. M. Fer- pagación del gangsterismo en
nández: Papeles de Recienvenido. EEUU favorecido por la prohibición.
Gálvez: Humaita. R. Arlt: Los siete
locos. Le Corbusier, Waldo Frank y K. Manheim: Ideología y utopía. Or-
Keyserling visitan el país. Muere tega y Gasset: La rebelión de las
Paul Groussac. masas. Reich: Materialismo dialécti-
co y psicoanálisis. Faulkner: El soni-

171
Universidad Virtual Quilmes

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

Muere Batlle y Ordoñez en Uruguay, do y la furia. Hemingway: Adiós a


le sucede Brum. Mientras Sandino las armas. Moravia: Los indiferen-
resiste, Moncada es designado tes. Remarque: Sin novedad en el
presidente de Nicaragua. En escala frente. Se inaugura el Museo de
de diversa intensidad, la crisis eco- Ar te Moderno en Nueva York.
nómica de los EEUU comienza a Thomas Mann: Premio Nobel de
afectar las economías de los paí- Literatura.
ses latinoamericanos.

1930 Efectos de la crisis económica. De- Tras el putsh de Munich, intentos


rrota del yrigoyenismo en las elec- de Hitler por vía legal: cien diputa-
ciones de renovación parlamenta- dos nacionalsocialistas electos.
ria de la Capital Federal. Golpe mi- Cae Primo de Rivera en España.
litar encabezado por Uriburu. Se di- Fundación en Por tugal del par tido
suelve el Congreso y se dicta la ley único “Unión Nacional”. Gandhi ini-
marcial. Fundación de la CGT como cia en la India el segundo gran mo-
fusión de la Unión Sindical y la Fe- vimiento de desobediencia civil.
deración Regional.
Musil: El hombre sin atributos (-43).
Borges: Evaristo Carriego. R. Gon- Dos Passos: Paralelo 42. Auden:
zález Tuñón: La calle del agujero en Poemas. Quasimodo: Agua y tierra.
la media. Barletta funda El Teatro Hammett: El halcón maltés. Bu-
del Pueblo. Lugones: La grande Ar- ñuel: La edad de oro. El “burles-
gentina y La patria fuer te. E. que” en cine: H. Lloyd, B. Keaton,
Banchs: Ayer. C. Sánchez Viamon- Laurel y Hardy, Hnos. Marx. Klee:
te: El último caudillo. R. Doll: Críti- En el espacio, Premio Carnegie pa-
ca. Pettorutti, Spilimbergo y Grama- ra Picasso. Rouault ilustra La pa-
jo Gutiérrez exponen en los salo- sión y El circo de Suárez. Fotogra-
nes de ar te de Buenos Aires. Fun- fías de Car tier-Bresson. Suicidio de
dación del Colegio Libre de Estu- Maiakovski.
dios Superiores.

Leguía es destituido por un golpe


militar en Perú; fundación del APRA
(antes México, 1924). Getulio Var-
gas llega al poder en Brasil.

1931 El gobierno anula las elecciones Republicanos ganan elecciones


parlamentarias ganadas por el radi- municipales en España. Alfonso
calismo en la provincia de Buenos XIII renuncia, proclamación de la
Aires, y convoca a elecciones na- República. Japón ocupa Manchuria.
cionales con exclusión de las prin- Crisis generalizada en EEUU.
cipales figuras del Par tido Radical.
Son sofocados intentos de rebe- Trotsky: La revolución permanente.
lión. H. Miller: Trópicos de cáncer. Gar-
cía Lorca: Poemas del cante jondo.
Lynch: De los campos por teños. Esculturas de Giacometti.
Scalabrini Or tiz: El hombre que es-
tá solo y espera. Castelnuovo: Lar-
vas. R. Arlt: Los lanzallamas. Victo-
ria Ocampo funda la revista Sur.

Terra inicia mandato presidencial


en Uruguay.

1932 El general Justo, candidato triun- Hinderburg derrota a Hitler en elec-


fante del Par tido Demócrata Nacio- ciones presidenciales en Alemania,
nal, asume la presidencia. Primera y F. D. Rooselvet a Hoover en
ley de impuesto a los réditos. EEUU. Se frustra el proyecto de

172
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

Borges: Discusión. Girondo: Espan- Mussolini de crear bloque de cua-


tapájaros. tro potencias (Italia, Francia, Ale-
mania e Inglaterra). Manchuria, es-
Revolución constitucionalista en tado independiente. Aumenta agre-
San Pablo, Brasil. Alessandri por sividad de Japón. Constitución del
segunda vez presidente de Chile. reino de Arabia Saudita.
Encuentros armados en la frontera
boliviano-paraguaya. A. Huxley: Un mundo feliz. Céline:
Viaje al fin de la noche. Caldwell: El
camino del tabaco. Sholojov: Cam-
pos roturados. Romains: Los hom-
bres de buena voluntad (-47). Ar-
taud: Manifiesto del teatro de la
crueldad. Aleixandre: La destruc-
ción o el amor. Calder expone en
París. Paul Valéry pronuncia una
conferencia sobre “la política del
espíritu”.

1933 Muere Yrigoyen; una multitud Moratoria y devaluación del dólar.


acompaña sus restos. En Londres Roosevelt asume el mando en
se firma el tratado Roca-Runciman EEUU, en medio de una terrible cri-
sobre intercambio comercial. sis, e impone la política del “New
Deal”. Economía alemana en quie-
Mar tínez Estrada: Radiografía de la bra: 5 millones de obreros sin tra-
pampa. Lynch: El romance de un bajo. Incendio del Reichstag. Hitler
gaucho. N. Olivari: La mosca verde. nombrado canciller. Iniciación de la
Rojas: El santo de la espada. campaña antisemita. Creación de
los campos de concentración. Pac-
Prosigue la guerra entre Bolivia y to de las cuatro potencias (Italia,
Paraguay; profundo avance de las Francia, Inglaterra, Alemania). Se
tropas paraguayas. En Uruguay, Te- crea la “Falange” en España.
rra asume la totalidad del poder.
Huelga general, cae Machado en Malraux: La condición humana.
Cuba; lo sucede Grau San Mar tín; García Lorca: Bodas de sangre.
revuelta de los suboficiales de F. Stein: Autobiografía de Alice B. Toc-
Batista. klas. Salinas: La voz a ti debida.
Cooper-Schoedsacks: King Kong. El
nazismo clausura la Banhaus. Se
levanta la censura contra J. Joyce
en EEUU.

1934 El cardenal Pacelli inaugura en Muer te de Hindenburg y ascenso


Buenos Aires el XXXII Congreso Eu- de Hitler en Alemania. Mussolini
carístico internacional. Los socia- funda el Estado Corporativo. Los
listas triunfan en la Capital Federal comunistas chinos, enfrentados a
en la elección de diputados. El Chiang-Kai-shek, inician la retirada:
Graf Zeppelin sobrevuela Buenos “la larga marcha”. El canciller Doll-
Aires. fus asesinado en Viena. La URSS
ingresa a la Sociedad de las Nacio-
Mallea: Nocturno europeo. R. Gon- nes. EEUU concede la independen-
zález Tuñón: Poemas de Juancito cia a Filipinas. “Política del buen
caminador. Rodolfo y julio Irazusta: vecino” de Rooselvet respecto a
La Argentina y el imperialismo britá- América Latina.
nico. García Lorca y Neruda en
Buenos Aires. Reich: Psicología de masas del fas-
cismo. Guérin: Fascismo y gran ca-
Vargas nombrado presidente por la pital. F. de Onís: Antología de la
Asamblea en Brasil; Lázaro Cárde- poesía española e hispanoamerica-
nas electo en México. Sandino, na (1882-1932). Pessoa: Mensaje.

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Universidad Virtual Quilmes

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

asesinado por la Guardia Nacional Dalí ilustra los Cantos de Maldoror.


en Nicaragua. Negociaciones para Congreso de escritores soviéticos
poner término al conflicto entre Pa- en Moscú: el “realismo socialista”.
raguay y Bolivia. Supresión enmien- Pirandello: Premio Nobel de Litera-
da Platt en Cuba. Represión contra tura.
el APRA en Perú, que pasa a la
clandestinidad.

1935 El senador Lisandro de la Torre de- Hitler implanta el ser vicio militar
nuncia el monopolio de los frigorífi- obligatorio. Leyes racistas de Nü-
cos en el comercio de carnes. Du- remberg. Campaña militar de Mus-
rante el debate, es asesinado el solini en Africa; invasión a Etiopía.
senador Bordabehere. Justo inau- La Sociedad de las Naciones apli-
gura el Banco Central. El presiden- ca sanciones contra Italia. Chiang
te del Brasil, Getulio Vargas, visita Kai-sheck, presidente de China.
la Argentina.
P. Hazard: La crisis de la conciencia
Borges: Historia universal de la in- europea. Eliot: Asesinato en la Ca-
famia. Mallea: Conocimiento y ex- tedral. Hitchcock: Treinta y nueve
presión de la Argentina. Dickman: escalones. Muere Henri Barbusse.
Madre América. J. Irazusta: Ensayo
sobre Rosas. E. Palacio: Catilina. E.
S. Discépolo: Cambalache. Muere
en un accidente aéreo Carlos Gar-
del. La Comedia Nacional Argenti-
na inicia sus actividades en el Cer-
vantes. Se constituye el grupo FOR-
JA en Buenos Aires.

Se firma la paz entre Bolivia y Para-


guay. En Brasil, diversos estallidos
revolucionarios alentados por Pres-
tes son sofocados por el gobierno.
Muere Gómez después de ejercer
un poder omnímodo durante 27
años en Venezuela.

Quiroga: Cuentos del más allá. Ne-


ruda: Residencia en la tierra. J. M.
Arguedas: Agua.

1936 Se reúne en Buenos Aires la Con- Mussolini proclama el Imperio Italia-


ferencia de la Consolidación de la no; anexión de Etiopía. Rearme ale-
Paz; asiste F. D. Rooselvet. Saave- mán. Constitución del Eje Roma-Ber-
dra Lamas recibe el Premio Nobel lín. Elecciones del Frente Popular en
de la Paz. España. Levantamiento de Franco
contra el gobierno. Se inicia la gue-
Borges: Historia de la eternidad. Ma- rra civil española. Apoyo de Mussoli-
llea: La ciudad junto al río inmóvil. ni: 50.000 soldados. Frente popular
González Tuñón: La rosa blindada. en Francia encabezado por Leon
Blum. Roosevelt reelegido en EEUU.
En Perú, el aprismo triunfa en las En Moscú se inician los Procesos.
elecciones, pero éstas son anula-
das. En México, Cárdenas crea la Faulker: Absalón, Absalón. Pavese:
Confederación de Trabajadores de Trabajar cansa. Gide: Regreso de la
México. Somoza presiona a Saca- URSS. Wright: Casa Kaufmann
sa a renunciar (VI) y se hace elegir (Pennsylvania). Feyder: La kermesse
presidente de Nicaragua (8/XII). heroica. Chaplin: Tiempos moder-
Gómez destituido en Cuba. Huelga nos. Mueren Unamuno, Pirandello y
petrolera en Venezuela y formación Gorki. García Lorca es fusilado.

174
Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930

Año Argentina y América Latina Mundo exterior

de la CTV. Coronel David Toro, pre-


sidente de Bolivia (-37). Era del
“socialismo militar” (-39).

Vallejo: España, apar ta de mí este


cáliz.

1937 Or tiz, candidato apoyado por el ofi- Franco es proclamado Caudillo.


cialismo, gana las elecciones pre- Aviación alemana bombardea Alme-
sidenciales. Se denuncian actos ría y Guernica. En Francia se desin-
de fraude. tegra el Frente Popular. Japón inter-
viene militarmente en China. Ale-
Mallea: Historia de una pasión ar- mania e Italia se retiran del Comité
gentina. Nalé Roxlo: Claro desvelo. de no-inter vención.

Vargas promulga la Car ta Orgánica W. Benjamin: La obra de ar te en la


que da origen al “Estado Novo”; di- época de su reproductibilidad técni-
solución del Parlamento y los par ti- ca. Picasso: Guernica. Renoir: La
dos políticos. Cárdenas nacionaliza gran ilusión. Se reabre la Bauhaus
ferrocarriles en México. en Chicago.

Neruda: España en el corazón. O.


Paz: Raíz de hombre; Bajo tu clara
sombra. Quiroga se suicida.

1938 Asume Or tiz como presidente. Hitler ocupa Austria. Ultimátum ale-
mán a Praga. Pacto de Munich en-
Gálvez: Hombres en soledad. Ber- tre Inglaterra, Francia, Alemania e
nández: La ciudad sin Laura. Gon- Italia por la situación checoslova-
zález Lanuza: La degollación de los ca. Leyes antisemitas en Italia. Ba-
inocentes. Alfonsina Storni se suici- talla del Ebro en España. Se reti-
da. Leopoldo Lugones se suicida ran las Brigadas Internacionales.
en el recreo “El Tropezón” del Ti-
gre. De este autor, se editan Ro- Sar tre: La náusea. Th. Wilder:
mances del Río Seco y Roca (incon- Nuestro pueblo. M. Hernández:
cluso). Cancionero y romancero de ausen-
cias (-41). Mumford: La cultura de
Cárdenas expropia las instalacio- las ciudades. Moore: Figura inclina-
nes de compañías petroleras ex- da. Siegel y Shuster: Superman.
tranjeras. Aguirre Cerda, candidato Carné: El muelle de las brumas.
del Frente Popular, gana las elec- Disney: Blanca Nieves.
ciones en Chile. Conferencia Pana-
mericana en Lima.

Vasconcelos: Ulises criollo. Muere


Vallejo en París.

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