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DEL Ney 6 Pas nsesno sell eile ‘ i ‘ Dalmira A. Saenz, BL OFICIO DE ESCRIBIR CUENTOS EL PECADO NECESARIO ‘TREINTA TREINTA CARTA ABLERTA A FUTURA EX MOTER SETENTA VECES SIETE CUENTOS ti EMECE EDIT ORES Dibujo de Ia tapa de FRANCISCO #/ DEL CARRIE TMPRESO EN ARGENTINA -- PRINTED IN ARGENTINA eee ‘Queda hecho el depésito que previene fu ley afmero 11.723. © Ewscé Eprrores, S. A. - Buenos Aires, 1957. PROLOGO No deberia ser necesario pero es posible que lo sea y silo es se debe a que la pluma del autor —demasiado nueva 0 demasiado inhfbil— no fué capaz de hacer innecesarias Jas explicaciones y ahora recutre al pesado recurso de poner al principio aquello que se esctibe al final y no se lee nunca y se denomina prologo. Empez6 todo en un cabaret o tal vez en las clases de catecismo, El cabaret se lamaba EI cielo de California y tenia entrada por Leandro Alem y por 25 de Mayo. Habja en Ia puerta un portero alto vestido de cowboy y en un costado unas peceras grandes iluminadas. Las clases de catecismo fueron en varios lados, siem- pre delante de un librito manoseado de tapas grises cuya primera pregunta era: “2Sois cristiano?” y cuya ine mediata respuesta era: “'S{, sefior, soy cristiano por Ia gracia de Dios.” ‘Muchos de ustedes probablemente habrin pasado por él librito de las tapas grises y supongo que tal vez algu- nos por EI cielo de California: no los quiero compatar, sino simplemente explicar Ja influencia que ambos han tenido en este libro. EI libro de catecismo me habl6 mil veces de la ¢ tencia de Dios, pero nunca me hizo sentir su presenci El cielo de California me mostr6 en cambio la ausencia 9 - PALMIRO A. SAENZ de Dios y precisamente en eso me confirmé su exis- tencia, Fué una noche, yo tendria unos dieciséis afios y el ca- | aret se acababa de abrir. Bra esa hora clisica en que empieza la actividad nocturna, en que los mozos estin distribuyendo las sillas y las mujeres bailan entre ellas © charlan diseminadas ‘por el local; tal vez estuviera Davidson, el judio ciego, 0 el viejito aquel que tantos recordamos, que vendfa sus libros envueltos en mist y oculta su tapa por una franja ancha y pornografica, | © que algunos compraban con disimulada expectativa para encontrarse después con Stella 0 Platero y Yo. | No recuerdo quienes estaban, tengo una vaga idea de un hombre con saco azul hablando con un mozo y en tuna mesa cercana Ja cabeza apoyada en un antebrazo cansado y la nuca con pelo corto de algiin marinero inglés. Primero fueron unos gritos desde aderitro del baiio, | después un apresurado correr de todos y alguien dijo fuette: “Esti con ataque”, y unos minutos mis tarde, “tuna mujer rigida de vestido azul brillante traida entre cuatro y depositada con cuidado en el piso frfo" junto al bar de cstafio y la salivadera blanca. | Estaba muerta en el suelo, en un grotesco desorden, y nosgtros parados alrededor, con las piernas abiertas y Ta mirada baja, mirando el cadiver como quien mira tun abismo 0 un poz hondo de invisible perspectiva, tunidos todos por una especie de animal, pagano y deso- Jador desamparo. y _ Yo sali en seguida por la puerta de 25 de Mayo y) ‘caminé despacio por la noche fria hasta llegar a Retiro, subi por San Martin y me paré frente a Ja reja negra de Ja iglesia cerrada, 10 PROLOGO ‘Todos tenemos nuestro camino de Damasco, En. al+ *gunos se desliza en el plicido continuar de una educa- én cristiana, en otros surge con la fatal consecuencia del hombre que pregunta, en otros emerge ante la fuerza de la vida, ante Ia humana monstruosidad del. pecado original, ante el feroz desplante del hombre que peca, dependiendo quizis de este pecado como ‘nico puente entre él y Nuestro Sefior, como fué puente de gracia la ” lanza aquella -que el soldado romano clavé en Su cos- tado en esa tarde sublime de la Redencién, Para estos tiltimos esti dedicado este libro, para los que necesitan de su ausencia para confirmar su exis: tencia, para los que tuvimos que golpearlo, azotarlo y lavarlo en la cruz, para entonces saber que existfa, Dios es el protagonista de este libro, Pretendo que se lo note. Si no lo he logrado les agradeceré que recuer- den que debemos perdonar no siete, sino setenta veces siete'y que involucten en este niimero a los malos es- 5 EL AUTOR 11 Fut Hace mucho, si. Hace muchos afios; forma parte de cse tiempo que se mide por recuerdos, como el dia rio de una mujer joven, o como el tiempo de los viejos que estin por entrar en el tiempo, al convertirse en recuerdos. Fueron dos los golpes que sonaron en la puerta, 0: tal vez tres, pero tan seguidos que la duracin del sonie do de los golpes era mayor que el silencio que los sepa: | raba, y después del dltimo golpe, o tal vez del altimo silencio, se abrié la puerta. La luz del pasillo era igual que la luz de la oficina del Prefecto, de manera que Ja puerta, al abrirse, no aumenté Ja luz del pasillo, ni tampoco la de Ja oficina, sino que se abrié, sencilla: mente se abri6, sin siquiera chillar sobre sus goznes. EI prefecto levant6 la vista; no la levanté mucho, sino un poco mas o menos a la altura del pecho del hombre que estaba parado en el hueco de la puerta, ppero después la levanté mis, otro poco mis, porque el hhombre estaba empapado. Le llamé la atencién esto, pero no le asombr6, aunque después si se asombrd ‘cuando vié Ja cara del hombre, pero no se asombsé tanto de la cara sino de su propio asombro, porque esto fué en Cape Town, hace muchos afios, cuando todavia zumbaban en el recuerdo de los viejos los golpes de la azagaya de “Dingaan el Buitre” o los aullidos de “Tcha- 15 DALMIRO A. SAENZ ka el Zula” después de sus orgias de sangre. Si, real ‘mente, lo tinico asombroso en esa época era asombrarse de algo y mis , que era un funcionario de policia, y habia visto mucho a pesar de haber vivido poco, por: Gue no era un hombre de accin, aunque él creyera serlo porque vivia en medio de un mundo de violencia, en un mundo en donde la misma violencia se habia. ‘convertido en una especie de costumbre burguesa, en tun mundo en donde Ja violencia era un medio de vida, ya sea para los que la practicaban, 0 ya sea para los Gue la reprimian, pero utilizada tanto por los unos como: por los otros. La cara del hombre era vulgar; tenia ojos chicos y _ juntos y Ja linea de la mandibula recta y definida, pero no por caricter 0 determinacién, ni siquiera por person nalidad, sino por fuerza fisica, exclusivamente pot fuerza fisica. Era vulgar Ja cara, muy vulgar, tan vulgar jque ni siquiera el miedo que Ja poseia era capaz de disimular su vulgaridad. Pero el miedo era muy gran: de, muy grande, le tintineaba en los pérpados, y le ‘estremecia la boca, y hasta le abria y cetraba Jas aletas de Ia nariz, Fué ese miedo el que hizo que el Prefecto se-asombrara de su asombro, porque el Prefecto era un hhombre conocedor de hombres, aunque él no lo sabia, srque mo se conocia a si mismo, porque siempre se habia considerado a si mismo como persona y no como funcionario, y é&a era una cualidad que habfa adqui: | tido como funcionario, cuando todavia no se consideraba persona, o por lo menos, cuando se apoyaba en su puesto, Ge funcionario para considerarse persona; porque habia. entrado muy joven en Ia policfa, demasiado joven atin Bats logan donde 1os chicos de los blancos pue- fen golpear a un negro de la edad de sus; padres, 0) 16 JOHN KIRK © de Jos padres de sus padres. Y lo’ mir6 entonces all hombre, fijamente en la cara, y se dié cuenta que era ‘un hombre valiente, aunque eso no lo vié en la cara, Sino lo vi6 en el miedo, porque el hombre era de esos hombres valientes, que tienen miedo de su miedo, por- Tue no conocen el miedo, Batonces el Prefecto habl — Qué quiere? —Ie dijo. —TTengo ‘miedo —dijo el hombre. Entonces el Prefecto se volvié a asombrat, pero esta ‘vez no se asombr6 de su asombro, porque siempre se asombraba de tener raz6n en algo. —Siéntese —Ie dijo. EI hombre se sent. Y se quedaron mirindose los dos, el uno con Ja mirada impersonal del funcionatio, y el otro con la mirada impersonal del que habla con ‘un funcionario, —gDe quién tiene miedo? —De John Kirk —dijo el hombre despacio. —Quién es John Kirk? —pregunté el Prefeco: EL hombre io contest6; se quedé callado, con su ment6n apoyado en el pecho himedo, al lado de un tatuaje confuso, con las manos- puestas en sus rodillas como acoplindose al temblor de éstas, o para jutificar tal vez uno de los dos temblores. Después habl6 un rato largo y dijo muchas cosas. Habia empezado todo en un burdel en Liverpool hhacia muchos afios, cuando esperaba turno con otros cinco hombres enfrente a una puerta; Ja puerta estaba cerrada, absolutamente cerrada, y los hombres tenfan los ‘ojos apoyados en Ja puerta, y los pensamientos por concretarse de més de tres meses de navegacién. Porque fran gente de mar todos ellos, no hombres de muelles. 1; DALMIRO A. SAENZ ni de puertos, ni de sios, sino hombres de mar; no se conocfan, porque eran de distintos barcos, pero se habian juntado; habian bajado por distintas planchadas, a dis- tintas horas, tal vez en distintos dias, habian caminado- por distintss calles, y en algiin momento seguramente Aistinto habian decidido ir al burdel, al “Fat Olivia”, al “Black Cat”, ni al “Old Steve”, sino al “Fat Olivia"; esto pensaba el hombre cuando es: peraba al final de la fila detris de los otros cinco, miran= do la puerta; estaba contento en ese momento, como todo) hhombre que esté por concretar el pasado, aunque sabia que después iba a estar triste, pero eso no le importaba porque para él la tristeza era algo transitoriamente mo-) esto, como el calor 0 el frio, 0 el hambre, o la sed; por ¢s0 no le importaba, como tampoco le importabal fa alegefa, porque para él la alegria no era més que) una falta de tristeza, que en cualquier momento podia set ocupada por la tristeza, y a su vez, éta ser despla- zada por la alegria; y estaba quieto, parado al final de Ia fila, mirando con simpatia las espaldas apretadas por Jos gabanes baratos, y las cinco nucas fuertes de es0s hombres desconocidos, Después uno de ellos habia hhablado, y otro habia sonrefdo, después el mismo que habia hablado se fuerte de lo que él mismo habia dicho, y se rieron todos con una simpatia amable de gente contenta, porque estaban todos contentos, como} ‘mujeres de cabaret en un dia de pago, 0 como los gris metes de un clipper después de un temporal sin conse- cuencias. El hombre no ofa muy bien lo que decian los otros cinco, pero se daba cuenta que se refan de un hombre viejo que habia entrado antes que ellos y tardaba mus | ‘cho en salir; entonces se ri6, se rid fuerte él también, JOHN KIRK tan fuerte como el que se habfa refdo al principio, o tal vez mis, porque estaba acostumbrado a destacarse centre los demis, porque habia sido muchos affos contra- imaestre. ¥ se salié de la fila, y se adelant6, y peg6 con ‘su pufio pesado en la puerta, y se qued6 escuchando ‘complacido los insultos de detrés de Ja puerta y las ‘arcajadas de los otros cinco, ‘Mis tarde, en el piso del calabozo, les duraba toda- via la alegria, a pesar de sus nudillos lastimados y las marcas de los bastones de los policemen en los rifiones y en las costillas y aun en las cabezas de algunos; pero ‘no les importaba, porque era gente que sentia el Sos fisico exclusivamente, porque vivia una vida fisica ex- lusivamente, y tenfan muchas generaciones ecima de ellos de gente como ellos, que habfan vivido exclusiva- mente su vida fisica; y ademas eran hombtes, pot lo tanto ni siquiera tenian ese algo de espiritualidad que reciben las mujeres con la maternidad 0 con el dolor, © con la misma vida de dependencia de su sexo. Y¥ Ja amistad continué, tensamente, inexorablemente, a través de muchos afios, penetrando,en sus vidas, file trindose en sus almas oscuras, dejando penetrar un algo de Juz, mis que luz, una tenue sugerencia 0 perspec: tiva de luz, apoyada 0 encendida por la falta de motivo de sus vidas, o por el espfritu gregario de los hombres en general, o tal vez ni siquiera por es0, sino por la necesidad del hombre primario de verse reflejado en un semejante, _ Y siguieron navegando por distintos mares y en dis- tintos barcos, pero viéndose de tanto en tanto, juntando sus sueldos, amontonindolos en un arca. comin, acu- mulando horas enteras de trabajo, dias de guardia de Pafoles, pesados turaos de timéa, siempre detés de una 19 ALMIRO A. SAENZ {idea fija, comprar un basco, un barco exclusivament de ellos. ‘Un dia fueron duefios de ese barco. Llevaron Ja caja) ‘con sus ahorros a Ia oficina del armador, con sus bille- tes manoseados, descoloridos, de distintos patses y co: ores, con sus monedas de efigies gastadas y letras) confusas, con toda esa plata heterogénea y simbélica, representando un pedazo de sus vidas, un pedazo corto, concreto y definido de sus vidas, un pedazo justificable, ‘enormemente justifiable, o por lo menos enormemente distinto a la parte sia motivo y sin justificacién de sus vidas. Y salieron de la oficina del armador duefios de un barco, un pailebote pesquero que podia ser mi rnejado por ellos seis. —Cémo se llama el barco? —pregunt6 el Prefecto. “EI “Margaret” —dijo el hombre y siguié hablan- do; pero no hablé del barco, no dijo nada del barco, no dijo siquiera si era un barco marinero 0 no, aunque ebi6 serlo, porque navegaron muchos afios por lugares) dificiles, pero el hombre no Jo dijo, ni siquiera dijo si ganaban mucha plata con sus viajes, sino que habl6 de {a amistad con los otros cinco, de cémo se turnabaa en las guardias, de c6mo comfan y dormian, de cémo) vivian ellos seis, de cémo se acostumbraron a trabajar] juntos, de cémo Ja amistad se habia apoderado de ellos, pero no con la tibjeza blanda de las amistades norm: sino fuerte y 4spera como la amistad de los condenados en un mismo presidio o de los soldados en una misma) trinchera. Y Ja amistad continuaba, Ja Ievaban en sus almas, como quien leva un defecto fisico o una virtud incémoda, como un amoral podria llevar su anormalis dad, no odiéndola o queriéndola, sino sencillamente, ticitamente, sin pensar en ella, 0 como una monja po: 20 JOHN KIRK dria ‘evar en su existencia sus santos escripulos, con 1 delor agradable de un cilicio 0 con la alegria incé- moda de los goces terrenales, —{¥? —dijo el Prefecto. Pero el hombre siguié hablando sin escucharlo; conté ‘como una vez al cortarse un cabo ef chicotazo lo habia firado sobre cubierta y del golpe en la cabeza estuvo muy enfermo, entre 1a vida y la muette, deseando es- tosamente morir, pot los dolores, o por lo menos Ga era Ja explicacién que su espfritu buscaba en su cuerpo pata justificar sus deseos, porque se sentia muy, riste y muy raro, porque la proximidad de la muerte le habia despertado nuevos horizontes de tranquilidad y dese nso. Pero no pudo morit, no pudo, porque alre- dedor de su cama estaban sus ‘cinco amigos, fieles € inexorables, atindolo a la vida o justificando sus moti- vos de vida, parados abi alrededor de la impersonal cama de ese blanquisimo hospital en Dover, mirindolo con ojos que sélo conocian del dolor, 1a tristeza de las pene oe desconcierto de las injusticias. Entonces vivid. —Cuindo fué eso? —pregunt6 el Prefecto. Pero el hombre no contest6; siguié hablando cada ez mis, excitado con su propia voz, Cont6 entonces cémo habia comenzado Ia tragedia, Hacia pocos dias nayegaban de macén a doscientas millas de Cape Town. Los acontecimientos se habfan. precipitado; empez6 con Mac Carty; su cadiver resbalaba desnudo en el piso del bafio; tenfa la garganta abierta de un navajazo, on las piernas separadas y los brazos abiertos, desnudo como un animal, moviéndose con el balanceo del barco, resbalando en el enorme charco de sangre y agua sa- ada, muerto con esa muerte absoluta e indiscatible de 21 * DALACIRO A. SAENZ, Jos muertos en forma vidlenta, de Jos muertos que hi perdido algin clement’ fisico con la muerte, aun ‘no sea mAs que sangre, muerto, inexorablemente mm to, como los muertos que pierden Ia vida en el ‘curso normal de sus vidas, y no de Jos que se introdi en Ia muerte porque estin dejando la vida, 0 porq sus vidas se disuelyen en su misma falta de vida, en los comienzos de la muerte. Quién fué cl asesino? —pregunté el Prefecto. —En ese momento no lo sabfamos —dijo el hom: bre— yo no Jo supe hasta hoy. Después se qued6 callado un rato, mirando fijament Ja cara del Prefecto, y continu6; conté cémo se habfanl juatado alrededor del cadiyer de Mac Carty, mirindose fen forma curiosa, con algo de vergitenza, de miedo, d cenojo, de preocupacién, de desconcierto, porque habis sido uno de ellos el que habia perdido la vida, pero también era uno de ellos el asesino. Y se miraton mu tuamente, no a los ojos, ni siquiera a las caras, sino Jas personas en general, porque sentian cierta sensaci de culpsbilidad, porque habfan vivido mucho tiem| juntos, y su personalidad era més colectiva que indi vidual. EI hombre cont6 después cémo habfan agarrado cadiver para sacarlo del bafio; lo habfan agattado enti Jos cinco, mojado, desnudo, resbaloso, y lo levaron trayés del barco, unidos los cinco por aquel muerto que se les escurtia entre las manos, tambaleéns dose pot 10s pasadizos del barco, sintiendo el b: lear de esa cabeza desarticulada, y sintiendo el fr Ihimedo de los miembros rigidos y el olor de mue que se escapaba por su garganta. 22 ‘ JOHN KIRK {Qué hicieron con el cadaver? —pregunt6 el Pre- fecto. SP Qué importa el cadiver! —grit6 el hombre— qué importa! ¢Qué importa el cadéver de Mac Carty, {fa la mafiana siguiente aparécié muerto Smiley?, jmuer- to! imuerto!... muerto igual que Mac Carty, con Ja garganta deshecha, tirado entre los tambores de agua dulce... Y nos dej6 a los cuatro solos. Y entonces cont6 c6mo habfa sucedido, c6mo habian encontrado a Smiley, cémo habian visto sus zapatones sobresaliendo entre los tambores, semitapado por una ona; todavia estaba tibio, con los’ ojos muy abiertos, abiertos de terror y de muerte, parecfa, mirando cémo la vida se le escapaba a borbotones y se pegoteaba con. su roja fetidez en Jas maderas del piso, Fué en ese momento que el terror se apoders de los cuatro; cada uno sabia que uno de ellos era un asesino, un asesino loco que queria eliminarlos a todos, y sintieron miedo, mucho miedo, pero no odio, sino miedo, nada mas que miedo. Sin embargo, la amistad se habia acentuado, como si el peligro que corrian no estuviera dentro de ellos, sino fuera, o como si la amistad se hubiera hecho ‘mis compacta al reducirse el grupo, como si el peligro comin Jos uniera, uniéndolos como los habia unido mu- chos afios atrés las burlas a ese viejo desconocido en el burdel de Liverpool. Y¥ aquella noche uno de ellos estaba de guardia en Ja timonera, y al termina su cuatto, bajé a buscat el re- evo; bajé por Ja escalera, precedido por la luz bam- boleante de su farol y por el sonido de los tacos en los escalones de madera; Ilevaba 1a navaja abierta en la ‘mano, y una buena dosis de terror en los ojos. Al llegar al sollado, 1a luz del farol ilumin6 tas cuchetas con 1a 23 i DALMIRO.A. SAENZ uz tembleque y oscilante que el brazo trasmitia al f y vib alos tres ahf en sus cuchetas, dos de ellos co Jos brazos abiertos y las pieras encogidas, listos pai defenderse, con las navajas en las manos, pero uno ellos no, uno de ellos no tenia miedo, uno de dormfa tranquilamente con la respiracién cansada de hombres tranquilos; era John, el cocinero negro, y so Al se precipitaron los otros tres. 4 —Negro maldito —le dijeron—, asesino loco. —No —decia el negro secién despierto—. No, m0, —Y lo sacudian y lo golpeaban y le preguntaban por qué lo habia hecho, pero él decia no, y volvia a deci no, con la insistencia terca de las razas infantiles, 0 el fatalismo ancestral de los chicos 0 de los hombs inferiores. Pero no habla duda, y todos lo sabfan, y el odio la listima se mezclaban, como si quisieran castigarlo, golpearlo, levarlo ante la justicia, y después consolatlo, rescatarlo, 0 protegerlo; porque John era parte de ellos, de todos, y ademis porque habian sido seis y s6lo ques daban cuatro, y no podian aceptar Ia idea de que fuer s6lo tres; porque ya Ia amistad se habia hecho dema: sido compacta, abrumadoramente fuerte, porque i tendiendo hacia Ja unidad, y es0 no podian soportarlo, que eran hombres primatios, que habian partido de} a unidad hacia la masa, y en la masa habian encont sus “yo”, sus “yo” inferiores, sus “yo” gregarios 0 colectivos, sus “yo” demasiado animalizados para vivit| ‘0 subsistit por sepatado, © por lo menos, con la impres: ‘indible necesidad de la masa, de la ayuda de.ta masa, ‘aunque no fuera més que de la justificacién de Ja masa. Y lo golpeaban y lo empujaban y le dectan: {qué Jo has hecho? Y el negro movia la cabeza y decias Bas JOuN KIRK no, no; y se aferraba a sus palabras con desesperacién. » F Qué hileron con el negro? —pregunt6 el Pre- to. ecto, metimas en un pafiol a pope y atrancamos la suerta —dijo el hombre—. Ya estébamos a la vista de Prcosta, asi que soltamos el ancla y nos fuimos a acos- tar; estabamos tristes; pero por lo menos no tenfamos miedo. — iY? —dijo el Prefecto. —Y esta mafiana me desperté. dos, con las gargantas abiertas. muertos. '¥ conté cémo los habfa encontrado, tapadas sus bocas con las sibanas, entre el barullo sangrante de las ropas, estaban muertos los de cama, con Jas manos crispadas, como tratando de proteger’ sus contorsionadas cabezas, y con el rigido abandono de los muertos recientes y la fetidez. pegajosa de Ia sangre abundante. Entonces subié a cubjerta, gritando de miedo con todas sus fuerzas: jJohn! iJohn! jNo me mates, Joha!... John, gpor qué lo hiciste? JEL Preécto se puso de pie empujando con fuera a silla, —@inde estaba el negro? —pregunts exasperado. —En el pafiol, sefior; lo encontré en el pafol... sentado en un rollo de cabos... y me miraba. ... En- tonces corti, sefor, con todas mis fuerzas, y salté por la borda... Y nadé hasta la costa... Yo no quiero morir, sefior, no quiero morir. —Cilmese, hombre, cilmese; ese negro no puede estat lejos. Deme los’ datos de John Kirk y antes de doce horas lo arrestaremos. muertos, sefior. ..” Lo LLAMABAN “Ia casa grande”, y estaba situado en lo jue en un tiempo fué las afueras del pueblo, y al igual que la iglesia, se mantenia, erguido en su insignifican- da arquitect6nica, imbatible, absoluto, severo, simbéli- co, opaco y austero. Con esa forma arbitraria que el aumento de clientela habfa exigido, y que las autori- dades habfan aceptado, y que los habitantes de la ciudad- pueblo habjan criticado 0 defendido, no con exaltacién 6 vehemencia, ni siquiera con sinceridad, sino més bien con Ja impersonal, abilica, y despreocupada indiferen- cia con que se habla de los problemas sin solucién. Y los obreros habjan trabajado en su ampliaci6n, amontonando ladrillo sobre ladrillo, siguiendo Ia iamu- table disciplina de la plomada, haciendo la masa con Ja exacta proporcién de su equilibrio intuitivo, clavan- do los tirantes de madera sucia, revocando paredes y techos, formando poco a poco esa gran cantidad de pe- queiias habitaciones que més tarde se llenarfan de mue- bles iguales, por lo menos de camas y mesas de luz iguales, y tal vez sillas también iguales; no ast las cbmo- das 0 roperos, o aun valijas, que hacian las funciones de tales, y que cada mujer traerfa més adelante en un ‘Pequeiio, explicable, y hasta meritorio deseo de convertic €¢ quarto no tan sélo en un instrumento de trabajo — a D a. Me 10 conT6 una mujer en Comodoro Rivadavia. Sucedi6 hace mucho, antes atin-de que surgiera aque: a inesperada consecuencia de Ia espera de siglos atraeria a los hombres de lugares apartados para eri Jas torres negras contra el cielo limpio. Si, fué antes del jpetr6leo; bastante antes; fué en Ia época aquella en que Ta soledad de estas tierras era empujada por el blanco vell6n, que un chico de tres afios hubiera podido patear por el suelo, y aun levantar sobre su cabeza y, sin em- argo, con peso suficiente como para desarraigar defi- nitivamente de algin lugar de Europa a los padr ese chico, o como para desplazar el virginal, indefis € injustficable desierto contra la cordillera y contra el ‘mat, en un continuo trajinar de los seres gregarios cuyo balido impotente y desolado se perderia entre el viento de los cafiadones, y cuyas huellas definidas y trascen- Aentales marcarfan los sinuosos caminos hacia las agua- as y los dormideros. A unas treinta leguas de Comodoro Rivadavia vivi6. el hombre aquel, en un paraje denominado Pampa Fria, on la mujer aquella que habja conocido en una de ‘Sts idas periédicas al pueblo; con sus dos caballos car- Bueres, y sus innumerables pertos, y el escarced) casi 43 DALMIRO A. SAENZ clegante de su mula zaina, que é utilizaba de sillera, por no haber podido ensefiarle a cabrestear. La conocié ah, contra la puerta de esa casa, en aque= a calle que més tarde se Uamaria San Martin, y por la ual él marcharfa tres 0 cuatro veces por afio a buscar su bolsa de farifia, o de yerba, y la provisién de viveres y vicios, y més adelante, harina y hasta azticar, y por Giltimo un dfa a la mujer aquella que, después de aquel breve trocar de miradas, y tal vex algin ceremonioso estrechar de manos iniciatia esa especie de idilio, acuer: do, o simple afinidad, que harfa a los vecinos ‘de Co- ‘modoro Rivadavia levantar la vista una mafiana, y con- templar Ja desalifiads figura del “bilgaro” en su mula zaina, rodeado por sus perros, con sus caballos cargueros aplastados de bolsas y maletas y, encima de ellos, a Ja ‘mujer tomando rumbo hacia el oeste, Vivieron alli en la “Pampa Fria” esas dos personas, Tuchando siempre contra los elementos fuertes, cocinan: do Ja misma comida y lavando a veces Ia misma ropa grucsa, saliendo juntos a caballo, a repuntar la majada © a tirar lefia, o a limpiar aguadas, notindose s6lo la diferencia de sexos en las abrigadas noches sobre los cueras tendidos en el piso de la cocina, con los asperos ‘camisones que ambos usaban, y las caricias torpes pri- ‘aitivas que coronaban a veces los fatigosos dias mientras todavia duraban las brasas en el brasero de lata y los perros afuera, junto a los recados, toreaban a la noche. Y Jas mafianas aquellas en que el mate caliente, sos- tenido entre los dedos sucios y Ia bombilla plateada y dos veces soldada, era desplazado de uno hacia otro, durante la. larga y silenciosa hora en que esperaban ef amanecer, sentados en los toscos banquitos de madera, que por fin él abandonaria para salir de la cocina, 44 SUR VIBJO insensible al frfo en su saco de cuero, sintiendo el erujir de Ja helada bajo sus alpargatas deformes, flevando Ja cabezada con el freno brillante, sostenida en el brazo izquierdo, balanceando su cuerpo en la misma forma como lo habtia hecho seguramente su padte, y tal vez su abuelo, con el balde de leche o el farol pesado, en Jas mafianas brumosas de su Jejana e irecordada Bul- gatia. Y después, él volviendo hacia la cocina ahora sin Ja cabezada, a buscar el rebenque, y volviendo a sali, mientras ella, inclinada sobre una lata, vaciaba el mate de yerba vieja, sin percibirse de parte de él ni de ella Ja menor palabra 0 gesto que denotara una despedida, una seal, un algo que indicara la separacién por cuatro, cinco o seis horas, de aquellas dos personas unidas pot esa fuerza, a veces superior al amor 0 a la amistad, que consiste en la identificacién, el reflejo, cémoda. adaptabilidad 0 simple y desesperada uniéa de subsis- tencia. El volvia pasado el medio dia preguntando entonces: —ePasiste la ‘asado? i De auevo los mates, uno tras otro, en el silencio descansado interrumpido por alguna frase. —{Te aguant6 el “Corbata’’? —Tuvo que traetlo por delante, se cans aguada Sauce, —Si, es muy.cachorro, el perro ese se te va a morir algin dia. —Yo conozco, yo también ser chico, yo, también co- ‘rer, yo nunta motirme, De nuevo el silencio, mientras seguian los mates y I sacaba Ja asadera del horno y daba vuelta Ja carne. —éVas a trabajar hoy en el pozo? 45, DALMIRO A. SkENZ Si, trabajar pozo. EL pozo aquel habia sido iniciado afios atrés en durisima arcilla de detris de la casa, en una'tozida, trada, ¢ implacable intentona de encontrar agua, el dia en que vi6 en ese lugar unas plantitas de j quillo, y cuyas.consecuencias fueron meses y meses agotadores golpes de piqueta y de improductivos moy mientos de pala; y més adelante, ayudado por su muje y Ja yegua mansa, que él habia hecho caballa y despal de pecho, en interminables viajes de roldana hasta a una profundidad de veinte metros sin que la muestra de agua, o siquiera de humedad, coronasen’ esfuerzos, —Vas a tener que hacerte ayudar, si no no vas a minar nunca, —Semana que viene venir don Couyido a a Asi fué en efecto; ocho dias més tarde, entre el rioso torear de los perros, se lo vié venie al chi ‘Couyido, dibujado apenas en la lontananza. vento identificado por los galgos barcinos, el cojudo moro J la manta castilla recortada contra el cielo. Desmonté, entonces, con la coordinada serie de vimientos de su pesada agilidad, saludé al “ba gruesisimo cabestro a la mata de molle junto a la trada, y su paso oscilante y pendular parecia b apoyo en el gastado rebenque que colgaba de su fieca, mientras el opaco tintineo de su nica esp se aplastaba en el polvo de la entrada de Ja cocina. Le dié la mano a la mujer con el braz0 igido y 10 dedos iduros y 1a mirada” desviada con respetuosa in nacién bajo ia visera grasienta de su gorra inglesa. 46 sun VIEJO Fueron dias después de duro trabajo; Jos dos hom- pres dentro del pozo, y la mujer con Ja yegua mansa, haciendo interminables viajes ide roldana y vaciando Juego el balde de la amarillenta arcilla, con Ja compleja ‘antidad de parcos movimientos y un mimero de pa- fabras seguramente menor a las que pudiesen contarse ‘con los dedos de una mano, y los sonidos secos de tierra de distancia que desde el: fondo del pozo indicaban 21 ritmico desplazar de Ja palay la aguda penetracién de Ja piqueta, que se detendrian de tanto en tanto, mientras el chillido de la rueda de Ia roldana indicaba cl parsimonioso alejat de la yegua y fa lenta subida del balde contra el circular, intenso y nitidisimo azul, que los bordes del pozo recortaban contra el cielo, ¥ al terminar el lento, improductivo, y penoso tra- bajo diario, ataban las herramientas a los costados del balde, que subja entonces para ser desenganchado por la mujer, que bajaba después la soga pot donde subiria primero el chileno, y después el biilgaro, sudorosos y sucios para ir a Javarse a Ia cocina, mientras ella desen- sillaba la yegua mansa y entraba en Ia casa a esperar su tuo, junto a Ja palangana enlozada y la toalla ama- rill, Se lavaba ella las manos y los antebrazos, y también Ja cara, terminando la operacién con una humedecida de su cabeza fuerte, echéndola hacia atris y pasindose las manos por el pelo dspero, en una forma masculina y Petentoria, mientras sus facciones duras se reflejaban-en fl pedazo de espejo que colgaba en un clavo, al lado dela jabonera vacia y el almanaque viejo con la mujer sontiente, en la desoiada y sucia pared de Ja cocina. ¥ hota, el didlogo pesado y sin motivo, como com- Plemento del mate, con las palabras apenas necesarias 47 DALMIRO A. SAENZ para expresar una idea que giraria seguramente dedor de animales, o cosas, 0 de hechos concretos_ ppasados, de facil y cmoda exposicién, y luego los si ios lenos de vacios pensamientos, mientras las mit ‘opacas de cansancio, y las caras brillantes de trabajo, la inmévil tensién de esas sencillisimas vidas, se af jaban de tanto en tanto ante Ja suave contemplaci de las brasas de Ia cocina, 0 de los breves juegos y m vimientos de la gata negra junto al cajoncito de debajo de la mesa, Vivieron las tres personas aquellas durante va dias, siempre juntas, comiendo, trabajando y descag sando juntas, y hasta durmiendo tambi i piso de la cocina abrigada, levantindose antes del necer, y s6lo separindose cuando el “bilgaro” salia buscar capones para camnear, o a picar lefia, quedind entonces la mujer con el chileno Couyido en su silent ciosa y compartida sociabilidad, cambidndose « tuna que otra mirada en una audaz, atrevida, y casi riosa incursién a través de las barreras delimitadas Ja diferencia de sexos. Una vez se quedaron los dos mirindose sobre la m donde ella preparaba Ia masa de las tortas, solazd ambos en aquel tosco, elemental y primario flitteo, q continud después varias veces, durante esos dias y dias subsiguientes hasta que una tarde, aprovechando Ia ‘ausencia momentinea del “bilgaro” él la abraz6 contts la pared de Ja cocina, en una simple e inconfundible ‘manifestacién de sentimientos que ella contest6 con uf eve movimiento de su mano hacia Ja cara del como una especie de tenue caricia, 0 casi curiosa tatacién; y luego se besaron ésperamente para separarst en seguida, y luego volver a besarse, con Ja to 48 SUR VIEJO ‘vehemencia de su inexperta, pero no inocente, novedad. Bl le dijo esa ver: —;Queris venirte conmigo? —jAdénde? 2 —Tengo mil pesos en el tirador, los gané en Ja sefia- Jada de los “Menucos”. —a el “billgaro"? —Dejamelo a mi. ue vas hacer? —Ya lo tengo pensado; mafiana después de doce cuando terminemos el trabajo, atamos las herramientas al balde y vos lo subfs. Después bajés la soga y subo yo primero como siempre, Después no bajamos més la soga y sigs vamos. Total aqui no pasa nunca nadie. Se va a quedar sequito abt en el fondo, y si alguien lo encuentra alguna vez va a creer que fué un accidente, —No, no puedo hacer eso; si es un hombre muy bueno. —¢Te querfs quedar toda la vida aca con el “bilgaro” ese? . —No, eso tampoco. —Y bueno, entonces algo hay que hacer. —Y si, algo hay que hacer, ‘Llegé mis tarde el “bilgaro” con el montén de lefia gps scababa de corta, que tis en un caj6n mientras lecia: —Don Couyido le'voy dejar pangaré de nochero para: que mafiana temprano usted carnear. —Esté bien, —Por el cerrito bayo va a encontrar capones. Tenga ‘uidado perros; yo andar poniendo veneno. —zMucho zorro este afio? —Si, bastante, 49 DALMIRO A. SAENZ suR vInJo moritia de hambre y de sed el duefio de Jo que cada {ino codiciaba, sin odio, sin desesperaci6n, sin pasién de Iujuria o de codicia, sino con el simple principio de temar Jo necesario, con la tremenda légica que el desier- to imponia, y cuyas consecuencias, vistas, suavizadas y casi perdonadas ahora a través del tiempo y la distancia nos hacen comprender Ja fuerza aquella que permitié a Ja Naci6n. Argentina colonizar, poblar, ¢ incluso civi- lizar, esa iamensa extensiGn’ Hamada Patagonia. Y¥ legé Ja hora de terminar el trabajo; llenaron por Siltima vez el balde de arcilla amarillenta, y ataron Ja pala y Ja piqueta a la misma soga, que subié despacio hasta la negra roldana, y se qued6 muy quieta, allf junto, al cielo. Y los hombres miraron arriba, y esperaron y, esperaron. ¥ después los pasos de la yegua mansa. Y des- pués el silencio de Ja tierra sola. —{Cuintos cueros tiene ya? 'Y esa mafiana siguiente cuando, antes del ama salié Couyido con el cuello de su poncho levantadg recortindose momentineamente en Ja puerta de la o@ ina, y cuando el crujir de sus pasos por la helada se petdiendo en la madrugada oscura, el “biilgaro” se bruscamente y sacudi6 a la mujer. —Desperti, desperté. —{Qué? ;Qué hay? ¢Qué pasa? —Tiene como mil pesos en tirador. —ZQuién? -Qué te pasa? RM rec DALMIRO A, SAENZ PROPIEDAD cxtasiada, march6 ‘por el patio haciéndola picar delan- - te de ella, concentrada y seria como se ponen las chi- as cuando realmente se divierten; claro que pronto Jos demés chicos la vieron, y aunque ella no querla prestar la pelota, alguna persona grande la obligé se sgoramente a compartirla con los demis. i Esto es curiaso; pero a veces Ja gente primaria tiene Jatente en su misma sencillez los conceptos bisicos de fa sociedad. No creo que ni los mismos autores del C5- digo Napoleénico hayan sentido tan fuertemente como Ja chica esta, el concepto para ellos sagrado de la pro piedad absoluta, Seré tal vez que nuestra pretenciosa organizacién humana esti asentada tanto en la virtud como en el pecado, tanto en Ja escasez como en Ia abun- dancia y,son precisamente las que cultivan cualquiera de estos extremios las que entienden, a veces mejor que tadie, esos principios bisicos que rigen nuestras vidas. Fila debe de haber jugado con los dems chicos ese dia, y otros mis, y’seguramente se divictié también més: de Jo que se hubiera divertido jugando sola. Pero de todos modos, aunque ella segufa siendo duefia de la pe- Iota —seguramente dormia con ella todas las noches—, aunca pudo sentir de nuevo esa maravillosa sensacién. que sentfa cuando la pelota picaba, arbitrariamente, en- tte las baldosas rotas, durante los escasos minutos en que ta pelota fué suya, absolutamente suya. Bueno, ella cumplié quince afios, y precisamente Ja ausencia de un vestido nuevo fué lo que le hizo com- prender que era duefa de un cuerpo prometedoramen- te interesante, quiz4 menos interesante que lo que apa- rentaba con el vestido apretado; pero indudabl tenia un cuerpo bonito, No era fea tampoco de cara, con esos ojos alertas, el pelo corto, la boca ligeramen- un culto agresivo hacia Ja cosa, hacia el objeto, hh ‘e308 algos tangibles y concretos, y consoladoramente des provistos de In menor complicacién. y viniendo a la panaderia o al almacén, con las escasa monedas 0 los billetes arrugados que representaban niimero exacto de bolsas acarreadas en el puerto loce ppor las espaldas dobladas de su padre trabajador, y que ella dejaria sobre el mostrador conocido, mientras abra aba contra su cuerpo los paquetes de pan, o de fid (0 de harina de maiz, o de cualquier otra cosa, que Ja mesa familiar seria consumido por ellos y por si padre cansado, adquiriendo ast las fuerzas y energias cesatias para volver al dia siguiente a cargar sobte st hhombros las bolsas tenaces de las estibas inmutables que al fin de la jornada, representarian los papeles pequetiog y arrugados equivalentes a la comida, y algiin otro ga to de él y su familia, [ Bueno, Cristina, la chica esta, nunca tuvo nada de si absoluta propiedad; esto es importante, aunque yo esa Epoca no me di cuenta de ello, y tampoco la de la ciudad-pueblo, ni tampoco el Pefialoza ese; fué muy importante, porque nunca tuvo nada de ell misma, porque su ropa era heredada, y a su vez ella Ia dejaba a su hermana mis chica. No sé si ust. conocen este tipo de gente; pero en ellos el culto a Ia cosa es tan grande que determina pricticamente Jos ‘censos sociales, como sucedia con sus vecinos de que tenfan una cocinita de kerosene, y eran consid dos en el conyentillo como de una clase casi distint y superior; bueno, la chica esta, desde que nacié hi os quince afios, no tuvo pricticamente nada, salvo ‘vex aquella en que alguien le regal6 una pelota y ellly 90 i 91 PALMIRO A. SAENZ te abierta y ese aire infantilmente inmoral de las muy jbvenes. > Claro que no era muy distinta de cualquiera chica a esa edad, en que dejan de serlo, y en que la vedosa vanidad domina, completamente al sexo, 0 amor, 0 a cualquiera de las otras fuerzas que mis gravitarfan sobre ellas, pero esta chica Cristina se ti6 en esos momentos tan duefia de algo, y de algo sayo, tan indiscutible e inesperadamente suyo, que ti6 Ia verdadera necesidad de afirmar en alguna fe su propiedad; al principio se content6 con pasear por calle principal y alrededor de Ia plaza con sus 2a] chatos y su vestido apretado y la cinta en el pelo, del brazo de otras chicas como hacian las demis, sola, liviana, graciosa, enormemente seria, con una pidez divertida y absurda, para alguien que va a seis o siete veces por el mismo lugar, pero al mis tiempo tan consciente y alerta a las miradas: masculit tan desprovista de cogueterfa y tan infantilmente pada en retener Ia atencién de los hombres, que ‘asi patética y desconcertante Ja expresién de su Fué en esa época, supongo yo, que empez6 a ‘mala fama, a pesar de que nadie 1a habia visto ji con ningtin muchacho 0 chico de su edad, pero fué) el verano de ese afio cuando aparecié un dia en la za de Ia ciudad-pueblo con su vestido apretado y su ta en el pelo y los zapatos chatos de siempre sin visn Esto impresiond mucho a las mujeres especi pues los hombres habfan perdido, hacia tiempo, las peranzas de obtener algo de ella, pero en cambio ‘mujeres, con esa alegria clisica con que las mujeres nestas encaran: los problemas sexuales ajenos, em, PROPIEDAD dieron de inmediato vina campaiia que termin6 en Ia sacristia de mi iglesta el dia de reunién de Hijas de Maria mis concurrida del aiio, Fué el dia ese, precisamente, cuando aparecié ella con sa seriedad habitual y me dijo: —Padre, puedo confesarme? —Si —le’ contesté—, espéreme en la iglesia; en se- guida ‘voy. Cuando fut no estaba, y me habia escrito con un cla vo en la puerta del confesonario una serie de palabro- tus, 1a mitad de las cuales, probablemente, no habia wmunciado jamés, Volvi a la reunién; mis beatas conversaban décilmen- sus medias baratas y sus zapatos caros, con sus trajes sastre y sus caras dulces bonitas, inteligentes, pausadas, setias en su virtud y alegres por conviccién, hablando de cosas completamente distintas como si el secreto de la confesién pudiera peligrar ante la sola menci6n del nombre de Cristina; y, conscientes de su responsabili- dad y satisfechas de su discrecién, encararon el tema “a joven y su responsabilidad en’ el mundo de hoy” cea Ia vhemenca convencida de sus meitoris inqui- tudes, Ella crecia dia a dfa; se puso realmente bonita cuan- do cumplié diecisiete, y se la podia ver a veces con su, apresurado caminar, no ahora exhibiendo su cuerpo, sino como quetiendo demostrar sus innumerables ocupacio- nes, para atestiguar o afirmar ante ella misma y los de- mis la propiedad de una familia, un algo por el cual Preocuparse, un grupo de personas que dependian de clla, aunque tanto ella como los demés sabian que sa familia no necesitaba Ia menor protecci6n, porque 92 93 te con sus caderas discretas ordenadas en las sillas, con ~ Ce os sale] DALAURO A. SkENZ PROPIEDAD suefio consciente y forzado se habia apoderado de él, ‘on Ja dura y seria rigidez de las muertes muy simples. ‘Alli estaba ella entre sus hermanos oscuros, absolute. mente inmévil entre ¢l dolor, también inmévil, de las demés personas, como si la inmovilidad de ella fuese muchisimo mayor si esto fuera posible, como si el mo- vimiento tuviera en esas citcunstancias, signo negativo, y los demfs estuvieran en cero, y ella, en su inmensa jnmovilidad, estuviera sauch{simo mis quieta. * Creo que en ese momento la comprendi, viéndola con su Ilanto mudo y rabioso estancado en su cara, a ella, Ja que nunca habia poseido, y que ahora al perder algo, comprendia que ese algo habia sido de ella ‘Me parecié que no debia hablarle y empecé entonces a rezar el responso mientras ella muda, inmévil, triste- mente pagana, secaba con su mano tibia Ia légrima in- existente que todavia no habia derramado. Después de la muerte del padre la familia se dis- ppets6, como si aquel hombre opaco, de espaldas fuertes, hubiera sido el eslab6n que mantenia la aparente uni- dad de aquel grupo de personas. Ella fué a vivir a una pensién, y busc6 trabajo en una fébrica de tejidos; en «sa época me imagino fué cuando lo conocié, al Peiia- loza ese. Supongo que se habrén conocido en Ia calle, 0 en algin lugar cualquiera, y ella puede haber dicho algo asi como: Qué miris? Y¥ I puede haber contestado: Qué te importa, tarada? © tal vez nada, tal vez ni siquiera se habrin habla- do, y la atraccién mutua habré bastado como presenta- én en esas dos personas primitivas y falsas, sinceras y trabajaban el padre y los cinco varones, y las desotd nadas ocupaciones domésticas eran efectuadas por tres mujeres, con “una indisciplina ticita y violentaj ‘un continuo protestar de ocupaciones no cumplidas, Siempre nos velamos en la calle y me saludaba seri mente, apurada, con ese aire ocupado que ponia cluso para pasear. La gente la segufa mirando con riosidad, y conservaba ‘su mala fama a pesar de tampoco ahora sé Ja viera en compafifa de ningén h bre o persona alguna; pero supongo que serfa por § vestidos ajustados 0 su modo de mirat, 0 ese algo Jos hombres y las mujeres captan inmediatamente mujer inhébil o primitiva en mostrar sus sentimie en Ia mujer cuya Honestidad parece depender del circunstancias, y también parece inhabil y primitiva Ja biisqueda de esas circunstancias, 0 en Ja mujer: no parece inhdbil, ni tampoco primitiva pero en qui Jas circunstancias permitan suponer que podri dejar: ser honesta, como las viudas jévenes o las mujeres plemente con mucha personalidad, Fué afios después; ella, supongo, que tendrid ung veinticuatro o veinticinco afios, su padre murié inesp radamente, como en una simple y sencilla continuadib de su vida, como si uia mafiana se hubiera des Jos dias subsiguientes, como si ya hubiera cumpli ‘cuota de bolsas que 1a vida Je habla asignado y ah sin motivo para seguir viviendo, hubiera cerrado ojos para siempre; © ni siquiera ¢0, sino que, sim ‘mente, los hubiera echado hacia atris como mirani techo en toda su extensi6n, expresando un algo de a bro ante. a importancia de su iiltimo acto; y desp ante la presién de mis dedos sobre sus pirpados, 94 95 DALMIRO A. SAENZ ‘rebuscadas, Ia vida del otro; porque lo cierto fué que se los em pézé a ver unidos ambos por un algo metaffsico, cami nando por las calles de la ciudad-pueblo, no del braz ni tomados de la mano, -ni siquiera unidos por un ins tercambio de palabras, sino como dos personas que ca ‘minan a una misma velocidad, en la misma direcci y en una misma vereda, pero que sin embargo si ‘se cruza con ellos se guarda muy bien de pasar los dos. El, insolente, joven, tenia diecisiete afios en ¢s época, con la cabeza grasienta y la camisa abierta, y stl Virilidad salvaje y prepotente afianzada en sus anchisi ‘mos hombros y 1a mirada fuerte e indécil bajo las cejas erizadas y Ia frente estrecha. 1 Ella, en cambio, caminaba ligeramente més atrés, em: pequefiecida ante el tamafio de Pefialoza, ahora con taco alto y supongo que también ahora con ropa interior a veces también medias, cefiida en su vestido ajustado, y con esa pulcra suciedad de las prostitutas baratas a mafiana de un domingo, o de los oficiales maqui de un barco de guerra, 0 de Jas hermanas de carid después de una noche de vigil gal Ahora los vefamos todos muy a menudo, junta si pre Ia pareja, a las dos personas aquellas, unidas tal vez por un silencio hostil, absolutamente independiente una del otro, y al mismo tiempo con cierta since: cién de tiempo y espacio, que hacia que uno de ello se parase en alguna vidriera a mirar algo, y el otro tam bién lo hiciese, o que entraran juntos en alguna pizz ria y saliera cada uno con una empanada, o alguna a a medio comer y que terminarfan de comer a distin tiempo sin que ella le pidiera a é su pafiuelo para lime parse la boca, 0 las manos, como hata cualquier mils PROPIEDAD jer en las mismas circunstancias, sino que terminarfa, de masticar, y después tragaria ese siltimo bocado que 4, hacia rato habria terminado, siguiendo ambos la mar- cha, imperturbables, inexpresivos, con las manos man- chadas por Ja misma grasa como finica afinidad de aquel sincfonizado montén de movimientos, simbolo de al hhumano, tangible, latente ¢ inentendible, y all mismo. ‘tiempo sencillamente elocuente como una lémina en co- lores de la desnuda y primera pareja que poblé la super- ficie de nuestra tierra, Ahora vivian juntos ellos dos en la pensién amue: blada que ella pagaba con bastante impuntualidad y que ella llamaba “mi casa” y nunce “nuestra casa” y a donde fui un dia, después de que me contaron que ella habia, sido atrozmente golpeada como otras veces habia su- cedido. Y me abri6 ella, la“chica esta, Cristina, y se cohibi6 bastante al verme en el hhueco de Ja puerta que acababa. de abrir, por el cual pasé, con la absoluta certeza de set la primera sotana que hubiese entrado, no s6lo en. ‘ese cuarto, sino también en. esa casa; y lo vi, entonces,, al catre aquel de madera crujiente absolutamente angos- to y levantado en los costados, con un montén de man- tas dobladas haciendo funciones de colchén, pero que aun asi en ninguna forma podria servir, el attefacto aquel, para hacerse el amor, 0 ni siquiera para que dos personas pudiesen dormir en él; y la miré entonces en. Ja cara hinchada y vendada, consecuencia de los pufios salvajes'de Pefaloza, y comprendi lo que més tarde supe con certeza, que ella y & vivian o convivian en ef mise mo cuarto en distintas camas, sin tocarse y casi sin be- satse, 0 por lo menos haciendo esto diltimo en una, forma como s6lo las mujeres pueden hacerlo,.como si 97 z DALMIRO A. SAENZ Jos Iabios, fueran partes distintas e independientes da su cuerpo, ausentes, 0 por lo menos fuera del control) de Jo que llas creen que ¢s su sexo. Lo supe mis tarde, que habjan vivido ast bastant tiempo, ne; a aguellis manos crows que adoraba. Me lo cont6 Cristina mucho tiempo corgullosa tal vez de lo que, supongo, pensatia que en virtud, y tal vez lo fuese, aunque més bien creo que fuese aquello que habia regido su vida, ese culto inconse ‘iente, incontrolado y ativico a la propiedad, a lo suy 1 aquello de su absoluta pertenencia de Jo cual ella dis ponia ahora, con rigida, egofsta y atbitraria mano, vera y despética hasta con ella maisma, y asentados principios de esa fuerza oscura y difusa en esa base in existente e imaginaria de las personas que creen ser due: fias, y no administradoras, de lo suyo. A ‘talz de esta tiltima paliza la autoridad intervino, un fiscal joven y entusiasta, junto con un defensor de ‘menores 0 tan joven pero también entusiasta, basado ‘en Ia vitginidad de ella, en Ia edad de él, y en las d

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