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Touraine, Alain.

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Touraine, Alain (1997). ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes,
México: Fondo de Cultura Económica.

ALTA, MEDIA Y BAJA MODERNIDAD


LAS TRES ÉPOCAS DE LA MODERNIDAD
1. Alta modernidad: “La integración social por la ley y la educación, que las sociedades modernas
consideraron muco tiempo como su principal objetivo, apuntaba a fortalecer a la sociedad misma,
convertida así en sagrada, y también a asegurar el mantenimiento y la transmisión de los poderes
políticos y las jerarquías sociales. El primer objetivo era central: las dos tendencias cuya
divergencia definía la modernidad, la racionalización del mundo y el individualismo moral,
debían ponerse una junto a la otra, y hasta unificarse, por medio de las instituciones” (p. 135).
2. Media modernidad: “Las fuerzas centrífugas, creadoras de riqueza y miseria,
innovación y exploración, se impusieron a partir del siglo XIX, en el momento en que la
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revolución industrial y el capitalismo financiero comenzaron, desde Gran Bretaña, a expandirse
por el mundo. Fue entonces cuando se inició la disociación de la economía internacional y el
Estado nacional, que rompió el modelo de la sociedad nacional que unía el universo de la
racionalidad instrumental y el de las identidades culturales” (p. 135).
Touraine encuentra en todas las etapas de la modernidad un principio de unidad, es decir,
de integración de las caras opuestas: economía e identidad. La alta modernidad puso su fe en que
la razón pondría orden al caos del universo, de los intereses y de las pasiones; la media
modernidad, es decir, la sociedad industrial creyó en la idea de desarrollo, a la que llamó
progreso, reemplazando la idea de orden por la de movimiento. Mientras que ve en la baja
modernidad el único principio de unidad al Sujeto.
3. Baja modernidad: “El último cuarto del siglo fue testigo de la ruptura de esta unión
voluntarista de la industrialización y la nación” (p. 137). “Ingresamos en un tercer periodo, la
baja modernidad (late modernity, Spätkapitalismus), y la pregunta que se nos impone y a la que
este libro se esfuerza por responder, es la siguiente: ¿de qué manera podemos constituirnos en
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sociedades quienes vivimos en la tercera etapa de la modernidad?” (p. 138). “ya nada mantiene
unidas la actividad económica y la identidad personal y colectiva. Este debilitamiento de las
instituciones y la socialización tiene aspectos liberadores” (p. 140).
Giddens caracteriza esta etapa de la modernidad como tardía, y la organiza en torno de
tres grandes temas:
a) “El primero es la dislocación (disembedding) en el espacio y el tiempo de los
fenómenos sociales, que son arrastrados a una u otra forma de globalización, cuya
manifestación más visible es la circulación instantánea de los capitales y las
informaciones en el mundo entero”. (p. 139).
b) “El segundo, inspirado en el pensamiento de Ulrich Beck, es que las certidumbres son
reemplazadas por la duda y la reproducción de un orden por el riesgo, lo que da una
importancia cada vez más grande a la confianza (trust)” (p. 139).
c) El tercero es la reflexibilidad, es decir la capacidad creciente de nuestras sociedades
de transformar sus prácticas por el conocimiento que adquieren de ellas” (p. 139).
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“Esos análisis de Giddens nos ayudan a definir las sociedades de la baja modernidad
como sociedades de intervención, que suceden a las sociedades de desarrollo de la modernidad
media y, antes que éstas, a las de orden de la alta modernidad” (p. 139). Touraine, recupera la
noción de sociedad programada para nombrar a la sociedad posindustrial: “Retomo aquí esa
expresión, dado que muestra con claridad que el tipo societal más moderno es el resultado de
decisiones, políticas, programadas, y ya no de equilibrios naturales” (p. 139).
Es en el marco de la sociedad posindustrial, o programada, que surge el Sujeto “como la
única respuesta posible al poder omnipresente de quienes dirigen un cambio tan completo y tan
acelerado que ya no deja lugar alguno a lo que creíamos era el orden natural de las cosas. Ya no
hay ‘realidad’, sólo productos de la imaginación científica, la voluntad política y la búsqueda de
la ganancia. También la resistencia a esos poderes debe reformularse en términos completamente
desnaturalizados. A una objetivación total del poder corresponde una subjetivación igualmente
total de la resistencia a él” (pp. 139-140).
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El Sujeto es el único que puede mantener unidas la acción instrumental y la defensa de
una identidad, pero es una figura frágil y débil, la cual no tiene modelo arquetípico.
“La alta modernidad se organizaba alrededor de un principio central de orden; la
modernidad media estaba dominada por las tensiones entre el progreso y los conflictos sociales a
través de los cuales éste tomó una forma histórica; la baja modernidad no está dominada ni por
una unidad ni por una dualidad, sino por la posición a la vez central y débil del Sujeto entre los
universos opuestos de los mercados y las comunidades” (p. 141).
LECTURA DE HANNAH ARENDT
En este capítulo Touraine retoma un libro de Hannah Arendt: La condición del hombre moderno,
en la que señala que el hombre moderno se encontraba en la sociedad industrial inmerso en un
mundo dominado por la necesidad y regulado por el mundo del trabajo. Esta visión permite
entender el desgarramiento que se fue produciendo durante todo el siglo pasado hasta el último
cuarto de tal en el que emergió la figura del Sujeto. También, al autora notó que durante la
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sociedad industrial fue el momento en que mejor se correspondieron la imagen del mundo y la
del actor.
FALSOS CAMINOS
“Si las intervenciones del Sujeto no detienen la descomposición de la cultura, la personalidad y la
política, ésta ocasionará la decadencia de las sociedades (que pierden todo principio de unidad) y
la crisis de la personalidad (que se vuelve incapaz de elegir y hacer proyectos personales). Si
queremos evitar la decadencia que conduce al caos y la dependencia sin recurrir, por otra parte, a
soluciones autoritarias, no tenemos otra vía que la reconstrucción de la vida social, la acción
política y la educación en torno de la idea de Sujeto, que crea un nuevo tipo de mediaciones entre
el mundo de la instrumentalidad y el de las identidades” (pp. 144-145).
El autor señala tres caminos falsos para salir de la crisis que provoca en nuestra sociedad
la descomposición entre el mercado y la cultura:
a) Ya no habrá de invocar los principio del pasado como el Progreso o la Razón.
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b) Tampoco es una solución una salida que han buscado algunos países no industrializados
como combinar un poder político autoritario con un liberalismo económico y un
nacionalismo cultural.
c) Tampoco ve una respuesta correcta la ofrecida por el posmodernismo, que dice que habrá
que entregarse a las pasiones y las diferencias sin buscar ningún principio unificador.
En cambio, nos ofrece como única salida al Sujeto.
EL FUNDAMENTO MORAL DE LA VIDA SOCIAL
Ante la pregunta sociológica de ¿cómo es posible la vida social? Y explora tres respuestas: “La
más exigente, muy presente en la alta modernidad, es que el orden social descansa sobre la
adhesión a valores comunes; algunos llegaron a hablar de una comunidad de destino. Una
segunda respuesta alude al principio más abstracto de la utilidad colectiva, que proporciona un
criterio de evaluación de las conductas y de la conciliación de intereses opuestos. La tercera es la
más limitada y formal: reduce las leyes a reglas del juego, principios constitucionales,
procedimientos” (p. 146).
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Al buscar el fundamento moral de la vida social, Touraine no puede elegir entre los
liberales y los comunitarios: “Los primeros apelan a un universalismo tan abstracto de las
relaciones sociales reales que de hecho se reduce a una democracia de procedimientos que
asegura el respeto de las diferencias y la tolerancia pero no aporta ningún principio de integración
social y comunicación intercultural. Los segundos, al insistir en los valores comunes que fundan
la vida colectiva, no escapan a la lógica comunitaria que privilegia la homogeneidad por encima
de la diversidad más que al recurrir, a su turno, a la idea de tolerancia que los acerca a los
liberales” (p. 147).
Por eso una vez más apela a la figura de Sujeto como fundadora de la vida social “la
acción de cada individuo para combinar en su vida personal, que se convierte así en
verdaderamente individual, una acción instrumental y pertenencias culturales, lo mismo que una
personalidad formada a través del manejo de la libido y las relaciones familiares” (p. 147).
“Aquí no se trata únicamente de deseo, trabajo o voluntad; también de lucha y liberación,
porque el actor no es sólo deseo de Sujeto: en primer lugar es sufrimiento por no serlo,
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desgarramiento, fragmentación, desobjetivación. Cosa que da a la construcción del Sujeto la
fuerza dramática de un movimiento social” (p. 148).