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Nathanael Peralta Luis

Fuentes y generalidades en Le Cid de Corneille

En cuanto a las fuentes literarias de Corneille, es evidente que conocía la historia del Cid

y la comedia de Guillén de Castro Las mocedades de Rodrigo (1621). Rodrigo (Ruy) Díaz

de Vivar, nacido en Vivar (Burgos), fue un caballero cristiano del siglo XI, que se casó

realmente con su prima Jimena y que pronto entró en la leyenda. Los musulmanes lo

llamaron Cid Campeador, el señor que campea o gana en las batallas. Su figura dio lugar

a innumerables obras literarias, entre ellas el famoso Poema de Mio Cid.

Pero Corneille se inspiró sobre todo en Guillén de Castro, el cual era discípulo de Lope

de Vega y, por tanto, partidario de un teatro popular y antinormativo. Su obra está escrita

en verso, como todo el teatro clásico español, y es una comedia, es decir, tiene “final

feliz”. Por supuesto, mezcla tonos y elementos: lo clásico y lo popular, lo trágico y lo

cómico, los metros de distinta medida (polimetría). Lo que hace Corneille es simplificar

la obra española y someterla al gusto francés, adaptándola a las reglas teatrales allí en uso

y manteniendo también el verso.

Corneille escribió una tragicomedia en 1637, pero algunos años más tarde, en 1648,

cuando preparó cuidadosamente la edición de sus obras completas, rebautizó la obra como

tragedia. ¿Por qué? A comienzos del siglo XVII, el teatro cortesano conocía dos grandes

géneros: la tragicomedia y la tragedia. Entonces triunfaba el arte barroco, que privilegiaba

el movimiento, la fantasía, la inverosimilitud, la libertad creativa; de ahí que la

tragicomedia, con sus intrigas complicadas, sus peripecias que hacían reír y llorar, sus

mezcolanzas de tonos y estilos y su desenlace feliz fuese la preferida: principalmente,

buscaba divertir o entretener.

Pero poco a poco, el gusto evolucionó hacia el arte clásico, dominado por la razón y la

tragedia fue valorada como el género por excelencia, el único digno de la nobleza y de
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los reyes, un género vuelto hacia lo serio, que no quiere hacer reír, inclinado a la historia

antigua y a los mitos, poniendo en escena a unos héroes a los que somete a situaciones

dramáticas y a los que enfrenta a un destino riguroso, mortal en la mayoría de las

ocasiones, y con un final desgraciado. El espectáculo trágico debía provocar en el

espectador un sentimiento de temor y de piedad mediante la exposición de las pasiones

humanas: la famosa catarsis (o depuración).

El mismísimo Richelieu, gran aficionado al teatro, daba prioridad a la tragedia, de la que

decía que era el género apropiado para la nobleza instruida de la corte, mientras que los

demás géneros (la farsa, la comedia, la tragicomedia) se dirigían al pueblo o la burguesía,

cuyos gustos y aspiraciones representaban.

Así, se considerará a la tragedia como el género más difícil y el que mejor conviene a la

nobleza y la realeza, un género sometido a reglas estrictas que los autores fijarán a partir

de 1630 y entre las cuales las más famosas son:

 la regla de las tres unidades (de lugar, acción y tiempo),

 la regla de la verosimilitud, y

 la regla del decoro.

La regla de la unidad de tiempo obligaba a los autores a que la acción debía transcurrir en

no más de 24 horas. Le Cid sigue esta norma, pero ello obliga a Corneille a acumular en

poco tiempo una cantidad increíble de acontecimientos: dos duelos y la derrota de la

armada mora… Mientras que la obra de Guillén de Castro sucedía en tres años.

La regla de la unidad de lugar obligaba a que la acción se desarrollara en un solo lugar,

en un decorado único, para no distraer la atención del espectador y que se concentrara en

la psicología de los personajes. Le Cid transcurre en una única localidad, Sevilla, pero en
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lugares distintos: en casa de Jimena, en casa de la infanta, en el palacio real y en la plaza

pública.

En cuanto a la regla de la unidad de acción, obligaba al autor a centrar la pieza teatral en

una intriga única con pocos personajes. Se quería evitar la multiplicación de

acontecimientos característica a la tragicomedia. Los enemigos de Le Cid critican a

Corneille sus intrigas paralelas, relativas a la infanta, a don Sancho, al ataque de los

moros. Según ellos, Corneille debía haberse limitado al conflicto entre Rodrigo y Jimena.

La regla de la verosimilitud afirma que lo representado en escena debe ser creíble. Si la

realidad de un suceso pasado es cuestionable, vale más sustituirlo por uno inventado, pero

verosímil. Los enemigos de Le Cid atacaban la obra acusándola de poco creíble.

La regla del decoro obligaba a suprimir de la escena aquello que pudiera chocar al

público: batallas sangrantes, duelos, violencias de todo tipo, ataques a la moral o a la

religión. En Le Cid, Rodrigo mantenía dos duelos y visitaba dos veces a una mujer de

luto, Jimena, que no era su esposa. Además, se relataba detalladamente la batalla contra

los moros y se mostraba en escena la bofetada que el conde de Gormaz daba a don Diego.

En 1637, cuando Corneille publicó Le Cid, tituló su obra tragicomedia. Sus enemigos le

acusaron de no haber escrito una buena tragedia. En realidad, con la obra lo que hizo fue

aprender cómo debería escribirlas para gustar al público de su tiempo. En Le Cid aún

Corneille duda entre los dos géneros en boga de su tiempo. Pero tras la Querella -y un

tiempo de reflexión- volvió a las tablas con más maestría de su oficio.

Sin embargo, cuando editó sus obras completas en 1648, cambió el título de tragicomedia

por tragedia, pues sabía que, para el público de su tiempo, esta era muy superior en

dificultad y consideración a aquella. Él defendía, quizá por pundonor, o por cabezonería,

que su obra Le Cid era una tragedia, y realizó en ellas cuantos cambios pudo para
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aproximarla a ese modelo. Aunque claramente tiene varias características de la

tragicomedia: acumulación de acontecimientos, golpes de efecto (como la bofetada, las

visitas de Rodrigo a Jimena, las falsas alarmas por la muerte del héroe), cambios de

decorados y “final feliz” (boda de Jimena y Rodrigo).