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TERAN-Historia Intelectual en La Argentina - Argentina
TERAN-Historia Intelectual en La Argentina - Argentina
Intelectual
en la Argentina
entre 1880 y la
Década de 1930
Historia
Intelectual
en la Argentina
entre 1880 y la
Década de 1930
Oscar Terán
Carpeta de trabajo
Diseño original de maqueta: Hernán Morfese
Procesamiento didáctico: Adriana Imperatore / Hernán Pajoni
ISBN: 978-987-1782-63-5
Impreso en Argentina
Bibliografía obligatoria
Actividades
Para reflexionar
Indice
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Cronología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 157
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Introducción
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pero sin subestimar una tradición más prolongada tanto en el área interna-
cional como en la Argentina.
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se le ponga un sonido a esa idea), sino que la palabra par ticipa en la confor-
mación del pensamiento.
Esta noción se esclarece cuando se completa la definición saussureana
del signo. Éste es una realidad de dos caras inseparables: un concepto y una
imagen acústica (el signo “árbol” se compone del concepto de árbol y de la
imagen acústica que ar ticulamos cuando decimos “árbol”). Ahora bien:
Saussure propone designar al concepto con el nombre de significado y a la
imagen acústica con el de significante. El signo es, entonces, una entidad
compuesta necesariamente por un significante y un significado. El significan-
te es la par te “material” del signo: cuando utilizo el lenguaje hablado, el sig-
nificante son las ondas de aire que pongo en movimiento a través de mis ór-
ganos fonadores, para producir esos sonidos que llamamos “palabras”.
Cuando escribo en esta pantalla que usted está leyendo, el significante son
las ondas informáticas que producen esas marcas sobre la pantalla, marcas
que llamamos “letras”. A su vez, el significado es el sentido del signo, o
sea, lo que ese signo “quiere decir”. El ejemplo del semáforo ilustrará es-
tas nociones. El semáforo es un sistema de emitir señales a través de sig-
nos de diversos colores. El significante cuando está encendido el color rojo
está conformado por las vibraciones lumínicas que producen ese color del
espectro. El significado en este caso es “detenerse”.
Una vez comprendidas estas afirmaciones, será posible entender el alcan-
ce de las mismas para la historia intelectual a través de lo que llamamos el
principio de constitutividad de la teoría del signo. Pero para ello es preciso
agregar otra característica decisiva del signo, vinculada con la relación entre
el significante y el significado. Esa característica sostiene que la relación en-
tre el significante y el significado es arbitraria. Cuando Saussure dice que es-
ta relación es arbitraria está diciendo que no es natural, esto es, que no hay
nada que determine espontáneamente que al objeto mesa le adjudiquemos
en castellano la palabra “mesa”. La prueba reside en que la multiplicidad de
lenguas existentes tienen otras palabras para referirse a las mismas entida-
des: table, Tisch, tavola, etcétera. Utilizando el otro ejemplo, puede verse con
facilidad que los colores del semáforo (sus significantes) tienen una relación
igualmente arbitraria con sus significados (se podría haber decidido que el
verde significara “detenerse”, etc.). Decir entonces que no existe una rela-
ción natural entre el significante y el significado implica reforzar el carácter
constitutivo del lenguaje al sostener que el significante (la palabra en tanto
sonido o rasgos sobre una superficie, si queremos decirlo de un modo figu-
rado) no es la expresión de una realidad pre-dada o dada con anterioridad a
la palabra misma. Al referirse a su exitoso libro Las palabras y las cosas,
Michel Foucault declaró por eso que se trataba de un título irónico de un pro-
blema serio: porque no existen ni palabras ni cosas, sino la “y” que las jun-
ta y las hace ser lo que son.
Veamos ahora lo que hemos llamado el principio estructural, del cual es-
ta teoría lingüística (y sus derivados) va a extraer naturalmente su designa-
ción de “estructuralista”. Dicho principio reposa sobre otra característica del
signo: su carácter relacional. Esto significa que cada signo o elemento del
sistema no tiene sentido por sí solo, sino que se define necesariamente en
dependencia con los demás. Así, cada elemento se define de acuerdo con el
lugar que ocupa dentro del sistema o estructura de la lengua. Para compren-
der este tipo de afirmaciones puede apelarse a ejemplos tomados de los jue-
gos. Si pensamos en el ajedrez, diremos que las piezas que lo componen
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son como los signos de la lengua. Cada figura posee un significante (la for-
ma material que se le ha dado) y un significado (lo que ese elemento “quie-
re decir”, lo que ese elemento “vale”). La relación entre significantes y signi-
ficados es igualmente arbitraria: un alfil tiene diversas representaciones o
formas materiales en distintos diseños del juego de ajedrez. Y el valor de ca-
da pieza, lo que cada pieza significa o vale, está en una relación inescindible
con el resto de las piezas. Esto significa que cada pieza está “en función”
de las demás. Puede entonces apelarse para comprender la idea a la noción
de función en matemática. Si escribo x = 4 + 3, es evidente que el valor de
x depende necesariamente del valor de los otros términos, ya que si modifi-
co cualquiera de ellos se modifica ipso facto el valor de x.
Pero existe otro factor en el cual el ejemplo del ajedrez es útil para enten-
der la revolución lingüística de Saussure. Pensemos por un momento que el
ajedrez funciona como un lenguaje. Tiene sus “palabras”, que son las dife-
rentes piezas, y combina o “mueve” estos elementos de diversas maneras.
Puede decirse entonces que el ajedrez tiene su “diccionario”, como texto
donde está contenida la totalidad de los términos que la lengua acepta co-
mo válidos. Pero el modo como las piezas se pueden mover no es libre: es-
tá estrictamente regulado por un conjunto de reglas. El ajedrez tiene así su
“gramática”, en tanto conjunto de reglas que indican las combinatorias posi-
bles (y por ende las que están prohibidas). A esta gramática también la po-
demos denominar “código”.
Las consecuencias de estas afirmaciones son enormes, y permiten com-
prender la afirmación de Saussure de que “en lingüística no aceptamos, en
principio, que haya objetos dados (...) El enlace que se establece entre las
cosas preexiste a las cosas mismas y sir ve para determinarlas”. Esto es, que
el reglamento del ajedrez es anterior a los movimientos que se ejecutan, la
gramática es anterior a las frases que formo, y el código precede al mensaje.
La lengua, entonces, no es una nomenclatura porque la teoría del signo
saussureana afirma la inseparabilidad del significado respecto del significan-
te. No es posible mantener una relación directa con el significado, sino que
siempre el sujeto se encontrará con que “entre” su propia conciencia y el sig-
nificado se ha “interpuesto” el significante. Además, en ese sistema cada
elemento remite necesariamente a otro para poder significar, y lo que signi-
fica depende de su posición, según el principio estructural. Por fin, esta es-
tructura es un código que precede a los elementos que combina, con lo cual
se asemeja a una “retícula” o “malla” que permite “ver” cier tos elementos
y oculta otros. La teoría saussureana alcanzaría su mayor gravitación a par-
tir de la segunda posguerra, sobre todo cuando muchos de sus principios
fueran trasladados a la antropología a través de Lévi-Strauss y, a par tir de
allí, fueran implementados en los estudios literarios (Roland Barthes), mar-
xistas (Louis Althusser), psicoanalíticos (Jacques Lacan) y filosófico-cultura-
les (Michel Foucault).
Volviendo a la historia intelectual, podemos comprender dos afirmaciones
provocativas que el antropólogo francés Lévi-Strauss incluyó en su libro El
pensamiento salvaje, de 1962. Parafraseando a Pascal, sostuvo que “la len-
gua es una razón humana que tiene sus razones, y que el hombre no cono-
ce”. Simplemente, se quiere decir que cada vez que hablamos no tenemos
más remedio que obedecer al código de la lengua, pero que este código no
es un producto nuestro y que no podemos modificarlo a voluntad. La otra fra-
se dice que “la Revolución Francesa, tal como se la conoce, no ha existido”.
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que Petrarca no podía tener noción de esa manera de caracterizar ese perío-
do histórico, simplemente porque esa categoría no existía. Del mismo modo,
es preciso determinar qué es lo que cier tos términos significaban para los
contemporáneos, para no atribuirle, por ejemplo, al concepto “democracia”
utilizado por Platón el mismo significado que le atribuimos nosotros en otro
contexto histórico y cultural. Por fin, podrá verse que la definición misma de
lo que es contexto y de lo que no lo es implica un problema. Así, se dice que
para un astrónomo su contexto está mucho más determinado por lo que pa-
sa en Saturno que por lo que ocurre en su país. De todas maneras, estas in-
ter venciones tienden a corregir los excesos del intratextualismo, y a recordar
que la historia de las ideas es la historia de la relación entre lo que son las
ideas y lo que no son las ideas. En términos más técnicos, Foucault dice en
La arqueología del saber que la historia intelectual consiste en la relación en-
tre la “serie discursiva” y la “serie no discursiva”.
Estos son algunos de los dilemas entre los que se debate actualmente la
historia intelectual. Otros vinculados con otras categorías de análisis, así co-
mo con los contenidos historiográficos de este curso, serán vistos a lo largo
de su mismo desarrollo.
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Objetivos
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squares, luz eléctrica y palacios, hasta Obser vatorio, para todas las funciones
sociales", al par que "el movimiento de tranways, ferrocarriles, vapores, exce-
de a la de todas las ciudades y puer tos de esta par te".
En cambio, en el discurso de Cané aparece la búsqueda de un algo inva-
riante que permanezca por debajo de los cambios. En otra car ta a su hija, le
relata que eso es lo que ha encontrado en la zona de la Gare d’Orléans en
París, que “parece plantada desde principios del mundo”, con “el mismo óm-
nibus o el mismo fiacre de siempre, como el cochero que, amoldándose a su
oficio, se perpetúa idéntico”, y en “una mesa del mismo viejo restaurante, el
mismo mozo, con el cabello blanco ya, os saluda por vuestro nombre y em-
prende la tarea eterna de confeccionar un menú que resulta siempre el mis-
mo". Por el contrario, un argentino que en el último cuar to de siglo sólo ha-
ya visitado esporádicamente a Buenos Aires, "llegado a la plaza de la Victo-
ria se encuentra con que todos los aspectos de su infancia, esas visiones
que vinculan profundamente para una vida entera, se han transformado. En
un primer regreso, la torre del Cabildo desaparecida; más tarde la vieja Re-
cova, luego el teatro Colón, la clásica esquina de Olaguer y, por fin, la Aveni-
da de Mayo, que se abre ante sus ojos tan inesperada, tan insólita, que pa-
rece inverosímil. ¿Cómo es posible que en ese caleidoscopio constante se
llegue a la sensación del hogar?". Por ello –y noten ustedes que aquí se es-
tá invir tiendo la valoración sarmientina- le desagrada la ciudad de La Plata,
"que cuando deje de ser campo será el triunfo de la banalidad". En el mis-
mo texto de Condición del extranjero en América, Sarmiento imagina con ale-
gría que “el inmigrante Rosetti”, que ha ido de paseo a su país natal, al re-
gresar a Buenos Aires "no va a reconocer su calle, su antiguo alojamiento,
porque ha sido sustituido por un palacio". En cambio, Miguel Cané confiesa
que, a riesgo de ser tratado de bárbaro, le sería muy grato ver en Buenos Ai-
res “algún aspecto de mi infancia, [...] con mucho pantano y mucha pita".
Es decir, con esos restos de campo que la ciudad ha invadido y aniquilado.
Existe otro lamento de Cané ante el avance de la modernización. Es el
que se refiere a la pérdida de la deferencia tradicional, esto es, del respeto
y la distancia que guardan “los de abajo” hacia los superiores. Contamos
con un párrafo que suele citarse al respecto, y que resulta imprescindible
para comprender la posición de Cané, porque ella ilustra el modo como ima-
ginaba lo que para él debería ser un buen orden social.
En su ar tículo "En la tierra tucumana" se quejó de la pérdida de “la venera-
ción de los subalternos como a seres superiores, colocados como por una ley
divina inmutable en una escala más elevada, algo como un vestigio vago del
viejo y manso feudalismo americano". "¿Dónde, dónde están –se pregunta en-
tonces- los criados viejos y fieles que entreví en los primeros años en la casa
de mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban co-
mo a pequeños príncipes, dónde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a
nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compañeros de juego en la
infancia, viendo la vida recta por delante, sin más preocupación que ser vir bien
y fielmente? El movimiento de las ideas, la influencia de las ciudades, la fluc-
tuación de las for tunas y la desaparición de los viejos y sólidos hogares, ha he-
cho cambiar todo eso. Hoy nos sir ve un sir viente europeo que nos roba, se vis-
te mejor que nosotros y que recuerda su calidad de hombre libre apenas se le
mira con rigor". Como contrapar tida emerge la revalorización de las provincias
del interior y sobre todo de las campañas, donde "quedan aún rastros vigoro-
sos de la vieja vida patriarcal de antaño, no tan mala como se piensa".
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Tenemos entonces en estos textos una visión que oscila entre la preocu-
pación y la alarma. Es un tema controver tible, de debate, determinar cuán
grande fue la alarma del sector dirigente ante estos fenómenos que conside-
ra negativos para la construcción de una nación moderna y civilizada. Los tex-
tos son bastante elocuentes en cuanto a mostrar la existencia de ese ma-
lestar. Pero también existen testimonios de que seguía viva la confianza en
que esos inconvenientes podían ser controlados. Y que podían y debían ser
controlados "desde arriba", según la concepción general que había guiado a
la elite argentina en su visión de la relación entre gobernantes y gobernados.
Esta concepción –sumamente expandida en el mundo europeo de entonces-
dice que para la construcción de un buen orden social debe existir una mi-
noría dirigente. Natalio Botana ha señalado esta circunstancia en su libro El
orden conser vador:
Releamos ahora, para detenernos allí, la frase final que se refiere a ese
“conjunto de significados morales o materiales que generan, de arriba hacia
abajo, una creencia social acerca de lo bien fundado del régimen y del go-
bierno”. ¿A qué tipo de argumentación responde esta afirmación? Fíjense
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que allí se dice que la creencia que se debe generar está destinada a justi-
ficar lo bien fundado del régimen. Se trata entonces de una cuestión de fun-
damentos. Ahora bien: cuando en la teoría política se habla de una cuestión
de fundamentos, se está hablando del tema de la legitimidad. Y el tema de
la legitimidad es una cuestión básica, esencial, en toda sociedad. Esto pue-
de decirse de otro modo: el problema de la legitimidad responde a la que tal
vez sea la pregunta básica de la teoría política: ¿por qué obedecemos (a las
leyes, a las costumbres, etcétera)? Hay dos respuestas: obedecemos por
consenso o por coerción, es decir, porque estamos de acuerdo con lo que
esas leyes dicen, o porque tememos represalias en caso de no hacerlo. Aho-
ra bien: se sabe que este último caso llevado al extremo implica la vigencia
de un orden político autoritario, que apela a la fuerza porque no puede con-
vencer a sus gobernados. Se sabe también que, paradójicamente, este régi-
men “fuer te” es en realidad débil, precisamente porque no construye con-
senso. Un gobierno sólido, por el contrario, es el que convence a sus gober-
nados de un conjunto de creencias y valores que es preciso compar tir. Pero
esta pregunta por la legitimidad dirigida hacia la sociedad, también se formu-
la respecto de los gobernantes: ¿qué es lo que los legitima o autoriza para
mandar? De modo que si antes se preguntaba ¿por qué obedecemos?, aho-
ra la pregunta es ¿por qué mandamos? En un sistema político democrático,
donde se respeta el criterio del sufragio universal y el principio de “un hom-
bre, una mujer, un voto”, la respuesta a esa pregunta es: mandamos porque
así ha sido decidido por la mayoría de los ciudadanos, que de tal manera nos
habilitó para el ejercicio del mando.
Naturalmente, no era ése el principio al que podían apelar Miguel Cané y
los demás integrantes de la clase dirigente argentina en aquellos años en
que no existía en la Argentina un sistema político democrático. Explícitamen-
te Cané repudia además ese tipo de sistema, al que considera para nada de-
cisivo respecto de la suer te de un país, o bien, en otras opor tunidades, real-
mente nefasto para una nación. No estaba solo en estas opiniones, que eran
compar tidas y promovidas activamente por numerosos intelectuales euro-
peos, que afirmaban –como los franceses Ernest Renan e Hyppolitte Taine-
la necesidad de un gobierno de las aristocracias. El fundamento o la legiti-
midad de ese tipo de gobiernos no reposa entonces en el número sino en la
calidad. El criterio de legitimidad y autolegitimidad se define entonces a tra-
vés de las cualidades que posee minoría gobernante. Las cualidades que pa-
ra Cané definen esa legitimidad están enumeradas en un pasaje que escri-
bió luego de asistir en Londres a una función en el Covent Garden:
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conseguirlo. En los puntos siguientes veremos las alternativas que a esos di-
lemas propuso la “cultura científica” en las voces de Ernesto Quesada y de
José Ingenieros.
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dime del pecado y que para que un pueblo sea rico, inteligente y vir tuoso,
es indispensable que sea libre".
En el siglo XIX, los mayores prestigios en la ciencia los había obtenido
del formidable desarrollo de las disciplinas médico-biológicas. Y Claude
Bernard y Char les Darwin son los símbolos de esta expansión científica so-
bre nuevos aspectos de la realidad. En este aspecto, Florentino Ameghino
será entre nosotros quien de modo más entusiasta adhiere a la celebra-
ción de la ciencia a par tir de dichos éxitos, como se ve en la cita siguien-
te, que tanto recuerda a la de Macaulay:
Provenientes del mundo europeo, libros de gran venta como Fuerza y ma-
teria, de Büchner, o Los enigmas del universo, de Haeckel, divulgaron esa
versión cientificista hacia sectores mucho más amplios que los específica-
mente intelectuales. Y por cier to que en la Argentina difícilmente pueda en-
contrarse a alguien que haya encarnado aquella figura de manera más cabal
que Florentino Ameghino, como lo seguirán revelando, ya finalizando el siglo
XX, su prestigio como símbolo del progresismo laico y la oposición que se-
guía reclutando entre los sectores católicos tradicionales.
Dentro de la cultura letrada más general, fue José Ingenieros el que en-
carnó hasta 1910 con mayor justeza la representación del intelectual positi-
vista. Sin embargo, su ingreso al positivismo no fue inmediato. Y resulta in-
teresante obser var sus primeros pasos para atender a la complejidad del pa-
norama de las ideas en el fin del siglo XIX en esta par te del mundo.
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Nociones como las de "raza", "medio" o "lucha por la vida y super viven-
cia de los más aptos" eran así trasplantadas al ámbito social, produciendo
muchas veces visiones racistas. Esto es notorio en Ingenieros, quien en es-
ta etapa de su pensamiento considera que en la sociedad imperan esas le-
yes que realizan una justa selectividad mediante "un trabajo de eliminación
de los más débiles por los más fuer tes".
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La sociología argentina
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Lengua y nación
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Si esto fue así, es posible pensar, desde la historia intelectual, que esa no-
ción de “revolución” a la francesa se constituyó en el interior de un complejí-
simo proceso político, social y cultural. Ocurrió en la coyuntura específica de
la Francia de fines del XVIII, en el seno de un proceso animado por sectores
sociales emergentes, en el curso de un desarrollo económico par ticular y tra-
mitado en el medio de un debate intelectual animado, en el ámbito de la cul-
tura letrada, por figuras emblemáticas al respecto como Voltaire y Rousseau.
Trasladémonos ahora ver tiginosamente al Río de la Plata de principios del
XIX. Tomemos los escritos de Mariano Moreno. En ellos vamos a encontrar re-
ferencias, conceptos, categorías, ideas en fin, que provienen de ese legado
francés, y que muchas veces tienden a pensarse a sí mismos bajo el modelo
de la revolución francesa. Por ejemplo, cuando lo envía a Castelli a cumplir con
la orden de fusilamiento de los amotinados dirigidos por Liniers, le escribe: “Va-
ya pues doctor, usted, que, como los revolucionarios franceses, ha dicho algu-
na vez que cuando lo exige la salvación de la patria debe sacrificarse sin repa-
ro hasta el ser más querido”. Se trata de un lenguaje revolucionario, jacobino,
esto es, que trasmite unas ideas que han sido producidas en otro sitio y en si-
tuaciones muy diversas. Situaciones tan diversas como, por ejemplo, la cir-
cunstancia de que la Revolución de Mayo tiene su principio –como ha argumen-
tado Halperin Donghi- en una causa exógena: la derrota de la monarquía espa-
ñola en el seno de las guerras napoleónicas. Esto es, no se puede hablar aquí
de sujetos locales que por determinados motivos van generando un proyecto
revolucionario, etcétera. Y sin embargo, Moreno, Castelli, Monteagudo, toman
expresa inspiración en la revolución francesa, es decir, la toman como su faro,
su guía. Y toman a Francia como el origen de esas ideas revolucionarias.
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pañola en la guerra con los Estados Unidos en 1898. Y las posiciones de Er-
nesto Quesada son un claro exponente de este giro. Cuando a Juan María
Gutiérrez la Real Academia Española le ofreció ser correspondiente de la
misma en esta par te del mundo, ese miembro de la Generación del 37 re-
chazó el convite, por considerar que los argentinos no debían atenerse a nor-
mas dictadas por ese guardián de la pureza del idioma. En cambio, en 1896
Quesada acepta dicho cargo.
Es de notar, asimismo, que en función de esta rear ticulación con lo que
ya se empieza a llamar la madre patria, Quesada encuentra elementos de
hermandad con el resto de las naciones hispanoamericanas, y en esa mis-
ma línea alimenta un creciente discurso antinor teamericanista. Al hablar de
un escritor guatemalteco, aprovechará para señalar que la presencia nor tea-
mericana en el Canal de Panamá constituye una seria amenaza para el por-
venir de la raza hispano-americana. De modo, que si en los países del sur no
se reacciona, "levantando el espíritu de nacionalidad a la altura envidiable
del que anima a los yanquis, es fatal el triunfo de éstos". A ese avance del
"Tío Sam" y del "imperialismo yanqui" sobre el resto de América sólo puede
detenerlo otra potencia de esta región. Naturalmente, y con una idea en ex-
pansión dentro de la elite, ese papel le estaría reser vado a la Argentina.
Aquí cerramos el desarrollo de la Unidad 1 del programa. En ella hemos
visto, sobre el trasfondo de un representante de la generación del 80 como
Miguel Cané (h), el despliegue de algunas inter venciones tramadas desde lo
que he denominado la cultura científica. En la unidad siguiente, considerare-
mos la manera en que desde otra matriz estético-ideológica (el modernismo
cultural) se respondió a iguales o análogas problemáticas.
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Referencias bibliográficas
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bajel que pueda abordar", promovió como contrapar tida un anhelo insacia-
ble de saber que concluirá por engendrar, según los temperamentos, "o el
misticismo exaltado de los metodistas o el escepticismo utilitario y positi-
vista de los epicúreos".
Naturalmente, esta reacción debía tener por blanco al núcleo mismo de
la cultura positivista, esto es, a las ciencias. Y efectivamente, en 1889 un in-
fluyente escritor francés, Ferdinand Brunetière, publicó en un órgano cultu-
ral ampliamente conocido por los intelectuales argentinos (la Revue des
Deux Mondes) una serie de ar tículos referidos a lo que denominó “la banca-
rrota de la ciencia”. Acusó allí al materialismo y cientificismo de minar las
fuentes de la moral, además de sostener que la ciencia no ha cumplido su
promesa de develar todos los misterios, que no es capaz de describir al hom-
bre en su mayor dignidad espiritual sino sólo como un animal más, que no
ha podido por eso remplazar a la religión y que, por ende, es incapaz de pro-
veer una moral que sólo ésta puede brindar.
Y es que el movimiento positivista había comenzado a dar señales de ago-
tamiento entre algunos sectores intelectuales, en par te porque sus conclu-
siones traían como resultado, según la síntesis de Jean Pierrot, una visión
desencantada de la vida humana por su sometimiento a las necesidades im-
piadosas del determinismo psíquico, psicológico y social, que aplasta al
hombre bajo las leyes de la herencia; a la especie, bajo las de la evolución
y al individuo excepcional, bajo la ley del gran número afirmado por la demo-
cracia, mientras el amor no es más que la sumisión inconsciente a la volun-
tad ciega del instinto de super vivencia de la especie y la fe religiosa, un re-
cuerdo nostálgico.
Dentro de este movimiento puede señalarse en términos precisos la in-
fluencia en ascenso de las filosofías vitalistas (con Nietzsche a la cabeza) o
de las que colocan el acento en la escisión entre mundo de la naturaleza y
mundo del espíritu, o de las que al modo de Bergson establecen un cor te
esencial entre la conciencia y el mundo físico. En el terreno estético, es el
momento de la disolución de la representación realista del naturalismo y del
pasaje al impresionismo, y en la literatura, de la difusión de los movimientos
decadentista, parnasiano, simbolista...
Señalaré sólo algunos elementos del decadentismo francés, por algunas
analogías que tendrá con el modernismo hispanoamericano. El texto símbolo
de esta corriente fue el libro de Huysmans titulado À rebours, que puede ser
traducido como A contrapelo, Contra la corriente o, tal vez mejor, como Contra-
natura. Ya que en efecto, en este libro aparecido en 1884, su personaje cen-
tral (Des Esseintes) luce como el modelo del decadente, y así hace gala de exo-
tismo, esteticismo, morbidez y rechazo del mediocre mundo burgués, mientras
se dedica al cultivo exacerbado de lo ar tificial, lo contranatural, lo antinatural.
Este personaje, por ejemplo, se aleja de todo y se encierra en una casa cuyas
paredes tapiza y acolcha para mejor rechazar el mundo exterior. Y al único ob-
jeto natural que convive con él, una tor tuga, le cubrirá el caparazón con piedras
preciosas. Entre nosotros, Darío expresará un proyecto similar cuando diga en
1888: “hacer rosas ar tificiales que huelan a primavera, he aquí el misterio”.
Este clima venía acompañado de una estructura de sentimientos esteticista,
aristocratizante, sensualista, hedonista y de la creencia de hallarse en un “fin
de época”. La figura social que esta estética construirá será la del dandy (en
rigor, continuando una tradición romántica), es decir, un individuo que cultiva los
elementos señalados, que los traduce en su propia vestimenta y gestualidad y
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que busca hacer de su propia vida una obra de ar te. Oscar Wilde es uno de los
casos de realización de este ideal.
Y bien: tenemos así dibujado en gruesos trazos este clima o este subcli-
ma (puesto que convive con otros) estético-intelectual. Algunas de esas ins-
piraciones va a ser posible encontrarlas en el caso del modernismo hispa-
noamericano, aunque también con evidentes diferencias.
El modernismo literario es un movimiento que se desenvuelve básicamen-
te en hispanoamérica entre 1890 y 1910 (obsér vese que coincide puntual-
mente con el período de la cultura científica y positivista). Sus principales re-
presentantes fueron en primer lugar su reconocido jefe de fila, Rubén Darío,
y luego otros escritores como el colombiano José Asunción Silva, el cubano
Julián del Casal, el mexicano Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, el urugua-
yo Herrera y Reissig, el peruano José Santos Chocano, el guatemalteco Gó-
mez Carrillo, el mexicano Amado Ner vo, el boliviano Jaimes Freyre, el venezo-
lano Rufino Blanco Fombona.
Ahora, siguiendo a grandes rasgos a Carlos Real de Azúa, vamos a consi-
derar cuáles son las características que definirían a este movimiento estéti-
co-cultural. La primera es la “voluntad de belleza”. Estamos en presencia de
un movimiento que coloca como valor fundamental el de la belleza, así como
podría decirse que la cultura científica coloca en ese sitio al valor de la ver-
dad. Aun cuando hay que tomar cier tos recaudos ante esta afirmación, ya
que el modernismo tendrá una concepción de la belleza por la cual podrá ha-
cer de ella una suer te de órganon para penetrar, para conocer, la auténtica
realidad. Luego, el cultivo de esta belleza implica la adopción de una postu-
ra adversa a cualquier realismo ingenuo y a todo lo práctico. (En esta última
línea, el modernismo no hacía sino proseguir una consigna del romanticismo:
aquélla que le hacía decir a uno de sus poetas que “todo lo útil es feo”.)
Así, ante un mundo que percibe adocenado, mediocre y falto de belleza,
el héroe modernista adoptará diversas alternativas. Una de ellas será la de
recurrir a la búsqueda de “situaciones-límite” (sensoriales, psíquicas y éti-
cas), para garantizar la ruptura con los “convencionalismos burgueses”. De
allí provendrá el gusto por lo morboso, la explotación de un erotismo exacer-
bado por actitudes sacrílegas, el encomio de lo refinado, exquisito y aristo-
crático, así como el exotismo y el interés por realidades muy alejadas en el
tiempo y en el espacio. Todo ello dentro de lo que Real de Azúa designa tex-
tualmente como “la pugna por la perfección de la escritura poética y prosís-
tica enriquecida lingüística y sintácticamente por cualidades de eufonía, rit-
mo, relieve y color dentro de estilos personales que valoran como metas de
calificación la sugestión, el matiz, la rareza, la levedad, la innovación de for-
mas y estructuras (especialmente poéticas)”.
Ángel Rama a su vez señala al respecto un carácter epocal: la insatisfac-
ción por el presente, que podemos encuadrar dentro de las características
señaladas del decadentismo europeo. Se trata, dice el crítico uruguayo, de
“esa sensación de vacío y soledad que se posesionó de los ar tistas del pe-
ríodo y que en buena par te implicó una crítica, expresa o tácita, a la nueva
sociedad burguesa creadora del universo contemporáneo”. El modernismo
compar te de este modo un humor de “fin de época” que acompaña la desig-
nación de ese momento con el nombre de fin-de-siécle, que alude a una épo-
ca crepuscular, a un “final de fiesta”, cuando la mayoría de los invitados ya
se han retirado, comienza a amanecer y a los últimos asistentes sólo les
queda en la boca el sabor de la resaca. En América Latina, esa sensación en
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conectarse con el ansia por vivir en ciudades más metropolitanas que las
que perciben como aldeas en sus propios países. Y decir “ansia de metró-
polis” implica confesar un deseo específicamente moderno, en tanto la gran
ciudad es motor y resultado de ese mismo proceso modernizador. En cuan-
to al sentimiento de retraso cultural, Ángel Rama lo registra con agudeza en
el caso de un prominente intelectual positivista mexicano, Justo Sierra,
cuando en su viaje a Estados Unidos no oculta la conmoción que le causa la
contemplación por primera vez de un auténtico Rembrandt. Y en cuanto a la
relación con el mundo urbano, cuando en 1893 Darío llegó a Buenos Aires a
los veintitrés años de edad, registró esa admiración: “Buenos Aires –escri-
bió- modernísimo, cosmopolita y enorme”. O sea, que ante la gran urbe se
verifica lo que otro modernista, Julián del Casal, expresó: la circunstancia de
que el modernismo tuvo “el impuro amor de las ciudades”. Junto con ello, (y
aquí vuelve a surgir la ambigüedad) en esa misma ciudad de Buenos Aires,
con sus 600.000 habitantes de entonces, Darío lamenta que no haya más
de doscientas personas que compren un libro de autor nacional.
Dicho esto, es preciso agregar que muchas de estas características son
indistinguibles de las que más de un siglo atrás había implantado el roman-
ticismo. Y además, que estas características estilísticas, trasladadas al te-
rreno ideológico producen resultados igualmente ambiguos. Dicho de otra
manera, que estamos en presencia de un conjunto de enunciados cuyo re-
sultado práctico no es unívoco. De allí, de hecho hubo modernistas que adop-
taron posiciones de derecha y otros que alcanzaron altos niveles de simpa-
tía y aun de compromiso con el anarquismo. En suma, para citar nuevamen-
te a Real de Azúa, “existen, en realidad, muchas pruebas de que estilos y es-
cuelas ar tísticas son, a menudo, ideológicamente ambiguas o, aún más
exactamente, polisémicas”. Esto es, que de esos programas estéticos no se
puede deducir una política.
Y sin embargo, es posible explicitar concretamente algunas de las posi-
ciones que desde el modernismo se produjeron, y que contribuyen a deter-
minar mejor su función en el ámbito cultural hispanoamericano en general y
argentino en par ticular. Es lo que podríamos llamar los tópicos modernistas.
El filón antieconomicista o, mejor aún, antiburgués fue uno de ellos. La figu-
ra del burgués que el modernismo construye es más cultural que económi-
ca, y el tipo del héroe modernista se constituirá en las antípodas de aquélla.
El burgués es precisamente un sujeto que pone como valor más alto el del
dinero, pero también a una escala módica. Esto es, no se trata de los gran-
des capitanes de industria y mucho menos de los capitalistas dispuestos a
grandes apuestas y a grandes riesgos empresariales. Se trata más bien de
lo que llamaríamos en este terreno un “pequeño burgués”, con la connota-
ción negativa que ese término siguió adquiriendo hasta no hace demasiado.
Aunque también, puede este tipo aparecer encarnado en burgueses ricos
(aquéllos de “panzas rotundas”, como escribían), cuya riqueza está en rela-
ción directamente proporcional con su mal gusto, esto es, con su incapaci-
dad estética.
A este carácter de “idealismo antieconomicista”, se le puede sumar al
modernismo la tendencia cosmopolita que lo animó, aun cuando –como ve-
remos- esa tendencia no obstaculizó una reflexión que intentó definir identi-
dades colectivas (la hispanoamericana, la nacional) de carácter específico.
Es así como, tanto el hispanismo como el latinoamericanismo encontraron
un suelo propicio en su interior. En esa línea es que produjo una reacción de
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Para hacer un breve desvío por el tema de los cursos diversos entre la
realidad y el pensamiento (para decirlo de un modo incorrecto pero para
comprendernos rápidamente), es interesante remarcar aquí por qué no
puede hablarse en este momento de antimperialismo sin cometer un ana-
cronismo. Y no puede hablarse de antimperialismo dado que el término
“imperialismo” tal como nosotros lo comprendemos no existía. En todo
caso, el imperialismo era visto como un fenómeno fundamentalmente po-
lítico, y aun militar, y refería a la capacidad expansionista de algunas na-
ciones. Además, estaba sumamente difundida entre las elites occidentales
la idea de que una nación que no estuviera en condiciones de alcanzar ese
rango de nación imperial, era una nación difícilmente viable. Hemos vis-
to, por ejemplo, el modo como José Ingenieros proyectaba para la Argen-
tina justamente ese tipo de evolución en el cono sur americano. Es nota-
ble asimismo el desfasaje temporal entre la emergencia del fenómeno im-
perialista y las primeras tematizaciones de esa cuestión, considerándolo
como un fenómeno económico. Aquí podría decirse con Hegel que “el
pensamiento llega siempre tarde”. De hecho, el primer trust, o la primera
empresa trustificada, la Standard Oil, surge a mediados de la década de
1880. Y ello es la manifestación de que el capitalismo ha empezado a fun-
cionar de otra manera, que ya no se está ante el capitalismo de libre con-
currencia tal como lo había teorizado Marx. Y sin embargo, los primeros
tratamientos teóricos al respecto van a tener que esperar casi dos décadas,
hasta que el socialdemócrata J. A. Hobson publica en Londres, en 1902,
Imperialismo. Un estudio. Más aún: si se piensa en el momento en que es-
te término va a pasar a ser una categoría usada masivamente por los sec-
tores intelectuales de izquierda –y de allí se va a expandir a otros ámbitos,
hasta tornarse, por momentos, en una suerte de noción de sentido común,
es claro que habrá que esperar hasta fines de la segunda década del siglo,
con los estudios de Rosa Luxemburgo y sobre todo del clásico de Lenin,
El imperialismo, fase superior del capitalismo. En fin: este breve ex cur-
sus tiene otra vez la intención de introducir temas de reflexión en torno de
cuestiones típicas de la historia intelectual, como es en este caso el del va-
riable significado de los mismos términos en diversos momentos y el del
campo de visibilidad de los contemporáneos respecto de fenómenos de su
propio presente.
Podemos ahora retornar al modernismo, para que lo visto nos sir va como
puente hacia el tratamiento de un producto concreto que se mueve dentro
del universo del modernismo cultural, como puede ser considerado el libro
Ariel de Enrique Rodó. Vimos entonces que el modernismo proclamó un mar-
cado y explícito elitismo, en este caso, el de las minorías del ar te, el de los
adoradores de la belleza. Aun cuando también es cier to que dentro de los
escritos de los modernistas es posible no sólo encontrar páginas en defen-
sa de los oprimidos, sino militantes posturas anarquistas. (Y en rigor, se pue-
den encontrar líneas de pasaje entre el elitismo modernista y el van-
guardismo anarquista). Pero ha sido señalado que esta colocación del valor
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Como escribió Alber to Zum Felde, “Rodó es el primer uruguayo que ha lo-
grado –en el primer cuar to del 900- la más alta consagración en Hispano-
América”. En efecto, su ensayo de ideas titulado Ariel, publicado en 1900,
es un clásico del ensayo hispanoamericano, alcanzando una vasta repercu-
sión en el subcontinente a lo largo de varias décadas. Aún hacia 1930, po-
dría decirse que existen en ese escenario dos libros clásicos de ensayo que
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van a seguir siendo una especie de “sermones laicos” dirigidos a las juven-
tudes de esta par te del mundo: el citado de Rodó y El hombre mediocre, de
José Ingenieros. Resultará fundamental para la persistencia de dicha reper-
cusión el hecho de que ambos textos ingresaron como material ideológico
–por decirlo de alguna manera- del movimiento de la Reforma Universitaria a
par tir de 1918, en la medida en que –como es sabido- dicho proceso fue el
primer movimiento de características realmente latinoamericanas en nuestro
siglo, con una enorme capacidad de penetración en el seno de los sectores
estudiantiles e intelectuales de estas latitudes. Los motivos de este éxito se-
rán considerados en la Unidad 3.
José Enrique Rodó (1871-1917), entonces, es uno de los intelectuales uru-
guayos que mayor repercusión logró fuera de su país, y esa repercusión la ob-
tuvo precisamente a par tir de su Ariel. A la hora de definir filiaciones, digamos
que sobre este libro la influencia de Ernest Renan es clara y explícita: “Leed
a Renan –escribe Rodó precisamente en Ariel-, aquellos de vosotros que lo ig-
noréis todavía habréis de amarle como yo. Nadie como él, me parece, entre
los modernos, es dueño de ese ar te de ‘enseñar con gracia’, que Anatole
France considera divino”. Y en una car ta a Unamuno del 12 de octubre de
1900 le dice: “Mis dioses son Renan, Taine, Guyau, los pensadores, los remo-
vedores de ideas, y para el estilo, Saint-Victor, Flaubert, el citado Renan”. En
diversos aspectos, algunos de los cuales ya fueron relativamente anticipados
en tratamientos anteriores, esa presencia de Renan ayuda a comprender el
sentido de las construcciones ideológicas de Rodó. A lo largo de la siguiente
exposición del Ariel, confío en que, contando además con algunos criterios
aprendidos, estemos en condiciones de percibir dichas influencias.
Comencemos por un rápido resumen, antes de pasar a un tratamiento
más detallado. Ariel se divide en tres par tes. En la primera se invoca a la ju-
ventud, construyendo con ella un sujeto capaz de recomponer una situación
de crisis y decadencia. Asimismo, allí alaba la personalidad integral del hom-
bre, contra el espíritu desmembrador de la especialización profesional. En la
segunda, se elogia a las minorías selectas y a las jerarquías intelectuales
contra las tendencias democráticas y en definitiva mesocráticas (esta asimi-
lación de democracia con mediocridad o nivelación hacia abajo es un tema
que se viene elaborando a lo largo del siglo XIX). La tercera, por fin, es la más
célebre de este ensayo de ideas, y es en ella donde se define la tensión en-
tre Estados Unidos de América e Hispanoamérica, y desde allí se propone
una identidad hispanoamericana.
Vayamos ahora a los detalles. El libro se inicia con un epígrafe que indica
el público imaginario al que el texto o el discurso se dirige: A la juventud de
América. Con ello, se invocaba un sujeto que desde el romanticismo había
sido construido como un sector etario incontaminado, con lo que se conside-
raban diversas máculas de los tiempos modernos. Es decir, que cuando se
la invoca, es porque existen desvíos o defectos que es preciso corregir, y pa-
ra ello se instruye a estos jóvenes que deben adoptar una función estricta-
mente misional. Esta invocación atravesará dos décadas, y en 1918 será la
misma que voceará la Reforma Universitaria. Para apoyar esta elección, Ro-
dó escribirá: “Yo os digo con Renan: ‘La juventud es el descubrimiento de un
horizonte inmenso, que es la Vida’.” Y es que la juventud es la encargada de
encarnar los ideales nuevos, y así promover la renovación de los tiempos.
“Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz, la genialidad innovadora”, escribe
en Ariel.
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crucifijos en las oficinas públicas. Opuesto a esta idea, a pesar de no ser ca-
tólico, Rodó afirma así en Liberalismo y jacobinismo, de 1906, que su espí-
ritu aspira a remontarse a aquella “esfera superior desde la cual la religión
y la ciencia aparecen como dos fases diferentes, pero no inconciliables, del
mismo misterio infinito”.
Dentro de este mismo espíritu que intenta armonizar concepciones diver-
sas, el Ariel adopta la versión de la Vida de Jesús de Renan, donde Cristo es
despojado de su carácter divino para adoptar la forma de un hombre supe-
rior al estilo de los héroes de Carlyle. Desmiente entonces Rodó –en directa
referencia a Nietzsche- que el cristianismo sea esa religión que entristeció la
tierra. El éxito del cristianismo sobre el mundo viejo habría consistido inclu-
so en que opuso “el encanto de su juventud interior –la de su alma embal-
samada por la libación del vino nuevo- a la severidad de los estoicos y a la
decrepitud de los mundanos”.
Pasa revista luego a lo que hemos visto como un tema de época: la idea
de hallarse en una edad de decadencia, de debilitamiento o, para decirlo con
el lenguaje androcrático de la época, de “afeminamiento”. Desde los román-
ticos hasta ahora, Rodó considera que se ha recorrido una cur va de decaden-
cia que desemboca en nuestro conocido Des Esseintes, es decir, en el per-
sonaje símbolo del decadentismo y por ende –escribe Rodó- de “los ener va-
dos de voluntad y corazón en quienes se reflejan tan desconsoladoras mani-
festaciones del espíritu de nuestro tiempo”.
Ante esos tipos humanos, que son síntomas de una decadencia más ge-
neralizada, es preciso ofrecer otros ideales capaces de superar esa crisis en
la que se ha introducido la modernidad. Ésta es la función desempeñada en
el libro por los llamamientos en pro de la restauración del “hombre total”.
Esta fórmula pretende responder al avance de la tendencia fragmentadora de
la modernidad (fragmentación de las esferas de competencia ya señalada,
pero también de la producción a través de la división del trabajo, o del espa-
cio en las grandes ciudades, etc.), y Rodó, en este caso, localiza ese fenó-
meno en la especialización. Ya el filósofo francés Henri Bergson había publi-
cado a fines del siglo pasado un ar tículo referido al tema, precisamente con
ese título. El factor que anima estas inter venciones es el referido proceso de
fragmentación, que es obser vado reactivamente como la incapacidad de una
totalización o una ar ticulación de los saberes, que antes había estado garan-
tizada por la religión o por la filosofía. Ahora, el desarrollo de las ciencias ha
dejado sobre el panorama un conjunto de saberes específicos sin ningún hi-
lo que los comunique, que los ar ticule. Como reacción, es obser vable en las
distintas escuelas ideológicas del momento intentos por cubrir ese vacío.
Dentro del positivismo, por ejemplo, la filosofía evolucionista de Spencer ha-
bía construido una de las últimas filosofías de la historia dadora de sentido
del conjunto de lo real (desde la evolución del cosmos, de las especies y las
sociedades, hasta las religiones, las costumbres, etc., etc.).
En el caso de Rodó, admitiendo que es legítimo vincularse “individualmen-
te a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida”, considera preciso
tener presente “la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que
cada individuo sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutila-
do de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obli-
terada y ningún alto interés de todos pierda su vir tud comunicativa”. Aquella
mutilación sería producto de una enseñanza utilitaria; naturalmente, la resti-
tución de lo perdido deberá estar a cargo de aquel tipo de enseñanza que
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Pero además, ese reino interior es superior en valor al del “yo exterior”,
como diría Bergson, que permanece en relación con el mundo material y uti-
litario. Porque –concluye Rodó este pasaje argumentativo- “sólo cuando pe-
netréis dentro del inviolable seguro podéis llamaros, en realidad, hombres li-
bres”.
Para terminar mi comentario sobre este punto de Ariel, diré que aquí, en
esta última frase, puede detectarse un sentido que invier te otra vez un lega-
do lejano. Y esa inversión es absolutamente análoga a la que se lee en el fi-
nal de Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Allí el Dr. Stockman enuncia una fra-
se terminante: “-El hombre más libre es el que está más solo”. Vean uste-
des que aquí, en esta frase, se ha quebrado la línea de la tradición republi-
cana. Porque en la idea republicana, por el contrario, la realización de la li-
ber tad se obtiene sólo en la medida en que se par ticipa de la res publica,
de la cosa pública, de los asuntos de la comunidad. Esto es, sólo la per te-
nencia a la polis, a la Ciudad, hace hombres libres. La comunidad, podría-
mos decir, es “dadora de liber tad”, al constituir a los individuos en ciudada-
nos. A ese principio remitía el ideal de la Revolución Francesa centrado en la
fraternité. Pero ahora, tanto en Ibsen como en Rodó, la liber tad sólo puede
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“Y los incendios.
“Una centelleante siesta, sobre el campo abatido donde no volaba un
pájaro, algún casco de vidrio que concentraba los rayos solares sobre el
pasto reseco, la colilla encendida que alguien tiró al pasar, o la combus-
tión espontánea de la hierba acumulada meses antes por ese arroyo, ahora
enjuto, iniciaban la catástrofe. La llama, al principio incolora en el res-
plandor del día, reventaba con la violencia de un volcán. Desequilibrado
por su brusca absorción, el aire despertaba en un soplo que muy luego era
brisa. Entonces empezaba a marchar el fuego.
“Pronto la humareda, acuchillada de lampos siniestros, rodaba sobre
los llanos su lóbrego vellón. Sobrepujaba ya al mismo solazo la llamara-
da escarlata. Dilatado más arriba en nubarrón, el incendio entristecía la
campaña que iba a asolar, con un crepúsculo rojizo como la herrumbre.
Un instante vacilaba aquella masa, parecía retroceder, abriéndose su en-
traña tenebrosa desgarrada por lúgubres fogones. No era sino para revol-
verse más atizada en un derrumbe colosal sobre la indefensa planicie, so-
focándola con sus llamas, devorándola con los millones de dientes de sus
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“`Le poéte a charge des ámes' (El poeta a cargo de las almas),
un aser to que cifra muy bien la convicción romántica en la res-
ponsabilidad del escritor en cuanto heredero de las autoridades
espirituales tradicionales en su función de guía, orientador de la
sociedad y oteador de caminos inéditos. Pese a los grandes al-
tibajos que en el curso del siglo esta concepción había experi-
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el texto lugoniano traza una típica bestialización del Otro: esas "razas sin ri-
sa" poseen "la har tura taimada de la fiera. Todo en ellas era horrible, física y
moralmente hablando". "Untados con enjundia de ñandú o de potro, para me-
jor resistir la intemperie y el hambre, venían clamoreando su alarido aterrador,
fétidos y cerdudos los guerreros salvajes". De allí que no exista ninguna “cláu-
sula inclusiva” para los aborígenes en el discurso lugoniano. Por eso "aquel
problema no tenía otra solución que la guerra a muer te", y "la ocupación de-
finitiva de la Patagonia resultó, pues, una verdadera 'conquista del desier to'".
La funcionalidad del gaucho en aras de la civilización habría residido en
su carácter de entidad intermedia. Era preciso un sujeto que fuera genuino
de la pampa pero que albergara el estímulo de la civilización. "La eficacia del
gaucho consistía, pues, en ser, como el indio, un elemento genuino de la
pampa, aunque más opuesto a él por igual razón”. Para avalar esta superio-
ridad del gaucho sobre el indígena, Lugones apela otra vez a una axiología
estética: puesto que la sensibilidad del gaucho –dice- “resultaba simpática
al bien de la música que el alma salvaje desconocía". Fue así el "elemento
diferencial y conciliador a la vez entre el español y el indio".
Luego, y a la hora de componer la figura del gaucho, Lugones apela a un
recurso romántico que había practicado Sarmiento: describir su traje, su ves-
timenta. Este principio argumentativo se apoya en el supuesto romántico de
que la realidad es una totalidad expresiva, y que se expresa a través de sus
par tes. Por eso, para Sarmiento describir un traje es describir una cultura:
"cada civilización –leemos en Facundo- ha tenido su traje". Miremos ahora la
descripción que hace del traje del gaucho: está formado por "el pantalón an-
cho y suelto, el chaleco colorado, la chaqueta cor ta, el poncho, como trajes
nacionales, eminentemente americanos". Por el contrario, en Lugones, la
descripción de la vestimenta gaucha se realiza por una saturación de ele-
mentos, todos ellos impor tados. Ese traje está compuesto por el "tirador",
"que todavía por tan los campesinos húngaros, rumanos y albaneses", mien-
tras que "los primitivos pastores griegos usaban, precisamente, botas aná-
logas". El poncho es “heredado de los vugueros de Valencia". Los tamangos
son una especie de rústico calzado sin suelas, de cor te enteriz, “como los
calcei romanos". En suma, "el gaucho habíase creado, asimismo, un traje en
el cual figuraban elementos de todas las razas que contribuyeron a su forma-
ción". De todas esas razas, como se ve, ninguna es americana, y con ello se
remarca que aquello que de bárbaro contenía en la descripción sarmientina,
ahora ha sido expurgado de su vestimenta.
En este momento de la argumentación retorna la función del ar tista. Ya
que si los elementos que componen al gaucho son de diverso origen, el poe-
ta es el encargado de armonizarlos en un todo coherente. El ar tista enton-
ces es el restaurador de la armonía, del hilo del sentido de una historia, de
la continuidad de un linaje, que pueda mostrar que el ser nacional no es fran-
kensteiniano, diríamos, como en el Mar tí de Nuestra América. Efectivamen-
te, en este texto altamente significativo del intelectual cubano, publicado en
1891, surge una impugnación del modo de componer una identidad nacio-
nal americana a par tir de la incorporación pasiva, puramente imitativa, de
elementos europeos. Ya que de tal manera "éramos –escribió Mar tí- una vi-
sión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Era-
mos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el
chaquetón de Nor teamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos da-
ba vueltas alrededor". De este modo, como dice agudamente Julio Ramos:
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Esa clase dirigente no vio lo que había de justo en las reacciones de los
criollos contra “el gringo industrioso y avaro”, aunque también contra la de-
testable autoridad de campaña. No hubo intentos de conciliarlo con aquel
elemento europeo, cuya rudeza apor taba, sin embargo, las vir tudes del tra-
bajo metódico.
Mas luego de todo este complejo desarrollo en defensa del gaucho, Lugo-
nes reitera el movimiento de Ernesto Quesada. Para que el gaucho se con-
vir tiera en símbolo de la nacionalidad –sostiene- fue necesaria su extinción
real, por lo cual ésta no debe lamentarse: "Su desaparición es un bien para
el país, porque contenía un elemento inferior en su par te de sangre indíge-
na". Podría aquí recordarse la prevención de Jürgen Habermas en su Teoría
de la acción comunicativa con respecto a este tipo de construcciones tradi-
cionalistas: "La dificultad del tradicionalismo de la cultura –escribió el filóso-
fo alemán- consiste en que tiene que ocultar sus principios fundamentales;
pues sólo necesitan de ese tipo de evocación aquellas tradiciones que han
perdido el aval de las buenas razones. Todo tradicionalismo lleva la marca de
un neotradicionalismo".
De todas maneras, Lugones insiste en que el espíritu gaucho subsiste a
pesar de su extinción como tipo étnico y social. Por eso, "fácil será hallar en
el gaucho el prototipo del argentino actual". "No somos gauchos, sin duda;
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pero ese producto del ambiente contenía en potencia al argentino de hoy, tan
diferente bajo la apariencia confusa producida por el cruzamiento actual.
Cuando esta confusión acabe, aquellos rasgos resaltarán todavía, adquirien-
do entonces una impor tancia fundamental el poema que los tipifica, al faltar-
les toda encarnación viviente".
Asimismo, en su música folklórica se halla la verdadera nacionalidad, y no
en ese producto de mezcla, de hibridación, que es el tango. Aquí Lugones
compar te un juicio negativo compar tido por la elite, y que seguirá presente
hasta en Borges. En la música campera –dice Lugones- está la verdadera
esencia de la nacionalidad, y “no en las contorsiones del tango, ese reptil de
lupanar, tan injustamente llamado argentino en los momentos de su boga
desvergonzada".
También, esta historia de un linaje se confunde por momentos con la his-
toria de su propia familia, según un movimiento tan perceptible en Sarmien-
to o Alberdi, consistente en identificación de historia familiar con historia de
la patria. Así, cuando Lugones establece la genealogía y la continuidad civili-
zatoria a través de la música, todo ese gigantesco proceso milenario que par-
te de Grecia parece haber trabajado para desembocar en el hogar paterno y
en la estancia, donde la "dulce vihuela gaucha que ha vinculado a nuestros
pastores con aquéllos de Virgilio" se trasmutó en la "música compañera de
las canciones de mi madre". Y al hablar de esa sabia oligarquía, incluye así
la figura de su propio suegro: “hombre de duros lances con la montonera, so-
lía llevar en el bolsillo de su pellón un diccionario de la rima...". Asimismo,
relata haber leído más de una vez el Mar tín Fierro ante el fogón que congre-
gaba a los jornaleros de la estancia después de la faena. Por ejemplo, esta
descripción sin duda bucólica, con un final evocador de la épica:
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Referencias Bibliográficas
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Pueden ver ustedes aquí en acto, por así decir, una manera perfectamen-
te instalada, canónica, de imaginar la nacionalidad y la nación. Se trata de una
argumentación que tiende a exorcizar el azar, lo aleatorio, lo casual, y más
bien a sostener que la nación ha sido y es tan eterna como el agua y el aire,
adoptando casi la forma de un fenómeno de la naturaleza, en el sentido en
que se trata de extraerla, de sacarla, del ámbito de los entes históricos, en el
sentido fuer te del término. Mediante este procedimiento discursivo, lo que se
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decir que a par tir de 1810 el poder se ruraliza, pasa a otro escenario, en lu-
gar de aquél de las ciudades donde residía en la época colonial. Casi textual-
mente, González repite a Sarmiento: las ciudades llamaron en su ayuda a las
campañas, “para renovar o refrescar sus filas diezmadas por la fatiga o las
continuas guerras de exterminio recíproco”.
Otra manera de interrogar al enigma de la revolución argentina al que Gon-
zález apela, es preguntarse cómo es posible ese pasaje, que en rigor es una
ruptura, del gobierno ilustrado de Rivadavia, aun con sus errores, al siguien-
te predominio de Rosas. “¿Cómo se opera en el país –escribe- esta transfor-
mación tan substancial de la cultura en barbarie, de la clase de antiguo y
aristocrático abolengo en aquella oclocracia feroz y desordenada?” La res-
puesta de González no deja de ser sorprendente, porque viene a decir que la
pregunta está mal planteada, ya que no existió una transformación sino una
sustitución de un grupo por otro. No había, entonces, “huevo de la serpien-
te” agazapado y oculto en el interior de la clase alta. Porque es inadmisible
que “la alta clase, la culta y sedimentaria de los dos siglos y medio de in-
fluencia universitaria y plutocrática, hubiese doblegado voluntariamente la
cer viz a la capa adventicia que la tiranía y las montoneras habían levantado
de la nada, de la pasividad o la ser vidumbre”. Ocurrió, entonces, que la cla-
se alta fue literalmente expatriada, exiliada adentro o afuera del país. Mien-
tras las montoneras, dice, cabalgaban entre el polvo por todo el país, “en el
fondo de los hogares cultos, como los guardianes de las antiguas aras sa-
gradas, vivían recluidos y cultivando en silencio los patrios ideales y anhe-
los”. Impotentes para hacerse oír por la multitud (con lo cual la responsabi-
lidad se dirige hacia esta última), pagaron el duro precio de estar ante ma-
sas ignorantes. El remedio entonces es el que recoge del viejo legado ilus-
trado: el programa educativo, destinado a imbuir de ideas y valores a esas
multitudes argentinas. Aquel sector patricio debió mientras tanto esperar a
que la república se recuperara, para volver a salir a la luz, intacto. Ésa fue la
opor tunidad que brindó Urquiza, y que abrió el “ciclo de la Constitución”, al
que ahora González se aboca.
En búsqueda siempre de leyes o de “principios” que den sentido y unidad
a la historia nacional, Joaquín Víctor González considera entonces que exis-
ten en todo ese transcurso de la organización constitucional dos principios
dominantes. El primero, es el que llama el carácter ejecutivo de los gobier-
nos locales. Por esto entiende sencillamente que las instituciones argenti-
nas no son la expresión cabal de una voluntad soberana manifestada por el
sufragio, sino implementadas desde arriba por sobre dicha voluntad. El se-
gundo, que la forma federativa terminó por imponerse en la conciencia na-
cional a pesar de las fuer tes tendencias centralistas. Puestos en movimien-
to, las derivas, los cursos de esos dos principios parecen iluminar a su en-
tender buena par te de la historia nacional.
Estos dos principios marchan conjuntamente, y el no haber atendido a
un preciso equilibrio entre ambos desembocó para González en situacio-
nes negativas cuando no críticas. Así sucedió por ejemplo con la supresión
de poderes municipales como el de Buenos Aires, y su sustitución en 1821
por un poder omnímodo fundado en el sufragio universal, pero en un sufra-
gio universal “antiliberal”. Si atendemos a esta afirmación, si nos detene-
mos en ella por fuera del texto analizado, reencontramos uno de los gran-
des temas y problemas del liberalismo no sólo en la Argentina: el de cómo
ar ticular liberalismo con democracia. Circunstancia sin duda agudizada por
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Universidad Virtual Quilmes
la función del propio González hacia 1910, en tanto par te central del pro-
yecto de reforma electoral, pero que tiene antecedentes históricos preci-
sos en la experiencia del liberalismo en el mundo, y que ahora vamos a re-
pasar rápidamente para enmarcar la problemática de González y de los li-
berales argentinos en general.
Históricamente, el liberalismo se formó por la voluntad de emancipación
de los individuos respecto de las coerciones, tanto materiales como espi-
rituales, ejercidas por los que poseían la autoridad. Y conceptualmente, co-
mo su nombre lo indica, lo que define al liberalismo es la colocación de la
liber tad como el valor supremo. Esta liber tad, como vimos en el punto re-
ferido a Miguel Cané, es la liber tad del individuo. Dijimos: la liber tad es un
término que sólo se puede predicar en el individuo. Esto es, no hay pue-
blo, nación, raza, etc., libres. Y entonces es cuando se percibe con entera
claridad que democracia y liberalismo per tenecen a dos órdenes de nece-
sidades y razonamientos. Porque la democracia –pensada desde la políti-
ca- refiere a un criterio de legitimidad (sólo es legítimo un gobierno que re-
posa sobre la soberanía popular), y el liberalismo sostiene a su vez que un
gobierno legítimo es sólo aquél que respeta la liber tad individual. Ahora
bien: puede ocurrir empíricamente, y es pensable lógicamente, que un ré-
gimen democrático atente contra la liber tad. Se plantea entonces la evi-
dencia de que la liber tad política, instituida para proteger la autonomía in-
dividual, se vuelva contra ésta y la destruya. Históricamente, además, es
la lección que extrae el pensamiento liberal de los sucesos revolucionarios
en Francia. Las masas en la escena política pueden conver tirse en una
amenaza para la liber tad. Ha aparecido entonces un fantasma que el libe-
ralismo de todo el siglo XIX tratará de exorcizar: el fantasma de la dictadu-
ra de las masas, el fantasma de la dictadura de la mayoría. Esta es la preo-
cupación que anima la obra de Alexis de Tocqueville, la figura más desco-
llante, junto con Benjamin Constant, del pensamiento liberal francés del si-
glo XIX.
En La democracia en América (1835-1840), Tocqueville desplaza la aten-
ción desde la democracia como fenómeno político y la analiza como criterio
social, esto es, como sinónimo de sociedad igualitaria, con lo cual –como di-
ce Merquior- “no quería decir una sociedad de iguales sino una sociedad en
que la jerarquía ya no era la regla o el principio aceptado de la estructura so-
cial”. Y lo que Tocqueville vio es que la igualdad no genera necesariamente
la liber tad, sino que incluso puede ser su opuesto. Porque la revolución ha
disuelto en Francia las instituciones secundarias que existían entre el indi-
viduo y el Estado, y ha dejado sobre la escena una polvareda de individuos
amenazados en su liber tad por la centralización y el riesgo del despotismo
estatal. Así, la democracia genera individualismo, y el individualismo se tra-
duce en actitudes egoístas, privatistas, y por ende deviene en un obstáculo
para la evolución de las vir tudes cívicas o republicanas. El despotismo al que
Tocqueville teme es al despotismo social más que político, mientras, tenden-
cialmente, el temor del primer liberalismo era el temor al exceso de poder
del Estado. Y ese temor a la democracia, a la mayoría, como eventual ene-
miga de la liber tad y de otro tipo de vir tudes, va a conducir a redefiniciones
de los criterios mismos de la relación entre liberalismo y democracia, y a la
reconsideración de la idea democrática. En ambos casos, lo que se va a in-
troducir son criterios de redefinición de la raíz del vocablo democracia: se va
a discutir lo que significa “pueblo”, entendiendo por ello aquel conjunto de
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sujetos que son los titulares de derechos políticos o, dicho de otro modo,
aquéllos que forman par te de la ciudadanía. Justamente, lo que se llama el
liberalismo doctrinario del siglo XIX se abocó a tematizar esta situación: có-
mo hacer compatible el liberalismo con la democracia, o sea, la liber tad con
la igualdad. Algunas de las respuestas transitaron esa referida redefinición
de la ciudadanía o del sujeto político. Se decidió así, por ejemplo, que un ciu-
dadano era aquél que tenía una renta determinada, y esto, traducido al terre-
no del voto, adoptó el nombre de sufragio censatario. Otra alternativa culmi-
nó, de hecho o de derecho, en el sufragio capacitario: tienen derecho a vo-
tar, es decir, son ciudadanos aquéllos que tienen determinado tipo de capa-
cidades, en general vinculadas con el acceso a cier tos saberes (de allí deri-
vará la consigna sarmientina de “educar al soberano”, entre otras). Otra lo
vinculará con la par ticipación en determinado círculo de vir tudes, etcétera.
Retornando ahora a El juicio del siglo, podemos decir que, en la tradición
argentina, el problema está relacionado con el pasaje de la república posi-
ble a la república verdadera, en los términos en que lo había definido Alber-
di. Hay un tiempo social donde las liber tades son ilimitadas pero sólo en el
campo de la sociedad civil, en el terreno del mercado. A este tiempo de la
economía lo debe suceder el tiempo de la política, cuando existan ciudada-
nos, y ese tiempo será el de la república real, es decir, aquél en el que se
abra la par ticipación política de todos a través del sufragio universal. En el
“entretiempo”, una elite debe tutelar a las masas.
En el pasaje que estamos analizando de El juicio del siglo, es significati-
vo que, al referirse al decreto rivadaviano del 24 de diciembre de 1821, que
instauró lo que González con Estrada llama la creación de “un poder casi
omnímodo fundado sobre el sufragio universal”, agregue media página más
adelante que “el general Mitre afirma que Rivadavia sólo conoció el libro de
Tocqueville después de su destierro, y que su entusiasmo llegó al colmo y
se puso a anotarlo con verdadero deleite”. Es altamente significativo que
González ofrezca esta referencia en esta par te de su trabajo, porque enton-
ces es evidente que el problema que se está planteando es el mismo al que
se abocó el liberalismo doctrinario. Y aquí es donde cobra todo su sentido
la frase de Estrada que reproduce al caracterizar de “antiliberal” a esa ins-
tauración del sufragio universal. Porque el mismo estaba destinado a imple-
mentarse sobre “una masa desorganizada, indefensa, privada de todo cam-
po de vida y gobierno propio, y de todo medio de recomponer las institucio-
nes cuando trepidan, si no es por un patronazgo dictatorial o faccioso”. El
resultado de semejante error “democrático”, pero de una “mala democra-
cia”, de una democracia que instaura la dictadura de la mayoría, fue sin du-
da para González el gobierno de Rosas. El Restaurador de las Leyes es así
un producto de ese tipo de expresión de la voluntad popular, de ese tipo de
democracia.
Afor tunadamente, prosigue González, ese estado de cosas fue destitui-
do por la batalla de Caseros, que abrió la hora de la reorganización nacio-
nal, posibilitada por la conjunción de los dos grandes hombres del momen-
to: Urquiza y Mitre. Continuada la labor constitutiva en las presidencias de
Avellaneda y Sarmiento, debemos notar que el aspecto central a través del
cual González mide el avance civilizatorio es el de la educación. Entonces,
se produce en el texto un súbito salto hacia consideraciones que ya no re-
miten a un pasado cancelado, sino que se abren hasta el propio presente
de González.
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Esta nueva problemática está definida a par tir de 1914 por diversos acon-
tecimientos externos e internos. En el campo internacional, la llamada Prime-
ra Guerra mundial, transcurrida entre 1914 y 1918, se considera como un
auténtico quiebre civilizatorio en todo el mundo occidental. En el mismo es-
cenario, la revolución rusa de 1917 implicó un suceso de vastísimas conse-
cuencias políticas y culturales, que redefinió la escena mundial hasta muy re-
cientemente. En la Argentina, el ascenso del yrigoyenismo al gobierno en
1916 significó el fin de una etapa política, marcada por la retirada de la cla-
se dirigente que hasta entonces había conducido al Estado, y el consiguien-
te ascenso de otro sector que no sólo tenía otra representatividad social, si-
no también un estilo de relación gobernantes-gobernados y un estilo político
claramente diferente del anterior. Dos años más tarde de este recambio po-
lítico, el estallido de la Reforma Universitaria en Córdoba, prontamente ex-
tendido a otras universidades del país, marcaba en su medida un proceso de
radicalización que se vivía en todo el arco occidental. Todos estos sucesos
fueron vividos, por fin, sobre el trasfondo de la crisis del liberalismo.
De manera que, dentro de un período relativamente prolongado, el trata-
miento del tema de la nación está sometido a la presión de cambiantes fe-
nómenos políticos, culturales y sociales. De allí que no sólo el marco gene-
ral ofrecido por las teorías de la modernización deban ser utilizadas, sino asi-
mismo atender a esos acontecimientos que oficiaron de campos problemá-
ticos para los intelectuales argentinos de la época posterior al centenario:
- La primera guerra mundial.
- El ascenso del populismo yrigoyenista.
- El conflicto social leído bajo la retícula de la revolución rusa.
- La crisis del liberalismo.
- La crisis civilizatoria occidental.
Ejemplifiquemos brevemente algunos significados que fueron asociados a
estos sucesos. En cuanto a la guerra, Sigmund Freud ha dejado en Lo pere-
cedero un relato clásico de aquella crisis vivida desde la intelectualidad pro-
gresista y cosmopolita, que ilustra cabalmente una estructura de sentimien-
tos generalizada en ese sector. Para él, la guerra significó lo siguiente:
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Es preciso tener en cuenta que esta crisis señalada en la Gran Guerra fue
considerada en general no sólo como el fin de una época, sino al mismo
tiempo como el comienzo de una nueva y mejor. La guerra fue considerada
como un suceso “palingenésico”, esto es, como una hecatombe generaliza-
da que venía a arrasar los males de la anterior etapa para inaugurar “los
tiempos nuevos”. La revolución rusa de 1917 fue leída de esa manera por
vastos sectores de la intelectualidad occidental, sobre todo en sus primeros
años. Precisamente José Ingenieros presentó su libro de evaluación de este
suceso con el título antes mencionado de Los tiempos nuevos, y ese libro
–sobre el que volveremos- terminaba afirmando que “ha comenzado ya, en
todos los pueblos, una era de renovación integral”.
En este marco, Joaquín V. González había sido un propiciador conspicuo
de la reforma electoral, buscando a través de ella una relegitimación de la
clase dirigente, dado que "las fuerzas sociales que dan existencia real a
nuestra cultura presente no tienen representación formal en la ley". Conce-
bía asimismo a dicha reforma como el modo de evitar desbordes institucio-
nales indeseables. "Es preciso evitar a toda costa las revoluciones por me-
dio de las reformas y hacer imposibles las rebeliones por medio de la fuer-
za”, escribió, en aras de lo que llamaba “la combinación armónica” de los di-
versos componentes de una sociedad, que ha de avanzar haciendo de sus
diferencias un estímulo para el progreso y no una excusa para enfrentamien-
tos de aniquilamiento.
Como argumento destinado a convencer a los más remisos de su propio
grupo respecto de la opor tunidad de la implantación del sufragio extendido,
creía cumplida la finalidad que se había impuesto la educación pública, en el
sentido de ser vir de forja para una nueva y auténtica ciudadanía. "Cuarenta
y cinco años llevamos de educación popular –decía en un ar tículo titulado
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estos sectores están ocupando un espacio público que está rompiendo con
anteriores criterios de diferencia y de deferencia. Cier tas pautas de represen-
tación de una sociedad diferenciada, donde los de abajo y los de arriba tie-
nen que hacer las cosas que tienen que hacer, se han roto. Y se han roto a
par tir de la emergencia de una forma populista de la política. Populista es la
creencia en que los “simples” son más sabios que los letrados, y son más
sabios porque no están contaminados por la academia, la universidad, etc.,
sino que han pasado –como se dice- por “la universidad de la vida”. Populis-
ta es una relación masas-líder no mediada por la estructura par tidaria, sino
incorporando una suer te de relación directa entre ambos. Populista es la
atención de las masas colocada, no en un programa de propuestas, sino
más bien en una relación con un dirigente carismático. Todo esto funda otro
estilo político, y ese estilo político es lo que socialistas y también miembros
del elenco antes dominante llamaban la “política criolla”. No se trata enton-
ces, de un problema de justicia social. Nadie más dispuesto a reconocer la
justicia social que los socialistas, y sin embargo protestan contra esta forma
de irrupción de las masas en la escena política, que consideran una mane-
ra alienada de par ticipar en la misma.
El socialista Carlos Sánchez Viamonte escribe en 1930 un libro que se
llama El último caudillo. Podría decirse que se trata de una expresión de de-
seos: Yrigoyen acaba de ser derrocado por un golpe militar, y Sánchez Via-
monte piensa que Yrigoyen ha sido el último caudillo. Y dice en un momen-
to que “la diferencia entre el Régimen [el mote con el que Yrigoyen designa-
ba a los conser vadores] y la Causa [la manera como Yrigoyen llamaba a su
propio movimiento] es una diferencia estética, porque todo el mundo sabe
–concluía- que la Causa tiene mal gusto”.
Creo en suma, que se trataba de reacciones típicas ante un fenómeno re-
currente y constitutivo de un rasgo profundo de la cultura argentina, difícil-
mente hallable a este nivel en otros países latinoamericanos: el rasgo del
igualitarismo argentino. Esto es, la convicción de que todo individuo está en
un nivel de igualdad de derechos, o sea, lo contrario de la autopercepción im-
perante en sociedades más estratificadas socialmente. Hace unos años, el
sociólogo Guillermo O’Donnell escribió un ar tículo donde cotejaba dos mo-
dos de tramitar una discusión en Brasil y Argentina, a par tir de frases de la
vida cotidiana. En el Brasil, en el fragor de una discusión, sir ve como criterio
de autoridad para impresionar al otro decir: “¿Sabe usted con quién está ha-
blando?”. Trasladada esta frase a la Argentina –dice O’Donnell- la respuesta
sin embargo sería: “¿Y a mí qué mierda me impor ta?”. Para volver a los años
que estamos considerando, agregaré que en 1922 aparece un libro de un in-
telectual sobreviviente, digamos, del ochenta. El libro se llama Sobre nues-
tra incultura y su autor es Juan Agustín García, autor a principios del siglo
(dentro de los parámetros de la “cultura científica”) de La ciudad indiana. En
ese libro donde proclama que “si algo por su esencia no es democrático es
la cultura”, este miembro desplazado de la vieja clase dirigente lamenta el
desconocimiento de los estudiantes hacia quien él considera un joven histo-
riador prestigioso, y vincula este desconocimiento jerárquico al triunfo del
“viejo aforismo criollo que late en el fondo del alma popular y anima toda su
poesía: ¡Naides es más que naides!”.
Volviendo a González, vemos que no se ha dado tampoco para él el pasa-
je a una democracia auténtica, porque el pueblo argentino no piensa por sí
mismo y delega su facultad electoral sin plena deliberación. Apelando como
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y todo, y ha fundado aquí una sociedad anónima que se ocupa de apagar to-
do movimiento o acción dirigidos a hacer revivir el sentimiento de la naciona-
lidad argentina". Temía así esa realización de lo que para él significaba la for-
ma más extrema de la negación de la democracia y del progreso pacífico:
“La forma extrema de las doctrinas de Karl Marx –citaba- es la que Lenin
y Trotsky han puesto en práctica en Rusia, con terrible resultado”. Era el fin
de la ilusión en la fusión del inmigrante con el nativo para la construcción de
una sociedad fuer te y progresista. Significativamente, establecía entonces
una ar ticulación entre el fenómeno del radicalismo yrigoyenista y el de la sub-
versión comunista. “Un par tido político dominante, que nada sabía de doctri-
nas sociales en boga, hace treinta anos que viene sembrando e incubando
ar tificialmente los más bárbaros e insidiosos odios en la sociedad nacional,
hasta dividirla en dos campos inconciliables”. Y el agitador sindicalista, ma-
ximalista o anarquista sabe cuál es el resor te que hay que tocar para activar
la rebelión, porque “ha descubier to el valor electoral del gremio para el esta-
do mayor gobernante”.
Juan sin Patria se ha travestido así, a la criolla, en caudillo electoral, “y
tiene ya asegurado su asiento en el Congreso en la primera campana próxi-
ma, con el concurso de muchos argentinos con patria que por no votar por
conciudadanos suyos de tradición o de capacidad probadas [...] prefieren vo-
tar por él”. Obsér vese aquí, entonces, la demanda de González de un voto
capacitario, o de la definición de una ciudadanía que no se pliegue simple-
mente a la norma “un hombre, un voto”, sino que demanda cier tas calida-
des, cier tas capacidades, para bloquear los efectos a su entender disolven-
tes de una democracia plebeya. Y es que no basta –dice- tener una Consti-
tución que se llame republicana, democrática y representativa: “se necesita
que ese concepto cuantitativo se complete con el de capacidad”. Denuncia
allí mismo que el ferrocarril no sólo transpor ta ahora los frutos del trabajo
honesto, sino también a “los emisarios y por tadores sutiles del derrotismo
anárquico y del desorden social hasta las más remotas aldeas del nor te y
oeste, donde los peones y jornaleros criollos, que aún gozan de la apacible
comunidad patriarcal con el dueño de la finca, comienza a sentir la turbado-
ra influencia del profesional huelguista”.
Esta última cita es interesante por condensar algunos sentidos de esa
cur va de un liberal progresista que González encarnó. En efecto, se ponen en
juego en esta afirmación diversas figuraciones. En principio, el ferrocarril, es-
to es, el símbolo del progreso decimonónico, en tanto instrumento donde
ciencia y técnica se han aliado para derrotar la distancia, penetrar en los te-
rritorios más ignotos e incivilizados (piénsese en la saga del ferrocarril en el
cine nor teamericano), realizando uno de los símbolos de la modernidad: la
velocidad. Y ahora, a los ojos de González el ferrocarril invier te su sentido, y
de vehículo del progreso se convier te en literal transpor te de la subversión.
Y con ello, en lugar de venir a “iluminar”, a llevar las luces (según la inevita-
ble metáfora iluminista) a las zonas interiores de la oscuridad premoderna,
viene en rigor a disolver “la apacible comunidad patriarcal”, donde seguía ve-
rificándose esa relación de deferencia señorial que hemos visto asimismo
añorar, pero mucho antes, a Miguel Cané.
Ante tantos cambios ajenos a todo lo que había previsto y deseado, Joa-
quín V. González confiesa sincera y dramáticamente en 1920 la pérdida del
poder de interpretar el sentido de las señales de su tiempo, con lo cual rei-
tera aquel gesto de José María Ramos Mejía, pero ahora en la escala de un
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desde las últimas décadas del siglo XIX. Si queremos colocar estos señala-
mientos críticos dentro de un panorama más amplio, podemos decir que es
legítimo caracterizarlos como par te de lo que Franco Crespi ha llamado la cri-
sis de la modernidad tardía, para referirse a una serie de fenómenos cultu-
rales que definen lo que ya hemos caracterizado como un clima fin-de-siecle.
Según Crespi, los rasgos fundamentales de esa crisis, leída desde la filoso-
fía, consistieron en el reconocimiento de los límites del saber, así como en
la ausencia de fundamento absoluto, y, vinculada con ello, en la desaparición
de una finalidad objetiva que pudiese sustentar una filosofía de la historia.
El florecimiento espiritualista se ar ticuló con esa crisis, y fue otra de las no-
tas distintivas de la cultura del fin de siglo occidental, que tendrá en Francia
uno de sus ejes.
Así, mientras la generación de los años 1860 y 1870 estaba inmersa en
las categorías biológicas y dominada por el esquema básico de la teoría de
la evolución, dentro de lo que hemos llamado la “cultura científica”, hacia
1890 comenzó un giro decisivo en la cultura intelectual. Desde entonces el
clima de ideas comienza a llenarse de aquellas inter venciones de cor te es-
piritualista a las que nos hemos referido como erosionando el edificio posi-
tivista, y aun erosionándolo “desde adentro”. Se produce entonces la recu-
peración de un filósofo irracionalista como Schopenhauer, y con pensadores
como Guyau, Renouvier y Boutroux se prepara en Francia un camino que de-
sembocará en Henri Bergson para la elaboración de una nueva filosofía que
reclamará la naturaleza creadora y libre de la conciencia y de la personalidad
humana, rompiendo con la tendencia a subsumir los fenómenos humanos en
categorías inspiradas en las ciencias físico-naturales, y cuestionando genéri-
camente al “positivismo”, entendiendo por ello (aunque en sentido estricto
en algún caso no resultara filosóficamente acer tado) una corriente materia-
lista, naturalista, mecanicista y férreamente determinista.
Dentro de este clima, en 1896 Fouillée publica un libro titulado El movi-
miento idealista y la reacción contra la ciencia positiva, donde indica que, in-
vir tiendo a Comte, ahora "el corazón se rebela contra la inteligencia". Con
términos que alguien atribuye a Tolstoi, empieza a hablarse de "la bancarro-
ta de la ciencia", hasta que Ferdinand Brunetière retoma en 1896 la cues-
tión en una serie de ar tículos de la Revue des Deux Mondes, ampliamente
frecuentada por los intelectuales argentinos. Sintéticamente, acusa al mate-
rialismo y cientificismo de minar las fuentes de la moral, así como que la
ciencia no ha cumplido su promesa de develar todos los misterios, que es
incapaz de describir al hombre en su mayor dignidad espiritual sino sólo co-
mo un animal más, que no ha podido por eso remplazar a la religión y que
por ende es impotente para fundar una moral.
Otras líneas de crítica hacia la cultura científica se referían a lo que se in-
terpretaba como el carácter disolvente en que puede desembocar el afán
mismo de conocimiento y de crítica, en la medida en que el exacerbamiento
analítico puede destruir creencias socialmente aglutinadoras (las creencias
religiosas, por ejemplo), sin sustituirlas por otras nuevas e igualmente efica-
ces. En la cultura europea esta variante se halla representada de diversas
maneras, y constituye uno de los arietes de la reacción antipositivista, que
puede hallarse bien en los diversos tipos de dualismo (yo intelectual / yo es-
piritual; ciencias de la naturaleza / ciencias del espíritu...) que comienzan a
poblar la filosofía para garantizar a una zona de las facultades y prácticas hu-
manas un carácter irreductible a la naturaleza y por consiguiente a las expli-
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De manera que cuando lleguemos a 1914, esto es, a la gran guerra, es-
te clima de ideas y sentimientos ya está instalado en algunos sectores in-
telectuales. Pero la guerra oficiará de aglutinadora de esos sentimientos
de malestar en la cultura, y será vista como el fin de una época y el inicio
de otra. Volveremos brevemente sobre esto y sobre la crisis del liberalis-
mo en el último punto de esta unidad, referida al recorrido de Joaquín V.
González. Lo hasta aquí dicho sir ve como referente epocal para compren-
der el efecto de la introducción de la filosofía antipositivista en la Argenti-
na. Un punto clave en este sentido fue la primera visita de José Or tega y
Gasset a nuestro país.
En julio de 1916, el filósofo José Or tega y Gasset, de treinta y tres años
de edad, llegó a la Argentina para dictar una serie de conferencias, invitado
por la Asociación Cultural Española. Venía de una Europa en plena guerra y
contaba, como car ta de presentación, con algunos libros como Meditaciones
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del Quijote, aparecido dos años antes. En general, el papel vastamente reno-
vador de la filosofía de habla española que Or tega desempeñó, se apoyó en
su conocimiento de la filosofía alemana, a la que accedió en diversas esta-
días en aquel país. De ese modo, Or tega funcionará como un activísimo me-
diador entre el mundo hispánico y la cultura filosófica alemana.
En sus diversas charlas, Or tega y Gasset denunció una y otra vez lo que
consideraba un anacronismo cultural insostenible. Ese anacronismo era la
terca super vivencia de la tradición positivista, continuada en numerosas cá-
tedras de las universidades locales. Vino a decir entonces que la juventud
argentina no se había dado cuenta de que el positivismo hacía tiempo que
había muer to y que le resultaba sorprendente que en la Facultad de Filoso-
fía y Letras aún se dieran cursos sobre "la momia de Spencer". No se priva
luego el conferencista de asociar la catástrofe europea de la guerra con la
de una época -el siglo XIX (que otros llamaban ya "el estúpido siglo XIX")- que
caracteriza como "una edad que gozó de la menor filosofía", en evidente alu-
sión al clima positivista de aquel siglo. Y aun en el momento de despedirse,
en la novena conferencia, confiesa: "No he de ocultaros que con alguna ex-
trañeza he hallado la ideología argentina más recluida de lo que esperaba
dentro de ideas que en el resto del mundo han perdido buena par te de su
vir tud".
El impacto sobre su auditorio fue sin duda espectacular. Las crónicas de
la época dan cuenta de su éxito y de sus exposiciones, abier tas y para es-
pecialistas, colmadas de un público amplio y de intelectuales argentinos. Pa-
ra medir el sentido de ese impacto contamos con la edición de dichas con-
ferencias, y es indudable que una de las armas que Or tega puso en juego
para ejercer tal atractivo consistió en que, quizás por primera vez, el público
argentino se encontró con alguien tan bien dotado de destrezas intelectua-
les semejantes, con alguien que hablaba desde la filosofía académica y que
al mismo tiempo gozaba de las habilidades del conferencista, dentro de un
género en que el ar te de la exposición y la retórica era fundamental. (Por
ejemplo, como han quedado los manuscritos de Or tega de esas conferen-
cias, pueden verse al margen de sus páginas indicaciones tales como "cam-
biar el tono de la voz", etc.) Es cier to que ese mismo estilo fue denunciado
por algunos de los positivistas argentinos como una marca de escaso rigor,
pero es aún más evidente que el discurso de Or tega venía a satisfacer una
demanda creciente a la que los filósofos o profesores de filosofía argentinos
aún no habían abastecido suficientemente.
La "buena nueva" que Or tega viene a difundir está señalada en la expre-
sión "nueva sensibilidad", de modo que es preciso entender qué es lo que
eso significaba. Esta nueva modalidad de entonar el discurso filosófico iba a
estar asociado con otro tema de índole dispar, pero que en la época se iba
a tornar progresivamente dominante dentro de las preocupaciones de los cír-
culos político-intelectuales. "Una nación -había dicho Or tega- no puede vivir
saludablemente sin una fuer te minoría de hombres reflexivos, previsores, sa-
bios". El tema que así se instalaba (en el interior de la referida crisis del li-
beralismo y de las formas de representación parlamentaria) era el de la bús-
queda de una nueva jefatura intelectual y moral.
Vayamos entonces a las conferencias. En rigor, no es sencillo determinar
el carácter preciso de esa filosofía a par tir de dicha lectura, porque lo que allí
Or tega expone no es una filosofía sistemática o ar ticulada, sino una suer te
de "estímulos filosóficos", de señalamientos críticos contra cier tas maneras
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del pensar filosófico. Esas maneras que combate son las que genéricamente
pueden asociarse al positivismo, y por ello, en sus charlas Or tega formula en
la Argentina la versión hasta entonces más atractiva de la llamada "reacción
antipositivista". Nutrido de la filosofía de Husserl que ha conocido en Alema-
nia, pero también de la filosofía de Bergson, Or tega compar te, con el creador
de la fenomenología y con el filósofo francés, una serie de cer tezas básicas
de largas consecuencias. Una de ellas dice que entre la conciencia y la reali-
dad natural existe una diferencia de esencia y no de grado.
Por el contrario, la psicología positivista había visto una graduación con-
tinua, sin saltos, desde los fenómenos psíquicos más elementales y las fun-
ciones superiores. Así, el conocimiento seguía una ruta progresiva que nacía
en la sensación, pasaba por la percepción y llegaba hasta el concepto. Su-
mando conceptos se armaban los juicios, y juntando juicios se producía un
razonamiento. Hasta no hace demasiado, los manuales de psicología de la
escuela secundaria argentina mantenían este esquema.
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Por otra par te, la crisis del liberalismo alentó en el mundo occidental la
puesta en cuestión de la democracia parlamentaria y la búsqueda de mode-
los alternativos, que a veces apelarían a una revitalización de la teoría de las
minorías activas. Precisamente, Or tega y Gasset iba a ser uno de esos in-
cansables defensores de la ver tebración aristocrática de la sociedad. Tras
las huellas expresas de estas ideas se ubica Deodoro Roca cuando expresa
que "la existencia de la plebe y en general la de toda masa amorfa de ciu-
dadanos está indicando, desde luego, que no hay democracia. Se suprime la
plebe tallándola en hombres. A eso va la democracia. Hasta ahora -dice Gas-
set [esto es, dice Roca que dice Gasset]-, la democracia aseguró la igualdad
de derechos para lo que en todos los hombres hay de igual. Ahora se sien-
te la misma urgencia en legislar, en legitimar lo que hay de desigual entre los
hombres". En el I Congreso Nacional de estudiantes universitarios, el mismo
Roca planteaba con entera claridad un programa elitista, vanguardista y juve-
nilista-estudiantil. “El mal –expresó- ha calado tan hondo que está en las cos-
tumbres del país. Los intereses creados en torno de lo mediocre –fruto ca-
racterístico de nuestra civilización- son vastos. Hay que desarraigarlo, ope-
rando desde arriba la revolución. En la universidad está el secreto de la fu-
tura transformación”.
Justamente, y dentro de un pasaje político entonces autorizado, será Ju-
lio V. González (hijo de Joaquín V.) quien dará cuenta, desde el interior de la
reforma universitaria, del fracaso de la generación del 80, con una argumen-
tación en la cual veía al radicalismo como una fuerza avasalladora y brutal,
cuyos dirigentes no tenían "la menor noción de gobierno ni conceptos de Es-
tado", pero que "cumplió la misión de cavar un abismo en el cual quedaba
definitivamente sepultada la generación que había manejado el país desde
el 80 hasta 1916".
Rasgo distintivo de los tiempos, por fin, puede verificarse que también en
la Argentina se abrió así en algunos sectores la búsqueda de una nueva je-
fatura espiritual. Existía además toda una tradición nacional, por la cual los
letrados pudieron sentirse avalados para asumir una función dejada vacante
por el presunto vacío de la clase política. La reforma universitaria no dejó de
contener esas pretensiones, y fue así como no pocos de sus animadores le-
yeron ese mandato a la luz de mensajes heroificantes vaciados en el molde
de un espiritualismo juvenilista, meritocrático y elitista.
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Esto que Korn decía ya en el seno de la crisis del 30, había formado par-
te de una tensión interna del propio movimiento e ideario de la reforma. Es-
ta tensión estaba fundada en la autocolocación que la ideología de la refor-
ma adjudicaba a los estudiantes. Miembros de una institución educativa es-
tatal, debían al mismo tiempo desbordar los límites institucionales para co-
locar sus saberes al ser vicio de los sectores sociales desprotegidos. Esta
misión tomó la forma de lo que se estableció como “extensión universita-
ria”. En 1920, al inaugurar estos cursos de extensión, el centro de estudian-
tes de la Facultad de Derecho por teña produjo un manifiesto ilustrativo al
respecto. “Nos proponemos, ante todo, demostrar la impor tancia de la ley
como fuerza específica de cualquier estado social, y ofrecer en cursos bre-
ves, elementales y objetivos, vistas amplias sobre nuestra legislación vigen-
te”. Y agregaba: “Ciudadanos y trabajadores: En la tierra fecundada con
sangre y con lágrimas, hay anuncios de próximo alumbramiento”. Esos tér-
minos (“alumbramiento”, “palingenesia”, “tiempos nuevos”), recurrentes en
las proclamas de la época, tienen un referente privilegiado en esos años: la
revolución rusa de 1917. Es ella la que aparece en el horizonte, aun de
agrupamientos que no están dispuestos a adherir al comunismo. Pero exis-
ten otros que sí lo están, y que desde ese lugar impulsan la radicalización
del movimiento estudiantil y comienzan a plantear muy tempranamente que
la reforma universitaria ha fracasado, porque no ha podido resolver la cues-
tión social. Uno de esos grupos es el que a par tir de 1920 comienza a pu-
blicar la revista Insurrexit, subtitulada significativamente revista universita-
ria. Para que ustedes tengan acceso, así sea a un escorzo de esa fracción
del campo universitario, voy a transcribir un editorial titulado “Universidad”
que publican en el número 7, de marzo de 1921. Refiriéndose a la universi-
dad afirma:
“Éste es un templo, el de la imbecilización”. Pero “no más templos sino
talleres, ha dicho el educador comunista Lunatcharsky”. “No nos emociona-
mos por la reforma universitaria. Incompleta como es, es sobre todo débil e
inútil metida en medio del sistema capitalista. Ni una reforma sir ve para na-
da.” Y terminaba: “Compañeros universitarios, que hacen caso al vigilante y
a la historia. ‘Liguistas’, nacionalistas, futuros médicos, abogados, ingenie-
ros, filósofos, aspirantes a oficiales de reser va, dirigentes futuros, escuchen,
al abrirse de nuevo las facultades, nuestra palabra: ¡viva la revolución rusa!
¡viva la revolución social! ¡viva el comunismo!”.
Este discurso habla, entonces, del proceso de radicalización vivido en al-
gunos sectores del estudiantado y la intelectualidad vinculado con la revolu-
ción de Octubre. Tendremos ocasión de seguir este proceso en la Unidad 4,
a través del recorrido del intelectual marxista Aníbal Ponce. Y cuando llega-
mos a la década de 1930 vemos que el mayor animador intelectual de la re-
forma universitaria, Deodoro Roca, ha llegado a consecuencias análogas. En
un ar tículo de 1936 titulado “La Reforma universitaria no será posible sin
una ‘reforma social’”, leemos que la juventud ha aprendido “que el proble-
ma de la Universidad no es un problema solo, aislado y asilado. Es más que
nada la resultante de un problema profundo, amplio, concreto y formidable:
el problema social”.
Vimos entonces en esta unidad un cier to despliegue de textos, de inter-
venciones que nos han dado la imagen de un recorrido por la cultura inte-
lectual argentina entre 1910 y la década siguiente. Par timos del balance de
Joaquín González sobre el siglo transcurrido desde la revolución de Mayo,
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cuando aún es un miembro prominente del gobierno del “orden conser va-
dor”. Luego, sus desencantadas reflexiones cuando el panorama anterior se
ha visto radicalmente alterado por la gran guerra, el ascenso del yrigoyenis-
mo y la revolución rusa. Esta crisis del liberalismo (y de un liberal reformis-
ta como González) está proyectada sobre el ascenso, en el campo de la cul-
tura, de la reacción antipositivista. Tomamos entonces, como momento de
introducción de la “nueva sensibilidad”, las conferencias de Or tega de
1916, tratando de detectar en ellas algunos tópicos y estilos que gravitarán
en otros campos de prácticas. Aquí visitamos algunos contenidos ideológi-
cos de la reforma universitaria y cier tos textos de Alejandro Korn. Respecto
de ellos, tuvimos opor tunidad por fin de indicar el moderatismo de muchos
de sus planteos, y al mismo tiempo la tensión que habitaba los discursos
provenientes de las filosofías espiritualistas de la conciencia en boga. Es-
tas filosofías contenían la posibilidad de extremar sus mensajes en térmi-
nos contestatarios del orden cultural y social. No fue ése el tenor dominan-
te en la Argentina, pero hemos señalado algunos casos donde dicho proce-
so de radicalización es innegable.
En la unidad siguiente continuamos con esta problemática, ahora entron-
cada en los recorridos político-intelectuales de Ingenieros y Lugones. Con-
cluiremos con la totalidad del curso, por fin, mostrando algunos fenómenos
de la década del 30: el nacionalismo revisionista de los hermanos Irazusta
y el marxismo de Aníbal Ponce.
Merquior, José Guilherme. Liberalismo viejo y nuevo, FCE, México, 1993, pp.
13-96.
Or tega y Gasset, José. Meditación de nuestro tiempo. Las conferencias de
Buenos Aires, 1916 y 1928, FCE, México, 1996, conferencias 7ª. Y 8ª.
González, Joaquín V. El juicio del siglo, Centro Editor de América Latina, 1979.
Korn, Alejandro. Obras completas de Korn, Claridad, Buenos Aires, 1949.
Referencias bibliográficas
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está reñido con haberse dedicado hasta entonces básicamente a “la investi-
gación científica” y al “cultivo de los estudios filosóficos”, puesto que ahora
lo anima un “idealismo fundado en la experiencia”, mucho más apto para cap-
turar el aire de los tiempos que “las rutinas del profesionalismo universitario”
(vean ustedes el modo como Ingenieros ha comenzado a construir su propia fi-
gura como la de un outsider del sistema intelectual institucionalizado). Ese
idealismo otorga a su discurso un tono largamente optimista, ya que inclusive
la guerra es obser vada como una catástrofe que es –como he dicho antes- el
anuncio de una nueva aurora.
El ar tículo destinado a comentarla se titula “El suicidio de los bárbaros”,
y en su desarrollo se producen una serie de modificaciones de su anterior
registro ideológico. En principio, los “bárbaros” son ahora los europeos, in-
cluyendo a la propia Francia, con lo cual la categorización de larga data, que
colocaba a la civilización en Europa y a la barbarie en América se ha inver ti-
do. Ahora América, y luego Latinoamérica, es considerada como el territorio
donde se realizarán los valores de la modernidad y la justicia social que no
han podido realizarse en el Viejo Mundo. Con estas afirmaciones, Ingenieros
compar tía el americanismo que será una nota distintiva de vastos sectores
de la intelectualidad latinoamericana en esos años, y que incluso será pro-
movido por algunos intelectuales extranjeros, como el ya citado Or tega y Gas-
set y el escritor nor teamericano Waldo Frank.
La civilización europea, que entonces se suicida en la guerra, ve imperar
el triunfo de los valores retrógrados, que para Ingenieros animan una lucha
multisecular (que también aplicará a su lectura de la historia argentina). Lo
que llama las fuerzas “feudales” se ha impuesto a “las fuerzas morales” (és-
te será el título de otro de sus libros de éxito). Por el contrario, son estas úl-
timas las que obtendrán la victoria en América, donde se podrán armonizar
“las aspiraciones de los que trabajan y de los que piensan”.
En “Ideales viejos e ideales nuevos” define con mayor precisión esa anti-
nomia que recorre los tiempos modernos. El espíritu positivo nació para In-
genieros con el Renacimiento, y ese inicio coincidió con el derecho al libre
examen y a la ilimitada investigación de la verdad. Con ello, nuestro autor
permanecía adherido fielmente al ideal ilustrado de la liber tad de crítica y de
la consigna kantiana del “¡atrévete a saber!” y su consiguiente programa pe-
dagógico de penetración del conocimiento en todas las capas de la sociedad
como condición de un buen orden social.
Ese legado fue encarnado por “minorías revolucionarias”, que son las
mismas que animaron las revoluciones nor teamericana y francesa, y luego
las revoluciones sudamericanas. Por ello, en este nuevo ar tículo (escrito en
1918, cuando las fuerzas alemanas aún parecen más cercanas a la victoria),
Ingenieros retoma anteriores fidelidades. “Mis simpatías –escribe- están con
Francia, con Bélgica, con Italia, con Estados Unidos, porque esas naciones
están más cerca de los ideales nuevos”. Pero extiende esas simpatías a un
espacio novedoso y de largas consecuencias sobre su modo de mirar la es-
cena internacional. “Mis simpatías, en fin –agrega-, están con la revolución
rusa, ayer con la de Kerensky, hoy con la de Lenin y de Trotsky”.
Finaliza enunciando las nuevas aspiraciones que –supone- serán cosas
corrientes para las nuevas generaciones. Veamos el listado de realizaciones
que demanda: “el nuevo régimen tributario, la desaparición de los privile-
gios de clase, los derechos de los trabajadores, la capacidad política y civil
de la mujer, la asistencia social por el Estado, los tribunales de arbitraje en
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Aires en 1920 con el título de Documentos del Progreso; notas del correspon-
sal del Chicago Daily News; de la revista Clar té!, de París; ar tículos del órga-
no La Internacional Comunista; alguna nota del diario ruso Izvestia, que Inge-
nieros hará traducir para su Revista de Filosofía...
También sabemos que es impor tante detectar el lugar que se construye
para emitir dicho discurso, es decir, ese lugar que lo habilita para tornar ve-
rosímil su discurso, respondiendo en suma a la cuestión de “quién habla”.
Esto aparece respondido en un pasaje destinado a definir “los cimientos eco-
nómicos de la nueva Rusia”. Dice allí:
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“la tiranía económica” y contra “los amos y los ser viles”. Y pro-
seguía: “Protestamos de todo el orden social existente: de la Re-
pública, que es el Paraíso de los mediocres y de los ser viles; de
la Religión, que ahorca las almas para pacificarlas [...]; del Ejér-
cito, que es una cueva de esclavitud donde vale más el hocico
que la boca [...]; de la Patria, supremamente falsa y mala, porque
es hija legítima del militarismo; del Estado que es la maquinaria
de tor tura bajo cuya presión debemos moldearnos como las fi-
chas de una casa de juego; de la Familia, que es el poste de la
esclavitud de la mujer y la fuente inagotable de la prostitución”.
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XIX en torno del libro de Abeille sobre el idioma nacional de los argentinos.
Lugones manifiesta así su preocupación:
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Ante esta doble amenaza, el recurso salvador pasa por un acto de fe na-
cionalista, por la reactivación del patriotismo como religión. “Tenemos –pro-
clama Lugones- que exaltar el amor de la Patria hasta el misticismo, y su res-
peto hasta la veneración”. Una manera de mostrar ese patriotismo es adop-
tar medidas de expulsión de quienes propagan las ideologías comunistas. La
consigna no puede ser más clara: “Tenemos que afrontar virilmente la tarea
de limpiar el país, ya sea por acción oficial, ya por presión expulsora, es de-
cir, tornando imposible la permanencia a los elementos perniciosos, desde
el malhechor de suburbio hasta el salteador de conciencias”. Y es preciso
criticar a esos argentinos pudientes que como muestra de falso humanitaris-
mo han contribuido con dinero para socorro de los hambrientos de Rusia, pe-
ro permanecieron insensibles cuando “nuestra peonada obrajera del interior
sucumbía al hambre, la miseria y los contagios”.
Pasa luego, dentro del estilo oratorio y retórico de época, a saludar a ca-
da una de las provincias argentinas y algunos de sus grandes hombres. Lla-
ma la atención que aún permanecen en su ideario patrio los héroes del pan-
teón liberal. Rivadavia, Sarmiento, Mitre. Ya no llama tanto nuestra atención
que al final convoque a los presentes a un juramento patrio, y que al hacer-
lo diga que “en este instante siento que todo el país jura por mi boca”...
Un señalamiento final sobre otro contenido de este discurso. La explícita
alabanza del régimen fascista: “Italia acaba de enseñarnos cómo se restau-
ra el sentimiento nacional bajo la heroica reacción fascista encabezada por
el admirable Mussolini”.
Al año siguiente, a estos pronunciamientos Lugones le sumará el hallaz-
go del nuevo sujeto político destinado a recomponer una nación que ve des-
quiciada por estas amenazas. Como se sabe, se trata del célebre “Discurso
de Ayacucho”, con el cual se refiere al que pronunció en Lima en 1924, y co-
mo par te de la comitiva oficial, en conmemoración de la batalla de ese nom-
bre que puso fin al dominio español sobre estas tierras de América. Su fra-
se más conocida y citada es la que dice: “Ha sonado otra vez, para bien del
mundo, la hora de la espada”. Esto significa que las fuerzas armadas tienen
que hacerse cargo de salvar la contradicción que aparece en nuestros paí-
ses entre la autoridad y la ley. La ley es el conjunto de las constituciones li-
berales del siglo XIX, pero ocurre que ese sistema –dice- está caduco. Enton-
ces se impone lo que considera la solución necesaria: “El ejército es la últi-
ma aristocracia, vale decir, la última posibilidad de organización jerárquica
que nos resta entre la disolución demagógica”. Lugones ha encontrado aque-
llo en cuya busca había par tido en la inmediata posguerra: una nueva jefatu-
ra política.
Junto con estas posiciones autoritarias, antidemocráticas y circulantes
dentro de un discurso nacionalista integrista, el punto de mira más general
de Lugones se encuentra transformado. Esto aparece claro en su libro La or-
ganización de la paz, de 1925. Aquí cuestiona al antes admirado presidente
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La ensayística
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sucesión constitucional del orden presidencial. Junto con ello, la década que
con ese hecho se inauguraba, ha quedado configurada en la representación
de los argentinos con la caracterización que de ella formuló un periodista na-
cionalista: “la década infame”. La “infamia” de la “década infame” residiría
para esa mirada en la práctica sistemática del fraude electoral, la corrupción
instalada en esferas estatales, la “entrega” al “imperialismo británico”; la
desocupación que siguió a la crisis económica mundial desatada en 1929
(que algunos estimaron hasta en un 28%), etcétera. No obstante, hoy la his-
toriografía tiende a reconsiderar esa valoración global de la década, al me-
nos en dos direcciones. Por un lado, no ocultar bajo ese mote aspectos no-
vedosos y creativos generados en esa década; y segundo, preguntarse qué
elementos realmente novedosos per tenecen a ese período y cuáles en rea-
lidad son un legado que proviene de momentos anteriores.
Yendo a nuestro campo de análisis, podemos decir que en el plano cultu-
ral un rasgo reconocido largamente en la década es la productividad alcan-
zada por el ensayo de autointerpretación, cuyo máximo exponente canoniza-
do es Radiografía de la pampa, de Ezequiel Mar tínez Estrada. Hemos visto
en otros momentos culturales la existencia del ensayo como género a par tir
del cual los argentinos tendieron a interpretar su situación, y en rigor pode-
mos establecer una cronología que abarcaría el ensayo romántico (con el Fa-
cundo de Sarmiento como producto cumbre); el ensayo “científico” de matriz
positivista (Ingenieros, Bunge); el ensayo modernista (Rodó, Lugones), y
–hasta donde nos interesa- el ensayo construido desde las matrices de la
“nueva sensibilidad”. Para caracterizar rápidamente a este tipo de ensayísti-
ca se la ha filiado a par tir de lo que sería su “método” de abordaje de la rea-
lidad nacional, y a este abordaje se lo ha caracterizado como “intuicionismo
ontológico”. Esto es, ahora el intelectual se posiciona frente a la realidad
dispuesto a detectar su esencia a través de una suer te de “visión” inmedia-
ta (precisamente, el verbo intuire en latín significa “ver”). Este abordaje en-
tonces ya no recurre al intelecto, al razonamiento, según el modelo de la cul-
tura científica, sino a una potencia de la conciencia habilitada para captar la
realidad en sí misma, dentro de una constelación de ideas que forman par-
te de la reacción contra el positivismo.
Y bien: a lo que quería llegar era a determinar, a par tir de esta breve acla-
ración, que el ensayo prototípico de la década del treinta, Radiografía de la
pampa, se inscribe dentro de estas características, pero –como se ha visto-
estas características han sido elaboradas en el período anterior. De hecho,
es en la década del veinte cuando aparecen escritos y ensayos de intelec-
tuales extranjeros que así reflexionan sobre la realidad americana. Or tega y
Gasset publica varios ar tículos en esta dirección (“Car ta a un joven argenti-
no que estudia filosofía”, 1924; “Hegel y América”, 1928, “La pampa ... pro-
mesas”, 1929); el alemán Hermann Keyserling, que en 1929 visita la Argen-
tina, las Meditaciones sudamericanas. Incluso un ensayo que es considera-
do prototípico de la década del 30 como El hombre que está solo y espera,
de Raúl Scalabrini Or tiz, que, en realidad, cabe perfectamente dentro de los
cánones generados en los veintes a par tir de las vanguardias literarias.
Estas consideraciones tienden a aler tar acerca del cuidado que es preciso
adoptar cuando se realizan periodizaciones, en este caso, en el ámbito de la
historia de la cultura. De todos modos, Radiografía de la pampa, de 1933 (así
como Historia de una pasión argentina, publicado poco después por Eduardo
Mallea), tienen rasgos que resultan, creo, par ticulares de la ensayística de los
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años treinta. Podríamos decir, para ampliar el panorama, que una buena par-
te del ensayo científico o positivista estuvo dedicado a principios del siglo pa-
sado, a dar cuenta de lo que se percibía como “los males latinoamericanos”.
Estos males fueron visualizados sobre el trasfondo ofrecido por la exitosa ex-
periencia nacional de los Estados Unidos de América. Entonces, la pregunta
que anima aquellos ensayos científicos es ¿por qué aquí no ocurre lo que sí
ocurrió en el Nor te? Sabemos que muchas de las respuestas van a estar
orientadas en clave racial, y en ese sentido el pronóstico argentino no fue tan
pesimista como el de otros intelectuales hispanoamericanos de países don-
de el fondo indígena subsistente era realmente mucho más considerable. Pe-
ro además, la experiencia argentina –como vimos- generaba sin duda en las
elites algunas dudas y temores, pero en general podía exhibir una serie de éxi-
tos, sobre todo al cotejarla con otras experiencias hispanoamericanas.
Ahora bien: al arribar a la década del 30 las nuevas elites intelectuales
están en el seno de un proceso nacional que por primera vez en más de me-
dio siglo ha experimentado severos impactos. Uno de ellos (y no el menor),
es que la Argentina ha perdido los beneficios de su anterior colocación en la
división internacional del trabajo como producto de la gran crisis económica,
que está redefiniendo un nuevo mapa económico mundial. Dicho sea de pa-
so, si se miran los registros económicos, se comprueba que la Argentina es
uno de los países que más rápidamente van a salir de la crisis y, sin embar-
go, parecería ser que los contemporáneos de la misma la vivencian con ma-
yor gravedad. Pero esto no hace sino ilustrar los recaudos por adoptar y las
dificultades para medir las sensaciones de bienestar o malestar de una so-
ciedad en determinados períodos históricos. En el caso que nos ocupa, en
principio podría decirse que la crisis que se produce es mucho más que eco-
nómica. En rigor, es una crisis que afecta autoimágenes argentinas largamen-
te construidas. Afecta sin duda a la creencia argentina en la excepcionalidad
de este país y a su destino de grandeza; rasgos que fueron señalados en la
ensayística de principios del siglo por un miembro de la elite conser vadora
como Juan Agustín García en sus estudios de psicología social. Y afecta ma-
terial y simbólicamente las expectativas reales e imaginarias depositadas en
la movilidad social ascendente.
La Argentina entonces es construida en esa ensayística del 30 como un
país que ha perdido el nor te, y que debe arreglar cuentas con su propia con-
ciencia. Se trata entonces de ensayos que se preguntan por las razones de
esa crisis (¿dónde está la culpa?), que suelen deslizarse hacia temas de
identidad nacional (¿qué somos, cómo somos los argentinos?). Para trami-
tar esas preguntas se van a elegir distintas estrategias. En el caso de Ra-
diografía de la pampa, Mar tínez Estrada des-historiza la realidad nacional,
es decir, la descripción de los distintos fenómenos que conformarían la
esencia de la Argentina adoptan la forma de estructuras naturales, de ca-
pas geológicas que en cada instancia repiten lo mismo, y lo que repiten es
una suer te de eterno retorno de males que definen un país sin alternativas,
sin destino. Desde su comienzo, se nos muestra que el nuevo mundo des-
cubier to por los españoles “había nacido de un error, y las rutas que a él
conducían eran como los caminos del agua y del viento”. En ese nuevo mun-
do, la futura Argentina es Trapalanda, una ciudad de oro macizo que los
conquistadores imaginaron pero que nunca existió. Beatriz Sar lo ha escri-
to al respecto en Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930:
“El estupor de los años treinta habita debajo de la seguridad omniexplicativa:
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tanto las modalidades políticas como las costumbres privadas parecen ha-
ber sido invadidas por el Mal. Para Mar tínez Estrada la sociedad es irredi-
mible y por eso su voz es la de un profeta que se sabe clamando en el de-
sier to”. El libro se cierra sintomáticamente retomando la polaridad sarmien-
tina entre civilización y barbarie, pero con la confesión de un fracaso. Por-
que la civilización consistió en la aplicación de una serie de disfraces (las
palabras “disfraz”, “simulacro”, “espejismo”, “caricaturas” abundan en el
libro), en la adopción de formas externas de lo europeo. “Y así (cito de Ra-
diografía...) se añadía lo falso a lo auténtico. Se llegó a hablar francés e in-
glés; a usar frac; pero el gaucho estaba debajo de la camisa de plancha”.
“Lo que Sarmiento no vio –concluye Mar tínez Estrada- es que civilización y
barbarie eran una misma cosa, como fuerzas centrífugas y centrípetas de
un sistema en equilibrio. No vio que la ciudad era como el campo y que den-
tro de los cuerpos nuevos reencarnaban las almas de los muer tos.” León
Sigal ha sintetizado este tema diciendo que el libro que comentamos reve-
la “la persistencia de la barbarie, de su normalidad, la vida secreta y pode-
rosa que sigue teniendo, junto con el fracaso de los proyectos fundadores
que de ella resulta”.
Esa realidad profunda ocultada por apariencias es uno de los elementos
centrales a través de los cuales Eduardo Mallea escribe la citada Historia de
una pasión argentina. No podemos entrar en su consideración, pero sí nos
sir ve para señalar que nuevamente encontramos esa dicotomía, que en Ma-
llea se expresa en una “Argentina visible” y otra invisible, y sobre todo para
remitir esta dicotomía a esa figura que hemos visto aparecer en las confe-
rencias de Or tega y Gasset, que a su vez remiten a la relación entre las for-
mas y su expresión. En la década del 20, el dominicano Pedro Henríquez Ure-
ña –que residirá en la Argentina- había dado a conocer un libro de título pi-
randelliano: Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Se trata entonces
en todos estos casos de la creencia de una realidad esencial, americana o
nacional, que no alcanza a encontrar su auténtica expresión, la manera co-
rrecta de fenomenizarse, de aparecer de una manera en que la apariencia
guarde correspondencia con su esencia.
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sables la una sin la otra. Porque, argumentan, el hecho que explica la pene-
tración e intromisión inglesa en los asuntos argentinos es su asociación con
una clase que ha claudicado en sus funciones de clase dirigente, de una eli-
te que con su dependencia viene a sancionar la dependencia del propio Es-
tado argentino. Y con ello, podríamos decir, la nación no es en realidad una
Nación, sino una factoría, un remedo de nación, una apariencia (otra vez) de
nación.
Veamos ahora La Argentina y el imperialismo británico, cuyo subtítulo es
Los eslabones de una cadena. 1806-1933. Este subtítulo es impor tante por-
que el texto está dividido en tres par tes (las dos primeras se supone que
las escribió Julio y la tercera Rodolfo Irazusta). Las dos primeras son el aná-
lisis del pacto Roca-Runciman, firmado en 1933. En ese pacto la Argentina
paga tributo para seguir manteniendo cier ta cuota de su comercio exterior,
fundada en la expor tación de bienes agropecuarios y fundamentalmente de
carne hacia el Reino Unido.
El tercer capítulo se llama “Historia de la oligarquía”. Lo que los Irazusta
están tratando de demostrar es que el pacto Roca-Runciman, que conside-
ran gravoso para los intereses nacionales, en realidad es una consecuencia
necesaria del accionar de una clase social que ha pasado de ser una aristo-
cracia para degenerar al conver tirse efectivamente en una oligarquía. Se ha
pasado entonces del gobierno de los mejores, según los criterios de un re-
publicanismo aristocrático, simplemente al gobierno de los pocos.
Para explicar este proceso recurren entonces al género historiográfico,
que los guía en la reconstrucción de la totalidad de la historia argentina, con
el objetivo de mostrar que lo que acaba de ocurrir no es más que una con-
secuencia de movimientos históricos anteriores, que reposan sobre un sec-
tor de la sociedad que ha abandonado su misión de efectiva clase dirigente.
Lejos entonces de lo que podría suponerse, en el sentido de encontrar sobre
todo una fuer te impugnación a Inglaterra, de lo que se trata es de abrir un
juicio a esta clase dirigente argentina que no ha estado a la altura de las cir-
cunstancias como clase dirigente. Dos intelectuales, convencidos de que la
historia depende sobre todo de las elites, elaboran una explicación acerca
de esta claudicación. Podría decirse que aquí retornan viejos temas que he-
mos visto: aquella sospecha de Miguel Cané, de Lucio V. López y de otros,
acerca de que la clase dirigente argentina decae, que está inficionada de va-
lores que no son los valores republicanos y aristocráticos, de una clase diri-
gente que ha perdido su legitimidad. Y éstos se miden en función de su ca-
pacidad de defensa de los intereses nacionales. Y el juicio resulta severo
porque los Irazusta se encuentran con una clase nacional que no está en
condiciones de defender los intereses nacionales.
La historia encargada de dar sentido y ofrecer una explicación será una
historia política, que es aquélla donde los hermanos Irazusta piensan que se
inscriben las determinaciones capaces de modificar las sociedades y la his-
toria. Existen al respecto referencias explícitas e implícitas al decisionismo,
entendido como la imposibilidad de apelar a estructuras trascendentes a la
propia decisión política y a las cuales recurrir para fundar y legitimar un or-
den. Lo único que sostiene la decisión es la decisión misma, es un acto au-
tofundado. Por ello, no escriben una historia económico-social al modo como
la estaban practicando los socialistas, los comunistas, los marxistas, quie-
nes van a explicar una situación de dependencia respecto de Inglaterra fun-
dada en un razonamiento que busca en la economía las reglas de inteligibi-
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Por fin, lo que los argentinos conocen en el presente es así “la historia
falsificada por los emigrados y difundida por los maestros exóticos de recien-
te impor tación”. Aquí puede verse cómo se construyen dos enemigos de la
visión nacionalista: los “unitarios”, los letrados abstractos y antinacionales,
por una par te, y la inmigración por la otra. De la conjunción de estos males
es fácil inducir la figura que encarnará al anti-Rosas, y por consiguiente al
candidato en ascenso para ser el depositario de todos los males nacionales:
Domingo Faustino Sarmiento, esa –dicen- “caricatura de Estados Unidos, pe-
ro despojada de orgullo, de potencialidad, de ambición”. La sustitución de la
aristocracia por la oligarquía trajo así como consecuencia la promoción de di-
versas medidas y estrategias reñidas con la verdadera nacionalidad: la en-
señanza laica, el anticriollismo, el antihispanismo, el privilegiamiento de las
ciudades frente al campo, el predominio de los políticos profesionales. De
allí que el libro alcance su realización cuando obser va esos antivalores for-
mando par te de la constelación de ideas y creencias de Julio Roca (h), jefe
argentino de la delegación negociadora con Runciman. “El jefe de nuestra de-
legación –leemos en el libro de Julio y Rodolfo Irazusta- renegaba de la tradi-
ción colonial y del período del gobierno rosista, como si creyera que en el pri-
mer caso no había Estado argentino y que, en el segundo, el gobierno esta-
ba idealmente repar tido entre los emigrados residentes en Chile, Uruguay y
Brasil. No podía pues decirles a los ingleses que su deseo de inver tir capi-
tales en nuestro suelo era anterior a ningún llamado, puesto que desde tem-
prano dieron famosos aldabonazos en nuestra puer ta, y al fracasar con los
cañones volvieron con la sonrisa, sin condiciones de ninguna especie”.
Quedaría así propuesta una lectura de la historia argentina que inver tía el
panteón de la historiografía liberal y que se fundaba sobre otros valores que
los de esa tradición. La historia había sido, así, revisada y explícitamente ins-
talada en el centro de un debate político. Hacer historiografía es entonces una
función política, a veces casi podría decirse que imaginada como idéntica a la
política. La repercusión de esta versión, con sus argumentaciones, sus ideo-
logemas, hasta su estilo polémico, fue realmente muy alta en sectores socia-
les amplios en nuestro país. El “revisionismo histórico”, se convir tió en una
suer te de “sentido común” de los argentinos, o de numerosos argentinos, a
la hora de obser var su propio pasado. Finalmente, lo que los hermanos Ira-
zusta proponían era no sólo una revisión de ese pasado. Era la denuncia de
una elite divorciada del país y separada de la plebe. De allí en más, propon-
drán la búsqueda de una nueva jefatura espiritual y política que garantice un
nuevo encuentro entre clase dirigente y pueblo. Pero ésa ya es otra historia
que desborda los marcos temporales fijados para esta unidad y este curso.
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y lucha de clases, de los años 1933 y 1934. Al año siguiente reforzará es-
tas adscripciones con su viaje a la URSS, adscripciones que incluían natural-
mente ubicarse dentro del marco de influencias del comunismo internacional
liderado por la Unión Soviética y, en el plano nacional, por el Par tido Comu-
nista. Cuando esto ocurre, la Internacional Comunista (o Comintern o III In-
ternacional) está atravesando por lo que se denomina su etapa de “clase
contra clase”, definida en su VI Congreso, de 1928. Dicho rápidamente, es-
ta posición par te de una caracterización de máximo enfrentamiento intercla-
sista, que determina que los par tidos comunistas no deben establecer nin-
gún tipo de alianzas con sectores burgueses, ni aun con la socialdemocra-
cia, considerada una aliada objetiva de los regímenes burgueses y aun de
los reaccionarios y de los fascistas. Como ha escrito un historiador de la III
Internacional, Aldo Agosti, una lectura simplista y economicista del capitalis-
mo llevó a la Comintern a ver sólo dos alternativas: o la dictadura terrorista
de la burguesía (con lo que se identificaba al fascismo) o la dictadura comu-
nista del proletariado. Al aplicar, por ejemplo, esta caracterización a la situa-
ción local, el Par tido Comunista argentino declaraba en agosto de 1928 que
“el gobierno de Yrigoyen es el gobierno de la reacción capitalista, como lo
demuestra su política represiva, reaccionaria, fascistizante, contra el proleta-
riado en lucha”.
Compar tiendo esta orientación general, Aníbal Ponce seguirá denuncian-
do a las burguesías latinoamericanas en su conjunto por su carácter atrasa-
do y dependiente del imperialismo inglés. Por esto último, ya no son burgue-
sías “nacionales” en el sentido de que no encarnan los intereses de la na-
ción, y por eso las “tareas nacionales” deben pasar a manos del proletaria-
do. Y al mirar hacia la socialdemocracia local, cuestionará tanto a la tradi-
ción teórica socialista representada por el libro Teoría y práctica de la histo-
ria, de Juan B. Justo, como la actuación de destacados políticos del Par tido
Socialista. Asimismo compar tirá la visión catastrofista de la III Internacional,
que realizaba un análisis económico del cual extraía la conclusión del inmi-
nente derrumbe del sistema capitalista mundial. En definitiva, piensa, el fas-
cismo no es más que una manifestación de esa decadencia, que le permite
mantener el poder sólo por vía coercitiva. Éste es un punto interesante res-
pecto del modo como se definía la situación imperante dentro del campo co-
munista y de la izquierda en general. Piensen ustedes que ante el fenómeno
fascista esta interpretación que Ponce compar te es la dominante dentro de
la Comintern, esto es, que el fascismo es un fenómeno apoyado fundamen-
talmente en el terror implantado desde el Estado. Será el comunista Antonio
Gramsci quien dará la otra versión de ese fenómeno, y para eso se valdrá de
una lectura del marxismo que atiende a los fenómenos “superestructurales”
de la cultura. De este modo, se planteará el problema de la hegemonía, es
decir, del modo como el fascismo se valió no sólo de la coerción sino, sobre
todo, de una adhesión activa de las masas italianas sobre la base de haber
implantado fuer temente una serie de consignas e ideas. Es interesante ano-
tar que el marxismo de Gramsci es un marxismo que dialoga con las filoso-
fías espiritualistas de la época (con Benedetto Croce, por ejemplo), mientras
que el marxismo que Aníbal Ponce entona sigue adherido a las matrices del
intelectualismo cientificista. Por eso, cuestiona el pensamiento de Henri
Bergson calificándolo de místico, irracionalista y por ende reaccionario, y res-
cata al Marx entroncado con la ilustración y, en definitiva, el positivismo o la
cultura científica. De todos modos, y para no confundir, debo agregar que los
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Referencias bibliográficas
Cronología
Esta cronología tiene como única función brindar una serie de datos, so-
bre todo culturales, para que ustedes tengan algunas referencias que les
permitan ubicar cier tos acontecimientos y así tener una idea más general so-
bre los períodos considerados en el curso. Ha sido realizada sobre la base
de las cronologías de la Biblioteca Ayacucho, de Venezuela, a la que se les
han agregado otras cronologías de diversos orígenes, así como de fichajes
cronológicos personales. Obviamente, el listado no sólo no es exhaustivo, si-
no que para que dichos datos tengan cabal sentido deben ser ar ticulados a
través de un relato historiográfico. Con ese objetivo, recomiendo la Historia
Argentina dirigida por Halperin Donghi y editada por Paidós, la Historia argen-
tina contemporánea de Luis Alber to Romero publicada por el Fondo de Cul-
tura Económica y la Nueva historia argentina, que está siendo editada por
editorial Sudamericana.
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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930
1880 Revolución derrotada de Carlos Te- H. Taine: Filosofía del ar te. E. Zola:
jedor en Buenos Aires. Presidencia Naná. Maupassant: Bola de Sebo.
de Roca. Acrecentamiento de inver- Menéndez Pelayo: Historia de los
siones inglesas. Federalización de heterodoxos españoles (-82). Rodin:
Buenos Aires. El pensador.
1881 Tratado de límites con Chile. Crea- Renoir: El almuerzo de los remeros.
ción de moneda única para todo el F. de Saussure enseña lingüística
país. Ley de aduana. Consejo Na- en la Escuela Práctica de Altos Es-
cional de Educación. Ser vicio tele- tudios de París (-91). Muere Carlyle
fónico. Venta por ley de territorios
conquistados al indio: incremento
de latifundios. Fiebre especulativa.
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1884 Concluye Campaña al Desier to, de- Spencer: El hombre contra el Esta-
salojando indios del sur. Ley de en- do. Engels: El origen de la familia,
señanza laica, gratuita y obligato- la propiedad privada y el Estado.
ria. Creación del Registro Civil. Huysmans: A contrapelo. Daudet:
Contrato para construcción del Safo. De Lisle: Poemas trágicos.
puer to de Buenos Aires según el Verlaine: Poetas Malditos. A. Gaudí:
proyecto de E. Madero. Ferrocarril La sagrada familia. Degas: Las
trasandino argentino-chileno. planchadoras.
1885 Distribución de tierras indígenas Nietzsche: Más allá del bien y del
entre jefes y oficiales de la Campa- mal. Marx: El Capital (tomo II), com-
ña al Desier to. Conflictos con Chile pilado por Engels. Andersen: Cuen-
por los límites patagónicos. Inaugu- tos. Zola: Germinal. Twain: Huckle-
ración de la Bolsa de Comercio. berry Finn. Muere Víctor Hugo.
Primeros embarques de carne en-
friada a Londres. Lucha de candi-
daturas para la sucesión de Roca.
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1896 Una nueva fuerza asoma al escena- Fundación del Daily Mail. Primeros
rio político e inter viene por primera juegos olímpicos en Atenas. Marco-
vez en una elección: el Par tido So- ni: la telegrafía sin hilos. Becque-
cialista Argentino. Se suicida Alem rel: la radiactividad.
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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930
1898 Julio A. Roca es elegido nuevamen- España entra en guerra con los
te presidente. EEUU.Filipinas, Puer to Rico y las is-
las Guam cedidas a EEUU. Por 20
Fundación del Jardín Botánico. Se millones de dólares; anexión defini-
instala en Buenos Aires el primer tiva de Hawaii. Se reabre el caso
ascensor. Fray Mocho: En el mar Dreyfus en Francia. L. Daudet y
austral. R. Payró, La Australia Ar- Maurras fundan Acción Francesa.
gentina. Revista Caras y Caretas Surge el Par tido socialdemócrata
(hasta 1939). Julián Aguirre: Tristes en Rusia. Mueren Bismarck y
argentinos, para piano. Gladstone.
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1901 Tensa situación con Chile por pro- Asesinado el presidente Mc Kinley
blemas fronterizos. Se establece el en EEUU. Le sucede Theodoro Roo-
ser vicio militar obligatorio. Se quie- selvelt. Tratado Hay-Pauncefote so-
bra la alianza Roca-Pellegrini. Inmi- bre el canal de Panamá.
grantes: entran 125.951. Se inau-
guran Los Mataderos de Liniers. Freud: Psicopatología de la vida co-
tidiana. Maeterlinck: La vida de las
Constitución e independencia for- abejas. Th. Mann: Los Budden-
mal de Cuba; enmienda Platt que brook. B. Muere Toulouse-Lautrec.
autoriza a los EEUU a inter venir en
la isla. Segundo Congreso Paname-
ricano celebrado en México.
1904 Con la abstención del Par tido Ra- Los japoneses hunden la flota rusa
dical se realizan elecciones presi- en Port Arthur y Vladivostock.
denciales que consagran la fórmu-
la Quintana-Figueroa Alcor ta. Se T. Garnier: Proyecto de la ciudad in-
mantiene el clima de agitación so- dustrial. Pirandello: El difunto Ma-
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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930
1905 Conato revolucionario del Par tido Los japoneses ocupan Port Arthur.
Radical. Sus principales dirigentes, “Domingo Rojo” en San Petersburgo.
salvo Yrigoyen, son encarcelados. Ley de 9 horas en Francia. Segun-
Se dicta la ley del descanso domi- da presidencia de Th. Roosevelt en
nical. Creación de la Academia Na- EEUU.
cional de Bellas Ar tes.
Lorentz, Einstein, Minkowski: la re-
César Duayen (Emma de la Barra): latividad restringida.
Stella. Laferrère: Locos de verano.
Payró: Marco Severi. Lugones: Los Unamuno: Vida de Don Quijote y
crepúsculos del jardín y La guerra Sancho. Rilke: Libro de las horas.
gaucha. Se difunden La morocha Los fauves en Francia; Die Brücke
de Saborido-Villoldo y El choclo, de en Alemania. Matisse: La alegría
Villoldo. de vivir. Rilke, secretario de Rodin,
en París. Isadora Duncan en Rusia.
Darío: Cantos de vida y esperanza. Muere Julio Verne.
F. Sánchez: Barranca abajo y En fa-
milia. P. Henriquez Ureña: Ensayos
críticos.
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Historia Intelectual en la Argentina entre 1880 y la Década de 1930
1912 Sáenz Peña promulga la ley que Comienzo de la primera guerra bal-
establece el voto secreto y obliga- cánica. Protectorado francés sobre
torio. El Par tido Radical se presen- Marruecos. Trabajo en cadena de
ta a elecciones y envía legislado- las fábricas Ford.
res al Congreso Nacional. “El grito
de Alcor ta”, huelga de agricultores. C. Jung: Transformación y símbolo
de la libido. Claudel: Anunciación a
B. Roldán: La senda encantada. María. A. France: Los dioses tienen
Rojas: Blasón de Plata. La revista sed. Shaw: Pigmalión. R. Luxembur-
Caras y caretas publica la Autobio- go: La acumulación del capital. Pa-
grafía de Rubén Darío. Muere Ca- pini: Un hombre acabado. A. Ma-
rriego. chado: Campos de Castilla. Ravel:
Dafnis y Cloé. Schoënberg: Pierrot
lunaire. Muere Menéndez Pelayo.
1914 Tercer Censo Nacional. El país Primera guerra mundial. Francia, In-
cuenta con 7.885.000 habitantes, glaterra, Rusia, Bélgica, Ser via,
el 30 por ciento de los cuales es Montenegro y Japón contra Austria,
extranjero. El Gran Buenos Aires Hungría, Alemania y Turquía. Asesi-
concentra alrededor de 2.000.000 nato de Jaurès en París. Ley anti-
de habitantes. Muere Sáenz Peña y trust en EEUU. Invasión de Bélgica.
le sucede Victorino de la Plaza. Co- Batalla del Marne.
mienzan a sentirse los efectos de
la primera Gran Guerra. Kafka: En la colonia penitenciaria.
J. R. Jiménez: Platero y yo. Joyce:
Gálvez: La maestra normal. Menén- Dublineses. Or tega y Gasset: Medi-
dez Pidal en Buenos Aires. Darío: taciones del Quijote. Dreiser: El ti-
Canto a la Argentina. Mueren A. Al- tán. Chaplin: Carlitos periodista.
varez y J. M. Ramos Mejía.
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1915 El Par tido Radical proclama la fór- Italia declara la guerra a Austria.
mula Yrigoyen-Luna para la próxima Declaración de guerra aliada a Bul-
contienda electoral. En el campo garia. Alemania declara la guerra
sindical, se constituye la FORA del submarina y los aliados deciden el
9°Congreso, con exclusión de los bloqueo marítimo. Triunfos alema-
anarquistas. En Buenos Aires, se nes en el frente ruso. China resta-
inaugura la Estación terminal de fe- blece la monarquía hasta el final
rrocarriles de Retiro. de la guerra europea.
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1920 Recuperación del salario real y dis- Disolución del Imperio Turco. Co-
minución de las huelgas. Primera mienza a sesionar la Sociedad de
transmisión radiofónica organizada: las Naciones. En Alemania, se fun-
Parsifal desde la azotea del teatro da el Par tido Obrero Nacionalsocia-
Coliseo. Comienza la construcción lista (nazi). Ley seca en EEUU. II
del primer rascacielos en Buenos Congreso de la III Internacional en
Aires: el Pasaje Barolo. La Comi- Leningrado y Moscú: se adoptan
sión Nacional de Casas Baratas los 21 puntos de Lenin.
construye el barrio Cafferata.
Totsky: Terrorismo y comunismo.
Franco: La flauta de caña. Eichel- O´Neill: Emperador Jones. Maia-
baum: La mala sed. Carlos Ibargu- kovski: 150.000.000. Valle Inclán:
ren: La literatura y la gran guerra. Divinas palabras. Fitzgerald: De es-
A. Korn: La liber tad creadora. te lado del paraíso. Cavafis: Poe-
mas (publicados en 1935). Primer
En México es asesinado Carranza. film expresionista: El gabinete del
Le sucede Alvaro Obregón. Ales- doctor Caligari, de R. Wiene. Mue-
sandri es elegido presidente en ren Pérez Galdós y A. Modigliani.
Chile. Knut Hamsun: Premio Nobel de Li-
teratura.
1921 Fundación del Par tido Comunista. Fundación de los Par tidos Comu-
Huelgas en la Patagonia duramen- nistas Italiano y Chino. Se funda el
te reprimidas. Promulgación del Có- Par tido Nacional Fascista en Italia.
digo Penal. Asesinato político del Irlanda se convier te en par te del
gobernador de San Juan, Amable Imperio Británico. Huelga minera
Jones. Primer Congreso de la en Gran Bretaña. Hitler preside el
Unión Democrática (Cristiana) Ar- Par tido Nacionalsocialista en Ale-
gentina. mania. Lenin pone en práctica la
nueva política económica. En
Inauguración del actual Teatro Na- EEUU, repercusión del caso Sacco-
cional Cer vantes. Creación del Ins- Vanzetti.
tituto de Investigaciones Históricas
en la Fac. de F. y Letras por teña. Einstein: premio Nobel de Física.
R. Rojas: Historia de la literatura ar-
gentina. Revista Prisma. Fernández Scheler: De lo eterno en el hombre.
Moreno: Nuevos poemas. José Ga- Pirandello: Seis personajes en bus-
briel: Evaristo Carriego. Lugones es ca de un autor. Jung: La psicología
elegido miembro de la Corporación del inconsciente. Chaplin: El pibe;
Intelectual de la Liga de las Nacio- Von Stroheim: Mujeres insensatas.
nes. Gómez Cornet y Figari expo- Revista Ultra en España.
nen en Buenos Aires. A su regreso
de España, Borges difunde el ul-
traísmo.
1922 Fundación de la Unión sindical Ar- Mussolini marcha sobre Roma: as-
gentina (no están incluidos la co- censo del fascismo en Italia. Cons-
rriente anarquista del V Congreso ni titución de la Unión de Repúblicas
los comunistas). Yrigoyen se opone Socialistas Soviéticas (URSS). Se
a un proyecto de ley de divorcio. La escinde el Par tido Socialista Italia-
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1929 Crecen las versiones sobre el ais- Crack bursátil en Nueva York, con
lamiento de Yrigoyen respecto de vastas repercusiones mundiales.
la opinión pública y de los hombres Victoria electoral del laborismo en
de su par tido. Asesinato de Lenci- Gran Bretaña. Creación del Estado
nas en Mendoza. Aparece en Bue- de Vaticano, por el Concordato de
nos Aires el colectivo. Letrán. Albania invadida por Italia
pasa a ser protectorado. Trotski
Borges: Cuaderno San Mar tín. N. desterrado a Constantinopla. Pro-
Olivari: El gato escaldado. M. Fer- pagación del gangsterismo en
nández: Papeles de Recienvenido. EEUU favorecido por la prohibición.
Gálvez: Humaita. R. Arlt: Los siete
locos. Le Corbusier, Waldo Frank y K. Manheim: Ideología y utopía. Or-
Keyserling visitan el país. Muere tega y Gasset: La rebelión de las
Paul Groussac. masas. Reich: Materialismo dialécti-
co y psicoanálisis. Faulkner: El soni-
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1935 El senador Lisandro de la Torre de- Hitler implanta el ser vicio militar
nuncia el monopolio de los frigorífi- obligatorio. Leyes racistas de Nü-
cos en el comercio de carnes. Du- remberg. Campaña militar de Mus-
rante el debate, es asesinado el solini en Africa; invasión a Etiopía.
senador Bordabehere. Justo inau- La Sociedad de las Naciones apli-
gura el Banco Central. El presiden- ca sanciones contra Italia. Chiang
te del Brasil, Getulio Vargas, visita Kai-sheck, presidente de China.
la Argentina.
P. Hazard: La crisis de la conciencia
Borges: Historia universal de la in- europea. Eliot: Asesinato en la Ca-
famia. Mallea: Conocimiento y ex- tedral. Hitchcock: Treinta y nueve
presión de la Argentina. Dickman: escalones. Muere Henri Barbusse.
Madre América. J. Irazusta: Ensayo
sobre Rosas. E. Palacio: Catilina. E.
S. Discépolo: Cambalache. Muere
en un accidente aéreo Carlos Gar-
del. La Comedia Nacional Argenti-
na inicia sus actividades en el Cer-
vantes. Se constituye el grupo FOR-
JA en Buenos Aires.
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1938 Asume Or tiz como presidente. Hitler ocupa Austria. Ultimátum ale-
mán a Praga. Pacto de Munich en-
Gálvez: Hombres en soledad. Ber- tre Inglaterra, Francia, Alemania e
nández: La ciudad sin Laura. Gon- Italia por la situación checoslova-
zález Lanuza: La degollación de los ca. Leyes antisemitas en Italia. Ba-
inocentes. Alfonsina Storni se suici- talla del Ebro en España. Se reti-
da. Leopoldo Lugones se suicida ran las Brigadas Internacionales.
en el recreo “El Tropezón” del Ti-
gre. De este autor, se editan Ro- Sar tre: La náusea. Th. Wilder:
mances del Río Seco y Roca (incon- Nuestro pueblo. M. Hernández:
cluso). Cancionero y romancero de ausen-
cias (-41). Mumford: La cultura de
Cárdenas expropia las instalacio- las ciudades. Moore: Figura inclina-
nes de compañías petroleras ex- da. Siegel y Shuster: Superman.
tranjeras. Aguirre Cerda, candidato Carné: El muelle de las brumas.
del Frente Popular, gana las elec- Disney: Blanca Nieves.
ciones en Chile. Conferencia Pana-
mericana en Lima.
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